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Novia Perfecta (Arecia y Vity)

March 28 2007 at 12:51 AM
Eliana  (no login)
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Novia perfecta. Cap. 1


Capítulo 1

TU padre, por la línea uno.
Eran las palabras que menos hubiera querido oír Esteban Sanromán. Suspiró y cerró los ojos. Había sido una mañana infernal.
Le gustaba dar un paseo hasta su oficina. La cami¬nata de un kilómetro y medio desde su apartamento en la Quinta Avenida era lo que generalmente le hacía fal¬ta para ordenar sus pensamientos, hacer un repaso de las cosas que tenía que hacer y prepararse mentalmente para afrontar el día.
Aquella mañana se había empapado a medio cami¬no. La temprana llovizna que había predicho el servicio meteorológico se había transformado en un aguacero. Y cuando Esteban se había dado cuenta de que eran más que unas gotas, no había conseguido un solo taxi.
Esteban había llegado, molesto y empapado, y se había enterado de que el presidente de la empresa con quien estaba negociando la compra de una parte de sus acciones, había cambiado de opinión y quería volver a pensarlo. Mientras estaba intentando solucionar aquel asunto, un proveedor de Japón envió un fax para decir que el cargamento se demoraría más de lo previsto. Su secretaria, Silvia, estaba con náuseas debido a su emba¬razo, y se la veía pálida y marchita, a pesar de que in¬tentaba disimularlo con su eficiencia.
Y Fabiola, una mujer que nunca había parecido quererlo más que para la cama, acababa de colgarle el teléfono después de un ultimátum: si quería volver a ver el interior de su dormitorio, tendría que regalarle un anillo de compromiso.
¿Y ahora su padre por la línea uno?
— ¿Me escuchas, Esteban?— preguntó su secretaria, Silvia, interpretando su silencio como una distracción, no como rechazo a la llamada—. Dijo que era urgente.
Siempre era urgente, desde que su padre había deja¬do la dirección de la empresa.
Diego Sanromán tenía mucho tiempo ahora que esta¬ba jubilado. Se había marchado a Florida hacía un año y medio, diciéndole a Esteban que tenía intención de recuperar el tiempo perdido y dedicarse a leer y hacer todas las cosas a las que había tenido que renunciar du¬rante los años al frente de la empresa.
Esteban había creído que su padre se dedicaría a pescar, a jugar a las cartas, a reunirse con sus amigos...
Pero, en cambio, el viejo se había pasado todo el tiempo pensando nuevas estrategias para la empresa que ya no dirigía, e intentando asegurar su futuro. Eso significaba que estaba decidido a encontrarle una mujer para que abandonase su soltería.
Pero eso no iba a suceder.
Esteban se lo había dicho. Lo habían hablado cien¬tos de veces.
Diego incluso había intentado buscarle pareja una vez, hacía doce años. Carina había sido perfecta. Joven, dulce, atractiva, e hija de uno de los mayores provee¬dores de Empresas Sanromán. Esteban era muy joven, apuesto, ambicioso e ingenuo en aquel momento y pen¬só que ese tipo de matrimonio podía funcionar, nunca que Carina pudiera darle calabazas.
Pero lo había hecho. Lo había dejado plantado en Las Bahamas, con una alianza, la cara roja y doscientos invitados a una boda sin novia.
¡Como que se llamaba Esteban que no permitiría que su padre lo volviera a intentar!
Durante doce años, Diego lo había dejado tran¬quilo, disfrutando de su cómoda soltería. Pero la jubila¬ción le había hecho volver a querer mediar. Desde ha¬cía un año y medio aparecía con una mujer todos los meses para que Esteban la echase un vistazo.
Esteban había pensado que era algo biológico: la necesidad imperiosa de ser abuelo se apoderaba de los hombres cuando cumplían sesenta y cinco años. Así que, cuando su hermano más pequeño, Raúl, lo había hecho abuelo de unos mellizos, se había quedado tran¬quilo, pensando que iba a pasársele.
Pero le había dado igual. Era mayo, y en los últimos meses Diego había aparecido con una mujer tras otra, todas con trajes a medida, pulcras y profesionales como el propio Esteban.
Con esas mujeres de negocios no podría haber teni¬do sexo, solo fusiones comerciales, le había dicho al viejo después de la última de ellas.
—Bueno, ¿qué quieres? — le había dicho Diego.
—Que me dejes en paz —había gruñido Esteban aquella vez, y había colgado el teléfono.
Había creído que finalmente su padre había com¬prendido el mensaje. Y ahora, sin embargo, estaba en línea.
Esteban apretó el botón y ladró al teléfono.
— ¿Qué?
—Buenos días a ti también —le contestó su padre con ironía.
—Aquí no son buenos. Está diluviando —Esteban miró el día lluvioso y gris que se veía por el ventanal de su oficina.
—Le diré a Eva que ponga paraguas y botas de goma en la maleta.
— ¿En la maleta? ¿Por qué?— Esteban se sentó de¬recho y apretó su pluma Mont Blanc.
¿Para qué iba a meter paraguas y botas el ama de llaves de Diego, si no...?
—Voy a cenar con Tomás Hevia esta noche. He estado hablando con él sobre la posibilidad de fusionar¬nos con su empresa. Así que Ana Rosa y yo vamos a to¬mar el vuelo de mediodía a Veracruz, y...
—Para... no sigas... Tomás Hevia no va a entrar en la empresa.
En un tiempo habían estado interesados en adquirir la pequeña compañía de Tomás Hevia, pero ya no lo estaban.
—Empresas Sanromán no está dispuesta a comprar una anticuada y pequeña empresa de comunicaciones. ¿Y quién diablos es Ana Rosa?
—Tomás y yo somos viejos amigos —dijo Diego, no haciendo caso a la pregunta—. Nos conoce¬mos desde antes de que tú anduvieras con pañales, jovencito.
Cuando su padre lo llamaba «jovencito», era seguro que estaba haciendo de Celestina nuevamente.
—Y... — prosiguió su padre—. No me parece tan claro que la empresa de Tomás no merezca la pena.
—Está clarísimo —dijo Esteban. Ya veremos —contestó Diego con un aire enig¬mático.
—No veremos...
—Es posible que pudiera estar de acuerdo contigo si tú y Ana Rosa... —empezó a decir Diego como si Esteban no hubiera hablado.
Esteban apoyó violentamente la pluma contra el escritorio.
— ¿No te he hablado de Ana Rosa? —preguntó Diego inocentemente.
—No —dijo Esteban entre dientes.
— ¡Ah! Bueno, en realidad, ella es el motivo por el que te he llamado... —comentó Diego animadamen¬te—. Una chica adorable. Deslumbrante, de verdad. Es la bija de Patricia Moreno. ¿Te acuerdas de Patricia, ver¬dad? Miss México... El lunes me encontré a Patricia y a su hija en el club. Patricia nos presentó. Me preguntó si no tenía un hijo de su edad. Claro, se refería a Raúl. Ana Rosa es mucho más joven que tú. Una muchacha muy atractiva. Pelo largo rubio... Brillante, ingeniosa... En¬cantadora. ¿Te he contado que está haciendo un doctora¬do en Historia del Arte? Es...
—No sigas... —dijo Esteban.
—Cásate con ella —contestó Diego directamente.
— ¿Qué?
—Ya me has oído. Que te cases. Con ella. Tienes que casarte. Tener hijos. Seguir la línea sucesoria. Cá¬sate con Ana Rosa, y le diré a Tomás que hemos cambia¬do de opinión.
—Le diré yo a Tomás que hemos cambiado de opi¬nión, y no tendré que casarme con ella.
Diego se quedó un momento en silencio.
—Entonces le diré a la Junta Directiva que no te apoyo.
Fue como si todo el mundo se hubiera detenido en aquel momento. No hubo sonido alguno más allá del latido de la sangre en sus oídos, sintió Esteban.
— ¿Es una amenaza? —preguntó luego, con calma.
— Por supuesto que no es una amenaza —contestó Diego—. Es una promesa, muchacho. No eres tan jo¬ven. ¡Tienes treinta y seis años! ¡Deberías de haber su¬perado esa tontería con Carol...!
—Carina.
—Carol, Carina... como se llame... ¡Es como montar un caballo, chico! Si te caes, no tienes que salir co¬rriendo a lamerte las heridas debes volver a subirte en él.
— ¿Que me case con la primera mujer que se me cruce, quieres decir? —preguntó mansamente, a pesar de que estaba furioso.
—Por supuesto que no. No es cualquier mujer. Pero hay muchas chicas encantadoras por ahí. ¡Has tenido doce años para encontrar una y no lo has hecho!
—Quizá no quiera encontrarla.
— ¡Tonterías! Tienes que hacerlo. Por el negocio, si no lo haces por ti mismo. La gente tiene más confianza en un hombre casado. Da impresión de más responsa¬bilidad, de confianza. Te han dado el beneficio de la duda durante años. Pero ya estás llegando al límite. Además, tienes cualidades para ser un buen hombre de familia. Un buen padre.
— ¿Como tú? —preguntó Esteban con tono mor¬daz, pero su padre no se dio por enterado.
— Ana Rosa es especial. Sé que te gustará.
— No quiero...
— ¡Tú no sabes lo que quieres! Si te traigo una peli¬rroja, quieres una rubia. Si te traigo una amante del ho¬gar, quieres una doctorada. Si te traigo...
— ¡Quiero que dejes de traerme mujeres!
— Lo haré.
— ¿Cuándo?
— Después de esta noche. Después de que conozcas a Ana Rosa. ¡No querrás a otra mujer después de conocer¬la! Tiene todo lo que deseas en una mujer. ¡Es rubia, amante del hogar, con un doctorado! Y...
—Y si no me caso con ella, irás a la Junta Directiva a dar un voto de no confianza —dijo Esteban entre dientes.
Diego pareció dudar un momento.
— ¡Estás en lo cierto! —contestó luego.
Esteban comprendió aquel momento de duda de su padre. Había sido un punto sin retorno. Era la última oportunidad de retroceder. Pero Diego no retrocedió.
— Ana Rosa y yo estaremos en la ciudad esta noche — dijo firmemente—. Ven con nosotros y con Tomás a cenar a Le Sabre's. A las ocho.
—Tengo...
Su padre le colgó.
Esteban miró el teléfono. Luego, colgó él también. Se echó hacia atrás en la butaca y giró con ella de ma¬nera que quedó mirando la lluvia por la ventana. Repi¬queteó con los dedos en el reposa brazos y reflexionó sobre sus opiniones.
Debía haberle parado los pies a su padre hacía tiem¬po. Le tendría que haber dicho que lo dejase tranquilo tanto en relación a la empresa como en relación a su vida privada.
No lo había hecho porque se había pasado la vida admirando a su padre. Admiraba la determinación del viejo, su tenacidad, su fiereza, su fuerza de voluntad in¬quebrantable. Esteban había crecido queriendo ser igual que él.
Había resistido el «empezar desde abajo» al que lo había sometido el aprendizaje con su padre, necesario, según él para tomar las riendas de la empresa algún día. Se había ensuciado las manos en trabajos de chico para todo, había trabajado noche y día, vacaciones y fi¬nes de semana. Había hecho todo lo que se le había pe¬dido, y lo había hecho bien.
Incluso había permitido, hacía doce años, que el viejo le eligiera una esposa porque había comprendido por qué su padre quería que hubiera lazos entre su em¬presa y la de la familia de Carina. Había sido sensato desde el punto de vista de los negocios, y a él le había gustado Carina... lo que había conocido de ella, al me¬nos. Estaba seguro de que habría sido un buen marido.
Fue Carina quien huyó, no él. Y cuando ella lo hizo, dejándolo herido y humillado, aún había seguido pen¬sando que su padre había actuado correctamente.
Incluso en aquel momento, ¡que Dios lo ayudase!, creía que Diego tenía razón. En los negocios, los hombres casados parecían más dignos de confianza, más predecibles, menos balas perdidas. Algunos direc¬tores de otras empresas lo habían dado a entender. Ha¬bían sugerido que llevase a su esposa a varios eventos y habían alzado levemente una ceja cuando él había di¬cho que no tenía.
Suponía que su padre tenía razón también; esa Ana Rosa, sería una esposa ideal. Rubia. Brillante. Sin san¬gre en las venas. Encantadora. Capaz. Inteligente. El accesorio perfecto para que un ejecutivo luciera en su brazo.
Esteban cerró los ojos un momento y vio el futuro. Se vio a sí mismo y a la rubia sin sangre en las venas que su padre había elegido para él. Después abrió los ojos y miró por la ventana. Llovía sin parar.
Dentro se estaba caliente. Y fuera hacía frío. Las ventanas empezaban a empañarse. Recordó, entonces, una noche de hacía tiempo... ventanas empañadas de vapor y sexo y una mujer cuya sangre era bien calien¬te.
Empezó a excitarse con el solo recuerdo de ella y de aquella noche.
En los últimos meses había procurado olvidar. Des¬de febrero intentaba fingir que aquello no había sucedi¬do. Luego, se había convencido de que no ocurriría de nuevo.
El sexo que habían compartido aquella noche se daba una sola vez en la vida... Él, desde luego, nunca había experimentado algo así.

