| Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 17 y 18!!!June 25 2009 at 4:01 PM No score for this post | mary_xiky24 (no login) |
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wenaS niñasS!! oy les subO otros dos capitulOS!! mñn intentare subir lagunO xO nS cmO ire de tiiempO!! y preparenSe xQ ya se acerca el final!! ya q tiene 23 capitulS y epilogO! bsitos lindas y graxias x los cOment!
Capítulo 17
Esta cronista ha sabido de muy buena tinta que hace dos días, cuando tomaba el té en Gunter's, a lady Penwood le golpeó un lado de la cabeza una galleta volante.
Esta cronista ha sido incapaz de determinar quién arrojó la galleta, pero todas las sospechas apuntan a las clientas más jóvenes del establecimiento: las señoritas Felicity Featherington y Hyacinth Bridgerton.
Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 21 de mayo de 1817.
Cami la habían besado antes, Benja la había besado antes, pero nada, ni un solo momento de un solo beso, la había preparado para ese beso.
No era un beso. Era el mismo cielo.
Él la besaba con una intensidad que casi no alcanzaba a comprender, acariciándola con los labios, rozando, mordisqueando, tentándola, atizando el fuego en su interior, incitándole el deseo de ser amada, el deseo de amar; y, Dios la amparara, cuando la besaba, lo único que deseaba hacer era besarlo también.
Lo oía susurrar su nombre, pero el susurro apenas le llegaba a través del rugido que sentía en los oídos. Eso era deseo; eso era necesiciad. Qué tonta había sido al pensar que podría negarse eso; qué engreimiento el suyo al creer qur podría ser más fuerte que la pasión.
«Cami , Cami », decía él una y otra vez, deslizándole los labios por las mejillas, el cuello, las orejas. Repetía su nombre tantas veces que parecía penetrarle la piel.
Sintió sus manos en los botones de su vestido, sintió soltarse la tela a medida que cada botón salía de su ojal. Eso era todo lo que siempre había jurado no hacer jamás, y sin embargo, cuando el corpiño le bajó a la cintura, dejándola impúdicamente al descubierto, gimió su nombre y arqueó la espalda, ofreciéndose a él como una especie de fruto prohibido.
Benja dejó de respirar cuando la vio. Se había imaginado ese momento muchas veces, todas las noches cuando yacía en la cama, y en todos los sueños cuando estaba durmiendo. Pero eso, la realidad, era mucho más dulce que un sueño, y mucho más erótico.
Lentamente dezlizó hacia delante la mano con que le había estado acariciando la espalda para acariciarle la caja torácica.
-Eres preciosa -le susurró, incapaz de encontrar palabras más adecuadas.
No había palabras para expresar lo que sentía. Y cuando su temblorosa mano acabó su viaje y se posó sobre su pecho, se le escapó un trémulo gemido. Ya era imposible encontrar palabras; su necesidad era tan intensa, tan primitiva, que lo despojó de su capacidad de hablar. Demonios, escasamente podía pensar.
No sabía cómo esa mujer había llegado a significar tanto para él; tenía la impresión de que un día era una desconocida, y al siguiente le era tan indispensable como el aire. Y sin embargo eso no había ocurrido en un relámpago cegador. Había sido un proceso imprevisto, lento, tortuoso, que le fue coloreando calladamente las emociones hasta que comprendió que sin ella su vida carecía de sentido.
Le tocó la barbilla y le levantó la cara hasta poder mirarle los ojos; éstos parecían irradiar luz desde dentro, brillaban con lágrimas no derramadas. A ella también le temblaban los labios, y él comprendió que estaba tan afectada como él por ese momento.
Fue acercando su cuerpo lenta, muy lentamente. Quería darle la oportunidad de decir no. Lo mataría si decía no, pero peor sería escucharla lamentarlo en la proverbial mañana siguiente.
Pero ella no dijo no, y cuando él estaba a unas pocas pulgadas, ella cerró los ojos y ladeó ligeramente la cabeza, invitándolo silenciosamente a besarla.
Era extraordinario, pero cada vez que la besaba sentía más dulces sus labios, más seductor su aroma. Y aumentaba su necesidad también. Sentía acelerada la sangre de deseo, y tenía que valerse de hasta su última hilacha de control para no tumbarla sobre el sofá y arrancarle la ropa.
Eso vendría después, pensó, sonriendo para sus adentros. Esta vez, seguramente la primera para ella, sería lento, tierno, todo lo que soñaba una jovencita.
Bueno, tal vez no. Sonrió de verdad. A ella no se le habría ocurrido ni soñar con la mitad de las cosas que iba a hacerle.
-¿De qué sonríes? -le preguntó ella.
Él se apartó un poco y le cogió la cara entre las manos.
-¿Cómo sabes que sonreí?
-Sentí tu sonrisa en mis labios.
Él deslizó un dedo por el contorno de esos labios y luego le rozó la parte carnosa con el borde de la uña.
-Tú me haces sonreír -susurró-, cuando no me haces desear chillarte, me haces sonreír.
A ella le temblaron los labios y él sintió su aliento, caliente y húmedo en el dedo. Le cogió la mano y se la llevó a la boca, y con un dedo de ella se rozó los labios del mismo modo que le había rozado los labios a ella. Al verla agrandar los ojos, se metió el dedo en la boca y se lo chupó suavemente, lamiéndole y mordisqueándole la yema. Ella ahogó una exclamación, en un sonido dulce y erótico al mismo tiempo.
Eran miles las cosas que deseaba preguntarle, por ejemplo, cómo se sentía, qué sentía, pero lo aterraba que ella se echara atrás si él le daba la oportunidad de poner en palabras alguno de sus pensamientos. Por lo tanto, en lugar de hacerle preguntas, le dio besos, posando otra vez sus labios sobre los de ella, en una atormentadora y escasamente controlada danza de deseo.
Susurrando su nombre como una bendición, la fue haciendo descender sobre el sofá rozándole la espalda desnuda contra la tela del respaldo.
-Te deseo -gimió-. No puedes imaginarte cuánto. No tienes idea.
La única reacción de ella fue un suave y ronco gemido que pareció salirle del fondo de la garganta. Eso fue como echarle aceite al fuego que ardía dentro de él, y la aferró más fuerte con los dedos, enterrándoselos en la piel, mientras deslizaba los labios por la esbelta columna de su cuello.
Fue bajando, bajando los labios, dejándole una estela caliente en la piel, deteniéndose muy brevemente cuando llegó al comienzo de la elevación de su pecho. Ella ya estaba completamente debajo de él, sus ojos velados de deseo. Y eso era muchísimo mejor que cualquiera de sus sueños.
Y vaya si había soñado con ella.
Emitiendo un posesivo gruñido, se introdujo el pezón en la boca. A ella se le escapó un gritito, y él no pudo reprimir un ronco rugido de satisfacción.
-Shhh -la arrulló-, déjame...
- Pero...
Él le puso un dedo sobre los labios, tal vez con demasiada fuerza, pero es que se le estaba haciendo cada vez más difícil controlar sus movimientos.
-No pienses. Limítate a reposar la cabeza en el sofá y deja que yo te dé placer.
Ella pareció dudosa, pero cuando él pasó la boca al otro pecho y reanudó su asalto sensual, a ella se le velaron más los ojos, entreabrió los labios y apoyó la cabeza en los cojines.
-¿Te gusta esto? -susurró él, siguiendo el contorno del pezón con la lengua.
Cami no logró abrir los ojos, pero asintió.
-¿Te gusta esto? -preguntó él, bajando la lengua por el costado del pecho y mordisqueando la sensible piel de más abajo.
Ella asintió, con la respiración superficial y rápida.
-¿Y esto? -Le bajó más el vestido, y deslizó la boca hacia abajo, mordisquéandole suavemente la piel hasta llegar al ombligo.
Esta vez Cami ni siquiera logró hacer un gesto de asentimiento. Dios santo, estaba prácticamente desnuda ante él y lo único que era capaz de hacer era gemir, suspirar y suplicar que continuara.
-Te necesito -susurró, jadeante.
