| AMOR DE FANTASIA 4-7September 29 2009 at 7:57 PM No score for this post |  noelia_camila (Acceso noelia_camila) |
| holaaaa!!!espero que os gusten los capis!!como vereis cami va a tener bastantes problemillas...pero weno,que a ver si la semana que viene puedo publicar...en fin...cada dos semanas pondre combos de todas las adaptaciones... Y GRAX POR LOS COMENTARIOS DE LOS CAPIS!!!ME HACEN MUCHA ILU!!aunque a veces no los puedo leer porque no tengo tiempo...xau!!!!bss!!!
CAPITULO 4
¿Benjamin Rojas? Camila se apretó la cintura con la mano, sintiéndose repentinamente desmayar. De todos los hermanos Rojas con los que podía haberse cruzado, tenía que ser el más atemorizador. Hasta los demás hombres del pueblo le abrían paso.
-¿Benjamin? -repitió estúpidamente-. Pero usted nunca va al Golden Goose. ¡Debe de haber un error!
-¡Ah, sí, ya lo creo que hay un error! -repuso el hombre, con la misma voz ronca-. Pero no soy yo quien lo ha cometido.
De pronto, algo se le ocurrió a Camila.
-¡Espere un momento! Usted tiene que ser Franco Rojas. Si no, ¿por qué Paloma Faye...?
Se interrumpió en el último momento, imaginando que balanceaba los brazos para no caerse. Lo último que hubiese querido era meter en problemas a su amiga.
Benjamin le lanzó una sonrisa lánguida y perspicaz.
-Paloma Faye no me impidió que bebiera el whisky narcotizado, si esa era tu pregunta. En un momento dado, me pregunté por qué, pero ahora ya lo sé. -Tras decirlo, se apoyó en una rodilla y recogió el sombrero-. En cuanto a mí, el único misterio es por qué no se asomo por la puerta de la taberna y te hizo señas de que había suministrado narcótico al hombre equivocado. Nos hubiese ahorrado un montón de problemas a los dos.
Con los ojos de la imaginación, Camila vio a Paloma Faye como la noche pasada, borrosa e indiscernible, parada a la entrada del salón, agitando los brazos. Sin las gafas, Camila había creído que la señal de la amiga quería decir que todo estaba bien. ¿Habría querido indicarle, mas bien, que nada había salido según lo acordado? ¿Que Camila debía desistir? Si no fuera tan espantoso, podría resultar divertido.
Rojas se puso de pie y dijo:
-Espero que me disculpen, pero yo me voy ya. Por entretenido que haya sido, tengo en casa un hermano pequeño que atender, y debo cuidar de mi rancho.
Camila no tenía objeción en que se marchase, y, en lo que a ella se refería, cuanto antes, mejor. Pero, al parecer, su padre no era de la misma opinión.
-Espere un minuto, hijo.
Benjamin se sacudió el sombrero sobre la pernera del pantalón.
-¿Que espere, dice? No diga que piensa arrestarme. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por estar en el lugar equivocado en el momento justo?
Teniendo en cuenta que el padre había estado a punto de ahorcarlo, a Camila no le extrañaba que Benjamin Rojas se mostrara un poco comprensivo.
-Yo no llegaría hasta el punto de arrestarlo -dijo Sergio-, pero aquí tenemos una pequeña arruga que deberemos alisar.
-¿Arruga?
Sergio indicó con la cabeza a Camila.
-Mi hija ha pasado la noche con usted, sin otra compañía. Eso no está bien. No está nada bien.
A Camila se le detuvo el corazón.
-¿Papá?
Sergio no le prestó atención.
-En mi opinión...
-¡Cállate, Camila Pía! -exclamó, haciendo un ademán, sin apartar la vista de Benjamin-. En mi opinión, la reputación de mi hija ha quedado muy perjudicada, Rojas. Y sólo usted puede remediarlo.
-¿Remediarlo? -repitió Camila-. ¿Qué quieres decir?
-Sí, ¿qué es, exactamente, lo que quiere decir? -preguntó Benjamin.
Camila no necesitaba ver a Rojas con claridad para comprender que recuperaba rápidamente los sentidos. Si no se equivocaba, ese hombre estaba a punto de perder los estribos. Taconeaba con las botas sobre el piso con un ritmo impaciente, al tiempo que se ocupaba de recuperar los revólveres. En horrorizado silencio, lo observó colocarse la correa cruzándole las caderas y amarrar las cartucheras a sus muslos musculosos y esbeltos. En ese momento, se le ocurrió que el que corría el riesgo de perder la vida en el enfrentamiento era su padre, y no Benjamin Rojas. El hombre más joven tenía una endemoniada reputación de velocidad con las armas.
Sin saber que lo hacía, Camila se acercó a su padre.
-Papá, esta situación se podría resolver con mucha facilidad. Es decir, como acabo de explicar, nada de esto es culpa del señor Rojas. A mi juicio, tendríamos que irnos todos, cada uno a su casa, y olvidar lo sucedido.
-Quédate callada, Camila.
Temerosa por su padre, Camila se dirigió a Benjamin con expresión de súplica.
-¿No le parece? Quiero decir que deberíamos olvidar lo que ha sucedido. -Lanzando una breve carcajada nerviosa, añadió-: Eh, fin de la historia, ¿no?
-Camila Pía -dijo el padre, conteniéndose-, esto es mucho más grave. Tu reputación está destruida. El señor Rojas sí entiende las consecuencias, aunque tú no.
Camila entendía más de lo que su padre suponía y tenía una horrible sensación de que la situación se estaba desbordando. Señalando a los feligreses, dijo:
-Pero, papá, todos los presentes han oído mi explicación. Todos saben que no ha pasado nada inapropiado.
-No es tan simple, Camila. Cuando una joven pasa la noche a solas con un hombre, sólo una cosa puede conservar su buen nombre, y esa es el matrimonio. No importa si en realidad pasó algo o no. Lo único que importa es lo que parece.
-¿Matrimonio? -exclamó Malena-. ¡No lo dirás en serio!
-¿Matrimonio? -repitió Camila, con voz débil-. ¿Matrimonio, has dicho?
-Matrimonio -confirmó Sergio.
Dejando que la afirmación vibrase en el aire, Sergio sujetó a Benjamin y a Camila de los brazos y, sin hacer caso de las agudas protestas de la hija, los arrastró hacia el altar. Cuando llegaron, comenzó a llamar a gritos al sacerdote. Mientras tanto, Camila intentaba hacerlo entraren razones, cosa que resultó imposible: su padre no sólo era alto y corpulento, también era terco. Cuando se le metía algo en la cabeza, nadie, ni las hijas, podían disuadirlo.
El reverendo Wells, hombre alto, huesudo, de cabellos grises que raleaban, bondadosos ojos castaños y nariz ganchuda, se abrió paso entre la gente y se apresuró a subir al pulpito, con el libro de oraciones en la mano.
-Sergio, esto es muy anómalo. Ni siquiera hemos colocado los bandos.
-Al diablo con los bandos: limítese a casarlos.
El ministro hizo un elocuente gesto con los hombros.
-Sólo hacía una observación.
-¡Papá!, ¿has perdido el juicio? ¡No puedo casarme con este hombre! -Camila se volvió hacia Benjamin- ¡No se quede ahí, parado! ¡Haga algo! Al parecer, Benjamin no se inmutaba, y, levantando un hombro dijo:
-¿Qué? ¿Apaciguarlo? Lo lamento, querida, pero la idea de casarme no me molesta.
-¿Qué no le molesta? ¡Como puede decir eso! ¡Estamos hablando de matrimonio!
-En lo que a mí respecta, de todos modos estaba pensando en algo así.
Camila no podía creer que se mostrara tan caballeroso.
-Usted está tan loco como mi padre.
Bis Jim hizo una seña al ministro.
-Olvide todo adorno, reverendo. Lo único que nos importa es que sea legal.
Camila aferró el brazo de su padre.
-¡Papá, termina con esto! ¡Es una locura total! ¿Como se te ocurre?
-¡Todo esto es por mi culpa! -sollozó Malena, detrás-. Por mi culpa.
El clérigo eligió ese preciso momento para decir con voz tronante:
-Mis queridos bienamados, hoy estamos aquí reunidos...
Soltándose el brazo, Sergio se agarró de la barandilla del coro y se inclinó hacia el púlpito.
-Maldición, William, le he dicho que salte toda la perorata. Vaya a las partes importantes.
Wells tosió y se aclaró la garganta.
-Como ya he señalado, todo esto es muy fuera de lo común.
-Usted hágalo -replicó Sergio-. Si quisiera lo común, pediría lo común.
El encrespado sacerdote buscó con un dedo en la página, para encontrar las partes importantes que recitar todo el...
-¡Por todos los cielos! -lo interrumpió-. ¿Acaso va a decirme que no conoce las palabras de memoria? -Alzó las manos-. ¡Por el amor de Dios, hace veinte años que está casando personas! ¿Cómo no va a saber el texto, William?
