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Untitled

April 5 2009 at 11:55 PM
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Anonimo  (no login)




wenas niñas!!
estoy encantada cn los cment asi q aora q e tenido un ratito e decidido subirles otros dos!! me esta empezand a gustar lo de subirlos a pares jejej de verdad q me alegro muxo de q os este gustando la web xq es preciosa!!
weno ya saben niñas a comentar!!
wenas nxes lindas!


Capítulo 7



También presentes en la velada musical de lady Bridgerton: la señora Featherington y sus tres hijas mayores (Prudence, Philippa y Penelope, ninguna de las cuales vestía con colores que favorecieran sus cutis); el señor Javier Berbrooke (quien, como es habitual, tenía mucho que contar, aunque nadie salvo Philippa Featherington parecía interesada); y, por supuesto, la señora Sheffield y la señorita Marizza Sheffield.
Esta Autora supone que la invitación a las Sheffield incluía también a la señorita Mia Sheffield, pero no se encontraba presente. Lord Bridgerton parecía de buen humor pese a la ausencia de la joven señorita Sheffield, pero, ay, su madre no podía disimular su decepción.
Pero, claro está, la tendencia de lady Bridgerton a hacer parejas es ya legendaria y sin duda no puede estar inactiva ahora que su hija ya está casada con el duque de Hastings.


REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
27 de abril de 1814



PAblo sabía que tenía que estar loco.
No podía haber otra explicación. Su intención era asustarla, aterrorizarla, hacerle entender que nunca podría pretender inmiscuirse sus asuntos y salir indemne, y no obstante...
La besó.
Su intención había sido intimidarla, y por eso se había acercado cada vez más, hasta que ella, una inocente, no tuviera otro remedio que sentirse acobardada ante su presencia. Ella desconocía lo que era estar tan cerca de un hombre como para que el calor de su cuerpo se filtrara a través de sus ropas, tan cerca como para no saber distinguir dónde finalizaba su aliento y dónde empezaba el de ella.
No sabría reconocer el primer ardor del deseo, ni sabría entender aquel calor lento que se extendía en espiral desde el núcleo de su ser.
Y aquel remolino de calor estaba ahí. Podía verlo.
Pero ella, una completa inocente, nunca entendería lo que él veía con tan sólo un vistazo de sus experimentados ojos. Lo único que ella sabía era que él se alzaba sobre ella, más fuerte, más poderoso, y que había cometido un espantoso error al invadir su santuario privado.
Iba a dejarlo justo entonces, iba a dejarla preocupada y sin aliento. Pero cuando les separaban menos de tres centímetros, la atracción se hizo más fuerte. El aroma de Marizza era demasiado cautivador, el sonido de su respiración demasiado excitante. La comezón del deseo que él había pretendido desatar en ella de pronto se encendió en su interior y extendió una cálida garra de necesidad hasta la punta de sus pies. Y el dedo que acababa de pasar por su mejilla _sólo para torturarla, se dijo_ de pronto se convirtió en una mano que la sujetó por la nuca mientras sus labios la tomaban en una explosión de rabia y deseo.
Ella jadeó contra su boca, y entonces él aprovecho la separación de sus labios para deslizar la lengua entre ellos. Aunque Marizza estaba rígida entre sus brazos, daba la impresión de que aquello tenía más que ver con la sorpresa que con cualquier otra cosa, por lo que PAblo se apretó un poco más y permitió que una de sus manos se deslizara por detrás y sujetara la suave curva de su trasero.
_Esto es una locura _susurró él contra su oído. Pero no hizo ningún movimiento para soltarla.
La respuesta de Marizza fue un gemido incoherente y confuso. Su cuerpo se volvió un poco más maleable entre sus brazos, permitió que lo amoldara al suyo, con más proximidad. Él sabía que debía detenerse, sabía que desde luego no tenía que haber empezado, pero su sangre se aceleraba a causa de la necesidad, y ella sabía tan... tan...
Tan bien.
PAblo soltó un gemido, apartó los labios de su boca para saborear un instante la piel salada del cuello. Había algo en ella que se adaptaba a él, como ninguna mujer había conseguido antes. Parecía que el cuerpo de Pablo hubiera descubierto algo que su mente se negaba por completo a considerar.
Algo en ella resultaba tan... perfecto.
Olía bien. Sabía bien. Daba gusto tocarla. Y sabía que si le quitara toda la ropa y la tumbara allí sobre la alfombra de su estudio, ella se adaptaría bajo él, se adaptaría alrededor de él... a la perfección.
A PAblo se le ocurrió pensar que cuando no discutía con él, Marizza Sheffield bien podría ser la mejor mujer de Inglaterra, qué caray.
Sus brazos, que habían quedado atrapados entre los suyos, se dirigieron poco a poco hacia arriba, hasta que sus manos descansaron lentamente en su espalda. Y luego sus labios se movieron. Era algo mínimo, en sí fue un movimiento que apenas sintió sobre la fina piel de su frente, pero era indiscutible que ella le estaba devolviendo el beso.
Un gemido grave y triunfante surgió de la boca de Pablo mientras desplazaba la boca otra vez hasta los labios de ella y la besaba con ardor, desafiándola a que continuara lo que había empezado.
_Oh, Marizza_se quejó, empujándola con suavidad hasta que ella se quedó apoyada contra el borde del escritorio_. Dios, qué bien sabe.
_ ¿Bridgerton? _Su voz sonó trémula, aquella palabra era más una pregunta que cualquier otra cosa.
_No diga nada _susurró él_. Haga lo que haga, no diga nada.
_Pero...
_Ni una palabra _interrumpió él, y le puso un dedo sobre los labios. Lo último que quería era que ella arruinara este momento tan perfecto abriendo su boca e iniciando una discusión.
_Pero yo... _Apoyó las manos en el pecho de PAblo y se zafó de un estirón, dejándole a él tambaleante y sin aliento.
Pablo soltó una maldición, y no era leve.
Marizza se escabulló rápidamente, no hasta el otro extremo de la habitación, pero sí hasta un alto sillón con orejas, lo bastante lejos como para no estar al alcance de sus brazos. Se agarró al rígido respaldo del sillón, luego se parapetó tras él, pensando que podría ser una buena idea tener un mueble sólido entre ellos.
El vizconde no dio muestras de estar de buen humor.
_ ¿Por qué ha hecho eso? _preguntó ella en voz tan baja que casi era un susurro.
Él se encogió de hombros, de pronto pareció un poco menos furioso y un poco más indiferente.
_Porque quería.
Marizza soltó un resuello y le miró boquiabierta durante un momento, incapaz de creer que pudiera tener una respuesta tan simple pan lo que era una pregunta tan complicada, pese a la simple formulación Finalmente soltó con brusquedad:
_Pero no es posible que haya querido.
Él sonrio.
_Pues sí.
_ ¡Pero yo no le gusto!
_Cierto _admitió él.
_Y usted no me gusta a mí.
_Eso me ha estado diciendo _contestó con voz suave_. Tendré que creen en su palabra, puesto que hace unos segundos esto no era tan aparente.
Marizza sintió que sus mejillas se sonrojaban de vergüenza. Había respondido a su desvergonzado beso, y se odiaba por ello, casi tanto como le odiaba a él por iniciar aquellas intimidades.
Pero no hacía falta que se burlara de ella. Había sido el acto de un canalla. Se agarró al respaldo del sillón hasta que sus nudillos se pusieron blancos, ya no estaba segura de si lo utilizaba como defensa contra Bridgerton o como medio para contenerse y no abalanzarse sobre él para estrangularlo.
_No voy a permitir que se case con Mia _le dijo en voz baja
_No _murmuró él y se movió con lentitud hasta situarse al otro lado del sillón_. No pensaba que fuera a hacerlo.
Marizza elevó la barbilla de forma casi imperceptible.
_Y tengo la certeza de que yo no voy a casarme con usted.
Pablo plantó sus manos sobre los reposabrazos y se inclinó hacia delante, hasta dejar su rostro a tan sólo unos centímetros del de ella.
_No recuerdo habérselo pedido. _dijo él.
Marizza se retiró hacia atrás con brusquedad.
_ ¡Pero si acaba de besarme!
Él se rió.
_Si me ofreciera en matrimonio a cada mujer a la que he besado, habrían metido en la cárcel por bígamo hace mucho tiempo. Marizza notó que empezaba a temblar y se agarró al respaldo del sillón en busca de apoyo.
_Usted, señor _casi le escupe_, no tiene honor.
Los ojos de él centellearon y una mano saltó disparada para coger barbilla de Marizza. La sostuvo así durante varios segundos, obligándola a mirarle a los ojos.
_Eso dijo con voz escalofriante no es vendad, y si fuera un hombre la desafiaría por ello.
Marizza se quedó quieta durante lo que pareció demasiado rato, con la mirada fija en la de él, la piel le ardía donde sus poderosos dedos la mantenían inmóvil. Finalmente hizo lo que había jurado que nunca haría con este hombre.
Le rogó.
_Por favor _susurró_, suélteme.
Así lo hizo, la mano la soltó con sorprendente brusquedad.
_Mis disculpas _dijo, y sonaba una pizca... ¿sorprendido?
No, eso era imposible. Nada podía sorprender a este hombre.
_No era mi intención hacerle daño _añadió en tono suave.
_ ¿Ah, no?
Él sacudió un poco la cabeza.
_No. Tal vez asustarla. Pero no quería hacerle daño.
Marizza retrocedió con piernas temblorosas.
_No es más que un mujeriego _dijo mientras deseaba que su voz surgiera con un poco más de desdén y un poco menos de temblor.
_Lo sé _dijo encogiéndose de hombros. El intenso fuego en sus ojos pareció apagarse hasta denotar una leve diversión_. Va con mi manera de ser.
Marizza dio otro paso hacia atrás. No le quedaban energías para enfrentarse a los abruptos cambios de humor de él.
_Me voy ahora mismo.
_Váyase _dijo él en tono afable, y le hizo una indicación hacia la puerta.
_No puede detenerme.
Él sonrió.
_Ni lo soñaría.
Marizza empezó a apartarse, retrocedió con lentitud, temerosa de que si le quitaba la vista de encima durante un segundo, él tal vez se abalanzara sobre ella.
_Me voy _repitió de modo innecesario.
Pero cuando tenía la mano a un centímetro del pomo de la puerta, él dijo:
_Supongo que la veré la próxima vez que vaya a visitar a Mia.
Marizza se puso pálida. No es que pudiera verse a sí misma, por supuesto, pero por primera vez en su vida, de hecho había notado que su piel perdía la sangre.
_Ha dicho que iba a dejarla en paz _dijo en tono acusador.
_No _replicó él mientras se apoyaba con postura bastante insolente en un lado del sillón_. He dicho que no pensaba que fuera permitir que me casara con ella. Lo cual no quiere decir lo mismo, desde luego no tengo planes de permitir que controle mi vida.
Marizza de pronto se sintió como si tuviera una bala de cañón alojada en su garganta.
_Pero es imposible que quiera casarse con ella después de que usted... después de que yo...
Pablo dio unos pasos hacia ella con movimientos lentos y elegantes como los de un gato.
_ ¿Después de que me besara?
_Yo no... _Pero las palabras le quemaron la parte posterior de la laringe pues era obvio que eran mentira. Ella no había iniciado aquel beso pero al final sí había participado en él.
_Oh, vamos, señorita Sheffield _dijo estirándose y cruzándose de brazos_. No sigamos por ahí. No nos gustamos, hasta ahí es verdad, pero la respeto de un modo peculiar, pervertido, y sé que usted no es una mentirosa.
Marizza no dijo nada. La verdad, ¿qué podía decir? ¿Qué podía responder a una afirmación que contenía las palabras «respeto» y «pervertido»?
_Me devolvió el beso _dijo con una leve sonrisa de satisfacción_. No con gran entusiasmo, lo admito, pero eso sería cuestión de tiempo.
Ella sacudió la cabeza, incapaz de dar crédito a lo que oía.
_ ¿Cómo puede hablar de ese tipo de cosas tan sólo un minuto después de haber declarado su intención de casarse con mi hermana?
_Esto no obstaculiza lo más mínimo mis planes, es la verdad _ comentó con voz reflexiva pero despreocupada, como si considerara la compra de un nuevo caballo o decidiera qué pañuelo ponerse en el cuello.
Quizá fuera su postura desenfadada, quizá la manera en que se frotaba el mentón como si fingiera estar pensándose un poco aquella cuestión, pero algo encendió una mecha en el interior de Marizza. Sin tan siquiera pensar, se lanzó hacia delante, todas las furias del mundo reunidas en su alma mientras se arrojaba contra él y le golpeaba el pecho con los puños.
_ ¡Nunca se casará con ella! _chilló_. ¡Nunca! ¿Me oye? Él levantó un brazo para parar un golpe contra su cara.
_Haré oídos sordos a sus afirmaciones. _Luego atrapó con habilidad sus muñecas y se las inmovilizó mientras su cuerpo temblaba de rabia.
_No permitiré que la haga una desdichada. No permitiné que arruine su vida _continuó, aunque las palabras se le atragantaban _. Ella representa todo lo bueno, honrado y puro. Y se merece algo mejor que usted.
PAblo la observó de cerca, recorrió su rostro con la mirada, en cierto modo se había puesto muy hermosa con la fuerza de su ira.Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos le brillaban con las lágrimas que se esforzaba por contener. Él empezaba a sentir que podía ser el peor canalla del mundo.
_Vaya, señorita Sheffield dijo en tono suave. Me da la impresión de que quiere de verdad a su hermana.
_Por supuesto que la quiero! _soltó_. ¿Por qué cree que he empleado tantos esfuerzos para mantenerla alejada de usted? ¿Cree que lo he hecho por diversión? Porque, le aseguro, milord, que se me ocurren cosas mucho más divertidas que estar retenida en su estudio.
Él le soltó las muñecas de forma brusca. Marizza se frotó la carne enrojecida y maltratada mientras continuaba hablando:
_Pensaba que al menos mi amor por mia era una faceta que usted podía entender con perfecta claridad dijo gimoteando. Usted, quien supuestamente siente tal devoción por su familia.
Pablo no dijo nada, se limitó a observarla y preguntarse si tal vez esta mujer escondía mucho más de lo que en un principio había estimado.
_Si usted fuera hermano de Mia _dijo Marizza con escalofriante precisión_, ¿permitiría que se casara con un hombre como usted?
Él se quedó callado durante un largo instante, lo bastante largo como para que el silencio resonara con incomodidad en sus oídos. Por fin dijo:
_Esto no viene a cuento.
En favor de Marizza había que decir que no sonrió. No alardeó, no se mofó. Cuando volvió a hablar sus palabras sonaron tranquilas y francas.
_Creo que ya me ha contestado. _Luego se giró sobre sus talones y empezó a alejarse.
_Mi hermana _dijo entonces él, con voz lo bastante alta como para que Marizza detuviera su avance hacia la puerta_ se ha casado con el duque de Hastings. ¿Está familiarizada con su reputación? Marizza se detuvo, pero no se volvió.
_Es conocido por su evidente devoción a su esposa.
Pablo soltó una risita.
_Entonces no está familiarizada con su reputación. Al menos con la que tenía antes de casarse.
Marizza se volvió poco a poco.
_Si intenta convencerme de que los mujeriegos reformados se transforman en los mejores esposos, no va a conseguirlo. Ha sido en esta misma habitación, ni siquiera hace quince minutos, donde ha dicho a la señorita Rosso que no veía motivos para renunciar a una querida por una esposa.
_Creo que especifiqué que en el caso de que uno no ame a esposa.
Un sonido peculiar salió de la nariz de Marizza: no era en sí un refunfuño, más bien una respiración, pero dejaba muy claro, al menos en este momento, que no sentía ningún respeto hacia él. Con una expresión de profunda diversión en los ojos, Marizza pregunto:
_ ¿Y ama a mi hermana, lord Bridgerton?
_Por supuesto que no _contestó_. Y nunca se me ocurriría insultar a su inteligencia diciendo lo contrario. Pero _añadió alzando voz, para frustrar la interrupción que estaba seguro se iba a producir _ tan sólo hace una semana que conozco a su hermana. No hay motivo para creer que no pueda enamorarme de ella si pasáramos muchos años unidos en santo matrimonio.
Marizza se cruzó de brazos.
_ ¿Por qué será que no puedo creerme ni una palabra de lo que sale de su boca?
Él se encogió de hombros.
_Desde luego que no lo sé. _Pero sí lo sabía. Precisamente el motivo por el que había elegido a Mia para esposa era saber que nunca se enamoraría de ella. Le gustaba, la respetaba y estaba seguro de que sería una madre excelente para sus herederos, pero nunca la amaría. Aquella chispa no se había encendido entre ellos.
Marizza sacudió la cabeza con decepción en la mirada. Una decepción que en cierto modo a él le hizo sentirse menos hombre.
_Tampoco pensaba que fuera un mentiroso dijo en voz baja Un mujeriego y un vividor sí, y tal vez un montón de cosas más, pero no un mentiroso.
Pablo sintió sus palabras como puñetazos. Algo desagradable estrujó su corazón, algo que le dio ganas de arremeter contra ella, de hacerle daño o al menos mostrarle que no tenía el poder de herirle.
_Oh, señorita Sheffield _su voz se arrastraba con cierta crueldad no irá muy lejos sin esto.
Antes de que ella pudiera reaccionar, metió la mano en el bolsillo, sacó la llave de la puerta de su estudio y la tiró en su dirección, apuntando en de forma intencionada a sus pies. La cogió desprevenida, sus reflejos no estaban preparados, y cuando ella se estiró para cogerla, erró por completo. Cuando sus manos se juntaron, sonaron con una palmada hueca, seguida del ruido sordo de la llave al caer sobre la alfombra.
Marizza permaneció allí de pie durante un momento contemplando la llave. Pablo se percató del instante en que ella comprendió que no era su intención que la atrapara. Se quedó del todo quieta y luego alzó la mirada para mirarle directamente a los ojos. Los ojos de Marizza centelleaban de odio y algo peor.
Desdén.
Pablo sintió que le daban un puñetazo en las tripas. Sintió el más ridículo impulso de saltar hacia delante, coger la llave de la alfombra hincarse sobre una rodilla y tendérsela a ella, para disculparse por su conducta y rogarle perdón.
Pero no hizo nada de esto. No quería enmendar esa falta, no quería ganarse una opinión favorable.
Porque aquella chispa tan esquiva, cuya ausencia era tan patente con su hermana, con quien se había propuesto casarse, refulgía con tal fuerza que la habitación parecía estar iluminada como si fuera de día.
Y nada podía aterrorizarle más.
Marizza continuó inmóvil durante más tiempo del que él hubiera pensado, obviamente resistiéndose a arrodillarse delante de él aunque sólo fuera para recoger la llave que le permitiría la huida que tanto deseaba.
Pablo forzó una sonrisa entonces, bajó la mirada al suelo y luego volvió a su rostro:
_ ¿No quiere marcharse, señorita Sheffield? _dijo con demasiada suavidad.
Continuó observando a Marizza mientras le temblaba la barbilla y tragaba saliva con nerviosismo. Y también, cuando de forma abrupta se agachó y cogió la llave.
_Nunca se casará con mi hermana _juró con una voz grave e intensa que le provocó un escalofrío en los mismísimos huesos_. Nunca.
Y luego, con un chasquido decisivo en la cerradura, ya se había marchado.



