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rica heredera

September 12 2008 at 5:45 PM
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Anonimo  (no login)

 
xfavor puedes poner un combo¿?
muxas gracias

 
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LeTii_pRiinCesiita
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Re: rica heredera

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September 12 2008, 6:48 PM 

x supuesto wapisimaaa!!!!


CAPITULO 1

Camila Franklin sabía que ninguna novia podía soñar con un escenario más hermoso para un banquete prenupcial. Una suave brisa soplaba en aquella tarde de últimos de mayo. El sol se había ocultado tras el horizonte, pintando el inmenso cielo de Buenos Aires de tonos rosa y lavanda, a juego con los pensamientos y de las petunias que bordeaban el patio de baldosas. Un cuarteto de cuerda servía de acompañamiento a los invitados y al tintineo del hielo en las copas de fino cristal.
Los grupos de invitados entraban y salían de la mansión, paseando desde la galería hasta el bufé dispuesto bajo una carpa, en el jardín. La flor y nata de La Plata se había congregado en todo su esplendor para brindar por la boda de la hija de Roger Franklin.

Y así era exactamente como la veían, como la hija de Roger Franklin, la futura esposa de Javier Crane. Nada más.
Camila dejó la copa de champán sobre una mesa y se alejó, prácticamente sin ser vista, de la mesa de invitados. Al otro extremo de la galería, su padre daba la bienvenida a los recién llegados. Javier estaba de pie a su lado, sonriente, mientras Roger le daba una palmadita en el hombro en señal de aprobación. Al día siguiente, cuando Javier le diera el sí a Camila, dejaría de ser la mano derecha des u padre y pasaría a formar parte de la familia. Roger tendría exactamente lo que quería, lo mismo que Javier.
¿Y ella?
A Camila le costaba respirar.
Entró en la casa y se abrió paso hacia la planta de arriba, saludando y murmurando excusas a los pocos que intentaron detenerla.
Qué ironía. En teoría era la invitada de honor de aquella velada, la novia, pero podía escabullirse sin que nadie se diera cuenta.

Un ladrido de alegría le dio la bienvenida cuando cerró la puerta de su cuarto. La pequeña bola de pelo saltó de la cama y empezó a dar saltitos de alegría alrededor de Camila. Ella se arrodilló y levantó en brazos a su caniche.
-Hola, Duna, pequeña. Hola preciosa.
Un resoplido hizo que Camila se pusiera en pie, todavía con el animal en brazos. En el umbral del vestidor se erguía una enorme mujer con una montaña de prendas en los brazos. Pepa Gunter miró a Camila con desaprobación, y le habló con familiaridad propia de la enfermera, doncella y madre que había sido para ella durante más de veinte años.
- ¿Qué haces aquí?
- A nadie le importa si estoy en la fiesta o no –la falda de seda de color bronce se agitó en torno a los tobillos de Camila mientras atravesaba la estancia. Duna le dio un lametón de consuelo en la barbilla.
Pepa empezó a guardar con cuidado la ropa en una de las maletas que había abiertas sobre la cama.
- Pobrecita –dijo con retintín, como lo habría hecho cuando Camila tenía diez años-. Está tan sola que solo sabe compadecerse de sí misma.

La insistencia de Pepa en tratarla como a una niña era una vieja batalla para la que Camila no tenía fuerzas en aquellos momentos. Se detuvo junto a una de las ventanas contiguas a la cama y apartó un finísimo estor. Su habitación daba a la parte de la mansión más próxima a los graneros y los establos, lejos de los jardines y de la fiesta, pero incluso desde allí se oían la música y las risas.
- Todas esas personas han venido a ver a mi padre. Yo no les importo.
- Vamos, vamos…
- Es cierto –distraídamente, Camila contempló cómo un camión con una caravana y un remolque de caballos se desviaban de la entrada principal y tomaban el camino hacia los graneros.
- Estás comportándote como una niña tonta.
El camión y la caravana se detuvieron delante de los establos y, con un suspiro, Camila se volvió hacia Pepa.
- Yo sólo soy la hija del gran hombre. Ni una gran belleza, como mi madre, ni un genio, como mi padre. Nada realmente espectacular. Una mera curiosidad digna únicamente de unos segundos de atención, porque he vivido enclaustrada durante la mayor parte de mi vida.
- Tú padre solo intenta protegerte. Ya sabes por qué –el reproche en el tono de Pepa era evidente.

Camila se mordió el labio para contener una impotencia. Por supuesto que conocía los motivos de su padre. Roger Franklin, un niño prodigio de la electrónica, había creado su propia compañía antes de cumplir veinte años y, a los treinta y cinco, ya se había hecho millonario y se había casado con la debutante más solicitada de toda La Plata. Quince años atrás, cuando Camila tenía solo ocho años, su madre había sido secuestrada. Roger pagó el rescate, pero la hermosa Sonia Franklin fue asesinada. Roger no había dejado de culparse por su muerte ni de mantener a salvo a su única hija.
Casi siempre Camila había sido capaz de perdonar el excesivo proteccionismo de su padre. Aunque a menudo se había sentido como un caballo salvaje coceando tras la puerta de un establo, había hecho lo que su padre le había pedido. Había accedido a que los guardaespaldas la acompañaran a todas partes, al colegio, de compras o a las escasas excursiones y reuniones con compañeros de clase. Había vivido en la mansión de La Plata en lugar de en una residencia o en un apartamento mientras iba a la universidad. Había dejado a un lado su deseo de utilizar su talento artístico como medio para ganarse la vida. Su padre ni siquiera concebía que su hija trabajara en su propia empresa.

El hecho de que, aquella noche, solo conociera a unos cuantos invitados se debía a su padre. Roger Franklin había desalentado cualquier posible amistad. Camila había hecho amigos a pesar de todo, especialmente en la universidad. Sin embargo, la mayoría de esos amigos estaban ocupados llevando vidas que no incluían guardaespaldas, ni verjas electrónicas, ni muros.
Camila pasaba gran parte del tiempo allí, en el rancho, donde su padre, a menudo, organizaba fiestas. Hacía de anfitriona, pero nunca llegaba a intimar con ninguno de los invitados.
Para algunos llevaba una vida idílica. Sin preocupaciones económicas, con una hermosa mansión, ropa cara, caballos premiados, pistas de tenis, piscina y unos criados que satisfacían todas sus necesidades. Incluso viajaba a lugares exóticos cuando su padre lo creía apropiado.
Camila había intentado con todas sus fuerzas apreciar su buena suerte.
Cuando su padre le había instado a salir con Javier, al principio, se había sorprendido. Luego, había dado gracias. Porque con Javier, había podido salir de su jaula de oro. Con un hombre digno de la confianza de su padre, sin duda podría empezar a vivir su propia vida.

Era fácil sentir agrado hacia Javier. Era un joven atractivo, culto y amable, y simpatizaba con las ansias de independencia de Camila. Camila nunca se engañó pensando que lo amaba, pero le parecía atento y simpático. Tenían intereses comunes, como los caballos, la música y los libros.
Camila soñaba con poder mudarse a la casa de Javier en cuanto regresaran de su mes de luna de miel por Europa. Se había imaginado viviendo una vida normal, agradable. Sin duda, como una mujer casada que gobernaba su propia vida, podría escapar finalmente de las sombras de terror que habían acosado a su padre y la habían esclavizado a ella.
Pero, aquella misma tarde, Javier le había hecho saber que vivirían allí, en la mansión. Con las cámaras de seguridad en el exterior. Con el guardia en la verja de entrada. Con guardaespaldas vigilando todos sus movimientos. Al protestar, Javier le había recordado a Camila que allí estaba a salvo.
¿A salvo? Más bien, enjaulada.
Javier había hablado igual que su padre.
Aquella tarde, Camila se había dado cuenta de que solo veía su matrimonio como una vía de escape de la prisión lujosa que era su vida. Hasta ese momento, se había convencido de que realmente quería pasar el resto de su vida con Javier. Pero, al ver que su prometido se había erigido en un guardián más de la prisión, Camila se negaba a seguir viviendo así.
Llevaba todo el día fantaseando con huir. Con volcar las mesas cargadas de regalos de boda y salir corriendo por la puerta principal.
Con robar uno de los uniformes de los camareros y salir, sin ser reconocida, por la puerta de la cocina. Con mezclarse con los invitados, subir a un coche y salir huyendo.
Pero en lo único que podía pensar era en las veces que había intentado escapar… para pasar una tarde a solas en el cine con una amiga del colegio, o un fin de semana con su único novio antes que Javier. O en París, el año pasado, cuando solo había querido pasear por una calle legendaria sin sentirse observada, pero los hombres de su padre la habían encontrado. Siempre la encontraban.

Su padre consideraba aquellos intentos de independencia como muestras de inmadurez. La tachaba de impulsiva e ingenua, y le hacía sentirse absurda y no demasiado inteligente. Al mismo tiempo, decía que la quería y que solo deseaba protegerla.
Tal vez por eso, Camila no podía odiarlo, aunque le hiciera sentirse tan inepta. Roger Franklin se creía capaz de mantenerla a salvo como incapaz había sido de salvar a la madre de Camila.
Los hombres que la habían raptado habían sido empleados de la mansión. Roger había confiado en ellos, haciéndoles partícipes de su vida familiar, y ellos lo habían traicionado. Desde entonces, nunca había bajado la guardia.

Capitulo 2

Una vez más a Camila le costaba trabajo respirar.
- ¿Te encuentras bien?
Camila levantó la vista y, al ver la expresión preocupada de Pepa, intentó disimular su congoja para no tener que hablar.
- Solo estoy… nerviosa.
- ¿Cómo no vas a estarlo? –sonriendo, Pepa se volvió hacia el rincón donde el centelleante vestido de novia de raso y tul colgaba delante de un espejo de tres hojas-. Mañana, te pondrás el vestido de tu madre, caminarás hasta el altar del brazo de tu padre, bailarás en el banquete y serás la novia más hermosa que La Plata haya visto nunca. El señor Roger y el señor Javier se sentirán muy orgullosos… Toda esa gente de ahí abajo nunca te olvidará.

Sí, estaría memorable. En tanto que hija de Roger Franklin, o novia de Javier Crane. Nunca conocerían a Camila Kay Franklin. Nadie podía conocerla. Ni siquiera ella estaba segura de conocerse a sí misma.
Duna profirió un ladrido de sorpresa cuando la puerta se abrió de par en par. Roger Franklin entró a grandes zancadas en la habitación, y el perro saltó al suelo para saludarlo.
El padre de Camila no era alto. De estatura media, corpulento, distaba de ser un hombre atractivo. Tenía el pelo pelirrojo que Camila había heredado, aunque con canas en las sienes, y sus ojos castaños, iguales a los de ella, llameaban un rostro insípido. Pero el atractivo que le faltaba, lo compensaba con su presencia. Emanaba poder, seguridad en sí mismo y fortaleza.
Como en otras ocasiones, Camila resistió la tentación de ponerse firme.
- Hola, padre.
- Deberías estar en la fiesta.
- Lo sé.
- Entonces, ¿qué haces aquí?
- Necesitaba estar a solas unos minutos
- Javier quiere que estés a su lado
- ¿Ah, sí? –muy a su pesar, Camila no pudo ocultar el sarcasmo que impregnaba sus palabras. Antes, le hubiera hecho ilusión pensar que su prometido requería su presencia, pero, en aquellos momentos, aquella farsa le parecía absurda. Su padre arqueó una ceja.
- ¿Ocurre algo, Camila?
<<TODO>>, quería gritar. Pero no conseguiría nada, así que de limitó a negar con la cabeza.
Duna seguía dando saltos y ladrando a los pies de Roger, suplicando su atención. Camila había visto cómo su padre acariciaba a su malcriada mascota, que nunca se sentía intimidada por él, pero en aquella ocasión, le espetó:
- ¿No puedes hacerla callar, Camila?
Camila la levantó en brazos, pero Duna siguió gimiendo, mirando a Roger con los ojos negros lastimeros. Este suspiró pesadamente.
- Camila, deberías regresar a la fiesta, sobre todo ahora que necesito escaparme durante unos minutos
- ¿Ocurre algo?
Roger le agitó la mano con impaciencia.
- Acaba de llegar el criador que va a comprar a Realeza.
La mención de una de sus monturas favoritas hizo que Camila sintiera una punzada de tristeza.
- ¿De verdad tienes que venderla?
- Ha cumplido su cometido.
La famosa yegua, premiada en varios concursos, había parido dos potros engendrados por la flor y nata de los establos Franklin. En aquellos momentos, iba a parar a manos del mejor postor. Camila se sentía identificada con el bello animal, que no tenía ni voz ni voto en su propio destino.
- ¿Es que ese criador no puede tratar con Jake? –Preguntó refiriéndose al capataz de su padre-. ¿O esperar, al menos, a que acabe la fiesta?
- Ya sabes que yo me ocupo personalmente de mis asuntos. Y no hay razón para que espere. A primera hora de la mañana, puede estar ya de camino con Realeza.
- Por supuesto –murmuró Camila, sintiéndose estúpida. Su padre hacía los negocios en persona, siguiendo su propio horario. Le habían sugerido que sería más rico, y su compañía aún más próspera, si soltaba un poco las riendas, pero él se mofaba de tales sugerencias.
- Baja a la fiesta –le ordenó Roger.
- Deja que me retoque el maquillaje.
Su padre asintió, miro a Duna con el ceño fruncido y extendió el brazo con desgana para acariciar al animal. El perro se estremeció de placer. Roger observó con ironía:
- Te está poniendo perdida de pelo.
Camila contempló con desolación su blusa blanca antes inmaculada y se sintió como si tuviera dieciséis años en lugar de veintitrés.
Roger empezó a darse la vuelta, liego se detuvo. Su voz se hizo más grave y sus rasgos se suavizaron ligeramente.
- Esta noche estás preciosa, Camila. Te pareces a tu madre.
Camila tragó saliva. Sabía que no se parecía en nada a su madre, rubia y elegante, y no entendía por qué su padre mencionaba ningún parecido. Roger prosiguió:
- Esta boda la haría muy feliz, igual que a mí. Javier podrá cuidar de ti.
Las palabras se agolparon en la garganta de Camila. La idea de ser protegida durante el resto de su vida era demasiado terrible para hacer ningún comentario.
Su padre debió de interpretar su silencio como un asentimiento, porque se dio la vuelta y salió de la habitación.

Camila se sentó en el borde de la cama, presa de la indignación.
<<Tengo que salir de aquí. Tengo que huir>> Las protestas de Duna y la voz de Pepa penetraron en el fragor que había en su mente.
- Debes ir – murmuró Pepa, mirándola con preocupación-. Vamos, vete.
Lentamente, Camila soltó a la perrita y contempló a su niñera de toda la vida.
- Sí –corroboró-. Me voy.
Pero no hablaba de volver a la fiesta….

CAPITULO 3

- Vamos preciosa, eso es. Ya está. –Benjamín Raybourne suspiró con aprobación mientras deslizaba la mano por el lustroso pelaje de color ébano de la yegua. Realeza golpeó el suelo con los cascos delanteros y volvió su regia cabeza hacia él, mientras su aliento se elevaba en forma de nube en el aire fresco de la mañana.
El capataz del rancho Franklin, Jake Keneally, se rascó la barba.
- Cualquiera diría que te conoce.
- Tal vez conozca a la familia –Jake lo miró con perplejidad-. Su padre perteneció al mío –explicó Benja, mientras acariciaba el morro de terciopelo de la yegua-. Orgullo de Carmen nació y se crió en el rancho Raybourne. Le pusimos ese nombre en honor a mi madre.
- Conocí a ese semental –contestó Jake-. Pero pertenecía a un criador de Río Negro.
Benjamín sintió un nudo de rencor en el estómago, era una sensación familiar.
- Mi padrastro lo vendió sin nuestro consentimiento.

Al parecer, el capataz ya tenía bastantes problemas de qué preocuparse como para indagar. Gruñó y acarició a Realeza con afecto.
- No puedo decir que me agrade ver salir a esta belleza, pero me alegra saber que estará en manos de alguien que la aprecia.
- De eso puedes estar seguro –Benjamín tomó la brida de Realeza y la condujo hacia el remolque sin dejarle de hablar con dulzura.
Sin apenas alboroto, Realeza subió al remolque blanco adornado con una erre mayúscula de color negro. Benja arrojó su bolsa de tela en el asiento delantero del camión y se volvió para estrechar la mano de Jake.
- Gracias por todo. Sobre todo, por la cena y la cama blanda –señaló la caravana enganchada a su camión-. Demasiadas noches en eso llegan a cansar.
Con el último saludo, Benja subió al asiento del conductor y se puso en camino. Aunque el sol todavía no había salido, el horizonte estaba iluminado por sus rayos cuando se detuvo ante la verja. Un guardia uniformado, distinto del de la noche anterior, se acercó a la ventanilla con una especie de carpeta de pinza en la mano.
- Buenos días, señor Raybourne. Jake acaba de llamar para decirnos que salía.
- Aquí os tomáis muy en serio las medidas de seguridad ¿verdad? –comentó Benja con una sonrisa. El guardián lo miro con gravedad.
- El señor Franklin da unas órdenes muy precisas.
- No lo dudo –Benja suponía que Roger Franklin era preciso en todo referente a su familia, su negocio y sus pertenencias.
El guardián hizo una anotación en la carpeta, dio un paso atrás y estudió la cabina de camión con caravana y remolque durante un momento. Confiado de que no había motivos para registrar el vehículo, abrió la verja eléctrica y dejó salir a Benja.

Toda aquella operación le hizo gracia. Benja comprendía que un hombre rico debía preocuparse por la seguridad, pero aquella casa le parecía una fortaleza. Tal vez las precauciones se debían a la gran fiesta que se había celebrado la noche anterior. Jake le había dicho que la hija de Franklin iba a casarse aquella mañana.
Contemplando el resplandor dorado del horizonte y el cielo, que estaba cambiando del gris al azul, Benja murmuró:
- Va a hacer un tiempo precioso para una boda –se miró a los ojos en el retrovisor-. Espero que esta salga mejor que la mía.

Si todo hubiera salido como habían planeado. María y él habrían celebrado su tercer aniversario hacía un par de semanas. La madre de Benja había achacado a esa fecha el mal humor que lo había dominado últimamente. Se equivocaba, pensó Benja. María era agua pasada y ya había superado que lo dejara plantado ante el altar. Raras veces recordaba cómo había tenido que anunciar a todos los presentes de la Iglesia que la joven a la que amaba había cambiado de opinión y ya no quería unir su destino al de un criador de caballos en ciernes, cuya única posesión libre de deudas era la pasión que le ardía en el cuerpo
Al darse cuenta de que estaba agarrando con demasiada fuerza el volante, Benja relajó los dedos. Tal vez su madre tuviera razón, después de todo. Tal vez su mal humor no se debía únicamente al exceso de trabajo y preocupaciones. Había estado pensando en María. Su compromiso con un próspero empresario de Buenos Aires había sido anunciado hacía un mes, y la noticia había hecho dudar a Benja. ¿Realmente era tan malo lo que María le había pedido?

CAPITULO 4

Antes de casarse, María le había rogado que vendiera la mitad del rancho a su padre. El capital le habría permitido reconstruir el negocio de cría caballar, que su irresponsable padrastro había intentado destruir, y reformar la casa para que María viviera con las comodidades a las que estaba acostumbrada.
Pero Benja había querido reconstruir la granja con ella, como un equipo, trabajando como sus padres y sus abuelos lo habían hecho años atrás. Aunque sabía que el padre de María era un hombre bueno y honrado, temía que otro extraño tuviera voz y voto en el rancho. El único que había interferido antes, casi lo había llevado a la ruina. Benja no pudo hacer lo que María le pedía.
Ella lo había tachado de obstinado y de orgulloso, y habían discutido. Pero Benja creyó que ella seguía amándolo y que pensaba seguir adelante con lo de la boda. Subestimó los temores de María a vivir de los escasos ingresos que él tenía. Después del ridículo que su familia había tenido que padecer, Benja seguía sin poder creer que su prometida lo hubiera dejado plantado en la iglesia el día de su boda. Pero así había sido.
Debía considerarse afortunado por no haberse casado con una mujer capaz de humillarlo públicamente de aquella manera. Pero, últimamente, mientras trabajaba hasta caer rendido en la cama y pasaba las noches solo en casa, Benja no estaba tan seguro de su buena fortuna.
Se esforzó por disipar las nubes de pesar de su corazón y se incorporó a la carretera principal, en dirección este, hacia su hogar. Evitaría las antas velocidades de la autovía, se ceñiría a las carreteras de segundo orden y pararía tantas veces como le fuera posible, para que Realeza estirara las piernas, el hermoso corcel era un elemento crucial en sus planes para el rancho Raybourne. Se había quedado con la cuenta casi vacía, y no iba a correr riesgos con ella.

El sol se elevaba rápidamente sobre el paisaje del este de Buenos Aires. A algunas personas, aquella tierra podía resultarle entrañable, pero Benja no cambiaría las praderas verdes y onduladas de La Plata por nada del mundo.
Apoyó el codo en el marco de la ventanilla, que estaba bajada. Oyó un sonido estridente en la parte de atrás. Luego otro… y otro. Levantó el pie del acelerador y se recostó en el asiento, afinando el oído. Luego miró por el espejo retrovisor para comprobar si había algún problema con el remolque. No vio nada.
Una vez más, Benja se relajó y empezó a silbar.
Pasaron varias horas antes de que volviera a oír el sonido, que creció en volumen. Y Benja reconoció el sonido… del ladrido incesante de un perro.

CAPITULO 5

- ¿Qué diablos…? –con cuidado, detuvo el camión a un lado de la carretera, bajó y abrió la puerta de la parte de atrás de la caravana.
Oyó un grito de advertencia.
Algo pequeño y peludo saltó sobre su pecho y le hizo retroceder. Luego, algo más pasó zumbando al lado de Benja. Era un chico… No, aquellos senos y pronunciado trasero eran decididamente femeninos, y pertenecían a una joven. Iba vestida con unos vaqueros, una camisa y una gorra de béisbol y estaba gritando:
- Duna, ¡¡cómo puedes ser tan tonta!! ¡¡Duna, ven aquí!!
Benja se enderezó a tiempo de mirar a un lado del camión y ver cómo el perro orinaba en un trozo de césped junto a la carretera.
- Oh, Duna… -dijo la joven con dulzura. De su gorra escaparon dos largas trenzas rojas cuando se inclinó para acariciar la cabeza del pequeño animal-. Lo siento, pequeña. Sé que no podías aguantar más.

