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kristy (no login)
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OOOoOlaaa kien tnga webnovelas completas o importaria ponermelas?todas las k keraiiss xfaa es k e estado algun tiempo fuera y me e perdido jaja kntextad x favoor
Yo tengoo maas de 100 novelaaas!!
pereoo por quenomejoor me das tu hotmail y te pasoo un mail con todaas las que tengo y miraas cualee te gustaan? besos
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(no login)
hey
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December 31 2008, 1:48 AM
hola me gustaria k me pasaras a mi tambien si no es mucha molestia esas novelitas k tienes mi msn es cheyra_16@hotmail.com
:D:D
por favor, si no es mucha molestia tambièn envìame a mi webnovelas
mi correo
chickabella2008@hotmail.com
gracias, saludos
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valennn (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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December 31 2008, 3:55 AM
titimania08@hotmail.com
por favor yo tambien kiero si se puede
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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December 31 2008, 10:58 AM
olaa mi tb x favorr
patty_love22@hotmail.com
si no muxa molestia
bss
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luky_tomy (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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December 31 2008, 12:29 PM
jajaj m parece k las novelas las keremos muxas jaja. a mi tmb m lo puedes pasar¿? por favor
mi msn es sar_tomy@hotmail.com
muxos besos y gracias
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kristy (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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December 31 2008, 3:33 PM
jajajajaja y vee k d gnt las kiereee jajaja si klaro aki t doy mi msn pa k me las pases :P
gaditana_kristy@hotmail.com
muxisimas graciiasss:D:D
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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December 31 2008, 3:49 PM
si me las pasas ami tambien xfiii si puedes eeeh..
aqi te dejo mi msn : naia_arza@hotmail.com
graxx
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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December 31 2008, 5:01 PM
a mi tambien me gustaria k me mandarais webnovelas si teneis muchas gracias
un beso a todas
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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December 31 2008, 5:04 PM
se me a olvidao poner mi msn es: rebeldewaycamiybenja@hotmail.com
muchas gracias de nuevo
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aida11 (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 1 2009, 2:04 PM
Por favor pasamelas a mi tambien.
Gracias! bsos
Mi msn es fndn11_mcf@hotmail.com
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 1 2009, 3:57 PM
FELIÇ AÑO NUEVO
olas podeis poner tmb algunas webnovelas aki, ya que mi mesenger no me funciona muy bien podria poner alguna persona, alguna webnovela por aki, asta que me funcione mejor, me ariais un gran favor
graciaas
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JeCaLa (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 1 2009, 6:26 PM
nose si sera mucha molestia... pro ya es bastnte trabajo.... crees que m las puedas pasar a mi tb?!! siii??..
sagitary89@hotmail.com
igual gracias!!!
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kad (no login)
hola
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January 1 2009, 8:10 PM
me gustaria recibir tus historias por favor me las puedes mandar al correo
rodriguezailen@yahoo.com
seria muy agradable poder leer algo agradable.
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 1 2009, 8:12 PM
hoola.. sii nu te moleesta me podrias paasar a mi tabieen ?? porfoo :P si no no importa :D
mi correo es laa_klaudiiaaw@live.cl
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(no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 2 2009, 9:31 AM
YA LES MANDEE UN MAIL CHICAAS CON TOODAAS LAS NOVELAS EN LISTAA! PARA QUE MIREEN CUAL QUIEREEN! POR CIERTOO ME FALTAAN 3 PARA LAAS 200 JAJA :D
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 2 2009, 2:52 PM
porfa yo tambien los quiero.
ana_rebelde_ana@live.com
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 2 2009, 3:05 PM
ponlas aki x fa, al menos alguna
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 2 2009, 7:01 PM
seria muxa molestia q me las pasaras a mi tb las novelas xfis?? :D:D mi msn es verosimon_87@hotmail.com
mil gracias de verdad
bsss y feliz año nuevo
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mikita (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 2 2009, 7:18 PM
y a mi¿? me las podrias pasar tb¿?
te dejo mi msn: lady_dark_moon8@hotmail.com
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Gemma (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 2 2009, 8:44 PM
xfavor!! te agradeceria mucho que me las pasaras a mi tmb si no te importa mi msn es gema_08_12@hotmail.com
gracias un besito
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 2 2009, 9:02 PM
ola si no es muxa molestia ya me gustaria ke tambien me pasaras a mi tus webnovelas por favor... aki te dejo mi correo: marialm_92@hotmail.com si me mandaras un e-mail con las webovelas te estaria muy agradecida. xao
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 2 2009, 11:01 PM
mandame a mi esa lista!!!
aitziber.1@hotmail.com
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Anonimo (no login)
Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs
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January 3 2009, 12:01 AM
Hola!!
Para las personas que queríasquedejásemos webnovelaspor aki,os dejo unas cuantas.
JUEGO DE SEDUCCIÓN
¡Que tal! Soy Mariza Andrade, la chica rebelde del Pueblo, como todos me catalogan, se preguntaran que hice para ganarme ese mote, pues simple, pose desnuda en una revista de caballeros. Si, soy Miss Noviembre, y mi destino cambio a partir de ese día. Pero seis años después mi vida se reencuentra con el pasado, él Pablo Bustamante mi antiguo amor de infancia, un sencillo hombre de campo, conservador y prejuicioso, quiere redimirme, y guiarme por el buen camino, ¿Podrá el lograrlo? o ¿Yo lo corromperé a el? ¿Qué Creen?
¡Chicas! ¡Chicas! ¡Chicas!
El panel publicitario del Salón Rosa se iluminó por unos instantes con aquellas letras, antes de ceder su lugar a un nuevo mensaje: Salen a escena... ¡ya!
Pase de largo y seguí camino hacia el bar, que estaba situado dos calles más allá del local de strip-tease. Solo me había detenido un momento para contemplar las fotografías de las mujeres en topless bailando en un oscuro interior. La tentación sexual que provocaban me había parecido especialmente perversa dado lo temprano de la hora: apenas eran las dos de la tarde.
Por lo demás, esa tentación seguía haciéndome pensar en Mariza, a pesar de los seis años transcurridos. Apenas podía creer que hubiera pasado tanto tiempo desde que ella dejó impresionados a mis amigos de Córdoba, al aparecer desnuda en el desplegable central de la revista Macho. Todavía podía verla exhibiéndose en toda la gloria de sus dieciocho años, sonriéndome a mi y a medio millón de hombres más. Así era Mariza Andrade.
Me habría encantado saber qué sería de ella ahora. Quizá estuviera casada y con tres hijos, aunque me costaba trabajo imaginármelo. Muy probablemente estuviera actuando en un local exactamente como el que acababa de pasar. Eso sí que me lo podía imaginar. La despedida de soltero de aquella noche se efectuaría en un lugar semejante, y lo cierto era que yo no tenía ninguna gana de ir. Tres años habían pasado desde la última vez que estuvo en Las Vegas para participar en un rodeo, pero me acordaba muy bien de un bar. que había por aquella zona. Era pequeño y acogedor. Nada de bailes ni de música alta: solo cerveza fría y un par de anticuadas máquinas tragaperras. El problema era que no conseguía encontrarlo.
Había confiado en refugiarme en aquel bar durante el fin de semana, en caso de que los festejos en honor de mi buen amigo Felipe amenazaran con cargarme. Me gustaba, e incluso me sentía honrado de hacer de padrino. Sinceramente. Pero el compromiso de Felipe y Luisana, anunciado solemnemente en otoño de aquel año, me había recordado que yo era el único de mi grupo de amigos del rodeo que aún no me había casado. Para colmo, mi hermano pequeño, Benjamín, acababa de comprometerse. Y entre todas las chicas tenía que haber elegido a la hermana de Mariza, Camila.
A mi no me habría importado casarme. De hecho, me habría encantado hacerlo. Pero había estado, y estaba, demasiado ocupado con el rancho. Además de que en que el pequeño campo de Córdoba donde vivía, no abundaban las jóvenes. Ahora que Benjamín había sentado la cabeza, tal vez yo tuviera también el tiempo y la oportunidad de buscarme una esposa. Pero mientras tanto allí estaba, perdido en «La Ciudad del Pecado» cuando me sentía especialmente vulnerable a aquel tipo de tentaciones... En aquella ciudad uno podía hacer todo lo que se me antojara, y aquella era demasiada libertad para mi gusto. Solo llevaba unas horas allí y ya podía sentir la pulsión sexual de la ciudad, el impulso de hacer cosas que jamás soñaría con hacer en mi pueblo natal. Y eso me ponía nervioso. Mariza me había producido ese mismo efecto, años atrás, y por eso, muy prudentemente, opte por evitarla. Pero seguía acordándome de ella.
En el siguiente cruce, me detuve para mirar a mi alrededor: licorerías, tiendas de regalos... pero ni rastro de mi pequeño y acogedor bar. Probablemente había cerrado. Con un suspiro, di media vuelta y me encamine hacia el Hotel Bellagio Resort R tenía varios bares, pero todos eran demasiado ruidosos. Lo que yo buscaba era algo tranquilo, con música suave. Era una pena que yo un tipo de veintiséis años fuera tan tranquilo y hogareño, pero así soy yo Pablo Bustamante. No me habría importado encontrarme en aquel mismo instante de regreso en mi rancho, para disfrutar de una maravillosa puesta de sol. Amaba mi Hacienda tanto como lo había amado mi padre, y mi abuelo. Era la tierra de los Bustamante, y siempre me sentía mejor cuando tenía los pies plantados en ella.
Estaba tan concentrado en mis reflexiones que no prestaba atención a los otros transeúntes. Por eso tarde un buen rato en darme cuenta de que la pelirroja que caminaba hacia mi se parecía muchísimo a Mariza. Pero debían de ser imaginaciones mías, teniendo en cuenta que acababa de pensar precisamente en ella. Las flores azules estampadas que destacaban en su vestido eran dulces e inocentes, pero el mismo vestido, corto y vaporoso, no lo era en absoluto. Era una prenda flotante maravillosamente tentadora, que destacaba sus largas y bien torneadas piernas. Calzaba unas sandalias de tacón alto y llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo. Caminaba como Mariza. Por supuesto, aquella no podía ser Mariza. Pero era su hermana gemela: la misma boca de labios rojos, la misma barbilla de gesto decidido.
Llevaba gafas de sol, de modo que no podía verle los ojos. Los ojos eran la prueba definitiva. No había mujer en el mundo que tuviera los ojos de Mariza. Había gente que decía que el castaño era un color relajante. Pero en Mariza no lo era. Ella podía chamuscar el corazón de un hombre con una sola mirada.
La mujer que tanto se me parecía se detuvo en la puerta del local de strip-tease, y yo también. Por supuesto que no se trataba de ella, pero tenía que asegurarme. Vi que sacaba de su bolso una pequeña agenda de piel. Nada más abrirla, se alzó las gafas mientras leía sus anotaciones. Luego la cerró, volvió a guardarla en el bolso y se dispuso a entrar.
-Perdone -la aborde, casi sin pensar-, ¿podría decirme qué hora es? -maldije en silencio. Olía incluso como Mariza.
Sin mirarme, la mujer consultó su reloj. Y alzó la cabeza.
-Son las dos y... -se detuvo bruscamente, contemplándome de hito en hito.
Mi corazón empezó a latir a toda velocidad. Aquellos ojos...
-¿Pablo? Tú eres Pablo Bustamante, ¿verdad?
-Sí, soy yo -la sorpresa me había dejado aturdido.
-¡Guau! -soltó una carcajada-. No me lo puedo creer.
-¿Qué no te lo puedes creer? Soy yo quien no se lo puede creer. Estaba pensando precisamente en ti y, ¡bam! Apareces de golpe -enseguida me arrepentí de mis palabras. No debí haber dicho eso.
-¿De veras? -los labios de ella se curvaron en una sonrisa-. ¿Estabas pensando en mí después de tantos años? Qué halagador
-Bueno, yo... er... -volví a maldecirse. Me estaba ruborizando.
-¿No será tal vez que te has acordado de mí... -su sonrisa se amplió-... al ver ese letrero que ahora brilla sobre nuestras cabezas?
Como era habitual en ella, sabía pulsar los botones adecuados para ponerme nervioso.
-Bueno, Mariza, es mejor olvidar ese tipo de cosas, ¿no te parece?
-Evidentemente tú no las has olvidado -extendió una mano para darme una cariñosa palmadita en el brazo-. Está bien. No todos los días la chica que solías acechar en el pueblo decide aparecer completamente desnuda en una revista. Los chicos de Campo no están acostumbrados a ese tipo de cosas.
-Yo creo que la mayoría ya se ha olvidado de eso -mentí-. Bueno, dime, ¿cómo te ha ido? -esa sí que era una pregunta original.
-Bien.
-Me alegro -otro brillante comentario. Tenía que admitir que tenía buen aspecto.
-¿Y a ti? me indagó ella.
-Bien también -me preguntó qué tipo de pintura de labios usaría para que le quedaran siempre como si acabara de humedecérselos. No debería estar mirando tan fijamente aquella boca, pero era más seguro fijar la mirada allí que en el resto de su cuerpo.
-¿Qué te ha traído a Las Vegas?
Tuve que detenerme a pensarlo. Ah, sí, Felipe.
-Un amigo mío se va a casar.
-¿Ah, sí? ¿Lo conozco yo?
-No lo creo, es de Bariloche. Nos conocimos en un rodeo hace unos años.
-¿Y tú, Pablo? ¿Encontraste por fin una ranchera con la que casarte?
-No. He estado bastante ocupado -vacile, no muy seguro de querer decirle más. Después de todo, había sido ella quien decidió romper el contacto con toda la gente del pueblo, padre y hermana incluidos. Pero finalmente me decidí-. Mi padre murió hace un par de años.
-Oh. Lo siento, lo siento de verdad. Era un gran hombre.
-Gracias. Sí que lo era -no podía recordar haber visto nunca compasión alguna en sus ojos. Desafío sí, muchas veces; malicia muy a menudo y, una noche memorable, deseo. Pero jamás aquella tierna compasión.
-¿Así que Benjamín y tú llevan solos la hacienda?
-Sí -en ese momento sí. Seis meses atrás no habría podido darle esa respuesta, porque por aquel entonces Benjamín solía pasar más tiempo persiguiendo mujeres que enlazando terneros. Pero Camila le había hecho sentar la cabeza-. Esa es otra novedad. Benjamín va a casarse.
-¡No me digas! -sonrió-. ¿De penalti?
-No. Se casa con tu hermana.
Una expresión de absoluta incredulidad asomó a sus ojos, para ser rápidamente sustituida por otra de conmovedora vulnerabilidad. Desvió la mirada.
-Bueno. Camila siempre tuvo una especial debilidad por él, pero mucho me temo que está cometiendo un enorme error.
-Hace unos meses yo mismo habría estado de acuerdo contigo, pero te sorprendería ver lo mucho que ha cambiado Benjamin. Cada día se va haciendo más y más responsable.
-Qué pena.
La inevitable irritación que siempre había formado parte de mis conversaciones con Mariza volvió a asaltarme. Si todo el mundo tuviera la misma actitud despreocupada ante la vida que ella, nada podría funcionar debidamente.
-Vaya, pues resulta que yo me alegro por él.
Mariza me lanzó una insolente sonrisa, como advertencia del hiriente comentario que seguiría a continuación.
-No me extraña. Tú ya naciste viejo.
-Todo el mundo acaba por madurar, tarde o temprano -repuse, tensando la mandíbula-. Incluso tú.
-No si puedo evitarlo. Y en cuanto a Camila y a Benjamin, ambos disponían todavía de mucho tiempo por delante antes de que terminaran cayendo en una aburrida rutina. Pero no, se han apresurado a atarse entre sí, y a aquella bendita hacienda. Detesto ver esas cosas.
-Nadie te ha pedido que las veas -enseguida me di cuenta de que aquello había sido un golpe bajo. No había querido decirle eso. Pero ya no podía retirarlo, y no sabía cómo atenuar el efecto de lo que acababa de decirle.
-No, supongo que nadie me lo ha pedido -repuso, dolida. Volvió a bajarse las gafas, y cuando volvió a hablar su tono de voz no era ya tan seguro-. Supongo que mí padre seguirá tan cascarrabias como siempre, ¿no?
No me conmovió que hubiera tenido el coraje de preguntar por Martín. Durante su adolescencia, Mariza había tenido peleas muy amargas con su padre, y Martín prácticamente la había echado de su casa tras el incidente de la revista. No había querido expulsarla de verdad, pero ella, a sus dieciocho años, se lo había tomado como si lo fuera. Y después de aquello ninguno de los dos había sido capaz de tragarse su orgullo para retomar el contacto.
-Martín está bien -respondí con tono suave, tranquilizador-. Disfruta de una salud de hierro.
-No me sorprende -repuso Mariza con una mueca, aunque parecía aliviada-. Creo que nunca toleraría la presencia de una enfermedad en su vida -se irguió-. Bueno, ahora que ya nos hemos puesto al tanto de las últimas noticias, será mejor que me vaya. Tengo una entrevista.
Casi me había olvidado de dónde estábamos. Antes de abordarla, Mariza había estado a punto de entrar en aquel local de strip-tease. Tuve un mal presentimiento.
-¿Una entrevista? -pregunte, fingiendo un tono indiferente.
-Sí. Una entrevista.
-Oh -se me encogió el estómago. Una entrevista de trabajo. El desplegable central de aquella revista volvió a asaltar mi mente y comprendí, sin la menos sombra de duda, que se disponía a pedir trabajo en aquel local.
-Escucha, tengo un poco de prisa. Ha sido estupendo verte. Cuídate, Pablo -y se volvió hacia la sombría entrada.
-No entres ahí -sin pensármelo dos veces, la agarró de un brazo
-¿Por qué no? -me miró sorprendida.
-Hay mejores maneras de ganarse la vida -me quede sin aliento al sentir la tibia y tersa piel de su brazo desnudo. Me acorde que tenía una piel maravillosa. Una piel que pensaba lucir delante de desconocidos...
Con su mano libre, Mariza se alzó las gafas. Estaba pasmada.
-¿Y cómo te crees tú que me gano la vida?
-Yo... no estoy seguro, y para serte sincero preferiría no saberlo. Solo te estoy pidiendo que no vayas a esa entrevista. He estado en lugares como este. Sé lo que se espera de las mujeres que...
-¿Ah, sí? ¿Lo sabes?
Le solté de repente el brazo, como si su contacto me hubiese quemado.
-Maldita sea, Mariza. Ya sabes de lo que estoy hablando.
-No te creas. Me cuesta trabajo imaginarme a Pablo Bustamante es un local de topless. ¿Alguien te engañó para que entraras?
-¡No! -aquella mujer siempre terminaba por sacarme de quicio-. ¿Sabes? No soy ningún santo.
-¿Quieres que te ponga a prueba? -se burló, sonriendo.
-Mira, Mariza. Hace años tú parecías decidida a enfilar tu vida en cierta dirección, y no quisiste escuchar los consejos de nadie. Pero ahora mismo yo te estoy pidiendo que... que reflexiones. Quizá este encuentro nuestro no haya sido tan casual. Quizá haya llegado la hora de que pienses en otras opciones...
-A ver si lo entiendo -un brillo de malicia asomó a sus ojos-. En lugar de entrar ahí y con seguir un empleo enseñando mis... ya sabes, a los clientes, tú quieres que me reforme y consiga un trabajo más respetable. ¿Es eso?
-Te estás burlando de mí, pero sí, es eso.
-Quieres salvarme de mí misma.
-Ay, diablos, Mariza. No es que bailar en topless sea tan terrible. Sé que me tomas por un remilgado puritano, pero no lo soy. Y comprendo que siempre has querido ir contra corriente. ¿Pero no te parece que esto ya está durando demasiado? Yo pensaba que a tus años ya te habrías dedicado a otras cosas...
-¡Si ni siquiera he cumplido los veinticinco!
-Pero te queda poco.
-Ocho meses todavía. Casi un año.
-¿Lo ves? Es la edad perfecta para cambiar -pensé que ella parecía mucho más joven.
-¿Y a qué clase de trabajo me debería dedicar?
-No estoy seguro -Me frote el cuello-. Pero quizá a los dos se nos ocurra algo...
-¿Y cuándo sería eso? Tú tienes que asistir a una boda, y yo necesito vivir mientras tanto.
Pensé que en eso radicaba el problema. Si Mariza estaba buscando trabajo, era porque no andaba bien de dinero. Y yo no podía decirle a una mujer como ella que se olvidara del dinero que ganaba haciendo esas cosas y se dedicara a... a servir hamburguesas. Se me reiría en la cara. Pero no iba a convencerla de nada si seguíamos conversando en plena calle.
-¿Cuánto tiempo llevas en Las Vegas?
-Llegué ayer mismo -me respondió ella.
-Ajá -pense rápidamente. Tenía que ir con cuidado-. Entiendo. Acabas de llegar y necesitas un empleo, pero... ¿no podrías esperar un poco para que pudiéramos hablar sobre ello? Solo el fin de semana. Yo podría cubrir tus gastos durante estos días...
-¿Te refieres a pagarme un alojamiento y manutención? Ni hablar.
-Entonces te propongo una cosa: deja la habitación de hotel que has reservado y vente a la mía durante este fin de semana.
-¿Quieres que me traslade a tu habitación? -Me miró con un brillo de interés en los ojos.
Aquello disparó en mi memoria un vívido recuerdo. Con solo dieciséis años, Mariza me había besado con la pasión de una mujer cierta noche en el granero.
-Estrictamente como amigos -Me apresure a aclarar-. Es una habitación grande. Yo dormiré en el sofá del salón y tú en la cama del dormitorio. No se trata de una proposición, Mariza.
-¿Estás seguro? -aquel brillo travieso volvió a sus ojos-. Sé que eres un tipo discreto, pero ya no estamos en el campo. Nadie de allí tiene que enterarse de esto. Y ya sabes la «mala chica» que soy yo.
-Es precisamente esa manera de pensar la que tienes que abandonar de una vez por todas -replique, algo acalorado-. La vida es algo más que sexo -sabía que tenía que haber más cosas, aunque en aquel instante no se me ocurría nada.
-Vamos a ver si me aclaro. Me estás invitando a quedarme en tu habitación durante este fin de semana, pero no tienes ninguna intención de divertirte conmigo. En lugar de ello, vas a... asesorarme.
-Exacto.
-Antes te pregunté si tenías una esposa esperándote en casa, y me respondiste que no. ¿Pero no habrá alguna novia más o menos estable?
-No la hay -ahora que pensaba en ello, habían pasado meses desde la última vez que había salido con una mujer.
-Pablo, ¿no serás gay? -al ver mi expresión, se apresuró a añadir-: No, claro. Bueno. No estás comprometido con nadie, no eres gay, y no quieres mantener ningún tipo de relación sexual conmigo.
-Efectivamente -mentí. Por supuesto que quería tener relaciones sexuales con ella, siempre lo había querido, pero esa era una mentira que no me provocaba ningún remordimiento.
-Pues entonces debes de ser un santo que acaba de caer del Cielo para salvarme de mi propia maldad. De acuerdo, acepto.
Me aclare la garganta y me esforcé por aparentar más confianza de la que sentía.
-Estupendo -ahora que ella me había dejado muy claro que solo un santo se atrevería a resistírsele, comenzaba a arrepentirme de la idea que había tenido. Pero si podía encontrar la fuerza suficiente para mantener las manos quietas, entonces quizá Mariza podría desarrollar una nueva imagen de sí misma. Después de todo, mi hermano se iba a casar con su hermana. No tardaríamos en convertirnos en cuñados-. Quizá debamos ir a recoger tus cosas.
-Oh -pareció súbitamente preocupada-, el caso es que, er me han perdido el equipaje. Ya sabes, eso suele pasar en los hoteles.
-Oh -aquello era peor de lo que había pensado. Evidentemente se había inventado aquella historia del equipaje perdido porque debía de alojarse en algún motel de mala muerte y no quería que yo lo supiera. O peor todavía, sus pertenencias eran tan escasas que la avergonzaba enseñármelas. Quizá el vestido que llevaba en ese momento era la prenda más decente que conservaba... Pero ese hecho no hizo más que fortalecer mi decisión de sacarla del pozo en el que se había hundido-. ¡Muy bien entonces! -exclame, consciente de que estaba proyectando más entusiasmo del que exigía la situación. Parecía un maldito vendedor de coches usados. Aclarándome la garganta, lo intente de nuevo-. Vamos a mi hotel. Luego te dejaré algún dinero por si quieres comprarte algo de ropa.
-Ya veremos. Pero antes de irnos quiero entrar para decirles que renuncio a la entrevista. No quiero dejar una mala impresión, en caso de que necesite volver algún día.
-Te acompaño.
-Preferiría que no lo hicieras -me dijo, sonriendo.
-¿Por qué?
-En este barrio, cuando un tipo se pega a una mujer de esa manera, como si no quisiera perderla de vista, la gente inmediatamente piensa que se trata de su chulo.
Se me heló la sangre en las venas al preguntarme cómo habría podido adquirir tanta experiencia en aquellos asuntos.
-Mariza, por favor, dime que tú nunca has...
-No. Nunca. Puede que sea una «chica mala», pero nunca he sido tan mala... -al ver que suspiraba de puro alivio, añadió-: por el momento.
Abrí la boca para lanzarle otra advertencia, pero ella me calló, riendo.
-Relájate. Estaba bromeando. Me conociste durante los primeros dieciocho años de mi vida, así que ya deberías saber lo mucho que me gusta burlarme de la gente. Sobre todo de la gente como tú. Espérame aquí. Ahora mismo vuelvo.
La vi entrar en el lúgubre interior de aquel local. La incorregible Mariza. De repente parpadee varias veces, como si acabara de salir de un trance hipnótico. Acababa de comprometerme a pasar un fin de semana entero con Mariza Andrade. ¿En qué diablos habría estado pensando? Había llegado a Las Vegas en un estado de penosa abstinencia sexual. Y luego invitaba a la mujer más sexy del mundo a dormir en la habitación de mi hotel. Apenas llevaba cuatro horas allí, y la ciudad me tenía ya en sus garras.
Me había especializado en actuar por impulso. Y aquel impulso en particular, el que me había hecho aceptar el indignante plan de Pablo de salvarme podía proporcionarme una gran diversión. Sobre todo si cambiaban las tomas y lo iniciaba a él en el lado oscuro de la vida. Pero entonces... ¿por qué estaba tan nerviosa? Quizá todavía me estuviera resintiendo de la noticia de la inminente boda de mi hermana y Benjamín. Una situación a la que no tendría más remedio que irse acostumbrándome. Sí, ese había sido el motivo principal de mi inquietud.
Evidentemente Pablo no me atraía ya tanto como cuando tenía solamente dieciséis años. Y seducir a Pablo allí, en Las Vegas, sería una fantástica manera de vengarme de la brusquedad con que me había rechazado a tan tierna edad. Pero, para que la venganza fuera dulce, tenía que asegurarme de haber superado aquel trauma. Por supuesto que lo había superado. Sacudiéndome mi inquietud, entre en el local y mire a la joven rubia que se contorneaba en el pequeño escenario. No, no era esa. El sujeto de mi entrevista era una modelo
-¿Quiere una mesa? -me preguntó un hombre delgado, vestido con una camisa blanca y unos ajustados pantalones blancos, apareciendo de pronto a mi lado.
-No, gracias. Me llamo Mariza Andrade y he venido a hablar con Fernanda.
-¡Oh! ¡Es usted la periodista de Maxim, Por favor, siéntese. Ahora mismo voy a buscarla.
Me sente en una mesa vacía. Aquello podría tardar más de lo que había pensado en un principio. Pablo sospecharía de inmediato, imaginando que finalmente me habría decidido a solicitar un empleo. Pero no podía marcharme sin hablar con Fernanda El equipo de música del local no era muy bueno, pero la rubia del escenario era una gran bailarina. Conte hasta cinco clientes, todos ellos concentrados en el espectáculo. Me habría gustado creer que estaban admirando su forma de bailar, pero después de varios años trabajando para la revista, sabía perfectamente que estaban más pendientes de los senos de la bailarina que de su juego de pies. En general, el móvil que espoleaba siempre a los hombres no podía ser más simple, y esa era una de las razones por las que me intrigaba tanto la oferta de Pablo de reformarme moralmente. Sinceramente no creía que tuviera intención de mantener relaciones sexuales conmigo. Aunque bien podía cambiar de opinión durante el proceso...
-¿Mariza Andrade?
Desvié la mirada del escenario y vi a una curvilínea morena, vestida con una especie de maillot de aerobic, de color rojo brillante, frente a su mesa.
-¿Fernanda?
-Esa soy yo -me tendió la mano.
Me levante y se la estreche. Prácticamente tuve que gritar para hacerme oír por encima de la música.
-Por favor, llámame Mariza. Escucha, me temo que ha surgido un imprevisto y no voy a disponer de tiempo suficiente para hacerte la entrevista. Me preguntaba si podríamos quedar en otro momento...
-Supongo que sí -alzó la voz Fernanda, inclinándose hacia mi-. El problema es que tengo cerca un examen de psicología, y necesito estudiar. Esta noche, además, tengo que salir a escena.
-Ya -me alegraba de no tener que entrevistarla en aquellas condiciones. Si lo hubiera hecho, me habría acabado doliendo la cabeza por culpa de la música. Pensé rápidamente. Probablemente esa noche Pablo tendría algún compromiso relacionado con la inminente boda de su amigo, así que podría escaparme-. Esta noche... ¿descansas en algún momento de la actuación?
-Claro -respondió Fernanda. Las dos estábamos ya hablando a gritos-. ¡A eso de las diez y media!
-¿Piensas estudiar durante el descanso?
-¡No! ¡Solo dispongo de un cuarto de hora libre!
Afortunadamente, la música bajó repentinamente de volumen.
-Si quieres, podríamos hacer la entrevista entonces.
-Esta noche estaría bien, pero... ¿crees que tendrás tiempo suficiente?
-Quizá no, pero al menos empezaremos.
-¿Sabes? -Fernanda desvió la mirada hacia la bailarina del escenario-. A Sol también le gustaría que la entrevistaras. Ella no va a la universidad, como yo, pero está matriculada en una escuela de belleza. ¿Eso cuenta?
-Claro que sí. Cualquiera que esté actuando para pagarse sus estudios sirve para el artículo.
-Estupendo. Mira, es la que está actuando ahí. Se mueve estupendamente.
-Sí, ya lo veo.
-Ese chico de allí con la camiseta negra es su novio. Me da una envidia... Es un bombón.
A mi no me pareció nada del otro mundo. Estaba saturada de cabezas afeitadas y múltiples piercings. Los pantalones anchos, a la moda, tampoco le iban. Parecía más un adolescente que un hombre.
-Es guapísimo -añadió la joven, mirándolo extasiada.
-Bueno, Fernanda -hablando de hombres guapos, de repente me acorde del que me estaba esperando en el local-. Nos veremos esta noche.
-Quizá Sol pueda estar también presente para que puedas hablar con ella.
-Eso sería estupendo. Gracias -volvi a estrecharle la mano antes de salir apresurada del local.
Pablo paseaba de un lado a otro de la acera. No estaba relajado, sino tenso, expectante.
-Estaba empezando a preocuparme.
-Perdona. Es que he tardado un poco en encontrar a la persona que necesitaba ver -en aquel instante lo mire de otra manera. Aquel sí que era un bombón. Tal vez no fuera vestido a la moda, pero a mi me gustaba su forma de vestir. Me encantaba su camisa tejana, con botones de perlas, y aquellos ajustados vaqueros que resaltaban las partes más interesantes de su anatomía...
Con ese aspecto, parecía muy bien dotado. Durante años había soñado con explorar las maravillas que escondían aquellos pantalones. A juzgar por las apariencias, tenía un cuerpo hecho para el pecado. Por eso, desde que entre en la pubertad, Pablo siempre había constituido para mi una tentación, un desafío constante. Lo terrible fue que cuando me sonrió la suerte y pude llevármelo aquella noche al granero... él me rechazó. Con muy escasa delicadeza" por cierto. Durante los dos años siguientes estuve intentando vengarse de aquel rechazo, aprovechando la menor oportunidad para repasarle por la cara lo que tanto había despreciado. Y él ni se inmutó. Pero había aprendido bastantes cosas desde entonces, y esa noche íbamos a compartir una habitación de hotel. El episodio de Sansón y Dalila estaba a punto de repetirse
-¿Sabes? He estado pensando... -pronunció, nervioso.
Oh-oh. Alce la mirada adoptando la expresión más inocente del mundo.
-¿Qué es lo que has estado pensando? -tal vez me había sorprendido devorándolo con los ojos. En lo sucesivo, tendría que andarme con cuidado.
-Tal vez podría conseguirte una habitación en el mismo piso. Probablemente así estarías más cómoda.
Definitivamente me había sorprendido devorándolo con los ojos. Debía actuar rápido.
-Mira, cariño, no me gusta ser objeto de la caridad ajena. Te diré una cosa: olvidémonos de todo este asunto.
-No, no. No vamos a olvidarnos de nada- suspiró-. Vamos. El hotel está cerca. Es por aquí.
Así que su hotel estaba, en el centro de la ciudad. A mi también me habría gustado alojarme allí, pero la revista me había reservado una habitación en un hotel de las afueras. Quizá cuando estuviera ocupado con algo, podría ir allí a recoger mis cosas.
-¿Sabes cuál es tu problema? Que piensas demasiado -le comente, caminando a su lado.
-Tal vez. Pero es mejor eso que no pensar nada.
-Ah. Te refieres a mí, ¿verdad?
-No me refería concretamente a ti -sonrió, divertido.
_Oh, lo más seguro es que sí, pero me da igual. No me daré por ofendida. Si hablamos de niveles de cautela, en una escala del uno al diez yo tendría menos quince. Y no me importa -vi que él soltaba una carcajada-. Tú, en cambio, tendrías más de treinta.
-Exageras.
- ¡0h, no, en absoluto!
Me encantaba caminar por la ciudad con Pablo. Con mi estatura y mi belleza física, no eran muchos los hombres que podían hacerme sentir pequeña y frágil. Y él tenía la estatura y la presencia indicadas para ello. Quizá no fuera muy políticamente correcto disfrutar de esa sensación, pero a mi me sucedía eso. Siempre me había sucedido. Oh-oh. ¿Y si no había superado su trauma con Pablo?
-Si soy tan cauto como dices, ¿por qué entonces me dediqué a montar toros en los rodeos?
-Ya he pensado sobre eso. Es un indicio de que conservas escondida en alguna parte de tu ser una pasión por los desafíos -lo tenía superado, decidí. Después de todo, habían transcurrido años desde aquello.
-¿Lo ves? -me miró, satisfecho-. Puedo ser atrevido, cuando quiero.
-Sí, pero esos atrevimientos no te duran más que ocho segundos, o menos. Y eso no es mucho tiempo.
-Oh, sí que lo es. Cuando estás en el calor de la acción, ocho segundos son una eternidad. Toda una vida.
-¿De veras?
-De veras.
-Bueno, espero que no sea esa tu actitud cuando haces el amor. Porque en ese caso tus amigas se sentirán muy, pero que muy frustradas... -ya estaba. Si podía burlarme de él de esa manera, era que lo tenía superado.
-No estábamos hablando de eso -repuso Pablo, ruborizado.
-Yo sí -aquel rubor suyo era tan atractivo...
-Bueno - Pablo se bajó su sombrero sobre los ojos-, pues yo no estaba pensando en ese asunto tan particular, y tú lo sabes.
Pero lo estaba pensando en aquel instante, y en eso consistía mi victoria.
-El caso es que no tengo ni idea de qué tipo de amante eres tú, Pablo. Eres un tipo muy conservador, así que cuando dices que ocho segundos son una eternidad, no puedo evitar preguntarme si te basta con ese tiempo para...
-¡Pues claro que no! -a esas alturas, ya estaba completamente colorado.
-Bueno, pues estupendo. Me alegro de saberlo. Porque la mayor parte de las mujeres necesitamos mucho más de ocho segundos para...
- ¡Soy muy consciente de ello! Y ahora, por favor, ¿te importaría que cambiáramos de tema?
-Claro que no. Me encantaría -me gustaba burlarme de él de aquella forma. Seguía gustándome. Probablemente demasiado.
-Gracias -suspiró, aliviado.
-Oh, una droguería -dije -. ¿Te importaría que entráramos unos minutos aquí antes de ir al hotel? Necesito algunas cosas, y me temo que en las tiendas del hotel estarán mucho más caras.
-Estupendo -comentó Pablo, agradecido de estar haciendo conmigo algo tan inofensivo como ir de compras-. Supongo que necesitarás un cepillo de dientes y y esas cosas.
-Un gran frasco de crema protectora, por ejemplo. Me había olvidado de lo mal que le sienta este sol a mi piel. En el Campo tenía prácticamente que bañarme en crema, ¿recuerdas?
-Me temo que no.
-Oh, claro que te acuerdas. Incluso me hiciste un comentario al respecto una noche, cuando estaba en el porche de la casa de papá, untándome de crema las piernas y los brazos. Dijiste que si seguía así me quedaría pegada a la cama en medio de la noche.
-Mmmmmm.
-Mi favorita es la de aroma a frambuesa, pero quizá no tengan aquí -lo mire de reojo mientras recorrían los pasillos de la tienda. Parecía bastante agitado.
Dos años atrás había redactado un artículo sobre el aroma como factor excitante. Todos los tipos que había entrevistado habían preferido olores fuertes, y la mayor parte recordaban con cariño que sus antiguas amantes habían olido a canela, o a lirio, o, en un caso determinado, a chocolate. Esperaba que Pablo no fuera una excepción, y me acordara del sabor a frambuesa de la crema que había comenzado a utilizar desde que era adolescente. Si no podía encontrarla en la droguería, tendría que ir a buscar la que guardaba en la habitación de su hotel.
Pero la crema con aroma a frambuesa no era su principal objetivo en la droguería. Apenas podía esperar a ver la cara de Pablo cuando descubriera lo que pensaba comprar.
Me había encontrado en numerosos apuros a lo largo de mi vida, y siempre había salido bien de todos. A esa esperanza me aferre mientras seguía a Mariza por la tienda intentando no pensar en el aroma a frambuesas. Aquel aroma me había evocado de inmediato aquel episodio del porche que ella me había mencionado. Todavía podía verla, vestida con unos vaqueros cortos y una breve camiseta, sentada en el viejo columpio del porche con aquella maldita crema en la mano. Para acercarme a ella, me había inventado la estúpida excusa de que estaba revisando aquella zona en previsión de que hubiera alguna serpiente. Mariza no era del tipo de chicas que salieran huyendo ante la mención de una serpiente, así que mientras yo encendía la linterna fingiendo buscar aquellos reptiles, ella estuvo a punto de volverme loco con aquella fragante crema que se estaba untando en las piernas. Y, de esa forma, aquel aroma se grabó para siempre en mi memoria.
Luego, varias semanas después de cumplir los dieciséis años, Mariza me abordó en el granero. Oliendo exactamente como un cuenco lleno de frambuesas frescas. Y sabiendo igual de bien... A menudo me había preguntado si, en aquel tiempo, todavía habría sido virgen. Si ese era el caso estaba seguro de que al poco tiempo había dejado de serlo, después del rechazo del que le había hecho objeto. Rechazarla no me había resultado nada fácil, teniendo en cuenta que ni su apariencia ni su comportamiento se correspondían con la adolescente que en realidad era.
Pero en algún momento de aquel ardiente y húmedo beso había recordado que solo tenía dieciséis años, y que todo el deseo del mundo jamás habría podido cambiar eso. Me había marchado del granero corriendo, escapando de los furiosos insultos que ella me había lanzado. No me había mostrado nada delicado a la hora de interrumpir aquel abrazo, pero la delicadeza era lo último en lo que había pensado en aquellos momentos. Solo había podido pensar en mi propia supervivencia. ¡Cómo la había deseado! Pero ceder a la tentación habría significado enfurecer y decepcionar a los dos hombres que más apreciaba en el mundo: mi propio padre y el de Mariza, Martín Andrade. Martín llevaba años trabajando en la hacienda y siempre había sido la mano derecha de mi padre.
Poco después me había apuntado a una larga gira de rodeo, deseoso de escapar. Durante las breves visitas que hize a casa durante aquellos dos años, descubrí que Mariza se había convertido ya en el sex symbol del pueblo. Y, voluntaria o inconscientemente, siguió excitándome como siempre, como nunca me había excitado mujer alguna. Ahora, en cambio, soy un hombre mucho mayor y debería controlarme. Pero mientras la veía buscar en los estantes su crema de aroma a frambuesas, me pregunte si realmente habría madurado tanto. Al menos por lo que a ella se refería.
-¡Mira! -exclamó de pronto-. ¡Aquí está!
-Sí gruñí. «Desgraciadamente», añadí para mí.
-Bien, y ahora el cepillo de dientes -tomó uno de color rojo-. ¿Qué tipo de pasta usas? -cuando se lo dije, añadió-: Sí, esa estará bien. Podremos compartirla, si no te parece mal.
-Oh, no hay problema -era consciente de que otra clienta, una mujer mayor, nos estaba mirando.
-Estupendo. Me las arreglaré con el champú de tu hotel, pero me niego a utilizar tu desodorante. No quiero oler a hombre.
Aturdido, la segui a la sección de desodorantes. ¿En qué diablos había estado pensando para haberle propuesto aquella ridícula idea? ¿Cómo se suponía que iba a mantener la cabeza fría cuando íbamos a compartir la misma ducha, el mismo lavabo y la misma pasta de dientes? Como buen idiota que soy, segundos después tuve que preguntarle:
-¿Necesitas alguna otra cosa?
-Preservativos.
-¿Para qué? -le pregunte, azorado.
-Me sorprende que me preguntes eso. La verdad, Pablo estoy empezando a preguntarme por el tipo de vida sexual que has llevado durante todos estos años. Ah, allí están. Toma, sujétame estas cosas mientras les echo un vistazo... -y me puso el frasco, el desodorante y el cepillo de dientes en las manos.
-Escucha, no creo que vayas a necesitarlos -pronuncié, aterrado-. De verdad que yo no...
-Oh, si no son para ti.
-¿No? -aquella conversación estaba yendo de mal en peor.
-No a no ser que cambies de idea -estudió las diferentes marcas del surtido.
-No cambiaré de idea, así que larguémonos ya, ¿quieres? -mire al adolescente que se había detenido a mi lado, y que obviamente estaba disfrutando de la escena. El chico sonrió y se marchó. baje la voz-. Vamos, Mariza, deja eso de una vez.
-Tienen unos precios muy buenos. Quizá debería hacer un buen acopio. Cualquiera pensaría que los hombres prefieren comprar estas cosas en tiendas baratas como esta, pero no. A ellos les gusta ser espontáneos, lo que significa pagar el doble en cualquier máquina expendedora. 0, peor todavía, algunos hasta te sugieren que te saltes ese trámite. ja, ja.
-Mira, aun teniendo en cuenta todas esas cosas - lo intente de nuevo-, no creo que realmente tengas que preocuparte de...
-Tengo la costumbre de llevar siempre varios a mano, por si acaso. Y ya que estamos aquí, pues... Vaya -tomó un paquete y empezó a leer-. «Ultra cómodo. Forma única que garantiza una mayor libertad». Me pregunto qué querrá decir esto...
- Mariza.
-Estos son mejores. Es difícil elegir, con estas descripciones tan estupendas. Oh, mira, estos tienen estrías -se volvió hacia mi, con un paquete en cada mano y un brillo malicioso en sus ojos-. ¿Cuál te gusta?
- Mariza Andrade, estás haciendo esto a propósito.
-¡Pues claro que sí! Me gusta hacer una buena compra.
-Estás intentando asustarme, ¿verdad?
-Por la manera en que estás jadeando, yo diría que he tenido éxito -sonrió-En serio que voy a comprar preservativos, Pablo. Al menos dos paquetes. Y te estoy dando la oportunidad de elegir.
-No vamos a necesitarlos -insistí, apretando los dientes.
-Quizá no. Pero esa es la ventaja de los preservativos. Los paquetes son pequeños y se llevan bien. Y puede que llegue un momento en que me agradezcas esta previsión...
Acababa de dejar mis compras en el mostrador de caja cuando sonó mi teléfono móvil. Maldije en silencio. Girándome en redondo, sobresalte al joven dependiente.
-¡Me he olvidado algo! Le grite a Pablo sin detenerme; afortunadamente él se había retrasado unos pasos. Quizá ni siquiera se había dado cuenta de que me habían llamado.
El teléfono volvió a sonar cuando me alejaba hacia la sección de artículos femeninos. Pablo jamás se atrevería a seguirme hasta allí. Una vez a salvo y rodeada de filas de tampones y cajas de compresas, saque el móvil del bolso. Nada más llevármelo a la oreja escuche la familiar voz de mi redactora jefe.
-Mariza, corazón. Buenas noticias.
-Hola, Mía -murmure en voz baja.
-¿Por qué hablas en susurros? ¿Es que estás en el teatro o algo así?
-No, pero no puedo hablar alto. Ni mucho tiempo tampoco.
-Bueno, seré breve. ¿Te acuerdas que te hablé de la posibilidad de ampliar tu artículo entrevistando a unas chicas de New York?
-Me acuerdo, pero... ¿no podría llamarte yo después para hablar de esto? -mire hacia atrás, nerviosa, para asegurarme de que Pablo no andaba cerca-Yo...
-Solo será un segundo. Al editor le gusta lo de New York. Te he preparado a un par de chicas para que las entrevistes allí. El lunes a las siete y media de la mañana tienes un vuelo reservado.
-Mía, yo...
-¿Tienes para apuntar? Mía me dicto el número.
Saque del bolso mi agenda y anote el número, pero durante todo el tiempo estuve pensando que aquel teléfono muy bien podría perder cobertura... en cualquier momento de ese fin de semana.
-¿Lo tienes?
-Lo tengo, Mía, pero te oigo cada vez peor - Pulse un par de veces el botón de desconexión-. ¿Mía? Creo que estoy perdiendo cobertura. Es como si... -Me interrumpí y frote el aparato varias veces por la superficie de una caja, esperando producir un ruido semejante al de las interferencias. Luego volvi a llevármelo a la oreja para tantear la reacción de mi jefa.
-¿Mariza? ¿Qué pasa? ¿Me oyes, Mariza?
-Muy mal -susurre en un hilo de voz-. Creo que es... -frote una vez más el teléfono contra la caja antes de apagarlo. Era muy probable que hubiera convencido a Mía de que no tenía cobertura. Enterré el aparato en el fondo de mi bolso antes de dirigirme de nuevo hacia el mostrador.
Con aspecto extremadamente incómodo, Pablo se había quedado petrificado junto a la bolsa de las compras. El dependiente ya se estaba ocupando de los demás clientes. Yo esbocé una radiante sonrisa.
-Los precios de esas cosas no eran tan buenos, así que al final cambié de idea.
-¿Y qué ruido extraño es ese que estabas haciendo? -me miró con sospecha.
Durante mi alocada adolescencia, el hábito de pensar con rapidez me había salvado innumerables veces.
-Me entró un fuerte picor en el centro de la espalda. Tuve que usar la esquina de una caja para rascarme -Me eche a reír-. Ya estoy mejor.
-Vaya -murmuró, azorado-. Eso lo explica todo.
Deje de reír. Una sola carcajada y, por lo que podía ver, Pablo se había quedado sin habla. Diez años atrás no se había mostrado tan vulnerable ante mí como ahora. Al parecer esa vez le llevaba ventaja... siempre y cuando mantuviera mi corazón apartado del asunto.
-Ahora mismo estoy con usted, señorita -me dijo el joven dependiente, que no debía de tener más de dieciocho años. Me miraba con verdadera adoración.
-Fabuloso -sonreí, haciéndole un guiño-. Tiene usted una tienda muy bonita... -Me interrumpí para echar un vistazo al nombre de la tarjeta roja que llevaba en la chaqueta-... Fran.
Fran se puso tan colorado como la tarjeta.
-Muchas gracias -susurró, concentrándose de inmediato en la caja registradora. Tuvo que aclararse la garganta antes de pronunciar la cantidad.
Abrí mi cartera y saque rápidamente un billete, adelantándomele a Pablo. Segundos después Fran me devolvió el cambio.
-Er, usted... ¿vive cerca de aquí? -me preguntó, nervioso-. Quiero decir ¿le gustaría que la apuntáramos en nuestra lista de correo para... er futuras compras?.
-Gracias, pero en este momento no tengo una dirección fija.
-Oh -Fran miró a Pablo y luego a mi, como dudando de si eramos o no pareja-Bueno, eh... pásese cuando quiera por aquí. Siempre tenemos alguna oferta.
-Gracias, lo recordaré - recogí la bolsa y me volví hacia Pablo-. ¿Listo?
Pablo respondió con un simple movimiento de cabeza, muy serio.
-¡Adiós! -se despidió el dependiente-. ¡Vuelva cuando quiera!
-Adiós -Yo sonreí de nuevo.
Pablo me sostuvo la puerta mientras abandonábamos la droguería. No parecía precisamente muy contento. A juzgar por todos los síntomas, estaba celoso... de un chico que apenas tenía edad para afeitarse. Sorprendente.
-Qué chico más simpático -comente de manera deliberada.
-Por la manera que tenía de babear, a estas horas ya habrá inundado la tienda -pronunció Pablo con tono irritado-. Creo que con un poquito más de estímulo por tu parte se habría animado a pedirte que salieras con él, a pesar de que eres lo suficientemente mayor como para ser su...
-¿Hermana mayor? No podía ser tan joven.
-Ya. Probablemente ayer mismo le dieron su licencia de conducir
-A mí me pareció que tendría unos dieciocho o diecinueve años. Y, por cierto, muchísimos hombres salen con mujeres diez años más jóvenes que ellos y nadie se escandaliza.
-¡No irás a decirme que estás interesada en él! -me miró de hito en hito.
-Bueno, era un chico muy dulce -poner celoso a Pablo era algo que había querido hacer durante años. Deseaba disfrutar un poquito más de aquella fantástica sensación-. Y tenía un delicioso hoyuelo en la barbilla.
-Te burlas.
-Bueno, quizá un poco. Pero, de todas maneras, no me parece tan grave que pueda estar interesada en él. Tengo varias amigas que han escogido a propósito amantes mucho más jóvenes.
-Probablemente para poder llevarlos de la nariz.
Pablo tenía que aprender algunas cosas. Y yo estaba dispuesta a reeducarlo.
-No creo que esa parte de su anatomía les importe demasiado. Un hombre joven generalmente está más dispuesto a agradar, a complacer, y suele tener más... más resistencia.
-Ya -rezongó Pablo-, eso si sacrificas la cantidad a la calidad.
-La calidad es algo que se consigue, y se aprende -baje la voz hasta convertirla en un seductor susurro-. Y los jóvenes tienen tantas ganas de aprender
-Me niego a seguir hablando de esto.
Muy pronto, Pablo me estaría suplicando que hicieran el amor y eso contribuiría a compensar el daño que me infligió cuando rechazó mis torpes intentos de seducción, años atrás. Quizá solo necesitara oírle pronunciar unas cuantas palabras de desesperada necesidad para sacármelo de una vez por todas de la cabeza.
Estaba desbordado. No sólo me veía torturado de deseo por Mariza, sino que además me entraban ganas de matar a cada tipo al que se le ocurría mirarla.
El chico de la droguería no era más que un niño, pero cuando su mirada se vio inevitablemente atraída hacia los senos de Mariza, lo habría despedazado con gusto. Tendría que trabajar sobre esa reacción, porque los hombres de las Vegas no iban a dejar de mirarla durante los próximos días. De hecho, los hombres siempre estaban mirándola. Y lo peor de todo era que no entendía de dónde me había salido ese instinto de protección. Tal vez había desarrollado una especie de complejo de hermano mayor debido a que había crecido con ella, pero Mariza jamás se había comportado como una débil damisela deseosa de que la protegieran. Eran más bien los hombres los que necesitábamos protegernos de ella.
Claro, esa podía ser la explicación, me di cuenta de repente. Nunca había estado dispuesto a enfrentarme al hecho de que mi amiga de la infancia se había convertido en una mujer extremadamente sexy. Cada tipo que se fijaba en ella me recordaba ese hecho que seguía negándome a admitir: por eso me entraban esas ganas de alejarlos de ella, de aniquilarlos. Saber que Mariza nunca toleraría ese tipo de protección había sido una de las mayores frustraciones de mi vida. Por eso lo mejor que podía hacer era alejarme, lo cual le proporcionaría el beneficio añadido de protegerme de mi propia atracción sexual hacia ella.
Eso era lo que debí haber hecho aquel día. Pero no había podido dejarla entrar en aquel local de strip-tease sabiendo que tenía necesidad de trabajo y que al poco tiempo terminaría bailando allí, quizá esa misma noche. Mucho me temía que la despedida de soltero de Felipe acabara en ese mismo local, y entonces tendría que soportar ver cómo mis amigos y un buen montón de desconocidos devoraban con los ojos a Mariza Lo del desplegable central de la revista había sido una verdadera tortura, pero al menos había sido una tortura en papel, y no en vivo...
-¿Cuál es tu hotel? -me preguntó ella cuando llegamos al Strip.
-El Hotel Bellagio Resort R.
-¿Ese que acaban de abrir? ¡Estupendo! Tenía ganas de conocerlo. Dicen que el espectáculo de zambullidas desde su acantilado, por la noche, es fantástico. ¿No tiene también una playa artificial?
-Creo que sí. Aún no la he visto.
-¿Que no la has visto? Todo el mundo habla de ella: arena blanca, olas de agua salada, palmeras. Una reproducción maravillosa. Supongo que las ventanas de tu habitación no darán allí, porque te habrías dado cuenta.
-No. Me temo que dan al aparcamiento -me imagine perfectamente a Mariza tumbada en la arena de aquella playa, con las olas lamiendo sus muslos desnudos. Oh, vaya. Estaba en problemas. Me había pasado años negando su sexualidad, y su sexualidad ahora me estaba pasando factura.
-De hecho, y teniendo en cuenta que tu hotel es de primera categoría, me sorprende que no quisieras quedarte allí y decidieras pasear por una calle tan aburrida como aquella en la que me encontraste.
-Bueno, el caso es que yo...
-Pablo Bustamante ¿planeabas o no entrar en ese local? ¡No irás a decirme que eres un secreto voyeur que paga por ver a mujeres desnudas! -alzó tanto la voz que varias personas se volvieron para mirarme.
-No, no soy nada de eso, pero gracias a ti ahora hay alguna gente en esta ciudad que piensa que lo soy -esbozó una mueca.
-Perdona. Ya sabes que tengo la costumbre de decir siempre lo primero que se me pasa por la cabeza.
-Lo recuerdo bien. Evidentemente en eso no has cambiado
-Tú tampoco. Todavía te preocupa lo que puedan pensar los vecinos.
Me estaba provocando. Yo lo sabía, pero ella seguía haciéndolo. Me pregunte si tendría alguna posibilidad de hacerle cambiar de actitud durante aquel fin de semana. Probablemente no, pero tenía que intentarlo.
-Teniendo en cuenta el pueblo del que ambos procedemos, será mejor que te lleves bien con tus vecinos si esperas sacar adelante tu rancho.
Era una expresión figurada, pero Mariza al parecer se la tomó al pie de la letra.
-Bueno, yo no tengo ninguna Hacienda que sacar adelante. Ni me interesa la vida de nuestro pueblo.
-Ya. Creo que eso lo dejaste bastante claro cuando apareciste en las páginas de Macho.
-Ah, te diste cuenta.
-Todo el mundo se dio cuenta -esa era otra razón por la que debía sacarme a toda costa de la cabeza el delicioso cuerpo de Mariza Andrade. Nunca había sido un tipo que concediera demasiada importancia al sexo. Para mí, una relación física con una mujer necesitaba formar parte de algo más. Y, con Mariza, no podía haber nada más.
-Pablo, acerca de ese desplegable.
Sorprendido por aquel tono vacilante tan inusual en ella, me volví para mirarla.
-Aquello fue como mi billete de salida del pueblo -pronunció, aclarándose la garganta. Su expresión quedaba velada por las gafas de sol-. ¿Puedes entenderlo?
-En cierta forma, sí -respondí, frustrado por no poder verle los ojos-. Quiero decir que si querías salir del pueblo, posar en esa revista debió servir bien a tus objetivos. Y también entiendo por qué la gente del pueblo te parece tan conservadora. Pero cortar completamente todos los lazos...
-Era más fácil así.
-Quizá, pero hasta que te fuiste no te habla ido tan mal, ¿verdad? -al ver que asentía, le pregunte-: ¿Nunca echas de menos el pueblo?
-Sí, a veces -murmuró.
Pensé que Mariza Pía Andrade estaba llena de sorpresas. No había esperado que pudiera admitir algo así tan pronto. Quizá tuviera alguna posibilidad, después de todo.
-¿Entonces por qué no regresas y retomas algún contacto?
-Yo no encajo allí, Pablo. Me parezco demasiado a mi madre.
Apenas recordaba a la madre de Mariza, que había muerto por complicaciones surgidas durante el parto de Camila. Pero Martín me había dicho que su esposa siempre había sido una apasionada de la ciudad, y que se había aburrido viviendo en el campo.
-No me refería a una vuelta definitiva. Pero una visita de cuando en cuando...
-Quizá -sonrió, nostálgica-. Aunque, si he de ser sincera, lo de la boda de mi hermana me ha dado mucho que pensar. Todavía no me has dicho cuándo tendrá lugar.
-Veamos... dos semanas a partir del sábado -calcule-. Vaya. No me había dado cuenta de que estaba casi encima. Y todavía no he comprado ningún regalo.
-¿Tan pronto? ¿Estás seguro de que no se casan de penalti?
-Absolutamente seguro. Fue Benja quien más insistió de los dos.
-Estoy asombrada -Mariza sacudió la cabeza. Camila debe de haber cambiado mucho
-No tanto. Para la hacienda, tiene mejor mano que muchos hombres. Para ser sincero, en algunas cosas es mucho mejor que Benja.
-Entonces no lo entiendo. Ella no es su tipo. A él le gustan las chicas femeninas, y Camila es tan femenina como tú.
-Quizá tu hermana guarde facetas secretas que siempre has ignorado. Supongo que tendrás que preguntárselo tú misma.
-Comprendo lo que estás intentando hacer, Pablo, y te lo agradezco, pero... ha pasado mucho tiempo y han pasado muchas cosas. No creo que fuera bien recibida en la boda.
-Yo no estaría tan seguro -sabía que me estaba arriesgando al decir aquello, pero tenía la corazonada de que tanto a Camila como a su padre les encantaría que Mariza se presentara en la ceremonia. Además, la brecha entre ellos no podía ser mayor, y no perdía nada sugiriéndole aquel acercamiento.
Seguí caminando en silencio al lado de Pablo mientras nos acercábamos al enorme Hotel Bellagio Resort R. Temía hablar demasiado del tema de la boda, de Camila por temor a que Pablo descubriera lo mucho que ansiaba volver a ver a mi padre y a mi hermana. Quizá ahora Camila fuera lo bastante mayor y experimentada como para comprender lo que había ocurrido hacía Ya tantos años. Quizá pudiéramos volver a ser amigas. Solo nos llevábamos dos años de diferencia, y siempre habíamos estado muy unidas. Hasta que yo entre en la Pubertad como un rayo, dejando atrás a mi hermana pequeña. Viviendo en una hacienda donde las -únicas mujeres eran Camila y el ama de llaves de los Bustamante, yo no había tenido cerca a nadie que pudiera ayudarme en aquella fase tan compleja de mi desarrollo como persona. Solo había contado con el borroso recuerdo de mi madre para guiarme, una madre a la que me parecía demasiado, tanto en apariencia física como en comportamiento. O al menos eso era lo que me decía mi padre.
Yo me había desarrollado muy temprano, y Camila tarde. Había tenido incluso la impresión de que Camila intentaba conservar su imagen de marimacho solo para distanciarse de mi, su alocada hermana. 0 quizá ambas nos habíamos repartido la herencia genética de nuestros padres, con Camila pareciéndose cada vez más a papa y yo a mi madre. En cualquier caso, Camila se convirtió en la buena hija a los ojos de mi padre, mientras yo seguía el camino de la chica descarriada. Pero Benjamin jamás se habría sentido atraído por una mujer que no tuviera un toque de malicia, así que tal vez Camila hubiera dejado de ser la chica inocente de antaño.
Al final de la calle, el hotel tentaba a los curiosos con su jungla simulada en el portal, provista de cascadas artificiales. El aire reverberaba con el canto de aves exóticas y el retumbar de tambores.
-¡Qué maravilla! -exclame mientras nos incorporábamos a la multitud que estaba entrando en aquel momento.
-No me gustaría tener su factura del agua. Deben de gastar millones al día en esa tontería -comentó Noah.
-Oh, por el amor de Dios. ¿Puedes hacerme el favor, durante los próximos tres días, de no pensar en cosas tan prácticas como esa? Vas a arruinar mi fantasía si insistes en preocuparte por las facturas del agua y de la luz.
Para mi sorpresa, Pablo se echó a reír.
-Tienes razón -me dijo-. Las Vegas es lo más, y hay que resignarse.
-Estupendo. Todavía tienes esperanza, vaquero. Quizá antes de que pase este fin de semana, tú... -Me olvide de lo que había querido decirle cuando, entre el follaje de la selva, distinguí un enorme acantilado de granito, tan alto como diez pisos-. Dios mío.
Extasiada, me dedique a contemplar la profunda piscina de la base, intentando al mismo tiempo imaginar quien podría tener el coraje suficiente para saltar desde aquella altura.
-Definitivamente quiero ver el espectáculo de los saltos de esta noche. Dicen que es algo magnífico.
-Espero que no te importe hacerlo sola. Se supone que esta noche tengo la despedida de soltero, y Probablemente termine bastante tarde.
-Aquello encajaba perfectamente con mis planes. Así podría dedicarme a mis entrevistas.
-No hay problema. Puedo divertirme muy bien. ¿Pero podríamos pasar antes por recepción para que pueda recoger una copia de la llave de la habitación?
-Oh, seguro -repuso con un tono que lo era todo menos seguro.
-¿Es que te molesta?
-No, no, por supuesto que no.
-Te preocupa que los empleados del mostrador puedan pensar que yo soy una chica... de vida fácil, ¿Verdad? Igual que Richard Gere y Julia Roberts en Pretty Woman.
-Pero yo no... quiero decir, nosotros no...
-Te propongo una cosa para salir de ese mal Paso. En la película, él le dijo a todo el mundo que ella era su sobrina. Así que yo seré tu prima.
-Nadie se creerá eso.
-Pues claro que no, pero fingirán creerlo. Y con eso nos basta, ¿verdad?
-Si decimos que tú eres mi prima sabrán que estamos mintiendo, y entonces sí que estarán seguros de que tú eres... lo que has dicho antes.
-Vale -le sonreí-, ¿entonces qué quieres que les digamos? ¿Que soy una mujer de cascos ligeros a la que estás intentando reformar? Eso será todavía más inverosímil. Preferiría ser tu prima.
Pablo desvió la mirada hacia el acantilado que se alzaba detrás de mí.
-Quizá podríamos compartir la misma llave.
-No creo que funcione, a no ser que quieras que me quede esta noche esperando en la puerta de la habitación a que regreses. Creo que eso tampoco favorecería mucho tu imagen.
-Ya.
-Pablo, estamos en Las Vegas, en «La Ciudad del Pecado. ¿Y qué si tu prima se queda a dormir en tu habitación? Esa será probablemente la situación más sosa que se haya visto por aquí en años. Apostaría lo que fuera a que, hace tan solo una hora, tuvieron que darle a un tipo dos llaves más porque se presentó con sus dos primas gemelas. Así que no tienes por qué preocuparte de lo que puedan pensar.
-Tienes razón -sonrió, irónico-. Vamos por esa llave -pero cuando se dirigía hacia el mostrador, de repente dio media vuelta y mi agarró de un brazo-. Ven por aquí.
-¿Por qué?
En silencio, me apuró a cambiar de dirección y nos fundimos con la multitud de visitantes.
-Pablo, no comprendo lo que estamos haciendo...
-Ahora mismo te lo digo -se dirigió apresurado hacia la base del acantilado, arrastrándome consigo.
De inmediato quede empapada de la cabeza a los pies, debido a la cercanía de la cascada artificial.
-Mira, no creo que...
-Aquí, escóndete aquí -se agachó detrás de una gran roca volcánica.
-Pablo, me estoy empapando. ¿Qué diablos es todo esto?
-El novio -se quitó su sombrero y se asomó discretamente-. Felipe.
-Ah -mire el tenso perfil de Pablo. A pesar de mis quejas, me alegraba de haberme refrescado después del calor que había pasado fuera-. De modo que piensas mantener en secreto mi presencia, ¿eh?
-No había pensado en ello hasta que empezaste a hablar de lo de la copia de la llave, pero luego se me ocurrió que podría resultar bastante... incómodo tener que explicarlo todo.
-Quizá tengas razón -lejos de sentirme insultada, estaba encantada. Uno de los artículos más populares que había escrito para la revista trataba del secretismo como factor de excitación en las relaciones sexuales. Me entusiasmaba ser el secreto prohibido de Pablo durante aquel fin de semana.
-Dios mío, se acerca Felipe. ¿No podrías agachar un poco más la cabeza?
-Claro -tuve que arrodillarme en el césped. Las plantas exóticas despedían un aroma fresco, excitante. Afortunadamente aquello no era el trópico, así que no tenía que preocuparme de que pudiera poner la mano encima de una tarántula por accidente.
Pablo también se había arrodillado. Rodeándome los hombros con un brazo, me atrajo hacia sí.
Mientras me acurrucaba contra él, pensé que el secretismo ofrecía todo tipo de posibilidades y ventajas. Solo había sentido una vez antes el duro contacto de su cuerpo, y no había podido gustarme más. En aquel entonces Pablo no había sido más que un chico, apenas mayor que el dependiente de la droguería. Prefería la versión en maduro. La madurez le sentaba muy bien. Nuestras ropas húmedas parecían derretirse sobre nuestros cuerpos, provocando la ilusión de un contacto íntimo, piel contra piel.
-Siento que te hayas empapado -me dijo suavemente.
-Hay cosas peores -como el insoportable deseo de que me besara, añadí para mí. Contemple su labio inferior ansiando lamérselo. Me preguntó si suspiraría como suspiró aquella primera vez que lo bese, años atrás. ¿Qué sabor tendría aquella boca después de tanto tiempo? Para averiguarlo, necesitaba que bajara antes la cabeza, así que lo llame-: ¿Pablo?
Como estaba previsto, bajó la cabeza para mirarme. Había un brillo en sus ojos.
-Acércate -le susurre-. Necesito decirte algo.
-¿Qué es?
-Las junglas me excitan -y, tomándolo de la nuca, lo bese.
Mi proyecto de reformar a Mariza peligraba. No había pasado ni una hora y ya estábamos retozando en aquella jungla artificial. Por segunda vez en mi vida sucumbió a la tentación de su boca. Por alguna razón, había esperado que se repitiera aquel beso que me había dado cuando solo tenía dieciséis años. Gran error.
En aquel entonces también se había mostrado desbordante de pasión, pero era como si no hubiera sabido qué hacer con ello. Ahora, en cambio, ya había aprendido. ¡Y cómo! La presión de sus labios fue leve al principio. Cálida. Tierna. Seductora. Luego, gradualmente, había ido incrementando la presión, entreabriéndome los labios, deslizando la lengua, excitándome cada vez más...
Cuando me acarició la cadera- el deseo se disparó como un resorte en mis venas. Con el fino vestido empapado, era como si no llevara nada. Teníamos que detenernos. Debíamos detenernos. Pero Mariza olía a frambuesa y sabía deliciosamente bien. El punto donde reposaba mi mano empezaba a calentarse. El corazón me latía acelerado mientras la sangre se agolpaba en aquella previsible parte de mi anatomía. Pero por muy intensa que fuera mi excitación, por muy candente que fuera mi deseo, me sentía a salvo de la tentación... a salvo para explorar su boca y su cuerpo sin preocuparme de que pudiéramos perder absolutamente el control.
Después de todo, nos hallábamos en un lugar público. Estábamos ocultos a las miradas de los demás, y ni siquiera Mariza se atrevería a llegar más allá cuando, a tan solo unos metros, había un sendero lleno de gente. Ni siquiera ella se atrevería a hacer el amor a plena luz del día, en la jungla artificial de aquel hotel. Pero luego ella me guió la mano de la cadera hasta su seno, y entonces ya no estuve tan seguro. Ni tan a salvo.
«¡Tiempo!», me gritó una voz interior. Demasiado tarde. Por primera vez había tocado uno de los perfectos senos de Mariza. Con una ronca carcajada, se arqueó hacia mí. Quizá hubiera un matiz de victoria en aquella carcajada, pero yo estaba demasiado excitado, para preocuparme por eso. De pronto el frente de su vestido se abrió ante mis ojos, y vagamente me di cuenta de que debía de haberse desatado los cordones. Mientras mi pulso acelerado seguía reaccionando a aquel giro de los acontecimientos, escuché un leve chasquido, y la tela del sostén desapareció bajo mis dedos. Acunándome el rostro con las manos, Mariza murmuró:
-Adelante.
Aquello fue un error. Un error definitivo. Pero no podía dejar de mirar. Allí estaban sus senos desnudos, dorados por el sol. La deseaba tanto... Mientras continuaba admirándola, con el corazón latiéndome a toda velocidad, me quede sin aliento. Aquello era un error. Y estaba a punto de cometerlo. De repente escuché un sonido extraño. Clac, clac, clac. Me quede paralizado. Era el innegable ruido de unas tijeras de podar. Solté de inmediato a Mariza.
-¡Cúbrete! -le susurre con tono urgente, disponiéndome a levantarme y ajustándome el sombrero.
Con una anémica sonrisa, Mariza se abrochó el sostén. No parecía tener ninguna prisa. Los tijeretazos del jardinero se acercaban.
-¡Más rápido! -la apure.
-¿Qué problema hay? -preguntó, con un brillo travieso en los ojos-. ¿Tienes miedo de que te vean?
Me la quede mirando y me di cuenta de que aquello no parecía importarle en absoluto. No lo extrañaba. Después de haberse desnudado por completo delante de una cámara, debía de haberse desembarazado del concepto de pudor junto con su ropa. Poseía una libertad que a mi me costaba incluso imaginar. Para mi sorpresa, sentí una punzada de envidia. Mariza terminó de atarse los cordones del vestido en el preciso momento en que apareció el jardinero... que, se quedó con la boca abierta.
-¡Madre de Dios! -exclamó, retrocediendo un paso.
-Ahora mismo nos íbamos -murmure, y extendí una mano para ayudar a Mariza a levantarse.
Bajo la mirada atónita del jardinero, recogió su bolso y las compras que había hecho en la droguería con absoluta parsimonia. Pensé en los paquetes de preservativos que llevaba dentro de la bolsa y me pregunte qué habría sucedido si aquel hombre no hubiera hecho acto de presencia. Mientras se colgaba el bolso al hombro, Mariza lanzó una radiante sonrisa al jardinero.
-¿Qué pasa, Peter? -le preguntó.
Por un instante pensé que tal vez lo conocía, pero luego vi que el empleado llevaba su nombre bordado en el mono de trabajo. La anterior expresión de sorpresa y desaprobación de Peter desapareció al contemplar aquella sonrisa. Incluso sonrió levemente, encogiéndose de hombros.
-Nada, señorita.
-Bien -le hizo un guiño-. Hasta la vista -y rodeó tranquilamente la roca para salir al paseo.
Mientras la seguía, alcanzó a escuchar el suspiro que lanzó el hombre. Mariza acababa de hacer otra conquista.
Me estaba esperando en el paseo. Tenía el vestido y el cabello empapados, con lo cual había atraído un buen número de miradas. Estaba deliciosa. Cuando sali de pronto de la espesura, varias personas me miraron sobresaltadas. Intente comportarme con toda naturalidad.
-El doctor Livingston, supongo -le dijo ella con una sonrisa.
-Pablo, no quiero que te lleves una idea equivocada de eso. Lo que ha sucedido allá dentro ha sido...
-Todo culpa mía -me interrumpió-. Lo siento. He sido una chica mala -pero no parecía sentirlo en absoluto.
-No, no ha sido culpa tuya. Después de todo, fui yo el que te obligó a meterte ahí. Pero, a partir de ahora, tengo intención de que nada parecido vuelva a repetirse. Solo quiero que lo sepas -no dejaba de mirarla a los ojos para no fijarme en la forma en que el vestido mojado se le pegaba al cuerpo. Afortunadamente el sol entraba en el paseo y la tela ya se estaba empezando a secar.
-Muy bien.
-Hablo en serio, Mariza. No hay que llamarse a engaño. Tienes que corregirte y lo sabes.
-Te lo agradezco, de verdad -repuso, divertida-. Y ahora... ¿Por qué no entramos en el hotel de una vez?
-Eso, entremos.
Me dirigí hacia la entrada. Tenía que conseguirlo. El objetivo de todo aquello era poner a Mariza en el buen camino, procurando no pisar en falso. Solo iban a ser tres días. Nada más.
Tres días en un lugar como aquel me darían múltiples oportunidades para corromper a Pablo, pensé mientras me dirigía hacia el mostrador de recepción. No necesitaba ganar la guerra en las dos primeras horas. Necesitaba reservar fuerzas.
Teniendo en cuenta lo sucedido, no debí haberme apresurado tanto. Un beso como aquel había sido demasiado a esas alturas del juego. Demasiado para él... y para mí. Aparentemente todos aquellos años deseando a Pablo me habían afectado. Si el buen Peter no hubiera aparecido a tiempo, habría acabado cediendo al hechizo de aquel lugar. Y, a pesar de lo que él pudiera pensar, yo tampoco estaba acostumbrada a ese tipo de cosas.
Había sido algo estupendo, desde luego, pero poco oportuno. Había estado a punto de echarlo todo a perder por apresurarme demasiado. Si no llevaba más cuidado, Pablo podría replantearse su plan para salvarme. Y yo no quería que se lo replanteara... sobre todo después de aquel beso.
-¿Quieres que espere escondida detrás de aquel macetero? -le pregunté, burlándome-. Así no tendrás que pasar ningún apuro mientras le pides al recepcionista otra copia de la llave.
-Oh, es igual. Después del incidente con Peter, esto es pan comido.
-¿De veras? -aquello se ponía interesante.
Pablo estaba ganando en atrevimiento, y no se había ruborizado. Empezaba a sentirme orgullosa de mi trabajo.
Pablo se acercó al mostrador, dio su nombre y pidió una llave más «para la dama». Yo estaba absolutamente impresionada. Ni siquiera había intentado fingir que era un pariente suyo.
-Por supuesto, señor -el recepcionista ni siquiera pestañeó cuando comprobó la cuenta de Pablo en el ordenador. Pero algo vio en la pantalla que lo alarmó sobremanera-. Oh, vaya. Menos mal que se ha pasado por aquí, señor Bustamante. Hay un pequeño problema con su habitación.
-¿Qué tipo de problema?
-Voy a llamar al gerente para que hable con usted -seguía mirando la pantalla con el ceño fruncido-. Discúlpeme un momento -descolgó el teléfono y marcó un número-. El señor Bustamante se encuentra en recepción. No, no creo que sepa nada. Bien -colgó el auricular y se volvió hacia Pablo-. Perdone las molestias, señor. El gerente está en camino.
Me pregunté si aquel retraso, fuera cual fuera la razón, incomodaría a Pablo por la petición que había hecho de una llave extra. Aparentemente no, porque se volvió hacia mi encogiéndose de hombros. No parecía nada preocupado.
-Señor Bustamante, soy Miguel Echamendí -se presentó segundos después el gerente, estrechándole la mano-. ¿Le importaría acercarse un momento al final del mostrador? Necesito informarle de nuestro problema.
-Muy bien Pablo me miró -. Acompáñame. Veamos de qué se trata.
-¿Estás seguro de que quieres que yo...? -le pregunte vacilante.
-Si-sonrió. Vamos.
-De acuerdo -«te felicito», añadi en silencio, siguiéndolo.
Echamendi salió de detrás del mostrador y me miró con curiosidad antes de concentrarse en Pablo.
-Bueno, ¿cuál es ese problema?
-Bueno -el gerente parecía muy incómodo-, nuestro hotel es nuevo, y en las prisas por abrirlo a tiempo, aparentemente el proceso de contratación no ha sido muy.. Bueno, el caso es que no hemos sido muy selectivos a la hora de contratar a nuestros trabajadores. Sobre todo a los de la limpieza.
-Y me está contando todo esto porque...
-Una de las trabajadoras de la limpieza ha destrozado su habitación.
-¿Qué? -exclamó Pablo, incrédulo. Yo me había quedado sin habla.
-Se trata de un lamentable error -se apresuró a señalar Echamendi-. Sabemos por la policía que esa mujer está desequilibrada, y se encuentra bajo custodia de un sanatorio mental. Parece ser que imaginó que tenía una relación con uno de nuestros clientes, y cuando su interés no se vio correspondido, decidió vengarse destrozando la habitación. Eso ya era bastante malo de por sí, pero lo peor de todo es que se equivocó y la que destrozó fue la suya.
-¿Y mis cosas?
-Me temo que son insalvables. Agarró un cuchillo y rasgó su ropa y su maleta. La policía se lo ha llevado todo para quedarse con pruebas, así que no sé cuando podrán devolvérselo. Pero, por lo que he podido ver, me temo que ya no le servirán de nada.
-Dios mío -Pablo sacudió la cabeza.
-Por supuesto, el hotel asume toda la responsabilidad -continuó Echamendi-. Si nos proporciona un valor estimado de sus pertenencias, le firmaremos inmediatamente un cheque. Y evidentemente le hemos trasladado a una nueva habitación. Todos los gastos corren de nuestra cuenta. Si quiere trasladarse a otro hotel, también se lo pagaremos.
-No, no me trasladaré. Mi amigo se casa mañana por la tarde.
-Ah -asintió el hombre-. Entonces permítame acompañarlo al mostrador para entregarle la llave nueva.
-Dos llaves.
-Oh -el gerente desvió la mirada hacia mi-. Por supuesto.
Podía ver que la conversación estaba llegando a su fin. Me dolía en carne propia lo que le había sucedido a Pablo. Una vez alguien me había destrozado mi apartamento de Los Ángeles, y conocía la terrible sensación que debía de estar viviendo en aquel momento. Dada la angustia que eso le habría producido, dudaba que una habitación nueva y un poco de dinero por sus pertenencias, algunas de ellas a buen seguro irreemplazables, fuera suficiente. Me aclaré la garganta.
-Discúlpeme, ¿va a trasladar al señor Bustamante a una habitación similar a la que tenía antes?
-Exactamente igual -declaró Echamendi con una sonrisa satisfecha-. Y sin cargo alguno.
-Pues yo creo que debería recibir una compensación.
-¿Una compensación? -el gerente parpadeó asombrado.
-Oh, Mariza -terció Pablo-, el mismo tipo de habitación estará
-No lo creo -lo interrumpí-. Te has quedado muy afectado, tanto si lo quieres reconocer como si no. Y apuesto a que tu opinión sobre este hotel ha bajado muchos puntos.
-Bueno, no puedo decir que esté entusiasmado.
-¿Lo ve? -Me dirigí a Echamendí-. Le sugiero que le proporcione al señor Bustamante una experiencia placentera de su hotel que borre todo recuerdo de lo que ha sucedido. Seguro que dispondrá do alguna suite de lujo. Esa podría ser una buena compensación.
-Echamendi se estiró la corbata, volviéndose hacia Pablo.
-¿Qué piensa usted, señor Bustamante?
Pablo me miró, y yo arqueé las cejas en un sobrentendido desafío. No había duda de que se merecía aquella compensación, pero el Pablo que yo recordaba probablemente no la hubiera aceptado. Se habría reído, ante la idea de recibir una habitación «de lujo», como si un duro vaquero no necesitara ese tipo de cosas. A mi me habría encantado demostrarle lo equivocado que podía estar.
Poco a poco, sin embargo, Pablo sonrió.
-Creo que la dama tiene toda la razón. Queremos la mejor suite que tenga, señor Echamendi.
Si por mi hubiera sido, nunca me habría alojado en hotel tan lujoso. Después de todo, solo planeaba dormir en él. Pero me alegraba por Mariza de haber pedido la mejor habitación. Solo Dios sabía en qué tipo de lugares habría estado viviendo recientemente. Además, una habitación mayor significaría que tendrían más espacio para compartir. Imaginaba que tendría dos cuartos de baño y quizá más de una cama.
Echamendi acompañó hasta un ascensor privado.
-Me alegro tanto de que le dijeras que querías una habitación mejor... -me comentó Mariza mientras entrábamos en el amplio ascensor, forrado de espejos.
-Estoy seguro de que no quería dármela -repuse, riendo-. Estas suites las reservan para los peces gordos.
-Que se fastidien. Siento mucho lo que te ha pasado, Pablo. ¿Has perdido algo especial?
-Estoy intentando recordar exactamente lo que he traído. No creo que hubiera nada importante -pero me estaba costando concentrarme cuando los espejos del ascensor me ofrecían unas vistas tan interesantes.
A derecha e izquierda podía admirar la figura de Mariza de perfil: el impresionante resalte de sus senos, su fina cintura, las largas y bien torneadas piernas, con sus sandalias de tacón alto... La pared del fondo me ofrecía una perspectiva diferente. Sin previo aviso, de repente me la imaginé desnuda en aquel ascensor. La respiración comenzó a acelerárseme.
-te olvidaste de dársela -me estaba diciendo Mariza.
-¿Mmmm? ¿Qué? -me ruboricé al darse cuenta de que no me había enterado de nada de lo que me había dicho.
-La lista de las cosas que tenías en la habitación -sonrió-. Necesitas entregársela lo antes posible.
-Oh. Es verdad.
-¿Estás disfrutando de los espejos? -un brillo malicioso apareció en sus ojos.
Al parecer todo lo que había estado pensando estaba escrito en mi rostro.
-Oh, me estaba preguntando cómo pueden tenerlos tan limpios. Es asombroso.
-Sí, ahora que lo dices, están muy limpios. Los espejos pueden llegar a ser muy divertidos. Se puede incluso hacer el amor delante de ellos
-¡No!- pero de repente aquello me pareció lo único que quería hacer en el mundo. Lo que más ansiaba.
-Qué pena. Bueno, siempre habrá tiempo.
Se me aceleró el pulso, de pura excitación, mientras abría la puerta del ascensor con la tarjeta que me había entregado Pablo, y que comunicaba directamente con la suite. Pasar un fin de semana en una habitación de hotel con Pablo me había parecido una experiencia prometedora ya desde el principio. Pero ahora que estábamos rodeados de puro lujo, aquello era demasiado.
-Hey, oigo correr agua -dijo Pablo-. Espero que nadie se haya dejado un grifo abierto.
Suspiré extasiada al entrar en el vestíbulo y ver la cascada artificial de la entrada. Era una buena señal. Iba a parar a un pequeño estanque rodeado de rocas y plantas. El fondo estaba lleno de conchas de colores.
-Aquí tienes el agua que había oído correr.
-¡Que me aspen!
-Y hay más.
Al entrar en el salón, me quedé sin aliento. Estaba ante una obra maestra del diseño de interiores. Las paredes simulaban las laderas de un acantilado. Tres confluían en una especie de manantial que ha la habitación y desembocaba, ya en la terraza, en una gran bañera de jacuzzi rodeada de mesas de bambú.
Dentro no había muebles al estilo tradicional. El efecto de una red colgada del techo, decorada con pretendía simular la impresión de un claro en medio de la jungla. En el suelo había cojines de variados tamaños y gamas de verde. Unas repisas de piedras con más cojines creaban una sala elevada, para sentarse. Al dormitorio se accedía por un pequeño puente de caña que cruzaba el riachuelo. Estaba deleitada. Era como encontrarme de repente en un lugar donde todo estaba decorado con un blanco virginal en un ambiente de romanticismo un tanto decadente. La cama de dosel era inmensa. Había dos sillones, también tapizados de blanco, colocados frente a los ventanales altos hasta el techo.
Mi ejercicio de seducción iba a ser tan dulce en aquel escenario
Otro arco comunicaba con un gran cuarto de mármol y oro. Pablo se iba a quedar de piedra desde luego... Pero ¿dónde se había metido? Quizá se hubiera quedado ya petrificado en el salón, incapaz de dar crédito a sus ojos. Crucé de nuevo el puente dé caña y encontré la habitación vacía. Al parecer se había detenido en el vestíbulo por alguna razón
-¿Pablo? -lo llamé-. ¿Qué estás haciendo?
-Intentando averiguar cómo funciona esto del agua ¿No crees que deberíamos cortarla por la noche? He estado buscando un interruptor, pero no lo veo y..
Solté una carcajada. Pasar un fin de semana en un lugar como aquel con un hombre tan poco habituado al lujo sería un verdadero placer.
- Tanta agua corriendo sin control me pone nervioso.
-Eso es porque vives en el desierto. Pero si el agua te produce ese efecto, espera a ver el resto. Vamos.
-Bueno -se dirigió hacia el arco que daba paso al salón-. Pero me sentiría mejor si pudiera saber cómo se controla el... -abrió mucho los ojos al ver el interior de la suite-. Oh... Dios... mío.
Bajo mi sonriente mirada, siguió el recorrido del curso de agua desde las cascadas hasta el exótico jacuzzi de la terraza. Más allá se distinguía un panorama completo de Las Vegas, con sus hoteles más lujosos y las montañas al fondo.
-Bueno, la vista es bastante mejor que la del aparcamiento que tenías en la otra habitación, ¿no te parece?
Evidentemente Pablo seguía aturdido por lo que estaba viendo. A mi me encantaba aquella imagen: un duro vaquero sintiéndose absolutamente fuera de lugar en aquel escenario tropical. Un vaquero en el paraíso. ¿Qué más podría desear una chica?
-Supongo que el dormitorio estará por allí -comentó.
-Sí. Tiene un estilo diferente, pero igual de maravilloso. Y también hay un increíble cuarto de baño, por lo que he podido ver.
-¿Y eso es... todo?
-¿Te parece poco? -reí, incrédula.
-Oh, no es eso. Es que nunca había estado en un lugar así. Estoy desconcertado. Pero, de alguna forma, pensaba que habría más... más espacio.
-Las habitaciones son enormes.
-Quiero decir más... dormitorios.
-Ah -ahora lo entendía. Cuantas más habitaciones, menor sería la tentación-. Pues lo siento, pero tenemos un vestíbulo, un salón, un dormitorio y un cuarto de baño. Y armarios. Ah, y una terraza.
Pablo contempló la terraza. Yo sabía que estaba pensándose si dormir allí o no, en el espacio más alejado del dormitorio. Finalmente me miró.
-¿A ti te gusta?
-¿Estás de broma? -alcé las manos y gire sobre entusiasmada-. ¡Me encanta!
Pablo sonrió, aunque todavía parecía algo nervioso.
-Bueno. Me alegro.
-¿A ti no te gusta?
-Yo... -se quitó el sombrero para pasarse una mano por el pelo-. No lo sé. Es tan rara... No hay sofás, ni sillas, ni mesas, ni lámparas. ¿Y dónde está la televisión?
Si hubiera sido por mi habríamos prescindido completamente de ver la televisión, pero parecía tan incómodo que decidí buscársela.
-Apuesto a que tiene que haber una por alguna parte-imaginé que estaría disimulada, así que me puse a buscar un mando a distancia-. Aquí está.
Centro de diversiones leí la lista de la cubierta del mando. Cuando pulsé un botón, se abrió una de las paredes de roca para revelar una pantalla gigante.
Asombroso -Pablo sacudió la cabeza.
-¿Quieres que la encienda?
-No, está bien.
-Solo para asegurarnos que funciona pulsé el botón de encendido y apareció un menú de opciones en la pantalla. Ajá. Vídeos para adultos en el catorce. Lo conectaría. No quería que Pablo se pusiese demasiado cómodo.
Pulsé el número catorce. Una música seductora resonó en la habitación. Varios títulos de películas porno aparecieron en la pantalla.
-Mariza no
Solo estoy comprobando el sistema.
-Venga, apágala ya -se acercó a mi.
-Ahora mismo -mientras daba comienzo el avance de la película, me escondí el mando detrás de la espalda.
-Dámelo -extendió una mano.
-Todavía no -repuse, alejándome.
-Hey, sabes perfectamente que no necesitamos ver eso.
-Solo el avance, ¿vale? -la gente que salía en la pantalla era enorme. Y la música de primera calidad.
-Mira, no quiero forcejear contigo para arrebatarte el mando.
-Qué pena. Eso podría ser divertido -advirtí que él también estaba mirando el vídeo.
-Apágalo ya, ¿quieres? -me rogó.
-En cuanto termine esta parte -cuando la mujer de la película se arrodilló frente al hombre y le bajó la cremallera del pantalón, dispuesta a practicar el sexo oral, la cámara hizo un zoom. El pene del tipo llenó casi por completo la pantalla-. Oh, ¿has visto eso? Apuesto cualquier cosa a que el director de la película es un hombre. Un director varón siempre se concentra en las felaciones, mientras que una directora. ..
- ¡ Mariza, por el amor de Dios!
-¡Es cierto! ¡Lo sabrías si hubieras visto suficientes películas de estas!
-Bueno, pues no las he visto, ¿vale? ¡No se venden muchos vídeos de adultos en mi pueblo!
-Entonces deberías alegrarte de tener la oportunidad de verlos -repuse con tono dulce-. Oye, ¿no hay un teléfono sonando por alguna parte?
-Sí, y apostaría a que es Felipe. Dios mío, se suponía que había quedado con él a las... -miró su reloj-. Hace diez minutos. Tenemos que alquilar los trajes-miró a su alrededor, frenético-. ¿Ves algo en esta jungla que se parezca siquiera remotamente a un teléfono?
-Hey- tuve una súbita inspiración-, aquí hay un botón con las palabras fax y teléfono en el mando a distancia-. Veamos qué pasa si lo pulso.
-¡No! -exclamó Pablo, aterrado-. Puede que sea videoteléfono o algo parecido...
-De acuerdo, todo para ti -le entregue el mando-. Púlsalo tranquilo, que yo me iré de la habitación.
-¿Adonde?
-Al dormitorio -le hice un guiño-. A ponerme cómoda.
-¡Pero si no tienes más ropa que esa!
-Ya lo sé -crucé el puente de caña. Pobre Pablo.
Cuando decidiera atacar, no iba a tener ni la más mínima posibilidad...
Con los dedos temblorosos apague el vídeo, haciendo desaparecer aquellas malditas imágenes. Mirando desconfiado hacia el dormitorio, temeroso de que Mariza pudiera estar al acecho, pulsé el botón del teléfono. Se abrió entonces otro panel rocoso de la pared y un estante, provisto de máquina de fax y teléfono inalámbrico, se desplegó ante sus ojos.
Dejando el mando sobre el estante, recogí el teléfono y lo encendí.
-¡Pablo! -exclamó Felipe, aliviado.
-Escucha, siento no haber podido estar donde que estar, pero...
-Ya me he enterado. Te estuve llamando a tu habitación, y como no te localizaba los chicos y yo decidimos ir a buscarte. Fue entonces cuando vimos que la zona estaba acordonada por la policía. Nos llevamos un susto de muerte, hasta que el gerente, nos lo contó todo. He retrasado media hora lo de los trajes. ¿Vas a venir o no?
-Claro. Puedo bajar ahora mismo, si quieres.
-Ahora mismo están ocupados en la tienda, así que disponemos de tiempo. Podemos tomar una cerveza en el bar. 0 también podríamos subir todos a ver tu nueva habitación. Dicen que es algo fantástico.
-No está mal. Nada del otro mundo -mintió. Sabía que si se la describía, sus amigos estarían arriba en un santiamén.
-Pero al menos tendrá jacuzzi, ¿no?
-Bueno, sí. Eso lo tiene - tomé el mando a distancia, curioso por saber para que servían los demás botones.
-¿Dónde? ¿En el dormitorio? Nuestra suite de luna de miel tiene un jacuzzi en el dormitorio.
-Er.. en la terraza.
-¿La terraza? Maldita sea, nosotros ni siquiera tenemos terraza, y mucho menos una tan grande para que quepa un jacuzzi. ¿Qué vista tienes?
-Bueno, ya sabes... la ciudad, las montañas, todo eso.
-Hum, comprendo. ¿Qué número es?
-Es que no sé si podéis subir. Hay un ascensor privado -en mi nerviosismo, pulsé por error uno de los botones del mando a distancia. Al instante se abrió otro panel de roca para revelar un mueble bar perfectamente provisto.
-¿Un ascensor privado? -exclamó Felipe. Caramba, estás en el piso de máxima categoría, ¿verdad? ¡Ahora mismo subimos!
Intenté cerrar el panel del mueble bar.. Con tan mala fortuna que pulsé otro botón que activó el sistema de iluminación.
-Escucha, ¿por qué no quedamos mejor en el bar o, ese que está lleno de pájaros tropicales? se apresuró a decir mientras los colores que bañaban la sala pasaron de azules y verdes tenues a colorados y naranjas, y finalmente a un rojo sangre, muy sexy.
-Oye... -pronuncio mi amigo tras una ligera pausa-... ¿por qué no quieres que subamos a tu habitación?
-No, no es eso. Tienes razón, tenéis que verla -repuse inmediatamente. No podía arriesgarme a herir los sentimientos de mis amigos-Tenéis que subir. Es más, quizá tú y yo deberíamos cambiar las habitaciones. Después de todo, el novio eres tú.
-Ahora lo entiendo. Temías que sintiera envidia porque tu habitación es mejor que la mía, ¿eh?
-Bueno... -pensé que aquella excusa era tan válida como cualquiera.
-No te preocupes por eso. Y te agradezco la propuesta de cambiar las habitaciones, pero no. Luisana ya dijo que le encantaba que hubiera un jacuzzi en el dormitorio, para maternos desnudos y jugar dentro. Yo ya tengo esa imagen grabada en mi mente y no puedo esperar para hacerla realidad...
-No me extraña -y, gracias a su amigo Felipe, se le grabó en la mente la imagen de Mariza y él jugando en el jacuzzi de la terraza.
-Bueno, el caso es que me temo que no pensaría lo mismo si el jacuzzi estuviera en la terraza. Ya sabes lo vergonzosa que es.
Pensé que Mariza no era en absoluto vergonzosa. De hecho, le habría encantado hacer el amor en la terraza.-Además -añadió Felipe, tú te has ganado de sobra esa habitación después de todo lo que ha pasado ¿Te va comprar ropa nueva aquí, o prefieres que nosotros te prestemos alguna? Coco tiene tu talla.
-Ya sabes que detesto comprar ropa.
-Entonces toma el dinero y espera a llegar a casa. Nosotros te llevaremos ropa cuando subamos. Bueno, ¿cómo se llega hasta allí?
-No estoy muy seguro. Podéis subir en el ascensor, pero luego necesitaréis una tarjeta para abrir la puerta. Yo... oh, espera un momento. Se me ha ocurrido algo -examiné el mando a distancia y encontré un botón con la palabra ascensor-. Sí, ya está. Subid en el ascensor privado. Cuando lleguéis arriba, yo os abriré desde dentro.
-Genial, estaremos allí en unos minutos, después de recogerte algo de ropa.
-Estupendo. Adiós Apagué el teléfono y me dirigí apresurado al dormitorio-. ¿Mariza? Mariza. Mis amigos van a subir. Tenemos que hacer algo.
No estaba en el dormitorio, pero su vestido y su ropa interior sí, encima de la cama.
-¿Mariza? -me detuve en seco.
-Aquí estoy. Tenía ganas de bañarme.
-Oh -una nube de vapor salía del cuarto de baño. No me atreví a asomarme. Podía imaginármela en la bañera, con la espuma ocultando a medias su piel dorada y sus senos asomando a la superficie.
-¿Tus amigos van a subir a ver la suite?
- Sí -intente no parecer tan aterrado como me sentía-. Dentro de unos minutos.
-No hay problema -se escuchó un fuerte chapoteo, como si estuviera saliendo de la bañera-. Me esconderé en el armario.
-¿Desnuda? -no sabía por qué me importaba tanto, pero el pensamiento de que se escondiera desnuda en el armario me producía muchísima más ansiedad que el hecho de que lo hiciera vestida.
Mariza se echó a reír y apareció en el umbral envuelta en una enorme toalla blanca, con el pelo recogido en lo alto de la cabeza.
-Desnuda en el armario. Una imagen muy sugerente ¿no te parece?
Tragué saliva. Vi que tenía sujeta la toalla por encima de los senos. Un simple giro de muñeca y se habría caído al suelo.
-Hay dos batas en ese armario -me informó. Lo he comprobado.
-¡Voy a traerte una! -a punte estuve de tropezar en mi apresuramiento por acercarme al armario. Por supuesto, la puerta deslizante era un espejo, y ella se reflejaba perfectamente. Descolgue la bata de felpa y se la entregué de inmediato.
-Gracias -me dijo dejando caer de repente la toalla.
Procuré no soltar la bata mientras me esforzaba por acordarme de respirar. No me extrañaba que la gente hubiera pagado por alcanzar a ver un destello de aquella belleza. Mujeres con un cuerpo como aquel habían derribado imperios, así quizá estuviera disculpado que no pudiera dejar de mirarla. Mientras la miraba, me imaginé a mí mismo haciendo el amor con ella a la luz del sol, besando aquella deliciosa piel dorada. Sus pezones se habían endurecido, invitándome a saborearlos. Antes los había acariciado, pero no había llegado a probarlos.
Ahora sí que podía hacerlo. Ahora podría arrodillarme ante ella y besar la tersa piel de su vientre. Podría seguir explorando más abajo, abrirme paso con la lengua entre aquel vello rojo y rizado y alcanzar.. el cielo.
-¿La bata? -preguntó ella con tono dulce.
Miré la bata, y luego a ella. Si no activaba el mecanismo de apertura del ascensor, mis amigos no podrían llegar hasta allí. Mariza y yo podríamos quedarnos solos durante todo el tiempo que quisiéramos. La boca se me hizo agua ante las posibilidades de aquella perspectiva.
-Ahora no es el momento me susurró Mariza.
-¿Por qué no? -inquirió con voz ronca.
-Dentro de unos minutos tendrás que ir a recoger tu traje. Y.. -me quitó la bata de los dedos-. Disponemos de todo el fin de semana, Pablo.
Mientras me observaba, temblando de deseo, Mariza deslizó las manos en las mangas de la bata. El movimiento provocó una leve sacudida de sus senos que mi hizo gemir. Los pliegues de la bata permanecieron un instante abiertos mientras se ajustaba el cuello, hasta que su preciosa figura quedó oculta y se ató el cinturón.
Sin embargo, la imagen de aquel cuerpo perfecto seguía quemándome la retina.
Después de que Pablo abandonara el dormitorio dejándolo bien cerrado, recogí mi ropa, mi bolso y las compras de la droguería antes de encerrarme en el enorme armario empotrado. Sentada en el me apoyé contra la pared y cerré los ojos. Que gran momento acababa de vivir.
No había previsto lo de soltar la toalla: la idea se me ocurrió cuando él me dio la espalda para descolgar la bata. Una vez más, el impulso se había revelado más efectivo que la inspiración. Aunque no tenía intención de distraerlo de sus deberes para con la boda de su amigo, no me importaría obligarlo a pensar en mi durante el proceso. Rebusqué en la bolsa de las compras, saque el frasco de crema con la frambuesa y me eché un poco en la mano, ahuecando la palma. Dado que estaba obligada a estar allí, al menos podría aprovechar el tiempo.
Desde mi escondite alcancé a oír unas excitadas voces masculinas. Los amigos de Pablo ya habían llegado y evidentemente estaban impresionados con la suite.
-Hey, ¡deberíamos celebrar la despedida de soltero aquí, chicos! -exclamó uno de los amigos de Pablo-. Me apetece una orgía.
-A ti siempre te apetece una orgía -dijo otro-pero no funcionará, Guido.
-¿Por qué no? Esto es perfecto.
-¿Y qué pasa con la diversión, Einstein?
Me imaginé que la «diversión» consistiría en mujeres escasas bailando solo para ellos. Me eché un poco más de crema en la palma.
-Pero podríamos conseguirla, ¿no? -añadió Guido-. ¡Estamos en Las Vegas! ¡Chicas, chicas!
La conversación se convirtió en un intercambio de sugerencias y contra-sugerencias. Yo, agachada, empecé a untarme crema en un pie mientras intentaba discernir e identificar las tres voces. Uno era Felipe, el novio. Otro era Guido, el que había concebido la idea de la orgía, y el tercero, Coco, parecía el más bromista del grupo.
-A mí no me importa que usen la habitación -dijo al fin Pablo-, pero personalmente creo que traernos aquí «la diversión» nos acarrearía muchas complicaciones.
Me pregunté qué diría Pablo si en aquel preciso instante saliera del armario y me presentara voluntaria ante los chicos para solucionarles el problema. Muy probablemente le daría un ataque al corazón.
- Pablo tiene razón -dijo desde el salón Felipe, que parecía el organizador-Quizá podamos volver aquí después de la fiesta y beber hasta que nos cansemos.
Eso sí que constituía una traba para mis planes. Me pregunté qué diría Pablo para atajar la idea. Después de todo, acababa de proporcionarle una gráfica sugerencia de lo que pasaría si esa noche lograban quedarse solos...
-Eso estaría bien, supongo -pronunció Pablo.
Esbocé una mueca. Debía de haber sufrido un ataque de buena conciencia y se estaba escudando detrás de sus amigos para protegerse de sus propios instintos. Corromper a Pablo no se presentaba tan fácil como había creído en un principio. Me ate el cinturón de la bata y me saque las mangas para poder untarse de crema la parte superior del cuerpo.
Mientras me frotaba los senos, evoqué las caricias de las grandes y fuertes manos de Pablo. Ansiaba repetir la experiencia.
-De acuerdo, entonces luego volveremos aquí dijo Felipe-. Empezaremos la velada en ese bar de topless que vimos antes y luego regresaremos al hotel.
Oh, aquí tienes la ropa de Coco, Pablo. Dos pantalones tejanos y tres camisas.
-¿Seguro que no la necesitas?
Con las manos en los senos, cerré los ojos. Deseaba oír aquella voz murmurándome al oído.
Me pregunté cómo podría desembarazarse de sus amigos aquella noche.
-No, yo siempre meto demasiada ropa en la maleta- dijo Coco-. Además, Mica y yo queremos ir a esa playa artificial del hotel. Me he comprado un bañador nuevo y..
A mi no me importaría ver a Pablo en traje de baño, ahora que pensaba en ello. Tal vez podría incluir una salida de compras en sus planes para ese fin de semana.
-Bueno, chicos. Pongámonos en marcha pronunció Felipe, algo impaciente.
-¿No podemos ver antes el dormitorio y el cuarto de baño? propuso Coco.
Si nos damos prisa, sí -consintió el novio, y empezaron a cruzar el puente de caña-. Me encantaría saber qué es lo que cobran por una noche en esta suite.
Pensé que la temperatura del armario estaba aumentando. 0 quizá había sido yo, con mis lujuriosos pensamientos de Pablo en traje de baño. Me bajé la bata por detrás para no sudar, y apoyé la espalda desnuda contra la pared. Así estaba mucho mejor..
-Caramba, ¿habéis visto este dormitorio? exclamó Felipe -. Huele muy bien. A frambuesa.
Me reí para mi adentros.
-Es un verdadero crimen que Pablo tenga que pasar las noches solo en una habitación así -señaló Coco.-. Hey, Pablito, quizá deberías darte una vuelta esta noche por ahí, a ver si encuentras a alguien con quien pasar el fin de semana...
Irguiéndome, agucé los oídos para escuchar su respuesta.
-No lo creo. Volví a relajarme contra la pared-¿Qué quieres decir con eso de que no lo crees? -le preguntó Guido-. Estamos en Las Vegas, vaquero. Las chicas de Las Vegas. Tú eres el único que está libre para probarlas.
-No me apetece, de verdad.
«Mentiroso. Estás ardiendo por dentro», pronuncie- en silencio.
-¿Cómo no puede apetecerte? -insistió Coco Este lugar exige una aventura de una noche.
-Pues claro. No te andabas con tantos remilgos en el circuito de rodeo -añadió Guido.
Parpadeé, asombrada. ¿Pablo viviendo aventuras de una noche durante el circuito de rodeo? Eso no encajaba con la imagen que tenía de él.
-Si, recuerdo ahora a cierta dama intervino Felipe -. No salisteis de la habitación del motel al menos durante cuarenta y ocho horas seguidas. Y luego aquella chica de San Antonio. Y la de Texas, y...
-No importa -lo interrumpió Pablo, nervioso-. No tiene sentido sacar a colación historias pasadas.
-Bueno, que me aspen -suspiró Coco -. Obviamente, nuestro amigo Pablo, está ya para el arrastre.
-¡No es verdad! Yo...
-Los hechos hablan por sí solos añadió Coco- Chicos, un minuto de silencio por el gran Pablo Bustamante. Está en Las Vegas y como si nada.
-Quizá aún no esté muerto del todo -dijo Felipe- Quizá este escenario pueda inspirarlo y devolverle al fin su antigua gloria. Bueno, vamos a ver el de baño de una vez. No nos queda mucho tiempo.
-¡Caramba! -exclamó Guido al entrar-. En esta bañera cabrían por lo menos seis conejitas de Playboy ¡mirad esto! Hay restos de espuma. Pablo, ¿es de darte un baño de espuma?
Me llevé una mano a la boca. Me había olvidado limpiar la bañera.
-¿ Pablo Bustamante, un baño de espuma? Estalló Coco- Esto hay que verlo. Oh, Dios mío. Sí, parece que alguien se acaba de bañar. Ahora que lo pienso, había una toalla en el suelo del dormitorio.
Sí, tiene que haber sido Pablito. -comentó Felipe. No me extraña que no quisieras que subiéramos.
-¿Dónde has escondido a tu amiguita, que no la veo?
Las carcajadas continuaron y los comentarios subidos de tono.
-Imbéciles -estalló finalmente el destinatario de las burlas-. Deberíais tomar un baño de espuma al menos una vez en la vida. Así se os aclararían las ideas. -Esto ha sido de lo más edificante, de verdad -declaró Felipe-, pero ahora tenemos que marchamos. ¿Quieres que te guarde la ropa de Coco en el armario, Pablo?
Me quedé helada. Cuando reaccioné, procuré volver a meter las manos en las mangas de la bata, sin hacer ruido. Pero no conseguía encontrarlas...
-Es igual, déjala sobre la cama -se apresuró a decir Pablo.
Por mucho que me esforzaba, la bata se me había enredado y no conseguía ponérmela.
-No, las camisas hay que colgarlas -repuso Felipe-, así que...
-De acuerdo, de acuerdo, yo lo haré.
Volví a apoyarme en la pared del armario, suspirando. Me quedé muy quieta cuando la puerta corredera del armario se abrió un tanto. Y me encontré con la entrepierna de Pablo a la altura de mis ojos, mientras tapaba la abertura con su cuerpo. El respiro ahogado que alcancé a escuchar Me indicó que se había dado cuenta de que me había quitado la bata. Sin duda pensaría que lo había hecho deliberadamente para atormentarlo, pero en esa ocasión era inocente.
Colgó las camisas a toda velocidad y cerró tan bruscamente la puerta que por un instante pensé que había roto el espejo.
-Chico, ese olor a frambuesa sí que es fuerte -comentó Guido-. Debe de ser uno de esos productos de aroma que ponen en los armarios.
-Sí, debe de ser eso -repuso Pablo -. Venga, vámonos.
Esperé a que todo quedara en silencio para salir del armario. Sonriendo, me pregunté qué estaría pensando Pablo, en aquel preciso instante. En mujeres desnudas en armarios, muy probablemente.
Me encantaba andar sin ropa, y además decididamente aquella suite era ideal para hacerlo.
Así que Pablo había tenido sus aventuras durante el circuito de rodeo. Aquello incrementaba aún más la importancia de corromperlo. Después de aquel circuito había regresado a casa para asumir las responsabilidades de la Hacienda, y había perdido la chispa. Yo era la mujer indicada para reavivársela. Tenía que encenderlo de pasión, pero para ello necesitaba municiones. Suministros. En un principio había pensado hacer una rápida salida a mi hotel para el resto de sus cosas, pero la ropa que había llevado conmigo no era lo suficientemente perversa y seductora para el objetivo que tenía en mente.
Aquel hotel tan lujoso tendría un par de tiendas perfectas para la ocasión, y de paso podría comprar un traje de baño para Pablo. Lo primero, por tanto, era averiguar si Pablo me había dejado una llave de la suite.
Con las prisas, no me había dicho dónde había guardado la copia de la llave. Y teniendo en cuenta su estado después de que yo dejara caer la toalla, había sido completamente incapaz de concentrarse en tales asuntos. Esperaba, sin embargo, que se hubiera acordado de dejármela en algún sitio antes de marcharse.
Diez minutos después tuve que darme por vencida, la llave no aparecía. Probablemente Pablo se había llevado las dos copias sin darse cuenta. 0 quizá se lo había pensado dos veces y no había querido que me aventurara a salir sola. En cualquier caso, ese obstáculo no me detendría. Sencillamente tendría que salir a buscarlo. Hasta que me fuera de compras, tendría que arreglármelas con el vestido que llevaba, pero después del baño no podía volver a ponerse la misma ropa interior. Finalmente decidí lavar las bragas y secarlas con el secador. Prescindí del sostén. Después de todo estaba en Las Vegas, como los amigos de Pablo se habían encargado de señalar más de una vez.
Se maquilló y se puso el vestido. Luego se soltó el cabello y se lo cepilló cuidadosamente. Había llegado la hora de buscar al Romeo del circuito de rodeos.
«Tenía que terminar desnuda en el armario», pensaba mientras me abotonaba el chaleco en la tienda de alquiler de trajes. No podía dejar de pensar en ella. Debí haber adivinado que se dedicaría a untarse el cuerpo entero de aquella crema de frambuesas.
Cuando abrí la puerta del armario recibí un doble mazazo: ver desnuda a Mariza y aquel aroma a frambuesas. Nunca sabría cómo pude cerrar la puerta y salir del dormitorio. Todavía podía verla allí, en el oscuro interior del armario, sonriéndome y agitando los dedos a modo de saludo. Era una mujer diabólica. Y quería seducirme como habría seducido a otros muchos antes que él, pero no le iba a funcionar, maldita sea. De alguna manera tendría que sacar la fuerza necesaria para resistírseme y demostrarle que al menos había un hombre que la valoraba y apreciaba como persona, al margen del sexo.
Tendría que llevar mucho cuidado. Estuve a punto de venirme abajo cuando ella dejó caer la toalla. Y, si tenía que ser completamente sincero, fue la propia Mariza quien me detuvo, y no al contrario. Si en lugar de eso me hubiera dado el más ligero estímulo, todo mi plan habría fracasado por completo. Lo sabía, y sospechaba que ella también.
Pero aquella maldita crema de frambuesas no me estaba ayudando nada, y tampoco tenía derecho alguno a pedirle que no la usara. No quería ser responsable de que se le secara demasiado la piel. Aquella dorada, satinada...
-¡Por favor, Bustamante! -Felipe me dio una palmada en la espalda-. Solo dos botones más y ya te habrás terminado, de abrocharte ese chaleco. No es tan difícil, hombre. Botón, ojal, botón, ojal...
Me puse colorado. me había quedado paralizado con la mirada perdida. Luego me puse el chaleco del frac, ayudado por Felipe.
-¿Porqué todo el mundo tiene que vestirse así para las bodas?
-Porque les encanta a las mujeres respondió Coco mientras se alisaba las solapas-. ¿No es cierto, Felipe?
-Eso he oído.
-Es cierto -terció Guido, mirándose también en el espejo-. Las chicas nunca se resisten ante un tipo de frac.
-Si vosotros lo decís... Desde luego todos pasáis perfectamente por sofisticados «urbanitas» -sonrió Pablo, contemplando a sus tres amigos. Mirándolos en aquel momento, nadie habría imaginado que Guido y Felipe eran dos de los mejores montadores de toros de la actualidad, y que Coco no tenía rival a la hora de lacearlos.
Felipe y Coco eran uña y carne. Físicamente no ser más diferentes: Coco era alto y moreno, y Felipe bajo y rubio. Coco, el moreno, había desarrollado una leve barriga cervecera una vez llegado a los veinticinco, pero seguía siendo fuerte como un roble.
Sin poder evitarlo, seguía pensando en Mariza. Incluso olía a frambuesas. Era increíble cómo se podía percibir con tanta claridad un aroma cuando su emisor se encontraba tan... De repente me quede helado. Me volví bruscamente hacia la puerta de la tienda, convencido de que acababa de entrar.
No me miró. Se me aceleró el corazón mientras me preguntaba qué estaría tramando. Pero ni siquiera me saludó. Se dedicó a recorrer la tienda mirando los trajes y fracs, mientras mis tres amigos la miraban a su vez con la boca abierta. No podía culparlos. Con aquella melena y aquel vestido tan corto, casi transparente, era un verdadero peligro público. El dependiente se apresuró a atenderla.
-¿Puedo ayudarla en algo?
-Oh, solo estaba mirando -le lanzó una radiante sonrisa.
-¿Para cuándo el feliz acontecimiento?
-Pronto -respondió, desviando la mirada hacia mi-. ¿Sabe? Es eso justamente lo que tenía en mente -y se dirigió decidida hacia mí.
No tuve que mirar a mis amigos para saber que estaban asistiendo anonadados a la escena. Un brillo de pura malicia asomó a los ojos de Mariza.
-Muy bonito -exclamó, admirándome-. ¿Le importaría volverse, por favor, para que pueda ver cómo le queda por detrás?
No tenía otra elección. Me volví.
-Sí -murmuró-. Es exactamente lo que estoy buscando. Gracias por dejarme mirarlo sonrió. La llave del éxito de este frac reside en la caída de los pantalones, ¿no le parece?
Me estaba torturando y ella lo sabía. Escuché las carcajadas ahogadas procedentes del fondo de la desde donde mis amigos estaban observando la acción.
-Nuestra tienda tiene fama de tener los mejores fracs de la ciudad -comentó el dependiente, inflando el pecho con orgullo.
-Lo creo -dijo Mariza-. La accesibilidad y la riqueza de ofertas son, en mi opinión, las llaves del éxito de cualquier negocio.
-Absolutamente -convino el hombre.
-Hay algo más que necesito saber. ¿Sus probadores tienen llaves?
Me había quedado de piedra. Ni siquiera podía mirar al dependiente.
-Bueno, voy a quitármelo ya -dije, optando por escapar. Y si Mariza me seguía al probador y se le ocurría intentar algo, yo... bueno, haría algo. No sabía bien qué. En aquel momento la idea de quedarme encerrado con Mariza en el probador me estaba dando serios problemas justamente en la caída de talones, y tenía que alejarme de ella a como fuera. Me dirigi apresuradamente hacia el corto pasillo que llevaba a los probadores.
-¿Cuántos fracs necesitará para la ocasión? alcanzó a oír que le preguntaba el dependiente a Mariza. No me detuve a escuchar su respuesta.
-Ya te había dicho que el traje de mono funcionaba -comentó Coco en un susurro cuando pasé al lado de mis amigos, sin mirarlos. Al instante todos ellos estallaron en sonoras carcajadas.
Entré en el probador donde había dejado mi ropa y aseguré la puerta con llave. No estaba dispuesto a que Mariza me sedujera en el probador de una tienda de alquiler de fracs, aunque esa fuera la experiencia más excitante que me había sucedido en toda mi vida. Me temblaban los dedos cuando me estaba quitando el frac. Segundos después alguien llamó suavemente a la puerta.
-¡Ocupado! -grité.
Al instante escuché unas carcajadas masculinas, junto con variados comentarios acerca de su apetito sexual. Abri la puerta para encontrarme con mis amigos, sonrientes.
-Lo que vosotros pensáis que está sucediendo no está sucediendo en realidad.
Más carcajadas.
-Ya lo sabemos dijo Coco, riendo-. La chica está intentando ligar contigo, pero no está sucediendo nada. Ese es el problema. Pablito, ¿es que has perdido el juicio?
-¿0 quizá otra importante parte de tu cuerpo? -añadió Guido-. ¡Esa mujer iba a cazarte, y tú te has comportado como un maldito novato!
-Este no es el Pablo Bustamante que tanto admirábamos comentó Felipe, sacudiendo la cabeza.
-Esa mujer está loca -me defendí-. ¿No la habéis oído? ¡Quería saber si en los probadores había llaves!
-Sí, a mí no me extraña -suspiró Coco-. Una mujer con imaginación es un tesoro. Practicar el sexo en un lugar tan prohibido como este...
De pronto me di cuenta. Mariza no había ido allí a seducirme ni a hacer el amor conmigo en el probador. Casi me sentía decepcionado de que sus motivaciones no fueran tan deshonestas. Había estado intentando decirme que necesitaba su copia de la llave. Al parecer, en mi nerviosismo, había abandonado la suite llevándome las dos llaves.
Y probablemente necesitara también algún dinero, si pensaba hacer algunas compras. Coco se asomó a la esquina.
-Oye, sigue allí. Si hablas con ella, tal vez puedas la situación.
-De acuerdo, me vestiré y hablaré con ella -dije-. Pero no voy a practicar el sexo en uno de estos probadores. Estáis avisados.
No estaba muy segura de que mis insinuaciones acerca de la llave hubieran logrado penetrar en la conciencia de Pablo... a través de la niebla sexual que parecía envolverle el cerebro. Por mucho que me prometiera no volver a burlarme de él, seguía haciéndolo. Era un objetivo delicioso, y con cada pequeño éxito que conseguía, el doloroso recuerdo del rechazo que antaño había sufrido se atenuaba un poco más. Había disfrutado muchísimo viendo la cara que puso cuando preguntó al dependiente si los probadores tenían llaves.
Otro de sus artículos para Maxim había versado sobre los extraños lugares en los que se podía practicar sexo, como los probadores de las tiendas. Yo, sin embargo, nunca lo había experimentado personalmente. De hecho, no había experimentado la mayoría de las aventuras sobre las que escribía en la revista. Y aquel fin de semana parecía destinado a ese tipo de aventuras.
El hecho de ver a Pablo vestido de frac había fortalecido mi determinación. Con aquel físico que tenía, debió de haber roto un buen número de corazones durante su circuito de rodeo. Pero ahora estaba en la hacienda, y yo sabía por experiencia lo muerto que estaba el pueblo en esos aspectos. Y yo estaba dispuesta a remediar aquello. Sin embargo, para llevar a buen término mis planes, necesitaba la copia de la llave. Si Pablo se marchaba con sus amigos sin entregármela, tendría que intentar algo más atrevido. Mientras seguía hablando con el dependiente sobre mi imaginario «feliz acontecimiento», escuché unas carcajadas procedentes de los probadores y supuse que los amigos de Pablo se lo estarían en grande. Aquellos tipos me caían bien. Me hubiera encantado conocerlos si la situación hubiera sido diferente. Ya había relacionados sus cuerpos con sus voces, de manera que poseía ya una ligera idea o era cada uno.
Guido era el moreno con de barriguita. El alto y tenía que ser Coco, y luego estaba Felipe, el bajo, de pelo rubio y adorable. Era una pena quedara tan poco tiempo de vida, una vez que se ahorcara él mismo con el lazo del matrimonio. Guido como Coco llevaba alianzas matrimoniales. Aquella despedida de soltero significaba tal vez su única oportunidad de romper con el tedio de sus respectivas vidas. No le extrañaba que quisieran divertirse aquella noche haciendo realidad sus sueños...
Y, a propósito de eso, el hombre de mis sueños acababa de salir del probador, con el frac de alquiler en las manos. Después de entregárselo al dependiente se dirigió hacía mí. Menos mal. Al final se había enterado de lo que había querido decirle.
-Me alegro de verte de nuevo, Pablito.
-Perdona por haber sido tan burro. Toma -Pasándome discretamente la llave-. Los chicos, por cierto, creen que te estás insinuando conmigo.
-Y no se equivocan -Me di cuenta de que junto con la llave me había entregado unos billetes doblados-. No tienes por qué darme esto -me guardé la llave en el bolso e intenté devolverle el dinero.
-Necesitarás comprarte ropa, ¿no? Por el amor de Dios, esconde ese dinero. Y no te muevas ni a derecha ni a izquierda. Te estoy ocultando con mi cuerpo, para que no puedan ver lo que estamos haciendo.
-¿De veras? -arqueé las cejas, humedeciéndome los labios con la lengua-. Entonces, ¿qué es lo que quieres hacer?
Pablo apretó los labios, como conteniendo una sonrisa.
-Nada, ¿de acuerdo? -dijo en voz baja-. Y ahora, guárdate ese dinero.
-Muy bien -me guardé el billete en el escote del vestido.
-Mariza, por Dios...
-Eres tan gracioso, Pablo... Por lo que he oído, tu reputación está sufriendo bastante. Podría mejorar mucho si les contaras a tus amigos lo que pretendes hacer conmigo. La verdad es que no sé por qué les estamos ocultando todo esto. A mí me parece gente de mente muy abierta.
-Escucha, quieren subir a la suite a tomar unas copas después de la despedida de soltero de esta noche. Yo no sabía cómo negarme, pero tendré que inventarme algo para impedirlo. No te puedes pasar toda la noche encerrada en un armario.
-Oh, no te creas -le hize un guiño-. Me lo pasé muy bien allí dentro -vi que se ruborizaba. Pero tengo que admitir que, al cabo de un rato, empezó a hacer mucho calor.
-Mariza, ¿es que no puedes hablar de otra cosa que no sea sexo?
-Claro que sí, pero no sería tan divertido -se echó a reír al ver su torturada expresión-. Mira, ¿por qué no les cuentas a tus amigos que estás haciendo de buen samaritano conmigo intentando convencerme de que cambie de trabajo y me dedique a algo menos interesante?
-Porque no se lo creerían. Si supieran que estás conmigo en la suite, no sacarían más que una única conclusión. Jamás podría convencerlos de lo contrario.
-¿Tan terrible te parecería eso? Al parecer no eres un novato en los ligues amorosos.
-Así que estuviste escuchando -Pablo frunció el ceño.
-Pues sí.
-Quiero que sepas que todas esas mujeres me importaban. No fue ni mucho menos como dijeron mis amigos.
Habría preferido escuchar que aquellas mujeres no habían significado nada para él.
-Pablo, eres la última persona del mundo a la que condenaría por haber disfrutado de un poco de sexo... sano y saludable, sin complicaciones. Y lo mismo rige para tus amigos.
-Yo no quiero que ellos piensen eso de ti -su ceño se profundizó.
-¿Por qué no?
-Porque... porque crecimos juntos, maldita sea, y no me gusta que la gente piense eso de ti.
-Pablo, lo que están pensando ahora mismo, que podría ser estupenda en la cama, tiene un fondo de verdad. Ya no soy la niña con la que creciste.
-No me importa -replicó, aún más ruborizado-. Nada va a suceder entre nosotros.
dejé que mi sonrisa contestara por mi misma.
-Me he despistado contigo un par de veces, pero no volverá a suceder
-Si tú lo dices -continuó sonriendo.
-Lo digo yo, y ya está -cruzó los brazos sobre el pecho-. Encontraré alguna manera de evitar que los chicos -suban a la suite esta noche. No sé cómo, pero algo se me ocurrirá. Y ahora, por favor, cómprate algo de ropa. Y reflexiona sobre tu vida. Esta noche trabajaremos sobre ello.
-Eso suena muy prometedor. Escucha, Pablo tracé lentamente un círculo sobre su brazo con un dedo, y lo sentí temblar bajo la tela de la camisa-. No soy tu hermanita pequeña. Nunca lo he sido -lo miré fijamente, disfrutando del brillo de deseo que oscurecía sus ojos-. ¿Por qué tiene que ser todo blanco o negro?
Abrió la boca para contestar pero de inmediato vaciló, como si estuviera reconsiderando lo que había querido decirle en un principio.
-Porque necesitamos concentrarnos en tu situación laboral -musitó al fin.
-¿No será por causalidad porque eres un cobarde?
-¿De qué iba yo a tener miedo?
-De relacionarte conmigo. De abandonar la antigua imagen de mí que tenías de mí, de ti mismo.
-Eso es ridículo.
-Tienes razón convine -. Es absolutamente ridículo. Bueno, tengo que irme. He de comprarme ropa, sobre todo ropa interior. Cuando empezaba a vestirme para bajar me di cuenta que no tenía nada limpio, y si hay algo que detesto en el mundo es tener que ponerme la misma ropa interior después de bañarme.
La atención de Pablo se vio atraída hacia mis senos y tragó saliva, nervioso.
-¿Y entonces qué hiciste?
-Apuesto a que lo sabrás si te fijas bien. Hace un poco de fresco en esta tienda, y los pezones se me están
-Me doy cuenta -me interrumpió con voz ronca ¿Vas...? -se aclaró la garganta-. ¿Vas a decirme que no llevas nada debajo de ese vestido?
-Te dejaré con la duda. Hasta luego, vaquero.
Di media vuelta y me marché, contoneándome porque sabía que estaba mirando lo de mi falda y preguntándose al mismo si llevaba algo debajo. Así que seguía resistiéndoseme. Mejor.Me gustaban los desafíos. Su resistencia haría que su rendición final resultara aún más dulce. Mientras tanto, compraría los ornamentos necesarios que me garantizaran el éxito. Antes de que me marchara a New York el lunes por la mañana le devolvería el dinero a Pablo pero por el momento simularía usarlo para adquirir ropa nueva.
Me dirigi hacia una tienda de ropa interior. Entre mis compras y hacer las entrevistas aquella noche en el local de topless, iba a estar muy ocupada luego estaba el espectáculo del hotel, con los saltos desde el acantilado artificial. Teniendo en lo que previsiblemente iba a pasar aquel fin de semana, sería mejor que aprovechara para verlo, antes de que volviera Pablo.
Muchas horas después, volví al hotel a pie con mis tres amigos y algunos invitados varones a la boda. Todo el mundo había bebido a placer... excepto yo. Lo había evitado a propósito, consciente de las hábiles maniobras que tendría que hacer. Lo primero era convencer a mis amigos de que no convirtieran mi suite en el escenario central de sus diversiones, sin ofenderlos. Suponiendo que lo consiguiera, tendría que pasar la noche con Mariza sin hacerle el amor. Y eso requería de una sobriedad colosal.
Por enésima vez, recordé la conversación que habíamos tenido en la tienda. Cuando ella me preguntó por qué el sexo estaba prohibido en aquel fin de semana, yo estuve a punto de soltarle un sermón ético. Lo de siempre: que quería demostrarle que al menos había un solo hombre en el planeta que no andaba detrás de su cuerpo. Eso quizá habría servido para estimular su autoestima y animarla a probar algún trabajo que no dependiera de su físico. Pero no lo hize, porque no sabía cómo se habría tomado ese tipo de argumento.