Dos días después, Marizza aún continuaba furiosa. También ayudó el hecho de que la tarde siguiente a la velada llegara un gran ramo de flores para Mia, cuya tarjeta decía: «Con mis deseos de una rápida recuperación. La velada de anoche estuvo muy apagada sin su rutilante presencia. Bridgerton».
Mary había soltado un montón de exclamaciones extasiadas al leer la nota; tan poética, suspiró, tan encantadora, sin duda las palabras un hombre locamente enamorado. Pero Marizza sabía la verdad. La nota era más un insulto dirigido a ella que un cumplido a Mia.
Y tanto que apagada, pensó echando chispas mientras contemplaba la tarjeta _ahora expuesta encima de una mesa del salón_, y se preguntaba cómo podría arreglárselas para que apareciera de algún modo rota en pedazos y pareciera un accidente. Tal vez no supiera mucho de temas del corazón y asuntos de hombres y mujeres, pero habría apostado cualquier cosa a que, sintiera lo que sintiera el vizconde la noche anterior en el estudio, no había sido aburrimiento.
No obstante, no había venido de visita. Marizza no podía imaginarse por qué, ya que sacar a pasear a Mia iba a ser una bofetada aún más ofensiva que la nota. En sus momentos más fantasiosos, le gustaba pensar ufana que él no se había dejado ver porque tenía miedo de enfrentarse a ella. Pero sabía que aquello no era verdad, estaba claro.
Aquel hombre no tenía miedo a nadie. Y mucho menos a una vulgar solterona entrada en años a la que probablemente había besado por una mezcla de curiosidad, rabia y lástima.
Marizza cruzó la habitación hasta la ventana y se quedó mirando Milner Street. No era la vista más pintoresca de Londres, pero al menos así conseguía no mirar la nota. Era la lástima lo que de verdad la consumía. Rogó para que, fuera cual fuera el motivo de aquel beso, la curiosidad y la rabia superaran la lástima.
Pensó que no podría soportar que él sintiera lástima de ella.
Pero Marizza no tuvo mucho tiempo para obsesionarse con el beso y su posible significado, porque aquella tarde la tarde siguiente a las flores llegó una invitación mucho más inquietante que cualquier cosa que el propio lord Bridgerton pudiera haber enviado. Al parecer se requería la presencia de las Sheffield en una reunión campestre que organizaba lady Bridgerton de forma bastante espontánea en su casa solariega.
La madre del mismísimo diablo.
Y no había manera de que Marizza pudiera escabullirse y no acudir. A no ser que se produjera un terremoto combinado con un huracán, combinado con un tornado; cosas que difícilmente podrían suceder en Gran Bretaña, aunque ella seguía abrigando alguna esperanza en cuanto al huracán, siempre que no hubiera truenos o relámpagos de por medio. Nada impediría que Mary se presentara en la bucólica entrada de la residencia de los Bridgerton con Mia a la zaga. Y desde luego, Mary no iba a permitir que Kate se quedara sola en Londres, sin nadie cerca.
El vizconde no tenía escrúpulos. Lo más probable era que besara a Mia igual que la había besado a ella, y Marizza no podía imaginar que su hermana tuviera la fortaleza para resistirse a una insinuación así. Seguro que le parecería lo más romántico del mundo y se enamoraría de él allí mismo.
Incluso Marizza había encontrado dificultades para mantener la mente clara cuando él puso sus labios en su boca... Durante un momento de dicha lo había olvidado todo. No existía otra cosa que la experiencia exquisita de sentirse acariciada y querida; no, necesitada. Había sido algo de veras embriagador. Casi tanto como para que una dama olvidara que el hombre que la estaba besando era un canalla indigno.
Casi... pero no del todo.


