| LA FURIA DEL AMOR CAPIS 38,39,40,41 Y 42!!March 14 2009 at 11:24 AM No score for this post | noelia_camila (no login) |
| hola!!perdon por el retraso, lo que pasa es que en mi casa no hay internet y cuando puedo vengo al centro de la juventud de mi pueblo....espero que os gusten los capis!!
capitulo 38
Camila se puso lívida. No porque Benjamin estuviera donde se suponía que no debía estar. Ni tampoco porque acabara de amenazar fríamente con matar a su amigo. Palideció al reparar en que la única vía a través de la cual había podido encontrarla en Clydon era Paloma.
Por eso lo primero que dijo fue:
-¿Qué le has dicho a mi hermana para que ella te dijera adónde había ido yo? Nunca te hubiera dado esa información voluntariamente.
Eso atrajo su destellante mirada de zafiro hacia ella.
-Y no me la dio. En realidad se desmayó a mis pies sólo porque se lo pregunté.
-¿Sólo? -dijo ella suspicaz-. ¿Estabas furioso cuando se lo preguntaste? -Mucho.
Camila suspiró aliviada. No había torturado a Paloma. Sólo le había pegado un susto de muerte. Aunque si era así...
-¿Cómo supiste dónde estaba si ella no te lo dijo?
-Hace unos días se le dijo sin darse cuenta a mi hermana cuando le habló del hombre al que le habías entregado tu amor. Cuando no te encontré en el castillo, descubrí finalmente quién era tu gigante gentil y supuse que habrías acudido a él.
Sus ojos volvieron a posarse en Jorge mientras lo decía. Los de ella también, y descubrió que el gigante gentil se estaba riendo. Camila decidió que Jorge debía de ser imbécil si encontraba algo divertido en esa situación.
¿O es que creía que Benjamin bromeaba cuando había hablado de matarle? ¿O que no había nada que temer porque estaban hablando en tono tranquilo, a pesar de lo furioso que se sentía Benjamin?
Se lo preguntó. No había duda de que estaba furioso, aunque estaba conteniendo su ira. La cuestión era qué le había puesto tan furioso, ¿que se escapara o dónde la había encontrado y con quién? -No tienes que matarle -dijo ella-. He descubierto que lo que sentía por Jorge sólo es amor fraternal. Además, por esa misma razón ha rechazado casarse conmigo. Es como un hermano para mí.
-¿Me tomas por tonto? -replicó Benjamin-. La evidencia está ante mis ojos.
Ella había recuperado el valor que necesitaba para discutir con él a pesar de su ira.
-¿Qué evidencia? -bufó-. Si te refieres a que has encontrado a Jorge aquí conmigo, deberías preguntar antes de sacar conclusiones. Si hubieras aparecido unos minutos antes, habrías encontrado a sus padres aquí también.
Precisamente ha venido para llevarse a su madre, porque creía que me impedía dormir. No me impedía dormir, pero estaba aquí. Confío en que tengas el juicio de verificarlo antes de utilizar la espada, Benjamin.
-Cami, ¿por qué le provocas deliberadamente? -terció finalmente Jorge.
-No lo hago.
-Es exactamente lo que estabas haciendo -insistió el joven. Y añadió, dirigiéndose a Benjamin:
-Milord, lo que dice es verdad. Incluso en el caso de que no estuviera prometida a vos, y lo está, no podría casarme con ella. Sería como casarme con mi hermana y eso, estaréis de acuerdo conmigo, no es muy deseable que digamos.
Jorge estaba intentando aligerar la tensión. Pero con Benjamin no funcionó, porque su expresión no cambió en absoluto. Sus ojos azul profundo ardieron con un fulgor más intenso cuando la miró a ella.
-¿Significa que me mentiste cuando decías que le amabas? Tal vez a Camila no le apetecía hablar precisamente de eso pero, como él sacó el tema, se vio forzada a admitirlo.
-No estaba enamorada de él cuando te lo dije, no, aunque por entonces pensaba que podía estarlo. Siempre había creído que podía amarle. Sólo que nunca me detuve a pensarlo lo suficiente para comprender que ya le amaba, aunque de una manera incompatible con el matrimonio. Ninguno de los dos siente el menor deseo, hacia el otro. ¿Quieres que te lo diga más claro? -Lo has hecho otra vez, Cami -se quejó Jorge, casi reprobándola.
-¿El qué? -exclamó ella exasperada.
-Provocarle. Con la explicación hubiera bastado. No tenías por qué machacárselo.
-Vete a la cama, Jorge. No estás ayudando en nada.
-Quisiera hacerlo, pero no puedo -suspiró Jorge, como , si irse a la cama en ese momento fuera para él la máxima felicidad.
Entonces ella comprendió que temía dejarla sola con Benjamin. Ella también prefería que no la dejara a solas con él, aunque en ese momento temía más por Jorge que por ella, dado que Benjamin aún no había envainado su espada.
A Benjamin debió ocurrírsele lo mismo, o tal vez pensó que Jorge no se fiaba de pasar junto a él yendo desarmado, porque entonces sí envainó su espada antes de decir:
-En el fondo, estoy contento de no haberte matado, por el bien de tu padre.
Haz lo que ella te ha dicho. -y como parecía que Jorge dudaba en moverse, añadió-: Ha sido mía desde el día en que la hicieron mi prometida. No oses pensar siquiera que puedes interferir en lo que es mío.
Se miraron por un tenso instante que pareció eterno. Finalmente Jorge asintió y se fue.
Camila sabía que su amigo no se habría marchado si creyera que Benjamin podía hacerle daño. Le hubiera gustado poder estar tan segura como él. Pero no lo estaba. Sintió un impulso desesperado de pedirle que volviera, porque de pronto se puso muy nerviosa. El nerviosismo creció como la espuma cuando Benjamin cerró la puerta detrás de Jorge y la atrancó con la barra de hierro.
-¿Qué haces? -le preguntó con voz ronca y notando que el poco color que le había vuelto a la tez desaparecía de nuevo.
Él no contestó. Se dirigió hacia ella y se detuvo junto a su cama. La miró desde arriba.
-Podríamos hablar de esto mañana... -sugirió ella, pero él la cortó bruscamente.
-No hay nada de que hablar -espetó y, cuando ella fue a levantarse de la cama-: ¡Quédate quieta ahí!
Camila sintió auténtico pánico. La expresión de Benjamin no había cambiado.