No había ocurrido de ese modo con Fabiola, por ejemplo.
Y si...
No quería seguir esa línea de pensamiento. Pero no pudo evitarlo.
¿Y si no hubiera sido un golpe de suerte? ¿Y si pu¬dieran volver a hacerlo una y otra vez?
Se le secó la boca. Tenía las pahuas sudorosas. Esta¬ba excitado... Se aflojó la corbata... La que ella había...
Tomó aliento.
Se puso de pie y fue hacia la puerta.
Cuando la abrió, Silvia le dijo:
— Esteban, el señor Shiguru en la línea dos. Y la señorita Blanco está esperando...
— Ahora, no— agarró la gabardina y se dirigió a la puerta.
— ¡Esteban! ¿Adonde vas?
_ A buscar una esposa.


Cap 2

María debió imaginarse que aquel día iba a ser terri¬ble.
En el momento en que abrió los ojos y vio la lluvia cayendo sobre los tulipanes de la jardinera de la venta¬na, debería haberlos cerrado otra vez y haberse tapado con las mantas hasta la cabeza.
En cambio, mostró una de sus eternas sonrisas opti¬mistas y se dijo lo buena que era la lluvia para las flo¬res. No quiso pensar lo mala que era para el pelo.
También era mala para los taxis, para el humor de la gente y para los clientes temperamentales con una vi¬sión artística de morsas sin cerebro. Por no mencionar lo mala que sería para los fotógrafos cuyos bebés les hubieran dado una mala noche por culpa de la salida de los dientes, y para modelos con rizos naturales.
No, no era un buen día.
Maria no esperaba que todos los días estuvieran li¬bres de estrés. Pero aquella mañana el estudio de Bruno García parecía a punto de explotar.
— Date prisa —dijo Bruno por quinta vez en una hora—. ¡Muévete! ¡Muévete! ¿Sabes cuántos malditos vestidos tenemos que fotografiar todavía?
Maria no lo sabía. Ni le importaba.
Los vestidos no eran su problema, su problema era el pelo.
El cabello liso. El pelo crespo. El pelo con laca.
— Se está rizando otra vez. ¡Míralo! —exclamó Valdés, el temperamental cliente, señalando a Alicia, la modelo diosa de la moda. Agarró un puñado de aquel encrespado pelo y le gritó a María—. ¡No se puede ri¬zar! ¡Tiene que estar liso! ¡Haz que tenga el pelo liso!
Habría sido más fácil volver calvo a un puercoespín, pensó María.
— Espera. Déjame ponerle un poco más de gel. Solo un poco.
— María, ¡por el amor de Dios!— Bruno se estaba ti¬rando de los pelos.
— Vamos... ¡Deja de perder el tiempo y quítate de en medio!
— Solo necesito...
— Liso —insistió Valdés—. Suave. Tieso como una estaca.
«Entonces, ¿para qué has pedido una modelo con pelo natural rizado?», pensó Maria, exasperada.
— ¡A mí también se me está rizando! —se quejó Dolores, la otra modelo.
— Y el azul, no. No me gusta con el azul— dijo Valdés, observando el vestido que Alicia acababa de po¬nerse—. Probemos con el amarillo.
— ¡No puedo usar el amarillo!— opinó la modelo—. Parezco una muerta vestida de amarillo.
— Vas a estar muerta de verdad, vestida de amarillo— dijo Bruno—. Si no te callas. Tenemos que hacer treinta malditas fotos. ¡Y solo hemos hecho seis, María! ¡Vamos!
Las modelos se quedaron de pie pacientemente, mientras María volvía a ponerles gel. Valdés dio vuel¬tas alrededor de ellas, cargado de rabia e impaciencia. Bruno empuñó la cámara, gruñó, maldijo y sacó la foto.
Y todo el tiempo María intentó mantener la calma porque, después de todo, se dijo, en el inmenso curso del universo, ¿qué importaba todo aquello?
Llovía. Un vestido amarillo o uno azul. Pelo rizado, encrespado. Pelo liso.
No era como lo de Francisco. Eso era lo que lo hacía un día malo, pensar en él.
Porque Francisco De la Torre iba a morir.
María se ponía mala al pensar en ello. Su mente se rebelaba contra aquella idea. Pero a pesar de ello iba a ocurrir, salvo que recibiera un trasplante de riñón.
Muchas personas vivían con problemas en los riño¬nes... Vivían haciéndose diálisis y diálisis durante años...
Pero no eran Francisco, quien en los últimos meses se había ido marchitando delante de sus ojos.
Tampoco tenían ocho años, con toda una vida por de¬lante. No soñaban con escalar montañas, ir a pescar y jugar al béisbol. No dibujaban las naves espaciales más alucinantes del mundo ni los más temibles monstruos verdes, ni detallados planos para construir la mejor casa en un árbol.
No tenían grandes ojos marrones ni un pelo tan re¬belde que ni el más firme gel podría someter por mu¬cho tiempo. No tenían la risa tan fresca, ni una sonrisa picara que te derritiera de placer.
O tal vez sí.
María no lo sabía. Solo sabía lo que le pasaba a Francisco.
Francisco y su madre eran los vecinos de María, des¬de que hacía tres años se había ido a vivir a un piso en una tercera planta.
En aquel entonces, Francisco tenía un aspecto mucho más saludable, mucho más fuerte. Y Pamela no tenía aquella mirada perdida, de desesperanza, en sus ojos marrones oscuros.
— No sé lo que voy a hacer —había dicho Pamela con voz entrecortada, cuando le había contado por primera vez a María lo que le habían comunicado los médicos.
Para ella era sencillo.
— Si necesita un trasplante, lo conseguiremos —le había prometido.
Pero Pamela, desesperada pero realista, había agitado la cabeza, abatida.
— El hospital quiere doscientos cincuenta mil dóla¬res por adelantado, antes incluso de que lo pongan en la lista.
A María le había parecido un asalto a mano armada. La peor de las vilezas. Francisco no tenía la culpa de que su madre fuera una ilustradora por cuenta propia cuyo seguro médico había quebrado.
A ellos les había dado igual.
— Se niegan a verlo si no voy con un cuarto de mi¬llón de dólares.
María tenía casi veinte mil ahorrados. A ella le pa¬recía mucho, pero comparado con lo que necesitaba Francisco era poco. Aunque pidiera en la calle, no sería capaz de reunir lo que necesitaba Pamela. Sin embargo, no estaba dispuesta a aceptar la derrota.
— Pensaré en algo— le aseguró a Pamela apretándole suavemente la mano—. No te preocupes.
Pero a pesar de haberle pedido a Pamela que no se preocupase, María lo estaba.
La preocupación le había durado toda la mañana, pero no se le había ocurrido ninguna idea.
—De acuerdo. Venga. Cuellos largos, señoritas. Barbillas sugerentes —Bruno empezó a moverse otra vez, disparando flashes mientras tanto—. No os tapéis unas a otras, por Dios. Muévete, Alicia.
Alicia se movió hacia uno de los reflectores, que se cayó haciendo un ruido considerable.
A Valdés se le cayeron los seis vestidos que llevaba en el brazo.
— ¡Oh, no! ¡Santo cielo! ¡Se van a arrugar! ¡María, ayúdame!
— ¡Maldita sea! —exclamó Bruno con la cara colora¬da—. ¡María, recoge el reflector!
— ¡El pelo se me está poniendo rizado otra vez!— chilló Alicia—. ¡María, haz algo!
Y cuando María había pensado que la marcha del estudio no podía ir peor, se abrió la puerta y entró Esteban San Román.
Sonia, la directora de oficina de Bruno corrió y ex¬clamó:
— ¡Perdone, señor! ¡Señor! ¡No puede entrar ahí!
Pero Sonia no conocía a Esteban San Román.
«Un pez gordo con mente fría», lo había llamado el diario más famoso de la ciudad, en sus páginas de negocios en su titular de hacía una semana, donde lo mostraban como el duro director de Empresas San Román, calificadas de «negocio antiguo con un futuro moderno».
Lo que querían decir era que bajo su dirección, Em¬presas San Román, una empresa de comunicaciones, había pasado directamente de la radió y la televisión, a los más modernos medios de comunicación, el digital y el electrónico, sin un solo fallo.
«Porque Esteban San Román sabe lo que quiere», decía el artículo, «y Esteban consigue lo que quiere», agregaba.
Y era la verdad, podría haberles dicho María.
Sonia era como una mosquita enfadada haciendo ruido detrás de Esteban.
María observó la escena, sorprendida y fascinada, y se dio cuenta de que su corazón estaba latiendo acele¬radamente. No veía a Esteban San Román desde que su her¬mana Marta se había casado con su hermano Raúl, hacía tres meses.
Había puesto empeño en no verlo, del mismo modo en que él había hecho todo lo posible por no verla. Ella había intentado olvidarlo. Y desde luego, jamás habría imaginado que pudiera aparecer en el estudio de Bruno García, y se dirigiera directamente a ella.
Pero antes de que pudiera llegar, Bruno se interpuso entre ellos.
— ¿San Román? —parecía perplejo, preguntándose evi¬dentemente qué diablos estaría haciendo allí el podero¬so hermano de su amigo Raúl.
Todos se lo preguntaron, desde la enfadada Sonia, Valdés, las modelos de ojos de ensueño, y la maquilladora, hasta la misma María.
Sobre todo María.
Desde que había abierto la puerta no había dejado de clavarle los ojos.
Y la electricidad que había habido entre ellos la pri¬mera vez que se vieron, cuando ella irrumpió en la ofi¬cina de él preguntando por el paradero de su hermano, seguía existiendo, aunque la negasen, aunque hubieran pasado algunos meses.
María se puso de pie, rodeó a Bruno y miró a Esteban.
— ¿Qué quieres?— le preguntó, mirándolo.
— Quiero que te cases conmigo— le contestó Esteban.

