Respond to this messageVolver al foro
Original Message
  • Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 21y 22!!!
    • mary_xiky24 (no login)
      Posted Jun 29, 2009 4:38 PM




      wenas niñass!! oy os dejO otrOS 2 capiitulOs y ya solo qda el final y epiilOgO! q intentare subirselo lo mas pronto posibleee!! espero q les ste gustanoo y q dejen muxos coment!


      Capítulo 21



      ¡ Vaya si no hubo emoción ayer en la escalinata de la puerta principal de la residencia de lady Bridgerton en Bruton Street!
      La primera fue que se vio a Penelope Featherington en la com­pañía, no de uno ni de dos, sino de tres hermanos Bridgerton, cier­tamente una proeza hasta el momento imposible para la pobre muchacha, que tiene la no muy buena fama de ser la fea del baile. Por desgracia (aunque tal vez previsiblemente) para la señorita Fea­therington, cuando finalmente se marchó, lo hizo del brazo del viz­conde, el único hombre casado del grupo.
      Si la señorita Featherington llegara a arreglárselas para llevar al altar a un hermano Bridgerton querría decir que habría llegado el fin del mundo tal como lo conocemos, y que esta cronista, que no vacila en reconocer que ese mundo no tendría ni pies ni cabeza para ella, se vería obligada a renunciar a esta columna en el acto.
      Y como si la señorita Featherington no hubiera sido suficiente noticia, aún no habían transcurrido tres horas cuando lady Penwood, que vive tres puertas más allá, abordó violentamente a una mujer delante de la casa de la familia Bridgerton. Parece ser que dicha mujer, la que, según sospecha esta cronista, trabajaba para la familia Bridgerton, había trabajado para lady Penwood anteriormente. Lady Penwood alega que esta mujer no identificada le robó, e inme­diatamente hizo encarcelara la pobre criatura.
      Esta cronista no sabe bien cómo se castiga el robo en esta época, pero es de suponer que si alguien tiene la audacia de robarle a la con­desa, el castigo es muy estricto. Es posible que cuelguen a esa pobre muchacha o, como muy mínimo, la deporten.
      Ahora parece insignificante la guerra por las criadas (de la que se informó en esta columna el mes pasado).

      Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 13 de junio de 1817.


      La primera inclinación de Benja a la mañana siguiente fue ser­virse una buena copa de licor fuerte. O tal vez tres. Podía ser es­candalosamente temprano para beber licor, pero se le antojaba bas­tante atractivo el aturdimiento alcohólico después de la estocada que recibiera la tarde anterior de manos de Cami Beckett.
      Entonces recordó que había quedado con su hermano Colin esa mañana para una competición de esgrima. De pronto encontró bas­tante atractiva la idea de darle unas buenas estocadas a su hermano, aun cuando éste no tuviera nada que ver con su pésimo humor.
      Para eso estaban los hermanos, pensó, sonriendo tristemente, mientras se ponía la indumentaria.
      -Sólo tengo una hora -dijo Colin, insertando el botón redon­deado en la punta de su florete-. Tengo una cita más tarde.
      -No importa --contestó Benja , haciendo unas cuantas fintas para aflojar los músculos de las piernas; hacía tiempo que no practi­caba; sentía cómodo el florete en la mano. Retrocedió y tocó el sue­lo con la punta, doblando ligeramente la hoja-. No me llevará más de una hora derrotarte.
      Colin miró al cielo poniendo los ojos en blanco antes de bajarse, la careta.
      Benja avanzó hasta el centro de la sala.
      - ¿Estás preparado?
      -No del todo -repuso Colin siguiéndolo.
      Benja le hizo otra finta.
      -¡He dicho que aún no estoy preparado! --rugió Colin saltan­do hacia un lado.
      -Eres muy lento -ladró Benja .
      Colin soltó una maldición en voz baja y añadió otra en voy, alta:
      -¡Condenación! ¿Qué mosca te ha picado?
      -Ninguna -casi gruñó Benja -. ¿Por qué lo dices?
      Colin retrocedió hasta ponerse a una distancia adecuada para comenzar el combate.
      -Ah, no sé -canturreó, sarcástico-. Supongo que será porque casi me hiciste volar la cabeza.
      -Tengo el botón en la punta.
      -Y moviste el florete como si fuera un sable -replicó Colin.
      -Así es más divertido -rebatió Benja , sonriendo con du­reza.
      -No para mi cuello. -Cambió de mano el florete para flexio­nar y estirar los dedos. Detuvo el movimiento y frunció el ceño-.¿Estás seguro de que es un florete lo que tienes?
      -Por el amor de Dios, Colin -refunfuñó Benja -. Jamás usaría un arma de verdad.
      -Sólo era para asegurarme -masculló Colin, tocándose ligera­mente el cuello-. ¿Preparado?
      Benja asintió y flexionó las rodillas.
      -Las reglas normales -dijo Colin, adoptando la postura ini­cial-. Nada de tirar tajos.
      Benja asintió secamente.
      -¡En garde!
      Los dos levantaron el brazo derecho hasta tener la palma arriba, los dedos cerrados en el puño del florete.
      -¿Es nueva ésa? -preguntó de pronto Colin, mirando intere­sado la empuñadura del florete de Benja .
      Benja maldijo su pérdida de concentración.
      -Sí -ladró-. Prefiero la empuñadura italiana.
      Colin retrocedió, abandonando la postura de esgrima, y miró su florete, que tenía una empuñadura francesa menos adornada.
      -¿Me la prestarías alguna vez? Me gustaría ver si...
      -¡Sí! -gritó Benja , resistiendo apenas el deseo de atacar en ese mismo instante-. ¿Vas a volver a ponerte en guardia?
      Colin lo miró con una sonrisa sesgada, y Benja compren­dió que le había preguntado por su empuñadura sólo para moles­tarlo.
      -Como quieras -musitó Colin, readoptando la postura. Pasa­do un momento en que los dos estuvieron inmóviles, gritó:
      -¡Al ataque!
      Benja avanzó, haciendo fintas y atacando, pero Colin siem­pre había tenido un excelente juego de pies, y retrocedía y respondía con expertas paradas sus ataques.
      -Estás de un humor de los mil diablos hoy -comentó Colin, atacando y casi tocando a Benja en el hombro.
      Benja esquivó y levantó el florete para parar el ataque.
      -Sí, bueno, es que tuve un mal día. -Volvió a avanzar con el florete apuntando recto.
      Colin hizo el quite limpiamente.
      -Bonita estocada -comentó, tocándose la frente con su empu­ñadura en fingido saludo.
      -Cállate y ataca -ladró Benja .
