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*****ODIO EN EL PARAISO CAPIX*****

May 10 2007 at 3:05 PM
Darlin  (no login)
de la dirección IP 201.230.229.239

 
Odio en el Paraiso

Capitulo IX



Gayla estaba sentada en la silla de la esquina. Demetrio esperaba que, como a un niño, se la viera pero no se la oyera, especialmente cuando tenía compañía - excepto en el caso de que la necesitase para entretener a dicha compañía -. Aquella noche se trataba del comisario, y sabía por experiencia que le gustaba mucho el sexo: era un cerdo, pero remilgado, aunque en aquella ocasión, como estaba de servicio, Gayla no tendría que prestar el suyo.
-¿Te has buscado algún enemigo recientemente, Demetrio?
- No tengo ni un solo enemigo en todo el mundo - dijo secamente -. Ya lo sabes.
Los dos sabían que la verdad era todo lo contrario. El comisario se aclaró la garganta ruidosamente y lanzó una mirada lasciva a Gayla, que permanecía impasible, como si fuera demasiado estúpida como para comprender el sentido de la conversación.
- Tal vez tome un poco de eso - dijo señalando la botella -. Esta noche hace mucho calor. – Demetrio le puso una copa abundante. Dio un trago e inmediatamente se le perló la frente de sudor - Puede ser que no tengas enemigos, Demetrio- dijo con una fuerte vibración de las cuerdas vocales -, pero desde luego alguien está enfadado contigo. Con sólo echar una mirada a los perros, ya se puede estar seguro de ello.
- Bastardos – murmuró Demetrio.
-¿Crees que eran más de uno?
- Uno disparó y el otro conducía la camioneta.
-¿Reconociste el vehículo?
Demetrio movió negativamente su lustrosa cabeza.
- Demasiado oscuro, demasiado rápido.
-¿Viste algo?
Gayla dio un salto cuando se dio cuenta de que el comisario se dirigía a ella. Escondió los pies descalzos bajo la silla y apoyó los dedos en el resquebrajado y gastado suelo de linóleo. Tenía las manos juntas con los puños de color café apretados. Alargando los brazos, presiono los puños entre los muslos como si quisiera esconder la evidencia. Se relajó y retiró las manos cuando se dio cuenta de que aquella postura le hacía más prominente el pecho. En respuesta a aquella pregunta, movió negativamente la cabeza. Por mucho que la torturasen, nunca les proporcionaría el nombre que querían. Aquel nombre era Maria Fernandez. Maria había ido al jardín de Demetrio y había disparado contra la perrera con una escopeta.
No parecía tener ningún sentido, pero era así. Podía reconocerla donde fuera, sólo rogaba a Dios que Maria no la hubiera visto. Maria no querría saber nada de ella, ahora. Su regreso no tenía nada que ver con ella, pero era conmovedor saber que su antigua amiga estaba allí.
- No vi nada - murmuró Gayla pronunciando mal deliberadamente.
Demetrio la riñó por encima del hombro.
-¿Dónde están tus maneras, chica? Prepárale algo de cena al comisario.
- No, gracias, Demetrio. Ya he cenado en el café.
- Hazle cena. - Los ojos de Demetrio eran tan penetrantes como agujas que la clavasen en el papel escaso decorado con rosas.
- No quiere.
- Te he dicho que le prepares algo - rugió Demetrio golpeando la mesa con el puño y removiendo el contenido color ámbar de la botella de whisky.
Gayla se puso en pie y sus pasos sonaron por el sucio suelo. Del estante que había encima de la antigua cocina de gas, cogió un plato, sacó de una olla una costilla de cerdo grasienta y oscurecida y la puso en el recipiente añadiendo una cucharada de verdura. Cortó un trozo de pan de maíz que había sobrado y lo colocó encima de la verdura; luego llevó el poco apetitoso plato a la mesa y lo dejó sin ceremonias delante del comisario.
- Gracias - dijo él dirigiéndole una sonrisa incierta.
- Es buena chica, casi siempre. Y si no lo es... - dijo dándole un cachete con la palma de la mano lo suficientemente fuerte como para hacerle daño. Gayla no se movió, ni siquiera pestañeó.
-¿Cuántos perros te mataron?
- Dos. A otro lo tuve que matar yo porque se lamentaba miserablemente. Tenía el cerebro colgando. Hay otro, además, que no podrá volver a pelear, es como si hubiera muerto. - Rió obscenamente -. Pero la perra preñada no está herida. Cuando para, tendré la mejor carnada de perros de pelea de la zona.
- Haré lo que pueda, pero no tenemos muchas pistas-dijo el comisario
- Tú me encuentras a los desgraciados que mataron a mis perros y Gayla y yo te haremos un regalito, ¿verdad, encanto?
El comisario dejó de masticar el tiempo necesario para observarla. Tenía los labios y la barbilla brillantes de grasa y ella se quedó mirándolo fijamente mientras se preguntaba si sus ojos revelaban el desprecio que sentía por todos los hombres.
El comisario tragó saliva y retiró el plato a un lado. Se levantó, intentó abrocharse los pantalones sobre su barriga y cogió su sombrero de vaquero.
- Bueno, mejor será que me ponga a trabajar en ello. Buscaré una camioneta con un agujero de bala.
- Todas las de la zona tienen alguno - dijo Demetrio mientras acompañaba al comisario asía la puerta de atrás, empujando a Gayla a un lado -. Tendrás que esmerarte más, ya sabes.
- No hace falta que me digas cómo debo hacer mi trabajo, Demetrio.
- Pues te advierto que, fuera quien fuese el culpable, sería mucho mejor que lo encontraras tú antes que yo.
Se intercambiaron una mirada de entendimiento. Paton se puso el sombrero, le dirigió a Gayla una última mirada babeante y salió por la puerta, que chirrió y se cerró de golpe tras él.

