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LA FURIA DEL AMOR capis 33,34,35,36 y 37!!!

February 28 2009 at 10:45 AM
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noelia_camila  (no login)

 
hola!!!espero que os gusten los capis!!he puesto tantos porque el final del capi 37 me gusta..XD

Capitulo 33
Por fortuna, la tormenta había escampado hacia otras regiones, aunque seguía haciendo tanto frío que había escarcha y hielo a lo largo del camino. El sol asomaba de vez en cuando, y su pálido resplandor fundía la sólida alfombra de nieve que la tormenta había dejado tras de sí, aunque aún quedaban grandes áreas de un blanco cegador cuando les daba el sol.
Camila tenía que protegerse a menudo los ojos de la deslumbradora luz de la mañana. Enfiló el camino hacia Dunburh hasta que estuvo fuera del campo de visión de Shefford. Luego torció hacia el sur, en dirección a Clydon. O, al menos hacia donde creía que estaba el sur y Clydon. En realidad, nunca había estado ahí, tenía una idea de dónde estaba porque alguna vez se lo había oído mencionar a Jorge.
No obstante, se había guardado mucho de comentarle a Paloma que no sabía exactamente dónde estaba. Sólo habría conseguido inquietar más a su hermana. No se le caerían los anillos a la hora de preguntarle la dirección a cualquiera que se cruzara por el camino, así que no dudaba que lo encontraría.
Ansiaba ver de nuevo a Jorge. Echaba de menos la estrecha amistad que compartía con él y sus largas conversaciones en Fulbray. No le pasó por la cabeza la posibilidad de que pudiera no hallarse en Clydon en ese momento.
Si él no estaba ahí a su llegada supondría un grave contratiempo para sus planes, sobre todo porque no contaba con mucho margen. Naturalmente, hablaría con sus padres. Jorge se deshacía en elogios de sus padres; ella había visto a lord Marcel en una ocasión y le encontró un gran parecido con su hijo, así que no dudaría demasiado en hablar con él, o con su esposa, lady Reina, si se daba el caso. Aunque, ciertamente, no le resultaría tan fácil. Como hablar de su planes con Jorge, lo que tampoco sería tan fácil.
En cuanto tomó la decisión de casarse con él, había imaginado muchas veces cómo se lo diría. Sin embargo, nunca se le habían ocurrido las palabras justas. Al fin y al cabo, las damas no eran quienes solían hacer las propuestas de matrimonio. Normalmente de eso se encargaban los padres o los tutores, o el mismo lord interesado en el matrimonio. A la futura novia nunca se le preguntaba el parecer.
Ella deseaba que hubiera otra manera de hacer las cosas. Y eso constituía un motivo más para denostar el cuerpo que le había tocado en suerte. Le daba igual, Camila iba a ser la excepción de la regla tradicional. Se veía obligada a ello, dadas las circunstancias. Además, no había tiempo para que su padre dispusiera los pormenores del cambio. Tenía que hacerlo ella misma y sólo entonces presentar la propuesta a la aprobación de su padre.
Como mínimo, después de lo sucedido con el rey no dudaba de que obtendría la aprobación de Martin. Lo más irónico es que tuviera que agradecérselo al rey.
Clydon estaba a menos de una jornada de Shefford. Eso sí lo sabía. No tardó en encontrar un camino que se dirigía al sur, así que dejó los bosques, consciente de que era más probable que encontrara a alguien que le supiera indicar la dirección si cogía un camino más transitado.
La seguían. De eso se dio cuenta en cuanto dejó los bosques. Pero no la preocupaba, pues suponía que los tres hombres eran una patrulla de Shefford que estaba cumpliendo con su cometido, asegurarse de que ni era un cazador furtivo ni estaba haciendo nada ilícito. Esperaba que volvieran por donde habían venido en cuanto ella saliera de las tierras de Shefford.
No obstante, se inquietó un poco cuando notó que ellos se iban aproximando a ella sin prisas pero con determinación. Intentaban no hacerse notar, yeso la puso nerviosa. Si lo que querían era hablar con ella, estaban lo bastante cerca para detenerla con un grito. En cambio, avanzaban de un modo extraño y huidizo.
Entonces fue cuando pensó en que, al escapar a una amenaza que se cernía sobre ella, la venganza del rey, se había expuesto a otra amenaza, la de los hombres que habían intentado agredirla en tres ocasiones. Si no se habían rendido, si habían estado observando el castillo desde lejos... ¡Oh, Dios, cómo podía no haber pensado en ellos cuando estaba planeando su huida! Eso no la hubiera detenido. Sergio era la amenaza más inmediata, pero habría sido más cauta si se hubiera acordado de ellos antes.
Tenía varias alternativas. Podía poner su caballo al galope y adentrarse en el bosque en cualquiera de los dos lados del camino, para intentar despistarlos.
Pero ésa no era la mejor elección, porque no conocía bien esos parajes. Se podía detener al pie del camino con algún pretexto, para ver si ellos pasaban de largo. No, esa idea tampoco le gustaba. En el caso de que fueran los que se temía, eso les permitiría cogerla.
Había otra posibilidad: dar la vuelta y enfrentarse a ellos, arco en ristre, para que al menos tuvieran que pararse y explicarse. Además, si sólo eran una patrulla de Shefford, no les costaría convencerla de ello, cerciorarse de que era inofensiva y seguir a lo suyo. Si, efectivamente, resultaba ser una patrulla de Shefford, podía apostar a que la seguirían si ella intentaba alguna maniobra, ya que sospecharían que ella tenía algún motivo para temerlos. Y con ello tampoco descubriría quiénes eran.
De cualquier modo, lo más útil sería enfrentarse a ellos, y confiar en que sus temores carecieran de fundamento. Pero para ello tendría que bajarse del caballo. Si tenía que utilizar el arco necesitaba afirmarse en el suelo. No podía arriesgarse a que el caballo se moviera y ella errara la diana.
De pronto, los hombres se dispersaron en direcciones opuestas, dos de ellos al galope a los lados del camino, y el otro cargando directamente hacia ella. Era una maniobra pensada para confundirla. No podía tenerlos a los tres en el punto de mira si no paraban de dar vueltas a su alrededor.
En una fracción de segundo decidió que el que avanzaba hacia ella era el objetivo inmediato, y gritó:
-¡Deteneos o sois hombre muerto!
Él no se detuvo. Ella disparó. Cogió otra flecha y se volvió como el rayo hacia el siguiente objetivo antes de que el primero cayera al suelo.
Disparó dos flechas más, en rápida sucesión. No podía saber si los había herido gravemente, pero no se quedó para comprobarlo. Uno de ellos estaba desplomado sobre su caballo y los otros dos tumbados en mitad del camino, inmóviles. De momento los había dejado fuera de juego, que era lo que pretendía.
Sin embargo, los dos que yacían inmóviles ocuparon sus pensamientos mientras se alejaba al galope. Rogaba al cielo que no fueran una patrulla de Shefford. Rogaba para que, si lo eran, no los hubiera matado. La duda la corroía. Intentar convencerse de que sólo se había defendido no era suficiente, porque no lo sabía con seguridad.


