Mi webnovela,
Una nueva vida. Espero que te guste^^
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1. El comienzo
Tuve que dejarlo todo. Tantos sueños rotos, tantas ilusiones perdidas... Pero no me quedaba otra solución,
era la única opción que tenía en aquellos momentos: marcharme lejos. No podría soportar estar más tiempo
allí, así que inmediatamente hice la maleta y zanjé todos aquellos asuntos que me quedaban pendientes.
Quería huir, pero sobretodo, quería empezar desde cero. Una vida desde el principio, nuevas ilusiones,
nuevos sueños, nuevos proyectos... ¿Mi vida anterior? Recuerdos, solamente. No quería seguir viviendo
aquella vida.
Con aquella maleta, tan pesada para mí, me encaminé hacia la estación. El primer tren que saliese antes.
Me daba igual el destino, ¿para qué pensar dónde iría? No me importaba, sólo me interesaba irme, a donde
fuese. Con el billete en el bolsillo de mi chaqueta, me dirigí al andén, donde me senté en un banco, a la
espera de que llegase aquel tren que me llevaría a aquella ciudad, tan lejana a la mía. Observé a mi
alrededor.
La estación bullía de actividad. Los pasajeros no se quedaban quietos en ningún lugar, unos se desplazaban a
la salida mientras otros subían a otros de los siete trenes ya estacionados. Arrastraban enormes maletas,
muchas llenas de alegría por irse de allí y volver pronto, otras llenas de felicidad por el reencuentro. Abrazos
se cruzaban a las puertas de un tren que acababa de llegar. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Nadie
estaría en mi destino para darme un abrazo, siquiera un “bienvenida”. Nadie. Bajaría yo sola, cruzaría la
estación esquivando al resto de pasajeros mientras se reencontraban con sus seres queridos. Y yo, mientras,
lloraría por dentro. No tenía un ser querido que me esperase ni me recibiese.
La llegada del tren al que subiría me sacó de mi nube de pensamientos tristes. “Ya está bien, ya es hora de
dejar de pensar en el pasado. Ahora hay que comenzar desde cero.” Aún así, un pequeño sentimiento de
culpa se apoderó de mí unos segundos. No podría volver nunca más, si había tomado la decisión de irme
tenía que asumir todas las consecuencias, pero sólo de recordar un poco mi pasado más presente se
despejaron mis dudas. No quería volver.
Subí al tren con los labios, pintados de rojo, apretados, sin fijarme en nada ni en nadie, con mi oscura y
pesada maleta. Me dirigí a mi asiento, me coloqué la maleta a los pies y me senté. Un simple vistazo a mi
alrededor bastó para que de nuevo afloraran las lágrimas. Nadie en el tren estaba sentado solo, todos
estaban sentados en grupos y charlaban entre ellos, cada uno de sus asuntos. La única persona que estaba
sola era yo... Me acomodé mejor en mi asiento y cerré los ojos un segundo, intentando tranquilizarme.
Respiré hondo. Mi futuro comenzaba en aquel instante, y tenía que luchar para comenzar bien desde el
principio de mi nueva vida, lejos de aquella casa que yo había llamado hogar durante tantos años.
Estando aún con los ojos cerrados para intentar relajarme, un sonido agudo y penetrante proveniente de los
altavoces del tren me hizo abrirlos de pronto. Las puertas se cerraban. Ya no podría volver. Ya no había
lugar para arrepentirme.
Coloqué mi maleta lo mejor posible y saqué de mi enorme bolso (escogido para la ocasión por su gran
tamaño) mi diario y el móvil. Puse el móvil en silencio y lo volví a guardar. Tenía muy claro que no quería
que me molestasen durante el viaje. Después, cogí el diario y comencé a leerlo por la primera página. Un
torbellino de ideas se me agolpó en la mente nada más leer la fecha. ¿Había pasado ya medio año? Me
parecía algo casi imposible, pero habían ocurrido ya tantas cosas en aquel tiempo... La tristeza que sentía
entonces, según la reflejó en su diario, era la mitad de la que sentía entonces, seis meses después. Seis
meses es mucho tiempo, y mis problemas habían comenzado a crecer exponencialmente desde aquel día. Es
por ello que, no sólo seguía triste, sino que también sentía mucha rabia. E impotencia. Todo mezclado con
frustración. Me alegraba de irme, no soportaría un día más allí. No sabía cómo había soportado tanto
tiempo sin haberme marchado antes.
El revisor me hizo salir de la lectura y de los sentimientos que habían estado a punto de hacerme llorar de
nuevo. Pidió el billete, lo comprobó, le hizo una señal con una clase de taladradora que antes no había visto
nunca, me dedicó un último vistazo y se fue. Supongo que le llamaría la atención ver a una muchacha tan
joven sentada sola, sin un grupo de amigos o familiares. No me importaba estar sola.
Seguí con mi lectura mientras notaba algún que otro ojo encima. Mi cabello cobrizo, suelto y ligeramente
ondulado, relucía con el rayo de sol que se colaba entre las oscuras nubes y entraba por la ventanilla, y
parecía más anaranjado que de costumbre. Resaltaba mucho sobre mi blanca piel, salpicada de pecas por la
zona de los mofletes, mis ojos negros y tristes pintados con una rayita negra para resaltarlos, las ojeras de
varias noches sin dormir, mi pequeña nariz puntiaguda por la que ella me decía que parecía un hada o una
ninfa, y mis labios pintados de rojo, mi color preferido. Me puse algo nerviosa al notar las miradas, no me
gusta llamar la atención ni ser observada por mucha gente. Me sentía algo incómoda con la situación, por lo
que opté por seguir leyendo y abstraerme, con la esperanza de que pronto dejaran de fijarse en mí.
Pero no me apetecía seguir leyendo. No quería seguir recordando tan malos momentos, quería olvidar todo,
y aquel diario no era, precisamente, la opción más recomendable para olvidar. Cerré el diario de golpe, y
volvió al fondo de mi bolso. Mi reloj me indicaba que apenas habían transcurrido quince minutos desde que el
tren salió de la estación. Por lo menos, el viaje duraría un par de horas, calculé. Un suspiro se me escapó.
Demasiado tiempo pensando... Giré la cabeza hacia la izquierda y me quedé contemplando el paisaje,
absorta...
Iba a comenzar una nueva vida. Sólo de pensarlo se me hacía cuesta arriba. Tal vez no había sido buena idea
huir de aquella manera, tal vez debía haber planificado mejor mi escapada. Pero ya no podía seguir
aguantando aquello, si continuaba viviendo en aquella casa terminaría, de todas formas, yéndome tarde o
temprano. Preferible era irse pronto que continuar aguantando y callando.
