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ASI HABAL EL CORAZON CAPIS 10,11,12,13 Y 14!!!!

August 10 2009 at 8:27 PM
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  (Acceso noelia_camila)

 
hola!!!!grax por los comentarios en los capis anteriores y espero que os gusten estos!!!!jejeje!!


10
Ya era mediodía cuando se aproximaron a una posada, ubicada sobre un costado del camino. No llegarían a Orleáns sino hasta la noche siguiente. El caballo podría descansar mientras atravesaran el río, pero luego, restarían aún más de cien kilómetros de viaje antes de llegar a Montville, el corcel era el más preciado tesoro de Benjamin, el mejor del establo de su padre. El animal no estaba habituado a transportar más que el peso de su dueño y el muchacho detestaba sobrecargarlo.
Había algunos otros parroquianos en la posada administrada por monjes. Más allá del mesón, se extendía una pequeña aldea. Uno de los viajeros tenía el aspecto de un comerciante; otro era un viejo caballero, acompañado por su escudero, una esposa y sus dos hijas. El tercero era un peregrino. Benjamin inclinó brevemente la cabeza para saludar a los tres hombres, antes de conducir su caballo hacia un burbujeante arroyo. Se preguntó que pensarían los otros de él, al verlo viajar solo con una mujer. Ciertamente, no era ella su escudero, pero le serviría como tal por el momento.
El muchacho se apeó del potrillo y luego, extendió un brazo para ayudar a la muchacha a descender. -¿Nunca te lavas, mujer?
Los ojos de la joven se dilataron, y Benjamin advirtió que eran grandes y de un color marron chocolate, El mentón alzado de la muchacha reflejaba su orgullo, algo con lo que él debería terminar antes de su llegada a Montville. Una sierva insolente se vería inmensamente afectada en manos de su madrastra.
-Suelo bañarme con frecuencia -respondió Camila con voz suave aunque mirada desafiante-. Pero anoche caí en el camino antes de que me detuvieras y, desde entonces, no he tenido tiempo de asearme.
-Aprovecha el arroyo, ahora que tienes la oportunidad -le sugirió él con tono brusco.
-Pero hay gente en los alrededores -objetó la muchacha, horrorizada.- No puedo bañarme en presencia de extraños.
-No creo que puedas atraer la atención de estos hombres -le aseguró Benjamin con deliberado sarcasmo.- Apresúrate. Partiremos en menos de una hora.
¡Por Dios, ese caballero no volvería a llamarla mugrienta! Camila comenzó a caminar hacia un lugar apartado del arroyo, donde podría ocultarse de miradas curiosas, pero el muchacho le gritó:
-Quédate donde yo pueda verte.
La muchacha se enfadó. ¿Acaso él temía que la atacaran o la creía capaz de escaparse? Difícilmente pensara en huir ahora. Necesitaba protección hasta llegar a Maine y al conde Marcel.
Tras encontrar una piedra considerablemente plana junto a la orilla del arroyo, la joven se arrodilló. Se quitó el manto y lo enjuagó varias veces, para luego inclinarse lentamente y restregarse el rostro con el agua helada. Siguieron entonces los brazos y, más tarde, el tramo de las piernas que podía exhibirse sin perder el recato. Por último, se soltó el cabello, pegajoso por el lodo, y hundió la cabeza en el arroyo. Pudo percibir el calor de un sinfín de miradas y su rostro ardió con vergüenza. Pero ya había logrado asearse, y decidió que si ese rústico caballero volvía a tildarla de sucia, le escupiría en la cara.
Camila abrió el saco que contenía sus pertenencias para extraer primero el alimento que había llevado consigo y luego, su peine. Su espejo de acero le reveló que, en su rostro, no había verdaderos tajos, sino unas leves marcas rosadas que pronto se esfumarían. Una vez más, había recuperado su aspecto habitual.
Un viento helado ayudó a secar su cabello, al tiempo que el brillante sol entibiaba su manto húmedo. Camila devoró con avidez el pan dulce y los dátiles confitados de Michi, mientras, de cuando en cuando, observaba al esbelto caballero, quién, en el patio de la posada, atendía a su caballo y la ignoraba por completo.
Benjamin fingió estar completamente enfrascado en el aseo de Huno, pero no cesaba de echar subrepticias miradas a Camila, azorado con la belleza de la muchacha. El baño había revelado las delicadas formas de su exquisito rostro y su cabellera castaña era una maravilla. Tenía todo el aspecto de una aristócrata, y comprendió entonces Benjamin el tonto comportamiento de Felipe con la muchacha. Tendría que ser cuidadoso, se dijo, en no permitir que esa muchacha advirtiera que le había cautivado con su belleza. No le demostraría a esa jovenzuela ni el más ligero interés. Ella era una sierva, y lo sería siempre, afirmó el muchacho en silencio.
Y se vio forzado a recordar tal aseveración cuando se acercaron los tres hombres unos instantes más tarde. -Perdón, sir -comenzó a decir uno de ellos.¿Has venido desde el sur? -Benjamin asintió, y el hombre de barba prosiguió.- ¿Qué noticias traes del conflicto? ¿Han sido expulsados los sarracenos?
-Sí, todas las guaridas piratas fueron incendiadas -respondió el muchacho y, sin deseos de entablar conversación, se volvió para continuar la limpieza del caballo.
-Ya ves, Maynard -. El comerciante palmeó al viejo caballero en la espalda.- Te dije que no te necesitarían. Nos has dado una muy buena noticia, muchacho afirmó, dirigiéndose a Benjamin.-Yo soy Nethard de Lyon y él es mi hermano, sir Maynard. Venimos de entregar un cargamento de vino al obispo de Tours. Y este buen hombre es...
-Jonás de Savoy -completó el peregrino-. También vengo de Tours, después de visitar la tumba de San Martín. El año próximo, iré a Tierra Santa.
Los buenos modales forzaron a Benjamin a presentarse. No pudo evitar sonreír con ironía ante el rudo anciano con el característico aspecto de un avezado peregrino.
Había muchos como él, que viajaban cada año a diferentes sepulcros y lugares sagrados.
-No podemos sino admirar a tu esposa, sir Benjamin -comentó Nethard con tono amable.- No todos los hombres son tan afortunados.
-Debes perdonarnos, muchacho -agregó Jonás. Mis ojos se deleitan al mirar tanta belleza.
-La muchacha no es mi esposa- explicó Benjamin, antes de volverse una vez más hacia el caballo, deseando que esos hombres se marcharan.
Pero los tres permanecieron en sus lugares. -¿Tu hermana, entonces? -No.
-¿Tu compañera? -insistió Nethard.
-Es mi sirvienta -anunció Benjamin bruscamente.
-Pero tiene un porte aristocrático -dijo Jonás, sorprendido.
-La sangre a veces engaña -afirmó Benjamin-. La joven es una sierva nata.
-¿Bastarda, entonces?
-No sé nada acerca de sus padres -respondió el muchacho, ya algo ofuscado.
-¿Te interesaría venderla? -inquirió Nethard. El hombre atrapó la completa atención de Benjamin. -Perdona, ¿qué has dicho?
Los ojos de Nethard de Lyon centellearon.
-¿Te interesaría? Te daría un precio justo por tenerla adornando mi casa.
El muchacho hubiera deseado deshacerse de la muchacha, pero había dado su palabra a Malala.
-Creo que no es posible. Cuando me regalaron a la joven, prometí que jamás le permitiría regresar a este área. -¡Te la regalaron! ¡Es increíble! -exclamó Nethard, azorado-. Entonces, el dueño debe de haber sido una mujer, celosa por la belleza de la muchacha.
-Una mujer, sí. -Benjamin aceptó la explicación ofrecida, dispuesto a no brindar más.
-Pero tú no la quieres -continuó Nethard con perspicacia.- Eso es fácil notar. Y una joven así debe ser halagada.
Benjamin soltó un ronco gruñido.
-Aun cuando fuera Venus, sería una carga para mí. Sin embargo, debo llevarla conmigo.
El hombre sacudió la cabeza.
-Ah, es una lástima que tan valiosa gema no sea apreciada -comentó, dejando escapar un suspiro.
-Es una muchacha bella -admitió el joven con expresión sombría.- Pero aún sigue siendo una carga. -Está ciego -afirmó el comerciante, tras ofrecer gentiles despedidas, los tres caballeros se marcharon.
Benjamin frunció el entrecejo y sus ojos traspasaron a los viajeros que se alejaban. ¿Qué podían saber esos hombres? Los francos solían halagar a sus mujeres y adorar su belleza. Para el muchacho, ésas no eran sino tonterías. Una mujer era sólo eso, una mujer, y nada más. Era ridículo conferirle alguna importancia. Ella estaba allí para servir y eso era todo.


