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LA FURIA DEL AMOR CAPS 30,31 Y 32!!

February 21 2009 at 10:50 AM
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Capitulo 30
Los huéspedes empezaron a llegar. Nadie esperaba que el rey Sergio asistiera, por eso fue una sorpresa cuando su numerosa comitiva fue avistada acercándose a Shefford cinco días antes de la boda.
Tener al rey de Inglaterra como huésped podía considerarse un honor o un desastre. Si sólo permanecía un día o dos, era un honor. Si se quedaba más, casi siempre aparejaba un desastre, porque acababa con casi todas las provisiones y el castillo se enfrentaba a dificultades para alimentar a su propia gente hasta la siguiente cosecha.
Que Sergio se quedara cinco días en Shefford, tal vez más, debido a su temprana llegada, podía suponer una auténtica ruina en una heredad como Shefford; máxime si el conde no lo había previsto y no había hecho acopio de víveres de los que echar mano. Habían llegado provisiones en barco desde lugares tan lejanos como Londres, y sus muchos vasallos también habían contribuido con sus reservas.
Los cazadores y halconeros del castillo habían estado muy ocupados las semanas anteriores, y las despensas de la cocina estaban llenas de carnes ahumadas y salazones. Habría comida más que suficiente. El único problema es que habría que servir carne en abundancia para impresionar a alguien de la alcurnia de Sergio.
Con tal fin, lady Sol tendría que recurrir a sus preciosas reservas de especies más de lo que había planeado, aunque eso no le disgustaba. Su marido quizá lamentaría la visita del rey, pero ella estaba encantada porque con el rey, viajaban las damas de más categoría del reino, incluida la reina, y habría cotilleos y diversión.
A Camila tal vez le hubiera encantado conocer al rey, si no fuera porque la inminencia de la boda la tenía sumida en el pánico. Y el hecho de que su padre no hubiera llegado aún, y ni siquiera hubiera mandado aviso de cuándo pensaba hacerlo, no hacía más que aumentar su nerviosismo.
Temía que no tuviera intención de asistir a la boda. Le había dado un mes de plazo, aunque a regañadientes, confiando en que bastaría para que ella cambiara de opinión respecto a Benjamin. Sin embargo, si no asistía, su razonamiento sería que ella ya estaba allá y el novio también, los padres del novio no verían razón alguna para que no se celebrara la boda. Al fin y al cabo era lo que todo el mundo deseaba, bueno, todo el mundo excepto ella... y él.
La verdad es que ya no estaba muy segura de qué quería el novio. No sabía qué pensar después de que esa noche casi le hiciera el amor en la habitación de sus padres. Eso hubiera terminado con toda esperanza de evitar su unión.
Ella lo sabía. Él también debía de tenerlo presente. Además, antes también se había comportado como si estuviera completamente resignado a tomarla por esposa.
Puede que aún deseara que las cosas fueran de otro modo, pero era obvio que había renunciado a esperar que algo pudiera cambiarlas. Él podía permitirse la rendición. Al fin y al cabo, el matrimonio no impedía que el esposo buscara el amor, o la felicidad, en otras partes. Sin embargo, la esposa no podía hacer lo mismo si no quería arriesgarse a que la mataran en un ataque de celos o que la emparedaran en una torre por el resto de sus días, y no estaba claro qué era preferible.
La esposa no tenía elección. El esposo tenía tantas como él se procurara.
Una razón más que ratificaba a Camila en su desprecio del cuerpo de mujer que le había tocado en suerte.
La llegada de Sergio despertó de nuevo esas reflexiones en ella. Peor aún, cuando la comitiva de Sergio cruzó el rastrillo, ese mismo día, Paloma señaló que la presencia del rey casi hacía obligatoria la boda. ¿No había ido para asistir a una boda? No celebrarla a esas alturas... ¿Cómo explicárselo sin que una de las dos familias quedara en el ridículo más espantoso ante el país entero? ¿Sería Camila capaz de hacerle esto a su padre, o a lady Sol, a quien le había cogido tanto cariño? ¿Había otra alternativa? Aceptar al bruto aquel.
Aceptar que, en lo sucesivo, toda su distracción consistiría en convivir con un marido que hallaba placer en contradecirla. No, no podía. Tenía que existir una forma de escapar a los grilletes que la estaban esperando.