- Mientras estaba fuera ha recibido una llamada - informó a Maria la señora Graves -. He dejado el mensaje en la mesa del señor Rafael en el estudio.
- Gracias.
Los pasos de Maria resonaban en el suelo de madera del amplio vestíbulo central mientras se dirigía a la parte trasera de la casa, a la pequeña habitación que había bajo la escalera.
En el centro de la sala había una gran mesa maciza. Maria dejó el bolso y las llaves del coche encima de un montón de cartas por abrir y se instaló en el acolchado sillón de piel. Se parecía al de la oficina del aserradero pero no atesoraba tantos recuerdos. Rafael no acostumbraba usar aquel sillón muy a menudo.
Macy no quería que les llenara la cabeza con lecciones sobre la madera y sus distintos mercados. Se había quejado por encontrar a Maria encerrada con excesiva frecuencia en aquel cuartito, mientras Rafael hablaba de negocios con ella. A partir de entonces, Rafael le dio las clases en la oficina del aserradero, así mantenía la paz en la familia.
Maria ahora tenía en la cabeza a su padre. No se había producido ningún cambio en su estado. Hacía menos de una hora que el cardiólogo le había dicho que aquello, por si solo, ya era una buena noticia.
- Es como un partido empatado- había dicho -. Su estado actual no es como para celebrarlo, pero podemos estar satisfechos de que no esté peor.
-¿Todavía no sabe cuándo podrá operar?
- No, pero cuanto más tiempo le demos para recuperar fuerzas, mejor. En este caso, cada día de retraso es un punto a favor nuestro.
Tras una breve visita a la UCI, había vuelto a casa. Estaba desanimada, echaba de menos a Gerardo El calor era opresivo, estaba muerta de hambre y no podía soportar las incesantes peleas de Bruno y Fabiola; deseaba ansiosamente dormir toda la noche.
Mientras marcaba el número de teléfono que la señora Graves le había apuntado en un papel, reconoció dos de las principales razones por las que no había podido dormir bien. Una de ellas era Gayla Francés, el otro, Esteban Sanroman.
- Banco Nacional Delta.
Maria se dio cuenta de que habían contestado a la llamada.
- Mmmm, ¿perdón?
- Banco Nacional Delta. ¿Qué desea?
No se esperaba que la llamada fuera de negocios. En el papel estaba escrito el nombre de una persona y pidió por ella.
- El señor Luciano Cisneros, por favor - dijo con una sombra de interrogación en la voz.
- Tiene la línea ocupada. ¿Puede esperar un momento?
- Desde luego.
Mientras esperaba, Maria se sacó los zapatos y frotó las plantas de los pies en la alfombra para facilitar la circulación. Mañana volvería a ponerse sandalias. Con aquel calor, era masoquista llevar tacones y medias.
«¿Quién diablos debe ser Luciano ?» El nombre no le sonaba. Rebuscó en la memoria pero no consiguió recordar nada, por lo que dejó de intentarlo y se puso a pensar en asuntos más importantes.
Debía hacer algo por Gayla. ¿Pero qué? La historia que le había contado Esteban era demasiado extravagante para no ser cierta. Probablemente tenía razón al decir que a Gayla no le sentaría bien que se entrometiera, pero debía hacer algo de todos modos.
Esteban Sanroman. ¡Cielos! ¿Qué debía hacer con él? De entrada podía responder a aquella pregunta diciendo: «Nada. No hagas nada». Llevaba toda la vida viviendo en Ojo de Agua y prácticamente no se había dado cuenta de que estaba allí. ¿Por qué ahora le empezaba a preocupar? Sí, la había besado, ¿y qué? Lo mejor era olvidarlo.
El problema era que no se sentía capaz de conseguirlo. Era como un picor de una procedencia indeterminada. No sabía dónde rascarse para aliviar el recuerdo de aquel beso, que no debería haberle gustado pero que, en verdad, le había encantado. No podía dejar de pensar en él hasta que descubriera por qué cada vez que recordaba aquel beso notaba una corriente excitante en su interior.
- Le pongo con el señor Cisneros. Maria dio un respingo. - Oh, gracias.
-Cisneros.
-¿Señor Cisneros? Soy Maria Fernandez. Su interlocutor cambió drásticamente el brusco tono de voz; en un instante se suavizó hasta adquirir un matiz zalamero. - Bien, señorita Fernandez, es un placer hablar con usted, un verdadero placer. Gracias por llamarme.
