hola!!!!espero que os gusten los capis!!!la semana que viene publicare unos cuantos mas...asi que hasta la semana que viene!!!xau!!!bss
Capítulo Dos
Marizza alzó la barbilla.
-Léeme los labios. No... pienso... trasladarme.
Estaba de pie, en actitud desafiante, ante el hombre más tozudo que había conocido en su vida. Era mucho más alto que ella, y casi le dolía el cuello de hacer el esfuerzo para mirado, pero se negaba a deponer su actitud.
-Tengo el alquiler pagado hasta finales de mes y no tengo dinero como para andar tirándolo... como usted, señor Bustamante.
Él enarcó una ceja.
-¿No te parece un poco tonto llamarme así ahora?
-¿Amarte es conocerte? -inquirió ella en tono dulcemente sardónico.
-No fue amor, fue sexo -replicó él bruscamente, empezando a perder finalmente el control-. Y, al parecer, la satisfacción fue unilateral, según insinuaste sucintamente antes.
Dominando la sonrisa de satisfacción al comprobar que su dardo había dado en el blanco, ella agitó una diminuta mano en el aire.
-Nada de eso importa ahora. Lo que sí importa es que estás tratando de gobernar mi vida y a eso, señor Bustamante, sí que no estoy dispuesta.
Él cruzó los brazos y la miró como si se tratara de una hormiga invadiendo su picnic.
-¿ y cómo vas a detenerme? Tienes facturas que pagar y un niño que cuidar, por no decir nada de cuidar mejor de ti misma. Sin mi ayuda ¿qué vas a hacer?
Pablo vio un atisbo de pánico cruzar sus ojos. Deseó sonreír triunfante, pero era demasiado pronto. Entonces, ella se enderezó.
-No lo sé -reconoció finalmente-. Pero yo te he pedido ayuda, no que me organices la vida. Si es necesario, ya pensaré algo.
-¿Desprenderte del niño?
La estaba provocando y lo sabía, pero no podía evitado. No estaba acostumbrado a que nadie le plantara cara.
Además, disfrutaba de la pelea.
Ella entrecerró los ojos, y a Pablo le recordó a un gatito escupiendo a un león.
-¿Eso te gustaría, eh? Así tu parte de responsabilidad y tu dinero quedarían a salvo.
Él se echó a reír. Ella actuaba como si le hubiera pedido una suma enorme. y probablemente, lo era para ella.
Aquel último pensamiento le hizo ponerse serio.
-Me importa un comino, señora. Tú acudiste, a mí y yo te dije en su momento que, si aceptaba, las cosas se harían a mi modo. Y éste es mi modo.
-¿Quieres decir que no me ayudarás a menos que me mude de casa? -se lo quedó mirando, incrédula.
Pablo asintió.
-¡Pero eso es una locura! ¡Te costaría más dinero que me trasladara! El alquiler sería más alto, y habría que cambiar el teléfono. Y eso es caro. ¡La mudanza costaría demasiado!
-Puedo permitírmelo.
-¿Además de los cinco mil? -chilló ella.
-Sí. Incluso puedo proporcionarte todo los demás servicios, ya que te trasladarías a un edificio de mi
propiedad.
Súbitamente, todo cobró sentido. Se trasladaría a uno de sus apartamentos. Podría haberse dado de bofetadas a sí misma por no haberse dado cuenta antes. Pero últimamente no pensaba con claridad. Seguro que incluso así podría desgravar y salir ganando con el asunto.
-Naturalmente -murmuró ella, repentinamente dócil-. De acuerdo, me rindo. ¿Cuándo tendrá lugar esa mudanza?
-Mañana.
-Mañana es domingo. Ninguna compañía de mudanzas va a hacerlo en domingo.
-Ésta sí.
Su tono de voz le dio la clave.
-No me lo digas -dijo, mientras se hundía de nuevo en el sofá-. Tienes una compañía de mudanzas.
Él se encogió de hombros, algo azorado.
-Con tantos apartamentos, es más rentable tener una compañía. Y para tu información, la mayoría de la gente hace los traslados los fines de semana, porque trabajan durante la semana. Pablo miró a su alrededor, al espacio amueblado escasamente, pero con gusto.
-¿Estás segura de que quieres llevarte estas cosas? Siempre puedes alquilar muebles.
-Todo esto es mío, comprado y pagado por mí -declaró ella, firmemente-. Me lo llevo.
Por primera vez desde que había entrado en el apartamento, él sonrió irónicamente.
-De acuerdo. Sólo era una pregunta.
-¿Adónde voy a trasladarme?
-A las Torres Veintidós.
Hubo un breve silencio.
-No puedo -su voz era baja y llena de miedo.
-¿Qué quieres decir? Creía que ya lo habíamos dejado zanjado.
-¿Esos pisos están a la venta, no?
El asintió.
-Cuestan más al mes que un año de alquiler de este apartamento. Perderías dinero metiéndome allí. Deberías mantenerlo abierto a la venta.
Él no pudo evitar sonreír.
-Soportaré la perdida.
-Podrías meterme en alguno de tus otros apartamentos y la pérdida no sería tan grande. Así evitaríamos recriminaciones mutuas.
-Te prometo que nunca te lo echaré en cara -dijo él, mientras se preguntaba si la estaba interpretando correctamente.
¡Estaba mostrándose más preocupado por sus finanzas que él mismo! Sus ojos se entrecerraron. ¿Sería un juego?
-Ahora, ve a arreglarte. Vamos a ir a ver el sitio. Y luego, iremos a comer algo.
-No.
Él se la quedó mirando.
-¿Qué quieres decir? -dijo él, conteniendo su irritación.
-Quiero decir que me encantaría ver el piso, pero no pienso cenar contigo esta noche.
-¿Por qué no?
-Porque no me apetece estar muchas horas seguidas en tu compañía de golpe. Quiero venir a casa y estar a solas conmigo misma un rato -dijo ella con voz débil.
Parecía exhausta. Pablo suspiró profundamente.
-Bien. Vamos.
Marizza se abrochó el cinturón de seguridad y entró por la ventanilla, dispuesta a no mirar al hombre que acababa de sentarse al volante junto a ella. El nudo en la garganta le decía que deseaba llorar otra vez, y tragó con fuerza para deshacerlo.
-¿Te encuentras bien? -le preguntó él, antes de girar la llave en el contacto.
-Bien -consiguió decir ella.
La confrontación de aquella tarde con Pablo había sido un infierno. Y se había producido después de su cita en el centro comercial, cuando le había contado su «problema». Era suficiente para un día... una semana... una vida...
Deseaba que la dejara en paz. Pero, contradictoriamente, también deseaba que la estrechara entre sus brazos y que consolara su destrozado espíritu diciéndole que todo saldría bien y que se quedaría junto a ella. Aquellas emociones contrapuestas no hacían sino contribuir a su depresión.
Aunque le costara admitirlo, estaba deseando ver el piso de Pablo. Había oído hablar de las Torres Veintidós...como todo el mundo. Era uno de los enclaves de lujo de la ciudad.
Pablo salió de la calle principal y se internó por una lateral, flanqueada de árboles frondosos. El edificio de Pablo ocupaba toda la siguiente manzana. Era alto y las líneas eran sencillas y elegantes como una sinuosa escultura vertical.
Pablo se internó por la entrada de coches hacia el aparcamiento subterráneo. Al final de la entrada, se erguía un guardia de uniforme, muy sonriente. Hizo un saludo jovial y abrió la puerta para que pasaran.
-Normalmente, la puerta se abre automáticamente con la tarjeta. El guardia está sólo por si hay algún problema.
-Naturalmente -susurró ella, esperando que no notara el sobrecogimiento que la embargaba.
Aparcaron directamente junto al ascensor en una plaza reservada. Apagó el motor.
-Aparcarás en esta plaza en lugar de en la correspondiente a tu piso.
-¿Por qué?
-¿Tienes que cuestionar todo lo que te digo, no?
-Sólo cuando me das órdenes y esperas que las siga -le advirtió ella-. No pienso hacer nada ciegamente, Pablo.
Él suspiró profundamente, sintiendo que su paciencia estaba llegando al límite.
-Si aparcas aquí, tendrás el ascensor al lado y si vienes cargada, aparcarás en la entrada de coches circular de arriba. Los muchachos de recepción te subirán la compra y se encargarán de aparcarte el coche.
-Naturalmente -salió del coche antes de que él pudiera abrirle la puerta.
Esperaba que captara el mensaje de que deseaba mantener su independencia por encima de todas las cosas.
Se metieron en el silencioso ascensor y subieron hasta el piso veintiocho. El vestíbulo estaba decorado con mucho gusto y era muy espacioso. Había dos sofás, varias mesas y un precioso jarrón chino en un rincón. .
La moqueta color champán se extendía por el pasillo, y Marizza siguió a Pablo cuando se internó por él.
Cámaras giratorias les contemplaban desde puntos estratégicos en lo alto de las paredes, garantizando la seguridad en los pasillos. Llegaron a la última puerta y él metió la llave en la cerradura. Las dobles hojas de color crema se abrieron con un leve «clic».
Marizza permanecía junto a Pablo, pensando que aquello no era posible. No era posible en absoluto.
Pablo abrió del todo las puertas y le mostró una pared de ladrillos que daba intimidad al espacio que había más allá.
