HOLA!!!PERDON POR EL RETRASO!!!!!!ES QUE ULTIMAMENTE ESTOY MUY LIADA....Y LAS OTRAS ADAPTACIONES LAS SEGUIRE EN CUANTO PUEDA.....BSS.XAU Y ESPERO QUE OS GUSTE EL CAPI!!
CAPÍTULO 5
¿Qué tengo que hacer para mantenerte a salvo de él? ¿Encerrarte en un convento? Al menos de esa forma no podría poner pie en suelo sagrado. Una vez más, Felipe estaba trazando un surco en la elegante alfombra Aubusson que cubría el suelo de la sala de dibujo. A juzgar por las sombras que tenía debajo de los ojos y el hecho de que aún llevaba puestos los arrugados pantalones, camisa y chaleco de la noche anterior, parecía que no había podido dormir después de haber traído a Camila de vuelta a casa.
Quizás deberíamos ver si el primo Cecil todavía está buscando novia en el mercado, ofreció Luisana, refiriéndose al lechón parecido a un sapo que una vez se había ofrecido a doblegar el espíritu de Camila con sus puños.
Ambos, Felipe y Camila, se dieron la vuelta para mirarla con horror. Pestañeó inocentemente hacia ellos y añadió:
O la tía Marietta podría necesitar una dama de compañía se dieron cuenta de que estaba bromeando. Se sentó en el sofá de brocado con Mía sentada sobre sus rodillas. La pequeña niña de cabello de miel parecía estar en inminente peligro de tragarse las irracionalmente costosas perlas que Felipe le había regalado a Luisana para su tercer aniversario.
El desvaído sol del atardecer se colaba a través de los altos arcos de las ventanas de la espaciosa habitación. Camila se las había arreglado para posponer la discusión varias horas, primero fingiendo un desvanecimiento en el carruaje de camino a casa, luego alegando llorosamente estar exhausta cuando Felipe la había entregado a los brazos de Luisana que la aguardaba. Desafortunadamente, su estrategia se le había vuelto en contra. El retraso solo le había dado a Felipe tiempo para convocar al resto de la familia para que fueran testigos de su desgracia.
La otra hermana de Camila, Micaela, estaba sentada en un sillón orejero de cuero cerca del hogar, manteniendo un ojo vigilante sobre los rubios mellizos de cuatro años que jugaban con soldados de madera delante del acogedor fuego. Ni siquiera el haber dado a luz a dos retoños del demonio al mismo tiempo, parecía haber alterado su legendaria compostura. De acuerdo a la leyenda familiar, cuando la partera le había entregado al segundo bebé, simplemente había murmurado,
¡Oh, dios! ¿Puedes echarle una mirada a esto? Mientras, su estoico marido se había desparramado en la alfombra en un desmayo de muerte.
Jorge Coco, a quien todos tendían a llamar simplemente Coco en reconocimiento a su carrera anterior de guardia, estaba sentado en el brazo del sillón de su esposa. Cada pocos minutos, se estiraba para tocar ausentemente su cabello dorado. En vista de sus severos labios y su nariz de halcón, podría haber algunas personas que se preguntaran como un hombre tan corriente se las había ingeniado para capturar el corazón de una belleza como Micaela Bordonaba. Hasta que veían la manera en que sus inteligentes ojos marrones se encendían cada vez que la miraba.
Camila llevaba un vestido mañanero de un sobrio tono verde que esperaba que la hiciera verse adecuadamente penitente. Una gargantilla de terciopelo a juego adornaba su garganta. Se sentó en su otomana favorita con las manos dobladas recatadamente sobre el regazo y miró como Felipe reanudaba su paseo.
Benjamin es mi hermano le recordó. Deberías haber confiado en mí para que me hiciera cargo de la situación, no irte en alguna mal concebida misión propia.
Sí confié en ti para que te hicieras cargo de la situación. Ese es precisamente el motivo por el que estaba preocupada.
Se giró para enfrentarla.
¿Realmente creías que iba a clavarle una estaca en el corazón a mi hermano menor sin siquiera pedirle permiso educadamente?
Felipe los niños le recordó Luisana, llevándose un dedo a los labios.