Cap 3

A Esteban no le importó lo más mínimo que ella pareciera estupefacta, ni que Bruno pareciera a punto de asesinarlo, ni que los demás pensaran que se había escapado de un centro de salud mental.
Esteban repitió las palabras «cásate conmigo», por si ella fingía no haberlo escuchado.
— ¿Que me case... contigo? —preguntó María cuan¬do pudo recuperar el habla.
Era la primera vez que veía a María Fernández con la boca abierta.
— Eso es lo que he dicho— dijo. Internamente, se alegró de dejarla en estado de shock.
— ¡Tendrías que pagarme un millón de pesos para eso!
— Medio millón.
— ¿Qué?— preguntó, más que sorprendida—. Déja¬te de bromas.
— Te lo digo en serio— le tomó el brazo y la arras¬tró hacia la zona de recepción, donde media docena de curiosos no pudieran ni oírlos ni verlos—. Si quieres medio millón de pesos, no hay problema— agregó.
— Pero...— ella empezó a protestar, luego lo miró achicando los ojos y preguntó con desconfianza—: ¿Por qué?
— Porque sí.
— ¿Porque sí? ¡Oh! Debe de haber una razón. Vi¬niendo de un hombre al que la prensa llama «decidido... un hombre que sabe lo que quiere»...
Esteban resopló.
— Es la opinión de un periodista...
— Basada en pruebas muy sólidas— dijo María—. Así que, te repito, ¿por qué quieres casarte conmigo?
Esteban se pasó la mano por el pelo, aún húmedo por la lluvia.
—Yo no quiero hacerlo.
— Bueno, ¿y entonces?— dijo ella, golpeando el suelo con la punta de su bota.
— Necesito casarme— contestó Esteban.
— Creía que solo las mujeres necesitaban casarse.
« ¡Maldita boca, la de María! », pensó Esteban.
—Ya es hora de que me case. Los ejecutivos inspi¬ran más confianza cuando están casados.
— ¿Vas a casarte conmigo para parecer más respon¬sable?
— ¡Voy a casarme para cerrarle la boca a mi padre y que me deje en paz! Quiero que deje de buscarme una es¬posa. Quiero que deje de meterse en mi vida y en la marcha de la empresa, ¡y que se quede en Florida ju¬gando ala petanca con sus amigos!
— Como si a ti te gustase jugar a la petanca.
— ¿Qué? —preguntó Esteban. María puso los ojos en blanco.
— A ti no te gustaría pasarte la vida jugando a la pe¬tanca. Eres igual que él.
— ¡Ni loco haría...! Bueno, ¿y qué, si soy como él? Eso quiere decir que en mi lugar haría lo mismo que estoy haciendo yo. Haría las cosas a su manera.
— ¿Se casaría conmigo? —preguntó María, escépticamente—. ¿Se casaría con una mujer con el pelo magenta?
— No es magenta— dijo Esteban, mirando breve¬mente sus rizos—. Es púrpura.
En realidad, ahora que lo decía, era más bien ma¬genta, pensó. Esa cabellera ejercía una fascinación morbosa.
Y esa fascinación morbosa era, en buena parte, el atractivo de María. Tal vez no fuera eso solo, pero a su padre le estaría bien empleado... tener a Maria como nuera. ¡Entonces se daría cuenta de a dónde había arras¬trado a su hijo mayor!
— Púrpura, magenta... —dijo. Lo seguía mirando como alucinada—. Tal vez la semana próxima sea ver¬de. Me lo teñí de verde para San Patricio —le dijo con una sonrisa picara.
Se estaba burlando de él, y Esteban lo sabía.
— ¿Y? ¿Qué me contestas? —insistió.
— Creo que estás loco.
— Probablemente —Esteban esperó.
— ¿Hablas en serio?
— Hablo en serio.
Ella dudó, se mordió el labio. Esteban recordaba ese gesto. Recordaba el gusto de aquellos labios. ¡No había sido capaz de olvidarlo! Se reprimió un gemido.
— ¿Y, María?
— ¿Medio millón?
Esteban nunca hubiera pensado que María iba a aceptar dinero. Ella era una persona que amaba la liber¬tad, a quien no le importaba el dinero. O al menos, eso era lo que él pensaba de ella.
Esteban frunció el ceño, pero no se echó atrás. Era tarde para hacerlo.
Además, medio millón de dólares para quitarse al viejo de encima, era una ganga.
— Medio millón— repitió Esteban.
— ¿Ahora? ¿Vas a dármelo ahora?
— ¿Quieres que paremos en un banco, de camino al Registro Civil? —preguntó él, con tono sarcástico. Maria asintió.
— Sí, por favor.
Esteban la miró, preguntándose qué estaría pasan¬do por aquella cabeza color magenta. Pero no quería distraerse de su objetivo con aquello.
—Trato hecho. Por medio millón de dólares te casa¬rás conmigo esta tarde.
Ella dudó un solo segundo.
— Sí— contestó luego.
María pensó que se despertaría en cualquier mo¬mento. Bostezó, se estiró y abrió los ojos. Miró el te¬cho encima de su cama.
¿Casarse con Esteban San Román?
Había soñado muchas veces a lo largo de su vida, pero nunca había tenido un sueño tan loco como aquel.
Abanicó el pelo de Alicia. Agitó su cabeza, movió los hombros, intentando despertarse. Seguramente sería la hora del despertador.
— ¿Qué te pasa? —le preguntó Esteban. Lo que le pasaba era que estaba despierta. Esteban miró su reloj.
— Tenemos que empezar a movernos —dijo.
— No puedo —dijo María—. Aún no. Tengo trabajo. Una profesión. Un compromiso— le explicó cuando se dio cuenta de que para él su trabajo no debía valer nada.
— Entonces, hazlo — asintió finalmente él.
Y mientras María se quedaba con la boca abierta, él se puso manos a la obra.
Esteban miró a su alrededor y decidió lo que debía hacerse.
—Tú —le dijo a Alicia—. Deja de lloriquear y vístete. Tú también— le dijo a Bruno—. Y deja de to¬carte el pelo— se dirigió a Valdés, que se había queda¬do estupefacto—. Quítate de en medio. Llévate estos vestidos de aquí y ten preparado el siguiente para cuan¬do termine Bruno— luego se dirigió a Bruno y le orde¬nó—: Tenemos que terminar a las dos. Necesitaremos testigos. María y yo vamos a casamos. Haz que...— se dio la vuelta hacia Sonia—. Llame a Silvia, por favor.
Bruno se quedó mirándolos con la boca abierta.
— ¿Vas a casarte con él?— le preguntó a María.
Había algunas cosas que Bruno no sabía, como que entre Esteban y María existía una química tremenda desde hacía unos meses, y que había estallado en la no¬che de la boda de Marta y Raúl; como que había sido la relación sexual más increíble que había tenido en su vida. Bruno no sabía que no había sido capaz de olvidar a aquel hombre con quien la había compartido, aunque lo había intentado.
— Voy a casarme con él, sí —asintió ella con la ca¬beza.
Bruno pareció decidido a discutir, pero una larga mi¬rada a los ojos de María lo disuadió de hacerlo.
— Bien— dijo—. Son las dos.
— No podemos dejarlo ahora— protestó Valdés.
— De ninguna manera —gritaron las modelos.
—Vamos— dijo Esteban, dando golpecitos con la punta del pie en el suelo, mientras María recogía sus cosas.
María recogió la chaqueta, se la puso, y empezó a andar con la caja de su equipo contra su pecho.
— ¿Adonde vas con eso?— le preguntó Esteban.
— Esto va donde voy yo— contestó ella con cabezonería. Luego miró el maletín de Esteban—. Como eso— agregó.
Esteban suspiró.
— Bien, venga.
— ¿Y el permiso para contraer matrimonio?— pre¬guntó ella mientras él la arrastraba hasta el ascensor.
— Lo conseguiremos.
— ¿Y el período que hay que esperar?
— Normalmente son veinticuatro horas— dijo Esteban—. Pero puedo conseguir que hagan una excep¬ción.
Salieron a la calle. Seguía lloviendo. Esteban la llevó hasta un coche alquilado que estaba esperándolos en la esquina.
— Esto es una locura, lo sabes, ¿verdad?— murmu¬ró ella.
Las ventanillas del coche estaban empañadas... como aquellas...
— Sí— contestó Esteban, y se metió en el coche, a su lado. Estaba tan cerca de ella que casi sentía el calor de su cuerpo... Recordaba el calor que podía despedir aquel cuerpo...
— Mañana te arrepentirás— dijo María con deses¬peración.
— Es muy probable— Esteban cerró la puerta del coche.
— Yo también me arrepentiré de ello— ella se afe¬rró a la caja de su equipo.
— Sin duda— dijo él. Luego se giró para mirarla.
Ella vio un brillo salvaje en sus ojos. Un brillo que solo había visto aquella noche. Una mirada muy dife¬rente de aquellos ojos azules que normalmente parecían de hielo.
— Bueno, entonces, tienes que decidirlo. ¿Quieres hacerlo o no?
Ella había intentado olvidar aquella noche durante tres meses. No lo había logrado. Y por la mirada de Esteban, él tampoco debía de haberla olvidado.
Casarse con Esteban era una locura. Se arrepenti¬ría. Y él también...
No había sido más que atracción sexual. Atracción primaria. Hambre animal. Lascivia. No podían basar un matrimonio en algo así. Pero, ¿qué sentido tenía ser ju¬gador si nunca tirabas el dado?
Fueron al banco.
Esteban le dio un cheque a su nombre.
— María San Román— dijo él—. Porque será tu nombre cuando lo vayas a cobrar— agregó. Y se lo puso en la mano.
No preguntó qué haría con él. No pareció importarle.
— ¿Satisfecha?— le preguntó, al observarla mirar el cheque, como contando los ceros.
María intentó no abrir la boca de asombro.
— Sí— le dijo.
— Bien— la sacó del banco y la volvió a llevar al coche—. Al Registro Civil — le dijo al chofer.

