<< Previous Topic | Next Topic >>Volver al foro  

COMBO ERRORES Y MENTIRAS (1-3)

September 24 2009 at 7:58 PM
No score for this post

  (Acceso noelia_camila)

-
hola!!!perdon por no haber dado señales de vida...pero es que he empezado las practicas en una empresa y no me puedo conectar desde la heladeria en la que hay wifi...y los siguientes capis los pondre la semana que viene o la otra, de verdad que lo siento pero no puedo hacer otra cosa...intentare publicar lo antes posible, a ver si para mediados de octubre me ponene el internet y entonces publicaria casi todos lo dias, weno, despues de este mini testamento me despido hasta dentro de...no se...lo siento!!!xau!!!(esto lo voy a poner en todas las adaptaciones, asi que solo hace falta que lo leais en una de las adaptaciones...)

Capítulo 1
Camila se bajó con prisas del autobús, pisando un charco. Tanto el uniforme como el abrigo quedaron salpicados de barro. Con un suspiro, empezó a andar a toda prisa, pues llegaba tarde al trabajo.
Al cruzar una calle estrecha, un coche se abalanzó sobre ella. Sólo pudo oír el chirrido de los frenos antes de perder el equlibrio y caer de espaldas sobre el asfalto. Conmocionada, aunque ilesa, fue incapaz de ponerse en pie. Por escasos centímetros no había sido atropellada por un lujoso deportivo negro.
La puerta del coche se abrió. Lo primero que vio de su ocupante fue un par de impecables zapatos italianos.
-¿Por qué no mira por dónde va, estúpida?
Notó algo extrañamente familiar en la bien modulada voz que se dirigía a ella con tanto enfado. Levantó la vista poco a poco, fijándose en el elegante traje del conductor.
-¿Y bien? -continuó el hombre, inflexible-. ¿Es que no tiene nada que decir?
Camila, sin apenas fijarse ya en la corbata de seda roja y la chaqueta azul marino del hombre, lo miró directamente a la cara, entre impaciente y temerosa por confirmar sus sospechas.
-¿Es que el accidente la ha dejado muda?
Desde luego, tenía un grave problema en el habla, porque, con la sorpresa, la lengua se le había quedado pegada al paladar: tenía delante al impresionante, inolvidable e inconfundible Benjamín Rojas.
Ya en un tiempo le había parecido increíblemente atractivo, pero inaccesible, a no ser, pensó entonces, que se fuera tan guapa como él. Camila se había preguntado a menudo por qué los hombres guapos sólo se sentían atraídos por mujeres igual de hermosas que ellos.
Incluso en aquellos instantes, cuando se dirigía a ella preso de la furia, escrutándola con sus brillantes ojos azules y el rubio cabello revuelto por el viento, Camila sentía la tentación de pellizcarle para ver si era real. Benjamín se agachó para palparle las piernas en busca de alguna posible lesión.
-Supongo que te has dado cuenta de que estás en un charco -le dijo con una sonrisa brillante y llena de encanto, que ella ya conocía.
Bruscamente, Camila le apartó las manos para que dejara de palparla con tanta familiaridad. Benjamín no estaba acostumbrado a aquel tipo de reacción, y fruciendo el ceño, se levantó.
Ella se incorporó lentamente, aunque se sentía casi incapaz de sostenerse. Ni siquiera entonces Benjamín la reconoció y sintió una corriente de amargura.
-Po... podrías ha... haberme matado -le espetó-. Ibas muy... muy rápido.
-¡Santo cielo! -dijo Benjamín mirándola con más atención-. ¡Cami!
-Cami... Camila -dijo ella corrigiéndole, esforzándose por controlar el tartamudeo que la invadía en los momentos de nerviosismo.
Benjamín se quedo mirándola, fijándose en sus manos sucias, las medias torcidas y los rizos castaños que se escapaban del maltrecho moño.
-No has cambiado nada -dijo por fin.
Enrojeció hasta la raíz del pelo, incapaz de manifestar que, durante los tres últimos años, sí había cambiado, lo que resultaba obvio hasta para el observador más despistado.
-Tú... tú tampoco -se obligó a decir.
-¿Eres enfermera? -preguntó Benjamín señalando el cuello de su uniforme.
-¿Te importa? -dijo ella entre dientes, intentando controlar el tartamudeo con todas su fuerzas, con lo que normalmente sólo conseguía empeorarlo.
-Simple curiosidad. No esperaba encontrarme hoy con una Bordonaba -repuso Benjamín fríamente-. ¿Estás segura de que estás bien?
-Dudo que eso te importe -contestó Camila, utilizando la hostilidad que sentía hacia él como si fuera una especie de armadura.
-Creo que sólo te has hecho daño en tu orgullo y en tu trasero -dijo Benjamín irónicamente.
Camila se quedó sorprendida por el modo en que, segundos antes, Benjamín había pronunciado su apellido. Aunque hacía tres años que no lo veía, todavía conseguía ponerla nerviosa.
-Tengo que ir a trabajar -le dijo, con la mayor dignidad de que fue capaz-. Me... me alegro de haberte visto.
-¿Te alegras? -repuso Benjamín con una carcajada-. Casi te atropello. Deberías pensártelo mejor antes de tirarte bajo las ruedas.
-¡Yo no me he tirado! -exclamó Camila furiosa.
-Por suerte, tengo buenos reflejos -murmuró Benjamín, que parecía más interesado por su propia reacción que por el shock sufrido por Camila.
-Me voy. Tengo que trabajar -repitió Camila secamente.
Sin más palabras, empezó a andar calle abajo, plenamente consciente de que él la estaba mirando. Necesitaba darse un masaje en la parte de su anatomía que había resultado más dañada en el incidente, pero lo pospuso hasta llegar al elegante bloque de apartamentos situado unos metros más adelante y estar segura de que nadie la veía. Su abrigo estaba hecho un guiñapo y ella empapada de pies a cabeza.
-¿Qué te ha pasado? -exclamó al ver su desdichada apariencia una chica rubia, vestida con un uniforme similar al suyo, que salió a abrirle la puerta de unos de los apartamentos del piso de abajo.
-Me he caído, Sol -dijo Camila-, ¿No tendrás algo que me pueda poner?
-Lo siento... pero se supone que tienes que tener tu propio uniforme de repuesto -repuso su compañera con retintín.
-Este mes todavía no me puedo comprar otro. Lavo éste todas las noches.
-Tú sabrás lo que haces -dijo Sol con indiferencia mientras se repantingaba en un sofá y encendía el televisión con el mando a distancia.
-¿Ha llamado el señor Cranmore? -preguntó Camila mientras intentaba vanamente limpiarse el uniforme con unos pañuelos de papel. Ya sería el remate que su jefe decidiera hacer una inspección precisamente ese día.
-Tranquila -gruñó Sol-. Te preocupas demasiado.
-¿No tendríamos que empezar el trabajo?
-Pásale el aspirador a este cuarto. No hay otra cosa que hacer -dijo su compañera mientras se encendía un cigarrillo-. No entiendo para qué necesitan los servicios de una agencia de limpieza con una pareja tan limpia.
-¿No es mejor que no fumes aquí? -dijo Camila incómoda mientras sacaba el aspirador.
-Necesito un descansito.
Si Andrés Cranmore sorprendiera a cualquiera de sus empleados vagueando, eso supondría el despido inmediato. Sin embargo, tenía cierta debilidad por Sol, con la que, gracias a sus ojitos marrones y su sedoso pelo rubio, parecía tener algunas contemplaciones. Las otras chicas la odiaban y ninguna quería trabajar con ella, ya que nunca hacía su parte del trabajo y tampoco se le podían echar las culpas.
Camila había sido contratada por la agencia de limpieza Silent Sweep hacía sólo tres semanas, y necesitaba conservar ese trabajo desesperadamente. La agencia tenía un estricto código de conducta para sus empleados, y Camila había visto cómo su compañera se saltaba la mayor parte de las normas en un solo día. Había además una larga lista de cosas que hacer en cada sesión, y tenían que hacerse incluso aunque no pareciera que fueran necesarias, pues los clientes pagaban por un servicio eficaz, silencioso e invisible.
Benjamín Rojas. Mientras Camila trajinaba con el aspirador le vino a la cabeza su encuentro de aquella mañana. Se le apareció como un genio malo, provocó en su mente nostalgia por su hogar y una sucesión de recuerdos dolorosos.
Podía hacer frente a la nostalgia. Después de todo, se dijo, tampoco había mucha justificación para el sentimentalismo: su madre había muerto y sus hermanos se habían casado, pero, además, recordó, por muy mal que le fueran las cosas, jamás podría volver a la casa de su padre.
Los recuerdos se hicieron aún más dolorosos. Benjamín había cometido una gran crueldad al decirle que estaba igual que entonces. Ella había sido siempre la vergüenza de su familia, la pobrecita hermana obesa de María. ¿Recordaría Benjamín su último encuentro con ella? Se estremeció ante la simple idea de que él lo hiciera. No, no lo recordaría. El whisky ingerido en un duelo familiar le había hecho más insensible que de costumbre a los sentimientos de los demás. Humillar a la hermanita de María no le habría supuesto ni el más mínimo cargo de conciencia. Había sido muy cruel con ella, tanto que a Camila aún le quedaban cicatrices.
Sol, con un bostezo, se dirigió al apartamento del tercer piso, el siguiente de la lista. Camila se dirigió directamente a la cocina, quedándose muda ante el umbral.
-¡Oh, no! -exclamó al ver el panorama ante ella.
Sol profirió un juramento al ver las pilas de platos sucios amontonados entre restos de comida descompuesta.
-La dueña ha hecho una fiesta y lo ha dejado todo sin recoger para que se lo limpiemos -dijo-. Bueno, pues ya se puede ir olvidando -dijo agresivamente.
-Teníamos previstas un par de horas extra, y ahora ya sabemos por qué -dijo Camila mientras abría la ventana para airear la cocina-. Yo empezaré aquí mismo y tú puedes encargarte del salón- sugirió.
Glynnis murmuró una grosería y salió. Camila trabajaba rápida y eficientemente, esperando que, por una vez, Sol hiciera su parte. Tenían que seguir la programación al detalle y acabar mientras los dueños no estaban en sus casas.
-¿Qué te parece?
Camila se volvió, y se quedó atónita al ver al Sol pavoneándose en un elegante traje de cóctel.
-No he podido resistirme... ¿Verdad que es maravilloso? Y ella nunca se dará cuenta. El dormitorio es un caos, esto estaba tirado en el suelo...
-¡Por Dios santo, quítatelo y déjalo donde estaba! -exclamó Camila horrorizada.
-¡No te pongas así! -gruñó a Camila-. Ya he arreglado el salón, y puedo acabar aquí si quieres. Odio hacer los baños.
-Quítatelo -repitió Camila.
Sol le dirigió una mirada asesina.
-De acuerdo, de acuerdo... La verdad es que no es muy divertido trabajar contigo.
Camila acababa de entrar en el baño cuando oyó abrirse la puerta de la calle y las voces de dos personas, hombre y mujer, que entraban. Dio un salto, preguntándose frenética si Sol habría tenido tiempo de cambiarse. Una mujer morena asomó la cabeza por la puerta.
-¿Han terminado?
-Me temo que no. ¿Quiere que lo dejemos? -respondió Camila, sin mencionar que ellas habían sido contratadas por un período de tiempo específico, y que ya llevaban trabajando media hora más de lo estipulado.
-¿Cuánto tiempo tardarán en terminar?
-Unos veinte minutos...
-Supongo que será mejor que se queden, de otro modo no estará terminado, y yo he pagado para eso -dijo la mujer.
-¿Con quién estás hablando? -intervino una voz familiar.
Consternada, Camila vio aparecer a Rojas en el umbral.
-¿Qué... qué haces tú... aquí? -preguntó sin poder creer que se hubieran dado dos coincidencias tales el mismo día.
Rojas la miró fijamente.
-Iba a recoger a Brenda cuando casi te atropello. ¿Qué estás haciendo en este cuarto de baño?
-¡Se supone que tiene que limpiarlo! -intervino la mujer morena, cortante- No irás a decirme que la conoces...
-¿Trabajas de asistenta? -Benjamín no podía disimular su asombro.
Brenda puso un brazo alrededor del de él.
-Vamos, cariño... cuanto antes acabe, antes se irá -le dijo suavemente, a la vez que le dirigía a Camila una mirada asesina.
Camila se sintió profundamente humillada. No se avergonzaba de su trabajo. El horario le convenía y el salario era razonable. Hacía tres años no hubiera podido imaginar que tendría que limpiar casas ajenas para sobrevivir, pero muchas cosas habían cambiado en ese periodo. Aunque no sentía tampoco falso orgullo por su trabajo, se sentía agradecida por tenerlo.... hasta que Benjamín Rojas la miró, haciéndola sentir como si fuera lo peor de lo peor.
-Esto ya está -susurró Sol desde el pasillo-. Voy a acabar con la cocina. Cuando tires las flores de la entrada, nos vamos.
Camila estaba recogiendo los pétalos que habían caído en la alfombra cuando oyó a Benjamín. La puerta del salón no estaba cerrada y él tenía una voz profunda y bien modulada que hacía que cada palabra fuera nítida como el cristal.
-Cuando les llamo nuevos ricos, quiero decir exactamente eso. Los Bordonaba vivían entre bonsais y cosas por el estilo. Boy Bordonaba es uno de los hombres más vulgares que he conocido...
Camila se estremeció, tenía la cara tan tensa que le dolían los músculos, y le zumbaban los oídos.
