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Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 13, 14, 15 y 16!!!!

June 19 2009 at 11:56 AM
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mary_xiky24  (no login)

 

wenas lindas!!
siientO muxiisiimO no aber subiidO capiitulO antes xO e estadO ocupadiisima cn lOs examenes de fiin de cursO!! Oii para cOmpensar les subo 4 capitulOs!! EsperO q les ste gustadO y otra vez lO siientO,lO siientO,lO siientO,lO siientO,lO siientO!!
Si les guSta dejen cOment!



Capítulo 13


Se informó anteriormente en esta columna que esta cronista pronos­ticaba un posible enlace entre la señorita Rosamund Reiling y el señor Phillip Cavender. Esta cronista puede decir ahora que no es probable que ocurra eso. Se ha oído decir a lady Penwood (la madre de la señorita Reiling) que no se conformará con un simple «señor» sin título, aun cuando el padre de la señorita Reiling, si bien de bue­na cuna, no era miembro de la aristocracia.
Por no mencionar, claro, que el señor Cavender ha comenzado a demostrar un decidido interés por la señorita Cressida Cowper.

Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 9 de mayo de 1817.


Cami comenzó a sentirse mal en el instante mismo en que salió el coche de Mi Cabaña. Cuando se detuvieron para pasar la noche en una posada de Oxfordshire, ya sentía muy delicado el estómago. Y cuando llegaron a las afueras de Londres, estaba convencida de que se iba a poner a vomitar.
Se las arregló para mantener el contenido del estómago donde debía estar, pero cuando el coche se adentró en las tortuosas calles de Londres, ya la invadía una intensísima aprensión.
No, no aprensión exactamente; una sensación de desastre.
Estaban en mayo, lo cual significaba que la temporada de fiestas esta­ba en pleno auge, lo cual significaba que Araminta estaba en Londres.
Lo cual significaba que su llegada allí era muy inconveniente, muy mala idea.
-Muy mala -masculló.
Benja la miró.
-¿Has dicho algo?
-Sólo que eres un hombre muy malo.
Él se echó a reír. Ella ya sabía que se iba a reír, pero la irritó de todas maneras.
Él apartó la cortina de la ventanilla y miró fuera.
-Ya casi hemos llegado -dijo.
Le había dicho que la llevaría directamente a la casa de su madre. Cami recordaba la grandiosa mansión de Grosvenor Square como si hubiera estado ahí la noche anterior. El salón de baile era inmenso, con miles de candelabros en las paredes, cada uno con una perfecta vela de cera de abejas. Las salas más pequeñas estaban decoradas al estido Adam, con exquisitas conchas en relieve en los cielos rasos, y las paredes de color pastel claro.
Ésa había sido la casa de sus sueños, muy literalmente. En todos sus sueños con Benja y su futuro juntos, ella siempre se veía en esa casa. Eso era una tontería, lógicamente, puesto que él era hijo segun­do y por lo tanto no estaba en la línea de sucesión para heredar la propiedad; de todos modos, era la casa más hermosa que había visto en su vida, y los sueños no eran para hacerse realidad. Si hubiera que­rido soñar que entraba en el Kensington Palace, tenía el derecho.
Claro que no era muy probable que viera el interior de Kensing­ton Palace, pensó, sonriendo irónica.
-¿De qué sonríes? -le preguntó Benja .
-Estoy planeando tu muerte -repuso ella, sin molestarse en mirarlo.
Él sonrió; no lo estaba mirando, pero era una de esas sonrisas que ella oía en su forma de respirar.
Detestaba ser tan sensible hasta los más pequeños detalles de él. Sobre todo porque tenía la molesta sospecha de que a él le ocurría lo mismo con ella.
-Al menos parece interesante -comentó él.
-¿Qué? -preguntó ella, apartando los ojos del borde inferior de la cortina, que llevaba horas mirando.
-Mi muerte -contestó él, con una sonrisa sesgada y traviesa-. Si me vas a matar, bien podrías disfrutar mientras lo haces, porque, Dios lo sabe, yo no lo disfrutaré.
Ella casi se quedó boquiabierta.
-Estás loco.
-Probablemente. -Se encogió de hombros con despreocupa­ción y, acomodándose en su asiento, apoyó los pies en el asiento del frente-. Poco menos que te he secuestrado, después de todo. Yo diría que eso se puede calificar de la locura más grande que he come­tido en mi vida.
-Podrías dejarme marchar ahora -dijo ella, aún sabiendo que él no aceptaría.
-¿Aquí en Londres? ¿Donde te pueden atacar forajidos en cualquier momento? Eso sería grave irresponsabilidad por mi parte, ¿no te parece?
-No se compara con raptarme en contra de mi voluntad.
-No te rapté -dijo él, examinándose tranquilamente las uñas-. Te hice chantaje. Hay un mundo de diferencia.
El brusco movimiento que hizo el coche al detenerse libró a ­Cami de tener que responder.
Benja apartó una última vez la cortina y la dejó caer.
-Ah, hemos llegado.
Cami esperó a que él se apeara y se acercó a la puerta. Se le pasó por la mente no hacer caso de la mano que le ofrecía y saltar sola, pero la puerta estaba bastante separada del suelo, y de verdad no quería hacer el ridículo tropezándose y aterrizando en la cuneta de desagüe. Le encantaría insultarlo, pero no a costa de un esguince en el tobillo. Suspirando, le cogió la mano.
-Muy inteligente decisión -susurró Benja .
Cami lo miró sorprendida. ¿Cómo supo lo que estaba pensando?
-Siempre sé lo que estás pensando -dijo él.
Ella tropezó.
-¡Epa! -gritó él, cogiéndola expertamente antes de que aterri­zara en la cuneta.
La retuvo un momento más largo del necesario y la depositó en la acera. Ella habría dicho algo si no hubiera tenido los dientes tan apretados que no dejaban salir ninguna palabra.
-¿No te mata la ironía? -le preguntó él, sonriendo perversa­mente.
Ella logró aflojar la mandíbula.
-No, pero bien podría matarte a ti.
Él se echó a reír, el muy condenado.
-Vamos. Te presentaré a mi madre. Seguro que ella te encon­trará uno u otro puesto.
-Podría no tener ningún puesto vacante -observó ella. Él se encogió de hombros.
-Me quiere. Creará un puesto.
Cami se mantuvo en sus trece, negándose a dar un solo paso mientras no hubiera dejado claras las cosas.
-No voy a ser tu querida.
-Sí, ya lo has dicho -dijo él, su expresión extraordinariamen­te impasible.
-No, lo que quiero decir es que no va a resultar tu plan.
Él la miró, todo inocencia.
-¿Tengo un plan?
-Vamos, por favor. Vas a tratar de conquistarme con la espe­ranza de que yo claudique.
-Eso ni lo soñaría.
-Seguro que lo sueñas más que un poco -masculló ella en voz baja.
Él debió oírla, porque se rió. Cami se cruzó de brazos, suble­vada, indiferente a lo poco decorosa que pareciera su postura, allí en la acera a plena vista de todo el mundo. Nadie se fijaría en ella, en todo caso, vestida como estaba con la lana basta de una sirvienta. Debería adoptar una actitud más alegre y considerar su nueva posi­ción con más optimismo, pensó, pero, maldición, en ese momento le apetecía mostrarse hosca.
La verdad, se lo había ganado. Si alguien tenía derecho a estar resentida y contrariada, era ella.
-Podríamos quedarnos en la acera todo el día -dijo Benja, en un tono bastante impregnado de sarcasmo.
Ella alzó la vista para mirarlo furiosa, pero entonces se fijó en el lugar donde estaban. No estaban en Grosvenor Square; en realidad no sabía dónde estaban. En Mayfair, seguro, pero la casa que tenían delante no era de ningún modo aquella donde asistió al baile.
-Eh..., ¿ésta es la casa Bridgerton?
Él arqueó una ceja.
-¿Cómo sabías que mi casa se llamaba casa Bridgerton?
-Tú lo has dicho.
Por suerte, eso era cierto. En sus conversaciones él había habla­do varias veces de la casa Bridgerton y de la residencia de la familia en el campo, Aubrey Hall.
Él pareció aceptar eso.
-Ah. Bueno, en realidad no lo es. Mi madre dejó la casa Brid­gerton hace casi dos años. Ofreció un último baile allí, que fue un baile de máscaras, por cierto, y la entregó a mi hermano con su mujer. Siempre había dicho que se marcharía tan pronto como mi hermano se casara e iniciara una familia propia. Creo que su primer hijo nació un mes después de que se marchara mi madre.
-¿Fue niño o niña? -preguntó ella, aunque lo sabía. Lady Whistledown siempre informaba de esas cosas.
-Un niño. Edmund. Tuvieron otro hijo, Miles, a comienzos de este año.
-¡Qué bien! -exclamó ella, aunque sintió oprimido el co­razón.
No era probable que ella tuviera hijos nunca, y ésa era una de las conclusiones más tristes a las que había llegado. Para tener hijos se necesita un marido, y el matrimonio para ella era un sueño impo­sible. No fue educada para ser una sirvienta, por lo que tenía muy poco en común con la mayoría de los hombres con los que se encontraba en su vida diaria. Ciertamente los demás criados eran personas buenas y honorables, pero se le hacía difícil imaginarse compartiendo la vida con un hombre que, por ejemplo, no supiera leer.
No necesitaba casarse con un hombre de origen particularmen­te elevado, pero incluso la clase media estaba fuera de su alcance. Ningún hombre que se respetara en el comercio se casaría con una criada.
Benja le indicó que lo siguiera, y lo siguió hasta que llegaron a la escalinata de la puerta principal. Allí se plantó.
- Entraré por la puerta lateral de servicio.
Él apretó los labios para reprimir una sonrisa.
-Entrarás por la principal.
-Entraré por la puerta lateral -repitió ella firmemente-. Nin­guna mujer de alcurnia contrata a una criada que entra por la puerta principal.
-Vienes conmigo -dijo él, entre dientes-. Entrarás por la principal.
A ella se le escapó una risita.
-Benja, sólo ayer querías que me convirtiera en tu querida. ¿Te atreverías a traer a tu querida para presentarla a tu madre, ha­ciéndola entrar por la puerta principal?
Eso lo confundió. Ella sonrió al verle arrugar la cara, frustrado. Eso la hizo sentirse mejor de lo que se había sentido desde hacía días.
-¿Traerías a tu querida a conocer a tu madre? -continuó, simplemente para torturarlo más.
-No eres mi querida.
-No.
Él adelantó el mentón y la miró, perforándole los ojos con una furia apenas contenida.
-Eres una maldita criadita, porque has insistido en serlo. Y en calidad de criada, si bien estás algo abajo en la escala social, sigues siendo una persona muy respetable. Ciertamente respetable para mi madre.