      Colin se rió y avanzó moviendo el florete aquí y allá, mante­niendo a Benja en retirada.
      -Tiene que ser una mujer -dijo.
      Benja paró el ataque y comenzó su avance. -No es asunto tuyo.
      -Es una mujer -dijo Colin, sonriendo satisfecho.
      Benja atacó y le tocó la clavícula con la punta de su florete.
      -Punto -gruñó.
      - Touche para ti -dijo Colin, asintiendo secamente. Los dos volvieron al centro de la sala. - ¿ Preparado?
      Benja asintió.
      -En garde! ¡Al ataque!
      Esta vez Colin fue el primero en atacar.
      -Si necesitas consejo sobre mujeres... -dijo, llevando a Benja ­hacia el rincón.
      Benja levantó el florete y paró el ataque con tanta fuerza que su hermano menor retrocedió tambaleante.
      -Si necesitara consejo sobre mujeres, la última persona a la que acudiría serías tú.
      -Me has herido -dijo Colin, recuperando el equilibrio.
      -No -dijo Benja , burlón-. Para eso está la punta de seguridad.
      -Ciertamente tengo mejor historial con mujeres que tú.
      -¿Ah, sí? -dijo Benja , sarcástico. Apuntó la nariz hacia arriba y remedó, bastante bien, por cierto-: ¡Ciertamente no me voy a casar con Penelope Featherington!
      Colin hizo una mueca.
      -Tú no deberías darle consejo a nadie.
      -No sabía que estaba ahí.
      -Ésa no es excusa. -Avanzó el florete y por poco no le tocó el hombro-. Estabas en un lugar público, y a plena luz del día. Aun­que ella no hubiera estado ahí, cualquiera podría haberte oído y el maldito asunto habría acabado apareciendo en Whistledown.
      Colin paró el golpe y se abalanzó con una estocada tan veloz que tocó a Benja en medio del abdomen.
      -Mi touche -gruñó.
      Benja asintió, reconociéndole el punto.
      -Fui tonto -dijo Colin mientras volvían al centro de la sala-. Tú, en cambio, eres estúpido.
      -¿Qué demonios significa eso?
      Colin exhaló un suspiro y se levantó la careta.
      -¿Por qué no vas y nos haces el favor a todos de casarte con la muchacha?
      Benja se lo quedó mirando fijamente, y se le aflojó la mano en el puño del florete. ¿Había alguna posibilidad de que Colin no supiera de quién estaban hablando?
      Se quitó la careta, miró los ojos verdes de su hermano y casi emitió un gemido. Colin lo sabía. No sabía cómo, pero estaba cla­ro que lo sabía. Aunque eso no debería sorprenderlo. Colin siem­pre lo sabía todo. De hecho, la única persona que siempre parecía saber más cotilleos que Colin era Eloise, y ésta nunca tardaba más de unas pocas horas en impartir sus dudosos conocimientos a Colin.
      -¿Cómo lo supiste? -preguntó finalmente.
      -¿Lo de Cami? Es bastante evidente.
      -Colin, es...
      -¿Una criada? ¿Y a quién le importa? ¿Qué te va a pasar si te casas con ella? -preguntó Colin, encogiéndose de hombros como diciendo a quién diablos le importa-. ¿Personas que no podrían importarte menos te van a excluir de su sociedad? Demonios, no me importaría que a mí me excluyeran algunas personas con las que estoy obligado a tratar.
      -Ya he decidido que no me importa nada de eso -dijo Benja , con un desdeñoso encogimiento de hombros.
      -¿Entonces cuál es el problema?
      -Es complicado.
      -Nunca nada es tan complicado como uno cree.
      Benja rumió eso un momento, apoyando la punta del florete en el suelo y haciendo doblarse la flexible hoja hacia delante y atrás.
      -¿Te acuerdas del baile de máscaras de madre?
      -¿Hace unos años? ¿Justo antes de dejar la casa Bridgerton?
      -Ése -asintió Benja -. ¿Recuerdas que conociste a una mujer de vestido plateado? Nos encontraste en el corredor.
      -Claro. Tú estabas bastante interesado... -de pronto agrandó los ojos-. ¿No era Cami?
      -Extraordinario, ¿verdad? -musitó Benja , la inflexión de su voz gritando que eso quedaba corto.
      -Pero... ¿Cómo...?
      -No sé cómo llegó allí, pero no es una criada.
      -¿No?
      -Bueno, lo es -aclaró Benja -. Pero también es la hija bas­tarda del conde de Penwood.
      -¿No el actual, sup...?
      -No, el que murió hace varios años.
      -¿Y tú sabías todo eso?
      -No -dijo Benja , haciendo vibrar la palabra en la lengua-. No.
      -Ah. -Colin se cogió el labio inferior entre los dientes, asimi­lando el sentido de la lacónica respuesta de sus hermano-. Com­prendo. ¿Qué vas a hacer?
      El florete de Benja , que había estado doblando hacia delante y atrás, apoyado en el suelo, de pronto se enderezó y se le escapó de la mano. Él lo observó impasible deslizarse por el suelo, y mientras iba a recogerlo contestó, sin alzar la vista:
      -Ésa es una muy buena pregunta.
      Seguía furioso con Cami por su engaño, pero él tampoco esta­ba libre de culpa. No debería haberle pedido que fuera su querida.
      Tenía el derecho a pedírselo, sí, pero ella también tenía el derecho a negarse. Y una vez que ella se negó, él debería haberla dejado en paz.
      Él no había crecido siendo un bastardo, y si la experiencia de ella había sido tan terrible que no quería arriesgarse a tener hijos bastar­dos, bueno, él debería haber respetado eso.
      Si la respetaba a ella, tenía que respetar sus creencias.
      No debería haber sido tan frívolo con ella, insistiendo en que todo era posible, que ella era libre para hacer lo que fuera que de­seara su corazón. Su madre tenía razón: sí que vivía una vida encan­tada. Tenía riqueza, familia, felicidad, y nada estaba fuera de su alcance. Lo único terrible que había ocurrido en su vida era la pre­matura muerte de su padre, e incluso entonces, había tenido a su familia a su lado para soportarla. Le era difícil imaginarse ciertos sufrimientos porque nunca los había experimentado.
      Y a diferencia de Cami , nunca había estado solo.
      ¿Y ahora qué? Ya había decidido que estaba preparado para hacer frente al ostracismo social y casarse con ella. La hija bastarda no reconocida de un conde era ligeramente más aceptable que una criada, pero sólo ligeramente. La sociedad londinense podría acep­tarla si él los obligaba, pero no harían mayor esfuerzo por ser ama­bles. Probablemente tendrían que vivir discretamente en el campo, evitando la sociedad de Londres, que casi con toda seguridad les vol­vería la espalda.
