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Errores y Mentiras cap.1

November 6 2009 at 12:52 PM
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Capítulo 1


María se bajó con prisas del autobús, pisando un charco. Tanto el uniforme como el abrigo quedaron salpicados de barro. Con un suspiro, empezó a andar a toda prisa, pues llegaba tarde al trabajo.
Al cruzar una calle estrecha, un coche se abalanzó sobre ella. Sólo pudo oír el chirrido de los frenos antes de perder el equilibrio y caer de espaldas sobre el asfalto. Conmocionada, aunque ilesa, fue incapaz de ponerse en pie. Por escasos centímetros no había sido atropellada por un lujoso deportivo negro.
La puerta del coche se abrió. Lo primero que vio de su ocupante fue un par de impecables zapatos italianos.
-¿Por qué no mira por dónde va, estúpida?
Notó algo extrañamente familiar en la bien modulada voz que se dirigía a ella con tanto enfado. Levantó la vista poco a poco, fijándose en el elegante traje del conductor.
-¿Y bien? -continuó el hombre, inflexible-. ¿Es que no tiene nada que decir?
María, sin apenas fijarse ya en la corbata de seda roja y la chaqueta azul marino del hombre, lo miró directamente a la cara, entre impaciente y temerosa por confirmar sus sospechas.
-¿Es que el accidente la ha dejado muda?
Desde luego, tenía un grave problema en el habla, porque, con la sorpresa, la lengua se le había quedado pegada al paladar: tenía delante al impresionante, inolvidable e inconfundible Esteban Sanromán.
Ya en un tiempo le había parecido increíblemente atractivo, pero inaccesible, a no ser, pensó entonces, que se fuera tan guapa como él. María se había preguntado a menudo por qué los hombres guapos sólo se sentían atraídos por mujeres igual de hermosas que ellos.
Incluso en aquellos instantes, cuando se dirigía a ella preso de la furia, escrutándola con sus brillantes ojos azules y el rubio cabello revuelto por el viento, María sentía la tentación de pellizcarle para ver si era real. Esteban se agachó para palparle las piernas en busca de alguna posible lesión.
-Supongo que te has dado cuenta de que estás en un charco -le dijo con una sonrisa brillante y llena de encanto, que ella ya conocía.
Bruscamente, María le apartó las manos para que dejara de palparla con tanta familiaridad. Esteban no estaba acostumbrado a aquel tipo de reacción, y frunciendo el ceño, se levantó.
Ella se incorporó lentamente, aunque se sentía casi incapaz de sostenerse. Ni siquiera entonces Esteban la reconoció y sintió una corriente de amargura.
-Po... podrías ha... haberme matado -le espetó-. Ibas muy... muy rápido.
-¡Santo cielo! -dijo Esteban mirándola con más atención-. ¡Mary!
-Mary... María -dijo ella corrigiéndole, esforzándose por controlar el tartamudeo que la invadía en los momentos de nerviosismo.
Esteban se quedo mirándola, fijándose en sus manos sucias, las medias torcidas y los rizos castaños que se escapaban del maltrecho moño.
-No has cambiado nada -dijo por fin.
Enrojeció hasta la raíz del pelo, incapaz de manifestar que, durante los tres últimos años, sí había cambiado, lo que resultaba obvio hasta para el observador más despistado.
-Tú... tú tampoco -se obligó a decir.
-¿Eres enfermera? -preguntó Esteban señalando el cuello de su uniforme.
-¿Te importa? -dijo ella entre dientes, intentando controlar el tartamudeo con todas su fuerzas, con lo que normalmente sólo conseguía empeorarlo.
-Simple curiosidad. No esperaba encontrarme hoy con una Fernández -repuso Esteban fríamente-. ¿Estás segura de que estás bien?
-Dudo que eso te importe -contestó María, utilizando la hostilidad que sentía hacia él como si fuera una especie de armadura.