Cap 4

María no había estado en el Ayuntamiento desde que había sacado su título de cosmetóloga. Se sorpren¬dió de ver que el permiso de matrimonio se pedía en la misma sala, pero no se lo dijo a Esteban. Él no estaba escuchando; estaba arreglando su boda.
Esteban le dio los datos al empleado. Luego le tocó a ella. Contestó a las preguntas, llenó el impreso y firmó donde le dijeron. Si había dudado que Esteban pudiera conseguir una excepción para no respetar el período obligado de espera, dejó de dudarlo.
Esteban llamó a un amigo, que a su vez llamó a otro amigo. En pocos minutos se acordó que alguien llamado Juez Cisneros celebrase la ceremonia en su despacho.
—Ya está casi todo listo— dijo Esteban, y la llevó del brazo hacia la puerta una vez más—. Llamaré a Carlos y Silvia. Les diré dónde encontrarnos.
— ¿No quieres llamar a Raúl?
Esteban había sido el padrino en la boda de Marta y Raúl. Y María había sido la dama de honor.
Cuando estaba a punto de abrir la puerta, Esteban se detuvo.
— ¿Quieres llamar a Marta?— preguntó Esteban como respuesta arqueando una ceja.
« ¡Ni loca! », pensó.
Marta era una persona cuerda y sensata. Se habría arrojado a las vías de un tren antes que permitir que María cometiera semejante locura.
— No parece que así sea...— dijo él. Esteban sacó un teléfono móvil, buscó en su agen¬da y llamó a Carlos.
— ¿Carlos? Todo listo— dijo sin preámbulos—. Os espero en el despacho del Juez Cisneros a las cinco. Volvió a tomar el brazo de María y le dijo:
— No es en este edificio. Vamos. Era a dos manzanas de allí, cinco pisos más arriba, atravesando un largo corredor. Las piernas de Esteban eran mucho más largas que las de ella, y María estaba agotada cuando llegaron. Carlos e Silvia, con sus cuatro hi¬jos, llegaron a los pocos minutos.
— ¿Qué diab...?— empezó a decir Esteban al ver a los niños: las mellizas de nueve años, Paula y Antonia, Rodrigo, de tres años, y el bebé César. Miró a Carlos y a Silvia, como acusándolos.
Silvia no le dio la oportunidad de objetar. Lo apuntó con su paraguas y le dijo:
— Si quieres que contrate a una canguro, tienes que darme más de diez minutos de antelación —luego miró a María—. ¿Estás loca?— le preguntó. Se refería a ca¬sarse con Esteban.
Era una pregunta que cualquiera hubiera hecho.
— Probablemente— contestó. No era la respuesta que Silvia hubiera querido. Se dio la vuelta hacia Esteban y le preguntó:
— ¿La has coaccionado?
— No— contestó entre asombrado y ofendido.
— Entonces, ¿por qué...?
Carlos giró el paraguas para que Silvia dejara de apun¬tar a Esteban.
— Creo que eso no es asunto nuestro, Silvia— dijo a su esposa.
— Pero...
— No tienes que preocuparte por ella— dijo Esteban firmemente—. No voy a pegarle. No voy a maltra¬tarla. No voy a atarla ni a teñirle el pelo de marrón. Solo voy a casarme con ella.
Silvia no pareció contenta, ni convencida. Pero antes de que pudiera discutir, se abrió la puerta del despacho del juez, y una mujer de gesto desafiante les dijo.
— Su Señoría los verá ahora.
Esteban miró al grupo reunido allí y los hizo en¬trar. Se presentó, y luego a Carlos, a su esposa y a sus hi¬jos. Después hizo que María se adelantase.
Su Señoría, al ver el aspecto de María, la miró con los ojos fuera de órbita. Desvió la mirada hacia Esteban y dijo:
— Creo que no te he comprendido bien. Pensé, cuan¬do me llamó Gerardo, que me había dicho que querías ca¬sarte...
—Y así es.
María sintió el brazo de Esteban rodearla y acer¬carla a él, por si el juez tenía alguna duda acerca de quién era la novia.
El hombre arqueó las cejas. Pero al ver que Esteban había rodeado los hombros de María, y que lo mira¬ba con ojos de acero, asintió con la cabeza y dijo:
— Muy bien. Entren.
Esteban y María entraron. Los siguieron las niñas, Carlos con Antonia en los hombros, y Silvia con César en brazos.
La mujer de gesto desafiante suspiró, cerró la puerta y los dejó solos.
El juez dijo algo sobre el poder que le otorgaba el Es¬tado. Luego leyó unas líneas de un libro.
Esteban las repitió.
A continuación, el juez miró a María y leyó otras lí¬neas. Ella las repitió cada vez que su Señoría hacía una pausa y la miraba.
Eran palabras que ella había oído cientos de ve¬ces. «En la pobreza o en la riqueza». «En la enferme¬dad o en la salud». Nada de obedecer, afortunada¬mente. Jamás hubiera podido obedecer a nadie. Ni a Esteban.
Miró de reojo al hombre que estaba de pie, rígido, a su lado, con un traje a medida que debía de costar más de quince mil pesos, y zapatos italianos hechos a mano. Miró su corbata gris, a rayas granate. Era la misma cor¬bata que...
« ¿Hasta que la muerte os separe? », sonó en su ca¬beza, aturdida.
Intentó recomponerse, y miró al frente. Detrás de ella, una de las mellizas suspiraba, Rodrigo saltaba, y César gorjeaba. Carlos y Silvia contenían el aliento.
El juez la miró por encima de sus gafas. Ella le son¬rió. El hombre movió la cabeza hacia un lado y volvió a mirarla, expectante.
A su lado, Esteban carraspeó. María lo miró. Él le clavó una mirada asesina, que ella le devolvió.
Un músculo de su mandíbula se movió involunta¬riamente. Le apretó los dedos. Le tocó la bota casi im¬perceptiblemente con sus zapatos negros, y finalmente no pudo más y preguntó:
— ¡Maldita sea! ¿Sí o no?
— ¿Sí o no, qué? —replicó María.
— ¿Si lo acepta por esposo, jovencita?— dijo el juez impacientemente.
De pronto, María se dio cuenta de que la estaban es¬perando.
— ¡Oh! —exclamó. Luego sonrió y dijo—: Seguro. ¿Por qué no?
<<Seguro. ¿Por qué no?>>, las palabras de María re¬sonaron en la cabeza de Esteban. «Como si fuera así de fácil», pensó Esteban. Ha¬bía intentado casarse hacía doce años, y se había arre¬pentido desde entonces.
Había tenido pesadillas sobre ese desastroso día, esa mañana de sol del mes de junio en Acapulco, cuando lo habían dejado en el altar, frente a doscientas miradas curiosas.
Sabía que no podría volver a hacerlo. Que no podría soportar una gran fiesta, un montón de gente, esperar a una novia, esperar una boda.
Bueno, al menos no había tenido que esperar a aquella.
Había resuelto todo el asunto en cuestión de horas.
Y ahora ya estaba casado. Con una mujer de pelo color púrpura.
¿Qué había hecho?
No tenía tiempo de pensar sobre ello ahora.
Carlos le dio un beso a la novia y le dijo:
— ¿Qué te parece si salimos a brindar con champán a algún sitio?
— ¡Claro!— agregó Silvia—. Es lo menos que pode¬mos hacer en un caso como este, en que nos habéis avi¬sado con tan poco tiempo de antelación.
— ¡Genial!— exclamó María. Esteban agitó la cabeza y dijo:
— Gracias, pero no podemos. Otra vez será. Tene¬mos que encontrarnos con mi padre para cenar.
Y después de un apretón de manos y unas pocas pa¬labras de agradecimiento, se llevó a María.
— ¿Qué quieres decir con que nos encontraremos con tu padre? ¿Tu padre está en la ciudad y ni siquiera lo has invitado a tu boda?
— ¿Tú crees que se habría quedado de pie con la boca cerrada, y que luego nos hubiera deseado felicidades?
María abrió la boca para hablar; luego la cerró.
Esteban asintió con la cabeza.

