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HIELO Y FUEGO. Cap. 4-5

March 21 2012 at 1:53 PM
Mavi  (no login)
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Aquí les dejo otros dos happy.gif

Saludos!


CUATRO

María y Esteban apenas se dirigieron la palabra en la mesa del desayuno, y ella evitó mirarlo. No podría soportar la expresión de mofa que sabía que encontraría en su mirada. El recuerdo del beso de la noche anterior estaba todavía demasiado reciente.

-¿A qué hora has dicho a tus invitados que vengan, cariño? -preguntó Carmela a Esteban mientras terminaban de desayunar y compartían una segunda taza de café.

-A las seis -contestó, y María notó que la estaba mirando. -Lo que dije sobre su atuendo de esta noche iba en serio, señora Fernández. Si bajas esas escaleras vestida con algo escandaloso, yo mismo volveré a llevarte arriba.

María no replicó. Mantuvo la mirada fija en su plato y oyó cómo la silla de Esteban arañaba el suelo cuando éste la retiró para levantarse. Luego oyó un bufido y el ruido de pasos que se alejaban.

-Bueno, bueno -murmuró Carmela mirando a María.- ¿Qué está pasando aquí? ¿Habéis reñido?

María levantó la vista y dio gracias por que Victoria y César no estuvieran por allí y no hubieran presenciado la escena.

-Podría decirse así -murmuró lacónicamente. Dio un sorbo a su café.-¡Es insoportable!

-También su padre -la informó Carmela. Sonrió con melancolía. -Pero yo lo quería con locura. Una vez averigüé por casualidad que, cuando estaba más furioso y más miedo daba, podía calmarlo sólo con poner mis brazos alrededor de su cuello.

-María se quedó mirándola fijamente.

-Preferiría dejarme matar antes que rodear el cuello de Esteban con los brazos.

La anciana sonrió.

-¿De verdad? ¿No será que Esteban te perturba?

Ella se movió, nerviosa.

-Me... me asusta.

-Sí, ya lo sé. También tú lo asustas a él. Nunca se había mostrado tan hostil con un invitado. Me doy cuenta de cómo se eriza cuando tú entras en la habitación; y siempre te sigue con la mirada.

María parecía incómoda. Fue a agarrar la taza de café con demasiado ímpetu y casi la vuelca. Respiró hondo mientras la estabilizaba. Carmela cubrió la mano de María con la suya.

-No dejes que te asuste, María. Es inflexible, pero porque siempre ha tenido que serlo. Sin embargo, puedo asegurarte que nunca te haría daño deliberadamente.

María estuvo a punto de discutir aquella última afirmación pero cayó en la cuenta de que había sido ella la que había provocado el violento enfrentamiento de la noche anterior. Y empezaba a preguntarse por qué. ¿Sería porque sabía que si lo hacía enfadar lo suficiente, la tocaría? ¿Era eso lo que deseaba que pasara?

-Está muy solo siguió diciendo Carmela.

-No es eso lo que me ha dicho murmuró María con los ojos entrecerrados. Me dijo que tenía que sacudirse a las mujeres, me ha insinuado que nunca le falta compañía en la cama de pronto recordó con quién estaba hablando y se sonrojó. Carmela sonrió con regocijo.

-Me preguntó por qué te habrá dicho algo así murmuró. Además, no es verdad. Desde que Ana Rosa lo dejó..., mejor dicho, desde que él la echó de casa, no ha tenido ninguna relación seria. Sí, claro, a veces sale con mujeres, no olvides que es un hombre, cariño. Pero no se implica emocionalmente, pone su corazón a buen recaudo. Y no ha dejado que ninguna mujer se acerque a él.

María se quedó mirando con preocupación el líquido negro que llenaba su taza.

-¿Puedo preguntar por qué su esposa... se marchó?

Carmela sonrió con tristeza.

-No por la razón que podrías suponer dijo amablemente. Sencillamente, a Ana Rosa le gustan los hombres. Creo que en medicina hay un término para denominar esa obsesión con el sexo. El orgullo de Esteban sufrió mucho antes de que por fin se cansara y decidiera divorciarse estudió detenidamente a María. Tu marido te trataba con crueldad en la cama ¿verdad? dijo pausadamente y suspiró. Pero, cariño, no todos los matrimonios son así. Tuviste una mala experiencia pero no debes dejar que eso arruine tu futuro. No debes, María extendió un brazo y le tocó ligeramente la mano. Eres demasiado joven para dejar de vivir la vida.

Los grandes ojos de María se encontraron con los de Carmela y ésta vio todos sus miedos.

