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ERRORES Y MENTIRAS 4-8

October 6 2009 at 8:04 PM
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  (Acceso noelia_camila)

 
hola!!!!espero que os gusten los capis!!!!anda que la mentirijilla que le echa cami a benja...ains...weno, espero poder publicar la semana que viene!!porque ya solo quedan dos capis para que acabe!!!asi que pondre la adaptacion entera!!!!Y GRAX POR LOS COMENTARIOS!!!aunque la mayoria de las veces no los puedo leer porque voy super rapido...xau!!!!bss!!!!

Capítulo 4
Camila estaba vistiendo a Mía cuando Benjamín irrumpió en la cocina. Sobresaltada, centró su atención en abrochar el último botón del jersey de su hermanita, maldiciéndose por llevar un camisón tan revelador y porque no le hubiera dado tiempo a peinarse.
-¿Cuán... cuándo has vuel.. vuelto? -preguntó por fin.
Mía emitió unos ruiditos de contento y alargó sus manitas hacia Benjamín, quien la levantó con una sonrisa.
-Ayer noche.
Nerviosa, Camila se cruzó de brazos.
-Estoy vistiendo aquí a la niña porque esta habitación es más caliente...
-Espero que eso no suponga un gran problema -dijo Benjamín, mirándola tan intensamente con sus azules ojos que ella se sintió aún más turbada.
-Iré a vestirme y luego prepararé el desayuno -dijo, empezando a sonrojarse.
-No tengo prisa. Siento bastante curiosidad...
Ella se volvió desde lo alto de la escalera; en un momento él se puso a su lado.
-¿Po... por qué? -preguntó ella con indisimulada ansiedad.
-Por esto -dijo mientras abría la puerta de su dormitorio-. ¿Cómo lo hiciste?
-¿Hacer el qué? -preguntó Camila mientras intentaba recuperar a Mía, pero la niña no quería irse con ella.
Benjamín le puso una mano en la espalda y la empujó al interior de la estancia.
-Estuve a punto de sacarte de la cama de madrugada y preguntarte.
-¿Preguntarme el qué? -dijo Camila francamente angustiada, mientras con la mirada recorría el dormitorio intentando descubrir qué era lo que había llamado su atención. Se había pasado el día anterior escogiendo, desembalando y colocando los muebles.
-Flor nunca estuvo en mi dormitorio en la otra casa, de modo que no ha podido ser ella -dijo Benjamín-. Así que, ¿cómo lo hiciste? Cuando llegué no podía dar crédito a mis ojos: aunque la casa es distinta, la habitación ha quedado exactamente igual, ¡incluso has puesto las figuritas en su sitio!
Camila se había quedado paralizada, mirando fijamente los adornos de porcelana que él le señalaba, totalmente estupefacto por su intuición. Apenas podía creer lo que su subconciente había hecho sin que ella se diera cuenta, utilizando sus recuerdos olvidados para recrear la habitación. ¡Cómo había podido ser tan estúpida!
-Y tú nunca viste mi habitación en la otra casa...
Camila tenía el rostro ceniciento y no paraba de temblar, intentando desesperadamente conciliar los confusos recuerdos del pasado para inventarse una historia que sonara creíble. Parecía que hasta el más pequeño detalle de la antigua habitación de Benjamín hubiera quedado grabado en su memoria.
-Sí..., sí es... estu...ve una... una vez -logró articular al fin-. La vi en... en una de... de esas vi...visitas turísticas.
-¡Pero si no permitíamos la entrada a las habitaciones de la familia!
-Pu...pues la... vi -insistió a la desesperada, deseando que se la tragase la tierra.
-¿Te encuentras bien? -le preguntó Benjamín repentinamente-. Estás pálida como un fantasma.
En ese momento se oyó un ruido en las escaleras, y Camila se volvió dando gracias por la interrupción. Al poco, apareció Maximo en el umbral y se les quedó mirando con sus ojos de hielo; parecía un tanto escandalizado por su actitud y por el atuendo de ella.
-¿Camila? -preguntó Benjamín.
Enrojeciendo hasta la raíz del pelo, ella tomó en brazos a Mía y salió de la habitación.
-I... iré a pre... preparar el de... desayuno -musitó.
-Vístete primero -le recomendó Benjamín secamente-. No tienes por qué dar el espectáculo delante de los obreros.
Tuvo que refrescarse un buen rato para calmarse. Si hubiera sabido que él había vuelto, no se le habría ocurrido bajar a la cocina en camisón. ¡Le había dado un buen motivo para mostrarse sarcástico! Pero la mortificación sufrida palidecía al lado de la que había sentido ante la mirada de Maximo, quien al verla en camisón en la habitación de Benjamín, debía haber pensado lo peor de ella.
Benjamín, aparentemente ajeno a la evidente tensión, se sentó en la cocina para desayunar, iniciando una conversación de negocios con Maximo,«Jockey Club..., caballo ganador..., carreras de vallas.... Sandown...». Camila apenas oía retazos de la conversación, totalmente centrada en el mundo de la hípica, mientras servía café a los dos hombres y trajinaba con los platos. Tenía que hacer auténticos esfuerzos para que no le temblaran las manos, y sentía que Benjamín había empezado a desmoronar el muro interior que se había construido hacía tres años bajo el que había enterrado los amargos recuerdos de aquella noche tan lejana.
Sucedió la víspera de la boda de María. Camila había estado en la iglesia arreglando las flores, y al volver a casa, atajó por el poco frecuentado camino de Torbald Manor.
Al llegar a la primera curva tuvo que frenar bruscamente ya que un Porsche plateado que parecía haber chocado con un roble ocupaba la mayor parte del camino. Por supuesto, reconoció el coche al primer vistazo y, naturalmente, a la vista de lo que parecía un accidente, se detuvo. Con el corazón latiéndole con fuerza, inspeccionó el interior, pero el coche estaba vacío.
Cuando volvía a su coche, oyó lo que parecía el romper de cristales en las cercanías. En ese momento debió haber seguido su camino sin detenerse, pero en vez de eso, no pudo reprimir su curiosidad y se dirigió a los árboles al lado del camino. Era un atardecer cálido de verano, y la luna empezaba a brillar. Vio a Benjamín apoyado en un árbol, con un hilillo de sangre en la sien, manando de una brecha. A pocos metros había una botella de whisky rota, y se podía notar un fuerte olor a alcohol.
Aunque en circunstancias normales nunca se hubiera acercado a Benjamín, en ese momento no pudo hacer otra cosa que dirigirse a él.
-Has... has te... tenido un... un accidente -dijo-. Ne... necesitas un... un... un me... mé..., dico.
-Estás en una propiedad privada -respondió Benjamín tan orgulloso como de costumbre-. Lárgate.
-No... no pue... pue... do de... de... dejarte así -protestó Camila con vehemencia.
-¿Por qué no? -repueso Benjamín agriamente, volviéndose a Camila y mirándola con ojos enfebrecidos.
-No... no pue... puedo. Has... has te... te... tenido un accidente.
-¿Y? -dijo encarcando una ceja.
-Deberías estar en un hospital, ¡y no puedes beber en este estado!
-¡Perdón enfermera! Ya lo intentaré mañana
A pesar de sus sarcasmos, parecía muy vulnerable. De repente ella se acordó de que su abuelo acababa de morir. Debía de estar destrozado. A pesar de lo que se decía en la comarca acerca de las malas relaciones entre ambos, parecía muy afectado por la muerte del anciano. Se acercó a su lado.
-Mi más sincero pésame -dijo suavemente.
-«Pésame» ¡Qué bonito! ¿Crees que por mucho que lo sientas el viejo va a resucitar?
-Yo sólo quería ser amable -dijo Camila humildemente.
-Y yo sólo querría poder decir lo siento -murmuró Benjamín como si ella no estuviera allí.
-Puedo llevarte a tu casa y llamar a una ambulancia.
-Decir perdón por estar vivo -continuó Benjamín-, él siempre parecía echármelo en cara. ¿Sabías que mi concepción fue inmaculada?
-Si dejas que te ayude, te llevaré a casa -dijo Camila ya desesperada.
-Las mujeres siempre quieren llevarme a casa. Y eso que a ti ni siquiera te conozco -dijo, temblando aún con más fuerza.
Estaba tan aturdido que no la había reconocido, y por extraño que fuera, eso la hizo sentirse más audaz. Levantándose, le agarró con determinación el brazo.
-Vamos -insistió-. Te llevaré a tu casa.
-De acuerdo -concedió.
Con ayuda de Camila se fue incorporando, pero le fallaron las fuerzas y casi cayó de nuevo sobre ella, que quedó atrapada entre su cuerpo y el tronco del árbol. Camila consiguió librarse de su peso con dificultad, y lentamente, le fue llevando hacia el camino. Él se acomodó en el coche con sorprendente facilidad.
Torbald Manor estaba completamente a oscuras. Nadie respondió al timbre.
-No hay nadie -murmuró Benjamín-. Les he mandado a todos a casa.
-¿Tienes la llave?
Le ayudó mientras recorrían varias estancias hasta que llegaron al pie de las escaleras. Benjamín parecía totalmente incapaz de mantenerse en pie, y apenas pudo indicarle dónde estaba su dormitorio. Aliviada, Camila se dirigió al teléfono, y justo cuando marcaba el número del médico, él pareció reconocerla al fin.
-¡Santo cielo! ¡Pero si es la pequeña Camila Bordonaba! ¡Pensar que parecía una mosquita muerta! -barbotó mientras se abalanzaba hacia ella.
-No... no sé de... de qué me hablas -exclamó, intentando zafarse- ¡Me estás haciendo daño!
-Yo creo que te gusta -rió Benjamín, echándole su cálido aliento en la cara y devorándola con ojos brillantes-. Camila Bordonaba en mi dormitorio, deseando jugar a los médicos.... ¡Menuda sopresa!
-No te entiendo -murmuró Camila temblando, casi hipnotizada por su mirada.
El la abrazó con más fuerza, con el rostro contraído en una mueca salvaje.
-Ahórrate el numerito, nena ¿Crees que no sé lo que quieres? -susurró lascivamente-. Esos ojazos marrones me dicen qué es lo que estás buscando.
Camila no podía pensar con claridad, paralizada por la oleada de sensaciones que experimentaba. Sentía el calor del cuerpo de Benjamín que hacía arder el suyo, podía sentir su olor masculino. Apenas podía respirar, abrumada por un cúmulo de sensaciones que nunca había experimentado.
Entonces Benjamín la besó.
Aquello fue lo peor, se dijo a si misma, volviendo por un instante al presente. Pero en ese momento la poseyó el recuerdo de lo que había sentido entonces, la manera en la que había perdido el control, cómo había derribado sus defensas por completo ante la violenta y ardiente caricia de sus labios. En unos segundos sintió que su cuerpo respondía a deseos y sentimientos que nada tenían que ver con lo que le advertía su inteligencia. Nunca hasta ese momento había entendido lo que significaba caer en la pasión, y haberlo descubierto en brazos de Benjamín Rojas le hacía sentirse profundamente humillada.
Se daba cuenta de que él no la deseaba, sólo pensaba que ella sí lo deseaba a él. Siempre recordaría la expresión de disgusto con la que él la había apartado de su lado. No le hizo falta decirle que la encontraba gorda y poco atractiva: su mirada fue mucho más elocuente. Cayó sobre la cama atontada, mientras él le lanzaba una andanada de improperios; incapaz de mirarlo, fue en aquellos momentos cuando se quedaron impresos en su memoria todos los detalles de la habitación.
Aunque hizo lo posible por no escucharle, podía recordar todas las barbaridades que él le dijo, desde que él no la tocaría ni muerto, hasta que ella sólo era una chiquilla estúpida que seguramente acabaría muy mal. También le dijo que, de encontrarse mejor, él mismo hubiera ido a casa de su padre para decirle la clase de hija que tenía. Aterrorizada, pensó que si su padre se enteraba, la mataría. No hizo ningún intento por defenderse, ya que su propia debilidad había bastado para derrotarla.
-¡Vete al infierno! -le había gritado Benjamín al fin, echándola de la habitación. Ella se fue corriendo, llorando y sintiéndose enferma por la humillación recibida.
-Camila, ¿estás bien? -preguntó Benjamín sacándola bruscamente de su ensimismamiento-. ¿Qué te pasa hoy? -continuó extrañado-. Te he dicho que me gustaría almorzar pronto.
-Mu... mu... muy bien -tartamudeó.
Benjamín se levantó de la mesa mirándola intrigado, descolgó su chaqueta y se dispuso a salir, con la niña pegada a sus talones.
-¡Mía! -exclamó Camila yendo tras ella.
-Puede venirse conmigo un rato, y así tomar el aire. Te la traeré si enreda demasiado -dijo Benjamín dándose la vuelta y levantando a Mía en sus brazos.
-El patio no es un sitio adecuado para los niños -intervino Maximo secamente.
-Pero esta niña vive aquí -dijo Benjamín tajante, llevando de la mano a Mía-. Le conviene aprender lo que puede hacer y por dónde ha de ir.
Camila apretó los dientes. Podía ser que la evidente adoración de la niña halagara la vanidad de Benjamín, pero más tarde o más temprano, sus caprichos le irritarían, y entonces ella tendría que intervenir haciendo de mala, apartando a Mía de su camino. ¿Es que no se daba cuenta de lo que hacía? ¿Por qué le daba alas a la niña? Cuando Benjamín se hartara, la pequeña se iba a quedar muy desilusionada.
Estaba cocinando cuando Maximo entró, con el gesto torcido.
-Te crees que eres muy lista -le espetó desde el otro lado de la mesa-. Has camelado también a Flor. Ella siempre piensa lo mejor de la gente, y no se da cuenta de lo que está pasando justo delante de sus narices.
Camila sintió que las mejillas le ardían.
-Creo que esta mañana ha habido un malentendido, Maximo...
-Te lo diré de una vez -la interrumpió el hombre secamente-:Vete por donde has venido. Aquí no eres bienvenida.
Lo inesperado de este ataque dejó a Camila indefensa. Se daba cuenta de que no le gustaba a Maximo, quien, además, no aprobaba su conducta. Sin embargo, no esperaba semejantes improperios. Pálida y muy tensa, intentó en vano defenderse.
-Pien... pienso que...
-Sí, eso haces, estarte ahí maquinando. Pero no sacarás nada ni para ti ni para tu hija -la interrumpió groseramente Maximo-. Ya te llevaste lo tuyo cuando murió el viejo, y no tendrás más. Benjamín no ha olvidado. Cuando tu hermana se acercó a él en Newmarket, la manejó como le dio la gana, y contigo hará lo mismo.
-¿Mi hermana? -preguntó Camila atónita- ¿María estaba en Newmarket?
-¡Ofreciéndose a él como una cualquiera! -remató Maximo con rudeza.
Camila se quedó pasmada al enterarse de que su hermana andaba de nuevo detrás de Benjamín. Él no le había dicho absolutamente nada. Notó cómo se ruborizaba, mortificada de nuevo por la condena del viejo. Sin embargo, procuró sobreponerse, al darse cuenta de que, a diferencia de su esposa, Maximo no tenía ningún recelo para hablar de lo ocurrido tres años atrás.
-¿Y qué es lo que se supone que saqué? -preguntó con toda la dignidad que fue capaz de aparentar-. ¿A qué diablos te refieres?
-Hace tres años, aprovechando que Benjamín estaba en el extranjero, tu hermana y tu padre le hicieron una visita al viejo lord Whitley. Fueron de lo más amable, estoy seguro -ironizó Maximo-. Debió serles fácil exprimir a un anciano de más de ochenta años.
-¿Exprimir? -repitió Camila sin entender nada.
-¡Sabes muy bien lo que hicieron! -le espetó Maximo amargamente.
-Te... te aseguro que... que no... no lo sé -insistió Camila.
-Benjamín la había abandonado y ella quería vengarse ¿no es eso? Todo el mundo sabía que a lord Whitley le encantaba jugar a las cartas, pero no tenía dinero suficiente para embarcarse en partidas de póquer en las que se apostaban grandes cantidades. Tu padre le prestó miles de libras...
-No te creo -le interrumpió Camila respirando con dificultad.
-Entre tu padre y tu hermana acabaron con él -sentenció Maximo crudamente-. Lord Withley era un caballero y consideraba esos préstamos deudas de honor, pero no podía afrontar los pagos. ¡No tenía dinero y tu padre le persiguió como un perro de presa!
-¡No te creo! ¡No es cierto! -exclamó Camila aturdida.
-La vergüenza y las preocupaciones le provocaron un ataque al corazón. Siempre había sido un hombre muy fuerte, hasta que empezó todo este maldito asunto de las cartas -afirmó Maximo tajantemente-. Era demasiado orgulloso para pedirle a Benjamín que le ayudara, y desde entonces el chico se culpó por haber permitido que tu hermana conociera a su abuelo: ella le dijo al lord que conocía a su nieto, y así pudieron enredarle. El pobre anciano pensaba que estaba jugando a las cartas con amigos ¡Todo fue un gran timo! ¡Una sucia venganza! Como no podían atacar a Benjamín, se cebaron en el viejo...
-¡No! -gritó Camila tapándose la cara con las manos. Se sentía enferma. Le hubiera gustado decirle que todo lo que le había contado era mentira, pero recordaba muy bien la ira de su padre al enterarse de que Benjamín había dejado a María. Y cuando Boy Bordonaba se proponía hacerle daño a alguien, lo conseguía. Pero engatusar a un pobre viejo con el propósito deliberado de arruinarlo.... Recordó el profundo odio que sentía su padre hacia las personas de las clases altas. Aunque se podía decir que había sido así toda su vida, se había hecho aún más intenso si cabe cuando sus aristocráticos vecinos rechazaron las invitaciones que les hacía para visitar su casa. Ni siquiera se le había ocurrido que el problema residía en su conflictiva personalidad, no en sus orígenes sociales.
Su aborrecimiento pareció disiparse cuando Benjamín empezó a cortejar a María. Boy Bordonaba lo habría olvidado del todo si Benjamín se hubiera casado con su hermana. Habría reventado de alegría ante el éxito social de su hija, que vendría a zanjar el abismo existente entre él y sus ricos vecinos. Sin embargo, María fue dejada a un lado, como tantas otras chicas ambiciosas antes que ella.
Pálida y temblorosa, Camila se sintió incapaz de afrontar la mirada de Maximo, ya que aunque hubiera querido disculpar a su familia, sabía perfectamente que su padre podía perfectamente haber ideado esa maldad, secundado por una vengativa María.
-Si no fuera por la niña, no te habría avisado -admitió Maximo secamente-. Benjamín puede ser terrible cuando se enfada, y tiene muy buena memoria. Antes de que te des cuenta, habrá acabado contigo y con tu hermana. Serás idiota si te quedas aquí.
Tras decir esto, se dio la vuelta y se fue, dejándola completamente aterrada. Ni siquiera era capaz de afrontar lo que su padre y su hermana habían hecho. ¿Sabrían cuando lo planearon que lord Whitley no era un hombre rico? A ella los Rojas siempre le parecieron muy poderosos, pero ahora sabía que una gran casa y un título no conllevaban necesariamente muchas riquezas: la familia podio limitarse simplemente a mantener su estatus. Incluso las finanzas de Benjamín no parecía muy boyantes.
Se dijo que Benjamín tenía justificación para no perdonar lo que su padre y hermana habían hecho, y se preguntó cómo afectaría eso a su posición en la casa. Incapaz de soportar la duda por más tiempo, se precipitó fuera en busca de Benjamín.
Atravesó a buen paso los campos donde los mozos entrenaban a los caballos. El día era muy frío, y pronto, se arrepintió por no haberse puesto algo de abrigo.
-¡Cami! -exclamó Mía al verla, tirando de la chaqueta de Benjamín para llamar su atención. Él se volvió molesto.
-¿Qué quieres? -preguntó abruptamente-. Estoy ocupado.
Ella se detuvo un momento mirando sus zapatos cubiertos de barro. Si no se lo preguntaba entonces, pensó, puede que no lo hiciera nunca.
-Me gustaría saber...
-¿Sí? -insistió Benjamín
-Me... me gustaría saber si es cierto que mi padre le exigió a tu abuelo una gran suma de dinero que le ganó al póquer -le dijo de golpe, completamente ruborizada.
Benjamín entrecerró los ojos. No hubo más cambios en su expresión que pudieran indicarle a Camila si le había pillado o no por sorpresa.
-¿Quién te ha contado eso? -preguntó, aparentemente sin mucho interés.
-No... no creo que... que eso importe mu... mucho...
-Fue Maximo -musitó.
-¿Es verdad? -insistió Camila.
-Cuarenta mil papeles nada menos -le dijo Benjamín en el mismo tono impersonal que venía utilizando.
-¿Cua... cuarenta mil libras? -exclamó asombrada-. ¡Tiene que haber habido algún malentendido!
-No -le interrumpió Benjamín secamente.
Se quedó mirándola tan fríamente que ella sintió que no podía respirar. Aunque él no dijo nada más, fue como si repentinamente bajara la temperatura: era como si estuviera frente a una montaña de hielo, pero, curiosamente, no podía apartar la vista de sus ojos. Se preguntó asombrada cómo podría contener tanta fuerza tras una apariencia tan tranquila.
Había sido una locura ir hasta él sin haber preparado bien sus defensas. Se había dejado llevar por su impulso, algo que, por desgracia, hacía con bastante frecuencia.
-¿Satisfecha? -preguntó Benjamín impaciente, disgustado por su evidente conmoción.
-¡Pero tú me diste el trabajo! - exclamó a la desesperada.
-¿Y? -contestó enarcando levemente las cejas.
Camila sintió cómo crecía la furia en su interior. Estaba claro que él sabía que no había tenido nada que ver con la trama urdida por su padre y hermana, pero quería saber si iba a castigarla por llevar la misma sangre que ellos. Deseaba derrumbar su impenetrable fachada y saber qué es lo que realmente sentía. Quería la verdad, y no se detendría ante su indeferencia.
-Eso pasó hace mucho tiempo -murmuró Benjamín.
-¡No me vengas con ésas! -estalló Camila con los ojos centelleantes- ¡No me mientas!
Él apenas movió un músculo, asombrado por su insistencia.
-¿Por qué iba a mentirte? -preguntó suavemente.
-No... no lo sé -con un movimiento brusco se apartó el pelo de la cara, y se quedó mirándole directamente a la cara-. ¡Manténte alejado de mi hermana! -continuó con repentina ferocidad.
Benjamín sonrió encantado, como si hubiera recibido un elogio. La modestia no era precisamente una de sus virtudes, y sabía exactamente el efecto de su atractivo en el sexo opuesto.
-Le vendría muy bien que le dieras algún consejo -dijo cínicamente.
-¡Cuánto debes odiarla!
-¿De verdad crees que merece que la defiendas?
Camila palideció aún más. Temblaba tan fuertemente que notaba tensos todos sus músculos.
-Si le estás dando esperanzas....
-No necesita que yo le anime -replicó Benjamín suavemente.
-Estás destruyendo su matrimonio -le reprochó.
-Esta conversación me aburre -la miró con un brillo acerado en los ojos-. No te metas en lo que no entiendes.
-Te... te en... entiendo per.., perfectamente -Camila temblaba ahora de pies a cabeza.
-¡Vaya! ¡Por fin! -exclamó Benjamín- Pero te diré que nunca me ha importado que una mujer me entienda o no.
-¡Te lo mereces! -estalló Camila, sin poder reprimir su cólera por más tiempo- ¡Ninguna mujer en su sano juicio te haría caso!
-¡Cami mala, Cami mala! -lloriqueó Mía a sus pies, asustada por los gritos. Camila, que había olvidado que la pequeña estaba con ellos, se agachó de inmediato para consolarla.
-Tranquila, cariño -susurró Benjamín, pasándole la mano por la cabecita para calmarla.
La mirada de adoración que le dirigió la niña enfureció aún más a Camila.
-¡No la toques! -exclamó.
-Mamá y yo nos daremos un besito para hacer las paces -murmuró Benjamín muy tranquilo, aunque su mirada delataba la furia que sentía.
-¡No te besaría aunque fueras el último hombre....! -empezó a decir Camila, pero antes de que pudiera reaccionar, él la agarró por el hombro, atrayéndola hacia sí. Del mismo modo la besó con fiereza. Tendría que haberle parecido asqueroso, pero no fue así, por el contrario, sintió que se inflamaba de pasión.
Benjamín empezó a explorar con su lengua cada rincón de su boca, aplastando su cuerpo contra el de ella. Casi parecía un ataque, no podían estar más cerca el uno del otro. Sin darse cuenta, Camila empezó a acariciarle el pelo con ansia. Era casi como ser devorada... y devorar a la vez.
Sentía arder cada poro de su piel, mientras el pulso se le aceleraba. Parecía casi que le hervía la sangre. Lo deseaba... ¡Santo cielo! Casi se sentía morir por él, deseaba sobre todas las cosas mantener esa intensa sensación de placer..
De repente, Benjamín se apartó, aunque seguía sosteniéndola por los hombros. Su mirada se había ensombrecido, una mirada que Camila recordaría después, dándose cuenta de que, en ese preciso instante, Benjamín pasó por un momento de debilidad.
-Voy a llevar a Mía con Flor -murmuró con voz grave-. Tú echa a los obreros. ¡Maldita sea! Voy a pagarles para que se tomen el resto del día libre. Caliéntame la cama... Iré en cuanto pueda.
Camila tardó más tiempo en recobrarse que él. De hecho, estaba tan abrumada por el deseo que se quedó allí de pie con la docilidad de una víctima de accidente de tráfico. Pero la sinceridad brutal con que él manifestó sus deseos la devolvió a la normalidad.
-¡Eres.., un animal! -le dijo, apartándose de él-. ¡No puedo creer lo que me has dicho! ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a pensar que.., que yo permitiría... que yo haría algo tan asqueroso?
Benjamín la miró como si quisiera matarla. Parecía ultrajado, pero lo más hiriente era que la miraba como si no pudiera creer que lo estaba rechazando. Un beso y ya esperaba que se acostara con ella. Era ella, sin duda, la que tenía derecho a mirarlo con asombro e indignación. De no ser por la presencia de Mía, le habría dado un puñetazo en la boca.
A pesar de ello, se daba cuenta de que cuando Benjamín la tocaba el resto del mundo dejaba de existir y perdía el control de sí misma. Cuando la tocaba no existía en el mundo otra cosa que., no fuera él y el deseo de que siguiera tocándola. Y en aquellos momentos, se sentía avergonzada por no ser capaz de controlar su propia sexualidad.
No había nada más que decir. Era consciente de cómo se sentía y lo único que podía hacer era escapar. ¿Cómo podía seguir trabajando para Benjamín después de aquello? La forma en que había respondido... ¿Podía sorprenderla que quisiera acostarse con ella? Ella tenía a gala su recato, pero no le había dado ninguna razón para que él pensara otra cosa aparte de que estaba deseando que terminara lo que había empezado.
Pero ella tenía tan poco que ver con él... Benjamín vivía en un mundo distinto al suyo, sin verse afectado por las inhibiciones que la dominaban. Había querido hacer el amor con ella, eso era todo, no quería nada más, sólo un cuerpo con el que satisfacer sus necesidades sexuales. Y a ella le era difícil aceptar esa verdad. Sin duda, además, él no podría entender lo ofensiva que esa verdad era para ella. Ella no tenía intenciones de ser usada para una noche de entretenimiento y luego apartada como un periódico viejo.
Por Dios Santo, ¿cómo podía haber permitido que la besara? Contuvo lágrimas de desprecio por sí misma. Por lo visto, se parecía más a su madre y a María de lo que pensaba. Le faltaba orgullo y autocontrol y, en manos del deseo, perdía toda objetividad. Se había comportado como una mujerzuela, se dijo, y no sería sorprendente que Benjamín hubiera llegado a la misma conclusión.
Horas después, a la hora de comer, Flor asomó la cabeza por la puerta del jardín y se fijó en lo bien puesta que estaba la mesa.
-¿Todavía no has comido?
-Estoy esperando a Benjamín.
-¿No te lo ha dicho? -dijo Flor, sorprendida-. Se ha ido a Londres.