Aprovechando la distracción de su padre, Camila se volvió hacia Benjamin. Acercándose para poder verle bien el rostro, susurró:
-No puede quedarse tranquilamente ahí y no hacer nada para detener esto.
-¿Quién lo dice?
-¡Yo!
Benjamin permaneció con las manos unidas a la espalda, la vista fija en el ministro, la expresión inmutable. A Camila le pareció que veía el atisbo de una sonrisa en una comisura de la boca del hombre y tuvo ganas de darle un buen puntapié por no detener la ceremonia. Pero, antes de poder llevar a cabo la idea, lo pensó mejor. La noche anterior, él se había mostrado encantador, aunque estaba atontado por la bebida y dulcificado por la valeriana. Esta mañana, todo rastro infantil se le había borrado del semblante. Si hubiese tenido que describirlo, habría dicho que se lo veía adusto más que atemorizador, lejos de la clase de hombre al que se podía provocar.
Apartó la mirada y recorrió con ella la iglesia, abrumada al ver que los feligreses se habían dispersado y ocupado sus lugares de costumbre en los bancos, no como si fuese un servicio dominical común sino como para asistir a una boda. Su boda.
Sintió un impulso desesperado. Irguiendo los hombros y alzando la barbilla con gesto empecinado, se enfrentó a su padre:
-Papá, no puedo casarme con este hombre -dijo, pronunciando con claridad-. De verdad, no puedo. Y nada de lo que digas o hagas me convencerá de lo contrario.
-Por supuesto que puedes -replicó el padre, y sin hacer una pausa, sacó el Colt de la cartuchera y apoyó el cañón en la sien de Benjamin Rojas- Es lo único que puedes hacer, cielo. Lo quiera o no, el señor Rojas ha perjudicado gravemente a mi niña. El honor exige que lo mate si no se casa contigo. Así son las cosas; una especie de código tácito entre hombres. ¿No es verdad, señor Rojas?
-Cristo -pronunció el aludido, con voz ronca.
Camila contempló a su padre con horror creciente, aunque intentó disimularlo sonriendo y cruzándose de brazos.
-Muy bien. Así que vas a matarlo a sangre fría. ¿Después de toda una vida defendiendo la ley? ¡Vamos, papá, sé que soy un tanto crédula, pero esto es una tontería!
Con gestos lentos y deliberados, el padre amartilló el arma.
-¿Crees que estoy alardeando? Te equivocas, Camila Pía. Tenga la culpa o no, él ha estropeado cualquier posibilidad que hubieses tenido de contraer un matrimonio decente.
-¡No es cierto! -Camila paseó la vista por la iglesia y descubrió a Javier, el hijo del reverendo Wells, que había estado cortejándola los últimos tres años-. ¡Díselo, Javier! ¡Dile que no importa, que me amas, y que, de todos modos, no vacilarás en casarte conmigo!
Con la apariencia de estar asfixiándose con la corbata, Javier se levantó de un salto, tragó con dificultad y permaneció de pie, con los ojos saliéndosele de las órbitas.
-¿Y bien? -imploró Camila-. ¡Habla ahora, Javier, o calla para siempre!
Para su espanto, Javier no dijo nada. Camila le lanzó una mirada colérica, conteniendo las ganas de tildarlo de mal tipo, rufián y servil, para empezar. Pero se conformó con susurrar los insultos por lo bajo.
-Creo que eso demuestra lo que afirmo -dijo el padre, haciendo un gesto hacia Javier-. Ni tu prometido se atreve a dar un paso al frente.
Un poco menos segura de sí misma, Camila dejó caer los brazos a los lados.
-Eso no significa que tengas que matar al señor Rojas. Sólo pretendes asustarme para que haga caso de lo que dices.
-Oh, lo mataré -le aseguró-. Antes que dejarlo ir, le dispararé a la cabeza y su cerebro se esparcirá por todos lados.
La imagen hizo encogerse a Camila.
-No lo dices en serio, papá. ¿Cómo puede ser, puesto que eres comisario? Si matas a una persona, tendrás que entregar tu insignia.
-Por eso, ¿no lo entiendes? Un hombre probo no permite que otro haga daño a su hija sin hacer nada para remediarlo. Camila Pía, si no te casas con él, tendré que matar al pobre tipo. Es así de simple.
El ministro Wells prosiguió con su recitado:
-Tú, Benjamin Rojas, ¿quieres a esta mujer, Camila Pía Bordonaba, como tu legítima esposa?
Del rostro moreno de Benjamin brotaron gotas de sudor, y la manzana de Adán subió y bajó, cuando trató de tragar.
-Sí, quiero -dijo, sin un segundo de vacilación, y añadió para Camila-: Es lo mismo si discutes luego con tu padre. Está apuntándome con un arma a la cabeza, por si no lo has notado.
-No se preocupe. En realidad, no lo matará-lo tranquilizó Camila.
-¿Quieres probar? -Sergio dibujó una amplia sonrisa y curvó el dedo sobre el gatillo.
Benjamin cerró con fuerza los ojos.
-¡Jesucristo! ¡Haz lo que te dice, Camila!
Algo aleteó en el estómago de la muchacha.
-Papá, esto ya no es divertido. ¿Cómo se te ocurre amenazar así la vida de un hombre inocente?
-Inocente -intervino Benjamin-: esa es la palabra clave.
El ministro lo interrumpió otra vez:
-Y tú, Camila Pía Bordonaba, ¿quieres a este hombre como tu legítimo esposo, para amarlo, honrarlo y obedecerlo, hasta que la muerte os separe?
Camila puso los ojos en blanco y sonrió al ministro con dulzura.
-Tal vez el señor Rojas esté temblando de miedo, pero yo no. Antes de que cualquiera de ustedes me oiga a mí decir "Sí. quiero", nevará en verano.
Sergio le sonrió al ministro.
-Ya la ha oído. Acaba de decir. "Sí, quiero", con toda claridad.
-¡No lo dije! -se indignó Camila.
-¡Sí, lo has dicho!-replicó Sergio.
Mirando a Camila con expresión de disculpa, el reverendo dijo:
-Yo la has oído, Sergio, pero no estoy muy seguro de lo que ha querido decir ... guárdese sus opiniones y termine la ceremonia le ordenó el comisario.
-Por la autoridad que me concede... -comenzó el ministro.
Alzando la voz para tapar la del clérigo, Benjamin dijo:
-Comisario, ¿tendría inconveniente en apuntar ese revolver a cualquier otro lado que no sea mi cabeza?
-Semejante táctica nunca se sostendrá en un tribunal legal -exclamó Camila- Estamos en el siglo diecinueve, te comunico. Los hombres ya no pueden casarse con las mujeres contra nuestra voluntad. ¡Contamos con recursos legales!
Como subrayando la afirmación, el ministro dijo:
-¡Y ahora os declaro marido y mujer! -y cerró de un golpe el libro.
Un súbito silencio reinó en la iglesia. Era tan denso que Camila sintió como si se ahogara en él. Miró fijamente a su padre sin poder creer que la hubiese traicionado así. ¡Su padre, que siempre la había amado tanto... !
Desde la muerte de su madre, era la única persona en la que había podido confiar.
Con una sonrisa triste, por fin apartó el cañón de la pistola de la sien de Benjamin. Mientras soltaba sin prisa el gatillo, dijo:
-Bueno, cielo, para bien o para mal, ahora tienes un esposo.
CAPITULO 5
Menos de una hora después, Camila se hallaba a más de un kilómetro y medio, en las afueras del pueblo, sola con un completo desconocido que, además, era su esposo legítimo. Para complicar más aún las cosas, Benjamin había decidido no alquilar una carreta para el viaje de regreso al rancho, y eso significaba que Camila iba sentada en la montura delante de él, obligada a soportar la intimidad de su contacto durante todo el viaje. La maleta y el bolso de la muchacha, unidas por un trozo de cuerda, estaban atadas a la grupa del caballo, detrás del jinete, como un par de tristes sacos de arena. Convencida de que Benjamin debía de estar furioso -no podía pensar otra cosa, a pesar de que, en la iglesia lo negó repetidas veces-, Camila se exprimió el cerebro para encontrar un modo de paliar el enfado antes de que llegaran al rancho de los Rojas y él hiciera algo de lo cual se arrepintieran los dos.
-¿Señor Rojas?
Al oír su apellido, se puso un poco tenso, la mano en la cintura de Camila cambió de posición y la cercanía de los dedos a los pechos fue un recordatorio sutil de que ella ya era su esposa y, por lo tanto, de su propiedad.
-Camila, ahora puedes llamarme Benjamin. Es algo más o menos aceptable que entre marido y mujer se empleen los nombres de pila.
