Nadie le tumba al culebrón su liderazgo como género del corazón. Desde que hiciera su aparición en la TV venezolana, en 1953, no hay una sola generación de este país que no se haya enganchado con alguna de sus tramas, en ocasiones ciertamente lúcidas y, en otras, muy poco lucidas. Sea como fuere, hoy le tomamos el pulso a una expresión que nos ha mantenido, por más de medio siglo, a punto de infarto, siempre con el mismo cuento y en horario estelar. Pablo Blanco

Eduardo Serrano y Lupita Ferrer, una de las parejas estelares de Venevisión en los años setenta Marina Baura y Raúl Amundaray, un dúo protagónico que marcó época
El impecable look de Amndaray se mezcla con el desbordante histrionismo Amanda Gutierrez y Daniel Alvarado en La Dueña, considerada la obra maestra

Hace 52 años, uno después de la llegada de la televisión al país y según lo que menciona la autora Carolina Espada en su libro La telenovela en Venezuela, salió al aire por la extinta televisora comercial Televisa lo que se considera la primera telenovela de factura nacional. Se trataba de La criada de la granja, una historia que se transmitía de lunes a viernes a las siete de la noche, en vivo, durante apenas 15 minutos. Trece años más tarde, Raúl Amundaray ya estaría en la cresta de la ola como el galán más cotizado de los dramáticos en blanco y negro, y los culebrones se instituirían como el género televisivo con más arrastre por estos lares. Desde entonces —y para siempre jamás—, los venezolanos hemos tenido una comunión ciertamente dramática con las telenovelas: las criticamos, las ensalzamos, las abandonamos y las volvemos a retomar; rogamos todos los días que Salvador y Cabrujas inspiren a sus sucesores o que se nos pegue algo del vecino Brasil... pero no las dejamos. Generación tras generación, allí estamos: plantados frente al televisor engordando el rating. Aceptémoslo de una vez: a esta tierra de gracia le calza al pelo un melodrama. Después de todo, y aunque mal paguen, que no se diga que no han dado para más de un cuento y una buena tertulia.

Hubo una vez
Eternamente recordado por su papel protagónico como Albertico Limonta, Raúl Amundaray no puede dejar de entusiasmarse al recordar un pasado que lo tenía permanentemente en primera plana. Constancia de tanto robo de cámara ha quedado registrada en eso que él mismo ha bautizado como el “minimuseo”, un rincón de su casa que alberga, entre otras “piezas”, portadas de revistas —conservadas por su esposa en envases cilíndricos de plástico—, en donde posa junto a sus parejas protagónicas de las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. La piel de zapa, junto a Pierina España, Cristina, junto a Marina Baura, e Historia de tres hermanas, junto a Doris Wells, ocupan las tapas de varias publicaciones nacionales de entretenimiento. Más allá, un álbum de artículos de periódico, organizado en vida por su señora madre, conserva para la posteridad titulares que hablan por sí solos: “Fue asaltado el ídolo por sus propias fans. Le quitaron su cartera en donde tenía 700 bolívares”, “Le ofrecen a Amundaray 10 mil bolívares para que deje el canal dos”, “Se casó Albertico Limonta”... A lo que se podría agregar: ...y las solteras del país lo sienten y lo lloran.



Detrás de El derecho de nacer
Sería El derecho de nacer la telenovela que consolidaría el género como tal. La epopeya de Albertico Limonta estuvo al aire durante dos años (1965-1967) y mantuvo su récord de máximo número de transmisiones —una hora de lunes a viernes— hasta 1992, cuando Por estas calles lo superó, menciona Espada en su libro. El fenómeno fue de tal magnitud, que hasta la Billo’s Caracas Boys le escribió un merengue: “¿Y Albertico qué le dijo? Ya Don Rafael habló”, rezaba el estribillo.
El cubano Félix Becañé escribió esta historia del hijo que no iba a nacer por una petición de aborto de su propia madre, María Elena del Junco, quien, finalmente, lo deja en manos de una humilde mujer: mamá Dolores. Esta última lo convierte en un “hombre de bien” y él, con el tiempo, se convierte en un médico de renombre. Posteriormente, uno de sus pacientes es su propio padre, Don Rafael del Junco, por quien conoce al amor de su vida, su prima Isabel Cristina, interpretada por la bella chilena Conchita Obach.