Seguía pareciendo muy enfadado. Ella no estaba segura de qué pensaba hacerle. Aunque lo tuvo clarísimo cuando él empezó a quitarse lentamente la capa sin dejar de mirarla.
-No lo hagas, Benjamin. Él se limitó a preguntarle:
-¿De verdad creías que podrías casarte con Jorge Fitz Hugh y que él viviría para disfrutarlo?
-Si mi padre hubiera accedido, tú no habrías tenido nada que objetar al respecto.
-¿Y tú crees que eso me hubiera impedido matarle? -insistió él, meneando la cabeza.
Camila empezó a comprender lo que él quería decir. Él la consideraba suya en cualquier circunstancia. Aunque en el fondo no la quisiera, era suya, y por lo tanto nunca podría casarse con otro, porque él lo consideraría un adulterio.
Totalmente ilógico. Profundamente posesivo. No sabía si romper a llorar o echarse a reír histéricamente. No tenía ninguna posibilidad de ganar. Nunca había tenido la menor posibilidad de escapar.
De pronto recordó su desagradable encuentro con Sergio sin Tierra. Un rey podía lograr que hasta los hombres más poderosos se doblegaran a su voluntad. Y Benjamin todavía no sabía que Sergio se oponía a su unión. Eso le proporcionaría la excusa que deseaba para no casarse con ella. Si era él quien rompía el compromiso, ya no la consideraría suya.
-Todavía no sabes lo que motivó mi huida. Eso lo cambia todo, Benjamin. -La vaina de la espada y el cinturón de Benjamin se desplomaron sobre el abrigo-.
¡Escúchame!
-¿Acaso se ha anulado el compromiso?
-No, pero...
-Entonces no cambia nada.
-¡Que sí, que te estoy diciendo que sí! El rey se ha pronunciado. Está en contra de nuestra unión. Es la excusa perfecta que necesitabas para romper el compromiso. Sólo tenemos que decírselo a nuestros padres.
-Ni en caso de que te creyera, muchacha, y no te creo, eso cambiaría las cosas. Sergio ha aprobado públicamente nuestra unión.
-¡Te estoy diciendo la verdad!
-Entonces déjame que aún sea más claro respecto a por qué su opinión no tiene ninguna importancia. Lo que Sergio quiera no tiene ninguna validez a menos que lo admita y eso, ni lo ha hecho ni parece que vaya a hacerlo. Así que vamos a aseguramos, aquí y ahora, de que sepas a quién perteneces, para que no intentes negarlo de nuevo. Ya estamos unidos por contrato.
Sellémoslo pues esta noche. -Y, mientras se lo decía, la empujó hacia la cama y se tumbó junto a ella.
Ella no entendía por qué él no había pegado saltos de alegría cuando le dio la excusa perfecta para no casarse con ella. Quizá porque en ese momento estaba muy enfadado y no atendía a razones.
Fue su ira la que la hizo gritar, desesperada:
-¡No, Benjamin, no lo hagas! No intentaré escapar de nuevo. ¡Me casaré contigo, lo juro!, Pero no me tomes así, enfadado.
Había lágrimas en sus ojos. Estaba tan asustada que ni siquiera se dio cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas de ella apaciguaron a Benjamin. La besó intensamente, pero luego soltó una blasfemia, se levantó de la cama y salió de la habitación.
Camila se tumbó con un suspiro, temblando de alivio. Su propia ira por el hecho de que él la hubiera reducido a una chiquilla temblorosa no llegó hasta más tarde, pero llegó.
Capitulo 39
Cuando Camila despertó, tardó unos minutos en darse cuenta de que había estado durmiendo hasta media tarde. No es que la sorprendiera, porque la furia que se había apoderado de ella cuando Benjamin se marchó la tuvo en vela hasta el alba. Lo que la sorprendía es que nadie hubiera ido a despertarla, particularmente Benjamin. Tal vez no pretendiera regresar a Shefford ese mismo día, como ella pensaba.
Aunque podía ser que también él estuviera descansando, porque debía de haber estado medio día cabalgando hasta Clydon. En cualquier caso, tenía mucho que decirle, ahora que la amedrentaba con sus estratagemas. Seguía sin poder dar crédito a lo que él le había hecho. No era sólo el hecho de que, antes de que se quedara dormida ya empezara a sospechar que él no tenía ninguna intención de acostarse con ella, que su única pretensión había sido asustarla para que ella le diera su promesa; cosa que ella había hecho con sorprendente ligereza.
Tampoco era que, después de lo que él le había confesado la noche anterior, eso fuera tan importante. Si casarse con otra persona, en lo que a Benjamin respectaba, significaba firmar su sentencia de muerte, no podía arriesgarse a eso. Eso quería decir que estaba pegada a él mientras siguiera considerándola suya, y ella había agotado todas las posibilidades de hacerle cambiar de parecer cuando ni siquiera los deseos del rey le habían disuadido.
Camila se vistió a toda prisa, descartando la cotardía que llevaba el día anterior a favor de otra ropa, sólo para despechar a Benjamin. No tenía por qué saber que se había traído prendas que él consideraba «apropiadas». Pensaría que no tenía otra cosa que ponerse. Una pequeña victoria para ella, demasiado pequeña para compensarla por la ira que él le provocaba.
Su enfado era evidente en su expresión cuando entró en el gran salón de Clydon. La comida del mediodía ya había terminado. Estaban retirando las mesas de caballetes y Benjamin estaba junto al hogar en compañía de lord Marcel. Reparó en ella y en su gesto.
-Borra esa expresión de tu cara, muchacha -fue lo primero que le dijo-. Si crees que voy a tolerar tu malhumor después de lo que hiciste, estás muy equivocada.
A ella no la impresionó la advertencia, y exclamó: -¿Lo que yo hice? ¿Y qué pasa con lo que tú hiciste? -No hice lo que tenía que hacer, pero podemos rectificarlo rápidamente si es que insistes. .
Camila abrió la boca para replicar, pero la cerró cuando comprendió que no estaba hablando de acostarse con ella sino de pegarle una buena zurra.
Eso no se lo hubiera permitido de ningún modo, para todo había un límite. Se tuvo que tragar la bilis y apartarse de él y acercarse a la tarima, que todavía no habían desmontado, para apurar un cáliz de vino medio lleno.
Sintió la risa del padre de Jorge tras ella. ¡Por Dios! La había visto junto a Benjamin pero la había ignorado por completo, porque tenía toda la atención en el bruto ese. Sentirse tan ignorada la hizo enrojecer.