-Lo sé -dijo él con la boca sobre la suave piel del abdomen. Cami se agitó debajo de él, nerviosa, amilanada por esa primitiva necesidad de moverse. Sentía expandirse algo raro dentro de ella, una especie de calor, de hormigueo. Era como si ella misma se estuviera expandiendo, como preparándose para estallar, para salirse a través de la piel. Era como si, después de veintidós años de vida, estuviera por fin cobrando vida.
Deseosa de sentir la piel de él, le cogió la camisa de fino lino y la tironeó hasta sacarla de las calzas. Lo acarició, deslizando las manos por la parte inferior de su espalda, sorprendida y encantada al sentir estremecerse sus músculos al contacto con sus manos.
-Uy, Cami -gimió él, estremeciéndose, cuando ella metió las manos bajo la camisa para acariciarle la piel.
Su reacción la envalentonó y lo acarició más, subiendo las manos hasta llegar a los hombros, anchos y musculosos.
Él volvió a gemir y se incorporó soltando una maldición en voz baja.
-Esta maldita camisa estorba -masculló, sacándosela y arrojándola al otro extremo de la sala.
Cami tuvo un breve instante para mirarle el pecho desnudo antes de que él volviera a ponerse encima de ella; y esta vez sí estaban piel con piel.
Era la sensación más maravillosa que podría haberse imaginado. Sintió su piel cálida, y aunque sus músculos eran duros y potentes, su piel era seductoramente suave. Y olía bien, a una agradable y masculina combinación de sándalo y jabón.
Cuando él bajó la cabeza para besarle y mordisquearle el cuello, ella aprovechó para pasar los dedos por entre sus cabellos. Su pelo era abundante y fuerte, y le hacía cosquillas en el mentón.
-Ay, Benja -suspiró-. Esto es absolutamente perfecto. No logro imaginarme nada mejor.
Él levantó la cabeza para mirarla, sus ojos oscuros tan pícaros como su sonrisa.
-Yo sí -dijo.
A ella se le abrió la boca como por voluntad propia, y pensó en qué aspecto debía tener, tumbada allí mirándolo como una idiota.
-Espera, ya verás -dijo él-. Tú espera.
-Pero... ¡Oh! -exclamó ella con un gritito cuando el le sacó los zapatos.
Entonces él cerró la mano en su tobillo y la deslizó hacia arriba, por toda la pierna.
-¿Te imaginabas esto? -le preguntó, rozándole la corva de la rodilla.
Ella negó enérgicamente con la cabeza, tratando de no agitar el cuerpo por la sensación.
-¿No? Entonces, seguro que no te has imaginado esto -dijo él soltándole las ligas.
-Uy, Benja, no debes...
-Ah, no, «debo». -Le bajó las medias por las piernas con una torturante lentitud-. De verdad, debo.
Boquiabierta de placer, ella lo observó arrojar las medias al aire por encima de su cabeza. Sus medias no eran de la mejor calidad, pero de todos modos eran bastante ligeras, y flotaron un momento en el aire como vilanos de diente de león hasta aterrizar, una sobre una lámpara y la otra en el suelo.
Y cuando todavía se estaba riendo y mirando la media que colgaba como borracha de la pantalla de la lámpara, él la sobresaltó subiendo las manos por sus piernas hasta llegar a los muslos.
-Parece que nunca nadie te ha tocado aquí -dijo él, travieso.
Ella negó con la cabeza.
-Y parece que nunca te lo imaginaste.
Ella volvió a negar con la cabeza.
-Si no te has imaginado esto -le apretó los muslos, haciéndola lanzar un gritito y arquear el cuerpo-, entonces tampoco te has imaginado esto -añadió, deslizando los dedos hacia arriba, rozándole ligeramente la piel con las redondeadas uñas, hasta llegar a la mata de suave vello de la entrepierna.
-Eso no -dijo ella, más por reflejo que por otra cosa-. No puedes...
-Pues claro que puedo. Te lo aseguro.
-Pero... ¡Oooooh!
De repente se sintió como si el cerebro le hubiera salido volando por la ventana, porque le era imposible pensar en nada mientras los dedos de él la acariciaban ahí. Bueno, casi nada, porque sí era capaz de pensar en lo absolutamente inmoral que era eso y en que no deseaba por nada del mundo que él parara.
-¿Qué me vas a hacer? -resolló, notando que se le tensaban todos los músculos mientras el movía los dedos de una manera particularmente perversa.
-Todo -repuso él, capturando sus labios con los de él-. Todo lo que deseas.
-Deseo... ¡Oooh!
-Te gusta, ¿verdad? -susurró él, con la boca pegada a su mejilla.
-No sé qué deseo -suspiró ella.
-Yo sí. -Deslizó la boca hacia la oreja y le mordisqueó suavemente el lóbulo-. Sé exactamente qué deseas. Fíate de mí.
Y así fue de fácil. Ella se entregó totalmente a él, y no era que no hubiera llegado ya a ese punto. Pero cuando él le dijo «Fíate de mí», y comprendió que se fiaba, algo cambió ligeramente en su interior. Estaba preparada para eso. Seguía estando mal, pero estaba dispuesta y lo deseaba, y por una vez en su vida haría algo insensato y descabellado, absolutamente atípico en ella.
Como si él le hubiera leído los pensamientos, se apartó un poco y le ahuecó la enorme mano en la mejilla.
-Si quieres que pare tienes que decírmelo ahora -le dijo con una voz increíblemente ronca-. No dentro de diez minutos ni dentro de uno. Tiene que ser ahora.
Conmovida porque él se había tomado el tiempo para pedirle eso, le puso la mano en la mejilla igual como él a ella. Pero cuando abrió la boca, lo único que logró decir fue:
-Por favor.
En los ojos de él relampagueó el deseo y en el mismo instante cambió, como si algo hubiera estallado dentro de él. Desapareció el amante suave y lánguido, y fue reemplazado por un hombre poseído por el deseo. Sus manos estaban en todas partes, sobre sus piernas, alrededor de su cintura, acariciándole la cara. Y antes de que se diera cuenta, su vestido estaba en el suelo, al lado de una de sus medias. Estaba completamente desnuda; se sintió muy rara, pero al mismo tiempo muy bien, mientras él siguiera acariciándola.
El sofá era estrecho, pero eso no parecía importarle a Benja mientras se quitaba las botas y las calzas. Estaba sentado junto a ella desvistiéndose, porque no podía dejar de tocarla, de acariciarla. Le llevó más tiempo desnudarse, pero por otro lado, tenía la extrañísima sensación de que perecería ahí mismo si se apartaba de ella.
Creía que había deseado a una mujer antes. Creía que había necesitado a una mujer. Pero eso, eso trascendía el deseo y la necesidad. Era algo espiritual; estaba en su alma.
Cuando terminó de quitarse la ropa, volvió a colocarse encima de ella, y se quedó así durante un estremecido momento para saborear la sensación de tenerla debajo, piel con piel, de la cabeza a los pies. Estaba duro como una piedra, más duro de lo que recordaba haber estado nunca, pero batalló con sus impulsos y procuró avanzar lentamente.
Ésa era la primera vez para ella. Tenía que ser perfecto.
Y si no perfecto, por lo menos condenadamente fabuloso.
Deslizó una mano por entre ellos y la tocó. Ella estaba preparada, más que lista para él. Le introdujo un dedo, y sonrió de satisfacción al sentir agitarse todo su cuerpo y tensarse alrededor de su dedo.
-Eso es muy... -dijo ella con la voz rasposa, resollante-. Muy...
-¿Raro?
Ella asintió.
Él sonrió; una sonrisa lenta, como la de un gato.
-Te acostumbrarás -le aseguró-. Tengo la intención de acostumbrarte, mucho.
Cami echó atrás la cabeza. Eso era locura, fiebre. Sentía acrecentarse algo dentro de ella, en el fondo de las entrañas, enrollándose, desenrollándose, vibrando, tensándola. Era algo que necesitaba salir, liberarse, algo que la oprimía, pero aún con toda esa opresión, era espectacularmente maravilloso, como si estuviera naciendo en ese momento.
-Ah, Benja -suspiró-. Aaah, mi amor.