      Pero su corazón tardó menos de un segundo en saber que una vida discreta con Cami era infinitamente preferible a una vida pública sin ella.
      ¿Importaba que ella fuera la mujer del baile de máscaras? Le había mentido respecto a su identidad, pero él conocía su alma. Cuando se besaban, cuando reían juntos, cuando simplemente estaban sentados conversando, ella jamás fingía, ni por un ins­tante.
      La mujer capaz de hacerle cantar el corazón con una simple son­risa, la mujer que lo llenaba de satisfacción simplemente estando sentada a su lado mientras él dibujaba, ésa era la verdadera Cami .
      Y él la amaba.
      -Tienes el aspecto de haber llegado a una decisión comentó Colin en voz baja.
      Benja lo contempló pensativo. ¿Cuándo se había vuelto tan perspicaz su hermano? Pensándolo bien, ¿cuándo había crecido? Él siempre había considerado a Colin un jovencito pícaro, encantador y gallardo, pero no uno que hubiera tenido que asumir ningún tipo de responsabiliad jamás.
      Pero al observarlo en ese momento, vio a otra persona. Tenía los hombros algo más anchos, la postura un poco más firme y seria. Y sus ojos parecían más sabios. Ése era el mayor cambio. Si de verdad los ojos eran los espejos del alma, el alma de Colin había crecido en algún momento en que él no estaba prestando atención.
      -Le debo unas cuantas disculpas -dijo.
      -Seguro que te perdonará.
      -Ella me debe varias también. Más que varias.
      Benja advirtió que su hermano deseaba preguntar «¿De qué?», pero tuvo que reconocerle el mérito cuando lo único que le pregun­tó fue:
      -¿Estás dispuesto a perdonarla?
      Benja asintió.
      Colin se acercó y le quitó el florete de la mano.
      -Yo te guardaré esto.
      Benja contempló la mano de su hermano con su florete un rato estúpidamente largo, hasta que levantó bruscamente la cabeza.
      -¡Tengo que irme! -exclamó.
      -Eso supuse -repuso Colín, medio reprimiendo una sonrisa. Benja lo miró y de pronto, sin otro motivo que un avasalla­dor deseo, le dio un rápido abrazo.
      -No digo esto a menudo -dijo, con una voz que a sus oídos sonó bronca-, pero te quiero.
      -Yo también te quiero, hermano mayor -contestó Colin, ensanchando la sonrisa, siempre un poco sesgada-. Ahora, ¡fuera de aquí!
      Benja le pasó su careta y salió de la sala con largas zancadas.


      -¿Qué quieres decir con que se marchó?
      -Pues eso -dijo lady Bridgerton, con los ojos tristes y compasivos-. Que se marchó.
      Benja sintió una insoportable presión en las sienes; era un milagro que no le estallara la cabeza.
      -¿Y tú la dejaste?
      -No habría sido legal que la obligara a quedarse.
      Benja casi emitió un gemido. Tampoco había sido legal obli­garla a venir a Londres, pero él la obligó de todos modos.
      -¿Adónde fue?
      Su madre pareció desmoronarse en su asiento.
      -No lo sé. Le insistí en que usara uno de nuestros coches, en parte porque temía por su seguridad, pero también porque deseaba saber adónde iba.
      -¿Qué fue lo que ocurrió, pues? -dijo él golpeando el escrito­rio con las palmas.
      -Como te estaba explicando, insistí en que usara uno de nues­tros coches, pero era evidente que ella no quería, y desapareció antes de que el coche diera la vuelta hasta la puerta.
      Benja soltó una maldición en voz baja. Era probable que Cami todavía estuviera en Londres, pero la ciudad era enorme y muy populosa. Era prácticamente imposible localizar a una persona que no quería que la encontraran.
      -Supuse que habíais tenido una riña -dijo Violet delicada­mente.
      Benja se pasó la mano por el pelo y entonces se fijó en su manga blanca. Había ido allí con su indumentaria de esgrima.
      -Pardiez -masculló. Vio el gesto que hacía su madre, ense­ñando los blancos de los ojos-. Nada de sermones sobre blasfemias ahora, madre, por favor.
      -Ni lo soñaría -repuso ella, los labios curvados en una son­risa.
      -¿Dónde la voy a encontrar?
      Desapareció la expresión risueña de los ojos de Violet.
      -No lo sé, Benja . Ojalá lo supiera. Me gustaba mucho cami.
      -Es la hija de Penwood.
      -Sospechaba algo así -dijo Violet, ceñuda-. ¿Ilegítima, supongo?
      Benja asintió.
      Su madre abrió la boca para decir algo, pero él no llegó a saber qué iba a decir, porque en ese momento se abrió bruscamente la puerta del despacho, con tanto impetu que se golpeó contra la pared con un fuerte estruendo. Francesca, que sin duda había venido corriendo por toda la casa, no alcanzó a frenar y fue a estrellarse con el escritorio, y Hyacinth, que venía corriendo detrás, chocó con ella.
      -¿Qué pasa? -preguntó Violet, levantándose.
      -Cami-resolló Francesca.
      -Lo sé -dijo Violet-. Se marchó. Estábamos...
      -¡No! -interrumpió Hyacinth, poniendo una hoja sobre el escritorio-. Mirad.
      Benja alargó la mano para coger el papel, el que al instante reconoció como un número de Whistledown, pero su madre se le adelantó y comenzó a leer.
      -¿Qué pasa? -preguntó, con un nudo en el estómago, al ver que su madre palidecía.
      Ella le pasó la hoja. Él pasó rápidamente la vista por los coti­lleos sobre el duque de Ashbourne, el conde de Macclesfield y Pene­lope Featherington, hasta llegar a la parte que tenía que ser sobre Cami.
      -¿Prisión? -dijo, su voz apenas un susurro.
      -Tenemos que sacarla de ahí -dijo su madre, cuadrando los hombros como un general aprestándose para la batalla.
      Pero Benja ya había salido por la puerta.
      -¡Espera! -gritó Violet, corriendo tras él-. Yo también voy.
      Benja se detuvo justo antes de llegar a la escalera.
      -Tú no vienes -le ordenó-. No permitiré que te expongas a...
      -Vamos, no digas tonterías. No soy ninguna débil florecilla. Y puedo dar fe de la honradez e integridad de Cami.
      -Yo también voy -dijo Hyacinth, deteniéndose con un pati­nazo junto a Francesca, que los había seguido.
      -¡No! -respondieron madre y hermano, al unísono.