-En mi vida, los hombres no han sido precisamente la flor y la nata dijo con calma. Lo que sé de mi propio padre es muy poco agradable, y mi marido fue otra decepción... levantó la vista. Supongo que no todos los hombres son unos monstruos pero ¿cómo puedes distinguir a uno malo de uno bueno antes de haber empezado a vivir con ellos? murmuró con tristeza. Yo creía que Luciano era el mejor del mundo. Si no puedo confiar en mi propia capacidad para juzgar a los demás, entonces ¿cómo voy a dar crédito a mis impresiones sobre una persona?

Carmela parecía preocupada.

-Tienes que aprender a confiar de nuevo dijo. Ya sé que es más fácil decirlo que hacerlo pero quizás averigües que surge de manera natural cuando conozcas al hombre adecuado.

María suspiró y terminó su café. Sonrió con timidez.

-Nunca había hablado de esto con nadie. Excepto tal vez con Victoria.
Me halaga que me lo digas. ¿Y tu madre?

-Murió al dar a luz a Victoria. Apenas la recuerdo. Nos crió mi abuela Brenda Acuña, una anciana muy estricta. Le interesaba más inculcarnos disciplina que darnos afecto suspiró y esbozó una sonrisa. La queríamos pero en toda nuestra vida Victoria y yo sólo nos hemos tenido la una a la otra...

-Carmela la miraba con una expresión rara, atenta, vigilante.

-¿Acuña? murmuró.

María deseaba haberse mordido la lengua. ¿Y si Carmela había descubierto su verdadera profesión? El apellido de su abuela era el que utilizaba como seudónimo para firmar sus novelas.

-¿Ocurre algo? preguntó mientras estudiaba el rostro de la madre de Esteban. Carmela se encogió de hombros.

-Me he quedado pensando dónde he oído antes ese apellido se rió. Y como tu cara me resulta tan familiar... Bueno, en fin, me imagino que todos nos parecemos a alguien, ¿no?

-Sí, supongo que sí fue la respuesta de María aliviada de poner fin a aquel asunto.

-Me gusta tu hermana comentó Carmela. Me gusta cómo actúa César cuando está con ella. Se muestra muy protector, muy capaz..., muy diferente del César de antes, que siempre estaba esperando la aprobación de Esteban antes de actuar. Está muy cambiado.

-Victoria lo quiere mucho observó María. Nunca la había visto así de feliz. Pobre Victoria, era siempre la que pagaba el mal carácter de Luciano pero estaba obligada a quedarse con nosotros porque no tenía adónde ir. Desde que ha conocido a César la veo reírse, jugar, bromear... Creía que ya se había olvidado de cómo se hacían esas cosas.

Carmela parecía pensativa.

-Y eso mismo podría decirse también de ti, ¿no? planteó con delicadeza. Siempre estás trabajando, a todas horas. ¿No serás como esos novelistas frustrados que están siempre escribiendo la novela del siglo pero que nunca la terminan? Vamos, confiesa. ¿Escribes novelas?

María se echó a reír a carcajadas.

-Muy bien, de acuerdo. Sí, escribo novelas.

-¡Lo sabía! ¿Qué tipo de novelas?, ¿de misterio?

-Sí mintió María, ¿cómo lo ha adivinado?

La madre de Esteban se rió.

-No lo sé, se me ha ocurrido de repente. A mí personalmente, lo que me gusta son esos novelones de tipo histórico con historias románticas y un poco picantes. Los devoro estudió a María con ojos pensativos. ¿Tú también lees ese tipo de libros?

-No, no, son demasiado sugestivos para mi gusto mintió María pidiendo perdón por engañar a su anfitriona.

-Ah, ya Carmela bajó la vista hacia su café pero en su boca se dibujaba una sonrisa apenas disimulada.

-Esteban no quiere que Victoria y César se casen dijo María sin percatarse de esa sonrisa.

-Sí, estoy al tanto Carmela se acabó el café, pero se le pasará. Todo lo que necesita para cambiar de opinión es conocer más a Victoria y verla con César. Lo que pasa es que Esteban es contrario al matrimonio. Es muy protector con César y no quiere que cometa un error. Su experiencia en ese terreno lo amargó mucho, igual que a ti. Pero se le pasará.

María suspiró.

-Espero sinceramente que tengas razón.



CINCO



María había albergado la esperanza de quedarse en su habitación esa noche y evitarse así tanto la cena con los invitados como tener que ver de nuevo a Esteban. No quería volver a enfrentarse a él hasta no tener claro cuáles eran sus sentimientos pero Carmela no quiso ni oír hablar de semejante idea.