Capítulo 5
A Camila le dieron ganas de gritar. Un grifo se había roto durante la noche y la cocina estaba inundada. Los fontaneros lo habían arreglado, pero quedaba que los obreros reemplazaran el suelo estropeado, que estaba completamente sucio. El contenido de los armarios de la parte baja estaba repartido por todas partes y la calefacción, recién instalada, apagada.
Le dolía la cabeza, por el ruido constante de los obreros que reformaban las habitaciones. Estaba sucia y mojada, y, para colmo, Mía andaba a gatas por el suelo, ensuciándose.
-¡Levántate de ahí! -exclamó levantándola ella.
-Nooo... -dijo Mía-. Soy una vacaaa.
-¡No eres una vaca!
En toda su vida había estado tan cansada. Llevaba una semana trabajando sin parar y no se veían los resultados en ninguna parte. Benjamín no se había puesto en contacto con ella, y cuando le llamó a su apartamento de Londres, le respondió una chica histérica diciéndole que le dejara en paz.
De repente, Mía dio un chillido de placer y cruzó el suelo a gatas. Con gran sorpresa, Camila se quedó boquiabierta al ver a Benjamín en el quicio de la puerta. Llevaba botas de cuero, pantalones de montar, suéter de cuello alto y un largo abrigo verde, cubierto de gotas de lluvia.
-Soy una vacaaa -le dijo Mía, sonriendo, con los ojos abiertos como platos.
-Las vacas comen hierba.
-Yo quiero comer hierba -dijo Mía.
-He vuelto hace dos horas -dijo Benjamín-. Me he cambiado y he ido a ver los establos. Allí no ha habido problemas. ¿Está el desayuno?
-¿El des... desayuno? -dijo Camila con un susurro. Ni siquiera se había molestado en decirle que había vuelto y le pedía el desayuno.
Flor le había sugerido que preparase la cena todos los días por si volvía y ella había seguido su consejo cocinando algunos platos que satisfarían al gourmet más exquisito. Y de repente, se presentaba sin avisar, con la cocina en un estado lamentable.
En aquellos momentos, Benjamín le estaba explicando a Mía la diferencia entre una vaca y un caballo. No podía creerlo, llevaba durmiendo a duras penas toda la semana, preguntándose cómo reaccionaría cuando Benjamín volviera y era evidente que, ahora que había vuelto, Benjamín se había olvidado por completo de lo que había sucedido hacía una semana.
-No hay des... desayuno -admitió.
-¿Por qué no? -le preguntó Benjamín con incredulidad.
-¡A lo mejor Maximo puede darte un cubo! -le espetó Camila, dando repentina salida a su ira.
-Perdona un momento -dijo Benjamín levantando a Mía del suelo. La llevó al jardín y se la dejó a un desconcertado Maximo, que andaba merodeando por allí con la esperanza de oír que despedían a Camila.
-¿Por qué has hecho eso? -preguntó Camila con indignación.
-Estás gritando y no quiero que la niña se ponga a llorar. ¿Has dicho un cubo?
-¡No hay agua! ¡Y Maximo no me deja ir a la fuente porque dice que voy a espantar a los caballos! ¡Y la luz va a volver a irse dentro de diez minutos! ¡Así que no hay desayuno! ¡Eres un machista, más anticuado que un dinosaurio! ¿Quién te crees que soy, Superwoman?
Benjamín miró a su alrededor, observando el caos.
-¿Superwoman? Claro que no -dijo.
Y en aquel momento fue cuando Camila perdió la cabeza. Llevaba una semana lidiando con un batallón de obreros que no paraban de trabajar y de molestar, ensuciándolo todo, sin molestarse en cubrir los muebles, y ni siquiera tenía aspiradora.
Tenía la sensación de que Benjamín se había pasado la vida atendido por muchas mujeres que no tenían otra cosa que hacer que preocuparse por sus deseos, no sólo en la cama sino en todo lo demás. Probablemente, ni siquiera había tenido que molestarse en pedir las cosas.
-¡Mientras tú te lo pasabas en grande con tu bomboncito en Londres, yo me he matado a trabajar! -exclamó Camila, con los ojos brillantes como esmeraldas-. ¡Y ni siquiera has llamado! ¡No me dejaste dinero! ¡Ni siquiera tienes aspi... aspiradora! ¡Ni lava... lavadora! ¡Se han caído dos techos y hoy se ha inundado la co... cocina!
-Dios, ésta es la peor de mis pesadillas haciéndose realidad -susurró Benjamín-. Esto es igual que estar casados...
-¡No tendrás tanta suerte! ¡Eres el hombre más egocéntrico y ego... ego...!
-¿Egoísta?
-Y -prosiguió Camila con los ojos llenos de lágrimas- estoy hecha un asco y no... no tengo ropa limpia que ponerme.
Se hizo el silencio, sólo roto por los sollozos de Camila. Se dejó caer en una silla tapándose la cara con las manos, tratando, sin éxito, de no llorar.
-Ya veo que no he debido mencionar el desayuno -dijo Benjamín y levantó a Camila de la silla tirando de ella.
No estaba acostumbrado a escuchar la verdad. Nunca le habían insultado de aquel modo. Pero no iba a despedirla, se limitó a llevarla hasta su Ferrari.
-¿Dónde... dónde vamos?
-Vamos al pub a alquilar una habitación para que puedas ducharte.
Se detuvo en la parte de atrás del Faisán, se fijó en el rostro hinchado de Camila y suspiró.
-Cuando lloras, lloras de verdad, ¿no es así? Tienes muy mala pinta, vamos a entrar por la parte de atrás, no creo que a Percy le importe.
Camila se sentía como una estúpida, mortificándose por el ataque de nervios que había sufrido. Benjamín le echó su abrigo sobre los hombros y la acompañó rodeándola por los hombros.
-Te sentirás mejor en cuanto bebas algo -dijo Benjamín.
-No... no bebo.
-Confía en mí, verás las cosas de otra manera -dijo Benjamín, la dejó en el pequeño vestíbulo de la parte trasera del pub y desapareció. Dos minutos después volvió, con una llave en la mano.
-¡Esto es una tontería! -dijo Camila al llegar a la habitación.
-Te tomas la vida demasiado en serio. Voy a prepararte el baño -dijo Benjamín entrando en el cuarto de baño.
Camila se estremecía, preguntándose por qué dejaba que Benjamín tomara el control de la situación.
-¿Por qué haces esto?
-Porque me hace sentirme mejor.
Camila dejó escapar una risita nerviosa, por lo menos era sincero.
-En la casa hay demasiado trabajo para mí -admitió-. Es demasiado grande. No puedo dominar a los obreros...
-No pasa nada, voy a llamar a una agencia de limpieza. Lo único que quiero es que hagas la comida y que supervises a los obreros...
-Y me ocupe de los muebles y decida dónde van los radiadores y tu ropa, y elija la cocina y el papel de la pared y...
Benjamín le quitó el abrigo con gran delicadeza y Camila dejó de hablar. Exhausta, desconcertada, se quedó inmóvil. Benjamín fue a desabrocharle la blusa...
-Ya lo hago yo -reaccionó Camila de repente.
Estaba en el baño desnudándose, cuando Benjamín entreabrió la puerta y dejó un gran vaso de brandy en el suelo. Camila lo contempló con precaución, preguntándose si le serviría de algo. Se metió en el baño y se lo bebió de un trago, sorprendida al comprobar cómo el alcohol quemaba su desacostumbrada garganta.
El agua caliente era una bendición y las burbujas le hicieron sonreír. Se sentía igual que un niña de cinco años encantada con el lujo de un baño caliente. Sí, reflexionó, con una mujer, Benjamín estaba en su elemento. En aquellos momentos debía de estar en el pub pidiendo su desayuno.
La puerta volvió a abrirse un poco, y ella se sobresaltó.
-¿Quieres otra copa?
-No puedes entrar, y yo no quiero salir todavía.
-Es increíble que seas tan recatada -dijo Benjamín dejando una botella en el suelo.
Camila se echó a reír y la alcanzó diciéndose «qué demonios». Se sirvió una cantidad generosa y volvió a sentarse en el baño, sintiendo que todo el estrés desaparecía de su cuerpo.
-¿Quién es el bombón? -preguntó Benjamín volviendo al tema de su viaje a Londres.
Camila le habló de su improductiva llamada de teléfono.
-Se puso histérica.
Silencio absoluto.
-¿Son todas tan inteligentes? -preguntó Camila sin poder resistirlo.
-No les hago un test de inteligencia antes de acostarme con ellas.
-¿Dónde estás? Parece que estás aquí al lado.
-En la cama -dijo Benjamín.
-Puedes ponerte donde quieras -murmuró Camila-. Me das pena.
-¿Por qué?
-Porque, emocionalmente, estás inválido...
-Y tú, físicamente, estás reprimida.
El brandy que Camila iba a beberse cayó al agua en vez de en su boca. Contuvo la respiración un instante, y volvió a dar un generoso trago.
-Tienes algo, que no sé qué es... -dijo Benjamín con un tono relajado muy poco tranquilizador-. Pero, sea lo que sea, es sexual y... me crea problemas. Quiero hacer el amor contigo, a ver si así puedo quitármelo de encima. Podemos matar la curiosidad y luego olvidarnos de ello.
Camila respondió con el silencio.
-¿No tienes ningún comentario que hacer?
-Y pensar que yo creía que tú eras un experto en seducción -dijo Camila suspirando y con un tono de evidente decepción.
-Sólo trato de ser sincero y no aprovecharme de tu inexperiencia.
Apurando el vaso de brandy, Camila se incorporó torpemente. Le daba vueltas la cabeza y le parecía flotar.
-No... no puedo ni sentirme ofendida. Eres de fiar, aunque me siento decepcionada -dijo estirando el brazo para agarrar la toalla de baño, que localizó por casualidad-. Te mereces ese bomboncito. Yo quiero una pasión salvaje, quiero un amante que no pueda quitarme las manos de encima. Quiero a un hombre que me mire como si fuera Demi Moore, que esté enamorado de mi mente y que siga creyendo en nosotros después de la boda.
Muy mareada, tambaleándose, se topó con unos ojos azules increíblemente profundos.
-Está en alguna parte... todavía no me ha encontrado -dijo y cayó a los pies de Benjamín con un ruido sordo-. Si yo creyera que tú eres todo lo que puedo conseguir, me mataría -concluyó tratando de levantarse.
-Me parece que has bebido demasiado -dijo Benjamín ayudándola a levantarse, cosa que ella no podía hacer.
-Parezco una inválida -dijo Camila, y se echó a reír a carcajadas.