Lanzándole una frustrada mirada, Felipe caminó a zancadas hacia la borla del llamador que estaba en una esquina y le dio un fuerte tirón. Después de lo que pareció una eternidad, su muy mayor mayordomo Wilbury entró al salón de dibujo arrastrando los pies. Con sus mejillas hundidas, su espalda encorvada y su sorprendente cantidad de cabello blanco, parecía tener al menos 275 años.
Wilbury, querido dijo Luisana, ¿te importaría llevarte a los niños y mantenerlos ocupados por un rato?
Eso sería el punto culminante de mis años dorados, Milady respondió con una helada educación. La culminación del sueño de toda una vida que casi había abandonado para sentarme a esperar pacíficamente a que el Grim Reaper viniera y me relevara de mis deberes terrenales.
Inmune a su sarcasmo, Luisana le sonrió con cariño.
Gracias, Wilbury. Estaba segura que dirías eso.
Arrastrando los pies hacia el hogar, el mayordomo murmuró en bajo.
Sencillamente amo a los niños, sabe. Simplemente adoro a los pequeños y queridos maleducados, con sus manos que todo lo agarran y sus pequeños dedos pegajosos que ensucian cada superficie recién lustrada de la casa. mientras se inclinaba hacia adelante hacia el hogar, los mellizos hicieron una pausa en su juego para mirarlo boquiabiertos. Desnudando sus puntiagudos y amarillentos dientes en una mueca de sonrisa, les dijo con la voz áspera:
Vamos, chicos, vengan. Los llevaré a la cocina a tomar un rico chocolate caliente.
Con los ojos ensanchados por el terror, los dos chicos saltaron y salieron corriendo y chillando del salón. Wilbury se enderezó todo lo que su encorvada espalda le permitía, poniendo los ojos en blanco.
¡Wilbuwy! gritó Mía, bajándose de prisa del regazo de su madre y tambaleándose a través del salón. Envolviendo sus brazos alrededor de una de las escuálidas piernas del mayordomo, lo miró hacia arriba y batió sus largas pestañas hacia él.
¡Yo querer chocolate!
Con un largo y sufrido suspiro, alzó a la rellenita niña en sus brazos, provocando que cada uno de sus ancianos huesos crujiera en protesta. Ella se agarró alegremente de sus deformes orejas mientras él caminaba hacia la puerta. Su seca expresión nunca varió, pero cuando pasaba al lado de Camila le dedicó un casi imperceptible guiño.
Ella se mordió una sonrisa, conmovida de saber que al menos tenía un aliado en esa casa. Wilbury siempre había sido partidario de Benjamin. Después de que Duvalier hubiese convertido a Benjamin en vampiro, Wilbury había sido el único en compartir el oscuro secreto de los hermanos, ayudando a Felipe a convertir la cripta que Benjamin poseía en la mazmorra del castillo ancestral en una recámara digna de un príncipe. Se había ganado el cariño de Camila para siempre al montar guardia en la puerta del salón de baile de la mansión mientras ella practicaba blandiendo una estaca y disparando una ballesta en vez de bailar y conjugar verbos en francés. También había barrido los fragmentos de los numerosos jarrones y bustos que había roto con solo un murmullo de reproche.
Felipe esperó a que su hija estuviera definitivamente fuera del alcance del oído antes de retornar su atención hacia Camila.
Supongo que sólo puedo culparme a mi mismo. Debería haber sabido que nada bueno saldría de ese encaprichamiento tuyo.
Ya no hay necesidad de que te preocupes por eso respondió Camila prudentemente, aunque el recuerdo de los besos de Benjamin hacía que su garganta y sus labios hormigueasen. Tenías razón todo el tiempo. Benjamin no es ni el hombre ni el vampiro que yo recordaba. Bajó la cabeza, evitando deliberadamente la mirada aguda de Luisana. Aunque ella y Micaela eran más cercanas en edad, era Luisana la que siempre había sido capaz de leer en su corazón.
¿Qué te dijo exactamente cuando lo confrontaste sobre los asesinatos? Coco se inclinó hacia delante, no siendo capaz de guardarse su natural curiosidad por más tiempo. ¿Negó tener conocimiento acerca de ellos o confesó?