Esa misma noche, antes de la cena, presentaron oficialmente a Camila a la pareja real. Paloma supervisó personalmente que se vistiera de un modo acorde a la ocasión. La incómoda cotardía y la camisola de rico terciopelo azul real que llevaba eran tan pesadas como la amenaza que se cernía sobre sus hombros. Además, la reina elogió la belleza de ambas -presentaron a las dos hermanas juntas- y al menos eso halagó a Paloma.
La reina era de una belleza imponente. Se rumoreaba que era una mujer de una belleza sin par, y descubrir que el rumor era cierto era desconcertante y dejó a mucha gente boquiabierta, pasmada ante su lozanía. Incluso Camila, que no reparaba en ese tipo de cosas, se mostró impresionada. Aunque también la impresionó el rey Sergio.
Para ser un hombre de mediana edad, Sergio era aún muy apuesto, y carismático, con una sonrisa simpática y contagiosa que se dibujaba en sus labios a la menor ocasión. Resultaba difícil creer que tuviera a medio país en su contra. Aunque, claro, en esa mitad no se contaban las mujeres, pues era bien sabido que Sergio resultaba irresistible al estamento femenino. Cabía preguntarse, sin embargo, si seguía siendo el mujeriego que había sido en su juventud, ahora que tenía una mujer tan adorable.
Para su desgracia, Camila iba a tener ocasión de descubrirlo por sí misma ya que, esa misma noche, uno de los sirvientes de Sergio la buscó para llevarla ante el rey. El pretexto, por más que innecesario porque nadie discute ni se niega a acatar las órdenes reales, fue que la pareja real deseaba felicitarla en privado por su brillante casamiento. Dado que Camila consideraba que su casamiento lo era todo menos brillante, estaba comprensiblemente contrariada cuando siguió al criado hasta la cámara del rey.
Paloma, conocedora de sus sentimientos aunque no se los hubiera transmitido, la conminó a que se mostrara como mínimo educada, y que tuviera en cuenta que la presencia de Sergio significaba que aprobaba su matrimonio. No es que fuese necesaria su aprobación, ya que Martin había mencionado que el mismo rey Ricardo había dado su bendición a la unión de las dos familias. A Camila la asistía el juicio necesario como para no ir a contarle sus reivindicaciones a alguien de la reputación de Sergio. Era un soberano de quien no cabía esperar que ayudara a nadie a menos que eso pudiera beneficiarse. Era tan conocido que no era necesario ser asiduo de la corte ni estar implicado en ninguna intriga real para haber oído hablar de ello.
Por otra parte,1a reina... A Camila le pasó por la cabeza contárselo todo en confianza. Ines era joven y parecía accesible. Si había alguien capaz de comprender su aversión a casarse con un hombre violento, ésa era Ines.
Con todo, Camila no estaba decidida a buscar la ayuda de la reina. Antes quería hablar con ella en privado, para ver si se mostraba al menos compasiva. Sabía que algunas mujeres no lo eran.
Esperaba tener la oportunidad durante ese mismo encuentro aunque, cuando la hicieron pasar a la cámara, vio que Ines no estaba ahí; al menos todavía no. No obstante, no le dio importancia, a pesar de que la puerta se cerró firmemente a sus espaldas. O la reina tardaba en presentarse, o el criado había ido en busca de Camila demasiado temprano.
Sergio sí estaba. Resultaba extraño ver a un rey sin su séquito de sirvientes y lores rodeándole. Llevaba una túnica sencilla, larga y atada a la cintura. Se había bañado y perfumado, y toda la habitación olía agradablemente.
Los braseros que habían encendido en los rincones la habían caldeado más que suficiente. No se repara en gastos cuando se trata de la comodidad de un rey, de eso estaba segura, aunque hubiera que malgastar el precioso carbón.
Sergio estaba sentado en una silla de respaldo alto, parecida a un trono, con la madera torneada e incrustaciones de plata, en medio de la habitación.
Estaba bebiendo algo que le habían servido en un cáliz adornado con piedras preciosas y observaba a Camila por encima de su borde enjoyado, sin duda otro objeto que procedía de su tesorería. Un rey no tenía por qué renunciar a los lujos de palacio aunque viajara por su reino.