Después de todo, eso habría sido como insinuarle que se sentía demasiado insegura para plantearse un trabajo que no tuviera por base sus atributos físicos. Y no había querido arriesgarme a ofenderla. Además, probablemente se me habría reído en la cara. Pero yo estaba decidido a reformarla, por su bien. Por supuesto que era por su bien. Mi réplica de que era un cobarde, de que tenía miedo a relacionarse con ella, de admitir que era una mujer deseable, era pura palabrería. Era perfectamente capaz de relacionarse con Mariza o con cualquier otra mujer, y mantener a la vez el control de mí mismo. En el circuito de rodeo lo había dejado demostrado más de una vez.
Aunque nunca me había probado realmente a mí mismo con Mariza. Una parte de mi ser se negaba a descubrir que podía ser una espectacular amante. Se suponía que las amigas de la infancia no se convertían en amantes espectaculares... En aquel instante Felipe me pasó un brazo por el hombro.
-Hey, Pablo. Me alegro muchísimo de que hayas aceptado acompañarme este fin de semana, de verdad. Sé lo mucho que ese Hacienda significa para ti Y lo mucho que te cuesta dejarla..
-Sabes que haría cualquier cosa por ti sonrió.
Felipe estaba tan emocionado y nervioso como novio la víspera de la boda, pensé. Había bebido, desde luego, pero no estaba muy borracho.
-Acuérdate del plan que teníamos, ¿eh? Pasar en el resto de la noche...
-Ah -dije-. El caso es que...
-Yo a sé yo lo que te pasa -rió Felipe-. Lo sabemos todos. Durante todo el tiempo hemos estado que íbamos a subir allí para hacerte rabiar, el local tuvimos una pequeña conversación, tú te dieras cuenta, y decidimos no torturarte más. Así que relájate. Cerraremos el bar del hotel para que tú puedas divertirte en tu suite.
-No tengo ni la menor idea de lo que estás diciendo- lo miré asombrado.
-La mujer de la tienda de fracs, amiguito. De ella te estoy hablando.
-Le dije que no estaba interesado.
-Oh, oh. ¿Y por eso le diste una llave? ¿Y dinero?
-¿Qué te hace pensar que hice eso? -estaba seguro de que había impedido que vieran aquella entrega al tapar a Mariza con su cuerpo.
-Hay una pequeña cámara de seguridad en la tienda. Vimos la acción por la pantalla. Nos alegramos por ti, amigo. Eres la última esperanza de una tradición que nosotros ya hemos abandonado.
-Felipe, escucha, yo...
-Disfruta de la soltería mientras puedas, Pablo amigo -después de hacerme un guiño, se volvió a mis amigos, haciendo bocina con las manos ¡Hey, chicos! ¡Si nos damos un poco de prisa, podremos ver el último salto del espectáculo del hotel!
suspiré. No había sabido qué replicar. Nadie que me hubiera visto dar una llave y dinero a una mujer como Mariza habría creído que se trataba de un inocente arreglo. Pero me resignaría. Ya encontraría una forma de explicárselo a mis amigos. Mientras tanto, me olvidaría del asunto hasta el día siguiente.
-Sí, vamos -Coco secundó la idea del novio.
-¿A qué tanta prisa? Para ver a un tipo zambulléndose... -protestó Guido.
-Es una pareja la que se zambulle -le explicó Felipe -. Y se supone que tienen que ser dos amantes desventurados, o algo, así. No es solo el salto, hay toda una historia. Es un espectáculo muy bueno. Luisana y yo lo vimos anoche.
Al fin llegamos al hotel. Segui a mis amigos mientras se fundían con la multitud que se encaminaba al acantilado y a la piscina. De camino pasé al lado de la gran roca donde estuve besando a Mariza esa misma tarde. Me inflamó de deseo al evocar aquel recuerdo. Cuanto más retrasara el momento de volver a la suite, mejor.
-¡Qué diablos, Pablo! -exclamó Guido-. ¡Vete de una vez a reunirte con tu chica en tu suite! Tienes que cumplir con tu deber. Nos lo debes, ya que nosotros estamos ya fuera de juego.
decidi que no tenía sentido replicar. Ya aclararía las cosas al día siguiente. No sabía cómo, pero las aclararía.
-¡Mira! -gritó Coco-. ¡Allí están, a punto de saltar!
Alcé la mirada y vi a una pareja de tez olivácea, en traje de baño, justo en el borde del acantilado. Cada uno llevaba una corona de flores. La luz de las antorchas iluminaba sus bronceados cuerpos mientras se tomaban las manos, sin dejar de mirarse. Luego se abrazaron, apasionados.
«Estupendo», pensé. Más incentivos para mis fantasías. De repente vestidos de guerreros aparecieron para separarlos. Cuando calló el rumor de los tambores, una voz comenzó a narrar aquella versión polinesia de Romeo y Julieta: la de los dos amantes de familias rivales que se oponían a su unión. Mientras la narración continuaba, la pareja iba escenificando las diversas escenas. Tras la vana petición de permiso, los dos padres aceptaron poner a prueba la pasión de los amante. Si lograban sobrevivir al salto desde el gran acantilado Nooki-Nooki, se les permitiría casarse.
-Y yo que creía que el padre de Luisana era un tipo duro. Al lado de estos... -murmuró Felipe.
Guido me propinó un codazo en las costillas.
-Nooki-Nooki. Eso es lo que vas a hacer tú esta noche vaquero.
-Déjalo en paz de una vez -dijo Coco-. A juzgar por su comportamiento, debe de estar bajo de forma. Si sigues tomándole el pelo, se bloqueará en el momento decisivo.
-Tranquilo. Eso es como montar en bicicleta le pasó un brazo por los hombros-. Nunca se olvida.
-Gracias por el consejo -repuse, irritado. Y ahora, ¿por qué no os dedicáis a disfrutar del espectáculo y os olvidáis del asunto?
-Creo que tienes razón -repuso Coco, volviéndose al acantilado-. Pero no sé qué diablos estás haciendo aquí, Pablito, cuando podrías estar allí practicando la horizontal con una mujer que la hermana gemela de Julia Roberts.
Personalmente prefería a Mariza que a Julia Cuando volvieron a resonar los tambores, contemple la multitud. Me había dicho que estaba interesada en ver el espectáculo. Se me aceleró el pulso ante la idea de que podría estar allí, quizá solo a uno, metros de mí...
Fue entonces cuando la vi. No estaba muy lejos con el rostro levantado mirando a la pareja en lo alto del acantilado. Y se había comprado ropa. Su nuevo vestido era todavía peor que el anterior: de color verde pálido, sin tirantes y largo hasta medio muslo, se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Me pregunté cómo podría seguir atenta al espectáculo la gente que la rodeaba. Yo no lo estaba, desde luego. Ni siquiera desvié la mirada cuando escuche el chapuzón de la pareja.
-Es asombroso -exclamó Guido-. Y ahora nuestro amigo Pablo podrá... Hey, Pablo, ¿se puede saber qué estás mirando?-¿Qué? -me volvió rápidamente hacia Guido. Demasiado tarde: me había sorprendido mirando a Mariza.
-La has visto, ¿verdad, amigo? Hey, chicos, la parejita de Pablo ha aparecido puntual, a las diez en punto. Protegeos contra el calor, que ese tipo está echando chispas.
-Escuchad, sé lo que estáis pensando todos, pero no es eso. Ahora mismo se encuentra sin trabajo y escasa de dinero. Yo le ofrecí alojarse en mi habitación durante el fin de semana mientras decidía qué hacer No hay nada entre nosotros y..
Mis amigos estallaron en carcajadas.
-Ya, claro -pronunció Guido, con lágrimas en los ojos-. Te diré una cosa, amiguito. Si pasas el fin de semana con esa mujer y no haces nada, te pago la factura del médico, te lo juro.
-Lo que os digo es verdad -insistí-. Ella es... bueno, la conozco desde hace mucho tiempo. Es como una hermana para mí.
-Ya, una hermana -rezongó Felipe, escéptico.
-Sí, una hermana -quizá si lo repetía muchas veces, yo mismo podría creérmelo-. De hecho, crecimos juntos.
-¿Ah, sí? Entonces creciste en el lugar más adecuado. Donde yo crecí no había chicas como esas.
-Si realmente es amiga tuya, deberías llevarla a la boda le sugirió Felipe.
-... no creo que fuera una buena idea.
-Pues yo creo que es una idea estupenda exclamó Guido-. Vamos a proponérselo antes de que se marche. ¿Cómo se llama?
- Mariza. Pero no le propongas nada. No creo que se sintiera muy cómoda.
-Esa no es la impresión que me ha transmitido a mí -repuso Coco-. Parece el tipo de persona que se encontraría cómoda en cualquier parte...
-¿Lo veis? Es por eso por lo que no quiero que la boda. Seríais incapaces de morderos la lengua, vuestras mujeres se enfadarían y la fiesta acabaría en un desastre.
-Deja que nosotros nos preocupemos de eso dijo Guido-. Venga. Vamos a preguntarle a Mariza si quiere asistir a la boda.
-Alto ahí, Guido Si alguien tiene que preguntárselo, ese soy yo.
-Marcando el territorio, ¿eh? -se burló Felipe.
Me sentía atrapado. Si no se lo pedía,mis amigos no se creerían que era una vieja amiga.
-De acuerdo, se lo pediré, pero no esperéis que asista. No es nada partidaria de las bodas.
-Entonces es maravillosa y especial dijo Coco Pablito, has dado con la chica adecuada. Sexo a lo grande sin compromiso es la mejor mezcla del
-No hay sexo, maldita sea.
-Hey, chico -anunció Guido-. Creo que la mujer con la que no mantienes relaciones sexuales se encamina hacia ese lujurioso palacio que pasa por ser una habitación de hotel.
Me gire y ahí estaba Mariza haciendo una salida. Una de sus clásicas salidas. Había perfeccionado su técnica de caminar desde que tenía dieciséis años.
-Ay, chihuahua -gimió Guido.
-Yo no puedo mirar -dijo Felipe-. Tengo que mantenerme puro para Luisana.
-Pues yo sí que estoy mirando -confesó Coco-. Eso es lo que yo llamo poesía en movimiento. De hecho, me está viniendo a la cabeza un poema. Se llamará Oda a Mariza y
-No me interesan las odas, Shakespeare -le corté.
-Bueno, ¿vas a subir de una vez a tu suite o piensas seguir pegado a nosotros toda la noche? -me preguntó Felipe.
-No puedo creer que todavía sigas aquí -me recriminó Guido-. Venga, arriba.
-Estáis muy equivocados. Lo único que quiero es ayudarla con su vida, con su carrera - empecé a alejarme-. Os juro que es cierto.
Mis amigos asintieron, sonrientes, como dando la razón a un loco.
-De verdad... -insistí.
A modo de despedida, Coco levantó los pulgares.
-Hasta mañana... semental.
Sonreía mientras subía a la suite en el ascensor privado. Había visto a Pablo y a sus amigos en el espectáculo del acantilado, y sabía que me habían visto. No tenía ninguna duda de que estaban animando a Pablo, a que se reuniera conmigo aquella noche.
Pero no lo habían hecho porque pensaran que era chica. Más bien al contrario. Por lo general me sentía satisfecha de proyectar esa imagen, pero últimamente no era así. Por mucho que me disgustara, me estaba cansando de representar siempre de «chica mala», de rebelde. Entrevistar a Sol y Fernanda había sido como retroceder en el tiempo, como reencontrarse con una actitud con la que antaño me había identificado. En aquellos días habría desafiado a cualquiera a impedirme hacer lo que quería, cuando y donde quería. Si desnudando mi cuerpo podía llegar a donde pretendía llegar, adelante al diablo con todos. Eso era lo mismo que pensaban Fernanda y Sol a la hora de bailar en topless para pagarse sus estudios.
Yo aplaudía su decisión y, por mi parte, no lamentaba haber hecho algo parecido años atrás. Con, el dinero que conseguí posando para la revista Pude pagarme mis estudios de periodismo, y después Mia me contrató en Maxim. Y, por supuesto, gracias al famoso desplegable conseguí salir de mi pueblo, que había sido mi Principal objetivo. Ahora poseo un buen apartamento en Los Ángeles, y me codeo con gente interesante, disfruto de la mayor libertad sexual que habría podido desear.. Y sin embargo me sentía inquieta, como si ansiara algo que no conseguía identificar.
Sirviéndome de mi llave, activé las puertas del ascensor y salí al magnífico vestíbulo de la suite. Necesitaba sacudirme esa incómoda sensación si pretendía seducir a Pablo aquella noche. Pero nada más entrar, el rumor del agua de la cascada artificial de la entrada me recordó a los amantes del acantilado. Quizá aquel espectáculo tuviera la culpa de mi extraño humor. La leyenda me había conmovido. Solo era un relato imaginario, pero no había podido dejar de preguntarme si sería posible aquella clase de amor. Si sería posible amar lo suficiente a alguien como para arriesgar mi vida por él. Yo nunca me había tomado tan seriamente mi relación con los hombres.
Tal vez no fuera capaz de una pasión semejante. Una pasión tan intensa podía destruir a cualquiera. O atraparlo para siempre. Como había quedado atrapada mi madre. Mi padre había admitido que su esposa había sido muy desgraciada en la Hacienda, y más de una vez había afirmado que yo era igual que ella. Sin embargo, yo no tenía intención de cometer el mismo error de mi madre, y dejar que el amor la engatusara para lanzarla de cabeza a una vida que no le apetecía en absoluto.
Pero cuando miré por el rabillo del ojo a Pablo y a amigos y pensé en la ocasión que los había reunido, no pude evitar sentir una punzada de... ¿envidia?
-No podía ser. No quería convertirme en una hogareña ama de casa. Tal vez a mi hermana Camila le conviniera aquel rol, pero a mi no. Aun así, amar a un hombre como para lanzarme por él desde un acantilado de unos diez pisos de altura... eso tenía que ser toda una experiencia. Una vez había creído estar enamorada de Pablo. Pero a los dieciséis hasta el menor detalle se convertía en un asunto trascendental. Pablo me había rechazado y yo había sobrevivido perfectamente. Bueno, ciertamente había aprovechado sin dudarlo la oportunidad de vengarme, pero eso no significaba que siguiera estando enamorada de él.
Y esa vez sí que no me rechazaría. Pasé al dormitorio por el puente de caña, me descalcé y me quité el vestido. Segundos después ya me había puesto el bikini negro que me había comprado. Aquella tarde, tranquilamente, había explorado todas las opciones que ofrecía el mando a distancia, de modo que ya sabía manejarlo bastante bien. Ajusté las luces de manera conveniente, conecté el jacuzzi y sintonicé en televisión el canal de películas de adultos. Escogí la titulada Amantes en el paraíso, para ir calentando motores. El bien provisto mueble-bar. incluía un excelente champaña. Llené el cubo de hielo y puse la botella a enfriar. Envuelto en una servilleta de hilo, lo llevé a la terraza junto con dos copas. Después de dejar el mando cerca de la bañera, me sirvió una copa y me metí en el jacuzzi.
Durante un rato estuvo viendo la película y contemplando el paisaje que se divisaba desde la terraza. Estimulada por las burbujas y por las eróticas imágenes de la pantalla, empezó a ansiar con verdadera impaciencia la llegada de Pablo. Hasta que el hombre que había jugado tan grato papel en sus fantasías apareció al fin en el salón. Bajó el sonido del televisor.
-Hola. Me estoy relajando -le informé-. Descansando después de un largo y ajetreado día. ¿Qué tal la despedida de soltero?
-Bien -se aclaró la garganta-. Escucha, Mariza, yo... er... me doy perfecta cuenta de lo que pretendes, pero yo no tengo intención de...
-Oh, ya lo sé. No piensas practicar sexo conmigo, ¿verdad?
-Verdad -afirmó con voz ronca.
-Bueno, pues no tienes que preocuparte. Puedo arreglármelas sola -MI natural talento para la improvisación acudió en Mi ayuda-. De hecho, es eso lo que estaba haciendo precisamente ahora, antes de que llegaras. La película me ha estimulado, y este magnífico jacuzzi ha hecho el resto. Alguien sabía exactamente cómo colocar los chorros de agua. Es el mejor diseño que he probado nunca.
-Oh -Me miró de hito en hito, azorado.
-Admiro tus principios éticos y todo eso, pero esta suite me excita de verdad. Necesitaba soltar algo de vapor. Ahora ya estoy preparada para reflexionar sobre mis posibilidades laborales. ¿Sabías lo mucho que un buen orgasmo te puede aclarar la mente?
-Yo... nunca había oído eso.
Yo tampoco lo había oído, pero tenía sentido, teniendo en cuenta los beneficiosos efectos del sexo en la circulación sanguínea. Quizá fuera un buen tema para un futuro artículo.
-Bueno, pues la próxima vez que tengas un sabio problema que desentrañar... Prueba a masturbarte primero y ver si después puedes llegar a alguna solución.
Pablo tosió, desviando la mirada hacia el paisaje de la ciudad.
-Ya.
-¿Y bien? ¿Vamos a reflexionar en el jacuzzi o no?
-¿Con eso encendido? -desvió la mirada hacia la pantalla de televisión-. No lo creo. Perdona. Me olvidé de apagarlo -tomé el mando a distancia y desconecté la televisión.
-Deberías probar esto -dije señalando la bañera, ¿cuántas oportunidades tendrás de sentarte en un jacuzzi en una terraza como esta, admirando el paisaje nocturno de Las Vegas? No todos los días entra una desequilibrada mental en tu habitación y te la destroza.
Pablo se asomó a la terraza y miró la bañera.
-De acuerdo, quizá lo pruebe.
-Te prometo que no hablaremos de nada que no sean mis opciones laborales -intenté no pecar de exceso de confianza. Una vez que se metiera en el jacuzzi conmigo, no tendría ninguna oportunidad.
-Voy a ponerme mí... -pero de repente se interrumpió-. Ahora que lo pienso, no tengo traje de baño.
-Ya he pensando en eso.
-Y antes de que me lo sugieras me miró receloso, no me voy a bañar desnudo.
-No iba a sugerírtelo. Cuando fui a hacer mis compras me acordé que no tenías traje de baño. Ni ropa interior tampoco. Así que me tomé la libertad de comprarte algunas cosas. Calculé que tendrías treinta y cuatro de cintura.
-Supongo que sí, pero no tenías por qué haberme comprado la ropa interior -protestó, ruborizado.
-Ah, ¿y qué planeabas hacer tú al respecto?
-Yo, er.. no había pensado en nada.
-Pues, pues ahora ya no tendrás necesidad de pensar -tomé otro sorbo de champaña- Lo encontrarás todo encima de la cama.
Incómodo, Pablo se dirigió al dormitorio. Calculé que reaccionaría en unos cinco segundos. Fueron cuatro.
-¡Mariza, estos calzoncillos son demasiado pequeños! -se quejó-. ¡Y son de colores!
-No son demasiado pequeños si tienes una talla treinta y cuatro -replique-. Son elásticos. ¿No te cansas de llevarlos blancos todo el tiempo?
-No.
-Bueno, estamos en Las Vegas, Pablo. Es difícil encontrar calzoncillos convencionales en las tiendas. Yo he hecho todo lo que he podido.
Tras un largo silencio, Pablo murmuró:
-Bueno, supongo que podré arreglarme con estos para el fin de semana.
-Bien.
-Quiero decir que nadie me los va a ver.
«Excepto yo», pensé. Sonriendo, apure mi copa de champaña.
-¿Dónde está el traje de baño?
-Oh, tu... allí, sobre la almohada.
Era negro, como el suyo. Lo había colocado sobre la blanca almohada de hilo para admirar el contraste de los colores. Pero había esperado que el efecto fuera aún mejor una vez relleno del generoso equipamiento de Pablo. Tomé la botella de champaña y en esa ocasión serví dos copas. La fiesta iba a empezar. Supe que había encontrado el traje de baño cuando lo escuché reír.
-0 eso o desnudo -le grité -. Con la ropa interior no funcionará. Se te transparentará todo- como no replicó nada, intentó pensar en otros alicientes para convencerlo de que se lo pusiera.
Si vuelves a casa y le dices a Benjamín que tenías un jacuzzi en la terraza de la suite con vistas a la ciudad y no lo aprovechaste, te aseguro que lo pasarás mal. Eso sin mencionarme a mí...
De repente me quedé sin habla. Y sin aliento. Pablo acababa de aparecer en la terraza con el traje de baño. Dios mío, el joven que tan bien recordaba se había convertido en un hombre. Y qué hombre. Ningún gimnasio había moldeado aquel cuerpo. Se había ganado aquellos músculos y cicatrices cabalgando y echando el lazo durante años. No podía recordar la última vez que la vista de un cuerpo masculino me había impresionado tanto. Finalmente me obligó a decir algo:
-En-entra. El agua está riquísima -no se me ocurrió nada. No podía pensar.
-Sí, pero vamos a hablar de tu futuro laboral. Por supuesto -habría aceptado hablar de la teoría de la relatividad de Einstein con tal de que se metiera en la bañera conmigo.
-Supongo que tendremos que hablar en alguna parte. Y tienes razón. Si Benjamín descubre que no he aprovechado el jacuzzi, le dará un ataque -subió los escalones. Pero esa no es la razón por la que estoy haciendo esto.
Lo miré con atención, preguntándome si habría muerto y estaría en aquel momento en el Cielo.
-¿Entonces cuál es?
-Que descubrí que quería hacerlo. Hacía tiempo que no hacía algo solamente porque me gustara, porque me apeteciera hacerlo -y se hundió lentamente en el agua.
-Oh- no pude decir más viendo cómo las burbujas envolvían poco a poco su cuerpo. Cuando finalmente quedó sentado frente a mi, se esforzó por no soltar un gemido: por desgracia, el agua me había privado de aquella visión.
-Se está muy bien -comentó Pablo recostándose y cerrando los ojos-. Pero que muy bien.
Estuve a punto de gruñir en voz alta. Podía imaginar un placer mucho mejor, pero no quería asustarlo cuando estaba comenzando a relajarse.
-Supongo que llevar la hacienda tiene que ser una responsabilidad bastante pesada.
-No sabes cuánto -abrió los ojos y contempló la panorámica de Las Vegas-. Quiero muchísimo la hacienda, pero no me he tomado unas vacaciones desde que me hice cargo de él hace dos años.
-Pues ya va siendo hora. Toma -le entregue la copa de champaña-. Esto va bien con la vista.
Al aceptar la copa me rozo levemente los dedos, mirándome a los ojos.
-Gracias -se aclaró la garganta y tomó un sorbo-. Vaya, no está mal. Aunque no soy muy aficionado a estas bebidas.
-Me alegro de que te guste, porque una vez que se abre una botella tan carísima como esta, es un crimen no terminársela -no pretendía emborracharlo, pero no le habría importado que se relajara un poco más.
-¿Por qué tengo la sensación de que quieres que me quede aquí sentado bebiendo champaña en vez de hablar de tus planes de trabajo?
-Otra vez con tu pensamiento «o blanco o negro». Podemos hacer ambas cosas. Yo creo que hablar de planes de trabajo mientras saboreamos un champán como este puede ser una gran idea.
-De acuerdo. Puedes empezar hablándome de los trabajos que ha estado haciendo desde que dejaste el pueblo.
Había pensado en aquello y ya me había preparado la respuesta.
-He trabajado de camarera, de secretaria... ah, y chica de teléfono.
-¿Qué?- a punto estuvo Pablo de soltar la copa. Atendía los teléfonos de una empresa limpiadora de alfombras.
-Ah.
-¿Que me habías entendido? ¿De teléfono erótico?
-¡No! Claro que no. Había entendido.. . Bueno, no importa. ¿Qué más?
Me ajusté los tirantes del bikini sin otra razón que para atraer su mirada hacia mis senos.
-No creo que quieras saber todos los trabajos que he tenido- tal y como había planeado, vio que se veía atrapada por los diminutos triángulos que le cubrían los pezones.
-Tal vez no -repuso con voz ronca-. ¿Cómo... cómo te fue en la empresa de alfombras?
-No me fue mal. A la gente le gustaba mi voz. ¿Te quieres creer que subió la facturación?
-No me extraña -bebió otro trago de champaña.
-Me las arreglaba muy bien. Les decía -bajé la voz hasta convertirla en un sensual susurro-: Hola, amigo. Su alfombra necesita que la cuiden bien, que la mimen. Se merece que la sacudan, que la froten, que la laven bien... meticulosa y completamente, hasta que quede como nueva... y despliegue toda su potencia ¿Para cuándo le gustaría que diéramos servicioa su alfombra?
Mientras la escuchaba, la respiración de Pablo se había acelerado. Yo tampoco estaba muy tranquila.
-Y bien -le dije, esbozando una sonrisa radiante ¿qué te parece? ¿Tengo talento para las ventas?
-Creo... -se interrumpió-... creo que necesitas irte a la cama.
-¿Y tú?
-No.
Lo maldije para mis adentros.
-Pero quieres -murmuré. Habría apostado el salario de un año a que estaba completamente excitado.
-Sí -tensó la mandíbula-. Quiero.
Y yo también. Lo ansiaba. Me estaba volviendo loca de deseo.
- Pablo, esto es ridículo. Ambos somos dos adultos libres y responsables. Y nos estamos muriendo de ganas. No entiendo por qué no podemos entrar en ese dormitorio y pasárnoslo maravillosamente bien. Por cierto... -comenzó a bajarse los tirantes del biquini... podríamos empezar la diversión aquí mismo.
-Mariza, no.
-¿Que no qué? ¿Que no disfrute del movimiento del agua sobre mi piel? -después de dejar a un lado la copa, me quité la pieza superior del biquini, que quedó flotando en el agua. Luego, alzando las caderas, me despojé de la parte inferior.
-Ya sabes lo que quiero decir -protestó, tenso.
-Sí, y también sabes lo que necesito yo -acunándome los senos con las manos, me incorporé en el asiento para disfrutar de la caricia de las burbujas en los pezones-. Es una sensación maravillosa, Pablo. ¿Crees que está mal que me guste?
Sin despegar la mirada de mis senos, negó con la cabeza.
-Justo debajo de este banco hay un chorro de agua. Si me coloco justamente aquí, también puedo disfrutar mucho -encontré el chorro y moví las caderas hacia atrás. No era el contacto de Pablo, pero él seguía teniendo escrúpulos-. ¿Está mal?
-No- pronunció, torturado de deseo.
-Te deseo, Pablo -el movimiento del agua había trabajado rápidamente con su cuerpo ya excitado. La respiración se le había acelerado y el corazón le latía a toda velocidad. Por su rostro, podía ver que se estaba volviendo loco de observarme. Bien. Se lo merecía- Sí, te deseo de verdad -susurré- Pero si no puedo tener lo que quiero... -cerré los ojos y me humedecí los labios con la lengua-... me arreglaré con lo que haya -estremecida por las convulsiones del orgasmo, me recosté contra el borde de la bañera jadeando de placer.
Minutos después, abrí lentamente los ojos y lo miré. Estaba destrozado. En toda mi vida había visto tanta agonía en un rostro. Aspirando profundamente, recogí las dos piezas de mi biquini.
-Bueno, esto sí que ha sido divertido de verdad- le dije- Deberías haberme acompañado -de repente salí del jacuzzi y me dirigí, desnuda, al dormitorio.
Nunca me había excitado tanto como cuando vi a Mariza haciendo el amor con los chorros de agua del jacuzzi. Y el detalle de que lo hubiera hecho conmigo sentado delante... me había achicharrado los circuitos cerebrales.
No me vendría abajo. En aquellos terribles instantes no podía recordar exactamente la razón, pero sabía que el control era muy importante. Hasta ese momento no había comprendido lo que significaba la verdadera frustración sexual. Las frustraciones que había soportado en el pasado me parecían mínimas comparadas con aquel doloroso deseo que me oprimía por dentro. A mi alrededor, el agua parecía seducirme con los mismos dedos líquidos con que había aliviado la necesidad de Mariza, incrementando la mía propia. Frenético, me despoje del traje de baño y mi pene se irguió libre, en toda su plenitud.
Gimiendo derrotado, me incorporé volviéndome hacia el potente chorro de agua. Oh, Dios. Aquello no me llevaría mucho tiempo. Las luces de la ciudad se convirtieron en una maraña de colores mientras me iba acercando al clímax. Finalmente, conteniendo un gemido con los dientes apretados, me aferré al borde de la bañera mientras la evidencia de mi deseo se mezclaba con el agua burbujeante. Jadeando, temblando, dejé caer la cabeza.
-Muy bonito dijo Mariza con tono dulce a su espalda, desde el umbral.
-Vete -susurre con voz ronca, sin volverme.
-Lo haré. Solo he venido a traerte una bata, para no te quedes frío.
Solté una carcajada irónica. Frío. Ni en un millón de años. Seguía sin volverse: estaba seguro de no se había puesto nada encima. Y si la miraba, volvería a desearla tanto como antes.
-Ese pequeño alivio no será suficiente, y lo sabes - murmuró Mariza -. Al menos para mí. Eres un hombre conmovedoramente testarudo, Pablo. Pero por si decides quebrar esa voluntad férrea que tienes, estaré en el dormitorio. Podríamos pasárnoslo tan bien
Otra vez intenté recordar por qué no debía hacer el amor con ella. Tenía que haber una buena razón. Cuando transcurrió un tiempo prudencial me volví: Mariza ya no estaba allí. Salí entonces de la bañera y me senté en un sillón, desnudo, frente al luminoso resplandor de Las Vegas. Pensé que la combinación de aquella ciudad y Mariza Andrade corromperían al más inocente en un santiamén.
Pero yo tenía que resistir. No me gustaba pensar en mí mismo como un hombre frívolo, inconstante. Mi hermano Benjamín era distinto. Yo siempre me había tomado muy seriamente mi papel de hermano mayor. Desde que era niño mi madre me había dicho debía ser un buen ejemplo para Benja, y eso era lo que siempre había intentado hacer. Sobre todo después de la muerte de mi madre.
Pero no había sido así en el hogar de Mariza privado de una figura maternal. En ese caso, la hermana más pequeña, Camila, era la que habla asumido el papel de hija responsable, y Mariza, la mayor, había representado desde el principio el de hija rebelde. Quizá aquello no tuviera nada que ver con las circunstancias y todo con sus respectivas personalidades. Mariza y Benjamín estaban cortados con el mismo patrón. Me sentía extremadamente agradecido que fuera yo y no mi hermano quien estuviera en aquellos momentos allí, porque su comportamiento habría sido del todo distinto del mió. Aunque quizá ya no, porque por primera vez en toda su vida parecía que estaba enamorado.
Pese a mis mejores esfuerzos, no había tenido mucho éxito en corregir el comportamiento de mi hermano. Curiosamente era Camila quien lo había hecho, y lo cierto era que finalmente Benjamín estaba madurando. Me pregunté si todo aquello tendría que ver con la inquietud que yo mismo estaba sintiendo últimamente. Ya no se me requería para ser modelo de conducta de nadie. 0 quizá simplemente Mariza se me había metido debajo de la piel, algo que había hecho siempre, para terminar despertando el lado más oscuro de mi personalidad. Quizá había llegado el momento de admitir que siempre le había tenido cierto miedo.
Y tal vez también había llegado el momento de que me relajara de una vez, de que me dejara llevar, al menos por ese fin de semana. Pero Mariza no necesitaba un hombre que se relajara con ella, a pesar de lo que me había dicho. Necesitaba un hombre que se mantuviera firme y responsable, que la ayudara a tomar algunas decisiones importantes. Sí. Eso era lo que había estado intentando recordar.. Mantener las manos alejadas de Mariza en beneficio no mio, sino de ella. Detestaba que la gente viera en Mariza nada un cuerpo bonito y una desinhibida actitud.
Era una mujer creativa, divertida, valiente e inveteradamente optimista. Tenía que dedicarse a una actividad que desarrollara todo su potencial. Disponía de aproximadamente cuarenta y ocho horas para hacerle sugerencias al respecto. Y gran parte de ese tiempo estaría ocupado con la boda, así que debía aprovecharlo bien. Me había olvidado de preguntarle si quería asistir o no a la boda. Oh, diablos, probablemente no estaría interesada en absoluto. Así que cumpliría con mis obligaciones y utilizaría el tiempo para hablar con Mariza de sus opciones laborales.
Sin cubrirme con la bata, empecé a adormecerme. Necesitaba descansar. El día siguiente se prometía muy ocupado.
Yaciendo en la cama durante una interminable espera, atenta al menor de los movimientos de Pablo, tuve que convencerme finalmente de que pensaba pasar la noche en la terraza. Aquella primera batalla de voluntades había acabado en empate. Quizá no había conseguido aún que se pusiera un preservativo, pero se había puesto el sexy traje de baño que le había comprado y había evidenciado el efecto de mis mañas seductoras.
¡Y cómo! Viéndolo masturbarse, yo había estado a punto de tener otro orgasmo. Nunca había visto un hombre masturbarse antes, excepto en las películas
-Y, por cierto, tampoco me había permitido hacer lo mismo bajo la mirada de un hombre. Pese a lo que pudiera pensar Pablo, aquel también era un terreno novedoso para mí.
Por supuesto, tampoco había visto nunca a un hombre sentarse en un jacuzzi conmigo y no tocarme. Cuando empezó aquel juego con los chorros de agua supuse que Pablo terminaría sumándose a la diversión. Su continuada resistencia, sin embargo, no me dejó más remedio que continuar sola. Tenía la sensación de que, cuanto más contenido se mostraba él más atrevida me mostraba yo. Y me gustaba esa dinámica.
Pero no quería seguir así durante todo el fin de semana. Tarde o temprano tendría que vencer totalmente su resistencia. Aunque todavía excitada, empecé a adormecerme. Mañana sería un día largo y fascinante...
Me despertó el timbre del teléfono. Envuelta en una niebla de sopor y eróticos sueños, parpadeó varias veces mientras intentaba en vano encontrar el aparato. Aquella suite no tenía nada tan ordinario como una mesilla con un teléfono normal. Finalmente recordé haber visto uno en el cuarto de baño, en forma de caracola, colgado en la pared. Fui hasta allí, saque la antena extensible y tuve que aclararme la garganta antes de contestar:
-¿Diga?
-¡Mariza, soy Felipe! Escucha, siento molestarlos, pero Luisana necesita saber con seguridad si vas a venir al final a la boda.
-¿La boda? -empecé a peinarme le pelo con los dedos frente al espejo, y fue entonces cuando descubrí a Pablo en el umbral. Envuelto en el albornoz blanco, sin afeitar y más sexy que nunca. Volviéndome hacia él, lo miré-.
-No sabía que estuviera invitada -le dije a Felipe.
-¿No te lo dijo Pablo? Oh, diablos, probablemente estaría distraído con otras cosas -como trasfondo de su voz, Mariza pudo escuchar una carcajada _. Pues estás formalmente invitada. Pablo nos dijo que son amigos desde la infancia.
-Y es verdad -advertí la atención de Pablo hacia mis senos, que se delineaban perfectamente bajo la fina tela de mi camiseta. Sin dejar de mirarlo a los ojos, deslicé una mano debajo de la prenda-Para mí es como un hermano -empecé a acariciarme lentamente.
Pablo se quedó sin aliento.
-Eso es lo que estuvo intentando decirnos anoche. Bueno, ¿vendrás a la boda esta tarde?
-Me encantaría -excitada, distinguí un oscuro brillo de deseo en la mirada de Pablo -. ¿A qué hora será?
-A las siete. Oh, a las once de la mañana habrá un pequeño ensayo, con comida incluida. Al que también estás invitada, por supuesto. Tenemos que comprimir las cosas para que quepan en el fin de semana. ¡Me alegro mucho de que vengas!
-Yo también. ¿Quieres hablar con Pablo?
-¿Está disponible?
-No sé. Voy a preguntárselo -tapé el auricular con la mano-. ¿Estás disponible? -murmuré con voz sensual.
Pablo soltó un gruñido por toda respuesta.
-Yo diría que eso es un sí -sonriendo, le tendió el teléfono -. Creo que voy a tomar una ducha- y me quité la camiseta mientras me dirigía a la cabina de cristal. Cuando volví a mirar para ver si Pablo seguía allí, descubrí que había abandonado el cuarto de baño. No volvió a aparecer mientras me duchaba y lavaba el cabello. Después de secarme y de ponerme otro de los sensuales vestidos que había comprado el día anterior, seguí el aroma del café recién hecho hasta el salón. Allí lo encontré con una taza en la mano, delante de un maravilloso servicio de desayuno.
-No vas a renunciar, ¿verdad? -me dijo nada más, a mirarla.
- Pablo, te tendré antes de que termine este fin de semana -le aseguré, riendo-. Tú lo sabes y yo también, así que será mejor que te vayas acostumbrando a la idea.
-No -se levantó, dejando su taza sobre la bandeja-. Te equivocas. Pretendo demostrarte que por lo menos hay un tipo aquí, yo mismo, que está interesado en ti, en tu persona, al margen de tu cuerpo.
Yo tenía que admitir que el plan era conmovedor. Destinado al fracaso, pero conmovedor.
-¿Y crees que lo conseguirás?
-No te lo tomes a mal -suspiró profundamente-, pero espero convencerte de que hagas algo con tu vida que no tenga nada que ver con el sexo, o con la sugestión del sexo.
-Entiendo -así que estaba decidido a sacrificarse a sí mismo con tal de reformarme. Y, conmovedora o no, su actitud también era insoportablemente altanera. Creía saber lo que era bueno para mí y lo que no. tenía que hacer fracasar su plan, aunque solo fuera para darle una lección de humildad.
-He pedido que nos suban el desayuno -señaló la bandeja-. Sírvete mientras me ducho y me afeito. Dentro de veinte minutos tenemos que estar abajo para el ensayo.
Tenia que ser prudente. No tenía sentido preparar en aquel instante una maniobra de seducción y retrasar su incorporación al ensayo.
-¿Cómo vas a afeitarte?
-Pedí al servicio que me subieran algunos artículos básicos.
-Que pena. Yo te habría prestado gustosa mi cepillo de dientes. Una vez que le doy a un hombre un beso con lengua, no me parece tan terrible compartir con él mi cepillo de dientes.
-Eso no volverá a suceder -murmuró Pablo mientras iniciaba una retirada táctica hacia el dormitorio.
-Qué pena. Eres muy bueno dando besos con lengua. Esperaba descubrir que fueras igual de hábil de utilizar la lengua en otras zonas...
Sonreí al escuchar el gruñido que soltó antes de desaparecer en la habitación.
Si Pablo había esperado algún problema en como me relacionaba con sus amigos, se equivocó de medio a medio. Durante el ensayo y la comida que siguió, me llevé maravillosamente bien con todo el mundo; incluso hice un esfuerzo especial por agradar a los padres Felipe y Luisana. La comida fue servida en el lujoso restaurante del hotel. En la mesa Pablo separado de mi, que terminó sentándose al otro extremo.
Mi posición me permitió observar su táctica: no había duda, era capaz de hablar con cualquier tipo de persona, por muy diferente que fuera.
Una vez que llegó la comida, la esposa de Coco, roció con limón su plato de atún y salpicó accidentalmente el escote de Mariza, y Mariza reaccionó echándose a reír:
-Hey, échame un poco más. El zumo de limón es buenísimo para la piel, y además huele estupendamente.
-Es verdad. Yo voy a imitarte -sonrió Micaela y se bautizó ella misma.
La idea tuvo más seguidoras, en medio de la diversión general y antes de que terminara la comida ya era una más del grupo. En cuanto a su actitud hacia mí, en público se comportaba de manera absolutamente inocente, como si fuera mi hermana pequeña. O como si el sexo fuera lo último en lo que estuviera pensando.
En cierta forma, no pude evitar sentirme algo decepcionado al respecto. Tenía que admitir que presentarme en público con Mariza halagaba maravillosamente mí vanidad. Me sorprendí a mí mismo esperando con impaciencia a que terminara la comida para volver a tenerla para mí solo. Hablaríamos solamente de sus diversas opciones laborales, por supuesto. Estaba revisando mentalmente aquellas opciones, que incluían un anticipado retorno a la suite con Mariza, cuando Luisana trastocó todos mis planes.
Levantándose de la mesa, le propuso a Mariza:
-Micaela, Laura, Luján y yo tenemos hora para hacernos la manicura en la peluquería del hotel. Podrías venir con nosotras y contarnos hasta la última anécdota que recuerdes de Pablo. ¿Qué te parece?
-Fantástico -aceptó Mariza, sonriendo, y se dispuso a retirarse con las demás mujeres. En el último momento se volvió hacia mí, para despedirse-. Hasta luego, hombretón.
-Qué chica tan maravillosa -comentó Felipe después de que se hubieran marchado-. Lo que no entiendo es cómo podes mantener una relación puramente platónica.
-Es verdad -convino Coco-. Tienes que trabajarte eso, amigo. Está claro que crecieron juntos, pero el caso es que tú creciste. Y ella también.
-¡Y cómo! suspiró Guido. De inmediato miró a los padres respectivos de Felipe y de Luisana, que estaban al lado-. Estoy hablando de una manera completamente respetuosa, por supuesto. Yo estoy loco por mi mujer.
-Todos estamos locos por nuestras mujeres. Pero una mujer como Mariza aparece en escena, tendrías que ser un cadáver para no notarlo.
-Amén -repuso el padre de Felipe-. Pero sigo teniendo la impresión de que me resulta vagamente familiar. ¿Ha participado en algún anuncio de televisión o algo así?
-No que yo sepa -dije. Pero esa era otra opción laboral que quería proponerle.
-Te entiendo perfectamente -terció Coco-. Yo también tengo la sensación de haberla visto antes.
-Quizá sea porque se parece a Julia Roberts... -intervine, preocupado por aquel rumbo de la conversación.
-Bueno, es cierto que se parece, pero no es eso- dijo el padre de Felipe-. Juraría que la he visto antes incluso el nombre me resulta conocido. Dadme un poco de tiempo. Antes de que termine la semana me habré acordado.
Por supuesto, yo deseaba con todas mis fuerzas que fracasara en aquel empeño.
No podía recordar la última vez que había frecuentado la compañía de mujeres casadas. A pesar de mis prejuicios, la experiencia no pudo gustarme más. En lugar de intercambiar recetas de cocina, lo que querían Luisana, Micaela, Lujan y Laura era compartir sus fantasías sexuales mientras se hacían la manicura.
-El año pasado, cuando la boda de Guido y Laura, nos pasamos una tarde entera hablando de esto -me explicó Luisana-. Y nos prometimos que volveríamos a hacerlo en mi boda.
-A mí me encanta, desde luego.
-Podrías contarnos la tuya. Mientras te la piensas, ahí va la mía...
Intentando no quedarme con la boca abierta, escuchó la fantasía sexual de Luisana, una rubia de ojos azules y mirada angelical. El eje argumental consistía en su rapto a manos de un jeque, que acababa vendiéndola en un mercado de esclavos.
-¡Ahora voy yo! -exclamó Micaela tras los aplausos con que fue acogido el relato de Luisana.
Micaela, una verdadera belleza de origen italiano, describió una escena en la que gobernaba a su capricho a unos hermosos esclavos, impartiéndoles una escandalosa lista de órdenesyo me sumé a una nueva ronda de aplausos, hasta que me llegó el turno. ¿Quieres contarnos tú la tuya? No tienes porqué hacerlo, pero es divertido.
-Eso ya lo veo. A ver, ¿cómo era.. ? Sí, yo soy una hermosa reina, y mi paje está enamorado de mí pero no se atreve a decirme nada. Yo imagino que está enamorado de mí, así que me dedico a seducirlo sutilmente...
-Oh, eso está muy bien. Y poco a poco empieza a ceder
-Exacto. Y, como es un hombre normal, al final no puede evitarlo y me hace el amor, pero sabe que podría matarlo por ello. Así que arriesga su vida amándome. Por la noche, en la sala del trono. Afuera está lloviendo.
-Ya, y tú por supuesto lo toleras -dijo Luján.
-Naturalmente -intervino Luisana, riendo-. Y supongo que no lo haces matar.
-No, solo lo amenazo con hacerlo si no se esfuerza al máximo por satisfacerme. Y así noche tras noche.
-¡Excelente! -exclamó Laura-. ¡0 te produce orgasmos, o pierde la cabeza! Entonces hasta las peluqueras se ofrecían a sus fantasías sexuales Y todo el mundo decidió una segunda ronda.
-¿Cómo fue tu infancia con Pablo, Mariza? -le pidió Luisana minutos después.
-Bueno, su hermano pequeño Benjamín y yo siempre estábamos metiendo en problemas, y Pablo siempre tenía que salir en nuestra defensa.
-Me imagino a Pablo haciendo eso comentó Micaela- Da el tipo de hombre protector. ¿Os llegasteis a liar alguna vez?
-Oh, en realidad no...
-¡Se está ruborizando! -exclamó Luisana.
-Solo fue una cosa de niños -no podía creer que se hubiera puesto colorada-. Ya sabéis, lo típico de los graneros. Nada del otro mundo.
-Pero podría serlo ahora. Si tú estás interesada, claro -dijo Luján-. Te mira como un adicto al chocolate miraría una caja de bombones.
-Ya -se echó a reír Luisana-, apuesto a que todos los hombres hacen eso cuando creen que no los están mirando. Tienes un cuerpo matador, chica.
Me ruboricé aún más.
-Lo llevas muy bien -declaró Laura con tono aprobador-. Y yo sigo manteniendo que él está interesado. Quiero decir, realmente interesado.
-Tal vez, pero no quiere estarlo confesé antes de que pudiera evitarlo.
-¿Por qué no? -averiguó Laura, abriendo mucho los ojos.
Suspiré. No había querido hablar tanto, pero aquellas mujeres parecían tener un don para las confidencias.
-Quizá esté sexualmente interesado, pero no quiere saber nada porque no habría ningún futuro para nuestra relación, y porque no podría darme tranquilamente la espalda cuando todo hubiera terminado. Mi padre y mi hermana siguen trabajando para él, en el rancho, y su hermano va a casarse con mi hermana. Todo es muy complicado.
-Espera un momento -dijo Luisana-. ¿Por qué no habría ningún futuro para una hipotética relación entre vosotros?
-Porque... no os lo toméis a mal. Creo que vuestros hombres son fantásticos. Pero yo no me veo como esposa de un hacendado.
-Ah, ya -Luisana estalló en carcajadas-. La esposa de un hacendado. La mujer dedicada que no se maquilla jamás y recoge huevos frescos del corral.
-Claro -Micaela se sumó a la diversión-. La que cocina su propio pan y cose las cortinas de la casa.
-Y cose la colcha de la cama terció Luján.
-Y no te olvides del cuidado de los animales-señaló Laura.
Luisana me miró divertida.
-Es en eso en lo que estás pensando, ¿eh? En una granjera sacada de una película de vaqueros.
-Supongo que sí. Quiero decir que quizá vuestra descripción haya sido algo exagerada, pero sí.
-Bueno, el caso es que la esposa del ranchero... guiñó el ojo a su hermana y a sus dos amigas.
-Adelante, chicas.
-¡Pertenece al siglo pasado! -gritaron las mujeres al unísono. -¡Larga vida a la mujer del hacendado! exclamó Luisana alzando un puño ¡Ahora se hace la manicura!
-¡Encarga comida rápida! -Laura levantó también una mano.
-¡Y contrata un servicio de limpieza! -estalló Micaela.
Yo me eché a reír, divertida.
-Me alegro por vosotras. Estoy impresionada. Evidentemente lo habéis conseguido.
No importa el lugar -contradijo Luisana-. Las mujeres de todas partes están cambiando. Entramos en un nuevo milenio. Hey, si a una mujer le gusta hacer eso, estupendo. Pero se puede vivir en una hacienda y disfrutar de todas las cosas buenas de la vida.
-¿Sí? Pues alguien debería decírselo a Pablo Bustamante.
-En efecto -asintió Luisana-. Y yo creo que tú eres la mujer adecuada.
El grupo se disolvió poco después. Yo me disculpé con el fin de aprovechar el resto de la tarde y terminar las entrevistas para mi artículo. Como no tenía necesidad de presentarme personalmente en el local, lo hice por teléfono. Para asegurarme de que no me viera nadie, entré en una cafetería y escogí una mesa apartada.
Cuando salía, pasé por delante de una boutique que exhibía un vestido impresionante. Consciente de que necesitaría ponerme algo elegante para la boda, no lo dudé y entré en la tienda. Mientras me lo probaba, me miré en el espejo. ¿Era aquella la imagen de la nueva y emancipada esposa de un hacendado? ¿Podía la esposa de un hacendado posar desnuda para una revista? Por supuesto que no. Y tampoco tenía ningún sentido ponerme a pensar en ello. Por mucho que hubiera cambiado de imagen, la aburrida institución matrimonial seguía siendo la misma. Pero las mujeres que había conocido ese día no parecían damas aburridas, resecas. Eran mujeres inteligentes, sensatas. Y acostarme con Pablo cada noche no ne parecía un plan tan malo.
De todas formas, Pablo jamás me plantearía esa opción. Si ni siquiera quería acostarse conmigo esa noche, difícilmente me pediría que compartiera el resto de mi vida con él. Pero esa noche se acostaría conmigo. Me miré una vez más en el espejo. Definitivamente.
Me compré unos pantalones cortos para poder pasar la tarde jugando al voleibol con mis amigos en la pista del hotel. Me encantó sumergirme en el ejercicio físico. No volví a la suite hasta que tuve que ponerse el frac. Esperando ver a Mariza desnuda, tentándome en una nueva maniobra de seducción, descubrí que no estaba. Mientras me duchaba y me vestía esperé verla aparecer en cualquier momento. Hasta que, finalmente, mi curiosidad se transformó en irritación. La habían invitado a la boda y no podía retrasarse. Luego mi enfado se convirtió en preocupación ¿y si, después de todo, había vuelto al bar. Para aceptar el trabajo? Frente al espejo del de baño, intenté anudarme mi corbata de lazo.
Dada mi escasa práctica, nunca había aprendido a hacerlo bien. Con un gruñido de frustración, me la solté y empecé de nuevo.
-¿Necesitas ayuda, vaquero?
-De repente la vi reflejada en el espejo, apoyándome lánguidamente en el arco de entrada que comunicaba cuarto de baño con el dormitorio. Parecía que acababa de llegar: estaba algo despeinada, y ruborizada el calor. También estaba respirando aceleradamente, a pesar de su relajada pose. Su ajustado top de ganchillo se elevaba y bajaba rítmicamente, y me pregunté si se habría dado prisa en llegar porque se había retrasado o porque estaba deseosa de verme de nuevo.
-Parece que esa corbata te está desquiciando. ¿Tienes que estar abajo dentro de unos minutos?
-Sí -Me encontró con mi mirada en el espejo y tanteé el riesgo de pedirle que me ayudara-. ¿Tendrás tiempo para prepararte?
-Claro. Dispongo al menos de media hora más tú. Me vestiré después de que te marches. Pero no puedes bajar con la corbata en ese estado se acercó hacia mi-. Vuélvete a ver qué puedo hacer.
-¿Qué tal la sesión de manicura?
-Fantástica. Y ahora quédate quieto -murmuró mientras sujetaba los dos extremos de la corbata.
Oh, desde luego que me quedé quieto. No me atrevía ni a mover un músculo. Solo esperaba no sufrir alguna reacción involuntaria. Había cosas que no se podían controlar. Concentrando la mirada en un punto del vacío por encima de su cabeza, intenté no sentir nada, pero no tuve mucha suerte. Era demasiado consciente del leve rumor de su respiración, del roce de sus dedos, de su aroma a frambuesas. Si se inclinara solo un par de centímetros más, me rozaría con los senos la pechera de la camisa. Cerré los puños contra los costados.
Al bajar la mirada, comprendí inmediatamente que aquello era un error. Mariza podía, cuando se lo proponía, ser la mujer más tentadora y provocativa del mundo. Pero en aquel preciso instante, para mi asombro, no me lo estaba proponiendo. Y pese a ello resultaba igual de irresistible. Toda su concentración estaba centrada en mi corbata. Aparentemente no tenía mucha más práctica que yo en aquellas cosas, pero estaba haciendo todo lo posible. Yo encontré aquello enternecedor.
-¡Caramba! -exclamó ella.
-¿Me dejas intentarlo a mí otra vez? -le pregunté.
-No, ya lo hago yo. Solo es falta de práctica.
Lo que significaba que no le había hecho ese tipo de favor a ningún hombre recientemente. Yo me alegraba de saberlo.
-¡Ya está! -exclamó con una sonrisa triunfal ¡Lo conseguí!
Sentí un nudo de emoción en la garganta. Recordaba haber visto aquella expresión en su rostro cuando tenía nueve años. Yo, con doce, le había estado enseñando a lacear al potro en el corral. Cuando finalmente lo consiguió, me había lanzado aquella misma sonrisa. Qué ironía. Lo que más me había preocupado era mantenerme firme frente a los intentos de seducción de Mariza pero me resultaba todavía más difícil resistirme cuando tanto me recordaba la feliz niña que había sido...
-Estás muy guapo, Pablo -me dijo con tono suave.
En esa ocasión no había brillo de malicia alguno en sus ojos. Era un cumplido sencillo y simple, que no escondía ninguna otra motivación.. Estaba perdido.
- Mariza -la tomé de los brazos, deleitándome con y tersura de su piel.
-Tienes que irte -me recordó con voz ronca.
-Antes tengo que besarte.
-Pablo.
-Tengo que hacerlo -y la besé con un gemido de alivio. Sí. ¡Cómo había ansiado aquel beso! Era una necesidad muy diferente de la que había experimentado la noche anterior. Había un matiz sexual en aquel anhelo, pero también había otra cosa. Algo que tenía que ver más con la veneración que con el deseo enloquecido, y que me aterraba.
Ah, la maravilla de la boca de Mariza sus húmedos labios contra los míos, respondiendo, entreabriéndoseEmpecé a acariciarle la piel de los brazos, piel sedosa. Y, antes de que me diera cuenta, alcé ambas manos hasta su cuello y le desaté el tirante del top. De repente perdí el control y, acariciándole los senos, comencé a trazar un sendero desde sus labios hasta su cuello, cada vez más abajo.
-Pablo.. tienes que... marcharte.
Oh, no. No podía marcharme ahora. No cuando estaba saboreando el Cielo.
-Debes... irte.
Con un murmullo de protesta, aparté la boca y acaricie un húmedo y erecto pezón con el pulgar, antes de comenzar a lamerle meticulosamente el otro. Muchos hombres habrían muerto por menos que aquello. Apenas podía creer que estuviera realmente acunando sus preciosos senos entre mis manos. Estaba maravillado por lo que estaba sucediendo. La cabeza me daba vueltas e incluso me zumbaban, me pitaban los oídos.
Pero no; se parecía más a un timbre, y era igual de insistente. Como el timbre de... un teléfono. Mariza se liberó de mi abrazo.
-Perdona -murmuré.
Aturdido, me la quedé mirando fijamente mientras abría el bolso y sacaba su móvil. Un hombre se habría vuelto loco acariciando aquellos senos... ¿Un teléfono móvil?
Ella pulsó un botón y volvió a guardarlo en el bolso. Al instante alzó la mirada.
-Será mejor que te vayas -murmuró.
-¿Qué... -Me aclaré la garganta antes de continuar-... qué era eso?
-Nada.
-¿Tienes un móvil?
-Sí.
-¿Por qué? -no podía hacer encajar un teléfono móvil con la descarriada vida que llevaba. Me parecía extraño.
-Es para trabajar.
De repente fue como si todo encajara en su lugar.
-Mariza ¿eres una chica... de compañía?
-No, no lo soy.
Debió haber supuesto que lo negaría. ¿Qué había esperado que hiciera? ¿Que le confesara algo semejante?
-Sí que lo eres, ¿verdad? Y tenías miedo de decírmelo.
-No, yo...
-No, espera -no podía culparla. No cuando cada vez que la miraba me entraban ganas de acostarme con ella-. No es culpa tuya que los hombres te deseen -dije-. Diablos, mírame a mí. No puedo tener las manos alejadas de tu cuerpo, pese a todos mis esfuerzos por dominarme.
-Pablo te estoy diciendo que no soy una chica de compañía.
-Y yo te estoy diciendo que lo comprendo. Trabajemos sobre ello.
-De acuerdo -alzó ambas manos-, cree lo que quieras. Pero ahora mismo será mejor que bajes de una vez -se irguió. El top se le había caído hasta la cintura, pero no hizo ningún intento por cubrirse y atárselo detrás del cuello.
-Sí. Ya tendría que bajar... -pero no podía dejar de mirarla. Alcancé a distinguir un brillo de humedad en sus senos, el que le había dejado mi ansiosa boca. Que Dios me ayudara, pero deseaba más.
Una chica de compañía. Aquello exigía con más fuerza que nunca que no le hiciera el amor. Mariza necesitaba mantener conmigo una relación completamente romántica si deseaba de veras cambiar de vida. De repente, sin dejar de mirarme, se quitó el top por encima de la cabeza y se sacudió la melena.
-A no ser que quieras que aliviemos nuestros deseos en unos minutos, como medida de emergencia...
-¡No! -retrocedí hacia la puerta, temblando de frustración-. Escucha, nunca debí haberte besado- pero, oh, Dios, había sido fantástico. Todavía podía paladear su sabor.- Mañana planificaremos una estrategia laboral. Quizá las ventas...
-¿Por qué tengo experiencia en ventas, quieres decir? -arqueó las cejas-. Supongo que tiene sentido. Si puedo vender mi cuerpo, podría vender cualquier cosa.
-¡No era eso lo que quería decir!
-Aunque no debo de ser muy buena vendiendo mi cuerpo -se descalzó y empezó a quitarse la falda-. Porque te lo he ofrecido gratis varias veces y siempre me has rechazado.
El corazón amenazaba con salírseme del pecho mientras la veía desnudarse del todo.
-Esto es muy duro, muy duro...
Ella se echó a reír, bajando la mirada a la parte medía de mi cuerpo.
-No, si ya lo veo...
-¡Hey! No quería decir..
-Los hombres me han contado todo tipo de mentiras, Pablo, pero solo tengo que mirarles la caída de los pantalones para saber exactamente lo que están pensando. Es como esos palitos que usa la gente para buscar agua. Los hombres pasan cerca de mí y.. ¡boing! El palito apunta en mi dirección -el brillo de malicia había vuelto a sus ojos-. Cuando decidas buscar agua, ven a verme. Te haré una tarifa especial.
Tuve que hacer uso de una increíble fuerza de voluntad para dar la espalda a una desnuda y muy tentadora Mariza y salir de la suite. Pero, de algún modo, lo conseguí.
Como era mi deber, instalaba mecánicamente a los invitados en las filas de sillas blancas del jardín donde iba a celebrarse la ceremonia, pero pensando en la conversación que acababa de tener con Mariza. Qué estúpido había sido al no descubrir la verdad desde el principio. La entrevista de topless muy bien habría podido ser de tipo, quizá con una celestina. La simple posibilidad me provocó un estremecimiento. Bien, pues yo iba salvarla de aquel tipo de vida, al igual que Richard Gere había salvado a Julia Roberts en Pretty Woman.
De repente apareció ella, luciendo su último vestido, más bella que nunca. La sangre empezó a arderme en las venas mientras me apresuraba a escoltarla su asiento.
Ella me sonrió, maliciosa, al acercarme. Se había recogido la melena en lo alto de la cabeza, en un estilo deliciosamente sofisticado. Y el vestido quitaba el aliento: reverberaba como si fuera mercurio, delineaba su figura a la perfección. Parecía hecho de un material iridiscente, relampagueando como un holograma a cada paso que daba.
Aunque el vestido era de cuello alto, presentaba en el pecho una amplia abertura en forma de diamante. Y la espalda del mismo era inexistente. La falda era larga hasta los tobillos, pero con una abertura lateral hasta la cadera. Con el corazón acelerado, le ofrecí mi brazo.
-¿Dónde quieres sentarte? -le pregunté.
-En tus rodillas -murmuró.
-Mariza... -por un instante temí que mi corazón fuera a salirse del pecho.
-¿Eso es un sí o un no?
-Eres una descarada.
-Y tú estás excitado. Apostaría a que tu palito ya me está señalando. Y que ahora mismo te estás imaginando todo tipo de posibilidades.
-Estás muy segura de ti misma, ¿verdad? -pensé que tenía derecho a estarlo.
-Sí, y también de que durante toda la ceremonia no dejarás de pensar en mí. Por cierto, me sentaré cerca del novio. Al fin y al cabo, fue él quien me pidió que asistiera a la boda.
Suspirando, la escolté hacia los asientos de la parte derecha del altar.
-Sé que te mueres de ganas de saberlo, así que te ahorraré el suspense. No llevo ropa interior. Podrás pensar en eso mientras permaneces de pie en el altar haciendo esfuerzos por no mirarme.
Trague saliva. Advertí que la mayoría de los hombres que nos rodeaban tenían la mirada fija en Mariza.
-¿Piensas mantener ese comportamiento durante toda la tarde?
-Solo me estoy comportando conforme a tus expectativas, Pablito. ¿Te gusta el vestido?
-Será mejor que te sientes de una vez.
-Hasta luego, hombretón -murmuró.
Segundos después ocupó mi lugar al lado de lo otros padrinos. Mientras el sacerdote oficiaba la ceremonia, intenté concentrarme en sus palabras. Después de todo, esa era la razón por la que estaba allí. En lugar de eso me pasé la ceremonia entera como Mariza había predicho que lo haría: intentando en vano no mirarla.
Llegue a interesarme por la ceremonia mucho más de lo que había esperado en un principio. Incluso tuve que parpadear para contener las lágrimas, emocionada. Cuando me acordaba que mi hermana Camila se iba a casar sin yo estar presente, sentía un doloroso nudo en el estómago. Años atrás habían convenido que cada una haría de dama de honor de la otra.
Desechando aquellos deprimentes pensamientos, procuré concentrarme en Felipe y en Luisana. Parecían tan felices, como si les importara tan poco su libertad... Por el contrario, yo siempre había creído en la importancia de no cerrarse nunca puertas, de mantener abiertas todas las opciones. Las opciones de volar a París cuando se me antojara, de acostarme con cualquier bombón que se me cruzara en mi camino... Luisana estaba renunciando a todo eso. Pero en aquel momento no me parecía tan mala la vida que estaba escogiendo, y todas aquellas opciones parecían haber perdido de pronto su atractivo.
La culpa era de Pablo. El hecho de volver a verlo había reavivado todos aquellos infantiles sueños de vivir con un único hombre, Pablo Bustamante, para el resto de mi vida. Ningún otro hombre me había inspirado esos sueños, y cuando Pablo me rechazó, yo lo consideré la idea más estúpida del mundo. Y seguía, siéndolo. Luisana y sus amigas podían pensar que el mundo había cambiado lo suficiente como para que una mujer como yo pudiera ser feliz en un simple pueblito de Córdoba, pero se equivocaban. Yo, que había heredado el mismo gusto por la aventura que mi madre, lo sabía perfectamente.
Pablo también lo sabía, y esa era la razón por la que nunca se había planteado relacionarse conmigo. Allí estaba, vestido de frac, más guapo que nunca. Pablo Bustamante me hacía anhelar cosas que estaban más allá de mi alcance. Mientras tanto, solo dispondría de un fin de semana para hacer el amor con él. Otra mujer sería la afortunada de tenerlo como compañero para toda la vida. Parpadeé nuevamente para contener las lágrimas y maldije para mis adentros. Una de las razones por las que odiaba tanto las bodas era porque siempre me hacían llorar.
-Hombre, mira a esa mujer -Guido me tendió una de las dos piñas coladas que acababa de pedir en la barra. Se refería, como no podía ser menos, a Mariza-: Dime que no vas a dejar que se desperdicie.
Tomé un sorbo esperando que el refresco enfriara un tanto el fuego, que me quemaba por dentro. Ante mis ojos, Mariza no dejaba de bailar al ritmo de la música hawaiana y de las palmas del corro de admiradores que le aplaudían.
-Tienes una mente verdaderamente retorcida -le dije a Guido, aunque yo mismo también podía aplicarme aquel comentario.
-No ha dejado en ningún momento de mirarte. Cualquier hombre con sangre en las venas no lo habría dudado, pero tú... ¿Puedes decirme qué diablos te pasa? Mira, sé que hay algo entre vosotros dos. Salta a la vista.
Yo también había llegado a la misma conclusión para mi desgracia. Debería haberme comportado con la nobleza exigida por las circunstancias. Debería haber sido capaz de mantener las manos alejadas de Mariza, y colocarme en una posición moral que me autorizará a ayudarla. A reformar su vida. Pero no. Ella se había salido con la suya. Ya no podía contenerme más.
De repente Mariza se volvió hacia mi y me lanzó un beso al aire.
-¿Lo ves? -rió Guido- Como te decía, salta a la vista. Durante la comida no estaba muy seguro, pero esta noche está claro que va detrás de ti, amiguito me dio una palmada en la espalda-. ¿Qué se siente objeto de las envidias de todos los hombres de todos los hombres?
-El efecto es maravilloso -respondí, irónico.
-Pues no pareces nada contento. ¿Es que hay algún problema?
-Damas y caballeros -resonó de pronto la voz a través de los altavoces-, presten atención por favor..
-Maldita sea, con lo que le gustan los micrófonos-rezongó Guido-. En cuanto ve uno, se abalanza sobre él.
Creo que ha llegado el momento de... continuo Coco, mirando a la multitud-... ¡de jugar a ese y entrañable juego de las sillas, pero en nuestra particular versión!
Yo recordaba haberme divertido mucho con juego en la boda de Coco. Los hombres se sentaban en un círculo y las mujeres daban vueltas en torno y tenían que sentase en las rodillas de alguien cuando la música cesara. Pero en aquel entonces Mariza no había tomado parte en ese juego. Y no quería que se sentara en las rodillas de nadie más que en las mias.
-Al fin un poco de acción -dijo Guido-. Vamos, Pablo. Agarra una silla.
Sabía que iba a detestar aquello. Tomé una silla y la coloqué al lado de la de Guido. Coco organizó a todo el mundo, asegurándose de que el número de Participantes varones en el juego fuera inferior en uno al de mujeres. Al son de una canción hawaiana, las mujeres empezaron a moverse en torno al grupo de hombres sentados. Siempre que Mariza pasaba al mi lado, aminoraba el paso sonriendo secretamente. Hasta que la música tocó a su fin.
Entre gritos y carcajadas, Mariza logró sentarse sobre las rodillas de otro hombre. Yo no lo conocía, pero era igual. Lo odié con toda mi alma. Fue Micalea quien se dejó caer sobre mi regazo.
-Hola, guapo -me saludó, sonriente-. ¿Te lo estás pasando bien?
-Claro -forcé una sonrisa-. ¿Y tú?
-Estoy disfrutando de lo lindo viéndote mirar a Mariza. Nunca te había visto tan mala cara.
-Es indigestión.
-Oh-Oh. Pues entonces la indigestión y el mal de amores presentan síntomas muy parecidos.
En aquel instante Coco volvió a agarrar el micrófono.
-Muy bien, mis queridas damas. Ha terminado la ronda. De pie todo el mundo.
-¿Sabes? Nos cae muy bien a todas -informó Micaela mientras se incorporaba.
-¿Quién? - me hice el inocente.
Micaela alzó los ojos al cielo y miró a su marido, que se hallaba sentado al lado.
-¿Tú le has sonsacado algo relevante?
-Lo he intentado, pero ha sido inútil respondió Guido.
-Tenemos que eliminar un asiento anunció Coco- Guido, fuera.
-Vaya, hombre -rezongó Guido mientras su esposa reía a carcajadas-. Nunca me dejan divertirme- se retiró con su silla del círculo y la música volvió a sonar.
Nuevamente desfiló Mariza a mi lado, contoneándose al ritmo de la música. Sufriendo, no pude evitar apretar los dientes. Por segunda vez pasó por mi lado siempre luciendo aquella secreta sonrisa. Cuando la música terminó bruscamente, yo reaccioné sin pensar. Agarrándola de la cintura, la senté en mis rodillas.
-Oh-exclamó, sobresaltada.
Yo estaba ruborizado. Realmente no había querido hacer aquello. Por otra parte, estaba muy satisfecho ver aquel trasero plantado firmemente sobre mis rodillas en vez de las de otro hombre. Una parte de mi anatomía, sobre todo, estaba muy contenta.
-¡Pablo ha hecho trampa! -se quejó Luisana, la única que no había podido sentarse. Intentaba adoptar una expresión desaprobadora, pero la sonrisa la traicionaba. Se volvió hacia Coco-. Y muy posiblemente con la complicidad consciente de Mariza..
-Soy inocente, señor juez -declaró Mariza, acurrucándose un poco más en mi.
-La culpa es mía -confesé. En aquel momento fui más consciente que nunca de mi error. No solo había anunciado a los cuatro vientos mi debilidad por Mariza; para colmo, no iba ser capaz de disimular mi erección si ella no cesaba de moverse...
-Yo diría que ambos son culpables.
-La novia ha hablado -pronunció Coco con solemne- y esta noche la justicia habla por su boca. Me temo que tengo que eliminaros a ambos de la competición.
-Me parece justo, ¿a ti no, Mariza? -levantándola de mis rodillas, me incorporé inmediatamente.
-Si tú lo dices... -repuso, alegre.
La solté y retrocedió un paso, esperando que nadie notara nada.
-¿Sin rencores? -me preguntó Luisana, haciéndome un guiño.
-Oh, no -respondí ruborizado-. Puedes estar tranquila.
-Entonces tengo un favor que pedirles. ¿Os importaría localizar a la encargada del catering y pedirle que traiga más piña colada a la mesa del bufé? Veo que se nos está acabando. Id detrás de la cascada y la encontraréis al final del pasillo. Se llama Consuelo Ortiz.
-De acuerdo -pronuncié, vacilante. Tenía miedo de lo que pudiera pasarme si me quedaba a solas con Mariza.
-Voy por mi bolso me dijo Mariza.
-De acuerdo -no podía pedirle que se quedara en recepción, así que esperé a que recogiera el bolso para dirigirme hacia la cascada a paso enérgico.
-¿Vamos a ir corriendo hasta la oficina del catering?
-No puedo permitir que el bufé se quede sin piña colada.
-De acuerdo, pero si los dos llegamos la oficina jadeando como caballos después de una carrera, puedo imaginarme perfectamente lo que pensará la encargada.
Me di cuenta de que debía tranquilizarse. Aminoré el paso.
-Perdona -le abrí la puerta de cristal para que pasara primero.
-Así está mejor -se agarro a mi brazo mientras entrábamos en el pasillo alfombrado-. Tanto trabajo para arreglarte la corbata de lazo, y te has pasado toda la tarde aflojándote el cuello.
-Estaba ardiendo-expliqué, y me apresuré a corregirme-Quiero decir que tenía calor. Hace mucho calor.
La verdad es que... -se acercó más a mi, rozándome el brazo con un seno-... que un hombre está muy sexy con el cuello del traje desabrochado. Es una tentación. Como si hubiera empezado a desnudarse.
-Mmm -no me atrevía a seguirle la conversación: las ideas más disparatadas asaltaban mi cerebro. Debajo de aquel vestido no llevaba nada. Lo que necesitaban era un oscuro rincón...
De repente una mujer de rasgos rubia salió de una habitación y se dirigió hacia nosotros. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para leer su nombre en la credencial, nos dimos cuenta de que estábamos frente a la encargada del catering.
-Discúlpeme, venimos de la fiesta de la boda, y la nos ha encargado que le pidiéramos más piña colada.
-Por supuesto. Ahora mismo iba para allá, así que pasaré antes por la cocina. ¿Desean algo más?
-No, solo eso -respondí.
-¿La fiesta va bien?
-Es estupenda. Todo el mundo se lo está pasando fenomenal.
-Me alegro. Entonces ya no los entretengo más- y continuó su camino.
-Misión cumplida -le dije a Mariza.
-Sí -distinguí un brillo de deseo en sus ojos.-Ahora ya podemos volver..
-¿Te importaría... -se humedeció los labios con la punta de la lengua-... que pasara un momento antes por el tocador?
-No... no sé muy bien dónde está -el corazón me martilleaba en el pecho, Sospechaba de sus intenciones.
-Yo tampoco. Podemos explorar -agarrándome del brazo, me llevó de regreso al pasillo. Luego giró a la derecha y continuó por otro largo corredor, con una fila de ventanas que daba al jardín-. Quizá sea por aquí.
Yo lo dudaba muy seriamente. Aquello parecía un pasillo de oficinas, todas desiertas. A esa hora de la noche, no había nadie trabajando. Pero quizá al final hubiera un servicio, y quizá fuera eso lo que Mariza esperaba encontrar... Pero cuando nos acercamos al otro extremo del corredor, no podía ver ningún servicio: solo una habitación con dos sillones, una mesa y un macetero de palmeras. Probablemente sería una sala de descanso. Se me aceleró todavía más el pulso. Podíamos hacer el amor detrás de un sillón, contra la pared, en el rincón más oscuro que pudiéramos encontrar. No. Aquello era demencial. Me aclaré la garganta.
-No es aquí.
-Una habitación deliciosamente vacía, ¿no te parece?
-Tenemos que volver -repuse con voz ronca.
-Ya volveremos -dejó su bolso en uno de los sillones y fue acercándose lentamente hacia mí, sin dejar de mirarme a los ojos-. Ahora mismo.
Podía sentir el calor de su cuerpo y, su aroma a frambuesa. Durante toda la tarde había estado tentándome con aquella posibilidad. Algo en mi interior se disparó como un resorte. Con un gemido, la atraje hacia mí y la besó en los labios. Deslicé una mano bajo su falda y palpé su ropa de interior de encaje. Se la había puesto.
-Llevas ropa interior -le dije, respirando aceleradamente.
-Sí. Me olvidé de decírtelo.
-Me engañaste.
-Quería provocarte.
-Pues lo has conseguido -y le subí bruscamente la falda, hasta la cintura.
-¿Aquí?
-¿Aquí mismo? -manteniéndole la falda levantada le baje la ropa interior. Luego deslicé una mano entre sus muslos, mareado de placer. Estaba húmeda.
-¿Tienes... un preservativo? -me preguntó Mariza ronca.
-No -susurré mientras continuaba acariciándola.
-Necesitamos... -empezó a jadear, cerrando los ojos-. Uno.
-¿No habías comprado dos paquetes? murmuré antes de apoderarme nuevamente de sus labios.
Me di cuenta de mi error. Tenía que haber traído los preservativos. Pero no lo había hecho, y ahora Pablo me estaba volviendo loca con sus caricias. En tan solo unos segundos perdería el control de la situación. Mis pezones, endurecidos, se tensaban contra la fina tela de mi vestido. Me aferré a sus hombros arqueándome contra él, cada vez más excitada. Pero tenía que detenerme antes de que fuera demasiado tarde.
-Pablo -pronunció, jadeante-. No podemos... -no podía pensar, y mucho menos hablar-. Sí no tenemos un preservativo, no podemos...
-Ya sé que no podemos -murmuró, sin dejar de acariciarme-. Así que primero tú, y luego yo, ¿Trato hecho?
-Trato hecho -respondí con un suspiro. Las piernas empezaban a fallarme.
Y qué trato. Pablo encontró el ritmo perfecto para hacerme retorcer de placer mientras me acercaba al clímax. Justo en el último momento, cuando me hallaba al borde del éxtasis, fue disminuyendo la frecuencia de sus caricias y aligerando la presión del pulgar. Saco los dedos y me rozó apenas, como si fuera la caricia de un ala de mariposa. Luego volvió a meterlos, acarició con el pulgar la zona más sensible y se detuvo. gemi contra sus labios. Pablo se apartó entonces lo suficiente para pedirme con voz ronca:
-Desabróchate el cuello del vestido.
-Si te suelto, me caeré -temblando, me costaba trabajo respirar.
-Ahora ya puedes soltarme -me dijo, sosteniéndome con fuerza de la cintura y mordisqueándome el labio inferior-. Quiero ese cuello desabrochado. Y date prisa.
Me llevé las manos temblorosas al cuello del vestido. Mientras tanto, Pablo no dejaba de acariciarle los labios con los suyos.
-No puedo...
-Yo creo que sí.
-Pues entonces quédate quieta -me suplicó-. Ya está.
-Ahora bájate el vestido -y retomó con el ritmo caricias.
Yo estaba cerca, muy cerca del orgasmo. Pero parecía que Pablo deseaba verme prácticamente desnuda para cuando ese momento llegara. Estremecida, me bajé la parte superior del vestido, que quedó colgando de la cintura.
-Ahora ponte las manos detrás de la cabeza- murmuró él.
Hice lo que me decía. Pablo bajó la cabeza, devorándome con la mirada.
-¿Tienes miedo? -me preguntó con tono suave- ¿Temes que nos vea alguien? ¿Que nos oiga?
-Claro- respondí-. Eso forma parte de la excitación.
-Sí. Eso es. No lo sabía. Es tan... maravilloso -aceleró el movimiento de sus dedos.
-Oh, sí. Sí...
-Vas a alcanzar pronto el orgasmo.
-Sí...Ya... estoy -
-Si haces algún ruido... -deslizó los labios todo a lo largo de la curva de un seno.
-No lo haré -susurré.
Levemente me lamió un pezón con la punta de la lengua. Lentamente al principio, luego con mayor rapidez. Y su pulgar, centrado en el punto clave, imitó su ritmo. Rápido, cada vez más rápido, conectando aquellas zonas sensibles, disparando un arco de tensión eléctrica entre ellos. Apreté los dientes para no gritar, sacudida por los espasmos. Y de mi garganta brotaron gemidos de satisfacción. De una bendita satisfacción. Abrí los ojos y lo miré.
-Gracias -murmuró, acunándole el rostro entre las manos.
-De nada -alzó una mano y me delineó el contorno de los labios-. Quiero saborear tus secretos.
Me besó con meticulosa pasión. Increíblemente, comencé a desearlo de nuevo. Pero esa vez mis necesidades tuvieron un objeto diferente. Deslizando una mano entre nuestros cuerpos, encontré su bragueta. Mientras le bajaba la cremallera, lo senti estremecerse. Introdujo dentro la mano buscando su sexo rígido y caliente, apenas contenido por los calzoncillos que le había comprado el día anterior. La tela de algodón cedió fácilmente y al momento cerré los dedos en torno a su gran y hermoso miembro. Pablo gimió, alzando la cabeza y mirándome a los ojos.
-Me estás volviendo loco.
-Eso es lo que pretendo -le acaricie con el pulgar la lubricada punta, arrancándole un gemido. Sabía lo que deseaba, pero quería preguntárselo antes. Así era mucho más excitante-. Dime, Pablo, ¿qué puedo hacer por ti?
La pasión relampagueaba en sus ojos. Me miró fijamente respirando acelerado.
-Quiero que te arrodilles -susurró con voz ronca.- Quiero sentir tus labios.
-¿Harás ruido?
-No.
-¿Estás seguro?
-Si-se le quebró la voz-. Por favor, Mariza.
Consciente de mi poder sobre él, me arrodillé. Al principio usé la lengua para explorarlo y acariciarlo hasta que Pablo empezó a temblar tan violentamente que tuve que apoyarme contra la pared. Para cuando me llevé su miembro a mis labios, mi propio deseo igualaba al suyo. Quería todo lo que aquel hombre tenia que ofrecerme. Y lo conseguiría. La noche era joven.
No supe cuánto tiempo transcurrió antes de que pudiera reunir la fuerza necesaria para vestirme y ayudar a Mariza a hacer lo mismo. Me sentía como la victima de un naufragio. Y probablemente también lo parecía.
-Increíble -le dije, acariciándole una mejilla con mano temblorosa.
Sí -repuso con tono suave. Estaba absolutamente desarreglada y a la vez más sexy que nunca.
Una lenta sonrisa de satisfacción asomó a sus labios-. Por fin te ha gustado correr un poco de riesgo ¿verdad?
-Sí -contempló sus ojos de mirada traviesa. Ella había ganado..
-¿Quieres más?
-Creo que ya conoces la respuesta a eso.
-La conozco -deslizó un dedo por mi labio inferior-. Pero me gusta oírtelo decir.
Le capturé la mano y empecé a lamerle los dedos.
-¿Quieres que te diga que soy tu esclavo?
-¿Lo eres?
-Eso parece.
-¿Y qué pasa con la fiesta? ¿Y tus amigos? ¿No deberíamos volver?
-Supongo que sí. Por un rato más. Pero tal vez necesitarías... arreglarte antes un poco.
-Oh -se llevó una mano al pelo-. Es verdad.
-Al final no encontramos el cuarto de baño.
-No, pero la ventana podría funcionar como espejo.
-Sí -renuente, me hice a un lado-. En realidad no estabas buscando un cuarto de baño, ¿verdad?
-No -respondió mientras se peinaba con los dedos. Así como estaba tenía un aspecto tan invitador, tan femenino...
-Ya me lo parecía.
-Tenía la esperanza de que en realidad estuvieras buscando un rincón oscuro, lo mismo que yo.
-Yo, en el fondo... también tenía esa esperanza.
-Me alegro de que hayamos coincidido dije sonriéndole.
En aquel momento a no me habría importado que coincidiéramos también en la misma cama. Pero ahora tenían que volver a la fiesta. Cuando bajé la mirada para asegurarse de que llevaba la bragueta desabrochada, descubrí una mancha de carmín perfectamente destacable sobre el gris del pantalón.
-Maldita sea -murmuré, intentando limpiarla con un dedo. No funcionó.
-¿Qué sucede? -se volvió hacia mi, con el lápiz de labios en la mano. Y se empezó a reír.
-Me alegro de que te parezca gracioso. Una mancha de carmín en el cuello de la camisa es una cosa, pero esto es diferente.
-Deja de frotártela. Solo conseguirás extenderla. Tengo algo que puede servirte -cerró el lápiz de labios y extrajo del bolso un pequeño sobre de plástico.
-Yo creía que no tenías...
-Llevo siempre uno -sacó del sobre un pequeño objeto cuadrado, plano.
-¿Ahora los hacen cuadrados? ¿Cómo funciona esto?
-Ahora te lo enseño -se sentó en una silla-. Acércate.
Estaba asombrado. Su naturalidad no hacía más que excitarme aún más.
-¿Mientras tú estás sentada? -sabía que desde la ventana del jardín resultarían más visibles que en la esquina. Pero tampoco deseaba decepcionarla...
-Pues claro. Así estaré al mismo nivel -desdobló el cuadrado blanco y empezó a limpiarme la mancha.
-¿Qué diablos estás haciendo? -me aparté.
-Limpiándote la mancha. ¿Qué te creías?
-¡Creía que esa cosa blanca era un preservativo!
¡Ella miró la toallita y se echó a reír.
-¡Como venía en el mismo tipo de sobre de plástico!
-Es verdad -me sonrió-. Pero esto es una toallita higiénica. Se usa como medida de emergencia para quitar manchas como esta cuando no tienes lavadora a mano. Creo que no tiene ninguna utilidad como anticonceptivo. Bueno, ¿quieres que te limpie la mancha o no?
-Será mejor que me des eso a mí. Si no lo haces, temo que terminaré manchándome más de carmín la bragueta.
-Puedo dominarme.
-Tal vez, pero creo que ya hemos dejado muy claro que yo no.
-Entiendo -empezó a pasar lentamente los dedos por la toallita extendida sobre la palma de su mano, lenta y sensualmente-. Entonces será mejor que lo hagas tú...
-Deja de hacer eso.
-En realidad no quieres que pare -repuso con tono suave-. Te encanta esta sensación. Pensaste que íbamos a hacer el amor en esta silla y estabas dispuesto a probarlo, corriendo el riesgo de que alguien pudiera vernos desde el pasillo. Te encanta la aventura, ¿verdad?
-Quizá, pero dame de una vez esa toallita. Cuanto antes volvamos a la fiesta, antes podremos marcharnos.
-Bien -me entregó la toallita higiénica-. Pero me siento obligada a advertirte que alguien podría aparecer en cualquier momento. ¿Qué prefieres? ¿Que me sorprendan a mí frotándote la bragueta... o que te sorprendan a ti haciéndolo?
-Nadie va a ver nada -me acerqué a la ventana del jardín, de espaldas al pasillo. Y comencé a frotarme la mancha.
Mariza, a mi lado, continuó arreglándose el peinado frente al reflejo del cristal de la ventana.
-Apuesto a que te gustaría mucho más si lo hiciera yo.
-Cállate, Mariza. Estoy intentando quitar la mancha sin que la bragueta se me tense...
-Parece que estás teniendo dificultades. ¿Le permitiste alguna vez a una mujer que te mirara mientras te tocas?
-No. Y ahora tampoco lo estoy haciendo.
-Podríamos practicar eso después. ¿Te gustó verme a mí en el jacuzzi?
-Sí.
-A mí también me gustó verte a ti. Pero tú no sabías que te estaba mirando. La próxima vez quiero sepas.
Dejó de frotarse la mancha. Si seguía haciéndolo mientras ella me hablaba de esa manera, sabía que terminaría perdiendo el control.
-Supongo que ya está. Volvamos.
-De acuerdo.
Mientras caminábamos por el pasillo la tomé de la mano sólo para comprobar que podía tocarla sin volverme loco.
-Probablemente tú ya habrás hecho antes cosas como esta, ¿no? -le pregunté de pronto, sin pensar. Sabía que no le gustaría la respuesta.
-No, lo cierto es que no.
-¿No? pregunte sorprendido.
-Sólo me lo imaginé. Nunca llegué a hacerlo realidad.
Mientras seguíamos avanzando por el pasillo, sonreí. Sin ser consciente de ello, había hecho realidad una de las fantasías de Mariza. Era una sensación maravillosa.
-Y nadie ha visto nada -añadí, sintiéndome satisfecho también de eso.
-Bueno, la primera parte no, desde luego.
-¿Qué quieres decir? -me tense al instante.
-Nadie nos vio cuando estábamos en la esquina, al menos.
-¡Tampoco nadie me vio a mí quitándome la mancha!
-Quizá no.
-¿Qué quieres decir con «quizá no»?
-Que el portero que estaba en el jardín quizá no viera lo que estabas haciendo
-¿Había un portero en el jardín? ¿Por qué no me dijiste nada?
-Porque ya casi habías terminado -rió entre dientes- Y porque sobraban las explicaciones. Yo le sonreí... y él me devolvió la sonrisa.
-Estupendo -gruñí-. Primero el jardinero nos sorprende entre los arbustos, y ahora el portero. Fantástico.
-Pablo, si quieres disfrutar del fin de semana, necesitas recordar algo.
-¿Qué es?
-Que lo que puedan pensar los demás no es asunto tuyo.
Suspiré. Ella tenía razón, por supuesto, ya que estábamos en la gran ciudad. Pero yo pertenecía a mi pueblo allí esas cosas importaban. Además, estaba a punto de volver a reunirme con mis amigos, gente a la que continuaría viendo durante años. Por cierto que esperaba que, para cuando llegáramos a la fiesta, hubiera cedido mi erección y la mancha de humedad de mi bragueta se hubiera secado. Si no, tendría que derramarse encima una bebida, a ser posible fría, para solucionar los dos problemas...
-¿Cuándo calculas que podremos volver a escaparnos? -me preguntó ella.
-Deberíamos quedarnos hasta que Luisana y Felipe suban a su suite. Y espero por nuestro bien que sea pronto.
Acababa de reincorporarme a la fiesta cuando Luisana, Micaela, Lujan y Laura me llevaron a un lado alejándome de Pablo.
-Algo ha pasado, ¿verdad? -me preguntó Mica, traviesa-. Habéis estado fuera durante mucho tiempo.
-Claro, ese era el plan -añadió Luisana-. Qué idea tan buena tuve al mandaros a buscar más piña colada.
-Después de la manera que tuvo de sentarte en su regazo durante el juego de las sillas, sabía que algo estaba en marcha -sonrió Lujan.
Un clamor de carcajadas masculinas ahogó lo que estaba punto de añadir. Todas nos volvimos hacia el de hombres que se hallaba reunido en la barra del bar. Pablo tenía un vaso vacío en la mano y, por lo que parecía, había derramado su contenido en la delantera de su frac, pantalones incluidos. Yo pude evitar sonreírme. Tenía la sensación de que lo hecho a propósito, para disimular una evidencia. Y al parecer, sus amigos pensaban lo mismo.
-¡Mal, muy mal! -estalló Coco-. Nadie se ha creído que ha sido un accidente, amiguito.
-Renuncia de una vez y admite que has vuelto de tu excursión con Mariza, con una clara evidencia en tu ropa Felipe le dio una palmada en la espalda-. Eso le pasa a todo el mundo. Incluso a mí.
-Ya -terció Guido -, las manchas sospechosamente húmedas. Eso es muy viejo.
A mi no me importaron aquellas burlas Porque sabía que los amigos de Pablo ya me habían aceptado. Pero no estaba muy segura de cómo se lo tomaría el propio Pablo. Para mi sorpresa, lo vi sonreír.
-¿Pero qué es lo que sois vosotros? ¿Policías de la brigada antivicio?
Mientras los hombres seguían con las bromas, Luisana miró a sus amigas y bajó la voz.
-Creo que ya es hora de que distraigamos a estos energúmenos antes de que estropeen una relación tan prometedora. Están empezando a pasarse de la raya.
-De acuerdo -afirmó Laura.
-No es una relación prometedora protesté.
-A veces las personas que viven una relación de ese tipo son las últimas en darse cuenta de ello -le sonrió Lú, antes de gritar-: ¡Voy a lanzar la liga, chicos! ¡Lo ordena la novia!
Riendo, todo el mundo se reunió en el centro de la sala, donde Guido sé apresuró a colocar una silla para que Luisana apoyara el pie. Mientras se quitaba la liga, tanto Luisana como Felipe bromearon con los invitados. Yo estaba asombrada. Nunca había creído que el matrimonio y la diversión pudieran estar tan relacionados. Los dos recién casados aportaban una dimensión nueva a la institución. Y no sólo ellos También Mica y Coco, y Guido y Laura... Sin embargo, aquella puerta estaba cerrada para mí. Yo no encajaba en aquel escenario, aunque tampoco nunca había sido tan ingenua como para esperarlo.
Un alegre clamor se alzó en la sala cuando Felipe mostró a todo el mundo la liga, como si se tratara de un trofeo. Ya se disponía a lanzarla al aire, hacia el pequeño grupo de invitados solteros que había en la barra y entre los que se encontraba Pablo, cuando Luisana le sujetó el brazo. Acercándolo le dijo algo al oído.
-La novia quiere cambiar la rutina del juego, y como sabéis, es la que manda. No voy a lanzar la liga- anunció, y por un instante vio que los solteros suspiraban aliviados-. Pero no podemos permitir desperdicie una prenda tan preciada. Uno de los solteros tiene que recibiría. Luisana me ha pedido este caso entregue la liga a alguien, de modo que la suerte no tenga nada que ver en esto. Me parece que ya ha pensado en alguien en particular...
Estaba tan emocionada como inquieta. Intenté sobreponerme. Al fin y al cabo no era más que una estúpida superstición. Sosteniendo la liga con el índice, Felipe se dirigió hacia los solteros, que lo miraban nerviosos. Sin dudarlo, se detuvo delante de Pablo
-Pablo, usted tiene el enorme honor de recibir este preciado don. Cupido se ha dignado dispararle sus flechas.
Pablo hizo algún intento por protestar, pero finalmente con la ayuda muy poco delicada de sus amigos se vio obligado a lucir la liga a modo de brazalete. En todo momento evitó mi mirada, pensé que era inútil esperar de él una mirada enternecedora y significativa. Pablo solo quería una cosa de mí y no necesitaba ningún anillo para obtenerla. Lo cual estaba bien, porque yo tampoco quería nada más. En aquel instante Coco volvió a tomar el micrófono:
-Y ahora se procederá al lanzamiento del ramo nupcial -anunció.
Me dije que aquella era la ocasión indicada para desaparecer. No estaba dispuesta a arriesgarme a recibirlo, sobre todo después del episodio de la liga. Quizá solo fuera una superstición que no significara nada, pero no tenía ganas de probarlo. Cuando ya me disponía a huir, Mica me sujetó de un brazo.
-¿Adónde te crees que vas?
-Oh, necesito ir a...
-Eso puede esperar -Laura me agarró del otro brazo.
-Pero...
-Vamos, niña -Luján me empujó suavemente por detrás.
-¡Hey, esperad un momento! -me di cuenta de que me llevaban hacia un pequeño grupo de jóvenes. Muy reducido. De solo cuatro solteras, además de ella.
-Tenemos instrucciones -explicó Mica-. Órdenes de la novia.
-Es la mano del destino -añadió Laura, tirando de ella.
- ¡Y el destino ahora es mucho más fuerte que antes!
intente liberarme, pero aquellas tres mujeres eran muy decididas.
-¿Es que os habéis estado entrenando? ¡Tenéis mucha fuerza!
-Oh, de cuando en cuando hacemos un poco de rodeo -dijo Mica-. Es malo para las uñas, pero fortalece la personalidad.
-¿Rodeo?
-¡Allá va! -gritó Luisana, lanzando al aire el ramo.
Como no podía ser menos, el ramo fue a parar a mis manos. 0 al menos a mi cabeza, pero ya se encargaron Mica y Laura de que lo recogiera. Yo nunca había tenido en mis manos un ramo nupcial y, muy a mi pesar, me quedé conmovida. Pero no podía ponerme sentimental si quería que no siguieran burlándose de Pablo. Luisana me miró sonriendo de oreja a oreja.
-¡Enhorabuena! -la felicitó. Y ahora... ¡música, maestro!. Que abran el baile el poseedor de la liga y la poseedora del ramo.
Sabía que debería negarme, pero en lugar de eso quedé paralizada, con los pies clavados en tierra mientras Pablo se dirigía lentamente hacia mí y me tomaba de la mano.
-Lo siento -murmuré cuando comenzamos a bailar.
-¿Qué es lo que sientes? -me pregunté él.
-Haber agarrado el ramo.
-A mí me parece que no has tenido mucha elección.
-En primer lugar, no debía haberme quedado. Desde el principio tú no querías que asistiera a esta boda pero tuvo que imponerse mi obstinado ego y la invitación de Felipe. Y ahora aquí estás, conmigo delante de todos tus amigos.
-No me importa.
Me imaginé que solo estaba siendo amable conmigo. Lo sabía por su manera de guardar las distancias mientras bailaba.
-Todo el mundo está jugando a los casamenteros, pero no tienes que preocuparte, Pablo. Pretendo que lo nuestro no va más allá de un... divertido fin de semana. Por eso no voy a avergonzarte apretándome contra ti en estas circunstancias.
-Me encantaría que te apretaras contra mí me dijo-. Pero tengo la delantera del traje pegajosa de piña colada, y detestaría estropearte el vestido.
-¿Por eso estás bailando tan separado? -le pregunté, sorprendida.
-Esa es la única razón, querida. Y esa distancia me está matando.
-¿De veras? -conmovida, no pude evitar sonreír-. Pues entonces al diablo con el vestido. Nunca había bailado contigo antes, Pablo. Merece la pena-y me apreté contra él.
Inmediatamente se alzó un clamor de pitos y aplausos entre la multitud de invitados.
-Quizá todo haya sido un error -murmuré disponiéndome a retirarme.
-Oh-oh -me retuvo contra sí-. No pienso renunciar a esta sensación. Ignóralos. Baila conmigo, Mariza.
-De acuerdo -suspiré. Mirándolo a los ojos, comencé a moverme sensualmente al ritmo de la música.
-Sí, así...
Todo el mundo se calló, admirado por la perfección, la fluidez, la magia de nuestros movimientos. Era como si hubiésemos practicado aquel baile durante años. Pablo sonrió.
-Deberíamos haber probado esto antes.
-¿Cómo podíamos saberlo?
-Yo creo que sí lo sabía. Creo que siempre he sabido que tú y yo nos complementamos perfectamente.
Me quede sin aliento.
-Dicen que bailar así es como hacer el amor.
-Sí -un brillo de pasión ardía en mis ojos-Y si esta interminable fiesta termina alguna vez, pienso probar esa teoría. Ojalá pudiéramos marcharnos ahora.
-Yo también siento lo mismo -repusé con el corazón
-Maldita sea, esto es el fin de la canción. Con un poco de suerte, la piña colada nos mantendrá pegados y nos veremos obligados a abandonar la fiesta para despegarnos...
-¡Miss Noviembre! -Pronunció de repente una voz masculina cerca de mi oído -. ¡Por fin me he acordado!
Horrorizada, me volvió hacia el padre de Felipe.
-¡Tú eres Miss Noviembre! -la feliz ocasión y el de alcohol lo hacían hablar más alto de lo que acostumbraba normalmente. Me miraba con expresión radiante-. De la revista Macho, ¿verdad? No puedo recordar el año exacto, pero todavía me acuerdo de tu pose, tumbada sobre una mesa servida con la comida tradicional del Día de Acción de Gracias, con tu...
-Debes de haberme confundido con otra -lo interrumpí mirando a mi alrededor y rezando que nadie más nos estuviera oyendo. Luís Pablo le pasó un brazo por los hombros-, hablando de comida, vamos a probar esa antes de que se acabe.
-No, gracias -dijo Luís, ignorándolo y concentrándose en mí-. Escucha, estoy seguro de que eres tú. Incluso recuerdo tu nombre. Yo estaba sufriendo la crisis de los cuarenta por aquellos días, así que era muy aficionado a la revista.
-No, tienes que haberte equivocado de chica- insistí y miró suplicante a Pablo, esperando su negativa.
Pero por alguna razón, Pablo no lo hizo. En lugar se esforzó por alejarlo suavemente hacia la barra.
-Creo que necesitas otra copa, Luis...
-Todavía no. Primero quiero un autógrafo palpó los bolsillos de la chaqueta-. Tengo una de esas servilletas de boda, de esas que mi esposa insistió que me quedara como recuerdo. ¿Querrías firmármela, Mariza? ¿Y poner también Miss Noviembre?
Comprendí que no iba a convencerlo. Si me negaba, se pondría todavía más insistente. Finalmente tomé la servilleta y el bolígrafo que él me ofrecía.
-De acuerdo, soy Miss Noviembre -confesé, resignada.
-¡Lo sabía! Toma, apóyate en mi espalda -Y se volvió.
-Intento ser discreta con estas cosas, Luís, así que te agradecería que mantuvieras en secreto la información -le dijo mientras firmaba.
-¡Pues yo creo que deberías sentirte orgullosa de ello!
-Bueno, gracias, pero dudo que todo el mundo esté de acuerdo contigo -le devolví la servilleta. Ya era una desgracia que mi padre no estuviera orgulloso de mi, pero el buen y seguro Luis tampoco lo estaría si, en vez de una persona relativamente desconocida, se hubiera tratado de su propia hija.
-¡Venga, a tomar esa copa! -exclamó Pablo, arrastrándolo a la fuerza hacia la barra.
-Perdón, ¿es cierto? -un joven que yo no conocía se acercó a mí-. He oído lo que le decía ese señor acerca de la revista Macho -parecía muy esperanzado.
Miré hacia la barra. Pablo estaba intentando desesperadamente mantener bajo control a Luís, pero el hombre ya estaba mostrando la servilleta a quien quisiera verla. Sabía que en cuestión de segundos me convertiría en el centro de atención de la fiesta avergonzando a Pablo y avergonzándome a sí misma. Lo había estropeado todo.
El trauma de un final tan súbito para un fin de semana prometedor me dejó aturdida.
-¿Entonces es cierto? -me preguntó el joven.
-Sí, y si esperas un poco, subiré a la habitación y te bajaré una foto dedicada.
-¿De su rostro? ¿0 de... del resto?
-De todo.
-¡Estupendo!
Volví a mirar hacia Pablo. Aquella era la ocasión. Estaba tan ocupado con Luís que no había advertido que tenía más problemas. No se daría cuenta de mi marcha.
-Quédate aquí -le dije al joven-. Ahora mismo vuelvo.
Y me dirigí apresurada al ascensor.
Por su expresión preocupada, sabía que Mariza lo estaba pasando mal con el joven que acababa de abordarla. Solo tardé un segundo en disculparse con Luís, pero cuando quise acudir en su rescate descubrí que había desaparecido.
-La mujer del vestido plateado -me encaré con el joven-. ¿Adónde ha ido?
-¡A su habitación, para bajarme una fotografía dedicada! -exclamó, sin poder contener su entusiasmo.
Inmediatamente fui a buscar a Luisana y Felipe para avisarles que me marchaba. Sabía que a Mariza no le había gustado nada que la reconocieran como Miss Noviembre. Obviamente había querido que yo la apoyara en sus negativas, y a punto había estado de hacerlo, pero me había contenido a tiempo. Si hubiera podido ayudarla a convencer a Luís y a cualquier otro de que ella no había posado para la revista, eso habría sido lo mismo que negar que lo hubiera hecho... y por tanto avergonzarse de que hubiera posado desnuda. Y yo nunca me había avergonzado de eso. Me había sentido frustrado y preocupado, desde luego, pero avergonzado nunca.
Y tampoco estaba dispuesto a darle una impresión semejante. Pero también podía entender por que no había querido que todo el mundo en la fiesta se enterara de sus antecedentes, y esa era la razón por la que había intentado hacerme cargo de Luís Un empeño inútil, por cierto. Pero ahora Mariza había desaparecido, y yo no quería que se esfumara de mi vida. Por nada del mundo.
-Escuchad -les dije a Felipe y a Lu-, pensaba quedarme en la fiesta hasta que vosotros dos subierais a la suite, pero debo ir a buscar a Mariza. Mucho me temo que esté ya pensando en desaparecer, del lío que se ha montado.
-Oh- Luisana abrió mucho los ojos-. ¿Te refieres a que se vaya del hotel?
-Es posible.
-¡Entonces vete! ¡Vete a buscarla!
-No sé si volveremos a vernos antes de que os marchéis, porque mañana por la mañana salís temprano para Hawai...
-No pienses en eso -un brillo de emoción asomó a los ojos de Lu -. Tú lo que tienes que hacer ahora mismo es convencer a Mariza de que se quede. Yo sé que tú puedes hacerlo.
- Luisana tiene razón. Suerte me dijo Felipe, haciéndome un guiño.
-Os deseo lo mejor -los abracé- Estaré en contacto.
-Será mejor que sí -repuso mi amigo-. Quiero saber cómo termina esto.
Mientras subía en el ascensor privado me dedique a pensar en lo que le diría. Estaba empezando a darse cuenta de que mi impulso original de salvarla de sí misma se había convertido en algo mucho más complicado. Ahora, además, lo que intentaba hacer era conservarla en mi vida. Y eso era una locura. Pertenecíamos a dos mundos diferentes. Mariza era una chica de ciudad satisfecha de haber escapado de su pueblo mientras que yo pretendía pasar el resto de mi vida en una Hacienda. Mi padre me había confiado el sagrado deber de administrarla, y tenía intención de legar algún día aquella tierra a mis hijos.
Aunque ella no creía en la institución matrimonial, yo quería tener una esposa e hijos, y el tiempo corría en mi contra. La boda de mi amigo Felipe me había hecho ser agudamente consciente de eso. Así que racionalmente no tenia ningún sentido ir en busca de Mariza, que no encajaba en absoluto en mis planes. Y sin embargo, cuando pensaba en ella, la sentía tan unida a mi persona que no podía siquiera concebir que llegara a desaparecer de nuevo. Tenía que convencerla de que se quedara. Como fuera. Con el corazón acelerado, abrí la puerta de la suite.
-¿Mariza?
Ninguna respuesta. Tal vez estuviera esperándome tumbada en los cojines del salón... desnuda. Pero no. El salón estaba vacío. Miré en la terraza y en el dormitorio. Nada. No estaba por ninguna parte. Podía sentir su ausencia, la había sentido desde el preciso instante en que abrí la puerta. No podía haber ido muy lejos, me dije mientras salía corriendo de la habitación. Esperaba que no hubiera tomado un taxi y que se hubiera alejado a pie. La encontraría. Tenía que encontrarla.
Había sabido que Pablo saldría en mi búsqueda nada más advertir mi desaparición de la fiesta. Después de todo, hasta el momento nos lo habíamos pasado muy bien pero por mucho que me doliera el corazón, resignarme. No era el hombre adecuado para mí. Nunca lo había sido ni lo sería. Pablo también lo sabía pero no parecía dispuesto a dejarla escapar, así que tendría que ser más astuta que él. En consecuencia, cuando Pablo atravesó corriendo el jardín tropical hacia la calle, lo espié escondida detrás de la gran roca de lava en la que estuvimos besándonos el día anterior. Qué guapo era. Y en aquel instante estaba corriendo en mi búsqueda. Tendría que en mi recuerdo aquella imagen: Pablo Bustamante intentando alcanzarme.
Quizá secretamente, en aquel instante, deseaba que me encontrara. Quizá me había escondido precisamente en aquel lugar esperando que él me buscara allí. Conteniendo el aliento, esperé. Pero no. Tras mirar durante unos segundos en su dirección, sacudí la cabeza y continué camino hacia la calle. Suspiré decepcionada. Salí de mi escondite y lo seguí a una prudente distancia. Pablo, miraba a derecha e izquierda buscándome en vano entre los paseantes.
Cuando me encontraba a unos cuatro bloques de distancia de él, detuve un taxi- El vehículo seguía su misma dirección, así que tuve oportunidad de verlo. Pablo no me vio. Apreté los labios decidida a no pedirle al taxista que parara y me dejara bajar. Luego, parpadeando para contener las lágrimas, me hundí en el asiento. Aquella pequeña aventura sexual había llegado a su fin.
Estaba agotado de caminar cuando final me resigné a volver al hotel. Creía que Mariza aún seguía en Las Vegas, pero finalmente tuve que admitir que localizarla sería mucho más duro de lo que había pensado. Y estaba harto de recorrer las calles con un pegajoso frac oliendo a piña colada. Una vez de vuelta en la suite, me desvestí hasta quedarme solo con los calzoncillos que Mariza me había comprado el día antes. Pensé en aquella primera noche y en su abierta y generosa invitación a hacer el amor. Había desperdiciado el tiempo. Había malgastado horas enteras intentando demostrarle mi falsa moralidad superior, mientras compartía aquella suite con una verdadera diosa...
Qué estúpido había sido. Si no me hubiera mostrado tan orgulloso y prepotente desde el principio, habríamos podido forjar entre ambos un fuerte lazo que, a esas alturas, ella no habría podido ya romper. No podía aceptar que se me escapara de entre los dedos. Pero antes necesitaba descansar unos minutos. Solo unos cuantos minutos. Me tumbé en la cama con la idea de descansar durante una media hora como máximo. Luego saldría de nuevo a buscarla.
Me desperté muchas horas después, cuando el sol entraba ya en la habitación. Miré mi reloj y gemí. Era casi mediodía. Salté de la cama, me duché y afeité en un santiamén. Mientras me ponía una camisa y unos vaqueros de Coco, decidí ir a buscar a Mariza al local de topless donde me había tropezado con ella el primer día. Poco después entraba en el Salón Pussycat.
-Estoy buscando a Mariza Andrade-le dije al joven delgado que ya se disponía a asignarme una mesa.
-¿Mariza? No creo que venga hoy, pero puedo preguntarle a Fernanda cuando termine su número, si quiere tomar asiento.
«Bien», me dije para mis adentros con un nudo de ansiedad y expectación en el estómago. El tipo había dicho que no iba a aparecer ese día. No parecía, por tanto, que fuera a trabajar finalmente allí. No la había encontrado, pero al menos tenía una pista. Eso era lo principal. Una melodía de rock resonó en los altavoces cuando una joven morena apareció en escena, desnuda de cintura para arriba. Debía de ser Fernanda.
Minutos después del fin de la actuación, y cubierta ya con una holgada camisa, la joven se acercó No se anduvo con preámbulos:
-Cristian me ha dicho que estaba buscando a Mariza.
-Somos amigos. Desde que éramos niños -tenía la respuesta preparada-. Me enteré de que la ciudad, así que se me ocurrió ir a verla.
-¿De dónde es ella? -me preguntó Fernanda, no convencida.
-De Córdoba. Su padre era capataz de la hacienda del que soy propietario junto a mi hermano Benjamín.
-Ah sí, ella me mencionó el nombre de ese pueblo parece que es usted sincero.
-Gracias. No pretendo hacerle ningún daño.
-Probablemente. Pero las mujeres como Mariza y yo debemos andarnos con cuidado, ¿no le parece? Algunos hombres pueden llegar a... a obsesionarse con nosotras.
Se me encogió el estómago al imaginarse la de locos que podría atraer Mariza si continuaba en aquel tipo de trabajo.
-Es verdad.
-Le diré entonces dónde se aloja -y me dio el teléfono de un hotel de mediana categoría de las afueras.
-Oh-exclamé, incapaz de disimular mi sorpresa. Aquel hotel no era lo mejor que Las Vegas podía ofrecer, pero tampoco lo peor.
-Le entiendo -sonrió Fernanda-. Yo también é sorprendida. Cualquiera pensaría que una revista femenina de tanta fama como Maxim Podría ser algo más generosa, ¿no?
-¿Maxim? ¿Una revista? -pregunté, confundido-. La única revista que tenía asociada a Mariza era Macho. Había oído hablar vagamente de Maxim, pero sospechaba que una y otra no tenían nada que ver.
-Espere un momento -Fernanda entornó los ojos-. Parece sorprendido, como si no supiera que ella trabaja para esa publicación como periodista. Si es tan gran amigo suyo, ¿cómo es que no sabía eso?
-Estuvimos bastante tiempo sin saber el uno del otro -respondí, sin salir de mi asombro. Mariza me había dejado creer que era una chica de compañía, cuando en realidad trabajaba como periodista en una revista de mujeres. No había necesitado reformarse, y durante todo el tiempo me había estado tomando el pelo...
-En ese caso -Fernanda se levantó-, puede que ella no quiera verlo. ¿Cómo dijo que se llamaba?
-Pablo. Pablo Bustamante.
-Pablo -se apartó de la mesa-. Voy a llamarla para avisarla que está usted en camino. No he debido revelarle dónde está, pero no cometeré un segundo error.
-No tiene por que avisarla -me sentía absolutamente traicionado. Claro, al principio había pensado en aquel fin de semana como en un episodio aislado, pero luego... luego había empezado a querer a Mariza. Había pensado que juntos estábamos construyendo algo. Y durante todo el tiempo ella se había estado riendo de mí-. No tiene nada que temer de mí -
-Si usted lo dice... Pero de todas formas, la llamaré. Eso es lo que tenía que haber hecho desde un principio -pronunció Fernanda, y se apresuró a alejarse.
Abandoné el local. Cuando mi aturdimiento empezaba ceder, fue progresivamente sustituido por la furia. Mariza había estado jugando conmigo durante todo el tiempo, riéndose de mis nobles intentos de salvarla
Por lo demás, había ganado. Había sido ella me había hecho cambiar a mí, y no al revés. En este instante me habría atrevido a hacer cualquier cosa. Se quedaría asombrada si pudiera verme. Y tal vez había llegado ya la hora de que lo viera con sus ojos. No podía decepcionarla. Pero antes la haría esperar un poco.
«Estoy atrapada», pensé después de darle las gracias a Fernanda y colgar el teléfono, comencé a pasear nerviosa por mi pequeña habitación con el estómago encogido. Tenía la sensación de que era mucho peor que Pablo, se hubiese enterado de la verdad por una desconocida. Habría sido mucho más fácil, y menos problemático, que yo se lo hubiera dicho desde el principio, cuando me sonó el teléfono móvil en el cuarto de baño de mi suite. Quizá entonces ambos habríamos sido capaces de ver el lado cómico de aquella situación. Quizá.
Pero cuando Pablo, supuso lo peor, que yo me servía del teléfono para contactar con mis clientes... yo no había querido sacarlo de su error. ¿Por qué? Porque en aquel entonces todavía me había sentido con ánimo de venganza. La adolescente que había sido rechazada aquella noche en el granero había querido vengarse. Y sin embargo ahora, después de haber padecido una noche entera de insomnio echando de menos a Pablo, me daba cuenta de lo que me había hecho a mí misma. El juego se había vuelto serio, y me había enamorado de Pablo. 0, para ser brutalmente sincera consigo misma, nunca había dejado de estar enamorada. Pablo había sido el único hombre al que había querido, y al parecer seguía siendo así.
Fernanda me había dicho que Pablo se había quedado asombrado cuando le dijo que yo trabajaba de periodista. No me extrañaba. Pero, una vez que se recuperara de su sorpresa, se pondría furioso. Tal vez se marchara de Las Vegas sin querer verme, pero lo dudaba iría a buscarme al hotel, me echaría en cara mi engaño y después se marcharía, maldiciéndome durante todo el trayecto de vuelta, a casa.
Me preguntó si se lo contaría a mi padre, a Camila o a Benjamín. Probablemente no, considerando el carácter más bien sexual de nuestro encuentro. Pero si secretamente había estado acariciando la idea de asistir a la boda de mi hermana, ya podía ir renunciando a ella. Aunque no se lo dijera a los demás, la tensión que generaría al reaparecer en la hacienda podría arruinar la boda de Camila, y yo jamás me arriesgaría a hacer algo así.
Mientras seguía paseando nerviosa por la habitación me pregunté por lo que haría cuando me viera a frente con Pablo. Podía evitar la confrontación cambiando de hotel. 0 salir para el aeropuerto y adelantar el vuelo a New York. Pero habría sido una cobardía. Con veinticinco años no había tenido los bríos suficientes para enfrentarme con las consecuencias de mi aparición en la revista Macho y había huido a Los Ángeles, Diez años después, me gustaba pensar que tenía más coraje. Además, ¿qué me importaba lo que pudiera decirle Pablo? Estaba claro que nuestra relación no podía tener ningún futuro.
Así que se quedaría a esperarlo. Si Pablo, tomaba un taxi podría llegar en cualquier momento.
Pasaban los minutos y seguía sin aparecer. El tráfico no podía haberle retrasado tanto, y si se hubiera dirigido directamente desde el Salón de topless a mi hotel, ya debería haber llegado. 0 tal vez no se había dirigido directamente a mi hotel. Aquel pensamiento me deprimió. Solamente podía haber algo peor que tener una discusión con Pablo: no tenerla. No Podía creer que se hubiera vuelto a Córdoba sin decirme lo que pensaba de mi comportamiento.
Cuando transcurrió otra media hora y el teléfono seguía sin sonar, estaba ya pensando en salir a buscarlo a su hotel para descubrir lo que lo retenía. No podía haberme seguido la pista para luego renunciar. Eso habría sido diabólico, tan diferente del carácter de Pablo... A punto estaba de gritar de frustración, cuando sonó el teléfono. Lo descolgué rabiosa.
- Mariza, cariño -murmuró Pablo -, pareces enfadada.
-¿Dónde has estado?
-No muy lejos -rió entre dientes-. Comiendo en la cafetería de tu hotel.
No podía entenderlo, Debería estar gritándome en aquel momento, y se estaba... riendo. Yo era la que estaba gritando.
-¿Cómo has podido sentarte a comer a esta hora?
-Tenía hambre -su tono era perezoso y satisfecho. Casi. Porque era posible detectar cierta tensión oculta.
Mi corazón latía a toda velocidad. Los años habían cambiado a Pablo porque no estaba reaccionando de la manera que yo había creído que lo haría. Sí, parecía cómodo y seguro de sí mismo, pero solo lo parecía. Todo lo que tenía que hacer era violar aquella tensión que se reflejaba en mi tono.
-YObueno, supongo que deberías subir para que habláramos de... lo sucedido.
-Eso estaría bien. Pero no quiero interrumpirte.
-No estoy trabajando.
-Entonces quizá estés documentándote, haciendo alguna investigación.
-No- pensé que quizá no quería gritarme porque estaba llamando desde el teléfono del vestíbulo. Sí, eso tenía sentido.
-Entonces quizá estés poniendo en práctica las sugerencias que recomendaste en tu último artículo- me dijo con voz suave.
-¿Perdón? -estaba tan nerviosa por la inminente discusión que apenas recordaba mi propio nombre. Por no hablar de lo que había escrito en mi artículo.
-Estuve hojeando una de tus revistas y encontré un artículo tuyo. Lo leí mientras comía. Aprendí unas cosas sobre el orgasmo múltiple de las mujeres Oh- tragué saliva.
-Aprendí la gran importancia que tiene la autosatisfacción, con sus benéficos efectos de todo tipo. Por eso pensé que quizá la estuvieras practicando.
Si no lo hubiera conocido mejor, habría pensado estaba seduciendo de la misma forma en que yo lo había seducido durante el fin de semana. Pero eso no me parecía propio de él. Y sobre todo ahora, debería estar tan furioso. Deseaba que empezara de una vez, porque entonces sí que sabría que hacer..
-Pablo-me aclaré la garganta-, ¿qué pretendes?
-Me parece que te he subestimado, Mari. Tienes muchísimo más talento de lo que creía. He venido para disculparme por haberte juzgado tan mal.
-¿De veras? -ahora sí que estaba confundida.
-Absolutamente. Y me gustaría disculparme personalmente, si me das el número de tu habitación,
Pensé que tal vez, después de todo, fuéramos a discutir de aquello como dos adultos civilizados. Sin pasión alguna. Lo maldije en silencio. Aquello no me parecía bien, pero tenía que ceder. No era posible pelearme con alguien que rehuía la pelea. Me aclaré de nuevo la garganta, decidida a comportarse de la misma forma.
-Pablo, yo también debería disculparme por haberte pervertido de esta manera.
-Oh -rió de buena gana-, tú no me has pervertido, cariño.
Me ruboricé mientras aquella risa tan sensual resonaba una y otra vez en mi mente. Si no tuviera una risa tan sexy; y una voz, y una boca tan sensuales...
-Bueno, al menos por haberte inducido a algo falso respecto a mi profesión.
-No hace falta. Existía un morbo innegable en la suposición de que tú eras una... «chica mala». Me enseñaste muchas fantasías, Mari. Y te estoy agradecido por ello.
-Oh -Me froté las sienes, síntoma de que estaba a punto de sufrir una jaqueca. Yo le había enseñado todo tipo de fantasías que, sin duda, ejercitaría en el futuro con otras mujeres. Yo le había sido útil-. Entiendo.
-Dame el número de tu habitación. Creo que sena mejor que habláramos de todo esto cara a cara..
Pensé que si íbamos a tener una conversación civilizada, sería mejor que nos encontráramos en el vestíbulo del hotel, pero no estaba vestida para bajar. Le di el número.
-Gracias. Ahora mismo subo.
Colgué el teléfono, absolutamente confundida. Había esperado que me gritara, que se desahogara conmigo, en lugar de eso, se había disculpado. Y dado las gracias por todo, evidente presagio de una despedida definitiva.
Oh, Dios, eso era: «gracias recuerdos. Me he divertido mucho. Adiós». Me enferma. Aquel era el discurso que había estado intentando evitar desde que nos encontramos en la puerta del Salón de Toples y él me expresó que quería salvarme. Había imaginado que si al final conseguía la última palabra, sería yo la que lo sermoneara a él protegiendo al mismo tiempo mi corazón. Incluso su escapada no había sido tan mala, había sido yo la que me había marchado, sin dar explicación alguna. Y si Pablo hubiera subido corriendo a su habitación para desahogar su furia, eso tampoco habría estado mal. La pasión nunca estaba mal. Pero, en lugar de eso, pretendía despedirse tranquila y fríamente de mí.
Cuando escuche que llamaban a la puerta, mi corazón a punto de salírseme del pecho. Tenía que dominarme. Yo también había madurado durante los años que estuvimos separados. Abrí la puerta forzando una temblorosa sonrisa. Allí estaba, tan guapo como siempre.
-Hola, Mariza -me saludó con tono suave.
Desvié la mirada. Nunca daría por cerrado aquel asunto si me obstinaba en seguir contemplando aquellos ojos celestes.
-Pasa- me hice a un lado para dejarlo pasar-. Ah, me olvidaba. También quería agradecerte que compartieras esa estupenda suite conmigo. Como puedes ver, aquí no tengo cascadas ni jacuzzis.
Pablo entró y miró a mí alrededor.
-Eso ya se arreglará.
Me apoyé en la puerta cerrada, extrañada por su respuesta. Vi que se quitaba su sombrero.
-¿Qué quieres decir?
-¿Sabes, Mariza? Me asombras. Primero descubro que no eres una chica de compañía, ni siquiera una bailarina de topless, y luego que trabajas como periodista para una conocida revista de mujeres. Lo siguiente que me dirás es que nunca has experimentado un orgasmo múltiple, a pesar de haber escrito todo un reportaje sobre ello.
Me quedé sin habla. Nunca había esperado un comentario semejante de Pablo y lo que era aun peor: tenía razón. Después de escribir aquel reportaje, había querido experimentar un poco, pero al final simplemente no lo había hecho. Había muchas fantasías sexuales sobre las que había escrito y que nunca me había atrevido a vivir. Ese era uno de sus secretos mejor guardados. Mi fin de semana con Pablo me había parecido la ocasión adecuada para decidirme. Me había encontrado frente a frente con un hombre que me había creído capaz de todo, y por una vez me había sentido impulsada a vivir conforme a esa reputación. Había sido una experiencia liberadora, maravillosa y... segura. Quizá hubiera sido esa la clave de mi éxito. Había podido liberarme de placer con Pablo porque siempre había sabido que con él me sentiría segura.
-¿He tocado algún punto sensible, Mariza? -me preguntó Pablo, levantándome de pronto.
-¿Estas de broma? Ya sabes qué tipo de mujer soy. Un espíritu libre: esa soy yo.
-Yo también lo pensaba -se fue acercando lentamente a mi -. Porque creía que te conocía, pero ahora estoy empezando a dudarlo.
Retrocedí. En aquel momento tenía un aspecto mucho más intimidante. Sí, eso era lo que había estado esperando desde el principio.
-Siento haberte engañado, Pablo, pero todo esto es culpa tuya.
-¿Tú crees? -avanzó otro paso.
-Yo te dije que iba a entrar en el bar. de Topless para una entrevista. Tú fuiste quien se apresuró a concluir trataba de una entrevista de trabajo mi trasero chocó de pronto contra la cómoda baja de la habitación. Estaba acorralada, y tuve que agarrarme al borde para no perder el equilibrio. El hecho de que deliberadamente estuviera invadiendo mi espacio mi estaba haciendo sentirme muy incómoda y.. sí, también muy excitada.
-Pero cuando te diste cuenta de lo que pensaba, haberme sacado de mi error, ¿no?
-¡Lo habría hecho si tú no te hubieras ofrecido a reformarme! ¿Tienes alguna idea de lo extremadamente prepotente que fue esa oferta tuya?
-Creo que sí.
-¿Sí? -parpadeé asombrada.
-Sí. Y quizá me merecí todo lo que me pasó después.
-¿De veras? -me costó trabajo reponerme de mi asombro -. ¡Muy bien! ¡Por supuesto que te lo mereciste! -intenté respirar normalmente, pero estaba tan cerca de mi... casi me estaba tocando-. Allí estabas tú, tan prepotente y altanero, jugando a redimir la mujer perdida... Tuve que ponerte en tu sitio para demostrarte que eras tan... tan corruptible como todo el mundo.
-Pues hiciste un buen trabajo -me interrumpió, y un brillo de desafío apareció en sus ojos-. Para ser una aficionada.
-¿Aficionada? ¿Te das cuenta de que estás hablando con Miss Noviembre? ¿Y qué pasa con todos esos artículos que he escrito durante los seis últimos seis años? Por lo que respecta a fantasías eróticas... ¡te aseguro que sé de lo que estoy hablando!
-Oh, no lo dudo -apoyó ambas manos a cada lado de la pared e inclinó la cabeza hasta que su rostro quedó muy cerca del mío-. Lo que me cuestiono más bien es la cantidad de experiencia práctica que has adquirido... aparte de este fin de semana, claro está.
Me estremecí. Quería que Pablo pensara que yo tenía cinco veces más experiencia que él para poder asegurarme el control de la situación. Pero no tenía ese control. Ansiaba que me hiciera el amor loca, salvajemente. Pero, por desgracia, sospechaba que tenía un plan distinto.
-¿Has experimentado alguna vez un orgasmo múltiple, Mariza? -me preguntó con tono suave.
-Eso no es asunto tuyo -apenas podía respirar.
-¿Qué has dicho? -sonrió, divertido.
-He dicho que eso no es asunto tuyo. La verdad, no sé qué pretendes...
-Intenté que no me temblara la voz. No perderme en aquellos ojos celestes.
-¿Ah, no?
-Quieres excitarme para luego marcharte sin hacer nada. Para castigarme de esa manera por haberte engañado.
-Esa no sería una mala idea. Solo tiene una pega. Si me marchara sin hacer nada no solo te castigaría a ti, sino a mí también. Y creo que ya he sufrido lo suficiente durante este fin de semana intentando controlarme y tener un «noble» comportamiento contigo. Cuando salga de aquí, pretendo hacerlo con... con mi apetito bien satisfecho.
Yo había empezado a marearme de deseo, pero seguía luchando contra el impulso de ceder. Tal vez estuviera enamorada de él, pero evidentemente no sentía lo mismo por mí. A fin de cuentas, marcharme de todas formas.
-No dejaré que me manipules para tener sexo y luego te desentiendas tranquilamente.
-¿Por que no? ¿No era eso lo que pretendías hacer conmigo?
-No, yo..
-Yo, creo que la chica de la gran ciudad quería divertirse un poco con el chico de pueblo. Que querías jugar a la «chica mala» con un tipo que no te había vuelto a ver desde hacía años. Sí. Creo que querías manipularme para tener sexo conmigo y luego desentenderte tranquilamente. Era exactamente eso querías. Tal vez esperabas experimentar esos múltiples orgasmos que nunca antes habías experimentado. Solo que el plan se interrumpió porque alguien te reconoció finalmente.
-¡No tienes ni idea! Para tu información, yo... interrumpí bruscamente al darme cuenta de que estaba atrapada. La única manera que tenía de convencerlo de que no era una depredadora sexual era confesarle que había estado enamorada de él durante la mayor parte de mi vida. Y que la debilidad que siempre había sentido por él había constituido el motivo principal de mis actos. Pero no revelarle algo así, para terminar sufriendo más que ya había sufrido cuando tenía dieciséis años.
-¿Se te ha comido la lengua el gato? murmuró Pablo.
-¡De acuerdo, tienes razón! Cuando te mostraste decidido a salvarme, decidí cambiar los papeles y divertirme contigo durante el fin de semana. Solo durante este fin de semana -«porque tú no permitirías que durara más»-. Si eso se llama manipulación sexual, entonces soy culpable. Así que dispara, fusílame.
-Yo tenía otra cosa en mente. ¿Tuviste bastante con el fin de semana?
