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EL AMOR DEL PIRATA 16,17,18 Y 19

March 28 2009 at 11:38 AM
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noelia_camila  (no login)

 
hola!!perdon por el retraso, es que he estado muy liada con los examenes finales...ains...espero que os gusten los capis...a lo mejor tardo un poquito en publicar, porque tenia pasados en el ordenador hasta el 19...pero no creo que me retrase mucho...weno, espero que os gusten los capis!!!xau!!bss y grax por los comentarios!!!!

Capitulo 16
Era cerca de mediodía, y Benjamin trataba de dominar su furia. Las miradas sorprendidas y los murmullos de la tripulación, como si les costara reconocerlo sin su barba, le destrozaba los nervios. Tenía ganas de ordenarles a todos que se afeitaran, ¡entonces verían quién se reiría!
De este talante estaba Benjamin cuando golpeó a la puerta de Franco. Florencia Taudet abrió la puerta. Y luego dio un paso atrás, con los ojos llenos de miedo. Con el ceño fruncido, Benjamin entró en la cabina y encontró a Franco sentado en la mesa bebiendo una taza de café negro humeante.
-¿Por qué tardas, Franco?
-Estaba tratando de asegurar a esa mujer que no castigaste a su señora anoche. ¿No puedes hacer que esa maldita muchacha deje de aullar de esa manera?
-¿Quieres que le ponga una mordaza? Con eso sólo se intensificaría la pobre opinión que tiene de mí, aunque no sé por qué me preocupa eso. -Se volvió hacia Florencia, molesto-. Ve con tu señora, verás que no está peor que ayer. En realidad, debería estar muy contenta.
Benjamin miró salir de la cabina a la vieja; luego cerró la puerta y miró a su amigo. Franco reía abiertamente.
-¡Diablos, Franco! -dijo Benjamin-. Ya te has divertido bastante a mis expensas. Tal vez si te afeitaras la no te resultaría tan gracioso.
-No es tu rostro lo que encuentro divertido, sino tu ojo negro -rió Franco. Benjamin se tocó la zona dolorida debajo del ojo he hizo una mueca. De manera que tenía un ojo negro además de los arañazos en la espalda. Había olvidado el golpe que Camila le había dado en la mejilla.
-¿Por qué dejas que esa muchacha te domine? -preguntó tranquilamente Franco-. Unos buenos azotes la pondrían en su lugar. Anoche tuve que encerrar a la vieja criada cuando la muchacha comenzó a gritar. Quería correr a ayudarla.
-Yo manejaré a esa muchacha como mejor me parezca. La domaré, y he decidido Conservarla por un tiempo dijo Benjamin sonriendo.
-¿Qué diablos estás diciendo?
-Sólo que pienso disfrutar de la compañía de Camila Verlaine por más tiempo del que pensaba. Anoche cambié el rumbo y vamos hacia nuestra isla -replicó Benjamin.
-Pero, ¿y el rescate?
-Obtendremos el rescate... pero todavía no. El conde puede esperar. Y, ¿puedes decirme honestamente que no estás impaciente por volver con tu pequeña Paloma?
-Tienes razón. Pero Camila y Florencia piensan que van hacia Saint Martin. ¿Qué sucederá cuando descubran que su destino ha cambiado? -preguntó Franco .
-No tienen por qué enterarse hasta que lleguemos. Camila será la única que ponga el grito en el cielo, pero nada podrá hacer al respecto.-Benjamin hizo una pausa y se quedó pensativo-. ¿Por qué no preguntas a la tripulación, a ver qué dicen? Estos últimos dos años han dejado muchas ganancias. No les molestará perder su parte del rescate por el momento.
-No, estoy seguro de que con todo gusto aceptarán tu decisión dijo Franco-. Estarán ansiosos por volver a sus mujeres.
-Una cosa más. Hagas lo que hagas, no permitas que la vieja se entere de esto. Advierte a la tripulación que no deben hablar del asunto cuando ella está presente.
-Camila, ¿estás bien? -preguntó Florencia. Cerró la puerta y se sentó frente a la muchacha.
-Sí, ¿por qué lo preguntas?
-Oí tus gritos anoche. Pensé que él...
-No fue nada -respondió rápidamente Camila-. Sólo gritos de frustración, nada más.
Florencia estaba perpleja. Camila apretaba los labios mientras cosía su vestido violeta. Sólo tenía puesta su enagua blanca, y Florencia advirtió el zurcido en la parte delantera. No era propio de Camila coser tan mal.
-Vi al capitán -aventuró Florencia-. Dijo que deberías estar contenta, pero no lo pareces.
Camila levantó la mirada, con los ojos brillantes como esmeraldas.
-De manera que ahora el capitán piensa que puede predecir mis sentimientos. ¡Realmente es un tonto!
Ella, también, había pensado que estaría contenta al poder combatir con Benjamin. Pero perder había significado una profunda humillación. No podía dejar de pensar en la forma degradante en que él la había violado... levantándole las piernas sobre sus hombros.
Se había despertado muy temprano, aliviada al encontrarse sola. Se había frotado la piel con una esponja sumergida en agua fría del lavabo, y luego había comenzado a remendar su enagua. Pero con cada puntada, volvían las escenas de la noche anterior. Todavía tenía los labios hinchados por los furiosos besos de Benjamin. Y había pequeñas marcas en sus muñecas, testimonio de la fuerza del capitán.
Decidió dejar de arreglar la ropa todas las mañanas. Se pondría las ropas de Benjamin, y si él insistía en arrancárselas todas las noches, sería problema suyo.
Ahora Camila sonrió a su criada.
-Debo preguntar a Benjamin si hay raso blanco en la bodega. Debo comenzar a hacer un nuevo vestido de bodas lo antes posible. -Había un cierto brillo en sus ojos marrones.
-Pero todavía tienes que terminar el vestido de seda que comenzaste ayer -le recordó Florencia, contenta de ver sonreír nuevamente a Camila.
-El vestido verde no me llevará mucho tiempo. Y cuanto antes termine el vestido de bodas, antes podré casarme con el conde.