Camila lo contempló en silencio. Sin embargo, el silencio y la mirada del rey se mantuvieron durante tanto rato que empezaron a hacérsele un tanto incómodos. Tal vez fuera su costumbre, pero para quien no estaba habituado constituía casi una descortesía.
Estaba a punto de romper el silencio cuando el rey dijo: -Acércate, niña. Vamos a observarte más atentamente a esta luz.
La habitación estaba bien iluminada. Debía de tener la vista menos aguda que antes. Aunque ella no se lo iba a comentar, claro; puede que fuera muy sensible a las observaciones sobre su edad. Camila obedeció y se acercó a su silla.
Cuando la tuvo en pie ante él, Sergio la miró con mayor detenimiento, en realidad la repasó de la cabeza a los pies. Tal vez esa costumbre le fuera muy útil cuando tenía que tratar con sus barones, porque los ponía nerviosos y los colocaba en una situación de desventaja. A Camila le pareció bastante molesto. Por eso se sintió aliviada cuando él rompió de nuevo el silencio, aunque hubiera preferido que fuera con otro terna, porque los cumplidos siempre la turbaban.
-Debía de haberme dicho lo bonita que eres -comentó Sergio.
-¿Quién debía habéroslo dicho? -preguntó ella.
En lugar de contestarle, el rey añadió crípticamente: -Aunque hay otras formas de conseguir el mismo objetivo, ¿verdad? Formas que, además, tienen el bien añadido de ser agradables.
-Me temo que no sé de qué habláis, alteza.
-Ven, siéntate aquí y te lo explicaré -replicó dándose unos golpecitos en el regazo.
-No tengo edad para sentarme en las rodillas de nadie -repuso Camila.
Él rió y sus ojos verdes chisporrotearon divertidos.
-Una mujer nunca es demasiado vieja para eso.
Quizá no fuera lo suficiente sofisticada para entender qué le divertía tanto.
Sólo sabía que no quería sentarse en su regazo.
Sergio era lo bastante viejo corno para ser su padre, y quería tratarla de un modo paternal, pero no le recordaba en absoluto a su padre. Su sonrisa era demasiado sensual. Y la miraba de un modo... del mismo modo que Benjamin, lo que la desconcertaba, considerando de quién se trataba.
No es que eso significara nada, claro. Estaba casado con una mujer increíblemente bella, el compendio de todo cuanto un hombre podría desear en una esposa. Sin duda debía de mirar así a todas las mujeres, corno si todas hubieran sido creadas para su disfrute personal. Seguramente era lo que pensaba hasta que Ines llegó a su vida; al menos su reputación así lo acreditaba.
Así que ignoró su última sugerencia y le recordó el motivo por el que había sido llamada ante su presencia.
-Se ha hecho tarde, alteza. Si tenéis algo que decirme, os ruego me lo digáis ya para que pueda irme a la cama.
Sergio dirigió la mirada hacia su propia cama y luego volvió a observarla a ella, que le miraba fijamente. Él frunció el entrecejo.
-¿Eres tan inocente corno pareces, chica?
Ella también frunció el entrecejo.
-¿Inocente en qué sentido?
-¿Amas a Benjamin de Thorpe?
La pregunta fue inesperada y dio un cambio brusco a sus pensamientos. No había considerado la posibilidad de sincerarse con él pero si, por el motivo que fuera, estaba dispuesto a escuchar sus reivindicaciones, ella no iba a guardárselas. Por eso contestó:
-No; debo reconocer que no le amo.
-Excelente -dijo él para mayor confusión de ella, con una sonrisa encantadora. Y aún la desconcertó más cuando añadió-:Entonces no te importará que te repudie.
-Ya me gustaría, pero al parecer se ha resignado a nuestra unión -respondió ella con un suspiro.
-Porque aún no ha tenido un motivo para hacerlo. Aunque vamos a encontrarle solución rápidamente. Me complace que podamos beneficiamos ambos de esta solución.
-¿Qué solución?
Él se levantó con presteza.
-Ven, la respuesta es más que obvia -dijo, y la cogió de los hombros para conducirla hacia la cama.
Efectivamente, la respuesta era obvia a esas alturas, pero Camila no estaba dispuesta a llegar tan lejos para darle a Benjamin una razón válida para repudiarla. Además, estaba perpleja. El rey la había llamado a su presencia para llevarla a la cama. Por eso no estaba la reina. ¿Y quién si no un rey pensaría que podía hacerlo sin que ella rechistara?
