Hola!!
Fijo que ya no os acordáis de mí ni de mis fics, pero me he puesto las pilas, por lo menos con este, y tengo pensado no tardar mucho en terminarlo. El próximo capítulo, si mis cálculos no fallan, será el último, porque, básicamente, la historia no da para mucho más y prefiero no alargarla demasiado. Tengo un montón de fics empezados, los que ya conocéis (algunas XD) y uno par de ellos de los que no he publicado; bueno, de uno creo que publiqué el prólogo. Luego, también, tengo un fic de Crepúsculo que escribo en el foro de Hermy.
Os dejo el capítulo nuevo, que llevaba escrito desde hace bastante, pero quería retocarlo y cambiar algunas cosas porque no terminaba de gustarme. Sigue sin entusiasmarme, pero, por lo menos está acabado XD Espero que a vosotras os guste más que a mí. De paso os dejo un combo con toda la novela para recordarla y por si hay alguien que no la ha leído y le apetece^^
Besos
Prólogo: Cambios
Estaba tan harta… Se pasaba el día haciendo lo que se suponía que debía hacer. Suponía que eso era lo que se esperaba de ella.
Se sentó en su tocador, frente al espejo, y se quedó varios minutos observando la imagen que le devolvía. Una chica de dieciséis años aparentemente normal; el pelo castaño le llegaba hasta los hombros y se encargaba de enmarcar su cara aniñada, de muñequita de porcelana, como su padre la llamaba cariñosamente. Tenía unos enormes ojos de color chocolate que se encargaban de encandilar a cualquiera que le mirase durante más de dos segundos seguidos, lo que, definitivamente, era algo bastante útil. Siguió recorriendo su rostro con la mirada, prestando especial atención a su boca, después de sus ojos, era la parte de su cuerpo que más le gustaba; sobre todo, teniendo en cuenta que no era una chica alta o con un cuerpo de escándalo; aunque eso tampoco importaba demasiado, no tenía muchas oportunidades para llamar la atención de los demás. En el colegio era, prácticamente, transparente.
-Marizza, es hora de desayunar…
La chica se giró y asintió con la cabeza, sonriendo levemente al hombre. Volvió a mirar hacia el espejo, viendo en su reflejo, como su padre abandonaba la habitación para dejarla a solas de nuevo.
Suspiró y abrió uno de los cajones, se quedó mirando la caja un poco dudosa y terminó por cogerla, mirándola con atención. La había comprado la tarde anterior en un ataque de valentía, pero ahora no sabía si se atrevería. Volvió a guardarla y se levantó.
Se acercó a su armario para coger la chaqueta del uniforme y se miró en el espejo de cuerpo entero. Todas sus compañeras le habían hecho cambios al uniforme, como subir la falda o llevar la corbata algo más floja, pero ella no. Ella lo llevaba tal y como se debía. Como siempre…
Se giró hacia la mesa de noche y cogió sus gafas. Se las puso y volvió a mirarse en el espejo. Siempre las había odiado, pero su padre decía que aún no era lo suficientemente mayor como para ponerse lentillas ¿Había una edad determinada a partir de la cual se podían utilizar lentes de contacto? Tenía dieciséis años y seguían tratándola como si fuera una niña. Por eso había tomado la decisión de cambiar. ¿Se atrevería?
Capítulo 1: La invitación
Su padre llevaba tiempo insistiendo en que podrían pagar a alguien para que la llevara hasta el colegio, pero ella no quería. Vivía a unos quince minutos andando, no necesitaba que nadie le ayudase a recorrer el camino, y mucho menos que lo hicieran para vigilarla. Sabía que sus padres lo hacían porque la querían y porque sabían que el hecho de estar en una ciudad nueva asustaba a cualquiera.
Marizza y sus padres se habían mudado hacía unos meses, huyendo de un pasado que querían dejar atrás. El hermano mayor de la chica había fallecido en un accidente de coche y sus padres habían visto la necesidad de dejar atrás un pasado sin preguntarle a nadie, ni siquiera a ella, si quería empezar de nuevo en un lugar nuevo. Ella tampoco dejaba demasiado atrás, tal vez un par de amigos y millones de recuerdos; realmente, su único amigo era su hermano y a él le había perdido para siempre. El era el único que parecía comprenderla realmente; el único que la animaba a seguir adelante; el que intentaba hacer que el mundo la conociera. Sabía que estuviera donde estuviera, David la animaría con su cambio, aunque a sus padres no les gustara la idea.
Cuando estuvo frente a la verja que rodeaba el colegio apretó la carpeta con fuerza contra su pecho y respiró hondo antes de entrar. Llevaba cerca de dos meses en ese colegio y aún no había conseguido integrarse, y sabía que no lo conseguiría.
Pudo distinguir a varios de sus compañeros de clase, que apenas reparaban en su presencia. En el aparcamiento estaban Mía Colucci y Pilar Dunoff, apoyadas en un descapotable negro, hablando con un chico rubio al que no reconocía. Parecía mayor.
Mía y Pilar eran dos de sus compañeras de clase; tal vez, dos de las chicas más populares del colegio. Las dos eran guapas, simpáticas y adoradas por sus compañeros. Además, ambas tenían novio; dos chicos guapísimos del último curso, que el año siguiente empezarían la universidad. Marizza las envidiaba; no por tener novio, ni siquiera por ser populares. Las envidiaba por el simple hecho de que se comportaban tal y como querían, sin preocuparse por agradar o no a los demás.
-¡Mía, deja de subirte la falda!
La chica miró al rubio, reprendiéndole con la mirada.
-Pablo, eres un aburrido… Pensé que los universitarios eran chicos divertidos.
-Has visto demasiadas películas
Mía miró a su hermano; cualquiera que les viera reconocería enseguida el parecido familiar. Los dos tenían el pelo rubio y los ojos azules, aunque probablemente los de Pablo llamarían más la atención por su tono celeste, bastante más claro que el de su hermana. El chico nunca había sido demasiado responsable, de hecho, en su época de instituto había sido un buscalíos y como el que busca encuentra… Ahora, todo había cambiado con la universidad, era como si hubiera pasado a ser adulto en el mismo instante en el que entró por la puerta de la facultad; y, aunque seguía teniendo sus cosas, intentaba comportarse como el chico de diecinueve años que sus padres esperaban que fuera, aunque normalmente no lo conseguía.
El chico le dio un manotazo a su hermana, que seguía recogiendo la falda del uniforme y Pilar soltó una risita. Mía y ella eran amigas desde pequeñas. El primer día de colegio llegaron las dos con el mismo vestido y desde aquel momento comenzó su relación, se habían convertido en inseparables. Pablo no solía acompañarlas al colegio, pero aquella mañana libraba a primera hora y había decidido llevar a las dos chicas antes de ir a la universidad. El chico se encargaba de cuidar de ambas, y era como un hermano mayor también para Pilar; aunque, durante una larga temporada, la chica no había considerado a Pablo como un hermano, precisamente. La morena se divertía con los dos, sobre todo, cuando discutían sobre tonterías, como era la largura de la falda del uniforme.
Mía seguía protestando, pero su hermano no parecía escucharla, estaba mirando a un punto, cerca de la puerta del colegio.
-Es Marizza Andrade –dijo Pilar, siguiendo la mirada del chico.
-No la conocía… -dijo él, sin desviar su atención de la chica.
-Es nueva, bueno, medio nueva –intervino Mía.- Deja de mirarla –Mía le miró divertida- No tienes posibilidades…
-¡No digas tonterías! Sólo la miraba porque… No sé… No la había visto nunca por aquí y…
-Ya, claro –Mía rió- La verdad es que no habla con nadie…
-Yo creo que le caemos mal –dijo Pilar- Va siempre sola y alguna vez que hemos intentado hablar con ella nos ha evitado.
Eso era cierto, Mía y ella habían intentado entablar conversación con la chica varias veces, pero ella siempre encontraba alguna excusa para dejarlas plantadas con la palabra en la boca. Al principio pensaron que era tímida; pero, un día, vieron cómo le plantaba cara a una alumna un curso mayor después de que ésta se metiera con un colgante que siempre llevaba puesto; así que, por lo menos, carácter no le faltaba.
-¿La habéis invitado a la fiesta del viernes? –preguntó Pablo.
-No, total ¿para qué? Si nos va a decir que no… -Mía suspiró.
-Habéis invitado a toda la clase y a medio colegio… Invitadla a ella también, así podrá conocer a más gente…
-Cómo por ejemplo a ti ¿no? –Mía rió- La verdad tampoco sé lo que le ves, es mona, pero no sé…
La rubia sonrió y se despidió de su hermano dándole un beso en la mejilla. Agarró a Pilar del brazo y corrieron hacia el colegio, a tiempo de alcanzar a algunos de sus compañeros junto a la puerta; adelantando a Marizza por el camino.
Pablo se quedó un momento más en el aparcamiento, hasta que vio cómo la castaña entraba por la puerta, abrazando su carpeta contra el pecho y con la cabeza agachada. No supo decir bien qué era lo que le había visto de particular; no era la típica chica que atraía las miradas de todos los que pasaban junto a ella; pero; pero había algo que había conseguido llamar su atención. Tal vez fuera el hecho de que parecía más frágil que el resto y sin duda, que parecía más pequeña. Como si fuera una niña buscando protección.
Después de una larga jornada escolar Marizza salió del colegio para ir a su casa. Todavía era martes y quedaba una larga semana por delante; además, le acababan de mandar un trabajo para la clase de historia y cerca de un millón de ejercicios de matemáticas, por lo que ya tendría algo que hacer a lo largo de toda la tarde; sus padres estarían en casa así que mejor pasar la tarde encerrada en la habitación.