La perrita ladró a su dueña, corrió alrededor de ella y se abalanzó en línea recta sobre Benja. Como una bola viviente de pelo rizado, dio vueltas alrededor de sus botas, llamando su atención con sus ladridos agudos y estridentes.
Benja miró alternativamente al animal y a la joven. Esperaba que, de un momento a otro, apareciera una cámara de vídeo detrás del remolque y un conocido presentador de televisión le anunciara que había sido objeto de una broma.
En lugar de eso, la joven bajó la visera de la gorra y miró nerviosamente hacia la carretera, por la que un coche pasaba a gran velocidad.
- ¿Quién diablos eres…? –empezó a decir Benja, pero la joven lo cortó en seco tomando en brazos a su perra y metiéndose entre el remolque y la caravana para refugiarse detrás del camión.
- ¡Desaparezcamos de la carretera!
Benja no tuvo más opción que seguirla. Una vez al otro lado del vehículo, la cogió del brazo.
-¿Qué estabas haciendo con este…? –miró al animal con enojo, y vio los lazos infantiles con los que tenía apartado el pelo de los ojos. <<Estúpida criatura>>, pensó Benja, antes de seguir con la pregunta-. ¿Qué estabas haciendo con este chucho en mi caravana?
La polizón le ofreció una absurda explicación: que había confundido la caravana de Benja con la suya, que se había dormido y que se había despertado cuando el perro había empezado a ladrar.
- Tendrás que hacerlo mejor. ¿Qué estás tramando? –Entornó los ojos con recelo-. ¿Le has hecho algo a mi yegua?
La echó a un lado y dio la vuelta al remolque para abrir las puertas. Era imposible que hubiese pasado de la caravana al remolque sin que él se hubiera dado cuenta, pero tenía que asegurarse.
Realeza relinchó y se movió nerviosamente, pero, aparte de eso, parecía encontrarse bien, Benja la acarició para tranquilizarla y salió del remolque, ansioso por oír la explicación que le debía la pelirroja.
Para sorpresa suya, la joven había echado a correr campo a través, en dirección a una arboleda cercana.
Benja se sintió tentado a dejarla marchar. Sin duda, había hecho algo malo, ocultándose en su caravana como una ladronzuela, y seguramente lo era. La posibilidad hizo se le helara la sangre. En aquellos momentos, seguramente tenía en su poder algún objeto de Roger Franklin, un hombre que tenía su casa protegida como un castillo. Un hombre que podía pensar que Benja era el verdadero ladrón o que había sido cómplice de su robo.

- ¡Eh! –gritó Benja, y echó a correr tras ella-. ¡Vuelve aquí!
La joven volvió la cabeza, pero siguió corriendo, con el perro ladrando como un poseso en sus brazos.
Solo tardó unos momentos en alcanzarla. Era tan menuda que la detuvo simplemente cogiendo el borde de su camisa. La joven dio la vuelta y le suplicó:
- Por favor, déjeme marchar. No he hecho nada malo. Solo necesitaba que alguien me llevara en su vehículo.
- Lo que necesitabas era salir del rancho Franklin sin que te vieran –Benja la inmovilizó poniéndole las manos sobre los hombros-. ¿De qué estás huyendo?
Sus ojos de color castaño no se atrevieron a mirarlo.
- Tenía que salir de allí, eso es todo.
- ¿Por qué? ¿Qué has robado?
- ¿Qué qué he robado? –balbuceó-. ¿Cree que soy una ladrona?
- ¿Por qué si no ibas a querer huir de esta manera?

CAPITULO 6

Camila permaneció en silencio mientras buscaba desesperadamente una explicación. El hombre la zarandeó ligeramente.
- ¿De qué de trata? ¿De qué estás huyendo?
- De mi padre –las palabras brotaron de sus labios sin preámbulo ni previa reflexión.
Camilo vio cómo su captor tornaba sus penetrantes ojos azules.
- ¿De tu padre?
- Ya no aguantaba más. Tenía que alejarme de él.
Benja relajó un poco la presión sobre los hombros de la joven.
- ¿Por qué? ¿Qué problema tienes con él?
- Es que… -Camila tragó saliva, sin saber qué decir. Era una pésima mentirosa. Las contadas veces que había intentado falsear la verdad, la habían descubierto. Pero tenía que convencer a aquel hombre de que la dejara marchar, fuese como fuese, y dudaba que lo hiciera si le decía que era la hija de Roger Franklin. Y solo de pensar en volver…
- ¿Qué? –la apremió el desconocido.
El corazón le latía con fuerza en el pecho mientras intentaba improvisar una respuesta. Su plan de huida no podía fracasar a aquellas alturas. Salir de la casa al amanecer había sido un pequeño milagro. Había saltado por una ventana de la biblioteca que había dejado abierta la noche anterior, aunque se había lastimado el brazo derecho y la pobre Duna había estado a punto de morir aplastada. Pero, al ver que no se encendían los focos ni saltaban las alarmas, Camila se había percatado de que el sistema de seguridad no estaba conectado al cien por cien, seguramente debido a la fiesta y a los empleados de la empresa de catering, que todavía estaban cargando los equipos y recogiendo utensilios junto a la entrada de la cocina.
Como conocía la situación de las cámaras exteriores de seguridad y la rutina de los guardias que patrullaban por la finca por las noches, Camila había avanzado a rastras por detrás de los arbustos que bordeaban el jardín y se había deslizado, aprovechando las sombras, hasta los establos. Ni siquiera entonces había tenido clara su estrategia para escapar de allí. Estaba contemplando la posibilidad de ensillar un caballo y salir a galope, cuando se fijó en el remolque del criador y recordó lo que le dijo su padre acerca del criador que vendría a buscar a Realeza, entonces decidió esconderse en la caravana y esperar a que el criador parara en una gasolinera para escabullirse.

Había corrido un gran riesgo llevándose a Duna y, seguramente, había sido un error. Sin embargo, no había tenido el suficiente valor como para abandonar a su única amiga.
El criador seguía mirándola con abierta hostilidad.
- No me creo esa patraña de que estás huyendo de tu padre.
- ¡Pues es cierto! –protestó Camila, dando gracias por no tener que mentir-. Tengo que irme de su lado.
- ¿Trabaja para Franklin?
- Sí…En… en los establos – improvisó-. Como adiestrador.
- ¿Y te hace sufrir? –el rostro de Benja adoptó una expresión comprensiva.
- Sí –al menos, eso no era mentira, pensó Camila. Su padre la hacía sufrir.
- Pero ¿por qué has tenido que esconderte para huir?
- Mi padre nunca me dejaría irme de buena gana.

Con una mirada de recelo aún más intensa, el desconocido bajó una mano del hombro de Camila y la deslizó por el brazo que se había lastimado al salir por la ventana. Camila hizo una mueca de dolor y bajó la vista. Por primera vez, se percató del moretón púrpura que aparecía justo debajo de la manga.
El hombre también lo vio. Le levantó la manga de la camisa y contempló cómo la magulladura se extendía desde el codo hasta el hombro. Maldiciendo entre dientes, Benja le soltó el brazo y dio un paso atrás.
- ¿Esto te lo ha hecho tu padre?
- Él… él me hizo caer
- ¿Te empujó?
Camila asintió.
El criador volvió a mirarla con ojos entornados, sin saber si creer o poner en duda su historia.
- ¿Cuántos años tienes? –preguntó finalmente-. Más de dieciocho, imagino.
- Sí.
- No hay razón para que no hubieses podido marcharte sin más.
- ¡¡No lo entiende..!! Mi padre… está loco. Estaba muy asustada…
- Podrías habérselo contado a alguien. A Jake o a l señor Franklin.
Camila forzó una carcajada y dijo:
- ¿Cree que un hombre tan rico e importante como él se preocuparía por mí?
- Roger Franklin me parece un hombre honrado. Le preocuparía que uno de sus empleados estuviera pegando a su hija.

- Sí, despediría a mi padre y yo tendría la culpa.
- No, te habría ayudado. –El criador movió la cabeza-. Estas huyendo por alguna otra razón –la asió del hombro que tenía ileso-. Volvamos al camión. Vamos a buscar un teléfono y llamaremos al rancho Franklin.

Camila forcejeó, tratando de soltarse, con los ojos llenos de lágrimas. Duna gimió en sus brazos. No podía volver pensó. No después de haber llegado tan lejos.
- Por favor –suplicó-. Por favor, créame… Tengo que alejarme de mi padre… No aguanto más… Por favor…
Camila no quería perder del todo la compostura, pero la histeria empezaba a apoderarse de ella y soltó unos sollozos y empezó a temblar.
- Caramba... –el criador arrugó la frente y se pasó la mano por el pelo ondulado de color arena-. Estás muerta de miedo, ¿verdad?
Cami asintió mientras Duna le lamía la temblorosa barbilla.
Es desconocido la miró fijamente durante unos momentos más en tanto ella trataba de recuperar el control. Parecía un buen hombre, pensó Camila, con un atractivo tosco y duro. Era evidente que, hasta cierto punto la comprendía, de lo contrario la hubiera encerrado en la caravana. Camila decidió explotar esa compasión.
- Siento mucho haberme escondido en su caravana. No soy una ladrona. Solo necesito que me dejen en paz. Por favor, váyase y déjenos aquí. Por favor.
Benjamín se sintió tentado de hacerlo. Su instinto le decía que aquella muchacha no era una ladrona, pero había algo en su historia que no le encajaba. Lo mejor que podía hacer era subirse al camión y marcharse.
Y eso era exactamente lo que iba a hacer.
- Trato hecho, jovencita. Si me preguntan diré que no te he visto nunca.
Benja señaló la caravana y le preguntó si se había dejado algo dentro. Ella dijo que estaba su bolso y él fue a por él. A su parecer era un bolso bastante caro y se sintió tentado de mirar en su interior por si había algo que perteneciese a los Franklin, pero no lo hizo.
Camila recogió sus cosas y le dio las gracias a Benjamín. Su forma de hablar no le pareció propia de la hija de un mozo de caballos, pero guardó esa duda bajo llave.
Benjamín subió al camión y observo a la chica como acomodaba sus cosas mientras sostenía al perro en brazos. Parecía pequeña y torpe. Asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:
- Ten cuidado
- Lo tendré –le gritó la joven.

Él hizo un gesto de despedida con la mano y puso en marcha el motor, pero no arrancó.
Ella echó a andar. Su paso decidido no consiguió disimular las curvas tentadoras de su trasero.
- Déjala marchar –le dijo Benja su reflejo en el espejo
<<¿Y dejarla sola con ese estúpido chucho en medio de la carretera?>>
- No les pasará nada.
<<Si no se cruzan con una serpiente de cascabel>>
- Una serpiente de cascabel saldría corriendo en sentido contrario
<<¿Y si un camionero pervertido quiere echarle mano a ese bonito trasero?>>
Benja cerró los ojos durante unos segundos tratando de no pensar en aquella chica ni en su historia. Finalmente exhaló un largo suspiro, echó el freno de mano y sacó la cabeza por la ventanilla para llamarla.
- Oye, ven aquí
La joven se acercó corriendo a su puerta. La esperanza salpicada de miedo, que reflejaba su rostro, le rompió el corazón.
- Está bien –murmuró-. Tengo la terrible sensación de que voy a lamentarlo, pero mira lo que vamos a hacer. Primero, sube al camión. Sube al camión y podrás tomar un autobús en la próxima ciudad –la pelirroja lo miró con expresión vacía-. Quieres ir a algún sitio, ¿no? Pensarás en algún lugar de destino cuando ideaste este pequeño viaje, ¿verdad?
Aunque ella asintió, su expresión le delató.
- No tienes ni idea de adónde ir –murmuró Benja mientras ella daba la vuelta al camión para abrir la puerta-. Ni la menor idea. Ha salido por pies con ese maldito chucho…
- Gracias, gracias, gracias. Estaba dispuesta a caminar, pero así es mucho más rápido y fácil.

La perrita saltó sobre el respaldo del asiento, se levantó sobre sus patas traseras y dio un lametón a Benja en la mejilla.
- Limítate a sujetar a tu chucho –ordenó, y ella la acurrucó en su regazo.
- Se llama Duna.
- ¿Y tú?
Ella vaciló. Solo fue un momento, pero el suficiente para que él supiera que estaba mintiendo.
- Marizza. Marizza Kay.
- Yo soy Benjamín. –repuso él, y le tendió la mano. Los dedos de la joven eran demasiado suaves y las uñas estaban demasiado cuidadas como para que fuera la hija de un trabajador.
-¿Y te apellidas…? –pregunto Camila
- Ingenuo como yo solo. –Murmuró Benja mientras arrancaba el camión-. Puedes llamarme así

CAPITULO 7

Tienes que comer.
El comentario de Benja traspasó el velo de preocupación y nerviosismo que sentía Camila mientras miraba a los demás comensales del pequeño restaurante en el que habían parado a almorzar.
-Come –le ordenó, como había hecho periódicamente desde que la camarera le colocara sobre la mesa el especial de la casa.
Lo natural era que Camila tuviese hambre suficiente como para rebañar el plato, pero quién podría pensar en comer cuando, en cualquier momento, podía aparecer un coche lleno de guardaespaldas. No había querido hace un alto en el camino, pero Benja había insistido.
Miró nerviosamente hacia el exterior, donde Duna esperaba en la cabina del camión, con la ventanilla un poco bajada. Benja también había dictaminado que no le dejarían entrar con ella al restaurante, aunque fuese minúscula. Camila había alegando que prefería quedarse en el camión con su perra, pero Benja había hecho oídos sordos a su ruego.
Camila empezaba a descubrir que su rescatador era un hombre dominante.

-¿Deseáis algo más? –la camarera, una joven coqueta y liberal, se acercó a su mesa, como había hecho ya, al menos, una docena de veces. Miró a Benja al tiempo que batía unas pestañas pintadas de negro. Benja sonrió y levantó su taza de café.
-No me vendría mal otro trago.
La camarera lo complació con una sonrisa tonta que sacó a Camila de quicio.
-¿Has terminado ya, cielo? –la joven le señaló el plato con la cabeza.
-Está en ello –contestó Benja, con su irritante tono de superioridad. Camila dejó el tenedor en el plato.
-En realidad, ya he terminado.

Sin preguntar, Benja pidió dos porciones de tarta de crema y coco. Camila protestó, pero solo obtuvo una mirada de reproche.
La camarera soltó una risita y se retiró, moviendo su amplio trasero por debajo del uniforme de algodón de color rosa. Camila exhaló un suspiro de frustración.
-No deberíamos haber dejado dola a Duna.
-No le pasará nada. No soy de los que disfrutan siendo cruel con los animales.
-Pero…
-Una persona de medios limitados no debería desperdiciar una comida gratis.
-Puedo pagarme mi comida –protestó ella. Benja la miró con escepticismo mientras levantaba la taza.
-Será mejor que guardes el dinero para más tarde, cuando no haya nadie que se ofrezca a darte de comer –tomó un largo sorbo de café, saboreándolo-. Solo por curiosidad, ¿cuánto dinero tienes?
-El suficiente –fue la respuesta evasiva de Cami. Durante las dos horas transcurridas desde que se ofreciera a llevarla a una estación de autobuses, Benja había hecho lo posible para sonsacarle información. ¿Adónde se dirigía? ¿Tenía algún familiar a quién telefonear? ¿Cómo iba a mantenerse? Evidentemente, Cami no le había revelado nada. Aparte de sentirse molesta por su actitud dominante e inquisitiva, no conocía las respuestas.

Tenía la vaga idea de dirigirse a Chicago. Después de acabar los estudios en la universidad, había pasado un verano participando en un curso intensivo del Instituto de Arte de Chicago. Un guardaespaldas se había matriculado en el curso para tenerla vigilada en todo momento, pero aún así, había disfrutado de la experiencia. Además, en ese tiempo había hecho algunos contactos que a su padre no se le ocurriría investigar de inmediato. Tal vez uno de aquellos conocidos pudiera ayudarla a encontrar trabajo. Enseñando, tal vez. Trabajando con niños. Pensaba aceptar cualquier empleo que encontrara. Había recibido una educación exhaustiva, tenía que servirle de algo.
Al menos, eso esperaba. Tenía exactamente 448 dólares y 92 centavos en el bolsillo, dinero que había reunido registrando varios bolsos de su armario. También había guardado en el bolsito unos pendientes de diamantes y un anillo de ópalo.

Su anillo de compromiso lo había dejado en la mesita de noche y el resto de sus joyas estaban en una caja fuerte. No creyó correcto llevárselas. También dejó las tarjetas de crédito, no solo porque las compras en metálico eran mucho más difíciles de rastrear, sino porque quería valerse por sí misma. Confiaba en poder pagar el billete de autobús y los gastos de varios días con el dinero suelto que tenía, antes de verse obligada a vender las joyas.
No iba a ir directamente a Chicago, la pista que dejaría sería demasiado evidente. Pensaba dirigirse primero al noroeste del país, luego al sur y finalmente, al este.

La camarera les llevó la tarta y, para no oír a Benja, Cami la devoró en dos bocados. Él, en cambio, se tomó todo el tiempo del mundo.
-No me importaría repetir –dijo finalmente.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Cami se levantó del asiento a pesar de las protestas de Benja.
-Te espero en el camión.
Hizo un alto en el servicio y frunció el ceño al mirarse en el espejo. Las trenzas y la ausencia de maquillaje hacía que pareciese una niña, y los vaqueros y la camisa arrugada reforzaban esa imagen. Tal vez su aspecto infantil fuese la razón de que Benja le hablara como si fuese una cría. Pero aquel disfraz le serviría de ayuda. Si alguien enseñaba su fotografía en aquel restaurante, nadie relacionaría a la zarrapastrosa con trenzas que parecía con la Camila Franklin de elegantes peinados y vestidos.

El reloj de pulsera señalaba las doce y diez. A aquella hora, en la mansión estaría reinando el pánico. Como era el día de la boda, nadie se habría sorprendido de que no se hubiese levantado temprano. Seguramente, Pepa no habría ido a su habitación hasta las diez, más de tres horas después de que Benja hubiera salido del rancho.
Con suerte, su padre y los guardaespaldas habrían seguido la pista falsa que ella les había dejado: la reserva de un vuelo que salía de La Plata a primera hora de la mañana y la agenda abierta en la página donde tenía la dirección de una conocida del colegio que, en aquellos momentos, vivía en Madrid.
Aquel engaño no duraría mucho, pero seguirían las pistas y primero hablarían con los empleados del servicio de catering que no habían salido del rancho hasta primera hora de la mañana. Con suerte, pasaría un tiempo hasta que pensaran en Benja como en su medio de huida.
Y, para entonces, él ya estaría de camino a su rancho y ella estaría viajando a Chicago por la ruta más indirecta posible. Así que debía subir a un autobús cuanto antes.

El restaurante mismo era una parada de autobús, pero, según les habían informado, el autobús que pasaba por allí se dirigía a la estación de la capital, a solo treinta kilómetros de distancia por la misma carretera. Camila había apremiado a Benja para que siguiera conduciendo, pero él había sugerido… No, había insistido en que, primero, debían comer.

Cami contempló su reflejo en el espejo con una última mueca, se colocó la gorra y, al abrir de par en par la puerta para salir de los lavabos… se encontró de cara con una mujer de la policía montada de Argentina.
El terror la paralizó. ¿Cómo habían podido encontrarla tan pronto? ¿Benja se habría dado cuenta de su farsa? Camila se puso muy nerviosa y no sabía que hacer.

CAPITULO 8

-Disculpe –la agente dio un paso atrás para dejar pasar a Camila, sonrió con naturalidad y sus brillantes botones e insignia de metal centellearon.

Camila dio orden de avanzar a sus pies y mantuvo la cabeza gacha mientras sorteaba a la mujer policía y entraba en el pequeño vestíbulo del restaurante. Cuando levantó la vista, el estómago se le encogió de pavor. Otro policía montado y dos guardias uniformados charlaban con la camarera mientras esperaban a que una mesa quedara libre.
Cami tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no poner pies en polvorosa. Abrió la puerta del restaurante con aire casual y despreocupado y atravesó a paso rápido el aparcamiento en dirección al camión.
Duna la saludó con un ladrido amistoso y saltó a sus brazos en cuanto abrió la puerta del vehículo.

-Vuelve dentro –le ordenó-. No dejes que nadie te vea.

Pero la perrita saltó al suelo y empezó a corretear alrededor del camión, ladrando a pleno pulmón, mientras Camila la perseguía.
Al otro lado del remolque, las dos se pararon en seco al ver un coche patrulla estacionado en el aparcamiento.
Camila controló el deseo de gritar.
<<¿Es que estos policías no tienen nada más importante que hacer que venir aquí a comer tarta?>>
Sin ni siquiera mirar al agente, Camila atrapó a Duna y dio la vuelta al remolque a grandes zancadas.

-Debería haberte dejado en casa, por alborotadora. Vas a echarlo todo a perder.

Benja, que caminaba hacia ella, le dirigió una mirada extraña mientras Camila subía a la cabina. Se detuvo durante unos instantes.

-¿Va todo bien?

Camila asintió mientras contemplaba cómo un policía entraba en el restaurante.

-Estoy lista, podemos irnos.
-Voy a dejar que Realeza estire un poco las patas.
-¿Aquí? –repuso Camila con un chillido. Benja la miró entornando sus ojos azules.
-¿Qué tiene de malo este sitio?

Con miradas nerviosas hacia el restaurante en el que los cinco guardias ya se habían sentado en una mesa, Camila se devanó los sesos en su intento por inventar una respuesta.

-No creo que les haga gracia ver boñiga de caballo en este aparcamiento.

Benja profirió un bufido de desagrado.

-¿Acaso me crees capaz de una cosa así? –abrió la puesta del camión-. Sal. Me ayudarás.
-¿Yo?
-No me digas que no sabes recoger boñigas de caballo.

Camila deseó poder decirle dónde podía meterse sus boñigas de caballo y su ordeno y mando, pero Benja la había ayudado, y todavía lo necesitaba. Así que dejó a Duna en el camión y lo siguió, dando gracias porque el remolque la resguardara de las cristaleras del restaurante.
Volver a ver a Realeza fue una alegría, por supuesto. La yegua relinchó y la acarició con su hocico de terciopelo.

-¿Trabajas con ella en el rancho Franklin? –preguntó Benja mientras paseaban a la yegua por el aparcamiento. Lejos del restaurante, gracias a Dios.
-Realeza es la más dulce asintió Cami, que intentaba no mirar hacia las cristaleras.
-Y madre de campeones.
-Por eso la has comprado.
-Pertenece a mi rancho.
-¿Pertenece? –Camila lo miró con extrañeza. ¿Por qué?
Benja se encogió de hombros y sus atractivos rasgos de endurecieron.
-Es una larga historia.
Camila no insistió, aunque estudió a su acompañante con expresión pensativa. Como su padre había negociado con caballos desde que ella tenía uso de razón, Camila había conocido a muchos compradores. Benjamín Raybourne tenía más aspecto de vaquero que de propietario de un rancho.
Era joven, seguramente tenía poco más de treinta años. Alto y corpulento, estaba dotado con la clase de hombros que nacían del trabajo duro. Sui pelo rubio que necesitaba un buen corte, ya que le caía en ondas sobre la frente y por encima del cuello de su gastada camisa vaquera. Tenía la mandíbula afeitada y cuadrada y, junto con sus generosos labios y su nariz prominente, creaba un perfil sólido. Su rostro era total y absolutamente viril, salvo por las largas y negras pestañas que bordeaban sus ojos azules. Vestía con la despreocupación propia de un hombre trabajador, y no parecía lo bastante acaudalado como para haber comprado un purasangre como Realeza.