A Cami se le desvaneció la sonrisa. Tal vez había llevado dema­siado lejos la provocación.
-Muy bien -gruñó él, cuando tuvo claro que ella no iba a seguir discutiendo-. Ven conmigo.
Ella subió las gradas con él. En realidad eso podría representar una ventaja. Seguro que su madre no contrataría a una criada que tenía el descaro de entrar por esa puerta. Y puesto que ya se había negado firmemente a ser su querida, él tendría que aceptar la derro­ta y dejarla volver al campo.
Benja empujó la puerta y la sostuvo abierta hasta que ella entró delante de él. El mayordomo sólo tardó unos segundos en aparecer.
-Wickham, tenga la bondad de informar a mi madre que estoy aquí.
-Al instante, señor Bridgerton -repuso Wickham-. ¿Y podría tomarme la libertad de informarle que ella ha estado bastan­te curiosa respecto a su paradero esta semana pasada?
-Me sorprendería si no -contestó Cami .
Wickham hizo un gesto hacia Cami, con una expresión que se cernía entre curiosidad y desdén.
-¿Podría informarla de la llegada de su huésped?
-Sí, por favor.
-¿Podría informarla de la identidad de su huésped?
Cami miró a Benja con gran interés, pensando qué diría.
-Su nombre es señorita Beckett. Ha venido en busca de empleo.
Wickham arqueó una ceja. Eso sorprendió a Cami. Por lo que sabía, los mayordomos debían ser absolutamente inexpresivos.
-¿De criada?
-De lo que sea -respondió Benja, indicando con su tono que ya empezaba a impacientarse.
-Muy bien, señor Bridgerton -acató Wickham y desapareció en la escalera.
-Creo que no le pareció nada bien -comentó Cami en un susurro, cuidando bien de ocultar su sonrisa.
-Wickham no está al mando aquí.
Cami exhaló un suspiro como diciendo «lo que tú digas».
-Me imagino que Wickham se opondría.
Benja la miró incrédulo.
-Es el mayordomo.
-Y yo soy una criada. Lo sé todo de los mayordomos. Más que tú, diría.
-Tú actúas menos como criada que cualquier mujer de las que conozco -dijo él, mirándola con los ojos entrecerrados.
Ella se encogió de hombros y fingió estar contemplando atenta­mente una naturaleza muerta que colgaba de la pared.
-Usted hace surgir lo peor de mí, señor Bridgerton.
-Benja -siseó él-. Ya nos tuteamos. Trátame con mi nom­bre de pila.
-Su madre no tardará en bajar la escalera -le recordó ella-, y usted insiste en que me contrate como criada. ¿Son muchos los cria­dos que le tratan con su nombre de pila?
Él la miró indignado y ella comprendió que él sabía que ella tenía razón.
-No puede tener las dos cosas, señor Bridgerton -dijo, permi­tiéndose una leve sonrisa.
-Yo sólo deseaba «una» -gruñó él.
-¡Benja!
Cami miró hacia la escalera, por la que venía bajando una mujer menuda y elegante. Sus cabellos eran más rubios que los de Benja, pero su fisonomía decía claramente que era su madre.
-Madre, cuánto me alegra verte -dijo él, avanzando para reci­birla al pie de la escalera.
-Y a mí me alegraría más verte si hubiera sabido dónde estabas esta semana pasada -respondió ella con desparpajo-. Lo último que supe de ti fue que habías ido a la fiesta de Cavender, pero des­pués todos volvieron y tú no.
-Me marché antes de la fiesta, y me fui a Mi Cabaña.
-Bueno -suspiró ella-, supongo que no puedo pretender que me notifiques todos tus movimientos ahora que tienes treinta años.
Benja le sonrió con cariño.
-Y ella debe de ser tu señorita Beckett -dijo ella mirando a Sophie.
-Sí. Me salvó la vida cuando estaba en Mi Cabaña.
Cami pegó un salto.
-Yo no...
-Sí -la interrumpió Benja suavemente-. Me enfermé por conducir bajo la lluvia, y ella cuidó de mí y me devolvió la salud.
-Podría haberse recuperado sin mí -insistió Cami .
-Pero no con tanta rapidez ni comodidad -dijo Benja diri­giéndose a su madre.
-¿No estaban en casa los Crabtree? -preguntó Benja.
-No estaban cuando llegamos -repuso Benja.
Violet miró a Cami con una curiosidad tan evidente que Benja se vio obligado a explicar:
-La señorita Beckett estaba empleada en casa de los Cavender, pero ciertas circunstancias le hicieron imposible continuar allí.
-Comprendo -dijo Violet, aunque su tono indicaba que no comprendía.
-Su hijo me salvó de un destino horroroso -explicó Cami serenamente-. Le debo una inmensa gratitud.
Benja la miró sorprendido. Dado el grado de hostilidad hacia él no se había imaginado que ella aportaría información elo­giosa de él. Pero debería haberlo supuesto; Cami tenía elevados principios, y no del tipo que permitiera que la ira obstaculizara la sinceridad.
Ésa era una de las cosas que más le gustaban de ella.
-Comprendo -repitió Violet, esta vez con mucho más senti­miento.
-Tenía la esperanza de que le encontraras un puesto en tu casa -dijo BENJA.
-Pero no si es mucho problema -se apresuró a añadir Cami .
-No -dijo Violet, fijando los ojos en su cara con una extraña expresión-. No sería ningún problema, pero...
Benja y Cami se quedaron en suspenso, pendientes del res­to de la frase.
-¿Nos conocemos de antes? -preguntó Violet a bocajarro.
-Creo que no -contestó Cami, con un ligero tartamudeo. ¿Cómo podía ocurrírsele a lady Bridgerton que la conocía? Estaba segura de que no se había cruzado con ella esa noche del baile de máscaras-. No me imagino cómo podríamos conocernos.
-Tiene razón, sin duda -dijo lady Bridgerton, desechando la idea con un gesto de la mano-. Tiene usted algo que me resulta vagamente conocido. Pero lo más seguro es que haya conocido a alguien que se le parece mucho. Ocurre con frecuencia.
-En especial a mí -terció Benja, con una sonrisa sesgada.
Lady Bridgerton miró a su hijo con visible cariño.
-No es culpa mía que todos mis hijos sean extraordinariamen­te parecidos.
-Si no podemos echarte la culpa a ti, ¿a quién, entonces? -le preguntó Benja.
-A tu padre, totalmente -replicó lady Bridgerton con aire satisfecho. Miró a Cami -: Todos se parecen mucho a mi difunto marido.
Cami sabía que debía permanecer callada, pero encontró tan hermoso y agradable el momento, que dijo:
-Yo encuentro que su hijo se parece a usted.
-¿Le parece? -preguntó lady Bridgerton, juntando las manos, encantada-. Qué maravilloso. Y yo que siempre me he considera­do un recipiente para la familia Bridgerton.
-¡Madre! -exclamó Benja.
-¿He hablado con demasiada franqueza? -suspiró ella-. Cada vez hago más eso en mi vejez.
-No eres vieja, madre.
Ella sonrió.
-Benja, ¿por qué no vas a ver a tus hermanas mientras yo llevo a la señorita Bennet...?
-Beckett -enmendó él.
-Sí, claro, Beckett. La llevaré arriba para instalarla.
-Sólo necesita llevarme al ama de llaves -dijo Cami .
Era muy raro que la señora de la casa se ocupara de contratar a una criada. De acuerdo, la situación era bastante insólita, pues era Benja el que pedía que la contrataran, pero era muy extraño que lady Bridgerton se tomara un interés especial en ella.
-La señora Watkins está muy ocupada -explicó lady Bridger­ton-. Además, creo que necesitamos otra doncella arriba. ¿Tiene experiencia en ese trabajo?
Cami asintió.
-Excelente. Me lo imaginé. Habla muy bien.
-Mi madre era ama de llaves -dijo Cami automáticamente-. Trabajaba para una familia muy generosa y...
Se interrumpió, horrorizada, recordando tardíamente que le había dicho la verdad a Benja: que su madre había muerto al nacer ella. Lo miró, nerviosa, y él le contestó con un ladeo del men­tón, ligeramente burlón, indicándole que no la iba a dejar como mentirosa.
-La familia era muy generosa -continuó ella, dejando escapar una espiración de alivio-, y me permitían a asistir a muchas clases con las hijas de la casa.
-Comprendo -dijo lady Bridgerton-. Eso explica muchísi­mo. Me cuesta creer que haya estado trabajando como criada. Está claro que tiene educación suficiente para aspirar a puestos más ele­vados.
-Lee muy bien -dijo Benja.
Cami lo miró sorprendida.
-Me leía muchísimo durante mi convalecencia -continuó él, dirigiéndose a su madre.
-¿Escribe también? -preguntó lady Bridgerton.
-Tengo buena ortografía y bastante buena letra -repuso ella, asintiendo.
-Excelente. Siempre me va bien contar con un par de manos extras cuando escribo las invitaciones. Y tendremos un baile en vera­no. Presento en sociedad a dos hijas este año -le explicó a Cami -. Tengo muchas esperanzas de que una de ellas elija marido antes de que acabe la temporada.
-No creo que Eloise desee casarse -dijo Benja.
-Calla la boca.
-Esa declaración es un sacrilegio en esta casa -explicó Benja a Cami .
-No le haga caso -dijo lady Bridgerton echando a andar hacia la escalera-. Venga conmigo, señorita Beckett. ¿Como dijo que era su nombre de pila?
-Cami .
-Ven conmigo, Cami . Te presentaré a las niñas. Y te buscare­mos ropa nueva -añadió arrugando la nariz-. No puedo permitir que una de nuestras doncellas ande tan mal vestida. Una persona podría pensar que no te pagamos un salario justo.
Cami no había visto nunca que los miembros de la alta sociedad se preocuparan por pagar salarios justos a sus sirvientes, y le con­movió la generosidad de lady Bridgerton.
-Tú espérame abajo -dijo lady Bridgerton a Benja-. Tene­mos mucho que hablar tú y yo.
-Mira como tiemblo -replicó él.
-Entre él y su hermano, no sé cual me va a matar primero - mas­culló lady Bridgerton.
-¿Qué hermano? -preguntó Cami .
-Cualquiera. Los dos. Los tres. Todos unos sinvergüenzas.
Pero unos sinvergüenzas a los que amaba muchísimo, pensó Cami . Eso lo notaba en su manera de hablar, lo veía en sus ojos cuando se iluminaban de alegría al mirar a su hijo.
Y eso la hacía sentirse sola, triste y envidiosa. Qué distinta podría haber sido su vida si su madre no hubiera muerto en el par­to. No habrían sido respetables, tal vez, la señora Beckett, la queri­da de un noble, y ella, la hija bastarda, pero le agradaba pensar que su madre la habría amado.
Lo cual era más de lo que había recibido de cualquier otro adul­to, incluido su padre.
-Vamos, Cami -dijo lady Bridgerton enérgicamente.
Cami la siguió escalera arriba, pensando por qué si sólo iba a comenzar un nuevo trabajo, se sentía como si fuera a entrar en una nueva familia.
Era... agradable.
Y había transcurrido mucho, muchísimo tiempo desde que su vida fuera agradable.