-Creo que sólo te has hecho daño en tu orgullo y en tu trasero -dijo Esteban irónicamente.
María se quedó sorprendida por el modo en que, segundos antes, Esteban había pronunciado su apellido. Aunque hacía tres años que no lo veía, todavía conseguía ponerla nerviosa.
-Tengo que ir a trabajar -le dijo, con la mayor dignidad de que fue capaz-. Me... me alegro de haberte visto.
-¿Te alegras? -repuso Esteban con una carcajada-. Casi te atropello. Deberías pensártelo mejor antes de tirarte bajo las ruedas.
-¡Yo no me he tirado! -exclamó María furiosa.
-Por suerte, tengo buenos reflejos -murmuró Esteban, que parecía más interesado por su propia reacción que por el shock sufrido por María.
-Me voy. Tengo que trabajar -repitió María secamente.
Sin más palabras, empezó a andar calle abajo, plenamente consciente de que él la estaba mirando. Necesitaba darse un masaje en la parte de su anatomía que había resultado más dañada en el incidente, pero lo pospuso hasta llegar al elegante bloque de apartamentos situado unos metros más adelante y estar segura de que nadie la veía. Su abrigo estaba hecho un guiñapo y ella empapada de pies a cabeza.
-¿Qué te ha pasado? -exclamó al ver su desdichada apariencia una chica rubia, vestida con un uniforme similar al suyo, que salió a abrirle la puerta de unos de los apartamentos del piso de abajo.
-Me he caído, Fabiola -dijo María-, ¿No tendrás algo que me pueda poner?
-Lo siento... pero se supone que tienes que tener tu propio uniforme de repuesto -repuso su compañera con retintín.
-Este mes todavía no me puedo comprar otro. Lavo éste todas las noches.
-Tú sabrás lo que haces -dijo Fabiola con indiferencia mientras se repantingaba en un sofá y encendía el televisión con el mando a distancia.
-¿Ha llamado el señor Maldonado? -preguntó María mientras intentaba vanamente limpiarse el uniforme con unos pañuelos de papel. Ya sería el remate que su jefe decidiera hacer una inspección precisamente ese día.
-Tranquila -gruñó Fabiola-. Te preocupas demasiado.
-¿No tendríamos que empezar el trabajo?
-Pásale el aspirador a este cuarto. No hay otra cosa que hacer -dijo su compañera mientras se encendía un cigarrillo-. No entiendo para qué necesitan los servicios de una agencia de limpieza con una pareja tan limpia.
-¿No es mejor que no fumes aquí? -dijo María incómoda mientras sacaba el aspirador.
-Necesito un descansito.
Si Servando Maldonado sorprendiera a cualquiera de sus empleados vagueando, eso supondría el despido inmediato. Sin embargo, tenía cierta debilidad por Fabiola, con la que, gracias a sus ojitos marrones y su sedoso pelo rubio, parecía tener algunas contemplaciones. Las otras chicas la odiaban y ninguna quería trabajar con ella, ya que nunca hacía su parte del trabajo y tampoco se le podían echar las culpas.
María había sido contratada por la agencia de limpieza Silent Sweep hacía sólo tres semanas, y necesitaba conservar ese trabajo desesperadamente. La agencia tenía un estricto código de conducta para sus empleados, y María había visto cómo su compañera se saltaba la mayor parte de las normas en un solo día. Había además una larga lista de cosas que hacer en cada sesión, y tenían que hacerse incluso aunque no pareciera que fueran necesarias, pues los clientes pagaban por un servicio eficaz, silencioso e invisible.
Esteban Sanromán. Mientras María trajinaba con el aspirador le vino a la cabeza su encuentro de aquella mañana. Se le apareció como un genio malo, provocó en su mente nostalgia por su hogar y una sucesión de recuerdos dolorosos.