Sabía lo que quería decir, así que tensé la mandíbula negándome a responder.
-Permíteme planteártelo de otra forma. Eres una chica liberada, aficionada a las fantasías, a la que le gusta disfrutar del sexo sin compromisos de ningún tipo, ¿verdad?
-Sí.
-Entonces, querida, te encantará lo que está a punto de suceder.
Acababa de descubrir la triste verdad. Si hubiera tenido la esperanza de que Mariza sentía realmente algo por mi al margen del sexo, y que deseaba continuar nuestra relación de alguna manera... entonces esa esperanza se habría visto seriamente decepcionada. Evidentemente, para ella, aquel fin de semana había sido una experiencia más. De acuerdo. Si así tenían que ser las cosas, me conformaría con vivir a fondo aquella experiencia. Llevaba más preservativos en el bolsillo de los que había imaginado que podría necesitar, pero mientras seguía allí, delante de ella, me pregunté si serían suficientes. Había llegado el momento de colmar aquella desesperada necesidad. Y de que yo mismo me permitiera experimentar un poco. 0 un mucho.
Quizá en el fondo de mi mente albergaba la remota esperanza de llegar a amarla con una pasión tan abrumadora que pudiera romper esa barrera... y conseguir que me amara a su vez. Tal vez me estuviera engañando al respecto, pero al final, si no tenía éxito, al menos disfrutaría enormemente durante el proceso. Contemplé sus ojos castaños y descubrí en ello, un innegable deseo mezclado de inquietud. Bien. Quería que se sintiera inquieta.
-Comenzaremos con lo más básico - enganché los pulgares en la cintura de sus elásticos, y antes de que pudiera reaccionar ya se los había bajado hasta las rodillas, junto con su ropa interior -vi que había empezado a jadear, no sabía si de placer o de asombro-. Quítatelos- le ordené mientras me desabrochaba el cinturón.
-Te veo muy decidido. Veamos lo que eres capaz de hacer.
-Eso. Veámoslo -y la levanté en vilo para sentarla sobre la brillante superficie de la cómoda. Tal y como había calculado, tenía la altura perfecta. Sujetándole con una mano el trasero desnudo, deslice dos dedos de la otra en el interior de su sexo, palpando su húmedo calor. Vi que cerraba los ojos con fuerza, gimiendo-. ¿Te vas a quitar los pantalones o no? -me preguntó con tono suave mientras seguía acariciándola.
-Oooh, sí -susurré.
-Me alegro de oírlo -y retiré la mano para desabrocharme los tejanos.
Abriendo los ojos, Mariza me sostuvo la mirada mientras terminaba de despojarse de los elásticos.
-Ya casi estoy -Yo estaba temblando, pero conseguí abrir el sobre del preservativo, bajarme el pantalón y desenrollar el látex a lo largo de mi duro miembro-. Por si te lo estás preguntando, es de los que tienen estrías -el corazón me latía a toda velocidad mientras deslizaba ambas manos debajo de su trasero y la acercaba hasta el borde de la cómoda. Espero que te guste -y entré en ella con un solo Y fluido movimiento.
Se quedó sin aliento de puro placer. Podía verlo en sus ojos y en el delicado rubor de su piel.
-Las estrías... están muy bien.
-Yaya lo he notado siseé con los dientes mientras luchaba por contenerme para no alcanzar de inmediato el orgasmo.
Nuestra unión era perfecta. Debí haber adivinado que una vez que estuviese conectado a ella de una forma tan básica, sentiría una punzada de posesividad tal que mi corazón quedaría inevitablemente atrapado en aquella apuesta. Ya era demasiado tarde. Me hundí profundamente en ella, y muy pronto buscaría la liberación o me volvería loco. Pero quería grabar a fuego aquel momento en mi memoria. Sí, me quedaría muy quieto y retrasaría el momento del clímax mientras la miraba.
Había pensando que nada podía ser más sexy que el brillo del carmín en su boca sensual, pero estaba equivocado. Sus labios rosados y entreabiertos de deseo me tentaban de manera insoportable. Recordé lo que esos labios podían hacer, lo que habían hecho en la habitación del pasillo del hotel. El simple hecho de pensar en ello me arrastró hasta un punto sin retorno. Pero no, era demasiado pronto, así que continué mirándola mientras escuchaba sus gemidos de placer. Saboreé la vista de sus senos, con sus pezones erectos destacándose contra el tejido de su top. Y deslicé la mirada aún más abajo,
Hasta llegar al vello castaño y rizado que cubría el lugar donde mi pene estaba profundamente enterrado.
Puse a prueba mi control con un nuevo embate, embebido de la delicia de aquella conexión tan perfecta.
Como si estuviera haciendo equilibrios en mi un cuchillo, la miré intensamente a los ojos.
-Este es para mí.
-Adelante -repuso ella sin aliento.
Pude sentir los músculos de sus nalgas tensándose bajo mis dedos. Con un gemido de anticipación, empecé a moverme. Cada vez más rápida, más profundamente. Gimiendo, Mariza enredó las piernas en torno a mi cintura y echó la cabeza hacia atrás. Por sus urgentes gemidos, comprendí que estaba cerca del orgasmo, pero no podía esperar, no podía asegurarme de que llegara al mismo tiempo que yo. No esa vez. Ya habría muchas más ocasiones. Pero ahora... ahora... Los espasmos sacudieron mi cuerpo mientras me vertía en su calor.
-¡Pablo! ¡Por favor!
Su desesperación interrumpió la gozosa melodía que atravesaba mi cuerpo. Había querido ser egoísta aquella vez, pero no podía dejarla retorciéndose de frustración. Temblando todavía me arrodillé frente a ella, apoyé sus muslos sobre mis hombros y empecé a acariciarla con la boca. Poco después vi que se arqueaba de placer, soltando un desgarrado grito. Y mientras escuchaba sus tiernas y dulces palabras, decidí continuar.
Pero Mariza parecía dudar, como si quisiera apartarse.
-Tú... tenías razón -pronunció, con la respiración acelerada-. Yo nunca... no creo que pueda...
La ignoré y segui adelante.
-Pablo.. no tienes que demostrarme nada... -perdió el aliento y empezaron a temblarle los muslos.
Me sentí henchido de un fuero sentimiento de orgullo. Sabía tan bien... e iba a darle lo que ningún hombre le había dado antes.
-Oh, yo... Nunca he... ¡Oh, oh, oh! -sus palabras se convirtieron en ininteligibles murmullos mientras, una vez más, se arqueaba como un arco a punto de dispararse.
Estaba seguro de haber encontrado la combinación perfecta de caricias, el ritmo exacto y la presión pero necesitaba continuar. Y por tercera vez la alcé en vilo mientras ella reía y sollozaba a la vez.
Finalmente me erguí, la levanté en brazos y la lleve a la cama. Estaba floja como un muñeco de trapo cuando la tumbé sobre el lecho. Mientras me desnudaba y dejaba los preservativos sobre la mesilla, disfrutó de su satisfecha y lánguida expresión. En cuanto a mí, volvía a estar excitado, preparado para hacerle nuevamente el amor. Pero podía esperar.
Después de aquello me sentía amada, aun seguía recordándose que Pablo solamente quería pasar un fin de semana divertido conmigo. Antes de despedirse definitivamente. Pese a todo, seguía venerándome con los ojos cuando me miraba de aquella forma, con tanta ternura...
-Me encantaría devolverte el favor -le dije, contemplando su pene erecto.
-Quizá después. Teniendo en cuenta la diferente naturaleza de los hombres y de las mujeres, preferiría esperar un poco -y se levantó para descolgar el teléfono de la mesilla.
-¿Qué estás haciendo?
-Encargando comida.
-¿Comida?
-Sí, comida -me sonrió-. Intenté comer algo antes de subir, pero no tuve mucho éxito. Apostaría que tú tampoco has probado bocado. Ahora mismo tengo un hambre insaciable. ¿Y tú?
-Podría comer...
-Bien -marcó el número de servicio y me miró. ¿Qué tal un par de sandwiches con un poco de fruta?
-Perfecto -cualquier cosa me parecía bien. De pronto me dio cuenta de que aquello era exactamente igual que una luna de miel. Pero yo no estaba de luna de miel, y eso era algo que debía tener bien presente.
Después de colgar el teléfono Pablo se sentó en la cama, a mi lado.
-Uno de nosotros tiene más ropa que el otro -y se dispuso a quitarme el top blanco.
-Espera -lo detuve-. ¿No tendríamos que estar vestidos para cuando subieran la comida?
-Es verdad. De acuerdo. Nos vestiremos de nuevo. Pero estoy seguro de que no subirá nadie hasta dentro de veinte minutos por lo menos, así que quiero verte los senos. Besártelos. Me enloquecen tus senos. Y mira esto: yo también los enloquezco a ellos -se inclinó para mordisquearme delicadamente uno de los pezones, que se habían endurecido bajo su mirada.
Solté un suspiro de placer. Y ya no ofrecí resistencia cuando él empezó a subirme el top. Ansiaba sentir su boca ardiente contra mi piel. Me lamió el pezón hasta que empecé a retorcerme nuevamente de deseo.
-Cuéntame una fantasía secreta -me pidió mientras me cubría los senos de besos-. Algo que nunca hayas hecho. Algo que podamos hacer en esta habitación.
-Que me ates -murmuré-. Con cuidado y sin hacerme daño, claro. Y luego que me acaricies.
-¿No te asustarás?
-Contigo no. Me sentiré a salvo.
-Bien. Hagámoslo.
-Después de que nos suban la comida.
-Antes.
-¿Antes?
-Ahora -en cuestión de segundos terminó de quitarme el top por encima de la cabeza, enredándolo en las muñecas.
-¡Hey, estoy inmovilizada! ¡Espera un momento! ¡No puedes hacerlo así! ¡Primero tengo que dejarte!
-Eso sería demasiado soso para una mujer como tú.
-¡Pues era eso lo que tenía en mente! exclamé mientras forcejeaba, sin éxito.
-Perdona -me sujetó, sirviéndose del peso de su cuerpo al tiempo que con el top me ataba las muñecas a uno de los barrotes del cabecero de la cama. Luego me quitó la cinta del pelo y me aseguró también las muñecas-. De esta forma sí que es divertido -y se dispuso a inmovilizarme también los tobillos
-¡Para! ¡Pablo, gritaré!
Supongo que los ocupantes de las demás habitaciones imaginarán que simplemente estás teniendo otro maravilloso orgasmo, lo cual, por cierto, es lo que sucederá si te portas bien -sin dejar de agarrarme firmemente un tobillo con una mano, tomo la sábana con la otra y, sujetando la esquina con los dientes la rasgó.
-¡Estás destrozando una propiedad del hotel! Ya les pagaré el importe de la sábana -se movió al otro lado de la cama para repetir el proceso en el otro tobillo. Por último, una vez desnuda e inmovilizada del todo, me miró-Estupendo. ¿Estás cómoda?
Bueno, no me has hecho daño, si es eso a lo que te refieres, pero no era esto lo que yo quería que hicieras- estaba jadeando, tanto por el esfuerzo comotenía que admitirlo, de excitación. Me había atado con la promesa de un maravilloso orgasmo.
Aun así, mi sentido del honor me obligó a quejarme
Yo me imaginaba cuerdas de terciopelo o lazos de seda.
-¿Tienes cuerdas de terciopelo o lazos de seda?
-Bueno, no. Aun así, podías haberme atado lentamente...
-Eso habría sido muy aburrido. Pero no te preocupes, que iré despacio. A partir de ahora.
Un estremecimiento de anticipación me recorrió la espalda.
-Dios mío, ¡cómo han cambiado las cosas desde el viernes por la tarde!
-Ahí es donde te equivocas. Yo siempre he tenido mis fantasías, lo mismo que tú -rodó lentamente la cama, contemplándome con placer-. Esta es la única fantasía que nos pertenece a los dos.
No me atreví a preguntarle si yo era la mujer con la que había fantaseado. Si la respuesta era negativa, no quería saberlo. Pablo recogió los calzoncillos del suelo y se los puso.
-No ha llamado nadie a la puerta.
-Ya lo sé. Todavía no.
-¿Entonces por qué...?
-Quiero estar preparado -se puso los tejanos y se sentó en el borde de la cama, con toda naturalidad.
El pulso se me aceleró al mirarlo a los ojos. Un involuntario estremecimiento de excitación me recorrió al tomar finalmente conciencia de mi vulnerabilidad. Me hallaba completamente a su merced. ¿Confiaba hasta ese punto en él? Sí y no. Sí, porque jamás me haría daño alguno. No, porque acabaría con todas mis defensas y precauciones. Y allí era donde residía el peligro.
-¿Tienes frío?
Negué con la cabeza. Al instante Pablo deslicé lentamente un dedo a lo largo de mi tobillo, por la parte interior, ascendiendo poco por mi pierna y por mi muslo, cada vez más arriba, más arriba... hasta detenerse. Sin dejar de mirarme a los ojos, me acarició el vello rizado sin apenas tocarlo, y yo pude descubrir lo increíblemente sensible que era a su contacto.
-Hueles tan bien -murmuró. Introdujo profundamente un dedo en mi interior, lo sacó y se lo chupo-. Y sabes todavía mejor. Yo quería más... mucho más. Pero él me había prometido que se conduciría con lentitud. Me pregunto si sobreviviría a la espera.
-Imaginémonos que esto es un frasco de pintura -deslizó dos dedos en el interior de mi sexo-. Y que voy a pintar un magnífico cuadro con tu tersa piel como lienzo. Estás tan húmeda que debería ser capaz de crear una obra maestra.
-Me vas a torturar, ¿verdad? le pregunté, invadida por un delicioso calor. Con los dedos húmedos, me delineó un pezón.
-Sí, querida. Y te va a encantar.
Como técnica de seducción, era altamente sofisticada. Me acarició cada parte de mi cuerpo con el almizclado líquido de mi pasión, volviendo a cada momento a la fuente para recoger más «pintura». Solo hundía los dedos en mi sexo lo justo para arrancarle un susurro, y no lo bastante para provocarle el clímax, que muy pronto reclamaría con todo mi ser.
Precisamente cuando ya estaba dispuesta a todo tal de conseguir aquella preciada liberación, un golpe en la puerta anunció la llegada del servicio. Pablo se inclinó sobre mí y me acarició delicadamente los labios con los suyos.
-Nuestra comida ha llegado. ¿A quién le importa eso? -protesté-. Pablo, necesito
-Pronto -saltó de la cama-. ¡Entre! -llamó al camarero-. ¡Estamos en el dormitorio!
-¿Qué? ¡Lo has hecho pasar! ¡Pablo, no abras esa puerta!
-No te asustes -murmuró antes de recoger el edredón, que había caído al suelo, y cubrirme hasta la barbilla.
-¿Qué... qué estás haciendo?
-Rematando tu fantasía -me colocó dos almohadas bajo la cabeza disponiéndolas de forma que ocultaran mis muñecas atadas a los barrotes de la cama-. Presta atención, Mariza. Nos vamos a excitar como nunca antes nos habíamos excitado.
-¿Co-cómo?
-El camarero entrará para dejar nuestra comida mientras tú estás aquí, completamente desnuda y excitada bajo el edredón, incapaz de moverte, y para cuando haya dejado la bandeja y yo le haya pagado, estarás más excitada que nunca en toda tu vida. Y todo por el riesgo. Esto será todavía mejor que lo del pasillo del hotel.
-Oh, Pablo -por un instante creí que mi corazón se me saldría del pecho.
-¿Confías en mí?
-De-de acuerdo.
Y abrió la puerta del dormitorio. El camarero entró, y después de lanzarme una rápida mirada a, dejó la bandeja sobre una mesa. Pablo también fingió ignorarme mientras se tomaba su tiempo para pagarle y acompañarlo hasta la puerta.
Jamás había experimentado una reacción semejante, sabiendo que en el mismo instante en que el camarero se hubiera marchado, Pablo retiraría el edredón y me haría el amor. Cuando volvió, a punto estuvo de destrozarse la ropa en su apresuramiento por desvestirse. Se puso el preservativo en un tiempo récord. Luego retiró el edredón y me desató antes de hundirse en mi interior. Fue el orgasmo más potente que había experimentado nunca.
Convulsionándose de placer, me aferré a él con todas sus fuerzas.
Poco a poco el mundo dejó de dar vueltas a mí alrededor mientras recuperaba el aliento. Pablo se echó a reír. Yo sonreí. Y, antes de que nos diéramos cuenta, estábamos riendo a carcajadas. ¿Te das cuenta de lo que hemos hecho? -me preguntó Pablo.
-¡No! ¡Estás realmente loco!
-Tú lo empezaste todo... -se incorporó sobre un codo y me miró, risueño.
-¿Te refieres a lo del pasillo del hotel?
-No, antes todavía. Cuando nos besamos detrás de aquella gran roca, en el jardín del hotel. Mi imaginación no ha dejado de funcionar a marchas forzadas desde entonces.
-Estaba intentando corromperte.
-Pues funcionó, Mariza, funcionó. Jamás olvidaré este fin de semana.
Sentí una dolorosa punzada en el corazón. Ojala me hubiera dicho que jamás me olvidaría. Forcé una sonrisa le dije, yo tampoco.
Aquella fue la mejor comida que había compartido nunca. La mejor comida, el mejor ambiente, la mejor compañía. Me preguntó por qué nunca se me había ocurrido comer con una mujer.. Desnudos los dos. Nos ahorrábamos un montón de servilletas. Si cualquiera de los dos se manchaba, el otro solícitamente le lamía el resto de comida o de zumo. Personalmente me esforcé por mostrarme muy torpe, y supuse que Mariza también hizo lo mismo.
Con todas aquellas interrupciones, tardamos bastante en terminar. Tomé conciencia de ello cuando tuve que encender una luz para ver mejor a Mariza. Al mismo tiempo vi la hora que marcaba el reloj digital de la mesilla. Maldije en silencio. Mi avión saldría dentro de escasas horas.
-¿Por qué frunces el ceño? -me preguntó ella, acurrucándose bajo las sábanas.
-No -me tumbé a su lado y le acaricié un pezón con el pulgar-. No podré quedarme mucho tiempo más.
-¿De veras? -me miró alarmada.
-Mi avión sale esta noche.
-Piérdelo.
-No puedo. ¿Estás... seguro? -extendió una mano y cerró los dedos en torno a mi pene.
Cerré los ojos, excitado. Pero le había prometido a Benjamín que estaría en casa aquella noche. A causa de esa promesa, Benjamín y Camila habían dejado la Hacienda esa tarde para viajar a Buenos Aires y comprar decoraciones para la boda. Pensaban quedarse por un par de días y yo tenía que hacerme cargo de la hacienda durante su ausencia. Varios asuntos reclamaban mi atención. No podía faltar a su palabra.
-Estoy segura de que podrás tomar un avión por la mañana- me dijo Mariza, depositando un beso en la punta de mi pene. Y se sirvió de la lengua para reforzar su argumento.
-Sigue así y seré capaz de volar sin avión...
-Quiero que te quedes conmigo esta noche.
-No hay nada que desee más. Pero no puedo. Yo -perdí el aliento cuando Mariza se metió mi miembro en su boca y empezó a succionarlo-. Tienes sorprendentes poderes de persuasión... -no era posible que estuviera excitándome otra vez, pero así era. Tenía que detenerla. No quería que fuera así el último orgasmo que tuviera con ella. Ah, pero me estaba dando tanto placer.. Reacio, enterré los dedos en su pelo y la obligó suavemente a alzar la cabeza-. Tiempo de ponerme un preservativo -murmuré mientras la besaba-. Estaba vez quiero estar dentro de ti.
-De acuerdo. Podemos intentar una nueva posición.
-Yo había pensado en algo aburrido. Espera un segundo -me volví para recoger un preservativo de la mesilla.
-¿Aburrido? -sonrió-. Espera, déjame que te lo ponga yo.
-Ya creía que nunca me lo ibas a pedir -se lo entregué y Mariza fue desenrollándolo meticulosa y concienzudamente a lo largo de mi pene, tomándose su tiempo. Yo, por mi parte, intentaba no pensar en que aquella sería la última vez que sentiría el delicioso contacto de sus manos en mi piel.
-No sé cómo puede ser aburrido lo que tú y yo hagamos en esta cama -dio un último tirón al látex. Luego me acarició lentamente los testículos sin dejar de mirarme a los ojos.
-¿Entonces no te importaría que adoptáramos la tradicional posición del misionero?
-¿Sin testigos? ¿Sin miedo a que nos descubran?
-Exacto. Solo tú y yo.
-Me da miedo.
-Lo sé. ¿Crees que podrás atreverte?
-No lo sé...
-Intentémoslo -la tumbé delicadamente de espaldas y apoyó las manos a cada lado de sus hombros, mientras me colocaba entre sus muslos.
La devoré con los ojos, memorizando todos sus rasgos. Aquella era la última oportunidad con que contaba para despertar algún tipo de emoción verdadera, de sentimiento profundo en Mariza. No podía fracasar.
Su melena despeinada se derramaba sobre la blancura de la almohada en una cascada de color rojo oscuro, el color del deseo. Fui bajando la mirada, desde sus mejillas ruborizadas hasta sus pezones erectos. Desde su vientre plano hasta su vello castaño y rizado. Volví a concentrarme en su rostro. Los labios llenos, entreabiertos; los ojos oscurecidos por la pasión.
Sin dejar de mirarla moví las caderas hacia delante, dejándome envolver por su calor.
-Es maravilloso -murmuró ella.
-Desde luego que sí -era consciente de que no hablando del sexo en general. Nunca había experimentado nada que pudiera compararse con hacer el amor con Mariza. Estaba empezando a tomar conciencia de lo muy especial que era aquella conexión... para mí. Pero no sabía si para ella era lo mismo. Aún no. Aspirando profundamente, empujé un poco más. Vi brillar lentamente una llama en sus ojos, una llama que me abrigó el alma. Sí, quizá todavía existiera oportunidad. Pero no la echaría a perder hablando de ello. Procuraría dar un rodeo, abordarlo indirectamente.
-Ya sabes que esta vez no habrá orgasmos múltiples.
-De acuerdo - Mariza tragó saliva, emocionada, y ensayó en vano otra sonrisa- ¿Vuelta a lo básico?
-Sí.
-Después te marcharás, ¿verdad?
Me abrazó con más fuerza, cerrando los ojos.
-Lo sabía -susurré. Se le había quebrado la voz.
- Mariza, abre los ojos- como vi que negaba con la cabeza, insistí-: Por favor.
Cuando los abrió, vi que los tenía inundados de lágrimas. Unas lágrimas que me desgarraron por dentro.
-Estás llorando -pronuncié con voz ronca de emoción.
-Creo que se me ha metido algo en el ojo.
-Mentirosa. Tienes tantas ganas de que esto termine como yo.
-Tiene que terminar -le tembló la voz-. No puedo volver.
-¿A la hacienda?
-A la hacienda, con mi familia, a mi antigua vida.
Me di cuenta de que Mariza no pensaba que yo me mereciera un sacrificio semejante. Eso era. Podía suplicarle que cambiara de idea. ¿Y luego qué? ¿Convencerla de que viviera una vida que no quería porque no podía imaginarme a mí mismo viviendo sin ella? No.
-Entonces supongo que no hay nada que hacer.
-Eso es.
-Bien, pues será mejor que te agarres fuerte, corazón, porque esta va a ser una despedida que nunca olvidarás -comencé a moverme lentamente, cada vez más rápido, y vi que incluso sus lágrimas no apagaban aquella llama que veía brillar en sus ojos-. Ya sabes que esto es mucho más que sexo -murmuré.
Mariza no dijo nada, pero la llama ardió con más fuerza.
-Va más allá de juegos y de excitaciones -fui incrementando el ritmo, avivando aquella llama. Ella lo quería. Podía verlo en sus ojos-. De orgasmos múltiples.
Las lágrimas resbalaron por las comisuras de sus ojos y sus jadeos se convirtieron en sollozos, pero en ningún momento dejó de mirarme.
-Pero si no puedo darte nada más, al menos puedo darte esto -ladeándome, entré aún más profundamente en ella, acariciándola al mismo tiempo Y arrancándole gritos de placer-. Te gusta, ¿eh?
-¡Sí! -gritó, abandonada a aquellas sensaciones-. ¡Sí! ¡Oh, Pablo, Pablo... ahora!
Mientras ella me envolvía gozosa en su calor, perdí finalmente el control con un gemido de rendición. De rendición a mi pasión, a Mariza, a un futuro que no la incluía. Estremecido, me apreté con fuerza contra ella ahogando un sollozo de frustración. Todo terminado.
Me quedé en la cama, acurrucada bajo las sábanas, mientras Pablo se vestía. De cuando en cuando lo observaba y cerraba los ojos, luchando mantener las lágrimas. Habíamos practicado mucho en aquel dormitorio pero solo habíamos hecho el amor realmente una vez, la última. Y aquella única ocasión había estado a punto de destrozarme. Mi amor inexpresado pero real, era increíblemente hermoso y absolutamente desesperanzado.
Después de abrocharse el cinturón, recogió su sombrero. Volvía a la Hacienda, a trabajar, y yo tenía que terminar un artículo para la revista. Teníamos que separarnos. Tal vez Pablo no quisiera separarse de mí, pero era simplemente el sexo lo que le había nublado el juicio. Quizá, arrastrado por su deseo, había imaginado que podría convertirme en la mujer que necesitaba a su lado. Yo, en cambio, jamás me había planteado pedirle que se convirtiera en un hombre de ciudad. Si acaso eso era posible. Allí estaba en medio del dormitorio, alto y fuerte, tocado con su sombrero negro. Un verdadero hacendado. Y yo lo amaba así, por lo que era y como era. Aunque hubiera podido, jamás habría «urbanizado» a Pablo Bustamante.
-Me pasaré antes por recepción para pagar el de la sábana.
Me incorporé, apoyándome en el cabecero de la cama y cubriéndome con el edredón. No sabía porqué, pero la desnudez me parecía inapropiada en aquellos momentos, a pesar de todo lo que habíamos hecho antes.
-¿Qué les vas a decir?
-Oh -sonrió- que cada uno nos llevamos un pedazo como recuerdo.
-Una buena idea -miré el trozo de sábana que Pablo había apartado para llevárselo a casa. Por alguna razón, aquel gesto tan sentimental me conmovía especialmente. Resé para no echarse a llorar en cualquier momento.
-Tengo que irme -pronunció él con tono suave.
Solo asentí con la cabeza, sin atreverme a hablar.
-Será mejor que no te dé un beso de despedida, porque corro el riesgo de no marcharme nunca.
-De acuerdo -me aclaré la garganta. Aferrándome con fuerza, intenté respirar normalmente.
Vi que se dirigía hacia la puerta. En aquel momento comprendí a la perfección lo que debía de sentir un condenado a muerte durante los últimos segundos de su vida. Ese mismo día había conocido el Cielo. Y al cabo de unos minutos conocería el Infierno.
Pablo abrió la puerta. Me abracé. Luego, lentamente, cerró la puerta y se volvió para mirarme. En aquel instante mi corazón abrigó una renovada esperanza, aunque no podía imaginar que hubiera encontrado solución alguna.
-Al menos ven a la boda de Camila y Benjamín.
Sentí una punzada de dolor. La boda. Por supuesto. ¿Qué me había esperado? ¿Que caería de rodillas y me confesaría que no podía vivir sin mí? Eso solamente sucedía en las películas. De alguna manera conseguí hablar a pesar del nudo que tenía en la garganta.
-Eso solo serviría para causar problemas.
-Estoy seguro de que a Camila le encantaría que asistieras. Y a Martín también.
No supe de dónde saque la fuerza necesaria para discutir de aquello con él.
-Hace diez años que no me hablo con ellos. No puedo presentarme tranquilamente allí, precisamente en el gran día de Camila. No sería justo para nadie- por lo demás, sabía que sería una tortura volver a ver a Pablo y no poder tocarlo, abrazarlo, amarlo...
-De acuerdo -repuso él con tono suave-. Y si dijera que me encontré contigo y que...
- Pablo, no puedes decirles que nosotros...
-Yo no haría eso, Mariza. Lo que hemos hecho este fin de semana es algo puramente privado y estrictamente nuestro.
-Gracias.
-Pero... ¿no te gustaría asistir a la boda? -insistió.
Era una pregunta muy complicada. Pero al final, visualicé a mi hermana pequeña casándose, día que jamás se repetiría, comprendí que sólo había una respuesta:
-Sí.
-Entonces permíteme que les diga que te he visto. Ya estoy convencido de que ellos querrán que vayas a la boda, pero podré darte la completa seguridad de que esperan y desean verte...
-Hay otra cosa -le sostuve la mirada, con el corazón acelerado-. Ambos convinimos en que no había ningún futuro para nuestra relación, ¿verdad?
-Eso es lo que dijiste tú.
-Sí, es lo que yo creo -Me pasé la lengua por los labios resecos-. ¿Pero cómo podría ser eso... si yo volviera a la hacienda aunque solo fuera por un par de días? ¿Cómo podríamos soportarlo?
-Tendríamos que hacerlo, por el bien de Camila y Benjamín.
-Si tú puedes, yo también.
Ignoraba absolutamente si podría o no soportarlo. Pero ansiaba correr el riesgo, con tal de volverlo a ver.
-Sí. Como tú mismo has dicho, estaríamos obligados a ello. Por el bien de la gente que queremos -y ella se incluyó en esa categoría.
-Bien.
-Gracias por haberme sugerido que vaya a la boda -pronuncié, sincera-. Suponiendo que Camila y, papá me acepten, es lo que tengo que hacer. Después de todo, probablemente Camila y Benjamín tengan hijos algún día.
-Sí, es muy probable -repuso Pablo, anhelante.
«Por supuesto, querrá tener hijos», pensé con una punzada de arrepentimiento. Yo nunca me había planteado tenerlos, pero si pudiera tener algún día uno con Pablo, eso sería.. Especial.
-Querré ver a mis sobrinos, así que necesito pasar antes este mal trago con Camila. y con mi padre. Cuanto antes, mejor.
Pablo asintió. Y se quedó mirándome fijamente, inmóvil. Me pregunté qué sucedería si soltaba el edredón y abría los brazos. A juzgar por su mirada, perdería el avión. Pero él no quería realmente eso. De modo que opté por ayudarlo.
-Necesitas marcharte murmuré.
-Mariza..
-¡Vete, maldita sea! ¡No puedo ser noble durante tanto tiempo!
Y sin pronunciar palabra se marchó, cerrando la puerta suavemente a su espalda.
Perdí la noción del tiempo con la mirada fija en la puerta cerrada. Hasta que las palabras que nunca había llegado a pronunciar en voz alta afloraron a mi garganta, luchando por liberarse.
-Te amo, Pablo -susurré con voz ronca en medio del silencio.
Mariza no quería su amor. Mientras su avión despegaba de Las Vegas, me dije que tendría que acostumbrarme a ese hecho. A pesar de todo había estado a punto de confesarle que la amaba, pero ella lo había interrumpido, como si no hubiera querido que cometiera el error de revelarle sus sentimientos y decirle cosas de las que tuviera luego que arrepentirse. Quizá ella también me amara un poco. Habría jurado que era amor lo que vio en sus ojos en los últimos momentos de aquel fin de semana. Pero amar a un tipo como yo solo podía significar lazos y compromisos para Mariza: por eso había ignorado aquel sentimiento. Me pregunté cómo se sentiría en aquellos instantes. En cuanto a mí, sentía un enorme vacío en el corazón que nada ni nadie podría llenar.
Mí sugerencia de que asistiera a la boda de su hermana sólo había sido un desesperado intento por mantener algún contacto con ella. Sospechaba que Camila y Martín se mostrarían encantados de que regresara en un día como aquel, y Benjamín también se pondría contento. Había estado más que deseoso de hacerles ese favor, pero mis motivos para proponérselo a Mariza habían sido puramente egoístas. Mariza tal vez no quisiera mi amor, pero cuanto más me acercaba, menos dispuesto me sentía a aceptar aquello como una decisión definitiva.
Estaba satisfecho de que Mariza volviera a la hacienda para la boda. A la hacienda, a la tierra en la que estaba tan naturalizado. Iba a necesitar de toda mi fuerza para el milagro y convencerla de que se integrarla a mi vida, y esa fuerza solo podría conseguirla de la tierra en la que había nacido. Aun así, tendría que llevar cuidado para no abrumarla y forzarla a algo que quisiera realmente. Contaba con el hecho de que tal vez no fuera consciente de lo que deseaba o necesitaba. Se había convencido a sí misma de que no encajar en la hacienda, pero yo quería cerciorarme, someter a prueba esa convicción.
Quizá ella tuviera razón. Quizá cuando la miraba y me la imaginaba rodeada por mis hijos, simplemente estuviera alucinando a partir de la experiencia sexual más satisfactoria que había tenido nunca. Pero después de haber hecho el amor con Mariza como lo había hecho la última vez, no podía imaginarme a ninguna otra mujer como la madre de mis hijos. Tenía que estar loco. Solo un loco habría podido fantasear con dejar embarazada a una mujer que no había querido admitir que lo amaba, o al menos que no había querido que yo le confesara mi amor.
Pero yo habría dado diez años enteros de mi vida a cambio de la oportunidad de demostrarle a Mariza Andrade que era el hombre adecuado para ella.
Necesitamos sacar un artículo sobre «ciberinfidelidades». Tal y como yo lo veo, sería algo así: ¿estás chateando con un amante en la red? Mía no dejaba de dar golpecitos a la mesa mientras recorría con los ojos a los miembros de su consejo editorial- Mariza, ¿por qué no intentas investigar ese tema?
Yo solo asentí en silencio. No quería aquel encargo, pero ya hablaría con Mía después. Aunque ya habían pasado cinco días desde la última vez que hice el amor con Pablo, todo mi ser seguía vibrando de recuerdos. Y después de una experiencia física como aquella, no tenía absolutamente ningún interés en el «cibersexo». Mientras la reunión seguía su curso, examiné el resto de temas que se habían lanzado sobre la mesa. Desgraciadamente, todos me parecían enormemente aburridos. Quizá necesitara otra cafeína. 0 dormir más. Dormir habría sido estupendo. Desde que regresé de Las Vegas no había logrado conciliar bien el sueño. Echaba terriblemente de menos a Pablo. Me pregunté durante cuanto tiempo más durarían los efectos de un fin de semana con Pablo Bustamante. Desde entonces nada me había interesado, a excepción de la breve excursión que había hecho para comprarme el vestido que me pondría para la boda de mi hermana...
-¿Mariza? ¡Mariza!
Alcé la mirada y descubrí que todo el mundo en la mesa estaba intentando llamar mi atención, incluida Mía.
-Hemos estado apostando -me explicó Mía_ y la mayor parte de nosotras, yo incluida, estamos convencidas de que vos conociste a un bombón en Las Vegas o en New York, lo que explica tu actitud desde que volviste. ¿Quieres contárnoslo?
-No.
-¡Lo sabía! -exclamó Allegra, una atractiva rubia de veintidós años con un brillante futuro como periodista-. Se los dije que si se negaba a contarlo, es que era algo más que una simple aventura.
Empujé hacia atrás mi silla, dispuesta a levantarme. No necesitaba pasar por aquello.
-Es solo una gripe, eso es lo que es, y si no miden vuestras palabras les contagiaré los gérmenes.
En aquel instante Clara, la recepcionista, asomó la cabeza por la puerta.
-Disculpen, pero tengo un chico aquí fuera que necesita entregar un telegrama cantante. ¿Puede salir Mariza un momento?
- Diablos, no teníais que hacer esto -gruñí-. Les prometí que me animaría. No me obliguen a escuchar un telegrama cantante...
Arqueando las cejas, Mía miró a los restantes miembros del consejo editorial.
-Bueno, yo no he encargado ningún telegrama cantante. ¿Ha sido alguna de vosotras?
El coro de negativas no logró convencerme. Suspiré resignada.
De acuerdo, tendré que soportar esta dura prueba -me levanté para dirigirme hacia la puerta.
Todo el mundo me siguió a la oficina. Nunca había recibido un telegrama cantante antes, así que no sabía exactamente qué esperar. Pero desde luego no a un joven negro vestido de rapero, con un enorme aparato de música al hombro.
-¿Señorita Mariza Andrade? -inquirió.
-Me temo que soy yo contesté esbozando una mueca.
El joven asintió, poniendo en marcha su equipo. Y al son de una melodía de rap comenzó a bailar y a recitar:
Bueno, vuelves a casa, porque tu hermana va y se casa.
Chica, el lazo se atará y el arroz se lanzará.
Así que solo queremos saber si vienes o si no.
Porque, para ser sinceros, no podemos echarte más de menos.
Mi primera reacción fue de aturdimiento, porque un telegrama cantante era lo último que habría pensado recibir de mi familia. Pero, conforme fuí asimilando el significado de aquellas palabras, mis ojos se llenaron de lágrimas.
-Gr..Gracias -le dije al chico.
-De nada -y después de saludarme con una galante inclinación, dio media vuelta y salió de la oficina.
-Vaya -exclamó Mía-. ¿Tienes una hermana que se va a casar?
Asentí, sin atreverme a hablar. «No podemos echarte más de menos». Oh, Dios mío, ¿por qué había dejado pasar tantos años sin verlos?
-Necesito hacer una llamada.
-Claro -me dijo Mía, conmovida, y señaló con la cabeza la puerta de su despacho privado-. ¿Por qué no usas mi teléfono?
-Gracias.
Enjugándome las lágrimas, corrí al despacho Y cerré la puerta. Luego me llevé ambas manos al estómago. Seis años. Durante Seis años había echado de menos la voz de mi padre y la risa de mi hermana. No podía imaginar cómo podían perdonarla. Y aun así me habían enviado un telegrama cantante, un gracioso y conmovedor rap compuesto especialmente para mí. Descolgué el auricular con mano temblorosa y marqué el número.
Fue Camila quien respondió. Por su voz, parecía mayor. Por supuesto. Solo tenía dieciseis años la última vez que la había visto.
-Cami soy Mariza -las lágrimas me corrían ya por mis mejillas.
-¿Mariza? ¿Eres tú de verdad?
-SÍ, Dios mío, sí. Oh, lo siento tanto, Cami -pronuncie entre sollozos-. Los he echado tanto de menos, tanto... ¿De verdad que puedo ir a tu boda?
Mi hermana también se había echado a llorar.
-¡Será mejor que lo hagas! ¡Porque si no vienes, te mandaré otro chico con un nuevo telegrama cantante, pero esta vez irá armado! -las carcajadas se mezclaban con sus sollozos-. ¿Me oyes, Mariza?
-Te oigo -repuse -. Estaré allí. Entonces... ¿lo del telegrama cantante fue idea tuya?
-No.
-¿De papá? - me costaba trabajo imaginármelo.
-No, pero la secundó gustoso.
-De acuerdo, ya lo sé. Benjamín. Da el tipo.
-Tienes razón -rió Camila.- Benjamín da el tipo, pero fue Pablo el artífice de la idea. Dijo que no podíamos e una simple carta porque sería demasiado aburrido.
-¿Pablo? -mi corazón me dio un vuelco. ¡Cómo lo amaba!- Bueno, pues dile que no me he aburrido. ¿Quién compuso el rap?
-Oh, lo compusimos entre todos.
-Me encantó, la verdad...
-Papá habría preferido una melodía suave y romántica, pero no queríamos avergonzarte delante de tus compañeros de oficina. Escucha, ahora mismo está trabajando pero si quieres llamarlo esta noche...
-No, me gustaría verlo cuando hable con él. Esperare a tenerlo delante.
-Te ha echado terriblemente de menos, Mariza. Todos nosotros. Pablo nos contó lo de tu trabajo. Es increíble que no haya encontrado tu nombre en esa revista pero ya sabes que yo nunca he sido muy asidua a ese tipo de publicaciones -se interrumpió, riendo -. Antes al menos. Porque últimamente mis gustos están evolucionando y me estoy aficionando al Playgirl.
Camila - no supe qué pensar cuando me imaginó a mi hermana pequeña viendo fotografías de hombres desnudos. Ya no soy la chica puritana y estirada que era cuando te marchaste, Mariza.
-¡Ya lo supongo!
Tenemos que hablar de muchas cosas. Bueno, ¿cuándo te esperamos?
Yo ya había estado calculando los días desde que regrese de New York.
-Solo puedo llegar un día antes de la ceremonia. Sé que es una pena, pero todo esto ha sido tan inesperado... Me costará hacerme con ese viernes libre, pero estoy decidida a conseguirlo.
-Pues entonces el viernes. ¿Quieres que te recoja en el aeropuerto?
-Rotundamente no. Eres la novia y tendrás cosas que hacer.
-Apuesto a que Pablo sí que podrá.
«Ni en sueños», pronuncie para mis adentros.
-No, alquilaré un coche -pensé en un descapotable. La hija pródiga debía hacer una entrada triunfal.
-Me parece una tontería -replicó Camila.-. Estoy segura de que Pablo...
-Quiero alquilar un coche. Un descapotable rojo. Y pasar, con la radio a todo volumen, por la calle principal: la tienda de comestibles, la cafetería, la oficina de correos...
-De acuerdo. Ya lo he captado.
-Aunque tal vez no sea una buena idea -me arrepentí por un instante -No quiero avergonzar a la novia y..
-Ya hace hora que deje de preocuparme por esas cosas rió Camila.-. Ahora mismo Benjamín es lo único que me importa. Que todo el mundo se entere de tu vuelta, hermanita.
-Yo apenas puedo esperar.
-Lo mismo me pasa a mí.
No podía dejar de sonreír mientras colgaba el teléfono. Me moría de ganas de ver con mis propios ojos la transformación que había experimentado mi hermana. Siempre había pensado que Camila había estado en un segundo plano, a la defensiva, debido a que yo me había desarrollado muy tempranamente, adoptando aquella imagen de sex-symbol del pueblo. Como si no hubiera querido competir con su hermana mayor.
Pero quizá mi larga ausencia de había sido positiva para Camila. Sin mi a su lado, tal vez había sido ya capaz de volar con sus propias alas. Luego pensé en Pablo. Todavía no podía creer que hubiera concebido la idea del rap. Aquel hombre estaba lleno de sorpresas.
Llegué a casa al anochecer y encontré a Camila y Benjamín, abrazados en el columpio del porche.
-Muy bien, chicos, cuidado. Arriba esas manos, donde yo pueda verlas.
-Estás celoso porque no tienes una chica como Camila para hacerte arrumacos -sonrió Benjamín.
-Ha llamado Mariza -me apresuró a informarme. Le encantó el telegrama cantante del rap y me ha confirmado que vendrá a la boda. Debiste de esconderte muy bien, porque tu presencia le pasó absolutamente desapercibida.
-Estupendo me apoye en la barandilla del porche. En cierta forma, me había sentido decepcionado de que Mariza no hubiera descubierto mi presencia allí mismo, en la puerta de su oficina. No estaba seguro de lo que habría hecho si ella me hubiera sorprendido, pero me había costado muchísimo acercarme tanto sin establecer contacto con ella. Estaba terriblemente hermosa con su blusa de seda y su ajustada...
-¿Era bonita la oficina? -me preguntó Camila.
-Supongo que sí-respondí, aunque apenas me había dado cuenta.
-Papá está entusiasmado con su vuelta a casa. Ya lo conoces, no quiere que se le note, pero se ha puesto a limpiar la casa como nunca lo ha hecho en su vida. Quiere que todo esté perfecto.
Asentí. Lo comprendía perfectamente. Yo mismo había dejado el interior de la casa de la Hacienda a cargo de Michi, mi ama de llaves, pero había dedicado parte de mi tiempo libre a podar y ordenar el jardín.
-Ojala hubiera estado allí para poder ver la cara que puso Mariza cuando oyó el rap -rió Benjamín. Ahora que todo está arreglado, me alegro de que decidieras viajar a Buenos Aires para supervisarlo todo.
-Si hubiera podido mandar a alguien de confianza, lo habría hecho.
-Ya, ya. Pues yo creo que quería supervisarlo todo personalmente. Te conozco mejor de lo que cree hermanito.
Pensé en todas las cosas que Benja ignoraba de mí y que Mariza sí conocía. Ella era la única persona que había colmado mis más íntimas fantasías. Me había descubierto un mundo nuevo, y yo me había enamorado de ella y de su manera de ver el mundo. La necesitaba a mi lado para que pudiéramos seguir explorando juntos aquel universo.
Si solo pudiera estar seguro de que Mariza me necesitaba tanto como yo a ella.
Llegar a mi pueblo natal, el viernes siguiente, resultó exactamente como había esperado. Lo que no había esperado eran los gritos de saludo y la entusiasta bienvenida. Había tenido que detener el coche varias veces para hablar con amigos y conocidos. Ni una sola persona me había insultado: al contrario, me habían recibido como si fuera una celebridad. Probablemente mi hermana, y quizá incluso mi padre, habían difundido la noticia de que llevaba años publicando en Maxim, una revista de tirada internacional. Y, por lo que podía ver, mi temprana trasgresión de haber posado desnuda había sido perdonada y olvidada.
Pero cuando pasé por debajo del arco de entrada de la Hacienda Bustamante, mi afianzada seguridad comenzó a decaer. Al cabo de pocos minutos tendría que enfrentarme con papa, y estaba terriblemente asustada.
La perspectiva de volver a ver a Pablo me producía más ilusión que el reencuentro con mi padre después de tantos años. Sus últimas palabras sido muy amargas. Había arrojado un ejemplar de la revista Macho al fuego mientras me decía que por desgracia, me parecía demasiado a mi madre. Y luego me había ordenado que dejara la casa. Después de aquello, me había marchado sin despedirme.
Sí, mal que me pesara, me había sentido muy sola aquellos últimos seis años. Había hecho amigos y amantes en Buenos Aires pero nadie había conseguido llenar el vacío que me dejó mi familia. Quería reconciliarme, pero no a cambio de perder mi propia autoestima. Si mi padre mostraba alguna señal de desaprobación, me marcharía el mismo sábado después boda para no volver nunca.
Al pasar al lado de la casa de la hacienda, me pregunté si Pablo, se encontraría dentro y si me estaría observando. Cuando me dirigía hacia la cabaña donde vivía mi padre, distinguí un jinete a lo lejos conduciendo el ganado. A pesar de la distancia, lo conoció. Era Pablo. Mi acelerado el corazón latió a un ritmo insoportable. Tendría que enfrentarme uno a uno con aquellos dos hombres, y mi padre el primero de la lista. Aparque al lado de la camioneta de mi padre, dejé mi equipaje en el maletero del descapotable y solo me llevé mi bolso. Si el recibimiento era demasiado frío, siempre podría alojarme en el único motel del pueblo.
Al entrar en el pequeño porche cubierto, enseguida advertí que había sido limpiado recientemente. Incluso el jardín estaba podado. Quizá papa hubiera adecentado la casa para la boda. No Podía creer que lo hubiera hecho por mi; eso estaba descartado. Nerviosa, no supe si llamar antes a la Puerta o entrar directamente. De alguna forma, llamar a la puerta de la casa de mi padre me parecía ridículo. Fui a agarrar el picaporte pero al instante retiré mi mano. Luego me dispuse a llamar, pero en el último momento tampoco me decidí.
Finalmente se abrió la puerta y apareció mi padre. Nos miramos. Aunque la lógica me decía que era seis años mayor que la última vez que lo había visto, no había esperado verlo así. Su cabello y su bigote, de un rojo oscuro veteado de gris, estaban ahora casi blancos. Tenía el rostro surcado de arrugas y parecía incluso más bajo. Sin embargo, aquellos ojos castaños de mirada penetrante no habían cambiado: seguían perforándome el alma. Me pregunté si adivinaría lo muy asustada que estaba. Probablemente sí.
-Hola, Mariza.
-Hola, papá.
-Pensé que sería mejor que te abriera la puerta yo. Parecía como si te hubieras olvidado de cómo se hace.
-Yo... no sabía si debía llamar antes.
-Pues no -de repente su expresión se suavizó-. Que nunca más se te ocurra llamar -y añadió con voz temblorosa-: Tú siempre serás bienvenida en esta casa, Mariza.
Emocionada, me lancé a sus brazos.
-Lo siento, papá -sollocé, enterrando mi rostro en su pecho.
-Soy yo quien tiene que disculparse -la abrazó fuerza-. Yo no quería realmente que te marcharas Mariza. De verdad...
-No, si yo no te lo echo en cara -repuse con voz ahogada-. No esperaba que te sintieras muy contento después de lo que hice.
-Admito que pusiste a prueba mi paciencia.
Y tú la mía sonreí. Alcé la cabeza y contemplé aquel adorado rostro, con la vista nublada por lágrimas-. Pero quizá podamos empezar de nuevo.
-No -sacudió la cabeza-. Eso significaría tirar por la borda todo lo bueno junto con todo lo malo. También me diste muchísimas alegrías. Así que empezaremos de nuevo. Simplemente seguiremos a partir de aquí.
-De acuerdo -suspiré profundamente. Sentía especie de paz interior que no había conocido en años-. ¿Dónde está Camila?
-Aquí mismo.
Me volví para mirar a mi hermana, que también estaba llorando. Apenas la reconocí. Llevaba maquillaje y se había cortado el pelo. Ya no lucía su inevitable trenza a la espalda. No había renunciado a los vaqueros, pero sí a sus camisas, y ahora llevaba una muy sexy. Corrí a abrazarla, feliz.
-¡Dios mío, qué guapa estás! -exclamé riendo-. Benjamín es tan afortunado...
-Eso es lo que le digo yo.
-Y yo pienso lo mismo -abogó Benjamín desde el umbral -. ¿Qué tal estás, Mariza?
-En este momento no puedo estar mejor -emocionada, me acerque para abrazarlo a él también. En seis años, su atractivo había aumentado, el y Camila definitivamente hacían una gran pareja.
-Ahora que ya estamos todos, voy a buscar unas cervezas -anunció mi padre mientras se dirigía hacia la cocina.
-¿Necesitas ayuda? -le preguntó Camila.
-No, ya me encargo yo. Vosotras id al porche para poneros al día de todo lo que ha pasado en estos últimos seis años. Eso es mucho tiempo.
-Parece tan contento... -le comenté a mi hermana.
-Lo está. Durante las últimas semanas no ha hablado de otra cosa que de tu vuelta a casa.
-Oh, y ha añadido algunos comentarios sobre la boda -dijo Benjamín mientras sentaba a Camila. a su lado, en el columpio-. Sobre todo acerca de lo que nos vamos a gastar en ella. Venga, siéntate con nosotros, Mariza. Aquí cabemos todos, y ya sabes que nunca me he opuesto a estar rodeado de chicas.
-No, gracias -repuse, apoyándome en la barandilla del porche-. Prefiero quedarme aquí y acostumbrarme a veros juntos.
-Sorprendente, ¿eh? -sonrió Benjamín-, ¿Quién habría pensado que terminaría casándome con una diosa?
-Yo no, desde luego -pronunció una voz masculina a mi espalda.
Me volví para ver a Pablo acercándose a la casa. De inmediato mi corazón volvió a latirle acelerado.
-Hola -lo saludé, alegre.
-Hola. Debí haber adivinado que llegarías en un deportivo rojo. Apostaría a que entraste en el pueblo con la capota bajada y la música a todo volumen -sonrió.
Parecía un comentario perfectamente inocente, pero cuando lo miré a los ojos distinguió en ellos un innegable mensaje sexual. Y me excité de inmediato, como estaba previsto.
-Por supuesto. Y si te portas bien quizá te lleve a dar una vuelta antes de que me vaya -repliqué, siguiéndole la broma.
Pablo se quedó sin habla y yo me apunté mentalmente un tanto.
-¡Yoo-hoo! -gritó en aquel instante Benjamín-. ¡Ha vuelto!
A las cuatro de la tarde del día siguiente, me hallaba de pie al lado de mi hermano frente al altar de la iglesia. Se suponía que todas las miradas estaban fijas en la novia, que en aquel instante avanzaba por la nave central del brazo de su padre. Y sin embargo, mi atención estaba concentrada en la mujer que se sentaba en el primer banco a la izquierda: Mariza. Me pregunté si destacaría realmente tanto entre la multitud como imaginaba. Sí, no eran simples imaginaciones mias. Parecía una esplendorosa orquídea en medio de un campo de margaritas. El color rojo brillante de su cabello la diferenciaba del resto, al igual que su espléndida figura con aquel precioso vestido verde claro, que quitaba el aliento.
Si había esperado que me confundiera con el paisaje para poder engañarme y fingir que pertenecía a aquel lugar, ya podía olvidarme de esa fantasía. Desde el primer momento en que vi su descapotable color cereza, me di cuenta de su error. Aquel coche había destellado como un semáforo en rojo, advirtiéndome que no me acercara. Por supuesto, yo no había sido capaz de hacer eso, obsesionado como estaba con ella. Así que me había dedicado a insinuárseme descaradamente y a lanzarle pullas a la menor oportunidad, y ella me había contestado en el mismo tono. De hecho, a esas alturas, estaba bastante irritada conmigo. No era extraño, ya que sus tácticas para llamar mi atención no eran más sofisticadas que las que ella había utilizado cuando tenía dieciséis años... y me metía alguna rana debajo de la camisa.
Aun así, no había podido contenerme. Y ninguno de mis intentos parecía haber tenido éxito. De modo que allí estábamos, en la boda de mi hermana: con Mariza luciendo aquel aspecto tan arrebatador y yo devorado de deseo por dentro. Mi necesidad de volver a hacerle el amor estaba incluso deformando la visión que tenía de mi relación, o más bien de la falta de la misma. Aunque de lo que sí me daba cuenta es que Mariza no estaba interesada en establecerse en la hacienda para seguir practicando juegos eróticos conmigo durante el resto de su vida. Así que, descartado ese sueño, solo podía pensar en una cosa: que al día siguiente se marcharía y volvería a su gran ciudad, y nunca, nunca más volvería a tocar su cuerpo desnudo.
Por supuesto, era seguro que volvería al pueblo hacerle alguna que otra visita, pero para entonces el golfo que ahora nos separaba se habría convertido en un océano. Mi última oportunidad seria esa misma noche. Hasta ese momento Mariza había estado evitando quedarse a solas conmigo, lo cual le resultado fácil con todo aquel trastorno de la boda.
Pero la boda terminaría muy pronto. Quizá en momento durante el banquete nupcial podría acercarme a ella. Ya disponíamos de un antecedente, con lo ocurrido en el pasillo del hotel de Las Vegas...
Si lograba tener suerte, ya solo tendría que recordar una cosa. Que nunca debía, bajo ninguna circunstancia y por muy fantástica que fuera la experiencia, distraerme y darle a entender que la amaba.
Me había olvidado de lo muy caluroso que era el verano en mi pueblo, incluso a esas horas, a las nueve de la noche. Pablo, Benjamín y Martín habían instalado un ventilador bajo el patio que habían levantado para el banquete nupcial, pero la temperatura no había bajado casi nada. La recepción se había montado al aire libre para dar acogida a más gente, y el pueblo entero se había volcado. Al parecer todo el mundo parecía dispuesto a sudar a mares con tal de estar allí. Pero, si tenía que ser justa, parte de mi incomodidad era culpa solamente mía. No habría sudado tanto si no hubiera insistido en bailar hasta el último tema que la banda estaba tocando. Lo contrario no habría sido mi estilo. Y además, necesitaba mantenerme ocupada en algo para olvidar la expresión que aquella tarde había visto en el rostro de Pablo. Se había dedicado a mirarme con bastante frecuencia durante la ceremonia, y su ceño preocupado y pensativo me había indicado claramente, sin necesidad de palabras, que sabía ya que yo no pertenecía a ese lugar.
Qué ironía. Justo cuando Pablo había llegado a la conclusión de que no tenía sentido alguno que me quedara, yo había empezado a pensar en lo que significaría vivir allí otra vez. Había disfrutado de mi vuelta a casa mucho más de lo que había imaginado en un principio. Sí, me había planteado quedarme. Si hace seis años esa perspectiva me había parecido terrible con dieciocho años, hoy día me parecía incluso atractiva. Y no tendría por qué renunciar a mi carrera. Podría incluso renovarme un poco escogiendo una revista diferente, quizá una de viajes.
Con mi currículum no tendría problemas para conseguirlo. Con el acceso por internet, podría vivir en cualquier parte. En el la hacienda Bustamante había internet.
Pero, a juzgar por la expresión de Pablo, sabía que no aprobaría esos planes. Por eso había reído y bailado con todo el mundo durante el banquete, ignorando al único hombre con quien deseaba construir un futuro. Aquel humillante comportamiento siempre había sido mi mejor defensa.
Inevitablemente, la banda se tomó un descanso. Después de despedirme de mi última conquista, me dirigí a ver a mi hermana. De camino tomé una copa de champán y una servilleta de papel. Después de enfriar la servilleta contra la copa, me refresqué el con ella.
-Quizá deberíamos haber esperado a noviembre organizar esta juerga -me comentó Camila mientras se dejaba caer en una silla, recogiéndose las faldas del vestido.
-Benjamín no habría podido soportarlo -repuse, sonriendo-. Ese hombre te ama con locura.
-Sí Camila desvió la mirada hacia donde estaba su marido charlando con Pablo -Pero tuve que quitarle unos cuantos prejuicios de la cabeza antes de se diera cuenta que estaba loco por mí.
-Ahora que lo has conseguido, me encantaría saber cómo te las arreglaste.
Camila se volvió hacia mi, pura y virginal con su vestido blanco.
-Sexo anónimo.
-¿Perdón? -a punto estuve de dejar caer la copa de champán.
-Durante una tormenta, me refugié en una de esas cuevas en las que solíamos jugar cuando éramos niñas. Mi caballo se escapó, así que cuando Benjamín se metió en la misma cueva oscura, no sabía que había alguien allí.
-¡Debiste de darle un susto de muerte! -reí.
-Desde luego, pero cuando me di cuenta de que no sabía quién era yo, fingí que era otra persona y lo seduje.
-¡No!
-Sí. Lo hice.
-¡Dios mío, hermana! -me la quedé mirando, admirada.
-Antes de que Benjamín abandonara la cueva, acordamos vernos secretamente en ese lugar, y cada vez le hacía llevar un pañuelo vendado a los ojos para que no supiera quién era yo.
-¡Increíble! Tenías un completo control de la situación. ¿Sabes? Eso es algo que me gustaría hacer.
-Lo sé repuso Camila. Con cierta fanfarronería. De hecho, en muchas ocasiones me preguntaba cómo te comportarías tú en esa misma situación. Así que lo imaginaba y lo hacía.
-Pues me alegro -sonreí-. Creo que hacen una pareja perfecta.
-Escucha, Mariza, puedes decirme que me meta en mis propios asuntos, pero... ¿qué es lo que hay entre Pablo y tú? Detecto una extraña tensión entre vosotros dos.
Tragué saliva, pensando en lo mucho que deseaba tener un a confidente. Después de todo, mi hermana me había confesado su secreto.
-Bueno, nosotros... nos enredamos en Las Vegas.
-¿De veras? -exclamó Camila con tono entusiasmado-. Eso explica su pésimo humor durante las últimas semanas, así como lo del telegrama cantante.
-Sí, tú me dijiste que la idea se le ocurrió a él.
-No solo se le ocurrió. Estuvo allí.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que viajo a Buenos Aires para supervisar toda la operación. Se quedó en el umbral de la puerta de tu oficina, para poder ver tu reacción sin que tú lo vieras a él -como me había quedado muda de la sorpresa, continuó-: A nosotros nos dijo que su presencia era necesaria, y le seguimos la corriente porque estaba claro que se moría de ganas de verte otra vez. Por eso sospeché, que algo había ocurrido entre vosotros en Las Vegas.
-Ya, algo ocurrió entre nosotros -suspire-. Pero lo nuestro no tiene futuro. Pablo no quiere a su lado a una bala perdida como yo.
-En eso te equivocas de medio a medio.
-Créeme. Su expresión cuando me mira lo dice todo.
-Mmm. Yo no sé lo que ves tú en la expresión de él pero me extraña muchísimo.
-¿No has notado lo distante y estirado que está noche?
-¡Vaya! Recuerdo que fue exactamente así como comportó después de aquel incidente en el granero cuando tú tenías dieciséis años. Según Benjamín, te quería tan desesperadamente que al final se fue a hacer ese circuito de rodeo para olvidarse de ti. Así es como se pone cuando quiere algo que sabe no puede obtener: distante y estirado.
-¿Que él me quería? ¡Pero si me rechazó!
-Tenías dieciséis años -repuso Camila con tono suave -. Un hombre con principios tan firmes como Pablo nunca habría podido aceptar tu oferta. Pero casi pereció en su esfuerzo por rechazarte. Lo pasó terriblemente mal.
-Caramba - pensé en lo mucho que me había torturado a mí misma por aquel rechazo. Y luego lo había torturado a él, en venganza-. Supongo que estaba tan abstraída en mi propio dolor que ni siquiera se me ocurrió pensar que él también estaba sufriendo.
-¿Te sientes mejor ahora? -me preguntó Camila.
-No sabes cuánto Mi nivel de autoestima estaba creciendo segundo a segundo.
-Oh, creo que me hago una idea. Yo también necesité saber que Benjamín había sufrido un poco, también, después de todo lo que me hizo pasar.
-Entiendo - miré a Pablo. ¿Era posible que no sólo me deseara, sino que también me amara?
-Escucha, tengo que advertirte que Pablo está literalmente pegado a esta tierra, a este lugar. Así que la pregunta es: ¿serías capaz de volver?
-Quizá - deseaba desesperadamente creer que mi hermana estaba en lo cierto acerca de los sentimientos de Pablo, pero si actuaba de acuerdo con esa información y al final resultaba que estaba equivocada, el desengaño sería fatal-. Quiero decir que podría volver, si nadie tiene objeción...
-A mí me encantaría, y a papá también.
-¿Estás segura? -bebí un sorbo de champán.
-Este pueblo ha evolucionado mucho. Además, ya agotaste su capacidad de escándalo cuando saliste en el desplegable de la revista -rió Camila -. Bueno, no pierdas más el tiempo. Lo que tienes que hacer es ir a buscar a Pablo, en lugar de ignorarlo como llevas toda la noche haciendo. Ya sabes que eso no te funciona.
Abrí la boca para contradecirle que no podría soportar un nuevo rechazo por parte de Pablo, pero mi hermana alzó una mano adelantándose a mi comentario.
-No tienes que decirme nada. Créeme, sé lo que te costaría si el plan fallase. Yo también tuve que arriesgarme, y no tenía garantía alguna de ganar -me tomó una mano y me la apretó-. ¿Puede una hermana pequeña darle un consejo a su hermana mayor?
-Adelante-sonreí, emocionada.
No es verdad lo que nos decían cuando éramos niñas: el camino para llegar al corazón de un hombre no pasa por el estómago. Hay que disparar un poco abajo.
Nos echamos a reír. Como en los viejos tiempos.
Durante toda la noche había estado esperando una oportunidad de quedarme a solas con Mariza, ella parecía decidida a bailar con todos y cada uno de los invitados excepto conmigo, cuando no estaba charlando con Martín o con Camila. Evidentemente seguía intentando evitarme.
Pero de repente vi que se acercaba. Sabía que tenía que actuar rápido antes de que se pusiera a bailar con otro, así que la agarré precipitadamente de un brazo. Al mirarla a los ojos, me sentí estimulado por el brillo que vi en ellos.
-¿Podríamos ir a alguna parte a charlar tranquilamente? -le pregunté, sin pensar.
-Podríamos me constestó Mariza con voz baja y seria-. Pero te advierto que no pienso dar tanto que hablar como en la última recepción...
Aquello significaba que estaba pensando lo mismo que él. Sentí que la sangre empezaba a arderme en las venas.
-Deja que me retire yo primero -murmuró ella- y luego espera unos cinco minutos antes de irte. Le diré a la gente que voy un momento a casa de papá a refrescarme un poco. Nos veremos allí.
-¿En la casa de tu padre? -no estaba muy seguro. Me habría sentido muy incómodo haciendo en la cabaña de Martín lo que tenía en mente hacer,
-Claro que no, tonto. En mi coche.
Su coche. Eso sí que tenía posibilidades.
-De acuerdo.
-Hasta luego entonces -y se marchó, moviendo sensualmente las caderas.
Fueron los cinco minutos más largos de toda mi vida. No supe qué llegue a decirles a los invitados con los que hablé durante ese lapso, mientras miraba una y otra vez mi reloj. Al menos me llevé veinte veces la mano al bolsillo para cerciorarme de que no había perdido el preservativo que había comprado. Se trataba de otro frac alquilado, y los bolsillos de los fracs alquilados siempre podían tener agujeros...
Finalmente me retiré con la excusa de ir a buscar una aspirina. Entré en la casa de la hacienda por la puerta principal y sali por la trasera. En el corto trecho que mediaba hasta la cabaña de Martín, volví a recitar las instrucciones que me había dado: «disfruta del momento. Acuérdate del preservativo. No le digas que la amas».
No la vi al lado del coche. Pero lo que sí vi fueron unas bragas de encaje negras colgando de la punta de la antena. Mi corazón se aceleró. Y La llamé sin alzar la voz.
-¡Mariza!
-Estoy aquí atrás -susurró ella.
Apenas podía respirar cuando me asomé al asiento trasero del descapotable. No había mucha luz, pero si la suficiente para poder ver que estaba desnuda, con su vestido doblado cuidadosamente bajo su cabeza a manera de almohada. Sonriéndome, se acunó los senos con las manos.
-Hace tanto calor.. Apenas podía esperar para desnudarme.
Yo estaba sin habla. Mi lengua parecía negarse funcionar
-¿Era esto lo que tenías en mente cuando me dijiste que querías charlar conmigo?
Todavía incapaz de pronunciar palabra, asentí con la cabeza.
-Ya me lo imaginaba -de pronto deslizó una mano entre sus muslos y comenzó a acariciarse.
Con un gemido, me dispuse a abrir la puerta para reunirme con ella.
-Espera.
-¿Que espere?
-Todavía no.
-¿Qué quieres decir con «todavía no»? -pregunté un tono casi histérico.
-¿Cuál es la contraseña?
-¿Contraseña? -me sentía como si alguien estuviera intentando estrangularme.
-Si me dices la contraseña podrás entrar. Te daré una pista. Tiene cuatro letras -continuó acariciándose. Mnn, que agradable...
- Mariza,
-Cuatro letras, Pablo.
Me dolían los dedos de la fuerza con que seguía agarrando el picaporte de la puerta. Y durante todo el tiempo mantenía la mirada clavada en la mágica imagen de sus dedos deslizándose por su sexo. El lugar que durante tantas noches había alimentado mis húmedos sueños.
-Te daré otra pista, y esta vez no puedes fallar, Pablo. Es una palabra de cuatro letras que rima con... «calor».Y con «dolor».
-¿Calor? ¿Dolor? -solo había una palabra de cuatro letras que rimara con aquellas dos. Pero, si no recordaba mal, Mariza no había estado interesada en oír esa palabra. Una esperanza surgió en mi pecho-. De acuerdo -dije, y abrí la puerta.
-¿Qué haces? No has dicho la palabra- La diré -pronuncié con fervor-. Confía en mí, la diré -me descalcé, agradecido que llevara zapatos y no botas. Me despojé luego del resto de la ropa, que dejé bien colocada en el asiento delantero. En el último momento me acordé de sacar el preservativo del bolsillo de la chaqueta.
-Pero esas son las reglas: sin la contraseña, no hay diversión.
-Ya, eso es lo que te crees tú. Yo soy de los tipos que gustan de romper las reglas. Y da la casualidad que también soy de los tipos que te excitan -después de ponerme el preservativo, me incliné sobre ella.
-¿De veras? -levantó la mirada hacia mí, con muy poca disposición a expulsarme del coche. De hecho, parecía bastante contenta de que hubiera entrado.
-De veras -intentaba planificar mi siguiente movimiento, pero casi no podía verla. Mi propio cuerpo proyectaba una sombra sobre el lugar de su cuerpo en el que tanto ansiaba entrar.
Debí de haberla convencido con mi decidida actitud porque, maravilla de las maravillas, Mariza extendió una mano para tomar mi pene y guiarlo hacia el paraíso. Sin embargo, antes de que llegara a tocar el Cielo, se detuvo.
-¿Cuál es la contraseña? -insistió-. Me prometiste que me la dirías
-Amor -murmuré-. Te amo, Mariza.
-Has acertado. Ahora sí que puedes entrar.
Me deslicé en su interior con un suspiro. Nada podía compararse con la sensación de estar allí. Nada. Pero un millón de preguntas me acribillaban el cerebro.
-¿Y ahora qué?
-Yo creía que esta parte ya la teníamos muy ensayada. Adelante, atrás, adelante atrás. Hasta ahora se te ha dado muy bien.
-Quiero decir que... -sonreí-... ¿qué va a pasar con nosotros? Tú no quieres vivir aquí.
-Sí que quiero.
-¿Quieres? -acerqué el rostro al mió para verla mejor-. ¿Así, de pronto? ¿Por qué?
-Porque te amo, grandísimo boludo.
-¿Me amas? -increíble. Lo había dicho. Decidí ignorar lo de «grandísimo boludo» para concentrarme en lo de «te amo».
-Sí, te amo de verdad -dijo ella-. Y sé que soy oveja negra de este pueblo, pero si tú puedes soportarlo, yo también.
-Me amas -era el hombre más feliz del mundo. Aquella era una noche perfecta-. Si me amas, lo soportare todo. Además, tú no eres la oveja negra, sino la estrella de este pueblo. Tu pueblo te necesita. Y yo te necesito a ti.
-Suena bien.
-Nos casaremos.
-Por todo lo alto. Celebraremos una gran boda.
-Concedido. Sigue haciéndome lo que me estás haciendo y tendrás todo lo que quieras.
-Entonces detente ahora mismo.
-¿Que me detenga?
-Sal un momento. Te prometo que volverás a entrar y luego te divertirás mucho más. Por favor, Pablo. Si me amas, sal.
La amaba, así que salí. Antes de que me diera cuenta de lo que pretendía hacer, Mariza deslizó una mano entre nosotros y me quitó el preservativo.
-¡Hey! ¡Era el único que tenía! Yo creía que te gustaban los de estrías.
-Bueno, me gustaban, pero antes has dicho que podía tener cualquier cosa que quisiera, ¿no?
-Sí, pero...
-Quiero hijos, Pablito. Así que hazme mamá, hombretón.
Epílogo.
Cuatro Meses Después.
-¡Bien! - sonreí triunfante mientras leía el e-mail de Fabián Mazei, el editor de la revista Viajes de primera.
Pablo apareció en el umbral del dormitorio de la hacienda, que había convertido en mi despacho.
-¿Has vuelto a descargar una nueva postura de la Web del Kamasutra?
-No. Esto es todavía mejor -cuando alcé la mirada hacía él, me pregunté cómo había podido llegar a pensar que la vida en la hacienda me resultaría aburrida. Durante los últimos meses había disfrutado de las más innovadoras y placenteras experiencias sexuales de toda mi existencia. Habíamos hecho el amor en todas y cada una de las habitaciones, así como en los más remotos rincones del interior. Y también habíamos compartido espectaculares y sensuales episodios cuando Pablo me acompañaba en alguno de mis viajes como periodista, por encargo de la revista. Pero nunca había recibido un encargo como el que acababa de recibir en aquel instante. Sonreí y pulsé una tecla para imprimir el e-mail.
-Mejor, ¿eh? ¿De qué se trata?
-Mira esto -riendo, le tendí la hoja impresa.
-¿Un complejo turístico nudista?
-Siempre he sentido curiosidad por visitar esos lugares, así que le propuse la idea a Fabián.
-Y supongo que tendrás que hacer el reportaje...
-Desnuda. Sí. Será estupendo. Así no tendré que comprarme un traje de baño premamá para la playa.. ¿Querrás acompañarme, vaquero?
Vi que vacilaba ante la propuesta. Hasta el momento, siempre había terminado aceptando mis propuestas sexuales tras algún titubeo. Lo cual hacía aún más excitante mi sometimiento. Y también había descubierto que una vez que asumía una nueva idea, me volcaba absolutamente en ella.
-¿A que no te atreves? -lo desafié.
Un brillo apareció en sus ojos como respuesta a aquel reto, pero aun así seguía vacilando.
-No sé, Mariza, ir por ahí sin...
-Imagínate en la playa, tomando el sol, untándome el cuerpo de crema y yo untándote el tuyo... -me levanté para acercarme a él.
-Tendré que pasarme los días enteros tumbado boca abajo. Y hacer un agujero en la arena para mi...
-Alquilaremos un recinto privado en la playa -empecé a desabrocharme la blusa-. Me he informado de que hay muchos lugares íntimos en el complejo donde las parejas pueden estar solas.
- ¿De veras? -bajó la mirada a mi blusa desabrochada-. No estás jugando limpio, Mariza. Sabes que no puedo pensar bien cuando haces eso.
-Pues no pienses. Usa tu imaginación. Imagínate una pequeña y escondida cala, de arena blanca, allí los dos... -me saqué la blusa de debajo del pantalón, últimamente tenía que dejarme el botón superior desabrochado, porque ya se me había empezado anotar el vientre.
-De acuerdo, tú ganas -suspirando, deslizó sus manos debajo de la tela y me acarició los senos-. Voy.
-Bien -cerré los ojos para disfrutar mejor de su contacto-. Te prometo que no lo lamentarás.
-Eso es muy fácil de decir -me acercó hacia él, besándome en el cuello-. Probablemente me queme el trasero y sea incapaz de montar a caballo en una semana.
-¿Y eso sería malo porque...?
-Porque no podría salir a trabajar. Tendría que dejar que Benjamín se encargara de todo mientras yo me quedo aquí y... -se interrumpió, riendo-. Ahora entiendo adónde quieres llegar.
-Lo sabía -lo fui acercando al escritorio-. Ahora permíteme explicártelo mejor.
-¿En el escritorio? -preguntó, excitado.
-Sí. En tu antiguo y enorme escritorio. Después todo, está en la lista.
-Adoro esa lista -pronunció Pablo con voz de deseo, mientras se desabrochaba los tejanos ¿Crees que algún día llegaremos a agotarla?
Terminé de despojarme de los pantalones y de la ropa interior.
-No, si seguimos añadiéndole nuevos lugares.
-¿Crees que el bebé nos hará bajar el ritmo? me preguntó al tiempo que me tumbaba sobre la superficie de la mesa.
-No.
-Yo tampoco lo creo. Y ahora abre las piernas. Ya es hora de que tachemos un lugar más de la lista- cuando yo obedecí, me alzó ligeramente el trasero con ambas manos y se deslizó profundamente en mi interior-. Ah... qué maravilla. Cada vez es mejor.
-Es verdad -susurré, deleitada.
-¿Y crees que seguiremos estando tan locos cuando tengamos ochenta años?
-Más locos todavía -murmuré-. Y ahora ámame, Pablito. Ámame bien.
-Y eso no tienes ni que pedirlo nena, es todo un hecho.
¿Y al final quién gano el juego?
No se que pensaran ustedes, pero para mi esto asido un empate.
Ella quiso corromperlo y lo logro, y él la corrompió a ella.
¨Cazador cazado¨
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January 3 2009, 12:04 AM
ESCÁNDALOS DE FAMILIA
El hombre y la joven y esbelta rubia permanecían inmóviles suspendidos como boxeadores, esperando un movimiento de su adversario.
-¡jamás¡-repitió ella y sus ojos castaños centellearon .-Se que necesitamos el dinero, y haría cualquier cosa por tidentro de lo razonable. Pero esto no tiene sentido y tu lo sabes, Jorge Maggio...
El lanzo un cansino suspiro y se giro hacia la ventana, desde la que se divisaba el trafico frenético de San Antonio a esa hora tardía de la mañana. Se metió las manos en los bolsillos y, derrotado, dejo caer los hombros.
-Esto es una ruina dijo suavemente.
Ella miro su espalda.
-Vende uno de tus Cadillacs- sugirió.
El la miro, exasperado.
-Camila...
-Esta mañana, cuando llegue, me llamabas Cami.- le recordó ella, echándose hacia tras la larga melena rubia
.-Vamos Coco, no es para tanto.
-No dijo el finalmente-, supongo que no se apoyo de espaldas en la pared, junto al enorme ventanal, y dejo que su mirada vagara por las suaves curvas de aquel cuerpo joven, deteniéndose allí donde el vestido beige insinuaba la prominencia de los senos.-No es posible que le desagrades-añadió distraídamente-.A ningún hombre con sangre en las venas podría desagradarle.
-Benjamín Rojas no tiene sangre en las venas. -dijo ella-Tiene agua helada y una pizca de whisky añejo.
-No fue el quien me ofreció la cuenta. Fue su hermano Felipe.
-Pero Benjamín es el accionista mayoritario de la empresa, Coco-repuso ella -.Y nunca ha recurrido a una agencia de publicidad. Nunca jamás.
-Pues tendrá que hacerlo si quiere vender esa urbanización en la que están trabajando en Florida.
¿Y por que no ofrecernos el trabajo a nosotros?-añadió con una sonrisa pueril-.Al fin y al cabo, somos los mejores.
Ella alzo las elegantes manos.
-Eso lo dices tú.
-Necesitamos ese proyecto insistió el. Su rostro fino, Infantil, adopto una expresión pensativa-.¿Sabes lo grande que es el imperio Rojas?-pregunto, como si todo aquello fuera nuevo para ella-¡Su rancho de Texas tiene doce años y mil hectáreas!
-Lo se-suspiro ella, y sus claros ojos castaños se estremecieron al recordar- Olvidas que el rancho de mi padre lindaba con el de los Rojas antes de -se interrumpió de repente.-En fin, es igual. De todos modos, puedes ir tu solo.- El pareció incomodo por un instante.
-Cami, temo que no puedo hacer esto.
Ella lo miro sorprendida desde el otro lado de la habitación lujosamente alfombrada, con sus modernos muebles cromados.
-¿Cómo dices?
-Si tú no vienes, no hay trato.
-¿Por qué?
-Porque somos socios dijo el obstinadamente, proyectando hacia delante el labio inferior.-Y sobre todo, porque Felipe Rojas no querrá ni hablar del asunto si tu no estas presente. Nos ha ofrecido el trabajo por que sois amigos. ¿Qué me dices a eso?
Aquello era extraño. Feli y ella eran amigos desde hacia muchos años, pero sabiendo lo que sentía su hermano, resultaba desconcertante que insistiera en que ella estuviera presente.
-Pero Benjamín me odia-murmuro, asombrada-No quiero ir, Coco.
-¿Y por que te odia, si se puede saber?-pregunto el, exasperado.
-Últimamente respondió ella-, porque atropelle a un toro que le había costado un cuarto de millón de dólares.
-¿Perdona?
-Bueno, en realidad no fui yo. Fue mama. Pero ella le tenia tanto miedo a Benjamín, que al final me eche yo la culpa. Lo cual no me congracio precisamente con Benjamín. Era un gran campeón.
-¿Benjamín?
-¡El toro!-ella cruzo los brazos sobre el pecho-.Mi madre no ha conseguido aceptar el hecho de que los viejos tiempos, cuando teníamos dinero, se han ido. Yo si. Yo puedo valerme por mi misma. Pero ella no. Si no pudiera pasar en Casa Verde un par de semanas al año, fingiendo que nada ha cambiado no se que sería de ella-se encogió de hombros.-Benja ya me odiaba de todos modos. Así que, cuando paso lo del toro, pensó que lo hice a propósito.
-¿Cuándo fue todo eso?-pregunto el con curiosidad-No mencionaste nada después de tu último viaje.
Pero, claro, ahora que lo pienso, durante un par de semanas te comportaste como un zombi, y yo en esa época estaba muy mal con Mica...
Ella sonrió.
-Exacto.
El suspiro.
-Bueno, eso no cambia nada. Si no me acompañas, perderemos el proyecto.
-Puede que lo perdamos igualmente si interviene Benjamín-le recordó ella-De eso solo hace seis meses. Y te aseguro que a el no se le ha olvidado.-Coco entrecerró los ojos.
-Le tienes miedo, ¿verdad, Cami?-Ella sonrió con desgana.
-No sabía que se me notaba.
-Es la primera vez que te veo asustada comento el, divertido.-No eres de las que se acobardan fácilmente, y he visto como te las gastas cuando te enfadas-frunció los labios.
-¿Por qué le tienes miedo?
Ella se dio media vuelta.
-Buena pregunta, amigo mió. Pero me temo que no tengo respuesta para ella.
-¿Es violento?
-No con las mujeres-dijo ella-.Pero lo he visto tumbar a un hombre de un puñetazo-hizo una mueca al recordarlo.
-¿Por una mujer?-insistió el sonriendo malévolamente.
Ella evito sus ojos.
-Si, por mí. Uno de los vaqueros del rancho Rojas se mostró excesivamente amable conmigo en su opinión, así que le puso un ojo morado antes de despedirlo.
Feli también estaba presente, pero no abrió la boca hasta que Benjamín intervino. Para intentar controlar mi vida como siempre-añadió con desagrado.
-Pensaba que Benjamín era un hombre mayor.
-Y lo es dijo ella mordazmente-.Tiene treinta y tres años, y ya va para mayor.
El se hecho a reír.
-Diez años mas que tu.
Ella se estremeció ligeramente.
-Será un viaje muy divertido. Ya me lo estoy imaginando.
-Seguramente se le habrá olvidado lo del toro-dijo para tranquilizarla.
-¿Tu crees?-sus ojos se nublaron-.Yo lo vi matar al animal después del accidente. Y nunca olvidare como me miro, ni lo que me dijo-suspiro-.Mama y yo salimos huyendo despavoridas. Tuvimos que irnos a casa en un coche prestado. Yo conducía-la falda de su vestido se agito suavemente alrededor de sus largas y esbeltas piernas cuando se dio la vuelta-.Créeme, no fue divertido hacerlo con una muñeca dislocada.
-¿No quieres enterrar el hacha de guerra?
-Oh, si, claro. Y Benjamín también: quiere enterrarla en mi cabeza.
-¿Que te parece si te vas a casa a hacer las maletas?-le sugirió el con una sonrisa.
-A casa-se rió ella suavemente-.Solo tu eres capaz de llamar casa a ese destartalado apartamento de una sola habitación. Mi madre lo detesta. Supongo que por eso se pasa la vida visitando a sus amigas.
Visitando a sus amigas. Había otra expresión para definir aquel comportamiento de su madre: gorroneo, y Benja nunca se cansaba de usarla. Si se hubiera enterado de que fue Marina Bordonaba y no su hija quien atropello al semental, a pesar de las protestas de Mora Rojas, su madre.-Pero tu madre no esta en casa de los Rojas ahora,¿verdad?-pregunto Coco, inquieto, y al instruir futuros desastres, sus ojos se pálidos se ensombrecieron.
Cami sacudió la cabeza negativamente.
-Es primavera. Eso significa que esta en las Bahamas.
Marina seguía una especie de pauta respecto a quien visitaba y en que momento del año. En ese instante estaba con Catherine Sefeeld y su hermana Mónica. Pero pronto le llegaría el turno a Mora Rojas, y Cami ya temía aquel momento. Si a Marina se le escapaba algo sobre aquel estupido cuando estuviera en el rancho.
-Puede que Felipe me proteja-murmuro melancólicamente-, ya que ha sido idea suya arrastrarme a Casa Verde. Y yo que pensaba que éramos amigos- gruño. Coco comenzó a juguetear con un montón de fotografías colocadas sobre su ordenado escritorio.
-No estas enfadada conmigo, ¿verdad?
Ella se encogió de hombros.-A un no lo se. Pero si Benjamín rechaza el proyecto, a mi no me culpes. Feli debería dejar que lo llevaras tú. Yo solo te traeré mala suerte.
-No, que va-dijo el-.Ya veras como no te arrepientes.
Ella giro la cabeza y lo miro con una amarga sonrisa.
-Eso fue exactamente lo que me dijo mi madre cuando me convenció para que fuera a Casa Verde hace seis meses. Espero que tus predicciones sean más fiables que las suyas.
Esa noche, cuando los programas de máxima ausencia habían acabado hacia rato, Cami, acurrucada en su viejo y cómodo sillón, veía un informativo al que en realidad no prestaba atención. Tenía los ojos en una fotografía de un álbum, una instantánea a color de dos hombres: uno alto y otro bajo; uno serio y otro risueño. Benjamín y Felipe en los escalones de la gran mansión victoriana de Casa Verde, con sus altas columnas blancas, su arquería verde y su espacioso porche con macizas mecedoras y balancín.
Felipe sonreía, como siempre. Benjamín miraba fijamente a la cámara. Su rostro de líneas duras y tez oscura, ceñudo y altanero. Sus ojos, centelleantes como plata nueva bajo la luz. Cami se estremeció involuntariamente al ver su mirada. Ella era quien sostenía la cámara. Aquella mirada iba dirigida a ella.
Ojala pudiera librarse de aquel viaje, pensó, agitada. Ojala pudiera atrancar la puerta, meter la cabeza bajo la almohada y olvidarse de todo. Ojala su padre siguiera vivo para controlar a Marina. Mama era como una niña: huía de la realidad como una mariposa de una mano abierta.
Ni siquiera se quejo cuando Cami cargo con la culpa de atropellar al toro, atrayendo asi sobre su cabeza la ira de Benjamín. Se quedo allí sentada y dejo que su hija asumiera la responsabilidad, como había hecho tantas otras veces por cosas semejantes.
Benjamín tenía razones para odiar a su madre mucho antes de aquel accidente. Pero Cami estaba demasiado cansada para pensar en eso. Tenia la impresión de pasarse la vida protegiendo a Marina. Ojala apareciera un hombre amable y decente que se casara con aquella cabeza loca y se la llevara muy lejos, a Alaska, a Tahiti o a Siberia
Echo un último vistazo a los hermanos Rojas antes de cerrar el álbum. ¿Por que habría insistido Feli en que acompañara a Coco?
Coco y ella eran socios en la agencia de publicidad, pero Terry llevaba más tiempo y tenía más experiencia. Naturalmente, Nora la apreciaba y tal vez se hubiera puesto pesada con Feli. Sonrió. Si, esa debía de ser la razón.
Se recostó en el sillón y cerró los ojos mientras el locutor hablaba y hablaba sobre un asesinato ocurrido recientemente en la ciudad. Su voz comenzó a desvanecerse poco apoco y casi al instante, sin darse cuenta, Cami se quedo dormida.
Cami observaba el refulgir del aeropuerto de Victoria que se alzaba en el horizonte a medida que el piloto hacia descender la avioneta para aterrizar. Aquella parte de Texas no le era desconocida. Había sido su hogar antes de establecerse en San Antonio, donde asistió a la universidad.
Allí había pasado su infancia, entre ganaderos, tratantes de reses y jacintos silvestres, rodeada por un legado histórico que aun hacia que se le acelerara el corazón.
Junto las manos con fuerza sobre el regazo. Amaba Texas, desde sus desérticos confines occidentales hasta la fértil región oriental que sobrevolaban en ese instante. Desde Victoria había un corto trayecto en coche hasta el rancho Rojas, hasta Casa Verde y la pequeña localidad llamada Cruce Rojas, la cual había crecido al borde del inmenso latifundio de Benjamín Rojas.
-Así que este es tu pueblo-dijo Coco mientras la avioneta tocaba suavemente la pista, produciendo un breve chirrido antes de que las ruedas se asentaran sobre el suelo.
-Si, esto es Victoria-sonrió ella, sintiendo de nuevo nostalgia de su niñez y recordando otros viajes, otros aterrizajes-.La ciudad mas acogedora que puedas imaginar. A mí siempre me ha encantado. La familia de mi padre se estableció en esta región cuando todavía era peligroso cabalgar sin revolver. Un ancestro de Rojas era comanche-añadió distraídamente-Casa Verde era de su tío. El padre de Benjamín, Boy Rojas, heredo la finca cuando sus hijos eran aun muy pequeños.
-Imagino que os haríais buenos amigos-dijo Terry.
Ella se sonrojo.
-Al contrario. Mi madre no quería que me juntara con ellos. En esa época, solo era gente de clase media-añadió amargamente-, y mi madre no permitía que lo olvidara. Es un milagro que Nora se lo haya perdonado. Benjamín, en cambio no lo olvida.
-Empiezo a ver la punta del iceberg-rió Coco.
Bajaron de la avioneta. Cami aspiro el aire limpio y contemplo extasiada el sol y el horizonte infinito más allá de la ciudad.
-La ciudad no es pequeña dijo Coco, siguiendo su mirada.
-Tiene cerca de sesenta mil habitantes-le dijo ella-.Un abuelo mío esta enterrado en Memorial Square, el cementerio mas antiguo de la ciudad, donde hay enterradas muchas familias de pioneros. También hay un zoo, un museo y hasta una orquesta sinfónica. Por no hablar de los deliciosos conciertos del Festival Bach, que se celebran en junio. Hay además algunas misiones en ruinas que
-Solo he hecho un comentario -la interrumpió el sonriendo-. No te he pedido que me cuentes la historia de la ciudad.
Ella le sonrió.
-¿No te interesa saber que esta situada junto al río Guadalupe?
-Si, bueno, gracias-el hizo parasol con la mano para evitar el reverbero del sol-. ¿Quien iba a venir a buscarnos?
Ella no quería pensar en eso.
-Quien tuviera tiempo-dijo, y deseo que aquello descartara a Benjamín-.En circunstancias normales, Felipe o Benjamín habrían ido a buscarnos a San Antonio. Tienen dos avionetas, y los dos saben pilotar. Tienen su propia pista de aterrizaje y hasta hangares. Pero es primavera- añadió, como si eso lo explicara todo.
El la miro sorprendido.
-¿Y?
-Pues que ahora es la recogida del ganado -dijo ella-. Hay que seleccionar, marcar y separar a las reses. El capataz del rancho se encarga de casi todo, pero Benjamín nunca delega por completo su autoridad. Le gusta supervisarlo todo. Y eso significa que Duncan tiene que ocuparse de dirigir el negocio inmobiliario y las demás empresas de la familia mientras Benja esta en el rancho.
-Entonces, imagino que tendrá poco tiempo-dijo Coco haciendo los labios-.No lo había pensado. Sino, hubiera esperado hasta el mes que viene. El caso es-suspiró- que necesitamos este proyecto. No ha habido mucho trabajo este invierno con la dichosa crisis económica. Ella asintió, aunque en realidad no lo estaba escuchando.
Sus ojos permanecían fijos en la carretera que llevaba al Aeropuerto y en el Mercedes plateado que se dirigía a toda velocidad hacia ellos. Benja tenía un Mercedes plateado.
-Pareces ligeramente asustada-comento Coco-. Reconoces ese coche, ¿verdad?
Ella asintió, sintiendo que el latido de su corazón se triplicaba cuando el automóvil se detuvo frente a la Terminal. La puerta se abrió, y Camila dejo escapar un suspiro de alivio.
Mora Rojas se dirigió hacia ellos, vestida con un elegante traje pantalón de color rosa y sandalias. Llevaba el pelo blanco impecablemente peinado y en su fino rostro resplandecía una sonrisa.
-Cuanto me alegro de verte, querida-le dijo a Cami mientras la abrazaba, envolviendo en su delicioso olor a Nina Ricci y a maquillarse en polvo.
-Me alegro de estar aquí mintio ella mirando a los ojos a Nora-. Este es Jorge, o Coco, Maggio, mi socio en la agencia de publicidad de San Antonio- dijo, presentándolos.
-Bienvenido, Coco -dijo Mora amablemente-.Felipe me ha hablado de vuestra propuesta. Espero sinceramente que Benjamin la acepte. Seria lo mejor para el negocio, pero mi hijo mayor tiene ideas un tanto peculiares a cerca de. De ciertas cosas- añadió lanzándole a Cami una sonrisa de disculpa.
-Estoy ansiosa por hablar con Felipe sobre el proyecto-dijo Coco sonriendo.
-Siento que este aquí en este momento-contesto Mora educadamente-.Tuvo que volver a San Francisco esta tarde por un asunto urgente. Pero Benja esta en casa.
Cami sintió que algo se derrumbaba en su interior y procuro reprimir el deseo de volver a subirse al avion y regresar a casa. En lugar de hacerlo, siguió a Mora y a Coco hasta el coche y se sento obedientemente en el asiento delantero, junto a Mora, mientras Coco metía las bolsas en el maletero y se sentaba atrás.
-Hay buen tiempo-comento Coco mientras Mora dirigía el coche deportivo hacia la ciudad.
-Si, pero este año casi no ha llovido-suspiro Mora, sin detenerse a explicar los estragos que la sequia causaba en un rancho. Cami ya lo sabia, y le habría llevado casi una hora explicarselo a un profano en la materia.
-Estoy deseando ver el rancho-dijo Coco amablemente. Mora giro la cabeza un momento y le sonrio.
-Estamos muy orgullosos de el. Lamento que hayáis tenido que venir en un vuelo comercial. Benja habría podido ir a buscaros, pero Sabrina esta con el, y pensé que no te haria mucha gracia su compañía-añadio lanzandole a Cami una cautelosa mirada.
-¿Sabrina?-pregunto tímidamente Coco.
-Sabrina Guzman-contesto Mora -.Su padre, Benja y Feli son socios en esa inversion inmobiliaria de Florida.
-¿Tambien tendremos que consultarle a el acerca de la campaña?-pregunto Coco.
-Yo diría que no-dijo Mora con tono despreocupado-.El señor Guzman siempre hace lo que dice Benja.
-¿Cómo esta Sabri?-pregunto Cami suavemente.
-Como siempre, Camila-contesto ella con cierta amargura-. Con los ojos eternamente puestos en Benja. Cami recordaba bien todo aquello. Sabri estaba enamorada de Benja desde su adolescencia. Una vez, por extraño que pareciera, Benjamin invito a Camila a un baile, invitación que ella rechazo espantada. Pero Sabrina se puso furiosa con ella, como si fuera culpa suya que Benjamin se lo hubiera pedido.-Sabrina y Cami fueron juntas al colegio -le dijo Mora a Coco-. En Suiza, ¿sabes?
De eso parecía hacer mil años. La familia de Cami lo había perdido todo cuando Juan Bordonaba se vio implicado en una estafa relativa a unas tierras. Al descubrirlo, la impresión le causo un ataque al corazón que resulto fatal, y a su muerte, su viuda y su hija tuvieron que afrontar, llenas de perplejidad, la más completa ruina. Tras satisfacer a sus acreedores, no les quedo nada. Benjamin se ofreció a ayudarlas. Cami todavía se sonrojaba cuando recordaba con que sangre fría le había aquella proposición. Nunca se lo había contado a nadie. Pero el recuerdo seguía con ella, y aun estaba convencida de que su negativa había alentado el desprecio de Benjamin.
Tras la subasta del rancho familiar, Cami se fue con su licenciatura en Periodismo a la oficina de Santiago Miras, y su colaboración pronto se transformo en sociedad. El empleo las salvaba de la penuria, siempre y cuando Marina no se lanzara a uno de sus desaforados maratones de compras y sus acaudaladas amigas corrieran con los gastos de sus prolongadas visitas. Todos los sacrificios corrían a cargo Cami, no de su madre. A Marina le gustaban la ropa y los zapatos caros, y compraba ambas cosas de manera impulsiva, aunque luego se disculpaba por sus lapsos y rompía a llorar si Cami se mostraba severa con ella.
Cada día de su vida, Cami daba gracias al cielo por poder pagar a plazos. Y cada dia se preguntaba si Marina maduraría alguna vez.
-Te he preguntado que que tal esta Marina-insistió Mora amablemente, sacándola de sus cavilaciones.
-Oh, esta bien-se apresuro a decir Cami-.Esta pasando una temporada con lo Bannon.
-Ah, las Bahamas-suspiro Mora-, con sus bonitos sombreros de paja, el suave acento de sus gentes y sus blanquísimas playasCuanto me gustaría estar alli.
-¿Y por no se va?-pregunto Coco.
-Porque en cuanto la cocinera empezara a quejarse de que Benja llega tarde a desayunar, mi hijo la despediria-contesto ella con cierta crispación- ,y es la primera vez que consigo conservar una cocinera mas de tres meses. A esta tengo que cuidarla como oro en paño.
Coco miro inquieto por la ventanilla trasera.
-Su hijo parece difícil de complacer-dijo, riéndose con nerviosismo.
-Depende del humor que tenga-respondio Mora -.Benja puede ser muy amable. Dormido, es facilísimo llevarse bien con el. Solo da problemas cuando esta despierto. Cami se hecho a reir.
-Vas a asustar a Coco.
-Oh, no te preocupes, Coco-dijo Mora- Pero cuando te acerques a el, asegurate de que no ha estado con el ganado -fruncio ligeramente el ceño-.Veamos, los domingos por la mañana son bastante tranquilos, si no pasa nada raro, o si no
-Hablaremos con Feli primero-le prometió Cami a su colega-.El no muerde.
-Ni tampoco tiene todo el tiempo a Sabrina incordiándolo-dijo Mora con cierto fastidio.
-Tal vez Benja ceda al fin y se case con ella-sugirio Cami.
La mujer suspiro.
-Yo esperaba que tu fueras mi nuera algun dia, Cami.
-Pues dale gracias al cielo por que no sea asi-dijo Cami sonriendo-Feli y yo, juntos te habríamos vuelto loca.
-No estaba pensando en mi hijo pequeño-dijo Mora con sorprendente naturalidad.
Cami noto que se le aceleraba el pulso al ver su mirada y aparto los ojos.
-Benjamin nunca me perdonara lo de ese toro.
-Fue inevitable.Tu no tuviste la culpa de que ese estupido animal rompiera el cercado.
-Benjamin estaba tan enfadado-recordo estremeciendose-.Pense que iba a pegarme.
-Yo siempre he creido que estaba enfadado por otra cosa. Oh, maldita sea-añadió Mora con perfecta diccion cuando tomaron el largo camino pavimentado que llevaba a Casa Verde-. Ese es el coche de Sabrina-gruño.
Cami vio un pequeño Ferrari aparcado el la glorieta que rodeaba el estanque y la fuente, frente a la majestuosa mansiónde dos plantas.
-Bueno, al menos ya sabes donde esta Benjamin-dijo Cami con ligereza, a pesar de que el corazon le habia dado un vuelco.
-Si, pero también sabia donde estaba cuando vivia Chuki, y al menos Chuki me gustaba-dijo Mora de mala gana.
-¿Quién era Chuki?-les pregunto Terry a las dos mujeres, que se habían echado a reir.
-El perro de Benjamin-dijo Cami entre risas.
Mora aparco tras el pequeño coche negro y apago el motor. La casa tenia mas de un siglo de antigüedad, pero seguía siendo sólida y acogedora y, a pesar de los aparatos de aire acondicionados que sobresalian de las ventanas, conservaba su aire casero y tradicional. Para Cami, que la amaba desde la infancia, aquella casa no era una mansión ni un monumento arquitectonico. Era simplemente la casa de Feli.
-Feli y yo soliamos colgarnos bocabajo de las ramas bajas de roble de la esquina-le a dijo a Coco mientras recorrían el sendero flanqueadote azaleas que llevaba a la escalera del porche-.Un día, Feli resbalo y se cayo. Si Benjamin no lo hubiera agarrado, se habría partido la cabeza.
-Me da escalofrios pensar lo que hubiera podido pasar-dijo Mora, y su hermoso y elegante rostro adquirio una expresión rigida-.Feli y tu fuisteis siempre muy traviesos, querida. Y Feli sigue siendo un trasero de mal asiento. Benjamin en cambio, ha echado hondas raices.
Cami clavo los dedos en su bolso. No quería pensar en Benjamin, pero en cuanto vio el porche le asaltaron los recuerdos.Y no todos ellos eran agradables.
-Su hijo comento que mañana podriamos echarle un vistazo a la Finca-dijo Coco despreocupadamente-.Yo había pensado que esta noche tal vez podriamos informar a Benjamin acerca de cómo llevamos a cabo nuestras campañas.
-Si consigues que se quede sentado el tiempo suficiente-rio Mora pregúntale a Cami. Ella te dirá lo ocupado que esta.Yo tengo que ir detrás de el para preguntarle cualquier cosa.
-Bueno, al menos se montar a caballo-rio Coco-. Supongo que podría galopar detrás de el.
-No, teniendo en cuenta como galopa Benja- dijo Cami suavemente.
Mora abrió la puerta delantera y condujo a sus invitados al interior de la casa. La entrada tenía el suelo de madera de pino muy pulida, cubierto en su parte central por una alfombra oriental de dibujos geométricos, en su mayoría rojos. Sobre la mesa, cuya superficie era de mármol, había un ramo de hermosas rosas rojas cortadas de la tupida rosaleda que rodeaba la piscina oval, detrás de la casa. Una escalera maciza, con los escalones cubiertos por una alfombra roja, llevaba al segundo piso. Su oscuro pasamanos de roble, pulido por el tiempo y el uso, era suave como el cristal. A Cami se le erizaba la piel cada vez que pensaba en los pioneros que, según se decía, habían disfrutado de la hospitalidad de aquella casa.El edificio había sido restaurado, naturalmente, y también agrandado. Pero el pasamanos seguia siendo el mismo de siempre.
Una doncella baja y de tez morena se acerco para llevarse la ligera chaqueta de Cami. Tras ella iba un hombre bajo y moreno que tomo las maletas de Coco.
-Son Diego y Maria Del Cerro-le dijo Mora a Coco, pues Cami ya los conocia-,nuestros angeles de la guarda. Sin ellos, estaríamos perdidos.
La pareja sonrió, inclino ligeramente la cabeza y se fue a sus quehaceres para asegurarse de que la familia no quedaba desvalida.
-Tomaremos café y charlaremos un rato-dijo Mora, indicándoles el camino hacia la alfombra blanca, sus cortinas azul marino, sus mesas de roble antiguas y sus sillas tapizadas de azul-. ¿No es absurdo tener una alfombra blanca en un rancho?-rio a modo de disculpa-. Pero, aunque se que deberia cambiarla, me encanta esta combinación de colores. Sentaos mientras voy a decirle a Maria que nos traiga el café aquí. Benja debe de estar en los establos.
-No, no esta en los establos dijo una voz aspera y hastiada tras ellos, desde el vestíbulo, y Sabrina Guzman entro con paso indolente en el salón, con las manos undidas en los bolsillos de su falda de punto azul turquesa. Llevaba un suéter ajustado con cuello de pico del mismo color, y parecía salida de un desfilede modas. El pelo negro le caia suelto y rizado alrededor de las orejas. Sus ojos eran penetrantes y su tez morena resultaba impactante en contraste con sus labios pintados de rojo sangre.
-Guau-murmuro Coco, mirando con los ojos como platos aquella vision que habia aparecido en la puerta.
Sabrina acepto el cumplido como solía; mirando con agrado la flaca pero musculosa figura de Coco. Luego, sus agudos ojos se clavaron en Camila y observaron con desagrado su traje elegante pero sobrio.
-Benjamin ha salido con Diego Mesaglio a comprar una cosechadora nueva -dijo Sabrina con tono despreocupado-.La que tenian se rompio esta mañana.
-Se quedo empantanada en mitad del heno, según creo-dijo Mora alegremente, percibiendo la tensión que empezaba a crispar el ambiente-.¿Ha dejado ya de despotricar? Sabrina no sonrio.
-Naturalmente, no le ha hecho ninguna gracia. Era una maquina muy cara. Me pidió que me pasara por aquí para deciros que llegara tarde.
-¿Y desde cuando llega a tiempo a comer?-pregunto Mora secamente.
Sabrina se dio la vuelta.
-Tengo que irme. Papa me esta esperando para no se que asunto relacionado con una venta de tierras. Giro la cabeza para mirar a Coco y Cami-.He oído que Feli esta pensando en contrataros para que os encarguéis del proyecto de Florida. Papa y yo queremos participar en todas las negociaciones, por supuesto, dado que hemos invertido una gran suma de dinero.
-Por supuesto dijo Coco sonrojandose.
-Estaremos en contacto. Buenas noches, Mora-dijo descuidadamente. Sus altos tacones repicaron rapidamente sobre el suelo de madera. La puerta se cerro de golpe a su espalda y un silencio crispado se apodero de la habitación. Los ojos de Marguerite lanzaban chispas.
-¿Cuándo le he dado yo permiso para que me llame por mi nombre de pila?-Dijo Mora algo indignada por la falta de consideración por parte de Sabrina.
-Vaya-murmuro-. Sabia que parecía demasiado facil.
-No te preocupes-dijo Cami alegremente -.El señor Guzman no se parece a su hija.
Coco pareció animarse un poco, pero Mora seguía mascullando cuando salio de la habitación para decirle a Maria que les sirviera el café en el cuarto de estar.
Maria les llevo el café en una enorme bandeja de alpaca con cubertería de plata antigua y tazas de porcelana finisima con dibujos blancos y rojos. Mientras Mora servia, Cami observo el contenido de una elegante vitrina que habia junto a la pared. Su interior parecía un diminuto museo de historia del Oeste. Había un Colt 44, una pistolera vieja y desgastada que el tio abuelo de Benjamin llevaba cuando salia a cabalgar, un antiguo puñal comanche con la funda de ante con cuentas engastadas de colores desvaídos, algunas de ellas perdidas y otros recuerdos de un tiempo ya remoto. Había una vieja Biblia familiar que los antepasados de Benjamin habían hecho llevar allí desde Georgia por tren y una y un sombrero de oficial de la Confederación. Incluso había una pipa de la paz.
-Nunca te cansas de mirarla, ¿eh?-pregunto Mora suavemente.
Cami se volvió hacia ella y sonrio.
-No, nunca.
-Tu gente tambien puede sentirse orgullosa de su historia-dijo Mora-. ¿Conseguiste salvar alguna de esas sillas francesas o la plata?
Cami sacudio la cabeza negativamente.
-Me temo que solo pude conservar las cosas pequeñas-suspiro, sintiendo una punzada de nostalgia- No teníamos sitio donde guardarlas, salvo en un guardamuebles, y valían mucho dinero. Nos hizo falta para pagar las deudas-añadio melancólicamente.
Coco observo su expresión y se volvio hacia Mora.
-Hábleme de la casa-dijo con interés, frunciendo el ceño.
Aquello capto inmediatamente la atención de Mora, que una hora después seguia contandoles anecdotas del pasado. Su conversación había arrullado a Cami, infundiéndole una extraña sensación de seguridad, y en su bello rostro habia una sonrisa melancolica cuando la puerta principal se abrio repentinamente. Al girar la cabeza hacia la puerta, su mirada quedo atrapada por unos ojos del color de la plata antigua. Benjamin había llegado.
Benjamin Rojas Pessi era el vivo retrato de su difunto padre. Alto y fuerte, sus ojos relucían como plata pulida en el rostro bronceado, y su pelo era rubio como los rayos de sol filtrados en un charco de agua pura. En todas partes atraía las miradas de la gente. La camisa vaquera que llevaba resaltaba sus anchos hombros, y los pantalones téjanos, bien cortados, se ceñían a la musculatura de sus muslos y de sus estrechas caderas. Sus costosas botas de cuero estaban cubiertas de polvo, pero no por ello dejaban de parecer lujosas. La única nota que deslucía su atuendo era el viejo sombrero vaquero negro que llevaba en la mano, tan gastado como durante la última e inolvidable visita de Camila.
Esta no podía apartar los ojos de él. Su mirada trazó involuntariamente los ásperos contornos de su cara, y Cami se preguntó, como se había preguntado muchas otras veces durante su adolescencia, si había en él un ápice de emoción. Parecía completamente ajeno a la ternura y a la pasión.
Benjamin entró en la habitación y saludó amablemente a Coco, estrechándole la mano.
-Ya conoce a mi socia, por supuesto - sonrió Coco señalando a Cami, que estaba sentada en el sofá, junto a él.
Sí, la conozco dijo Benjamin con su lento y profundo acento lejano, lanzándole a Cami una mirada dura que apenas se fijó en las esbeltas curvas de su cuerpo, enfatiza-das por el corte clásico de su traje azul marino. Esta noche, no tendremos mucho tiempo para hablar le dijo a Coco sin preámbulos. Tengo una cita anterior, pero Felipe estará aquí mañana, y yo trataré de encontrar unos minutos para hablar de vuestra oferta uno de estos días. Podéis hacerme un resumen durante la cena.
¡Estupendo! exclamó Coco, entusiasmado, y Cami no pudo reprimir una sonrisa divertida al mirarlo. Resultaban tan evidentes sus ganas de agradar...
¿Cómo está tu madre? le preguntó Benjamin a Camila secamente mientras se acercaba a un aparador para servirse una copa.
Camila sintió que se ponía rígida.
Muy bien, gracias dijo.
¿A quién le ha tocado este mes? añadió él despreocupadamente.
¡Benjamin! gritó Mora, espantada. Se volvió hacia sus invitados . Cami, supongo que querrás refrescarte un poco. Y tú, Coco, si me acompañas, te enseñaré tu habitación al mismo tiempo los sacó de la habitación rápidamente, lanzándole de pasada una mirada furiosa a su impasible hijo. No sé qué demonios le pasa gruñó Mora cuando Cami y ella estuvieron solas en el hermoso cuarto de invitados, con su papel pintado de color azul. La linda colcha azul iba a juego con las fundas envolantadas de los cojines. En los maceteros de bronce crecían tupidas plantas verdes.
Él es así, no hay que darle más vueltas dijo Cami con más humor del que sentía. Las palabras intencionadas de Benjamin habían hecho mella en su corazón. Conmigo siempre ha sido así.
Mora miró fijamente sus cálidos ojos castaños y sonrió.
Esa es mi niña. Di que sí, tú no le hagas caso ¿Y cómo voy a no hacerle caso? Preguntó Cami batiendo teatralmente las largas pestañasEs tan guapo, tan masculino, tan... mandón
Mora se echó a reír como una niña. Se sentó al borde de la cama, cubierta por un grueso edredón, y cruzó las manos sobre el regazo mientras Cami colgaba la escasa ropa que había llevado. Tú eres la única mujer que conozco que no persigue despiadadamente a mi hijo dijo al cabo de un momento. Se le considera todo un partido, ¿sabes?
Pues que se lo queden para ellas dijo Cami, malhumorada. Es demasiado dominante para mi gusto. Creo que en realidad me da un poco de miedo admitió honestamente.
Sí, lo sé contestó Mora con afabilidad.
Sabrina, en cambio, no le tiene ningún miedo suspiró Cami. Puede que se merezcan el uno al otro añadió con una risita.
¡Sabrina! Si se casa con esa chica, yo me mudo a Australia a trabajar de cocinera en una mina de ópalo exclamó Mora.
¿Tan mal te cae?
Querida mía, la última vez que estuvo aquí ayudando a Benja en una venta, hizo llorar a María y una de las doncellas se despidió sin previo aviso. Como habrás visto, sencillamente ordena y manda, y Benja -lanzo un suspiro- no hace nada por impedírselo.
Pero esta es tu casa le recordó Cami con suavidad.
La mujer se encogió de hombros expresivamente.
Eso creía yo. Pero últimamente no deja de hablar de reformar mi cocina.
Cami jugueteó con uno de los botones de su sencilla blusa mientras la colgaba en el armario.
¿Están prometidos?
No lo sé. Benja no me cuenta nada. Supongo que, si decide casarse con ella, me enteraré por las noticias.
Cami se echó a reír suavemente.
No me imagino casado a Benjamin.
Yo no sé qué le pasa dijo Marguerite levantándose. Lleva meses andando de un lado a otro sin estarse quieto, siempre con mala cara, distraído y tan ocupado, que es imposible sacarle dos palabras seguidas. Y en cuanto a lo de Sabrina... En fin, a veces tengo la impresión de que para él es como una mosca. Pero está tan ocupado, que ni siquiera puede espantarla.
Cami rompió a reír. La imagen de aquella decorativa joven morena convertida en mosca resultaba totalmente incongruente. Sabri, con su perfecto maquillaje, sus peinados impolutos y sus ropas de diseño se sentiría horrorizada si las oyera hablando de ella en aquellos términos. Mora sonrió.
Me alegro de que no tengas en cuenta lo que dice Benja. Tu madre es mi mejor amiga, y lo que dice mi hijo no es cierto.
Sí que lo es dijo Cami suavemente. Las dos lo sabemos. Mi madre sigue viviendo en el pasado. No acepta las cosas tal y como son.
Aun así, eso no es excusa para que Benja se burle de ella repuso Mora. Voy a tener que hablar con él al respecto.
Por cómo me ha mirado, yo le daría de comer y lo emborracharía antes de intentar hablar con él sugirió Cami.
Nunca lo he visto borracho contestó suavemente la madre de Benjamin. Aunque una vez estuvo a punto añadió lanzándole una penetrante mirada a la joven antes de dar media vuelta. Nos veremos abajo. No hace falta que te cambies para cenar. Aquí seguimos siendo tan informales como siempre.
Lo cual era una suerte, pensó Cami, más tarde, mientras miraba su armario casi vacío. En otro tiempo habría tenido un armario lleno de trajes de diseño, de finas sedas y organza bordada a mano. Ahora tenía que limitarse a comprar lo estrictamente necesario. Gracias a su buen gusto y a su cautela a la hora de comprar, había conseguido reunir un vestuario limitado pero atractivo, en el que primaban las ropas que usaba para trabajar. Entre sus trajes no había ningún vestido de noche. Lo cierto era que no lo necesitaba.
Se duchó y se puso una falda blanca plisada y una blusa azul marino, y se ató al cuello un pañuelo rizado de color blanco para completar su atuendo sencillo, pero atractivo. Se recogió el pelo hacia atrás con una cinta blanca y deslizó los pies enfundados en medias en unas sandalias de color azul oscuro. Luego se roció ligeramente de colonia, se puso un toque de carmín y bajó al piso inferior.
Encontró a Coco de pie, en la puerta del cuarto de estar, con una copa de coñac en la mano.
Ah, aquí estás le dijo él sonriendo, y sus ojos recorrieron picaramente su esbelta figura de pies a cabeza. ¿Te vas a hacer a la mar?
Puede que sí repuso ella despreocupadamente. ¿Quieres acompañarme y mantener a raya a los tiburones? Él sacudió la cabeza.
Soy un completo cobarde cuando se trata de tiburones. Se rumorea que a una tía abuela mía se la comió un tiburón.
Cami se echó a reír con una risa que era como la luz del sol filtrándose en una habitación pintada de amarillo. Pasó junto a Coco, entró en el espacioso salón y de pronto se encontró mirando de frente los ojos argénteos de Benjamin. Su intensa mirada resultaba desconcertante y alteraba extrañamente su corazón. Cami bajó los ojos y miró la alfombra.
¿Quieres un jerez? preguntó él secamente.
Ella dijo que no con la cabeza y se acercó de nuevo a Coco como una gatita que buscara cobijo junto a un gato macho.
No, gracias.
Coco le pasó el brazo sobre los hombros afectuosamente.
Es adicta a la cafeína le dijo a Benja. Pero no bebe.
Benjamin pareció querer aplastar la copa de brandy entre sus dedos y arrojarla al suelo. Cami no recordaba haber visto nunca aquella expresión en sus ojos. Pero él se dio la vuelta antes de que tuviera tiempo de analizarla.
Entremos. Mi madre bajará enseguida los condujo al comedor, y Cami, sin poder evitarlo, reparó en lo bien que le sentaba el traje marrón, con sus hombreras al estilo del Oeste, que desde atrás enfatizaban su ancha espalda. Era un hombre atractivo. Demasiado atractivo.
Para su desconcierto, Cami se encontró sentada junto a Benjamin, tan cerca que, bajo la mesa, su piel rozaba la bruñida bota de cuero de él. Ella retiró el pie rápidamente al percibir su mirada de irritación.
Explicadme por qué cree Felipe que necesitamos una agencia publicitaria sugirió Benjamin con arrogancia, reclinándose en la silla de tal modo, que los botones de su camisa de seda blanca se tensaron sobre la poderosa musculatura de su pecho.
Llevaba el cuello de la camisa abierto, y bajo la tela finísima se adivinaba la sombra de su espeso vello negro sobre la piel bronceada. Cami recordó sin querer el aspecto que tenía Benjamin con el pecho desnudo, y desvió su mirada hacia el impoluto plato de porcelana que tenía ante ella.
Mientras, la señora Ines, la preciada cocinera de Marguerite, entraba en el comedor con paso lento, trayendo los platos que había preparado con mano experta. Colocó sobre el impecable mantel de hilo blanco una fuente con gruesos filetes y un gran cuenco humeante lleno de densa salsa de leche, junto con una bandeja de galletas saladas, mantequilla, repollo, una ensalada, puntas de espárragos con salsa holandesa, una cremosa macedonia de frutas, panecillos caseros y patatas fritas. Cami apenas recordaba cuándo se había encontrado ante semejante despliegue de platos suculentos, y se dio cuenta con cierto sobresalto de que hacía mucho tiempo que no podía permitirse preparar una comida como aquella. Disfrutó de cada bocado como si fuera el último, saboreando cada cucharada mientras escuchaba la agradable e incesante voz de Coco.
Mora se les unió cuando Coco estaba en medio de su disertación acerca de las perspectivas de ventas y, sonriéndoles, se sentó en su sitio habitual a la elegante mesa, en cuyo centro había un ramo de margaritas blancas.
Siento llegar tarde dijo , pero he perdido la noción del tiempo. En la emisora de radio local dan una serie de misterio, y me temo que estoy enganchada a ella.
Historias de detectives dijo Jason, burlón . No me extraña que te pases la noche con la luz encendida.
Mora alzó airosamente su fino rostro.
Hay mucha gente que deja una luz encendida por las noches.
Sí, pero tú dejas tres lámparas dijo él.
Sus ojos grises brillaron, mirándola, y de pronto guiñó un ojo y sonrió. Al ver aquella sonrisa, Cami sintió que algo se encendía suavemente en su interior. Estaba guapísimo cuando usaba su encanto. Ninguna mujer podía resistirse a aquella sonrisa, de la que ella solo había disfrutado una vez, hacía mucho tiempo. Volvió a fijar la vista en el plato y acabó de comerse la ensalada de frutas con un suspiro.
En medio del discurso de Coco sonó el teléfono y, segundos después, avisaron a Benjamin de que era para él. Mora lo observó salir del comedor.
Una vez masculló, una sola vez me gustaría poder disfrutar de la cena sin interrupciones. Si no es un problema en el rancho, es un problema con algunas de las empresas, o algún vendedor que quiere que le compre un tractor nuevo, o algún ranchero que intenta venderle un toro, o un periodista que quiere que lo informe sobre una fusión se quedó con la mirada perdida. La semana pasada, llamaron de una revista. Querían saber si Benja iba a casarse. Yo les dije que sí dijo con irritación apenas disimulada. Y estoy deseando que alguien le ponga el artículo delante de las narices. Cami se rió hasta que se le saltaron las lágrimas.
Pero, ¿cómo pudiste hacer una cosa así?
¿Qué cosa? preguntó Benja, que acababa de entrar en la habitación.
Cami sacudió la cabeza y se secó la comisura de los ojos con la servilleta de hilo mientras Mora alzaba la cabeza con indignación.
¿Otro desastre? preguntó mientras su hijo se sentaba. ¿El mundo entrará en guerra si tú acabas de comer?
Benja la miró alzando una ceja y bebió un sorbo de café.
¿Quieres encargarte tú de los negocios?
Me encantaría dijo su madre. Lo vendería todo.
¿Y condenarnos a Felipe y a mí a criar rosas? bromeó él. Ella se apaciguó.
Quisiera que pudiéramos comer en paz por una vez, Benja...
¿Crees que podrías soportarlo? preguntó él, sarcástico. Sería un hecho inaudito.
Y cuando tu padre vivía era aún peor reconoció ella, y se echó a reír. Una vez, le tiré el plato a la cabeza porque se fue a hablar con un abogado en medio de la cena de Navidad.
Benjamin sonrió burlón.
Recuerdo lo que ocurrió cuando volvió a casa dijo, y Mora Rojas se sonrojó como una colegiala.
Oh, bueno empezó a decir, yo...
Antes de que pudiera añadir nada más, María entró para anunciar que Sabrina estaba al teléfono y quería hablar con Benjamin. Mora miró fijamente a su hijo cuando este pasó a su lado, de camino al vestíbulo.
¿Por qué no haces que te construyan un teléfono adosado a una bandeja? preguntó ásperamente. O mejor aún, un teléfono comestible, para que puedas hablar y comer al mismo tiempo.
Cami se echó a reír otra vez. Con los Rojas, siempre era así. Mora solía mantener aquella misma discusión con su difunto marido.
La mujer sacudió la cabeza y miró a Coco con una malévola sonrisa.
¿Quieres explicarme a mí tu idea sobre la campaña publicitaria, Coco? Yo no puedo concederte el trabajo, pero no saldré corriendo en medio de la explicación para contestar al teléfono.
Coco se rió llevándose un panecillo a la boca.
No se preocupe, señora Rojas. Hay tiempo de sobra. Al fin y al cabo, estaremos aquí una semana. -Durante la cual, tal vez pudieran hablar con Benjamin diez minutos seguidos, pensó Cami. Pero no dijo nada.
Un rato después, todo el mundo pareció desaparecer. Benjamin subió al piso de arriba, y Mora se llevó a Coco para enseñarle su colección de figuritas de jade, dejando a Cami sola en el salón.
Apuró su taza de café y puso el platillo cuidadosamente sobre la mesita baja. Quizá, pensó, inquieta, fuera buena idea retirarse a su habitación. Si Benjamin bajaba antes de que los otros volvieran, se encontraría a solas con él, y no quería pasar por aquel trance. Nunca se sentía preparada para hallarse a solas con él.
Salió apresuradamente al vestíbulo, pero antes de llegar a la escalera, vio que Benjamin bajaba por ella. Se había puesto una corbata dorada y marrón sobre la camisa blanca, y estaba elegantísimo con su traje tostado.
¿Huyendo? preguntó secamente, y sus ojos fríos se achicaron al observarla.
Ella se quedó helada en medio del vestíbulo, mirándolo indefensa. Benjamin la ponía nerviosa. Siempre había sido así.
Yo... iba a subir a mi cuarto un minuto dijo débilmente.
Él bajó sin vacilar el resto de los escalones alfombrados. Sus botas producían golpes secos y suaves sobre ellos. Se detuvo frente a Cami al llegar abajo, cerniéndose sobre ella, tan cerca que Cami pudo oler su colonia con aroma a madera y la fresca fragancia de su cuerpo.
¿Para qué? preguntó él con una sonrisa burlona. ¿Ibas a buscar un pañuelo?
Más bien un escudo y una armadura replicó ella, escondiendo su nerviosismo tras la ironía.
Benjamin no se rio.
No has cambiadocomentó. Sigues tan chistosa como siempre sus ojos entrecerrados se pasearon por su cuerpo distraídamente. ¿Por qué has vuelto? preguntó de pronto en tono acerado.
Porque Feli insistió.
Él la miró con el ceño fruncido.
¿Por qué? Solo trabajas para Black.
Soy su socia repuso ella. ¿No lo sabías?
Él la miró fijamente.
¿Cómo lo has conseguido?preguntó desdeñosamente. ¿O no hace falta que lo pregunte?
Cami comprendió lo que insinuaba y se puso roja de indignación.
No es lo que tú crees dijo con voz crispada.
¿Ah, no? dijo él sin dejar de mirarla. Yo, por lo menos, te ofrecí algo más que una participación en un negocio de poca monta.
Cami se sonrojó aún más.
Eso somos las mujeres para ti dijo con rabia apenas contenida. Juguetes colocados en una estantería, esperando que tú nos compres.
Sabrina no dijo él con deliberada crueldad.
Mejor para ella repuso Cami.
Benjamin se metió las manos en los bolsillos y la miró con arrogancia desde su altura. Había algo extraño y perturbador tras aquellos ojos relucientes.
Estás más delgada dijo él. Ella se encogió de hombros.
Trabajo mucho.
¿Y qué haces? preguntó él ásperamente. ¿Acostarte con el jefe?
¡No! Estalló ella, y alzó su pálido semblante hacia el rostro moreno de Benjamin. ¿Por qué me odias tanto? ¿Tan importante era ese toro para ti?
El rostro de Benjamin pareció endurecerse aún más.
¿Cómo puedes preguntarme eso? Ese toro era un semental muy valioso. Dios mío, pero si ni siquiera te disculpaste.
¿Habría servido para devolvértelo? preguntó ella tristemente.
No un músculo tembló en su mandíbula.
No permitirás... no permitirás que el odio que sientes por mí te ponga en contra de la agencia, ¿verdad? preguntó ella de repente.
¿Temes que tu jefe pierda la camisa? dijo él.
Algo parecido.
El ladeó la cabeza sin dejar de mirarla y apretó los labios.
¿Por qué no me dices la verdad? Feli no te invitó a venir. Has venido porque has querido sonrió burlonamente . No he olvidado cómo lo perseguías. Y ahora tienes más razones que nunca para perseguirlo.
Cami sintió que la cegaba la ira. Todos los años que llevaba conteniéndose se disolvieron, y de pronto se sintió valiente.
Vete al infierno, Benjamin Rojas dijo fríamente, y al alzar la cara crispada por la ira, sus ojos castaños lanzaban chispas.
Sorprendido, Benjamin enarcó las cejas morenas y sus ojos adquirieron una expresión divertida.
¿Qué has dicho?
Pero antes de que ella pudiera repetir aquel desafío, la voz de Coco los interrumpió.
Ah, estáis ahí dijo alegremente . Venid, entremos a tomar una copa. Es demasiado pronto para retirarse.
Los ojos de Benjamin estaban ocultos bajo sus párpados entrecerrados. Se apartó de ella antes de que Cami pudiera interpretar la extraña mirada que había visto en ellos.
¿Te vas otra vez? preguntó Mora dulcemente. ¿Adonde vas a llevar a Sabrina?
Por ahí dijo él escuetamente, y se inclinó para besar la sonrosada y arrugada mejilla de su madre. Buenas noches.
Giró sobre los talones y se marchó sin decir palabra, cerrando la puerta firmemente a su espalda. Coco miró a Camila, desconcertada.
¿Le has dicho lo que creo que le has dicho?
Eso iba a preguntarte yo añadió Mora.
Cami se agitó bajo su escrutinio y entró con ellos en el salón.
Bueno, se lo merecía masculló. Es una bestia arrogante y ofensiva.
Mora se rio suavemente, y en sus ojos se encendió una luz misteriosa que procuró ocultar.
Pero, ¿qué os pasa a vosotros dos? le preguntó Coco a Cami. ¿Por qué os odiáis tanto?
Una vez, mi madre llamó a Benjamin «vaquero» contestó Cami. Escogió mal momento y, además, lo dijo en un tono sumamente insultante. Benjamin nunca se lo perdonó.
A Benjamin le dio por llamar a Cami «lady Camila» continuó Mora sonriendo a la joven. Y eso es en realidad: una dama. Pero Benja lo decía en otro sentido. En el sentido de Lady Macbeth dijo Cami, y sus ojos se ensombrecieron. Me gustaría prepararle un delicioso revuelto de hongos venenosos dijo con una sonrisa maliciosa.