Capítulo 14



Rosamund Reiling jura que vio a Benja Bridgerton de vuelta en Londres. Esta cronista se inclina a creer en la veracidad de ese infor­me; la señorita Reiling es capaz de ver a un soltero a cincuenta pasos.
Lamentablemente para la señorita Reiling, parece que no consi­gue cazar a ninguno.

Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 12 de mayo de 1817.


Benja sólo había dado dos pasos en dirección a la sala de estar cuando apareció Eloise corriendo por el pasillo. Como todos los Bridgerton, tenía abundantes cabellos castaños y una ancha sonrisa. Pero a diferencia de él, sus ojos eran de un luminoso y vivo color verde, el tono exacto de los ojos de su hermano Colin.
El tono exacto de los ojos de Cami, pensó.
-¡Benja ! -exclamó ella, corriendo a abrazarlo con cierta exuberancia-. ¿Dónde has estado? Madre ha estado gruñendo toda la semana, preguntándose dónde te habías metido.
-Curioso, cuando hablé con ella, no hace dos minutos, sus gru­ñidos eran por ti, preguntándose cuándo pensarías en casarte por fin.
Eloise arrugó la nariz.
-Cuando conozca a alguien con quien valga la pena casarse, entonces. Ojalá llegara gente nueva a la ciudad. Tengo la impresión de que veo a las mismas cien personas más o menos una y otra vez.
-Pues sí que ves a las mismas cien personas más o menos una y otra vez.
-Exactamente lo que quiero decir. Ya no quedan secretos en Londres. Ya lo sé todo de todos.
-¿Ah, sí? -preguntó Benja , con no poca medida de sar­casmo.
-Búrlate todo lo que quieras -dijo ella, apuntando un dedo hacia él de una manera que, estaba seguro, su madre consideraría impropio de una dama-, pero no exagero.
-¿Ni siquiera un poco? -sonrió él.
Ella lo miró enfurruñada.
-¿Dónde estuviste la semana pasada?
Él entró en la sala de estar y se dejó caer en un sofá. Tal vez ten­dría que haber esperado a que ella se sentara primero, pero sólo era su hermana, después de todo, y jamás sentía la necesidad de andarse con ceremonias cuando estaban solos.
-Fui a la fiesta de Cavender -contestó él, poniendo los pies sobre una mesilla-. Fue abominable.
-Madre te matará si te pilla con los pies en la mesa -le advirtió Eloise sentándose en un sillón que hacía esquina con el sofá-. ¿Por que fue tan horrorosa la fiesta?
-La compañía. -Se miró los pies y decidió dejarlos donde esta­ban-. No había visto jamás un grupo de gamberros más aburrido.
-Mientras no tengas pelos en la lengua.
Él arqueó una ceja ante el sarcasmo.
-Por lo tanto se te prohíbe que te cases con cualquiera de los asistentes.
-Orden que, creo, no tendré ninguna dificultad para acatar.
Golpeó las manos en los brazos del sillón y Benja no pudo dejar de sonreír; Eloise siempre había sido un atado de energía ner­viosa.
-Pero eso no explica dónde estuviste toda la semana -conti­nuó ella, mirándolo con los ojos entornados.
-¿Te han dicho que eres muy fisgona?
-Ah, todo el tiempo. ¿Dónde estuviste?
-E insistente también.
-Es la única manera de ser. ¿Dónde estuviste?
-¿Te he contado que estoy pensando en invertir en una fábrica de bozales para humanos?
Ella le arrojó el cojín a la cabeza.
-¿Dónde estuviste?
-Da la casualidad -repuso él, lanzándole suavemente el cojín-, que la respuesta no es de lo más interesante. Estuve en Mi Cabaña, recuperándome de un antipático resfriado.
-Creí que ya te habías recuperado.
Él la miró con una inverosímil expresión mezcla de sorpresa y disgusto.
-¿Cómo sabes eso?
-Lo sé todo. Eso ya deberías saberlo -añadió, sonriendo de oreja a oreja-. Sí que son antipáticos los resfriados. ¿Tuviste una recaída?
-Después de conducir bajo la lluvia -asintió él.
-Bueno, no fuiste muy inteligente al hacer eso.
-¿Hay alguna razón -preguntó él, mirando alrededor como si la pregunta fuera dirigida a otra persona- para que me deje insultar por mi boba hermana menor?
-Probablemente que yo lo hago muy bien -dijo ella, empu­jándole el pie sobre la mesa con el suyo, tratando de hacerlo caer.
-Madre entrará en cualquier momento.
-No. Está ocupada -repuso él.
-¿Haciendo qué?
Él agitó la mano indicando el cielo raso.
-Orientando a la nueva criada.
Ella se enderezó.
-¿Tenemos una nueva criada? Nadie me lo ha dicho.
-Cielos, ha ocurrido algo y Eloise no lo sabe.
Ella volvió a echarse hacia atrás y a golpearle el pie con el suyo.
-¿Criada? ¿Doncella? ¿Fregona?
-¿Por qué te interesa?
-Siempre va bien saber qué es qué.
-Doncella, creo.
Eloise se tomó medio segundo para asimilar eso.
-¿Y cómo lo sabes?
Benja calculó que valía más decirle la verdad. Dios sabía que a la puesta de sol ella ya sabría toda la historia, aun cuando él no la supiera.
-Porque yo la traje aquí.
-¿A la criada?
-No, a madre. Pues claro que a la criada.
-¿Desde cuando te tomas la molestia de contratar sirvientes?
-Desde que esta determinada joven casi me salvó la vida, cui­dando de mí cuando estaba enfermo.
Eloise se quedó boquiabierta.
-¿Tan enfermo estuviste?
Tal vez le convenía hacerla creer que había estado a las puertas de la muerte, pensó él. Un poco de lástima y preocupación podría funcionar a su favor la próxima vez que necesitara conseguir que lo ayudara en algo.
-Me he sentido mejor -dijo modestamente-. ¿Dónde vas?
Ella ya se había levantado.
-A buscar a madre para conocer a la nueva doncella. Es probable que nos atienda a Francesca y a mí, ahora que no está Marle.
-¿Perdisteis a vuestra doncella?
Ella hizo una mueca.
-Nos dejó por esa odiosa lady Penwood.
Benja no pudo dejar de sonreír al oír ese epíteto. Recordaba muy bien su único encuentro con lady Penwood; él también la había encontrado odiosa.
-Lady Penwood es notoria por maltratar a sus criados. Ya ha tenido tres doncellas este año. Una se la robó a la señora Feathe­rington en sus mismas narices, pero la pobre muchacha sólo duró con ella dos semanas.
Benja escuchó pacientemente la parrafada de su hermana, asombrado por su interés en el tema. Pero por algún extraño moti­vo, le interesaba.
-Marie volverá arrastrándose dentro de una semana, a pedirnos que la recibamos, entiéndeme bien.
-Siempre entiendo bien lo que dices -repuso él-. Pero no siempre me interesa.
-Lamentarás haber dicho eso -replicó ella, apuntándolo con el dedo.
-Lo dudo -dijo él, negando con la cabeza y con una leve son­risa.
-Mmm. Voy a subir.
-Que te diviertas.
Ella le sacó la lengua, ciertamente un gesto nada apropiado para una joven de veintiún años, y salió de la sala.
Benja había logrado disfrutar de tres escasos minutos de soledad cuando oyó pasos en el corredor, rítmicos pasos en direc­ción a la sala de estar. Cuando levantó la vista, estaba su madre en la puerta.
Se puso de pie al instante. Se pueden descuidar ciertos buenos modales con una hermana, pero jamás con la propia madre.
-Te vi los pies sobre la mesa -dijo Violet antes de que él logra­ra abrir la boca.
-Sólo quería abrillantar la superficie con mis botas.
Ella arqueó las cejas y fue a sentarse en el sillón que acababa de desocupar Eloise.
-De acuerdo, Benja -dijo, en un tono extraordinariamente serio-. ¿Quién es?
-¿La señorita Beckett, quieres decir?
Violet hizo un formal gesto de asentimiento.
-No tengo idea, aparte de que trabajaba para los Cavender y su hijo la maltrataba.
Violet palideció.
-¿Quieres decir que él...? Dios mío. ¿La...?
-Creo que no -contestó Benja -, pero no por falta de empeño por parte de él.
-La pobrecilla. Qué suerte para ella que estuvieras tú ahí para salvarla.
Benja descubrió que no quería revivir esa noche en el patio de entrada de los Cavender. Aunque la aventura acabó muy favorablemente, no conseguía dejar de pensar en toda la gama de «¿y si?». ¿Y si no hubiera llegado a tiempo? ¿Y si Cavender y sus amigos hubie­ran estado menos borrachos y hubieran sido más obstinados? Podrían haber violado a Cami. Habrían violado a Cami.
Y ahora que conocía a Cami, y le había tomado afecto, la sola idea le producía escalofríos.
-Bueno -dijo Violet-, no es lo que dice ser. De eso estoy segura.
-¿Por qué dices eso? -preguntó él, enderezando la espalda.
-Es demasiado bien educada para ser una criada. Puede que los empleadores de su madre le hayan permitido asistir a algunas clases con sus hijas, pero ¿a todas? Benja , ¡la muchacha habla francés!
-¿Sí?
-Bueno, de que lo hable, no puedo estar segura -reconoció Violet-, pero la sorprendí mirando un libro escrito en francés que estaba en el escritorio de Francesca.
-Mirar no es lo mismo que leer, madre.
Ella lo miró impaciente.
-Te lo digo, vi cómo movía los ojos. Estaba leyendo.
-Si tú lo dices, debes tener razón.
-¿Eso es un sarcasmo? -preguntó ella, con los ojos entrece­rrados.
-Normalmente diría que sí -respondió él sonriendo-, pero en este caso lo he dicho en serio.
-Tal vez es la hija repudiada de una familia aristocrática -mu­sitó Violet.
-¿ Repudiada?
-Por quedar embarazada -explicó ella.
Benja no estaba acostumbrado a que su madre hablara con tanta franqueza.
-Eh, no -dijo, pensando en la firmeza con que Cami se negó a ser su querida-. No lo creo.
Pero entonces pensó ¿por qué no? Tal vez se negaba a traer al mundo un hijo ilegítimo porque ya había tenido un hijo ilegítimo y no quería repetir el error. De pronto sintió un sabor amargo en la boca. Si Cami había tenido un hijo, quería decir que había tenido un amante.
-O tal vez es la hija ilegítima de un noble -continuó Violet, entusiasmada con la tarea de descubrir la identidad de Cami.
Eso era considerablemente más creíble, pensó él. Y también más aceptable.
-Se podría pensar que él tendría que haber dispuesto para ella fondos suficientes para que no tuviera que trabajar como criada.
-Muchísimos hombres se desentienden totalmente de sus hijos bastardos -dijo Violet, arrugando la nariz, disgustada-. Es nada menos que escandaloso.
-¿Más escandaloso que engendrar hijos bastardos?
La expresión de Violet se tornó muy malhumorada.
-Además -continuó Benja , reclinándose y poniéndose pierna arriba-, si es la hija ilegítima de un noble y él se ocupó de ella tanto como para darle una buena educación cuando era niña, ¿por qué ahora está sin un céntimo?
-Mmm, ése es buen argumento. -Violet se golpeteó la mejilla con el índice, frunció los labios y continuó golpeteándose-. Pero no temas -dijo finalmente-, descubriré su identidad en menos de un mes.
-Te recomiendo que le pidas ayuda a Eloise -dijo Benja, irónico.
-Buena idea -asintió Violet, pensativa-. Esa niña sería capaz de sonsacarle los secretos a Napoleón.
-Tengo que irme -dijo él, levantándose-. Estoy cansado del viaje y quiero llegar a casa.
-Siempre puedes disponer de esta casa.
Él le dirigió una media sonrisa. Nada le gustaba más a su madre que tener a sus hijos cerca.
-Necesito volver a mi morada -dijo, inclinándose a besarla en la mejilla-. Gracias por encontrarle un puesto a Benja .
-¿La señorita Beckett, quieres decir? -preguntó ella, curvando traviesamente los labios.
-Benja , señorita Beckett -dijo él, fingiendo indiferencia-. Llámala como quieras.
Cuando se marchaba, no vio la ancha sonrisa que iluminaba la cara de su madre mirándole la espalda.


