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ESCANDALO DE PRIMAVERA CAP 1

September 2 2008 at 10:12 PM
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anonimo  (no login)

Hola aquios dejo el primer capi, aunque no se si seguirla pq apenas hay comentarios. vosotras decidis si quereis qla siga. bss lindas y disfruten.

CAPITULO 1
-No debería contártelo- se reprochó Paloma mientras paseaba de un extremo a otro del salón de Marsden aquella misma tarde-. En tu estado no debería alterarte, pero no puedo guardármelo para mí o explotaré, lo cual, probablemente, te alteraría mucho más.

Su hermana mayor levantó la cabeza del reconfortante pecho de lord Colombo.
-Cuéntamelo- declaró Allegra mientras tragaba saliva para aplacar, una vez más, las nauseas que sentía-. Lo que de verdad me altera es que me oculten cosas.

Allegra estaba reclinada en el sofá, con la cabeza apoyada en el brazo de Colombo, quien introducía en su boca con una cuchara trocitos de hielo con sabor a limón. Ella cerró los ojos mientras tragaba y sus pestañas oscuras contrastaron con sus mejillas pálidas.

-¿Estas mejor?- Preguntó Felipe con dulzura mientras secaba una gota que asomaba por la comisura de sus labios.

Allegra asintió con la cabeza, aunque seguía estando pálida.
-Si, creo que ayuda. ¡Uf! Será mejor que reces para que sea niño, Colombo, porque esta será tu única oportunidad de tener un heredero. No pienso volver a pasar por esto nunca más.
-Abre la boca- La animó él mientras le acercaba más hielo aromatizado.

Cualquier otro día, Paloma se habría emocionado al contemplar la vida privada de los Colombo. No resultaba habitual ver a Allegra tan vulnerable ni a Felipe tan amable y pendiente de ella. Sin embargo, Paloma estaba tan concentrada en sus propios problemas que apenas percibió aquel detalle y soltó:

-Nuestro padre me ha dado un ultimátum. Esta misma noche él…
-Espera- pidió Felipe en voz baja mientras cambiaba de posición para sostener mejor a Allegra.

A continuación, la ayudó a volverse de lado y ella se reclinó todavía más en él mientras una de sus manos blancas y delicadas se apoyaba sobre su barriga. Felipe murmuró algo junto al cabello de su esposa y ella asintió y suspiró.
Cualquiera que presenciara los tiernos cuidados que Felipe le daba a su joven esposa, no podría evitar darse cuenta de los evidentes cambios que se habían producido en el conde, a quien siempre se le había considerado un hombre frío. Ahora Felipe resultaba mucho más accesible, sonreía más, reía más y sus criterios acerca de lo que constituía un comportamiento adecuado se habían relajado de forma considerable, lo cual era una buena cosa si uno se deseaba tener a Allegra por esposa y a Paloma como cuñada.
Los ojos de Felipe, que eran de un tono marrón tan oscuro que parecían negros, se entrecerraron un poco mientras observaba a Paloma.

Paloma supo leer en ellos su deseo de proteger a Allegra de cualquier persona o cosa que pudiera alterar su tranquilidad.
De repente, Paloma se sintió avergonzada por haber ido corriendo a describirle a su hermana las injusticias que su padre estaba cometiendo con ella. Debería haberse guardado para ella sus problemas en vez de recurrir a su hermana mayor como si fuera una niña chivata. Sin embargo, en aquel momento los ojos marrones de Allegra se abrieron y la miraron de una forma cálida y sonriente mientras miles de recuerdos de la infancia danzaban en el aire entre ellas. La intimidad que existía entre las hermanas era algo que ni siquiera el marido más protector podía evitar.

-Cuéntame- pidió Allegra mientras se acomodaba en los brazos de Felipe- ¿Qué te ha dicho el ogro?
-Que si no encuentro un marido antes de finales de mayo, él elegirá a uno por mí. Y adivina en quien esta pensando. ¡Inténtalo!
- No me imagino quien puede ser- contestó Allegra- Nuestro padre no aprueba a nadie.
-¡Oh sí que aprueba a alguien!- replicó Paloma en tono inquietante.- Hay una persona a quien nuestro padre aprueba al ciento por ciento.