Tranquilízate, querida dijo Cami. El vinagre no caza moscas.
Cami recordó lo que Mora le había dicho sobre Sabrina y, cuando sus ojos se encontraron, comprendió que estaban pensando lo mismo. Ambas rompieron a reír, y su risa disolvió el mal humor que había empañado la velada.
Sin embargo, esa noche, más tarde, mientras estaba sola en su habitación, los recuerdos volvieron a asaltar a Cami. Volver a ver a Benjamin había abierto las viejas heridas, cuyo dolor atravesaba su esbelto cuerpo. Con los ojos fijos en las extrañas filigranas que la luz de la luna dibujaba en el techo de su habitación, volvió a recordar aquel viernes, siete años atrás, en que corrió a lo largo de la cerca que separaba los pastos de su padre de la propiedad de los Whitehall y, riendo, saltó la valla y vio que Benja frenaba a su gran semental negro y se dirigía hacia ella.
¿Buscas a Feli? le preguntó él secamente, mirándola con aquellos ojos iracundos y aquella expresión fría y severa que nunca parecía suavizarse.
No, a ti dijo ella mirándolo tímidamente. Mañana por la noche doy una fiesta. Cumplo dieciséis años, ¿sabes?
Benjamin la miró de una manera tan extraña en él que, años después, su mirada aún intrigaba a Cami. Sus ojos no traslucían emoción alguna al recorrer su cuerpo delgado y su expresivo rostro sonrosado. Ella nunca se había sentido tan viva como aquel día. Benjamin ignoraba que se había pasado casi toda la mañana armándose de valor para ir en su busca. Con Feli era fácil hablar. Con Benjamin era distinto. Benjamin la fascinaba, incluso la asustaba. Ya entonces, a pesar de su juventud, era un hombre hecho y derecho, un hombre cuyo atractivo exaltaba sus todavía inmaduras emociones.
Bien, ¿y a mí qué? le preguntó él fríamente.
La alegría abandonó el rostro de Cami, demudada de repente, y con la alegría se fue también parte de su arrojo.
Yo, eh... quería invitarte a la fiesta balbució.
Benjamin la miró achicando los ojos por encima del cigarrillo que puso y encendió entre sus labios cincelados.
¿Y qué piensa tu madre al respecto?
Dice que le parece bien contestó Cami con valentía, pasando por alto cuánto había tenido que luchar con Marina para invitar a los hermanos Rojas.
Eso no te lo crees ni tú replicó Benjamin ásperamente.
Ella agitó el pelo rubio y arriesgó su orgullo.
¿Vendrás, Benja? preguntó suavemente.
¿Yo solo? ¿No vas a invitar a Feli?
Sí, a los dos, claro, pero Feli me dijo que tú no vendrías a menos que te lo pidiera contestó ella sinceramente.
Él dejó escapar un profundo y áspero suspiro, exhalando una nubécula de humo. Miraba con fijeza, pensativamente, el rostro juvenil y esperanzado de Cami.
¿Vendrás, Benja? insistió ella, suplicante.
Quizá dijo él vagamente y, volviendo grupas, se alejó sin decir palabra, dejando a Cami con la mirada clavada en él, desalentada y triste.
Lo extraño fue que Benjamin apareció en la fiesta con Feli, vestido con un esmoquin negro de corte impecable, una camisa de seda blanca con un ligero volante en la pechera y gemelos de rubíes. Parecía un modelo y, para desilusión de Cami, nada más entrar se vio rodeado de adolescentes encandiladas. Casi todas las invitadas eran bellas debutantes, sofisticadas y mundanas. No como la joven Cami, que, tímida y apocada, permanecía discretamente en un rincón, con su rubia melena apilada sobre la coronilla. Su cuello desnudo parecía frágil; sus labios, rosados y suaves; y sus ojos castaños miraban melancólicamente a Benjamin, a pesar de que Feli se pasó la noche bailando con ella. Cami miraba con disgusto su vestido de organdí blanco con bordados verdes, y lo odiaba. El recatado escote, las mangas abombadas, la vaporosa falda no bastaron para llamar la atención de Benjamin. Pero claro, se decía Cami, Benjamin tenía veinticinco años y ella solo dieciséis. ¿Para qué iba a mirar él a una chica de su edad? Sin embargo, anhelaba que se fijara en ella. Bailaba con Feli y con los otros chicos mecánicamente, y con la mirada seguía a Benjamin a todas partes. Deseaba bailar una sola vez con él.
Bailaron por fin el último baile, una canción lenta sobre el amor perdido que en aquel momento a Cami le pareció apropiada para la ocasión. Benjamin no le pidió bailar. Sencillamente, le tendió la mano, y ella se la dio y notó que su calor le envolvía los dedos. Hasta su forma de bailar era excitante. Benjamin apretaba el cuerpo joven de Cami sujetándola con ambas manos por la cintura. Ella apoyaba las manos sobre su pecho y ambos se movían lánguidamente al ritmo de la música. Cami podía percibir aún el olor de la costosa colonia oriental que llevaba; podía sentir el calor de su cuerpo alto y fibroso contra el suyo mientras se movían; notaba la dura musculatura de sus piernas contra las suyas incluso a través de las capas de tela que componían su falda. Al sentirlo tan cerca, su corazón se volvió loco. De pronto se sintió inundada por emociones nuevas y temibles que la hicieron sentirse débil entre sus brazos. Alzó la vista hacia él, con los ojos repletos de deseos desnudos, y él dejó de bailar bruscamente; tomándola de la mano, la condujo al patio en penumbra que daba a las luces nocturnas de Victoria.
¿Es esto lo que quieres, nena? Preguntó él, apretándola contra sí con una extraña rabia en la voz. ¿Comprobar qué tal amante soy?
Benja, yo no... empezó a protestar ella.
Pero mientras decía estas palabras, él la besó con aspereza, desconsideradamente, con deliberada crueldad. Con los brazos la apretaba contra sí, estrujando su cuerpo delicado en medio de un silencio en el que se mezclaban los distantes retazos de la música, el canto nocturno de los grillos y las ranas, la áspera respiración de Jason y el frufrú del vestido cuando la abrazaba, apretándola aún más fuerte. Él le mordió los labios dolorosamente, haciéndola gemir, asustándola, y la obligó a aceptar su primer beso, mostrándole los peligros de flirtear con un hombre experimentado. Atemorizada, Cami sintió que su mano grande y cálida ascendía desde su cintura hasta la suave curva de sus pechos, rompiendo todas las normas que a ella le habían enseñado, para gozar de la suave redondez de su cuerpo.
Es como tocar seda murmuró él contra su boca, retirándose un poco para mirarla. Mírame dijo con voz ronca. Déjame verte la cara.
Ella alzó los ojos asustados e intentó torpemente retirarle la mano, avergonzada y rabiosa.
No musitó.
¿Por qué no? Sus ojos centellearon, observando el contraste de sus dedos morenos sobre el organdí blanco del corpiño. ¿No me has invitado para esto, Lady Camila? ¿Para ver si un vaquero hace el amor igual que un caballero? Humillada, ella se desasió de su abrazo con los ojos llenos de lágrimas. ¿Te escuece la verdad? preguntó él, y se rio de ella mientras encendía un cigarrillo sin que le temblara el pulso .Siento desilusionarte, pequeña, pero yo ya no soy un simple vaquero. Soy el jefe. No solo he pagado todas las deudas de Casa Verde. Voy a convertir el rancho en una leyenda. Dentro de unos años, tendré la mayor finca de Texas. Y luego, si todavía me apetece, quizá te dé otra oportunidad la observó desdeñosamente, y Cami sintió una punzada de dolor. Pero tendrás que desarrollarte un poco más. Eres demasiado flaca.
Ella no pudo hallar las palabras adecuadas, y Feli apareció en ese instante para rescatarla. Camila no volvió a invitar a Benjamin a una fiesta y desde entonces procuró quitarse de su camino. Lo cual a él nunca había parecido importarle. Cami a menudo sospechaba que realmente la odiaba.
Esa noche, Cami durmió mal. A la mañana siguiente, al despertarse muy temprano, no lograba recordar las imágenes que habían perturbado sus sueños. Se levantó trabajosamente y se puso el albornoz azul que tenía a los pies de la cama. Su largo pelo rubio, que se le derramaba sobre los hombros y la espalda en una maraña dorada, la hacía aún más hermosa. Se arrebujó en la bata, sintiendo el aire frío de la mañana que agitaba las cortinas. Había abierto la ventana de noche para sentir el aire fresco y limpio del campo.
Al oír un golpe en la puerta, se apartó del tocador frente al que se había sentado y se acercó descalza a la puerta. Sus ojos se posaron tristemente en la bata vieja, recordando las de satén que solía usar antes, con sus mullidas zapatillas de piel a juego. Se encogió de hombros. Esa vida se había acabado. Era solo un sueño que la corriente torrencial de la realidad había diluido.
Abrió la puerta, esperando que fuera María, y se encontró la cara sonriente e infantil de Feli.
Buenos días, señora dijo él alegremente.
¡Feliiiii! gritó Cami y, olvidándose de las convenciones, se arrojó en sus brazos. Feli la abrazó tiernamente y ella sintió el olor de su colonia de siempre.
Me echabas de menos, ¿a que sí? le susurró él al oído. Era solo un par de centímetros más alto que ella. Ni de lejos tan alto y formidable como Benjamin . Pero ni siquiera me has mandado una postal en seis meses.
Creía que no querías saber nada de mí murmuró ella.
¿Por qué? No fue mi toro el que atropellaste se rio él.
No, fue el míodijo una voz áspera detrás de Feli, y Cami se puso rígida involuntariamente
Apartándose de Feli, se echó hacia atrás la melena suave y ondulada y miró fijamente el rostro severo de Benjamin. Iba vestido de faena esa mañana, con unos vaqueros descoloridos pero caros y una camisa gris que hacía juego con sus ojos fríos y achicados. En la cabeza llevaba el viejo Stetson negro.
Buenos días, Benjamin dijo ella con helada suavidad. Ayer perdí los modales y lo lamento. Aún no te he dado las gracias por tu cálida acogida.
Benjamin alzó una ceja y la miró con una expresión indefinible.
No se esfuerce, Cami. Ella se puso colorada.
Llámame Camila. O señorita Bordonaba. O «eh, tú». Pero no me llames «Cami».
Benjamin esbozó una sonrisa desafiante.
Cuando estás con gente te envalentonas, ¿eh? Inténtalo cuando estemos solos.
Primero asegúrate de haber pagado tu seguro de vida, ¿quieres? dijo ella sonriendo venenosamente.
Bueno, amigos dijo Feli, este no es modo de empezar un hermoso día como hoy. Sobre todo, cuando aún no hemos desayunado siquiera.
¿Ah, no? Preguntó Cami. Tu hermano ya me ha dado dos dentelladas.
Benjamin ladeó la cabeza y la miró. Sus ojos centelleaban peligrosamente, como el sol sobre cristales de hielo.
Ándate con cuidado, nena. Puede que contraataque.
Cuando quieras repuso ella, desafiante.
Yo elegiré el lugar dijo él, retador. Y el momento miró a Feli. ¿Qué tal la reunión?
Diego está interesado contestó el hermano menor con una sonrisa. Creo que le he echado el gancho. Mañana lo sabremos. Mientras tanto, ¿te ha explicado Maggio la campaña publicitaria para el proyecto de Florida?
Por encima contestó Benja. Sacó un cigarro del bolsillo y lo encendió sin que le temblara el pulso. Sus ojos se posaron un momento en el encendedor de plata antes de volver a guardárselo en el bolsillo, y Cami recordó las Navidades en las que su padre se lo regaló.
¿Qué te parece? insistió Feli mirando los ojos grises de Benjamin. El lo miró a través de una neblina de humo.
Quiero saber más del asunto. Mucho más.
Parece que vamos a tener una semana muy larga suspiró Feli.
Puede que demasiado larga para algunos dijo Benjamin, cortante, y miró a Cami. Y si aquí Cami no se porta bien, Maggio tendrá que volver a San Antonio sin mi firma en el contrato.
Cami sintió rabia al oír su amenaza. Una amenaza aún más despreciable porque sabía que iba en serio. Benjamin era capaz de permitir que el rencor que sentía hacia ella se interpusiera en el negocio, y era tan rudo que le negaría a Coco el trabajo por puro despecho.
Benjamin nunca cedía.
No tenía por qué hacerlo. Al final, todo el mundo acababa plegándose a sus deseos.
Venga, Benjamin comenzó a decir Feli intentando mediar.
Tengo trabajo gruñó Benjamin dando media vuelta. Baja a las tierras de los Kennedy cuando termines de desayunar y te enseñaré el novillo que compré en la feria la semana pasada.
¿Puedo llevarme a Cami? preguntó Feli con mirada calculadora.
Los anchos hombros de Benjamin se tensaron. Miró hacia atrás enojado.
Pesaba que no se la podía llamar así... además me gustaría conservar ese toro dijo, cortante, y siguió andando.
El rostro de Cami quedó petrificado. Miró con odio la musculosa espalda de Benjamin.
Ojalá se caiga por las escaleras masculló.
Benja nunca se cae le recordó Feli. Y si se cayera, aterrizaría de pie añadió sonriendo. Vaya, vaya, sí que has cambiado. Antes nunca le contestabas.
Tengo veintitrés años. No estoy dispuesta a que siga usándome como felpudo repuso ella orgullosamente.
Feli asintió, y a Cami le pareció percibir una chispa de sorna en sus ojos antes de que se apartaran.
Vístete y baja le dijo. Estoy deseando que me habléis de la campaña que habéis preparado.
¿Estarán presentes Sabrina y su padre? preguntó ella de repente.
Sabrina gruñó Feli... Benja no era al único que perseguía. La había olvidado. En fin, salvaremos ese escollo cuando llegue el momento. Benja y yo hemos invertido más que los Guzman, así que la decisión final es nuestra.
Benjamin se pondrá de su parte dijo ella sin atisbo de duda.
Puede que te sorprenda. En realidad, me apuesto algo a que lo hará añadió él misteriosamente. Vístete, niña. ¡No hay tiempo que perder!
Ella le hizo un saludo militar.
¡Sí, señor!
Ese día, más tarde, Feli llevó a sus invitados a dar un paseo a caballo por el rancho, asegurándose previamente de que a Coco, un jinete inexperto, le daban una montura dócil. El rancho se extendía en todas direcciones con su cercado verdi-blanco, sus pulcros establos y sus prados más pulcros aún.
Benja tiene un ordenador capaz de almacenar los registros de más de cien mil cabezas de ganado le dijo Feli a Coco mientras observaban pacer a unas vacas de la variedad Santa Gertrudis, con sus pieles rojizas llameando al sol. Somos afortunados por poder criar purasangres y reses de primera calidad. Además, tenemos nuestros propios pastos. No tenemos que mandar al ganado a pastar a otras tierras. Podemos alimentar a nuestras reses aquí, en el rancho.
Coco parpadeó sorprendido. Todo aquello era nuevo para él, pero para Cami, que conocía y amaba cada rincón de aquellas tierras, la conversación resultaba amena e interesante.
¿Te acuerdas de aquel toro Brama de tu padre, el que perseguía a los perros? le preguntó melancólicamente Cami a Feli.
Este asintió.
Cuando le mató al spaniel, mi madre no paraba de decir que iba a vendérselo al matadero. Y eso fue exactamente lo que hizo cuando murió papá añadió sacudiendo la cabeza. Más de cien mil dólares reducidos a carne de ternera de primera calidad. Al final, nos lo comimos. Una mujer vengativa, mi madre.
¿Y Benjamin no intentó disuadirla? preguntó Cami, incrédula.
Benjamin no se enteró rió Feli . Mamá me advirtió que no se me ocurriera abrir la boca. Y él estaba siempre fuera, supervisando los otros ranchos, así que no se dio cuenta de que faltaba el toro.
¿Qué hizo cuando se enteró?
Reírse dijo Feli. Ella alzó las cejas sorprendida.
¿Con lo que costaba el toro?
¿No es extraño lo distinto que es Benja contigo? Comentó Feli. Con nosotros, es el hombre más apacible del mundo.
Cami se apartó de aquellos ojos penetrantes y miró los campos.
¿No dijiste que ibas a enseñarnos el toro nuevo? dijo intentando mostrar buen humor, lo cierto era que aquellas palabras la habían roto por dentro.
Claro. Seguidme sonrió Feli.
Era el momento álgido de la recogida del ganado. Cientos de terneros eran examinados en un corral a cuyos cuatro lados se abrían portones que daban a los prados. En medio del estruendo, de los mugidos de las reses, del polvo, de los gritos de los vaqueros y del sol cegador, se hallaba Benjamin Rojas encaramado a horcajadas sobre la cerca, supervisando la operación. Su gusto por el trabajo en el rancho no había mermado, pese a que podía haberse pasado el resto de su vida sin volver a ponerse unos téjanos viejos y un sombrero de faena. Era rico, había triunfado, y su sagacidad financiera lo había llevado a ocupar un lujoso despacho en un rascacielos, en el centro de Victoria. No tenía por qué trabajar con el ganado. En realidad, no era habitual que un hombre de su posición lo hiciera. Pero Benjamin era poco convencional. Y Cami se preguntaba si no disfrutaba más aún del trabajo en el rancho antes de hacerse rico. Benjamin era un hombre de campo de los pies a la cabeza, no un ejecutivo de silla y despacho.
Benjamin vio a Cami al instante y, a pesar de la distancia que los separaba, ella notó la ferocidad de su mirada. Sin embargo, se irguió orgullosa y procuró mantener una expresión serena. No estaba dispuesta a permitir que Benja notara cuánto la afectaba lo que hacía o decía.
No dejes que te intimide, Cams le dijo Feli en voz baja. Se mete contigo por costumbre, no por malicia. No lo hace en serio.
No pienso dejar que me pisotee contestó ella con decisión. Aunque no lo haga en serio y, ¿Qué es eso de Cams?-Dijo ella en tono broma.
¿Vas a declararnos la guerra? bromeó él.
Desde luego. Y pienso sacar toda la artillería contestó ella, y levantó una mano para colocarse un mechón de pelo que se le había soltado.
He venido a ver los terneros le dijo Feli en voz alta a su hermano.
Benjamin se bajó ágilmente de la cerca y se acercó a ellos, deteniéndose un instante para quitarse el sombrero y secarse el sudor de la frente con la manga de la camisa polvorienta.
¿Y tenías que traer una delegación entera? preguntó mirando hoscamente a Cami y a Coco.
Pensábamos alquilar un autobús y traer a todo el personal de cocina dijo Cami con una descarada sonrisa.
Los ojos brillantes de Benjamin se achicaron.
¿Por qué no bajas aquí a hacerte la lista? dijo él secamente.
Tengo alergia a la hierba dijo ella. Y al polvo también. Es horrible.-Feli se echó a reír.
Esta chiquilla es incorregible dijo.
¿Cómo soportas el calor y el polvo? preguntó a Coco, asombrado. ¡Y el ruido!
La práctica le dijo Benjamin . Y la necesidad. No es un trabajo fácil.
Nunca volveré a quejarme del precio de la ternera prometió Cami, haciéndose sombra con la mano para mirar a los hombres que examinaban, clasificaban y marcaban a las reses.
¡Eh, Pablo! le gritó Cami a un vaquero entrado en años que acababa de aparecer a espaldas de Benjamin con el sombrero sudado y echado hacia atrás sobre el pelo cano.
¡Hola, Cami! exclamó el viejo vaquero con su sonrisa mellada. ¿Vienes a ayudarnos para marcar a estas condenadas?
Solo si me dais un buen chuletón cuando acabéis bromeó ella.
Pablo había sido uno de los capataces de su padre antes de...
¿Qué tal está tu madre? preguntó el viejo vaquero.
Cami hizo caso omiso a la sonrisa burlona de Benjamin.
Bien, gracias.-Pablo asintió.
Me alegro de verte dijo percatándose de la mirada severa que le dirigía Benjamin. Será mejor que vuelva al trabajo.
Ya mismo dijo Benjamin en tono seco, mirando al viejo que se alejó rápidamente.
Ha sido culpa mía, Benjamin dijo Camila con suavidad . He sido yo quien lo ha llamado.
El pareció no oírla.
Enséñale a Maggio los árabes le dijo a su hermano . Merece la pena probarlos si cree que su anatomía puede soportarlo añadió lanzando una mirada burlona a Coco, que se mantenía muy rígido sobre la silla.
Gracias, me encantaría dijo Coco con los dientes apretados.
Benjamin se echó a reír y, por un instante, su semblante pareció suavizarse.
No te fuerces demasiado le advirtió. Te va a costar mucho volver a andar.-Coco asintió
Gracias dijo, esta vez sinceramente. Creo que hoy pasaré de los caballos.
Entonces, será mejor que regresemosdijo Feli haciendo volver grupas a su montura. ¡Cami, te echo una carrera!exclamó.
¡Un momento! la voz de Benjamin se alzó por encima de los mugidos del ganado.
Cami se detuvo tan de repente, que se inclinó hacia delante en la silla al tiempo que una mano fuerte y fibrosa asía la brida de su caballo y tiraba de ella.
Nada de carreras dijo Benjamin ásperamente, mirando a Feli de una manera que Cami no pudo entender. No quiero que haya otro accidente.
Feli parecía divertido.
Si tú lo dices.
No soy una niña protestó Cami mirando a Benjamin desde lo alto del caballo.
Él la miró fijamente, con ojos centelleantes. Cami le sostuvo la mirada y de pronto sintió que una especie de comente eléctrica atravesaba su cuerpo. La firme quijada de Benjamin se tensó y, de repente, soltó las riendas y se apartó.
Si llama Saez, por lo de esa venta de acciones, manda a alguien a avisarme le dijo a Feli, y se fue, mezclándose entre el tumulto de hombres y ganado, sin mirar atrás.
Feli no dijo nada, pero cuando pusieron rumbo hacia la casa, había en su cara una sonrisa divertida. Cami se alegró de que Coco estuviera demasiado preocupado por sus músculos doloridos como para prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. Al recordar la mirada de Benjamin, se le aceleraba el corazón. No era una mirada de desprecio ni de odio. Era una mirada de ansia feroz y apenas contenida, y a ella la aterrorizaba pensar que Benjamin pudiera sentir así. Desde la desastrosa fiesta de su decimosexto cumpleaños, había procurado mantenerse alejada de él. Ahora, al fin, se veía forzada a admitir, aunque fuera solo para sí misma, la razón de aquel comportamiento. Fría y quisquillosa, Cami no sentía la pasión que empujaba a las mujeres a correr tras los hombres. Solo la sentía cada vez que miraba a Benjamin. Siempre había sido así. Pero era demasiado peligroso que él lo descubriera. Aquello le proporcionaría el modo más eficaz de hacerla pagar por sus imaginarias ofensas, y ella sabía que no podría resistirse a él. Hacía mucho tiempo que lo sabía. Miró hacia atrás, hacia el corral donde se marcaban las reses. Si Benjamin no hubiera estado presente, se habría quedado gustosamente a observar la operación. Resultaba fascinante ver trabajar a los viejos vaqueros. Pero estando allí Benjamin, se habría puesto tan nerviosa que no habría podido disfrutar del espectáculo. De modo que puso su montura al trote y siguió a los hombres.
Coco no se movió durante el resto de la tarde. Se tendió, derrengado, en una tumbona junto al agua profunda y azul de la piscina oval, bajo un frondoso magnolio, y se quedó adormilado.
Cami permanecía lánguidamente sentada, charlando con Feli junto a una mesa cubierta por una sombrilla mientras bebían limonada. Iba vestida cómodamente con un viejo vestido largo azul turquesa, sin mangas, que le llegaba a los tobillos; tenía rajas a ambos lados y una cenefa blanca alrededor del escote de pico. Ya no podía comprarse trajes así. Aquel vestido era solo un vestigio de tiempos pasados. Llevaba los pies descalzos y su pelo suelto se mecía suavemente con la brisa.
Alrededor de la piscina había por todas partes arbustos en flor y macizos de rosas blancas, rosas y rojas. Sus ojos se posaron en la casita de verano que se levantaba a lo lejos, en medio de la opulenta pradera verde, con su pequeña cerca de madera. Era el sueño de cualquier niño, y todos los sobrinos, sobrinas, primos y primas de la familia habían jugado allí alguna vez.
¿Qué te parece la campaña? le preguntó Cami a Feli.
Me gusta dijo él sin rodeos . La cuestión es si le gustará a Benjamin. No sabe mucho del negocio inmobiliario, pero pese a todo es consciente de que va a resultar un tanto difícil vender la idea de un complejo de apartamentos en el interior de Florida. La mayoría de la gente prefiere la playa.
Ella asintió.
Podemos hacer que funcione con una campaña bien dirigida dijo suavemente. Estoy segura.
Feli le sonrió.
¿Eres la misma que se fue de aquí hace unos años con su mirada apocada y su sonrisa tímida? Dios mío, señorita Bordonaba, cómo has cambiado. Ya me di cuenta hace seis meses, pero ahora se nota aún más.
¿De veras me encuentras tan distinta? preguntó ella.
Tu forma de enfrentarte a Benja es distinta comentó él, divertido. Lo traes de cabeza.
Ella se sonrojó.
No se nota.
Yo si lo noto. Ella alzó la cabeza.
¿Por qué insististe en que viniera con Coco? le preguntó.
Te lo diré algún día le prometió él, pero ahora solo quiero quedarme aquí sentado y disfrutar del sol.
Creo que iré a ayudar a Mora con las invitaciones para su fiesta.
Cami se levantó, hermosa y esbelta corno un junco con su vestido largo, y echó a andar aplastando con los pies desnudos la hierba; mientras su pelo largo se agitaba como una cortina de seda dorada empujada por la brisa.
Rodeó la casa en dirección a la entrada posterior, donde los macizos de rosas blancas trepaban por espalderas del mismo color. Dejándose llevar por un impulso, extendió la mano para tocar un capullo fragante en el instante en que una camioneta doblaba la esquina de la casa y se detenía junto a la escalera de atrás. Benjamin saltó del asiento del pasajero, sujetándose el brazo, de donde le manaba la sangre a través de la fina tela azul de la camisa.
Vete le dijo Benjamin al conductor. Le diré a Feli que me lleve cuando me cure esto.
El conductor asintió con la cabeza y dio la vuelta, desapareciendo al otro lado de la casa.
Cami miró la sangre aturdida.
Estás herido dijo atónita, como si aquello fuera inverosímil.
Si vas a desmayarte, apártate de la puerta dijo él con sequedad, avanzando hacia ella.
Cami sacudió la cabeza negativamente.
No voy a desmayarme. Será mejor que dejes que te lo vende. No creo que puedas hacerlo tú solo.
Lo he hecho otras veces contestó él, siguiéndola a través de la impecable cocina y por el pasillo que llevaba al cuarto de baño del piso de abajo.
No lo dudo ni por un momento dijo ella con una sonrisa malévola. Sé que eres perfectamente capaz de coserte una herida en la espalda.
Maldita mocosa gruñó él.
No me insultes, o te pondré la venda del revés lo condujo al cuarto de baño y retiró el taburete para que se sentara.
Benjamin se quitó el sombrero y lo dejó caer al suelo de baldosas blancas y azules. Dejó vagar los ojos por el cuerpo esbelto de Cami mientras esta buscaba venda y antiséptico en el armario, deslizando la mirada desde la suave maraña de su largo pelo hasta el vaporoso vestido azul.
Ninfa de agua murmuró. Ella lo miró asombrada y se sonrojó involuntariamente. ¿Qué has estado haciendo? ¿Decorar mi piscina? preguntó él cuando Cami se dio la vuelta para llenar de agua una palangana, metiendo en ella una toallita limpia.
He estado oyendo a Coco suplicar una muerte rápida e indolora contestó con una leve sonrisa. Tendrás que quitarte la camisa añadió innecesariamente.
Él se desabrochó los botones lentamente con una mano, sin dejar de mirar el perfil de Cami.
Debería ayudarme Sabri dijo intencionadamente.
Sabrina ya estaría en el suelo, inconsciente repuso ella negándose a morder el anzuelo. Los coqueteos de Benjamin la aturdían, la asustaban. Todo aquello resultaba nuevo, excitante y levemente aterrador para ella. Sabes que se marea en cuanto ve sangre.
Él se rió suavemente, quitándose la camisa manchada de sangre y polvo y tirándola con descuido al suelo. Ella se giró con la toallita húmeda en la mano y miró sin poder evitarlo su pecho musculoso y bronceado, cubierto por una mata de pelo negro y rizado, y los músculos redondeados y duros de sus brazos morenos. Sintió que el corazón le brincaba en el pecho, y se despreció a sí misma por reaccionar así. Benjamin era tan arrogante y tan viril, que con solo mirarlo se sentía débil y vulnerable. Él achicó los plateados ojos, mirándola a la cara.
¿Qué miras? preguntó suavemente.
Perdona murmuró ella, aturdida, y sintió que todo su cuerpo se tensaba cuando se inclinó para limpiar la larga herida abierta que Benjamin tenía sobre el codo. Es profunda, Benjamin.
Lo sé. Tú límpiala y déjate de charla replicó él con aspereza, tensándose al sentir el ligero roce del paño.
Habría que darle puntos dijo ella tercamente.
Como a otra media docena de cortes que me he hecho, y todavía no me he muerto
gruñó él.
Espero que por lo menos estés vacunado contra el tétanos.
Estás de broma, supongo dijo él secamente.
Tenía razón: era ridículo pensar que no hubiera tomado aquella precaución. Cami acabó de limpiar el desgarrón y se volvió para tomar el bote de spray antiséptico.
Rocíame la herida, no todo el cuerpodijo él viendo que agitaba el bote y apuntaba hacia la herida.
Debería rociarte con yodo contestó ella, irritada. Eso sí que te dolería añadió con una malévola sonrisa. Él alzó la cara y la observó achicando los ojos.
No creo que te gustara mi modo de desquitarme.
Ella no hizo caso a su velada amenaza y comenzó a enrollar la venda blanca alrededor del brazo.
Deberías ir al médico.
Lo haré si empiezo a ponerme verde por culpa de tus cuidados de aficionada prometió él.
Ella le lanzó una mirada centelleante, pero en vez de desafío, encontró en su rostro duro y moreno una expresión divertida.
Me haces hervir la sangre, Benjamin Rojas masculló ella con más aspereza de la que pretendía, mientras le ataba el vendaje-
Eso que ha dicho es muy revelador, señorita Bordonaba dijo él suavemente, y vio que el color afluía a sus mejillas.
No lo decía en ese sentido protestó ella sin pensar. Él alzó las cejas.
¿Ah, no?
Cami se giró y empezó a recoger las vendas negándose a mirarlo. Era demasiado peligroso.
De la riqueza a los harapos comentó él mirando su vestido azul. ¿Es que tu Socio no puede comprarte ropa para ocasiones especiales? Ella se puso rígida.
Él no me compra la ropa.
No me vengas con cuentos replicó Benjamín fríamente. Esos trajes que llevas no puede permitírselos cualquiera. La última moda, pequeña, no trapos de saldo. Y tú no ganas tanto dinero.
¿Es que no entiendes que son viejos? gritó exasperada. Yo me compraba ropa sencilla, Benjamin, para que no pasara de moda.
Él se encogió de hombros como si aquella conversación lo hastiara y recogió la camisa del suelo.
Lo que usted diga, señora.
No me llames así dijo ella entre dientes. ¿Por qué no eres como Feli y me aceptas tal y como soy, en vez de imaginar toda clase de cosas repugnantes acerca de mí?
Él la miró fijamente a los ojos.
Porque yo no soy Feli. Nunca he sido como él su mandíbula se tensó . ¿Todavía vas tras él? ¿Por eso has venido con Maggio?
Ella alzó las manos.
Está bien. Sí, voy tras él. Por su dinero. Quiero casarme con él y robarle hasta el último penique. ¿Satisfecho?
El alzó una ceja burlón.
Antes te veré en el infierno que casada con mi hermano dijo fríamente.
Cami posó involuntariamente los ojos en su amplio pecho, en la severa expresión de su rostro que nunca se suavizaba, ni siquiera cuando estaba de buen humor.
¿Por qué me odias tanto? preguntó suavemente.
Los ojos de él se ensombrecieron.
Sabes muy bien por qué. Ella bajó la mirada.
Eso fue hace mucho tiempo le recordó. Y no es un recuerdo agradable.
¿Por qué no? Masculló él estrujando la camisa. Todos tus problemas se habrían resuelto. Habríais tenido la vida resuelta, tú y la loca de tu madre.
Y lo único que tenía que hacer era sacrificar mi dignidad murmuró ella suavemente, alzando la mirada hacia él. No seré la querida de nadie, Benjamin, y menos aún la tuya.
Él reaccionó como si lo hubiese abofeteado. Sus ojos quedaron de pronto desprovistos de luz.
¿La querida? masculló. Ella alzó la barbilla, orgullosa.
¿Y qué nombre le darías tú a esa relación? dijo. ¡Me pediste que viviera contigo!
Conmigo, sí replicó él . En esta casa. En la casa de mi madre, ¡maldita sea! ¿Crees que su sentido del decoro le habría permitido aceptar una relación impropia entre nosotros? Te estaba proponiendo matrimonio, Cami. Tenía el maldito anillo en el bolsillo, pero no te quedaste el tiempo suficiente para verlo.
La muerte debía de parecerse a aquello, pensó ella sintiendo un aguijonazo de pánico tan agudo que atravesó su cuerpo rígido de parte a parte como una sacudida eléctrica. ¡Matrimonio! Podría haber sido la esposa de Benjamin Rojas, vivir con él, compartirlo todo con él... quizá, incluso, a esas alturas ya habría tenido un hijo suyo...
Las lágrimas le empañaron los ojos y, al verlas, una sonrisa cruel apareció fugazmente en los labios cincelados de Benjamin.
¿Ahora te arrepientes, cariño? preguntó con aspereza. Por aquel entonces yo estaba abriéndome paso hacia la cumbre. Era la primera vez que trabajábamos sin deudas. Mis primeras inversiones empezaban a dar fruto. Pero tú no te paraste a pensar en eso, ¿verdad? Me miraste de arriba abajo y me diste con la puerta en las narices. Dios mío, tuviste suerte de que no echara la puerta abajo de una patada y fuera tras de ti.
Esperaba que lo hicieras admitió ella débilmente, con la mirada baja, mientras su corazón se partía en dos dentro de su cuerpo rígido. Ni siquiera te lo habría reprochado. Pero tenías un aspecto tan feroz, Benjamin, y yo te tenía tanto miedo... Por eso huí. Él la miró con asombro.
¿Me tenías miedo? ¿Por qué? Ella volvió a guardar la venda en el armario de las medicinas.
Aquella noche, en la fiesta de cumpleaños, fuiste muy agresivo le recordó ella, sonrojándose al hacerlo. No puedes imaginar los miedos secretos que los hombres producen en las adolescentes. Cualquier contacto físico es tan misterioso y extraño... Tú eras mucho mayor que yo y, además, tenías experiencia. Cuando me pediste con tanta frialdad que viniera a vivir contigo, solo pude pensar en lo que había pasado aquella noche.
Hubo un largo y tenso silencio.
Te hice daño, ¿verdad? Preguntó él con suavidad, mirando fijamente la espalda rígida de Cami. Lo hice a propósito. Feli me dijo que solo me habías invitado por cumplir, que ni siquiera soportabas verme se rió secamente. Me contó que le habías dicho que yo no tenía ni idea de cómo tratar a una mujer.
Ella se giró hacia él y lo miró sorprendida.
Yo no le dije por qué te invité dijo, y bajó la cabeza. En cuanto a lo otro... solo estaba bromeando. ¿No es cierto que, a veces, nos burlamos de las cosas que más miedo nos dan? preguntó pensativa. Tú me dabas miedo, pero solía soñar que me besabas se apartó de él . Los sueños eran... un poco menos crudos que la realidad se encogió de hombros ligeramente para enmascarar su dolor. Pero ya no importa. Solo eran sueños de niña, y ahora soy una mujer.
¿Ah, sí? preguntó él levantándose y cerniéndose sobre ella en el pequeño cuarto de baño. Se acercó a ella y sonrió sarcástica-mente al ver que ella daba un paso atrás. Veintitrés años, y todavía me tienes miedo. No voy a violarte, Cami.
Ella se sonrojó de rabia.
¿Tienes que ser tan ofensivo?
No sabía que te sintieras ofendida dijo él fríamente, desnudándola con la mirada. Pobre niña rica. Adonde has ido a parar. ¿Cuántos años tiene ese trapo que llevas?
Me tapa y basta dijo ella a la defensiva.
Apenas contestó él achicando los ojos . Mi madre habló de comprarte algo de ropa mientras estuvieras aquí. Al parecer, se ha fijado más en cómo vas vestida que yo. Pero no te equivoques, cariño añadió con torva mirada. No me mato a trabajar para que tu madre y tú os vistáis de seda y satén. Si necesitas ropa, que te la compre ese tal Maggio, no mi madre.
A ella empezó a temblarle el mentón.
Antes iría desnuda que aceptar un solo pañuelo comprado con tu dinero dijo desafiante.
Sin duda, tu novio también lo preferirádijo él secamente.
¡Es mi socio! replicó ella. Nada más.
Tampoco vale mucho como jinete añadió él con una media sonrisa. Si no pudo apañárselas con ese jamelgo que le dio Feli, ¿cómo piensa vérselas contigo?
Ella se dio la vuelta.
¿Cómo te diviertes cuando no estoy aquí para que me insultes? preguntó cansada.
Por cierto, ¿dónde está ese tal Maggio?
Fuera, en la piscina, con Feli, hablando del proyecto lo miró fríamente. Aunque no servirá de nada. Tú dirás que no.
No te atrevas a pensar por mí, Camiladijo él suavemente. Tú no me conoces. Nunca me has conocido.
Ella se humedeció los labios secos.
No dejas que nadie se te acerque, Benjamin.
¿Y tú querrías hacerlo? preguntó él fríamente.
Creo que no, gracias murmuró ella dándose la vuelta. Ya me has insultado bastante.
¿Sin razón, acaso? preguntó él acercándose un poco más a ella. Dios mío, cada vez que vienes aquí sucede un desastre.
Yo no quería atropellar a ese toro dijo ella poniéndose a la defensiva. Y no hacía falta que me gritaras...
¿Y qué esperabas que hiciera, que me arrodillara y te diera las gracias? Podrías haberte matado, pequeña estúpida gruñó él.
Eso habrías querido tú, ¿no es cierto? Estalló ella y, al darse la vuelta, no vio la expresión de Benjamin. Quería disculparme, pero me disloqué la muñeca y me dolía tanto que ni siquiera podía pensar.
¿Te dislocaste la muñeca? sus ojos brillaron. ¿Y fuiste conduciendo de aquí a San Antonio en esas condiciones? ¡Maldita necia!
¿Y qué querías que hiciera, pedirte que me llevaras? Replicó ella clavando en él sus ojos castaños. Ya le habías pegado un tiro al toro. Pensé que también me matarías a mí si no me quitaba de en medio se dio la vuelta y se acercó a la puerta, ignorando la aspereza de su tono cuando la llamó por su nombre.
Benjamin la alcanzó en el pasillo y, asiéndola del brazo, la obligó a darse la vuelta y la miró con fiereza. Con la camisa quitada, su amplio y poderoso pecho la hacía sentirse muy débil.
¿Adonde crees que vas? preguntó él.
A la piscina, a seducir a Feli dijo ella dulcemente. ¿No he venido para eso, según tú?
Nunca te casarás con él la amenazó él fría y deliberadamente.
No hace falta que me case con él para acostarme con él, ¿no crees? Preguntó ella agitando su largo pelo dorado. ¿Qué pasa, Benjamin? ¿Te da miedo que tu hermano triunfe donde tú fracasaste?
Fue un error decir aquello. Cami vio un instante la mirada de advertencia de sus ojos, pero aquello bastó para que se diera la vuelta y echara a correr. Enfurecer a Benjamin le producía una extraña euforia. La hacía sentirse viva, embriagada. Entró corriendo en el salón y se giró para cerrar la puerta, pero fue demasiado lenta. Benjamin entró fácilmente, sujetando la puerta con un pie. Luego la cerró a su espalda y ambos quedaron encerrados en la habitación. Benjamin permanecía de pie frente a ella. Sus ojos plateados refulgían bajo su pelo enmarañado. El rostro severo y amenazador y el amplio pecho desnudo y bronceado le daban el aspecto de un dios pagano. La mata oscura de su vello relucía de sudor.
Veamos lo valiente que eres dijo con voz profunda y baja acercándose a ella lentamente.
Cami retrocedió despacio, y todo su coraje se desvaneció al ver la expresión de su rostro.
No lo decía en serio dijo casi sin aliento. Benjamin, no lo decía en serio.
Se tropezó de espaldas contra el escritorio y se detuvo como si se hubiera topado con un muro. Benjamin acortó la distancia rápidamente y la agarró con fuerza por los brazos.
Déjame le suplicó ella haciendo una mueca de dolor. Me haces daño.
Tú llevas años haciéndome daño dijo él en voz baja y ronca. Sus ojos centelleaban mientras se apretaba contra Cami, empujándola suavemente contra el escritorio . ¿Te has acostado con Feli? ¡Contesta!
No musitó ella. Feli nunca me ha tocado, Benjamin. Nunca, te lo juro.
Cami notó que la tensión abandonaba en parte su rostro y que la presión de los poderosos músculos de sus piernas aumentaba. Sus manos se deslizaron hasta la espalda de Cami. Ella no llevaba sujetador bajo el vestido de gasa, y podía sentir el pecho desnudo de Benjamin contra sus senos suaves, a través de la fina tela. Aquel contacto la hizo temblar.
Él bajó la mirada hacia ella y observó sus manos delgadas, que presionaban levemente su mata de vello sobre la piel bronceada. Cami sintió el pesado latir del corazón de Benjamin contra sus pechos.
¿No llevas nada debajo de este trapo? preguntó él en voz baja y tensa. Parece que estás desnuda.
¡Benjamin! gritó ella, avergonzada.
No, no te resistas le advirtió él secamente cuando ella intentó apartarlo. Sus manos se movieron lentamente, deslizándose por su espalda hasta la cintura, por donde la agarró, apretándola contra los duros músculos de sus muslos . ¿Maggio nunca te hace el amor? preguntó con curiosidad, observando la expresión de su cara sonrojada y sus ojos asustados. Estás demasiado nerviosa. Parece que no estás acostumbrada a que te toquen.
Tal vez sea por ti dijo ella. Sus dedos se juntaron, tensos, sobre el pecho de Benjamin, mientras intentaba reprimir el deseo de tocar su piel. Sentía el leve olor a colonia y cuero que exhalaba su cuerpo.
¿Por mí? preguntó él mirándola fijamente.
Ella se mordió el labio inferior con nerviosismo, consciente de que la puerta estaba cerrada.
La última vez, me hiciste daño murmuró.
La última vez, tú tenías dieciséis años y yo estaba furioso le recordó él. Quería hacerte daño.
¿Y qué te había hecho yo preguntó ella tristemente, salvo enamorarme como una tonta de ti?
Él se quedó tan callado que, al principio, Cami creyó que no la había oído. Sus manos apretaron su carne suave un instante, y un áspero suspiro escapó de sus labios.
¿Enamorarte de mí? Repitió desconcertado. Dios mío, pero si huías cada vez que te miraba.
Pues claro. Porque me dabas miedo dijo ella mirándolo acusadoramente . Sabía que mamá y tú no os llevabais bien y creía que me odiabas tanto como a ella. Siempre me insultabas o me mirabas con desdén.
Él observó su cara un instante, posando los ojos en su boca.
Supongo que sí. Me sorprendió mucho que me invitaras a aquella fiesta. Ella escudriñó su cara.
¿Por qué fuiste? preguntó suavemente.
Él se encogió de hombros.
No lo sé admitió. Estaba fuera de mi ambiente en muchos sentidos. En aquella época ya había estado con mujeres. Estaba acostumbrado a mujeres mucho más sofisticadas que las que me rodeaban aquella noche.
Una inexplicable punzada de celos recorrió a Cami.
Ya me lo imaginaba masculló. Él alzó una ceja.
¿Y cómo ibas tú a saberlo? Tú eras virgen, estaba más claro que el agua. Recuerdo que me pregunté a cuántos chicos habrías besado. Ni siquiera abriste la boca.
Ella bajó los ojos para que Benjamín no viera que se sonrojaba de vergüenza.
Nunca había besado a nadie dijo en voz baja. Tú fuiste el primero. Y también casi el último añadió sonriendo débilmente. Era tan tonta y estaba tan asustada... alzó los ojos y volvió a bajarlos. Fue un beso de mayores.
Él alzó una mano y le levantó la cara para poder mirarla.
¿Dejé cicatrices en tus tiernas emociones? preguntó suavemente . Lo único que podía recordar después era el modo en que temblabas contra mí, la suavidad de tu cuerpo bajo mis manos... Tenía la sensación de que te había asustado, pero estaba tan enfadado que no me importaba. Si hubiera sabido la verdad...
Seguramente hubiera dado lo mismo dijo ella. Yo... tengo la impresión de que no eres un amante muy delicado, Benjamin.
¿De veras? Él la apretó de nuevo contra sí, sintiendo la súbita tensión de su cuerpo al abrir las manos sobre su cintura, sujetándola con fuerza. Tal vez sea hora de que haga algo para cambiar esa impresión tuya.
Benjamin, no creo que... empezó a decir ella, alterada.
Shh musitó él inclinando su cabeza morena. No hace falta decir nada. Ha pasado tanto tiempo, Cami... murmuró al tiempo que su boca rozaba la de ella. Le mordió suavemente el labio inferior antes de que sus cálidos labios comenzaran a moverse sobre los de ella con una lenta y delicada presión que disolvió la resistencia de Cami. Sus brazos la apretaban suavemente, envolviéndola en su cuerpo poderoso mientras le enseñaba cuánto podían decirse dos personas con un solo, largo beso. Ella apenas podía creer que aquello estuviera ocurriendo, allí, a plena luz del día, en el salón donde se habían sentado como dos perfectos extraños la noche anterior, sin rozarse siquiera. Era como retroceder en el tiempo hasta la fiesta de su dieciséis cumpleaños. Sin embargo, el beso de la fiesta no se parecía a aquel. Benjamin la estaba besando con extrema delicadeza, induciéndola a abrir la boca para él, a admitir la profunda y experta penetración de la lengua. Solo la pesada respiración de ambos mientras se besaban cada vez con mayor ansia rompía el silencio. Ella le acariciaba el pecho con una fogosidad que no procedía de la experiencia, sino del deseo. Sentía la necesidad de tocarlo, de explorar su cuerpo, de aprender sus contornos con el tacto. Sentía la calidez de su cuerpo y temblaba por la fuerza de aquellas sensaciones nuevas que Benjamin iba despertando a medida que sus manos la acariciaban lenta y cuidadosamente.
Sintió que sus dedos se aproximaban a la cremallera frontal del vestido y la maravilló su destreza. Benjamin empezaba a bajarle la cremallera cuando, con manos temblorosas, Cami lo detuvo. Él jadeó levemente. Sus ojos entrecerrados brillaban como luces plateadas. Su boca sensual parecía levemente hinchada por el prolongado contacto con la de ella.
Quiero mirarte dijo él con voz enronquecida. Quiero ver tu cara cuando te toco.
Ella se estremeció de placer. De pronto, se dio cuenta de que deseaba que la mirara y que aquellos dedos fuertes acariciaran su piel desnuda. Pero, a través de la neblina del deseo que Benjamin había creado, seguía recordando en qué situación se hallaban. Benjamin la odiaba. No sentía más que desprecio por ella. Seguir adelante era un suicidio.
No musitó con voz crispada.
Él alzó la cara y la miró desde su altura.
¿Acaso pretendes hacerme creer que esta también es tu primera vez? preguntó él, cortante. Lo siento, cariño, pero ya soy zorro viejo. Conozco las artimañas de las mujeres. Reconozco una cuando la veo.
Ella intentó desasirse, enfurecida, pero Benjamin la sujetó sin esfuerzo.
¡Suéltame! gritó ella. No sé de qué estás hablando.
¿Ah, no? replicó él fríamente . Sabes muchos trucos, Camila, pero a mí no me cazarás. La provocación deliberada puede ser peligrosa. Piénsatelo dos veces antes de intentarlo de nuevo. La próxima vez, te tendré dijo ásperamente, mirando sus ojos asombrados. Y te enseñaré algunas cosas que no sabías sobre los hombres.
Jamás te lo permitiría siseó ella, rabiosa.
¿Por qué no? la soltó con brusquedad, mirándola con expresión levemente insultante . Las mujeres como tú no os andáis con remilgos. ¿Por qué no ibas a acostarte conmigo, Cami?
Porque te odio siseó ella, temblorosa, y en ese momento lo sentía. ¿Cómo se atrevía a hacer semejantes insinuaciones sobre ella?
Benjamin se limitó a sonreír, pero en su expresión no había regocijo.
¿De veras? Lo celebro, Cami, porque odiaría saber que te mueres de amor por mí. Pero si cambias de idea, cariño, ya sabes dónde está mi cuarto añadió sarcástico. No esperes que me case contigo, de todos modos. Sé lo mucho que tu madre y tú necesitáis que alguien os mantenga. Pero conmigo no cuentes, nena dijo abriendo la puerta.
Y salió cerrándola a su espalda.
Cami se fue a su cuarto para refrescarse un poco y se lavó la cara sonrojada con agua fría. Se llevó un paño húmedo y frío a la boca, confiando en que la hinchazón de los labios desapareciera. Cerró los ojos y sintió que el corazón le daba un vuelco al recordar. Su mente regresó de nuevo al día en que Benjamin le hizo aquella proposición que volvió su mundo del revés.
Era un día soleado y cálido, muy parecido a aquel. Cami estaba sola cuando oyó que un coche paraba frente a la casa. Salió al porche y vio que Benjamin subía los escalones de tres en tres. Llevaba una camisa y unos pantalones vaqueros; era evidente que había estado trabajando en el rancho con sus hombres. Se detuvo frente a ella exasperado y se quitó el gorro vaquero negro de la cabeza. En su rostro profundamente bronceado, los ojos grises relucieron al mirarla.
Estás esquelética gruñó observando su cuerpo excesivamente delgado. ¿Qué tal van las cosas?
Ella se irguió cuanto pudo. Era demasiado orgullosa como para dejarlo entrever la carga que todo aquello significaba para ella: la muerte de su padre, el despilfarro de Marina, la pérdida de sus ahorros, la miseria... De modo que lo miró desafiantemente a los ojos.
Nos las arreglamos dijo, y logró componer una fría sonrisa.
Pero Benjamin no se tragó su mentira. Aquellos ojos penetrantes la descubrieron enseguida. Benjamin era un hombre de negocios, acostumbrado a medirse con mentes más astutas y calculadoras que la de Cami. Además, la conocía desde hacía mucho tiempo. Podía leerle el pensamiento tan fácilmente como si leyera un periódico.
He oído que vais a tener que subastar la casa dijo él sin rodeos . Al paso que va tu madre, pronto tendrás que vender hasta la camisa para mantenerla.
Ella se mordió el labio inferior para que le temblara.
Ya me las apañaré.
No hace falta que te las apañes, Camidijo él secamente. Sin embargo, había a extraña vacilación en su voz, una suavidad que debió advertir a Cami de que 50 pasaba. Pero no fue así. Yo puedo cargarme de todo. Pagar las deudas, mantener el rancho en funcionamiento. Hasta puedo mantener a esa cabeza de chorlito de madre, aunque la idea no me haga ninguna gracia. Ella lo miró con cautela.
¿A cambio de qué exactamente? preguntó.
De que te vengas a vivir conmigo dijo él.
Aquellas palabras inesperadas fueron como un jarro de agua helada para ella, palideció al oírlas. Benjamin le daba miedo. La aterrorizaba a un nivel físico. Quizá, si hubiera sido más delicado aquella noche, cuando apareció por sorpresa en su fiesta cumpleaños... Pero no había sido así y, pensar en lo que le estaba proponiendo, sangre se le heló en las venas. Ni siquiera se molestó en darle una explicación. Dio media vuelta antes de que él tuviera tiempo reaccionar, entró corriendo en la casa, cerró de un portazo y echó la llave sin decir una palabra.
Desde entonces, el recuerdo de aquel día se interponía entre ellos como una alambrada de espino por la que ninguno de los dos deseaba trepar.
Era una suerte que Benjamin creyera que la reacción instintiva que provocaba en ella era una farsa.
Para Cami hubiera sido insoportable que supiera la verdad: que, sencillamente, no podía resistirse a él en ningún sentido. A Benjamin le encantaría disponer de un arma semejante contra ella. Y si llegaba a enterarse de lo que sentía... La sola idea resultaba intolerable.
Porque Cami sentía amor. No tenía sentido engañarse a sí misma. Era trágico que sus defensas hubieran caído al fin, dejándola expuesta al enemigo. Aquel soplo de emoción suave y sutilísimo la incitaba a reír, llorar y cantar al mismo tiempo, de correr hacia Benjamin con los brazos extendidos y de entregarse a él por entero, de compartir la vida con él, de darle hijos...
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sería Sabrina quien le diera hijos, no ella. Hijos perfectos con mentes perfectas. Siempre limpios y formales, educados para comportarse como estatuas. Sabrina se encargaría de ello, y Benjamin estaría demasiado ocupado como para intervenir. Él quería herederos, no amor. Él no conocía la palabra amor.
¿Por qué había tenido que enamorarse precisamente de Benjamin?, se preguntaba angustiada. ¿Por qué no de Coco, o de Feli, o de alguno de los pocos hombres con los que había salido a lo largo de los años? ¿Por qué tenía que querer al único hombre del mundo al que no podía conseguir? Su pobre corazón se marchitaría ante la indiferencia de Benjamin.
Era una suerte que Coco y ella tuvieran previsto marcharse a finales de esa semana. Ya que sabía por qué temía tanto a Benjamin, debía permanecer alejada de él. Se marcharía de Casa Verde y no volvería a verlo nunca.
Volvió a sentir lágrimas en los ojos, cálidas y amargas. Qué doloroso era pensar que nunca volvería a verlo. Pero, a la larga, aquello resultaría menos cruel que el tormento de estar cerca de Benjamin. El la odiaba.
Se enjugó las lágrimas resueltamente y cambió el vestido azul turquesa por unos vaqueros y una camiseta rosa ajustada. Metió el vestido arrugado en la maleta prometiéndose silenciosamente que no volvería a ponérselo. Pero, al guardarlo, percibió el leve perfume de Benjamin prendido en la tela.
Mora estaba en el cuarto de estar de su habitación, escribiendo direcciones en exquisitos sobres con el reborde dorado, cuando Cami fue a su encuentro.
Hola, querida, ¿ya te has cansado de tomar el sol? preguntó afectuosamente, deteniéndose con la pluma en el aire.
En cierto sentido contestó Cami. He entrado para echarte una mano, pero me he encontrado a Benjamin y me he entretenido un momento para remendarle el brazo.
Mora puso una mueca de preocupación.
¿Está bien?
Sí, no era más que un arañazo en el brazo dijo Cami. No le he preguntado cómo se lo ha hecho. Supongo que habrá sido una vaca.
Los ojos oscuros de Mora se endurecieron.
Esas malditas bestias dijo . A veces creo que los hombres de la familia Rojas tienen más consideración con el ganado que con las mujeres. Salvo Feli, Dios lo bendiga.
«Amén», pensó Cami y, acercando una elegante butaca, se sentó a la mesa en la que escribía Mora.
¿Y Benjamin te ha dejado que lo cures? Le preguntó esta a su joven acompañante. Pensaba que la pequeña Sabri estaría ojo avizor.
Pues, al parecer, no contestó Camila confiando en que su expresión no trasluciera lo que acababa de ocurrir. Pero no sabía que su boca seguía estando levemente hinchada, a pesar de la compresa fría que se había aplicado, y que tenía en la piel la delicada e inconfundible marca de las mejillas ásperas de un hombre.
Percibiendo la extraña tensión de Camila, Mora prefirió no decir nada.
¿Seguro que no te importa ayudarme? preguntó empujando hacia ella un montoncillo de sobres y una hoja con nombres y direcciones.
Claro que no Cami tomó un bolígrafo y empezó a escribir con su encantadora letra.
¿Y Benjamin no se ha quejado porque le hicieras de enfermera? preguntó Mora suavemente.
Al principio sí murmuró ella. Mora la miró divertida.
Tú vendrás a la fiesta, por supuesto dijo. Estas invitaciones de última hora son para unos cuantos amigos que sé que pueden venir aunque los avise con tan poca antelación. La fiesta se celebrará en casa de los Bustamante. Ellos tienen un salón de baile enorme, y nosotros no.
Cami asintió recordando la inmensa mansión de los Bustamante, con sus elegantes líneas curvas y su generosa hospitalidad.
No puedo ir, ya lo sabes dijo suavemente.
Mora la miró fijamente, sonriendo.
Te compraré un vestido.
¡No! exclamó Cami recordando horrorizada la amenaza de Benjamin.
Pero Mora ya había vuelto a concentrarse en las invitaciones y una leve sonrisa, que Cami no vio, iluminó su cara.
Solo Feli y Mora estaban sentados a la mesa del desayuno cuando Cami bajó tras una noche de insomnio. Le dijeron que Benjamin se había ido hacía rato a la oficina con un humor de perros.
Últimamente está más intratable comentó Feli, mirando a Cami con una sonrisa mientras esta se sentaba a su lado. Tú no sabrás por qué, ¿verdad, Cams?
Ella procuró disimular su sonrojo inclinándose sobre la taza de café negro.
¿Yo? No, ¿por qué?
Bueno, resulta un tanto extraño que ninguno de los dos bajarais a cenar anoche dijo Feli Tú tenías una terrible jaqueca y Benjamin tenía asuntos urgentes que atender en la oficina.
Mora estaba empezando a atar cabos. Alzó una de sus cejas canosas en un gesto que recordaba a su hijo mayor.
¿Discutisteis Benja y tú ayer, Cami?preguntó suavemente.
Últimamente es peligroso que coincidan en la misma habitación bromeó Feli. Benja no deja de hostigarla, y ella le contesta. Dios se apiade de quien se interponga entre ellos.
¿Dónde se habrá metido Coco? preguntó Cami, sirviéndose unos huevos revueltos y unas salchichas.
Anoche nos quedamos levantados hasta tarde hablando de la campaña dijo Feli. Seguramente se habrá quedado dormido. Hoy tengo que irme a Nueva York por asuntos de negocios tomó un sorbo de café, dejó la taza de porcelana sobre el platillo y miró fijamente a Cami. Benjamin hablará con Coco esta noche.
¿De veras? Qué bien murmuró ella.
Feli observó su cabeza agachada, fijándose en su expresión abatida y en los contornos oscuros que rodeaban sus ojos. Mora acabó de desayunar, dejó la servilleta arrugada junto al plato y alzó su taza de café con una sonrisa.
Qué maravilla disfrutar de una comida sin interrupciones suspiró. Los desayunos contigo son tan apacibles, Feli...
Yo no dirijo las empresas familiares le contestó su hijo.
Al oírlo, Cami recordó lo que Benjamin le había dicho, y su rostro se crispó involuntariamente. Los ojos de Mora brillaron.
Ojalá nos deshiciéramos de todo gruñó, salvo de una pequeña parte del rancho. Puede que antes no fuéramos tan ricos, pero al menos podíamos comer sin interrupciones. Y Benja no se desvivía tanto.
¿Tú crees? preguntó Feli suavemente. Benjamin siempre ha sido así. Y los dos sabemos por qué.
Mora sonrió melancólicamente.
¿Y tú qué crees respecto al resultado final?
Creo que hay una clara posibilidad de éxito dijo él misteriosamente, alzando su taza de café a modo de brindis.
Qué conversaciones más raras tenéis comentó Cami entre dos bocados.
Lo siento, querida se disculpó Mora afectuosamente . Solo son viejas sospechas.
¿Te vienes a Nueva York conmigo? le preguntó Feli de repente a Cami. Solo voy a pasar el día. Tomaremos el ferry hasta Staten Island y nos quejaremos del tráfico.
Los ojos de Cami se encendieron. La idea de pasar un día libre de preocupaciones resultaba encantadora, sobre todo teniendo en cuenta que deseaba mantenerse apartada de Benjamin...
¿Puedo ir? Preguntó, y su rostro de pronto pareció más joven. Ay, pero Coco...
murmuró, y su entusiasmo se desvaneció repentinamente.
Coco estará perfectamente conmigo dijo Mora alegremente. Yo me ocuparé de él. Y esta noche, estará muy ocupado hablando con Benjamin del proyecto. Así que, ¿por qué no vas, querida? Te vendrá bien divertirte un poco.
Si no te importa...
Anda, ve a ponerte un vestido bonitole dijo Feli sonriendo. Te doy media hora.
¡Genial! exclamó Cami alegremente.
Se disculpó y, levantándose de la mesa, corrió escaleras arriba. Era como ser pequeña otra vez. Había olvidado lo delicioso que era tener tanto dinero, poder tomar un avión y marcharse a cualquier parte, en cualquier momento. Para los Rojas era normal, como lo había sido para ella antaño, hacía mucho tiempo. Ahora tenía el dinero justo para vivir. Ya no podía permitirse viajes y vacaciones.
Se puso un vestido blanco con margaritas amarillas en el corpiño y falda de vuelo que había encontrado rebajado en una pequeña boutique el otoño anterior. Recogió una ligera chaqueta de punto de color beige y se calzó las sandalias a toda prisa. Se detuvo un instante a revisar su maquillaje y añadió una horquilla más a su pelo, cuidadosamente recogido en un moño. Olvidó el bolso y tuvo que volver a buscarlo. Solo tenía unos pocos dólares en él, pero se sentía más segura llevándolo.
Cuando bajó las escaleras, vio que Coco por fin había bajado a desayunar. Parecía soñoliento y ligeramente resacoso, pero le sonrió afectuosamente.
¡Hola! Dijo Cami. Te abandono. Me voy a Nueva York. No te importa, ¿verdad?
No, claro. Que te lo pases bien. Yo trabajaré un poco en la previsión de ventas, ahí fuera, en la piscina dijo él.
Ten cuidado, no te caigas. No sabe nadar les dijo Cami a los otros, riendo.
No todos podemos ser como peces en el agua, igual que tú contestó Coco sonriendo.
Si estás lista... dijo Feli poniéndose la chaqueta de su traje marrón.
Estoy lista contestó Cami. Feli observó atentamente su vestimenta y achicó los ojos al ver la chaqueta.
Querida, hay mucha diferencia entre Texas y Nueva York, y cuando volvamos será de noche. ¿Seguro que no pasarás frío con esa chaqueta?
Cami asintió. Era demasiado orgullosa para admitir que el único abrigo que tenía estaba en San Antonio, y que no le serviría más que para ir al supermercado del barrio.
Te dejaré mi abrigo de primavera dijo Mora sonriendo.
Cami la bendijo en silencio por su discreción. Mora regresó con un ligero abrigo gris, muy elegante y caro.
Pero no puedo... protestó Cami.
Claro que puedes, querida. Yo tengo otros y, además, tenemos casi la misma talla. Ven, pruébatelo ayudó a Cami a ponerse el abrigo. Le quedaba perfecto. Mora asintió. Vamos, divertíos y no volváis muy tarde. ¿En qué avión vais?
En el Piper dijo Feli mientras salían por la puerta principal . No nos esperéis para cenar. Tomaremos algo allí. La avioneta bimotor era muy fiable, y Feli un buen piloto. Casi tan bueno como Benjamin, pero no tan temerario. Antes de que Cami se diera cuenta, aterrizaron en la extensa Terminal de Nueva York, entre inmensos aviones de pasajeros.
Feli detuvo un taxi con la destreza del viajero experto y urgió a Cami a entrar. Le dio al conductor una dirección y se recostó en el asiento con un suspiro.
Ah, así es como hay que viajar dijo. Sin maletas, ni cepillo de dientes. Se monta uno en un avión y, ¡hala!, se va.
Ella se echó a reír.
Sí, claro. Ya que hemos llegado hasta aquí, podríamos irnos a la Martinica.
Qué isla tan bonita dijo Duncan recordando. ¿Te acuerdas de cuando nos fuimos con el tío Boy y olvidamos decírselo a mi madre? Pensé que se acababa el mundo cuando por fin nos encontraron. Pero nos lo pasamos bien, ¿verdad?
Ya lo creo dijo ella girando la cabeza para mirarlo.
Feli no se parecía a Benjamin. A ella le gustaban su cara de niño y su carácter travieso. Si se hubiera podido enamorar de él...
Odio que hagas eso dijo él sonriendo.
¿El qué? preguntó ella suavemente.
Compararme con Benjamin. Oh, no te molestes en negarlo dijo él al ver que Cami se apresuraba a protestar. Te conozco desde hace mucho tiempo. La verdad es que no me importa demasiado. Benjamin no hay más que uno. La mayoría de los hombres no le llegan a la altura del tobillo. Ella desvió la mirada.
Lo siento. No quería molestarte. Él la tomó de la mano y se la apretó.
Lo sé. Lo mejor de estar contigo, Cami, es que puedo ser yo mismo. Me alegro de que seamos amigos.
Ella le sonrió.
Yo también.
Pero, naturalmente, no siempre fue así dijo él esbozando una sonrisa. Cuando tenías más o menos dieciséis años, estaba loco por ti. Tú ni siquiera te dabas cuenta. Estabas demasiado ocupada intentando no molestar a Benja. Yo tenía unos celos terribles, ¿sabes?
¿De veras? preguntó ella. Lo siento muchísimo, Feli...
Tal vez aquello explicaba por qué le había mentido a Benjamin sobre los motivos de su invitación a la fiesta de cumpleaños.
Solo fue un enamoramiento pasajero, querida. Se me pasó enseguida. Y me alegro de que así fuera. Porque tú nunca sentiste lo mismo, ¿verdad? preguntó muy serio.
No dijo ella honestamente. Nunca.
Si puedo ayudarte, Cami, en lo que sea, lo haré dijo él de repente. Tras la hostilidad que le había demostrado Benjamin, la amabilidad de su hermano la emocionó. Los ojos se le llenaron de lágrimas y empezó a llorar en silencio. Cami dijo Feli cariñosamente y, pasándole un brazo por los hombros, empezó a acunarla suavemente mientras ella lloraba. Pobre ratoncito mío, lo estás pasando mal, ¿verdad? Debería haberte llamado más a menudo. Necesitas que alguien te cuide.
Ella sacudió la cabeza.
Puedo cuidar de mí misma balbució.
Claro que sí, querida rió él suavemente palmeándola en el hombro.
Es solo que... si mamá se casara con alguien forrado de dinero... rió ella.
Ya verás como al final aparece un hombre rico y os salva dijo él. Al fin y al cabo, tu madre sigue siendo muy guapa. Es dulce, inteligente...
Tonta y egoísta concluyó ella con una amarga sonrisa, sacando un pañuelo de su bolso y enjugándose las lágrimas. No suelo compadecerme de mí misma. Lo lamento. Pero a veces tantas responsabilidades resultan una carga muy pesada.
A tu edad, no debería ser así dijo él con voz tensa. Desde que pasó todo aquello, no has hecho otra cosa que mantener a tu madre. Sí, ya sé que no te importa, pero el hecho es que no tienes vida propia. Lo único que haces es trabajar para mantener a Marina. Y después de pagar las facturas, no queda nada para ti. Eso no es justo, Cami.
Pero, Feli, si yo no lo hago, ¿quién lo hará? preguntó ella suavemente. Mi madre no puede trabajar. Nunca ha tenido que hacerlo. ¿Qué podría hacer?
La gente podría alquilarla por horas para que se quedara quietecita en un rincón, sujetando una lámpara o algo así. Quedaría muy decorativa sugirió él.
Ella rompió a reír.
Qué malo eres.
Por eso te gusto contestó él . Cami, ¿recuerdas aquel verano que les pusimos lazos a los toros que Benjamin iba a vender justo antes de la subasta?
Ella silbó suavemente.
¡Cómo iba a olvidarlo! Nos habría atrapado si no hubieras tenido la brillante idea de soltar a todos sus caballos mientras cruzábamos el establo.
Eso lo puso aún más furioso recordó él. Yo me fui a pasar una semana con mi tía esa misma tarde, antes de que Benja volviera de la subasta. Y tú, si no recuerdo mal, te fuiste inmediatamente al internado.
En aquel momento me pareció mucho más seguro vivir en Suiza sonrió ella. ¡Benjamin estaba hecho una furia!
Feli suspiró.
Fueron buenos tiempos, ¿verdad, Cami?
Ella asintió.
Lástima que tuviéramos que crecer y volvernos serios.
Estaban cerca de casa cuando un ruido extraño la despertó. Se incorporó en el asiento y vio que Feli estaba luchando con los controles de la avioneta, con la cara muy seria.
¿Qué ocurre? preguntó preocupada.
Él estaba levemente inclinado hacia delante, con una mano sobre el volante y la otra sobre el panel de control.
Creo que es el generador izquierdo, pero aún no lo sé.
¿El generador? repitió ella.
Sí Feli giró el botón de ignición hacia la izquierda y luego hacia la derecha. La avioneta se zarandeaba en el aire. Feli apretó los dientes. Voy a hacer unas pruebas. Así sabré si podemos arriesgarnos a seguir adelante masculló para sí mismo.
Ella se quedó mirando. Las palabras de Feli le resultaban vagamente incomprensibles. Pero fuera lo que fuese lo que estaba haciendo, no parecía servir de nada. La vibración del aparato era espantosa.
Feli maldijo en voz baja.
En fin, tendremos que aterrizar en Seven Bridges para que lo reparen. No quiero arriesgarme a seguir adelante en estas condiciones.
Feli dirigió el morro del Piper hacia una hilera de luces que se extendía como una doble sarta de perlas brillantes a través de la niebla baja.
Dios mío, espero que no haya una vaca en mitad de la pista masculló mientras procuraba estabilizar la vibración del aparato.
No me asustes, Feli dijo ella intentando controlar su nerviosismo . ¿Dónde dices que estamos?
En Seven Bridges, Tennessee sonrió él. Agárrate, cariño. Ahí vamos.
Confío en ti dijo ella. Todo saldrá bien.
Eso espero.
Los minutos siguientes fueron los más aterradores que Cami podía recordar. Los motores temblaban tanto que parecía que iban a desprenderse del fuselaje, y las luces de la pista de aterrizaje apenas se veían entre la niebla. Si Benjamin hubiera estado en los controles, ella no se habría preocupado lo más mínimo. Lamentaba pensar en ello sabiendo que Feli hacía lo que podía, pero Benjamin tenía nervios de acero y su hermano menor, pese a sus muchas horas de vuelo, no.
Se aferró al asiento con tanta fuerza que notó cómo el cuero cedía entre sus dedos, pero no dijo ni una palabra. No podía decir nada útil, y no quería distraer a Feli. Se quedó callada y rezó para sus adentros.
Feli hizo descender la avioneta con los ojos fijos en los controles, en la pista de aterrizaje, en el indicador de velocidad, en el horizonte artificial, en el altímetro... Cuando la avioneta bimotor se posó sobre la pista produciendo un leve chirrido, Feli se relajó. El ruido de los motores disminuyó gradualmente y, de pronto, se hizo un silencio total cuando Feli cortó la energía.
Por los pelos suspiró aliviado.
Como suele decirse, eres un hacha dijo ella relajándose al fin . Y ahora, ¿cómo volvemos a casa?
¿Haciendo autostop? sugirió él con una sonrisa.
¿Y si pedimos refuerzos? recomendó ella.
Vendría Benjamin le recordó él. Y todavía me duele la mandíbula de la última vez que se enfadó conmigo.
Cami no había pensado en eso. Habían dicho que estarían en casa a medianoche y eran... Lanzó un profundo suspiro.
¿Preguntamos si alguien puede alquilarnos una casa con bonitas vistas? dijo con una risa nerviosa. Y tal vez darnos trabajo.
En este momento, tal vez no sea muy sensato regresar a casa.
Salieron de la avioneta por detrás. El encargado de la pista salió de un hangar iluminado y se acercó a ellos limpiándose las manos con un trapo. Era un hombre mayor, muy corpulento, con el pelo blanco y sonrisa dientuda.
Me había parecido oír una avioneta dijo sonriendo. ¿Han tenido problemas?
Se me ha averiado uno de los generadores le dijo Feli. Necesitaré uno nuevo si tiene alguno.
¿Qué es? Parece una Piper Navajo dijo el hombre, y Feli asintió. Sí, creo que podré arreglarla. Tengo un taller de reparaciones. Mi mujer y yo vivimos ahí abajo, en una caravana se echó a reír. No podía dormir, así que salí a reparar el sistema eléctrico de una vieja Aeronca Champion que me acabo de comprar. Bueno, vamos a echarle un vistazo a esa avería.
Unos minutos después, Cami estaba cómodamente sentada en la caravana de Donald Aiken, en compañía de su esposa, Annette, una mujer menuda y de pelo negro, disfrutando de la mejor taza de café que había probado nunca e intentando recuperarse del susto. Estaban hablando de economía cuando entraron Feli y el mecánico.
Donald puede arreglarlo dijo Feli con una sonrisa cansina. Necesitaba un afeitado, pero a aquellas horas de la mañana daba lo mismo.
Gracias a Dios suspiró Cami. Tenemos que llamar a tu madre. Puede que consigamos que no se lo diga a Benjamin...
Me temo que no vais a poder llamar a nadie si es a larga distancia dijo Donald en tono de disculpa. Ni a corta, por el momento. El cable del teléfono está cortado y todavía están intentando arreglarlo. Lo he oído por la radio esta noche, mientras estaba trabajando. Lo siento mucho.
Feli suspiró.
Es la mala suerte dijo asintiendo, que me persigue.
Yo te protegeré, Feli dijo Cami.
Si no me equivoco, tú también vas a necesitar que alguien te proteja sacudió la cabeza. En fin, qué se le va a hacer.
No tardaré mucho en arreglarlo dijo Donald para darles ánimos, acabándose rápidamente una taza de café. Dentro de nada estaréis otra vez de camino les prometió.
Dos horas después, gracias a la destreza de Donald, lograron despegar al fin. El sol aún no se había levantado cuando aterrizaron en la pista de Casa Verde, pero la aurora comenzaba a iluminar el cielo.
Cansados y aturdidos, salieron de la avioneta y se quedaron de pie en la pista de asfalto sin decir nada, mirando las apacibles praderas que se extendían a su alrededor.
Qué paz, ¿no? dijo Feli respirando una bocanada de aire fresco.
Por ahora dijo ella con una débil sonrisa. Seguro que nos han oído aterrizar.
Seguro enseguida oyeron el rugir de una de las camionetas del rancho. ¿Nos apostamos algo sobre quién conduce? preguntó Feli con fresco desenfado.
Oh, creo tener una ligera idea al respecto contestó ella. Sentía las piernas extrañamente débiles. Estaba segura de cuál iba a ser la reacción de Benjamin, y tenía ganas de huir. Pero no había dónde esconderse. Benjamin ya había salido con la camioneta y se dirigía hacia ellos con mirada asesina. No había dormido en toda la noche. Cami se dio cuenta en cuanto lo vio acercarse, con la mirada clavada en Feli. Necesitaba afeitarse, y tenía la cara pálida y desencajada. Llevaba unos pantalones de traje, grises, una camisa blanca medio desabotonada y, encima, la chaqueta de ante que se ponía para andar por el rancho. Llevaba el gorro vaquero negro caído sobre un ojo y, a la luz grisácea del alba, parecía fiero y amenazador.
Eh, hola, Benja dijo Feli, nervioso.
Apenas acababa de decir aquellas palabras cuando Benjamin le asestó tal puñetazo en la mandíbula, que lo lanzó de espaldas al pavimento.
¿Sabéis lo que hemos pasado? Siseó Benjamin casi sin aliento, conteniendo apenas su furia. Os esperábamos a medianoche y está amaneciendo. Ni siquiera os habéis molestado en llamar... ¡Mamá está llorando, maldita sea!
Es una larga historia masculló Feli frotándose la mandíbula mientras se sentaba con expresión contrita. Te aseguro que nosotros también hemos pasado lo nuestro. El generador derecho se metió en uno de los motores y casi nos estrellamos. A Cami le pareció por un instante que Benjamin palidecía. Sus ojos centelleantes se clavaron en ella, recorriéndola como manos que buscaran huesos rotos tras una caída.
¿Estás bien? preguntó secamente.
Ella asintió sin atreverse a decir nada. Nunca lo había visto así. Feli se levantó restregándose la quijada.
Maldita sea, Benja, ¿por qué no me gritas en vez de darme un puñetazo? masculló.
¿Qué ocurrió? contestó él, crispado.
Feli le explicó brevemente los acontecimientos que se habían conjurado para retenerlos, añadiendo que el cable del teléfono estaba cortado y que no habían podido llamar. El semblante de Benjamin se endureció todavía más si era posible.
Podías haber llamado antes de salir de Nueva York le recordó su hermano. Feli sonrió dócilmente.
Lo sé. Pero nos lo estábamos pasando tan bien que se me olvidó. Y luego, cuando por fin llegamos al aeropuerto, no quise entretenerme más.
Hasta he intentado comunicarme con la terminal de Nueva York para preguntar cuándo informaste de tu plan de vuelo continuó ásperamente Benjamin.
Me declaro culpable de todos los cargos dijo Feli . No tengo excusa. Simplemente... no lo pensé.
Benja achicó los ojos inyectados en sangre.
Dejaré que se lo expliques tú a mamá.
Feli esperó a Cami, que había permanecido en silencio, y le tendió la mano. Pero Benjamin se le adelantó y, asiéndola con fuerza por el brazo, observó su lujoso abrigo.
¿Es que no tenías ni un abrigo? dijo en tono desafiante.
No... empezó a decir ella.
¿Qué te dije de los regalos? preguntó él con acritud.
Aquello era demasiado. La noche en vela, el aterrizaje forzoso, la preocupación por llegar a casa y luego la furia de Benjamin... Era demasiado. Un sollozo escapó de su garganta y empezó a llorar.
Oh, por el amor de Dios, Cami... dijo Benjamin.
Déjala en paz, Benja dijo Feli suavemente, abrazándola. Le he dado un susto de muerte. Y si te molesta lo del abrigo, échale la culpa a mamá. Fue ella quien se lo prestó.
Benjamin parecía furioso. Dio media vuelta y, sin decir palabra, se sentó frente al volante de la camioneta. Feli hizo sentarse a Cami y luego se sentó a su lado y cerró la puerta. Benjamin encendió el motor y arrancó a toda velocidad.
Tuvieron que explicarle de nuevo lo que había pasado a Mora, que estaba pálida y demudada por la angustia y que, al verlos, los abrazó como si volvieran de entre los muertos. Para alivio de Cami, Benjamin subió al piso de arriba en cuanto llegaron a casa. En ese instante, no se sentía con fuerzas para enfrentarse a él.
Qué alegría que estéis a salvo dijo Mora con voz llorosa tras beber un sorbo de café solo. Estaba tan preocupada...
Ojalá hubiéramos podido avisarte dijo Cami suavemente, enjugándose las lágrimas . Pero no había forma. Siento mucho haberte disgustado.
Benjamin estaba peor que yo dijo ella con una sonrisa llorosa. Ha abierto surcos en la alfombra de tanto pasearse. Nunca lo había visto tan angustiado.
Le dio un puñetazo a Feli dijo Cami, ligeramente resentida.
Me lo merecía dijo Feli dócilmente, y lo sabes. Mora suspiró.
Suerte que solo ha sido un puñetazo. Peores cosas dijo mientras esperábamos. Y se ha fumado un cartón de tabaco.
¿Os importa que me vaya a dormir un rato? preguntó Cami suavemente. Sé que estáis tan cansados como yo, pero...
Ve, querida dijo Mora con una sonrisa afectuosa. Feli y yo subiremos enseguida. Que descanses.
¿Dónde está Coco, por cierto? preguntó Cami de repente.
Se fue a la cama temprano y no quisimos despertarlo-dijo Mora-No se ha enterado de nada
Cami sonrió cansinamente.
Siento mucho lo que ha pasado. Luego nos vemos añadió dulcemente, inclinándose para besar a Mora en la mejilla al pasar a su lado.
El cansancio y la falta de sueño se apoderaron de ella en cuanto llegó a su habitación. Se quitó el vestido y las sandalias y se quedó dormida, acurrucada a los pies de la cama, sin quitarse la camiseta interior ni las braguitas.
Como a través de una neblina, sintió que la alzaban y la colocaban bajo algo suave y fresco. Sus párpados se abrieron lentamente, como en un sueño, y de pronto vio la cara morena de Benjamin sobre ella.
¿Cansada? preguntó él con una voz tan suave que no parecía la suya. Ella asintió. Tenía la visión borrosa, como si estuviera soñando. Tal vez fuera así.
Él la tapó con el edredón hasta la cintura, posando los ojos en su camiseta de encaje blanco, por cuyos resquicios se entreveían sus pechos blancos y tersos.
Estoy desnuda musitó ella débilmente.
Ya lo veo dijo él con suavidad y una sonrisa divertida.
Estás enfadado conmigo dijo ella frunciendo el ceño . No recuerdo... por qué... pero...
No pienses. Duérmete.
La mirada de Cami se posó en la barba que empezaba a crecerle y, casi sin querer, alzó la mano para tocarle la cara morena. Para ser un sueño, parecía muy real.
Tú tampoco has dormido musitó.
No podía dijo él ásperamente.
¿De veras estabas preocupado? preguntó ella.
¡Preocupado! Rió él secamente, pero sus ojos aún estaban enturbiados por la emoción. Dios mío, os imaginaba muertos entre el amasijo de hierros de la avioneta. ¡Y estabais paseando por Broadway!
Ella miró su amplio pecho. Tenía la camisa desabotonada y el vello húmedo, al igual que el cabello, como si acabara de ducharse.
Nos estábamos divirtiendo dijo absurdamente.
Siempre te diviertes con él dijo él con cierta amargura.
Y siempre huyo de ti murmuró ella suavemente. Sus dedos trazaron la larga línea curva de su boca. Nunca pude acercarme a ti dijo. El día que te invité a la fiesta, estaba muerta de miedo. Me moría de ganas por que fueras, pero tú te mostraste duro como una roca.
Para defenderme, Cami contestó él suavemente, mirando la camiseta de encaje blanco y la piel opalina que dejaba entrever . No me gustaba sentirme vulnerable.
Ella se rió tristemente.
Pero si solo conseguía ponerte furioso...
¿Estás segura? le agarró la mano y se la acercó al pecho duro y cálido apretándole la palma contra el corazón palpitante . ¿Notas cómo late? Murmuró viendo una expresión de sorpresa en sus ojos soñolientos. Cada vez que te miro, se me acelera el corazón. Es así desde hace años, y tú ni siquiera te dabas cuenta.
Ella entreabrió los labios asombrada. Benjamin siempre había sido tan independiente, tan frío... Resultaba nuevo y excitante pensar que su corazón se aceleraba al verla, que podía hacerle sentir la misma emoción estremecedora que la invadía a ella cada vez que la tocaba.
Creo que... que me daba miedo pensarlo musitó temblorosa. Porque lo deseaba tanto...
La respiración de Benjamin se había vuelto más agitada. Sus ojos se detuvieron en los labios levemente entreabiertos de Cami. Como en un trance, inclinó la cabeza y la miró fijamente a los ojos. La tensión que se había instalado entre ellos resultaba casi insoportable. Cami podía sentir sobre los labios su aliento cálido con un leve olor a tabaco, y los perfumes mezclados de jabón y colonia que exhalaba su cuerpo.
Benjamin... musitó asustada.
La boca abierta de Benjamin rozó sus labios.
Shh susurró él suavemente. Solo quiero tocarte, saborearte, asegurarme de que estás aquí, sana y salva. Dios mío, nunca he pasado tanto miedo.
Pero me gritaste musitó ella contra su boca mientras la besaba suavemente.
Me diste un susto de muerte. ¿Qué esperabas? gruñó él. Se inclinó, apoyando los brazos sobre la sábana, a ambos lados de Cami, y se arqueó sobre ella observando su rostro sonrojado. Pequeña mía, ¿es que no te entra en la cabeza que, cuando se trata de ti, no me comporto racionalmente? ¿Es que disfrutas haciéndome sufrir?
Ella observó en silencio su boca, admirando la perfección de su forma.
No sabía que podía... hacerte sufrir. Él bajó la mirada hacia su ligera camiseta de encaje, casi transparente.
Estás aquí tumbada, tan suave y dulce musitó, y yo no paro de hablar de tonterías, cuando lo que de verdad deseo en este momento es desnudarte y saborear cada centímetro de tu piel.
A ella le dio un vuelco el corazón.
¿Qué hora es? preguntó de repente.
Tienes miedo, ¿verdad? Alzó la mano y tocó levemente uno de sus pechos con dedos ásperos, pero Camila le agarró la mano y se la llevó al hombro. Ya hiciste eso una vez dijo él. En tu fiesta de cumpleaños. Durante años llevé aquel recuerdo conmigo como una fotografía borrosa. Eras tan deliciosamente inocente... sus ojos se enturbiaron, su rostro se crispó . Pero ahora eres una mujer, y ya no eres tan inocente. Así que, ¿para qué fingir?
Ella se mordió el labio. Estaba demasiado nerviosa para protestar, para discutir con él.
Estoy cansada, Benjamin musitó débilmente,
El respiró hondo.
¿Y yo no? preguntó mirándola a los ojos . He estado dando vueltas por mi habitación, intentando tranquilizarme. Sé que, si intento dormir, cada vez que cierre los ojos veré la expresión de tu cara cuando te dije lo del abrigo.
Pero Mora ya te... comenzó a decir ella.
Insistió. Lo sé, Feli me lo dijo, ¿recuerdas? Le apartó el pelo de la cara. Estaba muy preocupado, cariño dijo suavemente. Y muy dolido.
Yo no podría hacerte daño susurró ella, extrañada.
¿Ah, no? Sus ojos se posaron de nuevo en la boca de Cami. No sabes cuánto daño podrías hacerme murmuró inclinándose, y la besó suavemente, acariciando su boca en medio de un silencio solo roto por el soplo de la brisa que entraba por la ventana abierta y los suaves jadeos de Benjamin mientras la besaba.
Ella alzó las manos para abrazarlo, pero Benjamin se las agarró y las apoyó contra su pecho amplio y fresco, enredando sus dedos en la maraña de su vello negro.
¿Aún no has aprendido a tocar a un hombre? preguntó contra sus labios entreabiertos.
Ella lo acarició con manos temblorosas mientras el roce de sus labios la volvía loca lentamente.
Bésame más fuerte musitó ansiosa, alzando los ojos turbios hacia él.
Luego una sonrisa triunfante iluminó su rostro . A mí me gusta así, ¿a ti no? Lento y suave. Me gusta contenerme cuanto puedo. Así todo es más intenso susurró contra sus labios . Vamos, cariño, no te quedes ahí tumbada mientras yo lo hago todo. Ayúdame.
Ella estuvo a punto de decirle que no sabía cómo, que nadie la había tocado excepto él. Con otros hombres, nunca había ido más allá de un beso.
Abrió la boca y alzó los brazos para abrazarlo, para atraer su cuerpo pesado y cálido hacia sí. Benjamin se tumbó sobre ella, y la presión de su cuerpo le arrancó a Cami un gemido.
Despacio, pequeña musitó él retirándose un poco para mirarla. Hace mucho tiempo que no me esfuerzo por ir despacio con una mujer. Pero esta vez, quiero que nos lo tomemos con calma.
Emocionada, ella alzó las manos y trazó la dura línea de su boca con la punta de un dedo. Sus ojos oscuros escudriñaban los ojos claros de Benjamin.
No sé muy bien... balbució.
No te preocupes dijo él suavemente, besándola muy despacio . ¿No quieres tocarme? Musitó deslizando la mano por su cintura, por su costado, por la suave y alta curva de sus pechos. Dios, yo me muero por tocarte añadió con voz ronca, cerrando la mano sobre su pecho en una suave caricia que la hizo estremecerse. Él se retiró un poco y observó su expresión asustada. No te haré daño susurró.
Lo sé. Yo... ella lo miró indefensa. Necesito tiempo musitó.
Él dejó escapar un profundo y áspero suspiro y, apoyándose sobre los codos, quedó suspendido sobre ella.
Has tenido siete años le recordó.
Me has odiado durante siete años dijo ella tristemente . Benjamin, no puedes esperar que... que confíe en ti para... para darte mi...
Él se inclinó y la besó ásperamente.
¿Para darte a mí, por qué no lo dices de una vez? sus ojos se achicaron. Está bien, lo acepto. Necesitas tiempo para acostumbrarte a la idea, y voy a dártelo. Pero no mucho, Cami. Ya he esperado más de la cuenta, y estoy a punto de perder la paciencia. Hace mucho tiempo que no estoy con una mujer.
Ella lo miró asombrada. Habría querido preguntarle algo más, pero Benjamin se inclinó de repente y ella sintió la firme presión de su boca sobre su pecho desnudo. Su cuerpo se arqueó instintivamente al experimentar la sensación desconocida del roce de los labios de un hombre sobre su cuerpo, y dejó escapar un gemido.
¿Te gusta? murmuró él contra su piel sedosa, y le bajó un poco más el tirante de la camiseta, buscando con la boca el pezón rosado.
Ella hundió los dedos entre su pelo negro y le apartó la cabeza. Enseguida comprendió que había sido un error, porque al hacerlo, antes de que ella lograra subirse de nuevo la camiseta, él vio claramente lo que sus labios acababan de tocar.
Benjamin observó con interés su cara sonrojada.
¿No se lo habías enseñado a nadie? murmuró sonriendo. Me alegro de que hayas dejado algo para que yo lo estrene. ¿No hay un refrán que dice que las mejores esencias, en frascos pequeños?
Serás bruto murmuró ella poniéndose aún más colorada.
Él se echó a reír suavemente, viéndola tirar de la sábana para cubrirse. Se sentó en la cama satisfecho como un tigre con la garra sobre su presa.
Pequeñas, pero perfectas, amor dijo suavemente, y por un instante pareció un desconocido. Sus ojos plateados adquirieron una expresión casi suave, y su rostro pareció levemente dulce.
Dejándose llevar por un impulso, ella alzó una mano y tocó su pecho desnudo, mirándolo con los ojos cargados de emoción.
Siento que Mora y tú os hayáis preocupado.
Él se limitó a asentir.
Será mejor que duermas un poco.
Tú también dijo ella. Si no, no podrás trabajar.
Sí, la verdad es que me va a costar concentrarme en el trabajo reconoció él observando sus ojos asombrados. Se inclinó y se detuvo a escasos centímetros de su cara. Con fuerza, esta vez musitó con voz áspera. Abre la boca...
La besó con dureza, alentando en ella un ansia que Cami nunca antes había sentido. Sus bocas se fundieron como si se fundieran sus almas. Ella se arqueó contra él y lo besó salvajemente, clavando las uñas en sus hombros y gimiendo, arrastrada por una emoción más avasalladora que la muerte. Amaba a Benjamin, lo deseaba y, en ese instante, era suyo. Lo único que quería era entregarle todo cuanto tenía, a pesar de sus diferencias y de sus duras palabras.
Él se retiró jadeando. Sus ojos brillaban de deseo contenido. La asió por las muñecas y le apartó las manos suavemente de sus hombros volviendo a tumbarla sobre la almohada.
Me dejaría cortar un brazo antes que dejarte dijo en un bronco susurro. Dios, cuánto te deseo.
Ella se mordió el labio y lo miró fijamente, indefensa, sin saber qué decir. Benjamin dejó escapar un áspero suspiro y se inclinó. La besó suavemente. Una tierna caricia tras la tormenta.
Podrías dormir conmigo dijo en voz baja escudriñando sus ojos neblinosos . Solo dormir, nada más. Me gustaría abrazarte, verte tumbada en mi cama.
Ella se sonrojó, y Benja notó que una expresión de miedo cruzaba sus ojos brillantes.
¿Y si por casualidad entra tu madre, o Feli? preguntó inquieta, intentando conservar la calma a pesar de que no había nada que deseara más que dormir con él.
Él la miró fijamente a los ojos.
Entonces tendría que casarme contigo, ¿no crees? preguntó con una leve sonrisa. Se puso en pie antes de que Cami pudiera decidir si estaba bromeando o no, y el momento pasó. El la miró desde la puerta abierta. Dulces sueños, cariño. Que duermas bien. Yo no creo que pueda añadió mirándola fijamente.
Buenas noches, Benjamin musitó ella. ¿O debería decir buenos días?
-Deberías decir Benja...
-Benja...
Él sonrió y, dándose la vuelta, salió sin mirar atrás. Cami se quedó mirando la puerta mucho tiempo antes de girarse y cerrar los ojos dando un suspiro.
Al abrir los ojos, Cami vio un rayo de sol que se derramaba transversalmente sobre la mullida colcha azul de su cama y, cuando sus ojos castaños miraron el techo, el recuerdo de la visita nocturna de Benjamin le produjo un estremecimiento de emoción. Sacó las piernas por el borde de la cama y se sentó mirando la puerta. Tenía la cara radiante y sus ojos brillaban de excitación. ¡Benja! ¿Había ocurrido realmente? Se tocó la boca y se miró al espejo, como si buscara el rastro de sus besos. Tenía un leve arañazo en un brazo. Recordó con una punzada de placer la neblina de pasión que había compartido con él. No, no había sido un sueño. Pero, ¿habría sentido él el mismo placer que ella? ¿O se arrepentiría de aquello a la fría luz del día? ¿Se comportaría de forma distinta con ella? ¿Le sonreiría en vez de mirarla con el ceño fruncido? ¿Se mostraría menos hostil? ¿O la odiaría aún más?
Se puso unos vaqueros y una camiseta de cuello de pico y bajó apresuradamente las escaleras con el pelo suelto sobre los hombros y los ojos llenos de sueños. Eran más de las diez. No esperaba encontrar a Benjamin en el desayuno, pero sintió una leve punzada de desilusión cuando, al abrir la puerta del comedor, se encontró a Mora y a Coco sentados solos a la mesa. Coco parecía ligeramente malhumorado.
Ah, aquí estás suspiró . Mira, Cams, vas a tener que encargarte de este asunto tú sola a partir de ahora. Aguilar me ha llamado hace unos minutos. No le ha gustado el spot para la televisión. Dice que es demasiado «provocativo».
Pero su hijo le dio el visto bueno se quejó ella.
Sin su permiso, al parecer gruñó Coco. Apuró el café y se levantó. Siento marcharme así, pero si perdemos esta cuenta, tendremos graves problemas. Es nuestro mejor cliente, no hace falta que te lo recuerde.
No, claro que no. Tranquilo dijo con una sonrisa, me las arreglaré.
Anoche no conseguí hablar con Benjamin dijo él sonriendo . Quizá tú tengas mejor suerte.
Coco le dio las gracias a Mora por su hospitalidad, le recordó a Cami que lo llamara para ir a recogerla al aeropuerto cuando llegara a San Antonio tras concluir la negociación de la campaña, y se marchó apresuradamente en un taxi.
Parece que Benjamin ya no te pone tan nerviosa dijo Mora mirándola con un brillo malicioso en los ojos. Me pregunto por qué será.
Cami se sonrojó a su pesar y de pronto rompió a reír.
No tengo ni idea murmuró.
Pensaba que iba a ponerse furioso contigo dijo Mora mientras se ponía leche en el café caliente. Nunca lo había visto así. Por cierto añadió mirando a Cami, tengo una sorpresa que os encantará.
¿Cuál? preguntó Cami, toda ojos.
Tendrás que esperar un poco contestó ella misteriosamente con una sonrisa. Benjamin está en la oficina, pero creo que vendrá a comer. Ah, y Feli está en el dentista reprimió una sonrisa. Benja le aflojó dos fundas.
Mora se marchó al poco rato a una reunión del patronato local de las artes y Cami aprovechó para trabajar en la presentación que había pensado hacerle a Benjamin. No tenía muchas esperanzas de que aprobara el proyecto Quizá le gustara hacerle el amor pero Cami sospechaba que en cuestión de negocios era bastante machista, y temía que ni siquiera se molestara en escucharla. Sería muy propio de él.
No dejaba de pensar en lo que Benja le había dicho, en su explicación acerca de la proposición que le hizo años atrás. En realidad, le había pedido que se casara con él. Cami cerró los ojos y suspiró al pensarlo. Ser su mujer, tener derecho a tocarlo cuando se le antojara, correr a recibirlo cuando llegara a casa por las noches y arrojarse en sus brazos, cuidar de él y asegurarse de que descansaba lo suficiente, organizar su vida alrededor de la de él, comprarle cosas... Podría haber tenido todo aquello si hubiera sido lo suficientemente madura como para darse cuenta de que no se trataba de una proposición indecente. Todos aquellos años le había guardado rencor, y de pronto descubría que no había razón para ello y se arrepentía con todo su corazón de haberlo rechazado. Quería a Benja, lo deseaba, lo necesitaba como mujer, pero él siempre estaría fuera de su alcance. A Benja le gustaba tenerla en sus brazos. Pero seguía dudando de su inocencia, y le había dejado muy claro que ya no pensaba en casarse con ella. Solo quería acostarse con ella. Porque ahora él tenía dinero y ella no. Y nunca sabría si Cami lo quería a él o a la riqueza que había perdido. No se arriesgaría de nuevo a pedirle que se casara con él. Ella lo sabía.
Estaba tan enfrascada en sus pensamientos, que no oyó sonar el teléfono hasta que la doncella fue a decirle que era para ella. Desolgó el aparato que había junto al sofá preguntándose si sería Coco.
¿Diga? murmuró vacilante.
Hola contestó Benja con voz aterciopelada. ¿Qué estás haciendo?
Tra-trabajando en la presentación de la campaña balbució ella.
No pareces muy segura de ti misma comentó él . Si ni tú misma crees en tu talento, ¿cómo esperas que crea yo, cariño?
Confío en la agencia repuso ella. Los dedos le temblaban sobre el cable del teléfono. Es solo que... no esperaba tu llamada.
¿Ni siquiera después de lo que ha pasado esta mañana? preguntó él suavemente, y se echó a reír. Tengo unos cuantos arañazos en la espalda por tu culpa.
Ella sintió que se ponía colorada y recordó que le había clavado las uñas ávidamente.
La culpa también es tuya musitó sonriendo. No solo mía.
Eres una brujita rió él . Ven a la oficina a las once y media. Te invito a comer.
Me encantaría dijo ella suavemente.
A mí hay algo que me gustaría aún más dijo él suavemente.
Eres un obseso bromeó ella sintiéndose un tanto desconcertada al oírlo hablar así.
Solo con usted, señorita Bordonaba. Tienes un cuerpo tan delicioso...
¡Benja!
No te preocupes, no tengo pinchado el teléfono rió él . Y mi despacho está insonorizado.
¿Por qué? preguntó ella sin pensarlo.
Para que el resto del personal no oiga los gritos de mi secretaria cuando le pego dijo él con naturalidad.
Ella rompió a reír.
¿Tratas así a todos tus empleados?
Solo cuando no hacen lo que les digo respondió él. No te retrases. Voy a hacerte un hueco entre una reunión de la junta directiva y un almuerzo del club cívico.
¿Un almuerzo? preguntó ella. Pero, ¿no íbamos a comer juntos?
En el almuerzo tomaré café y les diré que estoy a dieta.
Nadie te creerá murmuró ella. Estás muy delgado.
Ah, así que, ¿te has fijado en mí?
Eres muy atractivo musitó ella sintiendo de nuevo que se ponía colorada.
Se oyó un suspiro de satisfacción al otro lado de la línea.
A las once y media, no lo olvides dijo Benja.
No lo olvidaré prometió ella y colgó.
Cami nunca había entrado en aquel edificio. Era un rascacielos altísimo e impresionante, situado en el centro de Victoria. Frente a la entrada había un jardín y una fuente y, en el vestíbulo, grandes árboles plantados en maceteros. El despacho de Benja estaba en el quinto piso. Cami subió en ascensor y cruzó la larga y lujosa alfombra de color crema que llevaba a la mesa maciza de su secretaria.
¿Está Benja... digo, el señor Rojas? preguntó nerviosa.
La secretaria, una morena alta con los ojos azules, le sonrió.
¿No oye los rugidos? Susurró ella en tono conspirador, señalando con la cabeza hacia la puerta del despacho, a través de la cual se oía amortiguada la voz profunda y furiosa de Benja. Un gran contrato inmobiliario se ha complicado en el último minuto y Rojas está intentando resolver el lío. Lleva así toda la mañana. Lo siento, no quiero asustarla. Pero, ¿de veras quiere verlo? acabó enarcando las cejas.
Oh, sí, soy muy valiente contestó Cami con una leve sonrisa.
Ángela, tráeme el archivo de la Bronson Corporation gritó Benjamín por el intercomunicador. Y avísame en cuanto llegue la señorita Bordonaba.
Ángela miró a Cami Esta asintió y la secretaria dijo apretando el botón del intercomunicador
Ya está aquí. ¿La hago pasar ya, o crees que necesitará una armadura?
No te pases, Ángela dijo él.
Cami entró tímidamente en el despacho. Tenía el corazón acelerado y una mirada incierta. Benja parecía el mismo de siempre. Su expresión era tan dura como siempre y sus ojos no dejaron entrever ninguna emoción al recorrerla desde el cuello de pico de su vestido de color ámbar hasta la falda ceñida, las largas piernas bronceadas y los pequeños pies enfundados en sandalias de tiras de color beige. Sin embargo, para Cami la noche anterior había significado un cambio de rumbo, y se preguntaba si Benja sentiría tanta indiferencia como aparentaba. Si lo ocurrido la noche anterior no lo había afectado, ¿volvería a su antiguo antagonismo y seguiría ofendiéndola, como hacía antes? Cami apretó con fuerza el bolso entre las manos. La secretaria le sonrió, le guiñó un ojo y cerró la puerta al salir.
Benja llevaba un traje marrón oscuro, una camisa de color chocolate a rayas y una corbata a juego. Tenía el pelo rubio ligeramente revuelto, como si acabara de pasarse con descuido la mano por él. Era tan atractivo, tan viril, que Cami deseó extender la mano y tocarlo; aquel deseo la asustó.
¿Ya estás pensando en huir? preguntó él suavemente.
Ella se encogió de hombros y sonrió vacilante.
Tu secretaria parecía creer que necesitaba un escudo.
No, tú no necesitas ningún escudo, pero los demás sí se levantó y rodeó la mesa con paso lento y elegante, sin dejar de mirarla, hasta que estuvo frente a ella.
Hola musitó Cami mirándolo a los ojos, inquieta.
Él apoyó las manos en la puerta, a ambos lados de ella, arrinconándola. Estaba tan cerca, que Cami podía sentir el calor de su cuerpo alto y musculoso y el olor denso de su carísima colonia.
Hola murmuró él, y algo nuevo apareció en sus ojos. Algo que Cami no se atrevió a definir. Atracción, sí. Quizá incluso pasión. Pero había también algo más en aquella mirada plateada, y Cami ignoraba qué era exactamente.
Él inclinó la cabeza y la besó suavemente en los labios. Luego se retiró un poco para mirarla.
Aunque solo sea por una vez murmuró él, ¿por qué no me besas tú?
Ella contuvo el aliento al pensarlo. La tentación era irresistible. Apretó el bolso con una mano y con la otra se agarró a la manga de la camisa de Benja. Se puso de puntillas y apretó suavemente los labios contra los de él. Benja le mordió ligeramente el labio inferior.
Ya sabes lo que me gusta murmuró él casi sin aliento.
Cami lo sabía y, casi sin esfuerzo consciente, le rodeó el cuello con los brazos y le lamió la boca. Él abrió los labios cincelados dejando que la punta de la lengua de Cami trazara levemente la larga curva de su boca Ella sintió contra su pecho el pesado redoblar de su corazón y oyó la aspereza de su aliento.
¿Así, Benja? musitó contra su boca.
Así respondió él en un susurro, apretándola contra la puerta de madera. La besó con ansia, tomando el control. Su ansia parecía casi tangible en el tenso y ardiente silencio que siguió.
Un suave gemido escapó de la garganta de Cami. Su cerebro, su cuerpo, ardían de pasión. Sintió que los poderosos músculos de Benjamin se contraían y que su cuerpo ardía apretándose contra ella.
Él se apartó un instante y miró desde su altura el rostro sonrojado de Camila, sus ojos enturbiados por el deseo.
Ahora ya lo sabes murmuró con voz ronca.
¿El qué? preguntó ella, sorprendida.
Por qué la habitación está insonorizadarió él suavemente. Cami se sonrojó y miró su cuello fuerte y moreno. Qué ruiditos tan dulces haces cuando te hago el amor
musitó él contra su frente . Me gusta estar contigo, Cami. Ya no te comportas como una virgen temerosa. Ya no das un respingo cuando te toco. Y eso me gusta.
¡Si supiera la verdad!, pensó ella sintiendo una punzada de pena. Ella solo sabía lo que había aprendido con él.
Benja miró el fino reloj de oro que llevaba en la muñeca.
Será mejor que nos vayamos si no quieres que te deje a la mitad del primer plato. Solo dispongo de una hora.
¿Estás seguro de que quieres...? comenzó a decir ella.
Él se inclinó y la besó con fuerza.
Estoy seguro. ¿Tienes apetito? Ella sonrió tímidamente.
Me muero de hambre murmuró.
El se echó a reír y miró su boca suave, levemente hinchada.
Qué cosas dices dijo, y se echó a reír al ver su expresión de asombro. Venga, cariño, Vámonos.
¡El carmín! exclamó ella mientras él abría la puerta.
Benja observó su boca.
No te hace falta dijo. Estás muy guapa sin toda esa pintura.
No me refería a eso contestó ella mirándolo. Tienes toda la cara manchada.
Él se sacó el pañuelo del bolsillo, se lo dio y se quedó quieto, mirándola intensamente mientras ella le limpiaba los labios y las mejillas.
Ya está murmuró ella devolviéndole el pañuelo manchado de carmín. Tu secreto está a salvo conmigo.
Él se echó a reír.
Eres terrible. ¿Qué te hace pensar que es un secreto?
No querías que te vieran manchado de carmín le recordó ella. Debería haberte dejado salir así. Quizá a tu secretaria le hubiera servido de inspiración.
Ella no me besa contestó Benjamin. Cami procuró que no se le notara el alivio que sintió de repente.
Es muy bonita dijo.
Su novio es cinturón negro de kárate y dirige un prestigioso periódico dijo él. Ella no pudo contener una sonrisa.
Ah.
¿Estás celosa, Cami? preguntó él abriéndole la puerta.
Tanto, que estaría dispuesta a matar musitó ella, coqueta, saliendo a la sala de espera antes de que él tuviera tiempo de contestar.
Benja la llevó a un lujoso restaurante con moqueta de color burdeos, manteles de hilo blanco y sillas con las patas como las de los caballos, tapizadas de cuero auténtico. Ella pidió una ensalada del chef, adelantándose a Benja, que parecía dispuesto a pedir por los dos. Él le lanzó una mirada penetrante mientras pedía un filete con patatas.
Soy una mujer moderna le recordó ella sonriendo cuando la camarera se alejó. Benja la miró fijamente. Se echó hacia atrás, encendió un cigarrillo y exhaló una densa nube de humo.
Y yo un hombre moderno. ¿Y qué? preguntó él.
Benja se echó a reír y comenzó a juguetear nerviosa con la copa del agua.
Pensaba que te habías enfadado porque no te he dejado pedir por los dos.
Cariño, en mi opinión, las mujeres están más guapas con falda que con pantalones, pero soy el primero en reconocer que en cuanto a lo demás son tan capaces como los hombres.
Ella lo miró con asombro.
No sabía que pensabas así.
Te lo dije una vez, Cami. Tú en realidad no me conoces comentó él tranquilamente.
Eso parece ella agarró con fuerza la copa. ¿Me dejas que te explique por qué creo que nuestra agencia de publicidad puede encargarse de esa inversión en Florida? preguntó.
Él hizo rodar el cigarrillo entre los dedos.
Adelante.
Está bien ella se inclinó hacia delante apoyándose en los antebrazos, y observó cómo jugaba la luz con su pelo negro . Estáis construyendo una urbanización en el interior de Florida. No da al océano ni al golfo. Ni siquiera está junto a un río. Sin embargo, está cerca de un gran lago, en una zona muy pintoresca del centro de Florida, rodeada de plantaciones de cítricos y de ranchos ganaderos. La campaña podría basarse en el concepto de retiro. La localización es perfecta continuó, notando que él parecía cada vez más interesado. Hay paz y tranquilidad, y en los alrededores no hay hoteles ni urbanizaciones para turistas que atraigan a hordas de visitantes cada año. Como el complejo va a tener un centro comercial y jardines, será literalmente una pequeña ciudad. La gente se va a Arizona e incluso más al oeste de Texas en busca de sol y tranquilidad. ¿Por qué no venderles paz y belleza natural? Él frunció los labios.
¿En qué clase de anuncios estás pensando? preguntó él sin atisbo de condescendencia.
Tenéis previsto inaugurar el complejo dentro de seis meses, ¿no? preguntó ella, y Benja asintió. Entonces, este es el momento perfecto para insertar anuncios en las revistas más sofisticadas, en esas que atraen a un segmento de la población lectora de más edad y de mayores recursos económicos. En la zona donde está ubicada la urbanización hay dos diarios importantes, tres grandes emisoras de radio y un semanario de gran tirada. Haremos una campaña multimedia dirigida a captar a su audiencia. Luego consultaremos las estadísticas disponibles sobre la procedencia de los nuevos residentes en Florida y mandaremos folletos informativos a las principales agencias inmobiliarias de las ciudades del norte. Crearemos un lema y un logotipo para la urbanización, montaremos una gran fiesta de inauguración, llevaremos al gobernador o a un par de políticos para que den discursos, enviaremos invitaciones a la prensa y...
¡Espera, espera! él viendo el brillo de excitación que iluminaba sus ojos. ¿Cuánto va a costarme todo eso? ella pronunció una cifra, y él alzó ambas cejas sorprendido. No esperaba una cifra tan razonable viniendo de ti dijo con franqueza.
Ella lo miró con asombro.
¿Por qué no?
Él se encogió de hombros.
Ya había recibido una oferta de una agencia publicitaria de Nueva York la miró fijamente. Me pidieron varios miles de dólares más.
Ella chasqueó los dedos con un suspiro.
¡Oh, vaya, qué tonta soy! dijo irritada.
Benja se echó a reír, pero su risa se desvaneció rápidamente.
¿Quién dirigirá el proyecto, Cami? ¿Tu socio o tú?
Los dos contestó ella, aunque la licenciada en Periodismo soy yo añadió con una sonrisa. Así que soy yo quien se encarga de escribir. Coco se encarga del diseño gráfico y de la fotomecánica.
Él parpadeó.
¿La fotomecánica?
Para la imprenta. La plantilla lista para la impresión.
¿Y qué pasará si lanzáis la campaña y los apartamentos no se venden? preguntó él.
Que me tiraré bajo las ruedas de tu Mercedes él acabó de fumarse el cigarrillo y lo apagó con una leve sonrisa en los labios . ¿Y bien? preguntó Cami, impaciente.
Benja levantó los ojos y la miró fijamente justo cuando la camarera se acercaba a ellos con una bandeja bien cargada.
Voy a pensármelo. Te daré una respuesta en la fiesta que dan los Sullevan en su casa. ¿Te parece bien?
Ella suspiró.
De acuerdo.
La comida estaba deliciosa. Cami no se dio cuenta del hambre que tenía hasta que empezó a comer. Se acabó la ensalada y, en vez de tomar postre, saboreó un cremoso y delicioso café mientras Benja se zampaba una enorme tartaleta de fresa rebosante de nata montada.
Calorías y más calorías suspiró ella mirando la suculenta tarta.
Él le sonrió por encima de la cuchara.
Yo no tengo que cuidar mi línea. Quemo todas las calorías.
Lo sé. Siempre estás trabajando.
No siempre le recordó él mirando su boca.
Ella se sonrojó y, bajando la cabeza, miró fijamente su taza de café.
Benja condujo el coche al aparcamiento que había tras el edificio Rojas y se detuvo frente al pequeño coche que Mora le había prestado a Cami.
Gracias por la comida dijo ella. Y por escucharme.
Ha sido un placer, señorita Bordonaba contestó él observando su rostro suavemente. Seguiremos hablando esta noche, en el Parisienne. Hay un trío que te gustará. Y podremos bailar.
A ella le dio un vuelco el corazón.
¿Yo...? musitó.
Él se inclinó y la besó suavemente. Cuando se apartó, Cami se sintió vacía de pronto.
Tú susurró él, mirándola a los ojos. Hablaremos esta noche.
¿De qué? preguntó ella, aturdida.
De nosotros, cariño contestó él. Y de qué vamos a hacer a partir de ahora. Después de lo que ocurrió anoche, no pienso dejarte escapar otra vez.
Pero Benja...
Ahora no tengo tiempo. Vamos, vete de una vez, mi niña. Tengo mucho trabajo. Hablaremos esta noche. Ponte algo sexy añadió con una sonrisa.
Ella abrió la puerta del coche, la cerró y le sacó la lengua. Él se echó a reír y le dijo adiós con la mano mientras daba marcha atrás y se alejaba rugiendo.
Durante el trayecto de vuelta a Casa Verde, se sentía loca de contenta. ¿De qué querría hablar Benja? ¿De boda tal vez? Dejó volar su imaginación. Ya se veía vestida de satén blanco, de pie ante el altar, con Benja de frac a su lado, delante del cura, en una iglesia con vidrieras de colores. ¡Ojalá! Casarse con Benja, llevar su apellido, compartir su casa, su cama, sus hijos... sería la culminación de todos sus sueños. Naturalmente, se dijo, Benja podía hacerle una proposición completamente distinta. Pero no lo creía. Su mirada era tan intensa, sus besos tan dulces, que era imposible que solo sintiera deseo hacia ella. No, Benja pensaba en algo duradero. Estaba convencida.
Sus ojos se encendieron como velas en una habitación a oscuras. Qué maravilloso sería que la amara, que sintiera la misma emoción que sentía ella cuando estaba con él cada vez que lo tocaba o lo abrazaba... «Por favor, que sea así», rezó para sus adentros, «que sea así».
Aparcó frente a la entrada de Casa Verde y subió corriendo los escalones. Al abrir la puerta de la casa, todos sus sueños brillaban en su mirada.
¿Eres tú, querida? Llamó Mora. ¡Estoy en el salón!
Cami siguió la voz. Había abierto la boca para contarle a Mora lo maravilloso que había sido su almuerzo con Benja cuando vio que había alguien más en la habitación.
¿Ves? Te dije que tenía una sorpresa para ti exclamó Mora, y sus ojos brillaron alegremente.
Hola, querida le dijo Marina Bordonaba a su hija poniéndose en pie entre una nube de gasa de color ámbar. Cruzó la habitación. Llevaba el pelo rubio recogido en un moño alto y sus suaves ojos castaños relucían de amor y alegría. Cami dejó que la abrazara. Se sentía aturdida. Al comprender los problemas que iba a causar la presencia de su madre, su mente empezó a girar como un remolino.
Todo iba tan bien, Benja había cambiado tanto... Pero ahora que Marina estaba allí, todos sus sueños se harían pedazos. Benja pensaría que ella había llamado a su madre, jamás creería que había sido Mora. Se pondría furioso, porque odiaba a su madre, siempre la había odiado.
Bueno, ¿no vas a preguntarme por qué he venido? preguntó Marina con su encantadora y suave voz.
Eh, ¿por qué has venido, mamá? preguntó Cami, obediente.
¡Voy a casarme, querida! ¡Vas a tener un padre! exclamó Marina.
Cami se sentó. Aquello era demasiado.
¿Vas a casarte?
Sí, cariño dijo su madre sentándose a su lado y tomándola de las manos. Tenía los dedos fríos, y Cami comprendió que estaba nerviosa. Con Franco Colucci. Me lo pidió hace dos días y le dije que sí. Te gustará, ya lo verás. Es un hombre muy fuerte, muy capaz, y podrás venir a vernos siempre que quieras.
Pero..., ¿para qué has venido a Casa Verde? murmuró Cami.
Mora se ha ofrecido amablemente a ayudarme a elegir el ajuar y a planear la boda dijo Marina con una sonrisa deslumbrante. Y estaba segura de que tú también querrías participar. Será una ceremonia sencilla, en Nassau. El banquete se celebrará en la casa. Es una casa preciosa, querida. Franco la llama «Joya del Mar». Tiene una playa privada con montones de palmeras y el agua es transparente, de un azul increíble mezclado con verde... ¡Te encantará, ya lo verás!
¿Y cuándo piensas casarte, mamá? preguntó Cami. Empezaba a comprender que, a partir de entonces, Franco cargaría con la responsabilidad de mantener a su madre.
La semana que viene dijo Marina suspirando. Yo quería esperar un poco, pero Franco se empeñó, así que acabé cediendo. ¡Estoy tan emocionada!
Sí, yo también Cami sonrió apretando los dedos de su madre.
Marina era como una niña, caprichosa y radiante como una joya. Cami no podía evitar quererla, aunque sus escapadas y su despilfarro la sacaran de quicio.
Mamá, en cuanto al ajuar... no tenemos mucho en el banco... comenzó a decir Cami cautelosamente.
Oh, yo compraré el ajuar. Será mi regalo de boda dijo Mora con un suspiro de contento . Estoy deseando empezar. Marina, mañana a primera hora iremos a Saks. ¡Queda tan poco tiempo...!
Sí, tienes toda la razón dijo Marina, y se puso a hablar de los preparativos para el banquete.
Sentada a su lado, Cami la escuchaba y de vez en cuando sonreía, contemplando la alegría de su madre. Cuando comenzó a atardecer, subió a cambiarse para la cena y de nuevo la asaltó la preocupación al pensar en la reacción de Benja. Tenía la horrible sensación de que no iba a hacerle ninguna gracia.
Se vistió cuidadosamente con una discreta falda gris y una blusa rosa bordada que se ajustaba a sus curvas. El corte de las prendas era perfecto y, aunque hacía dos años que se las había comprado, no se notaba. Cami cuidaba mucho su ropa, haciéndole pequeños arreglos para mantenerla a la moda. Los zapatos habían sido un problema al principio, pero pronto aprendió a comprárselos a final de la temporada, cuando estaban rebajados. Nunca se compraba nada, salvo en rebajas. No podía permitírselo.
Estaba cepillándose el pelo cuando oyó un golpecito en la puerta y vio entrar a su madre, ataviada con un vestido rosa pálido que subrayaba su tez sonrosada y su pelo exquisitamente peinado.
He pensado que podíamos bajar juntas dijo Marina suavemente . Yo... bueno, sé que a Benja no le gusto, y puede que no diga nada si voy contigo añadió con una sonrisa nerviosa. No le habrás contado lo del toro, ¿verdad, querida?
No, mamá contestó Cami tranquilizándola. Dejó el cepillo y abrazó a su madre . Me alegro tanto de que hayas encontrado a alguien. Sé que estos últimos años has estado muy sola.
Bueno, no tan sola, tesoro contestó Marina acariciándole la mejilla. Te tenía a ti. Cami sonrió.
Nos teníamos la una a la otra. Marina asintió y observó atentamente a su hija.
Mora me ha dicho que Benja y tú... os lleváis mejor. ¿Es cierto?
Cami se sonrojó y se dio la vuelta.
No estoy segura. Ni siquiera sé si le gusto.
Cami... Marina se mordió el labio inferior. Querida, a menudo me he preguntado si vuestras discusiones no eran señal de que entre vosotros había algo mucho más profundo. Llevas muchos años huyendo de Benja. Me gustaría pensar que no ha sido por esa ridícula actitud mía hacia él cuando erais adolescentes. Yo era tan esnob... Ojalá me hubiera dado cuenta antes de estropearlo todo.
¿De estropear qué?
Tu relación con Benja Marina miró la alfombra. Cami, quedan muy pocos hombres como Benjamin Rojas. Los hombres de verdad no están de moda en los tiempos que corren. Ahora a las mujeres les gustan más los hombres tiernos, que lloran, sufren, cometen errores y se disculpan de rodillas, y eso está muy bien, supongo. Es un mundo nuevo, una generación nueva, con nuevas y mejores ideas sobre la vida sus ojos adquirieron una expresión melancólica por un instante. Pero los hombres como Benja son una raza aparte. Ellos marcan sus propias reglas y no se inclinan ante nadie. La mujer que tiene la suerte de ser amada por un hombre así es... muy afortunada dejó escapar un profundo suspiro . Oh, Cami, no huyas de él si lo quieres dijo con vehemencia. No permitas que la brecha que yo he abierto entre vosotros te impida ver las buenas cualidades de Benja. Yo perdí mi felicidad, pero tú aún tienes una oportunidad.
Mamá, no te entiendo musitó Cami, confusa.
Eres tan buena, querida niña murmuró Marina con mirada triste. Pero con ciertos hombres hace falta mucho más que nobles intenciones...
Marina, ¿estás ahí? gritó Mora. Marina parecía vagamente irritada.
¡Sí, querida, ya voy! Palmeó el brazo de Cami. Intentaré explicártelo más tarde. Debo contarte algo. Un secreto que he guardado hasta ahora. Hablaremos luego, ¿de acuerdo?
Sí, mamá contestó Cami con una sonrisa asombrada. Ven, vamos abajo.
Estaban sentados en el salón, esperando a que sirvieran la cena, cuando Benja llegó de la oficina. Parecía cansado y de mal humor. Vio a Marina en cuanto entró en el salón y estalló de repente.
¿Qué demonios haces tú aquí? le preguntó a la asombrada mujer. Sus ojos se clavaron en la cara pálida de Cami. ¿No te parece un poquito prematuro llamar a tu mamá? No recuerdo haberte hecho ninguna promesa.
Cami abrió la boca para hablar, pero Marina se le adelantó.
Me he invitado yo misma le dijo poniéndose en pie para hacerle frente. Voy a casarme, Benjamin. He venido a invitar a mi hija a la boda.
Ah, así que, ¿con este vas a casarte? Dijo él secamente, mirándola con desprecio. ¿Y le serás tan fiel como le fuiste a ese pobre tonto de tu marido?
Benja, ¿y tus modales? Exclamó Mora. ¡Marina es mi amiga!
Eso es lo que tú te crees dijo Benja con frialdad, mirando fijamente a Marina, y Cami vio que su madre se ponía muy pálida.
¿Qué insinúas? insistió Mora.
Pregúntale a tu... amiga masculló Benja. Ella lo sabe, ¿no es así, «señora» Bordonaba? dijo cargando de desprecio la palabra «señora».
¡Deja en paz a mi madre! gritó Cami poniéndose en pie . No tienes derecho a insultarla así. Tú no la conoces.
Cariño, la conozco mucho mejor de lo que crees contestó él con una fría sonrisa. Recuérdame que te lo cuente alguna vez. Así abrirás los ojos de una vez.
Maldito animal siseó Cami con los ojos llenos de lágrimas.
Eso me recuerda a los viejos tiempos le dijo él, y una especie de sombra cruzó su cara. Me alegro de que te hayas quitado la máscara. Te lo dije una vez y te lo repito: no pondrás las manos en mi dinero miró torvamente a Marina. Y ya puedes mandar a tu madre a casa. Yo no voy a financiar su boda. Ni tú tampoco, madre le dijo fríamente a Mora. Si intentas comprarle aunque solo sea un pañuelo a esa zorra, cancelaré todas tus cuentas dio media vuelta y salió de la habitación dando un portazo.
Mora abrazó a Marina.
Oh, querida, cuánto lo siento. No sé qué le pasa...
Marina lloraba como una niña. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Cami la abrazó apartándola de Mora y la apretó con fuerza.
No pasa nada, mamá dijo suavemente, intentando tranquilizarla. Todo saldrá bien.
Pero, mientras lo decía, sabía que no era cierto. Su mundo se había vuelto del revés. Benjamin volvía a odiarla, y ella solo deseaba saber por qué. ¿Era posible que odiara a su madre por algo que le había dicho hacía años, cuando aún era un niño? ¿Por qué la odiaba tanto? ¿Y por qué la había llamado «zorra»? Marina podía ser muchas cosas, pero no una cualquiera. Era una mujer decente, siempre preocupada por el qué dirán. Jamás se le habría ocurrido manchar su reputación con una relación extramatrimonial.
Cami acunó suavemente a Marina. Sus ojos se encontraron con los de Mora. Estos tenían una expresión apenada. Benjamin podía ser tan cruel... Camila cerró los ojos. ¿Cómo podía decir tales cosas después de lo que había pasado entre ellos? Ella creía que le importaba. Sobre todo, después del viaje a Nueva York. Después de los besos que habían compartido. Pero se había equivocado. No le importaba.
¿Cómo iba a proteger a su madre del odio irracional de Benja? Sentía ganas de gritar. El día había empezado lleno de promesas, y había acabado en la más negra desesperación.
Las tres mujeres se sentaron a cenar sin Benja, que bajó una hora después vestido con pantalones de traje marrones, chaqueta de tweed y camisa blanca. Salió de la casa sin decir palabra, seguramente para ir a ver a Sabrina, pensó Camila.
No te pongas triste, cariño le dijo Marina suavemente, notando la tristeza de su hija. Todo se arreglará. Ya lo verás.
Cami intentó sonreír.
Claro que sí dijo aturdida.
Podría estrangular a mi hijo dijo Mora en voz baja, cortando con saña su filete. ¡El muy bestia!
No te pongas así, querida dijo Marina tocando ligeramente la mano de su amiga. Benjamin no puede evitar odiarme, y hay razones para ello. Al fin y al cabo... se mordió el labio con nerviosismo. Al fin y al cabo repitió lanzando una triste mirada a Cami fui yo quien atropello a su toro, no Cami. Ella ni siquiera iba conduciendo.
Mora la miró con asombro.
¿Tú? Pero Cami dijo...
Ella solo intentaba protegerme. No Marina suspiró tristemente, no es cierto. Yo le supliqué que me protegiera. Sabía cuánto me odiaba Benja y temí que no me dejara volver a Casa Verde, así que dejé que la pobre Cami cargara con las culpas... Qué vergüenza dijo débilmente. Sus hermosos ojos castaños se llenaron de lágrimas al mirar a su hija, que parecía sorprendida. Sé que he sido una carga para ti, cariño mío. He estado en una especie de trance desde... desde la muerte de tu padre.
Eso no le da derecho a Benja para insultarte dijo Mora con vehemencia. Su comportamiento ha sido espantoso y pienso decírselo en cuanto se calme.