Capitulo 17
Hacía once días que Camila estaba a bordo del "Dama Alegre", y pensaba que el tiempo pasaba con una lentitud asombrosa cuando una deseaba que volara. Benjamin no entraba en el camarote durante el día, pero todas las noches que pasaba con ella incrementaban su furia y sus ataques.
Ella recordaba claramente la primera noche, una semana atrás, cuando Benjamin había entrado en la cabina y la había encontrado con sus pantalones y una camisa dorada. Aún oía su risa. No le llevó mucho tiempo saber que a él le divertía arrancarle las ropas casi sin esfuerzo, porque las prendas grandes se deslizaban fácilmente. Pero siguió poniéndose la ropa de Benjamin todas las noches para salvar sus vestidos de la ruina.
Una noche en particular persistía en su recuerdo. Benjamin le había dedicado mucho tiempo, acariciándose manteniéndola inmóvil mientras llevaba a cabo su magia. Y luego, más tarde, en lugar de reír, besó suavemente las lágrimas que corrían por las mejillas de Camila. Ella detestó su suavidad más que su crueldad.
Camila cortó el hilo con que cosía el dobladillo y levantó el vestido. Era un vestido simple, sin mangas y sin adornos, de algodón de color lila. No era un vestido a la moda, pero con él estaría fresca durante esos días calurosos. Benjamin le había traído raso blanco, pero se habia negado a dárselo cuando supo que lo quería para un nuevo vestido de bodas. Camila no comprendía.
-¡Camila, hemos llegado!
Camila se estremeció violentamente cuando Flor entró corriendo en la habitación, dejando la puerta abierta tras ella. Tenía el rostro sonrosado y sus cabellos canosos estaban húmedos en las sienes por su trabajo en bodega.
-Me has asustado. ¿Qué ... ?
-¡Hemos llegado, pequeña! -respondió Florencia.-Vi la isla cuando subí a la cubierta para respirar fresco. Hemos llegado....
Antes de que pudiera continuar, Camila salió corriendo de la habitación, cruzó la cubierta, y llegó a la barandilla. Ni siquiera oyó a Florencia que la seguía.
-No se parece a lo que yo esperaba de Saint Martin -dijo Florencia en voz baja-. Esto parece una isla desierta. Pero es hermosa, ¿verdad?
Realmente no podía decirse que fuera hermosa. Estaban rodeados por una playa blanca, porque el barco estaba en una pequeña bahía, completamente oculto del vasto mar. Había palmeras a lo largo de la playa, y una densa jungla verde más allá. En la isla había una magnífica montaña de dos picos, cubierta de follaje verde y rodeada de nubes de color gris oscuro. Una profunda hondonada entre los dos picos llegaba al corazón de la montaña, donde los rayos del sol de la mañana iluminaban nubosidades blancas.
Camila se volvió hacia su criada, con los ojos marrones brillantes de placer.
-¡Nunca soñé que Saint Martin seria este hermoso... paraíso! -exclamó Camila.- Ah, me encantará.
-Creo que a mí también -sonrió Florencia-. Aunque parece extraño todo ese verde en medio de la nieve.
-Sí ¡me imagino cómo será en primavera y en verano! -Yo ni siquiera puedo imaginario -rió Florencia.
-¿Dónde estarán todos los nativos? preguntó Camila-. No veo casas, tampoco.
-Probablemente este es el lado desierto de la isla.
-Por supuesto -replicó Camila-. Sería peligroso entrar con un barco pirata en un puerto enemigo lleno de gente.
-Sí. Pero hay otro barco en la bahía. Ven a verlo.
-¿Qué barco? -preguntó Camila.
-Ya estaba aquí cuando llegamos. Pero no se ve la tripulación.
Cruzaron la cubierta, para ver el otro barco. Tenía tres mástiles desnudos y parecía hermano del Dama Alegre.
-Me pregunto dónde estará la tripulación -dijo Camila.
-Seguramente en la isla -dijo Florencia-. Tal vez la ciudad no esté lejos, después de todo. Probablemente está escondida en la jungla.
-¿Tú crees?
-Por supuesto, No llevará mucho tiempo ponerse en contacto con el conde de Lambert. Probablemente estará en su plantación hasta la tarde.
Camila se regocijó. ¡Por fin la libertad! No más Benjamin, no más violaciones ni humillaciones. Y pronto, la venganza.
-¡Ay, Flor, por fin ha terminado esta pesadilla!
-Sí, pequeña, por fin.
Camila se volvió para regresar a su cabina, y tropezó con Franco. Dejó escapar una exclamación y dio un paso atrás con los ojos llenos de terror.
-Si las señoras vuelven a sus camarotes y recogen sus pertenencias, bajaremos a la costa en seguida -dijo cortésmente. Luego miró a Florencia y su voz se ablandó.- Apresúrense, por favor. Ya han bajado el primer bote, madame.
-¿Dónde... dónde está el capitán? -aventuró Camila. Era la primera vez que veía a Franco desde el día en que había tratado de azotarla, y a pesar de que Florencia había hablado en su defensa, Camila aún le temía.
-Benjamin está ocupado.
-Pero dijo que el intercambio tendría lugar a ¿Por qué bajarnos a la costa? -preguntó Camila. -Ha cambiado el plan.
Franco se volvió y se apartó de ellas, dejando desconcertada a Camila. ¿Por qué Benjamin había cambiado de con respecto al intercambio?
Camila dejó a Florencia y volvió al camarote de Sólo le llevó un minuto doblar sus dos vestidos. Dejar el peine de plata que le había dado Benjamin porque seguramente el conde de Lambert le daría lo que necesitaba. Pero luego cambió de idea. Era un objeto costoso, y se lo llevaría aunque sólo fuera impedir que Benjamin lo vendiera. Más tarde se desaría de él, como pensaba hacer con los dos vestidos que había hecho a bordo del Dama Alegre.
Con una mirada final al odiado camarote, Camila volvió a cubierta, con su vestido de seda verde ondeando con la brisa. Llegó a la barandilla y se desilusionó al que ahora las nubes bloqueaban la visión de la hermosa montaña. Tal vez nunca volvería a ver ese juego luces, en que sólo el corazón de la montaña quedaba iluminado en la hondonada. Pero tal vez era una buena señal de bienvenida, una promesa de muchas cosas maravillosas que aún no había visto, de la vida feliz que tendría junto al conde.