-Es un piso con dos dormitorios y dos baños -le explicó mientras daba la vuelta a la partición de ladrillo, que resultó ser la parte trasera de la chimenea.
Sin dejar que se detuviera, la condujo a través de la enorme sala. A la izquierda y en un escalón elevado, estaba el comedor. Una de las paredes era de espejo y reflejaba la espectacular vista proporcionada por las ventanas que cubrían toda la longitud de la habitación.
Desde aquella altura, se podía contemplar el ultramoderno paisaje urbano del centro de Houston. Marizza se acercó al ventanal y miró al exterior, cruzando los brazos para ocultar su nerviosismo. ¿Cómo había ocurrido todo aquello? ¿Y cuándo había perdido el control de la situación?
Pablo permaneció junto a ella. Luego, se movió hacia el lado izquierdo de la habitación.
-Esto es la cocina, el área de desayuno y la habitación de servicio. Y allí... -señaló las dos puertas de la pared derecha están los dormitorios. -Hay un cuarto de baño entre ellos y otro pequeño detrás del comedor.
Respirando hondo, ella lo miró.
-No puedo trasladarme aquí.
-¿Por qué no? -sus ojos azules se clavaron en ella, que retrocedió un paso.
-Porque esto... esto... -no podía encontrar las palabras adecuadas.
-¿Demasiado pequeño? ¿Demasiado grande? ¿No te gusta la combinación de colores?
-Demasiado.
Él frunció el ceño.
-¿Demasiado qué?
-Demasiado... todo -dijo ella, encogiéndose de hombros.
Él dio un paso hacia ella.
-Marizza, mírame -habló en voz baja, pero acerada, y ella hizo lo que le decía-. No hay nada malo en este piso. De hecho, es la única forma en que estaré seguro de que estás a salvo y bien cuidada. El restaurante del último piso te servirá la comida cuando no te encuentres bien. El pequeño restaurante de la planta baja te puede subir el desayuno siempre que te apetezca. Los guardias de seguridad están para garantizar tu seguridad desde el coche al apartamento. En el sótano, tienes una sauna, una piscina y un gimnasio para cuando te apetezca. Hay conserjes en el vestíbulo que se ocuparán de que no cargues nada pesado o de si necesitas transportar o mover algo -titubeó, y continuó en un tono más suave-. Y yo vivo en el ático, por si necesitas algo.
La única válvula de escape que le quedaba a ella era la ira.
-¿Ah, sí? ¿Se supone que esto es como tener una amante a tu disposición para cuando la necesites? ¿Se trata de eso? -se llevó las manos a las caderas-, este sitio tiene que costar miles al mes. ¿No es un poco alto para una amiguita? ¿Sobre todo cuando se trata de una de lo más reacia?
-Es una lástima que te des cuenta ahora de las ventajas de mostrarse reacia -dijo él entre dientes-. Lo primero es que has sido tú quién ha establecido el precio, y cinco mil cada vez que quiero hacerte el amor es un poquito alto, incluso para mí. Lo segundo es que no creo que estés tan sexy dentro de un mes o dos -añadió, bajando significativamente la mirada hacia la redondez de su estómago.
Sus palabras fueron dardos bien dirigidos que acertaron de lleno en su vulnerabilidad. Ella sintió que se le enrojecían las mejillas y cerró los ojos para ocultar su humillación. Se sentía azorada por sus propias palabras; había sido una estúpida por atacarle. ¿A quién pretendía engañar? ¡Había actuado como una estúpida desde el primer momento que le había conocido!
La voz de Pablo fue suave y tranquilizadora cuando prosiguió:
-Este piso está vacío y seguirá vacío aunque tú no te traslades. Pero un ocupante, aunque no pague, es siempre un buen negocio.
Ella seguía con los ojos cerrados.
-¿Quieres que busque a algunos amigos para que te ayuden a ocupar los restantes? Estoy segura de que podría arreglarse.
-¿Mujeres u hombres? -su tono zumbón hizo estremecer a Marizza.
Era amable cuando quería y auténticamente desagradable el resto del tiempo.
Ella abrió los ojos.
-Las dos cosas --dijo con voz ronca.
Pablo sacudió la cabeza lentamente, mientras una sonrisa curvaba las comisuras de sus labios.
-No, gracias. Una inquilina con la tozudez de una milla gigante ya casi es más de lo que puedo soportar -la tomó del brazo y la condujo hacia los cuartos de baño-. Al menos por el momento.
Desde las puertas corredizas del dormitorio, se accedía a una espaciosa terraza. En el extremo más alejado de aquella terraza, había un pequeño trastero exterior.
-Precioso -murmuró ella mientras contemplaba uno de los cuartos de baño más grandes que había visto nunca-.Auténticamente digno de Nerón.
-¿Quieres decir para hacer una orgía? -susurró él zumbonamente en su oído, en un tono teñido de hilaridad.
-Quiero decir que este cuarto de baño ha sido diseñado por una mente perversa -esperaba que aquel dardo alcanzara su objetivo.
-Gracias.
El otro dormitorio era más pequeño, aunque, en realidad, fuera más grande que todo su apartamento, pensó Marizza.
Pablo la escoltó de nuevo hacia el vestíbulo.
-Le diré a la cuadrilla de mudanza que se presenten en tu apartamento a eso de las nueve de la mañana -dijo mientras se dirigían a los ascensores.
-¡Pero no tengo tiempo de embalarlo todo!
-No tienes por qué hacerlo -le aseguró él, tranquilo-. Lo embalarán todo por ti, hasta los platos y la ropa. Lo único que tienes que hacer es supervisar su trabajo.
Se metió en el ascensor tras ella y apretó el botón de la planta baja. El vestíbulo estaba lujosamente decorado con mármol, muebles de diseño y alfombras orientales. En el extremo izquierdo, tras un mostrador semicircular, estaba un guardia uniformado encaramado a un taburete de bar, contemplando los innumerables monitores de televisión que cubrían todos los pasillos. Un conserje estaba, ordenando la correspondencia.
-Marcos, Arnold, quiero presentaras a una nueva inquilina. Marizza Andrade. Va a ocupar el número nueve del piso veintiocho.
Los dos hombres se mostraron amables y altamente respetuosos. Y los dos la contemplaron con in disimulada curiosidad.
-Jesse me dijo que estaba aquí, señor Bustamante, incluso antes de haberle visto por el monitor
-dijo Marcos, una vez que hicieron las presentaciones-. Me dijo que los transportistas necesitarán cierta
información de usted.-Pablo asintió.
-De acuerdo -miró al más joven-, Arnold, si ves a la señorita Andrade con paquetes o cualquier cosa que no debiera estar cargando, tienes que ayudarla inmediatamente. Y lo mismo con los pedidos. Súbeselos directamente en lugar de avisarla solamente por el interfono.
-Sí, señor.
Cuando por fin llegaron al coche, Marizza apoyó la cabeza en el respaldo y le preguntó a Pablo:
-¿Hay apartamentos pequeños?
-Uno o dos -su voz era cautelosa.
-¿Podría haber ocupado uno de esos?
-No.
-¿Por qué?
-Porque cuando el niño nazca, necesitarás más espacio. Y porque tengo pensado dictar algunas reglas en lo que respecta a la vida del niño.
-Hasta el momento, eso es lo único que has estado haciendo -dijo ella, irritada.
-Así es como debe ser.
Ella se incorporó y lo miró con los ojos brillantes de ira.
-No soy ninguna muñequita sin nombre ni cerebro que necesite un hombre para vivir, Pablo Bustamante. ¡No lo he sido nunca y me niego a empezar ahora!
Él enarcó las cejas.
-¿He dicho algo que haya resultado malo para ti?
Ella sacudió la cabeza.
-¿He intentado hacerte daño a ti o al niño alguna vez?
Ella sacudió la cabeza de nuevo.
-Gracias. Entonces, por favor, cierra el pico-ella abrió la boca-. Y si tienes algo que decir, Marizza, más vale que sea una crítica constructiva o una opinión sincera. Cualquier cosa que digas sólo para fastidiar será considerada una declaración de guerra.
Ella cerró la boca. ¿Qué sentido tenía? Ya pensaría en todo lo que tenía que decirle al día siguiente... después de una noche de sueño reparador.
La mañana siguiente fue como cualquier otra mañana. El despertador sonó a las siete, ella se comió nueve galletitas saladas, maldijo silenciosamente su debilidad y luego, añadió nuevas maldiciones dedicadas a Pablo.
Se negaba a pensar en lo guapo que era y en los efectos que le producía aquella encantadora sonrisa suya.
Aquello era precisamente lo que la había metido en aquel lío. Además, él no la quería. Se dijo a sí misma que debería bastarle con que fuera amable y solícito... pero, en su fuero interno, sabía que no le bastaba.
-Chica avaricias a -musitó, dándose la vuelta, con la esperanza de engañar a su estómago para que creyera que estaba todavía dormida.
No funcionó. A las ocho en punto, Marizza hizo su viaje diario al cuarto de baño... maldiciendo de nuevo.
Cuando hubo terminado de ducharse y vestirse, la cuadrilla de transportistas que había enviado Pablo llegó a la casa.
-¿Esto es todo, señora? ---dijo el capataz, mirando alrededor como si no hubiera nada.