Cami esbozó una sonrisa sin poder evitarlo. A Mora le daban tanto miedo como a ella los estallidos de cólera de Benjamin.
El día siguiente trascurrió en medio de una especie de aturdimiento. Marina y Cami procuraron no separarse de Mora y evitaron a Benja cuanto les fue posible. Este tenía muchas cosas que hacer en el rancho y en la oficina, pero las pocas veces que se cruzó con Cami la miró con extrema frialdad. Era como si aquella noche mágica nunca hubiera tenido lugar, como si nunca la hubiera acariciado con ternura. En cuanto a Marina, esta parecía abatida y pesarosa, como si se sintiera culpable por algo. Franco había prometido mandarle un giro postal para que comprara el ajuar, pese a las protestas de Mora, y las dos mujeres pasaron casi todo el día de compras mientras Cami permanecía encerrada en su habitación lamentando su suerte.
Esa noche, después de la cena, Marina y Mora se fueron a visitar a unos amigos comunes, y Cami subió a su habitación para ponerse unos pantalones y una blusa con los que estar más cómoda. Luego volvió a bajar y, al salir al porche en sombras para disfrutar de la noche fresca y apacible, se sobresaltó al ver que algo se movía. Estaba junto a la gran mecedora que había en un extremo del porche cuando una silenciosa figura se irguió ante ella levantándose del balancín.
No te vayas dijo Benjamin suavemente. No voy armado.
Ella odiaba el tono amargo de su voz profunda. Su sonido le pesaba como un dolor en el alma. No soportaba estar a su lado después de las ofensivas acusaciones que había proferido. Sin embargo, se sentó en la gran mecedora y se echó hacia atrás. La madera crujió cuando empezó a mecerse. Aquel sonido, mezclado con el canto de los grillos y las ranas, era como una extraña nana en medio de la oscuridad perfumada.
Benja encendió un cigarrillo. Cami veía el ascua anaranjada del pitillo por el rabillo del ojo.
Creía que no estabas en casa dijo fríamente.
Me lo imaginaba. Si no, seguirías encerrada en tu habitación replicó él secamente.
Ella apoyó la cabeza en el respaldo de la mecedora y contempló la oscuridad. Benja le crispaba los nervios. Cuando se encerraba en sí mismo de aquella forma, se sentía tan alejada de él como de la luna.
Una vez estuvimos aquí sentados tú y yo, una noche sin luna dijo él de repente con voz profunda y apacible. ¿Lo recuerdas, Cami?
La noche que murió tu padre recordó ella, sintiendo de nuevo el vacío que pareció apoderarse de la casa cuando desapareció la dominante presencia de Rojas, el llanto de Mora y de Marina... . No dijimos ni dos palabras. Él se rió suavemente.
Te sentaste a mi lado y me diste la mano. Nada más. Nada de lágrimas ni de lamentos. Solo te sentaste aquí y me diste la mano.
Fue lo único que se me ocurrió admitió ella. Sabía cuánto querías a tu padre. Incluso más que Feli, creo. Pero no es fácil acercarse a ti, Benjamin. Temía que me rechazaras, que me echaras de tu lado. Pero no lo hiciste.
A los hombres no nos gusta mostrarnos vulnerables, cariño, ¿no lo sabías? dijo él con extraña suavidad . Esa noche, no habría dejado acercarse a nadie más, Cami. Ni siquiera a mi madre, ¿lo sabías? Tú siempre has podido acercarte a mí, hasta cuando rechazaba a todos los demás dio una calada a su cigarrillo. A ti, te dejaría vendarme una herida que no permitiría tocar a ningún médico.
Ella sintió que se le aceleraba el corazón. «Ten cuidado», se dijo, «para él, esto es solo un juego. Y es un jugador experto. No permitas que te haga daño».
Se levantó repentinamente.
Será mejor que entre. Se está haciendo tarde.
Háblame, Cami gruñó él.
¿Sobre qué? dijo ella tristemente. ¿Sobre mi madre? ¿Sobre mí? No somos más que zorras, tú lo dijiste, y tú lo sabes todo, ¿no es cierto? ¡Benjamin Rojas, el Todopoderoso!
Se dio la vuelta y corrió hacia la puerta. A su espalda oyó las ásperas maldiciones de Benjamin.
A la mañana siguiente, más inquieta que nunca, Cami se acercó paseando al establo para ver un potro árabe recién nacido, blanco como la nieve. Aquello la hizo recordar los viejos tiempos en el rancho de su padre, cuando se pasaba horas y horas mirando a los potrillos, sin cansarse de sus travesuras.
Estaba tan enfrascada mirando al animal y a su madre, que no oyó el sonido de los cascos de un caballo que se acercaba. Un momento después oyó pasos tras ella y, al volverse, vio a Benja avanzando por el amplio pasillo. Sus botas se hundían en el serrín fresco, de color miel, que cubría el suelo. Se movía con una elegancia natural que le era tan propia como aquel viejo sombrero vaquero negro que llevaba calado sobre la frente. A Cami le encantaba mirarlo y, sin embargo, le dio la espalda. Sus insultos, su rechazo seguían mortificándola.
¿Qué haces aquí tan sola? preguntó él secamente. ¿Dónde se ha metido Feli esta mañana?
Está en la oficina dijo ella con voz crispada.
¿Y los demás? añadió él.
Se han ido a la ciudad, a comprar lo miró fijamente. Pero no con tu dinero.
Él hizo caso omiso a aquel comentario y observó al potro.
¿No te doy miedo, gatita?
No me das miedo tú, ni veinte como tú replicó ella apartándose. Se apoyó sobre la puerta de la cuadra y miró al potro, que estaba mamando. La yegua blanca permanecía de pie con las orejas tiesas y alerta, observando atentamente a los humanos.
Benjamin se acercó y se colocó junto a ella. Estaba tan cerca que su brazo rozaba el de Cami, apoyado sobre la madera áspera del portón. Ella sintió una punzada de placer.
¿Sigues adiestrándolos tú? preguntó confiando en cambiar de tema.
No tengo tiempo, cariño dijo él. Ya no parecía enfadado. La hija de Guzman inscribe a uno o dos en el circuito de exhibición de caballos, yo tengo un par de trofeos de hace tiempo, por ahora me dedico sobre todo a la cría y dejo que Guzman se encargue de las exhibiciones. Yo no hago más que recoger los trofeos. Ella se aventuró a mirarlo, sorprendida por el tono divertido de su voz.
¿Ya ti? ¿Quién te exhibe? preguntó de repente sorprendiéndolo.
Él alzó una ceja y se echó hacia atrás el sombrero.
Eres muy atrevida, ¿no?
Ella se retiró de la cara el pelo rubio.
Me gusta vivir peligrosamente de vez en cuando dijo.
Él acarició suavemente su mejilla con un dedo.
Pues no lo hagas en mi terreno le advirtió . No quisiera ser responsable si sales herida le lanzó una mirada cortante y la mantuvo deliberadamente en silencio.
Ella abrió levemente los labios, asombrada. Benjamin percibió aquel ligero movimiento y clavó los ojos en su boca rosada. Cami intentó reprimir el deseo de acercarse a él, de sentir su cuerpo contra el suyo, de besar su boca con violencia... Conocía la habilidad de aquellos bellos labios, y los deseaba con un ansia casi insoportable.
Apartó los ojos de él y procuró controlar su respiración agitada.
El... eh... el potro es precioso balbució.
El se acercó a ella por la espalda, impidiéndole la retirada. Sus brazos musculosos se apoyaron en la puerta del establo a ambos lados de ella, acorralándola. Su cuerpo era cálido. Cami podía sentir su calor. Percibía el denso perfume de su colonia.
¿Tienes... tienes más? preguntó al ver que él no respondía. Sintió su aliento en el pelo.
Hueles a flores silvestres murmuró él con voz sensual.
Es el champú dijo ella débilmente.
Benja se arrimó a ella suavemente. Cami sintió sus poderosas piernas tocándola, su amplio pecho rozándole la espalda.
¿Cuántos caballos árabes tienes ahora? preguntó con voz alta y quebradiza.
Bastantes murmuró él inclinándose para acariciar su nuca con los labios.
Benja... gimió ella involuntariamente.
El pecho de él subía y bajaba trabajosamente rozando la espalda de Camila. Su boca iba subiendo, lamiéndole la oreja y la sien.
Dios, qué suave es tu piel musitó él con voz ronca. Como terciopelo. O satén.
Ella se agarró con fuerza a la puerta intentando controlarse. Sentía una opresión en la garganta, como si tuviera piedras dentro de ella. A pesar de que intentaba protestar, su cuerpo se derretía en contacto con el de Benjamin. Él movió las manos y la agarró con fuerza por la cintura.
Basta, Benjamin, no, por favor logró suplicar ella con voz áspera. No después de las cosas que me has dicho... añadió en tono acusatorio. En ese momento, lo odiaba por hacerla sentirse tan débil.
Me importa un bledo lo que haya dicho gruñó él. Te deseo tanto que siento dolor.
Ella intentó resistirse, pero Benjamin la obligó a darse la vuelta y la aprisionó contra la puerta con el peso cuidadosamente controlado de su cuerpo. Sus ojos ardían al mirarla. Su rostro estaba crispado por el deseo.
Lágrimas de intensa emoción llenaron los ojos suplicantes de Cami mientras con las manos delicadas empujaba su pecho.
¿Son necesarios estos juegos? preguntó él secamente . Sé el efecto que causo sobre ti, puedo sentirlo. ¿Por qué finges? Maldita sea, no me importa que tengas experiencia. ¡No me importa!
Ella se debatió furiosamente, pero Benja la sujetó con fuerza haciéndole daño.
¡Suéltame, Benjamin Rojas! gritó ella. No tengo experiencia, no soy una mujerzuela y no estoy fingiendo.
Las fosas nasales de Benjamin se hincharon mientras la sujetaba con fuerza.
¿Y esperas que me lo crea? Dios mío, te volviste una gata salvaje en mis brazos. Lo deseabas tanto como yo.
¡Yo no me acuesto con cualquiera! exclamó.
Pues tu madre sí replicó él ásperamente.
Ella lo miró fijamente.
¿Cuándo dejarás de calumniarnos, patán?
Los ojos de Benja centellearon peligrosamente.
La vi en la habitación de mi padre dijo con el desdén pintado en la cara. Un mes antes de su muerte. Ella todavía estaba casada con ese pobre desgraciado de tu padre.
Cami palideció. Era impensable que Marina se hubiera comportado así con el viejo Rojas. Benjamin estaba mintiendo, no había otra explicación. Sin embargo, estaba mortalmente serio. ¡Lo decía de verdad!
¿Mi madre? musitó ella, incrédula.
Tu madre repuso él fríamente. Mi único consuelo es que nadie lo sabía. Ni Feli ni mi madre. Pero yo sí añadió rabioso . Y cada vez que la veo, siento deseos de retorcerle su delicado cuello.
Ella se humedeció los labios, que de pronto se le habían quedado secos. Tenía una extraña sensación de irrealidad.
No era porque te desdeñaba musitó comprendiendo la verdad.
No. Era porque tenía una aventura con mi padre, y yo no podía evitarlo. Lo único que podía hacer era intentar proteger a mi madre. Eso hice, pero tu madre le arrebató años de vida a mi padre. Ella nos lo robó todo.
Cami bajó los ojos avergonzada. Aquello era la gota que colmaba el vaso. ¡Y ella nunca había sospechado nada!
Así que crees que soy como ella musitó. Por eso pensabas que me acostaba con Coco.
Algo así rió él, cortante. ¿No pensarías que era porque estaba celoso?
Ella sacudió la cabeza con una sonrisa amarga.
Ni siquiera se me pasó por la cabeza dejó escapar un hondo y áspero suspiro. Haré las maletas y me iré hoy mismo.
Las manos de Benja se crisparon, haciéndole daño.
Aún no. ¿Qué hay de tu preciada campaña? A tu socio no le hará ninguna gracia que se te escape de entre los dedos.
Ella lo miró dolida y atormentada.
¿Por qué no me pegas un tiro? preguntó con lágrimas en los ojos. Has convertido mi vida en un infierno... Y mamá y sus gastos... Y ahora me dices... que engañaba a mi padre... ¡Oh, Dios, ojalá me muriera!
Enloquecida por el dolor, empujó a Benja con todas sus fuerzas y salió corriendo del establo. Viendo el caballo de él atado junto a la puerta, saltó a la silla antes de que pudiera detenerla. Sin hacer caso a los gritos de Benja, se inclinó hacia delante sobre la crin gris del caballo y lo espoleó, lanzándose en loca carrera hacia el bosque cercano.
El animal corrió despavorido y pasó rozando una rama baja. Cami alzó los ojos un instante antes, pero ya era demasiado tarde. La rama la golpeó de lleno. Sintió el áspero roce de la madera, el retumbar del impacto, y, aturdida, se sumió en una extraña oscuridad.
Cuando abrió los ojos a la luz deslumbrante del sol, Feli estaba sentado a su lado. Le dolía la cabeza y había aparatos médicos por todos lados.
No preguntaré lo obvio dijo débilmente intentando sonreír. Pero me gustaría saber por qué me ha dado una paliza.
Feli sonrió y le apretó la mano, que yacía lacia sobre la blanca sábana de hospital.
Fue una rama de abeto dijo . No agachaste la cabeza.
No me dio tiempo se llevó la mano a la frente. Le dolía todo el cuerpo. ¿Llevo mucho tiempo aquí?
Una noche contestó él. Benja lleva horas paseándose por los pasillos como un loco, maldiciendo y fumando. Creo que ya ha insultado a todos los miembros del personal del hospital que se le han puesto a tiro.
¡Benja! Cami lo recordó todo de repente. La discusión, las acusaciones de Benja, su impresión al descubrir finalmente por qué las odiaba tanto a Marina y a ella.
Cerró los ojos. Feli la observó atentamente frunciendo el ceño.
¿Qué te dijo, Cami? preguntó con suavidad.
Nada mintió ella.
No me mientas dijo él con dulzura. Nunca me has mentido. Te dijo algo que te ofendió, ¿no es cierto?
Lo que ocurrió quedará entre Benja y yo dijo ella, y esbozó una triste sonrisa. Hazte a la idea de que fue un accidente. Me topé con una rama, eso es todo.
Benja se siente muy culpable dijo él observándola. Parece atormentado. Ha entrado por lo menos seis veces, solo para mirarte.
No voy a contarte nada, Feli. No insistas.
Él suspiró enojado.
Tu madre vendrá dentro de un rato dijo por fin cediendo de mala gana. Ha estado aquí esta mañana.
¿Cuándo podré irme a casa? Él se encogió de hombros.
Quieren hacerte algunas pruebas más.
No necesito más pruebas dijo ella, malhumorada, imaginándose la enorme factura del hospital que su magro seguro no pagaría.
Feli interpretó correctamente su expresión.
No empieces a preocuparte por el dinero dijo . Los gastos corren de nuestra cuenta.
¡Ni lo sueñes! exclamó ella incorporándose tan bruscamente que estuvo a punto de caerse de la cama. Se echó hacia atrás el pelo enredado. Sus ojos castaños echaban chispas . No, Felipe, no permitiré que Benjamin Rojas me eche en cara otra deuda.
¿Qué deuda te ha echado en cara? preguntó Feli de inmediato.
Ella se sonrojó y desvió la mirada hacia las persianas venecianas que dejaban entrar en la habitación pintada de amarillo finos rayos de sol.
Eres muy amable por haber venido a verme, Feli dijo dulcemente. ¿Cuándo podré irme a casa? preguntó de nuevo.
Él suspiró exasperado.
Se lo preguntaré al médico, ¿de acuerdo?
Dile que pienso irme por la mañana y que se meta las pruebas por donde... empezó a decir.
Está bien, está bien dijo él para tranquilizarla. Extendió las manos y le apartó el pelo de la frente . Menudo chichón va a salirte murmuró.
Espero que por lo menos sea púrpuradijo ella con desenfado. Tengo un vestido púrpura de flores precioso con el que quedará perfecto.
Eres incorregible sonrió él.
Oh, darme golpes en la cabeza con las ramas de los árboles me sienta de maravilladijo ella sonriéndole, apoyada en la almohada.
Feli se metió las manos en los bolsillos de los pantalones color beige y sacudió la cabeza.
Pues te recomiendo que no lo hagas muy a menudo dijo. De las cosas buenas, es mejor no abusar.
Ella alzó una mano y se tocó la frente haciendo una mueca de dolor.
Ni que lo digas. Por cierto, ¿cómo está el caballo de Benja?
Bien contestó él. Gracias a ti. El no se dio en la cabeza.
Cami se disponía a contestarle cuando la puerta se abrió y entró Benja. Seguía estando de mal humor. Se le notaba en la cara crispada y en los ojos brillantes. Pero también parecía muy cansado, como si no hubiera dormido. Sus pantalones de color crema y su jersey marrón oscuro de cuello vuelto estaban arrugados. Y estaba despeinado, como si se hubiera revuelto el pelo con las manos.
Cami se puso rígida sin pretenderlo. Recordaba vagamente a una pequeña criatura salvaje atrapada en una trampa. Los ojos penetrantes de Benja captaron la expresión que cruzó fugazmente su rostro. Su mandíbula se tensó.
¿Cómo estás? preguntó en tono seco.
Estupendamente, gracias dijo ella, desafiante. Incluso sonrió, a pesar de que sus ojos parecían de madera seca.
El médico dice que te has salvado por los pelos dijo él suavemente, haciendo caso omiso a Feli. Si hubieras ido sentada un poco más erguida, te habrías roto el maldito cuello.
Lamento haberte defraudado dijo ella con voz gutural, y le tembló el labio inferior al ver su fría mirada desprovista de emoción.
Él se dio la vuelta y miró a Feli.
¿No tenías una reunión con Moreno por el contrato Garrison?
Feli se puso tenso. Cami lo había visto pocas veces enfrentarse a Benja.
El maldito contrato puede esperar. Tal vez tú puedas apagar tus emociones a voluntad, pero yo no. Estaba preocupado por Cami.
A mí me parece que está perfectamentereplicó él.
¡Qué fácil es decir eso para el hombre que la mandó al hospital! exclamó Feli.
Los ojos de Benja centellearon. Se acercó a Feli, crispado por aquel autodominio que lo caracterizaba. Sus ojos se posaron en Cami, brillantes y acusadores, pero ella se limitó a alzar la barbilla y a mirarlo fijamente.
Si estoy aquí, es culpa mía, Feli dijo ella con dignidad. No culpes a tu hermano.
¿Quién te ha pedido que me defiendas?preguntó Benja, furioso.
Ella bajó los ojos hacia el camisón verde del hospital que asomaba por encima de la sábana con la que estaba cubierta hasta la cintura. Solo había metido dos camisones en la maleta, pero ninguno de ellos estaba en condiciones de que alguien lo viera. Se alegró de que a nadie se le hubiera ocurrido llevarle uno.
Dios no quiera que tenga que dar la cara por ti murmuró ásperamente, sintiendo el latigazo de las palabras a pesar del aturdimiento que le provocaban las medicinas y el dolor de cabeza.
¿Por qué no vuelves al rancho a cuidar a tu maldito caballo? preguntó Feli secamente. Recuerda que es un purasangre. Vale mucho más que una simple mujer.
¿Por qué no me lo dices en la calle? masculló Feli.
¡Basta! dijo Cami llevándose las manos a la cabeza. Por favor, no os peleéis. Idos los dos y dejadme en paz.
¿Quieres que te traiga algo? preguntó Feli, tenso.
Ella sacudió la cabeza negándose a abrir los ojos.
No, no necesito nada. Pero diles que me iré por la mañana, si no te importa.
Tú te irás cuando lo diga el médico, ni un minuto antes dijo Benja con aspereza.
Me iré cuando se me antoje contestó ella abriendo los ojos y sentándose en la cama. Ya no soy rica, cosa que tú no te cansas de recordarme. Soy pobre, lo cual significa que no tengo ni ropa, ni seguro médico. No puedo permitirme el lujo de disfrutar de la hospitalidad de este encantador hotelito más de un día, o tardaré años en pagar la factura. Me iré mañana y punto.
Y un cuerno replicó Benja, con el rostro desencajado. Yo pagaré la factura.
¡No! exclamó ella con los ojos centelleantes. Preferiría morirme de hambre a aceptar nada de ti. ¡Te odio!
Una sombra cruzó la cara de Benja pero su expresión no cambió. Se dio la vuelta y, sin decir palabra, salió de la habitación.
Vaya murmuró Feli . Eso sí que es decir la última palabra.
¿Tú también vas a incordiarme? gruñó ella.
Yo no, querida rió él. No soy contrincante a tu altura. Ella asintió.
Me alegro de que lo hayas notado dijo sonriendo.
Quisiera entender qué demonios os pasa a mi hermano y a ti añadió él con amargura.
Ella evitó su mirada. No podía contarle la terrible acusación que Benjamin había vertido sobre su madre. No podía hacerle eso a Feli, que llevaba tanto tiempo a su lado, apoyándola pese a todo lo que había ocurrido. Cerró los ojos cansados. Ya no le importaba que Benjamin la odiara. Estaba harta de sufrir por su desprecio, harta de sufrir por él. Al menos, mientras la odiara, se mantendría alejado y no descubriría cuánto lo amaba ella.
Marina llegó al rato. Estaba muy pálida y sus ojos tenían una expresión preocupada. Abrazó suavemente a Cami. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y su pelo, siempre impecablemente peinado, parecía enredado. Se dejó caer en la butaca acolchada que había junto a la cama y apretó con fuerza la mano de Camila.
Estaba tan preocupada... dijo . Toda la culpa es mía.
Cami la miró sorprendida.
Pero, mamá, ¿por qué te sientes culpable? La culpa es mía.
Feli dice que discutiste con Benjamin dijo Marina tristemente. Y estoy convencida de que fue por mí. ¿No es así, cariño?
Cami bajó los ojos y miró la mano menuda y blanca de su madre.
Sí suspiró cansinamente. Estaba demasiado débil para fingir.
Por mí... y por su padre dijo Marina, vacilante. Cami asintió sin alzar los ojos. Marina suspiró y se mordió el labio inferior. Confiaba en que no tuvieras que enterarte musitó . Estaba segura de que Benjamin lo sabía, pero esperaba que... sus ojos, brillantes de dolor, se encontraran con los de su hija. Yo lo quería, Cami musitó llorosa. Era igual que Benja. Mejor aún. Un hombre capaz de llevar el mundo sobre sus hombros sin vacilar un instante. Me odiaba a mí misma por lo que estaba haciendo, pero no podía evitarlo. Habría estado junto a su lecho de muerte si me hubiera llamado se enjugó una lágrima. Yo quería a tu padre, Cami. De veras, lo quería. Pero ese amor no podía compararse a lo que sentía por el del padre de Benja. Traicioné a tu padre y a Mora, y siempre lo lamentaré. Pero mientras viva recordaré cómo me sentía cuando el padre de Benja me abrazaba. Me aferraré a esas migajas de recuerdo como un avaro a su tesoro hasta que muera, y no pienso disculparme por ello. Él era el aire que respiraba.
Cami la miró con asombro. Intentaba formar palabras, pero le temblaban los labios. Le había resultado muy fácil negar la acusación de Benja. Pero ahora tenía que enfrentarse a la verdad. Marina acababa de confesarle un amor tan poderoso como el que ella sentía por Benjamin. Contempló los rasgos delicados de su madre y por primera vez vio la profunda tristeza que marchitaba sus ojos. ¿Cómo se sentiría ella si Benjamin se casaba con otra? ¿Dejaría de amarlo? Y si él la deseaba, ¿sería capaz de rechazarlo? Era tan fácil hacer juicios morales... hasta que uno se encontraba en la piel del acusado.
Tú sientes lo mismo por Benjamin, ¿verdad? preguntó Marina suavemente, mirándola con intensidad.
Cami asintió y sonrió amargamente.
Y qué más da. Él solo me desea, madre. No me quiere.
Para su padre, el deseo y el amor eran la misma cosa dijo Marina suavemente. Imagino que para su hijo no será diferente. Pero tú tienes una ventaja que yo no tenía, querida mía. Benjamin no está casado.
Pero me odia dijo ella con melancolía. Me desea, pero odia lo que siente por mí.
Marina le apretó los dedos.
Quizá seas tú quien tenga que dar el primer paso dijo suavemente con una tímida sonrisa . Cami, nada importa más que el amor. Nada. Esas pocas semanas en las que su padre fue el sol de mi cielo son para mí tan preciosas como diamantes. Nada podrá arrebatarme su recuerdo. Lo guardo aquí musitó tocándose el pecho. Lo llevaré siempre conmigo, vaya donde vaya. Siento afecto por Franco Colluci, como lo sentía por tu padre. Seré feliz con él. Pero el fue el amor de mi vida, como Benja lo es de la tuya. Yo no tuve ninguna oportunidad, Cami. Mi felicidad se levantó sobre los sueños rotos de otra mujer. Pero tú aún tienes una oportunidad. No la malgastes por orgullo, querida niña. La vida es tan corta...
Cami apretó la pequeña mano de su madre y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que su madre era mujer, con las esperanzas y las necesidades de cualquier mujer. Quizá su despilfarro incontrolado fuera un modo de rebelarse contra una vida demasiado asfixiante. Contra sus sueños frustrados. En cierto sentido, era una niña. Pero una niña triste y abandonada. Al pensar en el padre de Benja y en lo mucho que Benja se parecía a él, Cami podía comprender que Marina lo amara apasionadamente.
Te quiero le dijo en voz baja a su madre.
Marina sollozó entre lágrimas.
Soy una persona débil musitó, trémula, con una tímida sonrisa. Cami sacudió la cabeza.
No, solo eres una mujer enamorada. Si Benja me amara, a mí no me importaría que tuviera diez mujeres. No podría evitar entregarme a él. ¡Lo quiero tanto!
Marina se acercó a la cama y abrazó a su hija.
Shh, niña mía musitó como cuando Cami era pequeña. Mamá está aquí. Todo saldrá bien, ya lo verás. Todo saldrá bien.
Cami cerró los ojos y dejó correr las lágrimas. Desde su niñez, nunca se había sentido tan cerca de Marina.
A la mañana siguiente, se levantó, se cepilló el pelo y se vistió agarrándose a la cama para sostenerse en pie. Cuando Mora entró, la encontró tranquilamente sentada al borde del sillón reclinable que había en un rincón. Estaba pálida y parecía frágil y vulnerable. La única ropa que tenía era la que llevaba cuando ocurrió el accidente: los mismos vaqueros y la camiseta blanca. Estaban sucios y manchados, pero por lo menos se había quitado el amorfo camisón del hospital y llevaba puesto algo que le pertenecía.
Querida, no pensarás volver al rancho todavía, ¿verdad? preguntó Mora suavemente.
Pienso volver a casa dijo ella con voz débil. Apenas parecía capaz de sostenerse erguida. A mi casa. Tengo el horario de los autobuses. Sé que mi madre quiere que me quede y la ayude a preparar la boda, pero no puedo. Ella lo entenderá. Mora suspiró.
Temía que dijeras eso, así que he tomado las precauciones necesarias. Espero que puedas perdonarme algún día.
Cami parpadeó asombrada. Se sentía levemente mareada, y la cabeza le daba vueltas. Al principio, no entendió las palabras de Mora. Pero un instante después la puerta se abrió y entró Benja, muy elegante con unos pantalones grises y una americana de rayas del mismo color encima de una camisa blanca con el cuello abierto.
Quiere volver a casa en autobús dijo Mora con sorna mirando a su hijo. Como me imaginaba.
Benja se adelantó, y Cami se echó hacia atrás al ver que se acercaba a ella. A pesar de su entumecimiento, creyó notar que su rostro se crispaba un momento. Lo miró con resentimiento.
¿Dónde está Feli? preguntó asustada.
En el trabajo dijo Benjamin ásperamente. Donde debería estar yo.
¡Benja! exclamó Mora.
Yo no te pedí que vinieras dijo ella apretando los dientes y mirándolo fijamente. Puedo volver a casa yo sola.
Las fosas nasales de Benja se hincharon y sus ojos centellearon.
Qué valiente dijo secamente.
Ella miró su cuello moreno y dejó escapar un largo y cansino suspiro. Se sentía muy cansada y se reclinó en la silla.
Sí musitó, muy valiente. Me duele tanto... gimió llevándose las manos a la cabeza, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Benja se inclinó y la levantó en brazos . No, déjame murmuró ella. Tienen sillas de ruedas...
Ya, pero yo no puedo esperar todo el día a que traigan una gruñó él. Vamos, mamá.
Mora los siguió por el pasillo mascullando a espaldas de Benja.
Ya he firmado el alta dijo Benja suavemente. Y si dices una sola palabra sobre la factura añadió mirándola a los ojos, te haré la vida imposible, Camila Bordonaba.
Ella tenía los ojos cerrados, y las ardientes sensaciones que experimentaba en sus brazos le parecían aún más sensuales.
¿Y cuándo no ha sido así? musitó.
¿Acaso me has permitido otra cosa? preguntó él suavemente.
Ella abrió los ojos sorprendida, y lo miró fijamente. Al encontrarse con su mirada, sintió una sacudida que le recorrió el cuerpo. No podía apartar los ojos de los de él. Sintió que se le aceleraba el pulso y contuvo el aliento. Sus uñas se clavaron involuntariamente en el hombro de Benja.
Habían salido y se encontraban en el aparcamiento. Mora rodeó el Mercedes para abrir la puerta de la derecha. Benja miró los suaves labios entreabiertos de Cami.
Tienes las uñas afiladas musitó. Mora estaba demasiado lejos para oírlos. Y ya sé el daño que pueden hacer.
Ella dejó escapar un gemido, sorprendida por aquella referencia a los instantes de intimidad que habían compartido. Él la apretó con más fuerza antes de rodear el coche.
¿Sorprendida, Cami? preguntó suavemente.
Ella intentó conservar la calma.
Las mujerzuelas no nos sorprendemos por nada dijo temblorosa.
Empiezo a preguntarme si mi primera impresión no sería la acertada contestó él en voz baja mirándola a los ojos. ¿Lo era, Cami?
No sé cuál fue tu primera impresión dijo ella.
Una impresión devastadora, pequeña susurró él, y la colocó cuidadosamente en el asiento trasero del deportivo mientras Mora sujetaba la puerta. Los ojos de ambos se encontraron un instante. Estaban tan cerca, que ella podía oler el perfume de su loción de afeitar. Él se retiró enseguida, pero ese momento fue suficiente para que el tiempo pareciera detenerse. Cami lo siguió con la mirada mientras rodeaba el coche y se sentaba frente al volante.
Querida, ¿estás segura de que quieres volver a casa? preguntó Mora, preocupada, girándose hacia el asiento de atrás para mirarla. Estás muy pálida.
Estoy bien le aseguró Cami con una voz que no parecía la suya, y evitó la mirada de Benja por el espejo retrovisor.
¿Cómo iba a decirle a la buena de Mora que toda aquella angustia era el resultado del amor de Marina por su marido? Cami podía comprender a su madre, pero de Benjamin no podía esperarse lo mismo. Él nunca había amado. No podía comprender lo que significaba desear a alguien por encima de todas las cosas.
A la mañana siguiente, entre las protestas de Mora y Cami, Marina regresó a Nassau. Colucci y ella pospondrían la boda un mes para que Cami tuviera tiempo de recuperarse y pudiera asistir a la ceremonia. A Franco no le importaba, le aseguró Marina a su hija.
Es un hombre encantador le dijo a Cami. Le tomarás afecto en cuanto lo conozcas un poco. Tienes que ir a pasar una temporada con nosotros.
Cami miró tiernamente a su madre, a la que empezaba a conocer.
Sí puede que lo necesitedijo con una sonrisa de complicidad. Marina la abrazó con fuerza
¿Seguro que estarás bien?
Sí, claro. De veras.
Marina besó su mejilla pálida, salió sin mirar atrás y dejó que Mora la llevara al aeropuerto. Cami deseó secretamente encontrarse bien y poder huir con su madre.
Pero, como descubrió más tarde, mientras yacía tumbada en la hermosa habitación azul, mirando el techo con un terrible dolor de cabeza, no estaba en condiciones de viajar.
El único acontecimiento reseñable del día fue la llegada de un florista con un enorme ramo de rosas, clavellinas, gladiolos y bermejuelas, mezclados con lirios del valle, iris, crisantemos y margaritas.
¿Para mí? preguntó Cami, sorprendida.
El florista sonrió dejando el ramo sobre la mesita de noche.
Si se llama usted Camila Bordonaba...
Y si no me llamara así, me cambiaría de nombre inmediatamente dijo ella.
Que las disfrute dijo el hombre al salir.
Ella se incorporó trabajosamente. El camisón de rayas verdes le resbaló sobre el hombro bronceado al inclinarse para acercar la nariz a un botón de rosa amarillo. Quienquiera que hubiera enviado las flores, conocía perfectamente sus gustos. Sabía cuánto le gustaban las rosas amarillas y las margaritas, porque ambas flores predominaban en el ramo.
La puerta se abrió de nuevo y entró Feli sonriendo. Cami le echó los brazos al cuello en cuanto se acercó a ella y lo abrazó con todas sus fuerzas, entre una neblina de lágrimas, sin darse cuenta de que Benja había entrado tras él y estaba de pie, junto a la puerta, mirándolos con el ceño fruncido.
Oh, Feli, eres un ángel. Qué detalle tan bonito exclamó ella sollozando y riendo al mismo tiempo mientras lo besaba en la mejilla, sin percatarse de la mirada asombrada de Feli y de la expresión de rabia de Benja.
¿Eh? dijo Feli, perplejo.
Las flores, tonto rió ella, y sus ojos brillaron como cuando era niña, iluminando su cara demacrada y triste como una antorcha. Son preciosas. Es la primera vez que alguien me manda flores, ¿lo sabías? Y además... Pero, ¿qué sucede? preguntó al ver que él seguía mirándola con cara de pasmo.
Me alegro de que te gusten, pero yo no las he mandado, cariño dijo él débilmente.
Entonces, ¿quién...?
Benja se dio la vuelta y salió de la habitación. Cami frunció el ceño al verlo marchar. No podía haber sido él ¿O sí? Le temblaban los dedos cuando tomó la tarjeta y desgarró el sobre
Debe de haber sido Coco... Pero no, no puede ser dijo Feli con el ceño fruncido. Porque no lo hemos avisado, para que no se preocupara. Y si las hubiera enviado mi madre, me habría dicho algo...
Cami leyó la tarjeta y, de pronto, los ojos se le llenaron de lágrimas. Bajó los párpados y sintió que un estremecimiento de dolor la sacudía de arriba abajo. La tarjeta cayó suavemente sobre la colcha azul, como una frágil hoja blanca que un frío soplo de brisa hubiera arrancado de su rama.
No había ningún mensaje escrito en la tarjeta blanca. Solo un garabato escrito apresuradamente con tinta negra, y una palabra de cinco letras: «Benja».
Benja no se acercó a ella durante el resto del día. Cami sabía que le había hecho daño. A pesar del odio que sentía hacia Marina Bordonaba, estaba claro que seguía sintiendo debilidad por su hija. ¿Serían las flores una oferta de paz?
Feli se quedó con ella toda la tarde jugando a las cartas, y le ganó mano tras mano hasta que, finalmente, exasperada, Cami se negó a seguir jugando con él.
Eres una aguafiestas se quejó Feli. Todavía es pronto. Vas a obligarme a salir en busca de otro entretenimiento.
A mí no me insultes, maldito tahúr tramposo dijo ella imitando el acento del Oeste. Debería sacarte fuera y acribillarte a balazos, forastero.
Al sheriff no le gusta que haya tiroteos en su ciudad contestó él achicando los ojos.
Ella agitó su pelo.
Eso cuéntaselo a otro. Lo que te pasa es que eres un cobarde.
En eso lleva toda la razón, señorita sonrió él.
Ella se recostó contra las almohadas con una sonrisa cansina.
Gracias por hacerme compañía, Feli. Ya me siento mejor. Tal vez mañana pueda levantarme.
No te fuerces demasiado.
Tengo que hacerlo ella observó sus manos unidas . Quiero irme cuanto antes dijo. No soporto estar cerca de Benjamin ni un minuto más.
Te aseguro que no muerde dijo Feli.
Ella sonrió.
¿Nos apostamos algo?
Él dejó escapar un profundo suspiro.
¿Se puede saber qué os pasa exactamente?
Ella sacudió la cabeza.
Me temo que es un asunto privado.
Eso suena fatal. Espero que no os batáis en duelo ni nada por el estilo bromeó él mirándola con sus ojos castaños.
Ojalá pudiera arreglarse así, pero me temo que Benjamin me desarmaría de un solo tiro admitió ella. No puedo enfrentarme a él y ganar. No creo que nadie pueda hacerlo.
Yo no estoy tan seguro.
Yo sí.
¿Te está entrando sueño? Ella sacudió la cabeza.
No, pero estoy agotada. Estoy tan cansada, que ni siquiera he podido acabarme la cena.
Antes de que amanezca estarás saqueando la cocina, recuerda mis palabras dijo él. Ella se echó a reír.
Puede que sí.
La predicción de Feli se cumplió poco después de medianoche, cuando Cami no pudo aguantar más los rugidos de sus tripas.
Se puso su vieja bata y sus zapatillas y abrió la puerta que daba al pasillo. Pasó de puntillas ante la habitación a oscuras de Benjamin con el corazón acelerado, y bajó las escaleras débilmente iluminadas. Sus pies no producían ningún ruido sobre la alfombra. Llegó a la cocina sin ningún tropiezo y encendió la luz.
La cocina de Mora estaba absolutamente impecable. El suelo de baldosas azules y blancas parecía recién fregado, y el enorme fogón en el que guisaba la señora Brown estaba reluciente. Las grandes encimeras y los armarios de roble eran el sueño de cualquier cocinero. Y lo mismo podía decirse de la larga y maciza mesa de roble. Había dos o tres sillas dispersas, y visillos azules en las ventanas. Cami pensó que sin duda sería un placer cocinar allí. Las sartenes y los cazos relucientes pedían a gritos ser usados.
Abrió el frigorífico de doble puerta sabiendo que a su anfitriona no le importaría que se preparara un piscolabis. Sacó huevos y jamón, alcanzó algunas especias de un armario, y se puso a hacer una enorme y suculenta tortilla. Aún estaba friéndola cuando la puerta trasera se abrió de repente y Benja entró en la cocina.
Cami se quedó helada al verlo. Él también pareció sorprendido al encontrarla frente al fogón, en bata y con el pelo rojizo suelto cayéndole hasta la cintura.
Benja llevaba un chaqueta de ante, su viejo gorro vaquero negro, unos vaqueros manchados de polvo y unas viejas botas con las punteras arañadas. No parecía un ejecutivo. Se parecía al Benjamin Rojas de cuando era niña: a aquel vaquero que luchaba por levantar un imperio a partir de unos pocos centenares de cabezas de ganado, a base de sudor e instinto para los negocios.
¿Qué haces levantada? preguntó él suavemente, cerrando la puerta.
Tenía hambre contestó ella. Benja miró la sartén puesta al fuego.
Huele a tortilla dijo.
Lo es Cami miró la sartén para asegurarse de que la tortilla no se quemaba. De jamón.
Huele muy bien.
Ella lo miró fijamente. Él también parecía hambriento. Y también cansado y aterido. Tenía canas en las sienes en las que Cami nunca se había fijado, y arrugas en la cara.
¿Quieres un poco? preguntó suavemente.
¿Hay suficiente? dijo él. Ella asintió.
Haré un poco de café...
Yo lo haré. Las mujeres siempre lo hacéis muy flojo se quitó la chaqueta y la tiró sobre una silla vacía, junto con el sombrero. Debajo llevaba una descolorida camisa de algodón azul a cuadros. Tomó la cafetera y comenzó a llenarla con aparente destreza mientras Cami sacaba la tortilla de la sartén y ponía pan en el tostador.
Mantequilla murmuró girándose hacia la nevera.
Yo la sacaré dijo él.
Cami sacó las tostadas y las puso en un plato. Benjamin se apoyó en la encimera y encendió un cigarrillo, pero sus ojos plateados la seguían a todas partes, trazando las esbeltas líneas de su cuerpo cubierto con la vieja bata de felpa azul.
Ella apenas lo miró al darse la vuelta con el plato y dejarlo sobre la encimera. El corazón le brincaba en el pecho, pero intentó calmarse y partió con habilidad la tortilla poniéndole a él el pedazo más grande.
Espera dijo él tomándola por la muñeca, eso es más de la mitad.
Su mano era cálida y suave, pero Cami miró con aprensión los dedos morenos y fuertes. Se sonrojó sintiendo un torbellino de emociones.
Yo... en realidad no tengo mucha hambre dijo. Alzó la mirada hacia él tímidamente y luego la apartó. Tú... Parece que ni siquiera has cenado.
Él le acarició suavemente la muñeca.
No he cenado.
Cami se apartó de él y puso la sartén en el fregadero preguntándose por qué parecía de un humor tan extraño.
¿Ocurre algo? preguntó.
No, nada en particular dijo él con aspereza. Solo que no podía dormir.-Ella miró el agua jabonosa de la sartén.
Siento lo de las flores musitó. Ni siquiera se me ocurrió que fueran tuyas cerró los ojos. Has sido tan cruel...
¿Porque te dije la verdad sobre tu madre? preguntó él. ¿Y por qué no? eres mayorcita
Ella se dio la vuelta y lo miró fijamente a los ojos.
¿Y tenías que decírmelo de ese modo tan brutal? preguntó.
Contigo no se puede ser de otro modo dijo él tranquilamente. Por lo menos, conseguí que me prestaras atención.
Ella entreabrió los labios.
No te entiendo.
El se echó a reír ásperamente.
Claro que no.
Ella lo miró suplicante.
Benjamin, ¿podrás perdonarla alguna vez?
¿Perdonarla? ¡No es más que una fulana! masculló él . Igual que su hija añadió fríamente.
Ella contuvo el aliento asombrada y dolida.
Crees que lo sabes todo sobre mí, ¿no es cierto?
Todo lo que necesito saber dijo él acabando el cigarrillo y apagándolo en un cenicero que había sobre la encimera.
Debe de ser maravilloso no equivocarse nunca, no cometer ningún error replicó ella.
Él se dio la vuelta y la miró a los ojos.
Yo cometo errores dijo suavemente. Y el mayor de todos lo cometí contigo.
¿Por qué? ¿Por no matarme a mí, en vez de al toro? preguntó ella, desafiante.
Por no haberte metido en mi cama cuando tenías dieciséis años contestó él, mortalmente serio.
Ella se puso colorada.
No hubiera ido dijo.
La otra noche pude tenerte le recordó él achicando los ojos . A los dieciséis eras más vulnerable y me deseabas aún más que ahora.
¡Eso es mentira! gimió ella, enfurecida.
La única diferencia continuó él fríamente es que en aquel entonces, cuando los Rojas pertenecíamos aún a la clase media, no te parecía conveniente. Ahora que las tornas han cambiado, te parece perfectamente normal desearme. Incluso entregarte a mí. Y por qué no. No sería la primera vez.
Ella cerró los dedos sobre el mango de la sartén y sintió dolor al apretarlo con fuerza.
Preferiría tomar veneno siseó. Él esbozó una sonrisa.
¿De veras? Sus ojos recorrieron el cuerpo esbelto de Cami. Lo mismo digo. Puedes excitarme con mucha facilidad, lo mismo que cualquiera que lleve faldas. Para un hombre hambriento, da lo mismo un cuerpo que otro.
¡Vete al infierno! estalló ella.
Ya he estado allí dijo él. Y no te lo recomiendo. Vamos, cómete tu tortilla, Cami, antes de que se enfríe. Estas escenas empiezan a aburrirme.
Él llevó los platos a la mesa. Cami soltó la sartén y se dirigió al comedor. Estaba muy pálida y el corazón le latía dolorosamente. En ese momento, solo deseaba huir de él. Pero Benjamin no estaba dispuesto a dejarla escapar tan fácilmente. Extendió un brazo y la agarró de la muñeca con fuerza, haciéndola detenerse.
No vas a ir a ninguna parte dijo con firmeza. He dicho que te sientes.
Ella, temblorosa, se humedeció con la lengua los labios resecos y se sentó a la mesa, en la silla que él le indicaba. Miró la tortilla a través de las lágrimas sintiéndose demasiado asqueada para probarla. Benja dejó el tenedor y acercó la silla a la de ella.
¿Camila?
Había una extraña suavidad en su voz profunda. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Un sollozo escapó de la garganta de Cami y las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas hasta que el llanto convulsionó todo su cuerpo.
Por Dios, Cami, no llores dijo él.
Por favor... deja que me vaya a la camale rogó ella con la voz quebrada. Por favor...
Oh, demonios él sacó un pañuelo limpio de su bolsillo y le enjugó las lágrimas. La cólera y el desprecio parecían haberlo abandonado de repente. Ten, cómete la tortilla dijo suavemente, como si le estuviera hablando a una niña. Vamos. Deja que la pruebe yo primero.
¿Por qué? sollozó ella mirándolo a través de las lágrimas.
He oído que querías hacerme comer un plato de hongos venenosos dijo él, y una leve sonrisa suavizó las líneas rígidas de su rostro. Espero que no los hayas puesto en la tortilla.
Ella sonrió involuntariamente, y su cara se iluminó. Benjamin observó fascinado el cambio que se operó en su expresión.
Yo no te envenenaría musitó ella.
¿Ah no cariño?preguntó suavemente, acariciándole levemente las mejillas humedecidas . ¿Ni siquiera después de todas las cosas que te he dicho?
Ella observó muy seria su rostro bronceado.
Perdóname dijo.
¿Porqué?
Ella miró la tortilla amarilla con sus cuadraditos de jamón.
Por... por lo que hizo mi madre. Él dejó escapar un áspero suspiro.
Come y calla.
Ella escudriñó su rostro impasible mientras él volvía a mirar su plato.
No está mal dijo Benja tras probar un bocado. ¿Cuándo aprendiste a cocinar?
Cuando nos mudamos a San Antonio dijo ella cortando con el tenedor un pedazo de tortilla. No me quedó más remedio. Mi madre no sabía hacer nada, y no podíamos permitirnos comer fuera sonrió mientras masticaba y tragaba. La primera vez que intenté freír calabaza, la eché cruda en la sartén y no puse ni una gota de aceite. El olor se extendió por todo el edificio.
Él la miró esbozando una sonrisa.
Imagino que esa noche no cenasteis.
No mucho, no rió ella. Se me olvidaba ponerle sal a los macarrones, y se me quemaba la carne... suspiró recordando. Sigo sin ser una buena cocinera, pero algo he mejorado observó el perfil rudo y arrogante de Benja. Tú aprendiste a cocinar en el servicio militar, ¿no?
La pregunta pareció sorprenderlo. La miró inquisitivamente antes de fijar su atención en el café.
Una de mis especialidades era la serpiente frita dijo secamente.
Estuviste en los Boinas Verdes, ¿no? dijo ella con una tímida sonrisa, jugueteando con la tostada. Recuerdo lo guapo que estabas con el uniforme.
En aquellos tiempos tú eras una cría dijo él.
Por suerte dijo ella pensando de repente en cuánto habría sufrido si, de haber sido una mujer en aquel tiempo y estando enamorada de Benja como lo estaba, hubiera tenido que ver los informativos sobre Vietnam sabiendo que él estaba allí...
¿Qué ocurre? preguntó él suavemente.
Ella sacudió la cabeza.
Nada.
Benja apuró su café y se recostó en la silla para encender un cigarrillo.
En San Antonio, ¿dónde vives? preguntó amablemente.
Ella lo miró un momento y luego apartó los ojos. Era como si Marina nunca hubiera estado allí. Estaban hablando como aquel día en el restaurante: abiertamente, como dos personas que se comprendían y se respetaban la una a la otra.
En un apartamento de una sola habitación, muy práctico dijo ella. Justo en el centro. Puedo ir andando al trabajo, y hay un supermercado en la esquina.
¿No tienes coche?
No puedo permitírmelodijo ella suavemente, y lo miró con ojos burlones. Son una ruina
Él dejó escapar un largo y lento suspiro. Alzó una mano para desabrocharse los botones superiores de la camisa, como si lo molestara el calor que hacía en la cocina. Los ojos de Cami siguieron involuntariamente el movimiento de su mano, y él sonrió sensualmente.
¿Quieres que me la quite? preguntó con voz lenta y burlona.
Ella contuvo el aliento recordando sin querer el tacto de su espesa mata de vello negro.
Apartó la mirada y rodeó la taza de café con ambas manos. Él se rió suavemente, pero se abrió del todo la camisa desnudando su pecho bronceado. Se lo frotó lánguidamente y bostezó.
Dios, qué cansado estoy dijo llevándose el cigarrillo a los labios.
¿Por qué me mandaste las flores? preguntó Cami impulsivamente, y al instante le dieron ganas de morderse la lengua.
Él la miró a los ojos.
Pudiste matarte dijo secamente. Y yo habría sido el responsable. Las flores eran un modo de disculparme añadió de mala gana desviando la mirada. No pretendía hacerte daño.
Ella miró fijamente su perfil acerado. Sabía cuánto le costaba disculparse por algo. Y de pronto comprendió lo mucho que debía de haberle dolido que su padre le fuera infiel a Mora. Su propio dolor se desvaneció mientras lo observaba. Empezaba a entender su punto de vista.
¿Me escucharás si te explico algo? preguntó suavemente. El la miró con dureza.
No, si es sobre tu madre dijo cortante.
Ella respiró hondo y apretó con fuerza la taza.
Benjamin, ¿has estado enamorado alguna vez? preguntó ásperamente. ¿Tan profundamente enamorado que nada ni nadie más te importaba? No sé qué sentía tu padre, pero mi madre lo amaba más que a nada en el mundo. Para ella no hubo nunca nadie más que Boy, ni siquiera mi padre. Él fue el amor de su vida. Pero, por desgracia para ella, estaba casado. No pretendo disculparla por lo que hizo, pero puedo comprenderla. Ella quería a tu padre, Benja.
Él miró el cigarrillo fijamente y luego, de repente, lo aplastó en el cenicero.
¿Cuándo es la boda? preguntó secamente.
Dentro de un mes. Yo viajaré a las Bahamas para asistir a la ceremonia. Él observó su cabeza agachada.
¿Y mientras tanto?
Pienso volver a San Antonio en cuanto me encuentre con fuerzas para viajar dijo con voz trémula. Puedes comunicarle a Coco tu decisión sobre la campaña añadió en un susurro.
Él dejó escapar un suspiro cansino.
Por lo que a mí respecta, es vuestra. Feli se encargará de negociar los detalles se levantó. Pero si tienes tanta prisa por marcharte, adelante.
Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Él no pensaba ceder ni un ápice. Estaba dispuesto a dejarla marchar, a perderla para siempre sin mover ni un dedo. Pero ella lo amaba demasiado como para permitirlo.
¿Es eso lo que quieres? preguntó valerosa. La luz suave de la cocina iluminaba su cara pálida.
Él apretó la mandíbula y achicó los ojos.
Ya sabes lo que quiero.
Sí, Cami lo sabía. Quizá Marina tuviera razón. El amor era lo más importante. Tal vez no fuera muy decente pasar unas pocas horas en brazos de Benja, pero su recuerdo la reconfortaría durante los largos años vacíos que le quedaban por delante. Lo quería tanto... ¿Tan mal estaría pasar solo una noche con él?
Está bien dijo débilmente pero sin vacilar.
Él la miró con el ceño fruncido.
¿Está bien qué? preguntó. Ella alzó la cara orgullosamente.
Me acostaré contigo.
Las fosas nasales de Benja se hincharon.
¿A cambio de qué exactamente? preguntó con aspereza.
¿Es que todo tiene que tener un precio? Murmuró ella tristemente, poniéndose en pie. ¡No quiero nada de ti!
Cami.
Ella se detuvo en la puerta, de espaldas a él.
¿Sí?
Se produjo un breve y tenso silencio.
Si me deseas, ven aquí y demuéstramelo.
Ella estuvo a punto de huir. Era lo que habría hecho unos pocos meses antes. Pero ahora sabía que la pasión de Benja era mucho más profunda que un beso ávido a la luz de la luna. Sabía lo exquisitamente paciente y tierno que podía ser. Y ella lo deseaba, no podía evitarlo. Ahora que sabía cuan desesperadamente lo amaba, Benjamin podía exigirle cualquier cosa.
Se dio la vuelta y volvió hacia él. Se detuvo junto a la mesa y lo miró temerosa a los ojos. Él no se había movido en absoluto y la miraba con expresión calculadora.
¿Y bien? preguntó.
Ella se acercó un poco más intentando adivinar qué esperaba de ella. Era la primera vez que intentaba seducir a un hombre. Tentativamente, juntó las manos alrededor de su cuello y se puso de puntillas para besarle la barbilla. Él no se inclinó.
Podías ayudarme un poco dijo ella, azorada por la leve expresión de burla de sus ojos.
¿Qué quieres que haga? preguntó dócilmente.
Si bajaras la cabeza un centímetro o dos...
Él agachó la cabeza y la miró mientras ella alzaba los ojos hacia él, vacilante. Estaba nerviosa y asustada. Le costó un gran esfuerzo hacer aquel primer movimiento, besarle la boca y apretarse contra él.
Cerró los ojos y se arrimó a su alta y atlética figura. Su boca se volvió ávida de pronto, al notar que el amor que sentía por él se difundía por sus venas como una droga. Pero aquello no era suficiente. Era como besar una piedra. Él no parecía sentirse compelido a responder, ni siquiera cuando aumentó la presión de sus labios.
Cami se apartó y levantó los ojos hacia él.
Oh, Benja, enséñame, por favor... musitó trémula.
Él pareció asombrado. Luego achicó los ojos y la miró fijamente. Una leve sombra cruzó fugazmente su rostro. La tomó de la cintura y le desató la bata lentamente. Abrió la prenda y la deslizó por sus brazos dejando a Cami cubierta únicamente por el fino camisón casi transparente, cuyo escote dejaba entrever sus senos pequeños y perfectos.
Te has ofrecido a mí le recordó él mirándola con sorna. ¿Ahora te arrepientes, Camila?
Ella tragó saliva, nerviosa.
No mintió. Dejó que le quitara la bata del todo y que la lanzara sobre una silla. Benjamin tocó los finos tirantes que sujetaban el camisón y jugueteó con los lacitos.
Benjamin, se está haciendo tarde musitó ella sintiendo una punzada de pánico.
Tranquila, cariño murmuró él acariciándole la espalda y besándola suavemente en la mejilla sonrosada. Relájate, Cami, sé lo que hago. Relájate, cariño, no voy a meterte prisa, ¿de acuerdo? Así está mejor añadió notando que ella se relajaba un poco al sentir sus caricias. ¿Te da miedo hacer el amor conmigo? musitó.
Ella se tragó su miedo.
Claro que no logró decir con una débil vocéenla.
Pues demuéstramelo.
Ella se apartó y alzó la mirada hacia él, suplicante. Era como si le hubieran pedido que tocara un instrumento sin saber leer una partitura.
Él aguzó la mirada, pero no parecía enfadado. Un extraño fulgor los hacía parecer más oscuros. La miró con expresión triunfal mientras con una mano le desataba el lazo de uno de los tirantes del camisón. Desató el otro lazo y sostuvo la mirada de Cami mientras la prenda se deslizaba hasta su cintura. Ella sintió sobre la piel desnuda la suave brisa que entraba por la ventana.
Se sonrojó como una colegiala. Detestaba su falta de experiencia. Odiaba la destreza que demostraban los gestos de Benja. Y a pesar de que ella había provocado aquella situación, le daba miedo aquella intimidad. Él miró los pechos erguidos y tersos que acababa de desnudar.
Dios mío, eres preciosa dijo suavemente. Tan dulce como una plegaria... -Ella contuvo el aliento.
Qué forma tan curiosa de expresarlo musitó.
El la miró a los ojos.
¿Y qué esperabas, Cami? ¿Algún comentario soez? Lo que está pasando entre nosotros no es algo barato y vulgar, ni tú eres una cualquiera que he recogido en la calle. Tú me perteneces todo tu cuerpo me pertenece, y no debe avergonzarte que te mire. Eres exquisita.
Ella le sostuvo la mirada dándose cuenta de la ternura que había en sus ojos.
A mí... también me gusta mirarte dijo casi sin aliento, y tocó levemente los poderosos contornos de su pecho, rozando el vello rubio y rizado que cubría sus músculos bronceados.
Cami... musitó él apretándola contra sí suavemente, hasta que ella notó sus músculos velludos contra la tersura de sus pechos y lanzó un gemido . Bésame susurró con voz ronca inclinando la cabeza y déjame enseñarte lo que podemos decirnos sin palabras.
Benjamin tomó su boca con ansia apenas controlada. Ella contuvo el aliento y saboreó sus labios. Le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él. Su cuerpo temblaba allí donde su piel desnuda rozaba cálidamente la de Benjamin. Lo amaba tanto... Hallarse en sus brazos, sentir el ansia de su boca devorándola era como estar en el paraíso. Se le llenaron los ojos de lágrimas al sentir la profundidad de un amor que ya no podía negar, aunque lo maldijera por hacerla sentirse tan débil.
Él la abrazó con fuerza un instante antes de levantar la cabeza y mirar fijamente sus ojos suplicantes.
Quiero una palabra tuya dijo con voz ronca y trémula, y sus brazos parecieron temblar un instante. Estoy ansioso como un chico con su primera novia. No puedo aguantar más.
Ella sabía exactamente lo que quería decir, y solo había una forma de responderle. Lo amaba más que a su propia vida y, aunque sabía que seguramente se odiaría a sí misma al día siguiente, el dulce recuerdo de sus caricias la sostendría durante los largos años vacíos que habría de pasar sin él.
Abrió la boca para decírselo, pero el repentino rugido de un motor que se acercaba hizo añicos el bello sueño que estaban compartiendo.
Benjamin masculló una maldición y abrazó a Cami con fuerza, escondiendo la cara en su cuello hasta que dejó de estremecerse y el pálpito de su corazón se calmó. Ella lo acariciaba suavemente para tranquilizarlo.
Lo siento musitó con ternura. Lo siento.
Los labios de Benjamin rozaron la piel sedosa bajo su oído y le besaron el lóbulo.
¿Es cierto? susurró. ¿O estás fingiendo?
No te entiendo murmuró ella. Él se retiró y la miró fijamente.
Eres virgen, ¿verdad, Cami? dijo con suavidad. Ella se sonrojó y su expresión la delató. Benjamin asintió y miró las suaves curvas presionadas contra su pecho . Debería haberme dado cuenta dijo esbozando una sonrisa mientras le colocaba el camisón en su sitio y le ataba los lazos con delicadeza.
Yo... he intentado decírtelo balbució ella, pero no me escuchabas.
Estaba rabioso de celos dijo él . Tenía celos de Maggio y de mi propio hermano. Pensaba que habías venido por Feli, y quería estrangularos a los dos.
Yo solo te deseo a ti susurró ella mirándolo intensamente.
Él la asió por las caderas y, al apretarlas contra sus muslos duros, notó que ella se estremecía.
Me gusta verte la cara cuando te abrazo así dijo con voz enronquecida. Se te ponen los ojos dorados cuando te excitas.
Ella cerró los ojos sintiendo una oleada de puro deseo.
Benja... musitó aferrándose a él.
Yo también te deseo respondió él, y la besó suavemente en la frente, a pesar de que Cami sentía que la deseaba salvajemente. ¡Maldición, ese es Feli...! gruñó al oír que la puerta de un coche se cerraba rompiendo el silencio. La soltó dando un suspiro exasperado y la miró de arriba abajo con ojos acariciadores. Será mejor que subas. No estoy de humor para aguantar las bromitas de Feli, y odiaría tener que romperle algún diente más.
Ella le sonrió radiante.
Pobre Feli murmuró.
¡Pobre Feli, y un cuerno! Benja la ayudó a ponerse la bata y volvió a abrazarla. Se inclinó y la besó ávidamente . Eres mía, cariño le dijo, y su cálido aliento rozó la boca de ella. Y no pienso compartirte con nadie. Una vez te meta en mi cama, mataré a cualquier hombre que se atreva a tocarte.
Benja... musitó ella, asombrada por la fría violencia de sus palabras.
Llevo siete años esperándote dijo él ásperamente . Estoy harto de esperar. Antes de que acabe esta semana, me pertenecerás completamente.
Ella le lanzó una mirada implorante.
Yo... iba a volver a San Antonio después de la fiesta de mañana.
Ibas dijo él mirándola con dureza. Pero ahora vas a quedarte. Quiero que todo el mundo sepa que eres mía. No pienso ir a escondidas a tu apartamento, ni subir por la escalera de incendios hasta tu habitación. Entre nosotros, todo será claro y transparente, así que será mejor que vayas haciendo planes la soltó y la hizo girarse, empujándola suavemente hacia la puerta. Ahora vete a la cama. Hablaremos mañana por la noche.
Ella miró hacia atrás.
¿Tiene... tiene que enterarse todo el mundo? preguntó sintiendo que la vergüenza la embargaba.
¿Y por qué no? preguntó él.
Para los hombres, era distinto. ¿A él qué más le daba? Ella se dio la vuelta y se acercó a la puerta.
Cariño dijo él, y escudriñó su expresión cuando ella se volvió. La luz de tu rostro se ha apagado. ¿Qué te ocurre? ¿He dicho algo malo?
No, es solo que estoy cansada le aseguró ella con una triste sonrisa. Muy cansada, Benja. Buenas noches.
A la mañana siguiente, Cami bajó con un vestido blanco y amarillo. La falta de sueño le había dejado profundas ojeras. Mientras se acercaba al comedor, el corazón le palpitaba enloquecidamente en el pecho. Se había pasado la noche dando vueltas, angustiada, sin dar con una solución. ¿Cómo esperaba Benja que sobreviviera al desprecio de Mora y de Feli cuando les anunciara tranquilamente que ella era su nueva amante? Sin embargo, lo quería tanto que la idea de irse, de vivir sin él le resultaba mucho más temible que la muerte. Ya no podía marcharse. Sería como dejar atrás la mitad de su alma, y era demasiado débil como para soportar la separación.
Entró tímidamente en la habitación alfombrada. Sus ojos chocaron instantáneamente con los de Benja, que estaba sentado a la cabecera de la mesa. Él la observó tranquilamente y esbozó una sonrisa con expresión indescifrable.
Buenos días, querida dijo Mora sonriendo . Me alegro de que te hayas levantado temprano. Tenemos muchas cosas que hacer para preparar la fiesta de esta noche. En cuanto a tu vestido...
Eso déjamelo a mí dijo Benja con una sonrisa. Yo me encargaré de ello.
Mora alzó una ceja y miró a su hijo y luego a Cami, que se había sonrojado.
Como tú digas, querido murmuró Mora sonriendo.
Feli entró bostezando, ajeno a lo que pasaba a su alrededor.
Buenos días se dejó caer en una silla, miró a Benja y a Cami y sonrió. ¿Habéis dormido bien? preguntó.
Cami se puso aún más colorada y Benja apoyó los antebrazos en la mesa. Tenía un cigarrillo encendido entre los dedos. Cerró ligeramente los ojos y miró a su hermano sin decir nada. Aquella mirada fue suficiente.
Feli hizo una mueca y tomó la jarra de la leche para servirse un café.
Hay miradas que matan, desde luego. Tranquilízate, Benjita. No pretendía decir nada. Mora frunció el ceño.
¿Me he perdido algo?
Creo que nos lo hemos perdido los dos masculló Feli. Benja estaba en la cocina, solo, cuando llegué anoche, a las dos de la mañana. Parecía un oso enjaulado.
Benja siempre parece un oso enjaulado a las dos de la mañana dijo su madre.
Tenía los labios colorados añadió Feli lanzando una mirada de reojo a Cami, que se atragantó con el café.
Eso no prueba nada dijo Benja con una expresión medio divertida, llevándose el cigarrillo a los labios.
Cami alzó la mirada hacia él y sintió que el suelo se abría bajo sus pies al darse cuenta de que él también estaba recordando lo que había ocurrido la noche anterior.
Compórtate le advirtió Mora a Feli. Y por cierto, ¿de dónde venías tú a las dos de la mañana?
De seguir el encomiable ejemplo de mi hermano mayor contestó Feli mirando a Benja con una sonrisa.
¿Estuviste en la oficina? preguntó Mora, sorprendida.
Feli lanzó un suspiro.
Benja no trabaja todo el tiempo. Mora acabó de desayunar y se llevó la servilleta a los labios.
Feli, esta mañana estás rarísimo. Puede que necesites unas vacaciones.
Eso es justo lo que necesito se apresuró a decir Feli . ¿Qué te parece Hawai? Podrías venir conmigo, mamá. El aire del mar te sentará muy bien.
El aire del mar me produce sinusitis le recordó ella. Y además, ¿cómo vas a ligar si te llevas a tu madre? Sé un poco sensato.
Feli se echó a reír.
Mamá, no te cambiaría ni por todo el ganado de Benja.
Mora sonrió radiante.
Bueno, será mejor que me ponga manos a la obra. Benja... observó a su hijo con cierta aprensión. ¿Serás bueno con Cami?
Él miró su taza de café.
Haré un esfuerzo contestó.
Bien. Feli, ¿te importa llevarme? Mi coche está averiado. Tendré que avisar al taller para que vengan a revisarlo dijo acercándose a la puerta.
Pero si aún no he terminado de... protestó Feli deteniéndose cuando se llevaba un pedazo de huevo a la boca.
Ya terminarás cuando volvamos contestó su madre implacablemente.
Feli miró su tenedor y lo dejó sobre el plato.
En fin, tendré que comprarme un donut relleno o algo así murmuró. Adiós a todos dijo mirando hacia atrás, y le guiñó un ojo a Cami.
Cuando estuvieron solos, Benja levantó la vista y se encontró con los ojos de Cami.
Hola dijo suavemente.
Ella se estremeció al ver su sonrisa.
Hola musitó, y sus ojos se iluminaron.
Me gustas de blanco y amarillo dijo él mirándola fijamente. Pareces una margarita.
Las margaritas no hablan dijo ella agarrando con fuerza su taza de café para refrenar el temblor de sus manos.
Él sonrió, y Cami observó las vigorosas líneas de su boca. Tenía el labio inferior levemente hinchado.
Feli no pierde una dijo él sonriendo.
Ella se sonrojó.
Lo siento dijo suavemente.
¿Por qué? Me gusta que me muerdas musitó él sensualmente. Podía sentir tus dientes en mi boca mucho después de ducharme y meterme en la cama.
Ella ni siquiera sentía el calor de la taza entre sus manos.
Yo no he pegado ojo.
Pues ya somos dos dijo él, y de pronto su rostro quedó desprovisto de expresión y sus ojos brillaron. Ven aquí.
Cami dejó la taza y se acercó a él. Le causaba cierto aturdimiento ser capaz de mirarlo sin miedo a que descubriera su secreto, sin tener que explicarse. Él la enlazó por la cintura y la sentó sobre sus rodillas. Benja olía a perfume caro, y su camisa de seda era de un suave color marrón claro. Por el cuello desabrochado, se le veía la garganta bronceada.
Anoche estuve a punto de ir a buscarte dijo él suavemente, mirándola con ojos risueños. Esa maldita cama me parecía tan grande y tan vacía sin ti... Te deseaba tanto, que casi no podía soportarlo.
Yo no he podido dormir en toda la noche dijo ella. Alzó una mano y dibujó con un dedo el contorno de su boca. Notó que estaba recién afeitado y que tenía la piel muy suave.
El le alzó la cara y se acercó para besarla.
Sus labios se movieron con lenta ternura, abriendo los de Cami para hacer más profundo el contacto. Su respiración se agitó y, agarrándola por la nuca, puso en el beso un ansia repentina, que pareció hacerlo durar una eternidad. Un beso lento, apasionado y ligeramente violento, en medio del silencio del comedor. Benjamin la apretó contra su cuerpo, acunándola, y ella gimió suavemente.
Casi sin darse cuenta de lo que hacía, Cami comenzó a desabrocharle lentamente los botones de la camisa. Se sentía consumida por el deseo de tocarlo, de saborear la sensual virilidad de su pecho velludo.
Él la agarró de la mano y se la apartó clavándole la mirada. El corazón le palpitaba con fuerza.
Si me tocas, tendré que tocarte dijo con voz ronca. Y ahora no tenemos tiempo para lo que vendría después.
Ella se pasó la lengua por los labios secos.
¿Y seguro que eso vendría después? musitó.
En el estado en que me encuentro, sí contestó él. Le rozó suavemente con la boca los párpados cerrados . Dios mío, me encanta que me toques susurró.
Ella sonrió apoyando la mejilla sonrojada contra su pecho.
Es tan extraño...
¿El qué? murmuró contra su frente.
Estar así contigo, tan a gusto.
Él dejó escapar un largo suspiro.
Te he hecho la vida imposible demasiado tiempo.
Tal vez con razón suspiró ella suavemente. Benja, siento muchísimo lo de mi madre...
Él le puso un dedo sobre los labios y la miró con una expresión extrañamente dulce.
Todavía no lo he superado dijo con suavidad. Pero creo que empiezo a comprenderlo. Los sentimientos no siempre pueden dominarse. Yo pierdo la cabeza cada vez que te toco.
Ella sonrió lánguidamente.
No hay nada de malo en ello.
Para mí sí. Yo nunca he sido cariñoso. He estado con mujeres, pero siempre según mis términos, y nunca con una que me importara realmente la miró con el ceño fruncido. Tú me haces sentir cosas que no sabía que podía sentir. Cuando te abrazo, cuando te toco, siento que me abraso. Me colmas de placer, Cami.
Ella le apoyó la mano sobre la mejilla.
A mí me sucede lo mismo dijo suavemente. ¿De veras te pertenezco?
¿Tú quieres pertenecerme?
Ella asintió sin sentir vergüenza. Él pasó la mano por su cintura y la subió hasta sus pechos erguidos y firmes, acariciándoselos suavemente mientras observaba su expresión de asombro.
Te acostumbrarás a que te toque así dijo él con suavidad.
¿Sí? dijo ella casi sin aliento. Benja la miró a los ojos.
No lo había pensado hasta ahora, pero nunca habías dejado que un hombre te tocara como yo te toqué anoche, ¿verdad? Siempre había creído que tenías experiencias, hasta que te vi tan colorada. Y cuando te abracé así... sonrió levemente . Lo recordaré el resto de mi vida. Deseaba más que nada en el mundo ser yo quien te enseñara a amar. Pensaba que le habías concedido ese privilegio a otro, y te odiaba por ello.
Nunca he deseado a nadie más que a ti dijo ella candorosamente, y sus ojos se pusieron tristes cuando pensó en lo poco que le quedaría de él cuando todo aquello acabara. Benjamin acabaría cansándose de su inocencia, acabaría harto de ella. Tenían muchas cosas en común, pero él solo quería su cuerpo, no su mente ni su corazón.
¿Qué ocurre? preguntó él suavemente.
Ella se encogió de hombros.
Nada. ¿Qué has querido decir con eso del vestido?
¿Estás intrigada? Él se echó a reír y la hizo ponerse en pie. Ven. Te lo mostraré.
Benjamin la llevó a una tienda exclusiva, directamente al departamento de ropa femenina, sección de alta costura. Ella se resistió, pero Benjamin no la soltó de la mano. Se dirigió a la elegante dependienta y le describió la clase de vestido que quería que Cami se probara.
Sí, señor Rojas dijo la discreta mujer de mediana edad y sonrió. Tengo justo lo que busca.
Pero yo no quiero que me compres un vestido protestó Cami mientras la dependienta se alejaba hacia la trastienda.
Benja sonrió y la miró misteriosamente.
¿Por qué no? ¿Es que piensas ir a la fiesta en vaqueros?
Aquello le dolió. Su pobreza no le había importado demasiado hasta que Benja empezó a insistir en ella. Y además, ¿qué iba a pensar la gente de la tienda al ver que él le compraba ropa? Pensarían que era una mantenida. Sus ojos se empañaron. Bueno, al fin y al cabo, así era, ¿no? Ya había prometido entregarse a él.
Bajó los ojos, blanca como el papel.
¿Qué sucede? preguntó él suavemente, alzándole la cara para mirarla. Cariño, ¿qué he dicho?
Ella intentó sonreír y sacudió la cabeza.
Aquí está dijo la dependienta, reapareciendo con un caprichoso vestido de organza pintado a mano colgado de una percha. Era blanco y tenía un delicado dibujo de hojas verdes. El corpiño se sujetaba con tiras del mismo tejido sedoso. Cami nunca había visto un vestido tan hermoso, ni siquiera cuando era rica.
Es ideal dijo la dependienta, y nombró la casa que lo había diseñado. Antes de que Cami pudiera decir nada, fue conducida al probador e introducida en el sueño del lujo por manos frías y expertas.
Se miró al espejo asombrada. Hacía tanto que no se ponía un vestido tan caro, que no sentía la suavidad de la organza sobre la piel... El verde pálido de las hojas realzaba el marrón de sus ojos y dotaba de una pizca de misterio a las sombras de su cara. El color favorecía su piel suavemente bronceada, dándole un suave tono dorado que iba bien con los largos rizos de su pelo rojizos.
¿Vas a pasarte el día ahí dentro? gruñó una voz impaciente desde detrás de la cortina.
Ella enderezó los hombros y salió elegantemente del probador. Benja la miró de arriba abajo con ojos centelleantes mientras la dependienta permanecía discretamente a un lado.
¿No es ideal? dijo la mujer con una sonrisa.
Es perfecto dijo Benja suavemente, pero miraba la cara sonrojada de Cami, no el vestido. Su mirada hizo que a ella le flaquearan las piernas. Me lo llevo.
Benja se quitó el vestido y esperó a que la dependienta lo envolviera sin dejar de observar el semblante inexpresivo de Benja.
No he preguntado el precio dijo en voz baja, pero debe de costar un ojo de la cara, Benja. Preferiría que nos lleváramos algo... más barato.
Yo no soy pobre le recordó él, ¿lo has olvidado?
Ella bajó los ojos. Se sentía levemente mareada. ¿Era eso lo que Benja pensaba de ella, que había aceptado ser su amante por razones mercenarias, que consentía que la comprara por unos pocos vestidos? Permaneció con la cabeza gacha mientras Benja sacaba su tarjeta de crédito y se encargaba de los pormenores. Él le dio la caja con el nombre de la exclusiva tienda y la observó sin decir nada mientras ella miraba el paquete.
Benjamin lanzó un profundo suspiro y se dio la vuelta.
Vámonos dijo con voz crispada.
Le abrió la puerta de su Mercedes plateado y, quitándole la caja, la tiró descuidadamente al asiento de atrás antes de rodear el coche y sentarse frente al volante. Había una violencia cuidadosamente controlada en el modo en que arrancó y se incorporó al tráfico.
Enciéndeme un cigarrillo dijo tirándole el paquete de mentolados sobre el regazo. Ella obedeció sin pensar, usando el encendedor del coche. Le dio el cigarrillo encendido sin decir una palabra. ¿Qué pasa? ¿Es que no te gusta el maldito vestido? preguntó él ásperamente.
Es muy bonito, gracias.
Entonces, ¿te importaría decirme qué demonios te pasa? preguntó él lanzándole una mirada exasperada.
Nada contestó ella en voz baja. Miraba hacia delante con fijeza y sentía que el corazón se le rompía.
Nada Benja le dio una calada al cigarrillo. Este no es el mejor modo de empezar una relación, ojitos de cierva.
Lo sé ella respiró hondo . Me encanta el vestido, Benjamin. Pero... hubiera preferido que no te gastaras tanto en mí.
¿Acaso crees que no lo vales, cariño? A mí me parece que sí la tomó de la mano y le apretó con fuerza los dedos.
Ella contuvo el aliento Miró sus dedos morenos tan oscuros sobre su piel suave bronceada
Qué moreno estás murmuró.
Y tú qué blanca contestó él. La miró un momento antes de volver a poner la vista sobre la carretera. Siento tener que ir a la oficina. Me gustaría pasar el día contigo.
Ella suspiró tristemente y volvió a bajar la mirada.
A mí también me gustaría murmuró distraídamente.
Él le soltó la mano para girar el volante y siguieron el camino, envueltos en un confortable silencio hasta que Benja aparcó frente a la casa.
No llegaré hasta el último minuto, pero espérame le dijo. Vas a ir a casa de los Sullevan conmigo, no con Feli.
Sí, Benja dijo ella suavemente.
Él estiró el brazo para abrirle la puerta. Cami sintió al salir el aroma de su colonia, el leve olor a tabaco de su cálido aliento. Miró un momento los rasgos duros de su rostro e, involuntariamente, se detuvo en su boca. Dejándose llevar por un impulso, lo besó en los labios. El contuvo el aliento. Sus ojos parecían de pronto fieros, ardientes de emoción.
Perdona musitó ella, sorprendida por la violencia de su mirada.
¿Por qué? preguntó él, tenso. ¿Es que necesitas permiso para besarme o para tocarme?
Yo... no estoy acostumbrada a ello.
Te lo dije esta mañana respondió él. Me encanta que me toques. Dios mío, podrías meterte en mi cama cuando quisieras y te abriría los brazos, ¿acaso no lo sabes?
Ella le apartó con timidez un mechón de pelo de la frente y observó amorosamente su rostro.
Todo esto es tan nuevo para mí musitó.
Sí él se inclinó y la besó con suavidad, saboreando sus labios. Oh, Dios, tu boca es tan suave... susurró tiernamente. Podría pasarme la vida besándote.
Ella le rodeó el cuello con los brazos.
A mí también me encanta besarte murmuró, y lo besó con ansia, posesivamente. No vayas a trabajar musitó.
Si me quedara aquí, acabaría haciéndote el amor murmuró él contra su boca ansiosa mientras saboreaba cada dulce curva de sus labios. Y no quiero hacerlo aún.
Eso es terrible murmuró ella.
Él sonrió.
Contigo quiero hacer bien las cosas musitó él.
Ella sintió un estremecimiento de emoción imaginándose el cuerpo de Benja sobre el suyo en las sábanas frescas, envuelto en la oscuridad...
Estás temblando dijo él suavemente. ¿Estás pensando en cómo será conmigo?
Sí dijo ella casi sin aliento.
¡Dios! Benja la estrechó contra su pecho y la besó ávidamente. Cami gimió suavemente, sintiendo una oleada de placer.
De pronto, la soltó y, apartándose de ella, la miró con ansia.
Vete antes de que te haga el amor aquí mismo murmuró medio en broma.
Pagano musitó ella sacando las largas piernas fuera del coche.
Puritana repuso él . Te veré esta noche. Y no te recojas el pelo. Déjatelo así.
Ella recogió la caja del vestido y lo miró a través de la puerta abierta.
No estaré muy elegante con el pelo suelto dijo.
No quiero que estés elegante dijo él deslizando la mirada sobre su cuerpo . Quiero que estés igual que ahora. Y recuerda, espérame.
Está bien.
Benja cerró y se alejó en el coche sin mirar atrás.
Esa noche, en su habitación, Camila se puso el exquisito vestido que Benjamin le había comprado. Se le ajustaba como un guante acariciador. Se miró al espejo como si nunca hubiera visto su propio reflejo y se maravilló al ver las suaves líneas que resaltaban sus rasgos más bellos. La vaporosa falda, con sus capas de volantes rizados, dirigía la atención hacia sus largas y esbeltas piernas. El corpiño se ceñía a sus pequeños y erguidos pechos. El corte del vestido enfatizaba su cintura de avispa. El estampado verde y blanco realzaba su rubia belleza dotándola de una sofisticación que la hacía parecer más mayor. Con el pelo suelto sobre la espalda, parecía más una modelo que una ejecutiva de una empresa publicitaria.
Estaba nerviosa cuando bajó las escaleras una hora después. Benja, Feli y Mora estaban en el salón tomando una copa y hablando. Benja se volvió justo a tiempo para verla entrar, y algo se encendió en sus ojos grises al mirarla.
Ella fijó los ojos en la figura que Benja lucía con su elegante esmoquin. El traje negro y la camisa blanca de seda le conferían una suave masculinidad que avivaba su deseo de tocarlo. Estaba guapísimo, como recién salido de una revista de moda para hombres, y parecía tan ajeno a su propio atractivo como un gato a sus ojos misteriosos.
Feli y Mora giraron la cabeza, sorprendidos por el repentino silencio. Feli dejó escapar un suave silbido.
¡Vaya! Exclamó, y rodeó a Cami como un futuro comprador observando un coche deportivo. Estás preciosa. ¿De dónde has sacado ese vestido?
Me lo ha traído mi hada madrina dijo ella alegremente, evitando la mirada posesiva de Benja.
Mora se echó a reír.
Estás espectacular, Cami. ¡Qué vestido tan bonito!
Gracias murmuró ella, complacida. Feli se dispuso a darle el brazo, pero Benja se le adelantó.
Es mi turno dijo, y Feli se apartó al ver su mirada.
Si tú lo dices dijo Feli, burlón, y se volvió hacia Mora. ¿Mamá?
Mora, muy elegante con su vestido azul pálido y su estola de zorro, se adelantó.
Ah, Cami, se me olvidaba.... ¡Te vas a helar con el frío que hace!
No, qué va se apresuró a decir Cami, a pesar de que sabía que Mora tenía razón.
Tonterías. Tengo un chal precioso. Espera un minuto se acercó al armario del vestíbulo y regresó al instante con un chal negro con el que envolvió los hombros de Cami. ¡Ya está! Es perfecto. Te da un aire misterioso.
Me siento bastante misteriosa dijo Cami con una sonrisa, y contuvo el aliento al ver que Benja se acercaba y, apoyando su mano cálida en la cintura, la conducía hacia la puerta.
Nunca se había sentido tan atraída por Benja como en el camino a casa de los Sullevan. Sus ojos volaban involuntariamente hacia el perfil cortante de él, hacia su boca, y sentía escalofríos de excitación cada vez que recordaba sus besos.
Una vez, al pararse en un semáforo en rojo, él la miró de soslayo, y la fuerza de su mirada la dejó sin aliento. Cami miró sus manos fuertes sobre el volante y sintió deseos de tocarlas. Si las cosas fueran distintas... Ahora era la mujer de Benja, pero no como quería serlo. Él creía que solo le interesaba su dinero. Pero, en realidad, lo único que quería Cami era que le permitiera amarlo. Miró distraídamente por la ventanilla. Se preguntaba con tristeza cuáles serían los planes de Benja. ¿Le pondría un apartamento en la ciudad? ¿O le compraría una casa? Se sonrojó pensando en la cara de Mora cuando Benja se lo dijera. Nada de disimulos, le había dicho él. Pero él no pensaba en cuánto daño iba a causarle aquello a Cami. ¿Y por qué habría de hacerlo?, pensó esta. Al fin y al cabo, él era un hombre. Los hombres solo pensaban en su propio placer, y aquel asunto no dañaría su reputación.
La mansión de los Sullevan resplandecía cuando llegaron. Cami sintió que Benja la llevaba casi en volandas al entrar en el vestíbulo. Allí los esperaba el señor Sullevan, quien, junto con Mora, actuaba de anfitrión. Una enorme lámpara adornaba la elegante entrada de la casa, cuyo suelo estaba cubierto por una algodonosa y blanca alfombra. Junto a las paredes, sobre mesas exquisitas, se veían piezas de arte de incalculable valor.
¡Cuánto lujo! murmuró Feli entrando en el salón de baile lleno de gente junto a Benja y Cami, mientras su madre se quedaba atrás para recibir a otros invitados.
Dinero viejo dijo Benja fríamente.Esta finca pertenecía a un antiguo señorío español.
Pues resulta impresionante. Y hablando de cosas bonitas... añadió Feli mirando a Cami con expresión divertida, llevas un vestido precioso. Y aún no me has dicho de dónde lo has sacado.
Benja miró a su hermano con expresión de advertencia y, al mismo tiempo, le dio la mano a Cami.
Se lo he comprado yo le dijo a Feli con voz suave y desafiante.
Su tono bastó para advertir a Feli.
Perdona murmuró lanzándole a Cami una sonrisa cautelosa. Creo que iré a explorar el territorio, a ver si encuentro alguna belleza soltera. Hasta luego.
Cami se puso colorada. Ni siquiera podía mirar a Benja.
¿Era necesario que se lo dijeras? preguntó avergonzada.
Eres mía contestó él secamente . Cuanto antes lo sepa, mejor para él. Ella alzó la mirada hacia él.
Me haces parecer una furcia barata, Benja dijo ella con voz trémula.
Él la miró sorprendido y su rostro se endureció, como si no pudiera creer que lo estaba oyendo.
¿De qué demonios estás hablando? No te comprendo, Cami. Ya te he ofrecido todo lo que podía ofrecerte. Será mejor que te decidas. O lo tomas, o lo dejas.
Lanzando un leve grito, Cami se apartó de él y corrió entre la multitud, hacia donde Feli estaba bebiendo ponche, junto a la mesa del bufé.
Este observó su cara pálida y le dio una tacita de cristal llena de ponche. Luego miró al otro lado del salón, donde Benja permanecía de pie, muy tieso, entre un semicírculo de ganaderos de la localidad.
Estás a salvo le dijo a Cami. Durante la próxima media hora, no hará más que hablar del ganado. ¿Qué ha pasado esta vez?
A ella le tembló la barbilla.
Me ha dicho que... ¡Oh, no importa, Feli! suspiró cansada. ¡Qué más da! Benja cree que su único valor es su cartera llena de billetes se rió amargamente . Creo que voy a convertirme en un sacacuartos profesional.
Tú no eres capaz de eso dijo Feli con sencillez. Toma, cómete un sándwich. -Ella tomó el canapé que le ofrecía.
¿Parece que tengo hambre? preguntó.
Parece que tienes ganas de morder algo dijo él guiñándole un ojo. No te desanimes, Cami. Benja no sabe lo que le pasa, eso es todo.
Ojalá fuera tan sencillo suspiró ella con una sonrisa.
¿No lo es?
«Si tú supieras...», pensó ella tristemente. Miró la taza de ponche y se dio cuenta de que empezaba a subírsele a la cabeza.
¿Qué lleva esto? preguntó.
La mitad del armario de los licores contestó Feli con una sonrisa. Ve despacio.
Creo que no puedo contestó ella apurando el resto del ponche y dándole la taza vacía. Sírveme otra ronda, forastero.
No creo que sea buena idea dijo él, pero volvió a llenarle la taza.
Yo tampoco contestó ella. Pero es mejor no pensar. Pensar sólo trae problemas. El la observó un momento.
¿Sabes una cosa? dijo suavemente. Ella lo miró por encima del borde de la taza.
¿Qué? Él sonrió.
Me va a gustar mucho que seas mi cuñada.
A Cami se le llenaron los ojos de lágrimas. Aquello era la gota que colmaba el vaso. Felipe, su querido Felipe, no comprendía nada. Benja no quería casarse con ella, solo quería que fuera su amante. Quería que satisficiera su deseo, no que compartiera su vida. Si alguna vez se casaba, no sería con ella.
¡Cami! exclamó Feli, perplejo al ver su reacción.
¿Qué relación te unirá a su amante, Feli? musitó temblorosa. Porque eso es lo que voy a ser.
Se dio la vuelta y corrió hacia el patio en sombras. Se apoyó sobre la balaustrada y empezó a llorar como una niña. Feli se quedó mirándola pasmado, vagamente consciente de que había alguien de pie a su lado.
¿Qué demonios le has dicho? preguntó Benja ásperamente. Feli lo miró y parpadeó.
Me temo que más de la cuenta dijo mirando inquisitivamente a su hermano. Le he dicho que iba a gustarme tenerla por cuñada. Supongo que he hablado más de la cuenta, pero, según os comportáis últimamente, me parecía una sospecha natural.
El rostro de su hermano mayor se endureció.
Eres un bocazas dijo secamente.
Amén dijo Feli con tristeza y frunció el ceño . ¿De veras va a ser tu amante? preguntó de repente mirándolo con dureza.
Los ojos de Benja centellearon.
¿Mi amante? repitió.
Eso cree ella contestó Feli fríamente. Dice que crees que es una sacacuartos.
Benja cerró los ojos y lanzó un profundo suspiro.
Oh, Dios mío.
¿Qué pasa? preguntó Feli.
La historia, que se repite dijo Benjamin. Pero ya no miraba a Feli. Miraba el patio a través de las puertas abiertas. Echó a andar hacia allí sin decir palabra.
Camila se limpió las lágrimas ardientes. Sentía un peso en el corazón. Solo deseaba subirse en un avión y marcharse de Casa Verde para siempre. Quedarse hasta esa noche había sido una locura. ¿Por qué no se había marchado con Marina? Así, al menos, habría dejado de ver a Benja y estaría a salvo de su sarcasmo, de su desprecio. Nunca debería haberse ofrecido a él. El regalo de amor que quería haberle hecho solo la había degradado a sus ojos. Las lágrimas rodaron por sus mejillas una vez más. Tenía que dejar de llorar. De algún modo, iba a volver a la fiesta, a sonreír y a fingir que era la reina del baile, y luego convencería a Feli para que la llevara al aeropuerto...
Se está bien aquí fuera.
Cami se puso rígida al oír tras ella aquella voz lenta y profunda. Crispó las manos sobre la balaustrada de piedra, pero no se giró.
Sí murmuró fríamente.
Sintió que él se acercaba. Notó el calor de su cuerpo en la espalda, sintió su aliento en el pelo. Él tocó levemente los rizos que le caían sobre los hombros, y Cami se tensó involuntariamente.
Cami... comenzó a decir.
Voy a volver a casa dijo ella sin preámbulos, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano. Puedes quedarte con el vestido si quieres. Dáselo a una de tus amantes añadió secamente.
No tengo ninguna amante dijo él con voz templada. No he estado con ninguna mujer desde que tú tenías dieciséis años y probé tu boca por primera vez.
Ella se quedó inmóvil. ¿Había oído bien? Sin duda, sus oídos le estaban jugando una mala pasada. Se giró lentamente y miró los ojos en sombras de Benja. El brillo plateado de sus pupilas apenas se veía a la luz procedente del bullicioso salón de baile.
Él se metió las manos en los bolsillos y la miró fijamente. Tenía las piernas abiertas y en aquella postura su alta figura parecía levemente desafiante.
¿Sorprendida? Preguntó con aspereza. ¿Tan inocente eres que no sabías que te deseo tan desesperadamente porque hace años que no estoy con ninguna mujer?
No habrá sido por falta de oportunidades, seguramente logró decir ella con voz temblorosa.
Sí, he tenido oportunidades dijo él asintiendo . Soy rico. Muchas mujeres harían cualquier cosa por dinero.
Muchas te habrán deseado a ti, no a tu dinero dijo ella suavemente. Él esbozó una sonrisa.
El deseo ha de ser mutuo. Y yo solo te deseo a ti.
Ella escudriñó sus ojos en medio de un repentino silencio. En el salón, la orquesta tocaba una dulce canción de amor. Benja se acercó más a ella, pero no la tocó.
Maldita sea, ¿es necesario que lo diga? gruñó. Ella entreabrió los labios, asombrada. Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos mirando su cara. Te quiero, Cami dijo él con voz aterciopelada, mirándola fijamente a los ojos.
Las lágrimas afluyeron a los ojos de Cami y comenzaron a derramarse de nuevo por sus mejillas. Alzó las manos y, temblando, intentó formar las palabras, pero fracasó. Pero Benja no parecía necesitar que dijera nada. Extendió los brazos y la apretó contra su cuerpo fibroso mientras la besaba con ansia. El silencio salvaje, apasionado, pareció inflamarse entre ellos como un bosque en llamas.
Cami acarició los mechones de pelo dorado de la nuca de Benja, arañando suavemente los músculos tensos de su cuello. Gemía mientras la besaba, y abría la boca invitando a su lengua a penetrar en ella hasta que su cuerpo anhelante se arqueó sensualmente contra él.
Dilo masculló Benja contra su boca. Su voz parecía áspera en la oscuridad.
Te quiero musitó ella casi sin aliento. Desesperadamente, hasta la muerte... él volvió a besarla con dureza. Después, su beso se hizo tierno y dulce, como si le hiciera preguntas y recibiera dulces respuestas de ella sin pronunciar una sola palabra.
Besó su suave mejilla, humedecida por las lágrimas, y su oído. La abrazó con fuerza. Su respiración parecía tan fatigosa y errática como la de ella.
Aclaremos esto ahora mismo musitó él. Cuando dije que eras mía, quería decir para siempre, y voy a poner dos anillos en tu dedo para demostrártelo. Oh, Dios, Cami, yo quiero mucho más que el placer que nos daremos el uno al otro en la oscuridad. Quiero compartir mi vida contigo, que tú compartas la tuya conmigo. Quiero abrazarte cuando sufras y enjugar tus lágrimas cuando llores. Quiero verte reír cuando juguemos, y ver la luz de tus ojos cuando nos amemos. Quiero darte hijos y verlos crecer en Casa Verde se apartó un poco y la miró con ojos brillantes. Te quiero tanto que casi no puedo soportarlo, ¿lo sabías? Te he hecho sufrir porque yo sufría. Te quería, te deseaba, y no podía acercarme a ti y decírtelo porque tú siempre echabas a correr. ¿No crees que ya es hora de que te detengas? la atrajo de nuevo hacia sí. Cásate conmigo. Vive conmigo. Eres el aire que respiro, Camila Bordonaba. Sin ti, me ahogaría.
Ella le sonrió entre lágrimas.
Yo siento lo mismo dijo temblorosa. Quiero estar contigo para siempre. Quiero darte todo lo que tengo.
Lo único que quiero es tu corazón, amor mío dijo él suavemente inclinándose hacia ella. Te lo cambio por el mío.
A ella le temblaron los labios. Benja la besó, y las estrellas se apagaron. Cami respondió a su beso como si fuera el último, como si se estuvieran despidiendo para siempre. Podía sentir el cuerpo de Benja tenso de deseo. Notaba el latido de su corazón como un trueno amortiguado. Él la acariciaba lentamente, haciéndola temblar. Cami hundió los dedos entre su pelo dorado y atrajo su cabeza hacia ella para besarlo con mayor ansia.
¿Estás seguro de que solo quieres mi corazón? musitó contra su boca devoradora, sintiéndose loca de alegría por amar y ser amada.
Él se rió suavemente. Su expresión cambió. Sus ojos se suavizaron por la emoción.
No admitió. Lo único que te salva en este momento es que no puedo hacerte el amor aquí.
Ella mordió suavemente su labio inferior.
Puedes llevarme a casa y amarme.
Y pienso hacerlo murmuró él con una sonrisa maliciosa. Pero no hasta que me quite a Feli y a mi madre de en medio unos días. Y eso no ocurrirá hasta después de la boda, señorita Bordonaba, o no conozco a mi madre.
Ella lo miró alegremente.
Los asientos traseros de los coches tienen mucha fama dijo.
Esas cosas no van conmigo la informó él.
Hay moteles...
Él la miró desde su altura y alzó una ceja.
¿Intentas seducirme, Cami?
Ella se sonrojó ligeramente.
Pues, en realidad, sí.- Benja observó su boca suave y levemente hinchada, y la abrazó con ternura.
Anoche estuviste a punto de conseguirlo dijo mirando el escote de su vestido. Llevaré esa imagen en mi memoria como he llevado una fotografía tuya en la cartera durante los últimos siete años.
Ella lo miró asombrada.
¿Tienes un foto mía? Él asintió.
Una que te sacó Feli, corriendo, con el pelo revuelto y la falda volando, con una sonrisa radiante. Me gustaría encargar un retrato tuyo así. Dios mío, estabas tan guapa que le robé la fotografía a Feli y me sentí culpable durante una semana.
Ella esbozó una sonrisa incrédula.
¿Y por qué no se la pediste?
Porque se habría dado cuenta de por qué la quería le besó suavemente la frente. Te quiero desde hace tanto tiempo, ojitos de cierva... musitó . Hasta cuando intentaba convencerme de que te odiaba, solo era porque me sentía herido. Cada vez que huías de mí, sufría más. Tenía celos de Feli. No soportaba la idea de que te hubiera tocado como yo quería tocarte.
Pero el día de la fiesta me besaste dijo ella con una lenta sonrisa, rememorando aquel delicioso instante.
Fue como volar dijo él suavemente. Abrazarte, tocarte... Llevaba años esperando ese momento, y mereció la pena. Pero luego me dejé arrastrar de nuevo por las dudas y te ahuyenté de mi lado. Nunca he confiado mucho en las mujeres, Cami. Me ha costado mucho aprender a confiar en ti añadió acariciándole la espalda.
Yo nunca te traicionaré dijo ella con firmeza. Tú eres lo que más quiero, Benja, a pesar de mi madre...
Él la hizo callar con un beso apasionado.
Iremos juntos a la boda, ¿quieres? preguntó él. Cami... si tú ya estuvieras casada, no sé si podría mantener las manos apartadas de ti, aunque prefiero pensar que sí. No sé si podría. Tal vez fue eso lo que le pasó a tu madre se encogió de hombros. Yo nunca imaginé que te querría como te quiero dijo. No sabía cuánto te quería hasta esa noche en que Feli y tú volvisteis tarde de Nueva York. Esa noche, recé como nunca y, cuando volvisteis sanos y salvos, no hice más que gritar.
Pero viniste a mí musitó ella sonrojándose al recordarlo.
Y nos amamos el uno al otro respondió él en un susurro, inclinándose para besarla. De la manera más dulce y deliciosa que he amado a una mujer. La primera vez que hagamos el amor será igual murmuró sosteniéndole la mirada. Te haré el amor la noche entera.
¡Benja! ella escondió la cara contra su pecho y sintió el fuerte latido de su corazón.
Haré que sea hermoso para ti musitó acunándola.
Cada vez que me tocas es hermoso dijo ella casi sin aliento, cerrando los ojos. ¡Te quiero tanto, Benja!
No dejes de quererme murmuró él abrazándola con fuerza. No dejes de quererme.
¿Ya puedo decirle que me alegro de que vaya a ser mi cuñada? dijo alegremente una voz tras ellos.
Benja se echó a reír y aflojó un poco el abrazo para que Cami se girara y mirara a Feli.
Incluso te dejaré ser el padrino prometió Benjamin.
Solo si me porto bien, claro dijo Feli con una sonrisa burlona. Mamá ya está planeando la boda. Resulta que, eh, pasó delante de la ventana hace un par de minutos.
Dirás que la arrastraste tú, ¿no? rió Cami.
Bueno, no la arrastré exactamente protestó Feli. Más bien, la llevé. Pero, en fin, da igual. ¿Cuándo vais a anunciarlo?
Dentro de cinco minutos dijo Benja sintiendo que Cami se ponía tensa. Antes de que cambie de idea.
No cambiaré de idea prometió ella girando la cabeza para mirarlo. Y al ver sus ojos grises, sintió que se derretía.
Feli se rió suavemente.
Estaba recordando lo que hacíais hace unos años dijo al ver sus miradas intrigadas. Cuando Cami te llamaba «vaquero», y tú a ella «señora». Tiene gracia.
Es una gran señora murmuró Benja, sonriéndole.
Y tratándose de vaqueros contestó Cami, yo lo elegiría a él para cabalgar por el campo.
Bueno, si me perdonáis, creo que iré a brindar con la linda señorita Lopilato. Eh, por cierto, me parece que deberíais apartaros de la ventana sonrió Feli mientras se alejaba. Creo que mamá sigue ahí.
Feli lo llamó Cami. Él se dio la vuelta.
¿Mmm?
¿Por qué te empeñaste en que viniera con Coco? ¿Por qué nos ofreciste el proyecto?
Feli sonrió de oreja a oreja.
Porque cuando te fuiste de aquí hace seis meses, noté que Benja andaba como alma en pena y maldecía cada vez que se pronunciaba tu nombre. Pensé que estaba tan desesperado, que no le iría mal un pequeño empujón. Así que llamé a tu socio, que se mostró muy comprensivo los miró a ambos. Y luego dicen que Cupido lleva un arco. Qué absurdo. Lleva un teléfono para unir a la gente, no un arco. Nos veremos luego, hermanito pequeñoañadió guiñándole un ojo a Benja.-Ya veo moscones acercándose a mi Loreley.
Este le devolvió el guiño con una sonrisa y Cami vio, no por primera vez, el afecto sincero que existía entre ambos hermanos.
¿Quieres que se lo digamos ahora mismo a todo el mundo? Le preguntó Benja al oído. Quiero decirles a todos que eres mía.
Ella se dio la vuelta.
Siempre he sido tuya musitó.
Benja la estrechó contra su pecho y la besó de nuevo apasionadamente. Junto a la ventana, dentro del salón de baile, una mujer de pelo gris sonreía feliz pensando ya en los preparativos del primer bautizo.
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January 3 2009, 12:07 AM
¿UN MATRIMONIO IDEAL?
Cuando Cami se casó con Benjamín Rojas, se habló de la boda de la década. Benja se convirtió en el director de un imperio, y Cami se transformó en la esposa perfecta. Pero ella estaba enamorada de su marido, aunque para él su matrimonio era solo un asunto de negocios, sexo y herederos. Cami no quería tener un hijo como si fuera parte de un trato comercial, pero si no lo hacía su atractiva hermanastra estaría deseosa de ocupar su lugar...
CAMI paró el coche en medio de un atasco en South Head Road, cerca del barrio de Sydney llamado Elizabeth Bay. Miró su reloj nerviosa y golpeó los dedos rítmicamente en el volante.
En una hora tenía que ducharse, lavarse el pelo, secarlo y peinarlo, maquillarse, vestirse y recibir a los invitados a la cena. El quedarse detenida diez minutos en medio del tráfico no formaba parte de sus planes.
Miró sus manos pintadas y arregladas: no había almorzado para ir a la manicura. Había tomado una manzana a media tarde, lo que no podía considerarse un adecuado sustituto de una comida.
El coche de delante comenzó a moverse. Ella lo siguió, pero al cambiar el semáforo tuvo que volver a pisar el freno.
A ese paso, le costaría dos o tres intentos pasar la intersección, pensó. Debía haberse marchado antes de la oficina para no verse afectada por la hora de más tráfico. Pero su cabezonería no se lo había permitido.
Como era la hija de Juan Stanton, no le hacía falta trabajar. Sus propiedades, una extensa cartera de acciones y una apreciable renta anual la situaban en la lista de ricas mujeres jóvenes de Sydney.
Además, era la esposa de Benjamín Rojas, y su puesto de asesora ayudante de dirección de las Empresas Stanton-Rojas era visto muchas veces como una muestra de nepotismo.
Cami apretó el acelerador con satisfacción, pero tuvo que volver a parar.
El teléfono móvil sonó. Ella contestó automáticamente.
-Camila.
Había una sola persona que se negaba a usar su diminutivo: Mónica.
-¿Estás conduciendo?
-Estoy retenida -contestó, preguntándose cuál sería el motivo de la llamada de su madrastra. Mónica no llamaba nunca para saludarla simplemente.
-Annaliese viene esta tarde. ¿Te importaría que fuese a cenar con nosotros esta noche?
Los años pasados en un internado de una escuela de élite la hicieron contestar cortésmente.
-No, en absoluto. Estaremos encantados de que venga.
-Gracias, querida.
La voz de Monique sonó suave cuando colgó.
Estupendo, se dijo, mientras llamaba a Marie para decirle que pusiera otro plato en la mesa.
Suspiró. Esperaba que el hecho de que fueran trece personas no fuera mala suerte en ningún sentido, pensó después de colgar.
El tráfico empezó a moverse.
Juan Stanton se había casado hacía diez años con una divorciada de veintinueve años con una hija pequeña y aquello lo había llenado de alegría. Monique era muy sociable, igual que él, y una anfitriona excepcional. La pena era que el afecto de Monique no había llegado hasta la hija de su esposo. Ella había tenido entonces quince años, y había sentido la superficialidad de su madrastra. Se había pasado seis meses preguntándose por qué, hasta que una amiga había dicho algo acerca de las características de una relación disfuncional desde el punto de vista psicológico.
Como respuesta, Cami había decidido destacar en todo lo que hacía. Como consecuencia había ganado campeonatos deportivos, había terminado la carrera con un expediente académico insuperable en Administración de Empresas. Había estudiado idiomas, y había pasado un año en París y otro en Tokio antes de volver a Sydney a trabajar para una empresa rival. Luego se había presentado al puesto en Stanton-Rojas, y lo había ganado, gracias a su experiencia y eficiencia.
El pensar en el pasado tenía un cierto peligro, pensó Cami, mientras se metía en una calle de un barrio exclusivo, lleno de casas lujosas que se escondían detrás de altos muros, y adornadas con árboles frondosos.
Después de recorrer unos cien metros, paró. Apretó un mando a distancia y las puertas de hierro forjado se abrieron para que pasara.
Un camino en zigzag la llevó hasta una casa de estilo mediterráneo de dos pisos, enclavada en un hermoso paisaje, lejos de la carretera. Habían sido cuatro parcelas con cuatro casas adquiridas por JC Rojas, que habían sido demolidas para dar lugar a una casa de miles de dólares con magníficas vistas del puerto. Diez años más tarde, se habían agregado habitaciones para invitados y garajes para siete coches, remodelado la cocina y techado terrazas y balcones. Los jardines tenían fuentes, pistas deportivas, estanques de adorno y terrenos inspirados en el campo inglés, con arbustos y árboles.
Era una pena que JC y Rosalina Rojas hubieran tenido un accidente de coche semanas después de terminados los arreglos.
Sin embargo, JC había conseguido después de muerto lo que no había conseguido en sus últimos diez años de vida: su hijo y heredero había vuelto de América y había tomado las riendas de Stanton-Rojas.
Cami puso el coche entre el Jaguar de Benja y un Bentley negro. No estaba el coche que Benja usaba todos los días para ir a la ciudad.
Las puertas del garaje se cerraron. Cami recogió su maletín del asiento de atrás y salió del coche en dirección a una puerta lateral donde tocó unos botones, activando con ellos el sistema de seguridad que daba entrada a la casa. Aunque la palabra mansión era más adecuada para definirla, pensó Cami.
Llamó por el teléfono interior a la cocina.
-Hola, Marie. ¿Está todo bajo control?
Los veinte años de trabajo al servicio de la familia Rojas le permitían contestar con una risita ahogada y un:
-Sin problemas.
-Gracias -contestó Cami, agradecida, antes de correr por el pasillo hacia una escalera caracol que subía a la planta de arriba.
Marie estaría poniendo los últimos toques a la cena de tres platos que había preparado. Su esposo, Serg, estaría probando la temperatura de los vinos que Benja había elegido para que se sirvieran, y Sophie, la asistenta por horas, estaría terminando los últimos toques en el comedor.
Todo lo que tenía que hacer era bajar, perfectamente arreglada, cuando Serg atendiera el timbre de la puerta e hiciera pasar al primero de sus invitados al salón, en unos cuarenta minutos o algo menos.
La madre de Benja había elegido moqueta de colores pálidos y pintura suave en las paredes, para contrastar con los muebles de caoba. En los dormitorios, la pintura de las paredes hacía juego con las cortinas y los edredones. Cada habitación era diferente.
El dormitorio principal estaba situado en el ala este de la casa. Tenía puertas acristaladas que daban a dos balcones desde los que se veían hermosas vistas del puerto. Durante el día eran unas vistas panorámicas, y por la noche se transformaban en un espectáculo mágico de luces y neones intermitentes en la distancia.
Cami se quitó los zapatos, las joyas y la ropa y se dirigió a una habitación casi tan grande como el dormitorio. Era un baño lujosamente decorado en mármol color marfil con una bañera enorme y un compartimiento con dos duchas.
Diez minutos más tarde Cami salía del baño con una toalla envolviendo su cuerpo delgado y otra a modo de turbante en la cabeza.
-¿Va todo bien, Cami? -preguntó Benja, quitándose la chaqueta y aflojándose la corbata.
Benja tenía un cuerpo duro... y musculoso y una cara cuyas facciones denotaban el origen andaluz de sus ancestros. Tenía los ojos negros y una mirada intensa que jamás se dulcificaba ni ante un hombre ni una mujer.
-¿Qué pasa con el «Hola, cariño, estoy en casa»? -bromeó ella.
-¿Seguido de un beso de bienvenida? -bromeó él, quitándose la camisa y abriendo la cremallera del pantalón.
Ella sintió que su respiración se aceleraba, que sentía un nudo en el estómago, y su cuerpo se veía atraído por aquella presencia. Pero era todo físico.
Cami se puso una bata de seda. No era más que la atracción de aquella potente masculinidad, pensó.
Se quitó la toalla y se secó el pelo.
Se distrajo al ver a Benja desnudo caminando hacia la ducha. Las paredes estaban cubiertas de espejos; y su cuerpo se veía reflejado. Era un cuerpo bien formado; de formas masculinas muy atractivas.
Ella lo siguió con la mirada. Luego, las puertas de cristal se cerraron tras él.
Cami se cepilló el pelo con fuerza innecesaria, con tristeza y rabia súbita.
Hacía un año, dos meses y tres semanas desde que se habían casado, y aún no podía controlar el efecto que causaba en ella en la cama o fuera de ella.
Tenía el pelo húmedo aún. Su color rubio ceniza parecía más oscuro, resaltando su tez clara y sus ojos azules.
Con expertos movimientos se recogió el pelo. Luego, empezó a maquillarse.
Minutos más tarde, oyó que dejaba de sonar el agua. Tuvo que hacer un esfuerzo por concentrarse en la línea del ojo y no mirar cuando Benja salió del pedestal de mármol y empezó a afeitarse la barba de un día.
-¿Has tenido un mal día? -preguntó Benja.
Cami detuvo sus movimientos un momento.
-¿Por qué lo preguntas?
-Tienes unos ojos muy expresivos -comentó Benja mientras se pasaba la mano por la mejilla.
Cami lo miró por el espejo.
-Annaliese va a venir a cenar. Es una invitada de último momento.
Benja paró la máquina de afeitar y estiró la mano hasta el frasco de colonia.
-¿Eso te molesta?
-Soy capaz de aguantarme y asesinar los monstruos que llevo dentro.
-¿Habrá espadas verbales en el postre? -dijo Benja con humor sardónico.
Se sabía que Annaliese era incapaz de perder una oportunidad, y Cami sabía que aquella noche no sería una excepción.
-Intentaré ser civilizada.
Benja miró las curvas del cuerpo delgado de Cami. Luego la miró, sonrió y dijo:
-¿El objetivo es ganar otra batalla en una guerra que continúa?
-¿Te ha presentado batalla alguien alguna vez, Benja? -Cami dejó el maquillaje en el cajón de sus cosméticos y se aplicó barra de labios.
El no contestó. No hacía falta que dijera que era un hombre temido y respetado por sus colegas, y que nadie le tomaba el pelo.
Cami se puso una estrecha falda larga de seda negra y una blusa escotada sin mangas. Completó su atuendo con zapatos de tacón, un colgante con un diamante en forma de pera y unos pendientes a juego.
Luego se miró al espejo y después se puso perfume Le Must de Cartier.
-¿Estás lista?
Cami oyó su voz y lo miró. Aquella imagen de Benja casi le quitó el aliento.
Benja tenía una fuerza especial, algo casi animal, que la ropa elegante apenas neutralizaba. Era algo irresistible para casi cualquier mujer.
Se miraron un momento.
Ella le envidiaba aquel control, y se preguntaba qué cosa podría hacérselo perder.
-Sí, estoy lista -ella sonrió y lo precedió al salir de la habitación.
La escalera principal, de mármol, llegaba a la planta baja cubierta parcialmente por una alfombra.
Los suelos eran de mármol y daban luminosidad y sensación de amplitud al vestíbulo de entrada al edificio. Las paredes estaban pintadas de color marfil, cuya uniformidad se veía interrumpida por puertas de madera tapizadas, objetos de arte, y algunas vitrinas.
Sonó el timbre cuando Cami puso el pie en el último escalón de la escalera.
-Es hora de que empiece el espectáculo -murmuró Cami al ver a Serg caminar hacia las puertas de entrada.
-El cinismo no te queda bien -dijo Benja.
Ella lo miró con orgullo y le dijo:
-Te prometo que me portaré bien -sintió que su pulso se aceleraba.
-Estoy seguro... -dijo él.
Aquellas palabras provocaron un escalofrío en la piel de Cami.
-¡Charles! ¡Andrea! -exclamó Benja cuando Serg anunció a los primeros invitados-. Venid al salón, os serviré una copa.
El resto de los invitados llegaron a los pocos minutos, y Cami representó su papel de anfitriona a la perfección, sonriendo todo el tiempo, y esperando que llegasen Monique y Annaliese acompañadas de su padre.
A Monique le gustaba hacer una entrada triunfal, y su llegada solía estar cuidadosamente estudiada y ocurrir en el momento más oportuno para que causara un gran impacto. No solía llegar excesivamente tarde, pero la hora de llegada estaba al límite de lo socialmente aceptado.
El anuncio de Serg coincidió con las expectativas de Cami. Pidió disculpas a los invitados con los que estaba conversando y fue a saludar a su padre.
Juan rozó la mejilla del hombre con los labios y aceptó el firme apretón en su hombro como respuesta. Luego, se dirigió a su madrastra para aceptar de ella un beso en el aire-. Monique -sonrió mientras miraba a la deslumbrante mujer que estaba al lado de Monique-. Annaliese, ¡qué alegría verte!
Benja se unió a ellos y le puso una mano en la cintura. Una sensación perturbadora que parecía un modo de infundirle seguridad y también una advertencia secreta; aparte de producirle una reacción de atracción, lo que en aquel momento era totalmente secundario.
Benja saludó afectuosamente a su padre, con sincero encanto a su madrastra y con afable tolerancia a Annaliese.
Monique sonrió dulcemente en respuesta. Annaliese, en cambio, respondió con su felino arte de seducción; una habilidad que parecía deleitarse en practicar con cualquier hombre de más de veinte años, sin importarle su estado civil.
-Benja...
Con una sola palabra, Annaliese lograba transmitir todo un mensaje, y aquello la enervaba.
La presión de los dedos de Benja aumentó, y Cami le sonrió, ignorando el fuego en las profundidades de aquellos ojos oscuros.
La cena fue un éxito. Habría sido difícil hasta para el paladar más exigente encontrarle un defecto, tanto en la preparación como en la presentación de la comida, y los vinos que la acompañaron.
Benja era un anfitrión ejemplar, y su habilidad para recordar acontecimientos y cifras, combinado con su memoria fotográfica era una garantía de que la conversación fuera amena y variada. Los hombres buscaban y valoraban su opinión sobre los negocios, y lo envidiaban por su atractivo con las mujeres. Éstas, por otra parte, buscaban llamar su atención y codiciaban el lugar de esposa que Cami ocupaba junto a él.
«Una pareja creada en el Paraíso», habían dicho las revistas de cotillees en su momento. «La boda de la década», habían titulado varias revistas de mujeres, adjuntando una gran variedad de fotos.
Sólo los románticos habían aceptado la imagen idílica que habían dado los medios de comunicación mientras que la alta sociedad del país entero había visto lo que se escondía detrás de esa fachada de cuento de hadas.
El matrimonio de Benjamín Rojas y Camila Stanton había sido el producto de la estrategia de Juan Stanton para cimentar su imperio financiero y que se forjara en la siguiente generación con un heredero.
La razón por la que había participado Benja estaba clara: él quería conseguir el control total de Stanton-Rojas. La bonificación era una atractiva mujer joven muy adecuada para engendrar la prole necesaria.
La aceptación de Cami había estado motivada en parte por un deseo de satisfacer a su padre y por un reconocimiento realista de que, dada su enorme fortuna, habría pocos hombres, si había alguno, que pudieran desechar la ventaja social y económica que suponía ser el yerno de Juan Stanton y que no quisieran casarse con ella por interés económico también, y Benja era uno de ellos.
-¿Vamos al salón para tomar el café?
Las palabras de Benja llamaron su atención. Cami se puso en pie y dijo sonriendo:
-Estoy segura de que Marie debe de tenerlo listo.
«Es un tesoro inestimable esa chef». «Una velada maravillosa», le dijeron con cortesía los invitados.
Ella inclinó la cabeza y agradeció:
-Gracias. Se lo diré a Marie. Le gustará saberlo.
Lo que era verdad. Marie valoraba su alto salario y la posibilidad de vivir en una casa separada. Eran las ventajas de aquel empleo, y su gratitud estaba reflejada en sus esfuerzos culinarios.
-Has estado bastante callada en la cena, querida.
Cami oyó la voz de Monique y se dio la vuelta hacia ella.
-¿Te parece? -preguntó sonriendo Cami.
-Annaliese está un poco dolida, me parece -sonrió Monique.
-¡0h, querida! ¡Parecía disfrutar tanto! exclamó Cami.
Monique la miró con ojos nublados. Cami no sabía cómo lo hacía. «Realmente tendría que haber sido actriz», pensó Cami.
-Annaliese siempre te ha considerado como una hermana mayor -dijo Monique.
No había nada de afecto familiar en lo que Annaliese sentía por Cami. Otra cosa muy distinta era su relación con Benja.
-Me halaga mucho -dijo Cami amablemente, sosteniendo la mirada torva de Monique.
Se habían quedado un poco aparte de los invitados, que estaban saliendo del comedor, y no podían oírlas.
-Ella te aprecia mucho.
Lo dudaba. Cami siempre había sido vista como una rival, y Annaliese era la digna hija de su madre. Se vestía y arreglaba con cuidado, se perfumaba, y se lanzaba a su misión de seducir. Jugaba, sonreía, y disfrutaba de la caza hasta que encontraba al hombre adecuado.
Cami se libró de dar una respuesta porque Marie le ofreció un café al entrar al salón. Agradecida, aceptó el café.
Alzó la taza con serenidad y sorbió.
-Si me perdonas... Tengo que hablar con Juan.
Era casi medianoche cuando se fueron los últimos invitados, ni demasiado pronto ni demasiado tarde para un fiesta a mitad de semana.
Cami se quitó las sandalias y atravesó el salón.
Sentía un peso en la cabeza; una tensión acumulada desde la nuca hasta el cuello.
Sophie había recogido las tazas de café que quedaban y los vasos de licor. Por la mañana, Marie dejaría el salón limpio y en perfecto orden.
-La velada ha sido todo un éxito, ¿no crees? -comentó Benja.
-¿De qué otro modo iba a ser? -contestó ella mirándolo.
-¿Quieres que nos sentemos y critiquemos un poco a nuestros invitados? -dijo él con docilidad.
-No particularmente.
-Entonces, te propongo que vayas al dormitorio y te metas en la cama.
Ella alzó la barbilla un segundo y luego dijo mirándolo fijamente.
-¿Y que me prepare para complacerte?
Benja la miró con un peligroso brillo en los ojos. Enseguida, se apagó y se acerco a ella con gráciles movimientos de pantera.
-¿Complacerme?
Estaba muy cerca de ella. Su fragancia masculina mezclada con su colonia derrumbaban sus defensas y daba en el blanco de su feminidad.
No le hacía falta tocarla. Y lo sabía.
-Tu apetito sexual es... -Cami hizo una pausa, luego agregó-: Voraz.
El alzó una mano y le tomó la barbilla, obligándola a mirarlo.
-Es privilegio de la mujer la no aceptación.
Ella lo miró cuidadosamente. Vio las pequeñas arrugas en el extremo de sus ojos, los finos contornos de su boca, aquella boca que exploraba tan bien las curvas del cuerpo de ella.
-Y costumbre del hombre emplear métodos desleales para convencerla -dijo Cami.
Benja le acarició la mejilla, el cuello, y le soltó el pelo.
Cayeron juntos a la alfombra. Él le peinó el pelo rubio con los dedos. Entonces bajó la cabeza. Ella cerró los ojos mientras sentía la caricia de sus labios alrededor de su oreja. Él siguió hasta su boca. Ella tembló y quiso recuperar el control.
Debía de decirle que parase, decirle que estaba cansada, inventar un dolor de cabeza, por ejemplo.
No quería pasar por el momento de después de hacer el amor; pasar por la experiencia de sentirse feliz y saber al mismo tiempo que la lascivia no podía sustituir jamás al amor.
El cuerpo de Benja se movió contra el de ella. Hubiera querido defenderse, pero no podía luchar contra la fuerza de las caderas de Benja mientras él se apoderaba de su boca y la poseía, suavemente al principio, luego apasionadamente, de tal modo que ella se rindió.
A ella no le importó sentir las manos de él acariciando su falda, y menos cuando le acarició las nalgas y la alzó contra él.
Ella curvó sus piernas alrededor de las caderas de él y le rodeó el cuello con sus brazos.
Él la llevó a su dormitorio.
Cami estaba ardiendo de pasión, deseaba dolorosamente sentir su piel, quitarle la corbata y desabrocharle los botones de la camisa hasta sentir el vello de su pecho musculoso.
Cami deslizó su boca por el cuello de Benja.
En un momento dado, ella se dio cuenta de que estaba de pie, sin ropa, al igual que él, y gimió de placer cuando él la echó en la cama.
Sin preliminares, rápido, violentamente. Luego, él podría tomarse todo el tiempo que quisiera.
«Ahora», pensó. Pero no, lo había dicho en voz alta, porque él se rió descaradamente.
Él se hundió en ella y observó las delicadas facciones de su cara mientras ella lo aceptaba, y se aferraba a él.
Se quedó quieto durante unos segundos, y ella sintió que él volvía a moverse, se retiraba, volvía a entrar más profundamente, lentamente, con un ritmo que la hizo arder.
Su experiencia, la habilidad de sus dedos, aquella boca erótica se combinaban para volverla loca y hacerla llegar hasta el límite del placer sexual y hacerla rogar más... Y cuando llegaba al éxtasis, no sabía si lo odiaba o lo amaba por lo que le hacía sentir.
Buen sexo. Sólo era eso, pensó con tristeza, mientras se adentraba en el sueño.
VOGEL, por la línea dos.
La oficina de Cami estaba situada en un piso alto de una obra de arte arquitectónica del centro de la ciudad y tenía una gran vista panorámica.
Era una bonita mañana de un día de verano. El cielo estaba azul y el sol iluminaba el puerto de Sydney.
Cami volvió a regañadientes a su escritorio y levantó el auricular para atender la llamada.
Cinco minutos más, tarde lo volvió a colgar, convencida de que ninguna mujer debería tener que cruzar guerras verbales con un arrogante macho sexista cuyo único objetivo en la vida era criticar a las mujeres.
Le apetecía un café caliente, dulce y fuerte. Se puso de pie para ir a buscarlo en lugar de que se lo llevara su secretaria. Tenía que examinar varios expedientes. Extrajo las carpetas pertinentes y las dejó en su escritorio.
Sonó la línea privada. Contestó con la idea de que se iba a encontrar con la voz de Juan o de Benja. Una posibilidad más remota sería que fuera Marie, y más remota aún que fuera Monique.
-Cami -su voz era inconfundible.
-Annaliese... -dijo Cami contrariada.
-¿Qué te parece si almorzamos juntas?
Postergar la invitación no resolvería nada. Echó una ojeada a la agenda.
-Puedo verte a la una -Cami nombró un restaurante exclusivo cerca de la oficina-. ¿Haces tú la reserva, o la hago yo?
-Mejor la haces tú, Cami -contestó Annaliese-. Tengo una cita con mi agente. Es posible que llegue tarde.
-Tengo que volver a mi oficina a las dos y media -le advirtió Cami.
-En ese caso, dame diez minutos de cortesía. Luego, pide, si quieres.
Cami colgó el receptor, pidió a su secretaria que hiciera la reserva, tomó su café, y luego centró toda su atención en el trabajo hasta la hora de arreglarse y salir del edificio. Se retocó el maquillaje y salió.
Diez minutos más tarde, Cami entró en el restaurante. El maítre la saludó afectuosamente y la acompañó personalmente hasta la mesa. Pidió agua mineral y miró la carta. Eligió una ensalada César y fruta.
Tres cuartos de hora más tarde de la hora en que habían quedado, Annaliese apareció en el restaurante, dejando una estela de carísimo perfume a su paso. Un vestido ajustado marcaba las curvas de su cuerpo delgado. Era alta, de piernas largas y delgadas; el maquillaje y el pelo oscuro recogido realzaban sus facciones exóticas.
No se disculpó por llegar tarde. Cami observó en silencio cómo pedía una ensalada diferente a la suya y fruta fresca.
-¿Cuándo tienes el próximo trabajo?
-¿Tienes tantas ganas de que me marche? -preguntó Annaliese con una sonrisa felina.
-Es una pregunta de cortesía -respondió con amable burla.
-¿Seguida de otra acerca de mi profesión?
Cami conocía bien los progresos de su hermanastra en su carrera de modelo. Monique no perdía la oportunidad de contar el ascenso de su hija en su carrera.
-Fuiste tú quien quiso quedar para almorzar dijo Cami. levantó la copa a propósito y sorbió. Luego, la volvió a dejar en la mesa.
Annaliese la miró achicando los ojos.
-Nunca hemos sido amigas...
En privado, Annaliese siempre había demostrado ser una arpía vengativa.
-Tú hiciste todo lo posible por destrozar cualquier iniciativa por mi parte de ser amigas.
-Quería ser el centro de nuestra compartida familia, querida. Número uno -dijo Annaliese. Golpeó con las uñas el borde de la copa.
Cami cortó un trozo de melón.
-¿Qué te parece si me dices el propósito de esta cita?
-Monique me dijo que Juan está cada vez más nervioso y preocupado porque no cumples el trato.
El melón era suculento, pero de pronto pareció perder el sabor.
-¿De qué trato estamos hablando?
-Del necesario heredero de Stanton-Rojas.
Cami la miró fijamente mientras ponía el tenedor en el plato.
-Me parece que es un tema que no te concierne, Annaliese.
-¿Tienes problemas, querida?
-El único problema que tengo es ese interés que demuestras por algo que no es asunto tuyo.
-Es un asunto de familia -respondió Annaliese con deliberado énfasis.
El respeto hacia los dueños del restaurante evitó que le tirase una copa de agua fría a su hermanastra.
-¿De verdad? Me cuesta pensar que mi padre te envía a ti como mensajera en un asunto tan personal.
-¿No me crees?
-No -el precio de su valentía podría costarle caro, ¿muy caro?, se preguntaba Cami.
-Querida -el tono paternalista implicaba lo contrario del afecto-, la única diferencia entre una hija y una hijastra es un documento de adopción legal hizo una pausa-. Monique podría convencer fácilmente a Juan de que lo iniciase...
¡No podía creerlo! ¿Por qué le sorprendía tanto aquel plan siniestro?
-El testamento de Juan es muy claro. Monique hereda la residencia principal, las obras de arte, las joyas, y una generosa cantidad anual. Las acciones de Stanton-Rojas pasan a mí directamente.
-¿Crees que no sé eso? -Annaliese pinchó la ensalada-. Pero se te escapa algo...
