EL JUEZ QUE SE ANIMÓ A ENCARCELAR A LOS REPRESORES. ENTREVISTA A CARLOS ROZANSKI
ES EL HOMBRE QUE ENCARCELÓ A ETCHECOLATZ Y A VON WERNICH.
"Por: Pablo Tassart.
Fuente: Revista Viva del diario "Clarín"
Más información: www.clarin.com
“En derechos humanos no hay opción: es blanco o negro. Y no hay mayor caldo de cultivo para un delito que la impunidad.” CARLOS ROZANSKI, JUEZ FEDERAL
Sin miedo a la oscuridad

20:42
Por: Texto: Pablo Tassart. Fotos: Hernán Rojas
A ndamos medio incomunicados": ésa fue una de las frases más repetidas en el proceso –tal vez no sea la mejor palabra– que llevó a la concreción de esta charla, cuyo armado llevó un mes y monedas. Ahora, que al fin da la mano, Carlos Rozanski usa el mismo tono risueño, tan alejado de su investidura de juez federal, y ruega "mil disculpas" por su retraso: llegó apenas diez minutos tarde.
Mientras subimos por las escaleras del viejo chalet que es la sede del Tribunal Federal Nº1 de La Plata, donde se investigó (y condenó) al represor Miguel Etchecolatz y al ex capellán de la Bonaerense Christian Von Wernich, su compañero Horacio Insaurralde resalta un hecho notorio: "Los tres jueces –Carlos, Norberto Lorenzo y yo– somos hinchas de San Lorenzo". Más tarde, Rozanski admitirá su pasión azulgrana, y dirá que para él fue un mandato genético: su padre Oscar jugó en las inferiores y le sacó una platea cuando cumplió los cuatro años. "Nací prácticamente adentro del club, frente al viejo Gasómetro."
Hoy, sin embargo, a Rozanski no le interesa hablar de fútbol. Sí se desvive en mostrar el cuartucho oscuro, plagado de papeles y computadoras, en el que se resolvió el último de los casos calientes que hicieron de él un émulo del juez español Baltasar Garzón: aquel en el que se condenó por primera vez a un religioso por torturas durante la dictadura. Tampoco ahondará en un dato que lo pinta de cuerpo entero: dicen en el juzgado que Rozanski buscó y consiguió la sede del Tribunal, que se ocupó de alquilarla y aún da pelea por la calefacción. "Nosotros tuvimos un déficit muy importante de recursos. Pudimos llevar a cabo la investigación gracias a que nuestros empleados trabajaron veinte horas diarias –dice–. Si uno le da demasiada importancia a los sacrificios, desvirtúa lo relevante de la tarea. Lo que se está haciendo, había que hacerlo... sin detenerse a pensar que uno tuvo que traer un caloventor del baño de su casa."
El no lo dice, pero esa humildad algo tendrá que ver con su crianza. Rozanski nació en Boedo, decíamos, y no precisamente en cuna de oro. Terminó la secundaria en la nocturna del Juan José Paso; de día, trabajaba en la mueblería familiar. En 1980, al filo de los treinta, se graduó de abogado en la UBA.
¿RENDIRSE? JAMAS
"En materia de derechos humanos no hay opción. No hay partidos. Es blanco o negro." Esta definición suya, tan tajante, tiene una década: la pronunció por primera vez en 1996, cuando, siendo juez de la Cámara del Crimen de Río Negro, denunció a un compañero del Tribunal por haber sometido a un interrogatorio "perverso" a una joven débil mental que había sido violada. El caso motivó la reforma del Código Procesal Penal: gracias a ella, hoy los menores sólo pueden testificar con Cámara Gesell (frente a psicólogos, y con el juez oyendo detrás de un vidrio espejado).
De esa experiencia, dice, provienen los extremos cuidados que el Tribunal que él preside tuvo con quienes relataron el horror cotidiano de los centros clandestinos de detención de los '70: "Si a un testigo le hacemos contar mil veces cosas que no puede hablar ni con la familia, está siendo ultrajado una vez más luego de treinta años".
Pero, además, los declarantes sufrieron amenazas durante y después de los juicios. Luego, la desaparición de Julio López –testigo clave en el juicio a Miguel Etchecolatz– y una serie de intimidaciones a fiscales y jueces sembraron dudas sobre la continuidad de los procesos.
Usted y su familia están amenazados: ¿cómo vive esa situación?