-Y la madre era aún peor -continuó Benjamín suavemente-. Mora fue incapaz de ponerse a la altura de las aspiraciones de su familia, bebía mucho, y cometía las peores meteduras de pata que te puedas imaginar. Cuando todo aquello fue demasiado para ella, se escapó con un viajante que resultó ser un bígamo. Bordonaba pensaba que esa era la historia más divertida que había oído en su vida, y noche tras noche, se dedicaba a contarla una y...
-¿Qué estás haciendo? -dijo Sol a sus espaldas cuando la vio allí quieta.
Camila sostenía el jarrón en las manos. Benjamín estaba tranquilamente sentado en el sofá. Levantando el jarrón, se lo lanzó con flores y todo directamente a la cabeza.
Brenda gritó como si creyera que había intentado apuñalarle. El jarrón contenía una cantidad abundante de agua, y un diluvio cayó sobre la víctima de la ira de Camila.
Benjamín se levantó, sacudiéndose las flores del traje.
-¡E... e... eres u... u...n cerdo! -gritó Camila.
Benjamín se la quedó mirando fría y amenazadoramente mientras intentaba enjuagarse el agua del pelo y de la chaqueta.
-¡E...e... eres un cerdo! -repitió enardecida.
-¡Está loca! -gritó la morena.
-No, enfadada -murmuró Benjamín secamente.
-¡Haré que la despidan por esto! -exclamó Brenda, marcando frenéticamente el número de la agencia. Sol entró con una toalla, disculpándose profusamente.
Camila permaneció erguida, parpadeando asombrada. Dentro de su cabeza resonaban las palabras de Benjamín ridiculizando a su pobre madre, y haciendo que su triste historia pareciera una anécdota. ¡Era un cretino y un esnob! Como nieto de un conde, había nacido y le habían criado entre algodones, en un mundo de riquezas y privilegios heredados. Arrogante y aristocrático, no podía ni imaginar lo que significaba intentar ser aceptado en un medio social más elevado.
-Su jefe quiere decirle algo -Brenda le pasó el teléfono como si fuera un verdugo que le pusiera la soga al cuello.
Vacilante, Camila se adelantó. Andrés Cranmore estaba absolutamente furioso en el otro extremo de la línea: de forma clara y contundente la despidió. Con la cara completamente blanca, sin mirar a nadie, se volvió y salió de la habitación, buscando el bolso y el abrigo.
Sol le agarró por el brazo, completamente fascinada.
-¿Qué le has hecho? ¿No sabes quién es?
Poniéndose el abrigo, Camila permaneció en silencio.
-Es ese entrenador de caballos tan famoso. ¡Todas las mujeres están locas por él, por lo que dicen los periódicos, podría montar un harén! -dijo Sol presa de la excitación.
Benjamín pareció recuperarse enseguida, mostrándose perfectamente sereno. Si lo pensaba, Camila apenas podía creer lo que había hecho: probablemente nunca nadie lo había atacado con flores. Los maridos inquietos y los padres cuidadosos evitaban su compañía. Aunque la mayor parte de los hombres sentaban la cabeza a partir de los treinta, Benjamín no lo había hecho: los escándalos parecían perseguirle, y él reaccionaba con total tranquilidad e indiferencia a los rumores y reproches. Camila no creía haberle puesto en ningún apuro, y suponía que, después de una hora, él estaría burlándose de lo ocurrido.
Pero ella no podía tomárselo a broma. Acababa de echar por la borda su trabajo, que había sido su único reducto de seguridad. Había tenido que vender la última de las joyas de su madre tres meses antes. El dinero obtenido se había terminado y se estaba retrasando en el pago del alquiler cuando, después de mucho rogar a Andrés Cronmore, había obtenido el trabajo. La desesperación le había hecho olvidar el orgullo, y el trabajo le había dado esperanzas, lo consideraba el primer paso para su supervivencia.
Y ahora se había quedado sin el puesto y sin el salario de las tres semanas anteriores. La lealtad está bien cuando te la puedes permitir, pensó Camila amargamente, pero ella tenía que haber pensado que no podría afrontar el coste de haber arrojado el florero a la cabeza de Benjamín. La invadió la desolación. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Cómo iba a sobrevivir?
Estaba lloviendo a cántaros. Con la cabeza agachada, cruzó la acera y se echó a andar. Hundiendo las manos en los bolsillos, ni siquiera trató de evitar los charcos. De repente, un coche se paró a su lado.
-¡Entra! -dijo Benjamín de forma conminatoria- ¡Y quítate primero ese abrigo!
Camila se quedó mirando la inmaculada tapicería de cuero color crema.
-¿Qué... qué es lo que qui... quieres?
Benjamín le respondió con un gruñido de impaciencia. Las lágrimas se mezclaban en sus mejillas con las gotas de lluvia.
-Ve... vete. No pienso disculparme.
-Te estoy ofreciendo llevarte a casa.
-Eso es una tontería -murmuró-. ¿Po... por qué qui... qui.., quieres hacer eso?
-¿Podrías considerarlo un intento tardío de hacer las paces?
-No.
-¡Oh Camila! ¡Cómo he echado de menos tu deliciosa conversación! Pero si no entras, saldré y te obligaré a hacerlo. ¡Se me está mojando la tapicería!
-No... no quiero que me lleves. To... to... todo esto te parece muy divertido ¿ve... verdad?
-Me parece horrible -dijo Benjamín con un suspiro-. Seguro que si te estuvieras ahogando y vieras una rama delante de ti, la echarías a un lado y preferirías hundirte como una piedra.
Camila estaba a punto de quedarse sin respiración.
-Te... te odio.
-Y yo te quiero por eso, cariño. Eres única -se burló Benjamín- ¿Ves a ese policía?
Ella giró la cabeza y le vio venir hacia donde estaban.
-Eso, quédate ahí parada -le animó Benjamín-. Eso puede ser muy divertido, así parecerá o que me estás haciendo proposiciones o que ando a la busca de una chica para pasar el rato. La próxima vez que lo hagamos por lo menos péinate un poco, porque con esa pinta vas a arruinar mi reputación.
Atemorizada, Camila se metió en el coche y cerró la puerta.
-Procura no mojar el compact-disc.
Incómoda, ella se sentó con el pelo chorreando.
-¿Cómo está Mora? -preguntó Benjamín arrancando el coche.
Al oír eso, Camila se puso rígida, y se le quedó mirando con ojos brillantes llenos de pena y de rabia.
-Me gustaba tu madre -dijo Benjamín tras un instante.
-¡Me extraña que supieras que existía! -exclamó ella con los ojos ardiendo por las lágrimas contenidas. Permanecieron un momento en silencio, por fin, ella consiguió hablar de nuevo-. Ha muerto -concluyó sencilla, amargamente.
-¿Cuándo?
-El año pasado.
-¿Cómo ocurrió?
-Pulmonía -repuso, tras una pausa.
-Lo siento. Tienes que haberlo pasado mal. Estabais muy unidas -le dijo de forma tan sincera que la dejó asombrada.
Sin embargo, Camila casi no pudo evitar reírse al oírlo. ¿Habían estado unidas de verdad su madre y ella? Mora Bordonaba había abandonado a su marido y a su familia sin avisarles. Camila la había sorprendido en una ocasión tomando café en la cocina con Sergio Carruthers, pero eso no le había hecho sospechar nada. Su madre siempre se mostraba hospitalaria con los trabajadores y viajantes, de hecho, con cualquier persona humilde que entrara en la casa. Prefería agasajarles a ellos que reunirse con sus estirados vecinos. Nadie sospechó nada de Sergio hasta que fue demasiado tarde. Su madre había quemado sus naves al fugarse con él.
-¿Por qué no volviste a casa?
Camila se puso aún más pálida.
-No pude hacerlo -inmediatamente lamentó haber dicho aunque fuera sólo eso. Pero, se disculpó, había algo tan irreal en el hecho de estar hablando con Benjamín Rojas, era tan perturbador que él le prestara atención...
-¿Dónde vives?
Aún confusa, se lo dijo, y le pidió que la dejara en una parada de autobús, cosa que él simplemente ignoró. Con los ojos aún llenos de lágrimas, se le quedó mirando. Realmente era un hombre muy guapo, y aunque se sentía inmune a su atractivo físico, no pudo evitar mirarlo. Todos sus rasgos indicaban que había sido educado y criado de una forma esmerada ¿Qué podía saber él de los dramas que había tenido que afrontar su familia?
Camila se había criado mientras el matrimonio de sus padres se tambaleaba, sin poder hacer nada más que ofrecerle a su infeliz madre todas sus simpatías. Su padre había sido un modesto propietario de una hamburguesería hasta que ganó una fortuna en las quinielas. De la noche a la mañana, sus vidas cambiaron por completo, y no para mejor precisamente. Al principio, las ambiciones de su padre había sido razonables, modestas incluso. Había iniciado un negocio de catering, y al ver que prosperaba rápidamente, su ambición creció al ritmo de su cuenta corriente.
Con el fin de hacer ostentación de sus recién adquiridas riquezas, compró una mansión en Berkshire sin siquiera consultar a su madre. Al verse repentinamente separada de sus amigos y parientes, su madre se había sentido perdida. Lo peor era que Boy, un hombre dominante y de mucho genio, se había vuelto más y más agresivo a medida que sus riquezas e importancia crecían. Cuando sus nuevos vecinos se mostraron remisos a recibir a los Bordonaba en sus exclusivos círculos sociales, él echó la culpa de ese fracaso a Mora.
Cuando empezaron a tolerarles, que no a admitirles, la brecha entre sus padres era ya insuperable. Totalmente rechazada por su marido y sus dos hijos mayores, Mora había sido presa fácil para un hombre más joven con el pico de oro. En su afán de encontrar la felicidad con Sergio, su madre había cometido un terrible error de juicio. Sin embargo, Camila estaba convencida de que había sido empujada a ello por su padre.
-Pensaba que la mayor parte de esta zona iba a ser remodelada -musitó Benjamín-. Tienes a la brigada de demolición prácticamente a la puerta.
Estaban en una sucia calle, con estrechas casas adosadas, al lado de un gigantesco solar en construcción. Algunas de las casas estaban incluso apuntaladas.
-No es precisamente Buck House, ¿verdad? -dijo Camila irónicamente con voz afectada.
Benjamín aparcó el coche, evitando cuidadosamente la basura desperdigada fuera de un contenedor.
-¡Pero qué esnob estas hecha! -murmuró secamente-. Yo sólo estaba intentando entablar conversación.
Camila, que estaba intentando abrir la portezuela, le dirigió una mirada incrédula.
-No... no ha... hacías eso. Tú no puedes hacer nada sin intentar mostrarte superior a los demás.
Sin decir nada más, salió del coche y se puso a buscar las llaves en el bolso. Se dirigió a una de las casas del extremo de la calle y abrió la puerta.
-¿Es usted, señorita Bordonaba?
Tragando saliva, nada más entrar vio a su casera que le cerraba el paso a la escalera.
-Hoy llega pronto.
-Si me perdona, señora Malala...
-¿Qué pasa con el alquiler? ¿Ya tiene el dinero? -dijo la anciana secamente-. Porque si no lo tiene, tendrá que marcharse hoy mismo. ¡Déme la llave!
-Señora Malala, le aseguro que...
-Debí estar loca cuando la admití en mi casa... Una no puede fiarse de las promesas de las mujeres solas con niños pequeños -bufó la señora Malala-. Pero me dio lástima, y claro... Pero quiero mi dinero y...
-¿Cuánto dinero le debe la señorita Bordonaba? -intervino una voz fría y cortante.
La casera se volvió asombrada. Pálida como la tiza y muerta de vergüenza, Camila hundió la cabeza entre los hombros. Benjamín estaba en la puerta, perfectamente tranquilo, sacando la cartera del bolsillo de su chaqueta.
-Tres semanas, me debe tres semanas -repuso la señora Malala dramáticamante, señalando el importe.
Antes de que Camila pudiera decir nada, él entregó a la casera un puñado de billetes.
-¡No puede aceptar su dinero! -protestó.
-¡Claro que puedo! No me importa quien pague mientras pague -repuso la anciana, sonriendo a Benjamín-. Y no olvide que se tiene que marchar antes del sábado. Ya he alquilado una furgoneta para la mudanza.
Camila se sentía tan turbada mientras la casera se retiraba a su piso de la planta baja, que apenas pudo mirar a Benjamín.
-Te lo devolveré -le prometió-. Ta... tan pronto como pueda -admitió.
-No te des prisa.
Se sentía fatal debiéndole un favor. Pero no había tenido más remedio que aceptar su caridad. La señora Malala no le perdonaría el dinero, y ella tampoco estaba en condiciones de devolvérselo a Benjamín. Por otra parte, su intervención había evitado que la echaran a la calle. Le costó un esfuerzo enorme superar el sentimiento de humillación. Levantando la cabeza, por un momento se enfrentó a los ojos azules que la escrutaban impenetrables.
-Gracias -se obligó a sí misma a decir-. A lo mejor nos vemos de nuevo -concluyó violenta.
Sin esperar respuesta, corrió escaleras arriba y abrió la puerta de su habitación aliviada. No podría haber resistido un segundo más en su compañía.
-¿Qué haces aquí tan pronto? -le preguntó Karen, la canguro, levantándose del sillón con el ceño fruncido.
-Es una larga historia.
Se arrodilló y Mía corrió a sus brazos.
-¡Maldita sea! -exclamó a su espalda una voz.
Cami se volvió como si le hubiera picado una serpiente. No se había dado cuenta de que Benjamín la había seguido escaleras arriba, tan silencioso como un felino siguiendo a su presa. Mientras Mía la besaba encantada, permaneció paralizada, totalmente consciente de la penetrante mirada del asombrado Benjamín.