Capitulo 34
Encontrar Clydon le fue más fácil de lo que pensaba, sencillamente porque era más grande de lo que suponía. Ciertamente, el enorme castillo blanco y sus altas murallas ocupaban varios acres. Era una fortaleza impresionante, y el hecho de que Shefford fuera su señor feudal le hizo comprender lo poderoso que era el conde de Shefford, y lo poderoso que sería Benjamin algún día.
Extrañamente, cuando debería estar pensando sólo en Jorge y en lo que le diría, quien ocupaba por completo sus pensamientos era Benjamin. Esperaba que lo que ella se disponía a hacer le aliviara. Ahora podría casarse con quien él quisiera, incluso con esa mujer a la que amaba. Lo irónico era que, con lo mucho que despreciaba a Benjamin, acabara haciéndole este favor.
Sería en beneficio de ambos, y el rey podría ir buscándose otra persona para entrometerse en su vida. Casi lo había conseguido. Podría casarse con Jorge en pocos días. Sería feliz junto a él, estaba segura. Eran muy buenos amigos. Entonces, ¿por qué no se sentía radiante de felicidad? ¿Por qué se sentía como si hubiera dejado alguna cosa inconclusa? Encontró un lugar resguardado en el bosque donde cambiarse de ropa camino de Clydon. La cotardía verde mar y dorado hacía juego con sus ojos, que probablemente era por lo que la había escogido Paloma. Su atractivo era lo primero que había señalado Paloma cuando la vio vestirse con sus viejas prendas. «No puedes esperar llegar a Clydon y que te crean cuando les digas quién eres vestida con esas ropas. No te dejarán ni cruzar la puerta.» Por eso había cogido la muda de ropa, para que le abriera las puertas de Clydon.
Y eso fue lo que hizo. Los guardias apenas la detuvieron con preguntas, aunque la miraron un tanto extrañados. Probablemente porque aún llevaba el arco colgado del hombro. Y la suerte le sonrió. Jorge estaba en el castillo.
Uno de los guardias incluso fue a buscarle, mientras el otro daba órdenes a un sirviente para que la acompañara a la torre.
Estaba impresionada con el castillo de Clydon. Shefford era mayor, y había más gente, bullía siempre de actividad. En Dunburh también había mucho ajetreo, aunque no sólo con la gente que vivía allí, sino también con los viajantes a los que les ofrecían hospitalidad. Pero Clydon era limpio, ordenado. Había actividad en el puente, sí, pero era una atmósfera más hogareña y cordial.
Además, el suelo del amplio puente no estaba cubierto de basura sino de hierba. El lodo que había dejado la reciente tormenta de hielo había desaparecido, aquello no era un barrizal como Shefford, y como casi siempre Dunburh. El aspecto era tan distinto que a Camila, siendo amante de la naturaleza, no le pasó desapercibido. Le gustaba todo, y pensó que no le importaría en absoluto vivir allí.
Jorge salió a su encuentro antes de que llegara a la torre. Le hubiera reconocido entre un montón, aunque sólo fuera por su estatura. ¿ Había crecido desde la última vez que se habían visto? ¡Vaya! Era realmente un gigante, pasaba de los dos metros. Y tan apuesto. ¿Cómo pudo olvidarlo? Tenía el pelo rubio claro de su padre y sus mismos ojos violeta, una combinación notable. Y no era nada enclenque para su altura, ni mucho menos. Tenía uno de los cuerpos más proporcionados que ella hubiera visto jamás, ancho, fuerte y musculoso. Era un ejemplar perfecto de su género, lo que muchos hombres envidiarían.
En honor a la verdad, tenía que admitir que Benjamin también era un ejemplar físicamente perfecto, aunque algo más bajo. Sin embargo, su perfección se quedaba ahí. Jorge tenía un maravilloso carácter que complementaba su fortaleza: era alegre, amable, gentil cuando tenía que serlo. Pero Benjamin carecía de todo ello; era bruto, malhumorado, tozudo y... ¿ Por qué seguía pensando en él, cuando Jorge se estaba aproximando a ella? -¡Dios mío! ¿Te has lavado la cara con porquería, Cami? -fue lo primero que le dijo tras levantarla en vilo y darle un cálido abrazo de bienvenida.
Las mejillas de Camila se encendieron. Se había cambiado de ropa para presentarse en Clydon como una dama, pero había olvidado quitarse el maquillaje a base de hollín que se había aplicado para disfrazarse. Ahora entendía por qué los guardias de Clydon se habían divertido tanto mirándola.
¡Bah, le importaba un comino lo que pensaran de ella por su aspecto! Entonces ¿por qué se ruborizaba? Sabía el motivo, pero le costaba admitirlo. Era culpa de Benjamin, él le había hecho concederle importancia a la apariencia. Sus condenados cumplidos. El modo en que sus ojos captaban cualquier detalle en ella cuando se le acercaba. Incluso había llegado al punto de utilizar un espejo en la habitación de Shefford, algo que jamás había hecho en Dunburh.
-Bájame, zoquete -refunfuñó, avergonzada, y quiso precisar-: ¿ Has visto alguna vez a un viajero que no llegue sucio del polvo del camino? -¿Qué polvo del camino? -replicó Jorge, riéndose-. Pero si la reciente nevada se lo ha llevado todo.
La dejó en el suelo y empezó a quitarle la suciedad de las mejillas, un gesto muy familiar en él. Paloma también se lo hacía. Y, como solía ser el caso, ella empezó a batir palmas automáticamente. Sin embargo, eso le dio una razón para detenerse a pensar que él la trataba igual que su hermana y que ella hacía exactamente lo mismo con él.
-Toda esta suciedad tiene un motivo: traerme hasta aquí sin complicaciones -dijo finalmente-. No he viajado vestida tal cual me ves, sino con mis medias.
-¿Por qué con medias? ¿Y quién osaría molestar a una dama con escolta, que es de la única manera que tú...? -Las palabras se apagaron cuando vio que ella arrugaba la frente, incómoda, y que su mirada le rehuía. Por eso no la sorprendió oírle decir-: Si me dices que has viajado sola, te pego.
No haría eso, y ambos lo sabían. Además, él la conocía bien, por eso había acertado en su suposición. Ella pensaba contárselo todo, así que no había motivo para sentirse tan avergonzada, aparte del hecho de que jamás había hecho algo tan insensato como viajar sola, tan lejos de casa.
Así que empezó:
-Tenía que lograr salir de Shefford sin permiso.
Era evidente que, de alguna manera, había llegado sana y salva, así que él se permitió dejar su preocupación para más tarde.
-Ya sé que crees que necesito protección, Cami -bromeó-, pero no tenías que molestarte en venir aquí para escoltarme hasta tu boda. Mi padre siempre se lleva un buen destacamento cuando mi madre viaja con él, y yo voy a ir con ellos... Perdóname. Veo por tu cara que no es cosa de broma.
Ella sacudió la cabeza.
-No me gustan tus bromas, no te disculpes. Han ocurrido muchas cosas, y muy malas. Quiero contártelo todo, sólo que no sé por dónde empezar.
Bueno, sí lo sé. La razón por la que abandoné Shefford en secreto es que tuve un altercado con el rey Sergio, que llegó temprano a la boda.
-¿Qué tipo de altercado? -preguntó Sergio con ceño.
-Un altercado serio. Al parecer no le complace nada lo de mi contrato matrimonial, y pensó en un modo de impedirlo: acostándose conmigo. Yo me opuse enérgicamente, motivo por el cual es más que posible que quiera vengarse de mí, especialmente si, pese a todo, me uno a Benjamin de Shefford.
El único modo que tengo de apaciguarlo es casarme con otra persona.
-Cami, no tienes por qué hacer un sacrificio como ése porque a Sergio le pierdan unas faldas. Comprendo perfectamente que quiera añadirte a su cuenta, pero Shefford es demasiado poderoso para que él haga nada contra ti.
Lo intentó y falló. Seguro que no hará nada más.
Camila meneó la cabeza.
-No sólo quería añadirme a su cuenta. Quería darle a Benjamin un motivo para repudiarme. Dijo que eso nos beneficiaría a ambos.
-¿Quieres decir que se tiene en tan alto concepto que considera que acostarte con él sería un beneficio para ti? -dijo Jorge. Y añadió con desprecio-: Aunque si hay alguien tan pagado de sí mismo, sin duda es Sergio sin Tierra.
-Pero no en este caso. Le hice saber que yo no quería unirme en matrimonio a Benjamin. Ése era el beneficio para mí.
-¿Estás tonta? -preguntó Jorge, sin dar crédito a sus oídos-. ¿Cómo puedes rechazar a Benjamin de Thorpe? Un día será el señor feudal de mi padre, y mío después. Si su poder no basta para que te abrume el agradecimiento, entonces te bastará con mirarle para...
-No digas una palabra más o te atizo. ¿«Abrume el agradecimiento»? -bufó ella-. ¿ Cuándo te he dado yo la impresión de aspirar a convertirme en condesa?
-Tu destino desde niña ha sido convertirte algún día en la condesa de lord Benjamin.
Ella suspiró.
-Pero no por elección mía, Jorge. No hablamos mucho de ello en los tiempos de Fulbray, pero desprecio a Benjamin desde que éramos niños. La primera vez que nos vimos me hizo mucho daño, y me causó meses de miedo y agonía pensando que iba a quedarme coja. No voy a olvidarlo ni a perdonarlo jamás.
Él la estrechó de nuevo, y su tono sonó consolador y comprensivo cuando le dijo:
-Ya veo que te duele hasta hablar de ello. Bien, no digas más. Ven, vamos a buscar un hogar cálido y una copa de aguamiel y podrás contarme por qué no le has hablado a nadie de la perfidia de Sergio.
-¿Qué te hace pensar que no se lo he dicho a nadie? -Porque estás aquí, sola, en lugar de haber permitido que tu padre y lord Javier se ocuparan de ello.
Se ruborizó de nuevo. Él era muy perspicaz. Al menos no le había hablado más de Benjamin, ni había intentado convencerla de que las cosas de niños no tienen nada que ver con el mundo de los mayores. Pero ella sabía de qué hablaba. Lo que ocurría era que intentar convencer a otra persona era casi imposible.




