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Canción de seducción. cap 3

May 20 2011 at 11:23 AM
Mavi  (no login)
de la dirección IP 187.159.41.53

 
Capítulo 3

Mary llegaba tarde a la cita. Diez minutos tarde, se dijo Teb mirando una vez más el reloj mientras caminaba de un lado a otro por el vestíbulo del hotel. Teb siempre había concedido mucha importancia a la puntualidad, y el retraso de Mary resultaba doblemente frustrante. En primer lugar porque aborrecía los retrasos, y en segundo lugar porque era posible que Mary ni siquiera apareciera. Y eso era lo peor.
Quizá la noche anterior también se hubiera precipitado con ella. Quizá no hubiera debido besarla tan apasionadamente. Pero había sido incapaz de controlarse nada más tomarla en sus brazos. De hecho habría querido hacer con ella mucho más que besarla.
El cuerpo de Mary era cálido y flexible, sus pechos se habían presionado contra el torso de él seductoramente, los muslos de ambos habían encajado. Teb había necesitado toda su fuerza de voluntad para no tomarla en brazos y llevarla a su habitación del hotel. Una vez allí habría explorado cada centímetro de su deliciosa piel con las manos y con los labios.
Pero lo mejor era no pensar en ello. ¿No bastaba con una noche sin dormir? Primero por la preocupación por si ella llegaba a casa con aquel tiempo, y luego soñando despierto, hambriento de ella como jamás lo había estado en la vida. No recordaba haber deseado jamás tanto a una mujer. Y menos aún levantarse en medio de la noche para tomar una ducha helada.
Teb volvió a mirar el reloj. Quince minutos tarde.
-Eh... ¡señor!, ¿señor Rojas, no es así?
Teb se dio la vuelta. La recepcionista lo llamaba.
-Tiene usted una llamada telefónica -añadió ella señalando el teléfono.
Debía ser Jude, ansioso por comprobar los progresos del negocio.
-¿Sí?
-¿Teb? -preguntó Mary vacilante.
Teb trató de relajarse, de no demostrar su ira. Pero falló.
-¿Dónde diablos estás?
-En ese preciso momento estoy en casa...
-¡Deberías estar aquí!
-Bueno, es que hasta hace un rato estaba en el coche, metida en una zanja -contestó Mary-. Teb, lo siento. De verdad. Salí de casa con tiempo de sobra, pero el coche patinó con el hielo, perdí el control y... bueno, acabé al fondo de una zanja. Te he telefoneado en cuanto he podido...
-¿Estás herida? -la interrumpió Teb preocupado y furioso consigo mismo por haber perdido los nervios.
-Sólo tengo un chichón en la cabeza, pero creo que el coche está destrozado...
-Olvídate del coche, es perfectamente reemplazable. Tú no -contestó Teb.
-Bueno, puede que lo sea para ti, pero yo no tengo una posición económica tan desahogada -respondió Mary-. Pero no importa. No creo que pueda ir a comer contigo, pero si quieres podemos cenar. Rodrigo dice que no va a usar su coche esta noche, así que me lo presta. Siempre y cuando prometa no acabar en otra zanja, claro.
-¿Y no sería más fácil que yo fuera a recogerte? -sugirió él-. Así, si alguien acaba en una zanja, seré yo.
-No, no es necesario.
-Mary, ¿quieres por favor olvidarte de esa absurda idea de que presentarme a tu familia es como anunciar un compromiso? -la interrumpió él impaciente-. Mira sólo el lado práctico del asunto, la seguridad. No quiero que...
-Teb, esto no tiene nada que ver con lo que pueda pensar mi familia. Vivo en un lugar alejado, remoto, en lo alto de las colinas. Sería imposible explicarte cómo llegar hasta aquí. Quizá lo mejor fuera que ni siquiera nos viéramos. El tiempo está en contra, y...
-¡No! -la interrumpió Teb resuelto-. No, Mary. Para mí no verte hoy no es una opción.
-Ni para mí -respondió ella en voz baja.
Tan baja, que Teb ni siquiera estuvo seguro de haberla oído bien. Quizá simplemente lo hubiera imaginado.