¡Basta! No debía seguir pensando en lo mismo todo el viaje, no debía continuar en la tónica de aquellos seis
meses infernales. ¿Qué podría hacer durante el viaje para no repetirme mentalmente todo aquel sufrimiento
vivido? No podría sacar el portátil, lo había guardado con sumo cuidado, como mi más preciada posesión que
era, entre la ropa, para evitar que cualquier golpe pudiese romperlo. Debía cuidar todo lo que tenía, ahora
que me había independizado y sólo contaba con mis ahorros y un dinerillo extra de mi padre, que
seguramente jamás notaría que lo hubiese cogido. Llevaba encima mis más preciadas posesiones, además
del portátil: los pendientes de plata con forma de corazón que siempre había llevado ella y que yo ahora
llevaba, el colgante que me regaló y que llevaba desde entonces, el diario, el móvil y todas las prendas de
vestir que pude guardar en la maleta. Me faltaba mucha ropa que había dejado, pero tenía que llevar lo
justo y necesario. Me tuve que sentar en la maleta para poder cerrarla, y le puse
un candado, para que no pudiese abrirse fácilmente. Además, aproveché el bolso para guardar más ropa: la
bufanda, los guantes, varias camisetas e incluso una sudadera. Todo para aprovechar y llevarme lo máximo
posible, ya que con el poco dinero que tenía debía sobrevivir hasta que consiguiese trabajo. ¿En qué? Aunque
fuese cuidando niños, o limpiando casas, o dando clases particulares, o en alguna tienda... No podría aspirar
a mucho más, me quedé con mi último curso de instituto terminado y a las puertas de la universidad, él se
negó a que entrase e hiciese la carrera que siempre había querido. Según él, como una chica que era, no
podía estudiar una carrera, con lo que estaría desperdiciando el dinero. Todavía recordaba la conversación
que tuvimos al terminar en el instituto:
- Quiero entrar en la universidad, quiero seguir estudiando, no quiero quedarme en casa solamente.
- Tu trabajo como mujer es cuidar de la casa, ¡así que nada de estudios! – Su enfado por mi “atrevimiento”
era más que evidente.
- ¡Pero no quiero! Quiero ser independiente, no quiero vivir a costa de un posible marido... Si es que me
caso, claro...
- ¡Independiente! ¡Estás loca, Susana! Tú lo que debes hacer es aprender a llevar una casa y casarte... –
Estaba empeñado en que siguiese el modelo de vida de hacía cincuenta años, no vivía en el siglo XXI...
- ¡No me voy a casar! ¡Y no quiero ser sólo un ama de casa!
- ¡No lo pienso permitir! ¡No voy a consentir que vayas a la universidad! ¡No te voy a pagar los estudios! – Lo
dijo intentando zanjar la discusión.
- Pues trabajaré y me los pagaré yo.
- ¿¡TRABAJAR!? ¡Susana! ¡Eres mujer! ¡Tu trabajo es la casa, y no te pienso pagar por ello!
- ¡No voy a trabajar en casa, lo haré fuera!
- ¡De ningún modo! ¡Te quedarás en casa trabajando! ¡Y no hay más que hablar!
- Pero...
- ¡No hay peros, Susana! Eso es lo que hay... ¡y no admito ni una palabra más!
Gracias a él, ahora con veinte años sólo sabía lo aprendido en el instituto y algunas cosas que había leído en
Internet sobre cómo buscar trabajo y hacer currículum. Poco más. Apenas tenía acceso a Internet, ya que el
wifi lo tenía guardado y sólo podía usarlo en contadas ocasiones. No me lo había traído en el viaje,
posiblemente no lo usaría. Tampoco me importaba. Me importaba más saber cómo iba a sobrevivir.
Ahora ya era independiente por fin. Y, a pesar de mis dudas y de mi tristeza, en el fondo era feliz por
haberme ido. Consulté mi reloj. Llevaba ya una hora de viaje. ¡Se había pasado volando! Pensando, aunque
fuese en mi mar de recuerdos y pensamientos presentes mezclados con mi indecisión y mi decisión, se me
pasaban los minutos como si fuesen segundos. No tenía nada mejor que hacer hasta que llegase a mi
destino, evitaría recordar amargos momentos mirando el paisaje con atención. Era una de las cosas que más
me gustaban, me encantaba la naturaleza. Desde siempre me había apasionado observarla, sentirla, vivirla.
Suspiré. Hacía muchísimo tiempo que no notaba la belleza de todo lo que me rodeaba. Hubo una época de
mi vida, hacía casi un año, en que iba siempre absorta por la calle. Caminaba hacia mi destino, cualquiera
que fuese, pero lo hacía de forma automática. Siempre terminaba llegando, pero no podía recordar nada de
cómo había cruzado las calles ni ningún detalle de las tiendas, ni de la gente. Iba mira
ndo al cielo, a los árboles que encontraba en el camino, a las escasas flores que crecían desafiando al
asfalto... Y encontraba la belleza en aquellos pequeños pedacitos de naturaleza, era feliz simplemente
observando. Me encantaba observar, fijarme en los detalles, como las pequeñas nubes de aspecto algodonoso
que veía algunas mañanas en el cielo anaranjado mientras amanecía. Merecía la pena madrugar sólo para
contemplar, con calma, mientras la ciudad aún terminaba de despertar, la belleza que podía encerrar el
asfalto y el hormigón. No todo es gris, el gris se combinaba con pequeñas pinceladas que le daban el toque
especial, aquellas pinceladas de naturaleza en asfalto me hacían sentir bien.
Pasó el resto del viaje de forma más amena. El estar pendiente del paisaje me hacía no pensar en nada que
no fuese comentar conmigo misma los detalles que estaba viendo. Atravesó el tren varios túneles, en los que
sólo me dedicaba a contemplar mi reflejo en el cristal de la ventana mientras esperaba a que terminase para
seguir contemplando más paisajes diferentes. Según mi reloj, cuando lo miré dentro de uno de los túneles,
llevábamos casi dos horas de viaje. Pronto llegaríamos. Me puse nerviosa, no pude evitarlo. Hasta ahora,
todo había sido muy sencillo, había cogido el primer tren y me había ido, pero ya estaba llegando a mi
destino, ya no había vuelta atrás, y, además, ahora me tenía que buscar la vida como fuese. Había
comenzado a oscurecer poco a poco. “Mi último anochecer en mi vieja vida... En realidad, sería el primer
anochecer de una nueva vida...”, recuerdo que pasó por mi mente. Estábamos a punto de llegar, y cada vez
estaba más nerviosa ante la expectativa de comenzar de cero y a solas, lejos, un
a nueva vida... Estaba deseando llegar.
Entró el tren poco a poco en la estación, y el agudo sonido penetrante que oí al subir al tren me despidió. Me
puse en pie lentamente, cogí mi chaqueta y me la puse, abrochándola hasta arriba, alisé lo mejor que pude
la falda de mi vestido negro y cogí mi maleta y bajé del tren.