      -Pero...
      -¡He dicho no! -interrumpió Violet en tono firme. Francesca emitió un resentido bufido.
      -Supongo que no sacaría nada si insistiera en...
      -Ni se te ocurra acabar esa frase -bramó Benja .
      -Como si fueras a dejarme -masculló ella.
      -Si quieres ir -dijo Benja a su madre, sin hacer caso de Francesca-, tenemos que irnos inmediatamente.
      -Ordenaré que saquen el coche y te estaré esperando en la puerta.
      Diez minutos después, ya estaban en marcha.

      Capítulo 22


      Qué agitación y prisas en Bruton Street. El viernes por la mañana vieron salir corriendo de su casa a la vizcondesa Bridgerton viuda acompañada por su hijo Benja. El señor Bridgerton prácticamen­te arrojó a su madre dentro de un coche, y al instante partieron como alma que lleva el diablo. Francesca y Hyacinth se quedaron en la puerta, y esta cronista ha sabido de muy buena tinta que se oyó excla­mar a Francesca una palabra muy impropia de una dama.
      Pero la casa Bridgerton no es la única en que se ha visto seme­jante agitación. También ha habido muchísima actividad en la casa de las Penwood, la que culminó en una pelea en público, en la escali­nata de entrada de la casa, entre la condesa y su hija, la señorita Posy Reiling.
      Puesto que esta cronista nunca le ha tenido simpatía a lady Pen­wood, sólo puede exclamar: «¡Hurra por Posy!»
      Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 16 de junio de 1817



      Hacía frío, un frío tremendo. Y se oía un desagradable ruido de furtivos correteos por los rincones, correteos que no dejaban nin­guna duda de que eran de animalillos de cuatro patas. O incluso peor, de animales de cuatro patas. O, para ser más exactos, de ver­siones grandes de animalillos de cuatro patas.
      Ratas.
      -Ay Dios -gimió Cami.
      No tenía por costumbre pronunciar el nombre del Señor en vano, pero ése le pareció tan buen momento como cualquiera para empe­zar. Tal vez él la oiría, y tal vez él castigaría a las ratas. Sí, eso iría muy bien: un buen golpe con un rayo. Un rayo grande, de propor­ciones bíblicas. El rayo golpearía la tierra, se extendería como tentá­culos eléctricos alrededor del globo y achicharraría a todas las ratas.
      Era un sueño bonito para tener ahí, junto con aquel en que se encontraba viviendo feliz para siempre como la señora de Benja Bridgerton.
      Hizo una rápida inspiración al sentir atravesado el corazón por una repentina punzada de dolor. De los dos sueños, temía que el que tenía más probabilidades de hacerse realidad era el del raticidio.
      Estaba sola. Absoluta y verdaderamente sola. No entendía por qué eso le dolía tanto, porque, la verdad, siempre había estado sola. Desde que su abuela la depositara en la escalinata de la entrada prin­cipal de Penwood Park no había tenido jamás a nadie que la defen­diera, a ninguna persona que pusiera los intereses de ella por encima, o siquiera al mismo nivel, de los propios.
      Le gruñó el estómago, recordándole que podía añadir hambre a su creciente lista de desgracias.
      Y sed. No le habían llevado ni siquiera un sorbo de agua para beber. Empezaba a tener fantasías muy raras con el té.
      Hizo una larga y lenta espiración, procurando no olvidar que debía inspirar por la boca después. La hediondez era espantosa, abrumadora. Le habían dado un tosco orinal para que aliviara sus necesidades corporales, pero hasta el momento había tratado de usarlo con la menor frecuencia posible. Habían vaciado el orinal antes de arrojarlo dentro de su celda, pero no lo habían limpiado, y cuando lo cogió notó que estaba mojado, lo cual la impulsó a soltar­lo inmediatamente, con todo el cuerpo estremecido de repugnancia.
      Claro que había vaciado muchos orinales en su vida, pero las personas para las que trabajaba por lo general se las arreglaban para acertar dentro, por así decirlo. Por no decir que siempre había podi­do lavarse las manos después.
      Y allí, además del frío y el hambre, no podía ni sentirse limpia en su piel.
      Era una sensación horrible.
      -Tienes una visita.
      Cami se puso de pie de un salto al oír la voz bronca y hostil del alcaide. ¿Podría ser que Benja hubiera descubierto dónde estaba? ¿Podría ser que hubiera deseado acudir en su ayuda? ¿Habría...?
      -Bueno, bueno, bueno.
      Era Araminta. Se le cayó el corazón al suelo.
      -Cami Beckett -cacareó Araminta, acercándose a la celda y cubriéndose la nariz con un pañuelo como si Cami fuera la causa del hedor-. Nunca me habría imaginado que fueras a tener la auda­cia de enseñar tu cara en Londres.
      Cami cerró firmemente la boca para obligarse a no hablar. Ara­minta quería enfurecerla con burlas, y de ninguna manera le daría esa satisfacción.
      -Las cosas no van bien para ti, me temo -continuó Araminta, sacudiendo la cabeza en fingida compasión. Se acercó otro poco y susurró-. El magistrado no siente mucha simpatía por los ladrones.
      Cami se cruzó de brazos y se puso a mirar fijamente la pared. Si miraba a Araminta, aunque sólo fuera fugazmente, no sería capaz de resistirse a abalanzarse sobre ella y seguro que los barrotes de la celda le lastimarían gravemente la cara.
      -Ya le pareció mal el robo de las pinzas de los zapatos -conti­nuó Araminta, dándose golpecitos en el mentón con el índice-, pero se puso muy furioso cuando le informé del robo de mi anillo de bodas.
      -¡Yo no...!
      Alcanzó a reprimir el resto de la exclamación; justamente eso era lo que deseaba Araminta: sacarla de quicio.
      -¿Ah, no? -replicó Araminta, sonriendo maliciosamente y agitando los dedos-. Parece que no lo llevo, y es tu palabra contra la mía.
      Cami abrió la boca, pero de ella no salió ningún sonido. Ara­minta tenía razón; ningún juez aceptaría su palabra contra la de la condesa de Penwood.
      Araminta sonrió con una expresión vagamente felina.
      -El hombre de la puerta, creí oírle decir que era el alcaide, dijo que no es probable que te cuelguen, así que no tienes por qué preocuparte en ese punto. La deportación es una consecuencia mucho más probable.
      Cami casi se echó a reír. Sólo el día anterior había estado haciendo planes para emigrar a Estados Unidos. Y al parecer sí dejaría Inglaterra, aunque su destino sería Australia. E iría encade­nada.
