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*_* El ViZcNdE Q mE aMoO*_*_____________CapItUlOOo 11 y 12!!

April 7 2009 at 7:59 PM
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mary_xiki24  (no login)

 




wennas niñas!!
aqi les suboo dos nuevos capitulos!! muxas gracias x comentar!! me encantan vuestros comentarioss!! No se pierdan detaye xq esta super interesantee!!
ikos lindas



Capítulo 11



No hay nada como una situación de competición para sacar lo peor de un hombre.., o lo mejor de una mujer.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
4 de mayo de 1814



Pablo iba silbando mientras caminaban sin ninguna prisa en dirección a la casa, observando de forma furtiva a Marizza cuando ésta no miraba. Sin duda era también una mujer verdaderamente atractiva. No entendía por qué siempre le sorprendía esto, pero era así. Cada vez que la recordaba, su imagen no estaba a la altura de la realidad cautivadora de su rostro. Siempre estaba en movimiento, siempre sonriendo, frunciendo el ceño o los labios. Nunca conseguía mantener la expresión plácida y serena a la que debían aspirar las damas jóvenes.
Pablo había caído en la misma trampa que el resto de la sociedad: pensar en ella sólo en función de su hermana pequeña. Y Mia tenía una belleza tan asombrosa y sorprendente, tan prodigiosa, que cualquiera que se encontrara cerca de ella no podía evitar quedarse en segundo plano. Era difícil, admitió Pablo, mirar a otra persona cuando Mia estaba presente.
Y no obstante...
Frunció el ceño. Y no obstante, en la práctica no había dedicado ni un vistazo a Mia durante toda la partida de palamallo. Esto tal vez fuera comprensible porque se trataba del palamallo Bridgerton modalidad que sacaba lo peor de cualquiera con ese apellido. Diablos, seguramente no habría dedicado ni una mirada al príncipe regente si se hubiera dignado a jugar con ellos.
Pero aquella explicación no colaba, pues su mente estaba repleta de otras imágenes. Marizza doblándose sobre el mazo con el rostro tenso de concentración. Marizza riéndose cuando alguien fallaba un disparo. Marizza vitoreando a Mia cuando su bola atravesaba rodando el aro; un rasgo muy Bridgerton aquel. Y, por supuesto, Marizza sonriendo con malicia en aquel último segundo antes de enviar la bola volando hasta el lago.
Estaba claro que, aunque no hubiera dedicado ni un vistazo a mia, había observado mucho a Marizza.
Aquello debería alarmarle.
Volvió a echar una ojeada en su dirección. Esta vez su rostro estaba algo inclinado hacia el cielo, que miraba con ceño fruncido.
_ ¿Ocurre algo? _preguntó con cortesia. Ella sacudió la cabeza.
_Sólo me preguntaba si va a llover.
Él también alzó la vista.
_De momento, no, imagino.
Marizza asintió despacio con conformidad.
_Detesto la lluvia.
Algo en la expresión de su rostro, que le recordó un poco a niña frustrada de tres años, provocó una risa en Pablo.
_Pues vive en el país equivocado señorita Sheffield.
Se volvió a él con mirada avergonzada.
_No me importa que caiga una lluvia suave. Sólo me disgusta cuando se vuelve violenta.
_Yo siempre he disfrutado bastante con las tormentas eléctricas.
Marizza le lanzó una mirada sorprendida, pero no dijo nada, luego volvió a bajar la mirada a los guijarros del camino. Iba dando pataditas a un guijarro mientras andaba, de vez en cuando rompía el paso o se apartaba a un lado para poder darle otra patada y mantener la piedra por delante de ella. Había algo encantador y hasta dulce en aquello, la manera en que su pie enfundado en una bota aparecía por debajo del dobladillo del vestido a intervalos regulares y alcanzaba el guijarro.
APblo la miró con curiosidad, olvidándose de apartar la mirada cuando ella se volvió.
_ ¿Cree que...? ¿Por qué me mira así? _preguntó.
_ ¿Que si creo qué? _respondió él, pasando por alto aposta la segunda parte de la pregunta.
Ella formó una línea malhumorada con los labios. Pablo sintió que los suyos le temblaban de ganas de sonreír.
_ ¿Se está riendo de mí? _preguntó ella con desconfianza.
Él negó con la cabeza.
Los pies de Marizza se detuvieron.
_Yo creo que sí.
_Le aseguro _contestó él, aunque a él también le sonó como si quisiera reírse_ que no me río de usted.
_Miente.
_No... _Tuvo que pararse. Si seguía hablando, sabía que estallaría en carcajadas. Y lo más extraño era que... no tenía ningún indicio del motivo.
_Oh, por el amor de Dios _balbuceó_. ¿Cuál es el problema?
Pablo se hundió contra el tronco de un olmo próximo, todo su cuerpo temblaba con su alborozo apenas contenido.
Marizza plantó las manos en las caderas, la expresión en su rostro era en parte curiosidad, en parte furia.
_ ¿Qué es tan gracioso?
Por fin él cedió a las carcajadas y apenas consiguió encoger los hombros.
_No sé dijo entre jadeos. La expresión de su rostro... es...
Él advirtió que ella sonreía. Le encantó que ella sonriera.
_Pues la expresión de su rostro no es que sea demasiado seria, milord _comentó ella.
_Oh, estoy convencido. _Respiró profundamente unas cuantas veces y entonces, cuando estuvo seguro de que había recuperado el control, se enderezó. Volvió a echar una rápida ojeada al rostro de Marizza, todavía con un vago gesto de desconfianza, y de pronto comprendió que necesitaba saber qué pensaba ella de él.
No podía esperar al día siguiente. No podía esperar hasta la noche.
No estaba seguro de cómo había llegado a esta situación, pero su buena opinión significaba mucho para él. Por supuesto necesitaba su aprobación para el cortejo de Mia _que tan abandonado tenía_ pero había más en todo aquello. Ella le había insultado, casi le había hundido en el Serpentine, le había humillado al palamallo, y de todos modos ansiaba su buena opinión.
Pablo no podía recordar la última vez en que la consideración de alguien había significado tanto para él y, con franqueza, era humillante.
_Creo que me debe un favor _dijo, y se apartó del árbol para incorporarse. La mente le zumbaba. Tenía que ser inteligente en esto. Tenía que conseguir enterarse qué pensaba ella. Y, de todos modos, no quería que supiera cuánto significaba para él. No hasta que Pablo mismo entendiera por qué significaba tanto para él.
_Disculpe, ¿cómo ha dicho?
_Una prenda. Por la partida de palamallo.
Marizza soltó un resoplido femenino mientras se apoyaba en el árbol y se cruzaba de brazos.
_ Si alguien debe aquí una prenda a otra persona, es usted a mi. Yo gané al fin y al cabo.
_Ah, pero yo he sido el humillado.
_Cierto _accedió.
_No sería propio de usted _le dijo él con voz extremadamente seca_ haberse resistido a reconocer la verdad.
Marizza le dedicó una mirada recatada:
_Una dama debe ser sincera en todo.
Cuando Marizza alzó de nuevo la vista para mirarle, un extremo de la boca de Pablo formaba una sonrisa de complicidad.
_Confiaba en que dijera algo parecido.
_ ¿Y eso por qué?
_Porque mi prenda, señorita Sheffield es hacerle una pregunta, la pregunta que yo escoja. Y debe ser sincera en su respuesta. _El conde plantó una mano en el tronco del árbol, bastante cerca del rostro de Marizza , y se inclinó hacia delante. De pronto ella se sintió atrapada, pese a que sería bastante fácil alejarse corriendo.
Con cierta consternación, y temblando de excitación, Marizza se percató de que la tenía atrapada con sus ojos, que se clavaban oscuros y ardientes en los de ella.
_ ¿Cree que podrá hacerlo, señorita Sheffield? _murmuró.
_ ¿C-cuál es la pregunta? _inquirió, sin darse cuenta de que estaba susurrando hasta que se oyó la voz, entrecortada y crepitante como el viento.
Él ladeó la cabeza un poco más.
_Ahora, recuerde, tiene que contestar con franqueza.
Ella asintió. En honor a la verdad, no estaba del todo convencida de que fuera capaz de moverse.
Pablo se inclinó hacia delante, no tanto como para notar su aliento pero lo bastante cerca como para que ella tiritara.
_Ésta, señorita Sheffield, es mí pregunta.
Los labios de Marizza se separaron.
_ ¿Aún _se acercó un poco más_ me _y otro centímetro más_ odia?
Marizza tragó saliva con nerviosismo. Fuera cuál fuera la pregunta que ella esperara, no era ésa. Se lamió los labios preparándose para contestar, pese a no tener ni idea de lo que iba a decir, pero no surgió ningún sonido de su garganta.
Los labios del vizconde se curvaron formando una sonrisa lenta, masculina.
_Me tomaré eso como un no.
Y entonces, con una brusquedad que dejó a Marizza aturdida, se apartó con ímpetu del árbol y dijo con aire enérgico:
_Bien, entonces creo que ya es hora de que volvamos adentro y nos preparemos para la velada de esta noche, ¿no le parece?
Marizza se hundió contra el árbol, totalmente vacía de energía.
_ ¿Prefiere permanecer afuera un momento más? _Pablo se plantó las manos en las caderas y alzó la vista al cielo con actitud pragmática y eficiente, completamente diferente del seductor lento, perezoso, de hacía diez segundos_. Como quiera. No parece que vaya a llover después de todo. Al menos no durante las próximas horas.
Ella se le quedó mirando. O bien él había perdido la cabeza o a ella se le había olvidado hablar. O ambas cosas.
_ Muy bien. Siempre he admirado a las mujeres que saben apreciar un poco de aire fresco. ¿La veo en la cena entonces?
Marizza hizo un gesto de asentimiento. Le sorprendió incluso haber conseguido hacer ese leve movimiento.
_Excelente. _Estiró el brazo y, tomando la mano de Marizza, depositó un beso abrasador en el interior de su muñeca, sobre la única franja de carne desnuda que asomaba entre el guante y el dobladillo de la manga.
_Hasta esta noche, señorita Sheffield.
Y luego se fue a buen paso, y la dejó con una peculiar sensación, como si acabara de suceder algo bastante importante.
Pero podría jurar por su propia vida que no tenía ni idea de qué.