Debía evitar llegar a sentirse demasiado a gusto en la casa de lady Bridgerton, pensaba Cami ; después de todo se marcharía tan pron­to como pudiera disponerlo todo. Pero al pasear la vista por su habitación, sin duda la más hermosa que había visto en toda su vida asig­nada a una criada, pensó en la amistosa actitud de lady Bridgerton y en su sonrisa llana...
No pudo evitar desear poder quedarse allí para siempre.
Pero eso era imposible. Eso lo sabía tan bien como sabía que su nombre era Cami Maria Beckett y no Cami Maria Gunningworth.
En primer lugar siempre corría el peligro de encontrarse con Araminta, sobre todo dado que lady Bridgerton la había ascendido de criada a doncella. Como doncella podría tocarle, por ejemplo, hacer el papel de acompañante de las hijas solteras, o acompañar a las señoras en las salidas de la casa. Salidas a lugares tal vez frecuen­tados por Araminta y sus hijas.
Y no le cabía la menor duda de que Araminta encontraría la mane­ra de hacerle la vida un infierno. Araminta la odiaba de una manera que desafiaba toda razón, toda emoción. Si la veía en Londres, no se contentaría con simplemente hacer caso omiso de ella, no. Menti­ría, engañaría y robaría con el solo fin de hacerle la vida más difícil a ella.
Así era el odio de Araminta.
Pero si era sincera consigo misma, el verdadero motivo de que no pudiera continuar en Londres no era Araminta. Era Benja.
¿Como lograría evitar encontrarse con él, viviendo en la casa de su madre? En esos momentos estaba furiosa con él, más que furiosa, la verdad, pero en el fondo sabía que esa furia sería de muy corta duración. ¿Cómo podría resistirse a él día tras día, cuando con sólo verlo le flaqueaban las piernas de anhelo? Algún día él le sonreiría, con esa sonrisa sesgada, y ella tendría que aferrarse a un mueble para no caer derretida al suelo en un patético charco.
Se había enamorado del hombre que no debía. Jamás podría tenerlo según sus condiciones, y de ninguna manera podía aceptar las condiciones de él.
Su situación era irremediable.
Un enérgico golpe en la puerta la salvó de sumirse en pensa­mientos más deprimentes.
-¿Sí?
Se abrió la puerta y entró lady Bridgerton.
Cami se levantó al instante y se inclinó en una venia.
-¿Necesitaba algo, milady?
-No, no, nada. Simplemente quería ver si te estabas instalando. ¿Se te ofrece algo?
Cami pestañeó. ¿Lady Bridgerton le preguntaba a ella si se le ofrecía algo? Una relación señora criada más bien al revés.
-Eh, no, gracias -dijo-. Pero a mí me gustaría servirla en algo.
Lady Bridgerton desechó el ofrecimiento agitando una mano.
-No hay ninguna necesidad. Hoy debes pensar que no tienes nada en qué servirnos. Prefiero que te instales bien primero para que no tengas distracciones cuando comiences.
Cami hizo un gesto hacia su pequeña bolsa.
-No es mucho el equipaje que tengo que deshacer. De verdad, me encantaría comenzar a trabajar inmediatamente.
-Tonterías. Ya estamos casi al final del día, y no tenemos pla­neado salir esta noche. La semana pasada las niñas y yo hemos teni­do que arreglárnoslas con una sola doncella; ciertamente sobrevivi­remos una noche más.
- Pero...
-Basta de discutir, por favor. Un día libre es lo menos que pue­do darte por salvar a mi hijo.
-Hice muy poco. Él se habría puesto bien sin mí.
-De todos modos, cuidaste de él cuando lo necesitaba, y por eso estoy en deuda contigo.
-Para mí fue un placer -repuso Cami -. Era lo menos que podía hacer en gratitud a lo que hizo él por mí.
Entonces, ante su gran sorpresa, lady Bridgerton fue a sentarse en la silla de su escritorio. ¡Tenía un escritorio! Todavía estaba tra­tando de asimilar eso. ¿Qué criada ha tenido alguna vez un escrito­rio en su habitación?
-Bueno, pues, Cami , dime -le dijo lady Bridgerton con una encantadora sonrisa, la que a ella le recordó al instante la sonrisa de lienedict-. ¿De dónde eres?
-Nací en East Anglia -repuso al instante; no veía ningún motivo para mentir en eso. Los Bridgerton eran de Kent; era impro­bable que lady Bridgerton conociera muy bien Norfolk, donde ella se crió-. No muy lejos de Sandrigharn, si sabe dónde está.
-Sí que lo sé. No he estado ahí, pero me han dicho que es un edificio muy hermoso.
-Sí, mucho. Claro que nunca he estado en el interior. Pero el exterior es muy hermoso.
-¿Dónde trabajaba tu madre?
-En Blackheath Hall -mintió, sin que ni siquiera se le enreda­ra la lengua. Le habían hecho esa pregunta muchas veces; hacía tiem­po que le había puesto nombre a su hogar de ficción-. ¿La conoce?
Lady Bridgerton frunció el ceño.
-No. Creo que no.
-Está un poco al norte de Swaffham.
-No, no la conozco -dijo lady Bridgerton negando con la cabeza.
-No muchas personas la conocen -explicó Cami , sonriendo amablemente.
-¿Tienes algún hermano o hermana?
Cami no estaba acostumbrada a que una empleadora deseara saber tantos de sus datos personales; normalmente lo único que les interesaba saber eran referencias y recomendaciones de sus empleos anteriores.
-No -contestó-. Fui hija única.
-Ah, bueno, por lo menos tenías la compañía de las niñas con las que compartías estudios. Eso debe de haber sido agradable para ti.
-Nos divertíamos muchísimo -mintió Cami .
Había sido una tortura estudiar con Rosamund y Posy. Había preferido con mucho las clases cuando estaba sola con su institutriz, antes de que ellas llegaran a Penwood Park.
-He de decir que los empleadores de tu madre fueron muy generosos... mmm, perdón -añadió con el ceño fruncido-, ¿cómo dijiste que era el apellido de la familia?
-Grenville.
Lady Bridgerton volvió a fruncir el ceño.
-No los conozco.
-No suelen venir a Londres.
-Ah, eso lo explica. Pero como decía, fue mucha su generosi­dad al permitirte que estudiaras con sus hijas. ¿Qué estudiaste?
Cami se sintió paralizada; ya no sabía si eso era un interrogato­rio o sólo simple interés de lady Bridgerton. Nadie se había intere­sado jamás en ahondar en el pasado falso que se había inventado.
-Pues, las asignaturas normales; aritmética, literatura, historia, algo de mitología, francés.
-¿Francés? -repitió lady Bridgerton, sorprendida-. Qué interesante. Los tutores de francés suelen ser muy caros.
-La institutriz hablaba francés -explicó Cami -. Por lo tan­to no costaba un precio extra.
-¿Cómo es tu francés?
De ninguna manera podía decirle la verdad, que su francés era perfecto. O casi perfecto, pues hacía mucho tiempo que no lo prac­ticaba y había perdido algo de fluidez.
-Pasable -contestó-. Lo bastante bueno para pasar por cria­da francesa, si eso es lo que desea.
-¡Oh, no! -exclamó lady Bridgerton riendo alegremente-. Cielos, no. Sé que está muy de moda tener criadas francesas, pero jamás te pediría que hicieras tus quehaceres tratando de hablar con acento francés.
-Muy amable de su parte -dijo Cami , procurando que no se le reflejara la desconfianza en la cara.
Estaba segura de que lady Bridgerton era una señora encantado­ra; tenía que ser encantadora para haber criado a una familia tan encantadora. Pero eso era demasiado encanto.
-Bueno, es... ah, buen día, Eloise. ¿Qué te trae por aquí?
Cami miró hacia la puerta y vio a una joven que sólo podía ser una Bridgerton. Llevaba sus abundantes cabellos castaños recogidos en un elegante moño en la nuca, y su boca era ancha y expresiva, igual que la de Benja.
-Benja me dijo que tenemos una nueva doncella -dijo Eloise.
Lady Bridgerton hizo un gesto hacia Cami .
-Ella es Cami Beckett. Estábamos charlando. Creo que nos vamos a llevar a las mil maravillas.
Eloise miró a su madre algo extrañada, o al menos a Cami le pareció que su expresión era de extrañeza. Era posible que Eloise siempre mirara a su madre con cierta desconfianza, algo confusa, de soslayo. Pero algo la hizo pensar que no era así.
-Mi hermano me ha dicho que le salvaste la vida -dijo Eloise volviéndose hacia ella.
-Exagera -dijo, con una leve sonrisa.
Eloise la miró con una expresión extrañamente atenta, y Cami tuvo la clara sensación de que le estaba analizando la sonrisa, inten­tando discernir si quería ridiculizar a Benja, y en ese caso, si era en broma o con mala intención.
El momento pareció alargarse y de pronto Eloise curvó los labios de una manera sorprendentemente astuta.
-Creo que mi madre tiene razón. Nos vamos a llevar a las mil maravillas.
Cami tuvo la impresión de que acababa de aprobar una especie de examen fundamental.
-¿Ya conoces a Francesca y Hyacinth? -le preguntó Eloise. Negó con la cabeza, justo en el momento en que lady Bridgerton decía:
-No están en casa. Francesca fue a visitar a Daphne y Hyacinth está en casa de las Featherington. Parece que ya hizo las paces con Felicity y vuelven a ser inseparables.
-Pobre Penelope -rió Eloise-. Creo que le gustaba la relati­va paz y silencio que disfrutaba en ausencia de Hyacinth. Sé que yo disfrutaba de la ausencia de Felicity.
-Mi hija Hyacinth -explicó lady Bridgerton a Cami - suele encontrarse con más frecuencia que menos en la casa de su mejor amiga Felicity Featherington. Y cuando ella no está ahí, se puede encontrar a Felicity aquí.
Cami sonrió y asintió, nuevamente tratando de entender por qué le contaban esos detalles a ella. La trataban como si fuera de la familia, algo que no le había ocurrido jamás en su propia familia.
Era muy extraño.
Extraño y maravilloso.
Extraño, maravilloso y horrible.
Porque no duraría.
Pero tal vez podría quedarse un tiempo. No mucho. Unas cuan­tas semanas, tal vez incluso un mes. El tiempo suficiente para orde­nar sus asuntos y pensamientos. El tiempo suficiente para relajarse y simular que era algo más que una sirvienta.
Jamás podría formar parte de la familia Bridgerton. Pero tal vez si podría ser una amiga.
Y hacía tanto tiempo que no había sido amiga de nadie.
-¿Te pasa algo, Cami ? -le preguntó lady Bridgerton-. Tie­nes una lágrima en el ojo.
Cami negó con la cabeza.
-Una mota de polvo -dijo y se apresuró a fingir que estaba ocupada sacando las cosas de su bolsa.
Se dio cuenta de que no la creyeron, pero no le importó mucho.
Y aun cuando no tenía idea de adónde pretendía ir a partir de ese momento, tuvo la rarísima sensación de que acababa de comenzar su vida.


Capítulo 15


Esta cronista es de la muy certera opinión de que a la mitad masculi­na de la población no le interesará la parte que viene a continuación, de modo que todos tenéis permiso para saltaros esto y pasar a la siguiente sección de la columna. Las señoras, sin embargo, permitid que esta cronista sea la primera en informaros que no hace mucho la familia Bridgerton fue arrastrada a la batalla por las criadas que ha hecho furor toda la temporada entre lady Penwood y la señora Feat­herington. Parece ser que la doncella que atendía a las hijas Bridger­ton ha desertado a favor de las Penwood, para reemplazar a la doncella que volvió corriendo a la casa Featherington después de que lady Penwood la obligara a limpiar trescientos pares de zapatos.
Otra noticia relativa a los Bridgerton es que Benjamin Bridgerton ciertamente está de vuelta en Londres. Parece que cayó enfermo estando en el campo y prolongó su estancia allí. Ojalá hubiera una explicación más interesante sobre todo cuando uno, como esta cro­nista, depende de historias interesantes para ganarse la vida, pero lamentablemente, eso es todo lo que hay.

Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 14 de mayo de 1817.