-¿Nos conocemos? - El rió ante su franqueza.
- En esto la aventajo, he oído hablar tanto de usted que es como si la conociera.
-¿Trabaja en el banco?
- Soy el presidente.
- Felicidades.
O no captó su sarcasmo o prefirió ignorarlo.
- Rafael y yo tenemos muchos negocios juntos. Me dijo que estaba viviendo en Londres.
- Así es.
-¿Cómo se encuentra su padre? Le comunicó el último informe médico.
- No podemos hacer nada más que esperar.
- Aún podría ser peor - dijo emitiendo un suspiro de lástima.
- Sí, mucho peor. - La conversación flaqueaba y Maria se moría de ganas de colgar y tomarse una aspirina para aliviar el pesado dolor de cabeza que tenía -. Gracias por haber llamado, señor Cisneros. Estoy segura de que a mi padre le alegrará saber que ha preguntado por él.
- No era estrictamente una llamada de cortesía, señorita Fernandez.
Lo hubiera podido notar por el súbito cambio en el tono de su voz. Ya no parecía tener intención de ser cordial. -¿Oh?
- Tengo que verla. Negocios bancarios.
-¿A mí? Supongo que ya sabe que mi cuñado se ocupa...
- De las finanzas de la Explotación Forestal Fernandez, lo sé. Pero como este asunto podría afectar directamente a Ojo de Agua, me ha parecido que debía hablar con usted, a modo de favor.
Algo más que el dolor de cabeza le hizo arquear las cejas formando una profunda arruga.
-¿De qué se trata?
- Un préstamo pendiente de pago. Pero creo que sería mejor que lo hablásemos en persona.
A Maria no le gustaba aquel individuo, lo supo instintivamente. Su deferencia era falsa. No deseaba nada más que enviarlo al infierno; bien, no exactamente. Lo que quería por encima de todo era desnudarse, tomar una ducha tibia y tumbarse sobre la sábana fría de la cama antes de cenar, o incluso dormir un poco. Pero le estaban vedadas todas las posibilidades de relajación.
- Ahora mismo voy hacia allí - dijo decidida.
- Pero es que no tengo tiempo esta...
- Búsquelo.
Una hora más tarde, Maria entraba en el vestíbulo de falso mármol rosado del Banco Nacional Delta. El edificio era nuevo para ella y ocupaba ahora todo un bloque, justo en el centro de la ciudad.
Una recepcionista sonriente a quien no conocía la invitó a sentarse en una de esas sillas. Una vez instalada, echó una mirada a su alrededor y vio algunas caras conocidas que le sonreían desde sus cubículos y ventanillas. Cada rostro familiar que reconocía le daba fuerzas. Las palabras «Ojo de Agua» y «préstamo pendiente» le zumbaban en los oídos como moscas esperando que sucumbiera su presa.
- Señorita Fernandez, por favor, venga por aquí.
Cruzando el vestíbulo la llevó hacia una de las oficinas pecera, ocupada por el señor Luciano Cisneros, presidente del Banco Nacional Delta, que sonreía empalagosamente al darle la mano.
- Señorita Fernandez, ha tenido suerte de que la pudiera recibir. Siéntese, por favor. ¿Café?
- No, gracias.
Le hizo un gesto con la cabeza a la recepcionista y está se retiró. Él se sentó en el sillón reclinable que había tras la mesa y puso las manos sobre el estómago.
- Me alegro de conocerla finalmente.
Ella no estaba dispuesta a mentir diciendo que también se alegraba. Respondió simplemente:
- Gracias.
La intuición no le había fallado. Lo despreció en el instante en que lo vio. Seguro que le iba a dar malas noticias, que le causaría problemas.
La estuvo contemplando por más tiempo del que era halagador. Rayaba en el insulto.
- Bien, ¿qué opina de nuestro nuevo banco?
- Impresionante. - La había impactado, era cierto. No se sentía con ganas de explicarse.
- Lo es, ¿verdad? Estamos orgullosos de él. Ya era hora de que el centro de de la ciudad cambiara un poco la cara, ¿no cree?
- Soy sentimental.
-¿Qué quiere decir con eso?
Era de aquellas personas que no sabían callarse a tiempo.
- Quiero decir que me gustaba el centro como era antes.
Deshizo la sonrisa y puso el sillón reclinable en posición vertical.
- Una actitud muy sorprendente en una mujer moderna como usted.
- Confieso que tengo una vena anticuada.
- Bueno, desde luego que puede defenderse la antigüedad, pero yo creo que siempre hay lugar para mejorar.