No obstante, la había subestimado. Camila no era una criatura tímida que se arredrara ante el poder. Que fuera un rey, y además su rey, podía marcar la diferencia en opinión de Sergio, pero no en la suya. .
Tuvo presente la advertencia de Paloma y se contuvo de reaccionar como lo hubiera hecho ante cualquier otro que la hubiera ofendido de esa manera. Se paró en seco y no dio un paso más. Él también se detuvo. Y, aunque no soltó sus hombros, le dirigió una mirada interrogante.
Ella se esforzó en que su voz sonara tranquila y razonable, dadas las circunstancias.
-Os agradezco el ofrecimiento, alteza, pero he de rehusar.
El rey pareció sorprendido. Luego aparentó que iba a echarse a reír hasta que, al final, con voz jovial y divertida, le preguntó simplemente: -¿Y por qué deberías rehusar?
-No pretendo insultaros, ya que sois un hombre muy atractivo, pero no me siento atraída por vos. Sería como rebajarme a ser una puta, y no me tengo en tan baja estima.
-Tonterías -se burló él-. Tienes que confiar en mi juicio. Te hago un favor más grande de lo que imaginas. Y la vergüenza por la que tendrás que pasar será mínima. Yo me arriesgo a perder a un buen amigo en Shefford pero a ti te bastará con encontrar a otro marido, tal vez uno más de tu gusto. ¿No acabas de insinuar que eso quieres?
-Sí -respondió ella-. Pero encontraré otra forma de conseguirlo.
-¿Cuando yo te ofrezco los medios aquí y ahora? ¡Bah, ya basta de pamplinas! La decisión es mía, no tuya. Eso debería tranquilizarte la conciencia. -Y, mientras se lo decía, la empujó con más fuerza hacia la cama.
Al comprender que, contra sus propios deseos, el rey pretendía llevarla a la cama de todos modos, Camila se plantó. Había observado el entrenamiento de los caballeros las suficientes veces como para saber qué hacer ante una agresión, y estaba preparada para demostrarlo.
Él también debía de contar con su resistencia y, si ella intentaba apartarse, sólo conseguiría que la retuviera aún con más fuerza por los hombros. No era tan alto como Benjamin, aunque tenía la recia complexión de su padre y era lo bastante fuerte para sujetarla si decidía utilizar esa fuerza contra ella. .
Por eso Camila no hizo nada, dejó que él la condujera hasta la cama y esperó hasta que se volviera para meterla en el lecho. Lo hizo como ella esperaba, y entonces ella le pegó una patada en la espinilla.
El golpe sonó muy fuerte, le había dado directamente en el hueso con la puntera de sus botas. El grito del rey aún fue más fuerte, pero se calló en seco, sorprendido, cuando ella le dio un empujón que lo mandó directo a la cama.
A continuación, Camila salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras como alma que lleva el diablo, cruzó el salón y la torre que conducía a su habitación a toda prisa y no se detuvo hasta que cerró la puerta tras de sí y la atrancó con una barra de hierro. Sin embargo, no le bastó con eso y puso también algunos baúles contra la puerta. El corazón le latía desbocadamente.
Paloma se había dormido, aunque había dejado una vela encendida para ella. Utilizó su débil luz para buscar su arco y sus flechas y se sentó temblando en el borde de la cama con una flecha dispuesta y unas cuantas más a mano.
El primer hombre que cruzara la puerta no iba a vivir para contarlo.
Pasó buena parte de la noche sentada ahí, esperando, mientras Paloma dormía plácidamente, ignorante del nuevo problema al que se enfrentaba su hermana. ¡Y vaya un problema! Sergio aún no había mandado a sus guardias a matarla, pero nadie ataca a un rey sin pagar con sangre por ello.
Pasaron horas antes de que su respiración se tranquilizara. Aunque su angustia no había disminuido en absoluto.



Capitulo 31
-¿A quién pretendías impedirle la entrada ayer por la noche? ¿O es que pretendías que no saliera de aquí sin haber hablado contigo esta mañana? Paloma bromeó con su hermana mientras la sacudía para despertarla. No había reparado en el arco, que había quedado cubierto por la manta. Sólo había visto los baúles apilados contra la puerta.