      -Suplicaré que tengan clemencia -dijo Araminta-. No quie­ro que te maten, sólo quiero que... te marches.
      -Todo un modelo de caridad cristiana -masculló Cami -. Seguro que el juez se conmoverá.
      Araminta se pasó distraídamente los dedos por la sien echándo­se atrás un mechón.
      -Pero ¿no será conmovedor? -dijo, mirándola y sonriendo, con una expresión dura, lúgubre.
      Repentinamente Cami sintió la urgente necesidad de saber...
      -¿Por qué me odia? -preguntó en un susurro.
      Araminta estuvo un momento mirándola fijamente y después contestó:
      -Porque él te amaba.
      Cami no pudo decir nada, muda por la sorpresa.
      Los ojos de Araminta brillaron con una dureza que los hacían parecer quebradizos.
      -Jamás le perdonaré eso.
      Cami negó con la cabeza, incrédula.
      -Nunca me amó.
      -Te vestía, te alimentaba -dijo Araminta, entre dientes, con los labios fruncidos-. Me obligó a vivir contigo.
      -Eso no era amor. Eso era sentimiento de culpabilidad. Si me hubiera amado no me habría dejado con usted. No era estúpido, tenía que saber lo mucho que usted me odiaba. Si me hubiera ama­do no me habría olvidado en su testamento. Si me hubiera amado... -no pudo continuar, atragantada con sus palabras.
      Araminta se cruzó de brazos.
      -Si me hubiera amado -continuó Cami -, se habría tomado el tiempo para hablar conmigo. Podría haberme preguntado como me había ido el día, o qué estaba estudiando, o si me gustaba el desayuno. -Tragó saliva para evitar un sollozo, y se volvió de espaldas. Le resultaba muy difícil mirar a Araminta en ese momento-.Nunca me amó -dijo en voz baja-. No sabía amar.
      Durante un largo rato ninguna de las dos dijo nada.
      -Quería castigarme -dijo Araminta finalmente.
      Cami se giró lentamente.
      -Por no darle un heredero -continuó Araminta, y las manos comenzaron a temblarle-. Me odiaba por eso.
      Cami no supo qué decir. No sabía si había algo que decir. Pasa­do otro largo rato, Araminta volvió a hablar:
      -Al principio te odiaba porque eras un insulto para mí. Nin­guna mujer debería tener que albergar a la bastarda de su ma­rido.
      Cami guardó silencio.
      -Pero después... pero después...
      Ante la enorme sorpresa de Cami , Araminta se apoyó en la pared como desmoronada, como si los recuerdos la hubieran despo­jado de toda su fuerza.
      -Pero después eso cambió -dijo Araminta al fin-. ¿Cómo él pudo tenerte a ti con una puta y yo no pude darle un hijo?
      Cami no le vio mucha utilidad a defender a su madre.
      -No sólo te odiaba -continuó Araminta en un susurro-Odiaba verte.
      Eso no sorprendió a Cami.
      -Odiaba oír tu voz; odiaba ver que tus ojos eran iguales a los de él; odiaba saber que estabas en mi casa.
      -Era mi casa también -dijo Cami tranquilamente.
      -Sí. Lo sé. También odiaba eso.
      De pronto Cami levantó la cara y la miró a los ojos.
      -¿A qué ha venido? ¿No le basta lo que ha hecho? Ya ha con­seguido que me deporten a Australia.
      Araminta se encogió de hombros.
      -No sé, parece que no puedo mantenerme alejada. Hay algo tan agradable en verte en prisión. Tendré que estar tres horas en la bañe­ra para quitarme la fetidez, pero vale la pena.
      -Entonces ha de disculparme si voy a sentarme en el rincón y hago como que leo un libro -espetó Cami -. No hay nada agra­dable en verla a usted.
      Fue hasta la destartalada banqueta de tres patas que era el único mueble de su celda y se sentó, procurando disimular lo desgraciada que se sentía. Araminta la había derrotado, cierto, pero no destroza­do el alma, y de ninguna manera permitiría que creyera eso.
      Se cruzó de brazos, sentada de espaldas a la puerta de la celda, con el oído atento a cualquier sonido que indicara que Araminta se marchaba.
      Pero Araminta continuó allí.
      Finalmente, pasados unos diez minutos de esa tontería, Cami se levantó de un salto y gritó:
      -i¿Se va a marchar?!
      Araminta ladeó ligeramente la cabeza.
      -Estoy pensando -dijo.
      Cami deseó preguntarle «¿en qué?», pero sintió un poco de miedo de oír la respuesta.
      -Me gustaría saber cómo es la vida en Australia -musitó Ara­minta-. Nunca he estado allí, naturalmente; ninguna persona civi­lizada que yo conozca consideraría la posibilidad de ir allí. Pero he oído decir que el clima es tremendamente caluroso. Y tú con esa piel tan blanca. Ese precioso cutis tuyo no va a sobrevivir a ese ardiente sol. De hecho...
      Pero una repentina conmoción en el corredor que hacía esquina con ése interrumpió lo que fuera que iba a decir (afortunadamente, porque Cami ya temía verse impulsada a intentar asesinarla si oía una palabra más).
      -¿Qué demonios pasa? -exclamó Araminta, retrocediendo unos pasos y estirando el cuello para ver mejor hacia el otro corredor. En ese instante Cami oyó una voz muy conocida.
      -¿Benja? -musitó.
      -¿Qué has dicho? -le preguntó Araminta.
      Pero Cami ya estaba con la cara pegada a los barrotes de su celda.
      -¡He dicho «déjenos pasar»! -tronó la voz de Benja.
      Cami olvidó que no deseaba particularmente que los Bridger­ton la vieran en ese degradante lugar. Olvidó que no tenía ningún futuro con Benja. Lo único que fue capaz de pensar fue que él estaba ahí, que había venido a por ella.
      -¡Benja! - gritó. Si hubiera podido pasar la cabeza por entre los barrotes lo habría hecho.
      Entonces resonó en el aire un fuerte golpe, claramente el de un puño contra hueso, seguido por un ruido más apagado, lo más pro­bable el de un cuerpo al encontrarse con el suelo.
      Se oyeron pasos apresurados y entonces...
      - ¡Benja!
      -¡Cami ! Dios mío, ¿cómo estás?
      Benja pasó las manos por entre los barrotes y las ahuecó en sus mejillas. Sus labios encontraron los de ella. El beso no fue uno de pasión sino de terror y alivio.
      -¿Señor Bridgerton? -graznó Araminta.
      Con un esfuerzo, Cami logró apartar los ojos de benja para mirar la horrorizada cara de Araminta. En la agitación y emoción del momento había olvidado que Araminta aún no sabía nada sobre sus lazos con la familia Bridgerton.