Maria era lo suficientemente lista como para saber cuándo le lanzaban el cebo. Antes de entrar en una discusión con un hombre a quien no conocía y cuya opinión no le interesaba en absoluto, declinó la sutil invitación de enfrentamiento sacándose del dobladillo una pelusa inexistente.
Luciano se puso las gafas y abrió el dossier que tenía sobre la mesa.
- Siento haberla tenido que llamar, señorita Fernandez- dijo dirigiéndole una mirada intimidante por encima de los cristales. Se estuvieron mirando fijamente a los ojos sobre la reluciente superficie de la mesa; Maria ni siquiera parpadeó hasta que él volvió a concentrarse en el contenido del dossier -. Pero tengo la responsabilidad de proteger el interés del banco, por muy desagradable que pueda ser a veces esa responsabilidad.
-¿Por qué no va al grano? No importa lo desagradable que sea.
- Muy bien - dijo él enérgicamente -. Me preguntaba si la imprevista enfermedad de su padre tendría algún efecto en el pago del préstamo que le hice.
Para ganar tiempo, Maria volvió a cruzar las piernas. Intentaba mantener la compostura, aunque, cada vez que caía alguna sombra sobre Ojo de Agua, le entraba una sensación enfermiza y apabullante en el estómago.
- No tengo conocimiento del préstamo. ¿Cuáles eran exactamente los términos específicos?
Volvió a reclinar el sillón hacia atrás.
- Lo llamamos un préstamo a plazos. En este caso, Rafael pidió prestados trescientos mil dólares hace un año. Dispusimos que pagaría los intereses cuatrimestralmente. Todos se hicieron a tiempo.
- Entonces no veo dónde está el problema.
Apoyando los brazos sobre la mesa, se la quedó mirando con la seriedad del maestro de ceremonias de un funeral.
- El problema potencial, repito, potencial, es que el balance de la nota, además del pago final de intereses, vence el día quince del próximo mes.
- Estoy segura de que mi padre lo sabe y tiene el dinero reservado. Puedo autorizar una transferencia de fondos, si es eso lo que desea.
Su solidaria sonrisa no contribuyó a calmarle el estómago.
- Ojala fuera así de fácil - dijo haciendo un gesto de impotencia -. La cuenta personal de Rafael no cubre la cantidad del préstamo. Ni siquiera los intereses.
- Ya veo.
- Y tampoco la cuenta de Explotación Forestal Fernandez.
- Pero el banco debía prever este riesgo. Estoy segura de que un préstamo de este tipo está garantizado.
- Lo está. – Maria aguantó la respiración, pero sabía lo que venía luego -. Puso Ojo de Agua como garantía subsidiaria.
Vio las estrellas, como si le hubieran dado un mazazo en la cabeza.
-¿Que parte de Ojo de Agua?
- La casa y una cantidad determinada de las tierras.
-¡Pero es ridículo! La casa sola ya vale más de trescientos mil dólares. Es imposible que mi padre estuviera de acuerdo con eso.
Luciano volvió a hacer aquel gesto de impotencia, acompañado de un movimiento de manos. Seguidamente se encogió de hombros y añadió:
- Cuando pidió el préstamo, no tenía otra solución. Estaba metido en un serio problema por falta de liquidez. Fueron las mejores condiciones que pude ofrecerle, y él hizo lo que tenía que hacer, como yo.
-¿Beneficio?
- Por favor, señorita Fernandez - dijo con expresión forzada - Me gustaría que pudiéramos llevar este asunto amistosamente.
- No somos amigos y dudo seriamente que algún día podamos serlo - dijo levantándose y mirándolo desde arriba -. No se preocupe, me encargaré de que se pague el préstamo a su debido tiempo.
Levantándose, arqueó las cejas.
- No la culpo por preocuparse, sólo le faltaban estas noticias, pero no puede culparme de que yo también me preocupe, a la vista de la enfermedad de su padre y del cierre del negocio. Esto podría seguir así indefinidamente.
- No es necesario que nos alarmemos ni usted ni yo - dijo deseando que fuera así -. Pagaremos la deuda a su debido tiempo.
La sonrisa de Luciano era más falsa que la acuarela que colgaba detrás de la mesa, pero a Maria no le sorprendía.
- Sería una tragedia si nos viéramos obligados a hipotecar.
- Jamás - respondió con una sonrisa tan poco auténtica como la suya -. Y, si lo desea, ya puede grabar esta palabra en una de las falsas columnas rosadas de su vulgar vestíbulo. Adiós, señor Cisneros.