Él se quedó inmóvil, sólo una fracción de segundo pero eso hastó para que ella comprendiera que la había oído. Pero no dijo nada, simplemente le besó el cuello y le apretó la pierna mientras se situaba entre sus muslos y le tocaba la entrada con el miembro.
Ella entreabrió los labios, conmocionada.
-No te preocupes -le dijo él, alegremente, leyéndole la mente, como siempre-. Irá bien.
-Pero...
-Créeme -susurró él con los labios sobre los de ella.
Ella lo sintió entrar, lentamente. La sensación era de ensanchamiento, de invasión, pero no podía decir que fuera desagradable. Era... era...
-Estás muy seria -dijo él, acariciándole la mejilla.
-Es que estoy pensando cómo es la sensación.
-Si tienes la sangre fría para hacer eso quiere decir que no lo estoy haciendo nada bien.
Sobresaltada, ella lo miró. Él le estaba sonriendo, con esa sonrisa sesgada que nunca dejaba de reducirla a pulpa.
-Deja de pensar -musitó él.
-Pero es que es difícil no... ¡Oooh! -exclamó, poniendo los ojos en blanco y arqueándose.
Benja hundió la cabeza en su cuello, para que ella no viera su expresión divertida. Le pareció que continuar moviéndose sería la mejor manera de impedir que ella analizara un momento que debería ser pura sensación y emoción.
Y eso hizo. Entrando y saliendo fue adentrándose inexorablemente hasta llegar a la frágil barrera de su virginidad.
Era la primera vez que estaba con una virgen, pensó, algo ceñudo. Había oído decir que dolía, que el hombre no podía hacer nada para evitar el dolor, pero seguro que si lo hacía con la mayor suavidad, a ella le sería menos doloroso.
La miró. Ella tenía la cara sonrosada y su respiración era rápida. Tenía los ojos velados, claramente extáticos de pasión.
Eso estimuló su ardor. La deseaba tanto, que le dolían hasta los huesos.
-Esto podría dolerte -le mintió.
Le dolería . Pero estaba desgarrado entre el deseo de decirle la verdad para que estuviera preparada y el de decirle la versión moderada para que no se pusiera nerviosa.
-No me importa -resolló ella-. Sigue, por favor. Te necesito.
Bajó la cabeza para darle un último y abrasador beso al tiempo que embestía impulsándose con las caderas. La sintió tensarse cuando le rompió la telita, y tuvo que morderse la mano para no eyacular en ese mismo instante.
Parecía más un muchacho novato de dieciséis años que un hombre experimentado de treinta.
Ella le producía eso. Sólo ella. Ese pensamiento le inspiraba humildad.
Apretando los dientes para controlar sus impulsos más bajos, comenzó a moverse dentro de ella, con lentos embites, cuando lo que en realidad deseaba era desenfrenarse totalmente.
-Cami , Cami -musitó, y siguió repitiendo su nombre en silencio para recordar que esta vez era para ella.
Estaba ahí para satisfacer las necesidades de ella, no las de él.
Sería perfecto. Tenía que ser perfecto. Necesitaba que a ella le gustara eso. Necesitaba que ella lo amara.
Ella ya había empezado a moverse, cada vez más rápido, y cada movimiento acicateaba su propio frenesí. Quería hacerlo más pausado, más suave, por ella, pero ella le estaba poniendo condenadamente difícil aguantarse. Sentía sus manos por todas partes, en las caderas, en la espalda, apretándole los hombros.
-Cami -gimió otra vez.
No podría contenerse mucho rato más. No tenía la fuerza, no tenía la nobleza, no era...
-¡Oooooooohhhh!
Ella se estremeció, arqueando el cuerpo y soltando un gritito. Le enterró los dedos en la espalda, arañándole la piel, pero a él no le importó. Lo único que sabía era que ella había llegado a su liberación, y eso era fantástico y, por el amor de Dios, por fin podía...
- ¡Aaahhhh!
Explotó. Ninguna otra palabra podía describirlo.
Por unos momentos, no pudo dejar de seguir moviéndose, nu pudo dejar de estremecerse, y de pronto, en un instante, se desmoronó, vagamente consciente de que la estaba aplastando; pero era incapaz de mover ni un solo músculo.
Debería decirle algo, decirle algo sobre lo maravilloso que había sido. Pero tenía la lengua torpe, sentía pesados los labios y, además, apenas podía abrir los ojos. Las palabras bonitas tendrían que esperar.
Sólo era un hombre al fin y al cabo, y tenía que recuperar el aliento.
-¿Benja? -susurró ella.
Él dejó caer la mano, rozándola ligeramente. Fue lo único que logró hacer para indicarle que la había oído.
-¿Siempre es así?
Él movió la cabeza de uno a otro lado, con la esperanza de que ella sintiera el movimiento y entendiera que quería decir no.
Ella suspiró y pareció hundirse más en los cojines.
-Ya me lo parecía.
Benja le besó el lado de la cabeza, que fue lo más lejos que logró llegar. No, no siempre era así. Había soñado con ella muchas veces, pero eso... eso...
Eso era mucho más que los sueños.
Cami no lo habría creído posible, pero tenía que haberse quedado dormida, aún con el sensacional peso de Benja aplastándola en el sofá y haciéndole un poco difícil respirar. Él debió quedarse dormido también, y al despertar la despertó a ella, con la repentina ráfaga de aire fresco que le dio en el cuerpo al quitarse él de encima.
Él la cubrió con una manta antes de que ella tuviera la posibilidad de azorarse por su desnudez. Sonrió al mismo tiempo de ruborizarse, porque no era mucho lo que se podía hacer para aliviarle el azoramiento. Y no era que se arrepintiera de lo que acababa de hacer. Pero una mujer no pierde la virginidad en un sofá sin sentir un poco de vergüenza. Eso sencillamente no es posible.
De todos modos, colocarle la manta fue un gesto considerado, aunque no sorprendente. Benja era un hombre considerado.
Pero estaba claro que él no compartía su recato, pensó, porque no hizo ni amago de cubrirse cuando atravesó la sala para ir a recoger la ropa que arrojara de cualquier manera. Lo miró descaradamente mientras él se ponía las calzas. Él estaba erguido y orgulloso, y la sonrisa con que la obsequió cuando la sorprendió mirándola fue cálida y franca.
Dios santo, cómo amaba a ese hombre.
-¿Cómo te sientes? -le preguntó él.
-Muy bien. Estupendamente bien. -Sonrió tímida-. Espléndidamente.
Él recogió su camisa y metió un brazo.
-Enviaré a alguien a recoger tus cosas.
Ella pestañeó.
-¿Qué quieres decir?
-No te preocupes, elegiré a uno que sea discreto. Sé que podría ser violento para ti ahora que conoces a mi familia.
Cami se apretó la manta contra el cuerpo, deseando que su ropa no estuviera fuera de su alcance. Porque repentinamente se sintió avergonzada. Había hecho lo que siempre había jurado no hacer jamás, y ahora Benedict suponía que iba a ser su querida. ¿Y por que no habría de suponerlo? Era una suposición muy natural.
-Por favor, no envíes a nadie -dijo con una débil vocecita.
Él la miró sorprendido.
-¿Prefieres ir tú?
-Prefiero que mis cosas sigan donde están -dijo dulcemente. Era más fácil decirle eso que decirle que no se convertiría en su querida.
Una vez, podía perdonársela. Una vez, podía incluso ser un recuerdo entrañable. Pero una vida con un hombre que no era su marido, eso sí sabía que no lo podría hacer.
Se miró el vientre, rogando que no hubiera allí un hijo que nacería ilegítimo.
-¿Qué me has dicho? -le preguntó él, mirándole atentamente la cara.
-He dicho -ella, tragando saliva para pasar el nudo que se le había formado en la garganta- que no puedo ser tu querida.
-¿Y cómo le llamas a esto? -preguntó él entre dientes, agitando los brazos hacia ella.
-Lo llamo un error de juicio -repuso ella, sin mirarlo a los ojos.
-Ah, ¿o sea que soy un error de juicio? -dijo él en un tono exageradamente agradable-. Qué bien. Creo que nunca antes lle sido un error de juicio de nadie.
-Sabes que no es eso lo que quise decir.