Se sintió feliz, y el sol iluminó su rostro al aparecer tras las nubes.
-¿Estás lista, pequeña?
Se volvió bruscamente al oír la voz profunda de Benjamin. Benjamin estaba en cubierta con las piernas separadas y las manos unidas a la espalda y una cálida sonrisa en sus labios. Se le veía muy apuesto, y elegantemente vestido con una camisa de seda blanca, con frunces en el cuello y los puños, pantalones blancos, un chaleco de cuero negro, cerrado, y botas altas hasta la rodilla.
-Hace once días que estoy preparada -respondió Camila con altivez-. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que se haga el intercambio?
-¿Estás tan ansiosa por separarte de mí?
-Qué pregunta tan ridícula, Benjamin. Espero que pronto todo esto quede borrado de mi memoria -respondió Camila con voz helada.
-Tu cabello es sorprendente cuando recibe el brillo del sol -dijo él con tono juguetón.
-¿Por qué cambias de tema?
-¿Preferirías ir a mi camarote, donde podremos hablar del tema con más privacidad? -aventuró él, guiñando un ojo.
-¡No! -respondió ella-. Estoy lista para bajar.
-Entonces ven conmigo, mi amor -respondió él, tomándola del brazo y llevándola por la cubierta al lugar donde esperaban Florencia y Franco-. Puedes dejar tus pertenencias a bordo si lo deseas. Mis hombres las llevarán a la costa más tarde -dijo Benjamin.
-No; quiero bajar ahora, con todo.
-Como quieras.
Benjamin ayudó a Camila a subir a uno de los dos pequeños botes para llegar a tierra. Florencia estaba junto a ella, y Benjamin atrás, en el timón, junto con seis hombres de la tripulación. Franco subió al otro bote. Los hombres remaban enérgicamente hacia la playa.
Al ver las olas que lamían los costados del bote, Camila se preguntó por qué Benjamin no había tratado de acostarse con ella por última vez esa mañana. Si algo había aprendido de él en los últimos once días, era que Benjamin exigía mucho, ¿por qué dejaba pasar entonces esta última oportunidad?
Pero, se dijo Camila, debía estar agradecida de que él estuviera ocupado en otra cosa y de que la pesadilla hubiera terminado.
Llegaron a la costa, y el hombre llamado Guido saltó al agua para arrastrar al pequeño bote a la arena. Benjamin ayudaba, y luego insistió en llevar a Camila a la arena seca, donde Florencia se reunió con ella.
Camila echó a andar por la playa, pensando que tardarían algún tiempo en llevar a toda la tripulación a la costa pero Benjamin la detuvo después de dar unos pasos.
-Vamos, ahora.
Ella se volvió al oír su orden, y vio que ambos se volvían hacia el barco. Franco se había quedado atrás y llevaba a Florencia y a diez hombres de la tripulación al borde de la playa. Benjamin tomó a Camila por brazo.
-¿No esperarnos al resto de tu tripulación? -preguntó Camila mirando hacia el barco-. ¿No los necesitas?
-Vendrán luego -dijo él, y la condujo hasta donde estaban los otros.
-Pero, ¿dónde vamos?
-No es lejos.
Camila se detuvo.
-¿Por qué eres tan evasivo? ¡Quiero saber donde nos llevas! -Hay una casa cerca de aquí. Te gustaría bañarte, ¿verdad? Camila sonrió. Hacía mucho tiempo que no se daba un verdadero baño en una bañera. Y realmente deseaba estar limpia cuando se encontrara por primera vez con el conde.
Benjamin la tomó de la mano y la llevó hacia el bosque por un sendero. El bosque no era tan espeso como Camila había pensado. Los árboles estaban muy espaciados, y había pocas malezas; la tierra era arenosa, con hierba que crecía aquí y allá.
Pronto llegaron a la casa que había mencionado Benjamin, que más bien parecía una especie de fortaleza. La construcción era grande, de pesadas piedras blancas. La parte baja era cuadrada, con una palmera a cada lado de la pequeña puerta del frente. El primer piso tenía forma de U, y formaba un patio abierto en la parte del frente. En este patio había una pequeña jungla de hermosas flores y plantas en macetas, algunas de las cuales llegaban al techo, y otras caían por el borde del patio. Las palmeras formaban un marco a esa jungla y eran más altas que la casa. La casa estaba rodeada por extensiones de césped, inmaculadamente cuidadas. Las flores más hermosas, con capullos rojos, amarillos, anaranjados, púrpuras y azul crecían en el borde de los canteros de césped y contra las paredes. La casa parecía sólida y amable, y Camila casi deseó que perteneciera al conde de Lambert, porque le gustaba la idea de vivir en ella.
De pronto, un hombre alto abrió la puerta del frente. La puerta era desproporcionada con respecto al resto de la casa, y el hombre corpulento parecía ocupar totalmente la entrada. Estaba parado con las piernas separadas y las manos en las caderas, y parecía muy enojado.
Benjamin se detuvo, y Franco se acercó. Estaban a poca distancia del hombre parado en la puerta y Camila sentía tensión en el ambiente.
-Creo que no te reconocería, Benjamin, si no fuera por tu perro guardián.
-Veo que no has cambiado, Octavio -replicó duramente Benjamin.
-No. Todavía soy lo suficientemente joven como para dominarte, muchacho.
-Pero primero tendrás que luchar conmigo, Octavio -gruñó Franco.
-¡Es suficiente! -gritó Benjamin-. Es hora de que este viejo lobo de mar y yo nos enfrentemos.
Camila se quedó sin aliento cuando vio embestirse a los dos hombres, pero en cambio se abrazaron y se echaron a reír.
Eran como niños jugando tontamente pensó Camila con furia. ¡Eran amigos! El hombre a quien llamaba Octavio sonreía ahora abiertamente. Se paró junto a Benjamin y saludó a Franco con un apretón de manos.
-¡Qué tontería!
-¿Qué? -preguntó Camila a Flor.
-¡Pensé que se me detenía el corazón! -respondió Florencia-. Soy demasiado vieja como para presenciar tanta estupidez.
-¿Por qué te alteras? -preguntó Camila, olvidando su propia perplejidad.
-Franco...