-No vas a esconderte en tu habitación, de eso puedes estar segura afirmó con convencimiento, y de pronto su reducida figura pareció agrandarse.

-No me estoy escondiendo aseguró María. Es como si esta noche me quedara hibernando con el fin de recuperar fuerzas para mañana.

-No se negó Carmela con firmeza. Y espero que te pongas el vestido más sugerente que tengas añadió con una sonrisa. Yo haré lo propio. Así aprenderá.

María se echó a reír.

-Será una suegra fantástica...

-Y me imagino que no te importaría presentarte como candidata al puesto de nuera... tanteó Carmela esperanzada.

-Con quien quiere casarse César es con Victoria, no conmigo.

-Sabes muy bien que no me estoy refiriendo a César ladeó la cabeza del mismo modo como lo hacía su hijo mayor. A Esteban le gustas, lo sabes. No lo puede ocultar.

María entornó los párpados.

-No quiero una relación de ese tipo. Me da miedo.

-A él también replicó Carmela y sonrió al ver la expresión de incredulidad de María. Es cierto. Ana Rosa lo amargó. Siempre se asegura de que sus amigas sean mujeres muy sofisticadas y liberales y que su idea del compromiso sea una habitación de hotel para pasar una noche añadió con picardía.

-Eso es todo lo que quiere de mí también dijo María en voz baja.

-¿Estás segura? inquirió Carmela. Podrías llevarte una sorpresa, cariño. Ahora date prisa y arréglate. Y no lo olvides..., ¡ponte algo provocativo!

Pero María no había metido en la maleta nada que fuera ni medianamente provocativo, así que, en consonancia con su estado de ánimo, eligió un vestido de estilo victoriano con escote alto, cerrado con un lazo, y volantes en la pechera y también en el dobladillo de la falda, que era larga y con mucho vuelo. Se puso unos zapatos de tacón alto abotinados, se recogió el pelo en un moño alto y casi no se maquilló. Con aquel vestido, su delgada figura adquiría una delicadeza a la antigua usanza, muy elegante. Además, esa noche no estaba de humor para fiestas y quería que su aspecto fuera acorde con su humor.
Bajó y se encontró a Carmela y a Victoria de pie junto al arranque de la escalera.

-¿Qué te parece, es lo bastante sugerente? preguntó la madre de Esteban, y se movió un poco para mostrar su vestido de color ciruela, de terciopelo y muy escotado. Entonces reparó en cómo iba vestida María.

-Deja ver el tobillo dijo ésta a modo de explicación. En su época, a principios del siglo veinte, era muy provocativo.

Carmela se rió.

-Lo creo.

María observó a Victoria. Estaba preciosa con su vestido de seda amarillo pálido que se ceñía a las curvas suaves de cuerpo.

-Pareces una rosa del árbol de té dijo a su hermana pequeña.

-¿A que sí? Carmela acababa de decirle exactamente lo mismo.
-Tienes mucho gusto vistiendo. Uno de estos días, esa habilidad puede llegar a ser importante.

Victoria se ruborizó y sonrió.

-He pensado que César podía sentirse incómodo si me ponía algo llamativo.

-¿Cómo? preguntó César que se acercaba a ellas en ese instante, muy elegante y trajeado. ¿Yo incómodo? ¡Ni hablar!

Victoria se rió y corrió a su encuentro.

-¿Estoy bien? preguntó. Quería que él le diera su aprobación.

-Estás para comerte murmuró y se inclinó hacia delante para darle un beso en la frente.

-¿Podríais reservar eso para cuando estéis en vuestro dormitorio? refunfuñó Esteban mientras se unía a ellos. Lanzó a su hermano menor una mirada intimidadora. No puedo andar por esta casa sin encontrarme con vosotros dos haciendo arrumacos por los pasillos.

-Si te molesta, no mires, hermanito respondió César en una repentina e inusual muestra de carácter. Luego sonrió fríamente. Y para tu información, Victoria y yo no compartimos habitación. Tendremos tiempo de sobra para eso... cuando nos casemos.

-¿Sin mi aprobación? fue la contestación insolente de Esteban.

César se puso muy tieso y abrazó con fuerza a Victoria.

-Si es necesario, sí. Mírame bien, Esteban. Me he hecho mayor, ya no soy el chico de instituto deslumbrado por tu machismo. Y lo creas o no, soy muy capaz de mantenerme y de mantener a Victoria.

-¿Y dónde vas a trabajar, si se puede saber? quiso saber Esteban.
César cambió de postura.

-Pues en la fábrica, claro.

-Piénsalo otra vez contestó Esteban con una mirada triunfal. Si te casas sin mi aprobación, tendrás que empezar desde abajo y sin un centavo.

