<< Previous Topic | Next Topic >>Volver al foro  

Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 19 y 20!!!

June 26 2009 at 6:41 PM
No score for this post
mary_xiky24  (no login)

 



WenaS niñas!1 oy os subO os capituloss!! espero q les este gustandO por lo menos tantO cm me gustO ami! dentro e nada empiezO la proxima q para mi es mi favoritaa!! a q no adivinan de q ermano bridgerton?? weno espero q disfruten los caps y dejen muxos comentarios!



Capítulo 19


La señorita Posy Reiling (la hijastra menor del difunto conde de Pen­wood) no es tema frecuente en esta columna (como tampoco es, lamenta decir esta cronista, objeto frecuente de atención en las fun­ciones sociales), pero una no pudo dejar de observar que su compor­tamiento fúe muy extraño en la velada musical que ofreció su madre la noche del martes. Insistió en sentarse junto a la ventana y duran­te toda la actuación no hizo otra cosa que mirar hacia la calle, como si buscara algo, ¿o a alguien tal vez?

Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 11 de junio de 1817.


Al cabo de cuarenta y cinco minutos, Benja estaba repantiga­do en el sillón con los ojos vidriosos. De tanto en tanto tenía que hacerse una revisión para asegurarse de que no le colgaba la man­díbula.
Así de aburrida era la conversación de su madre.
La damita de la que quería hablarle había resultado ser siete damitas, cada una de las cuales, le aseguraba, era mejor que la ante­rior.
Pensó que se iba a volver loco. Ahí mismo en la sala de estar de su madre se iba a volver loco furioso. De repente saltaría del sillón y se arrojaría al suelo, frenético, agitando brazos y piernas, echando espuma por la boca, y...
-Benja , ¿me estás escuchando siquiera?
Él alzó la vista y pestañeó. Maldición, tendría que centrar la atención en la lista de posibles novias que le tenía su madre. La pers­pectiva de perder la cordura era infinitamente más atractiva.
-Te estaba hablando de Mary Edgeware -dijo Violet, con expresión más divertida que frustrada.
Al instante lo asaltó la desconfianza. Cuando se trataba del tema de arrastrar a sus hijos al altar, su madre jamás tenía expresión di­vertida.
-¿Mary cuánto?
-Edge... bah, dejémoslo. Ya veo que no puedo competir con lo que sea que te atormenta en este momento.
-Madre...
Ella ladeó ligeramente la cabeza, sus ojos curiosos y tal vez algo sorprendidos.
-¿Sí?
-Cuando conociste a padre...
-Ocurrió en un instante -dijo ella dulcemente, como si hubie­ra sabido lo que él le iba a preguntar.
-¿O sea que supiste al instante que era él?
Ella sonrió y sus ojos adquirieron una expresión lejana, nebu­losa.
-Uy, yo no lo habría admitido, al menos no inmediatamente. Me creía una muchacha práctica. Siempre me había mofado de la idea del amor a primera vista.
Se quedó callada y Benja comprendió que ya no estaba en la sala con él sino en un baile de años atrás, conociendo a su padre. Pasado un rato, cuando él ya creía que ella había olvidado la pre­gunta, ella lo miró y dijo:
-Pero lo supe.
-¿En el momento en que lo viste por primera vez?
-Bueno, la primera vez que hablamos, por lo menos.
Cogió el pañuelo que él le tendía y se lo pasó por los ojos, son­riendo tímidamente, como avergonzada de sus lágrimas.
Benja sintió formarse un bulto en la garganta y desvió la cara, no fuera que ella viera que tenía los ojos empañados. ¿Lloraría alguien por él después de diez años de haber muerto? Inspiraba humildad estar en presencia del verdadero amor, pensó, y de pronto se sintió condenadamente envidioso de sus propios padres.
Ellos encontraron el amor y tuvieron la sensatez de reconocerlo y mimarlo. Pocas personas eran tan afortunadas.
-Había un algo en su voz tremendamente tranquilizador, muy cálido -continuó Violet-. Cuando hablaba, uno tenía la sensación de que era la única persona presente en la habitación.
-Lo recuerdo -dijo él, con una sonrisa cálida, nostálgica-. Toda una proeza ser capaz de hacer eso, con ocho hijos.
Violet tragó saliva como para ahogar un sollozo y dijo, con la voz nuevamente enérgica:
-Sí, bueno, no llegó a conocer a Hyacinth, así que digamos que sólo eran siete.
-De todas maneras...
-De todas maneras -asintió ella.
Benja se inclinó a darle una palmadita en la mano. No supo por qué lo hizo; no había planeado hacerlo. Simplemente le pareció que era lo adecuado.
-Sí, bueno -dijo ella, dándole un suave apretón en la mano y volviendo a ponerla en su falda-. ¿Has preguntado por tu padre por algún motivo especial?
-No -mintió él-. Al menos no... Bueno...
Ella esperó pacientemente, con esa expresión apaciblemente expectante que hacía imposible ocultarle los sentimientos.
-¿Qué pasa cuando uno se enamora de una persona inadecuada?
-Una persona inadecuada -repitió ella.
Benja asintió, ya lamentando angustiosamente sus palabras. No debería haberle dicho nada a su madre, y sin embargo...
Suspiró. Su madre siempre había sido extraordinaria para escu­char. Y pese a todos sus fastidiosos métodos casamenteros, realmen­te estaba más cualificada que cualquiera de las personas que él conocía para dar consejos en asuntos del corazón.
Cuando Violet habló, daba la impresión de estar eligiendo cui­dadosamente las palabras.
-¿Qué quieres decir con una persona inadecuada?
-Alguien... -lo pensó un momento-. Una persona con la que probablemente no debería casarse alguien como yo.
-¿Tal vez una persona que no es de nuestra clase social?
-Una persona así -contestó él, con los ojos clavados en un cuadro de la pared.
-Comprendo. Bueno... -arrugó un pelín la frente y conti­nuó-: Supongo que dependería de a qué distancia está esta persona de nuestra clase social.
-Lejos.
-¿Un poco lejos o muy lejos?
Benja estaba convencido de que ningún hombre de su edad y reputación había tenido jamás una conversación así con su madre, pero contestó:
- Muchísimo.
-Comprendo. Bueno, yo diría... -Se mordió el labio inferior y estuvo así un momento-: Yo diría... -repitió en tono ligeramente más enérgico aunque nada enérgico si se midiera en términos abso­lutos -. Yo diría -repitió por tercera vez-, que te quiero muchísi­mo y te apoyaría en todo. -Se aclaró la garganta-. Si es que estamos hablando de ti.
No servía de nada negarlo, de modo que Benja asintió.
-Pero -continuó Violet-, te recomendaría pensarlo bien. El amor es ciertamente el elemento más importante en cualquier unión, pero las influencias externas pueden crear tensiones en el matrimo­nio. Si te casas con una mujer de, digamos -se aclaró la garganta-, de la clase servil, serás objeto de mucho cotilleo y no poco ostracis­mo. Y eso será difícil de soportar para uno como tú.
-¿Uno como yo? -preguntó él, erizado.
-Tienes que saber que no ha sido mi intención insultarte. Pero tú y tus hermanos lleváis vidas encantadas. Sois hermosos, inteli­gentes, atractivos. Caéis bien a todo el mundo. No sabes lo feliz que me hace eso. -Sonrió, pero su sonrisa era melancólica, ligeramente triste-. No es fácil ser la fea del baile.
Repentinamente Benja comprendió por qué su madre siem­pre lo obligaba a bailar con muchachas como Penelope Feathe­rington.
Con aquellas que estaban en las orillas del salón, aquellas que siempre fingían que no deseaban bailar.
Ella había sido poco atractiva.
Era difícil imaginarse eso. Su madre era tremendamente popular, siempre sonriente, y tenía montones de amistades. Y si él había oído correctamente la historia, su padre había estado considerado el mejor partido de la temporada.
-Sólo tú podrás tomar esta decisión -continuó Violet, vol­viéndolo al presente-, y me temo que no será fácil.
Él miró por la ventana, otorgando con su silencio.
-Pero -añadió ella-, si decidieras unir tu vida a la de una mujer que no es de nuestra clase, yo ciertamente te apoyaré de todas las maneras posibles.
Benja giró bruscamente la cabeza para mirarla. Pocas muje­res de la alta sociedad dirían eso a sus hijos.
-Eres mi hijo -dijo ella simplemente-. Daría mi vida por ti.
Él abrió la boca para hablar pero comprobó, sorprendido, que no podía hacer ni un sonido.
-Ciertamente no te desterraré por casarte con una persona ina­decuada.
-Gracias -dijo él. Fue lo único que consiguió decir.
Violet exhaló un suspiro, lo bastante fuerte para atraer toda su atención. Se veía cansada, melancólica.
-Ojalá estuviera aquí tu padre -dijo.
-No dices eso muy a menudo.
-Siempre deseo que tu padre estuviera aquí. -Cerró los ojos un breve momento-. Siempre.
Y entonces Benja lo vio todo claro. Al mirar la cara de su madre, al caer en la cuenta por fin, no, al «entender» por fin, la pro­fundidad del amor entre sus padres, se le aclaró todo.
Amor. Amaba a CAmi. Eso era lo único que debía importar.
Había creído que amaba a la mujer del baile de máscaras; había creído que deseaba casarse con ella. Pero en ese momento compren­día que eso sólo había sido un sueño, una fantasía fugaz con una mujer a la que apenas conocía.
En cambio Cami era...
Cami era Cami . Y eso era todo lo que necesitaba.


