Vestigios de niebla se elevaban de los húmedos adoquines. Más temprano ese día, una helada lluvia había limpiado los restos de nieve de las calles, dejándolas brillantes debajo del triste reflejo de las lámparas de la calle. Las nubes aún colgaban bajas sobre los tejados y chimeneas de la ciudad, haciendo que fuera una noche sin luna, perfecta para cazar.
Tres figuras salieron de la niebla Una mujer flanqueada por dos hombres. A pesar de su pequeña estatura y del hecho de que sus dos compañeros la sobrepasaran en altura por casi un pie, un observador casual podría haber opinado que la mujer era la más peligrosa de los tres. Y en ese momento, habría tenido razón.
Sus ojos marron oscuro brillaban con determinación debajo de la capucha de su capa gris paloma. Sus bien formadas caderas se balanceaban con cada paso que daba de una forma peligrosamente cercana a la arrogancia. La inclinación de su cabeza exudaba tanto confianza como propósito. Podía estar dispuesta a representar el papel de víctima, pero cualquiera lo suficientemente tonto como para coger el anzuelo que ella ofrecía, lo estaría haciendo bajo su propio riesgo.
Cuando llegaron a las inmediaciones de los barrios bajos que se habían levantado justo detrás de los establos reales, Felipe se llevó un dedo a los labios y le indicó a Camila y Coco que avanzaran hacia un desierto callejón. Los tres se apiñaron a la sombra de un alero sobresaliente como cualquier otro vago que andaba por allí tratando de hacer algo dañino aprovechando la noche neblinosa y prohibida.
Esta isla de miseria entre Charing Cross y el final del mercado, le vendría perfectamente a los propósitos de cualquier villano, vampiro o mortal. Callejones sinuosos y calles estrechas separaban las ruinosas chozas de las oscuras callejas que llevaban nombres tan engañosamente exóticos como Islas del Caribe y Las Bermudas. Más de una pobre mujer había sido arrastrada a uno de esos oscuros y desiertos callejones para no volver a ser vista nunca más.
¿Estás segura de que puedes hacer esto? le preguntó Felipe a Camila, con el ceño fruncido con preocupación.
Sólo obsérvame le contestó, desabrochándose la parte de arriba de su capa para que la prenda de suave tejido colgara suelta sobre sus hombros.
Debajo llevaba un vestido de noche tejido con un rico terciopelo granate del color de la sangre, con mangas recortadas y un corpiño con un profundo escote cuadrado, más adecuado para una cortesana que para la cuñada de un respetable Vizconde. Enganchó los pulgares en el almidonado corsé de ballenas cosido al corpiño y tiró hacia abajo para exponer mejor las amplias curvas de su busto.
Inmediatamente Felipe la alcanzó para volverlo a subir. Ella le dio un golpe en las manos para que las retirara.
Él suspiró.
No puedo creer que te haya dejado convencerme para hacer esto. Tu hermana estaba completamente en contra, lo sabes. Si dejo que te ocurra algo malo, pedirá mi cabeza.
Y Micaela pedirá mis empezó Coco, pero se detuvo cuando Felipe empezó a toser. Aclarándose la garganta, terminó, bueno, ella también pedirá mi cabeza.
Camila se ajustó las horquillas y sacó algunos rizos de las lustrosas trenzas que llevaba acomodadas en lo alto de la cabeza, sabiendo que incluso un hombre mortal no podría resistirse a una mujer que se veía como si acabara de levantarse de la cama.
Aunque su corazón estaba latiendo tan fuerte que tenía miedo de que ellos lo escucharan, luchó por mantener las manos firmes.
No hay necesidad de que vosotros dos estéis alborotando a mí alrededor como un par de nerviosas mamás gallinas. Los dos me habéis estado entrenando para pelear durante años. Siempre supimos que este día llegaría.
Pero no con Benjamin como nuestro adversario le recordó Felipe suavemente.
Camila se mordió los labios para que adquirieran algo de color, esperando que el fresco viento de enero coloreara un poco sus pálidas mejillas.
Entonces tendremos que dejar de pensar en él como en Benjamin, ¿verdad?, y empezar a pensar en él como en el despiadado asesino en el que se ha convertido.
Los dos hombres intercambiaron miradas preocupadas sobre su cabeza, pero cuando Coco abrió la boca para hablar, Felipe negó con la cabeza en forma de advertencia.
Felipe apuntó hacia un abandonado almacén más abajo en esa calle.