-Está bien, cenaremos juntos. Aquí. A las siete y media -afirmó Teb.
-Bien -accedió ella-. ¡Ah!, antes de que cuelgues, Teb, ¿no crees que sería razonable que me dijeras tu apellido? Antes, al llamar por teléfono, he tenido que preguntarle a Patty si había por allí un hombre malhumorado, caminando de un lado a otro por el vestíbulo. Ha sido un poco violento.
Ni siquiera se le había ocurrido. Lo cierto era que él tampoco conocía el apellido de Mary. No le había parecido importante al principio. Y seguía sin serlo. Para él ella era Mary, la mujer a la que deseaba con tal fiereza que lo consumía. Aunque en realidad ella tenía razón...
-Sanromán -la informó él-. Esteban Sanromán.
Un silencio sepulcral siguió a aquella revelación. Un tenso, repentino e inesperado silencio.
-¿Mary?
-¿Has dicho Sanromán?
-Sí, eso he dicho -contestó él-. Mary...
-¿Tú eres E. Sanromán? -preguntó ella casi a gritos, incrédula.
Teb se aferró al auricular. Algo ocurría. Algo terrible. Realmente terrible.
-Acabo de decírtelo -confirmó él.
¿Por qué repetía Mary sus iniciales de esa manera tan formal? Como si se tratara del autor de un libro o de...
-¡Mary!, ¿cuál es tu apellido?
-¿Con nombres como María, Rodrigo, y Melina? ¡Seguro que puedes adivinarlo, señor Sanromán! ¡Si es que no lo sabías ya antes! ¡Adiós!
-¡Mary...!
Teb se interrumpió al comprender que ella había colgado de golpe. Dejó el auricular y se puso pálido. María, Rodrigo, y Melina Fernández...
Era demasiada coincidencia. El hecho de que Mary tuviera dos hermanos y que los nombres de los tres fueran tenía que significar que... ella era una de las Fernández...

MARY, ¿adonde diablos vas? -exigió saber Meli siguiéndola fuera. -A sacar mi coche de la zanja. ¡A qué, si no!
-Pero no corre prisa, es mejor esperar a que el tiempo mejore -protestó Meli mientras Mary se subía al tractor-. De todos modos dijiste que estaba destrozado...
Y probablemente lo estuviera, pero al menos había dejado de nevar, y necesitaba hacer algo. Tenía que hacer algo y dejar de pensar.
¡E. Sanromán! Había reconocido el nombre instantáneamente. Era el nombre del abogado que firmaba la carta que habían recibido antes de Navidad, la carta en la que Marshall Corporation se ofrecía para comprar la granja. El mismo abogado que se había presentado en casa el día anterior y había hablado con Meli. Aún no podía creerlo.
-El coche no puede quedarse ahí.
-Puede quedarse ahí un par de días, hasta que se derrita la nieve -insistió Meli.
-Me voy.
-Mary, ¿qué ocurre? -preguntó Meli preocupada-. Esta mañana, antes del accidente, estabas tan contenta. Quizá el golpe en la cabeza te haya afectado más de lo que creíamos. Deberías llamar al médico...
-No necesito un médico, Meli. Es sólo un chichón -añadió Mary tratando de calmarse-. Escucha, sólo voy a ver si puedo sacar el coche. Me vendrá bien un poco de aire fresco.
-¿No ibas a salir esta noche? -preguntó Meli poco convencida.
-Cambio de planes -contestó Mary-. Hace frío, entra en casa. Te prometo que no tardaré.
-Está bien -suspiró Meli-. Te prepararé una taza de té cuando vuelvas.
Mary suspiró aliviada. Necesitaba estar sola. Necesitaba pensar en lo ocurrido durante los dos últimos días, pensar en lo que había hecho exactamente el señor Rojas. Porque, a pesar de lo que había dicho él segundos antes de colgar, le resultaba imposible creer que él no supiera desde el principio que ella era una de las Fernández, propietaria de la granja.