-¡Esteban...! comenzó a decir Carmela.

-El testamento dice muy claramente que el control absoluto de tu parte de la herencia me corresponde a mí... hasta que cumplas treinta años añadió Esteban y se llevó una mano al bolsillo para sacar la pitillera. Y no pensarás cuestionar mi autoridad para contratar y despedir a quien yo quiera... Así que no te pases de listo conmigo porque eso no te conducirá a ninguna parte.

-Si nos perdonáis se limitó a decir César mirando a Carmela y a María, me parece que vamos a cenar en la ciudad.

Victoria parecía a punto de echarse a llorar y el corazón de María estaba deshecho. ¡Dichoso Esteban! Mientras lo pensaba, le decía con la mirada bien a las claras, lo que pensaba de él. Pero Esteban no se inmutó.

-Siento que tengamos invitados esta noche dijo Carmela y dirigió a su hijo mayor una sonrisa fría aunque su mirada ardía de indignación. Me encantaría discutir contigo lo que acabas de decir, hijo mío.

Esteban sonrió regocijado al notar la furia contenida de su madre.

-No lo dudo. Pero por mucho que me presionéis César y tú, no pienso ceder ni un milímetro hasta que no esté convencido de que mi hermanito no se está equivocando.

-¿Piensas pasarte el resto de tus días diciéndole con qué mujeres debe salir, qué cubierto tiene que usar, qué programas puede ver en la tele...? intervino María.

-Esto no es asunto tuyo se limitó a responder él.

-Victoria es mi hermana; claro que es asunto mío lo miró fijamente. Ya ha sufrido bastante en su vida sin necesidad de que alguien tan protector y envarado como tú le complique las cosas.

Esteban la miró como si quisiera morderla. Carmela estaba a punto de abrir la boca para hablar cuando sonó el timbre de la puerta.

-Aquí están tus invitados se apresuró a decir. El mayordomo los hará pasar al salón pero ¿no deberíamos ir a recibirlos?

Esteban todavía estaba mirando fijamente a María.

-Luego dijo amenazadoramente, tú y yo vamos a tener unas palabras.

-¡Lo estoy deseando! respondió María puntuando cada palabra y le lanzó una sonrisa llena de dulzura.
Esteban dio media vuelta y se dirigió enfadado, a grandes zancadas, hacia la puerta de entrada mientras Carmela dejaba escapar un suspiro de alivio y animaba a María a seguirla. En el umbral había dos hombres, uno alto y serio y otro bajo y gordo con la cara congestionada. Esteban los hizo pasar al salón y lanzó una mirada de advertencia a María mientras le presentaba a Javier Long y Harry Neal.
Al cabo de unos momentos, María se encontró en una esquina del salón con Javier Long mientras los demás discutían sobre la política económica del gobierno.

-¿Le interesa la política? preguntó María educadamente. Él negó con la cabeza, parecía irritado.

-Lo mío es la gestión del agua y las medidas de ahorro en distribución y consumo miró a María, pero no puedo esperar que le interese hablar de semejante asunto.

Aquella actitud tan prepotente la ofendió un poco pero a pesar de todo sonrió.

-Al contrario, es un tema que me apasiona también a mí. Soy de una ciudad pequeña cerca de Atlanta. Gastamos dos millones de galones al día y recibimos el agua de un afluente del río Chattahoochee. La ciudad que se encuentra más cerca de la nuestra tiene una fábrica que utiliza ella sola, un millón de galones de agua al día; por no hablar del consumo individual que asciende a tres millones de galones.

Javier Long se quedó mirándola fijamente, como si temiera haber oído mal.

-¿Y se abastece del mismo afluente?

-En parte respondió María. Pero el año pasado, con la sequía, la ciudad tuvo que excavar tres nuevos pozos para cubrir las necesidades de agua y ahora están examinando si es factible construir un planta depuradora para todo el condado.

-Lo mismo nos pasó a nosotros dijo él y procedió a contarle los detalles del problema y las medidas que habían tomado las autoridades para solucionarlo.

Cuando Esteban los interrumpió estaban charlando animadamente sobre las nuevas leyes que regulaban el consumo de agua por municipio.

-Siento interrumpir, Javier murmuró y lanzó una mirada severa a María, pero Harry y yo necesitamos que nos aclares algunas cosas de la oferta de fusión.

-Fusión... Javier Long parpadeó. Ah, sí, la fusión se giró y le ofreció la mano a María. No recuerdo cuando fue la última vez que disfruté tanto con una conversación. Tenemos que seguir hablando.