Capítulo 8



Como bien sabe cualquier lector habitual de esta columna, hay dos sectas en Londres que siempre se mantendrán en la más extrema oposición: las Mamás Ambiciosas y los Solteros Convencidos.
Las Mamás Ambiciosas tienen hijas en edad casadera. El Soltero Convencido no quiere una esposa. La esencia del conflicto debería resultar obvia para cualquiera con un poco de cerebro o, en otras palabras, aproximadamente el cincuenta por ciento de los lectores de Esta Autora.
Esta Autora aún no ha visto la lista de invitados a la reunión social que va a celebrarse en la casa solariega de lady Bridgerton, pero fuentes informadas indican que esta próxima semana se reunirán en Kent casi todas las jóvenes candidatas en edad de casarse.
Esto no es una sorpresa para nadie. Lady Bridgerton nunca ha ocultado su deseo de ver a sus hijos bien casados. Este parecer la ha convertido en una presencia favorita entre las Mamás Ambiciosas, quienes consideran con desesperación a los hermanos Bridgerton los peores Solteros Convencidos.
Si tuviéramos que confiar en las libretas de apuestas, al menos uno de los hermanos Bridgerton debería oír campanas de boda antes de que acabe este año.
Por mucho que le duela a Esta Autora mostrar su conformidad con las libretas de apuestas (están escritas por hombres, y por consiguiente contienen errores intrínsecos), tiene que coincidir con esta predicción.
Lady Bridgerton tendrá pronto una nuera. Pero quién será ella _y con qué hermano se encontrará casada_, ay, Amable Lector, eso, quién lo sabe.


REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
29 de abril de 1814



Una semana más tarde, Pablo se encontraba en Kent, en concreto en el conjunto de habitaciones que ocupaba su despacho privado, esperando el comienzo de la fiesta campestre organizada por madre.
Había visto la lista de invitados. No cabía duda de que su madre había decidido organizar esta fiesta con un único motivo: casar a uno de sus hijos, a poder ser él mismo. Aubrey Hall, la residencia ancestral de los Bridgerton, se llenaría hasta los topes de jóvenes candidatas, cada cual más encantadora y más cabeza hueca que la otra. Para mantener las cosas compensadas, lady Bridgerton había tenido q invitar también a una buena cantidad de caballeros, cierto, pero ninguno era tan rico o tan influyente como sus propios hijos, a excepción de unos pocos que ya estaban casados.
Su madre, pensó Pablo atribulado, no era famosa por su sutileza. Al menos no en lo referente al bienestar (su definición de bienestar, por supuesto) de sus hijos.
No le había sorprendido ver que también se había cursado invitación a las señoritas Sheffield. Su madre había mencionado varias veces lo bien que le caía la señora Sheffield. Y se había visto obligado a escuchar demasiadas veces la teoría de que «los buenos padres dan buenos hijos» como para no saber qué quería decir con eso.
De hecho sintió una especie de satisfacción resignada al ver el nombre de Mia en la lista. Estaba ansioso por proponerle matrimonio y acabar con todo aquello. Sentía cierta inquietud por lo que había sucedido con Marizza, pero daba la impresión de que ahora poco podía hacer a menos que quisiera pasar por las molestias de encontrar otra posible novia.
Algo que no deseaba. Una vez que había tomado una decisión en este caso casarse por fin no veía motivo en demorarse con noviazgos y devaneos. La falta de decisión era para quienes tenían más tiempo para vivir la vida. Era cierto que Pablo había evitado la trampa del párroco durante casi una década, pero ahora, habiendo decidido que ya era hora de buscarse una esposa, parecía tener poco sentido entretenerse.
Casarse, procrear y morir. Ésa era la vida del noble inglés, incluso para quienes no tenían un padre y un tío que habían caído muertos de manera inesperada a la edad de treinta y ocho y treinta y cuatro años, respectivamente.
Estaba claro que lo único que él podía hacer a estas alturas era evitar a Marizza Sheffield. Probablemente también fuera apropiada alguna disculpa. No sería fácil, ya que lo último que quería era humillarse ante aquella mujer, pero los susurros de su conciencia se habían transformado en un estruendo amortiguado. Sabía que ella merecía oír las palabras, «lo siento».
De buen seguro se merecía algo más, pero Pablo no tenía deseos de considerar el qué.
Por no mencionar que, a menos que fuese a hablar con ella, lo más probable era que bloqueara una unión entre él y Mia con todo su empeño.
Estaba claro que había llegado el momento de pasar a la acción. Si existía un sitio romántico para una petición de mano, ése era Aubrey Hall. Construido a principios del siglo XVIII con una cálida piedra amarillenta, estaba cómodamente ubicado sobre un gran pasto verde, rodeado de sesenta acres de parque, de los cuales diez eran jardines floridos. A lo largo del verano, el jardín se llenaría de rosas, pero ahora los terrenos estaban alfombrados de jacintos y brillantes tulipanes que su madre había mandado importar de Holanda.
Pablo miró por la ventana desde el otro lado de la habitación. Los viejos olmos se alzaban majestuosos en torno a la casa y daban sombra a la calzada. Y le gustaba pensar que con ellos la casa solariega parecía integrarse en la naturaleza, en vez de asemejarse a las típicas residencias campestres de la aristocracia: monumentos artificiales a la riqueza, la posición y el poder. Había varios estanques, un arroyo e incontables colinas y depresiones, cada una de ellas con sus recuerdos especiales de la infancia.
Y su padre.
Pablo cerró los ojos y espiró. Le encantaba venir a Aubrey Hall, pero las vistas e imágenes familiares le devolvían a su padre con una claridad tan vívida que resultaba casi dolorosa. Todavía ahora, casi doce años después de la muerte de Edmund Bridgerton, Pablo continuaba esperando verle doblar la esquina, con el más pequeño de los Bridgerton chillando de deleite, montado sobre los hombros de su padre.
La imagen provocó una amplia sonrisa en los labios de Pablo. La criatura subida a sus hombros podría ser un niño o una niña; Edmund nunca había mostrado diferencias entre sus hijos a la hora de montarles a caballito. Pero fuera quien fuera el que ocupara el lugar privilegiado en lo alto del mundo, sin duda sería perseguido por una niñera que insistía en detener de inmediato aquella tontería, y en que el lugar de un niño estaba en el cuarto de juego, no a hombros de su padre, desde luego.
_ Oh, padre _ susurró PAblo alzando la mirada para mirar el retrato de Edmund colgado encima de la chimenea_, ¿cómo diantres conseguiré lo que tú lograste?
Y sin duda aquel fue el mayor logro de Edmund Bridgerton: presidir una familia llena de amor y risa y todo lo que se echaba a faltar con tanta frecuencia en la vida aristocrática.
Pablo se apartó del retrato de su progenitor para cruzar la habitación hasta la ventana. Durante toda la tarde no habían dejado de llegar invitados, cada vehículo parecía traer otra dama de rostro lozano, con ojos iluminados por la felicidad de haber recibido el regalo de una invitación a la reunión social en la casa solariega de los Bridgerton.
No sucedía con frecuencia que su madre se decidiera a llenar su casa de campo de invitados. Cuando lo hacía, siempre era el acontecimiento de la temporada.
Aunque, en honor a la verdad, ninguno de los Bridgerton pasaba ya demasiado tiempo en Aubrey Hall. Pablo sospechaba que su madre padecía la misma enfermedad que él: recuerdos de Edmund por cada rincón. Los hijos menores tenían pocos recuerdos del lugar, puesto que habían sido criados sobre todo en Londres. Lo cierto era que no recordaban las largas excursiones por los campos, las jornadas de pesca o la casa en el árbol.
A Hyacinth, quien sólo tenía once años, su padre ni siquiera había llegado a sostenerla en brazos. Pablo había intentado llenar ese vacío lo mejor posible, pero sabía que era una comparación muy pobre.
Con un suspiro cansino, se apoyó pesadamente en el ventanal, en un intento de decidir si quería o no servirse algo de beber. Miraba fuera, al césped, sin enfocar la mirada en nada concreto, cuando llegó un carruaje decididamente más gastado que el resto de los que aparecían por la calzada de llegada. No es que fuera de mala calidad, estba bien hecho y era sólido. Pero carecía de los emblemas dorados que adornaban los demás carruajes, y parecía dar más sacudidas que los otros, como si no estuviera tan bien mantenido como para viajar con comodidad.
Serían las Sheffield, cayó en la cuenta. El resto de invitados incluidos en la lista poseían fortunas respetables. Sólo las Sheffield tendrían que alquilar un carruaje para la temporada en Londres.
Como confirmación, cuando uno de los lacayos de la residencia, vestido con una elegante librea azul pastel, saltó hacia delante para abrir la puerta, Mia Sheffield salió por ella como una verdadera visión, con un vestido de viaje amarillo claro y sombrero a juego. Pablo no estaba tan cerca como para poder ver su rostro con claridad, pero era bastante fácil de imaginar. Tenía mejillas sonrosadas y delicadas, y sus exquisitos ojos reflejaban el cielo despejado.
La siguiente en salir fue la señora Sheffield. Sólo cuando ocupó lugar al lado de Mia se percató de cuánto se parecían la una a la otra. Ambas eran encantadoras en sus formas graciosas y menudas, y mientras hablaban pudo ver que adoptaban la misma postura. La inclinación de la cabeza era idéntica, al igual que su actitud y compostura.
Mia no perdería su belleza. Sin duda, éste sería un buen atributo para una esposa, aunque _lanzó una mirada compungida al retrato de su padre_ no era probable que Anthony estuviera presente para verla envejecer.
Finalmente descendió Marizza.
Y Pablo fue consciente de que contuvo la respiración.
No se movía como las otras dos Sheffield. Ellas habían descendido con delicadeza, apoyándose en el lacayo, reposando su mano en la de éste con un gracioso arqueo de la muñeca.
Marizza, por otro lado, casi había saltado del carruaje. Aceptó el brazo que le brindaba el lacayo, pero en realidad parecía no necesitar su ayuda. En cuanto sus pies tocaron el suelo se estiró en toda su altura y alzó el rostro para observar la fachada de Aubrey Hall. Todo en ella era directo y franco. Pablo no dudó ni un momento que si hubiera estado lo bastante cerca como para mirarla a los ojos, habría encontrado su mirada de frente.
No obstante, en cuanto ella le viera, aquellos ojos se llenarían de desdén y tal vez de un poco de odio. Que en realidad era lo único que se merecía. Un caballero no podía tratar a una dama como él había tratado a Marizza Sheffield y esperar seguir gozando de su favor.
Marizza se volvió hacia su madre y hermana y dijo algo que provocó la risa de Mia mientras Mary sonreía con gesto indulgente. Pablo se percató de que no había tenido demasiadas oportunidades de ver a las tres relacionándose entre si.
Había algunos vínculos, acabó por comprender, que eran más fuertes que los de la sangre. Él no dejaba espacio para esos vínculos en su vida.
Era éste el motivo de que, cuando se casara, el rostro bajo el velo de la novia debería ser el de Mia Sheffield.