Cuando se dio la vuelta hacia el hogar, Marcel ya se había marchado. Benjamin estaba solo ahora, con los brazos cruzados y mirándola con ceño. Ella levantó la barbilla, desafiante. Él enarcó una ceja. Ella apretó los dientes, preguntándose si alguna vez podría con él. Sin duda, él contaba con que no pudiera.
Sabía, su sentido común se lo dictaba, que lo prudente hubiera sido mantenerse alejada de él hasta que ambos tuvieran la oportunidad de calmarse. El problema, sin embargo, era que ella dudaba que pudiera calmarse si no se desahogaba, aunque fuera un poquito. Además, también necesitaba saber qué pretendía él hacer respecto de las maquinaciones del rey Sergio, especialmente ahora que la iba a llevar de vuelta a Shefford y tendría que tratar directamente con él.
Se aproximó a él por segunda vez, intentando borrar su expresión de desprecio. Antes de que él le advirtiera que no le agotara la paciencia, ella introdujo un tema que Benjamin no podría Ignorar.
-¿Le vas a decir a tu padre lo que hizo Sergio? Benjamin respondió con otra pregunta.
-¿Qué fue exactamente lo que hizo el rey, aparte de darte la sensación de que estaba en contra de nuestra unión?
-No fue la sensación. Quería proporcionarte una razón para repudiarme.
Él frunció el entrecejo.
-Yo sólo haría eso si...
-Exactamente.
Benjamin palideció.
-¿Estás diciendo que Sergio te violó?
La sorprendió no querer que él pensara eso ni por un momento, y se apresuró a aclarar:
-No, no lo hizo. Lo que no quiere decir que no hubiera ocurrido, aunque dudo que él lo hubiera considerado una violación. Daba la sensación de que él esperaba que yo me sintiera halagada y agradecida por su proposición.
Hablaba constantemente de beneficios para ambos.
-¿Qué beneficios? -Pareció que le costaba articular esas palabras.
Definitivamente, ya no estaba enfadado con ella, aunque no podía estar segura de quién era ahora el destinatario de su ira.
-No lo especificó, Benjamin. Supuse que se refería meramente al placer de acostarse con una mujer, aunque después pensé que tal vez fuera algo más que eso. En cuanto a mí, me preguntó si te amaba, y yo le respondí con sinceridad. Su réplica fue que, si ése era el caso, no me importaría que me repudiaras. Pareció encantado, incluso dijo estarlo. Sus palabras fueron: «Me complace que podamos beneficiamos ambos de esta solución.» -¿Y tú lo rechazaste? Ella le dirigió una mirada furibunda por el mero hecho de que hubiera necesitado preguntárselo.
-Naturalmente, pero como no estaba dispuesto a aceptar mi negativa, quiso descargarme la conciencia decidiendo él por mí, o eso dijo. Conseguí zafarme, pero me aterrorizaba que pudiera vengarse de mí por haberle desbaratado los planes. Ése fue el principal motivo por el que me marché, para que él no pudiera encontrarme, aunque no fuera la única razón.
Él puso ceño al recordarlo, pero siguió con el tema del que estaban hablando y quiso saber cuándo había tenido lugar ese encuentro.
-La misma noche de su llegada. Uno de sus sirvientes vino a buscarme con el pretexto de que la pareja real quería que acudiera a su presencia. Pero cuando llegué sólo estaba Sergio. No se anduvo con rodeos para intentar meterme en su cama. Cuando yo me rehusé, él intentó forzar la situación; y fue cuando yo le pegué una patada y escapé de la habitación. Pasé el resto de la noche tras una puerta barricada empuñando mi arco. A la mañana siguiente Paloma me ayudó a salir de Shefford.
-Sergio estaba de muy buen humor al día siguiente. Ni siquiera hizo comentario alguno sobre tu ausencia.
-¿Ausencia? ¿Es que Paloma no...? En fin, no importa.
-¿El qué? -le dijo para que tuviera que decirle lo que él ya sabía-. ¿Si no fingió ser tú? ¿Crees que a estas alturas no percibo ya las diferencias que hay entre las dos?
Camila tuvo que apretar los dientes para tragarse la suficiencia que detectó en el tonillo de Benjamin.
-No puedes estar seguro. Al menos no siempre ni de un modo absoluto.
-Eso te lo concedo, y por eso te advierto, nunca vuelvas a engañarme en eso, Camila, o voy a prohibirle la entrada a Shefford a tu hermana. Sí, me engañó, pero hasta la hora de la cena, cuando le noté un nerviosismo impropio de ti. Entonces fue cuando descubrí la farsa.
Ella gruñó para sus adentros. Si era así, no resultaba extraño que la hubiera encontrado tan pronto. En cuanto al buen humor de Sergio, seguro que pensaba que a ella le daba miedo verse con él, y aún más miedo contarle a nadie lo ocurrido entre ellos.
Lo había contado, y añadió:
-Si le hubiera acusado de algo, seguro que lo habría negado. De la misma manera que estoy segura de que, si finalmente hubiera conseguido lo que pretendía, me hubiera culpado a mí, diciendo que yo le seduje o alguna tontería similar. ¿Se lo contarás a tu padre?
Él reflexionó y luego respondió:
-Tal vez algún día, cuando pueda ser útil. Ahora mismo no lo considero justificado, máxime cuando Sergio sigue manifestando su pretendida aprobación a la boda.
-¿Tienes idea de por qué Sergio está en contra, aparte del hecho de que su hermano la aprobara y él odiara a su hermano?
-Ciertamente. Yo mismo no me enteré, hasta hace poco, de lo rico que es tu padre. La combinación de esa fortuna con las posesiones de Shefford creará una alianza con tanto poder que incluso Sergio puede sentirse amenazado por ella.
-Mi padre nunca se enzarzaría en una guerra contra su rey. Bueno, al menos creo que no.
-Ni el mío tampoco, si no le provocaran gravemente. Pero piensa en el ejército que se podría formar con los caballeros de Shefford y los mercenarios de Dunburh. Es un poder que tal vez no se utilice jamás, pero Sergio no lo ve así. Si tuviera el apoyo incondicional de todos sus barones, no le importaría.
Pero precisamente cuando tantos de ellos han roto con él, y les ha tachado de proscritos y traidores, él se vería obligado a formar a toda prisa un ejército igual de numeroso. Además, los barones que están contra él se sumarían rápidamente a la causa de Shefford.