No había hecho ninguna de las dos cosas recordó Camila desalentada. Lo que significaba que deliberadamente estaba escondiendo algo. ¿Pero a quién estaba tratando de proteger? ¿A si mismo? ¿O a alguien más?
Aunque detestaba mentirle a su familia, enfrentó la mirada clara de Coco con una propia.
Nunca tuve la oportunidad de preguntarle. Me temo que vuestra pequeña improvisación de una cacería de brujas interrumpió mi interrogatorio.
Coco se acomodó hacia atrás en el brazo de la silla, se podía palpar su decepción. Micaela le palmeó la rodilla y le sonrió a su hermana menor.
Realmente no veo por qué hacéis tanto escándalo. Lo único que importa es que Camila está de regreso con nosotros a salvo.
Me gustaría que permaneciera de esa forma contrarrestó Felipe. Pero no puedo contar con eso mientras Benjamin esté merodeando por ahí.
Me dijo que iba a dejar Londres dijo Camila suavemente. Que no volvería a molestarnos a ninguno de nosotros.
Una sombra de aflicción pasó por el rostro de Felipe, haciendo que su propio corazón se encogiese con remordimiento. No tenía forma de saber si Benjamin había dicho la verdad o si sus palabras habían sido una ingeniosa artimaña para apartarlos de su rastro. Ni siquiera se había atrevido a contarle a Felipe la forma en la que había logrado escapar, prefiriendo dejar que todos creyeran que había usado su fuerza superior para montarse en uno de las tuberías de desagüe del tejado para luego deslizarse hacia abajo. En todas sus batallas, ninguno de ellos se había encontrado con un vampiro que verdaderamente pudiera enfocar su poder lo suficiente para cambiar de forma a la de un murciélago. Si Felipe se enteraba que su hermano poseía este extraño don, podría considerar que representaba una amenaza aún mayor.
Felipe la sorprendió cuando se hundió fuertemente en el borde de la otomana y recorrió con su mano su mandíbula sin afeitar.
Sé que probablemente crees que estoy reaccionando exageradamente, pero cuando te vi parada en el borde de ese tejado con la cara tan pálida y el cabello todo revuelto
Pensaste lo peor terminó ella.
Asintió.
Temí que hubiera bebido de ti otra vez. Que hubiera dado otro paso para matarte, o peor aún, robarte el alma.
Sabiendo que lo que estaba en peligro no era su alma, sino su corazón, Camila enlazó su brazo con el de él y le dio un apretón.
Siento haberte asustado así. Lo que le dije a Wallingford era parcialmente cierto. Sólo quería traerlo a casa. Por ti. No había artificio en la mirada que le dirigió a su familia. Por todos nosotros.
Felipe se puso de pie, levantándola con él y depositando un gentil beso sobre su frente.
Micaela tiene razón. Por ahora la única cosa que importa es que tú estás en casa y a salvo. Nos preocuparemos del resto más tarde.
Mientras se dirigía hacia la puerta, Micaela se levantó con un gracioso frufrú de faldas.
Ven cariño le dijo a su esposo, mejor vamos a rescatar a los niños de las garras de Wilbury antes de que los encontremos asados en alguna parte.
¿No encerraron al pobre Wilbury en el armario la última vez que los dejamos solos con él? preguntó Coco.
No, esa fue la vez anterior. La última vez él los encerró en el armario de las escobas, le respondió mientras seguía a Felipe, saliendo del salón.
Solamente Luisana permaneció sentada, mirando pensativamente las danzantes llamas del fuego. Camila se estaba acercando lentamente a la puerta cuando su hermana dijo:
No tan rápido, cachorra.
Camila abrió mucho los ojos adoptando una muy estudiada mirada inocente.
¿Dijiste algo?
Carolina palmeó el sofá cerca de ella, su sonrisa igual de inocente.
¿Por qué no te unes a mi para mantener una pequeña charla?
Camila la complació de mala gana, hundiéndose en el sofá pero manteniendo su pétreo silencio.