Podía hacer frente a la nostalgia. Después de todo, se dijo, tampoco había mucha justificación para el sentimentalismo: su madre había muerto y sus hermanos se habían casado, pero, además, recordó, por muy mal que le fueran las cosas, jamás podría volver a la casa de su padre.
Los recuerdos se hicieron aún más dolorosos. Esteban había cometido una gran crueldad al decirle que estaba igual que entonces. Ella había sido siempre la vergüenza de su familia, la pobrecita hermana obesa de Ana Rosa. ¿Recordaría Esteban su último encuentro con ella? Se estremeció ante la simple idea de que él lo hiciera. No, no lo recordaría. El whisky ingerido en un duelo familiar le había hecho más insensible que de costumbre a los sentimientos de los demás. Humillar a la hermanita de Ana Rosa no le habría supuesto ni el más mínimo cargo de conciencia. Había sido muy cruel con ella, tanto que a María aún le quedaban cicatrices.
Fabiola, con un bostezo, se dirigió al apartamento del tercer piso, el siguiente de la lista. María se dirigió directamente a la cocina, quedándose muda ante el umbral.
-¡Oh, no! -exclamó al ver el panorama ante ella.
Fabiola profirió un juramento al ver las pilas de platos sucios amontonados entre restos de comida descompuesta.
-La dueña ha hecho una fiesta y lo ha dejado todo sin recoger para que se lo limpiemos -dijo-. Bueno, pues ya se puede ir olvidando -dijo agresivamente.
-Teníamos previstas un par de horas extra, y ahora ya sabemos por qué -dijo María mientras abría la ventana para airear la cocina-. Yo empezaré aquí mismo y tú puedes encargarte del salón- sugirió.
Glynnis murmuró una grosería y salió. María trabajaba rápida y eficientemente, esperando que, por una vez, Fabiola hiciera su parte. Tenían que seguir la programación al detalle y acabar mientras los dueños no estaban en sus casas.
-¿Qué te parece?
María se volvió, y se quedó atónita al ver al Fabiola pavoneándose en un elegante traje de cóctel.
-No he podido resistirme... ¿Verdad que es maravilloso? Y ella nunca se dará cuenta. El dormitorio es un caos, esto estaba tirado en el suelo...
-¡Por Dios santo, quítatelo y déjalo donde estaba! -exclamó María horrorizada.
-¡No te pongas así! -gruñó a María-. Ya he arreglado el salón, y puedo acabar aquí si quieres. Odio hacer los baños.
-Quítatelo -repitió María.
Fabiola le dirigió una mirada asesina.
-De acuerdo, de acuerdo... La verdad es que no es muy divertido trabajar contigo.
María acababa de entrar en el baño cuando oyó abrirse la puerta de la calle y las voces de dos personas, hombre y mujer, que entraban. Dio un salto, preguntándose frenética si Fabiola habría tenido tiempo de cambiarse. Una mujer morena asomó la cabeza por la puerta.
-¿Han terminado?
-Me temo que no. ¿Quiere que lo dejemos? -respondió María, sin mencionar que ellas habían sido contratadas por un período de tiempo específico, y que ya llevaban trabajando media hora más de lo estipulado.
-¿Cuánto tiempo tardarán en terminar?
-Unos veinte minutos...
-Supongo que será mejor que se queden, de otro modo no estará terminado, y yo he pagado para eso -dijo la mujer.
-¿Con quién estás hablando? -intervino una voz familiar.
Consternada, María vio aparecer a Sanromán en el umbral.
-¿Qué... qué haces tú... aquí? -preguntó sin poder creer que se hubieran dado dos coincidencias tales el mismo día.
Sanromán la miró fijamente.
-Iba a recoger a Daniela cuando casi te atropello. ¿Qué estás haciendo en este cuarto de baño?
-¡Se supone que tiene que limpiarlo! -intervino la mujer morena, cortante- No irás a decirme que la conoces...
-¿Trabajas de asistenta? -Esteban no podía disimular su asombro.
Daniela puso un brazo alrededor del de él.
