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20-9-El juicio oral Von Wernich: Con el proceso en suspenso, mirada sobre el valor testimonial
Una gran cuota de repetidores de historias no personales, conspira contra la seriedad del fallo que pueda apoyarse en esos relatos. De todas maneras, hubo algunas narraciones de singular fragilidad El proceso federal oral contra el sacerdote Christian Von Wernich se mantiene en oportuno receso: entre ayer y hoy se cumplió un año de la desaparición del albañil Jorge Julio López, secuestrado cuando se preparaba la
lectura del fallo que sepultó en vida al ex comisario general Miguel Etchecolatz. ¿Qué tiene que ver López con este juicio? Nada; sólo que el tribunal es el mismo y parece no querer estar en función en los momentos en que las movilizaciones grupales se hagan oír. Jorge Julio López, a quien la Justicia Federal no protegió cuando estaba en su casa y había contado cosas tremendas ocurridas en centros clandestinos de detención, resultó ser una bomba que -como muchas - explotó en la casa de al lado: los agitadores que promueven la aparición con vida de este secuestrado le piden cuentas al gobernador Felipe Solá y, ahora, al Presidente Kirchner.
Eternas dudas De todas maneras, puede ser tiempo de pre-reflexión, antes de que se dicté la sentencia respecto del padre Von Wernich, ex capellán de la Policía Bonaerense, sobre la calidad y el peso de algunos de los elementos de prueba adquiridos. El respiro del receso puede tener así otra utilidad, además del silencio protector. Algunos analistas entienden que es tiempo perdido mostrar los grandes huecos probatorios en este proceso que abrió más de un cauce, porque el fallo ya está redactado. Puede ser, pero se trata de una mera presunción.
Tampoco es cuestión de quedarse en silencio y después decir las cosas acompañadas por el lamento ante lo irreparable. Labilidad Aunque más no fuere para las oportunas nulidades, vale volver sobre algunos elementos a los que los querellantes y algunos medios han sobredimensionado. Digamos, los que llegaron a declarar en nombre de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas, Conadep, organismo cuya investigación sirvió de base para la acusación de Julio Strassera, fiscal del juicio a las Juntas Militares sustanciado ante la Cámara Federal de La Capital Federal, el primero en la historia en que se juzgaron crímenes cometidos durante un lapso de dictadura militar.
Es entones que, ese juicio a las juntas legalizó y absorbió lo útil del enorme informe llamado Nunca Más, al que el 20 de mayo de 2006 le cambiaron el prólogo. Y no es una banalidad, porque el prólogo inicial hablaba de superación y el actual de venganza, primero hemipléjica, y también a través de los tiempos y hasta el último hombre. Manipulados Hasta su judicialización, el vigoroso texto Nunca más había sido el resultado de una investigación infatigable, pero confeccionada por legos. Peor aún, esos legos fueron asesorados por abogados de la extrema izquierda que dieron jerarquía a datos sin valor legal, manipularon cifras y nombres e hicieron su agosto: se convirtieron en abogados de organismos de derechos humanos o en patrocinantes de familiares de desaparecidos.
Es decir, lo aceptable quedó en la sentencia de la Cámara que presidía León Arslanián y haber sido miembro de la Conadep puede haber sido un honor, si se quiere, pero no otorga infalibilidad. Consecuentemente, los testigos que llegaron a este proceso en nombre de su condición de ex Conadep, más allá de posible intereses en el resultado del juicio, mostraron sus propios y ya viejos errores.
Testigo llamado Emmed La Conadep le creyó a un testigo después ignorado por la Cámara Federal: el ex oficial Julio Emmed, asesino confeso, que estaba preso al momento de declarar. Había sido apalabrado por alguien de apellido Aragón, abogado del organismo. Con promesa de dinero y soltura -que después recibió- el asesino le dijo a la Conadep lo que ella estaba dispuesta a oír, especialmente lo referido al protagonismo de Von Wernich en el “traslado” de los jóvenes colaboracionistas conocidos como del Grupo de los siete, de los que no se ha vuelto a saber nada.
Cuando llegó a los estrados de un tribunal de abogados, Emmed sintió el miedo a la responsabilidad y se olvidó del principio “pacta sum servanda”, que el mal vivir de todo tipo aplica inflexiblemente. Dijo que todo lo asegurado sobre Von Wernich le había sido sacado con promesas, que había mentido por la libertad y por dinero y que había dicho lo que Aragón le dijo que dijera. Como quien dice, necesitaban un sacerdote para cerrar el paquete y Aragón lo consiguió. La Cámara lo dejó oír sin recoger después en su fallo lo expresado ante el organismo investigador y, como era de esperar, Emmed fue asesinado en la calle de un tiro en la cabeza, por “incumplimiento de contrato”.
Ex cátedra De esos testigos, el que peor imagen dejó entre los observadores imparciales fue la señora Graciela Cotignola de Fernández Meijide, que llego sobre su pedestal y que, como suele hacer, dictó su sentencia personal. Su error aquí en el proceso al ex capellán, fue plantar el que debía ser el peor de sus recuerdos a su paso por la Conadep: en España había aceptado todo el relato de Luis Velazco, el único testigo en este juicio que hizo salir de su mutismo al procesado. Hoy, realmente, no se sabe si Velazco está en España porque tiene miedo de vivir en nuestra inseguridad cotidiana o si teme que le cobren cuentas antiguas.
Porque él se dice un preso irregular, pero Von Wernich asegura que era un espía del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE) y que se hacía pasear por los centros clandestinos, infiltrado entre los presos reales, para recoger información. Puede recordarse, para afianzar la duda respecto de valor de los dichos de Fernández Meijide y su inspirador Velazco, que la represión en la provincia, encabezada por Ramón Camps, estaba estructurada y subordinada a la fuerza Ejército. No es un dato más.
Martín Carrasco Quintana