Sabes dijo Luisana, jugando con el pañuelo con monograma de su falda, me he estado muriendo de la curiosidad, pero en todos estos años nunca te presioné para que me contaras que pasó en la cripta con Benjamin. Camila no pudo ocultar del todo su mirada culpable. Había asumido que su hermana le preguntaría sobre los hechos de la última noche, no por los acaecidos seis años atrás. Siempre he admirado tu contención. No es uno de tus rasgos más típicos.
Supongo que fue más fácil para todos nosotros pretender que nunca ocurrió nada, ¿verdad? Los cándidos ojos grises de Luisana escudriñaron su rostro. Pero nunca dejé de preguntarme si Benjamin tomó algo más de ti en esa cripta aparte de tu sangre. Eso podría explicar los sentimientos que te vinculan a él y tu obvia renuencia a casarte.
Camila podía mantener la voz deliberadamente despreocupada pero no podía evitar que le subiera un fuerte rubor a las mejillas. Estudió sus propias manos, deseando tener un pañuelo que estrujar.
¿Si sospechabas eso, por qué no mandaste a buscar a un médico para que me examinara?
Felipe lo sugirió, pero yo me rehusé a someterte a tal indignidad. Para decir la verdad, ambos creímos que ya habías sufrido suficiente a manos de su hermano.
Antes de que Camila pudiera evitarlo, una frágil risa se le escapó entre los labios.
Aprecio tu preocupación, Lu, pero puedo asegurarte que ninguna mujer jamás ha sufrido inmerecidamente a manos de Benjamin Rojas.
¿Ni siquiera ahora? contrarrestó Carolina, con su mirada más vigilante aún que antes.
Ya que no tenía respuesta para eso, Camila solo se levantó y cruzó a zancadas el salón, con su cabeza en alto y sus secretos aún solamente suyos.
Esa noche, Camila se sentó doblada sobre sí misma en el asiento de la ventana de su recámara del tercer piso, mirando como se apagaban las luces de las ventanas de las casas estilo Georgiano de la ciudad que se alineaban al otro lado de Mayfair Square. Justo en el momento que la campana de una iglesia hacía sonar una sola nota, la última lámpara de la plaza se rindió a la oscuridad, dejándola a solas con la luna.
Abrió la ventana, prefiriendo la fría corriente de aire al abrumador calor del fuego que crepitaba en el hogar de ladrillos. Aunque los carruajes habían abierto fangosos surcos sobre el ancho adoquinado de las calles, la nieve todavía congelaba los techos y los alargados brazos de las ramas de los árboles, haciéndolos brillar con radiante luz. Una fina niebla recorría con dedos fantasmales las desiertas calles.
Se envolvió mejor en el chal de lana que llevaba sobre el camisón de fino algodón, su hambrienta mirada escudriñando la noche. El dormido silencio de la casa la hacía sentir como si fuera la única persona despierta en todo el mundo. Pero sabía que Benjamin estaba allí afuera en algún lugar, un prisionero de la noche con todos sus peligros y tentaciones. Por lo que sabía, bien podría estar en los brazos de alguna otra mujer en ese momento, quien nunca podría ser para él otra cosa que su próxima comida.
Posó uno de sus dedos sobre la gruesa superficie de su labio inferior, recordando la presión demandante de la boca de él sobre la de ella. Cómo la había besado como si fuera tanto su salvación como su condena. Cómo la había envuelto en sus brazos tan apretada que ni siquiera la más furiosa ráfaga de viento podría haberlos separado.
Pero al final, habían terminado separándose. Lentamente bajó la mano. ¿Qué pasaría si el beso de Benjamin realmente hubiera sido un beso de despedida? ¿Qué si volviera a vagar por el mundo, exiliándose de todos los que alguna vez lo habían apreciado? ¿Y si no volvía a verle nunca más? De alguna forma la situación era aún más intolerable de lo que había sido antes. Con el tiempo, incluso podría llegar a creer que esos momentos en sus brazos habían sido nada más que un sueño, la afiebrada alucinación de una mujer destinada a pasar su vida anhelando a un hombre que nunca podría tener.
El viento gemía a través de los árboles por encima del patio de abajo, enviando un escalofrío sobre su piel. Se estiró para cerrar la ventana, pero tras un momento de duda la abrió incluso más.