Capítulo 2

SE PRODUJO un silencio terrible. Karen se quedó fascinada, como les ocurría a casi todas las mujeres cuando veían a Benjamín. Quizá incluso lo hubiera reconocido, ya que aparecía con frecuencia en las revistas y páginas de cotilleos de los periódicos.
-Te veré luego, Karen -dijo Camila precipitadamente.
Mientras la chica se iba con evidente desgana, Benjamín inspeccionó cada rincón de la abarrotada habitación, desde los destartalados muebles a los manoseados juguetes. Con una gracia de movimientos que era sin duda heredada, se volvió para quedar frente a Camila.
-Supongo que tenía que estar preparado para esto -dijo con una mueca-. Pero no lo estoy. Sigo pensando en ti como una chiquilla.
-Ya casi tengo ventiún años.
Mientras hablaba, Mía se revolvió y ella la volvió a dejar en el suelo. Rezaba para que Benjamín se fuera, y no podía imaginar qué era lo que le había llevado a seguirla.
-Toda una mujer experimentada -musitó Benjamín con sarcasmo.
Ella se sonrojó violentamente. ¿Sería que él dividía a todas las mujeres en dos grupos, aquéllas con las que se acostaba sin problemas y aquéllas con las que creía que no debería hacerlo? La idea la puso enferma, pero también despertó los recuerdos de su último encuentro con él. Desesperadamente, reprimió esos pensamientos.
Benjamín había usado y abusado de las mujeres, pensó con disgusto. En un tiempo había pensado que su hermana María era demasiado calculadora como para ser herida por ningún hombre. Sin embargo, se había enamorado de Benjamín, y tras un breve flirteo, él la había abandonado sin el más mínimo remordimiento, humillándola y empujándola a un matrimonio sin amor. Su confiada hermana sólo había merecido unas líneas en la columna de cotilleos, había sido una muesca más en la cama del seductor, y por una vez, Camila había sentido pena por María.
-Así que es por esto por lo que no puedes volver a casa.
Inesperadamente, Benjamín se acuclilló al lado de Mía y se quedó mirando el conejito rosa que ésta le tendía.
-Ez mi conejito -le dijo la pequeña dándose importancia.
-Me guztan loz conejitoz -contestó Benjamín sonriéndole de una forma absolutamente encantadora, olvidando por un momento su cinismo habitual. Acarició los rizos de la niña y se incorporó de nuevo.
Asombrada por esa insólita muestra de humanidad, Camila se dejó llevar y se quedó mirándole boquiabierta. De repente le parecía que le faltaba aire.
-Probablemente es una pregunta tonta -dijo Benjamín tras un suspiro-, pero, ¿cómo demonios te metiste en este lío?
Él había deducido que Mía era su hija. Pero todo el mundo pensaba lo mismo. Dadas las circustancia, era una deducción lógica, y ella no veía posible decirle la verdad. Mía era su hermanastra, el último resultado del desgraciado «matrimonio» de su madre con Sergio Carruthers.
-Creo que es mejor que te vayas -le dijo.
-Tienes razón. Debería irme y pensar que nunca me bajé del coche -murmuró Benjamín ásperamente-. Pero tengo la sospecha de que no me voy a olvidar fácilmente de esto. Creo que estás en la bancarrota, y sin empleo además...
-¿Y... y... y de quién es la culpa? -le interrumpió.
-Si digo algo que no esté fundamentado en los hechos, puedes interrumpirme y corregirme -contestó él tras una pausa.
Su ofrecimiento la sumió en la confusión. ¡Dios santo! ¡Cómo odiaba a ese hombre! Pero lo cierto era que no había dicho ninguna falsedad. Las cosas eran tal y como las había contado. Los Bordonaba se habían comportado como nuevos ricos. Su padre había dedicado su fortuna a cosas absolutamente vulgares que él creía que necesitaban para impresionar a sus vecinos y ganarse su respeto. Pero lo único que había conseguido era sus burlas.
-He oído que tienes que marcharte de aquí -continuó Benjamín-. ¿Tienes ya un sitio donde ir?
-No -admitió sin reservas. Él sabía tan bien como ella que no tenía forma de encontrar otro lugar sin adelantar una suma de dinero.
Londres era una lugar terrible y amenazador para vivir sin amigos. Los que había hecho habían ido alejándose después de que se viera obligada a dejar el curso que estaba haciendo para ser profesora, ya que tuvo que afrontar el cuidado de su hermanita. De un gigantesco salto, Camila había pasado de ser una despreocupada adolescente a tener que hacerse cargo de las responsabilidades de un adulto. Parecía haber crecido diez años en los últimos seis meses.
Benjamín profirió un juramento.
-¿Y qué piensas hacer este fin de semana? -le espetó ásperamente- ¿Dormir en la calle?
-Ya nos las arreglaremos -murmuró.
-¿De la misma forma que lo has hecho hasta ahora? -dijo cruelmente-. ¿Le has pedido ayuda a tu padre?
-Hace tres años que no hablo con él -confesó insegura-. Se puso furioso cuando me vine a vivir con mi madre. No sabe nada de Mía, aunque daría igual si lo supiera. Para él lo único que cuenta es que le traicioné cuando me vine con mamá...
-¿Y tus hermanos? -le interrumpió Benjamín- . ¿No podría alguno de ellos...?
Camila sonrió ante lo insólito de la idea de que Iván o María salieran en su defensa o le dieran dinero. Iván vivía en California con su mujer y sus hijos y, como María, se había quedado estupefacto por lo que había hecho su madre. Ninguno había sido capaz de perdonarla. Incluso cuando su madría yacía en la unidad de cuidados intensivos, y su vida pendía de un hilo, María se había negado a ir a Londres, a pesar de la insistencia de Camila.
Nunca había tenido la oportunidad de hablarles a sus hermanos de Mía, y en el caso de que lo hubiera hecho, tal revelación sólo habría provocado horror y digusto en ellos. Mía era la hija que Mora había tenido en un matrimonio ilegal con otro hombre, y su historia había hecho correr ríos de tinta cuando Sergio fue arrestado. Además, Mora no había sido la única estafada, ya que había otras dos esposas de las que el viajante no se había divorciado.
-En cualquier caso, nunca me he llevado bien con mi padre -señaló Camila, deseando dar por finalizado el tema sin tener que mentir.
-¿Quién podría hacerlo? -dijo Benjamín cínicamente-. Vendería a su abuela con tal de sacar dinero.
Mientras lo decía, su mirada se tornó fría y llena de furia. Camila se sorprendió por su vehemencia ¿Qué le había hecho su padre para despertar de tal modo su ira? Antes de que pudiera preguntarle nada, él se levantó la manga y echó un vistazo al reloj.
-Tengo una reunión de negocios dentro de una hora.
-Te enviaré el dinero -repitió ella.
-Olvídalo -repuso él tranquilamente-. Considéralo una pequeña compensación por la pérdida de tu empleo.
-No... no quiero tu limosna -dijo ella, sintiendo cómo se ponía colorada.
-Te lo doy para descargar mi conciencia -dijo él con un brillo en la mirada-. Te lo debo, y ahora necesitas una ayuda -concluyó con una mueca, como preguntándose cuál sería el mejor modo de poner fin a la situación.
-¡No... no necesito tu ayuda! ¡No quiero tu podrido dinero! -estalló Camila.
-Me parece que tendrás que aguantarte -dijo Benjamín de forma terminante-. Si no es una pregunta indiscreta, ¿dónde está el padre de Mía?
-¡Entre rejas! -repuso Camila con fiereza.
-¿En la cárcel? -exclamó Benjamín, repentinamente interesado. Benjamín, el hombre impasible, parecía auténticamente sorprendido. Por un momento cerró los ojos; Camila se fijó en sus largas y hermosas pestañas, herencia, junto con su piel morena, de su padre español-. Desde luego, cuando te lanzaste lo hiciste de lleno -le espetó por fin.
Camila apenas pudo dar crédito a lo que estaba oyendo, pero, recordó, ése era el auténtico Benjamín, tan poco convencional. Se enorgullecía de decir exactamente lo que pensaba, de forma tan sincera que a menudo confundía a los que tenía alrededor. No tenía tiempo para andarse con disimulos. Su fiera energía contenía un punto de impaciencia, como si el puro desasosiego corriera por sus venas.
-Quiero que te vayas -dijo.
Benjamín se la quedó mirando impávido. Camila estaba al límite de su resistencia y él lo sabía, y ella le odiaba por eso.
-Así que sólo te quedan dos opciones: ir a tu casa y suplicar, o pedir ayuda a los servicios sociales -dijo-. No vas a conseguir salir de ésta tú sola.
-¿Te quieres largar de una vez? -gritó casi Camila abriendo la puerta con violencia. Estaba temblando.
Por un instante, Benjamín se calló y se quedó mirando sus ojos marrones, y, por primera vez, ella sintió que conectaba con él. Sintió que se quedaba sin respiración, mientras una especie de corriente le recorría de pies a cabeza.
Benjamín adelantó la mano y le acarició el labio; su roce le pareció de fuego sobre su piel palpitante.
-Eres muy vehemente, realmente sensible. Y eso te hace vulnerable. Lo vas a pasar mal, lo sabes, ¿verdad?
Electrizada por sus palabras y su caricia, se apartó bruscamente, nerviosa y confusa por las sensaciones que se agolpaban en su interior. La compasión que percibió en sus palabras tuvo el efecto de un ácido sobre su piel.
-¡Ve... vete! -gritó.
Cuando Benjamín se fue, la habitación entera pareció desolada. Camila parpadeó, temblando de pies a cabeza. Ya antes él la había hecho sentirse de aquel modo: atrapada, hipnotizada, perdida. Parecía incluso que dejara de existir cuando él estaba tan cerca. Pero esta vez, al menos, él no había perdido los estribos.
Aunque muy pocos lo percibieran, lo cierto era que bajo aquella impecable fachada y tras la cínica sonrisa, latía un genio impredecible. Sólo una vez había sufrido Camila sus consecuencias, ya que, sin querer, había traspasado un limite invisible. Pero, por supuesto, él no se acordaba de ese incidente, ¿por qué habría de hacerlo? Ella era sólo la pequeña Camila, una más de esos indeseables Bordonaba. ¿Por qué iba a recordar el modo tan cruel en que la humilló?
Apenas podía creer que ese incidente de su pasado aún pudiera conmoverla tan profundamente. Sólo una vez él se había acercado a ella con un propósito inequívocamente sexual, cuando apenas tenía diecisiete años, y era una ingenua e inexperta adolescente. Se trató solamente de un momento, pero Camila nunca olvidó cómo él había asumido que ella aceptaría sus proposiciones del mismo modo en que lo habían hecho tantas mujeres.
Tampoco había podido olvidar su fiera reacción. Avergonzada y confusa por lo que él le había hecho sentir, se vio obligada además a soportar sus insultos.
-¡Si no tienes cuidado, acabarás siendo una furcia como tu hermana! Aunque te pareciera que me gustabas, aún mantengo un nivel -remató Benjamín.
Su brutalidad no se vio satisfecha con ese cruel insulto a María. Con una desvergüenza total, Benjamín le dijo exactamente lo que pensaba de ella y lo que ocurriría si continuaba comportándose de la forma promiscua que él, tan ridículamente, se había imaginado. Más que otra cosa, a Camila le atormentaba el modo en que él, un libertino, le lanzaba reproches morales.
No soportaba que, aunque sólo hubiera sido por un momento, él pensara que ella lo deseaba, que era otra vampiresa haciendo todo lo posible por conseguirle. Sólo con recordarlo se ponía enferma. Aunque no podía negar que, desde el punto de vista físico, Benjamín le parecía muy atractivo, nunca le había podido soportar. Como ser humano casi le despreciaba.
Sin embargo, él la había besado de forma salvaje, y ella, entre incrédula y horrorizada, había respondido a ese beso. Aquella traición a sí misma la repugnaba, y la condena explícita de Benjamín la había sumido, además, en una angustia casi mortal.


