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Original Message
  • El clan de la loba. cap 1
    • Mavi (no login)
      Posted Mar 20, 2011 7:46 PM

      Profecía de O

      Y un día llegará la elegida, descendiente de Om.

      Tendrá fuego en el cabello,
      alas y escamas en la piel,
      un aullido en la garganta
      y la muerte en la retina.

      Cabalgará el sol
      y blandirá la luna.

      Capítulo 1
      La desaparición de Alma

      La niña dormía en su habitación de techos altísimos y paredes encaladas una y mil veces. Una habitación alegre en una casa de pueblo que olía a leña y a leche dulce acabada de hervir. Los postigos de las ventanas estaban pintados de verde y verdes eran también los rombos del kilim que cubría el suelo de madera, los valles de los dibujos que colgaban de las paredes y algunos de los lomos de los libros juveniles que se apiñaban en las estanterías junto a otros muchos rojos, amarillos, anaranjados y azules. Abundancia de colores diseminados con atrevimiento en los cojines, la colcha, las cajas de los puzzles y las babuchas abandonadas bajo la cama. Colores de infancia que ya no se correspondían con la ausencia de muñecas, relegados al fondo del armario, ni con la serenidad de la mesa de trabajo, ocupada casi enteramente por un Pentium de última generación.

      A lo mejor la niña no era tan niña.

      Y, aunque aún lo fuera no sabía que aquella mañana dejaría de serlo.

      El sol se colaba a raudales por las rendijas de las persianas mal cerradas mientras María, que así se llamaba la niña, se movía inquieta y gritaba en sueños. Un rayo de sol reptó por la colcha, alcanzó trabajosamente su mano, ascendió lento pero tenaz por su cuello, su nariz, su mejilla y, finalmente, al rozar sus párpados cerrados, la despertó.

      María lanzó un grito y abrió los ojos. Estaba confusa. Le faltaba el aliento y extrañaba la intensa luz que invadía su habitación. Se hallaba en ese estadio de duerme vela que aún no discierne entere el sueño y la realidad.

      En su pesadilla, tan vívida, corría y corría bajo la tormenta buscando refugio en el bosque de robles. Entre el fragor de los truenos oía la voz de Alma gritando ¡detente!, pero ella no hacía casa de la advertencia de su madre. A su alrededor, los rayos caían por doquier, a centenares, a miles, deslumbrándola, cegándola, inundando el bosque con una lluvia de fuego hasta que un rayo la alcanzaba y caía fulminada.

      María parpadeó y sonrió aliviada. Efectivamente. El culpable de todo había sido un rayo de sol juguetón que se había filtrado por las persianas de su ventana sin pedir permiso.

      Ya no quedaba ni rastro de la tormenta eléctrica que la noche anterior había azotado el valle. El fuerte viento había barrido las nubes y los cielos lavados resplandecían como el agua violeta de los lagos.

      ¿Y esa luz tan intensa? ¿Tan tarde era? ¡Qué extraño! ¿Cómo es que Alma no la había despertado todavía para ir a la escuela?

      Saltó de la cama y reprimió un escalofrío al poner los pies desnudos sobre el kilim. Se vistió, como de costumbre, sin dedicar a su atuendo más de un segundo, y se lanzó en busca de su reloj. ¡Las nueve! ¡Era tardísimo! Ya había perdido la primera hora de clase. ¿Y su madre? ¿Cómo es que Alma aún no estaba levantada? ¿Le habría ocurrido algo? Siempre la despertaba a las Ocho.

      - ¿Alma?

      Musitó María empujando la puerta de la habitación contigua y reprimiendo la angustia de su pesadilla que comenzaba a invadirla de nuevo.

      - ¿Alma?

      Repitió incrédula al comprobar que en la habitación no había nadie excepto ella y el aire gélido del norte que entraba por la ventana abierta de par en par.

      - ¡Alma!