A Camila la sorprendió que hubiera podido quedarse dormida, pero recordaba vagamente haberse arrebujado bajo las mantas porque estaba muerta de frío y haber apoyado la cabeza en la almohada para lo que creyó que serían unos minutos.
Se despertó de golpe y recordó instantáneamente todo lo ocurrido, incluido el terror. Era verdad, le había pegado una patada en la espinilla al rey y le había empujado.
Se preguntó cuál de las dos cosas consideraría él más insultante, y por cuál de las dos exigiría un castigo más duro.
Antes de contárselo a su hermana murmuró en voz baja: -Tengo que irme.
-¿Irte de dónde?
-De Shefford.
Paloma frunció el entrecejo, desconcertada.
-¿Ocurrió algo con el rey que yo debería saber?
-Sólo que quiere matarme. Lo único que no sé es si es un secreto o lo va a hacer público.
-¿Qué hiciste? -balbuceó Paloma.
Camila apartó las mantas para que Paloma viera que se había acostado vestida, que ni siquiera se había quitado las botas. Entonces fue cuando su hermana vio el arco y se le pusieron unos ojos como platos.
-No se trata tanto de lo que hice yo sino de lo que hizo él, pues me forzó a hacer lo que hice.
-¿Qué hiciste? -repitió Paloma, lívida.
-Hice lo que tenía que hacer para quitármelo de encima, Paloma. Por más rey que sea, eso no significa que tenga que irme a la cama con él, que es para lo que me llamó ante su presencia.
Paloma la miró con los ojos muy abiertos.
-¿El rey Sergio intentó acostarse contigo? ¿Nuestro rey Sergio? -Yo misma no acabo de creérmelo, máxime cuando se dice que adora a su mujer, y además ella está también aquí.
-¿ Se dejó llevar.., por la pasión? -preguntó Paloma en un intento por explicar lo ocurrido-. ¿Se encegueció acaso?
-No te esfuerces por justificarle. No me engaño hasta el punto de creer que soy tan irresistible como para cegar a alguien. Lo planeó todo. Por eso me mandó llamar.
-Entonces ¿por qué lo hizo? Camila no supo responder a esa pregunta.
Sergio dijo que sería en beneficio de ambos. En ese momento ella creyó que se refería a que ella se beneficiaría de no tener que casarse con Benjamin, y de que él se beneficiaría del placer que obtendría en la cama, pero... ¿y si se refería a otra cosa? ¿En qué otro sentido podía beneficiarle impedir la unión de las dos familias?
Ella no veía otro motivo, aunque seguro que lo había. ¿Podía eso significar que Sergio estaba detrás de los atentados contra ella? No concebía que ella fuera tan importante como para que un rey se molestase en eliminarla, aunque comprendía que, a escala real, ningún rey dudaría en deshacerse de nada que obstaculizara la consecución de algún objetivo, por importante o insignificante que fuera ese obstáculo.
Con todo, fueran cuales fuesen los motivos que él había tenido, ahora eran otros. La clave de todo no estaba al alcance de Camila y sus suposiciones eran tan osadas que no quería repetírselas a nadie, ni a Paloma. Sólo añadió: -Dijo que darle a Benjamin un motivo para repudiarme sería una solución tanto para mí como para él mismo. Sergio no aprueba esta unión, Paloma, en absoluto. Sin embargo, ¿por qué no lo ha dicho, en lugar de recurrir a medios tan despreciables para desembarazarse de la prometida? Paloma reflexionó.
-Tal vez porque no se requirió su bendición para el matrimonio, ya que su hermano ya la había dado.
-O tal vez porque está demasiado acostumbrado a actuar de un modo solapado -añadió Camila con aversión.
-Bueno, eso también. Aunque supongo que el hecho de que nadie le pidiera su permiso pudo hacerle sentir despreciado y por eso vino aquí con la intención de estropearlo todo sin reconocer que se sentía insultado, porque es una nimiedad.
Camila asintió. Ésa era otra posibilidad. Pero ¿qué importaba ahora todo eso, cuando el mal ya estaba hecho? Podía seguir ordenando que la mataran, quizá ya lo había hecho. Al salir de la habitación, igual se tropezaría con alguno de sus sirvientes, que estaban al acecho esperando encontrarla a solas. Hoy. O mañana. Cuando menos lo esperara. Tenía que marcharse, irse a un lugar donde él no pudiera encontrarla. Ya no tenía otra opción.