Cami no era una gran creyente en el destino ni en los hados, pero cuando llevaba una hora con Nicholas, Elizabeth, John y Alice Wentworth, los primos pequeños del clan Bridgerton, ya comenza­ba a pensar que tal vez había una razón que explicara por qué nun­ca había logrado obtener un puesto de institutriz.
Estaba agotada.
No, pensó, con más de un poco de desesperación. La palabra agotamiento no era una definición adecuada para el estado en que se encontraba en esos momentos. Agotamiento no llegaba a captar el ribete de locura que había producido en su mente ese cuarteto.
-No, no y no, ésa es mi muñeca -le estaba diciendo Elizabeth a Alice.
-¡Es mía! -replicó Alice.
-¡No es tuya!
- ¡Es mía!
-Yo arreglaré esto -gritó Nicholas, acercándoseles con las manos en las caderas.
Cami emitió un gemido. Tenía la clara impresión de que no era nada conveniente dejar resolver la pelea a un niño de diez años, que daba la casualidad se creía pirata.
-Ninguna de las dos va a querer la muñeca -dijo Nicholas con un astuto destello en los ojos -si yo le corto la...
-No le cortarás la cabeza, Nicholas Wentworth -intervino Cami .
-Pero es que así dejarán de...
-No -dijo Cami enérgicamente.
Él la miró un momento, como evaluando su resolución de impe­dírselo, y luego se alejó gruñendo.
-Creo que necesitamos otro juego -le susurró Hyacinth a Cami .
-Sí que necesitamos otro juego -convino Cami .
-¡Suelta mi soldado! -chilló John-. ¡Suéltalo, suéltalo, suel­talo!
-Jamás tendré hijos -declaró Hyacinth-. De hecho, jamás me casaré.
Cami se abstuvo de decirle que cuando se casara y tuviera hijos tendría una flotilla de niñeras que la ayudarían en su crianza y cuidado.
Hyacinth hizo un gesto de dolor al ver a John tirándole el pelo a Alice, y tragó saliva disgustada cuando Alice le enterró el puño en el estómago a John.
-La situación se está poniendo desesperada -susurró a Cami .
-¡La gallina ciega! -exclamó Cami -. ¿Qué os parece a todos? ¿Jugamos a la gallina ciega?
Alice y John asintieron entusiasmados. Elizabeth lo pensó un momento y al final dijo, de mala gana:
-De acuerdo.
-¿Y qué dices tú, Nicholas? -preguntó Cami al último du­doso.
Él se tomó otro momento.
-Podría ser divertido -contestó al fin, aterrando a Cami con un diabólico destello en los ojos.
-Excelente -dijo Cami , tratando de que no se notara su recelo.
-Pero tú tienes que ser la gallina ciega -añadió él.
Cami abrió la boca para protestar, pero en ese momento los otros tres niños comenzaron a saltar y gritar encantados. Y su desti­no quedó sellado cuando Hyacinth la miró con una astuta sonrisa y le dijo:
-Vamos, tienes que ser tú.
Puesto que era inútil protestar, Cami exhaló un largo suspiro, bien exagerado, para divertir a los niños, y se giró, para que Hya­cinth le vendara los ojos.
-¿Ves algo? -le preguntó Nicholas.
-No -mintió Cami .
-Ve -dijo él a Hyacinth haciendo una mueca. ¿Cómo podía saberlo?
-Átale un segundo pañuelo -dijo el niño-. Ése es demasiado transparente.
-Qué indignidad -masculló Cami , pero agachó un poco la cabeza para que Hyacinth le atara otro pañuelo.
-¡Ahora sí que está ciega! - gritó John a todo pulmón. Cami los obsequió a todos con una empalagosa sonrisa.
-Muy bien, entonces -dijo Nicholas, que había tomado el mando-. Espera diez segundos para que ocupemos nuestros lu­gares.
Cami asintió y reprimió un mal gesto al oír el ruido de un choque.
-¡Procurad no romper nada! -grito, como si eso fuera a influir en un sobreexcitado niño de seis años.
-¿Listos? -preguntó.
No hubo respuesta. Eso significaba sí.
-¡Gallina ciega! -gritó.
-¡Píllame! -gritaron cinco voces al unísono.
Cami frunció el ceño, calculando. Una de las niñas estaba detrás del sofá. Dio unos pasos a tientas a la derecha.
-¡Gallina ciega!
- ¡Píllame!
A eso siguieron, lógicamente, unos cuantos chillidos y risitas.
-¡Gallina, ay!
Más gritos y carcajadas. Cami gruñó y se agachó a frotarse la espinilla.
-¡Gallina ciega! -gritó con mucho menos entusiasmo.
-¡Píllame!
-¡Píllame!
-¡Píllame!
-¡Píllame!
-Eres toda mía, Alice -musitó en voz baja, decidiendo ir a por la más pequeña y, presumiblemente, la más débil del grupo-. Toda mía.
Benja casi logró escapar sin ser visto. Después de que saliera su madre de la sala de estar, él se bebió una muy necesitada copa de coñac y se dirigió al vestíbulo. Estaba a punto de llegar a la puerta cuando lo sorprendió Eloise y lo informó de que de ninguna mane­ra podía marcharse todavía, que su madre había hecho el enorme esfuerzo de reunir a todos sus hijos en un lugar porque Daphne tenía que hacer un importantísimo anuncio.
-¿Embarazada otra vez? -preguntó él.
-Finge sorpresa. Se supone que no lo sabes.
-No voy a fingir nada. Me voy.
De un salto ella le dio alcance y le cogió la manga.
-No puedes.
Benja exhaló un largo suspiro y trató de quitarle la mano del brazo, pero ella tenía bien cogida la camisa.
-Voy a levantar un pie -dijo él en tono de lo más tedioso- y dar un paso. Después levantaré el otro pie...
-Le prometiste a Hyacinth que la ayudarías en aritmética -soltó Eloise- y no te ha visto el pelo en dos semanas.
-Como si fuera a suspender en un colegio -masculló Benja .
-¡Benja , qué terrible lo que has dicho!
-Lo sé -gimió él, con la esperanza de ahorrarse un sermón.
-Que a las mujeres no se nos permita estudiar en colegios como Eton o Cambridge no significa que nuestra educación no sea impor­tante -despotricó Eloise, como si no hubiera oído su débil «lo sé»-. Además...
Benja se desmoronó contra la pared.
-soy de la opinión de que el motivo de que no se nos permi­ta el acceso a colegios es que si nos lo permitieran, ¡los derrotaríamos en todas las asignaturas!
-Sin duda tienes razón -suspiró él.
-No me trates con ese aire de superioridad.
-Te aseguro, Eloise, que jamás se me ocurriría ni soñar con tra­tarte así.
Ella lo miró desconfiada un momento y después se cruzó de brazos.
-Bueno, no decepciones a Hyacinth.
-Noo -dijo él cansinamente.
-Creo que está en la sala de los niños.
Después de hacerle un distraído gesto de asentimiento, él se diri­gió a la escalera y comenzó a subir.
Pero mientras subía no vio a Eloise girarse hacia su madre, que estaba asomada a la puerta de la sala de música, y hacerle un guiño, sonriendo.
La sala de los niños estaba en la segunda planta. No era frecuente que Benja subiera allí. Los dormitorios de la mayoría de sus her­manos estaban en la primera planta; sólo Gregory y Hyacinth seguían teniendo sus dormitorios contiguos a la sala de los niños, y estando Gregory en Eton la mayor parte del año y Hyacinth aterro­rizando a alguien en alguna otra parte de la casa, él simplemente no tenía motivos para subir allí.