-¿Qué vas a hacer entonces? -gimió Karen al despedirse-. No te imaginas lo preocupada que estoy.
-No tengo más remedio que pedir ayuda a los servicios sociales -suspiró Camila-. Seguramente se harán cargo de Mía.
-¡Bobadas! -dijo Karen-. Estaréis juntas.
-Yo no tengo ningún derecho, Karen -le recordó Camila dolorosamente-. Y si le preguntan a Sergio lo que le parece mejor, seguro que da permiso para que la adopten. Nunca quiso a la niña.
-¿Y qué tiene esto que ver con él? -gruño Karen.
-Es su padre, y el único que tiene derecho sobre su custodia...
-Es una niña preciosa, pero no veo por qué tienes que llevar esta carga siendo tan joven -dijo Karen bruscamente-. Lo que quiero decir es que no es responsabilidad tuya a fin de cuentas. Y por otro lado, ¿qué es lo que puedes tú hacer por ella?
-¡Karen! -Camila estaba sobrecogida ante el razonamiento de su amiga.
-Escucha, no es fácil admitirlo, lo sé, pero la adopción es la solución más razonable, así la niña tendrá una casa y una familia. Tienes que ser práctica Camila -dijo Karen atropelladamente-. Yo no puedo conseguir un trabajo, así que me vuelvo a Liverpool. ¿Cómo te las vas a arreglar con una chiquilla?
-¡Otros lo hacen!
-¡Porque no les queda otro remedio! Pero tu caso es diferente. Mía merece otra cosa -añadió-. Tenías que enfrentarte a los hechos tarde o temprano. Incluso aunque consigas otro trabajo, no podrás cuidarla adecuadamente, apenas tendrás para sobrevivir.
Camila sintió un gran alivio cuando llegó el taxi. Le gustara o no, su amiga le había hecho pensar en determinadas cosas. Karen había cuidado de la niña a cambio sólo de la manutención, y habían acordado que sería de forma temporal. Era sólo cuestión de tiempo el que tuviera que encontrar otra canguro, y con su salario no hubiera podido pagarle... a menos que se hubiera quedado sin comer.
Karen también le había dicho algo en lo que hasta entonces se había negado a reflexionar ¿Se estaba comportando de modo egoísta al querer retener a Mía a su lado? La niña no tenía las ropas necesarias, casi ni juguetes, y carecía de la educación adecuada. Todo eso costaba dinero, y ella no lo tenía. Pero lo peor de todo era ser consciente de su incapacidad para proporcionar cierta seguridad a su hermana. Ni siquiera sabía dónde iban a dormir. ¿Qué clase de vida era esa para Mía?
Camila también se sentía atemorizada ante la perspectiva de tener que acudir a los servicios sociales, ya que no era la tutora legal de Mía. Las autoridades no tenían más pruebas de la existencia de su hermanita que la mera inscripción de la niña en el registro. Cuando Mora aún vivía, se habían mudado tres veces de apartamento, siempre a otro más pequeño, más barato. Por otra parte, su madre siempre se había negado a reclamar la ayuda que le correspondía por la niña. Eso y todos los traslados habían evitado que se vieran perturbadas por las autoridades.
Pero ahora, ¿qué ocurriría si se veía obligada a pedirles ayuda? ¿Perdería a Mía? Ese temor le había llevado incluso a no declarar de la forma legalmente adecuada su verdadera relación con la niña. Además, le preguntarían sin duda a Sergio lo que quería que hicieran con la niña, y él, que ya se había puesto furioso cuando su madre se quedó embarazada, seguramente daría permiso para que la adoptaran.
Camila no se podía imaginar que llegaría a querer a un hijo propio tanto como quería a Mía. Mora nunca pudo superar lo que Sergio le había hecho. Y había sido el embarazo lo que había acabado con Mora, no tanto por haber concebido un niño a los cuarenta y cinco años como por la vergüenza por lo que había ocurrido antes: el abandono de Sergio cuando vio que su mujer no tenía más dinero; el arresto, la publicidad dada al caso, el terrible sentimiento de humillación que Mora había tenido que soportar.
Camila esperaba que su madre se recuperara después del parto, pero no ocurrió así, sino que se hundió más aún en la depresión. Mora incluso perdió todo interés por mantener un aspecto presentable y por su salud, y en cuanto al cuidado de su hija, hizo lo mínimo imprescindible. Como su madre se negara a avisar a un médico, Camila intervino y lo llamó ella misma; como resultado, Mora organizó una escena terrible e incluso la amenazó con echarla de casa si se le ocurría algo parecido.
De forma irremediable, los problemas de salud de su madre empeoraron gravemente: lo que empezó siendo una fuerte gripe, degeneró en una pulmonía. Aunque la llevaron al hospital, fue demasiado tarde.
Mora no puso nada de su parte para intentar recuperarse, simplemente se dejó llevar. Poco antes de que muriera estaban a punto de trasladarse de nuevo, y tras el funeral, Camila realizó la mudanza prevista. Sólo el médico le había preguntado por Mía, y Camila le mintió: le dijo que llevaría a la niña con sus parientes, y al no saber nada de las circunstancias familiares de Mora, él no hizo más preguntas.


