La Nueva Provincia - 10-Jun-09 - Opinión
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---------------------------------EDITORIAL
-------------------------------------------------------Sepelio
Mas allá de las consideraciones de índole política y, eventualmente, jurídicas que correspondiera hacer respecto de la decisión adoptada ayer, a expensas de un oficial superior fallecido, por la titular de Defensa, Nilda Garré, conviene pasar revista al costado humano del tema.
Muerto en Salta el general de división (RE) Rodolfo Wehner, era lógico que se lo velase en la principal guarnición militar de esa ciudad. Lo propio se disponía a hacer su jefe, el general Jorge Enrique Altieri, cuando fue notificada a la ministro que no se autorizaba el sepelio. ¿La razón? Wehner había sido acusado de diversos delitos --nunca probados-- en la guerra contra la subversión librada por las Fuerzas Armadas en los años setenta del pasado siglo.
No le importó a la señora Garré que el difunto hubiese sido desprocesado y que no pesase sentencia alguna en su contra. En realidad, lo que transparentó su orden es la perversa animadversión que el gobierno kirchnerista ha tenido desde siempre hacia los militares. No es ésta la primera vez que sucede y, seguramente, no será la última.
Mención aparte merece la dignísima actitud del señor general Altieri, quien, ante tamaña infamia, pidió su inmediato pase a retiro. Algo que, por supuesto, debieron haber hecho también el comandante del III Cuerpo de Ejército, del cual depende la guarnición salteña, y el jefe de Estado mayor general del Ejército. Pero el honor, para ellos, es una palabra apenas. La cual, además, los incomoda.