No, no se le había escapado.
-Benja -agregó Cami.
-Muy inteligente, querida.
-Quieres ser su querida...
Annaliese se rió sin humor y contestó:
-Su esposa.
-Apuntas alto.
-A lo máximo, cariño.
Cami sintió la tentación de causar un incidente con el café caliente o el agua helada, le daba igual.
-Pero hay un problema. Él ya está casado dijo Cami.
-Pero puede quedar libre fácilmente.
-Pareces muy segura -dijo con serenidad, aunque estaba furiosa por dentro.
-Un hombre rico quiere una anfitriona ejemplar en el salón y una prostituta en la cama -Annaliese se miró las uñas pintadas perfectamente, luego miró a Cami-. No puedo imaginar que la pasión sea tu fuerte.
Cami no pestañeó casi.
-Quizás te equivoques.
-¿De verdad? No sé por qué no te creo.
Cami llamó al camarero, pidió la cuenta y firmó la tarjeta de crédito. Entonces, se puso de pie y se colgó el bolso del hombro.
-Será mejor no volver a tener este tipo de encuentros. ¿No crees?
-Querida, yo estoy sin trabajar ahora, ¿y qué mejor que tomarse un descanso en la propia ciudad de una? -la miró con satisfacción-. Como familia que somos, debemos mirar la una por la otra. ¡Los acontecimientos sociales son tan interesantes!
-Y tú quieres estar presente en todas las reuniones y eventos -respondió Cami burlonamente.
-Por supuesto.
No quería agregar una palabra más. Era mejor irse en silencio dignamente.
Al volver la estaban esperando tres mensajes. Dos de ellos eran por asuntos de negocios. Los contestó e hizo las anotaciones pertinentes en el ordenador antes de ir a su teléfono privado.
Sintió un nudo en el estómago mientras esperaba que contestase Benja.
-Rojas -su voz era profunda y mantenía un leve acento americano que se le notaba más por teléfono.
-Has llamado cuando estaba fuera...
Cami se imaginó a Benja poniéndose cómodo en su silla de piel.
-¿Qué tal el almuerzo?
-¿Hay algo que no sepas? -preguntó ella apretando el teléfono.
-Annaliese preguntó por tu número de extensión -dijo él, imperturbable.
Cualquier excusa era buena para ponerse en contacto con Benja, pensó Cami en relación a su hermanastra.
-No has contestado a mi pregunta -dijo Benja.
-El almuerzo estuvo bien. ¿Has llamado por eso?
-No. Para hacerte saber que no voy a estar para cenar. Un asociado de Taiwán quiere invertir en propiedades y me ha pedido que le recomiende un agente inmobiliario de prestigio. Sería descortés por mi parte no presentarlos en una cena.
-Muy poco cortés -dijo ella solemnemente-. No te esperaré despierta.
-Será un placer despertarte -bromeó él.
La llamada terminó. Cami sintió un estremecimiento al recordar las numerosas ocasiones en que la había despertado el tacto de sus labios y cómo ella se había regocijado en recibirlo.
Hizo un esfuerzo y colgó. El resto de la tarde se concentró en el trabajo.
Eran casi las cinco y media cuando abandonó el edificio y, aunque el tráfico era denso, empezó a aligerarse en Rushcutter's Bay.
Al bajar del coche notó que el sol estaba caliente, y que el nivel de humedad era alto.
Tomó una bebida fría y luego decidió hacer unos largos en la piscina. Eso la relajaría.
Se quitó la chaqueta y fue hacia la cocina.
Marie estaba terminando de preparar un plato frío.
-¿Está segura de que no quiere más que una ensalada?
Cami se sirvió una vaso de zumo de manzana y luego se sentó en uno de los taburetes de la cocina.
-Sí -contestó Cami, y tomó un trozo de mango de una fuente hermosamente decorada, que contenía lechuga, nueces, queso fresco-. ¡Está estupendo!
Marie la miró.
-Hay fruta fresca y helado después.
Cami tomó el zumo.
-Creo que me cambiaré y me daré un baño.
La idea de nadar y de quedarse al sol un rato le resultaba decididamente atractiva.
-¿Por qué no terminas con esto, Marie? No hace falta que te quedes sólo para aclarar los platos y meterlos en el lavaplatos.
-Gracias -contestó el ama de llaves, complacida.
No era la primera noche que Cami pasaba sola, y no sería la última.
-Vete. Te veré en el desayuno mañana.
Marie se quitó el delantal y lo dobló.
-Serg y yo estaremos en casa, si nos necesita.
-Lo sé -contestó Cami amablemente.
Al rato se fue arriba y se puso un bikini negro, se extendió crema protectora solar y bajó con una toalla y una bata a la piscina.
Dejó la bata y la toalla en una silla y se zambulló. Luego empezó a nadar. Hizo unos largos y se puso de espaldas, disfrutando de aquella quietud.
Era una forma estupenda de relajarse física y mentalmente, pensó. Y de ver las cosas con la suficiente objetividad. Incluso el almuerzo con Annaliese, aunque tal vez eso fuera demasiado.
No era difícil calcular el siguiente movimiento de su hermanastra, dada la agitada vida social de la sofisticada élite de la ciudad.
Stanton-Rojas era el soporte económico de varias obras de caridad, y Benja seguía la tradición de Rosalina y JC Rojas, sabiendo astutamente que los negocios se hacían tanto en la oficina como en los eventos en los que se recaudaban fondos para obras de caridad.
La idea de tener que ver a Annaliese en alguna reunión o fiesta no le hacía ninguna gracia, y menos aún tener que aguantar las indirectas de Monique.
¡Maldita sea! Así no podía relajarse. Cami se dio la vuelta y nadó hasta el borde de la piscina. Salió y se secó.
Decidió comer fuera, al lado de la piscina. Llevó la ensalada y un vaso de agua helada a la mesa que había allí.
La vista del puerto era espectacular. Se quedó observándola un rato.
Cuando terminó de cenar, se hizo un café. Eligió algunas revistas y volvió afuera a mirar la puesta de sol. El color anaranjado que se iba transformando en rosa mientras el sol se hundía en el horizonte, una luz opaca luego hasta que llegaba la oscuridad.
Se encendieron las luces de la piscina dándole un color turquesa.
Hojeó las revistas. Había una reseña sobre un gurú que hablaba de la superficialidad de una sociedad en la que nunca se podía estar seguro de que un amigo lo fuera de verdad y no por interés.
Leyó después un artículo sobre una madame de alta sociedad que procuraba prostitutas a ricos y famosos por un precio astronómico. Lo seguía otro sobre celulitis, que le pareció demasiado prosaico. Pasó a la sección de viajes. París, una ciudad sin igual, tanto por la elegancia de sus mujeres, como por su comida. Estaba de acuerdo. Recordó los momentos vividos en París. Un joven estudiante que casi la había llevado a la cama. Se rió por dentro.
-¿Un artículo interesante?
Cami alzó la mirada al oír aquella voz profunda, y se encontró con Benja asomado al salón de ocio.
Llevaba la chaqueta al hombro y se había aflojado la corbata y desabrochado algunos botones de la camisa de algodón azul.
-No sabía que fuera tan tarde -dijo Cami mientras lo veía acercarse.
-Son poco más de las diez -se quedó de pie al lado de ella-. ¿Recuerdos agradables?
Cami lo miró.
-Sí. Fue hace mucho tiempo, y yo era muy joven.
-Pero lo suficientemente mayor como para aceptar las atenciones de un joven -dedujo Benja con cinismo y sentido del humor-. ¿Cómo se llamaba?
-Jacques -dijo ella sin dudarlo-. Era muy romántico y sus besos eran estupendos. Visitamos juntos las galerías de arte y tomamos café en numerosos bares. Los fines de semana iba a visitar los viñedos de su familia. Era gracioso -recordó aquella familia numerosa, las comidas compartidas con toda aquella gente.
-¿Qué quieres decir con «gracioso»?
-Tenía una madre muy estricta, que quería casarlo con la hija de un vecino vinicultor. Una chica de habla inglesa como yo, aunque fuera rica, podría haberlo convencido de irse a vivir a la otra punta del mundo.
-¿Se casó con la hija del vinicultor? preguntó Benja, entretenido y divertido con la historia.
-Sí.
-¿Lo amabas?
-Éramos buenos amigos.
Evidentemente no había sentido lo que sentía por Benja, pensó ella.
-¿Y os separasteis con tristeza cuando tuviste que marcharte?
Ella sonrió antes de contestar.
-Prometimos no olvidarnos el uno del otro. Durante un tiempo nos escribimos cartas muy poéticas.
-¿Y las cartas se fueron haciendo más cortas, menos y más espaciadas?
-Eres terriblemente cínico.
-Realista -la corrigió.
Cami cerró la revista y la dejó encima de la mesa. Con una elegante economía de movimientos se levantó, alcanzó el albornoz, se lo puso y se lo ajustó a la cintura.
-¿Quieres café?
-Sí, por favor.
Cami fue hacia la cocina. Benja la siguió. Puso café en la cafetera y la encendió.
La cocina estaba equipada con todas las modernidades concebibles.
Cami sacó dos tazas de café del armario.
-¿Qué tal la cena?
-¿Te interesa realmente? ¿O lo haces por hablar de algo?
Ella se preguntó si Benja se daría cuenta del efecto que causaba en ella. En la cama, seguramente lo notaba. Pero probablemente fuera de allí, no. Seguramente Benja estaba más interesado en crear un imperio económico que en analizar las relaciones con la gente.
-Interés real -contestó ella.
-Comimos comida asiática en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. El asociado recibió una buena impresión, y el agente ganará una buena comisión.
-Le habrás ofrecido tu jet particular, lo que te llenará de prestigio frente al asociado taiwanés, que en contrapartida te recomendará a sus conocidos dijo ella secamente.
Benja se sonrió con picardía.
-Eso se llama preocuparse de los negocios.
-Y los negocios son lo más importante.
-¿Es ésa una afirmación o una queja?
Ella lo miró y dijo:
-Se sabe que los beneficios han sobrepasado las estimaciones en los últimos años. Los continuos éxitos de Stanton-Rojas son atribuidos a tus incansables esfuerzos.
-No me has contestado la pregunta.
-¿Y por qué iba a quejarme? -le preguntó ella.
-Es cierto. Tú tienes intereses en la empresa de la familia.
-En más de un sentido.
-¿Qué quieres decir?
-La demora en dar un heredero a Juan parece ser tema para conjeturas familiares.
A Cami le pareció ver un brillo de rabia en la mirada de Benja, pero inmediatamente desapareció bajo una máscara impenetrable.
-¿Es un tema que Annaliese ha querido recordarte? -Benja le acarició la mejilla.
-Sí.
Benja deslizó la mano hacia abajo y le acarició un pecho, jugó con el borde de su bikini, luego con el pezón duro. Luego, la retiró.
-Hemos estado de acuerdo en que el control de la natalidad era una prerrogativa tuya -dijo Benja.
Ella tragó saliva, lamentándose del modo en que su cuerpo reaccionaba al tacto de aquellas manos.
-Tu hermanastra está demasiado pendiente de sí misma como para perder la oportunidad de empezar un juego verbal. ¿Quién ganó?
-Ambas nos retiramos con heridas superficiales -dijo Cami solemnemente.
-¿Puedo saber cuándo continuará el juego?
-¡Quién sabe!
-¿Y el arma?
Ella sonrió.
-Es Annaliese. Y tú el premio. La adopción legal por parte de Juan la convertiría en una Stanton. Nuestro divorcio sería una mera formalidad para que pasara a llamarse Rojas.
Benja alzó una mano y le acarició la mejilla.
-¿Debo deducir que no te alegra eso?
Ella se quedó en silencio, pero hubiera gritado que no.
-¿Crees que te escogí como esposa con ese propósito, con el futuro de Stanton-Rojas en mente?
-Los matrimonios son manipulados por los ricos por numerosas razones. El amor no es un requisito necesario.
Benja permaneció impasible y dijo:
-¿Y lo que compartimos en la cama? ¿Cómo lo definirías?
Ella sintió un nudo en la garganta.
-La maestría de la experiencia.
Él la miró con dureza un instante. Luego, sus ojos se suavizaron.
-¿Quieres decir que me relegas al puesto de semental?
Ella cerró los ojos. «¡Dios santo!», pensó.
-No. No -dijo ella.
-Me alegro de que seas tan misericordiosa.
Estaba enfadado, era evidente.
De todos modos, ¿qué había esperado? ¿Que le dijera que ella era demasiado importante como para que otra ocupase su lugar?
-El café se ha hecho ya.
Ella hizo un esfuerzo por concentrarse en la tarea de servir el café y agregar azúcar.
Benja tomó una de las tazas.
-Me llevaré el café al despacho.
Ella lo observó mientras se alejaba de la cocina: sus hombros anchos...
«¡Maldita sea, Annaliese!», pensó Cami. Tiró el café en el fregadero y dejó la taza en el lavaplatos. Luego, apagó la cafetera, las luces de la cocina y se fue arriba.
Subió a la habitación, se quitó el bikini, abrió la ducha, y se metió dentro.
Se acostó después de la ducha y leyó un rato.
No supo a qué hora se había acostado Benja, ni lo sintió abandonar la cama temprano por la mañana. Cuando se despertó, el único signo de su presencia que descubrió fue su almohada y la huella de su cuerpo en la sábana.
CAMI miró el reloj y gruñó. Eran las siete y media. Hora de levantarse, de ducharse, de tomar el desayuno y de internarse en el tráfico de la ciudad.
Por suerte era viernes y tenía el fin de semana por delante.
Benja había aceptado una invitación para ir a jugar al tenis aquella noche a casa de Chris Evington, director de contabilidad. Al día siguiente irían al estreno de una representación al Centro de Ocio Sydney.
La posibilidad de que Annaliese descubriera sus planes para la noche de aquel día era remota, pensó Cami mientras se sentaba al volante. Y no era muy probable que Monique consiguiera una entrada para el estreno con tan poca antelación.
Era un día hermoso y el aire aún no se había llenado de contaminación a aquella hora de la mañana.
Cami dejó el coche en el aparcamiento, donde la saludaron los guardias de seguridad. Luego, le dieron la bienvenida en Recepción al pasar hacia su despacho. Al llegar, su secretaria la saludó cordialmente, con un café en una mano y un cuaderno de notas en la otra.
A medida que fue pasando la mañana Cami intentó no pensar en la noche anterior, pero no lo consiguió.
Al terminar el día se alegró de volver a casa.
El coche de Benja estaba aparcado en el garaje cuando llegó. Se puso nerviosa al entrar.
Fue a ver a Marie a la cocina. Luego, subió a cambiarse.
Benja se estaba quitando la corbata cuando llegó a la habitación.
-Llegas temprano a casa -la saludó.
Ella lo miró.
-La cena estará lista a las seis.
-Eso me dijo Marie -Benja empezó a desabrocharse la camisa.
Cami siguió sus movimientos. Luego volvió a mirar sus facciones. No había nada que expresara su estado de ánimo.
-Tengo que pedirte disculpas -dijo Cami.
Él sonrió débilmente.
-¿Se trata de buena educación, Cami? Benja se quitó la camisa y se puso un polo de color oscuro.
-Simplemente de sincero remordimiento dijo ella.
-Aceptada la disculpa.
Ella respiró, después de haber mantenido la respiración durante un buen rato.
-Gracias.
Cami fue hacia el espacioso ropero que formaba una pequeña habitación, recogió el equipo de tenis y unos pantalones de lino y una blusa.
Oyó el ruido de la máquina de afeitar mientras se vestía.
-¿A qué hora quieres salir?
-A las siete y cuarto.
Bajaron juntos las escaleras. Comieron la ensalada de pollo que había preparado Marie, bebieron agua mineral y luego tomaron fruta fresca. Una comida ligera que sena completada con una cena después del ultimo partido de tenis.
Conversaron sobre negocios y sobre la agenda de la próxima reunión.
Chris y Leanne Evington residían en Woollahra, en una casa vieja restaurada. Tenía hermosos jardines y un cuidado parque con arbustos y setos. Las pistas de tenis no hacían más que agregar perfección al paisaje.
Había unos pocos coches cerca de las pistas. Cami salió del Bentley mientras Benja sacaba sus bolsas de deporte del maletero.
Jugar al tenis como acto social tenía sus propias reglas, de acuerdo con los gustos del anfitrión y con el número de participantes.
Los compañeros de juego eran elegidos por los participantes, y se suponía que dos vueltas de dobles mixtos precederían a dos vueltas de dobles femeninos y terminarían con dos vueltas de dobles masculinos.
Cami y Benja fueron nombrados en primer lugar para jugar con una pareja a quien Cami no conocía. Los cuatro eran buenos jugadores, pero Benja tuvo la altura, la fuerza y la habilidad como para hacer lo que quiso con la pelota, y salieron victoriosos al final del juego, con una puntuación de cinco a dos.
El hijo de Chris y Leanne, Todd, hizo de arbitro. Estudiaba Derecho y era muy atractivo. Tenía todas las chicas que quería. Lo raro era que aquella tarde no hubiera ninguna a su alrededor.
Hasta que apareció Annaliese, con un aspecto sensacional, con ropa de tenis de diseño, deslumbrando a todos los presentes.
-Siento llegar tarde -sonrió.
-Los mixtos acaban de terminar -le informó Leanne-. Ahora les toca a las chicas.
Annaliese se dio la vuelta hacia Cami.
-¿Quieres ser mi compañera de juego? Será como en los viejos tiempos.
Cami no sabía bien a qué se refería. Tal vez estuviera hablando de algún partido que hubieran jugado durante las vacaciones del colegio.
Leanne las puso juntas en la segunda vuelta. Cami aceptó una bebida fría. Los invitados se volvieron a reunir mientras Todd seguía haciendo de arbitro. Los hombres formaban dos grupos, y casi enseguida Annaliese logró la atención de Cami.
-He pasado una tarde estupenda llamando por teléfono a amigos y poniéndome al corriente de todas las noticias.
-Y una de ellas fue el partido de tenis en casa de los Evington, ¿no es verdad?
-Sí, ¿por qué?
-¿Y quién iba a conocer la lista de invitados mejor que Todd?
-Es un muchacho muy dulce.
-Y se le halaga fácilmente.
Annaliese sonrió felinamente y preguntó:
-¿No son así la mayoría de los hombres?
-¿Vamos con los demás?
Pasó media hora hasta que tomaron posición en la pista. Sus oponentes tenían un nivel parecido al suyo, pero al final ganaron.
Sirvieron mariscos al final del juego, seguido de café.
Cami suponía que Annaliese iba a intentar llamar la atención de Benja. Lo que no se imaginó fue que iba a chocar su brazo y le iba a tirar el café.
-Estoy bien -dijo Cami cuando Benja fue hacia ella. Sólo se había manchado los zapatos.
-Podrías haberte quemado -comentó Annaliese, aparentemente preocupada.
-Por suerte no ha sido así.
-¿Estás segura de que estás bien? -le preguntó Leanne-. ¿Quieres más café? ¿O algo más fuerte? -agregó con una sonrisa.
Cami se sintió tentada, pero no por las razones que imaginaba su anfitriona.
Cami negó con la cabeza y dijo:
-Gracias, de todos modos.
Eran casi las doce de la noche cuando se sentó en el coche de Benja.
-¿Qué pasó en casa de los Evington?
Cami esperó que el coche alcanzara velocidad antes de contestar.
-¿A qué te refieres?
-Tú no sueles ser torpe.
-¡Ah!
-¿Fue por culpa de Annaliese?
-No lo sé.
-Ella estaba de pie a tu lado.
-Preferiría no hablar de ello.
Cami entró primero en la casa. Benja se quedó metiendo el coche en el garaje.
Ella subió a la habitación y se desnudó. Luego, se metió en la ducha.
A los pocos minutos, Benja se unió a ella. Los dos terminaron al mismo tiempo, salieron juntos y tomaron una toalla.
A Cami le resultaba casi imposible ignorar la presencia de Benja, sobre todo de un Benja desnudo. Y no podía evitar la aceleración del latido de su corazón, ni sentir el calor que se iba apoderando de ella al iniciar su ritual nocturno.
Cuando se giró hacia la puerta una mano se posó en su brazo y la obligó a mirarlo.
Ella maldijo la fragilidad que sentía frente a su mirada y que no pudiera ocultarla.
Pero deseaba el calor de sus brazos, la satisfacción de su boca. Cami alzó una mano y le acarició la mejilla, luego dibujó el contorno de sus labios con su dedo.
Él tomó los dedos de ella en su boca, y los mordió suavemente. Aquel gesto hizo que ella sintiera un fuego en su interior.
Cami lo atrajo hacia sí, y disfrutó del calor de su cuerpo masculino contra el de ella, de su fragancia, del beso apasionado que le borró todo pensamiento.
Ronroneó de placer cuando él la llevó a la habitación y la echó en la cama.
Si los compromisos de los negocios no se lo impedían, Benja solía pasar los sábados en la pista de golf mientras ella se dedicaba a hacer las cosas que no había podido realizar durante la semana. Algunas veces iba al cine por la tarde o almorzaba con amigas.
Aquel día decidió comprarse algo de ropa y acudir a la peluquería y al salón de belleza.
Volvió a casa a las seis de la tarde. Benja estaba entrando con su coche también y lo siguió.
Él se quedó esperándola.
-¿Has tenido un buen día? -preguntó ella mientras salía del coche.
-Sí. ¿Y tú?
-He ido de compras -le señaló las bolsas que estaban en el asiento de atrás.
Benja parecía relajado. Su fuerte masculinidad despertó en ella una profunda respuesta al pasar por su lado para recoger las bolsas.
Tal vez algún día dejara de sentir aquello, pensó ella.
Eran más de las siete cuando se marcharon al Centro de Ocio.
A Cami le encantó el show. El hecho de que Annaliese no estuviera por ningún sitio agregó placer al espectáculo, un placer que se repitió al día siguiente cuando Cami y Benja quedaron con unos amigos para navegar.
El lunes prometía ser un día de mucho ajetreo, pensó Cami al llegar a la oficina y reunirse con su secretaria.
La mañana transcurrió de prisa metiendo datos en su ordenador. Necesitaba concentración, y ni siquiera hizo un descanso para tomar café.
Terminó después de mediodía. Sólo le quedaba revisar el trabajo después de comer. Pero no saldría fuera a almorzar, decidió. Juan le había pedido los datos para el día siguiente a la una. Pero quería dárselos esa misma tarde.
Se levantó de su escritorio para tomar el sándwich de ensalada de pollo que su secretaria le había dejado en el pequeño frigorífico. Tomó una botella de zumo de manzana y volvió a su asiento.
Después de almorzar, se sintió con energía suficiente nuevamente.
Sonó el teléfono. Se limpió las manos en una servilleta de papel y lo atendió.
-Es Francesca Angeletti -le dijo su secretaria.
Cami se sorprendió y se alegró a la vez.
-Pásamela.
Dos segundos más tarde, exclamó:
-Francesca, ¿dónde estás?
-En casa. He llegado ayer por la mañana de Roma.
-¿Cuándo quedamos?
Indudablemente se verían. Habían compartido el mismo internado, las mismas clases y ambas tenían una madrastra. Era algo que las había unido siempre.
Francesca se rió.
-Esta noche, si Benja y tú vais a la exposición de León.
-Las exposiciones de León tienen un lugar especial en nuestra agenda -rió Cami.
-¿Irán Juan y Monique?
-Y Annaliese -agregó Cami. Enarcó una ceja ante la ruda respuesta de Francesca-. Las niñas buenas no maldicen.
-Ésta sí. ¿Cuánto tiempo lleva molestándote tu querida hermanastra?
-Una semana.
-Le gusta ir de diva -comentó Francesca-. He tenido la desgracia de tener que compartir unas cuantas pasarelas con ella en Italia.
-Gracioso.
-No mucho. Al menos no es la gracia que te hace reír. Tengo que darme prisa ahora. Nos veremos esta noche, ¿de acuerdo?
-Espero ansiosa que llegue el momento -le aseguró Cami y colgó.
Se quedó pensando en los recuerdos compartidos con Francesca, los tiempos vividos con ella en vacaciones en el extranjero, invitadas de honor en los compromisos de ambas, y damas de honor en las bodas de cada una de ellas.
Volvió al ordenador e hizo un esfuerzo por concentrarse en las cifras.
Una hora más tarde, imprimió el trabajo y pidió a su secretaria que hiciera copias para Juan y Benja y que se las entregase. Estaba bastante satisfecha del resultado. Había logrado la reducción de un punto de porcentaje en las negociaciones con la empresa de leasing de coches de Stanton-Rojas, ahorro que serviría para incentivos al personal sin un coste adicional para Stanton-Rojas y sin perder las ventajas en los impuestos.
Llegó a casa hacia las seis de la tarde.
-Benja ha llamado -le dijo Marie cuando Cami apareció en la cocina-. Tardará unos veinte minutos más en llegar.
El tiempo suficiente como para ducharse y lavarse el pelo.
-Huele muy bien -le dijo a Marie.
-Espárragos con salsa holandesa, carne con verduras, y tarta de limón de postre.
Cami tomó un vaso y fue al frigorífico a buscar agua helada.
-Llegaron varias invitaciones por correo. Están en el estudio.
-Gracias.
Minutos más tarde, Cami se quitó la ropa y se metió en la ducha. Luego, se puso ropa interior limpia, vaqueros y una blusa amplia. Se recogió el pelo en un moño. Se aplicó crema en la cara y un toque de color en los labios y decidió que estaba lista.
Benja entró en la habitación cuando ella salió.
Él sonrió y ella le preguntó:
-¿Una reunión que se demoró?
-Dos llamadas telefónicas y un atasco -dijo él.
-La cena estará lista en diez minutos comentó ella yendo hacia la puerta.
-Tenía esperanzas de poder compartir la ducha contigo.
-Demasiado tarde.
-¡Qué pena! -sonrió él.
Ella se puso nerviosa.
-Una ducha fría te ayudará.
-Esto también -dijo él, y la besó apasionadamente.
Ella sintió que se iba abandonando a aquel placer. Gimió suavemente. Cuando él alzó la cabeza, sintió que el latido de su corazón se había acelerado, y su piel estaba tibia. Sus labios temblaron cuando él se apartó.
-No juegas limpio -lo acusó ella temblorosa, mientras él le acariciaba la mejilla.
-Ve a ver a Marie -le dijo él sonriendo picaramente-. Iré enseguida.
La cena fue deliciosa.
-¿Café? -preguntó Marie.
Cami miró el reloj. Tardaría media hora en vestirse, maquillarse y peinarse.
-Yo no, gracias -dijo.
-Café solo para mí, por favor -dijo Benja cuando Cami se levantó de la mesa.
CAMI se puso unos pantalones de seda rojos con una camisola a juego y una chaqueta. Era un conjunto deslumbrante, completado con sandalias de noche y un bolso a juego, que destacaba su pelo rubio y su piel dorada.
Se maquilló cuidadosamente, y se cepilló el cabello para llevarlo suelto.
Se miró al espejo. En él se reflejaba una mujer segura y joven, cuya ropa y joyas ponían de manifiesto su riqueza. Tenía un aire de frialdad y serenidad que estaba lejos de sentir.
-¿Has escogido el color a propósito? preguntó Benja.
-¿Por qué lo preguntas?
-Me da la impresión de que quieres decir algo con ello.
-¡Qué percepción!
Benja llevaba un esmoquin oscuro, una camisa blanca y una pajarita.
¡Era casi un pecado que un hombre irradiara semejante grado de química sexual!, pensó ella. Tenía un aire de depredador peligroso.
-¿A qué viene esa sonrisa?
-Excitación -contestó ella.
-¿Por la exposición de León?
-Naturalmente.
-Podemos llegar tarde -sugirió Benja burlonamente.
Ella sonrió.
-León sufriría una decepción.
Y Annaliese también, pensó ella.
-Podría arreglarlo haciendo una compra exorbitante.
Ella se quedó pensativa, luego negó con la cabeza.
-Las bromas se pagan caras -dijo él.
-Ya estoy arrepentida.
-El arrepentimiento va perdiendo validez con cada hora que pasa -él vio un brillo de duda en los ojos de Cami. Le acarició la mejilla, pero se reprimió el beso que le habría dado.
Cami recogió su bolso y salió de la habitación. Cuando salieron de la casa, se sentó en el Jaguar en silencio.
-¿Cómo reaccionó Juan a tu propuesta? -preguntó ella. Hablar de negocios era algo que no entrañaba ningún riesgo.
Benja la miró.
-¿Quieres hablar por hablar?
-Puedo preguntárselo a Juan -respondió ella.
-Vuelo a Melbourne dentro de un par de semanas.
Aparentemente, Benja se iba solo.
-¿Cuánto tiempo vas a estar fuera?
-Tres o cuatro días.
Debía de estar acostumbrada a sus ausencias. Sin embargo, siempre lo echaba de menos. Sintió ganas de decírselo, pero hacerlo hubiera sido admitir algo para lo que no estaba preparada.
Fijó la vista en la carretera. La luz del verano tardaba en desaparecer totalmente.
El tráfico a esa hora era mínimo y llegaron a Double Bay sin demora. Había un aparcamiento privado junto a la galería de arte, y Benja dejó el coche allí.
Cami salió del vehículo. Se trataba de una noche más en la que debía fingir que todo era como parecía ser: una pareja feliz; una mujer feliz.
Tenía mucha práctica en ello, se dijo.
El dueño de la galería los recibió efusivamente. Era un hombre sofisticado, tanto en su manera de vestir como en las joyas que llevaba.
-Queridos míos, ¿cómo estáis? ¿Ça va? -les dijo al verlos.
León, de origen italiano, había descubierto que sus ancestros habían emigrado de Francia a Italia, y desde entonces no dejaba de incorporar palabras francesas a su discurso.
Cami aceptó un beso en cada mejilla a modo de saludo.
-Bien, gracias, León... -respondió ella serenamente.
-Eso es bueno -tomó la mano de Benja-. Hay algunas obras maravillosas. Al menos una de ellas estoy seguro de que despertará gran interés. Te la mostraré a ti personalmente. Pero primero un poco de champán, ¿Oui? -tomó dos copas de una bandeja que llevaba un camarero. Luego le ordenó a un camarero uniformado que llevara una selección de entremeses-. Salmón ahumado, anchoas... -le indicó al camarero.
Cami se sirvió un canapé de salmón ahumado decorado con queso cremoso.
-Delicioso. Pranz se ha superado a sí mismo.
-Gracias, querida -dijo León-. Y ahora, mezclaos con la gente. Conocéis a casi todo el mundo. Estaré con vosotros más tarde.
Ella se movió, consciente del interés que causaba entre la gente. Era el momento de sonreír, y saludó a los invitados con simpatía innata, deteniéndose para conversar de temas frívolos a cada paso.
¿Cuánto tardaría en entrar Juan con Monique y Annaliese? ¿Quince minutos? ¿Veinte?
Fueron veinte minutos.
-Hola, querida -su padre le apretó la mano y luego saludó a su yerno.
-Monique... -Cami la saludó con el beso en el aire de costumbre-. Annaliese...
Annaliese llevaba un vestido negro ajustado, que le marcaba todas las curvas y que dejaba en evidencia la ausencia de sujetador.
Todos los hombres la miraron. Pero Cami sabía que su objetivo era Benja.
-¿Has visto algo que te guste?
Cami oyó aquella pregunta de Annaliese y supo inmediatamente que iba dirigida a Benja.
-Sí, uno o dos cuadros.
-¿Vas a comprar? -preguntó Monique.
Cami se preguntó si Juan sabría lo que estaba maquinando su hijastra.
-Posiblemente. Los números cinco y treinta y siete -agregó Benja.
-Cami, ¿por qué no llevas a Monique y a Annaliese a dar una vuelta por el salón? -sugirió Juan- Hay algo de lo que quisiera hablar con Benja.
¿No se daba cuenta su padre de que la estaba arrojando a los leones?
-Las chicas pueden ir -dijo Monique dulcemente-. Yo quiero hablar con Bertrice Osterman.
Cami sonrió y le dijo a Annaliese:
-¿Comenzamos?
Llegaron enseguida al cuadro que había elegido Benja.
-Va a dar luminosidad a una de las paredes de la oficina -dijo Cami.
-No te molestes, Cami -dijo Annaliese con tono de aburrimiento-. Estas exposiciones son horribles.
-Pero socialmente estimulantes, ¿no crees?
-Monique vino a hacerse ver, y...
-Y tú también -agregó Cami.
-Por Benja -dijo Annaliese.
Cami sintió un nudo en el estómago.
-Debiste suponerlo, ¿verdad?
-No esperaba otra cosa.
-Entonces nos comprendemos.
Cami extendió una mano hacia una fila de cuadros.
-¿Fingimos que miramos los otros cuadros expuestos? -Annaliese sonrió-. Eso te dará un tema de conversación luego.
Annaliese era una actriz consumada, pensó Cami. Ninguna persona en aquel salón hubiera imaginado que había enemistad entre las hermanastras. Y a ella le disgustaba participar en la farsa.
Dieron una vuelta, se detuvieron y examinaron cuadros antes de volver adonde estaban Benja y Juan. Monique no estaba a la vista.
-Una elección maravillosa, Benja -dijo Annaliese en tono seductor-. Hay una escultura que quedaría estupenda en un rincón de tu oficina. Debes venir a verla -se dio la vuelta hacia Cami-. Es muy espectacular. ¿No es verdad, querida?
-Espectacular -repitió Cami, tomando una copa de champán de una bandeja que llevaba un camarero.
Miró a su marido. A Benja parecía hacerle gracia aquella situación.
-Entonces tendré que echar un vistazo -dijo Benja.
-¿Por qué no conversas con Juan, querida, mientras llevo a Benja a ver la escultura? sugirió Annaliese.
-Annaliese se ha transformado en una muchacha muy atractiva -dijo Juan.
Cami inclinó la cabeza.
-Muy atractiva, sí -repitió Cami.
-Y con mucho éxito también.
-Sí -Cami bebió champán.
-He mirado el informe que me enviaste. Es excelente.
-Gracias -contestó Cami intentando no mirar hacia Benja.
-Tienes la integridad de tu madre, y su estilo -dijo Juan amablemente-. Estoy orgulloso de ti, Cami. Y de lo que has conseguido.
Cami le dio un beso en la mejilla y le dijo:
-Yo también te quiero.
-Juan...
Cami se dio la vuelta al oír una voz desconocida, sonrió y se quedó de pie al lado de su padre mientras éste hacía las presentaciones.
Era un socio, preocupado al parecer por las próximas elecciones al estado. Con una excusa, Cami se alejó de los dos hombres y se marchó a la otra punta de la sala. Se paró a saludar a algunas personas a las que conocía. Luego, se acercó a volver a mirar un cuadro que le había llamado la atención.
-Cami.
-¡Francesca! -saludó efusivamente a la modelo pelirroja-. ¡Tengo la impresión de que hace siglos que no nos vemos!
-Mucho tiempo... Los pases han sido demoledores, y... la familia desalentadora.
-¿Quedamos para almorzar para conversar de todo esto?
-¿Mañana?
-¡Estupendo! -exclamó Cami. Y le nombró un restaurante de moda cerca de su oficina-. ¿Alas doce y media?
-Hecho -contestó Francesca y le tomó el brazo-. ¿Quieres que observemos el intento de Annaliese de tenderle una trampa a Benja?
-No -contestó Cami.
-Entonces hagamos algo inesperado y miremos los objetos de arte por si hubiera un talento oculto entre ellos. Debe de haber alguno, ¿no?
-Lo importante es el ojo de quien lo contempla. Es él quien ve la belleza -dijo Cami solemnemente mientras iban de un cuadro a otro.
-Los precios son escandalosos -opinó Francesca en un aparte-. ¿Ha habido alguien que haya hecho una oferta?
-Aunque parezca mentira, sí.
-Ya.
-Se sabe que algunos ricos y famosos de la ciudad a veces compran obras por capricho y después hacen una buena operación cuando el artista se hace famoso.
-¿Y si no se hace famoso?
-Colocan la obra en el vestíbulo de su oficina y fingen que su origen desconocido lo transforma en una obra curiosa. La ventaja adicional es que luego se pueden deducir impuestos por su compra.
-¡OH! ¿Cuándo te has hecho tan cínica?
-He crecido.
-¿Y Benja?
-Nos entendemos el uno al otro.
-Es una afirmación que entraña muchas cosas. Yo pensé que Benja era tu príncipe azul.
-Ese es un mito que pertenece a los libros.
-No siempre -dijo Francesca-. Yo he experimentado algo de ello.
Había sido muy breve, sí. El matrimonio de Francesca con un famoso piloto de coches de carreras italiano había durado seis meses. Un accidente hacía tres años había acabado con su vida y con la de otro conductor, una terrorífica escena que los informativos habían inmortalizado para siempre.
Cami había volado a Mónaco para asistir al funeral y no había sido capaz de pronunciar las palabras adecuadas entonces; como no era capaz de pronunciarlas ahora.
-Está bien -dijo Francesca serenamente, como si se diera cuenta de lo que estaba pensando su amiga-. Estoy aprendiendo a hablar de ello.
Cami había sido testigo de aquel amor compartido, y se había preguntado si sería posible superar semejante pérdida.
-Mario era...
-Uno entre millones -la interrumpió Francesca-. Fue mío durante un breve tiempo. Al menos tuve eso -señaló un cuadro con pinceladas torpes de colores vivos-. ¿Será un trabajo de un niño pequeño que se ha mezclado con los otros cuadros?
-Es un cuadro abstracto -dijo una voz masculina-. Y estás mirando al niño que pasó toda una tarde pintándolo con la esperanza de que alguien lo valorara y pagara para que yo pueda tener pan en mi mesa.
-Un pan muy caro -dijo Francesca-. Zapatos hechos a mano, corbata de Hermes y un Rolex.
-Podrían ser falsos.
-No -dijo Francesca con la certeza de alguien que conocía bien los diseños.
Cami miró la escena entre su amiga y el hombre de ojos oscuros y hombros anchos.
-¿Ahora vas a decirme dónde vivo y qué coche llevo también?
-No creo que sea lo que la gente esperaría de un pintor -dijo Francesca sin pensarlo-. Apuesto a que un elegante barrio del norte, frente al mar, árboles en el jardín, un estudio separado y un BMW en el garaje.
Cami sintió la presencia de Benja antes de que le pusiera los dedos en la cintura. Sonrió y se giró hacia él.
-Benja -Francesca lo saludó afectuosamente-. Hacía tiempo que no nos veíamos.
-Sí -dijo él-. ¿Conoces a Dominio?
-No nos han presentado formalmente Francesca sonrió a propósito al mirar al hombre a su lado.
-Dominio Andrea. Empresario y pintor a ratos le dijo Benja-. Francesca Angeletti.
-Debéis venir a cenar a mi casa. Traed a Francesca.
-¿Cami? -Benja miró a Cami pidiéndole que ella fuera quien tomase la decisión.
-Gracias. Estaremos encantados de ir.
-No -la atractiva viuda rechazó la invitación.
-Pongamos un día -dijo Dominio-. Con Benja y Cami presentes, estarás a salvo -sonrió-. ¿No estás ni siquiera interesada en ver si tienes razón?
Cami observó a Francesca.
-No me interesa saber dónde vives -contestó ésta achicando los ojos y mirando fríamente.
-Mañana -insistió Dominic-. A las seis y media.
Se dio la vuelta y se marchó al otro extremo de la galería.
-¡Qué hombre tan prepotente! -exclamó Francesca cuando se fue.
-Es un hombre muy rico y con mucho éxito dijo Benja-. Se dedica al arte y dona muchas de sus obras a organizaciones caritativas.
-¿Es amigo tuyo?
-A veces hemos hecho negocios juntos. Pasa mucho tiempo fuera del país. En Nueva York, Atenas, Roma.
-El champán, el caviar y las ostras no son de mi agrado -dijo Francesca.
-Tenéis algo en común -dijo Benja divertido.
-¿A qué se debe su invitación a cenar? preguntó Francesca.
-Admira tu encantador ingenio.
-No he tenido intención de parecer encantadora.
-Tal vez tenga ganas de descubrir por qué no.
-Debe de ser que las mujeres no suelen rechazarlo.
Benja se rió y dijo:
-Pocas veces lo rechazan.
Cami vio un brillo especial en los ojos de su amiga. No pudo reprimir una sonrisa y le dijo:
-¿Aceptarás entonces?
-Hace mucho que no me ofrecen una velada tan interesante -comentó Francesca-. Mañana te contestaré durante el almuerzo, Cami.
Benja llamó su atención sobre una escultura de acero. A los pocos minutos, Francesca se marchó.
-¿Quieres quedarte a la fiesta de León? preguntó Benja minutos después.
Cami lo miró.
-Supongo que le habrás dado un suculento cheque para apaciguar su enfado por nuestra ausencia, ¿no es verdad?
Benja sonrió.
-Los cuadros cinco y treinta y siete, además de la escultura que me recomendó Annaliese.
Cami sintió un nudo en el estómago.
-Un regalo para Juan -agregó Benja.
-Estoy segura de que lo apreciará -dijo ella después de un largo silencio.
-No has contestado a mi pregunta -le recordó él.
-Juan, Monique y Annaliese no se han marchado aún -dijo ella.
-No sabía que eso te condicionara -dijo él.
En realidad, ella no le perdonaba que se hubiera dejado arrastrar tan fácilmente por Annaliese, ni que se hubiera dejado atrapar en una conversación tan larga.
-Si quieres que nos marchemos... -dijo ella.
-¿No vais a asistir? -intervino Monique-, León se disgustará si no asistís a su fiesta.
-Dolor de cabeza -dijo Benja.
Monique miró intensamente a Cami.
-¡OH, querida! ¿De verdad? -la miró con desconfianza.
-¡Qué pena terminar la noche tan temprano! -exclamó Annaliese. Miró a Benja-. Tal vez no le importe a Cami que la dejes en casa y vuelvas a la fiesta, ¿no crees?
-Soy yo quien tiene dolor de cabeza -comentó él, mirando a Cami para que ésta supiera que se trataba de un sufrimiento de naturaleza sexual.
Annaliese la miró maliciosamente.
-Que os divirtáis -murmuró su hermanastra, apretando el brazo de Benja a modo de caricia.
Cami deseó no ponerse colorada.
Benja se despidió de todos, la tomó de la mano y empezó a atravesar la habitación.
León estaba conversando con un grupo de gente.
-¡OH, queridos! ¿Os vais?
-¿No te importa?
-¡OH, me alegro tanto de que hayáis podido venir! -sonrió León beatíficamente, gracias al cheque de Benja.
Cami esperó a que Benja sacara el Jaguar del aparcamiento para empezar el ataque verbal.
-¡Ha sido imperdonable!
-¿A qué te refieres exactamente?
Ella tenía ganas de pegarle, pero permaneció en silencio hasta que él llegó a Vaucluse, metió el coche en el garaje y entró a la casa.
-¿Quieres café? -le preguntó Benja después de activar el sistema de seguridad nuevamente.
-No -dijo ella.
Él no la tocó.
-Estás demasiado enfadada para tomar café, parece.
-¿ Y qué esperabas?
-Algo de gratitud quizás, por escaparnos, ¿no crees?
Ella intentó controlarse.
-¿Te ha molestado que quiera hacer el amor contigo? -le preguntó él.
-No esperaba un anuncio formal de tus intenciones -le dijo enfadada mientras él le tomaba la nuca y bajaba la cabeza para besarla-. ¡No! ¡Déjame!
Pero él la besó y ella se entregó a su abrazo con ferocidad. Todo su cuerpo lo deseaba y abrió la boca para recibirlo.
La pasión reemplazó al enfado. Ella registró aquella traición durante un segundo y se preguntó cómo era posible.
No era justo que él tuviera aquel efecto en ella. O que ella tuviera tan poco control. El sexo motivado por la lascivia no estaba mal, pero el amor era el verdadero premio.
Ella quiso protestar cuando él le puso un brazo debajo de las rodillas y la alzó contra su pecho. Sabía que debía protestar. Él la llevó por las escaleras hacia la habitación. Le quitó la chaqueta y la dejó en una silla.
La suave luz de dos lámparas se reflejaban en un espejo y ella vio dos figuras. Una alta y morena y la otra pequeña y vestida de rojo. Después, se perdió en el calor de la mirada apasionada de Benja mientras ella le quitaba la ropa con tanta avidez como la de él al desnudarla.
Sintió sus músculos bajo sus dedos, la tensión en ellos, su pecho musculoso, su cintura dura y el empuje de sus poderosas piernas.
El latido del corazón de Benja se aceleró junto con el de ella cuando la dejó en la cama. Ella se alzó encima de él, excitada ante lo que se avecinaba. Quena darle tanto placer como sabía que iba a recibir. Llegó al éxtasis lentamente, disfrutando de cada paso del camino hacia él, hasta que dejó de sentir que eran dos, hasta que sus almas se fundieron en un solo cuerpo.
Y luego, se quedaron echados, con los brazos y las piernas entrelazadas, disfrutando de las suaves caricias en la tibia piel, de los labios sobre la piel, en un «después» lleno de ternura hasta que el sueño los reclamó a los dos.
Los rayos del sol estaban calientes después de la frialdad del aire acondicionado del edificio, y Cami sintió el calor proveniente del pavimento combinado con el de la oleada de gente que salía de las oficinas a almorzar.
Sydney era una ciudad vibrante, con gente de diferentes culturas.
Cami fue al encuentro de Francesca.
El restaurante estaba lleno, pero Cami había reservado una mesa. El maítre la recibió efusivamente y la condujo a ella.
Pidió agua helada. Francesca llegó enseguida.
-El tráfico estaba terrible -comentó su amiga-. Y encontrar aparcamiento fue peor aun.
Cami sonrió y dijo:
-El tráfico es un infierno. ¿Pedimos?
-Buena idea. Me estoy muriendo de hambre.
Francesca eligió una sopa seguida de una ensalada griega y fruta fresca.
Cami eligió lo mismo que su amiga, pero prefirió pasta en lugar de la sopa.
-¿Cuánto tiempo vas a estar en Sydney? -sonrió.
-No mucho -Francesca alzó el vaso que sonó con el hielo-. Unas pocas semanas. Luego, volveré a Europa.
-Háblame sobre Roma...
-A la madre de Mario le diagnosticaron un cáncer que no podía operarse.
El corazón de Cami se encogió de dolor. Extendió la mano y tomó la de su amiga.
-Francesca, lo siento mucho.
-Pudimos compartir algunas semanas antes de que la hospitalizaran, y después de eso fue cuestión de días -los ojos de Francesca se oscurecieron con reprimidas emociones-. Me legó todo.
-Mario era su único hijo -le recordó Cami.
-De todos modos, fue... -hizo una pausa de un segundo-. Inesperado.
La aparición del camarero las interrumpió.
-¿Qué novedades hay en la familia? preguntó Francesca cuando se marchó el camarero.
-Ninguna.
-¿Benja sigue increíble, Monique sigue agradable superficialmente, Annaliese una zorra, y Juan parece no enterarse de nada?
Aquella descripción era tan precisa, que Cami no sabía si reír o llorar.
-No se entera de lo que pasa selectivamente.
-Tu padre es un hombre astuto.
-¿Y el tuyo, Francesca?
-Consumido con los negocios para poder darle a mi querida madrastra un increíble tren de vida, algo que ella insiste en decir que es importante -sonrió-. Mientras mi madre continúa yendo de un hombre a otro.
Terminaron con el primer plato y siguieron con la ensalada.
-Dominio Andrea... ¿Es griego?
-Él es de la segunda generación. Su madre es australiana.
-Es un hombre irritante.
Dominio era muchas cosas, pero irritante no.
-¿Te parece?
-Un arrogante.
Tal vez tuviera razón. Aunque Cami le habría llamado «seguro de sí mismo».
-¿Prefieres no ir a cenar hoy?
Francesca masticó el último bocado de ensalada tomándose su tiempo. Luego dejó el utensilio en el plato.
-No. ¿Por qué rechazar una noche interesante?
Cami sonrió.
-¿Una pelea de dos titanes?
-Será un desafío derrotar a un hombre en su propio juego.
Cami no estaba segura de que Francesca ganase.
El camarero llevó una bandeja con fruta y pidieron el café.
-¿Quieres que te dé la dirección de Dominio? -preguntó Cami recogiendo la nota. Francesca protestó-. ¿O quieres que te recojamos?
-Te veré allí -dijo Francesca. Sacó una pluma y papel de su bolso y tomó nota de la dirección-. ¿A las seis y media?
-Sí-contestó Cami.
Una vez en la calle, Francesca le dio un beso en cada mejilla y ella le tomó la manó cuando se despidieron.
-¡Es estupendo volver a verte! Cuídate.
-Sí. Nos veremos esta noche -le prometió Francesca.
Había varios mensajes en el escritorio de Cami cuando ésta volvió. Devolvió las llamadas, dictó varias cartas a su secretaria y trabajó en la reducción de gastos generales de una empresa subsidiaria. Hacía falta la supervisión sistemática para descubrir suministradores alternativos, quienes, estaba convencida, podían dar un servicio igual por un precio más competitivo. Hizo una lista de números a los que debía llamar.
El teléfono interno sonó. Cami apretó el botón.
-¿Sí? ¿Halle?
-Hay un paquete en recepción para usted. ¿Quiere que se lo traiga?
-Sí, por favor.
Un minuto más tarde, su secretaria apareció con un gran paquete rectangular envuelto en papel marrón.
-Hay un sobre. ¿Quiere que lo abra?
-No. Yo me ocuparé de ello. Gracias, Halle.
No podía ser que fuera...
Dejó el sobre en el escritorio y empezó a desenvolver el paquete.
Sonrió al ver que era el cuadro que había estado mirando en la galería de León.
Era perfecto para la pared de su oficina.
La tarjeta tenía un mensaje escueto: «Para ti». Y estaba firmado por Benja.
Cami extendió la mano hacia el teléfono privado y llamó al número de Benja.
-Rojas -contestó enseguida.
-Te diste cuenta de mi interés en el cuadro dijo ella cálidamente-. Me encanta. Gracias.
-¿Por qué no das un paseo hasta mi oficina y me lo agradeces en persona? -le dijo Benja divertido.
-¿Para un rato de diversión?
-Muy breve -dijo él con humor-. Un socio me está esperando en el salón privado.
-En ese caso, no deberías hacerlo esperar dijo ella picaramente.
El se rió.
-Esta noche, Cami...
Ella oyó el clic del teléfono cuando colgó él.
El resto de la tarde pasó rápidamente, y a las cinco apagó el ordenador, firmó las cartas, recogió su maletín y bajó al aparcamiento.
El coche de Benja estaba en el garaje cuando llegó a casa. Como iban a cenar fuera no pasó por la cocina. Subió directamente las escaleras.
Sería agradable desnudarse y relajarse en el jacuzzi, pensó mientras entraba en el dormitorio. Pero no tenía tiempo. Sólo veinte minutos para ducharse, vestirse, maquillarse y peinarse.
Oyó el ruido de la máquina de afeitar desde el baño. Se puso una bata de seda y salió.
Benja estaba de pie frente al espejo grande afeitándose, envuelto en una toalla. Era evidente que acababa de ducharse.
-Hola -dijo ella casi sin aliento al verlo semidesnudo.
Él alzó la mirada y la miró.
-Hola -dijo, fijando sus ojos en la boca de ella.
Ella hizo un esfuerzo y se quitó la bata; se metió en el compartimiento de la ducha, abrió el agua y entró en la ducha.
Cuando terminó, se dio cuenta de que estaba sola.
En diez minutos, se maquilló y se peinó. Fue al ropero y eligió unos pantalones de seda en color marfil y una camisola. Luego se puso una chaqueta de seda, joyas de oro y unas elegantes sandalias. Se echó unas gotas de su perfume favorito y recogió su bolso de noche.
-¿Estás lista?
-Sí, ¿nos vamos?
La casa de Dominic era un ejemplo brillante de arquitectura de diseño. Estaba en el barrio de Beauty Point y tenía vistas al puerto.
Dominic los saludó y los hizo pasar.
Techos altos y unas puertas de cristal del techo al suelo hacían que la luz inundara la habitación. Las contraventanas eran de madera, y el mobiliario tenía un toque de caribeño.
Francesca no estaba. Cami se preguntó si su amiga habría calculado su llegada con cinco minutos de retraso.
El timbre sonó a los diez minutos cuando estaba saboreando un delicioso cóctel de frutas. Dominic dejó que abriera su ama de llaves.
Al parecer, si Francesca había empleado una estrategia, Dominic también tenía la suya.
Francesca estaba deslumbrante. Cami la aplaudió silenciosamente. Su amiga la miró un instante antes de dirigirse a su anfitrión.
-Por favor, acepte mis disculpas -dijo Francesca.
-Aceptadas -dijo Dominic-. ¿Quieres una copa?
-Agua helada -pidió Francesca con una dulce sonrisa-. Con hielo.
-¿Mineral? ¿Con gas o sin gas?
-Sin gas, si tienes.
Cami sonrió y bebió un sorbo más de su cóctel.
Francesca iba de negro, tal vez para remarcar su viudedad. Tenía todo el aspecto de una modelo internacional con éxito. Llevaba el pelo recogido en un moño descuidado, con unos pocos rizos que le enmarcaban la cara. El maquillaje estaba perfecto, aunque Cami dudaba de que le hubiera llevado más de diez minutos aplicárselo. Se había puesto su perfume favorito, Hermes Caléche, y no cabía duda de que su traje era de un diseñador italiano comprado a buen precio.
Cami se preguntó cuánto tardaría en llegar Dominic a lo que había debajo de la concha protectora de su amiga, a su verdadera naturaleza. No sabía si Francesca dejaría que lo intentase.
La cena consistió en platos variados, exquisitamente presentados en una vajilla de porcelana china.
Hubo también una fuente de ensaladas artísticamente adornadas, con aguacates, mangos y nueces. ¿Sería una concesión a lo que Dominio sospechaba sería una necesaria dieta para una modelo?, se preguntó Cami.
Francesca, Cami lo sabía muy bien, comía bien, y no tenía demasiada necesidad de controlar su comida. Aquella noche, sin embargo, había comido poca cantidad, no comió postre y prefirió té de hierbas en lugar del café solo que solía tomar.
-Barrio del norte, con vistas al mar y árboles en el jardín -bromeó Francesca mirando a Dominio por encima del borde de su taza.
-Has acertado en casi todo -dijo Dominio con humor-, ¿Tienes la suficiente curiosidad como para querer descubrir si estás en lo cierto en lo que queda?
-¿Te refieres al estudio separado y al BMW en el garaje?
-Sí.
Francesca alzó una ceja y preguntó con desconfianza y un tono de superioridad:
-¿Es una invitación sutil a otra cosa?
-Pinto en el estudio y dejo para el dormitorio lo de hacer el amor.
Francesca lo miró.
-¡Qué prosaico!
Cami pensó: «Déjalo, Francesca. Estás jugando con dinamita. Además el BMW es un Lexus y, aunque el estudio está aparte, está encima del triple garaje y unido a la casa por un pasaje acristalado».
-¿Más té? -ofreció Dominic.
-Gracias, no.
Benja se puso de pie con un suave movimiento, miró a su esposa y dijo:
-Si nos disculpas, Dominio -sonrió-. La cena ha sido estupenda. Felicita a Louise de nuestra parte -sonrió afectuosamente.
-Ha sido una velada estupenda -dijo Cami recogiendo su bolso. Miró a Francesca brevemente, pero no pudo sacar ninguna conclusión de su expresión. Su partida era una buena excusa para que Francesca se fuera, y el interés de Cami aumentó al ver que su amiga no tenía intención de marcharse.
Tal vez Francesca no quisiera salir corriendo con la primera excusa que apareciera para evitar estar a solas con Dominic, pensó Cami.
-Francesca puede arreglárselas sola muy bien -dijo Benja al sacar el coche a la calle.
-Dominic también -le recordó Cami frunciendo el ceño.
-¿Eso te preocupa?
-Sí -contestó ella-. No me gustaría que le hiciera daño a Francesca.
-No he visto ningún signo de presión por parte de Dominic. Y ella desaprovechó la oportunidad de marcharse cuando pudo -Benja paró el coche en una intersección.
-¿Ahora vas a decir también que bailaremos en su boda?-dijo Cami ácidamente.
Benja se rió.
-No me sorprendería.
-Mario...
-Está muerto -dijo Benja suavemente-. Y Francesca es una mujer joven muy hermosa que se merece ser feliz.
El semáforo cambió y el coche alcanzó velocidad. Cami centró su atención en las luces al otro lado del puerto. La escena era como una postal, y ella la había admirado muchas veces en el pasado. Sin embargo aquella noche no tenía el mismo atractivo.
-¿Piensas que no puede volver a enamorarse?
Cami se quedó callada unos segundos.
-Como amó a Mario, no.
-El afecto, la estabilidad, y la seguridad pueden ser un buen sustituto.
Ella sintió como una punzada. ¿Era eso lo que él pensaba del matrimonio suyo? El fuego y la pasión... ¿eran sólo de ella?
El coche atravesó el Puente del Puerto, luego dobló hacia los barrios del este. Llegarían a casa enseguida. Y como otras noches, ella dormiría en sus brazos, después de hacer el amor.
Negar a Benja era como negarse a sí misma...
Cami subió las escaleras en cuanto llegaron a casa.
-Iré a cambiarme.
Y se metería en el jacuzzi, decidió en cuanto llegó a la planta de arriba. Le aflojaría la tensión del cuerpo y la ayudaría a relajarse.
No la relajó tanto. Las dudas que la acompañaban siempre en su mente salieron a la superficie.
Las examinó una a una. Benja la quería en su cama, pero, ¿la necesitaba? ¿Sólo a ella?
Probablemente, no, pensó con tristeza, sabiendo que habría cientos de mujeres dispuestas a ocupar su lugar. Con o sin matrimonio de por medio.
Era imposible negar el factor de la seguridad. Con ella, Benja tenía una esposa que algún día heredaría la mitad de una empresa de dos millones de dólares, lo que duplicaría su parte.
Y la estabilidad terminaría de consolidarse con los niños. Entonces, ¿por qué tomaba precauciones para impedir el embarazo?
Cami cerró los ojos para soñar. Vio la alegría compartida de los primeros tiempos de embarazo, su barriga abultada con el niño de Benja y luego al recién nacido succionando su pecho.
Pero era más que esa imagen idílica. Mucho más. El recién nacido se transformaría en un niño consciente de lo que lo rodease, de sus padres. La seguridad económica no sería ningún problema, pero, ¿y la seguridad emocional?
El divorcio tenía un efecto muy traumático, y tener que aceptar un padrastro o una madrastra en el lugar de un ser querido era peor todavía.
Ella quería que su hijo se criase en un hogar feliz con dos padres comprometidos emocionalmente el uno con el otro. Un matrimonio basado en los negocios carecía del ingrediente esencial de una relación estable: el amor.
Y el amor por parte de uno de ellos no era suficiente.
¡Maldita sea! La introspección no ayudaba en absoluto, pensó Cami.
-Dormir en un jacuzzi no es buena idea.
Cami no abrió los ojos al oír la voz de Benja.
-No estaba durmiendo.
-Me alegra saberlo. ¿Piensas estar aquí mucho tiempo?
-Un rato.
Benja no dijo nada, y se marchó. Tal vez hubiera ido abajo a ver el último informe económico de Londres, Nueva York y Tokio en el fax. O tal vez se hubiera desvestido y se hubiera acostado.
El agua caliente y a presión tenía un efecto relajante, y dejó volar sus pensamientos... Hasta su infancia, con bonitos recuerdos de su madre, y de Juan. Después de Juan, siguió... Monique, y...
Los ojos de Cami se abrieron de golpe al sentir un pie tocando el suyo. Se encontró con un par de ojos marrones, casi negros, mirándola con picardía.
-¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó sobresaltada, a pesar de que no era la primera vez que usaban el jacuzzi juntos.
-¿Te perturba tanto mi presencia? ¿Soy un intruso?
-Sí -dijo ella, aunque no era del todo cierto-. No -dijo luego, tratando de arreglarlo, sin poder dejar de mirar esas facciones: mandíbula ancha, una barbilla pronunciada, y la sensual curvatura de sus labios.
La boca se movió levemente, y pudo ver sus dientes blancos.
-Pareces insegura.
-Porque tal vez lo esté.
El aroma suave de su colonia tenía un efecto turbador, y ella dilató las pupilas cuando él dibujó sus labios con un dedo.
«Por favor», rogó ella en silencio. «No me hagas eso».
Benja empezó a destruir sus defensas lentamente, rompiéndolas una a una con la caricia de sus manos.
Los dedos se deslizaron por su cuello, luego acariciaron sus pechos, los tomaron y jugaron con sus pezones.
Ella abrió los labios y cerró los ojos.
Nadie debía tener tanto control sobre otra persona, pensó. Debería haber algún mecanismo por el que no se pudiera permitir tal invasión, tal posesión, pensó ella.
Unas manos fuertes se posaron en la cintura de ella, y sin esfuerzo, Benja la giró para sentarla frente a él. Ella se sintió prisionera de la fuerza de sus hombros, de sus brazos musculosos que tocaban los suyos.
Sentía calor, un calor que no tenía nada que ver con la temperatura del agua, y cuando los labios de Benja mordieron delicadamente su cuello, ella suspiró, aceptándolo.
Él tenía el tacto y la sabiduría para excitar a una mujer hasta la locura. Y el control para mantenerla al borde del abismo de placer hasta que ella pidiera desesperadamente que la liberase de aquella erótica tensión.
Era un viaje muy sensual que atravesaba muchos caminos, a largo de los cuales Cami no quería a otro sino a él. Ella sabía que hubiera dado su fortuna, su vida, todo... por que él sintiera lo mismo.
Las manos de Benja se deslizaron por sus hombros, y la hizo mirarlo de frente. Luego, tomó posesión de su boca.
Ella le rodeó el cuello, hundió sus dedos en su pelo y lo abrazó fuertemente.
Había pasión en aquel beso, por parte de los dos. Saboreó la dulzura de su boca, el calor de su lengua.
Ella quería jugar con él, comprobar el nivel de autocontrol. Y ver si era capaz de romperlo.
Cami deslizó los brazos, y acarició el cuello de Benja, tomándose el tiempo para explorar la dureza de sus musculosas ondulaciones, las sinuosidades de sus hombros.
Su pecho estaba cubierto por vello oscuro y crespo. Ella jugó con él, tiró de él suavemente.
Bajó la cabeza y le besó los hombros, luego acarició centímetro a centímetro el recorrido hacia su oreja, usando la punta de su lengua con picaro deleite, y acariciando con ella el lóbulo antes de mordisquear la oreja suavemente.
Después, se movió para acariciar sus párpados antes de llegar a su nariz.
Aquella boca sensual era una tentación imposible de resistir, y tocó sus labios con la punta de su lengua; los mordió suavemente, los probó: primero uno, luego el otro. Luego, se apartó cuando vio que él estaba dispuesto a tomar el control.
Cami negó con la cabeza en silencio. Después, se puso de pie y salió de la bañera. Tomó una toalla y se envolvió en ella, tomó otra y se la extendió.
Benja la miró unos segundos. Ella vio en sus ojos el brillo de la pasión. Él se puso de pie también.
Su cuerpo emergió, grande, magnífico, musculoso, con sombras oscuras de su vello negro.
Pisó el suelo de mármol con cuidados movimientos. Se acercó a Cami sin dejar de mirarla y extendió la mano para que ella le diera la toalla. Ella agitó su cabeza y dio un paso al frente para secar la humedad de aquella piel morena.
Empezó por un hombro, luego con el otro, siguió con el pecho, tomándose el tiempo para secarlo lentamente. Le secó la cintura, las caderas, luego sus poderosas piernas. Se puso detrás de él para secarle la espalda. Observó el movimiento de sus músculos al tensarse y relajarse bajo el tacto de sus manos.
-Un hermoso trasero -bromeó ella cuando deslizó la toalla hacia las piernas.
-Estás jugando a un juego muy peligroso -le advirtió Benja cuando ella dio la vuelta y se paró delante de él.
-¿De verdad? No he terminado todavía.
-Y yo ni siquiera he empezado.
Cada palabra tenía la suavidad de la seda, y parecía acariciar la piel de Cami.
¿Estaba loca?, pensó ella. ¿Por qué quería hacer desaparecer su autocontrol? ¿Para invitarlo a algo que luego no podría manejar?
Pero no podía «arrojar la toalla», literalmente, pensó ella riendo por dentro, mientras le secaba aquellos muslos fuertes.
La excitación de un hombre era un testimonio erótico muy potente de su sexo, su poder y su fuerza. Con sabiduría y experiencia, podría volver loca a una mujer.
Cami miró su sexo con fascinación. Espontáneamente deslizó un dedo por su longitud, por la punta, y acarició su base.
Quería probarlo, usar su lengua y su boca como si estuviera saboreando algo exótico.
-¿Sabes a qué me estás invitando con esto?
¿Leía el pensamiento Benja? ¿Eran imaginaciones suyas o su voz parecía ronca y levemente tensa?
Ella movió la cabeza y encontró la mirada intensa de sus ojos.
-Sí.
Ella sintió en todo su cuerpo un estremecimiento de anticipación al pensar en lo que él podría pedirle, atrapado en aquella pasión. Junto a aquella sensación excitante apareció el temor a su fuerza cuando perdiera el control y la dejara en libertad.
Cami tragó saliva. Era el único gesto que expresaba su nerviosismo. Los ojos de Benja registraron el movimiento.
-Entonces, ¿a qué estás esperando? -le preguntó él.
El desafío silencioso era evidente en la profunda mirada de Benja y evidente en el gesto de su boca.
Ella había empezado aquello. Ahora tenía que terminarlo.
Sin decir nada, extendió una mano. Él se la tomó.
En silencio Cami lo llevó al dormitorio. Cuando llegó a la cama se inclinó y quitó la colcha. Se volvió hacia él y puso sus manos en su pecho. Luego lo empujó suavemente hasta que él se cayó encima de las sábanas.
Aquello lo hacía para que él sintiera placer. Ella se puso de rodillas al lado de él.
Lentamente, Cami empezó a explorar centímetro a centímetro su piel, metiendo la punta de la lengua en cada recoveco. Su textura no era suave ni dura, sino pura masculinidad y sabor a almizcle.
Sintió satisfacción al ver que los músculos de Benja se tensaban y contraían, al oír su respiración, el suave gemido de Benja mientras sus manos acariciaban su sexo.
Con suma delicadeza exploró la sensible punta, acarició el resto suavemente. Luego, bajó la cabeza y siguió la exploración con la suavidad del tacto de una pluma.
No se contentó con eso. Siguió hacia su cadera, pasó por su vientre, y le dio una serie de besos suaves por toda la piel hasta la parte interna de su muslo.
Con movimientos deliberadamente lentos alzó la cabeza y lo miró, luego se soltó el pelo y agitó su melena.
Sonrió y se agachó pasando su pelo por su pecho, haciéndole cosquillas con él, luego fue hacia su cintura, y acarició con sus labios la parte más sensible de su anatomía.
Control. Benja lo tenía. Se preguntaba por cuánto tiempo, mientras levantaba la cabeza y acariciaba la base húmeda de su masculinidad con la punta de sus dedos.
Ella no dejó de mirarlo en ningún momento. Entonces se levantó, y con un gracioso movimiento, se puso a horcajadas sobre él.
Él no la tocó. Pero sus ojos se oscurecieron llenos de pasión.
Ella quería besarlo, pero no se atrevía. Aquél era un juego de ella, pero no había duda de quién haría el tanto.
El elemento sorpresa era la única arma que tenía ella, y la usó desvergonzadamente al frotarse contra él, jugando con el corazón húmedo de su feminidad sobre su piel. Luego se arqueó contra él, saboreando la anticipación de la posesión completa durante unos segundos, antes de recibir plenamente a Benja dentro de su cuerpo.
Lo sintió excitarse dentro de ella, y disfrutó de aquella sensación. Luego ella se empezó a mover, disfrutando de la sensación de pérdida parcial seguida de un apresamiento completo y lento; una danza circular que ponía en riesgo su propio control.
Sus dedos se aferraron fuertemente a los hombros de Benja mientras intentaba defenderse contra las demandas del deseo, y gimió cuando él le sujetó las caderas para adentrarse más profundamente en ella.
Luego, Benja repitió la acción una y otra vez hasta que ella se sumergió en el ritmo y perdió el sentido de la realidad, envuelta en una oleada de emociones intensas.
Cuando ella alcanzó la cima del placer, él le deslizó una mano por debajo de la nuca y apoyó su cabeza en su pecho.
Ella estaba quieta, echada encima de él. Su respiración iba haciéndose gradualmente más lenta junto a la de él. Sentía una sensación de poder, de satisfacción, que tenía poco que ver con el estado en que normalmente se encontraba después de haber alcanzado el orgasmo. La piel de Benja estaba tibia y húmeda y sabía un poco a sal. Ella la saboreó, y sintió que él se estremecía.
¿Sentiría un hombre aquella sensación de gloria después de haber tomado a una mujer? ¿Sería consciente de que aquella sinfonía sexual que había orquestado y dirigido había llegado a su punto máximo con un crescendo tan maravilloso?
-Gracias -murmuró él, buscando su boca para besarla apasionadamente.
Benja le acarició la espalda. Ella gimió mientras él rodó con ella hasta dejarla de espaldas.
Volvieron a iniciar el juego del amor
Fue una repetición que superó todo lo anterior. Y había sido ella quien había perdido el control, pensó Cami tristemente. Quien había gemido desesperadamente envuelta en las llamas de la pasión.
Pasó un rato hasta que ella estuvo acurrucada en brazos de él.
Al borde del sueño, se dijo que no le importaba que aquello no fuera amor. Si el placer era el premio, no importaba nada más. Era posible ganar aun cuando se perdiese.
POR qué algunos días estaban destinados a ser más significativos que otros?, se preguntaba Cami silenciosamente mientras entraba a la casa y se dirigía a la cocina.
Había estado muy tranquila en la reunión de directivos cuando Maxwell Fremont la había desafiado verbalmente a que explicase en detalle por qué era beneficioso volver a financiar a una subsidiaria para aumentar las ventajas fiscales de la compañía. El margen inicial era estrecho, teniendo en cuenta los costes económicos, pero el proyecto a largo plazo era considerablemente más favorable que la estructura financiera existente. Su investigación había sido minuciosa, y las cifras estudiadas cuidadosamente. Se había sentido muy satisfecha cuando le habían aceptado la propuesta.
La tarde había terminado con una carpeta que no estaba en su sitio y un problema con el ordenador. Y para rematarla en el camino había tenido un problema con un motorista descuidado que no había frenado a tiempo. Su coche había sufrido unos arañazos y la rotura de uno de los faros de atrás. Lo que era una molestia, porque significaba que su Mercedes estaría fuera de circulación el tiempo que el seguro tardase en comprobar los daños sufridos y mientras estuviera en el taller.
Pensó que le apetecía hacer unos cuantos largos en la piscina, y luego cenar en la terraza. La idea le resultaba bastante más atractiva que la de vestirse y arreglarse para asistir a un elegante baile para recaudar fondos para una obra de caridad.
De todos modos el baile era un evento anual para el cual Benja tenía entradas y su falta de ganas no sería razón suficiente para no asistir y para iniciar una pelea.
Aunque la idea de cruzar espadas verbales con Annaliese durante un paté, un entrecot y un mousse de chocolate no le hacía ninguna gracia.
En cualquier momento Benja aparecería en el garaje, vería un faro roto y pediría una explicación.
-Dime, ¿qué ha pasado?
Ella alzó la mirada al oír la voz de Benja y dijo:
-Mucho tráfico, un conductor más atento a su teléfono móvil que a la carretera, el semáforo cambió, yo frené y él no. Nos dimos los nombres y los datos del seguro.
Él se acercó a ella y le tocó el cuello.
-¿Tienes dolor de cabeza?
-No -contestó ella.
Le resultaba gratificante su preocupación, pero el tenerlo tan cerca no la tranquilizaba en absoluto.
-El tráfico estaba imposible.
-¿Quieres que cancelemos el compromiso de esta noche?
Ella lo miró cuidadosamente.
-¿Y si digo que sí?
-Haría una llamada por teléfono y nos quedaríamos en casa.
-¿Así de simple? -alzó una ceja-. No sabía que tuviera tanto poder. ¿No te preocupa que haga un uso equivocado de él?
Benja le tomó la barbilla y examinó la expresión de Cami.
-No es tu estilo, Cami.
En ese momento, ella no quiso ahondar más en el tema y dijo:
-¿A qué hora quieres que nos marchemos?
Él la soltó y fue al frigorífico.
-A las siete.
Tenía una hora, parte de la cual pensaba usar en ducharse con calma.
En el dormitorio, se desnudó, fue hasta el cuarto de baño y abrió el agua.
Fue una bendición, pensó ella cuando se metió en la ducha. El jabón la refrescó con su delicada fragancia, y ella alzó las manos para echarse el pelo hacia atrás.
La puerta de cristal se abrió y apareció Benja. Su cuerpo desnudo reactivaba un fuego en su interior. Ella intentó ignorarlo.
-Casi he terminado.
¿Se atrevería él...? No, no era momento. A no ser que estuviera decidido a llegar tarde.
Cami contuvo el aliento al sentirlo moverse detrás de ella. Luego, respiró cuando sintió sus manos en sus hombros. Los dedos firmes de Benja le hicieron masajes. Era relajante, le sentó bien. Tan bien que lo dijo en voz alta.
Echó la cabeza hacia adelante mientras él le seguía haciendo masajes en sus tensos músculos, y ella se relajó. No quería moverse.
-Fremont te hizo pasar un mal rato en la reunión.
-Sabía que pediría detalles y justificaciones. Me anticipé a él y eso me sirvió para mantenerme en mi sitio.
-Has ido bien preparada.
-El ser familia es algo que algunos no consideran una ventaja-respondió ella,
-¿Debería serlo?
-Evidentemente tú no lo crees.
Los dedos de Benja no se quedaron quietos.
-Mi padre era un hombre muy poderoso. Yo decidí no competir con él en su territorio.
-Sin embargo estás donde él quiso que estuvieras.
-Jamás hubo dudas de que yo ocuparía su lugar eventualmente.
No, simplemente era una cuestión de cuándo, pensó Cami, y se preguntó si el destino habría jugado algún papel. Porque si JC no hubiera muerto Benja habría estado viviendo aún en América. Y su matrimonio no habría tenido lugar.
Ella alzó la cabeza y se apartó de él.
-Debo prepararme -Cami salió del compartimiento de la ducha.
Benja no hizo ningún amago de detenerla.
Le llevó quince minutos secarse y arreglarse el pelo, otros diez minutos maquillarse. Eligió un vestido negro con tirantes en los hombros, y unos guantes negros que agregaban glamour a su aspecto, al igual que las joyas, medias negras y zapatos de tacón de aguja. Unas gotas de su perfume favorito completaban la imagen.
Benja estaba increíblemente atractivo. Llevaba un esmoquin negro y una camisa blanca.
Cami lo miró y sintió que su pulso se aceleraba.
Sintió un calor en el estómago que se extendió a todo su interior.
Hacía una hora había estado desnuda al lado de su marido en la ducha, sin embargo se sentía más vulnerable en ese momento, en el que ambos estaban totalmente vestidos.
Sonrió intentando ahuyentar aquella sensación.
-¿Qué opinas? -le preguntó ella con una sonrisa malévola.
Él la miró con ojos más negros que nunca.
Tal vez tendría que haberse dejado el pelo suelto, pensó Cami, en lugar de habérselo recogido en un moño.
-Increíble. Deslumbrante -le dijo Benja en un cumplido.
-El halago es una buena forma de empezar la noche -dijo Cami mientras se daba la vuelta para recoger su bolso de fiesta.
Media hora más tarde, un aparcacoches se llevó el Bentley mientras ellos entraban al hotel.
Era hora de sonreír. Hora de la representación. Sabía que no debía ser tan cínica con veinticinco años. Pero los años vividos tomando parte activa en los acontecimientos sociales le habían enseñado a representar su papel. Y lo había aprendido bien. Sabía dedicar una radiante sonrisa a los que saludaba, conversar de cosas sin importancia.
El salón de baile estaba resplandeciente. Sonaba la música y los camareros y camareras estaban impecablemente uniformados, esperaban cumplir las órdenes, tomando y sirviendo las copas.
Un miembro del comité le indicó a Benja su mesa.
Cami abrigaba la esperanza de que Annaliese llevase pareja, pero cuando vio al hombre que llevaba al lado sus ilusiones se vinieron abajo.
Su hermanastra iba del brazo de Dominio Andrea. No había pareja que hiciera menos pareja que ellos. Y además, ¿qué habría pasado con Francesca?
-Una migraña -dijo Dominio en voz baja como para que sólo lo oyera ella mientras hacía sentar a Annaliese a su derecha y él se sentaba a su lado-. El acompañante de Annaliese llegará tarde.
Cami se sonrió y preguntó:
-¿Lees el pensamiento?
-Me he anticipado a tu reacción.
-¿Soy tan transparente?
Dominio sonrió y la miró con picardía.
-No soy muy sutil en estas cuestiones -dijo.
Pero tenía decisión y firmeza. Pensó en Francesca y sonrió. Si Dominio había decidido emprender una conquista, Francesca no tenía mucho que hacer en aquella contienda.
-Me intriga.
Cami sonrió.
-Me he dado cuenta.
-¿Me vas a desear suerte?
-Toda la que necesites.
Juan llegó con Monique y tomaron los asientos en el lado opuesto a ellos. Saludaron y pidieron bebidas a los camareros.
Monique estaba muy elegante. Llevaba un vestido azul con una chaqueta a juego, con joyas de diamantes y zafiros en el cuello y en la muñeca, a juego con un anillo de diamantes y zafiros en la mano derecha.
Annaliese había preferido un vestido de seda color esmeralda que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel. A un lado, llevaba una abertura casi indecente.
Las dos parejas que quedaban se sentaron y el disk-jockey cambió la música y puso una pieza de bienvenida que presidió el discurso de apertura del director.
Sirvieron un cóctel de gambas con una música de fondo suave que hacía del lugar un ambiente agradable.
Siguió el segundo plato, que consistía en pechugas de pollo asadas con una salsa de mango y verduras frescas.
Delicioso, pensó Cami, mientras comía. A mediodía sólo había comido un sándwich, que al lado de aquella cena le parecía muy poca cosa.
Tomó unos sorbos de Chardonnay. Era relajante su efecto. Escuchó con atención contar las excelencias y virtudes de las obras de caridad al anfitrión, comentando lo que se había recaudado en aquella velada y dando las gracias a varios patrocinadores por aquella generosa donación.
Un hombre alto se sentó al lado de Annaliese, y, cuando terminó el discurso, Annaliese hizo las presentaciones pertinentes.
Aunque no hacía falta. Se trataba de Aarón Jacob, un famoso modelo que protagonizaba una serie de televisión desde hacía tiempo.
Un rompecorazones y un hombre muy atractivo, pensó Cami, observando aquella perfección masculina. ¡Lástima que tuviera un ego un poco inflado y fama de cambiar de chica como de calcetines!
De lo que no había duda era de que al día siguiente la prensa sacaría una foto de Annaliese y Aarón juntos. Tal vez aquél fuera el motivo de aquel encuentro, pensó Cami, mientras seguía sorbiendo el vino.
El disk-jockey iba a subir el volumen de la música en cualquier momento e invitar a los asistentes a ir a la pista de baile. Sería una oportunidad de que todos se vieran e intercambiaran palabras mientras bailasen. Una buena oportunidad de que las mujeres de la alta sociedad lucieran su último modelo de diseño.
-¿Más vino?
Cami se giró y se encontró con los ojos de Benja.
-No, gracias. Prefiero agua.
Benja alzó una ceja. Ella sonrió.
-Pensé que te gustaría que yo condujera de vuelta a casa -dijo Cami.
-Muy considerada por tu parte -dijo él cínicamente, puesto que no solía beber más de una copa durante la cena, y por lo tanto el ofrecimiento era innecesario.
-Sí, ¿no crees?
-Benja -la voz de Monique distrajo a Benja-. He conseguido entradas para El Fantasma de la Ópera para el miércoles por la noche. Camila y tú vendréis, ¿verdad?
¿Sería una coincidencia que Monique tuviera entradas para la misma noche en que habían invitado a Francesca y Dominio al teatro?, se preguntó Cami.
-Gracias, Monique. Ya tenemos entradas dijo Benja.
-Tal vez podríamos reunimos para cenar después.
Las relaciones familiares estrechas y cálidas eran algo estupendo, pero Cami se dio cuenta de que detrás de aquello se escondían las maniobras de Monique.
-Lamentablemente tenemos otros planes insistió Benja.
-Annaliese y Camila tienen una relación tan estrecha, y se ven tan poco -comentó Monique lamentándolo, y luego siguió-. Es una pena no aprovechar todas las oportunidades que tengan mientras Annaliese esté aquí.
Cami se quedó estupefacta, pero lo disimuló.
-Otra vez será, Monique.
-Debéis venir a cenar. Sólo la familia. El lunes, ¿O el martes? Cualquiera de esos días los tenemos libres.
-¿Cami? -preguntó Benja.
Era una buena estrategia la de pasarle la pelota. Evitar la cena era imposible, así que no tuvo más remedio que decir:
-El lunes es un buen día. Nos encantará ir -mintió.
¿Las mentiras de cortesía se considerarían mentiras también? Si así era, ella estaría condenada al infierno. Pero sentía que estaba justificado por su padre.
-¿Bailamos? -Benja la invitó a bailar.
Bailar con Benja era un peligroso placer.
-Gracias, querido -se puso en pie y dejó que la llevara a la pista de baile.
La pieza de Celine Dion era perfecta, con una letra que despertaba los sueños y esperanzas de cualquier mujer.
Cami amoldó sus formas al cuerpo de Benja. Sintió ganas de abandonar la forma convencional de agarrarse a él para alzar los brazos y rodearle el cuello.
¿Se daría cuenta Benja de cómo se sentía? Él era lo que más deseaba ella. Todo lo que quería, todo lo que necesitaba. En cierto modo, era un pensamiento perturbador. ¿Qué pasaría si alguna vez lo perdía?
-¿Tienes frío?
Ella alzó la cabeza y lo miró durante unos segundos sin comprender su gesto.
-Estás temblando.
Ella sonrió y dijo sin darle importancia:
-Son viejos fantasmas.
-¿Quieres que volvamos a la mesa?
-¿Crees que debo ahorrar mi energía? -le preguntó solemnemente ella mientras él la sacaba de la pista de baile.
-Mañana es sábado.
Ella lo miró sonriendo picaramente.
-¿Quieres decir que nos podemos permitir el lujo de una hora de pereza antes de desayunar muy tarde en la terraza? -preguntó ella.
-Una hora de pereza, un desayuno en la terraza y un viaje al aeropuerto.
-¿Vamos a escapar? ¿Solos? ¿Adonde? No, no me lo digas. Alguien podría oírnos.
-Eres una bruja -murmuró él en su oreja.
El postre fue servido cuando se volvieron a sentar. Luego, llegó el café y los bombones.
Annaliese se fue a la pista de baile con Aaron y se detuvieron en el camino para que les hicieran una foto.
-¿Puedo?
Cami miró a Dominic y se puso en pie. Benja dejó de conversar con Juan y le sonrió.
-Benja es selectivo a la hora de aceptar la compañía masculina de su esposa.
Cami miró a Dominic y dejó que él la llevase a la pista de baile.
-¿No me crees?
¿Cómo podía responder a eso?
Se rió.
Bailaron en círculo una y otra vez hasta que se acercaron a Annaliese y Aaron, y éstos sugirieron un cambio de parejas.
Cami sonrió y se acercó a Aaron, que la estrechó fuertemente.
-¿Ves la serie en la que trabajo?
-No -contestó Cami fingiendo lamentarse.
-¿No ves televisión?
Era difícil reprimir la tentación de bajarle los humos.
-Suelo ver muchos documentales e informativos.
-Eres un cerebro.
Cami no supo si era un cumplido o un insulto.
-Todos tenemos cerebro.
-En mi profesión tienes que cuidar el cuerpo. Es lo que se ve, ¿sabes? Nutrición, gimnasia, terapias de belleza, manicuras, peluqueros... Lo peor es la depilación.
-Muy dolorosa...
-¡OH, sí! -hizo una pausa, y luego siguió hablando de sí mismo: Me voy a Los Ángeles la semana que viene. Me han ofrecido un papel en una película. Puede ser la oportunidad de mi vida.
Ella fingió entusiasmo y dijo:
-Que tengas mucha suerte.
-Gracias.
-¿Os importa que interrumpa?
Cami oyó el tono de voz de su marido.
-No, en absoluto -contestó Aaron y se apartó de ella.
-Interrumpes una conversación muy interesante -dijo ella.
Benja la atrajo más cerca de él.
-¿A qué te refieres con interesante?
-A la depilación del vello. Del suyo.
-Algo muy personal. Mmm...
Ella reprimió una carcajada.
-¡OH, sí! -dijo ella, imitando a Aaron.
Mientras daban vueltas en la pista de baile Cami se preguntó cómo reaccionaría Benja si le decía que sentía deseos de sentir su piel, su boca en la lenta danza hacia la satisfacción sexual.
-Querida Camila, ¿no crees que es hora de que baile ya con mi cuñado? -preguntó Annaliese.
Ella hubiera dicho que no. Y no era realmente su cuñado, al menos técnicamente.
Pero no dijo nada. Se movió hacia los brazos de Dominic mientras Annaliese iba hacia Benja.
-Yo no he tenido nada que ver -murmuró Dominic.
Cami sonrió filosóficamente.
-¿Quieres que demos una vuelta a la pista y que intervenga y cambiemos de pareja? -le ofreció Dominic.
-No, pero gracias de todos modos.
Unos minutos más tarde, hubo una pausa en la música y volvieron a la mesa.
Cami recogió su bolso de fiesta y con una excusa fue hacia el servicio para refrescarse y arreglarse el maquillaje.
Había cola, y tardó cierto tiempo hasta poder encontrarse frente al espejo.
Había mucha gente que había salido del salón de baile para fumar en el vestíbulo adjunto a él, y Cami saludó a unos invitados antes de volver a entrar.
-¡Ah, aquí estás, querida! -sonrió Annaliese-. Me han enviado en una operación de rescate.
-¿Quién?
-¡Benja! ¿Quién si no?
-Una ausencia de diez minutos no creo que sea motivo para pensar en una operación de rescate dijo Cami.
Annaliese miró la perfección de su manicura.
-A Benja le gusta custodiar sus posesiones.
El ataque era la mejor forma de defensa, pero Cami prefirió una táctica menos frontal.
-Sí.
-¿No te molesta?
-¿El qué exactamente?
-Ser considerada como un adorno caro de la colección de un hombre rico.
-¿Quieres decir una mujer objeto? -Cami arqueó una ceja y sonrió forzadamente-. ¿No se te ha ocurrido nunca ver la situación desde el punto de vista inverso? En Benja encuentro a un esposo atento que me da todos los caprichos. Es atractivo, destaca desde el punto vista social, y es bueno en. la cama -sonrió-. Considero que he hecho una elección perfecta.
Annaliese pareció molesta. Cuando pudo controlar su furia dijo:
-Estás un poco pálida, querida. ¿Estás con el síndrome premenstrual?
-Se trata de un mal causado por un repentino afecto fraternal -la corrigió Cami. Luego decidió no agregar más leña al fuego y sugirió-: ¿Volvemos al salón de baile?
-Quería ir al aseo.
-En ese caso... -alzó el hombro y agregó-: Nos veremos en la mesa luego.
La victoria fue dulce, pero sabía que no había terminado la guerra. De todos modos, un fin de semana fuera le serviría como descanso de la batalla. La idea la alegró y relajó su expresión hasta dibujarle una sonrisa.
Benja estaba conversando amenamente con Dominic. Aaron y Monique mantenían una conversación trivial y Juan parecía estar a gusto con su papel de observador. Cami se sentó en el asiento libre al lado de su padre.
-¿Quieres más café?
Ella negó con la cabeza.
-Podrías sacarme a bailar.
Juan sonrió.
-Querida y dulce Cami, es un honor para mí se puso de pie y le extendió la mano-. ¿Vamos?
Se marcharon a la pista de baile.
-¿Te estás divirtiendo? -le preguntó Juan.
Cami se quedó pensando mientras bailaban.
-¿Y tú? -le preguntó en lugar de contestar.
-Monique dice que estas ocasiones son ventajosas desde el punto vista social.
-Sospecho que ella cree que necesitas un descanso de tus tareas -bromeó ella.
Juan se rió suavemente.
-Es más probable que sea una forma de poder justificar el gastar una pequeña fortuna en un vestido nuevo y el día entero en salones de belleza y en la peluquería.
-Los hombres lo aceptan porque saben que en esos eventos sociales también se hacen buenos negocios.
Juan la miró
-¿Me parece a mí o has puesto una nota de cinismo en tu comentario?- le preguntó Juan.
-Tal vez.
-Benja te adora.
Ella podía aceptar que le dijeran que la respetaba y que sentía afecto por ella, pero la palabra «adorar» no le parecía la apropiada para describir los sentimientos de Benja. Pero con Juan no necesitaba perpetuar el mito.
-Es muy bueno conmigo.
-Yo no habría aceptado el matrimonio si no hubiera sabido que se ocuparía de ti y te cuidaría.
La música fue acabando y ellos se fueron a la mesa nuevamente.
Annaliese se había sentado en un lugar vacío al lado de Benja: Monique conversaba con Dominic y Aaron no estaba en ese momento.
Cami se sentó en una silla vacía.
Los invitados empezaban a irse. En media hora cerrarían el bar y el disk-jockey se marcharía. En cualquier momento, Benja y ella se marcharían, tomarían al ascensor que los llevaría a la entrada principal del edificio y le pedirían el coche al portero.
Benja alzó la cabeza en aquel momento y la miró con curiosidad, alzó una ceja un instante y luego se liberó de las zarpas de Annaliese. Literalmente, porque aquellas uñas pintadas de rojo se habían posado en el brazo de Benja y habían empezado a acariciar persuasivamente la tela de su traje con una sonrisa y una caída de ojos que no disimulaban sus deliberadas ganas de seducir.
Cami intentó convencerse de que no importaba. Pero no era verdad.
Sonrió amablemente todo el tiempo mientras se dirigía a la entrada, siguió con la rutina del beso en el aire a Monique y Annaliese, dio un suave beso en la mejilla a su padre, deseó buenas noches a Dominic y a Aaron, y luego se sentó en el asiento del Bentley.
Benja llevó el coche hasta la concurrida calle principal, se detuvo hasta que pudo pasar con fluidez entre el tráfico, y luego aumentó la velocidad rápidamente.
Cami echó la cabeza hacia atrás y centró su atención en las vistas que ofrecía la ciudad. Los carteles luminosos y los escaparates dieron paso a las calles de los barrios del centro de la ciudad y a las ventanas cerradas, algunas sin luz, otras iluminadas. Y, cuando empezaron a subir la calle New South Head apareció el paisaje del puerto, con el agua oscurecida por la noche y pespunteada por una cinta de luces reflejadas en ella.
-Estás muy callada.
Ella giró la cabeza para mirar a Benja.
-Estaba disfrutando de la placidez del silencio después de varias horas de música y ruidosa charla -era cierto, pero dudaba que lo hubiera engañado con aquella explicación-. Si quieres que hablemos de algo... agregó y se encogió de hombros.
-Hablemos de Annaliese, por ejemplo -dijo él.
Sin duda iba directamente al blanco.
El Bentley giró en su calle, fue frenando cuando llegó a las puertas controladas electrónicamente para vigilar la casa, dio la vuelta a la entrada y se detuvo dentro del garaje.
Cami se quitó el cinturón de seguridad, salió del coche y entró en la casa, sabiendo que Benja estaba atento a sus movimientos. Él se ocupó de la alarma y luego entró al vestíbulo cuando ella ya estaba dentro. Cerró con llave y la acompañó a la sala.
-¿Quieres una copa?
Ella lo miró cuidadosamente.
-Champán.
Benja atravesó la habitación hasta el bar, sacó una botella del frigorífico, la abrió, sirvió dos copas y luego fue hacia Cami.
Ella tomó una copa y la levantó en un brindis silencioso. Luego, bebió el contenido.
-¿De qué aspecto del carácter de mi hermanastra quieres hablar en particular?
Benja no demostraba nada en su expresión y ella no tenía idea si quería maldecir a Annaliese, elogiarla recatadamente o si quería felicitar a su esposa por su notable autocontrol en aquella situación.
-De la firme determinación de Annaliese de traernos problemas.
Cami lo miró asombrada y se puso una mano en el corazón.
-¡OH, Dios santo! ¡No me había dado cuenta!
-No seas bromista.
-¿Es obvio?
-¡Basta, Cami! -le advirtió Benja.
-Veamos las diferentes posibilidades: Annaliese quiere tenerte, tú quieres tenerla. Annaliese quiere tenerte, tú no la deseas...
-La última.
Cami no se había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración, y empezó a dejarla escapar.
-Bueno, es un alivio. Entonces puedo despedirme de escenas en que nos tiramos las toallas con iniciales a la cabeza, te estropeo los zapatos terminados a mano y te corto una a una las camisas en pedacitos -sonrió ella fríamente, de un modo que no era acorde con la vulnerabilidad que expresaban sus ojos-. Pienso ser bastante violenta si decides divorciarte.
Él la miró con un brillo de humor en sus ojos negros y se rió suavemente.
-No es gracioso.
-No.
-Entonces no te rías. Hablo en serio -dijo ella.
Benja tomó un largo trago de champán y dejó su copa en una mesa.
-¿Y por qué iba a pensar en divorciarme de una mujer joven y guapa que se deleita en desafiarme en distintas áreas por una mujer como Annaliese? le quitó la copa de champán y la dejó al lado de la de ella. Luego, la estrechó en sus brazos.
Cami no tuvo tiempo de contestar antes de que él la besara. Ella bebió del sabor de su boca mezclado con el dulzor del champán francés, ofreciéndole todo lo que él pedía y más, hasta que la espiral de deseo los envolvió a los dos y los puso al borde de su control.
-Podría hacerte mía ahora, aquí -gimió Benja seductoramente mientras le besaba el cuello.
Ella movió la cabeza para permitirle que bajara hasta sus pechos.
Cami se rió de gozo cuando él tomó uno de sus pechos, lo liberó y jugó con el pezón. Luego, gimió cuando él la alzó y la puso sobre un hombro y la llevó a la habitación.
-Son tácticas del hombre de las cavernas, ¿no es cierto? -lo acusó ella mientras él subía las escaleras.
Benja llegó al piso de arriba y se dirigió a la habitación principal. Cuando llegó, la bajó y la rodeó con sus brazos.
-¿Quieres desvestirme? -le preguntó él.
Ella lo miró con picardía y le contestó:
-Sería más rápido si lo haces tú mismo.
-¿Tanta prisa tienes?
-Sí -dijo ella, ocupada en quitarse la ropa.
Hicieron el amor ardientemente, con hambre. A ello siguió un juego dulce y tierno que los llevó a un lento ritual que terminó en el deseo mutuo y la necesidad de apagar su ardor.
Luego, Cami se quedó con la cabeza apoyada en el pecho de él, oyendo el latido de su corazón debajo de su mejilla.
-Creo que no podría soportar perderte -dijo Cami, al borde del sueño. Y no estuvo segura de si realmente había oído su respuesta o la había soñado.
-¿Y qué te hace pensar que vas a perderme? dijo él.
No había más que una hora de vuelo desde Sydney a la Costa Dorada de Queensland. El avión de Stanton-Rojas tenía acceso privado al aeropuerto, una lujosa y espaciosa cabina, y personal de servicio.
El jet empezó el despegue y adquirió rápidamente el ascenso antes de lograr un nivel estable de velocidad y altura.
-¿No has traído papeles en tu maletín? -le preguntó Cami mientras se soltaba el cinturón.
Benja se hundió en su asiento y la miró sonriendo.
-¿Vas a trabajar durante el vuelo? -insistió ella.
-¿Quieres que lo haga?
-No -contestó ella. Lo miró con picardía-. No es muy habitual que me dediques una hora de tiempo exclusivamente a mí.
Él alzó una ceja.
-Me refiero a una hora a mí sola, fuera del dormitorio -agregó. Luego extendió las manos y dijo como aceptando que se estaba metiendo en un tema espinoso-: De acuerdo, no sigo; me rindo.
-Muy inteligente por tu parte.
-¿Quiere café, señor Rojas? ¿Zumo, señora Rojas? -le ofreció la azafata.
-Gracias, Melanie.
La interrupción de la azafata en la cabina fue muy oportuna. La mujer sonrió con profesionalidad y dejó la bandeja. Luego, sirvió café y zumo.
-Estaré en la cabina del piloto. Llámenme, si me necesitan.
Cami se inclinó hacia adelante, tomó el vaso de zumo de naranja natural y sorbió.
-Cuéntame acerca del trato en el que estáis metidos Juan y tú con Gibson Electronics.
Benja se lo contó, contestó a todas las preguntas y discutió con ella varios puntos.
-Es duro, pero justo -dijo ella después de una larga charla-. ¿Crees que deberíamos insistir?
-Gibson necesita la buena fama de Stanton-Rojas en el mercado asiático.
-Y a cambio nosotros recibimos una parte de Gibson Electronics.
Los negocios eran un tema común que los unía. Sin ellos, pensó ella, tal vez no sería la mujer de Benjamín Rojas. Era un pensamiento poco tranquilizador, que le helaba la sangre, y en el que no se quería regodear.
Se encendió la luz para que se abrocharan el cinturón cuando el avión comenzó su descenso al aeropuerto de Coolangatta.
Un coche los estaba esperando. Les llevó escasos minutos trasladar el escaso equipaje al maletero.
Benja le hizo una seña al piloto e intercambió breves palabras con el conductor mientras Cami se sentaba en el asiento del pasajero. Luego, Benja entró en el coche.
La Costa Dorada era la meca del turismo australiano. Tenía playas largas, arena dorada, se practicaba el surf, y había edificios altos y modernos. También había un moderno complejo comercial y un clima subtropical que ayudaba a que fuera el lugar ideal para tomarse unas vacaciones. Parques temáticos, un casino, hoteles, barcos para hacer cruceros, y lujosas viviendas hacían que el estilo de vida de aquel enclave fuera el de los ricos y famosos.
A Cami le encantó la atmósfera desenfadada, la enorme extensión del espacio residencial. Era una ciudad con pocas desventajas, comentó ella mientras Benja se adentraba en el tráfico.
La costa estaba bordeada de lujosos apartamentos. La temperatura era cálida, el sol brillaba sobre un cielo azul y las palmeras se balanceaban mecidas por una suave brisa.
Una sonrisa curvó su boca, y sus ojos parecieron reír. Aquello era el paraíso, pensó Cami. Y además tenía a Benja. Disfrutaría de aquel paraíso y de Benja durante dos días.
JC y Rosalina Rojas habían comprado un gran terreno frente a la playa y habían construido una casa de vacaciones de tres plantas antes de que su valor hubiera aumentado debido a la construcción de la Avenida Hedges.
Benja había decidido quedársela como inversión, y se la había dejado cada tanto a dignatarios que deseaban la intimidad de una residencia personal en lugar de la suite de un hotel o un apartamento.
A Cami le encantó su localización, su acceso directo a la playa y el diseño de la casa.
Cami suspiró de placer cuando Benja llegó a los portones controlados electrónicamente y paró el coche, apretó el botón para abrirlos, y marcó el código para abrir las puertas del garaje.
El garaje tenía tres plazas y un salón de juegos al fondo, que daba a una terraza con una piscina. La planta baja tenía una oficina, un salón, una cocina y un comedor. La planta de arriba tenía una suite principal, tres dormitorios para invitados y dos baños.
Todas las plantas se comunicaban con una escalera de caracol con vestíbulos semicirculares, lo cual dejaba un gran espacio circular en el centro iluminado por una lámpara de cristal magnífica suspendida del techo de la planta más alta y que bajaba hasta abajo, a una distancia desde la cual prácticamente se la podía tocar desde el salón de juegos de la planta baja. Cuando estaba encendida por la noche, era un espectáculo.
-Pareces una estudiante que acaba de salir del colegio -comentó Benja mientras subían las escaleras a la planta de arriba.
-Me encanta este lugar -dijo ella simplemente.
-¿Qué te parece que hagamos hoy?
-¡OH, Dios, qué responsabilidad! -comentó Cami fingiendo pensar-. Podría llevarte a rastras a un parque temático. Podríamos alquilar un barco y hacer un crucero... Tomar el sol al borde de la piscina. O ver una película en el cine -su boca se curvó picaramente-. Por otra parte, podría ser una esposa comprensiva y decirte que te fueras a jugar un partido de golf... algo de lo que disfrutarías realmente.
Benja extendió la mano y le acarició la mejilla.
-¿Y a cambio?
-Yo elijo dónde cenar.
-Hecho -él se agachó y le dio un beso rápido y sonoro-. Iremos a un espectáculo o a ver una película.
-Llama al club de golf mientras deshago las maletas -dijo ella. Tenía un plan, y lo puso en acción-. ¿Quieres llevarte la furgoneta de tracción a las cuatro ruedas o el sedán?
-La furgoneta.
Media hora más tarde, ella sacó el sedán del garaje y se dirigió al complejo comercial más cercano. Fue divertido curiosear en las boutiques, tomarse un capuchino, antes de empezar con la tarea de la compra.
Había hecho una lista, y se dirigió al supermercado del Centro Comercial, eligió un carrito y empezó.
Cuando volvió, era cerca de mediodía y tenía cinco bolsas de compra, cuyos contenidos vació en el frigorífico y en la despensa.
Había pensado en un menú básico, y algunas salsas para acompañarlo. Vino, pan francés, un delicioso tiramisú para el postre... Licor de café... Y había alquilado un vídeo.
A las cinco, puso la mesa con un mantel de lino y encajes, cubiertos de plata y vajilla de porcelana. Luego, echó una ojeada al pollo que tenía en el horno y subió a ducharse. Después de ponerse ropa interior limpia, se vistió con unos pantalones de seda azul de noche y una blusa a juego. Se arregló el pelo recogiéndoselo y se maquilló apenas con un poco de colorete, una sombra suave en los párpados y un toque de carmín rosa en los labios.
Eran más de las seis cuando sonó el sistema de seguridad alertándola de que los portones se estaban abriendo, seguidos del ruido de las puertas del garaje. Las puertas del coche se cerraron. Y entonces apareció Benja.
Cami estaba excitada y salió a saludarlo.
Estaba magnífico con aquel pelo oscuro despeinado apenas por la suave brisa, aquellos hombros anchos y su soberbia musculatura resaltada por un polo azul marino abierto en el cuello... Con aquellas facciones pronunciadas y bronceadas por la exposición al sol durante varias horas.
-¡Hola! ¿Qué tal fue el juego?
Benja tenía un aspecto muy masculino, del que emanaba un aire levemente agresivo, producto de la satisfacción de haber vencido al oponente.
Benja llegó al rellano y se acercó a ella, deteniéndose para darle un beso.
-Voy a la ducha.
-No te molestes en vestirte.
Benja alzó una ceja y sonrió.
-Mi querida Cami. ¿Quieres secuestrarme?
-Vamos a cenara aquí -dijo dijo ella. Después de haberse atrevido a tomar una decisión se sentía insegura de la reacción de él-. He preparado la cena.
Él la miró intensamente, dándose cuenta de la inseguridad en el gesto de Cami, de su nerviosismo y del esfuerzo que estaba haciendo para disimularlo.
-Dame diez minutos.
A los nueve minutos estuvo listo. Se había duchado y afeitado y se había vestido con ropa informal: un pantalón y una camisa de manga corta.
-¿Quieres una copa?
Cami negó con la cabeza.
-Toma una copa tú, si quieres. Yo esperaré a la cena.
Él la siguió a la cocina y vio las numerosas cacerolas fregadas.
-Parece el trabajo de una profesional. Huele estupendamente. No sabía que ocultaras estos talentos.
Ella frunció la nariz y quitó la mano de Benja que iba a probar la salsa.
-No se puede probar antes de tiempo. Nada de eso. Abre el vino. Tiene que airearse.
Cami sirvió el primer plato: champiñones con salsa, que se deshacían en la boca. El pan francés estaba caliente y crujiente.
El segundo plato era un filete tan tierno que se cortaba sin el cuchillo. Para acompañarlo tomaron espárragos con salsa holandesa, patatas pequeñas asadas, untadas de mantequilla, y zanahorias pequeñas.
Cuando terminaron, Benja chocó la copa con la de ella en un silencioso brindis.
-En ningún restaurante he comido mejor.
-Para los franceses, la comida es una pasión. Las comidas que compartí con la familia de Jacques eran fiestas desde el punto de vista gastronómico, y obras de arte para la vista -sus ojos brillaron con los recuerdos de aquellos placeres-. Hice un trato con su madre -dijo Cami solemnemente.
-¿El trato fue que tú dejabas a su hijo si ella te enseñaba a cocinar?
-Casi -Cami se empezó a reír.
-Sólo con mirarte cualquier madre temería por la salud mental de su hijo -dijo Benja.
Ella lo miró.
¿Qué pasaría con su salud mental? ¿Estaba tan controlada que ninguna mujer podía perturbarla?, se preguntó Cami.
-Traeré el postre -Cami se puso en pie y recogió los platos. Luego, los llevó a la cocina.
Llevó el postre en dos platos. El tiramisú tenía un aspecto estupendo, con su crema y su chocolate cubriendo aquel bizcocho empapado en licor.
Estaba bueno, delicioso incluso, habría dicho ella.
Benja se sentó derecho y dejó la servilleta a un lado.
-Estupendo, Cami.
-Comemos fuera tan a menudo que pensé que sería buena idea cambiar y quedamos en casa.
-Te ayudaré a fregar los platos.
-Está todo hecho. Haré café. Hay una cinta de vídeo en el aparato.
Cuando se terminó de hacer el café, Cami lo sirvió, agregó unas gotas de licor y una cucharada de nata. Luego, llevó los vasos al salón.
Benja se había sentado en uno de los dos sofás de piel y le hizo señas para que ella se sentara a su lado.
La película era una comedia. Era divertida, y los actores eran muy buenos.
Cami bebió lentamente el café. Luego, cuando terminó, Benja recogió los vasos y los dejó en una mesa al lado del sofá.
Ella se relajó y apoyó la cabeza en el respaldo acolchado. Estar allí de aquel modo era algo casi mágico. Sin invitados, sin intrusiones de ningún tipo.
Benja le rodeó los hombros y la atrajo hacia sí. Ella no protestó. Sentía su respiración en su pelo. Benja apagó la luz con un mando.
La única luz era la de la televisión.
Cuando él la acarició, ella se estremeció. Y se quedó quieta al sentir la mano de Benja en su pecho. Él la besó en el cuello, detrás de las orejas... Ella apoyó la mano en el muslo de él, pero no siguió explorando.
Cada tanto él la acariciaba y a ella se le aceleraba el corazón y sentía-un calor intenso en todo su cuerpo. Era un crescendo que llegaría a su apasionada cima...
Y llegó. Cuando ella pensaba que ya no le quedaban más caminos por recorrer en brazos de Benja, él la llevó por uno diferente, controlando su ritmo para que ella pudiera acompasar su placer al de él, antes de hacerla llegar al abismo de placer.
Casi dormida, murmuró con la cabeza apoyada en su pecho:
-Je t'aime, mon amour.
Y se preguntó si él la habría oído.
Se levantaron temprano y dieron un paseo por la playa. Luego, se quitaron la ropa y se metieron al mar.
El agua estaba fría, las olas suaves. Después, volvieron a casa y se ducharon para quitarse las huellas del mar en el pelo y la piel, se pusieron ropa informal y tomaron el desayuno en la terraza.
-¿Qué te parece si damos un paseo por las montañas?
Cami tomó un sorbo de café, luego sostuvo la taza con ambas manos. La idea de comer al aire libre y de disfrutar de vistas panorámicas era excitante.
-¿Qué pasa con la llamada que estás esperando?
-He pasado las llamadas al móvil, he dejado el maletín en el asiento de atrás del coche, además.
No solía tomarse todo un fin de semana libre habitualmente. Se pasaba demasiado tiempo en su despacho frente al ordenador, navegando por Internet para estar al tanto de las noticias económicas de todo el mundo. El tiempo de ocio estaba relegado a la vida social, e incluso entonces los negocios hacían su aparición aunque sólo fuera en conversaciones.
-Vayamos -dijo ella decidida-. Haré sándwiches.
Él le puso una mano en el brazo y le dijo:
-Compraremos algo de camino.
Sonó el teléfono. Cami sintió pánico cuando Benja fue a atender la llamada. Ella sintió una gran desilusión cuando lo oyó hablar con aquel tono profesional, lo vio tomar notas en un papel y luego doblarlo antes de meterlo en el bolsillo de su camisa.
Era una pena que tuvieran que abandonar aquellos planes tan placenteros, pensó ella mientras recogía los platos del desayuno y los llevaba a la cocina.
Pero estaba decidida a no demostrar su decepción.
-¿Te llevo café al despacho?
El la miró muy serio.
-Necesito una hora. Tal vez menos. Y luego nos marcharemos.
-¿Puedo ayudar?
Él asintió y ella lo siguió al despacho.
La máquina de fax tenía papel, y Benja lo recogió. Al poco rato, la máquina empezó a funcionar.
Trabajaron juntos hombro a hombro. Cuando el documento estuvo terminado y comprobaron que estaba bien, lo imprimieron y luego lo enviaron por fax a los Estados Unidos.
-Bien. Vayámonos de aquí.
A los cinco minutos, Benja estaba sacando el coche a tracción del garaje y dirigiéndose al oeste, por la carretera de montaña de Mount Tamborino.
-Gracias.
-¿Por qué?
El paisaje estaba verde después de la lluvia tropical. Había granjas, prados, colinas con bosques...
-Por el fin de semana dijo ella.
Por aquellos placeres que suponían un tiempo dedicado exclusivamente a ella, un tiempo muy valioso que no podía comprarse con todo el dinero del mundo.
-El fin de semana no se ha terminado aún.
No. El sol brillaba más que nunca y el cielo era inmensamente azul.
Al ir ascendiendo por la montaña disfrutaron de un paisaje espectacular con el océano al fondo, como una joya de zafiro realzando todo lo demás.
Recorrieron la carretera que bordeaba la cima, pasando por casas de varias épocas y diseños, por un hotel de estilo inglés y una cafetería muy pintoresca.
El pueblo era una mezcla de tiendas y terrazas. Se detuvieron a comprar una botella de agua mineral fría, jamón, panecillos y fruta. Luego, volvieron a la furgoneta y condujeron hacia un prado desde el que se veían las maravillosas vistas del valle.
Era un sitio aislado y pintoresco, y Cami tuvo la impresión de que estaban en la cima del mundo, alejados de todo y de todos. Era un sensación embriagadora, más que el vino.
Benja abrió una manta y la extendió en la hierba, debajo de la sombra de un árbol cercano. Comieron hasta hartarse y luego se echaron cómodamente, disfrutando del paisaje y del silencio.
Aquello era un verdadero picnic. A Cami le traía recuerdos de los muchos que había compartido con Jacques, cuando la risa asomaba con facilidad a sus labios y las únicas preocupaciones que tenía eran la de estudiar y aprobar con buena nota los exámenes.
-Me gustaría saber en qué piensas -le dijo Benja.
Cami se giró al oír su voz y le sonrió.
-Deberíamos hacer esto más a menudo.
-¿Pensabas en eso?
-¿Quieres que te confiese mis más profundos pensamientos?
-Algo es algo.
Decirle «Te amo» era muy fácil, pero muy difícil de retractarse luego. Una cosa era susurrarlo en las tardías horas de la noche, y otra muy distinta decirlo por la tarde, en la cima de una montaña.
-Estaba pensando que esto es un trocito de cielo dijo ella. Lejos de la ciudad, de las presiones de los negocios, de la gente.
-¿Te refieres al lugar o al hecho de que lo estamos compartiendo?
Ella sonrió con la boca y con la mirada, con aquellos ojos azules tan vivos como el océano a la distancia.
-Por las dos cosas, por supuesto. No sería tan placentero si estuviera sola.
Benja le pasó un brazo por debajo del cuello y la besó tiernamente, provocativamente, y paró cuando estaba a punto de perder el control.
-Eres una bruja -murmuró él un segundo más tarde, por detrás de su oreja-. ¿Quieres quedarte aquí o explorar más la montaña?
Ella le dio un beso en el cuello y saboreó el suave gusto que sólo él tenía: gusto a calor masculino mezclado con limpieza y agua de colonia cara.
-Estamos cerca de una carretera pública. Es un parque público, y no estaría bien escandalizar a cualquiera que pase -bromeó ella, haciéndole cosquillas con el borde de sus dientes-. Además, hay un avión esperándonos para llevamos de vuelta a ese lugar horrible.
-Mañana por la mañana. Al amanecer -comentó él.
Tenían la noche.
-No deberíamos desaprovechar un solo minuto -dijo Cami con una reverencia burlona, y empujó suavemente el pecho de Benja-. Cuando lleguemos a la costa, podemos pescar gambas y almejas para que luego las hagas a la barbacoa mientras yo preparo una ensalada. Abriremos una botella de vino, comeremos y veremos el atardecer.
Él la soltó, la observó ponerse de pie, y tomó la mano que ella le ofreció para que se levantase.
Cuando volvieron a la casa, eran más de las cinco, y por acuerdo tácito dieron un largo paseo por la arena mojada y compacta que había dejado la marea. Luego volvieron reacios sobre sus pasos.
El la llevó de la mano. La suave brisa levantaba su blusa y jugaba con los mechones sueltos de su pelo. Su piel brillaba por la exposición al sol y al aire fresco del mar, y sus ojos tenían una profundidad que se debía en gran medida al placer que había experimentado aquel día, y a la excitación que le producía el sentimiento de anticipación de la noche por llegar.
Después de preparar la comida, tuvieron tiempo de cambiarse y ponerse los bañadores y hacer unos largos en la piscina antes de secarse.
El aroma de la barbacoa de mariscos despertó su apetito, y después de preparar la terraza para cenar, Cami probó una gamba; luego otra. También probó la ensalada.
-Tienes una mancha de gambas en el mentón le dijo Benja.
Ella le sonrió.
-¡Qué descuido! -exclamó ella, comiendo una almeja.
Monique se habría escandalizado si los hubiera visto. No había ningún cuenco con limón en la mesa. Y las servilletas de papel no podían ser jamás un sustituto de una fina mantelería.
El sol empezó a esconderse y la luz fue desapareciendo, dejando rosa una parte del cielo, que lentamente se transformó en anaranjado. Aquel color se fue apagando, y desapareció dejando detrás un opaco resplandor.
Se encendieron las luces de la piscina, y de la terraza.
Cami oyó el teléfono, y observó a Benja levantarse de la silla para atenderlo. Ella recogió los mariscos, puso los platos en una bandeja, y los llevó dentro. Luego, cerró las puertas que daban a la terraza y activó el sistema de seguridad.
Fue a la cocina y colocó los platos y vajilla en el lavaplatos, y ordenó la cocina. Su pelo estaba seco ya, pero necesitaba enjuagarlo para quitarle el cloro de la piscina. Subió a la planta de arriba para darse una ducha.
Después de ponerse ropa interior limpia, se calzó unos pantalones blancos y una blusa a juego abierta delante. Se secó el pelo y se lo dejó suelto, se puso brillo en los labios y bajó a la cocina.
Tenía ganas de tomar café, fuerte, solo, con unas gotas de licor.
El café acababa de hacerse cuando apareció Benja. Ella lo miró inquisitivamente.
-¿Algún problema?
-Nada que no pueda solucionarse.
Ella no lo dudaba. Sirvió el café y se lo alcanzó.
-¿Te hago falta?
Él la miró con un brillo intenso en los ojos y contestó:
-Sí.
Ella sintió que su corazón se aceleraba
-Pero ahora mismo tengo que hacer unas llamadas telefónicas -bajó la cabeza y le dio un beso suave que la dejó con ganas de más
Luego, Benja se marchó al estudio
Cami llevó su café al salón, se acomodó en un asiento y encendió la televisión. Seguramente encontraría algo entretenido en la televisión por cable. Cambió de cadena hasta que encontró un programa que le gustaba.
Vio un programa detrás de otro, e hizo un esfuerzo por no quedarse dormida. Pero no lo logró del todo.
Más tarde, tuvo la vaga sensación de estar rodeada de unos fuertes brazos, la sensación de que alguien la desvestía, luego la suavidad de la almohada debajo de la mejilla, y un cuerpo cálido que se amoldaba al suyo contra su espalda.
El avión se apartó de la pista y aterrizó lentamente en un aparcamiento privado del aeropuerto doméstico de Sydney.
Serg los estaba esperando con el Bentley. Después de meter los bolsos de mano en el maletero, Serg se puso al volante y se dirigió a los barrios del este de Sydney.
Cami se hundió en el asiento y miró el paisaje por la ventanilla. El tráfico empezaba a aumentar, sobre todo en las principales calles, a una hora en que la gente se dirigía a su trabajo.
En una hora, Cami sería uno de ellos. Se miró la camisa de algodón informal que llevaba puesta, los pantalones y las zapatillas. No tardaría en cambiarse y ponerse un traje, medias y tacones.
Incluso en aquel momento tenía la sensación de que Benja estaba pensando en los negocios que lo esperaban a lo largo del día.
Marie sirvió el desayuno a los pocos minutos de su llegada a la casa, y poco después de las ocho, Cami se puso al volante y siguió al coche de Benja hacia la salida de la mansión.
Sería un día de bastante trabajo.
Cami pidió que le llevaran el almuerzo a su oficina.
Por la tarde, tuvo que esperar una confirmación por fax, por lo que se le hicieron las seis de la tarde para volver a casa y dejar su coche.
Cuando Monique era invitada se tomaba la libertad de no llegar puntual, pero cuando era la anfitriona de alguna cena o reunión insistía mucho en la puntualidad. Eso suponía que Cami tenía veinte minutos para ducharse, vestirse, maquillarse y arreglarse el pelo.
Empezó a desabrocharse la chaqueta del traje mientras subía corriendo a la planta de arriba. Se quitó los zapatos de tacón, de manera que cuando llegó a la habitación sólo le quedaba abrir la cremallera de su falda y algún que otro botón de su camisa todavía.
Benja alzó la vista mientras se afeitaba y arqueó una ceja cuando la vio entrar en el dormitorio.
-No me preguntes -le dijo Cami mientras se dirigía a la ducha y la abría.
Se pondría pantalones de seda negros con un top y una chaqueta a juego, zapatos de tacón y joyas de oro. El pelo recogido, un poco de maquillaje para destacar sus ojos, y ya estaría lista.
Cami no se detuvo siquiera a pensar, sino que siguió con sus tareas a gran velocidad, hasta que terminó, logrando un resultado aceptable, pensó, mirándose al espejo.
Recogió el bolso de noche y miró a Benja, que la estaba observando con curiosidad y un cierto grado de picardía.
-Nadie diría que has logrado ese resultado en tan poco tiempo comentó él mientras bajaban las escaleras y se dirigían al garaje.
-Respiraré profundamente y pensaré en algo bonito -dijo ella.
Intentó hacerlo, pero no le sirvió de mucho. Al contrario, a medida que se iban alejando de la mansión y acercándose a la casa de Juan y Monique, se le iba haciendo un nudo en el estómago. Era una tontería, porque Annaliese no haría nada fuera de lugar en presencia de Monique y de Juan.
-Queridos... -los saludó Annaliese con un beso en ambas mejillas. Dos de mis personas favoritas... -dijo con una sonrisa resplandeciente mientras se ponía entre Cami y Benja y se agarraba del brazo a ellos-. Venid al salón.
Miró a Cami con su traje de fiesta negro, y se miró su vestido ajustado negro.
-Es curioso, querida, parece que tenemos el mismo gusto en ropa -comentó con una sonrisa.
«La diferencia es que yo pago mi ropa, mientras que tú compras ropa de Calvin Klein y de Alaia con la tarjeta de crédito de Juan», pensó Cami. Pero se dijo que no debía seguir con esos pensamientos.
La casa de su padre era hermosa, decorada con gusto y dinero. Pero ella se sentía incómoda cada vez que la visitaba. ¿Sería por Monique, que había sido quien la había decorado, y había cambiado las cosas y los colores, de manera que desaparecieran prácticamente todos los recuerdos de su madre? ¿Y por qué no iba a imponer Monique su propio gusto?
Juan había querido ser condescendiente con ella conscientemente. Y el pasado, aunque tuviera recuerdos hermosos, no tenía espacio en la realidad de aquel momento.
-Cami, Benja... -Monique se acercó a ellos con las manos extendidas. Temí que llegaseis tarde.
Juan dio un abrazo a su hija y puso una mano en el brazo de Benja.
-Venid y sentaos. Os traeré una copa.
Conversaron de cosas intrascendentes. Eran expertos en ello, en las sonrisas, en la risa en las reuniones. A los ojos de alguien de fuera parecerían una familia feliz, reflexionó Cami mientras tomaba asiento al lado de Benja en la mesa.
El cocinero de Monique había preparado varios platos con una magnífica presentación. Habían empezado con una vichyssoise verte.
-Anoche organizamos un partido de tenis les dijo Monique mientras terminaban la sopa-. Os llamé para invitaros, con la esperanza de que os unierais a nosotros, pero Marie me dijo que habéis estado fuera el fin de semana.
Monique tenía la habilidad de hacer afirmaciones de manera que parecieran una pregunta. Cami pasó el dedo por el borde de su copa y luego se la llevó a los labios.
-Fuimos a la costa -dijo Benja.
-¿De verdad? -preguntó Annaliese con una sonrisa dirigida a Cami-. Me sorprende que hayas sido capaz de sacar a Benja de Sydney -entonces dirigió su atención a Benja y sonrió coquetamente-, Pensé que entretenerse sola era un requisito de una esposa independiente y comprensiva.
Cami dejó la copa cuidadosamente.
-No creerás que eso excluye pasar un tiempo con su esposo, ¿verdad?
El cocinero sirvió poulet franjáis con verduras.
-Por supuesto que no, querida -dijo Annaliese-. Ha sido muy amable por parte de Benja el complacerte.
Cami levantó los cubiertos y empezó a cortar el pollo.
-Sí, ¿no crees? -se metió el bocado en la boca, lo saboreó, y luego halagó al cocinero-. Delicioso, Monique.
-Gracias, Camila.
Cami contó hasta tres mentalmente. En cualquier momento, Monique iba a volver a intentar sacar información sutilmente.
-¿Lo habéis pasado bien?
-Fue muy relajante.
-Habéis estado en el Casino?
-No -dijo Benja-. Cami cocinó y nos quedamos en casa -se giró hacia Cami sonriendo con complicidad, lo que hizo que se derritiera de satisfacción.
«Estupendo», pensó. Había podido controlar el juego de Monique, y había dado la oportunidad a Annaliese de hacer más preguntas.
-Tú no cocinabas nunca en casa, querida -se rió Annaliese sin humor alguno.
-No hacía falta. Siempre teníamos una cocinera para preparar la comida.
Además, Monique nunca había querido que ella entrase en la cocina, ni siquiera cuando la cocinera se tomaba un día libre.
-Podríamos haberlo arreglado, y haberte dado la oportunidad de hacer la comida algún día, Cami le dijo Juan.
Ella lo miró y respondió:
-No tenía tanta importancia.
-Deberíamos permitimos probar tu arte culinario, Camila.
«¿Después de todos estos años, Monique?», pensó Cami.
-No me gustaría herir los sentimientos de Marie sugiriendo usurpar su lugar en la cocina.
-Marie libra una noche, querida -comentó Annaliese.
-Sí, las noches en que Benja y yo cenamos fuera.
Su hermanastra se miró las uñas perfectamente pintadas, luego sonrió forzadamente a Cami y dijo:
-Estás rehuyendo una invitación.
Annaliese era una víbora venenosa envuelta en pseudo-sinceridad.
-En absoluto. ¿Qué noche os viene bien?
Era una batalla de cortesía, pero una batalla al fin y al cabo.
-¿Monique? ¿Juan? -preguntó Annaliese.
-¿Puedo mirar mi agenda, querida, y contestarte?
-Por supuesto -contestó Cami.
-Me intriga saber qué nos servirás.
-Con Marie siempre tenemos garantizada una comida excelente-dijo Cami.
Monique achicó los ojos, al igual que su hija. Los hombres se dieron cuenta de la tensión existente en el ambiente y cambiaron de tema totalmente.
De postre, sirvieron Bombe au chocolat. Después se retiraron al salón para tomar café.
-He pensado que podríamos jugar a las cartas. ¿Póquer? -sugirió Monique.
-Mientras no apostemos hasta lo que llevamos puesto... -dijo Annaliese provocativamente-. Podría perder toda la ropa...
Y seguramente disfrutaría mucho, pensó Cami, furiosa.
-Cerramos la mesa a las once y media. La mano que gane se lleva todo -dijo Juan a Benja-. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
Daba igual la suerte o habilidad que se tuviera en el juego, ganar o perder. Las apuestas eran minúsculas. Sólo era una excusa para entretenerse un par de horas.
Annaliese pareció deleitarse en inclinarse deliberadamente para mostrar sus pechos. Al parecer, no llevaba sujetador.
Cada vez que miraba a Benja sonreía maliciosamente y provocativamente. Cuando terminó la noche, Cami no aguantaba más.
-¿No tienes ningún comentario que hacer? -preguntó Benja mientras conducía a través de la verja por la que se salía a la calle.
Cami suspiró y echó el aire lentamente.
-¿Por dónde quieres que empiece?
Él la miró con curiosidad, luego se concentró el tráfico.
-Por donde quieras, siempre que dejes salir un poco de esa rabia.
-Te has dado cuenta.
-Probablemente he sido el único que lo ha notado.
-Es un alivio saberlo...
Ella estaba furiosa. ¡Hubiera querido golpear algo!
-No lo hagas -le dijo Benja con amabilidad.
Ella se dio la vuelta hacia él y le preguntó:
-¿Que no haga qué?
-Dar un puñetazo contra la ventanilla. Sólo conseguirías hacerte daño.
-Tal vez debiera pegarte a ti entonces.
-¿Quieres hacerlo ahora mismo o puedes esperar a que lleguemos a casa?
-No te hagas el gracioso, Benja -dijo ella, concentrando la mirada en la luna del coche.
Veía las luces de los coches que venían de frente, las luces fluorescentes de las farolas y las sombras que formaban en la oscuridad.
En cuanto Benja desconectó el sistema de alarma, Cami entró en la casa. Estaba a punto de subir las escaleras cuando una mano la detuvo. Benja la hizo darse vuelta y la abrazó. Ella no pudo evitar que la besara apasionadamente.