A las ocho y media de la mañana siguiente, llamaron enérgicamente a la puerta. Cuando abrió, Camila se quedó estupefacta al toparse con Benjamín Rojas. Aprovechándose de su sorpresa, él empujó la puerta y se plantó en la habitación.
-¿Has desayunado?
-¿Desayunado? -repitió ella.
-Quería encontrarte en casa, por eso he venido tan temprano -continuó, mientras se agachaba para responder al saludo de Mía-. ¡Pero qué niña tan cariñosa! ¿Verdad? ¿Ya has encontrado una canguro para ella?
-No -totalmente estupefacta, Camila vio cómo la niña se abalanzaba sobre él. Los hombres eran una cosa rara en su pequeño mundo, y Benjamín estaba siendo objeto de su total atención.
-Agarra a Rozi -le pidió con su media lengua.
-Un minuto, bonita -le dijo él incorporándose. Sacó un teléfono móvil que llevaba a la cintura, y tras marcar un número, pidió un taxi a la dirección de Camila.
-¿Pa... para qué quieres un taxi? -preguntó.
Benjamín levantó a Mía y la sostuvo en brazos.
-No hay sitio en mi coche para la niña -repuso.
-Pero si no vamos a ninguna parte -objetó Camila cruzándose de brazos.
-Os invito a desayunar. ¿La niña necesitará un biberón o algo así? -preguntó, mirando a Mía dubitativamente.
-Ya tiene casi dos años y medio -contestó Camila secamente.
Benjamín se encogió de hombros despreocupadamente.
-No sé absolutamente nada de críos -dijo tranquilamente.
Camila se dijo que la única explicación para su conducta era que pensara que necesitaban una buena comida; enrojeció de ira.
-Escucha, no vamos a ninguna parte, no necesitamos desayunar...
-Estás tan flaca que parece que estés anoréxica. No lo estarás, ¿verdad? -preguntó repentinamente preocupado.
-Por... por supuesto que no -dijo ella vencida.
Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
-No soporto a las anoréxicas. Me encanta comer.
Desde luego, nadie lo diría viendo su esbelto y bien cuidado cuerpo. No parecía tener ni un gramo de grasa superflua. A su pesar, Camila no puedo evitar quedarse mirándolo: llevaba unos pantalones vaqueros negros que realzaban sus piernas, y un jersey ajustado que permitía apreciar su musculoso torso y un estómago tan liso como una tabla.
A requerimiento de Mía, Benjamín se agachó a por el conejito de peluche, recibiendo a cambio una sonrisa de la encantada niña. Camila apenas daba crédito a sus ojos: no había el menor indicio de impaciencia en su rostro.
-Tengo una oferta de trabajo para ti -dijo Benjamín como de pasada.
Camila se puso inmediatamente tensa, como un perro olfateando una presa.
-¿Dónde? ¿Para qué? -preguntó.
-Hablaremos mejor con el estómago lleno. No te pongas nerviosa -dijo-. No es en Londres, y puede que no te convenga.
Así que para eso había ido. La conciencia le remordía y había querido hacer algo por ella. Se resistió: quizá se pasaba de testaruda, pero él era el último hombre a quien quería deberle un favor, su orgullo la llevaba a rechazar la oferta.
Pero, ¿podría el orgullo ayudar a Mía? ¿Y por qué se sentía tan excitada? Quizá no consiguiera el trabajo, y, de lograrlo, ¿dónde iban a vivir?, ¿qué pasaría con Mía?
En el taxi, Mía se sentó muy quietecita al lado de Benjamín.
-No..., no quero con Cami -dijo de repente.
-¿Cami? -Benjamín se quedó mirando a Camila decepcionado-. No es Cami, es mami -le dijo a Mía con firmeza-. Mamá, a ver, dilo.
Mía obedeció.
-¿Qué diantres estás haciendo? -le espetó Camila furiosa.
-No me gustan nada las mujeres que no dejan que sus hijos les llamen mamá.
-No es asunto tuyo -estalló Camila- ¿Cómo te atreves a entrometerte?
-Sé muy bien lo que hago -dijo él implacable-. Tiene que saber quién eres.
Camila se mordió la lengua. Estaba muy enfadada, ¿pero qué importaba? Después de ese día, era poco probable que volvieran a verse, y Mía pronto le olvidaría. Ya que no podía decirle la verdad, se mantendría en silencio.
Benjamín los llevó a un hotel muy bonito, donde el encargado los trató de la forma más amable que se podía imaginar. Tras acomodar a Mía, Camila no pudo disimular su impaciencia.
-¿Qué hay del trabajo? -le recordó.
-Podrás vivir en la casa, se admiten niños. Es una mansión muy grande -le informó, recostado en la silla y mirándola atentamente con sus ojos claros-. Sólo vive en ella una persona, que de vez en cuando recibe invitados.
Camila frunció el ceño, no era lo que ella había esperado.
-¿Es una mansión privada?
El asintió con la cabeza.
-¿Dónde está?
-Cerca de la casa de tu familia.
Camila se agitó sorprendida: aquello tampoco se lo esperaba.
-¿Cómo de cerca? -insistió.
-A unos siete kilómetros de Southfork.
Camila asintió. Aunque su padre había llamado a su propiedad Las Torres, lo que no se ajustaba demasiado a las características de la casa, los vecinos habían mantenido el nombre tradicional de la zona.
-¿En qué consiste el trabajo? -le apremió, intentando no pensar en lo que supondría trabajar tan cerca de su antiguo hogar.
Benjamín estaba ocupado con una ración enorme de pescado con salsa. Mientras acababa, Camila estuvo a punto de ponerse a gritar, estaba enteramente en sus manos. Por fin, él dejó a un lado los cubiertos y bebió un sorbo de café antes de responder.
-Cocinar..., vigilar el trabajo de la casa. La verdad, las obligaciones son bastante vagas. Si no te adaptas, no creo que te convenga.
-¿Quieres decir que tendré que matarme a trabajar?
-No, se puede emplear a otras personas si es necesario, pero hasta ahora no lo ha sido -le aseguró-. La casa ha sido completamente remodelada, y está todo bastante desordenado todavía, con la mayor parte de las habitaciones sin muebles. El propietario aún no se ha trasladado, y podrás hacer las cosas a tu manera. Por supuesto, dispondrás de teléfono y de coche. ¿Qué te parece?
-¿Y qué me dices del sueldo?
Benjamín se volvió hacia ella con una amplia sonrisa.
-Creo que no es mucho, pero a cambio habrá un montón de gastos que tendrás cubiertos.
-Estaré en Jauja -concedió Camila con una mueca. Intentó reprimir su entusiasmo y pensar con la cabeza. Sonaba demasiado bien para ser verdad, así que, se dijo, tenía que haber una trampa por algún lado-. ¿Y por qué me lo ofreces a mí? -preguntó.
-La persona que iba a encargarse se echó atrás en cuanto vio el estado de la casa -confesó Benjamín.
-Pero... no tengo referencias...
-Si sabes cocinar, no importan nada las referencias -le aseguró.
-¿Y cómo es él? Me refiero al dueño -se interesó Camila.
Benjamín se arrellanó en el asiento con aire pensativo, no exento de cierta ironía.
-No creo que se vaya a meter en tu cama en medio de la noche, si eso es lo que te preocupa...
-¡E... eso ni siquiera se... se me había ocurrido! -exclamó Camila sonrojándose.
-Sin embargo, es un hombre muy solicitado -continuó Benjamín burlón.
-Eso no... no es de mi incumbencia -respondió sin levantar la vista del plato.
-Por otra parte, le gusta la vida tranquila. Prefiere estar con sus caballos que con gente, y pasa la mayor parte del tiempo en el campo. No creo que sea muy meticuloso, así que no te exigirá que tengas la casa reluciente.
-Si se casa, cambiará -musitó ella absorta.
-No se casará nunca -repuso Benjamín con una sonrisa irónica-. No le ve ninguna ventaja.
-¿Y cuándo me harán la entrevista para el puesto? -insistió Camila.
-La estás haciendo ahora -contestó Benjamín descuidadamente. Toda su atención parecía centrarse en la pequeña Mía, que intentaba alcanzar un champiñón de su plato.
-Estáte quieta Mía, no quieras cosas de otro plato -le riñó Camila-. Así que conseguiré el trabajo si tú me recomiendas -continuó volviéndose hacia Benjamín.
-Si lo quieres, es tuyo.
-El dueño debe de ser muy amigo tuyo -dijo, intentando sonsacarle más información, pero al no obtener respuesta, cambió de tema-. ¿Cuándo empiezo?
-Tan pronto como puedas.
Mía se dedicaba ahora a lanzar ávidas miradas a las rajas de tomate del plato de Benjamín.
-Deberías haberme dejado que le pidiera una buena comida. La pobrecita se muere de hambre -dijo Benjamín con tono de reproche.
-No, lo que pasa es que le encanta comer la comida de otros platos -respondió Camila, mirando la elegante forma en que él bebía su café.
Si por fin conseguía el trabajo, volverían a verse, ya que la propiedad de su difunto abuelo, Torbald Manor, distaba sólo unas cuantas millas de la casa donde iba a trabajar. ¿Viviría todavía allí? Camila no conocía muy bien las leyes de la aristocracia relativas a la herencia. Sabía que el título lo ostentaba un tío de Benjamín y que, aunque él hubiera sido el siguiente en la linea sucesoria, no podría obtenerlo, debido a que su madre nunca se había casado con su padre.
-¡Es ilegítimo! -había exclamado María al enterarse- ¿Puedes creerlo? ¡Y en semejante familia!
-¿Has acabado? -preguntó Benjamín repentinamente.
-Sí -respondió, dejando la taza a un lado. Podía sentir su impaciencia.
-Tengo que estar en Brighton a mediodía.
En el taxi, Benjamín hizo una llamada con su teléfono móvil, refiriéndose en la conversación a caballos y un accidente con un lenguaje terrible. Camila hubiera querido taparle los oídos a Mía; le lanzó una mirada iracunda, pero él ni se dio cuenta.
Cuando el vehículo se detuvo, Benjamín lanzó una mirada a su reloj; de repente se acordó de un detalle.
-¡El transporte!... Eso puede ser un problema.
-¿El transporte? -repitió Camila.
-¿Podrás tomar el tren a Reading?
Ella asintió.
-Muy bien, hazlo mañana por la tarde, ¿de acuerdo? -le dijo mientras abría el coche. Garabateó algo en una hoja de un taco de notas-. Llama a este número cuando llegues, y alguien acudirá en tu busca. Pregunta por el capataz...
-¿Por quién?
-Pregunta por Maximo -repuso lentamente-. Te llevará hasta la mansión.
Se acomodó en el asiento del conductor y arrancó rápidamente. Camila se dirigió a la casa con Mía en brazos. Su casera, la señora Malala, la estaba esperando en el recibidor, completamente rodedada de bultos y paquetes.
-Parece que ha podido resolver sus problemas -dijo con retintín.
-Perdón, ¿cómo dice?
-No se crea que no sé quién es ese tipo. Anoche precisamente lo hablaba con mi Stan: «Mejor tarde que nunca», le dije. Parece que ha decidido por fin hacerse cargo de sus responsabilidades, ¿verdad?
-No sé de lo que me está hablando -dijo Camila dignamente, intentando cruzar el recibidor.
La señora Malala apretó los labios, enfadada por que su intento de acercamiento no hubiera obtenido respuesta.
-Él no quería que nadie lo supiera, ¿verdad? Pero cualquiera que tenga ojos en la cara se daría cuenta de que la la niña es su vivo retrato: los mismos ojos, el mismo pelo... Podría haber vendido la historia a los periódicos. Sé que pagan un montón de dinero por esta clase de cosas...
Camila no podía creer lo que estaba oyendo, esa mujer estaba insinuando que Mía era la hija de Benjamín.
-Pe... pero si no... no es su hija -tartamudeó horrorizada-. No tiene nada que ver con él.
La señora Malala retrocedió, pero no se quedó sin decir la última palabra.
-Pero él paga el alquiler, ¿verdad? -dijo con una mueca.
¡Todo eso porque Mía tenía el pelo rubio y los ojos azules! ¡Menuda desvergüenza la de aquella mujer! Debía de pasar la mayor parte del tiempo leyendo periódicos sensacionalistas. Por suerte, ni siquiera con toda su maledicencia, entretendría a Camila mucho más tiempo.
Camila abrazó a la niña radiante de alegría.
-¡Tenemos un trabajo de verdad, Mía! ¡Y podremos usar el coche! Te aseguro que el dueño de la casa va a comer como un príncipe -exclamó rebosante de confianza-. Haremos todo lo que pida.
Repentinamente se dio cuenta de que Benjamín no le había dicho el nombre de su nuevo jefe, y al hablar de la casa se había referido a ella solamente como «la mansión», y ella, a pesar de conocer bien las casas que rodeaban su antiguo hogar, no era capaz de imaginar de cuál se trataba.