“Muchos me criticaban porque decían que yo era un ‘galán de salón’. Si bien era el galán, también tenía que ser un buen actor, llorar y reír como el personaje. A veces hasta caía en trance. Y cuando íbamos a presentaciones en público me vestía con mi bata blanca, que tenía una placa que decía ‘Dr. Albertico Limonta’, y la gente se lo creía. Muchos me gritaban en la calle: ‘¡Albertico, mamá Dolores no es tu verdadera madre!’”.

Otro de los rumores, al margen de la telenovela, tenía que ver con el supuesto romance entre Amundaray y Obach. Ante esta interrogante de antaño, el actor responde recitando La casada infiel, un poema de Federico García Lorca: “No quiero decir por hombre las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido...”. Todo un galán.


La pareja, acompañada de Bárbara Teyde, quien siempre brilló en los roles de villana
Amundaray como Albertico Limonta junto a Conchita Obach
como Isabel Cristina, los sufridos
protagonistas de El derecho de nacer

La señora de Cárdenas
se transforma en una fiera

Los setenta son recordados por muchos escritores contemporáneos como la verdadera época dorada de la telenovela venezolana. Esto tiene que ver con la incursión en el género de importantes autores tales como Salvador Garmendia y José Ignacio Cabrujas. El primero estuvo a cargo de las líneas de La hija de Juana Crespo, protagonizada por Mayra Alejandra y José Luis Rodríguez, El Puma. El segundo se catapultó con historias que rompían con el esquema “rosa” para hablar de personajes con los que la audiencia se pudiera identificar más fácilmente: Natalia de 8 a 9 y Silvia Rivas, divorciada, entre otras. Alí Rondón, profesor de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello, quien además dicta la cátedra: La telenovela, el arte tras la industria, no escatima en vanagloriar la obra de Cabrujas, especialmente La Señora de Cárdenas, protagonizada por Doris Wells y Miguel Angel Landa.

“El dilema del ama de casa que descubre las infidelidades de su marido y que no sabe si divorciarse o no, puso en vilo a muchas espectadoras. Algunas de ellas se iban a las puertas de RCTV a ordenarle a Cabrujas que separara a esa abnegada mujer de ‘aquel sinvergüenza’. A Miguel Angel Landa, por su parte, lo abordaban los hombres para reclamarle que no fuera tan evidente, ya que su personaje les daba 'muchas pistas' a las mujeres casadas. Fue la primera vez en la que, al final, los protagonistas no quedaban juntos, porque ella, obviamente, se merecía un hombre mejor, como aquel correcto médico interpretado por Héctor Myerston”. De esa misma época, Rondón menciona, con igual entusiasmo, una producción que considera irrepetible: La Fiera, con Doris Wells, José Bardina y Carlos Márquez en su inolvidable papel del patriarca Eleazar Meléndez. Esta telenovela es una adaptación que hace Julio César Mármol de la obra Los hermanos Karamazov de Fedor Dostoievski.
“Lo más memorable es la actuación de Doris Wells como esa incontrolable campesina, llamada Isabel, de la cual se enamoran el mismo Eleazar Meléndez y sus dos hijos. Es una de las primeras telenovelas donde se plantea la clásica lucha entre dos familias por las tierras codiciadas. Inolvidable es el apodo que le pone Meléndez a Isabel: ‘Mi catirrusia’”.

