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NEW ADAPTACION: UNA EXTRAÑA EN EL CASTILLO CAPI 1!!!

August 10 2009 at 8:33 PM
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  (Acceso noelia_camila)

 
hola!!!bueno, pues aqui estoy con una adaptacion nueva...jeje!!espero poder publicar mas seguidamente, porque yo se lo que es estar bastante tiempo sin saber lo que pasa en una webnovela o adaptacion...asi que si tardo en publicar perdonadme...¬¬.espero que os guste!!!ya vereis que marizza esta metida en un lio un poco complicado...xau!!!bss.


Capítulo 1

¡Cami, por favor! Tienes que ayudarme. No tengo nadie más a quien acudir.
Sentada en la alfombra persa frente al fuego, Camila Weston se dijo con sarcasmo que la propensión de Marizza hacia lo teatral iba a ser desperdiciada en hablar de algo tan frívolo como el matrimonio. Pero no pensaba prestarle oídos e ignoraría el uso del diminutivo de su nombre. Lo había oído mil veces, siempre que su prima Marizza se metía en líos y solicitaba auxilio, desde que era niña e iba a la escuela.
¿No tienes a nadie? preguntó con ironía, fijando su mirada en el magnífico anillo de zafiros y diamantes que adornaba la mano izquierda de Marizza.
¡Pablo no debe saberlo! exclamó ésta . Prométeme que no se lo dirás.
¡Nada más fácil!. ¿Cómo voy a decirle lo que ignoro? Además, no quiero saberlo, Marizza. Ya no somos niñas. Yo te sacaba de los líos en que te metías con Nanny y con la hermana Benedict, pero ya eres una mujer. Tienes que aprender a resolver tus propios problemas.
¡Cami! No seas tan dura conmigo.
Ya es hora de que alguien lo sea. Tío Franco lleva años echándote a perder.
Marizza asintió con humildad. Sus enormes ojos marrones se llenaron de lágrimas.
Lo sé..., pero ayúdame, Cami. Eres mi última esperanza.
¡Tonterías! No sé lo que has hecho, pero mi consejo es que acudas a Pablo y se lo cuentes todo. En seis semanas estarás casada con él y no creo que entonces puedas seguir ocultándole las cosas... su voz se hizo titubeante al ver a Marizza esconder la cara entre las manos y echarse a llorar con desconsuelo.
¡Cariño! Camila se levantó y fue a sentarse en el gran sofá, junto a Marizza, poniéndole un brazo alrededor de los hombros. La cosa no puede ser tan grave, estoy segura.
¡Sí lo es! la voz de Marizza se ahogó en un sollozo. Estoy metida en un gran lío y tal vez ni haya boda. Papá enfermará otra vez por mi culpa, estoy segura.
¡Entonces es mejor que me lo digas! repuso Camila con voz cansada y al momento la asaltó un terrible pensamiento que le hizo mirar a su prima. Marizza, tú no has..., quiero decir que no estarás...
¡No, no! Marizza agitó la cabeza con vigor. A pesar de su confusión, una expresión soñadora se reflejó en sus hermosos rasgos. Pablo ha dicho siempre que me respeta demasiado para tratar de anticipar las cosas.
¡Qué delicadeza por su parte! dijo Camila con cierta ironía.
Sus propias opiniones acerca del novio de Marizza le catalogaban como un tipo inocuo y las ingenuas palabras de su prometida lo confirmaban. Marizza era una joven de extraordinaria hermosura, poseedora de una brillante cascada de pelo rojizo y una figura voluptuosa y Camila no podía concebir que ningún hombre con sangre en las venas venciera la tentación de intentar hacerle el amor. Pero Marizza parecía estar convencida de que él era el hombre que podía hacerla feliz y eso era lo que en realidad importaba. Camila se guardó sus dudas acerca de que Pablo le hubiera propuesta matrimonio a Marizza de no haber sido ella hija de Franco Weston.
Está bien dijo con suavidad. ¿Qué es lo que te ocurre?
Hay... alguien más suspiró Marizza.
¿Otro hombre? a Camila le costaba trabajo creerlo. Marizza había tenido muchos novios antes de conocer a Pablo. Desde su adolescencia, siempre estaba locamente enamorada de alguien y viviendo la emoción de los primeros encuentros, o las lágrimas y recriminaciones de la ruptura. Sin embargo, Camila hubiera jurado que su devoción hacia Pablo era cierta. ¿Le conozco yo?
No. Es un francés contestó Marizza.
Supongo que le conociste cuando estuviste con Luna en París. ¡No me digas que se trata de aquel terrible Joaquin del que hablabas en tus cartas!