Pudo ver a Mía y a Pilar junto a la verja del colegio, hablando con sus novios. Manuel y Tomás, dos de los chicos más guapos del colegio. Tomás era capitán del equipo de fútbol del colegio y había rumores de que había recibido ofertas para entrar en la cantera de algún equipo de primera división. Manuel era un chico inteligente, el mejor de su clase y aún así conseguía que el resto le respetara, el chico había recibido una importante beca para estudiar medicina el año siguiente. Pasó junto a ellos e hizo un gesto con la cabeza para saludar a las dos chicas, eran las dos únicas compañeras que habían hecho algún esfuerzo para hablar con ella; y, aunque no tenía relación con ellas, tampoco podía negarles el saludo. Pero le sorprendió que la rubia se acercara a ella.
-Marizza, espera… -la castaña se giró y la miró algo sorprendida- Bueno, mis padres abren un bar este viernes y nos han encargado la fiesta de inauguración a mi hermano y a mí y pensé que, bueno… Tal vez…
-¿Te gustaría venir? –Pilar se había colocado junto a su amiga, ayudándola a terminar la frase- Vendrá todo el mundo, seguro que lo pasamos bien –sonrió.
-Yo… Es que… No sé…
- Por favor, dime que vendrás… Lo vamos a pasar bien… -sonrió Mía.
-Ya, pero… Mis padres… -la castaña suspiró, mientras jugaba nerviosamente con su colgante.
-¡Ah! Entiendo –Mía sonrió- Les puedes decir que vendrás a mi casa para hacer el trabajo de historia y que te quedarás a dormir…
Marizza se mordió el labio inferior nerviosa, era la oportunidad que estaba esperando y Mía parecía desear de corazón que fuese a esa fiesta, además, la estaba invitando a dormir a su casa ¡Sin conocerla!
-Lo pensaré ¿sí?
Mía pareció dar por buena la respuesta de la chica y se despidió de ella con una sonrisa, justo antes de que Pilar y ella volvieran a acercarse a sus novios.
Marizza les hizo un gesto con la mano, a modo de despedida y se alejó de ellos, agachando la cabeza con gesto pensativo.
-¿Por qué la habéis invitado? –preguntó Tomás- Es un poco rara…
-No digas eso –Pilar le dio un golpe en el hombro.
-Pero si no os habla nunca… -intervino Manuel extrañado.
-Ha sido idea de mi hermano y a mí tampoco me parece tan mala idea… Igual no es que le caigamos mal, puede que sólo sea tímida…
Llevaba cerca de una hora tumbada en la cama, mirando al techo mientras jugaba con la cadenita que colgaba de su cuello. Mía había sido realmente amable al invitarla, pero sabía que sus padres no le darían permiso para ir a una fiesta y mucho menos sin conocer a Mía o a sus padres. Aunque, también podría utilizar la excusa que la rubia le había dicho… Sus padres no podrían negarse a que fuera a clase de una compañera para hacer un trabajo de clase. Se levantó de la cama y abrió la puerta de su habitación. Si no se atrevía a eso, no se atrevería a todo lo que tenía pensado.
Capítulo 2: Preparativos
Había conseguido engañar a sus padres con la excusa de que iba a estudiar a casa de una compañera de clase; pero había visto algo en la mirada de su madre que le decía que la mujer no terminaba de creérselo del todo, y no la culpaba. Desde que habían llegado allí, Marizza nunca había mencionado a ninguna compañera de clase, ni había salido de casa para hacer los deberes con cualquier otra persona…
Ahora estaba parada frente a la entrada de la casa de Mía, aunque la palabra “casa” se quedaba bastante pequeña para definir el enorme edificio que se levantaba frente a ella. Primero había tenido que llamar a un timbre para que abriesen la verja y ahora, después de atravesar el jardín, se encontraba frente a una gran puerta de color blanco, esperando a que abrieran. Agarraba con fuerza las correas de la mochila y se mordía de forma compulsiva el labio inferior. Estaba tan nerviosa… Nunca había conseguido encajar con la gente de su edad y si esa vez tampoco lo hacía… De pronto se abrió la puerta y se encontró frente a un chico rubio que la miraba. Lo reconoció al instante: Era el hermano de Mía.
El chico sonrió al ver a la castaña parada frente a su puerta. Desde que la había visto por primera vez había llamado su atención; parecía frágil, una niña que necesitaba protección. Jamás hubiese adivinado que era compañera de curso de su hermana, parecía por lo menos un par de años más pequeña que Mía. Se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirándola cuando vio que la chica estaba visiblemente incómoda.
-Eh… ¡Hola! –dijo el rubio por fin- Marizza ¿no? –la chica asintió- Yo soy Pablo… Pasa… Mis padres no están, así que no te asustes por el desorden; Mía no es una maniática de la limpieza que digamos…
Pablo hizo una mueca graciosa y Marizza soltó una risita. La casa era aún más impresionante por dentro de lo que lo era por fuera, estaba todo decorado con un gusto exquisito, aunque tal vez demasiado frío e impersonal para su gusto. El rubio sonrió más ampliamente al ver cómo la sonrisa de la chica iluminaba su cara y sus ojos.
-Mía ha ido a comprar no sé qué con Pili… No creo que tarden mucho en llegar. Si quieres mientras puedo enseñarte un poco todo esto.
-Bien… -Marizza asintió.
-¡Vaya! ¡Sabes hablar! –el chico se hizo el sorprendido- Estaba empezando a pensar que eras muda…
La chica iba a responder pero en ese momento Mía y Pilar entraron por la puerta cargadas con un montón de bolsas y riendo a carcajadas.
-¡Marizza! ¡Has venido! –exclamó la rubia mientras se acercaba.
Marizza se sorprendió visiblemente al notar como Mía la rodeaba con sus brazos para obsequiarla con un caluroso abrazo de bienvenida; algo que pilló desprevenida a la castaña, que no supo como reaccionar y se quedó con los brazos pegados al cuerpo, mientras Mía seguía estrujándola entre sus brazos efusivamente.
-Mía, ya… -Pilar rió separando a las dos chicas- Marizza no va a querer salir con nosotras si descubre tan pronto que estás como una cabra –Mía le sacó la lengua y Pilar miró a Marizza con una enorme sonrisa- Yo también me alegro de que hayas venido…
-Bueno, sí… Mejor dejamos de hablar y subimos que tenemos que decidir que nos vamos a poner y todo… Ayudadme con las bolsas.
Marizza cogió un par de bolsas, imitando a Pilar y las tres chicas se dirigieron a las escaleras; estaban empezando a subir cuando el sonido de un claxon llamó la atención de todos.
-¿Qué es eso? –preguntó Pablo extrañado.
-¡Ah! Casi se me olvida… -rió y miró a su hermano con una sonrisa angelical- Es que… No podíamos venir andando cargadas con todas las bolsas, pero cuando hemos llegado nos hemos dado cuenta de que no teníamos dinero. Así que… -Mía sonrió.
-¡No os preocupéis! ¡Yo invito! –el chico suspiró resignado y salió de casa para pagar al pobre hombre que había tenido que aguantar a su hermana y a Pilar durante todo el viaje.
Cuando Marizza entró en la habitación de Mía enseguida decidió que, de momento, aquella era la habitación más bonita de toda la casa, aunque teniendo en cuenta que no había visto mucho más. Dejó las bolsas en el suelo y Mía comenzó a vaciarlas sobre la cama, mientras Marizza inspeccionaba todo a su alrededor. La habitación estaba decorada en tonos rosas, con algún detalle en color azul; era todo muy alegre y tenía una estantería llena de marcos de fotos, en las que aparecía con sus amigos, con Pablo, con Manuel… La decoración era completamente acorde a la personalidad de Mía; alegre y divertida.
-¿Has traído algo para ponerte?
La voz de Pilar la sacó de su ensimismamiento y vio que las dos chicas la observaban.
-Pues… La verdad es que no… -Marizza las miró algo incómoda.
-¡Oh! ¡No te preocupes! Mía tiene un montón de ropa que seguro te queda genial –Pilar sonrió- Yo tampoco traigo ropa cuando vengo… Sólo el pijama.
La rubia abrió su armario y empezó a sacar vestidos, pantalones, faldas y camisetas que se sumaron a los que estaban ya esparcidos por encima de la cama, que las chicas habían comprado esa tarde.
-Ven –Mía la agarró del brazo- ¿Ves algo que te guste?
-¿Algo? Todo es precioso, pero no sé si me quedará bien algo de eso…
-¡No digas eso! –Pilar sonrió- Seguro que elijas lo que elijas te quedará genial –sonrió y Marizza pensó que era sincera.
-¿Entonces a tus padres no les ha importado que vinieses a la fiesta? –preguntó Mía mientras buscaba entre la ropa.
-La verdad es que les he dicho que veníamos a hacer un trabajo… Dudo que me hubiesen dejado si les decía la verdad…
-Vaya… No pareces del tipo de chica que haga esas cosas –Marizza miró a Pilar- Ya sabes… Decir mentiras para ir a fiestas o ese tipo de cosas… Pensé que cuando Mía te propuso la excusa jamás la usarías.