Aquella noche a las siete y media, Marizza consideró ponerse horriblemente enferma. A las ocho menos cuarto había definido mejor cuál sería su indisposición, decidiendo sufrir un ataque. Pero cuando faltaban cinco minutos para la hora y sonó la campanilla que avisaba a los invitados del momento de reunirse en el salón, levantó los hombros y salió de su dormitorio al pasillo para reunirse con Mary.
Se negaba a ser una cobarde.
No era una cobarde.
Y sería capaz de superar aquella noche. Aparte, se dijo a sí misma, era imposible que se sentara en algún lugar próximo a lord Bridgerton. Era un vizconde y el cabeza de familia, por consiguiente se sentaría en la cabecera de la mesa. Como hija del segundo hijo de un barón, su rango era mínimo en comparación al de otros invitados, sin duda la sentarían tan lejos que ni tan siquiera tendría posibilidades de verle sin coger tortícolis.
Mia, que compartía habitación con Marizza , ya había salido. Estaba en la habitación de Mary para ayudarle a escoger un collar, por lo tanto Kate se encontró sola al salir al pasillo. Suponía que podía entrar en la habitación de Mary y esperar allí con las dos, pero no sentía demasiadas ganas de conversar, y çmia ya había advertido antes el extraño humor reflexivo de Mary. Lo último que Marizza necesitaba era una tanda de «¿Qué será lo que le pasa?».
Y la verdad era que Marizza ni siquiera sabía qué le pasaba. Lo único que sabía era que aquella tarde algo había cambiado entre ella y el conde. Algo era diferente y no tenía reparos en admitir (al menos para sí misma) que estaba asustaba.
Lo cual era normal, ¿verdad? La gente siempre tenía miedo a lo que no entendía.
Y era indiscutible que Marizza no entendía al vizconde.
Pero justo cuando empezaba a disfrutar de veras de su soledad, la puerta situada al otro lado del pasillo se abrió y por ella salió otra joven. Marizza la reconoció al instante: era Penelope Featherington, la pequeña de las tres afamadas hermanas Featherington, bien, de las que se habían presentado en sociedad. Marizza había oído que existía una cuarta que aún estaba en la escuela.
Para su desgracia, las hermanas Featherington eran famosas por su poco éxito en el mercado matrimonial. Prudence y Philippa habían sido presentadas hacía ya tres años y no habían conseguido ni una proposición entre las dos. Para Penelope ya era su segunda temporada y por lo general se la encontraba en los actos sociales intentando evitar a su madre y hermanas, quienes eran consideradas universalmente unas tontainas.
A Marizza siempre le había caído bien Penelope. Se había establecido un vínculo especial entre ellas ya que ambas habían sido acribilladas por lady Confidencia por llevar vestidos de colores que no les favorecían.
Marizza advirtió con un suspiro de tristeza que el vestido de seda amarillo limón que Penelope llevaba le daba un aspecto irremediablemente cetrino a la pobre muchacha. Y si aquello no era suficiente, estaba confeccionado con un exceso de volantes y detalles. Penélope era alta, y estaba claro que aquel vestido la agobiaba.
Era una pena, porque podría ser bastante atractiva si alguien lograra convencer a su madre de que no se acercara a la modista y dejara a Penelope escoger su propia ropa. Su rostro era bastante agradable, con el cutis pálido de las pelirrojas, sólo que su cabello era más
caoba que rojo, y puestos a ser precisos, era más castaño cobrizo que
caoba.
Se llamara como se llamara aquel tono de pelo, pensó Marizza con consternación, no iba con el amarillo limón.
_ ¡Marizza! _saludó Penélope tras cerrar la puerta tras ella_. Qué
sorpresa. No estaba enterada de que hubieras venido.
Marizza asintió.
_Creo que nos enviaron una invitación de última hora. Coincidimos con lady Bridgerton la semana pasada.
_Bien, sé que acabo de decir que estaba sorprendida, pero la verdad es que no lo estoy. Lord Bridgerton le ha estado prestando mucha atención a tu hermana.
Marizza se acaloró.
_Eh... s-sí _contestó tartamudeando de pronto_. Así es.
Eso es al menos lo que dicen los cotilleos continuó Penélope_. Pero, claro, una no siempre puede creer esas cosas.
_ Que yo sepa, lady Confidencia se ha equivocado pocas veces _dijo Marizza.
Penelope se encogió de hombros y luego miró su vestido con disgusto.
_Ciertamente nunca se equivoca conmigo.
_Oh, no seas tonta _se apresuró a decir Marizza, pero ambas sabían que sólo estaba siendo amable.
Penelope sacudió la cabeza con aire cansino.
_Mi madre está convencida de que el amarillo es el color de la felicidad y que una chica feliz acabará atrapando marido.
_Oh, cielos _dijo Marizza soltando una risita.
_Lo que no entiende _continuó Penelope con ironia_ es que ese amarillo de la felicidad a mí me hace parecer bastante infeliz y en realidad repele a los caballeros.
_ ¿Nunca le has sugerido el verde? _ indagó Marizza_. Creo estarías genial de verde.
Penelope negó con la cabeza.
_No le gusta el verde. Dice que es melancólico.
_ ¿El verde? _exclamó Marizza con incredulidad.
_Ya no intento entenderla.
Marizza, que iba vestida de verde, sostuvo la manga cerca del rostro de Penelope e intentó tapar el amarillo lo mejor que pudo.
_Todo tu rostro se ilumina _comentó.
_No me digas eso. Sólo servirá para que el amarillo me resulte más penoso.
Marizza le dedicó una sonrisa comprensiva.
_Te prestaría uno de los míos, pero me temo que lo arrastrías por el suelo.
Penelope le hizo un ademán con la mano para declinar su oferta.
_Es muy amable por tu parte, pero me he resignado a aceptar mi destino. Al menos este año es mejor que el pasado.
Marizza arqueó una ceja.
_Oh, claro. No estabas el año pasado. _Penelope se estremeció_. Pesaba casi trece quilos más que ahora.
_ ¿Trece quilos? _repitió Marizza . No podía creerlo.
Penelope asintió y puso una mueca.
_La gordita. Supliqué a mamá que no me obligara a presentarme en sociedad hasta cumplir los dieciocho, pero ella pensaba que me iría bien empezar con tiempo.
Marizza sólo necesitó una mirada al rostro de Penelope para saber que no le había ido nada bien. Sentía cierta afinidad con la muchacha pese a que Penelope era casi tres años más joven que ella. Ambas conocían aquella sensación singular de no ser la chica más popular del lugar, conocían la expresión exacta que adquiere tu rostro cuando nadie te pide un baile pero quieres que parezca que no te importa.
_Digo yo _dijo Penelope_, ¿por qué no bajamos nosotras dos juntas a cenar? Perece que tu familia y la mía se retrasan.
Marizza no tenía demasiada prisa por llegar al salón y encontrarse en la inevitable compañía de lord Bridgerton, pero esperar a Mary y Edwina retardaría la tortura tan sólo unos minutos, de modo que perfectamente podía bajar con Penelope, pensó.
La dos asomaron las cabezas por las habitaciones de sus respectivas madres y les informaron del cambio de planes; luego se cogieron del brazo y se fueron por el pasillo.
Cuando llegaron al salón, buena parte de la concurrencia ya estaba allí presente, formando corros y charlando mientras esperaban a que bajara el resto de invitados. Marizza , que nunca antes había asistido a una de estas reuniones campestres, advirtió con sorpresa que casi todo el mundo parecía más relajado y un poco más animado que en Londres. Debía de ser el aire fresco, pensó con una sonrisa. O tal vez la distancia relajaba las normas estrictas de la capital. Fuera lo que fuera, decidió que prefería este ambiente al de cualquier cena en Londres.
Vio a lord Bridgerton al otro lado de la estancia. O más bien pensó que le había visto. En cuanto le avistó de pie junto a la chimenea, ella mantuvo la mirada escrupulosamente apartada.
Pero de todos modos le notaba. Era consciente de que tenía que estar loca, pero juraría que sabía cuándo ladeaba la cabeza y que le oía cuando hablaba o se reía.
Y desde luego sabía cuándo tenía la mirada puesta en su espalda. Era como si el cuello fuera a encendérsele en llamas.
_No me había percatado de que lady Bridgerton hubiera invitado a tanta gente _dijo Penelope.
Con cuidado de mantener la vista alejada de la chimenea, recorrió la habitación con la mirada para ver quién estaba allí.
_Oh, no _medio susurró, medio gimió Penelope_. Cress Cowper está aquí.