Llevada por la curiosidad, Camila le preguntó:
-Ese rancho del que hablas, ¿es realmente tuyo?
-Mi abuelo lo fundó, y mi padre trabajó en él. Ahora es mío.
-¿Tu padre se ha jubilado?
-Murió -la áspera respuesta disuadió a Camila de hacer más preguntas.

Benja dio un par de vueltas al aparcamiento con Realeza. Y, para alivio de Cami, solo le pidió que llevara a la yegua de vuelta al remolque mientras él utilizaba una pala y un cubo para recoger los excrementos del animal. Después, le dedicó a Camila una brillante sonrisa.

-Te preocupaba tener que recoger lo boñiga, ¿verdad?
-En absoluto.
-Sí, te preocupaba –todavía sonriendo, guardó el cubo y la pala, subió la rampa del remolque y cerró con llave la puerta-. Apuesto que nunca has usado una pala.
-Por supuesto que sí –Cami se cuadró de hombros y echó a andar hacia el camión-. Vámonos de aquí.

De nuevo en el asiento del conductor, Benja vaciló mientras Marizza se acomodaba con su perrita. Luego tomó con fuerza una de sus frágiles manos y la abrió
-Esta mano nunca ha usado una pala y, mucho menos, para recoger boñiga de caballo.
Cami retiró la mano enseguida
-Eso no es cierto.
Benja esperó un momento mientras estudiaba sus rasgos menudos y resueltos. Nadie podía poner en duda la obstinación de su mandíbula, lo mismo que cualquiera podía darse cuenta del terror que le producían los policías que estaban en el restaurante.
-Estoy convencido de que estás huyendo de algo –dijo por fin-. Solo espero que ese algo no me meta a mí también en un buen lío.

Camila se mordió un labio. Si su padre averiguaba que estaba con él… podría armar un gran revuelo.
-¿Por qué no me dices la verdad? –Camila permaneció en silencio, acariciando el pelaje de su perrita y mirando por la ventanilla-. Quizá pueda ayudarte.
-Ya me estás ayudando. Vas a llevarme a la estación de autobuses, y eso es todo lo que necesito.
Benja exhaló un suspiro.
-De acuerdo. Supongo que no tengo por qué saber la verdad.

Con el ceño fruncido, Benja maniobró hasta incorporarse a la carretera. Solo Dios sabía por qué sentía la imperiosa necesidad de averiguar lo que la joven le ocultaba. O por qué sentía lástima por ella. Tampoco podía olvidar el sentido del deber que su madre le había inculcado. El mismo que le había inducido a rescatar ardillas heridas, proteger a los niños más lerdos del colegio y defender al inútil de su padrastro.
Nueve de cada diez veces, sus buenas intenciones le habían costado caro. ¿Acaso nunca aprendería?
Con la suerte que tenía, seguro que Marizza lo estaba embaucando de lo lindo, tocando su fibra sensible con sus ojos castaños, su bonito trasero, las lágrimas y la magulladura del brazo. Benja habría dado cualquier cosa por no sentirse en la obligación de rescatarla.

Viajaron en silencio durante un largo rato, aunque Benja no dejaba de lanzar miradas furtivas al pálido rostro de la joven. Ella, en cambio, no hacía más que mirar el espejo retrovisor de su puerta.
-¿Crees que uno de esos policías podría detenernos? –le preguntó Benja. Ella no dijo nada, pero la mirada frenética que dirigió al retrovisor habló por sí sola-. Dime al menos una cosa. ¿Crees qué Roger Franklin se va a poner furioso conmigo?
-¿Quieres callarte de una vez? ¡Me estás poniendo nerviosa!
-Porque me acerco a la verdad. Tienes algo que Roger Franklin querrá recuperar, ¿verdad?
-¡No!
-Deja de mentir. ¿Qué es? ¿Lo has escondido en la caravana?
-No.
-¿En el bolso tal vez?
-¡Por favor, cierra la boca!
-¿Es que no tengo derecho a saber qué le has robado a Roger Franklin, ya que te he ayudado?
-No he robado nada –exclamó la joven-. Es a mí misma a quién querrá buscar –las palabras brotaron de sus labios con vida propia-. Yo soy lo que quiere.
-¿De qué estás hablando?
Ella se volvió para mirarlo a la cara, mientras la perrita gemía en su regazo.
-Roger Franklin es mi padre. Estoy huyendo de él.

El pánico golpeó su estómago con la fuerza de un puñetazo.
La hija de Roger Franklin… Cielos, Franklin iba a degollarlo vivo…

CAPITULO 9

No supo cómo salió de la carretera. Lo único que recordaba era haber detenido el camión en el aparcamiento de lo que parecía una planta de producción abandonada. Acto seguido, sacó a Cami y a su perrita a rastras por la puerta del conductor.
En cuanto ella puso los pies en el suelo, se retorció hasta soltarse.
-¡No me pongas las manos encima!
-¡Tendría que hacer algo mucho peor! –Benja profirió toda una sarta de obscenidades mientras daba vueltas delante de ella.
Cami se acurrucó sobre un costado del camión, con Duna en brazos. Benja se volvió hacia ella y se paró en seco.
-¿Quieres decir que Roger Franklin te hizo esa herida en el brazo?
Cami respondió moviendo la cabeza lenta y desconsoladamente
-Me caí por la ventana cuando intentaba escapar –al menos, tuvo el detalle de parecer avergonzada por haberle hecho creer que la magulladura era obra de su padre.
-¿Te escapaste por una ventana? ¿Saliste corriendo? –Benja estaba encajando todas las piezas del rompecabezas-. Espera un momento, ¿cuántos años tienes?
-Casi veinticuatro –dijo Cami y tragó saliva. Benja volvió a maldecir.
-Eres mayor de edad. ¿Por qué no saliste por la puerta principal?
-Es difícil de explicar.
-Empieza.
Camila suspiró con dramatismo.
-¿Por qué no te limitas a llevarme a la estación de autobuses?
-¡No! –gritó Benja-. A juzgar por las medidas de seguridad que había en tu casa, no creo que a tu padre le agrade que alguien se lleve lo que es suyo. Y seguramente piense que te he llevado por la fuerza, así que me debes una explicación.
-No vas a entenderlo.
-Ponme a prueba –le ordenó.

Cami le contó toda la historia. El secuestro… el asesinato de su madre… el temor de su padre y su excesivo instinto protector… sus planes de casarse con Javier… la certeza de que su matrimonio solo serviría para enjaularla aún más…
Benja le interrumpió.
-¿Quieres decir que tú eres la hija que iba a casarse hoy?
-Sí… soy hija única.
La sangre le palpitaba en las sienes.
-Y te has largado sin más
-Ya te lo he dicho. No podía casarme con Javier.
-¿Y qué me dices de él? ¿Te molestaste en decirle que te ibas?
-Me lo habría impedido.
-¿No crees que le debías algunas explicación?
-Javier no está enamorado de mí, no le he roto el corazón.
-Entonces, ¿por qué quería casarse contigo?
Cami soltó una carcajada.
-Ya te lo he dicho. Nuestra boda consolidaría su puesto en la compañía de mi padre.
-Pero seguro que sentía cariño por ti, que te apreciaba.
-Por supuesto que me apreciaba –fue su impaciente respuesta-. Pero no me amaba. Y no sé qué tiene que ver él con todo esto…
-Ahora mismo, ese tal Javier estará asimilando que le has dejado plantado. En el día de su boda. Delante del altar.
-Dudo de que vaya a la Iglesia.
-¿Acaso eso lo arregla todo?
Cami dio un paso a un lado para apartarse de él.
-No entiendo por qué Javier te importa tanto.
Benja se inclinó hacia delante y acercó su rostro al de la joven.
-Marizza, o como quiera que te llames…
-Camila –le informó.
-Me preocupo por Javier porque sé cómo se siente. Yo también he estado en su lugar, esperando a una novia que no aparecía por ninguna parte.

Cami ató los cabos y comprendió por fin adónde quería ir a parar.
-Lo siento, pero aún así…
-Deberías haber tenido la decencia de decírselo.
-Entonces, no habría podido escapar.
-No te has escapado –se colocó delante de ella y la aprisionó apoyando las manos en el costado del camión-. Volvemos al rancho.
-No puedo.
-No tienes elección.

Camila le empujó con su menudo cuerpo, echando chispas por los ojos, mientras su perrita gemía en señal de protesta.
-Sé que me has hecho un favor, pero no tienes ninguna autoridad sobre mí…
-Me diste esa autoridad cuando te escondiste en mi caravana.
-Pero…
-Y me mentiste –Benja la cogió por los hombros y se inclinó aún más sobre ella. Estaba tan cerca, que inhaló el aroma de su lujoso perfume y vio las pequeñas pecas que salpicaban su nariz respingona. Tenía un aspecto tan inocente, tan dulce y vulnerable… Podría engatusarlo fácilmente, muy fácilmente.

Como si percibiera su vacilación, sus ojos se llenaros de lágrimas suplicantes.
-Siento haberte mentido, lo siento de verdad. Tenía que huir, eso es todo. Estaba desesperada. ¿Es que tú no sabes lo que es la desesperación?
Cami ni siquiera imaginaba cuánto tiempo había vivido él con ese sentimiento, pensó Benja. Comprendía perfectamente lo que era sentirse atrapado y asustado. Ella, en cambio, no podía saber lo que significaba estar desesperado. La furia volvió a impregnar su voz.
-¿Cómo diablos has podido utilizarme de esta manera?
-Tenía que huir.
-¿Es que no se te ha ocurrido que tu padre puede creer que te he arrastrado por la fuerza? Con lo obsesionado que está con que pueden secuestrarte, ¿no es lógico que sospeche que te he raptado?
Camila volvió a tragar saliva.
-No se me había ocurrido…
-¡Las niñas ricas como tú nunca piensan en los demás verdad?!
-¡Eso no es justo! –replicó Cami, con indignación-. Yo no soy así.

Benja no pudo reprimir una carcajada.
-Así que, ahora, tengo que pensar que estás consentida pero que tienes buen corazón.
-Yo no estoy consentida.
Benja apenas oyó su protesta, tan enardecido estaba con su propio alegato.
-Eres una niña mimada, débil y cruel. Ninguna mujer con corazón sería capaz de dejar plantado a su novio sin una explicación.
-No lo entiendes…
-Lo entiendo perfectamente –murmuró-. Entiendo que eres una mujer patética que se comporta cómo una niña. Si querías irte de casa de tu padre, lo único que tenías que hacer era salir por la puerta.
-No es tan sencillo.
-¿Acaso te tenía encadenada? ¿Te apaleaba? –Benja bajó la vista a la perrita a la que Cami agarraba como si fuera un salvavidas-. ¿Te amenazó con matar a tu absurdo perro si intentabas huir?
-¡Por supuesto que no! –Cami empalideció-. Mi padre no es un monstruo.
-Entonces, ¿por qué montas este drama? ¿por qué sales a hurtadillas de la casa y te escondes como una fugitiva en mi caravana?-. Benja la miró con desagrado-. Yo creo que no eres más que una niña que disfruta montando un gran espectáculo para que su papá corra tras ella.
-Estas equivocado.
-Hazme un favor y ve a un psiquiatra para que te cure ese complejo que tienes con tu papá.

Camila nunca había deseado pegar a nadie como deseaba golpear a aquel hombretón moralista. Optó por darle un puntapié.
Benja la maldijo, la soltó, y ella aprovechó para escabullirse. No estaba dispuesta a quedarse allí oyendo cómo la juzgaba. No la conocía, no podía saber en qué se basaba su relación con su padre. Pero Benja no iba a dejarla marchar. Cojeando, dio la vuelta al camión y la detuvo justo a tiempo cuando Cami cogía su bolsito del asiento.
-¿Adónde crees que vas?
-Voy a librarte de toda participación en mi ‘drama’ –replicó-. Gracias y adiós.
-Ya es un poco tarde para eso. ¿Qué voy a decir cuando los guardias de seguridad de tu padre me detengan y me sometan al tercer grado?
-No me importa.
-¿Y si deciden meterme preso?

Cami soltó un bufido de impaciencia y dio la vuelta a la cabina con paso decidido.
-¿Ahora quién está montando un drama?
Benja volvió a cogerla del brazo.
-Cierra la boca y sube al camión.
-¡No! –Cami se soltó con un forcejeo-. No pienso volver. Si me obligas, sí que te meterás en un buen lío.
-Sube al maldito camión –sin esperar a que lo complaciera, Benja se agachó y la levantó en brazos
Camila estaba demasiado ocupada intentando sujetar a Duna, que se había puesto a ladrar como una histérica, para combatir a Benja. Así que lo maldijo, insultándolo con todos y cada uno de los limitados exabruptos que conocía. Cuando se le acabó la retahíla, los repitió.
Benja estaba forcejeando con ella y con la perrita en dirección a la puerta del camión, cuando un coche patrulla pasó a gran velocidad por la carretera.
-Mierda –murmuró Benja al ver que el vehículo aminoraba. La policía tomó un desvío a la derecha.
-A lo mejor no nos han visto –murmuró Cami.
-Sí, claro –corroboró Benja con sarcasmo-. Como si este remolque de caballos de color blanco pudiera pasar desapercibido. Sobre todo, cuando nosotros estamos enzarzados en un combate cuerpo a cuerpo al borde de la carretera.
-Quién sabe, quizá ni siquiera nos estén buscando.

Nada más decir esas palabras, el silbido de unas sirenas rasgó el aire.
Los momentos siguientes se desarrollaron como una escena a cámara lenta. Tres coches de policía se lanzaron sobre ellos uno tras otro., haciendo chirriar los frenos y levantando nubes de polvo y grava. La mujer policía del restaurante fue la primera en arrojarse al suelo y ocultarse detrás de la puerta abierta del coche para exigir a Benja que soltara a Cami.
Aturdida, Camila dijo:
-Están armados…
Benja la taladró con la mirada y, un momento después, Camila aterrizó, como un puñado de huesos, en el suelo. Benja pasó por encima de ella y, con las manos levantadas, caminó hacia los policías, gritando:
-Es la hija de Roger Franklin, pero yo no la he secuestrado. Llévensela, se lo suplico. Llévensela.

CAPITULO 10

La oficina de la guardia civil estaba situada en el tribunal de justicia, en la plaza central de la ciudad a la que Benja y Cami se dirigían. A través del ventanuco con barrotes de la sala donde Duna y ella esperaban arrestadas, Camila vio la señal de la estación de autobuses. Había estado a las puertas de la libertad.

<<Si no hubiéramos parado a almorzar...>>

Al parecer, la noticia de su desaparición había llegado a oídos de la policía justo después de que Benja y ella abandonaran el restaurante. Uno de los policías recordaba haber visto a Camila con Duna. Todos los policías, que almorzaban juntos una vez a la semana, recordaban el remolque. Así que habían ido tras ellos. Uno de los coches los divisó y pidió refuerzos.
-Entonces se lanzaron sobre nosotros como implacables tropas de asalto -le había informado Camila al policía que los interrogaba, temblando de indignación-. Fue ridículo. Y trataron a Benja como si fuera un criminal.
El policía había fruncido su frente tostada por el sol con consternación.
-Lo siento, señorita Franklin, pero teníamos motivos para pensar que se trataba de un criminal…
-Tonterías -. Replicó Camila-. Si me hubiera secuestrado, ¿no cree que se lo habría dicho a la agente que estaba conmigo en el servicio del restaurante?
-Cuando una persona teme por su vida, suele comportarse de forma incongruente -le explicó el policía-. A veces, ni siquiera pide ayuda.

Camila no estaba dispuesta a tolerar aquella sarta de estupideces.
-En primer lugar, ¿no es un poco extraño que un secuestrador pare a almorzar con su rehén en un restaurante? ¿Y que luego se entretenga paseando a su yegua, mientras cinco policías matan el hambre delante de sus narices?

Incapaz de justificar aquel fragmento de los hechos, el policía se puso un poco más encarnado de lo que ya estaba y se excusó.
La conversación había tenido lugar poco después de que encerraran a Camila en aquella sala, cuando ella y su perra habían emprendido un maratón de chillidos y ladridos al ver que Benja entraba en la oficina esposado.
-Esas esposas son lo más absurdo de todo -le susurró Camila a su perra. Esta respaldó su opinión con un ladrido.

Desde que el agente había hablado con ella y la había dejado sola, hacía cosa de una hora, con un subalterno vigilando la puerta, Camila había imaginado a Benja en otra parte de la oficina, soportando los malos tratos de agentes matones que lo intimidarían hasta llegar a la verdad de su supuesto secuestro.
Si Benja había sufrido el más mínimo empujón, se aseguraría de que recibiera una generosa indemnización. De hecho, se merecía una recompensa aunque no le hubiesen puesto las manos encima. A pesar de lo prepotente y autoritario que había sido con ella, había intentado ayudarla. Ella le había devuelto el favor metiéndolo en aquel lío, como él había vaticinado. Tal vez realmente fuese tan infantil, mimada y egocéntrica como Benja había descrito.
Se ruborizó de vergüenza. Quizá había llegado el momento de afrontar la verdad sobre sí misma.
Todavía no podía creer que su padre hubiese denunciado su secuestro. Solo gracias a su fortuna e influencia, había podido persuadir a las autoridades para que emitieran ese comunicado. No había habido indicios de pelea en su casa, ni petición de rescate, solo la paranoia de su padre y su poder para salirse con la suya.

Alguien llamó a la puerta y Duna corrió a refugiarse debajo de una silla. El guardia asomó la cabeza por la puerta.
-Su padre está a punto de llegar, señorita Franklin. Viene en helicóptero desde La Plata -el joven agente parecía tan impresionado que Cami sintió ganas de abofetearle.

Cuando la puerta se cerró, Cami empezó a contar los minutos, a la espera del estruendo que se produciría en la azotea del edificio. Ya habían pasado siete, cuando oyó los gritos en el pasillo. Duna ladró y saltó al regazo de Camila. En aquel momento, la puerta se abrió con estrépito y su padre irrumpió la sala con expresión borrascosa.
Camila vislumbró a dos de sus guardaespaldas en el pasillo.
-¡Por todos los santos! -exclamó su padre, mientras salvaba la corta distancia que le separaba de su hija. Camila estaba sentada, con los codos apoyados en una mesa de madera llena de arañazos e inscripciones-. ¿Por qué te tienen encerrada como a una delincuente?
-Seguramente porque amenacé con darle un puñetazo en la nariz a uno de los guardias.

La tez normalmente rubicunda de su padre perdió color.
-¿Y por qué ibas a hacer una cosa así?
-Porque todo esto es una soberana tontería. Es injusto que nos hayan tratado como vulgares delincuentes.
-Pensé que Raybourne te había raptado.
-Eso es mentira, y lo sabes.
Roger Franklin se quedó paralizado de asombro. Camila nunca le había faltado al respeto a su padre. Ni siquiera en los momentos en los que más se había rebelado por su independencia, cuando había reservado los gritos y lágrimas para desahogarse después, sola en su cuarto o con Pepa, que la consolaba. Pero estaba harta del civismo que la había dejado con las manos vacías. Algo tenía que cambiar.

CAPITULO 11

Empujó la silla hacia atrás y se puso en pie con Duna en los brazos.
-Quiero que Benja y el policía que me interrogó vengan aquí.
Su padre la miró con enojo.
-Basta ya de tonterías, Camila Kay…
-¡No pienso hablar contigo si ellos no están aquí! -gritó Cami. Duna gruñó.

Roger contempló a su hija con expresión iracunda durante, al menos, un minuto, sin duda, esperando a que ella se acobardara.
Camila se mantuvo firme, y su padre hizo una seña impaciente a sus guardaespaldas, que se alejaron por el pasillo.
Transcurrieron unos segundos de silencio en los que Roger Franklin se sentó delante de la mesa y estudió a su hija con ojos entornados.
-No sé qué mosca te ha picado.
-¿No crees que ya era hora de que madurara?
-No actúas como una mujer madura -le dijo Franklin-. Tu comportamiento al huir de casa en el día de tu boda denota infantilismo e insensatez, precisamente, dos rasgos de tu carácter que creí superados hacía tiempo.
-¿Por qué no escuchas cómo me hablas? Me tratas como si tuviera doce años.
-Si te comportas como si los tuvieras…
Duna profirió un ladrido de bienvenida y, al levantar la cabeza, Cami vio a Benja de pie en el umbral, con el policía a su espalda. Dio un paso hacia él.
-No sabes cuanto lamento lo ocurrido.
Su padre se levantó y también se acercó a Benja.
-Sí, Raybourne, yo también me disculpo. Siento que la estúpida fuga de mi hija le haya ocasionado tantos problemas. No sé de dónde ha sacado esa idea de bombero.

Camila se puso colorada como un tomate al oír a su padre. Se sentía como una niña desobediente a la que hubieran pillado metiendo la mano en la caja de las galletas.
Benja empezó a decir algo, pero el policía lo apartó a un lado y lo interrumpió.
-Está bien, no perdamos la calma -contempló con rostro ceñudo a los dos guardaespaldas que se agolpaban detrás de Benja-. Vosotros dos, salid de aquí.
-Mis hombres… -empezó Roger.
-Pueden esperar fuera -declaró el agente, con autoridad contenida. Cuando los guardaespaldas salieron, a regañadientes de la sala, el policía le indicó a Benja que se sentara en el banco de la pared, frente a la mesa donde Roger Franklin estaba sentado y Camila, de pie. El agente se pasó la mano por sus menguantes cabellos y miró a su alrededor con el ceño fruncido.
-A mi entender, se trata de una cuestión familiar que se nos ha ido de las manos -se volvió hacia Benja-. Señor Raybourne, es libre de irse cuando quiera. Le pido disculpas por todas las molestias que le hemos causado.
Benja se puso en pie.
-No se preocupe agente. Se que solo intentaba hacer su trabajo. Y eso no resulta nada fácil cuando hay niñas ricas y mimadas de por medio.

La mirada de desprecio que le dirigió hizo que Camila sintiera una intensa punzada de dolor en el pecho.
-No sabes cuanto lo siento… -volvió a decir-. Se que mis palabras no aciertan a describir lo que has tenido que soportar hoy. Primero, aguantarme a mí; luego, enfrentarte a un puñado de agentes implacables y, para colmo, verte arrastrado aquí dentro y esposado. Nada de lo que diga podría compensarte por lo ocurrido, pero espero que comprendas que lo lamento de verdad.

Benja no contestó, pero Camila creyó notar que su expresión se suavizaba. No sabía por qué era tan importante para ella que Benja no la odiara…
Roger carraspeó con impaciencia y sacó su talonario.
-Quiero demostrarle mi gratitud, Raybourne.
-No es necesario -replicó Benja y apretó los dientes.
-Insisto -Roger empuñó su estilográfica y terminó de rellenar el talón con un movimiento pomposo-. Raybourne, estoy seguro que su pequeño rancho se beneficiará de esto.
Benja se puso rígido al oír la palabra 'pequeño'. A Camila no le extrañó que moviera la cabeza en señal de negativa, cuando su padre le tendió el talón.
-No puedo aceptarlo -dijo Benja-. No podría recibir dinero por ayudar a alguien que está en apuros.
-Sí, pero Camila no estaba realmente en apuros -contestó Roger, con el talón todavía en la mano-. Solo estaba comportándose como una niña mimada, como usted mismo ha dicho.