-Siento mucho haber llegado tan tarde -repitió Camila, intentando mostrarse lo más cordial posible.
-Ya -respondió secamente Maximo, en lo que parecía la muestra máxima de sus dotes oratorias: poco más había dicho desde que se encontrara con ella en la estación. En Londres, una amenaza de bomba había complicado muchísimo el tráfico ferroviario. A pesar de contar con esta justificación, Maximo siguió mostrándose igual de taciturno.
Era un escocés muy delgado, que aún conservaba algo de la apariencia de ex-jockey. Cuando se fijó en Mía, su perplejidad se hizo manifiesta: evidentemente, no se esperaba una pareja como aquélla, y Camila notó cómo se fijaba con disgusto en que no llevaba anillo de casada. Podía cortarse la tensión.
Camila se sentía muy inquieta ¿Por qué se había empeñado tanto Benjamín en que aceptara ese trabajo? ¿Qué pasaría si su jefe se mostraba tan distante e hiriente con ella como Maximo?
Mía se había dormido en sus brazos, completamente exhausta. Camila no se sentía mucho mejor, y lo único que deseaba era meterse en la cama. Ya se preocuparía al día siguiente por su futuro.
Ya era noche cerrada, y a la luz de los faros apenas se destacaban las sombras de los árboles y la entrada de los caminos; sin embargo, ella sabía exactamente cómo era el paisaje que los rodeaba, aunque no. supiera exactamende adónde se dirigían. De repente, Maximo salió de la carretera y tomó uno de los caminos. Camila podía recordar que cuando ella vivía allí estaba impracticable, cubierto de maleza. Ahora estaba impecable.
-¡Pero si es la casa de la señora Easton! -exclamó.
-Westleigh Hall -le corrigió Maximo.
-¡Si estaba casi en ruinas! -dijo, aunque ella no había visto nunca la casa, ya que se encontraba bastante apartada. Sin embargo, podía recordar a su dueña por haberla visto en la iglesia, donde destacaba por sus estrafalarios sombreros. Cuando la anciana murió, la casa se quedó deshabitada.
-Prácticamente -dijo Hamis secamente. Parecía que podía haber dicho mucho más, pero la miró y apretó los labios con firmeza.
Pasaron el portón y la casa del guarda. La mansión, de líneas irregulares, estaba construida con piedra gris, y apenas se podía distinguir ningún detalle en la oscuridad que les rodeaba.
Maximo aparcó y recogió el equipaje, mientras Camila salía con Mía en brazos, procurando no despertarla. La puerta estaba abierta: Maximo entró primero, buscando el interruptor.
-No debe de haber luz -musitó.
-No puede ser -se lamentó Camila.
A tientas, Maximo se adentró en la casa y se puso a revolver en los armarios. Volvió con una linterna, y Camila pudo ver que se encontraban en medio de una cocina muy poco acogedora.
-Hay algo de comida en la nevera -dijo el hombre-. Yo me voy ya.
Y se fue. Camila se hundió en una silla, sólo quería llorar. No había calefacción, ni luz. Pero, ¿qué esperaba?, se dijo. No era una invitada de lujo, sino el ama de llaves. Levantándose, acomodó a Mía en un destartalado sillón, la tapó con su mantita y se dispuso a buscar una cama para ambas, rezando para que la niña no se despertara.
Subió las escaleras muerta de miedo: la luz de la linterna parpadeaba, envolviéndola en sombras amenazadoras. Abrió habitación tras habitación, alumbrando tres cuartos de baño completos, aunque sólo parecía haber un dormitorio amueblado.
Al final de un largo corredor, se abría de repente un estrecho pasillo con un tramo de escaleras que debían de conducir, pensó, a la buhardilla. Aterrada, entrevió que faltaban varios peldaños.
Desde luego, Benjamín no había exagerado al describirle las malas condiciones de la casa. Supuso que la única habitación amueblada había sido preparada para ella.
Entró en el dormitorio, donde había un diván y una gran cama de matrimonio. Tras abrir las maletas, preparó una camita en el diván para Mía, que tenía el sueño muy inquieto. Camila estaba tan cansada que hubiera sido una tortura dormir con ella.
De nuevo en la cocina inspeccionó el contenido de la nevera: se limitaba a tres botellas de champán, un tomate pasado y embutido mohoso. Encontró galletas en un armario, aunque lo que de verdad le hacía falta era una taza de té caliente.
Por desgracia, la cocina no funcionaba. Con un suspiro, Camila renunció al té; tomó a Mía en brazos y la acomodó en el diván.
Por supuesto, en el baño tampoco había agua caliente; temblando de frío se metió entre las frías sábanas, apagó la lámpara y se acurrucó para entrar en calor. Se durmió instantáneamente, agotada por todo lo ocurrido en los días pasados.
Y entonces fue cuando empezó un sueño que, a diferencia de todos los que había tenido hasta entonces, parecía tan real que por un momento creyó estar despierta. Después del frío que había pasado, se sintió arder en medio de una increíble ensoñación erótica.
Pero, desde luego, no podía ser real que unas manos masculinas la acariciaran por debajo del camisón. Tampoco podía ser ella la que reaccionara a tales caricias, la que notara cómo se le erizaban los pezones casi hasta dolerle. Y sobre todo, no era ella la que respondía ardientemente al hombre que la buscaba en la oscuridad con urgencia y deseo.
La excitación que la dominaba no podía ser real. Sentía dentro de sí una corriente de fuego, como plomo fundido corriéndole por las venas. Entonces, de repente, oyó en la oscuridad a Mía, que se revolvía en su camita. Abrió los ojos y se quedó completamente despierta, ¡sintiendo encima de ella el peso de un hombre!
Horrorizada, se deshizo del abrazo que la envolvía, y se separó de él.
-¡Suéltame! -gritó.
En ese momento ocurrieron dos cosas: de repente, quedó libre, y también notó la furia del hombre que tenía al lado. Ningún despertar podía haber sido más violento, más aterrador. Su sexto sentido le hizo saber antes de verle la cara quién había intentado aprovecharse de su cuerpo mientras dormía, pero ante la revelación, casi hubiera preferido que se tratara de un perfecto desconocido.
-¿Qué diablos estás haciendo en mi cama? -gritó Benjamín, mirándola furioso.



Capítulo 3
Camila lo miró detenidamente y cerró los ojos.
-¿No... no te parece que deberías ponerte algo?
-¡Quiero una explicación! -exclamó Benjamín. Camila, que mantenía los ojos cerrados, no podía olvidarse de su imagen. Un metro ochenta centímetros de virilidad y ninguna prenda de ropa para ocultarla. Estaba paralizada por la vergüenza, la incredulidad y el desconcierto. ¿Qué hacía él en aquella casa?
-¿Quieres marcharte de aquí? -le espetó, abriendo los ojos y captando una última visión de su cuerpo antes de que se pusiera los pantalones.
-¡Esta es mi habitación!
Camila estaba temblando.
-Vas... vas a despertar a Mía...
-¿Mía? -exclamó Benjamín con indignación. Se acercó a la cama y vio a Mía en el diván, el bulto que formaba su cuerpo y el cabello rizado que asomaba por encima de las mantas-. ¿También ella está aquí? Podrían vernos... podrían verla. ¡Maldita sea!
Se inclinó, tiró de Camila, sacándola en brazos de la cama, y, dirigiéndose a la puerta, la dejó en el rellano del pasillo.
-Vamos abajo -dijo.
-Me gustaría saber qué estás haciendo aquí -dijo Camila, temblando de frío.
-Vamos abajo -repitió Benjamín con arrogancia-. Y será mejor que tengas una buena explicación.
Camila, ignorando las palabras de Benjamín, volvió a la habitación y se acercó a su maleta, que estaba abierta sobre el suelo. Sacó un suéter y se lo puso.
-Como despiertes a la niña, me voy a enfadar -dijo Benjamín como si fuera un ángel vengador.
-Cuando está dormida, no se despierta ni con un terremoto -murmuró Camila.
-¿Y tengo que dar gracias por eso? -dijo Benjamín bajando las escaleras de dos en dos.
-¿Cómo te atreves a ponerme las manos encima? -le preguntó Camila con rabia.
-¡Maldita sea! ¡No sabía que eras tú! -dijo Benjamín, y entró en la cocina, encendiendo la luz.
-Pensé que se había ido la luz -dijo Camila.
-Sólo estaba desconectada -dijo Benjamín, y la miró directamente a los ojos-. ¿Qué estabas haciendo en mi cama?
-Es la única que hay en toda la casa -protestó Camila, preguntándose por qué se sentía culpable.
-Esta tarde tenían que haber traído los muebles -dijo Benjamín, e hizo una larga pausa que aprovechó para estudiar a Camila detenidamente, con una mirada intensa, en la que algo había cambiado-. Cuando he llegado, no me he fijado, he ido a conectar la luz y he subido para meterme en la cama.
-Ésta... ésta es tu casa, ¿verdad?
-Sí, y me pongo como el bebé Osito cuando me encuentro en mi cama a alguien a quien no he invitado -dijo Benjamín con una sonrisa.
Westleigh Hall era suyo, pero no le había dicho nada a Camila al contratarla. Camila se sonrojó. Ante sí tenía al hombre que le había dado trabajo, Benjamín Rojas. ¿A qué estaba jugando? ¿Qué iba a ocurrir a continuación? ¿Le había ofrecido trabajo sólo para reírse de ella?
Tenía la impresión de que su nuevo jefe la había aceptado sin darle referencias y sin que tuviera experiencia porque andaría mal de dinero, pero el Ferrari de Benjamín la obligaba a rechazar tal idea. Era difícil creer que Benjamín no hubiera podido encontrar a alguien más adecuado para el puesto... a una mujer que no tuviera que cargar con una niña.
-No sabía que fuera tu cama... Es la única que he visto -volvió a decir-. Teníamos que dormir en alguna parte. No había luz, ni comida, ni calefacción...
-Dinero para comida -dijo Benjamín dándole un fajo de billetes y una pequeña hoja de papel con una lista de la compra. Ambas cosas estaban sobre el frigorífico, que era más alto que ella. Con la única ayuda de una linterna, no podía haberlos visto.
-Llegamos a las diez y no he visto la nota.
-Yo esperaba cenar algo -dijo Benjamín algo sombrío.
Camila entendió por qué algunas veces las mujeres desean ver muertos a algunos hombres. Pensó en su triste llegada a aquella casa y en la ausencia de alguien que los recibiera.
-Si los muebles no han llegado -dijo Benjamín con impaciencia-, Maximo tenía que haberte llevado a su casa para pasar la noche con él y con Flor. ¿No estabas preparada para aceptar la oferta? Y eso parece llevarnos a lo que ha ocurrido entre nosotros...
-¡No quiero oír una palabra de eso! -exclamó Camila.
-¿Y por qué no? Un poco más y habríamos acabado haciendo el amor.
-¡No! -exclamó Camila estremeciéndose.
Benjamín se fijó en sus piernas, que el suéter apenas ocultaba. Camila tenía una larga melena rizada y oscura que le caía a ambos lados de la cara, con luminosos mechones rojizos, realzando la profundidad de sus ojos marrones.
-Eres muy atractiva -dijo Benjamín con un tono de voz diferente. Parecía un animal de presa abriendo sus fauces.
Camila lo miró e hizo esfuerzos por decir algo, lo que logró con dificultad.
-¿Quieres leche y azúcar con el café?
Se hizo el silencio. Camila pretendió no darse cuenta. Benjamín no podía haber dicho en serio lo que había dicho, por supuesto que no. Lo único que había pasado era que había bordeado los límites de lo que debía ser su relación, que estaba en su naturaleza relacionarse con las mujeres de un modo tan evidentemente físico. 0 tal vez que, después de haberla tocado, aunque ella estuviera medio dormida, se sentía obligado a exagerar la atracción que sentía por ella. Fuera lo que fuese, si seguía ignorándolo, acabaría por dejar de estremecerse al tenerlo cerca.
-Benjamín...
-Una cucharada de azúcar, sin leche -dijo Benjamín.
Camila se relajó y le sirvió una taza de café, que dejó a medio metro de él.
-Sólo muerdo en noches de luna llena -dijo Benjamín-. Tómate un café conmigo.
No era una invitación, era una orden. Camila volvió a ponerse tensa y se dio cuenta de que, sin remedio, dependía de la voluntad de Benjamín. Se sirvió un café y se sentó a la mesa junto a Benjamín, con evidente fastidio.
-Ya sé que no te gusto, pero tranquilízate -dijo Benjamín-, no me importa.
Involuntariamente, Camila se topó con la profunda mirada de sus ojos azules.
-Lo cual tiene el valor de la novedad -añadió Benjamín lentamente.
-Mejor -dijo Camila, y contuvo un bostezo.
Benjamín sonrió con ironía.
-Pero puede ser preocupante, si empiezo a cansarme de esa novedad -advirtió.
Eran las tres de la mañana y Camila no estaba de humor para juegos dialécticos.
-¿Dónde voy a dormir?
-Sube a mi habitación. Yo me quedaré aquí un rato.
Camila vaciló.
-¿Un rato?
-Mira -dijo Benjamín de mala gana-, me niego a despertar a Maximo y a Flor. La cama es muy grande, puedo acostarme completamente vestido en la mitad que...
-¡No!
-¡Maldita sea! No pienso dormir en el suelo. No seas tan mojigata, ni siquiera te vas a dar cuenta.
Camila apretó los labios y, al ver la expresión decidida de Benjamín, suspiró. Al fin y al cabo, la cama era muy grande y Benjamín se iba a acostar completamente vestido. Además, ella se levantaría mucho más temprano que él.