Esteban parecía confuso, la miraba de una forma rara, y se alejó con su invitado. César y Victoria acababan de unirse al grupo. César parecía dispuesto para el combate y la propia Victoria tenía el aspecto de estar preparada para participar también ella en la refriega si era necesario. Ni siquiera la mirada hostil de Esteban cuando entraron en la sala logró incomodar a ninguno de ellos.

-Vaya, vaya bromeó María. ¿Habéis cambiado de idea?

-Pues sí César sonrió. En la universidad hice un curso de artes marciales. He salido fuera, he mirado el coche y me he dicho que uno sólo huye cuando todas las apuestas están en su contra.

-Lo mismo digo intervino Victoria con una rara muestra de carácter. Quizá no le guste a Esteban pero va a tener que aceptarme antes o después.

María les sonrió.

-Bien dicho. Os ayudaré en todo lo que pueda, incluso me ofrezco a manteneros si es necesario hasta que encontréis la forma de salir adelante.

César le lanzó una cálida sonrisa.

-Nunca lo permitiría dijo, pero tu apoyo significa mucho para nosotros. Gracias.

-¿Para qué sirven si no las cuñadas? María se encogió de hombros teatralmente.

-Por cierto continuó César, ¿cómo has conseguido que el viejo Long te sonría? Eso me ha parecido ver cuando entrábamos... Odia a la gente, siempre se queda en un rincón con su vaso en la mano hasta que llega el momento de hablar de negocios y entonces, por sistema, se muestra en desacuerdo con cualquier cosa que se diga.

-¿Long? Ese nombre me suena murmuró Victoria pensativa. Seguramente. Llevo semanas quejándome de él miró a María. Esteban está intentando convencer a Long para que su fábrica de punto se una a nuestra firma. Long no cede. Han tenido reuniones y reuniones y más reuniones, y Esteban está obligado a llevar en persona las negociaciones, pero hasta ahora ha tenido que tratar el tema con todos los cargos intermedios de la empresa de Long. Ésta es la primera vez que accede a acudir en persona.

-Me siento halagada murmuró María con una sonrisa.

En la mesa, no le sorprendió que la sentaran junto a Javier Long. Resultó que éste había formado parte de la comisión de planificación de gestión del agua y conocía todos los entresijos. No dejaron de hablar durante toda la cena. De hecho, Javier Long fue el último en marcharse; un hombre completamente distinto del directivo de cara amargada que había entrado por la puerta unas horas antes.

-Todavía no me has dado una respuesta sobre la fusión, Javier le recordó Esteban y lanzó una mirada severa en dirección a María.

-Ah, eso Javier movió una mano alegremente. Adelante. Haz que redacten los contratos y mándamelos. Firmaré. Ha sido un placer, señora Fernández añadió y, sonriendo, estrechó la mano delgada de María con la suya, huesuda. Espero que se repita.

-Yo también, señor Long dijo con una sonrisa genuina. Buenas noches.

Él asintió con la cabeza, se despidió de los demás y salió por la puerta sonriendo.

-Dios mío dijo Esteban en cuanto su invitado se hubo marchado. Llevo meses intentando arrancarle una respuesta positiva que nos permita a Harry y a mí seguir adelante con nuestros planes de expansión. No quería ceder, ni siquiera quería reunirse con nosotros. Y llega, habla dos horas contigo y se comporta como si la fusión no tuviera la menor importancia para él.

-Es un introvertido explicó María. No sabe relacionarse y su manera de participar es oponerse a todo. Le gusta que lo traten como a uno más, tomar parte en la conversación pero no sabe cómo hacerlo.

-Tú lo has conseguido señaló Esteban.

-Yo he sido reportera le recordó ella. Hace años, un redactor jefe con mucha experiencia me dijo que no hay gente sosa sino reporteros con poca imaginación. Después de aquello, a fuerza de rodaje, aprendí a hacer hablar a la gente. No es tan difícil. Sólo tienes que encontrar temas que les gustan y saber escuchar.

-Qué sencillo haces que suene, cariño dijo Carmela. Y sabes muy bien que no es nada fácil.

-En todo caso, me lo he pasado bien respondió María. Hemos estado hablando largo y tendido de la gestión del agua y las restricciones...

-Mis dos hijos forman parte de comités que se ocupan de cuestiones relacionadas con el ahorro de agua en Chicago observó Carmela. Esteban fue una vez a hablar del tema en televisión.

-No sabía que a Javier le interesaran esas cuestiones murmuró
Esteban y miró a María como si ésta tuviera la culpa.

-Me parece que vamos a ir a ver un poco la tele dijo César que llevaba de la mano a Victoria y le sonreía.