Marizza había esperado que Aubrey Hall la impresionara. Lo que no había esperado era quedarse encantada.
La casa era más pequeña de lo que creía. Oh, de cualquier modo era mucho, mucho más grande que cualquier cosa a la que ella hubiera tenido el honor de llamar casa, pero esta casa solariega no era una mole monumental elevándose sobre el paisaje como un castillo medieval fuera de lugar.
Más bien, Aubrey Hall parecía casi acogedora. Quizás era una palabra peculiar para describir una casa con cincuenta habitaciones, como poco, pero sus caprichosas torretas y almenas parecían casi salidas un cuento de hadas, en especial con el sol del atardecer que proporcionaba un relumbre casi rojizo a la piedra amarilla. No había nada austero o sobrecogedor en Aubrey Hall, y a Marizza le gustó de inmediato.
_ ¿No es preciosa? _susurró Mia.
Marizza asintio.
_Lo bastante preciosa como para hacer casi soportable una semana en compañía de un hombre espantoso.
Mia se rió y Mary la regañó, pero ni siquiera ella pudo contener una sonrisa indulgente. De todos modos, mientras echaba una ojeada al lacayo que se fue a la parte posterior del coche para descargar el equipaje, le reprendió:
_No deberías decir esas cosas, Marizza. Nunca sabes quién está escuchando y es muy poco decoroso hablar de ese modo de nuestro anfitrión.
_No temas, no me ha oído _contestó Marizza_. Y aparte, pensaba que lady Bridgerton era nuestra anfitriona. Fue ella quien mandó la invitación.
_El vizconde es el propietario de la casa _respondió Mary.
_Muy bien _admitió Marizza y señaló Aubrey Hall con un dramático movimiento de brazo_. En cuanto entre en esa morada sagrada, seré toda dulzura y luz.
Mia soltó un resoplido.
_Será algo digno de ver.
Mary lanzó a Marizza la mirada de una madre que conoce bien a su hija:
_Dulzura y luz son términos que también se aplican en jardinería.
Marizza se limitó a sonreír.
_Cierto, Mary, me voy a portar mejor que nunca. Lo prometo.
_Limítate a evitar en lo posible al vizconde.
_Así será _prometió Marizza. Mientras él haga todo lo posible para evitar a Mia.
Un lacayo apareció a su lado e indicó el vestíbulo con un espléndido movimiento arqueado de su brazo.
_Si tienen la amabilidad de entrar dijo. Lady Bridgerton está
ansiosa por saludar a sus invitados.
Las tres Sheffield se volvieron de inmediato y se encaminaron hacia la entrada principal. Sin embargo, mientras ascendían por los escalones de poca altura, Mia se volvió a Marizza con una sonrisa maliciosa y susurró:
_La dulzura y la luz empiezan a partir de aquí, hermana mía.
_Si no estuviéramos en un lugar público _respondió Marizza con voz igualmente acallada_, creo que tendría que pegarte.
Lady Bridgerton se encontraba en el vestíbulo principal cuando entraron en el interior de la mansión. Marizza alcanzó a ver los dobladillos ribeteados de unos vestidos en movimiento que desaparecían por lo alto de las escaleras mientras las ocupantes del carruaje anterior dirigían a sus habitaciones.
_ ¡Señora Sheffield! _ saludó lady Bridgerton al tiempo que cruzaba el vestíbulo hacia ellas _. Qué alegría verla. Y la señorita Sheffield _añadió volviéndose a Marizza_, cuánto me alegra que hayan podido venir a vernos.
_Ha sido muy amable al invitarnos _respondió Marizza_. Y de veras es un placer escaparse de la ciudad durante una semana.
Lady Bridgerton sonrió.
_ ¿Así que en el fondo es una chica de campo?
_Eso me temo. Londres es excitante, y siempre merece la pena una visita, pero prefiero los verdes campos y el aire fresco.
_A mi hijo le pasa lo mismo dijo lady Bridgerton. Oh, pasa el tiempo en la ciudad, pero una madre sabe lo que le gusta de verdad.
_ ¿El vizconde? _preguntó Marizza sin convicción. Parecía un mujeriego consumado, y todo el mundo sabía que el hábitat natural del mujeriego era la ciudad.
_Sí, Pablo. Cuando era niño vivíamos casi siempre aquí. Íbamos a Londres durante la temporada, por supuesto, ya que a mí me encanta asistir a fiestas y bailes, pero nunca pasábamos más de unas pocas semanas. Sólo tras la muerte de mi esposo, trasladamos nuestra primera residencia a la ciudad.
_Lamento mucho su defunción _murmuró Marizza.
La vizcondesa se volvió hacia ella con una expresión nostálgica en sus ojos azules.
_Es muy tierno por su parte. Hace ya muchos años que sucedió pero aún le echo de menos, cada día.
Marizza notó que un nudo se formaba en su garganta. Recordó cuánto se querían Mary y su padre, y supo que se encontraba en presencia de otra mujer que había experimentado el amor verdadero. Y pronto se sintió terriblemente triste. Porque Mary hubiera perdido su esposo y la vizcondesa al suyo también, y...
Y tal vez, más que nada, porque ella nunca iba a conocer la dicha del amor verdadero.
_Pero nos estamos poniendo sensibleras _dijo de pronto la Bridgerton esbozando una sonrisa tal vez demasiado alegre. Se volvió de nuevo a Mary_ y aún no he conocido a su otra hija.
_ ¿Aún no? _ preguntó Mary frunciendo el ceño _. Supongo que tiene razón. Mia no pudo asistir a la velada musical en su casa.
_Por supuesto la he visto de lejos con anterioridad _le dijo lady Bridgerton a Mia mientras le dedicaba una sonrisa deslumbrante.
Mary hizo las presentaciones, y Marizza no pudo evitar advertir la manera en que lady Bridgerton evaluaba a Mia. No había ninguna duda. Había decidido que Mia constituiría una excelente incorporación a la familia.
Tras unos momentos más de cháchara, lady Bridgerton les ofreció té mientras sus maletas eran trasladadas a sus habitaciones, pero declinaron el ofrecimiento ya que Mary estaba cansada y quería estirarse un rato.
_Como deseen _dijo lady Bridgerton e indicó a una doncella_. Mandaré a Rose para que les enseñe sus habitaciones. La cena es a las ocho. ¿Hay alguna cosa que pueda ofrecerles antes de que se retiren?
Mary y Mia negaron con la cabeza, y Marizza iba a seguir su ejemplo, pero en el último momento dijo:
_De hecho, me gustaría hacerle una pregunta.
Lady Bridgerton sonrió con afecto.
_Por supuesto.
_He advertido al llegar que tiene unos amplísimos jardines de
flores. ¿Podría inspeccionarlos?
_ ¿Así que usted también es jardinera? _inquirió lady Bridgerton.
_No muy buena _admitió Marizza_, pero sí admiro el trabajo de un experto.
La vizcondesa se ruborizó.
_Será un honor que recorra los jardines. Son mi orgullo y alegría. No es que les dedique demasiado tiempo ahora, pero cuando Edmund viv.... Se detuvo para aclararse la garganta. Es decir, cuando yo pasaba más tiempo por aquí, estaba todo el día con las manos llenas de tierra. Volvía loca del todo a mi madre.
_Y también al jardinero, me imagino _dijo Marizza.
La sonrisa de lady Bridgerton se transformó en una risa.
_Ay, desde luego que sí! Era un hombre terrible. Siempre repetía que lo único que las mujeres sabían de flores era aceptarlas como regalo. Pero era el mejor conocedor de las plantas que una pueda imaginar, de modo que aprendí a aguantarle.
_ ¿Y él aprendió a aguantarla a usted?
Lady Bridgerton sonrió con aire travieso.
_No, nunca, es la verdad. Pero no permití que eso me detuviera.
Marizza esbozó una amplia sonrisa, la mujer le inspiraba simpatía forma instintiva.
_Pero no dejen que las entretenga tanto dijo lady Bridgerton. Que Rose las lleve arriba para que puedan instalarse. Y, señorita Sheffield _le dijo a Marizza_, estaré encantada de darle una vuelta por los jardines un día de esta semana, si quiere. Me temo que ahora mismo estoy demasiado atareada recibiendo invitados, pero será un placer encontrar tiempo para usted uno de estos días.
_Me encantaría, muchas gracias _dijo Marizza, y luego ella, Mary y Mia siguieron a la doncella escaleras arriba.