-Ya… Es la primera vez que hago algo así…
Las chicas siguieron charlando animadamente mientras decidían su modelito para esa noche; bueno, más bien Mía y Pilar hablaban y Marizza intervenía de vez en cuando con alguna frasecilla. Las dos chicas ya habían decidido qué se pondrían para la fiesta, pero Marizza simplemente se había dedicado a revolver la ropa. Aquellas prendas no eran del estilo que ella solía llevar y no sabía qué le sentaría bien y qué no.
-¿No te decides? –Marizza miró a Pilar que la observaba con una sonrisa.
-Es que… No sé… Hay tanto…
-Si yo fuese tú me pondría esos pitillos negros, con la camiseta roja… -Marizza cogió una de las camisetas- No, la otra… La que tiene el lacito negro. Sí, esa –sonrió- Luego te dejo unos zapatos rojos y con una torerita negra vas a estar de lo más mona…
Marizza miró a Mía aún algo sorprendida por la velocidad con que la rubia había elegido cuál sería la mejor ropa para ella. Lo de los tacones no la convencía del todo, pero algo le decía que no era momento para ponerse quisquillosa, además, esperaba que en la fiesta hubiese sillas para que sus pies pudiesen descansar.
-Es bonito…
Se sobresaltó a ver los ojos de Pilar tan próximos a ella, la morena estaba observando con interés el colgante con el que Marizza jugueteaba de manera inconsciente. Mía se acercó enseguida y asintió con la cabeza para darle la razón a su amiga.
-Fue un regalo de mi hermano…
-¿Ves? Si Pablo me regalase algo así todo sería mucho más fácil entre nosotros –Mía sonrió de manera traviesa.
-No sabía que tuvieses hermanos… -dijo Pilar.
-Bueno… Es que… Murió hace unos meses… -respondió Marizza con un hilo de voz
-¡Oh! Vaya… -dijo Pilar después de unos segundos- Lo siento… Yo… No sabía… -la morena se mordió el labio inferior, visiblemente incómoda.
La castaña sonrió levemente intentando quitarle importancia al asunto y se acercó al tocador de Mía, donde la rubia tenía todo tipo de productos de belleza, perfumes…
-¡Eso! Ahora vamos a pensar qué te hacemos en el pelo… -dijo la rubia, emocionada y aprovechando para aligerar el clima que se había creado en la habitación.
-Yo… Bueno, desde hace algún tiempo tenía pensado un cambio de look, pero nunca me he atrevido y…
-¡Me encantan los cambios de look! –Mía soltó una risita al tiempo que aplaudía efusivamente.
-No sé… No estoy del todo segura… Lo llevo pensando una temporada, porque quiero cambiar pero…
-¡Oh! ¡Vamos! Será divertido… -sonrió la rubia.
Marizza le devolvió la sonrisa y se acercó a su mochila, estuvo rebuscando durante un par de minutos y por fin sacó una caja que se encargó de mostrarles a sus amigas. Había decidido cambiar el color de su pelo, estaba aburrida del color castaño y había elegido un tono rojizo que pensaba podría quedarle bien; pero la caja con el producto llevaba en su casa varias semanas, debido a que ella no se había atrevido a hacerlo.
-¡Es un color genial! –dijo Pilar con una enorme sonrisa- Estoy segura de que te quedará de maravilla. También podríamos cortarte un poco el pelo y hacerte un flequillo…
Marizza miró de manera aprensiva a la morena; un cambio de color estaba bien, pero cambiar también su corte de pelo podía ser demasiado. Intentaba decir algo mientras Pilar se dedicaba a observar de cerca las puntas de su pelo, murmurando en voz baja sobre el corte que podría quedarle bien. Marizza miró a Mía en un vano intento de pedirle ayuda y la rubia le dedicó una sonrisa de ánimo.
-No te preocupes… Pili es una artista para este tipo de cosas… Puedes fiarte de ella.
La castaña asintió con la cabeza, no muy convencida; por mucho que estuviese deseando esos cambios estaba empezando a plantearse que no eran muy buena idea; pero al ver la cara de emoción de las chicas tampoco pudo decirles que no.
La habitación de Mía tenía un baño individual, así que, por lo menos no tuvo que andar paseándose por la casa con el pelo pringado. Estaba sentada en una silla en la habitación de Mía, esperando a poderse lavar el pelo; mientras tanto, las otras dos se dedicaban a revolver en un enorme maletín de maquillaje, decidiendo lo más adecuado para esa noche, basándose en la ropa que iban a llevar. Ella no tenía ni idea de esas cosas así que las dos estaban entusiasmadas con el hecho de tener una muñeca de tamaño real con la que poder experimentar.
Después de lavarse el pelo, y sin mirarse en un espejo –Mía se lo había prohibido expresamente- volvieron al baño y una emocionadísima Pilar se hizo con unas tijeras y empezó a trabajar con la melena de, la ahora pelirroja, Marizza. La puerta se abrió ligeramente y antes de que nadie entrase Mía se precipitó y la cerró de un portazo; desde el otro lado pudieron escuchar un gemido de dolor.
-¡Mía! ¿Estás loca? –gritó Pablo- ¿Qué hacéis?
-Nada… -respondió la rubia.
-¡Nada bueno! ¿Por qué no me dejas pasar?
-Porque no…
-¡Oh! ¡Qué gran respuesta! –respondió el chico de manera sarcástica- Tendré que decirles a papá y mamá que malgastan su dinero mandándote a ese colegio… ¿Qué clase de educación te están dando? ¡Ni siquiera puedes responder una pregunta de lo más sencilla!
-No seas idiota y dime qué querías…
-¡Ah! Pues creo que se me ha olvidado… Normal, después del golpe… -suspiró- ¿Ves? ¡Me has dejado tonto!
-¿Más? Eso es imposible, así que no me eches la culpa de tu retraso mental…
Marizza y Pilar, que visiblemente seguían a lo suyo, no pudieron contener una risita al presenciar la discusión entre los dos hermanos; lo que hizo que Mía las mirara mal.
-Pablo, deja de hacer el bobo y dime lo que querías…
-Bueno, bueno… Pero porque me tengo que ir a preparar antes de que venga Joaquín… Que es dentro de una hora, por cierto, y aún ni siquiera me he duchado y tengo que…
-¡Pablo! –dijo Mía exasperada.
-¡Qué poca paciencia hija mía! Que ha llamado Manu, ha dicho que directamente os ven allí, porque Tomás tenía que hacer no sé qué y no les daba tiempo… Y ya os dejo que sigáis a lo vuestro, me iré antes que vosotras, así que procurad que la casa sigue en pie. ¡Marizza! –gritó el chico- Te dejo al mando, porque de estas dos no me puedo fiar; así que si pasa algo te las verás conmigo… -dijo Pablo con un matiz divertido en la voz.
-¡Que idiota es el pobre! –suspiró Mía.
-Te quejas de vicio, es un encanto… -sonrió Pilar que seguía centrada en el pelo de Marizza.
-Lo dices porque estuviste enamorada de él… ¡Eso no cuenta!
-A mí también me parece majo… -intervino Marizza tímidamente.
-Eso ¡todo el mundo en mi contra!
Mía se quedó apoyada en la pared, guardando silencio durante lo que a Marizza le parecieron diez segundos y después su enfado se evaporó y volvió a conversar tranquilamente y a revolotear a su alrededor mientras Pilar terminaba de peinar a Marizza. La pelirroja se puso las gafas y se miró al espejo, se quedó sorprendida al ver su imagen y no podía decir nada. Pilar interpretó su silencio como una mala señal.
-Si no te gusta el flequillo puedo intentar arreglarlo, y bueno… Puedo cortar un poco más de aquí se te va a gustar más… Aunque lo del tinte ya no tiene mucha solución… -habló atropelladamente.
-No… -dijo Marizza- Está bien… Me gusta.
Pilar suspiró aliviada y las tres volvieron a la habitación para vestirse. Marizza no podía dejar de mirarse en los espejos que decoraban la habitación de Mía; Pilar había respetado la largura de su pelo, pero le había cortado las capas superiores para darle más volumen y ahora también llevaba flequillo y el color le favorecía más de lo que hubiera pensado. Al cabo de un rato escucharon como la puerta de casa se cerraba y supusieron que Pablo acababa de marcharse.
Cuando Pilar y Mía estuvieron listas, la rubia comenzó a maquillar a Marizza que jugueteaba con las gafas entre sus manos.
-¿Qué tal ves sin las gafas? –le preguntó Pilar sentada en la cama.
-Bueno… Veo mejor con ellas, pero no estoy completamente ciega… -respondió Marizza con los ojos cerrados mientras Mía la maquillaba-. ¿Por?
-Porque estás más guapa sin ellas –respondió la morena tranquilamente- No me malinterpretes… Que te quedan muy bien, pero…
-¿Podrías pasar sin ellas esta noche? –preguntó Mía.
-Sí, supongo… Además el bar de tus padres no creo que vaya a estar muy iluminado, ¿no? Quiero decir que aunque las llevase tampoco vería demasiado…
Las chicas soltaron una carcajada y cuando Mía se separó de ella, Marizza acercó su cara a un espejo para mirarse. Definitivamente, la persona que le estaba sonriendo no se parecía en nada a ella; parecía más mayor, parecía una persona divertida, una chica normal…
Capítulo 3: ¿Quién es esa?
-¿Habéis visto a la pelirroja que acaba de entrar? ¿Sabéis quién es?
Tomás y Manuel miraron a Marcos encogiéndose de hombros, sin saber demasiado bien de qué hablaba, pero parecía que era de dominio público porque toda la gente a su alrededor estaba murmurando, o eso parecía porque por encima del volumen de la música podían escuchar: “¿Quién es esa?”, “¿Nadie la conoce?”, “Te juro que si la conociera me acordaría”… “Pues no es tan guapa” decían con tono celoso algunas de las chicas, la mayoría realmente.