      Exclamó enfadada como hacía siempre que su madre le gastaba una broma pesada. Pero esa vez Alma no apareció tras la cortina, riendo con su risa atolondrada, ni echándose sobre ella para rodar juntas sobre la cama medio desecha.

      María respiró profundamente una vez, dos, y lamentó que el viento hubiera barrido el perfume a jazmín que impregnaba la habitación de Alma y que tanto le gustaba. Luego cerró la ventana temblando. Había nevado. A pesar de estar avanzado el mes de mayo y de apuntar ya los primero brotes primaverales, esa noche había nevado. El campanario de pizarra negra de la ermita de Urt, en lontananza, amanecía espolvoreado de blanco como un pastel de nata. Pensó que era una mala premonición por tratarse de un año bisiesto y cruzó los dedos como le había enseña a hacer Sonia.

      - ¡Alma! repitió de nuevo María en la cocina.

      Pero allí todo estaba intacto, tal y como lo habían dejado la noche anterior después de la discusión, antes de la tormenta y la pesadilla. María fisgoneó meticulosamente. Ni un rastro de taza de café tomada a hurtadillas, ni una galleta mordisqueada, ni un vaso de agua bebido a deshora. Alma no había puesto los pies en la cocina. Segurísimo.


      - ¡Alma! insistió María gritando cada vez más nerviosa.

      Y su voz resonó en la era, en el porche y llegó hasta el viejo pajar que hacía las veces de garaje. Y allí María se detuvo unos instantes, justo en el lindar de la destartalada puerta de madera, esforzándose en acostumbrar sus ojos a la penumbra del interior. El viejo coche estaba inmóvil, cubierto de polvo y con las llaves en el contacto. Sin él Alma no podía haber ido muy lejos. Urt quedaba alejado de todas partes y a medio Camino de todos sitios. Era necesario coger el coche para ir a la ciudad, a la estación de trenes, a la pistas de esquí, a la montaña, a los lagos y hasta al supermercado de las afueras. Entonces, si no había cogido el coche

      María empezó a urdir una sospecha. Regresó al caserón y lo revolvió a conciencia. Efectivamente, las pertenencias de Alma estaban intactas. Su madre no podía haber salido de casa sin abrigo, sin bolso, sin llaves y sin zapatos.

      María, cada vez más alterada, iba acumulando más y más certezas que la remitían a la ansiedad que sintió la mañana de la muerte de su abuela Sonia. Era absurdo, pero todo parecía indicar que Alma se había esfumado con lo puesto, sin una miserable horquilla de su cabello, semidesnuda y descalza.

      Con el corazón latiéndole descompasadamente arrancó literalmente su grueso anorak de plumas del perchero de la entrada y poniéndoselo de cualquier manera, se cercioró de que las llaves estuviesen en el bolsillo, cerró la puerta tras de sí y salió a la carrera. En la callejuela, el viento helado se colaba silbando y zigzagueando por el estrecho corredor que dejaban las casas de gruesos muros construidas a resguardo del norte.

      Urt, de casas de piedra y tejados de pizarra, se alzaba en la cabecera del valle de Istaín, a pie de Pirineos, rodeado de altas cimas e ibones helados. En su plaza, orientada al este para recibir en su altar el primer rayo de sol, se levantaba la iglesia románica. En lo alto, dominando el valle y la entrada del desfiladero, se erguía el torreón en ruinas, habitado por cuervos y murciélagos. Antiguamente, el vigía permanecía alerta día y noche con una única tarea, mantener viva la antorcha destinada a prender la fogata al divisar al enemigo. La torre vigía de Urt era la torre madre de los valles, su señal se divisaba desde seis poblaciones distintas y cuenta la leyenda que la fogata de Urt detuvo el avance implacable de las huestes sarracenas a través de los valles pirenaicos, allá por el siglo VIII, en una hazaña ignorada y anónima.