El ruido de un portazo la despertó a la mañana siguiente. Se incorporó sobre la cama y sacudió la cabeza para despejarse. La puerta golpeó otra vez, no estaba bien cerrada. Entonces entró una chica morena con pantalones y botas de montar, cruzó la habitación apresuradamente y recogió una cartera de ejecutivo que había sobre la cómoda. No vio a Camila hasta que se volvió para dirigirse a la puerta. Habría sido difícil saber quién de las dos se sintió más avergonzada.
-Perdón... Quiero decir, no sabía que hubiera alguien... -dijo la chica, fijándose en el montón de ropa de hombre tirada por el suelo. Apartó la mirada de la ropa, y de Camila, y añadió-: El señor me ha dicho que le baje esto.
-Muy bien... -musitó Camila, y la chica salió de la habitación.
Miró de reojo al lado vacío de la cama y se maldijo por no haber puesto el despertador la noche anterior. No necesitaba preguntarse qué había pensado aquella chica, porque lo tenía escrito en el rostro. Consultó el reloj, eran más de las nueve. Benjamín habría asumido que ya estaba levantada.
Saltó de la cama, se quitó el camisón y se puso un pantalón y una camiseta negros.
-¡Mía, es hora de levantarse!
Pensaba que su hermana seguía dormida, pero el diván estaba vacío. No podía empezar a llamarla a gritos como una loca, de modo que fue por la casa mirando en todas las habitaciones, hasta que llegó, sin aliento, a la cocina. Estaba vacía, pero vio a su hermana entre los arbustos que había en el jardín trasero. Benjamín sostenía su mano mientras hablaba con Maximo.
-Yo me ocupo de ella -dijo Camila irrumpiendo entre los dos hombres.
-Buenos días, señorita Bordonaba -dijo Maximo.
Al otro lado del jardín estaba la chica morena, hablando con otra chica sin dejar de observar a Camila, que sentía una gran vergüenza al imaginar lo que a buen seguro estaba diciendo.
-Lo siento, no me acordé de poner el despertador -dijo.
-Tenías que dormir, y yo me levanté a las cinco y media. Flor nos va a dar el desayuno -dijo Benjamín.
-¿La has vestido tú? -le preguntó cuando Maximo se alejó.
-¿No lo dirás en serio? Ha sido Flor, le encantan los niños y no ha podido tener -dijo Benjamín y siguió a Camila hasta la puerta-. Se ha ofrecido a cuidar de ella mientras tú vas a la compra.
-Es muy amable, pero...
-Me ha recordado que no tengo sillita para niños en el Land Rover.
-Pero sólo hay tres kilómetros al pueblo.
-No. No puedes aceptar riesgos así, si quieres trabajar para mí. ¿Está claro?
Camila se enfureció. Por nada del mundo quería aprovecharse de Flor, que debía de ser la esposa de Maximo. Era su primer día de trabajo y ya lo había empezado mal, levantándose tarde y no ocupándose del desayuno.
-Sí.
-Hay un taller de repuestos en el cruce, puede que tengan sillitas. Si no tienen, tendrás que ir a Reading -dijo Benjamín poniendo un fajo de billetes sobre la mesa.
Camila apretó los dientes.
-Cuando me pagues, voy a deberte el sueldo de un mes.
-No me sirves de nada si no puedes moverte -dijo Benjamín dándole las llaves del coche-. Y no puedes andar por ahí sin un céntimo. Puedes devolverme el dinero a plazos cuando estés bien instalada.
-Gracias -dijo Camila mirando el suelo.
-Cuando vuelvas, averigua dónde están mis muebles. El número está subrayado en el bloc.
Mientras subía las escaleras, Camila pensó en lo mucho que empezaba a deberle a Benjamín. El le estaba dando una oportunidad cuando la mayoría de la gente ni siquiera se habría molestado, él hacía posible que su hermana y ella pudieran sobrevivir. Pero, ¿por qué? No podía dejar de preguntarse cuáles eran sus motivos. No podía pensar en él como en el buen samaritano. ¿Sentía lástima por ella? ¿0 le divertía darle trabajo a una Bordonaba? Cuando su padre lo supiera, se pondría furioso.
-¿Hay alguien en casa?
Una mujer gruesa, con el cabello rubio y canoso, entró en el vestíbulo.
-Soy Flor, la mujer de Maximo. No le perdono que anoche no la trajera a casa para, por lo menos, tomar una taza de té.
Flor era tan cálida y amable como su marido frío y distante. Al cabo de unos minutos estaba ayudando a Mía a ponerse su abrigo para llevársela a su casa, con el beneplácito de Camila.
-Me sienta muy mal tener que dejártela así -confesó Camila.
-No seas tonta. Tú concéntrate en organizar esta casa. Benjamín... bueno, es un buen jefe, pero espera resultados.
Camila se dio cuenta de la advertencia.
-Me sorprende que no te ofreciera el empleo a ti.
-Lo hizo, pero yo le dije que no -dijo Flor riendo-. Lleva muchas horas. Cuando esté aquí, no vas a parar de trabajar. Yo sólo habría aceptado algo a tiempo parcial.
Un Land Rover completamente nuevo estaba aparcado frente a la casa. No era el vehículo en que la había llevado Maximo la noche anterior.
-¿Tengo que conducir este coche? -preguntó Camila con desmayo.
-¿No sabes conducir? -le preguntó Flor.
-Sí, pero esperaba que fuera un coche más pequeño.
Era un coche precioso, aunque más grande y con más potencia de todos los que ella había conducido hasta entonces, y a medio camino del taller empezó a disfrutar de su conducción. Era un placer disfrutar de un medio de transporte propio, aunque el precio de la sillita de coche para bebés rebajó su entusiasmo. Por semejante precio podrían haberle dado un trono dorado. El sueldo de una semana, pensó, cuando todavía le quedaban muchas cosas que comprar.
La villa de Sotton no había cambiado mucho. El pub había sido remozado y le habían cambiado el nombre, y habían ampliado el supermercado. Fue un alivio no encontrar en él caras conocidas. Llenó el carrito con todo lo que se le antojó y se dirigió al coche. Cuando estaba cargando la última bolsa, se desencadenó el desastre.
-Camila... -dijo una voz femenina que denotaba incredulidad.
Camila giró sobre sus talones. Su hermana, María, se dirigía a ella desde un Porsche blanco. Mientras hablaba, María se bajó del coche.
-¡No puedo creerlo! ¿Qué estás haciendo aquí?
-La compra -dijo Camila cerrando el maletero del Land Rover-. ¿Cómo estás? ¿Y Steve? -dijo inclinándose para ver si su cuñado estaba en el Porsche.
María hizo un gesto de desdén.
-No está aquí -dijo-. ¿Haciendo la compra? ¿Para quién estás haciendo la compra?
-Trabajo de asistenta -dijo Camila, decidiendo dar las malas noticias de una vez.
-¡Dios mío! -exclamó María con horror-. ¿No lo dirás en serio?
Camila se puso pálida.
-Mira, tengo que irme. Te agradecería que no se lo dijeras a papá a no ser que tengas que...
-Oh, ya se lo dirás tú -dijo María con sarcasmo-. No me costó decirle que Mora había muerto, pero esto... esto es como una broma pesada. ¿Te has vuelto loca? ¿Cómo se te ha ocurrido trabajar de asistenta?
-En realidad soy más cocinera que asistenta -dijo Camila, que sintió escalofríos ante la referencia de su hermana a la muerte de su madre. Lo mismo habría dado que estuviera hablando de un primo lejano.
-Vamos al pub, te invito a tomar algo -dijo María.
-No tengo tiempo.
-Si no te quedas a tomar algo, iré a decírselo todo a papá inmediatamente -amenazó María.
La amenaza surtió efecto. Camila sabía que su padre acabaría por saber dónde estaba, pero quería retrasar el momento el mayor tiempo posible. Entonces, muy probablemente, Boy Bordonaba se dirigiría al Hall y haría una escena, y cuando eso ocurriera, ella quería tener el puesto de trabajo asegurado.
Observó a María entrar en el pub, con paso elegante, y su tipo de modelo, mesándose los cabellos, consciente de que todos los hombres del lugar se fijaban en ella. Estaba muy guapa, como siempre. Al igual que Iván, se parecía a su madre. Camila, por su parte, era una copia exacta de su abuela, de modo que a María y a ella nadie las tomaba por hermanas.
Desde que era pequeña, la comparaban con su hermana mayor, siempre con un resultado desfavorable para ella. Incluso su madre lo hacía.
-Es una pena que no seas como tu hermana y como yo -le dijo suspirando una vez.
Camila había sido un accidente, no un embarazo planeado. María la llevaba diez años y Iván doce, y tal diferencia de edad la convirtió en una niña solitaria, expuesta a las burlas de sus hermanos mayores. Hasta cierto punto, llegar a la pubertad, en la que se convirtió en una chica muy poco atractiva, se convirtió en un alivio. Era como si encontrara consuelo en permanecer aislada, no querida. Pero cuando todas sus amigas empezaron a salir con chicos, se sintió sola. Empezó y abandonó sucesivas dietas con monótona regularidad.
-Deberías volver a poner eso en la nevera -le dijo Benjamín una vez refiriéndose a una tableta de chocolate, mientras estaba en su casa esperando a su hermana-. ¿0 quieres comer hasta ponerte mala?
-Está gorda como una vaca -dijo María-, igual que la abuela. Yo me moriría si estuviera como ella.
-Comer no te va a devolver a tu madre -dijo Benjamín, demasiado perspicaz incluso para su propio bien.
María se sentó junto a ella, devolviéndola al presente.
-¿Por qué nos haces esto? -le preguntó-. Mora ya se encargó de hacernos pasar el ridículo.
-Necesitaba trabajo y fue el único que me ofrecieron -dijo Camila-. ¿Steve vive contigo?
-Le he dejado... aunque él no lo sabe todavía -dijo María-. Ya se lo diré cuando llegue la ocasión.
-Lo siento...
-No lo sientas. He dejado que piense que he prolongado mi visita a papá, pero no tengo planes para volver a Edimburgo. Antes o después se enterará.
Camila sentía aprecio por su cuñado. Le parecía un hombre amable y tranquilo y, al menos hacía tres años, completamente enamorado de María.
-¿Qué ha ido mal? -preguntó con interés sincero.
-En realidad, nada -dijo María encogiéndose de hombros-. El dinero ha sido un problema, pero hasta hace muy poco papá nos ha ayudado.
-¿Y ahora ya no lo hace?
-Bueno, se ha puesto un poco pesado, pero no es por eso por lo que dejo a Steve -dijo María-. No, lo he decidido en cuanto oí que Benjamín volvía.
-¿Benjamín? -repitió Camila con perplejidad.
Con una brillante sonrisa, María se recostó en su silla, complacida de haber despertado el interés de su hermana.
-Quiero que vuelva a...
-¿Qué?
-¿Crees que no puedo? La última vez lo estropeé todo por ser demasiado impaciente, pero ahora pienso tener mucho más cuidado.
-María, saliste con él hace cuatro años, y ni siquiera estuvisteis juntos mucho tiempo...
-No sabes por qué nos separamos. Quiero volver con él. Me casé con Steve por despecho. Benjamín se habría olvidado de aquel asunto con el viejo -dijo María con cierto nerviosismo, como si se hubiera puesto a la defensiva-. No fue culpa nuestra, y a Benjamín ni siquiera le gustaba el viejo...
-¿Qué viejo? -dijo Camila frunciendo el ceño.
María se puso tensa.
-¿Cómo ha salido este tema? No tiene nada que ver contigo.
-Me gustaría saber de qué estás hablando.
-Es agua pasada, y no es asunto tuyo -dijo María, apuró su copa y se levantó-. Todavía no me has dicho para quién trabajas.
-No lo conoces -dijo Camila.
En realidad, pensaba, era ella quien no lo conocía. María hablaba de su relación con él como si hubiera sido el romance de la década, pero ella jamás lo vio así, nadie lo vio así. Su padre se negó a reconocer que Benjamín había dejado a su hija, nadie podía abandonar a su hija, y cuando eso sucedió, Boy Bordonaba se lo tomó como una ofensa personal.
-De modo que se cree que no eres lo bastante buena para él -decía-. Pues si tengo oportunidad, pienso demostrarle de qué pasta está hecho un Bordonaba.
-No seas infantil -le dijo María, devolviéndola de nuevo a la realidad.
-Si no lo sabes, no se lo dirás a papá -dijo Camila con tranquilidad.
-No importa, no creo que fuera a verte -dijo María-. Pero no me creo que seas tan pobre, no puede ser.
-¿Me estás ofreciendo un préstamo?
-No.
A María se le escapaba el dinero entre los dedos, pero no era dada a los impulsos caritativos.
Camila suspiró.
-Supongo que tengo que decírtelo. Necesitaba el dinero porque tengo que criar a una niña.
A medio camino del Porsche, María se paró en seco y miró a su hermana con horror.
-¿Una niña?
-Una niña.
-¿Cómo puedes ser tan tonta? -le espetó María-. Nos quieres arruinar, ¿verdad? Como si no tuviéramos bastante con Mora.
Camila volvió a Westleigh con muchas cosas en la cabeza. María se había presentado portando un secreto. ¿Quién era el viejo? ¿Quién no había tenido la culpa de qué? Había hablado de culpa en plural y también había dicho que a Benjamín no le gustaba el viejo... Camila frunció el ceño. ¿Se referiría María al último lord Whitley, el abuelo de Benjamín?
Pero no podía ver ninguna conexión. El viejo conde había muerto de un ataque al corazón dos meses después de que Benjamín hubiera cortado con su hermana, y María se había casado una semana después del entierro. Aquellos días, precisamente, ella se tropezó con Benjamín de improviso, y aprendió en sus propias carnes que no todo el mundo recibe con buenas maneras unas palabras de afecto y consuelo.
Maximo le impidió llegar con el coche a la parte de atrás de la casa.
-Sólo los caballos pueden ir a la parte de atrás -le dijo secamente.
-Lo siento -dijo Camila tragando saliva.
-El señor la está buscando -dijo Maximo.
Iba por el camino de entrada cuando un hombre alto de pelo corto salió por la puerta y se acercó a ella.
-Deja que te ayude.
-Voy por otras dos -dijo Camila con una sonrisa de agradecimiento.
-Soy Jorge Maggio, uno de sus nuevos vecinos -dijo el hombre-. Y tú sólo puedes ser Camila...
-Quizás, mientras charlas con ella, Jorge, puedas averiguar qué hacía en el pub en horario de trabajo. Camila se topó con la fría mirada de Benjamín y se le hizo un nudo en la garganta.
-Sólo han sido diez minutos...
-Maximo te ha visto -dijo Benjamín desde la puerta-. Puedes hacer lo que quieras con tu tiempo, pero no con el mío.
-No volverá a ocurrir -murmuró Camila.
-¿Y cuándo tienes tiempo libre? -dijo Jorge con interés-. Es fantástico tener caras nuevas por aquí. Me gustaría invitarte a cenar.
-En el paquete va incluida una niña -dijo Benjamín con sarcasmo-. Y ahora mismo, no tiene tiempo libre.
Sonrojada y furiosa, Camila se dirigió a la cocina para dejar un par de bolsas. Al volver a salir, oyó que Jorge le decía a Benjamín que ya no estaban en el siglo diecinueve y si estaba bromeando en cuanto a lo de la niña. Cuando volvió a pasar, oyó a Benjamín comentar los peligros de una relación con una madre soltera. Las madres solteras solían pegarse a los hombres con los que salían como lapas.
Furiosa, Camila desempaquetó en tiempo récord. No podía recordar la última vez que había salido con un hombre, pero después de aquellos comentarios, tampoco saldría con Jorge, suerte tendría si volvía a mirarla. Quien hubiera dicho que las mujeres eran los animales más chismosos de la creación se había equivocado.
Reconoció las pisadas de Benjamín.
-¿Quieres comer? -le preguntó con frialdad.
-Lo he dicho por tu propio bien. Estaba pensando en Mía. A Jorge no le gustan los niños -dijo Benjamín.
-¿Quieres comer? -repitió Camila.
-Tampoco es bueno que te acostumbres a ir al pub, los vecinos se van a hacer una idea equivocada de ti.
Camila dio media vuelta. Aquello era el colmo.
-¡Yo no me he acostumbrado a ir al pub! ¡Y no quiero que te metas en mi vida personal!
-Tu vida personal es un desastre -murmuró Benjamín secamente-. Necesitas ayuda.
-¿De verdad? -replicó Camila con rabia contenida y con frustración. De repente, no sabía por qué, deseaba decirle a Benjamín toda la verdad acerca de Mía-. ¿Estás diciendo que mi vida es un desastre porque tengo a Mía? ¿Es que tu madre sentía lo mismo por ti?
-No hacía ni dos semanas que llevaba casada -dijo Benjamín sin parpadear- cuando se encontró a mi padre en la cama con su secretaria. Quiso anular el matrimonio, pero mi padre no aceptó. Cuando yo tenía cinco años, me dijo que en toda su vida sólo había querido a Javier, pero eso no le impidió acostarse con todos los hombres que se cruzaban en su camino, con la esperanza de reemplazarlo.
Camila se quedó pálida, y, de repente, dejó de sentir rabia. Estaba sorprendida por la franqueza de Benjamín.
Sabía muy poco de lady Inés Rojas, ya que había muerto antes de que su familia se trasladara a vivir a Berkshire, dejando que Benjamín fuera educado por su abuelo. Pero recordaba haber oído decir a alguien que Benjamín era «igual que su madre».
-¿Qué edad tenías cuando murió?
-Once años.
-¿Cómo eras? -le preguntó Camila, observando a Benjamín detenidamente, buscando en su rostro el rastro del niño que había sido.
-Demasiado bueno -dijo Benjamín con ironía-. Me echaron de todos los colegios privados habidos y por haber. Tenía que ser más duro que los demás para poder sobrevivir.
Se hizo el silencio entre ellos y Camila pensó en aquel rostro endurecido por las experiencias de la vida. La mirada de Benjamín seguía siendo intensa y los rasgos muy masculinos, denotando una abrumadora seguridad en sí mismo. Sin embargo, Camila no podía dejar de pensar en lo solo que había estado cuando era pequeño y empezaba a comprender cuál era la fuente de su cinismo.
-Demonios -dijo Benjamín-, ya veo que también tienes tendencia a la compasión. Eres como un bombón con el corazón derretido. No te fíes de las historias tristes que te cuente un hombre. Si no te conociera, diría que eres virgen -dijo sometiendo a Camila a una intensa mirada-. Pero en estos tiempos sólo encuentras vírgenes de tu edad en los conventos.
-Dime una cosa, ¿tienes que sacar el tema del sex... sexo en todas tus conversaciones?
Benjamín se echó a reír a carcajadas.
-No sé por qué tu familia se molestaba tanto por tu tartamudeo, es encantador. Me parece muy atractivo. En cuanto a por qué siempre tengo que sacar el tema del sex... sexo, es obvio. Porque pienso en él.
Camila apartó la mirada. ¿Su tartamudeo atractivo? Un punto de vista sorprendente para un hombre famoso por su gusto por las mujeres despampanantes y descaradas. Se estaba riendo de ella, burlándose, igual que un hermano mayor, se dijo. Pensaba en ella como una mujer inocente, casi virgen, porque se sonrojaba al oír hablar de sexo, eso era todo.
Probablemente le divertiría todavía más saber que había acertado. Pero si no había hecho el amor, no había sido por propia elección. Si hubiera seguido en la universidad, podría haber tenido alguna oportunidad de salir con alguien, pero con Mía no pudo. Además, las experiencias de su madre y de María le hacían ser muy precavida. No le parecía muy buena idea meterse en la cama con alguien a quien no conociera bien.
-Flor viene a rescatarte -murmuró Benjamín-. En cuanto a mí, procura no olvidar que soy un bastardo por nacimiento y naturaleza.
-No te preocupes, no lo olvidaré -dijo Camila, cuando, en realidad, ya empezaba a pensar de otro modo. Benjamín la desconcertaba, y no sabía cuál sería su próximo paso, porque no se ceñía a los límites que esperaba de él.
-No voy a comer en casa, voy a estar dos días en Newmarket. Los obreros volverán en lunes, vigila las obras y... sí, los muebles llegan esta tarde. Decide dónde quieres poner...
-¿Quieres que yo decida dónde van los muebles? -preguntó Camila sorprendida. En ese mismo instante Flor entraba en la cocina con Mía de la mano.
-Y no me decepciones -dijo Benjamín-. Lo único que quiero es convertir esta casa en un hogar habitable.
-¿Eso es todo? -repitió Camila-. Yo no puedo hacer eso, lo que necesitas es un decorador.
-Ya ha echado a dos -dijo Flass con humor.
-¿Y tú crees que a mí se me va dar mejor? -preguntó Camila.
-No creo que se te dé peor. Y compra una cocina. La que quieras.
-Pero si no sé cuáles son tus gustos.
Maximo entró por la puerta interrumpiendo la conversación.
-¿Listo, señor?
Camila observó marcharse a los dos hombres. Le daba vueltas la cabeza.
-Ponle delante un caballo o una mujer y está en su elemento. Ponle delante una casa y saldrá corriendo -dijo Flor riendo a carcajadas-. Imagina que tú tienes la varita mágica para ayudarle a decorar la casa.
Camila pensó que tenía ganas de romperle la crisma. Era un hombre con preferencias muy tajantes y no tenía ningún derecho a delegar en ella una tarea exclusivamente suya. Ella no quería tal responsabilidad. De todas formas, de no ser por ese pequeño detalle, la perspectiva de decorar una casa le parecía muy divertida.
-Siento mucho el comportamiento de Maximo -dijo Flor-. No es por ti, es por tu padre. Maximo y yo llevamos toda la vida trabajando para la familia Whitley. Lord Whitley era un hombre honrado, a pesar de que era muy estirado. No merecía que alguien se aprovechara de él como...
-¿Cómo qué? -preguntó Camila, sin saber de qué hablaba Flor, pero con una desesperada necesidad de saberlo.
Flor frunció el ceño.
-No lo sabes... ¿De verdad no lo sabes?
-No tengo ni idea de qué estás hablando -dijo Camila-. Cuéntamelo.
Flor suspiró, se sentía incómoda.
-Si lo hubiera sabido, no habría dicho nada... Bueno,no te preocupes por Maximo, ya se acostumbrará a ti. Es muy terco, pero...
-Flor, ¿qué tenía que ver mi padre con lord Whitley?
-No tengo derecho a decírtelo -dijo Flor haciendo ademán de salir de la cocina-. Y no se lo preguntes a Benjamín, no hay por qué volver a recordárselo. Pero no tienes que preocuparte por nada, Benjamín no te habría contratado si tuviera algo contra ti.
Era evidente que Flor creía que había sido indiscreta y que ni un terremoto sería capaz de hacerla hablar. Abandonó la cocina, dejando a Camila a solas con sus pensamientos.
No le preguntaría nada a Benjamín, pero de alguna manera tendría que desentrañar el misterio que Flor había sugerido. Tenía que tratarse de algo lo bastante incómodo y desagradable como para silenciar la alegre cháchara de Flor, sin duda, el mismo tema que María no había querido aclarar, algo ya preocupante, porque, normalmente, María no tenía el menor problema en sacar a la luz su más oscuro pasado.

