POR UN bochornoso instante, Camila sintió la dura presión de aquel musculoso cuerpo contra el suyo. El sonido de la puerta, que indicaba la salida de la señora Bresson, le hizo recobrar el control de sí misma y se arrancó de aquellos brazos, encarando a Benjamin Levallier con las mejillas encendidas.
Esto no es parte del acuerdo quiso mostrarse fría y con control de la situación, pero su voz se escuchó demasiado aguda. Cualquiera pensaría que no la habían besado antes, se dijo, humillada.
Sin embargo, ésa es la reacción que se espera de nosotros y es peligroso no proceder como se acostumbra en éstas ocasiones. Nuestro arreglo... es algo privado. Me imagino que no deseará convertirse en el tema de conversación del pueblo.
No, desde luego que no. Es que... me ha cogido de sorpresa.
Es evidente murmuró él. Le haré saber mis intenciones con más claridad en el futuro.
«¿Cómo hubiese reaccionado Marizza ante esto?», se preguntó Camila. Conociéndola, se dijo que quizá con coquetería. Pero eso no era algo que ella se atreviese a probar con aquel hombre. Su cara marcada no tenía importancia; había en él cierto magnetismo sensual que iba más allá de la simple atracción física. Pero ella sabría manejarle. Estaba acostumbrada a trabajar con hombres y a ser tratada como su igual.
Por un momento pensó: «Estoy asustada de él, asustada de lo que pueda hacerme sentir emocionalmente», pero acalló su mente pensando que todo era debido al cansancio del viaje.
¿Ha tenido algún problema por el camino? preguntó Benjamin y Camila observó que hablaba un excelente inglés.
No. Ésta no es la primera vez que conduzco en el Continente repuso, dándose cuenta de que su voz sonaba algo ampulosa.
Tal vez no, pero tenía la impresión de que no confiaba mucho en sus habilidades como conductora.
Era su primer error, se percató Camila, furiosa. Debió imaginar que Marizza le habría hablado de sus numerosos errores al conducir; ella tenía una gracia especial para hacerlos parecer muy femeninos.
Bien, por lo menos no he matado a nadie en la carretera.
Dios es misericordioso Camila pensó que la cicatriz le daba aspecto de sátiro. Déme su abrigo.
Se puso tensa al sentir las manos de él sobre sus hombros, pero esta vez el contacto fue impersonal. Había un asiento al lado de la chimenea y Benjamin la invitó a sentarse.
La cena no tardará le explicó. ¿Le gustaría tomar algún aperitivo o preferiría ir a su cuarto mientras la sirven?
Me siento bien aquí repuso ella con franqueza. Además, mis maletas están en el automóvil.
¡Ah, sí! Gastón las recogerá tiró de un cordón que había al lado de la chimenea y el sonido de una campanilla se escuchó a cierta distancia. Se dirigió hacia un pesado aparador, tomó una botella, y se volvió hacia la joven, enarcando las cejas. ¿Dubonnet? ¿O prefiere jerez?
Dubonnet está bien repuso Camila con desaliento. La situación se escapaba ahora de su control. Allí estaba, tomando una copa antes de cenar con aquel hombre, como si sólo se tratara de un anfitrión amable. Había tanto que ella deseaba saber... Lo primero y más importante era descubrir si existía alguna posibilidad de que Levallier desistiera de casarse con Marizza. Levantó la vista, dándole las gracias con timidez cuando le entregó la bebida y se dio cuenta de la amarga, casi dolida mirada que él le dirigió, y de las duras líneas de su barbilla y su boca. Aquél no era un hombre que pudiera ser persuadido con facilidad pensó, desconsolada.
Brindemos una vez más, Camila le notó cierto matiz de burla. Porque nuestras relaciones mejoren, mademoiselle.
Ella murmuró algo ininteligible cuando los vasos chocaron. Fue un alivio que se abriese la puerta y apareciera un hombre bajito y rechoncho de rostro oscuro, piel maltratada por el frío y ojos de asombro.
¿Monsieur?
Ah, Gastón Benjamin Levallier se dirigió a él y le dijo algunas breves palabras en francés, volviéndose luego hacia Camila. Necesita las llaves de su automóvil, mademoiselle.
Ella vaciló un momento, recelosa de entregarlas. El coche era su pasaporte hacia la seguridad y le daba cierta confianza tener las llaves en su poder.
No tiene que preocuparse. Gastón es de confianza y fiel a mi familia dijo Benjamin Levallier con cierta ironía. Es capaz de rescatar su equipaje y llevarlo a su habitación, se lo aseguro.
Ella sintió que se ruborizaba, confusa al no poder justificar su desconfianza. Buscó en su bolso y encontró la llave, que dejó caer sobre la palma abierta de Gastón, dándole las gracias.
Él no habla inglés, debo advertirle, pero no creo que tenga ninguna dificultad en hacerse comprender. La señora Bresson, Hilda, es su tía y lo cuidó desde que era un niño. Él ayuda en las tareas más duras del castillo y le echa una mano a los pastores con el ganado. Es de mucha ayuda con los animales, en especial con los caballos; posee una instintiva habilidad.
La joven asintió, inquieta. Era esencial, desde luego, que la futura dueña del castillo estuviera al tanto de los detalles, pero qué lejos estaba todo aquello de lo que realmente deseaba saber. Por un momento, se preguntó cómo habría reaccionado Marizza frente a Gastón. Su prima tenía una exagerada susceptibilidad ante cualquier cosa que se saliera de lo normal, y le sería difícil adaptarse a la cara marcada de Benjamin Levallier.
¿Qué otra ayuda tiene usted aquí?
En la casa muy poca, como habrá notado. Con las tierras, por supuesto, es diferente. Allí todos trabajamos para todos.
Cuando ella lo miró sorprendida, Benjamin le explicó:
En la época de mis antepasados, el castillo se apoderó de todo: los mejores pastos, los mejores huertos, los sitios más adecuados para los viñedos... Fue una política que fomentó la pobreza de unos y el enriquecimiento de otros: fuerzas de destrucción ambas. Pues bien, yo prefiero construir a destruir, de modo que hemos juntado nuestras tierras y recursos, formando una cooperativa. Hacemos un vino excelente y necesitamos de un mercado más amplio. Con el tiempo, tendremos uno de los ganados más finos de Auvergne. San Juan de las Rocas no será una población muerta.
¿Y qué papel desempeña usted en esa cooperativa?
Soy el director gerente observó la mirada irónica de Camila y levantó una mano. Ya pasamos la época feudal, se lo aseguro. Si yo no tuviera la habilidad necesaria, no estaría trabajando en el campo. Aprendí en las plantaciones de la Martinica y en otros sitios. Así que, si tiene la intención de representar el papel de señora del castillo, me temo que se equivoca.
No había pensado tal cosa dijo ella con sinceridad y se tranquilizó al escuchar un golpe en la puerta que anunciaba la llegada de la señora Bresson con la cena.
Camila no se dio cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que la señora Bresson levantó la tapa de la cacerola de barro que había puesto en el centro de la mesa, descubriendo el cassoulet, un guiso compuesto de carne de cerdo, rebanadas de salchichas y judías verdes.
Camila protestó ante la enorme ración que le sirvieron, pero devoró hasta el último bocado. El vino que tomaron procedía de los viñedos locales, le indicó Benjamin, y ella lo encontró muy dulce y espeso. Rechazó el queso, pero aceptó una taza de café muy cargado.
¿De modo que le agrada cómo cocina Hilda? Benjamin Levallier se echó hacia atrás en su silla, observando a la joven.
Ya lo creo. Si me quedara mucho tiempo aquí, me pondría tan gorda como... calló de pronto y se mordió los labios.
Sería un proceso que me interesaría observar dijo él, sin inmutarse. Bien, ya lo había dicho y no podía retractarse. Aquél era el momento de enfrentarse al hombre. Dejó la taza en el plato y dijo:
Señor Levallier, creo que usted comprenderá tan bien como yo que este... este matrimonio no puede llevarse a cabo.