-Sí, claro, Benjamin. -Sintió en la garganta un nudo de ansiedad, grande como un huevo de ganso-. Yo, eh... -Hizo esfuerzos desesperados por tragar. Los ojos se le llenaron de lágrimas de frustración, y los bosques que los rodeaban se convirtieron en manchas aún más borrosas. A lo lejos, veía los picos escabrosos de las Cascades, que así, vistas sin las gafas, parecían bultos vagos, gigantescos, con las cumbres nevadas brillando al sol de la mañana estival-. Estaba pensando... bueno, sé que debe de estar enfadado. Hasta furioso. Por cierto, no lo culpo por eso, y quiero que sepa que haré todo lo posible para resolver las cosas.
-¿En serio? -Curvó los anchos hombros y apartó un poco el sombrero para poder verle la expresión-. Y dime, Camila, ¿de qué modo piensas resolver las cosas? -Los ojos azul cielo chispearon, cálidos, mirándola-. Si me equivoco, corrígeme, pero pensé que las cosas estaban bien arregladas.
-¿Arregladas, dice? ¡Estamos casados, señor Rojas! ¿No comprende lo que eso significa? No puedo creer que usted esté de acuerdo con esto.
Benjamin esbozó una leve sonrisa, y sus pestañas bajaron para ocultar a medias su expresión.
-Supongo que, tal vez, la situación te asusta un poco más a ti que a mí.
-¿Que me asusta? ¿Por qué debería asustarme? -preguntó-. Creo que sería más correcto decir que estoy inquieta.
Los pliegues que enmarcaban la sonrisa se convirtieron en profundas hendiduras, y los labios firmes se estiraron en una franca sonrisa.
-Está bien, tal vez te sientas más inquieta que yo. Y no te culpo por eso. Casi no me conoces, y ahora, de pronto, tengo el control de tu vida. Eso debe de ser perturbador.
Camila podría haber pasado el día sin oírle expresar así la situación. ¿Control sobre su vida? ¡Oh, Dios! Parpadeó y apartó el rostro, incómoda por el silencio que se creo entre los dos, pero sin saber cómo romperlo. Nerviosa, se manoseó los pliegues de la falda y deseó estar en cualquier otro sitio menos en ese.
-Si te sirve de algún consuelo -agregó al fin Benjamin-, no soy un hombre de mal carácter. No tienes que tener mie... -Se interrumpió e hizo una pausa-. Inquietud, no tienes por qué inquietarte.
Camila lo miró y se le cortó el aliento. Asustada como estaba, le pareció más alto, de hombros más anchos que antes, un muro musculoso de poder que en cualquier momento podía abatirse sobre ella. ¿Control sobre la vida de ella? "Ah, es mucho más que eso", pensó, acongojada. "Mucho, mucho más."
Benjamin exhaló un suspiro fatigado y se acomodó en la montura. Por un momento, sus pensamientos se dirigieron hacia su hogar, donde sus hermanos esperaban su regreso, completamente ignorantes de que tenían una cuñada flamante. Por ellos fue por lo que no protestó por casarse con Camila y, por su vida que ahora no podría arrepentirse de la decisión. Los Rojas, incluido el mismo Benjamin, necesitaban una mujer en la casa, y no estaba seguro de que él solo pudiese encontrar una comparable con Camila Bordonaba. No sólo era hermosa, cosa que, en lo que a él tocaba, era una ventaja adicional, sino que tenía modales agradables y se expresaba con corrección. Sería una buena influencia para sus hermanos, realmente. Se la imaginó con un delantal con pechera y una mancha de harina en la mejilla y, de sólo pensarlo, le gruñó el estómago. Por Dios, ni recordaba cuánto hacia que no comía una buena comida casera.
No, no podía sentir ningún arrepentimiento por haberse casado con Camila Bordonaba. En su mente giraba la expresión: "maná del cielo". Eso era para él: un milagro que por casualidad le había caído en el regazo. Además, no era culpa de él. Al contrario. El no le había tendido una trampa ni mucho menos. Y no era el único que se beneficiaba. Dejando a un lado ropias razones egoístas, Camila habría sido crucificada por los así considerados ciudadanos probos de Shady Comers si él no la hubiese convertido en una mujer honesta. Este matrimonio era lo mejor para ella. Contemplándola, Benjamin vio la expresión angustiada y preocupada que perduraba en los bellos ojos marrones. Si se hubiesen conocido un poco mejor habría podido adivinar qué estaba pensando. ¿Cómo se sentiría una mujer que acababa de casarse con un hombre, contra su voluntad? Y, además desconocido. Benjamin imaginó que no debía de saltar de alegría. Por un momento, jugó con la idea de esperar para ejercer sus derechos conyugales, pero la descartó con la misma rapidez con que la pensó. Desde el instante en que dijo, "Sí, quiero", decidió sacar el mejor partido posible del matrimonio. Teniéndolo en cuenta, no pensaba compartir una cama con Camila y abstenerse de tocarla. La sola idea lo enervaba.
Ya estaba harto de tener que hacer frente a la frustración sexual. En su opinión, la intimidad entre él y Camila les facilitaría entablar una relación amistosa. Tal vez hubiera quienes opinaran que hacía las cosas a la inversa, pero eso no le importaba. Este tema del matrimonio era nuevo para él, e iría elaborando las reglas a medida que avanzaban. Si bien sus recuerdos de la noche pasada eran un tanto turbios, algunas partes eran muy nítidas. Recordaba cómo la había sentido entre sus brazos, tan increíblemente dulce, como si Dios la hubiese hecho especialmente para él. Evocó el beso de Camila como torpe y tímido, ciertamente muy diferente del de una mujer experimentada, pero aun así supo que dentro de ella había pasión que esperaba arder. Eso fue evidente en el modo en que abrió la boca para él y en que amoldó su cuerpo al de Benjamin. El problema principal consistiría en hacerla volver a sus brazos. Una vez logrado eso, no dudaba de su propia habilidad para excitarla. Pensando en estas cosas, le creció en el vientre un calor que le quemaba.
Benjamin cayó en la cuenta de que todavía era de mañana y que, por lo tanto, faltaba un buen rato para la noche, y se esforzó por apartar de sus pensamientos la idea de hacer el amor.
-Con respecto a tu hermana Malena -dijo en voz suave-, si es cierto que Franco la humilló frente a los amigos y la hizo llorar, realmente lo lamento.
-No sólo la hizo llorar -le corrigió- Le destrozó el corazón -Le dirigió una mirada relampagueante-. Que tenga sólo catorce años no significa que sea demasiado joven para enamorarse.
-Desde luego que no -concedió Benjamin- Más bien es probable que sea capaz de amar más intensamente, precisamente por la edad. En mi experiencia, solemos contener más nuestros sentimientos a medida que maduramos.
Oírlo expresar semejante idea sorprendió un poco a Camila.
-Entonces ¿no opina que son todas tonterías? Me refiero a que Franco le rompió el corazón.
Contemplándola sintió un arrebato casi irresistible de besar las pequeñas arrugas que se le formaron en el entrecejo, aunque no supo por qué. Cierto que había lanzado miradas admirativas a Camila Bordonaba más de una vez desde que vivía en la zona. Pero, siendo soltero sano y joven, había lanzado miradas admirativas a muchas chicas. Tal vez ese fuera su problema. Hacía mucho que él y su amigo Guido no gozaban de compañía de una dama, y los deseos contenidos forzaban el control de si mismo.
-No -repuso con voz ronca-, no creo que sean tonterías. No quiero decir con esto que Franco quisiera herirla, ni que haya sabido, siquiera, que lo hizo.
-¿Cómo es posible que no lo sepa?
Benjamin suspiró.
-Camila, es probable que mi hermano haya destrozado muchos corazones, y no creo que lo sepa. Es un muchacho muy apuesto y encantador. Más de una ...
Por primera vez en el día, Camila sonrió. Si bien fue una sonrisa leve y fugaz, existió. Y fue tan brillante que lo hizo callarse y lo dejo tan aturdido que olvidó lo que iba a decir.
-Así que apuesto y encantador, ¿no? ¿Sabe lo mucho que ustedes dos se parecen?
Por un segundo Benjamin no supo cómo responder. Luego vio que lo mejor era recurrir a la vieja sinceridad, que nunca le había fallado, hasta el momento.
-Franco y yo somos como dos fragmentos idénticos de ágata, uno pulido, y el otro no. En la superficie, yo soy igual, pero me falta el brillo, querida.
Los enormes ojos marrones recorrieron lentamente el rostro de Benjamin. Después de contemplarlo a su antojo, sonrió de nuevo, levemente, pero los efectos fueron devastadores. Mirándola, Benjamin llegó a la conclusión de que podría hacerse millonario si se le ocurriese un modo de envasar toda esa dulzura de su flamante esposa.
-Nunca he visto a tu hermano, así que no puedo opinar, pero me cuesta creer que sea mucho más brillante que tú. Sin saber cómo aceptar el cumplido, Benjamin optó por ignorarlo:
-¿Qué has estado haciendo, muchacha? ¿Andando por el pueblo con los ojos cerrados?
-¿Cómo?
-De lo contrario, ¿cómo puede ser que no hayas visto a mi hermano?