-¡Franco! Exclamó Camila, y de pronto recordó cómo se había ablandado la voz del hombre corpulento al hablar a Florencia-. ¿Qué es él para ti?
-Nada -replicó Florencia-. Pero me dijo que yo le recordaba a su madre. Me pareció conmovedor. Me trata con bondad, y le encanta mi cocina.
-Honestamente, Flor, ¡parece que lo hubieses adoptado! -Sólo estaba preocupada por él. Ese hombre a quien llamaban Octavio parecía malo.
-Franco tiene la misma altura, es más joven, y pesa por lo menos dos veces más que el otro -replicó Camila, irritada-. No hay razón para que le tengas miedo.Y...
-¿Esta es otra integrante de tu harén, muchacho? -preguntó una voz de hombre.
Camila se volvió y observó que Octavio la miraba directamente. Sintió que la sangre se agolpaba en sus mejillas.
-No tengo harén, Octavio, como bien sabes -sonrió Benjamin-. Sólo puedo manejar a una dama peleadora cada vez.
Franco rió, comprendiendo a quién se refería Benjamin. Pero Octavio se quedó perplejo, pensando que Benjamin se refería a su barco.
-¿Entonces esta mujer es casada? preguntó Octavio.
-No, pero está prometida, de modo que no pongas tus ojos en ella -dijo Benjamin.
-Y yo que pensaba que tendría buena suerte. ¿No hay posibilidades de negociar? -Ninguna -respondió Benjamin-. De manera que advierte a tu tripulación que no debe acercarse a ella.
Camila estaba furiosa, y se endureció cuando Benjamin se aproximó a ella.
-¿Quieres tomar ese baño ahora o preferirías comer algo antes? -preguntó.
-Ninguna de las dos cosas, si esta casa pertenece a ese hombre -replicó Camila, con sus ojos centelleantes, ahora color negro.
Benjamin rió.
-No es la casa de Octavio, pero lo has juzgado mal. Es un hombre bueno, y sólo bromeaba. Su tripulación está en el pueblo, pero él raramente va allá.
-¿A qué distancia queda ese pueblo?
-A aproximadamente un kilómetro y medio.
-¿Es allí donde el conde de Lambert tiene su plantación? -preguntó esperanzadamente.
-No.
-Entonces dónde...
-Vamos -dijo él, interrumpiéndola-. Te mostraré una habitación donde podrás bañarte.
-¿cuánto tiempo estaremos aquí?
-Algún tiempo -respondió él secamente, y condujo a Camila al interior de la casa. Franco ya había hecho pasar a Florencia, y Octavio había desaparecido.
Todo el piso bajo formaba una gran habitación oscura y fresca. Sólo había algunas ventanas en tres de las paredes, oscuras y altas, que dejaban pasar muy poca luz. En la pared de la derecha había un hogar de piedra, que parecía usarse para cocinar, junto a la chimenea había algunas sillas de madera y un simple armario con platos y fuentes.
En el centro de la habitación se veía una enorme mesa de madera sin pulir, con veinte o más sillas a su alrededor. Sobre la mesa, y extrañamente fuera de lugar en esa gran habitación, había una gran araña de cristal con velas a medio consumir. No había otros muebles y ningún adorno en las paredes de piedra. Una tosca escalera de madera sin barandillas llevaba al primer piso.
-Hay seis habitaciones arriba, tres a cada lado de la casa. Puedes usar la primera habitación de la derecha -dijo Benjamin a Camila.
-¿Después de que me bañe nos iremos?
-Primero comeremos. Pero puedes tomarte tu tiempo, porque debo ocuparme de las provisiones.
Benjamin ordenó que calentaran un caldero de agua en el fuego, y se fue. Camila trató de superar su preocupación por su actitud evasiva, y se volvió hacia Florencia.
-El capitán dijo que podíamos usar la primera habitación de la derecha. Será bueno tomar un baño después de estar tanto tiempo en el mar.
-Ya lo creo que sí -replicó Florencia-. Pero primero quiero ocuparme de la comida.
-Muy bien -dijo Camila y echó a andar hacia la escalera. Al llegar arriba encontró un corto corredor brillantemente iluminado por ventanas a ambos lados, uno de cuyos lados daba a un hermoso jardín, y el otro lado a extensiones de césped detrás de la casa. El corredor continuaba en las dos alas, y las puertas de los dormitorios daban a un lado del pasillo. Del otro lado había ventanas al jardín.
Camila entró en el gran dormitorio que Benjamin le había asignado. Parecía cómodo, pero todo estaba cubierto de polvo, incluso el espeso cobertor de la cama, verde y amarillo. Había una gran alfombra oriental de los mismos colores, que cubría el suelo casi totalmente. A los pies de la gran cama con dosel había un gran arcón marinero, y dos sillas cubiertas con terciopelo color verde claro junto a una pared.
En la habitación no había chimenea, pero Camila supuso que no sería necesaria en un clima tan cálido. La ventana que daba a la extensión de césped permitía una hermosa vista de la montaña. Pero Camila se sintió desilusionada al ver que la montaña todavía estaba oscurecida por las nubes.
Abrió el arcón que estaba a los pies de la cama; lo encontró vacío. En un rincón de la habitación había un biombo tallado que ocultaba una bañera bastante grande. Camila pasó el dedo por el borde del biombo para quitar él polvo, y luego colgó allí sus vestidos. Puso su peine de plata sobre la mesa junto a la cama, retiró el cobertor y lo sacudió, mirando las partículas de polvo que flotaban en el aire, volvió a poner el cobertor y quitó el polvo del resto de los muebles con las manos, hasta que el joven Joe, el asistente de la cabina del barco, entró en la habitación con los primeros baldes de agua tibia, seguido por Florencia, con toallas y jabón.
Por la puerta abierta, Camila oyó risas de mujeres que llegaban desde el piso bajo.
-¿Hay Otras mujeres aquí? -preguntó sorprendida.
-Sí. Un par de muchachas del pueblo acaban de llegar -replicó Florencia-, para ayudar en la cocina. Son muchachas bonitas, de piel morena y cabellos oscuros. Hablan español.
-¿De veras? -dijo Camila-. Pensé que Saint Martin sólo estaba ocupada por franceses y holandeses.
-Aparentemente no, pequeña.