Capitulo 35
No funcionaría, no podía funcionar. Si no fuera tan importante, si el futuro de Camila no dependiera de ello, entonces probablemente a Paloma no le costaría tanto interpretar la farsa y hacerse pasar por ella. Pero era tan importante que se ponía muy nerviosa. Así que tramó un nuevo engaño. Se puso enferma; en realidad eso no era un engaño, porque la ansiedad que estaba pasando le estaba afectando el estómago. Y dijo que Camila se quedaría con ella en la habitación, cuidándola.
Hubiera fingido que era a la inversa, si no la preocupara la posibilidad de que Benjamin solicitara ver a Camila si sabía que estaba enferma. Lo había hecho cuando Cami estuvo herida. También hubiera sospechado de cualquier enfermedad que hubiera aducido ella como pretexto para evitarle. Sin embargo, si era ella la que estaba postrada en la cama, nadie insistiría en verla y, en tanto que Camila, podía detener a los demás en la puerta e impedirles ver que no había ninguna Paloma enferma en la cama.
Tenía grandes esperanzas de que su plan funcionara, y lo hizo durante buena parte del primer día, hasta última hora de la tarde. Luego, aquel a quien más temía ver llamó a la puerta. Sospechó de quién se trataba incluso antes de abrir la puerta, por la intensidad de los golpes.
Tomó aire para prepararse para tratar con él tal como lo haría Camila, es decir, cortarle en cuanto abriera la puerta.
-¿Es que no te han dicho que mi hermana está enferma? ¿Que la estoy cuidando? Estaba descansando un poco, pero tú has armado este jaleo.
-Sí, me han informado -replicó él, sin mostrarse sorprendido por el recibimiento que, por otra parte, estaba en consonancia con la impaciencia de sus golpes-. ¿Pero necesita de tus cuidados constantes? También podrían atenderla otros.
-No confiaría los cuidados de mi hermana a nadie, igual que haría ella en mi caso.
Él frunció el entrecejo y preguntó:
-¿Qué le pasa?
-Ha estado vomitando mucho. ¿No notas el hedor? Como había vomitado al menos una vez esa misma tarde, no se podía decir que estuviera mintiendo. Y empezaba a sentir náuseas de nuevo. Notaba el enfado de Benjamin, una ira que la aterrorizaba. La sorprendía que no se hubiera sentido fulminada a su primer bufido de malhumor. Si no se marchaba pronto... Para ahuyentarle, le espetó:
-¿Qué haces aquí? ¿ Molestarnos?
-He venido a decirte que asistas a la cena de esta noche. Faltar a una comida cuando el rey está presente puede que le resulte comprensible, pero faltar a dos comidas seguidas podría tomarlo como un insulto. De modo que, haya mejorado o no tu hermana, esta noche quiero verte en la sala.
-Yo no tengo que entretener al rey.
-¿Ah, no? ¿Ni teniendo en cuenta que está aquí con motivo de tu boda? Paloma tuvo que hacer un esfuerzo para no retorcerse las manos.
-Entonces sí, voy a asistir, para presentarle mis respetos. Pero, a menos que Paloma se encuentre mejor, no me quedaré mucho rato.
Ella se había mostrado muy razonable al acceder. ¿Cómo podía él discutírselo? Sin embargo, lo hizo.
-En mi opinión, estás utilizando la enfermedad de tu hermana para evitarme. ¿Cuánto tiempo vas a estar negándome la palabra? Entonces ¿era ése el motivo de su visita? ¿Se sentía ignorado? Consideró la posibilidad de responderle «Siempre», que probablemente era lo que hubiera contestado Camila. Pero esa réplica no hubiera conseguido que se marchara, sino encolerizarlo aún más. Con todo, tampoco quería decir nada impropio de Camila, porque eso le haría sospechar y se arriesgaba a que la descubrieran.
Así que apretó los labios como Camila le había advertido que hiciera, y dijo con tanto aplomo como le permitieron sus nervios: -Te estoy hablando ahora, para mi desgracia. Todo esto podría haber esperado a que Paloma se recupere.
Afortunadamente, él captó la insinuación y, con ceño de nuevo, le ordenó a guisa de despedida:
-Ven esta noche a la cena, y mañana a las dos comidas, muchacha. No hagas que tenga que subir a buscarte.
Paloma cerró la puerta y se apoyó contra ella con el corazón desbocado. Lo había conseguido. Le había engañado por completo. Pero no lo lograría otra vez. No tenía el coraje de Camila, que podía plantarle cara a un hombre; ella no podía enfrentarse a un hombre tan enfadado. No obstante, la orden que él le había dado resonó en su cabeza. Si el día siguiente no veía a Camila en la sala, él la llevaría a rastras.
Tenía que acudir a la sala, al menos esa noche. No veía forma de eludirlo.
Al día siguiente no servirían la primera comida hasta el mediodía, y tal vez eso le diera a Camila el margen que le había pedido. Paloma podría volver a ser ella misma y declarar que Camila había «desaparecido». Eso le daba un día más de plazo antes de que la buscaran fuera de las murallas del castillo. Tiempo más que suficiente para que ella llegara a Clydon y hubiera vuelto luego a casa, como había planeado.
No, con asistir a la cena de esa noche sería más que suficiente. Pero ¿entretener al rey? ¿Después de lo que había hecho? Caray, ni siquiera había pensado en que era Camila la que tenía que enfrentarse de nuevo al rey. Se había marchado para no tener que hacerlo.
¿Qué haría si eso era justo lo que él esperaba para denunciarla? Aunque era evidente que no le había mencionado a nadie lo que había pasado entre los dos, pues de lo contrario Benjamin se lo habría comentado. Además, como ese día ninguna de las hermanas había asistido a la comida, debía pensar que Camila tenía miedo de encontrarse de nuevo con él.
Puede que pensar que ella le temía apaciguara los ánimos de Sergio. Tal vez incluso se calmara más si ella parecía asustada cuando le viera esa noche. Eso seguro que parecería natural. La aterrorizaba la idea de acercarse a él, después de lo que había intentado hacerle a Camila. ¿ Y si quería hablarle de ello? ¡Oh, Señor!, ¿cómo había permitido que Cami la metiera en eso?