-Tendrías que haberme dicho que no habías comido y que nunca habías bebido alcohol.
-Deja el tema de una vez -dijo Camila, que tenía un enorme dolor de cabeza.
Afortunadamente, cuando abandonaron el Faisán era de noche. Benjamín la había dejado dormir y al cabo de unas horas se había presentado con su ropa limpia y una bandeja de comida, que ella había engullido con dificultad.
Al llegar al Hall, Benjamín se giró en el asiento para verla bien.
-Borracha... eres muy graciosa -le dijo.
-Me he portado como una idiota.
-No, el que me he portado como un idiota he sido yo. Pero, ¿cómo es que no habías probado el alcohol?
-Por mi madre.
-Pero a ella le encantaba...
-Sí, pero acabó por no poder pasarse sin él cuando llegaron los tiempos difíciles -dijo Camila bajándose del coche.
Flor estaba en el cuarto de estar, junto al fuego, mientras Mía veía la televisión. Cuando Camila empezaba a dar disculpas, Benjamín la interrumpió.
-Ha sido lo que tú decías, la estaba matando a trabajar.
Flor asintió.
-Y ni siquiera me ha dejado que la ayude con Mía -dijo, y Camila se sonrojó, porque la razón de que no admitiera la ayuda de Flor era el temor de que Maximo pensara que se estaba aprovechando de ella-. Y eso que me encanta cuidarla.
Cuando Flor se marchó a su casa, Camila se dirigió a la cocina, que parecía zona catastrófica, y, suspirando, se remangó la blusa.
-Olvídalo -dijo Benjamín desde la puerta-. La agencia de limpieza va a mandar a un equipo mañana por la mañana y vendrán cada dos días mientras vivamos en este caos.
-¡Pero te va a costar una fortuna!
-Puedo pagarlo -dijo Benjamín-. Así podrás concentrarte en cosas más importantes. Mira, nunca se me ha ocurrido esperar de ti que te arrodilles a limpiar el suelo. Para ser sincero, nunca había tenido que pensar en cosas prácticas como la reforma de una casa.
Benjamín se fue, pero Camila se quedó mirando la puerta. Cada vez que creía que había llegado a comprenderlo, él hacía algo que la sorprendía. Podía ser amable y cariñoso con Mía, pero no podía pensar que era así en sus relaciones con las mujeres. En el Faisán, había sido muy sincero a la hora de confesar su deseo de acostarse con ella y todavía más al decir que no serviría más que para satisfacer un deseo puramente físico.
Pocos hombres se habrían atrevido a ser tan sinceros, pero él lo había sido. Sin embargo, no podía creer que Benjamín, que era famoso por conseguir cualquier mujer que se propusiera con el menor esfuerzo por su parte, pudiera desearla a ella, a Camila Bordonaba. Ella nunca se había tenido por una mujer fatal. Benjamín se había comportado como si ella fuera muy deseable, pero eso sólo le hacía recordar las palabras de Maximo: Benjamín quería vengarse de los Bordonaba. Aun así, había sido muy generoso con ella y con Mía, ofreciéndoles una salvación cuando no tenían nada a lo que agarrarse.
Le estaba dando las buenas noches a Mía cuando oyó que llamaban a puñetazos a la puerta principal.
-¡Pa... papá! -exclamó retrocediendo con terror.
Boy Bordonaba entró como un boxeador abalanzándose sobre su contrincante.
-¡Así que es verdad! ¡Te tiene aquí!
-B... Benjamín me ha dado trabajo...
-¿Trabajo? ¿Así lo llamas? También te ha dado algo más, por lo que me han dicho. ¡También tienes una hija de ese bastardo!
Camila palideció y miró a su padre con temor.
-¡Mía no es suya! Yo sólo trabajo para él.
-¿Trabajar para él? -dijo Boy Bordonaba, y se echó a reír-. ¿En la cama? Has pasado todo el día con él en el Faisán, ¿así trabajas para él? ¡Todo el maldito pueblo está hablando de ello! ¡No podían esperar a que se fueran los obreros, dicen! Viviendo en pecado, con una niña, diciendo que eres su asistenta. ¡Estúpida! ¿Es que no te enseñé nada mejor? Ya te enseñaré lo que es bueno cuando vayamos a casa, por Dios que lo haré.
-Yo no... no voy contigo a ninguna parte.
Camila estaba desconcertada y atemorizada, pero no podía dejar de pensar en lo que se estaría diciendo en el pueblo. Benjamín tenía fama de conquistador y no le extrañaba que la gente hiciera suposiciones, como tampoco era extraño que pensaran que Mía era su hija. ¿Cómo podría conservar su empleo cuando Benjamín oyera esas habladurías?
-¡No puedes quedarte aquí con él! -dijo Boy Bordonaba apresándola por la cintura-. Ese hombre quiere que todo el mundo se ría de mí...
-Pero usted se las arregla muy bien sin mi ayuda -dijo Benjamín con desprecio, apareciendo en el vestíbulo.
Camila se giró para mirarlo. De él emanaba un aura de tranquilidad asombrosa. Su padre la soltó y se dirigió hacia él. Sabiendo lo violento que podía llegar a ponerse, temía que le diera un puñetazo a Benjamín si ella no intervenía.
-¡Aparta! -le gritó Boy Bordonaba-. ¡Déjame!
-No necesito tu protección, Camila -dijo Benjamín.
-Se viene a casa conmigo. ¡Puedes quedarte con la niña!
-Me... me quedo aquí -dijo Camila, que no tenía fuerza para oponerse a su padre-. No puedo evitar que pienses lo que piensas, pero quiero decirte que nada de lo que has dicho es verdad.
-No te molestes, cariño -dijo Benjamín, y se acercó a ellos, atrayendo a Camila hacia sí, con sus poderosos brazos. Camila se estremeció ante la intimidad del contacto y abrió mucho los ojos, preguntándose qué diablos se propondría.
Boy Bordonaba, furioso al ver la intimidad del gesto, se puso hecho una furia.
-¡Ha estado con María en Londres! -exclamó-. ¡Y esta mañana la ha dejado en casa! ¿Te da eso algo en qué pensar, estúpida?
-¿En Londres con María? -repitió Camila con incredulidad y miró a Benjamín-. ¿Esta... estabas con María?
Retrocediendo un paso, Bordonaba dirigió a Benjamín una mirada triunfante. A Camila le palpitaba el corazón, y Benjamín no la miraba, aunque tampoco negaba la acusación. Se le hizo un nudo en la garganta, sorprendida, atónita, deseando con toda su alma que Benjamín le dijera que lo que había oído no era verdad.
No podía haber estado con María... no podía. Hacía pocas horas le había dicho que la deseaba. Además, odiaba a María... tenía que odiarla por lo que le había hecho. Indiferente a la presencia de su padre, trató de repetir la pregunta.
-¿Has estado... estado con...? -dijo, y fue incapaz de seguir.
Su padre hizo una mueca de repulsión, la misma que siempre hacía ante el tartamudeo de su hija.
-¿Qué hombre va a querer vivir contigo si ni siquiera sabes hablar? Pudiendo tener a María, sólo un imbécil lo haría.
Benjamín le golpeó. Boy Bordonaba salió despedido hacia atrás, y antes de que pudiera levantarse, Benjamín le agarró por el cuello y lo sacó de la casa a empujones.
-Acérquese a cien metros de Camila y le mato, Bordonaba. Le destruiré. María será el menos importante de sus problemas.
Camila estaba temblando y se sentía igual que si estuviera en el interior de una burbuja de cristal. Todo lo que veía ocurría lejos de ella. No podía reaccionar. Lo que su padre había dicho la había dejado sin habla, aunque no alcanzaba a comprender por qué era tan terrible para ella. María había estado en Londres con Benjamín, ¿y qué?, trataba de decirse.
María era todo lo que ella no era. Era guapa, ingeniosa y ocurrente, y muy sexy cuando se lo proponía. Pero lo que ella no podía entender era por qué Benjamín no se lo había dicho en lugar de jugar con ella en el Faisán. Porque decir que quería acostarse con ella sólo podía ser un juego. Sentía dolor en todo el cuerpo, un dolor que no había sentido nunca.
-Qué mala suerte tener el padre que tienes -murmuró Benjamín, acercándose a ella-. Tranquilízate, no va a volver, es un cobarde. Demonios, sientes miedo de él, ¿verdad?
No era cierto. Su padre chillaba y se ponía furioso, y a menudo era cruel, pero ella nunca le había tenido miedo. La única persona que podía darle miedo estaba justo delante de ella, con una sonrisa de ave rapaz. Porque Camila temía que Benjamín había disfrutado con la confrontación que había tenido con su padre.
-Venga -dijo Benjamín separándola de la pared y llevándola al sofá del salón-. Tú no tienes nada que ver con esto, no te preocupes. Yo no te haría daño, ¿por qué iba a hacerte daño? -dijo Benjamín con calma.
Camila estaba pegada al suelo, dominada por la fuerza de aquellos ojos color zafiro, unos ojos que controlaban y ordenaban. Se sentía como una mariposa sujeta por un alfiler.
Benjamín le acarició la comisura de los labios con un dedo.
-Puedes decirme lo que quieras. A mí no me importa el tartamudeo, en realidad, me parece encantador y no me molesta en absoluto.
Camila se dio cuenta, para su sorpresa, de que ésa era la razón de que no hablara.
-Camila... -dijo Benjamín, y suspiró-. Tu padre y tu hermana te tratan como si fueras basura y tú te morirías de hambre antes de pedirles ayuda. Me parece que no sois una familia muy unida.
-Ya pero yo soy parte de ella -dijo Camila-. Y por... por eso me diste este trabajo.
-¿Estuve a punto de atropellarte a propósito? -dijo Benjamín riendo-. No voy a negar que me imaginaba la reacción de tu padre al saber que estabas viviendo conmigo. Me divertía pensando en ello, pero no te contraté sólo por eso. Tú estabas en dificultades y yo podía ayudarte, además, yo necesitaba a alguien en la casa.
-Soy muy barata -dijo Camila mirándose las manos-. Me has utilizado.
-¿Cómo? Lo único que he hecho ha sido darte un trabajo.
Benjamín, al abrazarla, había sugerido una intimidad que entre ellos no existía y Camila se daba cuenta de que sólo lo había hecho para hacerle daño a su padre. Por la misma razón le había dado trabajo. Aun más, a él no le importaban los chismorreos, porque suponían, sobre todo, una humillación para su padre. Lo veía con claridad y sentía un intenso frío en el corazón al darse cuenta de su propia estupidez.
Lo había planeado todo. La chica que la había encontrado en su cama el primer día, alojarse en el Faisán... Se ruborizó. No, nadie, en cien kilómetros a la redonda tendría la menor duda de que tenía una relación sexual con Benjamín, porque él se había asegurado de que así fuera.
Y lo más irónico era que sólo el enemigo la había advertido de la situación. Maximo decía la verdad al decir que Benjamín era un bastardo, y eso era algo que, en el fondo, ella siempre había sabido. Pero, ¿cuándo había empezado a olvidar esa gran verdad? ¿Cuando la había rescatado de la desesperación ofreciéndole un trabajo? ¿0 cuando la había tocado, despertando en ella la fantasía más ardiente que nunca había tenido?
-Camila...
Un estremecimiento perturbó su rigidez. Le daban ganas de pegarle, de gritarle. Quería herirle tal como él la había herido a ella, aunque no tenía poder para ello. Para él todo había sido un juego y ella no era más que un peón sobre el tablero, un peón, ni siquiera una pieza importante. Le daban ganas de llevar a cabo algún gesto dramático, de castigarlo, pero estaba fuera de su alcance. No podía marcharse sin más. No tenía dinero, no tenía donde ir, y tenía que pensar en Mía. En cualquier caso, ya había desempeñado, sin saberlo, un papel en el juego de Benjamín. En cuanto a su padre, después de lo sucedido, ¿le quedaba algo que pudiera salvar su relación con él? No lo creía, pero era mejor así.
-¿Y qué... qué has planeado para mi hermana? -dijo entre dientes.
Benjamín se estaba sirviendo un vaso de brandy y el cabello le brillaba a la luz del fuego de la chimenea, que también destacaba su perfil clásico, la forma aristocrática de su nariz y su boca perfecta. Parecía un ángel vengador, incólume ante las emociones humanas. Acabaría con María, la destrozaría.
-Es asunto mío... nada que ver contigo -dijo Benjamín mirándola a los ojos-. Y aunque la avisaras, no te creería.
Camila no quiso hablar, pero era cierto que su hermana no la escucharía, aunque ella lo intentaría con todas sus fuerzas. No tenía la menor intención de ayudar a Benjamín con su silencio.
Poco a poco, sentía mayores deseos de saber hasta dónde había llegado Benjamín en sus deseos de venganza. ¿Cuántas veces había visto a María? ¿Le había hecho el amor? Santo Dios, las imágenes que se agolpaban en su indisciplinada mente le daban náuseas. Y sorprendió en su interior una emoción más vergonzosa y humillante que cualquiera que hubiera experimentado hasta entonces.
Estaba celosa y sentía unos celos amargos como la bilis. Ese descubrimiento la destruyó. Que pudiera sentir celos después de todo lo que sabía era odioso, vergonzoso.
-Voy a salir -dijo Benjamín.
-¿A ver a María? -le preguntó Camila, sin pensar, arrepintiéndose de la pregunta nada más hacerla.
-Cuando crea conveniente que sepas adónde voy, te lo diré -dijo Benjamín suavemente-. Y en este momento lo único que tenemos es una relación de trabajo poco convencional, pero más allá de eso, nada.
Nada, se repitió Camila. Ya no la necesitaba para nada. Había hecho su parte a conciencia, Benjamín ni siquiera había tenido que hacerle el amor de verdad para presenciar su mejor actuación. Subió las escaleras lentamente, como una anciana, y una vez arriba tuvo que precipitarse al baño porque se sentía física, realmente, enferma.
Mientras se recuperaba no hacía mas que darle vueltas a lo que le había dicho: nada. Su cruel escarnio había sido como echarle sal a las heridas frescas. Además de humillada, se sentía completamente destrozada. Y muy en su interior sabía que la herida infligida había sido mucho más terrible de lo que podía haber imaginado en sus más horribles pesadillas.