Estaremos justo allí, Camila. Si parece que estás en problemas, de cualquier tipo, vendremos corriendo.
Se acercó, abriendo los brazos como para abrazarla, pero Camila se alejó de ambos. Sus huesos se sentían tan débiles como los de Wilbury. Temía que si uno de ellos tan solo la palmeaba en el hombro, se quebraría.
¿Tienes todo lo necesario? le preguntó, metiendo torpemente las manos en los bolsillos de su abrigo.
Eso espero dijo ella, sacando del bolsillo secreto que le había cosido Vivenne en la falda, la estaca que había dejado Benjamin sobre su almohada. Antes de volver a guardarla dentro del bolsillo le sacó la cinta color borgoña, para luego asegurar el lazo de terciopelo alrededor de la graciosa columna de su garganta, haciendo que fuera un blanco aún más tentador. Pero estoy segura de tener todo lo que él necesita.
Asomando la cabeza fuera del callejón para atisbar hacia ambos lados de la desierta calle, Coco sacó una pequeña pistola de chispa del bolsillo de su abrigo y se lo pasó.
Si cualquier otro te aborda, sólo dispara al aire.
O a ellos dijo Felipe amargamente.
Educadamente se dieron la vuelta cuando ella se levantó el dobladillo adornado con volantes de la falda para colocar la pistola en la liga. Se estremeció ante el contacto del frío acero contra su piel desnuda.
Cuando te reconozca, puede sospechar que es una trampa le advirtió Felipe.
Lo dudo le respondió. Dada su colosal arrogancia, probablemente piense que sólo vine a advertirle de que tú estabas en camino o para leer poesía de Byron junto al fuego.
Se enderezó, el inflexible fulgor en sus ojos les dijo que estaba lista. Felipe y Coco intercambiaron un asentimiento con la cabeza, luego la guiaron hacia la entrada del callejón. Cuando llegaron a la calle, los tres se fueron en distintas direcciones como si acabaran de concluir una sórdida cita. Felipe y Coco se fueron tambaleando hacia una de las callejas, sus roncas risas sonando en la noche, mientras que Camila vagó en dirección opuesta, vacilando un poco sobre los tacones de sus zapatillas para parecer un poco más indefensa.
Aunque sabía que solo les llevaría unos minutos a los hombres darse la vuelta y escurrirse en el almacén que estaba cruzando la calle, nunca se había sentido tan absolutamente sola en su vida.
Durante cinco largos años, se había consolado a si misma con la noción de que Benjamin estaba por ahí afuera en la noche, languideciendo por ella igual que ella languidecía por él. Despojada de esa ilusión, la noche se sentía tan vasta y fría como el cielo sin luna. No quería otra cosa que acurrucarse más en su capa, pero en cambio se sacudió la prenda de encima dejando un hombro al descubierto y levantó la barbilla bien alto, desnudando la vulnerable curva de su garganta.
Paseó lentamente por allí, no queriendo alejarse mucho del almacén. Habían elegido el lugar deliberadamente porque estaba a sólo una manzana de donde dos de las mujeres asesinadas habían sido encontradas. Pegó un salto cuando un marinero borracho se tambaleó saliendo de uno de los callejones justo enfrente de ella. Pero apenas le dedicó una mirada turbada, obviamente más interesado en encontrar su próximo vaso de ginebra que su próxima mujer.
La niebla distorsionaba cada sonido, haciendo imposible distinguir si el fantasmal eco de una risa o una furtiva pisada, provenían de una manzana de distancia o justo detrás de ella. Un helado hilillo de sudor se le deslizó por la nuca. Sin advertencia se dio la vuelta. La calle detrás de ella estaba vacía. Ahora estaba siendo perseguida por el eco de sus propias pisadas.
Negando con la cabeza ante su propio nerviosismo, regresó a su sosegado paseo. Pero sólo había dado unos pasos cuando repentinamente los refrenó. A menos de veinte pies de distancia, una alta figura encapuchada que llevaba una capa negra se hallaba parada debajo de la parpadeante luz que brindaba la lámpara de la calle.
Camila sabía que todavía había tiempo para pedir ayuda. Aún había tiempo para que Felipe y Coco vinieran corriendo en su rescate. Pero si sonaba la alarma demasiado pronto, Benjamin podría escaparse. Se encogió por dentro dándose cuenta de que un pequeño y patético rincón de su corazón, casi quería que pudiera lograrlo.