Incómoda, Camila se ruborizó.
-Me he equivocado. Claro que lo he visto, pero nunca de cerca.
A Benjamin le pareció increíble que Franco, que atraía a las muchachas bonitas como la miel a las moscas, hubiese pasado inadvertido para Camila. Era indiscutible que se trataba de una muchacha bonita.
-Bueno, mi amor, créeme, no sólo brilla más que yo. Si hay que juzgar por las reacciones de las mujeres, podríamos decir que hay un eclipse total. Ten cuidado de no dejarte llevar por sus zalamerías. Sea por error o no, estás casada conmigo, no con él.
Chasqueó la lengua y acicateó al caballo a andar más rápido. En ese mismo momento, un conejo saltó de un grupo de arbustos, sobre el camino. El brusco movimiento asustó al ruano de Benjamin, y antes de que este pudiese reaccionar, el potro retrocedió y agitó en el aire los cascos delanteros. Camila no tenía estribos en los que equilibrarse, y lo único que la sujetaba a la montura era el brazo del propio Benjamin. Temiendo que pudiera caerse, la sujetó con más fuerza, mientras se esforzaba por recuperar el control. Cuando, al fin, el enorme animal se tranquilizó, Benjamin comprobó que, en la confusión, había desplazado la mano hacia arriba, y ahora se posaba, a medias sobre uno de los pechos de Camila: evidentemente, aquella familiaridad no agradó a su esposa. O tal vez era que ese estúpido caballo la había asustado mucho. La muchacha aún contenía el aliento.
-¿Camila?
Con mucho tino, deslizó la mano otra vez al lugar anterior, y se inclinó un poco hacia adelante para poder verle el rostro. Al verle la expresión, los ojos cerrados con fuerza, la dulce boca temblorosa en el evidente esfuerzo por no llorar, se le oprimió el corazón.
-Camila... -dijo, en tono más suave-. Está bien.
-¿No lo hemos aplastado?
La pregunta lo tomó desprevenido, y le dio vueltas en la cabeza, sin saber de qué estaba hablando.
-¿Si no hemos aplastado qué?
-Al pobre conejo -preguntó, con voz débil.
¿El pobre conejo? Benjamin observó su rostro pálido sin convencerse aún de que había entendido bien. Si bien la muchacha había nacido y se había criado en la ciudad, seguramente no debía de ignorar por completo las realidades de la vida, y el estofado de conejo estaba entre las primeras de la lista.
-No, no lo hemos aplastado -repuso, con voz extrañamente constreñida- Cruzó el camino sin que se le revolviese el pelo siquiera.
Camila soltó el aire y abrió los ojos. Se apoyó una mano pequeña en la garganta tragó con esfuerzo y esbozó una sonrisa desmayada:
-Gracias a Dios. Son unas criaturas tan dulces, ¿no? Me encanta cómo mueven la nariz.
Después de observarla un momento,Benjamin se dio una sacudida mental. No tenía sentido pensar lo peor. No porque la preocupase un conejo silvestre tendría escrúpulos en preparar un estofado, de vez en cuando.
Por supuesto que no.
CAPITULO 6
El rancho Rojas anidaba entre un grupo de pinos altos, en un valle tapizado de hierba, rodeado completamente por montañas boscosas En cuanto estuvieron lo bastante cerca para verlo con claridad, a Camila le pareció maravilloso.
Mientras Benjamin guiaba al potro hacia la casa, Camila no pudo desembarazarse de la sensación de que allí era donde debía estar. Fue como si hubiese estado toda la vida esperando este momento, y, tal vez, a este hombre. Qué locura. Era absurdo. Este matrimonio era una burla y estaba destinado a disolverse. Pensar que podía ser de otro modo era una locura total.
Cuando Benjamin llevó al caballo hasta el borde del porche, Camila vio una mancha blanca cerca de un tocón de extraño aspecto. Escudriñando con más atención, supo que lo que veía era un bloque de cortar leña, con plumas de gallina pegadas en la base. Sintiendo una inmediata inquietud, pasó la vista hacia la casa misma. Cualquier cosa que la distrajera de la imagen de sangre y cuchillos que, sin duda, debió de acompañar la reciente matanza.
La casa era la simplicidad misma: una estructura apaisada de troncos sin desbastar y techo de corteza de cedro. No había manera de verla bella, por más imaginación que se pusiera, pero podía ser encantadora si se hacía algún intento por embellecerla.
Decir que no había existido ningún intento fue, para Camila, subestimar la realidad. Más bien al contrario, por lo que se veía. Incluso sin las gafas, distinguía una vieja bañera oxidada a un costado del porche delantero, con una tabla de lavar gastada apoyada en un extremo, dentro, y un par de calcetines con mugre incrustada, colgando del borde. Cerca había un saco de harina tirado, del que se había derramado un poco del contenido, humedecido y pegajoso por la lluvia y luego endurecido como una piedra, por el sol. Detrás del saco de harina, un saco a medias usado de patatas estaba apoyado contra la casa, cerca de la puerta principal. En general, tenía el aspecto de un lugar habitado por una banda de intrusos, no muy pulcros.
-Haría falta un poco de limpieza -dijo Benjamin, a modo de disculpa.
-Oh, es encantador. En serio. Me gustan las casas de troncos. ¿A ti no?
A decir verdad, Camila prefería las de tablas, pero no tenía intenciones de herir los sentimientos de Benjamin.
Al mirar hacia atrás, su vista se posó en la boca firme de su esposo, y no pudo menos que recordar cómo se había sentido en los brazos de él la noche anterior, cómo había sucumbido, aturdida, a sus besos. Evocándolo se preguntó cómo sería si volvía a besarla ahora. En pleno día, ¿las caricias de Benjamin le resultarían aburridas y sosas como las de Javier? ¿O, como le había sucedido la noche pasada, el primer contacto con sus labios le quitaría el aliento? Tal vez sería mejor no averiguarlo. Malena no era la única muchacha a la que le habían destrozado el corazón: a Camila también le había pasado, y si algo aprendió de la experiencia fue que las mujeres como ella no les resultaban atractivas a los hombres apuestos.
Cuando Benjamin se echó hacia delante para dejar las riendas sobre la montura y aferrarse del pomo, sintió el juego potente de sus músculos en el pecho y los brazos. Un estremecimiento le corrió por la espalda cuando su esposo se apeó y se estiró para ayudarla a bajarse.
-Puedo sola.
Pero la protesta llegó tarde. Antes de que pudiese parpadear siquiera, la había sujetado por la cintura. Camila le apoyó las manos en los hombros y le sostuvo la mirada, mientras él la izaba con facilidad de la montura.
-No quiero que te las arregles sola -repuso, con voz ronca- No olvides que aquí somos ocho para ayudarte.
La alegró advertir que su expresión solemne, casi adusta, quedó desmentida por una leve sonrisa que jugueteó en las comisuras. Se le ocurrió que, tal vez, sonreía porque, de alguna manera, había percibido que Camila se preguntaba cómo sería cuando volviese a besarla. Un sonrojo comenzó a subirle desde el cuello.
Benjamin estaba de espaldas al sol, con el sombrero oscureciéndole las facciones tostadas. Incluso en esa sombra, sus ojos azulados tenían un resplandor brillante. Cuando la miró, ella se sintió incapaz de moverse y no estaba segura de querer hacerlo. Como comprobó la noche anterior había algo en Benjamin que la cautivaba. El enigma era que no sabía qué era ni por qué, pero cuando la miraba con esos cálidos ojos azul gris, se sentía se sentía como invertebrada. Pero eso era una estupidez.
Sujetándola del codo con una mano grande y diestra, Benjamin la ayudó a subir al porche.
-Si hubiésemos sabido que tendríamos compañía, habríamos limpiado. -Como para subrayarlo, dio un puntapié al saco de harina-. Como el rancho lleva tanto tiempo de trabajo, la casa está un tanto descuidada. -La condujo hasta la puerta, y se inclinó rodeándola, para abrirla con el pie-. No es que tengas que considerarte una visita, Camila. Desde ahora esta es tu casa.
Tras lo cual abrió la puerta a una cocina tan atestada y desordenada que desafiaba todo intento de descripción. Una mesa insólitamente larga, con la superficie sepultada bajo pilas de basura que, por suerte, Camila veía borrosa, dominaba el centro del ámbito. Si no hubiese sido por algún que otro plato sucio intercalado, habría creído que en realidad no la usaban para comer.
-Oh, caramba...
La mano de Benjamin se tensó en su brazo.
-Los muchachos y yo te ayudaremos a limpiar todo -la tranquilizó-. Y, de paso, yo podría poner unas planchas de madera en las paredes. Sé que a las mujeres les agrada colocar empapelado y cuadros, y esas cosas.
