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Capitulo 9
EN el sueño de Maria, el bebé más perfecto del mundo yacía ante su vista sin que nadie lo reclamara. En el momento en que tendió los brazos ansiosamente para tomar posesión de él, un par de manos crueles llegaron primero.
—Dije que no —intervino la voz de Esteban en tono de gélida desaprobación, y la seductora imagen de aquel encantador bebé de dulce aroma se desvaneció.
Maria se despertó con sollozos ahogados. Una doncella estaba corriendo las cortinas. Estaba en la cama pero estaba sola. Tenía un confuso recuerdo de gozo al sentir unos brazos masculinos que la levantaban y otro de aflicción cuando aquellos brazos la depositaron enseguida en el frío abrazo de la sábana. Sus mejillas enrojecieron. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que Esteban se diera cuenta de que huía en dirección contraria porque no podía controlarse si se acercaba demasiado? ¿O ya se daba cuenta?
Cuando los pasos de Maria resonaron en las escaleras veinte minutos más tarde, Esteban salió del salón. Un haz de luz brilló en su exuberante cabello negro, hizo centellear sus ojos y marcó sus rasgos de escultura clásica. Maria se quedó helada al sentir una intensa excitación sensual al verlo. No podía apartar los ojos de él y las cuchillas de su deseo insaciable la atravesaron cruelmente. Esteban echó la cabeza hacia atrás y la contempló con ojos entornados y pícaros.
—Sabía que dormirías hasta tarde. Has pasado la noche muy inquieta —le dijo Esteban, y Maria se sonrojó—. Vamos a almorzar fuera de casa.
Había un Ferrari aparcado a la entrada de la casa. Le resultaba algo familiar, pero Maria no fue capaz de ver la conexión. Subió al interior con las piernas temblorosas, apenas consciente de lo que hacía. Una voracidad ilimitada se había apoderado de ella. Levantó una mano para echarse atrás el cabello y fue plenamente consciente de sus senos henchidos y de la dolorosa rigidez de sus pezones.
Poco después, en el tenso silencio, Esteban detuvo lentamente el coche en un área de descanso que quedaba oculta de la carretera por una tupida línea de árboles. Había algo increíblemente familiar en aquella vista, pero Maria no se percató de qué era, sólo se quedó más confundida. Con un ademán aparentemente natural, Esteban soltó el cinturón de seguridad de Maria.
—Mereces estar agonizando —murmuró con suavidad—. Eres una pequeña bruja testaruda. Podrías probar a confiar en mí...
— ¿Confiar en ti? —repitió Maria sin poder razonar.
—Si yo puedo perdonarte por lo de Estrella, tú puedes perdonarme por ser tan orgulloso como para no ir a Londres en tu busca.
Maria se quedó sin respiración. Con unas pocas palabras, Esteban había derribado los muros que había entre ellos como si hubiera adivinado que su desconfianza nacía del tremendo dolor que había sufrido tras su separación. Esteban se inclinó sobre ella con ojos ardientes que la cautivaron.
—Y aquí, ahora... es donde volvemos a empezar. Tú, yo, nada más.
Como una muñeca programada, Maria levantó una mano torpemente y deslizó un dedo por la curva sensual de sus labios.
—Te amé tanto —susurró con voz quebrada recordando su aflicción.
—Eso lo cambia todo, piccola mia —le dijo con una vibrante sonrisa. Esteban separó los labios para atrapar aquel dedo intruso y lo lamió con la lengua.
Maria emitió un ronco gemido y sintió un intenso dolor en la entrepierna. Sus párpados cubrieron sus ojos empañados por la pasión y arqueó la espalda escurriéndose lánguidamente en el asiento. Aquella respuesta sumisa despertó un ahogado gemido en Esteban, que deslizó una mano por debajo del vestido y exploró la piel suave de la parte interna de su muslo. Las piernas de Maria se abrieron suavemente. El mero roce de un dedo en el calor ardiente y la humedad que sentía por debajo de sus braguitas de seda la redujeron a un trémulo sometimiento.
—Se suponía que éste era mi castigo, no el tuyo —confesó Esteban con voz ronca. Luego hundió una mano ávida en su melena y abrió sus labios con un rudo beso de frustración sexual. Se apartó de ella, volvió a ajustar su cinturón y, maldiciendo en voz baja, volvió a poner en marcha el motor.