Capitulo 18
El agua tenía una temperatura muy agradable, y Camila contemplaba perezosamente las burbujas de jabón, pensando que podía quedarse ahí durante horas. No oyó la puerta que se abría, y se estremeció cuando Benjamin movió el biombo y lo puso contra la pared. La miró unos momentos, pero los cabellos de Camila flotaban a su alrededor, ocultando todo lo que él esperaba ver.
-¡Vete de aquí! -saltó Camila. Pero él fue hasta la cama y se sentó allí frente a ella. Ahora ella deseaba no haber quitado el polvo al cobertor.
-¡Vete ahora o... gritaré!
Benjamin rió de buena gana.
-Ya deberías saber que de nada te ayudarán tus gritos. Pero he venido aquí a hablar... nada más.
-No tenemos nada de qué hablar -dijo ella-, excepto que debes devolverme a mi prometido. Y eso puede esperar hasta que termine de bañarme. De manera que por favor, vete.
-Esta es mi habitación, y pienso quedarme.
-¡Tu habitación!
-Sí. Y preferiría que permanecieras donde estás.
-¿Por qué? -preguntó ella.
-Porque estás en desventaja, y así es como te prefiero.
-No comprendo.
-Mira, Camila, esto no es solamente mi habitación. Esta es mi casa. Y aquí te quedarás por un tiempo.
-Pero tú... ¡debes estar loco para decirme esto! Sabes que informaré al conde, y que él te perseguirá.
-¿Cómo? -preguntó Benjamin, divertido.
-Vives en la misma isla. No me será dificil encontrar su casa.
-Ah, Camila -Benjamin suspiró-. ¿Es tan difícil para ti aceptar lo obvio? Nadie podrá jamás encontrar mi casa. Esto no es Saint Martin, sino apenas una pequeña isla incivilizada entre muchas.
-¡No! ¡Mientes otra vez!
-Digo la verdad... te doy mi palabra Hace una semana que cambié de curso. Sé que no te gusta pero tendrás que aceptarlo. Nos quedaremos aquí un mes... tal vez dos.
-¡No... no! ¡No me quedaré aquí contigo! ¿Por qué cambiaste el rumbo? ¿O nunca pensaste en llevarme a Saint Martin?
-Al principio no te mentí. Simplemente cambié de idea y decidí venir a mi casa por un tiempo. Veníamos hacia aquí cuando avistamos tu barco. Hace dos años que estamos en el mar, y mi tripulación necesita un descanso. Sin embargo, te llevaré a tu prometido si lo deseas. Pero debes considerar que por el momento ésta es tu casa.
-¡No... no me quedaré aquí!
-¿Dónde irás, pequeña?
-Hablaste de un pueblo... iré allí -respondió Camila con altivez.
-No encontrarás ayuda en el pueblo, Camila. Los Awawak son granjeros pacíficos, pero desconfían de los blancos. Hace ciento cincuenta años, los españoles los usaron despiadadamente en las minas de plata, y sólo sobrevivieron algunas familias que lograron escapar. Cuando la isla perdió su valor, agotadas las minas, los españoles se fueron, y los que habían huido volvieron al pueblo abandonado. Cuando encontré esta isla, tome esta casa como propia, Nos entendemos bien con los indios y hacemos trueque con lo que necesitarnos. Hablan un poco de español y han aprendido un poco de inglés desde mi llegada, pero no te ayudarán. Y si lo hicieran, yo te encontraría. Y te traería de vuelta aquí.
-¿Por que decidiste traerme aquí, Benjamin? -preguntó Camila tratando de conservar la calma-. sólo hubieras perdido dos semanas sí me hubieras llevado a Saint Martin, y habrías ganado mucho oro. Mon Dieu, yo era tan feliz... pensando que nunca volvería a verte. ¿Por qué cambiaste de idea?
-Veníamos a casa en busca de placer y descanso, y tú eres mi mayor placer -replicó él con suavidad, y luego se levantó para marcharse-, Termina con tu baño, pequeña y luego baja. La comida estará lista.
-Benjamin, no tendrás más placer a mis expensas -dijo ella, con los ojos oscuros llenos de odio.
-Veremos -replicó él.
-¡No, no veremos nada! Si insistes en volver a violarme, encontraré los medios de escapar de ti. ¡Te doy mi palabra!
-Y yo te doy mi palabra de que serás mi prisionera -gritó Benjamin, perdiendo finalmente la paciencia. Salió de la habitación y cerró la puerta de un golpe.
El cabello de Camila todavía estaba húmedo cuando bajó las escaleras una hora más tarde, Había trenzado sus cabellos y llevaba su vestido de algodón color lila.
Flor se levantó de la mesa y fue recibirla al pie de la escalera.
-Franco me dijo que nos quedaremos aquí un tiempo murmuró.- Lo siento mucho, Camila. Debes estar terriblemente alterada..
-No tengo por qué estar alterada -dijo Camila con calma-. No tengo que quedarme aquí.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que si ese estúpido arrogante vuelve a tocarme, me escaparé. -Echó una mirada a Benjamin, que estaba sentado a la mesa mirándola, y le sonrió con coquetería.
-Camila, no debes hacer ninguna locura -dijo Florencia con temor.
-¡Ni lo pienso! -saltó Camila, pero se interrumpió al ver el terror en el rostro de su criada-. Perdóname, Flor. Siempre te hago objeto de mi furia. Debes perdonarme.
-Lo sé -dijo Florencia-. Has cambiado mucho desde que estás con el capitán, y comprendo por qué. Preferiría que descargaras siempre tu enojo en mí. Si se lo demuestras a él, puedes poner tu vida en peligro.