Llegados a aquel punto, incluso Felipe empezó a estar interesado.
-¿Es alguien que conozco?- preguntó Felipe.
-Pronto lo conocerá- respondió Paloma-. Mi padre lo ha hecho llamar. Llegará a Hampshire la próxima semana para la caza del ciervo.
Colombo repasó mentalmente los nombres que Gino Riganti le había pedido que incluyera en la lista de los invitados a la caza de primavera.
-¿El norteamericano?- preguntó-. ¿El señor Fiztwalden?
-¡Exacto!

Allegra observó a Paloma con incredulidad. A continuación, ocultó el rostro en el hombro de su marido y soltó un grito ahogado. Al principio, Paloma temió que estuviera llorando, pero enseguida resultó evidente que Allegra se estaba riendo y que no podía contenerse.

-No…, de verdad…! Qué absurdo! Tú nunca podrías…
-No lo encontrarías tan divertido si fueras tú quien tuviera que casarse con él- comentó Paloma con el ceño fruncido.
Felipe miró a las dos hermanas de forma alternada.
-¿Que tiene de malo el señor Fiztwalden? Por lo que vuestro padre me ha contado, parece un hombre bastante respetable.
-Todo es malo en él- respondió Allegra mientras soltaba una última risotada.
-Pero tu padre lo aprecia-replicó Felipe
-¡Bueno!- exclamó Allegra con sorna- Mi padre se siente halagado por la forma en que el señor Fiztwalden intenta emularlo y hace caso de todo lo que él dice.

El conde reflexionó acerca de las palabras de su esposa mientras le daba en lo labios otro hielo aromatizado.

-¿Tu padre esta equivocado cuando afirma que el señor Fiztwalden es inteligente?- preguntó a Paloma.
-No, El señor Fiztwalden es inteligente-admitió ella-, pero no se puede mantener una conversación con él. El señor Fiztwalden formula miles de preguntas y absorbe todo lo que uno le contesta sin ofrecer nada a cambio.
-Quizás sea tímido- contestó Felipe
Paloma se echó a reír sin poderlo evitar.
-Le aseguro, milord, que el señor Fiztwalden no es tímido. Él es…
Paloma se interrumpió pues le resultaba difícil expresar sus sentimientos con palabras.

La frialdad intrínseca de Franco Fiztwalden iba acompañada de un aire insufrible de superioridad. No se le podía decir nada, él lo sabía todo. Como Paloma había crecido en una familia en la que abundaban los caracteres inflexibles, no sentía el menor interés en introducir a otra persona rígida y discutidora en su vida.
En su opinión el hecho de que el señor Fiztwalden encajara tan bien con su familia no era un dato a su favor.
Quizás Fiztwalden le habría resultado más tolerable si hubiera algo atractivo o encantador en su persona. Pero, el señor Fiztwalden no había sido agraciado con ningún rasgo dulcificador, ni en cuanto a su carácter ni en cuanto a su físico. No tenía sentido del humor, no era amble y para colmo, físicamente era muy desgarbado. El señor Fiztwalden era alto y desproporcionado y tan nervudo que sus extremidades parecían estar hechas de pura fibra. Paloma recordaba como colgaban los abrigos de sus anchos hombros, como si no hubiera nada debajo.

- En lugar de deciros lo que no me gusta de él-respondió Paloma al fin- será más fácil que le diga que no existe ninguna razón por la que pudiera gustarme.
-Ni siquiera es físicamente atractivo-añadió Allegra- Es un autentico saco de huesos.

Allegra le dio unas palmaditas en el musculoso pecho de Felipe en silenciosa alabanza de su físico vigoroso. Felipe parecía estar divirtiéndose.

-¿Fiztwalden tiene alguna característica que lo salve?

Las dos hermanas reflexionaron acerca de aquella cuestión.

-Tiene unos dientes bonitos- contestó Paloma de mala gana.
-¿Cómo lo sabes?-preguntó Allegra-. ¡Si nunca sonríe!
-Sois muy duras con él-indicó Felipe-. Sin embargo el señor Fiztwalden puede haber cambiado desde la última vez que lo visteis.
-No tanto como para que acepte casarme con él.-contestó Paloma.
-No tienes que casarte con Fiztwalden si no lo deseas- indicó Allegra mientras se agitaba entre los brazos de su marido-. ¿No es cierto, Felipe?
-Claro amor mío- murmuró él mientras le apartaba el cabello del rostro.
-Y tú nunca permitirías que mi padre alejara a Paloma de mi lado-continuó Allegra.
-Claro que no. Siempre se puede negociar.