11
Una vez que su cabellera estuvo seca y sedosa, Camila la sujetó en dos largas trenzas. Volvió a cerrar el saco de sus pertenencias y, con renuncia, se unió a Benjamin en el patio. El muchacho le señaló un banco en la galería de la posada y le ordenó aguardar allí.
La joven se sintió irritada ante la brusquedad de ese hombre. Había esperado que él hiciese algún comentario acerca de su mejorado aspecto, y tanto desinterés la exasperaba. Empero, cumplió las órdenes del caballero y se dispuso a esperarlo pacientemente en el lugar señalado. Los movimientos de la posada no mejoraron su humor, puesto que demasiados hombres la observaban con descaro y eso la incomodaba.
Benjamin había entrado en el mesón para pedir alimento, feliz de que la muchacha hubiese llevado su propia comida. Sólo unos minutos más tarde, un joven extraño se aproximó a Camila. La muchacha habría estado agradecida por la nueva compañía, pero pronto advirtió que el muchacho era extranjero, inglés o irlandés según su aspecto, y ella no podía comprender el idioma. Aun así, él no se apartó, sino que continuó tratando de comunicarse, admirándola con la mirada, complaciéndola con sus gentiles modales.
De pronto, Benjamin apareció de la nada, para detenerse frente al joven con las piernas separadas, los brazos en jarras y una expresión airada en el rostro. Se inclinó y, extendiendo una mano, levantó violentamente a Camila. La muchacha comenzó a protestar por tanta rudeza, pero se detuvo al toparse con la mirada helada del caballero. -¿Conoces a este hombre?
-No.
-Y, aun así, le invitas a sentarse a tu lado y le conversas -dijo Benjamin con furia, sin apartar la mirada del atemorizado rostro de la joven.
-No fue así -negó Camila.- Aunque no me opuse cuando decidió sentarse. No pude entender nada de lo que dijo, de modo que no tiene importancia.
-¿Siempre te comportas así con extraños? -preguntó él con tono severo, ignorando las últimas palabras de Camila.
Ella se apresuró a defenderse.
-No hice nada malo. Sólo necesitaba una sonrisa amable.
-No es precisamente eso lo que tú necesitas -afirmó Benjamin con tono amenazador.
Sin esperar la respuesta de Camila, él la sujetó del brazo y la sacó a empujones de la posada. La joven se sintió avergonzada al ser tratada como un niño travieso, e intentó liberarse.
-¡Quiero que me sueltes! -le grito.
Benjamin se detuvo de inmediato y giró para mirar con una expresión incrédula en el rostro.
-¿Qué quieres?
-No hay razón para que me trates de esta forma se quejó ella.
-De modo que tu ama estaba en lo cierto. Tu audacia es en verdad sorprendente -gruñó Benjamin.
Sin pronunciar otra palabra, montó su corcel y subió a Camila detrás de sí. Una vez más, emprendieron la marcha, cabalgando a toda velocidad. Ninguno de los dos volvió a hablar durante el resto del día. Al caer la tarde, Benjamin se apartó del camino para penetrar en un bosque.
-¿Por qué tomamos este camino? -preguntó tímidamente la joven luego de un breve instante, amilanada por la oscuridad.
-Tu silencio ha sido una bendición -respondió él con tono brusco.- Debo encontrar un lugar para pasar la noche.
Camila quedó estupefacta.
-¿Quieres decir que dormiremos aquí?
-¿Acaso ves alguna aldea en las cercanías? -inquirió el muchacho con sarcasmo.
La muchacha permaneció en silencio, y un sinfín de perturbadoras imágenes acosaron su mente.
Benjamin se detuvo en un lugar de vegetación tan densa, que la oscuridad era completa. Había un pequeño claro entre los árboles, y él ordenó a la joven que juntara algunas leñas para armar una fogata. Ella obedeció sin protestar, mientras el muchacho sujetaba su caballo. -Aún me queda algo de comida si deseas compartirla -le ofreció Camila, suponiendo que él no había logrado comprar provisiones a los pobres monjes de la posada.
-Tráela -respondió Benjamin, antes de encender la leña que ella había reunido.
La joven extrajo los últimos alimentos de su saco y ambos se sentaron a comer en silencio. El crepitante fuego creaba sombras alrededor, haciendo que el resto del bosque pareciera aún más oscuro. Camila no pudo evitar preguntarse por qué un hombre tan apuesto podría tener un temperamento tan odioso. ¿Acaso todos los normandos eran tan rudos, dominantes y constantemente malhumorados?
-¿Cuanto falta para llegar a Maine? -se arriesgó a preguntar la muchacha, una vez finalizada la comida. Nunca he estado al oeste de Berry.
-¿Por qué lo preguntas?
-Sólo deseaba saber -susurró ella, temerosa ante la intensa mirada del muchacho.- Después de todo, nos separaremos allí.
-No quiero oír nada acerca de separarnos y te advierto que no me provoques.
-Pero a ti no te agrada mi compañía- le hizo notar Camila con calma.
-¡Eso ya no importa! Fui obligado a aceptarte y ahora no puedo deshacerme de ti.
-¿Por qué me odias tanto?
-¿Acaso tú no me odias también? -preguntó Benjamin con indiferencia.
Ella lo miró sorprendida.
-Si crees que te odio sólo porque me trataste con rudeza desde que abandonamos Louroux, estás equivocado.
El hombre rió y todo su rostro pareció iluminarse. Sus rasgos se veían mucho más agradable con una sonrisa.
-Entonces me consideras rudo, ¿eh?
-Claro que sí -respondió Camila con indignación-. No hiciste más que amenazarme e intimidarme, y en la posada, me trataste como si yo no tuviera derecho de hablar con quien me plazca.
-Tú no tienes ningún derecho a nada -.Una vez más, su tono era helado, y su mirada sonriente había desaparecido.- Seamos claros, muchacha. Tú no hablarás con nadie sin permiso.
Camila esbozó una sonrisa divertida.
-No hablas en serio. Supongo que no puedes evitar ser como eres, pero creo que estás traspasando los límites. Estoy de veras agradecida por tu protección, pero el hecho de que seas mi escolta no te da derecho a imponerme órdenes.
El muchacho ahogó una exclamación y luego, estalló.
-¡Por todos los santos! ¡Ella tenía razón! Me advirtió que solías darte ínfulas, ¡pero jamás creí que serías tan tonta de probar tus jugarretas conmigo!
Benjamin ya había tenido suficiente. Sabía que lo mejor sería apartarse de esa muchacha. Se volvió y caminó con paso firme hacia el caballo, para cabalgar a toda velocidad en dirección al camino. Un vigorizante paseo podría apaciguar su cólera.
Camila le observó partir, estupefacta. Su confusión pronto se transformó en miedo, cuando los sonidos del caballo se tornaron más y más distantes.
-¿Qué le he hecho? -susurró-. ¿Por qué me odia tanto? La joven se acercó al calor del fuego y se cubrió con el manto. El regresaría, se dijo, tratando de convencerse. Con seguridad regresaría.
Los sonidos de la noche volaban con el viento y se volvían cada vez más potentes, aterradores. Camila se estremeció y se acurrucó en un ovillo sobre la tierra helada, cubriéndose hasta la cabeza con el manto. Oró por la protección de Benjamin de Montville y luego, elevó sus súplicas a Dios.
-Por favor, regresa -murmuró con ansiedad -Juro que no volveré a alzarte la voz. Si es necesario, permaneceré muda, pero ¡regresa!
Finalmente, el crepitante fuego ahogó los demás sonidos de la noche y la arrulló hasta dormirla.
Así la encontró Benjamin a su regreso. Extrajo una manta de una de las alforjas de su caballo y se acostó sobre el suelo junto a ella.