Sus helados dedos resbalaron dentro del bolsillo de su falda, cerrándose en torno a la estaca. Sabía ahora que no la había dejado sobre su almohada como un regalo de despedida, sino como un reto una provocación.
Forzó a sus pies a ponerse en movimiento. La figura debajo de la farola de la calle se quedó allí mirándola esperando, tan quieto, que se podría haber jurado que nunca había experimentado la necesidad de respirar. Camila estaba casi encima cuando alcanzó su capa y la dejó caer revelando una brillante melena de rizos dorados.
El alivio de Camila fue tan intenso que boqueó sonoramente. No era un hombre sino una mujer. Y no cualquier mujer, súbitamente se dio cuenta, sino una de las más encantadoras criaturas sobre las que alguna vez hubiera posado los ojos. Su deslumbrante cascada de cabello rubio se complementada con un par de maduros labios color rubí e hipnóticos ojos verdes. Su tersa piel era misteriosamente lisa, haciendo imposible juzgar su edad. Sus pálidos y finos dedos estaban adornados con joyas Una centelleante esmeralda, un rubí en forma de lágrima y un ópalo del tamaño de un pequeño huevo. Camila se preguntaba qué demonios estaba haciendo en ese miserable lugar. Bien podría ser la amante consentida de un noble, pero tan descomunal belleza nunca podría ser confundida con una prostituta común.
No debería andar sola por aquí, Madame le advirtió Camila, mirando por encima de su hombro. Las calles no son seguras esta noche.
¿Lo son alguna vez? respondió la mujer, mirándola por encima de su larga nariz patricia.
Camila detectó un deje lleno de diversión y una musical indicación de acento francés en su voz ronca.
Probablemente no en este vecindario. ¿Tiene un carruaje y cochero esperándola cerca de aquí?
No necesito un carruaje. La mujer miró hacia la calle en ambas direcciones, permitiéndole a Camila admirar la asombrosa elegancia de su perfil. Estoy esperando a mi amante.
Camila parpadeó, tomada por sorpresa tanto por el candor de la mujer como por su tono arrogante.
Es muy tarde dijo tentativamente. ¿Está segura de que él vendrá?
Los llenos y rojos labios de la mujer se curvaron en una sonrisa.
Oh, vendrá. Me aseguré de ello.
Le dedicó a Camila una deslumbrante sonrisa. Camila no pudo evitar quedarse mirándola, hipnotizada por los ojos rasgados parecidos a los de un felino que tenía la mujer. Se estaba empezando a sentir como la cobra enroscada en la canasta de un maestro encantador de serpientes. Si la mujer empezaba a balancearse, se temía que ella haría lo mismo.
Así que dime ¿por qué una pequeña inocente paloma como tú desafía las calles esta noche? preguntó la mujer. ¿También estas esperando a tu amante?
Camila se puso rígida.
Me temo que no. Mi amor tropezó con la palabra.mi amante me traicionó. Ha probado ser un falso.
Para su sorpresa, la mujer estiró una mano blanca como la nieve con uñas color carmesí y gentilmente le acarició la mejilla.
Pobre pequeña paloma canturreó Un amante me rompió el corazón una vez. El dolor fue tan fuerte como nada que hubiera sentido antes. Ansié la muerte.
Camila sintió que su propio magullado corazón saltaba con compasión.
¿Realmente deseaste morir?
Los ojos de la mujer se dilataron.
No mi muerte, pequeña. La de él. Me sentí mucho mejor después de cortarle el corazón y comérmelo.
Camila no pudo evitar quedarse con la boca abierta, pero antes de que pudiera gritar, la mano de la mujer se disparó cerrándose sobre su garganta. Levantó a Camila separando sus pies del suelo, haciendo que soltara la estaca que tenía sujeta entre sus entumecidos dedos.
Los labios color rubí de la mujer se separaron para revelar un destellante par de colmillos.
Si me lo permites, querida, quizás pueda poner fin a tu sufrimiento también.
Me prometiste que dejaríamos Londres murmuró Nicolás, agachándose cerca de donde Benjamin estaba arrodillado y dirigiéndole una mirada acusadora. Vienes a golpear a mi ventana tarde en la noche y me dices abandona tu linda y caliente cama y ven conmigo, Nico. Trae un puñado de las joyas de tu padre y podremos pasar el resto del invierno holgazaneando en las soleadas playas del sur de España con unas deliciosas pequeñas bailarinas de opera. Tirando del borde de su sombrero de castor para cubrir sus orejas ya rosadas por el frío, recorrió con la vista el oscuro interior del desván del almacén abandonado con ojos desconfiados. En vez de eso me arrastras a este miserable agujero del infierno donde cualquier malandrín puede muy bien cortarme la bolsa, o peor aún, la garganta.