Son temas muy delicados. Es estresante para todos: para los testigos, los fiscales, los empleados y por supuesto nuestras familias. Pero uno debe tener un nivel de convencimiento que demuestre que en materia de derechos humanos el compromiso no es negociable. Si uno está convencido se habla y se trabaja en el seno íntimo; en cambio, si uno duda debe alejarse del caso.
La desaparición de Julio López lo habrá golpeado... ¿No pensó en tirar la toalla?
Lo de López no dejó opción. Puso a prueba al sistema. Si no seguíamos, triunfaba la violencia. Pero fuimos acompañados por un país que se movilizó y siguió adelante. La prueba más extraordinaria fue que los testigos en el último juicio –el que se siguió contra el cura Von Wernich – se sentaron a declarar con López desaparecido. El apoyo fue total y apartidario, lo cual habla de un momento histórico del país.
Usted tuvo un rol protagónico en dos juicios históricos. ¿Cómo se lleva con el hecho de entrar en la historia?
Por un lado, es agradable saber que se hizo lo correcto. Pero surgen las preguntas de hasta dónde sirvió el papel que uno jugó. Porque si seguimos sin unificación de causas, a este ritmo vamos a necesitar unos treinta años más. Yo no voy a vivir, los testigos tampoco, ni los acusados... Y esto me toca a mí en lo existencial. Por eso, debemos sentarnos a estudiar cómo hacemos para terminar en un plazo razonable. Debemos partir de un punto de acuerdo. ¿Es de sentido común juzgar estos hechos? Sí. ¿Es de sentido común estar treinta años haciéndolo? No. A partir de allí, se busca la solución, que debe ser política y judicial. Porque, además, es como dice Tato Pavlovsky: "Nosotros trabajamos por irradiación".
¿Cómo es eso?
En el fallo de Von Wernich cito la obra El señor Galíndez . Allí, un personaje dice que trabaja por irradiación: "Tocando a uno, afecta a mil". En este caso, no es difícil ver cómo la irradiación afectó a dos generaciones luego de tres décadas. Si nosotros no le damos un corte continuará la irradiación hacia el futuro. Y esto se corta con verdad, justicia y reparación. No existe mayor caldo de cultivo para los delitos que la impunidad, ya que genera nuevos delitos y más impunidad.
JUZGAR A RAS DEL PISO
Como toda prueba de su agenda completa, Rozanski señala un recorte pegado en un armario. Allí está escrito su futuro cercano: tras los juicios a los represores, le toca dictar sentencia en el caso de Diego Peralta, el chico secuestrado y asesinado en El Jagüel en 2002.
En el despacho del juez, los apuntes del caso Von Wernich aún dominan las paredes: "Es que acabamos de llegar de un viaje que hicimos para despejarnos. Viajé con mi mujer, Ana, y todavía no pude desarmar las valijas". Los rigores de su agenda –lo dice, pero no se queja– ya no le dejan tiempo suficiente para disfrutar de sus hijos Vanina y Mariano, ni de su nieto. Como tampoco para escuchar a los Beatles y a Sting o visitar a su madre, Olga: "Tengo 56 años y todavía me insiste en que me corte la melena", se ríe.
Quizá su trabajo también le impida retomar su hobby de libretista, que lo llevó a escribir un capítulo de Compromiso , unitario emitido por Canal 13 en los tempranos '80. Esa actividad, dice, también le permitió cubrir para la tevé el juicio a las Juntas –para Telemóvil , programa de Ramón Andino–: por esos días estaba recién recibido y "vivía pateando Tribunales".
El juez hace memoria y revive la sorpresa que sintió en 1992, cuando vio publicado el edicto que lo ungía camarista de Río Negro. "Nos habíamos ido a El Bolsón en el '88, con la idea de que nuestros hijos tuvieran una adolescencia diferente a la que proponía Buenos Aires. Allí ejercí la profesión unos años, y ser juez por concurso fue una buena manera de llegar sin tener que hacer toda la carrera judicial. A la vez, podía aplicar la experiencia que traía de la calle."
Fue abogado durante años... ¿Cómo ve la profesión ahora que lleva tanto tiempo del otro lado del mostrador?
Para empezar, yo leo lo que me dejan en los escritos, porque sé lo que es estar dos horas haciendo colas en Tribunales. Siempre tuve una visión muy crítica de algunos de mis pares: entre los jueces hay muchos que se olvidan de esas colas que hicieron o esperan a tener el cargo para vengarse. Debería exigirse que las personas que terminan decidiendo sobre las vidas de los demás no sólo sepan tomar decisiones, sino también lo que es padecerlas.