Se equivoca, mademoiselle. No veo nada que lo impida. Ella notó la dureza de su voz, pero insistió:
Yo accedí porque en aquel momento me encontraba emocionalmente afectada. No puede obligarme a cumplir una promesa hecha en tales circunstancias.
Puedo hacerlo, y lo haré. No se equivoque acerca de eso, querida.
Sería demasiada crueldad dijo Camila con voz temblorosa, al ver la súbita furia que brilló en los ojos masculinos.
¿Se imagina que la vida ha sido tan grata para mí como para que yo tome en consideración si soy cruel o no? preguntó Levallier con aspereza y sus dedos se posaron sobre la cicatriz de su cara. Usted, que ha sido mimada desde la cuna, ¿cómo puede conocer la crueldad?
¿Debo tomar mi primera lección de usted? le espetó ella, olvidando en aquel momento que no hablaba por sí misma.
La lección que haya de recibir es asunto suyo, mademoiselle. Pero sépalo de una vez: el matrimonio se llevará a cabo como se planeó. Ya se ha retrasado excesivamente.
¿Me dirá por qué es tan esencial para usted casarse?
Antes no parecía tener tanta curiosidad repuso él con sequedad. Sólo le preocupaban sus problemas. Pero no hay ninguna razón para que no lo sepa. Debo asumir la tutela de mi sobrino y los términos del testamento de mi hermano estipulan que debo estar casado.
Camila se quedó sin aliento. De modo que Marizza iba a ser obligada no sólo al matrimonio, sino también a ejercer deberes de madre. ¡Qué desfachatez la de aquel hombre!
¿Por qué incluyó su hermano esa cláusula si sabía que usted era soltero?
Cuando se redactó el testamento, yo estaba a punto de casarme contestó él y cierto matiz en su voz hizo que el estómago de Camila se contrajese. Miró, sin proponérselo, la mejilla marcada y él asintió con sorna. Es usted muy perceptiva, mademoiselle. Y mucho más hábil para ocultar su repulsión que la joven que iba a ser mi esposa. Fueron horas memorables en mi vida. En un día perdí a los que amaba. Sólo me quedó mi sobrino y a él no le perderé.
Con seguridad, si usted es su único pariente...
Pero no lo soy interrumpió Levallier. Hay una tía, por el lado de su madre. Si no cumplo las condiciones del testamento, ella llevará el asunto a los tribunales. Tengo todo mi dinero invertido en la cooperativa; no puedo permitirme el lujo de afrontar un juicio.
¿Qué edad tiene el niño? ¿No estaría mejor con su tía?
No, no lo estaría. Es mi heredero y su lugar está aquí.
Pero si usted tuviera un hijo propio... dijo Camila y se ruborizó al comprender el alcance de sus palabras.
¿No tiene miedo de que tome en serio la palabra de matrimonio que me dio? sus ojos la examinaron con insolencia. Me pregunto qué haría usted. ¿Cómo es el dicho que ustedes tienen? «Cierra los ojos y piensa en Inglaterra», ¿no es así? En este caso, tendría que pensar en Francia.
No he querido decir... tartamudeó la joven, y la sonrisa de él se hizo más peligrosa.
La creo, mademoiselle. No se asuste. No voy a exigirle un sacrificio de tal magnitud. Demasiado comprendo que mi cara le provocaría pesadillas a cualquier mujer que se viera forzada a compartir mi cama repuso Benjamin.
Camila se estremeció. Alguien, ¿su novia quizá?, debió decirle palabras parecidas, lo que denotaba una falta inconcebible de comprensión y sensibilidad. Quienquiera que fuera su prometida, mejor había sido que se librara de ella, pensó con emoción, pero al instante se contuvo: aquel hombre seguía siendo su adversario.
Monsieur, a usted le han hecho daño, lo sé. Pero, ¿es ésa razón para que a su vez haga daño a los demás? Este matrimonio sería un desastre total. No nos conocemos. ¿Qué clase de relación sería la nuestra?
De nuevo, el aterrador pensamiento de que no hablaba por Marizza, sino por sí misma, le hizo estremecerse.
¿Tiene frío? dijo él . Venga y siéntese junto al fuego.
Estoy bien aquí; gracias su voz vaciló un poco y él la miró con impaciencia.
¿De qué tiene miedo? ¿De esa relación que es sólo un invento de su imaginación? Todo lo que deseo, mademoiselle, es un matrimonio que satisfaga a los abogados y me conceda la custodia de Yago, mi sobrino. Una vez conseguida, será usted libre de irse o quedarse; a su gusto.
Pero no... no puede utilizarme de este modo... comenzó a decir, atónita.
No mostró la misma aversión cuando se propuso utilizarme a mí para restaurar su amor propio herido por aquel fracaso amoroso. Se mostró usted brutalmente franca. ¿Cómo me llamó? ¿Un salvavidas? Ahora no se puede quejar si ese salvavidas se ha convertido en una cadena.
Camila se puso de pie, echándose el pelo atrás con un gesto desolado.
Creo... que iré a mi cuarto. Estoy cansada.
Desde luego. Llamaré a Hilda tiró del cordón de la campanilla y después se acercó a la joven. Que duerma bien. Quizá vea las cosas con mejores ojos por la mañana, ¿no cree?
Camila sacudió la cabeza, sin saber qué responder. Por un momento, él permaneció en silencio, mirándola. Luego alzó una mano y le rozó con un dedo los entreabiertos labios, en un gesto que era más íntimo que el beso con que la recibió a su llegada. Ella se mantuvo quieta, a fin de que él no creyese que le repelía. Aunque, si iba a ser sincera consigo misma, no era precisamente eso lo que sentía. ¿Por qué aquella estremecedora vibración en todos los nervios de su cuerpo? Era una respuesta cuyo significado no quería analizar y se alegró cuando un golpe en la puerta anunció la llegada de la señora Bresson.
El trazado interior del castillo sería la pesadilla de un arquitecto, pensó Camila mientras era conducida por el ama de llaves a una escalera de piedra que llevaba al primer piso. Se vio en un largo corredor por el que soplaban corrientes de aire y que terminaba en una imponente puerta de doble hoja. Camila supo por la señora Bresson que aquélla era la habitación principal del castillo; sin duda, ocupada por el dueño de la casa.
Su propia habitación, descubrió divertida y con un extraño sentimiento de alivio, estaba en dirección opuesta y a una distancia considerable. Era cómoda, con un pequeño fuego ardiendo en la chimenea y enormes muebles antiguos que le infundieron confianza. La cama era de roble macizo y Camila se preguntó, inquieta, si el colchón no lo igualaría en dureza, pero, al tocarlo mientras la señora Bresson atizaba el fuego, se tranquilizó.
Cuando el ama de llaves le dedicó un sonriente «buenas noches», la asaltó un pensamiento.
¡Mis llaves!
La señora Bresson arqueó las cejas, sorprendida.
Las llaves del coche. Se las di a Gastón para que sacara mis maletas y no las veo por ningún lado explicó Camila.
La sonrisa del ama de llaves se hizo más amplia. Espantada, Camila la escuchó aconsejarle que permaneciera tranquila, pues sin duda Gastón le había dado las llaves al señor, quien se encargaría de que fueran devueltas a la compañía que había alquilado el automóvil. Mademoiselle, añadió la señora Bresson, no necesitaba preocuparse. El señor lo arreglaría todo.
«Apuesto que sí», se dijo Camila cuando la puerta se cerró tras la sirvienta. Se dejó caer sobre el borde de la cama con desesperación. Había confiado tanto en tener el automóvil a su disposición, aunque fuera por unos días... Ahora tendría que depender del servicio de autobuses locales para marcharse de allí.
Una vez más, lamentó amargamente verse envuelta en aquel juego. Por un instante, consideró la posibilidad de decirle a Benjamin Levallier la verdad, pero rechazó este pensamiento al recordar la reacción de él cuando le acusó de crueldad.
