| ESCANDALO EN PRIMAVERA CAP 23December 27 2008 at 3:48 PM No score for this post | anonimo (no login) |
| Hola mis nenas, FELIZ NAVIDAD!! se que fui mala la ultima vez, pero prometi volver pronto y aqui me teneis. este capi es muy interesante. y el proximo tambien. espero q nadie se me pierda je je. intentaré poner el proximo lo antes posible. bss mis nenas lindas.
ESTA ES UNA ADAPTACION DEL LIBRO DE LISA KLEYPAS: ESCANDALO EN PRIMAVERA
CAPITULO 23
Franco volvió a la semiinconsciencia y notó que alguien tiraba de él de los brazos y hacia arriba. Se oyeron voces. Unos hombres hablaban a gritos y una mujer soltó un chillido. Franco parpadeó para aclarar su visión, pero sus ojos no dejaban de lagrimear a causa del dolor que sentía en la cabeza. De repente, un aro metálico y pesado aprisionó una de sus muñecas. Franco se dio cuenta de que eran esposas y el espantoso y familiar contacto de éstas en la piel le produjo una sensación de pánico.
De forma gradual, las voces se fueron haciendo más reconocibles y Franco percibió la furiosa voz del conde:
-¿Se atreve a entrar en mi casa y atacar a uno de mis invitados? ¿Sabe quien soy yo? ¡Quíteselas ahora mismo o me encargaré de que los tres se pudran en la prisión de Newgate!
Y otra voz:
-¡No después de todos estos años! ¡No me arriesgaré a que se escape!
Quien había hablado ahora era el señor Sergio Bustamante, el patriarca de una adinerada familia de Nueva Inglaterra. El segundo hombre que Franco más despreciaba en el mundo, después de Javier, el hijo de Bustamante.
Era extraña la facilidad con que los sonidos o los olores lograban reavivar el pasado, por mucho que Franco deseara olvidarlo.
-¿Y dónde exactamente cree usted que va a escapar?- preguntó Felipe con acritud.
-Estoy autorizado a retener al fugitivo con el medio que yo elija. Usted no tiene derecho a protestar.
Decir que Felipe no estaba acostumbrado a que le dijeran que no tenía derecho a hacer algo, sería quedarse corto. Y uno se quedaría igual de corto si dijera que Felipe estaba furioso.
La violencia de la discusión superó la de la tormenta del exterior, pero Franco perdió el hilo de la misma cuando sintió un roce suave en el rostro. Se echó hacia atrás mientras oía la voz susurrante de Paloma:
-Tranquilo, estoy aquí contigo. No te muevas.
Paloma le secó la cara con un pañuelo y le apartó el cabello hacia atrás. Franco se sentó en una silla, apoyó las manos esposadas en el regazo y contempló a Paloma mientras reprimía un gemido de impotencia.
El rostro de Paloma estaba pálido pero se la veía tranquila. La tensión había encendido sus mejillas y el color escarlata de estas resaltaba con la palidez de su piel. Se arrodilló junto a la silla en la que Franco estaba sentado para examinar las esposas que lo aprisionaban. Un aro de hierro con un cerrojo rodeaba una de sus muñecas y estaba unido a otro aro más grande que utilizaría el agente de policía para llevárselo.
Franco levantó la cabeza y observó la estancia. En ella había dos fornidos agentes de la ley que se hallaban de pie y guardaban silencio mientras Sergio Bustamante, Felipe y Gino Riganti discutían acaloradamente.
Paloma estaba manipulando la cerradura de las esposas. El corazón de Franco le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que ella intentaba abrir la cerradura con una horquilla del pelo. La habilidad de las hermanas Riganti para abrir cerraduras era conocida y la habían desarrollado a lo largo de años de intentos frustrados, por parte de sus padres, de imponerles disciplinas. Sin embargo, en aquel momento a Paloma le temblaban mucho las manos y no conseguía dominar la cerradura para ella desconocida y por tanto, sus intentos eran inútiles.
Franco deseó poder librar a Paloma de aquella situación, de la miseria de su pasado, de él mismo.