-Tal como lo cuentas, no sólo parece un tema que deba preocuparle, sino una posibilidad temible que debe intentar evitar por todos los medios.
Él imaginó lo que Camila estaba pensando.
-¿Incluido el de matarte? Ella asintió, y siguió concentrada en el hilo de sus reflexiones.
-En un momento determinado dijo: «Te hago un favor más grande de lo que puedes imaginar.» Yo pensé que se refería a que, en su opinión, era un honor que el rey te llevara a la cama. Pero el favor también podía ser que, si tú me repudiabas, él no tendría que matarme.
-Puede ser -replicó Benjamin pensativo-. Aunque también hay que considerar que la amistad de nuestros padres se remonta a su juventud y que, en realidad, no haría falta una alianza por matrimonio para que formaran ese vasto ejército del que estamos hablando. Además, si se sabe que Sergio ha intentado interferir, se arriesga aún más a que se forme ese ejército. ¿Tú crees que Sergio se la jugaría hasta ese punto?
-¿Acaso no se arriesgó cuando intentó acostarse conmigo? -replicó Camila.
Él rió de su áspera réplica.
-Acabas de contestar a la pregunta tú misma. Podía fácilmente afirmar que fue idea tuya, no suya, y que él fue débil y no supo resistirse al ofrecimiento.
Sin duda ésa habría sido su excusa en caso de que lo hubiera logrado, cuando yo me enterara y te repudiara... ¿ De verdad le pegaste una patada al rey de Inglaterra?
Ella se ruborizó y asintió con un breve cabeceo. Benjamin rió de nuevo.
-Si no fuera por eso, me sentiría impulsado a... bueno, no importa. Dudo que funcionara tratándose de Sergio. Aunque supongo que lo más juicioso será renovar mi juramento ante él después de la boda, para tranquilizarle un poco.
Es decir, si es que asiste.
-¿Cómo no va a asistir, si ya está en Shefford?
-Pero si lo que tú cuentas es cierto, tal vez esté demasiado encolerizado para quedarse y ver cómo se oficializa la unión. No le faltarán excusas para justificar su marcha antes de que se celebre la boda.
Ella no hubiera deseado otra cosa. Incluso se atrevía a desear que ya se hubiera marchado, porque no le apetecía en absoluto tener que volver a vérselas con Sergio sin Tierra.
40
Antes de abandonar Clydon, Camila supo que, después de todo, Benjamin se había levantado temprano para estar en compañía de sus anfitriones. Además, habían decidido que los Fitz Hugh se marcharían hacia la boda un día antes de lo planeado, para acompañarlos hasta Shefford.
Al parecer, Benjamin había cabalgado solo en el camino de ida, y la idea de tener una escolta en el viaje de vuelta hasta Shefford le hacía feliz. Lo que Camila no sabía era si había cabalgado solo para ganar tiempo, puesto que el contingente de sus hombres le habría demorado, o para mantener en secreto su huida. Probablemente lo segundo. No le gustaría que fuera de dominio público que ella prefería arriesgar la vida y emprender una aventura tan peligrosa antes que casarse con él; y marcharse sola del castillo, después de los recientes ataques de los que había sido objeto, era jugarse la vida.
Intentó preguntarle, muy sutilmente, cómo habían ido las cosas en Shefford después de su partida. En concreto, la preocupaba el asunto de esos tres hombres que la habían seguido, y que tal vez pertenecieran a una de las patrullas de Shefford. Si lo eran, esperaba cerciorarse de que no les había causado ningún daño grave.
Pero Benjamin no le prestó más atención a su pregunta que la digna de ser respondida con un «Nada que te afecte», lo que, naturalmente, no le clarificó las cosas. A Benjamin no se le ocurriría considerar asunto suyo nada que tuviera que ver con los hombres armados de Shefford.
Lo significativo, sin embargo, fue que pese a lo ocurrido entre Jorge y Benjamin la noche antes, cuando estuvieron sosteniéndose la mirada durante tanto rato, Jorge fue todo sonrisas cuando se encontró con ella ese día y no la examinó en busca de golpes y moratones. Camila se preguntó si Benjamin habría hablado con él por la mañana y qué podría haberle dicho, porque era obvio que él estaba tranquilo respecto al bienestar de ella.
No era ni mucho menos así, pero ella pensó que era mejor no decírselo a Jorge. Le había metido en el asunto una vez, y casi le cuesta la vida. No volvería a involucrarle.
Estaban ya preparados para partir cuando apareció lady Claudia con sus dos hijas, la más pequeña vestida debidamente como hija del señor del castillo.
Claudia se había limitado a levantar una ceja cuando vio el atavío de Camila, pero había bastado para que se ruborizara y corriera a ponerse la cotardía antes de emprender el viaje. Camila se preguntó si, caso de que su propia madre estuviera aún viva, hubiera tenido ni la mitad de esas tercas inclinaciones, o si, efectivamente, no habría sido distinta de las demás mujeres, conforme a lo que se esperaba de ella, igual que Pilar Fitz Hugh.
Mientras fue una niña nada ni nadie le impidió hacer su voluntad, ya que su padre solía estar demasiado beodo para darse cuenta o ser capaz de avergonzarla como hubiera hecho su madre.
¡Cuán distinta sería ahora si su madre viviera! ¿Hubiera aceptado a Benjamin sin decir palabra por la simple razón de que sabría que nada de lo que pudiera opinar sería tomado en cuenta? Pero manteniendo la actitud contraria tampoco le había hecho el menor caso. Al final, tenía que casarse con él.
Benjamin mismo se había encargado de asegurarlo con sus espeluznantes amenazas contra cualquier otro marido que ella pudiera tener, así que ni su padre podría ayudarla a anular esa boda tal como estaban las cosas. Se suponía que debía sentirse desesperanzada y no airada, y sentía que su ira se debía más a la actitud de Benjamin que al hecho de que hubiera quemado sus últimas naves. Lo que no dejaba de sorprenderla.
Otra ceja se levantó, en ese caso la de Benjamin, cuando ella regresó vestida con la cotardía. A ella le entraron ganas de gritar de frustración cuando vio el gesto del joven. Permitir que los demás le dictaran lo que tenía que hacer, aunque fuera con la mirada, se le hacía muy cuesta arriba. Y al parecer ése iba a ser su pan de cada día, a menos que hiciera lo que Paloma le había recomendado y se esforzara por cultivar la buena disposición de ánimo de Benjamin, o al menos su tolerancia.