      María se mantuvo al abrigo del viento hasta que franqueó las ruinas de las viejas muralla de Urt. Una vez a campo descubierto, recibió el azote del norte en pleno rostro. Dos gruesos lagrimones le resbalaron mejilla abajo, pero no se arredró y, enfrentándose al vendaba, tomó el Camino del bosque sin detenerse ni una sola vez.


      El viejo robledal aparecía de buena mañana con un aspecto lastimoso. Ramas desgajadas, troncos centenarios carbonizados, hojas caidas, matorrales chamuscados Aquí y allá la tormenta había dejado heridas que sólo el tiempo se encargaría de cicatrizar. María, con la ayuda de un bastón, desbrozaba palmo a palmo el manto grisáceo y fangoso que cubría el suelo. Temía dar con lo que buscaba. Lo temía tanto que lo negaba una y otra vez. Pero así y todo, y a pesar de su pánico, hacía su trabajo concienzudamente. Se había propuesto recorre el bosque de una punta a otra, revisando palmo a palmo todos sus rincones.

      Buscaba el cuerpo de Alma.

      María nunca podría olvidar la mañana en que desapareció Sonia ni la noche que precedió a su muerte. Sonia, su abuela había muerto en el bosque durante una noche de tormenta, hacía poco menos de un año, al regresar de atender su último parto. Era comadrona. Al recordarlo, María todavía notaba el sabor salado de las lágrimas que lloró por ella.

      Esa mañana, tras una espantosa tormenta, el día había amanecido cubierto de una neblina descolorida. Alma estaba inquieta porque Sonia no había dormido en su cama, y María sintió un miedo abstracto, inconcreto. Alma no dejó que la acompañara al bosque, quiso ir sola, y al regresar, aterida de frío y con los ojos cubiertos por una telaraña de dolor, n podía articular las pocas palabras que necesitaba comunicarle la muerte de su abuela. Pero no hizo falta porque María ya lo sabía. Había notado el gusto agrio de la muerte subiendo por su garganta nada más despertar. Alma, a duras penas, le explicó que ella misma había encontrado el cuerpo de Sonia en el bosque. Luego calló. Alma, de natural tan parlanchina, enmudeció y no respondió a una sola de las preguntas de María.

      Durante los días siguientes la casa se llenó de familiares lejanas venidas de todas las partes del mundo. Recibieron centenares de cartas, de llamadas telefónicas, de e-mails, pero nadie aventuraba nada. Por fin dijeron que había sido un rayo y la médica forense, una especialista que voló desde Atenas, así lo certificó. Sin embargo María no pudo besarla antes de meterla en su ataúd, pues su cuerpo estaba carbonizado, irreconocible.

      En el pueblo se habló largamente del rayo que alcanzó a la abuela de María esa noche de tormenta eléctrica, aunque nadie se explicó nunca, ni siquiera María, qué hacía Sonia en el robledal a esas horas de la noche. Su coche fue hallado en la carretera, aparcado junto a la cuneta del Camino forestas, con la ventanilla de la puerta del conductor abierta, los faros de posición encendidos y el intermitente parpadeando con terquedad.

      María se detuvo y el presente se reinstaló raudo entre las sombras de las hojas de los robles. Su bastón había topado con algo, con un objeto duro cubierto por la hojarasca. Sin poder remediarlo sus manos la traicionaron y comenzaron a temblar de forma insistente. Recordó los consejos de Sonia para vencer el miedo cuando el pánico se enseñoreaba de la voluntad. Dejó su mente en blanco y luego apartó las hojas con sus botas y contuvo la respiración: era un cuerpo todavía caliente, pero no pertenecía a un ser humano, era, era un lobo, mejor dicho, una loba, puesto que se distinguían perfectamente sus mamas hinchadas de leche. Sus cachorros no podían andar muy lejos. Pobrecillos, sin la leche de su madre estaban condenados a morir de hambre. María se consoló pensando que tal vez ya estuviesen lo suficiente crecidos para subsistir con la ayuda de la manada. Observó al animal. Era bello. Su pelaje, a pesar de la suciedad del barro, era de un gris perla, suave y sedoso al tacto. Sintió lástima por la joven loba y la cubrió de nuevo con hojas secas, ramaje y piedras para evitar que fuese pasto de los carroñeros. La loba estaba lejos de las montañas, había bajado al valle aventurándose en territorio humano y había hallado la muerte. ¿Por qué bajaría al valle?