12
Benjamin se despertó de inmediato al percibir un peligro inminente. Se puso de pie, extrajo automáticamente su espada y giró en busca del intruso. El cielo del amanecer creaba oscuras sombras difíciles de penetrar y, aun cuando se esforzó, no logró distinguir nada. Sumamente tenso, permaneció inmóvil y se dispuso a aguardar.
Fue entonces cuando divisó a la bestia, sentada sobre sus enormes ancas, a menos de dos metros de distancia. Se asemejaba a un perro, pero nunca antes había visto uno tan inmenso.
Sin apartar los ojos del animal, Benjamin extendió una bota para sacudir apenas a la muchacha dormida. Camila se incorporó con lentitud y, al verla moverse, la bestia se levantó. Avanzó entonces el perro en dirección a la joven, saltando graciosamente.
-Ocúltate detrás de mí, ¡Rápido! -le ordenó Benjamin en un severo susurro.
-¿Por qué? -La muchacha se sorprendió ante el tono de voz del muchacho y, al verlo alzar la espada, susurró:-¿Qué sucede?
-Si de veras aprecias tu vida, ¡haz lo que te digo! -respondió él con rudeza.
Camila se puso de pie y, de inmediato, se ocultó tras la inmensa espalda del caballero. Se aterrorizó al oír el amenazador gruñido de un animal y, con vacilación, asomó lentamente la cabeza para espiar a la bestia. Aun bajo la tenue luz del amanecer, no pudo confundir esa forma. Salió corriendo de su escondite para detenerse entre el hombre y el perro. Benjamin la observó azorado, mientras ella abrazaba al inmenso animal y reía cuando éste la lamía el rostro y gemía.
-¿Acaso tienes algún poder extraño para dominar a las bestias? -preguntó Benjamin, admirado. ¿Será bruja esa muchacha?
Camila le miró y esbozó una brillante sonrisa. -Es mi perro. Me siguió hasta aquí.
Benjamin enfundó la espada y dejó escapar un gruñido.
-Me rehúso a creer que te rastreó durante todo el trayecto desde Louroux.
-Yo lo crié y me ha estado siguiendo durante años. Debe de haber escapado de su jaula anoche, a la hora de comer. Es un perro muy inteligente.
Benjamin se volvió en silencio. Montó su potro y, sin mirar en dirección a la joven, se apartó del claro lentamente.
-¿A donde vas? -preguntó ella a gritos.
El muchacho respondió por encima del hombro. -Si tengo suerte, traeré carne fresca a mi regreso. Tú aprovecha el tiempo para preparar el fuego.
Y, entonces, se marchó. Camila dejó escapar un suspiro. Las promesas de la noche anterior se estaban convirtiendo en una pesada carga. Pero, al menos, él había regresado.
AL advertir que los inmensos ojos pardos de Wolff la observaban, la muchacha sonrió con deleite. -Bueno, pequeño, debes de estar cansado tras tu largo viaje. -Rodeó al animal con los brazos y lo estrechó con fuerza-. ¡Oh, Wolff, Wolff, me hace tan feliz que hayas venido! Debería haberte traído conmigo, pero tuve miedo de preguntar. De todos modos, me has encontrado y jamás volveremos a separarnos. Me siento mucho mejor ahora. El normando me protegerá de los peligros del camino y tú, mi rey, ¡me protegerás de él!
Los temores de Camila se habían esfumado con la llegada de Wolff, y la muchacha no podía sino reír de placer.
-Ven, tenemos que encender el fuego antes de que él regrese, porque es un hombre perverso y no le gusta esperar. Tú debes estar hambriento, Wolff -. La joven comenzó a reunir palos y ramas para la fogata, y el perro la siguió, sin apartarse un solo instante de su lado.
Supongo que, anoche, tomaste a Leandor por sorpresa y no aguardaste por tu cena. O bien, el mismo Leandor te permitió escapar. Sí, es capaz de haberlo hecho si creía que yo te necesitaba.
Camila continuó conversando con Wolff como siempre lo había hecho, expresando sus pensamientos en voz alta. El fuego no tardó en encenderse sobre las brasas de la anterior fogata, y pronto pudo la muchacha entibiar sus manos congeladas por el aire frío de la mañana. Apenas había acabado de peinarse y se encontraba trenzando su larga cabellera, cuando Benjamin regresó y arrojó una robusta liebre sobre la tierra.
-Prepárala y reserva la piel para guardar los restos una vez que hayamos comido -le ordenó con tono brusco, para luego posar los ojos sobre Wolff, que se encontraba echado con la cabeza sobre el regazo de su dueña. Y el perro debe irse. No tenemos comida para compartir con él.
-Wolff no me dejará ahora que ha logrado encontrarme -afirmó Camila con convicción-. Pero no tienes que preocuparte en alimentarlo. Es un excelente cazador y no le costará atrapar su propia cena-. Tomó la inmensa cabeza del animal entre sus manos y lo miró fijamente a los ojos.
-Muéstrale, Wolff. Trae tu cena y yo la cocinaré. Benjamin observó al perro alejarse del campamento y sacudió la cabeza:
-¿De veras piensas cocinar para la bestia?
-El no es una bestia -le corrigió Camila con tono reprobador.- Aunque su raza es desconocida, posee un magnífico tamaño y una increíble astucia. Y claro que cocinaré para él. Wolff está domesticado. No come alimentos crudos.
-Yo tampoco -replicó Benjamin.- Date prisa con la tarea.
Antes de culminar la frase, el muchacho arrojó una daga junto a la liebre muerta. Camila la recogió y sus labios se fruncieron en una mueca. Poco tiempo atrás, había aprendido a despellejar animales, pero el trabajo no era de su agrado.
Pero, él obviamente no tenía intenciones de ejecutarlo. Ya se había sentado frente al fuego, para limpiar el venablo que había utilizado en matar a la presa. La muchacha pensó que debería estar agradecida a Malala, por haberla obligado a aprender varias labores serviles. -¿Cómo debo llamarte? -preguntó Camila a modo de conversación.
El hombre respondió sin mirarla. -Puedes decirme señor. -¿Señor Benjamin? -Sólo señor.
-Eso es ridículo-dijo la joven, sin apartar los ojos de su tarea.-Te llamaré Benjamin. Y tú ya sabes mi nombre. Te agradecería que lo usaras. No me agrada que me llamen mujer o muchacha todo el tiempo.
Los ojos de Benjamin lanzaron llamaradas.
-De modo que comenzamos de nuevo -. La miró con expresión severa. -El día apenas acaba de empezar, ¡y tú ya estás diciéndome lo que tú harás y lo que tú quieres!
Camila alzó la cabeza, confundida.
-¿Qué he dicho para que vuelvas a enojarte?
El muchacho se puso de pie y arrojó el venablo al suelo en un súbito arrebato de cólera.