-¿Sí? -Cogió una bota y se sentó en el brazo de un sillón a ponérsela-. Francamente, querida mía, ya no sé que quieres decir.
-No debería haber hecho esto.
Él giró bruscamente la cabeza para mirarla, la furia que despedían sus ojos reñida con la suavidad de su sonrisa.
-¿Ahora soy un «no debería»? Excelente. Incluso mejor que un error de juicio. Suena mucho más malvado, ¿no crees? Un error es simplemente una equivocación.
-No hay ninguna necesidad de que trates esto de un modo tan repugnante.
Él ladeó la cabeza como si estuviera considerando esas palabras.
-¿Eso he hecho? Yo creía actuar del modo más amistoso y comprensivo. Oye, ni gritos ni chillidos.
-Preferiría los gritos y chillidos a esto.
Él recogió el vestido y se lo lanzó, sin demasiada suavidad.
-Bueno, no siempre tenemos lo que preferimos, ¿verdad señorita Beckett? Yo puedo dar fe de eso.
Ella cogió el vestido y lo metió bajo la manta, con la esperanza de encontrar la manera de ponérselo sin retirar la manta.
-Será un estupendo truco si descubres la forma de hacerlo -le dijo él, mirándola con aire de superioridad.
Ella lo miró indignada.
-No te pediré que te disculpes de ese insulto.
-Bueno, eso es un alivio. Dudo de mi capacidad para encontrar las palabras.
-Por favor, no seas tan sarcástico.
-No estás en posición para pedirme nada -repuso él, con una sonrisa muy burlona.
-Benja ...
Él se inclinó sobre ella con una sonrisa groseramente impúdica.
-A no ser, claro, que me pidas que vuelva a acostarme contigo, lo que haría con mucho gusto.
Ella guardó silencio.
-¿Sabes cómo sienta el verse rechazado? -continuó él, dulcificando un tanto la expresión de sus ojos-. ¿Cuántas veces crees que puedes rechazarme hasta que yo deje de intentarlo?
-No es que yo quiera...
-Vamos, déjate de esa vieja excusa. Está gastada. Si quisieras vivir conmigo, vivirías conmigo. Si te niegas es que no quieres.
-No lo comprendes -dijo ella en voz baja-. Tú siempre has estado en una posición en que puedes hacer lo que quieres. Algunos no tenemos ese lujo.
-Tonto de mí. Pensé que lo que te ofrecía era justamente ese lujo.
-El lujo de ser tu querida -dijo ella amargamente.
Él se cruzó de brazos, frunciendo los labios.
-No harás nada que no hayas hecho ya.
Ella decidió pasar por alto el insulto. No era más de lo que se merecía. Se había acostado con él. ¿Por qué no iba a pensar él que sería su querida?
-Me dejé llevar -contesto al fin-. Cometí un error. Pero eso no significa que deba cometerlo otra vez.
-Puedo ofrecerte una vida mejor -dijo él en voz baja.
-No seré tu querida -repuso ella, negando con la cabeza-. No seré la querida de ningún hombre.
Él entreabrió los labios, anonadado al entender el sentido de sus palabras. La miró incrédulo.
-Cami, sabes que no puedo casarme contigo.
-Claro que lo sé -espetó ella-. Soy una criada, no una idiota.
Benja trató de ponerse en su piel por un momento. Sabía que ella deseaba respetabilidad, pero tenía que entender que él no podía dársela.
-Sería difícil para ti también si me casara contigo -dijo dulcemente-. No te aceptarían. La alta sociedad sabe ser cruel.
A Cami se le escapó una risita hueca.
-Lo sé -dijo, sonriendo sin humor-. Puedes estar seguro de que lo sé.
-¿Entonces por qué...?
-Hazme un favor -interrumpió ella, desviando la cara para no continuar mirándolo-. Busca a alguien para casarte. Encuentra a una persona aceptable, que te haga feliz, y entonces déjame en paz.
Esas palabras dieron en el clavo. Repentinamente Benja recordó a la dama del baile de máscaras. Ella era de su mundo, de su clase. Habría sido aceptable. Y mientras miraba a Cami , que estaba acurrucuada en el sofá tratando de no mirarlo, cayó en la cuenta de que ésa era la mujer que siempre había visto en su mente cuando pensaba en el futuro, cuando se imaginaba con una esposa e hijos.
Había pasado los dos años pasados con un ojo puesto en la puerta de cada salón en que se encontrara, siempre esperando que entrara su dama del vestido plateado. A veces se sentía tonto, incluso estúpido, pero nunca había logrado borrarla de sus pensamientos.
Tampoco había logrado librarse del sueño, de aquel en que se casaba con ella y vivían felices para siempre.
Era una fantasía tonta para un hombre de su reputación, dulzona y sensiblera, pero no había podido evitarla. Ése era el resultado de criarse en una familia numerosa y amorosa: quería tener una familia igual.
Pero la misteriosa mujer del baile había sido apenas algo más que un espejismo. Demonios, si ni siquiera sabía cómo se llamaba. En cambio Cami estaba allí.
No podía casarse con ella, pero eso no significaba que no pudieran vivir juntos. Eso significaría transigencia, principalmente por parte de ella, reconoció. Pero era posible. Y ciertamente serían más felices que si estuvieran separados.
-Cami , sé que la situación no es ideal....
-No -interrumpió ella, en voz muy baja, apenas audible.
-Si quisieras escucharme...
-Por favor, no.
-Pero si no...
-¡Basta! -exclamó ella, elevando peligrosamente el volumen de su voz.
Tenía los hombros tan tensos que casi le tocaban las orejas, pero Benja continuó de todos modos. La amaba; la necesitaba. Tenía que hacerla entrar en razón.
-Cami , sé que estarías de acuerdo si...
- ¡No quiero tener un hijo ilegítimo! -gritó ella, poniéndose de pie y tratando de envolverse en la manta-. ¡No quiero! Te amo, pero no tanto como para eso. A nadie amo tanto.
-Bien podría ser ya demasiado tarde para eso musitó él mirándole el vientre.
-Lo sé -repuso ella en voz baja-, y eso ya me está royendo por dentro.
-Los remordimientos suelen hacer eso.
-No me arrepiento de lo que hicimos -dijo ella desviando la vista-. Ojalá pudiera. Sé que debería, pero no puedo.
Benja se limitó a contemplarla. Deseaba entenderla, pero no lograba comprender cómo podía ser tan inflexible en su negativa a ser su querida y tener sus hijos y al mismo tiempo no lamentar haberse acostado con él.
¿Cómo podía decir que lo amaba? Eso le hacía aún más intenso el dolor.
-Si no hemos engendrado un hijo -continuó ella en voz baja-, me consideraré muy afortunada. Y no quiero volver a tentar a la suerte.
-No, sólo me tentarás a mí -dijo él, detestando la burla que detectó en su voz.
Ella hizo como si no lo hubiera oído y se arrebujó más la manta, mirando sin ver un cuadro de la pared.
-Tendré un recuerdo que mimaré siempre. Y por eso, supongo, no puedo arrepentirme de lo que hicimos.
-No te calentará por la noche.
-No -concedió ella tristemente-, pero llenará mis sueños.
-Eres una cobarde. Una cobarde por no tratar de hacer realidad esos sueños.
Ella se giró a mirarlo.
-No, cobarde no -dijo, con la voz extraordinariamente serena dada la ferocidad con que la miraba él-. Lo que soy es una hija ilegítima, una bastarda, Y antes de que digas que no te importa, permiteme que te diga que a mí sí. Y a todos los demás les importa. No ha pasado un sólo día sin que se me recuerde de alguna manera la ilegitimidad de mi nacimiento.
-Cami...
-Si tuviera una hija -continuó ella, con la voz algo quebrada-, ¿sabes cuánto la amaría? Más que a mi vida, más que a mi respiración, más que a nada. ¿Cómo podría hacer a una hija mía el daño que me han hecho a mí? ¿Cómo podría someterla al mismo tipo de sufrimiento?
-¿Rechazarías a tu hija?
-¡Por supuesto que no!
-Entonces no sentiría el mismo tipo de sufrimiento -dijo él, encogiéndose de hombros-. Porque yo tampoco la rechazaría.
