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WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

December 27 2008 at 1:10 PM
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kristy  (no login)

 
OOOoOlaaa kien tnga webnovelas completas o importaria ponermelas?todas las k keraiiss xfaa es k e estado algun tiempo fuera y me e perdido jaja kntextad x favoor

 
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AutorReply
kristy
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 27 2008, 8:59 PM 

up up responded plis!

 
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sorgin_janire
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 28 2008, 12:59 AM 

yo he subido*bailando bajo la luna*
bss

 
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kristy
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 30 2008, 9:24 PM 

muxas graciiaasss:D:D

 
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 31 2008, 1:25 AM 

Yo tengoo maas de 100 novelaaas!!
pereoo por quenomejoor me das tu hotmail y te pasoo un mail con todaas las que tengo y miraas cualee te gustaan? besos

 
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hey

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December 31 2008, 1:48 AM 

hola me gustaria k me pasaras a mi tambien si no es mucha molestia esas novelitas k tienes mi msn es cheyra_16@hotmail.com
:D:D

 
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(Acceso ELI2008)

Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 31 2008, 2:26 AM 


hola,

por favor, si no es mucha molestia tambièn envìame a mi webnovelas

mi correo

chickabella2008@hotmail.com

gracias, saludos

 
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valennn
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 31 2008, 3:55 AM 

titimania08@hotmail.com


por favor yo tambien kiero si se puede

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 31 2008, 10:58 AM 

olaa mi tb x favorr

patty_love22@hotmail.com
si no muxa molestia
bss

 
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luky_tomy
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 31 2008, 12:29 PM 

jajaj m parece k las novelas las keremos muxas jaja. a mi tmb m lo puedes pasar¿? por favor
mi msn es sar_tomy@hotmail.com

muxos besos y gracias

 
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kristy
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 31 2008, 3:33 PM 

jajajajaja y vee k d gnt las kiereee jajaja si klaro aki t doy mi msn pa k me las pases :P
gaditana_kristy@hotmail.com

muxisimas graciiasss:D:D

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 31 2008, 3:49 PM 

si me las pasas ami tambien xfiii si puedes eeeh..

aqi te dejo mi msn : naia_arza@hotmail.com

graxx

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 31 2008, 5:01 PM 

a mi tambien me gustaria k me mandarais webnovelas si teneis muchas gracias

un beso a todas

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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December 31 2008, 5:04 PM 

se me a olvidao poner mi msn es: rebeldewaycamiybenja@hotmail.com

muchas gracias de nuevo

 
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aida11
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 1 2009, 2:04 PM 

Por favor pasamelas a mi tambien.
Gracias! bsos

Mi msn es fndn11_mcf@hotmail.com

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 1 2009, 3:57 PM 


FELIÇ AÑO NUEVO


olas podeis poner tmb algunas webnovelas aki, ya que mi mesenger no me funciona muy bien podria poner alguna persona, alguna webnovela por aki, asta que me funcione mejor, me ariais un gran favor

graciaas

 
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JeCaLa
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 1 2009, 6:26 PM 

nose si sera mucha molestia... pro ya es bastnte trabajo.... crees que m las puedas pasar a mi tb?!! siii??..

sagitary89@hotmail.com


igual gracias!!!

 
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kad
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hola

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January 1 2009, 8:10 PM 

me gustaria recibir tus historias por favor me las puedes mandar al correo

rodriguezailen@yahoo.com

seria muy agradable poder leer algo agradable.

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 1 2009, 8:12 PM 

hoola.. sii nu te moleesta me podrias paasar a mi tabieen ?? porfoo :P si no no importa :D
mi correo es laa_klaudiiaaw@live.cl

 
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 2 2009, 9:31 AM 

YA LES MANDEE UN MAIL CHICAAS CON TOODAAS LAS NOVELAS EN LISTAA! PARA QUE MIREEN CUAL QUIEREEN! POR CIERTOO ME FALTAAN 3 PARA LAAS 200 JAJA :D

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 2 2009, 2:52 PM 

porfa yo tambien los quiero.

ana_rebelde_ana@live.com

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 2 2009, 3:05 PM 

ponlas aki x fa, al menos alguna

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 2 2009, 7:01 PM 

seria muxa molestia q me las pasaras a mi tb las novelas xfis?? :D:D mi msn es verosimon_87@hotmail.com

mil gracias de verdad

bsss y feliz año nuevo

 
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mikita
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 2 2009, 7:18 PM 

y a mi¿? me las podrias pasar tb¿?
te dejo mi msn: lady_dark_moon8@hotmail.com

 
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Gemma
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 2 2009, 8:44 PM 

xfavor!! te agradeceria mucho que me las pasaras a mi tmb si no te importa mi msn es gema_08_12@hotmail.com
gracias un besito

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 2 2009, 9:02 PM 

ola si no es muxa molestia ya me gustaria ke tambien me pasaras a mi tus webnovelas por favor... aki te dejo mi correo: marialm_92@hotmail.com si me mandaras un e-mail con las webovelas te estaria muy agradecida. xao

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 2 2009, 11:01 PM 

mandame a mi esa lista!!!

aitziber.1@hotmail.com

 
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Anonimo
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Re: WeBnOvEAs CoMpLeTaAaAaSsS pLiIiSs

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January 3 2009, 12:01 AM 

Hola!!
Para las personas que queríasquedejásemos webnovelaspor aki,os dejo unas cuantas.

JUEGO DE SEDUCCIÓN

¡Que tal! Soy Mariza Andrade, la chica rebelde del Pueblo, como todos me catalogan, se preguntaran que hice para ganarme ese mote, pues simple, pose desnuda en una revista de caballeros. Si, soy Miss Noviembre, y mi destino cambio a partir de ese día. Pero seis años después mi vida se reencuentra con el pasado, él Pablo Bustamante mi antiguo amor de infancia, un sencillo hombre de campo, conservador y prejuicioso, quiere redimirme, y guiarme por el buen camino, ¿Podrá el lograrlo? o ¿Yo lo corromperé a el? ¿Qué Creen?

¡Chicas! ¡Chicas! ¡Chicas!
El panel publicitario del Salón Rosa se iluminó por unos instantes con aquellas letras, antes de ceder su lugar a un nuevo mensaje: Salen a escena... ¡ya!
Pase de largo y seguí camino hacia el bar, que estaba situado dos calles más allá del local de strip-tease. Solo me había detenido un momento para contemplar las fotografías de las mujeres en topless bailando en un oscuro interior. La tentación sexual que provocaban me había parecido especialmente perversa dado lo temprano de la hora: apenas eran las dos de la tarde.
Por lo demás, esa tentación seguía haciéndome pensar en Mariza, a pesar de los seis años transcurridos. Apenas podía creer que hubiera pasado tanto tiempo desde que ella dejó impresionados a mis amigos de Córdoba, al aparecer desnuda en el desplegable central de la revista Macho. Todavía podía verla exhibiéndose en toda la gloria de sus dieciocho años, sonriéndome a mi y a medio millón de hombres más. Así era Mariza Andrade.
Me habría encantado saber qué sería de ella ahora. Quizá estuviera casada y con tres hijos, aunque me costaba trabajo imaginármelo. Muy probablemente estuviera actuando en un local exactamente como el que acababa de pasar. Eso sí que me lo podía imaginar. La despedida de soltero de aquella noche se efectuaría en un lugar semejante, y lo cierto era que yo no tenía ninguna gana de ir. Tres años habían pasado desde la última vez que estuvo en Las Vegas para participar en un rodeo, pero me acordaba muy bien de un bar. que había por aquella zona. Era pequeño y acogedor. Nada de bailes ni de música alta: solo cerveza fría y un par de anticuadas máquinas tragaperras. El problema era que no conseguía encontrarlo.
Había confiado en refugiarme en aquel bar durante el fin de semana, en caso de que los festejos en honor de mi buen amigo Felipe amenazaran con cargarme. Me gustaba, e incluso me sentía honrado de hacer de padrino. Sinceramente. Pero el compromiso de Felipe y Luisana, anunciado solemnemente en otoño de aquel año, me había recordado que yo era el único de mi grupo de amigos del rodeo que aún no me había casado. Para colmo, mi hermano pequeño, Benjamín, acababa de comprometerse. Y entre todas las chicas tenía que haber elegido a la hermana de Mariza, Camila.
A mi no me habría importado casarme. De hecho, me habría encantado hacerlo. Pero había estado, y estaba, demasiado ocupado con el rancho. Además de que en que el pequeño campo de Córdoba donde vivía, no abundaban las jóvenes. Ahora que Benjamín había sentado la cabeza, tal vez yo tuviera también el tiempo y la oportunidad de buscarme una esposa. Pero mientras tanto allí estaba, perdido en «La Ciudad del Pecado» cuando me sentía especialmente vulnerable a aquel tipo de tentaciones... En aquella ciudad uno podía hacer todo lo que se me antojara, y aquella era demasiada libertad para mi gusto. Solo llevaba unas horas allí y ya podía sentir la pulsión sexual de la ciudad, el impulso de hacer cosas que jamás soñaría con hacer en mi pueblo natal. Y eso me ponía nervioso. Mariza me había producido ese mismo efecto, años atrás, y por eso, muy prudentemente, opte por evitarla. Pero seguía acordándome de ella.
En el siguiente cruce, me detuve para mirar a mi alrededor: licorerías, tiendas de regalos... pero ni rastro de mi pequeño y acogedor bar. Probablemente había cerrado. Con un suspiro, di media vuelta y me encamine hacia el Hotel Bellagio Resort R tenía varios bares, pero todos eran demasiado ruidosos. Lo que yo buscaba era algo tranquilo, con música suave. Era una pena que yo un tipo de veintiséis años fuera tan tranquilo y hogareño, pero así soy yo Pablo Bustamante. No me habría importado encontrarme en aquel mismo instante de regreso en mi rancho, para disfrutar de una maravillosa puesta de sol. Amaba mi Hacienda tanto como lo había amado mi padre, y mi abuelo. Era la tierra de los Bustamante, y siempre me sentía mejor cuando tenía los pies plantados en ella.
Estaba tan concentrado en mis reflexiones que no prestaba atención a los otros transeúntes. Por eso tarde un buen rato en darme cuenta de que la pelirroja que caminaba hacia mi se parecía muchísimo a Mariza. Pero debían de ser imaginaciones mías, teniendo en cuenta que acababa de pensar precisamente en ella. Las flores azules estampadas que destacaban en su vestido eran dulces e inocentes, pero el mismo vestido, corto y vaporoso, no lo era en absoluto. Era una prenda flotante maravillosamente tentadora, que destacaba sus largas y bien torneadas piernas. Calzaba unas sandalias de tacón alto y llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo. Caminaba como Mariza. Por supuesto, aquella no podía ser Mariza. Pero era su hermana gemela: la misma boca de labios rojos, la misma barbilla de gesto decidido.
Llevaba gafas de sol, de modo que no podía verle los ojos. Los ojos eran la prueba definitiva. No había mujer en el mundo que tuviera los ojos de Mariza. Había gente que decía que el castaño era un color relajante. Pero en Mariza no lo era. Ella podía chamuscar el corazón de un hombre con una sola mirada.
La mujer que tanto se me parecía se detuvo en la puerta del local de strip-tease, y yo también. Por supuesto que no se trataba de ella, pero tenía que asegurarme. Vi que sacaba de su bolso una pequeña agenda de piel. Nada más abrirla, se alzó las gafas mientras leía sus anotaciones. Luego la cerró, volvió a guardarla en el bolso y se dispuso a entrar.
-Perdone -la aborde, casi sin pensar-, ¿podría decirme qué hora es? -maldije en silencio. Olía incluso como Mariza.
Sin mirarme, la mujer consultó su reloj. Y alzó la cabeza.
-Son las dos y... -se detuvo bruscamente, contemplándome de hito en hito.
Mi corazón empezó a latir a toda velocidad. Aquellos ojos...
-¿Pablo? Tú eres Pablo Bustamante, ¿verdad?
-Sí, soy yo -la sorpresa me había dejado aturdido.
-¡Guau! -soltó una carcajada-. No me lo puedo creer.
-¿Qué no te lo puedes creer? Soy yo quien no se lo puede creer. Estaba pensando precisamente en ti y, ¡bam! Apareces de golpe -enseguida me arrepentí de mis palabras. No debí haber dicho eso.
-¿De veras? -los labios de ella se curvaron en una sonrisa-. ¿Estabas pensando en mí después de tantos años? Qué halagador
-Bueno, yo... er... -volví a maldecirse. Me estaba ruborizando.
-¿No será tal vez que te has acordado de mí... -su sonrisa se amplió-... al ver ese letrero que ahora brilla sobre nuestras cabezas?
Como era habitual en ella, sabía pulsar los botones adecuados para ponerme nervioso.
-Bueno, Mariza, es mejor olvidar ese tipo de cosas, ¿no te parece?
-Evidentemente tú no las has olvidado -extendió una mano para darme una cariñosa palmadita en el brazo-. Está bien. No todos los días la chica que solías acechar en el pueblo decide aparecer completamente desnuda en una revista. Los chicos de Campo no están acostumbrados a ese tipo de cosas.
-Yo creo que la mayoría ya se ha olvidado de eso -mentí-. Bueno, dime, ¿cómo te ha ido? -esa sí que era una pregunta original.
-Bien.
-Me alegro -otro brillante comentario. Tenía que admitir que tenía buen aspecto.
-¿Y a ti? me indagó ella.
-Bien también -me preguntó qué tipo de pintura de labios usaría para que le quedaran siempre como si acabara de humedecérselos. No debería estar mirando tan fijamente aquella boca, pero era más seguro fijar la mirada allí que en el resto de su cuerpo.
-¿Qué te ha traído a Las Vegas?
Tuve que detenerme a pensarlo. Ah, sí, Felipe.
-Un amigo mío se va a casar.
-¿Ah, sí? ¿Lo conozco yo?
-No lo creo, es de Bariloche. Nos conocimos en un rodeo hace unos años.
-¿Y tú, Pablo? ¿Encontraste por fin una ranchera con la que casarte?
-No. He estado bastante ocupado -vacile, no muy seguro de querer decirle más. Después de todo, había sido ella quien decidió romper el contacto con toda la gente del pueblo, padre y hermana incluidos. Pero finalmente me decidí-. Mi padre murió hace un par de años.
-Oh. Lo siento, lo siento de verdad. Era un gran hombre.
-Gracias. Sí que lo era -no podía recordar haber visto nunca compasión alguna en sus ojos. Desafío sí, muchas veces; malicia muy a menudo y, una noche memorable, deseo. Pero jamás aquella tierna compasión.
-¿Así que Benjamín y tú llevan solos la hacienda?
-Sí -en ese momento sí. Seis meses atrás no habría podido darle esa respuesta, porque por aquel entonces Benjamín solía pasar más tiempo persiguiendo mujeres que enlazando terneros. Pero Camila le había hecho sentar la cabeza-. Esa es otra novedad. Benjamín va a casarse.
-¡No me digas! -sonrió-. ¿De penalti?
-No. Se casa con tu hermana.
Una expresión de absoluta incredulidad asomó a sus ojos, para ser rápidamente sustituida por otra de conmovedora vulnerabilidad. Desvió la mirada.
-Bueno. Camila siempre tuvo una especial debilidad por él, pero mucho me temo que está cometiendo un enorme error.
-Hace unos meses yo mismo habría estado de acuerdo contigo, pero te sorprendería ver lo mucho que ha cambiado Benjamin. Cada día se va haciendo más y más responsable.
-Qué pena.
La inevitable irritación que siempre había formado parte de mis conversaciones con Mariza volvió a asaltarme. Si todo el mundo tuviera la misma actitud despreocupada ante la vida que ella, nada podría funcionar debidamente.
-Vaya, pues resulta que yo me alegro por él.
Mariza me lanzó una insolente sonrisa, como advertencia del hiriente comentario que seguiría a continuación.
-No me extraña. Tú ya naciste viejo.
-Todo el mundo acaba por madurar, tarde o temprano -repuse, tensando la mandíbula-. Incluso tú.
-No si puedo evitarlo. Y en cuanto a Camila y a Benjamin, ambos disponían todavía de mucho tiempo por delante antes de que terminaran cayendo en una aburrida rutina. Pero no, se han apresurado a atarse entre sí, y a aquella bendita hacienda. Detesto ver esas cosas.
-Nadie te ha pedido que las veas -enseguida me di cuenta de que aquello había sido un golpe bajo. No había querido decirle eso. Pero ya no podía retirarlo, y no sabía cómo atenuar el efecto de lo que acababa de decirle.
-No, supongo que nadie me lo ha pedido -repuso, dolida. Volvió a bajarse las gafas, y cuando volvió a hablar su tono de voz no era ya tan seguro-. Supongo que mí padre seguirá tan cascarrabias como siempre, ¿no?
No me conmovió que hubiera tenido el coraje de preguntar por Martín. Durante su adolescencia, Mariza había tenido peleas muy amargas con su padre, y Martín prácticamente la había echado de su casa tras el incidente de la revista. No había querido expulsarla de verdad, pero ella, a sus dieciocho años, se lo había tomado como si lo fuera. Y después de aquello ninguno de los dos había sido capaz de tragarse su orgullo para retomar el contacto.
-Martín está bien -respondí con tono suave, tranquilizador-. Disfruta de una salud de hierro.
-No me sorprende -repuso Mariza con una mueca, aunque parecía aliviada-. Creo que nunca toleraría la presencia de una enfermedad en su vida -se irguió-. Bueno, ahora que ya nos hemos puesto al tanto de las últimas noticias, será mejor que me vaya. Tengo una entrevista.
Casi me había olvidado de dónde estábamos. Antes de abordarla, Mariza había estado a punto de entrar en aquel local de strip-tease. Tuve un mal presentimiento.
-¿Una entrevista? -pregunte, fingiendo un tono indiferente.
-Sí. Una entrevista.
-Oh -se me encogió el estómago. Una entrevista de trabajo. El desplegable central de aquella revista volvió a asaltar mi mente y comprendí, sin la menos sombra de duda, que se disponía a pedir trabajo en aquel local.
-Escucha, tengo un poco de prisa. Ha sido estupendo verte. Cuídate, Pablo -y se volvió hacia la sombría entrada.
-No entres ahí -sin pensármelo dos veces, la agarró de un brazo
-¿Por qué no? -me miró sorprendida.
-Hay mejores maneras de ganarse la vida -me quede sin aliento al sentir la tibia y tersa piel de su brazo desnudo. Me acorde que tenía una piel maravillosa. Una piel que pensaba lucir delante de desconocidos...
Con su mano libre, Mariza se alzó las gafas. Estaba pasmada.
-¿Y cómo te crees tú que me gano la vida?
-Yo... no estoy seguro, y para serte sincero preferiría no saberlo. Solo te estoy pidiendo que no vayas a esa entrevista. He estado en lugares como este. Sé lo que se espera de las mujeres que...
-¿Ah, sí? ¿Lo sabes?
Le solté de repente el brazo, como si su contacto me hubiese quemado.
-Maldita sea, Mariza. Ya sabes de lo que estoy hablando.
-No te creas. Me cuesta trabajo imaginarme a Pablo Bustamante es un local de topless. ¿Alguien te engañó para que entraras?
-¡No! -aquella mujer siempre terminaba por sacarme de quicio-. ¿Sabes? No soy ningún santo.
-¿Quieres que te ponga a prueba? -se burló, sonriendo.
-Mira, Mariza. Hace años tú parecías decidida a enfilar tu vida en cierta dirección, y no quisiste escuchar los consejos de nadie. Pero ahora mismo yo te estoy pidiendo que... que reflexiones. Quizá este encuentro nuestro no haya sido tan casual. Quizá haya llegado la hora de que pienses en otras opciones...
-A ver si lo entiendo -un brillo de malicia asomó a sus ojos-. En lugar de entrar ahí y con seguir un empleo enseñando mis... ya sabes, a los clientes, tú quieres que me reforme y consiga un trabajo más respetable. ¿Es eso?
-Te estás burlando de mí, pero sí, es eso.
-Quieres salvarme de mí misma.
-Ay, diablos, Mariza. No es que bailar en topless sea tan terrible. Sé que me tomas por un remilgado puritano, pero no lo soy. Y comprendo que siempre has querido ir contra corriente. ¿Pero no te parece que esto ya está durando demasiado? Yo pensaba que a tus años ya te habrías dedicado a otras cosas...
-¡Si ni siquiera he cumplido los veinticinco!
-Pero te queda poco.
-Ocho meses todavía. Casi un año.
-¿Lo ves? Es la edad perfecta para cambiar -pensé que ella parecía mucho más joven.
-¿Y a qué clase de trabajo me debería dedicar?
-No estoy seguro -Me frote el cuello-. Pero quizá a los dos se nos ocurra algo...
-¿Y cuándo sería eso? Tú tienes que asistir a una boda, y yo necesito vivir mientras tanto.
Pensé que en eso radicaba el problema. Si Mariza estaba buscando trabajo, era porque no andaba bien de dinero. Y yo no podía decirle a una mujer como ella que se olvidara del dinero que ganaba haciendo esas cosas y se dedicara a... a servir hamburguesas. Se me reiría en la cara. Pero no iba a convencerla de nada si seguíamos conversando en plena calle.
-¿Cuánto tiempo llevas en Las Vegas?
-Llegué ayer mismo -me respondió ella.
-Ajá -pense rápidamente. Tenía que ir con cuidado-. Entiendo. Acabas de llegar y necesitas un empleo, pero... ¿no podrías esperar un poco para que pudiéramos hablar sobre ello? Solo el fin de semana. Yo podría cubrir tus gastos durante estos días...
-¿Te refieres a pagarme un alojamiento y manutención? Ni hablar.
-Entonces te propongo una cosa: deja la habitación de hotel que has reservado y vente a la mía durante este fin de semana.
-¿Quieres que me traslade a tu habitación? -Me miró con un brillo de interés en los ojos.
Aquello disparó en mi memoria un vívido recuerdo. Con solo dieciséis años, Mariza me había besado con la pasión de una mujer cierta noche en el granero.
-Estrictamente como amigos -Me apresure a aclarar-. Es una habitación grande. Yo dormiré en el sofá del salón y tú en la cama del dormitorio. No se trata de una proposición, Mariza.
-¿Estás seguro? -aquel brillo travieso volvió a sus ojos-. Sé que eres un tipo discreto, pero ya no estamos en el campo. Nadie de allí tiene que enterarse de esto. Y ya sabes la «mala chica» que soy yo.
-Es precisamente esa manera de pensar la que tienes que abandonar de una vez por todas -replique, algo acalorado-. La vida es algo más que sexo -sabía que tenía que haber más cosas, aunque en aquel instante no se me ocurría nada.
-Vamos a ver si me aclaro. Me estás invitando a quedarme en tu habitación durante este fin de semana, pero no tienes ninguna intención de divertirte conmigo. En lugar de ello, vas a... asesorarme.
-Exacto.
-Antes te pregunté si tenías una esposa esperándote en casa, y me respondiste que no. ¿Pero no habrá alguna novia más o menos estable?
-No la hay -ahora que pensaba en ello, habían pasado meses desde la última vez que había salido con una mujer.
-Pablo, ¿no serás gay? -al ver mi expresión, se apresuró a añadir-: No, claro. Bueno. No estás comprometido con nadie, no eres gay, y no quieres mantener ningún tipo de relación sexual conmigo.
-Efectivamente -mentí. Por supuesto que quería tener relaciones sexuales con ella, siempre lo había querido, pero esa era una mentira que no me provocaba ningún remordimiento.
-Pues entonces debes de ser un santo que acaba de caer del Cielo para salvarme de mi propia maldad. De acuerdo, acepto.
Me aclare la garganta y me esforcé por aparentar más confianza de la que sentía.
-Estupendo -ahora que ella me había dejado muy claro que solo un santo se atrevería a resistírsele, comenzaba a arrepentirme de la idea que había tenido. Pero si podía encontrar la fuerza suficiente para mantener las manos quietas, entonces quizá Mariza podría desarrollar una nueva imagen de sí misma. Después de todo, mi hermano se iba a casar con su hermana. No tardaríamos en convertirnos en cuñados-. Quizá debamos ir a recoger tus cosas.
-Oh -pareció súbitamente preocupada-, el caso es que, er me han perdido el equipaje. Ya sabes, eso suele pasar en los hoteles.
-Oh -aquello era peor de lo que había pensado. Evidentemente se había inventado aquella historia del equipaje perdido porque debía de alojarse en algún motel de mala muerte y no quería que yo lo supiera. O peor todavía, sus pertenencias eran tan escasas que la avergonzaba enseñármelas. Quizá el vestido que llevaba en ese momento era la prenda más decente que conservaba... Pero ese hecho no hizo más que fortalecer mi decisión de sacarla del pozo en el que se había hundido-. ¡Muy bien entonces! -exclame, consciente de que estaba proyectando más entusiasmo del que exigía la situación. Parecía un maldito vendedor de coches usados. Aclarándome la garganta, lo intente de nuevo-. Vamos a mi hotel. Luego te dejaré algún dinero por si quieres comprarte algo de ropa.
-Ya veremos. Pero antes de irnos quiero entrar para decirles que renuncio a la entrevista. No quiero dejar una mala impresión, en caso de que necesite volver algún día.
-Te acompaño.
-Preferiría que no lo hicieras -me dijo, sonriendo.
-¿Por qué?
-En este barrio, cuando un tipo se pega a una mujer de esa manera, como si no quisiera perderla de vista, la gente inmediatamente piensa que se trata de su chulo.
Se me heló la sangre en las venas al preguntarme cómo habría podido adquirir tanta experiencia en aquellos asuntos.
-Mariza, por favor, dime que tú nunca has...
-No. Nunca. Puede que sea una «chica mala», pero nunca he sido tan mala... -al ver que suspiraba de puro alivio, añadió-: por el momento.
Abrí la boca para lanzarle otra advertencia, pero ella me calló, riendo.
-Relájate. Estaba bromeando. Me conociste durante los primeros dieciocho años de mi vida, así que ya deberías saber lo mucho que me gusta burlarme de la gente. Sobre todo de la gente como tú. Espérame aquí. Ahora mismo vuelvo.
La vi entrar en el lúgubre interior de aquel local. La incorregible Mariza. De repente parpadee varias veces, como si acabara de salir de un trance hipnótico. Acababa de comprometerme a pasar un fin de semana entero con Mariza Andrade. ¿En qué diablos habría estado pensando? Había llegado a Las Vegas en un estado de penosa abstinencia sexual. Y luego invitaba a la mujer más sexy del mundo a dormir en la habitación de mi hotel. Apenas llevaba cuatro horas allí, y la ciudad me tenía ya en sus garras.

Me había especializado en actuar por impulso. Y aquel impulso en particular, el que me había hecho aceptar el indignante plan de Pablo de salvarme podía proporcionarme una gran diversión. Sobre todo si cambiaban las tomas y lo iniciaba a él en el lado oscuro de la vida. Pero entonces... ¿por qué estaba tan nerviosa? Quizá todavía me estuviera resintiendo de la noticia de la inminente boda de mi hermana y Benjamín. Una situación a la que no tendría más remedio que irse acostumbrándome. Sí, ese había sido el motivo principal de mi inquietud.
Evidentemente Pablo no me atraía ya tanto como cuando tenía solamente dieciséis años. Y seducir a Pablo allí, en Las Vegas, sería una fantástica manera de vengarme de la brusquedad con que me había rechazado a tan tierna edad. Pero, para que la venganza fuera dulce, tenía que asegurarme de haber superado aquel trauma. Por supuesto que lo había superado. Sacudiéndome mi inquietud, entre en el local y mire a la joven rubia que se contorneaba en el pequeño escenario. No, no era esa. El sujeto de mi entrevista era una modelo
-¿Quiere una mesa? -me preguntó un hombre delgado, vestido con una camisa blanca y unos ajustados pantalones blancos, apareciendo de pronto a mi lado.
-No, gracias. Me llamo Mariza Andrade y he venido a hablar con Fernanda.
-¡Oh! ¡Es usted la periodista de Maxim, Por favor, siéntese. Ahora mismo voy a buscarla.
Me sente en una mesa vacía. Aquello podría tardar más de lo que había pensado en un principio. Pablo sospecharía de inmediato, imaginando que finalmente me habría decidido a solicitar un empleo. Pero no podía marcharme sin hablar con Fernanda El equipo de música del local no era muy bueno, pero la rubia del escenario era una gran bailarina. Conte hasta cinco clientes, todos ellos concentrados en el espectáculo. Me habría gustado creer que estaban admirando su forma de bailar, pero después de varios años trabajando para la revista, sabía perfectamente que estaban más pendientes de los senos de la bailarina que de su juego de pies. En general, el móvil que espoleaba siempre a los hombres no podía ser más simple, y esa era una de las razones por las que me intrigaba tanto la oferta de Pablo de reformarme moralmente. Sinceramente no creía que tuviera intención de mantener relaciones sexuales conmigo. Aunque bien podía cambiar de opinión durante el proceso...
-¿Mariza Andrade?
Desvié la mirada del escenario y vi a una curvilínea morena, vestida con una especie de maillot de aerobic, de color rojo brillante, frente a su mesa.
-¿Fernanda?
-Esa soy yo -me tendió la mano.
Me levante y se la estreche. Prácticamente tuve que gritar para hacerme oír por encima de la música.
-Por favor, llámame Mariza. Escucha, me temo que ha surgido un imprevisto y no voy a disponer de tiempo suficiente para hacerte la entrevista. Me preguntaba si podríamos quedar en otro momento...
-Supongo que sí -alzó la voz Fernanda, inclinándose hacia mi-. El problema es que tengo cerca un examen de psicología, y necesito estudiar. Esta noche, además, tengo que salir a escena.
-Ya -me alegraba de no tener que entrevistarla en aquellas condiciones. Si lo hubiera hecho, me habría acabado doliendo la cabeza por culpa de la música. Pensé rápidamente. Probablemente esa noche Pablo tendría algún compromiso relacionado con la inminente boda de su amigo, así que podría escaparme-. Esta noche... ¿descansas en algún momento de la actuación?
-Claro -respondió Fernanda. Las dos estábamos ya hablando a gritos-. ¡A eso de las diez y media!
-¿Piensas estudiar durante el descanso?
-¡No! ¡Solo dispongo de un cuarto de hora libre!
Afortunadamente, la música bajó repentinamente de volumen.
-Si quieres, podríamos hacer la entrevista entonces.
-Esta noche estaría bien, pero... ¿crees que tendrás tiempo suficiente?
-Quizá no, pero al menos empezaremos.
-¿Sabes? -Fernanda desvió la mirada hacia la bailarina del escenario-. A Sol también le gustaría que la entrevistaras. Ella no va a la universidad, como yo, pero está matriculada en una escuela de belleza. ¿Eso cuenta?
-Claro que sí. Cualquiera que esté actuando para pagarse sus estudios sirve para el artículo.
-Estupendo. Mira, es la que está actuando ahí. Se mueve estupendamente.
-Sí, ya lo veo.
-Ese chico de allí con la camiseta negra es su novio. Me da una envidia... Es un bombón.
A mi no me pareció nada del otro mundo. Estaba saturada de cabezas afeitadas y múltiples piercings. Los pantalones anchos, a la moda, tampoco le iban. Parecía más un adolescente que un hombre.
-Es guapísimo -añadió la joven, mirándolo extasiada.
-Bueno, Fernanda -hablando de hombres guapos, de repente me acorde del que me estaba esperando en el local-. Nos veremos esta noche.
-Quizá Sol pueda estar también presente para que puedas hablar con ella.
-Eso sería estupendo. Gracias -volvi a estrecharle la mano antes de salir apresurada del local.
Pablo paseaba de un lado a otro de la acera. No estaba relajado, sino tenso, expectante.
-Estaba empezando a preocuparme.
-Perdona. Es que he tardado un poco en encontrar a la persona que necesitaba ver -en aquel instante lo mire de otra manera. Aquel sí que era un bombón. Tal vez no fuera vestido a la moda, pero a mi me gustaba su forma de vestir. Me encantaba su camisa tejana, con botones de perlas, y aquellos ajustados vaqueros que resaltaban las partes más interesantes de su anatomía...
Con ese aspecto, parecía muy bien dotado. Durante años había soñado con explorar las maravillas que escondían aquellos pantalones. A juzgar por las apariencias, tenía un cuerpo hecho para el pecado. Por eso, desde que entre en la pubertad, Pablo siempre había constituido para mi una tentación, un desafío constante. Lo terrible fue que cuando me sonrió la suerte y pude llevármelo aquella noche al granero... él me rechazó. Con muy escasa delicadeza" por cierto. Durante los dos años siguientes estuve intentando vengarse de aquel rechazo, aprovechando la menor oportunidad para repasarle por la cara lo que tanto había despreciado. Y él ni se inmutó. Pero había aprendido bastantes cosas desde entonces, y esa noche íbamos a compartir una habitación de hotel. El episodio de Sansón y Dalila estaba a punto de repetirse
-¿Sabes? He estado pensando... -pronunció, nervioso.
Oh-oh. Alce la mirada adoptando la expresión más inocente del mundo.
-¿Qué es lo que has estado pensando? -tal vez me había sorprendido devorándolo con los ojos. En lo sucesivo, tendría que andarme con cuidado.
-Tal vez podría conseguirte una habitación en el mismo piso. Probablemente así estarías más cómoda.
Definitivamente me había sorprendido devorándolo con los ojos. Debía actuar rápido.
-Mira, cariño, no me gusta ser objeto de la caridad ajena. Te diré una cosa: olvidémonos de todo este asunto.
-No, no. No vamos a olvidarnos de nada- suspiró-. Vamos. El hotel está cerca. Es por aquí.
Así que su hotel estaba, en el centro de la ciudad. A mi también me habría gustado alojarme allí, pero la revista me había reservado una habitación en un hotel de las afueras. Quizá cuando estuviera ocupado con algo, podría ir allí a recoger mis cosas.
-¿Sabes cuál es tu problema? Que piensas demasiado -le comente, caminando a su lado.
-Tal vez. Pero es mejor eso que no pensar nada.
-Ah. Te refieres a mí, ¿verdad?
-No me refería concretamente a ti -sonrió, divertido.
_Oh, lo más seguro es que sí, pero me da igual. No me daré por ofendida. Si hablamos de niveles de cautela, en una escala del uno al diez yo tendría menos quince. Y no me importa -vi que él soltaba una carcajada-. Tú, en cambio, tendrías más de treinta.
-Exageras.
- ¡0h, no, en absoluto!
Me encantaba caminar por la ciudad con Pablo. Con mi estatura y mi belleza física, no eran muchos los hombres que podían hacerme sentir pequeña y frágil. Y él tenía la estatura y la presencia indicadas para ello. Quizá no fuera muy políticamente correcto disfrutar de esa sensación, pero a mi me sucedía eso. Siempre me había sucedido. Oh-oh. ¿Y si no había superado su trauma con Pablo?
-Si soy tan cauto como dices, ¿por qué entonces me dediqué a montar toros en los rodeos?
-Ya he pensado sobre eso. Es un indicio de que conservas escondida en alguna parte de tu ser una pasión por los desafíos -lo tenía superado, decidí. Después de todo, habían transcurrido años desde aquello.
-¿Lo ves? -me miró, satisfecho-. Puedo ser atrevido, cuando quiero.
-Sí, pero esos atrevimientos no te duran más que ocho segundos, o menos. Y eso no es mucho tiempo.
-Oh, sí que lo es. Cuando estás en el calor de la acción, ocho segundos son una eternidad. Toda una vida.
-¿De veras?
-De veras.
-Bueno, espero que no sea esa tu actitud cuando haces el amor. Porque en ese caso tus amigas se sentirán muy, pero que muy frustradas... -ya estaba. Si podía burlarme de él de esa manera, era que lo tenía superado.
-No estábamos hablando de eso -repuso Pablo, ruborizado.
-Yo sí -aquel rubor suyo era tan atractivo...
-Bueno - Pablo se bajó su sombrero sobre los ojos-, pues yo no estaba pensando en ese asunto tan particular, y tú lo sabes.
Pero lo estaba pensando en aquel instante, y en eso consistía mi victoria.
-El caso es que no tengo ni idea de qué tipo de amante eres tú, Pablo. Eres un tipo muy conservador, así que cuando dices que ocho segundos son una eternidad, no puedo evitar preguntarme si te basta con ese tiempo para...
-¡Pues claro que no! -a esas alturas, ya estaba completamente colorado.
-Bueno, pues estupendo. Me alegro de saberlo. Porque la mayor parte de las mujeres necesitamos mucho más de ocho segundos para...
- ¡Soy muy consciente de ello! Y ahora, por favor, ¿te importaría que cambiáramos de tema?
-Claro que no. Me encantaría -me gustaba burlarme de él de aquella forma. Seguía gustándome. Probablemente demasiado.
-Gracias -suspiró, aliviado.
-Oh, una droguería -dije -. ¿Te importaría que entráramos unos minutos aquí antes de ir al hotel? Necesito algunas cosas, y me temo que en las tiendas del hotel estarán mucho más caras.
-Estupendo -comentó Pablo, agradecido de estar haciendo conmigo algo tan inofensivo como ir de compras-. Supongo que necesitarás un cepillo de dientes y y esas cosas.
-Un gran frasco de crema protectora, por ejemplo. Me había olvidado de lo mal que le sienta este sol a mi piel. En el Campo tenía prácticamente que bañarme en crema, ¿recuerdas?
-Me temo que no.
-Oh, claro que te acuerdas. Incluso me hiciste un comentario al respecto una noche, cuando estaba en el porche de la casa de papá, untándome de crema las piernas y los brazos. Dijiste que si seguía así me quedaría pegada a la cama en medio de la noche.
-Mmmmmm.
-Mi favorita es la de aroma a frambuesa, pero quizá no tengan aquí -lo mire de reojo mientras recorrían los pasillos de la tienda. Parecía bastante agitado.
Dos años atrás había redactado un artículo sobre el aroma como factor excitante. Todos los tipos que había entrevistado habían preferido olores fuertes, y la mayor parte recordaban con cariño que sus antiguas amantes habían olido a canela, o a lirio, o, en un caso determinado, a chocolate. Esperaba que Pablo no fuera una excepción, y me acordara del sabor a frambuesa de la crema que había comenzado a utilizar desde que era adolescente. Si no podía encontrarla en la droguería, tendría que ir a buscar la que guardaba en la habitación de su hotel.
Pero la crema con aroma a frambuesa no era su principal objetivo en la droguería. Apenas podía esperar a ver la cara de Pablo cuando descubriera lo que pensaba comprar.

Me había encontrado en numerosos apuros a lo largo de mi vida, y siempre había salido bien de todos. A esa esperanza me aferre mientras seguía a Mariza por la tienda intentando no pensar en el aroma a frambuesas. Aquel aroma me había evocado de inmediato aquel episodio del porche que ella me había mencionado. Todavía podía verla, vestida con unos vaqueros cortos y una breve camiseta, sentada en el viejo columpio del porche con aquella maldita crema en la mano. Para acercarme a ella, me había inventado la estúpida excusa de que estaba revisando aquella zona en previsión de que hubiera alguna serpiente. Mariza no era del tipo de chicas que salieran huyendo ante la mención de una serpiente, así que mientras yo encendía la linterna fingiendo buscar aquellos reptiles, ella estuvo a punto de volverme loco con aquella fragante crema que se estaba untando en las piernas. Y, de esa forma, aquel aroma se grabó para siempre en mi memoria.
Luego, varias semanas después de cumplir los dieciséis años, Mariza me abordó en el granero. Oliendo exactamente como un cuenco lleno de frambuesas frescas. Y sabiendo igual de bien... A menudo me había preguntado si, en aquel tiempo, todavía habría sido virgen. Si ese era el caso estaba seguro de que al poco tiempo había dejado de serlo, después del rechazo del que le había hecho objeto. Rechazarla no me había resultado nada fácil, teniendo en cuenta que ni su apariencia ni su comportamiento se correspondían con la adolescente que en realidad era.
Pero en algún momento de aquel ardiente y húmedo beso había recordado que solo tenía dieciséis años, y que todo el deseo del mundo jamás habría podido cambiar eso. Me había marchado del granero corriendo, escapando de los furiosos insultos que ella me había lanzado. No me había mostrado nada delicado a la hora de interrumpir aquel abrazo, pero la delicadeza era lo último en lo que había pensado en aquellos momentos. Solo había podido pensar en mi propia supervivencia. ¡Cómo la había deseado! Pero ceder a la tentación habría significado enfurecer y decepcionar a los dos hombres que más apreciaba en el mundo: mi propio padre y el de Mariza, Martín Andrade. Martín llevaba años trabajando en la hacienda y siempre había sido la mano derecha de mi padre.
Poco después me había apuntado a una larga gira de rodeo, deseoso de escapar. Durante las breves visitas que hize a casa durante aquellos dos años, descubrí que Mariza se había convertido ya en el sex symbol del pueblo. Y, voluntaria o inconscientemente, siguió excitándome como siempre, como nunca me había excitado mujer alguna. Ahora, en cambio, soy un hombre mucho mayor y debería controlarme. Pero mientras la veía buscar en los estantes su crema de aroma a frambuesas, me pregunte si realmente habría madurado tanto. Al menos por lo que a ella se refería.
-¡Mira! -exclamó de pronto-. ¡Aquí está!
-Sí gruñí. «Desgraciadamente», añadí para mí.
-Bien, y ahora el cepillo de dientes -tomó uno de color rojo-. ¿Qué tipo de pasta usas? -cuando se lo dije, añadió-: Sí, esa estará bien. Podremos compartirla, si no te parece mal.
-Oh, no hay problema -era consciente de que otra clienta, una mujer mayor, nos estaba mirando.
-Estupendo. Me las arreglaré con el champú de tu hotel, pero me niego a utilizar tu desodorante. No quiero oler a hombre.
Aturdido, la segui a la sección de desodorantes. ¿En qué diablos había estado pensando para haberle propuesto aquella ridícula idea? ¿Cómo se suponía que iba a mantener la cabeza fría cuando íbamos a compartir la misma ducha, el mismo lavabo y la misma pasta de dientes? Como buen idiota que soy, segundos después tuve que preguntarle:
-¿Necesitas alguna otra cosa?
-Preservativos.
-¿Para qué? -le pregunte, azorado.
-Me sorprende que me preguntes eso. La verdad, Pablo estoy empezando a preguntarme por el tipo de vida sexual que has llevado durante todos estos años. Ah, allí están. Toma, sujétame estas cosas mientras les echo un vistazo... -y me puso el frasco, el desodorante y el cepillo de dientes en las manos.
-Escucha, no creo que vayas a necesitarlos -pronuncié, aterrado-. De verdad que yo no...
-Oh, si no son para ti.
-¿No? -aquella conversación estaba yendo de mal en peor.
-No a no ser que cambies de idea -estudió las diferentes marcas del surtido.
-No cambiaré de idea, así que larguémonos ya, ¿quieres? -mire al adolescente que se había detenido a mi lado, y que obviamente estaba disfrutando de la escena. El chico sonrió y se marchó. baje la voz-. Vamos, Mariza, deja eso de una vez.
-Tienen unos precios muy buenos. Quizá debería hacer un buen acopio. Cualquiera pensaría que los hombres prefieren comprar estas cosas en tiendas baratas como esta, pero no. A ellos les gusta ser espontáneos, lo que significa pagar el doble en cualquier máquina expendedora. 0, peor todavía, algunos hasta te sugieren que te saltes ese trámite. ja, ja.
-Mira, aun teniendo en cuenta todas esas cosas - lo intente de nuevo-, no creo que realmente tengas que preocuparte de...
-Tengo la costumbre de llevar siempre varios a mano, por si acaso. Y ya que estamos aquí, pues... Vaya -tomó un paquete y empezó a leer-. «Ultra cómodo. Forma única que garantiza una mayor libertad». Me pregunto qué querrá decir esto...
- Mariza.
-Estos son mejores. Es difícil elegir, con estas descripciones tan estupendas. Oh, mira, estos tienen estrías -se volvió hacia mi, con un paquete en cada mano y un brillo malicioso en sus ojos-. ¿Cuál te gusta?
- Mariza Andrade, estás haciendo esto a propósito.
-¡Pues claro que sí! Me gusta hacer una buena compra.
-Estás intentando asustarme, ¿verdad?
-Por la manera en que estás jadeando, yo diría que he tenido éxito -sonrió-En serio que voy a comprar preservativos, Pablo. Al menos dos paquetes. Y te estoy dando la oportunidad de elegir.
-No vamos a necesitarlos -insistí, apretando los dientes.
-Quizá no. Pero esa es la ventaja de los preservativos. Los paquetes son pequeños y se llevan bien. Y puede que llegue un momento en que me agradezcas esta previsión...

Acababa de dejar mis compras en el mostrador de caja cuando sonó mi teléfono móvil. Maldije en silencio. Girándome en redondo, sobresalte al joven dependiente.
-¡Me he olvidado algo! Le grite a Pablo sin detenerme; afortunadamente él se había retrasado unos pasos. Quizá ni siquiera se había dado cuenta de que me habían llamado.
El teléfono volvió a sonar cuando me alejaba hacia la sección de artículos femeninos. Pablo jamás se atrevería a seguirme hasta allí. Una vez a salvo y rodeada de filas de tampones y cajas de compresas, saque el móvil del bolso. Nada más llevármelo a la oreja escuche la familiar voz de mi redactora jefe.
-Mariza, corazón. Buenas noticias.
-Hola, Mía -murmure en voz baja.
-¿Por qué hablas en susurros? ¿Es que estás en el teatro o algo así?
-No, pero no puedo hablar alto. Ni mucho tiempo tampoco.
-Bueno, seré breve. ¿Te acuerdas que te hablé de la posibilidad de ampliar tu artículo entrevistando a unas chicas de New York?
-Me acuerdo, pero... ¿no podría llamarte yo después para hablar de esto? -mire hacia atrás, nerviosa, para asegurarme de que Pablo no andaba cerca-Yo...
-Solo será un segundo. Al editor le gusta lo de New York. Te he preparado a un par de chicas para que las entrevistes allí. El lunes a las siete y media de la mañana tienes un vuelo reservado.
-Mía, yo...
-¿Tienes para apuntar? Mía me dicto el número.
Saque del bolso mi agenda y anote el número, pero durante todo el tiempo estuve pensando que aquel teléfono muy bien podría perder cobertura... en cualquier momento de ese fin de semana.
-¿Lo tienes?
-Lo tengo, Mía, pero te oigo cada vez peor - Pulse un par de veces el botón de desconexión-. ¿Mía? Creo que estoy perdiendo cobertura. Es como si... -Me interrumpí y frote el aparato varias veces por la superficie de una caja, esperando producir un ruido semejante al de las interferencias. Luego volvi a llevármelo a la oreja para tantear la reacción de mi jefa.
-¿Mariza? ¿Qué pasa? ¿Me oyes, Mariza?
-Muy mal -susurre en un hilo de voz-. Creo que es... -frote una vez más el teléfono contra la caja antes de apagarlo. Era muy probable que hubiera convencido a Mía de que no tenía cobertura. Enterré el aparato en el fondo de mi bolso antes de dirigirme de nuevo hacia el mostrador.
Con aspecto extremadamente incómodo, Pablo se había quedado petrificado junto a la bolsa de las compras. El dependiente ya se estaba ocupando de los demás clientes. Yo esbocé una radiante sonrisa.
-Los precios de esas cosas no eran tan buenos, así que al final cambié de idea.
-¿Y qué ruido extraño es ese que estabas haciendo? -me miró con sospecha.
Durante mi alocada adolescencia, el hábito de pensar con rapidez me había salvado innumerables veces.
-Me entró un fuerte picor en el centro de la espalda. Tuve que usar la esquina de una caja para rascarme -Me eche a reír-. Ya estoy mejor.
-Vaya -murmuró, azorado-. Eso lo explica todo.
Deje de reír. Una sola carcajada y, por lo que podía ver, Pablo se había quedado sin habla. Diez años atrás no se había mostrado tan vulnerable ante mí como ahora. Al parecer esa vez le llevaba ventaja... siempre y cuando mantuviera mi corazón apartado del asunto.
-Ahora mismo estoy con usted, señorita -me dijo el joven dependiente, que no debía de tener más de dieciocho años. Me miraba con verdadera adoración.
-Fabuloso -sonreí, haciéndole un guiño-. Tiene usted una tienda muy bonita... -Me interrumpí para echar un vistazo al nombre de la tarjeta roja que llevaba en la chaqueta-... Fran.
Fran se puso tan colorado como la tarjeta.
-Muchas gracias -susurró, concentrándose de inmediato en la caja registradora. Tuvo que aclararse la garganta antes de pronunciar la cantidad.
Abrí mi cartera y saque rápidamente un billete, adelantándomele a Pablo. Segundos después Fran me devolvió el cambio.
-Er, usted... ¿vive cerca de aquí? -me preguntó, nervioso-. Quiero decir ¿le gustaría que la apuntáramos en nuestra lista de correo para... er futuras compras?.
-Gracias, pero en este momento no tengo una dirección fija.
-Oh -Fran miró a Pablo y luego a mi, como dudando de si eramos o no pareja-Bueno, eh... pásese cuando quiera por aquí. Siempre tenemos alguna oferta.
-Gracias, lo recordaré - recogí la bolsa y me volví hacia Pablo-. ¿Listo?
Pablo respondió con un simple movimiento de cabeza, muy serio.
-¡Adiós! -se despidió el dependiente-. ¡Vuelva cuando quiera!
-Adiós -Yo sonreí de nuevo.
Pablo me sostuvo la puerta mientras abandonábamos la droguería. No parecía precisamente muy contento. A juzgar por todos los síntomas, estaba celoso... de un chico que apenas tenía edad para afeitarse. Sorprendente.
-Qué chico más simpático -comente de manera deliberada.
-Por la manera que tenía de babear, a estas horas ya habrá inundado la tienda -pronunció Pablo con tono irritado-. Creo que con un poquito más de estímulo por tu parte se habría animado a pedirte que salieras con él, a pesar de que eres lo suficientemente mayor como para ser su...
-¿Hermana mayor? No podía ser tan joven.
-Ya. Probablemente ayer mismo le dieron su licencia de conducir
-A mí me pareció que tendría unos dieciocho o diecinueve años. Y, por cierto, muchísimos hombres salen con mujeres diez años más jóvenes que ellos y nadie se escandaliza.
-¡No irás a decirme que estás interesada en él! -me miró de hito en hito.
-Bueno, era un chico muy dulce -poner celoso a Pablo era algo que había querido hacer durante años. Deseaba disfrutar un poquito más de aquella fantástica sensación-. Y tenía un delicioso hoyuelo en la barbilla.
-Te burlas.
-Bueno, quizá un poco. Pero, de todas maneras, no me parece tan grave que pueda estar interesada en él. Tengo varias amigas que han escogido a propósito amantes mucho más jóvenes.
-Probablemente para poder llevarlos de la nariz.
Pablo tenía que aprender algunas cosas. Y yo estaba dispuesta a reeducarlo.
-No creo que esa parte de su anatomía les importe demasiado. Un hombre joven generalmente está más dispuesto a agradar, a complacer, y suele tener más... más resistencia.
-Ya -rezongó Pablo-, eso si sacrificas la cantidad a la calidad.
-La calidad es algo que se consigue, y se aprende -baje la voz hasta convertirla en un seductor susurro-. Y los jóvenes tienen tantas ganas de aprender
-Me niego a seguir hablando de esto.
Muy pronto, Pablo me estaría suplicando que hicieran el amor y eso contribuiría a compensar el daño que me infligió cuando rechazó mis torpes intentos de seducción, años atrás. Quizá solo necesitara oírle pronunciar unas cuantas palabras de desesperada necesidad para sacármelo de una vez por todas de la cabeza.

Estaba desbordado. No sólo me veía torturado de deseo por Mariza, sino que además me entraban ganas de matar a cada tipo al que se le ocurría mirarla.
El chico de la droguería no era más que un niño, pero cuando su mirada se vio inevitablemente atraída hacia los senos de Mariza, lo habría despedazado con gusto. Tendría que trabajar sobre esa reacción, porque los hombres de las Vegas no iban a dejar de mirarla durante los próximos días. De hecho, los hombres siempre estaban mirándola. Y lo peor de todo era que no entendía de dónde me había salido ese instinto de protección. Tal vez había desarrollado una especie de complejo de hermano mayor debido a que había crecido con ella, pero Mariza jamás se había comportado como una débil damisela deseosa de que la protegieran. Eran más bien los hombres los que necesitábamos protegernos de ella.
Claro, esa podía ser la explicación, me di cuenta de repente. Nunca había estado dispuesto a enfrentarme al hecho de que mi amiga de la infancia se había convertido en una mujer extremadamente sexy. Cada tipo que se fijaba en ella me recordaba ese hecho que seguía negándome a admitir: por eso me entraban esas ganas de alejarlos de ella, de aniquilarlos. Saber que Mariza nunca toleraría ese tipo de protección había sido una de las mayores frustraciones de mi vida. Por eso lo mejor que podía hacer era alejarme, lo cual le proporcionaría el beneficio añadido de protegerme de mi propia atracción sexual hacia ella.
Eso era lo que debí haber hecho aquel día. Pero no había podido dejarla entrar en aquel local de strip-tease sabiendo que tenía necesidad de trabajo y que al poco tiempo terminaría bailando allí, quizá esa misma noche. Mucho me temía que la despedida de soltero de Felipe acabara en ese mismo local, y entonces tendría que soportar ver cómo mis amigos y un buen montón de desconocidos devoraban con los ojos a Mariza Lo del desplegable central de la revista había sido una verdadera tortura, pero al menos había sido una tortura en papel, y no en vivo...
-¿Cuál es tu hotel? -me preguntó ella cuando llegamos al Strip.
-El Hotel Bellagio Resort R.
-¿Ese que acaban de abrir? ¡Estupendo! Tenía ganas de conocerlo. Dicen que el espectáculo de zambullidas desde su acantilado, por la noche, es fantástico. ¿No tiene también una playa artificial?
-Creo que sí. Aún no la he visto.
-¿Que no la has visto? Todo el mundo habla de ella: arena blanca, olas de agua salada, palmeras. Una reproducción maravillosa. Supongo que las ventanas de tu habitación no darán allí, porque te habrías dado cuenta.
-No. Me temo que dan al aparcamiento -me imagine perfectamente a Mariza tumbada en la arena de aquella playa, con las olas lamiendo sus muslos desnudos. Oh, vaya. Estaba en problemas. Me había pasado años negando su sexualidad, y su sexualidad ahora me estaba pasando factura.
-De hecho, y teniendo en cuenta que tu hotel es de primera categoría, me sorprende que no quisieras quedarte allí y decidieras pasear por una calle tan aburrida como aquella en la que me encontraste.
-Bueno, el caso es que yo...
-Pablo Bustamante ¿planeabas o no entrar en ese local? ¡No irás a decirme que eres un secreto voyeur que paga por ver a mujeres desnudas! -alzó tanto la voz que varias personas se volvieron para mirarme.
-No, no soy nada de eso, pero gracias a ti ahora hay alguna gente en esta ciudad que piensa que lo soy -esbozó una mueca.
-Perdona. Ya sabes que tengo la costumbre de decir siempre lo primero que se me pasa por la cabeza.
-Lo recuerdo bien. Evidentemente en eso no has cambiado
-Tú tampoco. Todavía te preocupa lo que puedan pensar los vecinos.
Me estaba provocando. Yo lo sabía, pero ella seguía haciéndolo. Me pregunte si tendría alguna posibilidad de hacerle cambiar de actitud durante aquel fin de semana. Probablemente no, pero tenía que intentarlo.
-Teniendo en cuenta el pueblo del que ambos procedemos, será mejor que te lleves bien con tus vecinos si esperas sacar adelante tu rancho.
Era una expresión figurada, pero Mariza al parecer se la tomó al pie de la letra.
-Bueno, yo no tengo ninguna Hacienda que sacar adelante. Ni me interesa la vida de nuestro pueblo.
-Ya. Creo que eso lo dejaste bastante claro cuando apareciste en las páginas de Macho.
-Ah, te diste cuenta.
-Todo el mundo se dio cuenta -esa era otra razón por la que debía sacarme a toda costa de la cabeza el delicioso cuerpo de Mariza Andrade. Nunca había sido un tipo que concediera demasiada importancia al sexo. Para mí, una relación física con una mujer necesitaba formar parte de algo más. Y, con Mariza, no podía haber nada más.
-Pablo, acerca de ese desplegable.
Sorprendido por aquel tono vacilante tan inusual en ella, me volví para mirarla.
-Aquello fue como mi billete de salida del pueblo -pronunció, aclarándose la garganta. Su expresión quedaba velada por las gafas de sol-. ¿Puedes entenderlo?
-En cierta forma, sí -respondí, frustrado por no poder verle los ojos-. Quiero decir que si querías salir del pueblo, posar en esa revista debió servir bien a tus objetivos. Y también entiendo por qué la gente del pueblo te parece tan conservadora. Pero cortar completamente todos los lazos...
-Era más fácil así.
-Quizá, pero hasta que te fuiste no te habla ido tan mal, ¿verdad? -al ver que asentía, le pregunte-: ¿Nunca echas de menos el pueblo?
-Sí, a veces -murmuró.
Pensé que Mariza Pía Andrade estaba llena de sorpresas. No había esperado que pudiera admitir algo así tan pronto. Quizá tuviera alguna posibilidad, después de todo.
-¿Entonces por qué no regresas y retomas algún contacto?
-Yo no encajo allí, Pablo. Me parezco demasiado a mi madre.
Apenas recordaba a la madre de Mariza, que había muerto por complicaciones surgidas durante el parto de Camila. Pero Martín me había dicho que su esposa siempre había sido una apasionada de la ciudad, y que se había aburrido viviendo en el campo.
-No me refería a una vuelta definitiva. Pero una visita de cuando en cuando...
-Quizá -sonrió, nostálgica-. Aunque, si he de ser sincera, lo de la boda de mi hermana me ha dado mucho que pensar. Todavía no me has dicho cuándo tendrá lugar.
-Veamos... dos semanas a partir del sábado -calcule-. Vaya. No me había dado cuenta de que estaba casi encima. Y todavía no he comprado ningún regalo.
-¿Tan pronto? ¿Estás seguro de que no se casan de penalti?
-Absolutamente seguro. Fue Benja quien más insistió de los dos.
-Estoy asombrada -Mariza sacudió la cabeza. Camila debe de haber cambiado mucho
-No tanto. Para la hacienda, tiene mejor mano que muchos hombres. Para ser sincero, en algunas cosas es mucho mejor que Benja.
-Entonces no lo entiendo. Ella no es su tipo. A él le gustan las chicas femeninas, y Camila es tan femenina como tú.
-Quizá tu hermana guarde facetas secretas que siempre has ignorado. Supongo que tendrás que preguntárselo tú misma.
-Comprendo lo que estás intentando hacer, Pablo, y te lo agradezco, pero... ha pasado mucho tiempo y han pasado muchas cosas. No creo que fuera bien recibida en la boda.
-Yo no estaría tan seguro -sabía que me estaba arriesgando al decir aquello, pero tenía la corazonada de que tanto a Camila como a su padre les encantaría que Mariza se presentara en la ceremonia. Además, la brecha entre ellos no podía ser mayor, y no perdía nada sugiriéndole aquel acercamiento.