Allegra se relajó en los brazos de su marido. Tenía una confianza absoluta en sus habilidades.

-Ya esta- murmuró Allegra a Paloma-. No tienes por qué preocuparte. ¿Lo ves? Felipe lo tiene todo…- Allegra se interrumpió y bostezó- bajo control.

Al ver que los parpados de su hermana se cerraban, Paloma sonrió con comprensión, miró a Felipe por encima de la cabeza de Allegra y le hizo un gesto para decirle que se marchaba. Él respondió con un gesto de sentimiento y volvió a centrar su atención en su esposa dormida. Paloma no pudo evitar preguntarse si algún día algún hombre la miraría así, y sentiría su peso como el mayor de los tesoros.
Paloma estaba segura de que Felipe la ayudaría tanto como pudiera, aunque solo fuera por el bien de Allegra. Sin embargo su fe en el conde se veía disminuida por su conocimiento de la voluntad inflexible de Gino.
Aunque se enfrentaría a él con todos los medios a su alcance, Paloma tenía el presentimiento de que no lo tenía todo a su favor.

Paloma se detuvo en la puerta y se volvió para ver a la pareja con una mirada de preocupación. Allegra se había quedado dormida sobre su marido. Felipe percibió la mirada triste de Paloma y arqueó una ceja en forma significativa.

-Mi padre…-empezó Paloma y se detuvo al recordar que Felipe era socio de su padre y no resultaría adecuado acudir a él con sus quejas. Pero la paciencia que reflejaba el rostro del conde la animó a continuar- Me ha dicho que soy un parasito-terminó Paloma en voz baja para no despertar a su hermana- Me ha preguntado en qué se ha beneficiado el mundo de mi existencia o qué he hecho yo por los demás.
-¿Y tú que le has contestado?- Preguntó Felipe
-Yo…no se me ha ocurrido nada.
Los ojos del conde parecían insoldables. Él le indicó con un gesto que se acercara al sofá y ella le obedeció. Para sorpresa de Paloma, Felipe le cogió la mano y se la apretó con calidez. El conde, que solía ser reservado y distante, nunca había hecho ningún gesto semejante.
- Paloma-declaró Felipe con suavidad- la mayor parte de las vidas no se distinguen por sus grandes logros, sino por una infinidad de logros pequeños. Cada vez que haces algo amable por alguien o consigues que sonría, aportas significado a tu vida. Nunca dudes de tu valía, amiguita. El mundo sería un lugar sombrío sin Paloma Riganti.
………………………………………………………………..
Pocas personas pondrían en duda que Stony Cross Park era uno de los lugares más bonitos de Inglaterra. La comarca de Hampshire contenía una variedad infinita de paisajes, desde bosques a campos húmedos y cubiertos de flores vistosas, ciénagas y una gran casa solariega construida sobre un risco y con vistas al río Itchen.
En aquella época todo estaba florecido, los saltamontes brincaban por el campo y las libélulas se sostenían en el aire sobre los pétalos blancos de las flores de los tréboles del agua. El aire olía a primavera y la atmósfera estaba saturada del aroma del arbusto de boj.

Después de doce horas de viaje en carruaje, que Allegra describió como un paseo a través del infierno, los Colombo, los Riganti y un buen número de invitados que los seguían parecieron sentirse aliviados al llegar por fin a la finca.
El cielo tenía otro color en Hampshire, de un azul suave, y el aire lo envolvía a uno con calma y felicidad. El silencio era otro de sus muchos alicientes. Tan solo el gorjeo de los pájaros y el chapoteo de estos en el lago.

Allegra, para quien el campo constituía antes un aburrimiento mortal se sintió de nuevo muy feliz de estar en la finca. El aire de Stony Cross Park le sentaba bien y después de la primera noche en la casa, Allegra se sintió mejor de lo que se había sentido en semanas. Ahora que su embarazo ya no podía disimularse con vestidos de talle alto se veía obligada a un confinamiento sin poder mostrarse en público. Sin embargo, en su propia finca disponía de una libertad relativa aunque debía limitar su trato con los invitados a reuniones en pequeños grupos.