-¿De verdad que no la conocéis?
-¿Por qué deberíamos conocerla? –Tomás miró a su alrededor en busca de la chica misteriosa que tanto revuelo había levantado.
-Porque viene con vuestras novias…
Tomás y Manuel se miraron extrañados, que ellos supiesen la única persona que iba a ir con Pilar y Mía era Marizza, y no creían que la muchacha pudiese levantar tanto revuelo entrando en ningún sitio; era una chica sencilla y discreta, para nada el tipo de persona que llamase la atención por dónde pasara. Pero cuando las dos chicas llegaron junto a ellos descubrieron que, efectivamente, iban acompañadas por una chica que les resultaba vagamente familiar, pero aún así no podrían decir de dónde la conocían. En ese momento comprendieron que los comentarios de la gente no eran exagerados para nada. Era menudita, pero tenía un cuerpo bien formado y unas curvas que sus pantalones ajustados se encargaban de resaltar.
Desde que habían entrado se sentía algo incómoda, todo el mundo la miraba y murmuraba cosas sobre ella. Tal vez aquel cambio no había sido tan buena idea como creyó en un primer momento. Ahora estaban frente a Manuel y Tomás, que la miraban con los ojos entrecerrados como si estuviesen intentando recordar algo. No fue algo que le tomó por sorpresa, ya que el chico que se sentaba con ella en clase de matemáticas tampoco la había reconocido y, de hecho, había intentado ligar con ella de una manera bastante descarada. Ella no creía que el cambio fuese tan radical, pero era lo que pasaba cuando dejabas de ser invisible para el mundo… Incluso algunas de sus compañeras de clase le habían preguntado a Mía y Pilar a ver si era la prima de alguna de ellas; y cuando respondieron que se trataba de Marizza las chicas se quedaron con la misma cara. A fin de cuentas Marizza era una desconocida, ya fuese como persona nueva o como la chica tímida e insegura que iba con ellos a clase desde hacía unos meses.
-¿A que la hemos dejado guapísima? –preguntó Mía orgullosa.
Marizza agachó la cabeza sonrojándose levemente, aunque con la poca iluminación del local dudaba que nadie se hubiese dado cuenta del rubor que cubría ahora sus mejillas.
-¿Marizza?
Manuel pareció, por fin, caer en la cuenta de que la pelirroja que traía loco a medio bar desde que había cruzado la puerta no era otra que la tímida chica que iba a clase con Pilar y Mía. Ahora que lo sabía había rasgos inconfundibles. Cuando la chica levantó la mirada al escuchar su nombre pudo observar que debajo del rimel se encontraba la misma mirada insegura y su tímida sonrisa también seguía allí. El aire de inocencia parecía haberse esfumado, pero juraría que era efecto de la ropa ajustada, que no estaba acostumbrada a utilizar, y del maquillaje. El pelo sin duda era algo que no se podría cambiar, pero le quedaba genial y el nuevo corte enmarcaba su cara de una manera perfecta.
-Hola… -la chica sonrió tímidamente.
-¡Wow! –exclamó Tomás y todos le miraron- ¡Estás genial! No te había reconocido… Marcos acaba de venir preguntando por ti, me parece que le has enamorado…
Marizza sonrió, sintiendo de nuevo el calor en sus mejillas. Más por el hecho de que Tomás se hubiese quedado asombrado del cambio que por conocer aquella pequeña información sobre Marcos. Tampoco sabía mucho sobre él. Iba a clase con Tomás y Manuel, era compañero de Tomás en el equipo de fútbol y no es que fuese un cerebro privilegiado. Ocupaba todo su tiempo en ligar con las chicas, o al menos intentarlo.
-Marcos es un capullo… -dijo Mía tajante- No te acerques a él…
Marizza la miró sorprendida, nunca había escuchado a Mía hablar mal de nadie, así que seguramente si lo hacía ahora sería por una buena razón.
-¿Habéis visto a mi hermano? –preguntó Mía a los chicos.
-Creo que andaba en la barra, aleccionando a los camareros nuevos.
-Pues voy a ver si le encuentro y de paso voy a por algo de beber…
La rubia sonrió y se alejó haciéndose hueco entre la gente como podía, dejando atrás a los otros cuatro. Marizza, algo incómoda, comenzó a mirar a su alrededor, fijando su atención en la decoración del lugar. Había bastante gente, la fiesta de inauguración estaba siendo un éxito por lo que podía ver. De vez en cuando su mirada se cruzaba con la de alguna otra persona, chicos en su mayoría, que la miraban a ella.
-No estás acostumbrada a ser el centro de atención ¿me equivoco?
-¿Eh? –la voz de Manu la había pillado por sorpresa. Le miró y sonrió- La verdad es que no… Esto no es lo mío… Ya sabes, que la gente me mire y demás… -levantó la mano, devolviéndole el saludo a un chico que no había visto en su vida.
-Son todos una panda de falsos… -sonrió al ver la mirada de la chica- No digo que alguno de ellos no merezca la pena, pero la mayoría se mueven por interés… Es triste –Marizza asintió dándole la razón- Veo que Mía tarda y estos dos cuando están juntos son como siameses, pegados por los labios –señaló a Pilar y Tomás con un gesto de cabeza- Así que… ¿Te apetece bailar?
-Bueno, no soy muy buena bailarina…
-¡Oh! ¡No te preocupes! Según Mía soy completamente descoordinado, así que estaremos iguales
Manuel hizo una mueca graciosa y sonrió. Era un chico simpático y bastante distinto de lo que había imaginado antes de conocerle. Para Marizza no era muy fácil relacionarse con la gente y Manuel parecía haberse dado cuenta y se esforzaba en sacar temas de conversación y hacer chistes que la hacían reír. Ahora comprendía que Mía no sólo se había enamorado del chico guapo, sino también del Manu sencillo, divertido y mal bailarín con el que ella estaba pasando ahora unos minutos. Podía ver a Mía hablar con un grupo de compañeros, en un momento sus miradas se cruzaron y la rubia le dedicó una enorme sonrisa.
-¿Sabe mi hermana que te dedicas a bailar con pelirrojas cuando ella no está?
Marizza se sobresaltó al escuchar la voz de Pablo tan cerca. Miró a Manuel pensando que el chico iba a empezar a disculparse en cualquier momento, pero el moreno se limitaba a sonreír de manera divertida y fue en ese momento cuando ella se animó a levantar la mirada y vio que Pablo también sonreía. Estaba realmente guapo, aunque eso no era nada nuevo, la verdad.
-Pues teniendo en cuenta que ha sido ella la que me ha dejado a solas con la pelirroja…
Fue en ese momento cuando Pablo clavó sus ojos en ella y la chica supo, al instante, que él sí la había reconocido.
-¿Marizza?
-Hola… -la chica sonrió tímidamente.
-¡Vaya! Estás… -pareció pensarlo durante un instante- ¡Qué cambio!
Marizza no sabía como tomarse aquellas palabras. ¿Era bueno o malo? Todo el mundo le había dicho que estaba guapísima y los que habían reparado en su presencia antes del cambio decían que había sido para mejor; sin embargo, Pablo parecía ligeramente descolocado por alguna razón que ella no llegaba a comprender.
-Y yo soy Joaquín.
Marizza miró al chico que estaba junto a Pablo, que la miraba de arriba abajo de una manera bastante descarada y que hizo que la chica se sintiese incómoda. Era algo más alto que Pablo, tenía el pelo rubio y los ojos de un color verde intenso; pero sus ojos no le gustaban, había algo en su mirada que no le daba buena espina.
-Yo soy Marizza…
-Entonces tú eres de la que todo el mundo habla ¿no? La misteriosa desconocida que ha causado tanto revuelo…
Pablo le miró mal y Manuel rodeó los hombros de Marizza con el brazo para conducirla mientras se alejaban de los dos amigos para acercarse a Mía que seguía en la barra.
-No le hagas mucho caso… Es un capullo –dijo Manuel.
-¿Quién es un capullo?
-Joaquín, que está más salido que el pico de una plancha…
Mía se giró para mirarles porque ya habían llegado junto a ella. Marizza se apoyó en la barra y miró hacia donde estaban Joaquín y Pablo. El primero seguía mirándola descaradamente mientras hablaban con unas chicas. En ese momento Pablo también levantó la cabeza y sus miradas se encontraron y aunque apenas fueron dos segundos, ya que inmediatamente el chico desvió sus ojos, Marizza juraría que le había visto sonreír. Ella agachó la mirada mientras sonreía. Se sobresaltó al notar que alguien le ponía un botellín de cerveza debajo de la nariz. Levantó la cabeza y miró a Mía que seguía sujetando la cerveza mirándola con una sonrisa. Marizza la cogió algo dudosa.
-No hagas mucho caso de lo que te diga Joaquín, es igual con todas las chicas… Bueno, con las que le hacen gracia –sonrió y miró como Marizza daba vueltas al botellín entre sus manos- ¿Te pasa algo? –miró a Manu y el chico captó la indirecta.
-Voy a buscar a Tomás y Pili a ver si quieren algo ellos…
-No, no me pasa nada… Es que… Yo no bebo, al menos no normalmente –la miró- Además, somos menores… No deberían…
-¡Ah! No te preocupes… No olvides que aquí me conocen –rió- Pero no les dirán nada a mis padres –se adelantó antes de que Marizza pudiese decir nada- Pero si prefieres una coca-cola o algo… -sonrió.