¿Era ésa la razón por la que había mostrado tanto interés por ella?, ¿se trataba de un miserable plan maquinado para dividir a los hermanos y conseguir así su objetivo? Ese era su peor temor. Porque la noche anterior, al besarse, Mary había comprendido que se estaba enamorando de Teb, que quizá incluso estuviera ya enamorada.
Teb era distinto a todos los hombres que había conocido. Tenía completa seguridad en sí mismo, era inteligente, sofisticado y rico. Y sencillamente ella se había enamorado. ¿Pero había tratado él de seducirla deliberadamente? Ésa era la pregunta que la consumía.
De una cosa sí estaba segura: Teb no tardaría en presentarse en la granja. Lo cual era motivo suficiente para que ella desapareciera durante unos días. Cosa imposible, comprendió Mary nada más torcer en la curva y comprobar que otro coche le bloqueaba el paso. Y era Esteban Sanromán quien lo conducía.
Mary frenó bruscamente para evitar arrollarlo con el tractor. Teb, obviamente, hizo lo mismo. Mary se quedó mirándolo horrorizada. Lo último que esperaba era que Teb se presentara en la granja nada más colgar. Creía que tardaría al menos unas horas, que tendría tiempo de reflexionar. Pero al verlo salir del coche decidido comprendió cuánto se equivocaba. Teb no llevaba el traje elegante y los zapatos que Meli había visto cubiertos de barro el día anterior. No, llevaba vaqueros, jersey grueso y botas. Evidentemente había aprendido la lección.
Él se acercó con rostro serio. Ella se aferró al volante. ¿Qué quería decirle?, ¿qué se dirían los dos? El ataque era la mejor defensa, recordó Mary bajando del tractor y alzando la cabeza desafiante.
-¡No lo sabía, Mary! -fue el primer comentario de él.
-¿No sabías qué, señor Sanromán? -preguntó ella con una sonrisa falsa-. ¿Que mi apellido es Fernández?, ¿que soy una de los tres hermanos propietarios de la granja que la empresa para la que trabajas quiere comprar? ¡Perdona que me cueste creerlo!
Y así era. Era demasiada coincidencia que Teb resultara ser el abogado encargado de la compra de la granja, que fuera el hombre que había visitado a Meli el día anterior. El mismo hombre que trataba de persuadirlas para que vendieran.
Demasiada coincidencia también, dadas las circunstancias, que ellos dos se hubieran conocido por casualidad. Incluso concediendo que eso hubiera sido una cuestión de suerte, seguía resultando terriblemente difícil creer que él hubiera mostrado tanto interés por ella. A no ser que se debiera a que sabía quién era: una de los hermanos a las que tanto le estaba costando convencer para que vendieran la granja. -No puedo evitar que creas lo que quieras. Sólo puedo repetirte que, sinceramente, hasta hace muy poco, no sabía cuál era tu apellido o quién eras.
-¿Qué estás haciendo aquí, señor Rojas? Estoy convencida de que mi hermana Meli te ha dejado muy claro que no estamos interesadas en...
-¿Quieres dejar de llamarme señor Rojas de ese modo despectivo? -protestó él irritado-. Antes me llamabas Teb. Sigo siendo Teb.
De ningún modo. Él había pasado a ser el enemigo. El enemigo en el que no se podía confiar. Peor aún, un embustero traicionero.
-Sí, tu hermana Meli me lo dejó bien claro ayer -continuó él impaciente-. Y ahora que conozco vuestro parentesco me doy cuenta del tremendo parecido, dejando a un lado el color de los ojos. Ayer, sencillamente, no buscaba ningún parecido cuando conocí a tu hermana.
-¿No? -preguntó ella incrédula-. Pues vas a llevarte una buena sorpresa cuando conozcas a Rodrigo. Si es que lo conoces. Somos como tres guisantes, según decía mi padre.
-Sólo he dicho que había cierto parecido, Mary. Tu aspecto, el timbre de tu voz... son completamente únicos -aseguró Teb.
-Por supuesto -contestó Mary con una mueca, de mal humor-. Y ahora, si no te importa, ¿podrías quitar tu coche de en medio? Algunos tenemos trabajo que hacer.