Si no paras de quejarte dijo Benjamin ausentemente, mirando a través del mellado agujero donde una vez había habido un panel de vidrio, voy a cortarte la lengua.
Nicolás cerró la boca, pero su aliento continuó escapando de su nariz en pequeños resoplidos helados, haciéndolo parecer un dragón indignado.
Benjamin suspiró y giró sobre una rodilla para enfrentarlo.
Te dije que tenía asuntos inconclusos en Londres. En cuanto los regularice, te juro que te encontraré esa playa soleada y tu maldita bailarina de ópera.
Tus asuntos inconclusos generalmente involucran colarte dentro de la recámara de una dama para devolver ropa interior desaparecida antes de que su marido regrese a casa, no pasarnos la mitad de la noche apiñados en Charing Cross, congelándonos en nuestros fracs. Se inclinó hacia delante para vigilar la calle debajo de ellos, forzando a Benjamin a agarrarlo por la cola de su abrigo para evitar que se cayera de cabeza por la ventana. ¿Esto es sobre Wallingford? ¿Está ese canalla involucrado en alguna maldad? ¿Has encontrado la forma de chantajearlo para que rompa tus pagarés?
Esto es acerca de pagar otra deuda. La memoria caprichosa de Benjamin conjuró una visión de Camila acurrucada confiadamente en su cama. Solo que en esta visión, ella abría sus ojos y sus brazos y le daban la bienvenida. Y no dejaré Londres hasta que no me asegure de que esta pagada.
Bueno, sólo espero que este poco característico ataque de escrúpulos no pruebe ser letal. Para ninguno de los dos. Nicolás se apoyo hacia atrás sobre las caderas. Qué demonios has estado haciendo desde que me dejaste en la casa de mi padre la otra noche? Basándome en tu impresionante actuación de antes en el café, ciertamente no estuviste comiendo. Nunca había visto a un hombre comerse cinco chuletas medio crudas de una sentada. Sacudió la cabeza con envidiosa admiración. Pero tengo que admitir que mejoró tu color. Estabas un poquito pálido.
Benjamin murmuró algo evasivo. Todavía tenía tanta hambre que hasta el grueso cuello de Nico estaba empezando a parecerle tentador.
Una vez que lleguemos a Madrid, quizás podamos
¡Shhhhhh! Benjamin levantó la mano en señal de advertencia cuando una oscura figura salía tambaleándose de uno de los callejones de abajo.
Pero sólo era un marinero ebrio buscando otra taberna. En algún lugar en la distancia, las campanas de la iglesia empezaron a sonar indicando la medianoche, sus elevados y puros tonos parecían fuera de lugar en esta peligrosa esquina del infierno donde los jirones de niebla flotaban sobre el empedrado como humo con olor a azufre. Benjamin entrecerró los ojos cuando otra figura emergía de la niebla que acababa de tragarse al marinero.
Es una mujer dijo Nicolás.
Puedo verlo chasqueo Benjamin, los nervios tensos hasta el punto de ruptura.
La mujer encapuchada vagaba por la calle como si no tuviera un destino definido en mente. Benjamin podría haber pensado que estaba bebida, pero no estaba zigzagueando ni tambaleándose. Si fuera una mujer ligera de cascos correteando para ganar algunas monedas, le hubiera sido bien sencillo convencer al marinero para que la acompañara a uno de los callejones cercanos para un rápido acoplamiento o poner la pelota contra la pared, como lo denominaban en los bajos fondos.
Sintió algo de la tensión escurrirse de sus músculos cuando estuvo de frente al almacén y se dio cuenta de que era lozana y pequeña, no alta y flexible. Pero su alivio fue rápidamente reemplazado por una emoción más desconcertante. Había algo penosamente familiar acerca de ese descarado balanceo de caderas, en esos lustrosos rizos oscuros acomodados en lo alto de la cabeza y la desafiante inclinación de la cabeza.
Qué ¡Maldita sea! resopló
Parpadeó rápidamente, esperando que el hambre y la fatiga fueran la explicación para la visión de Camila Bordonaba escurriéndose de sus fantasías para deslizarse por las húmedas y empedradas calles de Charing Cross.