Capítulo 6
Camila aparcó detrás del Porsche de María. Su padre rara vez se molestaba en usar los garajes y el que no hubiera ningún otro vehículo le hacía concebir la esperanza de que estuviera en su oficina de Reading. Había dejado a Mía con Flor, diciéndole que tenía que ir de compras.
Benjamín había desayunado con una frialdad inhumana, hablando con Mía de vez en cuando. Camila no había podido probar bocado. Había pasado la noche en vela, odiándose a sí misma y buscando un modo de escapar de Westleigh Hall. No quería estar cerca de Benjamín, pero escapar requería un dinero que no tenía. Le horrorizaba la trampa en que se había metido.
María, vestida con una bata de raso negra, le abrió la puerta.
-¿Qué quieres?
-¿Puedo pasar?
-Como quieras -dijo María, y se dirigió al salón, dejando que su hermana la siguiera.
-Me sorprende que sigas aquí -dijo Camila-. Yo creía que papá te echaría después de saber que estabas viendo a Benjamín -dijo, no sin dificultad.
-Oh, le dije a papá que sólo me había traído a casa -dijo María-. Se cree todo lo que le digo. Supongo que a ti no te pasa lo mismo.
-¿Qué quieres decir?
-No te hagas la tonta. Sé que trabajas para Benjamín. Me lo dijo en Londres...
«Me lo dijo en Londres», la expresión se clavó en Camila como un cuchillo. Aquella afirmación le indicaba, además, que Benjamín no había dejado nada al azar.
-¿Te encontraste con él por casualidad?
María hizo una mueca de sorpresa.
-No quieras ser más estúpida de lo que eres... y, yo que tú, empezaría a buscarme otro trabajo. Cuando yo me mude a vivir con él, no quiero verte por allí. Nadie va a hacer chistes sobre camas redondas a mi costa.
-¿Te vas a vivir con él?
-Claro... Cuando la casa esté en condiciones. Benjamín sabe que no puedo vivir en ella tal como está -dijo María mirándose al espejo que había sobre la chimenea y retocando su peinado con una sonrisa de satisfacción-. En cuanto le expliqué lo que había pasado con el viejo, volvimos al lugar donde estábamos hace tres años.
-¿De verdad?
-Sí, de verdad -dijo María, y miró a su hermana-. Yo no sabía lo que quería hacer papá.
-Mentira.
-Benjamín lo comprende así que me importa un bledo que tú no lo comprendas -dijo María-. Lord Whitley aceptó la apuesta. Si no tenía dinero, no tenía que haber jugado. Nadie le obligó. Y ya sabes cómo es papá, no permite que nadie le deba dinero, tenía derecho a cobrarlo. Ganó con justicia y no fue culpa nuestra que el viejo fuera tan débil. De todas formas, algún día tenía que morir.
La facilidad con que María eludía cualquier responsabilidad repugnaba a Camila. Su hermana tenía la conciencia tranquila. Evidentemente, Benjamín había fingido aceptar su egoísta explicación y a ella le había bastado. Era demasiado egocéntrica para pensar otra cosa.
Camila suspiró profundamente.
-Quiero que me escuches...
-¿Qué me vas a contar? -dijo María con aburrimiento-. No hacía falta que vinieras a decirme que entre Benjamín y tú no ha habido nada -dijo, y se echó a reír-. ¡Dios mío, no está tan desesperado!
Camila palideció. Aunque era la verdad, dolía oírla en boca de otro.
-María, Benjamín te culpa por la muerte de su abuelo. Si te dice otra cosa, está mintiendo. No puede estar planeando ningún futuro que te incluya.
-¡Oh, por Dios Santo!
-Estoy tratando de avisarte...
-¿Cómo te atreves a hablarme así de Benjamín? -dijo María perdiendo la calma-. No pienso escucharte. ¡Vete!
Sin hacerle caso, Camila siguió a su hermana hasta su habitación.
-Sé que no quieres creerme, pero, ¿por qué iba a mentir?
-¡Porque eres una celosa! Benjamín vale millones y tú no puedes soportar que sea mío.
-¿Millones?
-Por lo menos. Su padre le ha dejado todo -dijo María sonriendo-. Su padre se casó y tuvo dos hijos legítimos, pero toda la familia se mató en un accidente de aviación hace año y medio, así que lo ha heredado todo.
Camila había dejado de prestarle atención, fijándose en algo que veía en la papelera... Sí, sin duda, se trataba de la caja de un test de embarazo.
-¡Oh, demonios! -dijo María, dándose cuenta de lo que había visto su hermana-. Te lo advierto, si no mantienes la boca cerrada, te mato. Tengo una reserva en una clínica para la próxima semana.
-¿Estás embarazada?
-Sí, no podía haber elegido mejor ocasión, ¿verdad? Hacía mucho tiempo que no hacía el amor con Steve, así que cedí ante su insistencia, y mira lo que ha pasado.
-¿Y vas a abortar? -dijo Camila, profundamente consternada-. No puedes hacerlo, María. ¿No será por Benjamín?
-¿Y por quién iba a hacerlo? ¡Y deja de mirarme así! -dijo María furiosamente-. La decisión es mía...
-Pero probablemente tú querías tenerlo cuando lo concebiste.
-Los tiempos cambian. Quiero un divorcio rápido y sin complicaciones, para casarme con Benjamín cuanto antes.
-¿Te ha hablado Benjamín de matrimonio?
-Todavía, no, pero ya lo hará -dijo María, con su habitual seguridad-. Así que imagina lo difícil que sería para mí seguir embarazada de otro hombre.
Camila se dejó caer sobre el borde de la cama. Qué dura era su hermana. Quería conseguir a Benjamín y nada más le importaba. Si Steve llegaba a enterarse, se derrumbaría, pero lo peor de todo era que María iba a abortar por nada. ¿Cómo podía ella permanecer al margen cuando sabía que Benjamín sólo actuaba por malicia, que no había ninguna posibilidad de que Benjamín se casara con su hermana?
-Si estás pensando en decírselo a Benjamín, lo negaré -dijo María-. ¡Y aunque te escuchara, no te creería!
Como eso era lo que Camila pensaba, no dijo nada. ¿Qué podía hacer para convencer a su hermana de que Benjamín no pensaba casarse con ella? No podía quedarse parada y dejar que María abortara. Decidiera lo que decidiera, María no podía hacerlo con la falsa premisa de que Benjamín iba en serio.
María se echó a reír.
-Me pregunto si ha oído esos rumores ridículos de que él es el padre de tu niña. Estuve a punto de preguntárselo. Sólo papá podía ser lo bastante tonto como para pensar que Benjamín podía haberse acostado contigo... Quiero decir, cuándo, dónde, cómo. Pero, claro, papá cree que ninguna mujer entre quince y cincuenta años está segura si Benjamín está cerca.
Camila se puso tensa, dándose cuenta, de repente, de que había un modo de alejar a María de Benjamín. Si podía convencer a su hermana de que ese ridículo rumor era cierto... Rebuscó en su bolso para extraer una foto de Mía.
-¿Cuándo? -repitió-. Bueno, fue la noche antes de tu boda. Benjamín tuvo un accidente en Manor, estaba muy borracho y lo llevé a casa.
María fijó sus ojos en ella, con gesto de incredulidad.
-No tiene ninguna gracia...
-No pretendo ser graciosa.
-¡No pienso escuchar tus cuentos chinos! -dijo María elevando la voz.
-Ésta es Mía -dijo Camila entregándole la foto a su hermana, y continuó explicándole los detalles de aquella noche.
-Chocó con su coche... Yendo a la iglesia vi cómo la grúa llevaba su coche -dijo María mirando la foto, muy rígida y pálida-. Pero no se acostaría contigo. Dios mío, si acababas de salir del colegio.
-¿Recuerdas cuánto lloraba el día de tu boda? -dijo Camila-. Me tropecé con él... Estaba borracho y cuando quiso ligar conmigo... bueno, me sentí... me sentí halagada.
-No puedo creerlo. ¡No puedo creerlo! -dijo María rompiendo la foto en varios trozos.
-Cuando supe que estaba embarazada, me quedé destrozada, pero yo estaba en Londres y sabía que él no estaba interesado -continuó Camila, y su voz temblaba. Hasta cierto punto no podía creer que estuviera mintiendo de aquella forma, pero, por otro lado, sabía que era su única esperanza de proteger al niño de María-. Me encantan los niños, ya lo sabes. Por eso la tuve, y me daba cuenta de que era lo único que iba a tener de él.
-¡No es verdad! -exclamó María-. ¡Estás mintiendo!
-Pregúntate a ti misma por qué estoy en su casa -dijo Camila con confianza-. Y mientras te respondes, imagina lo que podíamos estar haciendo la otra tarde en el Faisán -dijo, ruborizándose.
-¡Eres una...! -exclamó María después de un largo silencio, y le dio una bofetada a Camila-. ¡El único hombre al que he querido! ¡Tú, todos, qué asco! ¡Fuera de aquí, fuera! ¡No te lo perdonaré nunca, nunca!
Cuando Camila estaba en el vestíbulo, oyó los gritos de su hermana.
-¡Era mío, ¿lo entiendes?, era mío!
Por lo menos lo decía en pasado, pensó Camila. Porque María no podía soportar la idea de haber compartido al hombre que amaba con su hermana, y, además, eso significaba que Benjamín la había engañado. María volvería a casa con Steve, porque cuando las cosas se complicaban siempre buscaba seguridad.
Camila se dirigió a Reading, decidida a no dejar que Benjamín sospechara que había estado con María.
A su vuelta, encontró a Maximo solo, porque Flor había llevado a Mía al pueblo. Flor había dejado una ensalada en la nevera, para Benjamín, pero eran las tres y la ensalada seguía allí. Camila empezó a volver a poner los muebles del cuarto de estar en su sitio. Todo estaba muy limpio. La agencia de limpieza se había concentrado en las habitaciones de la planta baja. Los pintores todavía no habían empezado, pero extendió una alfombra y, a pesar de la falta de pintura y de cortinas, el cuarto de estar comenzó a adquirir un aspecto muy acogedor. Estaba pensando en que al día siguiente arreglaría el comedor cuando oyó que Benjamín llegaba en el Ferrari.
Frunció el ceño y comenzó a ponerse tensa. Decidió que adoptaría una postura evasiva y se dirigió a la cocina. Salía por el jardín, cuando sintió que Benjamín la agarraba por el brazo.
-¿Adónde vas? -le preguntó Benjamín con una voz extraña.
-A por Mía.
-Flor no ha vuelto todavía.
Camila no se atrevía a mirarlo a los ojos. Pero desde el momento en que oyó el coche, pensó que llevaba todas las mentiras que le había contado a María tatuadas en la frente.
-¿Quieres la comida?
-¡Mírame! -ordenó Benjamín entre dientes.
Camila levantó la mirada poco a poco, Benjamín le estaba haciendo daño en el brazo.
La mirada de Benjamín la taladró.
-María ha venido esta mañana, a medio vestir, histérica y loca de rabia -dijo Benjamín entre dientes.
Camila sintió escalofríos. No creía que María pudiera ir a ver a Benjamín. ¿Le habría contado lo que ella le había dicho? Lo más probable era que no. Pero tal vez se equivocaba al pensar que María tenía demasiado orgullo como para rebajarse a un enfrentamiento como aquél. Estaba paralizada y Benjamín le apretaba el brazo cada vez más.
-Me haces daño -dijo con un susurro.
Benjamín la soltó. Camila se preguntó qué haría a continuación. Por supuesto, no la creería, María la había creído, pero él no, se decía. Pero si no la creía, podría convencer a María de que todo eran mentiras, y eso significaba volver al punto de partida. Tan sólo tenía una ventaja: Benjamín no recordaba lo que había ocurrido aquella noche. Y si lo recordaba, no había dado muestras de ello.
-¡No te creo... tienes que estar mintiendo! -dijo Benjamín. Estaba conmocionado, iracundo, una condición muy rara en él, ante lo cual, Camila pensaba que tal vez tendría razón al pensar que no recordaba nada de lo sucedido aquella noche. Lo único que ella tenía que hacer era no revelarle la verdad hasta que María se hubiera marchado.
-Primero -prosiguió Benjamín-, sólo tenías diecisiete años, así que, a pesar del estado en el que estaba, yo no te habría tocado. Dos, yo nunca, en toda mi vida, he hecho el amor sin preservativo, ni siquiera cuando tenía quince años. Tres, ¿por qué no me lo habías dicho hasta ahora?
Tenía aprisionada a Camila contra la puerta del jardín, que se clavaba el picaporte en la espalda. Se sonrojó. Benjamín levantó una mano y la pasó por la melena de Camila. Estaba realmente turbado. Camila no había imaginado que algo pudiera penetrar en la naturaleza impenetrable y cínica de aquel hombre. Por un instante, se sintió culpable, y entonces recordó al niño de María, y pensó en los deseos de venganza de Benjamín. En cuanto el niño estuviera a salvo, le contaría la verdad, pero no antes.
-¡Maldita seas! -le espetó Benjamín con frustración-. Si no empiezas a hablar, no respondo de lo que pueda pasar.
-¿Qué quieres que diga? -dijo Camila, intimidada por la violenta furia que emanaba de él.
-¡Que es mentira! ¡Que te lo has inventado del principio al final!
Pensando muy deprisa, Camila se forzó a mirarlo a los ojos.
-No tengo por qué justificarme. Yo no sabía que María iba a decirte nada... Yo no quería que tú lo supieras. Si no te hubieras acercado a mi hermana, nunca lo habrías sabido...
-¿Y se supone que eso va a hacer que me sienta mejor?
-No me importa cómo te sientas -dijo Camila, y recordando cómo se había sentido aquella noche, no le importaba lo más mínimo-. Pero no pensaba dejar que arruinaras la vida de María. Ahora, ¿vas a dejar que me vaya?
-Tu actitud no tiene sentido. Si yo soy el padre de Mía, lo que es improbable, tú te comportas como si eso no tuviera importancia.
Camila trató de escapar, pero Benjamín la agarró por la cintura, aunque con cuidado, para no hacerle daño.
-¡Déjame!
-¡Y un cuerno! -dijo Benjamín y la llevó a rastras hasta el comedor-. ¡Aunque tarde un día en sacártela, me vas a decir la verdad!
La frialdad que Camila trataba de mantener comenzaba a disiparse poco a poco. Benjamín cerró la puerta de una patada y la apoyó contra ella.
-Así que, ¿dónde tuvo lugar esa milagrosa concepción?
Camila se estremeció, deseando haber contado otra mentira menos intimidatoria que aquélla.
-En tu habitación -dijo mirando al suelo-, en M... Manor.
Silencio.
-¿La noche que tuve el accidente?
-Sí... estabas borracho.
-¡No estaba borracho! Tenía fiebre y gripe.
-Tenías una botella de whisky en el coche -dijo Camila y miró a Benjamín, viendo una sombra de duda en su mirada.
-Yo creía que era un constipado y me tomé un par de copas para sentirme mejor y luego, me parece, tiré la botella.
-Sí.
-¿Y luego qué ocurrió?
-Después del accidente traté de persuadirte de que teníamos que ir al médico. Luego, te dije que te llevaría en coche a tu casa.
-Yo estaba en un coche, de eso me acuerdo... -dijo Benjamín tratando de recordar.
-Tuvimos que atravesar el jardín...
-Nada de lo que has dicho confirma tu historia. Admito que llegaste a mi habitación, sí -dijo Benjamín con una oscura sonrisa-. ¿Cómo es que llegamos a la habitación?
A Camila le temblaban las manos y cerró los puños. No sabía cómo continuar con la historia. Benjamín no dejaba de hacer preguntas.
-Te llevé yo... -dijo.
-¿Por qué? -preguntó Benjamín-. ¿0 te parece una pregunta muy estúpida?
-Te sentías mal.., tenías que acostarte.
-Podría haberlo hecho en cualquiera de las habitaciones de abajo. ¿Por qué tomarte la molestia de subirme?
-No pensé en eso, por Dios. Estaba preocupada por ti... estabas muy mal.
-¿Y entonces qué pasó? -insistió Benjamín.
El horrible silencio golpeaba como un martillo en el cerebro de Camila. Se mordió el labio y apartó la mirada.
-Yo estaba llamando al médico, pero tú me quitaste el teléfono y... y me diste un beso.
-¿De verdad? -dijo Benjamín con escepticismo.
-Sí -dijo Camila, que se daba cuenta de que empezaba a reaccionar como si todo hubiera ocurrido realmente-, yo también me quedé muy sorprendida.
Benjamín apretó la mandíbula.
-Sigue -dijo.
Camila respiró profundamente.
-Y entonces nosotros... no... nosotros lo hicimos -susurró.
-Lo hicimos -repitió Benjamín-. Tu talento para inventar historias es más extraordinario cada minuto que pasa. Admites que yo estaba muy mal...
La tensión crecía por momentos.
-Sí, pero...
-Yo apenas te conocía. Tú eras sólo una niña.
-Tenía ca... casi dieciocho años -dijo Camila cubriéndose el rostro con las manos. Era como si ya no supiera qué era verdad o mentira, y lágrimas de emoción se derramaron por sus mejillas.
-Para mí eras una niña. Incluso en el estado en que estaba no creo que te hubiera tocado.
Camila pensó que no estaba interpretando su papel con suficiente convicción y, si no se esforzaba más, Benjamín acabaría por arrancarle la verdad. De modo que se concentró en aquella noche.
-Estabas muy enfadado por lo de tu abuelo... decías que El... María era una mujerzuela... Yo no sabía por qué estabas tan enfadado.
-¿Estás diciendo que te violé?
-¡No! -exclamó Camila secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
-Entonces estás diciendo que te hice el amor para vengarme de tu padre y de tu hermana.
La sugerencia colgó en el aire y Camila no dijo nada porque ése era el motivo que Benjamín necesitaba para aceptar que la historia podía ser cierta.
-Yo no sabía nada de la partida de póquer...
-¿Y caíste entre mis brazos sin una queja? Creías que estaba borracho, admites que estaba enfadado, que había insultado a tu hermana...
-Yo no pensaba en lo que estaba haciendo -dijo Camila, consciente de que añadía credibilidad a la historia-. ¡Tan sólo ocurrió!
-Pero yo no lo recuerdo. Sólo recuerdo parte de lo que ocurrió aquella noche, lo demás está en blanco, y tú te estás sirviendo de eso, ¿verdad?
-No puedo evitar que pienses eso -masculló Camila entre dientes.
-Y quieres ser tú la que rellene esos espacios en blanco. Y dime, ¿cómo lo hicimos? -dijo Benjamín mofándose de la expresión que Camila había pronunciado.
Camila lo miró con consternación.
-Quiero los detalles -insistió Benjamín.
-¡No tienes ningún derecho a humillarme!
-Creo que tengo todo el derecho, cuando me estás acusando de la paternidad de una niña -dijo Benjamín desafiante-. Me temo que esta noche no es posible hacer las pruebas de ADN.
Camila se puso más pálida todavía. Benjamín estaba hablando de la ley. Pero se tranquilizó al pensar que podría decirle la verdad al cabo de unos días. Entonces, Mía y ella volverían a la calle. Se preguntó si habría empezado con todo aquello de haber sabido a dónde iba a llevarla.
-Naturalmente, lo más sensato es que acabemos con esto de una vez -dijo Benjamín-. Al fin y al cabo, no se puede falsear una prueba de ADN, y si esto es un estúpido intento de alejarme de María, estoy dispuesto a perdonar y olvidar si me dices la verdad ahora mismo. No voy a despedirte. Sólo nosotros tres lo sabemos, todavía.
El silencio que siguió, le puso a Camila los pelos de punta. Benjamín le ofrecía una salida digna, el completo perdón y ella estaba ansiosa por aceptarlo. La mentira había crecido hasta convertirse en una gran nube negra que pesaba sobre su cabeza. Se había transformado en algo más grande y más serio de lo que ella había llegado a sospechar. Pero recordó al niño de María y aceptó la necesidad de mantener la mentira algún tiempo más.
Trató de encontrar la clase de detalles que disuadieran a Benjamín de hacer las preguntas más íntimas. Se acercó a la ventana y suspiró.
-Hicimos... hicimos el amor en... en el suelo. No duró mucho -dijo, ruborizada hasta la raíz del cabello-. Ni siquiera te desnudaste. Luego... me dijiste que me fuera y me marché a casa. ¿Quieres saber algo más?
El silencio resonó como una tormenta. Benjamín respiraba pesadamente.
-Creo que no quiero saber más detalles -dijo por fin.
Cuando supiera que todo era mentira, se decía Camila, la estrangularía. Pero en aquellos momentos sintió un gran alivio, porque le daba la impresión de que no habría podido soportar el interrogatorio durante mucho más tiempo.
-¿Y cuándo supiste que estabas embarazada?
Camila parpadeó.
-En Londres.
-Estabas con tu madre, ¿por qué no insistió ella en que me llamaras?
-Yo no le dije quién era el padre de mi hija.
-¿Y la Seguridad Social? Creo que ahora insisten en saber el nombre del padre para obligarle a pasar una pensión a la madre.
-Pero -dijo Camila alarmada-, yo nunca pedí ayuda a la Seguridad Social.
Benjamín parecía consternado. Andaba de un lado a otro como un tigre enjaulado. Camila sintió una pequeña satisfacción. Por lo menos, mientras estaba con ella, no estaba con María, y empezaba a pensar que unos cuantos días de preocupación era lo que merecía por el imperdonable modo en que la había utilizado. Lo odiaba y lo despreciaba, se dijo, apretando los puños.
-¿Y cómo has vivido? -le preguntó Benjamín.
-Iba vendiendo las joyas de mamá.
Benjamín profirió una maldición. Estaba pálido y tenía el rostro en tensión.
Era hora de soltar un poco la cuerda, se dijo Camila, y dejar que se tranquilizara un poco.
-Yo no quería que supieras nada de esto. Es sólo algo que ocurrió en el pasado. Lo mejor es que vuelvas a olvidarlo.
Benjamín se detuvo, y la miró con incredulidad.
-¿Olvidarlo? ¿Cómo iba a poder olvidarlo? Me estás diciendo que me aproveché de una de las chicas más ingenuas que he conocido en una noche sórdida y estúpida, ¿y me dices que me olvide de todo? Dime cómo me voy a olvidar de que me acusas de ser el padre de Mía.
-Yo no te he acusado de nada -dijo Camila con temor.
-Y tu silencio de mártir en circunstancias que habrían acabado con la voluntad de un santo... ¿Se supone que te tengo que estar agradecido por eso? -dijo Benjamín con desprecio-. ¡Aceptaste que te diera trabajo y no pensabas decirme de ninguna manera que Mía es mi hija! ¡Dame un respiro! Esto no es un culebrón, esto es la vida real. ¿Por qué me dijiste que el padre de Mía estaba en la cárcel?
A Camila se le hizo un nudo en la garganta.
-Temía que pudieras sospechar la verdad. Quería despistarte...
-¡Pero si yo no tenía ni idea de nada! ¿Qué iba a sospechar? Debiste darte cuenta de que yo no recordaba nada de aquella noche.
Camila estaba temblando como una hoja, ya no podía soportar más preguntas.
-Me di cu... cuenta más tarde.
-¡Me dijiste que creías que estabas enamorada del padre de Mía! ¿Cómo demonios ibas a creer que estabas enamorada de mí? Antes de esa noche sólo había hablado contigo dos o tres veces en toda mi vida y solías mirarme como si fuera un bicho raro.
Camila se echó a llorar desconsoladamente y salió corriendo del cuarto de estar. Un segundo más y habría acabado por confesar la verdad. Se apoyó en la puerta cerrada de su habitación, y cuando se cercioró de que Benjamín no había ido tras ella, se derrumbó sobre el suelo.