Lo que Luciano Cisneros le había dicho a Maria era la pura verdad. Maria pasó el resto del día en el estudio de Rafael, en Ojo de agua, revisando los balances de todas sus cuentas bancarias. Prácticamente no tenían líquido a su disposición, y mucho menos una cantidad cercana a los trescientos mil dólares.
Estaba contemplando ensimismada el reducido total de la suma en la calculadora, cuando entró Bruno.
- En la pasillo se están sirviendo bebidas.
Los días siguientes a la pelea de perros, Bruno se había mostrado resentido y arisco, pero últimamente había cambiado de táctica y se mostraba jocoso. Aquella alegría la molestaba tanto como los arañazos de la piedra pómez.
-Bruno , debo hablar contigo - dijo dejando el lápiz que estaba usando y poniendo las manos sobre la mesa -. ¿Por qué cerraste la Explotación Forestal Fernandez cuando papá sufrió el ataque de corazón?
La amplia sonrisa de Bruno se alteró reflejando signos de deterioro en los bordes, pero consiguió mantenerla.
-¿Quién te lo ha dicho?
-¿Qué importa quién me lo haya dicho? Lo habría descubierto yo misma antes o después. Ahora quiero una respuesta.
-¿Por qué me lo preguntas?
- He recibido una llamada telefónica del señor Cisneros del Banco Nacional Delta - dijo suspirando resignada.
- Aquel imbécil, no tenía ningún derecho a...
- Tenía derecho, debemos mucho dinero a su banco. Y yo tengo derecho a saber qué demonios está ocurriendo aquí, cosa que espero me digas.
- Bien, para empezar, yo también quiero saber lo que has estado haciendo últimamente. - Por un momento pensó que Bruno había descubierto su visita al estanque y quizá también el beso. Casi se sintió aliviada cuando añadió -: En el pueblo sólo se habla de que alguien disparó contra la perrera de Demetrio y mató a tres de sus perros. Va echando espumarajos de cólera asegurando que encontrará al culpable. - Se quedó mirándola fijamente -. Tú no tienes nada que ver con ello, ¿verdad?
-¿Cuándo ocurrió? - preguntó.
- El domingo por la noche.
- Me fui a dormir pronto, ¿te acuerdas?
Se sentó en la esquina de la mesa y repasó cuidadosamente la expresión de la cara de Maria.
- Sí, me acuerdo. - Cogió un pisapapeles de hierro y se lo pasó de una mano a la otra -. Según Demetrio, apareció una camioneta por el camino corriendo como una centella y recogió al que había matado a los perros. Dice que disparó a la camioneta con su pistola y que dio en la puerta del copiloto. - Cruzó los brazos sobre su muslo y se inclinó hacia delante, susurrando -. Ahora, adivina quién luce un agujero de bala recién hecho.
-¿Quien?
-Esteban Sanroman.
-¿Ha reconocido ser culpable?
- Ha dado otra versión. Dice que le dispararon cuando huía de la habitación de un hombre casado o, más específicamente, cuando huía de la mujer de un hombre casado.
- Nadie puede discutírselo.
Bruno le dedicó una sonrisa.
- En cualquier caso, no se le puede discutir la posibilidad. Pero ¿sabes qué creo yo? - Obstinada y calmada, esperó que siguiera. Bruno -. Yo creo que tú mataste a los perros y Sanroman te ayudó. Lo que me pregunto es qué tipo de moneda intercambiaste, porque un hombre como el nunca hace algo por nada.
Se levantó de golpe del sillón, y, sintiéndose atrapada, dio una vuelta a la mesa.