Marizza siguió discretamente la mirada de Penelope. Si Mia tenía alguna rival al título de belleza reinante de 1814, ésa era Cress Cowper. Alta, delgada, con pelo color miel y destelleantes ojos verdes, casi nunca se la veía sin su pequeño enjambre de admiradores. Pero si Mia era amable y generosa, Cressida era, en opinión Marizza, una bruja egoísta de malos modales que se divertía atormentando a los demás.
_Me odia _susurró Penelope.
_Odia a todo el mundo _contestó Marizza.
_Ya, pero a mí me odia de verdad.
_ ¿Y eso por qué? _Marizza se volvió a su amiga con ojos curiosos_. ¿Qué podrías haberle hecho?
_Tropecé con ella el año pasado y por mi culpa derramó todo el ponche encima... de ella y del duque de Ashbourne.
_ ¿Eso es todo?
Penelope entornó los ojos.
_ Fue suficiente para Cressida. Está convencida de que el duque, le habría propuesto en matrimonio si ella no hubiera parecido tuan torpe en aquel momento.
Marizza soltó un resoplido que ni siquiera intentó que sonara femenino.
_Ashbourne no es tan fácil de atrapar. Eso lo sabe todo el mundo Casi es tan calavera como Bridgerton.
_Quien probablemente acabará casándose este año _le recordó Penelope_. Si los chismorreos no fallan.
_Bah _se mofó Marizza_. La propia lady Confidencia escribió que no pensaba que fuera a casarse este año.
_Eso fue hace semanas _contestó Penelope con un ademán disuasorio_. Lady Confidencia cambia de opinión todo el rato. Aparte, a todo el mundo le resulta obvio que el vizconde está cortejando a tu hermana.
Marizza se mordió la lengua para no mascullar un «no me lo recuerdes».
Pero su gesto de dolor quedó disimulado por el susurro ronco de Penelope:
_Oh, no, viene hacia aquí _refiriéndose a Cressida.
Marizza le dio un apretujón tranquilizador.
_No te preocupes por ella. No es mejor que tú.
Penelope le lanzó una mirada llena de sarcasmo.
_Eso ya lo sé. Pero eso no hace que sea menos desagradable. Y siempre se empeña en que yo le haga caso.
_Marizza, Penelope _gorjeó Cressida, situándose al lado de ellas, tras lo cual sacudió con afectación su brillante cabello.
_Qué sorpresa veros aquí.
_ ¿Y eso por qué? _preguntó Marizza.
Cressida pestañeó, era obvio que le sorprendía incluso que Marizza cuestionara su declaración.
_Bien _dijo despacio_, supongo que no es tanta sorpresa verte a ti, ya que tu hermana está muy solicitada y todos sabemos que tienes que ir adonde ella vaya, pero la presencia de Penelope... _Se encogió de hombros con delicadeza_. Bien, ¿quién soy yo para juzgar? Lady Bridgerton es una mujer muy generosa.
Fue un comentario tan descortés que Marizza no pudo evitar quedarse boquiabierta. Y mientras miraba escandalizada a Cressida, ésta se dispuso a rematar:
_Qué vestido tan precioso _dijo con una sonrisa tan dulce que Marizza hubiera jurado que el aire sabía a azúcar_. Me encanta el amarillo _añadió pasando la mano por su propio vestido amarillo pálido_. Hace falta un cutis especial para poder llevarlo, ¿no crees?
Marizza apretó los dientes. Por descontado, Cressida estaba espléndida con su vestido. Cressida estaría fantástica incluso envuelta en arpillera.
Cressida volvió a sonreír, esta vez le recordó a Marizza a una serpiente, luego se volvió lentamente para hacer una señal a alguien situado al otro lado de la estancia.
_ ¡Oh, Grimston, Grimston! ¡Acérquese un momento aquí!
Marizza miró por encima del hombro para ver a Basil Grimston que se acercaba a ellas y apenas consiguió contener un gruñido. Grimston era el equivalente masculino a Cressida: maleducado, superficial y engreído. Por qué le habría invitado una dama tan encantadora como la vizcondesa de Bridgerton era algo que nunca sabría. Probablemente para equilibrar el amplio número de señoritas invitadas a su casa.
Grimston acudió hasta allí y estiró un extremo de su boca para esbozar una sonrisa burlona.
_Su servidor _dijo a Cressida después de dedicar a Marizza y a Penelope una fugaz mirada de desdén.
_ ¿No le parece que la querida Penelope está guapísima con vestido? _ preguntó Cressida _. El amarillo tiene que ser sin duda el color de la temporada.
Grimston llevó a cabo un examen insultante de Penelope, desde alto de su cabeza a la punta de los pies y otra vez hasta arriba. Apenas movió la cabeza, nada más dejó que sus ojos recorrieran de arriba abajo su cuerpo. Marizza contuvo un acceso de repugnancia que estuvo a punto de provocarle una oleada de náuseas. Más que nada, sintió ganas de rodear con sus brazos a Penelope y estrechar a la pobre muchacha. Pero tanta atención sólo serviría para destacarla como alguien débil y fácil de intimidar.
Cuando Grimston acabó por fin su maleducada inspección, se volvió hacia Cressida y se encogió de hombros, como si no se le ocurriera algo elogioso que decir.
_ ¿No tiene ningún otro sitio adonde ir? _soltó Marizza.
Cressida la miró consternada.
_Caray, señorita Sheffield, me cuesta tolerar su impertinencia. El señor Grimston y yo sólo estábamos admirando el aspecto de Penelope. Ese tono amarillo favorece mucho su cutis. Y es tan encantador ver que tiene tan buen aspecto después de cómo estaba el año pasado.
_Y tanto que sí _corroboró Grimston arrastrando las sílabas. Su tono empalagoso hizo que Marizza se sintiera verdaderamente sucia.
Marizza notaba a Penelope temblando a su lado. Confió en que fuera de rabia y no de dolor.
_No puedo imaginarme a qué se refiere _dijo Marizza con tono gélido.
_Vaya, seguro que lo sabe _intervino Grimston, con ojos centelleantes de deleite. Se inclinó hacia delante y entonces dijo en un susurro más resonante que su tono habitual, lo suficientemente alto como para que mucha gente pudiera oírle_. Estaba gorda.
Marizza abrió la boca para soltar una respuesta cáustica, pero antes de que pudiera articular palabra, Cressida añadió:
_ Qué lástima tan terrible, porque el año pasado había muchos más hombres en la ciudad. Por supuesto, a muchas de nosotras no nos falta nunca una pareja de baile, pero me da pena la pobre Penélope cuando la veo sentada con las matronas.
_ Las matronas dijo entonces Penelope entre dientes a menudo son las únicas personas con un atisbo de inteligencia en la sala.
Marizza sintió ganas de saltar y vitorearla.
Cressida profirió un entrecortado «Oh», como si tuviera algún derecho a sentirse ofendida.
_De todos modos, una no puede evitar... ¡Oh! ¡Lord Bridgerton!
Marizza se apartó a un lado para permitir que el vizconde se agregar al pequeño círculo y advirtió con asco cómo cambiaba la actitud de Cressida. Empezó a agitar los párpados y la boca formó un pequeño arco de cupido.
Era tan atroz que Marizza olvidó su cohibición en presencia del vizconde.
Bridgerton dedicó una dura mirada a Cressida pero no le dijo nada. En vez de ello, se volvió de forma bastante intencionada hacia Marizza y Penelope y murmuró sus nombres para saludarlas.
Kate casi se queda boquiabierta de regocijo. ¡Vaya corte le había dado a Cressida Cowper!
_Señorita Sheffield _dijo con tono suave_, espero que nos disculpará si acompaño a la señorita Featherington al comedor.
_ ¡Pero no puede acompañarla a ella! _soltó Cressida de forma abrupta.
Bridgerton le dedicó una mirada gélida.
_Lo siento _dijo con una voz que dejaba claro que menos lamentarlo podía sentir cualquier cosa_. ¿Acaso la he incluido a usted en nuestra conversación?
Cressida retrocedió, era obvio que muy avergonzada por aquel arranque suyo tan impropio instantes antes. De todos modos, lo cierto era que el hecho de que Bridgerton acompañara a Penelope contravenía todas las normas. Como cabeza de familia, su deber era acompañar a la dama de jerarquía más elevada presente en la reunión. Marizza no estaba segura de a quién le correspondía tal honor en aquella ocasión, pero desde luego no se trataba de Penelope, cuyo padre no tenía ningún título.
Bridgerton ofreció su brazo a Penelope al tiempo que daba la espalda a Cressida.
_No aguanto a las bravuconas, ¿y usted? _murmuró.
Marizza se tapó la boca con las manos, pero no pudo contener una risita. Bridgerton le dedicó una breve mirada de complicidad por encima de la cabeza de Penelope, y en aquel momento Marizza tuvo la extraña sensación de entender por completo a este hombre.
Pero aún más extraño le pareció... que de repente no estuviera segura de que el vizconde fuera ese desalmado y censurable mujeriego que con demasiada facilidad había creído que era.