-Ese chichón de la cabeza, ¿te lo has hecho con el coche? -preguntó él inspeccionándola de cerca.
-Sí -confirmó ella sin hacer caso-. Si giras por el sendero que hay detrás de tu coche...
-Mary, eso ahora no me interesa.
-Bueno, pues a mí no me interesa discutir de ninguna otra cosa contigo, ¡así que no hay nada más que decir! -exclamó ella volviendo al tractor.
Teb la agarró del brazo antes de que pudiera subir y la hizo volverse hacia él.
-Yo sí tengo algo que decirte -afirmó él con ojos azules de fuego-. Lo primero, repetirte que no conocía tu relación con la granja...
-¡Y yo te repito que no te creo!
De pronto Teb se quedó inmóvil, pálido.
-Yo no digo mentiras, Mary. ¿Has ido al médico a que te mire ese golpe de la cabeza?
-¡Cuidado, comienzas a hablar otra vez como mi hermana Meli!
-Si está tan preocupada por ti como yo, entonces creo que me cae bien -respondió Teb.
-¡Me temo que el sentimiento no es mutuo! -exclamó Mary burlona, de mal humor.
-No pretendo ganar ningún concurso de popularidad, sólo quiero asegurarme de que estás bien.
-¡Si estoy enferma es de mirarte! -exclamó Mary soltándose por fin-. ¿Piensas mover tu coche, o tengo que dar la vuelta y meterme por en medio del campo?
Mary rogó en silencio por que él moviera el coche. Necesitaba escapar de él. Porque si no lo hacía, acabaría por echarse a llorar. En aquel momento su única defensa contra aquel hombre era su ira, pero no estaba segura de cuánto tiempo más podría durar.
Teb la observó lleno de frustración. Mary era, sin ningún género de duda, la mujer más cabezota, más inflexible... ¿Más que él? Imposible. Mary estaba furiosa con él, lo creía un embustero. Nada de lo que hiciera o dijera ni en ese instante ni en un futuro próximo cambiaría su opinión acerca de él. Además, él también se sentía como si estuviera en una encrucijada. Para Teb no mezclar los negocios con la vida privada siempre había sido una regla sagrada. De ese modo jamás se producían conflictos de intereses.
María Fernández... ¡De todas las mujeres hacia las que podía sentirse atraído tenía que ser precisamente una de las tres hermanos! La posibilidad de que se produjera una coincidencia como ésa era nula. Casi nula. El engañoso destino estaba jugando con él.
Y ése era el verdadero problema. Al enterarse de quién era ella se había quedado de piedra. Más que de piedra. En realidad, sencillamente, no sabía qué hacer. Cosa rara en él.
-¿Así que no quieres ir al médico?
-No -negó Mary.
Teb apretó los labios y asintió.
-Y supongo que nuestra cita de esta noche también queda cancelada, ¿no?
-Supones bien -afirmó ella.
-Eso pensaba -murmuró él-. Entonces, ya que no tengo nada que hacer hoy y que casi estoy en la granja, creo que voy ir a ver otra vez a tus hermanos.
Mary abrió los ojos incrédula ante la sugerencia.
-¡Pierdes el tiempo!
-Es mío, puedo hacer con él lo que quiera.
-Creía que tu tiempo le pertenecía a Marshall Corporation -comentó ella.
Era cierto: Marshall Corporation era su vida. Lo había sido durante casi quince años. Teb no sólo trabajaba de nueve a cinco y de lunes a viernes, pero eso jamás le había molestado. Apenas tenía lazos familiares, tenía un apartamento en Londres al que raramente acudía y que jamás llamaba su hogar. De hecho se alegraba de que su trabajo le ocupara tanto tiempo y lo obligara a viajar. Pero a pesar de todo el comentario de Mary no resultaba grato.
-Hasta yo disfruto de fines de semana y vacaciones, Mary -alegó Teb faltando en parte a la verdad.
-¿Sí? Que yo sepa seguías trabajando la noche de fin de año.