- Estás cambiando de tema.
Bruno le cogió la muñeca. La expresión de su rostro cambió, borrando la anterior falsedad.
- Creo que te dije que te mantuvieras alejada de él, Maria.
Dio un tirón para liberar la muñeca.
- Y yo te dije que no necesito un guardián. Pero, por lo visto, tú sí que lo necesitas, así el negocio de mi padre no estaría en el aprieto en que se encuentra ahora.
- También es mi negocio.
-¿Entonces por que lo cerraste?
- Por el amor de Dios, ¿por qué gritan tanto? - dijo Fabiola entrando en la habitación -. Les agradecería que bajaran la voz - añadió, cerrando la puerta tras ella -. La señora Graves no habla mucho aquí, pero probablemente sea una charlatana cuando se trata de esparcir chismes. A ver, ¿qué pasa?
- Nada que te importe - la cortó Bruno.
- Sí que le importa - le contradijo Maria - Vive aquí. Debería saber que Ojo de Agua está en peligro.
Fabiola miró a uno y luego al otro.
-¿De qué demonios hablas?
Mientras Maria resumía la conversación con Cisneros, Fabiola dio un sorbo a su vaso de whisky.
Bruno maldijo a aquel individuo.
- Debiera haber sabido que nos involucraría a todos. Es un viejo quisquilloso, probablemente maricon.
-A mí me importa un comino que duerma con ovejas - declaró Maria enfadada -. Los hechos son los mismos. Tenemos un préstamo a punto de vencer y no hay medios para pagarlo.
- Yo me encargaré de hacerlo – murmuró Bruno.
-¿Cómo, Bruno, cómo? - dijo Maria dando la vuelta a la mesa y sentándose. Ojeando las cuentas que acababa de revisar, levantó las manos en señal de rendición y dijo -: Estamos sin crédito.
-¡Sin crédito! - dijo Fabiola con una carcajada incrédula - Es imposible.
- Papá utilizó Ojo de Agua para cubrir un préstamo de trescientos mil dólares. No puedo entender por qué lo hizo, pero es así.
- Estaba desesperado - dijo Bruno-. A mí también me pareció una locura, pero no quiso escuchar mi consejo, no suele hacerlo.
Maria salió en defensa de Rafael.
- Estoy segura de que hizo lo que tenía que hacer. No podía prever que tendría un infarto y que tú cerrarías al instante el negocio.
- No dejas de echármelo en cara. Muy bien, al fin has conseguido echarme la culpa, si era eso lo que querías.
- No, no lo es. No podemos permitirnos el lujo de enfadarnos entre nosotros. Quiero una explicación.
Bruno se mordió la parte interior de la mejilla. Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y levantó los hombros defensivamente.
- Es muy simple. Estábamos perdiendo más dinero del que ganábamos, no teníamos contratos y Rafael pagaba a todo el mundo el mismo sueldo de siempre. Para empeorar las cosas, ofrecía una prima a los trabajadores que trabajaban por su cuenta, a los independientes.
- No podía dejarlos en la cuneta.
- Y probablemente sea ésa la razón por la que la Explotación Forestal Fernandez se halle en el estado en que está - dijo Bruno acalorado -. Me pareció mejor cerrar entonces, antes de perder más dinero.
-¿Cómo vamos a pagar esa cantidad dentro del plazo? Tenemos hasta el día quince del próximo mes para encontrar el dinero.
Fabiola se dejó caer en la silla y se examinó negligentemente la uñas. Bruno fue hacia la ventana, jugando nervioso con las monedas que llevaba en el bolsillo.