El viaje de vuelta a Shefford les llevó el doble de tiempo, debido a la amplia comitiva que incluía un carro para el equipaje. Así que no llegaron hasta el crepúsculo. Camila lo consideró ventajoso, ya que tenían que ocultarle su ausencia a la mayoría de los habitantes del castillo. Y, efectivamente, consiguió llegar hasta su habitación sin que nadie la viera, gracias a la capa encapuchada en que ocultó su rostro.
Pero Paloma reparó en ella, y entró en la habitación justo después que su hermana. Estaba pálida y su tono confirmaba su expresión angustiada.
-¿Cómo ha conseguido encontrarte Benjamin? ¿Y tan pronto? Caray, Cami, lo siento tanto. Cuando él descubrió el engaño y empezó a gritarme para que le dijera dónde estabas, me derrumbé a sus pies. Estaba hecho un basilisco.
Pero yo no le dije nada, creo que no le dije nada.
Camila abrazó a su hermana.
-Ya sé que no dijiste nada. Fue culpa mía. Yo misma se lo dije sin darme cuenta.
-¿Cómo?
-Una día, la semana pasada, me hice pasar por ti para poder salir de la torre sin que me siguiera esa maldita escolta y, en el camino, me encontré con lord Felipe, que quería hablar contigo acerca del hombre del que yo estaba «enamorada». No le di el nombre de Jorge, naturalmente, pero como se suponía que yo era tú, le dije que nunca me habías dicho quién era y que le llamabas «mi gigante gentil». Como Benjamin conoce a los Fitz Hugh, porque Clydon es vasallaje de Shefford, acabó imaginándose a quién me refería.
¿Cuánta gente sabe que me marché?
-Muy pocos. La mayoría todavía creen que el primer día yo estaba enferma y tú me cuidaste, y luego hice correr la voz de que te lo había contagiado, para explicar por qué tampoco te han visto hoy. Los que te hayan visto ahora en el salón pensarán simplemente que te has recuperado, si es que te han reconocido. Yo misma te he reconocido sólo porque la cotardía te asomaba por debajo de la capa.
Camila asintió.
-Dudo que Benjamin quiera que se sepa que me marché, de modo que está muy bien que pensaras en la excusa de mi indisposición.
-He visto que sir Jorge estaba contigo. ¿No has tenido tiempo de plantearle lo de la boda?
Camila suspiró y le explicó brevemente lo ocurrido con Jorge. Concluyó su relato diciendo:
-No sabes cómo me gustaría haber sido capaz de comprender mis verdaderos sentimientos hacia él antes de ir a Clydon. Podría haber acudido directamente a padre... ¡Bah, ya no importa! Benjamin me ha dicho que, dado que piensa que ya le pertenezco; aunque padre accediera a romper el compromiso y casarme con otra persona, mi nuevo marido no viviría para verlo.
-¿Eso te dijo? -repuso Paloma con ojos como platos.
-Me amenazó con ello.
-Pues, en el fondo suena... muy romántico.
Camila puso los ojos en blanco y replicó:
-Enfermizo, eso es lo que es.
-No, eso prueba que ahora, a pesar de todo, él te quiere. Y eso es romántico.
-Paloma, tú serías capaz de encontrarle virtudes a un sapo.
Paloma resopló ante la tozudez de su hermana.
-El hecho de que insista tanto en quererte a ti es una virtud.
-Es sólo sentido de posesión. No significa que albergue sentimientos tiernos hacia mí.
-No, naturalmente que no, ni los albergará jamás, si sigues obstinándote en no verlos...
-¿Por qué estamos peleando?
Paloma suspiró y se sentó en la cama.
-¿Porque siempre es preferible a llorar? -aventuró desesperanzada.
Camila se aproximó a ella.
-No es como para llorar. Sé cuándo tengo que dejar de dar cabezazos contra la pared. He agotado mis últimas posibilidades, así que me casaré con él. Pero no voy a permitirle que acabe conmigo. Todo irá bien, Paloma, de verdad. .
-Antes no opinabas lo mismo.
-No, pero antes tenía otras esperanzas. Ahora, pues... igual que me esforcé para evitar esta unión, lucharé para que Benjamin de Thorpe me acepte tal como soy o, al menos, que no intente cambiarme demasiado.
Paloma sonrió.
-No pensaba que te rindieras con tanta elegancia.
Camila empujó a su hermana fuera de la cama, ignoró su gritito de sorpresa y concluyó:
-Bah, ¿quién ha hablado de elegancia?
41
A Camila no la sorprendió encontrarse al rey Sergio en el gran salón a la mañana siguiente, pero se sintió decepcionada al ver que no se había marchado, tal como ella esperaba. Paloma le confesó que se vio obligada a hablar con él mientras fingía ella y, por lo que le había parecido, a él le divirtió su nerviosismo.
Sabiéndolo, Camila ya no estaba asustada. Lo que temía era una reacción por su osadía. Sin embargo, era obvio que Sergio no tenía ninguna intención de que aquel incidente, y especialmente las razones que lo habían motivado, fuera de dominio público.
Si esa noche hubiera estado en condiciones de razonar correctamente tal vez ya lo habría imaginado. No obstante, Paloma no había estado a solas con el rey, única circunstancia en la que él hubiera comentado lo ocurrido entre ellos. Por consiguiente, no podían saber cómo se sentía el monarca.
El advirtió su entrada en la sala, pero no pareció prestarle atención. No interrumpió la conversación que mantenía con lord Javier y otros hombres de importante aspecto. Estaban reunidos alrededor de la mesa sobre la que había pan, vino y queso para los que quisieran romper el ayuno matutino.
Parecían animados y se oían sus. Carcajadas.
Camila no tenía hambre. Y aunque la tuviera no se habría acercado a la mesa. Albergaba la débil esperanza de que Sergio no quisiera hablar de nuevo con ella, aunque sólo fuera por evitarles el mal trago a ambos. Ella se lo iba a facilitar de todas maneras manteniéndose alejada de él. No se quedó en la sala y se encaminó hacia el exterior con la intención de ir a ver cómo estaba Stomper. Apenas reparó en que su silenciosa escolta bajaba las escaleras detrás de ella.
El tiempo se mantenía estable aunque frío y los restos de nieve ya casi habían desaparecido. A lady Sol la inquietaba que la tormenta impidiera la presencia de algunos invitados, como efectivamente habría ocurrido si la intensa nevada y el viento no hubieran amainado.