El drama de la infidelidad en La Señora de Cárdenas, con Miguel Angel Landa
y Doris Wells

Carlos Márquez como Eleazar Meléndez junto a su “catirrusia” Doris Wells, en La FieraMayra Alejandra y José Luis Rodríguez en el idilio urbano
de La hija de Juana Crespo

De Cristal, Topacio y Leonela
Quien vio televisión durante los nunca bien ponderados años ochenta, probablemente disfrutó de Topacio, Leonela y Cristal, una trilogía rosa de la reconocida escritora cubana Delia Fiallo. La primera es el remake de su propia obra Esmeralda, estrenada en los años setenta. Su nueva versión es protagonizada por Grecia Colmenares y Víctor Cámara. Se cuenta la historia de una hermosa campesina invidente que conoce a Jorge Luis, el galán citadino que será testigo de su recuperación médica en medio del romance entre ambos. Amalia Pérez Díaz interpretaba a ‘Maíta’ y Carlos Cámara era Sirilo, el noble amigo de Topacio, quien sufre de ciertos retardos mentales. “Con eso se demostró que el galán en esa familia es Víctor, pero el verdadero actor, definitivamente, es Carlos”, acota Rondón.

De Leonela, protagonizada por Mayra Alejandra y Carlos Olivier, se puede decir que fue una de las más truculentas, pero no por ello menos exitosa. “Mira que escribir la reinserción social de un violador a través de la paternidad que le genera el embarazo de su propia víctima, gracias al amor, no es nada sencillo. ¿Cómo lo hizo la señora Fiallo? Sólo ella lo sabe”, explica Rondón. También lo saben los millones de venezolanos que no se despegaron de la caja a la que la profesora Marta Colomina llamó una vez “la Celestina mecánica”.

¿Qué decir de Cristal que no se haya dicho? La historia es muy conocida: la aprendiz de modelo que triunfa en la pasarela y descubre que su madre es la dueña de la agencia para la que trabaja, y que el hijo adoptivo de la misma es el amor de su vida. Los puntos del rating que logró Fiallo son incontables.

Dos amigos inseparables, la invidente Topacio
y su fiel Sirilo, Grecia Colmenares y Carlos Cámara, en el remake de Esmeralda, original de Delia Fiallo

El dúo romántico de Topacio, Colmenares junto
a Víctor Cámara. El actor interpretaba al acicalado Jorge Luis, galán de la historia

Pero no sólo Delia Fiallo se cotizó alto —para variar. Los protagonistas de Cristal, Jeannette Rodríguez y Carlos Mata, lograron la internacionalización gracias a sus personajes. “Me enteré de que, en España, Inocencia, el personaje de Mariela Alcalá que llega a sufrir de cáncer de mama, sirvió para una campaña preventiva dirigida a las mujeres de ese país. Las consultas médicas, aparentemente, aumentaron”.

Raúl Amundaray y Lupita Ferrer coprotagonizaron Cristal como Los Ascanio, los “amos del valle” de este relato. “Eran ellos mismos. Ella se despertaba rozagante, maquillada, perfecta y le pedía una pastilla para la jaqueca a Gledys Ibarra, que era Nancy, la mujer de servicio. El era un bohemio que recitaba poesías. No se diferencian en casi nada de Amundaray y Ferrer”, bromea Rondón. Hasta la fecha, esta telenovela ha sido transmitida un total de nueve veces en la Madre Patria, con un impresionante récord de audiencia.

De la misma época no se puede obviar el éxito que, igualmente, obtuvo Ligia Elena, escrita por César Miguel Rondón, quien se inspiró en el tema musical homónimo de Rubén Blades. Esta producción fue protagonizada por Alba Roversi y Guillermo Dávila. “Es la primera vez que el final de la historia estaba contenido en la canción promocional de la telenovela. La cándida niña de la sociedad se fuga con el trompetista de la vecindad”, comenta Alí Rondón.