Capítulo 12



Un hombre encantador es algo divertido, y un hombre atractivo,por supuesto, es algo digno de contemplar. Pero un hombre de honor... ay, Querido Lector, tras él deberían ir las damas más jóvenes.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
2 de mayo de 1814



Más tarde, aquella misma noche, después de que acabara la cena y los hombres se retiraran a tomar sus oportos antes de volver a reunirse con las damas con expresión de superioridad en el rostro, como si acabaran de hablar de cosas más transcendentes que del caballo con más probabilidades de ganar la Royal Ascot; después de que los invitados hubieran jugado unas rondas de charadas a veces tediosas y a veces más animadas; después de que lady Bridgerton se aclarara la garganta y sugiriera con discreción que tal vez fuera hora de retirarse; después de que las damas cogieran las velas y se retiraran a sus camas; después de que los caballeros supuestamente las siguieran...
Marizza no podía dormir.
Estaba claro que iba a ser una de esas noches mirando-todas-las-grietas-del-techo. Sólo que no había grietas en el techo en Aubrey Hall. Y la luna ni siquiera había salido, de modo que no entraba luz alguna a través de las cortinas, lo cual significaba que aunque hubiera habido rendijas, no sería capaz de verlas, y...
Marizza soltó un gemido mientras retiraba las colchas para levantarse. Uno de esos días iba a tener que aprender alguna manera de obligar a su cerebro a dejar de correr en ocho direcciones diferentes al mismo tiempo. Había estado tumbada en la cama durante casi una hora, mirando la noche oscura, impenetrable, y cerrando los ojos de vez en cuando para intentar disponerse a dormir.
No había funcionado.
No podía dejar de pensar en la expresión del rostro de Penelope Featherington cuando el vizconde había acudido en su rescate. Marizza estaba segura de que su propia expresión sería bastante similar: un poco de asombro, un poco de alegría y un mucho de estar a punto de fundirse sobre el suelo en aquel mismo instante.
Bridgerton había estado así de magnífico.
Marizza había pasado todo el día observando a los Bridgerton o relacionándose con ellos. Y una cosa había sacado en claro: todo lo que había oído sobre Marizza y su devoción por la familia.., era del todo cierto.
Y aunque no estaba demasiado dispuesta a cambiar su opinión de que era un mujeriego y un vividor, estaba empezando a comprender que podía ser todo eso y también algo más.
Algo bueno.
Y, aunque admitía que le costaba mucho ser del todo objetiva en aquel tema, ese algo precisamente no lo descalificaba como potencial marido para Mia.
Oh, ¿por qué, por qué, por qué tenía que ser agradable? ¿Por qué no podía seguir siendo el libertino meloso pero superficial que tan fácil le había resultado creer que era? Ahora se trataba de otra persona por completo diferente, alguien por quien ella temía sentir de hecho cierto afecto.
Marizza sintió que se sonrojaba incluso en la oscuridad. Tenía que dejar de pensar en Pablo Bridgerton. A este paso no iba a poder dormir nada en toda una semana.
Tal vez si tuviera algo para leer... Había visto una biblioteca bastante grande y amplia aquella misma tarde, sin duda los Bridgerton tendrían allí algún tomo con el que quedarse dormida.
Se puso la bata y se fue de puntillas hasta la puerta, con cuidado de no despertar a Mia. Tampoco es que aquello fuera complicado. Mia siempre había dormido como un lirón. Según Mary, dormía toda la noche como una criatura desde el día en que nació.
Marizza metió los pies en un par de zapatillas y luego salió deprisa al pasillo, con cuidado de mirar a un lado y a otro antes de cerrar la puerta tras ella. Era su primera visita a una reunión campestre, y lo último que quería era toparse con alguien de camino a un dormitorio que no fuese el suyo.
Si alguien tenía algún enredo con otra persona que no fuera su cónyuge, decidió Marizza, no quería saber nada al respecto.
Un solo farol iluminaba el pasillo, proporcionando un destello mortecino y vacilante, al oscuro aire de la noche. Marizza había cogido una vela al salir, de modo que se acercó y levantó la tapa del farol para encender su mecha. En cuanto la llama ardió con estabilidad, se dirigió hacia la escalera, asegurándose de detenerse en todas las esquinas para comprobar con cautela que no pasaba nadie.
Unos minutos después se encontraba en la biblioteca. No era grande para los patrones de la aristocracia, pero las paredes estaban cubiertas desde el suelo hasta el techo de estantes con libros. Marizza empujó la puerta hasta dejarla casi cerrada _si alguien andaba levantado dando vueltas por ahí, no quería alertarle de su presencia con el chasquido de la puerta al cerrarse_ y se acercó a la estantería más próxima para inspeccionar los títulos.
_Mmm _murmuró para sí misma mientras sacaba un libro y miraba la portada: «botánica». Le encantaba la jardinería, pero en cierto sentido un libro de texto sobre aquel tema no le parecía demasiado sugerente. ¿Debería buscar una novela, que atrapara su imaginación, o mejor se decidía por un texto árido, con más probabilidades de darle sueño?
Devolvió el libro a su sitio y pasó a la siguiente estantería, dejando la vela sobre una mesita próxima. Parecía la sección de filosofía.
_Decididamente no _farfulló, y deslizó un poco la vela sobre la mesa mientras pasaba a una estantería situada más a la derecha. La botánica podía darle sueño, pero era muy probable que la filosofía la dejase con un estupor que le duraría días.
Movió la vela un poco hacia la derecha y se inclinó hacia delante
para examinar la siguiente hilera de libros cuando un relámpago, brillante y por completo inesperado, iluminó la habitación.
De sus pulmones surgió un breve y entrecortado grito, al mismo tiempo que ella daba un brinco hacia atrás y se pegaba de espaldas contra la mesa. Ahora no, suplicó en silencio, aquí no.
Pero mientras su mente formulaba esa última frase, toda la habitación explotó con el estruendo sordo de un trueno.
Y luego se hizo de nuevo la oscuridad, dejando a Marizza temblorosa, agarrada con los dedos a la mesa con tal fuerza que las articulaciones se le quedaron trabadas. Detestaba esto. Oh, cuánto lo detesta Detestaba el ruido y la luz de los relámpagos, y la tensión chisporroteante en el aire, pero sobre todo detestaba la manera en que se sentía ella.
Tan aterrorizada que al final no pudo sentir nada en absoluto.
Había sido así toda su vida, o al menos desde que tenía memoria. De pequeña, su padre o Mary la consolaban cada vez que había una tormenta. Marizza tenía recuerdos de uno de ellos sentado sobre el borde su cama, sosteniéndole la mano y susurrando palabras tranquilizadoras mientras los truenos y los relámpagos estallaban con estrépito a su alrededor. Pero cuando se hizo mayor consiguió convencer a la gente de que había superado su problema. Oh, todo el mundo sabía que aún detestaba las tormentas, pero conseguía ocultar la medida de su terror.
Parecía una debilidad espantosa, sin causa aparente y, por desgracia, sin cura clara.
No oía lluvia contra las ventanas; tal vez la tormenta no fuera tan mala. Tal vez había empezado lo suficientemente lejana y ahora se alejaba aún más. Tal vez...
Otro destello iluminó la habitación y extrajo un segundo grito de los pulmones de Marizza. En este momento los truenos se habían acercado más incluso que los relámpagos, lo cual indicaba que la tormenta se aproximaba.
Marizza sintió que se echaba al suelo.
Era tan ruidoso. Demasiado ruidoso, y demasiado brillante y demasiado...
¡Boom!
Marizza se metió debajo de la mesa, encogió las piernas y se rodeó las rodillas con los brazos, esperando aterrorizada la siguiente tronada.
Y entonces empezó a llover.