No se le escapaba que aparte de la sala de estudio y dormitorios de los niños, también estaban en esa planta los dormitorios de los criados de más categoría, entre ellos las doncellas.
El dormitorio de Cami.
Probablemente ella estaba en algún rincón por ahí, ocupada en sus remiendos, no en el cuarto de los niños, lógicamente, que era el dominio de las niñeras. Una doncella no tendría ningún motivo para...
-¡Ja ja ja ja ja!
Benja arqueó las cejas. Ésas eran ciertamente risas de niños pequeños, no un sonido que pudiera salir de la boca de Hyacinth.
Ah, claro. Estaban de visita sus primos Wentworth, algo le había dicho su madre al respecto. Bueno, eso sería un extra. Hacía meses que no los veía, y eran niños bastante simpáticos, si bien un poco revoltosos.
Cuando se acercaba a la sala de los niños, las risas aumentaron, mezcladas con unos cuantos gritos. Eso lo hizo sonreír, y cuando llegó a la puerta abierta miró dentro, y entonces...
La vio.
A «ella».
No a Cami, a «ella».
Y sin embargo era Cami.
Tenía los ojos vendados y estaba sonriendo con las manos exten­didas hacia los risueños niños. Sólo se le veía la parte inferior de la cara, y entonces fue cuando cayó en la cuenta.
Sólo había otra única mujer en el mundo a la que le había visto solamente la parte inferior de la cara.
La sonrisa era igual; el atractivo hoyuelo en el extremo del men­tón era igual. Todo era igual.
Cami era la mujer del vestido plateado, la mujer del baile de máscaras.
De pronto todo cobró sentido. Sólo dos veces en su vida había sentido esa atracción inexplicable, casi mística, por una mujer. Le había parecido extraordinario encontrar a dos, cuando en su corazón siempre había creído que sólo había una mujer perfecta para él.
Su corazón no se había equivocado. Sólo había una.
La había buscado durante meses; había suspirado por ella más tiempo aún. Y estaba ahí, ante sus mismas narices.
Y ella no se lo había dicho.
¿Comprendería cuánto lo había hecho sufrir? ¿Las horas que había yacido despierto en la cama pensando que hacía traición a la dama del vestido plateado porque se estaba enamorando de una criada?
Dios santo, eso rayaba en lo absurdo. Finalmente había decidido olvidar a la dama del baile; le iba a pedir a Cami que se casara con él, y a la mierda las consecuencias sociales.
Y resultaba que eran una y la misma.
Un extraño rugido le llenó la cabeza, como si le hubieran tapado cada oído con una enorme concha; sentía silbidos, chirridos, zumbi­dos; y de pronto sentía un olor algo acre en el aire, y todo empeza­ba a tomar un color rojo, y...
No podía apartar los ojos de ella.
Todos los niños se habían quedado en silencio, mirándolo con los ojos agrandados, boquiabiertos.
-¿Pasa algo? -preguntó Cami.
-Hyacinth -dijo él-, ¿harías el favor de evacuar la sala?
-Pero...
-¡Ahora mismo! -rugió él.
-Nicholas, Elizabeth, John, Alice, venid conmigo -se apresu­ró a decir Hyacinth con voz cascada-. Hay galletas en la cocina y sé que...
Benja no oyó el resto. Hyacinth se las había arreglado para evacuar la sala en tiempo récord y su voz se fue perdiendo por el corredor llevándose a los niños.
-¿Benja ? -estaba diciendo Cami, con las manos detrás de la cabeza tratando de desatarse los pañuelos-. ¿Benja ?
Él cerró la puerta de un golpe; el ruido fue tan fuerte que ella pegó un salto.
-¿Qué pasa? -preguntó en un susurro.
Él no contestó, limitándose a observarla tironear del pañueño. Le agradaba que estuviera impotente. No se sentía nada amable ni caritativo en ese momento.
-¿Tienes algo que necesites decirme? -le preguntó con la voz controlada, aunque le temblaban las manos.
Ella se quedó inmóvil, tan inmóvil que él habría jurado que le veía salir calor del cuerpo. Después se aclaró la garganta, indicando con el sonido que se sentía incómoda, violenta, y reanudó la tarea de desatarse los nudos. Sus movimientos le ceñían el vestido a los pechos, pero él no sintió ni una pizca de deseo.
Era la primera vez que no sentía deseos por esa mujer, en ningu­na de sus dos encarnaciones, pensó con ironía.
-¿Puedes ayudarme en esto? -le preguntó ella, pero con voz titubeante.
Benja no se movió.
-¿Benja ?
-Es interesante verte con un pañuelo atado alrededor de la cabeza, Cami -le dijo él en voz baja.
Ella bajó lentamente las manos a los costados.
-Es casi como un antifaz, ¿no te parece?
Ella entreabrió los labios, y la suave bocanada de aire que pasó por entre ellos fue el único sonido que se oyó en la sala.
Él caminó hacia ella, lenta, inexorablemente, el ruido de sus pasos lo suficientemente fuerte para que ella supiera que se le iba acercando.
-Hace años que no he estado en un baile de máscaras -dijo.
Ella comprendió. Lo vio en su cara, en la expresión de su boca, apretada en las comisuras y sin embargo ligeramente entreabierta. Ella sabía que él sabía.
Esperaba que estuviera aterrada.
Dio otros dos pasos hacia ella y bruscamente viró a la derecha, rozándole la manga con el brazo.
-¿Ibas a decirme alguna vez que ya nos conocíamos?
Ella movió la boca pero no dijo nada.
-¿Ibas a decírmelo? -insistió él, en voz baja y controlada.
-No -balbuceó ella.
-¿No?
Ella no dijo nada.
-¿Por algún motivo en particular?
-No... no me parecía pertinente.
-¿No te parecía pertinente? -bramó él, girándose a mirarla-.Me enamoré de ti hace dos años, ¿y no te parecía pertinente?
-¿Puedo quitarme el pañuelo, por favor? -susurró ella.
-Puedes continuar ciega.
-Benja ...
-Como he estado ciego yo este mes -continuó él furioso-. ¿Por qué no ciega tú, a ver si te gusta?
-No te enamoraste de mí hace dos años -dijo ella, tironeán­dose la venda.
-¿Cómo podías saberlo? Desapareciste.
-Tenía que desaparecer -exclamó ella-. No tenía opción.
-Siempre tenemos opciones -dijo él, desdeñoso-. A eso le llamamos libre voluntad.
-Para ti es fácil decir eso -replicó ella, tironeándose el pañue­lo desesperada-. Para ti, ¡que lo tienes todo! Yo tenía que... ¡Ay!
Con un violento tirón logró bajar el pañuelo hasta dejarlo col­gando suelto del cuello. Cerró los ojos ante el repentino asalto de la luz; cuando los abrió vio la cara de Benja y retrocedió un paso.
Él tenía los ojos brillantes, ardiendo de rabia y, sí, de un dolor que ella no alcanzaba a comprender del todo.
-Me alegra verte, Csmi -dijo él en un tono peligrosamente suave-. Si es que ése es tu verdadero nombre.
Ella asintió.
-Se me ha ocurrido -continuó él, en un tono exageradamente despreocupado- que si estuviste en el baile de máscaras no eres de la clase servil.
-No tenía invitación -se apresuró a contestar ella-. Era una impostora. No tenía ningún derecho a estar allí.