Dicho de otro modo, Camila no tendría la suerte de que su boda se retrasara debido al mal tiempo. La mayoría de las bodas se fijaban para primavera o verano, precisamente por eso, porque los muchos testigos que se precisaban para una boda no cabían todos en la iglesia, y solían agolparse en el exterior del templo mientras duraba la larga misa de esponsales. Y ésa no era una perspectiva muy agradable en pleno invierno.
De camino al establo, el entrechocar de las espadas atrajo la mirada de Camila hacia el patio de armas, como siempre. Se detuvo un instante pero siguió a toda prisa cuando reconoció a Benjamin entre los allí reunidos.
Él y su hermano estaban ejercitándose con la espada aunque, dada la multitud congregada a su alrededor, más parecía una exhibición. Tras detenerse un momento a mirarlos, concluyó que Benjamin iba a ganar sin mucho esfuerzo. La espada parecía una extensión de su brazo, la manejaba con aplomo y ligereza.
Oyó una tos tras ella que le recordó que no estaba sola, y que su escolta no iba lo suficientemente abrigada para estar de pie contemplando un duelo de espadas con ese frío. A decir verdad, tampoco la delgada capa con que ella se cubría la abrigaba demasiado. Aunque ella estaba tan absorta en el espectáculo que ni siquiera había sentido frío.
No se reprochó por ello mientras recorría apresuradamente el trayecto que la separaba de los establos. Nunca había negado que Benjamin era un espléndido ejemplar de hombre. Ahora también tenía que admitir que su maestría con la espada era de las mejores que ella hubiese visto. Le gustaba mucho contemplar a Jorge cuando éste se formaba para ser caballero. Y acababa de ocurrirle lo mismo observando a Benjamin.
Se sonrió cuando entró en los establos y luego en el compartimiento de Stomper. Si su matrimonio no daba más de sí, al menos podría disfrutar de eso, de ver cómo su marido perfeccionaba sus habilidades como caballero.
Sólo que tendría que arreglárselas para que Benjamin no llegara a saber que le gustaba verlo, pues seguro que se lo prohibiría, igual que pensaba prohibirle cualquier cosa con la que ella disfrutara.
-¡Hija de Crispin! ¿Cómo era tu nombre?
Camila lamentó no haber notado que Sergio se aproximaba. Aunque no se puede decir que la sorprendiera su presencia, sin la compañía de su séquito habitual. Obviamente, la había buscado por algún motivo, y no había que hacer ningún alarde de imaginación para descubrir cuál. El rey quería saber si le había hablado de su encuentro a alguien. Tendría que convencerle de que no.
-Camila, señor.
Aceptó su sutil insulto sin rencor. No le cabía duda de que Sergio recordaba perfectamente su nombre, sólo quería hacerle notar que ella era tan insignificante que podía haberlo olvidado.
-No pensaba encontrarte aquí, en un lugar tan hediondo que cualquier dama evitaría frecuentar -le comentó con desdén.
Otro insulto. ¿Estaba provocándola para que se encendiera? Prefirió fijarse más en lo explícito de la observación que en su intención encubierta. Después de todo, era cierto que en invierno los establos apestaban más, porque se mantenían sus puertas cerradas para protegerlos del frío. Y la mayoría de las damas no cuidaban de sus propias monturas y dejaban eso en manos de los mozos de establo, que para eso estaban.
Por ello profirió un suspiro que quiso sonar a auténtico.
-Me temo que nadie osa acercarse a mi caballo, alteza, así que tengo que cuidar yo misma de él.
Fue desconcertante reparar en que él no había notado la presencia de Stomper, pese a lo grande que era, en que sus ojos no se habían fijado más que en ella desde que entró en el establo. ¿ Acaso estaba estudiando hasta la menor de sus reacciones? ¿ Buscaba el miedo que había visto antes, cuando creyó que Paloma era ella?
Pero entonces miró al semental, sus ojos de un verde dorado se dilataron sorprendidos y olvidó los buenos modales para exclamar:
-Pero, muchacha, ¿estás loca? ¿Cómo te atreves a acercarte tanto a un animal como ése?
Ella se esforzó por contener la risa.
-Es mío, porque yo le domestiqué, aunque no puedo garantizar la seguridad de ninguna otra persona que se acerque a él.
El rey frunció el entrecejo, como si pensara que ella le estaba amenazando sutilmente, aunque al punto se echó a reír.
-Eso puede decirse de cualquier caballo así.
-Pero especialmente del de Camila -intervino Benjamin apareciendo por detrás del rey.
A Camila la sorprendió que, por una vez, la súbita aparición de Benjamin la tranquilizara. Su escolta, como de costumbre, no se había acercado al compartimiento de Stomper, de modo que Sergio hubiera podido decir lo que le viniera en gana con la seguridad de que nadie le oiría. Afortunadamente, la aparición de Benjamin le impediría mencionar lo ocurrido entre él y Camila.
Sergio disimuló su contrariedad. Murmuró algo acerca de que pensaba que su propio caballo estaba resguardado ahí, una excusa para justificar su presencia, y luego se marchó bruscamente cuando Benjamin le indicó dónde estaban albergadas las monturas reales.
¡Ah, con qué presteza el alivio que sintió Camila cuando apareció Benjamin se convirtió en temor! Como si librarse de una cruz significara quedar en manos de otra, pensó. Irónico pero cierto. Sin embargo estaba realmente agradecida de que Benjamin hubiera entrado en el establo justo en ese momento, y se hizo el firme propósito de no enzarzarse en ninguna discusión con él.
-¿Querías hablar conmigo? -le preguntó.
-Sólo venía a darle un poco de azúcar a Stomper antes de volver a la sala.
Ella le miró atónita cuando, efectivamente, él mostró el terrón de azúcar que llevaba en la mano. Stomper se acercó a la valla para tomarlo directamente de su palma, como si fueran viejos amigos. Ella recordó que Benjamin consiguió meter al caballo dentro de su compartimiento gracias al azúcar, pero esa única vez no justificaría que el animal se acercara con tanta desenvoltura a él.
-¿Lo has hecho en más de una ocasión? -No era una pregunta, sino una leve acusación.
-A menudo -replicó él encogiéndose de hombros.
-¿Por qué?
-¿Y por qué no?