      Ése era uno de los momentos más perfectos de su vida. Tal vez eso significaba que era una persona frívola, pensó. Tal vez significa­ba que no tenía en el orden adecuado sus prioridades. Pero simple­mente le encantó que Araminta, para quien la posición social y el poder lo eran todo, fuera testigo de ese beso dado por uno de los sol­teros más codiciados de Londres.
      Claro que también estaba muy feliz de ver a Benja.
      Benja se apartó de mala gana, sus manos acariciándole suave­mente la cara mientras retrocedía unos pasos. Después se cruzó de brazos y dirigió a Araminta una mirada de furia capaz de chamuscar la tierra.
      -¿De qué la acusa? -le preguntó.
      Los sentimientos de Cami hacia Araminta bien podían califi­carse de «aversión extrema», pero jamás habría calificado a la mujer de estúpida. Pero en ese momento pensó que tal vez tendría que reevaluar ese juicio, porque Araminta, en lugar de echarse a temblar y acobardarse ante esa furia, plantó las manos en sus cade­ras y chilló:
      -¡Robo!
      En ese momento apareció lady Bridgerton en la esquina del corredor.
      -No creo que Cami haya hecho algo así -dijo, corriendo a ponerse al lado de su hijo. Miró a Araminta un momento, con los ojos entornados-. Y usted nunca me ha caído bien, lady Penwood -añadió, en tono bastante desdeñoso.
      Araminta retrocedió un paso y se puso una mano en el pecho, ofendida.
      -No se trata de mí -resopló. Dirigió una mirada fulminante a Cami -. Se trata de esa muchacha, que tuvo la audacia de robarme mi anillo de bodas.
      -No le he robado su anillo de bodas, y lo sabe -protestó Cami -. Lo último que querría de usted...
      -¡Robaste las pinzas de mis zapatos!
      Cami apretó los labios en una línea belicosa.
      -¡Ja! ¿Lo ven? -exclamó Araminta, mirando alrededor como para contar cuántas personas habían visto-. Clara admisión de culpa.
      -Es su hijastra -rechinó Benja-. Jamás tendría que haber estado en una posición en que se le ocurriera que tenía que...
      -¡No se atreva a llamarla jamás hijastra mía! -chilló Araminta con la cara contorsionada y roja-. No significa nada para mí. ¡Nada!
      -Con su perdón -terció lady Bridgerton en un tono extraor­dinariamente amable-, pero si de verdad no significara nada para usted, no estaría en esta asquerosa prisión intentando hacerla colgar por robo.
      Araminta se salvó de tener que contestar por la llegada del magistrado, seguido por un malhumorado alcaide que, daba la casualidad, también llevaba un ojo sorprendentemente morado.
      Puesto que el alcaide le había dado una palmada en el trasero cuando la arrojó de un empujón en la celda, Cami no pudo resistir una sonrisa.
      -¿Qué pasa aquí? -preguntó el magistrado.
      -Esa mujer -dijo Benja, imposibilitando con su voz fuerte y grave cualquier otro intento de contestar- ha acusado de robo a mi novia.
      ¿Novia? Cami consiguió mantener la boca bien cerrada, pero de todos modos tuvo que cogerse firmemente de los barrotes de la celda porque las piernas se le habían convertido en agua.
      -¿Novia? -exclamó Araminta.
      El magistrado se irguió en toda su estatura.
      -¿Y puede saberse quién es usted, señor? -preguntó, muy consciente de que Benja era alguien importante, aunque no sabía exactamente quién.
      Benja se cruzó de brazos y dijo su nombre. El magistrado palideció.
      -¿Algún parentesco con el vizconde?
      -Es mi hermano.
      -Y ella... -tragó saliva y apuntó a Cami - ¿es su novia?
      Cami esperó que algún signo sobrenatural agitara el aire, mar­cando a Benja como mentiroso, pero ante su sorpresa, no ocurrió nada. Vio incluso que lady Bridgerton asentía.
      -No puede casarse con ella -dijo Araminta. Benja giró la cabeza hacia su madre.
      -¿Hay algún motivo que indique la necesidad de que yo con­sulte a lady Penwood sobre esto?
      -Ninguno que se me ocurra -repuso lady Bridgerton.
      -No es otra cosa que una puta -siseó Araminta-. Su madre era una puta y eso se here.. ¡ay!
      Benja la había cogido por el cuello antes de que alguien se diera cuenta de que se había movido.
      -No me obligue a golpearla -gruñó.
      El magistrado le tocó el hombro.
      -Debería soltarla, de verdad.
      -¿Podría amordazarla?
      El magistrado pareció dudoso, pero finalmente negó con la cabeza.
      Benja soltó a Araminta con visible renuencia.
      -Si se casa con ella -dijo Araminta, masajeándose el cuello-,me encargaré de que todo el mundo se entere de quién es: la hija bas­tarda de una puta.
      -Me parece que no necesitamos ese tipo de lenguaje dijo severamente el magistrado a Araminta.
      -Le aseguro que no tengo la costumbre de hablar de esa mane­ra -repuso ella, sorbiendo desdeñosamente por la nariz-, pero la ocasión justifica un lenguaje fuerte.
      Cami se mordió un nudillo al ver a Benja flexionando y esti­rando los dedos de un modo de lo más amenazador. Estaba claro que él pensaba que la ocasión justificaba puños fuertes.
      El magistrado se aclaró la garganta y miró a Araminta.
      -La ha acusado de un delito muy grave. -Tragó saliva-. Y se va a casar con un Bridgerton.
      -Yo soy la condesa de Penwood -chilló Araminta-. ¡Condesa!
      El magistrado miró de uno en uno a los ocupantes del corredor. En calidad de condesa, Araminta tenía el rango superior, pero al mismo tiempo era sólo una Penwood contra dos Bridgerton, uno de los cuales era muy corpulento, estaba muy furioso y ya había meti­do su puño en el ojo del alcaide.
      -¡Me robó! -gritó Araminta.
      -¡No, usted le robó a ella! -rugió Benja.
      Sus palabras produjeron un silencio instantáneo.
      -¡Le robó su infancia! -exclamó Benja, estremecido de ira.
      Había grandes lagunas en su conocimiento de la vida de Cami , pero sabía que esa mujer había causado gran parte del sufrimiento que él siempre veía reflejado en el fondo de sus ojos verdes. Y esta­ría dispuesto a apostar que su querido y difunto padre era el cau­sante del resto. Miró al magistrado y explicó:
      -Mi novia es la hija ilegítima del difunto conde de Penwood. Y a eso se debe que la condesa viuda la haya acusado falsamente de robo. Su motivo es venganza y odio, pura y simplemente.