La pelirroja negó con la cabeza y bebió un trago de su cerveza, no era momento de echarse atrás. Además, sólo era una cerveza. Volvió a mirar al frente y Joaquín seguía en su campo de visión, hablando con un grupo de chicos, pero Pablo ya no estaba por allí, o al menos ella no le veía.
-Mía, voy un momento al baño… Luego os busco en la pista ¿sí?
La rubia asintió con una sonrisa y se alejó de la barra. Marizza suspiró y dejó su cerveza allí, antes de encaminarse al baño.
Cuando entró se cruzó con unas cuantas chicas que la miraron por encima del hombro. Estuvo esperando a que se vaciara el lugar y se miró en el espejo. Comenzó a peinarse con los dedos, mientras recorría su imagen con la mirada. Había pensado que sólo con cambiar de aspecto podría cambiar su vida, pero no era así. Seguía siendo la misma; sólo que con maquillaje, ropa distinta y un corte de pelo nuevo, pero en el fondo nada había cambiado. Seguía sin poder relacionarse con los demás con normalidad o actuar de manera natural como lo hacían Mía, Pilar y los demás. Respiró hondo y cerró los ojos durante unos segundos, antes de salir del baño.
Capítulo 4: En el lugar oportuno, el momento adecuado
Llevaba cerca de 45 minutos allí de pie, simplemente mirando entre la multitud. Había encontrado uno de los lugares más apartados de local y sabía que era el sitio adecuado desde el que observar. Estaba oculto de la vista de la gente y pasaría desapercibido. Además, las dos parejas que estaban a su lado, completamente entregados al amor, distraerían la atención de cualquiera que pasase por su lado.
No sabía por qué pero no había podido apartar la vista de ella en toda la noche, realmente, la chica había llamado su atención desde el primer día que la vio. Desde el día que vio a la adolescente tímida e insegura que Marizza representaba para él, entrar al instituto. Ahora parecía una persona completamente diferente, pero él seguía viendo a la misma niña, la niña que los demás no veían. Ellos sólo se quedaban con la ropa ajustada y el maquillaje, pero él lo había visto en sus ojos: la necesidad de encajar, de ser aceptada; la necesidad de que la tratasen como a una igual. Cualquiera que le viese pensaría que estaba aburrido, pero desde ahí tenía una vista perfecta de Marizza, bailando con su hermana y los demás. Sonreía y parecía que todo se iluminase y tuviese sentido.
-¿Qué haces aquí? Si la fiesta es un éxito…
-¿Eh? –miró a la chica morena que acababa de acercarse- Ya… Está bastante bien.
Miró a Paula, Mía siempre le había preguntado qué era lo que había visto en la morena y Pablo nunca había sabido explicárselo con claridad. Paula era una chica guapa y simpática cuando quería y el primer día que la vio supo que saldría con ella; la vio plantarle cara a una de las chicas más populares del instituto y él admiró su seguridad en ese momento. Luego comprendió que no era seguridad en sí misma, sino la gran soberbia que la caracterizaba. Sus bromas y chistes pasaron a convertirse en comentarios hirientes con los que Pablo no estaba de acuerdo, y conforme la personalidad de la chica empezaba a disgustarle, dejó de parecerle tan guapa como al principio. Aunque lo que realmente animó a Pablo a dejar su relación con la chica fue el día que la vio con su mejor amigo, Joaquín, besándose durante una fiesta. Realmente no fue algo que le doliese demasiado, al menos por parte de la chica, con Joaquín sí que estuvo un buen tiempo sin hablar.
-¿Y Joaquín? –preguntó ella.
-Ha salido fuera ¿Por qué no vas a buscarle? Igual él tiene ganas de aguantarte…
La chica le miró ofendida y con los brazos en jarras. Desde que su relación había terminado ella había intentado recuperar la atención de Pablo de alguna manera, pero cada vez que intentaba entablar algún tipo de conversación con él el chico se ponía a la defensiva, aunque tampoco podía culparle. Ya ni siquiera aspiraba a recuperarle como pareja, sólo quería recuperar su amistad, si es que alguna vez habían sido realmente amigos. Espero un par de minutos más pero, por lo que parecía, Pablo no tenía pensado seguir hablando con ella; de hecho tenía la vista fija en la multitud, como si estuviese viendo algo que escapaba a la vista del resto de mortales.
Llevaba toda la noche bailando con las chicas y lo estaba pasando realmente bien, finalmente había decidido cambiar las cervezas por la coca-cola, una cosa era decidir cambiar de algún modo y otra cosa dejarse llevar por lo que los demás quisieran. A lo largo de la noche incluso se le habían acercado varios chicos, algo que la había sorprendido enormemente; aunque Mía decía que no tenía por qué sorprenderse, esa noche estaba realmente impresionante y era lógico que se fijaran en ella. Pero eso tampoco la hacía sentir bien; hasta ese día había sido invisible para la mayoría de la gente que estaba allí y de repente todos querían ser sus amigos o algo más…
-Voy fuera un rato.
-¿Estás bien? –la rubia la miró con cara de sincera preocupación.
-Sí, tranquila, sólo tengo un poco de calor… Enseguida estoy de vuelta.
Vio como Mía la sonrió, más tranquila, y comenzó a caminar entre la multitud hacia la puerta de salida. Iba pensando en la cara de preocupación de Mía, apenas la conocía, pero sabía que podrían llegar a ser amigas; de pronto se vio fantaseando a sí misma con la idea de que tanto la rubia como Pilar la admitiesen en su pequeño y exclusivo grupo como si fuese una más. En el fondo era lo que deseaba, no quería que todos estuviesen pendientes de ella, sólo quería tener amigos. Aunque fueran pocos, pero buenos.
Estaba cerca de la puerta de salida cuando notó que alguien la agarró de un brazo y tiró de ella hacia un rincón. Intentó hacer algo para llamar la atención de la gente que había a su alrededor, pero le pilló tan de sorpresa que sólo pudo soltar un pequeño gritito que no fue escuchado por encima del volumen de la música. Notó que la apoyaron contra una pared y abrió los ojos ¿Cuándo los había cerrado? Entonces pudo ver a su “atacante” y sonrió algo aliviada al ver unos ojos familiares. Si su memoria no le fallaba era Joaquín, el chico que iba con Pablo.
-¡Hola! –dijo ella- Me habías asustado…
Marizza rió, pero dejó de hacerlo al notar una de las manos de Joaquín en su cadera y vio, de reojo, la otra mano del chico apoyada en la pared a un lado de su cabeza. La chica frunció el ceño algo extrañada e intentó, inútilmente, apartarse cuando vio que la cara de el chico iba acercándose a la suya. Giró la cabeza en el último momento, antes de que él la besase.
-¿Qué estás haciendo? Déjame…
Marizza intentó que su voz sonase firme, pero el tartamudeo final fue comprendido por el chico como que se estaba haciendo la difícil, así que decidió comenzar a darle pequeños besos por el cuello. Marizza sintió como su cuerpo se tensaba y colocó sus manos en el pecho de Joaquín para intentar separarle de ella.
Había visto que la chica se separaba de su hermana y los demás y, por puro instinto, se había obligado a seguirla. Estaba empezando a preocuparse, nunca le había pasado nada igual con una chica, pero Marizza despertaba sus instintos protectores y no quería perderla de vista. Había visto cómo la miraban unos cuantos y la chica no se merecía que la trataran como un trozo de carne con patas y ojos. ¡Y que ojos! Por eso había decidido ir tras esa. Por eso y por el extraño magnetismo que ella parecía tener sobre él.
Por el camino se había entretenido con unas cuantas personas, por lo que había terminado por perderla de vista. Se acercó a la puerta y preguntó a los dos porteros a ver si habían visto salir a Marizza de allí, a lo que ellos respondieron que no. Suspiró frustrado y comenzó a mirar a su alrededor, si no había salido a la calle tendría que estar por allí.
Estaba a punto de darse por vencido cuando vio a una pareja en un rincón y parecía que la chica forcejeaba intentando separarse del pesado en cuestión, por lo que decidió acercarse. Cuando estuvo junto a ellos vio que el pesado en cuestión no era otro que su amigo Joaquín y ella era Marizza, que se veía visiblemente incómoda y sin poder controlar la situación. Apartó al chico de ella y la atrajo hacia él, rodeándole los hombros con su brazo de manera protectora.
-Marizza, me ha dicho Mía que querías irte… -dijo el rubio mirando de manera desafiante a Joaquín que había estado a punto de quejarse de la interrupción.
Marizza no respondió en voz alta, aún estaba algo asustada, Joaquín no le había hecho nada, ni siquiera había llegado a besarla; pero la sensación de no poder hacer nada para alejarlo de ella la había puesto nerviosa. Ahora junto a Pablo se sentía más segura, pero aún así… La chica se limitó a asentir con la cabeza y murmurar unas palabras, que no llegaron a sobrepasar el volumen de la música, como única respuesta a la pregunta de Pablo. El rubio dirigió una última mirada a su amigo y condujo a Marizza hasta la calle.
La chica caminaba en silencio junto a Pablo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza agachada. El rubio la miraba de reojo intentando adivinar sus pensamientos.
-¿De verdad estás bien? –Marizza levantó la cabeza para mirarle- No te ha hecho nada ¿verdad?
-No, tranquilo… Estoy bien –la chica sonrió levemente.