—Vamos a almorzar con mis padres —anunció Esteban como concisa explicación.
—Ah... —dijo Maria, demasiado absorta en otras sensaciones como para reaccionar. Por fin comprendió por qué todo le resultaba tan extrañamente familiar—. Este es el mismo coche que usabas para salir conmigo y aquí es donde parábamos antes de que me dejaras en casa de los Morgan.
—Dios, Maria... ¿y ahora te has dado cuenta?
El mismo coche. Había conservado el Ferrari durante todos aquellos años. Esteban no era sentimental y, sin embargo, la había llevado a la misma casa que entonces... Su hija misma lo había llamado romántico e impetuoso. ¿Cómo podía estar tan ciega una mujer? ¿Sería posible que Esteban estuviese tan obsesionado como ella en recuperar lo que había perdido?
Maria se adentró en la imponente mansión de Roma que había sido el telón de fondo de las semanas más tristes y tensas de su vida y se encontró, no con los Borgia del siglo XX, sino con dos ancianos claramente angustiados pero tan ansiosos de enmendar el pasado como ella.
—No te acogimos en la familia como hubiera sido nuestro deber la primera vez que te casaste —reconoció Leon encontrando la mirada de Maria—. Buscábamos a alguien a quien echarle la culpa. Y desgraciadamente, veros a los dos juntos era como ver un coche sin frenos a punto de despeñarse por un precipicio. Esteban pareció sufrir un cambio de personalidad de la mañana a la noche. Y tú tampoco eras feliz. Dispuse el divorcio con el sincero convencimiento de que hacía lo que debía.
Percibiendo su sinceridad, Maria tragó saliva y asintió.
—Pero no me dijiste la verdad sobre el acuerdo —le recordó Esteban a su padre con voz grave.
—En aquellos momentos parecía mejor mantenerlo en secreto —suspiró Leon SanRomán haciendo una mueca.
—Supongo que querréis tener más hijos lo antes posible... —dijo la madre de Esteban con evidente ansiedad.
Maria se puso rígida y dirigió la mirada a Esteban.
—No lo creo —dijo frenando a su madre con la mirada.
Maria inclinó la cabeza. Era estúpido sentirse rechazada. Incluso más estúpido sospechar de sus razones. ¿Cómo podía culparlo de pensar así? Esteban sólo podía tener los recuerdos más terribles de su embarazo.
Esteban la asió de la mano cuando volvieron a salir a la luz del sol.
— ¿Ves? Los monstruos estaban en tu imaginación. Mis padres son conscientes de lo mal que se portaron en el pasado.
Su comprensión la conmovió en el fondo de su ser. Se cruzó con aquella mirada dorada y su corazón se aceleró. Le resultó imposible concentrarse. No hablaron gran cosa durante el trayecto de regreso a la casa de campo. Habiendo escapado de milagro de una multa por exceso de velocidad, Esteban atravesó las puertas de la finca con un suspiro de alivio.
— ¿Recuerdas lo que hicimos para recuperamos la primera vez que conociste a mi familia? —murmuró con voz ronca.
Maria se puso acalorada y se ruborizó. Habían hecho falta muchas copas de vino para sobrevivir a aquella comida tantos años atrás y Esteban la había subido escaleras arriba asegurando entre risas que no podía llevarla a casa hasta que no se le pasara la borrachera y... Maria había intentado quitarle los vaqueros con los dientes.
—Todavía estoy esperando a que lo vuelvas a hacer.
Estaban atravesando con paso firme el vestíbulo en dirección a las escaleras, cuando apareció una doncella.
—Un tal Signor Barry Stevens está al teléfono, signora —recitó sin aliento.
— ¿B... Barry? —tartamudeó Maria por la sorpresa.
— ¿Cómo demonios tiene este teléfono? —la acusó Esteban.
— ¡No lo sé!
—Es evidente que has estado en contacto con él desde que llegamos —declaró clavándole repentina mente una gélida mirada.
Maria contestó desde la biblioteca.
— ¿Quién te ha dado este número? —silbó sin más preámbulo.
—Estaba en mi mesa cuando regresé ayer a la agencia. Creía que eras tú la que quería que llamase...
—No —gruñó Maria—. Alguien debe de haberte gastado una broma. Barry, por favor, no vuelvas a llamar —suspiró con voz cansina.