      El magistrado pasó la mirada de Benja a Araminta. Al cabo de un instante, dijo a Cami :
      -¿Es cierto eso? ¿La han acusado falsamente?
      -¡Robó las pinzas de los zapatos! -chilló Araminta-. Juro por la tumba de mi marido que robó las pinzas.
      -Vamos, madre, por el amor de Dios, yo cogí esas pinzas.
      Cami abrió la boca, pasmada.
      -¿Posy?
      Benja miró a la recién llegada, una jovencita baja, ligeramen­te regordeta, que claramente era la hija de la condesa. Después miró a Cami , que se había puesto blanca como una sábana.
      -Vete -siseó Araminta-. No tienes nada que hacer en esta discusión.
      -Pues sí que tiene -dijo el magistrado a Araminta-, si ella cogió las pinzas de los zapatos. ¿Desea presentar cargos contra ella?
      -¡Es mi hija!
      -¡Pónganme en la celda con Cami ! -exclamó Posy, ponién­dose una mano en el pecho con gran dramatismo-. Si la deportan por robo, a mí también deben deportarme.
      Por primera vez en varias semanas, Benja se sorprendió son­riendo.
      El alcaide sacó sus llaves y dio un codazo al magistrado.
      -¿Señor? -dijo, titubeante.
      -Guarde esas llaves -espetó el magistrado-. No vamos a encarcelar a la hija de la condesa.
      -No las guarde todavía -terció lady Bridgerton-. Quiero libre inmediatamente a mi futura nuera.
      El alcaide miró al magistrado, indeciso.
      -Ah, pues, muy bien, déjela libre -dijo el magistrado apuntan­do en dirección a Cami -. Pero nadie va a ir a ninguna parte mien­tras yo no haya aclarado esto.
      Araminta se ofendió y refunfuñó, pero el alcaide abrió la puer­ta de la celda. Cami salió y al instante avanzó para echarse en bra­zos de Benja, pero el magistrado la interceptó estirando un brazo.
      -No tan rápido. No tendremos ninguna reunión de tortolitos mientras yo no descubra a quién se ha de arrestar.
      -No se va a arrestar a nadie -gruñó Benja.
      -¡Irá a Australia! -chilló Araminta apuntando a Cami .
      - ¡Métanme en la celda! -suspiró Posy, poniéndose el dorso de la mano en la frente-. ¡Fui yo!
      -Posy, ¿quieres callarte? -le susurró Cami -. Créeme, no te conviene estar en esa celda. Es horrorosa. Y hay ratas.
      Posy retrocedió, alejándose de la celda.
      -Nunca recibirá otra invitación en esta ciudad -dijo lady Brid­gerton a Araminta.
      - ¡Soy condesa! -siseó Araminta.
      -Y yo soy más popular -replicó lady Bridgerton.
      Tan extrañas eran esas despectivas palabras en su boca que tanto Benja como Cami la miraron boquiabiertos.
      -¡Basta! -exclamó el magistrado. Miró a Posy y, señalando a Araminta, le preguntó-: -¿Es su madre?
      Posy asintió.
      -¿Y confiesa haber sido usted la que robó las pinzas de los zapatos?
      Posy volvió a asentir.
      -Y nadie le ha robado su anillo de bodas. Está en su joyero, en casa.
      Nadie hizo ninguna exclamación de sorpresa, porque a nadie sorprendió eso. Pero Araminta protestó de todos modos:
      -¡No está!
      -En tu otro joyero -aclaró Posy-. El que guardas en el tercer cajón de la izquierda.
      Araminta palideció.
      -Parece que no tiene nada de qué acusar a la señorita Beckett. lady Penwood -dijo el magistrado.
      Araminta se estremeció de rabia y estirando un brazo tembloro­so apuntó con un dedo a Cami:
      -Me robó -dijo con voz ahogada y volvió sus ojos furiosos hacia Posy-. Mi hija miente. No sé por qué, y no sé que espera ganar con eso, pero miente.
      Cami sintió un desagradable revoloteo en el estómago. Posy iba a tener problemas terribles cuando volviera a su casa. Era imposible saber qué haría Araminta para vengar esa humillación en público. No podía permitir que Posy se echara la culpa por ella. Tenía que...
      -Posy no...
      Las palabras le salieron de la boca antes de tener tiempo para pensarlo, pero no pudo acabar la frase porque Posy le enterró el codo en el abdomen.
      -¿Iba a decir algo? -le preguntó el magistrado.
      Cami negó con la cabeza, sin poder hablar, sin aliento: Posy le había enviado el aliento a Escocia.
      El magistrado exhaló un cansino suspiro y se pasó la mano por sus ralos cabellos rubios. Miró a Posy, después a Cami , después a Araminta y después a Benja. Lady Bridgerton se aclaró la garganta, obligándolo a mirarla a ella también.
      -Es evidente que esto es muchísimo más que una pinza de zapato robada -dijo el magistrado, con una expresión que decía a las claras que preferiría estar en cualquier otra parte.
      -Pinzas -corrigió Araminta sorbiendo por la nariz-. Eran dos.
      -Sean una o dos, está claro que hay odio entre ustedes, y antes de condenar a nadie quiero saber por qué.
      Durante un instante nadie habló, y de pronto hablaron todos a la vez.
      -¡Silencio! -rugió el magistrado-. Usted -señaló a Cami -. Comience.
      Al tener a todos los presentes pendientes de sus palabras, Cami se sintió tremendamente tímida.
      -Eehhh....
      El magistrado se aclaró la garganta, muy audiblemente.
      -Lo que dijo él es correcto -se apresuró a decir Cami , seña­lando a Benja-. Soy hija del conde de Penwood, aunque él nun­ca me reconoció como a tal.
      Araminta abrió la boca para decir algo, pero el magistrado le dirigió una mirada tan fulminante que volvió a cerrarla.
      -Viví en Penwood siete años antes de que ella se casara con el conde -continuó Cami haciendo un gesto hacia Araminta-. El conde decía que era mi tutor, pero todos sabían la verdad. -Calló un momento, al recordar la cara de su padre, pensando que no debía sorprenderla el no poder imaginárselo con una sonrisa en la cara-. Me parezco mucho a él.
      -Conocí a tu padre -dijo lady Bridgerton dulcemente-. Y a tu tía. Eso explica por qué desde el principio he tenido la impresión de que ya te conocía.
      Cami la miró y le sonrió, agradecida. En el tono de lady Brid­gerton había un no sé qué muy tranquilizador, que le produjo un agradable calorcillo interior y la hizo sentirse un poco más segura.