¡No, no! Aunque, indirectamente, la culpa fue suya. De no haberme hecho tanto daño, jamás se me hubiera ocurrido enredarme con ese Levallier.
Así que se llama Levallier. ¿Cómo le conociste?
¡Pero si no le conozco! repuso Marizza con mirada inocente.
¡No digas tonterías! Nadie puede enamorarse de alguien a quien no conoce.
Es que yo no estoy enamorada, Cami. Ya te digo que jamás le he visto. Fue sólo... Cuando Joaquin me despreció por esa horrible Vico, quería morirme. Nunca me había sentido tan humillada. Ya nada me importaba, de modo que cuando Levallier escribió y me sugirió que nos casáramos, me pareció un enviado de la Providencia.
Camila escuchaba llena de asombro.
¿Quieres decir que un extraño te escribió para proponerte matrimonio?
No exactamente. Ya me carteaba con él antes de eso. Es primo en segundo o tercer grado de Luna, según dice ella, pero su familia no se lleva bien con él. Parece que es una especie de oveja negra. Creo que vivió mucho tiempo en el extranjero, pero regresó al heredar un castillo en Auvergne y escribió a los padres de Luna para hacer las paces. Ellos se indignaron mucho. A Luna y a mí nos pareció muy dura su actitud y decidimos que si ellos no contestaban, nosotras lo haríamos...
¿Y él os contestó?
Si, claro. Nos envió una carta muy amable y divertida, como si nos llevara la corriente. Pero Luna no quiso volverle a escribir. Tuvo miedo de que sus padres se enterasen y cancelaran la fiesta de deportes de invierno que planeaban, de modo que fui yo quien contesté. Poco después ya nos carteábamos con regularidad. Llegué a contarle muchas cosas, incluso lo referente a Joaquin y mi ruptura con él. Era maravilloso poder desahogarse con alguien ajeno al asunto y, por lo tanto, imparcial. Fue entonces cuando me propuso matrimonio.
Pero, ¿por qué? ¿Te dio alguna razón? ¿Acaso sentía pena por ti?
No. Él planteó las cosas claras. Su oferta fue como una proposición de negocios, ya que necesitaba con urgencia una esposa para arreglar una dificultad legal no especificó cuál y como yo me sentía tan desesperada y confusa, pensó que podíamos ayudarnos mutuamente.
Pero seguro que, al darte cuenta en lo que te estabas metiendo, le pondrías fin al asunto...
Eso es lo malo, que... acepté.
¡Marizza!
Por favor, ya te he dicho que estaba desesperada por lo de Joaquin. Habría hecho cualquier cosa por desquitarme. ¡Me habría casado con el mismísimo Barbazul! Aquello era una salida. Si me comprometía con Benjamin Levallier, Joaquin pensaría que ya no le quería. Y la verdad es que no le quería. ¡Lástima que no lo comprendiese a tiempo!
¡La verdad, Marizza, debías estar loca para hacer una cosa así!
Después de todo lo que había sufrido por Joaquin, un matrimonio de conveniencia me parecía una bendición. Me decidí. Él envió unos papeles para firmar y algún dinero, supongo que para mi ajuar de boda. Yo no le había hablado y él debió imaginar que vivía con la familia de Luna.
Tal vez. ¿Qué hiciste con el dinero?
No lo toqué. Iba a hacerlo, pero entonces papá sufrió su primer ataque al corazón. Iba a hacerlo, lo admito, pero me mandó llamar, me olvidé de todo lo demás, así que el dinero está intacto.
Bien, cuéntame el resto. Habrá algo más.
Sí, pero ya lo sabes: conocí a Pablo. Creo que desde el primer momento comprendimos que éramos el uno para el otro y olvidé por completo a Benjamin. Cuando me acordaba, me parecía un mal sueño.
Me lo imagino repuso Camila con sequedad. ¿Y cuándo despertaste?
Cuando llegó esto sacó de su bolso un pequeño paquete de cartas. Luna me reexpidió la primera, llena de detalles sobre los preparativos de la boda. Quedé petrificada. No contesté, esperando que él creyera que no la había recibido y desistiera del asunto.
Pero no lo hizo.
No. Escribió de nuevo y envió la carta aquí, pues de algún modo debió averiguar mi paradero. Enviaba el dinero para mi pasaje de avión, añadiendo que, si le hacía saber cuándo llegaba, alquilaría un coche para que me esperase en el aeropuerto y yo pudiese ir hasta San Juan de las Rocas, donde está su castillo. Esta vez tenía que contestar, de modo que le dije que estaba enferma. Pasaron varias semanas y no tuve noticias de él, por lo que tuve la esperanza de que hubiera desistido. Pablo y yo estábamos ya comprometidos y todo era maravilloso. Pero entonces llegó otra carta. Era muy diferente a las anteriores, realmente odiosa. Decía que estaba seguro de que ya había recobrado la salud y que la boda debía celebrarse en seguida. No podía ignorarle más, de modo que le escribí, diciéndole que había cambiado de opinión.