-Me provocas adrede, fingiendo ser lo que no eres. Tú eres una sierva y yo soy tu amo, y te exijo que dejes de actuar como si así no fuera. Ya di mi palabra y estoy obligado a conservarte hasta el día de tu muerte. Pero no tientes al destino, o ese día llegará mucho antes de lo que imaginas.
El asombro de Camila fue mayor del que podía expresar. Algo, por fin, comenzaba a aclararse.
-Has dado tu palabra a Malala, ¿es eso lo que quieres decir? -Sí, cuando ella te entregó a mí.
-¡Esa mujer no tenía derecho! -exclamó la joven. Yo no soy una sirvienta. ¡Jamás he sido una sierva! -Malala también me dijo que amas la mentira mucho más que la verdad, y me advirtió que sueles dar rienda suelta a tu imaginación.
-Tú no comprendes. Malala es mi tutora, puesto que mis familiares han muerto. Esa mujer no es mi ama, sino la tía de mi medio hermano. Ella no podía entregarme a ti.
-Tu ama tenía intenciones de matarte a pedradas, muchacha y lo hubiera hecho, si yo no hubiese aceptado traerte conmigo.
-Sin duda, me habría asesinado, ya que tú arruinaste los planes que ella tenía para mí.
-Entonces admites que te salvé la vida. Dame paz, aunque sólo sea por esa única razón.
-No tienes derecho a conservarme como sierva. ¡Soy una dama! ¡Mi padre fue barón! Benjamin se le acercó de tal forma, que sus ojos parecieron casi negros.
-No me interesa lo que fuiste antes. Ahora eres mi sirvienta. Estás obligada a obedecerme y si te oigo negarlo una sola vez más, te castigaré a latigazos. ¡Ahora apresúrate a cocinar esa carne! -bramó.- Ya hemos perdido suficiente tiempo por hoy.
Camila caminó aturdida hacia el fuego y unas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Se sintió atrapada en un velo de impotencia tan negro como la noche. Se sentía demasiado agobiada incluso para preguntar por qué no se habían detenido en Maine. Sabía la razón. También en eso, Malala le había mentido.
¿Qué podía hacer ahora? Si intentaba razonar con ese hombre obstinado y decirle cuán equivocado estaba, él la golpearía. No sería capaz de tolerar otros azotes encima de su aún dolorida espalda.
Benjamin observó a la muchacha, ofuscado, hasta que ella le miró con una expresión tan desolada, que él no pudo sino apartar la mirada, sintiéndose casi arrepentido. Casi, aunque no efectivamente.
¿Por qué parecía esa joven tan acongojada? Su nueva vida no podría ser más dura que la que había llevado en el pasado. El muchacho le había visto las manos encallecidas y sabía que era una muchacha habituada al trabajo arduo. Ya no tendría que servir a una enorme familia, sólo a Benjamin. ¿Y acaso él no le había salvado la vida? ¿No podría ella, al menos, estarle agradecida por esa razón?
Los pensamientos de Benjamin se interrumpieron cuando Wolff regresó al campamento y deposito dos gallinetas a los pies de Camila. El muchacho sacudió la cabeza, admitiendo, en silencio, que, después de todo, el perro debía proceder de Louroux. Una de las tareas de la joven allí había sido, probablemente, encargarse del cuidado del animal. ¿De qué otra forma podría la bestia haber cumplido con exactitud las órdenes de esa mujer, a menos que estuviera habituado a obedecerla?
Con la reaparición de Wolff, las silenciosas lágrimas de Camila se transformaron en fuertes sollozos y Benjamin se puso en pie bruscamente.
-¡Maldición! ¡Ya has derramado suficientes lágrimas! Wolff comenzó a aullar, sumándose a los gemidos de su dueña, y Benjamin alzó los brazos con irritación y se apartó del fuego con paso airado.
Por fin, la muchacha cesó de llorar y el perro le secó las lágrimas con la lengua. Camila respiró profundamente y se dispuso a continuar la tarea. Pocos instantes después, la comida del perro se encontraba asándose junto a la liebre, y la joven se sentó a descansar, mirando a su adorada mascota con expresión angustiada.
-¿Qué voy a hacer ahora, Wolff? -le preguntó, como si esperara una respuesta.- El me ha convertido en su sirvienta y no hay nadie más que yo para decirle que no tiene derecho a hacerlo. ¡Malala me hizo esto! -exclamó con vehemencia, y sus ojos lanzaron destellos de ira.
Cuando Benjamin regresó, la liebre ya estaba cocida y Wolff había devorado su alimento. Mientras comían en silencio, Camila no apartó los ojos de la tierra.
-Hablaré contigo, y espero tranquilizarte -dijo por fin Benjamin con tono brusco.- No tienes por qué temerme, siempre y cuando hagas lo que te ordeno.
-¿Y si no lo hago? -preguntó la joven luego de una pausa.
-Te dispensaré el mismo trato que a cualquier otra sierva -afirmó él de modo categórico.
-¿Cuántos sirvientes tienes? -inquirió Camila. -Jamás he tenido otro sirviente personal más que mi escudero, que acaba de morir. Hay muchos trabajando en casa, pero todos están bajo las órdenes de mi padre. Tú eres la primera que responde únicamente a mí.
-¿Piensas llevarme a tu casa?
-Sí
Al tiempo que Camila consideraba la respuesta, el muchacho prosiguió.
-Te ocuparás de mis ropas, me servirás la comida y limpiaras mi habitación. Sólo obedecerás mis órdenes. ¿No es eso mucho menos trabajo que aquél al que has estado habituada?
-Mucho menos -admitió ella.
Benjamin se puso de pie y le miró fijamente. -Pretendo obediencia. Te irá bien, siempre y cuando no enfurezcas. ¿Estás dispuesta a aceptar tu suerte y de una vez por todas, con tus provocaciones?
Camila vaciló, y luego se apresuró a responder, por temor a perder el coraje.
-No quiero mentirte. Te serviré siempre que deba. Pero si encuentro la oportunidad de abandonarte, no dudaré en hacerlo.
La muchacha había esperado un nuevo arrebato de ira, pero él sólo frunció el entrecejo.
-No, no lograrás escaparte de mí -afirmó en una lengua extranjera.
-¿Qué?
-Dije que te convendría aprender el idioma nórdico, ya que hay muchos en Montville que no hablan otra lengua.
-¿Todo eso dijiste con esas pocas palabras?-preguntó Camila con escepticismo.
Pero Benjamin no respondió a su pregunta. -Vamos, estamos perdiendo tiempo, el perro puede venir con nosotros. Será un fino obsequio para mi padre. Camila abrió la boca para protestar, pero se detuvo. Cuando llegara el momento, el normando descubriría que Wolff jamás volvería a separarse de su dueña.