A la mañana siguiente Cami ya conocía a cinco de los hermanos de Benja. Eloise, Francesca y Hyacinth vivían en la casa con su madre; Anthony había ido con su hijo menor a desayunar, y Daph­ne, que era la duquesa de Hasting, había acudido a la llamada de lady Bridgerton para ayudarla a planificar el baile de fin de tempo­rada. Los únicos Bridgerton que le faltaba por conocer eran Gre­gory, que estaba en Eton, y Colin, el cual, según palabras de An­thony, estaba sólo Dios sabía dónde.
Aunque, si había de ser más exacta, a Colin ya lo conocía; lo conoció en el baile de máscaras. La aliviaba bastante que estuviera fuera de la ciudad. Dudaba de que la reconociera, después de todo Benja no la había reconocido. Pero encontraba estresante e inquietante la idea de encontrarse nuevamente con él.
Como si eso importara, pensó, pesarosa. Todo le resultaba muy estresante e inquietante ese último tiempo.
No se llevó la menor sorpresa cuando Benja se presentó en casa de su madre esa mañana a tomar el desayuno. Ella podría haber­lo eludido totalmente si él no hubiera estado ganduleando en el corredor cuando ella iba de camino a la cocina, donde pensaba hacer su comida de la mañana con los demás criados.
-¿Y cómo fue tu primera noche en Bruton Street número seis? -le preguntó, con esa sonrisa perezosa y masculina.
-Espléndida -respondió ella, dando un paso a un lado para hacer un amplio círculo al pasar por su lado.
Pero al dar ella el paso a la izquierda él dio un paso a la derecha y le bloqueó el camino.
-Me alegra que lo estés pasando bien.
Ella dio un paso a la derecha.
-Estaba -dijo intencionadamente.
Él era demasiado cortés para dar un paso a la izquierda, pero se las arregló para girarse y apoyarse en una mesa de tal forma que nue­vamente le impidió pasar.
-¿Te han enseñado la casa? -le preguntó.
-El ama de llaves.
-¿Y el parque?
-No hay parque.
Él sonrió, sus ojos castaños cálidos y seductores.
-Hay un jardín.
-Más o menos del tamaño de un billete de libra -replicó ella.
-Sin embargo...
-Sin embargo debo tomar el desayuno -lo interrumpió ella.
Él se hizo a un lado gallardamente.
-Hasta la próxima vez -susurró.
Y Cami tuvo la angustiosa sensación de que la próxima vez lle­garía muy pronto.
Treinta minutos después, Cami salió lentamente de la cocina, medio esperando que Benja apareciera de repente por una esqui­na. Bueno, tal vez no medio esperando. A juzgar por la dificultad que sentía para respirar, lo más probable era que toda ella esperara.
Pero él no apareció.
Continuó avanzando. Seguro que bajaría corriendo la escalera en cualquier momento, avasallándola con su presencia.
Benja continuó sin aparecer.
Abrió la boca y alcanzó a morderse la lengua, al darse cuenta de que estaba a punto de decir su nombre.
-Niña estúpida -masculló.
-¿Quién es estúpida? -le preguntó Benja-. Tú no, supongo.
Cami pegó un salto de más de un palmo.
-¿De dónde has salido? -le preguntó cuando ya casi había recuperado el aliento.
Él señaló una puerta abierta.
-De ahí -dijo él, su voz toda inocencia.
-¿Así que ahora me metes sustos saliendo de los armarios?
-Noo -repuso él, ofendido-. Ésa es una escalera.
Cami se asomó por un lado de él. Era la escalera lateral, la esca­lera de los criados. Ciertamente no era ése un lugar para que se pa­searan los miembros de la familia.
-¿Acostumbras a bajar a hurtadillas por la escalera de servicio? -le preguntó, cruzándose de brazos.
Él se le acercó, justo lo suficiente para hacerla sentir ligeramen­te incómoda y, aunque eso no lo reconocería jamás ante nadie, ni siquiera ante sí misma, ligeramente excitada.
-Sólo cuando quiero escabullirme de alguien.
-Tengo trabajo que hacer -dijo ella, intentando pasar por su lado.
-¿Ahora?
-Sí, ahora -contestó entre dientes.
-Pero si Hyacinth está tomando el desayuno. No puedes arre­glarle el pelo mientras come.
-También atiendo a Francesca y Eloise.
Él se encogió de hombros, sonriendo inocentemente.
-También están desayunando. De verdad, no tienes nada que hacer.
-Lo cual indica lo poco que sabes de trabajar para vivir -repli­có ella-. Tengo que planchar, remendar, abrillantar...
-¿Te hacen pulir la plata?
-¡Zapatos! -dijo ella, casi gritando-. Tengo que abrillantar zapatos.
-Ah. -Apoyó un hombro en la pared y se cruzó de brazos-. Eso parece aburrido.
-«Es» aburrido -repuso ella, tratando de desentenderse de las lágrimas que le escocían los ojos.
Sabía que su vida era aburrida, pero le dolía oírlo decir a otra persona.
Él curvó la comisura de la boca en una perezosa y seductora son­risa.
-Tu vida no tiene por qué ser aburrida, lo sabes.
-La prefiero aburrida -espetó ella, intentando pasar.
Él movió el brazo hacia un lado en un amplio gesto, invitándola a pasar.
-Si así es como la deseas.
-Así la deseo -dijo ella, pero las palabras no le salieron con la firmeza que habría querido-. Así la deseo -repitió.
Ah, bueno, no le servía de nada mentirse a sí misma. No desea­ba esa vida, no. Pero así tenía que ser.
-¿Quieres convencerte tú, o convencerme a mí? -le preguntó él dulcemente.
-No te voy a honrar con una respuesta -replicó ella, pero no lo miró a los ojos al decirlo.
-Será mejor que subas, entonces -dijo él, y arqueó una ceja al ver que ella no se movía-. Seguro que tienes muchísimos zapatos por limpiar.
Cami subió corriendo la escalera, la de los criados, sin mirar atrás.
La vez siguiente Benja la encontró en el jardín, ese trozo verde del que ella se burlara acertadamente comparando su tamaño con un billete de libra. Las hermanas Bridgerton habían ido a visitar a las hermanas Featherington, y lady Bridgerton estaba durmiendo una siesta. Cami ya había planchado todos los vestidos y los tenía listos para el evento social de esa noche, había elegido cintas para el pelo que hicieran juego con cada vestido, y limpiado zapatos suficientes para toda la semana.
Terminado su trabajo, decidió tomarse un corto descanso e ir a leer en el jardín. Lady Bridgerton le había dicho que podía coger los libros que quisiera de su pequeña biblioteca, de modo que eligió una novela de reciente publicación y se instaló a leerla en un sillón de hie­rro forjado en el pequeño patio. Sólo llevaba leído un capítulo cuan­do oyó pasos provenientes de la casa. Consiguió no levantar la vista hasta cuando la cubrió una sombra. Previsiblemente, era Benja.
-¿Vives aquí? -le preguntó, sarcástica.
-No -repuso él, sentándose en el sillón del lado-, aunque mi madre vive diciéndome aquí que me sienta en casa.
A ella no se le ocurrió ninguna réplica ingeniosa de modo que se limitó a emitir un «mmm» y volvió a meter la nariz en el libro.
Él apoyó los pies en la mesilla que había delante.
-¿Y qué estás leyendo hoy?
-Esa pregunta -contestó ella cerrando el libro pero dejando el dedo para marcar la página- da a entender que «estoy» leyendo, lo cual te aseguro que no puedo hacer mientras estás sentado aquí.
-Así de irresistible es mi presencia, ¿eh?
-Así de perturbadora.
-Eso es mejor que aburrida -observó él.
-Me gusta mi vida aburrida.
-Si te gusta tu vida aburrida, significa que no entiendes la natu­raleza de la emoción.
Su tono de superioridad la indignó. Aferró el libro con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.
-Ya he tenido suficiente emoción en mi vida -replicó entre dientes-. Te lo aseguro.
-Me encantaría participar más en esta conversación -dijo él con voz arrastrada-, pero tú no has considerado conveniente con­tarme ningún detalle de tu vida.
-No ha sido por descuido.
Él chasqueó la lengua, desaprobador.
-Qué hostilidad.
Ella lo miró con los ojos agrandados.
-Me raptaste.
-Te coaccioné.
-¿Quieres que te golpee?
-No me importaría -contestó él, mansamente-. Además, ahora que estás aquí, ¿de verdad fue tan terrible que te haya intimi­dado para que vinieras? Te gusta mi familia, ¿verdad?
-Sí, pero...
-Y te tratan bien, ¿verdad?
-Sí, pero...
-¿Entonces cuál es el problema? -le preguntó él en tono más arrogante.
Cami casi perdió los estribos. Estuvo a punto de levantarse de un salto, cogerlo por los hombros y sacudirlo, sacudirlo y sacu­dirlo, pero en el último instante comprendió que eso era exacta­mente lo que quería él. Por lo tanto, se limitó a sorber por la nariz y decir:
-Si no eres capaz de reconocer tú el problema, no tengo mane­ra de explicártelo.
Él se echó a reír, el maldito.
-Buen Dios, ésa ha sido una hábil evasiva.
Ella abrió el libro.
-Estoy leyendo.
-Tratando al menos.
Ella pasó la página, aunque no había leído los dos últimos párra­fos. La verdad era que sólo quería aparentar indiferencia a él, ade­más, siempre podía retroceder y leerlos cuando él se hubiera marchado.
-Tienes el libro del revés -observó él.
Ella ahogó una exclamación y miró el libro.
-¡Está bien!
-Pero tuviste que mirarlo para comprobarlo, ¿no? -dijo él sonriendo guasón.
-Voy a entrar -anunció ella, levantándose.
Él se levantó al instante.
-¿Y vas a dejar este espléndido aire de primavera?
-Y a ti -replicó ella, aunque no le pasó inadvertido su gesto de respeto y cortesía. Los caballeros no solían levantarse por simples criadas.
-Ten piedad -susurró él-. Lo estaba pasando tan bien.
Ella pensó cuánto daño le haría si le arrojaba el libro. Tal vez no lo suficiente para compensar su pérdida de dignidad. La asombraba la facilidad con que él la enfurecía. Lo amaba desesperadamente, ya hacía tiempo que había dejado de mentirse respecto a eso, y sin embargo él era capaz de hacerle temblar de rabia todo el cuerpo con sólo una insignificante pulla.
-Adiós, señor Bridgerton.
-Hasta luego -respondió él haciéndole un gesto de despedida.
Cami se detuvo, nada segura de que le gustara esa indiferente despedida.
-Creí que te marchabas -dijo él, con expresión levemente divertida.
-Y me voy -insistió ella.
Él ladeó la cabeza pero no dijo nada. No tenía para qué. La expresión vagamente burlona de sus ojos hablaba con bastante elo­cuencia.
Ella se dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta que lleva­ba al interior, pero cuando estaba a mitad de camino, lo oyó decir:
-Tu vestido nuevo es muy bonito.
Se detuvo y suspiró. Bien podía haber pasado de falsa pupila de un conde a una simple doncella, pero los buenos modales eran bue­nos modales, y de ninguna manera podía hacer caso omiso de un cumplido. Girándose dijo:
-Gracias. Me lo regaló tu madre. Creo que era de Francesca.