Camila se esforzó para ver. El interior de la casa parecía demasiado penumbroso, quizá porque las paredes de troncos estaban ennegrecidas por el tiempo. Una mitad de la cocina estaba separada del fondo de la casa por una pared, y la otra se abría hacia una zona de recibidor, creando un cuarto de estar en forma de L, sobre el que asomaba un gran altillo.
Camila esperaba que, si los hermanos de Benjamin iban a ayudarla a limpiar, trajesen consigo palas de hoja ancha. Pensándolo mejor, tal vez ni las palas bastasen. Hasta donde alcanzaba a ver, en cada rincón había montículos de basura. Periódicos viejos, latas de comida vacías, ropa sucia, libros escolares, pizarras... Daba la impresión de que alguien hubiese vaciado el contenido de la casa en el suelo, lo hubiese agitado y luego apartado la mezcla a los costados, para dejar espacio por donde caminar. Nunca, en toda su vida, había visto un desorden tan espantoso.
De repente, de entre los escombros, apareció un niño de cabellos rubios. Frotándose un ojo con el puño, observó a Camila con el otro.
-¿Tú quién eres?
Cuando se acercó lo suficiente para que Camila pudiese verlo mejor, creyó que nunca había visto un niño tan hermoso. Supuso que tendría alrededor de seis años y era exactamente como se imaginaba a Benjamin a esa edad, compacto y delgado, de piel bronceada y con una mata de cabello negro.
-Hola -le dijo, acuclillándose para saludarlo a la altura de los ojos del niño-. Me llamo Camila. ¿Y tú?
-Nacho.
Se sacó el puño del ojo y tuvo que parpadear para que las pestañas pegajosas se despegaran. Camila vio que una raya de suciedad le cruzaba una de las mejillas. El niño la contempló largo rato, con expresión más seria de lo que cabía esperar en un niño de su edad. Con un ceceo que distorsionaba las eses, añadió:
-Tengo casi siete años.
-Faltan nueve meses para eso -puntualizó Benjamin-. ¿Y por qué estás durmiendo en el recibidor, chiquillo? Y no hablemos de que ya es casi mediodía.
-Anoche nadie me despertó para que fuese a dormir arriba -repuso Nacho, acomodándose una tira del tirante sobre el hombro-. Y no me llames "chiquillo", Benjamin. Soy muy mayor para que me llames como a los niños pequeños.
Camila no pudo contener una sonrisa.
-Yo creí que tenías, por lo menos, ocho -mintió-. Debes de ser muy alto para tu edad.
Nacho la recompensó con una sonrisa complacida que mostró la ausencia de algunos dientes de adelante.
-Benjamin dice que sólo le llego a la rodilla.
-Sí, bueno, teniendo en cuenta lo altas que son las rodillas de tu hermano, podemos decir que eres alto para tu edad -comentó Camila, diplomática-. Creo que la gran altura es un rasgo de tu familia. -Echó una mirada a Benjamin-. No me dijiste que tenías un hermano tan...
Estuvo a punto de decir "pequeño" pero se contuvo.
-¿Crecido? -propuso Benjamin.
Camila sonrió y se incorporó.
-Exacto.
Benjamin le lanzó una mirada significativa.
-Como dije, tengo mis razones para querer una esposa.
Al haber conocido a Nacho, Camila comprendió el deseo de Benjamin por hacer casi cualquier cosa para lograr la felicidad del niño, incluso ser el novio de una boda celebrada a punta de revólver. El problema era que, seguramente, sus sentimientos cambiarían cuando supiera que era medio ciega y, si no, cuando la viese con las gafas. Como la afección visual era muy severa, tenía que usar unas lentes muy gruesas, que la despojaban de toda belleza, aunque hubiese sido la mujer más hermosa del mundo. Camila había aprendido por las malas que los hombres apuestos querían estar col mujeres bellas, cosa que ella no era con las gafas encaramadas a la nariz.
Antes de que pudiese enderezarse del todo, un muchacho más grande bajó a toda velocidad por la escalera que daba a la cocina. Iba abotonándose los vaqueros y al ver a Camila se paralizó.
-¡Maldición, Benjamin! -Se apresuró a terminar de abotonarlos-.Podrías haber avisado que teníamos visita.
-Este es Yago -dijo Benjamin a modo de presentación; miró primero a Camila y después, señalando con la cabeza al hermano, agregó-: Catorce para dieciocho. Disculpa su lenguaje, pero me quedé sin jabón.
Camila no tuvo inconvenientes en creerlo, pues era evidente que el jabón escaseaba. La camiseta de Yago, que había sido gris en otros tiempos, ahora se veía más bien castaña. Todavía acuclillada ante Nacho, le ofreció una sonrisa amistosa.
-Hola, Yago. Me alegra conocerte.
El muchacho inclinó la cabeza.
-Lo mismo a mí.
Al parecer, los buenos modales eran otra área que Benjamin había descuidado. Se incorporó, observó la cocina y la ganó el abatimiento. Benjamin había aceptado el matrimonio porque necesitaba una mujer en la casa: no hacía un secreto de eso. En síntesis, le ofrecía una vida allí a cambio de sus habilidades como ama de casa y cocinera: era así de simple.
Camila sabía que la mayoría de las mujeres se hubiesen sentido insultadas. Querrían que un hombre se sintiera atraído por su apariencia; que las amara por su personalidad, que se casara por motivos del corazón. Pero Camila había aprendido hacía mucho tiempo a no esperar ninguna de esas cosas. El ofrecimiento de Benjamin no la había ofendido. Al contrario, se sentía excitada, sin hablar de que estaba tentada de aceptarla.
Había sólo un problema. Un gran problema. Desde la muerte de su madre cuando Camila tenía cuatro años, fue la señora Radcliff, el ama de llaves que contrató su padre, la que se había ocupado del funcionamiento de la casa. Como era una mujer a la que no le agradaba que nadie se inmiscuyese, no alentó a Camila ni a Malena a que la ayudasen en ninguna de las tareas. Como consecuencia, el conocimiento de las tareas domésticas que tenía era limitado. Siguiendo una receta paso a paso, podía cocinar platos sencillos, y supuso que el sentido común la ayudaría con casi todas las tareas relacionadas con la limpieza. Pero ¿y el lavado de ropa? Camila había enjuagado algunas veces sus calzas ribeteadas de algodón, pero, fuera de eso, jamás lavó, almidonó ni planchó una sola prenda. Por tentadora que fuese la proposición de Benjamin, no sabía si estaba a la altura del desafío.
Por otra parte, esta era su oportunidad -tal vez la única- de tener lo que otras chicas daban por sentado: un esposo apuesto y joven, que le acelerase el pulso y le hiciera cosquillear la piel. Durante mucho tiempo, Camila se había resignado a conformarse con la segunda o la tercera alternativa: casarse con Javier. Hacer el papel de la esposa del ministro. Fingir que no quería ni necesitaba excitación en su vida. Y ahora un salto del destino le había dado la posibilidad de tener más. Mucho más. Cada vez que recordaba el beso compartido con Benjamin, se estremecía de expectativa.
¡Qué locura! Debería saber que no podía permitirse abrigar semejantes esperanzas. ¿Acaso no había aprendido nada la última vez que le destrozaron el corazón? ¿En verdad, era tan tonta que estaba dispuesta a arriesgarse otra vez a sufrir el mismo dolor? Era absurdo pensar que podía ocultarles por mucho tiempo a Benjamin y a los hermanos su defecto visual, aún por poco tiempo siquiera. Tarde o temprano, alguno de ellos la sorprendería usando las gafas, y Benjamin sabría la verdad: que era medio ciega y, para compensar, tenía que usar esas lentes tan horribles. Y cuando eso sucediera, se acabarían los besos que la hacían estremecerse. Seguramente Benjamin pondría cualquier excusa que se le ocurriese para deshacerse de ella.
A menos que... quizás... ¡Oh, Dios, era absurdo pensarlo, siquiera. Pero había oído hablar de otros matrimonios que empezaron vacilantes terminaron muy bien. Si hasta su propio padre admitió, una vez, que, a principio, la madre no estaba muy entusiasmada ante la idea de casarse con él.
Pero, claro, mamá no era ciega como un murciélago. Aun así, ¿y si lograba mantener en secreto el uso de las lentes? La única ocasión en que le resultaban imprescindibles era para leer, y podía tratar de no hacerlo delante de nadie. Si tenía cuidado, mucho cuidado, podrían pasar meses hasta que Benjamin supiera la verdad, y quizá para entonces se hubiese encariñado tanto con ella que ya no le importara que usase gafas.
Si bien el plan le parecía loco, un vistazo a Benjamin la decidió. Sin lugar a dudas, era el hombre más apuesto que había conocido. Para una muchacha como ella, que hacía rato que ya no soñaba, la oferta era irresistible Tenía que aprovechar la oportunidad. Y si se le destrozaba otra vez el corazón, paciencia. Al menos no se iría a la tumba con ganas de patearse a s misma por no haberlo intentado.