-¿Le heriste de gravedad? -se le ocurrió preguntar a Paloma.
-Más en su orgullo que en su físico, pero más que suficiente para que quiera castigarme.
-Pero si ordena tu muerte tendrá que admitir lo que pretendió hacer.
-No si lo mantiene en secreto. Por eso tengo que marcharme, ocultarme de él.
-Pero ¿dónde?
-En Clydon. Lo había pensado incluso antes de que ocurriera todo esto, porque padre no ha llegado, no sabemos nada de él, y mucho me temo que no tiene ninguna intención de venir. Así que iré a verle con Jorge, y le contaré lo sucedido. No puede seguir insistiendo en lo del compromiso sabiendo que el rey está en contra.
-Pero eso no te protegerá de la ira de Sergio.
-Puede que sí, puede que no -replicó Camila, especulando-. Tal vez esté dispuesto a olvidar lo ocurrido si me caso con otro hombre, que es lo que él desea. Ésa es mi única esperanza.
Paloma sacudió la cabeza.
-Pues yo creo que deberías contárselo todo a lord Javier.
-¿Y ponerle en pie de guerra contra el rey?
Paloma palideció.
-¿Tan lejos crees que podrían llegar las cosas?
-Estoy aquí bajo la protección de lord Javier. ¿Qué crees tú que pasaría si se entera de que su soberano ha intentado violar a la prometida de su hijo bajo su propio techo? Montará en cólera, y con razón.
-Pero Sergio debía de tenerlo en cuenta antes de hacer lo que hizo. Tal vez eso es precisamente lo que buscaba, que Javier rompa el juramento de fidelidad que le une a él.
-No, lo que buscaba era que yo me sintiera honrada y tomara su violación como un cumplido. No hay duda de que, si se llegara a saber, él diría que la única culpable fui yo, que me arrojé a sus brazos. Es más, creo que lo hubiera aireado él mismo, no hubiera esperado a la noche de bodas para que Benjamin descubriera por sí mismo que yo ya no era pura. ¿Y quién creería mi palabra contra la de Sergio?
-Lord Javier.
-¿Aun cuando eso significaría tener que romper con el rey? Basta con que lo veas desde el punto de vista de Sergio. El compromiso estaría roto, Javier y padre seguirían siéndole leales y yo, caída en desgracia, encontraría a otro marido que hiciera la vista gorda respecto de mis coqueteos con el rey. Lo más irónico es que me gustaría que las cosas fueran así, pero no al precio de tener que acostarme con el rey.
-Pero no puedes marcharte, Cami, no sin el permiso de lord Javier. ¿ Y cómo lo vas a obtener si no se lo cuentas todo?
-He dicho que tenía pensado marcharme, no que pensara anunciarlo.
-Pero no conseguirás salir de la torre sin que se den cuenta, y mucho menos cruzar las puertas de la muralla. ¿ Cómo piensas salir de aquí? -Con tu ayuda, naturalmente.
Paloma gimió,
-Cami, tiene que haber otro modo. ¿Y si en lugar de confiar en lord Javier, se lo confías todo a Benjamin y te casas con él hoy mismo, sin más demora? Eso arruinaría los planes de Sergio, ¿no crees?
-No si lo que Sergio pretende es señalar a la familia de Javier como proscritos traidores, y a la nuestra por añadidura, para que pueda confiscar todas nuestras tierras. No si lo que quiere es vengarse de mí por haberle atacado. No si...
-¡Basta! Dios mío, sólo era una sugerencia -exclamó Paloma y añadió-: No creas que no me doy cuenta de que prefieres marcharte antes que casarte con Benjamin. Aseguraría que en el fondo estás contenta de que haya pasado esto.
Camila suspiró.
-No, no estoy contenta de haberme enemistado con el rey Sergio sólo para evitar casarme con Benjamin. No lo hubiera deseado ni como último recurso.



Capitulo 32
-No funcionará -se lamentó Paloma contemplando el baúl donde pretendía meterse Camila.
-Sí, a condición de que no te separes del baúl para que los porteadores no lo registren.
-¿No puedo limitarme a decir que es un regalo de boda para ti? -sugirió Paloma-. Así no tendría que fingir ser tú.