Seguí caminando en silencio al lado de Pablo mientras nos acercábamos al enorme Hotel Bellagio Resort R. Temía hablar demasiado del tema de la boda, de Camila por temor a que Pablo descubriera lo mucho que ansiaba volver a ver a mi padre y a mi hermana. Quizá ahora Camila fuera lo bastante mayor y experimentada como para comprender lo que había ocurrido hacía Ya tantos años. Quizá pudiéramos volver a ser amigas. Solo nos llevábamos dos años de diferencia, y siempre habíamos estado muy unidas. Hasta que yo entre en la Pubertad como un rayo, dejando atrás a mi hermana pequeña. Viviendo en una hacienda donde las -únicas mujeres eran Camila y el ama de llaves de los Bustamante, yo no había tenido cerca a nadie que pudiera ayudarme en aquella fase tan compleja de mi desarrollo como persona. Solo había contado con el borroso recuerdo de mi madre para guiarme, una madre a la que me parecía demasiado, tanto en apariencia física como en comportamiento. O al menos eso era lo que me decía mi padre.
Yo me había desarrollado muy temprano, y Camila tarde. Había tenido incluso la impresión de que Camila intentaba conservar su imagen de marimacho solo para distanciarse de mi, su alocada hermana. 0 quizá ambas nos habíamos repartido la herencia genética de nuestros padres, con Camila pareciéndose cada vez más a papa y yo a mi madre. En cualquier caso, Camila se convirtió en la buena hija a los ojos de mi padre, mientras yo seguía el camino de la chica descarriada. Pero Benjamin jamás se habría sentido atraído por una mujer que no tuviera un toque de malicia, así que tal vez Camila hubiera dejado de ser la chica inocente de antaño.
Al final de la calle, el hotel tentaba a los curiosos con su jungla simulada en el portal, provista de cascadas artificiales. El aire reverberaba con el canto de aves exóticas y el retumbar de tambores.
-¡Qué maravilla! -exclame mientras nos incorporábamos a la multitud que estaba entrando en aquel momento.
-No me gustaría tener su factura del agua. Deben de gastar millones al día en esa tontería -comentó Noah.
-Oh, por el amor de Dios. ¿Puedes hacerme el favor, durante los próximos tres días, de no pensar en cosas tan prácticas como esa? Vas a arruinar mi fantasía si insistes en preocuparte por las facturas del agua y de la luz.
Para mi sorpresa, Pablo se echó a reír.
-Tienes razón -me dijo-. Las Vegas es lo más, y hay que resignarse.
-Estupendo. Todavía tienes esperanza, vaquero. Quizá antes de que pase este fin de semana, tú... -Me olvide de lo que había querido decirle cuando, entre el follaje de la selva, distinguí un enorme acantilado de granito, tan alto como diez pisos-. Dios mío.
Extasiada, me dedique a contemplar la profunda piscina de la base, intentando al mismo tiempo imaginar quien podría tener el coraje suficiente para saltar desde aquella altura.
-Definitivamente quiero ver el espectáculo de los saltos de esta noche. Dicen que es algo magnífico.
-Espero que no te importe hacerlo sola. Se supone que esta noche tengo la despedida de soltero, y Probablemente termine bastante tarde.
-Aquello encajaba perfectamente con mis planes. Así podría dedicarme a mis entrevistas.
-No hay problema. Puedo divertirme muy bien. ¿Pero podríamos pasar antes por recepción para que pueda recoger una copia de la llave de la habitación?
-Oh, seguro -repuso con un tono que lo era todo menos seguro.
-¿Es que te molesta?
-No, no, por supuesto que no.
-Te preocupa que los empleados del mostrador puedan pensar que yo soy una chica... de vida fácil, ¿Verdad? Igual que Richard Gere y Julia Roberts en Pretty Woman.
-Pero yo no... quiero decir, nosotros no...
-Te propongo una cosa para salir de ese mal Paso. En la película, él le dijo a todo el mundo que ella era su sobrina. Así que yo seré tu prima.
-Nadie se creerá eso.
-Pues claro que no, pero fingirán creerlo. Y con eso nos basta, ¿verdad?
-Si decimos que tú eres mi prima sabrán que estamos mintiendo, y entonces sí que estarán seguros de que tú eres... lo que has dicho antes.
-Vale -le sonreí-, ¿entonces qué quieres que les digamos? ¿Que soy una mujer de cascos ligeros a la que estás intentando reformar? Eso será todavía más inverosímil. Preferiría ser tu prima.
Pablo desvió la mirada hacia el acantilado que se alzaba detrás de mí.
-Quizá podríamos compartir la misma llave.
-No creo que funcione, a no ser que quieras que me quede esta noche esperando en la puerta de la habitación a que regreses. Creo que eso tampoco favorecería mucho tu imagen.
-Ya.
-Pablo, estamos en Las Vegas, en «La Ciudad del Pecado. ¿Y qué si tu prima se queda a dormir en tu habitación? Esa será probablemente la situación más sosa que se haya visto por aquí en años. Apostaría lo que fuera a que, hace tan solo una hora, tuvieron que darle a un tipo dos llaves más porque se presentó con sus dos primas gemelas. Así que no tienes por qué preocuparte de lo que puedan pensar.
-Tienes razón -sonrió, irónico-. Vamos por esa llave -pero cuando se dirigía hacia el mostrador, de repente dio media vuelta y mi agarró de un brazo-. Ven por aquí.
-¿Por qué?
En silencio, me apuró a cambiar de dirección y nos fundimos con la multitud de visitantes.
-Pablo, no comprendo lo que estamos haciendo...
-Ahora mismo te lo digo -se dirigió apresurado hacia la base del acantilado, arrastrándome consigo.
De inmediato quede empapada de la cabeza a los pies, debido a la cercanía de la cascada artificial.
-Mira, no creo que...
-Aquí, escóndete aquí -se agachó detrás de una gran roca volcánica.
-Pablo, me estoy empapando. ¿Qué diablos es todo esto?
-El novio -se quitó su sombrero y se asomó discretamente-. Felipe.
-Ah -mire el tenso perfil de Pablo. A pesar de mis quejas, me alegraba de haberme refrescado después del calor que había pasado fuera-. De modo que piensas mantener en secreto mi presencia, ¿eh?
-No había pensado en ello hasta que empezaste a hablar de lo de la copia de la llave, pero luego se me ocurrió que podría resultar bastante... incómodo tener que explicarlo todo.
-Quizá tengas razón -lejos de sentirme insultada, estaba encantada. Uno de los artículos más populares que había escrito para la revista trataba del secretismo como factor de excitación en las relaciones sexuales. Me entusiasmaba ser el secreto prohibido de Pablo durante aquel fin de semana.
-Dios mío, se acerca Felipe. ¿No podrías agachar un poco más la cabeza?
-Claro -tuve que arrodillarme en el césped. Las plantas exóticas despedían un aroma fresco, excitante. Afortunadamente aquello no era el trópico, así que no tenía que preocuparme de que pudiera poner la mano encima de una tarántula por accidente.
Pablo también se había arrodillado. Rodeándome los hombros con un brazo, me atrajo hacia sí.
Mientras me acurrucaba contra él, pensé que el secretismo ofrecía todo tipo de posibilidades y ventajas. Solo había sentido una vez antes el duro contacto de su cuerpo, y no había podido gustarme más. En aquel entonces Pablo no había sido más que un chico, apenas mayor que el dependiente de la droguería. Prefería la versión en maduro. La madurez le sentaba muy bien. Nuestras ropas húmedas parecían derretirse sobre nuestros cuerpos, provocando la ilusión de un contacto íntimo, piel contra piel.
-Siento que te hayas empapado -me dijo suavemente.
-Hay cosas peores -como el insoportable deseo de que me besara, añadí para mí. Contemple su labio inferior ansiando lamérselo. Me preguntó si suspiraría como suspiró aquella primera vez que lo bese, años atrás. ¿Qué sabor tendría aquella boca después de tanto tiempo? Para averiguarlo, necesitaba que bajara antes la cabeza, así que lo llame-: ¿Pablo?
Como estaba previsto, bajó la cabeza para mirarme. Había un brillo en sus ojos.
-Acércate -le susurre-. Necesito decirte algo.
-¿Qué es?
-Las junglas me excitan -y, tomándolo de la nuca, lo bese.

Mi proyecto de reformar a Mariza peligraba. No había pasado ni una hora y ya estábamos retozando en aquella jungla artificial. Por segunda vez en mi vida sucumbió a la tentación de su boca. Por alguna razón, había esperado que se repitiera aquel beso que me había dado cuando solo tenía dieciséis años. Gran error.
En aquel entonces también se había mostrado desbordante de pasión, pero era como si no hubiera sabido qué hacer con ello. Ahora, en cambio, ya había aprendido. ¡Y cómo! La presión de sus labios fue leve al principio. Cálida. Tierna. Seductora. Luego, gradualmente, había ido incrementando la presión, entreabriéndome los labios, deslizando la lengua, excitándome cada vez más...
Cuando me acarició la cadera- el deseo se disparó como un resorte en mis venas. Con el fino vestido empapado, era como si no llevara nada. Teníamos que detenernos. Debíamos detenernos. Pero Mariza olía a frambuesa y sabía deliciosamente bien. El punto donde reposaba mi mano empezaba a calentarse. El corazón me latía acelerado mientras la sangre se agolpaba en aquella previsible parte de mi anatomía. Pero por muy intensa que fuera mi excitación, por muy candente que fuera mi deseo, me sentía a salvo de la tentación... a salvo para explorar su boca y su cuerpo sin preocuparme de que pudiéramos perder absolutamente el control.
Después de todo, nos hallábamos en un lugar público. Estábamos ocultos a las miradas de los demás, y ni siquiera Mariza se atrevería a llegar más allá cuando, a tan solo unos metros, había un sendero lleno de gente. Ni siquiera ella se atrevería a hacer el amor a plena luz del día, en la jungla artificial de aquel hotel. Pero luego ella me guió la mano de la cadera hasta su seno, y entonces ya no estuve tan seguro. Ni tan a salvo.
«¡Tiempo!», me gritó una voz interior. Demasiado tarde. Por primera vez había tocado uno de los perfectos senos de Mariza. Con una ronca carcajada, se arqueó hacia mí. Quizá hubiera un matiz de victoria en aquella carcajada, pero yo estaba demasiado excitado, para preocuparme por eso. De pronto el frente de su vestido se abrió ante mis ojos, y vagamente me di cuenta de que debía de haberse desatado los cordones. Mientras mi pulso acelerado seguía reaccionando a aquel giro de los acontecimientos, escuché un leve chasquido, y la tela del sostén desapareció bajo mis dedos. Acunándome el rostro con las manos, Mariza murmuró:
-Adelante.
Aquello fue un error. Un error definitivo. Pero no podía dejar de mirar. Allí estaban sus senos desnudos, dorados por el sol. La deseaba tanto... Mientras continuaba admirándola, con el corazón latiéndome a toda velocidad, me quede sin aliento. Aquello era un error. Y estaba a punto de cometerlo. De repente escuché un sonido extraño. Clac, clac, clac. Me quede paralizado. Era el innegable ruido de unas tijeras de podar. Solté de inmediato a Mariza.
-¡Cúbrete! -le susurre con tono urgente, disponiéndome a levantarme y ajustándome el sombrero.
Con una anémica sonrisa, Mariza se abrochó el sostén. No parecía tener ninguna prisa. Los tijeretazos del jardinero se acercaban.
-¡Más rápido! -la apure.
-¿Qué problema hay? -preguntó, con un brillo travieso en los ojos-. ¿Tienes miedo de que te vean?
Me la quede mirando y me di cuenta de que aquello no parecía importarle en absoluto. No lo extrañaba. Después de haberse desnudado por completo delante de una cámara, debía de haberse desembarazado del concepto de pudor junto con su ropa. Poseía una libertad que a mi me costaba incluso imaginar. Para mi sorpresa, sentí una punzada de envidia. Mariza terminó de atarse los cordones del vestido en el preciso momento en que apareció el jardinero... que, se quedó con la boca abierta.
-¡Madre de Dios! -exclamó, retrocediendo un paso.
-Ahora mismo nos íbamos -murmure, y extendí una mano para ayudar a Mariza a levantarse.
Bajo la mirada atónita del jardinero, recogió su bolso y las compras que había hecho en la droguería con absoluta parsimonia. Pensé en los paquetes de preservativos que llevaba dentro de la bolsa y me pregunte qué habría sucedido si aquel hombre no hubiera hecho acto de presencia. Mientras se colgaba el bolso al hombro, Mariza lanzó una radiante sonrisa al jardinero.
-¿Qué pasa, Peter? -le preguntó.
Por un instante pensé que tal vez lo conocía, pero luego vi que el empleado llevaba su nombre bordado en el mono de trabajo. La anterior expresión de sorpresa y desaprobación de Peter desapareció al contemplar aquella sonrisa. Incluso sonrió levemente, encogiéndose de hombros.
-Nada, señorita.
-Bien -le hizo un guiño-. Hasta la vista -y rodeó tranquilamente la roca para salir al paseo.
Mientras la seguía, alcanzó a escuchar el suspiro que lanzó el hombre. Mariza acababa de hacer otra conquista.
Me estaba esperando en el paseo. Tenía el vestido y el cabello empapados, con lo cual había atraído un buen número de miradas. Estaba deliciosa. Cuando sali de pronto de la espesura, varias personas me miraron sobresaltadas. Intente comportarme con toda naturalidad.
-El doctor Livingston, supongo -le dijo ella con una sonrisa.
-Pablo, no quiero que te lleves una idea equivocada de eso. Lo que ha sucedido allá dentro ha sido...
-Todo culpa mía -me interrumpió-. Lo siento. He sido una chica mala -pero no parecía sentirlo en absoluto.
-No, no ha sido culpa tuya. Después de todo, fui yo el que te obligó a meterte ahí. Pero, a partir de ahora, tengo intención de que nada parecido vuelva a repetirse. Solo quiero que lo sepas -no dejaba de mirarla a los ojos para no fijarme en la forma en que el vestido mojado se le pegaba al cuerpo. Afortunadamente el sol entraba en el paseo y la tela ya se estaba empezando a secar.
-Muy bien.
-Hablo en serio, Mariza. No hay que llamarse a engaño. Tienes que corregirte y lo sabes.
-Te lo agradezco, de verdad -repuso, divertida-. Y ahora... ¿Por qué no entramos en el hotel de una vez?
-Eso, entremos.
Me dirigí hacia la entrada. Tenía que conseguirlo. El objetivo de todo aquello era poner a Mariza en el buen camino, procurando no pisar en falso. Solo iban a ser tres días. Nada más.

Tres días en un lugar como aquel me darían múltiples oportunidades para corromper a Pablo, pensé mientras me dirigía hacia el mostrador de recepción. No necesitaba ganar la guerra en las dos primeras horas. Necesitaba reservar fuerzas.
Teniendo en cuenta lo sucedido, no debí haberme apresurado tanto. Un beso como aquel había sido demasiado a esas alturas del juego. Demasiado para él... y para mí. Aparentemente todos aquellos años deseando a Pablo me habían afectado. Si el buen Peter no hubiera aparecido a tiempo, habría acabado cediendo al hechizo de aquel lugar. Y, a pesar de lo que él pudiera pensar, yo tampoco estaba acostumbrada a ese tipo de cosas.
Había sido algo estupendo, desde luego, pero poco oportuno. Había estado a punto de echarlo todo a perder por apresurarme demasiado. Si no llevaba más cuidado, Pablo podría replantearse su plan para salvarme. Y yo no quería que se lo replanteara... sobre todo después de aquel beso.
-¿Quieres que espere escondida detrás de aquel macetero? -le pregunté, burlándome-. Así no tendrás que pasar ningún apuro mientras le pides al recepcionista otra copia de la llave.
-Oh, es igual. Después del incidente con Peter, esto es pan comido.
-¿De veras? -aquello se ponía interesante.
Pablo estaba ganando en atrevimiento, y no se había ruborizado. Empezaba a sentirme orgullosa de mi trabajo.
Pablo se acercó al mostrador, dio su nombre y pidió una llave más «para la dama». Yo estaba absolutamente impresionada. Ni siquiera había intentado fingir que era un pariente suyo.
-Por supuesto, señor -el recepcionista ni siquiera pestañeó cuando comprobó la cuenta de Pablo en el ordenador. Pero algo vio en la pantalla que lo alarmó sobremanera-. Oh, vaya. Menos mal que se ha pasado por aquí, señor Bustamante. Hay un pequeño problema con su habitación.
-¿Qué tipo de problema?
-Voy a llamar al gerente para que hable con usted -seguía mirando la pantalla con el ceño fruncido-. Discúlpeme un momento -descolgó el teléfono y marcó un número-. El señor Bustamante se encuentra en recepción. No, no creo que sepa nada. Bien -colgó el auricular y se volvió hacia Pablo-. Perdone las molestias, señor. El gerente está en camino.
Me pregunté si aquel retraso, fuera cual fuera la razón, incomodaría a Pablo por la petición que había hecho de una llave extra. Aparentemente no, porque se volvió hacia mi encogiéndose de hombros. No parecía nada preocupado.
-Señor Bustamante, soy Miguel Echamendí -se presentó segundos después el gerente, estrechándole la mano-. ¿Le importaría acercarse un momento al final del mostrador? Necesito informarle de nuestro problema.
-Muy bien Pablo me miró -. Acompáñame. Veamos de qué se trata.
-¿Estás seguro de que quieres que yo...? -le pregunte vacilante.
-Si-sonrió. Vamos.
-De acuerdo -«te felicito», añadi en silencio, siguiéndolo.
Echamendi salió de detrás del mostrador y me miró con curiosidad antes de concentrarse en Pablo.
-Bueno, ¿cuál es ese problema?
-Bueno -el gerente parecía muy incómodo-, nuestro hotel es nuevo, y en las prisas por abrirlo a tiempo, aparentemente el proceso de contratación no ha sido muy.. Bueno, el caso es que no hemos sido muy selectivos a la hora de contratar a nuestros trabajadores. Sobre todo a los de la limpieza.
-Y me está contando todo esto porque...
-Una de las trabajadoras de la limpieza ha destrozado su habitación.
-¿Qué? -exclamó Pablo, incrédulo. Yo me había quedado sin habla.
-Se trata de un lamentable error -se apresuró a señalar Echamendi-. Sabemos por la policía que esa mujer está desequilibrada, y se encuentra bajo custodia de un sanatorio mental. Parece ser que imaginó que tenía una relación con uno de nuestros clientes, y cuando su interés no se vio correspondido, decidió vengarse destrozando la habitación. Eso ya era bastante malo de por sí, pero lo peor de todo es que se equivocó y la que destrozó fue la suya.
-¿Y mis cosas?
-Me temo que son insalvables. Agarró un cuchillo y rasgó su ropa y su maleta. La policía se lo ha llevado todo para quedarse con pruebas, así que no sé cuando podrán devolvérselo. Pero, por lo que he podido ver, me temo que ya no le servirán de nada.
-Dios mío -Pablo sacudió la cabeza.
-Por supuesto, el hotel asume toda la responsabilidad -continuó Echamendi-. Si nos proporciona un valor estimado de sus pertenencias, le firmaremos inmediatamente un cheque. Y evidentemente le hemos trasladado a una nueva habitación. Todos los gastos corren de nuestra cuenta. Si quiere trasladarse a otro hotel, también se lo pagaremos.
-No, no me trasladaré. Mi amigo se casa mañana por la tarde.
-Ah -asintió el hombre-. Entonces permítame acompañarlo al mostrador para entregarle la llave nueva.
-Dos llaves.
-Oh -el gerente desvió la mirada hacia mi-. Por supuesto.
Podía ver que la conversación estaba llegando a su fin. Me dolía en carne propia lo que le había sucedido a Pablo. Una vez alguien me había destrozado mi apartamento de Los Ángeles, y conocía la terrible sensación que debía de estar viviendo en aquel momento. Dada la angustia que eso le habría producido, dudaba que una habitación nueva y un poco de dinero por sus pertenencias, algunas de ellas a buen seguro irreemplazables, fuera suficiente. Me aclaré la garganta.
-Discúlpeme, ¿va a trasladar al señor Bustamante a una habitación similar a la que tenía antes?
-Exactamente igual -declaró Echamendi con una sonrisa satisfecha-. Y sin cargo alguno.
-Pues yo creo que debería recibir una compensación.
-¿Una compensación? -el gerente parpadeó asombrado.
-Oh, Mariza -terció Pablo-, el mismo tipo de habitación estará
-No lo creo -lo interrumpí-. Te has quedado muy afectado, tanto si lo quieres reconocer como si no. Y apuesto a que tu opinión sobre este hotel ha bajado muchos puntos.
-Bueno, no puedo decir que esté entusiasmado.
-¿Lo ve? -Me dirigí a Echamendí-. Le sugiero que le proporcione al señor Bustamante una experiencia placentera de su hotel que borre todo recuerdo de lo que ha sucedido. Seguro que dispondrá do alguna suite de lujo. Esa podría ser una buena compensación.
-Echamendi se estiró la corbata, volviéndose hacia Pablo.
-¿Qué piensa usted, señor Bustamante?
Pablo me miró, y yo arqueé las cejas en un sobrentendido desafío. No había duda de que se merecía aquella compensación, pero el Pablo que yo recordaba probablemente no la hubiera aceptado. Se habría reído, ante la idea de recibir una habitación «de lujo», como si un duro vaquero no necesitara ese tipo de cosas. A mi me habría encantado demostrarle lo equivocado que podía estar.
Poco a poco, sin embargo, Pablo sonrió.
-Creo que la dama tiene toda la razón. Queremos la mejor suite que tenga, señor Echamendi.

Si por mi hubiera sido, nunca me habría alojado en hotel tan lujoso. Después de todo, solo planeaba dormir en él. Pero me alegraba por Mariza de haber pedido la mejor habitación. Solo Dios sabía en qué tipo de lugares habría estado viviendo recientemente. Además, una habitación mayor significaría que tendrían más espacio para compartir. Imaginaba que tendría dos cuartos de baño y quizá más de una cama.
Echamendi acompañó hasta un ascensor privado.
-Me alegro tanto de que le dijeras que querías una habitación mejor... -me comentó Mariza mientras entrábamos en el amplio ascensor, forrado de espejos.
-Estoy seguro de que no quería dármela -repuse, riendo-. Estas suites las reservan para los peces gordos.
-Que se fastidien. Siento mucho lo que te ha pasado, Pablo. ¿Has perdido algo especial?
-Estoy intentando recordar exactamente lo que he traído. No creo que hubiera nada importante -pero me estaba costando concentrarme cuando los espejos del ascensor me ofrecían unas vistas tan interesantes.
A derecha e izquierda podía admirar la figura de Mariza de perfil: el impresionante resalte de sus senos, su fina cintura, las largas y bien torneadas piernas, con sus sandalias de tacón alto... La pared del fondo me ofrecía una perspectiva diferente. Sin previo aviso, de repente me la imaginé desnuda en aquel ascensor. La respiración comenzó a acelerárseme.
-te olvidaste de dársela -me estaba diciendo Mariza.
-¿Mmmm? ¿Qué? -me ruboricé al darse cuenta de que no me había enterado de nada de lo que me había dicho.
-La lista de las cosas que tenías en la habitación -sonrió-. Necesitas entregársela lo antes posible.
-Oh. Es verdad.
-¿Estás disfrutando de los espejos? -un brillo malicioso apareció en sus ojos.
Al parecer todo lo que había estado pensando estaba escrito en mi rostro.
-Oh, me estaba preguntando cómo pueden tenerlos tan limpios. Es asombroso.
-Sí, ahora que lo dices, están muy limpios. Los espejos pueden llegar a ser muy divertidos. Se puede incluso hacer el amor delante de ellos
-¡No!- pero de repente aquello me pareció lo único que quería hacer en el mundo. Lo que más ansiaba.
-Qué pena. Bueno, siempre habrá tiempo.

Se me aceleró el pulso, de pura excitación, mientras abría la puerta del ascensor con la tarjeta que me había entregado Pablo, y que comunicaba directamente con la suite. Pasar un fin de semana en una habitación de hotel con Pablo me había parecido una experiencia prometedora ya desde el principio. Pero ahora que estábamos rodeados de puro lujo, aquello era demasiado.
-Hey, oigo correr agua -dijo Pablo-. Espero que nadie se haya dejado un grifo abierto.
Suspiré extasiada al entrar en el vestíbulo y ver la cascada artificial de la entrada. Era una buena señal. Iba a parar a un pequeño estanque rodeado de rocas y plantas. El fondo estaba lleno de conchas de colores.
-Aquí tienes el agua que había oído correr.
-¡Que me aspen!
-Y hay más.
Al entrar en el salón, me quedé sin aliento. Estaba ante una obra maestra del diseño de interiores. Las paredes simulaban las laderas de un acantilado. Tres confluían en una especie de manantial que ha la habitación y desembocaba, ya en la terraza, en una gran bañera de jacuzzi rodeada de mesas de bambú.
Dentro no había muebles al estilo tradicional. El efecto de una red colgada del techo, decorada con pretendía simular la impresión de un claro en medio de la jungla. En el suelo había cojines de variados tamaños y gamas de verde. Unas repisas de piedras con más cojines creaban una sala elevada, para sentarse. Al dormitorio se accedía por un pequeño puente de caña que cruzaba el riachuelo. Estaba deleitada. Era como encontrarme de repente en un lugar donde todo estaba decorado con un blanco virginal en un ambiente de romanticismo un tanto decadente. La cama de dosel era inmensa. Había dos sillones, también tapizados de blanco, colocados frente a los ventanales altos hasta el techo.
Mi ejercicio de seducción iba a ser tan dulce en aquel escenario
Otro arco comunicaba con un gran cuarto de mármol y oro. Pablo se iba a quedar de piedra desde luego... Pero ¿dónde se había metido? Quizá se hubiera quedado ya petrificado en el salón, incapaz de dar crédito a sus ojos. Crucé de nuevo el puente dé caña y encontré la habitación vacía. Al parecer se había detenido en el vestíbulo por alguna razón
-¿Pablo? -lo llamé-. ¿Qué estás haciendo?
-Intentando averiguar cómo funciona esto del agua ¿No crees que deberíamos cortarla por la noche? He estado buscando un interruptor, pero no lo veo y..
Solté una carcajada. Pasar un fin de semana en un lugar como aquel con un hombre tan poco habituado al lujo sería un verdadero placer.
- Tanta agua corriendo sin control me pone nervioso.
-Eso es porque vives en el desierto. Pero si el agua te produce ese efecto, espera a ver el resto. Vamos.
-Bueno -se dirigió hacia el arco que daba paso al salón-. Pero me sentiría mejor si pudiera saber cómo se controla el... -abrió mucho los ojos al ver el interior de la suite-. Oh... Dios... mío.
Bajo mi sonriente mirada, siguió el recorrido del curso de agua desde las cascadas hasta el exótico jacuzzi de la terraza. Más allá se distinguía un panorama completo de Las Vegas, con sus hoteles más lujosos y las montañas al fondo.
-Bueno, la vista es bastante mejor que la del aparcamiento que tenías en la otra habitación, ¿no te parece?
Evidentemente Pablo seguía aturdido por lo que estaba viendo. A mi me encantaba aquella imagen: un duro vaquero sintiéndose absolutamente fuera de lugar en aquel escenario tropical. Un vaquero en el paraíso. ¿Qué más podría desear una chica?
-Supongo que el dormitorio estará por allí -comentó.
-Sí. Tiene un estilo diferente, pero igual de maravilloso. Y también hay un increíble cuarto de baño, por lo que he podido ver.
-¿Y eso es... todo?
-¿Te parece poco? -reí, incrédula.
-Oh, no es eso. Es que nunca había estado en un lugar así. Estoy desconcertado. Pero, de alguna forma, pensaba que habría más... más espacio.
-Las habitaciones son enormes.
-Quiero decir más... dormitorios.
-Ah -ahora lo entendía. Cuantas más habitaciones, menor sería la tentación-. Pues lo siento, pero tenemos un vestíbulo, un salón, un dormitorio y un cuarto de baño. Y armarios. Ah, y una terraza.
Pablo contempló la terraza. Yo sabía que estaba pensándose si dormir allí o no, en el espacio más alejado del dormitorio. Finalmente me miró.
-¿A ti te gusta?
-¿Estás de broma? -alcé las manos y gire sobre entusiasmada-. ¡Me encanta!
Pablo sonrió, aunque todavía parecía algo nervioso.
-Bueno. Me alegro.
-¿A ti no te gusta?
-Yo... -se quitó el sombrero para pasarse una mano por el pelo-. No lo sé. Es tan rara... No hay sofás, ni sillas, ni mesas, ni lámparas. ¿Y dónde está la televisión?
Si hubiera sido por mi habríamos prescindido completamente de ver la televisión, pero parecía tan incómodo que decidí buscársela.
-Apuesto a que tiene que haber una por alguna parte-imaginé que estaría disimulada, así que me puse a buscar un mando a distancia-. Aquí está.
Centro de diversiones leí la lista de la cubierta del mando. Cuando pulsé un botón, se abrió una de las paredes de roca para revelar una pantalla gigante.
Asombroso -Pablo sacudió la cabeza.
-¿Quieres que la encienda?
-No, está bien.
-Solo para asegurarnos que funciona pulsé el botón de encendido y apareció un menú de opciones en la pantalla. Ajá. Vídeos para adultos en el catorce. Lo conectaría. No quería que Pablo se pusiese demasiado cómodo.
Pulsé el número catorce. Una música seductora resonó en la habitación. Varios títulos de películas porno aparecieron en la pantalla.
-Mariza no
Solo estoy comprobando el sistema.
-Venga, apágala ya -se acercó a mi.
-Ahora mismo -mientras daba comienzo el avance de la película, me escondí el mando detrás de la espalda.
-Dámelo -extendió una mano.
-Todavía no -repuse, alejándome.
-Hey, sabes perfectamente que no necesitamos ver eso.
-Solo el avance, ¿vale? -la gente que salía en la pantalla era enorme. Y la música de primera calidad.
-Mira, no quiero forcejear contigo para arrebatarte el mando.
-Qué pena. Eso podría ser divertido -advirtí que él también estaba mirando el vídeo.
-Apágalo ya, ¿quieres? -me rogó.
-En cuanto termine esta parte -cuando la mujer de la película se arrodilló frente al hombre y le bajó la cremallera del pantalón, dispuesta a practicar el sexo oral, la cámara hizo un zoom. El pene del tipo llenó casi por completo la pantalla-. Oh, ¿has visto eso? Apuesto cualquier cosa a que el director de la película es un hombre. Un director varón siempre se concentra en las felaciones, mientras que una directora. ..
- ¡ Mariza, por el amor de Dios!
-¡Es cierto! ¡Lo sabrías si hubieras visto suficientes películas de estas!
-Bueno, pues no las he visto, ¿vale? ¡No se venden muchos vídeos de adultos en mi pueblo!
-Entonces deberías alegrarte de tener la oportunidad de verlos -repuse con tono dulce-. Oye, ¿no hay un teléfono sonando por alguna parte?
-Sí, y apostaría a que es Felipe. Dios mío, se suponía que había quedado con él a las... -miró su reloj-. Hace diez minutos. Tenemos que alquilar los trajes-miró a su alrededor, frenético-. ¿Ves algo en esta jungla que se parezca siquiera remotamente a un teléfono?
-Hey- tuve una súbita inspiración-, aquí hay un botón con las palabras fax y teléfono en el mando a distancia-. Veamos qué pasa si lo pulso.
-¡No! -exclamó Pablo, aterrado-. Puede que sea videoteléfono o algo parecido...
-De acuerdo, todo para ti -le entregue el mando-. Púlsalo tranquilo, que yo me iré de la habitación.
-¿Adonde?
-Al dormitorio -le hice un guiño-. A ponerme cómoda.
-¡Pero si no tienes más ropa que esa!
-Ya lo sé -crucé el puente de caña. Pobre Pablo.
Cuando decidiera atacar, no iba a tener ni la más mínima posibilidad...

Con los dedos temblorosos apague el vídeo, haciendo desaparecer aquellas malditas imágenes. Mirando desconfiado hacia el dormitorio, temeroso de que Mariza pudiera estar al acecho, pulsé el botón del teléfono. Se abrió entonces otro panel rocoso de la pared y un estante, provisto de máquina de fax y teléfono inalámbrico, se desplegó ante sus ojos.
Dejando el mando sobre el estante, recogí el teléfono y lo encendí.
-¡Pablo! -exclamó Felipe, aliviado.
-Escucha, siento no haber podido estar donde que estar, pero...
-Ya me he enterado. Te estuve llamando a tu habitación, y como no te localizaba los chicos y yo decidimos ir a buscarte. Fue entonces cuando vimos que la zona estaba acordonada por la policía. Nos llevamos un susto de muerte, hasta que el gerente, nos lo contó todo. He retrasado media hora lo de los trajes. ¿Vas a venir o no?
-Claro. Puedo bajar ahora mismo, si quieres.
-Ahora mismo están ocupados en la tienda, así que disponemos de tiempo. Podemos tomar una cerveza en el bar. 0 también podríamos subir todos a ver tu nueva habitación. Dicen que es algo fantástico.
-No está mal. Nada del otro mundo -mintió. Sabía que si se la describía, sus amigos estarían arriba en un santiamén.
-Pero al menos tendrá jacuzzi, ¿no?
-Bueno, sí. Eso lo tiene - tomé el mando a distancia, curioso por saber para que servían los demás botones.
-¿Dónde? ¿En el dormitorio? Nuestra suite de luna de miel tiene un jacuzzi en el dormitorio.
-Er.. en la terraza.
-¿La terraza? Maldita sea, nosotros ni siquiera tenemos terraza, y mucho menos una tan grande para que quepa un jacuzzi. ¿Qué vista tienes?
-Bueno, ya sabes... la ciudad, las montañas, todo eso.
-Hum, comprendo. ¿Qué número es?
-Es que no sé si podéis subir. Hay un ascensor privado -en mi nerviosismo, pulsé por error uno de los botones del mando a distancia. Al instante se abrió otro panel de roca para revelar un mueble bar perfectamente provisto.
-¿Un ascensor privado? -exclamó Felipe. Caramba, estás en el piso de máxima categoría, ¿verdad? ¡Ahora mismo subimos!
Intenté cerrar el panel del mueble bar.. Con tan mala fortuna que pulsé otro botón que activó el sistema de iluminación.
-Escucha, ¿por qué no quedamos mejor en el bar o, ese que está lleno de pájaros tropicales? se apresuró a decir mientras los colores que bañaban la sala pasaron de azules y verdes tenues a colorados y naranjas, y finalmente a un rojo sangre, muy sexy.
-Oye... -pronuncio mi amigo tras una ligera pausa-... ¿por qué no quieres que subamos a tu habitación?
-No, no es eso. Tienes razón, tenéis que verla -repuse inmediatamente. No podía arriesgarme a herir los sentimientos de mis amigos-Tenéis que subir. Es más, quizá tú y yo deberíamos cambiar las habitaciones. Después de todo, el novio eres tú.
-Ahora lo entiendo. Temías que sintiera envidia porque tu habitación es mejor que la mía, ¿eh?
-Bueno... -pensé que aquella excusa era tan válida como cualquiera.
-No te preocupes por eso. Y te agradezco la propuesta de cambiar las habitaciones, pero no. Luisana ya dijo que le encantaba que hubiera un jacuzzi en el dormitorio, para maternos desnudos y jugar dentro. Yo ya tengo esa imagen grabada en mi mente y no puedo esperar para hacerla realidad...
-No me extraña -y, gracias a su amigo Felipe, se le grabó en la mente la imagen de Mariza y él jugando en el jacuzzi de la terraza.
-Bueno, el caso es que me temo que no pensaría lo mismo si el jacuzzi estuviera en la terraza. Ya sabes lo vergonzosa que es.
Pensé que Mariza no era en absoluto vergonzosa. De hecho, le habría encantado hacer el amor en la terraza.-Además -añadió Felipe, tú te has ganado de sobra esa habitación después de todo lo que ha pasado ¿Te va comprar ropa nueva aquí, o prefieres que nosotros te prestemos alguna? Coco tiene tu talla.
-Ya sabes que detesto comprar ropa.
-Entonces toma el dinero y espera a llegar a casa. Nosotros te llevaremos ropa cuando subamos. Bueno, ¿cómo se llega hasta allí?
-No estoy muy seguro. Podéis subir en el ascensor, pero luego necesitaréis una tarjeta para abrir la puerta. Yo... oh, espera un momento. Se me ha ocurrido algo -examiné el mando a distancia y encontré un botón con la palabra ascensor-. Sí, ya está. Subid en el ascensor privado. Cuando lleguéis arriba, yo os abriré desde dentro.
-Genial, estaremos allí en unos minutos, después de recogerte algo de ropa.
-Estupendo. Adiós Apagué el teléfono y me dirigí apresurado al dormitorio-. ¿Mariza? Mariza. Mis amigos van a subir. Tenemos que hacer algo.
No estaba en el dormitorio, pero su vestido y su ropa interior sí, encima de la cama.
-¿Mariza? -me detuve en seco.
-Aquí estoy. Tenía ganas de bañarme.
-Oh -una nube de vapor salía del cuarto de baño. No me atreví a asomarme. Podía imaginármela en la bañera, con la espuma ocultando a medias su piel dorada y sus senos asomando a la superficie.
-¿Tus amigos van a subir a ver la suite?
- Sí -intente no parecer tan aterrado como me sentía-. Dentro de unos minutos.
-No hay problema -se escuchó un fuerte chapoteo, como si estuviera saliendo de la bañera-. Me esconderé en el armario.
-¿Desnuda? -no sabía por qué me importaba tanto, pero el pensamiento de que se escondiera desnuda en el armario me producía muchísima más ansiedad que el hecho de que lo hiciera vestida.
Mariza se echó a reír y apareció en el umbral envuelta en una enorme toalla blanca, con el pelo recogido en lo alto de la cabeza.
-Desnuda en el armario. Una imagen muy sugerente ¿no te parece?
Tragué saliva. Vi que tenía sujeta la toalla por encima de los senos. Un simple giro de muñeca y se habría caído al suelo.
-Hay dos batas en ese armario -me informó. Lo he comprobado.
-¡Voy a traerte una! -a punte estuve de tropezar en mi apresuramiento por acercarme al armario. Por supuesto, la puerta deslizante era un espejo, y ella se reflejaba perfectamente. Descolgue la bata de felpa y se la entregué de inmediato.
-Gracias -me dijo dejando caer de repente la toalla.
Procuré no soltar la bata mientras me esforzaba por acordarme de respirar. No me extrañaba que la gente hubiera pagado por alcanzar a ver un destello de aquella belleza. Mujeres con un cuerpo como aquel habían derribado imperios, así quizá estuviera disculpado que no pudiera dejar de mirarla. Mientras la miraba, me imaginé a mí mismo haciendo el amor con ella a la luz del sol, besando aquella deliciosa piel dorada. Sus pezones se habían endurecido, invitándome a saborearlos. Antes los había acariciado, pero no había llegado a probarlos.
Ahora sí que podía hacerlo. Ahora podría arrodillarme ante ella y besar la tersa piel de su vientre. Podría seguir explorando más abajo, abrirme paso con la lengua entre aquel vello rojo y rizado y alcanzar.. el cielo.
-¿La bata? -preguntó ella con tono dulce.
Miré la bata, y luego a ella. Si no activaba el mecanismo de apertura del ascensor, mis amigos no podrían llegar hasta allí. Mariza y yo podríamos quedarnos solos durante todo el tiempo que quisiéramos. La boca se me hizo agua ante las posibilidades de aquella perspectiva.
-Ahora no es el momento me susurró Mariza.
-¿Por qué no? -inquirió con voz ronca.
-Dentro de unos minutos tendrás que ir a recoger tu traje. Y.. -me quitó la bata de los dedos-. Disponemos de todo el fin de semana, Pablo.
Mientras me observaba, temblando de deseo, Mariza deslizó las manos en las mangas de la bata. El movimiento provocó una leve sacudida de sus senos que mi hizo gemir. Los pliegues de la bata permanecieron un instante abiertos mientras se ajustaba el cuello, hasta que su preciosa figura quedó oculta y se ató el cinturón.
Sin embargo, la imagen de aquel cuerpo perfecto seguía quemándome la retina.

Después de que Pablo abandonara el dormitorio dejándolo bien cerrado, recogí mi ropa, mi bolso y las compras de la droguería antes de encerrarme en el enorme armario empotrado. Sentada en el me apoyé contra la pared y cerré los ojos. Que gran momento acababa de vivir.
No había previsto lo de soltar la toalla: la idea se me ocurrió cuando él me dio la espalda para descolgar la bata. Una vez más, el impulso se había revelado más efectivo que la inspiración. Aunque no tenía intención de distraerlo de sus deberes para con la boda de su amigo, no me importaría obligarlo a pensar en mi durante el proceso. Rebusqué en la bolsa de las compras, saque el frasco de crema con la frambuesa y me eché un poco en la mano, ahuecando la palma. Dado que estaba obligada a estar allí, al menos podría aprovechar el tiempo.
Desde mi escondite alcancé a oír unas excitadas voces masculinas. Los amigos de Pablo ya habían llegado y evidentemente estaban impresionados con la suite.
-Hey, ¡deberíamos celebrar la despedida de soltero aquí, chicos! -exclamó uno de los amigos de Pablo-. Me apetece una orgía.
-A ti siempre te apetece una orgía -dijo otro-pero no funcionará, Guido.
-¿Por qué no? Esto es perfecto.
-¿Y qué pasa con la diversión, Einstein?
Me imaginé que la «diversión» consistiría en mujeres escasas bailando solo para ellos. Me eché un poco más de crema en la palma.
-Pero podríamos conseguirla, ¿no? -añadió Guido-. ¡Estamos en Las Vegas! ¡Chicas, chicas!
La conversación se convirtió en un intercambio de sugerencias y contra-sugerencias. Yo, agachada, empecé a untarme crema en un pie mientras intentaba discernir e identificar las tres voces. Uno era Felipe, el novio. Otro era Guido, el que había concebido la idea de la orgía, y el tercero, Coco, parecía el más bromista del grupo.
-A mí no me importa que usen la habitación -dijo al fin Pablo-, pero personalmente creo que traernos aquí «la diversión» nos acarrearía muchas complicaciones.
Me pregunté qué diría Pablo si en aquel preciso instante saliera del armario y me presentara voluntaria ante los chicos para solucionarles el problema. Muy probablemente le daría un ataque al corazón.
- Pablo tiene razón -dijo desde el salón Felipe, que parecía el organizador-Quizá podamos volver aquí después de la fiesta y beber hasta que nos cansemos.
Eso sí que constituía una traba para mis planes. Me pregunté qué diría Pablo para atajar la idea. Después de todo, acababa de proporcionarle una gráfica sugerencia de lo que pasaría si esa noche lograban quedarse solos...
-Eso estaría bien, supongo -pronunció Pablo.
Esbocé una mueca. Debía de haber sufrido un ataque de buena conciencia y se estaba escudando detrás de sus amigos para protegerse de sus propios instintos. Corromper a Pablo no se presentaba tan fácil como había creído en un principio. Me ate el cinturón de la bata y me saque las mangas para poder untarse de crema la parte superior del cuerpo.
Mientras me frotaba los senos, evoqué las caricias de las grandes y fuertes manos de Pablo. Ansiaba repetir la experiencia.
-De acuerdo, entonces luego volveremos aquí dijo Felipe-. Empezaremos la velada en ese bar de topless que vimos antes y luego regresaremos al hotel.
Oh, aquí tienes la ropa de Coco, Pablo. Dos pantalones tejanos y tres camisas.
-¿Seguro que no la necesitas?
Con las manos en los senos, cerré los ojos. Deseaba oír aquella voz murmurándome al oído.
Me pregunté cómo podría desembarazarse de sus amigos aquella noche.
-No, yo siempre meto demasiada ropa en la maleta- dijo Coco-. Además, Mica y yo queremos ir a esa playa artificial del hotel. Me he comprado un bañador nuevo y..
A mi no me importaría ver a Pablo en traje de baño, ahora que pensaba en ello. Tal vez podría incluir una salida de compras en sus planes para ese fin de semana.
-Bueno, chicos. Pongámonos en marcha pronunció Felipe, algo impaciente.
-¿No podemos ver antes el dormitorio y el cuarto de baño? propuso Coco.
Si nos damos prisa, sí -consintió el novio, y empezaron a cruzar el puente de caña-. Me encantaría saber qué es lo que cobran por una noche en esta suite.
Pensé que la temperatura del armario estaba aumentando. 0 quizá había sido yo, con mis lujuriosos pensamientos de Pablo en traje de baño. Me bajé la bata por detrás para no sudar, y apoyé la espalda desnuda contra la pared. Así estaba mucho mejor..
-Caramba, ¿habéis visto este dormitorio? exclamó Felipe -. Huele muy bien. A frambuesa.
Me reí para mi adentros.
-Es un verdadero crimen que Pablo tenga que pasar las noches solo en una habitación así -señaló Coco.-. Hey, Pablito, quizá deberías darte una vuelta esta noche por ahí, a ver si encuentras a alguien con quien pasar el fin de semana...
Irguiéndome, agucé los oídos para escuchar su respuesta.
-No lo creo. Volví a relajarme contra la pared-¿Qué quieres decir con eso de que no lo crees? -le preguntó Guido-. Estamos en Las Vegas, vaquero. Las chicas de Las Vegas. Tú eres el único que está libre para probarlas.
-No me apetece, de verdad.
«Mentiroso. Estás ardiendo por dentro», pronuncie- en silencio.
-¿Cómo no puede apetecerte? -insistió Coco Este lugar exige una aventura de una noche.
-Pues claro. No te andabas con tantos remilgos en el circuito de rodeo -añadió Guido.
Parpadeé, asombrada. ¿Pablo viviendo aventuras de una noche durante el circuito de rodeo? Eso no encajaba con la imagen que tenía de él.
-Si, recuerdo ahora a cierta dama intervino Felipe -. No salisteis de la habitación del motel al menos durante cuarenta y ocho horas seguidas. Y luego aquella chica de San Antonio. Y la de Texas, y...
-No importa -lo interrumpió Pablo, nervioso-. No tiene sentido sacar a colación historias pasadas.
-Bueno, que me aspen -suspiró Coco -. Obviamente, nuestro amigo Pablo, está ya para el arrastre.
-¡No es verdad! Yo...
-Los hechos hablan por sí solos añadió Coco- Chicos, un minuto de silencio por el gran Pablo Bustamante. Está en Las Vegas y como si nada.
-Quizá aún no esté muerto del todo -dijo Felipe- Quizá este escenario pueda inspirarlo y devolverle al fin su antigua gloria. Bueno, vamos a ver el de baño de una vez. No nos queda mucho tiempo.
-¡Caramba! -exclamó Guido al entrar-. En esta bañera cabrían por lo menos seis conejitas de Playboy ¡mirad esto! Hay restos de espuma. Pablo, ¿es de darte un baño de espuma?
Me llevé una mano a la boca. Me había olvidado limpiar la bañera.
-¿ Pablo Bustamante, un baño de espuma? Estalló Coco- Esto hay que verlo. Oh, Dios mío. Sí, parece que alguien se acaba de bañar. Ahora que lo pienso, había una toalla en el suelo del dormitorio.
Sí, tiene que haber sido Pablito. -comentó Felipe. No me extraña que no quisieras que subiéramos.
-¿Dónde has escondido a tu amiguita, que no la veo?
Las carcajadas continuaron y los comentarios subidos de tono.
-Imbéciles -estalló finalmente el destinatario de las burlas-. Deberíais tomar un baño de espuma al menos una vez en la vida. Así se os aclararían las ideas. -Esto ha sido de lo más edificante, de verdad -declaró Felipe-, pero ahora tenemos que marchamos. ¿Quieres que te guarde la ropa de Coco en el armario, Pablo?
Me quedé helada. Cuando reaccioné, procuré volver a meter las manos en las mangas de la bata, sin hacer ruido. Pero no conseguía encontrarlas...
-Es igual, déjala sobre la cama -se apresuró a decir Pablo.
Por mucho que me esforzaba, la bata se me había enredado y no conseguía ponérmela.
-No, las camisas hay que colgarlas -repuso Felipe-, así que...
-De acuerdo, de acuerdo, yo lo haré.
Volví a apoyarme en la pared del armario, suspirando. Me quedé muy quieta cuando la puerta corredera del armario se abrió un tanto. Y me encontré con la entrepierna de Pablo a la altura de mis ojos, mientras tapaba la abertura con su cuerpo. El respiro ahogado que alcancé a escuchar Me indicó que se había dado cuenta de que me había quitado la bata. Sin duda pensaría que lo había hecho deliberadamente para atormentarlo, pero en esa ocasión era inocente.
Colgó las camisas a toda velocidad y cerró tan bruscamente la puerta que por un instante pensé que había roto el espejo.
-Chico, ese olor a frambuesa sí que es fuerte -comentó Guido-. Debe de ser uno de esos productos de aroma que ponen en los armarios.
-Sí, debe de ser eso -repuso Pablo -. Venga, vámonos.
Esperé a que todo quedara en silencio para salir del armario. Sonriendo, me pregunté qué estaría pensando Pablo, en aquel preciso instante. En mujeres desnudas en armarios, muy probablemente.
Me encantaba andar sin ropa, y además decididamente aquella suite era ideal para hacerlo.
Así que Pablo había tenido sus aventuras durante el circuito de rodeo. Aquello incrementaba aún más la importancia de corromperlo. Después de aquel circuito había regresado a casa para asumir las responsabilidades de la Hacienda, y había perdido la chispa. Yo era la mujer indicada para reavivársela. Tenía que encenderlo de pasión, pero para ello necesitaba municiones. Suministros. En un principio había pensado hacer una rápida salida a mi hotel para el resto de sus cosas, pero la ropa que había llevado conmigo no era lo suficientemente perversa y seductora para el objetivo que tenía en mente.
Aquel hotel tan lujoso tendría un par de tiendas perfectas para la ocasión, y de paso podría comprar un traje de baño para Pablo. Lo primero, por tanto, era averiguar si Pablo me había dejado una llave de la suite.
Con las prisas, no me había dicho dónde había guardado la copia de la llave. Y teniendo en cuenta su estado después de que yo dejara caer la toalla, había sido completamente incapaz de concentrarse en tales asuntos. Esperaba, sin embargo, que se hubiera acordado de dejármela en algún sitio antes de marcharse.
Diez minutos después tuve que darme por vencida, la llave no aparecía. Probablemente Pablo se había llevado las dos copias sin darse cuenta. 0 quizá se lo había pensado dos veces y no había querido que me aventurara a salir sola. En cualquier caso, ese obstáculo no me detendría. Sencillamente tendría que salir a buscarlo. Hasta que me fuera de compras, tendría que arreglármelas con el vestido que llevaba, pero después del baño no podía volver a ponerse la misma ropa interior. Finalmente decidí lavar las bragas y secarlas con el secador. Prescindí del sostén. Después de todo estaba en Las Vegas, como los amigos de Pablo se habían encargado de señalar más de una vez.
Se maquilló y se puso el vestido. Luego se soltó el cabello y se lo cepilló cuidadosamente. Había llegado la hora de buscar al Romeo del circuito de rodeos.

«Tenía que terminar desnuda en el armario», pensaba mientras me abotonaba el chaleco en la tienda de alquiler de trajes. No podía dejar de pensar en ella. Debí haber adivinado que se dedicaría a untarse el cuerpo entero de aquella crema de frambuesas.
Cuando abrí la puerta del armario recibí un doble mazazo: ver desnuda a Mariza y aquel aroma a frambuesas. Nunca sabría cómo pude cerrar la puerta y salir del dormitorio. Todavía podía verla allí, en el oscuro interior del armario, sonriéndome y agitando los dedos a modo de saludo. Era una mujer diabólica. Y quería seducirme como habría seducido a otros muchos antes que él, pero no le iba a funcionar, maldita sea. De alguna manera tendría que sacar la fuerza necesaria para resistírseme y demostrarle que al menos había un hombre que la valoraba y apreciaba como persona, al margen del sexo.
Tendría que llevar mucho cuidado. Estuve a punto de venirme abajo cuando ella dejó caer la toalla. Y, si tenía que ser completamente sincero, fue la propia Mariza quien me detuvo, y no al contrario. Si en lugar de eso me hubiera dado el más ligero estímulo, todo mi plan habría fracasado por completo. Lo sabía, y sospechaba que ella también.
Pero aquella maldita crema de frambuesas no me estaba ayudando nada, y tampoco tenía derecho alguno a pedirle que no la usara. No quería ser responsable de que se le secara demasiado la piel. Aquella dorada, satinada...
-¡Por favor, Bustamante! -Felipe me dio una palmada en la espalda-. Solo dos botones más y ya te habrás terminado, de abrocharte ese chaleco. No es tan difícil, hombre. Botón, ojal, botón, ojal...
Me puse colorado. me había quedado paralizado con la mirada perdida. Luego me puse el chaleco del frac, ayudado por Felipe.
-¿Porqué todo el mundo tiene que vestirse así para las bodas?
-Porque les encanta a las mujeres respondió Coco mientras se alisaba las solapas-. ¿No es cierto, Felipe?
-Eso he oído.
-Es cierto -terció Guido, mirándose también en el espejo-. Las chicas nunca se resisten ante un tipo de frac.
-Si vosotros lo decís... Desde luego todos pasáis perfectamente por sofisticados «urbanitas» -sonrió Pablo, contemplando a sus tres amigos. Mirándolos en aquel momento, nadie habría imaginado que Guido y Felipe eran dos de los mejores montadores de toros de la actualidad, y que Coco no tenía rival a la hora de lacearlos.
Felipe y Coco eran uña y carne. Físicamente no ser más diferentes: Coco era alto y moreno, y Felipe bajo y rubio. Coco, el moreno, había desarrollado una leve barriga cervecera una vez llegado a los veinticinco, pero seguía siendo fuerte como un roble.
Sin poder evitarlo, seguía pensando en Mariza. Incluso olía a frambuesas. Era increíble cómo se podía percibir con tanta claridad un aroma cuando su emisor se encontraba tan... De repente me quede helado. Me volví bruscamente hacia la puerta de la tienda, convencido de que acababa de entrar.
No me miró. Se me aceleró el corazón mientras me preguntaba qué estaría tramando. Pero ni siquiera me saludó. Se dedicó a recorrer la tienda mirando los trajes y fracs, mientras mis tres amigos la miraban a su vez con la boca abierta. No podía culparlos. Con aquella melena y aquel vestido tan corto, casi transparente, era un verdadero peligro público. El dependiente se apresuró a atenderla.
-¿Puedo ayudarla en algo?
-Oh, solo estaba mirando -le lanzó una radiante sonrisa.
-¿Para cuándo el feliz acontecimiento?
-Pronto -respondió, desviando la mirada hacia mi-. ¿Sabe? Es eso justamente lo que tenía en mente -y se dirigió decidida hacia mí.
No tuve que mirar a mis amigos para saber que estaban asistiendo anonadados a la escena. Un brillo de pura malicia asomó a los ojos de Mariza.
-Muy bonito -exclamó, admirándome-. ¿Le importaría volverse, por favor, para que pueda ver cómo le queda por detrás?
No tenía otra elección. Me volví.
-Sí -murmuró-. Es exactamente lo que estoy buscando. Gracias por dejarme mirarlo sonrió. La llave del éxito de este frac reside en la caída de los pantalones, ¿no le parece?
Me estaba torturando y ella lo sabía. Escuché las carcajadas ahogadas procedentes del fondo de la desde donde mis amigos estaban observando la acción.
-Nuestra tienda tiene fama de tener los mejores fracs de la ciudad -comentó el dependiente, inflando el pecho con orgullo.
-Lo creo -dijo Mariza-. La accesibilidad y la riqueza de ofertas son, en mi opinión, las llaves del éxito de cualquier negocio.
-Absolutamente -convino el hombre.
-Hay algo más que necesito saber. ¿Sus probadores tienen llaves?
Me había quedado de piedra. Ni siquiera podía mirar al dependiente.
-Bueno, voy a quitármelo ya -dije, optando por escapar. Y si Mariza me seguía al probador y se le ocurría intentar algo, yo... bueno, haría algo. No sabía bien qué. En aquel momento la idea de quedarme encerrado con Mariza en el probador me estaba dando serios problemas justamente en la caída de talones, y tenía que alejarme de ella a como fuera. Me dirigi apresuradamente hacia el corto pasillo que llevaba a los probadores.
-¿Cuántos fracs necesitará para la ocasión? alcanzó a oír que le preguntaba el dependiente a Mariza. No me detuve a escuchar su respuesta.
-Ya te había dicho que el traje de mono funcionaba -comentó Coco en un susurro cuando pasé al lado de mis amigos, sin mirarlos. Al instante todos ellos estallaron en sonoras carcajadas.
Entré en el probador donde había dejado mi ropa y aseguré la puerta con llave. No estaba dispuesto a que Mariza me sedujera en el probador de una tienda de alquiler de fracs, aunque esa fuera la experiencia más excitante que me había sucedido en toda mi vida. Me temblaban los dedos cuando me estaba quitando el frac. Segundos después alguien llamó suavemente a la puerta.
-¡Ocupado! -grité.
Al instante escuché unas carcajadas masculinas, junto con variados comentarios acerca de su apetito sexual. Abri la puerta para encontrarme con mis amigos, sonrientes.
-Lo que vosotros pensáis que está sucediendo no está sucediendo en realidad.
Más carcajadas.
-Ya lo sabemos dijo Coco, riendo-. La chica está intentando ligar contigo, pero no está sucediendo nada. Ese es el problema. Pablito, ¿es que has perdido el juicio?
-¿0 quizá otra importante parte de tu cuerpo? -añadió Guido-. ¡Esa mujer iba a cazarte, y tú te has comportado como un maldito novato!
-Este no es el Pablo Bustamante que tanto admirábamos comentó Felipe, sacudiendo la cabeza.
-Esa mujer está loca -me defendí-. ¿No la habéis oído? ¡Quería saber si en los probadores había llaves!
-Sí, a mí no me extraña -suspiró Coco-. Una mujer con imaginación es un tesoro. Practicar el sexo en un lugar tan prohibido como este...
De pronto me di cuenta. Mariza no había ido allí a seducirme ni a hacer el amor conmigo en el probador. Casi me sentía decepcionado de que sus motivaciones no fueran tan deshonestas. Había estado intentando decirme que necesitaba su copia de la llave. Al parecer, en mi nerviosismo, había abandonado la suite llevándome las dos llaves.
Y probablemente necesitara también algún dinero, si pensaba hacer algunas compras. Coco se asomó a la esquina.
-Oye, sigue allí. Si hablas con ella, tal vez puedas la situación.
-De acuerdo, me vestiré y hablaré con ella -dije-. Pero no voy a practicar el sexo en uno de estos probadores. Estáis avisados.

No estaba muy segura de que mis insinuaciones acerca de la llave hubieran logrado penetrar en la conciencia de Pablo... a través de la niebla sexual que parecía envolverle el cerebro. Por mucho que me prometiera no volver a burlarme de él, seguía haciéndolo. Era un objetivo delicioso, y con cada pequeño éxito que conseguía, el doloroso recuerdo del rechazo que antaño había sufrido se atenuaba un poco más. Había disfrutado muchísimo viendo la cara que puso cuando preguntó al dependiente si los probadores tenían llaves.
Otro de sus artículos para Maxim había versado sobre los extraños lugares en los que se podía practicar sexo, como los probadores de las tiendas. Yo, sin embargo, nunca lo había experimentado personalmente. De hecho, no había experimentado la mayoría de las aventuras sobre las que escribía en la revista. Y aquel fin de semana parecía destinado a ese tipo de aventuras.
El hecho de ver a Pablo vestido de frac había fortalecido mi determinación. Con aquel físico que tenía, debió de haber roto un buen número de corazones durante su circuito de rodeo. Pero ahora estaba en la hacienda, y yo sabía por experiencia lo muerto que estaba el pueblo en esos aspectos. Y yo estaba dispuesta a remediar aquello. Sin embargo, para llevar a buen término mis planes, necesitaba la copia de la llave. Si Pablo se marchaba con sus amigos sin entregármela, tendría que intentar algo más atrevido. Mientras seguía hablando con el dependiente sobre mi imaginario «feliz acontecimiento», escuché unas carcajadas procedentes de los probadores y supuse que los amigos de Pablo se lo estarían en grande. Aquellos tipos me caían bien. Me hubiera encantado conocerlos si la situación hubiera sido diferente. Ya había relacionados sus cuerpos con sus voces, de manera que poseía ya una ligera idea o era cada uno.
Guido era el moreno con de barriguita. El alto y tenía que ser Coco, y luego estaba Felipe, el bajo, de pelo rubio y adorable. Era una pena quedara tan poco tiempo de vida, una vez que se ahorcara él mismo con el lazo del matrimonio. Guido como Coco llevaba alianzas matrimoniales. Aquella despedida de soltero significaba tal vez su única oportunidad de romper con el tedio de sus respectivas vidas. No le extrañaba que quisieran divertirse aquella noche haciendo realidad sus sueños...
Y, a propósito de eso, el hombre de mis sueños acababa de salir del probador, con el frac de alquiler en las manos. Después de entregárselo al dependiente se dirigió hacía mí. Menos mal. Al final se había enterado de lo que había querido decirle.
-Me alegro de verte de nuevo, Pablito.
-Perdona por haber sido tan burro. Toma -Pasándome discretamente la llave-. Los chicos, por cierto, creen que te estás insinuando conmigo.
-Y no se equivocan -Me di cuenta de que junto con la llave me había entregado unos billetes doblados-. No tienes por qué darme esto -me guardé la llave en el bolso e intenté devolverle el dinero.
-Necesitarás comprarte ropa, ¿no? Por el amor de Dios, esconde ese dinero. Y no te muevas ni a derecha ni a izquierda. Te estoy ocultando con mi cuerpo, para que no puedan ver lo que estamos haciendo.
-¿De veras? -arqueé las cejas, humedeciéndome los labios con la lengua-. Entonces, ¿qué es lo que quieres hacer?
Pablo apretó los labios, como conteniendo una sonrisa.
-Nada, ¿de acuerdo? -dijo en voz baja-. Y ahora, guárdate ese dinero.
-Muy bien -me guardé el billete en el escote del vestido.
-Mariza, por Dios...
-Eres tan gracioso, Pablo... Por lo que he oído, tu reputación está sufriendo bastante. Podría mejorar mucho si les contaras a tus amigos lo que pretendes hacer conmigo. La verdad es que no sé por qué les estamos ocultando todo esto. A mí me parece gente de mente muy abierta.
-Escucha, quieren subir a la suite a tomar unas copas después de la despedida de soltero de esta noche. Yo no sabía cómo negarme, pero tendré que inventarme algo para impedirlo. No te puedes pasar toda la noche encerrada en un armario.
-Oh, no te creas -le hize un guiño-. Me lo pasé muy bien allí dentro -vi que se ruborizaba. Pero tengo que admitir que, al cabo de un rato, empezó a hacer mucho calor.
-Mariza, ¿es que no puedes hablar de otra cosa que no sea sexo?
-Claro que sí, pero no sería tan divertido -se echó a reír al ver su torturada expresión-. Mira, ¿por qué no les cuentas a tus amigos que estás haciendo de buen samaritano conmigo intentando convencerme de que cambie de trabajo y me dedique a algo menos interesante?
-Porque no se lo creerían. Si supieran que estás conmigo en la suite, no sacarían más que una única conclusión. Jamás podría convencerlos de lo contrario.
-¿Tan terrible te parecería eso? Al parecer no eres un novato en los ligues amorosos.
-Así que estuviste escuchando -Pablo frunció el ceño.
-Pues sí.
-Quiero que sepas que todas esas mujeres me importaban. No fue ni mucho menos como dijeron mis amigos.
Habría preferido escuchar que aquellas mujeres no habían significado nada para él.
-Pablo, eres la última persona del mundo a la que condenaría por haber disfrutado de un poco de sexo... sano y saludable, sin complicaciones. Y lo mismo rige para tus amigos.
-Yo no quiero que ellos piensen eso de ti -su ceño se profundizó.
-¿Por qué no?
-Porque... porque crecimos juntos, maldita sea, y no me gusta que la gente piense eso de ti.
-Pablo, lo que están pensando ahora mismo, que podría ser estupenda en la cama, tiene un fondo de verdad. Ya no soy la niña con la que creciste.
-No me importa -replicó, aún más ruborizado-. Nada va a suceder entre nosotros.
dejé que mi sonrisa contestara por mi misma.
-Me he despistado contigo un par de veces, pero no volverá a suceder
-Si tú lo dices -continuó sonriendo.
-Lo digo yo, y ya está -cruzó los brazos sobre el pecho-. Encontraré alguna manera de evitar que los chicos -suban a la suite esta noche. No sé cómo, pero algo se me ocurrirá. Y ahora, por favor, cómprate algo de ropa. Y reflexiona sobre tu vida. Esta noche trabajaremos sobre ello.
-Eso suena muy prometedor. Escucha, Pablo tracé lentamente un círculo sobre su brazo con un dedo, y lo sentí temblar bajo la tela de la camisa-. No soy tu hermanita pequeña. Nunca lo he sido -lo miré fijamente, disfrutando del brillo de deseo que oscurecía sus ojos-. ¿Por qué tiene que ser todo blanco o negro?
Abrió la boca para contestar pero de inmediato vaciló, como si estuviera reconsiderando lo que había querido decirle en un principio.
-Porque necesitamos concentrarnos en tu situación laboral -musitó al fin.
-¿No será por causalidad porque eres un cobarde?
-¿De qué iba yo a tener miedo?
-De relacionarte conmigo. De abandonar la antigua imagen de mí que tenías de mí, de ti mismo.
-Eso es ridículo.
-Tienes razón convine -. Es absolutamente ridículo. Bueno, tengo que irme. He de comprarme ropa, sobre todo ropa interior. Cuando empezaba a vestirme para bajar me di cuenta que no tenía nada limpio, y si hay algo que detesto en el mundo es tener que ponerme la misma ropa interior después de bañarme.
La atención de Pablo se vio atraída hacia mis senos y tragó saliva, nervioso.
-¿Y entonces qué hiciste?
-Apuesto a que lo sabrás si te fijas bien. Hace un poco de fresco en esta tienda, y los pezones se me están
-Me doy cuenta -me interrumpió con voz ronca ¿Vas...? -se aclaró la garganta-. ¿Vas a decirme que no llevas nada debajo de ese vestido?
-Te dejaré con la duda. Hasta luego, vaquero.
Di media vuelta y me marché, contoneándome porque sabía que estaba mirando lo de mi falda y preguntándose al mismo si llevaba algo debajo. Así que seguía resistiéndoseme. Mejor.Me gustaban los desafíos. Su resistencia haría que su rendición final resultara aún más dulce. Mientras tanto, compraría los ornamentos necesarios que me garantizaran el éxito. Antes de que me marchara a New York el lunes por la mañana le devolvería el dinero a Pablo pero por el momento simularía usarlo para adquirir ropa nueva.
Me dirigi hacia una tienda de ropa interior. Entre mis compras y hacer las entrevistas aquella noche en el local de topless, iba a estar muy ocupada luego estaba el espectáculo del hotel, con los saltos desde el acantilado artificial. Teniendo en lo que previsiblemente iba a pasar aquel fin de semana, sería mejor que aprovechara para verlo, antes de que volviera Pablo.