A pesar de la sordidez a su alrededor, bien podría haber estado paseando por Hyde Park en un domingo soleado. Su capa se había resbalado descubriendo uno de sus cremosos hombros, haciéndola parecer aún más vulnerable. Cuando la intensa mirada de Benjamin enfocó la cinta color borgoña atada alrededor de su pálida garganta, sintió que su boca se le quedaba seca por la fuerza con que las ansias lo embargaron.
No es un trayecto muy saludable para que lo tome una joven mujer susurró Nico. ¿Deberíamos intervenir?
Eso era exactamente lo que Benjamin deseaba hacer. Quería saltar hacia allí abajo y meter un poco de sentido común dentro de esa tonta cabecita, algo que aparentemente su hermano era incapaz de hacer. Pero algún instinto primitivo de supervivencia lo hizo dudar. Había desafiado a Felipe y arriesgado su vida y su reputación para buscarlo en el garito de apuestas. Pero ¿y si había interpretado el papel de villano demasiado bien? ¿y si su fidelidad se hubiera cambiado de bando? No podía pensar en un anzuelo más dulce que pudiera utilizar su hermano para atraerlo fuera de su guarida.
Nicolás apuntó hacia la farola que estaba en la esquina.
Ah, después de todo no hay necesidad de preocuparse. Debe haber quedado en encontrarse con alguien.
Alguien que milagrosamente se había materializado de golpe. Alguien cuya esbelta gracia hacía que pareciera que flotara incluso cuando no estaba en movimiento. Alguien que en ese momento se estaba retirando la capucha de la capa para revelar una piel de alabastro, parecida a la de un ángel y una brillante melena de cabello rubio.
Benjamin sintió que el escaso alimento que había obtenido de las chuletas se convertía en agua helada en sus venas.
Dios querido susurró, invocando el nombre que ya no tenía derecho a usar.
Luchó por ponerse de pie.
¿A donde vas? demandó Nicolás, sus patillas estremeciéndose con alarma. No vas a dejarme aquí solo, ¿verdad?
Benjamin agarró a su amigo por los hombros y sin esfuerzo tiró de él hasta ponerlo de pie. Necesito tu ayuda, Nico. No te hubiera pedido que me acompañaras esta noche si hubiera podido hacer esto solo. Pero temía que estuviéramos cayendo en alguna especie de trampa. Necesito que hagas lo que sabes hacer mejor cuidar mis espaldas.
Arrastró a Nicolás al borde del desván y señaló un par de bolsas de arena que colgaban de una viga cercana. Estaban colgando justo arriba de las astilladas puertas de madera que guardaban la entrada principal del almacén. Ese día más temprano, Benjamin había asegurado las cuerdas que las sostenían en alto a una clavija cercana.
Si alguien aparte de mi trata de pasar a través de esas puertas, quiero que sueltes las cuerdas y dejes caer esas bolsas de arena sobre ellos. ¿Me entendiste?
Nicolás asintió en silencio, su garganta demasiado hinchada por el pánico para poder hablar.
¡Muy bien! Benjamin lo palmeó en el hombro, brindándole una breve pero fiera sonrisa.
Después se había ido, moviéndose tan rápidamente que Nicolás hubiera jurado que sus pies no tocaron ni una sola vez los escalones de la escalera que habían subido para llegar al desván. Antes de que Nicolás pudiera hacer conjeturas sobre lo que había visto, un débil chillido, prontamente encubierto, le llegó desde la calle. Empezó a moverse hacia la ventana pero el grito de un hombre y el tronar del sonido de pisadas corriendo lo detuvieron.
Recordando la tarea que Benjamin le había confiado, tropezó en su camino hacia la clavija donde estaba enroscada la cuerda. Asomó la cabeza hacia el costado, frunciendo el ceño. Las pisadas venían del lado equivocado. No provenían de la calle sino desde la planta baja del almacén. Una banda helada le constriñó el pecho cuando se dio cuenta que todo el tiempo habían estado compartiendo el escondite con alguien más. Alguien que incluso ahora estaba corriendo hacia la misma puerta que Benjamin le había ordenado que guardara.
Se estiró para alcanzar la cuerda, pero dudó, desgarrado por la indecisión. ¿No le había dicho Benjamin que soltara los sacos de arena sobre cualquiera que tratara de pasar a través de esa puerta? No había especificado en qué dirección. Las pisadas se estaban acercando. En unos pocos segundos más, ellos estarían en la puerta.