Era un beso hambriento, casi le hizo daño. Y surtió efecto: hizo que su rabia desapareciera. El cuerpo de Cami se ablandó contra el de él, y entonces Benja profundizó aquel beso y ella se aferró a él.
Cami gimió de placer cuando él la alzó y la llevó en brazos. A ella no se le ocurría nada qué decir mientras él la llevaba en brazos por las escaleras. Tampoco se le ocurrió hacer nada por detenerlo, por impedir que la dejara en la cama.
Hubo una larga exploración de los lugares que les producían placer. Él besó sus pantorrillas, la parte interna de sus rodillas, la de sus muslos... Ella sintió que su cuerpo se derretía, como la cera, bajo aquella llama de placer, hasta que se sintió totalmente suya, para que él hiciera con ella lo que quisiera.
Compartieron un exquisito tiempo de intimidad hasta la mutua satisfacción sexual. ¿Era eso lo único que encontraba Benja en la relación con ella?
Amor. Era una palabra que su corazón pedía a gritos, pero su cabeza se obstinaba en decirle que debía contentarse sin él.
Las entradas para El Fantasma de la Ópera se habían vendido con mucha antelación. Seguramente Benja había usado su influencia para conseguirlas en el último momento, pensó Cami cuando se estaba sentando a su lado.
-Un lugar privilegiado -comentó Francesca cuando la orquesta empezó a tocar el primer tema que introducía el primer acto.
-Sí, ¿verdad?
-Estás deslumbrante con ese color.
Sabía que el cumplido de Francesca era sincero, y Cami sonrió complacida.
-Gracias.
Llevaba un traje azul pastel que destacaba el color de su piel y el pelo rubio.
-Tú también estás muy guapa -le dijo a Francesca.
Francesca llevaba un vestido rojo de terciopelo que le quedaba excepcional, marcando las curvas de su cuerpo perfecto.
Sonó la música, el telón se levantó y empezó el Acto Primero.
A Cami le encantaban las representaciones en vivo, la presencia de los actores, los trajes, el suave aroma del maquillaje, los sonidos. Era una experiencia totalmente diferente a la de una película.
El entreacto dio tiempo suficiente para que la gente pudiera tomar algo, fumar un cigarrillo y conversar.
Cami esperaba ver a Juan, Monique y a Annaliese entre la gente. Lo que no esperaba era que Annaliese se separase rápidamente de Monique y Juan y fuera a charlar durante todo el intervalo con Francesca, Dominic y Benja. A parte de un saludo formal, a Cami no le prestó ninguna atención.
-¿El aseo? -preguntó Francesca.
Cami le indicó con la cabeza que la acompañaría, y en ese momento Annaliese se unió a ellas.
-Una noche fabulosa -dijo su hermanastra con una sonrisa.
-Sí, ¿verdad? -respondió Cami-. Si nos disculpáis a Fran y a mí un momento...
-Por supuesto -contestó Annaliese satisfecha-, Me encargaré de entretener a Benja y a Dominic.
-No se da por vencida, ¿verdad? -le preguntó Francesca mientras seguía a Cami entre la multitud-. ¿Le has dicho que desaparezca de tu vista?
-Sí -entraron en el aseo y se pusieron a la cola.
-¿En la versión educada o en la menos controlada de sacar las uñas?
-Civilizadamente, digamos -dijo Cami con una sonrisa.
-Un poco de fuego no te vendría mal. Los italianos son muy buenos para eso -la miró con un brillo en los ojos-. Nos gritamos, tiramos cosas...
-No te he visto en acción jamás -dijo Cami, divertida por el comentario de su amiga.
-Porque nunca he estado furiosa contigo.
-Dios no lo permita -dieron unos pocos pasos-. ¿Puedo preguntarte qué ocurre entre Dominic y tú?
-Dentro de poco tiempo le tiraré algo a él.
Cami se rió.
-¿Crees que se lo debo advertir?
-Deja que sea una sorpresa.
Dominic era un hombre del calibre de Benja: dinámico, decidido, muy activo. Y solía ser incansable en la persecución de aquello que creía inalcanzable. Cami se preguntó cuánto tiempo más permitiría que Francesca dirigiera el juego. El resultado sería interesante, pensó Cami.
El timbre que anunciaba el comienzo del siguiente acto sonó cuando ya se habían refrescado y retocado el maquillaje en el aseo. Volvieron a sus asientos cuando las luces empezaron a apagarse.
Fue una representación impecable. Los cantantes tenían unas voces excelentes. Cuando cayó el telón al final del último acto, hubo un fuerte aplauso del público que hizo que volvieran a levantarlo.
El teatro estaba atestado de gente y tardaron cierto tiempo en salir.
-¿Vamos a cenar a algún sitio? -preguntó Dominic cuando llegaron al aparcamiento.
-Me encantaría -dijo Cami-. ¿En qué sitio estás pensando?
-¿Benja?
-Eliges tú, Dom -contestó Benja.
-Hay un lugar excelente en Double Bay -dijo Dominic-. Os veremos allí.
-Relájate -le dijo Benja a Cami cuando el Bentley pasó por el Jardín Botánico-. Dudo que Annaliese se dedique a recorrer los restaurantes de la ciudad para intentar encontramos.
-¡Qué listo! -dijo ella burlonamente-. Pero seguramente no habrás ignorado el entusiasmo que ponía Annaliese cuando estaba contigo.
-Pero tú sabes que yo no aliento nada de lo que supuestamente quiere de mí.
-Querido Benja, ¿no te das cuenta de que eso no es necesario?
-Pareces una esposa celosa.
-Bueno, por supuesto.
Él la miró y luego dijo:
-No bromees...
Ella sonrió maliciosamente.
-Una debe desarrollar cierto de sentido del humor en estos casos.
-Podría darte un azote.
-Hazlo y verás mi venganza.
Él se rió provocativamente.
-Valdrá la pena.
-Creo que deberías prestar atención a la carretera.
El restaurante estaba situado en un bloque de tiendas en el paseo principal de Double Bay. El ambiente era auténticamente griego, y enseguida se hizo evidente que Dominic no sólo era un cliente privilegiado, sino amigo personal del dueño.
Cami no quiso tomar café y prefirió una taza de té, acompañada de unas pastas que habían servido.
Dominic tenía un gran sentido del humor y Cami se rió mucho con él
Cuando se despidieron eran las doce de la noche
Y la una de la madrugada cuando Cami se deslizó entre las sábanas y Benja extendió la mano para apagar la luz.
STANTON-ROJAS apoyaba económicamente a varias organizaciones caritativas y aquella noche tenían una cena anual en un lujoso hotel.
Se trataba de un evento importante desde el punto de vista social, y por lo tanto la asistencia era concurrida.
La alta costura destacaba entre las mujeres de la alta sociedad, y Cami pensó que con aquellas joyas se podría haber alimentado a un país entero del Tercer Mundo
Los hombres eran más discretos. Llevaban esmoquin negro, camisa blanca y una pajarita negra. Claro que el traje solía ser de Armani, o de Zegna, los zapatos hechos a mano y la camisa de algodón puro y caro.
Cami había elegido un vestido sin tirantes en una seda de muchos colores que imitaba el colorido de la primavera. Por detrás, tenía un gran escote, y en el cuello llevaba un fular a juego.
Había decidido llevar el pelo suelto, y el estilo poco formal de su peinado embellecía sus facciones.
La gente llegaba entre las seis y las siete. Charlaba con los asistentes y tomaba una copa mientras esperaba la hora de la cena.
A las siete abrían el comedor.
-¿Una copa de champán?
-Zumo de naranja, por favor -le dijo Cami al camarero que llevaba una bandeja llena de copas. Se sirvió la copa y miró a Benja, que la estaba observando con un brillo pícaro en los ojos.
-¿Necesitas estar lúcida? -le preguntó.
Ella sonrió.
-¿Cómo lo has adivinado?
Juan, Monique y Annaliese se sentarían a la misma mesa, con otros cinco invitados más.
-Siempre te leo la mente, querida -se burló él.
Ella se asombró al oír aquel tratamiento afectivo dicho en español. ¿Se daría cuenta Benja de que el uso de la lengua de su madre a ella la hacía estremecer?
Cami disimuló aquel desconcierto al ver que Benja saludaba a un hombre de negocios. Ella por su parte, se puso a conversar con la esposa durante unos minutos, hasta que Benja le dijo que debían ir a la mesa reservada para ellos.
Stanton-Rojas era uno de los patrocinadores del evento. El director de la obra de caridad estaba ya en la mesa, con su esposa, un dignatario, su mujer y su hijo.
Los cinco minutos antes de la cena eran un momento crucial, que centraba toda la atención de los invitados hacia aquellos que acababan de llegar. Juan, Monique y Annaliese hicieron su aparición en ese momento. Intercambiaron besos en el aire, como de costumbre, y el toque en la mano, como era de prever.
«Perfecto», pensó Cami. Monique lo había logrado nuevamente: que fueran los últimos en llegar y que todos notaran su presencia, dedicándoles saludos desde todas las mesas, llamando la atención del salón entero.
Cuando los camareros distribuyeron el primero de los tres platos, el animador agradeció a los invitados su asistencia y habló del programa de aquella velada.
Sonó la música de fondo. Cami tomó los cubiertos y comenzó a comer unas deliciosas gambas y un cóctel de mariscos.
Alguien había puesto a Annaliese al lado de Benja. ¿Habría sido Monique quien lo había sugerido? El hijo del dignatario estaba a la derecha de Cami.
Durante el primer plato, Annaliese puso la mano en el muslo de Benja. Podría haber sido casual, pero Cami lo dudaba.
-Una velada muy agradable -dijo el hijo del dignatario.
No era un comienzo de conversación muy interesante, pero al menos le serviría de distracción.
-Una mezcla interesante. Una cantante profesional y un desfile de modelos -continuó su compañero de mesa.
-Y los discursos de siempre.
El muchacho le sonrió.
-Vas a muchos sitios como éste, ¿verdad?
-Sí -sonrió ella.
-¿Puedo tomarme el atrevimiento de decirte que estás encantadora?
-Gracias -le dijo ella mirándolo.
Les cambiaron los platos, y Cami sonrió a Benja cuando él llenó su copa de agua. La miró con ojos enigmáticos. Entonces, ella le apretó suavemente el muslo derecho.
-Gracias, querido -le dijo.
-Es un placer.
Ella lo miró desafiante.
El organizador anunció que habría un número de dos canciones interpretado por una cantante invitada. Cami escuchó con atención.
Sirvieron el segundo plato: pollo Kiev, patatas pequeñas redondas y verduras frescas.
-Una comida estupenda -comentó el hijo del dignatario.
Cami intentó no poner atención en las uñas de Annaliese posadas en el brazo de Benja.
La cantante interpretó otra canción, a lo que siguió el postre. Luego, el director de la organización caritativa subió al podio.
En ese momento, Annaliese se puso en pie y desapareció discretamente yendo hacia un lado del escenario.
Mientras el organizador anunciaba el desfile de modelos sirvieron el café. Aparecieron tres modelos masculinos y tres modelos femeninos en la pasarela, mostrando modelos de diseñadores famosos de Sydney, con una gran variedad de estilos que iban desde ropa apropiada para profesionales, a ropa de fiesta.
-Es impresionante, ¿no crees? -comentó el hijo del dignatario.
Cami siguió la vista del hombre y descubrió que su atención estaba puesta en Annaliese, que desfilaba por la pasarela.
-Sí -contestó.
Era cierto. Su hermanastra tenía todas las cualidades esenciales para ser una modelo de éxito: el cuerpo, la altura, la cara.
La mayoría de los hombres se quedaron extasiados. En cambio las mujeres parecían reconocer la artificialidad debajo de aquellas exquisitas facciones, de aquella imagen perfecta.
Annaliese participó varias veces, sonriendo con serenidad y estudiado gesto.
Aunque a medida que el desfile fue pasando, se hizo evidente que Annaliese dedicaba su desfile a una sola mesa, a un solo hombre, al que le dedicaba una sonrisa muy seductora.
Cami se fue poniendo cada vez más tensa, y se sintió impotente al ver que no podía hacer nada frente a aquella situación. Excepto sonreír.
Benja, ¡maldito sea!, se interesó en cada modelo y cada prenda. Había ropa deportiva y de ocio, que incluía trajes de baño, bikinis y bodys muy escotados. Annaliese estaba deslumbrante con un bikini minúsculo, y sabía muy bien el efecto que causaba.
Cami sintió ganas de matarla, pero tuvo que controlarse. No debía demostrar su disgusto a Annaliese por su comportamiento provocativo, porque ella lo habría interpretado como una victoria, y se negaba a darle esa satisfacción a su hermanastra.
La ropa de fiesta le dio otra oportunidad a Annaliese de deslumbrar. Apareció con un vestido con la espalda descubierta y sin tirantes, que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel.
Al final aparecieron todos los modelos participantes en el escenario para dar una última vuelta a la pasarela.
-¿Estás mirando algo en especial? -le preguntó Benja.
-El modelo rubio y alto -respondió Cami con una sonrisa deliberada, y se dio cuenta de que Benja la miraba con un brillo pícaro en los ojos.
-Te refieres a la ropa que lleva, claro.
Cami abrió los ojos asombrada, y lo miró maliciosamente.
-Por supuesto. Aunque realmente está impresionante en traje de baño.
-¿Te estás vengando?
-¿Por qué lo dices, Benja? ¿A qué te refieres?
-Ya me entiendes.
-¿De verdad?
-Podemos dejar la conversación y continuarla en privado.
-¿No crees que nos mirarían mal Si nos vamos?
-Pero a cambio conseguiría llevarte a casa se llevó la mano de Cami a los labios y la besó-. Soy muy afortunado -luego besó todos sus dedos y los entrelazó con los suyos antes de dejar las manos descansando encima de la mesa.
Ella sintió un calor en todo el cuerpo. En cambio Benja no había cambiado la expresión excepto que tenía una sonrisa algo malévola, y que estaba acariciando con el pulgar la muñeca de ella.
-Eso sería como un premio de consolación.
-No, sería el primer premio.
Ella deseaba desesperadamente que fuera verdad todo lo que decía él, pero sabía muy bien que sólo era parte del juego.
-¡Ah! -exclamó ella con cinismo-. Dices cosas muy dulces.
-Gracias -dijo él en español.
Los camareros sirvieron otra ronda de café mientras los invitados se movían de una mesa a otra, deteniéndose a conversar con amigos mientras se marchaban lentamente hacia la entrada del edificio.
-He disfrutado mucho de tu compañía -le dijo el hijo del dignatario.
-Gracias -murmuró ella y sonrió deslumbrantemente al ver que Annaliese se acercaba a ellos.
-Algunos vamos ir a una discoteca -dijo Annaliese y miró a Benja antes de tocarle el hombro-. ¿Por qué no venís?
Cami no se había dado cuenta de que había contenido el aliento hasta que Benja contestó:
-En otra ocasión.
-Debemos quedar para almorzar, Camila dijo Monique cuando fue a despedirse y desearles buenas noches-. Ya te llamaré.
Cami sintió un cierto cargo de conciencia por desear rechazar aquella invitación. No era muy habitual que su madrastra sugiriera la idea de quedar para almorzar a solas con ella.
-Llámame -dijo Cami por fin.
Pasó una media hora hasta que llegaron al coche y otros treinta minutos hasta que él lo dejó en el garaje.
-Una asistencia récord -comentó Benja cuando entraron en la casa-. El comité estará contento.
-Sí.
-No pareces muy entusiasmada.
-Estoy decepcionada.
-¿Por qué? -preguntó Benja mientras volvía a poner la alarma de seguridad.
-Es que me moría por ir a la discoteca.
Él se dio la vuelta y se acercó a ella. La miró desafiante mientras ponía una mano debajo de su pelo y sujetaba su cabeza por la nuca.
-¿De verdad?
Benja estaba demasiado cerca. Su perfume embriagaba su sentido del olfato y se mezclaba con su particular fragancia de hombre, aquella fragancia que sólo tenía él.
-Sí. Podría haber sido muy divertido ver a Annaliese intentando seducirte -ella alzó una mano y pasó los dedos por la solapa de su traje.
-Estás sacando las uñas.
-Y yo que creía que estaba siendo muy sutil...
-¿Quieres que hagamos un debate sobre el comportamiento de Annaliese?
Ella lo miró con rabia y le dijo:
-No creo que se pueda hablar de «debate».
-Es muy tarde para un partido de tenis. Además, probablemente ganaría -el aliento de Benja movió suavemente los mechones rizados que ella tenía cerca de la oreja-, Y ése no sería el objetivo del ejercicio.
Ella quería generar una reacción que le permitiera desahogar su indignación.
-Al menos me daría la satisfacción de golpear la pelota con una raqueta.
Él la miró.
-Se me ocurre otra manera más productiva de gastar toda esa energía.
Benja le acarició la mejilla con el pulgar, luego lo deslizó hacia abajo, lentamente por el cuello.
Cami sintió el insidioso calor que se extendía por sus venas. Y empezó a estremecerse al pensar en las caricias que llegarían.
-No juegas limpio -le dijo Cami.
Él bajó la cabeza y le acarició la parte de atrás de la oreja con los labios.
-No estoy jugando.
Cami cerró los ojos y absorbió la embriagadora sensación de sentirlo cerca. Benja la besó. Sus dedos se hundieron en su melena rubia y el beso se hizo más apasionado, intensificando el lento ardor de su excitación hasta que ésta amenazó con hacerla perder el control.
Su cuerpo se tensó contra el de él, anhelándolo, deseándolo tanto que apenas era consciente de los pequeños gemidos que salían de su boca.
Lentamente, suavemente, él se echó hacia atrás y rompió el contacto con ella. Luego le puso un brazo debajo de las rodillas y atravesó el vestíbulo con ella en brazos para llevarla arriba.
-La cama es un lugar muy civilizado... -dijo Cami mientras le acariciaba el lóbulo de la oreja con la lengua y se lo mordía suavemente.
Cuando llegaron a su suite, cerraron la puerta.
-¿Quieres algo menos civilizado, Cami? -preguntó él, bajándola.
Aquellas palabras evocaron una imágenes muy eróticas, y ella tuvo que controlar la excitación que produjeron en su cuerpo.
-Éste es un vestido muy caro. Me gustaría volver a usarlo -dijo ella, provocativamente.
Un brillo especial iluminó la mirada de Benja. Un brillo primitivo que le aceleró el latido de su corazón.
Ella se quedó sin aliento cuando él puso la mano en la cremallera y la abrió, de manera que el vestido cayó en la alfombra. Fascinada, ella salió de la prenda. Benja tiró el vestido encima de una silla, sin dejar de mirar a Cami. Detuvo los ojos en sus pechos. Los acarició, jugó con los pezones, y luego deslizó lentamente los dedos debajo del elástico de sus braguitas y se las quitó.
Después, siguieron sus sandalias. Ella lo observó quitarse la chaqueta y echarla encima del galán de noche.
Luego Benja se quitó la pajarita, la camisa, los zapatos y calcetines. Sus pantalones aterrizaron encima de su chaqueta.
Entonces, él le tomó la cara y se la bajó para besarla. Con aquel beso Benja tomó posesión de ella y pareció exigirle rendición.
No se trataba de seducción. Era un hambre feroz la que la reclamaba, la necesidad de devorarla.
Ella no se defendió. No quería. Quiso cabalgar en la cima de su pasión, y dejarse llevar por aquellas sensaciones arrasadoras.
Se convirtió en un saqueo de la mente y el cuerpo, del de ella, y se rindió. Él la acarició y saboreó y succionó atormentándola de placer, hasta volverla loca.
Ella no ejercía control sobre su cuerpo tembloroso, ni sobre la convulsión en la que aquella tormenta de pasión desembocó. Y no se dio cuenta de los gemidos que aquella emoción expresó por su boca, mientras le rogaba a Benja que no parase.
Era una forma hermosa de morir, pensó Cami embriagada por aquellas sensaciones, mientras él la llevaba a la cama. Entonces no sintió más que el placer silencioso. Él la penetró, una y otra vez, cada vez más profundamente, con un ritmo que los asomó al abismo de la satisfacción.
Después de hacer el amor, ella quedó tendida en la cama en un lío de sábanas, con las piernas entrelazadas a las de él, sin ganas de moverse.
No tenía fuerzas ni para alzar una mano, y permaneció con los ojos cerrados, porque abrirlos requería demasiado esfuerzo.
-¿Te he hecho daño?
Ella gemía por dentro. ¡Cuánto gemía! Pero era de placer, no de dolor.
-No -sonrió ella-. Aunque no creo que esté lista para una segunda vez.
Él se inclinó y le dio un beso en el hueco de la base del cuello, luego se deslizó hacia su boca.
-Relájate, querida -dijo él en español-. No es algo que pueda hacer tan pronto.
Ella lo sintió moverse, y las sábanas descender sobre su piel. Suspiró y apoyó la cabeza en los hombros de Benja. El paraíso no podía ser mejor que aquello.
Cami se despertó al sentir unos labios rozando sus mejillas. Se estiró y arqueó como una gata, contenta bajo las caricias de su amo.
Sonrió y abrió los ojos.
-¿Es tarde?
-Bastante tarde, querida.
Él se había vestido y afeitado, y si ella no se equivocaba, estaba listo para salir.
Ella sintió pena.
-Iba a ir contigo al aeropuerto -le dijo Cami.
-Pero te puedes relajar en el jaccuzzi, disfrutar de un delicioso desayuno y echar una hojeada al periódico antes de irte a la oficina.
-Debiste despertarme -protestó ella, viendo que él la miraba con picardía.
-Acabo de hacerlo -él le señaló una bandeja en la mesilla-. Y he traído zumo de naranja y café.
Ella se sentó en la cama y se abrazó las rodillas. Lo miró con malicia.
-En ese caso, estás perdonado.
-Puedes localizarme en el móvil.
Ella lo miró. Benja se había puesto uno de los trajes de ejecutivo que tenía, y con aquel acto había dejado su papel de amante y había asumido la responsabilidad de su cargo y su papel de hombre de negocios. Seguramente su mente estaba en la primera de las reuniones a las que tenía que asistir en Melboume.
Ella tomó el zumo de naranja y bebió. Agradeció aquel sabor fresco.
Le habría gustado despertarse temprano, hacer el amor con él, bañarse juntos en el jacuzzi y remolonear en el desayuno. Ahora tenía que conformarse con un dulce beso y verlo desaparecer por la puerta.
El beso fue más ardiente de lo que ella había esperado, pero menos de lo que había deseado.
Eran sólo cuatro días y tres noches. Muy poco tiempo. Él sé había marchado más tiempo otras veces. Entonces, ¿por qué sentía tan profundamente su ausencia?
Terminó de beber el zumo de naranja, se levantó y fue al cuarto de baño. Media hora más tarde, bajó las escaleras y se dirigió a la cocina.
-Buenos días, Marie.
-Buenos días. ¿Quiere desayunar dentro o en la terraza? -preguntó el ama de llaves con una sonrisa sincera.
-En la terraza -contestó Cami.
-¿Cereales y fruta, tostadas con café? ¿O prefiere algo caliente?
-Cereales, gracias. Yo lo llevaré -sacó un cuenco del armario de cocina, puso cereales, le agregó un plátano, sacó leche del frigorífico y atravesó el ventanal de cristal que daba a la terraza.
El sol estaba tibio, a pesar de que era temprano. Hubiera sido fácil olvidarse del trabajo aquel día, quedarse en casa y pasarse varias horas leyendo debajo de una sombrilla...
SERG me pidió que le recordase que llevara el Bentley esta mañana.
Cami alzó la vista del periódico y dejó la taza en el plato. Sonrió a Mane y preguntó:
-¿El XJ220 no?
-Le daría un ataque al corazón -respondió Marie escuetamente.
Cami se rió.
-No, no lo permitamos.
El poderoso coche deportivo era de Benja, pero era el orgullo de Serg. Él se encargaba de que estuviera siempre impecable, al igual que lo hacía con el Mercedes y el Bentley. Si el motor no sonaba como debía, se encargaba de que le hicieran una revisión mecánica. Durante los siguientes días el Mercedes estaría en el taller para que reparasen los arañazos y el faro de atrás.
Sonó el teléfono. Marie fue a contestar.
-Residencia de los Rojas...
Unos segundos más tarde, Marie tapó el auricular y dijo:
-Es para usted, señora Rojas
Cami puso los ojos en blanco y se levantó para atender la llamada.
-Monique, ¿cómo estás?
-Bien, Camila. He pensado que tal vez pudiéramos quedar para almorzar hoy. ¿Te viene bien?
La conversación frívola con su madrastra mientras picoteaban una ensalada no era uno de sus pasatiempos preferidos. Debía de haber una razón para que la invitase a almorzar, y seguramente pronto la averiguaría.
-Por supuesto. ¿A qué hora y dónde nos veremos?
Monique nombró un restaurante exclusivo no muy lejos de las Torres de Stanton-Rojas.
-¿A las doce y media? ¿Te viene bien?
-Estupendo. Me alegro de que nos veamos -mintió ella.
En realidad no era una mentira absoluta. La vida estaba llena de experiencias interesantes, y su relación con Monique era una de ellas.
El tráfico era denso. Los conductores parecían más impacientes que nunca, y un accidente mantuvo retenidos a los coches en una intersección.
En consecuencia, Cami llegó tarde. Había un mensaje de su secretaria para avisarle de que se encontraba indispuesta y que no iría a la oficina, al menos por la mañana, y el correo privado no había llegado con la documentación prometida. No era un buen comienzo para aquel día, pensó, mientras hacía la primera de las llamadas.
A media mañana, le prometieron que enviarían la documentación por la tarde. Suponía la pérdida de varias horas, y si tenía que analizar las cifras, supervisarlas y cotejarlas para la reunión del día siguiente, tendría que trabajar hasta tarde, llevarse trabajo a casa o llegar a la oficina temprano por la mañana al día siguiente.
La hora del almuerzo con Monique se acercaba. De mala gana, suspiró y apagó el ordenador. Fue al aseo y se retocó el maquillaje.
Diez minutos más tarde, salió del edificio. Llegó al restaurante un minuto antes de lo acordado.
Cami siguió al maítre a la mesa de Monique y se sentó.
-Camila...
-Monique...
Como siempre hubo un intercambio de calidez y afecto artificial. Después de diez años, Cami se había resignado a ello. Jamás cambiaría.
Monique estaba perfectamente arreglada, como era de costumbre, con los accesorios conjuntados perfectamente con la ropa: Un bolso de Chanel, zapatos de Magli, y unas cuantas joyas caras. Tenía gusto, pero no era ostentosa.
-Annaliese vendrá a almorzar con nosotras. Espero que no te importe.
«¡Estupendo!», pensó Cami con ironía.
-Por supuesto que no -respondió con cortesía y pidió agua mineral al camarero.
-Annaliese dijo que seguramente agradecerías la compañía y el apoyo de la familia ahora que Benja está fuera.
Cami lo dudaba. A la única persona que tenía en cuenta Annaliese era a sí misma.
-¡Qué considerada!
-El banquete de ayer fue muy agradable.
Se trataba de una conversación que no la comprometía a nada.
-El menú estaba muy bien presentado. Y el desfile de modelos estuvo magnífico -comentó Cami.
-¿Pedimos el primer plato? Annaliese tal vez llegue tarde.
Annaliese jamás llegaba puntual. Cami decidió tomar aguacate con mango sobre un lecho de lechuga. Después de pedirlo al camarero tomó un sorbo de agua mineral.
-He convencido a Juan de que se tome vacaciones -empezó a decir Monique mientras esperaban el primer plato.
-¡Qué buena idea! ¿Cuándo?
-El mes que viene. Haremos un crucero. Lo tomaremos en Nueva York.
El crucero sería relajante para su padre, y supondría una oportunidad de relaciones sociales para Monique.
-¿Cuánto tiempo planeáis estar fuera?
-Casi tres semanas, incluyendo los vuelos y las paradas.
-Será un buen descanso para ambos.
Su padre se lo merecía. Su dedicación a Stanton-Rojas sobrepasaba bastante el horario de nueve a cinco de la tarde.
Llegaron los primeros platos. Estaban esperando el segundo plato cuando llegó Annaliese envuelta en un halo de perfume.
-El desfile duró más de lo previsto -dijo mientras se hundía en una silla frente a su madre.
Aparecieron dos camareros solícitos mientras ella elegía el menú. En cuanto éstos se alejaron, dijo a Cami:
-¿Qué tal te arreglas sin Benja?
La tentación de decirle alguna mentira fue muy fuerte.
-Bastante mal.
Annaliese achicó los ojos.
-Si estabas... tan desesperada -dijo con énfasis-. Podrías haberlo acompañado.
Cami decidió seguir.
-No es fácil organizar un tiempo para pasarlo juntos fuera.
Annaliese levantó la copa de agua y dijo:
-¿De verdad, querida? ¿Por qué? -dejó la copa-. Todo el mundo sabe que tienes un trabajo para distraerte, y que la compañía te paga un alto salario por un servicio que considera superfluo.
Era un golpe demasiado bajo. Y no quería pelearse con Annaliese en presencia de Monique.
-Mis calificaciones merecen ese trabajo y el salario que cobro. No te olvides que salí elegida entre veinte personas que se presentaron al puesto.
Sabía que no tenía necesidad de justificar nada, pero se había sentido demasiado molesta.
-En su momento, Juan dejó bien claro que la elección se hacía basándose en la eficiencia y los resultados-agregó.
-¿Quieres que me crea que no hubo ninguna influencia por su parte?
Era hora de dejar aquel tema.
-La junta directiva jamás aprobaría malgastar el dinero en un puesto ficticio -la miró disimulando la furia.
Deseaba levantarse y marcharse, pero las normas de cortesía se lo impedían. Y debía esperar al postre y el café.
La comida había estado soberbia, pero ella había perdido el apetito, y empezaba a sentir dolor de cabeza.
En cuanto terminó el café, sacó la tarjeta de crédito del bolso.
-Deja eso, Camila -insistió Monique-. Yo te he invitado.
-Gracias. ¿Me disculpáis? Tengo una reunión a las dos.
Annaliese alzó una ceja.
-¡Qué dedicación!
-Se trata de consideración -la corrigió Cami mientras se ponía de pie-. A una representante de una empresa cliente que es muy puntual.
Fue una frase que no estuvo mal como despedida y broche final.
Era una pena que Monique hubiera estado presente, pensó Cami mientras volvía a la oficina. En un cara a cara con Annaliese habría sido diferente.
Al volver encontró una rosa en un florero de cristal en su escritorio, junto a un sobre blanco.
Cami lo abrió y sacó la tarjeta.
«Te echo de menos. Benja», ponía.
Pero seguramente no la echaría tanto de menos como ella a él.
Olió la fragancia de la rosa.
Mañana volvería a casa. Consultaría con Marie y organizaría una cena especial para dos. Con velas, vino, música suave, y después...
Oyó el sonido del teléfono interno, lo que la devolvió a la realidad.
Se inclinó encima del escritorio y apretó el botón.
-Michelle Bouchet la está esperando en Recepción.
-Gracias, Halle. Dígale a Katherine que la haga pasar.
Cami colgó el receptor.
Miró el reloj y sonrió.
Le llevaría una hora al menos mirar los informes, y otra media hora meterlos en el ordenador.
Tenía dos opciones. Llevarse el trabajo a casa o quedarse trabajando en la oficina.
Pero, ¿por qué tenía que marcharse corriendo a su casa? Además, las palabras hirientes de Annaliese le habían dejado huella. Seguiría demostrando su valía en la compañía.
Tomó la decisión de quedarse y llamó a Marie para decirle que llegaría tarde. Luego, pidió que le llevaran un café con dos comprimidos para el dolor de cabeza. Y se puso a trabajar.
Eran casi las siete cuando Cami apagó el ordenador. Tenía frente a sí las hojas impresas. Se sentía satisfecha de su trabajo y de saber que la junta agradecería poder contar con su análisis de los datos.
Recogió su bolso y se marchó de la oficina. Saludó al vigilante de seguridad del edificio y se dirigió al aparcamiento subterráneo.
Nadaría en la piscina, pensó mientras el ascensor bajaba en silencio al aparcamiento. Luego, se daría una ducha caliente. Tomaría un plato de ensalada de pollo y miraría televisión. Después, se iría a leer a la cama.
El ascensor paró. Cami salió en cuanto se abrieron las puertas. Quedaban coches en el aparcamiento aún. Debían de ser de ejecutivos que estarían en reuniones que se habían prolongado más de lo previsto. Aquella actitud de dedicación a la empresa por parte de los altos cargos, ¿sería dedicación? ¿O codicia? Tal vez fuera codicia, pensó Cami mientras se dirigía al Bentley.
Desactivó el sistema de alarma y apretó el mecanismo que abría el coche.
-Despacio, señorita -le ordenó una voz masculina.
Ella sintió algo duro contra sus costillas en el mismo instante en que sintió que una mano le agarraba el brazo.
-No grite, no se resista, y no le haré daño.
-Tome mi bolso -le dijo ella con serenidad, aunque el corazón se le salía por la boca-. Tome el coche.
La puerta de atrás se abrió.
-Entre -le dijo el hombre.
¿La iría a secuestrar?
-No.
-Oiga, cariño... -le susurró la voz fríamente contra su oído-. No queremos más que unas fotos.
-¿Queremos? -repitió ella.
O sea que había más de una persona. Eso limitaba sus posibilidades de escapar.
-Puede cooperar y hacérnoslo fácil, o puede resistirse y que le hagamos daño.
Las manos la empujaron al asiento de atrás del coche. Ella gimió cuando el hombre se echó encima de ella.
-¡Quítese de encima!
Las manos encontraron la blusa y la abrieron.
Cami se defendió como un gato salvaje, y gritó cuando el hombre le sujetó las muñecas fuertemente. La desesperación se apoderó de ella cuando el desconocido le soltó el sujetador. El hombre intentó besarla, pero ella torció la cabeza y se lo impidió.
Cami no tenía la fuerza suficiente para defenderse. De pronto, sintió que el hombre le rozaba los labios con sus dientes, y en ese momento la deslumbró la luz de un flash de una cámara de fotos. Ella emitió una queja de disgusto y repugnancia hacia él y se revolvió. Cuando el asaltante le soltó las manos, ella alcanzó la cabeza del desconocido y le clavó las uñas en el cuero cabelludo y en el cuello.
-¡Tú, zorra!
El hombre volvió a bajar la boca, aquella vez hacia sus pechos, y se los mordió fuertemente. Aquello le dolió terriblemente, pero la rabia y la desesperación le dieron la fuerza suficiente para alzar una rodilla y golpearlo entre las piernas. El certero golpe arrancó un gemido de dolor al desconocido y una retahíla de epítetos contra ella.
Entonces, Cami oyó que se abría la puerta del coche del lado contrario, y que dos manos arrastraban a su asaltante fuera del coche.
-Venga. Vayámonos de aquí. Ya hemos conseguido lo que quería.
-¡Maldita gata salvaje! ¡Voy a atraparla!
-Te han dicho que la asustases un poco. Nada más, ¿recuerdas?
La puerta del coche se cerró y Cami apretó el mecanismo que cerraba el coche con llave.
Luego, se puso al volante. Las llaves. ¿Dónde estaban sus llaves? ¡OH, Dios! Probablemente estaban en la puerta todavía.
Los dos hombres salieron corriendo. Ella los vio meterse en una furgoneta, y después de oír el ruido del motor los vio huir deprisa hacia la salida.
Hasta que no se fueron, no se atrevió a bajar la ventanilla del coche y agarrar las llaves.
Todavía tenía la blusa abierta. Se la cerró todo lo que pudo. Estaba temblando, tanto que tuvo que girar dos veces la llave del coche para ponerlo en marcha.
Una vez en la calle, Cami se concentró en el tráfico. Por una vez, se alegró de que hubiera tantos coches, autobuses, ruido, gente... la hacían sentirse a salvo.
Cuando llegó a casa, agradeció las medidas de seguridad. Marie y Serg estarían en su casa, y no quería alarmarlos.
Subió las escaleras y fue directamente a su dormitorio. Se quitó toda la ropa: la falda, la blusa estropeada, la ropa interior. Las apartó para tirarlas a la basura. No quería volver a verlas.
Luego fue al cuarto de baño del dormitorio y abrió la ducha. No sabía cuánto tiempo se había quedado debajo de la ducha. Sólo sabía que se había frotado dos veces cada centímetro de su piel, y que se había puesto champú tres veces. Luego, se había quedado quieta y había dejado que le cayera el agua como una cascada.
¿Quiénes eran? ¿Por qué lo habrían hecho? Las preguntas no dejaban de atormentarla. Fotos... ¿Sería un chantaje? La idea parecía ridícula. ¿Quién iba a querer amenazarla? ¿Qué ganarían con ello?
Entonces, recordó las palabras que había dicho el cómplice de aquel hombre:
«Te dijeron que la asustases un poco. Nada más. ¿Recuerdas?».
¿Quién podría querer asustarla, pero no hacerle daño? ¿Quién les había dicho que no se atrevieran a hacerle daño?
Cami agitó la cabeza como queriendo aclararse.
Unas fotos tomadas a propósito...
¿Podría tratarse de Annaliese? ¿Podría haber llegado a esos extremos? No podía ser.
Cami cerró el grifo. Sintió pánico al presentir la presencia de alguien en la habitación.
-¿Cami?
Era Benja.
Pero no podía estar de vuelta. No regresaría hasta el día siguiente.
Desesperada, extendió una mano hacia una toalla.
Entonces lo vio.
Era Benja, que la miraba con sus ojos oscuros, y una sonrisa en los labios.
-Has llegado antes... -murmuró ella.
Cami estaba pálida, temblorosa, se sentía débil.
El se quedó en silencio, un silencio tenso que casi daba miedo.
Cuando Benja habló por fin, lo hizo en un tono frío y sereno, que helaba la sangre.
-¿Qué pasó? -preguntó Benja sin preámbulos.
¿Era tan transparente ella que con sólo mirarla ya sabía que le pasaba algo?, se preguntó Cami.
Cami se sujetó la toalla y fijó la vista en el impecable nudo de su corbata.
-¿Qué tal el viaje?
-El viaje no tiene importancia. Dime qué pasó -dijo él con tensión en la voz.
-Me quedé en la oficina para trabajar con un informe...
-¿Por qué hiciste eso si podrías haberte traído el disquete a casa?
Era una buena pregunta. ¿Por qué lo había hecho? Tragó saliva y vio que él se daba cuenta de ello.
-Unos hombres se metieron en el aparcamiento, a pesar de las medidas de seguridad.
-¿Te han hecho daño? -preguntó él, mirándola detenidamente.
Ella alzó una mano y luego la dejó caer.
-Sólo unos rasguños.
Benja se los había visto, evidentemente.
-Tranquila, Cami -le dijo él suavemente. Le acarició la mejilla con la palma de la mano-. Cuéntame todo desde el principio. Y no te olvides de ningún detalle.
La furia de Benja era evidente, y ella sintió miedo. No por ella, sino por lo que podría pasar si esa rabia salía fuera.
-Abrí la puerta del coche... Entonces alguien me sujetó por detrás, me empujó al coche y me metió en el asiento de atrás.
-Sigue... -dijo él severamente.
-Luego se me echó encima...
-¿Te tocó? -preguntó él con gesto tenso.
Ella tembló al recordar aquellos dedos sujetándole las muñecas mientras le abría la blusa.
-No del modo en que piensas.
Los ojos de Benja endurecieron la mirada.
-¿Llamaste a la policía?
Ella negó con la cabeza.
-No robaron nada. El coche no sufrió daños. Y a mí no me atacaron.
Benja le puso las manos en los hombros y luego las deslizó por sus brazos.
-La palabra «atacar» tiene muchos significados -dijo él, y siguió acariciándole los brazos.
Ella sintió pánico cuando Benja le tocó las muñecas. Él se las examinó y luego se las llevó a los labios y las besó.
Después, le bajó la toalla. Ella sintió miedo, porque sabía que él le vería la parte enrojecida de sus pechos.
Benja se puso furioso y apretó las manos en forma de puños.
Ella recordó que muchas veces había querido que él perdiera el control, pero no de aquel modo.
-Lo arañé bastante--explicó ella-. Y se echó atrás.
Había algo primitivo en la expresión de Benja que le daba miedo.
-Su propósito no era hacerme daño. Tenía un cómplice que llevaba una cámara de fotos.
Un brillo de depredador pareció alumbrar la mirada de Benja. Era una señal de la alerta.
El sonido del teléfono hizo que se sobresaltará.
Miró el teléfono del baño petrificada.
-Descuélgalo cuando yo levante el teléfono del dormitorio -le dijo Benja.
Ella hizo que lo que le ordenó. Lo observó atravesar la puerta del cuarto de baño y dirigirse al teléfono del dormitorio.
Ella descolgó el auricular.
-Camila Rojas... -dijo ella.
-Camila...
Cami sabía bien quién la llamaba, y apretó el auricular.
-Annaliese... -la saludó ella con cautela.
-Tengo en mi poder fotos que te muestran en una situación considerablemente embarazosa, mon enfant...
Cami se imaginó la sonrisa cruel de Annaliese al otro lado del teléfono, el tono de su voz la delataba.
-Mañana le enviarán copias a Benja por correo privado una hora después de que llegue. Las recibirá en cuanto llegue de Melbourne; junto con las fotos irá una ficha con los datos profesionales de Tony, un gigoló -hizo una pausa, y luego añadió con delicado énfasis. También hay una lista de otros servicios que puede ofrecer y su precio.
Cami no podía creer que fuera el blanco de tanto odio.
-¿Te has quedado sin palabras, querida?
-Sin habla.
Se oyó una risotada al otro lado del teléfono.
-Si me hubieras tomado en serio, no habría habido necesidad de llegar a esto... -dijo Annaliese.
Cami apretó el teléfono.
-No te sorprendas de que Tony te pida más dinero por peligrosidad. Recibió un rodillazo en sus partes, y unos cuantos rasguños.
-Las fotos lo valen. Demuestra que tienes un poco de inteligencia, y empieza a hacer las maletas -sugirió Annaliese con dulzura fingida.
-Benja...
-Sufrirá un shock con las pruebas.
-Sí.
Hubo un silencio espeso.
-Puedes darme las fotos y la ficha personalmente, Annaliese -dijo Benja con voz suave desde el otro lado del teléfono-. Si eres lista, estarás esperándome en la puerta de tu casa con ellas en la mano dentro de diez minutos. Después de lo cual, le explicarás a Monique y a Juan que has recibido una llamada urgente de tu agente que reclama tu presencia. Muy urgente -continuó él-. Que tienes que reservar un vuelo para mañana. Yo me ocuparé del billete de avión... Si te atreves a poner un pie en Sydney otra vez, te denunciaré por ataque y extorsión. Y no se te ocurra hacer una llamada de advertencia a tu Tony. No hay ningún lugar donde no pueda encontrarlo. ¿Has comprendido?
Benja dejó el teléfono. Ella colgó también. Fue incapaz de pronunciar una sola palabra cuando él estuvo a su lado nuevamente y la besó.
-Vuelvo enseguida -dijo Benja.
Y entonces se fue. Ella se quedó temblando. A los pocos minutos, oyó el motor del coche.
Cami se quitó la toalla y se puso un pijama de satén color marfil. Fue hacia la cama y levantó la colcha. Luego se sentó en la butaca frente al espejo del tocador y empezó a cepillarse el pelo.
Benja volvió a los veinte minutos. Ella lo miró.
-¿Dónde están las fotos? -ella apenas reconoció su propia voz. Apenas podía hablar.
-Las he destruido -dijo Benja suavemente.
-¿Las has visto? -preguntó ella.
-Sí -le dijo él, poniéndole las manos en los hombros.
Ella no pudo reprimir el llanto.
-Supongo que eran...
-Una basura.
-¿Habrías creído...?
-No -él le acarició la mejilla con un dedo-. La intención era hacerte un chantaje con ellas -le dibujó los labios-. ¿Cuál era el precio, Cami?
-Yo. Que te dejara -dijo ella con sinceridad.
La mano de Benja le acarició el cuello.
-¿Y tú creías que yo iba a dejarte marchar?
-Annaliese contaba con ello.
Los dedos de Benja se deslizaron hacia el botón de arriba del pijama y lo desabrochó, luego siguió con el otro. Y con el tercero y el último. Suavemente le quitó el satén.
Cami lo miró. Él estaba mirando las sombras rojas de sus pechos.
-Espero que el desgraciado ése de Tony haya cobrado bastante dinero, porque los médicos son caros.
Ella abrió la boca, luego la volvió a cerrar y pasó los labios suavemente por los de él.
Ella se estremeció al sentir el poder que irradiaba de Benja, y cómo se extendía a su alrededor.
-Has vuelto antes... -susurró Cami-. ¿Por qué?
-Porque no quería pasar otra noche sin ti -contestó él.
Ella dejó caer unas lágrimas. Sintió los dedos de Benja en el mentón, luego un beso suave en una mejilla, luego en la otra. En los párpados...
-No llores -dijo él.
Ella hubiera deseado decirle que lo amaba, pero se calló.
-Mañana nos vamos a Hawai -dijo Benja.
Ella iba a protestar y empezó a decir:
-La oficina...
-Pueden arreglárselas sin nosotros -le aseguró él mientras la abrazaba.
-El negocio con Gibson...
-Juan se ocupará de él.
-Benja...
-No digas nada -le ordenó él, la tumbó en la cama y la abrazó.
Ella sintió que su pulso se aceleraba al sentir la boca de Benja detrás de la oreja, cerca de la sien... Se sentía segura, protegida. Por ahora eso le bastaba.
Cami extendió la mano hacia el nudo de su corbata, luego desabrochó los botones de la camisa.
-Necesito sentir tu piel contra la mía.
Benja le colocó las almohadas y se puso en pie. Ella observó cada uno de sus movimientos mientras se quitaba la ropa lentamente.
Luego él se acostó a su lado. Se apoyó en un codo y miró sus ojos azules, su boca...
-¿Quieres que hablemos?
Cami pensó que tal vez sería mejor hablar al día siguiente. Esa noche, ella necesitaba sentirse segura en sus brazos, su cuerpo íntimamente unido al de él.
Ella alzó un brazo y le acarició la mejilla. Lo miró intensamente, hasta que él no aguantó más, se inclinó y la besó.
Recorrió con su boca centímetro a centímetro, hasta llegar a su muñeca. Entonces le soltó la mano y se inclinó hacia su pecho para acariciarle las heridas con sus labios.
Benja...
Él alzó la vista.
-Te necesito...-le dijo Cami.
Y vio en sus ojos la llama del deseo en su mirada.. Ella le rodeó el cuello, y su boca tembló bajo la de él.
La lengua de Benja invadió su boca y exploró todas sus partes, incluso las que Tony había dañado. Al besar la zona enrojecida, Benja se puso tenso y gruñó de rabia. Ella lo acarició para calmarlo.
Aquella noche hicieron el amor con reverencia. Ella hubiera gritado de felicidad.
Después, se durmió en sus brazos, con la cabeza descansando en el pecho de él.
LA PLAYA de Waikiki era un paisaje maravilloso. El océano era azul oscuro, la arena blanca. Había hoteles y edificios de apartamentos alineados en la costa.
Aunque había playas en Australia que la igualaban. Mucha gente pensaba que la Costa Dorada de Queensland era comparable a Honolulú.
El clima era similar. Había muchas boutiques de diseño y muy variadas, pero era la gente de Hawai, su hospitalidad y amabilidad, lo que había fascinado a Cami.
No era su primera visita allí, ni sería la última, deseó Cami.
Benja había elegido el hotel Royal Hawaian, conocido por «el palacio rosa», debido a su exterior de color rosa. Originalmente, había sido una vivienda real y guardaba un cierto aura de lugar fuera del tiempo y tradicional, que lo hacía único en comparación con otros hoteles de la costa. Había lámparas de cristal en el vestíbulo, y una abundancia de lujosas alfombras orientales.
Cami se sentó en una silla y pidió una piña colada al camarero.
Cinco días de relajación habían obrado maravillas y habían restablecido su serenidad mental, pensó ella, mirando el mar. El sol había dorado su piel.
Por acuerdo tácito, habían evitado las atracciones típicas para turistas, y en cambio habían alquilado una limusina con conductor para que les diera una vuelta por la isla. Tampoco las compras habían sido una prioridad, aunque ella había visitado alguna de las boutiques y hecho algunas compras.
-¿Te apetece compartirlo?
Cami se quitó las gafas de sol y miró a Benja.
-¿Te refieres a mi piña colada?
-No, me refiero a tus pensamientos. Has estado muy pensativa estos días -le dijo él.
Cami miró a una mujer joven, de cuerpo proporcionado y curvas milagrosas que estaba tomando el sol en bikini.
-Sólo estaba observando la escena -dijo Cami-.Y pensando dónde me vas a llevar a cenar.
-¿Tienes hambre?
«Hambre de ti, sólo de ti», pensó ella.
¿Sería pecado que una mujer deseara tanto a un hombre? Lo quería tanto que había pasado a ser prácticamente el aire que respiraba.
-Sí, tengo hambre -ella frunció la nariz-. Debe de ser el aire de mar y el sol que me da hambre.
Él sonrió.
-Tú eliges... -le dijo él.
-Me gustaría ir a comer a algún sitio exótico, creo.
-Define «exótico».
-Luces suaves, música de ensueño, comida con una exquisita presentación... y... -ella hizo una pausa y lo miró con picardía-. Y camareros de traje negro, atractivos como estrellas de cine.
-¿Se te ocurre algún sitio en particular?
Ella se rió.
-Sí. Sería interesante descubrir si sigue trabajando allí un camarero en particular. ¡Era tan atractivo, que te hacía suspirar!
-¿Y él suspiraba por ti?
-Tanto como esa atractiva morena cuando te mira.
Cami no ignoraba que la chica le había echado el ojo mientras exponía su cuerpo perfecto.
Benja miró a la mujer en cuestión, luego volvió a mirar a Cami y le dijo.
-Es guapa.
-¿No tienes más que decir?
-Ella no es tú.
-Las palabras se dicen fácilmente -dijo ella después de un silencio.
-Bueno, siempre se dice que las acciones expresan más que las palabras -dijo él y la miró valientemente.
-Tal vez yo necesite palabras y hechos.
Él se inclinó y la miró.
-¿Una expresión verbal de amor?
Cami lo miró y dijo:
-Sólo si lo sientes.
Ella desvió la mirada y miró al horizonte en la distancia.
Tenía la sensación de que había estado esperando siglos aquel momento. Pero ahora que llegaba no estaba segura de estar preparada para ello. Le faltaba el aire.
-Mírame -le dijo él.
Era una orden suave pero firme. No podía ignorarla
La luz remarcaba las facciones del rostro de Benja.
Durante un segundo, ella pensó en las reuniones de la junta, en que Benja podía reducir a cualquier contrincante con una sola mirada de aquellos ojos oscuros, y dejarlo en ridículo con su firmeza y decisión.
-¿Te refieres al amor, Cami? -sonrió él con un brillo de pasión en los ojos, de deseo, de necesidad de ella-. No quiero pasar un día ni una noche sin ti a mi lado. Tú eres la risa y el sol -él le tomó la mano y se la llevó a los labios para besarla-. Eres el calor, el amor... Todo.
Ella sintió un calor dentro de su cuerpo.
¡Necesitaba tanto que él la tocase!
Las palabras que habían estado prisioneras en su corazón durante tanto tiempo parecían dudar en salir al exterior. Cami tragó saliva y vio que él la miraba.
El sonrió.
-¿Es tan difícil ser recíproca? -le preguntó él.
Cami lo miró cuidadosamente. No había esperado encontrar vulnerabilidad en Benja. Sin embargo, en aquellos momentos parecía tan indefenso... Y ella sabía que era la única a la que permitiría ser testigo de su debilidad.
-El primer día que entraste en una reunión de directivos -comenzó a decir ella serenamente-, sentí que eras un cliché viviente sonrió. No me acuerdo nada de lo que dije yo. Pero tus palabras, tu sonrisa, tus gestos, se quedaron grabadas en mi mente -ella le acarició la mejilla-. Cuando Juan te invitó a cenar, creo que supe cuáles eran las intenciones de mi padre. Tendría que haberme importado, pero no me importó -dijo ella.
Benja observó la mezcla de emociones que expresaban los ojos de Cami.
-Me enamoré de ti, no del hijo y heredero de JC Rojas. Si no hubiera sentido eso, no habría aceptado casarme contigo.
-Pero dejaste que pensaran que nuestro matrimonio era una farsa -dijo él.
Los ojos de Cami se quedaron fijos en un punto.
-Monique me felicitó después de la boda dijo ella con un nudo en la garganta-. Por haber conseguido un marido rico. Yo no me había dado cuenta de que casarme contigo era una competición, ni que Annaliese hubiera sido una contrincante.
Benja no disimuló la rabia en el fondo de sus ojos.
-¿Has creído que yo podía estar interesado en Annaliese?
-Todo parecía encajar... -reflexionó Cami-. Por otra parte, Monique es la esposa de Juan... Y yo no diría ni haría nada que pudiera oscurecer la felicidad de mi padre.
-Yo no comparto tu generosidad.
-Puedo permitirme ser generosa -dijo ella amablemente. Y era cierto.
La luz del día se estaba apagando. Las luces se estaban encendiendo en las mesas de las terrazas.
Una sonrisa suave hizo temblar la boca de Cami.
-¿Vas a darme de comer? -preguntó ella.
-Podemos pedir que nos traigan la comida a la habitación -le dijo él con una sonrisa.
-La comida es estupenda en el restaurante del Sheraton Waikiki.
El comedor estaba en uno de los últimos pisos, y ofrecía una vista panorámica desde todas las ventanas.
Cami lo miró picaramente.
-Podemos bailar un poco, quedamos de sobremesa con el café -opinó ella.
-Si eso es lo que quieres...
Ella se rió. Era un sonido alegre que expresaba su felicidad y daba a sus ojos un brillo de satisfacción.
-Con eso será suficiente, al menos durante algunas horas.
-¿Y después?
-Tenemos la noche.
-Suena interesante.
Cami reprimió la tentación de inclinarse y besarlo.
-Cuenta con ello.
Benja tiró de ella y la hizo ponerse de pie.
Luego juntos caminaron a la entrada principal y atravesaron el camino al hotel Sheraton Waiküd.
Era temprano, y había varias mesas vacías. Cami eligió una al lado de la ventana. Benja pidió champán.
La comida tenía una presentación magnífica y cada plato era una demostración de la maestría culinaria del chef.
-Parece un paisaje mágico... -dijo Cami mirando a los edificios altos iluminados que se alineaban dibujando la costa oscura, formando una curva hacia Diamond Head.
-Sí -dijo Benja
Pero Benja no estaba mirando las vistas.
Cami se sonrojó levemente cuando él estudió sus delicadas facciones.
-¿Bailamos? le dijo Benja.
Cuando llegaron a la pista de baile él la apretó contra su cuerpo y ella se derritió en sus brazos. Le rodeó el cuello.
La música y las luces eran suaves. Había una atmósfera que se prestaba a la ensoñación. Ella se apretó contra él mientras se movían juntos al compás de la música. Su cuerpo se preparaba y empezaba a sentir el calor de la anticipación de la pasión.
Sintió acelerarse el latido de su corazón; su sangre golpeando en sus venas; un fuego que empezaba a apoderarse de todas sus neuronas, de cada una de las células de su piel. Sintió la necesidad de algo más profundo y físico que el mero tacto entre ellos.
No obstante había un cierto placer en la demora del momento de marcharse de allí y volver a la suite, Era un modo de aumentar el deseo, y de volverla loca poco a poco.
La respiración de Benja susurró contra su oreja.
-Vayámonos de aquí -dijo él.
Ella alzó su cara y le rozó los labios con los suyos.
-Enseguida.
En cuanto volvieron a su mesa, apareció el camarero.
-¿Quieren café? ¿Un licor?
Benja dejó la decisión en manos de Cami. Ella aceptó el ofrecimiento y pidió un café con licor para terminar la cena.
Era tarde cuando llegaron a la habitación. Cami se quitó las sandalias de tacón. Luego, se dejó el pelo suelto.
Benja le sujetó los hombros, la atrajo hacia él y la besó apasionadamente.
Ella sintió que la envolvía el calor haciéndola sentir viva. Gimió de placer cuando él deslizó la boca por su cuello, y luego siguió su camino hacia el escote del vestido.
Se quitaron la ropa prenda a prenda. Él le acarició los pechos con las manos y la boca. Ella gimió de placer. Entonces, Benja deslizó su boca para saborear la más íntima parte de su ser.
Ella sintió que aquello era la gloria, y disfrutó de aquellas caricias, contrayéndose cuando aumentaba el placer, hasta que éste fue tan intenso que se precipitó en aquel nirvana de goce y sensualidad.
Era tan erótico que todo su cuerpo se estremeció y su alma se llenó de emoción. Luego, se quedó echada, disfrutando de las caricias de los dedos de Benja sobre su piel.
Con un movimiento sinuoso, ella se puso en pie y le dio un beso.
Ahora le tocaba a él y ella se tomó su tiempo arrancándole suspiros de placer. El cuerpo de Benja se tensó y él gimió bajo sus caricias.
Ella se sintió abrumada por aquel enorme poder que ejercía sobre él. Era una sensación embriagadora hacerlo llegar hasta aquel éxtasis, y ver cuánto tiempo tardaba en tumbarla y hacerla suya en medio de aquella desesperación.
Benja le hizo el amor con suavidad. Ella gimió al sentirlo dentro, se arqueó una y otra vez y se alzó levemente para recibir el empuje de su amor.
Más tarde, rodaron juntos por la cama. Benja la abrazó, le besó la sien y le acarició la espalda con movimientos de arriba abajo.
-Te amo -le dijo ella.
Se sentía satisfecha y en paz. Ya no la consumían pensamientos perturbadores, la dolorosa agonía de querer algo que no tenía.
Benja le deslizó una mano debajo de la barbilla y buscó su boca para darle un beso dulce y lento.
Después, ella puso su cabeza en el pecho de él.
-¿Estás cómoda?
-Mmmm.. -murmuró ella adormecida-. ¿Quieres que me mueva?
-No -contestó él y le acarició el pelo.
Cami sonrió y le besó el cuello. Aquello era como estar en el paraíso.
-¿Qué opinas de los niños? -le preguntó ella.
-¿En general?
-De que tengamos bebés nuestros.
Los dedos de Benja se detuvieron:
-¿Me estás proponiendo algo?
Ella besó su cuello nuevamente.
-Debería ser una decisión mutua, ¿no crees?
-Cami... -dijo él en un gemido susurrante.
Ella sonrió.
-¿Eso quiere decir que sí o que no? -le preguntó ella.
-Por supuesto que sí. La idea de que estés embarazada es suficiente para...
Ella le acarició la mejilla. Y él la besó apasionadamente.
-Me gustaría seguir con mi trabajo de Stanton-Rojas. Tener cierta flexibilidad, un despacho en casa cuando esté embarazada y después... -se quedó pensativa-. Una vez que los niños estén en el colegio, me gustaría volver a la oficina, con horario a tiempo parcial -agregó, sabiendo que le gustaría estar en casa para saludar a los niños cuando llegaran y ocuparse de sus actividades extra-escolares.
Ella se quedó pensando e imaginó un niño pequeño moreno, una niña rubia... Juegos con la pelota, lecciones de natación, ballet, música, gimnasia... Deberes. Paseos por el parque, picnics en la playa. Risas. Familia. Y Benja, ¡Dios Santo! ¡Con Benja a su lado siempre!, pensó.
Te amo Cami repitió serenamente.
Benja la besó apasionadamente, luego se giró hasta que ella estuvo debajo de él.
-Tú eres mi vida -le dijo él y la volvió a besar.
Ella suspiró satisfecha cuando él se empezó a mover, y le rodeó el cuello.
Era algo mágico, pensó ella más tarde mientras estaba acurrucada contra él. Magia... La unión de dos cuerpos y dos almas, en una exploración mutua de placer y amor. Siempre presente el amor...
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January 3 2009, 12:09 AM
AMANTE POR CONTRATO
EL sol brillaba calurosamente, como notó Benja cuando entró en la cocina para preparar el café del desayuno. Cuando terminó, lo puso todo en una bandeja y lo sacó a la terraza para disfrutar del sol de primavera.
Tomarse su tiempo para desayunar tranquilamente se habla transformado en un hábito para él y esa mañana no era diferente.
Era lo mejor del día, pensó satisfecho mientras leía el periódico y disfrutaba del desayuno.
Hojeó la sección de negocios y estaba a punto de volver una página cuando vio de refilón una foto suya en una esquina.
Hmmm. Sasha estaba maravillosa. El perfil era perfecto, su sonrisa correcta y su actitud entrenada para presentar su imagen más atractiva.
Miró el pie de foto y entornó los párpados.
Celebrando la reciente adquisición de los Aguilera, Benjamín Rojas, el multimillonario empresario, y Sasha Despojoa, disfrutan de una velada en el restaurante Déjeuner.
Sonrió ampliamente.
Sí, podía decirse que era rico y triunfaba en los negocios, pensó satisfecho. Vivía en una hermosa casa en uno de los mejores barrios de Sydney, poseía un envidiable montón de inversiones y tenía posesiones en varias capitales.
Podía parecer que lo tuviera todo.
Lo que los periodistas no tocaban era su procedencia
La pobreza suburbial en la que se había criado, el menos que saludable lugar de educación donde había sobrevivido... Todo eso no se nombraba.
Desde siempre él había querido algo más que solo una existencia en la parte mala de la ciudad. Mas que una vida teniendo que vigilar que no apareciera alguien con aspecto de policía, con la necesidad de ir siempre un paso por delante. No había nada que no hubiera visto, pocos tratos que no hubiera hecho.
De pequeño, siempre había querido salir de allí. Salir de un mundo gris donde la supervivencia era la única ambición. Tener la sabiduría de la calle era solo parte de su éxito. La educación era la otra, y había luchado por ella de la única manera que conocía, ganando becas y graduándose con honores. No por la gloria de esos honores, no por agradar a sus padres, sino por él mismo, y había tenido éxito. Con treinta y seis años, estaba exactamente donde quería estar. Podía tener cualquier mujer que quisiera y las tenía con frecuencia, selectivamente.
De todas formas, su última compañera estaba siendo bastante permanente y, aunque era cierto que disfrutaba con ella en la cama, él no tenía el menor deseo de una relación duradera.
¿Había una mujer única para un hombre? ¿La única? De alguna manera, lo dudaba.
Entonces, sonó su teléfono móvil y contestó.
- Buenos días, querido - dijo, en español, una voz femenina, suave e intensamente felina.
Segura que lo hacía así como recordatorio de que él no había querido compartir con ella la noche anterior,
- Sasha,
-¿Te molesto, querido?
- No.
- Pensé que podíamos cenar juntos esta noche. Él apreciaba el ansia en una mujer, pero prefería ser él el cazador.
- Tengo cosas que hacer
-¿En otro momento, entonces? Se había recuperado rápidamente, pero la necesidad de seguridad seguía allí y él decidió ignorarla-
- Tal vez - dijo, y cortó la comunicación.
Echó un vistazo a los inmaculados jardines que rodeaban la casa, pasó por las brillantes aguas de la piscina y las pistas de tenis, las flores y los setos. antes de dedicarle de nuevo su atención al periódico.
Se sirvió otra taza de café, miró su reloj y luego untó mermelada en la última tostada. Cinco minutos más tarde, entró de nuevo en la cocina y empezó a llenar el lavavajillas. Luego, subió a su habitación a vestirse.
Tenia una buena cantidad de trajes y ese día se puso uno de Armani, una corbata de seda y zapatos italianos. Luego tomó su cartera y el maletín, tomó el ordenador portátil y bajo de nuevo a la planta baja,
Encendió el sistema de seguridad, se dirigió al garaje y se sentó tras el volante de su Mercedes último modelo y tope de gama.
Su oficina estaba en el último piso de uno de los edificios más altos de la ciudad, una obra maestra de LA arquitectura, desde donde se disfrutaba de unas vistas magnificas de la bahía.
El tráfico era denso y abrió el ordenador en un semáforo, le echó un vistazo a sus citas del día y tomó nota mentalmente de decir a su secretaria que hiciera dos llamadas telefónicas.
Un cuarto de hora más tarde, aparcó en su sitio reservado en el aparcamiento del edificio.
Apagó e! motor, tomó el ordenador y el maletín, abrió la puerta y salió del coche.
- Benjamín Rojas?.
Se detuvo al oír esa voz femenina. Luego se volvió para enfrentarse a la propietaria de la misma con el cuerpo alerta, listo para golpear al menor signo de agresión.
Rubia, pequeña, esbelta, ojos verdes y rasgos atractivos. No parecía un oponente para él pero sabía perfectamente que no había que fiarse de las apariencias. Era muy consciente de lo que podía hacer cualquier experto en artes marciales y que el tamaño y el sexo no importaban.
¿Estaría ella ocultando un arma? Entornó los párpados cuando se percató de la manera con que ella sujetaba el bolso de cuero. Si llevaba allí un cuchillo o una navaja, la podría desarmar antes de que se moviera un centímetro.
El edificio entero era patrullado por personal de seguridad. ¿Cómo habría entrado esa mujer?
- Sí - respondió por fin.
- Tengo que hablar con usted. Él levantó una ceja y la observó cuidadosamente, esperando su siguiente movimiento.
- Soy un hombre muy ocupado - respondió éI mirando su reloj.
- Cinco minutos.
Estaba claro que ella había practicado sus palabras, las había cronometrado y lo podía hacer en menos tiempo. Si tenía que hacerlo.
- Concierte una cita con mi secretaria.
- Ya lo he intentado - respondió ella agitando la cabeza.
Nada de lo que ella había visto y leído en los periódicos hacían justicia a ese hombre, a su evidente aura de poder.
No sirvió de nada-añadió ella sonriendo levemente-Su sistema de seguridad es impenetrable
- Pues usted ha logrado entrar en el aparcamiento - dijo él pensando que iba a tener que hacer que alguien se ocupara de eso inmediatamente.
- Por capacidad de convicción.
Una suplica desesperada basada en la verdad que le había dirigido al guarda de seguridad. Solo esperaba que eso no le costara el empleo al hombre.
Benja tuvo que reconocer que esa mujer tenía valor
-¿Y ahora espera usar eso mismo conmigo?
- ¿Y perder más tiempo? Eso logró intrigarlo.
- Dos minutos. ¿Su nombre?
- Camila. Soy la hija de Juan Bordonaba.
Ella sabia muy bien que eso le iba a causar efecto.
La expresión de él se tensó y sus labios se apretaron lo mismo que su voz.
- No.
Era justo como ella se había esperado, pero insistió. Tenía que hacerlo.
- Me ha ofrecido dos minutos.
- Lo podría multiplicar por diez y la respuesta seguiría siendo la misma.
- Mí padre esta muriendo.
-¿Quiere mi compasión?
- Su indulgencia.
-¿Se atreve a pedirme indulgencia para un hombre que me robó varios cientos de miles de dólares?
Ella dio UNA patada en el suelo, de pura desesperación.
- Mi padre está hospitalizado con un tumor inoperable de cerebro. Si lo denuncia se pasará el poco tiempo de vida que le queda en la cárcel.
- No - dijo él empezando a caminar hacia los ascensores.
- Haré lo que sea - dijo ella como último recurso.
Ya le habían rechazado dos cartas y un buen montón de llamadas telefónicas.
Él se detuvo, se volvió y la recorrió con la mirada insultantemente,
- Necesitaría más de lo que creo que es usted capaz de darme - dijo.
- Usted no lo sabe.
- Si. Lo sé.
Si él se metía en los ascensores con llave, lo perdería.
- Por favor.
Benja oyó esa palabra, sintió el leve temblor de la voz de ella y siguió caminando. Llegó al ascensor y se volvió.
- Tiene un minuto para salir de este aparcamiento; sí no, haré que la detengan por allanamiento.
Él se esperaba ira, rabia, incluso un intento de atacarlo. O una bien ensayada escena de lagrimas.
Pero en vez de eso. Vió orgullo en la forma en que ella levantó la barbilla. Su boca se movió un poco cuando trató de recuperar el control que había perdido momentáneamente, como indicaba el leve rastro de humedad que se veía en sus ojos verdes.
Se le escapó una lágrima solitaria, que le corrió por la mejilla.
Un sonido electrónico anunció que había llegado el ascensor y él usó su llave para abrir la puerta; luego se metió en él y metió la llave en su ranura.
Su expresión no cambió nada.
- Treinta segundos - dijo y giró la llave.
Poco después. Benja estaba ya en su despacho. La electrónica y los ordenadores le habían hecho ganar una fortuna. Llamó a su secretaria por el intercomunicador, confirmó su agenda del día y empezó a trabajar.
Dos horas más tarde, terminó con lo que estaba haciendo y pidió el archivo Bordonaba.
No era que necesitara que le refrescaran la memoria. Había vivido demasiado como para que algo así le afectara. Pero la imagen llorosa de una cierta rubia no lo dejaba en paz y se la quiso quitar de encima.
Juan Bordonaba, viudo, con una hija, Cami, soltera de veinticinco años, profesora. Tenía su dirección, número de teléfono, el lugar donde daba clases, sus aficiones...
Levantó una ceja.
¿Thai-boxing?
Imprimió toda la información y se metió los papeles en el bolsillo de su chaqueta.
Luego hizo una llamada telefónica.
- Consígame todo lo que pueda acerca de Juan Bordonaba, Datos médicos y personales.
El hombre había achacado a sus deudas de juego sus continuos robos y por aquel entonces, Benja no había investigado más profundamente.
Una hora más tarde tenia las respuestas que quería. El informe médico confirmaba lo que le habla dicho SU hija.
Benja imprimió el informe y lo volvió a leer en papel.
Estaba demostrado que ese hombre había usado el dinero para pagar los gastos de hospital causados por el mantenimiento de su esposa, que había sufrido un accidente de carretera que la había dejado en coma durante meses antes de morir.
Eso había sido hacía seis meses.
El hombre casi había logrado devolverlo, pero una auditoría había descubierto sus depósitos irregulares, sus intentos de pagar la deuda. Y su caída en el juego fue solo cuestión de un mes. ¿Tal vez se trató de un último intento para conseguir el dinero y reponer lo que se había llevado?
Benja se acomodó en su sillón y se quedó pensativo.
Desde allí se veía una panorámica magnífica de la bahía de Sydney, pero él no le estaba prestando atención,
Madre de Dios. ¿En que estaba pensando? El padre era un ladrón» ¿por qué debería interesarle la hija?
Porque le intrigaba, decidió. Le interesaban las relacionen humanas, la lealtad familiar. ¿Hasta dónde se extendería la de ella?
Recordó la forma orgullosa en que levantó la barbilla y como trató de contener cualquier signo de emoción, a pesar de que se le escapara esa lágrima solitaria. y decidió averiguarlo.
Llamó a SU secretaria y le dijo que, si llamaba ella, le pasara la llamada.
Veinticuatro horas más tarde, lo hizo.
-A las siete y media - le dijo secamente, y nombró un restaurante -, reúnase allí conmigo.
Cami se había preparado para otro rechazo y, por un breve momento, se vio entre la esperanza y la desesperación,
- No puedo.
-¿Por qué no?
- Porque trabajo por las noches,
- Llame y dígales que está enferma.
Pero ella no se podía permitir perder su trabajo.
- Termino a las once -le dijo.
-¿Enseñando?
- Sirviendo mesas.
Se produjo un momento de silencio y luego Benja le preguntó:
-¿Dónde?
- No en su zona habitual,
-¿Donde?
Él había estado en antros peores de Ios que ella se podía imaginar.
Cami se lo dijo.
- Allí estaré.
Y estuvo, con media hora de antelación. Se sentó en una mesa, pidió café y se dedicó A observar la nada distinguida clientela y la forma como ella los trataba.
Eso la estaba poniendo nerviosa, como Benja había pretendido. Observó la forma como ella trató de ignorarlo y eso lo divirtió, pero la diversión se vio sustituida por la irritación cuando un cliente, borracho, le puso la mano en el redondeado trasero.
No necesitó oír lo que ella le dijo, ya que el mensaje fue muy claro y sus ojos brillaran peligrosamente.
¿Estaba ella resentida por la necesidad de tener un segundo trabajo tanto como con su pudre por haber actuado de tal manera que ella se viera en esa condición?
Tal vez no. Ella había demostrado tener valor y orgullo, unas cualidades que Benja reconocía y admiraba. ¿No era por eso por lo que estaba allí esa noche?
A las once en punto, Cami se llevó a la cocina un montón de platos, murmuró una disculpa por no quedarse más tiempo y se quitó el delantal. Luego, se retocó rápidamente el maquillaje y se pasó una mano por el cabello antes de entrar de nuevo en el restaurante.
Benjamín Rojas no era un hombre al que ella se pudiera permitir mantener esperando. Él ya la estaba esperando en la puerta y ambos salieron a la calle.
Una vez allí se dirigieron al coche de él, entraron y ella se quedó extasiada por el lujo y la comodidad de vehículo.
Fueron en un tenso silencio hacia la zona elegante de la ciudad. Allí, él aparcó y apagó el motor.
Cami se preguntó cuánto duraría aquello. Tenía que repasar algunas cosas para las clases del día siguiente. Casi no había tenido tiempo para nada ese día: del colegio había ido a ver a su padre al hospital y luego a su casa para prepararse para ir al restaurante, asi que apenas había comido nada.
Y los pies la estaban matando. Llevaba unos zapatos de tacón que eran parte de su uniforme de camarera, lo mismo que las medias negras, la minifalda y el pequeño top, Odiaba ese uniforme casi tanto como ese trabajo.
Se obligó a caminar decididamente hasta que llegaron al café adonde se dirigían.
Se instalaron en una mesa de la terraza y pronto apareció un camarero para tomar nota de su pedido.
Ella pidió un descafeinado para poder dormir y se le hizo la boca agua ante la carta de sándwichs de alta cocina.
Minutos más tarde, cuando les llegó la comida que habia pedido Benja, él le dijo:
- Coma.
Conocía bien el escenario. Seguramente, ella habla comido poco y a toda prisa. Si es que había comido.
Él se acomodó en su asiento y se dedicó a observar cómo ella comía, tratando de que no se le notara el hambre que tenía.
Esperó hasta que ella se hubiera comido dos sandwiches y tres cafés, y luego fue directamente al grano,
- Le sugiero que exponga su caso.
Ella se puso las manos en el regazo y las apretó juntas, odiando casi tanto a ese hombre como se odiaba a si misma por lo que estaba a punto de decir
- Estoy trabajando en dos sitios, en uno de ellos siete noches a la semana. También trabajo los fines de semana. Dejando aparte el alquiler, la comida y mis necesidades, tardaría toda la vida en pagarle lo que le debe mi padre
No sabía cómo le podía sugerir... ¿Cómo podía? Pero no tenía otra alternativa,
- Solo tengo a mí misma que ofrecer. Como su amante. Sexualmente, socialmente, durante un año - añadió apresuradamente.
A él le entraron ganas de sacudirla y no se detuvo a pensar por qué.
-¿Es ese el trato?
- Estoy dispuesta a negociar. Él la miró detenidamente hasta que ella estuvo a punto de gritar.
-¿En qué términos?
- Firmaré un acuerdo prenupcial en el que se afirme que no reclamaré nada de usted durante nuestro trato, ni a su final. A cambio, usted retirará las acusaciones contra mi padre.
Él tardó un momento en responder y en su VOZ se reflejó un evidente cinismo.
- Tanta lealtad es admirable. ¿Pero estaría usted preparada para la realidad?
Ella se obligó a mirarlo, a pesar de que se estaba muriendo por dentro.
Él era un hombre grande, debía medir mas de metro noventa. Con el cabello oscuro, casi negro. Un rostro muy bien proporcionada pómulos anchos, mandíbula firme, frente fuerte. Además de unos penetrantes ojos oscuros y una boca sensualmente moldeada.
Había algo en su expresión que la preocupaba. Una dureza que tenia poco que ver con su capacidad para los negocios. Pensó que era un hombre que había visto mucho y soportado más,
Eso lo hacía complejo, peligroso. Una cualidad que no aparecía en su biografía ni en ninguna de las fotos que ella habla visto en los periódicos.
- Yo podría ser un amante tremendo. Benja vio cómo la expresión de ella se helaba por un momento, pero se recuperó enseguida,
- O muy malo en la cama.
Él sonrió ante su audacia.
Ella pensó que, sin duda, también en eso era bueno. Tenía todo el aspecto de un hombre cómodo consigo mismo y con su experiencia para poder dar placer a una mujer.
Cami pensó que ese era su último recurso. Había vendido su apartamento, había cambiado su coche por otro más barato y de segunda mano y había vaciado su cuenta corriente; todo para tratar de ayudar a su padre, pero no había logrado reunir ni una fracción de lo que él debía.
- Pone un precio muy alto a SUS servicios dijo él.
Benja pensó que no era nuevo recibir un pago en carne. Se había hecho desde siempre, pero en la sociedad actual se llamaría coacción. Sin embargo, había sido sugerencia de ella, no de él, lo que le daba una nueva dimensión al trato y podía evitar los problemas legales de la situación.
Aquello tenía connotaciones intrigantes. Nada de malos entendidos. Incluso podía resultar interesante.
La verdad era que había una parte de él que deseaba hacerla suya, llevarla al borde de la locura y oírle suplicar para que le diera placer una y otra vez.
Pensó que eso era química sexual, y se preguntó si él se atrevería a perseguirla.
La observó mientras ella se comía el último sandwich. La palidez había desaparecido de sus mejillas,
-¿Más café?
Cami se secó los labios con la servilleta. Se sentía cansada y, lo que más quería era volver a su casa.
- No, gracias - dijo y rogó en silencio para que él le diera una respuesta.
Mientras esperaba, se preguntó si él estaría meditando su oferta o solo jugando a algún juego cruel.
¿Se daría cuenta él de lo mucho que había pasado ella en el último mes, siendo consciente del delito de su padre y esperando a que el hacha cayera sobre su cabeza? ¿De lo poco que había dormido pensando en lo que podía pasar?
- La llevaré a casa,
- Gracias, pero puedo tomar un taxi hasta donde tengo el coche - dijo ella, pensando que tenía el dinero justo para hacerlo.
- Yo la llevaré - dijo él firmemente. Una vez en el coche, permanecieron en silencio hasta que él le preguntó:
-¿Dónde tiene el coche?
- En la siguiente calle a la izquierda, a media calle a la derecha.
Poco después llegaron donde ella habla aparcado el muy viejo Mini, que era su único medio de transporte.
Cami puso la mano en la puerta y se volvió hacia é\.
- Supongo que mi oferta no le interesa.
Necesitaba consejo legal antes de tomar una decisión, Y además, a ella no le vendría mal esperar un poco.
- Me pondré en contacto con usted dentro de unos días.
Aquello era mejor que un no definitivo
- Gracias.
Luego ella huyó de allí, pero fue consciente de que él esperó a que estuviera dentro del coche y arrancara. Benja la siguió hasta LA calle principal, donde ella giró en una dirección y él en la otra.
BENJA tomó el documento que había llegado por correo horas antes. El contrato prenupcial. Todo muy legal, y contenía las cláusulas suficientes como para cubrir cualquier eventualidad y más.
Hojeó el documento. Quince meses, ¿Qué le había hecho extender el plazo de tiempo? Bien podría querer dejarlo en mucho menos tiempo. Incluso tenía una cláusula que contemplaba esa posibilidad.
También había otro documento separado, por el que renunciaba a interponer cargos contra Juan Bordonaba.
Y otro más que contenía un acuerdo privado entre Benjamín Rojas y Camila Bordonaba.
La cuestión era, ¿llevaría todo eso a cabo?
Sopesó los pros y los contras y siguió su instinto, como había hecho con todas las demás decisiones que había tomado en su vida.
Había una ventaja en eso de tener una amante: que las ataduras estaban claras. Aquello era poco más que un acuerdo de negocios bien definido.
Tomó una pluma y jugueteó ausentemente con ella. Luego la dejó y buscó un archivo, apuntó una dirección y llamó a su secretaria para decirle que se marchaba por un rato, que si se le necesitaba con urgencia, lo localizara en el teléfono móvil. Luego tomó SU chaqueta, se la puso y tomó las llaves.
Cami oyó el timbre que indicaba el final de LA clase y del día escolar y suspiró aliviada. Enseñar literatura inglesa a chicos de dieciséis años que venían de muy distintos ambientes era una forma de arte en sí misma. Conseguir y mantener su interés era difícil, pero normalmente, ella podía hacer que la asignatura fuera divertida.
Ese día se sentía cansada, tanto por la falta de sueño como por la salud de su padre y por la intriga acerca de si Benjamín Rojas se pondría en contado con ella o no.
Habían pasado ya tres días desde mi entrevista con él, no la había llamado y estaba empezando a ponerse nerviosa.
Ordenó sus cosas, las metió en el bolso y se lo echó al hombro. Luego tomó unos libros y se los apoyó en la cadera antes de seguir al último de los estudiantes al pasillo.
Por suerte, no había ninguna reunión de profesores, así que podía irse directamente a casa a preparar unos exámenes para el día siguiente, ducharse, comer algo y llamar al hospital antes de ir al restaurante.
- Hola, señorita Bordonaba.
Ella levantó la cabeza y sonrió al estudiante que la había saludado.
- Hola, Sammy.
-¿Le llevo los libros?
- Si quieres... -dijo ella y se los dio.
-¿De verdad que Shakespeare trabajaba por encargo?
- Es cierto
En el exterior, el sol de la larde se filtraba por entre los árboles.
- Algunas de sus obras fueron hechas por encargo - añadió ella.
Y escritas en un estallido de creatividad nacida de la desesperación.
- Eso era lo que me había figurado.
Cuando se fueron acercando al aparcamiento, Sammy |e dijo:
-¿Tiene problemas, señorita?
- No.¿por qué?
- Porque hay un tipo bien vestido junto a su coche,
Ella levantó la mirada y se quedó helada. Benjamín Rojas.
-¿Quiere que me encargue de él?
El pensamiento de Sammy enfrentándose con ese hombre era para reír. Pero ella ni siquiera sonrió.
- No pasa nada.
Sammy la miró y luego miró también al hombre, que estaba esperándola indolentemente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
-¿Seguro? - preguntó el chico.
Habla reconocido el aspecto del hombre y no sabia si su profesora tenía idea del calibre de ese tipo.
- Puedo ir a por ayuda.
- Lo conozco. Gracias por traerme los libros.
Suspiró resignada cuando el chico se dirigió hacia el Míni, esperó hasta que ella abrió la puerta y dejaron dentro los libros y el bolso,
- Gracias, Sammy - dijo ella y el chico la miró preocupado, pero se marchó.
- Tiene usted un fiel defensor - dijo Benja cuando ella cerró la puerta y se quedé de pie, mirándolo.
Cami pensó que el que se hubiera presentado allí en persona tenía que significar algo, seguramente,
- Pues si.
-¿Hay algún sitio donde podamos hablar? A ella se le hizo un nudo en el estómago.
- Hay un parque no muy lejos de aquí.
- Su piso estaría mejor.
Por supuesto, él sabía dónde vivía ella,
- Mi casera no quiere que los inquilinos lleven gente a sus habitaciones.
- Entra en el coche, Cami. Te seguiré - dijo él empezando a tutearla.
Cinco minutos más tarde, se detuvieron delante de un edificio de dos plantas de ladrillo que tenía un aspecto un tanto viejo. La cerca necesitaba una reparación urgente, la pintura se caía y la hierba no estaba nada cuidada.
- Segundo piso - dijo ella al tiempo que abría el portal, y él la siguió.
Aquello olía a comida y Benja dudó que lo hubieran pintado desde hacía por lo menos veinte años.
Su habitación era solo eso, una habitación con un apartado que tenía un fogón portátil, un pequeño frigorífico bajo la mesita de cocina y un fregadero. Una puerta debía dar a lo que se imaginaba que era un baño en miniatura.
En la habitación había un sofá cama, una pequeña mesa con un ordenador portátil y una silla. Muy básico todo. Él había vivido mucho peor.
-¿Quiere sentarse?
- Permaneceré de pie. Le he concertado una cita con mi abogado.
-¿Es eso un sí, señor Rojas?
- Tengo que dejar claros mis términos. Es esencial que usted los entienda completamente.
Un sí condicional, basado en SUS requerimientos. ¿Qué se había esperado?
- El único tiempo libre que tengo es entre las tres y media y las cinco,
Él sacó su teléfono móvil, marcó y habló brevemente por él.
- Mañana a las cuatro de la tarde -dijo él y sacó una tarjeta, donde escribió algo -. Este es el nombre y la dirección.
Cami inclinó la cabeza.
- Gracias. ¿Algo más?
- No, por el momento.
- Entonces tendrá que disculparme.
Se dirigió a la puerta y esperó allí a que él se marchara. Luego la cerró y se apoyó en ella por unos segundos, hasta que se se tranquilizó el latir del corazón.
Luego, se puso a preparar las lecciones del día siguiente; cuando terminó, se hizo algo de comer y después se duchó.
En el hospital, su padre no había sufrido ningún cambio. ESTUVO con él tres cuartos de hora hasta que llegó la hora de irse al restaurante, que estaba más lleno de lo habitual, asi que ella se quedó hasta más tarde de lo que le correspondía para agradar al dueño, un italiano que parecía más temperamental que de costumbre.
Por tanto, fue un alivio cuando salió por fin y se fue a su coche.
Solo estaba a unos metros de él cuando notó que la seguían. Se volvió y vio a dos jóvenes que se le echaban encima. Uno de ellos fue a por su bolso y el otra llevaba algo en la mano.
Se puso automáticamente en posición defensiva, el golpe fue bien colocada y llegó a su destino con un sonido satisfactorio. Pero aún así, eran dos contra una y notó un repentino dolor en el brazo. Las luces de un coche que se aproximaba la salvaron de otro ataque y los jóvenes salieron corriendo, desapareciendo tras una valla.
En la carrera, dejaran caer su bolso y ella lo recogió, lo revisó rápidamente y se dirigió a su coche. Una vez dentro, cerró las puertas y arrancó.
Ni siquiera vió lo que tenía en el brazo; solo condujo hasta que llegó a su casa, y allí fue donde se dio cuenta de que por la cantidad de sangre y la profundidad del corte, la herida iba A necesitar unos puntos.
¿Y a quién podía llamar a esas horas? A nadie, decidió mientras se vendaba el brazo con una pequeña toalla. Luego tomó el bolso y volvió al coche.
Había un hospital no muy lejos, y allí la curaron. Eran más de las tres de la madrugada cuando volvió a su apartamento, después de haber formulado la denuncia correspondiente. Se tomó el sedante que le habían prescrito y se acostó.
Los calmantes la ayudaron a soportar el día escolar. Llevaba una chaqueta y nadie sospechó que tenia dieciséis puntos en el brazo, o que le dolía mucho.
El bufete de los abogados de Benjamín Rojas estaba situado en uno de los mejores edificios de la ciudad. Ella dejó SU coche en las afueras y luego tomó el autobús.
Llegó puntual a la cita y pronto una mujer elegantemente vestida la condujo a una lujosa oficina, donde un hombre impecablemente vestido y de unos treinta y tantos años, se levantó para saludarla.
- Señorita Bordonaba, tome asiento, por favor.
Ella lo hizo en uno de los cómodos sillones y él de nuevo, tras la mesa.
- Benja tardará un poco - añadió el hombre mientras tomaba tres documentos y luego abría el primero. - De cualquier manera, podemos empezar sin él.
Le pasó tres copias y continuó:
- Si examina el acuerdo prenupcial, se lo iré explicando.
Cami se percató de que aquello estaba hecho a conciencia. Cualquier eventualidad estaba cubierta.
Vio consternada que iba a tener que vivir en la casa de Benjamín Rojas, ¿No era lo habitual que las amantes vivieran en un lugar aparte?
Él también habla cambiado el tiempo de duración de doce meses a quince y también se reservaba el derecho a terminar con ese acuerdo en cualquier momento. Ella no lo podía hacer.
Y si él decidía terminar con ese acuerdo antes de tiempo, se reduciría el porcentaje de la deuda, calculando el valor del tiempo pasado. Lo que quedara ella debería pagarlo en un tiempo determinado.
Estaba claro que no había nada que ella pudiera negociar. Con eso, él la tendría legalmente en sus manos.
Mientras ella estudiaba esos documentos, entró en el despacho Benja, que le dedicó solo una breve mirada, fría y desapasionada.
El documento persona] contenía algunos detalles ciertamente muy personales, casi insultantes. Ella se ruborizó pero la alivió un poco que Benja se hubiera sometido ya a unas pruebas similares.
- Una precaución necesaria - dijo entonces el abogado -. Y, por supuesto, usted es libre de no firmar estos documentos.
Libre de marcharse de allí y de no tener nada que ver con Benjamín Rojas. Pero si lo hacia, heredaría una deuda de medio millón de dólares y todos los perjuicios que eso le acarrearía-
Y quince meses no eran una eternidad. AL final de ese período sería libre y podría recuperar su propia vida.
El abogado se tomó tu silencio como una afirmación.
-¿Tiene alguna pregunta?
Ella tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para decir que no.
- Hemos organizado una cita con un médico después de esto. También le he procurado una consulta con un colega independiente para que la aconseje. Los resultados de las pruebas deberían estar listos en menos de dos días y se le enviará una copia de las mismas.
Aquello era la eficiencia profesional en persona. Y entonces, ¿por qué ella se sentía como si estuviera atrapada por un maremoto?
Sin embargo, era lo que ella habla querido. Se retirarían todos los cargos contra su padre y día ya no tendría que trabajar en el restaurante todas las noches y podría marcharse de su habitación alquilada.
- Gracias - dijo y se levantó.
Luego tomó las tarjetas que le dio el abogado.
- La consulta del médico esta en la tercera planta- le dijo él -. Mi colega abogado tiene el bufete en la décima.
Muy conveniente, pensó ella. Todo estaba dispuesto para ahorrarle tiempo y para que pudiera llegar a tiempo a su trabajo.
Cami inclinó la cabeza en dirección a Benja y salió por la puerta que el abogado le había abierto. Luego, la secretaría la acompañó a los ascensores.
Cuando se hubo marchado, el abogado cerró la puerta y se volvió hacia Benja, que estaba ya sentado cómodamente.
- Espero que sepas lo que estás haciendo - dijo.
- Tú ya te has ocupado de que todo esté muy claro- respondió Benja mientras su viejo amigo se dirigía al bar y servia dos whiskys,
Le dio un vaso a Benja y se sentó delante del hombre al que habla conocido hacía tanto tiempo ya, mientras ambos subían peldaños en la escala del éxito.
- Esta vez estás tratando con un SER humano, no con acciones, ladrillos y cemento.
- Este acuerdo me tiene intrigado. Lo mismo que esa mujer.
- Estás renunciando a una gran suma de dinero.
- Solo puedo esperar que la recompensa por hacerlo sea la adecuada.
El abogado le dio un buen trago a su copa.
- Te deseo lo mejor - dijo.
- Gracias, amigo - respondió Benja en español.
Cami entró en el restaurante a las seis y se puso a trabajar.
No tuvo tiempo para pensar en los sucesos de esa tarde, aunque la falta de sueño la hizo confundirse un par de veces, cosa que irritó al dueño. El brazo le dolía después de horas de estar llevando platos y bandejas.
Cuando salió, a las once, una voz ya conocida la hizo detenerse.
Benjamín Rojas era una figura formidable a la luz del letrero luminoso.
-¿Qué está haciendo aquí?
Él la miró duramente.
- Acabando con tu empleo.
- No puede,..
- Espera y vería.
Desapareció un par de minutos y cuando volvió, la expresión de él la dejó helada.
- Métete en tu coche. Yo te seguiré.
Ella lo miró con ojos llameantes.
- Dentro de unos días me podrá decir lo que tengo que hacer. Pero por el momento, no puede ordenarme nada.
- Unas palabras valientes, pequeña. ¿Fuiste tan valiente anoche, cuando te atacaron?
Ella supuso que se lo había contado el médico, que había visto el brazo vendado.
- Las noticias viajan rápido --dijo,
- Fuiste al hospital a medianoche y saliste a las tres.
- Sus fuentes de información son admirables.
- Lo siguiente que me vas a decir es que puedes cuidar de ti misma.
- Llevo haciéndolo desde hace tiempo.
- Entra en el coche, Cami,
Ella lo hizo y, cuando llegó a su casa, aparcó y esperó a que él hiciera lo mismo.
Cuando ambos estuvieron fuera, él le dijo:
- Tomate un sedante, llama mañana al colegio y diles que estás enferma.
- Sí y no.
Cami empezó a alejarse y le dio las buenas noches por encima del hombro.
Benja esperó hasta que vio que ella encendía la luz en su apartamento, luego se metió en su coche y arrancó.
Después del fin de semana, el lunes, él tendría los resultados de los análisis y luego se firmarían todos los documentos.
De lo que no estaba nada seguro era de la razón por la que se había metido en eso.
Cami no significaba nada para él. Tenía todas las razones para que esa mujer no le gustara y para desconfiar de ella. Debía estar un poco loco para haber accedido a aquello.
Y entonces ¿por qué no solo estaba siguiendo adelante con el acuerdo, sino que estaba cediendo a un instinto de protección que antes había estado seguro de que no poseía?
Después de una nula noche, Cami desayunó, se puso unos vaqueros y una camiseta amplia y fue a la tienda de su amiga Maisie. que vendía cosas de artesanía hippie, discos y velas aromáticas y donde ella hacia unas horas para conseguir un poco más de dinero.
El brazo le dolía aún, pero no tanto como antes, y estaba segura de que el domingo le dolería menos todavía. Esa noche no tenia que apresurarse para volver a casa y trabajar en el restaurante, así que cenó con Maisie una ensalada y zumo de zanahoria en el restaurante vegetariano y herbolario que tenían al lado.
A pesar de las ganas que tenía de confiar a alguien lo que estaba haciendo, no le pareció bien contárselo a su amiga. Además, todavía no había firmado nada; ya lo contaría cuando lo hiciera.
Más tarde, fue al hospital y se dirigió a la habitación que su padre compartía con otros tres pacientes. Cuando entró se quedó helada al ver que su padre tenía otra visita. No se trataba de un amigo, sino de Benjamín Rojas en persona.
La expresión de Cami se transformó en fiera y protectora, pero la cambió inmediatamente cuando su padre se volvió y la vio.
Benja la observó mientras ella se acercaba a su padre, le tomaba las manos y le daba un par de besos.
- Has estado ayudando a Maisie - dijo Juan Bordonaba sonriendo débilmente -. Mira quién ha venido a visitarme.
-SI, ya lo veo - dijo ella mirando amenazadoramente a Benja
Benja pensó que era como una leona defendiendo a sus cachorros, con las garras preparadas y lista paro saltar,
- Estoy seguro de que prefieren estar a solas - sugirió.
Se despidió con un gesto de la cabeza, les deseó buenas noches y se marchó.
Cuando se hubo marchado, Micayla se preguntó por qué habría ido él allí.
Se quedó una hora con su padre y. cuando salió, casi esperaba encontrarse con Benja fuera, pero él no estaba.
Una vez en su casa, cenó y preparó las clases del lunes.
EL lunes no sucedió nada anormal, pero cuando llegó el martes al colegio le dijeron que tenia que llamar a Benjamín Rojas a un número de teléfono que le dieron, así que cuando terminó las clases, lo llamó desde la cabina de teléfonos. Era un teléfono móvil, así que las monedas que depositó se fueron esfumando a una velocidad alarmante. Debió pillarlo en una reunión porque él le habló seca y directamente.
-¿Puedes ir al despacho de mi abogado a las cuatro?
-¿Esta tarde?
- Sí.
- Puedo intentarlo.
Entonces, se le acabaron las monedas y colgó.
Tomó el autobús, que era más barato que meterse en un aparcamiento, pero también la hizo llegar un cuarto de hora tarde.
Benja ya estaba allí cuando ella llegó. Se sentó y el abogado le preguntó si estaba contenta con los consejos legales de su colega.
- Su explicación me ha aclarado todas las cláusulas relevantes - respondió ella.
- Ya tenemos los resultados de los análisis médicos. Y no hay nada.
No podía ser de otra manera, y ella se sintió tentada de responder irónicamente, pero no era el momento para ello, así que se limitó a inclinar la cabeza.
-¿Está de acuerdo en firmar los documentos? Cami cerró su mente a cualquier otra cosa que no fuera su padre.
- Sí.
Todo terminó en cuestión de minutos. Firmó primero ella, después Benja y el abogado como testigo.
Cami tenía que salir de allí. Quedarse e intercambiar frases corteses no estaba en su ánimo.
-¿Me disculpan ahora? - dijo al tiempo que se levantaba-. He de ir al hospital.
- Me voy contigo - dijo Benja levantándose también.
Una vez en el ascensor, le preguntó:
-¿Dónde tienes el coche?
- En el colegio. He tomado el autobús para venir. Una vez fuera del edificio, él le dijo:
- Entonces te llevaré al hospital y luego podremos recoger tu coche.
- No es necesario que venga...
- Tengo el coche aparcado al otro lado de la calle. ÉL parecía tan imperturbable que Cami deseó golpearlo.
- No.
-¿La tinta del contrato apenas se ha secado y ya quieres discutir conmigo?
- Yo preferiría visitar sola a mi padre, Y también pasar esta noche en mi casa. Necesito hacer la maleta, limpiar y decírselo a mi casera.
Benja la miró durante varios segundos, pero ella se mantuvo en sus trece.
- No tengo la menor intención de echarme atrás - afirmó ella.
- Espero que no. Ten por seguro que yo puedo ser un mal enemigo.
Cruzaron juntos la calle y, una vez en el coche, ella se quedó callada y no dijo nada en todo el trayecto hasta el colegio. Cuando salió del coche, apenas lo miró. Acababa de instalarse tras el volante de su coche cuando vio que Benja la había seguido y estaba apoyado en la puerta.
Lo miró y levantó las cejas.
- Y ahora, ¿qué?
- Podría servirte de algo que te diera la dirección de mi casa.
Ella tomó pape! y bolígrafo y tomó nota de ella.
- Te espero allí mañana por la tarde.
- Después de que acaben las clases y haya ido a visitar a mi padre.
-A las seis. No más tarde,
Cami arrancó y se metió en el tráfico.
Casi había anochecido cuando llegó al hospital, y se quedó hasta que terminó la hora de visita. Luego volvió a su casa y se hizo algo de cena. Al terminar, tomó el teléfono y llamó a su casera, que, como había supuesto, no se tomó nada bien que la avisara con tan poca antelación de que se marchaba. Luego recogió todo lo que era suyo y limpió la habitación. A medianoche, se duchó y se fue a la cama.
Al día siguiente, cuando se despertó, estaba lloviendo. Se vistió y desayunó a toda prisa, sabiendo que la casera podía aparecer en cualquier momento para seguir con la batalla de la noche anterior Logró meterlo todo en el Mini y se dirigió al colegio con el coche lleno a rebosar. Además, se empapó, a pesar del paraguas, en el trayecto desde el coche al colegio,
Por malo que hubiera sido el comienzo del día, la cosa fue a peor según fue progresando, A cada momento, ella se fue tensando más y, cuando terminaron las clases, estaba que parecía que los nervios le fueran a estallar.
Una vez en el hospital, dejó su nuevo número de teléfono y dirección y fue a ver a su padre.
Había estado pensando todo el día en cómo contarle que su deuda con Benjamín Rojas había sido cancelada. No era necesario que é1 supiera la verdad, pero él era un hombre astuto y no iba a poder mentirle diciéndole que le había tocado la lotería o que había logrado conseguir de alguna manera semejante cantidad de dinero.
Sopesó todos los beneficios de que él lo supiera o no y optó por no contarle toda la verdad.
- Tengo algunas buenas noticias - le dijo cuando se sentó a su lado -. Tengo razones para pensar que Benjamín Rojas no va a presentar cargos en tu contra.
-¿Estas segura?
- Sí.
- Pero el dinero...
- Creo que va a ser posible encontrar alguna solución.
-¿Fue por eso por lo que me vino a visitar?
- De otra manera, no creo que lo hubiera hecho. De todas formas, ya hablaremos cuando sepa más del asunto - dijo ella.
Eran casi las cinco y media cuando se metió en su coche y se dirigió hacia la dirección en las afueras que le había dado Benja. Llegó hasta ella con la ayuda del callejero y entonces se le hizo un nudo en el estómago al ver el lujo de las mansiones que había allí. Llegó al número en cuestión y se encontró con una valla alta y una puerta de hierro muy adornada que estaba cerrada, por supuesto. Había una cámara de seguridad. Detuvo el coche, asomó una mano y apretó un botón.
Casi inmediatamente, la puerta empezó a abrirse y ella entró. Unos jardines inmaculados rodeaban una hermosa casa estilo mediterráneo de dos plantas. Estaba toda encalada y los tejados eran de tejas rojas. Una casa elegante y con gracia.
Aparcó detrás del Mercedes de Benja.
El corazón le latió fuertemente cuando salió del coche. Estaba ya casi en la puerta cuando ésta se abrió y apareció Benja,
¿Qué le podía decir? No tenía ni idea, así que se limitó a inclinar la cabeza y volverse.
- Tengo mis cosas en el coche - dijo. Él llegó antes y sacó sus dos maletas con una facilidad que ella tuvo que admirar
- Yo llevaré el resto - dijo. Solo quedaban su bolso y un par de cajas de libros. Todas sus posesiones.
- Deja las cajas, ya las meteré yo - dijo Benja. ¿Y quién se creía él que las había metido en el coche?
- Yo puedo con ellas.
- Toma una y yo llevaré la otra - concedió él.
- Que ya puedo yo...
No había entrado siquiera en su casa y ya estaban discutiendo, pensó ella,
- No estaba cuestionando tu habilidad - dijo él -. Solo que no quiero que te hagas daño en el brazo.
El interior era tan elegante como lo de fuera. Una escalera ancha y curvada llevaba al piso superior y una magnífica araña de cristal colgaba del techo. Las paredes estaban adornadas con jarrones y obras de arte,
Cami pensó que aquello solo evidenciaba dinero por todas partes.
- Vamos a llevar arriba tus cosas.
Ella rogó que, por favor, le dijera que iba a tener una habitación propia. Un poco de intimidad no sería pedir demasiado, ¿verdad?
Había una gran cantidad de dormitorios, por lo menos cinco. Benja se detuvo delante de uno, abrió la puerta y dejó las maletas al pie de la cama.
Una cama muy grande, percibió ella con el corazón encogido.
- Hay dos armarios empotrados y dos cuartos de baño. Yo tengo los de la derecha y tú te puedes quedar con los de la izquierda.
Bueno, aquello aclaraba cualquier duda que ella pudiera tener.
- Yo preferiría tener una habitación propia - dijo Cami, y Benja la miró duramente.
- De eso nada.
- Normalmente, una amante mantiene una residencia separada. En este caso, seguramente una habitación separada no será mucho pedir, ¿verdad?
- No - respondió él dejando clara su postura- Yo ya me he duchado y cambiado. Te sugiero que hagas lo mismo porque vamos a cenar fuera.
-¿SI? Tengo que deshacer las maletas.
- Ya tendrás tiempo de hacerlo mañana
- No, no lo voy a tener.
Y no lo tendría a no ser que se levantara al amanecer, claro,
-¿Has dicho en el colegio que no vas a ir? Cami se tensó,
- Eso no constaba en ningún documento de los que firmé. Usted trabaja. ¿Qué se supone que voy a hacer yo todo el día mientras está en la oficina? A no ser que pretenda que también le preste mis servicios allí, claro.
Benja pensó que eso podría ser interesante y casi sonrió.
- Yo prefiero la comodidad. De todas formas, estoy dispuesto a aceptar tu gusto por otros lugares aparte del dormitorio, si es que es eso lo que prefieren
-¿Ha dicho que tenemos reserva en un restaurante? - dijo ella mientras sacaba de la maleta algo de ropa interior y un traje pantalón inarrugable.
Luego, sin esperar su respuesta, se metió en el cuarto de baño que le correspondía.
- Voy a por la otra caja y cerraré tu coche - le dijo Benja, pero ella ya había cerrado la puerta.
Era un hermoso cuarto de baño, todo de mármol y con muchos armarios y estanterías. Además, había un montón de toallas dobladas.
Veinte minutos más tarde, ella salió al dormitorio y tomó su bolsa de maquillaje. Como estaba acostumbrada a maquillarse deprisa, terminó en pocos minutos.
Se puso luego una chaqueta de seda de manga larga que le tapaba la venda del brazo. No era de última moda, pero hacía tiempo que tenía la costumbre de preferir la calidad antes que la cantidad y la ropa se la compraba con cuidado, teniendo en cuenta su estilo y el material.
Benjamín Rojas parecía lo que era, percibió ella cuando entró de nuevo en el dormitorio. Un hombre de éxito cuya imagen sofisticada ocultaba una cierta implacabilidad. Acero cubierto de terciopelo, pensó cuando lo vio con el traje negro, camisa blanca y corbata de seda. Y también había algo en él, bien escondido, que no podía definir.
Cami fue consciente de que él le daba su aprobación y se le puso la piel de gallina ante su mirada. Si había querido ponerla nerviosa, lo había logrado, pero no iba a permitir que él se percatara.
- Vamos - dijo él y salieron al exterior.
Mientras se dirigían a la ciudad, ella pensó que debería ofrecerle conversación. ¿O no era ese uno de los deberes de las amantes?
-¿Quieres que te pregunte cómo te ha ido el día? - dijo ella animándose a tutearlo por fin.
-¿Te interesa?
- Por supuesto, yo sé a lo que te dedicas. Pero sé muy poco del día a día de tu trabajo - dijo ella.
- Concentración, investigación,.. Se trata de ir siempre un paso por delante de nuestra competencia.
- Pues lo consigues muy a menudo - dijo Cami aunque no fuera del conocimiento general.
- Sí.
La mayoría de los hombres a los que ella conocía se hubieran lanzado a contarle sus éxitos, pero Benja no lo hizo.
- ¿Y el tuyo?
-¿El mío?
- Tu día - preguntó Benja.
-¿Por donde quieres que empiece? ¿Por la ira de mi casera? ¿Por la pelea entre dos bandas de estudiantes? ¿Por cómo tengo que convencer a unos chicos de dieciséis años de que declinar verbos y hablar de literatura es algo interesante?
- Estoy seguro de que todo eso ha sido fascinante - dijo él mientras aparcaba,
Cami pensó con ironía que si que lo era. Ella no trataba con lo mejor de un colegio privado. Sus discípulos provenían de una zona de clase baja, donde había un porcentaje de divorcios del setenta y cinco por ciento y un paro del cincuenta por ciento; la mitad de los padres no sabían si sus hijos iban o no al colegio y A LA otra mitad no le importaba.
Su trabajo era una batalla perdida, la única manera en que podía tener éxito, en parte, era tratando a los chicos con respeto, tratando de grabarles que la educación y el conocimiento eran las armas que necesitaban para salir de allí.
Una vez en el restaurante los guiaron a una mesa y, como los camareros conocían a Benja, ella supuso que debía de ser un cliente habitual. La comida y el vino eran magníficos, pero ella solo se tomó una copa del excelente chardonnay.
- Vienes aquí a menudo, ¿no? le preguntó.
- Una vez a la semana o así.
- Y no solo.
- No.
Ella tomó su copa y le dio un trago.
-¿Hay alguna mujer en particular que pueda sentirse molesta por nuestro acuerdo? Él sonrió levemente.
- Molesta, no. Sorprendida, si.
-¿Y voy a ser yo el blanco de sus iras?
- Yo no soy responsable de ninguna mujer. Ni me siento obligado a ofrecerle explicaciones a nadie.
Bueno, eso lo dejaba todo bastante claro
-¿Quieres café? - le preguntó Benja.
- Lo que me gustaría es caminar por el paseo. Y luego parar a tomar café en algún otro sitio.
Y sentir la brisa marina en el rostro, pensó ella mientras Benja le hacia una señal al camarero pidiéndole la cuenta.
Una vez fuera, la brisa era fresca y las luces de los edificios se reflejaban en las oscuras aguas de la bahía.
Estuvieron paseando cosa de una hora, luego volvieron sobre sus pasos y se detuvieron en una terraza para tomar café.
- Gracias - le dijo ella más tarde, cuando estuvieron de nuevo en el coche.
-¿Por qué? ¿Por una cena agradable?
- Por eso también.
Cuando llegaron al aparcamiento, ella estaba hecha un manojo de nervios. Benja la miró pensativamente. Podía notar la tensión de ella y se preguntó por qué sería. La intimidad entre dos adultos consentidores era un descubrimiento de los sentidos. Una exploración mutua que producía placer.
Frunció el ceño mientras entraban, ¿Qué se creía ella que le iba a hacer? ¿Arrancarle la ropa, tirarla sobre la cama y violarla?
Él quería a una mujer deseosa y cálida en su cama, no a alguien que lo hiciera por obligación.
Cuando entraron en la casa y luego en el dormitorio, él encendió las luces y la dejó en penumbra; luego, se quitó la chaqueta y la corbata mientras ella hacía lo mismo con los zapatos y la chaqueta.
Cami se acercó a la maleta, sacó de ella la camiseta grande de algodón que usaba para dormir y luego se dirigió al cuarto de baño.
-¿Por qué te molestan? le dijo Benja -. No la vas a llevar puesta mucho tiempo.
Ella se detuvo y se tensó; luego siguió caminando y cerró la puerta del cuarto de baño tras ella. Tardó solo unos minutos en cambiarse, quitarse el maquillaje y cepillarse los dientes. Entonces, se dió cuenta por primera vez de que esa camiseta le destacaba los senos y las esbeltas piernas.
Pero era mejor que ir desnuda, pensó. De ninguna manera iba a entrar desnuda en ese dormitorio.
Pero al parecer, Benja no tenía tantos escrúpulos, y ella se quedó paralizada por un momento cuando lo vio de perfil.
Era casi una escultura. Caderas estrechas, cintura esculpida, largas y musculosas piernas, lo mismo que los brazos y hombros...
Casi se murió cuando se volvió hacia ella.
Un fino vello le bajaba por el pecho y la cintura, hasta llegar al símbolo de su masculinidad, en un evidente estado de excitación.
De repente, Cami pensó cómo iba a poder acomodarlo.
Como sin darle importancia a su estado, él se acercó a la cama, la abrió y se tumbó en ella. Luego, dio unos golpecitos en el colchón a su lado para que ella lo acompañase.
Cami deseó huir de allí. Pero no podía ir a ninguna parte. Tonta que era, había sido ella misma la que había sugerido aquello. Y ahora tenía que seguir con ello.
La cama era grande. Por lo menos, cuando terminaran, se podría apartar a un lado y dormir sin molestias.
Caminó lentamente hacia la cama, se tumbó en ella y, después de meterse bajo las sábanas, se quedó muy quieta.
- Ser timida es una cosa, pequeña, Pero no tienes que tenerme miedo - dijo Benja.
- No nos hemos conocido en las mejores circunstancias.
Él se rió.
-¿Te sentirías más cómoda si fuera yo el que tomara la iniciativa?
- Sí.
- Para empezar, sería de gran ayuda si te acercaras
¿Eso lo estaba divirtiendo? Cami se dijo a sí misma que no le importaba. Se acercó unos centímetros y deseó que cesara el salvaje latir de su corazón.
- Un poco mas.
Ella lo hizo.
- Estás disfrutando de esto ¿verdad? le preguntó.
- No particularmente,
Cielo santo. Si no le agradaba, él no querría que ella se quedara, Y, si no se quedaba, iba u tener que pagarle todo el dinero que le debía su padre.
Se acercó más todavía, hasta casi sentir el calor de su cuerpo masculino.
- Así está mejor - dijo él y le acarició la mejilla.
Los ojos de ella parecían más oscuros y demasiado grandes para su rostro. A Benja le pareció que, si sentía algo por ella, debería dejarla dormir.
Pero en vez de eso, se acercó más y sustituyó la mano por los labios, acercándose lentamente hasta el borde de la boca de ella.
Oyó como ella contuvo la respiración en cuanto le cubrió la boca con la suya, saboreándola y explotándole el suave interior con la lengua.
Cami sintió deslizarse una mano de él sobre su seno y gimió cuando le encontró la sensible punta y se la acarició entre el pulgar y el índice.
Volvió a gemir cuando él le frotó la zona más sensible de su cuerpo y, aunque el instinto le hizo cerrar las piernas, ya era demasiado tarde, ya que él le había deslizado dentro un dedo y le estaba causando una profunda agitación sensual.
- Librémonos de esto, ¿te parece? - dijo él y le quitó la camiseta con un solo movimiento.
¿Era posible que se ruborizara todo su cuerpo? Porque eso era lo que ella estaba sintiendo.
Benja le recorrió todo el cuerpo con las manos, y luego bajó la cabeza para apoyar los labios sobre cada uno de sus senos mientras, empezaba de nuevo a acariciarle el centro de su placer con la mano.
Cami tembló descontroladamente, entonces él se colocó sobre ella y empujó con fuerza hacia dentro,
Y se quedó quieto,
Cami pasó del placer al dolor en un segundo y gritó mientras se hundía instintivamente en la cama en un intento de suavizar el impacto.
Benja no se movió y maldijo en silencio.
Pasaron varios segundos antes de que él pudiera hablar.
-¿Por que no me lo has dicho? - le preguntó mientras se apoyaba en los codos.
Ella parecía dolorida e increíblemente frágil.
- No me habrías creído - respondió ella trémulamente.
La ironía de aquello era que ella tenía razón.
-¿Por qué? - preguntó él mientras se retiraba apenas conteniendo una mezcla de ira y remordimiento.
- Porque nunca he conocido a un hombre por el que sintiera .... Con el que quisiera hacer esto. ¿Y qué importancia tiene?
- Yo podría haber ido con más cuidado.
- Si nos vamos a dedicar a hablar, ¿te importa quitarte de encima? - dijo ella tratando de poner un poco de humor negro en todo aquello, ya que, si no, se iba a poner a llorar.
- Oh, no, pequeña - dijo él tranquilamente -. Todavía no he terminado.
- Pero yo si.
- No. Confía en mí.
¿Confiar en él? ¿Y cómo podía ella hacerlo?
El le rozó los labios con los suyos, explorándoselos de una forma que despertó de nuevo sus sentidos.
Benja tenia una boca increíblemente sensual y era tan hábil que la hizo olvidarse de quién era él y de porqué estaba allí con él.
Gimió otra vez cuando él bajá la cabeza hasta sus senos y le tomó un pezón entre los dientes y luego empezó a chupárselo antes de dedicarle las mismas atenciones al otro.
Benja notó que ella apretaba los músculos a su alrededor y se salió un poco; luego, la oyó tragar saliva cuando empujó otro poco, lentamente, y ella empezó a seguir su ritmo.
Poco después, la hizo que le rodeara la cintura con las piernas y siguió moviéndose hasta que lo hicieron al unísono.
Benja la llevó hasta el borde y luego la mantuvo allí un momento antes de hacerla pasar al otro lado, atrapando con la boca sus gritos de placer.
Cuando terminaron, él le apartó el cabello del rostro y sonrió.
Ella parecía... sorprendida y a punto de dormirse Se levantó de la cama y llenó el jacuzzi de agua caliente, activando los chorros de agua a continuación. Minutos más tarde, volvió y se metió en el agua con ella en brazos.
Cami pensó que estaba soñando. Su mente consciente sintió el agua y la forma en que él la estaba enjabonando, y se negó a creer otra cosa más que aquello era producto de su subconsciente.
Luego, Benja la levantó del baño y se puso a secarla. Sus protestas fueron apenas audibles mientras é1 la instalaba de nuevo en la cama y luego lo hacia él, abrazándola a continuación.
CAMI se despertó de golpe y víctima del pánico hasta que reconoció donde estaba. Enseguida se dio cuenta de que no estaba sola en la gran cama y miró el despertador. Luego se levantó de la cama y corrió a vestirse al cuarto de baño.
No había tiempo de recoger casi nada, y ya estaba en el pasillo cuando Benja salió también y le dijo:
- Desayuna conmigo en la terraza.
- No tengo tiempo de desayunar,
- Sí que lo tienes,
- No,
Él sonrió.
-¿Normalmente discutes a primera hora de la mañana?- dijo él y luego la abrazó y besó.
Oh, Cíelo santo,,.
Su boca se movió involuntariamente bajo la de él y luego se apartó. Pero solo porque él se lo había permitido.
- Voy a llegar tarde - dijo.
Todavía lo podía sentir en su interior y él sonrió casi como si lo supiera.
- Solo tardarás unos minutos en desayunar - le dijo.
-¿Normalmente eres tan dictatoria a primera hora de la mañana?
- Vete acostumbrando.
¡Al parecer ella iba a tener que acostumbrarse a muchas cosas! Y sobre todo, a ese hombre. Solo con pensar en la noche anterior se le alteraban los nervios.
Le pareció que lo más sabio era capitular y además, tenía hambre.
Mientras desayunaban, é1 le preguntó por su brazo.
La verdad era que ya no le dolía salvo cuando lo movía,
-Está bien respondió -. Mañana tengo que volver al hospital para que me quiten los puntos.
Llamaré a mi médico para que te los quite éI.
Ella lo miró fijamente.
- Eso no es necesario
- Así no tendrás que pasarte horas esperando en la seguridad social.
Aquello era cierto, pero ella no quería que la trataran preferentemente.
- Me imagino que el hospital querrá completar sus servicios. Y ahora he de irme - dijo y se puso en pie.
Luego colocó los platos en una bandeja y se la llevó a la cocina. Poco después estaba al volante de su coche de camino al colegio. Durante la primera clase se dio cuenta de que los alumnos estaban muy agitados y ya en la tercera se dio cuenta de que algo estaba pasando.
Cuando sonó el timbre para almorzar, Cami tomó aparte a Sammy con el pretexto de un trabaja sobre Shakespeare y luego le dijo:
-¿Hay algo que debieras decirme?
- No, si no quiero que me rompan una pierna - respondió el chico.
- Durante el almuerzo yo voy a estar de guardia. ¿Hay algún sitio donde no deba estar en algún momento partir de ahora?
El chico no respondió y ella lo miró fijamente; y por fin, admitió que iba a haber una pelea entre bandas y ella le dejó marchar.
Cami sabía dónde y cómo iba a ser, tomó sus cosas y se dirigió al comedor de profesores. Era un sitio tranquilo y allí tenía un aliado.
Las peleas de bandas eran algo normal allí y el colegio pagaba a un servicio de seguridad para que patrullara los terrenos. Pero los chicos eran listos. Demasiado para su propio bien, pensó ella cuando vio a unos dirigiéndose a la sala de arte. Aquello era una distracción. La pelea de verdad estaba teniendo lugar en alguna otra parte y ella tenía idea de dónde,
No sirvió de nada que tuviera razón, ni le extrañó ver a Sammy fuertemente golpeado. Al parecer, algo que tenía que ver con drogas había salido mal o dos bandas se estaban disputando el territorio. No importaba. Ahora había que pararlo.
Y lo hizo junto con los guardas de seguridad. Ella recibió un fuerte codazo en las costillas por meterse en eso y llevaron a Sammy a la enfermería y luego al hospital para que le pusieran unos puntos y le hicieran unas radiografías. No pudieron ponerse en contacto con su madre y su padre estaba fuera de la ciudad. Cami se ofreció para ir con él en la ambulancia.
Eran casi las seis cuando salió de la sala donde habían ingresado al chico. Encontró una cabina y llamó al teléfono móvil de Benja. Él respondió a la tercera llamada.
- Rojas - dijo.
- Soy Cami. Estoy en el hospital. Tardaré por lo menos media hora en llegar allí.
-¿Tu padre?
- Le han dado una paliza a Sammy y yo he venido con él en la ambulancia.
-¿Qué hospital?
Ella se lo dijo y añadió:
- Tomaré un taxi.
- Espera allí - dijo él y cortó la comunicación.
Un cuarto de hora más tarde, Benja estaba en la puerta. Ella lo estaba esperando justo fuera de las puertas automáticas, con los brazos cruzados casi a la defensiva. Él la vio entonces, casi despeinada y preocupada cuando, sin decir nada, se sentó en el asiento del pasajero.
- Antes de que nos marchemos, ¿no estarás herida?- dijo,
-¿Es que crees que me metí en la pelea para separarlos?
Eso no le sorprendería, pensó Benja.
- Con eso que dices, ¿te refieres a que no estuviste directamente involucrada?
Entonces, ella vio a un guardia de seguridad del hosìtal que se dirigía hacia ellos.
- Si no te mueves, te van a multar.
Eso hizo que él arrancara y, poco después, insistió;
- No has respondido a mi pregunta.
Cami se encogió de hombros.
- Yo doy clases allí y estaba de guardia. Los guardias de seguridad se ocuparon de la pelea, les pagan paro eso.
-¿Y Sammy?
- Tiene rotas cuatro costillas y un brazo, y una conmoción cerebral. Tenemos que pasar por el colegio para que yo pueda recoger mi coche.
Lo que más deseaba era una ducha, algo de comer y una buena noche de sueño. En ese orden.
Pero pasaron veinte minutos antes de que pudiera conseguir lo primero. Cuando entró en la cocina llevando unos vaqueros y una camiseta de algodón, se encontró allí con Benja haciendo unos filetes.
-¿ Puedo hacer algo yo? -le preguntó.
- Las cosas para la ensalada están en el frigorífico.
Ella la preparó y calentó el pan en el horno. Luego lo llevó todo a la mesa mientras él servía los filetes en dos platos.
Cami saboreó hasta el último bocado de esa cena.
- Seguro que no has almorzado - dijo Benja.
Ella se limitó a asentir. Cuando tuvo a medias su plato, le dio un trago a su vino.
- Esto está muy bien - dijo
- Gracias - respondió él en español.
- Mañana haré yo la cena.
- Vamos a cenar fuera.
- ¿.Solos, o en compañía?
- Una fiesta de caridad que se va a dar en los salones de uno de los hoteles de la ciudad.
- Últimámente no estoy muy acostumbrada a salir.
Durante los últimos siete meses ella había vivido solo para trabajar y no había tenido tiempo para salir ni para preocuparse de esas cosas.
- Mañana iremos de compras - respondió Benja.
- La verdad es que tengo algo que me puedo poner.
- Seguro que si.
-¿Es que quieres que impresione a la gente? No me digas que estás dispuesto a gastarte dinero para asegurarte de que así sea.
Benja la miró divertido.
-¿Y lo vas a hacer?
- Eso depende.
-¿De que?
- De si ese dinero lo vas a considerar gastado para los servicios prestados o lo vas a añadir a mi deuda.
- Tal vez podamos esperar a ponerle una etiqueta, ¿no?
- Por el momento - admitió ella. Benja terminó de cenar y se dedicó a observarla mientras ella lo hacía también.
- Cuéntame por qué elegiste la enseñanza como profesión.
- Porque pensé que podría servir de algo.
-¿Y crees que puedes?
Ella lo miró fijamente.
- Eso espero. Lo intento.
-¿Y fuiste tú la que eligió ese colegio o te eligieron ellos a ti?
- Hubo una vacante y yo conseguí el puesto le respondió ella encogiéndose de hombros.
-¿Entre cuantos?
- Unos pocos.
No había mucha gente que quisiera trabajar en un colegio con tan mala reputación, pensó ella.
-¿Te gusta enseñar a alumnos con mala actitud?
- ¿Esto nos va a llevar a alguna parte o es solo para tener un poco de conversación?
-¿No podría ser las dos cosas? - respondió él a su vez con otra pregunta
Cami se levantó entonces y dijo:
- Yo recogeré la mesa y fregaré los platos.
Pero Benja la siguió hasta la cocina. Tardaron solo unos minutos en limpiarlo todo y él le dijo luego que ya era hora de que fuera conociendo la casa, así que se la llevó consigo para mostrársela
Las habitaciones eran grandes y bien amuebladas, con dos plantas y un sótano donde habla un gimnasio y un trastero.
Una casa muy grande para una sola persona.
- Tengo contratada gente para que la mantenga limpia y me cuide los jardines -dijo Benja.
- De alguna manera, me resulta difícil imaginarte pasándote los fines de semana limpiando y trabajando en el jardín,
-¿No te parece propio de mi carácter?
- Posiblemente, aunque en ti hay más de lo que aparece a primera vista -afirmó ella.
-¿Te parezco un hombre complejo?
Lo que le parecía a ella era que se trataba de un hombre que tenia mucho cuidado en no revelar más de sí mismo de lo que debía a la gente, menos en todo caso, a unos pocos.
¿Qué sabía ella de él? Muy poco. Su éxito y cómo lo había conseguido era de conocimiento general y llevaba muy bien la vida de los ricos. ¿Pero había sido así siempre?
Había algo primitivo en él bajo la superficie. Una fuerza que iba mas allá de lo físico. Él tenia el poder, pero lo que la intranquilizaba era su implacabilidad. Sabía que él podía ser un buen amigo de sus amigos, pero un formidable adversario para sus enemigos,
- Mañana tienes que ir a las nueve y media para que te quiten los puntos -le dijo Benja cuando se dirigieron al salón.
Una vez allí encendió la televisión y le señaló toda una estantería llena de vídeos.
- Elige lo que quieres ver- le dijo.
Ella se acercó para en examinar los títulos y dijo:
- Podría ir al hospital a que me los quitaran.
- Ya hemos hablado de eso.
Cami se volvió y lo miró.
- Bueno, entonces tal vez tengamos que hablar de nuevo de ello.
-¿Preferirías pasarte un mínimo de dos horas esperando en un hospital público a hacerlo en menos de cinco minutos en una clínica privada?
Dicho así, parecía ridículo, y además, quería ir a ver a su padre y a Sammy. Y Benja había dicho algo de ir de compras.
Eligió un título y se acercó a donde estaba él junto a la televisión.
- De acuerdo - dijo,
Él tomó el vídeo, lo miró y lo puso.
-¿Es eso una capitulación?
- Sí.
Cami se sentó en uno de los sillones, se quitó las zapatillas y encogió las piernas bajo ella.
Luego se dedicó a disfrutar de la película. Hacía mucho tiempo, quizás un año, que no iba al cine. Pero al cabo de una hora se fue sintiendo cada vez más adormilada y terminó por quedarse dormida del todo.
Benja apartó su atención de la pantalla y la centró en ella. Esa mujer tenia un aire de fragilidad que le afectaba. La noche anterior, se le agitaron las entrañas al recordar lo que había sido poseerla. La sorpresa del descubrimiento de que era virgen y el haberla podido llevar mas allá del borde había hecho que todo fuera mucho más dulce que cualquier cosa que hubiera experimentado desde hacía mucho tiempo.