Capitulo 36
Había alargado demasiado la conversación. Camila se impacientaba porque se estaba haciendo tarde y aún no había encontrado el momento para exponerle su propuesta de matrimonio a Jorge. No podía permitir que acabase ese día sin poner en claro sus planes de futuro. Sin embargo, las cosas se habían sucedido con tal precipitación desde su llegada que aún no había tenido ocasión de hablar de nuevo a solas con Jorge.
La había llevado a la torre para presentársela a su madre, quien la había llevado a una de las habitaciones de la torre para que se aseara y pudiera reposar. No había vuelto a ver a Jorge hasta la cena.
Lady Claudia la sorprendió. Camila sabía que el padre de Jorge era un gigante como él, pero lady Claudia era una mujer bajita, menuda. Apenas rozaba la cuarentena, su pelo negro era tan lustroso como en su juventud y sus ojos azules eran brillantes e incisivos. Además, no tenía pelos en la lengua, era incluso brutalmente franca.
-Apestas, métete en esta bañera -le espetó sin andarse con rodeos cuando Camila protestó que no tenía tiempo para un baño.
Sin embargo, le gustaba Claudia Fitz Hugh. No estaba muy acostumbrada a encontrarse con mujeres tan francas y bruscas. Además, había una mundanidad rijosa en ella que hacía que el trato fuera o muy cómodo o muy embarazoso. Camila sentía ambas cosas a la vez, y eso la divertía.
Supo más cosas sobre la familia de Jorge durante las horas que pasó con Claudia que durante las muchas conversaciones que había mantenido con él.
También tenía un hermano mayor, que se llamaba como el conde de Shefford, que era su padrino. Y dos hermanas mucho más jóvenes. Claudia decía que la más pequeña sería su ruina. Ya no sabía qué hacer con la niña, que idolatraba a su padre y quería ser como él en todo.
Eso incomodó a Camila, que comprendió que esa niña se parecía mucho a ella, que también deseaba haber nacido hombre, ya la que Claudia consideraba que iba a ser su «ruina». Eso la hizo sentir más rara que nunca pues comprendió, de pronto, que probablemente su padre pensaba lo mismo de ella.
Lo que no sabía era que la familia de Jorge estaba emparentada con los Arcourts, otra de las familias poderosas del reino. Hugh de Arcourts, el cabeza de familia, era en realidad el abuelo paterno de Jorge, aunque era hijo bastardo; Claudia lo había mencionado sin tapujos, como si no tuviera nada de particular.
Lo más interesante, sin embargo, era que el padre de Claudia había sido Octavio de Champeney. A Camila le resultaba un nombre muy familiar, pues lord Octavio había ido a las Cruzadas con Martin y lord Javier y el rey Ricardo. Martin había mencionado a Octavio a menudo en sus relatos de las emocionantes campañas que habían tenido lugar antes del nacimiento de Camila.
Se preguntó si Martin sabría que Jorge era el nieto de Octavio, dado que le había descartado como marido sólo porque el padre de Jorge era vasallo de Javier. Octavio también había sido vasallo de Javier, aunque contaba con derechos propios -el castillo de Clydon era una evidencia de ello, así como el hecho de que poseyera otras propiedades-. Y Camila estaba segura de que su padre no sabía lo de Hugh de Arcourt.
De pronto comprendió que la familia de Jorge era una elección mucho mejor de lo que había imaginado para una alianza. Le avalaban la riqueza y el poder, sólo le faltaba ser el heredero de un conde, como Benjamin.
Eso la reconfortó. Sin duda a su padre le gustaría ese matrimonio. Aunque, claro, se olvidaba de que no la había prometido a Benjamin siguiendo una política de alianzas sino por amistad y por saldar la deuda que había contraído hacia quien le había salvado la vida. Pese a todo, había que tener en cuenta que el que su padre supiera que Sergio se oponía a la unión de las dos familias amortiguaría el golpe y que, para seguir contando con su favor o, en el caso de ella, congraciarse con él, tenía que casarse con otra persona. ¿Quién mejor que Jorge?
Sin embargo, cuando esa noche pareció que todo el mundo, incluido él, conspiraba para que no se quedaran solos ni un instante, le entraron ganas de retorcerle el cuello. Ni cuando se sentó junto a él durante la cena logró que le prestara la atención suficiente como para hablar en privado con él. Su hermano y su padre le disputaban constantemente su atención.
Finalmente, cuando la comida terminó, ella estaba lo bastante desesperada como para cogerle de la mano y arrastrarle hasta una de las troneras de la gran sala de Clydon, donde estaban dispuestos unos cómodos bancos encojinados. Tuvo incluso la osadía de empujarle para que se sentara, lo que sólo consiguió porque él se lo permitió, dado su enorme tamaño.
No se anduvo por las ramas y le espetó a bocajarro: -Tengo cosas que decirte que requieren que me prestes toda tu atención, cosa a la que no parece dispuesta tu familia.
Él sonrió al ver que se había picado.
-Somos una familia muy unida. ¿Qué mejor momento pata comentar cómo nos ha ido el día que durante la cena?
-Eso es cierto -tuvo que conceder ella, aunque añadió-: ¡Pero tienes a una invitada que está en apuros! No dispongo de mucho tiempo, Jorge. Mañana por la mañana he de partir hacia Dunburh. Y albergo grandes esperanzas de que vengas conmigo.