      María miró su reloj. Eran las doce del mediodía. Decidió que lo más sensato sería volver a casa y comprobar si todo seguía igual. A veces sucedía que las circunstancias cambiaban inesperadamente y aquello que horas o minutos antes parecía horroroso dejaba de serlo.

      Confiando en la remota posibilidad de hallar a Alma en casa, encaró el Camino de regreso sin tomar precauciones y tuvo la mala fortuna de topar con sus compañeros de clase que salían a tropel de la escuela. Dar explicaciones o responder a preguntas engorrosas era lo último que deseaba hacer en aquellos momentos. Tampoco se veía con ánimos de afrontar las burlas. Así pues dio media vuelta y salió disparada en dirección contraria desviándose por el callejón del puente. Se giró para comprobar si había conseguido esquivarlos y ese gesto la perdió. No vio venir el Land Rover azul que bajaba la cuesta y sólo sintió un grito. Luego nada.

      María yacía en el suelo atontada, sin poder moverse, y la conductora del vehículo, una turista vestida con ropa deportiva, cabello rubio, ojos azules y leve acento extranjero, se arrodillaba sobre ella lamentándose y tanteando su cuerpo.

      - Pobrecilla niña, quédate quieta, llamaré a una ambulancia. ¿Cómo te llamas?

      Antes de que María abriese la boca, un montón de voces respondieron por ella.

      - María Fernández.
      - La enana sabelotodo.
      - La empollona.

      María quiso fundirse y se negó a abrir los ojos. Había oído la voz de Samarah, la chica más guapa de su clase, la que montaba las fiestas más guay y nunca la invitaba. Y también había oído la voz de Teb, el hijo de Rosalía, con el que jugaba de pequeña pero que ya no le hablaba, ni la miraba, ni la veía Quería morirse.

      Suponía que todos los buitres de su clase estaban en corro sobre ella, señalándola con el dedo, regodeándose de su desgracia, viéndola pequeña, enana, miserable, fea y cachondeándose de su accidente

      Quería morirse de vergüenza.

      Desde que las chicas de su clase crecieron, crecieron y la dejaron atrás, riéndose de su talla de niña, María se sentía una marciana. Ni Samarah ni las otras la invitaban a sus fiestas de cumpleaños, ni a sus salidas nocturnas a la ciudad, ni compartían con ella sus secretos, ni intercambiaban su ropa y sus CD. Y no era porque le tuviesen ojeriza o envidia por sacar mejores notas, sino que ni siquiera la veían. Su problema, el gran problema de María, era que a pesar de haber cumplido 14 años medía como una niña de 11 y pesaba como una de 9.

      Era invisible, pasaba inadvertida fuese donde fuese, excepto en el aula. En el aula brillaba con luz propia y ahí residía su pequeña tragedia. Tenía la mala suerte de entenderlo todo a la primera y de sacar las mejores notas, así que cuando respondía en clase o le puntuaban con un 10 en un examen sus compañeros se burlaban apodándola de enana sabelotodo. Para colmo de males, su inteligencia también molestaba a algunos profesores y en más de una ocasión se había arrepentido de morderse la lengua a tiempo. Últimamente se abstenía de levantar la mano en clase y procuraba cometer siempre alguna falta en los ejercicios para bajar nota. Pero daba lo mismo, continuaba siendo la enana sabelotodo. Y eso escocía, vaya si escocía.

      María, en el suelo, solo quería que se marchasen y la dejasen tranquila, que dejasen de mirarla con sus ojos burlones y poco compasivos.