¿No le mencionaste a Pablo?
No y me alegro de no haberlo hecho... porque llegó esto a vuelta de correo cogió una de las cartas del montón y se la tendió a su prima.
«Mademoiselle comenzaba, aunque lamento sus súbitos deseos de romper con nuestro contacto, debo decirle que mis planes han avanzado demasiado para permitir ninguna vacilación de su parte. Si no cumple lo pactado, recurriré legalmente contra usted por incumplimiento de promesa. Tengo en mi poder, se lo recuerdo, su consentimiento para el matrimonio.»
Creo que lo dice en serio exclamó Camila, observando la mirada expectante de su prima. Pero, ¿puede demandarse a alguien por incumplimiento de promesa?
No lo sé, pero aunque no pueda hacerlo, se produciría un escándalo terrible. Los periódicos están ávidos de noticias que puedan perjudicar a papá. No puedo hacerle eso, Cami. Podría tener otro ataque y esta vez sería fatal. El especialista nos advirtió... empezó a llorar de nuevo y Camila la miró, compasiva.
No te preocupes, cariño la abrazó con fuerza. No pasará nada, no lo permitiremos.
¿No lo permitiremos? Marizza tomó aliento en medio de sus sollozos. ¿Quieres decir que me ayudarás?
Bueno, haré lo que pueda... dijo su prima con cautela. Lo malo es que no veo cómo...
Lo primero es recuperar esa carta, la que dice que me iba a casar con él dijo Marizza con renovado optimismo. Y esa especie de contrato... ¡Oh, debí estar loca!
Eso parece repuso Camila con dureza. ¿Qué vas a hacer? ¿Escribirle y pedirle esos papeles a fin de asegurarte que son legales? No creo que él se trague la pildora.
No, desde luego que no. Tienes que ir a San Juan de las Rocas y tratar de recuperarlos. Seguro que los guarda en el castillo.
¿Tengo que ir? Camila miró a su prima, asombrada. ¡Ah, no, Marizza!
Es la única solución, Cami. Yo no me atrevo a hacerlo. Levallier podría forzarme a... cualquier cosa.
¿Y qué hará cuando yo llegue? ¿Recibirme con palmas y ramas de olivo?
Lo haría, si creyera que tú... eres yo.
¡Ahora sí creo que estás loca de verdad! ¿Pretendes que vaya a Francia, haciéndome pasar por ti, con el fin de robar esas cartas? Si ese tal Levallier me toma por ti, podría forzarme... ¡a cualquier cosa!
¡No, no! dijo Marizza, tratando de tranquilizarla. Si algo así llegara a ocurrir, podrías revelarle tu identidad de inmediato.
Lo tienes todo planeado, ¿verdad? acertó a decir Camila, atónita.
¡Es que yo no puedo ir, Cami! Debo preparar las cosas para la boda y a Pablo le extrañaría que lo abandonara todo y me fuera a Francia. Pero hay que dar una solución a este asunto cuanto antes. Levallier es capaz de venir a Londres y dar un escándalo. Pablo se pondría furioso. Tal mez me dejase... Y la malvada de su madre le alentaría; me detesta.
Siempre podrías casarte con Levallier. Antes no te parecía una posibilidad tan repulsiva.
No tienes corazón los labios de Marizza temblaban. ¡Y pensar que confiaba en tu comprensión!
Mira, querida, las cosas no son tan simples como tú pareces verlas. Me pides que cometa un delito: robar unas cartas.
Son mis cartas.
Creo que la ley lo vería de un modo diferente.
¿Qué tiene que ver la ley en esto? Yo escribí esas cartas y quiero que me las devuelvan. ¡Y tú eres la persona ideal para conseguirlas!
Me gustaría saber cómo has llegado a esa conclusión. ¿Hay alguna herencia criminal en la familia que desconozco?
No, pero tú trabajas en relaciones públicas; estás acostumbrada a tratar con toda clase de gente. Y te deben unos días de vacaciones, te oí decírselo a mamá. Cami, si no por mí, hazlo por papá. Siempre te ha tratado como si fueras hija suya...
Es innecesario que me recuerdes que él pagó mis estudios las mejillas de Camila se tiñeron de rubor. Parece que el chantaje es conta­gioso se levantó con brusquedad y cogió su bolso y su abrigo.