Muchas horas después, volví al hotel a pie con mis tres amigos y algunos invitados varones a la boda. Todo el mundo había bebido a placer... excepto yo. Lo había evitado a propósito, consciente de las hábiles maniobras que tendría que hacer. Lo primero era convencer a mis amigos de que no convirtieran mi suite en el escenario central de sus diversiones, sin ofenderlos. Suponiendo que lo consiguiera, tendría que pasar la noche con Mariza sin hacerle el amor. Y eso requería de una sobriedad colosal.
Por enésima vez, recordé la conversación que habíamos tenido en la tienda. Cuando ella me preguntó por qué el sexo estaba prohibido en aquel fin de semana, yo estuve a punto de soltarle un sermón ético. Lo de siempre: que quería demostrarle que al menos había un solo hombre en el planeta que no andaba detrás de su cuerpo. Eso quizá habría servido para estimular su autoestima y animarla a probar algún trabajo que no dependiera de su físico. Pero no lo hize, porque no sabía cómo se habría tomado ese tipo de argumento.
Después de todo, eso habría sido como insinuarle que se sentía demasiado insegura para plantearse un trabajo que no tuviera por base sus atributos físicos. Y no había querido arriesgarme a ofenderla. Además, probablemente se me habría reído en la cara. Pero yo estaba decidido a reformarla, por su bien. Por supuesto que era por su bien. Mi réplica de que era un cobarde, de que tenía miedo a relacionarse con ella, de admitir que era una mujer deseable, era pura palabrería. Era perfectamente capaz de relacionarse con Mariza o con cualquier otra mujer, y mantener a la vez el control de mí mismo. En el circuito de rodeo lo había dejado demostrado más de una vez.
Aunque nunca me había probado realmente a mí mismo con Mariza. Una parte de mi ser se negaba a descubrir que podía ser una espectacular amante. Se suponía que las amigas de la infancia no se convertían en amantes espectaculares... En aquel instante Felipe me pasó un brazo por el hombro.
-Hey, Pablo. Me alegro muchísimo de que hayas aceptado acompañarme este fin de semana, de verdad. Sé lo mucho que ese Hacienda significa para ti Y lo mucho que te cuesta dejarla..
-Sabes que haría cualquier cosa por ti sonrió.
Felipe estaba tan emocionado y nervioso como novio la víspera de la boda, pensé. Había bebido, desde luego, pero no estaba muy borracho.
-Acuérdate del plan que teníamos, ¿eh? Pasar en el resto de la noche...
-Ah -dije-. El caso es que...
-Yo a sé yo lo que te pasa -rió Felipe-. Lo sabemos todos. Durante todo el tiempo hemos estado que íbamos a subir allí para hacerte rabiar, el local tuvimos una pequeña conversación, tú te dieras cuenta, y decidimos no torturarte más. Así que relájate. Cerraremos el bar del hotel para que tú puedas divertirte en tu suite.
-No tengo ni la menor idea de lo que estás diciendo- lo miré asombrado.
-La mujer de la tienda de fracs, amiguito. De ella te estoy hablando.
-Le dije que no estaba interesado.
-Oh, oh. ¿Y por eso le diste una llave? ¿Y dinero?
-¿Qué te hace pensar que hice eso? -estaba seguro de que había impedido que vieran aquella entrega al tapar a Mariza con su cuerpo.
-Hay una pequeña cámara de seguridad en la tienda. Vimos la acción por la pantalla. Nos alegramos por ti, amigo. Eres la última esperanza de una tradición que nosotros ya hemos abandonado.
-Felipe, escucha, yo...
-Disfruta de la soltería mientras puedas, Pablo amigo -después de hacerme un guiño, se volvió a mis amigos, haciendo bocina con las manos ¡Hey, chicos! ¡Si nos damos un poco de prisa, podremos ver el último salto del espectáculo del hotel!
suspiré. No había sabido qué replicar. Nadie que me hubiera visto dar una llave y dinero a una mujer como Mariza habría creído que se trataba de un inocente arreglo. Pero me resignaría. Ya encontraría una forma de explicárselo a mis amigos. Mientras tanto, me olvidaría del asunto hasta el día siguiente.
-Sí, vamos -Coco secundó la idea del novio.
-¿A qué tanta prisa? Para ver a un tipo zambulléndose... -protestó Guido.
-Es una pareja la que se zambulle -le explicó Felipe -. Y se supone que tienen que ser dos amantes desventurados, o algo, así. No es solo el salto, hay toda una historia. Es un espectáculo muy bueno. Luisana y yo lo vimos anoche.
Al fin llegamos al hotel. Segui a mis amigos mientras se fundían con la multitud que se encaminaba al acantilado y a la piscina. De camino pasé al lado de la gran roca donde estuve besando a Mariza esa misma tarde. Me inflamó de deseo al evocar aquel recuerdo. Cuanto más retrasara el momento de volver a la suite, mejor.
-¡Qué diablos, Pablo! -exclamó Guido-. ¡Vete de una vez a reunirte con tu chica en tu suite! Tienes que cumplir con tu deber. Nos lo debes, ya que nosotros estamos ya fuera de juego.
decidi que no tenía sentido replicar. Ya aclararía las cosas al día siguiente. No sabía cómo, pero las aclararía.
-¡Mira! -gritó Coco-. ¡Allí están, a punto de saltar!
Alcé la mirada y vi a una pareja de tez olivácea, en traje de baño, justo en el borde del acantilado. Cada uno llevaba una corona de flores. La luz de las antorchas iluminaba sus bronceados cuerpos mientras se tomaban las manos, sin dejar de mirarse. Luego se abrazaron, apasionados.
«Estupendo», pensé. Más incentivos para mis fantasías. De repente vestidos de guerreros aparecieron para separarlos. Cuando calló el rumor de los tambores, una voz comenzó a narrar aquella versión polinesia de Romeo y Julieta: la de los dos amantes de familias rivales que se oponían a su unión. Mientras la narración continuaba, la pareja iba escenificando las diversas escenas. Tras la vana petición de permiso, los dos padres aceptaron poner a prueba la pasión de los amante. Si lograban sobrevivir al salto desde el gran acantilado Nooki-Nooki, se les permitiría casarse.
-Y yo que creía que el padre de Luisana era un tipo duro. Al lado de estos... -murmuró Felipe.
Guido me propinó un codazo en las costillas.
-Nooki-Nooki. Eso es lo que vas a hacer tú esta noche vaquero.
-Déjalo en paz de una vez -dijo Coco-. A juzgar por su comportamiento, debe de estar bajo de forma. Si sigues tomándole el pelo, se bloqueará en el momento decisivo.
-Tranquilo. Eso es como montar en bicicleta le pasó un brazo por los hombros-. Nunca se olvida.
-Gracias por el consejo -repuse, irritado. Y ahora, ¿por qué no os dedicáis a disfrutar del espectáculo y os olvidáis del asunto?
-Creo que tienes razón -repuso Coco, volviéndose al acantilado-. Pero no sé qué diablos estás haciendo aquí, Pablito, cuando podrías estar allí practicando la horizontal con una mujer que la hermana gemela de Julia Roberts.
Personalmente prefería a Mariza que a Julia Cuando volvieron a resonar los tambores, contemple la multitud. Me había dicho que estaba interesada en ver el espectáculo. Se me aceleró el pulso ante la idea de que podría estar allí, quizá solo a uno, metros de mí...
Fue entonces cuando la vi. No estaba muy lejos con el rostro levantado mirando a la pareja en lo alto del acantilado. Y se había comprado ropa. Su nuevo vestido era todavía peor que el anterior: de color verde pálido, sin tirantes y largo hasta medio muslo, se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Me pregunté cómo podría seguir atenta al espectáculo la gente que la rodeaba. Yo no lo estaba, desde luego. Ni siquiera desvié la mirada cuando escuche el chapuzón de la pareja.
-Es asombroso -exclamó Guido-. Y ahora nuestro amigo Pablo podrá... Hey, Pablo, ¿se puede saber qué estás mirando?-¿Qué? -me volvió rápidamente hacia Guido. Demasiado tarde: me había sorprendido mirando a Mariza.
-La has visto, ¿verdad, amigo? Hey, chicos, la parejita de Pablo ha aparecido puntual, a las diez en punto. Protegeos contra el calor, que ese tipo está echando chispas.
-Escuchad, sé lo que estáis pensando todos, pero no es eso. Ahora mismo se encuentra sin trabajo y escasa de dinero. Yo le ofrecí alojarse en mi habitación durante el fin de semana mientras decidía qué hacer No hay nada entre nosotros y..
Mis amigos estallaron en carcajadas.
-Ya, claro -pronunció Guido, con lágrimas en los ojos-. Te diré una cosa, amiguito. Si pasas el fin de semana con esa mujer y no haces nada, te pago la factura del médico, te lo juro.
-Lo que os digo es verdad -insistí-. Ella es... bueno, la conozco desde hace mucho tiempo. Es como una hermana para mí.
-Ya, una hermana -rezongó Felipe, escéptico.
-Sí, una hermana -quizá si lo repetía muchas veces, yo mismo podría creérmelo-. De hecho, crecimos juntos.
-¿Ah, sí? Entonces creciste en el lugar más adecuado. Donde yo crecí no había chicas como esas.
-Si realmente es amiga tuya, deberías llevarla a la boda le sugirió Felipe.
-... no creo que fuera una buena idea.
-Pues yo creo que es una idea estupenda exclamó Guido-. Vamos a proponérselo antes de que se marche. ¿Cómo se llama?
- Mariza. Pero no le propongas nada. No creo que se sintiera muy cómoda.
-Esa no es la impresión que me ha transmitido a mí -repuso Coco-. Parece el tipo de persona que se encontraría cómoda en cualquier parte...
-¿Lo veis? Es por eso por lo que no quiero que la boda. Seríais incapaces de morderos la lengua, vuestras mujeres se enfadarían y la fiesta acabaría en un desastre.
-Deja que nosotros nos preocupemos de eso dijo Guido-. Venga. Vamos a preguntarle a Mariza si quiere asistir a la boda.
-Alto ahí, Guido Si alguien tiene que preguntárselo, ese soy yo.
-Marcando el territorio, ¿eh? -se burló Felipe.
Me sentía atrapado. Si no se lo pedía,mis amigos no se creerían que era una vieja amiga.
-De acuerdo, se lo pediré, pero no esperéis que asista. No es nada partidaria de las bodas.
-Entonces es maravillosa y especial dijo Coco Pablito, has dado con la chica adecuada. Sexo a lo grande sin compromiso es la mejor mezcla del
-No hay sexo, maldita sea.
-Hey, chico -anunció Guido-. Creo que la mujer con la que no mantienes relaciones sexuales se encamina hacia ese lujurioso palacio que pasa por ser una habitación de hotel.
Me gire y ahí estaba Mariza haciendo una salida. Una de sus clásicas salidas. Había perfeccionado su técnica de caminar desde que tenía dieciséis años.
-Ay, chihuahua -gimió Guido.
-Yo no puedo mirar -dijo Felipe-. Tengo que mantenerme puro para Luisana.
-Pues yo sí que estoy mirando -confesó Coco-. Eso es lo que yo llamo poesía en movimiento. De hecho, me está viniendo a la cabeza un poema. Se llamará Oda a Mariza y
-No me interesan las odas, Shakespeare -le corté.
-Bueno, ¿vas a subir de una vez a tu suite o piensas seguir pegado a nosotros toda la noche? -me preguntó Felipe.
-No puedo creer que todavía sigas aquí -me recriminó Guido-. Venga, arriba.
-Estáis muy equivocados. Lo único que quiero es ayudarla con su vida, con su carrera - empecé a alejarme-. Os juro que es cierto.
Mis amigos asintieron, sonrientes, como dando la razón a un loco.
-De verdad... -insistí.
A modo de despedida, Coco levantó los pulgares.
-Hasta mañana... semental.

Sonreía mientras subía a la suite en el ascensor privado. Había visto a Pablo y a sus amigos en el espectáculo del acantilado, y sabía que me habían visto. No tenía ninguna duda de que estaban animando a Pablo, a que se reuniera conmigo aquella noche.
Pero no lo habían hecho porque pensaran que era chica. Más bien al contrario. Por lo general me sentía satisfecha de proyectar esa imagen, pero últimamente no era así. Por mucho que me disgustara, me estaba cansando de representar siempre de «chica mala», de rebelde. Entrevistar a Sol y Fernanda había sido como retroceder en el tiempo, como reencontrarse con una actitud con la que antaño me había identificado. En aquellos días habría desafiado a cualquiera a impedirme hacer lo que quería, cuando y donde quería. Si desnudando mi cuerpo podía llegar a donde pretendía llegar, adelante al diablo con todos. Eso era lo mismo que pensaban Fernanda y Sol a la hora de bailar en topless para pagarse sus estudios.
Yo aplaudía su decisión y, por mi parte, no lamentaba haber hecho algo parecido años atrás. Con, el dinero que conseguí posando para la revista Pude pagarme mis estudios de periodismo, y después Mia me contrató en Maxim. Y, por supuesto, gracias al famoso desplegable conseguí salir de mi pueblo, que había sido mi Principal objetivo. Ahora poseo un buen apartamento en Los Ángeles, y me codeo con gente interesante, disfruto de la mayor libertad sexual que habría podido desear.. Y sin embargo me sentía inquieta, como si ansiara algo que no conseguía identificar.
Sirviéndome de mi llave, activé las puertas del ascensor y salí al magnífico vestíbulo de la suite. Necesitaba sacudirme esa incómoda sensación si pretendía seducir a Pablo aquella noche. Pero nada más entrar, el rumor del agua de la cascada artificial de la entrada me recordó a los amantes del acantilado. Quizá aquel espectáculo tuviera la culpa de mi extraño humor. La leyenda me había conmovido. Solo era un relato imaginario, pero no había podido dejar de preguntarme si sería posible aquella clase de amor. Si sería posible amar lo suficiente a alguien como para arriesgar mi vida por él. Yo nunca me había tomado tan seriamente mi relación con los hombres.
Tal vez no fuera capaz de una pasión semejante. Una pasión tan intensa podía destruir a cualquiera. O atraparlo para siempre. Como había quedado atrapada mi madre. Mi padre había admitido que su esposa había sido muy desgraciada en la Hacienda, y más de una vez había afirmado que yo era igual que ella. Sin embargo, yo no tenía intención de cometer el mismo error de mi madre, y dejar que el amor la engatusara para lanzarla de cabeza a una vida que no le apetecía en absoluto.
Pero cuando miré por el rabillo del ojo a Pablo y a amigos y pensé en la ocasión que los había reunido, no pude evitar sentir una punzada de... ¿envidia?
-No podía ser. No quería convertirme en una hogareña ama de casa. Tal vez a mi hermana Camila le conviniera aquel rol, pero a mi no. Aun así, amar a un hombre como para lanzarme por él desde un acantilado de unos diez pisos de altura... eso tenía que ser toda una experiencia. Una vez había creído estar enamorada de Pablo. Pero a los dieciséis hasta el menor detalle se convertía en un asunto trascendental. Pablo me había rechazado y yo había sobrevivido perfectamente. Bueno, ciertamente había aprovechado sin dudarlo la oportunidad de vengarme, pero eso no significaba que siguiera estando enamorada de él.
Y esa vez sí que no me rechazaría. Pasé al dormitorio por el puente de caña, me descalcé y me quité el vestido. Segundos después ya me había puesto el bikini negro que me había comprado. Aquella tarde, tranquilamente, había explorado todas las opciones que ofrecía el mando a distancia, de modo que ya sabía manejarlo bastante bien. Ajusté las luces de manera conveniente, conecté el jacuzzi y sintonicé en televisión el canal de películas de adultos. Escogí la titulada Amantes en el paraíso, para ir calentando motores. El bien provisto mueble-bar. incluía un excelente champaña. Llené el cubo de hielo y puse la botella a enfriar. Envuelto en una servilleta de hilo, lo llevé a la terraza junto con dos copas. Después de dejar el mando cerca de la bañera, me sirvió una copa y me metí en el jacuzzi.
Durante un rato estuvo viendo la película y contemplando el paisaje que se divisaba desde la terraza. Estimulada por las burbujas y por las eróticas imágenes de la pantalla, empezó a ansiar con verdadera impaciencia la llegada de Pablo. Hasta que el hombre que había jugado tan grato papel en sus fantasías apareció al fin en el salón. Bajó el sonido del televisor.
-Hola. Me estoy relajando -le informé-. Descansando después de un largo y ajetreado día. ¿Qué tal la despedida de soltero?
-Bien -se aclaró la garganta-. Escucha, Mariza, yo... er... me doy perfecta cuenta de lo que pretendes, pero yo no tengo intención de...
-Oh, ya lo sé. No piensas practicar sexo conmigo, ¿verdad?
-Verdad -afirmó con voz ronca.
-Bueno, pues no tienes que preocuparte. Puedo arreglármelas sola -MI natural talento para la improvisación acudió en Mi ayuda-. De hecho, es eso lo que estaba haciendo precisamente ahora, antes de que llegaras. La película me ha estimulado, y este magnífico jacuzzi ha hecho el resto. Alguien sabía exactamente cómo colocar los chorros de agua. Es el mejor diseño que he probado nunca.
-Oh -Me miró de hito en hito, azorado.
-Admiro tus principios éticos y todo eso, pero esta suite me excita de verdad. Necesitaba soltar algo de vapor. Ahora ya estoy preparada para reflexionar sobre mis posibilidades laborales. ¿Sabías lo mucho que un buen orgasmo te puede aclarar la mente?
-Yo... nunca había oído eso.
Yo tampoco lo había oído, pero tenía sentido, teniendo en cuenta los beneficiosos efectos del sexo en la circulación sanguínea. Quizá fuera un buen tema para un futuro artículo.
-Bueno, pues la próxima vez que tengas un sabio problema que desentrañar... Prueba a masturbarte primero y ver si después puedes llegar a alguna solución.
Pablo tosió, desviando la mirada hacia el paisaje de la ciudad.
-Ya.
-¿Y bien? ¿Vamos a reflexionar en el jacuzzi o no?
-¿Con eso encendido? -desvió la mirada hacia la pantalla de televisión-. No lo creo. Perdona. Me olvidé de apagarlo -tomé el mando a distancia y desconecté la televisión.
-Deberías probar esto -dije señalando la bañera, ¿cuántas oportunidades tendrás de sentarte en un jacuzzi en una terraza como esta, admirando el paisaje nocturno de Las Vegas? No todos los días entra una desequilibrada mental en tu habitación y te la destroza.
Pablo se asomó a la terraza y miró la bañera.
-De acuerdo, quizá lo pruebe.
-Te prometo que no hablaremos de nada que no sean mis opciones laborales -intenté no pecar de exceso de confianza. Una vez que se metiera en el jacuzzi conmigo, no tendría ninguna oportunidad.
-Voy a ponerme mí... -pero de repente se interrumpió-. Ahora que lo pienso, no tengo traje de baño.
-Ya he pensando en eso.
-Y antes de que me lo sugieras me miró receloso, no me voy a bañar desnudo.
-No iba a sugerírtelo. Cuando fui a hacer mis compras me acordé que no tenías traje de baño. Ni ropa interior tampoco. Así que me tomé la libertad de comprarte algunas cosas. Calculé que tendrías treinta y cuatro de cintura.
-Supongo que sí, pero no tenías por qué haberme comprado la ropa interior -protestó, ruborizado.
-Ah, ¿y qué planeabas hacer tú al respecto?
-Yo, er.. no había pensado en nada.
-Pues, pues ahora ya no tendrás necesidad de pensar -tomé otro sorbo de champaña- Lo encontrarás todo encima de la cama.
Incómodo, Pablo se dirigió al dormitorio. Calculé que reaccionaría en unos cinco segundos. Fueron cuatro.
-¡Mariza, estos calzoncillos son demasiado pequeños! -se quejó-. ¡Y son de colores!
-No son demasiado pequeños si tienes una talla treinta y cuatro -replique-. Son elásticos. ¿No te cansas de llevarlos blancos todo el tiempo?
-No.
-Bueno, estamos en Las Vegas, Pablo. Es difícil encontrar calzoncillos convencionales en las tiendas. Yo he hecho todo lo que he podido.
Tras un largo silencio, Pablo murmuró:
-Bueno, supongo que podré arreglarme con estos para el fin de semana.
-Bien.
-Quiero decir que nadie me los va a ver.
«Excepto yo», pensé. Sonriendo, apure mi copa de champaña.
-¿Dónde está el traje de baño?
-Oh, tu... allí, sobre la almohada.
Era negro, como el suyo. Lo había colocado sobre la blanca almohada de hilo para admirar el contraste de los colores. Pero había esperado que el efecto fuera aún mejor una vez relleno del generoso equipamiento de Pablo. Tomé la botella de champaña y en esa ocasión serví dos copas. La fiesta iba a empezar. Supe que había encontrado el traje de baño cuando lo escuché reír.
-0 eso o desnudo -le grité -. Con la ropa interior no funcionará. Se te transparentará todo- como no replicó nada, intentó pensar en otros alicientes para convencerlo de que se lo pusiera.
Si vuelves a casa y le dices a Benjamín que tenías un jacuzzi en la terraza de la suite con vistas a la ciudad y no lo aprovechaste, te aseguro que lo pasarás mal. Eso sin mencionarme a mí...
De repente me quedé sin habla. Y sin aliento. Pablo acababa de aparecer en la terraza con el traje de baño. Dios mío, el joven que tan bien recordaba se había convertido en un hombre. Y qué hombre. Ningún gimnasio había moldeado aquel cuerpo. Se había ganado aquellos músculos y cicatrices cabalgando y echando el lazo durante años. No podía recordar la última vez que la vista de un cuerpo masculino me había impresionado tanto. Finalmente me obligó a decir algo:
-En-entra. El agua está riquísima -no se me ocurrió nada. No podía pensar.
-Sí, pero vamos a hablar de tu futuro laboral. Por supuesto -habría aceptado hablar de la teoría de la relatividad de Einstein con tal de que se metiera en la bañera conmigo.
-Supongo que tendremos que hablar en alguna parte. Y tienes razón. Si Benjamín descubre que no he aprovechado el jacuzzi, le dará un ataque -subió los escalones. Pero esa no es la razón por la que estoy haciendo esto.
Lo miré con atención, preguntándome si habría muerto y estaría en aquel momento en el Cielo.
-¿Entonces cuál es?
-Que descubrí que quería hacerlo. Hacía tiempo que no hacía algo solamente porque me gustara, porque me apeteciera hacerlo -y se hundió lentamente en el agua.
-Oh- no pude decir más viendo cómo las burbujas envolvían poco a poco su cuerpo. Cuando finalmente quedó sentado frente a mi, se esforzó por no soltar un gemido: por desgracia, el agua me había privado de aquella visión.
-Se está muy bien -comentó Pablo recostándose y cerrando los ojos-. Pero que muy bien.
Estuve a punto de gruñir en voz alta. Podía imaginar un placer mucho mejor, pero no quería asustarlo cuando estaba comenzando a relajarse.
-Supongo que llevar la hacienda tiene que ser una responsabilidad bastante pesada.
-No sabes cuánto -abrió los ojos y contempló la panorámica de Las Vegas-. Quiero muchísimo la hacienda, pero no me he tomado unas vacaciones desde que me hice cargo de él hace dos años.
-Pues ya va siendo hora. Toma -le entregue la copa de champaña-. Esto va bien con la vista.
Al aceptar la copa me rozo levemente los dedos, mirándome a los ojos.
-Gracias -se aclaró la garganta y tomó un sorbo-. Vaya, no está mal. Aunque no soy muy aficionado a estas bebidas.
-Me alegro de que te guste, porque una vez que se abre una botella tan carísima como esta, es un crimen no terminársela -no pretendía emborracharlo, pero no le habría importado que se relajara un poco más.
-¿Por qué tengo la sensación de que quieres que me quede aquí sentado bebiendo champaña en vez de hablar de tus planes de trabajo?
-Otra vez con tu pensamiento «o blanco o negro». Podemos hacer ambas cosas. Yo creo que hablar de planes de trabajo mientras saboreamos un champán como este puede ser una gran idea.
-De acuerdo. Puedes empezar hablándome de los trabajos que ha estado haciendo desde que dejaste el pueblo.
Había pensado en aquello y ya me había preparado la respuesta.
-He trabajado de camarera, de secretaria... ah, y chica de teléfono.
-¿Qué?- a punto estuvo Pablo de soltar la copa. Atendía los teléfonos de una empresa limpiadora de alfombras.
-Ah.
-¿Que me habías entendido? ¿De teléfono erótico?
-¡No! Claro que no. Había entendido.. . Bueno, no importa. ¿Qué más?
Me ajusté los tirantes del bikini sin otra razón que para atraer su mirada hacia mis senos.
-No creo que quieras saber todos los trabajos que he tenido- tal y como había planeado, vio que se veía atrapada por los diminutos triángulos que le cubrían los pezones.
-Tal vez no -repuso con voz ronca-. ¿Cómo... cómo te fue en la empresa de alfombras?
-No me fue mal. A la gente le gustaba mi voz. ¿Te quieres creer que subió la facturación?
-No me extraña -bebió otro trago de champaña.
-Me las arreglaba muy bien. Les decía -bajé la voz hasta convertirla en un sensual susurro-: Hola, amigo. Su alfombra necesita que la cuiden bien, que la mimen. Se merece que la sacudan, que la froten, que la laven bien... meticulosa y completamente, hasta que quede como nueva... y despliegue toda su potencia ¿Para cuándo le gustaría que diéramos servicioa su alfombra?
Mientras la escuchaba, la respiración de Pablo se había acelerado. Yo tampoco estaba muy tranquila.
-Y bien -le dije, esbozando una sonrisa radiante ¿qué te parece? ¿Tengo talento para las ventas?
-Creo... -se interrumpió-... creo que necesitas irte a la cama.
-¿Y tú?
-No.
Lo maldije para mis adentros.
-Pero quieres -murmuré. Habría apostado el salario de un año a que estaba completamente excitado.
-Sí -tensó la mandíbula-. Quiero.
Y yo también. Lo ansiaba. Me estaba volviendo loca de deseo.
- Pablo, esto es ridículo. Ambos somos dos adultos libres y responsables. Y nos estamos muriendo de ganas. No entiendo por qué no podemos entrar en ese dormitorio y pasárnoslo maravillosamente bien. Por cierto... -comenzó a bajarse los tirantes del biquini... podríamos empezar la diversión aquí mismo.
-Mariza, no.
-¿Que no qué? ¿Que no disfrute del movimiento del agua sobre mi piel? -después de dejar a un lado la copa, me quité la pieza superior del biquini, que quedó flotando en el agua. Luego, alzando las caderas, me despojé de la parte inferior.
-Ya sabes lo que quiero decir -protestó, tenso.
-Sí, y también sabes lo que necesito yo -acunándome los senos con las manos, me incorporé en el asiento para disfrutar de la caricia de las burbujas en los pezones-. Es una sensación maravillosa, Pablo. ¿Crees que está mal que me guste?
Sin despegar la mirada de mis senos, negó con la cabeza.
-Justo debajo de este banco hay un chorro de agua. Si me coloco justamente aquí, también puedo disfrutar mucho -encontré el chorro y moví las caderas hacia atrás. No era el contacto de Pablo, pero él seguía teniendo escrúpulos-. ¿Está mal?
-No- pronunció, torturado de deseo.
-Te deseo, Pablo -el movimiento del agua había trabajado rápidamente con su cuerpo ya excitado. La respiración se le había acelerado y el corazón le latía a toda velocidad. Por su rostro, podía ver que se estaba volviendo loco de observarme. Bien. Se lo merecía- Sí, te deseo de verdad -susurré- Pero si no puedo tener lo que quiero... -cerré los ojos y me humedecí los labios con la lengua-... me arreglaré con lo que haya -estremecida por las convulsiones del orgasmo, me recosté contra el borde de la bañera jadeando de placer.
Minutos después, abrí lentamente los ojos y lo miré. Estaba destrozado. En toda mi vida había visto tanta agonía en un rostro. Aspirando profundamente, recogí las dos piezas de mi biquini.
-Bueno, esto sí que ha sido divertido de verdad- le dije- Deberías haberme acompañado -de repente salí del jacuzzi y me dirigí, desnuda, al dormitorio.

Nunca me había excitado tanto como cuando vi a Mariza haciendo el amor con los chorros de agua del jacuzzi. Y el detalle de que lo hubiera hecho conmigo sentado delante... me había achicharrado los circuitos cerebrales.
No me vendría abajo. En aquellos terribles instantes no podía recordar exactamente la razón, pero sabía que el control era muy importante. Hasta ese momento no había comprendido lo que significaba la verdadera frustración sexual. Las frustraciones que había soportado en el pasado me parecían mínimas comparadas con aquel doloroso deseo que me oprimía por dentro. A mi alrededor, el agua parecía seducirme con los mismos dedos líquidos con que había aliviado la necesidad de Mariza, incrementando la mía propia. Frenético, me despoje del traje de baño y mi pene se irguió libre, en toda su plenitud.
Gimiendo derrotado, me incorporé volviéndome hacia el potente chorro de agua. Oh, Dios. Aquello no me llevaría mucho tiempo. Las luces de la ciudad se convirtieron en una maraña de colores mientras me iba acercando al clímax. Finalmente, conteniendo un gemido con los dientes apretados, me aferré al borde de la bañera mientras la evidencia de mi deseo se mezclaba con el agua burbujeante. Jadeando, temblando, dejé caer la cabeza.
-Muy bonito dijo Mariza con tono dulce a su espalda, desde el umbral.
-Vete -susurre con voz ronca, sin volverme.
-Lo haré. Solo he venido a traerte una bata, para no te quedes frío.
Solté una carcajada irónica. Frío. Ni en un millón de años. Seguía sin volverse: estaba seguro de no se había puesto nada encima. Y si la miraba, volvería a desearla tanto como antes.
-Ese pequeño alivio no será suficiente, y lo sabes - murmuró Mariza -. Al menos para mí. Eres un hombre conmovedoramente testarudo, Pablo. Pero por si decides quebrar esa voluntad férrea que tienes, estaré en el dormitorio. Podríamos pasárnoslo tan bien
Otra vez intenté recordar por qué no debía hacer el amor con ella. Tenía que haber una buena razón. Cuando transcurrió un tiempo prudencial me volví: Mariza ya no estaba allí. Salí entonces de la bañera y me senté en un sillón, desnudo, frente al luminoso resplandor de Las Vegas. Pensé que la combinación de aquella ciudad y Mariza Andrade corromperían al más inocente en un santiamén.
Pero yo tenía que resistir. No me gustaba pensar en mí mismo como un hombre frívolo, inconstante. Mi hermano Benjamín era distinto. Yo siempre me había tomado muy seriamente mi papel de hermano mayor. Desde que era niño mi madre me había dicho debía ser un buen ejemplo para Benja, y eso era lo que siempre había intentado hacer. Sobre todo después de la muerte de mi madre.
Pero no había sido así en el hogar de Mariza privado de una figura maternal. En ese caso, la hermana más pequeña, Camila, era la que habla asumido el papel de hija responsable, y Mariza, la mayor, había representado desde el principio el de hija rebelde. Quizá aquello no tuviera nada que ver con las circunstancias y todo con sus respectivas personalidades. Mariza y Benjamín estaban cortados con el mismo patrón. Me sentía extremadamente agradecido que fuera yo y no mi hermano quien estuviera en aquellos momentos allí, porque su comportamiento habría sido del todo distinto del mió. Aunque quizá ya no, porque por primera vez en toda su vida parecía que estaba enamorado.
Pese a mis mejores esfuerzos, no había tenido mucho éxito en corregir el comportamiento de mi hermano. Curiosamente era Camila quien lo había hecho, y lo cierto era que finalmente Benjamín estaba madurando. Me pregunté si todo aquello tendría que ver con la inquietud que yo mismo estaba sintiendo últimamente. Ya no se me requería para ser modelo de conducta de nadie. 0 quizá simplemente Mariza se me había metido debajo de la piel, algo que había hecho siempre, para terminar despertando el lado más oscuro de mi personalidad. Quizá había llegado el momento de admitir que siempre le había tenido cierto miedo.
Y tal vez también había llegado el momento de que me relajara de una vez, de que me dejara llevar, al menos por ese fin de semana. Pero Mariza no necesitaba un hombre que se relajara con ella, a pesar de lo que me había dicho. Necesitaba un hombre que se mantuviera firme y responsable, que la ayudara a tomar algunas decisiones importantes. Sí. Eso era lo que había estado intentando recordar.. Mantener las manos alejadas de Mariza en beneficio no mio, sino de ella. Detestaba que la gente viera en Mariza nada un cuerpo bonito y una desinhibida actitud.
Era una mujer creativa, divertida, valiente e inveteradamente optimista. Tenía que dedicarse a una actividad que desarrollara todo su potencial. Disponía de aproximadamente cuarenta y ocho horas para hacerle sugerencias al respecto. Y gran parte de ese tiempo estaría ocupado con la boda, así que debía aprovecharlo bien. Me había olvidado de preguntarle si quería asistir o no a la boda. Oh, diablos, probablemente no estaría interesada en absoluto. Así que cumpliría con mis obligaciones y utilizaría el tiempo para hablar con Mariza de sus opciones laborales.
Sin cubrirme con la bata, empecé a adormecerme. Necesitaba descansar. El día siguiente se prometía muy ocupado.

Yaciendo en la cama durante una interminable espera, atenta al menor de los movimientos de Pablo, tuve que convencerme finalmente de que pensaba pasar la noche en la terraza. Aquella primera batalla de voluntades había acabado en empate. Quizá no había conseguido aún que se pusiera un preservativo, pero se había puesto el sexy traje de baño que le había comprado y había evidenciado el efecto de mis mañas seductoras.
¡Y cómo! Viéndolo masturbarse, yo había estado a punto de tener otro orgasmo. Nunca había visto un hombre masturbarse antes, excepto en las películas
-Y, por cierto, tampoco me había permitido hacer lo mismo bajo la mirada de un hombre. Pese a lo que pudiera pensar Pablo, aquel también era un terreno novedoso para mí.
Por supuesto, tampoco había visto nunca a un hombre sentarse en un jacuzzi conmigo y no tocarme. Cuando empezó aquel juego con los chorros de agua supuse que Pablo terminaría sumándose a la diversión. Su continuada resistencia, sin embargo, no me dejó más remedio que continuar sola. Tenía la sensación de que, cuanto más contenido se mostraba él más atrevida me mostraba yo. Y me gustaba esa dinámica.
Pero no quería seguir así durante todo el fin de semana. Tarde o temprano tendría que vencer totalmente su resistencia. Aunque todavía excitada, empecé a adormecerme. Mañana sería un día largo y fascinante...
Me despertó el timbre del teléfono. Envuelta en una niebla de sopor y eróticos sueños, parpadeó varias veces mientras intentaba en vano encontrar el aparato. Aquella suite no tenía nada tan ordinario como una mesilla con un teléfono normal. Finalmente recordé haber visto uno en el cuarto de baño, en forma de caracola, colgado en la pared. Fui hasta allí, saque la antena extensible y tuve que aclararme la garganta antes de contestar:
-¿Diga?
-¡Mariza, soy Felipe! Escucha, siento molestarlos, pero Luisana necesita saber con seguridad si vas a venir al final a la boda.
-¿La boda? -empecé a peinarme le pelo con los dedos frente al espejo, y fue entonces cuando descubrí a Pablo en el umbral. Envuelto en el albornoz blanco, sin afeitar y más sexy que nunca. Volviéndome hacia él, lo miré-.
-No sabía que estuviera invitada -le dije a Felipe.
-¿No te lo dijo Pablo? Oh, diablos, probablemente estaría distraído con otras cosas -como trasfondo de su voz, Mariza pudo escuchar una carcajada _. Pues estás formalmente invitada. Pablo nos dijo que son amigos desde la infancia.
-Y es verdad -advertí la atención de Pablo hacia mis senos, que se delineaban perfectamente bajo la fina tela de mi camiseta. Sin dejar de mirarlo a los ojos, deslicé una mano debajo de la prenda-Para mí es como un hermano -empecé a acariciarme lentamente.
Pablo se quedó sin aliento.
-Eso es lo que estuvo intentando decirnos anoche. Bueno, ¿vendrás a la boda esta tarde?
-Me encantaría -excitada, distinguí un oscuro brillo de deseo en la mirada de Pablo -. ¿A qué hora será?
-A las siete. Oh, a las once de la mañana habrá un pequeño ensayo, con comida incluida. Al que también estás invitada, por supuesto. Tenemos que comprimir las cosas para que quepan en el fin de semana. ¡Me alegro mucho de que vengas!
-Yo también. ¿Quieres hablar con Pablo?
-¿Está disponible?
-No sé. Voy a preguntárselo -tapé el auricular con la mano-. ¿Estás disponible? -murmuré con voz sensual.
Pablo soltó un gruñido por toda respuesta.
-Yo diría que eso es un sí -sonriendo, le tendió el teléfono -. Creo que voy a tomar una ducha- y me quité la camiseta mientras me dirigía a la cabina de cristal. Cuando volví a mirar para ver si Pablo seguía allí, descubrí que había abandonado el cuarto de baño. No volvió a aparecer mientras me duchaba y lavaba el cabello. Después de secarme y de ponerme otro de los sensuales vestidos que había comprado el día anterior, seguí el aroma del café recién hecho hasta el salón. Allí lo encontré con una taza en la mano, delante de un maravilloso servicio de desayuno.
-No vas a renunciar, ¿verdad? -me dijo nada más, a mirarla.
- Pablo, te tendré antes de que termine este fin de semana -le aseguré, riendo-. Tú lo sabes y yo también, así que será mejor que te vayas acostumbrando a la idea.
-No -se levantó, dejando su taza sobre la bandeja-. Te equivocas. Pretendo demostrarte que por lo menos hay un tipo aquí, yo mismo, que está interesado en ti, en tu persona, al margen de tu cuerpo.
Yo tenía que admitir que el plan era conmovedor. Destinado al fracaso, pero conmovedor.
-¿Y crees que lo conseguirás?
-No te lo tomes a mal -suspiró profundamente-, pero espero convencerte de que hagas algo con tu vida que no tenga nada que ver con el sexo, o con la sugestión del sexo.
-Entiendo -así que estaba decidido a sacrificarse a sí mismo con tal de reformarme. Y, conmovedora o no, su actitud también era insoportablemente altanera. Creía saber lo que era bueno para mí y lo que no. tenía que hacer fracasar su plan, aunque solo fuera para darle una lección de humildad.
-He pedido que nos suban el desayuno -señaló la bandeja-. Sírvete mientras me ducho y me afeito. Dentro de veinte minutos tenemos que estar abajo para el ensayo.
Tenia que ser prudente. No tenía sentido preparar en aquel instante una maniobra de seducción y retrasar su incorporación al ensayo.
-¿Cómo vas a afeitarte?
-Pedí al servicio que me subieran algunos artículos básicos.
-Que pena. Yo te habría prestado gustosa mi cepillo de dientes. Una vez que le doy a un hombre un beso con lengua, no me parece tan terrible compartir con él mi cepillo de dientes.
-Eso no volverá a suceder -murmuró Pablo mientras iniciaba una retirada táctica hacia el dormitorio.
-Qué pena. Eres muy bueno dando besos con lengua. Esperaba descubrir que fueras igual de hábil de utilizar la lengua en otras zonas...
Sonreí al escuchar el gruñido que soltó antes de desaparecer en la habitación.
Si Pablo había esperado algún problema en como me relacionaba con sus amigos, se equivocó de medio a medio. Durante el ensayo y la comida que siguió, me llevé maravillosamente bien con todo el mundo; incluso hice un esfuerzo especial por agradar a los padres Felipe y Luisana. La comida fue servida en el lujoso restaurante del hotel. En la mesa Pablo separado de mi, que terminó sentándose al otro extremo.

Mi posición me permitió observar su táctica: no había duda, era capaz de hablar con cualquier tipo de persona, por muy diferente que fuera.
Una vez que llegó la comida, la esposa de Coco, roció con limón su plato de atún y salpicó accidentalmente el escote de Mariza, y Mariza reaccionó echándose a reír:
-Hey, échame un poco más. El zumo de limón es buenísimo para la piel, y además huele estupendamente.
-Es verdad. Yo voy a imitarte -sonrió Micaela y se bautizó ella misma.
La idea tuvo más seguidoras, en medio de la diversión general y antes de que terminara la comida ya era una más del grupo. En cuanto a su actitud hacia mí, en público se comportaba de manera absolutamente inocente, como si fuera mi hermana pequeña. O como si el sexo fuera lo último en lo que estuviera pensando.
En cierta forma, no pude evitar sentirme algo decepcionado al respecto. Tenía que admitir que presentarme en público con Mariza halagaba maravillosamente mí vanidad. Me sorprendí a mí mismo esperando con impaciencia a que terminara la comida para volver a tenerla para mí solo. Hablaríamos solamente de sus diversas opciones laborales, por supuesto. Estaba revisando mentalmente aquellas opciones, que incluían un anticipado retorno a la suite con Mariza, cuando Luisana trastocó todos mis planes.
Levantándose de la mesa, le propuso a Mariza:
-Micaela, Laura, Luján y yo tenemos hora para hacernos la manicura en la peluquería del hotel. Podrías venir con nosotras y contarnos hasta la última anécdota que recuerdes de Pablo. ¿Qué te parece?
-Fantástico -aceptó Mariza, sonriendo, y se dispuso a retirarse con las demás mujeres. En el último momento se volvió hacia mí, para despedirse-. Hasta luego, hombretón.
-Qué chica tan maravillosa -comentó Felipe después de que se hubieran marchado-. Lo que no entiendo es cómo podes mantener una relación puramente platónica.
-Es verdad -convino Coco-. Tienes que trabajarte eso, amigo. Está claro que crecieron juntos, pero el caso es que tú creciste. Y ella también.
-¡Y cómo! suspiró Guido. De inmediato miró a los padres respectivos de Felipe y de Luisana, que estaban al lado-. Estoy hablando de una manera completamente respetuosa, por supuesto. Yo estoy loco por mi mujer.
-Todos estamos locos por nuestras mujeres. Pero una mujer como Mariza aparece en escena, tendrías que ser un cadáver para no notarlo.
-Amén -repuso el padre de Felipe-. Pero sigo teniendo la impresión de que me resulta vagamente familiar. ¿Ha participado en algún anuncio de televisión o algo así?
-No que yo sepa -dije. Pero esa era otra opción laboral que quería proponerle.
-Te entiendo perfectamente -terció Coco-. Yo también tengo la sensación de haberla visto antes.
-Quizá sea porque se parece a Julia Roberts... -intervine, preocupado por aquel rumbo de la conversación.
-Bueno, es cierto que se parece, pero no es eso- dijo el padre de Felipe-. Juraría que la he visto antes incluso el nombre me resulta conocido. Dadme un poco de tiempo. Antes de que termine la semana me habré acordado.
Por supuesto, yo deseaba con todas mis fuerzas que fracasara en aquel empeño.

No podía recordar la última vez que había frecuentado la compañía de mujeres casadas. A pesar de mis prejuicios, la experiencia no pudo gustarme más. En lugar de intercambiar recetas de cocina, lo que querían Luisana, Micaela, Lujan y Laura era compartir sus fantasías sexuales mientras se hacían la manicura.
-El año pasado, cuando la boda de Guido y Laura, nos pasamos una tarde entera hablando de esto -me explicó Luisana-. Y nos prometimos que volveríamos a hacerlo en mi boda.
-A mí me encanta, desde luego.
-Podrías contarnos la tuya. Mientras te la piensas, ahí va la mía...
Intentando no quedarme con la boca abierta, escuchó la fantasía sexual de Luisana, una rubia de ojos azules y mirada angelical. El eje argumental consistía en su rapto a manos de un jeque, que acababa vendiéndola en un mercado de esclavos.
-¡Ahora voy yo! -exclamó Micaela tras los aplausos con que fue acogido el relato de Luisana.
Micaela, una verdadera belleza de origen italiano, describió una escena en la que gobernaba a su capricho a unos hermosos esclavos, impartiéndoles una escandalosa lista de órdenesyo me sumé a una nueva ronda de aplausos, hasta que me llegó el turno. ¿Quieres contarnos tú la tuya? No tienes porqué hacerlo, pero es divertido.
-Eso ya lo veo. A ver, ¿cómo era.. ? Sí, yo soy una hermosa reina, y mi paje está enamorado de mí pero no se atreve a decirme nada. Yo imagino que está enamorado de mí, así que me dedico a seducirlo sutilmente...
-Oh, eso está muy bien. Y poco a poco empieza a ceder
-Exacto. Y, como es un hombre normal, al final no puede evitarlo y me hace el amor, pero sabe que podría matarlo por ello. Así que arriesga su vida amándome. Por la noche, en la sala del trono. Afuera está lloviendo.
-Ya, y tú por supuesto lo toleras -dijo Luján.
-Naturalmente -intervino Luisana, riendo-. Y supongo que no lo haces matar.
-No, solo lo amenazo con hacerlo si no se esfuerza al máximo por satisfacerme. Y así noche tras noche.
-¡Excelente! -exclamó Laura-. ¡0 te produce orgasmos, o pierde la cabeza! Entonces hasta las peluqueras se ofrecían a sus fantasías sexuales Y todo el mundo decidió una segunda ronda.
-¿Cómo fue tu infancia con Pablo, Mariza? -le pidió Luisana minutos después.
-Bueno, su hermano pequeño Benjamín y yo siempre estábamos metiendo en problemas, y Pablo siempre tenía que salir en nuestra defensa.
-Me imagino a Pablo haciendo eso comentó Micaela- Da el tipo de hombre protector. ¿Os llegasteis a liar alguna vez?
-Oh, en realidad no...
-¡Se está ruborizando! -exclamó Luisana.
-Solo fue una cosa de niños -no podía creer que se hubiera puesto colorada-. Ya sabéis, lo típico de los graneros. Nada del otro mundo.
-Pero podría serlo ahora. Si tú estás interesada, claro -dijo Luján-. Te mira como un adicto al chocolate miraría una caja de bombones.
-Ya -se echó a reír Luisana-, apuesto a que todos los hombres hacen eso cuando creen que no los están mirando. Tienes un cuerpo matador, chica.
Me ruboricé aún más.
-Lo llevas muy bien -declaró Laura con tono aprobador-. Y yo sigo manteniendo que él está interesado. Quiero decir, realmente interesado.
-Tal vez, pero no quiere estarlo confesé antes de que pudiera evitarlo.
-¿Por qué no? -averiguó Laura, abriendo mucho los ojos.
Suspiré. No había querido hablar tanto, pero aquellas mujeres parecían tener un don para las confidencias.
-Quizá esté sexualmente interesado, pero no quiere saber nada porque no habría ningún futuro para nuestra relación, y porque no podría darme tranquilamente la espalda cuando todo hubiera terminado. Mi padre y mi hermana siguen trabajando para él, en el rancho, y su hermano va a casarse con mi hermana. Todo es muy complicado.
-Espera un momento -dijo Luisana-. ¿Por qué no habría ningún futuro para una hipotética relación entre vosotros?
-Porque... no os lo toméis a mal. Creo que vuestros hombres son fantásticos. Pero yo no me veo como esposa de un hacendado.
-Ah, ya -Luisana estalló en carcajadas-. La esposa de un hacendado. La mujer dedicada que no se maquilla jamás y recoge huevos frescos del corral.
-Claro -Micaela se sumó a la diversión-. La que cocina su propio pan y cose las cortinas de la casa.
-Y cose la colcha de la cama terció Luján.
-Y no te olvides del cuidado de los animales-señaló Laura.
Luisana me miró divertida.
-Es en eso en lo que estás pensando, ¿eh? En una granjera sacada de una película de vaqueros.
-Supongo que sí. Quiero decir que quizá vuestra descripción haya sido algo exagerada, pero sí.
-Bueno, el caso es que la esposa del ranchero... guiñó el ojo a su hermana y a sus dos amigas.
-Adelante, chicas.
-¡Pertenece al siglo pasado! -gritaron las mujeres al unísono. -¡Larga vida a la mujer del hacendado! exclamó Luisana alzando un puño ¡Ahora se hace la manicura!
-¡Encarga comida rápida! -Laura levantó también una mano.
-¡Y contrata un servicio de limpieza! -estalló Micaela.
Yo me eché a reír, divertida.
-Me alegro por vosotras. Estoy impresionada. Evidentemente lo habéis conseguido.
No importa el lugar -contradijo Luisana-. Las mujeres de todas partes están cambiando. Entramos en un nuevo milenio. Hey, si a una mujer le gusta hacer eso, estupendo. Pero se puede vivir en una hacienda y disfrutar de todas las cosas buenas de la vida.
-¿Sí? Pues alguien debería decírselo a Pablo Bustamante.
-En efecto -asintió Luisana-. Y yo creo que tú eres la mujer adecuada.
El grupo se disolvió poco después. Yo me disculpé con el fin de aprovechar el resto de la tarde y terminar las entrevistas para mi artículo. Como no tenía necesidad de presentarme personalmente en el local, lo hice por teléfono. Para asegurarme de que no me viera nadie, entré en una cafetería y escogí una mesa apartada.
Cuando salía, pasé por delante de una boutique que exhibía un vestido impresionante. Consciente de que necesitaría ponerme algo elegante para la boda, no lo dudé y entré en la tienda. Mientras me lo probaba, me miré en el espejo. ¿Era aquella la imagen de la nueva y emancipada esposa de un hacendado? ¿Podía la esposa de un hacendado posar desnuda para una revista? Por supuesto que no. Y tampoco tenía ningún sentido ponerme a pensar en ello. Por mucho que hubiera cambiado de imagen, la aburrida institución matrimonial seguía siendo la misma. Pero las mujeres que había conocido ese día no parecían damas aburridas, resecas. Eran mujeres inteligentes, sensatas. Y acostarme con Pablo cada noche no ne parecía un plan tan malo.
De todas formas, Pablo jamás me plantearía esa opción. Si ni siquiera quería acostarse conmigo esa noche, difícilmente me pediría que compartiera el resto de mi vida con él. Pero esa noche se acostaría conmigo. Me miré una vez más en el espejo. Definitivamente.

Me compré unos pantalones cortos para poder pasar la tarde jugando al voleibol con mis amigos en la pista del hotel. Me encantó sumergirme en el ejercicio físico. No volví a la suite hasta que tuve que ponerse el frac. Esperando ver a Mariza desnuda, tentándome en una nueva maniobra de seducción, descubrí que no estaba. Mientras me duchaba y me vestía esperé verla aparecer en cualquier momento. Hasta que, finalmente, mi curiosidad se transformó en irritación. La habían invitado a la boda y no podía retrasarse. Luego mi enfado se convirtió en preocupación ¿y si, después de todo, había vuelto al bar. Para aceptar el trabajo? Frente al espejo del de baño, intenté anudarme mi corbata de lazo.
Dada mi escasa práctica, nunca había aprendido a hacerlo bien. Con un gruñido de frustración, me la solté y empecé de nuevo.
-¿Necesitas ayuda, vaquero?
-De repente la vi reflejada en el espejo, apoyándome lánguidamente en el arco de entrada que comunicaba cuarto de baño con el dormitorio. Parecía que acababa de llegar: estaba algo despeinada, y ruborizada el calor. También estaba respirando aceleradamente, a pesar de su relajada pose. Su ajustado top de ganchillo se elevaba y bajaba rítmicamente, y me pregunté si se habría dado prisa en llegar porque se había retrasado o porque estaba deseosa de verme de nuevo.
-Parece que esa corbata te está desquiciando. ¿Tienes que estar abajo dentro de unos minutos?
-Sí -Me encontró con mi mirada en el espejo y tanteé el riesgo de pedirle que me ayudara-. ¿Tendrás tiempo para prepararte?
-Claro. Dispongo al menos de media hora más tú. Me vestiré después de que te marches. Pero no puedes bajar con la corbata en ese estado se acercó hacia mi-. Vuélvete a ver qué puedo hacer.
-¿Qué tal la sesión de manicura?
-Fantástica. Y ahora quédate quieto -murmuró mientras sujetaba los dos extremos de la corbata.
Oh, desde luego que me quedé quieto. No me atrevía ni a mover un músculo. Solo esperaba no sufrir alguna reacción involuntaria. Había cosas que no se podían controlar. Concentrando la mirada en un punto del vacío por encima de su cabeza, intenté no sentir nada, pero no tuve mucha suerte. Era demasiado consciente del leve rumor de su respiración, del roce de sus dedos, de su aroma a frambuesas. Si se inclinara solo un par de centímetros más, me rozaría con los senos la pechera de la camisa. Cerré los puños contra los costados.
Al bajar la mirada, comprendí inmediatamente que aquello era un error. Mariza podía, cuando se lo proponía, ser la mujer más tentadora y provocativa del mundo. Pero en aquel preciso instante, para mi asombro, no me lo estaba proponiendo. Y pese a ello resultaba igual de irresistible. Toda su concentración estaba centrada en mi corbata. Aparentemente no tenía mucha más práctica que yo en aquellas cosas, pero estaba haciendo todo lo posible. Yo encontré aquello enternecedor.
-¡Caramba! -exclamó ella.
-¿Me dejas intentarlo a mí otra vez? -le pregunté.
-No, ya lo hago yo. Solo es falta de práctica.
Lo que significaba que no le había hecho ese tipo de favor a ningún hombre recientemente. Yo me alegraba de saberlo.
-¡Ya está! -exclamó con una sonrisa triunfal ¡Lo conseguí!
Sentí un nudo de emoción en la garganta. Recordaba haber visto aquella expresión en su rostro cuando tenía nueve años. Yo, con doce, le había estado enseñando a lacear al potro en el corral. Cuando finalmente lo consiguió, me había lanzado aquella misma sonrisa. Qué ironía. Lo que más me había preocupado era mantenerme firme frente a los intentos de seducción de Mariza pero me resultaba todavía más difícil resistirme cuando tanto me recordaba la feliz niña que había sido...
-Estás muy guapo, Pablo -me dijo con tono suave.
En esa ocasión no había brillo de malicia alguno en sus ojos. Era un cumplido sencillo y simple, que no escondía ninguna otra motivación.. Estaba perdido.
- Mariza -la tomé de los brazos, deleitándome con y tersura de su piel.
-Tienes que irte -me recordó con voz ronca.
-Antes tengo que besarte.
-Pablo.
-Tengo que hacerlo -y la besé con un gemido de alivio. Sí. ¡Cómo había ansiado aquel beso! Era una necesidad muy diferente de la que había experimentado la noche anterior. Había un matiz sexual en aquel anhelo, pero también había otra cosa. Algo que tenía que ver más con la veneración que con el deseo enloquecido, y que me aterraba.
Ah, la maravilla de la boca de Mariza sus húmedos labios contra los míos, respondiendo, entreabriéndoseEmpecé a acariciarle la piel de los brazos, piel sedosa. Y, antes de que me diera cuenta, alcé ambas manos hasta su cuello y le desaté el tirante del top. De repente perdí el control y, acariciándole los senos, comencé a trazar un sendero desde sus labios hasta su cuello, cada vez más abajo.
-Pablo.. tienes que... marcharte.
Oh, no. No podía marcharme ahora. No cuando estaba saboreando el Cielo.
-Debes... irte.
Con un murmullo de protesta, aparté la boca y acaricie un húmedo y erecto pezón con el pulgar, antes de comenzar a lamerle meticulosamente el otro. Muchos hombres habrían muerto por menos que aquello. Apenas podía creer que estuviera realmente acunando sus preciosos senos entre mis manos. Estaba maravillado por lo que estaba sucediendo. La cabeza me daba vueltas e incluso me zumbaban, me pitaban los oídos.
Pero no; se parecía más a un timbre, y era igual de insistente. Como el timbre de... un teléfono. Mariza se liberó de mi abrazo.
-Perdona -murmuré.
Aturdido, me la quedé mirando fijamente mientras abría el bolso y sacaba su móvil. Un hombre se habría vuelto loco acariciando aquellos senos... ¿Un teléfono móvil?
Ella pulsó un botón y volvió a guardarlo en el bolso. Al instante alzó la mirada.
-Será mejor que te vayas -murmuró.
-¿Qué... -Me aclaré la garganta antes de continuar-... qué era eso?
-Nada.
-¿Tienes un móvil?
-Sí.
-¿Por qué? -no podía hacer encajar un teléfono móvil con la descarriada vida que llevaba. Me parecía extraño.
-Es para trabajar.
De repente fue como si todo encajara en su lugar.
-Mariza ¿eres una chica... de compañía?
-No, no lo soy.
Debió haber supuesto que lo negaría. ¿Qué había esperado que hiciera? ¿Que le confesara algo semejante?
-Sí que lo eres, ¿verdad? Y tenías miedo de decírmelo.
-No, yo...
-No, espera -no podía culparla. No cuando cada vez que la miraba me entraban ganas de acostarme con ella-. No es culpa tuya que los hombres te deseen -dije-. Diablos, mírame a mí. No puedo tener las manos alejadas de tu cuerpo, pese a todos mis esfuerzos por dominarme.
-Pablo te estoy diciendo que no soy una chica de compañía.
-Y yo te estoy diciendo que lo comprendo. Trabajemos sobre ello.
-De acuerdo -alzó ambas manos-, cree lo que quieras. Pero ahora mismo será mejor que bajes de una vez -se irguió. El top se le había caído hasta la cintura, pero no hizo ningún intento por cubrirse y atárselo detrás del cuello.
-Sí. Ya tendría que bajar... -pero no podía dejar de mirarla. Alcancé a distinguir un brillo de humedad en sus senos, el que le había dejado mi ansiosa boca. Que Dios me ayudara, pero deseaba más.
Una chica de compañía. Aquello exigía con más fuerza que nunca que no le hiciera el amor. Mariza necesitaba mantener conmigo una relación completamente romántica si deseaba de veras cambiar de vida. De repente, sin dejar de mirarme, se quitó el top por encima de la cabeza y se sacudió la melena.
-A no ser que quieras que aliviemos nuestros deseos en unos minutos, como medida de emergencia...
-¡No! -retrocedí hacia la puerta, temblando de frustración-. Escucha, nunca debí haberte besado- pero, oh, Dios, había sido fantástico. Todavía podía paladear su sabor.- Mañana planificaremos una estrategia laboral. Quizá las ventas...
-¿Por qué tengo experiencia en ventas, quieres decir? -arqueó las cejas-. Supongo que tiene sentido. Si puedo vender mi cuerpo, podría vender cualquier cosa.
-¡No era eso lo que quería decir!
-Aunque no debo de ser muy buena vendiendo mi cuerpo -se descalzó y empezó a quitarse la falda-. Porque te lo he ofrecido gratis varias veces y siempre me has rechazado.
El corazón amenazaba con salírseme del pecho mientras la veía desnudarse del todo.
-Esto es muy duro, muy duro...
Ella se echó a reír, bajando la mirada a la parte medía de mi cuerpo.
-No, si ya lo veo...
-¡Hey! No quería decir..
-Los hombres me han contado todo tipo de mentiras, Pablo, pero solo tengo que mirarles la caída de los pantalones para saber exactamente lo que están pensando. Es como esos palitos que usa la gente para buscar agua. Los hombres pasan cerca de mí y.. ¡boing! El palito apunta en mi dirección -el brillo de malicia había vuelto a sus ojos-. Cuando decidas buscar agua, ven a verme. Te haré una tarifa especial.
Tuve que hacer uso de una increíble fuerza de voluntad para dar la espalda a una desnuda y muy tentadora Mariza y salir de la suite. Pero, de algún modo, lo conseguí.