      - ¡Fuera de aquí, niños, largo! les increpó la extranjera.

      La misma voz dulce y firme que la había atendido se había tornado dura e inflexible. Y le hicieron caso. Los chavales de su clase salieron a la desbandada y María, estirada en medio de la calzada, oyó el retumbar de las suelas de sus zapatos al correr por los suelos empedrados de las callejuelas de Urt. Corrían para propagar la noticia de su atropello.

      - María, ya se han ido murmuró la bella extranjera.

      María abrió los ojos y se sintió reconfortada. La esperaban una sonrisa cómplice y unos ojos azules y profundos como el lago, el recibimiento más dulce que una niña pudiera soñar tras una tanda de sucesos tristes.

      - Creo que no es nada comentó María imbuida de un súbito optimismo mientras se tocaba la pierna herida.
      - ¡No, espera, no te pongas de pie! intentó impedir la turista.

      Pero María ya se había levantado de un salto y movía las articulaciones una a una. Estaba perfectamente.

      - No puedo creerlo musitó la extranjera subiendo la pernera del pantalón de María y buscando la fractura de su pierna allí donde suponía que había recibido el impacto del Land Rover.
      - De verdad, estoy bien, sólo ha sido una rascada. Mire dijo María mostrándole la pierna y sintiendo la suave caricia de la mano delicada, muy blanca, sobre su rodilla.
      - Sube, te llevaré al médico yo misma insistió la mujer.

      Y la tomó de la mano para ayudarla a subir al vehículo alquilado.

      - No, no, no puedo ir al médico se resistió María.

      La extranjera pareció dudar.

      - Tiene que hacerte radiografías, pruebas

      María suplicó con vehemencia:

      - De verdad, que me es imposible. Tengo que ir a casa.
      - Pues te acompañaré yo misma y hablaré con tu madre.
      - ¡No puede ser! gritó María, corriendo ya calle abajo, totalmente repuesta de caída.
      - ¡Espera! gritó la hermosa mujer, desconcertada, sin saber que hacer.

      Pero María ya había desaparecido por el primer callejón a la izquierda y en esos precisos momentos estaba abriendo la puerta de su casa.

      A pesar de sus buenos presagios la casa continuaba vacía.

      Alma no había regresado.

      María se sentó en la mecedora que tiempo atrás estaba reservada para Sonia y se meció un largo rato. El movimiento repetido de echar el cuerpo hacia adelante y hacia atrás columpiando su tristeza, frenando su desasosiego, acabó por tranquilizarla y relajar su mente. No podía precipitarse, debía hacer las cosas ordenadamente, una tras otra. Alma estaba en alguna parte y, sí no tenía forma de comunicar con ella, bien podía intentar seguir su rastro.

      Antes de acudir a nadie en busca de ayuda, María imprimió todos los e-mails recibidos y enviados a lo largo de todo el último mes desde la cuenta de correo electrónico de su madre, apuntó religiosamente el número de las últimas 50 llamadas telefónicas que constaban en la memoria de su aparato y copió todos los movimientos de caja que registraban sus cuentas bancarias, comprobando así que no hubiera retirado dinero en la última semana y que no hubiera ningún cobro extraño durante el último mes.

      También hizo acopio de la correspondencia que guardaba en su cajón, correspondencia en su mayoría editorial y bancaria, y hojeó su agenda personal donde anotaba citas, compromisos y nombres. Al repasar los datos se dio cuenta de que el número telefónico más repetido en las llamadas recibidas y efectuadas provenía de Jaca, la ciudad más cercana a Urt y a la que Alma iba muy a menudo de compras.