Carlos Mata y Jeanette Rodríguez le deben su fama internacional a Cristal,
la telenovela icono de los 80

De la violencia al amor en Leonela,
con Carlos Olivier y Mayra Alejandra
Alba Roversi y el “musiquito”,
Guillermo Dávila, en Ligia Elena

¡Kassaaandra!
Kassandra, la telenovela de Delia Fiallo, “es la primera en ser comprada por Japón y entra al Libro Guinness de Récords por ser la más vendida en el mundo. Además, apacigua la guerra en Bosnia, pues durante sus transmisiones se hacía una tregua tácita para poder seguir los amores de Coraima Torres y Oswaldo Ríos. Una vez que se cayó la señal televisiva en toda esa zona, varias recitadoras de oficio corrieron a la frontera entre Serbia y Bulgaria para que los habitantes de la región les contaran lo que estaba pasando en el capítulo de ese día. Ellas reproducían, posteriormente, la historia, por unas cuantas monedas, a quienes estaban ‘incomunicados’ de la pantalla chica. En el capítulo en el que la cándida gitana es sentenciada a prisión por un crimen que no cometió, las amas de casa serbias se volcaron a las calles para exigirles a los representantes diplomáticos del gobierno venezolano que se comunicaran con Caracas para que pusieran a Kassandra en libertad, porque ellas sabían que la joven era inocente. Estamos hablando de amas de casa que tenían a sus esposos y a sus hijos muriendo a consecuencia de una verdadera guerra”, comenta Carolina Espada, a propósito de este éxito dramático de principios de los noventa.

El noticiero como libreto
El drama rosa de Kassandra le sigue la laureada Por estas calles, original de Ibsen Martínez, quien se rehusó a alargar la historia por más de seis meses, lo que no impidió que durara, gracias a un nuevo equipo de libretistas, un total de dos años (1992 - 1994). La trama reproducía la cotidianidad política y social del país, casi “en directo”. La maestra Eurídice Briceño, interpretada por María Alejandra Martín, hace pareja con el juez Alvaro Infante (Aroldo Betancourt). Los acompañaban Gledys Ibarra como la humilde Eloína Rangel y Franklin Virgüez como Eudomar Santos, el “guapo del barrio”, cuyo grito de guerra era: “¿Qué es lo que está pa’ sopa?”. “Es la primera telenovela en la que había un personaje que ‘editorializaba’ cada capítulo, el famoso Don Lengua. Los productores se nutrían tanto de la realidad venezolana que habían capítulos que se grababan a las seis de la tarde y a las nueve salían al aire”, explica Alí Rondón.

Entre gordas bellas y cositas ricas
Habiendo partido de la triunfante fórmula de la novela rosa, la telenovela venezolana, en el nuevo milenio, comienza a convertirse en un género que no le teme a la “mezcla de ingredientes” que bien funciona para obtener los anhelados números del rating: la comedia, la cotidianidad, las tramas policiales, el suspenso, y, obviamente, el nuevo discurso femenino. “Pese a que en Guerra de mujeres había una pareja protagónica joven, conformada por Yubirí (Gaby Espino) y Wilker (Jorge Reyes), César Miguel Rondón y yo nos atrevimos a incluir a tres protagonistas más: una menopáusica (Brigitte, el personaje de Mimí Lazo), una gorda que le era infiel al marido (Finita, el personaje de Milena Santander) y una mujer soltera que tiene un noviazgo con un hombre más joven que ella (Ana, el personaje de Nohely Arteaga). Es que una mujer madura tiene muchas más cosas que contar que una muchacha de 18 años, que es la típica protagonista”, explica la escritora Mónica Montañés en alusión a una de las producciones recientes más exitosas de Venevisión.

Igualmente exitosa para el llamado canal de la colina fue Cosita Rica, de Leonardo Padrón. La historia de la humilde bailarina del Barrio República, Paula C (Fabiola Colmenares) y el adinerado Diego Luján (Rafael Novoa) recordó un poco el espíritu de Por estas calles, en eso de retratar el contexto político y social del país. “Cuando todo el mundo estaba analizando la crisis política con visiones apocalípticas, Cosita Rica lo hacía a través de la huella digital de los venezolanos: el humor. El público veía todo con una sonrisa que luego se transformaba en reflexión”, menciona Padrón.