-No os sentéis demasiado cerca... advirtió Esteban con una sonrisa casi imperceptible. De la televisión quiero decir. Ya sabéis lo que dicen de las radiaciones.

César consiguió devolverle la sonrisa.

-Ya, ya sé lo que dicen. Pero puedo cuidarme solito, hermano mayor. Y puedo cuidar de Victoria, si ella me deja.

Esteban observó a César.

-Uno de estos días vamos a tener que hablar en serio.

César asintió con la cabeza.

-Eso mismo creo yo.

-Voy a dar una vuelta en coche anunció Esteban. Ve a buscar un chal y ven conmigo, María.

Ésta levantó la vista hacia él.

-No me estarás hablando a mí... replicó.

-Sí, a ti. Te llevaré a dar un paseo romántico a la luz de la luna.

Ella estudió su expresión dura y suspiró. Bueno, era inevitable, en algún momento iba a tener que enfrentarse a él, así que bien podía ser esa noche. De ese modo, no tendría que pasar el resto de su estancia allí preguntándose cuándo iba a dejarle las cosas claras.

-Si no he vuelto dentro de dos horas dijo María a Carmela en un susurro, llama al sheriff y dile que sospechas que ha habido juego sucio.

Carmela se rió.

-De acuerdo, y haré todo lo esté en mi mano para protegerte, cariño. Juraré que te arrastró contra tu voluntad...


-Debo haber perdido la cabeza para marcharme así contigo dijo María a Esteban cuando ya estaban en la carretera.

-Y encima de noche reconoció él. Y entonces ¿por qué lo has hecho?

Ella se quedó con la vista clavada en el regazo; las luces de neón de los carteles luminosos que flanqueaban la autovía lanzaban destellos de colores.

-No lo sé. Hace un rato te habría estrangulado.

-Estabas defendiendo a tu hermana, encanto. No esperes que yo haga menos por mi hermano.

Ella dirigió su atención a las olas que se levantaban en la superficie del mar apenas visibles detrás de las filas de moteles que se levantaban junto a la playa.

-En otras palabras, que todo depende del punto de vista, ¿no?

-Exacto.

-¿Adónde vamos? preguntó. Él giró la cabeza para mirarla.

-Esa pregunta me suena. ¿Es que siempre sospechas que tengo segundas intenciones cuando te hago subir al coche conmigo?

Ella se echó a reír.

-¿Así suena? Lo preguntaba por simple curiosidad.

-No te preocupes dijo. Giró el volante y entraron en una carretera larga que corría paralela a la playa. No voy a intentar llevarte a un motel.

Las mejillas de María se pusieron como la grana.

-No pensaba que fueras a hacer nada parecido.

-¿No? dijo con la mirada fija en la carretera. La mayor parte del tiempo actúas como si fuera un violador evadido.

-Tú mismo me dijiste que no eras un hombre tierno respondió ella mientras entrelazaba las manos sobre el regazo. Él miró hacia los lados.

-Yo dije «amante» tierno le recordó. Y creo que me has malinterpretado. Quería decir que en la cama era exigente, no cruel.

La cara de María estaba ardiendo pero sabía que la oscuridad la protegía.

-¿No dices nada? preguntó Esteban. Levantó el pie del acelerador mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo y lo encendía.

-Estoy lamiendo mis heridas murmuró ella.

-No tendrías ninguna si no hubieras tratado de romperme la mandíbula le recordó él.

-¡Pero si me insultaste!

-¿Y se puede saber qué hacías tú? replicó él. No quiero parecer presuntuoso, pero, por Dios, la última vez que tuve que pelearme por un beso fue hace veinte años. Y nunca me habían dicho que fuera «repugnante».

Ella empezaba a entender el comportamiento de Esteban y se sintió un poco avergonzada de sí misma. Era un hombre orgulloso y sus palabras debían de haberlo herido. La noche anterior estaba asustada y alterada; no podía aceptar que aquel beso le gustara tanto. No sólo no le había repugnado sino que dudaba que Esteban pudiera despertar en ella esa sensación.

-No debería haber dicho eso admitió. No era verdad.

Él dio una calada larga al cigarrillo.

-Normalmente no soy agresivo dijo al cabo de un minuto. Lo de anoche fue excepcional. Maldita sea, es la manera que tienes de reaccionar cuando estás conmigo añadió de pronto. No puedo acercarme a ti.

-Ya te lo he dicho, no es nada personal replicó ella. Suspiró y se abrazó la cintura. No disfruto con el sexo confesó en voz baja. No puedo evitarlo así que, por favor, acéptalo y no... fuerces las cosas.