-Sí ¿por qué?
-Hemos traído un camión lo bastante grande como para todos los muebles de un apartamento de dos
dormitorios. Para esto nos hubiera bastado con una furgoneta pequeña.
Ella se llevó a los labios su primera taza de café del día e ignoró el implícito insulto. Haciendo su mejor imitación de una muñequita, sonrió y cruzó las piernas en el sofá. Parpadeando, miró a los tres hombres que estaban de pie en el umbral, como si hubieran venido a realizar un espectáculo.
El capataz emitió un suspiro de resignación y dijo:
-Vale, tíos. Coged las cajas y manos a la obra.
Pablo tenía razón. Cuando la había dejado la noche anterior, la había aconsejado que no interfiriera en la labor de los hombres y terminarían en menos que canta un gallo.
Una vez comenzaron, tardaron menos de una hora en embalar todas sus cosas y otra hora en cargadas en el camión. Ella se quedó de pie en la acera, mirando al camión mientras contenía las lágrimas. Todo aquello por lo que había trabajado en los últimos cuatro años estaba en aquel camión. Era la suma total de su vida, todo embalado ahora por un error que había cometido tres meses antes...
-¿Echándolo de menos ya? -era la voz de Pablo, de pie junto a ella, que no le había oído llegar.
Bueno, en realidad sí. Se le había erizado el vello de la nuca, pero no había querido reconocer aquella sensación. Ya no se fiaba de sus sentidos últimamente.
-Sólo mirando. Es lo que me dijiste que tenía que hacer.
Él le lanzó una mirada inexpresiva.
-¡Qué obediente!
Ella se encogió de hombros, metiéndose las manos en los bolsillos traseros de sus tejanos.
-¿Has hablado con el administrador de los apartamentos?
Ella asintió.
-Mañana harán el cambio de teléfono y de dirección postal, pero todo lo demás ya está arreglado.
-Bien --la tomó del brazo y la condujo hacia su coche-. Vamos.
-¿Adónde?
-A comer algo y luego, a supervisar la instalación del apartamento.
-Antes tengo que hacer algo de compra -protestó ella-. Y no puedo dejar mi coche aquí.
-No hay problema. Te ayudaré con la compra y vamos a desayunar en el restaurante del edificio de
apartamentos -se volvió hacia los transportistas-. ¡Eh, Smitty! Llévate ese Volkswagen rojo contigo.
-De acuerdo, jefe. ¿Las llaves?
De mala gana, Marizza le dio las llaves de su coche a Pablo y él se las lanzó a Smitty. Mientras ocupaba su asiento en el coche de Pablo, lanzó un suspiro. ¿Qué otra cosa podía hacer sino seguir sus órdenes por el momento? Además, no valía la pena discutir por tonterías. Había batallas más importantes que ganar.
Pablo se sentó al volante y metió la llave en el contacto.
-¿Marizza?
Aquellos grandes ojos pardos llenos de confusión se volvieron hacia él, haciendo que su estómago
reaccionara. Maldijo suavemente entre dientes. Alargando una mano, acarició con los dedos su delgado cuello.
-Trata de no preocuparte. Todo va a funcionar.
-No tenía que haberte pedido ayuda nunca -susurró ella.
-¿Por qué?
-Porque eres como un tomado que arrastra y se traga todo lo que encuentra a su paso. Cuando te marches, no sabré donde está nada ni qué tengo que hacer a continuación. Me estás engullendo viva, Pablo. Y no sé qué hacer al respecto. '
El le acarició suavemente el cuello.
-Detenme.
-¿Cómo?
-Dímelo.
Ella sonrió tristemente.
-Detente, Pablo, estás apoderándote de mi vida, de mis decisiones, de mi aliento.
Él se recostó en el asiento.
-¿Qué no quieres que haga? -inquirió, sin dejar de acariciarle el cuello.
Ella trató de ignorar la caricia, concentrándose en sus palabras.
-Tomar las decisiones por mí. Pregúntame si quiero que me lleven el coche. Pregúntame si quiero desayunar o comer. Pregúntame si puedes ir de compras conmigo.
-¿Te parece bien que Smitty te lleve el coche? Ella asintió. '
-¿Tienes hambre? ¿Te gustaría comer algo antes de que fuéramos a supervisar el apartamento?
Su estómago rugió en respuesta y ella se rió tristemente, arrancándole a él una sonrisa.
-Sí, por favor, me encantaría.
-Entonces, si te parece bien, quizás podría enseñarte dónde están los mercados, el centro comercial y la farmacia más cercanos para que empieces a orientarte en el barrio por ti misma en el futuro.
-Me parece muy bien.
Pablo se fijó en los hoyuelos que aparecían a cada lado de su boca cuando sonreía, como pequeños paréntesis.
Curioso. No se había fijado antes. Sacudió la cabeza.
-Entonces, estamos de acuerdo -musitó, apartando finalmente la mano de su cuello-. No sé a qué ha venido lo de antes, Marizza, si ibas a decir que sí a todas mis propuestas.
Ella sonrió irónicamente mientras se recostaba relajadamente en el asiento.
-Pero eso no lo sabía hasta que no lo ha preguntado, señor Bustamante.
El se internó en el tráfico, con la mente hecha un lío.
Cuando Marizza le había planteado su «problema», se había quedado anonadado, pero aquella conmoción se había convertido rápidamente en culpa. Como ella no le había pedido mucho, había decidido ayudarla lo más posible. Hasta hacía un momento, se había sentido bastante orgulloso de la forma en que había llevado las cosas... y de sí mismo. Pero en este instante, no estaba seguro de si no debía de haber hecho estrictamente lo que ella le había pedido.
Tenía la sensación de que Marizza Andrade iba a poner su vida patas arriba de muchas más formas de las que había imaginado. Y aquella era la raíz de su dilema. Debía haberle molestado. En cambio, estaba reaccionando ante lo único que nunca dejaba de fascinarle: la embriaguez de un desafío.
Capítulo Tres
Marizza cerró los ojos y se apoyó en la pared mientras el ascensor subía. El gesto tenía más que ver con su afán, por abstraerse a la presencia de Pablo que con el hecho de que estuviera cansada. Pero él no iba a dejada salirse con la suya fácilmente. Los paquetes que llevaba él en los brazos hicieron ruido cuando cambió de postura.
Cuando las puertas se abrieron, ella se enderezó y emprendió la larga marcha por el pasillo hacia su
apartamento. La puerta estaba abierta; al parecer, los transportistas, estaban todavía allí.
Lo que se encontró resultaba casi cómico. Los tres hombres uniformados estaban en mitad de la habitación, contemplando el espacio que los muebles no llenaban. ¡Y era bastante!
-La habitación es un poco más grande de lo que había pensado -dijo Pablo, pero en sus ojos brillaba una chispa de regocijo.
-¿Cómo se supone que voy a convertir este almacén en una casa acogedora sin gastarme una fortuna?
Todos los ojos estaban fijos en su expresión consternada.
Pablo habló el primero.
-¿Comprando más muebles?
Smitty habló el siguiente.
-¿A base de muchas alfombras? Es lo que hace mi señora.
-¿ y qué tal unas plantas? -sugirió esperanzadamente uno de los jóvenes.
-Yo me cambiaría de casa --dijo el otro escuetamente-. La verdad es que no me gustan las alturas.
-Muy bien -dijo Marizza por encima del hombro mientras se dirigía a la cocina a dejar las bolsas que llevaba-.Lo tendré en consideración.
-¿El qué? -inquirió Pablo.
-Todo.
-Haré que se vayan los hombres --dijo él, dejando sus paquetes junto a los de ella en la encimera.
-Gracias.
Al cabo de unos instantes, el apartamento estaba vacío de hombres, excepto Pablo. Ignorándolo, no sabía qué otra cosa hacer, ella se dedicó a guardar la compra.
Supo el momento exacto en que él había regresado y se había quedado en la puerta de la cocina, pero se negó a interrumpir su ritmo de actividad.
-¿Quieres un sandwich de salchichón?
-Odio el salchichón.
-A mí me encanta. Con mucha mostaza.
Él se metió las manos en los bolsillos.
-Pero si acabas de comer.
Ella asintió, mientras metía los cereales en una alacena.
-¿Y aún tienes hambre?
-No. Sólo he pensado que podías tener tú.
-Marizza -su voz comunicaba la orden implícita de volverse y mirarlo.
Ella lo hizo, enarcando una ceja.
-¿Podríamos encontrar una forma de aguantamos sin afectar a nuestras sensibilidades?
-¿ Quieres decir que si podemos relacionarnos sin hacernos daño?
Él tensó la boca.
-Sí.
Ella ladeó la cabeza, y su melena cayó hacia un lado.
-No lo sé. ¿Podemos?
-Lo intentaré si tú lo haces también.
Ella asintió lentamente.
-De acuerdo. Pero de ahora en adelante, que nada se haga o se ponga en acción sin mi conocimiento y mi permiso.
Él alzó una mano.
-Palabra de scout.
-Entonces no tenemos por qué tener ningún problema.
Ella tuvo ganas de reírse por aquello. ¡Tener a Pablo cerca ya era bastante problema en sí!
Él se apartó de la puerta y dio dos pasos hacia ella. Alargó una mano y le apartó un mechón del sedoso cabello.