-No lo entiendes -dijo ella, acabando con un sollozo ahogado.
Él hizo como si no la hubiera oído.
-¿Tengo razón en suponer que a ti te rechazaron tus padres?
Ella sonrió irónica.
-No exactamente. Desentenderse sería una mejor definición.
-Cami-dijo él corriendo a cogerla en sus brazos-, no tienes por qué repetir los errores de tus padres.
-Lo sé -repuso ella, sin rechazar el abrazo pero sin corresponderlo tampoco-. Y por eso no puedo ser tu querida. No quiero revivir la vida de mi madre.
-No la rev...
-Dicen que una persona inteligente es aquella que aprende de sus errores -interrumpió ella con voz enérgica, silenciándolo-. Pero una persona verdaderamente inteligente es aquella que aprende de los errores de los demás. -Se apartó de él y levantó la cara para mirarlo-. Me agrada pensar que soy una persona verdaderamente inteligente. Por favor, no me quites eso.
Él vio en sus ojos un dolor desesperado, casi palpable, que le golpeó el pecho y lo hizo retroceder un paso.
-Querría vestirme -dijo ella volviéndose hasta darle la espalda-. Creo que deberías salir.
Él le miró la espalda unos segundos y luego dijo:
-Podría hacerte cambiar de opinión. Podría besarte y tú...
-No lo harías -repuso ella sin mover un músculo-. Eso no está en ti.
-Lo está.
-Me besarías y luego te odiarías. Y eso sólo llevaría un segundo.
Sin decir otra palabra él salió, y dejó que el ruido de la puerta al cerrarse le indicara su salida.
Entonces Cami, con las manos temblorosas, dejó caer la manta y se arrojó en el sofá, manchando para siempre la delicada tela con sus lágrimas.
Capítulo 18
Estas dos últimas semanas han escaseado las posibilidades para las señoritas interesadas en el matrimonio y sus madres. Para empezar, no es abundante la cosecha de solteros esta temporada, puesto que dos de los mejores partidos de la temporada pasada, el duque de Ashbourne y el conde de Macclesfield, ya están engrilletados.
Para empeorar las cosas, han brillado por su ausencia los dos hermanos Bridgerton solteros (descontando a Gregory, pues a sus dieciséis años no está en posición de acudir en auxilio de ninguna de las pobres damitas del mercado del matrimonio). Colin, según se ha enterado esta cronista, está fuera de la ciudad, posiblemente en Gales o Escocia (aunque nadie parece saber a qué puede haber ido a Gales o Escocia a mitad de la temporada). La historia de Benja es más desconcertante. Por lo visto está en Londres, pero evita todas las reuniones de la buena sociedad en favor de medios menos refinados.
Para ser fiel a la verdad, esta cronista no debería causar la impresión de que el señor Bridgerton ha pasado todas sus horas de vigilia en desenfrenado libertinaje. Si los informes son correctos, ha pasado estas dos semanas en sus aposentos de Brutton Street.
Puesto que no ha habido ningún rumor de que esté enfermo, esta cronista sólo puede suponer que finalmente ha llegado a la conclusión de que la temporada en Londres es absolutamente aburrida y no vale su tiempo. Hombre inteligente, sin duda.
Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 9 de junio de 1817.
Cami ya llevaba dos semanas enteras sin ver a Benja . No sabía si sentirse complacida, sorprendida o decepcionada.
No sabía nada esos días. La mitad del tiempo se sentía como si ni siquiera se conociera a sí misma.
Estaba segura de que había tomado la decisión correcta al rechazar nuevamente la proposición de Benja. Eso lo sabía en la cabeza, y aunque suspiraba por el hombre que amaba, lo sabía también en su corazón. Había sufrido demasiado a causa de su bastardía para arriesgarse a imponerle el mismo sufrimiento a un niño o niña, sobre todo si era hijo o hija de ella.
No, eso no era cierto. Se había arriesgado una vez. Y aunque lo intentara no podía lamentarlo; el recuerdo era preciosísimo. Pero eso no significaba que debiera volverlo a hacer.
Pero si estaba tan segura de que había hecho lo correcto, ¿por qué le dolía tanto? Se sentía como si el corazón se le estuviera rompiendo perpetuamente. Cada día se le desgarraba un poco más, y cada día se decía que el dolor no podía empeorar, que su corazón ya había acabado de romperse, que ya estaba total y absolutamente roto, y sin embargo cada noche lloraba hasta quedarse dormida, añorando a Benja.
Y cada día se sentía peor.
A esto se sumaba su terror a dar un paso fuera de la casa, lo que intensificaba su angustia y nerviosismo. Estaba segura de que Posy la andaba buscando, y ciertamente era mejor que no la encontrara.
Y no era que creyera que Posy iba a revelar su presencia en Londres a Araminta; la conocía bastante bien, y estaba segura de que nunca faltaría a una promesa intencionadamente. Y el gesto de asentimiento que le hizo esa tarde cuando ella negaba con la cabeza podía considerarse una promesa.
Pero, por fiel que fuera Posy en su corazón para cumplir promesas, desgraciadamente su boca la traicionaba. Y no era difícil imaginarse una situación, muchas situaciones en realidad, en que a Posy se le salía accidentalmente la revelación de que ella estaba en Londres. Lo cual significaba que su única ventaja era que Posy no sabia donde estaba viviendo. Podía suponer que esa tarde ella sólo iba pasando por ahí dando un paseo, o que tal vez había ido ahí a espiar a Araminta.
Y, sin duda alguna, eso último parecía horriblemente más creíble que la verdad: que lo que ocurrió fue que la chantajearon para que tomara el puesto de doncella justo en la casa de al lado.
Con todo esto, había pasado los días zarandeada por emociones que pasaban de melancolía a nerviosisimo y de sufrimiento por el amor frustrado a absoluto miedo.
Se las había arreglado para ocultar sus emociones, pero se daba cuenta de que estaba distraída y más callada, y sabía que lady Bridgerton y sus hijas también lo habían notado. La miraban con expresiones preocupadas y le hablaban con extraordinaria amabilidad. Y vivían preguntándole por qué no iba a tomar el té con ellas.
Iba a toda prisa con su cesto de costura por el corredor en dirección a su habitación, donde la esperaba un montón de ropa para arreglar, cuando la vio la señora Bridgerton.
-¡Cami! ¡Estás ahí!
Se detuvo y logró sonreír al hacerle la venia de saludo.
-Buenas tardes, lady Bridgerton.
-Buenas tardes, Cami. Te he estado buscando por toda la casa.
Ella la miró sin expresión. Al parecer, últimamente lo hacía muchísimo. No era capaz de centrar la atención en nada.
-¿Sí?
-Sí. Quería preguntarte por qué no has ido a tomar el té con nosotras en toda la semana. Sabes que siempre estás invitada cuando estamos en familia.
Cami sintió subir el calor a las mejillas. Había evitado la hora del té porque le resultaba muy difícil estar en la misma habitación con todas las Bridgerton al mismo tiempo y no pensar en Benja; todas se le parecían mucho. Además, siempre que estaban juntas se comportaban como una familia. Eso la hacía pensar en todo lo que no tenía ella, le recordaba lo que nunca había tenido: una familia propia. Alguien a quien amar, alguien que la amara, todo dentro de la respetabilidad del matrimonio.
Sabía que había mujeres capaces de trocar la respetabilidad por la pasión y el amor. Una gran parte de ella deseaba ser una de esas mujeres. Pero no lo era. El amor no era capaz de vencerlo todo, al menos en su caso.
-He estado muy ocupada -dijo finalmente.
Lady Bridgerton se limitó a sonreírle, con una leve sonrisa vagamente interrogante, imponiendo un silencio que la obligaba a decir algo más.
-Con los remiendos -añadió.
-Qué terrible para ti. No sabía que habíamos hecho tantos agujeros en las medias.