No había asomo de humanidad en aquel individuo, se dijo, y merecía lo que ella iba a hacerle. Si la carta de la imprudente Marizza estaba en el castillo, la recuperaría de algún modo y Levallier tendría que buscar a otra estúpida que se prestara a sus manejos.
Decidió que, cuanto antes se alejara del castillo y de su dueño, mejor sería para ella:
Llovió de nuevo por la noche. Camila se dio cuenta cuando la despertaron las gotas de agua que le caían en la cara. Medio dormida, se enderezó y encendió la lámpara que había junto a su cama: Miró hacia arriba, observando la humedad que se extendía por el techo. Se levantó y logró mover la pesada cama unos cuantos centímetros, colocando el jarro del lavamanos para que recogiera el agua de la gotera.
El fuego estaba apagado; era sólo un montón de cenizas y afuera el viento arreciaba. Camila, helada y furiosa, regresó a la cama. Entre el ruido de las gotas al caer y el golpear de una ventana, tendría suerte si podía dormir.
Pero era su ansiedad, más que las condiciones externas, lo que le impedía dormir. Aunque trataba con firmeza de apartarla de su mente, la cara marcada de Benjamin Levallier estaba en sus pensamientos. Se dijo que era ridículo. Aquel hombre no tenía ningún poder sobre ella. Era libre y mayor de edad. Lo más que podía temer era su ira cuando descubriera que había sido engañado y, con un poco de suerte, estaría lejos de él cuando eso ocurriera. Pero una voz persistente, muy dentro de ella, le decía que la cosa no iba a ser tan simple.
Suspiró, envolviéndose en las suaves mantas. Sería demasiado fácil caer en la trampa, pensó, recordando la pena que había sentido al contarle Benjamin que perdió todo cuanto amaba en unas horas. ¿Qué habría sucedido? Sin duda, se refería a la muerte de su hermano. ¿Recibiría la herida del rostro al mismo tiempo? Era evidente que había una relación en todo, y tal vez la pérdida de su prometida caía también dentro de la misma ola de amargura.
Pensaba cómo sería la muchacha con la que Benjamin estuvo comprometido. Se la imaginaba pequeña y de pelo rojizo, con cierta picardía en el rostro, como Marizza. ¿Sería porque el corazón le decía que su irresponsable prima hubiese reaccionado con la misma crueldad ante aquel rostro marcado?
Presentía que las visibles cicatrices no eran lo peor que Benjamin Levallier llevaba encima. Detrás de aquella hostilidad había un hombre que alguna vez rió y amó, confiando en casarse y fundar una familia. Ahora, se decidía por una relación impersonal con una extraña y sus esperanzas para el futuro se centraban en su sobrino huérfano, lo que no era en realidad una actitud muy sensata.
Existía otro aspecto desconcertante: según le contó Marizza, él pasaba gran parte del tiempo en el extranjero. Pero, si era el heredero de aquella ruinosa propiedad, ¿no era su deber permanecer allí? Había hablado de «herencia», de modo que no era indiferente al hecho de que él era el señor.
Hundió el rostro en la almohada. El lino estaba gastado, y despedía un grato aroma a lavanda. Aquella cama era para albergar dulces sueños, no pensamientos sombríos.
Pero el sueño que tuvo cuando al fin se durmió, fue inquieto. Se veía de pie en una iglesia en ruinas, con la hierba creciendo en los pasillos y por cuyo techo roto se divisaban las estrellas. Un hombre, parado ante el altar, esperaba a una novia que no llegaba. Cuando ella, Camila, trataba de hablarle y consolarle, de correr hacia él y tocar su brazo, el hombre se esfumaba...
Se encontraba ocupada con las fastidiosas goteras, cuando la señora Bresson apareció con un cubo de agua caliente para el lavamanos. Se sorprendió mucho al ver la jarra en el suelo y se deshizo en un torrente de explicaciones, por las que Camila comprendió que a la mayor parte de las habitaciones les sucedía lo mismo durante la época de fuertes lluvias. Sin embargo, Gastón subiría al tejado aquella misma mañana a fin de tapar los agujeros.
Camila se lavó y vistió con rapidez, poniéndose unos pantalones vaqueros y un suéter de cuello alto con listas negras. Al bajar, miró a su alrededor con detenimiento. Todo estaba limpio, pero descuidado. Algunos muebles eran estupendos, pero estaban mal colocados y no se veía flores por ningún sitio. Aunque no hubiera suficiente dinero para reparaciones, comprometido como estaba Benjamin Levallier con su cooperativa, bastaba un pequeño desembolso para hacer el interior del castillo más habitable. Podrían remendarse las fundas de los muebles, teñir las cortinas... Se contuvo en sus consideraciones. No debía olvidar para qué estaba allí, se dijo con vehemencia. Más le valía pensar en cómo apoderarse de la carta de Marizza.
Le sorprendió encontrarse a Benjamin ya sentado a la mesa y revisando la correspondencia. Ni siquiera a la luz del día se le veía más accesible, pensó Camila, mientras murmuraba un saludo.
Espero que haya dormido bien, mademoiselle las palabras, aunque corteses, dejaban traslucir una total indiferencia.
No muy bien repuso Camila, desplegando su servilleta y tomando un crujiente panecillo de la cestilla de mimbre que había sobre la mesa.
Eso me disgusta. ¿Puedo saber por qué?
Desde luego extendió mermelada sobre el pan y lo saboreó complacida. En el techo de mi cuarto hay goteras.
No debieron darle esa alcoba. Hablaré con Hilda dijo él, frunciendo el ceño.
No es culpa suya Camila tomó la cafetera y llenó su taza. La señora Bresson dice que todas están igual.
La mía no. ¿Qué sugiere, mademoiselle?
Por supuesto dijo Camila con cierta reticencia, puede reparar el techo.
Gastón hace lo que puede repuso él, encogiéndose de hombros.
Eso he oído, pero creo que ya es hora de que usted obtenga una opinión autorizada, a menos que pretenda que la casa se le caiga encima. Perdone mi franqueza, pero he tomado cierto interés en esto.
Si podía convencerle de que se resignaba ante lo inevitable, su labor sería mucho más fácil, pensaba.
Él la miró sorprendido.
¿Está conforme, pues con seguir adelante? preguntó.
Parece que no tengo otro remedio contestó Camila, encogiéndose de hombros. Usted ha dejado sentado lo que sucederá si me echo atrás.
Me lo imaginaba había una oscura satisfacción en su voz. Sería la clase de publicidad que ninguno de nosotros desea, estoy seguro, aparte del posible daño que ello podría causar a la salud de su padre.
Camila, que acababa de tomar un trago de café, se atragantó.
No... no sé lo que quiere decir murmuró.
¿No? Creo que hablo con bastante claridad, mademoiselle. Su padre es un hombre eminente, y su estado de salud causa gran preocupación en círculos que yo frecuento. Debió suponer que investigaría acerca de usted.
Sí, claro... Así supo que podía amenazarme: por mi padre.
No es precisamente una amenaza. Me limité a señalarle cuáles serían las consecuencias si fallase en cumplir lo que acordamos, y dejé la decisión a su buen juicio.
Se burlaba de ella, y eso aumentó el resentimiento de Camila.
Espero que su victoria justifique los medios de que se ha valido para conseguirla contestó con dureza.
Ya lo veremos acabó su café y se levantó. Cuanto termine de desayunar, tal vez le guste salir a cabalgar conmigo. Ya que se interesa por la propiedad, quizás quiera ver los cambios que estamos haciendo.
Camila iba a decirle que aún peor que pasar la mañana en su compañía, sería hacerlo cabalgando, cuando recordó que Marizza era una excelente amazona y sin duda lo habría mencionado en sus cartas. Podría inventarse un dolor de cabeza o cualquier otra dolencia, pero eso despertaría las sospechas de Benjamin y era lo último que deseaba. Sabía montar, pero no con la habilidad de Marizza y los caballos la ponían nerviosa.
Sería encantador dijo sin embargo. Voy a buscar mi chaqueta.