-Ningún problema-susurró, y su cálido aliento acarició los labios de Marizza.
-¿Por qué, Pablo? -susurró ella, y sus labios casi tocaron los de él-. ¿Por qué te acostaste realmente conmigo?
Él apretó los labios.
-¿Tenemos que hablar de eso ahora por fuerza?
-Creo que sí -dijo ella, retrocediendo y apoyándose en la encimera.
El corazón le latía contra las costillas, pero no estaba segura de si era por su proximidad o porque no quería oír la respuesta a su propia pregunta. Respiró hondo.
-No dejas de imponer nuevas directrices a esta... a esta relación... y no estoy segura de que vaya a seguidas.
-¿Qué directrices?
-Según en qué momentos y con diferentes grados, te muestras frío, insultante, cálido, solícito... y ahora teme insinúas.
Él entrecerró los ojos.
-¿Eres siempre así de brusca?
Un hoyuelo apareció junto a su boca.
-Yo prefiero llamarlo sincera.
Él se pasó una mano por el pelo y luego, se sentó en la pequeña mesa de cocina.
-De acuerdo. Es justo. Para responder a tu pregunta, no sé por qué me acosté contigo. Siempre me habías intrigado, supongo. Desde que te vi la primera vez en una fiesta de ex-alumnos. Estabas preparando sandwiches y cortándolos en triángulos como si estuvieras haciendo lo más importante del mundo. Sacabas la punta de la lengua, rozándote apenas el labio superior y me pregunté cómo sabría.
A ella se le pusieron los ojos como platos.
-¿Ah, sí? ¿Te fijaste en mí?
-Oh, vaya si me fijé. Mientras cortabas los sandwiches, hacías oscilar suavemente el trasero
-sonrió con melancolía ante el recuerdo-. Luego, un compañero me dijo que eras una de las nuevas y me mantuve apartado de ti. Eras demasiado joven para un viejo lobo malo como yo.
Ella se sentó delante de él con las piernas cruzadas.
-Cuéntame más.
-No hay mucho qué contar. Estabas en todas las funciones, pero yo no quería hacer la tontería de enredarme con alguien mucho más ingenuo y más joven que yo -dijo, mirándose las manos-. Hasta hace tres meses es decir, cuando te acercaste a mí. Yo sentía mucha lástima de mí mismo en aquel momento. Tú siempre me habías parecido compasiva con todo el mundo, pero cada vez que me acercaba lo más mínimo a ti, me rehuías como si fuera veneno, pero aquella vez acudiste a consolarme -se encogió de hombros-. Supongo que mi sentido común dejó de funcionar.
-Nos pasó a los dos -reconoció ella-. Mi madre siempre me dijo que tuviera cuidado con
los hombres como tú, pero yo siempre me he sentido más que un poco fascinada por los de tu tipo; como una niña ante un incendio resplandeciente. Quería tocar los bonitos colores sin pensar que podía quemarme.
Él ladeó la cabeza, y sus ojos azules reflejaban curiosidad.
-¿Se 10 has contado a tu madre? No has mencionado a tu familia.
Ella se pasó las manos por la espesa melena, enredando los dedos entre la maraña de rizos. Cuando alzó la vista, le sorprendió espiando sus movimientos, como si quisiera comprobar la textura con sus propias manos.
-Mi padre se casó con mi madre porque estaba embarazada... de mí -los ojos de Pablo se clavaron de nuevo en los suyos, y ella supo que tenía toda su atención de nuevo-. Vi la miseria que podía causar un embarazo combinado con un matrimonio no deseado y me juré a mí misma que no me encontraría nunca en la misma situación. Cuando cumplí los quince, sabía más del cuerpo de la mujer y del embarazo que muchos adultos ahora. Por entonces, mamá y yo llevábamos mucho tiempo arreglándonoslas por nuestra cuenta. Entonces conocí a mi padre adoptivo, Martin. El primer matrimonio de Martin había sido con una mujer que se había quedado embarazada, y estaba amargado contra todas las mujeres... todas excepto su hija y amiga mía. Mía. Pero la
segunda vez, mamá y Martin se casaron por los motivos correctos: amor, respeto, compañerismo e intereses comunes... Yo gané una hermana adoptiva a la que adoro y fuimos familia por primera vez... así que aprendí los pros y los contras tanto del matrimonio como del amor y el sexo.
-Pero caíste en la trampa de todas formas -dijo él, suavemente.
Ella asintió.
-Sí. Lo sabía todo sobre el sexo, pero no me había dado cuenta de cómo las emociones podían llegar a gobernar el acto.
-Hacer el amor -su voz era firme cuando la corrigió.
-Nosotros no hicimos el amor, Pablo -negó ella, con un atisbo de pesar en la voz-. Hasta tú lo dijiste.
-Sí que lo hicimos. Mentí. El que el amor fuera una emoción fugaz o algo más duradero es superfluo. El caso es que actuamos impulsados por una necesidad emocional.
-Física.
La ira resplandeció en los ojos de Pablo.
-Emocional.
-¿Por qué estás defendiendo lo que hicimos? Él suspiró.
-No lo sé -reconoció finalmente, poniéndose de pie-. Pero si sé que pareces exhausta. ¿ Qué tal si duermes una siesta y paso a recogerte a la hora de cenar?
-Gracias, pero comeré aquí. Necesito tiempo para acostumbrarme a mi nuevo entorno -miró a su alrededor-. Es curioso, pero siempre pensé que, cuando me mudara de nuevo, sería a una casita con un jardín vallado con un columpio y un cajón de arena.
-Qué doméstico. .
-Realista. Todos los niños necesitan espacio para moverse y jugar. Y raíces para sentirse seguros.
-¿Quieres un chalet en 1ugar de esto?
Una sensación de impotencia la invadió
¿ Qué más le daba que fuera un chalet? Seguiría sin ser un hogar... mientras no hubiera amor. Se encogió de hombros, dándose la vuelta.
-Tanto da un sitio como otro.
Pablo entrecerró los ojos.
-Hasta esta noche. .
-No te molestes. Además, tengo que desembalar.
-No, ya está todo hecho. Los hombres ya han vaciado las cajas en tu armario ropero -salió de la cocina en dirección a la puerta del piso.
Ella hizo ademán de seguirle, reacia a poner fin a la conversación, aunque había sido ella la que le había pedido un respiro.
-Entonces tengo que encontrar las cosas que han sacado y reordenarlas a mi modo.
-De acuerdo -dijo él-. Pero desayuna conmigo mañana en el restaurante. Necesito cierta información de ti -abrió la puerta.
-¿Para qué?
-Ya lo averiguarás mañana -dijo él, acariciándole fugazmente la mejilla.
-Hasta entonces.
-A eso de las ocho--su voz era algo ronca y ella sintió un delicioso estremecimiento.
-De acuerdo -le prometió ella.
Luego, cerró la puerta y se apoyó contra ella. Pero su sonrisa no se borró.
Pablo entró en su apartamento y arrojó las llaves sobre la mesilla. Sólo cuando llegó a la cocina y se puso a preparar un café se dio cuenta de que estaba silbando y de que llevaba haciéndolo desde que había salido del apartamento de Marizza. .
Dejó de silbar.
Contempló distraídamente cómo goteaba el café en el recipiente. A pesar de la frenética actividad de aquel día, había disfrutado plenamente. Y Marizza era la responsable.
Había esperado lágrimas, recriminaciones y muestras de vulnerable feminidad cuando había ido a recogerla aquella mañana. En cambio, había encontrado risa, y comentarios agudos combinados con sentido común. Era una diferencia tal con lo que estaba acostumbrado que sentía recelo. ¿Sería la dulce independencia de Marizza una farsa que se derrumbaría a la misma presión?
Se sirvió una taza de café y se dirigió al mueble bar del salón. Abrió una botella de KaWua y se echó un chorrito en el café, antes de sentarse en el sofá.
Tenía que dominarse. Por un fugaz instante, se había preguntado cómo sería vivir en una casa con un gran jardín, lleno de niños jugando.
Se echó hacia atrás en el sofá y cerró los ojos, casi temiendo dejarse arrastrar demasiado por la satisfacción que le producía saber que Marizza estaba dos pisos por debajo del suyo. Era demasiado lo que tenía que asimilar.
Iba a ser padre al cabo de seis meses. ¿Jugaría un papel activo en la vida del niño o desaparecería y dejaría que Marizza lo educara? Se imaginó a su hijo preguntándole a Marizza por su padre y ella tratando de responder las preguntas. No, aquello no podía ser. El niño era suyo y lo seguiría siendo. Punto.
Las explicaciones de Marizza sobre su familia le habían ayudado a entender muchas cosas que le habían intrigado hasta entonces. No era extraño que no quisiera casarse a causa del embarazo; ya había visto los resultados. ¿Quería decir aquello que algún día encontraría a un hombre al que pudiera amar y con el que casarse? El estómago le dio un vuelco sólo de pensado.
Abrió los ojos y se acabó el café de un trago, casi atragantándose.
Tenía que avanzar con cautela. En aquel momento, Marizza estaba a su cuidado y, sin ahondar mucho en su propia psique, sabía que no estaba dispuesto a compartida con nadie. Haría que se acostumbrara a él y luego, vería qué condiciones podía imponer a continuación. Para entonces, ella tendría que someterse a sus decisiones, fueran cuales fuesen.