13
No llegaron a Orleáns antes del anochecer, y debieron volver a acampar al caer la tarde. Camila pasó las interminables horas en su incómoda posición detrás de Benjamin, tratando de convencerse de que aún podría seguir tolerando su infortunada situación durante un tiempo. Al fin y al cabo, se encontraba lejos de Berry y Malala.
Un esposo era lo que necesitaba, ya que, una vez que ella estuviera casada, Malala no se beneficiaría con su muerte, ni podría reclamar derecho alguno sobre Louroux. Pero, para casarse, Camila necesitaba la aprobación de Marcel o del señor lord del condado. El rey de Francia era el señor de Marcel, y allí estaba, entonces, la solución. La muchacha podría dirigirse a la corte y unirse en matrimonio sin el conocimiento de Malala. Sólo necesitaba encontrar a alguien que la llevara hasta Ile-de-France y a la corte de Lothair. Entonces, sería libre y Malala se vería forzada a abandonar Louroux.
Cuando acamparon esa noche, Camila se sentía tan satisfecha con sus propios razonamientos, que comenzó a contemplar los sucesos más recientes como una verdadera bendición. El tercer día transcurrió velozmente, ya que Benjamin se dedicó a enseñarle la lengua de sus ancestros. No era un idioma fácil de aprender, pero la muchacha no tardó en incorporar varios vocablos, impresionando así al muchacho con su rapidez.
El comenzar de un nuevo día era siempre placentero, ya que Benjamin pronto descubrió que Wolff era en verdad un excelente cazador. Despertaban por la mañana, para encontrar dos robustas liebres y un ganso silvestre aguardándolos.
El hombre estaba admirado y, a la vez, complacido, al tener al animal trabajando para él. Esto ayudó a disipar su furia, a tal punto, que llegó a entablar amistad con el perro y, para sorpresa de Camila, Wolff se veía muy satisfecho con su nuevo amigo. Así, con un feliz estado de ánimo, continuaron los tres su trayecto por el camino.
En la tarde siguiente a su llegada a Orleáns, iniciaron el viaje por el rio y entonces el humor de Benjamin pareció mejorar aun más. Camila se percató de que la ira del normando se había debido, en parte, a la demora en su regreso a casa. Esa noche, una vez finalizada la cena, la joven decidió interrogarlo.
-¿Por qué llevas tanta prisa?
Ella se hallaba acurrucada en la cubierta, recostada sobre un costado, con la cabeza sobre las manos. Benjamin se encontraba sentado a sus pies, absorto en la contemplación del río.
Benjamin le explicó brevemente que su padre había enviado un vasallo para encontrarle y que pronto se desataría una guerra en Montville.
-Por desgracia, Guido tardó varios meses en hallarme, dado que yo me encontraba en el sur de Francia. Puede que la batalla ya haya finalizado.
La información despertó el interés de Camila. -De modo que acabas de venir del sur, ¿no es así? -Sí, después de luchar contra los sarracenos. Los ojos de la muchacha centellearon.
-¡Espero que hayas matado a muchos! -exclamó impulsivamente, sabiendo que un sarraceno había sido el asesino de su hermano.
-Así fue -gruñó Benjamin-. ¿Pero por qué eso habría de interesarte? Los piratas sólo amenazaron el sur y tú te encontrabas muy lejos de allí.
-No temía por mí-le explicó ella, y sus ojos brillaron con odio contra el hombre que había asesinado a Felipe.- Sólo espero que los sarracenos estén todos muertos, cada uno de ellos sin excepción.
Benjamin soltó una breve risita.
-Entonces mi Venus es sanguinaria. Jamás lo hubiese creído.
Camila bajó la mirada hacia el fuego y dejó escapar un largo suspiro. No valía la pena explicar cómo se sentía. Ese hombre era ajeno a todo sentimiento.
-No soy sanguinaria -afirmó con voz serena. Los sarracenos tenían que ser destruidos, eso es todo. -Y así fue.
Camila se volvió de espaldas al fuego, pero pudo percibir que los ojos del normando aún continuaban observándola y se sintió algo incomoda. ¿Por qué la habría llamado su Venus ¿Significaría eso acaso que ella comenzaba a agradarle? Entonces rezó para que así fuera.
Con la certeza de que Benjamin no cesaba de observarla, la joven se sintió más y más nerviosa, hasta que recordó que no se encontraba sola en la barcaza. Wolff se hallaba tendido a su lado. Su fiel mascota no permitiría que el normando la atacara. Con esa reconfortable idea, Camila por fin se durmió.
Una tormenta amenazaba con estallar al día siguiente, pero no fue así. El Loira se encontraba crecido y, con seguridad, se habría desbordado con una copiosa lluvia, de modo que ambos contemplaban ansiosos el cielo, a medida que las oscuras nubes ocultaban el sol. Un viento fuerte desminuyó la temperatura sobre el río y obstaculizó el avance de la barcaza. Esto irritó a Benjamin, quien permaneció en silencio y malhumorado durante la mayor parte del día.
El muchacho estaba furioso consigo mismo por verse afectado por el frío; ya que el clima era benigno comparado con el que había sufrido durante la mayor parte de su vida. Los últimos seis meses en el sur de Francia le habían enrarecido la sangre, y el joven lo sentía como una señal de debilidad.
La noche resultó ser la más fría del viaje. Camila se acurrucó junto a Wolff para calentarse y no le importó que Benjamin se acostara a su lado, ya que, de esa forma, le protegía la espalda contra el viento helado. ¡Qué momento para regresar a casa, en pleno invierno! Benjamin deseó que la muchacha supiera coser, ya que él necesitaría ropa de abrigo al llegar a Montville.
Se volvió hacia la muchacha y, al oír su respiración regular, supo que se hallaba profundamente dormida. Tomó entre sus manos una de las largas trenzas castañas y se acarició la mejilla con el sedoso mechón del extremo. Aun cuando no podía ver el rostro de la joven, recordó sus encantadores rasgos, dado que, la noche anterior, la había contemplado lo suficiente como para grabarse eternamente esa imagen en su mente.
Benjamin había comenzado a sentirse orgulloso por esa muchacha. No sólo era extraordinariamente hermosa, sino también inteligente, y ya había empezado a comprender la difícil lengua nórdica.
Parecía haberle aceptado como señor y se veía dispuesta a servirle. Ese hecho complacía al muchacho, puesto que, de ese modo, ya no tendría que depender de los sirvientes de su padre. Aún podía recordar las múltiples ocasiones en que había sufrido la indiferencia de los siervos, todos ocupados en cumplir órdenes de Ines.
La muchacha sería excelente criada. Por esa razón, se sentía reacio a llevarla a su cama. Tenía la certeza de que cometería un grave error al alterar la relación que existía entre ambos. Finalmente, Benjamin se colocó de espaldas a Camila y exhaló un prolongado suspiro, maldiciéndola por ser tan encantadora.