Pablo salió de su reducto, de detrás de la puerta ligeramente entreabierta de su despacho, y bajó al vestíbulo para ir al encuentro de su madre.
_ ¿Eran las Sheffield este grupo al que saludabas? _preguntó pese a saber a la perfección que así era. Pero su despacho estaba demasiado apartado en el pasillo como para haber oído algo de lo que el cuarteto de mujeres había dicho, de modo que decidió que precisa un breve interrogatorio.
_Cierto, eran ellas _respondió Violet_. Qué familia más encantadora, ¿no crees?
Pablo se limitó a soltar un gruñido.
_Me alegro mucho de haberlas invitado.
Pablo no dijo nada, aunque consideró responder con otro gruñido.
_Las añadí en el último minuto a la lista de invitados.
_No me había fijado _murmuró él.
Violet asintió con la cabeza.
_Tuve que conseguir otros tres caballeros del pueblo para igualar lar las cosas.
_ ¿O sea que podemos esperar al párroco a cenar esta noche?
_Y su hermano, que está pasando unos días, y su hijo.
_Creo recordar que el joven John apenas tiene dieciséis años, ¿no es cierto?
Violet se encogió de hombros.
_ Estaba desesperada.
Pablo consideró esto. Su madre tenía que estar de veras desesperada para tener a las Sheffield de invitadas en su casa, si eso significaba invitar a cenar a un quinceañero con granos. No es que ella nunca hubiera invitado a un muchacho así a una comida familiar; si no se trataba de actos formales, los Bridgerton rompían las costumbres establecidas y permitían que los menores comieran también en el cmedor, sin tener en cuenta la edad. Por eso, la primera vez que Pablo fue a visitar a un amigo, se quedó consternado al comprobar que todo el mundo contaba con que él comería en las habitaciones infantiles.
Pero, de cualquier modo, una reunión social en el campo era una reunión social, y ni Violet Bridgerton permitía que los niños se sentaran a la mesa.
_Creo que ya conoces a las dos señoritas Sheffield _dijo Violet.
Pablo asintió.
_Las dos me parecen encantadoras _continuó su madre_. No se puede decir que dispongan de una fortuna, pero siempre he mantenido que a la hora de buscar esposa la fortuna no es tan importante como el carácter, siempre que el interesado no tenga apuros financieros, por supuesto.
_Que, desde luego, no es _añadió Pablo arrastrando las palabras_, como estoy seguro de que vas a indicar, mi caso.
Violet resopló y le lanzó una mirada altiva.
_No deberías burlarte de mí con tanta ligereza, hijo mío. Sólo estoy comentando la realidad. Deberías postrarte de rodillas a diario y agradecer a tu Creador no tener que casarte con una rica heredera. La mayoría de hombres no gozan del lujo del libre albedrío a la hora de contraer matrimonio, ¿sabes?
Pablo se limitó a sonreír.
_ ¿Debería agradecer a mi Creador o a mi madre?
_Eres un bruto.
Le cogió la barbilla con ternura.
_Un bruto que tú criaste.
_Y no fue una tarea fácil _masculló_. Te lo puedo asegurar.
Se inclinó hacia delante y le dio un beso en la mejilla.
_Que te diviertas recibiendo a tus invitados, madre.
Violet le puso un ceño, pero estaba claro que su corazón no participaba en aquel gesto.
_ ¿A dónde vas? _preguntó mientras él empezaba a alejarse.
_A caminar un poco.
_ ¿Ah sí?
Pablo se dio media vuelta, un poco desconcertado por su interés.
_Pues sí. ¿Algún problema?
_No, en absoluto _contestó su madre_. Es sólo que hace siglos que no vas a andar... por el mero placer de andar...
_Hace siglos que no vengo al campo _comentó él.
_Cierto _concedió la vizcondesa_. En tal caso, tienes que ir antes que nada a mis jardines. Están empezando a florecer las primeras especies, es sencillamente espectacular. No hay nada comparable en Londres.
Pablo hizo un ademán con la cabeza.
_Te veré a la hora de cenar.
Violet sonrió y le despidió con la mano. Observó cómo desaparecía por el interior de sus oficinas, que ocupaban la esquina de Aubrey Hall y tenían ventanales que daban al césped lateral.
El interés de su hijo mayor por las Sheffield era muy intrigante. Ay, si al menos pudiera adivinar por qué Sheffield estaba interesado.