-Me mentiste. En todas las cosas, en todo esto, me mentiste.
-Tuve que hacerlo -susurró ella.
-Vamos, por favor. ¿Qué podía ser tan terrible que no pudieras revelarme tu identidad «a mí»?
Cami tragó saliva. Ahí en el cuarto de los niños Bridgerton, frente a él, no lograba recordar por qué decidió no decirle que era la dama del baile de máscaras.
Tal vez temió que él deseara hacerla su querida.
Lo cual ocurrió de todos modos.
O tal vez no quiso decirle nada porque cuando comprendió que ése no iba a ser un encuentro casual, que él no iba a dejar salir de su vida a Cami la criada, ya era demasiado tarde. Ya había pasado mucho tiempo sin decírselo, y temió su ira.
Y eso ocurrió, exactamente.
Lo cual demostraba que había tenido razón. Claro que eso no era ningún consuelo al encontrarse allí, frente a él, viendo sus ojos ardientes de rabia y fríos de desdén al mismo tiempo.
Tal vez la verdad, por poco halagadora que fuera, era que sintió herido su orgullo. La había decepcionado que él no la reconociera. Si la noche del baile de máscaras había sido tan mágica para él como para ella, ¿no debería haberla reconocido al instante?
Dos años había pasado soñando con él. Dos años había visto su cara en la mente todas las noches. Y cuando él vio la de ella, vio a una desconocida.
O tal vez, sólo tal vez, no fue por ninguna de esas cosas. Tal vez fue algo más sencillo: sólo deseaba proteger su corazón. No sabía por qué, pero se había sentido algo más segura, algo menos expues­ta como una criada anónima. Si Benedict hubiera sabido quién era, o por lo menos sabido que ella era la dama del baile de máscaras, le habría ido detrás, implacablemente.
Bueno, sí que le había ido detrás cuando la creía una criada. Pero habría sido distinto si hubiera sabido la verdad. Estaba segu­ra. No habría considerado tan grande la diferencia de clase, y entonces ella habría perdido una importante barrera entre ellos. Su posición social, o su falta de posición social, había sido un muro protector alrededor de su corazón. No podía acercarse demasiado porque, simplemente no podía; un hombre como Benja, hijo de vizconde, hermano de vizconde, jamás se casaría con una criada.
Pero para una hija ilegítima de un conde, bueno, la situación era mucho más difícil. A diferencia de una criada, una bastarda aristo­crática podía soñar.
Aunque, como en el caso de una criada, esos sueños no tenían probabilidades de hacerse realidad, lo cual los hacía mucho más dolorosos. Y comprendía, cada vez que había estado a punto de revelar su secreto lo había comprendido, que decirle la verdad a él la llevaría derecho a un corazón roto.
Sintió deseos de reírse. Su corazón no podía sentirse peor que en ese momento.
-Te busqué -dijo él, su voz intensa penetrando sus pensa­mientos.
Ella abrió más los ojos, los sintió mojados.
-¿Sí?
-Durante seis malditos meses -maldijo él-. Fue como si hubieras desaparecido de la faz de la tierra.
-No tenía adónde ir -dijo ella, sin saber por qué le decía eso.
-Me tenías a mí.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, opresivas, som­brías. Finalmente, impulsada por un tardío sentido de sinceridad,
Cami dijo:
-No sabía que me buscabas. Pero, pero... -se atragantó con las palabras, no pudo decirlas, y cerró fuertemente los ojos, como para protegerse del sufrimiento.
-Pero ¿qué?
Ella tragó saliva y abrió los ojos, pero no lo miró a la cara.
-Aunque hubiera sabido que me buscabas -dijo, cruzando los brazos para abrazarse-, no habría permitido que me encontraras.
-¿Tan repugnante era yo para ti?
-¡No! -exclamó ella, mirándolo a la cara.
Vio dolor en sus ojos. Él lo ocultaba, pero ella lo conocía bien.
Estaba herido; lo veía en sus ojos.
-No -repitió, tratando de hablar calmada-. No por eso. Eso no podría ser jamás.
-¿Entonces por qué?
-Somos de mundos diferentes, Benja. Incluso entonces yo sabía que no podía haber ningún futuro para nosotros. Y habría sido una tortura. ¿Torturarme con un sueño que no podía hacerse reali­dad? No podía hacer eso.
-¿Quién eres? -preguntó él repentinamente.
Ella sólo pudo mirarlo, sin poder hablar, paralizada.
-Dímelo. Dime quién eres. Porque no eres ninguna condenada doncella, estoy seguro.
-Soy exactamente lo que te dije que era -dijo ella. Al ver su mirada asesina, se apresuró a añadir-. Casi.
-¿Quién eres? -repitió él, acercándose un paso.
Ella retrocedió un paso.
-He sido sirvienta desde los catorce años.
-¿Y quién eras antes de eso?
-Una bastarda -repuso ella en un susurro.
-¿De quién?
-¿Importa eso?
Él adoptó una postura más belicosa.
-A mí me importa.
Cami se sintió desanimada. No había esperado que él hiciera caso omiso de los deberes impuestos por su posición para casarse con una persona como ella, pero tampoco había esperado que a él le importara tanto.
-¿Quiénes fueron tus padres? -insistió él.
-Nadie que tú conozcas.
-¿Quiénes fueron tus padres? -rugió él.
-El conde de Penwood.
Él se quedó absolutamente inmóvil, sin mover ni un solo múscu­lo. Ni siquiera pestañeó.
-Soy la bastarda de un noble -continuó ella, en tono áspero, dejando salir años de rabia y resentimiento-. Mi padre fue el con­de de Penwood, y mi madre, una criada. -Al ver que él palidecía, espetó-: Sí, mi madre era una doncella, tal como yo lo soy ahora. -Al cabo de un denso silencio, añadió-: No quiero ser como mi madre.
-Y sin embargo -dijo él-, si ella se hubiera comportado de otro modo, tú no estarías aquí para decírmelo.
-No se trata de eso.
Benja se retorció las manos, las que había tenido en puños a los costados.
-Me mentiste -dijo en voz baja.
-No había ninguna necesidad de decirte la verdad.
-¿Quién demonios eres tú para decidir eso? -explotó él­- Pobre Benja, no es capaz de enfrentar la verdad, es incapaz de decidirse. No es...
Se interrumpió disgustado al percibir su voz quejumbrosa. Ella lo había convertido en alguien a quien no conocía, alguien que le caía mal. Tenía que salir de ahí, tenía que...
-¿Benja...?
Ella lo estaba mirando extrañada, sus ojos preocupados.
-Tengo que irme -masculló-. No puedo estar contigo en este momento.
-¿Por qué? -preguntó ella, y él notó que al instante se arre­pentía de haber preguntado eso.
-Estoy tan enfadado en este momento -dijo, lentamente, mar­cando bien cada palabra- que no me conozco. No...
Se miró las manos; le temblaban. Deseaba herirla, comprendió. No, no deseaba herirla. Jamás desearía herirla. Y sin embargo...
Y sin embargo...
Era la primera vez en su vida que se sentía tan descontrolado. Lo asustaba eso.
-Tengo que irme -repitió; pasó bruscamente por su lado, lle­gó a la puerta y salió.