14
La tormenta se alejó hacia el sur, y el buen tiempo les acompañó durante todo el siguiente día. Llegaron a los dominios del conde de Tournaine, y Camila sintió deseos de visitar el monasterio de San Miguel, pero la barcaza se detuvo apenas lo suficiente para descargar pasajeros y recibir a dos nuevos viajeros antes de volver a zarpar.
Los recién llegados eran dos sajones altos y de aspecto rudo. Los duques sajones habían despojado a los francos del reino oriental, para gobernar Alemania bajo las ordenes de Otto, hecho que no complacía a los franceses. Estos dos eran de tez oscura y largas y desaliñadas melenas del color de la hierva seca de otoño. Vestían gruesas túnicas de piel, que les conferían un aspecto salvaje y amenazador. Se encontraban armados.
Los sajones se mantuvieron apartados, pero cuando posaron sus ojos sobre Camila con evidente interés, la joven se sintió algo perturbada y se acercó aún más a Benjamin. El hombre no la miró, ni aun cuando la mano de la muchacha rozó accidentalmente la suya. Durante varios días, él parecía haberle evitado la mirada y Camila se preguntaba por qué.
A la tarde siguiente, tras seis días de viaje, llegaron al punto de confluencia entre los ríos Maine y Loira, y fue allí donde los jóvenes descendieron. La muchacha se sentía algo renuente a ocupar, una vez más su incómodo asiento en la parte trasera de la montura y hubiese deseado caminar, pero Benjamin no se lo permitió, ya que estaba decidido a cubrir la mayor distancia posible antes del anochecer.
Pronto oscureció y se detuvieron en un pequeño bosquecillo junto a la orilla izquierda del Maine. Con el río a sólo unos pocos metros de distancia, Camila pensó en bañarse. Tan pronto como Benjamin se marchó en busca de alimento, la muchacha se apresuró a juntar la leña para el fuego y, tras extraer una túnica limpia de su bolso, salió corriendo hacia el agua.
Al otro lado del río, había unos pantanos desérticos de aspecto desolador bajo la azulina luz del crepúsculo. De pronto, Camila divisó una figura negra, cuadrada, que se acercaba flotando sobre el agua, y se paralizó. Enseguida, retrocedió hacia la orilla, y advirtió que se trataba de una barcaza. Se ocultó, entonces, detrás de un árbol. Wolff se le acercó para agazaparse a su lado y ella le frotó las orejas, mientras observaba con impaciencia el lento avance de la embarcación. Finalmente, echó una mirada a su perro y frunció el entrecejo.
-Será mejor que vayas a buscar tu propia cena, Wolff. El normando acepta la carne que le traes, pero no lo creo capaz de devolverte el favor cazando para ti. - El animal no se movió, y ella lo empujó suavemente -Vete ya, yo estaré bien tan pronto como pase esa barcaza.
Observó al perro alejarse y luego, volvió la mirada hacia el río, para ver que la barcaza continuaba avanzando con enloquecedora lentitud. Camila sabía que debía terminar y volver al campamento antes del regreso de Benjamin.
Por fin, la embarcación se alejó, y la muchacha se apresuró a desnudarse y sumergirse en el agua helada. Sus dientes comenzaron a castañetear, y se frotó rápidamente, sin dejar de permanecer alerta ante la posible aparición de una nueva barcaza.
Finalizó tan pronto como pudo y salió corriendo del agua helada. Todo su cuerpo comenzó a temblar, y se colocó presurosa la túnica limpia, sin siquiera secarse. Se ató el cinturón de soga y, sin calzarse, camino cautelosamente hacia el campamento, maldiciéndose por no haber encendido el fuego antes del baño. El lugar se veía tan oscuro como boca de lobo y ella se sentía congelada.
De pronto, avistó el chisporroteo de las llamas, y creyó que enloquecería de terror. Contuvo la respiración, hasta que reconoció la familiar figura de Benjamin agachada junto al fuego.
-Casi me matas del susto -dijo Camila mientras avanzaba, dejando escapar un largo suspiro de alivio ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
La mirada del normando la hizo estremecer.
-Lo suficiente como para preguntarme por qué no se encontraban aquí ni el fuego ni la imprudente mujer.
-No creí que regresaras tan pronto.
-¿Supones acaso que tengo los ojos de tu perro que puede encontrar la presa en la oscuridad? -preguntó él con tono mordaz.
-Esperé demasiado para acampar. No habrá carne a menos que tu Wolff tenga mejor suerte. Veo que no está contigo.
-Lo envié a cazar después de que tú te marchaste. Benjamin se puso de pie para regañarla.
-Ven aquí, muchacha. ¿Donde has estado? Camila vaciló. Conocía ese tono. La barba había comenzado a crecer en el mentón del normando y le confería un aspecto aún más perverso. Sus ojos azules reflejaron el fuego que ardía en su interior y, cuando él extendió las manos para tocarla, la joven soltó una exclamación y retrocedió de un salto. Aun así, Benjamin pudo agarrarle uno de sus brazos empapados.
-¿De modo que nadar te pareció más importante que encender una fogata para protegernos de este frío? El hombre no la había golpeado y eso infundió coraje a la muchacha.