Al fin y al cabo ¿acaso no había admitido ella que se había dejado arrastrar por las emociones? ¡Así que algún efecto debía producirle, por mucho que se negara a reconocedor!
Satisfecho con su decisión, se recostó de nuevo y cerró los ojos. Visiones de un hada morena y diminuta danzaron en sus sueños.
Marizza miró el apartamento desde la puerta una vez más, con la lista entre las manos. El transportista tenía razón en una cosa: las plantas ayudarían mucho. Y algunos objetos más que tenía en mente y estaban al alcance de su bolsillo tampoco vendrían mal.
Cerró la puerta y se dirigió hacia el ascensor a paso rápido, saludando a la pequeña cámara que vigilaba desde la pared. Pablo la esperaba en el restaurante de la planta baja.
La tarde y la noche del día anterior las había pasado poniendo en orden sus pertenencias y buscando dónde habían puesto los transportistas los objetos más pequeños para ordenados. Había sido un esfuerzo inútil. Incluso habían metido su ropa interior en el cajón correcto. La única reorganización que hizo fue de las alacenas de la cocina. Los hombres eran bastante más altos que ella y debían tener unos brazos de gorila.
Mientras se dirigía al restaurante, no pudo contener la sonrisa que se negaba a abandonar sus labios. Estaba en ellos desde que Pablo se había marchado la tarde anterior. Estaba respondiendo a su primera impresión de que era un hombre absorbente, enérgico y vulnerable. Tendría que tener cuidado de no herir sus sentimientos en su esfuerzo por no dejarse avasallar. Pero aquel hombre tenía que aprender alguna vez que las mujeres no eran seres frágiles y descerebrados. Y muy bien podía enseñárselo una profesora de geografía.
Pablo estaba sentado en una mesa para dos junto a uno de los grandes ventanales que daban al bulevar. Su oscura cabeza estaba inclinada sobre una carpeta abierta mientras se tomaba lentamente un café. Una arruga cruzaba su frente y ella se preguntó cuál sería el motivo de su preocupación. Probablemente, cualquiera de sus múltiples negocios.
-Hola -le dijo, al llegar junto a su mesa. Pablo levantó la cabeza y sus ojos se clavaron
en los de ella, haciendo que el corazón le latiera más rápido. Al margen de todo, era el hombre más sexy del mundo.
-Hola -dijo él, sonriendo lentamente-.¿Qué tal te encuentras esta mañana?
-Muy bien.
-¿Y tu estómago?
-Los usuales vómitos matutinos, pero me he despertado a las seis, y dos horas son tiempo de sobra para recuperarse.
Él suspiró, exasperado.
-Eso es una tontería. ¿Por qué no le dices a tu médico que te dé algo para detener eso?
-No es una enfermedad, es un niño. Y mi médico sabe que no tomo fármacos a menos que sea absolutamente necesario.
-Muy bien, muy bien -dijo él tranquilizadoramente, observando aquel gesto de su barbilla que presagiaba una discusión-. Pero pide algo sustancioso para desayunar.
Después de pedir, ella se recostó en el asiento y se relajó, mientras él movía los papeles que tenía delante.
-¿Qué es eso?
-Me lo ha enviado mi abogado esta mañana-dijo en tono casual-. Es un contrato entre tú y yo. Y lo vamos a firmar los dos --ella enarcó las cejas-.Referente al niño.
Le tendió la carpeta a ella, que la tomó de mala gana y ojeó rápidamente el documento legal. Ahora le tocaba a ella fruncir el ceño.
-No crees que vaya a mantener mi parte del trato -dijo al fin.
Él sacudió la cabeza.
-No es eso lo que quiere decir. Se trata de asegurar que los dos mantenemos nuestra parte en el trato. Y también dice lo que se espero a cambio.
-Yo te pedí cinco mil, aquí pone quince mil. También dice que soy la propietaria libre de cargas y deudas del piso y que tú tienes derechos de visita ilimitados -alzó de nuevo la barbilla-. Ése no fue nuestro trato. .
-Lo es -declaró él, secamente-. Hasta ahora, no habíamos establecido ningún trato. Tú me pediste ayuda y esto es lo que yo quiero a cambio.
Ella no le hizo caso.
-No pienso firmarlo.
-Sí, lo harás.
-¿Por qué?
-Porque es mi hijo también.
Las lágrimas brillaron en los rabillos de sus ojos, pero la ira era la emoción dominante.
-No voy a negarlo. Pero«derechos de visita ilimitados» significa que puedes perturbar la rutina del niño cuando te apetezca y eso no estoy dispuesta a tolerarlo.
Él masculló algo entre dientes.
-Mira -dijo con exasperación-. El acuerdo es justo para los dos, pero si quieres, contrata a un abogado para revisarlo. Lo encontrará en orden, seguro. .
Ella estaba histérica.
-No me importa. No pienso quedarme con el piso. Y tú no tendrás derechos ilimitados de visita -cruzó los brazos-, de hecho, desaparecería antes que firmar algo así. No me otorga el menor control sobre mi propio hijo.
-¡Tú acudiste a mí! susurró él con vehemencia- ¡Estabas temblando de la cabeza a los pies y dispuesta a cualquier cosa que yo dijera hace dos días!
Ella se inclinó hacia adelante y siseó:
-¡No lo estaba! ¡Tenía miedo del futuro y te pedí ayuda! ¡Punto! Cualquiera en la misma situación habría estado asustada, pero eso no quiere decir que estuviera dispuesta a todo.
-¡Eres imposible!
-¡Y tú un avasallador!
-Su desayuno -dijo el camarero, mirándolos a los dos, con una bandeja en la mano.
Marizza se echó hacia atrás, pero sus ojos seguían lanzando chispas contra el hombre que tenía sentado delante.
La ira pareció evaporarse entre ellos con la llegada del camarero, pero la obstinación seguía firmemente grabada en la expresión de Pablo.
-Te pedí que me ayudaras, no que rigieras mi vida. Si no eres capaz de ayudar sin avasallar, sugiero que pongamos fin a este... este acuerdo. Ahora mismo.
El rostro de Pablo se hizo de piedra.
-Te llevaré a los tribunales.
-Tendrías que encontrarme antes.
-Te encontraría.
Ella se estremeció.
-No, no podrías.
Cogió el tenedor y miró los huevos escalfados que tenía delante. Iba a necesitar toda la fuerza que tenía...
-¿Cómo podríamos llegar a un compromiso?
Los ojos de Marizza se alzaron hacia los de Pablo y vio en ellos un atisbo de derrota. Sólo un atisbo, porque Pablo no era de los que cedían enteramente.
-Puedes quedarte con el piso y solicitar derechos de visita como cualquier otro padre divorciado. Los fines de semana, las vacaciones y los veranos. .
-¿ y el mantenimiento del niño? -estaba poniéndose agresivo otra vez.
Ella suspiró, dejando el tenedor.
-Sólo si es razonable. No serás el propietario de ninguno de los dos, ni permitiré que maleduques a la criatura dándole cosas que no necesite ni quiera.
-Al niño.
-¿Qué?
-La criatura es un niño.
-No, no lo es.
La sonrisa irónica de Pablo era contagiosa.
-Parece que no nos ponemos de acuerdo en nada ¿eh?
-Al menos reconoces que la criatura es tuya.-dijo ella.
Él le cubrió la mano con la suya y le dio un leve apretón.
-Tal vez sea una base para edificar esta nueva relación --sugirió él con voz ronca y sensual.
Ella sonrió también.
-Tal vez -dijo, sin querer comprometerse más.
-¿Más café? -les preguntó el camarero, apareciendo de nuevo.
-Sí -dijeron los dos, y se sonrieron mutuamente. .
Cuando Marizza se metió en su coche y salió del aparcamiento, iba tarareando. .
Pablo tal vez fuera un testarudo, pero era justo y honrado. Sólo tenía que mantenerse alerta para que no tratara de dominar su vida ni la de su hijo.
El pesar la invadió de pronto, en forma de una vaga tristeza. Después de pensar que lo amaba durante tres años, ahora ya lo sabía con seguridad, pero estaba tan incapacitada para hacer algo al respecto como antes.
Si al menos... se negaba a dejarse llevar por pequeños imposibles, así que centró sus pensamientos en la compra.
Al final de la mañana, volvió al apartamento con el coche cargado, cansada, pero satisfecha con las compras que había hecho en las rebajas de plantas y alfombras. Se echaría una siestecita y después, se dedicaría a resolver los asuntos pendientes, como el teléfono y el alquiler de su anterior apartamento. Aún quedaba mucho que hacer.
Pablo se tomó otra taza de café mientras miraba por el ventanal del restaurante. Una sonrisa triste pugnaba aún por formarse en sus labios, pero se negaba a permitido. Estaba irritado consigo mismo. Había dejado que ella le hiciera bailar a su son y él se había quedado viéndolo como un idiota. ¡Un idiota sonriente!
Su sonrisa seguía pugnando en sus labios.
¿Cómo había conseguido ignorarla durante tres años? Sabía que era guapa y lista, y aquello tenía que haberle atraído hacia ella desde el primer momento. ¿Se habría dado cuenta también instintivamente de aquella vena obstinada más ancha que el Mississippi? Era un auténtico desafío.