Ven a casa, Benjamin le susurró a la noche. Antes de que sea demasiado tarde.
Benjamin se coló a través de la ventana de la recámara de Camila, aterrizando sobre la punta de sus pies con la silenciosa gracia de un gato. En ese momento debería haberse encontrado en la mitad de su camino hacia Francia, navegando a través del canal con un desorientado Nicolás siguiéndole.
En cambio se había pasado el día acurrucado en un abandonado almacén en Charing Cross, esperando a que el pálido sol de invierno se pusiera. Se había arrastrado afuera justo después de que se alzara la luna, abriéndose camino a través de las atestadas calles de Fleet Street y the Strand donde alguno de los secuaces de Wallingford podía estar aún haciendo guardia esperándolo. Antes de darse cuenta, su vagabundeo sin destino fijo lo había llevado hasta al callejón que había detrás de la mansión de su hermano.
Se entretuvo en el callejón, retrocediendo nuevamente hacia las sombras cuando Coco había salido para meter a Micaela y a un par de pequeños niños parlanchines dentro del carruaje que los esperaba. Observó por la ventana iluminada cuando Luisana se deslizaba en el estudio de Felipe y luego hacia el regazo de éste para tratar de aliviar su notable tensión con un cariñoso beso. Cuando los dos dejaron la habitación, del brazo, Benjamin estudió la apuesta cara de su hermano, sabiendo que él era el responsable de las nuevas líneas de tensión que había en ella. Felipe siempre estuvo dispuesto a soportar cada carga que por derecho hubiera sido de Benjamin.
Mientras Wilbury hacía su acostumbrada ronda por la casa, apagando la última de las lámparas, Benjamin calculó su tiempo. Era fácil ser paciente cuando uno tenía una eternidad para desperdiciar.
O así lo había creído hasta que se movió sigilosamente hacia el frente de la casa y vio a Camila sentada en la ventana de su recámara. Estaba mirando hacia el cielo nocturno con la barbilla apoyada en la mano, luciendo tan nostálgica como una niña a la que acaban de decirle que el hombre de la luna había partido para encontrar climas más soleados. Benjamin sabía que debería decirle adiós silenciosamente y desaparecer nuevamente en las sombras adonde pertenecía.
Dejaría Londres. Los asesinatos se detendrían. Y si pasaba el resto de su vida creyendo lo peor de él, ¿No sería eso lo mejor para ella? Se dio la vuelta para irse.
Ven a casa, Benjamin. Antes de que sea demasiado tarde.
Benjamin se congeló, su increíble sentido de la audición recogió el eco de las palabras que ella dijo en un suspiro. Su mirada se disparó de regreso a la ventana sólo para encontrarla vacía.
Por favor, dime que la pequeña tonta le puso el pestillo murmuró entre dientes. Pero incluso desde su ventajosa situación, podía ver que la ventana estaba entreabierta.
Se quedó de pie allí por un largo rato, pero dudaba que incluso su santo hermano pudiera haber resistido tan poderosa invitación. En un minuto sus pies estaban firmemente plantados en el nevado suelo. Y al siguiente se estaba deslizando a través de la ventana como un ladrón con la intención de robar algún tesoro invalorable.
Se deslizó silenciosamente hacia la cama. El dosel que sostenían los cuatro postes estaba drapeado de gasa pura, dándole la apariencia de la carpa de un sultán. Mientras apartaba esa brillante cortina, no fue difícil imaginarse a la mujer que encontró dormida allí rigiendo tanto sobre el harén de un hombre como sobre su corazón.
Había hecho un valeroso esfuerzo para contener sus rebeldes rizos en un prolijo par de trenzas, pero numerosos sedosos, y oscuros mechones se habían escapado para enarcarle la cara. Dormía sobre su espalda con una mano acomodada debajo de la sonrojada curva de su mejilla. Una compungida sonrisa curvó los labios de Benjamin cuando vio la estaca aferrada en su otra mano.
Esa es mi chica murmuró mientras un suave ronquido escapaba de sus labios separados. A pesar de la afición que tenía por las cosas triviales, Camila siempre había tenido una vena práctica.