Capítulo 7
CON gran esfuerzo, Camila metió la segunda maleta en el Land Rover. Estaba, literalmente, temblando por los nervios. Había tanto silencio que podía oír las pisadas del guarda de seguridad que vigilaba el jardín trasero de la casa. Benjamín no corría ningún riesgo con los caballos tan valiosos que entrenaba.
Se apresuró a volver a la casa. Tenían que marcharse cuanto antes, no tenían otra elección. Todo lo que estaba haciendo era protegerse de males mayores.
No hacía ni tres horas que había llegado a la casa Guy, el abogado de Benjamín, con quien éste había pasado más de dos horas encerrado en su despacho.
-¿Qué es tan íntimo que no podías decírmelo por teléfono? -le había preguntado Guy a Benjamín al llegar.
Después de la reunión, Benjamín salió en el Ferrari y Camila se dio cuenta de que no podía desaprovechar aquella oportunidad de escapar de allí. No podían pasar en aquella casa ni una noche más.
Por lo que ella sabía, había cometido un delito. Probablemente, Benjamín podía denunciarla por difamación o algo parecido. Al ver a Guy, se había quedado petrificada.
Metió en el bolso el dinero que Benjamín le había dado para compras, porque era el único del que podía disponer, con él podrían comprar los billetes que las llevarían, a ella y a Mía, a cualquier parte. Tendrían que pasar la noche en el coche, y, antes de tomar el tren, llamaría para decir dónde lo había dejado, para que Benjamín no pensara que lo había robado.
Apartó las mantas y levantó a Mía. La vistió apresuradamente y bajaron deprisa. No dejaba de palpitarle el corazón. Estaba a punto de llegar al coche cuando alguien salió de la masa de arbustos que crecían bajo la fachada más lejana de la casa.
Se le escapó un suspiro al comprobar que se trataba de Benjamín, que se acercó corriendo hasta ella. Estaba furioso, sin duda, y su furia era como una fuerza física enfocada en ella con una intensidad terrible. Durante el momento más largo de su vida, Benjamín la miró fijamente, mientras ella sostenía a Mía entre sus brazos, pesando más y más cada segundo que pasaba.
-¡Dame las llaves del coche!
-Están en el sal... salpicadero.
Benjamín abrió el coche en silencio y se guardó las llaves en el bolsillo. Luego se fijó en las maletas, bien visibles en la parte de atrás. Benjamín las sacó del coche y las llevó a la puerta. Un segundo después, tomó a Mía entre sus brazos, quitándosela a Camila tirando de ella.
Camila lo siguió al piso de arriba, donde Benjamín dejó a la niña sobre su cama.
-Desnúdala y métela en la cama -ordenó con frialdad.
Con torpeza, Camila desnudó a la niña y la cubrió con las mantas. Maldijo a Benjamín. Debía de haber aparcado el Ferrari detrás del establo, por eso no le había oído.
-Ganas de huir, supongo que está en los genes de los Bordonaba -dijo Benjamín con desprecio.
Camila se sonrojó al oír la referencia a la separación de su madre de su padre.
Benjamín se acercó a ella y la agarró por la muñeca.
-Si quieres marcharte, olvídate de Mía. No la vas a sacar de aquí. Un error, cariño, y pido su custodia legal. ¿Lo entiendes o quieres que te lo escriba?
A Camila le daba vueltas la cabeza y tuvo que humedecer sus labios resecos con la lengua.
-¿Dónde diablos creías que ibas? ¿A algún tugurio donde no pudiera encontrarte? El próximo error que cometas va a ser el último -dijo Benjamín.
Camila sintió escalofríos y parpadeó desconcetada, pero, de repente, comprendió: Benjamín la creía. Creía que Mía era su hija. El descubrimiento la sorprendía, porque había pensado que Benjamín negaría la paternidad de la niña con todas sus fuerzas. Había supuesto que había consultado a su abogado para librarse de ella y de la niña cuando era todo lo contrario.
-Yo pensaba que no me... me creías... -dijo Camila, deseando que así fuera. Que la creyera era todavía más peligroso que si no la creía. Y además, se le había acabado la inspiración para seguir tramando mentiras.
-Si tenía alguna duda, se ha evaporado cuando he visto que querías marcharte.
-¿Por qué?
-A la primera que se lo dijiste fue a María, no a mí. Tú no querías que yo lo supiera, no me has pedido nada y has tratado de irte a la primera oportunidad. Si estuvieras mintiendo, nada de eso habría pasado -dijo Benjamín con frío cinismo.
-Aun así podría estar mintiendo -dijo Camila, sin saber por qué, tal vez por la locura de la situación-. Creía que irme era la mejor que podía hacer.
-¿Adónde ibas?
-Iba a marcharme en tren...
-¿Adónde?
-No lo sé.
-Pero, ¿qué clase de madre eres tú? -le dijo Benjamín-. ¿No merece Mía alguna consideración? ¿Qué hay de sus derechos? ¡La sacas de la cama en plena noche y ni siquiera sabes adónde la llevas. ¿Cuánto dinero tienes?
Camila se quedó de inmóvil, muda, sin saber qué responder, conteniendo lágrimas de rabia.
-Responde -insistió Benjamín.
-Unas cincuenta libras... ¡Son tuyas! ¡Las estaba robando!
-¿Cincuenta libras nada más? ¡No estás más capacitada para andar por el mundo que Mía! ¿Adónde creías que ibas a llegar con eso?
-¡Lo único que quería era alejarme de ti!
-¡Y un cuerno! -exclamó Benjamín con rabia-. Algo te ha hecho huir, pero no han sido las ganas de alejarte de mí, no me lo creo.
-¿De dónde sacas esa idea?
-Ahora tenemos cosas más importantes de qué tratar -dijo Benjamín con impaciencia-. ¿Por qué no te sientas para que podamos hablar de esto con calma?
-¡A lo me... mejor no quiero sentarme!
-¡Maldita sea, no seas tan niña! -dijo Benjamín acercándose a ella, rodeándola por la cintura y empujándola hasta el sillón que había a su espalda-. Ahora vas a cooperar. Quiero ver el certificado de nacimiento de Mía.
-No puedes.
-¿Cómo que no?
Mora lo había roto en un ataque de furia y Camila nunca había pensado en hacer una copia.
-Lo perdí en una mudanza y no pedí una copia.
-¿Se menciona mi nombre como su padre?
Camila negó con la cabeza y Benjamín pareció molestarse.
-¿Cuándo nació?
Camila mencionó la fecha de su nacimiento de mala gana.
-Entonces, fue prematura...
-Sólo por dos semanas -dijo Camila. En realidad, Mora había dado a luz con diez días de retraso.
-¿Dónde nació?
Camila mencionó el nombre del hospital.
-En tu posición, la mayoría de las mujeres habría abortado.
-Mora tenía objeciones religiosas... -dijo Camila, y se dio cuenta de su resbalón.
-¿Y te convenció de seguir adelante con el embarazo?
Camila asintió.
-¿Tuviste dificultades en el parto?
Camila palideció, porque, aquella respuesta sí la conocía bien, puesto que conocía la pesadilla que una mujer puede experimentar en el parto.
-Mira, no quiero hablar de eso contigo.
-Es una pena que no fueras tan tajante cuando te eché en el suelo hace tres años -murmuró Benjamín apretando los dientes-. Deberías haberme dicho que no y ahora no estaríamos hablando de esto.
-Bueno, no dije nada porque...
-Ya, lo comprendo... pero no es algo que me haga sentirme orgulloso. Nunca he tratado a una mujer así en mi vida.
Era evidente que la escena de sexo que Camila había inventado para su propio beneficio había dañado el ego masculino de Benjamín.
-¿No? Me sorprendes.
Benjamín se inclinó lentamente hacia ella y tiró de ella para levantarla del sillón, ante lo que ella no opuso resistencia.
-No -repitió Benjamín muy despacio, y, al agarrarla por el brazo, le rozó el pecho.
Camila se estremeció al sentir el roce de su dedo. Debajo de la camiseta, su sensible piel se hinchó y el pezón se endureció. Cerró los ojos involuntariamente y suspiró. Benjamín le acarició el pezón con el pulgar, esta vez a propósito, y a Camila se le hizo un nudo en el estómago.
-Si aquella vez respondiste así -murmuró Benjamín con voz grave-, incluso la mesa de la cocina habría sido un lugar adecuado para hacer el amor.
Camila estaba dominada por una repentina sensualidad que le hacía olvidar cuál era la verdadera situación. Abrió los ojos, pero era demasiado tarde. Benjamín la besó en la boca y la abrazó, levantándola del suelo para llevarla al sofá, sin dejar de besarla.
El sofá era como una roca y Camila se hizo daño en la espalda, pero no le importó. El dolor era irrelevante en comparación con la intensidad de otras sensaciones que empezaban a dominarla. Benjamín se echó sobre ella, sin dejar de besarla en la boca, y hasta que sus cuerpos estuvieron completamente pegados el uno al otro. Camila empezaba a arder, mientras Benjamín exploraba su boca con la lengua. Gimió al sentir que Benjamín le separaba las piernas para que su cadera reposara entre su pelvis.
Le subió la camiseta, luego le desabrochó el sujetador. La besó en un pecho. A Camila se le hizo un nudo en la garganta y arqueó la espalda mientras Benjamín le lamía el pezón con habilidad y le acariciaba el otro pecho. Camila se dejó invadir por una oleada de sensaciones que la hizo gemir.
Benjamín murmuró algo y se movió para que Camila reposara sobre un costado. Volvió a ocuparse de sus pechos, pero esta vez con pequeños mordiscos que la volvieron loca. Le acarició el estómago y llegó hasta el revoltijo de rizos que tenía entre los muslos. Cuando las braguitas le molestaron, se las quitó delicadamente, y siguió acariciándola hasta encontrar el hueco húmedo que buscaba. Luego, sin avisar, volvió a ponerla de espaldas.
Cada centímetro de su cuerpo estaba caliente, ansioso, hambriento. Temblaba, se estremecía, perdida en una oleada de deseo. Benjamín se separó de ella, se quitó el suéter y se desabrochó el cinturón para quitarse los pantalones, arrodillándose entre sus piernas. Por una décima de segundo, se quedó inmóvil, mirando a Camila con los ojos ardiendo de deseo.
-Maldita sea -dijo-, nunca me había sentido así. ¡Nadie me había hecho sentir así! Hacer el amor nunca me había excitado tanto.
Camila lo deseaba con toda su alma. No podía pensar, sólo desear a Benjamín. Y entonces fue cuando oyó el grito, distante y lejano. Y se incorporó, con temor, como si alguien hubiera despertado su fibra maternal.
-¡Mía! -exclamó, a punto de caerse del sofá.
Se bajó la camiseta y subió las escaleras de dos en dos. Mía estaba sentada en la cama, muy quieta, sollozando.
-No pasa nada, cariño -dijo abrazándola-. Ya estoy aquí, ya estoy aquí.
En cuanto Mía sintió su cuerpo y oyó su voz, se tranquilizó. Dejó que Camila volviera a echarla sobre la cama y Camila le acarició el cabello, hasta que, al cabo de unos segundos, la niña se dio la vuelta y se durmió.
Al ir a salir de la habitación, Camila sintió que dos poderosos brazos la apresaban.
-No creo que el servicio de bomberos sea más rápido -dijo Benjamín dándole la vuelta y levantándola en el aire.
Le separó las piernas, hizo que le rodeara con ellas y la besó en la boca con suavidad.
El mundo comenzó a dar vueltas a su alrededor y le acarició el cabello, embebida en la intensidad del placer que volvía a sentir. Benjamín gruñó al darse con el hombro contra el inoportuno marco de una puerta y dejó a Camila sobre la cama. Pero fue un error. Camila abrió los ojos, y el techo, adornado de estuco moldeado, le trajo viejos y desagradables recuerdos.
-Oh, no... -susurró con horror, y trató de levantarse.
Benjamín, concentrado en las complicaciones de poner a Camila en una posición que los satisficiera, trató de acariciarla otra vez.
Camila se puso de rodillas con un salto y se tapó con la camiseta, en un ataque de repentino recato.
-¡No!
-¿No? -replicó Benjamín casi en un susurro.
Camila gateó hasta el otro lado de la cama.
-Lo siento, pero no podemos...
-Claro que podemos -dijo Benjamín y se puso junto a ella.
-Lo... lo siento. No... no quería llegar tan lejos.
-Yo ni siquiera he empezado, ¿qué demonios ocurre? -preguntó Benjamín con dureza-. ¿Es una clase de juego para que acabe violándote?
-Eso es una... una... una... -dijo Camila, y salió corriendo.
Benjamín la encontró en el cuarto de estar, a oscuras, hecha un ovillo sobre el sofá. Se detuvo a unos metros de ella y observó su mirada, presa de la culpa y la confusión.
Camila lo miró. Era tan guapo que no pudo apartar los ojos de él, aunque sabía que estaba perplejo y, hasta cierto punto, furioso.
-Lo si.., siento.
-Quiero saber por qué. ¿Me estás devolviendo la moneda por lo que sucedió hace tres años?
-¡No!
-¿Te hice daño? ¿Por eso tienes miedo?
-¡No! -respondió Camila, que veía el efecto de las mentiras que le había contado. Muy pronto, acabaría por pensar que la había violado. Y la verdad era que sólo la había besado. Le dio una risita nerviosa, poco a poco comenzaba a hundirse en upa pesadilla que ella misma había creado.
-¿Has estado con alguien desde entonces? -le preguntó Benjamín con molesta insistencia.
Más avergonzada que nunca, Camila negó con la cabeza. La rapidez con que Benjamín había sabido controlarse la sorprendía. Podría haberla insultado y tendría razón, pero no lo había hecho y con ello sólo aumentaba su poder sobre ella. Además, empezaba a sentir emociones que le hacían sospechar que lo que sentía por él era algo más profundo que el mero deseo sexual.
Se estremeció.
-No tiembles... no voy a abalanzarme sobre ti sin tu permiso. Tranquilízate -dijo Benjamín respirando con dificultad-. ¿Tienes miedo de volver a quedarte embarazada? Puede que no lo creas, pero yo no pensaba correr ese riesgo.
-Lo siento -repitió Camila. Todo lo que quería hacer era estar lejos de él para comprobar la medida de su propia confusión.
-Como vuelvas a decir eso, yo... -dijo Benjamín-. Sabes muy bien cómo aumentar la agonía, ¿verdad? No, no es una acusación, pero, ¿tienes idea de cómo me siento? Yo nunca quiero relaciones complicadas, se puede decir que las evito como a la peste. Sé mis limitaciones mejor que cualquiera. Me gustan las mujeres por dos razones: compañía y sexo. Las emociones y los sentimientos no tienen nada que ver. No quiero ataduras.
-¡Las utilizas!
-Esa es otra cosa que tienes... Me pones furioso. Utilizar es un verbo que se conjuga en dos direcciones, cariño. Mi primera experiencia sexual fue con una profesora suplente en el colegio. ¡Yo tenía trece años! ¿Quién utilizó a quién? Cuando alguna mujer sin escrúpulos le cuenta a los periódicos lo que le hice en la cama, ¿quién utiliza a quién? Y cuando yo pago todos los gastos después de una aventura, ¿quién utiliza a quién?
Camila lo miró a los ojos.
-No quiero oírte. ¡Yo no estoy tratando de utilizarte!
-Lo sé, pero me estás haciendo sentir cosas que no quiero sentir.
-Pues dejémoslo. ¿Por qué no me has dejado irme esta noche?
-No lo entiendes, ¿verdad? -dijo Benjamín-. Porque quiero a Mía.
Camila se puso tensa. «Porque quiero a Mía.» Una explicación clara y sucinta. Nada de fingir que la madre de Mía tenía alguna importancia. Aquella afirmación fue como un cuchillo, y le dolió como un cuchillo. Benjamín se había llevado bien con la niña desde el primer momento. ¿Hasta qué punto esa afinidad le nublaba el entendimiento a la hora de creer que era su hija? Pero no podía concentrarse en averiguarlo, el dolor la absorbía hasta tal punto que se daba cuenta de que se estaba enamorando de él. Era una locura, sobre todo cuando estaba claro que él no sentía nada por ella.
-Quieres a Mía -dijo tratando de concentrarse en la conversación.
-Sí, quiero que se quede conmigo, no tengo la menor intención de eludir mi responsabilidad -dijo Benjamín mirándola fijamente-. Voy a tomar un whisky, ¿quieres algo?
Camila negó con la cabeza y observó cómo él se servía un vaso de whisky. Estaba descalzo y llevaba los pantalones de montar y una camisa a cuadros desabrochada. Era, sin duda, el hombre más atractivo que había conocido en su vida. ¿Se trataba de eso? ¿De una especie de atracción juvenil por sus encantos? Pero si eso era cierto, ¿por qué le fascinaba tanto el resto de él? Quería meterse en su cabeza y saber lo que estaba pensando exactamente, aunque sabía que jamás tendría ese poder.
Se tienen visiones, intuiciones, confesiones a veces, pero la mayor parte del tiempo se está dominado por el atractivo sexual. El resto del tiempo, todo parece secreto. Camila se sentía distanciada, oculta, reprimida por una autodisciplina que, sin duda, había aprendido en la infancia. Benjamín compartía sólo lo que quería compartir y ella odiaba esa actitud superficial que asumía a voluntad. En aquellos momentos, sin embargo, no mostraba esa careta, no cuando Mía estaba en juego.
Actuaba de un modo completamente inesperado, porque lo que ella habría esperado era que huyera de la paternidad con todos los medios a su alcance. Pero tal vez el hecho de tener un hijo fuera de los opresivos límites del matrimonio tenía interés para él. «Porque quiero a Mía», se repitió. Pero, ¿qué quería decir?, ¿que estaba dispuesto a hacerse cargo de su hermana y que ella era libre de marcharse?
-He llamado a Guy por dos motivos -dijo Benjamín-. Primero porque es amigo mío y segundo porque tu actitud me convenció de que tenía que saber mis derechos.
-¿Derechos?
-En lo que concierne a Mía. Guy me ha aclarado los pocos derechos que tienen los padres no casados. Ni siquiera está claro que tenga derecho a visitarla si tú me lo negaras.
-Pero...
-Escúchame. Yo no te he pasado una pensión desde que nació, y eso no me hacer quedar muy bien que digamos. Tú has llevado una vida muy difícil, todo lo contrario que yo, que, además, no he llevado una existencia muy respetable. Por la vida que he llevado se podría decir que no soy un padre responsable. A no ser que soborne a los jueces, la verdad es que no tengo ninguna posibilidad de hacerme con la custodia de...
-¿La custodia? ¿Por qué quieres la custodia de Mía? -preguntó Camila, horrorizada ante la idea del problema que podía crear una sola mentira, que podía crecer hasta apoderarse de su existencia. Pero no tenía nada que temer. En cuanto María recobrara el sentido común, su pesadilla acabaría.
Benjamín se dejó caer, con aquella gracia innata que tenía, en el sofá que estaba frente a Camila.
-Tú podrías conocer a otro hombre, casarte, y, antes o después, yo tendría que salir de su vida. Guy me ha dicho que es muy frecuente. La gente empieza llena de promesas y buenas intenciones, y entonces comienza otra relación. Los padres divorciados suelen perder el contacto con sus hijos y yo no estoy preparado para que me ocurra eso.
-Benjamín, creo que te estás poniendo muy serio. Te has enterado hoy... Quiero decir, ¿no te parece un poco prematuro...?
-Ya me he perdido los dos primeros años de su vida -dijo Benjamín con énfasis-. A partir de ahora quiero estar con ella. No quiero que crezca como yo.
Camila guardó silencio, carcomida por la culpa.
-Cuando mi padre -prosiguió Benjamín- supo de mi existencia, quiso ponerse en contacto conmigo, pero mi madre no se lo permitió. Esa fue su venganza. Cuando mi madre murió, mi padre vino al colegio sin el permiso de mi abuelo y yo no quise conocerlo. Era el hombre al que acusaba de haber arruinado la vida de mi madre, y la mía. Sabía que estaba casado, que tenía hijos, y lo odiaba. No tenía nada que ver con él y él se sentía culpable. Había persuadido a su mujer de que su deber era ofrecerme su casa de España para vivir con ellos.
Bebió un trago de whisky y siguió hablando.
-Era un playboy, incapaz de ser fiel por naturaleza, pero era un hombre honrado. Su mujer no hablaba, y no hacía falta ser un lince para darse cuenta de que odiaba tener que vivir con el hijo bastardo de su marido. Pero Javier no se daba cuenta de ello, tenía fe ciega en lo que llamaba «lazos de sangre». Y yo le mandé al diablo.
Camila se compadecía de él, sufría por él.
-Pero él insistió. Me escribía y yo rompía las cartas sin leerlas. Luego dejó de escribir. La ironía es que... si en vez de hablar conmigo lo hubiera hecho con mi abuelo, me habría mandado a España en el primer vuelo.
-¿Quieres decir que... que tu abuelo te habría entregado a él sin dudarlo?
Benjamín apuró el whisky y dejó el vaso con un golpe seco.
-Sólo quería que comprendieras mi punto de vista. Siempre he lamentado no conocer a mi padre, era demasiado orgulloso para dejar que se aproximara a mí -dijo, y apretó los labios-. Fue muy triste que Javier y su familia murieran en ese accidente de avión.
-Debió de serlo -susurró Camila.
-Luego deseé haber pasado algún tiempo con él, pero era demasiado tarde -dijo Benjamín, y suspiró pesadamente-. Demasiado tarde para conocer a mis hermanos. La mayor parte de las veces la vida no te da segundas oportunidades y yo no la tuve. No puedo describirte cómo me sentí al saber que yo heredaba todo el dinero de Javier.
Camila agachó la cabeza para ocultar sus sentimientos de compasión.
-Javier nunca olvidó que yo era el primero de sus hijos. Aunque mis hermanos hubieran sobrevivido, yo habría heredado más que ellos. Era multimillonario y todo ha sido para mí. Yo no lo quería... Era del hombre al que yo había rechazado cuando todavía estaba vivo.
-Pero si él quería que tú lo tuvieras todo...
-A esa conclusión he llegado yo, pero sigo sintiéndome culpable. Por eso quiero cuidar de Mía. Quiero que lo tenga todo, y, además, necesita seguridad.
-Estoy de acuerdo -dijo Camila tragando saliva-, pero...
-No hay pero que valga -dijo Benjamín con suavidad-. Nunca he querido hijos, no quiero hacer con un hijo lo que mis padres hicieron conmigo. No quería esa responsabilidad, pero ésa era una decisión muy egoísta. Siempre he tenido cuidado de no correr el menor riesgo de dejar a ninguna mujer embarazada... y ahora averiguo que una vez no tomé precauciones y todo cambia.
¿Debía decirle la verdad en aquel instante?, se preguntaba Camila. ¿Qué ocurriría cuando dejara de concentrarse en Mía? Un sexto sentido le decía que volvería su deseo, con renovada intensidad, de vengarse de María. Y si Camila le decía que su hermana estaba embarazada y que por eso le había mentido, estaba segura de que no la creería. Pensaría que era otra mentira, porque María no admitiría estar embarazada. Tristemente, comprobó que estaba entre la espada y la pared. Estaba condenada si hablaba, y condenada si no lo hacía. Hasta que confirmara que María había vuelto con Steve, sólo su mentira y su silencio podían proteger al niño que tenía en sus entrañas.
-Estás muy callada -dijo Benjamín-. Cualquiera pensaría que esto no tiene nada que ver contigo.
Los acontecimientos se habían escapado a su control, pensó Camila. Estaba al borde del precipicio.
-No sé qué decirte -dijo, y era la mayor verdad que había dicho en todo el día.
-Mía es feliz aquí, pero ahora tú ya no puedes seguir siendo mi asistenta.
A Camila se le hizo un nudo en el estómago. Ya veía adónde conducía todo aquel razonamiento. Benjamín se disponía a echarlas. Quería a Mía, pero a cierta distancia y en dosis pequeñas.
-La prensa del corazón nunca me deja en paz. Nunca me ha molestado, pero no quiero que os molesten a ti y a la niña. Me importa un bledo lo que escriban sobre mí, pero no quiero que sufráis por...
-¡Ayer eso no te importaba lo más mínimo!
-Pero desde ayer las cosas han cambiado mucho. Parece que ha pasado un siglo.
Camila deseaba que fuera al grano de una vez. Ella estaba sentada en el borde del sofá, clavándose las uñas en las palmas de las manos. Quería confirmar sus expectativas pobre Benjamín Rojas. Estaba segura de que quería que Mía y ella se fueran de su casa lo antes posible, antes de que pudieran causarle más molestias.
-La verdad es que... -dijo Benjamín, y vaciló, apretando los labios- ...y nunca me había imaginado diciendo esto... pero la necesidad obliga... -dijo, y concluyó entre dientes-. Tenemos que casarnos.