Benja miró a Camila con una expresión que ella no acertaba a descifrar.
-Estaba bastante desesperada por huir.
Roger dejó el talón sobre la mesa y le puso la capucha a la estilográfica.
-En realidad, no quería huir. Estaba nerviosa por la boda.
-No quería casarme dijo Camila. Su padre sonrió con condescendencia, mirando al agente.
-No lo dices en serio.
La furia vibró en la voz de Cami.
-Estoy harta de que me digas lo que quiero, o lo que debo hacer, pensar y sentir. Ya era hora de que empezara a pensar y actuar por mí misma. Ya debería estar viviendo fuera de casa.
-Tonterías -su padre puso los ojos en blanco-. No sabrías qué hacer tú sola -la miró de arriba abajo-. Ni siquiera podrías cuidar de tu perra. Y, mucho menos, de ti misma.

CAPITULO 12

Su actitud cruel y burlona, exhibida de forma tan despiadada delante de extraños, hizo enmudecer a Camila durante un momento.
Durante toda su vida se había dicho que su padre se mostraba excesivamente protector con ella porque la quería. ¿Desde cuándo el deseo de mantenerla a salvo se había transformado en un desprecio absoluto para su capacidad? Por alguna razón, su padre pensaba que no tenía cerebro para cuidar de sí misma.

-¿Qué te pasa? -inquirió cuando recuperó la voz-. ¿Acaso lo que le pasó a mi madre te ha deformado hasta el punto de que no puedes verme como una persona real? ¿Desde cuándo no soy más que una más de tus posesiones?
-Te estás poniendo histérica -Roger se puso en pie y le tendió la mano-. Ahora, vamos. Volveremos a casa, para que puedas hablar con Javier…
-Es cierto que le debo una disculpa -dijo Cami, que miró a Benja fugazmente-. Fui una cobarde al huir, en lugar de explicarle por qué no podía casarme con él
-Así es -corroboró Roger, y volvió a extenderle la mano-. Javier te espera en el rancho. Estoy seguro de que te perdonará y podremos aplazar la boda para otro día.
-No, no podremos.
-Camila…
-¿Es qué no me oyes? -le gritó Camila a su padre.
-No quiero oírte cuando te comportas como una estúpida.
Tambaleándose hacia atrás, como si le hubieran asestado un puñetazo, Camila se volvió al policía.
-¿Soy libre de irme cuando quiera?
-Por supuesto. Cuando su padre…
-Lo que haga mi padre no me preocupa -lo interrumpió ella-. No voy a ir a ninguna parte con él.
Roger balbució una protesta, a la que Camila no prestó atención. Recogió su bolsito y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se paró un momento delante de Benja.
-Gracias por todo. Estabas en lo cierto, no necesitaba montar un drama para salir por la puerta, ¿verdad? Tendría que haberlo hecho hace tiempo.

Benja no sabía por qué estaba tan impresionado con Camila. ¿Era otra de sus artimañas? ¿Fingir que se iba para que su padre volviera a ir tras ella? Pero el tono sereno de su voz y su expresión resuelta le indicaban que hablaba en serio. Después de presenciar aquella escena con su padre, confiaba en que se fuera de verdad. Nadie merecía que lo humillaran como Roger Franklin acababa de hacer.
-Camila, vuelve aquí -le exigió Roger cuando ella abrió la puerta. Los hombres de Franklin le bloquearon el paso, y Camila se volvió de nuevo hacia el policía.
-¿Hay alguna razón por la que tenga que hacer lo que quiere mi padre?
El policía miró a Franklin con nerviosismo. Benja no lo culpaba por tener miedo de oponerse a uno de los hombres más ricos de Buenos Aires, pero la verdad era la verdad. El policía carraspeó.
-Señorita Franklin, no hay ninguna ley que obligue a permanecer aquí o irse con su padre.
-No puedes hacer esto -insistió su padre, y el pánico empezó a aflorar bajo su careta de serenidad-. Eres demasiado inexperta e ingenua para sobrevivir un solo día por ti misma. ¿Qué harás para ganarte la vida?
-Buscaré un trabajo.
-¿De qué?
-No es asunto tuyo -replicó Cami con orgullo. Acto seguido, se abrió paso entre los fornidos guardaespaldas, que se apartaron con evidente contrariedad. Benja contempló con admiración y algo parecido al orgullo cómo se alejaba.
-¡¡¡Camila!!! -la llamó su padre encolerizado desde la puerta-. ¡¡Si sigues andando, tendrás que arreglártelas tú sola!! ¡¡No pienso sacarte de ningún apuro!! ¡¡Si te vas, habré terminado contigo para siempre!!

Camila no volvió a aparecer, para gran alivio de Benja. Su padre ordenó a sus hombres que la siguieran.
-Santo Dios -explotó Benja, incapaz de mantenerse al margen un momento más-. ¿Por qué no deja que se marche?
-Raybourne, usted no entiende lo que podría pasarle.
-Entiendo que usted está obsesionado con la seguridad de su hija -Benja movió la cabeza con desagrado-. Camila intentó explicarme por qué no podía salir por la puerta, sin más, como cualquier mayor de edad… ahora comprendo perfectamente a qué se refería.
-Usted no comprende nada -replicó Franklin-. Camila debe estar en casa, allí está a salvo.
-Debe estar donde le dé la gana estar -Benja se volvió al policía-. ¿Podrían asegurarse sus hombres de que los matones de Franklin no molesten a la chica?
-Será un placer -contestó el agente, rebosante de satisfacción, y salió de la sala sin mirar atrás.

Franklin exhaló un suspiro de frustración.
-Raybourne, ya veo que le ha inculcado a Camila unas ideas descabelladas durante las pocas horas que han pasado juntos.
-¿Qué yo le he inculcado ideas descabelladas? -Benja lo negó con un movimiento de cabeza-. No fui yo quien le dijo que saltara desde una ventana y se ocultara en mi caravana como una esclava fugitiva. Estaba decidida a alejarse de usted mucho antes de que yo entrara en escena.
El padre de Camila lo miró con aire reflexivo.
-Se me ocurre pensar que un hombre joven y ambicioso como usted podría haber pensado en las ventajas de relacionarse con una joven adinerada como mi hija.
Benja perdió los estribos.
-Le aseguro que lo último que deseo en el mundo es relacionarme con su hija. Ya he pasado por ahí y no estoy interesado en repetir la experiencia.

Pasaron varios segundos, durante los cuales Franklin siguió estudiando a Benja.
-Sabe, le creo -dijo finalmente. Benja casi podía ver los engranajes girando en el cerebro del magnate-. Creo que es usted exactamente lo que parece. Un hombre honrado y sincero.
-Tengo la terrible sensación de que me está dorando la píldora por alguna razón, señor Franklin -dijo Benja, y se volvió hacia la puerta-. Sea lo que sea lo que quiere pedirme, la respuesta es no. Tengo una yegua que llevar a mi rancho. Al contrario que usted, soy un hombre trabajador y no puedo permitirme el lujo de malgastar mi tiempo.
-Estoy seguro de que hay un sinfín de cosas que no puede permitirse.
El pausado comentario hizo que Benja cerrara los puños a los costados.
-adiós, Franklin.
-Si me hiciera un favor, podría romper el talón que me extendió por Realeza. Podría regalarle a la yegua.

Benja sabía que saldría mejor parado si seguía andando, subía al camión y se alejaba de los Franklin, padre e hija, de una vez por todas. Pero el recuerdo del talón que había extendido la noche anterior estaba grabado en su mente. La suma representaba todos sus ahorros, un gasto muy superior al que podría permitirse. La sola idea le hizo vacilar. Franklin añadió:
-Subiré la oferta. Podría quedarse también con el talón que acabo de rellenar.

Se refería al talón que había extendido hacía unos minutos, el mismo que Benja había rechazado sin ni siquiera conocer la cantidad.
-Asciende a cinco mil dólares -dijo el padre de Camila-. Con eso podrá pagar sobradas provisiones y materiales para su rancho. Écheme una mano y, tal vez, le recompense con cinco mil más.

Benja quería resistirse, pero era humano. Se dio la vuelta y miró a Franklin a los ojos.
-¿Qué es lo que quiere?

Capitulo 13

-Mi hija necesita a alguien que la cuide.
-No soy una niñera.
-Déle un empleo en su rancho. Sabe mucho de caballos. Póngala a trabajar y yo le daré dinero para pagar su sueldo.
Al recordar la angustia de Camila ante la perspectiva de recoger boñiga de caballo, Benja no pudo reprimir una carcajada.
-Perdóneme si no puedo imaginar a su princesita trabajando con las manos.
De nuevo, Franklin pareció sumido en sus pensamientos. Finalmente, dijo:
-Tal vez le haga bien -por primera vez, Benja vio una chispa de emoción en la mirada del magnate-. Tal vez me equivoqué al pensar que tenerla apartada del mundo era lo mejor para ella. En realidad, solo he conseguido convertirla en una miedosa. Quizá sea por eso por lo que no la tengo en mucha estima.

Oír a un padre reconocer que su hija no le agradaba suscitó la compasión de Benja.
-Protegerla es una cosa, pero tratarla como si fuera una idiota, es otra muy distinta. Camila no es una inútil, aunque usted quiera tratarla como si lo fuera.
El padre de Camila asintió con una mirada contemplativa en el rostro.
-Me gustaría que cuidara de ella este verano. No quiero que le dé unas cómodas vacaciones. Sea duro con ella. Demuéstrele lo inhóspito que puede ser el mundo.
-Cree que volverá a casa con la cabeza baja, ¿no?.
-O aprenderá a valerse por sí misma.
Benja no podría haber dicho cuál de los dos desenlaces sería de mayor agrado para Franklin. Superado el ánimo pensativo, el padre de Camila volvió a comportarse como el implacable hombre de negocios que era.
-¿Qué me dice, Raybourne? ¿Hay trato o no hay trato?

<<Esto no está bien>>, susurro una vocecita en la cabeza de Benja. El mismo código ético que le había impedido dejar sola a Camila en la carretera, le dijo que aquello no era honrado. Si aceptaba el dinero y le ofrecía un empleo a Cami en su ancho, la estaría traicionando.
Pero, ¿qué haría si él no la ayudaba? Había salido de la oficina de la policía decidida a valerse por sí misma, aunque no tenía ni la más remota idea de lo que eso implicaba. Rebosaba determinación, pero no había logrado camuflar la vulnerabilidad que escondía a flor de piel. Alguien podría aprovecharse fácilmente de ella.

Todavía sin bajar la vista hacia el talón que le ofrecía, Benja le preguntó a Franklin:
-¿Qué le hace pensar que querrá venir conmigo?
-Irá con usted. -contestó su padre-. Diga lo que diga, Camila está asustada. No sabe adónde ir ni cómo ganarse la vida.
Benja asintió, confirmando aquella impresión. Sabía que Camila no había meditado más allá de huir de la casa de su padre. Franklin era claramente egoísta y manipulador. Si Benja no ayudaba a su hija, su padre la acosaría hasta que ella acabara cediendo y regresando a su casa. Tal vez Benja pudiera ayudarla a huir de una vez por todas. No sabía por qué se creía en el deber de echarle una mano, pero así era.
-Estará encantada de trabajar para usted -continuó Franklin-. Si se queda durante todo el verano, además de este talón -volvió a tendérselo-, recibirá otro igual. ¿Trato hecho?

Los ceros que se agolpaban detrás del cinco resultaban tentadores. Benja intentó decidirse sin tomar en consideración que aquella suma y el precio que había pagado por Realeza permitirían que su negocio de cría de caballos saliera de los números rojos.
Como si le estuviera leyendo el pensamiento, Franklin dijo:
-Piense en esto como en un negocio, Raybourne. Me estará prestando un servicio a mí y este es el pago.
<<Pero en realidad, estaré prestándole un servicio a Camila>>, se dijo Benja. <<Y si acepto el talón, podré ayudarme a mí y a ella al mismo tiempo>>.
Sin estar del todo satisfecho con su razonamiento, Benja aceptó el dinero. Franklin sonrió.
-Vamos, mis hombres podrán decirnos dónde está Camila.

Capitulo 14

¿Quién iba a saber que no dejaban viajar con perros en los autobuses?
Con un suspiro entrecortado de cansancio, Camila se acomodó en un banco a la entrada de la estación. A su lado, Duna la miró con ojos brillantes y esperanzados.
-Causas muchos problemas -le dijo Camila a su mascota.
En respuesta, la perrita la acarició con su nariz húmeda y fría, y Camila la abrazó. Sacó de su bolsito un paquete de galletas saladas y le ofreció unas cuantas al animal. Su compañía compensaba todos los problemas. Parecía como si Duna fuese lo único que Cami tenía en el mundo.

Los minutos transcurrían lentamente mientras el sol de la tarde bañaba con sus rayos oblicuos aquella pequeña y tranquila ciudad de Buenos Aires. Camila sabía que debía ponerse en marcha, pero no sabía qué hacer. No tenía suficiente dinero para comprarse un coche, ni una tarjeta de crédito para alquilar uno. El autobús quedaba desechado. No había aviones ni trenes de pasajeros. Quizá pudiera llamar a una de sus amigas de la universidad para pedir ayuda, pero la sola idea la irritaba.
De vez en cuando, miraba fugazmente calle arriba, medio esperando que su padre saliera del edificio del juzgado y caminara hacia ella a grandes zancadas. Pera la acera estaba desierta. Los guardaespaldas que la habían seguido se habían esfumado, ahuyentados por el policía y uno de sus ayudantes. El comisario le había preguntado amablemente si podía ayudarla en algo, ella había declinado su ofrecimiento y se había quedado sola, dispuesta a comprar un billete de autobús.

Y allí seguía. Sola. Libre por fin. ¿Por qué no estaba radiante de alegría?
Tal vez porque tenía miedo de que su padre tuviera razón. Tal vez fuera demasiado inexperta o ingenua para valerse por sí misma.
-A lo mejor puedo esconderte en mi bolsito -le dijo a Duna.
La perrita ladró a modo de respuesta, luego saltó del banco y correteó por la acera, levantándose repetidas veces sobre las patas traseras.
-¿Se puede saber qué te pasa? -Camila halló la respuesta a su pregunta en el camión con remolque que estaba aparcando en las plazas vacías que había delante del banco.
Duna ladró como si estuviera saludando a un viejo amigo.
Camila intentó con todas sus fuerzas no sentirse inmensamente feliz cuando vio a Benja asomarse por la ventanilla. De hecho, estiró las piernas, enfundadas en la polvorienta tela de los vaqueros, y fingió indiferencia.
-¿Ya has comprado el billete? -preguntó Benja. Camila elevó la barbilla y mintió.
-Sí, estamos esperando a que llegue el autobús.
-Yo creía que los autobuses paraban en la parte de atrás.
-Aquí se está mejor.
Benja la miró con el ceño fruncido.
-¿Tienes dinero suficiente para el billete?
La preocupación que reflejaba su voz la irritaba. Apenas hacía una hora, la había mirado con desprecio. No necesitaba que sintiera lástima por ella.
-Eso no es asunto tuyo.
-No tienes por qué ponerte a la defensiva. ¿Qué ha sido de la joven que lamentaba tanto las molestias que me había causado?
-Y todavía lo lamento -replicó Cami-. Pero no entiendo por qué sigues interesándote en mí. Pensé que habrías huido de aquí como alma que lleva el diablo.
-Sí… bueno… -Benja tamborileó con los dedos en la puerta-. Es que he estado pensando en la forma en que te enfrentaste a tu padre.
Camila desvió la mirada y jugó con el extremo de una de sus trenzas.
-Debí haberlo hecho hace mucho tiempo.
-Es un poco idiota, tu padre…
-Sí, lo es -corroboró Cami
-Pero supongo que no creerás que va a desentenderse de ti.
Camila se enfureció.
-Ya se que piensas que solo estaba fingiendo para que mi padre saliera en mi busca. Te equivocas, lo único que quería era huir. Pues bien, ya lo he hecho. Y me encuentro perfectamente en mi nueva situación, muchas gracias -la expresión de Benja denotaba incredulidad, pero no dijo nada-. ¿Querías algo más? -le preguntó Cami, al ver que no continuaba la marcha pasados unos momentos.
-Bueno, yo estaba pensando en ofrecerte un empleo.
-¿Qué?
-En mi rancho, con los caballos.
Camila lo miró con recelo.
¿Cuál es el truco?
-No hay truco. Vi, por la forma en que tratabas a Realeza, que te gustan los caballos. Necesitaría que alguien me echara una mano este verano. Mi madre… tiene a su cargo un campamento y, bueno… sé que necesitas un trabajo. ¿Qué te parece?

Camila no podía dar crédito a sus oídos. Se puso en pie, con las manos en las caderas, y avanzó hacia el camión.

Capitulo 15

-A ver si lo he entendido bien. ¿Estás interesado en contratar a una niña rica, débil y mimada?
Benja bajó la cabeza con expresión claramente avergonzada.
-Siento haberte llamado todo eso. Es evidente que has tenido mucho que aguantar con tu padre.
-Y, después de haberme librado de él, lo último que me apetece es trabajar para ti. -se inclinó, tomó a Duna en brazos, recogió el bolso del banco y echó a andar por la acera, hacia la oficina de policía. Benja la llamó.
-¿Adónde vas? Creía que estabas esperando al autobús -Camila siguió andando, con los hombros rígidos de obstinación-. Vamos, Camila… -le gritó Benja, y avanzó lentamente con el camión-. Aparqué detrás de la estación para buscarte y me dijeron que no podías comprar un billete con ese chu… quiero decir, con Duna. Sé que no tienes adónde ir.
Camila se volvió y lo traspasó con la mirada.
-Déjame en paz.
-Camila…
Entonces, giró sobre sus talones y se encaró con él.
-¿Qué es lo que quieres?
-¿Ayudarte? -sugirió Benja.
-No imagino por qué.

Benja no podía mirarla directamente a los ojos.
-Creo que necesitas un respiro.
-No concibo qué te ha hecho cambiar de idea sobre mí, pero no me interesa recibir tu caridad.
-Tendrás que trabajar, y pienso pagarte. Quizá así tengas tiempo para pensar en lo que quieres hacer.

Tiempo. Aquella era una perspectiva sugerente. Estar en algún lugar cómodo y seguro, pero lejos de su padre, sería un inmenso alivio. Podría ponerse en contacto con sus conocidos de Chicago, pedirles que le buscaran algún trabajo y ahorrar el dinero que Benja fuese a pagarle. Al final del verano, podría tener suficiente para empezar de verdad una nueva vida.

Benja se percató de su vacilación. Se sentía como un gusano por aprovecharse de las inseguridades de Cami, pero, qué importaba, ya había hecho un pacto con el diablo, ¿qué podía ser peor? Tal vez todo fuera para bien. Aquella princesita aprendería lo que era ganarse el pan de cada día y el rancho Raybourne obtendría a Realeza sin que le costara un dólar.
-¿De verdad quieres que trabaje para ti? -preguntó Camila.

Quería que trabajara para él tanto como deseaba que su mejor semental se quedara estéril. Pero, al margen del trato que había hecho con su padre, Benja pensó en lo que podría pasarle a Cami si se marchaba por su cuenta. La luz dorada de la tarde jugaba con sus rasgos pálidos, realzando sus ojeras y el cansancio que se reflejaba en torno a sus labios. Parecía joven e indefensa. ¿Qué iba a hacer si no se subía en el camión con él?

Echó el freno de mano, abrió la puerta y saltó a la acera para agarrar su bolsito.
-Vamos -dijo con toda la amabilidad de la que era capaz-. Estás agotada, y me gustaría recorrer unos cuantos kilómetros antes de parar a pasar la noche. En marcha.
Camila vaciló solo un momento más.
-Todavía no entiendo por qué haces esto. No sé si debería confiar en ti.
Con un gruñido como única respuesta, Benja abrió la puerta de par en par. Camila inspiró profundamente y trepó hasta el otro extremo del asiento, ofreciendo a Benja un grato panorama de su pequeño y ágil trasero.

Benja contó hasta diez en silencio y se acomodó detrás del volante. No dijo nada cuando la ridícula perrita se acurrucó contra su pierna en lugar de contra su ama.
-No importa -la tranquilizó, cuando Camila se dispuso a retirar al chucho-. Cualquier cosa es mejor que oírla ladrar.
-Le gustas.
Preguntándose si debía considerarlo una bendición o una maldición, Benja se concentró en la carretera. Según el mapa, había un camping no muy lejos de la ciudad. Podrían pasar allí la noche. La caravana tenía dos camas. Después de la epopeya de aquel día, sin duda a Camila no le importaría compartir…

Capitulo 16

Aquel pensamiento se extinguió cuando se dio cuenta de que Camila se había soltado el pelo. ¿Quién habría imaginado que, en aquellas gruesas trenzas, se ocultaban unos deslumbrantes rizos de color rojizo?
Camila se frotó el pelo con los dedos y una exuberante melena cayó en ondas sobre sus hombros y brilló a la luz tenue del atardecer.
La joven con trenzas y gorra de béisbol, medianamente atractiva, a la que había sacado a rastras de su caravana y había dejado caer al suelo delante de la policía había sufrido una metamorfosis. El pelo enmarcaba y suavizaba sus rasgos. Estaba… femenina, seductora, irresistible.

Mientras Benja intentaba digerir aquellos cambios tan espectaculares, Camila rebuscó en su bolsito hasta sacar un cepillo.
-Esta absurda melena -murmuró, mientras inclinaba la cabeza hacia delante y se pasaba el cepillo desde la nuca hacia las puntas-. Pesa tanto y me da tanto calor. Voy a cortármelo al cero…
La protesta de Benja fue una súplica ahogada y torpe. Camila levantó la cabeza y, a medida que los cabellos le caían en cascada sobre los hombros, una fragancia dulce y aromática se propagó por la cabina del camión.
-¿Has dicho algo? -preguntó, mirándolo con los ojos muy abiertos. Benja carraspeó.
-Pasaremos la noche en un motel. Yo dormiré en la caravana y tú en la habitación.
-Pero…
-Nada de <<peros>>, por favor.

Benja se concentró en la carretera, a fin de desviar la atención de la creciente tensión en su entrepierna.
-¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar a tu rancho? -preguntó Cami.
-Al menos, dos días más.
<<Dos largos días enclaustrado con ella en este camión. Dios mío, ¿qué he hecho?>>.
Benja miró a Camila de soslayo una vez más. Contempló la cortina de seda roja, que pedía a gritos las caricias de un hombre, la boca pequeña y delicada, y los senos que llenaban la camiseta con una redondez suave y seductora. ¿Por qué no se había fijado en ella antes?
-Va a ser un viaje muy largo -murmuró-. Muy, muy largo.
Camila no dijo nada. Benja se removió en su asiento, en un intento por ponerse cómodo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la perrita lo estaba mirando con ojos entrecerrados, casi con desaprobación. Como si supiera exactamente en qué estaba pensando. Bajó un poco la ventanilla para sentir el aire fresco en el rostro. No era la ducha fría que necesitaba, pero algo hacía. Dios sabía que iba a necesitar toda la ayuda del mundo para sobrevivir a aquel viaje.



besiitoss¡¡

 
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LeTii_pRiinCesiita
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Re: rica heredera

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September 12 2008, 6:48 PM 

x supuesto wapisimaaa!!!!