Acababa de llegar a una ciudad costera del sur. Acababa de abandonar la que fue mi casa durante veinte
años. Acababa de dejar atrás un horrible pasado. Acababa de abrir la primera página del nuevo libro de mi
vida, y estaba en blanco, impaciente por ser escrita. Acababa de empezar el comienzo de mi verdadera
vida.
2. La llegada
Ya había llegado a mi destino. Me encontraba en medio de la estación, con mi maleta, sin saber adónde ir.
El peso de la huída me había caído de repente encima. Solitaria, lejos de casa, indecisa y nerviosa, mis
sentimientos y pensamientos comenzaron a mezclarse sin darme tiempo a separar realidad de los productos
de mi mente. Me recriminaba por la huída, por haberme ido sin planear nada, por haber hecho las cosas tan
a la ligera, sin pensar nada, sólo en que me quería ir. Qué inconsciente, qué insensata había sido, me había
comportado como una cría. Ahora debía asumir las consecuencias de mi irresponsabilidad, tenía que
improvisar cómo buscarme la vida en una ciudad que no conocía de nada, con el escaso dinero que tenía y
sin trabajo. Si es que imaginar que me marchaba de casa era bonito, sólo imaginé que me iba, pero ni por
un segundo me detuve en mis pensamientos a reflexionar sobre lo que haría en cuanto me fuese. La realidad
me había despertado de golpe, y había sido un golpe bastante duro.
Mientras pensaba, desesperada, intentando buscar una solución a mis problemas, paseaba por la estación
contemplando, con aire ausente y sin fijarme en nada, las tiendas que había en la estación. Miré mi reloj,
era casi la hora de cierre, pronto estaría sola en la estación y seguía sin saber exactamente qué hacer.
Debía buscar un lugar donde dormir, algún hostal baratito, ya que tampoco disponía de un presupuesto
decente, pero no sabía dónde podría haber uno, ni cómo llegar, nada...
Presa de la desesperación, pasé delante de una de las puertas de la estación. Allí estaba la marquesina de
una parada de autobuses y un par de taxis. De pronto, se me ocurrió una idea: tal vez un taxista me lleve a
algún hostal cercano. No perdía nada por intentarlo, así que me dirigí hacia la puerta, la atravesé y me
encaminé hacia el taxi más cercano. Al volante había un hombre regordete y moreno, con el pelo salpicado
de canas, escuchando en la radio del vehículo una emisora de música con un volumen ligeramente elevado.
En cuanto vio que me acercaba, bajó el volumen, y se apeó del coche para ayudarme a meter la maleta en
el maletero, ya que pesaba demasiado como para que yo pudiese levantarla y meterla allí. Después, me
senté en el asiento del copiloto.
- ¿Me podría llevar al hostal más cercano, por favor?
- ¡Cómo no!
Arrancó, y nos metimos en el intenso tráfico que circulaba por la avenida. Pasaron un par de minutos en
silencio, aunque la radio no dejó de sonar en ningún momento. El hombre estaba muy atento al tráfico, pero
suponía que estaba también extrañado por la petición del destino. Y yo, mientras, observaba a través de los
cristales llenos de polvo del taxi la ciudad. Debido a la estación del año en la que estábamos, era ya de
noche, el cielo estaba completamente negro y raso. Las luces de las farolas, de los letreros de los comercios
y de los faros de los automóviles le daban, sin embargo, una gran iluminación a las calles y una gran
sensación de vida. Estaba ensimismada, tanto que el hombre tuvo que repetir el comentario, ya que la
primera vez no lo oí.
- Llegaremos enseguida.
- ¿Está bien comunicado el hostal?
- Sí, cercano al centro y a las estaciones de autobús y de trenes. Hubiésemos llegado antes, de no ser por el
tráfico...
Se hizo de nuevo el silencio. Estaba de nuevo nerviosa, me iba a enfrentar de nuevo a mi decisión
irrevocable de haberme marchado con otra prueba más. Esperaba tener suficiente dinero para sobrevivir
hasta que encontrase trabajo.
El taxista frenó de pronto ante las puertas de un edificio de aspecto antiguo pero sin llegar a parecer
abandonado. Le pagué, me ayudó a sacar la maleta y se marchó. Respiré hondo, mientras contemplaba la
fachada. Conservaba el encanto de una casa señorial de otra época, con sus balcones con rejas
artísticamente decoradas y sus postigos de madera. Las paredes eran de un color amarillento pergamino, sin
una sola grieta, y en la parte superior de la última planta, un cuarto piso, estaba el letrero con el nombre del
hostal, Hostal La Biznaga. Era un edificio estrecho, con tres ventanas por piso, y suponía que otras tres por
el lado contrario. En la planta baja, a cada lado de la puerta, había una ventana, pero eran diferentes,
porque no tenían postigos y la reja la cubría entera, con otro motivo artístico. Además, tenían varias
macetas con plantas diferentes, cortinas de aspecto pesado se distinguía a través de los cristales, además
del resplandor de una lámpara de araña del techo.
Me armé de valor y me decidí a entrar. Me encontré un agradable recibidor, decorado con muebles con
aspecto antiguo pero bien cuidados, plantas dispuestas de manera estratégica, un par de sofás cómodos y el
mostrador de recepción, donde estaba un muchacho de aspecto agradable.
- Buenas noches, señorita. ¿Qué desea?
- Buenas noches. Deseo una habitación individual, si es posible.
- Déjeme consultarlo un momento.
Miró en el ordenador, y contestó enseguida.
- Por supuesto, tenemos una libre. ¿Cuánto tiempo desea pasar?
¿Cuánto tiempo podría aguantar allí sin quedarme sin dinero?
- Perdone, una pregunta. ¿Cuánto cuesta la noche?
Me dijo una cantidad, y haciendo cálculos mentales deduje que podría estar, como mucho, diez días.
Tendría que tener trabajo entonces.
- Estaré diez días.
- Estupendo. Su habitación es la dieciséis. Aquí tiene la llave. Se encuentra en la tercera planta, la primera
puerta a la izquierda de la escalera.
- ¿En el precio va incluida la cena?
- No, sólo el desayuno.
- Muchas gracias.
- Si necesita algo, no dude en preguntar. Buenas noches.
Abandoné el mostrador y me encaminé hacia las escaleras. Subí los escalones despacio, tirando de la pesada
maleta. La escalera era de mármol, y estaba cubierta con una alfombra color burdeos. El pasamanos era de
madera oscura y muy pulida y brillante. No me fijé en los pisos hasta que llegué al tercero. Ante mí se
presentaba un pasillo de un color amarillo pálido con tres puertas a cada lado. Las puertas era de madera,
del mismo tono que el pasamanos de la escalera, y encima de cada una había un letrero de latón brillante
con el número de la habitación en negro. El suelo era claro, de un tono parecido a las paredes pero
ligeramente más oscuro.