Como era mi deber, instalaba mecánicamente a los invitados en las filas de sillas blancas del jardín donde iba a celebrarse la ceremonia, pero pensando en la conversación que acababa de tener con Mariza. Qué estúpido había sido al no descubrir la verdad desde el principio. La entrevista de topless muy bien habría podido ser de tipo, quizá con una celestina. La simple posibilidad me provocó un estremecimiento. Bien, pues yo iba salvarla de aquel tipo de vida, al igual que Richard Gere había salvado a Julia Roberts en Pretty Woman.
De repente apareció ella, luciendo su último vestido, más bella que nunca. La sangre empezó a arderme en las venas mientras me apresuraba a escoltarla su asiento.
Ella me sonrió, maliciosa, al acercarme. Se había recogido la melena en lo alto de la cabeza, en un estilo deliciosamente sofisticado. Y el vestido quitaba el aliento: reverberaba como si fuera mercurio, delineaba su figura a la perfección. Parecía hecho de un material iridiscente, relampagueando como un holograma a cada paso que daba.
Aunque el vestido era de cuello alto, presentaba en el pecho una amplia abertura en forma de diamante. Y la espalda del mismo era inexistente. La falda era larga hasta los tobillos, pero con una abertura lateral hasta la cadera. Con el corazón acelerado, le ofrecí mi brazo.
-¿Dónde quieres sentarte? -le pregunté.
-En tus rodillas -murmuró.
-Mariza... -por un instante temí que mi corazón fuera a salirse del pecho.
-¿Eso es un sí o un no?
-Eres una descarada.
-Y tú estás excitado. Apostaría a que tu palito ya me está señalando. Y que ahora mismo te estás imaginando todo tipo de posibilidades.
-Estás muy segura de ti misma, ¿verdad? -pensé que tenía derecho a estarlo.
-Sí, y también de que durante toda la ceremonia no dejarás de pensar en mí. Por cierto, me sentaré cerca del novio. Al fin y al cabo, fue él quien me pidió que asistiera a la boda.
Suspirando, la escolté hacia los asientos de la parte derecha del altar.
-Sé que te mueres de ganas de saberlo, así que te ahorraré el suspense. No llevo ropa interior. Podrás pensar en eso mientras permaneces de pie en el altar haciendo esfuerzos por no mirarme.
Trague saliva. Advertí que la mayoría de los hombres que nos rodeaban tenían la mirada fija en Mariza.
-¿Piensas mantener ese comportamiento durante toda la tarde?
-Solo me estoy comportando conforme a tus expectativas, Pablito. ¿Te gusta el vestido?
-Será mejor que te sientes de una vez.
-Hasta luego, hombretón -murmuró.
Segundos después ocupó mi lugar al lado de lo otros padrinos. Mientras el sacerdote oficiaba la ceremonia, intenté concentrarme en sus palabras. Después de todo, esa era la razón por la que estaba allí. En lugar de eso me pasé la ceremonia entera como Mariza había predicho que lo haría: intentando en vano no mirarla.

Llegue a interesarme por la ceremonia mucho más de lo que había esperado en un principio. Incluso tuve que parpadear para contener las lágrimas, emocionada. Cuando me acordaba que mi hermana Camila se iba a casar sin yo estar presente, sentía un doloroso nudo en el estómago. Años atrás habían convenido que cada una haría de dama de honor de la otra.
Desechando aquellos deprimentes pensamientos, procuré concentrarme en Felipe y en Luisana. Parecían tan felices, como si les importara tan poco su libertad... Por el contrario, yo siempre había creído en la importancia de no cerrarse nunca puertas, de mantener abiertas todas las opciones. Las opciones de volar a París cuando se me antojara, de acostarme con cualquier bombón que se me cruzara en mi camino... Luisana estaba renunciando a todo eso. Pero en aquel momento no me parecía tan mala la vida que estaba escogiendo, y todas aquellas opciones parecían haber perdido de pronto su atractivo.
La culpa era de Pablo. El hecho de volver a verlo había reavivado todos aquellos infantiles sueños de vivir con un único hombre, Pablo Bustamante, para el resto de mi vida. Ningún otro hombre me había inspirado esos sueños, y cuando Pablo me rechazó, yo lo consideré la idea más estúpida del mundo. Y seguía, siéndolo. Luisana y sus amigas podían pensar que el mundo había cambiado lo suficiente como para que una mujer como yo pudiera ser feliz en un simple pueblito de Córdoba, pero se equivocaban. Yo, que había heredado el mismo gusto por la aventura que mi madre, lo sabía perfectamente.
Pablo también lo sabía, y esa era la razón por la que nunca se había planteado relacionarse conmigo. Allí estaba, vestido de frac, más guapo que nunca. Pablo Bustamante me hacía anhelar cosas que estaban más allá de mi alcance. Mientras tanto, solo dispondría de un fin de semana para hacer el amor con él. Otra mujer sería la afortunada de tenerlo como compañero para toda la vida. Parpadeé nuevamente para contener las lágrimas y maldije para mis adentros. Una de las razones por las que odiaba tanto las bodas era porque siempre me hacían llorar.

-Hombre, mira a esa mujer -Guido me tendió una de las dos piñas coladas que acababa de pedir en la barra. Se refería, como no podía ser menos, a Mariza-: Dime que no vas a dejar que se desperdicie.
Tomé un sorbo esperando que el refresco enfriara un tanto el fuego, que me quemaba por dentro. Ante mis ojos, Mariza no dejaba de bailar al ritmo de la música hawaiana y de las palmas del corro de admiradores que le aplaudían.
-Tienes una mente verdaderamente retorcida -le dije a Guido, aunque yo mismo también podía aplicarme aquel comentario.
-No ha dejado en ningún momento de mirarte. Cualquier hombre con sangre en las venas no lo habría dudado, pero tú... ¿Puedes decirme qué diablos te pasa? Mira, sé que hay algo entre vosotros dos. Salta a la vista.
Yo también había llegado a la misma conclusión para mi desgracia. Debería haberme comportado con la nobleza exigida por las circunstancias. Debería haber sido capaz de mantener las manos alejadas de Mariza, y colocarme en una posición moral que me autorizará a ayudarla. A reformar su vida. Pero no. Ella se había salido con la suya. Ya no podía contenerme más.
De repente Mariza se volvió hacia mi y me lanzó un beso al aire.
-¿Lo ves? -rió Guido- Como te decía, salta a la vista. Durante la comida no estaba muy seguro, pero esta noche está claro que va detrás de ti, amiguito me dio una palmada en la espalda-. ¿Qué se siente objeto de las envidias de todos los hombres de todos los hombres?
-El efecto es maravilloso -respondí, irónico.
-Pues no pareces nada contento. ¿Es que hay algún problema?
-Damas y caballeros -resonó de pronto la voz a través de los altavoces-, presten atención por favor..
-Maldita sea, con lo que le gustan los micrófonos-rezongó Guido-. En cuanto ve uno, se abalanza sobre él.
Creo que ha llegado el momento de... continuo Coco, mirando a la multitud-... ¡de jugar a ese y entrañable juego de las sillas, pero en nuestra particular versión!
Yo recordaba haberme divertido mucho con juego en la boda de Coco. Los hombres se sentaban en un círculo y las mujeres daban vueltas en torno y tenían que sentase en las rodillas de alguien cuando la música cesara. Pero en aquel entonces Mariza no había tomado parte en ese juego. Y no quería que se sentara en las rodillas de nadie más que en las mias.
-Al fin un poco de acción -dijo Guido-. Vamos, Pablo. Agarra una silla.
Sabía que iba a detestar aquello. Tomé una silla y la coloqué al lado de la de Guido. Coco organizó a todo el mundo, asegurándose de que el número de Participantes varones en el juego fuera inferior en uno al de mujeres. Al son de una canción hawaiana, las mujeres empezaron a moverse en torno al grupo de hombres sentados. Siempre que Mariza pasaba al mi lado, aminoraba el paso sonriendo secretamente. Hasta que la música tocó a su fin.
Entre gritos y carcajadas, Mariza logró sentarse sobre las rodillas de otro hombre. Yo no lo conocía, pero era igual. Lo odié con toda mi alma. Fue Micalea quien se dejó caer sobre mi regazo.
-Hola, guapo -me saludó, sonriente-. ¿Te lo estás pasando bien?
-Claro -forcé una sonrisa-. ¿Y tú?
-Estoy disfrutando de lo lindo viéndote mirar a Mariza. Nunca te había visto tan mala cara.
-Es indigestión.
-Oh-Oh. Pues entonces la indigestión y el mal de amores presentan síntomas muy parecidos.
En aquel instante Coco volvió a agarrar el micrófono.
-Muy bien, mis queridas damas. Ha terminado la ronda. De pie todo el mundo.
-¿Sabes? Nos cae muy bien a todas -informó Micaela mientras se incorporaba.
-¿Quién? - me hice el inocente.
Micaela alzó los ojos al cielo y miró a su marido, que se hallaba sentado al lado.
-¿Tú le has sonsacado algo relevante?
-Lo he intentado, pero ha sido inútil respondió Guido.
-Tenemos que eliminar un asiento anunció Coco- Guido, fuera.
-Vaya, hombre -rezongó Guido mientras su esposa reía a carcajadas-. Nunca me dejan divertirme- se retiró con su silla del círculo y la música volvió a sonar.
Nuevamente desfiló Mariza a mi lado, contoneándose al ritmo de la música. Sufriendo, no pude evitar apretar los dientes. Por segunda vez pasó por mi lado siempre luciendo aquella secreta sonrisa. Cuando la música terminó bruscamente, yo reaccioné sin pensar. Agarrándola de la cintura, la senté en mis rodillas.
-Oh-exclamó, sobresaltada.
Yo estaba ruborizado. Realmente no había querido hacer aquello. Por otra parte, estaba muy satisfecho ver aquel trasero plantado firmemente sobre mis rodillas en vez de las de otro hombre. Una parte de mi anatomía, sobre todo, estaba muy contenta.

-¡Pablo ha hecho trampa! -se quejó Luisana, la única que no había podido sentarse. Intentaba adoptar una expresión desaprobadora, pero la sonrisa la traicionaba. Se volvió hacia Coco-. Y muy posiblemente con la complicidad consciente de Mariza..
-Soy inocente, señor juez -declaró Mariza, acurrucándose un poco más en mi.
-La culpa es mía -confesé. En aquel momento fui más consciente que nunca de mi error. No solo había anunciado a los cuatro vientos mi debilidad por Mariza; para colmo, no iba ser capaz de disimular mi erección si ella no cesaba de moverse...
-Yo diría que ambos son culpables.
-La novia ha hablado -pronunció Coco con solemne- y esta noche la justicia habla por su boca. Me temo que tengo que eliminaros a ambos de la competición.
-Me parece justo, ¿a ti no, Mariza? -levantándola de mis rodillas, me incorporé inmediatamente.
-Si tú lo dices... -repuso, alegre.
La solté y retrocedió un paso, esperando que nadie notara nada.
-¿Sin rencores? -me preguntó Luisana, haciéndome un guiño.
-Oh, no -respondí ruborizado-. Puedes estar tranquila.
-Entonces tengo un favor que pedirles. ¿Os importaría localizar a la encargada del catering y pedirle que traiga más piña colada a la mesa del bufé? Veo que se nos está acabando. Id detrás de la cascada y la encontraréis al final del pasillo. Se llama Consuelo Ortiz.
-De acuerdo -pronuncié, vacilante. Tenía miedo de lo que pudiera pasarme si me quedaba a solas con Mariza.
-Voy por mi bolso me dijo Mariza.
-De acuerdo -no podía pedirle que se quedara en recepción, así que esperé a que recogiera el bolso para dirigirme hacia la cascada a paso enérgico.
-¿Vamos a ir corriendo hasta la oficina del catering?
-No puedo permitir que el bufé se quede sin piña colada.
-De acuerdo, pero si los dos llegamos la oficina jadeando como caballos después de una carrera, puedo imaginarme perfectamente lo que pensará la encargada.
Me di cuenta de que debía tranquilizarse. Aminoré el paso.
-Perdona -le abrí la puerta de cristal para que pasara primero.
-Así está mejor -se agarro a mi brazo mientras entrábamos en el pasillo alfombrado-. Tanto trabajo para arreglarte la corbata de lazo, y te has pasado toda la tarde aflojándote el cuello.
-Estaba ardiendo-expliqué, y me apresuré a corregirme-Quiero decir que tenía calor. Hace mucho calor.
La verdad es que... -se acercó más a mi, rozándome el brazo con un seno-... que un hombre está muy sexy con el cuello del traje desabrochado. Es una tentación. Como si hubiera empezado a desnudarse.
-Mmm -no me atrevía a seguirle la conversación: las ideas más disparatadas asaltaban mi cerebro. Debajo de aquel vestido no llevaba nada. Lo que necesitaban era un oscuro rincón...
De repente una mujer de rasgos rubia salió de una habitación y se dirigió hacia nosotros. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para leer su nombre en la credencial, nos dimos cuenta de que estábamos frente a la encargada del catering.
-Discúlpeme, venimos de la fiesta de la boda, y la nos ha encargado que le pidiéramos más piña colada.
-Por supuesto. Ahora mismo iba para allá, así que pasaré antes por la cocina. ¿Desean algo más?
-No, solo eso -respondí.
-¿La fiesta va bien?
-Es estupenda. Todo el mundo se lo está pasando fenomenal.
-Me alegro. Entonces ya no los entretengo más- y continuó su camino.
-Misión cumplida -le dije a Mariza.
-Sí -distinguí un brillo de deseo en sus ojos.-Ahora ya podemos volver..
-¿Te importaría... -se humedeció los labios con la punta de la lengua-... que pasara un momento antes por el tocador?
-No... no sé muy bien dónde está -el corazón me martilleaba en el pecho, Sospechaba de sus intenciones.
-Yo tampoco. Podemos explorar -agarrándome del brazo, me llevó de regreso al pasillo. Luego giró a la derecha y continuó por otro largo corredor, con una fila de ventanas que daba al jardín-. Quizá sea por aquí.
Yo lo dudaba muy seriamente. Aquello parecía un pasillo de oficinas, todas desiertas. A esa hora de la noche, no había nadie trabajando. Pero quizá al final hubiera un servicio, y quizá fuera eso lo que Mariza esperaba encontrar... Pero cuando nos acercamos al otro extremo del corredor, no podía ver ningún servicio: solo una habitación con dos sillones, una mesa y un macetero de palmeras. Probablemente sería una sala de descanso. Se me aceleró todavía más el pulso. Podíamos hacer el amor detrás de un sillón, contra la pared, en el rincón más oscuro que pudiéramos encontrar. No. Aquello era demencial. Me aclaré la garganta.
-No es aquí.
-Una habitación deliciosamente vacía, ¿no te parece?
-Tenemos que volver -repuse con voz ronca.
-Ya volveremos -dejó su bolso en uno de los sillones y fue acercándose lentamente hacia mí, sin dejar de mirarme a los ojos-. Ahora mismo.
Podía sentir el calor de su cuerpo y, su aroma a frambuesa. Durante toda la tarde había estado tentándome con aquella posibilidad. Algo en mi interior se disparó como un resorte. Con un gemido, la atraje hacia mí y la besó en los labios. Deslicé una mano bajo su falda y palpé su ropa de interior de encaje. Se la había puesto.
-Llevas ropa interior -le dije, respirando aceleradamente.
-Sí. Me olvidé de decírtelo.
-Me engañaste.
-Quería provocarte.
-Pues lo has conseguido -y le subí bruscamente la falda, hasta la cintura.
-¿Aquí?
-¿Aquí mismo? -manteniéndole la falda levantada le baje la ropa interior. Luego deslicé una mano entre sus muslos, mareado de placer. Estaba húmeda.
-¿Tienes... un preservativo? -me preguntó Mariza ronca.
-No -susurré mientras continuaba acariciándola.
-Necesitamos... -empezó a jadear, cerrando los ojos-. Uno.
-¿No habías comprado dos paquetes? murmuré antes de apoderarme nuevamente de sus labios.

Me di cuenta de mi error. Tenía que haber traído los preservativos. Pero no lo había hecho, y ahora Pablo me estaba volviendo loca con sus caricias. En tan solo unos segundos perdería el control de la situación. Mis pezones, endurecidos, se tensaban contra la fina tela de mi vestido. Me aferré a sus hombros arqueándome contra él, cada vez más excitada. Pero tenía que detenerme antes de que fuera demasiado tarde.
-Pablo -pronunció, jadeante-. No podemos... -no podía pensar, y mucho menos hablar-. Sí no tenemos un preservativo, no podemos...
-Ya sé que no podemos -murmuró, sin dejar de acariciarme-. Así que primero tú, y luego yo, ¿Trato hecho?
-Trato hecho -respondí con un suspiro. Las piernas empezaban a fallarme.
Y qué trato. Pablo encontró el ritmo perfecto para hacerme retorcer de placer mientras me acercaba al clímax. Justo en el último momento, cuando me hallaba al borde del éxtasis, fue disminuyendo la frecuencia de sus caricias y aligerando la presión del pulgar. Saco los dedos y me rozó apenas, como si fuera la caricia de un ala de mariposa. Luego volvió a meterlos, acarició con el pulgar la zona más sensible y se detuvo. gemi contra sus labios. Pablo se apartó entonces lo suficiente para pedirme con voz ronca:
-Desabróchate el cuello del vestido.
-Si te suelto, me caeré -temblando, me costaba trabajo respirar.
-Ahora ya puedes soltarme -me dijo, sosteniéndome con fuerza de la cintura y mordisqueándome el labio inferior-. Quiero ese cuello desabrochado. Y date prisa.
Me llevé las manos temblorosas al cuello del vestido. Mientras tanto, Pablo no dejaba de acariciarle los labios con los suyos.
-No puedo...
-Yo creo que sí.
-Pues entonces quédate quieta -me suplicó-. Ya está.
-Ahora bájate el vestido -y retomó con el ritmo caricias.
Yo estaba cerca, muy cerca del orgasmo. Pero parecía que Pablo deseaba verme prácticamente desnuda para cuando ese momento llegara. Estremecida, me bajé la parte superior del vestido, que quedó colgando de la cintura.
-Ahora ponte las manos detrás de la cabeza- murmuró él.
Hice lo que me decía. Pablo bajó la cabeza, devorándome con la mirada.
-¿Tienes miedo? -me preguntó con tono suave- ¿Temes que nos vea alguien? ¿Que nos oiga?
-Claro- respondí-. Eso forma parte de la excitación.
-Sí. Eso es. No lo sabía. Es tan... maravilloso -aceleró el movimiento de sus dedos.
-Oh, sí. Sí...
-Vas a alcanzar pronto el orgasmo.
-Sí...Ya... estoy -
-Si haces algún ruido... -deslizó los labios todo a lo largo de la curva de un seno.
-No lo haré -susurré.
Levemente me lamió un pezón con la punta de la lengua. Lentamente al principio, luego con mayor rapidez. Y su pulgar, centrado en el punto clave, imitó su ritmo. Rápido, cada vez más rápido, conectando aquellas zonas sensibles, disparando un arco de tensión eléctrica entre ellos. Apreté los dientes para no gritar, sacudida por los espasmos. Y de mi garganta brotaron gemidos de satisfacción. De una bendita satisfacción. Abrí los ojos y lo miré.
-Gracias -murmuró, acunándole el rostro entre las manos.
-De nada -alzó una mano y me delineó el contorno de los labios-. Quiero saborear tus secretos.
Me besó con meticulosa pasión. Increíblemente, comencé a desearlo de nuevo. Pero esa vez mis necesidades tuvieron un objeto diferente. Deslizando una mano entre nuestros cuerpos, encontré su bragueta. Mientras le bajaba la cremallera, lo senti estremecerse. Introdujo dentro la mano buscando su sexo rígido y caliente, apenas contenido por los calzoncillos que le había comprado el día anterior. La tela de algodón cedió fácilmente y al momento cerré los dedos en torno a su gran y hermoso miembro. Pablo gimió, alzando la cabeza y mirándome a los ojos.
-Me estás volviendo loco.
-Eso es lo que pretendo -le acaricie con el pulgar la lubricada punta, arrancándole un gemido. Sabía lo que deseaba, pero quería preguntárselo antes. Así era mucho más excitante-. Dime, Pablo, ¿qué puedo hacer por ti?
La pasión relampagueaba en sus ojos. Me miró fijamente respirando acelerado.
-Quiero que te arrodilles -susurró con voz ronca.- Quiero sentir tus labios.
-¿Harás ruido?
-No.
-¿Estás seguro?
-Si-se le quebró la voz-. Por favor, Mariza.
Consciente de mi poder sobre él, me arrodillé. Al principio usé la lengua para explorarlo y acariciarlo hasta que Pablo empezó a temblar tan violentamente que tuve que apoyarme contra la pared. Para cuando me llevé su miembro a mis labios, mi propio deseo igualaba al suyo. Quería todo lo que aquel hombre tenia que ofrecerme. Y lo conseguiría. La noche era joven.

No supe cuánto tiempo transcurrió antes de que pudiera reunir la fuerza necesaria para vestirme y ayudar a Mariza a hacer lo mismo. Me sentía como la victima de un naufragio. Y probablemente también lo parecía.
-Increíble -le dije, acariciándole una mejilla con mano temblorosa.
Sí -repuso con tono suave. Estaba absolutamente desarreglada y a la vez más sexy que nunca.
Una lenta sonrisa de satisfacción asomó a sus labios-. Por fin te ha gustado correr un poco de riesgo ¿verdad?
-Sí -contempló sus ojos de mirada traviesa. Ella había ganado..
-¿Quieres más?
-Creo que ya conoces la respuesta a eso.
-La conozco -deslizó un dedo por mi labio inferior-. Pero me gusta oírtelo decir.
Le capturé la mano y empecé a lamerle los dedos.
-¿Quieres que te diga que soy tu esclavo?
-¿Lo eres?
-Eso parece.
-¿Y qué pasa con la fiesta? ¿Y tus amigos? ¿No deberíamos volver?
-Supongo que sí. Por un rato más. Pero tal vez necesitarías... arreglarte antes un poco.
-Oh -se llevó una mano al pelo-. Es verdad.
-Al final no encontramos el cuarto de baño.
-No, pero la ventana podría funcionar como espejo.
-Sí -renuente, me hice a un lado-. En realidad no estabas buscando un cuarto de baño, ¿verdad?
-No -respondió mientras se peinaba con los dedos. Así como estaba tenía un aspecto tan invitador, tan femenino...
-Ya me lo parecía.
-Tenía la esperanza de que en realidad estuvieras buscando un rincón oscuro, lo mismo que yo.
-Yo, en el fondo... también tenía esa esperanza.
-Me alegro de que hayamos coincidido dije sonriéndole.
En aquel momento a no me habría importado que coincidiéramos también en la misma cama. Pero ahora tenían que volver a la fiesta. Cuando bajé la mirada para asegurarse de que llevaba la bragueta desabrochada, descubrí una mancha de carmín perfectamente destacable sobre el gris del pantalón.
-Maldita sea -murmuré, intentando limpiarla con un dedo. No funcionó.
-¿Qué sucede? -se volvió hacia mi, con el lápiz de labios en la mano. Y se empezó a reír.
-Me alegro de que te parezca gracioso. Una mancha de carmín en el cuello de la camisa es una cosa, pero esto es diferente.
-Deja de frotártela. Solo conseguirás extenderla. Tengo algo que puede servirte -cerró el lápiz de labios y extrajo del bolso un pequeño sobre de plástico.
-Yo creía que no tenías...
-Llevo siempre uno -sacó del sobre un pequeño objeto cuadrado, plano.
-¿Ahora los hacen cuadrados? ¿Cómo funciona esto?
-Ahora te lo enseño -se sentó en una silla-. Acércate.
Estaba asombrado. Su naturalidad no hacía más que excitarme aún más.
-¿Mientras tú estás sentada? -sabía que desde la ventana del jardín resultarían más visibles que en la esquina. Pero tampoco deseaba decepcionarla...
-Pues claro. Así estaré al mismo nivel -desdobló el cuadrado blanco y empezó a limpiarme la mancha.
-¿Qué diablos estás haciendo? -me aparté.
-Limpiándote la mancha. ¿Qué te creías?
-¡Creía que esa cosa blanca era un preservativo!
¡Ella miró la toallita y se echó a reír.
-¡Como venía en el mismo tipo de sobre de plástico!
-Es verdad -me sonrió-. Pero esto es una toallita higiénica. Se usa como medida de emergencia para quitar manchas como esta cuando no tienes lavadora a mano. Creo que no tiene ninguna utilidad como anticonceptivo. Bueno, ¿quieres que te limpie la mancha o no?
-Será mejor que me des eso a mí. Si no lo haces, temo que terminaré manchándome más de carmín la bragueta.
-Puedo dominarme.
-Tal vez, pero creo que ya hemos dejado muy claro que yo no.
-Entiendo -empezó a pasar lentamente los dedos por la toallita extendida sobre la palma de su mano, lenta y sensualmente-. Entonces será mejor que lo hagas tú...
-Deja de hacer eso.
-En realidad no quieres que pare -repuso con tono suave-. Te encanta esta sensación. Pensaste que íbamos a hacer el amor en esta silla y estabas dispuesto a probarlo, corriendo el riesgo de que alguien pudiera vernos desde el pasillo. Te encanta la aventura, ¿verdad?
-Quizá, pero dame de una vez esa toallita. Cuanto antes volvamos a la fiesta, antes podremos marcharnos.
-Bien -me entregó la toallita higiénica-. Pero me siento obligada a advertirte que alguien podría aparecer en cualquier momento. ¿Qué prefieres? ¿Que me sorprendan a mí frotándote la bragueta... o que te sorprendan a ti haciéndolo?
-Nadie va a ver nada -me acerqué a la ventana del jardín, de espaldas al pasillo. Y comencé a frotarme la mancha.
Mariza, a mi lado, continuó arreglándose el peinado frente al reflejo del cristal de la ventana.
-Apuesto a que te gustaría mucho más si lo hiciera yo.
-Cállate, Mariza. Estoy intentando quitar la mancha sin que la bragueta se me tense...
-Parece que estás teniendo dificultades. ¿Le permitiste alguna vez a una mujer que te mirara mientras te tocas?
-No. Y ahora tampoco lo estoy haciendo.
-Podríamos practicar eso después. ¿Te gustó verme a mí en el jacuzzi?
-Sí.
-A mí también me gustó verte a ti. Pero tú no sabías que te estaba mirando. La próxima vez quiero sepas.
Dejó de frotarse la mancha. Si seguía haciéndolo mientras ella me hablaba de esa manera, sabía que terminaría perdiendo el control.
-Supongo que ya está. Volvamos.
-De acuerdo.
Mientras caminábamos por el pasillo la tomé de la mano sólo para comprobar que podía tocarla sin volverme loco.
-Probablemente tú ya habrás hecho antes cosas como esta, ¿no? -le pregunté de pronto, sin pensar. Sabía que no le gustaría la respuesta.
-No, lo cierto es que no.
-¿No? pregunte sorprendido.
-Sólo me lo imaginé. Nunca llegué a hacerlo realidad.
Mientras seguíamos avanzando por el pasillo, sonreí. Sin ser consciente de ello, había hecho realidad una de las fantasías de Mariza. Era una sensación maravillosa.
-Y nadie ha visto nada -añadí, sintiéndome satisfecho también de eso.
-Bueno, la primera parte no, desde luego.
-¿Qué quieres decir? -me tense al instante.
-Nadie nos vio cuando estábamos en la esquina, al menos.
-¡Tampoco nadie me vio a mí quitándome la mancha!
-Quizá no.
-¿Qué quieres decir con «quizá no»?
-Que el portero que estaba en el jardín quizá no viera lo que estabas haciendo
-¿Había un portero en el jardín? ¿Por qué no me dijiste nada?
-Porque ya casi habías terminado -rió entre dientes- Y porque sobraban las explicaciones. Yo le sonreí... y él me devolvió la sonrisa.
-Estupendo -gruñí-. Primero el jardinero nos sorprende entre los arbustos, y ahora el portero. Fantástico.
-Pablo, si quieres disfrutar del fin de semana, necesitas recordar algo.
-¿Qué es?
-Que lo que puedan pensar los demás no es asunto tuyo.
Suspiré. Ella tenía razón, por supuesto, ya que estábamos en la gran ciudad. Pero yo pertenecía a mi pueblo allí esas cosas importaban. Además, estaba a punto de volver a reunirme con mis amigos, gente a la que continuaría viendo durante años. Por cierto que esperaba que, para cuando llegáramos a la fiesta, hubiera cedido mi erección y la mancha de humedad de mi bragueta se hubiera secado. Si no, tendría que derramarse encima una bebida, a ser posible fría, para solucionar los dos problemas...
-¿Cuándo calculas que podremos volver a escaparnos? -me preguntó ella.
-Deberíamos quedarnos hasta que Luisana y Felipe suban a su suite. Y espero por nuestro bien que sea pronto.

Acababa de reincorporarme a la fiesta cuando Luisana, Micaela, Lujan y Laura me llevaron a un lado alejándome de Pablo.
-Algo ha pasado, ¿verdad? -me preguntó Mica, traviesa-. Habéis estado fuera durante mucho tiempo.
-Claro, ese era el plan -añadió Luisana-. Qué idea tan buena tuve al mandaros a buscar más piña colada.
-Después de la manera que tuvo de sentarte en su regazo durante el juego de las sillas, sabía que algo estaba en marcha -sonrió Lujan.
Un clamor de carcajadas masculinas ahogó lo que estaba punto de añadir. Todas nos volvimos hacia el de hombres que se hallaba reunido en la barra del bar. Pablo tenía un vaso vacío en la mano y, por lo que parecía, había derramado su contenido en la delantera de su frac, pantalones incluidos. Yo pude evitar sonreírme. Tenía la sensación de que lo hecho a propósito, para disimular una evidencia. Y al parecer, sus amigos pensaban lo mismo.
-¡Mal, muy mal! -estalló Coco-. Nadie se ha creído que ha sido un accidente, amiguito.
-Renuncia de una vez y admite que has vuelto de tu excursión con Mariza, con una clara evidencia en tu ropa Felipe le dio una palmada en la espalda-. Eso le pasa a todo el mundo. Incluso a mí.
-Ya -terció Guido -, las manchas sospechosamente húmedas. Eso es muy viejo.
A mi no me importaron aquellas burlas Porque sabía que los amigos de Pablo ya me habían aceptado. Pero no estaba muy segura de cómo se lo tomaría el propio Pablo. Para mi sorpresa, lo vi sonreír.
-¿Pero qué es lo que sois vosotros? ¿Policías de la brigada antivicio?
Mientras los hombres seguían con las bromas, Luisana miró a sus amigas y bajó la voz.
-Creo que ya es hora de que distraigamos a estos energúmenos antes de que estropeen una relación tan prometedora. Están empezando a pasarse de la raya.
-De acuerdo -afirmó Laura.
-No es una relación prometedora protesté.
-A veces las personas que viven una relación de ese tipo son las últimas en darse cuenta de ello -le sonrió Lú, antes de gritar-: ¡Voy a lanzar la liga, chicos! ¡Lo ordena la novia!
Riendo, todo el mundo se reunió en el centro de la sala, donde Guido sé apresuró a colocar una silla para que Luisana apoyara el pie. Mientras se quitaba la liga, tanto Luisana como Felipe bromearon con los invitados. Yo estaba asombrada. Nunca había creído que el matrimonio y la diversión pudieran estar tan relacionados. Los dos recién casados aportaban una dimensión nueva a la institución. Y no sólo ellos También Mica y Coco, y Guido y Laura... Sin embargo, aquella puerta estaba cerrada para mí. Yo no encajaba en aquel escenario, aunque tampoco nunca había sido tan ingenua como para esperarlo.
Un alegre clamor se alzó en la sala cuando Felipe mostró a todo el mundo la liga, como si se tratara de un trofeo. Ya se disponía a lanzarla al aire, hacia el pequeño grupo de invitados solteros que había en la barra y entre los que se encontraba Pablo, cuando Luisana le sujetó el brazo. Acercándolo le dijo algo al oído.
-La novia quiere cambiar la rutina del juego, y como sabéis, es la que manda. No voy a lanzar la liga- anunció, y por un instante vio que los solteros suspiraban aliviados-. Pero no podemos permitir desperdicie una prenda tan preciada. Uno de los solteros tiene que recibiría. Luisana me ha pedido este caso entregue la liga a alguien, de modo que la suerte no tenga nada que ver en esto. Me parece que ya ha pensado en alguien en particular...
Estaba tan emocionada como inquieta. Intenté sobreponerme. Al fin y al cabo no era más que una estúpida superstición. Sosteniendo la liga con el índice, Felipe se dirigió hacia los solteros, que lo miraban nerviosos. Sin dudarlo, se detuvo delante de Pablo
-Pablo, usted tiene el enorme honor de recibir este preciado don. Cupido se ha dignado dispararle sus flechas.
Pablo hizo algún intento por protestar, pero finalmente con la ayuda muy poco delicada de sus amigos se vio obligado a lucir la liga a modo de brazalete. En todo momento evitó mi mirada, pensé que era inútil esperar de él una mirada enternecedora y significativa. Pablo solo quería una cosa de mí y no necesitaba ningún anillo para obtenerla. Lo cual estaba bien, porque yo tampoco quería nada más. En aquel instante Coco volvió a tomar el micrófono:
-Y ahora se procederá al lanzamiento del ramo nupcial -anunció.
Me dije que aquella era la ocasión indicada para desaparecer. No estaba dispuesta a arriesgarme a recibirlo, sobre todo después del episodio de la liga. Quizá solo fuera una superstición que no significara nada, pero no tenía ganas de probarlo. Cuando ya me disponía a huir, Mica me sujetó de un brazo.
-¿Adónde te crees que vas?
-Oh, necesito ir a...
-Eso puede esperar -Laura me agarró del otro brazo.
-Pero...
-Vamos, niña -Luján me empujó suavemente por detrás.
-¡Hey, esperad un momento! -me di cuenta de que me llevaban hacia un pequeño grupo de jóvenes. Muy reducido. De solo cuatro solteras, además de ella.
-Tenemos instrucciones -explicó Mica-. Órdenes de la novia.
-Es la mano del destino -añadió Laura, tirando de ella.
- ¡Y el destino ahora es mucho más fuerte que antes!
intente liberarme, pero aquellas tres mujeres eran muy decididas.
-¿Es que os habéis estado entrenando? ¡Tenéis mucha fuerza!
-Oh, de cuando en cuando hacemos un poco de rodeo -dijo Mica-. Es malo para las uñas, pero fortalece la personalidad.
-¿Rodeo?
-¡Allá va! -gritó Luisana, lanzando al aire el ramo.
Como no podía ser menos, el ramo fue a parar a mis manos. 0 al menos a mi cabeza, pero ya se encargaron Mica y Laura de que lo recogiera. Yo nunca había tenido en mis manos un ramo nupcial y, muy a mi pesar, me quedé conmovida. Pero no podía ponerme sentimental si quería que no siguieran burlándose de Pablo. Luisana me miró sonriendo de oreja a oreja.
-¡Enhorabuena! -la felicitó. Y ahora... ¡música, maestro!. Que abran el baile el poseedor de la liga y la poseedora del ramo.
Sabía que debería negarme, pero en lugar de eso quedé paralizada, con los pies clavados en tierra mientras Pablo se dirigía lentamente hacia mí y me tomaba de la mano.
-Lo siento -murmuré cuando comenzamos a bailar.
-¿Qué es lo que sientes? -me pregunté él.
-Haber agarrado el ramo.
-A mí me parece que no has tenido mucha elección.
-En primer lugar, no debía haberme quedado. Desde el principio tú no querías que asistiera a esta boda pero tuvo que imponerse mi obstinado ego y la invitación de Felipe. Y ahora aquí estás, conmigo delante de todos tus amigos.
-No me importa.
Me imaginé que solo estaba siendo amable conmigo. Lo sabía por su manera de guardar las distancias mientras bailaba.
-Todo el mundo está jugando a los casamenteros, pero no tienes que preocuparte, Pablo. Pretendo que lo nuestro no va más allá de un... divertido fin de semana. Por eso no voy a avergonzarte apretándome contra ti en estas circunstancias.
-Me encantaría que te apretaras contra mí me dijo-. Pero tengo la delantera del traje pegajosa de piña colada, y detestaría estropearte el vestido.
-¿Por eso estás bailando tan separado? -le pregunté, sorprendida.
-Esa es la única razón, querida. Y esa distancia me está matando.
-¿De veras? -conmovida, no pude evitar sonreír-. Pues entonces al diablo con el vestido. Nunca había bailado contigo antes, Pablo. Merece la pena-y me apreté contra él.
Inmediatamente se alzó un clamor de pitos y aplausos entre la multitud de invitados.
-Quizá todo haya sido un error -murmuré disponiéndome a retirarme.
-Oh-oh -me retuvo contra sí-. No pienso renunciar a esta sensación. Ignóralos. Baila conmigo, Mariza.
-De acuerdo -suspiré. Mirándolo a los ojos, comencé a moverme sensualmente al ritmo de la música.
-Sí, así...
Todo el mundo se calló, admirado por la perfección, la fluidez, la magia de nuestros movimientos. Era como si hubiésemos practicado aquel baile durante años. Pablo sonrió.
-Deberíamos haber probado esto antes.
-¿Cómo podíamos saberlo?
-Yo creo que sí lo sabía. Creo que siempre he sabido que tú y yo nos complementamos perfectamente.
Me quede sin aliento.
-Dicen que bailar así es como hacer el amor.
-Sí -un brillo de pasión ardía en mis ojos-Y si esta interminable fiesta termina alguna vez, pienso probar esa teoría. Ojalá pudiéramos marcharnos ahora.
-Yo también siento lo mismo -repusé con el corazón
-Maldita sea, esto es el fin de la canción. Con un poco de suerte, la piña colada nos mantendrá pegados y nos veremos obligados a abandonar la fiesta para despegarnos...
-¡Miss Noviembre! -Pronunció de repente una voz masculina cerca de mi oído -. ¡Por fin me he acordado!
Horrorizada, me volvió hacia el padre de Felipe.
-¡Tú eres Miss Noviembre! -la feliz ocasión y el de alcohol lo hacían hablar más alto de lo que acostumbraba normalmente. Me miraba con expresión radiante-. De la revista Macho, ¿verdad? No puedo recordar el año exacto, pero todavía me acuerdo de tu pose, tumbada sobre una mesa servida con la comida tradicional del Día de Acción de Gracias, con tu...
-Debes de haberme confundido con otra -lo interrumpí mirando a mi alrededor y rezando que nadie más nos estuviera oyendo. Luís Pablo le pasó un brazo por los hombros-, hablando de comida, vamos a probar esa antes de que se acabe.
-No, gracias -dijo Luís, ignorándolo y concentrándose en mí-. Escucha, estoy seguro de que eres tú. Incluso recuerdo tu nombre. Yo estaba sufriendo la crisis de los cuarenta por aquellos días, así que era muy aficionado a la revista.
-No, tienes que haberte equivocado de chica- insistí y miró suplicante a Pablo, esperando su negativa.
Pero por alguna razón, Pablo no lo hizo. En lugar se esforzó por alejarlo suavemente hacia la barra.
-Creo que necesitas otra copa, Luis...
-Todavía no. Primero quiero un autógrafo palpó los bolsillos de la chaqueta-. Tengo una de esas servilletas de boda, de esas que mi esposa insistió que me quedara como recuerdo. ¿Querrías firmármela, Mariza? ¿Y poner también Miss Noviembre?
Comprendí que no iba a convencerlo. Si me negaba, se pondría todavía más insistente. Finalmente tomé la servilleta y el bolígrafo que él me ofrecía.
-De acuerdo, soy Miss Noviembre -confesé, resignada.
-¡Lo sabía! Toma, apóyate en mi espalda -Y se volvió.
-Intento ser discreta con estas cosas, Luís, así que te agradecería que mantuvieras en secreto la información -le dijo mientras firmaba.
-¡Pues yo creo que deberías sentirte orgullosa de ello!
-Bueno, gracias, pero dudo que todo el mundo esté de acuerdo contigo -le devolví la servilleta. Ya era una desgracia que mi padre no estuviera orgulloso de mi, pero el buen y seguro Luis tampoco lo estaría si, en vez de una persona relativamente desconocida, se hubiera tratado de su propia hija.
-¡Venga, a tomar esa copa! -exclamó Pablo, arrastrándolo a la fuerza hacia la barra.
-Perdón, ¿es cierto? -un joven que yo no conocía se acercó a mí-. He oído lo que le decía ese señor acerca de la revista Macho -parecía muy esperanzado.
Miré hacia la barra. Pablo estaba intentando desesperadamente mantener bajo control a Luís, pero el hombre ya estaba mostrando la servilleta a quien quisiera verla. Sabía que en cuestión de segundos me convertiría en el centro de atención de la fiesta avergonzando a Pablo y avergonzándome a sí misma. Lo había estropeado todo.
El trauma de un final tan súbito para un fin de semana prometedor me dejó aturdida.
-¿Entonces es cierto? -me preguntó el joven.
-Sí, y si esperas un poco, subiré a la habitación y te bajaré una foto dedicada.
-¿De su rostro? ¿0 de... del resto?
-De todo.
-¡Estupendo!
Volví a mirar hacia Pablo. Aquella era la ocasión. Estaba tan ocupado con Luís que no había advertido que tenía más problemas. No se daría cuenta de mi marcha.
-Quédate aquí -le dije al joven-. Ahora mismo vuelvo.
Y me dirigí apresurada al ascensor.

Por su expresión preocupada, sabía que Mariza lo estaba pasando mal con el joven que acababa de abordarla. Solo tardé un segundo en disculparse con Luís, pero cuando quise acudir en su rescate descubrí que había desaparecido.
-La mujer del vestido plateado -me encaré con el joven-. ¿Adónde ha ido?
-¡A su habitación, para bajarme una fotografía dedicada! -exclamó, sin poder contener su entusiasmo.
Inmediatamente fui a buscar a Luisana y Felipe para avisarles que me marchaba. Sabía que a Mariza no le había gustado nada que la reconocieran como Miss Noviembre. Obviamente había querido que yo la apoyara en sus negativas, y a punto había estado de hacerlo, pero me había contenido a tiempo. Si hubiera podido ayudarla a convencer a Luís y a cualquier otro de que ella no había posado para la revista, eso habría sido lo mismo que negar que lo hubiera hecho... y por tanto avergonzarse de que hubiera posado desnuda. Y yo nunca me había avergonzado de eso. Me había sentido frustrado y preocupado, desde luego, pero avergonzado nunca.
Y tampoco estaba dispuesto a darle una impresión semejante. Pero también podía entender por que no había querido que todo el mundo en la fiesta se enterara de sus antecedentes, y esa era la razón por la que había intentado hacerme cargo de Luís Un empeño inútil, por cierto. Pero ahora Mariza había desaparecido, y yo no quería que se esfumara de mi vida. Por nada del mundo.
-Escuchad -les dije a Felipe y a Lu-, pensaba quedarme en la fiesta hasta que vosotros dos subierais a la suite, pero debo ir a buscar a Mariza. Mucho me temo que esté ya pensando en desaparecer, del lío que se ha montado.
-Oh- Luisana abrió mucho los ojos-. ¿Te refieres a que se vaya del hotel?
-Es posible.
-¡Entonces vete! ¡Vete a buscarla!
-No sé si volveremos a vernos antes de que os marchéis, porque mañana por la mañana salís temprano para Hawai...
-No pienses en eso -un brillo de emoción asomó a los ojos de Lu -. Tú lo que tienes que hacer ahora mismo es convencer a Mariza de que se quede. Yo sé que tú puedes hacerlo.
- Luisana tiene razón. Suerte me dijo Felipe, haciéndome un guiño.
-Os deseo lo mejor -los abracé- Estaré en contacto.
-Será mejor que sí -repuso mi amigo-. Quiero saber cómo termina esto.
Mientras subía en el ascensor privado me dedique a pensar en lo que le diría. Estaba empezando a darse cuenta de que mi impulso original de salvarla de sí misma se había convertido en algo mucho más complicado. Ahora, además, lo que intentaba hacer era conservarla en mi vida. Y eso era una locura. Pertenecíamos a dos mundos diferentes. Mariza era una chica de ciudad satisfecha de haber escapado de su pueblo mientras que yo pretendía pasar el resto de mi vida en una Hacienda. Mi padre me había confiado el sagrado deber de administrarla, y tenía intención de legar algún día aquella tierra a mis hijos.
Aunque ella no creía en la institución matrimonial, yo quería tener una esposa e hijos, y el tiempo corría en mi contra. La boda de mi amigo Felipe me había hecho ser agudamente consciente de eso. Así que racionalmente no tenia ningún sentido ir en busca de Mariza, que no encajaba en absoluto en mis planes. Y sin embargo, cuando pensaba en ella, la sentía tan unida a mi persona que no podía siquiera concebir que llegara a desaparecer de nuevo. Tenía que convencerla de que se quedara. Como fuera. Con el corazón acelerado, abrí la puerta de la suite.
-¿Mariza?
Ninguna respuesta. Tal vez estuviera esperándome tumbada en los cojines del salón... desnuda. Pero no. El salón estaba vacío. Miré en la terraza y en el dormitorio. Nada. No estaba por ninguna parte. Podía sentir su ausencia, la había sentido desde el preciso instante en que abrí la puerta. No podía haber ido muy lejos, me dije mientras salía corriendo de la habitación. Esperaba que no hubiera tomado un taxi y que se hubiera alejado a pie. La encontraría. Tenía que encontrarla.

Había sabido que Pablo saldría en mi búsqueda nada más advertir mi desaparición de la fiesta. Después de todo, hasta el momento nos lo habíamos pasado muy bien pero por mucho que me doliera el corazón, resignarme. No era el hombre adecuado para mí. Nunca lo había sido ni lo sería. Pablo también lo sabía pero no parecía dispuesto a dejarla escapar, así que tendría que ser más astuta que él. En consecuencia, cuando Pablo atravesó corriendo el jardín tropical hacia la calle, lo espié escondida detrás de la gran roca de lava en la que estuvimos besándonos el día anterior. Qué guapo era. Y en aquel instante estaba corriendo en mi búsqueda. Tendría que en mi recuerdo aquella imagen: Pablo Bustamante intentando alcanzarme.
Quizá secretamente, en aquel instante, deseaba que me encontrara. Quizá me había escondido precisamente en aquel lugar esperando que él me buscara allí. Conteniendo el aliento, esperé. Pero no. Tras mirar durante unos segundos en su dirección, sacudí la cabeza y continué camino hacia la calle. Suspiré decepcionada. Salí de mi escondite y lo seguí a una prudente distancia. Pablo, miraba a derecha e izquierda buscándome en vano entre los paseantes.
Cuando me encontraba a unos cuatro bloques de distancia de él, detuve un taxi- El vehículo seguía su misma dirección, así que tuve oportunidad de verlo. Pablo no me vio. Apreté los labios decidida a no pedirle al taxista que parara y me dejara bajar. Luego, parpadeando para contener las lágrimas, me hundí en el asiento. Aquella pequeña aventura sexual había llegado a su fin.

Estaba agotado de caminar cuando final me resigné a volver al hotel. Creía que Mariza aún seguía en Las Vegas, pero finalmente tuve que admitir que localizarla sería mucho más duro de lo que había pensado. Y estaba harto de recorrer las calles con un pegajoso frac oliendo a piña colada. Una vez de vuelta en la suite, me desvestí hasta quedarme solo con los calzoncillos que Mariza me había comprado el día antes. Pensé en aquella primera noche y en su abierta y generosa invitación a hacer el amor. Había desperdiciado el tiempo. Había malgastado horas enteras intentando demostrarle mi falsa moralidad superior, mientras compartía aquella suite con una verdadera diosa...
Qué estúpido había sido. Si no me hubiera mostrado tan orgulloso y prepotente desde el principio, habríamos podido forjar entre ambos un fuerte lazo que, a esas alturas, ella no habría podido ya romper. No podía aceptar que se me escapara de entre los dedos. Pero antes necesitaba descansar unos minutos. Solo unos cuantos minutos. Me tumbé en la cama con la idea de descansar durante una media hora como máximo. Luego saldría de nuevo a buscarla.
Me desperté muchas horas después, cuando el sol entraba ya en la habitación. Miré mi reloj y gemí. Era casi mediodía. Salté de la cama, me duché y afeité en un santiamén. Mientras me ponía una camisa y unos vaqueros de Coco, decidí ir a buscar a Mariza al local de topless donde me había tropezado con ella el primer día. Poco después entraba en el Salón Pussycat.
-Estoy buscando a Mariza Andrade-le dije al joven delgado que ya se disponía a asignarme una mesa.
-¿Mariza? No creo que venga hoy, pero puedo preguntarle a Fernanda cuando termine su número, si quiere tomar asiento.
«Bien», me dije para mis adentros con un nudo de ansiedad y expectación en el estómago. El tipo había dicho que no iba a aparecer ese día. No parecía, por tanto, que fuera a trabajar finalmente allí. No la había encontrado, pero al menos tenía una pista. Eso era lo principal. Una melodía de rock resonó en los altavoces cuando una joven morena apareció en escena, desnuda de cintura para arriba. Debía de ser Fernanda.
Minutos después del fin de la actuación, y cubierta ya con una holgada camisa, la joven se acercó No se anduvo con preámbulos:
-Cristian me ha dicho que estaba buscando a Mariza.
-Somos amigos. Desde que éramos niños -tenía la respuesta preparada-. Me enteré de que la ciudad, así que se me ocurrió ir a verla.
-¿De dónde es ella? -me preguntó Fernanda, no convencida.
-De Córdoba. Su padre era capataz de la hacienda del que soy propietario junto a mi hermano Benjamín.
-Ah sí, ella me mencionó el nombre de ese pueblo parece que es usted sincero.
-Gracias. No pretendo hacerle ningún daño.
-Probablemente. Pero las mujeres como Mariza y yo debemos andarnos con cuidado, ¿no le parece? Algunos hombres pueden llegar a... a obsesionarse con nosotras.
Se me encogió el estómago al imaginarse la de locos que podría atraer Mariza si continuaba en aquel tipo de trabajo.
-Es verdad.
-Le diré entonces dónde se aloja -y me dio el teléfono de un hotel de mediana categoría de las afueras.
-Oh-exclamé, incapaz de disimular mi sorpresa. Aquel hotel no era lo mejor que Las Vegas podía ofrecer, pero tampoco lo peor.
-Le entiendo -sonrió Fernanda-. Yo también é sorprendida. Cualquiera pensaría que una revista femenina de tanta fama como Maxim Podría ser algo más generosa, ¿no?
-¿Maxim? ¿Una revista? -pregunté, confundido-. La única revista que tenía asociada a Mariza era Macho. Había oído hablar vagamente de Maxim, pero sospechaba que una y otra no tenían nada que ver.
-Espere un momento -Fernanda entornó los ojos-. Parece sorprendido, como si no supiera que ella trabaja para esa publicación como periodista. Si es tan gran amigo suyo, ¿cómo es que no sabía eso?
-Estuvimos bastante tiempo sin saber el uno del otro -respondí, sin salir de mi asombro. Mariza me había dejado creer que era una chica de compañía, cuando en realidad trabajaba como periodista en una revista de mujeres. No había necesitado reformarse, y durante todo el tiempo me había estado tomando el pelo...
-En ese caso -Fernanda se levantó-, puede que ella no quiera verlo. ¿Cómo dijo que se llamaba?
-Pablo. Pablo Bustamante.
-Pablo -se apartó de la mesa-. Voy a llamarla para avisarla que está usted en camino. No he debido revelarle dónde está, pero no cometeré un segundo error.
-No tiene por que avisarla -me sentía absolutamente traicionado. Claro, al principio había pensado en aquel fin de semana como en un episodio aislado, pero luego... luego había empezado a querer a Mariza. Había pensado que juntos estábamos construyendo algo. Y durante todo el tiempo ella se había estado riendo de mí-. No tiene nada que temer de mí -
-Si usted lo dice... Pero de todas formas, la llamaré. Eso es lo que tenía que haber hecho desde un principio -pronunció Fernanda, y se apresuró a alejarse.
Abandoné el local. Cuando mi aturdimiento empezaba ceder, fue progresivamente sustituido por la furia. Mariza había estado jugando conmigo durante todo el tiempo, riéndose de mis nobles intentos de salvarla
Por lo demás, había ganado. Había sido ella me había hecho cambiar a mí, y no al revés. En este instante me habría atrevido a hacer cualquier cosa. Se quedaría asombrada si pudiera verme. Y tal vez había llegado ya la hora de que lo viera con sus ojos. No podía decepcionarla. Pero antes la haría esperar un poco.