Una vez resuelta, Camila evaluó rápidamente el desorden que la rodeaba. En todas partes donde miraba parecía haber pilas de platos sucios Tenía el presentimiento de que su habilidad para subir las escaleras llevando un libro en equilibrio sobre la cabeza no le serviría de mucho en el hogar de los Rojas.
-Yo, eh, no sé muy bien por dónde empezar... -Se volvió hacia Benjamin-. ¿Has dicho que tenías tareas que hacer?
-Pocas -se apresuró a tranquilizarla-. Como es domingo, dejamos la mayor parte del día para las tareas dentro de la casa. En cuanto termine, vendré a ayudarte.
-¿Tenéis pan horneado?
Rogó que tuviesen, porque en su vida había preparado una hogaza.
-No. Por lo general, hacemos bastante los domingos para toda la semana. Como te he dicho, el domingo es el día que dedica a la casa.
A Camila se le contrajo el estómago.
-Espero que tengáis un libro de cocina, pues no sé de memoria los ingredientes para hacer el pan.
-No exactamente un libro de cocina, pero sí tengo la colección de recetas que mi abuela y mi madre anotaron durante años. Nada muy elegante, sólo unas hojas de papel sueltas, guardadas en una caja de madera que hizo mi padre.
-¿Tienes una para pan?
-Por supuesto. Si no, estaría perdido. Yo tampoco sé los ingredientes de memoria.
Camila se relajó un poco. Tendría éxito en lo culinario siempre que contara con las recetas. Con respecto a la limpieza, sería cuestión de guiarse por la nariz. El problema principal se presentaría con el lavado de ropa. En eso sí, sin duda, necesitaría ayuda. Tal vez si lo hacía más o menos bien en todas las demás cosas, a Benjamin no le importara mucho eso.
De manera tan repentina que la asustó, Benjamin vociferó:
-¡Todos a cubierta, aquí! ¡Ya es casi mediodía! ¡Hora de ponerse a trabajar!
Desde el altillo llegaron ruidos de elásticos que crujían y pies que daban en el suelo de madera. En menos de un minuto, apareció una cabeza oscura en lo alto de la escalera. Luego otra. Antes de que Camila se diera cuenta, cuatro jóvenes muy parecidos estaban de pie delante de ella. Por turno, se acercaron a unirse a las filas, con Yago y Nacho. A la llegada de cada uno, Benjamin anunciaba su nombre y su edad.
-Pablo, diecisiete. Cruz, veinticuatro. Bautista, diecinueve. Jake, veintidós.
A medida que cada uno de los muchachos le era presentado, Camila sonreía e inclinaba la cabeza. Cuando Benjamin terminó, ella dijo:
-Me alegra conoceros a todos.
-A todos, no -la rectificó Nacho-. Falta Franco. El tiene veinte.
-Ah, sí, Franco -dijo Camila, cautelosa-. ¿Cómo he podido olvidarlo?
Nacho frunció la nariz y contempló especulativamente al hermano mayor.
-Tú no le has dicho cuántos años tienes.
Para sorpresa de Camila, Benjamin se situó ante ella y le pasó el brazo por los hombros:
-Yo tengo veintisiete, pilluelo, y como soy lo bastante mayor para establecerme, eso es, precisamente, lo que he decidido hacer. Esta mañana, Camila y yo nos hemos casado
-¿Qué?
-¿Por qué no nos lo has dicho?
-¡Yo creí que iba a ser tu padrino!
-¡Por todos los diablos!
-¿Qué es lo que has hecho?
-Creí que Javier era el prometido de ella.
-Le gané de mano a Javier y la pedí primero -dijo Benjamin- He aquí una lección para vosotros: no dejéis demasiado tiempo libre ligera y contenta a una muchacha bonita, pues, en cuanto os descuidéis, se casará con otro.
-Yo no sabía que conocieras tan bien a Camila -dijo Jake.
-¿Por qué no nos dijiste que pensabas casarte con ella?-preguntó
-¡Ah, bravo! -exclamó Nacho, excitado-. ¿Eso quiere decir que va a quedarse aquí?
Benjamin levantó una mano.
-Sí, se quedará -le aseguró. Y agregó para los mayores- Para responder todas las preguntas, sencillamente decidimos casarnos eso es todo. Cuento con que todos vosotros haréis sentir a Camila que es bienvenida.
-¡Claro que eres bienvenida! -le aseguró Nacho-. Sobre todo si sabes hacer unos bizcochos como los que Benjamin trajo el año pasado de la fiesta de la iglesia.
Camila parpadeó. ¿Bizcochos?
-Por supuesto que sé hacer bizcochos -le contestó- Siempre que haya una receta entre los papeles que mencionó Benjamin.
Un poco menos entusiastas, pero con la misma calidez, los Rojas mayores le dieron la bienvenida, y Cruz, el que seguía en edad a Benjamin termino con:
-Estaremos orgullosos de llamarte hermana, Camila. Bienvenida a tu nuevo hogar.
Hermana. Al oír la palabra, Camila sintió que le ardían los ojos sospechosamente. Parpadeó un poco nerviosa, convencida de que la creerían loca si se le humedecían los ojos por algo tan tonto. Lo que pasaba era que siempre había deseado un hermano y ahora tenía siete, cuatro de ellos mayores que ella misma. Era casi como si Benjamin hubiese sabido lo mucho que quena tener un hermano mayor que la cuidara.
-Y a mí me gustará llamar hermanos a todos vosotros -dijo con la voz constreñida.
Una vez cumplidas las cortesías, Benjamin sacó el brazo que rodeaba a Camila y comenzó a enumerar lo que esperaba.
-Camila limpiará este lugar -empezó-. Quiero que todos la ayudéis en cualquier modo que podáis. ¿Entendido? Cruz, tú irás de inmediato a fuera y traerás las cosas de Camila al dormitorio. Tú, Bautista, carga baldes de agua para ella en la bomba, para calentar sobre la cocina. Jake, consigue todos los elementos que necesitará: escoba, trapos limpios, cualquier otra cosa que quiera. Pablo, mientras ellos hacen eso, tú, con Yago y Nacho, poneos a recoger las cosas y a guardarlas. En sus respectivos lugares, no en cualquier lado, ¿eh?. Nacho: nada debajo de la cama ¿entendido?
Cuando dejó de dar órdenes, a Camila le daba vueltas la cabeza. Dio por terminada la distribución de tareas con un:
-Y ahora, escuchad todos. Desde este momento, la palabra de Camila es ley en esta casa. Estoy seguro de que ella establecerá algunas reglas nuevas y espero que todos hagáis caso de lo que dice, igual que si fuese yo. ¿Me habéis entendido? Nada de impertinencias con ella, u os daré patadas en los traseros.
Como Jake era el que estaba más cerca de Camila y podía verlo con claridad, vio que la miraba con expresión solemne. Pero, después de un instante, le sonrió e hizo un guiño irreverente. Era obvio que el hermano mayor no lo intimidaba demasiado.
Benjamin se frotó las manos y la miró enarcando una ceja, con expresión interrogante.
-¿Me he olvidado de algo que quisieras decir?
-Sólo gracias. -Camila sonrió-. Por hacerme sentir tan bienvenida.
Bautista intervino:
-¿Bienvenida? ¡Camila, es un milagro que no nos arrodillemos a darte las gracias! Hace tanto que aquí no se come una comida decente que ya hemos olvidado cómo sabe.
Camila rezó para no desilusionarlos. Pero primero lo primero. Antes de poder probar la mano en la cocina, tenía que limpiar la cocina. Por suerte, tenía muchos ayudantes.
CAPITULO 7
Dos horas después, Camila había limpiado la cocina lo suficiente para empezar a preparar la mezcla para la masa del pan. Después de lograr la ayuda de Nacho para encontrar la caja de recetas que había mencionado Benjamin, anunció a todos los mayores que ya era hora de que se tomaran un merecido descanso, preferentemente en un lugar que no fuese la cocina.
Y cuando se ofrecieron, solícitos, a ayudarla con la comida, Camila los alejó, diciendo:
-¡No, no! Me resulta más divertido así. Cuando cocino, no quiero a nadie en la cocina. Demasiados cocineros hacen un guiso muy salado, ya sabéis.
-Nunca he oído ese dicho -comentó Bautista.
Tampoco Camila, pero cumplió su cometido, que era hacer salir a los muchachos de la cocina para poder ponerse las gafas sin que la viesen, y leer la receta del pan.
Cuando salió el último de los Rojas, metió la mano en el bolsillo para sacar las gafas. Algo agudo le pinchó el dedo
-¡Ay!
Sacó la mano, vio una gota de sangre y frunció el entrecejo, afligida.
-En nombre del cielo, ¿qué pasa?
Esta vez con más cuidado, metió la mano en el bolsillo. Cuando sus dedos se cerraron sobre la montura de las gafas, sintió como si se le cayera el corazón, pero no hasta las rodillas, que era lo que solía suceder cuando pasaba algo malo, sino al suelo. ¡Las gafas! La montura estaba retorcida, sin posibilidad de arreglo y, al sacarla del bolsillo, vio que faltaban las dos lentes. Metió la mano más profundamente, y pronto entendió el porqué.