 
Scoring_Disabled_MsgRespond to this message   
AutorReply

(Acceso candelitas)

Re: COMBO ERRORES Y MENTIRAS (1-3)

No score for this post
September 25 2009, 12:32 AM 

q le haria el padre de cami al abuelo de benja? esta claro, q eso fue lo q descubrio benja, y por lo q dejo a maria, y odia a toda su familia... menos a cami, claro, si la odiara, no a estaria ayudando

 
Scoring_Disabled_Msg
mari
(no login)

Re: COMBO ERRORES Y MENTIRAS (1-3)

No score for this post
September 26 2009, 1:15 AM 

vaya vida y d madre an tenido estos dos
me has dejado muy intrigada q sera lo q paso con el
abuelo

 
Scoring_Disabled_Msg
mª jesus
(no login)

Re: COMBO ERRORES Y MENTIRAS (1-3)

No score for this post
September 26 2009, 8:06 PM 

vaya familia que le toco
a camila,para eso mejor sola
maria me ha caido fatal y le
va a ser pasar a camila muyy
mal...siguela esta estupenda
besosssss

 
Scoring_Disabled_Msg
Current Topic - COMBO ERRORES Y MENTIRAS (1-3)  Respond to this message   
  << Previous Topic | Next Topic >>Volver al foro  
Find more forums on AnimationCreate your own forum at Network54
 Copyright © 1999-2010 Network54. All rights reserved.   Terms of Use   Privacy Statement  
Esperemos que hayan disfrutado y ¡Entren mas a amenudo!