«Estoy atrapada», pensé después de darle las gracias a Fernanda y colgar el teléfono, comencé a pasear nerviosa por mi pequeña habitación con el estómago encogido. Tenía la sensación de que era mucho peor que Pablo, se hubiese enterado de la verdad por una desconocida. Habría sido mucho más fácil, y menos problemático, que yo se lo hubiera dicho desde el principio, cuando me sonó el teléfono móvil en el cuarto de baño de mi suite. Quizá entonces ambos habríamos sido capaces de ver el lado cómico de aquella situación. Quizá.
Pero cuando Pablo, supuso lo peor, que yo me servía del teléfono para contactar con mis clientes... yo no había querido sacarlo de su error. ¿Por qué? Porque en aquel entonces todavía me había sentido con ánimo de venganza. La adolescente que había sido rechazada aquella noche en el granero había querido vengarse. Y sin embargo ahora, después de haber padecido una noche entera de insomnio echando de menos a Pablo, me daba cuenta de lo que me había hecho a mí misma. El juego se había vuelto serio, y me había enamorado de Pablo. 0, para ser brutalmente sincera consigo misma, nunca había dejado de estar enamorada. Pablo había sido el único hombre al que había querido, y al parecer seguía siendo así.
Fernanda me había dicho que Pablo se había quedado asombrado cuando le dijo que yo trabajaba de periodista. No me extrañaba. Pero, una vez que se recuperara de su sorpresa, se pondría furioso. Tal vez se marchara de Las Vegas sin querer verme, pero lo dudaba iría a buscarme al hotel, me echaría en cara mi engaño y después se marcharía, maldiciéndome durante todo el trayecto de vuelta, a casa.
Me preguntó si se lo contaría a mi padre, a Camila o a Benjamín. Probablemente no, considerando el carácter más bien sexual de nuestro encuentro. Pero si secretamente había estado acariciando la idea de asistir a la boda de mi hermana, ya podía ir renunciando a ella. Aunque no se lo dijera a los demás, la tensión que generaría al reaparecer en la hacienda podría arruinar la boda de Camila, y yo jamás me arriesgaría a hacer algo así.
Mientras seguía paseando nerviosa por la habitación me pregunté por lo que haría cuando me viera a frente con Pablo. Podía evitar la confrontación cambiando de hotel. 0 salir para el aeropuerto y adelantar el vuelo a New York. Pero habría sido una cobardía. Con veinticinco años no había tenido los bríos suficientes para enfrentarme con las consecuencias de mi aparición en la revista Macho y había huido a Los Ángeles, Diez años después, me gustaba pensar que tenía más coraje. Además, ¿qué me importaba lo que pudiera decirle Pablo? Estaba claro que nuestra relación no podía tener ningún futuro.
Así que se quedaría a esperarlo. Si Pablo, tomaba un taxi podría llegar en cualquier momento.
Pasaban los minutos y seguía sin aparecer. El tráfico no podía haberle retrasado tanto, y si se hubiera dirigido directamente desde el Salón de topless a mi hotel, ya debería haber llegado. 0 tal vez no se había dirigido directamente a mi hotel. Aquel pensamiento me deprimió. Solamente podía haber algo peor que tener una discusión con Pablo: no tenerla. No Podía creer que se hubiera vuelto a Córdoba sin decirme lo que pensaba de mi comportamiento.
Cuando transcurrió otra media hora y el teléfono seguía sin sonar, estaba ya pensando en salir a buscarlo a su hotel para descubrir lo que lo retenía. No podía haberme seguido la pista para luego renunciar. Eso habría sido diabólico, tan diferente del carácter de Pablo... A punto estaba de gritar de frustración, cuando sonó el teléfono. Lo descolgué rabiosa.
- Mariza, cariño -murmuró Pablo -, pareces enfadada.
-¿Dónde has estado?
-No muy lejos -rió entre dientes-. Comiendo en la cafetería de tu hotel.
No podía entenderlo, Debería estar gritándome en aquel momento, y se estaba... riendo. Yo era la que estaba gritando.
-¿Cómo has podido sentarte a comer a esta hora?
-Tenía hambre -su tono era perezoso y satisfecho. Casi. Porque era posible detectar cierta tensión oculta.
Mi corazón latía a toda velocidad. Los años habían cambiado a Pablo porque no estaba reaccionando de la manera que yo había creído que lo haría. Sí, parecía cómodo y seguro de sí mismo, pero solo lo parecía. Todo lo que tenía que hacer era violar aquella tensión que se reflejaba en mi tono.
-YObueno, supongo que deberías subir para que habláramos de... lo sucedido.
-Eso estaría bien. Pero no quiero interrumpirte.
-No estoy trabajando.
-Entonces quizá estés documentándote, haciendo alguna investigación.
-No- pensé que quizá no quería gritarme porque estaba llamando desde el teléfono del vestíbulo. Sí, eso tenía sentido.
-Entonces quizá estés poniendo en práctica las sugerencias que recomendaste en tu último artículo- me dijo con voz suave.
-¿Perdón? -estaba tan nerviosa por la inminente discusión que apenas recordaba mi propio nombre. Por no hablar de lo que había escrito en mi artículo.
-Estuve hojeando una de tus revistas y encontré un artículo tuyo. Lo leí mientras comía. Aprendí unas cosas sobre el orgasmo múltiple de las mujeres Oh- tragué saliva.
-Aprendí la gran importancia que tiene la autosatisfacción, con sus benéficos efectos de todo tipo. Por eso pensé que quizá la estuvieras practicando.
Si no lo hubiera conocido mejor, habría pensado estaba seduciendo de la misma forma en que yo lo había seducido durante el fin de semana. Pero eso no me parecía propio de él. Y sobre todo ahora, debería estar tan furioso. Deseaba que empezara de una vez, porque entonces sí que sabría que hacer..
-Pablo-me aclaré la garganta-, ¿qué pretendes?
-Me parece que te he subestimado, Mari. Tienes muchísimo más talento de lo que creía. He venido para disculparme por haberte juzgado tan mal.
-¿De veras? -ahora sí que estaba confundida.
-Absolutamente. Y me gustaría disculparme personalmente, si me das el número de tu habitación,
Pensé que tal vez, después de todo, fuéramos a discutir de aquello como dos adultos civilizados. Sin pasión alguna. Lo maldije en silencio. Aquello no me parecía bien, pero tenía que ceder. No era posible pelearme con alguien que rehuía la pelea. Me aclaré de nuevo la garganta, decidida a comportarse de la misma forma.
-Pablo, yo también debería disculparme por haberte pervertido de esta manera.
-Oh -rió de buena gana-, tú no me has pervertido, cariño.
Me ruboricé mientras aquella risa tan sensual resonaba una y otra vez en mi mente. Si no tuviera una risa tan sexy; y una voz, y una boca tan sensuales...
-Bueno, al menos por haberte inducido a algo falso respecto a mi profesión.
-No hace falta. Existía un morbo innegable en la suposición de que tú eras una... «chica mala». Me enseñaste muchas fantasías, Mari. Y te estoy agradecido por ello.
-Oh -Me froté las sienes, síntoma de que estaba a punto de sufrir una jaqueca. Yo le había enseñado todo tipo de fantasías que, sin duda, ejercitaría en el futuro con otras mujeres. Yo le había sido útil-. Entiendo.
-Dame el número de tu habitación. Creo que sena mejor que habláramos de todo esto cara a cara..
Pensé que si íbamos a tener una conversación civilizada, sería mejor que nos encontráramos en el vestíbulo del hotel, pero no estaba vestida para bajar. Le di el número.
-Gracias. Ahora mismo subo.
Colgué el teléfono, absolutamente confundida. Había esperado que me gritara, que se desahogara conmigo, en lugar de eso, se había disculpado. Y dado las gracias por todo, evidente presagio de una despedida definitiva.
Oh, Dios, eso era: «gracias recuerdos. Me he divertido mucho. Adiós». Me enferma. Aquel era el discurso que había estado intentando evitar desde que nos encontramos en la puerta del Salón de Toples y él me expresó que quería salvarme. Había imaginado que si al final conseguía la última palabra, sería yo la que lo sermoneara a él protegiendo al mismo tiempo mi corazón. Incluso su escapada no había sido tan mala, había sido yo la que me había marchado, sin dar explicación alguna. Y si Pablo hubiera subido corriendo a su habitación para desahogar su furia, eso tampoco habría estado mal. La pasión nunca estaba mal. Pero, en lugar de eso, pretendía despedirse tranquila y fríamente de mí.
Cuando escuche que llamaban a la puerta, mi corazón a punto de salírseme del pecho. Tenía que dominarme. Yo también había madurado durante los años que estuvimos separados. Abrí la puerta forzando una temblorosa sonrisa. Allí estaba, tan guapo como siempre.
-Hola, Mariza -me saludó con tono suave.
Desvié la mirada. Nunca daría por cerrado aquel asunto si me obstinaba en seguir contemplando aquellos ojos celestes.
-Pasa- me hice a un lado para dejarlo pasar-. Ah, me olvidaba. También quería agradecerte que compartieras esa estupenda suite conmigo. Como puedes ver, aquí no tengo cascadas ni jacuzzis.
Pablo entró y miró a mí alrededor.
-Eso ya se arreglará.
Me apoyé en la puerta cerrada, extrañada por su respuesta. Vi que se quitaba su sombrero.
-¿Qué quieres decir?
-¿Sabes, Mariza? Me asombras. Primero descubro que no eres una chica de compañía, ni siquiera una bailarina de topless, y luego que trabajas como periodista para una conocida revista de mujeres. Lo siguiente que me dirás es que nunca has experimentado un orgasmo múltiple, a pesar de haber escrito todo un reportaje sobre ello.
Me quedé sin habla. Nunca había esperado un comentario semejante de Pablo y lo que era aun peor: tenía razón. Después de escribir aquel reportaje, había querido experimentar un poco, pero al final simplemente no lo había hecho. Había muchas fantasías sexuales sobre las que había escrito y que nunca me había atrevido a vivir. Ese era uno de sus secretos mejor guardados. Mi fin de semana con Pablo me había parecido la ocasión adecuada para decidirme. Me había encontrado frente a frente con un hombre que me había creído capaz de todo, y por una vez me había sentido impulsada a vivir conforme a esa reputación. Había sido una experiencia liberadora, maravillosa y... segura. Quizá hubiera sido esa la clave de mi éxito. Había podido liberarme de placer con Pablo porque siempre había sabido que con él me sentiría segura.
-¿He tocado algún punto sensible, Mariza? -me preguntó Pablo, levantándome de pronto.
-¿Estas de broma? Ya sabes qué tipo de mujer soy. Un espíritu libre: esa soy yo.
-Yo también lo pensaba -se fue acercando lentamente a mi -. Porque creía que te conocía, pero ahora estoy empezando a dudarlo.
Retrocedí. En aquel momento tenía un aspecto mucho más intimidante. Sí, eso era lo que había estado esperando desde el principio.
-Siento haberte engañado, Pablo, pero todo esto es culpa tuya.
-¿Tú crees? -avanzó otro paso.
-Yo te dije que iba a entrar en el bar. de Topless para una entrevista. Tú fuiste quien se apresuró a concluir trataba de una entrevista de trabajo mi trasero chocó de pronto contra la cómoda baja de la habitación. Estaba acorralada, y tuve que agarrarme al borde para no perder el equilibrio. El hecho de que deliberadamente estuviera invadiendo mi espacio mi estaba haciendo sentirme muy incómoda y.. sí, también muy excitada.
-Pero cuando te diste cuenta de lo que pensaba, haberme sacado de mi error, ¿no?
-¡Lo habría hecho si tú no te hubieras ofrecido a reformarme! ¿Tienes alguna idea de lo extremadamente prepotente que fue esa oferta tuya?
-Creo que sí.
-¿Sí? -parpadeé asombrada.
-Sí. Y quizá me merecí todo lo que me pasó después.
-¿De veras? -me costó trabajo reponerme de mi asombro -. ¡Muy bien! ¡Por supuesto que te lo mereciste! -intenté respirar normalmente, pero estaba tan cerca de mi... casi me estaba tocando-. Allí estabas tú, tan prepotente y altanero, jugando a redimir la mujer perdida... Tuve que ponerte en tu sitio para demostrarte que eras tan... tan corruptible como todo el mundo.
-Pues hiciste un buen trabajo -me interrumpió, y un brillo de desafío apareció en sus ojos-. Para ser una aficionada.
-¿Aficionada? ¿Te das cuenta de que estás hablando con Miss Noviembre? ¿Y qué pasa con todos esos artículos que he escrito durante los seis últimos seis años? Por lo que respecta a fantasías eróticas... ¡te aseguro que sé de lo que estoy hablando!
-Oh, no lo dudo -apoyó ambas manos a cada lado de la pared e inclinó la cabeza hasta que su rostro quedó muy cerca del mío-. Lo que me cuestiono más bien es la cantidad de experiencia práctica que has adquirido... aparte de este fin de semana, claro está.
Me estremecí. Quería que Pablo pensara que yo tenía cinco veces más experiencia que él para poder asegurarme el control de la situación. Pero no tenía ese control. Ansiaba que me hiciera el amor loca, salvajemente. Pero, por desgracia, sospechaba que tenía un plan distinto.
-¿Has experimentado alguna vez un orgasmo múltiple, Mariza? -me preguntó con tono suave.
-Eso no es asunto tuyo -apenas podía respirar.
-¿Qué has dicho? -sonrió, divertido.
-He dicho que eso no es asunto tuyo. La verdad, no sé qué pretendes...
-Intenté que no me temblara la voz. No perderme en aquellos ojos celestes.
-¿Ah, no?
-Quieres excitarme para luego marcharte sin hacer nada. Para castigarme de esa manera por haberte engañado.
-Esa no sería una mala idea. Solo tiene una pega. Si me marchara sin hacer nada no solo te castigaría a ti, sino a mí también. Y creo que ya he sufrido lo suficiente durante este fin de semana intentando controlarme y tener un «noble» comportamiento contigo. Cuando salga de aquí, pretendo hacerlo con... con mi apetito bien satisfecho.
Yo había empezado a marearme de deseo, pero seguía luchando contra el impulso de ceder. Tal vez estuviera enamorada de él, pero evidentemente no sentía lo mismo por mí. A fin de cuentas, marcharme de todas formas.
-No dejaré que me manipules para tener sexo y luego te desentiendas tranquilamente.
-¿Por que no? ¿No era eso lo que pretendías hacer conmigo?
-No, yo..
-Yo, creo que la chica de la gran ciudad quería divertirse un poco con el chico de pueblo. Que querías jugar a la «chica mala» con un tipo que no te había vuelto a ver desde hacía años. Sí. Creo que querías manipularme para tener sexo conmigo y luego desentenderte tranquilamente. Era exactamente eso querías. Tal vez esperabas experimentar esos múltiples orgasmos que nunca antes habías experimentado. Solo que el plan se interrumpió porque alguien te reconoció finalmente.
-¡No tienes ni idea! Para tu información, yo... interrumpí bruscamente al darme cuenta de que estaba atrapada. La única manera que tenía de convencerlo de que no era una depredadora sexual era confesarle que había estado enamorada de él durante la mayor parte de mi vida. Y que la debilidad que siempre había sentido por él había constituido el motivo principal de mis actos. Pero no revelarle algo así, para terminar sufriendo más que ya había sufrido cuando tenía dieciséis años.
-¿Se te ha comido la lengua el gato? murmuró Pablo.
-¡De acuerdo, tienes razón! Cuando te mostraste decidido a salvarme, decidí cambiar los papeles y divertirme contigo durante el fin de semana. Solo durante este fin de semana -«porque tú no permitirías que durara más»-. Si eso se llama manipulación sexual, entonces soy culpable. Así que dispara, fusílame.
-Yo tenía otra cosa en mente. ¿Tuviste bastante con el fin de semana?
Sabía lo que quería decir, así que tensé la mandíbula negándome a responder.
-Permíteme planteártelo de otra forma. Eres una chica liberada, aficionada a las fantasías, a la que le gusta disfrutar del sexo sin compromisos de ningún tipo, ¿verdad?
-Sí.
-Entonces, querida, te encantará lo que está a punto de suceder.

Acababa de descubrir la triste verdad. Si hubiera tenido la esperanza de que Mariza sentía realmente algo por mi al margen del sexo, y que deseaba continuar nuestra relación de alguna manera... entonces esa esperanza se habría visto seriamente decepcionada. Evidentemente, para ella, aquel fin de semana había sido una experiencia más. De acuerdo. Si así tenían que ser las cosas, me conformaría con vivir a fondo aquella experiencia. Llevaba más preservativos en el bolsillo de los que había imaginado que podría necesitar, pero mientras seguía allí, delante de ella, me pregunté si serían suficientes. Había llegado el momento de colmar aquella desesperada necesidad. Y de que yo mismo me permitiera experimentar un poco. 0 un mucho.
Quizá en el fondo de mi mente albergaba la remota esperanza de llegar a amarla con una pasión tan abrumadora que pudiera romper esa barrera... y conseguir que me amara a su vez. Tal vez me estuviera engañando al respecto, pero al final, si no tenía éxito, al menos disfrutaría enormemente durante el proceso. Contemplé sus ojos castaños y descubrí en ello, un innegable deseo mezclado de inquietud. Bien. Quería que se sintiera inquieta.
-Comenzaremos con lo más básico - enganché los pulgares en la cintura de sus elásticos, y antes de que pudiera reaccionar ya se los había bajado hasta las rodillas, junto con su ropa interior -vi que había empezado a jadear, no sabía si de placer o de asombro-. Quítatelos- le ordené mientras me desabrochaba el cinturón.
-Te veo muy decidido. Veamos lo que eres capaz de hacer.
-Eso. Veámoslo -y la levanté en vilo para sentarla sobre la brillante superficie de la cómoda. Tal y como había calculado, tenía la altura perfecta. Sujetándole con una mano el trasero desnudo, deslice dos dedos de la otra en el interior de su sexo, palpando su húmedo calor. Vi que cerraba los ojos con fuerza, gimiendo-. ¿Te vas a quitar los pantalones o no? -me preguntó con tono suave mientras seguía acariciándola.
-Oooh, sí -susurré.
-Me alegro de oírlo -y retiré la mano para desabrocharme los tejanos.
Abriendo los ojos, Mariza me sostuvo la mirada mientras terminaba de despojarse de los elásticos.
-Ya casi estoy -Yo estaba temblando, pero conseguí abrir el sobre del preservativo, bajarme el pantalón y desenrollar el látex a lo largo de mi duro miembro-. Por si te lo estás preguntando, es de los que tienen estrías -el corazón me latía a toda velocidad mientras deslizaba ambas manos debajo de su trasero y la acercaba hasta el borde de la cómoda. Espero que te guste -y entré en ella con un solo Y fluido movimiento.
Se quedó sin aliento de puro placer. Podía verlo en sus ojos y en el delicado rubor de su piel.
-Las estrías... están muy bien.
-Yaya lo he notado siseé con los dientes mientras luchaba por contenerme para no alcanzar de inmediato el orgasmo.
Nuestra unión era perfecta. Debí haber adivinado que una vez que estuviese conectado a ella de una forma tan básica, sentiría una punzada de posesividad tal que mi corazón quedaría inevitablemente atrapado en aquella apuesta. Ya era demasiado tarde. Me hundí profundamente en ella, y muy pronto buscaría la liberación o me volvería loco. Pero quería grabar a fuego aquel momento en mi memoria. Sí, me quedaría muy quieto y retrasaría el momento del clímax mientras la miraba.
Había pensando que nada podía ser más sexy que el brillo del carmín en su boca sensual, pero estaba equivocado. Sus labios rosados y entreabiertos de deseo me tentaban de manera insoportable. Recordé lo que esos labios podían hacer, lo que habían hecho en la habitación del pasillo del hotel. El simple hecho de pensar en ello me arrastró hasta un punto sin retorno. Pero no, era demasiado pronto, así que continué mirándola mientras escuchaba sus gemidos de placer. Saboreé la vista de sus senos, con sus pezones erectos destacándose contra el tejido de su top. Y deslicé la mirada aún más abajo,
Hasta llegar al vello castaño y rizado que cubría el lugar donde mi pene estaba profundamente enterrado.
Puse a prueba mi control con un nuevo embate, embebido de la delicia de aquella conexión tan perfecta.
Como si estuviera haciendo equilibrios en mi un cuchillo, la miré intensamente a los ojos.
-Este es para mí.
-Adelante -repuso ella sin aliento.
Pude sentir los músculos de sus nalgas tensándose bajo mis dedos. Con un gemido de anticipación, empecé a moverme. Cada vez más rápida, más profundamente. Gimiendo, Mariza enredó las piernas en torno a mi cintura y echó la cabeza hacia atrás. Por sus urgentes gemidos, comprendí que estaba cerca del orgasmo, pero no podía esperar, no podía asegurarme de que llegara al mismo tiempo que yo. No esa vez. Ya habría muchas más ocasiones. Pero ahora... ahora... Los espasmos sacudieron mi cuerpo mientras me vertía en su calor.
-¡Pablo! ¡Por favor!
Su desesperación interrumpió la gozosa melodía que atravesaba mi cuerpo. Había querido ser egoísta aquella vez, pero no podía dejarla retorciéndose de frustración. Temblando todavía me arrodillé frente a ella, apoyé sus muslos sobre mis hombros y empecé a acariciarla con la boca. Poco después vi que se arqueaba de placer, soltando un desgarrado grito. Y mientras escuchaba sus tiernas y dulces palabras, decidí continuar.
Pero Mariza parecía dudar, como si quisiera apartarse.
-Tú... tenías razón -pronunció, con la respiración acelerada-. Yo nunca... no creo que pueda...
La ignoré y segui adelante.
-Pablo.. no tienes que demostrarme nada... -perdió el aliento y empezaron a temblarle los muslos.
Me sentí henchido de un fuero sentimiento de orgullo. Sabía tan bien... e iba a darle lo que ningún hombre le había dado antes.
-Oh, yo... Nunca he... ¡Oh, oh, oh! -sus palabras se convirtieron en ininteligibles murmullos mientras, una vez más, se arqueaba como un arco a punto de dispararse.
Estaba seguro de haber encontrado la combinación perfecta de caricias, el ritmo exacto y la presión pero necesitaba continuar. Y por tercera vez la alcé en vilo mientras ella reía y sollozaba a la vez.
Finalmente me erguí, la levanté en brazos y la lleve a la cama. Estaba floja como un muñeco de trapo cuando la tumbé sobre el lecho. Mientras me desnudaba y dejaba los preservativos sobre la mesilla, disfrutó de su satisfecha y lánguida expresión. En cuanto a mí, volvía a estar excitado, preparado para hacerle nuevamente el amor. Pero podía esperar.

Después de aquello me sentía amada, aun seguía recordándose que Pablo solamente quería pasar un fin de semana divertido conmigo. Antes de despedirse definitivamente. Pese a todo, seguía venerándome con los ojos cuando me miraba de aquella forma, con tanta ternura...
-Me encantaría devolverte el favor -le dije, contemplando su pene erecto.
-Quizá después. Teniendo en cuenta la diferente naturaleza de los hombres y de las mujeres, preferiría esperar un poco -y se levantó para descolgar el teléfono de la mesilla.
-¿Qué estás haciendo?
-Encargando comida.
-¿Comida?
-Sí, comida -me sonrió-. Intenté comer algo antes de subir, pero no tuve mucho éxito. Apostaría que tú tampoco has probado bocado. Ahora mismo tengo un hambre insaciable. ¿Y tú?
-Podría comer...
-Bien -marcó el número de servicio y me miró. ¿Qué tal un par de sandwiches con un poco de fruta?
-Perfecto -cualquier cosa me parecía bien. De pronto me dio cuenta de que aquello era exactamente igual que una luna de miel. Pero yo no estaba de luna de miel, y eso era algo que debía tener bien presente.
Después de colgar el teléfono Pablo se sentó en la cama, a mi lado.
-Uno de nosotros tiene más ropa que el otro -y se dispuso a quitarme el top blanco.
-Espera -lo detuve-. ¿No tendríamos que estar vestidos para cuando subieran la comida?
-Es verdad. De acuerdo. Nos vestiremos de nuevo. Pero estoy seguro de que no subirá nadie hasta dentro de veinte minutos por lo menos, así que quiero verte los senos. Besártelos. Me enloquecen tus senos. Y mira esto: yo también los enloquezco a ellos -se inclinó para mordisquearme delicadamente uno de los pezones, que se habían endurecido bajo su mirada.
Solté un suspiro de placer. Y ya no ofrecí resistencia cuando él empezó a subirme el top. Ansiaba sentir su boca ardiente contra mi piel. Me lamió el pezón hasta que empecé a retorcerme nuevamente de deseo.
-Cuéntame una fantasía secreta -me pidió mientras me cubría los senos de besos-. Algo que nunca hayas hecho. Algo que podamos hacer en esta habitación.
-Que me ates -murmuré-. Con cuidado y sin hacerme daño, claro. Y luego que me acaricies.
-¿No te asustarás?
-Contigo no. Me sentiré a salvo.
-Bien. Hagámoslo.
-Después de que nos suban la comida.
-Antes.
-¿Antes?
-Ahora -en cuestión de segundos terminó de quitarme el top por encima de la cabeza, enredándolo en las muñecas.
-¡Hey, estoy inmovilizada! ¡Espera un momento! ¡No puedes hacerlo así! ¡Primero tengo que dejarte!
-Eso sería demasiado soso para una mujer como tú.
-¡Pues era eso lo que tenía en mente! exclamé mientras forcejeaba, sin éxito.
-Perdona -me sujetó, sirviéndose del peso de su cuerpo al tiempo que con el top me ataba las muñecas a uno de los barrotes del cabecero de la cama. Luego me quitó la cinta del pelo y me aseguró también las muñecas-. De esta forma sí que es divertido -y se dispuso a inmovilizarme también los tobillos
-¡Para! ¡Pablo, gritaré!
Supongo que los ocupantes de las demás habitaciones imaginarán que simplemente estás teniendo otro maravilloso orgasmo, lo cual, por cierto, es lo que sucederá si te portas bien -sin dejar de agarrarme firmemente un tobillo con una mano, tomo la sábana con la otra y, sujetando la esquina con los dientes la rasgó.
-¡Estás destrozando una propiedad del hotel! Ya les pagaré el importe de la sábana -se movió al otro lado de la cama para repetir el proceso en el otro tobillo. Por último, una vez desnuda e inmovilizada del todo, me miró-Estupendo. ¿Estás cómoda?
Bueno, no me has hecho daño, si es eso a lo que te refieres, pero no era esto lo que yo quería que hicieras- estaba jadeando, tanto por el esfuerzo comotenía que admitirlo, de excitación. Me había atado con la promesa de un maravilloso orgasmo.
Aun así, mi sentido del honor me obligó a quejarme
Yo me imaginaba cuerdas de terciopelo o lazos de seda.
-¿Tienes cuerdas de terciopelo o lazos de seda?
-Bueno, no. Aun así, podías haberme atado lentamente...
-Eso habría sido muy aburrido. Pero no te preocupes, que iré despacio. A partir de ahora.
Un estremecimiento de anticipación me recorrió la espalda.
-Dios mío, ¡cómo han cambiado las cosas desde el viernes por la tarde!
-Ahí es donde te equivocas. Yo siempre he tenido mis fantasías, lo mismo que tú -rodó lentamente la cama, contemplándome con placer-. Esta es la única fantasía que nos pertenece a los dos.
No me atreví a preguntarle si yo era la mujer con la que había fantaseado. Si la respuesta era negativa, no quería saberlo. Pablo recogió los calzoncillos del suelo y se los puso.
-No ha llamado nadie a la puerta.
-Ya lo sé. Todavía no.
-¿Entonces por qué...?
-Quiero estar preparado -se puso los tejanos y se sentó en el borde de la cama, con toda naturalidad.
El pulso se me aceleró al mirarlo a los ojos. Un involuntario estremecimiento de excitación me recorrió al tomar finalmente conciencia de mi vulnerabilidad. Me hallaba completamente a su merced. ¿Confiaba hasta ese punto en él? Sí y no. Sí, porque jamás me haría daño alguno. No, porque acabaría con todas mis defensas y precauciones. Y allí era donde residía el peligro.
-¿Tienes frío?
Negué con la cabeza. Al instante Pablo deslicé lentamente un dedo a lo largo de mi tobillo, por la parte interior, ascendiendo poco por mi pierna y por mi muslo, cada vez más arriba, más arriba... hasta detenerse. Sin dejar de mirarme a los ojos, me acarició el vello rizado sin apenas tocarlo, y yo pude descubrir lo increíblemente sensible que era a su contacto.
-Hueles tan bien -murmuró. Introdujo profundamente un dedo en mi interior, lo sacó y se lo chupo-. Y sabes todavía mejor. Yo quería más... mucho más. Pero él me había prometido que se conduciría con lentitud. Me pregunto si sobreviviría a la espera.
-Imaginémonos que esto es un frasco de pintura -deslizó dos dedos en el interior de mi sexo-. Y que voy a pintar un magnífico cuadro con tu tersa piel como lienzo. Estás tan húmeda que debería ser capaz de crear una obra maestra.
-Me vas a torturar, ¿verdad? le pregunté, invadida por un delicioso calor. Con los dedos húmedos, me delineó un pezón.
-Sí, querida. Y te va a encantar.
Como técnica de seducción, era altamente sofisticada. Me acarició cada parte de mi cuerpo con el almizclado líquido de mi pasión, volviendo a cada momento a la fuente para recoger más «pintura». Solo hundía los dedos en mi sexo lo justo para arrancarle un susurro, y no lo bastante para provocarle el clímax, que muy pronto reclamaría con todo mi ser.
Precisamente cuando ya estaba dispuesta a todo tal de conseguir aquella preciada liberación, un golpe en la puerta anunció la llegada del servicio. Pablo se inclinó sobre mí y me acarició delicadamente los labios con los suyos.
-Nuestra comida ha llegado. ¿A quién le importa eso? -protesté-. Pablo, necesito
-Pronto -saltó de la cama-. ¡Entre! -llamó al camarero-. ¡Estamos en el dormitorio!
-¿Qué? ¡Lo has hecho pasar! ¡Pablo, no abras esa puerta!
-No te asustes -murmuró antes de recoger el edredón, que había caído al suelo, y cubrirme hasta la barbilla.
-¿Qué... qué estás haciendo?
-Rematando tu fantasía -me colocó dos almohadas bajo la cabeza disponiéndolas de forma que ocultaran mis muñecas atadas a los barrotes de la cama-. Presta atención, Mariza. Nos vamos a excitar como nunca antes nos habíamos excitado.
-¿Co-cómo?
-El camarero entrará para dejar nuestra comida mientras tú estás aquí, completamente desnuda y excitada bajo el edredón, incapaz de moverte, y para cuando haya dejado la bandeja y yo le haya pagado, estarás más excitada que nunca en toda tu vida. Y todo por el riesgo. Esto será todavía mejor que lo del pasillo del hotel.
-Oh, Pablo -por un instante creí que mi corazón se me saldría del pecho.
-¿Confías en mí?
-De-de acuerdo.
Y abrió la puerta del dormitorio. El camarero entró, y después de lanzarme una rápida mirada a, dejó la bandeja sobre una mesa. Pablo también fingió ignorarme mientras se tomaba su tiempo para pagarle y acompañarlo hasta la puerta.
Jamás había experimentado una reacción semejante, sabiendo que en el mismo instante en que el camarero se hubiera marchado, Pablo retiraría el edredón y me haría el amor. Cuando volvió, a punto estuvo de destrozarse la ropa en su apresuramiento por desvestirse. Se puso el preservativo en un tiempo récord. Luego retiró el edredón y me desató antes de hundirse en mi interior. Fue el orgasmo más potente que había experimentado nunca.
Convulsionándose de placer, me aferré a él con todas sus fuerzas.
Poco a poco el mundo dejó de dar vueltas a mí alrededor mientras recuperaba el aliento. Pablo se echó a reír. Yo sonreí. Y, antes de que nos diéramos cuenta, estábamos riendo a carcajadas. ¿Te das cuenta de lo que hemos hecho? -me preguntó Pablo.
-¡No! ¡Estás realmente loco!
-Tú lo empezaste todo... -se incorporó sobre un codo y me miró, risueño.
-¿Te refieres a lo del pasillo del hotel?
-No, antes todavía. Cuando nos besamos detrás de aquella gran roca, en el jardín del hotel. Mi imaginación no ha dejado de funcionar a marchas forzadas desde entonces.
-Estaba intentando corromperte.
-Pues funcionó, Mariza, funcionó. Jamás olvidaré este fin de semana.
Sentí una dolorosa punzada en el corazón. Ojala me hubiera dicho que jamás me olvidaría. Forcé una sonrisa le dije, yo tampoco.

Aquella fue la mejor comida que había compartido nunca. La mejor comida, el mejor ambiente, la mejor compañía. Me preguntó por qué nunca se me había ocurrido comer con una mujer.. Desnudos los dos. Nos ahorrábamos un montón de servilletas. Si cualquiera de los dos se manchaba, el otro solícitamente le lamía el resto de comida o de zumo. Personalmente me esforcé por mostrarme muy torpe, y supuse que Mariza también hizo lo mismo.
Con todas aquellas interrupciones, tardamos bastante en terminar. Tomé conciencia de ello cuando tuve que encender una luz para ver mejor a Mariza. Al mismo tiempo vi la hora que marcaba el reloj digital de la mesilla. Maldije en silencio. Mi avión saldría dentro de escasas horas.
-¿Por qué frunces el ceño? -me preguntó ella, acurrucándose bajo las sábanas.
-No -me tumbé a su lado y le acaricié un pezón con el pulgar-. No podré quedarme mucho tiempo más.
-¿De veras? -me miró alarmada.
-Mi avión sale esta noche.
-Piérdelo.
-No puedo. ¿Estás... seguro? -extendió una mano y cerró los dedos en torno a mi pene.
Cerré los ojos, excitado. Pero le había prometido a Benjamín que estaría en casa aquella noche. A causa de esa promesa, Benjamín y Camila habían dejado la Hacienda esa tarde para viajar a Buenos Aires y comprar decoraciones para la boda. Pensaban quedarse por un par de días y yo tenía que hacerme cargo de la hacienda durante su ausencia. Varios asuntos reclamaban mi atención. No podía faltar a su palabra.
-Estoy segura de que podrás tomar un avión por la mañana- me dijo Mariza, depositando un beso en la punta de mi pene. Y se sirvió de la lengua para reforzar su argumento.
-Sigue así y seré capaz de volar sin avión...
-Quiero que te quedes conmigo esta noche.
-No hay nada que desee más. Pero no puedo. Yo -perdí el aliento cuando Mariza se metió mi miembro en su boca y empezó a succionarlo-. Tienes sorprendentes poderes de persuasión... -no era posible que estuviera excitándome otra vez, pero así era. Tenía que detenerla. No quería que fuera así el último orgasmo que tuviera con ella. Ah, pero me estaba dando tanto placer.. Reacio, enterré los dedos en su pelo y la obligó suavemente a alzar la cabeza-. Tiempo de ponerme un preservativo -murmuré mientras la besaba-. Estaba vez quiero estar dentro de ti.
-De acuerdo. Podemos intentar una nueva posición.
-Yo había pensado en algo aburrido. Espera un segundo -me volví para recoger un preservativo de la mesilla.
-¿Aburrido? -sonrió-. Espera, déjame que te lo ponga yo.
-Ya creía que nunca me lo ibas a pedir -se lo entregué y Mariza fue desenrollándolo meticulosa y concienzudamente a lo largo de mi pene, tomándose su tiempo. Yo, por mi parte, intentaba no pensar en que aquella sería la última vez que sentiría el delicioso contacto de sus manos en mi piel.
-No sé cómo puede ser aburrido lo que tú y yo hagamos en esta cama -dio un último tirón al látex. Luego me acarició lentamente los testículos sin dejar de mirarme a los ojos.
-¿Entonces no te importaría que adoptáramos la tradicional posición del misionero?
-¿Sin testigos? ¿Sin miedo a que nos descubran?
-Exacto. Solo tú y yo.
-Me da miedo.
-Lo sé. ¿Crees que podrás atreverte?
-No lo sé...
-Intentémoslo -la tumbé delicadamente de espaldas y apoyó las manos a cada lado de sus hombros, mientras me colocaba entre sus muslos.
La devoré con los ojos, memorizando todos sus rasgos. Aquella era la última oportunidad con que contaba para despertar algún tipo de emoción verdadera, de sentimiento profundo en Mariza. No podía fracasar.
Su melena despeinada se derramaba sobre la blancura de la almohada en una cascada de color rojo oscuro, el color del deseo. Fui bajando la mirada, desde sus mejillas ruborizadas hasta sus pezones erectos. Desde su vientre plano hasta su vello castaño y rizado. Volví a concentrarme en su rostro. Los labios llenos, entreabiertos; los ojos oscurecidos por la pasión.
Sin dejar de mirarla moví las caderas hacia delante, dejándome envolver por su calor.
-Es maravilloso -murmuró ella.
-Desde luego que sí -era consciente de que no hablando del sexo en general. Nunca había experimentado nada que pudiera compararse con hacer el amor con Mariza. Estaba empezando a tomar conciencia de lo muy especial que era aquella conexión... para mí. Pero no sabía si para ella era lo mismo. Aún no. Aspirando profundamente, empujé un poco más. Vi brillar lentamente una llama en sus ojos, una llama que me abrigó el alma. Sí, quizá todavía existiera oportunidad. Pero no la echaría a perder hablando de ello. Procuraría dar un rodeo, abordarlo indirectamente.
-Ya sabes que esta vez no habrá orgasmos múltiples.
-De acuerdo - Mariza tragó saliva, emocionada, y ensayó en vano otra sonrisa- ¿Vuelta a lo básico?
-Sí.
-Después te marcharás, ¿verdad?
Me abrazó con más fuerza, cerrando los ojos.
-Lo sabía -susurré. Se le había quebrado la voz.
- Mariza, abre los ojos- como vi que negaba con la cabeza, insistí-: Por favor.
Cuando los abrió, vi que los tenía inundados de lágrimas. Unas lágrimas que me desgarraron por dentro.
-Estás llorando -pronuncié con voz ronca de emoción.
-Creo que se me ha metido algo en el ojo.
-Mentirosa. Tienes tantas ganas de que esto termine como yo.
-Tiene que terminar -le tembló la voz-. No puedo volver.
-¿A la hacienda?
-A la hacienda, con mi familia, a mi antigua vida.
Me di cuenta de que Mariza no pensaba que yo me mereciera un sacrificio semejante. Eso era. Podía suplicarle que cambiara de idea. ¿Y luego qué? ¿Convencerla de que viviera una vida que no quería porque no podía imaginarme a mí mismo viviendo sin ella? No.
-Entonces supongo que no hay nada que hacer.
-Eso es.
-Bien, pues será mejor que te agarres fuerte, corazón, porque esta va a ser una despedida que nunca olvidarás -comencé a moverme lentamente, cada vez más rápido, y vi que incluso sus lágrimas no apagaban aquella llama que veía brillar en sus ojos-. Ya sabes que esto es mucho más que sexo -murmuré.
Mariza no dijo nada, pero la llama ardió con más fuerza.
-Va más allá de juegos y de excitaciones -fui incrementando el ritmo, avivando aquella llama. Ella lo quería. Podía verlo en sus ojos-. De orgasmos múltiples.
Las lágrimas resbalaron por las comisuras de sus ojos y sus jadeos se convirtieron en sollozos, pero en ningún momento dejó de mirarme.
-Pero si no puedo darte nada más, al menos puedo darte esto -ladeándome, entré aún más profundamente en ella, acariciándola al mismo tiempo Y arrancándole gritos de placer-. Te gusta, ¿eh?
-¡Sí! -gritó, abandonada a aquellas sensaciones-. ¡Sí! ¡Oh, Pablo, Pablo... ahora!
Mientras ella me envolvía gozosa en su calor, perdí finalmente el control con un gemido de rendición. De rendición a mi pasión, a Mariza, a un futuro que no la incluía. Estremecido, me apreté con fuerza contra ella ahogando un sollozo de frustración. Todo terminado.

Me quedé en la cama, acurrucada bajo las sábanas, mientras Pablo se vestía. De cuando en cuando lo observaba y cerraba los ojos, luchando mantener las lágrimas. Habíamos practicado mucho en aquel dormitorio pero solo habíamos hecho el amor realmente una vez, la última. Y aquella única ocasión había estado a punto de destrozarme. Mi amor inexpresado pero real, era increíblemente hermoso y absolutamente desesperanzado.
Después de abrocharse el cinturón, recogió su sombrero. Volvía a la Hacienda, a trabajar, y yo tenía que terminar un artículo para la revista. Teníamos que separarnos. Tal vez Pablo no quisiera separarse de mí, pero era simplemente el sexo lo que le había nublado el juicio. Quizá, arrastrado por su deseo, había imaginado que podría convertirme en la mujer que necesitaba a su lado. Yo, en cambio, jamás me había planteado pedirle que se convirtiera en un hombre de ciudad. Si acaso eso era posible. Allí estaba en medio del dormitorio, alto y fuerte, tocado con su sombrero negro. Un verdadero hacendado. Y yo lo amaba así, por lo que era y como era. Aunque hubiera podido, jamás habría «urbanizado» a Pablo Bustamante.
-Me pasaré antes por recepción para pagar el de la sábana.
Me incorporé, apoyándome en el cabecero de la cama y cubriéndome con el edredón. No sabía porqué, pero la desnudez me parecía inapropiada en aquellos momentos, a pesar de todo lo que habíamos hecho antes.
-¿Qué les vas a decir?
-Oh -sonrió- que cada uno nos llevamos un pedazo como recuerdo.
-Una buena idea -miré el trozo de sábana que Pablo había apartado para llevárselo a casa. Por alguna razón, aquel gesto tan sentimental me conmovía especialmente. Resé para no echarse a llorar en cualquier momento.
-Tengo que irme -pronunció él con tono suave.
Solo asentí con la cabeza, sin atreverme a hablar.
-Será mejor que no te dé un beso de despedida, porque corro el riesgo de no marcharme nunca.
-De acuerdo -me aclaré la garganta. Aferrándome con fuerza, intenté respirar normalmente.
Vi que se dirigía hacia la puerta. En aquel momento comprendí a la perfección lo que debía de sentir un condenado a muerte durante los últimos segundos de su vida. Ese mismo día había conocido el Cielo. Y al cabo de unos minutos conocería el Infierno.
Pablo abrió la puerta. Me abracé. Luego, lentamente, cerró la puerta y se volvió para mirarme. En aquel instante mi corazón abrigó una renovada esperanza, aunque no podía imaginar que hubiera encontrado solución alguna.
-Al menos ven a la boda de Camila y Benjamín.
Sentí una punzada de dolor. La boda. Por supuesto. ¿Qué me había esperado? ¿Que caería de rodillas y me confesaría que no podía vivir sin mí? Eso solamente sucedía en las películas. De alguna manera conseguí hablar a pesar del nudo que tenía en la garganta.
-Eso solo serviría para causar problemas.
-Estoy seguro de que a Camila le encantaría que asistieras. Y a Martín también.
No supe de dónde saque la fuerza necesaria para discutir de aquello con él.
-Hace diez años que no me hablo con ellos. No puedo presentarme tranquilamente allí, precisamente en el gran día de Camila. No sería justo para nadie- por lo demás, sabía que sería una tortura volver a ver a Pablo y no poder tocarlo, abrazarlo, amarlo...
-De acuerdo -repuso él con tono suave-. Y si dijera que me encontré contigo y que...
- Pablo, no puedes decirles que nosotros...
-Yo no haría eso, Mariza. Lo que hemos hecho este fin de semana es algo puramente privado y estrictamente nuestro.
-Gracias.
-Pero... ¿no te gustaría asistir a la boda? -insistió.
Era una pregunta muy complicada. Pero al final, visualicé a mi hermana pequeña casándose, día que jamás se repetiría, comprendí que sólo había una respuesta:
-Sí.
-Entonces permíteme que les diga que te he visto. Ya estoy convencido de que ellos querrán que vayas a la boda, pero podré darte la completa seguridad de que esperan y desean verte...
-Hay otra cosa -le sostuve la mirada, con el corazón acelerado-. Ambos convinimos en que no había ningún futuro para nuestra relación, ¿verdad?
-Eso es lo que dijiste tú.
-Sí, es lo que yo creo -Me pasé la lengua por los labios resecos-. ¿Pero cómo podría ser eso... si yo volviera a la hacienda aunque solo fuera por un par de días? ¿Cómo podríamos soportarlo?
-Tendríamos que hacerlo, por el bien de Camila y Benjamín.
-Si tú puedes, yo también.
Ignoraba absolutamente si podría o no soportarlo. Pero ansiaba correr el riesgo, con tal de volverlo a ver.
-Sí. Como tú mismo has dicho, estaríamos obligados a ello. Por el bien de la gente que queremos -y ella se incluyó en esa categoría.
-Bien.
-Gracias por haberme sugerido que vaya a la boda -pronuncié, sincera-. Suponiendo que Camila y, papá me acepten, es lo que tengo que hacer. Después de todo, probablemente Camila y Benjamín tengan hijos algún día.
-Sí, es muy probable -repuso Pablo, anhelante.
«Por supuesto, querrá tener hijos», pensé con una punzada de arrepentimiento. Yo nunca me había planteado tenerlos, pero si pudiera tener algún día uno con Pablo, eso sería.. Especial.
-Querré ver a mis sobrinos, así que necesito pasar antes este mal trago con Camila. y con mi padre. Cuanto antes, mejor.
Pablo asintió. Y se quedó mirándome fijamente, inmóvil. Me pregunté qué sucedería si soltaba el edredón y abría los brazos. A juzgar por su mirada, perdería el avión. Pero él no quería realmente eso. De modo que opté por ayudarlo.
-Necesitas marcharte murmuré.
-Mariza..
-¡Vete, maldita sea! ¡No puedo ser noble durante tanto tiempo!
Y sin pronunciar palabra se marchó, cerrando la puerta suavemente a su espalda.
Perdí la noción del tiempo con la mirada fija en la puerta cerrada. Hasta que las palabras que nunca había llegado a pronunciar en voz alta afloraron a mi garganta, luchando por liberarse.
-Te amo, Pablo -susurré con voz ronca en medio del silencio.

Mariza no quería su amor. Mientras su avión despegaba de Las Vegas, me dije que tendría que acostumbrarme a ese hecho. A pesar de todo había estado a punto de confesarle que la amaba, pero ella lo había interrumpido, como si no hubiera querido que cometiera el error de revelarle sus sentimientos y decirle cosas de las que tuviera luego que arrepentirse. Quizá ella también me amara un poco. Habría jurado que era amor lo que vio en sus ojos en los últimos momentos de aquel fin de semana. Pero amar a un tipo como yo solo podía significar lazos y compromisos para Mariza: por eso había ignorado aquel sentimiento. Me pregunté cómo se sentiría en aquellos instantes. En cuanto a mí, sentía un enorme vacío en el corazón que nada ni nadie podría llenar.
Mí sugerencia de que asistiera a la boda de su hermana sólo había sido un desesperado intento por mantener algún contacto con ella. Sospechaba que Camila y Martín se mostrarían encantados de que regresara en un día como aquel, y Benjamín también se pondría contento. Había estado más que deseoso de hacerles ese favor, pero mis motivos para proponérselo a Mariza habían sido puramente egoístas. Mariza tal vez no quisiera mi amor, pero cuanto más me acercaba, menos dispuesto me sentía a aceptar aquello como una decisión definitiva.
Estaba satisfecho de que Mariza volviera a la hacienda para la boda. A la hacienda, a la tierra en la que estaba tan naturalizado. Iba a necesitar de toda mi fuerza para el milagro y convencerla de que se integrarla a mi vida, y esa fuerza solo podría conseguirla de la tierra en la que había nacido. Aun así, tendría que llevar cuidado para no abrumarla y forzarla a algo que quisiera realmente. Contaba con el hecho de que tal vez no fuera consciente de lo que deseaba o necesitaba. Se había convencido a sí misma de que no encajar en la hacienda, pero yo quería cerciorarme, someter a prueba esa convicción.
Quizá ella tuviera razón. Quizá cuando la miraba y me la imaginaba rodeada por mis hijos, simplemente estuviera alucinando a partir de la experiencia sexual más satisfactoria que había tenido nunca. Pero después de haber hecho el amor con Mariza como lo había hecho la última vez, no podía imaginarme a ninguna otra mujer como la madre de mis hijos. Tenía que estar loco. Solo un loco habría podido fantasear con dejar embarazada a una mujer que no había querido admitir que lo amaba, o al menos que no había querido que yo le confesara mi amor.
Pero yo habría dado diez años enteros de mi vida a cambio de la oportunidad de demostrarle a Mariza Andrade que era el hombre adecuado para ella.

Necesitamos sacar un artículo sobre «ciberinfidelidades». Tal y como yo lo veo, sería algo así: ¿estás chateando con un amante en la red? Mía no dejaba de dar golpecitos a la mesa mientras recorría con los ojos a los miembros de su consejo editorial- Mariza, ¿por qué no intentas investigar ese tema?
Yo solo asentí en silencio. No quería aquel encargo, pero ya hablaría con Mía después. Aunque ya habían pasado cinco días desde la última vez que hice el amor con Pablo, todo mi ser seguía vibrando de recuerdos. Y después de una experiencia física como aquella, no tenía absolutamente ningún interés en el «cibersexo». Mientras la reunión seguía su curso, examiné el resto de temas que se habían lanzado sobre la mesa. Desgraciadamente, todos me parecían enormemente aburridos. Quizá necesitara otra cafeína. 0 dormir más. Dormir habría sido estupendo. Desde que regresé de Las Vegas no había logrado conciliar bien el sueño. Echaba terriblemente de menos a Pablo. Me pregunté durante cuanto tiempo más durarían los efectos de un fin de semana con Pablo Bustamante. Desde entonces nada me había interesado, a excepción de la breve excursión que había hecho para comprarme el vestido que me pondría para la boda de mi hermana...
-¿Mariza? ¡Mariza!
Alcé la mirada y descubrí que todo el mundo en la mesa estaba intentando llamar mi atención, incluida Mía.
-Hemos estado apostando -me explicó Mía_ y la mayor parte de nosotras, yo incluida, estamos convencidas de que vos conociste a un bombón en Las Vegas o en New York, lo que explica tu actitud desde que volviste. ¿Quieres contárnoslo?
-No.
-¡Lo sabía! -exclamó Allegra, una atractiva rubia de veintidós años con un brillante futuro como periodista-. Se los dije que si se negaba a contarlo, es que era algo más que una simple aventura.
Empujé hacia atrás mi silla, dispuesta a levantarme. No necesitaba pasar por aquello.
-Es solo una gripe, eso es lo que es, y si no miden vuestras palabras les contagiaré los gérmenes.
En aquel instante Clara, la recepcionista, asomó la cabeza por la puerta.
-Disculpen, pero tengo un chico aquí fuera que necesita entregar un telegrama cantante. ¿Puede salir Mariza un momento?
- Diablos, no teníais que hacer esto -gruñí-. Les prometí que me animaría. No me obliguen a escuchar un telegrama cantante...
Arqueando las cejas, Mía miró a los restantes miembros del consejo editorial.
-Bueno, yo no he encargado ningún telegrama cantante. ¿Ha sido alguna de vosotras?
El coro de negativas no logró convencerme. Suspiré resignada.
De acuerdo, tendré que soportar esta dura prueba -me levanté para dirigirme hacia la puerta.
Todo el mundo me siguió a la oficina. Nunca había recibido un telegrama cantante antes, así que no sabía exactamente qué esperar. Pero desde luego no a un joven negro vestido de rapero, con un enorme aparato de música al hombro.
-¿Señorita Mariza Andrade? -inquirió.
-Me temo que soy yo contesté esbozando una mueca.
El joven asintió, poniendo en marcha su equipo. Y al son de una melodía de rap comenzó a bailar y a recitar:
Bueno, vuelves a casa, porque tu hermana va y se casa.
Chica, el lazo se atará y el arroz se lanzará.
Así que solo queremos saber si vienes o si no.
Porque, para ser sinceros, no podemos echarte más de menos.
Mi primera reacción fue de aturdimiento, porque un telegrama cantante era lo último que habría pensado recibir de mi familia. Pero, conforme fuí asimilando el significado de aquellas palabras, mis ojos se llenaron de lágrimas.
-Gr..Gracias -le dije al chico.
-De nada -y después de saludarme con una galante inclinación, dio media vuelta y salió de la oficina.
-Vaya -exclamó Mía-. ¿Tienes una hermana que se va a casar?
Asentí, sin atreverme a hablar. «No podemos echarte más de menos». Oh, Dios mío, ¿por qué había dejado pasar tantos años sin verlos?
-Necesito hacer una llamada.
-Claro -me dijo Mía, conmovida, y señaló con la cabeza la puerta de su despacho privado-. ¿Por qué no usas mi teléfono?
-Gracias.
Enjugándome las lágrimas, corrí al despacho Y cerré la puerta. Luego me llevé ambas manos al estómago. Seis años. Durante Seis años había echado de menos la voz de mi padre y la risa de mi hermana. No podía imaginar cómo podían perdonarla. Y aun así me habían enviado un telegrama cantante, un gracioso y conmovedor rap compuesto especialmente para mí. Descolgué el auricular con mano temblorosa y marqué el número.
Fue Camila quien respondió. Por su voz, parecía mayor. Por supuesto. Solo tenía dieciseis años la última vez que la había visto.
-Cami soy Mariza -las lágrimas me corrían ya por mis mejillas.
-¿Mariza? ¿Eres tú de verdad?
-SÍ, Dios mío, sí. Oh, lo siento tanto, Cami -pronuncie entre sollozos-. Los he echado tanto de menos, tanto... ¿De verdad que puedo ir a tu boda?
Mi hermana también se había echado a llorar.
-¡Será mejor que lo hagas! ¡Porque si no vienes, te mandaré otro chico con un nuevo telegrama cantante, pero esta vez irá armado! -las carcajadas se mezclaban con sus sollozos-. ¿Me oyes, Mariza?
-Te oigo -repuse -. Estaré allí. Entonces... ¿lo del telegrama cantante fue idea tuya?
-No.
-¿De papá? - me costaba trabajo imaginármelo.
-No, pero la secundó gustoso.
-De acuerdo, ya lo sé. Benjamín. Da el tipo.
-Tienes razón -rió Camila.- Benjamín da el tipo, pero fue Pablo el artífice de la idea. Dijo que no podíamos e una simple carta porque sería demasiado aburrido.
-¿Pablo? -mi corazón me dio un vuelco. ¡Cómo lo amaba!- Bueno, pues dile que no me he aburrido. ¿Quién compuso el rap?
-Oh, lo compusimos entre todos.
-Me encantó, la verdad...
-Papá habría preferido una melodía suave y romántica, pero no queríamos avergonzarte delante de tus compañeros de oficina. Escucha, ahora mismo está trabajando pero si quieres llamarlo esta noche...
-No, me gustaría verlo cuando hable con él. Esperare a tenerlo delante.
-Te ha echado terriblemente de menos, Mariza. Todos nosotros. Pablo nos contó lo de tu trabajo. Es increíble que no haya encontrado tu nombre en esa revista pero ya sabes que yo nunca he sido muy asidua a ese tipo de publicaciones -se interrumpió, riendo -. Antes al menos. Porque últimamente mis gustos están evolucionando y me estoy aficionando al Playgirl.
Camila - no supe qué pensar cuando me imaginó a mi hermana pequeña viendo fotografías de hombres desnudos. Ya no soy la chica puritana y estirada que era cuando te marchaste, Mariza.
-¡Ya lo supongo!
Tenemos que hablar de muchas cosas. Bueno, ¿cuándo te esperamos?
Yo ya había estado calculando los días desde que regrese de New York.
-Solo puedo llegar un día antes de la ceremonia. Sé que es una pena, pero todo esto ha sido tan inesperado... Me costará hacerme con ese viernes libre, pero estoy decidida a conseguirlo.
-Pues entonces el viernes. ¿Quieres que te recoja en el aeropuerto?
-Rotundamente no. Eres la novia y tendrás cosas que hacer.
-Apuesto a que Pablo sí que podrá.
«Ni en sueños», pronuncie para mis adentros.
-No, alquilaré un coche -pensé en un descapotable. La hija pródiga debía hacer una entrada triunfal.
-Me parece una tontería -replicó Camila.-. Estoy segura de que Pablo...
-Quiero alquilar un coche. Un descapotable rojo. Y pasar, con la radio a todo volumen, por la calle principal: la tienda de comestibles, la cafetería, la oficina de correos...
-De acuerdo. Ya lo he captado.
-Aunque tal vez no sea una buena idea -me arrepentí por un instante -No quiero avergonzar a la novia y..
-Ya hace hora que deje de preocuparme por esas cosas rió Camila.-. Ahora mismo Benjamín es lo único que me importa. Que todo el mundo se entere de tu vuelta, hermanita.
-Yo apenas puedo esperar.
-Lo mismo me pasa a mí.
No podía dejar de sonreír mientras colgaba el teléfono. Me moría de ganas de ver con mis propios ojos la transformación que había experimentado mi hermana. Siempre había pensado que Camila había estado en un segundo plano, a la defensiva, debido a que yo me había desarrollado muy tempranamente, adoptando aquella imagen de sex-symbol del pueblo. Como si no hubiera querido competir con su hermana mayor.
Pero quizá mi larga ausencia de había sido positiva para Camila. Sin mi a su lado, tal vez había sido ya capaz de volar con sus propias alas. Luego pensé en Pablo. Todavía no podía creer que hubiera concebido la idea del rap. Aquel hombre estaba lleno de sorpresas.

Llegué a casa al anochecer y encontré a Camila y Benjamín, abrazados en el columpio del porche.
-Muy bien, chicos, cuidado. Arriba esas manos, donde yo pueda verlas.
-Estás celoso porque no tienes una chica como Camila para hacerte arrumacos -sonrió Benjamín.
-Ha llamado Mariza -me apresuró a informarme. Le encantó el telegrama cantante del rap y me ha confirmado que vendrá a la boda. Debiste de esconderte muy bien, porque tu presencia le pasó absolutamente desapercibida.
-Estupendo me apoye en la barandilla del porche. En cierta forma, me había sentido decepcionado de que Mariza no hubiera descubierto mi presencia allí mismo, en la puerta de su oficina. No estaba seguro de lo que habría hecho si ella me hubiera sorprendido, pero me había costado muchísimo acercarme tanto sin establecer contacto con ella. Estaba terriblemente hermosa con su blusa de seda y su ajustada...
-¿Era bonita la oficina? -me preguntó Camila.
-Supongo que sí-respondí, aunque apenas me había dado cuenta.
-Papá está entusiasmado con su vuelta a casa. Ya lo conoces, no quiere que se le note, pero se ha puesto a limpiar la casa como nunca lo ha hecho en su vida. Quiere que todo esté perfecto.
Asentí. Lo comprendía perfectamente. Yo mismo había dejado el interior de la casa de la Hacienda a cargo de Michi, mi ama de llaves, pero había dedicado parte de mi tiempo libre a podar y ordenar el jardín.
-Ojala hubiera estado allí para poder ver la cara que puso Mariza cuando oyó el rap -rió Benjamín. Ahora que todo está arreglado, me alegro de que decidieras viajar a Buenos Aires para supervisarlo todo.
-Si hubiera podido mandar a alguien de confianza, lo habría hecho.
-Ya, ya. Pues yo creo que quería supervisarlo todo personalmente. Te conozco mejor de lo que cree hermanito.
Pensé en todas las cosas que Benja ignoraba de mí y que Mariza sí conocía. Ella era la única persona que había colmado mis más íntimas fantasías. Me había descubierto un mundo nuevo, y yo me había enamorado de ella y de su manera de ver el mundo. La necesitaba a mi lado para que pudiéramos seguir explorando juntos aquel universo.
Si solo pudiera estar seguro de que Mariza me necesitaba tanto como yo a ella.

Llegar a mi pueblo natal, el viernes siguiente, resultó exactamente como había esperado. Lo que no había esperado eran los gritos de saludo y la entusiasta bienvenida. Había tenido que detener el coche varias veces para hablar con amigos y conocidos. Ni una sola persona me había insultado: al contrario, me habían recibido como si fuera una celebridad. Probablemente mi hermana, y quizá incluso mi padre, habían difundido la noticia de que llevaba años publicando en Maxim, una revista de tirada internacional. Y, por lo que podía ver, mi temprana trasgresión de haber posado desnuda había sido perdonada y olvidada.
Pero cuando pasé por debajo del arco de entrada de la Hacienda Bustamante, mi afianzada seguridad comenzó a decaer. Al cabo de pocos minutos tendría que enfrentarme con papa, y estaba terriblemente asustada.
La perspectiva de volver a ver a Pablo me producía más ilusión que el reencuentro con mi padre después de tantos años. Sus últimas palabras sido muy amargas. Había arrojado un ejemplar de la revista Macho al fuego mientras me decía que por desgracia, me parecía demasiado a mi madre. Y luego me había ordenado que dejara la casa. Después de aquello, me había marchado sin despedirme.
Sí, mal que me pesara, me había sentido muy sola aquellos últimos seis años. Había hecho amigos y amantes en Buenos Aires pero nadie había conseguido llenar el vacío que me dejó mi familia. Quería reconciliarme, pero no a cambio de perder mi propia autoestima. Si mi padre mostraba alguna señal de desaprobación, me marcharía el mismo sábado después boda para no volver nunca.
Al pasar al lado de la casa de la hacienda, me pregunté si Pablo, se encontraría dentro y si me estaría observando. Cuando me dirigía hacia la cabaña donde vivía mi padre, distinguí un jinete a lo lejos conduciendo el ganado. A pesar de la distancia, lo conoció. Era Pablo. Mi acelerado el corazón latió a un ritmo insoportable. Tendría que enfrentarme uno a uno con aquellos dos hombres, y mi padre el primero de la lista. Aparque al lado de la camioneta de mi padre, dejé mi equipaje en el maletero del descapotable y solo me llevé mi bolso. Si el recibimiento era demasiado frío, siempre podría alojarme en el único motel del pueblo.
Al entrar en el pequeño porche cubierto, enseguida advertí que había sido limpiado recientemente. Incluso el jardín estaba podado. Quizá papa hubiera adecentado la casa para la boda. No Podía creer que lo hubiera hecho por mi; eso estaba descartado. Nerviosa, no supe si llamar antes a la Puerta o entrar directamente. De alguna forma, llamar a la puerta de la casa de mi padre me parecía ridículo. Fui a agarrar el picaporte pero al instante retiré mi mano. Luego me dispuse a llamar, pero en el último momento tampoco me decidí.
Finalmente se abrió la puerta y apareció mi padre. Nos miramos. Aunque la lógica me decía que era seis años mayor que la última vez que lo había visto, no había esperado verlo así. Su cabello y su bigote, de un rojo oscuro veteado de gris, estaban ahora casi blancos. Tenía el rostro surcado de arrugas y parecía incluso más bajo. Sin embargo, aquellos ojos castaños de mirada penetrante no habían cambiado: seguían perforándome el alma. Me pregunté si adivinaría lo muy asustada que estaba. Probablemente sí.
-Hola, Mariza.
-Hola, papá.
-Pensé que sería mejor que te abriera la puerta yo. Parecía como si te hubieras olvidado de cómo se hace.
-Yo... no sabía si debía llamar antes.
-Pues no -de repente su expresión se suavizó-. Que nunca más se te ocurra llamar -y añadió con voz temblorosa-: Tú siempre serás bienvenida en esta casa, Mariza.
Emocionada, me lancé a sus brazos.
-Lo siento, papá -sollocé, enterrando mi rostro en su pecho.
-Soy yo quien tiene que disculparse -la abrazó fuerza-. Yo no quería realmente que te marcharas Mariza. De verdad...
-No, si yo no te lo echo en cara -repuse con voz ahogada-. No esperaba que te sintieras muy contento después de lo que hice.
-Admito que pusiste a prueba mi paciencia.
Y tú la mía sonreí. Alcé la cabeza y contemplé aquel adorado rostro, con la vista nublada por lágrimas-. Pero quizá podamos empezar de nuevo.
-No -sacudió la cabeza-. Eso significaría tirar por la borda todo lo bueno junto con todo lo malo. También me diste muchísimas alegrías. Así que empezaremos de nuevo. Simplemente seguiremos a partir de aquí.
-De acuerdo -suspiré profundamente. Sentía especie de paz interior que no había conocido en años-. ¿Dónde está Camila?
-Aquí mismo.
Me volví para mirar a mi hermana, que también estaba llorando. Apenas la reconocí. Llevaba maquillaje y se había cortado el pelo. Ya no lucía su inevitable trenza a la espalda. No había renunciado a los vaqueros, pero sí a sus camisas, y ahora llevaba una muy sexy. Corrí a abrazarla, feliz.
-¡Dios mío, qué guapa estás! -exclamé riendo-. Benjamín es tan afortunado...
-Eso es lo que le digo yo.
-Y yo pienso lo mismo -abogó Benjamín desde el umbral -. ¿Qué tal estás, Mariza?
-En este momento no puedo estar mejor -emocionada, me acerque para abrazarlo a él también. En seis años, su atractivo había aumentado, el y Camila definitivamente hacían una gran pareja.
-Ahora que ya estamos todos, voy a buscar unas cervezas -anunció mi padre mientras se dirigía hacia la cocina.
-¿Necesitas ayuda? -le preguntó Camila.
-No, ya me encargo yo. Vosotras id al porche para poneros al día de todo lo que ha pasado en estos últimos seis años. Eso es mucho tiempo.
-Parece tan contento... -le comenté a mi hermana.
-Lo está. Durante las últimas semanas no ha hablado de otra cosa que de tu vuelta a casa.
-Oh, y ha añadido algunos comentarios sobre la boda -dijo Benjamín mientras sentaba a Camila. a su lado, en el columpio-. Sobre todo acerca de lo que nos vamos a gastar en ella. Venga, siéntate con nosotros, Mariza. Aquí cabemos todos, y ya sabes que nunca me he opuesto a estar rodeado de chicas.
-No, gracias -repuse, apoyándome en la barandilla del porche-. Prefiero quedarme aquí y acostumbrarme a veros juntos.
-Sorprendente, ¿eh? -sonrió Benjamín-, ¿Quién habría pensado que terminaría casándome con una diosa?
-Yo no, desde luego -pronunció una voz masculina a mi espalda.
Me volví para ver a Pablo acercándose a la casa. De inmediato mi corazón volvió a latirle acelerado.
-Hola -lo saludé, alegre.
-Hola. Debí haber adivinado que llegarías en un deportivo rojo. Apostaría a que entraste en el pueblo con la capota bajada y la música a todo volumen -sonrió.
Parecía un comentario perfectamente inocente, pero cuando lo miré a los ojos distinguió en ellos un innegable mensaje sexual. Y me excité de inmediato, como estaba previsto.
-Por supuesto. Y si te portas bien quizá te lleve a dar una vuelta antes de que me vaya -repliqué, siguiéndole la broma.
Pablo se quedó sin habla y yo me apunté mentalmente un tanto.
-¡Yoo-hoo! -gritó en aquel instante Benjamín-. ¡Ha vuelto!