Cap. 5

María había conocido a su padre cuando su herma¬na se había casado con el hermano de Esteban. Apenas había visto a Diego desde entonces. Pero Esteban estaba seguro de que la insistencia de su padre en orga¬nizar todos los detalles del banquete, como si se tratase de su propia boda, no le habría pasado desapercibida a María.
Bajaron en ascensor en silencio. María mirando las puertas. Esteban la parte superior de su melena púrpura.
¿Qué había hecho?, se preguntaba Esteban.
Casarse. Lo que su padre quería.
¡Pero con María!
María Fernández, con el pelo púrpura, botas andrajosas y mallas negras con ribetes a los lados y hermana de su cuñada. Sí, pero como él bien sabía, no era lo único que ella tenía. También te¬nía piernas larguísimas, labios tentadores, y una lengua malévola y juguetona. Que había hecho hervir su sangre y que se formarse vapor en sus ventanas.
Había conocido a muchas mujeres mucho más ade¬cuadas para él. Pero no había conocido ninguna que lo hubiera encendido como ella.
No había conocido a ninguna con la que hubiera de¬seado más irse a la cama.
Habían hecho el amor desesperadamente, salvaje¬mente, apasionadamente... una sola noche, hacía tres me¬ses.
Hacía media hora que se había casado con ella, para ser un sobrio hombre casado, para poner fin a la inter¬ferencia de su padre... Pero sobre todo, para que aque¬lla noche pudieran encender ese fuego nuevamente.
Sin embargo, primero tendrían que pasar por la cena con su padre.
La metió en el mismo coche alquilado de antes, y se sentó a su lado.
Afuera seguía lloviendo. Sonaron las bocinas mien¬tras emprendían el viaje. La suave tibieza de la tarde de primavera se había disipado. María parecía estar tem¬blando debajo de su cazadora vaquera.
— ¿Tienes frío? —preguntó Esteban. Ella agitó la cabeza.
— Estoy bien— se envolvió con los brazos, apretan¬do la caja del equipo. Era como un gran escudo de plástico.
Lo miró un momento y le dedicó una sonrisa breve. Luego volvió a mirar hacia adelante.
Esteban pensó nuevamente que estaba temblando.
¿Estaría nerviosa? Dudaba que hubiera estado ner¬viosa alguna vez en su vida.
La miró detenidamente por el rabillo del ojo. Aquel pelo púrpura, su barbilla obstinada, su pequeña nariz, sus ojos grandes de mapache. Metió la mano en el bol¬sillo y le dio un pañuelo.
—Toma. Sécate la cara. Tienes rímel en las mejillas.
María se sobresaltó.
— Gracias— dijo María con falsa cortesía. Tomó el pañuelo y abrió la ventanilla.
— ¡Eh! ¿Qué estás haciendo? María sacó el pañuelo por la ventana para que se mojase con la lluvia.
— Supongo que no preferirás que escupa en él.
— Por supuesto que no— contestó Esteban, po¬niéndose colorado.
— Eso me pareció.
Cuando el pañuelo se mojó suficientemente, María cerró la ventanilla y se restregó las mejillas con fuerza. Cuando dejó de hacerlo lo miró y le preguntó:
— ¿Satisfecho?
Esteban pensó que parecía una boxeadora profesio¬nal con los ojos negros de los golpes. Pero no se lo dijo. Al parecer, su silencio habló por él.
María se encogió de hombros y dijo:
— Bueno, esperemos que tenga oportunidad de en¬trar en el aseo antes de que llegue tu padre— metió el pañuelo de Esteban en el bolsillo de su chaqueta. Lue¬go se abrazó a la caja de aperos otra vez.
Tenía apariencia de joven e inocente, aun con su pelo púrpura... Y Esteban se preguntó si debería pre¬pararla para aquel encuentro para que no se sintiera fuera de lugar.
Por supuesto que se sentiría fuera de lugar. En parte era el motivo por el que se había casado con ella. Sintió una punzada de culpabilidad, pero la acalló.
Después de todo, no tenía por qué decirle cómo de¬bía comportarse o actuar. A ella no le gustaría y se pon¬dría furiosa, estaba seguro. Además, su sola presencia, con la apariencia que tenía, implicaba una actitud, una actuación.
Pero no podía dejarlo así.
— ¿Necesitas algo?— le preguntó—. ¿Instrucciones o algo así?
Ella lo miró incrédula:
— ¿Para reunimos con tu padre?— le preguntó.
— Da igual— dijo él, sintiéndose tonto—. Bueno, está bien. Si no necesitas nada... —tomó su maletín y lo abrió—. Tengo trabajo que terminar...
Estaba casada. Con Esteban Sanromán.
Habría sido divertido de no haber sido tan real; si él no hubiera estado sentado tan cerca de ella, con aquel traje que debía de costar más de dos meses de alquiler de su apartamento, si no hubiera estado mirando pape¬les que debían estar relacionados con una renta mayor que la de la media del país.
¿Se había vuelto loca?
Sabía que él no la amaba.
Esteban había actuado todo el tiempo como si ni siquiera le gustase ella. Excepto en la cama.
En la cama eran dinamita.
Fuera de la cama, no tenían nada en común.
Simplemente la estaba usando para oponerse a su padre. Y ella lo estaba usando para ayudar a Francisco, se recordó.
Su madre se lo había advertido muchas veces. Un día, su impulsividad la metería en un gran aprieto.
Su padre, granjero, se lo había dicho con otras pala¬bras: «Un día, criatura, vas a saltar sin pensarlo y vas a caerte en el primer montón de estiércol que haya».
«Ahí es donde he caído ahora», pensó.
¡Dios!
María no era muy religiosa, pero aquello era una es¬pecie de ruego de salvación.
No era que no creyera en Dios; ella solo pedía para los demás. Estaba segura de que podría salir adelante. Siempre lo había estado, hasta aquel momento.
¿Qué iba a hacer ahora?
Miró brevemente al hombre sentado a su lado. Te¬nía el maletín abierto sobre su regazo y estaba pasando el bolígrafo por una lista de números. ¡Su pluma debía de valer más que la renta de su apartamento!
Pero no era solo una cuestión de dinero, sino de es¬tilo. De valores. De sus distintas formas de ver la vida. Como por ejemplo ese restaurante al que se estaban di¬rigiendo.
No podía ser un pequeño tugurio el lugar elegido para aquel encuentro con su padre. No, debía de ser uno de esos ostentosos restaurantes, con paredes forra¬das de madera. Un lugar selecto y elegante donde la mirarían de arriba abajo y la sentarían detrás de un ár¬bol plantado en una maceta.
¿Y si no la dejaban entrar?
Sintió una puntada de humillación y pánico en el vientre, antes de darse cuenta de que, por supuesto, la dejarían entrar.
Iría del brazo de Esteban Sanromán. Él trataría a los encargados del restaurante con paternalismo, los igno¬raría y les daría cincuenta dólares por lo bajo para que hicieran la vista gorda.
Y luego, los camareros le tirarían la sopa encima.
Empezó a morderse la uña del dedo gordo. Des¬pués, metió la mano en el bolsillo de la cazadora. Por esa razón se las pintaba de forma llamativa y con colo¬res raros, para no comérselas.
Tenía un nudo en la garganta y en el estómago. Era innegable, aunque no iba a demostrarlo.
Hacía tiempo había aprendido que el miedo no lleva a ninguna parte. Su hermana mayor, Marta, se lo ha¬bía enseñado a los siete años.
Su mayor miedo era el agua. A los cuatro años, Pedro Tellez la había tirado a la piscina. Había tragado mucha agua antes de que su padre la rescatase. En los siguientes años no había vuelto a poner un pie en la piscina.
Mientras los otros niños se reían y chapoteaban, y nadaban y jugaban, ella se quedaba a un lado, obser¬vándolos. Entonces, uno de los niños mayores se había dado cuenta de que ella tenía miedo, y en lugar de de¬jarla sola, la habían arrastrado a la piscina.
Ella se había resistido con patadas, gritos y tirones. Había hecho el ridículo hasta que su hermana Marta acudió a ahuyentarlos con un palo y los asustó. María estaba temblando, llorando. Entonces, Marta le había dicho las palabras más importantes de su vida:
— No puedes demostrarles que tienes miedo.
Desde entonces, María había hecho todo lo posible para que nadie pudiera ver sus temores desde entonces.
Se había pasado la vida intentando superarlos. Y no lo había hecho mal. Había conseguido superar los páni¬cos de su infancia y había descubierto que el mundo era un lugar donde se podía disfrutar.
Sin embargo, a veces se sentía como aquella niña...
Pero no iba a demostrarlo en aquel momento.
Iría al restaurante con la frente alta y los miraría a los ojos.
Tal vez Esteban se arrepintiera de haberle pedido que fuera su esposa; pero no iba a permitir que sintiera pena de ella.
El encargado cambió el gesto impasible cuando vio a Esteban. Le sonrió y lo saludó con entusiasmo. En al¬gún momento el hombre pareció boquiabierto, pero luego controló su expresión, se irguió y asumió una ac¬titud que podía ser descrita como de «decidida indife¬rencia».
«Más le valdría», pensó Esteban. Un cliente dis¬puesto a pagar los exorbitantes precios de Le Sabré, ¡podía llevar a cenar a su perro, si quería!, pensó Esteban.
Tomó firmemente el brazo de María y sonrió al encargado.
— Buenas noches, Felipe. ¿Ha llegado mi padre? Felipe sonrió.
— Sí, señor San Román. El señor ha llegado con la seño¬rita y el otro caballero hace un momento. Ya están sen¬tados. Creía que iban a ser cuatro personas para cenar, ¿me equivoco?— alzó una ceja, pero no miró a María.
— Ha habido un cambio de planes— dijo Esteban.
Por un momento, pareció que el encargado iba a discu¬tir, pero luego cambió de opinión y decidió guardar si¬lencio.
— Solo será un momento— dijo Felipe—. ¿La... señorita... quiere dejar el abrigo y...?— miró con desa¬grado la caja con su equipo.
— Gracias, prefiero quedármelo— contestó María antes de que Esteban pudiera hablar.
Pero fue como si no hubiera hablado. El encargado miró a Esteban para que este le contestase.
Esteban rodeó los hombros de María.
— Dejaremos la caja. Creo que puede estorbamos en el comedor, ¿no crees?— la miró esperando su asenti¬miento, algo que, tras un momento de cabezonería, con¬siguió. Luego volvió a hablar a Felipe—: Mi esposa se quedará con el abrigo, gracias.
Felipe se quedó con la boca abierta, como era de esperar. Esteban le dio la caja a la mujer del guarda¬rropas. Luego llevó a María al comedor.
Su padre, Tomás Hevia y la rubia de pelo liso ya no estaban sentados en la mesa que su padre solía escoger, sino al lado de una palmera plantada en una maceta. Parecían molestos mientras esperaban que un camarero terminase de poner un lugar más en la mesa.
María hizo un ruido casi imperceptible que pareció una risita. Esteban la miró y preguntó:
— ¿Algo gracioso?
Ella sonrió y dijo:
— La palmera. Sabía que habría una palmera.
«Y que te pondrían detrás de ella», pensó Esteban. Este sonrió, apretó los dedos en el brazo de María y murmuró:
— Que se fastidien.
María le sonrió otra vez.
En ese momento los vio Diego, y Esteban tuvo el placer de ver que el viejo se quedaba con la boca abierta, rivalizando con Felipe. Pero enseguida la ce¬rró. Respiró profundamente y se puso de pie. Sus ojos, azules y brillantes como los de su hijo, se clavaron en él. Una mirada que se contradijo con el tono suave que empleó al hablar.
— ¡Cuánto me alegro de que hayas traído a una in¬vitada a cenar con nosotros! Creo que no nos conoce¬mos, ¿verdad?— Diego miró directamente a María. Clavó sus ojos en su pelo magenta y su aspecto poco convencional. Y ni siquiera pestañeó.
Esteban se sintió impresionado.
— En realidad, sí nos conocemos— dijo María con tono alegre, ofreciéndole la mano—. Soy María Fernández, la hermana de Marta. Tenía el pelo rubio en la boda— agregó, como queriendo explicar el motivo por el que tal vez no la había reconocido.
— ¡Oh! —exclamó Diego, aliviado. Le estrechó la mano sinceramente—. ¡Sí! ¡Oh, sí! Por supuesto. Ahora te reconozco. El pelo... púrpura me ha confundi¬do por un momento. ¡La hermana pequeña de la esposa de mi hijo Raúl! —le explicó a Tomás y a la rubia, que debía de ser Ana Rosa.
Esteban sonrió y corrigió el malentendido:
— La hermana pequeña de Marta— asintió—. Y... mi esposa— agregó.
Diego apenas había demostrado la sorpresa, o mejor dicho, el shock, de que Esteban llegase con una esposa. Sólo lo había traicionado una repentina pa¬lidez y una tensión casi imperceptible en la mejilla.
Besó a María en la mejilla y los presentó a Ana Rosa Moreno. Ésta era exactamente como la había descrito su padre: rubia, brillante, sofisticada. «El accesorio perfecto», se¬guramente habría pensado María, imaginó Esteban. Él no sabía si Ana Rosa estaba al corriente de que aquello había sido una cita arreglada por su padre.
Diego tomó la mano de María y le dijo suave¬mente que lamentaba no haber podido celebrar la boda; luego llamó al camarero y le pidió una botella de champán.
— Un brindis por vosotros— dijo con un brillo ex¬traño en los ojos, única muestra, tal vez, de que no se alegraba.
«Champán», pensó Esteban. Había sido lo que los había perdido a María y a él. Lo que había avivado las llamas del deseo que había estado circulando entre ellos desde que se habían conocido. El champán había sido lo que les había hecho desafiarse, lo que les había hecho llegar al límite y los había dirigido al hotel para aplacar su desesperado deseo.
—No sé...— empezó a decir Esteban. Pero María dijo entusiasmada:
— ¡Qué buena idea!— luego explicó—: Hemos tenido tanta prisa todo el día, que no hemos tenido tiem¬po de brindar por nuestro matrimonio con nuestros amigos.
Maria miró a Esteban y él vio el desafío en sus ojos.