-Vamos, cariño... cuanto antes acabe, antes se irá -le dijo suavemente, a la vez que le dirigía a María una mirada asesina.
María se sintió profundamente humillada. No se avergonzaba de su trabajo. El horario le convenía y el salario era razonable. Hacía tres años no hubiera podido imaginar que tendría que limpiar casas ajenas para sobrevivir, pero muchas cosas habían cambiado en ese periodo. Aunque no sentía tampoco falso orgullo por su trabajo, se sentía agradecida por tenerlo.... hasta que Esteban Sanromán la miró, haciéndola sentir como si fuera lo peor de lo peor.
-Esto ya está -susurró Fabiola desde el pasillo-. Voy a acabar con la cocina. Cuando tires las flores de la entrada, nos vamos.
María estaba recogiendo los pétalos que habían caído en la alfombra cuando oyó a Esteban. La puerta del salón no estaba cerrada y él tenía una voz profunda y bien modulada que hacía que cada palabra fuera nítida como el cristal.
-Cuando les llamo nuevos ricos, quiero decir exactamente eso. Los Fernández vivían entre bonsais y cosas por el estilo. Gonzalo Fernández es uno de los hombres más vulgares que he conocido...
María se estremeció, tenía la cara tan tensa que le dolían los músculos, y le zumbaban los oídos.
-Y la madre era aún peor -continuó Esteban suavemente-. Nora fue incapaz de ponerse a la altura de las aspiraciones de su familia, bebía mucho, y cometía las peores meteduras de pata que te puedas imaginar. Cuando todo aquello fue demasiado para ella, se escapó con un viajante que resultó ser un bígamo. Fernández pensaba que esa era la historia más divertida que había oído en su vida, y noche tras noche, se dedicaba a contarla una y...
-¿Qué estás haciendo? -dijo Fabiola a sus espaldas cuando la vio allí quieta.
María sostenía el jarrón en las manos. Esteban estaba tranquilamente sentado en el sofá. Levantando el jarrón, se lo lanzó con flores y todo directamente a la cabeza.
Daniela gritó como si creyera que había intentado apuñalarle. El jarrón contenía una cantidad abundante de agua, y un diluvio cayó sobre la víctima de la ira de María.
Esteban se levantó, sacudiéndose las flores del traje.
-¡E... e... eres u... u...n cerdo! -gritó María.
Esteban se la quedó mirando fría y amenazadoramente mientras intentaba enjuagarse el agua del pelo y de la chaqueta.
-¡E...e... eres un cerdo! -repitió enardecida.
-¡Está loca! -gritó la morena.
-No, enfadada -murmuró Esteban secamente.
-¡Haré que la despidan por esto! -exclamó Daniela, marcando frenéticamente el número de la agencia. Fabiola entró con una toalla, disculpándose profusamente.
María permaneció erguida, parpadeando asombrada. Dentro de su cabeza resonaban las palabras de Esteban ridiculizando a su pobre madre, y haciendo que su triste historia pareciera una anécdota. ¡Era un cretino y un esnob! Como nieto de un conde, había nacido y le habían criado entre algodones, en un mundo de riquezas y privilegios heredados. Arrogante y aristocrático, no podía ni imaginar lo que significaba intentar ser aceptado en un medio social más elevado.
-Su jefe quiere decirle algo -Daniela le pasó el teléfono como si fuera un verdugo que le pusiera la soga al cuello.
Vacilante, María se adelantó. Servando Maldonado estaba absolutamente furioso en el otro extremo de la línea: de forma clara y contundente la despidió. Con la cara completamente blanca, sin mirar a nadie, se volvió y salió de la habitación, buscando el bolso y el abrigo.
Fabiola le agarró por el brazo, completamente fascinada.
-¿Qué le has hecho? ¿No sabes quién es?
Poniéndose el abrigo, María permaneció en silencio.