-Pero no se deja un regalo en el establo, que es donde quiero que dejen el baúl. No, hay que decir que tiene un forraje especial para Stomper, para que lo coloquen junto a su compartimiento, donde casi no va nadie porque todos los mozos de cuadras evitan acercarse a él.
Paloma chasqueó la lengua.
-¿Por qué el establo si no podrás marcharte con Stomper? -Porque está cerca de la puerta. Desde ahí podré controlar quién sale y encontrar un grupo entre el que pueda pasar desapercibida. Eso o escalar las murallas, y tú misma has dicho que es más arriesgado porque hay muchos guardas apostados ahí.
Paloma suspiró.
-Es más fácil hacerme pasar por ti cuando es una travesura. Si es en serio, sé que voy a decir o hacer algo que descubra el engaño.
-Lo harás bien, Paloma, no te preocupes. Sólo tendrás que tratar con los guardias de la entrada, con mi escolta y con los dos hombres que encuentres para transportar el baúl. No tendrás que ver a nadie que te conozca.
-Hasta que te hayas ido -le recordó Paloma-. Luego tendré que vérmelas con tu prometido.
-Ya te he dicho cómo tienes que hacerlo. Justo la otra noche me mencionó que nos distingue sólo por la boca, por la forma en que aprieto los labios cuando estoy enfadada. Puedes imitar ese gesto sin ningún problema. Mantén las distancias para que no tengas que dirigirle la palabra y todo irá bien.
Paloma no estaba tan convencida.
-¿Pero si es él quien quiere hablar conmigo, es decir contigo ...? -No temas. He estado furiosa con él desde la última vez que hablamos, y lo sabe. No ha vuelto a hablar conmigo, y no creo que espere que yo le hable después de lo que hizo.
-¿Qué hizo? No me has contado por qué te has pasado los últimos días fulminándole con la mirada.
Camila no tenía ninguna intención de mencionarle el incidente, que aún la hacía sentir avergonzada. Sin embargo, no podía seguir guardándoselo si pretendía que Paloma se hiciera pasar por ella con éxito.
Mientras se vestía con sus antiguas ropas, Camila le contó, tal como las recordaba, cada una de las conversaciones con Benjamin. Paloma tenía que saberlo por si él intentaba hablar con ella y sacaba alguno de esos temas.
No le había hablado de su último encuentro, pero comprendía que si esperaba que su hermana mantuviera el equívoco durante el máximo de tiempo posible, no podía silenciarlo. Y cuanto más tiempo pasara desapercibida su fuga, más margen tendría ella antes de que salieran en su busca. Por eso dijo, casi con un murmullo:
Benjamin casi me llevó a la cama.
-¿Casi? -Paloma frunció el entrecejo-. ¿Quieres decir que intentó forzarte como Sergio?
Camila se ruborizó al recordarlo. Luego, a regañadientes como siempre que tenía que admitir alguna debilidad, musitó:
-No, no exactamente. Me hechizó otra vez con sus besos. Ni siquiera le pedí que se detuviera. Si no hubiera aparecido lord Javier, me temo que hubiéramos sellado la unión antes de que el cura nos bendijera.
Paloma abrió la boca para replicar, pero la cerró y sacudió la cabeza.
Finalmente, suspiró. Su tono sonó reprobatorio cuando por fin dijo: -Si no hubiera ocurrido ese incidente con el rey te diría cuatro cosas al respecto, Cami. Pero dado que Sergio está claramente en contra de tu matrimonio con Benjamin, es mejor para todos que tengas a Jorge por marido. Así que esperemos que todo salga bien.
Camila sonrió, por fin había conseguido que su hermana es- tuviera de su parte.
-Saldrá bien, estoy segura. Verás cómo, en cuanto consiga llegar a Clydon, se habrá terminado mi infortunio.
-Me gustaría estar tan segura como tú -replicó Paloma.
-Te preocupas demasiado. Te has hecho pasar por mí en innumerables ocasiones. Jamás nos han descubierto. Sabes que es fácil. Si hasta has engañado a padre...
-Sabes muy bien que en esas ocasiones padre estaba algo bebido.
-Aun así, nadie nos conoce como él.
-Eso es verdad -se vio obligada a conceder Paloma.
Camila sonrió y su aplomo tranquilizó a Paloma.