-No fue mi intención incomodarte.
-¿A mí? -gruñó él.- Mírate. Tienes el brazo congelado y los labios azules-. La empujó bruscamente hacia el fuego.- Caliéntate. Si llegas a vomitarme encima... ¡Santo Dios!... ¿Acaso has perdido el juicio, muchacha?
Camila se volvió y, de espaldas al fuego, le miró con los labios temblorosos.
-Quería estar limpia y no me puedo bañar completamente si tú estás cerca.
-¿Por qué no?
Ella bajó la mirada, y agradeció que el hombre no pudiera percibir el rubor de sus mejillas en medio de la intensa oscuridad.
-No sería correcto.
-¿Correcto? -bramó él, y se detuvo de inmediato, para recorrer con los ojos la figura de la joven. Cada curva era visible bajo la delicada tela adherida a la piel húmeda.
Cuando, por fin, su mirada se topó con la de Camila, sus oscuros ojos azules ardían, pero no de ira. Era una expresión que la muchacha no había visto con frecuencia en su resguardada vida, pero la reconoció instintivamente. Entonces, se sintió aterrada.
La joven comenzó a retroceder, olvidando la presencia del fuego a sus espaldas. Pero Benjamin sujetó con rapidez una de sus largas trenzas y la atrajo rudamente hacia sí. Camila empezó a golpear con fuerza el firme, musculoso pecho, pero uno de los poderosos brazos del hombre la tomó de la cintura y se sintió atrapada, incapaz de moverse.
Con la otra mano, Benjamin le alzó la cabeza y sus ojos contemplaron el pálido, delicado rostro de manera lenta y posesiva.
-Tal vez, yo pueda calentarte mejor que ese fuego, ¿eh? -le dijo con voz ronca, lanzándole una mirada anhelante, y luego prosiguió con suavidad.- No lograrás nada resistiéndote, si es eso lo que tienes en mente. Y tú lo sabes.
Camila había estado tan segura de que él no la deseaba... ¿Qué le había hecho cambiar de opinión? Benjamin la estrechó con más fuerza y luego, la liberó para desatarle el cinturón. En ese momento, la joven saltó. Si tan sólo lograba apartarse de la luz de las llamas, la oscuridad le permitiría ocultarse. Pero, apenas comenzó a alejarse, las manos del normando volvieron a atraparla. El muchacho la hizo girar, para luego alzarla entre sus brazos.
-¿De veras creíste que podrías escapar de mí?
Su tono de voz no era severo. De hecho el joven parecía divertido ante la reacción de la muchacha. Camila le lanzó una mirada fulminante y él rió, aparentemente encantado.
-¿Dónde está la mujer que se desmayó de miedo no bien la tendí sobre mi cama? Veo que has cobrado valor desde aquella noche.
-Te vanaglorias demasiado -replicó ella con aspereza, irritada ante la divertida actitud del normando. -Me desmayé debido al dolor de la espalda y no por temor a ti.
-¿Qué le ocurrió a tu espalda?
-Fui golpeada... gracias a ti -respondió la muchacha con tono severo, condenándole con los ojos. Benjamin frunció el ceño y la depositó suavemente sobre la manta que él mismo había tendido junto al fuego. Contra las protestas de la joven, le quitó el cinturón y la túnica, para luego alzarle el vestido y tocar el área lastimada. Entonces, volvió a apoyar a la muchacha sobre la manta y la miró fijamente.
-¿Te duele todavía? -No, ¿por qué?
-Aún tienes magulladuras. Deben de haber sido azotes muy violentos para que continúen las marcas una semana después. Claro que tendrías que haberlo esperado, después de haber robado a tu ama.
-Ya te dije que no soy una ladrona. Me hicieron esto porque traté de escaparme...
Camila se detuvo al advertir que él no estaba escuchando. De pronto, la boca de Benjamin se apoderó de sus labios y se sintió completamente indefensa frente a la fuerza de aquel hombre. Sólo atinó a sujetarse de la melena rubia para apartarle la cabeza.
-¡Tú nunca me tendrás!
El se incorporó y le separó ambas manos con facilidad.
-¿Piensas hacérmelo difícil? -preguntó con una sonrisa. Sin aguardar la respuesta, soltó una breve risita y se quitó la pesada cota y la túnica. La muchacha lanzó una exclamación e intentó levantarse, pero él volvió a empujarla sobre la manta para sujetarla con una mano, mientras con la otra se despojaba de sus pantalones.
Camila cerró los ojos, forzándose a no gritar, al tiempo que Benjamin le apresaba ambas manos junto a los hombros. ¡Todo había sido tan fácil para él, tan condenadamente fácil! La joven volvió a abrir los ojos, que centellearon con furia.
-¡Te odio!
El muchacho la contempló durante un largo instante y, al mirar esos oscuros ojos azules, Camila se sorprendió, ya que descubrió súbitamente que, en realidad, se sentía atraída por Benjamin. No podía afirmar que le amaba. Después de todo, él era rudo y brusco y, a menudo, cruel con sus comentarios. Pero también era fuerte, decidido y justo. Sí, aunque le costaba admitirlo, ese joven le agradaba. Además pensó Camila, él la miraba con ternura y, sí, hasta con amor. Aun cuando fingía estar tomando sólo lo que le pertenecía, había mucho más en ese ataque, mucho más.