Paloma se sintió feliz al comprobar que la habían instalado en su dormitorio preferido. La pintoresca habitación había pertenecido a la hermana menor del conde, lady Luna, que en aquel momento vivía en Norteamérica con su esposo y su hijo. La característica más atractiva de aquella estancia es que tenía una salita adjunta con un diván ideal para echar una siesta o leer.
Acomodada con uno de sus libros en aquel diván, Paloma se sintió como si estuviera escondida del resto del mundo. ¡Si se pudiera quedar allí y vivir para siempre con su hermana! Pero, incluso a pesar de ello, Paloma sabía que nunca sería completamente feliz de aquella forma. Ella quería tener su propia vida, su propio marido e hijos.
Por lo que recordaba aquella era la primera vez que ella y su madre actuaban como aliadas contra un mal común: evitar el deseo de su padre de casarla con el señor Fiztwalden.

-¡Ese horrible joven!- Había exclamado Marilyn- Estoy segura de que ha sido él quien le ha metido esa maldita idea en la cabeza de tu padre. Siempre he sospechado de él…
-¿Sospechado qué?- le apremió Paloma, pero su madre no contestó y siguió con gesto enfadado.
Marilyn estudió con atención la lista de invitados e informó a su hija del gran número de posibles pretendientes que acudirían a la finca.
- Aunque no sean herederos directos de un titulo, dos de ellos proceden de familias nobles- explicó Marilyn- ¡y nunca se sabe! A veces ocurren desastres, enfermedades…varios miembros de una familia pueden desaparecer de golpe y entonces tu marido seria un lord por ausencia de otros candidatos.
Esperanzada en sus propias palabras, Marilyn examinaba una y otra vez la lista de invitados.

Paloma esperaba con impaciencia la llegada de su amiga Laura y lord Diego, quienes se unirían a ellos a lo largo de la semana. Echaba de menos a Laura con toda su alma, sobre todo desde que Jazmín estaba tan ocupada con su bebe y Allegra se movía demasiado despacio para acompañarla a dar un paseo.

Después de tres días desde su llegada a Hampshire, una tarde Paloma salió sola a dar una vuelta. Tomó un sendero que había recorrido varias veces en visitas anteriores. Ataviada con un vestido de muselina azul claro estampado con flores y con unas botas robustas de paseo, Paloma avanzó por el sendero mientras balanceaba con la mano un sombrero de paja que sostenía de las cintas de contención.
Mientras caminaba por el sendero de tierra húmeda que transcurría junto a unos campos cubiertos de flores rojas y amarillas, Paloma reflexionó sobre su problema.
¿Por qué le costaba tanto encontrar un marido?
La razón no estaba en que no quisiera enamorarse. De hecho, estaba tan predispuesta a enamorarse que le parecía muy injusto no haber encontrado a nadie hasta entonces. ¡Lo había intentado! Pero siempre había algo que no le gustaba.
Si su caballero tenía la edad apropiada, era muy pasivo o presuntuoso. Si era amable e interesante, o era tan viejo que podía ser su abuelo o tenía un problema muy molesto, como estar siempre de mal humor o salpicarla de saliva al hablar.

Paloma sabía que no era una gran belleza. Era demasiado baja y delgada y aunque todo el mundo alababa sus ojos oscuros y su cabello oscuro que contrastaba con el tono claro de su piel, también había oído calificativos como menuda y picaruela aplicados a su persona. El número de pretendientes que ella atraía era muy inferior al de mujeres de mayor estatura. Y ya ni siquiera se molestaba en comprarse con mujeres de belleza escultural o las de cuerpo menudo pero exuberante.
También se decía que Paloma pasaba demasiado tiempo entre libros, lo cual probablemente era cierto. Si pudiera se pasaría la mayor parte del tiempo leyendo y soñando. Por lo que cualquier noble sensato concluiría sin duda que Paloma no sería una esposa eficiente en cuestiones del hogar.
A Paloma no le importaba el contenido de la despensa o el tipo de jabón para la colada diaria. Le interesaban mucho más las novelas, la poesía y la historia. Estas lecturas desataban su imaginación y le permitían vivir aventuras exóticas en lugares lejanos.
También soñaba con caballeros a los que guiaba en valerosas hazañas. Estos hombres imaginarios eran mucho más excitantes e interesantes que los reales, hablaban mejor y besaban de una forma más apasionada.
Claro que Paloma no era tan inocente como para creer que esos hombres existían de verdad, aunque con todas esas imágenes en su cabeza hacían que los hombres reales le parecieran terriblemente…aburridos.