He conseguido hacerte enojar dijo Marizza con desconsuelo. No era mi intención, Cami. Estoy tan preocupada...
Lo sé Camila se enterneció un poco al mirar el rostro compungido de Marizza . Pero lo único que puedo prometerte es que pensaré en el asunto. Debe haber alguna solución.
¡Ah, claro que la hay! Puedo escribirle a Levallier y mandarle al diablo, pero las consecuencias serían espantosas. Si se llevara el caso a los tribunales aparecería en todos los periódicos y destruiría a mamá y a papá. ¡Y ellos que han tratado siempre de proteger nuestra vida privada! Quizás hasta llegaría a saberse lo de Joaquin.
Camila descendió la escalera que conducía al vestíbulo llena de preocupación. Aunque resentida por las palabras de Marizza, se veía obligada a reconocer que le habían llegado muy hondo. Sus propios padres habían muerto: su padre, cuando aún era niña; su madre recientemente. Esta casa había sido un segundo hogar para ella y sus tíos habían satisfecho todas sus necesidades. Nunca había tenido ocasión de agradecérselo debidamente... hasta ahora.
Al llegar al pie de la escalera se detuvo, revolviendo el contenido de su bolso en busca de las llaves del automóvil. Era esencial que la conduela de Marizza no llegar a oídos de su tío, pensaba mientras tanto. Ya había sufrido un ataque al corazón y su estado de salud era muy precario.
Se quedó absorta, dando vueltas a las llaves entre sus manos. Si Pablo fuera otra clase de hombre, acudiría a él para interceder por Marizza. Pero tal como estaban las cosas, comprendía que ella hacía bien en ocultárselo todo. El espíritu convencional de Pablo se estremecería hasta lo más hondo y quizás decidiría que las reticencias de su madre acerca de Marizza estaban bien fundadas. Lo peor era tener que admitir que lady Ines no andaba muy descaminada... y eso que ni siquiera sospechaba algunas de las extravagantes correrías de Marizza. Era un milagro que, hasta el momento, la joven se hubiera librado de que las mismas fuesen aireadas por la prensa escandalosa. Sin embargo, a pesar de sus locuras, había algo muy dulce en el alma de Marizza. En ocasiones, era muy confiada e ingenua. Camila se decía a menudo que el aburrido carácter de Pablo, su rectitud y honestidad, podían ser la coraza que Marizza necesitaba para protegerse del lado negativo de su naturaleza.
Volvió a la realidad cuando se abrió la puerta del salón y apareció su tía Sonia.
Al fin te encuentro, querida. Marizza es una desconsiderada al acapararte por completo. Tu tío se ha acostado ya y no tengo con quién tomar mi chocolate. Ven a hacerme compañía.
Camila accedió a regañadientes. Temía no poder ocultar la inquietud que la embargaba y sabía que la madre de Marizza no era ninguna tonta. Se hundió en uno de los sillones y tomó la taza que se le ofrecía.
¿Habéis estado hablando de la boda? preguntó su tía. Tu tío me decía hoy que agradecía no tener más hijas que Marizza. No cree que pudiese resistir todo este barullo otra vez. Pero hará una excepción contigo, querida. ¿Cuándo empezamos a planear tu boda?
No hay nada de momento, tía. Nada serio, quiero decir. Creo que tío Franco va a disfrutar de algunos años de tranquilidad después de casar a Marizza.
La verdad, no entiendo a los jóvenes de hoy. Cuando yo era joven, empezaban a hacerte la corte bien pronto.
Tal vez yo no quiera que me hagan la corte. Tengo una carrera.
Sí, ya lo sé el tono de la señora dejaba adivinar lo que pensaba acerca de las carreras femeninas. Me alegro de que Marizza haya sentado al fin la cabeza. A ti puedo hablarte con franqueza, pues creo que ya sabes lo preocupados que hemos estado tu tío y yo estos dos últimos años. Nunca quisimos interferir, la dejamos vivir su vida, pero en ocasiones temí mucho que llegara a hacer algo de lo que tuviera que arrepentirse. Algunos de los hombres con los que se relacionaba... ¡Más vale no hablar! Sé que consideras poco excitante a Pablo, querida, pero será bueno con ella, te lo aseguro.
Sí, también yo lo creo. Sólo desearía que fuera un poco más... se detuvo, buscando la palabra adecuada.