Capítulo 8
Camila se quedó petrificada, sin poder apartar la vista de Benjamín. No podía creer lo que acababa de oír, porque no podía haberlo dicho, ¿o sí?
-Viviremos como ahora... más o menos -dijo Benjamín después de reflexionar unos momentos-. Tú tendrás casa, todo el dinero que puedas gastar y seguridad, y yo te tendré a ti y a Mía, lo que se podría llamar un intercambio beneficioso para ambas partes.
Camila se humedeció los labios y tragó saliva.
-¿Lo dices en serio?
-¿Crees que bromearía sobre algo así?
-No creo que te des cuenta de lo que significa eso -protestó Camila débilmente.
-Sé muy bien lo que quiero -replicó Benjamín-. No quiero ser más que un padre ocasional para Mía, y no quiero que en su vida haya un interminable desfile de «papás».
-¡No va a haber tal desfile!
Benjamín la miró con impaciencia.
-Por lo menos, sé realista, Camila. No creo que permanezcas célibe hasta que ella cumpla los dieciocho.
-En estos tiempos, la gente no se casa sólo porque han tenido un hijo, de casualidad.
-Pues yo lo voy a hacer y tú conmigo -dijo Benjamín-. Para ser sincero, no veo dónde está el problema. Sexualmente somos muy compatibles, hay matrimonios felices construidos con mucho menos. Mía merece la seguridad de tener a sus padres y una casa adecuada.
-Sí, pero no es tan sencillo.
-Es muy sencillo. Quiero que Mía tenga todo lo que yo no tuve.
Y ésa era su verdadera motivación, se dijo Camila. Había nacido fuera del matrimonio y, por lo que se deducía de lo que le había contado, nunca disfrutó de estabilidad afectiva. De repente, se sintió como una estúpida. ¿Qué hacía allí sentada discutiendo sobre un matrimonio que nunca se llevaría a cabo? Empezaba: a convertirse en una candidata para el manicomio. Al cabo de pocos días podría decirle la verdad, aunque, a la luz de los planes que estaba haciendo, la verdad le dolería más que la mentira.
Estaba reaccionando muy positivamente ante la idea de ser padre. Camila jamás habría pensado que lo que más le preocupara fuera el futuro de Mía, pero así era. Y aquél era el hombre que hacía dos semanas había dicho que nunca se casaría, porque «no hay ninguna razón para hacerlo y sí muchas para no hacerlo». Pero, evidentemente, Mía era razón suficiente.
-Bueno, ¿qué dices? -dijo Benjamín con impaciencia.
Santo Dios, se dijo Camila, quería una respuesta. Estaba exhausta, presa de un torbellino de confusión. Aquella noche había estado a punto de acostarse con él y lo había deseado. Si lo miraba, no le costaba recordar cuánto. En el fondo de su mente, se agolpaban muchas fantasías, pero tal vez fueran las mismas que habían tenido muchas mujeres en el pasado, fantasías que les decían que tal vez ellas eran algo especial para él, que eran la que se quedaría con él, aquélla a la que amaría toda su vida.
Aunque temía la horrible escena que tendría lugar cuando le dijera la verdad, en el fondo sabía que era lo mejor que podía ocurrir. De otro modo, antes o después acabaría en su cama, y una aventura transitoria no haría mucho por su dignidad. Benjamín era un hombre muy apasionado y quería hacer el amor con ella... eso era todo, y él había dejado bien claro que no quería más. Incluso aunque no hubiera mentido, entre ellos no había ningún futuro.
-¿Has... has estado enamorado alguna vez? -le preguntó sin pensar.
-No -dijo Benjamín sin reflexionar ni un momento-. ¿Me vas a dar una respuesta, sí o no?
-Tengo que pensarlo -dijo Camila sin mirarlo.
-¿Te estás haciendo la difícil? -preguntó Benjamín con un tono burlón.
Benjamín, sin duda, esperaba una respuesta positiva. La falta de confianza no era uno de sus defectos. Ya había condescendido pidiéndola en matrimonio. Pero Camila tenía claro que no iba a discutir con él sobre algo que, al cabo de unos días, podrían olvidar: Preparar la ceremonia llevaría por lo menos dos semanas, y, para entonces, aquella farsa habría terminado.
Benjamín se puso delante de ella y le puso un dedo en la barbilla, para obligarla a mirarlo.
-Dijiste que si yo fuera todo lo que el futuro iba a depararte, te matarías. Pero eso es porque hace tres años te decepcioné...
-¿Es por eso? -replicó Camila, sin poder resistir la tentación de pelearse con él.
Benjamín la miró con intensidad.
-Yo tampoco te veía en mi futuro, pero ahora mismo no puedo imaginarlo sin ti. Supongo que me he acostumbrado a tenerte cerca. Me siento cómodo contigo... -dijo. «Cómodo», repitió para sí Camila, «igual que una mecedora o un sofá»-. Cuando no me siento sexualmente frustrado.
-¡Qué fácil es decir cuándo estás pensando en el sexo!
-Eso espero... Ultimamente, son las veinticuatro horas del día... y odiaría pensar que es una miseria no compartida -dijo Benjamín y agachando la cabeza muy despacio, besó una de las manos de Camila, que se estremeció, con la sensación de que se derretía-. Si la última vez te hice daño, lo siento... Puedo prometerte que no volverá a ocurrir.
Camila, llena de rubor, retiró la mano, pero para ello tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad. Cuando Benjamín la miraba como la miraba en aquellos momentos, se sentía hipnotizada, débil, indefensa.
-Benjamín, yo...
-Tú vas a casarte conmigo. Eso es lo que quiero.
-¿Y siempre consigues lo que quieres?
Benjamín la miró con una sonrisa.
-Siempre -dijo.
-Creo que es hora de que me vaya a la cama -murmuró Camila, levantándose con dificultad. No quería irse, no quería separarse de él. Era consciente de que dentro de muy poco la odiaría por las mentiras que le había contado, y aquella vez no le ofrecería el perdón y el olvido.
-Tengo que hacer un par de llamadas.
Camila, a pesar de que estaba cansada, no durmió bien. Soñó que se estaba casando con Benjamín y en mitad de la ceremonia aparecía María y la interrumpía, igual que el hada mala de la Bella Durmiente. Sólo que en vez de proferir una maldición, se llevaba al novio y ella se quedaba sola en el altar mientras todos los invitados se morían de risa. Se despertó temblando.
A la mañana siguiente se encontró una nota en la cocina: «He ido a ver a Felipe», decía. No estaba firmada, pero sólo podía ser de Benjamín. Y le conmovió porque, cuando salía, Benjamín jamás daba explicaciones de adónde iba. Que se hubiera molestado en escribir una nota daba idea de la alteración que había sufrido su relación. Pero todo era mentira, se recordó con tristeza. Por supuesto, a Benjamín no se le había ocurrido que ella no tenía ni idea de quién era Felipe.
Los obreros estaban en la fase de transformar los áticos en un solo piso, para una asistenta, suponía Camila. Ese habría sido el lugar destinado para Mía y ella. Aquella mañana les llevaron una lavadora, una secadora y una aspiradora. Camila se quedó mirándolas mientras las descargaban en la parte de atrás. Benjamín debía haberse tomado la molestia de comprarlas, pero cuándo, ¿el día anterior, ese mismo día?
Envuelta en una especie de nube, oyó el timbre de la puerta y fue a abrir. Era María, ostentosamente vestida con un traje de chaqueta blanco que destacaba su cuidada figura.
-¡No sé cómo te atreves a mirarme a la cara! -le espetó a su hermana-. Gracias a ti, ayer me porté como una imbécil con Benjamín. ¿Dónde está? Quiero verlo.
Camila se puso tensa, alarmada. Después de todo, no debía haber sido demasiado convincente con su hermana.
-Ha salido.
-¿Por qué mentiste así? Hasta que volví a casa no me di cuenta de que Benjamín estaba tan sorprendido como yo. Negó ser el padre de tu hija... me dijo que nunca había tenido ninguna relación contigo. ¡Me dijo que había estado bebiendo!
Camila la condujo al cuarto de estar. Mía estaba dibujando en la cocina, de modo que podía estar tranquila algunos minutos.
-No sé cómo te creí -espetó María con rabia.
Camila pensaba muy aprisa.
-No sabía que ibas a hablar con él. No recordaba nada de aquella noche, y no sabía nada de Mía hasta que tú se lo dijiste.
María no había tenido en cuenta ese punto de vista.
Camila siguió presionando.
-Yo nunca me habría atrevido a hablarle de Mía... así que debería darte las gracias.
-¿Darme las gracias? -dijo María-. ¿Darme las gracias por qué?
-Por hacernos un gran favor -dijo Camila sonriendo ante su furiosa hermana-. Benjamín sí cree que Mía es su hija, y no sólo le gusta el hecho, sino que quiere a la niña... Quiere reconocerla y...
-Otra vez mintiendo. ¡Ni siquiera le gustan los niños!
-Bueno -murmuró Camila con otra sonrisa-. Desde luego, Mía le gusta. De hecho, me ha pedido que me case con él.
-¡Tendría que ser idiota para tragarme ésa! -dijo María-. Benjamín Rojas debe de ser el último hombre de la Tierra que se casaría porque una noche tuvo un desliz y dejó embarazada a una chica.
-Creo que estás olvidando su pasado -sugirió Camila-. Creció como hijo ilegítimo, sin padre y está decidido a que a Mía no le ocurra lo mismo.
-Aunque la niña fuera suya, no se casaría contigo -dijo María con desprecio.
-María, ¿por qué no vuelves con Steve? ¿Por qué no te olvidas de todo?
-¿Y dejarte el campo libre? ¡No hablarás en serio! ¡Y sigo sin creer que la niña sea suya! Enséñame el certificado de nacimiento... enséñame una prueba. Estabas gorda y eras fea. No creo ni que se molestara en mirarte, ni borracho. Así que si esa cría no es suya, ¿de quién es?
Camila se quedó de piedra y María se dio cuenta de la sombra de perplejidad que cruzó por el rostro de su hermana.
-Es la hija de Benjamín -dijo Camila débilmente.
-¿De verdad? Me pregunto... -dijo María con tranquilidad-. A los diecisiete años eras la chica más miedosa del mundo, y además muy fea. Cuando lo pienso, me resulta difícil que te acostaras con Benjamín -dijo, y sin más palabras dio media vuelta y volvió al vestíbulo, parecía impaciente por irse.
-Cami... mía lo que he hecho -dijo Mía, que apareció corriendo desde la cocina.
María se detuvo, con la mano en el picaporte de la puerta y se fijó en la niña. La contempló durante algunos segundos y luego miró a Camila, sonriendo con malicia.
-Ya nos veremos, muy pronto, espero.
Rígida por la tensión, Camila observó cómo su hermana subía al Porsche. ¿Sospecharía la verdad? No, no podía. María no tenía una sola prueba en qué basarse. Ni siquiera se le pasaría por la cabeza que Mora hubiera tenido otro hijo poco antes de morir. Benjamín volvió después de las cinco, vestido con un traje gris hecho a medida. Se quedó de pie en la cocina, mirándola en silencio durante algunos segundos antes de hablar y esbozando una extraña sonrisa. Entonces Mía se abalanzó sobre él y Benjamín la levantó en sus brazos.
-¿Crees que se parece a mí? -preguntó por fin-. No reconozco ninguno de los rasgos de los Rojas. Es rubia, pero no tanto como yo, y tiene la piel pálida, igual que tú.
Camila se mordió el labio y se aclaró la garganta.
-Ha venido María... -dijo.
-¿De verdad? Espero que no se acostumbre a venir.
-Creo que deberías decirle que... fuera cual fuera tu relación con ella, ha terminado.
-Yo no he tenido ninguna relación con ella -dijo Benjamín.
-Pues díselo -insistió Camila. Sabía que él era la única persona capaz de convencer a María de que estaba perdiendo el tiempo.
-Camila, por lo que a mí respecta, María no existe -dijo Benjamín concluyente.
-María tiene que saber eso cuanto antes -insistió Camila.
-Lo sabrá cuando nos casemos.
Pero para entonces podría ser demasiado tarde, pensó Camila con frustración. Mientras María no aceptara que Benjamín estaba fuera de su alcance, seguiría adelante con su idea de abortar.
-Pero...
-Pero nada. Si quieres hablar con la zorra de tu hermana, habla. Y, francamente, prefiero que no me recuerdes tus conexiones familiares, cuanto menos sepa de ellas, mejor.
Zanjado el tema, Camila agachó la mirada. Se sentía muy pequeña. Benjamín examinó el correo y salió hacia su despacho. Poco a poco una sensación de injusticia fue apoderándose de Camila. ¿Cómo se atrevía Benjamín a criticar sus conexiones familiares cuando sólo debido a esas conexiones él le había dado trabajo? La había empleado sirviéndose de su ignorancia, con el propósito de utilizarlas a ella y a Mía como armas arrojadizas contra su padre.
¿Estaba, incluso en el momento presente, jugando con ella? ¿Se había negado a decirle a María que había terminado con ella porque, secretamente, había decidido continuar engañándola haciéndole concebir falsas esperanzas? ¿Hasta dónde llegaba el deseo de venganza de Benjamín? ¿Cuánto tiempo habían pasado en Londres? ¿Se había acostado con ella?
Se le hizo un nudo en la garganta y se sintió enferma al imaginar a María y a Benjamín juntos en la misma cama. Benjamín despreciaba a María, pero eso no significaba que no se hubiera acostado con ella. Era un hombre con una sexualidad a flor de piel y María era muy guapa. Sexo sin sentimiento, eso era lo que él quería.
Benjamín levantó la vista de la carta que estaba leyendo al ver a Camila en la puerta de su despacho.
-La próxima semana tendré una nueva secretaria. Trabajaremos aquí hasta que los obreros terminen el despacho en el viejo establo.
Camila se mordió el labio.
-¿Qué tienes pla... planeado para María?
Benjamín se irguió.
-No creo que quieras saberlo. Tú eres muy compasiva y sabes perdonar, pero yo no -dijo con frialdad-. Quería hacerle daño y tenía toda la intención de hacerlo. Y habría disfrutado mucho destruyéndola...
Camila lo miró desconcertada, temerosa.
-Pero tú te interpones en el camino. María debería besarte los pies. Mía y tú sois su única protección -dijo Benjamín con suavidad-. Casarme contigo me hace olvidarme de la venganza... ¿Satisface eso tus instintos fraternales?
No, era terrible. Si se marchaba, María abortaría. Si le decía a Benjamín la verdad, éste volvería, con renovada ira, a sus planes de venganza. La única solución era casarse con él... pero no podía llegar tan lejos, ¿o sí?
-En cuanto a tu padre -prosiguió Benjamín-. No tengo ningún interés en seguir adelante. Sus empresas están al borde de la bancarrota.
Camila se quedó perpleja ante la fría indiferencia con que Benjamín mencionaba aquella revelación.
-¿Bancarrota? Yo creía que todo le iba bien...
-No debió vender la cadena de comida rápida, conocía ese negocio desde que empezó a trabajar, y se equivocó en algunas inversiones. No creo que pueda seguir viviendo aquí.
Camila no sentía gran aprecio por su padre, pero lamentaba su suerte. Había hecho del dinero su dios, la única razón de su existencia. Sin su fortuna, ¿qué haría?
-Le tienes lástima -dijo Benjamín apretando los labios.
-Es mi pa... padre.
Benjamín la miró fijamente.
-Espero la misma lealtad cuando me prometas amarme, honrarme y obedecerme hasta el resto de tus días -dijo-. Y no me gustaría estar en tu piel si no es así.
Camila apartó la mirada primero que él.
-Camila, nadie elige a su familia. No tienes nada en común con María excepto el apellido. Tú no mientes, ni manipulas, ni engañas. Que tu familia no se interponga entre nosotros.
De los tres pecados que había mencionado Benjamín, ella era culpable de todos ellos. No se atrevía a mirarlo a los ojos. Había sido ella la que se había metido en la boca del lobo, pero Benjamín la había forzado a hacerlo, se dijo, desesperada por compartir una parte de su culpa. El niño no nacido de María era el único inocente en aquella historia. Ojalá pudiera confiar lo bastante en Benjamín como para contarle la verdad, pero estaba tan hambriento de venganza que no podía arriesgarse.
-Ven aquí -dijo Benjamín apoyando una mano en su espalda y llevándola al vestíbulo. Allí había una caja dorada con un logotipo muy hermoso, junto a varias bolsas-. Vamos a salir, vamos a cenar a casa de los Allan. Te he comprado alguna ropa.
-¿Vamos a salir?
-Quiero que te vistas para impresionar -dijo Benjamín dándole la caja y las bolsas a Camila-. Flor va a venir a cuidar a Mía.
-¿Vamos a casa de los Allan? -dijo Camila, conmovida ante la idea de salir a cenar con él.
-Es un propietario. Entreno cinco de sus caballos.
Le había comprado ropa, pero Camila deseaba que nada le quedara bien. No quería pensar en lo que significaba un gesto como aquél, pero lo peor era que la mentira iba a hacerse pública. Aparecer juntos en un restaurante era como dar un paso adelante. Una vez más, la mentira seguía creciendo, aunque, se decía, no había nada que ella pudiera hacer, lo único que podía hacer era llamar a María y convencerla para no abortar.
Después de darse un baño, abrió la caja dorada y sacó un vestido de noche de terciopelo negro de manga corta y escotado en la espalda. Era justo de su talla. En las bolsas había unos zapatos de tacón alto, de terciopelo y adornados con diamantes, un bolso de noche, medias negras y un juego de lencería negra de seda, que la hizo sonrojar. Y todo le sentaba como un guante.
Benjamín la esperaba en el cuarto de estar, leyendo una revista de caballos. Camila se aclaró la garganta para anunciar su presencia. Benjamín tiró la revista, se levantó y la miró de arriba abajo. Le brillaron los ojos. Se fijó en los labios pintados de rojo y en la hermosa figura de Camila, que el vestido realzaba, y en sus piernas.
-¿Quién es Demi Moore? -dijo Benjamín-. Estás impresionante.
Camila suspiró con timidez, sabiendo que aquellas palabras sólo podían tener como fin darle confianza. En su opinión, Benjamín era el único que estaba impresionante. Llevaba esmoquin y estaba guapísimo.
-Sólo tengo una queja -dijo Benjamín-. He elegido el negro para que parecieras mayor, pero no te hace mayor. Aparentas dieciséis años, como si fueras a tu primera cita.
Camila se sonrojó todavía más y apartó la mirada. En realidad, era su primera cita. No había tenido novios; como María había dicho, era una chica gruesa y nada atractiva. Y luego, al abandonar su casa, sólo había pasado dos meses en la universidad antes de que sobrevinieran los problemas de su madre. Aparte de algunas salidas, tenía tan poco experiencia como aparentaba.
-Quiero que lleves esto... -dijo Benjamín abriendo una caja de terciopelo, de la que sacó un collar de diamantes, que brillaba a la luz de la chimenea-. Era de mi madre.
-¡No puedo! -dijo Camila, vencida por la culpa, pero, ignorando el comentario, Benjamín le puso el collar en el cuello-. Pero si era de tu madre...
-Se hace tarde -dijo Benjamín, empujándola con delicadeza hacia la puerta.
Flor acudió al vestíbulo.
-Qué feliz soy por vosotros...
-Creías que no ibas a ver este día, ¿verdad? -dijo Benjamín.
Una vez en el coche, Camila le preguntó:
-¿Por qué le has hablado a Flor de nosotros?
-Maximo me ha tratado como aun corruptor de menores desde que ayer oyó a María -dijo Benjamín.
-¿Qué?
-Según María, tú eres una adolescente y yo diez años mayor. Y la verdad es que no puedo decir nada en contra.
Camila se retorció en el asiento, cada vez más nerviosa por la importancia y la dimensión que estaba adquiriendo su mentira.
Los Allan vivían en lo que debió ser una antigua granja, que se había convertido en una mansión, rodeada de grandes extensiones. Davis Allan, un hombre de cerca de sesenta años, los recibió en la puerta.
-Siempre eres el último en llegar, Benjamín... Ah, ¿quién eres tú?
A Camila le dieron ganas de salir corriendo, estaba allí sin invitación.
-No eres Lesley, ¿verdad?
-Camila -dijo Benjamín.
-No me acostumbro a tu harén, muchacho -dijo Davis dándole a Benjamín una palmada en el hombro. Camila se sonrojó, y le dieron ganas de atar a Benjamín con una cadena y matarlo poco a poco.
En cuanto cruzó una mirada con Janine Allan, se dio cuenta de que su presencia no era bien recibida. La mujer de Davis tenía veinte años menos que él y miraba a Benjamín con fervor, sin prestar atención a los otros seis invitados.
-No debías haberme traído cuando no me habían invitado -le dijo Camila a Benjamín cuando entraban en el comedor.
-Todas mis invitaciones dicen: «y acompañante».
-Eres demasiado joven para ser asistenta -le dijo Janine con una falsa sonrisa, y alguien se rió a sus espaldas.
-Me gustan las asistentas jóvenes y frescas -dijo Benjamín.
Camila se mordió los dientes.
-He oído las historias más extraordinarias sobre ti -dijo Janine.
Davis Allan tosió.
-No creo que...
-¿Que Camila en realidad no es mi asistenta? -dijo Benjamín-. Eso es cierto.
Alguien volvió a reírse y Janine pareció cualquier cosa menos contenta de oírlo.
Benjamín tomó a Camila de la mano.
-Pues veréis, Camila y yo vamos a casarnos.
-¿Vais a casaros? -preguntó su anfitriona, perpleja.
A su marido se le cayó el vino, nadie se rió y todos se quedaron boquiabiertos. Camila se quedó muy pálida.
Davis propuso un brindis, y todo el mundo empezó a comentar las ventajas del matrimonio y sus peligros. Janine, finalmente, miró a Camila con pena, y no con envidia.
Para Camila fue la noche más larga y horrenda de su vida.
En el camino de vuelta a casa, Benjamín, de repente, detuvo el coche en el arcén, se desabrochó el cinturón de seguridad y abrazó a Camila, para darle un beso en la boca. Un beso explosivo que Camila sintió de pies a cabeza.
Luego, Benjamín le acarició los muslos, por encima de las medias de seda.
-Lo necesitaba -dijo sin dejar de besarla.
En ese momento les adelantó un coche que tocó el claxon tres veces.
Benjamín se rió.
-Vaya fama que tengo. Era uno de los invitados de Allan.
Camila hacía verdaderos esfuerzos por controlarse, porque aquella mano sobre sus muslos la estaba volviendo loca.
-¿Por qué les... les dijiste que vamos a casarnos?
-Como vamos a casarnos pasado mañana, no me ha parecido demasiado prematuro.
Camila se quedó helada.
-¿Pasado mañana? ¿Estás loco o qué?
-¿Por qué te crees que he ido a ver a Felipe?
-¿Y quién es Felipe?
-Mi padrino. ¿A quién iba a recurrir si no cuando me hace falta una licencia especial?
-¿Una licencia especial? Benjamín frunció el ceño.
-Si esperamos, los periódicos se van a alegrar mucho. Antes o después, alguien va a acabar por hablar con la prensa. A Mía y a ti os llamarían mi hija y mi amante secretas. Incluso Felipe ha entendido la necesidad de darnos prisa, y además, como tenía miedo de que yo no me casara nunca, se dio mucha prisa en extender la licencia. Probablemente piensa que, si esperamos, voy a cambiar de opinión. Pero se equivoca.
-¿Felipe es un párroco?
-Es obispo. Se ha puesto en contacto con el vicario de la localidad. Quiere oficiar la ceremonia. ¿Te importa?
-¿El qué? -masculló Camila.
Benjamín gruñó con exasperación.
-¿Cuánto vino has bebido? ¿Crees que no será una buena boda? Puedes ponerte un vestido, si quieres, blanco... Ahora ya nadie se fija en que sólo las vírgenes vayan de blanco.
-No, nadie -dijo Camila con un susurro, y con un nudo en el estómago-. No puedo casarme contigo, Benjamín.
-Claro que puedes -dijo Benjamín poniendo el coche en marcha.
-Lo digo en serio... no puedo... ¡No puedo!
-No pienso escucharte -dijo Benjamín.
-Buenas noches -se despidió Camila al llegar a la mansión.
-¿Qué demonios te pasa?
-Na.., nada... Yo sólo... no me siento bien -dijo Camila, y era cierto.
-¿Y no podías habérmelo dicho?
-Estoy muy cansada, con la excitación y las discusiones...
Algo brilló en la mirada de Benjamín, un signo de preocupación, y tenía aspecto, por una vez, de estar algo inseguro.