-Naturalmente que te voy a escoltar, Cami. No tienes ni que pedírmelo.
Ella se sentó frente a él.
-Necesito más que eso, Jorge. Necesito que te cases conmigo.
Bueno, ya estaba dicho. No había sido muy sutil, pero no tenía tiempo para sutilezas. Sólo le cabía desear que él no pareciera demasiado incrédulo. Lo peor fue que debió de creer que estaba bromeando, porque se echó a reír.
-No estoy bromeando, Jorge. Él le sonrió dulcemente.
-No, ya veo que hablas en serio. Pero, incluso en caso de que no estuvieras prometida, no podría casarme contigo.
Ella esperaba que formularle la proposición fuera el único mal trago que tuviera que pasar. No había contado con que él la rechazara.
-¿Estás prometido a otra?
-No.
Ella frunció el entrecejo.
-Entonces ¿por qué me rechazas?
En lugar de responder a su pregunta, Jorge dijo:
-Mira ahí, a mi hermana pequeña.
Ella sólo vio dos muchachos, puede que de apenas diez años, enzarzados a brazo partido en el suelo. Aún no había conocido a su hermana pequeña, al menos eso creía. Le habían presentado a tanta gente que igual se le había pasado por alto.
-¿ Dónde? Yo sólo veo dos niños. Jorge sonrió.
-La de encima, la del pelo rubio y corto es Pilar. Por eso me encariñé contigo cuando te conocí en Fulbray, porque me recordabas mucho a mi hermana. Le pasa como a ti, prefiere llevar medias a vestidos, para desesperación de mi madre. Aunque Pili se viste apropiadamente cuando hay invitados. Sólo que acaba de llegar y no sabe que estás tú. ¿Ves cómo mi madre está furiosa con ella y mi padre, como de costumbre, más bien divertido?
Camila se ruborizó. Debería estar contenta de haber encontrado a otra chica como ella, por saber que, después de todo, no era tan «rara». Aunque, claro, la joven Pili hacía concesiones cuando era preciso, mientras que Camila se había obstinado siempre en no ceder un ápice...
Suspiró. ¿Valía la pena avergonzar tanto a su padre a cambio de las pequeñas libertades que había conseguido conquistar? No obstante, Jorge aún no había respondido a su pregunta. Se lo recordó.
-¿Y qué tiene que ver tu hermana con esto?
Él se inclinó y le cogió las manos con ternura.
-No me estás escuchando. Entonces me recordabas a mi hermana, y aún me la recuerdas. Te tengo muchísimo afecto, pero eres como mi hermana, y la idea de acostarme contigo... Lo siento, Cami, sinceramente no pretendo ofenderte pero la simple idea me deja... frío. Además, eso sería robarle la novia a mi señor feudal. Por Dios, Cami, un día será el conde de Shefford y yo voy a gestionar una de las propiedades de Clydon a través de él.
Esa explicación debería haberla derrotado. Pero, por el contrario, comprendió con retraso cuánta razón tenía, y sintió lo mismo que él. Por eso le había sentido siempre tan próximo y nunca había tenido impulsos sexuales hacia él; porque era como un hermano para ella. En realidad, ahora que se forzaba a intentarlo, no podía imaginárselo besándola, no del modo en que la había besado Benjamin. ¡Dios mío! ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta años antes, cuando empezó a pensar en casarse con él? Asintió para que supiera que aceptaba su explicación, aunque luego añadió un suspiro.
-¿Y qué puedo hacer ahora? Tendré que encontrar a otro marido.
Él sacudió la cabeza.
-No; lo que tienes que hacer, que es por donde deberíamos haber empezado, es dejar este asunto en manos de los que pueden arreglarlo mejor que tú.
-Con eso no voy a conseguir un nuevo marido.
-No necesitas un nuevo marido -la corrigió él.
-Olvidas que hay otras razones por las que no quiero casarme con Benjamin insistió ella, airada.
-Recuerdo muy bien lo que me dijiste de él. Que le odias desde que eras una niña, que te hizo daño. Pero no me has dicho qué sientes por él ahora que se ha convertido en un hombre.
-¡Ajá! Sabía que me saldrías con esta observación.
-¿Acaso vamos a pelear como hermanos? -inquirió él, pacificador.
Camila le dio un golpecito en el hombro. Él le sonrió y ella puso los ojos en blanco. Él le pasó un brazo por los hombros.
-Respóndeme con sinceridad, Cami. ¿Has superado esos sentimientos infantiles que no te permiten ver a Benjamin tal como es en la actualidad? ¿O dejarás que esos viejos enconos condicionen la imagen que tienes de él? -Sigue siendo un bruto -murmuró.
-Eso se hace difícil de creer -dijo Jorge-. Pero, incluso en caso de que lo sea, la pregunta es: ¿es bruto contigo?
-Es un tirano, no para de darme órdenes. De verdad, si pudiera me controlaría hasta la respiración.
-Me parece que cualquier hombre te parecería un tirano si osara darte órdenes.
Camila suspiró una vez más.
-Jorge, ya veo por dónde vas. Pero no puedes imaginarte lo que es estar con él. No paramos de discutir. No podemos estar en la misma habitación porque se crea una tensión que podría cortarse con cuchillo.
Él reflexionó un momento y dijo:
-Es extraño, pero lo que acabas de describirme es lo que yo sentí en una ocasión en que deseé a una dama que sabía que no iba a ser para mí. Era una invitada. Discutía constantemente con ella, cada vez que la veía, cuando lo que en realidad deseaba...
-Shhhhh -le cortó Camila, ruborizándose-. Esto no tiene nada que ver con...
eso.
-¿Estás segura?