Era un poco más tarde de medianoche, y todos los invitados (por algún motivo seguían los horarios del campo en cierto modo) se habían ido a la cama. Pero Pablo seguía en su estudio, tamborileando con sus dedos sobre el borde de su escritorio al ritmo de la lluvia que golpeaba la ventana. De vez en cuando un relámpago iluminaba la habitación con un destello brillante y cada trueno era tan ruidoso e inesperado que daba un brinco en su silla.
Dios, le encantaban las tormentas...
Era difícil saber por qué. Tal vez sólo era la prueba del poder de la naturaleza sobre el hombre. Tal vez era la energía pura de la luz y el sonido que retumbaba a su alrededor. Fuera lo que fuera, hacía que se sintiera vivo.
No estaba especialmente cansado cuando su madre sugirió que todos se retiraran a descansar, por tanto le pareció una tontería no aprovechar estos pocos momentos de soledad para revisar los libros de Aubrey Hall que su administrador le había dejado. Dios sabía que su madre iba a tenerle al día siguiente ocupado cada minuto con actividades en las que también participarían candidatas al matrimonio.
Pero tras una hora de concienzudas comprobaciones, con golpecitos de la punta seca de la pluma contra cada número del libro de contabilidad mientras él sumaba y restaba, multiplicaba y de vez en cuando dividía, sus párpados empezaron a caerse.
Había sido un día largo, admitió mientras cerraba el libro y dejaba un pedazo de papel para marcar el sitio. Había pasado buena parte de la manana visitando a arrendatarios e inspeccionando edificios. Una familia necesitaba que le repararan la puerta. Otra tenía problemas para recoger las cosechas y pagar la renta, debido a la pierna rota del padre. Pablo había oído disputas e intentado poner solución, había admirado a bebés recién nacidos e incluso había ayudado a arreglar un techo con goteras. Todo formaba parte de su posición de terrateniente, y a él le gustaba. Pero era cansado.
La partida de palamallo había sido un interludio grato, pero en cuanto regresó a la casa se había visto sumergido en el papel de anfitrión de la fiesta de su madre. Lo cual había sido casi tan agotador como las visitas a los arrendatarios. Eloise apenas tenía diecisiete años y estaba claro que hacía falta que alguien la vigilara un poco, aquella lagarta de la Cowper había estado atormentando a la pobre Penelope Featherington, y alguien tenía que hacer algo al respecto y...
Y luego estaba Marizza Sheffield.
La pesadilla de su existencia.
Y el objeto de sus deseos.
Todo al mismo tiempo.
Vaya barullo. Se suponía que estaba cortejando a su hermana, por el amor de Dios, Mia. La belleza de la temporada. Preciosa sin parangón. Dulce y generosa, e incluso serena.
Y en su lugar no podía dejar de pensar en Marizza. Marizza por la que, por mucho que le enfureciera, no podía evitar sentir un gran respeto. ¿Cómo podía evitar admirar a alguien que se aferraba tanto a sus con vicciones? Y PAblo debía de admitir que el núcleo de sus convicciones _la devoción a su familia_ era el principio que ella respetaba por encima de todos.
Con un bostezo, Pablo se levantó de detrás del escritorio y estiró los brazos. Sin duda ya era hora de irse a la cama. Con un poco de suerte se quedaría dormido en el momento en que su cabeza se apoyara en la almohada. Lo último que quería era encontrarse contemplando el techo, pensando en Marizza.
Y de todo lo que quería hacerle a Marizza.
PAblo cogió una vela y salió al pasillo vacío. Había algo reposado e intrigante en una casa en silencio. Pese a que la lluvia golpeaba contra los muros, podía oír cada chasquido de sus botas sobre el suelo: tacón, punta, tacón, punta. Y a excepción de cuando un relánpago iluminaba el cielo, su vela proporcionaba la única iluminación. Disfrutaba bastante agitando la llama a un lado y a otro, observando el juego de sombras contra los muros y los muebles. Era una sensación bastante peculiar de control, pero...
Alzó una ceja con gesto intrigado. La puerta de la biblioteca estaba abierta unos pocos centímetros y podía distinguir una franja de pálida luz de vela relumbrando desde el interior.
Estaba del todo seguro que no quedaba nadie levantado. Y desde luego no se oía ningún ruido en la biblioteca. Alguien debía de haber entrado a por un libro y había dejado la vela encendida. Pablo frunció el ceño. Aquello era muy irresponsable. Un incendio podía devastar la casa con más rapidez que cualquier otra cosa, incluso en medio de una tormenta, y la biblioteca llena a reventar de libros era el lugar ideal para que prendiera una llama.
Abrió la puerta y entró en la estancia. Toda una pared de la biblioteca estaba ocupada por altas ventanas, de modo que el sonido de la lluvia era más intenso aquí que en el pasillo. Un trueno sacudió entonces el suelo y a continuación, prácticamente seguido, un relámpago atravesó la noche.
La electricidad del momento le hizo poner una mueca, y cruzó hasta donde la vela ofensiva se había quedado ardiendo. Se inclinó hacia delante, la sopló y luego...
Oyó algo.
Era el sonido de una respiración. Fatigosa, presa del pánico, con toque ligero de un quejido.
Pablo miró con atención.
_ ¿Hay alguien ahí? _llamó. Pero no vio a nadie.
Luego lo volvió a oír. Llegaba desde abajo.
Sostuvo la vela con firmeza y se agachó para mirar debajo de la mesa.
Y se quedó sin gota de aliento.
_Dios mío _exclamó con un resuello_. Marizza...
Estaba echa un ovillo, rodeándose las piernas con los brazos con tal fuerza que parecía a punto de partirse. Tenía la cabeza inclinada, las cavidades oculares sobre las rodillas y todo su cuerpo agitado por tensos y rápidos temblores.
A Pablo se le congeló la sangre. Nunca había visto a nadie temblar así.
_ ¿Marizza? _repitió y dejó la vela sobre el suelo para acercase. No distinguía si ella era capaz de oírle. Parecía estar retirada dentro de sí misma, desesperada por huir de algo. ¿Sería la tormenta? Había dicho que detestaba la lluvia, pero esto era algo más profundo. Pablo sabía que a la mayoría de gente no le deleitaban las tormentas eléctricas como a él, pero nunca había oído que alguien se quedara así.
Daba la impresión de que fuera a romperse en millones de fragmentos tan sólo con tocarla.
Un trueno sacudió la habitación, y su cuerpo se agitó con tal tormento que Pablo lo sintió en sus propias entrañas.
_Oh, Marizza _susurró. Le rompía el corazón verla de ese modo. Áproximó su mano con cuidado y firmeza para tocarla, aun así no estaba seguro de que ella pudiera advertir su presencia; sorprenderla tal vez fuera igual que despertar a un sonámbulo.
Le puso la mano con delicadeza sobre la parte superior del brazo y le dio un mínimo apretón.
_Aquí estoy, Marizza _murmuró_. No va a pasar nada.
Un relámpago rasgó la noche y alumbró la habitación con un pronunciado estallido de luz. Marizza se encogió todavía más, si es que era posible apretar aún más el ovillo. Se le ocurrió pensar que ella intentaba sellar sus ojos manteniendo la cara contra las rodillas.
Pablo se acercó un poco más y tomó una de sus manos en la suya. Tenía la piel helada, los dedos rígidos de terror. Era difícil despegarle el brazo de sus piernas, pero logró llevarse la mano hasta boca y apretó sus labios contra su piel en un intento de calentarla.
_Aquí estoy, Kate _repitió, ni siquiera estaba seguro de qué otra cosa podía decir_. Aquí estoy, no va a pasar nada.
Finalmente consiguió meterse debajo de la mesa para poder sentarse a su lado en el suelo, con un brazo alrededor de sus hombros temblorosos. Ella pareció relajarse algo con su contacto, lo cual le proporcionó una extrañísima sensacion: sensación casi de orgullo por ser él quien conseguía ayudarla. Eso y una honda sensación de alivio ya que era insoportable verla sufrir aquel tormento.
Le susurró palabras tranquilizadoras al oído y con suavidad le acarició la espalda en un intento de darle consuelo con su mera presencia. Y poco a poco _ muy poco a poco, no tenía ni idea cuántos minutos llevaba sentado debajo de la mesa con ella_ sintió que sus agarrotados músculos empezaban a relajarse. Su piel perdió aquel tacto sudoroso y su respiración, aunque continuaba fatigosa, ya no sonaba tan espantada.
Tras un rato, cuando consideró que ella podía estar preparada, le tocó debajo de la barbilla con dos dedos, aplicando la presión más suave imaginable para levantar su rostro y verle los ojos.
_Mírame, Marizza _le susurró, con voz amable pero cargada de autoridad_. Sólo con que me mires, sabrás que estás a salvo.