Bien la miró largamente y por vez primera ella notó lo espesas que eran sus pestañas. Nos encontraremos en la puerta principal, digamos... dentro de diez minutos.
Cuando Camila bajaba de nuevo la escalera, se le ocurrió que podría fingir una caída y una torcedura de tobillo. Pero cuando llegó a los últimos escalones, vio a Benjamin hojeando un catálogo de agricultura. Levantó la vista al escuchar sus pasos.
Dócil y puntual observó. Será una buena esposa.
Ella le miró en impotente silencio. Entablar un combate verbal con él no la llevaría a ninguna parte. De todas formas, se lo cobraría todo al marcharse, cuando él notara su partida y viese que ya no tenía armas para someterla a su poder.
Advirtió que los establos estaban en mucho mejores condiciones que la casa y lo comentó con cierta ironía.
Tal vez se deba a que considero más valiosos a los animales que a los seres humanos, mademoiselle fue la rápida respuesta del hombre.
Se le encogió el corazón cuando vio la yegua que Benjamin le había asignado. Era muy diferente de aquella «Penélope», la vieja yegua en cuyo ancho lomo Camila, muchos años atrás, había aprendido a montar. Ésta saltaba y sacudía la cabeza y sus brillantes ojos resplandecían traviesos.
Necesita ejercicio dijo su verdugo, ya montado en su caballo como si formara un todo con él.
Camila buscó con la vista a Gastón para que le ayudara a montar, pero éste había desaparecido, de modo que tuvo que acercar a «Delphine», la yegua, a un viejo apeadero y subirse como pudo a la silla. Fue una maniobra poco elegante, pero al menos no se cayó. «Menos mal», se dijo, aguzado su sentido del humor ante lo absurdo de la situación. «Aunque si me rompo el cuello, por lo menos será una forma de escapar de este lío».
Pero antes de que pasara mucho rato, supo que era otra parte de su anatomía lo que iba a sufrir. «Delphine» resultó ser más difícil de lo que pensaba. Marizza siempre decía que los caballos intuían quién mandaba y estaba claro que la yegua le había tomado a ella la medida. Comenzó a tomarse libertades tan pronto salieron del establo. El momento de la verdad llegó cuando un pájaro salió volando de un gran seto y la yegua lanzó agudos relinchos y se encabritó, tirando al suelo a Camila. Y, para colmo de la humillación, Benjamin Levallier estaba allí. Sujetaba las riendas de la yegua y la calmaba, forzándola al mismo tiempo a obedecer.
Gracias Camila tenía el rostro como la grana al levantarse.
No ha sido nada él le dirigió una mirada escrutadora. Tal vez haya sido un error pedirle que monte tan pronto. Debe estar cansada después del viaje y de una noche intranquila.
«¿Por qué no pensé antes en eso?», se preguntó Camila, exasperada, y en voz alta dijo:
Probablemente.
Trató de ser más firme consigo misma y con las riendas después de aquello, determinada a no hacer el ridículo. La experiencia, a pesar de todo, era excitante. El aire parecía vibrar después de la noche de lluvia y los paisajes que encontraban al subir, quitaban el aliento con su belleza.
Camila estaba tan entusiasmada, que olvidó sus nervios cuando los caballos se lanzaron a un galope medio y a un trote vivo después. «Delphine» ya no era un monstruo presto a descubrir sus errores, sino una criatura adorable.
Pararon los caballos, y Camila observó desde lo alto la villa y el castillo. Este parecía aún más desolado y Camila espió la reacción de su compañero y no se aventuró a hacer ningún comentario, dada la expresión de tristeza que contrajo el rostro marcado.
Cuando ya la joven pensaba que había olvidado su presencia, él dijo con tono de impaciencia:
Vamos y se pusieron de nuevo en marcha.
El negro humor que dominaba a Levallier persistió mientras recorrían los viñedos y la planta embotelladora recién instalada. Camila, sorprendida, se encontró interesándose de verdad por lo que veía y era desesperante que él respondiera a sus preguntas con monosílabos. Llegó un momento en que no lo pudo soportar.
Este paseo ha sido idea suya, monsieur le dijo con acritud. Si desea que aprenda lo referente a la propiedad, necesita mejorar su técnica de enseñanza.
Él le dirigió una mirada fría, pero no le respondió. Camila no se sorprendió al ver que él iniciaba el regreso al castillo. Le siguió, observando frivolamente:
Aquí termina la primera lección.
Esta vez, él contestó, iracundo:
A usted le parecerá una broma, mademoiselle, pero para mí y para muchos otros de esta población, es cosa de vida o muerte. ¿Sabe cuántos pueblos hay en Francia donde los viejos se encuentran solos en sus casas porque sus hijos se han ido a buscar trabajo a las ciudades? ¿Le preocupa eso? Lo dudo. Pero a mí sí. Y me preocupa que mi hogar, la casa que mi familia ha ocupado durante cientos de años, se esté convirtiendo en una ruina. ¿Cree que iba yo a permitir este descuido? Fíjese bien, mademoiselle: Eso es lo que el odio puede hacer, el desprecio y la venganza. No es bonito, ¿verdad?
¿El odio de quién, monsieur?
El de mi padre. Mi hermano más joven era su favorito. Y a mí no podía perdonarme que, como hijo mayor, fuera su heredero. Nada de lo que yo hacía estaba bien, con nada le complacía, excepto con mi ausencia. Pudo haber evitado el desastre, pero no quiso. No creo que le importara un comino lo que yo heredase. Hasta el último franco se invertía en Cruz y en nuestra plantación «La Bella Riviera».
¿Su hermano administraba la plantación?
Sí. La plantación era su parte de la herencia y Dios sabe que nunca le tuve mala voluntad por eso. Pero se presentaron problemas: sequías, huracanes, epidemias que destruyeron la cosecha... Al fin, mi padre me ordenó que fuera a arreglar las cosas. Hubiera hecho falta un milagro. Cruz había especulado, tratando de resarcirse de algunas de sus pérdidas, pero sólo había logrado arruinarse.
Se detuvo de pronto, al notar la tensión de ella. La ira y la amargura habían desaparecido de su rostro.
Pero le estoy aburriendo, mademoiselle, con mis sórdidos líos de familia. Hace ya dos años que murió mi padre, descanse en paz, y Cruz y su esposa no están ya en este mundo tampoco. Sólo yo quedo para salvar lo que pueda y tratar de construir una nueva vida para Yago y para mí.
Ella se humedeció los labios, anonadada por la revelación.
¿Y «La Bella Riviera»? ¿Qué sucedió?
La casa ya no existe. Se quemó hasta los cimientos hace un año. La tierra está alquilada al gobierno.
Algo le advirtió a Camila que no era aquél el momento de indagar más.
Gastón estaba esperando para ocuparse de los caballos cuando ellos llegaron al patio. Camila relajó su cuerpo dolorido, pero tenía miedo de que las piernas le fallaran al desmontar.
Permítame Benjamin Levallier estaba a su lado. Agradecida, se libró de los estribos y se dejó caer desde el lomo de «Delphine» hasta los brazos de él. Por un momento, sintió el roce de aquel cuerpo cálido contra el suyo y, a la vez, una extraña emoción al aspirar su aroma varonil.
Se apartó, temiendo que él adivinara sus desenfrenados pensamientos y tropezó ligeramente.
Cuidado la voz del hombre era cortés, pero impersonal. Si se lo pide, Hilda le preparará un baño caliente. La veré a la hora de comer.
Se despidió con una formal inclinación de cabeza y se alejó.
Camila se esforzó en no volver la cabeza para mirarle. Estaba confundida por la súbita turbulencia de sus emociones. «Le odio», se dijo. «Tengo que odiarlo... y jamás dejaré que me toque».
Capítulo 3
Camila apoyó la cabeza contra una toalla doblada, colocada estratégicamente sobre la parte superior de la anticuada bañera y cerró los ojos con un suspiro de alivio.