      María marcó el número sin titubear. Al otro lado de la línea respondió una voz de hombre. Soy Simón, ahora no estoy en casa. Si quieres ponerte en contacto conmigo déjame tu mensaje. Pero María colgó. ¿Quién era ese Simón? ¿Por qué Alma no le había hablado nunca de él? ¿Un amigo? ¿Algo más que un amigo? En sus e-mails y en su agenda en cambio, no había ni rastro de Simón, ni nada que destacar, excepto, tal vez, una correspondencia cada vez más íntima y frecuente con una admiradora que se declaraba apasionada lectora de sus cómics y que le pedía una cita par conocerla personalmente.

      Firmaba como S.


      Victoria estaba corrigiendo exámenes junto al fuego. A veces, como aquella tarde, lo encendía sin necesidad, por el simple placer de acercar las manos a las llamas y gozar de su caricia. Estaba arrepentida de haber aceptado esa plaza de maestra en Urt. Tenía demasiados alumnos, el invierno duraba 10 meses y no le quedaban tiempo ni ganas para la música. Creyó que sería un destino tranquilo y el aislamiento le permitiría componer, pero se equivocó. Y no era únicamente el frío lo que hacía perecer las notas congeladas antes de nacer, eran las continuas interferencias que se sucedían una tras otra.

      La habían engañado. Había ido a parar al ojo del huracán. En es mismo instante llamaron al timbre y Victoria supo, por la desazón que la invadía, que lo peor aún no había llegado.

      La visita no era otra que María, la hija de Alma, que no había acudido a clase en todo el día. Precisamente acaba de corregir su examen. Un buen examen, demasiado bueno. Por eso le había bajado un punto con la excusa de que hacía la letra demasiado puntiaguda. Y no es que le tuviera ninguna manía especial a la niñaMaría era feúcha y tímida, pero no incordiaba. Lo que le fastidiaba era que Alma se apuntase los méritos de su hija y un 10 era excesivo para la petulancia de aquella pelirroja narcisista.

      - ¿Qué pasa, María?

      María no acababa de arrancar, tenía los ojos enrojecidos y parecía asustada. Victoria se impacientó y la obligó a sonarse los mocos y a beber un sorbo de agua fría. María se salpicó el jersey al beber. No era fea, sus ojos azules, de un azul cobalto, magnético, siempre habían fascinado a Victoria, pero tenía tan poca gracia la pobre, tan flaca y esmirriada, con esos jerséis grandotes y con aquellos cuatro pelos ralos, muy cortos, saliendo debajo de los gorros de lana que la afeaban tanto. Nunca había comprendido el mal gusto de Alma vistiendo a su hija y cortándole el pelo. Nadie que la viera juntas diría que la provocadora y atractiva pelirroja pudiera se la madre de aquella adolescente desgarbada. Por fin pareció que María reaccionaba.

      - Alma ha desaparecido.

      Victoria se puso a mil

      - ¿Cuándo?

      María estaba confundida y Victoria detectó que esquivaba su mirada con culpabilidad.

      - Esta mañana cuando me he levantado no estaba, por eso no he ido a la escuela. La he estado esperando, esperando, pero no ha regresado.

      Victoria exploró la posibilidad de que María se equivocara.

      - Debe estar en el despacho de Urcola, discutiendo sobre la última entrega de Zarco.

      María negó. Urcola era el editor de los cómics de su madre, y efectivamente se llevaban como el perro y el gato, aunque el personaje de Alma, Zarco, estuviese empezando a tener un cierto éxito.

      - No ha ido a la ciudad, el coche está en el pajar.
      - A lo mejor

      Sin embargo María estaba muy segura de lo que decía:

      - He repasado todos sus zapatos y abrigos y no falta ninguno. Y su bolso, con las llaves, las tarjetas y el billetero, está colgado del perchero.

      Victoria palideció y cogió el teléfono sin apenas dar importancia a la presencia de María. Mientras marcaba sentía que se la comía la rabia. Si tuviese delante a Alma la abofetearía, le tiraría de los pelos hasta arrancárselos uno a uno, le pisaría los pies embutidos en esas botas de tacón de aguja, llamativas, fardones. ¿Por qué? ¿Por qué no le hizo caso? Había estado buscando su propia ruina desde hacía un año, desde la muerte de su madre Sonia.