¿Efusivo? señaló su tía. Al principio yo lo pensaba también, pero no creo que las demostraciones de afecto signifiquen mucho. A Marizza se la ve muy feliz con él. Dice que Pablo es tímido y tal vez tenga razón. Eso explica su actitud reservada.
Es posible concedió Camila. ¿Cómo está tío Franco?
Cuidándose mucho, evitando las tensiones y haciendo lo que se le dice repuso la señora, en un tono que reflejaba el afecto que sentía por su esposo. Y creo que la felicidad de Marizza contribuye a su paz mental. Ha estado hablando de dejar su labor en los tribunales por completo y retirarse. Le gustaría tener más tiempo para dedicarse a sus actividades benéficas y yo estoy de acuerdo. Tal vez no debiera decírtelo, pero se habla de concederle un título nobiliario, algo con lo que siempre ha soñado.
¡Eso es maravilloso! ¿Se trata de algo seguro?
Casi, a menos que algo venga a estropearlo. Ésa es una de las razones por lo que estoy tan satisfecha con Marizza. Tu tío es algo anticuado, ya lo sabes, y es muy firme en sus convicciones acerca del honor y todo lo que ello significa. Jamás aprobaría nada que no estuviera de acuerdo con sus principios. Siempre he sabido que si Marizza llega a hacer algo tonto, algo que provocara un escándalo... Pues bien, en ese caso, él jamás aceptaría el título.
No puedes hablar en serio Camila miró a su tía con el ceño fruncido . Tío Franco no puede ser responsable de las locuras de Marizza. Ella es ya una mujer hecha y derecha.
Aunque Marizza fuera una anciana, eso no cambiaría la actitud de su padre en lo más mínimo. No aprueba la decadencia moral de que tanto se habla. Cree que las figuras públicas deben dar ejemplo. Jamás le he dicho una palabra a Marizza de esto. No quería agobiarla con esa responsabilidad. No sé si hice bien, pero ahora ha conocido a Pablo, de modo que mis preocupaciones en ese sentido han desaparecido.
Camila miró a su tía, observando el aura de serenidad que parecía rodearla. ¿Podía sentarse a esperar que todo aquello se derrumbase? Marizza era una tonta, pero tal vez el matrimonio con Pablo fuera su salvación. Se puso en pie, tratando de sonreír.
¿Me excusas, por favor? He recordado de pronto que tengo que decirle algo importante a Marizza.
Camila desvió el automóvil a un lado de la carretera, puso el freno y se quedó un momento con los ojos cerrados. Después volvió la mirada hacia atrás, observando con incredulidad el camino por el que acababa de subir.
Se alegraba de que la larga distancia recorrida desde París le hubiese dado la oportunidad de familiarizarse con el coche antes de enfrentarse a tales obstáculos; se había aferrado al volante con determinación cuando subía por una sucesión de cerradas curvas, rogando que no viniera otro vehículo en dirección opuesta.
Observó las oscuras nubes que se agolpaban hacia el oeste. Durante todo el viaje, había disfrutado de una cálida y dorada atmósfera otoñal, lo que le había hecho olvidar cuanto había oído acerca de que Auvergne era zona de tormentas frecuentes. A juzgar por aquellos nubarrones, no iba a tardar en comprobarlo.
Tomó el mapa de carreteras y lo estudió con el ceño fruncido. Faltaban sólo unos kilómetros para llegar a su destino y la idea no le agradaba en absoluto. Una voz interior le decía que no era demasiado tarde para dar la vuelta y regresar a la seguridad de Clermont-Ferrand.
Por desgracia, no podía hacerlo, pensó, recordando a sus tíos y a Marizza. Ésta le había sugerido:
Pídele que te muestre esos papeles comprometedores. Dile, por ejemplo, que tienes dudas acerca de su redacción. En fin, ya se te ocurrirá a ti algo...
Exasperada, Camila dio un golpe con el puño cerrado sobre el volante. Algo, sí... ¿pero qué? Había leído más de una docena de veces las cartas que Benjamin Levallier había enviado a su prima, especialmente la última, sintiendo crecer la ira dentro de ella a medida que lo hacía. ¿Cómo se atrevía aquel individuo a amenazar la paz y la dicha de los seres a los que ella amaba? ¡Pero no iba a salirse con la suya! Marizza podía haberse comportado como una perfecta idiota, pero al menos había sabido comprender su error a tiempo y él debía haber tenido la nobleza de relevarla de su absurda promesa. ¿Era acaso tan insensible como para aceptar vivir con una mujer que no le amaba? Si así era, sus razones para empeñarse en una unión tan disparatada debían ser muy graves y apremiantes. Había interrogado a su prima acerca de ello, pero Marizza había destruido las primeras cartas recibidas de Levallier. Recordaba, sin embargo, que en ninguna de ellas le daba el francés una explicación clara, refiriéndose únicamente a «una dificultad de tipo legal», lo cual no aclaraba mucho.