Dio otro sorbo de café... «Reconócelo. Pablo; Es la primera mujer que entra en tu vida y te confunde con un comportamiento que sólo te habías encontrado al tratar con hombres de negocios». De acuerdo, era un machista.
Pero la mayoría de las mujeres se sentían atraídas hacia él por su dinero o su posición y, si le hubieran dicho otra cosa, no las habría creído.
Pero Marizza era diferente. En un primer momento, se acercó a él por compasión. Había sentido lástima por él, estaba seguro, y se había dado cuenta de que estaba en uno de los momentos más bajos de su vida. Cuando lo había necesitado, se le había entregado ella misma. Y luego, había retornado a él porque necesitaba ayuda monetaria.
Él no sentía lástima por ella. Había sentido afán de protección, irritación porque no hacía lo que él consideraba lo mejor para ella, y frustración porque aún la deseaba. Pero, por encima de todo, se sentía confuso porque ella no seguía las pautas de la mayoría de mujeres que había conocido y cuando la tenía cerca, se sentía a gusto...
Apareció el camarero con un teléfono portátil.
-Su abogado, señor. Dice que tiene que hablar con usted.
-Gracias -musitó él, antes de coger el aparato-. ¿Qué hay, Mike?
-¿Has conseguido que firme los papeles?
-Aún no.
La risa de Mike resonó al otro lado.
-Eso me parecía. Has presionado demasiado y demasiado pronto.
-No me vengas con sermones.
-Nunca te han hecho falta, pero esta vez tengo que recordarte que te avisé.
Pablo suspiró.
-Vale ya. Si tienes algo más que decir, suéltalo. Ando mal de tiempo.
-Tienes que terminar los documentos del nuevo restaurante del ático. Ya han llamado dos veces esta mañana.
-Diles que eliminen lo de la revisión bianual de los libros y estaré de acuerdo. Pero no antes.
-¿Y tú dices que Marizza es testaruda?
El percibió el tono zumbón de Mike y supo que tenía razón, pero se mantuvo en sus trece.
-Si no me presentan un informe anual cuando reciban el porcentaje, no hay trato. Díselo de mi parte.
-Vale.
-Muy bien. Ya te llamaré luego.
-De acuerdo. Y Pablo, sé suave con ella.Creo que has encontrado finalmente a tu pareja.
-Ni siquiera la conoces.
-No, pero todo el mundo está hablando del efecto que te ha producido en estos dos días. Ya era hora de que alguien agitara un poco ese mundito tuyo.
.-Gracias, amigo --dijo Pablo, secamente-. Por hundirme más ahora que tengo problemas.
Capítulo Cuatro
Cuando llegó a su apartamento y dejó todos los paquetes y plantas en mitad del suelo, Marizza ya estaba exhausta.
Se dirigió directamente al dormitorio para echarse aquella siesta reparadora que tanto necesitaba, y se le cerraron los ojos casi inmediatamente. Con un profundo suspiro, rodó sobre su costado y se acurrucó, dejando que el sueño se apoderara de su cuerpo y su mente.
El sol estaba empezando a ponerse cuando se despertó, aturdida, pero bastante descansada como para ponerse a realizar las tareas que se había impuesto. Por encima de todo, tenía que mantenerse ocupada. Cuando estaba ocupada, no tenía tiempo de pensar.
Las plantas colocadas en lugares estratégicos y los colores suponían una diferencia fundamental. En lugar de parecer grande y vacío, el salón parecía ahora espacioso y acogedor.
Estaba admirando su obra cuando divisó el pequeño teléfono en una mesita junto a la chimenea. Como si estuviera vivo, se acercó cuidadosamente al aparato y alzó el auricular. Inmediatamente oyó el tono. Se quedó mirándolo fijamente. ¡Aún no había tenido oportunidad de pedir línea! ¿¡Cómo...? El asombro dejó paso a la ira.
Con dedos trémulos, marcó el número del despacho de Pablo. Golpeando el suelo con la punta del pie, esperó, contando las llamadas.
Después de quince, colgó de nuevo. Llamaría más tarde.
Llamó a información para preguntar su propio número.
-Lo siento, pero no hay ningún número a ese nombre -le informó la operadora.
-Tiene que haberlo. Estoy en mi apartamento y éste es mi teléfono.
-Entonces, tenga la amabilidad de llamar al despacho comercial entre las nueve y las cinco y allí se lo arreglarán.
Colgó de nuevo, echando chispas.
Se fue a la cocina y comenzó a prepararse la cena con gestos bruscos. Menos de quince minutos más tarde, sonó el teléfono, se quedó paralizada, hasta que se dio cuenta de quién tenia que ser.
Pablo.
¡Nadie más sabía su número, ni siquiera ella misma!
-¿Sí? -respondió con una mala intención de acento alemán.
Se produjo un momento de silencio. Luego, la voz de Pablo exigió una respuesta.
-¿Marizza?
-No aquí. Fue a viaje-su voz sonaba aguda y tensa por el esfuerzo.
-Entonces dígale que llegaré allí dentro de una hora y que quiero cenar con ella...
-Ella ido. Ella no tiene teléfono y que su nuevo número de teléfono está escrito debajo del aparato.
-No su teléfono. Teléfono de su jefe. ¡Ella no teléfono!
Las siguientes palabras de Pablo le indicaron que había llegado al límite de su paciencia.
-¡Maldita sea, Marizza! ¡Déjate de juegos infantiles!
Pero la ira de Marizza era mayor que la impaciencia de Pablo.
-¡Entonces, maldita sea, Pablo, deja de tratarme como a una niña! ¡Si quiero un teléfono, lo consigo yo! Y no uno que ni siquiera está puesto a mi nombre!
-Lo hice para protegerte.
-¿De qué? ¿Del hombre del saco?
-Creí que te gustaría.
-¿Gustarme? -su voz chirriaba de ira-. ¿Gustarme el hecho de parecer que soy una mantenida? ¿Que soy una especie de propiedad que puedes comprar y vender? ¿Que soy demasiado estúpida para cuidar de mí misma?
-Estás embarazada y cansada -dijo el en tono conciliadoramente paternalista.
Aquello acabó de sacarla de quicio.
-¿Acaso mi embarazo quiere decir que se me han derretido los sesos?
-A veces no estoy muy seguro -su voz rezumaba tanto sarcasmo como la de ella.
Ella respiró hondo, haciendo un esfuerzo por calmarse para poder responder coherentemente.
-Ve a colgarte del árbol más cercano, Pablo Bustamante ---dijo con voz tranquila y firme, y luego, colgó el teléfono con dedos temblorosos.
Un vaso de vino solamente, en alguna ocasión, era lo que su médico le había dicho, y nunca lo había necesitado más que en aquel momento. Salió a la terraza y dejó que el frío envolviera su cuerpo, mientras fingía que las lágrimas no estaban resbalando por su rostro.
Aquello también pasaría, de alguna forma. Ignoró el timbre de la puerta cuando sonó. Desde que había comenzado aquel loco fin de semana, no había tenido ocasión de decide a sus amigos dónde estaba, así que sólo podía tratarse de la persona con la que no quería hablar: Pablo Bustamante.
El timbre sonó de nuevo. Ella dio un sorbo de vino, ordenando a su cuerpo que se relajara.
El timbre volvió a sonar.
Ella clavó la mirada en la lejana autopista, en el tráfico que se desarrollaba a sus pies.
No hubo ruido, pero ella tenía los oídos sintonizados a la habitación que tenía detrás. Giró sobre sí misma, lanzando chispas por los ojos, mientras todo su cuerpo se ponía rígido. Pablo estaba junto a las puertas de la terraza, con un enorme ramo de rosas rojas entre los brazos. Parecía casi humilde, casi.
Ella no pudo evitar la sonrisa que acudió a sus labios, pero se negó a pronunciar la primera palabra. El silencio se extendió entre ellos como una cinta de goma. .
Pablo suspiró, pasándose una mano por el pelo.
-Soy lo bastante mayor para saber cuándo tengo que decir lo siento. Probablemente, no tendría que haber hecho nada para ayudarte sin consultarte primero.
-Hasta tu disculpa es un atributo indirecto a tus virtudes -dijo ella, incapaz de dejar de señalarlo.
-Lo intento -su arrogancia regresó mientras su ceja se enarcaba.
-Lo sé -dijo ella, tan bajito que fue casi un susurro, y se acercó a él-. ¿Son para mí?
Él sonrió apesadumbradamente.
-Solamente si no me las tiras a la cabeza.
-Te lo prometo -dijo ella solemnemente, tomando el enorme ramo entre sus brazos y enterrando la nariz para disfrutar del delicioso aroma.
Él le acarició el lado del cuello, rozando con el pulgar la piel tierna de detrás de su oído.
-No quería molestarte -su voz era ronca, y la llenó de excitación.
-Lo sé. Creías que me hacías un favor al ponerte al frente de mi vida.
-Sí, eso creía.
-Pero a mí me gusta hacer las cosas por mí misma, Pablo. Me gusta tomar mis propias decisiones, decidir mi propio futuro.
El dedo de Pablo jugueteó con uno de sus rizos.
-Sé que te ha costado, pero creo que me has convencido.