Capitulo 37
«¿Estás segura?» Camila no consiguió quitarse la pregunta de la cabeza ni cuando se retiró por la noche a su habitación. Su respuesta a Jorge había sido un rotundo «¡Claro que sí!», pero la verdad es que no estaba tan segura; al menos en el caso de Benjamin. Después de todo, ella no podía saber lo que pensaba, y decían que a los hombres les resultaba fácil amar a una y descubrir que deseaban a otra. Contaban que eran muchos los hombres que compaginaban esos dos sentimientos sin empacho.
Bien podía ser que Benjamin se sintiera frustrado respecto del deseo que ella le inspiraba, ahora que ya había aceptado plenamente que iba a ser su esposa, y podía ser que ése fuera el motivo de sus muchas discusiones. Si lo consideraba un motivo, también tendría que considerar que las peleas acabarían en cuanto estuvieran casados; al menos por parte de él.
Paloma le había insinuado la misma posibilidad. «Tenle contento en la cama y verás cómo se muestra más agradable y, por consiguiente, te concede mayor libertad», había sido la recomendación de su hermana. Pero ¿y ella? Tenerle contento a él no la iba a hacer feliz.
Era un aspecto discutible. En cuanto le hubiera contado lo sucedido a su padre, lo más probable es que accediera a que se casara con otra persona, aunque fuera por mor de obedecer los deseos del rey Sergio. Aunque no podría ser con Jorge, con quien había contado desde el principio. Tampoco podía ser con Benjamin, y eso, como mínimo, tenía que hacerla feliz.
Así pues, ¿por qué ahora que lo sabía no estaba más tranquila? Camila se alegró al oír que llamaban suavemente a la puerta, interrumpiendo esos pensamientos que la atormentaban. Fue lady Claudia quien entró en cuanto ella dio permiso. Se sentó en la cama, junto a Camila. Parecía preocupada.
-He llamado quedamente por si estabas dormida -fue lo primero que le dijo Claudia-. Aunque también debo decirte que, a pesar de lo avanzado de la hora, no me sorprende que no hayas podido conciliar el sueño.
Camila esbozó una sonrisa torcida.
-Pues yo sí lo estoy, teniendo en cuenta que la noche pasada he dormido muy poco. Pero ¿por qué lo decís?
-Jorge ha venido a verme.
-¡Ah!
-Mi hijo está preocupado por si te ha ofendido. ¿Es así? -¿Os ha contado respecto a qué?
Claudia asintió.
-Tu proposición le ha dejado atónito. Teme que no hayas entendido los motivos por los que ha rehusado, porque cuando te los explicó estaba muy confuso.
-Sí, los he entendido, y estoy de acuerdo con él. Cuando pensé en él como en el hombre con quien casarme, sólo pensé en nuestra amistad, en nuestra cercanía y en lo fantástico que sería compartir mi vida con alguien con quien me llevo tan bien. Jamás pensé en la intimidad que tendríamos que compartir.
Ahora que él lo ha sacado a relucir, creo que tiene razón. Me ve como una hermana, y yo igual, le veo como a un hermano. Nunca podríamos compartir cama juntos.
Claudia asintió de nuevo, pero no se abstuvo de insistir.
-Aún no has contestado a mi pregunta.
Camila frunció el entrecejo, no sabía muy bien de qué le estaba hablando Claudia.
-Sí he contestado. No estoy ofendida. No es culpa suya que yo sea tan tonta como para no haber tenido en cuenta todos los aspectos del matrimonio antes de hacerle mi proposición.
-Hay otra cosa que has olvidado considerar. Jorge no puede casarse contigo sin la conformidad de Marcel, y éste no se la dará jamás. Si, por los motivos que sean, se rompe tu compromiso con el hijo de lord Javier, nuestro señor feudal seguiría tomando como un insulto que nosotros intentáramos aliamos con los Crispin a través de ti, cuando el mismo lord ha pretendido que sea su hijo el que selle esta unión. ¿Has ignorado las consecuencias políticas de este caso?
Camila se ruborizó ligeramente a causa de la suave regañina que acababa de dispensarle lady Claudia.
-Mi padre me lo señaló recientemente, pero debo admitir que estaba tan distraída que no permití que sus palabras alteraran mis planes.
-Supongo que no tengo que preguntarte de nuevo si estás ofendida. El hecho de que a estas horas aún no hayas conseguido pegar ojo habla por sí mismo.
-Pero no es por Jorge. Podéis tranquilizarle al respecto, o lo haré yo misma mañana.
-¿Hay algo que pueda hacer por ti para ayudarte a disipar esas preocupaciones?
Al parecer, Jorge no se lo había confiado todo a su madre.
-No, sólo que nunca he querido casarme con Benjamin de Thorpe. Y ahora que sé que el rey Sergio tampoco quiere, me pregunto a quién me va a destinar mi padre. Durante años sólo he pensado en Jorge.
-¿Qué te hace pensar que Sergio está en contra de ese matrimonio? -Me lo dijo.
Claudia meneó la cabeza y sonrió.
-Tal vez hubiera debido preguntarte qué te hace pensar que las preferencias de Sergio son relevantes para el caso. Fue el rey Ricardo el que bendijo vuestro compromiso. El permiso de Sergio no pinta nada aquí. Además, si pensara prohibirlo ya lo habría hecho. Que te lo haya mencionado a ti y no a lord Javier muestra que no tiene intención de interferir directamente. Sinceramente, no creo que se atreva a molestar a un vasallo tan leal como lord Javier, precisamente ahora que tiene a tantos barones en contra.
Razón de más para que Camila estuviera segura de que, si Sergio no pensaba contar lo ocurrido, la culparía a ella y sólo a ella y se declararía completamente inocente si se atrevía a acusarle de algo. Debía explicárselo a Claudia, pero dudó. Cuanta más gente supiera del intento de Sergio de romper su compromiso acostándose con ella, aunque él lo negara, más probable era que quisiera venganza por el modo en que se le había escapado.