-Es ese entrenador de caballos tan famoso. ¡Todas las mujeres están locas por él, por lo que dicen los periódicos, podría montar un harén! -dijo Fabiola presa de la excitación.
Esteban pareció recuperarse enseguida, mostrándose perfectamente sereno. Si lo pensaba, María apenas podía creer lo que había hecho: probablemente nunca nadie lo había atacado con flores. Los maridos inquietos y los padres cuidadosos evitaban su compañía. Aunque la mayor parte de los hombres sentaban la cabeza a partir de los treinta, Esteban no lo había hecho: los escándalos parecían perseguirle, y él reaccionaba con total tranquilidad e indiferencia a los rumores y reproches. María no creía haberle puesto en ningún apuro, y suponía que, después de una hora, él estaría burlándose de lo ocurrido.
Pero ella no podía tomárselo a broma. Acababa de echar por la borda su trabajo, que había sido su único reducto de seguridad. Había tenido que vender la última de las joyas de su madre tres meses antes. El dinero obtenido se había terminado y se estaba retrasando en el pago del alquiler cuando, después de mucho rogar a Servando Maldonado, había obtenido el trabajo. La desesperación le había hecho olvidar el orgullo, y el trabajo le había dado esperanzas, lo consideraba el primer paso para su supervivencia.
Y ahora se había quedado sin el puesto y sin el salario de las tres semanas anteriores. La lealtad está bien cuando te la puedes permitir, pensó María amargamente, pero ella tenía que haber pensado que no podría afrontar el coste de haber arrojado el florero a la cabeza de Esteban. La invadió la desolación. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Cómo iba a sobrevivir?
Estaba lloviendo a cántaros. Con la cabeza agachada, cruzó la acera y se echó a andar. Hundiendo las manos en los bolsillos, ni siquiera trató de evitar los charcos. De repente, un coche se paró a su lado.
-¡Entra! -dijo Esteban de forma conminatoria- ¡Y quítate primero ese abrigo!
María se quedó mirando la inmaculada tapicería de cuero color crema.
-¿Qué... qué es lo que qui... quieres?
Esteban le respondió con un gruñido de impaciencia. Las lágrimas se mezclaban en sus mejillas con las gotas de lluvia.
-Ve... vete. No pienso disculparme.
-Te estoy ofreciendo llevarte a casa.
-Eso es una tontería -murmuró-. ¿Po... por qué qui... qui.., quieres hacer eso?
-¿Podrías considerarlo un intento tardío de hacer las paces?
-No.
-¡Oh María! ¡Cómo he echado de menos tu deliciosa conversación! Pero si no entras, saldré y te obligaré a hacerlo. ¡Se me está mojando la tapicería!
-No... no quiero que me lleves. To... to... todo esto te parece muy divertido ¿ve... verdad?
-Me parece horrible -dijo Esteban con un suspiro-. Seguro que si te estuvieras ahogando y vieras una rama delante de ti, la echarías a un lado y preferirías hundirte como una piedra.
María estaba a punto de quedarse sin respiración.
-Te... te odio.
-Y yo te quiero por eso, cariño. Eres única -se burló Esteban- ¿Ves a ese policía?
Ella giró la cabeza y le vio venir hacia donde estaban.
-Eso, quédate ahí parada -le animó Esteban-. Eso puede ser muy divertido, así parecerá o que me estás haciendo proposiciones o que ando a la busca de una chica para pasar el rato. La próxima vez que lo hagamos por lo menos péinate un poco, porque con esa pinta vas a arruinar mi reputación.
Atemorizada, María se metió en el coche y cerró la puerta.
-Procura no mojar el compact-disc.
Incómoda, ella se sentó con el pelo chorreando.
-¿Cómo está Nora? -preguntó Esteban arrancando el coche.
Al oír eso, María se puso rígida, y se le quedó mirando con ojos brillantes llenos de pena y de rabia.
-Me gustaba tu madre -dijo Esteban tras un instante.