CAPITULO 1

Camila Franklin sabía que ninguna novia podía soñar con un escenario más hermoso para un banquete prenupcial. Una suave brisa soplaba en aquella tarde de últimos de mayo. El sol se había ocultado tras el horizonte, pintando el inmenso cielo de Buenos Aires de tonos rosa y lavanda, a juego con los pensamientos y de las petunias que bordeaban el patio de baldosas. Un cuarteto de cuerda servía de acompañamiento a los invitados y al tintineo del hielo en las copas de fino cristal.
Los grupos de invitados entraban y salían de la mansión, paseando desde la galería hasta el bufé dispuesto bajo una carpa, en el jardín. La flor y nata de La Plata se había congregado en todo su esplendor para brindar por la boda de la hija de Roger Franklin.

Y así era exactamente como la veían, como la hija de Roger Franklin, la futura esposa de Javier Crane. Nada más.
Camila dejó la copa de champán sobre una mesa y se alejó, prácticamente sin ser vista, de la mesa de invitados. Al otro extremo de la galería, su padre daba la bienvenida a los recién llegados. Javier estaba de pie a su lado, sonriente, mientras Roger le daba una palmadita en el hombro en señal de aprobación. Al día siguiente, cuando Javier le diera el sí a Camila, dejaría de ser la mano derecha des u padre y pasaría a formar parte de la familia. Roger tendría exactamente lo que quería, lo mismo que Javier.
¿Y ella?
A Camila le costaba respirar.
Entró en la casa y se abrió paso hacia la planta de arriba, saludando y murmurando excusas a los pocos que intentaron detenerla.
Qué ironía. En teoría era la invitada de honor de aquella velada, la novia, pero podía escabullirse sin que nadie se diera cuenta.

Un ladrido de alegría le dio la bienvenida cuando cerró la puerta de su cuarto. La pequeña bola de pelo saltó de la cama y empezó a dar saltitos de alegría alrededor de Camila. Ella se arrodilló y levantó en brazos a su caniche.
-Hola, Duna, pequeña. Hola preciosa.
Un resoplido hizo que Camila se pusiera en pie, todavía con el animal en brazos. En el umbral del vestidor se erguía una enorme mujer con una montaña de prendas en los brazos. Pepa Gunter miró a Camila con desaprobación, y le habló con familiaridad propia de la enfermera, doncella y madre que había sido para ella durante más de veinte años.
- ¿Qué haces aquí?
- A nadie le importa si estoy en la fiesta o no –la falda de seda de color bronce se agitó en torno a los tobillos de Camila mientras atravesaba la estancia. Duna le dio un lametón de consuelo en la barbilla.
Pepa empezó a guardar con cuidado la ropa en una de las maletas que había abiertas sobre la cama.
- Pobrecita –dijo con retintín, como lo habría hecho cuando Camila tenía diez años-. Está tan sola que solo sabe compadecerse de sí misma.

La insistencia de Pepa en tratarla como a una niña era una vieja batalla para la que Camila no tenía fuerzas en aquellos momentos. Se detuvo junto a una de las ventanas contiguas a la cama y apartó un finísimo estor. Su habitación daba a la parte de la mansión más próxima a los graneros y los establos, lejos de los jardines y de la fiesta, pero incluso desde allí se oían la música y las risas.
- Todas esas personas han venido a ver a mi padre. Yo no les importo.
- Vamos, vamos…
- Es cierto –distraídamente, Camila contempló cómo un camión con una caravana y un remolque de caballos se desviaban de la entrada principal y tomaban el camino hacia los graneros.
- Estás comportándote como una niña tonta.
El camión y la caravana se detuvieron delante de los establos y, con un suspiro, Camila se volvió hacia Pepa.
- Yo sólo soy la hija del gran hombre. Ni una gran belleza, como mi madre, ni un genio, como mi padre. Nada realmente espectacular. Una mera curiosidad digna únicamente de unos segundos de atención, porque he vivido enclaustrada durante la mayor parte de mi vida.
- Tú padre solo intenta protegerte. Ya sabes por qué –el reproche en el tono de Pepa era evidente.

Camila se mordió el labio para contener una impotencia. Por supuesto que conocía los motivos de su padre. Roger Franklin, un niño prodigio de la electrónica, había creado su propia compañía antes de cumplir veinte años y, a los treinta y cinco, ya se había hecho millonario y se había casado con la debutante más solicitada de toda La Plata. Quince años atrás, cuando Camila tenía solo ocho años, su madre había sido secuestrada. Roger pagó el rescate, pero la hermosa Sonia Franklin fue asesinada. Roger no había dejado de culparse por su muerte ni de mantener a salvo a su única hija.
Casi siempre Camila había sido capaz de perdonar el excesivo proteccionismo de su padre. Aunque a menudo se había sentido como un caballo salvaje coceando tras la puerta de un establo, había hecho lo que su padre le había pedido. Había accedido a que los guardaespaldas la acompañaran a todas partes, al colegio, de compras o a las escasas excursiones y reuniones con compañeros de clase. Había vivido en la mansión de La Plata en lugar de en una residencia o en un apartamento mientras iba a la universidad. Había dejado a un lado su deseo de utilizar su talento artístico como medio para ganarse la vida. Su padre ni siquiera concebía que su hija trabajara en su propia empresa.

El hecho de que, aquella noche, solo conociera a unos cuantos invitados se debía a su padre. Roger Franklin había desalentado cualquier posible amistad. Camila había hecho amigos a pesar de todo, especialmente en la universidad. Sin embargo, la mayoría de esos amigos estaban ocupados llevando vidas que no incluían guardaespaldas, ni verjas electrónicas, ni muros.
Camila pasaba gran parte del tiempo allí, en el rancho, donde su padre, a menudo, organizaba fiestas. Hacía de anfitriona, pero nunca llegaba a intimar con ninguno de los invitados.
Para algunos llevaba una vida idílica. Sin preocupaciones económicas, con una hermosa mansión, ropa cara, caballos premiados, pistas de tenis, piscina y unos criados que satisfacían todas sus necesidades. Incluso viajaba a lugares exóticos cuando su padre lo creía apropiado.
Camila había intentado con todas sus fuerzas apreciar su buena suerte.
Cuando su padre le había instado a salir con Javier, al principio, se había sorprendido. Luego, había dado gracias. Porque con Javier, había podido salir de su jaula de oro. Con un hombre digno de la confianza de su padre, sin duda podría empezar a vivir su propia vida.

Era fácil sentir agrado hacia Javier. Era un joven atractivo, culto y amable, y simpatizaba con las ansias de independencia de Camila. Camila nunca se engañó pensando que lo amaba, pero le parecía atento y simpático. Tenían intereses comunes, como los caballos, la música y los libros.
Camila soñaba con poder mudarse a la casa de Javier en cuanto regresaran de su mes de luna de miel por Europa. Se había imaginado viviendo una vida normal, agradable. Sin duda, como una mujer casada que gobernaba su propia vida, podría escapar finalmente de las sombras de terror que habían acosado a su padre y la habían esclavizado a ella.
Pero, aquella misma tarde, Javier le había hecho saber que vivirían allí, en la mansión. Con las cámaras de seguridad en el exterior. Con el guardia en la verja de entrada. Con guardaespaldas vigilando todos sus movimientos. Al protestar, Javier le había recordado a Camila que allí estaba a salvo.
¿A salvo? Más bien, enjaulada.
Javier había hablado igual que su padre.
Aquella tarde, Camila se había dado cuenta de que solo veía su matrimonio como una vía de escape de la prisión lujosa que era su vida. Hasta ese momento, se había convencido de que realmente quería pasar el resto de su vida con Javier. Pero, al ver que su prometido se había erigido en un guardián más de la prisión, Camila se negaba a seguir viviendo así.
Llevaba todo el día fantaseando con huir. Con volcar las mesas cargadas de regalos de boda y salir corriendo por la puerta principal.
Con robar uno de los uniformes de los camareros y salir, sin ser reconocida, por la puerta de la cocina. Con mezclarse con los invitados, subir a un coche y salir huyendo.
Pero en lo único que podía pensar era en las veces que había intentado escapar… para pasar una tarde a solas en el cine con una amiga del colegio, o un fin de semana con su único novio antes que Javier. O en París, el año pasado, cuando solo había querido pasear por una calle legendaria sin sentirse observada, pero los hombres de su padre la habían encontrado. Siempre la encontraban.

Su padre consideraba aquellos intentos de independencia como muestras de inmadurez. La tachaba de impulsiva e ingenua, y le hacía sentirse absurda y no demasiado inteligente. Al mismo tiempo, decía que la quería y que solo deseaba protegerla.
Tal vez por eso, Camila no podía odiarlo, aunque le hiciera sentirse tan inepta. Roger Franklin se creía capaz de mantenerla a salvo como incapaz había sido de salvar a la madre de Camila.
Los hombres que la habían raptado habían sido empleados de la mansión. Roger había confiado en ellos, haciéndoles partícipes de su vida familiar, y ellos lo habían traicionado. Desde entonces, nunca había bajado la guardia.

Capitulo 2

Una vez más a Camila le costaba trabajo respirar.
- ¿Te encuentras bien?
Camila levantó la vista y, al ver la expresión preocupada de Pepa, intentó disimular su congoja para no tener que hablar.
- Solo estoy… nerviosa.
- ¿Cómo no vas a estarlo? –sonriendo, Pepa se volvió hacia el rincón donde el centelleante vestido de novia de raso y tul colgaba delante de un espejo de tres hojas-. Mañana, te pondrás el vestido de tu madre, caminarás hasta el altar del brazo de tu padre, bailarás en el banquete y serás la novia más hermosa que La Plata haya visto nunca. El señor Roger y el señor Javier se sentirán muy orgullosos… Toda esa gente de ahí abajo nunca te olvidará.

Sí, estaría memorable. En tanto que hija de Roger Franklin, o novia de Javier Crane. Nunca conocerían a Camila Kay Franklin. Nadie podía conocerla. Ni siquiera ella estaba segura de conocerse a sí misma.
Duna profirió un ladrido de sorpresa cuando la puerta se abrió de par en par. Roger Franklin entró a grandes zancadas en la habitación, y el perro saltó al suelo para saludarlo.
El padre de Camila no era alto. De estatura media, corpulento, distaba de ser un hombre atractivo. Tenía el pelo pelirrojo que Camila había heredado, aunque con canas en las sienes, y sus ojos castaños, iguales a los de ella, llameaban un rostro insípido. Pero el atractivo que le faltaba, lo compensaba con su presencia. Emanaba poder, seguridad en sí mismo y fortaleza.
Como en otras ocasiones, Camila resistió la tentación de ponerse firme.
- Hola, padre.
- Deberías estar en la fiesta.
- Lo sé.
- Entonces, ¿qué haces aquí?
- Necesitaba estar a solas unos minutos
- Javier quiere que estés a su lado
- ¿Ah, sí? –muy a su pesar, Camila no pudo ocultar el sarcasmo que impregnaba sus palabras. Antes, le hubiera hecho ilusión pensar que su prometido requería su presencia, pero, en aquellos momentos, aquella farsa le parecía absurda. Su padre arqueó una ceja.
- ¿Ocurre algo, Camila?
<<TODO>>, quería gritar. Pero no conseguiría nada, así que de limitó a negar con la cabeza.
Duna seguía dando saltos y ladrando a los pies de Roger, suplicando su atención. Camila había visto cómo su padre acariciaba a su malcriada mascota, que nunca se sentía intimidada por él, pero en aquella ocasión, le espetó:
- ¿No puedes hacerla callar, Camila?
Camila la levantó en brazos, pero Duna siguió gimiendo, mirando a Roger con los ojos negros lastimeros. Este suspiró pesadamente.
- Camila, deberías regresar a la fiesta, sobre todo ahora que necesito escaparme durante unos minutos
- ¿Ocurre algo?
Roger le agitó la mano con impaciencia.
- Acaba de llegar el criador que va a comprar a Realeza.
La mención de una de sus monturas favoritas hizo que Camila sintiera una punzada de tristeza.
- ¿De verdad tienes que venderla?
- Ha cumplido su cometido.
La famosa yegua, premiada en varios concursos, había parido dos potros engendrados por la flor y nata de los establos Franklin. En aquellos momentos, iba a parar a manos del mejor postor. Camila se sentía identificada con el bello animal, que no tenía ni voz ni voto en su propio destino.
- ¿Es que ese criador no puede tratar con Jake? –Preguntó refiriéndose al capataz de su padre-. ¿O esperar, al menos, a que acabe la fiesta?
- Ya sabes que yo me ocupo personalmente de mis asuntos. Y no hay razón para que espere. A primera hora de la mañana, puede estar ya de camino con Realeza.
- Por supuesto –murmuró Camila, sintiéndose estúpida. Su padre hacía los negocios en persona, siguiendo su propio horario. Le habían sugerido que sería más rico, y su compañía aún más próspera, si soltaba un poco las riendas, pero él se mofaba de tales sugerencias.
- Baja a la fiesta –le ordenó Roger.
- Deja que me retoque el maquillaje.
Su padre asintió, miro a Duna con el ceño fruncido y extendió el brazo con desgana para acariciar al animal. El perro se estremeció de placer. Roger observó con ironía:
- Te está poniendo perdida de pelo.
Camila contempló con desolación su blusa blanca antes inmaculada y se sintió como si tuviera dieciséis años en lugar de veintitrés.
Roger empezó a darse la vuelta, liego se detuvo. Su voz se hizo más grave y sus rasgos se suavizaron ligeramente.
- Esta noche estás preciosa, Camila. Te pareces a tu madre.
Camila tragó saliva. Sabía que no se parecía en nada a su madre, rubia y elegante, y no entendía por qué su padre mencionaba ningún parecido. Roger prosiguió:
- Esta boda la haría muy feliz, igual que a mí. Javier podrá cuidar de ti.
Las palabras se agolparon en la garganta de Camila. La idea de ser protegida durante el resto de su vida era demasiado terrible para hacer ningún comentario.
Su padre debió de interpretar su silencio como un asentimiento, porque se dio la vuelta y salió de la habitación.

Camila se sentó en el borde de la cama, presa de la indignación.
<<Tengo que salir de aquí. Tengo que huir>> Las protestas de Duna y la voz de Pepa penetraron en el fragor que había en su mente.
- Debes ir – murmuró Pepa, mirándola con preocupación-. Vamos, vete.
Lentamente, Camila soltó a la perrita y contempló a su niñera de toda la vida.
- Sí –corroboró-. Me voy.
Pero no hablaba de volver a la fiesta….

CAPITULO 3

- Vamos preciosa, eso es. Ya está. –Benjamín Raybourne suspiró con aprobación mientras deslizaba la mano por el lustroso pelaje de color ébano de la yegua. Realeza golpeó el suelo con los cascos delanteros y volvió su regia cabeza hacia él, mientras su aliento se elevaba en forma de nube en el aire fresco de la mañana.
El capataz del rancho Franklin, Jake Keneally, se rascó la barba.
- Cualquiera diría que te conoce.
- Tal vez conozca a la familia –Jake lo miró con perplejidad-. Su padre perteneció al mío –explicó Benja, mientras acariciaba el morro de terciopelo de la yegua-. Orgullo de Carmen nació y se crió en el rancho Raybourne. Le pusimos ese nombre en honor a mi madre.
- Conocí a ese semental –contestó Jake-. Pero pertenecía a un criador de Río Negro.
Benjamín sintió un nudo de rencor en el estómago, era una sensación familiar.
- Mi padrastro lo vendió sin nuestro consentimiento.

Al parecer, el capataz ya tenía bastantes problemas de qué preocuparse como para indagar. Gruñó y acarició a Realeza con afecto.
- No puedo decir que me agrade ver salir a esta belleza, pero me alegra saber que estará en manos de alguien que la aprecia.
- De eso puedes estar seguro –Benjamín tomó la brida de Realeza y la condujo hacia el remolque sin dejarle de hablar con dulzura.
Sin apenas alboroto, Realeza subió al remolque blanco adornado con una erre mayúscula de color negro. Benja arrojó su bolsa de tela en el asiento delantero del camión y se volvió para estrechar la mano de Jake.
- Gracias por todo. Sobre todo, por la cena y la cama blanda –señaló la caravana enganchada a su camión-. Demasiadas noches en eso llegan a cansar.
Con el último saludo, Benja subió al asiento del conductor y se puso en camino. Aunque el sol todavía no había salido, el horizonte estaba iluminado por sus rayos cuando se detuvo ante la verja. Un guardia uniformado, distinto del de la noche anterior, se acercó a la ventanilla con una especie de carpeta de pinza en la mano.
- Buenos días, señor Raybourne. Jake acaba de llamar para decirnos que salía.
- Aquí os tomáis muy en serio las medidas de seguridad ¿verdad? –comentó Benja con una sonrisa. El guardián lo miro con gravedad.
- El señor Franklin da unas órdenes muy precisas.
- No lo dudo –Benja suponía que Roger Franklin era preciso en todo referente a su familia, su negocio y sus pertenencias.
El guardián hizo una anotación en la carpeta, dio un paso atrás y estudió la cabina de camión con caravana y remolque durante un momento. Confiado de que no había motivos para registrar el vehículo, abrió la verja eléctrica y dejó salir a Benja.

Toda aquella operación le hizo gracia. Benja comprendía que un hombre rico debía preocuparse por la seguridad, pero aquella casa le parecía una fortaleza. Tal vez las precauciones se debían a la gran fiesta que se había celebrado la noche anterior. Jake le había dicho que la hija de Franklin iba a casarse aquella mañana.
Contemplando el resplandor dorado del horizonte y el cielo, que estaba cambiando del gris al azul, Benja murmuró:
- Va a hacer un tiempo precioso para una boda –se miró a los ojos en el retrovisor-. Espero que esta salga mejor que la mía.

Si todo hubiera salido como habían planeado. María y él habrían celebrado su tercer aniversario hacía un par de semanas. La madre de Benja había achacado a esa fecha el mal humor que lo había dominado últimamente. Se equivocaba, pensó Benja. María era agua pasada y ya había superado que lo dejara plantado ante el altar. Raras veces recordaba cómo había tenido que anunciar a todos los presentes de la Iglesia que la joven a la que amaba había cambiado de opinión y ya no quería unir su destino al de un criador de caballos en ciernes, cuya única posesión libre de deudas era la pasión que le ardía en el cuerpo
Al darse cuenta de que estaba agarrando con demasiada fuerza el volante, Benja relajó los dedos. Tal vez su madre tuviera razón, después de todo. Tal vez su mal humor no se debía únicamente al exceso de trabajo y preocupaciones. Había estado pensando en María. Su compromiso con un próspero empresario de Buenos Aires había sido anunciado hacía un mes, y la noticia había hecho dudar a Benja. ¿Realmente era tan malo lo que María le había pedido?

CAPITULO 4

Antes de casarse, María le había rogado que vendiera la mitad del rancho a su padre. El capital le habría permitido reconstruir el negocio de cría caballar, que su irresponsable padrastro había intentado destruir, y reformar la casa para que María viviera con las comodidades a las que estaba acostumbrada.
Pero Benja había querido reconstruir la granja con ella, como un equipo, trabajando como sus padres y sus abuelos lo habían hecho años atrás. Aunque sabía que el padre de María era un hombre bueno y honrado, temía que otro extraño tuviera voz y voto en el rancho. El único que había interferido antes, casi lo había llevado a la ruina. Benja no pudo hacer lo que María le pedía.
Ella lo había tachado de obstinado y de orgulloso, y habían discutido. Pero Benja creyó que ella seguía amándolo y que pensaba seguir adelante con lo de la boda. Subestimó los temores de María a vivir de los escasos ingresos que él tenía. Después del ridículo que su familia había tenido que padecer, Benja seguía sin poder creer que su prometida lo hubiera dejado plantado en la iglesia el día de su boda. Pero así había sido.
Debía considerarse afortunado por no haberse casado con una mujer capaz de humillarlo públicamente de aquella manera. Pero, últimamente, mientras trabajaba hasta caer rendido en la cama y pasaba las noches solo en casa, Benja no estaba tan seguro de su buena fortuna.
Se esforzó por disipar las nubes de pesar de su corazón y se incorporó a la carretera principal, en dirección este, hacia su hogar. Evitaría las antas velocidades de la autovía, se ceñiría a las carreteras de segundo orden y pararía tantas veces como le fuera posible, para que Realeza estirara las piernas, el hermoso corcel era un elemento crucial en sus planes para el rancho Raybourne. Se había quedado con la cuenta casi vacía, y no iba a correr riesgos con ella.

El sol se elevaba rápidamente sobre el paisaje del este de Buenos Aires. A algunas personas, aquella tierra podía resultarle entrañable, pero Benja no cambiaría las praderas verdes y onduladas de La Plata por nada del mundo.
Apoyó el codo en el marco de la ventanilla, que estaba bajada. Oyó un sonido estridente en la parte de atrás. Luego otro… y otro. Levantó el pie del acelerador y se recostó en el asiento, afinando el oído. Luego miró por el espejo retrovisor para comprobar si había algún problema con el remolque. No vio nada.
Una vez más, Benja se relajó y empezó a silbar.
Pasaron varias horas antes de que volviera a oír el sonido, que creció en volumen. Y Benja reconoció el sonido… del ladrido incesante de un perro.

CAPITULO 5

- ¿Qué diablos…? –con cuidado, detuvo el camión a un lado de la carretera, bajó y abrió la puerta de la parte de atrás de la caravana.
Oyó un grito de advertencia.
Algo pequeño y peludo saltó sobre su pecho y le hizo retroceder. Luego, algo más pasó zumbando al lado de Benja. Era un chico… No, aquellos senos y pronunciado trasero eran decididamente femeninos, y pertenecían a una joven. Iba vestida con unos vaqueros, una camisa y una gorra de béisbol y estaba gritando:
- Duna, ¡¡cómo puedes ser tan tonta!! ¡¡Duna, ven aquí!!
Benja se enderezó a tiempo de mirar a un lado del camión y ver cómo el perro orinaba en un trozo de césped junto a la carretera.
- Oh, Duna… -dijo la joven con dulzura. De su gorra escaparon dos largas trenzas rojas cuando se inclinó para acariciar la cabeza del pequeño animal-. Lo siento, pequeña. Sé que no podías aguantar más.