-¡No!- exclamó Franco en voz baja-. No vale la pena. Paloma por favor
-¡Eh, usted!- exclamó uno de lo agentes al ver a Paloma-. ¡Aléjese del prisionero señorita!- Al ver que ella lo ignoraba, el agente avanzó hacia Paloma con las manos medio levantadas-. ¡Señorita, le he dicho que!
-¡No se atreva a tocarla!- rugió Allegra de forma tal que se hizo el silencio en la sala. Incluso Felipe y Bustamante se callaron de repente.
Allegra lanzó una mirada feroz al atónito policía y apartó con suavidad a Paloma.
-Antes de que den un solo paso hacia mí, les aconsejo que piensen en cómo repercutirá en sus carreras el hecho de que hayan maltratado a la condesa de Colombo en su propia casa- amenazó Allegra a los agentes.
Allegra extrajo una horquilla de su cabello y ocupó el lugar de Paloma frente a Franco. En cuestión de segundos, la cerradura se abrió y Franco quedó liberado.
Antes de que él pudiera darle las gracias, Allegra se incorporó y siguió gritando a los agentes.
-¡Menudo par están hechos ustedes! ¡Mira que aceptar órdenes de un norteamericano maleducado e insultar a quienes les han dado refugio de la tormenta! Esta claro que son ustedes demasiado cortos de entendederas para saber todo el apoyo político y financiero que mi esposo ha conseguido para el nuevo departamento de policía. Mi marido sólo tendría que levantar un dedo para que el ministro del Interior y el magistrado jefe de Bow Street fueran retirados de sus cargos en cuestión de días. De modo que si yo fuera ustedes
-Disculpe, milady, pero no tenemos otra opción- protestó uno de los agentes-. Nos han dado órdenes para que llevásemos al señor Rojas a Bow Street.
-¿Y quien es el señor Rojas? ¡Maldita sea!
El agente sorprendido por el vocabulario de la condesa respondió:
-Ese hombre.- Y señaló a Franco.
Franco al notar todas las miradas fijas en el adoptó una actitud inexpresiva. Paloma fue la primera en moverse. Cogió las tintineantes esposas del regazo de Franco y se dirigió a la puerta de la habitación, donde los sirvientes curiosos observaban la escena. Después de hablar con ellos brevemente, Paloma volvió sentarse junto a Franco.
-¡Y pensar que creía que esta tarde me aburriría!- exclamó Allegra secamente mientras cogía una silla y se sentaba al otro lado de Franco, como si ayudara a Paloma a defenderlo.
-¿Así es como te llamas, Franco Rojas?- pregunto Paloma a Franco con dulzura.
Él no podía contestar, pues al oír su verdadero nombre todos sus músculos se pusieron en tensión.
-¡Ese es su nombre!- chilló Sergio Bustamante.
Bustamante era uno de esos hombres cuya voz aguda no encaja con su porte altivo y majestuoso. A pesar de ello, Sergio era un hombre de apariencia y modales distinguidos, con una espesa mata de cabellos plateados. Se notaba a la legua que era del viejo Boston, con ropa de confección anticuada y un aire de confianza en sí mismo que sólo podría proceder de una familia que se enorgulleciera de un pasado lujoso. Sus ojos eran fríos y sin vida.
Bustamante se acercó a Felipe en un par de zancadas y agitó con brusquedad un montón de papeles en su rostro.
-¡He aquí la prueba de mi autoridad!- exclamó con malevolencia-. Aquí tiene una copia del requerimiento diplomático de arresto provisional refrendado por el secretario de estado norteamericano. Una copia emitida por el ministro del interior británico al magistrado jefe de Bow Street para que expida una orden de arresto contra Franco Rojas, alias Franco Fiztwalden. Copias de declaraciones juradas atestiguan que
-Señor Bustamante- lo interrumpió Felipe con una suave amenaza en la voz-, puede usted enterrarme aquí mismo en papeles desde peticiones de arresto a la Biblia Gutenberg, pero de ningún modo le entregaré a Franco.
-¡No tiene usted elección! ¡Es un criminal convicto que debe ser extraditado a Norteamérica pese a quien pese!
-¿Qué no tengo elección?- los ojos oscuros de Felipe se abrieron de golpe y su rostro enrojeció de furia-. ¡Jamás nadie había puesto a prueba mi paciencia como ahora! ¡La propiedad en la que usted se encuentra ha estado en posesión de mi familia durante cinco siglos, y en esta tierra y en esta casa yo soy la autoridad! Ahora, haga el favor de contarme, con tanta deferencia como pueda, qué queja tiene usted contra Franco.
Lord Colombo enfurecido era una visión impresionante. Franco dudaba que, ni siquiera Sergio Bustamante, quien era amigo de presidentes y hombres influyentes, se hubiera topado nunca con un hombre con una capacidad de mando natural.
Bustamante no miró a Franco mientras hablaba, como si sintiera repulsión hacia él.
-Todos ustedes conocen al hombre ahí sentado con el nombre de Franco Fiztwalden. Ese hombre ha engañado y traicionado a todas las personas que se han cruzado en su vida. El mundo estará mucho mejor cunado lo hayamos exterminado como a tantas alimañas. Ese día
-Disculpe caballero- lo interrumpió Paloma con una amabilidad que rozaba la burla-, pero para empezar, yo preferiría oír la versión sin adornos. No tengo ningún interés en saber su opinión acerca del carácter del señor Fiztwalden.
-Su apellido es Rojas, no Fiztwalden- replicó Sergio-. Y es hijo de un borracho irlandés. Su madre murió en el parto y a él lo llevaron al orfanato de Charles River. Yo tuve la desgracia de conocerlo cuando tenía once años, el día que lo compré para que fuera el compañero y ayuda de cámara de mi hijo Javier.
-¿Qué usted lo compró?- repitió indignada Paloma-. No sabía que los huérfanos podían comprarse y venderse.
-Entonces digamos que lo alquilé- contestó Sergio mientras desviaba la vista hacia ella-. ¿Quién es usted, descarada señorita, que se atreve a interrumpir a sus mayores?- Como siempre le ocurría a Paloma que, debido a su pequeño cuerpo, le adjudicaban menos edad de la que realmente tenía.
De repente Gino Riganti intervino en la discusión con gran enojo en defensa de su hija.
-¡Ella es mi hija! ¡Es mayor de edad y puede hablar cuando quiera!- bramó.
Paloma estaba tan sorprendida al oír a su padre defenderla que tan solo le sonrió en agradecimiento. Luego volvió a dirigirse hacia el señor Bustamante.
-¿Durante cuanto tiempo trabajó el señor Rojas para usted?- preguntó Paloma
-Durante siete años. Él se ocupaba de mi hijo Javier mientras estudiaba en el internado. Le hacía recados, cuidaba sus efectos personales y venía a casa con él durante las vacaciones.
Sergio miró a Franco y un sentimiento inculpatorio nubló sus ojos. Ahora que su presa no escaparía, parte de su furia se convirtió en sombría resolución. Bustamante parecía haber transportado una pesada carga durante demasiado tiempo. Continuó:
-Entonces no sabíamos que estábamos cobijando a una serpiente. Durante una de las vacaciones que Javier pasó en casa, desapareció una fortuna en dinero y joyas de la caja fuerte. Una de las joyas era un collar de diamantes que había pertenecido a los Bustamante durante siglos. El robo solo lo podía haber realizado alguien de la familia o algún sirviente de confianza con acceso a la llave de dicha caja. Todas las pruebas solo señalaban a una única persona: Franco Rojas.
Franco permanecí sentado y en silencio. Por fuera calmado y por dentro hirviendo en rabia pero sabía que no conseguiría nada protestando.
-¿Cómo sabe que la caja no la abrió un ladrón con una ganzúa?- preguntó Allegra con frialdad.
-La caja tenía un sistema antirrobo- explicó Sergio-, el cual interrumpe el proceso de apertura si alguien manipula las clavijas con una ganzúa. Sólo podía abrirse con una llave reguladora o con la llave original. Y Rojas sabía dónde guardábamos la llave. De vez en cuando, lo enviábamos a sacar dinero u objetos personales de la caja.
-¡Franco no es un ladrón!- exclamó Paloma con brusquedad. Ella salió en defensa de su prometido antes de que él mismo pudiera defenderse-. ¡Él no es capaz de robar nada a nadie!
-Un jurado de doce hombres afirmó lo contrario- bramó Bustamante con furia-. Rojas fue declarado culpable de robo y sentenciado a una pena de quince años en prisión, pero escapó antes de que lo ingresaran y desapareció.
Franco pensó que, tras oír eso, Paloma se alejaría de él, pero le sorprendió ver que se levantaba y se ponía de pie a su lado. Franco notó la leve presión de sus manos en el hombro. Él no respondió a su gesto de una forma evidente, pero todos sus sentidos absorbieron con ansia el tacto de sus dedos.
-¡Cómo me ha encontrado?- preguntó Franco con voz áspera mientras realizaba un gran esfuerzo para mirar la desagradable cara de Bustamante. El tiempo había hecho mella en su rostro acentuando sus prominentes huesos.
-Contraté a varios hombres que llevan años buscándolo- respondió Sergio con un deje desdeñoso y melodramático excesivo-. Sabía que no podía permanecer escondido para siempre. Descubrí que alguien había realizado una cuantiosa donación anónima al orfanato Charles River y sospeché que usted estaba detrás de aquello, pero me fue imposible destruir la fachada que había creado a base de abogados y empresas falsas. Entonces recordé que su padre aún vivía y que seguramente usted habría querido encontrarlo. Su padre lo abandonó siendo un bebe y seguimos su pista hasta encontrarlo. No fue una sorpresa para mi ver que seguía siendo el mismo borrachazo de cuando lo conocí y con tan solo unos cuantos tragos gratis nos contó todo sobre usted: su nombre falso, su dirección en Nueva Yorksu padre lo vendió por un litro de vino.- añadió con desprecio.
Franco contuvo la respiración. Era cierto que había encontrado a su padre y que de forma imprudente había decidido a confiar en él. La necesidad de estar conectado a alguien había sido muy fuerte. Su padre era un autentico desastre y por desgracia, Franco apenas pudo hacer nada por él excepto buscarle un lugar donde vivir y pagar su manutención.
Siempre que Franco conseguía realizar una escapada para visitarlo en secreto, lo encontraba rodeado de botellas vacías.
-si alguna vez me necesitas- le había dicho a su padre mientras le daba un papel-, envía a alguien a buscarme a esta dirección. No se lo digas a nadie ¿comprendes?
Su padre en cambio solo asintió como un niño sin comprender demasiado. Si alguna vez me necesitas Franco había estado desesperado porque alguien lo necesitara. Y este era el precio de su debilidad.
-Fiztwalden, ¿las acusaciones de Bustamante son ciertas?- preguntó Gino Riganti en un tono con cierto matiz de suplica que atenuaba su habitual tono autoritario.
-No del todo.
Franco miró con cautela a su alrededor. Esperaba ver acusación miedo y rabia en los rostros que lo rodeaban, pero no fue así. Incluso juraría que Marilyn Riganti, que no era una mujer compasiva, lo miraba con bondad.
De repente, Franco se dio cuenta de que su situación en aquel instante era muy diferente a la que había vivido años atrás, donde solo tenía su verdad para defenderse, lo cual le había servido de poco. Ahora tenía dinero e influencias propios y aliados poderosos. Y sobre todo tenía a Paloma quien aun estaba a su lado. Y el contacto de su mano le daba la fuerza para enfrentarse a todo.
Franco se encontró con la mirada acusadora de Sergio Bustamante y entrecerró los ojos, desafiante. Le gustara o no, Bustamante iba a escuchar la verdad sobre aquel asunto.
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| | Autor | Reply | Anonimo (no login) | Re: ESCANDALO EN PRIMAVERA CAP 23No score for this post | December 27 2008, 4:47 PM |
Dios!Qe mala eres!No lo puedes dejar asin,qe me muero de gansa de saber qe pasa!!Esta muy,pero qe muy interesante siguela cuanto antes xfas!!
Besos =D |
| noelia_camila (no login) | Re: ESCANDALO EN PRIMAVERA CAP 23No score for this post | December 28 2008, 5:33 PM |
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