Igualmente, había tratado de averiguar cuáles eran las razones de los padres de Luna para rechazar a sus parientes, pero según decía Marizza, los padres de su amiga nunca hablaban de ello más que vagamente.
«De cualquier modo», se decía Camila, «si Levallier tiene el hábito de chantajear a la gente para lograr sus propósitos, no me extraña que incluso sus familiares le detesten».
Cuanto más pensaba en el asunto, más aumentaba su aprensión. ¿No sería una locura seguir adelante? Pero si no lo hacía, Levallier sería capaz de cumplir su amenaza y Camila temía que las consecuencias pudieran ser fatales para su tío.
Detenida aun al borde del camino, la muchacha se preguntó qué habría pensado aquel hombre al recibir la carta de Marizza en la que ésta le decía que aceptaba sus condiciones y le anunciaba la fecha de su llegada a París. Él no se había molestado en contestar, pero a la joven le había sido entregado a su llegada al aeropuerto el coche de alquiler con el cual debía trasladarse hasta San Juan de las Rocas. Era posible que Levallier no tuviera tiempo para andar escribiendo cartas innecesarias, pero sin duda era un hombre que sabía actuar con eficacia.
Una de las mayores dificultades con que Camila tenía que enfrentarse era que no sabía hasta dónde había llegado Marizza en sus revelaciones acerca de sí misma en su correspondencia con el francés. Marizza insistía en que no le había mencionado a sus padres ni su posición social, pero Camila suponía que, de cualquier modo, la personalidad de su prima debía estar reflejada en aquellas cartas, así que ella, ahora, se vería obligada a representar un papel con el mayor cuidado posible, a fin de conseguir apoderarse de aquellas cartas comprometedoras y largarse de allí cuanto antes sin despertar sospechas.
Sobresaltada al escuchar el lejano retumbar de un trueno, Camila alzó la cabeza. El sol se ocultaba tras las nubes, cada vez más densas, que proyectaban sus sombras amenazadoras sobre los campos circundantes.
«Menos mal que no soy supersticiosa, o podría interpretar esto como un mal augurio», pensó mientras ponía el coche en marcha de nuevo.
Caía una espesa lluvia cuando llegó a San Juan de las Rocas media hora más tarde. Las calles del pequeño pueblo estaban desiertas a causa de la lluvia. Camila lo atravesó y pronto lo dejó atrás, continuando por la empinada vereda que, según había visto en el mapa, debía conducirla al castillo de Levallier.
Los faros del coche iluminaron al fin una especie de edificio. Camila disminuyó la marcha, insegura de haber llegado a su destino. A través de la espesa cortina de agua que seguía cayendo, le pareció distinguir una casa de guarda, pero no apareció nadie. Con cuidado, metió el coche por entre los altos pilares que, supuso, debían haber sostenido en tiempos unas altas rejas de hierro forjado. Cuando llegó frente al edificio, detuvo el coche y se quedó mirando ante sí, atónita.
«Un castillo en Auvergne», le había dicho Marizza y Camila se había imaginado algo muy distinto a las ruinas que ahora contemplaba. Se recostó en el asiento, desalentada. Tenía que haber un error. Nadie podía vivir allí..., pero el humo que salía de las chimeneas le hizo ver que se equivocaba.
Camila sentía crecer la ira dentro de sí. ¿Allí era donde Benjamin Levallier esperaba que la alegre Marizza, tan amante del confort, pasara el crudo invierno de Auvergne? Apagó las luces del automóvil, como si esperase que la oscuridad ocultara la realidad.
¿Sería posible que él, al averiguar el paradero de Marizza, hubiera sabido que se trataba de una rica heredera? ¿Sería la razón por la cual la había forzado al matrimonio de manera tan arbitraria? Tal vez pensaba utilizar el dinero para restaurar la gloria decadente de su pasado. Apretando los labios con fuerza, Camila tocó el claxon, cuyo sonido despertó una cadena de ecos.