Capítulo 20


Continuando con el tema, la madre de la señorita Reiling, la conde­sa de Penwood, también ha actuado de modo muy raro últimamen­te. Según los cotilleos de los criados (los que, todos sabemos, siempre son los más fiables), la condesa tuvo una pataleta anoche, y arrojó nada menos que diecisiete zapatos a sus criados.
Un lacayo luce un ojo morado, pero aparte de eso, todos conti­núan con buena salud.

Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, 11 de junio de 1817.


Antes de una hora Cami ya tenía lista su bolsa para marcharse. No sabía qué más hacer. Estaba poseída, dolorosamente poseída, por una energía nerviosa, y no podía tenerse quieta. Los pies se le movían solos, le temblaban las manos y cada tantos minutos se sor­prendía inspirando una cantidad extra de aire, como si éste pudiera tranquilizarla por dentro.
No le cabía en la cabeza que le permitieran continuar al servicio de lady Bridgerton después de ese horroroso altercado con Benja . Lady Bridgerton le tenía afecto, cierto, pero Benja era su hijo. Los lazos de sangre eran más fuertes que nada, en especial tra­tándose de la familia Bridgerton.
Era una pena, en realidad, pensó, sentándose en la cama, sin dejar de retorcer entre las manos un pobre pañelo ya destrozado sin remedio. Pese a todo el trastorno interior que le causaba Benja , le gustaba vivir en esa casa. Nunca en su vida había tenido el honor de vivir entre un grupo de personas que entendían verdaderamente el significado de la palabra familia.
Las echaría de menos.
Echaría de menos a Benja .
Y lloraría por la vida que no podía tener.
Sin poder continuar sentada, se levantó de un salto y fue a aso­marse a la ventana.
-Maldito seas, papá -dijo, mirando el cielo-. Toma, te he lla­mado papá. Nunca me permitiste eso. Nunca quisiste ser eso. -No pudo contener unos estremecedores sollozos, y se limpió la nariz, con el dorso de la mano-. Te he llamado papá. ¿Cómo te sienta eso?
Pero no hubo ningún repentino trueno ni apareció ningún nuba­rrón negro para tapar el sol de la tarde. Su padre no sabría jamás lo furiosa que estaba con él por haberla dejado sin un céntimo, por haberla dejado en manos de Araminta. Lo más probable era que no le habría importado.
Se sintió cansada y se apoyó en el marco de la ventana, limpián­dose los ojos con la mano.
-Me diste a probar otro tipo de vida, y luego me dejaste en el aire -musitó-. Habría sido mucho más fácil para mí si me hubie­ras criado como una sirvienta. Entonces yo no habría deseado tan­to. Me habría resultado más fácil.
Dio la espalda a la ventana y sus ojos se posaron en su pequeña bolsa con su escasas pertenencias. Habría preferido no tener que lle­varse ninguno de los vestidos que le habían regalado lady Bridgerton y sus hijas, pero no tenía elección, puesto que sus vestidos viejos ya habían sido arrojados al cubo de basura. Había elegido solamente dos, el mismo número con el que llegara: el que llevaba cuando Benja descubrió su identidad y otro de muda, el que ya estaba guardado en su bolsa. Los demás estaban colgados, bien planchados, en el ropero.
Suspirando cerró los ojos y estuvo así un momento. Era hora de marcharse. Adónde, no lo sabía, pero no podía continuar allí.
Se agachó a recoger la bolsa. Tenía un poco de dinero ahorrado; no mucho, pero si trabajaba y era frugal en sus gastos, dentro de un año tendría lo suficiente para comprar un pasaje a Estados Unidos. Había oído decir que allí las cosas eran más fáciles para aquellos de cuna menos que respetable, que allí las fronteras entre diferentes cla­ses sociales no eran tan definidas como en Inglaterra.
Asomó la cabeza al corredor; afortunadamente no había nadie. Era una cobarde, sí, pero no deseaba tener que despedirse de las hijas Bridgerton; podría hacer algo realmente estúpido, como echarse a llorar, y luego se sentiría peor aún. Nunca en su vida había tenido la oportunidad de pasar tiempo con mujeres de su edad que la trataran con respeto y afecto. Hubo una época en que deseó que Rosamund y Posy fueran sus hermanas, pero ese deseo nunca llegó a hacerse realidad. Posy podría haberlo intentado, pero Araminta no lo habría permitido. Pese a su naturaleza amable, Posy nunca había tenido la fuerza necesaria para enfrentar a su madre.
Pero sí tendría que despedirse de lady Bridgerton; de ninguna manera podía saltarse eso. Lady Bridgerton la había tratado con una amabilidad que superaba toda expectativa, y ella no podía darle las gracias marchándose a hurtadillas y desapareciendo como una delin­cuente. Si tenía suerte, lady Bridgerton aún no se habría enterado de su altercado con Benja . Podía avisarle que se iba, despedirse y ponerse en marcha.
Era última hora de la tarde; ciertamente ya hacía rato que había acabado la hora del té, de modo que decidió ver si lady Bridgerton estaba en la pequeña oficina que tenía contigua a su dormitorio. Era un cuartito muy acogedor, con un escritorio y varias estanterías de libros, el lugar donde lady Bridgerton escribía su correspondencia y llevaba las cuentas de la casa.
La puerta estaba entreabierta. Golpeó suavemente, y al contacto de su puño con la madera la puerta se abrió otro poco.
-¡Adelante! -dijo la voz de lady Bridgerton.
Cami empujó más la puerta y asomó la cabeza.
-¿Interrumpo? -preguntó en voz baja.
-Sí, pero es una interrupción bienvenida -repuso lady Brid­gerton dejando su pluma a un lado-. Nunca me ha gustado cuadrar las cuentas de la casa.
-Yo podría... -empezó Cami , pero alcanzó a morderse la lengua.
Había estado a punto de decir que con mucho gusto podría rele­varla en esa tarea; siempre había sido buena para los números.
-¿Decías? -preguntó lady Bridgerton, mirándola afablemente.
-Nada -repuso ella, negando ligeramente con la cabeza. Pasado un momento de silencio, lady Bridgerton la miró con una sonrisa ligeramente divertida y le preguntó:
-¿Tenías algún motivo concreto para golpear mi puerta?
Cami hizo una honda inspiración, con el fin de calmar los ner­vios (que no se los calmó), y contestó:
-Sí.
Lady Bridgerton la miró expectante, pero sin decir nada.