El baño a donde la señora Bresson la había conducido estaba situado junto a la habitación que contenía el inodoro en forma de trono que le causaba risa la noche anterior. Era un recinto helado, de paredes cubiertas por grandes azulejos con atractivos diseños de volutas. La bañera, apoyada en cuatro patas que terminaban en forma de garras, estaba junto a una pared y sus grifos de latón relucían. Las viejas cañerías emitían un extraño gruñido en cuanto se daba el agua.
Observando el cuidado con que la señora Bresson manejaba las llaves, Camila dio por sentado que la plomería del castillo tenía sus caprichos, pero la temperatura del agua era adecuada.
Movió las doloridas piernas en el agua que comenzaba a enfriarse, encogiéndose al hacerlo. Era una suerte que pudiera moverlas, pues las sentía rígidas. Esperaba no tener que verse obligada a escapar durante las próximas veinticuatro horas, ya que hasta el más ligero esfuerzo la pondría al borde de su resistencia.
Sin embargo, admitía que la mañana transcurrida al aire libre le había hecho bien. Comenzó a pensar en la comida que la señora Bresson serviría cuando terminara de bañarse.
Y después seguramente estaría libre para hacer lo que deseara. Tendría que escribirle alguna vez a Marizza, pero hasta ahora no había buenas noticias ni progresos de los cuales informarle. Quizás debiera esperar que las cosas tomaran mejor cariz; emplearía el tiempo en explorar un poco el castillo.
Si Benjamin Levallier dirigía la cooperativa debía tener alguna oficina, quizá en el mismo castillo, y éste sería el sitio en que guardaría su correspondencia personal, incluyendo la carta de Marizza. Por ahí comenzaría su búsqueda. Pensar en ello le desagradaba, pero recordó los métodos igualmente tortuosos que Benjamin había empleado para obligar a su prima a casarse con él.
Era inútil pretender que él no le había despertado ninguna simpatía con sus revelaciones aquella mañana. Volviendo la vista a su propia infancia, tan feliz, le parecía increíble que pudiera existir tan amarga hostilidad en una familia. Sin embargo, no ponía en duda el afecto que sentía por su hermano muerto. No había el menor asomo de censura en su referencia a los problemas que Cruz creó al ocuparse de la plantación; sólo pesar. El favoritismo de su padre no había logrado enfriar aquel cariño en lo más mínimo. Era evidente que la pérdida de la plantación y la muerte de Cruz estaban relacionadas y que también existía un nexo entre esa tragedia y las cicatrices de Benjamin.
Cuando volvió a su alcoba, vio que la señora Bresson había cogido el pantalón y el suéter para lavarlos, de modo que se puso una ajustada falda de color dorado, con una blusa camisera de lana verde oscuro y se recogió el pelo castaño en un moño a la francesa.
El almuerzo consistió en un sustancioso potaje, fruta fresca de los huertos y queso. Camila terminaba de tomar el café, cuando la señora Bresson llegó a despejar la mesa.
Déjeme ayudarle. Usted tiene bastante que hacer Camila se levantó y comenzó a colocar los platos en la bandeja, a pesar de las protestas del ama de llaves. Su espíritu independiente le impedía aceptar que la sirvieran.
La cocina era grande y alegre, llena de claridad, provista de agua caliente y otras comodidades. En medio, había una mesa de madera muy limpia y encima, había un buen surtido de cuchillos. Las cebollas y ajos, en ristras, colgaban de ganchos alrededor de las paredes y un enorme aparador contenía utensilios de hierro y cobre. A Camila le gustaba cocinar, aunque nunca había seguido ningún curso de gastronomía como Marizza. Pensó que, una vez que entendiera las extravagancias de aquella cocina, cualquiera mujer podía lucirse preparando comidas allí.
A la señora Bresson no parecía molestarle su presencia en lo más mínimo. Se la veía muy dispuesta a enseñarle las piezas de la vajilla en el aparador y revelarle los secretos de la despensa y la bodega. Se quejó de que el castillo careciera de electricidad y a Camila no le sorprendió que ello se debiera a una decisión «del padre del señor». Quiso saber más, pero entonces la señora se mostró tan hermética, que Camila optó por no hacer más preguntas.
Cuando inquirió si había algún inconveniente para que recorriera el castillo se quedó desconcertada, pero se alegró cuando Camila le aseguro que no era necesario que la guiara, que estaría encantada de explorar por su cuenta. La joven se sintió culpable cuando el ama de llaves le entregó un manojo de llaves.
Al dar la vuelta para marcharse, tropezó con algo. Se inclinó para recogerlo y le sorprendió ver que se trataba de un carrete de los que se usan para hacer encaje.
¿De quién es esto? preguntó, tendiéndoselo a la señora Bresson.
El ama de llaves dio un respingo y deslizó el carrete dentro del amplio bolsillo de su delantal, con exageradas demostraciones de agradecimiento. Camila se quedó intrigada.
¿Hace usted encaje, señora?
La señora Bresson asintió, orgullosa. El encaje de Auvergne, explicó, era famoso; una antigua tradición que pasaba de madres a hijas. Ella no tenía hijas a las que legar tal habilidad, por lo que el señor iba a procurar que enseñara a algunas muchachas del pueblo. Cuando monsieur se casara, añadió, ella podría dedicarle más tiempo a sus encajes.
Quizá quiera mostrarme algunos cuando tenga tiempo.
Pensó la joven en comprarle algo, un cuello tal vez, o un chal, como recuerdo de los días más extraños de su vida. Sería más inofensivo que evocar la mirada alucinante de aquel hombre y la reacción que con el más ligero contacto despertaba en ella:
Dos horas más tarde, estaba a punto de llorar de frustración y desencanto. Había explorado todas las secciones habitables del castillo, abriéndose paso entre los polvorientos muebles. Desde las paredes de los corredores, los rostros pintados al óleo de los Levallier fallecidos tiempo atrás, parecían desaprobar su intromisión. Camila subió y bajó escaleras hasta que sus músculos protestaron. Sólo se abstuvo de entrar en la habitación de Benjamin Levallier. Después de todo, su exploración del castillo podía atribuirse a simple curiosidad femenina y a un interés por las mansiones históricas. Pero no podía pensar en una razón convincente si la descubrían en la habitación de Benjamin, excepto una, que podría traer consecuencias en las que más valía ni pensar.
Tenía dolor de cabeza y sentía la garganta y la nariz llenas de polvo; necesitaba aire fresco. Se enfundó en su chaquetón deportivo, dispuesta a salir. Precisaba de algo que la proporcionara una perspectiva más clara de las cosas. ¿No sería preferible dejarlo todo como estaba y escapar? Pensándolo bien, la boda de Marizza estaba próxima a celebrarse; con seguridad, podría contener a Benjamin Levallier hasta entonces. Después, él perdería a Marizza para siempre. Su prima había sido una tonta, pero, ¿no lo era ella también al lanzarse en aquella loca búsqueda? ¿Y por qué Benjamin no había resultado ser el pomposo estúpido que se imaginaba? De ser así, hubiera experimentado una especie de malicioso placer en fastidiarle. Tal vez, hasta hubiese cedido a la tentación de flirtear con él. Pero, con Benjamin, la iniciativa había sido retirada de sus manos; era él quien dictaba las reglas.
Se estremeció un poco al salir por la gran puerta principal, metidas las manos en los bolsillos del chaquetón. Suponía que el castillo tendría algún jardín, pero si estaba tan descuidado como el resto, andar por él sería como perderse en la jungla. Se detuvo en medio del patio. Irritada, se inclinó para arrancar un manojo de cizaña y lo lanzó con más fuerza que puntería en dirección a la puerta cercana. La hierba, cuyas raíces iban cargadas de tierra, rebotó contra una de las ventanas de abajo y entonces oyó Camila que se abría una de las superiores. Demasiado tarde, recordó haber visto, la noche que llegó, un rostro a través de los cristales de la casa del portero.
Ahora, vio asomarse una cara agradable con barba y lentes sin montura.