Entré en mi habitación y me sorprendí. Era pequeña, pero la distribución de los muebles la hacía más
espaciosa de lo que era. Para entrar, había que pasar por un pasillo, resultado del baño incorporado, al que
se entraba por una puerta que se encontraba a mano derecha. Tenía un armario de madera, antiguo y con
relieves, precioso, que estaba en la pared del fondo de la habitación, al lado del balcón. En la pared
contraria, justo en el tabique que daba con el baño, estaba la cama, con una colcha blanca. Una mesa, tipo
escritorio, se encontraba en la pared izquierda del recuadro que era la habitación en sí. La mesita de noche,
con su lámpara, al lado del cabecero, suelo gris oscuro, paredes blancas, y nada más. Era muy sencilla, pero
me encantó. Dejé mi maleta al lado de la mesita de noche y bajé a cenar.
La cena resultó deliciosa, estaba verdaderamente hambrienta. Disfruté con la paz que se respiraba en aquel
ambiente de conversaciones en voz baja y agradable iluminación, hermosa decoración y familiar aspecto,
con sus mesas camillas y sus cuadros y fotos antiguas de paisajes y lugares urbanos. A través de la ventana,
una de las que daban a la calle, veía llover mientras comía con apetito.
Cuando subí a mi habitación, me encontraba como si realmente aquella fuese mi verdadera casa. Entré y me
tumbé en mi cama, con una sonrisa en la boca. No quería pensar en la mañana siguiente ni en mi futuro,
sólo quería disfrutar de la sensación de encontrarme tan a gusto en un lugar. Sólo quería sentirme
protegida, por una vez en mi vida.
03. Enfrentamientos
Después de sacar toda mi ropa y guardarla cuidadosamente, me metí en el cuarto de baño para darme una
ducha y entrar en calor. Además, deseaba relajarme y sentirme mejor. Me quité todas las prendas y me
metí en la ducha, donde un chorro de agua caliente me relajó todos los músculos y me hizo sentir
verdaderamente bien. Estuve un buen rato disfrutando de aquella agradable sensación, hasta que salí con mi
pelo recién lavado envuelto en una toalla y secándome con otra. Me puse un pijama de franela violeta claro y
salí del cuarto de baño secándome el pelo cuando vi la pantalla del móvil iluminada. Miré la pantalla como al
descuido y vi que tenía una llamada perdida. ¿Quién me podría haber llamado? Desbloqueé el móvil y cuál fue
mi sorpresa al ver su número. Esta vez no. Esta vez no le llamaría a ver qué quería. Estaba claro para qué
me llamaba.
Estuve un buen rato cepillándome el pelo y quitando los enredos, secándomelo y arreglándomelo mientras
tenía un ojo puesto en el móvil. No llamaba. Después, me metí en la cama, me senté y me tapé hasta la
cintura, puse encima de mis piernas el portátil y lo encendí. Había decidido empezar a buscarme mi futuro,
así que comencé a hacer mi currículum, dispuesta a llevarlo a donde fuese para conseguir trabajo. Estaba
redactándolo cuando volvió a iluminarse el móvil. Otra vez su número. Le descolgué.
- ¿Sí?
- ¡Susana! ¿¡Dónde se supone que te has metido!? ¡Llevo esperándote dos horas! – Apenas era tarde, no
serían ni las once de la noche, pero me trataba como a una cría.
- Estoy lejos...
- ¡Pues estás tardando en volver! ¿Y dónde se supone que estás? Además, no debes alejarte, debes quedarte
cerca, y tendrías que haberte llegado antes... ¡Me da igual a la hora que llegues, vas a hacer la cena sea la
hora que sea!
- ¡Pues entonces siéntate y espera! – Me había enfadado con sus malos modos habituales...
- ¡¿Qué clase de respuesta es esa?! ¡¿No recuerdas con quién estás hablando?! ¡Un respeto, niña!
- ¿Qué respeto? ¿Tú me has respetado alguna vez?
- ¡Siempre! Qué poca vergüenza tienes...
- ¡Nunca! ¡Nunca me has escuchado! ¿Para qué? ¡No tengo voz y ni voto! ¡Pues por eso mismo no pienso
volver a casa!
- ¡¿Qué estás diciendo?!
- ¡Lo que has escuchado! No voy a volver te pongas como te pongas.
- ¡Ya lo creo que volverás! ¡Te quiero ver en media hora en casa, y sin excusas!
- Pues sigue esperando. – Le colgué, no quería seguir aguantándole con sus exigencias y sus malos modos.
Había conseguido enfadarme, a pesar de mi buen carácter. Me hervía la sangre. Como de costumbre, no
había escuchado nada de lo que le dije, o al menos no se acordaba ya. Me lo imaginaba como se ponía
cuando llegaba tarde a casa: sentado en un sofá, con los brazos cruzados y mirando fijamente la entrada,
esperándome. Que siguiera esperando.
Me dediqué de nuevo a seguir redactando mi currículum. Tecleaba con rabia, y cada vez que tecleaba una
letra lo hacía como si quisiese hacerle daño con ese gesto. Escribía sin saber, realmente, lo que estaba
poniendo, sólo tenía sus exigencias en la mente. No pensaba con claridad, estaba completamente hecha una
furia. De pronto, y no sé cómo, me fijé en la pantalla. Estaba escribiendo cosas sin sentido y hasta ese
instante en que, no sabía cómo, me había fijado de repente en lo ya escrito, no me había dado cuenta.
Suspiré, y comencé a borrar todos los errores y a corregirlos.
Estando en ello, volvió a llamar. Otra vez.
- Dime.
- ¡Niñata! ¡¿Pero tú quién te has creído que eres?! ¡¿Dónde estás?! ¡Ahora mismo voy a buscarte!
- No me busques. No te servirá de nada. No voy a volver.
- No volverás... ¡Desgraciada, claro que lo harás! Volverás arrastrándote y pidiendo perdón, como si te
viera...
- No volveré, no te hagas ilusiones.
- ¡Mira, niñata, menos humos conmigo! ¡Que eres una desgraciada! ¡¿No tienes tantas ganas de estar por
ahí?! ¡Pues adelante, estúpida! ¡No vuelvas! ¡No quiero verte volver suplicándome que te perdone! ¡Para mí
ya no existes, zorra!
Me colgó. Me dejó con la palabra en la boca. Me dijo de todo lo que quiso, y porque la conversación no se
alargó más, si no más me hubiese dicho. Al menos tenía un consuelo: no quería saber nada más de mí,
mucho mejor. Me sentía como si me hubiese quitado un peso de encima, me sentía libre como jamás lo
hubiese sido si me hubiese quedado en aquella casa. Era feliz, había salido y jamás volvería.
Terminé con gran alegría mi currículum y lo guardé en el pendrive. Al día siguiente lo imprimiría y haría
fotocopias, para repartirlas en tiendas a ver si había suerte. Sería un día bastante productivo, iba a
comenzar a buscarme la vida. Ya era libre de dirigir mi vida como yo desease y de hacer lo que yo quisiese,
sin pedirle explicaciones a él.