¿Cómo juegan los sentimientos personales a la hora de juzgar crímenes terribles como las torturas o violaciones?
Hay ciertas actividades en las que es imprescindible disociar algunas cosas. Yo participé de unos tres mil juicios en quince años y la realidad es que el criterio y el parámetro es el mismo para todos los casos. Sólo se diferencian en la connotación que generan y la diferencia geométrica del daño que producen. El involucramiento personal debe ser el menor posible, pero eso no se puede lograr totalmente porque la subjetividad humana no puede eliminarse. Uno no se adapta nunca. En términos de justicia, adaptarse puede llegar a ser hasta inconveniente.
En estos quince años que lleva como juez, ¿ya se adaptó a su investidura?
Mire, una vez le escuché una frase a Eugenio Zaffaroni (juez de la Corte Suprema): "Lo peor que le puede pasar a un juez es transformarse en su cargo". Ser Su Excelencia , con todo lo que eso significa. Usted imagínese que el juez en la sala está más alto, en un estrado. ¡Habría que sacar ese estrado, por favor! O al menos discutir lo que simboliza. Ahí arriba uno se puede alejar de la visión media que hay que tener. Yo no considero que, por mi actividad, tenga una visión superior a la de otra persona. Por so existen en otros países los juicios por jurados. Decide el ciudadano común, con criterio común: esa persona que, como decía Piero, "mira las cosas y las entiende porque las ve".
http://www.clarin.com/diario/2007/12/16/sociedad/s-01565280.htm
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(PREANUNCIO DE FALLOS ?????)
DIARIO PAGINA 12 ANTES DE F VON WERNICH
ENTREVISTA: CARLOS ROZANSKI, PRESIDENTE DEL TRIBUNAL QUE CONDENÓ A MIGUEL ETCHECOLATZ. ‘EL JUICIO FUE LA SUMA DE LA HISTORIA’
FUE UNO DE LOS FUNCIONARIOS JUDICIALES QUE RECIBIERON AMENAZAS. DICE QUE SI LAS INTIMIDACIONES LOGRAN QUE NO TRABAJE, ESTÁN HACIENDO EFECTO. Y QUE MÁS ALLÁ DE LO QUE OCURRA CON LÓPEZ, LOS JUICIOS CONTRA LOS REPRESORES SON IRREVERSIBLES. HABLA DE LA PROTECCIÓN A LOS TESTIGOS, DEL TESTIMONIO DEL ALBAÑIL DESAPARECIDO Y FUNDAMENTA POR QUÉ EN LA ARGENTINA HUBO UN GENOCIDIO.
Están a la vista. De uniforme. Los dos custodios observan cada auto que pasa por la calle que lleva a la casa del juez Carlos Rozanski. Son la única marca visible que dejaron las amenazas que recibió el presidente del Tribunal Oral Federal 1, tras la condena a reclusión perpetua al ex director de Investigaciones de la Policía de Ramón Camps, Miguel Osvaldo Etchecolatz. Para el juez, ni las cartas intimidatorias que recibieron en sus despachos distintos jueces y fiscales esta semana ni la desaparición del sobreviviente Jorge Julio López pueden detener ya los juicios por crímenes de la dictadura. “El Estado argentino y la sociedad civil permitieron que se iniciaran los juicios. Y eso es irreversible. No se modifica con amenazas”, señala. En diálogo con Página/12, plantea a partir de la experiencia del juicio algunas medidas posibles para proteger a los testigos que fueron víctimas del terrorismo de Estado.
Fuera de la custodia, su casa transmite tranquilidad: el viento juega con los pinos de su patio, mientras el magistrado explica los alcances del fallo que firmó junto con los jueces Norberto Lorenzo y Horacio Insaurralde, en donde sostiene que los crímenes de Etchecolatz fueron “en el marco del genocidio cometido entre 1976 y 1983”. Rozanski suele tener un estilo campechano para expresarse, pero se pone serio a la hora de hablar de la sentencia a la que le dedicó casi todo su tiempo en los últimos meses (los cientos de fojas con las que se escribió el fallo de 400 páginas todavía reposan en su escritorio).
Con 55 años, Rozanski es el primer juez federal nombrado por concurso por el Consejo de la Magistratura. Fue titular de la Cámara del Crimen de Bariloche y participó en el Consejo de la Magistratura de Río Negro. Como especialista en legislación sobre maltrato y abuso infantil, es el autor del libro Denunciar o silenciar y del texto de la ley que modificó el Código Procesal Penal para que los menores víctimas de abuso sólo puedan ser interrogados por especialistas y en una Cámara Gesell. De allí provienen los planteos que hace con respecto al cuidado de los testigos en las causas de derechos humanos. “Hay que sacar el tema de la protección exclusivamente de la presencia de un hombre armado al lado”, evalúa.