-Creo que debo renunciar a mi trabajo aquí -dijo.
Lady Bridgerton pegó un salto que casi la hizo caer de la silla.
-Pero ¿por qué? ¿No eres feliz aquí? ¿Alguna de las niñas te ha tratado mal?
-No, no. Eso no podría estar más lejos de la verdad. Sus hijas son muy bellas, de corazón y de apariencia. Nunca he..., es decir, nunca nadie...
-¿Qué pasa, Cami ?
Cami se cogió del marco de la puerta, para no perder el equili­brio y caerse. Sentía poco firmes las piernas, sentía poco firme el corazón. En cualquier momento se echaría a llorar, ¿y por qué? ¿Por­que el hombre al que amaba no se casaría nunca con ella? ¿Porque la detestaba por haberle mentido? ¿Porque ya le había roto el corazón dos veces: una al pedirle que fuera su querida y la otra al hacerla amar a su familia y luego obligándola a marcharse?
Aunque no le hubiera pedido que se marchara, no podía ser más evidente que ella no podía continuar allí.
-Es por Benja , ¿verdad?
Cami levantó bruscamente la cabeza y la miró. Lady Bridger­ton sonrió tristemente.
-Es evidente que hay sentimiento entre vosotros -dijo dulce mente, contestando la pregunta que sin duda veía en sus ojos.
-¿Por qué no me despidió? -preguntó en un susurro.
No creía que lady Bridgerton supiera que había tenido relaciones íntimas con Benja , pero ninguna mujer de su posición querría que su hijo suspirara por una criada.
-No lo sé -contestó lady Bridgerton, con una expresión más afligida de lo que Cami hubiera imaginado posible-. Probable­mente debería haberlo hecho. -Se encogió de hombros, con una extraña expresión de impotencia en sus ojos-. Pero me gustas.
Las lágrimas que Cami había estado tratando de contener, empezaron a rodarle por la cara, pero aparte de eso, consiguió man­tener la calma; no sollozó estremecida, no emitió ningún sonido; simplemente continuó donde estaba, absolutamente inmóvil, mientras le brotaban lágrimas y más lágrimas.
Cuando lady Bridgerton volvió a hablar, lo hizo con palabras muy medidas, como si las hubiera elegido con sumo cuidado para obtener una respuesta concreta.
-Eres el tipo de mujer que me gustaría para mi hijo -dijo, sin dejar de mirarle la cara ni un solo instante-. No nos conocemos de mucho tiempo, pero conozco tu carácter y conozco tu corazón. Y ojalá...
A Cami se le escapó un sollozo ahogado, pero se apresuró a reprimir los que pugnaban por salir.
Lady Bridgerton reaccionó al sollozo ladeando la cabeza, com­pasiva, y haciéndole un guiño de tristeza con los ojos.
-Ojalá tus antecedentes fueran diferentes -continuó-. Y no es que yo piense mal de ti ni te considere menos por eso, pero hace las cosas muy difíciles.
-Imposibles -susurró Cami .
Lady Bridgerton no dijo nada, y Cami comprendió que en su corazón estaba de acuerdo, si no del todo, en un noventa y nueve por ciento, con su afirmación.
-¿Es posible que tus antecedentes no sean exactamente lo que parecen? -preguntó lady Bridgerton, pronunciando las palabras con más mesura y cuidado que antes.
Cami guardó silencio.
-Hay cosas en ti que no cuadran, Cami .
Cami sabía que esperaba que le preguntara qué, pero tenía bas­tante buena idea de lo que quería decir.
-Tu dicción es impecable -continuó lady Bridgerton-. Me explicaste que asistías a las clases con la hijas de la casa donde traba­jaha tu madre, pero para mí esa explicación no es suficiente. Esas clases comenzarían cuando ya tenías unos años, seis por lo menos, edad en que ya tendrías firmemente establecida tu forma de hablar.
Cami agrandó los ojos. Nunca había visto ese determinado fallo en su historia inventada, y la sorprendió que nadie lo hubiera visto hasta ese momento. Pero claro, lady Bridgerton era muchísi­mo más inteligente que la mayoría de las personas a las que les había contado esa historia.
-Y sabes latín -continuó lady Bridgerton-. No intentes negar­lo. Te oí mascullar en voz baja el otro día cuando Hyacinth te irritó.
Cami mantuvo la vista fija en la ventana, a la izquierda de lady Bridgerton, sin lograr atreverse a mirarla a los ojos.
-Gracias por no negarlo -dijo lady Bridgerton, y se quedó esperando que ella dijera algo.
Esperó tanto que Cami se vio obligada a poner fin a ese inter­minable silencio.
-No soy pareja adecuada para su hijo -dijo.
-Comprendo.
-De verdad tengo que marcharme -se apresuró a continuar, antes de tener tiempo para arrepentirse.
-Si ése es tu deseo -dijo lady Bridgerton, asintiendo-, no puedo hacer nada para impedírtelo. ¿Dónde piensas ir?
-Tengo parientes en el norte -mintió Cami .
Fue evidente que lady Bridgerton no la creyó, pero contestó:
-Ciertamente usarás uno de nuestros coches.
-No, de ninguna manera.
-No creerás que te permitiría hacer otra cosa. Te considero mi responsabilidad, al menos durante los próximos días, y es demasia­do peligroso que te marches sin compañía. Este mundo no es segu­ro para mujeres solas.
Cami no pudo reprimir una pesarosa sonrisa. El tono de lady Bridgerton podía ser distinto, pero sus palabras eran casi las mismas que le dijera Benja unas semanas antes. Y en qué la habían meti­do esas palabras. No podía decir que lady Bridgerton y ella fueran íntimas amigas, pero la conocía lo suficiente para saber que no haría concesiones.
Podía pedirle al cochero que la dejara en algún lugar, de preferencia no demasiado lejos de algún puerto, donde finalmente podría comprar un pasaje para Estados Unidos, y luego decidir qué haría a partir de eso.
-Muy bien -dijo-. Gracias.
Lady Bridgerton la obsequió con una leve y triste sonrisa.
-Supongo que ya tienes hechas tus maletas...
Cami asintió. No había ninguna necesidad de decir que sólo tenía una bolsa, en singular.
-¿Ya has hecho tus despedidas?
-Prefiero no hacerlas -repuso Cami , negando con la ca­beza.
Lady Bridgerton se puso de pie y asintió.
-A veces eso es lo mejor. ¿Por qué no me esperas en el vestíbu­lo de la entrada? Iré a ordenar que lleven un coche a la puerta.
Cami se giró y echó a caminar, pero justo antes de salir se detu­vo y se giró nuevamente.
-Lady Bridgerton...
Se le iluminaron los ojos a la señora, como si esperara oír una buena noticia, o si no buena, por lo menos diferente.