Porque era un gesto amable, y ella había decidido en su fuero interno que Benjamin no era amable con los animales. Seguro que debía de tener alguna segunda intención. Aunque en ese momento no se le ocurría cuál.
-¿Te ha amenazado otra vez?
Camila estaba concentrada en Stomper cuando él se lo preguntó. Siguió con la mirada fija en el caballo en lugar de volverse hacia Benjamin. Así le era más fácil centrarse en sus pensamientos.
Naturalmente, se refería a Sergio, y ella respondió de la misma manera, sin mencionar su nombre.
-Me ha soltado algunos insultos leves, no sé si intencionadamente o no. No obstante, dudo que su presencia aquí fuera una casualidad. Me ha visto salir de la torre y, al cabo de un momento, se ha presentado aquí, él solo.
-Entonces es que te ha seguido.
-Eso parece. Aunque no sé si su intención era comentar lo que ocurrió aquella noche... -dijo encogiendo los hombros-. Tu llegada ha desbaratado sus intenciones, siempre y cuando no fueran, sencillamente, hacerme sentir como un insignificante insecto al que podía aplastar caprichosamente con su bota.
Él ignoró la amargura que reflejaba la voz de Camila.
-Mi padre te va a restringir en la zona de mujeres mientras haya tantos desconocidos entrando y saliendo del castillo al servicio de los invitados.Ahora no me parece mala idea, deberíamos haberlo hecho mucho antes.
-¿El qué? ¿Encarcelarme? -repuso ella con un gruñido y una mirada furibunda.
-No es eso; además, sólo será hasta después de la boda, cuando ya sólo quedemos los de siempre. Tal como están las cosas, tu asesino se puede acercar a ti sin ningún problema, y ¿cómo saber si puede tratarse del sirviente de alguno de los invitados? Además, eso evitará que te encuentren de nuevo a solas, como acaba de suceder.
-Me hubiera enterado rápidamente de sus intenciones. Esperaba que hubiera decidido evitarme. Pero, como no parece que ése sea el caso, ¿ no preferirías saber si está tranquilo? ¿ O es que pretendes hablarlo directamente con él? Pensaba que tú también querías rehuir el tema con él. ¿No sería mejor que le convenciera de que no lo sabe nadie, especialmente los De Thorpe? ¿No le sería más fácil dejar correr el asunto?
-Más fácil para él, sí, pero a mí no me preocupa que le sea más fácil. Lo que me preocupa es que tengas que vértelas de nuevo con él tú sola.
-¿Tienes miedo de que la próxima vez haga algo más que pegarle una patada? -exclamó ella.
-No, sólo que no quiero que haya una próxima vez. ¿Tan difícil te resulta comprender que pienso protegerte de sus maquinaciones? Ella sólo estaba acostumbrada a ese tipo de razonamientos si procedían de su padre. En boca de él se le hacían francamente incómodos, porque sugerían interés y preocupación por ella.
Por eso prefirió cambiar de tema:
-Todavía no me has contado cómo me encontraste tan rápido. ¿ No te molestaste en buscarme por el castillo?
-Te conozco bastante, Camila. No te molestarías en ocultarte en un lugar donde, tarde o temprano, acabarían encontrándote. ¿Qué sentido tendría? Ella no mencionó que había ocasiones en que bastaba con esconderse y que lo sabía por su propia experiencia en su casa. Aunque, en esa precisa ocasión no hubiera bastado, eso era cierto.
Lo que no le gustaba era que él la conociera «bastante», o al menos que lo pensara. Si podía predecir sus actos, aunque sólo fuera la mitad de las veces, Camila estaría en clara desventaja, especialmente porque estaba descubriendo que ella era incapaz de hacer lo mismo con él.
Al parecer, él suponía que la conversación se daba por terminada, porque le dijo:
-Ven, voy a acompañarte de vuelta al salón.
-¿Para encerrarme?
Él suspiró y le dirigió una mirada impotente.
-Hasta que puedas reconocer a todos los que se reúnen en el gran salón, sí; no voy a correr ese riesgo tratándose de ti. No te preocupes por tu caballo, yo cuidaré de él. Tampoco es preciso que te quedes siempre en las dependencias de las mujeres. Si permaneces cerca de mi madre, puedes ir a donde vaya ella. De la misma manera, si estás conmigo...
Ella le cortó en seco mientras pasaba ante él para emprender el camino de la torre.
-No te molestes en hacer que parezca agradable lo que no lo es, lord Benja.
Una presa es una presa por más que se le concedan pequeñas libertades.
42
A Benjamin le molestó que Camila hiciera que el apodo con el que le llamaban familiarmente sonara a un epíteto. Le molestaba que Sergio no pensara dejarla en paz. Le molestaba que ella pensara que podía manejar sola el tema de Sergio. Y lo que más le molestaba era que ella estuviera enfadada con él.
Esperaba poder empezar de nuevo con ella después de su regreso a Shefford. Tras la oleada de ira que se apoderó de él cuando supo que había huido a Clydon, y reconociendo sus celos, tenía que admitir, al menos ante sí mismo, que lo que ahora sentía por ella iba más allá de simple lujuria. Sus sentimientos habían crecido rápidamente. Cuanto más estaba junto a ella, más ganas tenía de permanecer ahí.
Esos sentimientos que ella suscitaba en él le resultaban nuevos, y no sabía cómo denominarlos. Sólo sabía que su compañía le era muy estimulante, tanto para el cuerpo como para la mente.
Le divertía le frustraba le provocaba alternativamente y se estaba empezando a dar cuenta de que ahora también le preocupaba. Aunque eso sí nunca le aburría.
Afortunadamente o eso le pareció a él su madre estaba en el salón con lo que se ahorró tener que escoltarla personalmente hasta las dependencias de las mujeres y llamar a los guardias para que se apostaran a la puerta y vigilaran que no saliera. Así pudo dejarla con Sol aunque no parecía ser tan distinto para Camila. Cuando le miró por última vez echaba chispas por los ojos.
¡Qué remedio! Ahora mismo su seguridad era más importante para él que su animadversión. Era obvio que lo de empezar de nuevo con ella tendría que esperar hasta después de la boda. Fue en busca de su padre para recordarle que ordenara el dispositivo que tenía que mantener controlada a Camila.
Javier sabía que se había escapado de Shefford pero desconocía que Sergio estaba en el origen de esa huida. Pensaba solamente que la proximidad de la boda la había aterrorizado. La noche pasada Benjamin le había hablado de Jorge Fitz Hugh y de lo que ella había creído sentir por él. En realidad a Javier le había parecido muy divertido. Lo más curioso es que al padre de Jorge también cuando Benjamin habló con él antes de que se marcharan de Clydon.