Apagué el ordenador y lo guardé cuidadosamente en la maleta, poniéndole el candado. Guardé la maleta en
el armario y aproveché para sacar mi ropa para el día siguiente. Volví a la cama y puse el despertador del
móvil temprano, para tener tiempo de sobra para recorrer algunas tiendas durante la mañana. Me tumbé y
me tapé bien con las sábanas y la colcha. Se estaba realmente bien allí, calentita, escuchando de llover.
Cerré los ojos y me concentré en el sonido de la lluvia.
Los minutos pasaban, las gotas no cesaban de caer y no conseguía dormir. Había sido un día realmente
importante, un día difícil de olvidar. Habían ocurrido demasiadas cosas como para olvidarlo fácilmente.
Estaba sola, en un hotel, lejos de la que fue mi casa y él no quería ya saber nada de mí. Sonreí.
Poco a poco fue invadiéndome el sueño hasta que me quedé dormida. Supongo que me quedé dormida con
aquella sonrisa en la boca todavía...
04. Flashback
Tenía tres años. Volvía con ella de la guardería y por el camino le contaba los dibujos que había hecho en
clase y cómo había jugado con la plastilina. Ella me escucha atentamente, preguntándome detalles de cómo
había dibujado tal casa o de qué color había usado la plastilina aquel día. Llegamos a casa y comimos como
siempre. Después de comer, mientras ella estaba fregando los platos, yo estaba jugando en la habitación de
al lado con una muñeca. Y entonces entró él en casa. Había tenido un día malo, y no dejaba de quejarse
mientras mi madre le preparaba un plato con el almuerzo.
- Venga, cariño, come antes de que se te enfríe.
- ¡A mí no me metas prisas, bruja, que sé que estás deseando que me vaya!
Se escuchó un golpe seco. Las lágrimas de dolor de mi madre aquella tarde, cuando él se fue al bar, jamás
las olvidaré.
Tenía cinco años. Esta vez, estaba en casa con mi madre, esperábamos que volviese del bar. Volvió
borracho, y comenzaron a discutir, porque mi madre no quería que bebiese y él no quería que ella le
prohibiese nada. No razonaba, no quería razonar.
- Al menos hazlo por la niña.
- ¿Qué le pasa a la niña?
- ¡Le estás dando un mal ejemplo!
Argumentó pobres razones y ella volvió a insistirle para que dejase de beber. Y se enfadó. Se enfadó
muchísimo. A mí me dio mucho miedo y me escondí debajo de mi cama mientras escuchaba a él
maltratándola y, luego, el llanto de mi madre en el baño. Lloré muchísimo escondida, con miedo de que
luego me pegase a mí también.
Con el tiempo, conforme iba creciendo, la vida fue más y más complicada para las dos. Mi padre volvía
borracho a casa casi a diario y mi madre tenía mucho miedo a que llegase la noche, porque casi siempre le
pegaba. A mí también me daba miedo, ya que si no había recogido mis juguetes o no había hecho los
deberes o con cualquier otra excusa también me pegaba a mí.
Tenía diez años y ya estaba harta. Esa tarde, muchísimo antes de que se volviese la casa un infierno,
estuvimos hablando las dos.
- Mamá, ¿por qué nos pega?
- No lo sé, cariño. No lo sé...
- ¿Y no le puedes decir nada para que no nos pegue más?
- Lo he intentado tantas veces... Pero nunca me escucha.
- ¿Y por qué no te escucha, mamá?
- Porque no quiere, sólo por eso.
- ¿Y si lo intento yo?
- No, cariño, tú no le digas nada. Lo intentaré luego yo, pero tú no le digas nada, por favor.
Y esa noche, desoyendo el consejo de mi madre, aproveché que ella estaba en la cocina para intentar hablar
con él.
- Papá, ¿por qué nos pegas?
- Porque os lo merecéis.
- Pero si no hacemos nada, ¿por qué nos pegas? Deja de hacerlo, por favor, que nos haces mucho daño.
Y me pegó. Con fuerza, con rabia.
- ¡¡Deja de darme la brasa!! ¡¡Si te lo mereces, te pego!!
Mi madre vino al escuchar a mi padre.
- ¡¿Qué tonterías le estás metiendo en la cabeza a la cría esta?! ¡¡Si te mereces un tortazo, te lo doy y
punto!!
Dicho esto, le pegó también a mi madre. Cogió las llaves y se fue de casa dando un portazo y dejándonos a
las dos sentadas en el suelo del salón, en un rincón, abrazadas y llorando.
Ya nunca volví a ser la misma, ya nunca más intenté que mi padre dejara de pegarnos. Mi madre, la pobre,
sufría en silencio todo aquello. Y conforme crecía, él insistía cada vez más en que ella me enseñase a llevar
una casa. Por miedo de que le hiciese algo a ella por no enseñarme, estuve haciendo todas las labores de
casa y aprendiendo. Eso sirvió de mucho más adelante.
Aquellas tareas en casa sirvió para unirnos todavía más. Éramos como dos hermanas, dos amigas, y nos lo
contábamos todo. Tenía dieciséis años, llevaba la casa con ella y estudiaba también. Le conté un día mi
sueño de estudiar la carrera que me gustaba, y ella estaba realmente feliz.
- Hija, estudia y no hagas como yo. No te quedes sólo en ama de casa, independízate con tus esfuerzos para
no tener que depender luego de un marido.
Sus palabras siempre las tuve presente. Me marcaron profundamente y me hicieron que me sacase con más
ahínco los estudios. Hasta que él me frenó los sueños. Los destrozó al no dejarme ni entrar ni que yo
trabajase fuera de casa.
- Mamá, ¿y qué hago ahora? No puedo hacer lo que quiero, ni estudiar ni trabajar.
- Aguanta, hija, pronto podrás hacer lo que quieras.
- ¿Cuándo es pronto? Llevo mucho tiempo aguantando, estoy harta.
- Cuando pueda separarme de él podrás hacer lo que quieras.
- ¿Y porqué no te separas ya?
- Hija, si pudiese me iba. Pero no podemos...
Ella siempre quiso alejarse de él, pero tenía un miedo inmenso. Temía por su vida, temía que él la matase
por dejarle.
Sus miedos se cumplieron al poco tiempo de que yo cumpliese veinte años. Volvía de comprar y me encontré
a mi padre saliendo del portal hecho una furia. Ni me vio. Subí y me encontré a mi madre tirada en el suelo
desangrándose. Le había dado una puñalada en el pecho. Llamé a una ambulancia y mientras llegaba estuve
a su lado llorando y hablándole, sin saber siquiera si me escuchaba o no. Cuando llegaron, les conté lo poco
que sabía: que acababa de llegar de comprar, que había visto a mi padre salir del portal muy enfadado y que
cuando entré en casa ya estaba mi madre así. El camino hacia el hospital en la ambulancia fue un infierno
para mí, se me hizo eterno mientras veía a mi madre agonizando. Seguía llorando sin parar mientras uno de
los enfermeros intentaba tranquilizarme, sin éxito. Era como si viese la sombra de la muerte encima de mi
madre, sabía que no lo contaría después de eso.