Benjamin pensaba cuán encantadora era la muchacha y cuánto la deseaba. Era una joven especial, seductora y había logrado cautivarle. Jamás se atrevería a admitirlo frente a Camila, pero ya comenzaba a sentir un profundo afecto por la muchacha.
Después de besar el encantador rostro, los labios de Benjamin descendieron por el delicado cuello hasta llegar a los pequeños senos. Eran pechos frágiles como porcelana, pero suaves y redondeados como frutas maduras. De pronto impaciente por absorber la dulzura de la muchacha, el joven le separó los muslos y la penetró.
Benjamin ahogó una exclamación. ¡La obstrucción virginal aún estaba allí! Se sintió confundido, pero no dijo nada. Con dulzura, se movió en el interior de la joven, sintiéndola relajarse más y más tras el primer impacto. La trato con sumo cuidado, hasta que se estremeció y cayó tendido sobre el delicado cuerpo femenino. Un instante después, se apartó, para recostarse junto a la muchacha y observarla con una sonrisa en los labios.
-¿Por qué te sonríes con tanta presunción? -preguntó ella con furia-. Dijiste que no me lastimarías, ¡pero lo hiciste!
-Es natural, ya que aún eras virgen.
-Pero... -comenzó a balbucear Camila y Benjamin rió ante la perturbación de la muchacha.
-No puedes culparme por ese malentendido. De no haberte desmayado, te habrías dado cuenta.
-Pero dijiste que me habías poseído.
-Me desvanecí. Un hombre ebrio suele hacer cosas que no siempre recuerda -. Se encogió de hombros. -Sólo supuse que te había poseído. Pero no fue así.
Camila permaneció inmóvil, en silencio, aturdida por un sinfín de pensamientos perturbadores.
Benjamin le acarició la curva del mentón con infinita dulzura.
-¿Qué importa ya eso, mi joyita? Haya ocurrido entonces o ahora, aún sigues siendo mía.
-Pero, de haber sabido la verdad, Malala jamás me hubiese entregado a ti.
-Pero te habría entregado a otro, entonces, ¿dónde está la diferencia? Sin esperar la respuesta, Benjamin se apoderó de los labios de la joven en un tierno, prolongado beso. Cuando por fin volvió a apartarse, el muchacho preguntó: -¿Te he hecho mucho daño?
-No.
La respuesta de Camila reflejó un tono de amargura, y él sacudió la cabeza.
-Traté de reprimirme. Te deseé mucho antes que esto, pero no quise tocarte.
-Entonces, ¿por qué lo has hecho ahora? -La voz de la joven sonó tan curiosa como reprobadora.
Benjamin enarcó una ceja.
-¿Y me lo preguntas, después de haberte presentado con las ropas húmedas y adheridas a cada curva de tu cuerpo? No soy de piedra, damisela.
Camila dejó escapar un suspiro. Había sido una tonta al confiar en ese hombre.
-Dijiste que yo no te atraía -le recordó.- ¿Acaso todas tus afirmaciones son mentiras? -No te veías muy hermosa entonces. Tendría que ser ciego para no sentirme atraído hacia ti. Y me agrada saber que ningún otro hombre te ha tenido.
Benjamin esbozó una sonrisa complacida y su arrogancia irritó a la muchacha.
-¡Ojalá hubiese habido cientos de hombres antes que tú! El hombre sólo rió ante ese repentino arrebato de ira y ella le empujó con furia.
-¡Apártate, enorme patán!
Benjamin le permitió levantarse y, sin cesar de reír, la observó tomar la túnica y caminar airadamente hacia el río.
-¿A dónde vas? -le gritó, pero ella no se detuvo.
-Voy a bañarme otra vez, ¡ahora que tú me has ensuciado! -respondió Camila por encima del hombro y las carcajadas del muchacho la siguieron durante todo el camino hacia el agua.

 
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mari
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Re: ASI HABAL EL CORAZON CAPIS 10,11,12,13 Y 14!!!!

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August 10 2009, 9:17 PM 

parece q la relacion va mejorando poco a poco
y al final esa noche no se acosto con ella menos
mal q malala no se ha enterado sino pobre d camila
me encanta siguela prontito xao wapa.

 
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Re: ASI HABAL EL CORAZON CAPIS 10,11,12,13 Y 14!!!!

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August 10 2009, 9:52 PM 

bueno, bueno, las relaciones, mas o menos, han mejorado, jeje, por cierto, malala le dijo a benjamin q camila era la preferida de felipe, dejo caer q habia sido su amante, ahora q benjamin ha descubierto q camila era virgen, pq no se replantea esa parte...

 
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mª jesus
(no login)

Re: ASI HABAL EL CORAZON CAPIS 10,11,12,13 Y 14!!!!

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August 11 2009, 2:02 PM 

Ha estado genial,parece que la relacion
entre los dos va a mejor,aunque creo
que todavia les queda muchas
cosas que pasarles...besos y siguela
prontito

 
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Current Topic - ASI HABAL EL CORAZON CAPIS 10,11,12,13 Y 14!!!!  Respond to this message   
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