Perdóneme, señorita. ¿Puedo ayudarle? la frase estaba dicha en francés, pero el acento era inconfundiblemente británico.
Estoy avergonzada dijo ella. No creía que viviera nadie ahí.
¡Usted también es inglesa! exclamó el hombre. ¡Caray, qué coincidencia! ¿Es turista? Creo que ha equivocado el camino. Ésta no es una de las cosas dignas de verse.
No Camila se volvió a mirar el castillo, entrecerrando los ojos a la luz del sol. Pero podría ser un sitio adorable añadió.
Tengo té aquí le dijo él casi en secreto. ¿Le gustaría tomar una taza?
El té no era precisamente la bebida favorita de Camila, pero sabía reconocer un gesto amistoso. Además, resultaba intrigante que Benjamin Levallier le hubiese ocultado que un compatriota suyo vivía en la casa.
La pequeña puerta estaba abierta cuando se aproximó. Su anfitrión era más joven de lo que le había parecido. Tendría sólo un año o dos más que ella. De estatura mediana, llevaba un vestuario algo maltrecho: descoloridos pantalones, suéter y botas muy viejas.
Jorge Woodhouse se presentó, estrechando la mano de la joven con un firme apretón.
Camila Weston.
Estábamos destinados a encontrarnos. Suba, por favor. Cuidado con esos escalones. Creo que sirven de sustento a toda una familia de termitas. Por aquí... Ésta es mi sala. Me temo que está muy desordenada porque... En fin, aquí es donde vivo.
«Desordenada es poco», pensó Camila. Sus ojos recorrieron el pequeño cuarto. Había un catre con un saco de dormir encima, una pequeña cocina de gas y una caja llena de conservas. La mesa, redonda, se veía abarrotada de platos, limpios y usados, libros, papeles y una máquina de escribir portátil.
Jorge Woodhouse se dirigió a la mesa, tratando de ordenarla.
¿Lavé algunos platos ayer o fue el día anterior? No hay agua aquí, de modo que la saco del establo en un cubo. Pero no puedo quejarme. Él no me cobra un centavo por alojarme y si no soy capaz de trabajar aquí, no merezco tener éxito.
¿Es usted escritor?
Algún día, quizá. De momento, hago investigaciones para una tesis: la vida de Vercingetórix. Él era oriundo de aquí, ya sabe.
Sí, ya sé: «El Gaul está dividido en tres partes...» citó, sonriendo. Sí. Supongo que todo el mundo conoce el comienzo. Pero es el final de la historia lo que siempre me ha fascinado. Creo que simpatizo con los perdedores, y Julio César no me llama la atención. Siempre tan objetivo. Por ejemplo, cuando llega a rendírsele su gran enemigo, el jefe galo que derrotó su ejército y soportó un terrible asedio, galopando según dice la leyenda desde Alesia con su dorada armadura, ¿qué cree que dice César? Jorge tomó un destartalado libro y lo abrió hacia el final . Escúchelo hablar de sí mismo: «César se sentó en el fuerte frente a su campo, adonde le llevaron a los jefes; Vercingetórix se entregó y depusieron las armas». No es como para apasionar a nadie, ¿verdad?
Tampoco apasionaba aquello de «Vine, vi y vencí...» señaló Camila. Pero esas palabras encierran algo inexorable, una sugestión de lo inevitable. Sin embargo, puedo ver por qué prefiere a Vercingetórix. Hay mucho que decir de un hombre que se comporta heroicamente aunque lo haya perdido todo.
Eso es lo que creo. Usted ha visto su estatua, desde luego, en Clermont-Ferrand. Es algo grandioso. ¡Ah elté!... La leche tendrá que ser condensada.
Magnífico dijo Camila al probar un sorbo del hirviente líquido.
Me temo que no soy muy bueno para el francés, así que es una maravilla encontrar a alguien que hable inglés comentó Jorge. Desde luego, el señor Levallier lo habla también, pero no es muy sociable.
No, creo que no repuso Camila y él la miró, alarmado.
He metido la pata, ¿no? Tú debes ser la que llegó anoche. ¿Te alojas en el castillo? Supongo que serás amiga suya.
En cierto modo.
No he querido ser curioso murmuró Jorge, evitando mirarla.
Te equivocas. Es verdad que estoy residiendo en el castillo, pero... Camila vaciló, no sabiendo cómo explicarse. No podía decirle la verdad, pero le parecía un error permitir que se sintiera violento. Decidió decir la verdad a medias: He venido aquí por negocios. El señor Levallier y yo tenemos asuntos que discutir.
¡Ah! En realidad, no pensé... No eres ese tipo de mujer. ¡Dios, volvemos a lo mismo! Lo que trato de decir es que él la ha corrido bastante y me imagino que deseará a alguien que le iguale en apariencia. No es que tú no seas atractiva, pero...
Gracias, amable señor dijo ella, riendo.
Bueno, ya me entiendes.
De todos modos, Camila se sintió aliviada cuando él cambió de tema y volvió a hablar de la tesis que estaba terminando y todo lo que llevaba aprendido sobre historia local durante su estancia. Le dijo que hacía seis semanas que vivía en la casita del portero y que planeaba quedarse un mes más, por lo menos.
Tal vez podamos salir a cenar alguna noche sugirió. Sé que parezco nadar en la indigencia, pero tengo algún dinero. Hay un sitio excelente en Crandon. Pero el transporte es un problema. ¿Crees que podríamos usar tu automóvil?
Ella le dirigió una mirada desolada.
Ya no dispongo de él.
¡Ah! ¿Qué ha sucedido?
Era un coche alquilado y había que devolverlo a Clermont-Ferrand.
¡Qué lástima! Pero estoy seguro de que llegaremos de algún modo. Marcos tiene una motocicleta. Tal vez nos la pueda prestar.
¡Maravilloso! Camila se preguntó cómo reaccionaría Benjamin Levallier al saber que su futura esposa andaba corriendo a campo abierto en la parte trasera de una motocicleta conducida por aquel escritor bohemio.
Miró su reloj, exclamando:
¡Cielos, es tarde! Debo irme.
Estaremos en contacto prometió Jorge. Se puso de pie y la acompañó por las escaleras hacia la puerta. La joven había comenzado a atravesar el patio cuando le oyó decirle alegremente:
¡Adiós, Camila!
«¡Dios mío!», pensó, aterrada. Dio media vuelta y corrió hacia él antes de que cerrara la puerta.
¿Qué? dijo Jorge, sorprendido. ¿Has olvidado algo?
Sí... se humedeció los labios . Lo olvidé por completo... ¿Te molestaría llamarme Marizza?
El la miraba como se mira a alguien que ha perdido la razón. Camila prosiguió, improvisando a la desesperada:
No uso mi verdadero nombre... por motivos profesionales. El señor Levallier me conoce por Marizza. Sólo causarías confusión si me llamases de otro modo, y ya tengo bastante con el idioma.
Se desvaneció la mirada de asombro, para alivio de Camila. Jorge entendía muy bien lo que eran los problemas del idioma francés.
Lo recordaré prometió, con gran alivio por parte de Camila. En el castillo, la señora Bresson la recibió muy agitada.
Mademoiselle su voz era reprobadora. El señor ha estado preguntando por usted.
Camila se despojó del chaquetón y fue al comedor con una seguridad que estaba muy lejos de sentir. Benjamin Levallier se hallaba junto a la ventana fumando un cigarrillo. Dio la vuelta en redondo cuando ella entró.
¿Dónde ha estado? preguntó con dureza.
Conociendo el castillo dejó caer sobre la mesa el manojo de llaves que el ama de llaves le había dado y se le enfrentó, desafiante.
¿Tanto rato? él exhaló una bocanada de humo con impaciencia.
¿Por qué? repuso ella con fingida inocencia. ¿Me ha echado de menos?
Tenga cuidado dijo Benjamin con suavidad. Le parece muy divertido provocarme, pero tal vez las consecuencias no lo sean tanto.
Sus amenazas no me preocupan, monsieur mintió Camila. Me he visto forzada a aceptar su proposición de matrimonio y nada puede ser peor que eso.