Los pequeños músculos que rodeaban sus ojos temblaron durante unos quince segundos antes de que por fin agitara los párpados. Estaba intentando abrir los ojos, pero éstos se resistían. Pablo tenía poca experiencia en este tipo de terror, pero encontraba cierta lógica en que sus ojos no quisieran abrirse, en que, así de sencillo, no quisieran ver lo que tanto miedo les infundía, fuera lo que fuera.
Tras varios segundos más de parpadeo, Marizza consiguió abrir 1os ojos del todo y encontrar la mirada de él.
Pablo sintió que le daban un puñetazo en las tripas.
Si los ojos eran de verdad las ventanas del alma, algo se había hecho añicos en el interior de Marizza Sheffield aquella noche. Parecía angustiada, atormentada, por completo perdida y desconcertada.
_No recuerdo _susurró con voz apenas audible.
Él le cogió la mano, aunque en ningún momento la había soltado, y volvió a acercarla a sus labios. Le dio un beso tierno, casi paternal en la palma.
_ ¿No recuerdas el qué?
Ella negó con la cabeza.
_No lo sé.
_ ¿Recuerdas haber venido a la biblioteca?
Ella asintió.
_ ¿Recuerdas la tormenta?
Marizza cerró los ojos durante un momento, como si el esfuerzo de mantenerlos abiertos requiriera más energía de la que poseía.
_Aún hay tormenta.
Pablo asintió. Era cierto. La lluvia aún daba en las ventanas con tanta ferocidad como antes, pero habían pasado varios minutos desde la última racha de truenos y relámpagos.
Le miró con ojos desesperados.
_No puedo... no sé...
Pablo le apretó la mano.
_No tienes que decir nada.
Notó que el cuerpo de Marizza se estremecía y luego se relajaba, luego la oyó susurrar:
_Gracias.
_ ¿Quieres que te hable? _preguntó.
Ella cerró los ojos, no con la misma fuerza de antes, y asintió.
Él sonrió, aunque sabía que ella no podía verle. Pero tal vez podía percibirle. Tal vez fuera capaz de oír la sonrisa en su voz.
_Pues bien _caviló_, ¿de qué puedo hablarte?
_De la casa _susurró ella.
_ ¿De esta casa? _preguntó Pablo con sorpresa.
Ella volvió a hacer un ademán afirmativo.
_Muy bien _continuó él con una sensación absurda de complacencia porque ella se interesara por aquel montón de piedras y argamasa que tanto significaba para él_. Yo crecí aquí, sabes.
_Eso dijo tu madre.
Pablo sintió una chispa de algo cálido y poderoso en el pecho cuando ella habló. Él le había dicho que no tenía que decir nada, y era obvio que ella se había sentido agradecida, pero ahora estaba tomando parte activa en la conversación. Sin duda aquello tenía que significar que se encontraba mejor. Si abriera los ojos, y si no se encontrara debajo de la mesa, podría parecer casi normal.
Y era asombroso cuánto deseaba él ser la persona que le hiciera sentirse mejor.
_ ¿Te apetece que te explique la vez en que mi hermano ahogó la muñeca favorita de mi hermana? _pregunto.
Ella negó con la cabeza, luego se estremeció cuando el viento cobró fuerza, lo que hizo que la lluvia diera contra las ventanas con ferocidad. Pero ella se armó de valor y dijo:
_ Cuéntame algo de ti.
_De acuerdo _dijo Pablo despacio, intentando pasar por alto aquella sensación vaga e incómoda que se extendió por su pecho. Era mucho más fácil contar alguna historia de sus muchos hermanos que hablar de sí mismo.
_Háblame de tu padre.
Se quedó paralizado.
_ ¿Mi padre?
Ella sonrió, pero la petición le había conmocionado demasiado como para advertirlo.
_Seguro que tuviste uno _dijo.
A Pablo se le hizo un nudo en la garganta. No hablaba a menudo de su padre, ni siquiera con su familia. Se había dicho a si mismo que era porque había llovido mucho desde entonces; hacía más de diez años que su padre estaba muerto. Pero la verdad era que algunas cosas dolían demasiado.
Y había algunas heridas que no cicatrizaban, ni siquiera en diez años.
_El... él fue un gran hombre dijo con voz suave. Un gran padre. Le quería mucho.
Marizza se volvió para mirarle, la primera vez que encontraba su mirada desde que él le había alzado la barbilla con los dedos minutos antes.
_Tu madre habla de él con mucho afecto. Por eso he preguntado.
_Todos le queríamos _dijo sencillamente, y volvió la cabeza para mirar por la habitación. Su vista se centró en la pata de una silla, pero en realidad no la veía. No veía otra cosa que los recuerdos en su mente_. Era el mejor padre que un muchacho puede desear.
_ ¿Cuándo murió?
_ Hace once años. En verano. Cuando yo tenía dieciocho años. Justo antes de que me fuera a Oxford.
_Es una edad difícil para que un hombre pierda a su padre _murmuró ella.
Pablo se volvió de forma repentina hacia ella.
_Cualquier edad es difícil para que un hombre pierda a su padre.
_Por supuesto _se apresuró a corroborar ella_, pero hay veces peores que otras, creo. Y sin duda debe de ser diferente para los chicos y para las chicas. Mi padre falleció hace cinco años y le echo muchísimo de menos, pero no creo que sea lo mismo.
No hizo falta que Pablo formulara su pregunta. Estaba en sus ojos.
_Mi padre era encantador _explicó Marizza, cuyos ojos se animaron con el recuerdo_. Amable y bondadoso, pero firme cuando hacía falta. Pero el padre de un muchacho... bien, tiene que enseñare a su hijo a ser un hombre. Y perder a un padre a los dieciocho años, cuando empiezas a aprender todo lo que significa... _soltó una larga exhalación_. Es probable que sea presuntuoso por mi parte hablar de ello, puesto que no soy un hombre y no es posible que me ponga en su lugar, pero pienso que... _hizo una pausa y frunció los labios como si pensara las palabras_. Bien, pienso sencillamente que sería muy difícil.
_Mis hermanos tenían dieciséis, doce y dos años _dijo Pablo con tono tranquilo.
_Me imagino que para ellos también fue difícil _respondió_, aunque tu hermano pequeño es probable que no lo recuerde.
Pablo negó con la cabeza.
Marizza sonrió con añoranza.
_Yo tampoco recuerdo a mi madre. Resulta raro.
_ ¿Cuántos años tenías cuando murió?
_Había cumplido tres años. Mi padre se casó con Mary sólo unos pocos meses después. No guardó el periodo de luto apropiado, y algunos vecinos se escandalizaron un poco, pero pensó que yo necesitaba una madre y que eso era más importante que seguir costumbres en estos casos.
Por primera vez, Pablo se preguntó qué habría sucedido si hubiera sido su madre quien hubiera muerto y hubiera dejado a su padre con una casa llena de críos, varios de ellos niños pequeños. Para Edmund no habría resultado fácil. Para ninguno de ellos.
Y tampoco había sido fácil para Violet. Pero al menos ella tenía a Pablo, quien había sido capaz de asumir la responsabilidad de intentar hacer el papel de sustituto de su padre con los pequeños. Si Violet hubiera muerto, los Bridgerton habrían perdido por completo la figura materna. Al fin y al cabo, Daphne la mayor de las hermanas Bridgerton sólo tenía diez años cuando murió. Y Pablo estaba seguro de que su padre no se habría vuelto a casar.
Por mucho que su padre hubiera querido una madre para sus hijos, no habría sido capaz de buscar otra esposa.
_ ¿De qué murió tu madre? _preguntó Pablo, sorprendido por la profundidad de su curiosidad.
_ Gripe. O al menos eso creyeron. Podía haber sido cualquier tipo de dolencia pulmonar. _Apoyó la barbilla en la mano_. Sucedió muy rápido, por lo que me contaron. Mi padre dijo que yo también me puse enferma, aunque mi caso fue muy leve.
Pzblo pensó en el hijo que esperaba tener algún día, precisamente el motivo de que hubiera decidido casarse por fin.
_ ¿Echas de menos a una madre a la que nunca conociste? _preguntó en un susurro.
Marizza consideró su pregunta durante un rato. Su voz había sonado con una urgencia ronca que decía que había algo crítico en su respuesta. No podía imaginarse el motivo, pero estaba claro que algo de la infancia de Marizza le llegaba a él de forma especial.
_Sí _respondió ella finalmente_ pero no de la manera que tú pensarías. En realidad no puedo echarla de menos porque no la conocí, pero de todos modos hay un agujero en tu vida: un gran punto vacío; y sabes a quién le correspondía estar ahí, aunque no puedas recordarla, aunque no sepas cómo era y, por tanto, aunque no sepas cómo habría llenado ese hueco. Sus labios formaron una especie sonrisa triste. ¿Tiene algún sentido lo que digo?
Pablo asintió con la cabeza.
_Tiene mucho sentido.
_Creo que perder a uno de tus padres cuando ya le conoces y le quieres es más duro _ añadió Kate _. Y lo sé, porque he perdido a los dos.
_Lo siento _dijo él en voz baja.
_No pasa nada _le tranquilizó_. Ese viejo dicho «el tiempo lo cura todo» es muy cierto.
Él la miro con fijeza, Pablo se percató por su expresión de que no estaba conforme con eso.