Esteban seguía de pie en el vestíbulo con el rostro moreno impasible y duro como el granito.
—Esteban —dijo Maria inspirando profundamente— Bianca o Fabiola deben de haberle dado a Barry este número, porque yo no he estado en contacto con él...
— ¿Por qué demonios iba a querer ninguna de ellas hacer una cosa así?
—Las dos parecen igualmente empeñadas en crear problemas en nuestro matrimonio —declaró Maria tenazmente levantando la barbilla en respuesta a su incredulidad.
—No estoy para locuras sobre conspiraciones, Maria. Si tu amiguito te echa de menos, échale la culpa a otro. Pero no insultes mi inteligencia tratando de meter a mi hermana o a Fabiola en el lío que has dejado a tus espaldas.
Maria sintió el escozor acre de las lágrimas en sus ojos cansados.
—Dijiste... dijiste que podía probar a confiar en ti... ¿cuándo vas tú a probar a confiar en mí?
Esteban la miró con frío desprecio y salió de la casa.
Tratando desesperadamente de dar la impresión de que no había notado su ausencia, Maria estaba flotando en una colchoneta en la piscina cuando Esteban reapareció. Como le había costado tanto subirse a ella, no movió un músculo y mantuvo su pose de estar tomando el sol relajadamente.
—Si te has metido en el agua sin saber nadar, te mataré —le espetó Esteban en señal de bienvenida.
—Sé nadar... —dijo denotando satisfacción—. Incluso puedo hacer de socorrista.
— ¿Desde cuándo?
—Desde que encontré un instructor que no pensaba que dejándome caer en el extremo más hondo de la piscina diciéndome que flotaría funcionaría milagrosamente.
—Sal —le ordenó Esteban.
— ¿Por qué? —replicó Maria incorporándose repentinamente sin el debido cuidado.
La colchoneta se tambaleó y, pese a su esfuerzo por recuperar el equilibrio, acabó cayendo ruidosa mente al agua.
—Suelta —balbuceó cuando Esteban la remolcó hasta el borde, sin creer que se hubiese tirado al agua para un rescate tan absurdo con la ropa puesta—. Ya te he dicho que sé nadar.
Esteban la arrastró escalerillas arriba a pesar de todo.
—Preferiría ver alguna prueba de tu dominio antes de arriesgarme a permanecer de brazos cruzados mientras tú te ahogas.
—No pienses que voy a interpretar el papel de Ofelia.
—Sería muy difícil —dijo Esteban levantando la ceja con sarcasmo—. Ofelia no tenía un pasado que abarcase a la mitad de los hombres del Reino Unido.
— ¿Cómo te atreves? —jadeó Maria indignada.
En medio de un palpitante silencio, Esteban se despojó de los vaqueros y de la camisa, que estaban empapados, y se tiró de cabeza al agua para luego recorrer la piscina con brazadas rápidas y agresivas. Maria se acercó al borde y esperó a que llegara poniéndose de cuclillas.
—Crees que he hecho el amor con todos ellos, ¿verdad?
Unos turbados ojos verdes se clavaron en los suyos como el rayo.
— ¿Tú qué crees? —replicó Esteban con soma antes de hacer otro largo en la piscina.
— ¿Esteban? —inquirió Maria la siguiente vez que se acercó.
—No quiero saberlo —masculló y, apoyándose en los azulejos del borde, salió de la piscina y pasó delante de ella completamente desnudo. Luego asió una toalla y permaneció de pie secándose el pelo—. Me vas a desgastar con la mirada, Maria. Sé una dama y mira en la otra dirección —le aconsejó con la espalda hacia ella.
—Yo... —empezó a decir Maria, colorada como un tomate.
—Y no tengo ningún deseo de hablar de tu registro fotográfico de trofeos masculinos.
—¡No he tenido ni una sola relación seria desde que nos divorciamos! —reconoció Maria a regañadientes.
—No me digas —replicó Esteban en tono sarcástico.
—Claro, se me olvidaba —dijo Maria palideciendo—. Soy tan superficial, ¿verdad? Estoy gastando saliva para nada.
Al pasar de su lado para irse, Esteban la asió del brazo con fuerza y le hizo retroceder.
—Nada de volver a salir corriendo.