-¿Sí?
Cami tragó saliva.
-Quería darle las gracias.
Se apagó un tanto la luz en los ojos de lady Bridgerton.
-¿De qué?
-Por tenerme aquí, por aceptarme y permitirme simular que formaba parte de su familia.
-No seas ton...
-No tenía por qué invitarme a tomar el té con usted y las niñas-interrumpió Cami . Si no sacaba todo eso perdería el valor-. La mayoría de las señoras no lo habrían hecho. Fue hermoso... y nue­vo... Y... -se atragantó-. Las echaré de menos a todas.
-No tienes por qué marcharte -dijo lady Bridgerton dulce­mente.
Cami intentó sonreír, pero la sonrisa le salió a medias, y le supo a lágrimas.
-Sí, tengo que irme -dijo, casi ahogada por las palabras.
Lady Bridgerton la contempló un largo rato, con sus ojos azul claro, llenos de compasión y tal vez un pelín de comprensión.
-Ya veo -dijo en voz baja.
Y Cami tuvo la incómoda sensación de que sí veía.
-Espérame abajo -dijo.
Cami asintió y se hizo a un lado para dejarla pasar. La vizcon­desa viuda se detuvo en la puerta a mirar la raída bolsa que estaba en el suelo.
-¿Eso es todo lo que posees?
-Todo en el mundo.
Lady Bridgerton tragó saliva, incómoda, y las mejillas se le tiñe­ron levemente de rosa, casi como si la avergonzaran sus riquezas, y la carencia de ella.
-Pero eso -dijo Cami haciendo un gesto hacia la bolsa-, eso no es lo importante. Lo que usted tiene... -se interrumpió para tra­garse el bulto que se le había formado en la garganta-. No quiero decir lo que posee...
-Sé lo que quieres decir, Cami -dijo lady Bridgerton, lim­piándose los ojos con los dedos-. Gracias.
-Es la verdad -contestó ella, elevando ligeramente los hom­bros.
-Permíteme que te dé algo de dinero antes que te marches, Cami .
-No podría -negó ella con la cabeza-. Ya cogí dos de los ves­tidos que me regaló. No quería, pero...
-Has hecho bien -la tranquilizó lady Bridgerton-. ¿Qué otra cosa podías hacer? Los que trajiste contigo ya no están. -Se aclaró la garganta-. Pero, por favor, acéptame un poco de dinero. -Al verla abrir la boca para protestar, insistió-: Por favor. Me haría sen­tir mejor.
Lady Bridgerton tenía una manera de mirar que hacía desear hacer lo que pedía. Y además, pensó Cami , necesitaba ese dinero. Lady Bridgerton era una señora generosa; tal vez podría darle lo suficiente para comprar un pasaje de tercera clase para atravesar el océano.
-Gracias -dijo, antes de que su conciencia tuviera la oportunidad de convencerla de rechazar el ofrecimiento.
Después de un breve gesto de asentimiento, lady Bridgerton echó a andar por el corredor.
Cuando la perdió de vista, Cami hizo una larga y temblorosa inspiración, se agachó a recoger su bolsa y lentamente caminó hasta la escalera y bajó al vestíbulo. Después de estar un rato esperando allí, decidió que igual podía esperar fuera. Era un hermoso día de primavera y tal vez sentir un poquitín de sol en la nariz era justo lo que necesitaba para sentirse mejor. Bueno, al menos un poco mejor. Además, allí había menos probabilidades de encontrarse de repente con una de las niñas Bridgerton, y por mucho que las fuera a echar de menos, no quería verse obligada a despedirse.
Con la bolsa firmemente cogida en una mano, abrió la pesada puerta y bajó la escalinata.
El coche no tardaría mucho en dar la vuelta. Cinco minutos, tal vez diez, tal vez...
-¡Cami Beckett!
El estómago le cayó a los tobillos. Era Araminta. ¿Cómo podía haberlo olvidado?
No pudo moverse, paralizada. Miró alrededor y luego los pelda­ños, tratando de decidir hacia dónde huir. Si volvía a entrar en la casa, Araminta sabría dónde encontrarla, y si echaba a correr por la calle...
-¡Policía! -chilló Araminta-. ¡Necesito un policía!
Cami soltó la bolsa y echó a correr.
-¡Que alguien la detenga! -gritó Araminta-. ¡Detengan a la ladrona! ¡Detengan a la ladrona!
Cami continuó corriendo, aún sabiendo que eso la haría pare­cer culpable. Corrió con todas las fibras de sus músculos, con cada bocanada de aire que conseguía hacer entrar en los pulmones; corrió, corrió y corrió...
Hasta que alguien le cerró el paso y de un empujón la arrojó de espaldas en la acera.
-¡La tengo! -gritó el hombre-, ¡La tengo!
Cami cerró y abrió los ojos, ahogando una exclamación de dolor. La cabeza le había chocado con la acera en un golpe aturdi­dor, y el hombre que la cogió estaba prácticamente sentado en su abdomen.
-¡Ahí estás! -graznó Araminta, corriendo hacia ella-. Cami Beckett ¡qué descaro!
Cami la miró furibunda. No existían palabras para expresar el aborrecimiento que sentía en su corazón. Por no decir que no podía hablar por el dolor.
-Te he andado buscando -le dijo Araminta con una diabólica sonrisa-. Posy me dijo que te había visto.
Cami cerró los ojos y los mantuvo así un rato más largo que un pestañeo normal. Ay, Posy. Dudaba de que la muchacha hubiera querido delatarla, pero su lengua tenía una manera ineludible de ade­lantarse a su mente.
Araminta afirmó el pie muy cerca de su mano, la que le tenía inmovilizada por la muñeca el hombre que la cogió, y sonriendo trasladó el pie hasta plantarlo sobre la mano.
-No deberías haberme robado -dijo Araminta, con sus ojos azules brillantes.
Cami se limitó a gruñir. Fue lo único que consiguió hacer.
-¿Lo ves? -continuó Araminta alegremente-. Ahora puedo hacerte encarcelar. Supongo que podría haber hecho eso antes, pero ahora tengo la verdad de mi parte.
En ese momento llegó un hombre corriendo y se detuvo con un patinazo ante Araminta.
-Las autoridades vienen en camino, milady. Dentro de nada tendremos a esta ladrona en prisión.
Cami se cogió el labio inferior entre los dientes, una parte de ella rogando que las autoridades se retrasaran hasta que saliera lady Bridgerton, y otra parte rogando que llegaran inmediatamente para que las Bridgerton no vieran su vergüenza.
Y al final logró su deseo, es decir el segundo. No habían pasado dos minutos cuando llegaron las autoridades, la metieron en un carretón y la llevaron a la cárcel.
Y lo único que podía pensar Cami mientras la llevaban era que los Bridgerton no sabrían nunca lo que le había ocurrido, y que tal vez eso era lo mejor.