¿Así lo cree? había algo en su risa, suave y frívola en apariencia, que la dejó helada. Aún tiene mucho que aprender, mi querida Marizza, a pesar de su pretendida sofisticación.
¿Qué le habría dicho Marizza en sus cartas? Camila se lo preguntaba apretando con fuerza los puños, en un gesto nervioso que él no podía dejar de percibir.
¿Ha sido la exploración de mi casa tan estimulante como esperaba?
Sus cambios de humor eran como el clima de Auvergne y Camila sospechaba que aquel tono cortés ocultaba algo diferente, como si supiera con exactitud lo que se proponía y se burlara de ella.
Ha sido muy interesante replicó ella con voz inexpresiva.
¿Y su visita a la casa del portero? Eso, sin duda, lo habrá sido aún más.
De verdad fascinante, en efecto contestó, recalcando las palabras. Pero me sorprende que no me dijera que tenía un huésped.
Quizá, mademoiselle, porque comprendí que sería capaz de averiguarlo por sí misma.
Camila se sonrojó ante el alcance de aquellas palabras y se alegró cuando se abrió la puerta y entró la señora Bresson con un plato de sopa. Por suerte, no pareció captar la tensión que reinaba en la atmósfera y se dedicó a dar los toques finales a la mesa.
No sé por qué no me habló de ello dijo Camila, reanudando la conversación, mientras cogía su cuchara. Debió comprender que tenía que interesarme que un compatriota viviera aquí.
Una razón más para dejar las cosas así... Ella soltó la cuchara con fuerza sobre la mesa.
¿Qué quiere decir con eso?
Considerando tus pasadas indiscreciones, prefiero asegurarme que el comportamiento de la futura señora Levallier sea impecable.
¡Me está insultando!
¿Por qué? ¿Porque me refiero a lo que no es ningún secreto? Vamos, cálmate y toma la sopa. Estás demasiado delgada.
¿Ah, sí? replicó, sarcástica. ¡Me da tanta pena no gustarle! ¡A todo un conocedor!
No dejes que eso te afecte, querida. Estoy seguro de que, sin ropas, debes tener cierto atractivo.
Pero no para ti repuso ella con voz llena de ira y tuteándole por primera vez.
No me había dado cuenta de que deseabas impresionarme de ese modo calmosamente, sirvió vino a Camila en un vaso. Sin embargo, si deseas juzgar mis reacciones, puedes quitarte la ropa cuando quieras.
¡Y tú irte al infierno! apartó el plato con brusquedad, derramando un poco de sopa sobre el mantel.
Creo que ya he estado antes allí.
Su voz había sonado tan dura de pronto, que Camila se sobresaltó. Hubo una larga pausa y él dijo luego con tono natural:
¿Y qué impresión te ha causado nuestro joven historiador?
Parece conocer bien su oficio Camila se forzó a responder en el mismo tono. Pronto me ha dejado atrás. Me temo que las guerras gálicas no eran mi punto fuerte en la escuela añadió, frivola, como lo hubiera hecho Marizza.
¿No? él la miraba atentamente. Bien, tal vez las tácticas militares romanas no sean muy atractivas para ti. Pero una cosa debes aprender de César: los de Auvergne somos malos enemigos, no lo olvides.
Camila no disfrutó de la cena, a pesar de los deliciosos escalopes de ternera, que la señora Bresson sirvió. Cuando ésta empezó a recoger la mesa, su único pensamiento era escapar.
¿A dónde vas? la voz de Benjamin la detuvo cuando se encaminaba a la puerta.
A mi cuarto había un inconsciente ruego en sus ojos marrones cuando le miró. Estoy muy cansada.
Siéntate, por favor. Quiero hablarte.
Lo que ella quisiera no importaba, por supuesto, pero Camila se sentía demasiado agotada para librar una nueva batalla, de modo que volvió a su asiento, resignada.
¿Qué querías decirme? acertó a preguntar, viendo que él no rompía el silencio.
Antes que nada, deseo darte esto.
Camila alzó la vista y vio que él le tendía un pequeño estuche forrado de terciopelo. Lo tomó, abriéndolo. El anillo que había en el interior la dejó sin aliento: un maravilloso rubí rodeado de diamantes como pétalos de una exótica flor. Se veía que era muy antiguo.
¿Qué es esto? inquirió con voz débil.
Es el anillo de esponsales de la familia Levallier dijo él con voz inexpresiva. Póntelo.
No Camila cerró el estuche con dedos temblorosos.
Ten la bondad de obedecerme.
No puedo usarlo. No... no tienes derecho a pedírmelo.
Ya discutiremos hasta dónde llegan mis derechos contigo en un momento más conveniente repuso él con voz helada. Eres mi futura esposa y usarás ese anillo.
Pero esto es una hipocresía protestó Camila. Este anillo es una prenda de amor y... y nosotros no tenemos esa clase de relación.
¿Es esto lo que deseas?
Antes de que ella pudiera moverse, o decir algo, Benjamin se había postrado sobre una rodilla a su lado. Camila se encogió y una ola cálida recorrió su cuerpo ante la proximidad del hombre. Él le cogió una mano. Por un momento, se quedó contemplando los delicados dedos que sujetaba entre los suyos y después se los llevó a los labios. Su boca se movió, cálida y sensual, por la palma que, estremecida, transmitió aquella extraña vibración a todo el cuerpo de Camila.
Los labios de Benjamin le recorrían ahora la muñeca y ella se puso tensa. Cerró los ojos para que él no pudiera leer sus emociones y sintió la suave frialdad del anillo al deslizado en su dedo. Cuando Benjamin se apartó, ella ocultó las manos en su regazo.
Abrió los ojos y le vio de pie, apoyando un brazo sobre la repisa de la chimenea. Así le había visto la primera vez.
Espero que eso colme tus esperanzas le dijo, tajante.
No esperaba nada Camila inclinó la cabeza. Pero supongo que puedes anotarte otra victoria. ¿Puedo irme ahora?
¡Un momento! Tras una pausa, él dijo sin ninguna emoción: Nuestro matrimonio se llevará a cabo pasado mañana.
Camila se sintió físicamente enferma. Nada, ni siquiera la entrega del anillo, la había preparado para aquello. Se sintió atrapada.
¿Tiene que ser tan pronto? su voz se escuchaba irreal.
Sí. Mis abogados me dicen que Maria, la tía de Yago, piensa iniciar el proceso para impugnar el testamento de Cruz. Debo anticiparme, desde luego, así que no hay tiempo que perder.
Pero hay formalidades legales que resolver, supongo dijo ella con voz débil
Ya se arreglaron hace semanas. Tienes muy poca memoria. Camila reprimió un gemido. Marizza no le dijo hasta dónde habían llegado las cosas. Ahora lo comprendía. Lo único que podía hacer era escapar de allí lo antes posible. La necesidad de recobrar la carta de Marizza ya no podía detenerla.
Se obligó a pensar con calma. Debía hacerle creer a Benjamin que estaba resignada a su destino.
Ojalá me lo hubieras advertido antes dijo, fingiendo malhumor. Todavía debo comprar algunas cosas.
No es problema. Gastón te llevará a Clermont-Ferrand mañana. Camila entornó los párpados para ocultar la expresión de triunfo de sus ojos.
Gracias repuso con humildad. Aquello significaba que tendría que abandonar la mayor parte de su equipaje y llevar sólo lo indispensable, pero valía la pena. Una vez en Clermont-Ferrand, sin duda le sería fácil engañar a Gastón y buscar la forma de regresar a París.
Le deseó buenas noches a Benjamin con voz apagada y subió la escalera. Cuando llegó al primer piso vaciló, dirigiendo una mirada hacia las habitaciones de sólidas puertas. Allí estaba el cuarto de él, donde sin duda guardaría la carta de Marizza. El sentido común le decía que ya no le debía nada a su prima, pero no podía pensar lo mismo con respecto a sus tíos. Ahorrarles penas era lo único a considerar. Comprendía que, si huía después de aceptar representar aquella comedia, haría las cosas más difíciles para su prima. Benjamin Levallier se pondría furioso cuando supiera la verdad y su reacción podría ser rápida y muy desagradable para todos. Pero si lograba apoderarse de la carta de Marizza, le arrebataría su arma más poderosa.