Las dos lentes estaban rotas, y fue un trozo de cristal el que le había pinchado el dedo.
Perpleja, Camila no atinó a hacer otra cosa que quedarse ahí, parada, mirando sin ver las gafas estropeadas. ¿Cómo había pasado? En cuanto se lo preguntó, recordó que la noche anterior se había caído en la iglesia: sin duda, fue entonces cuando se rompieron las lentes.
Cuando pasó la primera impresión, volvió la vista a la caja de recetas y la inundó el pánico. Pero pronto lo dominó. Leer sin lentes era casi imposible, pero no del todo. Si colocaba la hoja escrita delante de su nariz, podría distinguir las letras. Y, aunque sería pesado, a caballo regalado no se le miraba el diente.
-¡Oh, demonios! -susurró por lo bajo-. ¿Por qué tenían que ser las lentes? ¿Por qué no un brazo o una pierna? En ese caso, estaría en mejor situación.
Puso otra vez las gafas rotas en el bolsillo y avanzó decidida hacia la caja de recetas, con el rostro alzado. Tuvo que buscar, pero al fin encontró la receta del pan. Escudriñando de cerca cada ingrediente hasta que pudo distinguir las letras y las cantidades, se las arregló para preparar masa de pan para tres hornadas. Dejó tres cuencos con levadura para levar sobre la cocina, que todavía tenía brasas de la preparación de la cena que habían dejado los chicos la noche pasada, amasó y dio forma a seis hogazas. Recordó que la señora Radcliff siempre untaba las hogazas con grasa de cerdo derretida y las dejaba sobre la cocina tibia hasta que duplicaban su volumen. Después de hallar tres toallas de lino limpias -tarea nada fácil-, Camila imitó al ama de llaves. Cuando, al fin, pudo dar un paso atrás para admirar los frutos de su labor, se sintió tan orgullosa como si hubiese dado a luz a seis niños.
Volvió a acudir a la caja de recetas y se aplicó a encontrar algo para preparar la cena. Como odiaba preparar carne, pues sabía que se dañaba a los animales, se decidió por el estofado de carne de venado... pero sin venado, por supuesto. "Ah, sí", se tranquilizó. "Esto va a resultar muy bien", pensó, mientras empezaba a limpiar las verduras. Un delicioso pan caliente y estofado para cenar: causaría muy buena impresión a los Rojas, grandes y pequeños.
-¡Jesucristo!
Cuando entró en la cocina, Benjamin no podía creer lo que veían sus ojos. ¡La estufa se había convertido en una gigantesca y monstruosa seta! Por lo menos eso parecía, a primera vista. Mirando mejor, vio que el sombrero de la seta era una especie de levadura. Montañas de levadura que chorreaban por los costados de la estufa y goteaban en arroyuelos pegajosos hacia el suelo. Useless, el perro pastor mestizo de la familia estaba arrancando tiras de esa sustancia y comiéndoselas.
-¿Camila?
Recorrió la cocina con la vista y comprobó que había sufrido una transformación bastante más favorable que la estufa, gracias al cielo. Hasta la ventana, sobre el fregadero seco, resplandecía. Muy oronda en medio de la mesa, con aspecto casi regio, había una olla con verduras peladas y cortadas. Supuso que serían para un estofado o una sopa y vio que estaba en lo cierto en cuanto la caja de recetas abierta. La que estaba encima de las demás era la del guisado de venado de su madre.
Guiándose por las voces Benjamin comenzó a buscar a su esposa. La encontró en el piso de arriba, con los hermanos. El único Rojas que faltaba era Franco, que aún estaba en el pueblo, recuperándose de la resaca, sin duda. Camila estaba sentada en el centro de la cama de Jake, su esbelta espalda apoyada en la pared de troncos, las faldas metidas debajo de las piernas cruzadas, por recato. Los seis chicos -por mucho que crecieran, para Benjamin siempre eran los chicos- estaban alrededor de ella, cuatro sentados al estilo indio, sobre la cama, dos arrodillados en el suelo con los codos sobre el colchón. En el centro del círculo estaba desplegado un mazo de naipes.
-Aquí viene, muchachos, bajo y sucio -dijo Pablo.
-¿Bajo y qué? -preguntó Camila, risueña. Y a Cruz-: ¿Estás seguro de que existe eso que llaman suerte del principiante? Jamás podría pagar lo que os debo, muchachos.
Olvidando por un momento el lío de abajo, Benjamin apoyó un hombro contra la división, una de las dos medias paredes que dividían el altillo en tres áreas de dormir proporcionales, para sus hermanos. Por unos instantes, se permitió posar una mirada cálida sobre Camila y luego contempló a sus hermanos. Al parecer, estaban enseñándole a jugar al póker y, entretanto, desplumándola. En una ocasión similar, los habría regañado, pero hacía tanto tiempo que no los veía relacionándose así y divirtiéndose que no tuvo valor. Si bien no era muy partidario de los juegos de azar Benjamin era un convencido de la necesidad de divertirse, y era evidente que todos estaban pasándolo muy bien.
-Aparece un par de doses-dijo Pablo, dándole una última carta cara arriba a Jake-. ¡A la gran flauta, fijaos en este Rey! ¡Posible escalera! -exclamó, dándole a Nacho- .Y la dama atrae a una dama! ¡Fijaos en este par de remas! -gritó, golpeando con la última carta de Camila-. ¿Te oí preguntar si existe la suerte de principiante? Querida, mira esto A menos que alguien tenga una carta impresionante escondida en la manga hasta ahora eres la gran campeona.
Camila se llevó una mano al pecho, con expresión inocente demasiado genuina para ser fingida.
-¿En serio? -Se inclinó para mirar, entrecerrando los ojos, una pila de guijarros que había sobre la cama-. ¿Cuánto ganaré?
Nacho se inclinó adelante para contar rápidamente.
-¡Cincuenta dólares! -dijo, entusiasta- ¡Uy! Si fuese dinero verdadero, serías rica.
Benjamin se tranquilizó: por lo menos no apostaban con dinero de verdad. Supuso que debería estar agradecido por unas cuantas bendiciones.
En ese preciso momento, Camila lo vio.
-Benjamin, ¿eres tú?
El rió:
-Caramba, muchacha, ¿acaso eres ciega? Claro que soy yo.
Un leve rubor apareció en las mejillas de Camila.
-El sombrero te tapaba un poco la cara -explicó-. No podía verte bien. Además -señaló a los hermanos con un ademán-, mira cómo sois. Nunca he visto tanta gente tan parecida.
Eso hizo recordar a Benjamin los buenos modales y se quitó el sombrero.
-Lamento interrumpir el juego, pero abajo hay todo un lío. ¿Qué es eso que está todo derramado en la estufa?
Los ojos de Camila se agrandaron todavía más, si eso era posible. Tiró las cartas, saltó de la cama y fue apartando a los muchachos a codazos.
-¡Mi pan!
-¿Pan? ¿Eso es pan? -Benjamin rió a carcajadas-. ¿Cuánta levadura le pusiste?
Camila pasó corriendo junto a él, pero la aferró del brazo antes de que llegara a la escalera.
-Eh, aquí. Ve despacio. No tienes por qué caerte.
La hizo retroceder y bajó antes que ella, para protegerla.
-Cuidado -le advirtió, con la vista fija en los pies pequeños-.Los peldaños son peligrosos hasta que te acostumbras.
Al llegar a la cocina, se quedó inmóvil, callada, mirando la estufa.
-¡Oh, no! ¡Mis hermosos pequeñuelos! ¿Qué demonios les ha pasado?
Useless, aparentemente sin hambre por primera vez en su descarriada vida, se lamió las mandíbulas moteadas, se dejó caer junto a la estufa y gimió. De pronto, a Benjamin se le ocurrió que no debió haber dejado que el perro siguiera comiendo la masa.
-Dios -rezongó por lo bajo, mirando la panza de Useless-. Espero que no se descomponga.
Camila resopló, indignada:
-¿Quieres decir que mi pan podría enfermarlo?
-Estaba pensando que, tal vez, la levadura no sea buena para los perros. -Apartó la vista del animal- Tengo la impresión de que le pusiste demasiada.
-Lo que decía la receta: una taza por horneada.
-¿Una taza? -silbó-. No me extraña que haya masa por todas partes, cielo. Debes de haber leído mal los ingredientes. En la receta de mi madre indica un cuarto de taza de levadura por horneada.
En ese momento, bajaron todos los muchachos por la escalera y al ver el desastre en la cocina, abrieron los ojos, asombrados:
-¡Uy! -exclamó Nacho- ¿La cocinaremos toda?
-No, Nacho. No creo que quede comestible cuando la rasquemos toda para limpiarla -respondió Benjamin- Useless es el único que comerá pan esta noche.