— ¡Suéltame!
En vez de soltarla, apresó su boca con un beso de castigo. Las piernas de Maria vacilaron cuando su lengua atravesó sus labios poniendo en evidencia su voracidad. Trató de resistirse y luego se rindió sintiendo que se encendía un río de fuego en su vientre. Con un gemido nacido de su ardiente deseo, Maria le rodeó el cuello con los brazos.
—Soy un posesivo y un celoso empedernido. Los dos lo sabemos, ¿qué queda por decir? —inquirió Esteban con voz ronca despojándola de la parte superior de su bikini para luego rodear sus senos desnudos con las manos con un gemido de apreciación—. Dios... Ardería mil años en el purgatorio sólo por esto.
La levantó y la llevó en brazos hasta la casa.
— ¿Y el personal? —inquirió Maria.
—Les dije que se fueran.
Aterrizaron en la cama en un nudo salvaje de miembros húmedos. Esteban la colocó encima de él y contempló con ardientes ojos verdes sus pálidos senos henchidos adornados con suculentos pezones rosados. Luego los acarició provocando estremecimientos de placer en el cuerpo de Maria.
—Eres la única mujer a la que he amado — Esteban con voz áspera—. Y tengo tantas ganas de estar dentro de ti, que me muero.
Maria recorrió su amplio tórax adorando la flexibilidad de sus músculos y los recios rizos de pelo negro que encontraban a su paso las yemas de sus dedos. Esteban enredó sus dedos en el cabello de Maria y atrajo sus labios a los suyos para besarla y envolverla con su aroma cálido y su tacto inolvidable. La apretó contra su cuerpo. Maria sintió su tensa virilidad contra su vientre y emitió un sollozo de urgente y jadeante necesidad. No podía acercarse lo bastante a él como para satisfacerse.
Rodaron juntos y Esteban quedó sobre ella. Con una mano impaciente la despojó de las braguitas de su bikini. Maria sintió que su corazón palpitaba con fuerza cuando Esteban descubrió los rizos pálidos y húmedos de su entrepierna y la carne caliente y sedosa que Maria abrió para él. Así, de repente, el poco aire que entraba en sus pulmones le quemaba la garganta a medida que el placer se apoderaba de ella con una intensidad agridulce que era más de lo que podía aguantar.
Mientras Esteban exploraba aquel mojado vacío en lo más íntimo de su ser, Maria emitió un sollozo largo de tormento. Nunca en su vida había anhelado nada tanto como la dura y ardiente invasión del cuerpo de Esteban dentro del suyo. Clavó en él manos impacientes y suplicantes y, fuera de control, echó repetidamente las rodillas hacia atrás a modo de febril invitación.
Esteban, con los ojos ardientes de deseo, la penetró con un único y poderoso movimiento. Maria profirió un sorprendente grito de dolor cuando sus músculos más íntimos se contrajeron de forma instintiva. Esteban se quedó inmóvil, conmocionado, y recorrió su rostro encendido con atónitos ojos verdes.
—Dios.., te siento igual de tensa que la primera vez que hicimos el amor —exclamó. Maria lo miró a los ojos—. Te he hecho daño, como a una virgen —susurró con voz ronca.
Pero el dolor ya había cesado y su sensible piel era consciente de aquella intrusión de manera completamente distinta. Cerró los ojos en señal de voluptuosa aceptación y profirió una risita sensual sintiendo cómo la excitación se apoderaba nuevamente de ella.
— ¿Desde cuándo no has hecho el amor? —inquirió Esteban con voz irregular.
—Por favor... —gimió Maria enloqueciendo por su inmovilidad.
— ¿Desde cuándo? —masculló Esteban con la persistencia de un torturador nato.
— ¡Desde hace trece años! —le lanzó Maria, impulsada por su angustiada frustración.
—Madre di Dio, piccola mia... —gruñó Esteban con incredulidad.
La contempló con atónita intensidad y luego, con un gemido, se hundió en ella profundizando su penetración con fiera posesividad y prosiguió rápidamente y con fuerza. Maria experimentó un tumulto de excitación frenética y febril. Después, inesperadamente, el dolor insoportable que sentía en su interior se hizo más agudo y jadeó su nombre durante aquel tormento. Una fracción de segundo más tarde, aquel desenfreno se expandió en una explosión de sensaciones desencadenando una oleada de placer dulce y ardiente por todos los rincones de su cuerpo.