Cuando la metieron en la UVI, salió un médico para hablar conmigo, como acompañante. Intentó
tranquilizarme diciéndome que mi madre tenía posibilidades de sobrevivir, pero no lo escuchaba. Luego
comenzó lo más duro: empezó a preguntarme cómo había sucedido todo. Se me hizo un nudo en la
garganta, no podía hablar, no me salía la voz. Poco a poco, como pude, le conté lo ocurrido. El médico me
escuchaba atentamente mientras anotaba algo en un cuadernillo.
- ¿Le había pegado alguna vez antes o no?
- Sí...
- ¿Cuándo?
Me eché a llorar de nuevo, no podía decirle que desde que tenía uso de razón nos pegaba a las dos, no tenía
fuerzas, me las había quitado al darle la puñalada a mi madre.
- Tranquila, tranquila. No tengas miedo, no dejaremos que te ocurra nada. Pero es importante saberlo.
- ¿Saber cuándo le pegó la primera vez?
- Sí, es importante saber si la estaba maltratando desde hace poco tiempo o desde hace mucho.
- Es que no recuerdo cuándo fue la primera vez, siempre le ha pegado – apenas se me entendió lo que dije,
llorando como estaba.
Me dio un pañuelo, me estuvo un rato tranquilizando y al rato se fue y me dejaron entrar a ver a mi madre.
Estaba realmente mal. Por lo que escuché, le quedaba poca vida, la puñalada le había afectado demasiado al
pulmón.
- Mamá – le dije mientras le cogía una mano – Te prometo que jamás estaré con un hombre que no me
quiera. Te prometo que no dejaré que me ponga ningún hombre la mano encima. Te prometo que no
pasaré lo que tú has pasado. Te quiero.
A las pocas horas murió, dejándome sola con el desalmado que le había quitado la vida. Estuvo detenido poco
tiempo, y luego lo encarcelaron, pero salió a los dos meses de la muerte de mi madre. Y me hizo la vida un
infierno, me controlaba más que nunca, me pegaba a diario, bebía cada día más. Yo también comencé a
temer por mi vida. Pero no cometí el error de mi madre, no me quedé a pesar del miedo. El día antes de
irme visité la tumba de mi madre y le conté lo que iba a hacer. Sabía que ella, estuviese donde estuviese,
me animaba a irme. Y entonces, al día siguiente, me fui.
05.Novedades
Cuando el despertador del móvil sonó, al día siguiente, lo apagué y me quedé extrañada, por un segundo no
sabía dónde estaba. Entonces recordé la discusión que tuve con mi padre por teléfono y ya lo supe. Salí de la
cama y cogí mi ropa y comencé a vestirme. Iría muy sencilla, con unos vaqueros ligeramente anchos, una
camiseta de cuello vuelto y manga larga negra y la sudadera que guardé en el bolso, también negra, además
de mis deportivas negras y un cinturón negro. Me cepillé el cabello ondulado y me puse unas horquillas negras
sujetándome el flequillo, destacando en el cobrizo de mi pelo. Aunque todavía no había terminado de
arreglarme, preferí bajar antes de seguir.
En el comedor de la noche anterior habían preparado para el desayuno un bufete, así que elegí lo que quise,
un té con leche y un par de rebanadas de pan y mantequilla. Cuando estaba untando la mantequilla se sentó
a mi lado un muchacho. Aspecto serio, muy formal vestido con su traje y su corbata, pero con cara de chico
joven.
- ¿Te importa que me siente a tu lado?
- No, claro que no.
Estuvimos en silencio unos minutos en los que aproveché para tomarme el té. Necesitaba tomarlo por las
mañana, sino no conseguía terminar de despertarme del todo. Además, el café no me gustaba.
- ¿Llevas mucho tiempo en el hostal? Hasta ahora no te había visto antes.
- Desde anoche.
- Buf, anoche... Llovió muchísimo. Yo no pude llegar a tiempo para la cena, y cuando volví de la reunión de
la empresa me puse empapado cuando bajé del taxi.
- Cuando yo me bajé del taxi, no llovía todavía. – Me resultaba muy sencillo conversar con él, a pesar de mi
timidez. Era alegre a pesar de la seriedad de su aspecto. – Empezó a llover al poco de entrar aquí.
- ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Miguel.
- Susana. Encantada.
- Igualmente, Susana. – Miró su reloj – Dime, ¿estarás aquí mucho tiempo?
- Unos nueve días más, ¿porqué?
- Para saber si nos volveremos a ver por aquí. Bueno, debo marcharme, estoy aquí por motivos de trabajo, y
llegaré tarde si me quedo hablando más tiempo contigo. Nos vemos.
- ¡Hasta luego!
Se fue. Me había alegrado la mañana el conocerle. Se veía simpático, y me había tratado bien. Había hecho
que me alegrase por unos instantes, que me olvidara de mis penas.
- ¡Se me olvidaba!
Había vuelto y se dirigió a mi mesa.
- Guárdame un sitio para la cena. Nos vemos entonces.
- Está bien. Hasta luego.
Me puse colorada cuando me lo dijo. Parecía que le gustaba mi compañía. A mí no me molestaba, pero tenía
miedo. No quería que me hiciesen daño como le hicieron a mi madre.
Subí a mi habitación y me lavé los dientes. Me pinté los ojos como a mí me gusta, de negro, y cogí el
pendrive y el bolso con mis cosas (la cartera, la llave de la habitación y el móvil) y me fui.
Estando ya en la calle, le pregunté a la primera persona que pasó dónde había una copistería. Muy
amablemente, la señora me acompañó hasta la puerta de la copistería porque según me dijo estaba al lado
del supermercado al que se dirigía a comprar. Entré y pedí que me hiciesen por lo menos diez copias. Pagué
y salí, guardándome la carpetita que me dieron con las copias del currículum en el bolso, y me dirigí al
supermercado de al lado. Me daba vergüenza interrumpir a alguna de las cajeras, pero tenía que hacerlo.
- Disculpe.
- Dime. – Me contestó mientras terminaba de pasar la compra de una anciana.
- ¿Dónde podría dejar mi currículum?
- ¿Ves a la muchacha de aquella caja, la del final? Díselo a ella y que llame al encargado.
- Vale, muchas gracias.
Fui y ella llamó al encargado. Le di mi currículum, le di las gracias y salí de allí. A por otro sitio.