      - ¿Rosalía? Soy Victoria. Tengo aquí delante a María, que dice que Alma ha desaparecido.

      Victoria pareció asombrada al oír las palabras de Rosalía.

      - ¿Un accidente? y se dirigió a María -: Rosalía dice que has tenido un accidente, que te ha atropellado un coche esta mañana.

      María maldijo a Teb y a Samarah y a todos sus compañeros de clase.

      - No fue nada, ni siquiera me tocó.
      - ¿La has oído? Pues te esperamos.

      Victoria colgó el teléfono, se quedó mirando fijamente a María y sintió lástima por ella. Estaba sola y había pasado tantas desgracias seguidas No obstante no esta dispuesta a acarrear con los errores de Alma. Era la hija de Alma, no la suya. Miró sus exámenes, su fuego y no pudo evitar un rictus de contrariedad por todos los problemas que le supondría cualquier decisión que tomase.

      - Ahora vendrá Rosalía y te llevará a su casa.

      María abrió los ojos sorprendida.

      - Tenemos que ir a la policía.
      - ¡No! gritó en el acto Victoria.

      Luego al ver el efecto contraproducente que había causado en María rectificó:

      - Imagina que tiene un lío con con alguien. Sería un escándalo. La buscaremos.
      - Pero
      - Tu madre no está bien de la cabeza, hace muchas tonterías. ¿Quieres que además te señalen con el dedo por la calle?

      María calló. Sabía que Victoria, a pesar de ser amiga de Alma, la envidiaba. Envidiaba su melena roja y rizada, sus largas piernas, su simpatía y desparpajo. No hacía falta ser muy lista para darse cuenta de que Victoria, una maestra mojigata, hubiera vendido su alma al diablo por ser como Alma.


      Rosalía, la bibliotecaria, la que proporcionó a María todas sus lecturas infantiles, llegó resoplando con sus kilos de más. María pasaba apuros en su presencia puesto que era incapaz de distinguir cuándo estaba embarazada, cuándo estaba recién parida y cuándo no estaba ni una cosa ni otra. Calculaba, si no había perdido la cuenta, que Rosalía debía tener ya siete hijos, todos niños. El mayor era Teb y a María, la posibilidad de convivir con Teb bajo el mismo techo se le antojaba un suplicio. Teb era clavado a su padre, el herrero del pueblo, fuerte socarrón y moreno de cutis y cabello. Teb y ella se habían bañado juntos en la poza del río. Pero eso había sido de niños. Ahora Teb tenía moto, vestía vaqueros ajustados, se acababa de hacer un piercing en el lóbulo izquierdo, iba a la ciudad los sábados y, se cruzaba con ella, miraba hacia otra parte, como los demás, como casi todos.

      Rosalía, a diferencia de Victoria, era cariñosa y lo primero que hizo fue abrazar a María y abrumarla a besos.

      - Explícame, bonita, ¿cómo ha sido?
      - No sabe nada interrumpió Victoria.
      - Alguna pista nos podrá dar, algo que nosotras no sepamos

      Pero Victoria esta indignada.

      - Lo sabíamos, tú, yo y todas. Sabíamos que ocurriría tarde o temprano.
      - No te precipites.
      - ¿Qué pretendía si no Alma con sus faldas cortas y esa larguísima melena roja, chillona y rizada que ondeaba a los cuatro vientos? ¿Qué pretendía con esos reportajes en Internet, dejándose entrevistar y fotografiar en su casa, en su estudio, haciendo declaraciones controvertidas sobre el mundo del cómic y permitiéndose criticar a personajes públicos? ¿Y qué decir de sus continuas multas por excesos de velocidad? ¿Y sus sonadísimas borracheras?

      Rosalía la interrumpió azorada:

      - Victoria, por favor, estamos delante de María. Compórtate.