Dejó que terminara la película, apagó la televisión y tomó a Cami en brazos para llevarla al dormitorio
Ella ni se movió cuando la acostó en su cama. Luego le quitó con cuidado los vaqueros y las bragas de algodón. Posteriormente hizo lo mismo con la camiseta y el sujetador.
Entornó los párpados cuando vio el hematoma que le cubría tres costillas. ¿No habría sido él? Seguramente no, ya que había sido muy cuidadoso. Además, ser rudo con las mujeres no había sido nunca parte de su repertorio sexual.
Así que eso tenía que habérselo hecho ella ese mismo día.
Se desnudó y se acostó a su lado. Luego tomó un libro y estuvo leyendo un rato. Poco después la notó moverse y oyó que un suave gemido se escapaba de sus labios,
¿Un mal sueño? ¿O se trataba de su subconsciente haciéndola revivir los hechos del día?
Lo que fuera, parecía afectarla así que dejó el libro, apagó la luz y la abrazó. Luego le apartó un mechón de cabello de la cara y la besó levemente en la sien.
Cami se despertó antes del amanecer y se dio cuenta de que no estaba sola. Primero se quedó muy quieta y luego giró lentamente la cabeza. Benja estaba dormido y eso hacía que sus rasgos perdieran algo de su dureza. Sintió el deseo extraño de acariciarle la mejilla y la boca.
¿Qué haría él si cedía a esa tentación?
Había una parte de ella que deseaba que él la besara. Que deseaba experimentar el cariño que él había mostrado tras la posesión inicia].
- Buenos días - dijo él entonces en español.
Ella lo miró sorprendida.
- Creía que estabas dormido.
Lo cierto era que Benja dormía como un gato, atento a cualquier movimiento o ruido. Incluso después de tantos años, era una costumbre que no podía romper.
Llevaba cinco minutos siendo consciente de que ella lo estaba observando.
- Has descansado bien - le dijo.
Ella se preguntó cómo lo podía saber.
- Me quedé dormida viendo la película. Supongo que es un poco tarde para sentirme
-¿Avergonzada? Sí, ya es un poco tarde para eso.
- Debería levantarme.
- No, no deberías - respondió él.
Vio como ella abría mucho los ojos y los labios le temblaban. Entonces él se inclinó y la besó en el cuello, luego la mordió suavemente y notó cómo su cuerpo se contraía en respuesta. Le puso una mano en la cadera y luego se la pasó a un seno, acariciándole por turnos cada uno de los pezones.
Luego sustituyó la mano por los labios, chupándole los senos hasta que un fuego líquido le recorrió el cuerpo.
Con una mano tentativa, Cami le acarició el pecho, enredando los dedos en su suave vello, para bajarlos poco a poco hasta su cintura y luego las caderas.
Deseaba sentir el poder que la había sorprendido y agradado a la vez
Él se percató de su duda, le tomó la mano y la hizo bajar unos centímetros.
Su contacto fue leve como las alas de una mariposa y él gimió ante su dudosa exploración,
Las sábanas cayeron al suelo cuando él las apartó. Ella se estremeció cuando Benja le deslizó una pierna sobre su cadera y la hizo acercarse. Con una mano Ie abarcó el trasero y luego condujo una exploración íntima que casi la volvió loca por su intensidad.
Ella se agarró fuertemente cuando Benja penetró
Pareció que había pasado un siglo antes de que Cami se dejara caer lentamente en un estado de exquisita inercia
Benja le recorrió la cadera con una mano, subiéndola por el interior del muslo hacia donde permanecían unidos.
Ella estaba intensamente sensible y ese simple contacto fue suficiente como para despertar a la vida el ansia anterior.
Cielo santo, ¿que estaba intentando hacer él?
Se maravilló por el nivel de control de Benja, Su respiración no se había acelerado y estaba segura de que el corazón no le latía tan salvajemente como a ella.
¿Como podía parecer tan poco afectado cuando ella era como una masa de gelatina temblorosa?
Cuando terminaron, ella debió quedarse dormida, ya que, cuando se despertó estaba sola y oyó correr la ducha. Vio la hora que era, tomó ropa limpia y se metió en el otro cuarto de baño.
BENJA insistió en acompañarla al médico, y peor aún, se quedó mientras le quitaban los puntos y luego mencionó el hematoma que tenía en las costillas.
Cami le dirigió una mirada que hablaba por sí misma mientras el médico la examinaba. El doctor les dijo que no tenía nada roto.
Una vez en el ascensor, ella le dijo:
- Eres imposible. Dictatorial.
-¿Has terminado ya?
- No, no he terminado.
EJ ascensor se detuvo y salieron de él y del edificio. Una vez en el coche, ella permaneció en silencio mientras él conducta hacia Double Bay, donde estaba la zona de tiendas más cara y exclusiva de la ciudad.
Cuando salieron del coche, ella le dijo:
- No creo...
- No te estoy pidiendo que creas nada.
- ¿Es que quieres sacar la tarjeta en alguna de las tiendas más caras de la ciudad? Bueno, por mí esta bien.
Cami tuvo que admitir que él tenía un gusto excelente. Dos horas más tarde, habían comprado dos vestidos de noche, otros dos de fiesta, zapatos y un exquisito traje de chaqueta de dos piezas.
Luego, él la llevó a almorzar al Ritz-Carlton, donde ella le sorprendió pidiendo solo una sopa y un entrante de salmón ahumado.
-¿No vas a comer nada más?
Cami lo miró solemnemente.
- Me habría conformado con un sandwich y un cafe.
- ¿No estás impresionada?
-¿Se supone que lo debo estar?
- No era mi intención.
Lo cierto era que habían llamado la atención de unos cuantos clientes.
-¿Es que querías que te vieran? - le preguntó Cami
- No particularmente.
- En ese caso, gracias.
-¿Por qué?
- Por la ropa, y el almuerzo.
Luego almorzaron en silencio y, cuando estaban con los cafés, Cami le dijo:
- Me gustaría ir a visitar a mi padre. Ayer no lo pude ir a ver. Y también a Sammy.
- Están en hospitales diferentes - afirmó Benja.
- Me aseguraré de estar de vuelta en casa a tiempo, si me dices a qué hora tenemos que salir.
- Justo después de las seis.
Cami miró su reloj y vio que eran las dos pasadas.
- Me gusta visitar todos los días a mi padre. Y a Samrny no lo ha ido nadie a visitar.
Él le hizo un gesto al camarero, pagó y se levantaron.
- Te espero en casa a las cuatro y media. No más tarde - le advirtió a ella cuando llegaron al coche.
Le costó un poco aparcar cerca del hospital de su padre, ya que era fin de semana y había muchos visitantes A su padre se le encendió el rostro cuando la vio. Estuvo un rato con él y luego fue a ver a Sammy, que tenía un aspecto un poco peor y las heridas se le notaban más.
- Ha venido... - dijo el chico.
Ella le había comprado un libro de Dickens y una botella de zumo de frutas.
- No me puedo quedar mucho.
- Está bien.
Cuando salió, se detuvo a hablar con las enfermeras para ver si Sammy estaba progresando y para saber cuánto más tendría que quedarse allí.
Eran unos minutos más de las cuatro y media cuando llegó a la casa y. en cuanto llegó al dormitorio, empezó a quitarse la ropa, los zapatos,..
Tomó ropa interior limpia y se metió en el cuarto de baño para ducharse y lavarse la cabeza. Luego se envolvió en una toalla y se maquilló. Antes de salir del cuarto de baño, se peinó y entró en el dormitorio para vestirse.
El vestido que había comprado para la ocasión era precioso, en tonos verdes y azules, ajustado y escotado, con un fino tirante sobre cada hombro. También llevaba un pañuelo a juego que, sabiamente colocado le taparía la herida del brazo.
Sus únicas joyas eran una cadena de oro con un pequeño diamante y unos pendientes a juego, que le habían regalado sus padres con motivo de su vigesimoprimer cumpleaños.
Se estaba poniendo los zapatos cuando Benja entró en la habitación.
Estaba recién afeitado y con el cabello húmedo. Parecía el epítome de la sofisticación y el poderío con unos pantalones negros excelentemente cortados y una camisa blanca.
Era un hombre imponente. De todas las maneras. Tenía la gracia de un felino y unos movimientos de cuerpo fluidos que debían mucho a su perfecto estado de forma física.
Al cabo de unos minutos, é1 se había puesto los gemelos, la corbata y la chaqueta.
- Cuéntame algo de la velada - le preguntó ella mientras se dirigían a la ciudad -. Sobre la obra de caridad.
- Es para la Fundación contra la Leucemia,
- Una buena causa.
- Una de las pocas a las que apoyo,
Llegaron al hotel y él detuvo el coche delante de la entrada principal; salieron y le dio las llaves a uno de los aparcacoches.
Tomaron el ascensor y pronto estuvieron en la sala de baile, donde unos camareros servían bebidas a la élite de la ciudad.
- Querido. Has venido.
Cami se volvió y vio a una mujer alta y morena que se les acercaba. Era una mujer perfecta, de la cabeza a los pies.
¿Era su imaginación o había notado la preocupación de Benja?
- Sasha- dijo él.
-¿No nos vas a presentar?
- Por supuesto. Sasha Despojoa. Camila Bordonaba,
Cinco segundos más tarde, Cami se había dado cuenta de que había sido examinada y despreciada por esa mujer.
- No creo que nos conozcamos - dijo Sasha-. ¿Eres nueva en la ciudad?
Sí en esa parte de la ciudad, pensó Cami, pero se limitó a sonreír.
- No.
- Doy por hecho que os conocéis bien, ¿no?
- Bueno, Benja es.. Un amigo muy especial.
La intriga de Sasha era evidente.
- Ya veo. Bueno, ya hablaremos.
Cami lo dudo. Sasha parecía estarse comiendo vivo a Benja. Su sonrisa, la forma en que le tocaba el brazo, en que se humedecía los labios. Todo era una evidente invitación envuelta en sensualidad.
- Creo que nos han instalado en la misma mesa - dijo Sasha.
Aquella iba a ser una velada divertida.
-¿Nos disculpas? - dijo Benja -. Quiero que Cami conozca a unos amigos.
Cuando se hubieron alejado, ella le dijo:
-¿La impresionante Sasha es una de tus ex? Y yo diría que reciente, ¿no?
- Si,
-¿Tengo que cuidarme las espaldas?
- Yo no le prometí un..
-¿Un jardín de rosas? - le preguntó Cami cínicamente,
Benja sonrió.
- Ah, Pero estoy segura de que mentalmente ella ya ha estado redecorando y cambiando los muebles de la casa.
- Normalmente no suelo invitar a las mujeres a que pasen la noche en mi casa.
¿Por qué se sentía aliviada de que él no hubiera compartido su cama con otras mujeres?
- Prefieres un hotel o sus casas, ¿no?
- Eso no es...
-¿Asunto mío? - le preguntó ella sonriendo dulcemente . Ya lo sé.
Él deseó entonces acercarse y taparle esa boca pícara con la suya, cambiar ese malicioso brillo de sus ojos en otro de deseo.
- No tientes tu suerte le dijo sonriendo.
- No se me ocurriría.
Luego estuvieron charlando con unos cuantos invitados hasta que se abrieron las puertas de la gran sala de baile y los camareros empezaron a conducir a los invitados a sus mesas.
Minutos después de estar instalados, sirvieron los entrantes y Cami se dedicó a disfrutar con entusiasmo de su cóctel de langostinos.
Benja pidió un vino excelente y ella lo probó mientras el orador de la fundación empezaba con el consabido discurso.
En cada mesa había diez perdonas y le divirtió ver que Sasha se había sentado deliberadamente delante de Benja,
Esa mujer se debería haber dedicado a la escena, pensó mientras observaba sus movimientos, cuidadosamente coreografiados para llamar la atención de Benja Y de cualquier otro hombre que la pudiera ver.
Luego empezó el desfile de modelos mientras se servía el plato principal, pechugas Villarroy con verduras.
A continuación, actuaron un comediante y un cantante y se pasó un video en una pantalla gigante, que mostraba los objetivos de la fundación.
El video fue muy emocionante y un recuerdo vivido para que la gente se rascara los bolsillos y apoyara a la fundación.
La velada estaba bien organizada, el ritmo muy profesional y no hubo muchas posibilidades de hablar hasta que se volvieron a encender las luces y los camareros empezaron a servir los postres y los cafés.
Los invitados empezaron entonces a moverse entre las mesas para charlar con los amigos y conocidos. Sasha no tardó mucho en sentarse en la silla que habían dejado vacante junto a ellos y aprovechando que Benja estaba hablando con un amigo, le dijo a Cami:
-¿Conoces a Benja desde hace mucho?
Cami pensó que aquello era la continuación del interrogatorio anterior.
- No - respondió educadamente.
- No eres muy abierta, ¿verdad querida?
-¿Y cómo de abierta quieres que sea? - contraatacó Cami.
- Debes perdonarme por sentir curiosidad. Benja y yo hemos sido buenos... Buenos amigos durante un tiempo.
-¿De verdad?
- Amigos íntimos - dijo Sasha poniendo énfasis en lo de íntimos.
-¿Así que quieres que aparte las manos?
- Sabía que lo entenderías.
-¿Y no deberías estar teniendo esta conversación con él?
- No lo creo. Con traerte aquí esta noche sólo me está castigando.
Cami trató de sentir compasión por ella, pero no lo logró.
-¿Me disculpas unos momentos? - dijo y se puso en pie.
Luego tomó su bolso y trató de escapar hacia el tocador de señoras más próximo.
Benja la vio alejarse y también la sonrisa de satisfacción de Sasha, por lo que estuvo seguro de poder imaginarse punto por punto la conversación entre las dos. Sabía que Sasha era muy hábil lanzando flechas verbales. Por otra parte, no le cabía la menor duda de que Cami se podía defender perfectamente.
Era interesante cómo las mujeres sentían la necesidad de recomponer su maquillaje, pensó, cuando la mayoría de los hombres prefieren un aspecto natural.
Algo que le hizo recordar a la pequeña bruja rubia que se había despertado entre sus brazos de madrugada y que había llevado a cabo una exploración tentativa que casi le había hecho perder el juicio.
Cami era una alumna aventajada y ansiosa por aprender en lo que se refería al placer. No había nada de artificial en su respuesta, solo una mezcla de sorpresa e intensa delicia.
Benja interrumpió su conversación cuando Cami entró de nuevo en la sala de baile y se acercó a él Y se dio cuenta de que no era él el único que la observaba.
Los camareros estaban despejando la sala para hacer sitio a la pista de baile y estaban también preparando el equipo de música.
Cami llegó a su lado y se sentó. Luego rechazó otro café y pido un vaso de agua.
-¿Mas vino?
Ella lo miró a los ojos y respondió:
- No, gracias.
La música empezó a sonar y algunas parejas salieron a la pista.
- Baila conmigo, Benja.
Cami reconoció la voz inmediatamente y se sorprendió por la audacia de Sasha. Sonrió a Benja y le dijo:
- Diviértete.
Él la miró por un momento y luego acompañó a Sasha a la pista de baile.
Hacían buena pareja, admitió Casi demasiado buena. Había entre ellos una fácil familiaridad, y eso le produjo algo, que descartó inmediatamente que fueran celos o envidia
- Odio ver a una mujer hermosa sentada sola.
Cami se volvió ante esa voz y sonrió a un joven atractivo que se había sentado a su lado.
-¿Puedo traerle más vino? ¿Café?
Interesante, pensó ella. Había pasado bastante tiempo desde la última vez que alguien había tratado de ligar con ella. Tal vez debiera dejarse llevar y disfrutar de la experiencia.
- No, gracias.
-¿Está con alguien?
Esa sí que era una buena pregunta! Una que, tal vez, pudiera evitar por unos minutos.
- No recuerdo su nombre...
- Perdóneme - dijo el joven rápidamente -, Anthony Moore-Jones, ¿Y usted es..,?
- Nada tuyo, mi amigo - intervino entonces Benja con una suavidad peligrosa que hizo que Cami se estremeciera.
La reacción de Anthony fue de sorpresa y se levantó rápidamente.
- Lo siento, no tenía ni idea...
- Ahora ya lo sabes,
- Sí, sí, por supuesto - dijo y su ansía por marcharle fue casi cómica -. Si me disculpa...
Cuando estuvieron solos, Cami le dijo a Benja:
-¿Sueles comerte jóvenes crudos para desayunar?
- Solo a esos que se meten en mi territorio
- Da gusto conocer mi sitio,
- No seas tonta - dijo él muy consciente de la curiosidad de Sasha.
- Tal vez debieras aclararle a los interesados cuál es el sitio de Cami. ¿no? - dijo la joven.
Cami miró a Benja arqueando una ceja y acomodándose mejor en su silla.
- Cami vive conmigo.
La mirada de Sasha se endureció levemente.
- ¿Como tu invitada?
Él no hizo el menor intento de suavizar el golpe.
- Como mi amante,
La expresión de Sasha reveló un destello de furia, que fue inmediatamente ocultado.
-¿De verdad, querido? Podrías habérmelo dicho.
-Nosotros fuimos amantes ocasionales le recordó Benja -. Cuando nos venía bien a los dos. No fue nada permanente.
- Te equivocas - dijo Sasha y se marchó muy dignamente.
Luego recogió su bolso y desapareció en la abarrotada pista.
- Eso ha sido cruel - afirmó Cami. Benja la miró con una expresión que ella no pudo definir.
- Ha sido la única verdad que ella podría entender.
Cami lo miró y vio su fuerza, su poder y su implacabilidad.
- No creo que me gustes - dijo.
Él sonrió.
- Y no es necesario que te guste.
- No, solo tengo que satisfacerte mientras dure mi sentencia.
- Cuidado, pequeña.
- No te tengo miedo.
- Unas palabras valientes.
- Si pudiera - dijo ella -. Me iría de aquí y tomaría un taxi. Pero no tengo dinero y estoy atada a ti.
La sonrisa de él la hizo desear golpearlo. Pero entonces vio, incrédula, cómo él se levantaba, la tomaba de la mano y la hacía levantarse también.
- Baila conmigo - le dijo.
-¡Estás de broma!
Ella no pudo hacer otra cosa más que seguirlo para no causar una escena. La banda estaba tocando algo suave cuando llegaron a la pista y él la tomó en sus brazos.
La ira de Cami empezó a esfumarse, aunque trató de que no fuera así.
De todas formas, le resultaría muy fácil dejarse ir y apoyarse en él, dejar que su cuerpo se moviera al unísono con el de él. Pero se obligó a permanecer tensa y seca a pesar de la gracia que, evidentemente, le hacía a Benja.
La tentación de pisarlo fue muy grande y sufrió por ello. Y él sabía que estaba sufriendo, lo que la irritó más todavía.
Ya era más de medianoche cuando llegaron a la casa y, tan pronto como entraron, ella se apresuró a subir las escaleras y entró en el dormitorio varios segundos antes que él. Se quitó los zapatos, los pendientes y fue a bajarse la cremallera del vestido.
Bajo él, llevaba solo las bragass sin sujetador, así que tomó una camiseta y se la puso para colgar a continuación el vestido.
Luego, sin decir nada, se dirigió a la puerta del dormitorio.
- Ni se te ocurra dormir en otra habitación - dijo él.
Cami se volvió y lo miró. Se había quitado la chaqueta y la corbata; se había desabrochado la camisa y estaba a punto de quitarse los pantalones
-Esta noche no quiero ocupar la misma cama que tú - le dijo,
-¿Sabes lo fácil que me resultaría hacer que lo quieras?
Cami abrió la puerta, salió al pasillo y la cerró tras ella.
Se preguntó si la seguiría y se dijo a sí misma que no le importaba, ni tampoco le importaba que no le pudiera ganar. Abrió otra puerta y se acercó a una ventana.
Era una noche oscura y sin luna, así que lo único que podía ver afuera eran sombras y las luces de la ciudad a lo lejos.
Más que oírlo, lo sintió entrar en la habitación y supo que se había puesto tras ella. No dijo nada, solo se limitó a rozarla con la lengua y ella notó enseguida la respuesta cálida que, a su pesar, le provocaba.
No la tocó con ninguna otra parte de su cuerpo y Benja notó el momento en que ella cedió con un suspiro, se volvió y lévenlo las manos hasta su cuello, entrelazando los dedos detrás de su nuca.
Benja le abarcó el rostro y la besó profundamente para rodearle la cintura a continuación, antes de deslizarle las manos por debajo de la camiseta, abarcarle el trasero con una y deslizarle los dedos de la otra en su interior.
¿Importaba algo que ella se rindiera a la magia de su contacto? ¿O si é\ ganaba o perdía? Porque si aquello era perder, pensó ella, no era ninguna pérdida.
ÉL la hizo llegar a lo más alto y la mantuvo allí, luego la sujetó cuando ella fue a caerse, la levantó e hizo que le rodeara la cintura con sus piernas.
Ella era todo calor y pasión y se hundió profundamente en su cuerpo, se salió y repitió la acción una y otra vez hasta que la notó estremecerse y liberarse.
Cami apretó el rostro contra el cuello de él mientras la llevaba de nuevo al dormitorio y luego ambos se tumbaron en la cama.
Segundos mas tarde, Benja giró y la hizo ponerse sobre él. Sus ojos eran oscuros y sus manos cariñosas mientras le acariciaba los senos y después el triángulo de vello de entre sus muslos.
Encontró el centro de su placer y vio como le brillaban los ojos cuando se lo frotó hasta volverla loca. Entonces le llevó las manos al rostro, abarcándoselo y besándola a continuación de una forma que le cortó la respiración.
Cami dudó de que pudiera soportar más, pero él le demostró que sí podía.
Después ella se tumbó al lado de él, demasiado alterada para moverse y é\ se dedicó a acariciarle levemente la espalda.
Benja la ni70 apoyar la cabeza en la curva de su hombro y le acarició el cabello hasta que se quedó dormida.
Cami se agitó durante la noche. Tenía un sueño en el que se veía perseguida por un pasillo oscuro y, por rápidamente que corriera, él estaba tras ella.
Le agarró las manos y ella gritó cuando trató de soltarse. Entonces oyó una maldición y la luz la deslumbró. Entonces vio que era Benja el que la sujetaba y estaba en el dormitorio, en la casa de él.
Benja notó que dejaba de agitarse y la abrazó fuertemente.
-¿De quién o de qué estabas huyendo? - le preguntó.
Como ella no contestó, la hizo levantar la cara y la miró a los ojos,
- ¿Cami?
- No lo sé. No le vi la cara.
¿Huía de los jóvenes que la atacaron? ¿De la pelea entre bandas de Sammy? ¿O de Benjamín Rojas?
Benja sabía que el subconsciente podía causar esas malas pasadas. Había veces en las que él se despertaba sudando por las pesadillas que lo devolvían al pasado, a ese pasado duro y cruel. Años en los que se habla endurecido y le habían hecho el hombre que era.
- Estás conmigo le dijo -. Nada te puede hacer daño aquí,
Cami pensó que así era por el momento, y decidió pensar deliberadamente en su padre y en tiempos más felices.
CAMI se despertó tarde, miró la hora y corrió a la ducha. Benja se reunió allí con ella.
-¿A qué viene tanta prisa? - le preguntó,
- Me olvidé de llamar a Maisie. Tengo que ir a ayudarla en la tienda.
Soltó una maldición cuando se le escapó el jabón y se inclinó para recogerlo.
- Quédate quieta - le dijo él y le quitó el jabón de la manos-. Y explícate.
- Maisie es una amiga y trabajo para ella los fines de semana. Le dije que ayer no iba a poder ir pero me olvidé de hoy. Y va a haber mucha gente en la tienda.
Entonces ella se dio cuenta de lo que estaba haciéndole él con el jabón y trató de apartarle la mano.
-¿Quieres dejar eso?
Él sonrió.
- No.
- Benja..,
Pero su cuerpo empezó a responder a la que estaba haciendo él.
Entonces Benja le dio el jabón.
- Me puedes devolver el favor.
- Tu brazo está sanando bien.
Solo tenía una fina línea roja y las marcas de los puntos ya estaban empezando a desaparecer.
Cami lo miró y vio la pasión en sus ojos, así que supo que, si se quedaba allí, sería para bastante rato.
- De verdad que tengo que irme.
Él se inclinó y la besó con ganas.
- Entonces vete pequeña - le dijo en español
- Estaré allí hasta la tarde.
- Y después irás a visitar a tu padre. Muy bien, yo haré la cena.
La vio dudar y añadió:
- Tienes diez segundos, Cami, si no, no vas a salir de aquí antes dentro de una hora.
Ella salió corriendo y solo minutos más tarde ya estaba saliendo de la casa.
El dia fue muy agitado y ni ella ni Maisie tuvieron ni un minuto para hablar hasta la tarde. Solo entonces le pudo decir a su amiga que se había mudado y con quién, y que tal vez no la pudiera ayudar mas en el futuro.
-jVayal ¿estas de broma? ¿Y estás viviendo y teniendo sexo con él? le pregunto maravillada su amiga- Tiene que ser algo importante. Tú siempre has dicho que no lo harías sin pasar por la vicaría.
Cami se encogió de hombros.
- Bueno, una chica puede cambiar de opinión.
- Tú no, querida. Siempre has tenido unos principios muy fuertes.
Ella deseó decirle que no había tenido más remedio que olvidarse de ellos. Pero mientras menos supiera Maisie de la verdad, mejor.
-¿Por qué no te vas antes y te pasas por el hospital? Ahora esto está mas tranquilo y me las puedo arreglar sola.
-¿Estas segura?
- Vete, Cami. Llámame alguna vez, ¿quieres? No vamos a perder el contacto
- Lo haré.
Su padre parecía muy cansado cuando lo fue a visitar y eso la deprimió un poco. La enfermera le dijo que era inevitable que fuera sintiéndose cada vez peor gradualmente.
Cami se quedó un rato y ayudó a darle de comer, lo que la deprimió más, ya que él mostraba muy poco interés por la comida.
Cuando volvió a la casa y entró en la cocina, Benja vio la cara que tenia y tomó la decisión inmediata de retrasar la cena,
-¿Qué pasa? - le pregunto acercándose -. ¿Tu padre?
Ella le contó lo que le había dicho la enfermera y, cuando terminó, él le puso una mano en la barbilla e hizo que la levantara. Tenía ojeras y estaba pálida.
-¿Has almorzado?
Ella casi no lo recordaba.
- Hemos estado muy ocupadas. Creo que he comido un sandwich.
- He hecho pasta con salsa de marisco - dijo él y le sirvió algo de vino.
- Esto me va a hacer dormir.
Tal vez eso no fuera mala idea, pensó Benja.
- Bebe.
Brindaron y los dos bebieron un sorbo.
- Debería ducharme y cambiarme de ropa - dijo ella.
-¿Por qué no vas a hacerlo mientras yo termino con esto?
Ella dejó la copa y subió las escaleras. Diez minutos más tarde, volvió sintiéndose mucho más descansada. Se había puesto unos pantalones y una blusa y se había dejado suelto el cabello, dándose algo de color en los labios.
Benja estaba sirviendo dos platos cuando ella entró en la cocina. El aroma del pan de ajo le llenó el olfato, tomó su copa y se acercó a la mesa.
- Mmm, Esto esta muy bueno -dijo después de probar la comida.
- Gracias - respondió Benja en español.
Cami pensó repentinamente que le gustaría saber más de él
-¿Has vivido toda tu vida en Australia? - le preguntó.
-¿Sientes curiosidad por mis raíces?
- Más bien interés.
- Soy el menor de tres hijos cuyos padres emigraron a Nueva York desde Barcelona y no llegaron a encontrar el sueño americano. Mi padre consiguió luego un trabajo en Sydney, trabajó duramente y la familia lo siguió unos años más tarde.
Y la vida le había enseñado a él más de lo que pudiera haber deseado saber,
Cami lo miró fijamente, consciente de que aquella era una explicación muy sucinta y nada completa.
-¿Y terminaste aquí el colegio y fuiste a la universidad?
- SI - respondió él al tiempo que terminaba con su plato y lo dejaba luego a un lado -. ¿Y tú?
- Una familia de clase media, fui a un colegio privado, hice algunos deportes, tuve amigos, fuí a la Universidad. Lo normal - respondió Cami encogiéndose de hombros -. Nada en particular
- Eso hasta que tu madre sufrió ese accidente que la dejó en coma y con la necesidad de ser mantenida con vida artificialmente.
Esa pérdida había sido traumática, pero peor fue descubrir lo que había hecho su padre y sus problemas de salud. Era ese conocimiento lo que la había hecho tomar la decisión desesperada de efectuar ese trato con e\ hombre que ahora tenía delante.
- No ha sido un buen año.
- Y ahora estás atada a mí - dijo él mientras observaba como ella levantaba la barbilla. Orgullo y valor, pensó.
- Si.
Lo iba a estar durante catorce meses, tres semanas y cuatro días. Más de cuatrocientas noches con un hombre que se le estaba empezando a meter bajo la piel. Alguien a quien había querido odiar, pero, en vez de eso, su cuerpo cantaba bajo sus hábiles caricias y sentía cosas que ella no habría soñado ni en sus sueños más salvajes.
Tenía que poner algo de espacio entre ellos, pensó y se puso en pie. Recogió los platos y los llevó a la pila.
Benja la observó mientras lo hacía y resistió la tentación de ir tras ella, de tomarla entre sus brazos y besarla.
Tenían toda la noche y pretendía hacer uso de ella de una forma que le estaba dando más placer del que había sentido desde hacía tiempo.
- Has mencionado los depones. ¿Alguno en particular? - le preguntó.
Cami le respondió sin mirarlo.
- Tenis, natación. Thai-Boxing.
- Aquí tengo una pista de tenis, una piscina y gimnasio. Úsalos cuando quieras.
Ahora, ella lo miró con interés.
- Tenis - dijo.
Benja inclinó la cabeza,
-¿.Media hora?
- De acuerdo.
Cuando él llegó a la pista, Cami ya lo estaba esperando allí y empezaron a pelotear para calentar los músculos, antes de comenzar el partido.
Ganó él, por supuesto. Cami no se había esperado menos, ya que él tenía la fuerza, la habilidad y la agresividad necesarias para sacarla de la pista. Pero no lo hizo, ni a ella le dio la impresión de que hubiera jugado por debajo de sus posibilidades para agradarla a ella.
- Ya basta - dijo Benja -. Si no, te vas a hacer daño en el brazo.
Entraron juntos en la casa y subieron al dormitorio.
- ¿Quieres darte un jacuzzi conmigo? - le preguntó él
Cami lo miró yluego agitó la cabeza.
- Me daré una ducha.
Todavía tenía que perder sus inhibiciones, pensó Benja, anticipando el día en que fuera ella la que iniciara el juego sexual. Ansiaba la delicia de su contacto, su suave risa mientras la llevaba hasta el borde y luego lo abrazara mientras él se estremecía entre sus brazos.
¿Era ella consciente del poder que tenía en sus manos?. De alguna manera, lo dudaba.
- Es una pena - dijo mientras entraba en el dormitorio y se dirigía al cuarto de baño.
Ella tomó algo de ropa y se dirigió también a la ducha. Cuando entró de nuevo en el dormitorio, se detuvo en seco al ver a Benja completamente desnudo. Ni siquiera había tenido la decencia de enrollarse una toalla en las caderas.
El la miró, vio su expresión y levantó una ceja.
-¿Es que mi desnudez te ofende? - dijo.
Luego se acercó a un cajón, sacó unos calzoncillos y se los puso.
Pero no antes de que ella se fijara en un pequeño símbolo oriental que tenia tatuado en la parte superior de uno de sus glúteos.
- Representa al honor por encima de todas las cosas - le explicó é1
-¿Y debería preguntarte por qué?
Él no respondió durante unos segundos.
- En su tiempo lo consideré apropiado.
- Y no has querido quitártelo.
Era un recuerdo vivido de otro tiempo de otra vida.
- No.
Benja se puso unos vaqueros negros, he hizo lo mismo con un polo del mismo color.
Esa ropa negra le daba un aspecto peligroso y. por un momento, ella tuvo una visión de lo que debería haber sido él. De lo que podía volver a ser si se le obligaba.
- Tengo algo de trabajo que hacer - dijo ella -. Las lecciones de mañana. Puede que larde varias horas.
Benja pensó que podía pasar ese tiempo en su despacho.
- Yo haré café - dijo.
A Cami le gustaba el ambiente amigable de la cocina y se instaló en la mesa para trabajar. Ya eran las once cuando terminó, metió todo en su cartera y estiró los brazos por encima de la cabeza para relajar los tensos músculos. Minutos más tarde, apagó las luces y se dirigió arriba.
No se veía a Benja por ninguna parte; se desnudó y se metió en la cama donde se quedó dormida casi enseguida.
En algún momento de la noche, notó unos dedos acariciándole la cadera y se movió levemente cuando llegaron a su seno. Unos labios le rozaron el hombro para ir bajando hasta sus muslos, donde permanecieron un momento para luego hacerla apartar las rodillas y empezar su viaje hacia arriba.
Ningún sueño podía ser tan vivido y tragó saliva cuando Benja le dio el beso más íntimo posible.
Aquella era una flagrante seducción y Cami llegó rápidamente a la cima, gritando y suplicando su posesión, castigándolo con unos golpes cuando el no se lo dio.
Benja la quería caliente, apasionada y sin que pudiera pensar en nada. Cuando sintió los golpes en sus hombros se dio cuenta de la desesperación de ella. Entonces se levantó sobre ella y la penetró, esperando a continuación hasta que sintió los músculos de Cami rodeándolo. Empezó a moverse aumentando el ritmo hasta que los dos estuvieron sudando y fueron completamente uno.
Tardaron un rato en bajar de las alturas y Cami gimió no muy segura de su capacidad para moverse.
La boca de él le cubrió la suya con tanto dulzura que ella casi murió, ¿Es que después de jugar era siempre tan dulce? Benja la siguió acariciando hasta que ese calor del cariño se volvía fuego de nuevo.
Esta vez hicieron el amor lentamente y ella murió un poco, sabiendo en lo más profundo de su ser que tal vez nunca conociera a nadie como é1.
Se quedó dormida y despertó con el contacto de una mano de él.
- Son las siete y media - le dijo él.
Ya se había duchado y afeitado y estaba parcialmente vestido.
- Voy a hacer el desayuno
Cami salió de la cama y se dirigió al cuarto de baño, de donde salió un cuarto de hora más tarde, limpia y vestida. Fue a la cocina, tomó dos platos y los llevó a la mesa antes de volver a por el café.
Zumo de naranja, huevos revueltos, tomates asados, tostadas.. Los probó y suspiró,
- Haces esto muy bien - dijo.
-¿- Solo la comida, Cami?
Sus miradas se encontraron y ella arrugó la nariz.
- Eso también - dijo.
Benja le dejó al lado unas llaves, junto con un mando a distancia y un teléfono móvil.
- Son de la puerta exterior, el garaje y la casa. Cuando salgamos te enseñaré la programación del sistema de la alarma. Y te sugiero que des el número de este teléfono en el hospital.
La mención del hospital la hizo ponerse seria.
- Gracias.
- No volveré a casa hasta eso de las siete - dijo él y se sirvió otra taza de café.
- Yo puedo hacer la cena. Me sale bien un pollo a la tailandesa con curry y arroz.
Benja tomó su cartera y sacó un billete.
- Compra lo que necesites - le dijo. Cami no tocó el billete.
- Tengo dinero - dijo.
No mucho, pero bastante. Él entornó los párpados,
- Tómalo - insistió.
- No.
Con movimientos controlados ella terminó de desayunar, se levantó y llevó los platos al fregadero.
Benja dejó el billete sobre la mesa y la siguió. Él ya había fregado sus cosas y solo tardaron un momento en dejar los platos en el lavavajillas.
Luego, él tomó su chaqueta de la silla donde la habla dejado, se la puso y tomó su maletín y el ordenador portátil mientras ella tomaba su cartera.
Cuando él se volvió, el billete seguía sobre la mesa.
Y seguía estando exactamente en el mismo sitio cuando volvió a casa esa tarde y lo recibió un tentador aroma a especias y curry.
-¿Tengo tiempo para ducharme y cambiarme? - le preguntó a Cami.
- Un cuarto de hora. Te he dejado a ti la elección del vino - respondió ella sin dejar de cocinar.
Cuando volvió a la cocina, había una ensalada lisia para ser aderezada y el arroz estaba en su punto.
- Tienes razón - dijo él después de haber probado el pollo-, Esto te sale muy bien. ¿Qué más sabes cocinar?
- Pato a la pequinesa, rissotto con langostinos, filete moñón, buey a la borgoñona. ¿Quieres que siga?
-¿Has recibido algún curso de cocina?
-A mi madre le encantaba cocinar y yo lo heredé de ella.
-¿Cómo estaba hoy tu padre?
Benja no veía la necesidad de decirle que él recibía un informe médico detallado de su salud todos los días.
- Igual,
-¿Y Sammy?
- Deberían darle el alta dentro de uno o dos días.
Benja rellenó las dos copas de vino.
- Y de vuelta al mismo entorno.
- Es bueno en los estudios. Es inteligente y quiere aprender. Espero que logre salir adelante.
- Pero lo tiene todo en su contra - dijo él.
- No, si lucha por ello.
Cami se sentía ferozmente protectora de ese chico y se le notó.
-¿Pretendes ocuparte de que lo logre?
- Quiero intentarlo.
La expresión de él se endureció.
- Los ángeles guardianes pueden ser derribados.
- No soy completamente inocente en lo que se refiere a la juventud de hoy día.
- Sí. Lo eres.
- No - respondió ella enfadada -. No lo soy. Y además, puedo cuidar de mi misma.
- Tal vez. ¿Te importaría demostrarlo?
- Cuando quieras.
-¿En el gimnasio dentro de una hora?
- De acuerdo.
Recogieron la mesa en silencio y luego ella trabajó un poco en las lecciones del día siguiente. Más tarde, subió a ponerse unos vaqueros y un top.
Cami esperaba que él fuera un experto en artes marciales, pero con lo que no había contado era con que él le controlara y bloqueara todos sus movimientos. La sesión terminó por resultar una demostración de inutilidad, la de ella.
- Ahora aprenderás - dijo Benja. Ella estaba sudando bastante mientras que él apenas se había movido.
-¿No temes que pueda aplicarte alguna de estas técnicas en medio de la noche? - le preguntó ella.
- Tengo un sueño muy ligero.
- ¿De verdad? ¿Sabias que roncas?
Él se rió.
- Buen intento, pequeña, Y ahora, ¿vamos a jugar o nos ponemos serios?
Luego se dedicó a enseñarle los trucos que nunca le enseñarían en ningún gimnasio y se los hizo repetir una y otra vez.
Una hora más tarde, terminaron y, después de apagar las luces, subieron al jacuzzi y Benja no le dio otra opción que bañarse con él.
La terapia de relajación debería haber funcionado si hubiera estado .sola, pero la proximidad de Benja le afectaba los sentidos y la hacía sentirse enormemente consciente de él como hombre, como amante.
Solo tenía que mirarle la boca para recordar vívidamente lo que era sentirla sobre la suya, el deslizarse de su lengua, la sensual curvatura de sus labios y la pasión...
No quería admitir que disfrutaba de estar entre sus brazos o de sentir sus cuerpos juntos, las sensaciones que él despertaba en ella tan fácilmente.
Cami sabía que no tenia ninguna razón para que él le gustara. Y menos para que le importara. Pero había alguna cualidad intrínseca que le despertaba sus emociones.
Se dijo a sí misma que eso era por el buen sexo que compartían. No tenia que confundirlo con ninguna otra cosa.
Ella no significaba nada para él. Nada. Era un nuevo juguete sexual, nada más. Y, como todos sus nuevos juguetes, tenia su caducidad. Lo mismo que é1. En catorce meses su deuda estaría pagada.
Se repetía a si misma que no se tenía que involucrar emocionalmente.
- El semestre escolar termina al final de esta semana dijo Benja sacándola de sus pensamientos -. ¿No es cierto?
- Sí. Luego tenemos dos semanas de vacaciones.
- Yo me voy el sábado a Nueva York para unos días, Y tu vendrás conmigo.
Cami abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar.
-¿Tienes el pasaporte en regla? - añadió él
- Sí. No sabía que viajar entrara en el trato.
Él la miró con expresión enigmática - No estaba mencionado específicamente.
¿Qué se suponía que significaba eso? ¿Que quería que ella fuera con él? Se dijo a sí misma que era una tonta por pensar eso.
- Tienes unas facciones muy expresivas - observó Benja indolentemente-
- Mientras que las tuyas son como un libro cerrado.
-¿Y eso te molesta?
-Sí- Te da una ventaja injusta.
Luego, ella tomó una toalla, se puso en pie y se la enrolló alrededor de los senos.
Benja la dejó ir y, cuando entró en el dormitorio, ella estaba sentada sobre unos cojines, tomando notas.
Ella lo miró cuando se sentó a su lado.
- Tengo que terminar esto - le dijo -. Si te va a molestar, tomaré una bata y lo haré abajo,
-¿Cuánto vas a tardar? Cami frunció el ceño.
-¿Perdona?
- Qué cuánto vas a tardar.
- Un cuarto de hora, más o menos.
- Tienes veinte minutos. Luego tendrás que dejarlo.
Ella sintió la necesidad de darle con el cuaderno, pero entonces él le agarró la muñeca.
- No lo intentes.
Cami le dedicó una mirada fulminante.
- Me lo llevaré abajo - dijo y trató de marcharse, pero él la sujetó -. Déjame.
- Termina con lo que estás haciendo,
-¡Eres imposible!
- Ya me lo han dicho.
- Yo podría..,
-¿Qué, pequeña?
Cami lo miró irritada.
- ¡Golpearte! - logró decir con los dientes apretados.
Entonces se enfadó más todavía por la risa de él.
- Hay formas de castigo mucho más sutiles.
-¡Tu no tienes nada de sutil en todo el cuerpo!
- Ya has gastado cinco minutos.
Cami le respondió con una poderosa palabrota y volvió a colocar el cuaderno en el regazo y volvió al trabajo.
Benja cruzó los brazos tras la cabeza y se dedicó a observarla. Él lápiz se movía con rapidez por la pagina y él se preguntó si ella sabría que tenia el hábito de morderse el labio inferior cuando estaba concentrada.
Le cayó sobre la cara un mechón de cabello y Benja contuvo el impulso de apartárselo.
Estaba claro que la camiseta iba a tener que desaparecer. Sonrió levemente cuando pensó en la respuesta que ella le daría si se lo sugería
Cualquier otra mujer de las que conocía habría envuelto en seda sus atributos femeninos, o no habría llevado nada encima para provocar su interés.
Cerró los ojos y enfocó la mente en los negocios en los que estaba en ese momento y que, si salían bien, incrementarían notablemente su patrimonio.
Cami terminó con la última página de las lecciones del día siguiente, tomó unas notas en los márgenes y luego se llevó el lápiz a la boca. Si utilizaba algún ejemplo divertido para demostrar un punto esencial, los alumnos se quedarían con é1. SI, decidió satisfecha. Eso haría.
Cerró el cuaderno, puso una marca en el principio del capitulo, miró primero la hora y luego al hombre que tenía al lado.
De todos losLo miró con una mezcla de resignación y admiración, ¡Con tantas prisas y se había quedado dormido.!
Sus rasgos en reposo la fascinaban y se tomó su tiempo en examinarlo.
Solo podía admirar sus músculos y ese vello del pecho que desaparecía bajo las sábanas...
¿Qué haría él si le acariciaba levemente la boca con la punta de los dedos?
En ese momento, Benja abrió los ojos y la miró solemnemente.
-¿Has terminado ya? - le preguntó.
¿Era consciente de que lo había estado observando?. Esperaba que no.
- Sí.
Benja sonrió,
- Muy bien - dijo y la tomó en sus brazos. LA besó cariñosamente, pero de una forma que era una evidente promesa de la pasión.
¿Sería siempre así? Cami se lo preguntó mientras se liberaba de las inhibiciones y dejaba que él la siguiera besando. El dulce placer que le producía ese contacto le calentó la sangre y afectó sus nervios de tal manera que solo la posesión de él podría sofocar el fuego que la consumía.
Benja la hizo ponerse en una posición más cómoda y se lo tomó con calma mientras le recorría todos los puntos sensibles de su cuerpo, hasta que la dejó casi sin capacidad de raciocinio y suplicándole que la satisficiera.
Después, ella estaba tumbada de boca, con los ojos cerrados y se puso a llorar por el intenso placer.
Benja se dio cuenta de ello y la emoción le encogió el corazón. Con un gesto involuntario le enjugó las lágrimas con los dedos y luego hizo lo mismo con los labios.
LA primavera en Sydney suele ser con días soleados, temperaturas suaves y una fresca brisa del océano.
Es una ciudad espaciosa, con alrededores agradables que se extienden por las colinas y con el centro lleno de torres de cristal y acero, donde el tráfico bulle intenso.
La población es muy cosmopolita, con residentes asiáticos y europeos casi en mismo número que los australianos.
A Cami le gustaba llamarla su hogar, ya que en allí donde nació y se crió, donde había estudiado y trabajaba.
La ambición de viajar lejos había sido fuerte en su momento, pero no había podido hacerlo cuando estudiaba, y solo habla estado en Nueva Zelanda y Fiji de vacaciones con unos amigos; luego, no había tenido oportunidad de hacerlo más.
Consecuentemente, la perspectiva de viajar a Nuevo York le resultaba excitante. El colegio y las lecciones le ocuparon la mayor parte de los días de espera, junto con las visitas a su padre en el hospital.
Y por las noches estaba Benja.
Se negaba llamar a lo que estaban haciendo hacer el amor. Solo dos personas que se quisieran realmente hacían el amor. Entonces, , ¿que era lo que tenían?
Un trato. Lo que tenían era solo eso.
Nueva York era increíble. Le encantó el frenético ritmo de la ciudad, el ruido de las calles, la espontaneidad de la gente ..
El hotel era impresionante, la suite magnífica y el servicio para morirse.
Benja le dijo en un momento dado que iba a estar ocupado por negocios todo el día, pero nada podía bajarle a ella el buen humor y la excitación, por lo que respondió que iría a ver la Galería de Arte.
Se podría pasar allí el día entero, y luego estaban los museos y varios otros lugares de interés, eso por no mencionar los enormes almacenes.
Benja le dio un teléfono móvil y le dijo:
- Llévalo contigo y utilízalo para ponerte en contacto conmigo. Cuando quieras. Usa los taxis y no te metas en el metro, ¿de acuerdo?
- Yo he vivido toda mi vida en una gran ciudad.
La expresión de él se endureció.
- Nueva York no es Sydney - dijo él ofreciéndole un fajo de billetes-. Y usa también esto,
- Yo tengo dinero.
El de su sueldo, que había cambiado en dólares americanos,
- Tómalo
- No lo necesito - insistió ella.
-Madre de Dios -exclamó él-. ¿Por qué tenemos que discutir?
-¿Por qué lo haces tú? No soy tonta y no saldré del hotel sin dinero suficiente para los taxis y para comer. Si me quedo sin dinero, te llamaré, ¿de acuerdo?
Él metió el dinero en la caja fuerte de la suite y le dio la llave.
- Esto lo pone más fácil.
- Gracias
Benja miró su reloj.
- Tengo que marcharme. ¿Te vas a quedar un rato aquí o vas a empezar ya a explorar la ciudad?
- Me voy ya mismo - dijo ella sin dudarlo.
Y lo hizo empezando por un museo.
Benja la llamó al móvil a mediodía, justo cuando ella se estaba comiendo un perrito caliente con mostaza y mayonesa.
Tenia demasiadas cosas que ver y no iba a perder el tiempo comiendo en un restaurante.
- Debería estar de vuelta en el hotel a eso de las cinco y media. Saldremos fuera a cenar - le dijo él.
- Muy bien,
-¿Dónde estás?
- En un puesto de perritos calientes.
- Pero, ¿dónde?
- Ya estamos... No puedo ver el nombre de la calle,
- Cami.,,
Pero ella lo interrumpió antes de que pudiera decir nada más.
- Tengo un plano, pero todavía no lo he mirado. Si me pierdo, lo único que tengo que hacer es preguntarle a alguien - dijo y cortó la comunicación.
Él se metió el teléfono en el bolsillo, agitó la cabeza y se reunió de nuevo con sus tres socios en el comedor del restaurante, mientras luchaba con la tentación de olvidarse de esa deliciosa comida a cambio de disfrutar de un perrito caliente en la calle con ella.
Cami se estaba divirtiendo. Caminó por Central Park, miró escaparates, se tomó un refresco y luego se metió en el metro. Era de día, por Dios y ella llevaba unos vaqueros, zapatillas y una chaqueta vaquera. Nadie se metió con ella ni se sintió amenazada en ningún momento cuando salió unas estaciones más adelante.
Pero cuando llegó a la calle, se percató de que algo había cambiado. El ambiento era diferente, de una forma que no sabía explicar, y el instinto le dijo que no tenía que quedarse allí.
Su primer pensamiento fue tomar un taxi, pero no se veía ninguno. Muy bien, volvería al metro y tomaría uno que la llevara en la dirección de donde habla venido.
Eso debería ser fácil si no se pasaba la estación. Entonces sonó su teléfono móvil.
Solo podía ser una persona.
-¿Benja?
-¿Donde están?
Ella parpadeó ante su evidente ira.
-¿Con exactitud?
- No sigas con eso, Cami.
Entonces pasó un taxi y ella le hizo una seña desesperada y se sintió enormemente aliviada cuando se detuvo.
- Estoy a punto de tomar un taxi. Estaré pronto en el hotel.
Media hora después, veinte minutos más tarde de lo que deberia haber sido lo normal, estaba en el hotel.
Minutos más tarde, abría la puerta de la suite. Benja la estaba esperando y ella solo tuvo que mirarlo una vez para darse cuenta de que estaba muy enfadado.
-¿Tienes idea de la hora que es? - dijo él muy controladamente.
Ella, sin embargo, hubiera preferido que le gritara,
- Lo siento.
Cami no le estaba dando excusas vacías, solo se disculpaba, pero eso no hizo que disminuyera su enfado.
-¿Me vas a explicar porqué llegas tan tarde?
- Me metí en el metro pretendiendo salir en la siguiente estación para luego volver en taxi al hotel, pero me equivoqué y fui demasiado lejos.
- Así que no me has hecho caso y te has metido sola en el metro» ¿no? ¿Y no se te ha ocurrido que yo podría estar preocupado porque no hubieras vuelto al hotel a la hora que habíamos quedado? No sabía nada de ti y no contestaste cuando te llamé al móvil.
- No lo oí sonar.
- No me sorprende.
- Muy bien, de ahora en adelante solo iré en taxis.
- De ahora en adelante la corrigió Benja -, tendrás una limosina alquilada a tu servicio para que te lleve donde quieras ir
- Eso es ridículo.
Benja se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
- O eso o te quedas en el hotel..
-¡No me lo puedo creer! ¿Qué derecho tienes...?
- El derecho de un hombre que ha pagado por tus servicios.
Eso fue como si la hubiera golpeado físicamente y el dolor la dejó sin habla momentáneamente,
- Por supuesta - dijo ella por fin -. He sido una tonta por olvidarlo.
Luego, se acercó al armario, sacó ropa interior limpia y fue al baño,
-No tardaré mucho en estar lista.
No pensaba siquiera en la comida, pero cualquier cosa le parecía mejor que permanecer allí-
Cami salió un cuarto de hora más tarde, ya maquillada. Una vez en el dormitorio, se puso unos pantalones negros de seda, una blusa del mismo color y una chaqueta roja. Luego, se puso los zapatos de tacón y tomó su bolso.
Benja la miró fijamente y se percató de la forma en que ella levantaba la mandíbula y la aparente frialdad de sus ojos. Se preguntó si ella tendría idea de lo mal que lo había pasado durante la hora que había estado esperando sin saber nada de ella,
Cami se dirigió a la puerta y luego se volvió y lo miró,
-¿Vamos? - preguntó.
En el ascensor permanecieron en silencio y luego Benja la condujo al lujoso restaurante del hotel, donde los instalaron en su mesa y pronto se les acercó el sumiller.
Benja pidió un conocido rioja y luego estudiaron la carta. Cami pidió una sopa de primero y luego una ensalada César. Cuando el camarero se hubo retirado, Benja la miró extrañada
-¿No tienes hambre? - le preguntó.
- No.
Él tomó su copa de vino y lo probó.
-¿Pretendes que mantengamos la conversación a base de monosílabos?
Cami le sonrió dulcemente.
-¿Cómo te ha ido el día? ¿Ha ido bien la reunión?
- Te estas pasando.
-¿De verdad? Creía que querías una conversación agradable.
- Vamos empezar ya con esto, ¿quieres?
-¿Con qué?
Benja levantó su copa en un saludo silencioso.
- Con la discusión que estamos a punto de tener.
- No me gustan las demostraciones acaloradas en público.
- Creo que nos las podemos arreglar para ser civilizados,
- No tenemos nada de que discutir.
- Sí que tenemos.
El camarero apareció entonces con la sopa de ella y el primer plato a base de marisco para Benja.
- No - dijo ella luego -. Tengo muy claros los derechos que te da el contrato que firmamos por mis servicios. Y ahora, ¿comemos?
- Si no recuerdo mal, tus servicios fueron sugerencia tuya.
- Sí, por supuesto. Me disculpo por no haber recordado mi lugar. En el futuro llamaré si voy a llegar tarde y habiendo experimentado ya el metro de Nueva York, sola y a la luz del día, te prometo que no repetiré la experiencia. ¿Te parece bien?
- Ahora te estás poniendo molesta.
Cami lo miró fijamente.
- Hay que ver lo inteligente que eres. Te has dado cuenta de que esa era mi intención.
Terminaron con el primer plato y, minutos más tarde, el camarero les llevó el segundo.
- Sabiendo lo cabezota que eres - dijo Benja -, nunca debería haberte dejado ir sota por la ciudad.
Ella lo miró con ojos brillantes.
- No soy cabezota.
- Sí que lo eres.
- No, no lo soy.
Benja arqueó una ceja y dijo:
-¿Quieres que empecemos una partida de volei-bol verbal?
-¡No te pongas en plan paterno conmigo, maldita sea!
-¿Y lo estoy haciendo?
- Me estas tratando como a una niña.
- Cami. Doy gracias todos los días porque no seas nada más que una niña.
Ella entendió eso inmediatamente y Benja vio cómo se ruborizaba.
-¿No dices nada a eso?
- Estoy intentando decidir si eso ha sido un cumplido o una acusación.
- Tal vez debieras dedicarte a terminar tu cena.
- Creo que he perdido el apetito.
Benja cortó un pedazo de su filete miñón y se lo ofreció a ella.
- Prueba esto.
Cami miró el pedazo de carne y luego agitó la cabeza.
Eran casi las once cuando volvieron a la suite y Cami se quitó la chaqueta mientras Benja hacía lo mismo,
Sin pararse a pensarlo, ella se volvió y se acercó a. él.
- Deja que te ayude - le dijo.
Si dudaba, estaba perdida. Le soltó la corbata y empezó a desabrocharle los botones de la camisa.
-¿Qué haces?
- Me sorprende que lo preguntes - dijo ella mientas seguía desabrochándole la camisa -. ¿No es eso lo que hace una amante?
-¿Darle placer a su... benefactor? Cami lo miró a los ojos.
- Sí.
- Pues como quieras.
El tono de su voz la animó a seguir
Con movimientos deliberados, se quitó la blusa y los pantalones, lo que la dejó en bragas, sujetador y zapatos de tacón.
Esos zapatos le daban más altura, y había algo sofisticado y sexy en unos zapatos de tacón. Cami necesitaba de toda la sofisticación sexy que pudiera conseguir
- Llevas demasiada ropa - le dijo a é1.
- Me imagino que pretendes quitármela.
Y así era. Le quitó los zapatos y calcetines. El resto fue sencillo, ya que, tan pronto como le bajó la cremallera de los pantalones, estos cayeron al suelo y él salió de ellos. Los calzoncillos siguieron el mismo camino y entonces él quedó gloriosamente desnudo delante de ella. Y excitado.
Benja vio la forma en que se le movió a ella la garganta y le brillaron los ojos. Si Cami quería jugar, él estaba más que contento de que lo fuera a hacer.
Empezó tentativamente, acariciándole los costados y el pecho con suavidad. Cuando llega al estomago de él, se le tensaron los músculos y luego ella siguió rozándole la parte interna de los muslos hasta que terminó abarcándole la virilidad con una mano.
Benja respiró agitadamente cuando ella empezó a frotarlo con un toque delicado que casi lo llevó al éxtasis.
Cami se preguntó si sería capaz de besarlo de la forma mas íntima posible. ¿No le había dado él ese placer a ella? ¿.Por qué no le iba a devolver el favor?
Deseaba ponerse de rodillas, sensual, sexualmente. Hacerlo gemir ante su contacto, que perdiera el control y se volviera completamente salvaje, como lo hacía ella en sus brazos.
¿No era eso lo que tenia que hacer una amante? ¿Satisfacer los deseos de un hombre y proporcionarle un placer desinhibido?
Fue una mezcla de instinto e imaginación lo que hizo que pronto él la hiciera levantarse; y la besara profundamente.
Benja se tumbó en la cama con ella, haciéndala rodar de forma que la atrapo debajo. Pronto empezó a moverse rápida y duramente, hasta que todo estalló en pedazos. Para los dos.
Cami lo sintió estremecerse y luego desplomarse sobre ella mientras los dos trataban de recuperar el control de sus respiraciones.
Él la besó en el cuello y ella le puso las manos, en la nuca, besándolo a su vez en la boca. Estaba tan extasiada que casi no se dio cuenta de que él se volvía de espaldas, arrastrándola con él y la sujetaba con firmeza por los hombros.
Le rozó un pezón con los dientes y luego se lo chupó. Con cuidado al principio. Luego con una sensualidad que la hizo gritar mientras é1 la llevaba a la frontera entre el dolor y el placer.
Sus hábiles manos crearon el caos en los sentidos de ella, hasta que perdió el control por completo.
Y cuando Cami pensaba que no podía soportar mas, él la llevaba hasta mayores alturas todavía de placer.
Después, ella quedó tumbada a su lado tan saciada que no se podía mover, y suspiró cuando él la envolvió en sus brazos.
Lo ultimo que ella recordó fueron los labios de él contra la sien, hasta que cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño.
La reunión de Benja no iba a ser hasta las dos de 1a tarde y, después del desayuno, Cami llamó al hospital de Sydney para saber cómo estaba su padre.
No había cambios, lo que la alivió.
A las nueve, bajaron a la calle y tomaron la limosina que había alquilado Benja para dar un paseo por el centro de la ciudad.
- Esta fue tu ciudad de origen - dijo ella.
- Sí.
-¿Qué parte de ella?
El Bronx. donde la ciudad decaía y las calles eran de lo peor. Pero eso había sido hacia toda una vida, aunque sería algo que él nunca olvidaría
- Una de las menos atractivas - respondió. Con esas palabras lo había dicho todo y nada. Un vacío que llegaba al alma.
Y ella lo oyó, lo sintió e, instintivamente, supo que ese hombre tenía las raíces de un niño que habla sobrevivido a la calle.
- Salgamos y caminemos un poco - dijo Cami, necesitando sentir el aire fresco en la cara.
- Vamos a Central Park, a la Quinta Avenida - le dijo é1 al conductor
Después, almorzaran en uno de los muchos cafés y luego el conductor les llevó donde iba a tenor lugar la reunión de Benja. Cami hizo que la llevara a continuación a Greenwich Village, donde compró unos regalos para llevarlos a casa.
A las cinco, volvió al hotel, se duchó y se estaba vistiendo cuando Benja entró en la suite.
Cenaron fuera, en Greenwich Village, donde había muchos restaurantes y una vida nocturna muy animada y bohemia,
A Cami le encantó ese ambiente, y convenció a Benja para que fueran a ver una pequeña obra de teatro en uno de los cafes.
Aquello era magia, y a ella le encantaron los días que pasó en esa ciudad. Benja pudo pasar algunas mañanas con ella y fueron juntos a Staten Island en el ferry, exploraron los jardines botánicos... Por las noches cenaban fuera e iban al cine, a los teatros...
Las noches eran otra cosa y, a cada una de ellas que pasaba, Cami era mas consciente de sus traidoras emociones y necesidades.
Experimentaba una sensación de plenitud que no había experimentado nunca antes, un conocimiento sensual que florecía en su interior.
Se decía a sí misma que no tenía que darle su corazón a Benja, pero ella misma no se hacía mucho caso, segura de su capacidad para controlar sus propias emociones.
El día de su marcha llegó demasiado pronto, y volaron a Sydney el domingo por la mañana temprano.
Ese mismo día, Cami fue al hospital a ver a su padre. Parecía cansado y había cambiado de color. ¿O sería porque llevaba toda una semana sin verlo?
Eso la preocupó. Cuando se marchó, se pasó por la tienda de Maisie y estuvo una hora con su amiga.
Cuando volvió a casa. Benja estaba en el despacho, trabajando con el ordenador. Él la miró y cuando vio las ojeras que tenia, lo cerró todo y dijo:
- Creo que es mejor que nos acostemos.
- No estoy cansada.
- Sí que lo estás.
- No, no lo estoy.
Él la tomó en brazos con facilidad y la llevó al dormitorio, luego se desnudó e hizo lo mismo con ella y la hizo meterse en la cama.
Él era cálido y sólido, y Cami no protestó cuando se tumbó junto a ella.
- Duerme - le ordenó y ella lo hizo.
Larga y profundamente, y se despertó justo antes de amanecer.
Fue entonces cuando hicieron el amor, lentamente y con tanto cuidado que ella casi deseó llorar.
EL colegio la llevó de vuelta a la realidad y a una rutina diaria que incluía a Sammy en la clase. El chico se estaba curando bien y se comportaba con la arrogancia clásica de los adolescentes.
El último semestre del año solíaa ser frenética con la preparación de los exámenes finales, e incrementaba el nivel de estrés tanto para los estudiantes como para los profesores.
Los días parecían unirse unos con otros para Cami, yendo al colegio, visitando a su padre por las tardes y atendiendo a los eventos sociales con Benja por las noches.
Sus apariciones como su compañera estaban causando bastantes especulaciones y, mientras que nadie cuestionaba la elección de compañía femenina por parte de Benjamín Rojas, había una curiosidad evidente acerca de la procedencia y estatus social de
ella.
Un estatus que no era nada en comparación con la élite que asistía a una cena privada dada por uno de los más ricos personajes de la ciudad, famoso por la devoción que tenía por buscar dinero para obras de caridad, pensaba Cami algunas semanas más tarde,
mientras estaba al lado de Benja conversando educadamente con el resto de los comensales.
-¿Y a qué se dedica usted? - le preguntó la mujer con la que estaba hablando,
- Enseño literatura inglesa - respondió ella.
- Qué interesante. Supongo que en un colegio privado, ¿no?
- Estatal - respondió ella y vió como la mujer entornaba levemente los párpados.
Benjamín Rojas despertaba el respeto y daba grandes cantidades de dinero para obras de caridad, así que, a toda costa, debía ser agradado. Cami se percató de que era eso lo que la mujer estaba pensando, y le hizo bastante gracia.
En ese momento él se volvió, vio su expresión y le preguntó:
-¿Otra copa?
- No, gracias.
-¿Algo te ha hecho gracia?
- El objetivo económico del año de la Fundación de Caridad se alcanzaría con facilidad si todas las mujeres presentes donaran las joyas que llevan.
- Tal vez debieras sugerirlo.
Ella lo miró fijamente.
-¿Y causar una revolución? No creo.
Y hablando de revolución, en ese momento entró en la sala nada mas y nada menos que la hermosa Sasha, agarrándose como una parra a su compañero masculino.
Cami pensó que aquello era un montaje deliberado. El blanco era Benja y el arma los celos.
Pero no parecía funcionar y Cami casi sintió lástima por ellos, cuando se sentaron para cenar.
La mesa era larga y estaba elegantemente puesta, con porcelana china, brillantes cubiertos de plata y vasosy copas de cristal dispuestos a ser llenados con una buena selección de vinos de magníficas cosechas y grandes reservas.
Bien fuera por accidenti o deliberadamente, Sasha se sintó junto a Benja y Cami se aseguró a sí misma que no le importaba
Los camareros uniformados sirvieron una magnífica cena de cinco platos, durante la cual Cami tuvo una interesante conversación con el hombre que estaba sentado a su lado, acerca de la política económica del gobierno para financiar el sistema educativo
Eso la ayudó a ignorar Ion sutiles gestos que Sasha empezó a hacer. Las manos elegantes y bien cuidadas que de vez en cuando posaba en el brazo de Benja, su leve sonrisa, su risa, el ronroneo felino de su voz...
Benja estaba encantador y solícito con Cami y ella le respondía igualmente. Siguiendo su papel, pensó ella.
-¿Mas vino?
Miró a Benja, vio el destello de sus, ojos y deseó golpearlo. El muy canalla se estaba divirtiendo con todo aquello.
Le resultó fácil ofrecerle una sonrisa, le puso una mano en el muslo y le clavó las uñas, luego empezó a acercarle Ievemente los dedos hasta el vientre.
- No, gracias.
- Ten cuidada, pequeña - le advirtió él,
Cami abrió mucho los ojos.
- No sé a qué te refieres.
- Me pregunto si serás tan valiente cuando estemos solos.
- Cuenta con ello.
-¿Me estas retando?
- Al parecer, nadie se atreve a hacer eso contigo.
-¿Y tu crees que eso me puede hacer bien? - bromeó Benja
- Sí,
Los cafés se sirvieron en otra sala y fue allí donde comenzó el verdadero propósito de la velada, cuando numerosos e interesantes objetos fueron subastados.
Pinturas, objetos de arte, joyas.. Era una mezcla de todo y el proceso de la subasta la intrigaba, ya que la cosa no se trataba de los objetos en sí mismos, sino de quién podía pujar y quién podía superar a quién.
-¿Ves algo que te guste? - le preguntó Benja y ella le señaló un pequeño cuadro.
- Cuando se subaste, tú puja.
Luego le dio un límite y ella lo miró sorprendida
-¿Lo dices en serio?
- Si no, no te lo diría.
Cami observó con interés renovado y, cuando salió a subasta el cuadro, ella fue fa primera en pujar. Sasha la siguió y, según subían las pujas, lo mismo sucedía con las especulaciones de los invitados, ya que era evidente que estaba teniendo lugar una batalla particular entre las dos.
Aquello era por una buena causa, se repetía Cami para sí según iban subiendo las pujas por pasos de cien dólares. Benja se lo podía permitir, pero de todas formas, ella no quiso superar el límite que le había puesto. Lo mismo que tampoco quiso mirar a Sasha cuando el subastador levantó el mazo.
- A la una, a las dos...
- Mil.
Se produjo un murmullo ante la puja de Benja y Cami vio incrédula como Sasha se tomaba ganar como un reto personal.
Ahora no le cabía a nadie la duda de que aquello era una batalla entre la la novia y la amante.
- Tres mil dólares A la una, a las dos,., Vendido al señor Benjamín Rojas.
-¿Eso lo has hecho para demostrar algo? - le preguntó Cami.
- Sí, eso creo.
-¿Y tenias que hacerlo tan públicamente?
-A ti te ha gustado el cuadro y yo lo he comprado. El dinero va para obras de caridad. Fin de la historia,
- No. No es así.
- Tu razonamiento me fascina.
- Enhorabuena, querido.
Los dos se volvieron al oír a Sasha.
- Es una bonita pintura. Espero que le guste a Cami.
- Me siento halagada - dijo ella educadamente y vio la mueca de Sasha.
- Benja es muy generoso, ¿no es así, querido ? - dijo Sasha.
Luego se volvió al hombre que tenia al lado y lo presentó como Enrico Alvarez,
Enrico tomó la mano de Cami, se inclinó y se la besó, sosteniéndola Un poco más de lo debido.
- Encantado.
Cami le dedicó una sonrisa educada y luego retiró la mano. Benja se limitó a saludarlo inclinando la cabeza. La tensión era evidente y después de murmurar una excusa, Cami se dirigió al tocador de señoras.
Salió cinco minutos más tarde y se encontró con que Sasha la estaba esperando.
- Ah, estás aquí. A Benja le ha preocupado tu ausencia.
-¿De verdad?
- Todavía no he descubierto cuál es tu atracción. pero debe ser algo fuerte para haber capturado a Benja.
-Tal vez se me dé bien el sexo, ¿no?
La mirada de Sasha se endureció.
- No te pases de lista, querida.
- No se me ocurriría. Y ahora, si este pequeño encuentro viene a algo, es mejor que vayas al grano.
- Enrico está fascinado contigo.
Aquello era increíble, pensó Cami.
-¿Me estás ofreciendo a Enríco a cambio de Benja?
- Enrico es rico y encantador.
- Y mientras haya dinero... ¿No?
Sasha sonrió como una gata.
- Ya veo que nos entendemos.
- No, no nos entendemos
-¿Entonces no vas a jugar?
-A ninguno de tus juegos, - respondió ella, y se alejó,
Benja observó cómo Cami se acercaba a él, Había algo en ella que le había llegado al corazón. Sintió cómo se le agitaban las entrañas como siempre que la veía y el deseo ardió en su interior. Luego, su mirada se endureció cuando vió a Enrico Álvarez interponerse en su camino.
¿Celos? No era una emoción que le gustara, y la desechó cuando Cami le ofreció una sonrisa educada a Enrico, puso a su lado y continuó hasta donde estaba él.
-¿Quieres más café? - le preguntó él cuando estuvo a su lado.
-¿Podría ser algo mas fuerte?
Benja sonría.
- Deja que me lo imagine, Sasha te ha dicho algo,
- No ha sido divertido.
- La subasta casi ha terminado ya,
-¿Entonces nos podemos marchar ya?
Benja se rió.
- Tu ansiedad por volver a casa me sobrecoge.
- Es una cuestión de opciones. El le acarició entonces el cuello.
- Diez minutos, pequeña.
Esperaron hasta que estuvieron en el coche y ya lejos.
-¿Quieres hablarme de ello'? - le dijo.
En la oscuridad, Cami no le podía ver la expresión del rostro.
- El dinero tiene sus propias reglas - dijo.
- Explícate.
- Bueno, déjame ver. Dos hombres ricos, dos mujeres. ¿Importa algo realmente quién está emparejado con quien? Sasha me propuso un cambio de pareja y yo no quise.
Le dedicó una mirada rápida y vio el movimiento de la boca de él a la luz de los faros de un coche que pasaba.
- No tiene gracia - dijo.
Si é1 se hubiera reído, le habría pegado. Pero no lo hizo, y ella permaneció en silencio durante el resto del trayecto.
Benja la dejó entrar primero en la casa y, una vez en la habitación, Cami se desnudó en silencio, se desmaquilló y se cepilló los dientes más vigorosamente de lo habitual, luego se puso la camiseta de dormir y. cuando volvió al dormitorio, vio que Benja ya se había acostado.
Estaba apoyado en las almohadas, con el pecho desnudo y las sábanas por la cintura. Cuando ella se acostó, lo hizo de manera que le dio la espalda.
Segundos más tarde, él apagó la lámpara de la mesilla de noche y la habitación quedó en la oscuridad.
Cami no se movió y acompasó deliberadamente la respiración para hacerse la dormida, obligándose a relajarse mientras contaba mentalmente los minutos.
Pero no lograba dormirse. ¿Por qué su imaginación no dejaba de darle vueltas al hombre que estaba a su lado?
Tuvo que admitir que lo deseaba. Que necesitaba sus caricias, la sensación de su boca.
Unas imágenes evocadoras surgieron en su mente y se agitó. Estiró una pierna y luego se preguntó qué pasaría si dejaba que su mano izquierda vagabundeara un poco...
-¿Quieres jugar?
Cami se quedó helada cuando unas manos se deslizaron bajo ella y la hicieron colocarse sobre él.
Benja le colocó luego las manos en la nuca, haciéndola bajar la cabeza y tomó posesión de su boca con un beso profundo y apasionado mientras le recorría la espalda con las manos. Luego la hizo sentarse sobre él
Con un solo y primitivo movimiento, la levantó y luego la hizo bajar, oyéndola gemir cuando sus músculos se estiraron para acomodarlo y empezaba a moverse lentamente hasta que ella tomó su ritmo.
Ella solo pudo dejarse llevar y tragó saliva cuando él la hizo rodar, de forma que sus posiciones quedaron invertidas.
Cada vez que se unían, ella pensaba que no podía ser más. pero lo era. Se pegó contra él y gritó cuando la boca de él le chupó un pezón y se lo mordisqueó levemente.
Las sensaciones le inundaron el cuerpo y le apoyó las manos en los hombros, acariciándoselos, y luego se los puso en la nuca, atrayendo su cabeza y tomando posesión de su boca con tanta ansia que casi perdió la noción del tiempo y del lugar, hasta que solo quedaron el hombre, el momento y la pasión.
Había pasado una semana desde que habían llevado a Juan a una habitación privada y, cuando Cami preguntó por la razón de ello, le dijeron que eran instrucciones de Benjamín Rojas.
-¿No prefieres que tu padre muera con dignidad en la intimidad de su propia habitación? le preguntó Benja cuando ella le pidió explicaciones.
- Sí, pero.,.
Él la hizo callar poniéndole un dedo en los labios.
- Nada de peros, pequeña. Yo me ocupare de todo.
Algo por lo que estaría más atada a él todavía.
Cuando lo dejará, pretendía devolverle todo lo que pudiera. Era una cuestión de orgullo, del suyo.
Las visitas al hospital empezaron a dejarla agotada emocionalmente, ya que su padre parecía estar peor a cada día que pasaba y, se le rompió el corazón cuando un lunes entró en su habitación y vio que le habían puesto oxígeno y estaba inconsciente.
Cami no quiso dejarlo y localizó a la jefa de enfermeras, le hizo las preguntas pertinentes y luego llamó a Benja.
Segundos mas tarde, él le preguntaba:
-¿Problemas?
Cami lo había interrumpido en mitad de una reunión y se disculpó,
- Es mi padre. Me gustaría quedarme un tiempo con él.
- Mantente en contacto conmigo - dijo él sin más.
- Sí.
Cami cortó la comunicación y se quedó mirando a la pared ausentemente.
Llevaba meses sabiendo que eso iba a suceder, pero nada podía haberla preparado para el momento en que su padre desapareciera realmente de este mundo.
Se volvió lentamente, volvió a la habitación de su padre y se sentó, tomándole la mano.
Fue así como la encontró Benja una hora más tarde. Había dispuesto que le sirvieran la comida allí, y permaneció a su lado hasta poco antes de medianoche, cuando murió Juan.
Benja la acompañó fuero de la habitación y la abrazó.
Cami no pudo llorar; estaba como atontada y al cabo de unos minutos, levantó la cabeza y retrocedió un paso.
-Estoy bien dijo.
Pero estaba lejos de eso. Su rostro estaba muy pálido y el dolor se notaba en sus grandes ojos verdes.
Fue Benja el que se ocupó de las formalidades y luego la llevó de vuelta a casa, donde llenó el jacuzzi, tomó una botella de vino fría y dos copas y luego la desnudó. Él también se despojó de sus ropas. Entraron en el agua y la abrazó por la espalda.
Más tarde, se secó, se acostaron y él la siguió abrazando.
Las semanas siguientes tuvieron una cualidad de irrealidad y Cami se centró en su trabajo. Por las noches planeaba cenas muy elaboradas que requerían intensos preparativos y Benja se percataba de lo pálida que estaba y de cómo estaba perdiendo peso. Entonces, un día decidió que ya bastaba, hizo unas cuantas llamadas telefónicas y se aseguró de estar en casa cuando ella llegó a casa la tarde siguiente.
Cami la miró sorprendida.
- Has llegado pronto - dijo. Tenía un aspecto frágil y Benja se tuvo que meter las manos en los bolsillos para no abrazarla.
- Nos vamos a la Costa Dorada a pasar el fin de semana.
Ella abrió mucho los ojos.
- Estas de broma, ¿no?
- No, Tenemos que estar en el aeropuerto dentro de una hora.
- Pero no podemos irnos con tan poco tiempo...
- Sí, podemos. Y ahora, ¿haces tú tus maletas o te las hago yo? Tú eliges.
-¿Por qué?
El ya estaba subiendo las escaleras.
-¿Necesitas una razón específica?
- jSÍ, maldita sea! - dijo ella y lo siguió, enfadada.
La ira era algo que él podía soportar. Lo que no podía era el comportamiento, como atontado, que ella había mostrado desde la muerte de su padre.
Llegaron al dormitorio y allí habíaa dos bolsas de viaje, una llena y la otra vacía,
- No quiero ir a ninguna parte
- Pues vas a ir - insistió Benja mientras abría el armario de ella y empezaba a sacar cosas.
Cami lo observó incrédula mientras tiraba sus ropas sobre la cama.
-¿Qué te crees que estás haciendo?
- Salimos de aquí dentro de diez minutos.
Ella se acercó entonces y lo apartó
-¡Maldita sea! Ya lo hago yo.
Minutos después, había colocado de nuevo en sus perchas la ropa que él había elegido y luego hizo su propia selección.
- Me sería de ayuda si me dijeras si este viaje es por negocios o solo por placer
- Por placer - le informó Benja.
- Eres el hombre más enervante y autoritario que haya tenido la desgracia de conocer.
-¿Desgracia. Cami?
- Bueno, eso no es exactamente cierto»,
- Gracias - dijo él mientras ella seguía haciendo el equipaje.
Llegaron al aeropuerto con muy poco tiempo y fueron de los últimos en embarcar en un vuelo que, una hora más tarde, los dejó en Coolangatta.
Benja alquiló un coche. Ya era de noche cuando llegaron a la zona turística costera, que estaba situada a treinta kilómetros al norte.
Unos altos edificios de apartamentos y hoteles parecían centinelas iluminados del litoral y Benja condujo por la Playa Principal hasta el complejo turístico Sheraton, un edificio bajo y construido junto al océano.
La suite era espaciosa y con una vista como paro morirse. Había champan en un cubo de hielo, flores, frutas frescas y bombones para darles la bienvenida
- Decadente - dijo Cami mientras miraba por la ventana la gran laguna, con un bar en una isla y puentes que llevaban a él.
Ya estaba un poco menos pálida, pensó aliviado Benja. Y su sonrisa era recompensa suficiente para el esfuerzo que había hecho.
-¿Podemos pasear un poco por ahí fuera?
El champán podía esperar.
- Si eso es lo que quieres...
Cami se volvió hacia él.
-¿Es que me estás mimando?
- Un poco - respondió él y ella sonrió levemente.
- Eso puede ser peligroso.
- Ya lo había pensado.
- Creo que deberíamos ir a dar ese paseo- respondió ella solemnemente y se dirigieron a la puerta.
El fresco aire de la noche les dio en la cara cuando salieron a la zona de la laguna, y ella no dijo nada cuando Benja la tomó de la mano y entrelazó los dedos con los suyos.
Se acercaron a la playa y caminaron por ella hasta salir de la zona iluminada, luego volvieron, entraron de nuevo en el hotel y cruzaron el puente que daba a la marina.
Allí había cafés, restaurantes, tiendas e inmediatamente al lado, estaba el Palazzo Versace, donde no se había reparado en gastos para completar su lujoso diseño.
Se tomaron un café con licor en una de las terrazas que daban a la marina con sus lujosos yates.
La zona tenía un ambiente que era a la vez refinado y casual, además de que debía ser muy popular, por la cantidad de gente que había por allí.
Cami pudo sentir cómo se disipaba en ella algo de la tensión. ¿Tal vez por el aire del mar? ¿La perspectiva de dos días a solas con Benja sin que nada los interrumpiera? ¿El hecho de que no hubiera ninguna clase de reunión social en perspectiva?
Mar, sol y arena, pensó, y eso la llenó de placer.
Benja la miró aprobándola. El moño que llevaba en el cabello se estaba empezando a deshacer y él contuvo la tentación de quitarle el resto de las horquillas.
Deseó abarcarle el delicado rostro y acariciarle la boca con la suya, saboreándosela para luego deslizar la lengua en su interior y tomar posesión de ella como preludio de una intimidad mayor.
En ese momento, Cami lo miró y él vio como ella abría más los ojos y se ruborizaba. Entonces sintió algo en el corazón cuando ella le sonrió,
- Estás cansada - le dijo él amablemente y Cami levantó una ceja.
-¿Lo estoy?
- Definitivamente.
- ¿Por qué me da la impresión de que mientras que la cama es una opción, dormir no lo es? Él le acarició entonces la mejilla.
- Eso en su momento.
Benja se levantó y le dio la mano para ayudarla. Su mirada tenía una promesa de pasión y algo más.
- Yo me ocuparé de hacer todo el trabajo - dijo. Cami tragó el nudo que, repentinamente, se le había hecho en la garganta.
- Bueno, eso es un alivio.
Mucho más tarde, ella pensó que la intimidad no llevaba a nada mucho mejor que eso. Él tenía el tacto, la habilidad, el conocimiento suficientes como para volver loca a una mujer
Un leve roce de sus dedos, un roce de su boca y ella estallaba en llamas.
Cuando estaba a punto de dormirse, pensó que podría ser que él hubiera empezado aquello, pero había sido ella la que lo había terminado. Gloriosamente exultantes en una culminación mutua que los había llevado hasta lo más alto. Lo había oído gemir un instante antes de que hubiera cortado sus gritos con los labios, y sus cuerpos se convulsionaron juntos. Luego, se estremecieron con un calor de pasión tan intenso que ella dudó mucho que nunca hubiera experimentado nada igual.
Cami se quedó dormida y despertó cuando los experimentados dedos de él la volvieron a acariciar y volvieron a empezar. Se pegó a él cuando le chupó los senos, torturándola hasta que gritó.
Luego le cubrió de besos hasta la base del cuello y a continuación, tomó posesión de su boca con un beso que le quilo la respiración.
Con un solo movimiento. Benja se puso de espaldas arrastrándola con él y ella sonrió cuando le tocó el turno de acariciarlo antes de tomarlo en su interior, montándolo duramente hasta que la respiración se le escapó entre los dientes apretados.
Después, él la siguió abrazando y le apartó el cabello del rostro.
- Espero que no tengas planes para nada aventurado durante las próximas horas - dijo ella.
-¿Nada de unas carreras vigorosas por la playa? ¿Un baño en la laguna? ¿Un partido de tenis mañanero? - bromeó él y le dio un beso en la frente.
- Como mucho un desayuno en la cama a las ocho.
-A las ocho y media- respondió él acariciándola,
- Muy bien.
Cami cerró los ojos sin ser consciente de que Benja la estaba mirando mientras se quedaba dormida,
Se despertó cuando oyó el timbre de la puerta. Era un botones que les llevaba el desayuno. Se puso una bata mientras Benja lo llevaba todo a la mesa.
Él había descorrido las cortinas y tenían una vista magnífica sobre el océano.
Zumo de naranja, cereales y un café aromático para ella y beicon, huevos y tomates para Benja.
Después, se ducharon y se dedicaron a explorar el Palazzo Versace. Volvieron al hotel para tumbarse lánguidamente bajo una sombrilla junto a la laguna.
Aquello era maravillosamente relajante, pensó Cami mientras paseaba la vista por el agua de la laguna. Había una pacifica sensación de aislamiento y de estar fuera del tiempo, ayudada por la inmensidad del océano. Podía cerrar los ojos e imaginarse que estaban en el borde del mundo.
- ¿Quieres que almorcemos aquí o vamos al Tedder Avenue?
El sonido de la voz de Benja la hizo sentarse y se bajó las gafas de sol.
-¿Puedo elegir? Tedder Avenue.
La zona había cambiado desde la última vez ella había estado allí y ahora estaba llena de cafeterias y terrazas donde la élite social se sentaba en las terrazas para ver y ser vista.
La Costa Dorada proporcionaba un relajado estilo de vida, muy lejos de la agitación de la ciudad.
Las casas eran de todo tipo, estilo griego, toscano, caribeño, provenzal y andaluz, de colores variados y con nombres exóticos. Y también estaban extraordinarias mansiones junto al río Nerang y enormes y blancas playas de arena.
Para Cami era un lugar maravilloso.
Benja eligió un restaurante cuya especialidad era el pescado y marisco y los dos disfrutaron de langostinos, ostras y langosta servidos con una gran variedad de ensaladas.
Benja pidió champán, un magnifico Dom Perignon muy frío.
-¿Estamos celebrando algo? - le preguntó ella.
Benja tocó el borde de su copa con la de ella.
- La vida - respondió sonriendo -, ¿No es una celebración en si misma?
SÍ, pensó ella muy consciente de que él había organizado ese fin de semana con solo ese propósito en mente.
Y, por un tiempo, ella iba a compartir la suya. Luego, se separarían y seguiría cada cual su camino. Pero, para ella, la vida ya nunca sería la misma.
Cuando llegara el momento, ¿sería capaz de apartarse fácilmente de él?
¿Por qué solo con pensarlo sentía un dolor interior?
Cada día, cada noche entre sus brazos, le hacían mas difícil la perspectiva de la separación, ya que había una necesidad intrínseca que temía que solo él podía llenar.
Era algo más que sexo. Era una parte de su corazón, de su alma, de todo lo que ella era y más. ¿Podría ser amor?
Cielo santo. Estaba siendo una tonta dejando que emociones se impusieran a su cerebro,
Enamorarse de Benja Velez-Aguílera era muy parecido a asomarse al borde de un precipicio. La supervivencia no era una opción.
Cuando se marchara, sería lo más duro que habría hecho en toda su vida.
¿Y Benja? ¿Podría cambiarla por otra sin pensárselo dos veces? Estaba segura de que había un montón de mujeres dispuestas a tomar su lugar, con Sasha a la cabeza.
¡Seguramente, al cabo de unas semanas, é1 se habría olvidado de su existencia!
-¿Más champán?
Miró su copa vacía y no recordó haberla terminado.
- Si, por favor.
Cami raramente tomaba más de una copa, y Benja la miró con los párpados entornados mientras rellenaba las dos copas,
Después de almorzar, Benja le sugirió un paseo en coche por el interior y se dirigieron al monte Tamborine, donde recorrieron algunas tiendas de artesanía, y luego volvieron a la costa por Canungra.
Ya habla oscurecido cuando volvieron al hotel Se ducharon, se vistieron y fueron andando hasta la marina, donde cenaron en un restaurante famoso por su buena cocina.
En la sobremesa, estuvieron charlando, disfrutando del vino y de la tranquila vista hasta casi las once de la noche, cuando volvieron a su suite del hotel. donde hicieron el amor larga y dulcemente.
El domingo, se levantaron tarde, bajaron a desayunar al comedor y luego se tumbaron bajo una de las sombrillas junto a la laguna. Después hicieron un pequeño crucero en barco por los canales y volvieron a tiempo para cambiarse, hacer las maletas y volver al aeropuerto para tomar el vuelo nocturno a Sydney,
Había sido un fin de semana maravilloso y, exactamente, lo que ella necesitaba, pensó Cami durante el vuelo.
- Gracias,
Benja le tomó la mano y se la llevó a los labios.
- De nada.
Esperó hasta el amanecer para decirle que iba a tomar el primer vuelo de la mañana para Melboume, ya que tenía algunas reuniones allí, y en Adelaida, Brisbane y Perth.
-¿Cuánto tiempo vas a estar fuera? - le preguntó ella mientras él la mantenía abrazada después de pasar toda la noche haciendo el amor tumultuosamente.
- Tres o cuatro días - respondió él y le rozó los labios con los suyos -. Échame de menos.
Oh, sí, lo haría. Todos los días, todas las noches. Sobre todo por las noches,
- Puede - dijo ella y él le mordió el lóbulo de una oreja -. ¡Eso duele!
- Eso pretendía.
Ella le devolvió el mordisco. Y se sorprendió cuando él la hizo darse la vuelta y se colocó encima,
-¿Quieres jugar?
La boca de el estaba muy cerca de uno de sus senos y ella apretó los labios contra la frente de Benja, bajándolos luego hasta su nariz. Luego, ladeó la boca para besarla de lleno en los labios.
- Creo que deberías conservar tus energías - murmuró Cami.
Benja se rió y la sorprendió con beso breve y duro.
- Ah, te preocupas por mi bienestar murmuró -. Muy conmovedor. Pero ya es hora de ducharme, vestirme y de que me vaya al aeropuerto.
Cuando salió del cuarto de baño, ella estaba dormida y no la despertó mientras se vestía. Luego, se quedó mirándola por un momento y lamentó tener que marcharse. Se inclinó y le apartó suavemente un mechón de cabello de la cara, se volvió y salió de la habitación.
Cami se djjo a sí misma que estaba disfrutando de la libertad de estar completamente a cargo de su vida durante la ausencia de Benja, pero solo tuvo que pasar sola la primera noche en la cama que habían compartido para darse cuenta de que se había equivocado.
Echaba mucho da menos estar entre sus brazos, la sensación de su cálido cuerpo contra el suyo propio. Echaba de menos el sexo, pero lo peor de todo era que lo echaba de menos a él
Consecuentemente, pasó una noche agitada y, a la mañana siguiente se despertó decidida a minimizar los efectos de su ausencia.
Llamó a Maisie y ésta la invitó a quedarse en su casa el martes por la noche. Además, ella le había prometido a Sammy que lo invitaría a comer en un restaurante si sacaba buenas notas en las pruebas de antes de los exámenes finales, cosa que el chico había hecho, así que decidió invitarlo a cenar el miércoles por la noche. Eso le dejaba libre el jueves. Tal vez con Maisie y algunas amigas más podrían organizar una fiesta o ir al cine.
Entre el colegio, preparar las lecciones y una vida social activa, no tendría tiempo de pensar en el hombre dinámico que había logrado metérsele bajo la piel e invadir su corazón.
El martes por la tarde, Cami entró en el supermercado, tomó un carrito y empezó a llenarlo de cosas. Eran casi las cinco cuando volvió a la casa y empezó con los preparativos.
Maisie llamó a la puerta a las seis y Cami se secó las manos y le abrió la puerta exterior. Luego fue a hacer lo mismo con la puerta de la casa.
- Vaya, esto tiene clase de verdad - dijo Maisie cuando entró -. ¿Me enseñas la casa?
- Claro, ¿por qué no? ¿Después de cenar? Tomemos primero una copa de vino y luego cenaremos, Después te enseñaré la casa.
Estaba bien eso de sentarse y charlar con la tranquilidad que daba una larga amistad. La cena no estuvo mal y así se lo dijo Maisie.
- Tú le amas, ¿no?
Maisie le preguntó eso de repente y a Cami le costó un momento encontrar la voz para responder.
- Hey, soy yo, Maisie. ¿Recuerdas?
Cami se puso en pie y empezó a recoger la mesa.
- No estarías aquí con él si no te importara.
La amistad tenía sus desventajas. Una amiga no se echa atrás y te conoce demasiado bien, pensó Cami.
- Estoy tratando de aceptarlo - respondió ella tranquilamente.
La casa y el terreno encantaron a Maisie y después, tomaron unos cafés, vieron unas películas de vídeo y se acostaron tarde.
A Cami le costó trabajo dormir y se despertó al amanecer, se levantó y, después de ducharse y vestirse, bajó a la planta baja, abrió su cartera y empezó con el trabajo del día.
Benja no la había llamado, pero tampoco ella había esperado que lo hiciera. Tenía el número de su teléfono móvil y podía llamarlo cuando quisiera. ¿Pero qué le iba a decir? ¿Que lo echaba de menos?
- Hola, te has levantado pronto.
Levantó la mirada y se encontró con la alegre cara de Maisie.
- El café está caliente - dijo mientras metía todo de nuevo en la cartera -. ¿Qué quieres desayunar?
Maisie llenó dos tazas de café.
- Lo mismo que tu.
-¿Y si nos vamos al cine el jueves por la noche?
- Lo echas de menos, ¿eh?
- Sí.
- De acuerdo. Pero antes nos vamos a cenar, ¿te parece bien? Yo elijo el restaurante y tú la película.
- Hecho.
Media hora más tarde, cada una se metía en su coche y se fueran a sus respectivos trabajos.
Para Sammy era importante que nadie en el colegio supiera que su profesora de literatura inglesa lo iba a invitar a cenar, por consiguiente se comportó con toda normalidad durante las clases.
Cami había quedado con él en el restaurante. Él había insistido en que iría en el metro y no quiso que ella lo recogiera en su casa.
El teléfono sonó justo cuando ella estaba terminando de vestirse y contestó desde el dormitorio.
- Cami,
El sonido de la voz de Benja la llenó de alegría.
- Hola.
-¿Algún problema?
- Todo va bien, ¿Dónde estás?
- En Perth Y todo va bien también por aquí. Llegaré el viernes en el vuelo de la tarde.
- De acuerdo,
-¿Solo eso?
El humor se notaba en su voz y ella añadió:
- La casa está muy solitaria sin ti. La risa de Benja le produjo un efecto extraño en las entrañas.
- Me siento tentado de decirte que tomes el vuelo de por la mañana y te reúnas conmigo aquí,
- Yo tengo un trabajo, ¿recuerdas?
- Puedes llamar diciendo que te has puesto enferma.
- No, no puedo,
- No hagas planes para el viernes por la noche.
El corazón se le aceleró a Cami,
- De acuerdo.
- Necesitas trabajar un poco con tu vocabulario. Aunque lo que tengo en mente no es precisamente hablar. Buenas noches, pequeña.
Ella necesitó un momento para quitarse de la cabeza las imágenes vívidamente eróticas que él había despertado. Luego, tomó su bolso y bajó al coche.
Sammy ya la estaba esperando cuando entró en el restaurante y ella logró ocultar su sorpresa. Parecía mayor que los dieciséis años que tenia y se había molestado un poco con la ropa, ya que llevaba unos vaqueros nuevos negros, la camina planchada y corbata, además de una chaqueta de cuero y el pelo recogido con una coleta.
- Estás muy bien - le dijo Cami.
- Usted también,
-¿Vamos ya a la mesa?
Los condujeron a una y fue Sammy el que confirmó la reserva. A ella le hubiera gustado decir que bien hecho, pero no se atrevió.
Cuando estuvieron instalados, Sammy pidió la carta de vinos, le pidió sus preferencias a ella y solicitó un chardonnay. La carta recibió una atención similar.
- Quiero agradecerle que haga esto por mí - dijo el chico con sinceridad -. Ningún otro profesor se molestaría en hacerlo. ¿Por qué lo ha hecho usted?
- Porque creo en ti.
- Tal vez, si seguimos en contacto, cuando me gradúe la pueda invitar yo a cenar a usted.
- Me encantaría.
Casi había terminado el segundo plato cuando una atractiva pareja entró en el restaurante y se acercó a su mesa.
-¿Cami?
Ella levantó la mirada al oír esa voz femenina y vió a Sasha con Enrico a su lado. Ya era raro que con todos los restaurantes que había en Sydney, fueran a coincidir en el mismo.
- Sasha, Enrico. Este es Sammy D'alvecchio - dijo ella haciendo las presentaciones.
- Esto es toda una sorpresa, querida. Tenía entendido que Benja estaba fuera.
-Y lo está.
Sasha miró a Sammy y luego de nuevo a ella.
- Que disfrutes - dijo.
-A usted no le cae bien - dijo Sammy cuando se hubieron marchado.
-¿Se me ha notado?
-No. Pero es que he aprendido a leer su expresión todos los días en clase. Usted es la mejor profesora que he tenido nunca. Si alguien le causa problemas, solo hágamelo saber.
- Gracias - dijo ella solemnemente.
Pidieron los postres y unos cafés Ya eran más de las diez cuando ella pagó la cuenta y salieron a la calle.
- Te llevare a casa - dijo Cami.
- No, gracias. Tomaré el metro.
- Sammy.
- Ya sabe que vivo en una zona mala de la ciudad No quiero que vaya por ahí sola y por la noche. ¿Capisce?
- En ese caso, deja que te lleve a tu parada.
- Yo la acompañaré hasta su coche - dijo muy serio el chico -. Luego, iré andando a la parada.
Ella quiso discutir, pero sabía que era inútil. Sammy, como si se hubiera dado cuenta de sus pensamientos le tomó la mano.
- Me las puedo arreglar bien yo solo - dijo. Cinco minutos después, Cami estaba sentada en su coche y bajó la ventanilla.
- Cuídate.
La sonrisa de él fue muy cálida,
- Usted también. Y gracias por todo.
Ella esperó hasta que desapareció de su vista y luego arrancó y se dirigió a casa.
La luz del contestador estaba parpadeando cuando llegó y ella apretó el botón correspondiente.
-Cami, querida - dijo una voz femenina -. Soy Sasha. Me ha encantado tu juguetito. Aunque dudo mucho que a Benja le vaya a gustar.
Y esa mujer no iba a poder esperar a contárselo, pensó Cami deseando estar allí para poder ver la expresión de Sasha cuando descubriera que su supuesto jugueteo era un discípulo suyo de dieciséis años.
Esa noche le costó trabajo dormirse y se despertó cuando sonó la alarma del despertador. Después de ducharse y desayunar, se fue al colegio, donde el día fue normal y corriente.
Maisie la llamó durante la hora del almuerzo para confirmar la cita para ir a cenar y al cine.
Esa tarde se encontraron en un café cercano a la sala que habían elegido, cenaron y después se fueron a ver la película.
Cuando salieron lo hicieron riendo y hablando de lo que más les había gustado de la película,
-¿Café? - preguntó Maisie y Cami aceptó.
-¿Por qué no?
Entraron en un bar, pidieron sus cafés y se quedaron allí hasta cerca de la medianoche.
El viernes amaneció brillante y claro, y a Cami las horas le pasaron muy despacio. Eso del vuelo de la tarde tenía poca relevancia cuando ni siquiera sabia la línea aérea con que iba a volar Benja, así que volvió a casa sin saber si él estaría allí o no.
No estaba, así que contuvo su decepción cuando se dirigió a la cocina, tomó el guiso de pollo que había preparado esa mañana y lo metió en el microondas
Era una tontería sentirse tan dolida, se dijo a sí misma mientras se dirigía al dormitorio para ducharse y cambiarse de ropa.
Durante todo el día había sido muy consciente de cómo se iba incrementando su tensión nerviosa y pensar en lo que le podía deparar la noche hacía que la sangre se le calentara.
Se desnudó y entró desnuda en el cuarto de baño, ajustó la temperatura del agua y se metió bajo la ducha.
Se lavó la cabeza y, cuando se fue a enjabonar, una voz masculina dijo:
-¿Por qué no dejas que sea yo el que haga eso?
A CAMI se le cayó el jabón de la mano y abrió mucho los ojos cuando Benja entró también a la ducha.
- Estás en casa - logró decir.
Entonces él le abarcó el rostro con las manos y la besó cálida y apasionadamente.
Luego, le puso las manos en los hombros y se las pasó por su espalda, haciéndola acercarse más; ella se apoyó contra él, exultante ante la magnitud de su excitación.
Una mano le abarcó entonces uno de los glúteos y los dedos de él le acariciaron hábilmente LA parte más sedosa de su cuerpo que respondía tan bien a ese contacto.
Benja notó el temblor que la recorrió cuando él la llevó al climax, y sus labios absorbieron el gemido de ella cuando la hizo volver de nuevo a los alturas del placer.
Cami le acarició los hombros, pasó las manos a sus caderas y apartó su boca de la suya para llevarla a uno de los pezones de Benja e introducírselo en la boca.
No era justo que él mantuviera el control, pero no lo logró por mucho tiempo. Con un movimiento fluido, la levantó contra su cuerpo y se hundió profundamente en ella. Se quedó quieto por un momento y luego salió de ella solo para hundirse una y otra vez, incrementando los empujones mientras el ritmo de ella se acomodaba al suyo.
- Bueno - dijo él jadeante -. Esta si que es una buena bienvenida.
No había roto esa conexión intima y ella se agitó un poco mientras le acariciaba el cabello. Luego, le sujetó la cabeza mientras ladeaba la suya y tomaba posesión de su boca con un leve desliz de su lengua contra la de él.
- Ansiosa - le dijo él cuando pudo hablar.
Cami lo notó endurecerse en su interior.
Esta vez fue ella quien marcó el ritmo y fue dolorosamente lento, con el suave movimiento de dos cuerpos en perfecta armonía.
Cuando terminaron, salieron de la ducha, se secaron y se pusieron unos albornoces.
-¿Tienes hambre? -le preguntó ella.
Benja la miró divertido.
-¿Te estás refiriendo a comida?
Cami se ruborizó, cosa que a él le encantó.
- Por supuesto - respondió ella tratando de recuperar la compostura-. He puesto una cacerola en el microondas y no tardaremos mucho en calentar una barra de pan y preparar una ensalada.
Se dieron de comer el uno al otro y aquello resultó un festín de los sentidos, cada bocado resultó una promesa de lo que vendría más tarde.
- Creo que debería marcharme más a menudo - dijo él.
Cami se puso en pie y empezó a recoger la mesa.
- Déjalo - dijo él y tiró de ella para hacerla sentarse en su regazo -. Te he echado de menos.
Aquella si que era una admisión que ella valoraba. A Cami tampoco le había gustado estar lejos de él La casa le habla parecido demasiado grande y vacía, lo mismo que la cama, sin el calor humano de él, sin sus sabias manos para acariciarla y despertar estas ardientes emociones en ella.
Pero no podía decir esas palabras, temía demasiado lo que él pudiera leer en ellas. En vez de eso, inició un beso que duró hasta que Benja se levantó con ella en brazos y la llevó al dormitorio.
Hicieron el amor larga y dulcemente, alternando lo dulce y lo primitivo durante toda la noche, y no volvieron a la cocina hasta más de las doce del día siguiente.
Fue entonces cuando a ella se le ocurrió preguntarle por su viaje.
- Todo ha ido bien. Pero tendré que volver a Brisbane por unos días a final de mes - dijo él, sonriendo al ver la decepción de ella.
- La otra noche me llevé a Sammy a cenar - dijo Cami cuidadosamente.
- Me imagino que quedaría ampliamente impresionado.
Ella sonrió.
- Sí - Y también invité a Maisie a que se quedara a pasarla noche. Espero que no te importe,
-¿Y por qué me iba a importar?
El teléfono sonó entonces y Benja maldijo en voz baja y fue a contestar.
Cami se puso a hacer unas tortillas y el resto del almuerzo.
Él terminó la llamada justo cuando ella estaba sirviendo la comida en la mesa.
- Voy a tener que trabajar unas horas en el despacho - le dijo Benja cuando se hubo sentado.
- Está bien. Yo también tengo cosas que hacer. Lecciones que preparar para la semana que viene.
Durante el resto del fin de semana no salieron de casa y fue enormemente relajante. Vieron algunas películas de vídeo y, mientras Benja trabajaba, ella se dedicó a leer.
Cuando terminó el fin de semana, volvieron a la rutina del trabajo, lo que fue un evidente fastidio, y también empezaron a recibir invitaciones para los siguientes eventos sociales.
Había invitaciones para el estreno de una película, para una prestigiosa galería de arte y para un cóctel en honor de un alto dignatario que estaba de visita en en la ciudad, Y a ninguna de ellos asistió Sasha.
Tal vez estuviera fuera de la ciudad, pensó Cami mientras estaba junto a Benja en una fiesta que daba el dueño de una de las mansiones que daban a la bahía
Cami ya conocía a algunos de los invitados, con los que habló de la política educacional del gobierno, algo en lo que estaba muy interesada. Estaba enfrascada en ello y no se percató de la entrada de Sasha hasta que terminó la conversación,
- Benja.
Cami casi contuvo la respiración ante la visión perfecta que era Sasha Despojoa.
Benja respondió con su encanto habitual, mientras que Enrico desplegaba su cultivado carisma. Cami solo podía preguntarse como era que esa gente podía hacer su papel en una farsa como esa, donde por dentro todo eran celos y envidias.
- Espero que tu viaje de negocios haya ido bien, querido - dijo Sasha sonriendo, y sin dejar de mirar a Cami, le puso una mano en el hombro a Benja Al parecer, Cami no te ha echado mucho de menos. Enrico y yo la sorprendimos disfrutando de una cena clandestina con un joven muy atractivo.
Cuando miró a Cami esperando la reacción de Benja, a pesar de sonreír, sus ojos llevaban un veneno helado,
Cami vio la expresión de él y la forma en que levantó levemente una ceja mientras la miraba pensativamente.
No tenía necesidad de defenderse y ni siquiera lo intentó.
-Sammy D'alvecchio es un estudiante de dieciséis años que ha sacado las mejores notas de la clase en las pruebas anteriores a los exámenes finales dijo -. El premio por ello consistía en una cena conmigo en el restaurante que yo eligiera.
Hizo una pausa y miró decididamente a Sasha y luego se preparó para rematarla.
- No había ninguna necesidad de insultarme a mí o a Sammy por ese asunto dejando un mensaje en el contestador y llamándolo mi juguetito
- Parecía que por lo menos, tenía veinte años, querida - protestó Sasha.
- Como muchos de los chicos de dieciseis años sin el uniforme escolar - respondió Cami,
- Creo que estás tergiversando las cosas - dijo Sasha al tiempo que soltaba la mano que le estaba sujetando Enrico.
-¿Y por qué lo iba a hacer? Vosotros os acercasteis deliberadamente a nuestra mesa y yo os presenté.
- Déjalo ya, Sasha - intervino entonces Enrico y se la llevó.
- Evidentemente, Sammy debía tener muy buen aspecto - dijo Benja segundos más tarde,
- Estaba apenas reconocible - admitió ella sin apartar la mirada.
- Sasha debería seguir con su vida.
- No quiere renunciar a ti - dijo ella -. Enrico es solo una cortina de humo y yo soy una enemiga fácil.
Benja sonrió amplia y sensualmente.
-¿Qué te parecería si nos fuéramos pronto?
-¿Cómo de pronto?
- Una hora mas y nos podremos marchar sin que nadie se ofenda.
-¿Tan pronto?
Benja se rió y le tomó la mano.
- Vamos a charlar un poco con la gente, ¿quieres?
Eran casi las once cuando se despidieron de los anfitriones y se marcharon de la fiesta.
El aire fresco de la noche le llenó los pulmones a Cami mientras caminaban hacia el coche, y le pareció que no tardaron nada en estar de vuelta en casa.
Benja se la echó sobre el hombro y ella le dio un amigable puñetazo en las costillas.
- Tácticas de hombre de las cavernas, ¿eh?
Una vez en el dormitorio, él la dejó sobre los pies y la besó con un ansia que hizo que el calor le recorriera todo el cuerpo. Se desnudaron apresuradamente, tirándolo todo al suelo y él la depositó sobre la cama sin ninguna ceremonia, amándola ruda y primitivamente.
Aquello se transformó en una pasión que no conocía límites ni ataduras y Cami la compartió sin reservas. El tiempo y el espacio dejaron de existir y solo quedaron dos personas atrapadas por un deseo primitivo.
Mucho mas tarde, estaban tumbados, agotados, con los miembros aún entrelazados, y ella se preguntó sí aquello habría sido igual para Benja ¿Se habría sentido él tan completamente consumido por las emociones?
Cami no podía pensar ni en moverse. Por lo menos, no por el momento. La palabra saciada cobró un significado completamente nuevo paca ella.
Gradualmente, la respiración fue recuperando el ritmo normal y los latidos del corazón se le fueron calmando.
Benja le tocó la frente con los labios y luego los deslizó hasta cubrirle la boca con un beso que estaba tan lleno de cariño que casi la hizo llorar.
Debería ser fácil decirle que lo amaba. Deseaba hacerlo de mala manera. Pero con la alegría de conocer el amor, también llegó el conocimiento de saber que nunca sería correspondido, ya que ella solo representaba el pago de una deuda en carne.
Cami se quedó despierta largo tiempo después de que Benja empezara a roncar levemente. Entonces se levantó de la cama, tomó una bata y bajó las escaleras en silencio.
La luz de la luna se filtraba por los amplios ventanales que daban a la terraza y ella se quedó mirando al exterior, perdida en sus pensamientos.
Cada día le resultaba más difícil quedarse. Y por las noches.,. ¿Cómo podía continuar haciendo el amor con un hombre que no la amaba? ¿Cómo podía ocupar la misma cama que él, aceptar semejante grado de intimidad cada noche y tratar a la vez de mantenerse emocionalmente distante de el?
¿Cómo era posible que eso no la afectara? ¿Pasar doce meses más con un hombre al que amaba con todo su corazón pare luego marcharse?
Ya era bastante malo ahora. Dentro de un año dudaba de que siguieran intactas su habilidad para sobrevivir y su cordura emocional.
-¿No puedes dormir?
El sonido de la voz de Benja la sorprendió, y se estremeció levemente cuando él la rodeó con los brazos por detrás.
Ella deseó desesperadamente apoyar la cabeza en su pecho y absorber su fuerza.
-¿Cami?
Benja la hizo volverse lentamente sin dejar de abrazarla.
-Esto Tú, yo,.. Nosotros... Cuando termine, yo volveré a un apartamento, reanudaré mi vida...
Sin él, pensó, y sintió como si una parte de ella se muriera.
Él entornó los párpados.
-¿Es que tiene que terminar necesariamente?
Maldita sea, él la quería en su casa, en su cama. La quería suya.
Vio como Cami se ponía pálida y esos hermosos ojos se dilataban.
-¿Cómo puede ser que no?
Cada noche era un vivido recordatorio de lo difícil que iba a ser tener que marcharse No había ningún momento en que no pensara que cada noche que hacían el amor era una noche menos que iban a compartir.
Él lo era todo para ella. Su corazón. Su alma. Nadie más podría serlo.
-¿Y si yo quisiera pedirte que te quedes?
¿Para continuar en el papel de amante? ¿Consciente de que él se podía ver tentado por otra mujer? ¿Esperando, siempre esperando que cayera el hacha cuando él le dijera que se marchara?
Sabía que no lo podría soportar. Solo con pensarlo en ese momento era como si una lanza le atravesara el corazón.
-¿Por cuánto tiempo, Benja? - preguntó valientemente -. ¿Hasta que te canses de mí?
Él levantó una mano y le acarició la mejilla.
- Volvamos a la cama - dijo.
- Eso no resuelve nada.
- Para dormir, querida.
Benja la tomó en brazos y la llevó de vuelta al dormitorio.
No era el momento de decirle que iba a tener que tomar el vuelo del mediodía a Brisbane, ni que estaría fuera algunos días en un viaje de negocios que lo llevarla a Townsville y Cairns, Ya se lo contaría todo por la mañana.
BENJA salió del avión, negoció el viaje de vuelta, tomó su bolsa de la carlinga y luego llamó a un taxi.
Había sido un vuelo muy largo, unos días tensos de duras negociaciones, y estaba agotado. Necesitaba una ducha, un trago de algo fresco y a Cami. En ese orden.
O al revés. Una vez que hubo cerrado el trato había preferido tomar un vuelo inmediatamente en vez de esperar al día siguiente.
La había echado mucho de menos, su cuerpo esbelto, su aroma. Había deseado poner sus manos sobre ella, observarla mientras la llevaba al éxtasis, luego tomarla dura y rápidamente.
A esa hora de la noche, el tráfico era ligero y el taxi iba bastante deprisa por las calles, húmedas por una lluvia reciente. Cuando llegaron le pagó al conductor y rechazó el cambio.
El sistema de alarma estaba conectado, como era de esperar. Ya era tarde y seguramente Cami estaba acostada. Tal vez incluso dormida.
Sonrió cuando pensó en despertarla mientras subía las escaleras.
Cuando entró en el dormitorio, se dio cuenta de que algo pasaba. Lo podía sentir. Encendió la luz y el miedo se apoderó de él al ver la cama vacía.
Miró la hora. Tal vez hubiera salido y estuviera con una amiga, con Maisie.
Fue entonces cuando vio el sobre que habla sobre la cama.
Se acercó, lo abrió y leyó la nota que contenía.
El mensaje era corto, las palabras básicas.
La ropa, los regalos, todo lo que le había regalado, estaba en sus cajones. El talón bancario adjunto a la nota era un insulto añadido.
Lo recorrió entonces un torbellino de emociones, ira, frustración, rabia. Y tenía que admitir que no se había sentido tan impotente en toda su vida.
Era medianoche, pero eso no impidió que hiciera algunas llamadas telefónicas y luego volvió a bajar a la planta baja, entró en su despacho y envió varios e-mails urgentes, solicitando algunos favores.
No recibiría las respuestas hasta la mañana, así que se sirvió un refresco frío y luego se dio la ducha en que había estado pensando.
Se acostó, pero no pudo dormir, así que, al amanecer, se levantó, se puso un albornoz y tomó los primeros mensajes; luego, hizo más llamadas. Desayunó y se vistió. Poco después se metió en su coche y salió a la calle.
Cami contuvo un suspiro de alivio cuando sonó el timbre que indicaba el final de la clase. El día habla empezado mal. ya que había pinchado una rueda, se había encontrado en medio de un atasco y había llegado tarde al colegio. A partir de allí, todo había seguido de mal en peor.
Además, estaba la cada vez más fuerte tensión nerviosa. En cualquier momento, Benja llegaría a casi y vería su nota.
Recogió sus libros y papeles y los metió en su carpeta. Luego, salió al pasillo, y al exterior del colegio.
Una vez allí, fue hacia donde había aparcado el coche,
- Yo le llevaré el bolso.
La conocida voz juvenil la hizo sonreír y le pasó la cartera.
- Gracias, Sammy,
- Tengo algo para usted - dijo el chico.
Se metió una mano en el bolsillo y sacó un pequeño envoltorio.
- No es mucho, pero quiero que lo tenga usted. Por llevarme a cenar.
Cami se sintió conmovida y se lo dijo.
- Ábralo cuando llegue a casa - dijo Sammy.
Ella lo entendió y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta.
- Gracias, Sammy,
- Su novio está ahí.
Cami sintió que el corazón se le detenía cuando vio a Benja apoyado indolentemente en su coche. Se suponía que todavía no debía haber vuelto.
-¿Está bien?
¿Qué podía decir?
- Sí.
-¿Se han peleado o algo así?
O algo así. Se le hizo un nudo en el estómago y se tuvo que obligar a seguir respirando mientras se acercaban.
Sammy fue el primero en hablar.
- Hola, Benja.
Benja le dedicó una sonrisa.
- Sammy...
- Me alegro de volverte a ver.
Benja inclinó la cabeza.
- Hazme un favor y lárgate. Tengo que hablar a solas con Cami.
Sammy los miró a los dos y se percató de la palidez de Cami.
-¿Le parece bien?
- No te preocupes - respondió ella.
Sammy se volvió inseguro y empezó a alejarse.
- Entra en el coche, Cami - dijo Benja.
Él parecía formidable. Sus rasgos parecían esculpidos en piedra y sus ojos tan oscuros, que dolía encontrarse con su mirada.
- Ya hemos hecho esto antes.
- Bueno, volvamos a hacerlo - respondió él. No quería quedarse a solas con él. Si Benja la tocaba, se derretiría, y eso no funcionaría.
- Nos veremos en el café de Double Bay, donde nos tomamos la primera.
Benja deseó retorcerle el pescuezo, pero en vez de eso, inclinó su cabeza y se sentó tras el volante de su coche.
El tráfico iba cargado y tardaron más de lo normal en llegar. Y más todavía en encontrar un sitio para aparcar.
Cami tuvo que caminar una manzana y media y él ya la estaba esperando, mirándola intensamente.
- ¿Café o un refresco?
Cami tomó la silla que él le estaba ofreciendo y se sentó.
- Un refresco, gracias.
Benja le hizo una seña a un camarero, hizo el pedido y se sentó delante de ella.
Cami se dijo a si misma que tenía que tomar el control de aquello,
- Has leído mi nota, ¿no?
Benja dio rienda suelta a su ira.
-¿De verdad te habías creído que podías huir y esconderte, Cami?
- Si hubiera querido esconderme, estaría en otro estado utilizando un nombre falso.
El camarero les llevó las bebidas y se marchó.
-¿Tirarías por la borda deliberadamente todo lo que hemos compartido? - le preguntó entonces él,
-¿El sexo?
Él levantó una ceja.
-¿Podemos empezar de nuevo? Esta vez sin juegos verbales.
- No sé lo que quieres decir.
- Sí. Lo sabes. Explícame por qué te sentiste obligada a marcharte.
- Esto no es un juicio.
Él inclinó la cabeza y sonrió levemente.
- Me conoces lo suficientemente bien como para saber que, si insisto, me darás una respuesta,
- No tengo tiempo. Tengo que volver al trabajo dentro de media hora.
La mirada de él se endureció.
- No.
Cami ya había tenido bastante y se puso en pie.
- Otra noche contigo me habría matado - dijo echando chispas por los ojos -. Porque como soy tonta, y aunque intenté que no fuera así, me he enamorado de ti - dijo y trató de no ponerse a llorar -. ¿Querías una razón? Pues ya la tienes.
Sin decir más, se volvió y salió corriendo hacia su coche.
Cuando se hubo metido en él, arrancó y salió de allí a toda la velocidad que Ie fue posible.
Veinte minutos más tarde, aparcó el Mini y entró en el restaurante, saludó al dueño, su jefe, se puso el delantal y empezó a poner las mesas.
Fue una noche terrible, muy ocupada, con unos clientes que exigían un servicio rápido y que se quejaban de cualquier cosa; además, se equivocó en dos comandas, con lo que consiguió ganarse las iras de algunos.
Se dijo a sí misma que tenía que concentrarse en lo que estaba haciendo y agradar a los clientes, así que se colocó una sonrisa en el rostro, que le fue cansando cada vez más según avanzaba la noche.
Y lo que era peor, su jefe parecía pensar que el que terminara a las once, significaba que ella se iba a quedar más tiempo sin que le tuviera que pagar mas por ello y, a las once y media, Cami entró en la cocina, se quitó el delantal y se marchó.
Veinte minutos más tarde, llegó a la casa que había alquilado y gimió a causa del ruido que salía de la casa de al lado, ¿Una fiesta?
Necesitaba una ducha y meterse en la cama. En paz y tranquilidad. Pero no parecía que fuera a ser así.
La ducha le quito algo de la tensión y solo cuando dobló su ropa se acordó del regalo de Sammy, que seguía en el bolsillo de la chaqueta.
Cami lo sacó y deshizo el envoltorio. Dentro había una pequeña caja cuadrada en la que había un broche de oro con una delicada flor de cristal. Los ojos se le llenaron de lágrimas y lo puso en la solapa de la chaqueta. Al día siguiente, el chico lo vería allí y sabría lo mucho que ese regalo significaba para ella.
Estaba tan cansada que debería haberse dormido nada más acostarse, pero en vez de eso, no dejó de dar vueltas en la cama hasta las tres de la madrugada. Luego, se despertó a las siete, se vistió y desayunó y salió hacia su coche.
Logró pasar el día de alguna manera y nunca antes había agradecido tanto cuando terminó la última clase y pudo marcharse.
Podía meterse en la sala de profesores para preparar el trabajo del día siguiente allí, pero prefirió dirigirse a la bahía. Sentarse a la sombra de algún árbol y tomar algo de aire fresco.
El sol le castigó los ojos cuando salió por la puerta, así que se puso las gafas de sol y empezó a caminar hacia el aparcamiento. Dos estudiantes la saludaron, otro profesor le deseó que tuviera un buen fin de semana, y no se dio cuenta de que el Mini no estaba por ninguna parte hasta que no llegó a su plaza de aparcamiento.
¿Qué pasaba allí?
En su lugar, había un Mercedes plateado y, cuando estaba empezando a reconocerlo, se abrió la puerta y salió Benja.
- ¿Dónde está mi coche? - le preguntó acaloradamente.
- Aparcado en mi garaje.
La ira se apoderó de ella.
- No tienes derecho...
- Entra en el coche, Cami.
-¡De eso nada!
- No tengo ninguno aversión particular acerca de causar una escena. Tienes diez segundos.
Ella optó por la dignidad y entró, pero permaneció en silencio durante todo el trayecto hasta la casa de él.
Una vez allí, en el garaje, vio su Mini y fue a salir del coche nada más detenerse,
- Vamos a hablar de esto dentro, ¿quieres?
- No tengo tiempo,,,
- Te lo voy a poner fácil. Ya no existe tu trabajo en el restaurante,
- Has descubierto donde trabajo y,., ¡No puedes hacer eso!
- Ya lo he hecho - dijo é\ y salió del coche.
Cami lo siguió.
- ¡Te odio!
Benja la miró y sonrió.
- En este preciso momento, supongo que eso es cierto.
Cami deseó golpearlo y, probablemente lo habría hecho si hubiera tenido la oportunidad. Entornó los párpados cuando vio que él abría el maletero del Mercedes y sacaba dos bolsas y una caja de libros. ¡Suyos!
-¿Cómo has sabido...?
Él la miró y levantó una ceja.
-¿Dónde habías escapado? Creo que es evidente.
Lo único que habría necesitado son unas cuantas llamadas telefónicas y la ayuda de algún investigador privado. Esa era la parte que la irritaba. El que hubiera ido a su casa y hubiera entrado en sus habitaciones usando cualquier excusa con la casera.
Respiró profundamente para calmarse y le señaló las bolsas.
- Puedes dejar eso en mi coche,
- No es eso lo que va a suceder.
-¿Cómo que no?
Entonces se echó sobre él y le golpeó con los puños, en el pecho, los hombros, donde pudo. Luego, empezó a darle patadas, pero no sirvió de nada porque él evitó y bloqueó todos sus golpes, para luego agarrarla y echársela sobre un hombro, sujetándola allí hasta que entraron en la casa.
-¡Déjame! - gritó ella sin dejar de tratar de soltarse.
- Tranquila, pequeña.
-¿Qué estás haciendo? - preguntó cuando entraba en su despacho.
Él cerró entonces la puerta y echó el cerrojo antes de dejarla sobre los pies.
-¿Nos estás encerrando?
- Por el momento.
Ella lo miró fulminantemente y luego se alisó la falda y se pasó una mano por el cabello.
- Puedo denunciarte por secuestro.
- Inténtalo.
- Te exijo que me des las llaves de mi coche y me dejes ir
- No,
-¿Por qué? - dijo ella tratando de que no se le escaparan las lágrimas de rabia -. Maldita sea. ¿Qué quieres de mí que no tengas ya?
Eso le llegó de una forma que ninguna otra cosa había conseguido y la empujó suavemente para que se sentara en un sillón. Luego, él apoyó una cadera en el borde de su mesa.
- Tú. Solo tú.
Ella lo miró tristemente y Benja deseó tomarla entre sus brazos inmediatamente.
-¿Has dormido algo anoche? - le preguntó. Ella se encogió de hombros.
- Un poco.
- Y como supongo, no has almorzado.
Eso él no podía saberlo con seguridad, y ella no tenía la menor intención de decirle que tenía tazón.
- Benja.
-¿Has creído que puedes decirme algo como que te has enamorado de mí y marcharte sin más?
-TÚ querías saber una razón por la que me he marchado y yo te he dado una,
- Y luego saliste corriendo.
-¿Y qué esperabas que hiciera, Benja? ¿Quedarme y sentirme completamente humillada por tu diversión? ¿Tienes idea de lo que me ha costado decírtelo? ¿Lo sabes? TU, el endurecido y autosuficiente empresario que tiene todo el control de sus emociones - dijo Cami y se puso en pie -. Y yo, la inocente sexual, nunca tuve la menor oportunidad, ¿verdad? Pensé que podía sacar fuera de mi vida un año, hacer el papel de amante y luego alejarme con las emociones intactas y el corazón entero. Fui una tonta.
Él no dejó de mirarla a los ojos.
-¿Y qué te hace pensar que yo te hubiera humillado? ¿O que me habría divertido?
- Tú puedes tener cualquier mujer que quieras. Sasha esta la cabeza de un montón de chicas ansiosas por meterse en tu cama. Yo fui
-¿Una diversión?
- Sí.
-¿De la que me podría librar fácilmente sin pensármelo dos veces? - dijo él, pero no le dio la posibilidad de responder -, ¿Es por eso por lo que me pasé la mitad de la noche trabajando para terminar pronto las negociaciones y poder volver pronto a casa?
- El sexo está bien.
Él apenas se pudo contener para no tomarla en sus brazos y demostrarle allí mismo lo bueno que podía ser el sexo.
-¿Pero lo puedo hacer con cualquier mujer?
- Eso me imagino.
- Por Dios. ¿Qué clase de hombre crees que soy?
Cami no pudo responder y vio como un músculo se tensaba en su mandíbula.
- NO voy a negar que fue un cierto sentimiento de venganza y la necesidad de que se hiciera justicia lo que me hizo aceptar tu oferta de sacrificio, por supuesto, haciendo que todo estuviera legalmente a mi favor.
Él hizo una pausa, la recorrió con la mirada y sonrió levemente.
- Pronto descubrí el sacrificio que era para ti - dijo recordando su virginidad -. Con cada cosa que hacías me obligabas a reajustar mis primeras impresiones. Fuerza, orgullo Tú tienes esas dos cosas, Y dices que el sexo estaba bien. Pero era más que eso. Mucho más. Para los dos.
Cami casi tuvo miedo de moverse, y no hubiera podido apartar la mirada de él aunque hubiera querido hacerlo.
- Sasha
- Sasha es... Era una conspiradora agradable que quería una relación permanente. Yo no. Fin de la historia.
Sin decir nada más, sacó un documento de un cajón y se lo puso en las manos a ella,
- Leelo - le dijo.
Ella no pudo dejar de mirarlo.
- Léelo, Cami - insistió él.
El documento constaba de dos páginas y las cláusulas légales estaban claras como el agua. Firmado por Benjamín Rojas y con su abogado por testigo. Aquello anulaba el documento original firmado por Benjamín Rojas y Camila Bordonaba. Y la exoneraba a ella de cualquier deuda contraída por su padre, Juan Bordonaba.
-¿Por qué? - logró decir Cami.
- Porque no quiero que nada se interponga entre nosotros dos.
Ella debió sentirse aliviada por eso, pero en su lugar se sintió increíblemente vacía.
- No tenías ninguna necesidad de hacer esto - dijo agitadamente -. Yo te habría devuelto hasta el último centavo.
- Tu sinceridad no está siendo cuestionada - dijo él al tiempo que se apartaba de la mesa y se acercaba luego a ella -. Te negaste a aceptar dinero de mí. Incluso en Nueva York no tocaste ni un solo billete del fajo que dejé en la caja fuerte a tu disposición. Te limitaste a las compras mínimas en lo que se refiere a la ropa. Y te la dejaste toda. Eso, junto con un talón bancario con la mayor parte del sueldo que habías recibido en los últimos tres meses.
- Era un primer pago del dinero que te debía.
- Yo lo he hecho ingresar en una cuenta a ni nombre, ¿Tienes idea de lo que fue para mí entrar en la casa y descubrir que te hablas marchado? ¿Tienes idea? - dijo Benja y maldijo en voz baja -, P