Camila no se durmió hasta el amanecer, y se despertó de repente cuando alguien le sacudió en el hombro.
-¿Qué pasa?
-Benjamín les ha dicho a los obreros que se vayan para que pudieras descansar -le dijo Flor alegremente-. Y si has dormido hasta tan tarde será porque lo necesitabas. Eran más de las tres.
-¿Y Benjamín?
-Se ha ido a Londres.
Camila lo sabía, él se lo había dicho el día anterior. Se dirigió al teléfono, para hablar con María, le diría que iba a casarse al día siguiente, pero María no estaba. Se paseó por el salón, preguntándose si María ya habría vuelto con Steve, con temor y esperanza. A las siete de la tarde, sus insistentes llamadas telefónicas obtuvieron respuesta.
Su hermana respondió con calma.
-Benjamín y yo vamos a casarnos mañana -le dijo con voz temblorosa.
-Puede que vayas a la iglesia -dijo María con una carcajada-, pero te aseguro que no te casarás mañana ni ningún otro día.
Camila tragó saliva.
-¿Cómo puedes...?
-Ya lo sabrás -dijo María colgando el teléfono.
Camila trató de volver a hablar con ella, pero fue imposible. Una hora después, llamaron al timbre. Era Maximo.
-Benjamín no podía comunicar por teléfono. Me ha dicho que le diga que esta noche no vendrá -dijo Maximo con mucha seriedad-. Debe estar en la despedida de soltero...
-Gracias, Maximo -dijo Camila, y le dieron ganas de tirarse de los pelos.
-¡Es una completa desgracia! -dijo Maximo-. Aprovecharse de una jovencita... debería darle vergüenza.
Camila sonrió, al menos sabía que contaba con el apoyo de Maximo, pero estaba al borde de la histeria. ¿Qué podía hacer? ¿Qué significaban las palabras de María? En cualquier caso, sabía que no podía ir a la iglesia, y que si iba, allí acabaría su trayecto, porque una vez allí, no podía seguir mintiendo. Su mentira había llegado a su final.