      Victoria tenía ganas de explotar desde hacía demasiado tiempo y no reprimió su última frase:

      - La ha perdido su ego.

      María se sintió obligada a defenderla:

      - Alma es especial, es diferente y yo la quiero.

      La agresividad de Victoria la hizo mostrarse valiente, pero también precavida. María decidió que no pasaría a nadie la información que había conseguido sobre los últimos movimientos de su madre.

      Victoria se sintió en falso. No soportaba a Alma, narcisista enamorada de sí misma, y le parecía mentira que la pobre niña a la que había eclipsado y arrinconado como un mueble viejo saliese en su defensa. Suspiró.

      - Lo siento, María, no tengo nada contra tu madre, sólo contra su falta de discreción. Es una forma de buscarse enemigos, de llamar la atención. ¿Comprendes?
      - ¿Quieres decir que ha desaparecido a consecuencia de esa entrevista en Internet? inquirió María sardónica.

      Victoria deseaba haberse callado la boca minutos antes.

      - No, no, yo, bueno yo, no me hagas caso. Pero que sepas que yo admiraba mucho a Sonia, tu abuela. Sonia era toda una dama.

      Rosalía la tomó de las manos.

      - María, esta noche, ¿has oído algo, has intuido algo desagradable como cuando?

      María fue tajante, contundente, ni se planteó de dónde salía la fuerza que la inspiró para responder con seguridad.

      - Mi madre no está muerta.

      Victoria y Rosalía respiraron aliviadas. La certeza de María no admitía dudas.

      - ¿Cómo lo sabes?
      - Lo sé y punto.

      Rosalía se sentó en la silla y quedó pensativa unos instantes.

      - María, haremos una cosa. Nosotras dos te ayudaremos a encontrar a Alma, pero tú también tienes que ayudarnos. En primer lugar te pediremos una cosa muy difícil para una chica curiosa como tú.
      - ¿Cuál?
      - Que no hagas preguntas.

      María tragó saliva. Necesitaba una sola razón para convencerse de que su discreción podría ayudar a encontrar a Alma.

      - ¿Está metida en algún lío?

      Rosalía y Victoria se miraron y asintieron.

      - Así es.
      - De acuerdo, no haré preguntas. ¿Y la segunda condición?
      - Que no hables con nadie de este tema, con NADIE. ¿Entendido?

      María asintió. Necesitaba beber las palabras de Rosalía para saber que la desaparición de Alma estaba dentro de los parámetros posibles de la lógica. Y así era.

      - ¿Y qué versión doy en Urt?
      - Diremos, diremos que Alma ha salido de viaje. A Berlín. ¿Te gusta Berlín?

      María asintió

      - ¿Y mientras tanto?
      - Mientras tanto yo me ocuparé de ti afirmó Rosalía.
      - ¿Dónde dormiré?
      - Pues, pues con
      - No puedo dormir con Esteban gritó con un cierto desespero María.
      - ¿Por qué no? Sois amigos.

      María se sintió desfallecer. Lo peor que le podía pasar en este mundo no era que su madre desapareciese, sino que le obligaran a pasar la vergüenza más grande de su vida compartiendo la habitación con Teb.

      - No, no somos amigos.
      - Pues así os reconciliáis. ¿Qué te parece?
      - Fatal.

      Rosalía suspiró y se llevó la mano al vientre. María se fijó. ¿Se movía? Sí, efectivamente, el enorme barrigón de Rosalía se agitaba inquieto. Debía estar embarazada de nuevo.

      Victoria, para librarse de su mala conciencia, le acarició el cabello con la mano tensa, un intento de aproximación que viniendo de ella significaba un gran esfuerzo.

      - Anda, te acompañaré a casa a recoger tus cosas, pero antes come algo, seguro que no has probado bocado.

      Y le sacó pollo frío y una verdura que recalentó en el fuego y que María, a pesar de odiar la verdura, agradeció. No había comido desde la noche anterior.


      continuará???????
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