Él salió de la carretera y detuvo el coche en un área con mesas de picnic desde las que se podía contemplar una zona de dunas. Más allá se veían las olas rompiendo en la arena. Apagó el motor y se volvió hacia ella. La luz de la luna iluminaba su rostro sólo parcialmente, sus ojos brillaban por encima de la brasa del cigarrillo.

-Una mujer es frígida por culpa de un hombre dijo lacónicamente. Ella seguía con la vista clavada en el regazo.

-¿Qué esperas de mí? ¿Una confesión? se rió nerviosa. Lo siento, pero te dije una vez que soy una persona muy reservada.

-Ya somos dos él aspiró largamente el humo del cigarrillo. ¿Por qué te doy miedo?

María jugueteó con la tela de la falda.

-Eres muy grande murmuró. Los labios de Esteban se curvaron ligeramente en un amago de sonrisa.

-¿Y qué quieres, un hombre que te llegue por la cintura para estar segura de vencerlo en el cuerpo a cuerpo?

Sonaba tan ridículo que ella no pudo evitar reírse.

-No, supongo que no.

Él dio otra calada al cigarrillo y se inclinó hacia delante para apagarlo en el cenicero. Fue un movimiento que lo acercó más a ella, tanto que María notó el calor de su cuerpo y la fragancia masculina de su colonia. De pronto, él se giró de modo que su cara quedó a sólo unos centímetros de la de ella y el corazón de María empezó a latir muy deprisa.

-Una vez me dejaste que te abrazara ¿te acuerdas? preguntó Esteban mientras buscaba sus ojos con la mirada. Te hice enfadar y gritaste, la noche que salimos con César y Victoria.

Ella se humedeció los labios. Lo miraba hipnotizada.

-Quería pegarte recordó.

-Me estoy dando cuenta de que eso se ha vuelto una costumbre murmuró con una sonrisa. Con mucha suavidad, le puso las manos en los hombros y esperó hasta que la resistencia cedió lo bastante como para permitirle acercarla a él.

-Ven aquí susurró y lentamente fue deslizando los brazos alrededor de ella, dándole tiempo para retirarse si lo deseaba. Así, María, sin exigencias, sin amenazas. Lo único que quiero es abrazarte.

Ella sintió la mejilla áspera de Esteban cuando rozó su cara. También notaba el ritmo lento y estable de la respiración de éste en la curva de sus senos, levemente aplastados contra el pecho de él. No la estaba forzando ni obligando a nada, sabía que si se resistía mínimamente, la soltaría. Saber eso la hacía sentirse segura. Se relajó y le puso las manos sobre los hombros.

-¿Ves? murmuró él. Su voz era tan profunda y acariciadora como el sonido de las olas que morían en la playa. No voy a hacerte daño.

Ella dejó que sus ojos se cerraran y se abandonó al abrazo. Era la primera vez que cedía sin luchar antes y era raro disfrutar de las sensaciones que aquel abandono producía en su cuerpo: un hormigueo, una excitación amortiguada que se elevaba hasta sus sentidos y la hacía ser consciente de la calidez que la envolvía, del poderoso cuerpo de Esteban, de su olor, de la fuerza de sus manos, que le empujaban delicadamente la espalda por encima de la fina tela del vestido.
Notó que él se movía y la alzaba de su asiento. Se encontró sentada sobre sus muslos y con la cabeza apoyada en su hombro. Se quedaron mirándose, los ojos de ambos se paseaban sin prisas sobre el rostro del otro, absorbiendo cada detalle.

-Es como abrazar un animalito salvaje murmuró él dulcemente. Alzó una mano para retirarle unos mechones despeinados de las mejillas. Eres muy suave, María. Tu piel es como la seda.

Los dedos de María vacilaron antes de tocar la boca de Esteban. Trazó el perfil de sus labios y sintió su cálida firmeza. Luego los dedos fueron hasta su mandíbula cuadrada, al pómulo, a la mejilla, oscurecida por la sombra de la barba incipiente. Le gustaba. Era la primera vez desde de su matrimonio que disfrutaba tocando a un hombre. Él frotó su nariz con la de ella de un modo suave y sensual.

-Bésame, María sugirió con voz zalamera. Su boca estaba justo encima de la de ella; la provocaba, la atormentaba. Las dos bocas casi se tocaban. Casi. Los dedos de María todavía estaban acariciándole el pómulo.

-Puedes hacerlo tú susurró ella nerviosa.

-¿No es eso lo que no funciona contigo, encanto? preguntó, ¿que lo haga yo todo? No voy a obligarte a nada. Si quieres besarme, aquí tienes mi boca.