Benjamin sabía que si elegía presionarla con sus demandas, la estaca sería ciertamente una débil defensa. Sólo podía sentirse agradecido de que aún no se hubiera dado cuenta de que poseía otras armas que podrían ser incluso más letales para su corazón.
Al poco tiempo, su desarrollado sentido del olfato lo traicionó. Sus fosas nasales ardieron cuando se inclinó más cerca, permitiéndose a si mismo el prohibido lujo de beber su esencia. Si no hubiera sido por el olor de cuerpos desaseados y humo de cigarro que había en el garito de apuestas, podría haberla olido cuando se acercaba y así haber tenido tiempo de huir por la salida del fondo del local. Todavía olía exactamente como la recordaba limpia y dulce como sábanas expuestas al viento en una cuerda a la luz del sol. Aun así, debajo de esa inocente fragancia de romero y jabón, se podía sentir el irresistible almizcle de una mujer, el elusivo perfume que por siglos había estado volviendo locos de anhelo a los hombres.
Se tragó nuevamente su propia añoranza, peleando contra el impulso de hundir la cara contra su garganta. Estaba peligrosamente hambriento y su atrayente aroma hacía que se doliera por devorarla en más de una forma.
De cierta forma, había sido fácil mantenerse a distancia de ella mientras pretendía creer que todavía era una pequeña niña que sufría por un amor no correspondido. Había puesto océanos, continentes y la continua conquista de otras mujeres entre ellos, contentándose con dejar que sus recuerdos de ella lo atormentaran.
¿Era él la razón de que ella nunca se hubiera casado? se preguntó. Ciertamente, había perdido suficientes horas solitarias entre el crepúsculo y el amanecer imaginándosela en los brazos de otro hombre, en la cama de otro hombre. Y aún así aquí estaba ella, todavía lidiando con las cicatrices de su beso en la garganta como una ardiente marca. No se le escapaba la ironía. Llevaba su marca, aun así nunca podría reclamarla para sí mismo nuevamente.
¿Y por qué no?
Benjamin se puso rígido. Esa artera voz no le era extraña como tampoco sus oscuras insinuaciones. Ni siquiera estaba sorprendido de darse cuenta que la aceitosa cadencia era idéntica a la de Javier Duvalier. Después de todo, había sido Duvalier quien lo había convertido en vampiro. Duvalier el que se había burlado de él, jurando que nunca conocería un momento de paz o satisfacción hasta que dejara de intentar ser un hombre y abrazara el hecho de ser un monstruo. Duvalier, quien había lanzado a Camila a sus brazos en esa cripta, envalentonándolo para saciar tanto su hambre como su soledad al arrancarle el alma a ella y convirtiéndola en su eterna novia.
A partir de ese momento, la tentación no había perdido nada de su encanto. Si había cambiado en algo era para crecer más fuerte, alimentada por interminables noches de alimentarse sin nunca poder saciar sus apetitos, tocando pero nunca sintiendo verdaderamente.
Sin poder resistir más tiempo sin tocarla, deslizó la punta de sus dedos sobre las pálidas cicatrices de su garganta. Un ceño aleteó en su rostro. Sus labios se separaron en un suave gemido que podía ser indicación de placer o dolor.
Un salvaje oleada de calor inundó su ingle y sintió que le crecían los colmillos y se hacían más afilados con temeraria anticipación. Camila volvió el rostro hacia él, murmurando una soñolienta protesta cuando él, gentilmente tiraba de la estaca que tenía en la mano.
Rendición.
El seductor susurro se entretejió como seda en los sueños de Camila, persuadiéndola de bajar todas sus defensas. De soltar la última de sus armas y darle la bienvenida a la envolvente oscuridad con los brazos abiertos.
Ya no estaba sola en la oscuridad. Él estaba allí. Fue su voz la que escuchó, urgiéndola a confesar todos sus anhelos secretos. Podía sentirse a si misma perdiéndose en el hipnótico poder de ese susurro, sentir sus miembros hacerse más pesados con cada respiración superficial, cada lánguido latido de su corazón. Tenía que tenerla. Sin ella, moriría. No siendo ya capaz de resistir sus súplicas ni sus demandas, se apartó el cabello hacia atrás con mano temblorosa y le ofreció la garganta.