-Por cierto, lo de irnos para casa ha sido una excusa ¿de verdad querías irte? Igual preferirías haberte quedado…
-No te preocupes… Prefiero marcharme. Tú si quieres puedes volver, la fiesta estaba bastante animada…
-¡Bah! –dijo él haciendo un gesto con la mano- Paso. Estoy mayor para fiestas…
Marizza rió y Pablo sonrió ampliamente al ver su radiante sonrisa; era la primera vez desde que habían salido del local que la veía sonreír y aquello le alegraba enormemente. La gente se había fijado aquella noche en ella, pero estaba seguro que ninguno se había fijado en los graciosos hoyuelos que salían en sus mejillas cuando sonreía abiertamente, ni en el brillo de sus ojos, ni en su risa cristalina.
Estuvieron todo el camino hacia casa hablando de tonterías; más bien, él se dedicaba a hablar y contarle historias sobre la universidad, mientras ella le escuchaba atentamente y reía de los líos que Pablo y sus amigos habían tenido en el instituto; por lo que parecía el chico había sido un pieza y conocía el despacho del director mejor que cualquier otra parte del colegio.
Subieron las escaleras y Marizza se paró junto a la puerta de la habitación de Mía.
-Pablo, muchas gracias por lo de antes –la chica sonrió- Aún no te las había dado.
-No tienes por qué darlas –dijo él- Sé que Joaquín es un capullo, en especial con las chicas… Debería habértelo advertido y nos habríamos ahorrado esto.
-Manuel ya me lo había dicho, además me ha pillado por sorpresa, ni siquiera sabía que estaba allí –vio como la expresión del rubio cambiaba y apretaba los puños. Había omitido ese dato antes- Pero lo importante es que llegaste, no creo que haya que darle más vueltas…
Marizza entró a la habitación y lo primero que hizo fue ponerse sus gafas. Fue una sensación maravillosa volver a ver todo con perfecta claridad, las ajustó bien en su cara y se miró en el espejo. La imagen que vio no se parecía en nada a ella, era como si hubiese ocupado el cuerpo de otra persona, y era una sensación que no le gustaba nada.
-El nuevo corte de pelo te queda bien, pero te prefiero con las gafas y los vaqueros que llevabas esta tarde –la voz del chico la pilló por sorpresa y le miró a través del espejo. Pablo sonreía.- Eres más tú… Eres diferente a las demás. Deja de esforzarte tanto en cambiar y demuéstrales a los demás cómo eres realmente…
Marizza siguió mirando a Pablo a través del espejo y, después de que el chico se despidiera de ella y le desease buenas noches, se quedó mirando a la puerta, al lugar que Pablo había estado ocupando. Después volvió a mirar su imagen. Siempre se había planteado que no lograría encajar si no cambiaba y ahora el rubio le decía que se había equivocado, que había enfocado todo desde el punto de vista inadecuado.
Capítulo 5: ¿Por qué te empeñas en ser como los demás si naciste para destacar?
Acababa de mirar la hora en su teléfono móvil: las 9:45. Estaba tumbada en el suelo, en la improvisada cama que habían preparado con un par de colchones para poder dormir las tres juntas. Llevaba despierta casi cerca de una hora y sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad que invadía la habitación, aún con la persiana bajada. A su lado Pilar dormía tranquilamente y de no ser porque notaba su respiración habría estado a punto de dudar si seguía con vida o no. Por su parte, Mía, que estaba al otro lado de la “cama” estaba sumida en un sueño algo intranquilo, notaba que la rubia se movía cada poco tiempo y de vez en cuando soltaba algún ronquido. Al principio le habían resultado graciosos y había estado a punto de reír, pero en ese momento ya se había acostumbrado a ellos.
La noche anterior se había encargado de llamar a las chicas para avisarlas que se había marchado a casa y que Pablo la había acompañado. Creía haber escuchado cierto tono de divertida picardía en la voz de Mía antes de colgar, pero seguramente lo habría imaginado. Además, era realmente estúpido. Estúpido e imposible. Ella tenía claro que un chico como Pablo jamás podría fijarse en ella; no era la chica que él merecía. Cuando imaginaba una chica para él imaginaba una universitaria guapa, extrovertida… A fin de cuentas, una chica completamente opuesta a ella. Sabía que ni siquiera podría soñar con tener a un chico como él, jamás. Era completamente absurdo, pero la noche anterior había estado pensando en la forma que Pablo tenía de mirarla. La hacía sentirse especial simplemente con posar sus ojos sobre ella y sonreír. La noche anterior había sido objetivo de varias miradas, y había una enorme diferencia entre la forma de mirarla de todos los chicos del local y la manera en la que Pablo la había observado a lo largo de toda la noche y más especialmente al llegar a casa.
Suspiró y cogió las gafas que descansaban junto a la almohada. Sería mejor que hiciese algo en vez de seguir pensando en todas esas tonterías que llenaban su cabeza. Salió de la habitación sin hacer ruido y caminó por el pasillo en silencio hasta llegar a las escaleras que llevaban al piso inferior. Entró en la cocina y abrió la nevera; sacó una botella de leche y la apoyó sobre la encimera. Después de cerrar el frigorífico, miró los múltiples armarios de la habitación y se preguntó en cuál de ellos podría encontrar un vaso.
-¿Debería preocuparme que una pelirroja en pijama registre mi cocina?
La voz hizo que se sobresaltara y que el vaso, que por fin había conseguido encontrar, se cayese de sus manos, estrellándose contra el suelo.
-Lo siento –pudo notar la vergüenza en la voz del chico antes de girarse a mirarle- No quería asustarte…
-No te preocupes –ella se giró y le dedicó una sonrisa- Es que no te había oído entrar… -miró a su alrededor y volvió a mirarle a él mordiéndose el labio inferior- Lo limpiaría, pero me he pasado un rato largo buscando los vasos… Así que me ayudaría que me dijeras dónde está la escoba.
-Deja, deja… -el chico sonrió más tranquilo- Ha sido mi culpa así que ya lo recojo yo.
El rubio sonrió y se acercó a una especie de despensa que había junto a la puerta, sacando la escoba y un recogedor, mientras ella se servía la leche en otro vaso que acababa de sacar.
Cuando se giró, se sorprendió al ver que el chico la estaba mirando fijamente y no pudo evitar sentirse nerviosa. Se sintió estúpida. Ponerse nerviosa porque Pablo la mirase era la cosa más tonta del mundo. Bueno, no. La cosa más tonta del mundo era llegar a pensar que, tras esas miradas, se escondía algo más.
-¿Te han dado mucha guerra las petardas con las que has compartido habitación? –preguntó el chico con una sonrisa.
-Bueno… -rió ella- Han llegado cerca de las 7 de la mañana y bastante perjudicadas…
-Ya, yo también las he oído mi hermana no es demasiado silenciosa cuando está sobria, así que cuando ha bebido… -el chico hizo una mueca graciosa y ella sonrió más ampliamente- Si nos hubiéramos quedado tal vez hubieses terminado igual…
-Lo dudo –sonrió Marizza- Yo iba a Coca-cola, así que…
-Chica sana, entonces… -ella asintió- Me gusta…
Marizza no pudo evitar ruborizarse ante el comentario y dio las gracias de que Pablo no la estuviera mirando en ese momento, porque no podría explicar el por qué de su sonrojo. El chico iba a añadir algo pero el timbre les interrumpió. Pablo salió hacia la entrada y ella fue tras él, vencida por la curiosidad. Pero como siempre dicen que la curiosidad mató al gato…
-¿Qué haces aquí?
Marizza se sorprendió al escuchar el tono brusco que adoptó la voz de Pablo. Ni siquiera podría imaginar cuál era el motivo de su enfado; hasta que éste entró por la puerta. Cualquier chica normal diría que era guapo y muy atractivo, pero, después del mal rato que había pasado con él la noche anterior, cualquiera de sus virtudes era tapada por aquel gran defecto.
Pablo miró a la chica, esperando su reacción, pero la pelirroja no se movió ni un milímetro; siguió allí parada, en silencio. Joaquín estaba hablando, pero él no le prestaba ninguna atención y pasarían cerca de un par de minutos antes de que su amigo se diese cuenta de que no le escuchaba. Fue en ese momento cuando Joaquín se fijó en la menuda pelirroja que había cerca de ellos, aunque ni siguiera posó sus ojos sobre ella más de unos segundos; después volvió a mirar a Pablo. No era una chica fea, pero sin duda, el estilo de chicas con las que el rubio solía estar era muy diferente.
-Podías haberme dicho que estabas acompañado… Como anoche te vi marcharte con la amiga de tu hermana y luego no volví a verte no pensé que…
-Joaquín, ella es Marizza, la amiga de Mía…
-¡Ah! Vaya… La recordaba diferente –miró de nuevo a la chica y entrecerró los ojos intentando recordar- ¡Hola!
Marizza alzó una ceja y dirigió una mirada a Pablo. El chico le dedicó media sonrisa a modo de disculpa, por la forma de ser de su amigo. Ella le devolvió la sonrisa y después subió las escaleras, en dirección a la habitación de Mía, para dejar a los dos chicos hablar a solas.
-Te lo vuelvo a preguntar ¿Qué haces aquí? –preguntó Pablo cuando la chica había desaparecido escaleras arriba.
-Venía a verte… No pensé que fuese mal recibido en esta casa –Joaquín se encogió de hombros- Además, yo debería ser el que estuviera enfadado contigo. Después de lo que me hiciste anoche… -dijo el chico algo enfadado.