-Nada temas, Flor. No me matará. Es que me enfurece tanto, que tendrá que pagar un precio por ello. A veces mis emociones son tan fuertes que me asustan.
-Pero, Camila, ¿por qué lo odias tanto?
-¿Por qué? Yo... no importa. Vamos, se está inpacientando.
Caminaron hasta la larga mesa, y Camila ocupó la silla vacía junto a Benjamin. Florencia fue al sector de la cocina, dejando a Camila con Benjamin, mientras el hombre llamado Octavio se sentaba a la derecha de la muchacha, y Franco frente a ella.
-Camila, quiero presentarte a mi buen amigo, el capitán OOctavio.
Camila echó una mirada a Benjamin, y se volvió hacia el hombre alto sentado junto a ella quien le dedicó una sonrisa amistosa. Octavio era aún un hombre apuesto, aunque parecía doblarla en edad, pensó Camila. Sus cabellos rojizos estaban ligeramente grisáceos en las sienes, pero su cuerpo era fuerte y musculoso.
-He hablado con su criada, mademoiselle, y me dice que ustedes son francesas -dijo Octavio en ese idioma.
A Camila le encantó oír su lengua nativa, aunque el hombre la hablaba con un extraño acento irlandés. Le sonrió seductoramente mientras se le ocurría una idea.
-¿Es su barco el que vi en la bahía, capitán OOctavio? -preguntó.
-Sí, señorita. Pero, por favor, llamame Octavio, como hacen mis amigos.
-Con mucho gusto, Octavio. ¿Te quedarás aquí mucho tiempo? -continuó Camila.
-Un día o dos. Iba camino a Tortugas, cuando tuve un encuentro con un galeón español. Me detuve aquí para hacer algunas reparaciones.
-Cuando te vayas, ¿podrías llevarme contigo? -preguntó Camila, siempre en francés.
-¿Pero por qué quieres marcharte? -preguntó Octavio, frunciendo el ceño.
-Por favor... ¡No puedo quedarme aquí! -rogó Camila -. Si me llevas a mi prometido, él te pagará muy bien.
-¿Y cuál es el nombre de ese hombre afortunado?
-¡Basta! -rugió Benjamin, sobresaltando a Camila. Ella se volvió, advirtiendo el rostro pálido de Florencia y la expresión divertida de Franco, pero Benjamin estaba decididamente furioso.
-Si deseas continuar tu conversación, tendrás que hacerlo en inglés -dijo.
-Pero, ¿por qué? -preguntó inocentemente Camila.
-¡Porque no confío en ti, pequeña!
La risa de Franco fue estridente.
-¿Qué encuentras tan gracioso, Bandelaire?
Ignorando a Benjamin, Franco se volvió hacia Octavio.
-Mi joven amigo tiene buenas razones para no confiar en la muchacha -dijo-. Una vez trató de matarlo, y probablemente pensó que podría aliarse contigo para volver a intentarlo.
-No exactamente -diijo Benjamin, ahora sin furia-. Ha pensado en huir, y no tengo duda de que tratará de obtener tu ayuda, Octavio. Por razones particulares, a esta señora no le gusta mi compañía. Yo, por otra parte, disfruto de la suya. Ahora puedo decirte que es mía por derecho de captura. Es un botín de guerra, más o menos.
-¡No lo soy! -gritó Camila, poniéndose de pie.
-¡Siéntate, Camila! -ordenó duramente Benjamin-. ¿Preferirías que explicara la situación en términos más simples?
-¡No!
-Como te dije, Octavio, es mía -continuó Benjamin-. Nadie la toca, y nadie la aparta de mí.
-¿Piensas casarte, muchacho? -preguntó Octavio.
-No. Debes saber que en mi vida no hay lugar para el matrimonio -replicó Benjamin.
-Lo sé. ¿Entonces aún no has encontrado a don Gino de Bastida? -preguntó Octavio.
-No.
-¿Cuántos años hace que lo buscas?
-Doce. No es que los cuente. Comienzo a pensar que alguien puede haber llegado a él antes que yo. Tiene muchos enemigos.
-Es cierto, pero creo que aún está vivo replicó Octavio-. Hablé con un marinero en Port Royal, que escapó de una prisión española por la gracia de Dios, Relató una historia horrible, pero el hombre que lo envió a ese agujero de la muerte era el mismo hombre que tú buscas.
-¿El marinero dijo algo más? -preguntó Benjamin, con la voz llena de excitación-. ¿Dónde vieron por última vez a Bastida?
-El juicio tuvo lugar en Cartagena hace tres años.Y desde entonces el hombre no ha vuelto a ver a Bastida.
-¡Demonios! ¿Dónde encontraré a ese asesino? ¿Cuándo? -exclamó Benjamin.
-No lo encontrarás aquí, muchacho. De eso estoy seguro -dijo Octavio mirando a Camila, -No, tienes razón, no lo encontraré aquí replicó suavemente Benjamin. Contempló a Camila un largo rato, con una extraña mezcla de emociones en su rostro-. Pero la búsqueda puede esperar unos meses.
La conversación cesó cuando las dos muchachas indias que servían trajeron grandes bandejas de comida a la mesa. Eran tan bonitas como había dicho Florencia, con largos cabellos negros y sedosos y brillantes ojos negros. Llevaban amplias faldas de colores vivos y blusas muy escotadas. Iban descalzas. Eran muy parecidas, probablemente hermanas, pensó Camila, y las dos la miraron curiosamente mientras colocaban la comida en la mesa.
Camila centró su atención en la comida. Toleraba la pobre dicta del barco, pero ahora se regocijaba con las frutas frescas y exóticas que nunca había probado antes.
Los hombres de la tripulación entraron, uno por uno, para compartir la comida. Camila se preguntó quién sería este Bastida, y pensó que debía preguntarse lo a Benjamin más tarde.