Dejad muxos coment!

 
Scoring_Disabled_MsgRespond to this message   
AutorReply
rossy
(no login)

Re: Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 19 y 20!!!

No score for this post
June 26 2009, 9:17 PM 

increible como siempre!! cada vez esta mas interesante sobre todo q benja ya sabe quien es en verdad cami, y mejor no decir nada sobre lo ulitmo q la ha pasado, ya hay q tener mala suerte, espero q salga pronto de la cárcel.. supongo q alguien la sacará de alli, porque se dejo la bolsa en la entrada de la casa y eso quiere decir q algo paso ¿no? bueno espero q la sigas pronto q esta muuy interesante jajaja muxos bss!!!

 
Scoring_Disabled_Msg
anonimo
(no login)

te doy mi corazon

No score for this post
June 27 2009, 11:50 AM 

hola soy betsy. vaya capitulos emocionantes. al final todo salió a la luz aunque cami ahora esta en un buen aprieto. en cuanto empezó el juego de la gallina ciega supe que benja al verla con la venda la reconocería y sabría la verdad. solo q ésta le golpeó fuertemente y necesita tiempo para asimilarlo. sin embargo, tiempo es precisamente lo que no tiene, si de verdad la ama tendrá que darse prisa para sacarla de la carcel. estaba claro que tarde o temprano araminta la descubriría. y si cami no hubiese decidido esperar a la señora brigerton fuera, si hubieran salido juntas tal vez...aunque con su mala suerte puede que no. solo espero que la curiosa de la familia brigerton, eloise, lo haya visto todo e informe a su madre y hermanos para que ayuden a cami, de seguro q benja jamas dejaria que le sucediera nada malo. en fin estoy deseando saber como acaba. me tienes en ascuas. siguela pronto. bss linda.

 
Scoring_Disabled_Msg
mª jesus
(no login)

Re: Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 19 y 20!!!

No score for this post
June 27 2009, 4:55 PM 

ufff vaya capitulos han estado estupendos
por fin se sabe algo de verdad,a ver que es
lo que pasa ahora que la han metido en la
carcel.....si antes no podia ver a araminta
ahora menos todavia,que asco de mujer ajjjj
siguela pronto estoy deseando saber que pasa
besotesssss

 
Scoring_Disabled_Msg
Current Topic - Te DoY mI CoRazOn[!!]_____________CaPitUlOo 19 y 20!!!  Respond to this message   
  << Previous Topic | Next Topic >>Volver al foro  
Find more forums on AnimationCreate your own forum at Network54
 Copyright © 1999-2009 Network54. All rights reserved.   Terms of Use   Privacy Statement  
Esperemos que hayan disfrutado y ¡Entren mas a amenudo!