-¿De lo que te hice? ¡No me hagas reír! ¿Qué pensabas que estabas haciendo? En momentos como estos es cuando estoy de acuerdo con el novio de mi hermana y pienso que eres un capullo.
Joaquín miró a Pablo, ofendido, y sin decir nada más se dio media vuelta y salió de la casa. Cuando su amigo se marchó, Pablo cerró la puerta y subió las escaleras. Entreabrió la puerta de la habitación de las chicas y asomó la cabeza, pero lo único que vio fue a Mía y Pilar profundamente dormidas acurrucadas en una esquina de la cama, teniendo libre el resto.
-No quería entrar y arriesgarme a despertarlas…
Pablo no pudo evitar sobresaltarse al escuchar la voz de la pelirroja a su espalda, aunque la chica había hablado apenas en un susurro. Cerró la puesta suavemente para no despertar a las chicas y se giró para mirar a Marizza.
-Os he oído discutir… No quiero que te enfades con tu amigo por mi culpa…
-¿Tu culpa? Marizza, lo que pasó anoche no fue culpa tuya…
Pablo caminó hacia su habitación y Marizza le siguió. Cuando llegaron se quedó mirando a su alrededor. Las paredes del cuarto estaban completamente cubiertas por posters de grupos musicales y equipos de fútbol, había también unos cuantos carteles de conciertos y fotos, un montón de fotos.
-En parte sí ¿sabes? –ella siguió hablando mientras estudiaba toda la habitación- Quería sentirme guapa y especial por una noche… Supongo que en el fondo estaba buscando eso; que un chico guapo y mayor se fijase en mí, para variar…
-¡No digas tonterías! –el tono de voz de Pablo sonó ligeramente enfadado y eso llamó su atención- Nunca tienes que sentirte culpable por algo así… Y lo de sentirte guapa y especial… -la voz de Pablo se suavizó notablemente- Ya lo eres –Marizza notó como se ruborizaba y volvió a mirar hacia las paredes, intentando distraerse- ¿Sabes? Desde que te vi un día que fui a acompañar a Mía y Pilar supe que había algo en ti que te hacía especial, completamente diferente al resto… Eres tan distinta a todas las chicas de dieciséis años que conozco…
Marizza se giró de nuevo para mirarle y se sorprendió al ver que Pablo estaba apenas a un par de pasos de ella.
-¿Y eso es bueno? –preguntó ella tímidamente.
-¡Por supuesto! –él sonrió- Tienes algo que atrae… Te lo digo en serio –dijo él al ver que la chica agachaba la cabeza- Tienes esos ojos enormes y tu sonrisa… Eso son cosas que no puedes conseguir con maquillaje o ropa ajustada.
-Pero eso no es algo en lo que la gente se fije normalmente… -repuso ella.
-Eso es porque la mayoría no se fija en lo realmente importante. –Sonrió- Antes yo también buscaba eso en una chica. No quería estar con una chica lo suficientemente lista como para que se diese cuenta de que sólo buscaba una cosa. Pero al final aburre.
-Seguro… -Marizza puso los ojos en blanco.
-Es verdad –sonrió Pablo- Llega un momento que te sientes vacío. Comienzas a buscar algo más. Ya no sólo buscas un envoltorio bonito con el que pasar un buen rato. Buscas un interior bonito con el que pasar buenos y malos ratos. Buscas una chica con la que compartir más que unas horas y una cama.
-No creo que los chicos del instituto piensen igual… -Marizza miró como el chico hacía su cama.
-Eso es porque en el instituto, los chicos, bueno, y a veces también las chicas, solemos ser bastante insustanciales…
-¡Eh! –se quejó ella con un divertido tono de indignación.
-Por eso digo que tú eres diferente –él sonrió mirándola de reojo- La verdad, a ti no te pega eso de salir por ahí a arrasar. No te ofendas…
-No lo hago –ella sonrió- Pero ¿qué te dice que no sería capaz?
-Tu comportamiento anoche –él sonrió y se sentó en el borde de la cama- Conozco a varias amigas de Mía y ninguna habría rechazado a Joaquín –ella iba a decir algo, pero Pablo le cortó- Aunque no lo digo por eso. Vi en tu mirada que te sentías fuera de lugar e insegura, por mucho que intentaras disimularlo.
-Nunca se me ha dado bien disimular…
-No hace falta que lo jures –rió Pablo- Daban ganas de sacarte de allí.
-Al final lo hiciste… -ella sonrió.
-Y lo hubiese hecho antes si hubiera sabido cómo iba a ir la cosa…
Él iba a seguir hablando pero el sonido de su teléfono móvil le interrumpió. Se quedó mirando la pantalla un momento y después miró a Marizza.
-He de salir un momento… ¿Te importa quedarte sola?
-¿Eh? No, claro que no… -ella sonrió.
-Como si estuvieras en tu casa…
Marizza sonrió y salió de la habitación para dejar que Pablo se cambiase de ropa. Bajó al salón y se acomodó en el sofá, cogió una de las revistas de Mía y comenzó a hojearla desinteresadamente. Apenas unos quince minutos después el rubio bajó las escaleras, aún con el pelo mojado, por la ducha.
-Volveré para la hora de comer. No creo que esas dos te incordien demasiado, suelen dormir hasta bastante tarde… Nos vemos luego.
Pablo le dedicó una sonrisa, que Marizza devolvió, y después salió por la puerta. Cuando el chico hubo salido, la pelirroja alargó el brazo para coger el mando a distancia, que descansaba sobre una mesa de café, y encendió la televisión. Se tumbó en el sofá para estar más cómoda y se dispuso a buscar algún programa medianamente interesante en el televisor; pero, casi en el mismo instante en el que sus ojos se centraron en la pantalla, su mente empezó a divagar acerca de su conversación con Pablo, recordando cada gesto y palabra del chico, cada sonrisa y cada mueca, intentando buscar algo más. Después de un rato se sintió estúpida, Pablo y ella eran completamente incompatibles, y ella era tonta por intentar imaginar cualquier tipo de historia romántica entre ambos. Por mucho que el rubio hubiera dicho que ahora buscaba algo más, ella no terminaba de creérselo; y tampoco quería hacerlo, porque si lo hacía, eso sólo alimentaría sus esperanzas, algo que, definitivamente, no era nada inteligente por su parte.
Capítulo 6: Confesiones
Le había extrañado recibir un mensaje de ella; no solía hacerlo ni cuando salían juntos. Pero ahí estaba, sentado en el parque de siempre, en el banco de siempre, esperando a que Paula llegara. Había notado cierta urgencia en el mensaje de la morena, algo que volvía a ser raro en ella. La chica nunca solía pedir ayuda a nadie, tampoco le gustaba hablar demasiado de sus sentimientos, y desde que habían dejado de salir sólo hablaban en contadas ocasiones… Cuando se cruzaban el la universidad, en las fiestas y poco más… La personalidad de la chica no le había calado lo más mínimo, por lo que ni siquiera hacía esfuerzos por mantener una amistad que nunca había llegado a existir. En eso envidiaba a su hermana, sabía que su relación con Manuel se basaba en la amistad que los unía antes de empezar a salir.
Paula y él empezaron su historia en una fiesta en la que los dos habían bebido de más, ambos se atraían físicamente y el alcohol hizo el resto. No había que darle más vueltas al asunto. Nunca tuvieron una relación de confianza, de hecho, Pablo prefería contarle sus problemas a cualquiera antes que contárselos a Paula; y ella siempre había hecho lo mismo. Por eso ahora estaba tan confuso de haber recibido aquel mensaje. Bueno, confuso y molesto. Conocía a Marizza de poco tiempo, pero sabía que sacarle unas cuantas palabras no era tarea sencilla, y ahora que parecía que empezaban a congeniar y que la chica parecía perder su timidez ante él había tenido que irse de casa dejándola sola.
-¿Se puede saber qué te ha pasado con Joaquín?
Pablo levantó la cabeza al escuchar la voz de Paula. La morena se sentó junto a él en el banco, esperando una respuesta. El rubio suspiró pesadamente, odiaba eso; ahora que los tres eran amigos, cada vez que se enfadaba con Joaquín tenía que aguantar a Paula intentando reconciliarles. No es que le importase, de hecho la mayor parte de las veces era de agradecer el tener un mediador en sus, comúnmente, estúpidas discusiones. Pero esa vez era diferente, el motivo no era ninguna tontería y no quería tener que explicarle nada a ella porque, aunque su relación no había sido ideal, Paula siempre había sabido ver dentro de él y eso, en ocasiones como aquella, le desquiciaba.
-Vale –suspiró la chica- ¿Cómo se llama?
-¿Cómo se llama quién?
-La chica –respondió ella como si fuese obvio. Pablo la miró extrañado- Porque esto es por una chica ¿no? ¿Cómo se llama?
El rubio se preguntó si realmente era tan transparente para todo el mundo o si sólo le pasaba eso con Paula porque le conocía demasiado bien. Con su hermana también le pasaba, Mía siempre sabía en qué estaba pensando y eso siempre ayudaba a la hora de hablar sobre cualquier cosa. Pero Paula no era Mía, ni a él le apetecía hablar de sus sentimientos hacia Marizza con su exnovia.
-Venga, Pablo… Deja de hacerte el interesante.
-No la conoces –respondió él por fin.
-Eso no tiene nada que ver –dijo ella mirándole detenidamente- La cosa es que te ha dado fuerte. Tienes ojeras –observó tranquilamente- Has pasado la noche despierto –no era una pregunta- Y de la fiesta te fuiste pronto…
-Eres un lince… -dijo Pablo haciendo una mueca de desagrado- Sí, he pasado la noche despierto, pero a ti no te importa.