Él se apoyó en la reja en una postura engañosamente perezosa.
-Es una costumbre, ¿verdad?, regalar vestidos a la doncella.
Ella asintió.
-Cuando ya están bien usados, lógicamente. Nadie regalaría un vestido nuevo.
- Comprendo.
Ella lo observó desconfiada, pensando por qué demonios le importaba el estado de su vestido.
-¿No querías entrar?
-¿Qué te traes entre manos?
-¿Por qué crees que me traigo algo entre manos?
Ella frunció los labios y dijo:
-No serías tú si no estuvieras tramando algo.
-Creo que ése ha sido un cumplido -dijo él, sonriendo.
-No necesariamente; no era ésa la intención.
-De todos modos, lo tomo como cumplido -dijo él mansa­mente.
Ella no encontró una buena respuesta, así que no dijo nada. Tampoco avanzó hacia la puerta; no sabía por qué, puesto que había expresado muy claramente su deseo de estar sola. Pero sus palabras y sus sentimientos no siempre coincidían. En su corazón, suspiraba por ese hombre, soñaba con una vida que no podía ser.
No debería estar tan enfadada con él, pensó. Él no debería haberla obligado a venir a Londres en contra de sus deseos, cierto, pero no podía culparlo por haberle ofrecido el puesto de querida. Había hecho lo que habría hecho cualquier hombre de su posición. Ella no se hacía ninguna ilusión respecto a su lugar en la sociedad londinense. Era una criada, una sirvienta. Y lo único que la distin­guía de los demás sirvientes era que había conocido el lujo de niña. La habían educado como a aristócrata, aun cuando fuera sin amor, y esa experiencia había configurado sus ideales y valores. Ahora esta­ba clavada para siempre entre dos mundos sin ningún lugar claro en ninguno de los dos.
-Estás muy seria -dijo él dulcemente.
Cami lo oyó, pero ya no pudo apartar la mente de sus pensa­mientos.
Benja se le acercó. Alargó la mano para tocarle la barbilla, pero se contuvo y la retiró. En ese momento había en ella un algo que la hacía intocable, inalcanzable.
-No soporto verte tan triste -le dijo.
Sus palabras lo sorprendieron. No había sido su intención decir­le nada; simplemente se le escaparon de los labios.
Entonces ella lo miró.
-No estoy triste.
Él hizo un movimiento de negación con la cabeza, casi imper­ceptible.
-Hay una pena profunda en tus ojos. Rara vez desaparece.
Ella se tocó la cara, como si pudiera tocar esa pena, como si fue­ra sólida, como si se la pudiera quitar con una fricción.
Benja le cogió la mano y la llevó a sus labios.
-Ojalá quisieras hacerme partícipe de tus secretos.
-No tengo ningún...
-No me mientas -dijo él, en tono más duro que el que hubie­ra querido-. Tienes más secretos que todas las mujeres que... se interrumpió bruscamente, porque por su mente pasó como un relámpago la imagen de la mujer del baile de máscaras-. Más que casi todas las mujeres que conozco -concluyó.
Ella lo miró a los ojos por un brevísimo instante y desvió la vista.
-No hay nada malo en tener secretos. Si yo decidiera...
-Tus secretos te están comiendo viva -la interrumpió él con brusquedad. No quería estar ahí escuchando sus justificaciones, y la frustración estaba acabando con su paciencia-. Tienes la oportuni­dad de cambiar tu vida, de alargar la mano para coger la felicidad, pero no quieres hacerlo.
-No puedo -repuso ella.
La aflicción que él detectó en su voz, casi lo acobardó.
-Tonterías -dijo-. Puedes hacer lo que quieras. Lo que pasa es que no quieres hacerlo.
-No me pongas esto más difícil de lo que ya es -musitó ella.
Al oírla decir eso, algo se quebró dentro de él. Fue una extraña sensación, palpable, como de explosión, que le desencadenó un torrente de sangre que alimentó la rabia de frustración que llevaba hirviendo a fuego lento dentro de él desde hacía días.
-¿Crees que para mí no es difícil? ¿Crees que no es difícil?
-¡No he dicho eso!
Le cogió la mano y la acercó a él, estrechándola contra su cuer­po para que comprobara por sí misma lo terriblemente excitado que estaba.
-Ardo por ti -susurró, rozándole la oreja con los labios-. Todas las noches me paso horas despierto en la cama, pensando en ti, pensan­do por qué demonios estás en la casa de mi madre y no conmigo.
-Yo no quería...
-No sabes lo que quieres -interrumpió él.
Ésa era una afirmación cruel, tremendamente desdeñosa, pero ya no le importaba. Ella lo había herido de una manera que no habría creído posible, con una potencia de la que no la habría imaginado poseedora. Ella había preferido una vida de pesado trabajo a una vida con él, y ahora él estaba condenado a verla casi cada día, a ver­la, saborearla y olerla justo lo suficiente para mantener vivo y fuer­te su deseo.
Y él mismo tenía la culpa, desde luego. Podría haberla dejado quedarse en el campo, podría haberse ahorrado esa dolorosa tortu­ra. Pero se había sorprendido a sí mismo insistiendo en que viniera con él a Londres. Era extraño, y sentía casi miedo de analizar lo que significaba, pero su necesidad de saber que estaba segura y protegi­da era superior a su necesidad de tenerla para él.
Ella musitó su nombre y él detectó anhelo en su voz; entonces comprendió que él no le era indiferente. Tal vez ella no entendía bien lo que era desear a un hombre, pero lo deseaba.
Le capturó la boca con la suya, prometiéndose al hacerlo que si ella decía no, si hacía cualquier tipo de indicación de que no desea­ba ese beso, no continuaría. Sería lo más difícil que habría hecho en toda su vida, pero lo haría.
Pero ella no dijo no, ni se apartó de él, ni lo empujó para sepa­rarlo, ni de debatió. Lo que hizo fue enredar los dedos en su pelo y abrir los labios. Él no supo por qué de pronto ella había decidido permitirle besarla, no, «besarlo», pero de ninguna manera iba a sepa­rar los labios de los de ella para preguntarlo.
Aprovechó el momento, saboreándola, bebiéndola, inspirándo­la. Ya no estaba tan seguro de ser capaz de convencerla de conver­tirse en su amante, por lo que era imperioso que ese beso fuera algo más que un beso. Podría tener que durarle toda la vida.
La besó con renovado vigor, desentendiéndose de una molesta vocecita que dentro de la cabeza le decía que ya había estado en esa situación, que ya había ocurrido eso antes. Dos años atrás había bai­lado con una mujer, la había besado, y ella le dijo que tendría que poner toda una vida en un solo beso.
Él pecó de excesiva confianza entonces. No creyó a la mujer; y la perdió, tal vez lo perdió todo. Desde entonces, no había vuelto a conocer a nadie con quien pudiera imaginarse construir una vida.
Hasta conocer a Cami .
A diferencia de la dama del vestido plateado, Cami no era una mujer con la que pudiera esperar casarse, pero también a diferencia de esa dama, estaba allí.
Y él no le iba a permitir marcharse.
Estaba ahí, con él, y era como tener el cielo. El delicado aroma de su pelo, el sabor ligeramente salado de su piel, toda ella, estaba hecha para reposar en sus brazos. Y él había nacido para tenerla abrazada.
-Vente a casa conmigo -le susurró al oído.
Ella no contestó, pero él la sintió tensarse.
-Vente a casa conmigo -repitió.
-No puedo -susurró ella, haciéndolo sentir su suave aliento en la piel.
- Puedes.
Ella negó con la cabeza pero no se apartó, por lo que él aprove­chó el momento y volvió cubrirle la boca con la suya. Introdujo la lengua y exploró los recovecos de su boca, saborando su esencia. Su mano buscó y encontró el montículo de su pecho y lo apretó suave­mente; tuvo que contener el aliento al oírla gemir de placer. Pero eso no le bastaba. Deseaba sentir su piel, no la tela del vestido.
Pero ése no era el lugar. Estaban en el jardín de su madre, por el amor de Dios. Cualquiera podía pasar por ahí, y la verdad, si no la hubiera llevado hacia el escondite del lado de la puerta, cualquiera podría haberlos visto. Ése era el tipo de cosa que podría ser causa de que Cami perdiera el trabajo.
Tal vez debería llevarla al lugar donde todos pudieran verlos, porque entonces ella quedaría desamparada nuevamente y no ten­dría más remedio que convertirse en su querida.
Que era justamente lo que él deseaba, recordó.
Pero entonces se le ocurrió, y francamente lo sorprendió el hecho de tener el aplomo necesario para que se le ocurriera algo en ese momento, que una parte del motivo de que se preocupara tanto por ella, era el sólido sentido de identidad que tenía ella. Sabía quién era y, por desgracia para él, esa persona no se salía de los límites de la sociedad respetable.
Si la deshonraba tan públicamente, delante de personas a las que ella admiraba y respetaba, le rompería el alma. Y eso sería un crimen imperdonable.
Se apartó lentamente. Seguía deseándola, seguía deseando que fuera su amante, pero no debía forzar las cosas comprometiéndola en la casa de su madre. Cuando ella se entregara a él, y se entregaría, se prometió, sería libremente, por propia voluntad.
Mientras tanto, la cortejaría, la conquistaría. Mientras tanto...
-Has parado -susurró ella, sorprendida.
-Éste no es el lugar.
Por un instante, ella no cambió la expresión. De pronto, como si alguien le estuviera cubriendo la cara con un velo, la expresión pasó a ser de horror. Le comenzó en los ojos, que se agrandaron enorme­mente y el color verde se hizo más intenso que lo habitual, luego le llegó a la boca, que se entreabrió para poder tomar aire y ahogar una exclamación.
-No pensé -dijo, más para sí misma que para él.
-Lo sé -sonrió él-. Me fastidia cuando piensas. Siempre aca­ba mal para mí.
-No podemos volver a hacer esto.
-Ciertamente no podemos hacerlo «aquí».
-No, quiero decir...
-No lo estropees.
-Pero...
-Compláceme, dejándome creer que la tarde acabó sin que me dijeras que esto no volverá a ocurrir.
-Pero...
Él le puso un dedo en los labios.
-No me estás complaciendo.
-Pero...
-¿No me merezco esta pequeña fantasía?
Con eso lo logró. Ella sonrió.
-Eso. Eso está mejor.
A ella le temblaron los labios y luego, asombrosamente, ensan­chó la sonrisa.
-Excelente -musitó él-. Bueno, ahora me voy. Y sólo tienes una tarea mientras me marcho. Te quedarás aquí y continuarás son­riendo. Porque me rompe el corazón ver cualquier otra expresión en tu cara.
-No podrás verme -observó ella.
-Lo sé -dijo él acariciándole la mejilla.
Y acto seguido, antes de que ella cambiara esa expresión, encan­tadora combinación de conmoción y adoración, se marchó.