Bruno se giró y le dijo:
- Fabiola y tú tenéis el dinero de la herencia de vuestra madre.
- Olvídalo - dijo Fabiola-. No pienso arriesgar mi herencia para salvar la Explotación Forestal Fernandez o Ojo de Agua. Antes lo vendería todo.
-¡No te atrevas a decir eso! - dijo Maria con ganas de abofetearla. Fabiola no se había preocupado nunca por la propiedad como ella y su negligencia se lo demostraba una vez más.
-¿Qué me dices del amigo ese de Londres?
-¿Gerardo? ¿Qué pasa con él? - dijo Maria mirando fijamente a Bruno.
- Es rico, ¿no?
- No puedo pedirle dinero a Gerardo.
-¿Por qué? Duermes con él, ¿no?
Ignorando la afrenta, Maria negó con la cabeza inflexible.
- Es improcedente. No puedo ni quiero pedirle dinero.
- Entonces, ¿qué propones que hagamos?
La condescendencia de su voz le molestó.
- Propongo abrir de nuevo la Explotación Forestal y ganar dinero para pagar el préstamo.
-¿Cómo dices?
- Ya me has oído, Bruno.
- No puedes hacerlo.
Fabiola rió disimuladamente.
-A ella le encantaría, cariño, eso de ir cada día al viejo y horrible aserradero. Mamá la tenía que sacar de allí a rastras.
- Lo prohíbo - dijo Bruno enfadado.
Unos minutos antes, Maria no veía ninguna salida a aquel dilema inesperado, y ahora que se le había ocurrido una idea tan clara como el cristal, tomó la decisión que parecía buena. Quería hacer aquello por su padre, lo necesitaba para conseguir la paz mental.
- No puedes prohibirme nada, Bruno- le dijo secamente -. Para mañana quiero la contabilidad de los últimos años en la oficina del pequeño desembarcadero. Todo: contratos, nóminas, retornos de impuestos, recibos de gastos..., absolutamente todo.
- Rafael se enterará de esto – exclamó Bruno.
Maria lo señaló con un dedo acusador.
- Desde luego que sí. Quiero saber por qué Explotación Fernandez pasó de ser un negocio productivo a una compañía sin fondos, al borde de la ruina, sólo seis años después.
- Supongo que crees que es culpa mía, que el declive de la compañía empezó cuando entré yo.
- Por favor, Bruno, no seas infantil - dijo Maria con cansancio -. No estoy culpando a nadie.
-A mí me lo parece - dijo Fabiola saliendo por una vez en defensa de su marido.
- Es culpa de la economía - dijo Bruno-. Tú ya no puedes entenderlo, Maria. Las cosas han cambiado.
- Entonces tal vez debiéramos cambiar con ellas.
- Nos tenemos que enfrentar a firmas grandes y a otras empresas asociadas.
- Todavía hay lugar en el mercado para pequeños operadores como nosotros. No intentes decirme lo contrario.
Bruno se mezo los cabellos frustrado.
-¿Tienes idea de lo complicado que es llevar un negocio como éste?
- Estoy segura de que lo descubriré.
- Me vas a dejar como un idiota. ¡Mientras tu padre esté indispuesto, la Explotación Fernandez es asunto mío!
- Era - dijo Maria fríamente levantándose -. Si querías llevar los pantalones en la familia, deberías habértelos puesto el día en que se llevaron a papá al hospital.
Maria abandonó la habitación. Bruno, maldiciendo, la vio salir y se giró hacia su mujer que, indolentemente, se acomodaba en el sillón bebiendo su copa. Fabiola dedicó un desdeñoso encogimiento de hombros a su marido y se acabó el licor.
continuara...