Recorrí varias tiendas, entre ellas varias de ropa del centro comercial que me dijo el taxista cuando le
pregunté la noche anterior si estaba bien comunicado el hostal. Había dejado ya todas las copias del
currículum que hice. Era ya mediodía y tenía hambre, así que fui a un supermercado y compré una
empanada de atún, una bolsa de patatas fritas y una botella de agua de dos litros. No me apetecía gastar
tanto dinero en comer en el hotel, sino no podría sobrevivir luego. Necesitaba desesperadamente encontrar
trabajo.
Entré en mi habitación a los pocos minutos con mi bolsa del supermercado. Una vez allí, me comí la bolsa de
patatas y la empanada, bebiendo un poco de agua, pero había comprado la botella grande para que me
durase más tiempo. Después me eché un ratito tapándome con la colcha de la cama.
Estuve durmiendo un par de horas, necesitaba descansar, desde que mi madre murió no descansaba apenas,
me pasaba casi todas las noches en vela, dando vueltas en la cama. Y desde que él volvió a la casa después
de la muerte de mi madre, dormía menos, con miedo.
El resto de la tarde transcurrió lentamente. Estuve haciendo un cartel para anunciarme como profesora
particular, por si llegado el caso tenía que colgarlo en algún sitio. Luego, cuando lo terminé, guardé bien el
portátil y abrí los postigos de la ventana y me quedé mirando cómo caminaba la gente, el anochecer, los
colores de las luces de las farolas cuando comenzaron a encenderse... Me gustaba mi nueva ciudad, a pesar
de lo poco que había visto.
Cuando ya el frío me hizo tiritar, cerré la ventana y encendí la luz. Eran ya cerca de las nueve de la noche,
suponía que Miguel estaría ya esperándome, así que me duché y me puse el vestido de la noche anterior, mi
vestido favorito. De todas formas, no le dio tiempo a ensuciarse y yo me encargué de lavar toda la ropa que
me iba a llevar el día antes de irme para que durase más limpia, hasta que pudiese lavarla por mi cuenta.
Me retoqué el maquillaje y bajé.
Estaba esperándome en la mesa en la que me senté la noche anterior, la que estaba al lado de la ventana,
con una sonrisa desde que me vio entrar.
- Estás realmente guapa, pareces mayor.
- Gracias. – Fue lo único que se me ocurrió decir, enseguida me puse colorada.
Pedimos la cena. Él pidió pescado y me lo recomendó, así que yo también lo pedí. Y decidió pedir una copa
de vino blanco para acompañar el pescado, insistiéndome en que yo también tomase vino.
- Lo siento, no bebo.
- Pero mujer, si es sólo una copita de vino...
- Pero no bebo, de verdad, lo siento.
- Está bien, ya no te insisto más...
El camarero se fue.
- ¿Cuántos años tienes? - La verdad es que no me esperaba esa pregunta en ese momento.
- Veinte... ¿Porqué?
- ¿Veinte? No los aparentas. Creía que tenías diecisiete o así...
- ¿Y tú?
- Yo veintitrés. Llevo cuatro meses trabajando en la empresa de economista, y me encanta este trabajo, a
pesar de los viajes estos... Pero si no los hago, no podremos expandir el negocio de la empresa ni recibir
formación... Pero ya está de hablar de mí, ¿tú en qué trabajas?
- No trabajo... – se me hizo un nudo en la garganta y me puse colorada – Yo... ando buscando trabajo...
- ¿Y qué harás si no encuentras trabajo?
- No lo sé. – No había querido pensar en esa posibilidad, pero si no encontraba trabajo mi futuro sería un
infierno, tendría que volver a casa. Pero no podía, no... Apreté los labios con fuerza para intentar contener
las lágrimas ante la perspectiva de volver...
- Tranquila, seguro que encuentras algo. – Dijo mientras me cogía de la mano. – Ten paciencia, y por si
acaso ten algo guardado por si tus planes fallan.
- Gracias. – El consejo me animó bastante.
Estuvimos el resto de la cena charlando de otras cosas, ya que él notó que estaba triste. Fue una cena única.
Después de la cena, me acompañó hasta mi habitación, quedamos en vernos a la mañana siguiente en el
restaurante y se despidió.
En cuanto entré, me puse el pijama y me acosté. Había sido un día bastante extraño y largo, por lo que me
quedé dormida enseguida.
6. Despedida
Al día siguiente de la cena con Miguel, bajé al restaurante a desayunar. Mientras desayunaba, vigilaba la
puerta para ver si lo veía, pero no lo vi en ningún momento, así que en cuanto terminé, me fui a mi
habitación para terminar de arreglarme. Y luego, salí.
Esa mañana me dediqué a hacer lo mismo que día anterior: hacer copias de mi currículum y repartirlas por
todas las tiendas que pude. Estuve toda la mañana dando vueltas y más vueltas hasta que volví al mediodía al
hostal, como hice el día anterior. Esa vez, en vez de comprar una empanada, compré pan y embutidos para
hacerme un bocadillo. Hasta ese momento, nada diferente al día anterior.
Aquella tarde, en vez de quedarme allí como el día anterior, decidí poner en todos lados el cartel que hice
anunciándome como profesora particular, así que volví de nuevo a recorrer las calles de la ciudad. Anduve
durante toda la tarde, no paré ni un segundo a descansar, así que cuando regresé al hostal estaba agotada.
Me metí en la ducha y me relajé bajo el chorro de agua. Realmente lo necesitaba. Me sentía muchísimo
mejor después.
Salí con una toalla envolviéndome y me senté en la cama un segundo. Un dilema se planteaba ante mí:
¿bajar a cenar al restaurante o cenar otro bocadillo en la habitación? No me quedaba mucho dinero, debía
guardar lo que me quedaba por si acaso y hasta que cobrase la miseria de paga que me daban por ser
huérfana debía sobrevivir... Y estábamos a principios de mes, era día once... Me daba miedo la situación,
ya que dentro de poco debería tener un trabajo si quería seguir sobreviviendo allí, pero si lo conseguía, me
retirarían la paga, así que también me costaría sobrevivir igualmente... Ya no sabía qué hacer.
Decidí hacerme otro bocadillo, así que me puse el pijama y cené. Recogí los restos del pan y guardé lo que
me quedaba de embutido en el cajón de la mesita de noche. Me eché en la cama y me dispuse a leer mi
diario cuando escuché unos golpes en la puerta. Al abrirla me encontré cara a cara con Miguel.
- Buenas noches, preciosa. Me preguntaba si estabas en el hostal ya que no te vi en la cena.
Me puse colorada al verle.
- Sí estaba... Es que no bajé...
Me miró con cara de preocupación.
- ¿Te encuentras bien?
- Sí, perfectamente, tranquilo.
- ¿De verdad?
- Sí, no te preocupes.
- Está bien. – Suspiró. – Quería verte. Mañana me voy, regreso a casa.
Para mí, en ese instante, todo lo que había a mi alrededor se esfumó y sentí un nudo en la garganta que me
impedía respirar.
- ¿Ya te vas? Pensé que estarías más tiempo aquí...
- No, vuelvo mañana... De todas formas, volveré por aquí pronto, casi vivo entre mi ciudad y esta... Dame
tu móvil y te llamaré la próxima vez que venga.
- Y me das el tuyo también, para que sepa que eres tú. Entra, no te quedes ahí, hombre.
Entró y cerré la puerta tras él mientras él se sentaba en mi cama. Guardé el diario, cogí mi móvil y me
senté a su lado. Intercambiamos los números de móvil.
- En vez de Susana, voy a ponerte Susi. Susana suena demasiado serio, ¿no crees?
- No sé, estoy acostumbrada a que me llamen así, la verdad.
- ¿Ni en casa te llaman Susi?
Mis pensamientos corrieron a lo largo de los años que había vivido en aquel infierno... Mi madre me llamaba
siempre con algún apodo cariñoso o, simplemente, como Susana, ya que ese nombre le encantaba y no le
gustaba abreviarlo, y aquel salvaje se dirigía a mí insultándome siempre. Volví a ponerme seria y desvié la
mirada mientras trataba de evitar que se me saltaran las lágrimas.
- N... No... Me... Me dicen Susana...
- Oye... ¿realmente estás bien? Te noto rara...
- No... No pasa nada, en serio. Estoy bien...
Me miró, de nuevo, con cara de preocupación, como estudiándome lentamente para ver si le decía la
verdad.
- No sé porqué te noto que no estás tan bien como dices... ¿Duermes bien?
- Sí, ¿por qué? – Estaba muy extrañada con su pregunta.
- Porque tienes muchas ojeras... Y estás pálida...
- Estoy bien, aunque esté pálida y con ojeras. Es que estuve hasta hace poco con insomnio, pero ya estoy
bien, ya duermo bien.
- Vale, te creo... ¿Te importa que me quede un rato y charlamos un poco? Nos hemos visto muy poco, creo
que deberíamos conocernos, ¿no crees?
Me puse colorada, pero acepté. Se había portado bien conmigo, así que no me importaba estar un rato más
con él.
- ¿Qué tal te va buscando trabajo?
- Bueno, hago lo que puedo. He echado currículum en un montón de tiendas y he puesto carteles anunciando
que doy clases particulares. Espero que pueda conseguir algo pronto.
- Seguro que lo consigues, no creo que tengas problemas... Si tienes formación, es sólo cuestión de
tiempo...
- Sólo hice hasta el último curso del instituto, me quedé a las puertas de la universidad. Como quien dice, no
tengo nada...
- ¿No entraste? ¿Por qué, no te dio la nota?
¿Cómo podía contestarle a Miguel? No quería que supiese todo lo que pasó...
- Bueno... No llegué a hacer el examen de acceso...
- ¿Por qué?
Agaché la cabeza y contesté en un susurro apenas audible.
- Prefiero no hablar de ello...
- Bueno, si no quieres, no hablaremos de ello, tranquila... – Se le notaba preocupado y me volvió a mirar,
fijándose en mis ojos negros llorosos. - Cuando tú digas, hablaremos de ello. Cuando tú quieras...
- Gracias.
Levanté la cabeza para verle mejor y una lágrima resbaló por mi mejilla. Él, sin comentar nada, fue al baño
y trajo el rollo de papel higiénico para que me limpiase.
- No hace falta que me agradezcas nada, ¿eh? – Me dijo en voz baja.
Estuvimos unos segundos en silencio mientras terminaba de limpiarme, ya que se había corrido la línea negra
que siempre me pintaba en los ojos.
- ¿Por qué no me cuentas algo de ti?
- A ver qué te cuento... Pues nada, como ya te dije tengo veintitrés años, trabajo en esta empresa desde
hace cuatro meses. Vivo con mis padres y ahorro para intentar independizarme pronto, quiero vivir ya solo,
fuera de casa.
- ¿Solo?
- Sí, solo. Podría estar viviendo en un piso compartido con unos amigos, pero prefiero mi propia casa...
- ¿No tienes novia? – Estaba extrañada de que un muchacho tan encantador no tuviese novia, estaba
convencida de que tenía.
- No. He salido con varias chicas, pero no ha cuajado nunca la cosa. No sé, tampoco busco nada. Si sale
algo, mejor, y si no, pues nada. ¿Y tú, tienes novio?
- No... Nunca tuve...
Miguel me miró extrañado.
- Imposible... Con lo guapa que eres es imposible que no hayas tenido...
Me puse colorada.
- Créetelo. Además, tampoco he buscado novio nunca. Como tú.
De nuevo se hizo el silencio entre nosotros. Me levanté para beber de una botella de agua, nueva de aquel
día. Le mostré la botella para ofrecerle agua mientras tragaba, pero él negó con la cabeza y seguí bebiendo
un poco más. Luego volví a sentarme a su lado en la cama. Seguíamos en silencio.
- Creo que debería irme... El tren sale mañana sobre las nueve y media de la mañana...
- Nos veremos, entonces, para desayunar...
- Sí, claro...
Silencio. Sentía un nudo en la garganta enorme, me impedía respirar normalmente. Él parecía que no quería
irse realmente, aunque tal vez fuese una imaginación mía...
- ¿Sabes? Te sienta muy bien ruborizarte, te hace parecer una niña...
Volví a ruborizarme, mucho más que nunca.
- ¿Una niña?
- Sí... Tienes cara de niña... - Acortó la distancia entre los dos y me susurró al oído.- Y me gusta tu cara de
niña...
Me besó mientras me rodeaba con sus brazos. Mi primer beso. Me encontraba realmente a gusto con él, me
sentía segura y protegida. Le abracé fuertemente mientras seguíamos besándonos. No me quería separar de
él, no quería que se fuese.
- Debo irme a mi habitación, preciosa...
- Te echaré de menos...
Las palabras habían salido desde mi corazón sin que me diese cuenta. Me abrazó fuertemente.
- Yo también...
- ¡Quédate más tiempo a mi lado! Por favor...
Me volvió a besar.
- Sólo si tú quieres me quedo aquí toda la noche contigo.
- ¡Claro que quiero estar contigo! Pero nada de sexo...
- Tranquila, no te iba a forzar a nada. Si no quieres, pues no se hace.
Encendió la lamparita de mi mesilla de noche mientras yo apagaba la luz principal del dormitorio. Abrí la
cama y entramos los dos, nos tapamos y nos abrazamos. Sentir su calor me daba seguridad y confianza, me
sentía mejor que nunca con él a mi lado. Sabía que mi madre, estuviese donde estuviese, seguro que se
alegraba del cariño con el que me trataba Miguel y su comprensión.
Fue una noche muy especial para mí, jamás la olvidaré.
~~>by: La PeTiTe PouPée
[[Antes conocida como Kuchiki_Rukia]]
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