Miró temerosa hacia atrás, como si esperase que él la hubiera seguido aunque no había dejado entrever que quisiera retirarse temprano. Cuando estaba a punto de marcharse, Camila le había visto acercarse al aparador y tomar una botella de whisky y un vaso, como si pensara quedarse bebiendo. Era la oportunidad. ¡Ahora o nunca!
Sintiéndose ridícula, se quitó los zapatos y, con ellos en la mano, avanzó. Dio vuelta al picaporte de la puerta, rogando que no estuviera cerrada con llave, y sintió gran alividio cuando cedió bajo su presión. Se deslizó hacia dentro y miró a su alrededor.
La habitación no era tan grande como había imaginado, o tal vez le pareciese más pequeña debida al enorme tamaño de la cama. Era inmensa, con cuatro postes y un dosel de cortinas rojas y doradas recogidas con cuidado. Camila la miró, intranquila, preguntándose cuántas generaciones pasadas habrían nacido o muerto allí. El pensamiento era inquietante y Camila lo apartó de su mente.
En general era un cuarto muy masculino. Los oscuros y sencillos muebles estaban arrimados contra la pared; un aroma de cigarrillos flotaba en el aire y los pantalones y la chaqueta de montar que él había usado por la mañana estaban en una silla. Camila, con una mirada de desaprobación, se preguntó si debía atreverse a colgarlos en el ropero, pero no se decidió. El mueble que parecía ser más propicio para guardar lo que buscaba era una cómoda con muchos cajones. Sólo encontró ropa... hasta que llegó al central superior. Si sólo contenía prendas de vestir, éstas debían ser muy valiosas, porque estaba cerrado con llave. Tiró con fuerza, pero se detuvo con un súbito escalofrío, sintiéndose vigilada.
Miró al espejo y encontró los ojos de Benjamin Levallier. Estaba apoyado con displicencia en el marco de la puerta, mirándola. A Camila, el corazón pareció subírsele a la garganta. Dejó caer los brazos y se dio la vuelta, pero no fue capaz de mirar a Benjamin.
Siento desilusionarte el no parecía sorprendido. Todos mis papeles personales están bajo la custodia de mi abogado en Clermont-Ferrand. Imagino lo que buscas: la carta de tu prima.
En un momento de incredulidad, ella creyó no haber escuchado bien, hasta que vio aquella irónica sonrisa en los labios masculinos.
¡Lo sabías! murmuró. Pero, ¿cómo?
Lo supe desde el principio. Investigué todo lo referente a Marizza, incluyendo su apariencia. Tú no puedes ser más distinta.
Y no has dado la menor señal...
Me divertía descubrir hasta dónde ibas a llegar con tu pequeña comedia y lo que deseabas conseguir con ello la miró con dureza. No debías haber cedido tan pronto esta noche, querida mía. Has despertado mis sospechas al instante.
Ella se llevó las manos a las ardientes mejillas.
Me iré enseguida murmuró. ¿Serás tan amable de permitir que Gastón me lleve a Clermont-Ferrand?
¿A esta hora de la noche? Todas las tiendas están cerradas.
¿Las tiendas?
No puedes haberlo olvidado. Nos casamos pasado mañana.
¡Estás loco! exclamó Camila, sin poder creer lo que oía.
Estoy en mis cabales. Nada ha cambiado. Necesito una esposa. Tu prima Marizza decidió no cumplir con sus obligaciones, de modo que te tomo a ti a cambio, Camila. Ése es tu nombre, ¿no?
¡No lo haré! ¡No estoy dispuesta a...!
Pues yo creo que sí la interrumpió él con calma. Mis averiguaciones acerca de tu prima, también me revelaron mucho de ti. Por ejemplo, sé que el padre de Marizza te considera más como una segunda hija que como una sobrina, ¿no es cierto?
Ella no contestó y Benjamin prosiguió tras una pausa:
Creo que si tú te ves envuelta en un escándalo público, tu tío sufrirá tanto como si se tratara de su propia hija. Seguro que no querrás poner en peligro su salud causándole esa pena.
Conmigo no puede haber ningún escándalo. Yo no te he hecho ninguna promesa, ni escrita, ni de ningún modo.
Hay varias clases de escándalos, querida mía repuso él. Puedo pensar algo que te haría desear casarte conmigo. Pero dejaremos eso por ahora... Lo que sí te aseguro es que, si no nos casamos pasado mañana como yo lo he dispuesto, arrastraré el nombre de tu familia por los periódicos y los tribunales ingleses. Tengo el hacha en la mano. Tus compatriotas adoran esas historias. ¿Cómo las llamáis? ¿Líos de muchacha enamorada?
Benjamin, por favor... los ojos de Camila se llenaron de lágrimas. Sería la muerte del tío Franco, el fin de sus esperanzas.
La respuesta está en tus manos, Camila. Haz lo que digo y conviértete en mi esposa, para que yo pueda obtener la custodia legal de Yago. Una vez cumplidas todas las disposiciones legales y cuando Maria no sea ya una amenaza, quizá podamos considerar alguna alternativa.
¿Me dejarás ir? su pálido rostro tenía una expresión suplicante. ¿Anularás el matrimonio en cuanto te sea posible?
Él la miró, conmovido por el temblor de aquellos labios y por las gruesas lágrimas que pugnaban por brotar. Su expresión se tornó triste e inclinó la cabeza.
Está bien. Un año de tu vida, o menos quizá, a cambio de la felicidad de un niño. ¿De acuerdo?
De acuerdo repuso ella con voz ahogada.
Todavía no podía creer lo que le había sucedido en tan breves momentos. «Un año», murmuró para sí; él había prometido que sólo sería por un año. Pero al mismo tiempo, comprendió que el curso de su vida había cambiado por completo. Un año es mucho tiempo, le advertía una voz interna. Podían suceder muchas cosas en ese tiempo, pero no pensaría en ello.
Avanzó unos pasos y sus pies descalzos tropezaron con la raída alfombra, tambaleándose. Benjamin la sujetó por un brazo, haciéndole recobrar el equilibrio y, por un breve instante, Camila se apoyó en él. En seguida, se apartó con brusquedad.
¡No me toques! a duras penas reconoció su propia voz.
Las facciones de Benjamin se contrajeron fugazmente, pero su voz sonó calmada cuando dijo:
Te sobreestimas. Créeme, si deseara tocarte, no me conformaría con el contacto furtivo que podría satisfacer a un muchacho de dieciséis años. Tal como están las cosas, sólo tengo el impulso de pegarte, y más vale que te vayas ahora antes de que ceda a la tentación.
Ella vaciló, el rostro rojo de ira y, recogiendo sus zapatos, se dirigió a la puerta con toda la dignidad de que fue capaz.
Su habitación la recibió como un santuario. Cerró rápidamente y se apoyó en la puerta, desfallecida. «¿Qué he hecho?», se dijo. «Dios mío, ¿qué he hecho?»
asiq benjamin sabia todo!y ahora van a casarse, madre mia q lios! ademas,camila no puede negar q se siente atraida por benjamin, y yo creo q benjamin por ella tb, pero esta muy dolido, y piensa q ademas ella lo rechaza por la cicatriz
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mari (no login)
Re: UNA EXTRAÑA EN EL CASTILLO CAPIS 2 Y 3
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August 19 2009, 1:53 PM
vaya parece q benjamin lo sabia todo
seguro q banjamin se siente atraido x ella
pero el cree q x su cicatriz ella no se fijaria
en el a ver q pasa cuando se case y el niño este
con ellos.me encanta siguela prontito.xao wapa.
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Current Topic - UNA EXTRAÑA EN EL CASTILLO CAPIS 2 Y 3