A las cuatro de la tarde del día siguiente, me hallaba de pie al lado de mi hermano frente al altar de la iglesia. Se suponía que todas las miradas estaban fijas en la novia, que en aquel instante avanzaba por la nave central del brazo de su padre. Y sin embargo, mi atención estaba concentrada en la mujer que se sentaba en el primer banco a la izquierda: Mariza. Me pregunté si destacaría realmente tanto entre la multitud como imaginaba. Sí, no eran simples imaginaciones mias. Parecía una esplendorosa orquídea en medio de un campo de margaritas. El color rojo brillante de su cabello la diferenciaba del resto, al igual que su espléndida figura con aquel precioso vestido verde claro, que quitaba el aliento.
Si había esperado que me confundiera con el paisaje para poder engañarme y fingir que pertenecía a aquel lugar, ya podía olvidarme de esa fantasía. Desde el primer momento en que vi su descapotable color cereza, me di cuenta de su error. Aquel coche había destellado como un semáforo en rojo, advirtiéndome que no me acercara. Por supuesto, yo no había sido capaz de hacer eso, obsesionado como estaba con ella. Así que me había dedicado a insinuárseme descaradamente y a lanzarle pullas a la menor oportunidad, y ella me había contestado en el mismo tono. De hecho, a esas alturas, estaba bastante irritada conmigo. No era extraño, ya que sus tácticas para llamar mi atención no eran más sofisticadas que las que ella había utilizado cuando tenía dieciséis años... y me metía alguna rana debajo de la camisa.
Aun así, no había podido contenerme. Y ninguno de mis intentos parecía haber tenido éxito. De modo que allí estábamos, en la boda de mi hermana: con Mariza luciendo aquel aspecto tan arrebatador y yo devorado de deseo por dentro. Mi necesidad de volver a hacerle el amor estaba incluso deformando la visión que tenía de mi relación, o más bien de la falta de la misma. Aunque de lo que sí me daba cuenta es que Mariza no estaba interesada en establecerse en la hacienda para seguir practicando juegos eróticos conmigo durante el resto de su vida. Así que, descartado ese sueño, solo podía pensar en una cosa: que al día siguiente se marcharía y volvería a su gran ciudad, y nunca, nunca más volvería a tocar su cuerpo desnudo.
Por supuesto, era seguro que volvería al pueblo hacerle alguna que otra visita, pero para entonces el golfo que ahora nos separaba se habría convertido en un océano. Mi última oportunidad seria esa misma noche. Hasta ese momento Mariza había estado evitando quedarse a solas conmigo, lo cual le resultado fácil con todo aquel trastorno de la boda.
Pero la boda terminaría muy pronto. Quizá en momento durante el banquete nupcial podría acercarme a ella. Ya disponíamos de un antecedente, con lo ocurrido en el pasillo del hotel de Las Vegas...
Si lograba tener suerte, ya solo tendría que recordar una cosa. Que nunca debía, bajo ninguna circunstancia y por muy fantástica que fuera la experiencia, distraerme y darle a entender que la amaba.

Me había olvidado de lo muy caluroso que era el verano en mi pueblo, incluso a esas horas, a las nueve de la noche. Pablo, Benjamín y Martín habían instalado un ventilador bajo el patio que habían levantado para el banquete nupcial, pero la temperatura no había bajado casi nada. La recepción se había montado al aire libre para dar acogida a más gente, y el pueblo entero se había volcado. Al parecer todo el mundo parecía dispuesto a sudar a mares con tal de estar allí. Pero, si tenía que ser justa, parte de mi incomodidad era culpa solamente mía. No habría sudado tanto si no hubiera insistido en bailar hasta el último tema que la banda estaba tocando. Lo contrario no habría sido mi estilo. Y además, necesitaba mantenerme ocupada en algo para olvidar la expresión que aquella tarde había visto en el rostro de Pablo. Se había dedicado a mirarme con bastante frecuencia durante la ceremonia, y su ceño preocupado y pensativo me había indicado claramente, sin necesidad de palabras, que sabía ya que yo no pertenecía a ese lugar.
Qué ironía. Justo cuando Pablo había llegado a la conclusión de que no tenía sentido alguno que me quedara, yo había empezado a pensar en lo que significaría vivir allí otra vez. Había disfrutado de mi vuelta a casa mucho más de lo que había imaginado en un principio. Sí, me había planteado quedarme. Si hace seis años esa perspectiva me había parecido terrible con dieciocho años, hoy día me parecía incluso atractiva. Y no tendría por qué renunciar a mi carrera. Podría incluso renovarme un poco escogiendo una revista diferente, quizá una de viajes.
Con mi currículum no tendría problemas para conseguirlo. Con el acceso por internet, podría vivir en cualquier parte. En el la hacienda Bustamante había internet.
Pero, a juzgar por la expresión de Pablo, sabía que no aprobaría esos planes. Por eso había reído y bailado con todo el mundo durante el banquete, ignorando al único hombre con quien deseaba construir un futuro. Aquel humillante comportamiento siempre había sido mi mejor defensa.
Inevitablemente, la banda se tomó un descanso. Después de despedirme de mi última conquista, me dirigí a ver a mi hermana. De camino tomé una copa de champán y una servilleta de papel. Después de enfriar la servilleta contra la copa, me refresqué el con ella.
-Quizá deberíamos haber esperado a noviembre organizar esta juerga -me comentó Camila mientras se dejaba caer en una silla, recogiéndose las faldas del vestido.
-Benjamín no habría podido soportarlo -repuse, sonriendo-. Ese hombre te ama con locura.
-Sí Camila desvió la mirada hacia donde estaba su marido charlando con Pablo -Pero tuve que quitarle unos cuantos prejuicios de la cabeza antes de se diera cuenta que estaba loco por mí.
-Ahora que lo has conseguido, me encantaría saber cómo te las arreglaste.
Camila se volvió hacia mi, pura y virginal con su vestido blanco.
-Sexo anónimo.
-¿Perdón? -a punto estuve de dejar caer la copa de champán.
-Durante una tormenta, me refugié en una de esas cuevas en las que solíamos jugar cuando éramos niñas. Mi caballo se escapó, así que cuando Benjamín se metió en la misma cueva oscura, no sabía que había alguien allí.
-¡Debiste de darle un susto de muerte! -reí.
-Desde luego, pero cuando me di cuenta de que no sabía quién era yo, fingí que era otra persona y lo seduje.
-¡No!
-Sí. Lo hice.
-¡Dios mío, hermana! -me la quedé mirando, admirada.
-Antes de que Benjamín abandonara la cueva, acordamos vernos secretamente en ese lugar, y cada vez le hacía llevar un pañuelo vendado a los ojos para que no supiera quién era yo.
-¡Increíble! Tenías un completo control de la situación. ¿Sabes? Eso es algo que me gustaría hacer.
-Lo sé repuso Camila. Con cierta fanfarronería. De hecho, en muchas ocasiones me preguntaba cómo te comportarías tú en esa misma situación. Así que lo imaginaba y lo hacía.
-Pues me alegro -sonreí-. Creo que hacen una pareja perfecta.
-Escucha, Mariza, puedes decirme que me meta en mis propios asuntos, pero... ¿qué es lo que hay entre Pablo y tú? Detecto una extraña tensión entre vosotros dos.
Tragué saliva, pensando en lo mucho que deseaba tener un a confidente. Después de todo, mi hermana me había confesado su secreto.
-Bueno, nosotros... nos enredamos en Las Vegas.
-¿De veras? -exclamó Camila con tono entusiasmado-. Eso explica su pésimo humor durante las últimas semanas, así como lo del telegrama cantante.
-Sí, tú me dijiste que la idea se le ocurrió a él.
-No solo se le ocurrió. Estuvo allí.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que viajo a Buenos Aires para supervisar toda la operación. Se quedó en el umbral de la puerta de tu oficina, para poder ver tu reacción sin que tú lo vieras a él -como me había quedado muda de la sorpresa, continuó-: A nosotros nos dijo que su presencia era necesaria, y le seguimos la corriente porque estaba claro que se moría de ganas de verte otra vez. Por eso sospeché, que algo había ocurrido entre vosotros en Las Vegas.
-Ya, algo ocurrió entre nosotros -suspire-. Pero lo nuestro no tiene futuro. Pablo no quiere a su lado a una bala perdida como yo.
-En eso te equivocas de medio a medio.
-Créeme. Su expresión cuando me mira lo dice todo.
-Mmm. Yo no sé lo que ves tú en la expresión de él pero me extraña muchísimo.
-¿No has notado lo distante y estirado que está noche?
-¡Vaya! Recuerdo que fue exactamente así como comportó después de aquel incidente en el granero cuando tú tenías dieciséis años. Según Benjamín, te quería tan desesperadamente que al final se fue a hacer ese circuito de rodeo para olvidarse de ti. Así es como se pone cuando quiere algo que sabe no puede obtener: distante y estirado.
-¿Que él me quería? ¡Pero si me rechazó!
-Tenías dieciséis años -repuso Camila con tono suave -. Un hombre con principios tan firmes como Pablo nunca habría podido aceptar tu oferta. Pero casi pereció en su esfuerzo por rechazarte. Lo pasó terriblemente mal.
-Caramba - pensé en lo mucho que me había torturado a mí misma por aquel rechazo. Y luego lo había torturado a él, en venganza-. Supongo que estaba tan abstraída en mi propio dolor que ni siquiera se me ocurrió pensar que él también estaba sufriendo.
-¿Te sientes mejor ahora? -me preguntó Camila.
-No sabes cuánto Mi nivel de autoestima estaba creciendo segundo a segundo.
-Oh, creo que me hago una idea. Yo también necesité saber que Benjamín había sufrido un poco, también, después de todo lo que me hizo pasar.
-Entiendo - miré a Pablo. ¿Era posible que no sólo me deseara, sino que también me amara?
-Escucha, tengo que advertirte que Pablo está literalmente pegado a esta tierra, a este lugar. Así que la pregunta es: ¿serías capaz de volver?
-Quizá - deseaba desesperadamente creer que mi hermana estaba en lo cierto acerca de los sentimientos de Pablo, pero si actuaba de acuerdo con esa información y al final resultaba que estaba equivocada, el desengaño sería fatal-. Quiero decir que podría volver, si nadie tiene objeción...
-A mí me encantaría, y a papá también.
-¿Estás segura? -bebí un sorbo de champán.
-Este pueblo ha evolucionado mucho. Además, ya agotaste su capacidad de escándalo cuando saliste en el desplegable de la revista -rió Camila -. Bueno, no pierdas más el tiempo. Lo que tienes que hacer es ir a buscar a Pablo, en lugar de ignorarlo como llevas toda la noche haciendo. Ya sabes que eso no te funciona.
Abrí la boca para contradecirle que no podría soportar un nuevo rechazo por parte de Pablo, pero mi hermana alzó una mano adelantándose a mi comentario.
-No tienes que decirme nada. Créeme, sé lo que te costaría si el plan fallase. Yo también tuve que arriesgarme, y no tenía garantía alguna de ganar -me tomó una mano y me la apretó-. ¿Puede una hermana pequeña darle un consejo a su hermana mayor?
-Adelante-sonreí, emocionada.
No es verdad lo que nos decían cuando éramos niñas: el camino para llegar al corazón de un hombre no pasa por el estómago. Hay que disparar un poco abajo.
Nos echamos a reír. Como en los viejos tiempos.

Durante toda la noche había estado esperando una oportunidad de quedarme a solas con Mariza, ella parecía decidida a bailar con todos y cada uno de los invitados excepto conmigo, cuando no estaba charlando con Martín o con Camila. Evidentemente seguía intentando evitarme.
Pero de repente vi que se acercaba. Sabía que tenía que actuar rápido antes de que se pusiera a bailar con otro, así que la agarré precipitadamente de un brazo. Al mirarla a los ojos, me sentí estimulado por el brillo que vi en ellos.
-¿Podríamos ir a alguna parte a charlar tranquilamente? -le pregunté, sin pensar.
-Podríamos me constestó Mariza con voz baja y seria-. Pero te advierto que no pienso dar tanto que hablar como en la última recepción...
Aquello significaba que estaba pensando lo mismo que él. Sentí que la sangre empezaba a arderme en las venas.
-Deja que me retire yo primero -murmuró ella- y luego espera unos cinco minutos antes de irte. Le diré a la gente que voy un momento a casa de papá a refrescarme un poco. Nos veremos allí.
-¿En la casa de tu padre? -no estaba muy seguro. Me habría sentido muy incómodo haciendo en la cabaña de Martín lo que tenía en mente hacer,
-Claro que no, tonto. En mi coche.
Su coche. Eso sí que tenía posibilidades.
-De acuerdo.
-Hasta luego entonces -y se marchó, moviendo sensualmente las caderas.
Fueron los cinco minutos más largos de toda mi vida. No supe qué llegue a decirles a los invitados con los que hablé durante ese lapso, mientras miraba una y otra vez mi reloj. Al menos me llevé veinte veces la mano al bolsillo para cerciorarme de que no había perdido el preservativo que había comprado. Se trataba de otro frac alquilado, y los bolsillos de los fracs alquilados siempre podían tener agujeros...
Finalmente me retiré con la excusa de ir a buscar una aspirina. Entré en la casa de la hacienda por la puerta principal y sali por la trasera. En el corto trecho que mediaba hasta la cabaña de Martín, volví a recitar las instrucciones que me había dado: «disfruta del momento. Acuérdate del preservativo. No le digas que la amas».
No la vi al lado del coche. Pero lo que sí vi fueron unas bragas de encaje negras colgando de la punta de la antena. Mi corazón se aceleró. Y La llamé sin alzar la voz.
-¡Mariza!
-Estoy aquí atrás -susurró ella.
Apenas podía respirar cuando me asomé al asiento trasero del descapotable. No había mucha luz, pero si la suficiente para poder ver que estaba desnuda, con su vestido doblado cuidadosamente bajo su cabeza a manera de almohada. Sonriéndome, se acunó los senos con las manos.
-Hace tanto calor.. Apenas podía esperar para desnudarme.
Yo estaba sin habla. Mi lengua parecía negarse funcionar
-¿Era esto lo que tenías en mente cuando me dijiste que querías charlar conmigo?
Todavía incapaz de pronunciar palabra, asentí con la cabeza.
-Ya me lo imaginaba -de pronto deslizó una mano entre sus muslos y comenzó a acariciarse.
Con un gemido, me dispuse a abrir la puerta para reunirme con ella.
-Espera.
-¿Que espere?
-Todavía no.
-¿Qué quieres decir con «todavía no»? -pregunté un tono casi histérico.
-¿Cuál es la contraseña?
-¿Contraseña? -me sentía como si alguien estuviera intentando estrangularme.
-Si me dices la contraseña podrás entrar. Te daré una pista. Tiene cuatro letras -continuó acariciándose. Mnn, que agradable...
- Mariza,
-Cuatro letras, Pablo.
Me dolían los dedos de la fuerza con que seguía agarrando el picaporte de la puerta. Y durante todo el tiempo mantenía la mirada clavada en la mágica imagen de sus dedos deslizándose por su sexo. El lugar que durante tantas noches había alimentado mis húmedos sueños.
-Te daré otra pista, y esta vez no puedes fallar, Pablo. Es una palabra de cuatro letras que rima con... «calor».Y con «dolor».
-¿Calor? ¿Dolor? -solo había una palabra de cuatro letras que rimara con aquellas dos. Pero, si no recordaba mal, Mariza no había estado interesada en oír esa palabra. Una esperanza surgió en mi pecho-. De acuerdo -dije, y abrí la puerta.
-¿Qué haces? No has dicho la palabra- La diré -pronuncié con fervor-. Confía en mí, la diré -me descalcé, agradecido que llevara zapatos y no botas. Me despojé luego del resto de la ropa, que dejé bien colocada en el asiento delantero. En el último momento me acordé de sacar el preservativo del bolsillo de la chaqueta.
-Pero esas son las reglas: sin la contraseña, no hay diversión.
-Ya, eso es lo que te crees tú. Yo soy de los tipos que gustan de romper las reglas. Y da la casualidad que también soy de los tipos que te excitan -después de ponerme el preservativo, me incliné sobre ella.
-¿De veras? -levantó la mirada hacia mí, con muy poca disposición a expulsarme del coche. De hecho, parecía bastante contenta de que hubiera entrado.
-De veras -intentaba planificar mi siguiente movimiento, pero casi no podía verla. Mi propio cuerpo proyectaba una sombra sobre el lugar de su cuerpo en el que tanto ansiaba entrar.
Debí de haberla convencido con mi decidida actitud porque, maravilla de las maravillas, Mariza extendió una mano para tomar mi pene y guiarlo hacia el paraíso. Sin embargo, antes de que llegara a tocar el Cielo, se detuvo.
-¿Cuál es la contraseña? -insistió-. Me prometiste que me la dirías
-Amor -murmuré-. Te amo, Mariza.
-Has acertado. Ahora sí que puedes entrar.
Me deslicé en su interior con un suspiro. Nada podía compararse con la sensación de estar allí. Nada. Pero un millón de preguntas me acribillaban el cerebro.
-¿Y ahora qué?
-Yo creía que esta parte ya la teníamos muy ensayada. Adelante, atrás, adelante atrás. Hasta ahora se te ha dado muy bien.
-Quiero decir que... -sonreí-... ¿qué va a pasar con nosotros? Tú no quieres vivir aquí.
-Sí que quiero.
-¿Quieres? -acerqué el rostro al mió para verla mejor-. ¿Así, de pronto? ¿Por qué?
-Porque te amo, grandísimo boludo.
-¿Me amas? -increíble. Lo había dicho. Decidí ignorar lo de «grandísimo boludo» para concentrarme en lo de «te amo».
-Sí, te amo de verdad -dijo ella-. Y sé que soy oveja negra de este pueblo, pero si tú puedes soportarlo, yo también.
-Me amas -era el hombre más feliz del mundo. Aquella era una noche perfecta-. Si me amas, lo soportare todo. Además, tú no eres la oveja negra, sino la estrella de este pueblo. Tu pueblo te necesita. Y yo te necesito a ti.
-Suena bien.
-Nos casaremos.
-Por todo lo alto. Celebraremos una gran boda.
-Concedido. Sigue haciéndome lo que me estás haciendo y tendrás todo lo que quieras.
-Entonces detente ahora mismo.
-¿Que me detenga?
-Sal un momento. Te prometo que volverás a entrar y luego te divertirás mucho más. Por favor, Pablo. Si me amas, sal.
La amaba, así que salí. Antes de que me diera cuenta de lo que pretendía hacer, Mariza deslizó una mano entre nosotros y me quitó el preservativo.
-¡Hey! ¡Era el único que tenía! Yo creía que te gustaban los de estrías.
-Bueno, me gustaban, pero antes has dicho que podía tener cualquier cosa que quisiera, ¿no?
-Sí, pero...
-Quiero hijos, Pablito. Así que hazme mamá, hombretón.

Epílogo.
Cuatro Meses Después.
-¡Bien! - sonreí triunfante mientras leía el e-mail de Fabián Mazei, el editor de la revista Viajes de primera.
Pablo apareció en el umbral del dormitorio de la hacienda, que había convertido en mi despacho.
-¿Has vuelto a descargar una nueva postura de la Web del Kamasutra?
-No. Esto es todavía mejor -cuando alcé la mirada hacía él, me pregunté cómo había podido llegar a pensar que la vida en la hacienda me resultaría aburrida. Durante los últimos meses había disfrutado de las más innovadoras y placenteras experiencias sexuales de toda mi existencia. Habíamos hecho el amor en todas y cada una de las habitaciones, así como en los más remotos rincones del interior. Y también habíamos compartido espectaculares y sensuales episodios cuando Pablo me acompañaba en alguno de mis viajes como periodista, por encargo de la revista. Pero nunca había recibido un encargo como el que acababa de recibir en aquel instante. Sonreí y pulsé una tecla para imprimir el e-mail.
-Mejor, ¿eh? ¿De qué se trata?
-Mira esto -riendo, le tendí la hoja impresa.
-¿Un complejo turístico nudista?
-Siempre he sentido curiosidad por visitar esos lugares, así que le propuse la idea a Fabián.
-Y supongo que tendrás que hacer el reportaje...
-Desnuda. Sí. Será estupendo. Así no tendré que comprarme un traje de baño premamá para la playa.. ¿Querrás acompañarme, vaquero?
Vi que vacilaba ante la propuesta. Hasta el momento, siempre había terminado aceptando mis propuestas sexuales tras algún titubeo. Lo cual hacía aún más excitante mi sometimiento. Y también había descubierto que una vez que asumía una nueva idea, me volcaba absolutamente en ella.
-¿A que no te atreves? -lo desafié.
Un brillo apareció en sus ojos como respuesta a aquel reto, pero aun así seguía vacilando.
-No sé, Mariza, ir por ahí sin...
-Imagínate en la playa, tomando el sol, untándome el cuerpo de crema y yo untándote el tuyo... -me levanté para acercarme a él.
-Tendré que pasarme los días enteros tumbado boca abajo. Y hacer un agujero en la arena para mi...
-Alquilaremos un recinto privado en la playa -empecé a desabrocharme la blusa-. Me he informado de que hay muchos lugares íntimos en el complejo donde las parejas pueden estar solas.
- ¿De veras? -bajó la mirada a mi blusa desabrochada-. No estás jugando limpio, Mariza. Sabes que no puedo pensar bien cuando haces eso.
-Pues no pienses. Usa tu imaginación. Imagínate una pequeña y escondida cala, de arena blanca, allí los dos... -me saqué la blusa de debajo del pantalón, últimamente tenía que dejarme el botón superior desabrochado, porque ya se me había empezado anotar el vientre.
-De acuerdo, tú ganas -suspirando, deslizó sus manos debajo de la tela y me acarició los senos-. Voy.
-Bien -cerré los ojos para disfrutar mejor de su contacto-. Te prometo que no lo lamentarás.
-Eso es muy fácil de decir -me acercó hacia él, besándome en el cuello-. Probablemente me queme el trasero y sea incapaz de montar a caballo en una semana.
-¿Y eso sería malo porque...?
-Porque no podría salir a trabajar. Tendría que dejar que Benjamín se encargara de todo mientras yo me quedo aquí y... -se interrumpió, riendo-. Ahora entiendo adónde quieres llegar.
-Lo sabía -lo fui acercando al escritorio-. Ahora permíteme explicártelo mejor.
-¿En el escritorio? -preguntó, excitado.
-Sí. En tu antiguo y enorme escritorio. Después todo, está en la lista.
-Adoro esa lista -pronunció Pablo con voz de deseo, mientras se desabrochaba los tejanos ¿Crees que algún día llegaremos a agotarla?
Terminé de despojarme de los pantalones y de la ropa interior.
-No, si seguimos añadiéndole nuevos lugares.
-¿Crees que el bebé nos hará bajar el ritmo? me preguntó al tiempo que me tumbaba sobre la superficie de la mesa.
-No.
-Yo tampoco lo creo. Y ahora abre las piernas. Ya es hora de que tachemos un lugar más de la lista- cuando yo obedecí, me alzó ligeramente el trasero con ambas manos y se deslizó profundamente en mi interior-. Ah... qué maravilla. Cada vez es mejor.
-Es verdad -susurré, deleitada.
-¿Y crees que seguiremos estando tan locos cuando tengamos ochenta años?
-Más locos todavía -murmuré-. Y ahora ámame, Pablito. Ámame bien.
-Y eso no tienes ni que pedirlo nena, es todo un hecho.
¿Y al final quién gano el juego?
No se que pensaran ustedes, pero para mi esto asido un empate.
Ella quiso corromperlo y lo logro, y él la corrompió a ella.
¨Cazador cazado¨

 
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January 3 2009, 12:04 AM 

ESCÁNDALOS DE FAMILIA

El hombre y la joven y esbelta rubia permanecían inmóviles suspendidos como boxeadores, esperando un movimiento de su adversario.
-¡jamás¡-repitió ella y sus ojos castaños centellearon .-Se que necesitamos el dinero, y haría cualquier cosa por tidentro de lo razonable. Pero esto no tiene sentido y tu lo sabes, Jorge Maggio...
El lanzo un cansino suspiro y se giro hacia la ventana, desde la que se divisaba el trafico frenético de San Antonio a esa hora tardía de la mañana. Se metió las manos en los bolsillos y, derrotado, dejo caer los hombros.
-Esto es una ruina dijo suavemente.
Ella miro su espalda.
-Vende uno de tus Cadillacs- sugirió.
El la miro, exasperado.
-Camila...
-Esta mañana, cuando llegue, me llamabas Cami.- le recordó ella, echándose hacia tras la larga melena rubia
.-Vamos Coco, no es para tanto.
-No dijo el finalmente-, supongo que no se apoyo de espaldas en la pared, junto al enorme ventanal, y dejo que su mirada vagara por las suaves curvas de aquel cuerpo joven, deteniéndose allí donde el vestido beige insinuaba la prominencia de los senos.-No es posible que le desagrades-añadió distraídamente-.A ningún hombre con sangre en las venas podría desagradarle.
-Benjamín Rojas no tiene sangre en las venas. -dijo ella-Tiene agua helada y una pizca de whisky añejo.
-No fue el quien me ofreció la cuenta. Fue su hermano Felipe.
-Pero Benjamín es el accionista mayoritario de la empresa, Coco-repuso ella -.Y nunca ha recurrido a una agencia de publicidad. Nunca jamás.
-Pues tendrá que hacerlo si quiere vender esa urbanización en la que están trabajando en Florida.
¿Y por que no ofrecernos el trabajo a nosotros?-añadió con una sonrisa pueril-.Al fin y al cabo, somos los mejores.
Ella alzo las elegantes manos.
-Eso lo dices tú.
-Necesitamos ese proyecto insistió el. Su rostro fino, Infantil, adopto una expresión pensativa-.¿Sabes lo grande que es el imperio Rojas?-pregunto, como si todo aquello fuera nuevo para ella-¡Su rancho de Texas tiene doce años y mil hectáreas!
-Lo se-suspiro ella, y sus claros ojos castaños se estremecieron al recordar- Olvidas que el rancho de mi padre lindaba con el de los Rojas antes de -se interrumpió de repente.-En fin, es igual. De todos modos, puedes ir tu solo.- El pareció incomodo por un instante.
-Cami, temo que no puedo hacer esto.
Ella lo miro sorprendida desde el otro lado de la habitación lujosamente alfombrada, con sus modernos muebles cromados.
-¿Cómo dices?
-Si tú no vienes, no hay trato.
-¿Por qué?
-Porque somos socios dijo el obstinadamente, proyectando hacia delante el labio inferior.-Y sobre todo, porque Felipe Rojas no querrá ni hablar del asunto si tu no estas presente. Nos ha ofrecido el trabajo por que sois amigos. ¿Qué me dices a eso?
Aquello era extraño. Feli y ella eran amigos desde hacia muchos años, pero sabiendo lo que sentía su hermano, resultaba desconcertante que insistiera en que ella estuviera presente.
-Pero Benjamín me odia-murmuro, asombrada-No quiero ir, Coco.
-¿Y por que te odia, si se puede saber?-pregunto el, exasperado.
-Últimamente respondió ella-, porque atropelle a un toro que le había costado un cuarto de millón de dólares.
-¿Perdona?
-Bueno, en realidad no fui yo. Fue mama. Pero ella le tenia tanto miedo a Benjamín, que al final me eche yo la culpa. Lo cual no me congracio precisamente con Benjamín. Era un gran campeón.
-¿Benjamín?
-¡El toro!-ella cruzo los brazos sobre el pecho-.Mi madre no ha conseguido aceptar el hecho de que los viejos tiempos, cuando teníamos dinero, se han ido. Yo si. Yo puedo valerme por mi misma. Pero ella no. Si no pudiera pasar en Casa Verde un par de semanas al año, fingiendo que nada ha cambiado no se que sería de ella-se encogió de hombros.-Benja ya me odiaba de todos modos. Así que, cuando paso lo del toro, pensó que lo hice a propósito.
-¿Cuándo fue todo eso?-pregunto el con curiosidad-No mencionaste nada después de tu último viaje.
Pero, claro, ahora que lo pienso, durante un par de semanas te comportaste como un zombi, y yo en esa época estaba muy mal con Mica...
Ella sonrió.
-Exacto.
El suspiro.
-Bueno, eso no cambia nada. Si no me acompañas, perderemos el proyecto.
-Puede que lo perdamos igualmente si interviene Benjamín-le recordó ella-De eso solo hace seis meses. Y te aseguro que a el no se le ha olvidado.-Coco entrecerró los ojos.
-Le tienes miedo, ¿verdad, Cami?-Ella sonrió con desgana.
-No sabía que se me notaba.
-Es la primera vez que te veo asustada comento el, divertido.-No eres de las que se acobardan fácilmente, y he visto como te las gastas cuando te enfadas-frunció los labios.
-¿Por qué le tienes miedo?
Ella se dio media vuelta.
-Buena pregunta, amigo mió. Pero me temo que no tengo respuesta para ella.
-¿Es violento?
-No con las mujeres-dijo ella-.Pero lo he visto tumbar a un hombre de un puñetazo-hizo una mueca al recordarlo.
-¿Por una mujer?-insistió el sonriendo malévolamente.
Ella evito sus ojos.
-Si, por mí. Uno de los vaqueros del rancho Rojas se mostró excesivamente amable conmigo en su opinión, así que le puso un ojo morado antes de despedirlo.
Feli también estaba presente, pero no abrió la boca hasta que Benjamín intervino. Para intentar controlar mi vida como siempre-añadió con desagrado.
-Pensaba que Benjamín era un hombre mayor.
-Y lo es dijo ella mordazmente-.Tiene treinta y tres años, y ya va para mayor.
El se hecho a reír.
-Diez años mas que tu.
Ella se estremeció ligeramente.
-Será un viaje muy divertido. Ya me lo estoy imaginando.
-Seguramente se le habrá olvidado lo del toro-dijo para tranquilizarla.
-¿Tu crees?-sus ojos se nublaron-.Yo lo vi matar al animal después del accidente. Y nunca olvidare como me miro, ni lo que me dijo-suspiro-.Mama y yo salimos huyendo despavoridas. Tuvimos que irnos a casa en un coche prestado. Yo conducía-la falda de su vestido se agito suavemente alrededor de sus largas y esbeltas piernas cuando se dio la vuelta-.Créeme, no fue divertido hacerlo con una muñeca dislocada.
-¿No quieres enterrar el hacha de guerra?
-Oh, si, claro. Y Benjamín también: quiere enterrarla en mi cabeza.
-¿Que te parece si te vas a casa a hacer las maletas?-le sugirió el con una sonrisa.
-A casa-se rió ella suavemente-.Solo tu eres capaz de llamar casa a ese destartalado apartamento de una sola habitación. Mi madre lo detesta. Supongo que por eso se pasa la vida visitando a sus amigas.
Visitando a sus amigas. Había otra expresión para definir aquel comportamiento de su madre: gorroneo, y Benja nunca se cansaba de usarla. Si se hubiera enterado de que fue Marina Bordonaba y no su hija quien atropello al semental, a pesar de las protestas de Mora Rojas, su madre.-Pero tu madre no esta en casa de los Rojas ahora,¿verdad?-pregunto Coco, inquieto, y al instruir futuros desastres, sus ojos se pálidos se ensombrecieron.
Cami sacudió la cabeza negativamente.
-Es primavera. Eso significa que esta en las Bahamas.
Marina seguía una especie de pauta respecto a quien visitaba y en que momento del año. En ese instante estaba con Catherine Sefeeld y su hermana Mónica. Pero pronto le llegaría el turno a Mora Rojas, y Cami ya temía aquel momento. Si a Marina se le escapaba algo sobre aquel estupido cuando estuviera en el rancho.
-Puede que Felipe me proteja-murmuro melancólicamente-, ya que ha sido idea suya arrastrarme a Casa Verde. Y yo que pensaba que éramos amigos- gruño. Coco comenzó a juguetear con un montón de fotografías colocadas sobre su ordenado escritorio.
-No estas enfadada conmigo, ¿verdad?
Ella se encogió de hombros.-A un no lo se. Pero si Benjamín rechaza el proyecto, a mi no me culpes. Feli debería dejar que lo llevaras tú. Yo solo te traeré mala suerte.
-No, que va-dijo el-.Ya veras como no te arrepientes.
Ella giro la cabeza y lo miro con una amarga sonrisa.
-Eso fue exactamente lo que me dijo mi madre cuando me convenció para que fuera a Casa Verde hace seis meses. Espero que tus predicciones sean más fiables que las suyas.
Esa noche, cuando los programas de máxima ausencia habían acabado hacia rato, Cami, acurrucada en su viejo y cómodo sillón, veía un informativo al que en realidad no prestaba atención. Tenía los ojos en una fotografía de un álbum, una instantánea a color de dos hombres: uno alto y otro bajo; uno serio y otro risueño. Benjamín y Felipe en los escalones de la gran mansión victoriana de Casa Verde, con sus altas columnas blancas, su arquería verde y su espacioso porche con macizas mecedoras y balancín.
Felipe sonreía, como siempre. Benjamín miraba fijamente a la cámara. Su rostro de líneas duras y tez oscura, ceñudo y altanero. Sus ojos, centelleantes como plata nueva bajo la luz. Cami se estremeció involuntariamente al ver su mirada. Ella era quien sostenía la cámara. Aquella mirada iba dirigida a ella.
Ojala pudiera librarse de aquel viaje, pensó, agitada. Ojala pudiera atrancar la puerta, meter la cabeza bajo la almohada y olvidarse de todo. Ojala su padre siguiera vivo para controlar a Marina. Mama era como una niña: huía de la realidad como una mariposa de una mano abierta.
Ni siquiera se quejo cuando Cami cargo con la culpa de atropellar al toro, atrayendo asi sobre su cabeza la ira de Benjamín. Se quedo allí sentada y dejo que su hija asumiera la responsabilidad, como había hecho tantas otras veces por cosas semejantes.
Benjamín tenía razones para odiar a su madre mucho antes de aquel accidente. Pero Cami estaba demasiado cansada para pensar en eso. Tenia la impresión de pasarse la vida protegiendo a Marina. Ojala apareciera un hombre amable y decente que se casara con aquella cabeza loca y se la llevara muy lejos, a Alaska, a Tahiti o a Siberia
Echo un último vistazo a los hermanos Rojas antes de cerrar el álbum. ¿Por que habría insistido Feli en que acompañara a Coco?
Coco y ella eran socios en la agencia de publicidad, pero Terry llevaba más tiempo y tenía más experiencia. Naturalmente, Nora la apreciaba y tal vez se hubiera puesto pesada con Feli. Sonrió. Si, esa debía de ser la razón.
Se recostó en el sillón y cerró los ojos mientras el locutor hablaba y hablaba sobre un asesinato ocurrido recientemente en la ciudad. Su voz comenzó a desvanecerse poco apoco y casi al instante, sin darse cuenta, Cami se quedo dormida.