Camila se sacudió, despertándose, el sueño todavía parecía tan real que en parte esperaba encontrar a Benjamin amenazante sobre ella, habiendo desnudado ya sus colmillos. Pero la única cosa amenazante era el dosel de la cama. Se llevó una mano a la garganta para tocarse las cicatrices, con un tembloroso suspiro escapando de sus pulmones. ¿Qué clase de perversa criatura era? El sueño debería haberla aterrorizado, no dejar sus pechos tensos y su cuerpo doliendo con anhelo.
Se presionó su otra mano contra el palpitante corazón, dándose cuenta de que estaba vacía. La estaca debía habérsele resbalado de la mano mientras estaba revolviéndose entre las ropas de cama. No sabía si alguna vez podría obligarse a utilizarla contra Benjamin, pero aún así su peso familiar le daba consuelo.
Rodó hacia el costado para buscar las sábanas. Entonces vio la estaca, colocada sobre la almohada que estaba cerca de ella con la cinta de color borgoña que ella había colocado sobre las ganancias de Benjamin en el garito de apuestas atada alrededor de su longitud con un prolijo lazo.
Preguntándose si aún estaba soñando, lentamente se sentó y pasó sus temblorosos dedos sobre la cinta de terciopelo. Su mirada voló hacia la ventana.
Agarrando la estaca, echó las mantas hacia atrás y corrió hacia la ventana. Estaba cerrada, pero no tenía el pestillo corrido, como si alguien la hubiera empujado para cerrarla desde afuera. Una imposible proeza ya que no había balcón, ni saliente, y ningún árbol a menos de diez pies de su recámara. Abrió la ventana de un empujón, invitando al helado aire a precipitarse hacia el interior del calor abrasador de la habitación. Alguien no sólo había cerrado la ventana, sino que también había avivado el fuego añadiendo un nuevo leño.
Se reclinó sobre el alfeizar, buscando entre las sombras de abajo algún rastro de movimiento. Pero la noche con su distante luna y brillantes estrellas estaba tan solitaria como lo había estado antes. Hundiéndose en el asiento de la ventana, dio vueltas a la estaca entre sus manos. Fácilmente podía imaginarse los hábiles dedos de Benjamin atando esa cinta alrededor del mortífero largo antes de dejarlo descansar suavemente sobre su almohada.
¿Estaba destinado a ser una invitación o un regalo de despedida? ¿Una promesa o una advertencia?
Rendición, le había susurrado en el sueño. Pero ¿Qué quería él que rindiera? ¿Su corazón? ¿Sus esperanzas? ¿Su misma alma? Llevándose la estaca al pecho, se dio la vuelta hacia la luna y esperó el amanecer.
A la mañana siguiente Camila se arrastró hacia el salón de desayuno, disimulando un bostezo detrás de la mano. Se había mantenido vigilando en la ventana la mayor parte de la noche, finalmente cabeceando justo cuando los primeros rayos del sol habían asomado sobre los tejados. Se había despertado dos horas después, sintiendo los músculos doloridos y rígidos, sus fríos dedos todavía envueltos alrededor de la estaca.
Había deslizado su arma dentro del bolsillo desmontable de la falda antes de bajar. Sabía que debería mostrársela a Felipe, pero un pequeño rincón egoísta de su corazón quería mantenerla guardada a salvo fuera de la vista, sólo por un poco más de tiempo. Podría ser el último secreto que ella y Benjamin compartieran alguna vez.
Felipe estaba sentado en el lado más alejado de la mesa redonda con Luisana a su lado. A juzgar por los oscuros círculos bajo los ojos de ambos, no habían dormido mucho más que ella. Las expresiones sombrías estaban en directo contraste con el deslumbrante brillo del sol guiñando sobre la nieve que todavía blanqueaba la terraza fuera de la alta ventana francesa. La pequeña Mía, que normalmente se entretenía lanzando pequeños trozos de gachas de avena a Wilbury, estaba llamativamente ausente. Coco estaba repantigado en la silla opuesta a Felipe, su corbata medio desatada y su cabello castaño claro revuelto como si se hubiera visto envuelto en un vendaval invernal recientemente.