 
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(Acceso candelitas)

Re: ERRORES Y MENTIRAS 4-8

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October 7 2009, 2:04 PM 

me imagino q maria habra visto el parecido de mia con su madre o algo asi, y quizas, haya conseguido una copia de la carta de nacimiento, y pretende enseñársela a benjamin el mismo dia de la boda... yo creoq camila aprovechara el dia de la boda para escapar...

 
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mari
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Re: ERRORES Y MENTIRAS 4-8

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October 7 2009, 11:15 PM 

veras q maria la va a liar el dia
d la boda esa es capaz d aver averiguado
la verdad o algo y querra contarselo a benjamin
me encanta xao wapa

 
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mª jesus
(no login)

Re: ERRORES Y MENTIRAS 4-8

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October 8 2009, 12:35 AM 

ahh bueno,vaya en el lio que se
ha metido camila,que mentira mas
gorda a dicho veras cuando benjamin
se entere de que es todo falso la
que le espera....besos y siguela
esta fantastica

 
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rossy
(no login)

Re: ERRORES Y MENTIRAS 4-8

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October 12 2009, 2:23 AM 

increible.. es increible como se ha podido liar todo de una simple mentira, y todo por el hijo de maria,yo habria llamado al marido de maria y le habria contado todo, y sobre la boda... que decir uff.. pienso igual q vosotras, maria va a hacer algo para q no se case con benja y seguro q esta relacionado con mia.. a no ser q benja se haya acostado con maria y esta finja q espera un hijo de él.. uff que lio jajaja bueno espero pronto la continuación.. muxos bss!!!

 
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