-¡Noo, no es eso! -se apresuró a decir ella, arrepintiéndose al instante; había dejado escapar la excusa-. Tengo que remendar cosas mías también -improvisó
Tragó saliva al comprender tardíamente su error. Lady Bridgerton sabía muy bien que no tenía ropa fuera de la que ella misma le había regalado. Y que toda esa ropa estaba en perfectas condiciones. Además, era de muy mal gusto que ella arreglara su ropa durante el día, cuando su deber era atender a las niñas. Lady Bridgerton era una señora comprensiva; probablemente no le importaría, pero eso iba contra su propio código ético. Le habían dado un trabajo, uno bueno, y aunque entrañara desgarrarse el corazón día tras día, ella se enorgullecía de su trabajo.
-Comprendo -dijo lady Bridgerton, con esa enigmática sonrisa todavía en la cara-. Ciertamente podrías llevar ese trabajo al té.
-Ah, pero eso ni lo soñaría.
-Pero acabo de decirte que puedes.
Y a juzgar por el tono de su voz, Cami comprendió que lo que quería decir era que «debía».
-Desde luego -musitó, y la siguió a la sala de estar de arriba.
Estaban todas las niñas ahí, en sus lugares habituales, riñendo, sonriendo y embromándose (aunque, afortunadamente, no arrojándose panecillos). También estaba la hija mayor, Daphne, la duquesa de Hasting, con su hija menor, Caroline, en brazos.
-¡Cami ! -exclamó Hyacinth sonriendo de oreja a oreja--. Pensé que estarías enferma.
-Pero si me viste esta mañana cuando te peiné.
-Sí, pero estabas muy rara.
Cami no encontró ninguna respuesta adecuada a eso, porque si que había estado rara; no podía contradecir la verdad. Por lo tanto, simplemente tomó asiento, y asintió cuando Francesca le ofreció una taza de té.
-Penelope Featherington dijo que vendría hoy -dijo Eloise a su madre cuando Cami estaba tomando su primer sorbo.
Cami no conocía personalmente a Penelope, pero lady Whistledown escribía con frecuencia acerca de ella. También sabía que era íntima amiga de Eloise.
-¿Alguien se ha fijado que hace tiempo que Benja no viene a vernos? -preguntó Hyacinth.
Cami se pinchó el dedo, pero logró contener la exclamación de dolor.
-Tampoco ha ido a vernos a Simon y a mí -dijo Daphne.
-Bueno, me prometió que me ayudaría en aritmética -gruñó Hyacinth-, y ha faltado a su palabra.
-Seguro que no se ha acordado -terció lady Bridgerton diplomáticamente -. Tal vez si le enviaras una nota.
-O simplemente le golpearas la puerta -dijo Francesca, alzando ligeramente las cejas como extrañada de que no vieran lo evidente-. No vive tan lejos.
-Soy una mujer soltera -bufó Hyacinth-. No puedo visitar a un soltero en su casa.
Cami tosió.
-Sólo tienes catorce años -dijo Francesca, desdeñosa.
-¡De todas maneras!
-Deberías pedirle ayuda a Simón -sugirió Daphne-. Es mucho mejor para los números que Benja.
-¿Sabes?, tiene razón -dijo Hyacinth mirando a su madre, después de lanzar una mirada furiosa a Francesca-. Lo siento por Benja, ya no me es de ninguna utilidad.
Todas se echaron a reír, porque sabían que era una broma. Todas a excepción de Cami , que creía que ya no sabía reír.
-Ahora en serio -continuó Hyacinth-, ¿para qué es bueno? Simon es mejor para los números y Anthony sabe más historia. Colin es más divertido, claro, y...
-Arte -interrumpió Cami en tono áspero, irritada porque la familia de BenjA no veía su individualidad ni sus puntos fuertes.
-¿Qué has dicho? -le preguntó Hyacinth, mirándola sorprendida.
-Es bueno para el arte -repitió Cami -. Bastante mejor que cualquiera de vosotras, me imagino.
Eso atrajo la atención de todas, porque si bien Cami las había dejado ver su ingenio naturalmente agudo, normalmente hablaba con voz suave y jamás había dicho una palabra en tono duro a ninguna de ellas.
-No sabía que dibujaba -dijo Daphne, con tranquilo interés-. ¿O pinta?
Cami la miró. De las mujeres Bridgerton era la que menos conocía, pero habría sido imposible no ver la expresión de aguda inteligencia en sus ojos. Daphne sentía curiosidad por el talento oculto de su hermano, le extrañaba su ignorancia al respecto y, principalmente, deseaba saber cómo era que ella sí lo sabía. En menos de un segundo, Cami vio todo eso en los ojos de la joven duquesa. Y en menos de un segundo comprendió que había cometido un error. Si Benja no había dicho nada a su familia sobre su arte, no le correspondía a ella decirlo.
-Dibuja -dijo finalmente, en un tono que esperaba fuera lo bastante seco para impedir más preguntas.
Y lo consiguió. Nadie dijo una palabra, aunque cinco pares de ojos continuaron mirándole atentamente la cara.
-Hace dibujos -musitó.
Miró las caras, una a una. Eloise estaba pestañeando rápidamente. Lady Bridgerton no pestañeaba en absoluto.
-Dibuja muy bien -continuó, dándose de patadas mentalmente mientras hablaba.
Había algo en el silencio de las Bridgerton que la impulsaba a llenar el vacío.
Finalmente, cuando el momento de silencio más largo entre ellas llenó el espacio de un segundo, lady Bridgerton se aclaró la garganta y dijo:
-Me encantaría ver uno de sus dibujos. -Se llevó la servilleta a los labios, aunque no había tomado ni un sólo sorbo de té. Siempre que él quiera enseñármelo, lógicamente.
Cami se levantó.
-Creo que debo irme.
Los ojos de lady Bridgerton la clavaron donde estaba.
-Quédate, por favor -le dijo con una voz que era terciopelo sobre acero.
Cami volvió a sentarse.
-¡Creo que oigo a Penelope! -exclamó Eloise levantándose de un salto.
-No la has oído -dijo Hyacinth.
-¿Por qué iba a mentir?
-No lo sé, pero...
Apareció el mayordomo en la puerta.
-La señorita Penelope Featherington -entonó.
Eloise miró a Hyacinth con los ojos agrandados como diciendo «¿Lo ves?».
-¿Es mal momento? -preguntó Penelope.
-No -contestó Daphne, con una leve sonrisa vagamente divertida-, sólo uno extraño.
-Ah. Bueno, supongo que podría volver después.
-De eso ni hablar -dijo lady Bridgerton-. Haz el favor de sentarte a tomar té.
Cami observó a la joven mientras tomaba asiento en el sofá, al lado de Francesca. Penelope no era una ninguna refinada beldad, pero sí muy atractiva a su nada complicada manera. Tenía el pelo castaño rojizo y las mejillas ligeramente espolvoreadas con pecas.
Su tez era un pelín cetrina, aunque tal vez eso tenía más que ver con su nada atractivo vestido amarillo que con cualquier otra cosa. Pensándolo bien, creyó recordar haber leído algo en la hoja de lady Whistledown acerca de los feos vestidos de Penelope. Qué lástima que la pobre muchacha no pudiera convencer a su madre para que la dejara usar el color azul.
Pero mientras observaba disimuladamente a Penelope se dio cuenta de que ésta la estaba examinando sin mucho disimulo.
-¿Nos hemos visto? -le preguntó Penelope de pronto.
A Cami la asaltó una horrorosa sensación, que le pareció premonitoria, o tal vez de algo... conocido, ya visto.
-Creo que no -se apresuró a contestar.
Penelope continuó mirándola sin pestañear.
-¿Está segura?
-Bueno, eh... no veo cómo podríamos habernos conocido.
Penelope hizo una corta espiración y agitó la cabeza, como para limpiarla de telarañas.
-Sin duda tiene razón. Pero hay algo en usted que me resulta conocido.
-Cami es nuestra nueva doncella -terció Hyacinth como si eso lo explicara todo-. Normalmente viene a tomar el té con nosotras cuando estamos en familia.
Cami observó a Penelope mientras respondía algo, y repentinamente recordó. ¡Sí que había visto a Penelope antes! Fue en el baile de máscaras, tal vez no más de diez segundos antes de conocer a Benja.