      -Continúe, por favor -dijo el magistrado.
      Ella asintió y continuó:
      -Cuando el conde se casó con la condesa, ella no quería que yo siguiera viviendo allí, pero él insistió. Yo lo veía muy rara vez, y no creo que pensara mucho en mí, pero me consideraba su responsabi­lidad y no quería que me echaran. Pero cuando murió... Tragó saliva, para pasar el bulto que se le había formado en la garganta. Jamás había contado su historia a nadie; las palabras que salían de su boca se le antojaban raras, desconocidas-. Cuando murió, su testa­mento especificaba que la parte de lady Penwood se triplicaría si me mantenía en su casa hasta que yo cumpliera los veinte años. Y eso hizo ella. Pero mi posición cambió drásticamente. Me convertí en sirvienta. Bueno, no en sirvienta exactamente. -Sonrió irónica-. A una sirvienta se le paga. Así que, en realidad, podría decir que me convertí en una especie de esclava.
      Miró a Araminta. Ésta estaba de brazos cruzados con la nariz apuntando hacia arriba y con los labios ligeramente fruncidos. De pronto cayó en la cuenta de las muchas veces que había visto esa misma expresión en la cara de Araminta; más veces que las que se atrevía a contar, tantas como para destrozarle el alma.
      Sin embargo, allí estaba, sucia y sin un céntimo, pero con su mente y temple todavía fuertes.
      -¿Cami ? -dijo Benja, mirándola con expresión preocupa­da-. ¿Te ocurre algo?
      Ella negó lentamente con la cabeza, porque acababa de compren­der que de verdad todo estaba bien. El hombre al que amaba acababa de pedirle (de un modo algo indirecto) que se casara con él, Aramin­ta iba a recibir por fin el apaleo que se merecía, y a manos de los Brid­gerton, nada menos, que la dejarían hecha jirones cuando acabaran, y Posy..., bueno, tal vez eso era lo más hermoso de todo. Posy, que siempre había deseado ser una hermana para ella, que jamás había tenido el valor de ser ella misma, se había enfrentado a su madre, y muy posiblemente la había salvado. Estaba segura al cien por cien que si Benja no hubiera ido allí y declarado que ella era su novia, el tes­timonio de Posy habría sido lo único que la habría salvado de la deportación, o incluso de la ejecución. Y ella sabía mejor que nadie que Posy pagaría muy caro su valor. Era posible que Araminta ya estuviera planeando la manera de hacerle la vida un infierno.
      Sí, todo estaba bien, y de pronto se sorprendió irguiéndose más.
      -Permítanme que acabe mi historia -dijo-. Después que murió el conde, lady Penwood me mantuvo en su casa en calidad de doncella sin salario. Aunque la verdad es que yo hacía el trabajo de tres criadas.
      -¡Lady Whistledown dijo eso mismo el mes pasado! -excla­mó Posy, entusiasmada-. Le dije a madre que...
      -¡Cierra la boca, Posy! -ladró Araminta.
      -Cuando cumplí los veinte -continuó Cami -, no me echó de casa. Hasta el día de hoy no sé por qué.
      -Creo que ya hemos oído suficiente -dijo Araminta.
      -Pues yo no creo que hayamos oído suficiente -ladró Benja­dict.
      Cami miró al magistrado, en busca de orientación. Él asintió, y ella continuó:
      -Sólo puedo deducir que disfrutaba con tener a alguien a quien mandar. O tal vez le gustaba tener una criada a la que no tenía que pagarle. El conde no me dejó nada en su testamento.
      -¡Eso no es cierto! -exclamó Posy.
      Cami la miró asombrada.
      -Te dejó dinero -insistió Posy.
      Cami sintió que se le aflojaba la mandíbula.
      -Eso no es posible. Yo no tenía nada. Mi padre se preocupó de dejar asegurado mi mantenimiento hasta los veinte años, pero des­pués de eso...
      -Para después de eso te dejó una dote -dijo Posy con bastan­te energía.
      -¿Una dote?
      - ¡Eso no es cierto! -chilló Araminta
      -«Es» cierto -rebatió Posy-. No deberías dejar pruebas incriminatorias por ahí, madre. El año pasado leí la copia del testa­mento del conde. -Dirigiéndose a los demás presentes, añadió-: Estaba en el mismo joyero donde guardó su anillo de bodas.
      -¿Me robó la dote? -dijo Cami a Araminta, con una voz que sonó apenas como un débil susurro.
      Todos esos años había creído que su padre la dejó sin nada. Sabía que nunca la había amado, que la consideraba poco más que su res­ponsabilidad, pero le dolió que le dejara dotes a Rosamund y a Posy, que ni siquiera eran hijas de él, y no a ella.
      Jamás se le había ocurrido pensar que no le hubiera dejado nada adrede; había creído que, simplemente, la había olvidado.
      Lo cual le sentaba peor que un desaire intencionado.
      -Me dejó una dote -musitó, como desconcertada. -Tengo una dote -dijo a Benja.
      -No me importa si tienes o no tienes una dote -repuso él-. Yo no la necesito.
      -A mí sí me importa -dijo ella-. Yo creía que me había olvi­dado. Todos estos años he creído que cuando hizo su testamento, simplemente se olvidó de mí. Sé que no podría haberle dejado dine­ro a su hija bastarda, pero él decía a todo el mundo que yo era su pupila. Y no había ningún motivo para que no asegurara el porvenir de su pupila. -Sin saber por qué, miró a lady Bridgerton-. Podría haber legado algo a su pupila. La gente hace eso todo el tiempo.
      El magistrado se aclaró la garganta y miró a Araminta.
      -¿Y qué le ocurrió a esa dote?
      Araminta no contestó.
      Lady Bridgerton se aclaró la garganta.
      -Creo que no es muy legal malversar la dote de una joven. -Sonrió, con una sonrisa muy satisfecha-. ¿Eh, Araminta?


      fIN de los Caps!

      DeJen ComenT!
    Login Status
  • You are not logged in
    • Acceso
      Contraseña
       

      Opcional
      Login Optional Msg


      Crear Cuenta
    Nombre
    Email
    (Opcional)
    Título de Mensaje
    Texto de Mensaje
    Image Services Photobucket.com
    Opciones Enable formatted text (Huh?)
    Tambien mandenme respuestas a mí dirección de email
          


    Find more forums on AnimationCreate your own forum at Network54
     Copyright © 1999-2009 Network54. All rights reserved.   Terms of Use   Privacy Statement  
    Esperemos que hayan disfrutado y ¡Entren mas a amenudo!