Teb apretó de nuevo los labios. Mary seguía creyendo que se había fijado en ella aquella noche deliberadamente, que todo formaba parte de un elaborado plan por su parte para hacerse con la granja. Pero habría sido imposible para él proponerse conocerla en el bar del hotel, y más imposible aún sentirse abrumado a propósito y de esa forma por sus encantos. Sencillamente para él los negocios y el placer eran temas absolutamente separados. Y no era que fuera a brindársele la oportunidad de mezclarlos justamente en ese momento.
Sí, seguía sintiéndose atraído hacia ella. Como no lo había estado nunca por ninguna otra mujer. Pero había dos formas de enfrentarse al hecho de que ella fuera una de los hermanos Fernández. La primera consistía en continuar la dura lucha hasta conquistarla. Y la segunda en intervenir oportunamente, impidiendo que el destino siguiera jugando con él, y evitar el mayor error de su vida.
Porque a Teb le gustaba su vida tal y como era: sin lazos ni complicaciones personales. Y, dadas las circunstancias, era imposible mantener una breve y placentera aventura con Mary. Teb respiró hondo. -Daré marcha atrás y te dejaré pasar. Mary abrió los ojos inmensamente ante la inesperada capitulación.
-Sigues perdiendo el tiempo si pretendes ir a la granja. Mis hermanos están tan interesados en vender como yo -afirmó ella.
-Si eso es verdad, entonces pronto dejará de ser mi problema para pasar a ser el problema de otro -contestó él encogiéndose de hombros.
-¿Nos estás amenazando?
-¡En absoluto! -exclamó él sacudiendo la cabeza-. Mary, nadie puede obligaros a vender si no queréis.
Pero Teb sabía que eso no era cierto incluso mientras lo decía. Jude no era un hombre al que se pudiera dar un no por respuesta. Y estaba empeñado en conseguir los terrenos de la granja. Mary no parecía mucho más convencida de esas razones que él. Lo miraba suspicaz, cauta.
-Aquí hace frío, Mary -añadió él sin atreverse a mirarla a los ojos-. Daré marcha atrás y así tú podrás continuar tu camino. A propósito, tu coche está hecho un desastre. Lo he visto al venir aquí.
Era evidente que ella jamás accedería a volver a verlo. Y mucho menos a salir con él. Por eso lo mejor era olvidarlo todo y seguir adelante, se dijo en silencio. Dios sabía que lo había hecho antes muchas veces. Antes de sentirse demasiado atraído hacia ninguna mujer. Y María Fernández no iba a ser diferente, se dijo resuelto. Sólo que la intensidad de su atracción, en ese caso, sí era diferente... Razón de más para desaparecer.
Excepto por el hecho de que a Jude no le parecería bien... tal y como descubrió Teb aquella misma tarde, nada más volver al hotel después de una larga e infructuosa entrevista en la granja con Meli y Rodrigo Fernández.
-Seguro que no te has mostrado lo suficientemente firme -comentó Jude por teléfono-. ¿Cómo es posible que te cueste tanto trabajo convencer a tres ancianitas de que vivirían mucho mejor en cualquier otro sitio que en una granja en la que trabajan de sol a sol, y total para nada?
¡Tres ancianitas! Había sido muy interesante conocer al tercer hermano, Rodrigo, y comprobar el gran parecido de los tres. Rodrigo era sin duda el más impulsivo. No había dudado un segundo en decirle lo que podía hacer con su oferta. Meli era más correcta y educada, pero su respuesta había sido igual de rotunda.
Por alguna razón Teb prefirió no corregir la errónea idea que se había hecho Jude acerca de los tres hermanos. De ese modo no le daba oportunidad de atar cabos y llegar a la conclusión correcta o, mejor dicho, a la pregunta exacta de por qué él no quería seguir insistiendo en la compra de la granja.
-Nacieron allí, Jude -contestó Teb repitiendo las palabras indignadas de Rodrigo-. La familia lleva generaciones enteras viviendo allí...
-Teb, ¿tratas de ablandarme? -lo interrumpió Jude incrédulo.