Ella se puso de puntillas y le rozó la mejilla con los labios.
-¿Paz? -susurró.
-Paz -replicó él, con voz igualmente suave. La sinceridad de su tono la tranquilizó de la cabeza a los pies, pero su caricia estaba encendiendo sus sentidos.
Él inclinó la cabeza y le rozó los labios con los suyos. Ella cerró los ojos con un leve gemido.
Un rugido pareció escapar del pecho de Pablo, que la envolvió entre sus brazos y la estrechó contra su cuerpo. Las rosas quedaron atrapadas entre ellos y aplastadas.
Su boca era brusca. Expresaba toda la necesidad que se había apoderado de él, el miedo a que se desvaneciera en el aire cuando tanto la necesitaba. El cuerpo de Marizza se plegaba al suyo, adaptando sus cálidas suavidades a su dureza.
Un estremecimiento sacudió todo el cuerpo de Pablo y la apretó más contra su pecho. Su lengua penetró en la dulzura de su boca entreabierta, y su urgencia contenida se reflejaba en todos sus gestos. Otro gruñido escapó de sus labios cuando ella respondió tímidamente a sus embates.
Sus pequeñas manos rodearon su cuello. Él estaba casi fuera de control de puro deseo. Tenia que buscar, que tocar, acariciar. Tembló de nuevo cuando su mano se cerró sobre la suavidad de uno de sus pechos.
Pero la voz de Marizza detuvo el avance de sus dedos.
-No -susurró, cubriendo su mano con la suya. Con gran esfuerzo él abrió los ojos. Su respiración era
dificultosa: los latidos de su corazón, descompasados y apenas podía fijar la vista en el rostro resuelto de Marizza.
Los dos se quedaron quietos, como congelados en el tiempo.
-No -dijo ella de nuevo, pero aquella vez, mezclado con la firmeza, se leía el pesar.
Él apoyó la frente en su coronilla mientras luchaba por recuperar el control. Un control que no había perdido nunca en sus treinta y pico, años. Le pareció que permanecía de aquella forma una eternidad, aunque su reloj le decía que había sido sólo minutos. .
Separándose de ella, se pasó una mano por el pelo.
-Lo siento -rezongó, tratando aún de recuperar el control-. No volverá a ocurrir.
Ella le tocó la mejilla con la palma de la mano.
-Ha sido culpa de los dos. He perdido el control.
Podía sentir que le temblaban los dedos. ¿Estaba asustada? ¿Le afectaban tanto sus caricias a ella como las suyas a él? No podía estar seguro.
Ella se apartó de él y se dirigió hacia la cocina, acunando las rosas aplastadas contra su hombro como si fueran un bebé.
Aquel pensamiento cayó sobre él como un millón de cubitos de hielo.
Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. El miedo a enfrentarse con sus propias emociones le hacía huir de lo que más deseaba en el mundo: Marizza.
Acababa de cerrar el grifo, cuando Marizza oyó el sonido de la puerta de la calle al cerrarse.
El alma se le cayó a los pies. Pablo se había marchado.
Tenía que haberlo imaginado. Ella decía que no y él se marchaba. No había cambiado de idea ni de
sentimientos hacia ella. Las palabras que había pronunciado en el centro comercial volvieron a su mente. Estabas a mano.
Tenía razón, se había puesto voluntariamente al alcance de su mano. Pero sus razones para acostarse con él no habían tenido nada que ver con aquello.
¿Pero cómo iba a saberlo? ¡Desde luego, no por su comportamiento, ni en el presente ni en el pasado! Quizás pensaba que, si se había mostrado inclinada a acostarse una vez con él, podía estar dispuesta a hacerlo todas las que fueran.
Al fin y al cabo, el daño ya estaba hecho. Estaba embarazada y nada peor podía ocurrir.
Cogió un frasco de mermelada vacía y empezó a meter las flores, concentrándose en su tarea para evitar que se le saltaran las lágrimas.
Lo único que podía hacer ella era mantenerse apartada de su camino. No, aquello no era exactamente así. Lo único que podía hacer era no provocar acercamientos sexuales. «Mantenerse a un nivel profesional, a un nivel de afabilidad».
Sí, aquello era. Pero sabía que era más fácil pensarlo que hacerlo.
Pablo se dirigió directamente al mueble bar en su apartamento. No era la mejor hora para beber, pero tampoco encontraba ninguna razón para no hacerlo, qué diablos.
Tras servirse un vaso de Scotch, fue a sentarse en el sofá. Se había comportado como un estúpido. Y, por primera vez en su vida, no sabía qué hacer al respecto.
Se había disculpado, le decía su conciencia, pero sabía que no era suficiente. Las palabras no valían nada. Eran los actos los que contaban y él había hecho lo suficiente como para que Marizza estuviera recelosa de el.
Pero lo que más le asustaba era que había perdido totalmente el dominio de sí mismo. ¡Eso no le había ocurrido nunca antes!
Toda aquella situación estaba fuera de control. No quería dejarse arrastrar por el recuerdo de la sensación del cuerpo de Marizza pegado al suyo.
En su fuero interno, reconocía el problema.
Era el niño. Lo deseaba, junto con todo lo que representaba: hogar, amor, familia, paz, satisfacción, risa. Y no volver a estar solo nunca. Era curioso, pero nunca se había dado cuenta siquiera de que estaba solo hasta que Marizza se había metido en su vida y él había conocido la sensación de estar con alguien.
-¡Maldita sea! -masculló para sí.
Ella había perturbado su rutina, sus emociones, sus pensamientos... su vida y le había amenazado con abandonar su protección si la presionaba demasiado. No podía dejar que aquello ocurriera.
Súbitamente, la deseó con una pasión que bordeaba en la obsesión. La deseaba en sus brazos, en su corazón.
Pero era evidente que ella no compartía sus objetivos.
Dejando el vaso lleno sobre la mesa de café, cogió el teléfono y marcó un número rápidamente.
-¿Judi? Consígueme un vuelo para Dallas para esta noche. Luego, concierta una cita con Ezcurra para mañana. Vamos a dejar resuelto este asunto del «leasing» esta semana.
Hizo las maletas en un tiempo récord. Tras una llamada más para confirmar los planes con su secretaria, salió de la casa.
Se detuvo en la recepción a garabatear una nota, la metió en un sobre, lo cerró y lo dejó e el mostrador.
-Por favor, dale esto a Marizza Andrade, Arthur -dijo por encima del hombro mientras se dirigía al ascensor.
Pablo se daba cuenta de que estaba buscando tiempo para pensar. Tenía tres días para planear su actuación antes de enfrentarse a Marizza otra vez. Tres largos días...
-Pero no parece tener muy buena opinión de las mujeres en general-dijo Marizza, que estaba sentada en el suelo con las rodillas dobladas y la cabeza apoyada en el sofá.
-¿Le has preguntado por qué? -insistió Luna, su amiga y compañera de trabajo-. Quiero decir ¿cuántos malos momentos puede haber pasado un macizo de ese calibre? ¿O es precisamente ése el problema? ¿Podría ser que todas las mujeres se volvieran locas por conseguido y está acostumbrado a ser él quien elija? -Luna agitó su pelo castaño claro iluminado por la luz de última hora de la tarde; sus ojos pardos recorrieron admirativamente la habitación-. Sobre todo con su dinero.
-Creo que ése es el problema -dijo Marizza, estirando las piernas-. Piensa que todo el mundo anda tras su dinero... sobre todo las mujeres. Y también piensa que lo único que tiene que hacer para que las mujeres sean felices es repartir unos cuantos verdes como si fueran adornos de Navidad. Cuando el árbol está lleno, la chica debería haberse vuelto loca de felicidad. Da igual que el árbol sea falso o que no exista espíritu Navideño.
Luna sonrió irónicamente.
-La filósofa de siempre -dijo zumbonamente, pero su sonrisa se desvaneció al hacer la siguiente pregunta-: ¿Se lo has dicho ya a tus padres?
Marizza miró su taza de café recordando el tono preocupado de su madre. No había habido reprimenda, aunque desde luego Marizza se la merecía. Y aquello la hacía sentirse aún más culpable por su comportamiento.
-He hablado con ellos esta tarde... después de llamarte a ti.
-¿Cómo se lo ha tomado tu madre?
-Va a venir de visita dentro de dos semanas. Mi padrastro tiene negocios en la ciudad, y va a venir con él.
-¿Estaba dolida?
Marizza asintió, con sus ojos pardos brillantes de lágrimas no vertidas.
-Pero me apoya en mi decisi6n, sea cual sea -tragó con fuerza-. Mi padre adoptivo, Martin, ha dicho lo mismo.
-¡Guau! ¡Mi madre estaría echando chispas! -hizo una pausa antes de preguntar-: ¿Vas a quedarte realmente con el niño, Marizza? ¿No te va a resultar difícil? Quiero decir... -se detuvo, azorada.
-Voy a quedarme con él. Pero -su expresión era de determinación-. Y no va a ser tan difícil. Sobre todo si Pablo Bustamante se sale con la suya.
-¿Va a seguir ayudándote? -Luna se incorporó con súbito interés. .
-He recibido una nota suya diciendo que estará fuera de la ciudad el resto de la semana, y luego, su abogado me envió un nuevo contrato para firmar.