 
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AutorReply
MARIA
(no login)
83.42.60.24

Re: *****ODIO EN EL PARAISO CAPIX*****

May 10 2007, 3:53 PM 

ARRIBA ESA MARIA
BRUNO Y FABIOLA LLEVARON LA EXPLOTACION A LA RUINA
SIGUELA PRONTO O EMIEZO A AMENAZARTE
SALUDOS

 
 
vity
(no login)
80.39.191.129

*****ODIO EN EL PARAISO CAPIX*****

May 10 2007, 5:35 PM 

guauuu bien por maria esta fabulosa sigue prontito un bso y gracias

 
 
sofia
(Acceso sofia_cabal)
189.140.144.221

hola

May 10 2007, 7:05 PM 

que bien por maria!!!! que se ponga los pantalones y se haga cargo de la deuda, y mucho mejor aun que no pueda dejar de pensar en el beso de esteban
continua pronto
cuidate mucho
atte-sofia

 
 
MARLY
(no login)
201.8.74.140

Re: *****ODIO EN EL PARAISO CAPIX*****

May 10 2007, 7:06 PM 

ESPERO QUE MARIA SAYA DESTE LIO...
300 MIL WOOOW QUE GRANA!!!
SEGUILAAA AMISS
CUIDATE
=D

 
 
ADLI
(no login)
201.141.75.2

Re: *****ODIO EN EL PARAISO CAPIX*****

May 10 2007, 10:31 PM 

CONTINUA PRONTO

 
 
 
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