-¡Me extraña que supieras que existía! -exclamó ella con los ojos ardiendo por las lágrimas contenidas. Permanecieron un momento en silencio, por fin, ella consiguió hablar de nuevo-. Ha muerto -concluyó sencilla, amargamente.
-¿Cuándo?
-El año pasado.
-¿Cómo ocurrió?
-Pulmonía -repuso, tras una pausa.
-Lo siento. Tienes que haberlo pasado mal. Estabais muy unidas -le dijo de forma tan sincera que la dejó asombrada.
Sin embargo, María casi no pudo evitar reírse al oírlo. ¿Habían estado unidas de verdad su madre y ella? Nora Fernández había abandonado a su marido y a su familia sin avisarles. María la había sorprendido en una ocasión tomando café en la cocina con Demetrio Cantú, pero eso no le había hecho sospechar nada. Su madre siempre se mostraba hospitalaria con los trabajadores y viajantes, de hecho, con cualquier persona humilde que entrara en la casa. Prefería agasajarles a ellos que reunirse con sus estirados vecinos. Nadie sospechó nada de Demetrio hasta que fue demasiado tarde. Su madre había quemado sus naves al fugarse con él.
-¿Por qué no volviste a casa?
María se puso aún más pálida.
-No pude hacerlo -inmediatamente lamentó haber dicho aunque fuera sólo eso. Pero, se disculpó, había algo tan irreal en el hecho de estar hablando con Esteban Sanromán, era tan perturbador que él le prestara atención...
-¿Dónde vives?
Aún confusa, se lo dijo, y le pidió que la dejara en una parada de autobús, cosa que él simplemente ignoró. Con los ojos aún llenos de lágrimas, se le quedó mirando. Realmente era un hombre muy guapo, y aunque se sentía inmune a su atractivo físico, no pudo evitar mirarlo. Todos sus rasgos indicaban que había sido educado y criado de una forma esmerada ¿Qué podía saber él de los dramas que había tenido que afrontar su familia?
María se había criado mientras el matrimonio de sus padres se tambaleaba, sin poder hacer nada más que ofrecerle a su infeliz madre todas sus simpatías. Su padre había sido un modesto propietario de una hamburguesería hasta que ganó una fortuna en las quinielas. De la noche a la mañana, sus vidas cambiaron por completo, y no para mejor precisamente. Al principio, las ambiciones de su padre había sido razonables, modestas incluso. Había iniciado un negocio de catering, y al ver que prosperaba rápidamente, su ambición creció al ritmo de su cuenta corriente.
Con el fin de hacer ostentación de sus recién adquiridas riquezas, compró una mansión en Berkshire sin siquiera consultar a su madre. Al verse repentinamente separada de sus amigos y parientes, su madre se había sentido perdida. Lo peor era que Gonzalo, un hombre dominante y de mucho genio, se había vuelto más y más agresivo a medida que sus riquezas e importancia crecían. Cuando sus nuevos vecinos se mostraron remisos a recibir a los Fernández en sus exclusivos círculos sociales, él echó la culpa de ese fracaso a Nora.
Cuando empezaron a tolerarles, que no a admitirles, la brecha entre sus padres era ya insuperable. Totalmente rechazada por su marido y sus dos hijos mayores, Nora había sido presa fácil para un hombre más joven con el pico de oro. En su afán de encontrar la felicidad con Demetrio, su madre había cometido un terrible error de juicio. Sin embargo, María estaba convencida de que había sido empujada a ello por su padre.
-Pensaba que la mayor parte de esta zona iba a ser remodelada -musitó Esteban-. Tienes a la brigada de demolición prácticamente a la puerta.
Estaban en una sucia calle, con estrechas casas adosadas, al lado de un gigantesco solar en construcción. Algunas de las casas estaban incluso apuntaladas.
-No es precisamente Buck House, ¿verdad? -dijo María irónicamente con voz afectada.