-Vamos… Para que Joaquín y tú estéis enfadados debe haber sido por algo importante y ella debe gustarte en serio para tenerte toda la noche sin dormir.
Pablo suspiró pesadamente y se decidió por mirar a Paula directamente, intentando buscar la doble intención que siempre había en ella. Pero no la encontró. Paula le miraba con preocupación sincera y escrutaba su rostro buscando una respuesta que él no parecía dispuesto a darle.
-¿Te acuerdas de la amiga de mi hermana?
-¿La morenita? Pilar se llamaba ¿no? –respondió ella con gesto pensativo.
-No, ella no… La otra amiga de mi hermana que estaba ayer en la fiesta.
-¿La pelirroja fresca? –preguntó al caer en la cuenta.
-¡No es una fresca! –se levantó del banco mirándola con indignación y los puños apretados.
-Lo siento –Paula se levantó también temiendo haber roto el primer momento de confidencias que conseguía tener con Pablo, al menos fuera de la cama- Es que como Joaquín me dijo que…
-¿Qué te dijo ese gilipollas?
-Tranquilízate ¿sí? –posó la mano sobre su brazo- Sólo me dijo que… Bueno… -ella pareció dudar pero la mirada de Pablo le aconsejó que era mejor seguir- Pues que iba calentando a todo el bar y que luego… A la hora de la verdad… -se mordió el labio inferior.
-A la hora de la verdad se lo tengo que quitar de encima y llevármela a casa asustada.
-¡Oh! No sabía eso… Bueno, supongo que Joaquín creería que…
-Me da exactamente igual lo que él creyese, Paula. –Pablo volvió a sentarse y ella junto a él- No era más que una niña intentando encajar y él un energúmeno que no sabe lo que es un no.
-Igual él malinterpretó…
-Paula, no intentes disculparle –la miró- Un no es un no. Y aunque puedas malinterpretarlo, los forcejeos dejan las cosas bastante claras.
-Joaquín no me lo contó así anoche… Me dijo que parecía algo insegura pero que estaba seguro de que… Bueno… -se calló un segundo- Dice que de no haber llegado tú habría sido distinto.
-Si no me hubiese enterado en ese momento y lo hubiera hecho después te aseguro que no estarías aquí conmigo, sino visitando a Joaquín en el hospital.
Paula le dedicó una sonrisa llena de ternura, como nunca le había dedicado y le colocó bien un mechón de pelo rebelde.
-Estás enamorado.
-No –dijo él haciendo una mueca.
-Pablo, no era una pregunta –ella rió- Se te nota en la cara, esa niña te gusta en serio.
-Puede que me guste un poco –Paula le miró fijamente- Bueno, puede que mucho. Pero no puedo estar enamorado de una persona con la que apenas he hablado.
-Pero sí te has pasado la noche sin dormir pensando en ella…
El rubio agachó la cabeza ante la observación de la morena y se quedó pensativo unos instantes. Nunca había pasado una noche sin dormir pensando en una chica, esa noche había sido la primera, aunque no lo admitiría. Se había pasado las horas pensando en si ella podría dormir, en si estaría bien después del encuentro con Joaquín… De hecho estuvo a punto de levantarse un par de veces para asegurarse; y, cuando decidió ir a ver, fue cuando Pilar y su hermana llegaron a casa con la borrachera puesta y ganas de fiesta. Lo que Marizza le hacía sentir era extraño y mucho más teniendo en cuenta que casi no la conocía.
Después de dejar a Paula estuvo toda la mañana paseando, postergando todo lo posible la vuelta a casa. Quería pensar fríamente todo lo que había pasado en tan poco tiempo. Sabía que si volvía a casa antes de comer tendría que encontrarse con la pelirroja, Pilar y su hermana acostumbraban a despertarse a las dos de la tarde, y él necesitaba estar, aunque sólo fuera un rato, a solas. Necesitaba ordenar sus ideas y recuperarse del extraño encuentro con Paula. Era raro ver como, cuando estaban juntos nunca tuvieron una conversación realmente profunda, y, ahora, que ni siquiera eran los mejores amigos, ella le había hecho comprender que con Marizza estaba empezando a pasarle algo, algo que no podía controlar. Algo que, realmente, no quería controlar. Pero debería hacerlo. Por ella. Marizza no podría encontrar nada mínimamente interesante en él, vería en Pablo a un chico más, normal y corriente y que no tenía nada que aportarle. Marizza era especial y, por lo tanto, necesitaba a alguien igual de especial a su lado.
Abrió la puerta de casa como pudo, puesto que para hacer tiempo había pasado por el supermercado para buscar algo para comer. La casa estaba tranquila y prácticamente en silencio; Pilar y Mía seguirían en la cama. A sus oídos llegó el suave sonido del televisor y, después de dejar las compras en la cocina, se encaminó al salón. Supuso que Marizza habría puesto la tele para entretenerse el rato que el había estado fuera. Cuando entró, descubrió a la menuda pelirroja echa un ovillo en el sofá, profundamente dormida. Sonrió con ternura y la tapó cuidadosamente con una manta. Se agachó junto al sofá y colocó su cara a la altura de la de la chica para observarla mientras dormía. Estaba incluso más guapa que despierta, tenía ese aire de fragilidad que le había hecho fijarse en ella desde el primer momento. Fue en ese momento en el que recordó una frase que su padre le había dicho una vez. Pablo, cuando empezó a salir con Paula, le preguntó a su padre cómo se podría saber si uno estaba enamorado, si había algo más que pasión… Su padre le respondió que él supo que estaba enamorado de su madre el día que la vio dormir y le pareció la criatura más hermosa del mundo.
El rubio se incorporó pasándose las manos por la cara con nerviosismo. Decidió que era mejor dejar de mirarla y dedicarse a preparar la comida. Lo único que necesitaba era tomar algo de distancia para que se le pasara la tontería y eso lo conseguiría cuando Marizza se fuese después de comer. Después, con poner excusas para no llevar a Mía al colegio durante un tiempo y no estar en casa cuando ella fuera todo se solucionaría… Después de un par de meses sin verla seguramente todo volvería a la normalidad. Sólo tendría que aguantar como mucho un par de horas más. En el piso superior se escuchaba ruido y Mía, Pilar y sus quejidos no tardarían en aparecer por las escaleras; así que, sería mejor aparentar normalidad e ir a hacer la comida.
No se equivocó, apenas cinco minutos después las dos chicas aparecieron en la cocina, con la cara demacrada, el pelo revuelto y arrastrando los pies; signo inequívoco de que la noche había sido bastante buena.
-¿Dónde está Marizza? –preguntó su hermana con la voz algo ronca.
-Está en el salón, yo acabo de llegar y he escuchado el sonido de la televisión…
El rubio intentó fingir normalidad e indiferencia y la rubia le miró algo extrañada por esa frialdad. Le había parecido que Marizza y su hermano habían conectado bastante bien; de hecho, Pablo había sido muy cálido y amable con ella el día anterior.
Pilar y Mía se miraron mutuamente y después de encogerse de hombros salieron de la cocina para dejarle preparar la comida tranquilo. Cuando el rubio se quedó solo, se concentró, simplemente, en preparar la comida, sin pensar en nada, ni en nadie, más. Cuando la comida estuvo preparada llamó a las chicas que, en apenas unos segundos, llegaron a la cocina. Marizza tenía un aspecto somnoliento aún y él no pudo evitar sonreír. El rubio estaba bastante absorto en sus pensamientos, por lo que no se dio cuenta del cruce de miradas y sonrisas entre su hermana y Pilar.
-Marizza ¿Te quedas a dormir esta noche también?
La pelirroja levantó la cabeza para mirar a Mía, algo sorprendida por lo repentino de la pregunta.
-Di que sí –intervino Pilar- Total, en casa no vas a hacer nada ¿no? Esta noche nos quedaremos en casa, veremos unas pelis… Será divertido –sonrió.
-Supongo que sí que podría quedarme…
-Pablo, puede quedarse ¿verdad?
El rubio miró a su hermana. De repente todo su plan de perder de vista a Marizza en un par de horas se había ido al traste, además tampoco podía decirle que no se quedara. Mía le miraba con una de sus mejores sonrisas, la había visto utilizar esa sonrisa en anteriores ocasiones y sabía que al final iba a terminar cediendo.
-Claro –el chico asintió con la cabeza- Sin problemas.
-Entonces ¡Noche de chicas! –sonrió Pilar
-Un momento –dijo Pablo- Yo no voy a salir, así que no penséis en adueñaros de la casa…
-¿No vas a salir? ¡Jo, Pablo! No es una noche de chicas si hay un chico en casa –se quejó Mía.
-Lo siento, no me voy a marchar de casa a ningún sitio porque a ti te apetezca.
-¿Por qué no sales con el idiota de Joaquín y la insípida de tu ex? Seguro que te lo pasas bien.
-No insultes a Paula –esa mañana el concepto que tenía de la chica había cambiado completamente para él- Además, no, no voy a salir. No vas a echarme de mi propia casa. Si queréis os quedáis en tu cuarto y yo no os molesto, pero nada de tenerme encerrado en mi habitación.
Mía hizo una mueca de disgusto que Pablo supo interpretar como una rendición. Ahora él tendría que asimilar la idea de que Marizza pasaría más tiempo en su casa del esperado; pero, si las chicas pasaban la noche en su habitación, él podría intentar no pensar en la pelirroja.