–¿Cómo recibió la carta con la que lo amenazaron?
–Llegó al tribunal. Es personal, pero llegó a mi despacho.
–¿La amenaza detalla que lo han estado siguiendo?
–Del contenido prefiero no opinar, porque justamente eso es lo que está analizando el juez (Arnaldo) Corazza. Parecería que el resto de las amenazas tienen un tenor parecido, incluso en su origen, entonces es interesante que lo analicen. Por eso prefiero no comentarla.
–¿Por qué cree que se producen ahora estas amenazas a jueces y fiscales?
–Acaba de terminar el primer juicio en 25 años por estos temas y comienzan los otros. En el caso de los jueces, debemos mantenernos en contacto con lo cotidiano y las amenazas son una realidad, pero tenemos que poder establecer la distancia que permita que sigamos con nuestra actividad. El punto de inflexión es ése: si la amenaza logra que uno no trabaje, entonces está haciendo efecto. No significa que no las sienta. Es doloroso, pero se debe buscar ponerla en el lugar que corresponde como un delito calificado en un contexto específico y darle la dimensión que tiene. Ni más, ni menos.
–¿La desaparición de López puede dañar los futuros juicios por crímenes del terrorismo de Estado?
–No. En mi opinión, no. El caso es extraordinariamente grave. Pero por más tristeza que nos produzca, no altera el avance de los juicios. El Estado argentino –no hablo de un gobierno ni un gobernador, sino de la totalidad del Estado– y la sociedad civil permitieron que se iniciaran los juicios. Y eso es irreversible. No estoy hablando de cómo termina el caso López, porque lo desconozco. Hablo de las razones por las que creo que es irreversible. No se podría haber hecho este juicio si la República Argentina no hubiera estado en condiciones. Es la suma de una historia. Y esto no se modifica con amenazas. Eso lo vemos en la reacciones en la calle, en las marchas, en los pronunciamientos institucionales de la Corte Suprema, del Ejecutivo y el Legislativo. La respuesta ha sido inmediata.
–¿Se inclina por la hipótesis del secuestro o la del shock emocional?
–No. Me inclino por la gravedad. No puedo pensar que le haya pasado algo, porque soy parte del juicio, porque lo escuché y porque valoré su testimonio. Cuando se inicia un juicio de esta naturaleza, con 130 testigos, no se le puede imponer a nadie una custodia que no pidió. Aunque no sea un tema de derechos humanos, no se puede. Y menos en estos casos, porque el acusado era comisario general de la policía y la custodia es policial. Pero no sólo desde el punto de vista institucional, porque evidentemente los que hoy podrían custodiarlo todavía no habían nacido. Me estoy refiriendo al punto de vista del propio testigo, que es lógico que pueda tener desarrollado ciertos mecanismos que lo hagan rechazar la custodia. Esto no tiene que ver con no protegerlo.
–Otra hipótesis es el shock emocional que podría haber sufrido López. ¿Cómo lo vio cuando declaró?
–Bien. Es un testigo sólido, con la mezcla de cosas de quien sufrió traumas enormes y los tiene que revivir treinta años después. Había coherencia aun en el dolor que produce el testimonio. No solo en su declaración, sino en las inspecciones oculares. Estuvo en casi todas y señaló lugares específicos que él había descripto. Llegamos al lugar y la palmera que él relató estaba y el techo de tejas estaba. Todo eso significa una coherencia, en el medio de la angustia que genera el juicio.
Protección integral
–¿Qué medidas se deben tomar para proteger a los futuros testigos?
–Las medidas futuras con los testigos es uno de los desafíos en esta etapa. Hay que definir cómo se protege a los testigos, que no las puede determinar un policía, un abogado o un juez independientemente.
–El Ministerio del Interior y la Procuración están haciendo un listado de los testigos para asignarles custodia...
–Sí, eso está bien. Marca una preocupación genuina de los poderes del Estado. Pero sería interesante que esto se viera en una perspectiva que no se tiene cuando se habla de un testigo tradicional. Tiene características especiales, que las tiene que definir un equipo desde distintas disciplinas. Tiene que ser en conjunto.
–¿Qué características tiene una víctima del terrorismo de Estado?
–Todas las personas que sufrieron traumas de cualquier tipo generan mecanismos de defensa, que varían según el trauma, la persona y cómo sea contenida. En el caso del terrorismo de Estado, vimos a los testigos en la causa en la que se juzgó a los ex comandantes, en la causa 44 (en la que se condenó a Etchecolatz por 91 casos de tormento) y en este juicio. Llevamos veinte años en contacto y siguiendo la evolución de los testigos. Es inexorable el paso del tiempo, que en algunos casos juega en contra y en otros a favor, porque se han podido elaborar cosas que en otro momento no se podían decir. Hay gente que no podía antes y no puede ahora. Hay algunos que pudieron siempre. Otros podían antes y ahora no pueden. Las infinitas formas de elaborar un trauma obliga a que se preparen estrategias que protejan integralmente. Hay que sacar el tema de la protección exclusivamente de la presencia de un hombre armado al lado.
–¿Usted apunta a la revictimización de los testigos?
–Sí. Por eso digo que tenemos que definir qué es proteger. Si comprendemos la dimensión del sufrimiento, evaluemos una posibilidad que sea superadora de lo que está planteado actualmente (sin vulnerar, por supuesto, ningún derecho de defensa). Cuando se elaboraron las normas procesales no se tuvo en cuenta lo que significa que treinta años después se le pregunte a una persona si la violaron o si la torturaron más o menos. Con la experiencia de este juicio tenemos la posibilidad de encontrar una forma de que esto sea mejor.
–Entonces, ¿piensa en formar un equipo interdisciplinario?
–Se impone, porque es necesaria la elaboración de una estrategia para estos juicios. Esto me ha pasado en Bariloche: el testigo siempre entra con un grado de angustia. Lo que solicitábamos era el cuerpo médico que nos diga si sentarse a declarar podía perjudicar su salud psicofísica. Donde decían que podía pasarle algo, nosotros introducíamos una declaración anterior por lectura y no le tomábamos testimonio.
–¿Considera que esto se puede tomar como criterio?
–Sí, en mi opinión, debe incorporarse a la discusión. No solamente pensar en términos tradicionales la protección: dos custodios de cada lado. Por más que sean excelentes personas, esos custodios le pueden generar angustia. Estamos en condiciones de diseñar estrategias que lo que requieren es una voluntad de hacerla, que yo la veo en el Ejecutivo. El gobernador Solá habló de mirar en perspectiva esta historia. Atomizar causas y hacer miles de juicios es una empresa no imposible, pero atenta contra el daño que queremos evitarles a los testigos. Y termina atentando contra la propia verdad, si agotamos a las personas que sufrieron estos delitos, las hacemos venir interminablemente a declarar. Así vamos a estar cincuenta años haciendo juicios.
Genocidas
–¿La tipificación del genocidio podría resolver la atomización?
–La gran discusión sobre el derecho internacional es si para el ejercicio de determinados derechos de las convenciones que están en la Constitución es necesario que estén tipificados. Mi opinión es que no hace falta. Las convenciones se aplican de manera automática. En el caso puntual del genocidio, se da una particularidad, ya que en nuestro juicio se llega a la sentencia siendo que Etchecolatz no fue indagado, ni procesado por ese delito. Esto significaba un riesgo procesal: nadie puede ser condenado por un hecho por el que no fue acusado. Eso se llama principio de congruencia. Por eso, llegamos a la sentencia por los delitos por los que se lo procesó. Pero a mi entender era obligatorio decir que esos delitos... para la ley argentina lo que ocurrió es un genocidio. Para analizar si se trató de un genocidio, el desafío intelectual es: ¿cuánta gente tenemos que matar para que sea un genocidio? Y estoy convencido de que se trató de un genocidio.
–Ustedes recuperaron el debate en la ONU de 1946 sobre genocidio.
–Terminada la guerra, el mundo tuvo que dar respuesta a lo que habían hecho los nazis. Ahí se hace la resolución 96 de la ONU, donde se incluye los “grupos políticos” o los genocidios “por motivaciones políticas”. En el ’48, dos años después, se hace un proyecto de la convención contra el genocidio. Y ese proyecto también incluye los grupos políticos.
–¿Por qué no se incluyó finalmente a los grupos políticos en la convención?
–Ahí hay un detalle que es interesante, que tuvo que ver con lo que pasaba en ese momento en el mundo, por lo cual se saca.
–¿Con quién tuvo que ver, en concreto?
(Sonríe) –Con Stalin...
–¿Por qué consideraron que es aplicable la definición del genocidio a la Argentina?
–En 2006, uno dice: masacraron un millón y medio de armenios y es el día de hoy que ni siquiera está reconocido. Esto muestra la resistencia de esto. Son cien años. El nazismo, sí, porque en números fueron seis millones. Pero tenemos que empezar a ver esto en su dimensión amplia: aquí se persiguió y se aniquiló a una parte de un grupo nacional. Esto lo define el genocida, el que decide aniquilar. No podemos tarifar la dimensión del genocidio: “Si es menos de un millón, no es genocidio”. Esos homicidios en la Argentina en el marco de una política de exterminio son un genocidio. Está demostrado: lo dijo (el juez español Baltasar) Garzón, lo dijo la Audiencia Nacional de España. Es importante que se llamen las cosas por el nombre correcto, y en los casos de violaciones a los derechos humanos no llamar las cosas por el nombre correcto demora treinta años la justicia. El genocidio se tiene que llamar genocidio.
La banalidad del mal
–¿En qué aspectos el juicio de Etchecolatz hizo aportes a la reconstrucción al plan sistemático de exterminio?
–Declararon 150 personas, todos testigos veraces. Y el panorama que dan es que hay una lógica en lo que han relatado. El caso de cada uno de ellos no fue casual. El testigo Castellano, por ejemplo, era un preso común, que estaba detenido por un delito común antes del golpe. Y explicó que en el lugar donde estaba se comenzó a trabajar en hacer las divisiones en el edificio, lo que permitiría tener secuestrada gente en el centro clandestino. Eso es uno de tantos testimonios sobre la preparación. El plan sistemático, de todas formas, está fuera de discusión porque lo dijo la causa 13. Es cosa juzgada. Este juicio agrega certeza en otros aspectos: que el plan fue elaborado con anterioridad y tenía una metodología idéntica en cuanto al aniquilamiento físico y emocional, al extermino y la aniquilación selectiva. Esto lo explica muy bien (el sociólogo Daniel) Feierstein, al que citamos en la sentencia. A determinadas personas se las mataba y otras no. Y las que no son las que contaban y producían terror. Se le avisaba al resto de la sociedad que le podía pasar lo mismo. Y eso es el terrorismo de Estado.
–¿Se estableció si hubo violaciones sistemáticas a las mujeres detenidas?
–Había testimonios anteriores donde se percibía un comentario, de que “en la escalera había un manoseo”, por ejemplo. En este caso, no se estaba juzgando delitos sexuales. Pero esto surge por el paso del tiempo. En derecho tenemos esa costumbre de repetir adagios. Uno es: el paso del tiempo es la verdad que huye. Aquí mi sensación es que es la verdad que fluye. Hubo testigos que decían: “A mí me violaron, porque las violaban a todas”. Ese también es un punto de inflexión. Es importante hablar de eso, porque las víctimas pudieron empezar a hablar de eso. Había una cuestión de género que incidió en esto.
–¿Etchecolatz jugó el rol del hombre gris que forma parte de un sistema de exterminio o era un “monstruo”, como plantean algunos enfoques?
–Etchecolatz era el responsable de un circuito de centros clandestinos. Eso está en la sentencia: si bien por momentos la magnitud de los hechos y la saña con la que se hicieron pueda hacer pensar que se alejan de la humanidad los que lo hacen, la realidad es que no se alejan tanto como para no estar en el banquillo. Por otra parte, en estos casos, para cometer estos delitos necesitan sacarle la categoría de humano a la víctima. Nosotros no podemos hacer lo mismo. Son seres humanos los que cometieron estos delitos contra otros seres humanos. Y en este tipo de delitos se está afectando a la humanidad toda.
–¿Percibió si los juicios funcionan como instancias reparadoras para los familiares y sobrevivientes?
–Creo que sí. Y le cuento una situación que vivimos tras la lectura de la condena. Una Madre de Plaza de Mayo se nos acercó y nos dijo: “Todos estos años, desde que se llevaron a mi hija, yo sentía una opresión acá”. Y se tocaba la panza. “Sentía como una opresión en el pecho por mi hija. Ahora esa opresión no está más”. No nos dijo que a partir de ahora no sienta más dolor, pero sí que puede empezar a sentir algún tipo de tranquilidad. Y eso es muy importante. La Justicia no solo puede ser productora de verdad, en el sentido en el que lo plantea Michel Foucault –no la verdad en latín, sino la verdad concreta, que podamos entender todos– sino que puede ser una instancia reparadora.
Por Werner Pertot
Fuente: diario "Página 12"
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