Por su parte, RCTV hizo de la comedia su sello distintivo. Mi gorda bella, protagonizada por Natalia Streignard y Juan Pablo Raba fue un ejemplo contundente de ello. Inevitable es la comparación que recibe esta telenovela con la colombiana Yo soy Betty, la fea, de Fernando Gaitán. “No sólo las gordas se identificaron con la trama, también las delgadas que no querían ser gordas”, explica Rosana Negrín, la escritora que versionó para la TV esta obra original de Carolina Espada. Hasta el año pasado esta telenovela había sido comercializada en más de 40 países, con especial éxito en Centroamérica, en donde se dio un fenómeno llamado “la gordamanía”. “Las gordas empezaron a vestirse con jumpers y las que no lo eran comenzaron a cambiar sus lentes de contacto por lentes de pasta. Todo para parecerse a Valentina, la protagonista”, comenta Espada.

Para resumir lo que ha sido la tendencia de la telenovela venezolana actual, José Simón Escalona, vicepresidente de dramáticos de RCTV, explica las fortalezas del género.“Nuestras producciones son más naturales que las mexicanas, más centradas en la mujer que las colombianas, más frescas que las argentinas y con un lenguaje más directo que las brasileñas. La telenovela venezolana ha ido aderezándose con lo mejor de nuestra venezonalidad, con esa exhibición constante de optimismo, humor y exageración de nuestros sentimientos. Todo esto sin olvidar el paraíso que supone el amor correspondido”.

La escultural Natalia Streignard se transformó en la obesa Valentina, la atípica protagonista de Mi gorda bella. Su galán fue el colombiano Juan Pablo Raba Milena Santander, Nohely Arteaga y Mimí Lazo,
las heroínas de Guerra de Mujeres, todo un manifiesto feminista
Rafael Novoa y
Fabiola Colmenares
en Cosita Rica, el hit de Leonardo Padrón

La voz de los creadores
Leonardo Padrón, autor de El país de las mujeres y Cosita Rica; Mónica Montañés, coautora de Frenesí y Guerra de mujeres; Martín Hahn, creador de la actual telenovela de RCTV, Amor a palos, así como de la trilogía de suspenso Angélica Pecado, La mujer de Judas y La estrambótica Anastasia, e Indira Páez, dramaturgo de Se solicita príncipe azul, la cual transmite Venevisión en horario estelar, expusieron sus reflexiones sobre esa difícil tarea de llegarle al corazón de la audiencia.
Leonardo Padrón
Mónica Montañés
Martin Hahn
Indira Páez

M. Montañés: “La telenovela siempre partirá del melodrama, la cuentes como la cuentes. La historia de la muchacha pobre que tiene un idilio con el hombre rico funcionó hasta para la producción brasileña Xica Da Silva, que es considerada como una ruptura del género. La esclava negra, al final, se queda con su próspero comendador”.

M. Hahn: “Yo siempre aposté por escribir una telenovela de suspenso. Fue un objetivo que me tracé gracias a José Ignacio Cabrujas, quien me animó a tener fe en mi idea. No fue fácil hacer cambiar las mentalidades de todo un equipo de producción para que entendieran que, en mis historias, el asesino, a veces, tiene más peso que el propio idilio de los protagonistas”.

L. Padrón: “Nunca he dejado de trabajar con el humor. Me conecto, humildemente, con mi calle, con mi vecino y con mi país, pero a través de la echadera de broma. Porque éste es un país de echadores de broma. Ahora bien, tampoco concibo la comedia por la comedia.
Si los personajes no tienen profundidad dramática y el humor es mediocre, el público cambia de canal”.