Capítulo 16

Ayer noche los Featherington ofrecieron una cena y, aunque esta cro­nista no tuvo el privilegio de asistir, se ha comentado que la velada fue todo un éxito. Asistieron tres Bridgerton, pero, por desgracia para las señoritas Featherington, ninguno de la variedad masculina. Esta­ba ahí el siempre encantador Javier Berbrooke, dedicando gran aten­ción a la señorita Philippa Featherington.
Esta cronista se ha enterado de que fueron invitados Benja y Colin Bridgerton, pero tuvieron que enviar sus excusas.

Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 19 de mayo de 1817.


A medida que los días se fundían en una semana, Cami fue des­cubriendo que trabajar para las Bridgerton podía mantener ocupa­dísima a una muchacha. Su trabajo de doncella consistía en atender a las tres hijas solteras, por lo que sus días estaban repletos, entre peinarlas, arreglar ropa, planchar vestidos, lustrar zapatos, etcétera. No había salido de casa ni una sola vez, a no ser que contara los mo­mentos que pasaba en el jardín de atrás.
Pero si la vida en casa de Araminta había sido triste, monótona y humillante, en la casa de las Bridgerton abundaban las risas y las sonrisas. Las niñas reñían y se tomaban el pelo entre ellas, pero nun­ca con la crueldad con que ella había visto a Rosamund tratar a Posy. Y citando el té era informal, en la sala de estar de arriba, y sólo esta­ ban presentes lady Bridgerton y sus hijas, a ella siempre la invitaban a participar. Normalmente ella llevaba su cesta de costuras, para remendar, zurcir o pegar botones mientras las otras charlaban, pero era maravilloso poder estar sentada allí, bebiendo té con leche fres­ca, en una fina taza, y panecillos calientes. Y pasados unos días, se sentía tan a gusto que comenzó intervenir en la conversación. La hora del té se había convertido en su favorita.
Una tarde, alrededor de una semana después de lo que ella había comenzado a llamar «el gran beso», Eloise preguntó:
-¿Dónde creéis que podría estar Benja ?
-¡Ay!
Cuatro caras Bridgerton se giraron hacia Cami.
-¿Te sientes mal? -le preguntó lady Bridgerton, con la taza detenida a medio camino entre el platillo y su boca.
-Me pinché el dedo -contestó Cami, haciendo una mueca.
Los labios de lady Bridgerton se curvaron en una misteriosa son­risita.
-Madre te ha dicho -dijo Hyacinth, de catorce años- por lo menos mil veces..
-¿Mil veces? -preguntó Francesca con las cejas arqueadas.
-Cien veces -corrigió Hyacinth, mirando furiosa a su herma­na- que no tienes que traer tus remiendos al té.
Cami tuvo que reprimir una sonrisa.
-Me sentiría una holgazana si no los trajera -dijo.
-Bueno, yo no voy a traer mi bordado -declaró Hyacinth, aunque nadie le había pedido que lo trajera.
-¿Te sientes una holgazana? -le preguntó Francesca.
-Ni lo más mínimo replicó Hyacinth.
-Has hecho sentirse holgazana a Hyacinth -dijo Francesca a Cami.
- ¡No me siento holgazana! -protestó Hyacinth.
-Llevas bastante tiempo trabajando en el mismo bordado, Hyacinth -dijo lady Bridgerton, después de acabar de tragar un sorbo de té-. Desde febrero, si no me falla la memoria.
-Nunca le falla la memoria -explicó Francesca a Cami.
Hyacinth dirigió una mirada furibunda a Francesca, que sonrió a su taza de té.
Cami tosió para ocultar su sonrisa. Francesca, que a sus veinte años era sólo un año menor que Eloise, tenía un sentido del humor pícaro y provocador. Algún día Hyacinth estaría a su altura, pero aún no había llegado ese momento.
-Nadie ha contestado mi pregunta -terció Eloise, dejando la taza en el plato con un fuerte clac-. ¿Dónde está Benja ? No lo veo desde hace siglos.
-Hace una semana -enmendó lady Bridgerton.
- ¡Ay!
-¿No te has puesto el dedal? -preguntó Hyacinth a Cami.
-Normalmente no soy tan torpe -masculló Cami.
Lady Bridgerton se llevó la taza a la boca y la mantuvo ahí un buen rato.
Cami apretó los dientes y reanudó su trabajo con renovado brío. La sorprendía mucho que Benja no se hubiera presentado en la casa en toda la semana, desde el «gran beso». Se había sorpren­dido asomándose a las ventanas, metiendo la nariz en los rincones, siempre con la esperanza de verle.
Pero él no estaba nunca.
No sabía discernir si se sentía decepcionada o aliviada. O las dos cosas. Las dos cosas, ciertamente, concluyó, exhalando un suspiro.
-¿Has dicho algo, Cami? -le preguntó Eloise.
-No -repuso ella, negando con la cabeza, pero sin apartar los ojos de su pobre índice maltratado.
Arrugando la nariz se apretó la yema y vio formarse lentamente una gotita de sangre.
-¿Dónde está? -insistió Eloise.
-Benja tiene treinta años -dijo lady Bridgerton apacible­mente-. No tiene por qué informarnos de todas sus actividades.
Eloise emitió un fuerte bufido.
-Eso es un cambio radical respecto a la semana pasada, madre -comentó.
-¿Qué quieres decir?
-«¿Dónde está Benja?» -remedó Eloise, en una buena imi­tación de su madre-. «¿Cómo se atreve a marcharse sin decir pala­bra? Es como si hubiera desaparecido de la faz de la Tierra.»
-Eso era diferente -dijo lady Bridgerton.
-¿En qué? -preguntó Francesca, que tenía puesta su habitual sonrisa guasona.
-Había dicho que iría a la fiesta de ese horrendo muchacho Cavender, y después no volvió, mientras que esta vez... -se inte­rrumpió y frunció los labios-. ¿Y por qué habría de explicaros mis motivos?
-No logro imaginarlo -masculló Cami.
Eloise, que estaba a su lado, se atragantó con el té.
Francesca se apresuró a darle unas palmadas en la espalda y se inclinó a preguntar:
-¿Dijiste algo, Cami?
Negando con la cabeza, Cami enterró la aguja para dar la siguiente puntada en el dobladillo que estaba repasando y erró total­mente el blanco.
Eloise la miró de reojo, bastante extrañada.
Lady Bridgerton se aclaró la garganta.
-Bueno, creo que... -se interrumpió y ladeó la cabeza-. Oye, ¿hay alguien en el corredor?
Ahogando un gemido, Cami miró hacia la puerta, esperando ver entrar al mayordomo. Wickham siempre la miraba desaproba­dor antes de decir cualquier recado o noticia que llevara. No apro­baba que la doncella tomara el té con las señoras de la casa, y si bien nunca expresaba su opinión sobre el asunto delante de las Bridger­ton, rara vez se tomaba la molestia de impedir que se le reflejara la opinión en la cara.
Pero no fue Wickham el que apareció en la puerta, sino Benja.
-¡Benja! -exclamó Eloise levantándose al instante-. Justa­mente estábamos hablando de ti.
-¿Ah, sí? -dijo él, mirando a Cami.
-Yo no -masculló ella.
-¿Dijiste algo, Cami? -preguntó Hyacinth.
-¡Ay!
-Tendré que quitarte esa costura -dijo lady Bridgerton son­riendo divertida-. Habrás perdido una pinta de sangre cuando haya acabado el día.
Cami dejó a un lado la costura disponiéndose a levantarse.
-Iré a buscar un dedal.
-¡¿No tienes dedal?! -exclamó Hyacinth-. Yo jamás soñaría ron remendar algo sin un dedal.
-¿Y alguna vez has soñado con remendar? -le preguntó Fran­cesca, sonriendo burlona.
Hyacinth le dio un puntapié, con lo que casi volcó el servicio de té.
-¡Hyacinth! -la regañó lady Bridgerton.
Cami miró hacia la puerta, tratando de fijar los ojos en cual­quier cosa que no fuera Benja. Se había pasado toda la semana deseando verlo, y ahora que estaba ahí, lo único que deseaba era escapar. Si le miraba a la cara, su mirada se desviaría inevitablemen­te hacia sus labios, y si le miraba los labios, sus pensamientos irían inmediatamente a ese beso, y si pensaba en ese beso...
-Necesito ese dedal -dijo, levantándose de un salto. Había ciertas cosas que no se debían pensar en público.
-Eso dijiste -comentó Benja, alzando una ceja en un arco perfecto, y perfectamente arrogante.
-Está abajo -explicó ella-, en mi habitación.
-Pero si tu habitación está arriba -observó Hyacinth.
Cami la habría matado.
-Eso fue lo que dije -dijo ella entre dientes.
-No dijiste eso -rebatió Hyacinth, muy segura.
-Sí, dijo eso -afirmó lady Bridgerton-. Yo la oí.
Cami giró la cabeza para mirar a lady Bridgerton y al instante comprendió que ésta había mentido.
-Tengo que ir a buscar ese dedal -dijo, más o menos por ené­sima vez.
Corrió hacia la puerta, atragantándose con la saliva al acercarse a Benja.
-No querría que te hicieras daño -dijo él, haciéndose a un lado para dejarla pasar por la puerta. Pero cuando ella pasó, se le acercó un poco y susurró-: Cobarde.
Ella sintió arder las mejillas, y cuando ya había bajado media escalera, cayó en la cuenta de que tenía que haber subido a su habi­tación. Maldición, no deseaba volverse y pasar nuevamente junto a Benja. Lo más probable era que él continuara de pie en la puerta, y curvaría los labios cuando ella pasara, en una de esas sonrisas levemente burlonas, levemente seductoras que siempre conseguían qui­tarle el aliento.
Qué desastre. De ninguna manera podía continuar en esa casa. ¿Como podría continuar con lady Bridgerton cuando cada vez que veía a Benja se le licuaban las rodillas? Sencillamente no tenía la fuerza. Él la conquistaría, la haría olvidar todos sus prin­cipios, todos sus juramentos. Tendría que marcharse. No tenía otra opción.
Y eso era terrible también, porque le gustaba trabajar para las hermanas Bridgerton. La trataban como a un ser humano, no como a un caballo de tiro. Le hacían preguntas y parecían interesarse en sus respuestas.
Ella no era una de ellas, cierto, jamás lo sería, pero ellas le hacían fácil imaginar, simular, que lo era.
Y por encima de todo, lo único que de verdad había deseado en su vida era una familia.
Con las Bridgerton, casi podía simular que tenía una familia.
-¿Te has extraviado?
Levantó la vista y vio a Benedict en lo alto de la escalera, apoya­do despreocupadamente en la pared. Miró el suelo y cayó en la cuen­ta de que seguía a mitad de la escalera.
-Voy a salir.
-¿A comprar un dedal?
-Sí -respondió ella, retadora.
-¿No necesitas dinero?
Podía mentirle y decirle que llevaba dinero en el bolsillo o decir­le la verdad y dejar al descubierto la patética tonta que era. O igual podía bajar corriendo la escalera y salir de la casa. Ésa era la salida cobarde, pero...
-Tengo que irme -masculló, y bajó tan rápido que se olvidó de que debía salir por la puerta de servicio.
Atravesó corriendo el vestíbulo, abrió la pesada puerta y bajó a tropezones la escalinata de entrada. Al tocar sus pies la acera, giró en dirección norte, no por ningún motivo en particular, sino simple­mente porque tenía que ir a alguna parte. Y entonces oyó una vor. Una voz chillona, horrible, espantosa.
Dios santo, era la voz de Araminta.
Se le paró el corazón. Corrió hacia la pared y se apretó contra ella. Araminta estaba mirando hacia la calle, y a menos que se gira­ra, no la vería.
Por lo menos era fácil permanecer en silencio cuando no se tenían fuerzas ni para respirar.
¿Y qué hacía ahí Araminta? La casa Penwood estaba por lo menos a unas ocho manzanas, más cerca de...
Entonces le vino el recuerdo. Lo había leído en Whistledown el año anterior, en uno de los pocos ejemplares que habían caído en sus manos cuando trabajaba para los Cavender. El nuevo conde de Penwood había decidido tomar residencia en su casa de Londres, por lo que Ara­ininta, Rosamund y Posy se vieron obligadas a buscarse otra casa.
Pero ¿la casa vecina a la de los Bridgerton? Ni aunque lo hubie­ra intentado habría podido imaginarse una pesadilla peor.
-¿Dónde está esa muchacha insufrible? -estaba diciendo Ara­minta.
Al instante Cami sintió lástima de esa determinada muchacha. Habiendo sido la anterior «muchacha insufrible» de Araminta, sabía que ese puesto iba acompañado de muy pocos beneficios.
-¡Posy! -chilló Araminta y fue a subir a un coche que estaba esperando.
Cami se mordió el labio, con el corazón oprimido. En ese momento comprendió exactamente lo que debió ocurrir cuando ella se marchó. Araminta habría contratado una doncella, y seguro que la trataría horrorosamente, pero no podía degradarla y humillarla del mismo modo que a ella. Había que conocer a la persona y odiar­la realmente para ser tan cruel. Cualquier criada no le serviría. Y puesto que Araminta necesitaba humillar a alguien, pues no podía sentirse bien consigo misma si no hacía sentirse mal a alguien, evi­dentemente eligió a Posy como cabeza de turco, o de turca, tal vez.
En ese momento Posy salió corriendo de la casa, con la cara páli­da y ojerosa. Cami la observó; se veía desgraciada, y tal vez un poco más gorda que hacía dos años. A Araminta no le gustaría nada eso, pensó tristemente. Araminta nunca había logrado aceptar que Posy no fuera menuda, rubia y hermosa, como ella y como Rosamund.
Si ella hahía sido el castigo de Araminta, Posy siempre había sido su desilusión, pensó.
Posy estaba agachada en lo alto de la escalinata, atándose las correas de los botines. Rosamund sacó la cabeza por la ventanilla del coche y gritó:
-¡Posy!
Una voz chillona bastante poco atractiva, pensó Cami.
-¡Voy! -gritó Posy.
-¡Date prisa!
Posy acabó de atarse las correas y bajó, pero en su prisa se le res­baló el pie en el último peldaño y al instante siguiente estaba tum­bada en la acera.
Instintivamente Cami dio un paso para correr a ayudarla, pero volvió a pegarse a la pared. Posy no se había hecho ningún daño, y no había nada en la vida que deseara menos que la posibilidad de que Araminta se enterara de que estaba en Londres, y justamente en la casa vecina.
Posy se levantó del suelo y dedicó un momento a mover el cue­llo, primero a la izquierda, luego a la derecha y...
Y entonces la vio. De eso no cabía la menor duda, porque agran­dó los ojos, abrió ligeramente la boca y luego formó un pequeño morro con los labios, como para decir «¿Cami?».
Cami negó enérgicamente con la cabeza.
-¡Posy! -gritó Araminta con voz airada.
Cami volvió a negar con la cabeza, suplicándole con los ojos que no delatara su presencia.
-¡Voy, madre! -gritó Posy y, después de hacerle un leve gesto de asentimiento a ella, subió al coche.
El coche emprendió la marcha y, por suerte, iba en la dirección opuesta a donde se encontraba ella.
A punto de desplomarse, estuvo un minuto entero apoyada en la pared sin moverse.
Y luego continuó inmóvil otros cinco.