Esteban se estremeció en el tenaz círculo de los brazos de Maria y con un grito de ronca y agonizante satisfacción, halló su propia liberación y cayó sobre ella pesadamente, húmedo de sudor. A Maria la invadió una oleada de ternura, pero Esteban le había sonsacado finalmente la verdad, una verdad que nunca había imaginado admitir, y en aquellos momentos, se sentía desnuda y terriblemente expuesta.
—Ha merecido la pena esperarte —susurró Maria dolorosamente.
Esteban levantó su cabeza morena de cabellos despeinados y con una mano levemente temblorosa le acarició el pelo con un gesto de extraña ternura. Sólo entonces sus hermosos ojos verdes se apartaron de los suyos, ansiosos, y sus pestañas cayeron y ocultaron sus pupilas.
—Me siento terriblemente culpable —confesó liberándola inmediatamente de su peso. Maria no sabía qué había esperado de él, pero no había sido aquella afirmación—. ¿Por qué no ha habido nadie más en todo este tiempo?
Aquella pregunta era predecible, pero Maria no estaba preparada para contestarla con sinceridad. Giró la cabeza con dolor por el amor que sentía por él y contuvo la urgencia de acortar la distancia física que había puesto entre ellos.
—Cuando tienes que mirar a un hombre y pensar cómo te sentirías si te quedaras embarazada de él, se te hiela la sangre.
En vez de reír, como Maria había esperado, Esteban se incorporó bruscamente maldiciendo en italiano.
—Porca miseria —gimió finalmente—. No he usado nada —exclamó horrorizado dejando a Maria estupefacta—. ¿No lo entiendes? ¡No he tomado ninguna precaución!
—Tranquilo —dijo enseguida Maria con voz ahogada—. No creo que sea tan fértil como lo era a los diecisiete años.
—Me siento terriblemente culpable —repitió.
Maria se cubrió con la sábana. Al presenciar la reacción de horror de Esteban ante el riesgo de ser padre por segunda vez experimentó la dosis de realidad más dolorosa y humillante de su vida.
—Vete —murmuró Maria con voz ronca, sin preocuparse de por qué se sentía culpable. Esteban posó una mano vacilante sobre su hombro y Maria se liberó de ella desplazándose al otro extremo de la cama—. Déjame sola.
—Duérmete —la urgió Esteban—. Tengo que salir.
—Y no vuelvas —le espetó Maria rompiendo en sollozos en cuanto salió de la habitación.
Era evidente que Esteban sólo se sentía intensamente atraído por ella, pero nada más. Sólo había sido un instrumento para calmar su deseo de representar una farsa de armonía conyugal para Estrella.
aaaaaaay como esse Esteban me faz raiva
kkkkkkkkkkkk
beijos Myris...
continue
(no login) 200.35.54.173
Re: REENCUENTRO - cap 9
September 3 2008, 11:31 PM
genial... me encanta esta super
continuala
myris...besos
ELI (no login) 190.67.207.172
Re: REENCUENTRO - cap 9
September 4 2008, 12:27 AM
MIERCOLES PEO ESTOS DOS SI PELEAN}
GRACIAS
elizabeth taylor (no login) 201.208.214.145
OMG!!!!
September 4 2008, 1:59 AM
Hasta que sucedio!!!! Sera que este estenban que es tan igual a todos los hombre si se enamora de maria???
La pobre mari entregando su corazon y el solo satisfaciendo su necesidad!!!!
SERA QUE SI, SERA QUE NO!!! QUIEN SABEEE...
MYRIS TE QUEREMOS... CONTINUA PERO YAAAAAAA!!!!
anonymous (no login) 151.48.80.13
Re: REENCUENTRO - cap 9
September 4 2008, 2:35 AM
que ruin de hombre!!! que imbecil , ha arruinado todo!!!... siguela prontisimo por favor esta fantastica!!! gracias
isa donato (no login) 201.78.244.89
Re: REENCUENTRO - cap 9
September 4 2008, 5:42 AM
Esteban se siente culpable, por las injusticias que hizo a Maria. No por hacer el amor con ella. Pero ella no lo enitende. Hay mucho resentimiento por parte de ella.
Esta super esta história. No tardes en seguir.