Por lo que se limitó a decir:
-Tal vez tengáis razón. Claudia asintió.
-Pasemos ahora a la última parte de tu inquietud.
-¿La última parte?
-No quisiera entrometerme pero me ha sorprendido que dijeras que jamás has querido casarte con Benjamin. Conozco a Benjamin desde que nació. Se ha convertido en un joven maravilloso, un honor para su padre. Mi propio marido anda en asuntos de guerra y ha estado en campaña con Benjamin. No tiene más que elogios para el muchacho. Y sé que las mujeres le encuentran atractivo. Mi hija mayor se muere por él cada vez que viene a visitarnos. ¿Qué es lo que no te gusta de Benjamin?
A Camila le hubiera gustado que no todo el mundo reaccionara igual. Esta vez, en lugar de mencionar rencores de infancia que la dama intentaría minimizar, señaló la otra buena razón por la que no le quería.
-Ama a otra.
-¡Ah! -replicó Claudia como si en esa palabra tan breve estuviera resumida toda la comprensión del mundo-. Si es así no demuestra ser muy listo, aunque puede que no sea nada serio y que no sea difícil superar ese escollo.
-¿ Cómo?
Claudia sonrió.
-Pues dándole un motivo para que te ame a ti también, y luego otro para que te ame más.
-Debéis de haberos entrevistado con mi hermana -gruñó Camila-. Al parecer, sois de la misma opinión.
Lady Claudia rió.
-Simple sentido común femenino, querida. ¡Qué fácil les resultaba a las mujeres que no estaban en su situación decir eso! Lo realmente complicado era superar ese profundo rechazo. Máxime cuando ambos miembros de la pareja coincidían en sentirlo.
-No debería tener que luchar por el amor de mi marido -dijo Camila, un tanto altiva.
-No, lo ideal sería que no tuvieras que hacerlo. Pero, siendo realistas, muchas mujeres se enfrentan a ello; es decir, si realmente quieren ser amadas. Siempre me sorprende que haya tantas a las que no les importa. No tienen expectativas de hallar amor en un matrimonio que responde a acuerdos políticos o a alianzas y, por lo tanto, no les disgusta que no lo haya.
Hay muchas cosas que contribuyen a un buen matrimonio. El amor no suele contarse entre ellas. Aunque, cuando lo hay... no puedes imaginarte lo...
-¿Me estáis confiando vuestros secretos, Claudia? Era divertido ver cómo, por una vez, le tocó el turno de ruborizarse a aquella dama que tantas veces le había sacado los colores con su franqueza. Aunque también ella enrojeció cuando se dio la vuelta y vio a su marido ocupando todo el marco de la puerta con su estatura.
-Ahora mismo pensaba volver a la cama -le dijo Claudia levantándose para marcharse.
-¿De verdad? Lo dudaba.
Claudia compuso una expresión de disgusto al oír esas palabras de su marido. Camila no lo vio, la preocupaba que Marcel Fitz Hugh estuviera enfadado con su mujer por su culpa.
Por eso, cuando Claudia dijo «No me estaba metiendo donde no me llaman», Camila se apresuró a corroborar sus palabras asegurando «No, de verdad que no». Y cuando Claudia añadió: «Ni la estaba molestando tampoco», Camila añadió: «Eso sería imposible. Lady Claudia me ha sido de gran ayuda.» En ese momento, Claudia volvió a mirarla y, con una risita, le dijo: -Tranquila, niña, no está enfadado. Aunque para mí no cambiaría en nada las cosas que lo estuviera. -Y concluyó dirigiéndole una mirada de advertencia a Marcel.
El gigante rió, señal de que había oído eso mismo, o algo parecido, muchas otras veces.
Entonces fue cuando Jorge empujó a su padre para entrar en la habitación y dijo, exasperado:
-No quise decir que tuvierais a Cami en vela toda la noche, madre.
Claudia levantó ambas manos y replicó:
-Me voy ahora mismo a la cama. -y salió de la habitación sin añadir palabra.
-Voy a asegurarme de que la encuentre sin desviarse -dijo Marcel-. No te entretengas, Jorge. Todos necesitamos dormir un poco esta noche. -Y salió de la habitación.
Curiosamente, tanto Jorge como Camila se ruborizaron después de que los padres de él hubieron salido de la habitación. Tal vez fuera porque nunca habían estado solos en un dormitorio, aunque seguramente era porque ambos sabían de qué se había estado hablando ahí. Él se sentó en el mismo lugar donde había estado su madre.
-Lo siento -le dijo cogiéndole la mano-. Sólo quería que mi madre te ayudara por si estabas mal. Es muy buena en eso. Aunque no sabía que le iba a llevar la mitad de la noche.
-No tienes por qué disculparte, Jorge. No estaba durmiendo, de lo contrario ella no hubiera entrado.
-¡Ah! ¿Así que todavía estabas inquieta?
Camila puso los ojos en blanco y cambió de tema.
-¿Es que aquí no duerme nadie?
Jorge rió.
-Los demás no sé, pero mi madre y yo solemos encontrarnos en las cocinas a altas horas de la noche, sobre todo cuando alguna calamidad le impide terminar de cenar. Tenemos unas charlas muy agradables ahí, hasta que mi padre se despierta, descubre que ha desaparecido y baja a buscarla, que es lo que ha ocurrido esta noche.
-¿Y cuál es tu excusa para no dormir?
-No es que no pueda dormir, es que estoy siempre hambriento, y cuando tengo hambre no puedo dormir.
Lo dijo con tanto pesar que ella se echó a reír.
-Sí, tienes mucho cuerpo que alimentar.
Sus bromas fueron bruscamente interrumpidas por un ruido al otro lado de la puerta, que había quedado abierta. Dirigieron sus miradas hacia allí, porque había sonado al ruido que se hace al desenvainar una espada. Y eso era justamente lo que había sido.
Benjamin estaba de pie en el quicio de la puerta, espada en ristre, con la mirada fija no en Camila sino en Jorge.
-Es una pena pero voy a tener que matarte.