I. Páez: “Siempre he concebido la telenovela como un género que sirve, exclusivamente, para entretener. Para que la gente haga catarsis: llore, se ría o critique. Para mí es una representación edulcorada de la realidad. Y, en efecto, la historia de amor siempre es la misma, con unos protagonistas inquebrantables, esperanzadores y arquetípicos, como los de la tragedia griega”.

M. Montañés: “Y que a la heroína de la historia no se le ocurra cometer adulterio, porque la audiencia la rechaza. Mientras que el protagonista se puede acostar con el elenco entero y salir ileso”.

L. Padrón: “Eso es cierto. Cuando yo escribí Amores de Fin de Siglo, el personaje de Ana Karina Manco le era infiel a su esposo, en medio de una crisis matrimonial. Era impresionante cómo el público tildaba a ese personaje de ‘prostituta’, habiendo un verdadero personaje de prostituta en la telenovela que era el de Ruddy Rodríguez. Creo que es una pacatería llena de falsas morales. Pretendemos pensar, a estas alturas, que los únicos que cometen adulterio son los hombres”.

M. Montañés: “Otro punto que hay que destacar es que la telenovela venezolana es muy dura con las edades de los talentos. Si una actriz llega a los 30 años, seguramente le tocará
interpretar a una madre sin historia de amor. Ni hablar de si tiene 50, la ponen de abuela. A veces uno cree que los actores se hacen cirugías por pura frivolidad, pero, en realidad, es porque les repercute económicamente. Eso se debería acabar por el bien de la industria y del público”.

L. Padrón: “Es que no hay que dejarse llevar por ‘el imperio de la prótesis’. Cuando Cosita Rica recuperó el rating para Venevisión, un ejecutivo del canal dijo que lo habíamos logrado con personajes ‘negros, viejos y feos’. Creo que más allá de la belleza física del elenco debe haber una buena historia que contar”.

I. Páez: “Es que, en estos momentos, la telenovela venezolana está como el país: redefiniéndose. Hay un acceso rápido a cualquier tipo de información y es muy utópico pensar que el público ‘le va a dar tiempo a un dramático’ para ver si termina siendo bueno o no. Sin mencionar que tenemos una Ley Resorte que no sabemos cómo manejar”.

M. Hahn: “Con esa ley uno se siente con una lupa encima.
La telenovela no se creó para que cumpliera el rol de una guardería. Para eso están los padres, esa es su responsabilidad. Además, hay que tomar en cuenta que la generación que nos sintoniza se crió viendo comiquitas como Vaca y pollito. Se acostumbró a un humor muy rápido y, por supuesto, muy ingenioso. No quieren un producto antiguo”.

M. Montañés: “Pero hay que estar muy claros en que aunque el rating se deba al público joven, las historias no tienen por qué ser ‘juveniles’. Hollywood está lleno de películas románticas protagonizadas por gente madura, que son apreciadas por todos los targets. Entonces esa no puede ser la premisa. En cuanto a la Ley Resorte, no creo que afecte mis historias porque concibo el género como un espectáculo familiar, que es como lo define César Miguel Rondón”.

L. Padrón: “Lo que yo no quisiera es sentirme con una camisa de fuerza con el tema de la Ley Resorte, ya que, supuestamente, el arte es un territorio de libertad. De hecho, en estos momentos estoy escribiendo una telenovela para Venevisión en la que, nuevamente, me conecto con lo que está pasando en el país. Quiero continuar con el sello que me ha caracterizado, que ‘edulcora’ la realidad, pero con papelón, para que no empalague y para que la audiencia sienta que la historia le pertenece”.

M. Hahn: “Creo que en lo que todos coincidimos es en que el escritor de telenovelas tiene que estar conectado con el público. Cabrujas me lo decía: ‘El éxito lo obtendrás en la medida en
que escuches lo que sucede a tu alrededor; en el supermercado, en el autobús...’”.

I. Páez: “Para entender eso hay que tener mucha humildad como escritor y no pretender que la historia que uno escribe se va a quedar intacta de principio a fin”.

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