-Ambas sabemos que podemos hacerlo. Y es la única manera de que yo disponga del tiempo que necesito antes de que me busquen. Está en tus manos, Paloma. Dos días, más si puedes. Debería bastarme con eso para llegar hasta Clydon, incluso a pie, y de ahí a Dunburh, y para convencer a todos.
Mientras lord Javier y Benjamin ignoren que me he marchado no me buscará nadie. Puedes hacerlo, ya sabes que sí.
-Más parece que debo hacerla -dijo Paloma, suspirando de nuevo-. Pero vamos a despabilamos antes de que salga el sol. Es una suerte que me haya levantado tan temprano. El puente todavía no está en plena actividad y en el salón no hay nadie.
Camila asintió, atándose las jarreteras. Era fantástico volver a ponerse las ropas de siempre, en lugar de esas cotardías que le prestaba Paloma. Casi se sentía liberada de los grilletes que le habían colocado cuando Benjamin fue a buscarla... aunque iba demasiado aseada.
De modo que, mientras Paloma fue en busca de dos hombres que transportaran el baúl al establo, Camila empezó a buscar algo con que ensuciarse por toda la habitación y no tardó en maldecir a las criadas del castillo por tener las habitaciones tan impolutas, hasta que se fijó en la ventana. El cristal no permitía una visión clara del exterior, a causa del polvo y el hollín de la chimenea; eso colmaría perfectamente sus necesidades.
Camila se acomodó dentro del baúl junto con las pocas cosas que llevaría consigo, su arco y una muda. Cerró la tapa mucho antes de que oyera la voz de Paloma en el pasillo, más estridente de lo habitual para advertirle que se acercaban.
Hasta entonces no había estado nerviosa. No obstante, no se sentiría a salvo hasta que estuviera tras los altos muros de Clydon. Escapar de Shefford seguía constituyendo el obstáculo más difícil, al menos hasta que estuviera andando por el campo. Pero ya habría ocasión de ponerse nerviosa, cada cosa a su tiempo.
A lo largo del atropellado trayecto hasta los establos, Camila aguantó la respiración más de una vez. En una ocasión casi se les cayó el baúl, y a ella se le puso el corazón en un puño. Si ella hubiera sido Paloma, le hubiera pegado una colleja a los transportistas. Tampoco era tan pesada...
Con todo, el nerviosismo no disminuyó ni cuando depositaron el baúl en el suelo del establo, ni se calmaría hasta que hubiera salido de Shefford.
Mientras todavía permaneciera en el castillo, podían surgir mil imprevistos.
Pero tampoco podía salir del baúl hasta que Paloma le avisara que estaba a salvo.
En lugar de oír la señal que estaba esperando, escuchó la voz de Paloma diciéndole a uno de los criados:
-Vete a buscar a Yago. Es uno de los muchachos que vino con nosotras de Dunburh. Es fácil de reconocer porque siempre va inmundo. Debe de estar en el puente porque es el que cuida de nuestros caballos. Esperaba encontrarle aquí, pero...
Camila no sabía de qué estaba hablando Paloma, porque a ellas no las había acompañado ningún Yago hasta Shefford. Y todavía tendría que pasar un buen rato antes de que pudiera preguntárselo, porque los cuatro guardas que habían acompañado a Paloma al establo seguían por ahí, demasiado cerca del baúl para que ella se aventurara a salir.
Sin embargo, como Paloma no daba muestras de querer marcharse pronto del establo, se dispersaron. Dos de ellos hacia la puerta para entretenerse contemplando las idas y venidas del puente y el otro se fue a un pequeño montículo privilegiado al otro lado de los establos. Al último de ellos le pidió Paloma que fuera a buscarle un cubo, mientras con su falda cubría uno

 
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la furia del amor

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February 24 2009, 9:12 PM 

hola soy betsy. si que se ha puesto la cosa interesante. esta visto q el rey no ha sido una buena visita. menos mal que cami ha sabido quitarselo de encima a tiempo. escapar es la mejor opcion pues no sabemos si benja la creeria aunque si javier y ella no quiere crearles problemas. de seguro que si logra escapar benja la seguira en cuanto se entere por paloma. por mucho que cami piense q él no desea casarse con ella se equivoca. veremos q ocurre. siguela pronto q esta muy emocionante. bss linda.

 
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