Poco después se abrió la puerta principal y apareció una mujer que llevaba un enorme paraguas negro. La joven cogió su bolso y abrió la puerta del automóvil.
El viento había aumentado y una súbita ráfaga libró su pelo de la pañoleta con que se lo recogía en la nuca. Tuvo que agarrarse al coche para no tambalearse.
¡Mademoiselle! la mujer estaba a su lado y trataba de sostener el paraguas sobre su cabeza. Permítame. Bienvenida a San Juan de las Rocas.
Con voz débil, Camila le dio las gracias, y en seguida se vio sujetada con fuerza por la mujer. ¿Tendría miedo de que saliera corriendo, de que se escapara?, se preguntó mientras atravesaban el patio, las cabezas dobladas bajo la lluvia. Y, al llegar ante la puerta abierta, Camila recordó algo.
¡Mi maleta! se volvió para ir a buscarla, pero la mujer la detuvo. Camila no escuchó lo que dijo, pero acertó a comprender que alguien llamado Gastón la recogería y que el señor estaba esperando.
«Y no se le puede hacer esperar, ¿verdad?», pensó Camila cuando entraron al castillo.
La puerta conducía a lo que debió haber sido un gran salón, pero que ahora, como el resto, se encontraba en completo abandono. Su primera mirada fue para una enorme chimenea, fría y vacía, que dominaba una pared. Sobre una mesa había una anticuada lámpara de aceite y sobre otra, un estuche con pistolas. Algunas alfombras, deshilachadas, que en alguna época debieron ser valiosas, cubrían el suelo de piedra. La mujer se volvió hacia Camila con una sonrisa radiante, presentándose como la señora Bresson, el ama de llaves. Miró a su alrededor, consciente de que lo que saltaba a la vista no hablaba muy bien de sus habilidades. Camila, divertida, se dijo que haría falta un ejército de señoras Bresson para devolver al castillo algo de su antiguo lustre. Cuando avanzaban por el pasillo, notó que el tapiz de varias de las sillas de respaldo alto estaba lleno de agujeros.
Un toque de la varita mágica de la fortuna de los Weston y el castillo entero volvería a su esplendor, pensó Camila, furiosa.
Se detuvieron frente a una pesada puerta, cuyas maderas estaban gastadas por el tiempo y el uso. La señora Bresson dio vivos golpes y empujó la puerta, invitando a Camila a pasar.
La joven tragó saliva y, apretando los puños, cruzó el umbral.
Se trataba de una habitación pequeña, cuyas paredes estaban tapizadas hasta el techo y, aunque deteriorada, se veía cómoda.
La gran mesa del centro estaba puesta con un mantel blanco y cubiertos. En la chimenea ardía un buen fuego.
Un hombre, parado junto a la chimenea, apoyaba un brazo sobre la adornada repisa de piedra. Era alto y muy delgado, con largas piernas enfundadas hasta las rodilas en pulidas botas de montar. Tenía el cabello rubio, rostro moreno y arrogante. No sabía lo que esperaba encontrar, pero no era esto, se dijo Camila, confusa. Cuando se imaginaba a su adversario, le veía como un hombre viejo, gordo y pervertido. Pero era un hombre joven, aunque tal vez pasaba de los treinta, y sin duda muy atractivo.
El se volvió y Camila no pudo controlar un gesto de sorpresa. El orgulloso rostro estaba marcado por una larga cicatriz que torcía el extremo de su ojo izquierdo y distorsionaba la limpia línea de su mejilla. Enojada, pensó: «Maldita Marizza, ¿por qué no me lo dijo?», comprendiendo al instante que su prima no lo sabía.
¿Era por eso por lo que Benjamin Levallier había llevado a cabo su galanteo por carta?, se preguntó, reprimiendo en seguida la compasión que acompañó a este pensamiento. Lo último que aquel hombre desearía sería compasión... y menos viniendo de ella.
Como si adivinara lo que pensaba, él se detuvo a poca distancia y una sonrisa irónica se dibujó en sus firmes labios. Sus ojos eran azules y penetrantes.
¡Mi amor! ¿había un asomo de burla en aquella voz de tono bajo y algo ronca?. Así que al fin has venido a mí.
Demasiado turbada para contestar, Camila sintió que unos fuertes brazos la estrechaban. Creía estar soñando, pero el sueño se disipó ante la cruda realidad de la boca del hombre sobre la suya.