Las manos de María agarraron las solapas de su chaqueta y se quedó mirándolo fijamente, aturdida. Notaba el pulso que le latía con fuerza en las yemas de los dedos. Probó a rozar sus labios con los de ella. Una vez, dos... Lo besó con fuerza, provocadoramente, pero aquello no la satisfizo: él ni siquiera se movió.
Sintiéndose más segura, deslizó las manos bajo los mechones rubios de la nuca de Esteban y se apretó contra él. Notó cómo sus senos se aplastaban contra la pechera de la camisa mientras llevaba de nuevo los labios a su boca. Todo ese rato, no dejaba de mirarlo a los ojos. Abrió la boca y lo animó a hacer lo mismo para poder oler su aliento. El también tenía los ojos muy abiertos y observaba el modo en que respondía cuando su lengua se movía sensualmente entre los labios entreabiertos de ella y la provocaba con una habilidad enloquecedora. María se quedó sin aliento ante tantas nuevas sensaciones.
Los labios de Esteban rozaron los suyos al hablar.

-Esa noche te alteró mucho, ¿no? murmuró. Lo de mirarnos mientras nos estábamos besando...

-Nunca lo había hecho confesó sin aliento. Sus dedos se enredaron en el pelo de Esteban, le gustaba su tacto.

-Yo tampoco respondió él. Quería mirarte. Y sigo queriendo lo mismo. Abre un poco la boca.

El corazón de María latía con fuerza mientras obedecía sin dejar de mirar los ojos oscuros de Esteban. Entonces unos dientes la mordisquearon y una lengua se abrió paso entre sus labios. También notó que sus manos la agarraban y la obligaban a cambiar de posición. Se encontró sentada a horcajadas y notó cómo Esteban empujaba sus caderas contra las de él. Su boca se volvió más exigente y María notó que su cuerpo la traicionaba, que un deseo dulce brotaba dentro de ella a medida que notaba el de Esteban. La boca de éste seguía provocándola y se dejó llevar por la corriente que la arrastraba como a un nadador exhausto. Cerró los ojos; el placer era mayor de lo que esperaba. Incapaz de sostener la mirada apasionada de los ojos azules de Esteban, se rindió sin protestar. Dejó escapar un quejido, un sonido extraño, largo, doloroso, en medio de la oscuridad. Le temblaban las piernas, tenía las rodillas dobladas y estaban frente a frente. Le dolían los senos mientras trataba de pegarse aún más a él.
Notó cómo un estremecimiento recorría el cuerpo de Esteban y, de pronto, sintió que la mano de él estaba sobre uno de sus pechos y lo acariciaba por encima de la tela del vestido, poseyéndolo. La invadió el pánico. Se echó hacia atrás dando un grito y le agarró la mano con dedos fríos. Sus ojos mostraban confusión y perplejidad.
Él respiró hondo.

-Soy un hombre se justificó. Si te frotas contra mí de esa manera, ¿qué esperas?

Ella logró contener su lengua y se tragó la contestación desagradable que había acudido automáticamente a su boca, pero se levantó del regazo de Esteban y volvió a su asiento. Se abrazó la cintura con firmeza.

-Lo siento acertó a decir con voz temblorosa.

Él no habló. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Su pulso ya no era tan firme como antes. Se quedó tranquilamente sentado y fumando un rato antes de hablar. Su aspecto era muy sensual. Tenía el pelo revuelto y en los ojos azules todavía brillaba la pasión frustrada.

-Presumiblemente, los hombres te tocarán de vez en cuando la provocó él en tono burlón.

-Así no confesó ella y lo miró con timidez. Él parecía confuso.

-¿No está permitido achucharse un poco? murmuró. Ella respiró hondo. Le debía al menos una explicación.

-Si quieres saber la verdad, no sé mucho de achuchones.

-¡Pero si has estado casada!

-Sí replicó ella. Había amargura en su mirada. Con un hombre que creía que la violación era uno de los derechos del marido.


Continuará....???

 
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Re: HIELO Y FUEGO. Cap. 4-5

March 21 2012, 3:33 PM 

a mi me encanta esa historia sigue prontoooooooooooooooooooooooo

 
 
SAIOA
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83.54.218.222

Re: HIELO Y FUEGO. Cap. 4-5

March 21 2012, 9:18 PM 

Genial, siguela pronto.
Es una historia q tengo leida,
pero me encanta recordar viejas historias.

 
 

(Acceso vvictoria19)
78.97.211.116

Re: HIELO Y FUEGO. Cap. 4-5

March 23 2012, 4:32 AM 

por dios sigue prontoooooo

 
 
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