Cap. 6

— Entonces, debemos hacerlo ahora— dijo Diego firmemente. Sonrió a Esteban con reserva y, cuando lle¬gó el camarero, sirvió copas y las distribuyó. Luego alzó la suya, primero hacia María, y más tarde a Esteban.
— Por mi hijo, y su esposa. Por una larga, larga, lar¬ga vida juntos.
Cuando chocó su copa contra la dé Diego, María añadió con un brillo burlón en los ojos:
—Y por una vida feliz. Brindaron.
— ¡Eso, eso! —gritó Tomás Hevia.
— Os deseamos que seáis muy felices— dijo Ana Rosa con cortesía de libro de buenos modales—. ¿No es ver¬dad, Diego?
— Sí, por supuesto. Por supuesto que sí— sirvió más champán. Luego miró a su hijo—. Esteban, ¿no vas a brindar por tu esposa?
Esteban alzó su copa. Primero hacia su padre. Luego hacia su esposa.
— Por María— dijo—. Que me ha hecho el más fe¬liz de los hombres.
Lo hizo para dar un bofetón a su padre, como sarcasmo. Pero, mientras bebía, se dio cuenta de que en cierto modo, era cierto.
Durante una noche llena de vapor, hacía tres meses, María lo había hecho el hombre más feliz de la tierra.
Lo había puesto como un tonto, apasionado, ham¬briento.
Le había hecho olvidar las fusiones y las hojas de balance, y la carrera constante que era su vida. Lo ha¬bía hecho reír, bromear, sudar, desesperarse de deseo y, finalmente, sentirse satisfecho. No lo había olvidado.
Era, después de todo, por lo que le había pedido que se casara con él. Pero no era tan tonto como para espe¬rar que durase.
Fuera de la cama, no tenían nada en común. Dentro de ella, al menos una noche, había sido maravilloso.
— Por María, mi esposa— dijo firmemente. Bebieron mirándose a los ojos. Los de María ya no lo miraban, burlones, notó Esteban. Estaban brillantes, como si estuvieran empañados por lágrimas. Pero eso era ridículo. ¡María nunca lloraba! No era ese tipo de mujer. Y menos aún iba a ponerse sentimental por un matrimonio como el de ellos.
— Quiero hacer un brindis— dijo Tomás. De pronto, todos miraron al hombre de pelo cano cuando alzó su copa y se dirigió a Esteban.
— Esto ha sucedido en un arranque, de improviso, supongo...—dijo.
Esteban se puso rígido, pero María entrelazó sus dedos a los de él y asintió.
— Sí. Esteban me ha cautivado completamente.
— ¡Ah!— exclamó Tomás.
Diego miró a Esteban. Tomás siguió:
— Eso pensé— dijo. Alzó la copa y agregó—: Como Blanca y yo. A veces, las mejores cosas ocurren en un arrebato. Blanca, ¡que Dios la tenga en su gloria!, y yo, nos casamos a la semana de conocemos— su voz se quebró un instante. Luego se recompuso y dijo—: Cin¬cuenta y tres años. Estuvimos casados cincuenta y tres años. Los mejores años de mi vida— su mano tembló por un momento. Luego respiró profundamente y pare¬ció serenarse.
Esteban conocía a Tomás Hevia de toda la vida. También había conocido a Blanca, quien había muerto hacía un año. Nunca se los había imaginado jó¬venes e impetuosos. Tomás era un hombre muy duro. Blanca había sido su abnegada esposa, siempre son¬riente y amable.
Esteban recordaba aquellas sonrisas, a menudo di¬rigidas a Tomás...
Miró al viejo amigo con ojos nuevos.
— ¡Por las sorpresas de la vida!— dijo Tomás, con una sonrisa. Y chocó las copas de ambos.
— Gracias— le dijo María. Luego se volvió a Esteban y chocó su copa con la de él. Había un brillo feroz en sus ojos azules—. Por nosotros... y los próximos cincuenta y tres años.
En la escuela secundaria, María había representado el papel de Alicia en “Alicia en el país de las maravillas”. Había caído en el agujero del conejo, había hablado con Humpty Dumpty, había tomado el té con Mad Hatter y había sido perseguida en el bosque por un mazo de car¬tas, mientras la reina verde gritaba: «¡Que le corten la cabeza!»
Todo eso le parecía normal, comparado con la cena a la que acababa de sobrevivir.
Se hundió en el asiento de atrás del taxi, aferrada a la caja de útiles de su profesión, y cerró los ojos. Ape¬nas se dio cuenta de que Esteban estaba a su lado y que le estaba hablando al conductor.
Cuando el coche se empezó a mover, le oyó suspi¬rar y acomodarse a su lado. Ella mantuvo los ojos ce¬rrados y esperó que hablase, pero no dijo una palabra.
Tal vez estuviera tan cansado como ella.
Actuar tenía esas consecuencias. La agotaba. La re¬presentación de Alicia en el instituto la había dejado muerta de cansancio. Pero aquello había sido peor.
Había sido una improvisación total. Estaba exhausta Lo único que quería era irse a su casa y acostarse.
No abrió los ojos hasta que el taxi se detuvo.
— Hemos llegado— dijo Esteban.
Maria se incorporó y pestañeó mirando alrededor.
Luego abrió más los ojos y preguntó:
— ¿Dónde? ¡Esta no es mi casa!
— Por supuesto que no. Es la mía— Esteban le estaba pagando al conductor mientras abría la puerta—. Ven_. Pero María no podía. Se quedó donde estaba.
— ¡No voy a ir a tu casa!
Fuera del coche, Esteban la miró y le dijo:
— ¿No vas a venir? ¿Por qué?— parecía furioso.
— ¡Porque no! Yo no he aceptado...
— Tú aceptaste casarte conmigo.
— Lo sé, pero...
— El matrimonio implica cohabitación— le recordó él.
— No... No, necesariamente.
Una cosa era tener una noche de sexo apasionado con Esteban, y otra, que se dejara tragar por su apartamento y su vida.
Se cruzó de brazos y dijo al chófer del taxi:
— No me bajaré. Tengo que ir al centro.
— ¡En absoluto! —exclamó Esteban.
María lo ignoró y dio su dirección al conductor.
— ¡No puedes...!
El taxista puso el taxímetro en funcionamiento; lue¬go miró a Esteban.
— Jefe, tiene que cerrar la puerta— le dijo.
— No. No lo haré. Ella no sabe...
— Sí, sé... Y ahora, conduzca— le ordenó María al conductor—. ¡Siga!
— ¡No!— Esteban mantuvo abierta la puerta, y no se movió un centímetro.
El conductor miró a uno y a otro, incómodo.
— Estoy trabajando, señores...
— Entonces, lléveme...
— ¡No!
— ¿No les parece que sería mejor que arreglasen esto en otro sitio?— dijo el taxista.
— Sí— respondió Esteban.
—No— contestó María. Se miraron.
— ¡Por favor!— les rogó el taxista. María agarró su caja y no se movió. Finalmente, Esteban se metió nuevamente en el co¬che y cerró de un portazo.
—Bien, llévenos a su casa— desafió a María a que lo contradijera—. Nos quedaremos allí.
— ¡No puedes quedarte aquí!— dijo María por décima vez, mientras Esteban la seguía por las escaleras hasta su piso.
— No has querido quedarte en mi casa— le recordó él.
A Esteban le costaba respirar. Y no era por los tres pisos hasta la casa de Maria, sino por tener su trasero delante de él todo el tiempo. Su minifalda vaquera ape¬nas se lo tapaba, y daba igual que el resto estuviera cu¬bierto discretamente por mallas negras ribeteadas. Esteban tenía gran imaginación.
Y buena memoria.
Finalmente, María se detuvo frente a una puerta metá¬lica. Metió la llave. No abrió. Probó otra. No pudo abrir. Luego una tercera, y abrió por fin.
— No tienes por qué venir aquí.
— Parece que sí, si quiero pasar mi noche de bodas con mi esposa— la siguió, presintiendo que iba a ce¬rrarle la puerta si tenía la oportunidad.
Al parecer, aquella idea se le había pasado por la cabeza, porque se puso colorada. Lo miró disgustada cuando vio que cerraba la puerta y se apoyaba en ella con los brazos cruzados, sonriéndole.
María dejó su caja de aperos y se quedó de pie, mi¬rándolo desde el extremo opuesto de la habitación.
— Bueno, no puedes quedarte. Aquí, no. Es muy pe¬queño. No hay lugar.
— Fue decisión tuya— contestó Esteban.
— ¡No fue decisión mía! Yo no te he invitado a venir.
— Pero no quisiste venir a mi casa conmigo.
— ¡No tengo que ir a tu casa contigo! ¡Fui a cenar contigo! Dejé a tu padre en estado de shock por ti. Im¬pedí que Ana Rosa se casara contigo. ¿Qué más quieres?
— Cincuenta y tres años.
— ¿Qué?
Esteban se pasó la mano por el pelo. Se separó de la pared. Quería caminar, moverse, pero no había sitio.
— ¡Nada!— exclamó—. Da igual. Tú has sido la que lo has dicho.
—Tomás ha sido quien lo ha dicho.
— ¿Y quién alzó la copa para brindar por ello?
— ¿Habrías preferido que hubiera dicho «¡Oh! ¿Por qué no brindamos mejor por seis meses?» Tu padre nos habría tomado muy en serio entonces.
— ¿Y crees que se lo va a tomar en serio si no vienes a casa conmigo?
— No tiene por qué saberlo— contestó ella, cruzán¬dose de brazos.
— ¡Por supuesto que se va a enterar! Probablemente ha enviado a alguien para que nos siga, para observar¬nos simplemente. Me sorprende que no haya querido ver el libro de familia.
En realidad, Diego no haría jamás una cosa así, al menos en público. No querría admitir que Esteban lo había vencido.
— Mi padre se imaginará que estamos juntos. Me quedaré— Esteban empezó aflojarse la corbata.
— ¡Deja de hacer eso!
— ¿Qué?
— ¡No te desvistas!
— Ya me has visto con la corbata desanudada— le recordó Esteban burlonamente.
Se quitó la corbata y la dejó en una silla. Luego se desabrochó el botón de arriba de su camisa blanca y agregó:
— Has hecho cosas muy creativas con mi corbata, creo recordar.
Cosas que, solo con recordarlas, lo estremecían. María se puso colorada.
— ¡Eso fue entonces!
—Y ahora estamos casados— Esteban arqueó una ceja—. ¿Solo tienes relaciones sexuales con hombres solteros?
— ¡Nunca he tenido una relación con uno casado!
— Está permitido— comentó él— cuando estás ca¬sada con ese hombre.
Esteban terminó de desabrocharse la camisa y se la quitó. Luego siguió con la camiseta.
Sintió el frío de la habitación en la piel tibia. Le ha¬bría gustado ir hacia ella y abrazarla.
Pero María lo miraba como un cervatillo asustado. Era sorprendente. ¿Quién lo hubiera imaginado?
La mano de Esteban se dirigió a su cinturón. Ella se quedó sin aliento. Esteban la miró, molesto.
— ¿Vas a fingir que esto no ha sido el motivo por el que has dicho «sí»? —preguntó él.
Ella pestañeó rápidamente. Luego tragó saliva, y por un momento, él pensó que negaría que lo deseaba. Pero finalmente María asintió, reacia.
— En parte. Solo.
— Bien— Esteban tensó la mandíbula—. Está lo del cheque, también. El pequeño detalle del medio mi¬llón de dólares.
— El dinero no tiene nada... Bueno, casi nada, que ver con esto— le dijo María, desafiante.