Cami observaba el refulgir del aeropuerto de Victoria que se alzaba en el horizonte a medida que el piloto hacia descender la avioneta para aterrizar. Aquella parte de Texas no le era desconocida. Había sido su hogar antes de establecerse en San Antonio, donde asistió a la universidad.
Allí había pasado su infancia, entre ganaderos, tratantes de reses y jacintos silvestres, rodeada por un legado histórico que aun hacia que se le acelerara el corazón.
Junto las manos con fuerza sobre el regazo. Amaba Texas, desde sus desérticos confines occidentales hasta la fértil región oriental que sobrevolaban en ese instante. Desde Victoria había un corto trayecto en coche hasta el rancho Rojas, hasta Casa Verde y la pequeña localidad llamada Cruce Rojas, la cual había crecido al borde del inmenso latifundio de Benjamín Rojas.
-Así que este es tu pueblo-dijo Coco mientras la avioneta tocaba suavemente la pista, produciendo un breve chirrido antes de que las ruedas se asentaran sobre el suelo.
-Si, esto es Victoria-sonrió ella, sintiendo de nuevo nostalgia de su niñez y recordando otros viajes, otros aterrizajes-.La ciudad mas acogedora que puedas imaginar. A mí siempre me ha encantado. La familia de mi padre se estableció en esta región cuando todavía era peligroso cabalgar sin revolver. Un ancestro de Rojas era comanche-añadió distraídamente-Casa Verde era de su tío. El padre de Benjamín, Boy Rojas, heredo la finca cuando sus hijos eran aun muy pequeños.
-Imagino que os haríais buenos amigos-dijo Terry.
Ella se sonrojo.
-Al contrario. Mi madre no quería que me juntara con ellos. En esa época, solo era gente de clase media-añadió amargamente-, y mi madre no permitía que lo olvidara. Es un milagro que Nora se lo haya perdonado. Benjamín, en cambio no lo olvida.
-Empiezo a ver la punta del iceberg-rió Coco.
Bajaron de la avioneta. Cami aspiro el aire limpio y contemplo extasiada el sol y el horizonte infinito más allá de la ciudad.
-La ciudad no es pequeña dijo Coco, siguiendo su mirada.
-Tiene cerca de sesenta mil habitantes-le dijo ella-.Un abuelo mío esta enterrado en Memorial Square, el cementerio mas antiguo de la ciudad, donde hay enterradas muchas familias de pioneros. También hay un zoo, un museo y hasta una orquesta sinfónica. Por no hablar de los deliciosos conciertos del Festival Bach, que se celebran en junio. Hay además algunas misiones en ruinas que
-Solo he hecho un comentario -la interrumpió el sonriendo-. No te he pedido que me cuentes la historia de la ciudad.
Ella le sonrió.
-¿No te interesa saber que esta situada junto al río Guadalupe?
-Si, bueno, gracias-el hizo parasol con la mano para evitar el reverbero del sol-. ¿Quien iba a venir a buscarnos?
Ella no quería pensar en eso.
-Quien tuviera tiempo-dijo, y deseo que aquello descartara a Benjamín-.En circunstancias normales, Felipe o Benjamín habrían ido a buscarnos a San Antonio. Tienen dos avionetas, y los dos saben pilotar. Tienen su propia pista de aterrizaje y hasta hangares. Pero es primavera- añadió, como si eso lo explicara todo.
El la miro sorprendido.
-¿Y?
-Pues que ahora es la recogida del ganado -dijo ella-. Hay que seleccionar, marcar y separar a las reses. El capataz del rancho se encarga de casi todo, pero Benjamín nunca delega por completo su autoridad. Le gusta supervisarlo todo. Y eso significa que Duncan tiene que ocuparse de dirigir el negocio inmobiliario y las demás empresas de la familia mientras Benja esta en el rancho.
-Entonces, imagino que tendrá poco tiempo-dijo Coco haciendo los labios-.No lo había pensado. Sino, hubiera esperado hasta el mes que viene. El caso es-suspiró- que necesitamos este proyecto. No ha habido mucho trabajo este invierno con la dichosa crisis económica. Ella asintió, aunque en realidad no lo estaba escuchando.
Sus ojos permanecían fijos en la carretera que llevaba al Aeropuerto y en el Mercedes plateado que se dirigía a toda velocidad hacia ellos. Benja tenía un Mercedes plateado.
-Pareces ligeramente asustada-comento Coco-. Reconoces ese coche, ¿verdad?
Ella asintió, sintiendo que el latido de su corazón se triplicaba cuando el automóvil se detuvo frente a la Terminal. La puerta se abrió, y Camila dejo escapar un suspiro de alivio.
Mora Rojas se dirigió hacia ellos, vestida con un elegante traje pantalón de color rosa y sandalias. Llevaba el pelo blanco impecablemente peinado y en su fino rostro resplandecía una sonrisa.
-Cuanto me alegro de verte, querida-le dijo a Cami mientras la abrazaba, envolviendo en su delicioso olor a Nina Ricci y a maquillarse en polvo.
-Me alegro de estar aquí mintio ella mirando a los ojos a Nora-. Este es Jorge, o Coco, Maggio, mi socio en la agencia de publicidad de San Antonio- dijo, presentándolos.
-Bienvenido, Coco -dijo Mora amablemente-.Felipe me ha hablado de vuestra propuesta. Espero sinceramente que Benjamin la acepte. Seria lo mejor para el negocio, pero mi hijo mayor tiene ideas un tanto peculiares a cerca de. De ciertas cosas- añadió lanzándole a Cami una sonrisa de disculpa.
-Estoy ansiosa por hablar con Felipe sobre el proyecto-dijo Coco sonriendo.
-Siento que este aquí en este momento-contesto Mora educadamente-.Tuvo que volver a San Francisco esta tarde por un asunto urgente. Pero Benja esta en casa.
Cami sintió que algo se derrumbaba en su interior y procuro reprimir el deseo de volver a subirse al avion y regresar a casa. En lugar de hacerlo, siguió a Mora y a Coco hasta el coche y se sento obedientemente en el asiento delantero, junto a Mora, mientras Coco metía las bolsas en el maletero y se sentaba atrás.
-Hay buen tiempo-comento Coco mientras Mora dirigía el coche deportivo hacia la ciudad.
-Si, pero este año casi no ha llovido-suspiro Mora, sin detenerse a explicar los estragos que la sequia causaba en un rancho. Cami ya lo sabia, y le habría llevado casi una hora explicarselo a un profano en la materia.
-Estoy deseando ver el rancho-dijo Coco amablemente. Mora giro la cabeza un momento y le sonrio.
-Estamos muy orgullosos de el. Lamento que hayáis tenido que venir en un vuelo comercial. Benja habría podido ir a buscaros, pero Sabrina esta con el, y pensé que no te haria mucha gracia su compañía-añadio lanzandole a Cami una cautelosa mirada.
-¿Sabrina?-pregunto tímidamente Coco.
-Sabrina Guzman-contesto Mora -.Su padre, Benja y Feli son socios en esa inversion inmobiliaria de Florida.
-¿Tambien tendremos que consultarle a el acerca de la campaña?-pregunto Coco.
-Yo diría que no-dijo Mora con tono despreocupado-.El señor Guzman siempre hace lo que dice Benja.
-¿Cómo esta Sabri?-pregunto Cami suavemente.
-Como siempre, Camila-contesto ella con cierta amargura-. Con los ojos eternamente puestos en Benja. Cami recordaba bien todo aquello. Sabri estaba enamorada de Benja desde su adolescencia. Una vez, por extraño que pareciera, Benjamin invito a Camila a un baile, invitación que ella rechazo espantada. Pero Sabrina se puso furiosa con ella, como si fuera culpa suya que Benjamin se lo hubiera pedido.-Sabrina y Cami fueron juntas al colegio -le dijo Mora a Coco-. En Suiza, ¿sabes?
De eso parecía hacer mil años. La familia de Cami lo había perdido todo cuando Juan Bordonaba se vio implicado en una estafa relativa a unas tierras. Al descubrirlo, la impresión le causo un ataque al corazón que resulto fatal, y a su muerte, su viuda y su hija tuvieron que afrontar, llenas de perplejidad, la más completa ruina. Tras satisfacer a sus acreedores, no les quedo nada. Benjamin se ofreció a ayudarlas. Cami todavía se sonrojaba cuando recordaba con que sangre fría le había aquella proposición. Nunca se lo había contado a nadie. Pero el recuerdo seguía con ella, y aun estaba convencida de que su negativa había alentado el desprecio de Benjamin.
Tras la subasta del rancho familiar, Cami se fue con su licenciatura en Periodismo a la oficina de Santiago Miras, y su colaboración pronto se transformo en sociedad. El empleo las salvaba de la penuria, siempre y cuando Marina no se lanzara a uno de sus desaforados maratones de compras y sus acaudaladas amigas corrieran con los gastos de sus prolongadas visitas. Todos los sacrificios corrían a cargo Cami, no de su madre. A Marina le gustaban la ropa y los zapatos caros, y compraba ambas cosas de manera impulsiva, aunque luego se disculpaba por sus lapsos y rompía a llorar si Cami se mostraba severa con ella.
Cada día de su vida, Cami daba gracias al cielo por poder pagar a plazos. Y cada dia se preguntaba si Marina maduraría alguna vez.
-Te he preguntado que que tal esta Marina-insistió Mora amablemente, sacándola de sus cavilaciones.
-Oh, esta bien-se apresuro a decir Cami-.Esta pasando una temporada con lo Bannon.
-Ah, las Bahamas-suspiro Mora-, con sus bonitos sombreros de paja, el suave acento de sus gentes y sus blanquísimas playasCuanto me gustaría estar alli.
-¿Y por no se va?-pregunto Coco.
-Porque en cuanto la cocinera empezara a quejarse de que Benja llega tarde a desayunar, mi hijo la despediria-contesto ella con cierta crispación- ,y es la primera vez que consigo conservar una cocinera mas de tres meses. A esta tengo que cuidarla como oro en paño.
Coco miro inquieto por la ventanilla trasera.
-Su hijo parece difícil de complacer-dijo, riéndose con nerviosismo.
-Depende del humor que tenga-respondio Mora -.Benja puede ser muy amable. Dormido, es facilísimo llevarse bien con el. Solo da problemas cuando esta despierto. Cami se hecho a reir.
-Vas a asustar a Coco.
-Oh, no te preocupes, Coco-dijo Mora- Pero cuando te acerques a el, asegurate de que no ha estado con el ganado -fruncio ligeramente el ceño-.Veamos, los domingos por la mañana son bastante tranquilos, si no pasa nada raro, o si no
-Hablaremos con Feli primero-le prometió Cami a su colega-.El no muerde.
-Ni tampoco tiene todo el tiempo a Sabrina incordiándolo-dijo Mora con cierto fastidio.
-Tal vez Benja ceda al fin y se case con ella-sugirio Cami.
La mujer suspiro.
-Yo esperaba que tu fueras mi nuera algun dia, Cami.
-Pues dale gracias al cielo por que no sea asi-dijo Cami sonriendo-Feli y yo, juntos te habríamos vuelto loca.
-No estaba pensando en mi hijo pequeño-dijo Mora con sorprendente naturalidad.
Cami noto que se le aceleraba el pulso al ver su mirada y aparto los ojos.
-Benjamin nunca me perdonara lo de ese toro.
-Fue inevitable.Tu no tuviste la culpa de que ese estupido animal rompiera el cercado.
-Benjamin estaba tan enfadado-recordo estremeciendose-.Pense que iba a pegarme.
-Yo siempre he creido que estaba enfadado por otra cosa. Oh, maldita sea-añadió Mora con perfecta diccion cuando tomaron el largo camino pavimentado que llevaba a Casa Verde-. Ese es el coche de Sabrina-gruño.
Cami vio un pequeño Ferrari aparcado el la glorieta que rodeaba el estanque y la fuente, frente a la majestuosa mansiónde dos plantas.
-Bueno, al menos ya sabes donde esta Benjamin-dijo Cami con ligereza, a pesar de que el corazon le habia dado un vuelco.
-Si, pero también sabia donde estaba cuando vivia Chuki, y al menos Chuki me gustaba-dijo Mora de mala gana.
-¿Quién era Chuki?-les pregunto Terry a las dos mujeres, que se habían echado a reir.
-El perro de Benjamin-dijo Cami entre risas.
Mora aparco tras el pequeño coche negro y apago el motor. La casa tenia mas de un siglo de antigüedad, pero seguía siendo sólida y acogedora y, a pesar de los aparatos de aire acondicionados que sobresalian de las ventanas, conservaba su aire casero y tradicional. Para Cami, que la amaba desde la infancia, aquella casa no era una mansión ni un monumento arquitectonico. Era simplemente la casa de Feli.
-Feli y yo soliamos colgarnos bocabajo de las ramas bajas de roble de la esquina-le a dijo a Coco mientras recorrían el sendero flanqueadote azaleas que llevaba a la escalera del porche-.Un día, Feli resbalo y se cayo. Si Benjamin no lo hubiera agarrado, se habría partido la cabeza.
-Me da escalofrios pensar lo que hubiera podido pasar-dijo Mora, y su hermoso y elegante rostro adquirio una expresión rigida-.Feli y tu fuisteis siempre muy traviesos, querida. Y Feli sigue siendo un trasero de mal asiento. Benjamin en cambio, ha echado hondas raices.
Cami clavo los dedos en su bolso. No quería pensar en Benjamin, pero en cuanto vio el porche le asaltaron los recuerdos.Y no todos ellos eran agradables.
-Su hijo comento que mañana podriamos echarle un vistazo a la Finca-dijo Coco despreocupadamente-.Yo había pensado que esta noche tal vez podriamos informar a Benjamin acerca de cómo llevamos a cabo nuestras campañas.
-Si consigues que se quede sentado el tiempo suficiente-rio Mora pregúntale a Cami. Ella te dirá lo ocupado que esta.Yo tengo que ir detrás de el para preguntarle cualquier cosa.
-Bueno, al menos se montar a caballo-rio Coco-. Supongo que podría galopar detrás de el.
-No, teniendo en cuenta como galopa Benja- dijo Cami suavemente.
Mora abrió la puerta delantera y condujo a sus invitados al interior de la casa. La entrada tenía el suelo de madera de pino muy pulida, cubierto en su parte central por una alfombra oriental de dibujos geométricos, en su mayoría rojos. Sobre la mesa, cuya superficie era de mármol, había un ramo de hermosas rosas rojas cortadas de la tupida rosaleda que rodeaba la piscina oval, detrás de la casa. Una escalera maciza, con los escalones cubiertos por una alfombra roja, llevaba al segundo piso. Su oscuro pasamanos de roble, pulido por el tiempo y el uso, era suave como el cristal. A Cami se le erizaba la piel cada vez que pensaba en los pioneros que, según se decía, habían disfrutado de la hospitalidad de aquella casa.El edificio había sido restaurado, naturalmente, y también agrandado. Pero el pasamanos seguia siendo el mismo de siempre.
Una doncella baja y de tez morena se acerco para llevarse la ligera chaqueta de Cami. Tras ella iba un hombre bajo y moreno que tomo las maletas de Coco.
-Son Diego y Maria Del Cerro-le dijo Mora a Coco, pues Cami ya los conocia-,nuestros angeles de la guarda. Sin ellos, estaríamos perdidos.
La pareja sonrió, inclino ligeramente la cabeza y se fue a sus quehaceres para asegurarse de que la familia no quedaba desvalida.
-Tomaremos café y charlaremos un rato-dijo Mora, indicándoles el camino hacia la alfombra blanca, sus cortinas azul marino, sus mesas de roble antiguas y sus sillas tapizadas de azul-. ¿No es absurdo tener una alfombra blanca en un rancho?-rio a modo de disculpa-. Pero, aunque se que deberia cambiarla, me encanta esta combinación de colores. Sentaos mientras voy a decirle a Maria que nos traiga el café aquí. Benja debe de estar en los establos.
-No, no esta en los establos dijo una voz aspera y hastiada tras ellos, desde el vestíbulo, y Sabrina Guzman entro con paso indolente en el salón, con las manos undidas en los bolsillos de su falda de punto azul turquesa. Llevaba un suéter ajustado con cuello de pico del mismo color, y parecía salida de un desfilede modas. El pelo negro le caia suelto y rizado alrededor de las orejas. Sus ojos eran penetrantes y su tez morena resultaba impactante en contraste con sus labios pintados de rojo sangre.
-Guau-murmuro Coco, mirando con los ojos como platos aquella vision que habia aparecido en la puerta.
Sabrina acepto el cumplido como solía; mirando con agrado la flaca pero musculosa figura de Coco. Luego, sus agudos ojos se clavaron en Camila y observaron con desagrado su traje elegante pero sobrio.
-Benjamin ha salido con Diego Mesaglio a comprar una cosechadora nueva -dijo Sabrina con tono despreocupado-.La que tenian se rompio esta mañana.
-Se quedo empantanada en mitad del heno, según creo-dijo Mora alegremente, percibiendo la tensión que empezaba a crispar el ambiente-.¿Ha dejado ya de despotricar? Sabrina no sonrio.
-Naturalmente, no le ha hecho ninguna gracia. Era una maquina muy cara. Me pidió que me pasara por aquí para deciros que llegara tarde.
-¿Y desde cuando llega a tiempo a comer?-pregunto Mora secamente.
Sabrina se dio la vuelta.
-Tengo que irme. Papa me esta esperando para no se que asunto relacionado con una venta de tierras. Giro la cabeza para mirar a Coco y Cami-.He oído que Feli esta pensando en contrataros para que os encarguéis del proyecto de Florida. Papa y yo queremos participar en todas las negociaciones, por supuesto, dado que hemos invertido una gran suma de dinero.
-Por supuesto dijo Coco sonrojandose.
-Estaremos en contacto. Buenas noches, Mora-dijo descuidadamente. Sus altos tacones repicaron rapidamente sobre el suelo de madera. La puerta se cerro de golpe a su espalda y un silencio crispado se apodero de la habitación. Los ojos de Marguerite lanzaban chispas.
-¿Cuándo le he dado yo permiso para que me llame por mi nombre de pila?-Dijo Mora algo indignada por la falta de consideración por parte de Sabrina.
-Vaya-murmuro-. Sabia que parecía demasiado facil.
-No te preocupes-dijo Cami alegremente -.El señor Guzman no se parece a su hija.
Coco pareció animarse un poco, pero Mora seguía mascullando cuando salio de la habitación para decirle a Maria que les sirviera el café en el cuarto de estar.
Maria les llevo el café en una enorme bandeja de alpaca con cubertería de plata antigua y tazas de porcelana finisima con dibujos blancos y rojos. Mientras Mora servia, Cami observo el contenido de una elegante vitrina que habia junto a la pared. Su interior parecía un diminuto museo de historia del Oeste. Había un Colt 44, una pistolera vieja y desgastada que el tio abuelo de Benjamin llevaba cuando salia a cabalgar, un antiguo puñal comanche con la funda de ante con cuentas engastadas de colores desvaídos, algunas de ellas perdidas y otros recuerdos de un tiempo ya remoto. Había una vieja Biblia familiar que los antepasados de Benjamin habían hecho llevar allí desde Georgia por tren y una y un sombrero de oficial de la Confederación. Incluso había una pipa de la paz.
-Nunca te cansas de mirarla, ¿eh?-pregunto Mora suavemente.
Cami se volvió hacia ella y sonrio.
-No, nunca.
-Tu gente tambien puede sentirse orgullosa de su historia-dijo Mora-. ¿Conseguiste salvar alguna de esas sillas francesas o la plata?
Cami sacudio la cabeza negativamente.
-Me temo que solo pude conservar las cosas pequeñas-suspiro, sintiendo una punzada de nostalgia- No teníamos sitio donde guardarlas, salvo en un guardamuebles, y valían mucho dinero. Nos hizo falta para pagar las deudas-añadio melancólicamente.
Coco observo su expresión y se volvio hacia Mora.
-Hábleme de la casa-dijo con interés, frunciendo el ceño.
Aquello capto inmediatamente la atención de Mora, que una hora después seguia contandoles anecdotas del pasado. Su conversación había arrullado a Cami, infundiéndole una extraña sensación de seguridad, y en su bello rostro habia una sonrisa melancolica cuando la puerta principal se abrio repentinamente. Al girar la cabeza hacia la puerta, su mirada quedo atrapada por unos ojos del color de la plata antigua. Benjamin había llegado.
Benjamin Rojas Pessi era el vivo retrato de su difunto padre. Alto y fuerte, sus ojos relucían como plata pulida en el rostro bronceado, y su pelo era rubio como los rayos de sol filtrados en un charco de agua pura. En todas partes atraía las miradas de la gente. La camisa vaquera que llevaba resaltaba sus anchos hombros, y los pantalones téjanos, bien cortados, se ceñían a la musculatura de sus muslos y de sus estrechas caderas. Sus costosas botas de cuero estaban cubiertas de polvo, pero no por ello dejaban de parecer lujosas. La única nota que deslucía su atuendo era el viejo sombrero vaquero negro que llevaba en la mano, tan gastado como durante la última e inolvidable visita de Camila.
Esta no podía apartar los ojos de él. Su mirada trazó involuntariamente los ásperos contornos de su cara, y Cami se preguntó, como se había preguntado muchas otras veces durante su adolescencia, si había en él un ápice de emoción. Parecía completamente ajeno a la ternura y a la pasión.
Benjamin entró en la habitación y saludó amablemente a Coco, estrechándole la mano.
-Ya conoce a mi socia, por supuesto - sonrió Coco señalando a Cami, que estaba sentada en el sofá, junto a él.
Sí, la conozco dijo Benjamin con su lento y profundo acento lejano, lanzándole a Cami una mirada dura que apenas se fijó en las esbeltas curvas de su cuerpo, enfatiza-das por el corte clásico de su traje azul marino. Esta noche, no tendremos mucho tiempo para hablar le dijo a Coco sin preámbulos. Tengo una cita anterior, pero Felipe estará aquí mañana, y yo trataré de encontrar unos minutos para hablar de vuestra oferta uno de estos días. Podéis hacerme un resumen durante la cena.
¡Estupendo! exclamó Coco, entusiasmado, y Cami no pudo reprimir una sonrisa divertida al mirarlo. Resultaban tan evidentes sus ganas de agradar...
¿Cómo está tu madre? le preguntó Benjamin a Camila secamente mientras se acercaba a un aparador para servirse una copa.
Camila sintió que se ponía rígida.
Muy bien, gracias dijo.
¿A quién le ha tocado este mes? añadió él despreocupadamente.
¡Benjamin! gritó Mora, espantada. Se volvió hacia sus invitados . Cami, supongo que querrás refrescarte un poco. Y tú, Coco, si me acompañas, te enseñaré tu habitación al mismo tiempo los sacó de la habitación rápidamente, lanzándole de pasada una mirada furiosa a su impasible hijo. No sé qué demonios le pasa gruñó Mora cuando Cami y ella estuvieron solas en el hermoso cuarto de invitados, con su papel pintado de color azul. La linda colcha azul iba a juego con las fundas envolantadas de los cojines. En los maceteros de bronce crecían tupidas plantas verdes.
Él es así, no hay que darle más vueltas dijo Cami con más humor del que sentía. Las palabras intencionadas de Benjamin habían hecho mella en su corazón. Conmigo siempre ha sido así.
Mora miró fijamente sus cálidos ojos castaños y sonrió.
Esa es mi niña. Di que sí, tú no le hagas caso ¿Y cómo voy a no hacerle caso? Preguntó Cami batiendo teatralmente las largas pestañasEs tan guapo, tan masculino, tan... mandón
Mora se echó a reír como una niña. Se sentó al borde de la cama, cubierta por un grueso edredón, y cruzó las manos sobre el regazo mientras Cami colgaba la escasa ropa que había llevado. Tú eres la única mujer que conozco que no persigue despiadadamente a mi hijo dijo al cabo de un momento. Se le considera todo un partido, ¿sabes?
Pues que se lo queden para ellas dijo Cami, malhumorada. Es demasiado dominante para mi gusto. Creo que en realidad me da un poco de miedo admitió honestamente.
Sí, lo sé contestó Mora con afabilidad.
Sabrina, en cambio, no le tiene ningún miedo suspiró Cami. Puede que se merezcan el uno al otro añadió con una risita.
¡Sabrina! Si se casa con esa chica, yo me mudo a Australia a trabajar de cocinera en una mina de ópalo exclamó Mora.
¿Tan mal te cae?
Querida mía, la última vez que estuvo aquí ayudando a Benja en una venta, hizo llorar a María y una de las doncellas se despidió sin previo aviso. Como habrás visto, sencillamente ordena y manda, y Benja -lanzo un suspiro- no hace nada por impedírselo.
Pero esta es tu casa le recordó Cami con suavidad.
La mujer se encogió de hombros expresivamente.
Eso creía yo. Pero últimamente no deja de hablar de reformar mi cocina.
Cami jugueteó con uno de los botones de su sencilla blusa mientras la colgaba en el armario.
¿Están prometidos?
No lo sé. Benja no me cuenta nada. Supongo que, si decide casarse con ella, me enteraré por las noticias.
Cami se echó a reír suavemente.
No me imagino casado a Benjamin.
Yo no sé qué le pasa dijo Marguerite levantándose. Lleva meses andando de un lado a otro sin estarse quieto, siempre con mala cara, distraído y tan ocupado, que es imposible sacarle dos palabras seguidas. Y en cuanto a lo de Sabrina... En fin, a veces tengo la impresión de que para él es como una mosca. Pero está tan ocupado, que ni siquiera puede espantarla.
Cami rompió a reír. La imagen de aquella decorativa joven morena convertida en mosca resultaba totalmente incongruente. Sabri, con su perfecto maquillaje, sus peinados impolutos y sus ropas de diseño se sentiría horrorizada si las oyera hablando de ella en aquellos términos. Mora sonrió.
Me alegro de que no tengas en cuenta lo que dice Benja. Tu madre es mi mejor amiga, y lo que dice mi hijo no es cierto.
Sí que lo es dijo Cami suavemente. Las dos lo sabemos. Mi madre sigue viviendo en el pasado. No acepta las cosas tal y como son.
Aun así, eso no es excusa para que Benja se burle de ella repuso Mora. Voy a tener que hablar con él al respecto.
Por cómo me ha mirado, yo le daría de comer y lo emborracharía antes de intentar hablar con él sugirió Cami.
Nunca lo he visto borracho contestó suavemente la madre de Benjamin. Aunque una vez estuvo a punto añadió lanzándole una penetrante mirada a la joven antes de dar media vuelta. Nos veremos abajo. No hace falta que te cambies para cenar. Aquí seguimos siendo tan informales como siempre.
Lo cual era una suerte, pensó Cami, más tarde, mientras miraba su armario casi vacío. En otro tiempo habría tenido un armario lleno de trajes de diseño, de finas sedas y organza bordada a mano. Ahora tenía que limitarse a comprar lo estrictamente necesario. Gracias a su buen gusto y a su cautela a la hora de comprar, había conseguido reunir un vestuario limitado pero atractivo, en el que primaban las ropas que usaba para trabajar. Entre sus trajes no había ningún vestido de noche. Lo cierto era que no lo necesitaba.
Se duchó y se puso una falda blanca plisada y una blusa azul marino, y se ató al cuello un pañuelo rizado de color blanco para completar su atuendo sencillo, pero atractivo. Se recogió el pelo hacia atrás con una cinta blanca y deslizó los pies enfundados en medias en unas sandalias de color azul oscuro. Luego se roció ligeramente de colonia, se puso un toque de carmín y bajó al piso inferior.
Encontró a Coco de pie, en la puerta del cuarto de estar, con una copa de coñac en la mano.
Ah, aquí estás le dijo él sonriendo, y sus ojos recorrieron picaramente su esbelta figura de pies a cabeza. ¿Te vas a hacer a la mar?
Puede que sí repuso ella despreocupadamente. ¿Quieres acompañarme y mantener a raya a los tiburones? Él sacudió la cabeza.
Soy un completo cobarde cuando se trata de tiburones. Se rumorea que a una tía abuela mía se la comió un tiburón.
Cami se echó a reír con una risa que era como la luz del sol filtrándose en una habitación pintada de amarillo. Pasó junto a Coco, entró en el espacioso salón y de pronto se encontró mirando de frente los ojos argénteos de Benjamin. Su intensa mirada resultaba desconcertante y alteraba extrañamente su corazón. Cami bajó los ojos y miró la alfombra.
¿Quieres un jerez? preguntó él secamente.
Ella dijo que no con la cabeza y se acercó de nuevo a Coco como una gatita que buscara cobijo junto a un gato macho.
No, gracias.
Coco le pasó el brazo sobre los hombros afectuosamente.
Es adicta a la cafeína le dijo a Benja. Pero no bebe.
Benjamin pareció querer aplastar la copa de brandy entre sus dedos y arrojarla al suelo. Cami no recordaba haber visto nunca aquella expresión en sus ojos. Pero él se dio la vuelta antes de que tuviera tiempo de analizarla.
Entremos. Mi madre bajará enseguida los condujo al comedor, y Cami, sin poder evitarlo, reparó en lo bien que le sentaba el traje marrón, con sus hombreras al estilo del Oeste, que desde atrás enfatizaban su ancha espalda. Era un hombre atractivo. Demasiado atractivo.
Para su desconcierto, Cami se encontró sentada junto a Benjamin, tan cerca que, bajo la mesa, su piel rozaba la bruñida bota de cuero de él. Ella retiró el pie rápidamente al percibir su mirada de irritación.
Explicadme por qué cree Felipe que necesitamos una agencia publicitaria sugirió Benjamin con arrogancia, reclinándose en la silla de tal modo, que los botones de su camisa de seda blanca se tensaron sobre la poderosa musculatura de su pecho.
Llevaba el cuello de la camisa abierto, y bajo la tela finísima se adivinaba la sombra de su espeso vello negro sobre la piel bronceada. Cami recordó sin querer el aspecto que tenía Benjamin con el pecho desnudo, y desvió su mirada hacia el impoluto plato de porcelana que tenía ante ella.
Mientras, la señora Ines, la preciada cocinera de Marguerite, entraba en el comedor con paso lento, trayendo los platos que había preparado con mano experta. Colocó sobre el impecable mantel de hilo blanco una fuente con gruesos filetes y un gran cuenco humeante lleno de densa salsa de leche, junto con una bandeja de galletas saladas, mantequilla, repollo, una ensalada, puntas de espárragos con salsa holandesa, una cremosa macedonia de frutas, panecillos caseros y patatas fritas. Cami apenas recordaba cuándo se había encontrado ante semejante despliegue de platos suculentos, y se dio cuenta con cierto sobresalto de que hacía mucho tiempo que no podía permitirse preparar una comida como aquella. Disfrutó de cada bocado como si fuera el último, saboreando cada cucharada mientras escuchaba la agradable e incesante voz de Coco.
Mora se les unió cuando Coco estaba en medio de su disertación acerca de las perspectivas de ventas y, sonriéndoles, se sentó en su sitio habitual a la elegante mesa, en cuyo centro había un ramo de margaritas blancas.
Siento llegar tarde dijo , pero he perdido la noción del tiempo. En la emisora de radio local dan una serie de misterio, y me temo que estoy enganchada a ella.
Historias de detectives dijo Jason, burlón . No me extraña que te pases la noche con la luz encendida.
Mora alzó airosamente su fino rostro.
Hay mucha gente que deja una luz encendida por las noches.
Sí, pero tú dejas tres lámparas dijo él.
Sus ojos grises brillaron, mirándola, y de pronto guiñó un ojo y sonrió. Al ver aquella sonrisa, Cami sintió que algo se encendía suavemente en su interior. Estaba guapísimo cuando usaba su encanto. Ninguna mujer podía resistirse a aquella sonrisa, de la que ella solo había disfrutado una vez, hacía mucho tiempo. Volvió a fijar la vista en el plato y acabó de comerse la ensalada de frutas con un suspiro.
En medio del discurso de Coco sonó el teléfono y, segundos después, avisaron a Benjamin de que era para él. Mora lo observó salir del comedor.
Una vez masculló, una sola vez me gustaría poder disfrutar de la cena sin interrupciones. Si no es un problema en el rancho, es un problema con algunas de las empresas, o algún vendedor que quiere que le compre un tractor nuevo, o algún ranchero que intenta venderle un toro, o un periodista que quiere que lo informe sobre una fusión se quedó con la mirada perdida. La semana pasada, llamaron de una revista. Querían saber si Benja iba a casarse. Yo les dije que sí dijo con irritación apenas disimulada. Y estoy deseando que alguien le ponga el artículo delante de las narices. Cami se rió hasta que se le saltaron las lágrimas.
Pero, ¿cómo pudiste hacer una cosa así?
¿Qué cosa? preguntó Benja, que acababa de entrar en la habitación.
Cami sacudió la cabeza y se secó la comisura de los ojos con la servilleta de hilo mientras Mora alzaba la cabeza con indignación.
¿Otro desastre? preguntó mientras su hijo se sentaba. ¿El mundo entrará en guerra si tú acabas de comer?
Benja la miró alzando una ceja y bebió un sorbo de café.
¿Quieres encargarte tú de los negocios?
Me encantaría dijo su madre. Lo vendería todo.
¿Y condenarnos a Felipe y a mí a criar rosas? bromeó él. Ella se apaciguó.
Quisiera que pudiéramos comer en paz por una vez, Benja...
¿Crees que podrías soportarlo? preguntó él, sarcástico. Sería un hecho inaudito.
Y cuando tu padre vivía era aún peor reconoció ella, y se echó a reír. Una vez, le tiré el plato a la cabeza porque se fue a hablar con un abogado en medio de la cena de Navidad.
Benjamin sonrió burlón.
Recuerdo lo que ocurrió cuando volvió a casa dijo, y Mora Rojas se sonrojó como una colegiala.
Oh, bueno empezó a decir, yo...
Antes de que pudiera añadir nada más, María entró para anunciar que Sabrina estaba al teléfono y quería hablar con Benjamin. Mora miró fijamente a su hijo cuando este pasó a su lado, de camino al vestíbulo.
¿Por qué no haces que te construyan un teléfono adosado a una bandeja? preguntó ásperamente. O mejor aún, un teléfono comestible, para que puedas hablar y comer al mismo tiempo.
Cami se echó a reír otra vez. Con los Rojas, siempre era así. Mora solía mantener aquella misma discusión con su difunto marido.
La mujer sacudió la cabeza y miró a Coco con una malévola sonrisa.
¿Quieres explicarme a mí tu idea sobre la campaña publicitaria, Coco? Yo no puedo concederte el trabajo, pero no saldré corriendo en medio de la explicación para contestar al teléfono.
Coco se rió llevándose un panecillo a la boca.
No se preocupe, señora Rojas. Hay tiempo de sobra. Al fin y al cabo, estaremos aquí una semana. -Durante la cual, tal vez pudieran hablar con Benjamin diez minutos seguidos, pensó Cami. Pero no dijo nada.
Un rato después, todo el mundo pareció desaparecer. Benjamin subió al piso de arriba, y Mora se llevó a Coco para enseñarle su colección de figuritas de jade, dejando a Cami sola en el salón.
Apuró su taza de café y puso el platillo cuidadosamente sobre la mesita baja. Quizá, pensó, inquieta, fuera buena idea retirarse a su habitación. Si Benjamin bajaba antes de que los otros volvieran, se encontraría a solas con él, y no quería pasar por aquel trance. Nunca se sentía preparada para hallarse a solas con él.
Salió apresuradamente al vestíbulo, pero antes de llegar a la escalera, vio que Benjamin bajaba por ella. Se había puesto una corbata dorada y marrón sobre la camisa blanca, y estaba elegantísimo con su traje tostado.
¿Huyendo? preguntó secamente, y sus ojos fríos se achicaron al observarla.
Ella se quedó helada en medio del vestíbulo, mirándolo indefensa. Benjamin la ponía nerviosa. Siempre había sido así.
Yo... iba a subir a mi cuarto un minuto dijo débilmente.
Él bajó sin vacilar el resto de los escalones alfombrados. Sus botas producían golpes secos y suaves sobre ellos. Se detuvo frente a Cami al llegar abajo, cerniéndose sobre ella, tan cerca que Cami pudo oler su colonia con aroma a madera y la fresca fragancia de su cuerpo.
¿Para qué? preguntó él con una sonrisa burlona. ¿Ibas a buscar un pañuelo?
Más bien un escudo y una armadura replicó ella, escondiendo su nerviosismo tras la ironía.
Benjamin no se rio.
No has cambiadocomentó. Sigues tan chistosa como siempre sus ojos entrecerrados se pasearon por su cuerpo distraídamente. ¿Por qué has vuelto? preguntó de pronto en tono acerado.
Porque Feli insistió.
Él la miró con el ceño fruncido.
¿Por qué? Solo trabajas para Black.
Soy su socia repuso ella. ¿No lo sabías?
Él la miró fijamente.
¿Cómo lo has conseguido?preguntó desdeñosamente. ¿O no hace falta que lo pregunte?
Cami comprendió lo que insinuaba y se puso roja de indignación.
No es lo que tú crees dijo con voz crispada.
¿Ah, no? dijo él sin dejar de mirarla. Yo, por lo menos, te ofrecí algo más que una participación en un negocio de poca monta.
Cami se sonrojó aún más.
Eso somos las mujeres para ti dijo con rabia apenas contenida. Juguetes colocados en una estantería, esperando que tú nos compres.
Sabrina no dijo él con deliberada crueldad.
Mejor para ella repuso Cami.
Benjamin se metió las manos en los bolsillos y la miró con arrogancia desde su altura. Había algo extraño y perturbador tras aquellos ojos relucientes.
Estás más delgada dijo él. Ella se encogió de hombros.
Trabajo mucho.
¿Y qué haces? preguntó él ásperamente. ¿Acostarte con el jefe?
¡No! Estalló ella, y alzó su pálido semblante hacia el rostro moreno de Benjamin. ¿Por qué me odias tanto? ¿Tan importante era ese toro para ti?
El rostro de Benjamin pareció endurecerse aún más.
¿Cómo puedes preguntarme eso? Ese toro era un semental muy valioso. Dios mío, pero si ni siquiera te disculpaste.
¿Habría servido para devolvértelo? preguntó ella tristemente.
No un músculo tembló en su mandíbula.
No permitirás... no permitirás que el odio que sientes por mí te ponga en contra de la agencia, ¿verdad? preguntó ella de repente.
¿Temes que tu jefe pierda la camisa? dijo él.
Algo parecido.
El ladeó la cabeza sin dejar de mirarla y apretó los labios.
¿Por qué no me dices la verdad? Feli no te invitó a venir. Has venido porque has querido sonrió burlonamente . No he olvidado cómo lo perseguías. Y ahora tienes más razones que nunca para perseguirlo.
Cami sintió que la cegaba la ira. Todos los años que llevaba conteniéndose se disolvieron, y de pronto se sintió valiente.
Vete al infierno, Benjamin Rojas dijo fríamente, y al alzar la cara crispada por la ira, sus ojos castaños lanzaban chispas.
Sorprendido, Benjamin enarcó las cejas morenas y sus ojos adquirieron una expresión divertida.
¿Qué has dicho?
Pero antes de que ella pudiera repetir aquel desafío, la voz de Coco los interrumpió.
Ah, estáis ahí dijo alegremente . Venid, entremos a tomar una copa. Es demasiado pronto para retirarse.
Los ojos de Benjamin estaban ocultos bajo sus párpados entrecerrados. Se apartó de ella antes de que Cami pudiera interpretar la extraña mirada que había visto en ellos.
¿Te vas otra vez? preguntó Mora dulcemente. ¿Adonde vas a llevar a Sabrina?
Por ahí dijo él escuetamente, y se inclinó para besar la sonrosada y arrugada mejilla de su madre. Buenas noches.
Giró sobre los talones y se marchó sin decir palabra, cerrando la puerta firmemente a su espalda. Coco miró a Camila, desconcertada.
¿Le has dicho lo que creo que le has dicho?
Eso iba a preguntarte yo añadió Mora.
Cami se agitó bajo su escrutinio y entró con ellos en el salón.
Bueno, se lo merecía masculló. Es una bestia arrogante y ofensiva.
Mora se rio suavemente, y en sus ojos se encendió una luz misteriosa que procuró ocultar.
Pero, ¿qué os pasa a vosotros dos? le preguntó Coco a Cami. ¿Por qué os odiáis tanto?
Una vez, mi madre llamó a Benjamin «vaquero» contestó Cami. Escogió mal momento y, además, lo dijo en un tono sumamente insultante. Benjamin nunca se lo perdonó.
A Benjamin le dio por llamar a Cami «lady Camila» continuó Mora sonriendo a la joven. Y eso es en realidad: una dama. Pero Benja lo decía en otro sentido. En el sentido de Lady Macbeth dijo Cami, y sus ojos se ensombrecieron. Me gustaría prepararle un delicioso revuelto de hongos venenosos dijo con una sonrisa maliciosa.
Tranquilízate, querida dijo Cami. El vinagre no caza moscas.
Cami recordó lo que Mora le había dicho sobre Sabrina y, cuando sus ojos se encontraron, comprendió que estaban pensando lo mismo. Ambas rompieron a reír, y su risa disolvió el mal humor que había empañado la velada.
Sin embargo, esa noche, más tarde, mientras estaba sola en su habitación, los recuerdos volvieron a asaltar a Cami. Volver a ver a Benjamin había abierto las viejas heridas, cuyo dolor atravesaba su esbelto cuerpo. Con los ojos fijos en las extrañas filigranas que la luz de la luna dibujaba en el techo de su habitación, volvió a recordar aquel viernes, siete años atrás, en que corrió a lo largo de la cerca que separaba los pastos de su padre de la propiedad de los Whitehall y, riendo, saltó la valla y vio que Benja frenaba a su gran semental negro y se dirigía hacia ella.
¿Buscas a Feli? le preguntó él secamente, mirándola con aquellos ojos iracundos y aquella expresión fría y severa que nunca parecía suavizarse.
No, a ti dijo ella mirándolo tímidamente. Mañana por la noche doy una fiesta. Cumplo dieciséis años, ¿sabes?
Benjamin la miró de una manera tan extraña en él que, años después, su mirada aún intrigaba a Cami. Sus ojos no traslucían emoción alguna al recorrer su cuerpo delgado y su expresivo rostro sonrosado. Ella nunca se había sentido tan viva como aquel día. Benjamin ignoraba que se había pasado casi toda la mañana armándose de valor para ir en su busca. Con Feli era fácil hablar. Con Benjamin era distinto. Benjamin la fascinaba, incluso la asustaba. Ya entonces, a pesar de su juventud, era un hombre hecho y derecho, un hombre cuyo atractivo exaltaba sus todavía inmaduras emociones.
Bien, ¿y a mí qué? le preguntó él fríamente.
La alegría abandonó el rostro de Cami, demudada de repente, y con la alegría se fue también parte de su arrojo.
Yo, eh... quería invitarte a la fiesta balbució.
Benjamin la miró achicando los ojos por encima del cigarrillo que puso y encendió entre sus labios cincelados.
¿Y qué piensa tu madre al respecto?
Dice que le parece bien contestó Cami con valentía, pasando por alto cuánto había tenido que luchar con Marina para invitar a los hermanos Rojas.
Eso no te lo crees ni tú replicó Benjamin ásperamente.
Ella agitó el pelo rubio y arriesgó su orgullo.
¿Vendrás, Benja? preguntó suavemente.
¿Yo solo? ¿No vas a invitar a Feli?
Sí, a los dos, claro, pero Feli me dijo que tú no vendrías a menos que te lo pidiera contestó ella sinceramente.
Él dejó escapar un profundo y áspero suspiro, exhalando una nubécula de humo. Miraba con fijeza, pensativamente, el rostro juvenil y esperanzado de Cami.
¿Vendrás, Benja? insistió ella, suplicante.
Quizá dijo él vagamente y, volviendo grupas, se alejó sin decir palabra, dejando a Cami con la mirada clavada en él, desalentada y triste.
Lo extraño fue que Benjamin apareció en la fiesta con Feli, vestido con un esmoquin negro de corte impecable, una camisa de seda blanca con un ligero volante en la pechera y gemelos de rubíes. Parecía un modelo y, para desilusión de Cami, nada más entrar se vio rodeado de adolescentes encandiladas. Casi todas las invitadas eran bellas debutantes, sofisticadas y mundanas. No como la joven Cami, que, tímida y apocada, permanecía discretamente en un rincón, con su rubia melena apilada sobre la coronilla. Su cuello desnudo parecía frágil; sus labios, rosados y suaves; y sus ojos castaños miraban melancólicamente a Benjamin, a pesar de que Feli se pasó la noche bailando con ella. Cami miraba con disgusto su vestido de organdí blanco con bordados verdes, y lo odiaba. El recatado escote, las mangas abombadas, la vaporosa falda no bastaron para llamar la atención de Benjamin. Pero claro, se decía Cami, Benjamin tenía veinticinco años y ella solo dieciséis. ¿Para qué iba a mirar él a una chica de su edad? Sin embargo, anhelaba que se fijara en ella. Bailaba con Feli y con los otros chicos mecánicamente, y con la mirada seguía a Benjamin a todas partes. Deseaba bailar una sola vez con él.
Bailaron por fin el último baile, una canción lenta sobre el amor perdido que en aquel momento a Cami le pareció apropiada para la ocasión. Benjamin no le pidió bailar. Sencillamente, le tendió la mano, y ella se la dio y notó que su calor le envolvía los dedos. Hasta su forma de bailar era excitante. Benjamin apretaba el cuerpo joven de Cami sujetándola con ambas manos por la cintura. Ella apoyaba las manos sobre su pecho y ambos se movían lánguidamente al ritmo de la música. Cami podía percibir aún el olor de la costosa colonia oriental que llevaba; podía sentir el calor de su cuerpo alto y fibroso contra el suyo mientras se movían; notaba la dura musculatura de sus piernas contra las suyas incluso a través de las capas de tela que componían su falda. Al sentirlo tan cerca, su corazón se volvió loco. De pronto se sintió inundada por emociones nuevas y temibles que la hicieron sentirse débil entre sus brazos. Alzó la vista hacia él, con los ojos repletos de deseos desnudos, y él dejó de bailar bruscamente; tomándola de la mano, la condujo al patio en penumbra que daba a las luces nocturnas de Victoria.
¿Es esto lo que quieres, nena? Preguntó él, apretándola contra sí con una extraña rabia en la voz. ¿Comprobar qué tal amante soy?
Benja, yo no... empezó a protestar ella.
Pero mientras decía estas palabras, él la besó con aspereza, desconsideradamente, con deliberada crueldad. Con los brazos la apretaba contra sí, estrujando su cuerpo delicado en medio de un silencio en el que se mezclaban los distantes retazos de la música, el canto nocturno de los grillos y las ranas, la áspera respiración de Jason y el frufrú del vestido cuando la abrazaba, apretándola aún más fuerte. Él le mordió los labios dolorosamente, haciéndola gemir, asustándola, y la obligó a aceptar su primer beso, mostrándole los peligros de flirtear con un hombre experimentado. Atemorizada, Cami sintió que su mano grande y cálida ascendía desde su cintura hasta la suave curva de sus pechos, rompiendo todas las normas que a ella le habían enseñado, para gozar de la suave redondez de su cuerpo.
Es como tocar seda murmuró él contra su boca, retirándose un poco para mirarla. Mírame dijo con voz ronca. Déjame verte la cara.
Ella alzó los ojos asustados e intentó torpemente retirarle la mano, avergonzada y rabiosa.
No musitó.
¿Por qué no? Sus ojos centellearon, observando el contraste de sus dedos morenos sobre el organdí blanco del corpiño. ¿No me has invitado para esto, Lady Camila? ¿Para ver si un vaquero hace el amor igual que un caballero? Humillada, ella se desasió de su abrazo con los ojos llenos de lágrimas. ¿Te escuece la verdad? preguntó él, y se rio de ella mientras encendía un cigarrillo sin que le temblara el pulso .Siento desilusionarte, pequeña, pero yo ya no soy un simple vaquero. Soy el jefe. No solo he pagado todas las deudas de Casa Verde. Voy a convertir el rancho en una leyenda. Dentro de unos años, tendré la mayor finca de Texas. Y luego, si todavía me apetece, quizá te dé otra oportunidad la observó desdeñosamente, y Cami sintió una punzada de dolor. Pero tendrás que desarrollarte un poco más. Eres demasiado flaca.
Ella no pudo hallar las palabras adecuadas, y Feli apareció en ese instante para rescatarla. Camila no volvió a invitar a Benjamin a una fiesta y desde entonces procuró quitarse de su camino. Lo cual a él nunca había parecido importarle. Cami a menudo sospechaba que realmente la odiaba.
Esa noche, Cami durmió mal. A la mañana siguiente, al despertarse muy temprano, no lograba recordar las imágenes que habían perturbado sus sueños. Se levantó trabajosamente y se puso el albornoz azul que tenía a los pies de la cama. Su largo pelo rubio, que se le derramaba sobre los hombros y la espalda en una maraña dorada, la hacía aún más hermosa. Se arrebujó en la bata, sintiendo el aire frío de la mañana que agitaba las cortinas. Había abierto la ventana de noche para sentir el aire fresco y limpio del campo.
Al oír un golpe en la puerta, se apartó del tocador frente al que se había sentado y se acercó descalza a la puerta. Sus ojos se posaron tristemente en la bata vieja, recordando las de satén que solía usar antes, con sus mullidas zapatillas de piel a juego. Se encogió de hombros. Esa vida se había acabado. Era solo un sueño que la corriente torrencial de la realidad había diluido.
Abrió la puerta, esperando que fuera María, y se encontró la cara sonriente e infantil de Feli.
Buenos días, señora dijo él alegremente.
¡Feliiiii! gritó Cami y, olvidándose de las convenciones, se arrojó en sus brazos. Feli la abrazó tiernamente y ella sintió el olor de su colonia de siempre.
Me echabas de menos, ¿a que sí? le susurró él al oído. Era solo un par de centímetros más alto que ella. Ni de lejos tan alto y formidable como Benjamin . Pero ni siquiera me has mandado una postal en seis meses.
Creía que no querías saber nada de mí murmuró ella.
¿Por qué? No fue mi toro el que atropellaste se rio él.
No, fue el míodijo una voz áspera detrás de Feli, y Cami se puso rígida involuntariamente
Apartándose de Feli, se echó hacia atrás la melena suave y ondulada y miró fijamente el rostro severo de Benjamin. Iba vestido de faena esa mañana, con unos vaqueros descoloridos pero caros y una camisa gris que hacía juego con sus ojos fríos y achicados. En la cabeza llevaba el viejo Stetson negro.
Buenos días, Benjamin dijo ella con helada suavidad. Ayer perdí los modales y lo lamento. Aún no te he dado las gracias por tu cálida acogida.
Benjamin alzó una ceja y la miró con una expresión indefinible.
No se esfuerce, Cami. Ella se puso colorada.
Llámame Camila. O señorita Bordonaba. O «eh, tú». Pero no me llames «Cami».
Benjamin esbozó una sonrisa desafiante.
Cuando estás con gente te envalentonas, ¿eh? Inténtalo cuando estemos solos.
Primero asegúrate de haber pagado tu seguro de vida, ¿quieres? dijo ella sonriendo venenosamente.
Bueno, amigos dijo Feli, este no es modo de empezar un hermoso día como hoy. Sobre todo, cuando aún no hemos desayunado siquiera.
¿Ah, no? Preguntó Cami. Tu hermano ya me ha dado dos dentelladas.
Benjamin ladeó la cabeza y la miró. Sus ojos centelleaban peligrosamente, como el sol sobre cristales de hielo.
Ándate con cuidado, nena. Puede que contraataque.
Cuando quieras repuso ella, desafiante.
Yo elegiré el lugar dijo él, retador. Y el momento miró a Feli. ¿Qué tal la reunión?
Diego está interesado contestó el hermano menor con una sonrisa. Creo que le he echado el gancho. Mañana lo sabremos. Mientras tanto, ¿te ha explicado Maggio la campaña publicitaria para el proyecto de Florida?
Por encima contestó Benja. Sacó un cigarro del bolsillo y lo encendió sin que le temblara el pulso. Sus ojos se posaron un momento en el encendedor de plata antes de volver a guardárselo en el bolsillo, y Cami recordó las Navidades en las que su padre se lo regaló.
¿Qué te parece? insistió Feli mirando los ojos grises de Benjamin. El lo miró a través de una neblina de humo.
Quiero saber más del asunto. Mucho más.
Parece que vamos a tener una semana muy larga suspiró Feli.
Puede que demasiado larga para algunos dijo Benjamin, cortante, y miró a Cami. Y si aquí Cami no se porta bien, Maggio tendrá que volver a San Antonio sin mi firma en el contrato.
Cami sintió rabia al oír su amenaza. Una amenaza aún más despreciable porque sabía que iba en serio. Benjamin era capaz de permitir que el rencor que sentía hacia ella se interpusiera en el negocio, y era tan rudo que le negaría a Coco el trabajo por puro despecho.
Benjamin nunca cedía.
No tenía por qué hacerlo. Al final, todo el mundo acababa plegándose a sus deseos.
Venga, Benjamin comenzó a decir Feli intentando mediar.
Tengo trabajo gruñó Benjamin dando media vuelta. Baja a las tierras de los Kennedy cuando termines de desayunar y te enseñaré el novillo que compré en la feria la semana pasada.
¿Puedo llevarme a Cami? preguntó Feli con mirada calculadora.
Los anchos hombros de Benjamin se tensaron. Miró hacia atrás enojado.
Pesaba que no se la podía llamar así... además me gustaría conservar ese toro dijo, cortante, y siguió andando.
El rostro de Cami quedó petrificado. Miró con odio la musculosa espalda de Benjamin.
Ojalá se caiga por las escaleras masculló.
Benja nunca se cae le recordó Feli. Y si se cayera, aterrizaría de pie añadió sonriendo. Vaya, vaya, sí que has cambiado. Antes nunca le contestabas.
Tengo veintitrés años. No estoy dispuesta a que siga usándome como felpudo repuso ella orgullosamente.
Feli asintió, y a Cami le pareció percibir una chispa de sorna en sus ojos antes de que se apartaran.
Vístete y baja le dijo. Estoy deseando que me habléis de la campaña que habéis preparado.
¿Estarán presentes Sabrina y su padre? preguntó ella de repente.
Sabrina gruñó Feli... Benja no era al único que perseguía. La había olvidado. En fin, salvaremos ese escollo cuando llegue el momento. Benja y yo hemos invertido más que los Guzman, así que la decisión final es nuestra.
Benjamin se pondrá de su parte dijo ella sin atisbo de duda.
Puede que te sorprenda. En realidad, me apuesto algo a que lo hará añadió él misteriosamente. Vístete, niña. ¡No hay tiempo que perder!
Ella le hizo un saludo militar.
¡Sí, señor!
Ese día, más tarde, Feli llevó a sus invitados a dar un paseo a caballo por el rancho, asegurándose previamente de que a Coco, un jinete inexperto, le daban una montura dócil. El rancho se extendía en todas direcciones con su cercado verdi-blanco, sus pulcros establos y sus prados más pulcros aún.
Benja tiene un ordenador capaz de almacenar los registros de más de cien mil cabezas de ganado le dijo Feli a Coco mientras observaban pacer a unas vacas de la variedad Santa Gertrudis, con sus pieles rojizas llameando al sol. Somos afortunados por poder criar purasangres y reses de primera calidad. Además, tenemos nuestros propios pastos. No tenemos que mandar al ganado a pastar a otras tierras. Podemos alimentar a nuestras reses aquí, en el rancho.
Coco parpadeó sorprendido. Todo aquello era nuevo para él, pero para Cami, que conocía y amaba cada rincón de aquellas tierras, la conversación resultaba amena e interesante.
¿Te acuerdas de aquel toro Brama de tu padre, el que perseguía a los perros? le preguntó melancólicamente Cami a Feli.
Este asintió.
Cuando le mató al spaniel, mi madre no paraba de decir que iba a vendérselo al matadero. Y eso fue exactamente lo que hizo cuando murió papá añadió sacudiendo la cabeza. Más de cien mil dólares reducidos a carne de ternera de primera calidad. Al final, nos lo comimos. Una mujer vengativa, mi madre.
¿Y Benjamin no intentó disuadirla? preguntó Cami, incrédula.
Benjamin no se enteró rió Feli . Mamá me advirtió que no se me ocurriera abrir la boca. Y él estaba siempre fuera, supervisando los otros ranchos, así que no se dio cuenta de que faltaba el toro.
¿Qué hizo cuando se enteró?
Reírse dijo Feli. Ella alzó las cejas sorprendida.
¿Con lo que costaba el toro?
¿No es extraño lo distinto que es Benja contigo? Comentó Feli. Con nosotros, es el hombre más apacible del mundo.
Cami se apartó de aquellos ojos penetrantes y miró los campos.
¿No dijiste que ibas a enseñarnos el toro nuevo? dijo intentando mostrar buen humor, lo cierto era que aquellas palabras la habían roto por dentro.
Claro. Seguidme sonrió Feli.
Era el momento álgido de la recogida del ganado. Cientos de terneros eran examinados en un corral a cuyos cuatro lados se abrían portones que daban a los prados. En medio del estruendo, de los mugidos de las reses, del polvo, de los gritos de los vaqueros y del sol cegador, se hallaba Benjamin Rojas encaramado a horcajadas sobre la cerca, supervisando la operación. Su gusto por el trabajo en el rancho no había mermado, pese a que podía haberse pasado el resto de su vida sin volver a ponerse unos téjanos viejos y un sombrero de faena. Era rico, había triunfado, y su sagacidad financiera lo había llevado a ocupar un lujoso despacho en un rascacielos, en el centro de Victoria. No tenía por qué trabajar con el ganado. En realidad, no era habitual que un hombre de su posición lo hiciera. Pero Benjamin era poco convencional. Y Cami se preguntaba si no disfrutaba más aún del trabajo en el rancho antes de hacerse rico. Benjamin era un hombre de campo de los pies a la cabeza, no un ejecutivo de silla y despacho.
Benjamin vio a Cami al instante y, a pesar de la distancia que los separaba, ella notó la ferocidad de su mirada. Sin embargo, se irguió orgullosa y procuró mantener una expresión serena. No estaba dispuesta a permitir que Benja notara cuánto la afectaba lo que hacía o decía.
No dejes que te intimide, Cams le dijo Feli en voz baja. Se mete contigo por costumbre, no por malicia. No lo hace en serio.
No pienso dejar que me pisotee contestó ella con decisión. Aunque no lo haga en serio y, ¿Qué es eso de Cams?-Dijo ella en tono broma.
¿Vas a declararnos la guerra? bromeó él.
Desde luego. Y pienso sacar toda la artillería contestó ella, y levantó una mano para colocarse un mechón de pelo que se le había soltado.
He venido a ver los terneros le dijo Feli en voz alta a su hermano.
Benjamin se bajó ágilmente de la cerca y se acercó a ellos, deteniéndose un instante para quitarse el sombrero y secarse el sudor de la frente con la manga de la camisa polvorienta.
¿Y tenías que traer una delegación entera? preguntó mirando hoscamente a Cami y a Coco.
Pensábamos alquilar un autobús y traer a todo el personal de cocina dijo Cami con una descarada sonrisa.
Los ojos brillantes de Benjamin se achicaron.
¿Por qué no bajas aquí a hacerte la lista? dijo él secamente.
Tengo alergia a la hierba dijo ella. Y al polvo también. Es horrible.-Feli se echó a reír.
Esta chiquilla es incorregible dijo.
¿Cómo soportas el calor y el polvo? preguntó a Coco, asombrado. ¡Y el ruido!
La práctica le dijo Benjamin . Y la necesidad. No es un trabajo fácil.
Nunca volveré a quejarme del precio de la ternera prometió Cami, haciéndose sombra con la mano para mirar a los hombres que examinaban, clasificaban y marcaban a las reses.
¡Eh, Pablo! le gritó Cami a un vaquero entrado en años que acababa de aparecer a espaldas de Benjamin con el sombrero sudado y echado hacia atrás sobre el pelo cano.
¡Hola, Cami! exclamó el viejo vaquero con su sonrisa mellada. ¿Vienes a ayudarnos para marcar a estas condenadas?
Solo si me dais un buen chuletón cuando acabéis bromeó ella.
Pablo había sido uno de los capataces de su padre antes de...
¿Qué tal está tu madre? preguntó el viejo vaquero.
Cami hizo caso omiso a la sonrisa burlona de Benjamin.
Bien, gracias.-Pablo asintió.
Me alegro de verte dijo percatándose de la mirada severa que le dirigía Benjamin. Será mejor que vuelva al trabajo.
Ya mismo dijo Benjamin en tono seco, mirando al viejo que se alejó rápidamente.
Ha sido culpa mía, Benjamin dijo Camila con suavidad . He sido yo quien lo ha llamado.
El pareció no oírla.
Enséñale a Maggio los árabes le dijo a su hermano . Merece la pena probarlos si cree que su anatomía puede soportarlo añadió lanzando una mirada burlona a Coco, que se mantenía muy rígido sobre la silla.
Gracias, me encantaría dijo Coco con los dientes apretados.
Benjamin se echó a reír y, por un instante, su semblante pareció suavizarse.
No te fuerces demasiado le advirtió. Te va a costar mucho volver a andar.-Coco asintió
Gracias dijo, esta vez sinceramente. Creo que hoy pasaré de los caballos.
Entonces, será mejor que regresemosdijo Feli haciendo volver grupas a su montura. ¡Cami, te echo una carrera!exclamó.
¡Un momento! la voz de Benjamin se alzó por encima de los mugidos del ganado.
Cami se detuvo tan de repente, que se inclinó hacia delante en la silla al tiempo que una mano fuerte y fibrosa asía la brida de su caballo y tiraba de ella.
Nada de carreras dijo Benjamin ásperamente, mirando a Feli de una manera que Cami no pudo entender. No quiero que haya otro accidente.
Feli parecía divertido.
Si tú lo dices.
No soy una niña protestó Cami mirando a Benjamin desde lo alto del caballo.
Él la miró fijamente, con ojos centelleantes. Cami le sostuvo la mirada y de pronto sintió que una especie de comente eléctrica atravesaba su cuerpo. La firme quijada de Benjamin se tensó y, de repente, soltó las riendas y se apartó.
Si llama Saez, por lo de esa venta de acciones, manda a alguien a avisarme le dijo a Feli, y se fue, mezclándose entre el tumulto de hombres y ganado, sin mirar atrás.
Feli no dijo nada, pero cuando pusieron rumbo hacia la casa, había en su cara una sonrisa divertida. Cami se alegró de que Coco estuviera demasiado preocupado por sus músculos doloridos como para prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. Al recordar la mirada de Benjamin, se le aceleraba el corazón. No era una mirada de desprecio ni de odio. Era una mirada de ansia feroz y apenas contenida, y a ella la aterrorizaba pensar que Benjamin pudiera sentir así. Desde la desastrosa fiesta de su decimosexto cumpleaños, había procurado mantenerse alejada de él. Ahora, al fin, se veía forzada a admitir, aunque fuera solo para sí misma, la razón de aquel comportamiento. Fría y quisquillosa, Cami no sentía la pasión que empujaba a las mujeres a correr tras los hombres. Solo la sentía cada vez que miraba a Benjamin. Siempre había sido así. Pero era demasiado peligroso que él lo descubriera. Aquello le proporcionaría el modo más eficaz de hacerla pagar por sus imaginarias ofensas, y ella sabía que no podría resistirse a él. Hacía mucho tiempo que lo sabía. Miró hacia atrás, hacia el corral donde se marcaban las reses. Si Benjamin no hubiera estado presente, se habría quedado gustosamente a observar la operación. Resultaba fascinante ver trabajar a los viejos vaqueros. Pero estando allí Benjamin, se habría puesto tan nerviosa que no habría podido disfrutar del espectáculo. De modo que puso su montura al trote y siguió a los hombres.
Coco no se movió durante el resto de la tarde. Se tendió, derrengado, en una tumbona junto al agua profunda y azul de la piscina oval, bajo un frondoso magnolio, y se quedó adormilado.
Cami permanecía lánguidamente sentada, charlando con Feli junto a una mesa cubierta por una sombrilla mientras bebían limonada. Iba vestida cómodamente con un viejo vestido largo azul turquesa, sin mangas, que le llegaba a los tobillos; tenía rajas a ambos lados y una cenefa blanca alrededor del escote de pico. Ya no podía comprarse trajes así. Aquel vestido era solo un vestigio de tiempos pasados. Llevaba los pies descalzos y su pelo suelto se mecía suavemente con la brisa.
Alrededor de la piscina había por todas partes arbustos en flor y macizos de rosas blancas, rosas y rojas. Sus ojos se posaron en la casita de verano que se levantaba a lo lejos, en medio de la opulenta pradera verde, con su pequeña cerca de madera. Era el sueño de cualquier niño, y todos los sobrinos, sobrinas, primos y primas de la familia habían jugado allí alguna vez.
¿Qué te parece la campaña? le preguntó Cami a Feli.
Me gusta dijo él sin rodeos . La cuestión es si le gustará a Benjamin. No sabe mucho del negocio inmobiliario, pero pese a todo es consciente de que va a resultar un tanto difícil vender la idea de un complejo de apartamentos en el interior de Florida. La mayoría de la gente prefiere la playa.
Ella asintió.
Podemos hacer que funcione con una campaña bien dirigida dijo suavemente. Estoy segura.
Feli le sonrió.
¿Eres la misma que se fue de aquí hace unos años con su mirada apocada y su sonrisa tímida? Dios mío, señorita Bordonaba, cómo has cambiado. Ya me di cuenta hace seis meses, pero ahora se nota aún más.
¿De veras me encuentras tan distinta? preguntó ella.
Tu forma de enfrentarte a Benja es distinta comentó él, divertido. Lo traes de cabeza.
Ella se sonrojó.
No se nota.
Yo si lo noto. Ella alzó la cabeza.
¿Por qué insististe en que viniera con Coco? le preguntó.
Te lo diré algún día le prometió él, pero ahora solo quiero quedarme aquí sentado y disfrutar del sol.
Creo que iré a ayudar a Mora con las invitaciones para su fiesta.
Cami se levantó, hermosa y esbelta corno un junco con su vestido largo, y echó a andar aplastando con los pies desnudos la hierba; mientras su pelo largo se agitaba como una cortina de seda dorada empujada por la brisa.
Rodeó la casa en dirección a la entrada posterior, donde los macizos de rosas blancas trepaban por espalderas del mismo color. Dejándose llevar por un impulso, extendió la mano para tocar un capullo fragante en el instante en que una camioneta doblaba la esquina de la casa y se detenía junto a la escalera de atrás. Benjamin saltó del asiento del pasajero, sujetándose el brazo, de donde le manaba la sangre a través de la fina tela azul de la camisa.
Vete le dijo Benjamin al conductor. Le diré a Feli que me lleve cuando me cure esto.
El conductor asintió con la cabeza y dio la vuelta, desapareciendo al otro lado de la casa.
Cami miró la sangre aturdida.
Estás herido dijo atónita, como si aquello fuera inverosímil.
Si vas a desmayarte, apártate de la puerta dijo él con sequedad, avanzando hacia ella.
Cami sacudió la cabeza negativamente.
No voy a desmayarme. Será mejor que dejes que te lo vende. No creo que puedas hacerlo tú solo.
Lo he hecho otras veces contestó él, siguiéndola a través de la impecable cocina y por el pasillo que llevaba al cuarto de baño del piso de abajo.
No lo dudo ni por un momento dijo ella con una sonrisa malévola. Sé que eres perfectamente capaz de coserte una herida en la espalda.
Maldita mocosa gruñó él.
No me insultes, o te pondré la venda del revés lo condujo al cuarto de baño y retiró el taburete para que se sentara.
Benjamin se quitó el sombrero y lo dejó caer al suelo de baldosas blancas y azules. Dejó vagar los ojos por el cuerpo esbelto de Cami mientras esta buscaba venda y antiséptico en el armario, deslizando la mirada desde la suave maraña de su largo pelo hasta el vaporoso vestido azul.
Ninfa de agua murmuró. Ella lo miró asombrada y se sonrojó involuntariamente. ¿Qué has estado haciendo? ¿Decorar mi piscina? preguntó él cuando Cami se dio la vuelta para llenar de agua una palangana, metiendo en ella una toallita limpia.
He estado oyendo a Coco suplicar una muerte rápida e indolora contestó con una leve sonrisa. Tendrás que quitarte la camisa añadió innecesariamente.
Él se desabrochó los botones lentamente con una mano, sin dejar de mirar el perfil de Cami.
Debería ayudarme Sabri dijo intencionadamente.
Sabrina ya estaría en el suelo, inconsciente repuso ella negándose a morder el anzuelo. Los coqueteos de Benjamin la aturdían, la asustaban. Todo aquello resultaba nuevo, excitante y levemente aterrador para ella. Sabes que se marea en cuanto ve sangre.
Él se rió suavemente, quitándose la camisa manchada de sangre y polvo y tirándola con descuido al suelo. Ella se giró con la toallita húmeda en la mano y miró sin poder evitarlo su pecho musculoso y bronceado, cubierto por una mata de pelo negro y rizado, y los músculos redondeados y duros de sus brazos morenos. Sintió que el corazón le brincaba en el pecho, y se despreció a sí misma por reaccionar así. Benjamin era tan arrogante y tan viril, que con solo mirarlo se sentía débil y vulnerable. Él achicó los plateados ojos, mirándola a la cara.
¿Qué miras? preguntó suavemente.
Perdona murmuró ella, aturdida, y sintió que todo su cuerpo se tensaba cuando se inclinó para limpiar la larga herida abierta que Benjamin tenía sobre el codo. Es profunda, Benjamin.
Lo sé. Tú límpiala y déjate de charla replicó él con aspereza, tensándose al sentir el ligero roce del paño.
Habría que darle puntos dijo ella tercamente.
Como a otra media docena de cortes que me he hecho, y todavía no me he muerto
gruñó él.
Espero que por lo menos estés vacunado contra el tétanos.
Estás de broma, supongo dijo él secamente.
Tenía razón: era ridículo pensar que no hubiera tomado aquella precaución. Cami acabó de limpiar el desgarrón y se volvió para tomar el bote de spray antiséptico.
Rocíame la herida, no todo el cuerpodijo él viendo que agitaba el bote y apuntaba hacia la herida.
Debería rociarte con yodo contestó ella, irritada. Eso sí que te dolería añadió con una malévola sonrisa. Él alzó la cara y la observó achicando los ojos.
No creo que te gustara mi modo de desquitarme.
Ella no hizo caso a su velada amenaza y comenzó a enrollar la venda blanca alrededor del brazo.
Deberías ir al médico.
Lo haré si empiezo a ponerme verde por culpa de tus cuidados de aficionada prometió él.
Ella le lanzó una mirada centelleante, pero en vez de desafío, encontró en su rostro duro y moreno una expresión divertida.
Me haces hervir la sangre, Benjamin Rojas masculló ella con más aspereza de la que pretendía, mientras le ataba el vendaje-
Eso que ha dicho es muy revelador, señorita Bordonaba dijo él suavemente, y vio que el color afluía a sus mejillas.
No lo decía en ese sentido protestó ella sin pensar. Él alzó las cejas.
¿Ah, no?
Cami se giró y empezó a recoger las vendas negándose a mirarlo. Era demasiado peligroso.
De la riqueza a los harapos comentó él mirando su vestido azul. ¿Es que tu Socio no puede comprarte ropa para ocasiones especiales? Ella se puso rígida.
Él no me compra la ropa.
No me vengas con cuentos replicó Benjamín fríamente. Esos trajes que llevas no puede permitírselos cualquiera. La última moda, pequeña, no trapos de saldo. Y tú no ganas tanto dinero.
¿Es que no entiendes que son viejos? gritó exasperada. Yo me compraba ropa sencilla, Benjamin, para que no pasara de moda.
Él se encogió de hombros como si aquella conversación lo hastiara y recogió la camisa del suelo.
Lo que usted diga, señora.
No me llames así dijo ella entre dientes. ¿Por qué no eres como Feli y me aceptas tal y como soy, en vez de imaginar toda clase de cosas repugnantes acerca de mí?
Él la miró fijamente a los ojos.
Porque yo no soy Feli. Nunca he sido como él su mandíbula se tensó . ¿Todavía vas tras él? ¿Por eso has venido con Maggio?
Ella alzó las manos.
Está bien. Sí, voy tras él. Por su dinero. Quiero casarme con él y robarle hasta el último penique. ¿Satisfecho?
El alzó una ceja burlón.
Antes te veré en el infierno que casada con mi hermano dijo fríamente.
Cami posó involuntariamente los ojos en su amplio pecho, en la severa expresión de su rostro que nunca se suavizaba, ni siquiera cuando estaba de buen humor.
¿Por qué me odias tanto? preguntó suavemente.
Los ojos de él se ensombrecieron.
Sabes muy bien por qué. Ella bajó la mirada.
Eso fue hace mucho tiempo le recordó. Y no es un recuerdo agradable.
¿Por qué no? Masculló él estrujando la camisa. Todos tus problemas se habrían resuelto. Habríais tenido la vida resuelta, tú y la loca de tu madre.
Y lo único que tenía que hacer era sacrificar mi dignidad murmuró ella suavemente, alzando la mirada hacia él. No seré la querida de nadie, Benjamin, y menos aún la tuya.
Él reaccionó como si lo hubiese abofeteado. Sus ojos quedaron de pronto desprovistos de luz.
¿La querida? masculló. Ella alzó la barbilla, orgullosa.
¿Y qué nombre le darías tú a esa relación? dijo. ¡Me pediste que viviera contigo!
Conmigo, sí replicó él . En esta casa. En la casa de mi madre, ¡maldita sea! ¿Crees que su sentido del decoro le habría permitido aceptar una relación impropia entre nosotros? Te estaba proponiendo matrimonio, Cami. Tenía el maldito anillo en el bolsillo, pero no te quedaste el tiempo suficiente para verlo.
La muerte debía de parecerse a aquello, pensó ella sintiendo un aguijonazo de pánico tan agudo que atravesó su cuerpo rígido de parte a parte como una sacudida eléctrica. ¡Matrimonio! Podría haber sido la esposa de Benjamin Rojas, vivir con él, compartirlo todo con él... quizá, incluso, a esas alturas ya habría tenido un hijo suyo...
Las lágrimas le empañaron los ojos y, al verlas, una sonrisa cruel apareció fugazmente en los labios cincelados de Benjamin.
¿Ahora te arrepientes, cariño? preguntó con aspereza. Por aquel entonces yo estaba abriéndome paso hacia la cumbre. Era la primera vez que trabajábamos sin deudas. Mis primeras inversiones empezaban a dar fruto. Pero tú no te paraste a pensar en eso, ¿verdad? Me miraste de arriba abajo y me diste con la puerta en las narices. Dios mío, tuviste suerte de que no echara la puerta abajo de una patada y fuera tras de ti.
Esperaba que lo hicieras admitió ella débilmente, con la mirada baja, mientras su corazón se partía en dos dentro de su cuerpo rígido. Ni siquiera te lo habría reprochado. Pero tenías un aspecto tan feroz, Benjamin, y yo te tenía tanto miedo... Por eso huí. Él la miró con asombro.
¿Me tenías miedo? ¿Por qué? Ella volvió a guardar la venda en el armario de las medicinas.
Aquella noche, en la fiesta de cumpleaños, fuiste muy agresivo le recordó ella, sonrojándose al hacerlo. No puedes imaginar los miedos secretos que los hombres producen en las adolescentes. Cualquier contacto físico es tan misterioso y extraño... Tú eras mucho mayor que yo y, además, tenías experiencia. Cuando me pediste con tanta frialdad que viniera a vivir contigo, solo pude pensar en lo que había pasado aquella noche.
Hubo un largo y tenso silencio.
Te hice daño, ¿verdad? Preguntó él con suavidad, mirando fijamente la espalda rígida de Cami. Lo hice a propósito. Feli me dijo que solo me habías invitado por cumplir, que ni siquiera soportabas verme se rió secamente. Me contó que le habías dicho que yo no tenía ni idea de cómo tratar a una mujer.
Ella se giró hacia él y lo miró sorprendida.
Yo no le dije por qué te invité dijo, y bajó la cabeza. En cuanto a lo otro... solo estaba bromeando. ¿No es cierto que, a veces, nos burlamos de las cosas que más miedo nos dan? preguntó pensativa. Tú me dabas miedo, pero solía soñar que me besabas se apartó de él . Los sueños eran... un poco menos crudos que la realidad se encogió de hombros ligeramente para enmascarar su dolor. Pero ya no importa. Solo eran sueños de niña, y ahora soy una mujer.
¿Ah, sí? preguntó él levantándose y cerniéndose sobre ella en el pequeño cuarto de baño. Se acercó a ella y sonrió sarcástica-mente al ver que ella daba un paso atrás. Veintitrés años, y todavía me tienes miedo. No voy a violarte, Cami.
Ella se sonrojó de rabia.
¿Tienes que ser tan ofensivo?
No sabía que te sintieras ofendida dijo él fríamente, desnudándola con la mirada. Pobre niña rica. Adonde has ido a parar. ¿Cuántos años tiene ese trapo que llevas?
Me tapa y basta dijo ella a la defensiva.
Apenas contestó él achicando los ojos . Mi madre habló de comprarte algo de ropa mientras estuvieras aquí. Al parecer, se ha fijado más en cómo vas vestida que yo. Pero no te equivoques, cariño añadió con torva mirada. No me mato a trabajar para que tu madre y tú os vistáis de seda y satén. Si necesitas ropa, que te la compre ese tal Maggio, no mi madre.
A ella empezó a temblarle el mentón.
Antes iría desnuda que aceptar un solo pañuelo comprado con tu dinero dijo desafiante.
Sin duda, tu novio también lo preferirádijo él secamente.
¡Es mi socio! replicó ella. Nada más.
Tampoco vale mucho como jinete añadió él con una media sonrisa. Si no pudo apañárselas con ese jamelgo que le dio Feli, ¿cómo piensa vérselas contigo?
Ella se dio la vuelta.
¿Cómo te diviertes cuando no estoy aquí para que me insultes? preguntó cansada.
Por cierto, ¿dónde está ese tal Maggio?
Fuera, en la piscina, con Feli, hablando del proyecto lo miró fríamente. Aunque no servirá de nada. Tú dirás que no.
No te atrevas a pensar por mí, Camiladijo él suavemente. Tú no me conoces. Nunca me has conocido.
Ella se humedeció los labios secos.
No dejas que nadie se te acerque, Benjamin.
¿Y tú querrías hacerlo? preguntó él fríamente.
Creo que no, gracias murmuró ella dándose la vuelta. Ya me has insultado bastante.
¿Sin razón, acaso? preguntó él acercándose un poco más a ella. Dios mío, cada vez que vienes aquí sucede un desastre.
Yo no quería atropellar a ese toro dijo ella poniéndose a la defensiva. Y no hacía falta que me gritaras...
¿Y qué esperabas que hiciera, que me arrodillara y te diera las gracias? Podrías haberte matado, pequeña estúpida gruñó él.
Eso habrías querido tú, ¿no es cierto? Estalló ella y, al darse la vuelta, no vio la expresión de Benjamin. Quería disculparme, pero me disloqué la muñeca y me dolía tanto que ni siquiera podía pensar.
¿Te dislocaste la muñeca? sus ojos brillaron. ¿Y fuiste conduciendo de aquí a San Antonio en esas condiciones? ¡Maldita necia!
¿Y qué querías que hiciera, pedirte que me llevaras? Replicó ella clavando en él sus ojos castaños. Ya le habías pegado un tiro al toro. Pensé que también me matarías a mí si no me quitaba de en medio se dio la vuelta y se acercó a la puerta, ignorando la aspereza de su tono cuando la llamó por su nombre.
Benjamin la alcanzó en el pasillo y, asiéndola del brazo, la obligó a darse la vuelta y la miró con fiereza. Con la camisa quitada, su amplio y poderoso pecho la hacía sentirse muy débil.
¿Adonde crees que vas? preguntó él.
A la piscina, a seducir a Feli dijo ella dulcemente. ¿No he venido para eso, según tú?
Nunca te casarás con él la amenazó él fría y deliberadamente.
No hace falta que me case con él para acostarme con él, ¿no crees? Preguntó ella agitando su largo pelo dorado. ¿Qué pasa, Benjamin? ¿Te da miedo que tu hermano triunfe donde tú fracasaste?
Fue un error decir aquello. Cami vio un instante la mirada de advertencia de sus ojos, pero aquello bastó para que se diera la vuelta y echara a correr. Enfurecer a Benjamin le producía una extraña euforia. La hacía sentirse viva, embriagada. Entró corriendo en el salón y se giró para cerrar la puerta, pero fue demasiado lenta. Benjamin entró fácilmente, sujetando la puerta con un pie. Luego la cerró a su espalda y ambos quedaron encerrados en la habitación. Benjamin permanecía de pie frente a ella. Sus ojos plateados refulgían bajo su pelo enmarañado. El rostro severo y amenazador y el amplio pecho desnudo y bronceado le daban el aspecto de un dios pagano. La mata oscura de su vello relucía de sudor.
Veamos lo valiente que eres dijo con voz profunda y baja acercándose a ella lentamente.
Cami retrocedió despacio, y todo su coraje se desvaneció al ver la expresión de su rostro.
No lo decía en serio dijo casi sin aliento. Benjamin, no lo decía en serio.
Se tropezó de espaldas contra el escritorio y se detuvo como si se hubiera topado con un muro. Benjamin acortó la distancia rápidamente y la agarró con fuerza por los brazos.
Déjame le suplicó ella haciendo una mueca de dolor. Me haces daño.
Tú llevas años haciéndome daño dijo él en voz baja y ronca. Sus ojos centelleaban mientras se apretaba contra Cami, empujándola suavemente contra el escritorio . ¿Te has acostado con Feli? ¡Contesta!
No musitó ella. Feli nunca me ha tocado, Benjamin. Nunca, te lo juro.
Cami notó que la tensión abandonaba en parte su rostro y que la presión de los poderosos músculos de sus piernas aumentaba. Sus manos se deslizaron hasta la espalda de Cami. Ella no llevaba sujetador bajo el vestido de gasa, y podía sentir el pecho desnudo de Benjamin contra sus senos suaves, a través de la fina tela. Aquel contacto la hizo temblar.
Él bajó la mirada hacia ella y observó sus manos delgadas, que presionaban levemente su mata de vello sobre la piel bronceada. Cami sintió el pesado latir del corazón de Benjamin contra sus pechos.
¿No llevas nada debajo de este trapo? preguntó él en voz baja y tensa. Parece que estás desnuda.
¡Benjamin! gritó ella, avergonzada.
No, no te resistas le advirtió él secamente cuando ella intentó apartarlo. Sus manos se movieron lentamente, deslizándose por su espalda hasta la cintura, por donde la agarró, apretándola contra los duros músculos de sus muslos . ¿Maggio nunca te hace el amor? preguntó con curiosidad, observando la expresión de su cara sonrojada y sus ojos asustados. Estás demasiado nerviosa. Parece que no estás acostumbrada a que te toquen.
Tal vez sea por ti dijo ella. Sus dedos se juntaron, tensos, sobre el pecho de Benjamin, mientras intentaba reprimir el deseo de tocar su piel. Sentía el leve olor a colonia y cuero que exhalaba su cuerpo.
¿Por mí? preguntó él mirándola fijamente.
Ella se mordió el labio inferior con nerviosismo, consciente de que la puerta estaba cerrada.
La última vez, me hiciste daño murmuró.
La última vez, tú tenías dieciséis años y yo estaba furioso le recordó él. Quería hacerte daño.
¿Y qué te había hecho yo preguntó ella tristemente, salvo enamorarme como una tonta de ti?
Él se quedó tan callado que, al principio, Cami creyó que no la había oído. Sus manos apretaron su carne suave un instante, y un áspero suspiro escapó de sus labios.
¿Enamorarte de mí? Repitió desconcertado. Dios mío, pero si huías cada vez que te miraba.
Pues claro. Porque me dabas miedo dijo ella mirándolo acusadoramente . Sabía que mamá y tú no os llevabais bien y creía que me odiabas tanto como a ella. Siempre me insultabas o me mirabas con desdén.
Él observó su cara un instante, posando los ojos en su boca.
Supongo que sí. Me sorprendió mucho que me invitaras a aquella fiesta. Ella escudriñó su cara.
¿Por qué fuiste? preguntó suavemente.
Él se encogió de hombros.
No lo sé admitió. Estaba fuera de mi ambiente en muchos sentidos. En aquella época ya había estado con mujeres. Estaba acostumbrado a mujeres mucho más sofisticadas que las que me rodeaban aquella noche.
Una inexplicable punzada de celos recorrió a Cami.
Ya me lo imaginaba masculló. Él alzó una ceja.
¿Y cómo ibas tú a saberlo? Tú eras virgen, estaba más claro que el agua. Recuerdo que me pregunté a cuántos chicos habrías besado. Ni siquiera abriste la boca.
Ella bajó los ojos para que Benjamín no viera que se sonrojaba de vergüenza.
Nunca había besado a nadie dijo en voz baja. Tú fuiste el primero. Y también casi el último añadió sonriendo débilmente. Era tan tonta y estaba tan asustada... alzó los ojos y volvió a bajarlos. Fue un beso de mayores.
Él alzó una mano y le levantó la cara para poder mirarla.
¿Dejé cicatrices en tus tiernas emociones? preguntó suavemente . Lo único que podía recordar después era el modo en que temblabas contra mí, la suavidad de tu cuerpo bajo mis manos... Tenía la sensación de que te había asustado, pero estaba tan enfadado que no me importaba. Si hubiera sabido la verdad...
Seguramente hubiera dado lo mismo dijo ella. Yo... tengo la impresión de que no eres un amante muy delicado, Benjamin.
¿De veras? Él la apretó de nuevo contra sí, sintiendo la súbita tensión de su cuerpo al abrir las manos sobre su cintura, sujetándola con fuerza. Tal vez sea hora de que haga algo para cambiar esa impresión tuya.
Benjamin, no creo que... empezó a decir ella, alterada.
Shh musitó él inclinando su cabeza morena. No hace falta decir nada. Ha pasado tanto tiempo, Cami... murmuró al tiempo que su boca rozaba la de ella. Le mordió suavemente el labio inferior antes de que sus cálidos labios comenzaran a moverse sobre los de ella con una lenta y delicada presión que disolvió la resistencia de Cami. Sus brazos la apretaban suavemente, envolviéndola en su cuerpo poderoso mientras le enseñaba cuánto podían decirse dos personas con un solo, largo beso. Ella apenas podía creer que aquello estuviera ocurriendo, allí, a plena luz del día, en el salón donde se habían sentado como dos perfectos extraños la noche anterior, sin rozarse siquiera. Era como retroceder en el tiempo hasta la fiesta de su dieciséis cumpleaños. Sin embargo, el beso de la fiesta no se parecía a aquel. Benjamin la estaba besando con extrema delicadeza, induciéndola a abrir la boca para él, a admitir la profunda y experta penetración de la lengua. Solo la pesada respiración de ambos mientras se besaban cada vez con mayor ansia rompía el silencio. Ella le acariciaba el pecho con una fogosidad que no procedía de la experiencia, sino del deseo. Sentía la necesidad de tocarlo, de explorar su cuerpo, de aprender sus contornos con el tacto. Sentía la calidez de su cuerpo y temblaba por la fuerza de aquellas sensaciones nuevas que Benjamin iba despertando a medida que sus manos la acariciaban lenta y cuidadosamente.
Sintió que sus dedos se aproximaban a la cremallera frontal del vestido y la maravilló su destreza. Benjamin empezaba a bajarle la cremallera cuando, con manos temblorosas, Cami lo detuvo. Él jadeó levemente. Sus ojos entrecerrados brillaban como luces plateadas. Su boca sensual parecía levemente hinchada por el prolongado contacto con la de ella.
Quiero mirarte dijo él con voz enronquecida. Quiero ver tu cara cuando te toco.
Ella se estremeció de placer. De pronto, se dio cuenta de que deseaba que la mirara y que aquellos dedos fuertes acariciaran su piel desnuda. Pero, a través de la neblina del deseo que Benjamin había creado, seguía recordando en qué situación se hallaban. Benjamin la odiaba. No sentía más que desprecio por ella. Seguir adelante era un suicidio.
No musitó con voz crispada.
Él alzó la cara y la miró desde su altura.
¿Acaso pretendes hacerme creer que esta también es tu primera vez? preguntó él, cortante. Lo siento, cariño, pero ya soy zorro viejo. Conozco las artimañas de las mujeres. Reconozco una cuando la veo.
Ella intentó desasirse, enfurecida, pero Benjamin la sujetó sin esfuerzo.
¡Suéltame! gritó ella. No sé de qué estás hablando.
¿Ah, no? replicó él fríamente . Sabes muchos trucos, Camila, pero a mí no me cazarás. La provocación deliberada puede ser peligrosa. Piénsatelo dos veces antes de intentarlo de nuevo. La próxima vez, te tendré dijo ásperamente, mirando sus ojos asombrados. Y te enseñaré algunas cosas que no sabías sobre los hombres.
Jamás te lo permitiría siseó ella, rabiosa.
¿Por qué no? la soltó con brusquedad, mirándola con expresión levemente insultante . Las mujeres como tú no os andáis con remilgos. ¿Por qué no ibas a acostarte conmigo, Cami?
Porque te odio siseó ella, temblorosa, y en ese momento lo sentía. ¿Cómo se atrevía a hacer semejantes insinuaciones sobre ella?
Benjamin se limitó a sonreír, pero en su expresión no había regocijo.
¿De veras? Lo celebro, Cami, porque odiaría saber que te mueres de amor por mí. Pero si cambias de idea, cariño, ya sabes dónde está mi cuarto añadió sarcástico. No esperes que me case contigo, de todos modos. Sé lo mucho que tu madre y tú necesitáis que alguien os mantenga. Pero conmigo no cuentes, nena dijo abriendo la puerta.
Y salió cerrándola a su espalda.
Cami se fue a su cuarto para refrescarse un poco y se lavó la cara sonrojada con agua fría. Se llevó un paño húmedo y frío a la boca, confiando en que la hinchazón de los labios desapareciera. Cerró los ojos y sintió que el corazón le daba un vuelco al recordar. Su mente regresó de nuevo al día en que Benjamin le hizo aquella proposición que volvió su mundo del revés.
Era un día soleado y cálido, muy parecido a aquel. Cami estaba sola cuando oyó que un coche paraba frente a la casa. Salió al porche y vio que Benjamin subía los escalones de tres en tres. Llevaba una camisa y unos pantalones vaqueros; era evidente que había estado trabajando en el rancho con sus hombres. Se detuvo frente a ella exasperado y se quitó el gorro vaquero negro de la cabeza. En su rostro profundamente bronceado, los ojos grises relucieron al mirarla.
Estás esquelética gruñó observando su cuerpo excesivamente delgado. ¿Qué tal van las cosas?
Ella se irguió cuanto pudo. Era demasiado orgullosa como para dejarlo entrever la carga que todo aquello significaba para ella: la muerte de su padre, el despilfarro de Marina, la pérdida de sus ahorros, la miseria... De modo que lo miró desafiantemente a los ojos.
Nos las arreglamos dijo, y logró componer una fría sonrisa.
Pero Benjamin no se tragó su mentira. Aquellos ojos penetrantes la descubrieron enseguida. Benjamin era un hombre de negocios, acostumbrado a medirse con mentes más astutas y calculadoras que la de Cami. Además, la conocía desde hacía mucho tiempo. Podía leerle el pensamiento tan fácilmente como si leyera un periódico.
He oído que vais a tener que subastar la casa dijo él sin rodeos . Al paso que va tu madre, pronto tendrás que vender hasta la camisa para mantenerla.
Ella se mordió el labio inferior para que le temblara.
Ya me las apañaré.
No hace falta que te las apañes, Camidijo él secamente. Sin embargo, había a extraña vacilación en su voz, una suavidad que debió advertir a Cami de que 50 pasaba. Pero no fue así. Yo puedo cargarme de todo. Pagar las deudas, mantener el rancho en funcionamiento. Hasta puedo mantener a esa cabeza de chorlito de madre, aunque la idea no me haga ninguna gracia. Ella lo miró con cautela.
¿A cambio de qué exactamente? preguntó.
De que te vengas a vivir conmigo dijo él.
Aquellas palabras inesperadas fueron como un jarro de agua helada para ella, palideció al oírlas. Benjamin le daba miedo. La aterrorizaba a un nivel físico. Quizá, si hubiera sido más delicado aquella noche, cuando apareció por sorpresa en su fiesta cumpleaños... Pero no había sido así y, pensar en lo que le estaba proponiendo, sangre se le heló en las venas. Ni siquiera se molestó en darle una explicación. Dio media vuelta antes de que él tuviera tiempo reaccionar, entró corriendo en la casa, cerró de un portazo y echó la llave sin decir una palabra.
Desde entonces, el recuerdo de aquel día se interponía entre ellos como una alambrada de espino por la que ninguno de los dos deseaba trepar.
Era una suerte que Benjamin creyera que la reacción instintiva que provocaba en ella era una farsa.
Para Cami hubiera sido insoportable que supiera la verdad: que, sencillamente, no podía resistirse a él en ningún sentido. A Benjamin le encantaría disponer de un arma semejante contra ella. Y si llegaba a enterarse de lo que sentía... La sola idea resultaba intolerable.
Porque Cami sentía amor. No tenía sentido engañarse a sí misma. Era trágico que sus defensas hubieran caído al fin, dejándola expuesta al enemigo. Aquel soplo de emoción suave y sutilísimo la incitaba a reír, llorar y cantar al mismo tiempo, de correr hacia Benjamin con los brazos extendidos y de entregarse a él por entero, de compartir la vida con él, de darle hijos...
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sería Sabrina quien le diera hijos, no ella. Hijos perfectos con mentes perfectas. Siempre limpios y formales, educados para comportarse como estatuas. Sabrina se encargaría de ello, y Benjamin estaría demasiado ocupado como para intervenir. Él quería herederos, no amor. Él no conocía la palabra amor.
¿Por qué había tenido que enamorarse precisamente de Benjamin?, se preguntaba angustiada. ¿Por qué no de Coco, o de Feli, o de alguno de los pocos hombres con los que había salido a lo largo de los años? ¿Por qué tenía que querer al único hombre del mundo al que no podía conseguir? Su pobre corazón se marchitaría ante la indiferencia de Benjamin.
Era una suerte que Coco y ella tuvieran previsto marcharse a finales de esa semana. Ya que sabía por qué temía tanto a Benjamin, debía permanecer alejada de él. Se marcharía de Casa Verde y no volvería a verlo nunca.
Volvió a sentir lágrimas en los ojos, cálidas y amargas. Qué doloroso era pensar que nunca volvería a verlo. Pero, a la larga, aquello resultaría menos cruel que el tormento de estar cerca de Benjamin. El la odiaba.
Se enjugó las lágrimas resueltamente y cambió el vestido azul turquesa por unos vaqueros y una camiseta rosa ajustada. Metió el vestido arrugado en la maleta prometiéndose silenciosamente que no volvería a ponérselo. Pero, al guardarlo, percibió el leve perfume de Benjamin prendido en la tela.
Mora estaba en el cuarto de estar de su habitación, escribiendo direcciones en exquisitos sobres con el reborde dorado, cuando Cami fue a su encuentro.
Hola, querida, ¿ya te has cansado de tomar el sol? preguntó afectuosamente, deteniéndose con la pluma en el aire.
En cierto sentido contestó Cami. He entrado para echarte una mano, pero me he encontrado a Benjamin y me he entretenido un momento para remendarle el brazo.
Mora puso una mueca de preocupación.
¿Está bien?
Sí, no era más que un arañazo en el brazo dijo Cami. No le he preguntado cómo se lo ha hecho. Supongo que habrá sido una vaca.
Los ojos oscuros de Mora se endurecieron.
Esas malditas bestias dijo . A veces creo que los hombres de la familia Rojas tienen más consideración con el ganado que con las mujeres. Salvo Feli, Dios lo bendiga.
«Amén», pensó Cami y, acercando una elegante butaca, se sentó a la mesa en la que escribía Mora.
¿Y Benjamin te ha dejado que lo cures? Le preguntó esta a su joven acompañante. Pensaba que la pequeña Sabri estaría ojo avizor.
Pues, al parecer, no contestó Camila confiando en que su expresión no trasluciera lo que acababa de ocurrir. Pero no sabía que su boca seguía estando levemente hinchada, a pesar de la compresa fría que se había aplicado, y que tenía en la piel la delicada e inconfundible marca de las mejillas ásperas de un hombre.
Percibiendo la extraña tensión de Camila, Mora prefirió no decir nada.
¿Seguro que no te importa ayudarme? preguntó empujando hacia ella un montoncillo de sobres y una hoja con nombres y direcciones.
Claro que no Cami tomó un bolígrafo y empezó a escribir con su encantadora letra.
¿Y Benjamin no se ha quejado porque le hicieras de enfermera? preguntó Mora suavemente.
Al principio sí murmuró ella. Mora la miró divertida.
Tú vendrás a la fiesta, por supuesto dijo. Estas invitaciones de última hora son para unos cuantos amigos que sé que pueden venir aunque los avise con tan poca antelación. La fiesta se celebrará en casa de los Bustamante. Ellos tienen un salón de baile enorme, y nosotros no.
Cami asintió recordando la inmensa mansión de los Bustamante, con sus elegantes líneas curvas y su generosa hospitalidad.
No puedo ir, ya lo sabes dijo suavemente.
Mora la miró fijamente, sonriendo.
Te compraré un vestido.
¡No! exclamó Cami recordando horrorizada la amenaza de Benjamin.
Pero Mora ya había vuelto a concentrarse en las invitaciones y una leve sonrisa, que Cami no vio, iluminó su cara.
Solo Feli y Mora estaban sentados a la mesa del desayuno cuando Cami bajó tras una noche de insomnio. Le dijeron que Benjamin se había ido hacía rato a la oficina con un humor de perros.
Últimamente está más intratable comentó Feli, mirando a Cami con una sonrisa mientras esta se sentaba a su lado. Tú no sabrás por qué, ¿verdad, Cams?
Ella procuró disimular su sonrojo inclinándose sobre la taza de café negro.
¿Yo? No, ¿por qué?
Bueno, resulta un tanto extraño que ninguno de los dos bajarais a cenar anoche dijo Feli Tú tenías una terrible jaqueca y Benjamin tenía asuntos urgentes que atender en la oficina.
Mora estaba empezando a atar cabos. Alzó una de sus cejas canosas en un gesto que recordaba a su hijo mayor.
¿Discutisteis Benja y tú ayer, Cami?preguntó suavemente.
Últimamente es peligroso que coincidan en la misma habitación bromeó Feli. Benja no deja de hostigarla, y ella le contesta. Dios se apiade de quien se interponga entre ellos.
¿Dónde se habrá metido Coco? preguntó Cami, sirviéndose unos huevos revueltos y unas salchichas.
Anoche nos quedamos levantados hasta tarde hablando de la campaña dijo Feli. Seguramente se habrá quedado dormido. Hoy tengo que irme a Nueva York por asuntos de negocios tomó un sorbo de café, dejó la taza de porcelana sobre el platillo y miró fijamente a Cami. Benjamin hablará con Coco esta noche.
¿De veras? Qué bien murmuró ella.
Feli observó su cabeza agachada, fijándose en su expresión abatida y en los contornos oscuros que rodeaban sus ojos. Mora acabó de desayunar, dejó la servilleta arrugada junto al plato y alzó su taza de café con una sonrisa.
Qué maravilla disfrutar de una comida sin interrupciones suspiró. Los desayunos contigo son tan apacibles, Feli...
Yo no dirijo las empresas familiares le contestó su hijo.
Al oírlo, Cami recordó lo que Benjamin le había dicho, y su rostro se crispó involuntariamente. Los ojos de Mora brillaron.
Ojalá nos deshiciéramos de todo gruñó, salvo de una pequeña parte del rancho. Puede que antes no fuéramos tan ricos, pero al menos podíamos comer sin interrupciones. Y Benja no se desvivía tanto.
¿Tú crees? preguntó Feli suavemente. Benjamin siempre ha sido así. Y los dos sabemos por qué.
Mora sonrió melancólicamente.
¿Y tú qué crees respecto al resultado final?
Creo que hay una clara posibilidad de éxito dijo él misteriosamente, alzando su taza de café a modo de brindis.
Qué conversaciones más raras tenéis comentó Cami entre dos bocados.
Lo siento, querida se disculpó Mora afectuosamente . Solo son viejas sospechas.
¿Te vienes a Nueva York conmigo? le preguntó Feli de repente a Cami. Solo voy a pasar el día. Tomaremos el ferry hasta Staten Island y nos quejaremos del tráfico.
Los ojos de Cami se encendieron. La idea de pasar un día libre de preocupaciones resultaba encantadora, sobre todo teniendo en cuenta que deseaba mantenerse apartada de Benjamin...
¿Puedo ir? Preguntó, y su rostro de pronto pareció más joven. Ay, pero Coco...
murmuró, y su entusiasmo se desvaneció repentinamente.
Coco estará perfectamente conmigo dijo Mora alegremente. Yo me ocuparé de él. Y esta noche, estará muy ocupado hablando con Benjamin del proyecto. Así que, ¿por qué no vas, querida? Te vendrá bien divertirte un poco.
Si no te importa...
Anda, ve a ponerte un vestido bonitole dijo Feli sonriendo. Te doy media hora.
¡Genial! exclamó Cami alegremente.
Se disculpó y, levantándose de la mesa, corrió escaleras arriba. Era como ser pequeña otra vez. Había olvidado lo delicioso que era tener tanto dinero, poder tomar un avión y marcharse a cualquier parte, en cualquier momento. Para los Rojas era normal, como lo había sido para ella antaño, hacía mucho tiempo. Ahora tenía el dinero justo para vivir. Ya no podía permitirse viajes y vacaciones.
Se puso un vestido blanco con margaritas amarillas en el corpiño y falda de vuelo que había encontrado rebajado en una pequeña boutique el otoño anterior. Recogió una ligera chaqueta de punto de color beige y se calzó las sandalias a toda prisa. Se detuvo un instante a revisar su maquillaje y añadió una horquilla más a su pelo, cuidadosamente recogido en un moño. Olvidó el bolso y tuvo que volver a buscarlo. Solo tenía unos pocos dólares en él, pero se sentía más segura llevándolo.
Cuando bajó las escaleras, vio que Coco por fin había bajado a desayunar. Parecía soñoliento y ligeramente resacoso, pero le sonrió afectuosamente.
¡Hola! Dijo Cami. Te abandono. Me voy a Nueva York. No te importa, ¿verdad?
No, claro. Que te lo pases bien. Yo trabajaré un poco en la previsión de ventas, ahí fuera, en la piscina dijo él.
Ten cuidado, no te caigas. No sabe nadar les dijo Cami a los otros, riendo.
No todos podemos ser como peces en el agua, igual que tú contestó Coco sonriendo.
Si estás lista... dijo Feli poniéndose la chaqueta de su traje marrón.
Estoy lista contestó Cami. Feli observó atentamente su vestimenta y achicó los ojos al ver la chaqueta.
Querida, hay mucha diferencia entre Texas y Nueva York, y cuando volvamos será de noche. ¿Seguro que no pasarás frío con esa chaqueta?
Cami asintió. Era demasiado orgullosa para admitir que el único abrigo que tenía estaba en San Antonio, y que no le serviría más que para ir al supermercado del barrio.
Te dejaré mi abrigo de primavera dijo Mora sonriendo.
Cami la bendijo en silencio por su discreción. Mora regresó con un ligero abrigo gris, muy elegante y caro.
Pero no puedo... protestó Cami.
Claro que puedes, querida. Yo tengo otros y, además, tenemos casi la misma talla. Ven, pruébatelo ayudó a Cami a ponerse el abrigo. Le quedaba perfecto. Mora asintió. Vamos, divertíos y no volváis muy tarde. ¿En qué avión vais?
En el Piper dijo Feli mientras salían por la puerta principal . No nos esperéis para cenar. Tomaremos algo allí. La avioneta bimotor era muy fiable, y Feli un buen piloto. Casi tan bueno como Benjamin, pero no tan temerario. Antes de que Cami se diera cuenta, aterrizaron en la extensa Terminal de Nueva York, entre inmensos aviones de pasajeros.
Feli detuvo un taxi con la destreza del viajero experto y urgió a Cami a entrar. Le dio al conductor una dirección y se recostó en el asiento con un suspiro.
Ah, así es como hay que viajar dijo. Sin maletas, ni cepillo de dientes. Se monta uno en un avión y, ¡hala!, se va.
Ella se echó a reír.
Sí, claro. Ya que hemos llegado hasta aquí, podríamos irnos a la Martinica.
Qué isla tan bonita dijo Duncan recordando. ¿Te acuerdas de cuando nos fuimos con el tío Boy y olvidamos decírselo a mi madre? Pensé que se acababa el mundo cuando por fin nos encontraron. Pero nos lo pasamos bien, ¿verdad?
Ya lo creo dijo ella girando la cabeza para mirarlo.
Feli no se parecía a Benjamin. A ella le gustaban su cara de niño y su carácter travieso. Si se hubiera podido enamorar de él...
Odio que hagas eso dijo él sonriendo.
¿El qué? preguntó ella suavemente.
Compararme con Benjamin. Oh, no te molestes en negarlo dijo él al ver que Cami se apresuraba a protestar. Te conozco desde hace mucho tiempo. La verdad es que no me importa demasiado. Benjamin no hay más que uno. La mayoría de los hombres no le llegan a la altura del tobillo. Ella desvió la mirada.
Lo siento. No quería molestarte. Él la tomó de la mano y se la apretó.
Lo sé. Lo mejor de estar contigo, Cami, es que puedo ser yo mismo. Me alegro de que seamos amigos.
Ella le sonrió.
Yo también.
Pero, naturalmente, no siempre fue así dijo él esbozando una sonrisa. Cuando tenías más o menos dieciséis años, estaba loco por ti. Tú ni siquiera te dabas cuenta. Estabas demasiado ocupada intentando no molestar a Benja. Yo tenía unos celos terribles, ¿sabes?
¿De veras? preguntó ella. Lo siento muchísimo, Feli...
Tal vez aquello explicaba por qué le había mentido a Benjamin sobre los motivos de su invitación a la fiesta de cumpleaños.
Solo fue un enamoramiento pasajero, querida. Se me pasó enseguida. Y me alegro de que así fuera. Porque tú nunca sentiste lo mismo, ¿verdad? preguntó muy serio.
No dijo ella honestamente. Nunca.
Si puedo ayudarte, Cami, en lo que sea, lo haré dijo él de repente. Tras la hostilidad que le había demostrado Benjamin, la amabilidad de su hermano la emocionó. Los ojos se le llenaron de lágrimas y empezó a llorar en silencio. Cami dijo Feli cariñosamente y, pasándole un brazo por los hombros, empezó a acunarla suavemente mientras ella lloraba. Pobre ratoncito mío, lo estás pasando mal, ¿verdad? Debería haberte llamado más a menudo. Necesitas que alguien te cuide.
Ella sacudió la cabeza.
Puedo cuidar de mí misma balbució.
Claro que sí, querida rió él suavemente palmeándola en el hombro.
Es solo que... si mamá se casara con alguien forrado de dinero... rió ella.
Ya verás como al final aparece un hombre rico y os salva dijo él. Al fin y al cabo, tu madre sigue siendo muy guapa. Es dulce, inteligente...
Tonta y egoísta concluyó ella con una amarga sonrisa, sacando un pañuelo de su bolso y enjugándose las lágrimas. No suelo compadecerme de mí misma. Lo lamento. Pero a veces tantas responsabilidades resultan una carga muy pesada.
A tu edad, no debería ser así dijo él con voz tensa. Desde que pasó todo aquello, no has hecho otra cosa que mantener a tu madre. Sí, ya sé que no te importa, pero el hecho es que no tienes vida propia. Lo único que haces es trabajar para mantener a Marina. Y después de pagar las facturas, no queda nada para ti. Eso no es justo, Cami.
Pero, Feli, si yo no lo hago, ¿quién lo hará? preguntó ella suavemente. Mi madre no puede trabajar. Nunca ha tenido que hacerlo. ¿Qué podría hacer?
La gente podría alquilarla por horas para que se quedara quietecita en un rincón, sujetando una lámpara o algo así. Quedaría muy decorativa sugirió él.
Ella rompió a reír.
Qué malo eres.
Por eso te gusto contestó él . Cami, ¿recuerdas aquel verano que les pusimos lazos a los toros que Benjamin iba a vender justo antes de la subasta?
Ella silbó suavemente.
¡Cómo iba a olvidarlo! Nos habría atrapado si no hubieras tenido la brillante idea de soltar a todos sus caballos mientras cruzábamos el establo.
Eso lo puso aún más furioso recordó él. Yo me fui a pasar una semana con mi tía esa misma tarde, antes de que Benja volviera de la subasta. Y tú, si no recuerdo mal, te fuiste inmediatamente al internado.
En aquel momento me pareció mucho más seguro vivir en Suiza sonrió ella. ¡Benjamin estaba hecho una furia!
Feli suspiró.
Fueron buenos tiempos, ¿verdad, Cami?
Ella asintió.
Lástima que tuviéramos que crecer y volvernos serios.