No había sido la intención de Benja ir a tomar el té con su madre y sus hermanas, aunque al llegar lo había pensado mejor. Pero en el momento en que Cami salió corriendo de la sala de estar de arriba, perdió todo el interés en el té y los panecillos.
-Justo estaba preguntando dónde estarías -estaba diciendo Eloise.
-¿Mmm? -Giró levemente la cabeza hacia la derecha y estiró el cuello, para ver cuánto de la calle lograba ver por la ventana des­de ese ángulo.
-He dicho que estaba preguntando... -alcanzó a decir Eloise, casi a gritos.
-Eloise, baja la voz -la interrumpió lady Bridgerton.
-Pero es que no está escuchando.
-Si no está escuchando, gritando no vas a atraer su atención-dijo lady Bridgerton.
-Arrojarle un panecillo podría resultar -sugirió Hyacinth.
-Hyacinth, no te at...
Pero Hyacinth ya había arrojado el panecillo. Benja se hizo a un lado un segundo antes de que el panecillo le rebotara en un lado de la cabeza. Lo primero que hizo fue mirar la pared, donde el pane­cillo había dejado una ligera mancha, y luego miró al suelo, donde había aterrizado, notablemente, en una sola pieza.
-Creo que ésa es la señal para que me marche -dijo afable­mente, dirigiendo una fresca sonrisa a su hermana menor.
El panecillo volante le daba el pretexto perfecto para salir de la sala a ver si lograba seguirle el rastro a Cami hasta donde fuera que creía que iba.
-Pero si acabas de llegar -dijo su madre.
Al instante él la observó con desconfianza. Ése no había sido ni remotamente el tono quejumbroso que empleaba habitualmente para decir «Pero si acabas de llegar». La verdad, no parecía molesta en lo más mínimo porque él pensaba marcharse.
Lo cual significaba que se traía algo entre manos.
-Podría quedarme -dijo, sólo para probarla.
-Oh, no -repuso ella, llevándose la taza a los labios, aunque él estaba seguro de que estaba vacía-. No permitas que te retengamos si estás ocupado.
Benja trató de acomodar los rasgos en una expresión impasi­ble, o por lo menos una que ocultara su sorpresa. La última vez que informó a su madre de que estaba «ocupado», ella reaccionó con un «¿Demasiado ocupado para tu madre?».
Su primer impulso fue afirmar «Me quedo» e instalarse en una silla, pero tuvo la sangre fría necesaria para comprender que que­darse ahí sólo para frustrar a su madre era bastante ridículo, cuando lo que de veras deseaba hacer era marcharse.
-Me voy, entonces -dijo finalmente, retrocediendo hacia la puerta.
-Vete -dijo ella, haciéndole un gesto de despedida-. Que te diviertas.
Benja decidió salir antes de que ella se las arreglara para con­fundirlo más. Se agachó a recoger el panecillo, y lo lanzó suavemen­te a Hyacinth, que lo cogió al vuelo, sonriendo. Después hizo una inclinación hacia su madre y sus hermanas y salió al corredor. Cuan­do llegaba a la escalera alcanzó a oír decir a su madre:
-Creí que no se marcharía nunca.
Muy extraño, francamente.
Bajó de prisa la escalera, atravesó el vestíbulo con largas y tran­quilas zancadas, y salió. Dudaba de que Cami estuviera cerca de la casa, pero si había ido a comprar, sólo podía haber tomado una dirección. Giró a la derecha, con la intención de dirigirse a la peque­ña hilera de tiendas, pero sólo había dado tres pasos cuando la vio. Ella estaba pegada a la pared de ladrillos exterior, con el aspecto de recordar apenas la forma de respirar. Corrió hacia ella.
-¿Cami ? ¿Qué ha ocurrido? ¿Te sientes mal?
Ella se sobresaltó al verlo, después negó con la cabeza.
Él no la creyó, naturalmente, pero no le vio ningún sentido a decirle eso.
-Estás temblando -le dijo, mirándole las manos-. Dime qué ocurrió. ¿Alguien te molestó?
-No -dijo ella con voz temblorosa nada característica-. Sólo... esto... eh... -Miró hacia el lado y vio la escalinata-. Me tropecé al bajar y me asusté. -Sonrió débilmente-. Seguro que sabes lo que quiero decir, esa sensación de que te han dado un vuelco las entrañas.
Benja asintió porque sabía qué quería decir, pero no porque la creyera.
-Ven conmigo.
Ella lo miró y había algo en esas profundidades verdes que a él le oprimió el corazón.
-¿Adónde? -preguntó ella en un susurro.
-A cualquier parte, para no estar aquí.
-Eh...
-Vivo cinco casas más allá.
-¿Sí? -preguntó ella con los ojos agrandados-. Nadie me lo había dicho.
-Te prometo que tu virtud estará a salvo -y luego añadió, sim­plemente porque no lo pudo evitar- A no ser que «tú» desees otra cosa.
Tuvo la impresión de que ella se habría resistido o protestado si no hubiera estado tan aturdida, pero se dejó llevar por la calle.
-Simplemente estaremos sentados en mi sala de estar hasta que te sientas mejor.
Ella asintió y él la hizo subir la escalinata y entrar en su casa, una modesta casa de ciudad un poco al sur de la de su madre.
Cuando ya estaban cómodamente instalados y él había cerra­do la puerta para que no los molestara ningún criado al pasar, la miró pensando decirle «Ahora podrías contarme la verdad de lo que ocurrió», pero en el último minuto, algo lo obligó a morder­se la lengua. Él podía preguntárselo, pero seguro que ella no se lo diría. Se pondría a la defensiva y eso no favorecería en nada su causa.
Poniéndose una expresión neutra en la cara, le preguntó:
-¿Cómo encuentras trabajar para mi familia?
-Son muy simpáticas.
-¿Simpáticas? -repitió él, sin poder evitar que se le reflejara la incredulidad en la cara-. Enloquecedoras, quizás, incluso agotado­ras, pero ¿simpáticas?
-Yo las encuentro simpáticas -dijo Cami firmemente.
Benja sonrió porque quería muchísimo a su madre y sus her­manas, y le encantaba que Sophie estuviera empezando a quererlas, pero entonces cayó en la cuenta de que eso iba en contra de sus pro­pios intereses, porque cuanto más se encariñara Cami con ellas menos posibilides habría de que se deshonrara a sus ojos accedien­do a ser su amante.
Maldición. Había cometido un grave error de cálculo al llevarla allí. Como había estado tan empeñado en que se viniera con él a Lon­dres que ofrecerle un puesto en la casa de su madre le pareció la úni­ca manera de convencerla.
Eso, combinado con su buen poco de coacción.
Maldición, maldición, maldición. ¿Por qué no la había coac­cionado a hacer algo que le hiciera más fácil arrojarse en sus bra­zos?
-Deberías agradecer a tus estrellas de la suerte por tenerlas -dijo ella, con la voz más enérgica de lo que le había salido en toda la tarde-. Yo daría cualquier cosa por... -no acabó la frase.
-¿Darías cualquier cosa por qué? -le preguntó él, sorprendido de lo mucho que le interesaba oír la respuesta.
-Por tener una familia como la tuya -repuso ella, mirando tristemente por la ventana.
-No tienes a nadie -dijo él, no como pregunta, sino como afir­mación.
-Nunca he tenido a nadie.
-¿Ni siquiera a tu...? -Recordó que en un descuido ella le había dicho que su madre había muerto al nacer ella-. A veces no es fácil ser un Bridgerton -dijo, en tono intencionadamente alegre y afable.
Ella giró lentamente la cabeza y lo miró.
-No puedo imaginarme nada más agradable.
-Y no hay nada más agradable, pero eso no quiere decir que siempre sea fácil.
-¿Qué quieres decir?
Y entonces Benja se vio impulsado a expresar sentimientos que jamás había contado a ningún alma viviente, ni siquiera a su familia.
-Para la mayor parte del mundo -explicó-, sólo soy un Brid­gerton. No soy Benjamin, ni Benja y ni siquiera un caballero de posi­bles y algo de inteligencia. Soy simplemente -sonrió pesaroso- un Bridgerton. Concretamente, el Número Dos.
A ella le temblaron los labios y por fin sonrió.
-Eres mucho más que eso.
-Y así me gusta pensarlo, pero la mayor parte del mundo no lo ve así.
-La mayor parte del mundo es tonto y no te conoce.
Él se echó a reír. No había nada más atractivo que Cami frun­ciendo el entrecejo.
-No encontrarás oposición en mí respecto a eso.
Pero entonces, justo cuando creía que había acabado ese tema, ella lo sorprendió diciendo:
-No te pareces en nada al resto de tu familia.
-¿Cómo? -preguntó él, sin mirarla a los ojos. No quería que ella viera lo importante que era para él su respuesta.
-Bueno, tu hermano Anthony... -arrugó la cara, pensando-. El hecho de ser el mayor le ha alterado toda su vida. Evidentemente siente una responsabilidad hacia la familia que tú no.
-Vamos a ver, espera un mo...
-No me interrumpas -dijo ella, colocándole una mano tranqui­lizadora en el pecho-. No he dicho que no quieras a tu familia ni que no darías tu vida por cualquiera de ellos. Pero en el caso de tu herma­no es diferente. Se siente responsable, y de verdad creo que se consi­deraría un fracaso si cualquiera de sus hermanos fuera desgraciado.
-¿Cuántas veces has visto a Anthony?
-Una sola vez. -Tensó las comisuras de la boca como si qui­siera reprimir una sonrisa-. Pero esa vez fue suficiente. En cuanto a tu hermano menor Colin... bueno, no lo he visto, pero he oído hablar mucho...
-¿A quién?
-A todo el mundo. Por no decir que siempre lo mencionan en la hoja Whistledown, la que, he de confesar, he leído durante años.
-Entonces sabías de mí antes de conocerme.
Ella asintió.
-Pero no te conocía. Eres mucho más de lo que imagina lady Whistledown.
-Dime -dijo él, colocando la mano sobre la de ella-. ¿Qué ves?
Cami lo miró a los ojos, examinó esas profundidades color chocolate y vio algo que jamás habría soñado que existía. Una dimi­nuta chispa de vulnerabilidad, de necesidad.
Él necesitaba saber qué pensaba ella de él, que él era importante para ella. Ese hombre, tan seguro de sí mismo, necesitaba su apro­bación.
Tal vez la necesitaba a ella.
Giró la mano hasta que se tocaron las palmas y con el índice de la otra mano trazó círculos y remolinos sobre la fina cabritilla de su guante.
-Eres... -comenzó, tomándose su tiempo, porque sabía que cada palabra pesaba más en ese intenso momento-. No eres del todo el hombre que presentas ante el resto del mundo. Te gusta que te consideren gallardo, elegante, irónico, perspicaz, y lo eres, pero bajo todo eso eres mucho más. Te importan las personas -conti­nuó, consciente de que la voz le salía rasposa de emoción-. Te importa tu familia, e incluso te importo yo, aunque Dios sabe que no siempre me lo merezco.
-Siempre -interrumpió él, llevándose su mano a los labios y besándole la palma, con un fervor que a ella le cortó el aliento­- Siempre.
-Y.. y... -le costaba continuar, estando esos ojos fijos en los de ella con una emoción tan transparente.
-¿Y qué? -la instó él en un susurro.
-Gran parte de lo que eres te viene de tu familia -dijo ella, casi a borbotones-. Eso es muy verdad. No se puede crecer con tanto amor y lealtad y no ser una persona mejor debido a eso. Pero en el fondo de ti, en tu corazón, en tu alma, está el hombre para ser el cual naciste. Tú, no el hijo de alguien, no el hermano de alguien. Tú.
Benja la observó atentamente. Abrió la boca para hablar, pero descubrió que no tenía palabras. No había palabras para un momen­to como ese.
-En el fondo -continuó ella-, tienes el alma de un artista.
-Noo -dijo él, negando con la cabeza.
-Sí. He visto tus dibujos. Eres brillante. Yo no sabía cuánto hasta que conocí a tu familia. Los has captado a todos a la perfec­ción, desde la expresión guasona de Francesca cuando sonríe hasta la travesura en la forma como Hyacinth pone los hombros.
-Nunca le he enseñado a nadie mis dibujos -reconoció él. Ella levantó bruscamente la cabeza.
-Noo. ¿En serio?
-A nadie.
-Pero es que son excelentes. Tú eres excelente. Estoy segura de que a tu madre le encantaría verlos.
-No sé por qué -dijo él, sintiéndose tímido-, pero nunca he deseado enseñárselos a nadie.
-Pero a mí me los enseñaste -dijo ella dulcemente.
-No sé, me pareció... bien.
Y entonces el corazón se saltó un latido, porque de pronto «todo» estaba bien.
La amaba. No sabía cómo ocurrió eso, sólo sabía que era cierto.
No era sólo que ella conviniera a sus necesidades corporales. Había habido montones de mujeres convenientes en ese sentido. Cami era distinta. Lo hacía reír. Lo hacía desear hacerla reír. Y cuando estaba con ella..., bueno, cuando estaba con ella la deseaba desesperadamente, pero durante esos momentos en que su cuerpo lograba mantenerse controlado...
Se sentía contento, satisfecho.
Era extraño, eso de encontrar una mujer que pudiera hacerlo feliz con su sola presencia. Ni siquiera necesitaba verla, ni oír su voz, ni oler su aroma. Simplemente necesitaba saber que estaba ahí.
Si eso no era amor, no sabía qué era.
La contempló, tratando de prolongar el momento, de retener esos instantes de perfección total. Vio que algo se ablandaba en sus ojos, y el color pareció fundirse, convertirse de una brillante esme­ralda en un musgo blando y armonioso. Se le entreabrieron y ablan­daron los labios y comprendió que tenía que besarla, y no porque lo deseara, sino porque tenía que besarla.
La necesitaba junto a él, debajo de él, encima de él.
La necesitaba dentro de él, alrededor de él, como una parte de él.
La necesitaba como necesitaba el aire.
Y, pensó en ese último instante racional antes de que sus labios encontraran los de ella, la necesitaba en ese preciso momento.


EsperO q les aya gustadO!

 
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te doy mi corazon

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June 19 2009, 4:21 PM 

hola soy tu fiel betsy. no te imaginas cuanto me has alegrado el dia al ver que habias publicado. la echaba muchisimo de menos. esta visto q benja logró su cometido y arrastró a cami hasta londres. despues de todo lo que ha pasado la pobre es normal q se sienta un poco desconcertada y a la vez muy feliz aunque recelosa por el recibimiento de la familia bridgerton. y es que benja se ha preocupado de que se sienta como si fuera su casa. al igual q el resto de la familia. por cierto eloise me encanta, tiene una vena curiosa muy divertida.benja por fin se ha dado cuenta de que se ha enamorado de ella y si ya estaba obsesionado con tenerla, ahora mas. será interesante el dia que se de cuenta de que su misteriosa dama y cami son la misma persona. De todas formas, estoy segura de que si él cree q cami es la mujer que necesita, su madre y el resto de su familia encontraran la forma de esten juntos.
lo unico que me preocupa es la proximidad de araminta y sus hijas. y el hecho de que posy se haya dado cuenta de la presencia de cami. ojala y no la descubran. siguela pronto que la adoro.

Este finde me voy pero el domingo por la noche estoy aqui y me leeré si publicas. bss linda.

 
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Anonimo
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Re: Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 13, 14, 15 y 16!!!!

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June 19 2009, 4:58 PM 

Me ENCANTA!! estoy sin palabras, llevo mucho tiempo esperando leer mas capitulos de esta novelita y cada vez me gusta mas happy.gif por favor publica mas a menudo si es posible. Un beso!

 
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mary
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Re: Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 13, 14, 15 y 16!!!!

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June 20 2009, 10:26 PM 

los capi de diez me encanta esta familia
q bueno q benja se haya dado cuenta q esta enamorado d cami
el problema esta en q la otra familia la descubra ojala la posy
no diga nada
me encanta siguela prontito
xao wapa.bss.

 
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rossy
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Re: Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 13, 14, 15 y 16!!!!

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June 21 2009, 1:25 AM 

Perfecto.. han estado perfectos los capitulos,la verdad es q a mi tambien me encanta la familia de benja, y en el momento en el q benja se da cuenta de q se ha enamorado de cami ha sido muy bueno, incluso me ha sacado una media sonrisa de alegria jajaja... aunq lo malo es q posy y su familia estan al lado.. espero q posy no la descubra xq de ser asi todo se complicaria mas de lo q esta ya su vida .. bueno espero q publiques pronto bss!!

 
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mª jesus
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Re: Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 13, 14, 15 y 16!!!!

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June 21 2009, 11:16 AM 

esta preciosa como siempre
la he hechado mucho de menos
siguela a ver que pasa con las
individuas que viven al lado,ya
es mala suerte.....besotessss

 
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Current Topic - Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 13, 14, 15 y 16!!!!  Respond to this message   
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