 
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AutorReply
anonimo
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la furia del amor

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February 28 2009, 10:22 PM 

hola soy betsy. me han encantado.¿como resumir mi comentario? dificil lo veo. como siempre la voz de la conciencia de camila, es decir su hermana paloma, tiene razon. deberia haberle contado a benja su problema con el rey sergio en vez de huir de esa manera. por suerte parece que paloma despues de mucho sufrir le ha contado a benja el plan de su hermana y este ha ido en su busca porque la quiere, aunque ignoro cuanto le habra contado paloma.
aun asi, cami ha sufrido muchos riesgos al marcharse. solo espero q benja ahora la escuche antes de juzgarla, aunque la escena en que la ha encontrado de pie a mas de una interpretacion. al menos esta visita a jorge le ha servido a ella para quitarse sus sueños de infancia para con él, y darse cuenta de que a pesar de sus rencores pasados, ama a benja. veremos que ocurre. siguela pronto. y mil gracias por poner tantos. bss linda.

 
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mª jesus
(no login)

Re: LA FURIA DEL AMOR capis 33,34,35,36 y 37!!!

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March 1 2009, 11:43 PM 

hola es la primera vez que comento
me he leido todos los capitulos y me
encanta,esta sensacional cada vez me gusta
mas siguela pronto a ver que hace benjamin
besotesssss

 
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Current Topic - LA FURIA DEL AMOR capis 33,34,35,36 y 37!!!  Respond to this message   
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