Estaban cerca de casa cuando un ruido extraño la despertó. Se incorporó en el asiento y vio que Feli estaba luchando con los controles de la avioneta, con la cara muy seria.
¿Qué ocurre? preguntó preocupada.
Él estaba levemente inclinado hacia delante, con una mano sobre el volante y la otra sobre el panel de control.
Creo que es el generador izquierdo, pero aún no lo sé.
¿El generador? repitió ella.
Sí Feli giró el botón de ignición hacia la izquierda y luego hacia la derecha. La avioneta se zarandeaba en el aire. Feli apretó los dientes. Voy a hacer unas pruebas. Así sabré si podemos arriesgarnos a seguir adelante masculló para sí mismo.
Ella se quedó mirando. Las palabras de Feli le resultaban vagamente incomprensibles. Pero fuera lo que fuese lo que estaba haciendo, no parecía servir de nada. La vibración del aparato era espantosa.
Feli maldijo en voz baja.
En fin, tendremos que aterrizar en Seven Bridges para que lo reparen. No quiero arriesgarme a seguir adelante en estas condiciones.
Feli dirigió el morro del Piper hacia una hilera de luces que se extendía como una doble sarta de perlas brillantes a través de la niebla baja.
Dios mío, espero que no haya una vaca en mitad de la pista masculló mientras procuraba estabilizar la vibración del aparato.
No me asustes, Feli dijo ella intentando controlar su nerviosismo . ¿Dónde dices que estamos?
En Seven Bridges, Tennessee sonrió él. Agárrate, cariño. Ahí vamos.
Confío en ti dijo ella. Todo saldrá bien.
Eso espero.
Los minutos siguientes fueron los más aterradores que Cami podía recordar. Los motores temblaban tanto que parecía que iban a desprenderse del fuselaje, y las luces de la pista de aterrizaje apenas se veían entre la niebla. Si Benjamin hubiera estado en los controles, ella no se habría preocupado lo más mínimo. Lamentaba pensar en ello sabiendo que Feli hacía lo que podía, pero Benjamin tenía nervios de acero y su hermano menor, pese a sus muchas horas de vuelo, no.
Se aferró al asiento con tanta fuerza que notó cómo el cuero cedía entre sus dedos, pero no dijo ni una palabra. No podía decir nada útil, y no quería distraer a Feli. Se quedó callada y rezó para sus adentros.
Feli hizo descender la avioneta con los ojos fijos en los controles, en la pista de aterrizaje, en el indicador de velocidad, en el horizonte artificial, en el altímetro... Cuando la avioneta bimotor se posó sobre la pista produciendo un leve chirrido, Feli se relajó. El ruido de los motores disminuyó gradualmente y, de pronto, se hizo un silencio total cuando Feli cortó la energía.
Por los pelos suspiró aliviado.
Como suele decirse, eres un hacha dijo ella relajándose al fin . Y ahora, ¿cómo volvemos a casa?
¿Haciendo autostop? sugirió él con una sonrisa.
¿Y si pedimos refuerzos? recomendó ella.
Vendría Benjamin le recordó él. Y todavía me duele la mandíbula de la última vez que se enfadó conmigo.
Cami no había pensado en eso. Habían dicho que estarían en casa a medianoche y eran... Lanzó un profundo suspiro.
¿Preguntamos si alguien puede alquilarnos una casa con bonitas vistas? dijo con una risa nerviosa. Y tal vez darnos trabajo.
En este momento, tal vez no sea muy sensato regresar a casa.
Salieron de la avioneta por detrás. El encargado de la pista salió de un hangar iluminado y se acercó a ellos limpiándose las manos con un trapo. Era un hombre mayor, muy corpulento, con el pelo blanco y sonrisa dientuda.
Me había parecido oír una avioneta dijo sonriendo. ¿Han tenido problemas?
Se me ha averiado uno de los generadores le dijo Feli. Necesitaré uno nuevo si tiene alguno.
¿Qué es? Parece una Piper Navajo dijo el hombre, y Feli asintió. Sí, creo que podré arreglarla. Tengo un taller de reparaciones. Mi mujer y yo vivimos ahí abajo, en una caravana se echó a reír. No podía dormir, así que salí a reparar el sistema eléctrico de una vieja Aeronca Champion que me acabo de comprar. Bueno, vamos a echarle un vistazo a esa avería.
Unos minutos después, Cami estaba cómodamente sentada en la caravana de Donald Aiken, en compañía de su esposa, Annette, una mujer menuda y de pelo negro, disfrutando de la mejor taza de café que había probado nunca e intentando recuperarse del susto. Estaban hablando de economía cuando entraron Feli y el mecánico.
Donald puede arreglarlo dijo Feli con una sonrisa cansina. Necesitaba un afeitado, pero a aquellas horas de la mañana daba lo mismo.
Gracias a Dios suspiró Cami. Tenemos que llamar a tu madre. Puede que consigamos que no se lo diga a Benjamin...
Me temo que no vais a poder llamar a nadie si es a larga distancia dijo Donald en tono de disculpa. Ni a corta, por el momento. El cable del teléfono está cortado y todavía están intentando arreglarlo. Lo he oído por la radio esta noche, mientras estaba trabajando. Lo siento mucho.
Feli suspiró.
Es la mala suerte dijo asintiendo, que me persigue.
Yo te protegeré, Feli dijo Cami.
Si no me equivoco, tú también vas a necesitar que alguien te proteja sacudió la cabeza. En fin, qué se le va a hacer.
No tardaré mucho en arreglarlo dijo Donald para darles ánimos, acabándose rápidamente una taza de café. Dentro de nada estaréis otra vez de camino les prometió.
Dos horas después, gracias a la destreza de Donald, lograron despegar al fin. El sol aún no se había levantado cuando aterrizaron en la pista de Casa Verde, pero la aurora comenzaba a iluminar el cielo.
Cansados y aturdidos, salieron de la avioneta y se quedaron de pie en la pista de asfalto sin decir nada, mirando las apacibles praderas que se extendían a su alrededor.
Qué paz, ¿no? dijo Feli respirando una bocanada de aire fresco.
Por ahora dijo ella con una débil sonrisa. Seguro que nos han oído aterrizar.
Seguro enseguida oyeron el rugir de una de las camionetas del rancho. ¿Nos apostamos algo sobre quién conduce? preguntó Feli con fresco desenfado.
Oh, creo tener una ligera idea al respecto contestó ella. Sentía las piernas extrañamente débiles. Estaba segura de cuál iba a ser la reacción de Benjamin, y tenía ganas de huir. Pero no había dónde esconderse. Benjamin ya había salido con la camioneta y se dirigía hacia ellos con mirada asesina. No había dormido en toda la noche. Cami se dio cuenta en cuanto lo vio acercarse, con la mirada clavada en Feli. Necesitaba afeitarse, y tenía la cara pálida y desencajada. Llevaba unos pantalones de traje, grises, una camisa blanca medio desabotonada y, encima, la chaqueta de ante que se ponía para andar por el rancho. Llevaba el gorro vaquero negro caído sobre un ojo y, a la luz grisácea del alba, parecía fiero y amenazador.
Eh, hola, Benja dijo Feli, nervioso.
Apenas acababa de decir aquellas palabras cuando Benjamin le asestó tal puñetazo en la mandíbula, que lo lanzó de espaldas al pavimento.
¿Sabéis lo que hemos pasado? Siseó Benjamin casi sin aliento, conteniendo apenas su furia. Os esperábamos a medianoche y está amaneciendo. Ni siquiera os habéis molestado en llamar... ¡Mamá está llorando, maldita sea!
Es una larga historia masculló Feli frotándose la mandíbula mientras se sentaba con expresión contrita. Te aseguro que nosotros también hemos pasado lo nuestro. El generador derecho se metió en uno de los motores y casi nos estrellamos. A Cami le pareció por un instante que Benjamin palidecía. Sus ojos centelleantes se clavaron en ella, recorriéndola como manos que buscaran huesos rotos tras una caída.
¿Estás bien? preguntó secamente.
Ella asintió sin atreverse a decir nada. Nunca lo había visto así. Feli se levantó restregándose la quijada.
Maldita sea, Benja, ¿por qué no me gritas en vez de darme un puñetazo? masculló.
¿Qué ocurrió? contestó él, crispado.
Feli le explicó brevemente los acontecimientos que se habían conjurado para retenerlos, añadiendo que el cable del teléfono estaba cortado y que no habían podido llamar. El semblante de Benjamin se endureció todavía más si era posible.
Podías haber llamado antes de salir de Nueva York le recordó su hermano. Feli sonrió dócilmente.
Lo sé. Pero nos lo estábamos pasando tan bien que se me olvidó. Y luego, cuando por fin llegamos al aeropuerto, no quise entretenerme más.
Hasta he intentado comunicarme con la terminal de Nueva York para preguntar cuándo informaste de tu plan de vuelo continuó ásperamente Benjamin.
Me declaro culpable de todos los cargos dijo Feli . No tengo excusa. Simplemente... no lo pensé.
Benja achicó los ojos inyectados en sangre.
Dejaré que se lo expliques tú a mamá.
Feli esperó a Cami, que había permanecido en silencio, y le tendió la mano. Pero Benjamin se le adelantó y, asiéndola con fuerza por el brazo, observó su lujoso abrigo.
¿Es que no tenías ni un abrigo? dijo en tono desafiante.
No... empezó a decir ella.
¿Qué te dije de los regalos? preguntó él con acritud.
Aquello era demasiado. La noche en vela, el aterrizaje forzoso, la preocupación por llegar a casa y luego la furia de Benjamin... Era demasiado. Un sollozo escapó de su garganta y empezó a llorar.
Oh, por el amor de Dios, Cami... dijo Benjamin.
Déjala en paz, Benja dijo Feli suavemente, abrazándola. Le he dado un susto de muerte. Y si te molesta lo del abrigo, échale la culpa a mamá. Fue ella quien se lo prestó.
Benjamin parecía furioso. Dio media vuelta y, sin decir palabra, se sentó frente al volante de la camioneta. Feli hizo sentarse a Cami y luego se sentó a su lado y cerró la puerta. Benjamin encendió el motor y arrancó a toda velocidad.
Tuvieron que explicarle de nuevo lo que había pasado a Mora, que estaba pálida y demudada por la angustia y que, al verlos, los abrazó como si volvieran de entre los muertos. Para alivio de Cami, Benjamin subió al piso de arriba en cuanto llegaron a casa. En ese instante, no se sentía con fuerzas para enfrentarse a él.
Qué alegría que estéis a salvo dijo Mora con voz llorosa tras beber un sorbo de café solo. Estaba tan preocupada...
Ojalá hubiéramos podido avisarte dijo Cami suavemente, enjugándose las lágrimas . Pero no había forma. Siento mucho haberte disgustado.
Benjamin estaba peor que yo dijo ella con una sonrisa llorosa. Ha abierto surcos en la alfombra de tanto pasearse. Nunca lo había visto tan angustiado.
Le dio un puñetazo a Feli dijo Cami, ligeramente resentida.
Me lo merecía dijo Feli dócilmente, y lo sabes. Mora suspiró.
Suerte que solo ha sido un puñetazo. Peores cosas dijo mientras esperábamos. Y se ha fumado un cartón de tabaco.
¿Os importa que me vaya a dormir un rato? preguntó Cami suavemente. Sé que estáis tan cansados como yo, pero...
Ve, querida dijo Mora con una sonrisa afectuosa. Feli y yo subiremos enseguida. Que descanses.
¿Dónde está Coco, por cierto? preguntó Cami de repente.
Se fue a la cama temprano y no quisimos despertarlo-dijo Mora-No se ha enterado de nada
Cami sonrió cansinamente.
Siento mucho lo que ha pasado. Luego nos vemos añadió dulcemente, inclinándose para besar a Mora en la mejilla al pasar a su lado.
El cansancio y la falta de sueño se apoderaron de ella en cuanto llegó a su habitación. Se quitó el vestido y las sandalias y se quedó dormida, acurrucada a los pies de la cama, sin quitarse la camiseta interior ni las braguitas.
Como a través de una neblina, sintió que la alzaban y la colocaban bajo algo suave y fresco. Sus párpados se abrieron lentamente, como en un sueño, y de pronto vio la cara morena de Benjamin sobre ella.
¿Cansada? preguntó él con una voz tan suave que no parecía la suya. Ella asintió. Tenía la visión borrosa, como si estuviera soñando. Tal vez fuera así.
Él la tapó con el edredón hasta la cintura, posando los ojos en su camiseta de encaje blanco, por cuyos resquicios se entreveían sus pechos blancos y tersos.
Estoy desnuda musitó ella débilmente.
Ya lo veo dijo él con suavidad y una sonrisa divertida.
Estás enfadado conmigo dijo ella frunciendo el ceño . No recuerdo... por qué... pero...
No pienses. Duérmete.
La mirada de Cami se posó en la barba que empezaba a crecerle y, casi sin querer, alzó la mano para tocarle la cara morena. Para ser un sueño, parecía muy real.
Tú tampoco has dormido musitó.
No podía dijo él ásperamente.
¿De veras estabas preocupado? preguntó ella.
¡Preocupado! Rió él secamente, pero sus ojos aún estaban enturbiados por la emoción. Dios mío, os imaginaba muertos entre el amasijo de hierros de la avioneta. ¡Y estabais paseando por Broadway!
Ella miró su amplio pecho. Tenía la camisa desabotonada y el vello húmedo, al igual que el cabello, como si acabara de ducharse.
Nos estábamos divirtiendo dijo absurdamente.
Siempre te diviertes con él dijo él con cierta amargura.
Y siempre huyo de ti murmuró ella suavemente. Sus dedos trazaron la larga línea curva de su boca. Nunca pude acercarme a ti dijo. El día que te invité a la fiesta, estaba muerta de miedo. Me moría de ganas por que fueras, pero tú te mostraste duro como una roca.
Para defenderme, Cami contestó él suavemente, mirando la camiseta de encaje blanco y la piel opalina que dejaba entrever . No me gustaba sentirme vulnerable.
Ella se rió tristemente.
Pero si solo conseguía ponerte furioso...
¿Estás segura? le agarró la mano y se la acercó al pecho duro y cálido apretándole la palma contra el corazón palpitante . ¿Notas cómo late? Murmuró viendo una expresión de sorpresa en sus ojos soñolientos. Cada vez que te miro, se me acelera el corazón. Es así desde hace años, y tú ni siquiera te dabas cuenta.
Ella entreabrió los labios asombrada. Benjamin siempre había sido tan independiente, tan frío... Resultaba nuevo y excitante pensar que su corazón se aceleraba al verla, que podía hacerle sentir la misma emoción estremecedora que la invadía a ella cada vez que la tocaba.
Creo que... que me daba miedo pensarlo musitó temblorosa. Porque lo deseaba tanto...
La respiración de Benjamin se había vuelto más agitada. Sus ojos se detuvieron en los labios levemente entreabiertos de Cami. Como en un trance, inclinó la cabeza y la miró fijamente a los ojos. La tensión que se había instalado entre ellos resultaba casi insoportable. Cami podía sentir sobre los labios su aliento cálido con un leve olor a tabaco, y los perfumes mezclados de jabón y colonia que exhalaba su cuerpo.
Benjamin... musitó asustada.
La boca abierta de Benjamin rozó sus labios.
Shh susurró él suavemente. Solo quiero tocarte, saborearte, asegurarme de que estás aquí, sana y salva. Dios mío, nunca he pasado tanto miedo.
Pero me gritaste musitó ella contra su boca mientras la besaba suavemente.
Me diste un susto de muerte. ¿Qué esperabas? gruñó él. Se inclinó, apoyando los brazos sobre la sábana, a ambos lados de Cami, y se arqueó sobre ella observando su rostro sonrojado. Pequeña mía, ¿es que no te entra en la cabeza que, cuando se trata de ti, no me comporto racionalmente? ¿Es que disfrutas haciéndome sufrir?
Ella observó en silencio su boca, admirando la perfección de su forma.
No sabía que podía... hacerte sufrir. Él bajó la mirada hacia su ligera camiseta de encaje, casi transparente.
Estás aquí tumbada, tan suave y dulce musitó, y yo no paro de hablar de tonterías, cuando lo que de verdad deseo en este momento es desnudarte y saborear cada centímetro de tu piel.
A ella le dio un vuelco el corazón.
¿Qué hora es? preguntó de repente.
Tienes miedo, ¿verdad? Alzó la mano y tocó levemente uno de sus pechos con dedos ásperos, pero Camila le agarró la mano y se la llevó al hombro. Ya hiciste eso una vez dijo él. En tu fiesta de cumpleaños. Durante años llevé aquel recuerdo conmigo como una fotografía borrosa. Eras tan deliciosamente inocente... sus ojos se enturbiaron, su rostro se crispó . Pero ahora eres una mujer, y ya no eres tan inocente. Así que, ¿para qué fingir?
Ella se mordió el labio. Estaba demasiado nerviosa para protestar, para discutir con él.
Estoy cansada, Benjamin musitó débilmente,
El respiró hondo.
¿Y yo no? preguntó mirándola a los ojos . He estado dando vueltas por mi habitación, intentando tranquilizarme. Sé que, si intento dormir, cada vez que cierre los ojos veré la expresión de tu cara cuando te dije lo del abrigo.
Pero Mora ya te... comenzó a decir ella.
Insistió. Lo sé, Feli me lo dijo, ¿recuerdas? Le apartó el pelo de la cara. Estaba muy preocupado, cariño dijo suavemente. Y muy dolido.
Yo no podría hacerte daño susurró ella, extrañada.
¿Ah, no? Sus ojos se posaron de nuevo en la boca de Cami. No sabes cuánto daño podrías hacerme murmuró inclinándose, y la besó suavemente, acariciando su boca en medio de un silencio solo roto por el soplo de la brisa que entraba por la ventana abierta y los suaves jadeos de Benjamin mientras la besaba.
Ella alzó las manos para abrazarlo, pero Benjamin se las agarró y las apoyó contra su pecho amplio y fresco, enredando sus dedos en la maraña de su vello negro.
¿Aún no has aprendido a tocar a un hombre? preguntó contra sus labios entreabiertos.
Ella lo acarició con manos temblorosas mientras el roce de sus labios la volvía loca lentamente.
Bésame más fuerte musitó ansiosa, alzando los ojos turbios hacia él.
Luego una sonrisa triunfante iluminó su rostro . A mí me gusta así, ¿a ti no? Lento y suave. Me gusta contenerme cuanto puedo. Así todo es más intenso susurró contra sus labios . Vamos, cariño, no te quedes ahí tumbada mientras yo lo hago todo. Ayúdame.
Ella estuvo a punto de decirle que no sabía cómo, que nadie la había tocado excepto él. Con otros hombres, nunca había ido más allá de un beso.
Abrió la boca y alzó los brazos para abrazarlo, para atraer su cuerpo pesado y cálido hacia sí. Benjamin se tumbó sobre ella, y la presión de su cuerpo le arrancó a Cami un gemido.
Despacio, pequeña musitó él retirándose un poco para mirarla. Hace mucho tiempo que no me esfuerzo por ir despacio con una mujer. Pero esta vez, quiero que nos lo tomemos con calma.
Emocionada, ella alzó las manos y trazó la dura línea de su boca con la punta de un dedo. Sus ojos oscuros escudriñaban los ojos claros de Benjamin.
No sé muy bien... balbució.
No te preocupes dijo él suavemente, besándola muy despacio . ¿No quieres tocarme? Musitó deslizando la mano por su cintura, por su costado, por la suave y alta curva de sus pechos. Dios, yo me muero por tocarte añadió con voz ronca, cerrando la mano sobre su pecho en una suave caricia que la hizo estremecerse. Él se retiró un poco y observó su expresión asustada. No te haré daño susurró.
Lo sé. Yo... ella lo miró indefensa. Necesito tiempo musitó.
Él dejó escapar un profundo y áspero suspiro y, apoyándose sobre los codos, quedó suspendido sobre ella.
Has tenido siete años le recordó.
Me has odiado durante siete años dijo ella tristemente . Benjamin, no puedes esperar que... que confíe en ti para... para darte mi...
Él se inclinó y la besó ásperamente.
¿Para darte a mí, por qué no lo dices de una vez? sus ojos se achicaron. Está bien, lo acepto. Necesitas tiempo para acostumbrarte a la idea, y voy a dártelo. Pero no mucho, Cami. Ya he esperado más de la cuenta, y estoy a punto de perder la paciencia. Hace mucho tiempo que no estoy con una mujer.
Ella lo miró asombrada. Habría querido preguntarle algo más, pero Benjamin se inclinó de repente y ella sintió la firme presión de su boca sobre su pecho desnudo. Su cuerpo se arqueó instintivamente al experimentar la sensación desconocida del roce de los labios de un hombre sobre su cuerpo, y dejó escapar un gemido.
¿Te gusta? murmuró él contra su piel sedosa, y le bajó un poco más el tirante de la camiseta, buscando con la boca el pezón rosado.
Ella hundió los dedos entre su pelo negro y le apartó la cabeza. Enseguida comprendió que había sido un error, porque al hacerlo, antes de que ella lograra subirse de nuevo la camiseta, él vio claramente lo que sus labios acababan de tocar.
Benjamin observó con interés su cara sonrojada.
¿No se lo habías enseñado a nadie? murmuró sonriendo. Me alegro de que hayas dejado algo para que yo lo estrene. ¿No hay un refrán que dice que las mejores esencias, en frascos pequeños?
Serás bruto murmuró ella poniéndose aún más colorada.
Él se echó a reír suavemente, viéndola tirar de la sábana para cubrirse. Se sentó en la cama satisfecho como un tigre con la garra sobre su presa.
Pequeñas, pero perfectas, amor dijo suavemente, y por un instante pareció un desconocido. Sus ojos plateados adquirieron una expresión casi suave, y su rostro pareció levemente dulce.
Dejándose llevar por un impulso, ella alzó una mano y tocó su pecho desnudo, mirándolo con los ojos cargados de emoción.
Siento que Mora y tú os hayáis preocupado.
Él se limitó a asentir.
Será mejor que duermas un poco.
Tú también dijo ella. Si no, no podrás trabajar.
Sí, la verdad es que me va a costar concentrarme en el trabajo reconoció él observando sus ojos asombrados. Se inclinó y se detuvo a escasos centímetros de su cara. Con fuerza, esta vez musitó con voz áspera. Abre la boca...
La besó con dureza, alentando en ella un ansia que Cami nunca antes había sentido. Sus bocas se fundieron como si se fundieran sus almas. Ella se arqueó contra él y lo besó salvajemente, clavando las uñas en sus hombros y gimiendo, arrastrada por una emoción más avasalladora que la muerte. Amaba a Benjamin, lo deseaba y, en ese instante, era suyo. Lo único que quería era entregarle todo cuanto tenía, a pesar de sus diferencias y de sus duras palabras.
Él se retiró jadeando. Sus ojos brillaban de deseo contenido. La asió por las muñecas y le apartó las manos suavemente de sus hombros volviendo a tumbarla sobre la almohada.
Me dejaría cortar un brazo antes que dejarte dijo en un bronco susurro. Dios, cuánto te deseo.
Ella se mordió el labio y lo miró fijamente, indefensa, sin saber qué decir. Benjamin dejó escapar un áspero suspiro y se inclinó. La besó suavemente. Una tierna caricia tras la tormenta.
Podrías dormir conmigo dijo en voz baja escudriñando sus ojos neblinosos . Solo dormir, nada más. Me gustaría abrazarte, verte tumbada en mi cama.
Ella se sonrojó, y Benja notó que una expresión de miedo cruzaba sus ojos brillantes.
¿Y si por casualidad entra tu madre, o Feli? preguntó inquieta, intentando conservar la calma a pesar de que no había nada que deseara más que dormir con él.
Él la miró fijamente a los ojos.
Entonces tendría que casarme contigo, ¿no crees? preguntó con una leve sonrisa. Se puso en pie antes de que Cami pudiera decidir si estaba bromeando o no, y el momento pasó. El la miró desde la puerta abierta. Dulces sueños, cariño. Que duermas bien. Yo no creo que pueda añadió mirándola fijamente.
Buenas noches, Benjamin musitó ella. ¿O debería decir buenos días?
-Deberías decir Benja...
-Benja...
Él sonrió y, dándose la vuelta, salió sin mirar atrás. Cami se quedó mirando la puerta mucho tiempo antes de girarse y cerrar los ojos dando un suspiro.
Al abrir los ojos, Cami vio un rayo de sol que se derramaba transversalmente sobre la mullida colcha azul de su cama y, cuando sus ojos castaños miraron el techo, el recuerdo de la visita nocturna de Benjamin le produjo un estremecimiento de emoción. Sacó las piernas por el borde de la cama y se sentó mirando la puerta. Tenía la cara radiante y sus ojos brillaban de excitación. ¡Benja! ¿Había ocurrido realmente? Se tocó la boca y se miró al espejo, como si buscara el rastro de sus besos. Tenía un leve arañazo en un brazo. Recordó con una punzada de placer la neblina de pasión que había compartido con él. No, no había sido un sueño. Pero, ¿habría sentido él el mismo placer que ella? ¿O se arrepentiría de aquello a la fría luz del día? ¿Se comportaría de forma distinta con ella? ¿Le sonreiría en vez de mirarla con el ceño fruncido? ¿Se mostraría menos hostil? ¿O la odiaría aún más?
Se puso unos vaqueros y una camiseta de cuello de pico y bajó apresuradamente las escaleras con el pelo suelto sobre los hombros y los ojos llenos de sueños. Eran más de las diez. No esperaba encontrar a Benjamin en el desayuno, pero sintió una leve punzada de desilusión cuando, al abrir la puerta del comedor, se encontró a Mora y a Coco sentados solos a la mesa. Coco parecía ligeramente malhumorado.
Ah, aquí estás suspiró . Mira, Cams, vas a tener que encargarte de este asunto tú sola a partir de ahora. Aguilar me ha llamado hace unos minutos. No le ha gustado el spot para la televisión. Dice que es demasiado «provocativo».
Pero su hijo le dio el visto bueno se quejó ella.
Sin su permiso, al parecer gruñó Coco. Apuró el café y se levantó. Siento marcharme así, pero si perdemos esta cuenta, tendremos graves problemas. Es nuestro mejor cliente, no hace falta que te lo recuerde.
No, claro que no. Tranquilo dijo con una sonrisa, me las arreglaré.
Anoche no conseguí hablar con Benjamin dijo él sonriendo . Quizá tú tengas mejor suerte.
Coco le dio las gracias a Mora por su hospitalidad, le recordó a Cami que lo llamara para ir a recogerla al aeropuerto cuando llegara a San Antonio tras concluir la negociación de la campaña, y se marchó apresuradamente en un taxi.
Parece que Benjamin ya no te pone tan nerviosa dijo Mora mirándola con un brillo malicioso en los ojos. Me pregunto por qué será.
Cami se sonrojó a su pesar y de pronto rompió a reír.
No tengo ni idea murmuró.
Pensaba que iba a ponerse furioso contigo dijo Mora mientras se ponía leche en el café caliente. Nunca lo había visto así. Por cierto añadió mirando a Cami, tengo una sorpresa que os encantará.
¿Cuál? preguntó Cami, toda ojos.
Tendrás que esperar un poco contestó ella misteriosamente con una sonrisa. Benjamin está en la oficina, pero creo que vendrá a comer. Ah, y Feli está en el dentista reprimió una sonrisa. Benja le aflojó dos fundas.
Mora se marchó al poco rato a una reunión del patronato local de las artes y Cami aprovechó para trabajar en la presentación que había pensado hacerle a Benjamin. No tenía muchas esperanzas de que aprobara el proyecto Quizá le gustara hacerle el amor pero Cami sospechaba que en cuestión de negocios era bastante machista, y temía que ni siquiera se molestara en escucharla. Sería muy propio de él.
No dejaba de pensar en lo que Benja le había dicho, en su explicación acerca de la proposición que le hizo años atrás. En realidad, le había pedido que se casara con él. Cami cerró los ojos y suspiró al pensarlo. Ser su mujer, tener derecho a tocarlo cuando se le antojara, correr a recibirlo cuando llegara a casa por las noches y arrojarse en sus brazos, cuidar de él y asegurarse de que descansaba lo suficiente, organizar su vida alrededor de la de él, comprarle cosas... Podría haber tenido todo aquello si hubiera sido lo suficientemente madura como para darse cuenta de que no se trataba de una proposición indecente. Todos aquellos años le había guardado rencor, y de pronto descubría que no había razón para ello y se arrepentía con todo su corazón de haberlo rechazado. Quería a Benja, lo deseaba, lo necesitaba como mujer, pero él siempre estaría fuera de su alcance. A Benja le gustaba tenerla en sus brazos. Pero seguía dudando de su inocencia, y le había dejado muy claro que ya no pensaba en casarse con ella. Solo quería acostarse con ella. Porque ahora él tenía dinero y ella no. Y nunca sabría si Cami lo quería a él o a la riqueza que había perdido. No se arriesgaría de nuevo a pedirle que se casara con él. Ella lo sabía.
Estaba tan enfrascada en sus pensamientos, que no oyó sonar el teléfono hasta que la doncella fue a decirle que era para ella. Desolgó el aparato que había junto al sofá preguntándose si sería Coco.
¿Diga? murmuró vacilante.
Hola contestó Benja con voz aterciopelada. ¿Qué estás haciendo?
Tra-trabajando en la presentación de la campaña balbució ella.
No pareces muy segura de ti misma comentó él . Si ni tú misma crees en tu talento, ¿cómo esperas que crea yo, cariño?
Confío en la agencia repuso ella. Los dedos le temblaban sobre el cable del teléfono. Es solo que... no esperaba tu llamada.
¿Ni siquiera después de lo que ha pasado esta mañana? preguntó él suavemente, y se echó a reír. Tengo unos cuantos arañazos en la espalda por tu culpa.
Ella sintió que se ponía colorada y recordó que le había clavado las uñas ávidamente.
La culpa también es tuya musitó sonriendo. No solo mía.
Eres una brujita rió él . Ven a la oficina a las once y media. Te invito a comer.
Me encantaría dijo ella suavemente.
A mí hay algo que me gustaría aún más dijo él suavemente.
Eres un obseso bromeó ella sintiéndose un tanto desconcertada al oírlo hablar así.
Solo con usted, señorita Bordonaba. Tienes un cuerpo tan delicioso...
¡Benja!
No te preocupes, no tengo pinchado el teléfono rió él . Y mi despacho está insonorizado.
¿Por qué? preguntó ella sin pensarlo.
Para que el resto del personal no oiga los gritos de mi secretaria cuando le pego dijo él con naturalidad.
Ella rompió a reír.
¿Tratas así a todos tus empleados?
Solo cuando no hacen lo que les digo respondió él. No te retrases. Voy a hacerte un hueco entre una reunión de la junta directiva y un almuerzo del club cívico.
¿Un almuerzo? preguntó ella. Pero, ¿no íbamos a comer juntos?
En el almuerzo tomaré café y les diré que estoy a dieta.
Nadie te creerá murmuró ella. Estás muy delgado.
Ah, así que, ¿te has fijado en mí?
Eres muy atractivo musitó ella sintiendo de nuevo que se ponía colorada.
Se oyó un suspiro de satisfacción al otro lado de la línea.
A las once y media, no lo olvides dijo Benja.
No lo olvidaré prometió ella y colgó.
Cami nunca había entrado en aquel edificio. Era un rascacielos altísimo e impresionante, situado en el centro de Victoria. Frente a la entrada había un jardín y una fuente y, en el vestíbulo, grandes árboles plantados en maceteros. El despacho de Benja estaba en el quinto piso. Cami subió en ascensor y cruzó la larga y lujosa alfombra de color crema que llevaba a la mesa maciza de su secretaria.
¿Está Benja... digo, el señor Rojas? preguntó nerviosa.
La secretaria, una morena alta con los ojos azules, le sonrió.
¿No oye los rugidos? Susurró ella en tono conspirador, señalando con la cabeza hacia la puerta del despacho, a través de la cual se oía amortiguada la voz profunda y furiosa de Benja. Un gran contrato inmobiliario se ha complicado en el último minuto y Rojas está intentando resolver el lío. Lleva así toda la mañana. Lo siento, no quiero asustarla. Pero, ¿de veras quiere verlo? acabó enarcando las cejas.
Oh, sí, soy muy valiente contestó Cami con una leve sonrisa.
Ángela, tráeme el archivo de la Bronson Corporation gritó Benjamín por el intercomunicador. Y avísame en cuanto llegue la señorita Bordonaba.
Ángela miró a Cami Esta asintió y la secretaria dijo apretando el botón del intercomunicador
Ya está aquí. ¿La hago pasar ya, o crees que necesitará una armadura?
No te pases, Ángela dijo él.
Cami entró tímidamente en el despacho. Tenía el corazón acelerado y una mirada incierta. Benja parecía el mismo de siempre. Su expresión era tan dura como siempre y sus ojos no dejaron entrever ninguna emoción al recorrerla desde el cuello de pico de su vestido de color ámbar hasta la falda ceñida, las largas piernas bronceadas y los pequeños pies enfundados en sandalias de tiras de color beige. Sin embargo, para Cami la noche anterior había significado un cambio de rumbo, y se preguntaba si Benja sentiría tanta indiferencia como aparentaba. Si lo ocurrido la noche anterior no lo había afectado, ¿volvería a su antiguo antagonismo y seguiría ofendiéndola, como hacía antes? Cami apretó con fuerza el bolso entre las manos. La secretaria le sonrió, le guiñó un ojo y cerró la puerta al salir.
Benja llevaba un traje marrón oscuro, una camisa de color chocolate a rayas y una corbata a juego. Tenía el pelo rubio ligeramente revuelto, como si acabara de pasarse con descuido la mano por él. Era tan atractivo, tan viril, que Cami deseó extender la mano y tocarlo; aquel deseo la asustó.
¿Ya estás pensando en huir? preguntó él suavemente.
Ella se encogió de hombros y sonrió vacilante.
Tu secretaria parecía creer que necesitaba un escudo.
No, tú no necesitas ningún escudo, pero los demás sí se levantó y rodeó la mesa con paso lento y elegante, sin dejar de mirarla, hasta que estuvo frente a ella.
Hola musitó Cami mirándolo a los ojos, inquieta.
Él apoyó las manos en la puerta, a ambos lados de ella, arrinconándola. Estaba tan cerca, que Cami podía sentir el calor de su cuerpo alto y musculoso y el olor denso de su carísima colonia.
Hola murmuró él, y algo nuevo apareció en sus ojos. Algo que Cami no se atrevió a definir. Atracción, sí. Quizá incluso pasión. Pero había también algo más en aquella mirada plateada, y Cami ignoraba qué era exactamente.
Él inclinó la cabeza y la besó suavemente en los labios. Luego se retiró un poco para mirarla.
Aunque solo sea por una vez murmuró él, ¿por qué no me besas tú?
Ella contuvo el aliento al pensarlo. La tentación era irresistible. Apretó el bolso con una mano y con la otra se agarró a la manga de la camisa de Benja. Se puso de puntillas y apretó suavemente los labios contra los de él. Benja le mordió ligeramente el labio inferior.
Ya sabes lo que me gusta murmuró él casi sin aliento.
Cami lo sabía y, casi sin esfuerzo consciente, le rodeó el cuello con los brazos y le lamió la boca. Él abrió los labios cincelados dejando que la punta de la lengua de Cami trazara levemente la larga curva de su boca Ella sintió contra su pecho el pesado redoblar de su corazón y oyó la aspereza de su aliento.
¿Así, Benja? musitó contra su boca.
Así respondió él en un susurro, apretándola contra la puerta de madera. La besó con ansia, tomando el control. Su ansia parecía casi tangible en el tenso y ardiente silencio que siguió.
Un suave gemido escapó de la garganta de Cami. Su cerebro, su cuerpo, ardían de pasión. Sintió que los poderosos músculos de Benjamin se contraían y que su cuerpo ardía apretándose contra ella.
Él se apartó un instante y miró desde su altura el rostro sonrojado de Camila, sus ojos enturbiados por el deseo.
Ahora ya lo sabes murmuró con voz ronca.
¿El qué? preguntó ella, sorprendida.
Por qué la habitación está insonorizadarió él suavemente. Cami se sonrojó y miró su cuello fuerte y moreno. Qué ruiditos tan dulces haces cuando te hago el amor
musitó él contra su frente . Me gusta estar contigo, Cami. Ya no te comportas como una virgen temerosa. Ya no das un respingo cuando te toco. Y eso me gusta.
¡Si supiera la verdad!, pensó ella sintiendo una punzada de pena. Ella solo sabía lo que había aprendido con él.
Benja miró el fino reloj de oro que llevaba en la muñeca.
Será mejor que nos vayamos si no quieres que te deje a la mitad del primer plato. Solo dispongo de una hora.
¿Estás seguro de que quieres...? comenzó a decir ella.
Él se inclinó y la besó con fuerza.
Estoy seguro. ¿Tienes apetito? Ella sonrió tímidamente.
Me muero de hambre murmuró.
El se echó a reír y miró su boca suave, levemente hinchada.
Qué cosas dices dijo, y se echó a reír al ver su expresión de asombro. Venga, cariño, Vámonos.
¡El carmín! exclamó ella mientras él abría la puerta.
Benja observó su boca.
No te hace falta dijo. Estás muy guapa sin toda esa pintura.
No me refería a eso contestó ella mirándolo. Tienes toda la cara manchada.
Él se sacó el pañuelo del bolsillo, se lo dio y se quedó quieto, mirándola intensamente mientras ella le limpiaba los labios y las mejillas.
Ya está murmuró ella devolviéndole el pañuelo manchado de carmín. Tu secreto está a salvo conmigo.
Él se echó a reír.
Eres terrible. ¿Qué te hace pensar que es un secreto?
No querías que te vieran manchado de carmín le recordó ella. Debería haberte dejado salir así. Quizá a tu secretaria le hubiera servido de inspiración.
Ella no me besa contestó Benjamin. Cami procuró que no se le notara el alivio que sintió de repente.
Es muy bonita dijo.
Su novio es cinturón negro de kárate y dirige un prestigioso periódico dijo él. Ella no pudo contener una sonrisa.
Ah.
¿Estás celosa, Cami? preguntó él abriéndole la puerta.
Tanto, que estaría dispuesta a matar musitó ella, coqueta, saliendo a la sala de espera antes de que él tuviera tiempo de contestar.
Benja la llevó a un lujoso restaurante con moqueta de color burdeos, manteles de hilo blanco y sillas con las patas como las de los caballos, tapizadas de cuero auténtico. Ella pidió una ensalada del chef, adelantándose a Benja, que parecía dispuesto a pedir por los dos. Él le lanzó una mirada penetrante mientras pedía un filete con patatas.
Soy una mujer moderna le recordó ella sonriendo cuando la camarera se alejó. Benja la miró fijamente. Se echó hacia atrás, encendió un cigarrillo y exhaló una densa nube de humo.
Y yo un hombre moderno. ¿Y qué? preguntó él.
Benja se echó a reír y comenzó a juguetear nerviosa con la copa del agua.
Pensaba que te habías enfadado porque no te he dejado pedir por los dos.
Cariño, en mi opinión, las mujeres están más guapas con falda que con pantalones, pero soy el primero en reconocer que en cuanto a lo demás son tan capaces como los hombres.
Ella lo miró con asombro.
No sabía que pensabas así.
Te lo dije una vez, Cami. Tú en realidad no me conoces comentó él tranquilamente.
Eso parece ella agarró con fuerza la copa. ¿Me dejas que te explique por qué creo que nuestra agencia de publicidad puede encargarse de esa inversión en Florida? preguntó.
Él hizo rodar el cigarrillo entre los dedos.
Adelante.
Está bien ella se inclinó hacia delante apoyándose en los antebrazos, y observó cómo jugaba la luz con su pelo negro . Estáis construyendo una urbanización en el interior de Florida. No da al océano ni al golfo. Ni siquiera está junto a un río. Sin embargo, está cerca de un gran lago, en una zona muy pintoresca del centro de Florida, rodeada de plantaciones de cítricos y de ranchos ganaderos. La campaña podría basarse en el concepto de retiro. La localización es perfecta continuó, notando que él parecía cada vez más interesado. Hay paz y tranquilidad, y en los alrededores no hay hoteles ni urbanizaciones para turistas que atraigan a hordas de visitantes cada año. Como el complejo va a tener un centro comercial y jardines, será literalmente una pequeña ciudad. La gente se va a Arizona e incluso más al oeste de Texas en busca de sol y tranquilidad. ¿Por qué no venderles paz y belleza natural? Él frunció los labios.