-¿Y?
-y quiere derechos de visita limitados, a cambio de lo cual se encargará del mantenimiento del niño a razón de mil dólares al mes.
Los ojos de Luna se pusieron como platos.
-¿Mil dólares? ¿Doce mil al año? -la voz casi se le quebró.
Marizza asintió.
-y el uso indiscriminado de su piso. Luna se quedó boquiabierta.
-¿Este piso?
-Este piso.
-¡Eso es fabuloso!
-No, es chantaje. No puedo quedarme aquí y esperar conseguir trabajo en este distrito escolar. Todo el mundo me conoce, saben que no estoy casada. Si no, habría firmado el contrato para este otoño. Tendré que esperar a que el niño haya nacido y fingir que estoy divorciada. Luna se echó de nuevo hacia atrás.
-No. Tienes razón. No creo que puedas dar clase en estas circunstancias... -sonrió irónicamente y Marizza casi pudo ver la bombilla encendiéndose sobre su cabeza -a menos que te fueras a otro distrito... Bellair, tal vez o Sharpstown. Ninguno de los dos está demasiado lejos en coche.
-Tal vez. Pero no podría conseguir trabajo este otoño, de todas maneras. No correría el riesgo de que no pudiera terminar el semestre.
Trató de ahuyentar la sensación de impotencia que la había invadido desde que estaba embarazada. En aquel instante, lo único importante era el niño.
La niña. Iba a ser una niña. Lo sabía. Suave. Dulce.
Alguien que recibiera todo su amor sin reservas.
-¿Marizza?
-¿Hmmm?
-¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte? Ya sabes que siempre puedes mudarte a mi casa, si sientes que lo necesitas. Lo de Pablo parece un sueño, pero no quiero que pienses que no tienes ningún otro sitio adónde ir.
La sinceridad de Luna la emocionó como nada lo había hecho en aquellos últimos cinco locos días. Le cogió la mano a su amiga y se la apretó.
-Gracias. Lo tendré presente -le prometió, suavemente.
Luna asintió.
Las dos se apoyaron en el sofá y disfrutaron del silencio que sólo los amigos pueden compartir. El dorado sol de la tarde fue dejando paso a las sombras. Pensamientos. melancólicos se abrieron camino en la mente de Marizza... ¿Y si Pablo la hubiera amado como ella lo amaba a él?¿Ysi...?
-¿Te gustaría quedarte a cenar? -le preguntó a Luna, dispuesta a ahuyentar la depresión.
-No, gracias -dijo su amiga, mientras se ponía de pie de mala gana-. Se supone que había quedado con unos amigos para ir a tomar una pizza y como no me mueva, voy a llegar tarde -sonrió irónicamente-. Todo el mundo dice que nunca llego a tiempo, pero me he prometido a mí misma que hoy les sorprendería.
-Sería una auténtica conmoción que, de pronto, te volvieras puntual-dijo Marizza zumbonamente, poniéndose de pie.
-Oye ¿por qué no vienes? A la mitad ya les conoces... Nicolas, Lujan, Marcos y Micaela, entre otros -ante la expresión de Marizza, Luna le suplicó-: ¿Por qué no? Si no, vas a quedarte aquí sentada toda la noche, sintiéndote sola y fea.
-Gracias -Marizza sonrió irónicamente a pesar de sí misma.
El entusiasmo de Luna por la vida era contagioso. Era una profesora con talento, que poseía el atributo que más apreciaba Marizza: una lealtad a toda prueba.
-¿Me esperas mientras me cambio?
-Claro, pero date prisa. ¡Estoy dispuesta a llegar a la hora!
Marizza se puso rápidamente unos vaqueros Y un grueso jersey de lana. Cualquier cosa, hasta las preguntas curiosas de los conocidos, era mejor que sentir lástima de sí misma en aquel apartamento grande y vacío. Su mente ya estaba demasiado ocupada con lo que podía estar haciendo Pablo en aquel instante. Y no podía evitar pensar si estaría solo o no...
Pablo estaba sentado delante de Tomas Ezcurra en el bar del hotel, preguntándose qué diablos estaba haciendo en Dallas. Había quedado con Tomas aquella mañana temprano y habían estado hablando de sus respectivos negocios hasta que ya no había quedado nada más que discutir, a menos que hablaran de lo que más preocupaba a Pablo en aquel momento: Marizza. Y le conmocionaba darse cuenta de que aquello era exactamente lo que deseaba hacer. Nada partidario de hablar de su vida personal hasta entonces, se daba cuenta ahora de que necesitaba una caja de resonancia para sus enmarañadas emociones.
-¿Vas a aceptar la invitación? -le preguntó Tomas, y Pablo levantó la vista, mientras su ceño se fruncía.
-¿Qué?
-Esa chica sentada delante de nosotros -Tomas señaló con la cabeza la mesa de al Iado-. No deja de echarte el ojo. ¿Te lo estás haciendo de duro, o es que no te interesa?
-No me interesa -dijo Pablo-. Acepta tú la invitación, si te apetece.
-Gracias -dijo Tomas, arrastrando mucho las palabras con su acento tejano del este-. Pero si a ti no te interesa ¿por qué iba a interesarme a mí?
Pablo se rió entre dientes.
-¿No hay desafío?
-Eso es -Tomas se echó hacia atrás-. ¿Qué te ocurre, Pablo? Llevas taciturno todo el día. Si no te conociera mejor, diría que tienes algo más en la cabeza aparte de los negocios.
-¿Como qué? -dijo Pablo, dando un sorbo a su whisky.
-Mujeres.
-Mujer -le corrigió Pablo con un suspiro. Tomas asintió y levantó su vaso.
-La madre de mi hijo.
El vaso se quedó paralizado en el aire, mientras los ojos de Tomas se dilataban de incredulidad.
-¿Te has casado y no me lo has dicho? -le preguntó, incrédulo-. Somos amigos desde hace mucho tiempo, colegas, y aunque no nos vemos muy a menudo, nunca pensé que harías algo tan drástico sin decírmelo.
-No estamos casados.
Pablo se dio cuenta de que aquella frase le molestaba. ¿Por qué? ¿No era aquello de lo que la había acusado a ella: de intentar apresarle para toda la vida?
-¿Y ella va a tener tu niño?
Pablo asintió.
-En diciembre, justo antes de Año Nuevo.Tomas volvió a depositar lentamente el vaso en la mesa, sin dejar de mirar a su amigo.
-¿Tú lo quieres? ¿Y ella?
-Es mi niño. Lo quiero -había una nota de determinación en su voz.
Por primera vez, desde que había visto a Marizza la semana anterior, se daba cuenta de lo mucho que significaba aquel niño para él.
Tomas se inclinó hacia adelante, pero su rostro mostraba la expresión de inocencia habitual en él cuando quería ser cauteloso.
-¿Y qué quiere la madre?
-Quiere al niño, pero no demasiado al padre -declaró Pablo, dando otro sorbo a su bebida.
-¿Y tú qué quieres? -le preguntó Tomas.
-Quiero a mi hijo.
-¿Y a la madre?
Pablo sonrió pesarosamente.
-A la madre también, pero es mucha madre... testaruda, temperamental y una feminista de cuidado.
La risa de Tomas le adelantó lo que iba a decir su amigo antes de que lo pronunciara:
-Precisamente lo que te recetó el médico. Alguien que te enseñe las verdades de la vida.
-y un cuerpo -rezongó el.
-Me encantaría conocerla.
-Pues no vas a tener el gusto. No quiere saber nada de mí. ¡Hasta se niega a firmar el contrato de
mantenimiento del niño, por todos los diablos!
-¿Contrato? -la sonrisa se borró del rostro de Tomas.
Pablo asintió.
-Mike elaboró un contrato en el que se establece que yo pagaría un generoso mantenimiento para el crío, aparte de algunas ayudas para ella, a cambio de unas mínimas contrapartidas.
-¿Tales como?
-Derecho ilimitado de visita.
-¿y ella no ha picado?
El sacudió la cabeza.
-Tiene que ser toda una mujer -dijo Tomas, suavemente; estaba evidentemente admirado de que Marizza no se vendiera-. Amigo mío, creo que has encontrado tu pareja.
-No bromees.
No había ninguna alegría en el tono de Pablo. Ni siquiera estaba seguro de poder responder al desafío. Sé acabó la copa y dejó el vaso en la mesa.
Sentado en un bar de Dallas no iba a resolver sus problemas.
-Tengo que largarme -dijo, poniéndose de pie-. Si me necesitas para algún detalle del negocio, llámame mañana al despacho.
Tomas se puso de pie y le estrechó la mano, con una sonrisa irónica en su bello rostro.
-De acuerdo. Y buena suerte, Pablo.
-Gracias -dijo él, antes de salir del bar y dirigirse a los teléfonos.
Llamaría a Marizza y le pediría que desayunara con él al día siguiente. Quizás podría ir resolviendo sus problemas poco a poco.
Pero nadie contestó al teléfono. Pablo miró el reloj. ¿Dónde diablos estaba? ¿Estaría enferma? ¿O con otro hombre? Su genio amenazó con explotar al pensar en las cosas que podía estar naciendo sin él.
Era definitivamente el momento de volver a casa y ocuparse de sus asuntos... los asuntos de Marizza.