Ninguno de los dos hombres lo consideraron un escollo para los planes de Benjamin. Sin embargo a él le resultaba difícil ignorar el hecho de que a pesar de que el joven Jorge había quedado excluido de su lista de posibles maridos probablemente ella seguía teniendo una lista porque le constaba que Camila aún preferiría casarse con otro que no fuera él. El único consuelo estaba en que no amaba a otro así que eso ya no podía enfurecerle. Irónicamente, él no se habría enterado jamás de todo eso de no haberse fugado Camila a Clydon.
Cuando más tarde volvió a la sala se encontró con que casi todo había vuelto a la normalidad. Los criados estaban montando las mesas para la comida del mediodía y su madre y sus damas de compañía estaban junto al hogar. Los invitados se habían marchado a contemplar una exhibición de tiro al arco que Javier había organizado para entretenerlos. A las damas no les interesaba mucho pero él imaginó que a Camila probablemente sí y fue a buscarla.
No obstante su madre le salió al paso antes de que se acercara a la chimenea y se lo llevó a un lado para que los criados que iban y venían no los oyeran. Lo divertido era que precisamente quería hablarle de los invitados. Al menos al principio le pareció divertido.
Lady Sol señaló con la cabeza en dirección a las mesas y frunció el entrecejo.
-Fíjate en esa chica de allá, la de pelo oscuro.
-¿Cuál de ellas, madre? La mayoría tiene el pelo oscuro.
-La trull.
«Trull» era una palabra muy fuerte con la que se designaba a las rameras o prostitutas, y eso aún divirtió más a Benjamin, dado que su madre raramente despreciaba a la gente llamándoles de ese modo. Era una mujer cuyo atavío sugería efectivamente esa profesión. Llevaba el corpiño tan abierto que asomaban un par de senos abundantes y el fajín le comprimía el talle para que se le marcaran las curvas.
-¿Qué pasa con ella?
-Pues que no es de aquí -dijo Sol con frialdad.
Si la muchacha era una prostituta, eso debía de ser más que cierto. Su madre no les permitía que utilizaran el salón para sus mercadeos, porque las damas podían ofenderse. No obstante, la muchacha debía de ser una criada más del castillo y se la veía muy atareada sirviendo tajaderos de pan en las mesas.
-¿Habéis intentado corregir sus maneras?
-¿Y por qué debería hacerlo si te repito que no es de los nuestros? Entonces él arrugó la frente.
-¿Entonces qué hace aquí?
-Eso dejaré que lo descubras tú. Me pediste que te indicara cualquier detalle que me pareciera sospechoso. Y eso hago. Naturalmente, en cuanto la vi ayer la interrogué al respecto. Afirma ser una prima de Gilbert que vive en el pueblo, y que él le pidió que viniera a echar una mano en las cocinas porque con los invitados hay más trabajo del habitual. Pero conozco bien a nuestros lugareños. Gilbert no ha mencionado jamás a parientes que vivan más allá de Shefford.
-¿Qué dice Gilbert a todo esto?
-Todavía no he tenido tiempo de ir al pueblo a hablar con él. Reparé en la chica poco antes de que llegarais. Ahora que lo sabes, puedes encargarte tú mismo. Llévatela contigo mientras tanto. Si de verdad es pariente de Gilbert, puedes decirle que no es bienvenida aquí. Han pasado muchos años desde la última vez que tuve que pasar el sofoco de echar a alguien como ella.
Preferiría no tener que hacerlo de nuevo.
Naturalmente, algunas chicas del servicio del castillo eran prostitutas. Rara era la heredad en que no las había, a excepción de las propiedades religiosas.
Mientras no fueran demasiado llamativas, Sol prefería ignorarlas. Su única objeción era contra las demasiado descaradas en el ofrecimiento de sus servicios.
Él se acercó a la mujer, quien, sorprendentemente, había ido a la mesa del lord a servir el último par de tajaderos que llevaba en la bandeja. Eso le sorprendió, puesto que la mesa del estrado tenía sus propios sirvientes, fieles criados, y nadie sino ellos se ocupaba de servirla y atenderla. Dado que el veneno era uno de los medios que solía utilizarse para librarse de los enemigos, ningún senescal que mereciera el pan que comía hubiera permitido que un sirviente desconocido se acercara a la mesa de su lord y Shefford no era una excepción a la regla.
Podía conceder que la mujer fuera demasiado dura de mollera para comprenderlo, y también que fuese realmente quien afirmaba ser y que sólo pretendiera ayudar en una época en que el castillo lo necesitaba. Pero quería asegurarse de ello. Porque quien le preocupaba no era su padre. Los asaltantes de Camila seguían estando ahí fuera, y sin duda presa de una desesperación creciente ahora que ella ya no se aventuraba más allá de las murallas del castillo, donde les resultaría fácil atacarla.
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| | Autor | Reply | anonimo (no login) | la furia del amorNo score for this post | March 14 2009, 8:19 PM |
hola mi nena soy betsy, me han encantado. al final benja la encontró pero por suerte la sangre no llegó al rio. cami sigue tan ciega como siempre respecto a él. no se da cuenta de que él la quiere, de ahi que su sentimiento de posesion sea cada vez mayor. me alegro de que cami le contara su incidente con el rey sergio y de que benja la creyera. sobre todo despues de ver como este la seguia a los establos. que suerte que benja la salvara a tiempo. al igual que cami sigo pensando que la conspiracion para matarla viene del propio rey y eso puede ser peligroso para la pareja. benja esta empezando a sentir un sentimiento nuevo hacia cami distinto al de posesion por ser su prometida. se esta enamorando de ella a medida q la va conociendo, de ahi su afan de protegerla. esperemos que ambos lleguen a salvo a la boda. ojala benja encuentre la forma de que cami deje de ser tan beligerante con él. en fin espero que puedas seguirla pronto. gracias por poner tantos capis. bss linda. |
| maria jesus (no login) | Re: LA FURIA DEL AMOR CAPIS 38,39,40,41 Y 42!!No score for this post | March 15 2009, 10:44 AM |
genial,mi nena me encanto
no veas como la he hechado de menos
te deje un mensajito por ahi reclamandola
jeje....esque me gusta muchisimo,espero que la
sigas prontito,,,besotesssss | |
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