A él le habría gustado preguntarle qué diablos iba a hacer con medio millón de dólares, pero en esos instan¬tes no era importante. A él no le importaba. Quería otra respuesta antes.
— Bien, entonces, ¿por qué negarlo? Es lo que am¬bos queremos. A no ser que tú solo creas en las relacio¬nes de una sola noche.
— ¡Por supuesto que no!
— Entonces, quizá seas una gallina.
— ¡Yo no soy una gallina!
— ¿No? Entonces, demuéstralo— la desafió.
Ella se quedó inmóvil durante unos segundos. Lue¬go, algo ocurrió. Se le encendieron los ojos de un modo que él recordaba bien. En su boca se dibujó una sonrisa que aceleró el latido de su corazón. Y María extendió la mano y recogió la corbata de donde él la había tirado.
Se acercó a él. El corazón de Esteban latía furiosa¬mente contra su pecho mientras María le susurraba:
— ¡Qué amable has sido al recordarme para qué puedo usar esto!
Deberían haber ido a casa de él.
No habrían tenido que apretarse en su estrecho col¬chón. En casa de Esteban, en su cama, habrían podido disfrutar del lujo.
Se consolaron con la idea de que aunque hubieran ido allí, no se habrían dado cuenta.
Una vez que quedó claro que no habían podido ol¬vidarse, daba igual dónde estuvieran.
La atracción, la química, ¡todo!, entre ellos, simple¬mente vibraba.
Esteban tenía algo que conseguía que aflorasen al exterior cosas de María que ni ella misma conocía. El poder que emanaba de él tenía algo que la llevaba a de¬safiarlo. Algo en su actitud pulcra y conservadora le daba ganas de... Y su control..., ¡ese férreo control! ¡No cejaba hasta desbaratárselo!
¡Y lo lograba!
Se había echado sobre él como una tigresa atrapan¬do a su presa. Rodeándolo, sonriendo, observándolo por debajo de los párpados, entrecerrados. María lo ha¬bía acorralado y lo había hecho caer de espaldas en el colchón. Luego le había desanudado la corbata y la había deslizado hacia adelante y hacia atrás. Seda y piel. Piel húmeda y caliente.
Lo vio tomar aliento.
María le sonrió. Tiró de la corbata hacia ella. Esteban estaba tan cerca que podía oír su respiración.
María le acarició un pezón con la lengua.
Esteban se reprimió una exclamación. Luego la apretó contra él. Y ya no pudo ver más. Estaba dema¬siado cerca.
María le acarició la espalda mientras subía la boca, hambrienta, para besarlo.
Los besos no eran nada extraño para María después de trece años de relaciones, algunas estables, otras aventuras, un novio detrás de otro... Siempre habían abundado los hombres en su vida. Y la habían besado la mayoría de ellos.
No obstante, nunca la habían besado como en aquel momento.
Nunca había notado tanta hambre, tanta pasión, tan¬ta intensidad en la boca de un hombre. Solo en la de Esteban.
Antes de aquella noche en tras la boda de su hermana, María había pensado que fuese lo que fuese lo que hubiera estado circulando entre ellos desde que se habían conocido, no era más que eso, algo insustancial, irreal, inconsisten¬te... como el vapor.
Se había equivocado. Con un solo beso, Esteban le había hecho perder el sentido, y ella le había hecho perder el sentido a él.
Un solo beso hambriento, antes de que ni siquiera hubieran cerrado la puerta, y habían ido a parar a la cama del motel. Se habían arrancado prácticamente la ropa, en su desesperación por estar juntos. Los besos, las caricias, el contacto, hacer el amor, había sido apa¬sionado y feroz.
Y su deseo no se había apagado ni siquiera después de llegar a la cima del placer.
Habían permanecido abrazados. Luego se habían separado, y en pocos momentos habían vuelto a juntar¬se. Se habían acariciado, besado, besado y besado toda la noche.
Como por acuerdo tácito, como si hubieran decidi¬do hartarse el uno del otro, saciarse, poder marcharse satisfechos por la mañana y olvidarse mutuamente, ha¬bían hecho el amor una y otra vez.
Una vez en el avión hacia México a la mañana siguiente, él en primera clase y ella en clase turista, ha¬bían seguido su camino cada uno por su lado, decididos a olvidarse.
Y lo habían hecho, pero no por mucho tiempo.
Los recuerdos de Esteban volvían. El deseo tam¬bién. Se deslizaba en su mente en la oscuridad de la no¬che. La asaltaba en momentos extraños durante el día. Cuando estaba cocinando espaguetis y llenándose la cara de vapor, se encontraba recordando los besos de Esteban. Cuando estaba peinando a alguien, recordaba el roce de su piel. Cuando veía un hombre vestido de esmoquin, saliendo de un taxi, se retorcía el cuello para ver si era el mismo hombre que recorda¬ba quitándose el esmoquin y haciéndole el amor dulce y ferozmente.
Había soñado con él.
Lo había vuelto a desear, al tiempo que decía que no podía volver a suceder, de ninguna manera.
Pero una vez más se había equivocado.
¡Él estaba haciendo que sucediera otra vez en aquel momento!
Esteban se acercó a ella y la hizo caer de espaldas en el colchón. Con dedos temblorosos le desabrochó la cazadora vaquera. Murmuró algo cuando vio que le re¬sultaba difícil, y María le tocó las manos.
— Deja que lo haga yo— le dijo. Él agitó la cabeza. Sus ojos brillaron.
— No. Quiero hacerlo yo— contestó.
Así que ella lo dejó.
Aunque su corazón bombeaba desesperadamente, y ella deseaba abalanzarse sobre él, se hizo esperar; se dio tiempo para sonreír, para observar la frenética tor¬peza de Esteban mientras intentaba desvestirla, sus ju¬ramentos, y el suspiro final de alivio cuando logró de¬sabrochar los botones y quitarle la chaqueta.
La echó a un lado.
Ella pensó que él seguiría con su blusa del mismo modo, pero Esteban hizo una pausa y se quedó mirán¬dola, con una mirada de ardiente deseo.
— Deja de mirarme así— le dijo, y tiró de la corba¬ta, tratando de recuperar la iniciativa.
Pero Esteban agitó la cabeza. Luego, con un dedo, dibujó el contorno de sus pechos por encima de su blu¬sa. Más tarde se la quitó y la tiró al suelo junto a la ca¬zadora. Le acarició los pechos. La hizo estremecer.
— ¡San Román!
— ¿Mrnm?— contestó él, a mitad entre un gruñido y un gemido.
El sonido más seductor que jamás había oído. Lo recordaba de aquella noche en el motel, cuando la había mirado, la había tocado, y se había internado en ella.
María había permanecido despierta algunas noches, tratando de reproducirlo. No había podido.
Y en aquel momento intentaba no echársele encima mientras Esteban ronroneaba y le daba besos en los pechos.
Ella tomó la corbata y acarició sus hombros. Enton¬ces sintió que Esteban empezaba a besarla más abajo.
Sintió sus besos brevemente en su vientre, y cada vez que movía la cabeza, le rozaba los pechos con su pelo.
Le rodeó el cuello y hundió sus dedos en su pelo. Era negro y suave como la seda. Alzó la cabeza para tocarlo con la nariz, y sintió la sutil fragancia masculi¬na del champú.
No había ninguna otra cosa sutilmente masculina en Esteban. Para ser un hombre que se pasaba la mayor parte del tiempo detrás de un escritorio, tenía un cuerpo duro y musculoso. Le quedaban muy bien esas camisas almidonadas.
Pero estaba mejor aún sin camisa.
¡Sin nada, incluso!
De pronto, sintió impaciencia por ver nuevamente el resto de Esteban. Había vivido de los recuerdos du¬rante tres meses. Ahora lo quería en vivo.
Apartó los dedos de su cabellera y le acarició el cuello. Mientras Esteban le besaba el vientre, ella mo¬vía la corbata de su cuello.
Luego la dejó y le acarició la espalda hasta que lle¬gó a su cintura. Pasó la punta de sus dedos alrededor del cinturón y sintió que los músculos de Esteban se tensaban. Él contuvo el aliento al sentir el roce de sus dedos en el abdomen.
Cuando ella le bajó la cremallera, él le quitó la falda y la echó a un lado. Detrás fueron los zapatos, los calceti¬nes, los pantalones, las mallas...
Finalmente se quedaron desnudos, o casi desnudos. Esteban le quitó las braguitas. Deslizó su boca hasta más abajo y ella se aferró a su pelo negro.
El ronroneo pasó a ser un gemido, y Esteban alzó la cabeza para sonreírle y preguntarle:
— ¿Te gusta?
— No— murmuró ella—. ¡Me disgusta! ¿Tú que crees?
Él se rió. Y cuando bajó la cabeza para darle besos más íntimos, aunque a ella le hubiera gustado quedarse allí quieta y saborearlos, no quiso dejarle tanto control.
Le quitó la corbata y le tocó la espalda con ella. Jugó con ella, lo acarició con ella, en el pecho, en todo su cuerpo, entre las piernas...
Ella oyó su respiración entrecortada.
— ¿Te gusta?— ronroneó ella.
— ¡Ma...rí...a...!— exclamó él, con voz entrecortada.
Esteban estaba respirando con dificultad. Ella sen¬tía la dureza de su deseo... y volvió a ponerle la corba¬ta.
María rió seductoramente, satisfecha de despertar aquel deseo en Esteban. Y cuando él la besó por sor¬presa, aquella risa se transformó en un gemido.
Se retorcieron, se dieron la vuelta, se entrelazaron y lucharon. Amablemente, pero con ferocidad, decididos a darse el máximo placer.
Y finalmente, cuando María pensó que ya no podía aguantar más, Esteban le separó las piernas y entró en ella.
María le dio la bienvenida. Su cuerpo se hizo más blando, más húmedo, más sereno. Y Esteban tembló contra ella, se estremeció, perdiendo los últimos vesti¬gios de control.
Podría haberlo recuperado si María no se hubiera movido debajo de él, si no hubiera escarbado con sus pies la parte de atrás de sus muslos y si no hubiera di¬cho:
— ¿A qué esperas, San Román?
Él pareció sorprendido. Luego sonrió y contestó:
— ¡Nada!— se echó levemente hacia atrás y se in¬ternó más en ella.
María lo acompañó en sus movimientos balancean¬do las caderas, apretando los dedos. Su cuerpo se mo¬vía tan fácilmente como el de él.
Esteban había perdido el control. Pero ella tam¬bién.
Él se internó aún más profundamente en ella y María ya no pudo más.
— ¡No puedo...!— exclamó Esteban, al borde de la cima del placer.
— ¡Sssshhhh!— susurró María.
Se arqueó contra él. Le clavó las uñas en la espalda, y cabalgaron juntos hasta llegar al punto más alto del placer. Hasta que ella también alcanzó la cima, y se de¬rrumbó.
Había sido tan increíble como aquella noche en el motel.
Pero, ¿se podía basar en eso un matrimonio?
Era lo que María quería saber.