Un cuarto de hora más tarde Pablo había salido a pasear por los jardines de flores de su madre. Estaba disfrutando de la contradicción del cálido sol y la fresca brisa cuando oyó el leve sonido de las pisadas de una segunda persona por un sendero cercano. Aquello le picó la curiosidad. Los invitados estaban todos instalándose en sus habitaciones y el jardinero tenía fiesta. Con franqueza, había contado con estar solas.
Se volvió en dirección a las pisadas y avanzó en silencio hasta que llegó al extremo del sendero. Miró a la derecha, luego a la izquierda entonces vio a...
Ella.
¿Por qué, se preguntó, le sorprendía aquello?
Marizza Sheffield, vestida con un vestido azul lavanda claro que conjuntaba de un modo encantador con los iris y jacintos, estaba de pie al lado de un arco decorativo de madera que dentro de poco quedaría cubierto de rosas blancas y rosadas.
La observó durante un momento mientras ella acariciaba con los dedos alguna planta vellosa cuyo nombre nunca recordaba, luego se inclinó para olisquear un tulipán holandés.
_No huelen _dijo en voz alta mientras se acercaba despacio hacia ella.
Marizza se enderezó al instante, todo su cuerpo reaccionó antes de volverse a mirarle. Pablo se dio cuenta de que le había reconocido la voz, lo cual hizo que sintiera una satisfacción peculiar.
Mientras se aproximaba, indicó con un gesto la brillante floración roja y dijo:
_Son preciosos y bastante raros de ver en un jardín inglés, pero, ay, no tienen perfume.
Marizza se demoró en contestar más tiempo de lo que él esperaba, luego dijo:
_Nunca antes había visto un tulipán.
Algo en aquella frase le hizo sonreír a él.
_ ¿Nunca?
_Bueno, nunca plantado en la tierra _explicó_. Mia ha recibido muchos ramos: las flores bulbosas crean sensación este último año. Pero en realidad nunca había visto crecer ninguno.
_Son las flores favoritas de mi madre dijo Pablo mientras estiraba el brazo para coger uno. Y los jacintos, por supuesto.
Ella sonrió con curiosidad.
_ ¿Por supuesto? _repitió ella.
_Mi hermana pequeña se llama Hyacinth _dijo él tendiéndole la flor_. Oh, ¿no lo sabía?
Negó con la cabeza.
_No.
_Ya veo _murmuró él_. Nuestros nombres siguen ordenadamente las letras del alfabeto, desde APAblo hasta Hyacinth. Es un detalle bastante conocido. Pero, claro, tal vez yo sé mucho más de su vida que usted de la mía.
Los ojos de Marizza se agrandaron de sorpresa ante aquella frase enigmática, pero lo único que dijo fue:
_Tal vez sea así.
Pablo alzó una ceja.
_Estoy consternado, señorita Sheffield. Me he puesto toda mi armadura y esperaba que me contestara, «ya sé suficiente».
Marizza intentó no poner una mueca al oír la imitación de su voz pero su expresión se torció para decir:
_ Le he prometido a Mary que mi comportamiento iba a ser impecable.
Pablo dejó ir una risotada.
_Qué extraño _masculló Marizza_. Mia ha tenido la misa reacción.
Pablo apoyó una mano en el arco, con cuidado de evitar 1as espinas de la enredadera de rosas trepadoras.
_ Siento una curiosidad desmedida por saber qué entiende por comportamiento impecable.
Se encogió de hombros y jugueteó con el tulipán que tenía en la mano.
_Espero poder adivinarlo sobre la marcha.
_Pero se supone que no debe discutir con su anfitrión, ¿correcto?
Marizza le miró arqueando las cejas.
_Hemos mantenido cierto debate sobre si podemos considerarle nuestro anfitrión. Al fin y al cabo, la invitación fue cursada por su madre.
_Cierto _admitió_ pero yo soy el propietario de la casa.
_Sí _masculló ella_, Mary ha dicho lo mismo. Él sonrió con una mueca.
_ ¿Esto la está matando, verdad que sí?
_ ¿Ser amable con usted? Pablo asintió.
_No es que me resulte la cosa más fácil del mundo.
La expresión de él cambió un tanto, tal vez como si ya se hubiese cansado de bromear con ella. Como si tuviera algo por completo diferente en la cabeza.
_Pero tampoco es lo más difícil, ¿cierto? _murmuró.
_No me cae bien, milord _soltó ella.
_No _dijo él con sonrisa divertida_. Eso pensaba.
Marizza empezó a sentir algo muy extraño, parecido a la sensación experimentada en su estudio, justo antes de que él la besara. De repente notó una opresión en la garganta y las palmas de las manos se calentaron. Y sus entrañas... bien, no tenía palabras para describir la sensación de tensión, como un picor, que le comprimía el abdomen.
De forma instintiva, tal vez como un impulso de supervivencia, dio un paso atrás.
Él parecía divertido, como si supiera con exactitud qué estaba pensando.
Marizza jugueteó un poco más con la flor, luego manifestó de forma brusca:
_No la debería haber cortado.
_Debe tener un tulipán _dijo él como si tal cosa_. No es justo que Mia reciba todas las flores.
El estómago de Marizza, con la tensión y hormigueo que ya sentía, se revolvió un poco.
_De todos modos _consiguió decir_, no hay duda de que su jardinero no apreciará la mutilación de su obra.
Él sonrió con expresión maliciosa.
_Culpará a uno de mis hermanos pequeños.
Marizza no pudo evitar sonreír.
_Pues aún tendré peor opinión de usted por recurrir a tretas de este tipo _manifestó ella.
_ ¿No la tiene ya?
Marizza sacudió la cabeza.
_Ya le digo, no creo que mi opinión de usted pueda hundirse mucho más.
_ ¡Oh! _Pablo agitó un dedo en su dirección_. Pensaba que su comportamiento iba a ser impecable.
Marizza miró a su alrededor.
_No cuenta si no hay nadie cerca que pueda oírme, ¿no cree?
_Yo puedo oírla.
_Usted sí que no cuenta, de eso tengo la certeza.
Él inclinó la cabeza un poco más en dirección a Marizza.
_Y yo que pensaba que era el único que contaba.
Marizza no dijo nada, ni siquiera quería mirarle a los ojos. Cada vez que se permitía una mirada a esas profundidades aterciopeladas, su estómago se revolvía de nuevo.
_ ¿Señorita Sheffield?
Ella alzó la vista. Gran error. El estómago otra vez.
_ ¿Por qué me va detrás? _preguntó ella.
Pablo se apartó del poste de madera y se irguió.
_Lo cierto es que no era mi intención. A mí me ha sorprendido tanto encontrarla como a usted encontrarme a mí. _Aunque, pensó con mordacidad, no debería de haberle sorprendido. Tendría que haberse percatado de que su madre andaba detrás de algo desde el momento en que sugirió por dónde debería ir a pasear.
Pero ¿era posible que su madre le dirigiera hacia la otra señorita Sheffield? Sin duda ella no prefería a Marizza antes que a Mia como futura nuera.
_Pero ahora que la he encontrado _dijo_, hay algo que quiero decirle.
_ ¿Algo que aún no me ha dicho? _preguntó en broma_. No puedo imaginármelo.
Él paso por alto aquella pulla.
_ Quería disculparme.
Eso acaparó toda la atención de Marizza.
_Disculpe, ¿cómo ha dicho? _preguntó. A Pablo le pareció que su voz había sonado como un graznido.
_Le debo una disculpa por mi conducta de la otra noche -dijo él_. La traté con suma rudeza.
_ ¿Se disculpa por el beso? _preguntó ella, quien aún parecía bastante perpleja.
¿El beso? Ni siquiera había considerado disculparse por el beso. Nunca se había disculpado por un beso, nunca antes había besado a alguien con quien fuera necesario disculparse por eso. De hecho, había estado pensando más bien en las cosas desagradables que le había dicho después del beso.
_Err... sí _mintió_. El beso. Y también por lo que dije.
_Ya veo _murmuró ella_. Creía que los mujeriegos no se disculpaban.
Pablo dobló la mano y luego formó un puño. Era francamente incordiante esta maldita costumbre de ella: siempre llegando a conclusiones sobre él.
_Pues este mujeriego sí lo hace _dijo en tono cortante.
Marizza respiró hondo, luego soltó una exhalación lenta y prolongada.
_Entonces acepto la disculpa.
_Excelente _respondió él y le dedicó una sonrisa victoriosa. ¿Me permite que la acompañe de regreso a la casa?
Ella asintió.
_Pero no crea que eso quiere decir que voy a cambiar de opinión en lo que respecta a usted y Mia.
_Jamás se me ocurriría pensar que sea tan fácil de convencer _dijo y hablaba con sinceridad.
Marizza se volvió con una mirada sorprendentemente directa, incluso en ella.
_Los hechos siguen siendo que me besó a mí _dijo sin rodeos.
_Y usted a mí _no pudo resistirse a responder.
Las mejillas de Marizza adquirieron un matiz sonrosado delicioso.
_Los hechos siguen siendo _repitió ella con decisión_ que sucedió. Y si se casara con Mia, a pesar de su reputación, que no me parece algo intranscendente...
_No _murmuró él interrumpiéndola con un suave tono aterciopelado_, no pensaba que le pareciera...
Ella le fulminó con la mirada.
_A pesar de su reputación, el incidente perduraría entre nosotros. Una vez que ha sucedido algo, no se puede borrar.
El demoniejo que Pablo llevaba dentro le instó a preguntar arrastrando las sílabas «¿algo?» para que ella repitiera, «el beso», pero finalmente sintió lástima de ella y lo dejó pasar. Además, Marizza tenía razón. El beso siempre quedaría entre ellos. Incluso en este instante, en que ella tenía las mejillas sonrojadas por el azoramiento y los labios apretados por la irritación, no pudo evitar preguntarse qué se sentiría al estrecharla en sus brazos, cómo sabría ella si bordeaba el contorno de labios con su lengua.
¿Olería como el jardín? ¿O conservaría en su piel esa fragancia enloquecedora a lirio y jabón? ¿Se fundiría ella en su abrazo? ¿O le apartaría para salir corriendo hacia la casa?
Sólo había una manera de enterarse, una manera que acabaría para siempre con sus opciones de conseguir la mano de Mia.
Pero, como había comentado Marizza, casarse con Mia tal vez le acarreara demasiadas complicaciones. Al fin y al cabo no tenía que ser demasiado cómodo estar deseando siempre a la cuñada de uno.
Tal vez había llegado el momento de besar de nuevo a Marizza Sheffield, aquí, entre la belleza perfecta de los jardines de Aubrey Hall, con las flores rozándoles las piernas y el olor a lilas suspendido en el aire.
Tal vez
Tal vez...



Fin de los caps!1

 

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