Antes de perder la compostura, Nicolás le dio un decisivo tirón a la cuerda, soltándola de la clavija y haciendo que las bolsas de arena cayeran en picada hacia el piso de abajo.
Se escucharon dos fuertes golpes, gemidos ahogados, y luego un silencio de muerte.
Encogiéndose con una tardía compasión, Nicolás miró sobre el borde del desván. En la tenue luz, apenas pudo distinguir dos figuras oscuras desparramadas por el sucio suelo de abajo. Aunque dudaba que el impacto pudiera haber matado a alguien, confiaba en que por un rato esos dos no le causarían problemas a Benjamin ni a nadie más. Sonrió y se refregó las manos para sacarse el polvo, bastante complacido por haber hecho caer a dos gigantes como esos sin la ayuda de Benjamin.
Camila merecía que se la comieran.
Se había permitido a si misma consumirse totalmente con la idea de que Benjamin era una asesino y un monstruo y ahora estaba a punto de ser devorada por una bruja chupasangre que debería haber reconocido como un vampiro a veinte pasos de distancia. Mientras colgaba totalmente desvalida ante el mortal agarre de la criatura, como una muñeca rota atrapada en las mandíbulas de un mastín gruñón, encontró extraño que en estos, los últimos momentos de su vida, no estuviera sintiendo terror sino más bien una aguda turbación por su propia ineptitud y un agridulce alivio por haber juzgado tan absolutamente mal a Benjamin.
La punta de sus zapatillas se precipitaba hacia abajo tratando de alcanzar el húmedo empedrado. La mujer agarró un puñado de sus rizos encerrándolos en un puño dándole un fuerte tirón, que hizo que su cabeza cayera hacia un lado.
Cuando enganchó una de sus uñas pintadas de rojo debajo de la cinta de Camila preparándose para arrancársela para poder alcanzar mejor la suave y vulnerable piel de su garganta, Camila cerró los ojos con fuerza. No podía evitar preguntarse si Benjamin extrañaría a su ojos brillantes cuando estos se cerraran para siempre.
Esperó a que esos letales colmillos descendieran, a que esa vibrante, punzante agonía pintara su mundo del color de la sangre. Pero no ocurrió nada. Abrió sus ojos. La mujer todavía tenía la garra roja enganchada en su cinta. Sus colmillos todavía estaban brillando a sólo unas pulgadas de la garganta de Camila. Pero la mirada hambrienta se había transfigurado en otra cosa. Por algo que estaba detrás del hombro derecho de Camila.
Camila sacó ventaja de la distracción para retorcerse en sus brazos. Aunque la poderosa mano todavía estaba extendida sobre su mandíbula, la presión en su garganta había aflojado un poco.
Un hombre estaba caminando por la calle hacia ellas. No, no era un hombre, Camila se dio cuenta repentinamente, su corazón latió con esperanza.
Benjamin venía andando sin prisas, saliendo de la niebla como si tuviera una eternidad para rescatarla, se movía fluidamente con gracia masculina. Con la luz de la farola acariciando amorosamente los huesos esculpidos de su cara y el viento agitando su oscura melena, se veía como una especie de ángel condenado, echado del paraíso por cometer un pecado que había sido incapaz de resistir. Nunca se había visto tan peligroso o tan hermoso como en ese momento. Camila cedió ante su captora, mordiéndose un sollozo de alivio.
Hola querida dijo él mientras se ubicaba frente a ellas, su voz baja y sedosa.
Camila abrió la boca para contestarle, pero antes de que pudiera hacerlo, la mujer ronroneó.
Hola, mi amor. Llegas justo a tiempo para acompañarme en este pequeño aperitivo.
vale, me equivoque, jeje, no es nicolas el q va matando precisamente, sino una mujer, q parece q se ha enamorado de benjamin, y mata mujeres para conseguir q el este con ella, no? pobre camila, hasta q se aclare ese ultimo malentendido, va a volver a pensar q benja la traiciona...
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mª jesus (no login)
Re: EL VAMPIRO QUE ME AMO CAPI 6!!!
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July 3 2009, 6:15 PM
fenomenal,siguela a ver a quien le
ha dicho"hola querida" espero que sea a camila
porque si no vaya chasco que se va
a llevar..besosss
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mari (no login)
Re: EL VAMPIRO QUE ME AMO CAPI 6!!!
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July 4 2009, 9:52 PM
uy parece q benjamin conoce a la mujer
y ahora a camila le entraran los celos
me encanta siguela prontito xao wapa.bss.