La perrita ladró a su dueña, corrió alrededor de ella y se abalanzó en línea recta sobre Benja. Como una bola viviente de pelo rizado, dio vueltas alrededor de sus botas, llamando su atención con sus ladridos agudos y estridentes.
Benja miró alternativamente al animal y a la joven. Esperaba que, de un momento a otro, apareciera una cámara de vídeo detrás del remolque y un conocido presentador de televisión le anunciara que había sido objeto de una broma.
En lugar de eso, la joven bajó la visera de la gorra y miró nerviosamente hacia la carretera, por la que un coche pasaba a gran velocidad.
- ¿Quién diablos eres…? –empezó a decir Benja, pero la joven lo cortó en seco tomando en brazos a su perra y metiéndose entre el remolque y la caravana para refugiarse detrás del camión.
- ¡Desaparezcamos de la carretera!
Benja no tuvo más opción que seguirla. Una vez al otro lado del vehículo, la cogió del brazo.
-¿Qué estabas haciendo con este…? –miró al animal con enojo, y vio los lazos infantiles con los que tenía apartado el pelo de los ojos. <<Estúpida criatura>>, pensó Benja, antes de seguir con la pregunta-. ¿Qué estabas haciendo con este chucho en mi caravana?
La polizón le ofreció una absurda explicación: que había confundido la caravana de Benja con la suya, que se había dormido y que se había despertado cuando el perro había empezado a ladrar.
- Tendrás que hacerlo mejor. ¿Qué estás tramando? –Entornó los ojos con recelo-. ¿Le has hecho algo a mi yegua?
La echó a un lado y dio la vuelta al remolque para abrir las puertas. Era imposible que hubiese pasado de la caravana al remolque sin que él se hubiera dado cuenta, pero tenía que asegurarse.
Realeza relinchó y se movió nerviosamente, pero, aparte de eso, parecía encontrarse bien, Benja la acarició para tranquilizarla y salió del remolque, ansioso por oír la explicación que le debía la pelirroja.
Para sorpresa suya, la joven había echado a correr campo a través, en dirección a una arboleda cercana.
Benja se sintió tentado a dejarla marchar. Sin duda, había hecho algo malo, ocultándose en su caravana como una ladronzuela, y seguramente lo era. La posibilidad hizo se le helara la sangre. En aquellos momentos, seguramente tenía en su poder algún objeto de Roger Franklin, un hombre que tenía su casa protegida como un castillo. Un hombre que podía pensar que Benja era el verdadero ladrón o que había sido cómplice de su robo.

- ¡Eh! –gritó Benja, y echó a correr tras ella-. ¡Vuelve aquí!
La joven volvió la cabeza, pero siguió corriendo, con el perro ladrando como un poseso en sus brazos.
Solo tardó unos momentos en alcanzarla. Era tan menuda que la detuvo simplemente cogiendo el borde de su camisa. La joven dio la vuelta y le suplicó:
- Por favor, déjeme marchar. No he hecho nada malo. Solo necesitaba que alguien me llevara en su vehículo.
- Lo que necesitabas era salir del rancho Franklin sin que te vieran –Benja la inmovilizó poniéndole las manos sobre los hombros-. ¿De qué estás huyendo?
Sus ojos de color castaño no se atrevieron a mirarlo.
- Tenía que salir de allí, eso es todo.
- ¿Por qué? ¿Qué has robado?
- ¿Qué qué he robado? –balbuceó-. ¿Cree que soy una ladrona?
- ¿Por qué si no ibas a querer huir de esta manera?

CAPITULO 6

Camila permaneció en silencio mientras buscaba desesperadamente una explicación. El hombre la zarandeó ligeramente.
- ¿De qué de trata? ¿De qué estás huyendo?
- De mi padre –las palabras brotaron de sus labios sin preámbulo ni previa reflexión.
Camilo vio cómo su captor tornaba sus penetrantes ojos azules.
- ¿De tu padre?
- Ya no aguantaba más. Tenía que alejarme de él.
Benja relajó un poco la presión sobre los hombros de la joven.
- ¿Por qué? ¿Qué problema tienes con él?
- Es que… -Camila tragó saliva, sin saber qué decir. Era una pésima mentirosa. Las contadas veces que había intentado falsear la verdad, la habían descubierto. Pero tenía que convencer a aquel hombre de que la dejara marchar, fuese como fuese, y dudaba que lo hiciera si le decía que era la hija de Roger Franklin. Y solo de pensar en volver…
- ¿Qué? –la apremió el desconocido.
El corazón le latía con fuerza en el pecho mientras intentaba improvisar una respuesta. Su plan de huida no podía fracasar a aquellas alturas. Salir de la casa al amanecer había sido un pequeño milagro. Había saltado por una ventana de la biblioteca que había dejado abierta la noche anterior, aunque se había lastimado el brazo derecho y la pobre Duna había estado a punto de morir aplastada. Pero, al ver que no se encendían los focos ni saltaban las alarmas, Camila se había percatado de que el sistema de seguridad no estaba conectado al cien por cien, seguramente debido a la fiesta y a los empleados de la empresa de catering, que todavía estaban cargando los equipos y recogiendo utensilios junto a la entrada de la cocina.
Como conocía la situación de las cámaras exteriores de seguridad y la rutina de los guardias que patrullaban por la finca por las noches, Camila había avanzado a rastras por detrás de los arbustos que bordeaban el jardín y se había deslizado, aprovechando las sombras, hasta los establos. Ni siquiera entonces había tenido clara su estrategia para escapar de allí. Estaba contemplando la posibilidad de ensillar un caballo y salir a galope, cuando se fijó en el remolque del criador y recordó lo que le dijo su padre acerca del criador que vendría a buscar a Realeza, entonces decidió esconderse en la caravana y esperar a que el criador parara en una gasolinera para escabullirse.

Había corrido un gran riesgo llevándose a Duna y, seguramente, había sido un error. Sin embargo, no había tenido el suficiente valor como para abandonar a su única amiga.
El criador seguía mirándola con abierta hostilidad.
- No me creo esa patraña de que estás huyendo de tu padre.
- ¡Pues es cierto! –protestó Camila, dando gracias por no tener que mentir-. Tengo que irme de su lado.
- ¿Trabaja para Franklin?
- Sí…En… en los establos – improvisó-. Como adiestrador.
- ¿Y te hace sufrir? –el rostro de Benja adoptó una expresión comprensiva.
- Sí –al menos, eso no era mentira, pensó Camila. Su padre la hacía sufrir.
- Pero ¿por qué has tenido que esconderte para huir?
- Mi padre nunca me dejaría irme de buena gana.

Con una mirada de recelo aún más intensa, el desconocido bajó una mano del hombro de Camila y la deslizó por el brazo que se había lastimado al salir por la ventana. Camila hizo una mueca de dolor y bajó la vista. Por primera vez, se percató del moretón púrpura que aparecía justo debajo de la manga.
El hombre también lo vio. Le levantó la manga de la camisa y contempló cómo la magulladura se extendía desde el codo hasta el hombro. Maldiciendo entre dientes, Benja le soltó el brazo y dio un paso atrás.
- ¿Esto te lo ha hecho tu padre?
- Él… él me hizo caer
- ¿Te empujó?
Camila asintió.
El criador volvió a mirarla con ojos entornados, sin saber si creer o poner en duda su historia.
- ¿Cuántos años tienes? –preguntó finalmente-. Más de dieciocho, imagino.
- Sí.
- No hay razón para que no hubieses podido marcharte sin más.
- ¡¡No lo entiende..!! Mi padre… está loco. Estaba muy asustada…
- Podrías habérselo contado a alguien. A Jake o a l señor Franklin.
Camila forzó una carcajada y dijo:
- ¿Cree que un hombre tan rico e importante como él se preocuparía por mí?
- Roger Franklin me parece un hombre honrado. Le preocuparía que uno de sus empleados estuviera pegando a su hija.

- Sí, despediría a mi padre y yo tendría la culpa.
- No, te habría ayudado. –El criador movió la cabeza-. Estas huyendo por alguna otra razón –la asió del hombro que tenía ileso-. Volvamos al camión. Vamos a buscar un teléfono y llamaremos al rancho Franklin.

Camila forcejeó, tratando de soltarse, con los ojos llenos de lágrimas. Duna gimió en sus brazos. No podía volver pensó. No después de haber llegado tan lejos.
- Por favor –suplicó-. Por favor, créame… Tengo que alejarme de mi padre… No aguanto más… Por favor…
Camila no quería perder del todo la compostura, pero la histeria empezaba a apoderarse de ella y soltó unos sollozos y empezó a temblar.
- Caramba... –el criador arrugó la frente y se pasó la mano por el pelo ondulado de color arena-. Estás muerta de miedo, ¿verdad?
Cami asintió mientras Duna le lamía la temblorosa barbilla.
Es desconocido la miró fijamente durante unos momentos más en tanto ella trataba de recuperar el control. Parecía un buen hombre, pensó Camila, con un atractivo tosco y duro. Era evidente que, hasta cierto punto la comprendía, de lo contrario la hubiera encerrado en la caravana. Camila decidió explotar esa compasión.
- Siento mucho haberme escondido en su caravana. No soy una ladrona. Solo necesito que me dejen en paz. Por favor, váyase y déjenos aquí. Por favor.
Benjamín se sintió tentado de hacerlo. Su instinto le decía que aquella muchacha no era una ladrona, pero había algo en su historia que no le encajaba. Lo mejor que podía hacer era subirse al camión y marcharse.
Y eso era exactamente lo que iba a hacer.
- Trato hecho, jovencita. Si me preguntan diré que no te he visto nunca.
Benja señaló la caravana y le preguntó si se había dejado algo dentro. Ella dijo que estaba su bolso y él fue a por él. A su parecer era un bolso bastante caro y se sintió tentado de mirar en su interior por si había algo que perteneciese a los Franklin, pero no lo hizo.
Camila recogió sus cosas y le dio las gracias a Benjamín. Su forma de hablar no le pareció propia de la hija de un mozo de caballos, pero guardó esa duda bajo llave.
Benjamín subió al camión y observo a la chica como acomodaba sus cosas mientras sostenía al perro en brazos. Parecía pequeña y torpe. Asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:
- Ten cuidado
- Lo tendré –le gritó la joven.

Él hizo un gesto de despedida con la mano y puso en marcha el motor, pero no arrancó.
Ella echó a andar. Su paso decidido no consiguió disimular las curvas tentadoras de su trasero.
- Déjala marchar –le dijo Benja su reflejo en el espejo
<<¿Y dejarla sola con ese estúpido chucho en medio de la carretera?>>
- No les pasará nada.
<<Si no se cruzan con una serpiente de cascabel>>
- Una serpiente de cascabel saldría corriendo en sentido contrario
<<¿Y si un camionero pervertido quiere echarle mano a ese bonito trasero?>>
Benja cerró los ojos durante unos segundos tratando de no pensar en aquella chica ni en su historia. Finalmente exhaló un largo suspiro, echó el freno de mano y sacó la cabeza por la ventanilla para llamarla.
- Oye, ven aquí
La joven se acercó corriendo a su puerta. La esperanza salpicada de miedo, que reflejaba su rostro, le rompió el corazón.
- Está bien –murmuró-. Tengo la terrible sensación de que voy a lamentarlo, pero mira lo que vamos a hacer. Primero, sube al camión. Sube al camión y podrás tomar un autobús en la próxima ciudad –la pelirroja lo miró con expresión vacía-. Quieres ir a algún sitio, ¿no? Pensarás en algún lugar de destino cuando ideaste este pequeño viaje, ¿verdad?
Aunque ella asintió, su expresión le delató.
- No tienes ni idea de adónde ir –murmuró Benja mientras ella daba la vuelta al camión para abrir la puerta-. Ni la menor idea. Ha salido por pies con ese maldito chucho…
- Gracias, gracias, gracias. Estaba dispuesta a caminar, pero así es mucho más rápido y fácil.

La perrita saltó sobre el respaldo del asiento, se levantó sobre sus patas traseras y dio un lametón a Benja en la mejilla.
- Limítate a sujetar a tu chucho –ordenó, y ella la acurrucó en su regazo.
- Se llama Duna.
- ¿Y tú?
Ella vaciló. Solo fue un momento, pero el suficiente para que él supiera que estaba mintiendo.
- Marizza. Marizza Kay.
- Yo soy Benjamín. –repuso él, y le tendió la mano. Los dedos de la joven eran demasiado suaves y las uñas estaban demasiado cuidadas como para que fuera la hija de un trabajador.
-¿Y te apellidas…? –pregunto Camila
- Ingenuo como yo solo. –Murmuró Benja mientras arrancaba el camión-. Puedes llamarme así

CAPITULO 7

Tienes que comer.
El comentario de Benja traspasó el velo de preocupación y nerviosismo que sentía Camila mientras miraba a los demás comensales del pequeño restaurante en el que habían parado a almorzar.
-Come –le ordenó, como había hecho periódicamente desde que la camarera le colocara sobre la mesa el especial de la casa.
Lo natural era que Camila tuviese hambre suficiente como para rebañar el plato, pero quién podría pensar en comer cuando, en cualquier momento, podía aparecer un coche lleno de guardaespaldas. No había querido hace un alto en el camino, pero Benja había insistido.
Miró nerviosamente hacia el exterior, donde Duna esperaba en la cabina del camión, con la ventanilla un poco bajada. Benja también había dictaminado que no le dejarían entrar con ella al restaurante, aunque fuese minúscula. Camila había alegando que prefería quedarse en el camión con su perra, pero Benja había hecho oídos sordos a su ruego.
Camila empezaba a descubrir que su rescatador era un hombre dominante.

-¿Deseáis algo más? –la camarera, una joven coqueta y liberal, se acercó a su mesa, como había hecho ya, al menos, una docena de veces. Miró a Benja al tiempo que batía unas pestañas pintadas de negro. Benja sonrió y levantó su taza de café.
-No me vendría mal otro trago.
La camarera lo complació con una sonrisa tonta que sacó a Camila de quicio.
-¿Has terminado ya, cielo? –la joven le señaló el plato con la cabeza.
-Está en ello –contestó Benja, con su irritante tono de superioridad. Camila dejó el tenedor en el plato.
-En realidad, ya he terminado.

Sin preguntar, Benja pidió dos porciones de tarta de crema y coco. Camila protestó, pero solo obtuvo una mirada de reproche.
La camarera soltó una risita y se retiró, moviendo su amplio trasero por debajo del uniforme de algodón de color rosa. Camila exhaló un suspiro de frustración.
-No deberíamos haber dejado dola a Duna.
-No le pasará nada. No soy de los que disfrutan siendo cruel con los animales.
-Pero…
-Una persona de medios limitados no debería desperdiciar una comida gratis.
-Puedo pagarme mi comida –protestó ella. Benja la miró con escepticismo mientras levantaba la taza.
-Será mejor que guardes el dinero para más tarde, cuando no haya nadie que se ofrezca a darte de comer –tomó un largo sorbo de café, saboreándolo-. Solo por curiosidad, ¿cuánto dinero tienes?
-El suficiente –fue la respuesta evasiva de Cami. Durante las dos horas transcurridas desde que se ofreciera a llevarla a una estación de autobuses, Benja había hecho lo posible para sonsacarle información. ¿Adónde se dirigía? ¿Tenía algún familiar a quién telefonear? ¿Cómo iba a mantenerse? Evidentemente, Cami no le había revelado nada. Aparte de sentirse molesta por su actitud dominante e inquisitiva, no conocía las respuestas.

Tenía la vaga idea de dirigirse a Chicago. Después de acabar los estudios en la universidad, había pasado un verano participando en un curso intensivo del Instituto de Arte de Chicago. Un guardaespaldas se había matriculado en el curso para tenerla vigilada en todo momento, pero aún así, había disfrutado de la experiencia. Además, en ese tiempo había hecho algunos contactos que a su padre no se le ocurriría investigar de inmediato. Tal vez uno de aquellos conocidos pudiera ayudarla a encontrar trabajo. Enseñando, tal vez. Trabajando con niños. Pensaba aceptar cualquier empleo que encontrara. Había recibido una educación exhaustiva, tenía que servirle de algo.
Al menos, eso esperaba. Tenía exactamente 448 dólares y 92 centavos en el bolsillo, dinero que había reunido registrando varios bolsos de su armario. También había guardado en el bolsito unos pendientes de diamantes y un anillo de ópalo.

Su anillo de compromiso lo había dejado en la mesita de noche y el resto de sus joyas estaban en una caja fuerte. No creyó correcto llevárselas. También dejó las tarjetas de crédito, no solo porque las compras en metálico eran mucho más difíciles de rastrear, sino porque quería valerse por sí misma. Confiaba en poder pagar el billete de autobús y los gastos de varios días con el dinero suelto que tenía, antes de verse obligada a vender las joyas.
No iba a ir directamente a Chicago, la pista que dejaría sería demasiado evidente. Pensaba dirigirse primero al noroeste del país, luego al sur y finalmente, al este.

La camarera les llevó la tarta y, para no oír a Benja, Cami la devoró en dos bocados. Él, en cambio, se tomó todo el tiempo del mundo.
-No me importaría repetir –dijo finalmente.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Cami se levantó del asiento a pesar de las protestas de Benja.
-Te espero en el camión.
Hizo un alto en el servicio y frunció el ceño al mirarse en el espejo. Las trenzas y la ausencia de maquillaje hacía que pareciese una niña, y los vaqueros y la camisa arrugada reforzaban esa imagen. Tal vez su aspecto infantil fuese la razón de que Benja le hablara como si fuese una cría. Pero aquel disfraz le serviría de ayuda. Si alguien enseñaba su fotografía en aquel restaurante, nadie relacionaría a la zarrapastrosa con trenzas que parecía con la Camila Franklin de elegantes peinados y vestidos.

El reloj de pulsera señalaba las doce y diez. A aquella hora, en la mansión estaría reinando el pánico. Como era el día de la boda, nadie se habría sorprendido de que no se hubiese levantado temprano. Seguramente, Pepa no habría ido a su habitación hasta las diez, más de tres horas después de que Benja hubiera salido del rancho.
Con suerte, su padre y los guardaespaldas habrían seguido la pista falsa que ella les había dejado: la reserva de un vuelo que salía de La Plata a primera hora de la mañana y la agenda abierta en la página donde tenía la dirección de una conocida del colegio que, en aquellos momentos, vivía en Madrid.
Aquel engaño no duraría mucho, pero seguirían las pistas y primero hablarían con los empleados del servicio de catering que no habían salido del rancho hasta primera hora de la mañana. Con suerte, pasaría un tiempo hasta que pensaran en Benja como en su medio de huida.
Y, para entonces, él ya estaría de camino a su rancho y ella estaría viajando a Chicago por la ruta más indirecta posible. Así que debía subir a un autobús cuanto antes.

El restaurante mismo era una parada de autobús, pero, según les habían informado, el autobús que pasaba por allí se dirigía a la estación de la capital, a solo treinta kilómetros de distancia por la misma carretera. Camila había apremiado a Benja para que siguiera conduciendo, pero él había sugerido… No, había insistido en que, primero, debían comer.

Cami contempló su reflejo en el espejo con una última mueca, se colocó la gorra y, al abrir de par en par la puerta para salir de los lavabos… se encontró de cara con una mujer de la policía montada de Argentina.
El terror la paralizó. ¿Cómo habían podido encontrarla tan pronto? ¿Benja se habría dado cuenta de su farsa? Camila se puso muy nerviosa y no sabía que hacer.

CAPITULO 8

-Disculpe –la agente dio un paso atrás para dejar pasar a Camila, sonrió con naturalidad y sus brillantes botones e insignia de metal centellearon.

Camila dio orden de avanzar a sus pies y mantuvo la cabeza gacha mientras sorteaba a la mujer policía y entraba en el pequeño vestíbulo del restaurante. Cuando levantó la vista, el estómago se le encogió de pavor. Otro policía montado y dos guardias uniformados charlaban con la camarera mientras esperaban a que una mesa quedara libre.
Cami tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no poner pies en polvorosa. Abrió la puerta del restaurante con aire casual y despreocupado y atravesó a paso rápido el aparcamiento en dirección al camión.
Duna la saludó con un ladrido amistoso y saltó a sus brazos en cuanto abrió la puerta del vehículo.

-Vuelve dentro –le ordenó-. No dejes que nadie te vea.

Pero la perrita saltó al suelo y empezó a corretear alrededor del camión, ladrando a pleno pulmón, mientras Camila la perseguía.
Al otro lado del remolque, las dos se pararon en seco al ver un coche patrulla estacionado en el aparcamiento.
Camila controló el deseo de gritar.
<<¿Es que estos policías no tienen nada más importante que hacer que venir aquí a comer tarta?>>
Sin ni siquiera mirar al agente, Camila atrapó a Duna y dio la vuelta al remolque a grandes zancadas.

-Debería haberte dejado en casa, por alborotadora. Vas a echarlo todo a perder.

Benja, que caminaba hacia ella, le dirigió una mirada extraña mientras Camila subía a la cabina. Se detuvo durante unos instantes.

-¿Va todo bien?

Camila asintió mientras contemplaba cómo un policía entraba en el restaurante.

-Estoy lista, podemos irnos.
-Voy a dejar que Realeza estire un poco las patas.
-¿Aquí? –repuso Camila con un chillido. Benja la miró entornando sus ojos azules.
-¿Qué tiene de malo este sitio?

Con miradas nerviosas hacia el restaurante en el que los cinco guardias ya se habían sentado en una mesa, Camila se devanó los sesos en su intento por inventar una respuesta.

-No creo que les haga gracia ver boñiga de caballo en este aparcamiento.

Benja profirió un bufido de desagrado.

-¿Acaso me crees capaz de una cosa así? –abrió la puesta del camión-. Sal. Me ayudarás.
-¿Yo?
-No me digas que no sabes recoger boñigas de caballo.

Camila deseó poder decirle dónde podía meterse sus boñigas de caballo y su ordeno y mando, pero Benja la había ayudado, y todavía lo necesitaba. Así que dejó a Duna en el camión y lo siguió, dando gracias porque el remolque la resguardara de las cristaleras del restaurante.
Volver a ver a Realeza fue una alegría, por supuesto. La yegua relinchó y la acarició con su hocico de terciopelo.

-¿Trabajas con ella en el rancho Franklin? –preguntó Benja mientras paseaban a la yegua por el aparcamiento. Lejos del restaurante, gracias a Dios.
-Realeza es la más dulce asintió Cami, que intentaba no mirar hacia las cristaleras.
-Y madre de campeones.
-Por eso la has comprado.
-Pertenece a mi rancho.
-¿Pertenece? –Camila lo miró con extrañeza. ¿Por qué?
Benja se encogió de hombros y sus atractivos rasgos de endurecieron.
-Es una larga historia.
Camila no insistió, aunque estudió a su acompañante con expresión pensativa. Como su padre había negociado con caballos desde que ella tenía uso de razón, Camila había conocido a muchos compradores. Benjamín Raybourne tenía más aspecto de vaquero que de propietario de un rancho.
Era joven, seguramente tenía poco más de treinta años. Alto y corpulento, estaba dotado con la clase de hombros que nacían del trabajo duro. Sui pelo rubio que necesitaba un buen corte, ya que le caía en ondas sobre la frente y por encima del cuello de su gastada camisa vaquera. Tenía la mandíbula afeitada y cuadrada y, junto con sus generosos labios y su nariz prominente, creaba un perfil sólido. Su rostro era total y absolutamente viril, salvo por las largas y negras pestañas que bordeaban sus ojos azules. Vestía con la despreocupación propia de un hombre trabajador, y no parecía lo bastante acaudalado como para haber comprado un purasangre como Realeza.

Llevada por la curiosidad, Camila le preguntó:
-Ese rancho del que hablas, ¿es realmente tuyo?
-Mi abuelo lo fundó, y mi padre trabajó en él. Ahora es mío.
-¿Tu padre se ha jubilado?
-Murió -la áspera respuesta disuadió a Camila de hacer más preguntas.