Paloma llegó pronto al objetivo que buscaba con su paseo, un pozo alimentado por un manantial que las Floreros, así se llamaban a sí mismas ella y sus amigas entre quien se incluía su hermana, habían visitado en varias ocasiones. Se trataba de un pozo de los deseos que según la tradición local concedía deseos si se lanzaba un alfiler. El único peligro consistía en carearse demasiado pues el espíritu del pozo podía atraparte en él.
Las otras veces Paloma había acudido al pozo para formular deseos para sus amigas y todos se habían cumplido. Sin embargo ahora necesitaba que la magia actuara sobre ella.

Paloma dejó a un lado su sombrero de paja y se acercó al burbujeante agujero. A continuación extrajo de su bolsillo un papel de alfileres.
-Espíritu del pozo- declaró- como he tenido tan mal suerte en la búsqueda del tipo de esposo que siempre he deseado, a partir de ahora lo dejo en tus manos. Sin requisitos ni condiciones. Lo que deseo es un hombre adecuado para mí. Estoy preparada para tener una actitud abierta.
Paloma extrajo los alfileres de dos en dos y los echó al pozo.
-Deseo que todos estos alfileres sirvan para el mismo deseo- indicó Paloma al pozo.

Paloma permaneció largo rato junto al pozo con los ojos cerrados concentrándose hasta que se hizo el silencio de nuevo.
De repente Paloma oyó un chasquido a su espalda como si alguien hubiese pisado una ramita.
Paloma se dio la vuelta y vio el contorno oscuro de un hombre que se dirigía hacia ella. Solo estaba a unos metros de distancia. La impresión que le produjo al sentir a alguien tan cerca cuando creía que estaba sola hizo que su corazón palpitara más deprisa.

El recién llegado era alto y musculoso, como el marido de su amiga Jazmín, aunque parecía más joven, quizá no llegaba a los treinta.

-Discúlpeme-dijo él con voz grave- no pretendía asustarla.
-¡Oh, no me ha asustado!- mintió ella con voz desenfadada, pero con el pulso acelerado.- Solo me ha sorprendido un poco.

El se acercó a ella con las manos en los bolsillos y con una actitud relajada.
-He llegado a la finca hace un par de horas y me han dicho que estaba usted paseando por aquí.

A Paloma aquel hombre le resultaba familiar. El la miraba como si esperara a que ella lo reconociera. Paloma sintió una oleada de arrepentimiento, como experimentaba siempre que olvidaba a alguien que le habían presentado antes.

-¿Es usted un invitado de lord Colombo?- preguntó mientras intentaba recordarlo con desesperación.
Él le lanzó una mirada extraña y sonrió ligeramente.
-Sí, señorita Riganti.

Conocía su nombre. Paloma lo observó con creciente turbación. No podía imaginar como había podido olvidar a un hombre tan atractivo. Sus facciones eran marcadas y demasiado masculinas para considerarlas hermosas y demasiado llamativas para considerarlas corrientes. Sus ojos azules, del mismo color del cielo resultaban mas intensos contrastados con su piel bañada por el sol. Había algo extraordinario en él, una vitalidad que hizo que Paloma retrocediese un paso.
Cuando inclinó la cabeza para mirarla, un brillo caoba iluminó sus castaños cabellos, un cabello mas corto que las preferencias europeas, más al estilo norteamericano. Y el olor fresco que desprendía…si Paloma no se equivocaba era de ¿el jabón Riganti?

De repente Paloma se dio cuenta de quien se trataba y las rodillas cedieron bajo su peso.

-¡Usted!-susurró ella con los ojos abiertos mientras contemplaba el rostro de Franco Fiztwalden.



 

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