Acababa de entrar en el salón, y los jóvenes que se apresuraron a rodearla todavía iban caminando hacia ella. Penelope estaba allí, vestida con un atuendo verde bastante raro y un curioso sombrero; y no llevaba antifaz. Ella estaba mirándola, tratando de determinar de qué iba disfrazada, cuando un joven chocó con Penelope y ésta casi cayó al suelo. Ella alargó la mano y la ayudó a recuperar el equilibrio. Y sólo había alcanzado a decirle algo así como «Ya está» cuando la rodearon más jóvenes y las separaron.
Entonces apareció Benja y ella sólo tuvo ojos para él. Hasta ese momento había olvidado a Penelope, y la abominable manera como la trataron los jóvenes caballeros.
Y era evidente que la ocasión había quedado enterrada en la memoria de Penelope también.
-Sin duda debo de estar equivocada -dijo Penelope cogiendo la taza que le ofrecía Francesca-. No es su cara, exactamente, sino más bien su manera de estar, si es que eso tiene algún sentido.
Cami decidió que era necesaria una intervención persuasiva, de modo que se puso su mejor sonrisa social y dijo:
-Tomaré eso como un cumplido, puesto que estoy segura de que las damas con que se relaciona son verdaderamente elegantes y amables.
Pero en el instante en que cerró la boca comprendió que se había excedido. Francesca la estaba mirando como si le hubieran brotado cuernos, y se curvaron las comisuras de la boca de lady Bridgerton cuando dijo:
-Vaya, Cami , juro que ésa es la frase más larga que has dicho en dos semanas.
Cami se llevó la taza a los labios para ocultar un poco la cara.
-No me he sentido muy bien.
-¡Oh! -exclamó alarmada Hyacinth-. Espero que no te sientas demasiado mal porque quería pedirte que me ayudaras esta tarde.
-Cómo no -dijo Cami , impaciente por desviar la cara de Penelope, que seguía observándola como si fuera un rompecabezas humano-. ¿Qué necesitas?
-Prometí entretener a mis primos esta tarde.
-Ah, pues sí -dijo lady Bridgerton, dejando la taza en la mesa-. Casi lo había olvidado.
Hyacinth asintió.
-¿Podrías ayudarme? Son cuatro. Demasiados para mí.
-Claro que sí. ¿Qué edades tienen?
Hyacinth se encogió de hombros.
-Entre seis y diez años -contestó lady Bridgerton, mirando desaprobadora a Hyacinth-. Son los hijos de mi hermana menor -añadió, dirigiéndose a Cami .
-Ve a avisarme cuando lleguen -dijo Cami a Hyacinth-. Me encantan los niños y te ayudaré con mucho gusto.
-Excelente -exclamó Hyacinth, jutando las manos-. Son unos críos tan activos que a mí sola me agotarían.
-Hyacinth, no eres una vieja decrépita -terció Francesca.
-¿Cuándo fue la última vez que pasaste dos horas con cuatro niños menores de diez años?
-Basta -dijo Cami , riendo por primera vez desde hacía dos semanas-. Yo te ayudaré. Nadie se agotará. Y tú deberías venir también Francesca. Lo pasaremos muy bien, estoy segura.
-¿Es usted...? -comenzó Penélope, pero dejó sin terminar la pregunta-. Nada, no importa.
Pero cuando Cami la miró, Penelope seguía mirándola con una expresión de lo más perpleja. De pronto abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla para decir:
-Sé que la conozco.
-Y seguro que tiene razón -dijo Eloise, sonriendo satisfecha-. Penelope jamás olvida una cara.
Cami palideció.
-¿Te sientes mal? -preguntó lady Bridgerton, inclinándose-. Estás muy pálida.
-Creo que algo me sentó mal -se apresuró a mentir Cami , poniéndose la mano en el estómago, para dar más veracidad a sus palabras-. Tal vez la leche estaba cortada.
-Ay, Dios -exclamó Daphne, ceñuda, mirando a su bebé-. Le di un poco a Caroline.
-A mí me pareció buena -terció Hyacinth.
-Podría ser algo que comí esta mañana -dijo Cami , para que Daphne no se preocupara-. De todos modos, creo que me iré a echar un rato. -Se levantó y dio un paso hacia la puerta-. Si le parece bien, lady Bridgerton.
-Por supuesto. Espero que te mejores pronto.
-Seguro que sí -repuso Cami , sinceramente. Ya se sentía mejor, tan pronto como salió de la línea de visión de Penelope Featherington.
-Te iré a buscar cuando lleguen mis primos -le dijo Hyacinth.
-Si te sientes mejor -añadió lady Bridgerton.
Cami asintió y se apresuró a salir, pero en el instante en que salía alcanzó a ver a Penelope observándola con una expresión tan atenta que la sobrecogió una horrorosa sensación de miedo.
Benja estaba de mal humor desde hacía dos semanas. Y ese malhumor estaba a punto de empeorarle, pensó, caminando lentamente hacia la casa de su madre. Había evitado ir a la casa porque no quería ver a Cami ; no quería ver a su madre, la que advertiría su mal humor y le haría preguntas; no quería ver a Eloise, la que advertiría el interés de su madre y también intentaría interrogarlo; no quería ver a...
Demonios, no quería ver a nadie. Y dada la forma como había estado machacando las cabezas de sus criados de palabra, eso sí, (aunque de tanto en tanto con los puños en sus sueños), el resto del mundo haría bien en no querer verlo tampoco.
Pero quiso su suerte que en el instante en que ponía el pie en el primer peldaño de la escalinata, oyó gritar su nombre, y al girarse, vio a sus dos hermanos adultos caminando hacia él por la acera.
Se le escapó un gemido. Nadie lo conocía mejor que Anthony y Colin, y no había la más mínima posibilidad de que éstos no advirtieran ni comentaran algo como un corazón roto.
-Hace siglos que no te veo -dijo Anthony-. ¿Dónde has estado?
-Por aquí y por allá. En casa, principalmente. ¿Y tú dónde has estado? -preguntó a Colin.
-En Gales.
-¿En Gales? ¿Y eso?
-Me apetecía -repuso Colin, encogiéndose de hombros-. Nunca había estado allí.
-La mayoría de las personas necesitarían un motivo algo más irresistible para marcharse a mitad de la temporada -comentó Benja .
-Yo no.
Benja lo miró fijamente. Anthony lo miró fijamente.
-Bueno, muy bien -dijo Colin enfurruñado-. Necesitaba alejarme. Madre ha iniciado conmigo ese cochino asunto del matrimonio.
-¿Cochino asunto del matrimonio? -repitió Anthony, sonriendo divertido-. Te aseguro que la desfloración de la propia esposa no tiene nada de cochino.
Benja mantuvo la expresión escrupulosamente impasible. Había encontrado una mancha de sangre en su sofá después de que le hiciera el amor a Cami. Le había puesto un cojín encima, esperando que cuando alguno de los criados la viera, hubiera olvidado que había estado con una mujer allí. Le hacía ilusión creer que nadie del personal había estado escuchando en la puerta ni cotilleando, pero la propia Cami le contó una vez que por lo general los sirvientes sabían todo lo que ocurría en una casa, y él tendía a pensar que tenía razón en eso.
Pero si se ruborizó, y sí que sintió acaloradas las mejillas, ninguno de sus hermanos lo notó, porque no dijeron nada, y si había algo en la vida tan cierto como, digamos, que el sol sale por el este, era que un Bridgerton jamás desaprovechaba la oportunidad de embromar y atormentar a otro Bridgerton.
-No para de hablarme de Penelope Featherington -refunfuñó Colin-. Vamos, conozco a la muchacha desde que los dos llevábamos pantalones cortos, eh, desde que yo llevaba pantalones cortos al menos. Ella llevaba... -Frunció más el entrecejo porque sus dos hermanos se estaban riendo-. Llevaba lo que fuera que usan las crías.
-¿Vestidos? -suplió Anthony, generosamente.
-¿Faldas? -sugirió Benja .
-De lo que se trata -interrumpió Colin enérgicamente-, es de que la conozco de toda la vida y os puedo asegurar que no es probable que me enamore de ella.
-Se casarán antes del año -dijo Anthony a Benja .
-¡Anthony! -bramó Colin, cruzándose de brazos.
-Tal vez dentro de dos -dijo Benja -. Es joven aún.
-A diferencia de ti -replicó Colin-. ¿Por qué madre me asedia a mí, digo yo? Buen Dios, tú tienes treinta y uno.
- ¡Treinta!
-De todas maneras, lo lógico sería que tú te llevaras la mayor parte del asedio.
Benja frunció el ceño. Desde hacía un tiempo su madre había estado atípicamente reservada en sus opiniones sobre él y el matrimonio y sobre por qué debía casarse y pronto. Claro que esas últimas semanas él había evitado la casa de su madre como a la peste, pero incluso antes de eso ella no le había dicho ni una palabra sobre el tema.
Era de lo más extraño.
-En todo caso -estaba gruñendo Colin-, no me voy a casar pronto, y ciertamente no me voy a casar con Penelope Featherington.
- ¡Ah!
Era un «ah» femenino, y sin siquiera mirar, Benja comprendió que estaba a punto de experimentar uno de los momentos más violentos de su vida. Atemorizado, levantó la cabeza y se giró hacia la puerta. Allí estaba Penelope Featherington, enmarcada a la perfección por dicha puerta abierta, sus labios entreabiertos por la sorpresa, sus ojos llenos de pena.
Y en ese momento él comprendió lo que tal vez había sido demasiado estúpido (y estúpidamente masculino) para ver: Penelope Featherington estaba enamorada de su hermano.
Colin se aclaró la garganta.
-Penelope -dijo, con una vocecita chillona, como si hubiera retrocedido diez años y estuviera en plena pubertad-, eh..., me alegra verte.
Miró a sus hermanos, esperando que lo salvaran diciendo algo, pero los dos habían decidido no intervenir. Benja hizo un gesto de dolor para sus adentros. Ése era uno de esos momentos que sencillamente no se podían salvar.
-No sabía que estabas ahí -continuó Colin, titubeante.
-Eso es evidente -repuso Penelope, pero sin mucha energía.
Colin tragó saliva.
-¿Viniste a ver a Eloise?
-Me invitaron -asintió ella.
-¡Claro que te invitaron! -se apresuró a decir él-. ¡Claro que te invitaron! Eres una fabulosa amiga de la familia.
Silencio. Horrible, incómodo silencio.
-Como si fueras a venir sin invitación -masculló Colin.
Penelope no dijo nada. Trató de sonreír pero no lo consiguió. Finalmente, cuando Benja pensó que la muchacha iba a pasar veloz junto a ellos y echar a correr calle abajo, ella miró a Colin y dijo:
-Nunca te he pedido que te cases conmigo.
Las mejillas de Colin se tiñeron de un rojo más subido que el que Benja hubiera imaginado posible. Abrió la boca pero no le salió ningún sonido.
Ésa era la primera vez, y posiblemente sería la única, que Benja veía a su hermano menor sin saber qué decir.
-Y nunca... -continuó Penelope, tragando saliva al cortársele la voz-. Nunca le he dicho a nadie que deseara que me lo pidieras.
-Penelope -logró decir Colin al fin-. Perdona, lo siento mucho.
-No hay nada que perdonar.
-Sí que lo hay -insistió él-. Herí tus sentimientos y...
-No sabías que yo estaba aquí.
-De todos modos...
-No te vas a casar conmigo -dijo ella, con voz hueca-. No hay nada malo en eso. Yo no me voy a casar con tu hermano Benja.
Benja había estado tratando de no mirar, pero al oír eso se irguió, atento.
-A él no le hiero los sentimientos cuando declaro que no me voy a casar con él. -Penelope giró la cabeza hacia Benja y fijó sus ojos castaños en él-. ¿Verdad, señor Bridgerton?
-Claro que no -se apresuró a contestar él.
-Todo arreglado entonces -dijo ella entre dientes-. No se ha herido ningún sentimiento. Y ahora, si me disculpáis, caballeros, tendría que irme a casa.
Benja, Anthony y Colin se apartaron cual aguas del Mar Rojo al bajar ella la escalinata.
-¿No te acompaña una doncella? -le preguntó Colin.
-Vivo sólo a la vuelta de la esquina -contestó ella.
-Lo sé, pero...
-Yo te acompañaré -dijo Anthony tranquilamente.
-Eso no es necesario, milord, de verdad.
-Dame ese gusto -dijo él.
Ella asintió y los dos echaron a andar calle abajo.
Benja y Colin se quedaron mirándolos alejarse, en silencio, durante treinta segundos enteros. Después Benja se giró hacia su hermano y le dijo.
-Lo has hecho muy bien.
- ¡No sabía que estaba ahí!
-Es evidente -se burló Benja.
-No te burles. Me siento fatal.
-Como debe ser.
-¿Ah, y tú nunca has herido los sentimientos de una mujer sin darte cuenta?
El tono de Colin era defensivo, y tanto que Benja comprendió que se sentía como un percebe.
Lo salvó de contestar la aparición de su madre en lo alto de la escalinata, enmarcada en la puerta más o menos igual que había estado Penelope hacía unos instantes.
-¿Aún no ha llegado vuestro hermano? -preguntó Violet.
-Fue a acompañar a la señorita Featherington a su casa -contestó Benja, haciendo un gesto hacia la esquina.
-Ah, bueno. Qué atento. Quería... ¿adónde vas Colin?
-Necesito beber algo -repuso Colin, deteniéndose brevemente pero sin volver la cabeza.
-Es un poco temprano para...
Benja la interrumpió colocándole una mano en el brazo.
-Déjalo.
Ella abrió la boca, como para protestar, pero cambió de opinión y se limitó a hacer un gesto de asentimiento.
-Quería reunir a toda la familia para hacer un anuncio -suspiró-, pero supongo que eso puede esperar. Mientras tanto, ¿por qué no me acompañas a un té?
Benja miró hacia el reloj del vestíbulo.
-¿No es un poco tarde para el té?
-Sáltate el té entonces -dijo ella, encogiéndose de hombros-. Simplemente buscaba un pretexto para hablar contigo.
Benja logró hacer una débil sonrisa. No estaba de humor para conversar con su madre. Para ser franco, no estaba de humor para hablar con nadie, hecho que podían atestiguar todas las personas con que se había cruzado ese último tiempo.
-No es nada serio -lo tranquilizó Violet-. Cielos, tienes una cara como si te estuvieras preparando para ir a la horca.
Habría sido grosero decir que así era exactamente como se sentía, de modo que simplemente se inclinó a darle un beso en la mejilla.
-Bueno, eso es una agradable sorpresa -dijo ella, sonriéndole de oreja a oreja-. Ahora, ven conmigo -añadió, indicando con un gesto la sala de estar de abajo-. Hay una persona de la que quiero hablarte.
-¡Madre!
-Simplemente escúchame. Es una muchacha encantadora...
La horca, desde luego.
Fin de los capitulOSSs!!
Dejen muxos coment!! |
| | Autor | Reply | mª jesus (no login) | Re: Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 17 y 18!!!No score for this post | June 25 2009, 8:13 PM |
vaya pobre penelope que desilusion
se ha llevado,me ha dado mucha pena....
y la relacion de benja y cami esta genial
pero la verdad que no esperaba que le diga
otra vez de que sea su amante que chasco
besos y siguela pronto
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| anonimo (no login) | te doy mi corazonNo score for this post | June 25 2009, 10:24 PM |
hola soy betsy. me han encantado. la verdad despues de que ella se dejara seducir por él y que consistiera en entregarle su virginidad, jamas habria esperado de benja que siguiera empeñado en hacerla su amante. ¿es que se ha vuelto loco? crei que se habia enamorado de ella pero parece que este brigerton tiene menos sensibilidad que un percebe. aunque colin no se queda atras. pobre penelope. me da que le va a costar mucho acercarse a ella. en fin siguiendo con cami, parece que estan a punto de descubrirla y puesto q queda tan poco para el final me da que la madre de benja ya se ha dado cuenta de q ella seria la esposa perfecta para su discolo hijo benja. a saber q se le ocurre para juntarlos. en fin. espero q puedas seguirla pronto q la adoro. bss linda. | |
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