-¡Oh, maldita sea! -replicó el niño- Todo el día se me ha hecho agua la boca pensando en el pan caliente.
Camila parecía tan afligida que Benjamin se apresuró a decir.
-No es tan grave, Camila. Esta noche podremos comer galletas y mañana harás el pan.
Tras lo cual, se enrolló las mangas de la camisa y se dedicó a la tarea de limpiar el desastre. Diez minutos después, ya no opinaba que no era tan grave. Nunca había visto tanta masa. Y más aún: la mayor parte se había pegado al hierro caliente de la estufa y estaba tan pegada que era casi imposible sacarla. Al final, recurrió a la ayuda de un cuchillo.
-¿Estás segura de que sólo pusiste una taza de levadura por horneada? -le preguntó a Camila-. Te digo que nunca en mi vida he visto que quince tazas de harina ocuparan tanto espacio.
-Nueve -corrigió- En la receta decía tres tazas por horneada nueve en total.
Benjamin interrumpió la tarea para mirarla, pensativo.
-No, cielo, en la receta dice cinco tazas de harina por horneada lo que multiplicado por tres da quince. Es evidente que no sólo leíste mal la cantidad de levadura. ¿Acaso eres corta de vista, o algo así?
Al oírlo, las mejillas de Camila se arrebolaron y en sus ojos apareció un brillo indignado.
-¡Caramba, no, no soy corta de vista!
A juzgar por la expresión de la muchacha, Benjamin se dio cuenta de que había cometido un error al preguntar. Las mujeres eran muy delicadas en esas cosas. Rápidamente pensó en el modo de arreglar las cosas y decidió no volver a tocar el tema de la vista de Camila.
-Tienes razón. Ha sido una tontería de mi parte. No es extraño que hayas leído mal, porque el tres y el cinco son muy parecidos, y, como yo usé esa receta tantas veces, es probable que la haya manchado con los ingredientes encima de los números, y por eso sea difícil de leer.
Con expresión de alivio por haberse librado de la acusación, Camila hizo un gesto de afirmación.
-Sí, estoy segura de que fue eso. Había muchas manchas encima de la receta. -Estrujo el trapo que estaba usando-. Lamento que se haya ensuciado tanto,Benjamin. En serio. No es necesario que me ayudes, puedo limpiarlo yo sola.
Benjamin la veía adorable ahí, de pie, que por nada del mundo hubiese dejado que terminara sola. Después tenía que salir a ordeñar, pero, fuera de eso, pensaba quedarse dentro el resto del día. No se le ocurría ningún en motivo para separarse de su novia. Hasta el anochecer quedaba poco tiempo para que se conocieran mejor, a su juicio. Si pensaba hacerle el amor antes de que amaneciera, tenía que terminar rápido.
Esa noche, cuando Benjamin se sentó a cenar, casi se rompió un diente con una de las galletas de Camila y también estuvo a punto de quedarse ciego en el esfuerzo por encontrar carne en el guiso. Después de saborear varios bocados que, para su gusto, estaban demasiado salados, llegó a la coclusión de que no tenía nada de carne. Contemplando a su esposa a través de la larga mesa sonrió: comía tranquilamente sin dar la impresión de que echase algo de menos.
-Camila, desde ahora en adelante, cuando necesites algo de carne, no tendrás más que pedírselo a los muchachos, y alguno de ellos irá a conseguírtela. Tenemos carne de vacuno y venado en cantidad, en el ahumadero.
-¿Carne?-Lo miró con ojos asustados, la cuchara a medio camino de los labios- ¿Para qué necesitaría carne?
La sonrisa de Benjamin se profundizó:
-¿Para cocinar?
Camila puso otra vez la cuchara en el cuenco.
-Oh, no, no podría.
-¿Qué es lo que no podrías?
-Cocinar carne.
Esa respuesta tuvo el efecto de que todas las cucharas quedasen en el aire. Benjamin miró alrededor y vio que todos sus hermanos, excluyendo a Franco, que todavía no había llegado, miraban a la novia con expresiones perplejas. Los comprendía: él mismo no estaba seguro de haberla entendido bien.
-¿Te he entendido bien? ¿Has dicho que no puedes cocinar carne? -preguntó, deseando aclarar las cosas.
La muchacha se limpió delicadamente las comisuras de los labia con un dedo, demostrando que se sentía perdida sin servilleta.
-Así es. Yo no como carne.
A duras penas, Benjamin contuvo una carcajada.
-¿Por qué no?
Los ojos ya grandes de Camila se agrandaron más aún.
-¿Cómo por qué no? ¡Es muy cruel! -Recorrió con la vista a los hermanos-. Me cuesta creer que uno solo de vosotros sea tan malvado como para ir al bosque y matar a un inocente ciervo sólo para poder poner carne en el guiso. -Les dedicó una sonrisa radiante-. ¡Si así, sin carne, sabe perfectamente!
Benjamin estaba seguro de que bromeaba.
-Camila, mi amor, todo el mundo come carne.
-Todo, no. Yo, ciertamente, no como. Y, si yo debo ser la cocinera en esta casa, vosotros tampoco.
Silencio atónito. Benjamin lanzó miradas significativas a sus hermanos, y aclarándose la voz, dijo:
-Creo que deberíamos hablar de esto más tarde.
-No hay nada que hablar -repuso ella con dulzura-. A menos que alguno de vosotros se ofrezca para cocinar. -Miró a los comensales-. A ninguno le molesta, ¿verdad? Me refiero a comer sin carne.
Cuando hasta el último de sus hermanos negó con la cabeza y exclamó:
-¡No, no nos molesta! -casi al unísono, Benjamin casi no podía creerlo.
Los miró con una expresión que demostraba su fastidio.
-A todos os gusta la carne. ¿Cómo podéis decir, tan tranquilos, que no os importa?
Bauti dijo:
-Bueno, un par de veces por semana podría cocinar uno de nosotros, y esas noches comeríamos carne.
-¿Podremos comer huevos? -preguntó Nacho, melancólico.
-Sí, desde luego -le aseguró Camila-. Y no hay carne en los pasteles y los bizcochos.
Al oír la respuesta, Nacho se animó.
-Si a Camila la pone triste cocinarla, no tenemos por qué comer carne, Benjamin.
Cruz tenía el aspecto de estar conteniendo las carcajadas.
-No podemos ser crueles con los animales. Y creo que comérselos es ser cruel.
A Benjamin no le pareció divertido.
-¿Podría recordaros que estamos manejando un rancho ganadero? Criamos y vendemos vacunos.
Camila pareció abatida.
-Oh, no había pensado en eso. Supongo que matan a las vacas después que vosotros las vendéis, ¿no es así?
-Así es como consiguen filetes los habitantes de la ciudad, Camila. Compran vacas criadas en los ranchos ganaderos y las convierten en carne.
Benjamin apretó los dientes al ver la expresión afligida de la mujer. Y, sin poder contenerse, agregó-: Pero muchas no son carneadas. -Procuró inventar otra mentira para hacerla sentirse mejor con respecto a la actividad que desarrollaban para vivir-. Las lecherías, por ejemplo. Se venden muchas vacas a las lecherías.
-¡Y unas cuantas se venden para cría! -aportó Pablo.
-Es cierto -admitió Yago-. Si no quedaran suficientes vacas y toros para la reproducción, no tendríamos terneros cada primavera.
Nacho esbozó una sonrisa radiante.
-¡Y también se usan para hacer zapatos y botas! ¿Lo ves, Camila? No todas se venden para hacer filetes.
Camila se llevó una mano a la garganta.
-¡Oh, caramba...! ¿Sabéis?, nunca me he parado a pensar que mis sandalias para ir a la ópera y los zapatos abotonados están hechos de cuero.
Temiendo que intentara convencerlos de que anduviesen todos descalzos, Benjamin se apresuró a exclamar:
-Este guiso está muy bueno, Camila. ¿Qué es esta especia que detecto?.
-Sal -contestó Cruz.
Benjamin levantó su vaso de agua para lavar ese sabor.
-Aja. |
| | Autor | Reply | mari (no login) | Re: AMOR DE FANTASIA 4-7No score for this post | September 29 2009, 11:50 PM |
me parece q todos van a vivir una aventura
con camila en la casa jeje
me encanta siguela pronto xao wapa |
| mª jesus (no login) | Re: AMOR DE FANTASIA 4-7No score for this post | September 30 2009, 5:27 PM |
jajaja madre mia la que les queda
como no diga pronto que no ve sin
gafas se los va a cargar a todos
van a pasar mas hambre jiji
siguela pronto esta genial |
| anonimo (no login) | amor de fantasiaNo score for this post | October 1 2009, 4:52 PM |
hola soy betsynova y me acabo de leer todos los capis seguidos. me encanta!! me recueda a la pelicula "siete novias para siete hermanos" aunque es mucho mas divertida. pobres, con cami tan ciega por su empeño en no ponerse gafas veremos q otro cambio les introduce a parte de la comida. siguela cuando puedas.bss linda. | |
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