Cap 7

Cuando Esteban se despertó, había una mujer entrelazada a su cuerpo, abrió los ojos se puso rígido, y se sobresaltó.
¿Quién? ¿Qué?
El nunca dormía con las mujeres con las que com¬partía el sexo. Entonces, ¿cómo había sido que...?
Se giró para mirar la cabeza que tenía encima del pecho.
Era púrpura. De pronto se le vinieron encima todas las imágenes del día anterior. Su padre. Ana Rosa. El ulti¬mátum.
Su boda con María.
¡Dios!
Se había casado con María Fernández. ¡Había dormido con María Fernández!
Se quedó absolutamente quieto e intentó pensar. No era fácil con María en sus brazos.
La repentina tensión en su cuerpo pareció perturbar¬la. María suspiró y se apretó más, apoyó los dedos en sus costillas y puso una pierna encima de las suyas. Te¬nía el muslo contra su sexo. Metió el pie entre sus rodillas;
Luego, lo deslizó hacia la pantorrilla... y nuevamen¬te lo subió.
Esteban dejó de respirar.
Estaba acostumbrado a las reacciones matutinas de su cuerpo. Pero no a verla allí.
La deseó en aquel momento. Nuevamente.
«Físicamente. Solo físicamente», se aseguró a sí mismo.
¡Cuánto la deseaba! ¿Qué pensaría María si la des¬pertaba y quería hacer el amor con ella?
Ahuyentó aquel pensamiento. El reloj de su como¬dín marcaba las siete y diez. Tenía que levantarse y marcharse, preferiblemente antes de que ella se desper¬tase.
No sabía cómo manejarse en una situación como aquella. Excepto en la noche del motel con ella, siem¬pre se había marchado antes de que amaneciera. No sa¬bía lo que se hacía cuando se dormía con una mujer, ¡y menos si se despertaba al lado de una esposa!
Lo único que sabía era que sería mucho más fácil si se vestía; así no se arriesgaría a excitarse si ella lo toca¬ba.
Cuidadosamente, Esteban se quitó de debajo de María. No era fácil. Cada vez que se movía, ella se aferraba más a él, acurrucándose, rodeándole la cintura...
Y lo peor era que le gustaba. Le gustaba sentir sus dedos. Le gustaba sentir el peso de ella en sus brazos. Le gustaba la suavidad de su piel contra la aspereza de la de él.
Deseaba quedarse donde estaba. Pero no lo hizo. Centímetro a centímetro, se fue moviendo en el colchón, de manera que ella no notase su ausencia cuando él se marchase.
Puso el pie en el suelo, se movió los últimos centímetros, y se liberó de ella. Se puso de pie sigilosamen¬te y se quedó mirándola.
Parecía vulnerable. ¡Qué extraño! Con aquel pelo salvaje y esa ropa poco convencional, por no hablar de su barbilla desafiante... boca bonita y ojos brillantes... Siempre le había parecido una mujer dura y extraordina¬riamente capaz de defenderse por sí misma.
Pero no en aquel momento.
El pelo púrpura enmarcaba un rostro sorprendente¬mente inocente.
¿Maria, inocente?
No parecía probable. Pero en aquel momento sí.
Porque en aquel momento ella no estaba intentando hacerlo trizas o pulverizar su control.
Disfrutaba mucho al hacerlo. Lo había vuelto a ha¬cer la pasada noche. Pero él también lo había hecho con ella, pensó con satisfacción. La había vuelto loca, como ella a él.
Sin embargo, aquella mañana estaba sensato. Deci¬dido. Controlado.
Era Esteban San Román, después de todo, y tenía cosas más importantes que hacer.
Cuando María se despertó vio a Esteban frente al espejo de su ropero, haciéndose el nudo de la corbata.
— ¡Oh!— exclamó, sobresaltada, porque había teni¬do sueños eróticos con él. Sueños en los que esa corba¬ta desempeñaba un importante papel... Y despertarse y darse cuenta de que esos sueños estaban basados en la noche anterior la hicieron ruborizar.
Lo más chocante era saber que pocas horas antes se había casado con él.
—Buenos días— dijo al oír su exclamación. Le sonrió brevemente, pero no la miró.
—Buenos días— contestó María seductoramente, y se tapó con la sábana, como si él nunca la hubiera visto desnuda.
Esteban se estaba poniendo la chaqueta del traje.
—Tengo que irme deprisa. Voy a llegar tarde._ María miró el reloj.
— Son solo las siete y media.
— Sí. Pero tengo que ir a casa primero. Cambiarme de ropa. Afeitarme— se pasó la mano por la mejilla—. Tengo una reunión a las nueve— recogió su maletín y empezó a dirigirse a la puerta—. Adiós.
— Eh... Adiós— dijo María. Se incorporó y, dijo an¬tes de que él pudiera escaparse—: ¿San Román?
— ¿Qué?— estaba impaciente por marcharse.
— Nada— dijo con frialdad. Se dio vuelta la cabeza y agregó—: Adiós.
— Adiós— Esteban salió.
Un segundo más tarde volvió. La miró a los ojos con deseo.
— ¿Qué?— preguntó ella.
—Te veré esta noche. En mi casa— y cerró la puerta.
María se quedó pensando en todo aquello mientras se duchaba y se vestía.
En realidad no debería haber esperado otra cosa. No sabía muy bien lo que habían compartido, además de sexo.
En una época ella había querido casarse, tener hijos. En su adolescencia no había tenido planes de formarse en una profesión, como su hermana Marta. Nunca ha¬bía sido una niña estudiosa. Había pensado que casarse y tener hijos era una idea estupenda, solo que no había querido casarse con Sebastián Guerrero, que era lo más pare¬cido a un novio que había tenido. Tampoco Sebastián se ha¬bía querido casar con ella, así que nunca había habido problema.
El problema había sido qué hacer después de termi¬nar el instituto, si no quería seguir estudiando en la universidad. Su tía Rosa le había sugerido que aprendiese a cortar el pelo.
— Puedes conseguir un trabajo, sacar dinero, tener tu propia casa. Mudarte a Acapulco, tal vez— había propuesto la hermana menor de su madre.
Para María, que nunca se había sentido cómoda en casa, mudarse a otra ciudad le había parecido una idea atractiva. Además, aprender a cortar el pelo le había parecido interesante, y más útil, que aprenderse las causas de la Primera Guerra Mundial. Y había pensado que si de verdad se podía ganar la vida y trasladarse a Acapulco, tal vez allí podría conocer al hombre de sus sueños, que no se parecería nada a Sebastián.
Todo salió como esperaba, excepto que nunca cono¬ció al hombre de sus sueños. Así que, tres años más tarde, cuando Marta consiguió trabajo como escritora en una revista de moda de la capital, María se mar¬chó con ella.
Encontró trabajo en un salón de moda y compartió un apartamento pequeño en un quinto piso con su hermana. La ciudad, su energía, su frenética actividad, sus oportunidades... las impresionaba.
Allí les había ido bien. Marta había ascendido en su profesión. Y María también había encontrado un tra¬bajo donde demostrar su talento.
Era buena como peluquera. Cortaba muy bien. Y empezó a destacar como estilista. Sabía estudiar la es¬tructura ósea de sus clientes y sacar lo mejor de ellos. No tenía miedo de ser atrevida, de sugerir cambios de color. Y los resultados eran espectaculares.
El salón la envió a París a estudiar.
«Para que aproveches tu talento. Así puedes apren¬der de los mejores», le había dicho su jefe.
María, que nunca había sido buena para los estudios, estaba feliz de ir. No podía creer que tuviera tanta suerte.
Había pasado un año en París. Allí aprendió todo lo que habían podido enseñarle; conoció a varios caballe¬ros franceses, pero ninguno mejor que Sebastián.
En Francia también había conocido a Bruno Torres. Este tenía un estudio de fotografía de moda en la Riviera, y María era una de las tres estilistas que arre¬glaban el cabello a las modelos. Exigente y perfeccio¬nista, Bruno hacía llorar a todas las estilistas, menos a María. Ella aguantaba sus sermones, y luego hacía lo que quería.
Un día le dijo que lo avisara cuando se marchase a México y, cuando ella regresó, él le pidió que tra¬bajase con él.
La reputación de María fue creciendo. No solo por su habilidad con el pelo, sino por su habilidad para tratar con fotógrafos temperamentales, exigentes representan¬tes de agencias, clientes, y mimadas modelos.
Era una persona que se cotizaba profesional y per¬sonalmente.
Siempre tenía hombres que querían salir con ella. Durante años había salido con ellos, con la esperanza de conocer al hombre de su vida. Pero jamás lo había en¬contrado. Y luego dejó de pensar en ese tema. Aprendió a amar lo que hacía, a estar satisfecha con su vida, a sa¬borear sus amistades, a disfrutar de los hombres ocasio¬nales sin pensar en el futuro.
Y un día apareció Esteban.
Había llegado a su cuerpo y a su corazón más que nadie. Había hecho que se acelerase el latido de su co¬razón. Y había alterado sus hormonas.
¿Por qué él?
Había intentado mantenerse lejos de él después del día que fue a su oficina para preguntar dónde estaba Raúl. Y aun cuando no había podido mantenerse total¬mente al margen de él, como le había ocurrido en la ducha de Marta, había hecho lo posible por no dedi¬carle ni una mirada.
Pero todo había sido inútil. Finalmente, en el ban¬quete de boda de Marta y Raúl, aunque intentó por evitarlo, ocurrió lo inevitable. Tuvieron que bailar jun¬tos, puesto que Esteban era padrino de boda, y ella, dama de honor... Y claro, habían bebido champán.
Bailaron más, se miraron a los ojos y, al final, fue¬ron a aquel motel, decididos a olvidarse el uno del otro.
No había servido de nada. Ahora estaban casados. En lo bueno y en lo malo. En la pobreza o en la rique¬za. En la salud y en la enfermedad.
«En la cama y fuera de ella», musitó María para sí.
Y no obstante, internamente, en sus entrañas y en su corazón, sentía que había tomado la decisión correcta.
Solo que tenía que estar segura de que Esteban pensaba eso también.
Mientras tanto, tendría algo que regalar a Pamela.
Pamela no podía creerlo.
Miró el cheque que le extendió Maria, pestañeó y volvió a mirar. Se puso pálida y dijo:
— No es real. No puede ser de verdad— le tembla¬ron los dedos.
— Es real— le aseguró María—. Yo estaba en el banco cuando lo extendieron. Está a mi nombre, pero es para ti... Para Francisco... para el trasplante.
— No estás hablando en serio— dijo Pam. Luego volvió a mirar a María—. ¡Está a tu nombre!— la hizo entrar al apartamento, como si acabase de darse cuenta de que estaban en el corredor.
Una vez dentro, su mirada se dirigió hacia la habita¬ción de Francisco.
— ¿Cómo has hecho...?— volvió a mirar el che¬que—. ¿Quién es Esteban San Román? ¿Y por qué te ha prestado el dinero?
— No me lo ha prestado. Me lo ha regalado.
— ¿Te lo ha regalado? ¿Por qué?— preguntó Pan, nerviosa y preocupada—. ¿Qué va a hacer contigo?
— ¡Nada! Nada que yo no quiera que me haga— dijo María—. Está todo bien. Hemos... hecho un trato.
— ¿Qué trato?
— Me he casado con él.
Pam se quedó con la boca abierta. Estaba abatida y horrorizada. Agitó la cabeza furiosamente. Le devolvió el cheque. María no se lo aceptó.
— ¡Bueno, no vas a hacerlo! Jamás. No. ¡Yo no lo permitiré! Ni siquiera por Francisco, yo...
—Pamela— le dijo María amablemente, exten¬diendo la mano y poniendo el cheque en la de su ami¬ga— . Ya está hecho. Ya lo he hecho.
Los dedos de Pam empezaron a temblar, a arrugar el cheque. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
— ¡Oh, María! ¡Cómo has podido...!
— ¿Cómo no iba a hacerlo?
Ella hubiera hecho cosas peores por Francisco. Ade¬más, empezaba a sentirse bien con la idea de haberse casado con Esteban.
— ¡Y deja de estrujarlo! ¡Es un cheque de verdad! Iremos a cobrarlo hoy a la hora del almuerzo, ¿de acuerdo?
Pam no podía hablar. Pero finalmente, asintió con la cabeza. Luego tragó saliva y preguntó:
— ¿Estás segura de querer hacer esto?
— Absolutamente.
Los ojos de Pam se llenaron de lágrimas.
— ¡Oh, Dios mío! ¡Le salvas la vida!— se echó en brazos de María, que sintió su cuerpo temblar. Pam si¬guió balbuceando—: Yo me decía; «Ten esperanza...» Me decía que tuviera fe... Pero no pensé que tú serías parte del asunto, María.
María sonrió:
— Fue un trato que quise hacer.
— ¿Quién es él?
— El hermano de mi cuñado.
— ¿No será un incesto, verdad?— se sobresaltó Pam.
— ¡No, no lo es!
— Lo sé, solo que... No es ese cuñado tan arrogante, ¿verdad?— Pam recordaba que María había dicho algo sobre él.
— Eh... Bueno... Tiene otras cualidades que lo dis¬culpan...
— ¡Es ese tipo!
— Sí, pero no es solo un desgraciado— protestó Maria—. ¡Fue idea suya, además!
— ¿Qué ha pasado? ¿Que ha ido a verte, así como si tal cosa, y te ha dicho «¡Casémonos!»?
— Pues, sí.
Pamela achicó los ojos y preguntó:
— ¿Por qué?
— Porque está enamoradísimo de mí. ¿Te parece bien?
Era una broma, por supuesto. Pero Pamela no lo sabía. Pareció aliviada, pero no obstante preguntó:
— ¿Estás segura?
— Por supuesto que estoy segura— mintió María—. Ahora tengo que irme a trabajar. Pero estaré de vuelta por la tarde, y podremos depositar el cheque. ¿Está despierto Francisco?
— Sí. Entra, si quieres. Se alegrará de verte. Te echó de menos anoche.
— Me olvidé— dijo María, golpeándose la frente con la mano.
Dos veces a la semana, Francisco, Pam y María veían viejos vídeos.
—Tuvimos que salir con el padre de Esteban— le explicó María—. Intentaré no perderme otra sesión de vídeos. Guarda el cheque. Iré a saludar a Francisco.

Cap. 8

Actualmente, Francisco tenía ocho años. Cuando María se había mudado, el niño tenía cinco. Estaba lleno de energía, de entusiasmo. Siempre con el pelo revuel¬to y los ojos llenos de excitación, contándole sus aven¬turas.
En el pasado año y medio, sus aventuras habían comprendido menos movimiento. Había estado más en su casa y menos en el colegio. Sin embargo, las aventu¬ras que contaba no habían sido menos excitantes. Había creado sus propios personajes, inventando aventu¬ras para ellos. Escribía las historias en el ordenador, luego las imprimía y las ilustraba. Francisco tenía la ha¬bilidad de su madre con los lápices y el bolígrafo.
En aquel momento estaba sentado frente a su escri¬torio, a pesar de que eran solo las ocho de la mañana. