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LA MAQUINARIA En Clarín propiedad de Goldman Sachs

February 17 2008 at 4:11 PM
La Campaña Sinfín  (no login)
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EL JUEZ QUE SE ANIMÓ A ENCARCELAR A LOS REPRESORES.
ENTREVISTA A CARLOS ROZANSKI

ES EL HOMBRE QUE ENCARCELÓ A ETCHECOLATZ Y A VON WERNICH.


"Andamos medio incomunicados": ésa fue una de las frases más repetidas en el proceso –tal vez no sea la mejor palabra– que llevó a la concreción de esta charla, cuyo armado llevó un mes y monedas. Ahora, que al fin da la mano, Carlos Rozanski usa el mismo tono risueño, tan alejado de su investidura de juez federal, y ruega "mil disculpas" por su retraso: llegó apenas diez minutos tarde.

Mientras subimos por las escaleras del viejo chalet que es la sede del Tribunal Federal Nº1 de La Plata, donde se investigó (y condenó) al represor Miguel Etchecolatz y al ex capellán de la Bonaerense Christian Von Wernich, su compañero Horacio Insaurralde resalta un hecho notorio: "Los tres jueces –Carlos, Norberto Lorenzo y yo– somos hinchas de San Lorenzo". Más tarde, Rozanski admitirá su pasión azulgrana, y dirá que para él fue un mandato genético: su padre Oscar jugó en las inferiores y le sacó una platea cuando cumplió los cuatro años. "Nací prácticamente adentro del club, frente al viejo Gasómetro."

Hoy, sin embargo, a Rozanski no le interesa hablar de fútbol. Sí se desvive en mostrar el cuartucho oscuro, plagado de papeles y computadoras, en el que se resolvió el último de los casos calientes que hicieron de él un émulo del juez español Baltasar Garzón: aquel en el que se condenó por primera vez a un religioso por torturas durante la dictadura. Tampoco ahondará en un dato que lo pinta de cuerpo entero: dicen en el juzgado que Rozanski buscó y consiguió la sede del Tribunal, que se ocupó de alquilarla y aún da pelea por la calefacción.
"Nosotros tuvimos un déficit muy importante de recursos. Pudimos llevar a cabo la investigación gracias a que nuestros empleados trabajaron veinte horas diarias –dice–. Si uno le da demasiada importancia a los sacrificios, desvirtúa lo relevante de la tarea. Lo que se está haciendo, había que hacerlo... sin detenerse a pensar que uno tuvo que traer un caloventor del baño de su casa."

El no lo dice, pero esa humildad algo tendrá que ver con su crianza. Rozanski nació en Boedo, decíamos, y no precisamente en cuna de oro. Terminó la secundaria en la nocturna del Juan José Paso; de día, trabajaba en la mueblería familiar. En 1980, al filo de los treinta, se graduó de abogado en la UBA.

¿RENDIRSE? JAMAS

"En materia de derechos humanos no hay opción. No hay partidos. Es blanco o negro." Esta definición suya, tan tajante, tiene una década: la pronunció por primera vez en 1996, cuando, siendo juez de la Cámara del Crimen de Río Negro, denunció a un compañero del Tribunal por haber sometido a un interrogatorio "perverso" a una joven débil mental que había sido violada. El caso motivó la reforma del Código Procesal Penal: gracias a ella, hoy los menores sólo pueden testificar con Cámara Gesell (frente a psicólogos, y con el juez oyendo detrás de un vidrio espejado).

De esa experiencia, dice, provienen los extremos cuidados que el Tribunal que él preside tuvo con quienes relataron el horror cotidiano de los centros clandestinos de detención de los '70: "Si a un testigo le hacemos contar mil veces cosas que no puede hablar ni con la familia, está siendo ultrajado una vez más luego de treinta años".


Pero, además, los declarantes sufrieron amenazas durante y después de los juicios. Luego, la desaparición de Julio López –testigo clave en el juicio a Miguel Etchecolatz– y una serie de intimidaciones a fiscales y jueces sembraron dudas sobre la continuidad de los procesos.


Usted y su familia están amenazados: ¿cómo vive esa situación?

Son temas muy delicados. Es estresante para todos: para los testigos, los fiscales, los empleados y por supuesto nuestras familias. Pero uno debe tener un nivel de convencimiento que demuestre que en materia de derechos humanos el compromiso no es negociable. Si uno está convencido se habla y se trabaja en el seno íntimo; en cambio, si uno duda debe alejarse del caso.


La desaparición de Julio López lo habrá golpeado... ¿No pensó en tirar la toalla?

Lo de López no dejó opción. Puso a prueba al sistema. Si no seguíamos, triunfaba la violencia. Pero fuimos acompañados por un país que se movilizó y siguió adelante. La prueba más extraordinaria fue que los testigos en el último juicio –el que se siguió contra el cura Von Wernich – se sentaron a declarar con López desaparecido. El apoyo fue total y apartidario, lo cual habla de un momento histórico del país.

Usted tuvo un rol protagónico en dos juicios históricos. ¿Cómo se lleva con el hecho de entrar en la historia?

Por un lado, es agradable saber que se hizo lo correcto. Pero surgen las preguntas de hasta dónde sirvió el papel que uno jugó. Porque si seguimos sin unificación de causas, a este ritmo vamos a necesitar unos treinta años más. Yo no voy a vivir, los testigos tampoco, ni los acusados... Y esto me toca a mí en lo existencial. Por eso, debemos sentarnos a estudiar cómo hacemos para terminar en un plazo razonable. Debemos partir de un punto de acuerdo. ¿Es de sentido común juzgar estos hechos? Sí. ¿Es de sentido común estar treinta años haciéndolo? No. A partir de allí, se busca la solución, que debe ser política y judicial. Porque, además, es como dice Tato Pavlovsky: "Nosotros trabajamos por irradiación".

¿Cómo es eso?
En el fallo de Von Wernich cito la obra El señor Galíndez . Allí, un personaje dice que trabaja por irradiación: "Tocando a uno, afecta a mil". En este caso, no es difícil ver cómo la irradiación afectó a dos generaciones luego de tres décadas. Si nosotros no le damos un corte continuará la irradiación hacia el futuro. Y esto se corta con verdad, justicia y reparación. No existe mayor caldo de cultivo para los delitos que la impunidad, ya que genera nuevos delitos y más impunidad.

JUZGAR A RAS DEL PISO

Como toda prueba de su agenda completa, Rozanski señala un recorte pegado en un armario. Allí está escrito su futuro cercano: tras los juicios a los represores, le toca dictar sentencia en el caso de Diego Peralta, el chico secuestrado y asesinado en El Jagüel en 2002.

En el despacho del juez, los apuntes del caso Von Wernich aún dominan las paredes: "Es que acabamos de llegar de un viaje que hicimos para despejarnos. Viajé con mi mujer, Ana, y todavía no pude desarmar las valijas". Los rigores de su agenda –lo dice, pero no se queja– ya no le dejan tiempo suficiente para disfrutar de sus hijos Vanina y Mariano, ni de su nieto. Como tampoco para escuchar a los Beatles y a Sting o visitar a su madre, Olga: "Tengo 56 años y todavía me insiste en que me corte la melena", se ríe.

Quizá su trabajo también le impida retomar su hobby de libretista, que lo llevó a escribir un capítulo de Compromiso , unitario emitido por Canal 13 en los tempranos '80. Esa actividad, dice, también le permitió cubrir para la tevé el juicio a las Juntas –para Telemóvil , programa de Ramón Andino–: por esos días estaba recién recibido y "vivía pateando Tribunales".


El juez hace memoria y revive la sorpresa que sintió en 1992, cuando vio publicado el edicto que lo ungía camarista de Río Negro. "Nos habíamos ido a El Bolsón en el '88, con la idea de que nuestros hijos tuvieran una adolescencia diferente a la que proponía Buenos Aires. Allí ejercí la profesión unos años, y ser juez por concurso fue una buena manera de llegar sin tener que hacer toda la carrera judicial. A la vez, podía aplicar la experiencia que traía de la calle."


Fue abogado durante años... ¿Cómo ve la profesión ahora que lleva tanto tiempo del otro lado del mostrador?

Para empezar, yo leo lo que me dejan en los escritos, porque sé lo que es estar dos horas haciendo colas en Tribunales. Siempre tuve una visión muy crítica de algunos de mis pares: entre los jueces hay muchos que se olvidan de esas colas que hicieron o esperan a tener el cargo para vengarse. Debería exigirse que las personas que terminan decidiendo sobre las vidas de los demás no sólo sepan tomar decisiones, sino también lo que es padecerlas.


¿Cómo juegan los sentimientos personales a la hora de juzgar crímenes terribles como las torturas o violaciones?

Hay ciertas actividades en las que es imprescindible disociar algunas cosas. Yo participé de unos tres mil juicios en quince años y la realidad es que el criterio y el parámetro es el mismo para todos los casos. Sólo se diferencian en la connotación que generan y la diferencia geométrica del daño que producen. El involucramiento personal debe ser el menor posible, pero eso no se puede lograr totalmente porque la subjetividad humana no puede eliminarse. Uno no se adapta nunca. En términos de justicia, adaptarse puede llegar a ser hasta inconveniente.


En estos quince años que lleva como juez, ¿ya se adaptó a su investidura?

Mire, una vez le escuché una frase a Eugenio Zaffaroni (juez de la Corte Suprema): "Lo peor que le puede pasar a un juez es transformarse en su cargo". Ser Su Excelencia , con todo lo que eso significa. Usted imagínese que el juez en la sala está más alto, en un estrado. ¡Habría que sacar ese estrado, por favor! O al menos discutir lo que simboliza. Ahí arriba uno se puede alejar de la visión media que hay que tener. Yo no considero que, por mi actividad, tenga una visión superior a la de otra persona. Por so existen en otros países los juicios por jurados. Decide el ciudadano común, con criterio común: esa persona que, como decía Piero, "mira las cosas y las entiende porque las ve".

Por: Pablo Tassart.
Fuente: Revista Viva del diario "Clarín"
Más información: www.clarin.com







 

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