No había ni un solo lacayo para atender los platos que llenaban el elegante aparador de nogal que parecían no haber sido tocados. Mientras Camila observaba, Luisana pinchó ausentemente su huevo con un tenedor de dos dientes pero no hizo ningún intento de tomar un bocado.
Su desconcertada mirada barrió la mesa.
¿Qué demonios pasa con vosotros? Parece como si alguien hubiera muerto.
Así es contestó Coco con un tono contenido, sacándose un rebelde mechón de cabello de los ojos. Hubo otro asesinato anoche en Charing Cross, este aún más brutal que los anteriores.
Camila caminó a tientas para apoyarse en el respaldo de una silla, deseando que hubiera un lacayo. No confiaba en sus rodillas para sostenerla.
Luisana se estiró para alcanzar y apretar la mano de Felipe.
No pudo haber sido tu hermano. Escuchaste a Camila. Nos prometió que había dejado Londres.
Felipe sacudió la cabeza, sus ojos igual de desolados que el resto de su expresión.
Podría ser capaz de obtener consuelo de ese hecho si supiera con certeza que ya se ha marchado.
No lo ha hecho. Las desconsoladas palabras de Camila cayeron en el vacío dejado por las de él, atrayendo todas las miradas de la habitación hacia su cenicienta cara. Vino a mi habitación anoche mientras estaba durmiendo. Dejó esto para mí. buscando en el bolsillo de su falda, sacó la estaca y la apoyó sobre la mesa. El lazo se desplegó contra el almidonado lino blanco del mantel como una cinta de sangre seca.
Felipe lo miraba en silencio, un músculo de su mandíbula saltaba en un tic.
Querido susurró Luisana impotentemente, alcanzando su brazo.
Evadiendo su agarre, empujó la silla apartándola de la mesa y se elevó en toda su estatura. Empezó a dar la vuelta a la mesa pero antes de que pudiera alcanzar la puerta, Camila estaba allí, bloqueándole el camino.
¡No lo hagas! le advirtió él, hundiéndole un dedo en el pecho. Te quiero como si fueras mi verdadera hermana y te bajaría la luna del cielo si pensara que eso te haría feliz. Pero no puedo permitirte que me impidas hacer lo que debe ser hecho.
No quiero detenerte contestó. Una escalofriante calma se había derramado sobre ella, dejándola piadosamente entumecida. Quiero ayudarte.
¿Cómo? preguntó preocupado.
Ofreciéndole algo que él no puede resistir.
Y exactamente ¿qué sería eso?
Camila sintió que sus labios llenos temblaban con la más seductora y peligrosa sonrisa.
Yo.
pobre benjamin no ha sido si estaba con cami
seguro q ha sido javier
siguela prontito me encanta.
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rossy (no login)
Re: EL VAMPIRO QUE ME AMO!!!CAPITULO 5
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June 29 2009, 10:08 PM
me ha encantado!!! sobre todo cuando el entra en la habitacion de cami, me recordo a la peli de crepúsculo, me ha gustado muxo cuando el se acerca a ella en medio de la noche y respira su fragancia y como no.. el "bonito" regalo q le deja a ella en su cama jajaja la verdad esq ha estado muuuy bien, aunq no creo q sea él, el que mate a esas personas... aunq eso ya se vera y q decir sobre la trampa q piensa hacerle cami a benja, como le conoce tan bien, q sabe q ella es su mayor tentacion xD jaja bueno xiki siguela prontito q me dejaste con ganas de saber como sigue.. muxos bss!!
genial el capitulo! parece ser q el q comete los asesinatos es ese tal nicolas, q esta persiguiendo a benjamin, pero pq le persigue? puede ser el el q le devuelva su alma? q pena me dan benjamin y camila...
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mª jesus (no login)
Re: EL VAMPIRO QUE ME AMO!!!CAPITULO 5
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June 30 2009, 11:10 AM
uff genial el capitulo,me encanto
espero que la sigas prontito esta
fantastica...besosss
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Current Topic - EL VAMPIRO QUE ME AMO!!!CAPITULO 5