_La verdad es que es más difícil cuando ya eres mayor. Tienes la suerte de haberles conocido, pero el dolor de la pérdida es mucho más intenso.
_Fue como perder un brazo _susurró Pablo.
Marizza asintió con gesto grave, en cierto modo sabía que él no había hablado de su dolor con mucha gente. Se relamió los labios con nerviosismo, los tenía bastante secos. Era extraño lo que sucedía. Afuera podía estar cayendo toda la lluvia del mundo, y ahí estaba ella, requeteseca.
_Tal vez fue mejor para mí _continuó Marizza con voz tranquila_ perder a mi madre tan joven. Y Mary ha sido maravillosa. Me quiere como a una hija. De hecho... _Se calló en mitad de la frase, sorprendida por sus ojos de repente húmedos. Cuando por fin encontró de nuevo su voz, habló en un susurro emotivo_. De hecho, ni una sola vez ha hecho diferencias con Mia. No... no creo que hubiera podido querer más a mi propia madre.
Los ojos de Pablo ardían mientras la miraba.
_Me alegro muchísimo _dijo con voz grave e intensa.
Marizza tragó saliva.
_A veces resulta extraño. Mary visita la tumba de mi madre, sólo para contarle cómo me va. En realidad es muy tierno. Cuando yo era pequeña, solía ir con ella y le contaba a mi madre cómo lo estaba haciendo Mary.
Pablo sonrió.
_ ¿Y tu informe era favorable?
_ Siempre.
Durante un momento mantuvieron un silencio amigable, ambos miraban la llama de la vela, observaban cómo caía la cera desde la mecha a la palmatoria. Cuando la cuarta gota de cera descendía por la vela, deslizándose por la columna hasta endurecerse, Marizza se volvió a Pablo y le dijo:
_Estoy segura de que te sueno de un optimista inaguantable, pero creo que tiene que haber un plan general en la vida.
Él se volvió y arqueó una ceja.
_Al final, todo funciona en realidad _explicó_. Yo perdí a madre, pero gané a Mary. Y a una hermana a la que quiero con locura. Y...
Un relámpago iluminó la habitación. Marizza se mordió el labio e intentó obligarse a respirar de forma lenta y regular por la nariz. El trueno iba a llegar, pero estaba preparada y...
La habitación se sacudió con el estruendo, pero fue capaz de mantener los ojos abiertos.
Soltó una larga exhalación y se permitió una sonrisa de orgullo. No había sido tan difícil. Desde luego que no había sido divertido pero tampoco algo imposible. Tal vez fuera la presencia tranquilizadora de Pablo junto a ella o simplemente tenía que ver con que la tormenta se alejaba, pero lo había superado sin que el corazón le saltara del pecho.
_ ¿Te encuentras bien? _preguntó Pablo.
Marizza le miró, y algo en su interior se fundió al ver la mirada de inquietud en su rostro. Fuera lo que fuera lo que él hubiera hecho el pasado, por mucho que hubieran discutido y se hubieran peleado, en este momento, él de verdad se preocupaba por ella.
_Sí _dijo, y oyó la sorpresa en su voz pese a que no lo pretendía_. Sí, creo que sí.
Él le apretó la mano.
_ ¿Desde cuándo has estado así?
_ ¿Esta noche o en mi vida?
_Las dos cosas.
_Esta noche desde el primer trueno. Me pongo bastante nerviosa cuando empieza a llover, pero mientras no haya truenos y relámpagos, lo aguanto bien. En sí no es la lluvia lo que me trastorna, sólo el temor a que vaya a más. _Tragó saliva y se humedeció los labios secos antes de continuar_. En cuanto a la otra pregunta, no recuerdo ninguna época en que las tormentas no me aterrorizaran. Creo que forma parte de mí. Es bastante ridículo, lo sé...
_No es ridículo _interrumpió él.
_Es muy considerado que pienses así _dijo ella sonriendo medio avergonzada_, pero te equivocas. No hay nada más ridículo que tener miedo a algo sin ningún motivo.
_A veces _dijo Pablo con voz titubeante_, a veces nuestros temores responden a motivos que no sabemos explicar. A veces se trata de algo que sentimos en las entrañas, algo que sabemos que es cierto, pero que a cualquier otra persona le parecería ridículo.
Marizza le miró fijamente, observó sus ojos oscuros iluminados por la vacilante luz de la vela, y contuvo el aliento al detectar un destello de dolor durante un breve segundo antes de que él apartara la mirada. Supo con cada fibra de su ser que no hablaba de algo intangible. Hablaba de sus propios temores, de algo muy específico que le obsesionaba a cada minuto del día.
Algo sobre lo que no tenía ningún derecho a preguntar. Aunque lo deseaba _oh, cuánto lo deseaba_, deseaba que cuando él estuviera preparado para hacer frente a sus temores, ella pudiera estar ahí para ayudarle.
Pero eso no iba a suceder. Él iba a casarse con otra persona, tal vez la misma Mia, y sólo su esposa tendría derecho a hablarle de cuestiones tan personales.
_Creo que tal vez ya estoy lista para regresar a mi habitación _ dijo. De pronto era demasiado duro encontrarse en su presencia, demasiado doloroso saber que él le pertenecería a alguien más.
Lo labios de Pablo se curvaron formando una sonrisa juvenil.
_ ¿Quieres decir que por fin puedo salir de debajo de esta mesa?
_ ¡Oh, cielos! _Se pegó una de las manos a la mejilla con expresión avergonzada_. Lo siento tanto. Me temo que he olvidado hace rato dónde estábamos sentados. Debes de pensar que soy una tonta.
Él negó con la cabeza, pero seguía sonriendo.
_Una tonta, nunca, Marizza Sheffield. Ni siquiera cuando pensaba que eras la criatura femenina más insufrible del planeta, tenía dudas acerca de tu inteligencia.
Marizza , que había empezado a salir de debajo de la mesa, se quedó quieta.
_Ahora mismo no sé si debo sentirme halagada o insultada por esa afirmación.
_Es probable que las dos cosas _admitió él_, pero en favor de la amistad, decidamos que es un halago.
Marizza se volvió a mirarle. Era consciente de que presentaba una imagen peculiar allí a cuatro patas, pero el momento parecía demasiado importante como para demorar aquella pregunta:
_Entonces ¿somos amigos? _preguntó en un susurro.
Él asintió con la cabeza.
_Es difícil de creer, pero me parece que sí.
Marizza sonrió y aceptó su mano para levantarse y quedarse de pie.
_Me alegro. En realidad.., en realidad no es usted el diablo yo había pensado.
Pablo alzó una de sus cejas, y de pronto su rostro adoptó una expresión muy maliciosa.
_Bien, tal vez lo sea _corrigió ella pensando que era posible que fuera el mujeriego y vividor que afirmaba el resto de la sociedad _. Pero es posible que también sea una persona bastante agradable.
_Agradable suena demasiado insulso _comentó él con aire meditativo.
_Agradable _dijo ella con énfasis_ es agradable. Y teniendo en cuenta mi antigua opinión de ti, deberías estar encantado con el cumplido.
Pablo se rió.
_Hay una cosa de ti, Marizza Sheffield, que sí que es cierta: nunca eres aburrida.
_Aburrida suena demasiado insulso _repitió.
Él sonrió con gesto sincero, no la curva irónica que empleaba en las funciones sociales sino algo auténtico. De pronto Marizza notó un nudo en la garganta.
_Me temo que no puedo acompañarte de regreso a tu habitación. Si alguien se topara con nosotros a esta hora...
Marizza hizo un gesto de asentimiento. Habían forjado un amistad insólita, pero no quería que la obligaran a casarse con él, ¿no era cierto? Y no hacía falta decir que él no quería casarse con ella.
Pablo puso una mueca.
_Especialmente teniendo en cuenta cómo vas vestida...
Marizza bajó la vista y soltó un resuello mientras se ajustaba un poco la bata. Había olvidado por completo que no iba vestida de forma apropiada. Era cierto que su ropa de noche no era atrevida ni reveladora, sobre todo su gruesa bata, pero no dejaba de ser ropa noche.
_ ¿Te encontrarás bien? _le preguntó con voz suave_. Aún llueve.
Marizza se detuvo y escuchó la lluvia, que había amainado y golpeaba con suavidad las ventanas.
_Creo que ya ha pasado la tormenta.
Él hizo un gesto de conformidad y se asomó a mirar al pasillo.
_Vacío _dijo.
_Debo irme.
Pablo se hizo a un lado para dejarla pasar.
Ella se adelantó, pero cuando llegó al umbral, se detuvo para volverse.
_ ¿Lord Bridgerton?
_PAblo _dijo él_. Llámame Pablo. Creo que yo ya te he llamado Marizza
_ ¿Ah sí?
_Cuando te encontré. _Hizo un ademán con la mano_. Creo que no oíste nada de lo que dije.
_Probablemente estés en lo cierto, Pablo. _Sonrió con vacilación. Su nombre sonaba extraño en su lengua.
Él se inclinó un poco hacia delante con una luz peculiar, casi maliciosa en sus ojos.
_Marizza _dijo él como respuesta.
_Sólo quería decir gracias dijo ella. Por ayudarme esta noche. Yo... _se aclaró la garganta_. Habría sido mucho más difícil sin ti.
_No he hecho nada _dijo con aspereza.
_No, lo has hecho todo. Y entonces, antes de que sintiera la tentación de quedarse, se apresuró por el pasillo y luego continuó por la escalera.