Esteban aparcó el coche, evitando cuidadosamente la basura desperdigada fuera de un contenedor.
-¡Pero qué esnob estas hecha! -murmuró secamente-. Yo sólo estaba intentando entablar conversación.
María, que estaba intentando abrir la portezuela, le dirigió una mirada incrédula.
-No... no ha... hacías eso. Tú no puedes hacer nada sin intentar mostrarte superior a los demás.
Sin decir nada más, salió del coche y se puso a buscar las llaves en el bolso. Se dirigió a una de las casas del extremo de la calle y abrió la puerta.
-¿Es usted, señorita Fernández?
Tragando saliva, nada más entrar vio a su casera que le cerraba el paso a la escalera.
-Hoy llega pronto.
-Si me perdona, señora Sofía...
-¿Qué pasa con el alquiler? ¿Ya tiene el dinero? -dijo la anciana secamente-. Porque si no lo tiene, tendrá que marcharse hoy mismo. ¡Deme la llave!
-Señora Sofía, le aseguro que...
-Debí estar loca cuando la admití en mi casa... Una no puede fiarse de las promesas de las mujeres solas con niños pequeños -bufó la señora Sofía-. Pero me dio lástima, y claro... Pero quiero mi dinero y...
-¿Cuánto dinero le debe la señorita Fernández? -intervino una voz fría y cortante.
La casera se volvió asombrada. Pálida como la tiza y muerta de vergüenza, María hundió la cabeza entre los hombros. Esteban estaba en la puerta, perfectamente tranquilo, sacando la cartera del bolsillo de su chaqueta.
-Tres semanas, me debe tres semanas -repuso la señora Sofía dramáticamente, señalando el importe.
Antes de que María pudiera decir nada, él entregó a la casera un puñado de billetes.
-¡No puede aceptar su dinero! -protestó.
-¡Claro que puedo! No me importa quien pague mientras pague -repuso la anciana, sonriendo a Esteban-. Y no olvide que se tiene que marchar antes del sábado. Ya he alquilado una furgoneta para la mudanza.
María se sentía tan turbada mientras la casera se retiraba a su piso de la planta baja, que apenas pudo mirar a Esteban.
-Te lo devolveré -le prometió-. Ta... tan pronto como pueda -admitió.
-No te des prisa.
Se sentía fatal debiéndole un favor. Pero no había tenido más remedio que aceptar su caridad. La señora Sofía no le perdonaría el dinero, y ella tampoco estaba en condiciones de devolvérselo a Esteban. Por otra parte, su intervención había evitado que la echaran a la calle. Le costó un esfuerzo enorme superar el sentimiento de humillación. Levantando la cabeza, por un momento se enfrentó a los ojos azules que la escrutaban impenetrables.
-Gracias -se obligó a sí misma a decir-. A lo mejor nos vemos de nuevo -concluyó violenta.
Sin esperar respuesta, corrió escaleras arriba y abrió la puerta de su habitación aliviada. No podría haber resistido un segundo más en su compañía.
-¿Qué haces aquí tan pronto? -le preguntó Vivian, la canguro, levantándose del sillón con el ceño fruncido.
-Es una larga historia.
Se arrodilló y Estrella corrió a sus brazos.
-¡Maldita sea! -exclamó a su espalda una voz.
Mary se volvió como si le hubiera picado una serpiente. No se había dado cuenta de que Esteban la había seguido escaleras arriba, tan silencioso como un felino siguiendo a su presa. Mientras Estrella la besaba encantada, permaneció paralizada, totalmente consciente de la penetrante mirada del asombrado Esteban.


Continuará...?????

 
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AutorReply

(Acceso Macule)
79.126.160.138

Re: Errores y Mentiras cap.1

November 6 2009, 2:16 PM 

Me encanta tu historia ... Sigela pronto

 
 
SAIOA
(no login)
79.154.243.19

Re: Errores y Mentiras cap.1

November 6 2009, 3:31 PM 

ME ENCANTA, PON MAS

 
 
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