Como si fuera posible. Jude y Teb habían asistido al colegio juntos, pero habían perdido el contacto luego durante una temporada hasta que Jude buscó a Teb nada más comenzar a expandir su imperio financiero, convenciéndolo para que aceptara el puesto de abogado personal suyo y de la empresa. Y Teb jamás se había arrepentido de aceptar el cargo... hasta ese momento.
-No, claro que no, es sólo que...
-¿Sólo qué...?
-Déjamelo a mí unos días más, ¿de acuerdo? -contestó Teb impaciente.
Bien, al diablo con su decisión de convencer a Jude de que abandonara. Para poder abandonar él después, por supuesto.
-¿Qué tal te va con la bella April? -añadió de pronto Teb.
-¿Pretendes cambiar de tema, Teb? -adivinó inmediatamente Jude.
Ése era el problema con Jude: era demasiado astuto. Y lo último que quería Teb era que sospechara que estaba metido en un verdadero lío emocional. En parte Teb hubiera preferido pasarle el problema de la granja Fernández a otro, y de ese modo alejarse de Mary. Necesitaba alejarse de ella. Pero por otro lado, desde un punto de vista profesional, su lealtad hacia Jude y hacia la empresa, mantenida durante casi quince años, lo obligaba a insistir.
-Claro que no, simplemente me preguntaba si habías tenido más éxito que yo -contestó Teb con naturalidad.
-En absoluto -dijo Jude, a pesar de todo contento-. Esa mujer se empeña en tratarme como si no fuera más que su hermanito pequeño.
-¡Vaya novedad!
-La verdad, me lo paso bien -rió Jude-. Realmente es una mujer fascinante. Y volviendo al tema de la granja -continuó Jude, al que era imposible engañar-, tenemos que resolver ese asunto en unas semanas. Es imprescindible para poder seguir con los planes. Ofréceles más dinero, si no consigues convencerles de otra forma.
Jude era inflexible. Teb siempre había admirado en él ciertas virtudes. Pero en ese caso resultaban irritantes.
-Soy perfectamente consciente del problema del tiempo, Jude -contestó Teb-, pero en este caso no creo que más dinero sirva de nada.
De hecho estaba convencido de lo contrario. La oferta que les había hecho estaba muy por encima de los precios del mercado, pero a pesar de que los hermanos no tenían gran solvencia económica, el dinero no parecía tentarlos.
-No me gustaría nada tener que ir para allá, Teb -advirtió Jude.
Ni Teb lo deseaba tampoco. En primer lugar porque eso sería como reconocer su fracaso. Y en segundo lugar porque si Jude veía a las tres hermanos, acabaría por comprender cuál era realmente su problema: Mary.
Según parecía, y a menos que quisiera admitir abiertamente ante Jude que se sentía personalmente atraído hacia Mary, no le quedaba más remedio que seguir allí, al pie del cañón, y continuar las negociaciones en nombre de la empresa.
-Acabo de decirte que me lo dejes a mí unos pocos días más -le recordó Teb.
-Sólo unos pocos días, Teb -concedió al fin Jude, colgando sin más.
Teb colgó y desvió la vista hacia la ventana de la suite. La nieve seguía cayendo. Menudo lío. Jude, evidentemente, no iba a echarse atrás. Lo cual significaba que él tampoco podía hacerlo. El problema era cómo convencer a los hermanos. Y conociéndoles, la tarea era imposible. Pero no tan imposible como la situación personal en la que se encontraba él.
Tener una aventura con Mary mientras estaba de viaje le había parecido al principio el mejor modo de pasar el tiempo. Pero el hecho de descubrir que ella era precisamente una de las razones por las que él estaba allí lo cambiaba todo. Además, tras conocer a Mary un poco mejor y tras conocer a sus hermanos, Teb había llegado a la conclusión de que ella no era de las que tenían aventuras. Con nadie. Y menos aún con él. Pero a pesar de todo él seguía deseándola con la misma fiera pasión.


 
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AutorReply
SAIOA
(no login)
81.44.103.39

Re: Canción de seducción. cap 3

May 21 2011, 1:43 PM 

SE PONE INTERESANTE
SIGUELA PRONTO

 
 
 
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