Benja dio un par de vueltas al aparcamiento con Realeza. Y, para alivio de Cami, solo le pidió que llevara a la yegua de vuelta al remolque mientras él utilizaba una pala y un cubo para recoger los excrementos del animal. Después, le dedicó a Camila una brillante sonrisa.

-Te preocupaba tener que recoger lo boñiga, ¿verdad?
-En absoluto.
-Sí, te preocupaba –todavía sonriendo, guardó el cubo y la pala, subió la rampa del remolque y cerró con llave la puerta-. Apuesto que nunca has usado una pala.
-Por supuesto que sí –Cami se cuadró de hombros y echó a andar hacia el camión-. Vámonos de aquí.

De nuevo en el asiento del conductor, Benja vaciló mientras Marizza se acomodaba con su perrita. Luego tomó con fuerza una de sus frágiles manos y la abrió
-Esta mano nunca ha usado una pala y, mucho menos, para recoger boñiga de caballo.
Cami retiró la mano enseguida
-Eso no es cierto.
Benja esperó un momento mientras estudiaba sus rasgos menudos y resueltos. Nadie podía poner en duda la obstinación de su mandíbula, lo mismo que cualquiera podía darse cuenta del terror que le producían los policías que estaban en el restaurante.
-Estoy convencido de que estás huyendo de algo –dijo por fin-. Solo espero que ese algo no me meta a mí también en un buen lío.

Camila se mordió un labio. Si su padre averiguaba que estaba con él… podría armar un gran revuelo.
-¿Por qué no me dices la verdad? –Camila permaneció en silencio, acariciando el pelaje de su perrita y mirando por la ventanilla-. Quizá pueda ayudarte.
-Ya me estás ayudando. Vas a llevarme a la estación de autobuses, y eso es todo lo que necesito.
Benja exhaló un suspiro.
-De acuerdo. Supongo que no tengo por qué saber la verdad.

Con el ceño fruncido, Benja maniobró hasta incorporarse a la carretera. Solo Dios sabía por qué sentía la imperiosa necesidad de averiguar lo que la joven le ocultaba. O por qué sentía lástima por ella. Tampoco podía olvidar el sentido del deber que su madre le había inculcado. El mismo que le había inducido a rescatar ardillas heridas, proteger a los niños más lerdos del colegio y defender al inútil de su padrastro.
Nueve de cada diez veces, sus buenas intenciones le habían costado caro. ¿Acaso nunca aprendería?
Con la suerte que tenía, seguro que Marizza lo estaba embaucando de lo lindo, tocando su fibra sensible con sus ojos castaños, su bonito trasero, las lágrimas y la magulladura del brazo. Benja habría dado cualquier cosa por no sentirse en la obligación de rescatarla.

Viajaron en silencio durante un largo rato, aunque Benja no dejaba de lanzar miradas furtivas al pálido rostro de la joven. Ella, en cambio, no hacía más que mirar el espejo retrovisor de su puerta.
-¿Crees que uno de esos policías podría detenernos? –le preguntó Benja. Ella no dijo nada, pero la mirada frenética que dirigió al retrovisor habló por sí sola-. Dime al menos una cosa. ¿Crees qué Roger Franklin se va a poner furioso conmigo?
-¿Quieres callarte de una vez? ¡Me estás poniendo nerviosa!
-Porque me acerco a la verdad. Tienes algo que Roger Franklin querrá recuperar, ¿verdad?
-¡No!
-Deja de mentir. ¿Qué es? ¿Lo has escondido en la caravana?
-No.
-¿En el bolso tal vez?
-¡Por favor, cierra la boca!
-¿Es que no tengo derecho a saber qué le has robado a Roger Franklin, ya que te he ayudado?
-No he robado nada –exclamó la joven-. Es a mí misma a quién querrá buscar –las palabras brotaron de sus labios con vida propia-. Yo soy lo que quiere.
-¿De qué estás hablando?
Ella se volvió para mirarlo a la cara, mientras la perrita gemía en su regazo.
-Roger Franklin es mi padre. Estoy huyendo de él.

El pánico golpeó su estómago con la fuerza de un puñetazo.
La hija de Roger Franklin… Cielos, Franklin iba a degollarlo vivo…

CAPITULO 9

No supo cómo salió de la carretera. Lo único que recordaba era haber detenido el camión en el aparcamiento de lo que parecía una planta de producción abandonada. Acto seguido, sacó a Cami y a su perrita a rastras por la puerta del conductor.
En cuanto ella puso los pies en el suelo, se retorció hasta soltarse.
-¡No me pongas las manos encima!
-¡Tendría que hacer algo mucho peor! –Benja profirió toda una sarta de obscenidades mientras daba vueltas delante de ella.
Cami se acurrucó sobre un costado del camión, con Duna en brazos. Benja se volvió hacia ella y se paró en seco.
-¿Quieres decir que Roger Franklin te hizo esa herida en el brazo?
Cami respondió moviendo la cabeza lenta y desconsoladamente
-Me caí por la ventana cuando intentaba escapar –al menos, tuvo el detalle de parecer avergonzada por haberle hecho creer que la magulladura era obra de su padre.
-¿Te escapaste por una ventana? ¿Saliste corriendo? –Benja estaba encajando todas las piezas del rompecabezas-. Espera un momento, ¿cuántos años tienes?
-Casi veinticuatro –dijo Cami y tragó saliva. Benja volvió a maldecir.
-Eres mayor de edad. ¿Por qué no saliste por la puerta principal?
-Es difícil de explicar.
-Empieza.
Camila suspiró con dramatismo.
-¿Por qué no te limitas a llevarme a la estación de autobuses?
-¡No! –gritó Benja-. A juzgar por las medidas de seguridad que había en tu casa, no creo que a tu padre le agrade que alguien se lleve lo que es suyo. Y seguramente piense que te he llevado por la fuerza, así que me debes una explicación.
-No vas a entenderlo.
-Ponme a prueba –le ordenó.

Cami le contó toda la historia. El secuestro… el asesinato de su madre… el temor de su padre y su excesivo instinto protector… sus planes de casarse con Javier… la certeza de que su matrimonio solo serviría para enjaularla aún más…
Benja le interrumpió.
-¿Quieres decir que tú eres la hija que iba a casarse hoy?
-Sí… soy hija única.
La sangre le palpitaba en las sienes.
-Y te has largado sin más
-Ya te lo he dicho. No podía casarme con Javier.
-¿Y qué me dices de él? ¿Te molestaste en decirle que te ibas?
-Me lo habría impedido.
-¿No crees que le debías algunas explicación?
-Javier no está enamorado de mí, no le he roto el corazón.
-Entonces, ¿por qué quería casarse contigo?
Cami soltó una carcajada.
-Ya te lo he dicho. Nuestra boda consolidaría su puesto en la compañía de mi padre.
-Pero seguro que sentía cariño por ti, que te apreciaba.
-Por supuesto que me apreciaba –fue su impaciente respuesta-. Pero no me amaba. Y no sé qué tiene que ver él con todo esto…
-Ahora mismo, ese tal Javier estará asimilando que le has dejado plantado. En el día de su boda. Delante del altar.
-Dudo de que vaya a la Iglesia.
-¿Acaso eso lo arregla todo?
Cami dio un paso a un lado para apartarse de él.
-No entiendo por qué Javier te importa tanto.
Benja se inclinó hacia delante y acercó su rostro al de la joven.
-Marizza, o como quiera que te llames…
-Camila –le informó.
-Me preocupo por Javier porque sé cómo se siente. Yo también he estado en su lugar, esperando a una novia que no aparecía por ninguna parte.

Cami ató los cabos y comprendió por fin adónde quería ir a parar.
-Lo siento, pero aún así…
-Deberías haber tenido la decencia de decírselo.
-Entonces, no habría podido escapar.
-No te has escapado –se colocó delante de ella y la aprisionó apoyando las manos en el costado del camión-. Volvemos al rancho.
-No puedo.
-No tienes elección.

Camila le empujó con su menudo cuerpo, echando chispas por los ojos, mientras su perrita gemía en señal de protesta.
-Sé que me has hecho un favor, pero no tienes ninguna autoridad sobre mí…
-Me diste esa autoridad cuando te escondiste en mi caravana.
-Pero…
-Y me mentiste –Benja la cogió por los hombros y se inclinó aún más sobre ella. Estaba tan cerca, que inhaló el aroma de su lujoso perfume y vio las pequeñas pecas que salpicaban su nariz respingona. Tenía un aspecto tan inocente, tan dulce y vulnerable… Podría engatusarlo fácilmente, muy fácilmente.

Como si percibiera su vacilación, sus ojos se llenaros de lágrimas suplicantes.
-Siento haberte mentido, lo siento de verdad. Tenía que huir, eso es todo. Estaba desesperada. ¿Es que tú no sabes lo que es la desesperación?
Cami ni siquiera imaginaba cuánto tiempo había vivido él con ese sentimiento, pensó Benja. Comprendía perfectamente lo que era sentirse atrapado y asustado. Ella, en cambio, no podía saber lo que significaba estar desesperado. La furia volvió a impregnar su voz.
-¿Cómo diablos has podido utilizarme de esta manera?
-Tenía que huir.
-¿Es que no se te ha ocurrido que tu padre puede creer que te he arrastrado por la fuerza? Con lo obsesionado que está con que pueden secuestrarte, ¿no es lógico que sospeche que te he raptado?
Camila volvió a tragar saliva.
-No se me había ocurrido…
-¡Las niñas ricas como tú nunca piensan en los demás verdad?!
-¡Eso no es justo! –replicó Cami, con indignación-. Yo no soy así.

Benja no pudo reprimir una carcajada.
-Así que, ahora, tengo que pensar que estás consentida pero que tienes buen corazón.
-Yo no estoy consentida.
Benja apenas oyó su protesta, tan enardecido estaba con su propio alegato.
-Eres una niña mimada, débil y cruel. Ninguna mujer con corazón sería capaz de dejar plantado a su novio sin una explicación.
-No lo entiendes…
-Lo entiendo perfectamente –murmuró-. Entiendo que eres una mujer patética que se comporta cómo una niña. Si querías irte de casa de tu padre, lo único que tenías que hacer era salir por la puerta.
-No es tan sencillo.
-¿Acaso te tenía encadenada? ¿Te apaleaba? –Benja bajó la vista a la perrita a la que Cami agarraba como si fuera un salvavidas-. ¿Te amenazó con matar a tu absurdo perro si intentabas huir?
-¡Por supuesto que no! –Cami empalideció-. Mi padre no es un monstruo.
-Entonces, ¿por qué montas este drama? ¿por qué sales a hurtadillas de la casa y te escondes como una fugitiva en mi caravana?-. Benja la miró con desagrado-. Yo creo que no eres más que una niña que disfruta montando un gran espectáculo para que su papá corra tras ella.
-Estas equivocado.
-Hazme un favor y ve a un psiquiatra para que te cure ese complejo que tienes con tu papá.

Camila nunca había deseado pegar a nadie como deseaba golpear a aquel hombretón moralista. Optó por darle un puntapié.
Benja la maldijo, la soltó, y ella aprovechó para escabullirse. No estaba dispuesta a quedarse allí oyendo cómo la juzgaba. No la conocía, no podía saber en qué se basaba su relación con su padre. Pero Benja no iba a dejarla marchar. Cojeando, dio la vuelta al camión y la detuvo justo a tiempo cuando Cami cogía su bolsito del asiento.
-¿Adónde crees que vas?
-Voy a librarte de toda participación en mi ‘drama’ –replicó-. Gracias y adiós.
-Ya es un poco tarde para eso. ¿Qué voy a decir cuando los guardias de seguridad de tu padre me detengan y me sometan al tercer grado?
-No me importa.
-¿Y si deciden meterme preso?

Cami soltó un bufido de impaciencia y dio la vuelta a la cabina con paso decidido.
-¿Ahora quién está montando un drama?
Benja volvió a cogerla del brazo.
-Cierra la boca y sube al camión.
-¡No! –Cami se soltó con un forcejeo-. No pienso volver. Si me obligas, sí que te meterás en un buen lío.
-Sube al maldito camión –sin esperar a que lo complaciera, Benja se agachó y la levantó en brazos
Camila estaba demasiado ocupada intentando sujetar a Duna, que se había puesto a ladrar como una histérica, para combatir a Benja. Así que lo maldijo, insultándolo con todos y cada uno de los limitados exabruptos que conocía. Cuando se le acabó la retahíla, los repitió.
Benja estaba forcejeando con ella y con la perrita en dirección a la puerta del camión, cuando un coche patrulla pasó a gran velocidad por la carretera.
-Mierda –murmuró Benja al ver que el vehículo aminoraba. La policía tomó un desvío a la derecha.
-A lo mejor no nos han visto –murmuró Cami.
-Sí, claro –corroboró Benja con sarcasmo-. Como si este remolque de caballos de color blanco pudiera pasar desapercibido. Sobre todo, cuando nosotros estamos enzarzados en un combate cuerpo a cuerpo al borde de la carretera.
-Quién sabe, quizá ni siquiera nos estén buscando.

Nada más decir esas palabras, el silbido de unas sirenas rasgó el aire.
Los momentos siguientes se desarrollaron como una escena a cámara lenta. Tres coches de policía se lanzaron sobre ellos uno tras otro., haciendo chirriar los frenos y levantando nubes de polvo y grava. La mujer policía del restaurante fue la primera en arrojarse al suelo y ocultarse detrás de la puerta abierta del coche para exigir a Benja que soltara a Cami.
Aturdida, Camila dijo:
-Están armados…
Benja la taladró con la mirada y, un momento después, Camila aterrizó, como un puñado de huesos, en el suelo. Benja pasó por encima de ella y, con las manos levantadas, caminó hacia los policías, gritando:
-Es la hija de Roger Franklin, pero yo no la he secuestrado. Llévensela, se lo suplico. Llévensela.

CAPITULO 10

La oficina de la guardia civil estaba situada en el tribunal de justicia, en la plaza central de la ciudad a la que Benja y Cami se dirigían. A través del ventanuco con barrotes de la sala donde Duna y ella esperaban arrestadas, Camila vio la señal de la estación de autobuses. Había estado a las puertas de la libertad.

<<Si no hubiéramos parado a almorzar...>>

Al parecer, la noticia de su desaparición había llegado a oídos de la policía justo después de que Benja y ella abandonaran el restaurante. Uno de los policías recordaba haber visto a Camila con Duna. Todos los policías, que almorzaban juntos una vez a la semana, recordaban el remolque. Así que habían ido tras ellos. Uno de los coches los divisó y pidió refuerzos.
-Entonces se lanzaron sobre nosotros como implacables tropas de asalto -le había informado Camila al policía que los interrogaba, temblando de indignación-. Fue ridículo. Y trataron a Benja como si fuera un criminal.
El policía había fruncido su frente tostada por el sol con consternación.
-Lo siento, señorita Franklin, pero teníamos motivos para pensar que se trataba de un criminal…
-Tonterías -. Replicó Camila-. Si me hubiera secuestrado, ¿no cree que se lo habría dicho a la agente que estaba conmigo en el servicio del restaurante?
-Cuando una persona teme por su vida, suele comportarse de forma incongruente -le explicó el policía-. A veces, ni siquiera pide ayuda.

Camila no estaba dispuesta a tolerar aquella sarta de estupideces.
-En primer lugar, ¿no es un poco extraño que un secuestrador pare a almorzar con su rehén en un restaurante? ¿Y que luego se entretenga paseando a su yegua, mientras cinco policías matan el hambre delante de sus narices?

Incapaz de justificar aquel fragmento de los hechos, el policía se puso un poco más encarnado de lo que ya estaba y se excusó.
La conversación había tenido lugar poco después de que encerraran a Camila en aquella sala, cuando ella y su perra habían emprendido un maratón de chillidos y ladridos al ver que Benja entraba en la oficina esposado.
-Esas esposas son lo más absurdo de todo -le susurró Camila a su perra. Esta respaldó su opinión con un ladrido.

Desde que el agente había hablado con ella y la había dejado sola, hacía cosa de una hora, con un subalterno vigilando la puerta, Camila había imaginado a Benja en otra parte de la oficina, soportando los malos tratos de agentes matones que lo intimidarían hasta llegar a la verdad de su supuesto secuestro.
Si Benja había sufrido el más mínimo empujón, se aseguraría de que recibiera una generosa indemnización. De hecho, se merecía una recompensa aunque no le hubiesen puesto las manos encima. A pesar de lo prepotente y autoritario que había sido con ella, había intentado ayudarla. Ella le había devuelto el favor metiéndolo en aquel lío, como él había vaticinado. Tal vez realmente fuese tan infantil, mimada y egocéntrica como Benja había descrito.
Se ruborizó de vergüenza. Quizá había llegado el momento de afrontar la verdad sobre sí misma.
Todavía no podía creer que su padre hubiese denunciado su secuestro. Solo gracias a su fortuna e influencia, había podido persuadir a las autoridades para que emitieran ese comunicado. No había habido indicios de pelea en su casa, ni petición de rescate, solo la paranoia de su padre y su poder para salirse con la suya.

Alguien llamó a la puerta y Duna corrió a refugiarse debajo de una silla. El guardia asomó la cabeza por la puerta.
-Su padre está a punto de llegar, señorita Franklin. Viene en helicóptero desde La Plata -el joven agente parecía tan impresionado que Cami sintió ganas de abofetearle.

Cuando la puerta se cerró, Cami empezó a contar los minutos, a la espera del estruendo que se produciría en la azotea del edificio. Ya habían pasado siete, cuando oyó los gritos en el pasillo. Duna ladró y saltó al regazo de Camila. En aquel momento, la puerta se abrió con estrépito y su padre irrumpió la sala con expresión borrascosa.
Camila vislumbró a dos de sus guardaespaldas en el pasillo.
-¡Por todos los santos! -exclamó su padre, mientras salvaba la corta distancia que le separaba de su hija. Camila estaba sentada, con los codos apoyados en una mesa de madera llena de arañazos e inscripciones-. ¿Por qué te tienen encerrada como a una delincuente?
-Seguramente porque amenacé con darle un puñetazo en la nariz a uno de los guardias.

La tez normalmente rubicunda de su padre perdió color.
-¿Y por qué ibas a hacer una cosa así?
-Porque todo esto es una soberana tontería. Es injusto que nos hayan tratado como vulgares delincuentes.
-Pensé que Raybourne te había raptado.
-Eso es mentira, y lo sabes.
Roger Franklin se quedó paralizado de asombro. Camila nunca le había faltado al respeto a su padre. Ni siquiera en los momentos en los que más se había rebelado por su independencia, cuando había reservado los gritos y lágrimas para desahogarse después, sola en su cuarto o con Pepa, que la consolaba. Pero estaba harta del civismo que la había dejado con las manos vacías. Algo tenía que cambiar.

CAPITULO 11

Empujó la silla hacia atrás y se puso en pie con Duna en los brazos.
-Quiero que Benja y el policía que me interrogó vengan aquí.
Su padre la miró con enojo.
-Basta ya de tonterías, Camila Kay…
-¡No pienso hablar contigo si ellos no están aquí! -gritó Cami. Duna gruñó.

Roger contempló a su hija con expresión iracunda durante, al menos, un minuto, sin duda, esperando a que ella se acobardara.
Camila se mantuvo firme, y su padre hizo una seña impaciente a sus guardaespaldas, que se alejaron por el pasillo.
Transcurrieron unos segundos de silencio en los que Roger Franklin se sentó delante de la mesa y estudió a su hija con ojos entornados.
-No sé qué mosca te ha picado.
-¿No crees que ya era hora de que madurara?
-No actúas como una mujer madura -le dijo Franklin-. Tu comportamiento al huir de casa en el día de tu boda denota infantilismo e insensatez, precisamente, dos rasgos de tu carácter que creí superados hacía tiempo.
-¿Por qué no escuchas cómo me hablas? Me tratas como si tuviera doce años.
-Si te comportas como si los tuvieras…
Duna profirió un ladrido de bienvenida y, al levantar la cabeza, Cami vio a Benja de pie en el umbral, con el policía a su espalda. Dio un paso hacia él.
-No sabes cuanto lamento lo ocurrido.
Su padre se levantó y también se acercó a Benja.
-Sí, Raybourne, yo también me disculpo. Siento que la estúpida fuga de mi hija le haya ocasionado tantos problemas. No sé de dónde ha sacado esa idea de bombero.

Camila se puso colorada como un tomate al oír a su padre. Se sentía como una niña desobediente a la que hubieran pillado metiendo la mano en la caja de las galletas.
Benja empezó a decir algo, pero el policía lo apartó a un lado y lo interrumpió.
-Está bien, no perdamos la calma -contempló con rostro ceñudo a los dos guardaespaldas que se agolpaban detrás de Benja-. Vosotros dos, salid de aquí.
-Mis hombres… -empezó Roger.
-Pueden esperar fuera -declaró el agente, con autoridad contenida. Cuando los guardaespaldas salieron, a regañadientes de la sala, el policía le indicó a Benja que se sentara en el banco de la pared, frente a la mesa donde Roger Franklin estaba sentado y Camila, de pie. El agente se pasó la mano por sus menguantes cabellos y miró a su alrededor con el ceño fruncido.
-A mi entender, se trata de una cuestión familiar que se nos ha ido de las manos -se volvió hacia Benja-. Señor Raybourne, es libre de irse cuando quiera. Le pido disculpas por todas las molestias que le hemos causado.
Benja se puso en pie.
-No se preocupe agente. Se que solo intentaba hacer su trabajo. Y eso no resulta nada fácil cuando hay niñas ricas y mimadas de por medio.

La mirada de desprecio que le dirigió hizo que Camila sintiera una intensa punzada de dolor en el pecho.
-No sabes cuanto lo siento… -volvió a decir-. Se que mis palabras no aciertan a describir lo que has tenido que soportar hoy. Primero, aguantarme a mí; luego, enfrentarte a un puñado de agentes implacables y, para colmo, verte arrastrado aquí dentro y esposado. Nada de lo que diga podría compensarte por lo ocurrido, pero espero que comprendas que lo lamento de verdad.

Benja no contestó, pero Camila creyó notar que su expresión se suavizaba. No sabía por qué era tan importante para ella que Benja no la odiara…
Roger carraspeó con impaciencia y sacó su talonario.
-Quiero demostrarle mi gratitud, Raybourne.
-No es necesario -replicó Benja y apretó los dientes.
-Insisto -Roger empuñó su estilográfica y terminó de rellenar el talón con un movimiento pomposo-. Raybourne, estoy seguro que su pequeño rancho se beneficiará de esto.
Benja se puso rígido al oír la palabra 'pequeño'. A Camila no le extrañó que moviera la cabeza en señal de negativa, cuando su padre le tendió el talón.
-No puedo aceptarlo -dijo Benja-. No podría recibir dinero por ayudar a alguien que está en apuros.
-Sí, pero Camila no estaba realmente en apuros -contestó Roger, con el talón todavía en la mano-. Solo estaba comportándose como una niña mimada, como usted mismo ha dicho.