Capitulo 19

Camila preguntó a Benjamin si podía caminar por el jardín, y se sorprendió al ver que él asentía. Salió por la puerta principal, caminó hacia un lado de la casa y dio la vuelta alrededor de ella. Al mirar el borde de un bosque en un claro más allá de los árboles, caminó hasta allí lentamente, soltándose los cabellos para dejarlos secar con la brisa.
En el borde del bosque, un sendero llevaba hasta el corral. Dentro de él había siete caballos, y uno de ellos, muy hermoso, atrajo su atención. Camila lo llamó, pero el caballo se asustó de ella igual que los otros.
Camila deseó saber cabalgar. Su padre, Juan Carlos, insistía en que no era una actividad adecuada para las mujeres. Pero no sería difícil aprender, pensó Camila, si los caballos eran mansos.
El crujido de algunas ramitas puso tensa a Camila, que se volvió bruscamente, pensando que encontraría a Benjamin. Pero un hombre de cabello negro como el carbón se acercaba rápidamente por el sendero del bosque. Pasó junto a ella, y se detuvo bloqueando el sendero que llevaba a la casa.
-Creo que este es un día bueno para mí -dijo el hombre-. ¿De dónde vienes, muchacha?
-Vengo... vengo del...
-No Importa -rió él-. No debo hacer preguntas a un regalo del cielo.
Echó a andar hacía ella con las manos extendidas, y Camila se aterrorizó Era un hombre corpulento, de brazos macizos, un poco más alto que ella. No era dificil adivinar su intención, y Camila pudo gritar antes de que él llegara hasta ella y le tapara la boca con la mano.
-¿De qué tienes miedo, muchacha? No te dañaré. Lo que pienso hacer no hace daño a nadie -rió, oprimiéndola fuertemente-, caminaremos un poco más entre los árboles, ya que alguien puede venir por el camino.
Ahora Camila estaba desesperada. Sólo podía pensar en una cosa que la protegería, y rogó que diera resultado. Apartó la cabeza del pecho del hombre.
-Usted no comprende, monsseur... ¡soy la mujer de Benjamin!
El hombre la soltó y retrocedió con temor, con los ojos llenos de incertidumbre,
-El capitán Benjamin no está en la Isla -díjo nerviosmente; luego la miró de arriba a abajo y sonrió.
-El.. está en la casa. Llegamos esta mañana -dijo apresuradamente Camila.
-Creo que mientes, muchacha.
-¡Por favor, monsíeur! No quiero que usted muera por mi causa.
-Morir ¿Por qué?
-Benjamin ha jurado matar al hombre que me toque.
-No me parece propio del capitán Benjamin. Nada le importan las mujeres, y eso prueba que mientes, muchacha. De todas maneras, tal vez valga la pena morir por ti.
Volvió a acertarla antes de que ella tuviera oportunidad de echar a correr, Camila luchó con todas sus fuerzas golpeando al hombre era los puños mientras él buscaba sus labios. Luego, de pronto, el hombre fue apartado de ella y arrojado al suelo.
-¡Te mataré!.. -gritó el hombre, pero se interrumpió al volverse y ver a Benjamin parado junto a él, furioso.
-No me hizo nada, Benjamin -dijo rápidamente Camila-. ¡No puedes matarlo sin razón!
-Ha tratado de violarte! ¿No crees que es una razón?
-Pero no lo ha hecho -replicó Camila débilmente.
-¿Qué tienes que decir, Brown?
-Ella dijo que usted había llegado esta mañana, capitán, pero no le creí. Ningún hombre de su tripulación ha estado en el pueblo, creí que mentía cuando dijo que era su mujer. Honestamente, capitán Benjamin, si hubiera sabido que era suya, no la habría tocado.
-¿Entonces no has visto a tu capitán?
-No. Acabo de llegar del pueblo.
-Muy bien, como eres el contramaestre de Octavio dejaré las cosas como están. Pero te lo advierto, Brown. No vuelvas a acercarte a ella -dijo Benjamin, señalando a Camila con un gesto.- Ahora ve a buscar a tu capitán. Creo que ha tomado el otro sendero hacia el pueblo.
-Gracias, capitán Benjamin -dijo Brown. Se alejó rápidamente, sin volver a mirar a Camila.
-Quiero darte las gracias, Benjamin, por llegar a tiempo -dijo Camila en voz baja.
Él se acercó a ella lentamente, obligándola a apoyarse en la cerca. La tomó en sus brazos, y sus labios se encontraron con los de ella en un beso duro y dominante. Camila se confió a sus brazos por un momento, permitiéndole hacer lo que quisiese con ella. Pero luego recuperó el control y lo apartó.
-No escapé a una violación, Benjamin, para ponerme en peligro y caer en otra -dijo Camila, furiosa consigo misma por haber respondido.
-No escapaste a la violación, pequeña; te rescataron de ella, sólo pensé que podrías agradecérmelo adecuadamente.
-Ya te lo he agradecido.
-Así es. Ahora dime, ¿por qué defendiste a Brown que estuvo a punto de violarte, cuando querías matarme por hacer lo mismo? -preguntó Benjamin.
-Porque él no me violó. Pero tú sí... muchas veces. Me engañaste, me mentiste, y. me usaste. Te odio, Benjamin, con todo mi ser, ¡y me vengaré! -gritó ella, con sus ojos brillantes y peligrosos.
-¿Nuevamente debo temer por mi vida, pequeña? -preguntó Benjamin, sonriéndole.
-No me tomas en serio, Benjamin, pero algún día tendrás que hacerlo. En cuanto a mi venganza, tendrás que esperar hasta que escape de ti.
El rió burlonamente.
-¿Y cómo te propones realizar esa venganza?
-Ya encontraré la manera.
-Cómo me odia mi mujer. Y según tus propias palabras... eres mi mujer -le recordó él.
-¡No lo soy!
-¿Qué? ¿Ahora lo niegas? ¿Lo admites ante cualquiera menos ante mí?
-Sabes por qué le dije eso. Pero parece que no eres tan temido como te gusta pensar, capitán Benjamin, porque el hombre insistía -dijo Camila. Se volvió y se apartó de él, echando a andar hacia la casa.

-Flor, ¿quieres quedarte conmigo esta noche? -preguntó nerviosamente Camila. Estaba sentada en el centro de la gran cama de bronce, con las manos enlazadas sobre la falda-. Si me obliga a dormir nuevamente con él, juro que me escaparé.
Camila había llevado sus cosas a la habitación en el extremo del pasillo. Habían limpiado esa habitación por la tarde mientras las dos muchachas indias limpiaban el resto de la casa. Camila habría preferido trasladarse al ala opuesta, pero Franco había tomado una habitación, y el capitán O'Octavio y Florencia las otras. Benjamin quería privacidad en su parte de la casa.
-Me quedaré contigo si puedo, Camila, pero no creo que el capitán lo permita.
-Puedes decirle que estoy enferma -aventuró Camila-. Que algo de lo que comí me sentó mal.
-Podría decir eso, pero Benjamin sospecharía. No pareces enferma -dijo Florencia.
-Entonces no le permitas entrar la habitación.
-Camila, él es el capitán aquí, y aunque no le temo tanto como antes, olvidas que él es el que manda. Nuestras vidas están en sus manos.
-¿Cuántas veces debo decirte que no nos matará? -dijo Camila con exasperación-. Ha dado de que me llevará a Saint Martin.
-¿Por qué sigues resistiéndote a él, Camila? -preguntó Florencia, cambiando de tema-. Es un joven apuesto. Ni siquiera el conde de Lambert es tan apuesto y viril como éste. Sería mucho más fácil para ti si cedieras. Y no sería ninguna humillación, pequeña, ya que él no te da opción.
Camila estaba asombrada.
-¡Usa mi cuerpo, aunque sabe que lo detesto! Preferiría cualquier otro hombre en vez de él.
-Te viola porque tú te resistes. El te desea, eso es todo. Pensé que ya habrías aceptado esta situación ahora -dijo Florencia, ignorando la furia de Camila-. Benjamin te trata mucho mejor que un marido... te da mucho. Hasta sigue afeitándose la barba por ti, Franco me dijo que Benjamin estaba furioso cuando se afeitó la barba.
Camila sonrió a pesar de sí misma, porque ésta era una batalla que había ganado casi sin quererlo. Recordó la noche en que Benjamin se había afeitado la barba, y la mirada furiosa que tenía al ver las marcas rojas que le habían quedado al afeitarse. Las marcas rojas desaparecieron poco tiempo después y no molestaban, pero Benjamin no lo sabía, se enfureció con ella por obligarlo a afeitarse en primer jugar, y murmuró que tendría que seguir haciéndolo. Tendría que afeitarse o abstenerse de hacer el amor hasta que su barba estuviera suave otra vez. Ahora se afeitaba a última hora del día cuando deseaba estar con Camila, de modo que Camila lo tomaba como una advertencia. Y ese día Benjamin se había afeitado antes de la cena.
-Por favor, Flor, quédate conmigo esta noche -rogó Camila, volviendo al tema.
-Aunque Benjamin me permita quedarme esta noche, ¿qué sucederá mañana?
-Para mañana pensaré otra cosa. Es esta noche la que temo -replicó Camila-. Ahora vete y dile a Benjamin que estoy enferma. Dile que quieres quedarte conmigo. Pero vete antes de que venga a buscarme.
-Muy bien -suspiró Flor-. Lo intentaré. Será mejor que te metas en la cama mientras me voy.
Florencia cerró la puerta y respiró profundamente antes de echar a andar por el corredor escasamente iluminado. No podía entender por qué Camila odiaba tanto a Benjamin. Parecía encontrar un verdadero placer en odiarlo... Cobraba vida siempre que discutían como si le gustaran las peleas.
Florencia ayudaría a Camila si quería, pero dudaba de que tuviera éxito. Camila se había convertido en una obsesión para el joven capitán, y cuanto más se resistiera, más la desearía.
Florencia bajó la escalera y se aproximó lentamente a la mesa donde estaban los hombres. Dos hombres de la tripulación de Benjamin vaciaban grandes jarros de ron, y el hombre llamado Jake Brown, a quien había conocido antes, estaba sentado junto al capitán O'Octavio.
-¿Dónde está Camila? -preguntó Benjamin cuando vio a Florencia parada junto a su silla.
-Está en la cama... no se siente bien -respondió Florencia, secándose las manos en la falda.
-¿Qué le sucede? -preguntó Benjamin, arqueando una ceja.
-Creo que le ha sentado mal algo que comió. Pero insisto en que me permita quedarme con ella esta noche. Me necesita.
-Te necesita, ¿eh? Bien, no lo creo -replicó Benjamin. Se levantó de su silla y comenzó a subir la escalera.
-Pero, capitán...
-¡Siéntese, madame! -Interrumpió Franco bruscamente-. Su señora es responsabilidad de Benjamin. Si necesitan que la cuiden, él lo hará. Aunque no creo que sea eso lo que necesite.
-Usted sigue insinuando que Camila necesita azotes -dijo Curiosamente Florencia-, supongo que le gustaría ser usted quien los aplique.
-Vamos, vamos, cálmese -dijo Franco sorprendido ante el estallido de Florencia-. Jamás tocaría a su señora. Benjamin me haría cortar la cabeza. Pero creo que es demasiado blando con ella. La deja hacer lo que quiere, y ahora ella piensa que siempre se saldrá con la suya.
-Olvida usted que Benjamin aún debe violarla -susurró Florencia de manera que nadie más la oyera.
-Exactamente. Por eso digo que necesita una buena paliza.
Benjamin abrió la puerta de su habitación, pero al encontrarla vacía, imaginó el juego de Camila. Fue hasta la habitación contigua a la suya y la encontró también vacía. Luego fue hasta la última puerta y la abrió lentamente. Camila estaba acurrucada bajo las mantas en el lado más alejado de la cama, con la cabeza apoyada en una mano. Pero se sentó al oírlo entrar, y sus cabellos cayeron gloriosamente sobre sus hombros.
-Este no es tu dormitorio, pequeña -dijo él en voz baja, Cerró la puerta y se apoyó contra ella.
-¿Prefieres que duerma afuera? -respondió fríamente Camila.
-No, prefiero que duermas conmigo -replicó él con una lenta sonrisa en sus labios.
-Bien, Benjamin, ¡no lo haré! -saltó Camila, con sus ojos negros llenos de furia.
-Tu criada me ha dicho que no te sientes bien -dijo Benjamin-. Pareces demasiado furiosa como para estar enferma. -Su sonrisa se amplió, y fue hacia la cama, sentándose en el borde-. ¿Estás realmente enferma, Camila?
-¡Sí! -siseó ella con furia-. Pero no hablaré contigo de mis sufrimientos.
-Creo que me estás mintiendo. Pero como me queda alguna duda de que no es así, te haré traer un poco de leche agria. Aliviará tu estómago en muy poco tiempo.
-Gracias, no quiero -replicó ella, levantando el mentón con actitud desafiante-. Preferiría dormir si no te molesta... y sin que me molesten.
-Pero insisto en que necesitas medicinas, Camila.
-Guarda tu insistencia para tu tripulación -dijo ella moviéndose hacia el lado opuesto de la cama-. Ya te lo dije antes, Benjamin, no aceptaré órdenes tuyas. Ahora, ¿dónde está Flor? Quiero que se quede conmigo esta noche.
-Está abajo, pero no se quedará contigo esta noche. Ni ninguna otra noche. Sería un poco incómodo que los tres nos acostáramos en mi cama -rió Benjamin.
-Yo me quedaré aquí.
-Ya deberías haber aprendido que de nada sirve discutir conmigo. Bien, vendrás por las buenas, o tendré que transportarte a mi habitación.
-Ya deberías saber que de nada te servirá hacer esa pregunta. ¡Jamás iré por las buenas a tu cama! ¡Jamás! -gritó. Trató de desembarazarse de las mantas.
Pero Benjamin extendió una mano, tomó sus flotantes cabellos rojizos, y la arrastró nuevamente a la cama. Con un rápido movimiento de sus brazos, la levantó en el aire y la llevó rápidamente a su habitación. La dejó caer en su cama, y luego volvió a cerrar la puerta. Cuando se dio la vuelta, vio saltar a Camila de la cama, buscando frenéticamente un lugar para esconderse.
Por un momento, ella parecía un conejo asustado, y Benjamin se sintió tentado de olvidar su necesidad de ella por esta noche. Pero el brillo asesino en sus ojos lo golpeó como una bofetada y renovó su determinación de poseerla.
-No hay forma de escapar, Camila -dijo, y comenzó a quitarse la ropa.
Ella corrió hacia la ventana; luego volvió a mirarlo, y su rostro era una máscara de furia.
-¡Saltaré!
-No, no lo harás. Todo te tienta a vivir, incluso el hecho de vengarte de mí. -suspiró, sacudiendo la cabeza-. ¿Por qué te peleas tanto conmigo, Camila?
-¡Porque tú engañas, mientes, y sigues violándome!
-Acabas de mentirme al decir que estabas enferma, pero no busco vengarme de ti.
-¿No? ¿Entonces por qué me retienes aquí, Benjamin? -preguntó ella.
-Creeme que no es por venganza -replicó él-. Si te ofreciera matrimonio... ¿qué?
-¡No me casaría contigo aunque me ofrecieras todas las riquezas del mundo! -respondió ella acaloradamente, y luego agregó con voz curiosamente tranquila-: Pero tú no me ofreces matrimonio, Benjamin.
-No, claro que no. Pero no te castigo, Camila, y te doy todo lo que necesitas, sólo te pido que me dejes hacerte el amor. De Lambert no te trataría mejor que yo. -En su voz había una sorprendente nota de ternura.
-Tal vez no. Pero al menos él no tendrá que violarme -replicó ella.
Benjamin entrecerró los ojos, y luego la miró oscuramente.
-Aún no te posee, Camila.

 
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Anonimo
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Re: EL AMOR DEL PIRATA 16,17,18 Y 19

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March 29 2009, 12:14 AM 

Me ncanta continuala pliss!!

Besos =D

 
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maria jesus
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Re: EL AMOR DEL PIRATA 16,17,18 Y 19

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March 29 2009, 12:55 PM 

ufff esta genial,me encanta
yo tambien quiero un pirata asi jiji.....
me gusta la relacion que tienen los dos
siguela prontito....besossss

 
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rossy
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Re: EL AMOR DEL PIRATA 16,17,18 Y 19

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March 31 2009, 10:38 PM 

wooh!! dios cada vez esta mas interesante la cosa jajaja, y q mas decirte.. q muxas gracias por poner tantos capis seguidos xD, me ha encantado , siguela prontito bss!!

 
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