 
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(Acceso candelitas)

Re: NEW ADAPTACION: UNA EXTRAÑA EN EL CASTILLO CAPI 1!!!

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August 10 2009, 10:47 PM 

si, mariza se ha metido en un buen lio, y de paso a su prima! q le habra pasado a benjamin para q tenga esa cicatriz? respecto a los asuntos legales, yo creo q tiene q casarse para poder heredar el castillo o el dinero o lo q sea... eso si, benjamin no se ha andado con rodeos, y ha ido directo al grano! jeje

 
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mari
(no login)

Re: NEW ADAPTACION: UNA EXTRAÑA EN EL CASTILLO CAPI 1!!!

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August 10 2009, 11:16 PM 

me parece q cami se ha metido en un buen lio
por intentar ayudar a su prima
aver como siguela cosa y benjamin descubra q no
es mariza.
tiene buena pinta siguela xao wapa.

 
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mª jesus
(no login)

Re: NEW ADAPTACION: UNA EXTRAÑA EN EL CASTILLO CAPI 1!!!

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August 11 2009, 4:45 PM 

bueno,bueno benjamin a ido directo
al blanco ehhh,vaya lio que ha
metido marizza a camila,siguela
esta genial

 
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Current Topic - NEW ADAPTACION: UNA EXTRAÑA EN EL CASTILLO CAPI 1!!!  Respond to this message   
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