Benja miró a Camila con una expresión que ella no acertaba a descifrar.
-Estaba bastante desesperada por huir.
Roger dejó el talón sobre la mesa y le puso la capucha a la estilográfica.
-En realidad, no quería huir. Estaba nerviosa por la boda.
-No quería casarme dijo Camila. Su padre sonrió con condescendencia, mirando al agente.
-No lo dices en serio.
La furia vibró en la voz de Cami.
-Estoy harta de que me digas lo que quiero, o lo que debo hacer, pensar y sentir. Ya era hora de que empezara a pensar y actuar por mí misma. Ya debería estar viviendo fuera de casa.
-Tonterías -su padre puso los ojos en blanco-. No sabrías qué hacer tú sola -la miró de arriba abajo-. Ni siquiera podrías cuidar de tu perra. Y, mucho menos, de ti misma.

CAPITULO 12

Su actitud cruel y burlona, exhibida de forma tan despiadada delante de extraños, hizo enmudecer a Camila durante un momento.
Durante toda su vida se había dicho que su padre se mostraba excesivamente protector con ella porque la quería. ¿Desde cuándo el deseo de mantenerla a salvo se había transformado en un desprecio absoluto para su capacidad? Por alguna razón, su padre pensaba que no tenía cerebro para cuidar de sí misma.

-¿Qué te pasa? -inquirió cuando recuperó la voz-. ¿Acaso lo que le pasó a mi madre te ha deformado hasta el punto de que no puedes verme como una persona real? ¿Desde cuándo no soy más que una más de tus posesiones?
-Te estás poniendo histérica -Roger se puso en pie y le tendió la mano-. Ahora, vamos. Volveremos a casa, para que puedas hablar con Javier…
-Es cierto que le debo una disculpa -dijo Cami, que miró a Benja fugazmente-. Fui una cobarde al huir, en lugar de explicarle por qué no podía casarme con él
-Así es -corroboró Roger, y volvió a extenderle la mano-. Javier te espera en el rancho. Estoy seguro de que te perdonará y podremos aplazar la boda para otro día.
-No, no podremos.
-Camila…
-¿Es qué no me oyes? -le gritó Camila a su padre.
-No quiero oírte cuando te comportas como una estúpida.
Tambaleándose hacia atrás, como si le hubieran asestado un puñetazo, Camila se volvió al policía.
-¿Soy libre de irme cuando quiera?
-Por supuesto. Cuando su padre…
-Lo que haga mi padre no me preocupa -lo interrumpió ella-. No voy a ir a ninguna parte con él.
Roger balbució una protesta, a la que Camila no prestó atención. Recogió su bolsito y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se paró un momento delante de Benja.
-Gracias por todo. Estabas en lo cierto, no necesitaba montar un drama para salir por la puerta, ¿verdad? Tendría que haberlo hecho hace tiempo.

Benja no sabía por qué estaba tan impresionado con Camila. ¿Era otra de sus artimañas? ¿Fingir que se iba para que su padre volviera a ir tras ella? Pero el tono sereno de su voz y su expresión resuelta le indicaban que hablaba en serio. Después de presenciar aquella escena con su padre, confiaba en que se fuera de verdad. Nadie merecía que lo humillaran como Roger Franklin acababa de hacer.
-Camila, vuelve aquí -le exigió Roger cuando ella abrió la puerta. Los hombres de Franklin le bloquearon el paso, y Camila se volvió de nuevo hacia el policía.
-¿Hay alguna razón por la que tenga que hacer lo que quiere mi padre?
El policía miró a Franklin con nerviosismo. Benja no lo culpaba por tener miedo de oponerse a uno de los hombres más ricos de Buenos Aires, pero la verdad era la verdad. El policía carraspeó.
-Señorita Franklin, no hay ninguna ley que obligue a permanecer aquí o irse con su padre.
-No puedes hacer esto -insistió su padre, y el pánico empezó a aflorar bajo su careta de serenidad-. Eres demasiado inexperta e ingenua para sobrevivir un solo día por ti misma. ¿Qué harás para ganarte la vida?
-Buscaré un trabajo.
-¿De qué?
-No es asunto tuyo -replicó Cami con orgullo. Acto seguido, se abrió paso entre los fornidos guardaespaldas, que se apartaron con evidente contrariedad. Benja contempló con admiración y algo parecido al orgullo cómo se alejaba.
-¡¡¡Camila!!! -la llamó su padre encolerizado desde la puerta-. ¡¡Si sigues andando, tendrás que arreglártelas tú sola!! ¡¡No pienso sacarte de ningún apuro!! ¡¡Si te vas, habré terminado contigo para siempre!!

Camila no volvió a aparecer, para gran alivio de Benja. Su padre ordenó a sus hombres que la siguieran.
-Santo Dios -explotó Benja, incapaz de mantenerse al margen un momento más-. ¿Por qué no deja que se marche?
-Raybourne, usted no entiende lo que podría pasarle.
-Entiendo que usted está obsesionado con la seguridad de su hija -Benja movió la cabeza con desagrado-. Camila intentó explicarme por qué no podía salir por la puerta, sin más, como cualquier mayor de edad… ahora comprendo perfectamente a qué se refería.
-Usted no comprende nada -replicó Franklin-. Camila debe estar en casa, allí está a salvo.
-Debe estar donde le dé la gana estar -Benja se volvió al policía-. ¿Podrían asegurarse sus hombres de que los matones de Franklin no molesten a la chica?
-Será un placer -contestó el agente, rebosante de satisfacción, y salió de la sala sin mirar atrás.

Franklin exhaló un suspiro de frustración.
-Raybourne, ya veo que le ha inculcado a Camila unas ideas descabelladas durante las pocas horas que han pasado juntos.
-¿Qué yo le he inculcado ideas descabelladas? -Benja lo negó con un movimiento de cabeza-. No fui yo quien le dijo que saltara desde una ventana y se ocultara en mi caravana como una esclava fugitiva. Estaba decidida a alejarse de usted mucho antes de que yo entrara en escena.
El padre de Camila lo miró con aire reflexivo.
-Se me ocurre pensar que un hombre joven y ambicioso como usted podría haber pensado en las ventajas de relacionarse con una joven adinerada como mi hija.
Benja perdió los estribos.
-Le aseguro que lo último que deseo en el mundo es relacionarme con su hija. Ya he pasado por ahí y no estoy interesado en repetir la experiencia.

Pasaron varios segundos, durante los cuales Franklin siguió estudiando a Benja.
-Sabe, le creo -dijo finalmente. Benja casi podía ver los engranajes girando en el cerebro del magnate-. Creo que es usted exactamente lo que parece. Un hombre honrado y sincero.
-Tengo la terrible sensación de que me está dorando la píldora por alguna razón, señor Franklin -dijo Benja, y se volvió hacia la puerta-. Sea lo que sea lo que quiere pedirme, la respuesta es no. Tengo una yegua que llevar a mi rancho. Al contrario que usted, soy un hombre trabajador y no puedo permitirme el lujo de malgastar mi tiempo.
-Estoy seguro de que hay un sinfín de cosas que no puede permitirse.
El pausado comentario hizo que Benja cerrara los puños a los costados.
-adiós, Franklin.
-Si me hiciera un favor, podría romper el talón que me extendió por Realeza. Podría regalarle a la yegua.

Benja sabía que saldría mejor parado si seguía andando, subía al camión y se alejaba de los Franklin, padre e hija, de una vez por todas. Pero el recuerdo del talón que había extendido la noche anterior estaba grabado en su mente. La suma representaba todos sus ahorros, un gasto muy superior al que podría permitirse. La sola idea le hizo vacilar. Franklin añadió:
-Subiré la oferta. Podría quedarse también con el talón que acabo de rellenar.

Se refería al talón que había extendido hacía unos minutos, el mismo que Benja había rechazado sin ni siquiera conocer la cantidad.
-Asciende a cinco mil dólares -dijo el padre de Camila-. Con eso podrá pagar sobradas provisiones y materiales para su rancho. Écheme una mano y, tal vez, le recompense con cinco mil más.

Benja quería resistirse, pero era humano. Se dio la vuelta y miró a Franklin a los ojos.
-¿Qué es lo que quiere?

Capitulo 13

-Mi hija necesita a alguien que la cuide.
-No soy una niñera.
-Déle un empleo en su rancho. Sabe mucho de caballos. Póngala a trabajar y yo le daré dinero para pagar su sueldo.
Al recordar la angustia de Camila ante la perspectiva de recoger boñiga de caballo, Benja no pudo reprimir una carcajada.
-Perdóneme si no puedo imaginar a su princesita trabajando con las manos.
De nuevo, Franklin pareció sumido en sus pensamientos. Finalmente, dijo:
-Tal vez le haga bien -por primera vez, Benja vio una chispa de emoción en la mirada del magnate-. Tal vez me equivoqué al pensar que tenerla apartada del mundo era lo mejor para ella. En realidad, solo he conseguido convertirla en una miedosa. Quizá sea por eso por lo que no la tengo en mucha estima.

Oír a un padre reconocer que su hija no le agradaba suscitó la compasión de Benja.
-Protegerla es una cosa, pero tratarla como si fuera una idiota, es otra muy distinta. Camila no es una inútil, aunque usted quiera tratarla como si lo fuera.
El padre de Camila asintió con una mirada contemplativa en el rostro.
-Me gustaría que cuidara de ella este verano. No quiero que le dé unas cómodas vacaciones. Sea duro con ella. Demuéstrele lo inhóspito que puede ser el mundo.
-Cree que volverá a casa con la cabeza baja, ¿no?.
-O aprenderá a valerse por sí misma.
Benja no podría haber dicho cuál de los dos desenlaces sería de mayor agrado para Franklin. Superado el ánimo pensativo, el padre de Camila volvió a comportarse como el implacable hombre de negocios que era.
-¿Qué me dice, Raybourne? ¿Hay trato o no hay trato?

<<Esto no está bien>>, susurro una vocecita en la cabeza de Benja. El mismo código ético que le había impedido dejar sola a Camila en la carretera, le dijo que aquello no era honrado. Si aceptaba el dinero y le ofrecía un empleo a Cami en su ancho, la estaría traicionando.
Pero, ¿qué haría si él no la ayudaba? Había salido de la oficina de la policía decidida a valerse por sí misma, aunque no tenía ni la más remota idea de lo que eso implicaba. Rebosaba determinación, pero no había logrado camuflar la vulnerabilidad que escondía a flor de piel. Alguien podría aprovecharse fácilmente de ella.

Todavía sin bajar la vista hacia el talón que le ofrecía, Benja le preguntó a Franklin:
-¿Qué le hace pensar que querrá venir conmigo?
-Irá con usted. -contestó su padre-. Diga lo que diga, Camila está asustada. No sabe adónde ir ni cómo ganarse la vida.
Benja asintió, confirmando aquella impresión. Sabía que Camila no había meditado más allá de huir de la casa de su padre. Franklin era claramente egoísta y manipulador. Si Benja no ayudaba a su hija, su padre la acosaría hasta que ella acabara cediendo y regresando a su casa. Tal vez Benja pudiera ayudarla a huir de una vez por todas. No sabía por qué se creía en el deber de echarle una mano, pero así era.
-Estará encantada de trabajar para usted -continuó Franklin-. Si se queda durante todo el verano, además de este talón -volvió a tendérselo-, recibirá otro igual. ¿Trato hecho?

Los ceros que se agolpaban detrás del cinco resultaban tentadores. Benja intentó decidirse sin tomar en consideración que aquella suma y el precio que había pagado por Realeza permitirían que su negocio de cría de caballos saliera de los números rojos.
Como si le estuviera leyendo el pensamiento, Franklin dijo:
-Piense en esto como en un negocio, Raybourne. Me estará prestando un servicio a mí y este es el pago.
<<Pero en realidad, estaré prestándole un servicio a Camila>>, se dijo Benja. <<Y si acepto el talón, podré ayudarme a mí y a ella al mismo tiempo>>.
Sin estar del todo satisfecho con su razonamiento, Benja aceptó el dinero. Franklin sonrió.
-Vamos, mis hombres podrán decirnos dónde está Camila.

Capitulo 14

¿Quién iba a saber que no dejaban viajar con perros en los autobuses?
Con un suspiro entrecortado de cansancio, Camila se acomodó en un banco a la entrada de la estación. A su lado, Duna la miró con ojos brillantes y esperanzados.
-Causas muchos problemas -le dijo Camila a su mascota.
En respuesta, la perrita la acarició con su nariz húmeda y fría, y Camila la abrazó. Sacó de su bolsito un paquete de galletas saladas y le ofreció unas cuantas al animal. Su compañía compensaba todos los problemas. Parecía como si Duna fuese lo único que Cami tenía en el mundo.

Los minutos transcurrían lentamente mientras el sol de la tarde bañaba con sus rayos oblicuos aquella pequeña y tranquila ciudad de Buenos Aires. Camila sabía que debía ponerse en marcha, pero no sabía qué hacer. No tenía suficiente dinero para comprarse un coche, ni una tarjeta de crédito para alquilar uno. El autobús quedaba desechado. No había aviones ni trenes de pasajeros. Quizá pudiera llamar a una de sus amigas de la universidad para pedir ayuda, pero la sola idea la irritaba.
De vez en cuando, miraba fugazmente calle arriba, medio esperando que su padre saliera del edificio del juzgado y caminara hacia ella a grandes zancadas. Pera la acera estaba desierta. Los guardaespaldas que la habían seguido se habían esfumado, ahuyentados por el policía y uno de sus ayudantes. El comisario le había preguntado amablemente si podía ayudarla en algo, ella había declinado su ofrecimiento y se había quedado sola, dispuesta a comprar un billete de autobús.

Y allí seguía. Sola. Libre por fin. ¿Por qué no estaba radiante de alegría?
Tal vez porque tenía miedo de que su padre tuviera razón. Tal vez fuera demasiado inexperta o ingenua para valerse por sí misma.
-A lo mejor puedo esconderte en mi bolsito -le dijo a Duna.
La perrita ladró a modo de respuesta, luego saltó del banco y correteó por la acera, levantándose repetidas veces sobre las patas traseras.
-¿Se puede saber qué te pasa? -Camila halló la respuesta a su pregunta en el camión con remolque que estaba aparcando en las plazas vacías que había delante del banco.
Duna ladró como si estuviera saludando a un viejo amigo.
Camila intentó con todas sus fuerzas no sentirse inmensamente feliz cuando vio a Benja asomarse por la ventanilla. De hecho, estiró las piernas, enfundadas en la polvorienta tela de los vaqueros, y fingió indiferencia.
-¿Ya has comprado el billete? -preguntó Benja. Camila elevó la barbilla y mintió.
-Sí, estamos esperando a que llegue el autobús.
-Yo creía que los autobuses paraban en la parte de atrás.
-Aquí se está mejor.
Benja la miró con el ceño fruncido.
-¿Tienes dinero suficiente para el billete?
La preocupación que reflejaba su voz la irritaba. Apenas hacía una hora, la había mirado con desprecio. No necesitaba que sintiera lástima por ella.
-Eso no es asunto tuyo.
-No tienes por qué ponerte a la defensiva. ¿Qué ha sido de la joven que lamentaba tanto las molestias que me había causado?
-Y todavía lo lamento -replicó Cami-. Pero no entiendo por qué sigues interesándote en mí. Pensé que habrías huido de aquí como alma que lleva el diablo.
-Sí… bueno… -Benja tamborileó con los dedos en la puerta-. Es que he estado pensando en la forma en que te enfrentaste a tu padre.
Camila desvió la mirada y jugó con el extremo de una de sus trenzas.
-Debí haberlo hecho hace mucho tiempo.
-Es un poco idiota, tu padre…
-Sí, lo es -corroboró Cami
-Pero supongo que no creerás que va a desentenderse de ti.
Camila se enfureció.
-Ya se que piensas que solo estaba fingiendo para que mi padre saliera en mi busca. Te equivocas, lo único que quería era huir. Pues bien, ya lo he hecho. Y me encuentro perfectamente en mi nueva situación, muchas gracias -la expresión de Benja denotaba incredulidad, pero no dijo nada-. ¿Querías algo más? -le preguntó Cami, al ver que no continuaba la marcha pasados unos momentos.
-Bueno, yo estaba pensando en ofrecerte un empleo.
-¿Qué?
-En mi rancho, con los caballos.
Camila lo miró con recelo.
¿Cuál es el truco?
-No hay truco. Vi, por la forma en que tratabas a Realeza, que te gustan los caballos. Necesitaría que alguien me echara una mano este verano. Mi madre… tiene a su cargo un campamento y, bueno… sé que necesitas un trabajo. ¿Qué te parece?

Camila no podía dar crédito a sus oídos. Se puso en pie, con las manos en las caderas, y avanzó hacia el camión.

Capitulo 15

-A ver si lo he entendido bien. ¿Estás interesado en contratar a una niña rica, débil y mimada?
Benja bajó la cabeza con expresión claramente avergonzada.
-Siento haberte llamado todo eso. Es evidente que has tenido mucho que aguantar con tu padre.
-Y, después de haberme librado de él, lo último que me apetece es trabajar para ti. -se inclinó, tomó a Duna en brazos, recogió el bolso del banco y echó a andar por la acera, hacia la oficina de policía. Benja la llamó.
-¿Adónde vas? Creía que estabas esperando al autobús -Camila siguió andando, con los hombros rígidos de obstinación-. Vamos, Camila… -le gritó Benja, y avanzó lentamente con el camión-. Aparqué detrás de la estación para buscarte y me dijeron que no podías comprar un billete con ese chu… quiero decir, con Duna. Sé que no tienes adónde ir.
Camila se volvió y lo traspasó con la mirada.
-Déjame en paz.
-Camila…
Entonces, giró sobre sus talones y se encaró con él.
-¿Qué es lo que quieres?
-¿Ayudarte? -sugirió Benja.
-No imagino por qué.

Benja no podía mirarla directamente a los ojos.
-Creo que necesitas un respiro.
-No concibo qué te ha hecho cambiar de idea sobre mí, pero no me interesa recibir tu caridad.
-Tendrás que trabajar, y pienso pagarte. Quizá así tengas tiempo para pensar en lo que quieres hacer.

Tiempo. Aquella era una perspectiva sugerente. Estar en algún lugar cómodo y seguro, pero lejos de su padre, sería un inmenso alivio. Podría ponerse en contacto con sus conocidos de Chicago, pedirles que le buscaran algún trabajo y ahorrar el dinero que Benja fuese a pagarle. Al final del verano, podría tener suficiente para empezar de verdad una nueva vida.

Benja se percató de su vacilación. Se sentía como un gusano por aprovecharse de las inseguridades de Cami, pero, qué importaba, ya había hecho un pacto con el diablo, ¿qué podía ser peor? Tal vez todo fuera para bien. Aquella princesita aprendería lo que era ganarse el pan de cada día y el rancho Raybourne obtendría a Realeza sin que le costara un dólar.
-¿De verdad quieres que trabaje para ti? -preguntó Camila.

Quería que trabajara para él tanto como deseaba que su mejor semental se quedara estéril. Pero, al margen del trato que había hecho con su padre, Benja pensó en lo que podría pasarle a Cami si se marchaba por su cuenta. La luz dorada de la tarde jugaba con sus rasgos pálidos, realzando sus ojeras y el cansancio que se reflejaba en torno a sus labios. Parecía joven e indefensa. ¿Qué iba a hacer si no se subía en el camión con él?

Echó el freno de mano, abrió la puerta y saltó a la acera para agarrar su bolsito.
-Vamos -dijo con toda la amabilidad de la que era capaz-. Estás agotada, y me gustaría recorrer unos cuantos kilómetros antes de parar a pasar la noche. En marcha.
Camila vaciló solo un momento más.
-Todavía no entiendo por qué haces esto. No sé si debería confiar en ti.
Con un gruñido como única respuesta, Benja abrió la puerta de par en par. Camila inspiró profundamente y trepó hasta el otro extremo del asiento, ofreciendo a Benja un grato panorama de su pequeño y ágil trasero.

Benja contó hasta diez en silencio y se acomodó detrás del volante. No dijo nada cuando la ridícula perrita se acurrucó contra su pierna en lugar de contra su ama.
-No importa -la tranquilizó, cuando Camila se dispuso a retirar al chucho-. Cualquier cosa es mejor que oírla ladrar.
-Le gustas.
Preguntándose si debía considerarlo una bendición o una maldición, Benja se concentró en la carretera. Según el mapa, había un camping no muy lejos de la ciudad. Podrían pasar allí la noche. La caravana tenía dos camas. Después de la epopeya de aquel día, sin duda a Camila no le importaría compartir…

Capitulo 16

Aquel pensamiento se extinguió cuando se dio cuenta de que Camila se había soltado el pelo. ¿Quién habría imaginado que, en aquellas gruesas trenzas, se ocultaban unos deslumbrantes rizos de color rojizo?
Camila se frotó el pelo con los dedos y una exuberante melena cayó en ondas sobre sus hombros y brilló a la luz tenue del atardecer.
La joven con trenzas y gorra de béisbol, medianamente atractiva, a la que había sacado a rastras de su caravana y había dejado caer al suelo delante de la policía había sufrido una metamorfosis. El pelo enmarcaba y suavizaba sus rasgos. Estaba… femenina, seductora, irresistible.

Mientras Benja intentaba digerir aquellos cambios tan espectaculares, Camila rebuscó en su bolsito hasta sacar un cepillo.
-Esta absurda melena -murmuró, mientras inclinaba la cabeza hacia delante y se pasaba el cepillo desde la nuca hacia las puntas-. Pesa tanto y me da tanto calor. Voy a cortármelo al cero…
La protesta de Benja fue una súplica ahogada y torpe. Camila levantó la cabeza y, a medida que los cabellos le caían en cascada sobre los hombros, una fragancia dulce y aromática se propagó por la cabina del camión.
-¿Has dicho algo? -preguntó, mirándolo con los ojos muy abiertos. Benja carraspeó.
-Pasaremos la noche en un motel. Yo dormiré en la caravana y tú en la habitación.
-Pero…
-Nada de <<peros>>, por favor.

Benja se concentró en la carretera, a fin de desviar la atención de la creciente tensión en su entrepierna.
-¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar a tu rancho? -preguntó Cami.
-Al menos, dos días más.
<<Dos largos días enclaustrado con ella en este camión. Dios mío, ¿qué he hecho?>>.
Benja miró a Camila de soslayo una vez más. Contempló la cortina de seda roja, que pedía a gritos las caricias de un hombre, la boca pequeña y delicada, y los senos que llenaban la camiseta con una redondez suave y seductora. ¿Por qué no se había fijado en ella antes?
-Va a ser un viaje muy largo -murmuró-. Muy, muy largo.
Camila no dijo nada. Benja se removió en su asiento, en un intento por ponerse cómodo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la perrita lo estaba mirando con ojos entrecerrados, casi con desaprobación. Como si supiera exactamente en qué estaba pensando. Bajó un poco la ventanilla para sentir el aire fresco en el rostro. No era la ducha fría que necesitaba, pero algo hacía. Dios sabía que iba a necesitar toda la ayuda del mundo para sobrevivir a aquel viaje.



besiitoss¡¡

 
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