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anonimo
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el vizconde que me amó

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April 7 2009, 10:35 PM 

hola soy betsy. maravillosos capitulos los que nos dejaste esta vez. poco a poco se ve como pablo va olvidando su proposito de conquistar a mia y se ve irremediablemente atraido por marizza.como bien se ha dado cuenta él, durante la partida ni se acordó de mia, en cambio tuvo a marizza siempre presente. y arrinconarla contra el arbol y besarla en la mano es una prueba mas de su deseo por ella. por otro lado la repentina excursion nocturna de marizza le ha servido a ella para conocer mejor al vizconde. y viceversa. pablo ha sido muy tierno al consolarla y tranquilizarla. y o mucho me equivoco o ahora la desea más que antes. ademas marizza ha cambiado su manera de verle ahora que han intimado y se han contado ciertos aspectos personales de su vida. creo que ella tambien se siente muy atraida por él. lastima que él siga empeñado tontamente en casarse con Mia por su estupida idea de que no quiere enamorarse de su esposa. pero espero que pronto cambie de opinion y se de cuenta de que marizza es la mujer que busca.
siguela pronto si es posible mañana pon más, que el jueves me voy de viaje y hasta el domingo no vuelvo. bss linda.

 
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Anonimo
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Re: *_* El ViZcNdE Q mE aMoO*_*_____________CapItUlOOo 11 y 12!!

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April 8 2009, 12:29 AM 

fantastico ya van progresando algo mas x lo menos ya son amigos
y pablo a estado genial cuando a "recatado"a la pobre penelope
sigue asi me encanta la novela.
xao wapa.bss.

 
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mª jesus
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Re: *_* El ViZcNdE Q mE aMoO*_*_____________CapItUlOOo 11 y 12!!

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April 8 2009, 1:41 AM 

jajaja,pues menos mal que por lo
menos han dado un paso,en su relacion
y ahora son amigosme ha gustado el
momento en que se lleva a penelope ha
estado genial,y ha dejado a la otra tipa
en ridiculo.creo que deberia salir por ahi
un pretendiente a camila,para que espabile
y deje la tonteria de casarse con mia
besosss y ya estoy deseando leer el proximo...

 
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Claudinha
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Re: *_* El ViZcNdE Q mE aMoO*_*_____________CapItUlOOo 11 y 12!!

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April 10 2009, 4:29 AM 

Gracias por los capitulos estan geniales
Esperemos pablo reaccione y se aleje de la idea de unirse a mia!!!
siguela pronto...

 
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Current Topic - *_* El ViZcNdE Q mE aMoO*_*_____________CapItUlOOo 11 y 12!!  Respond to this message   
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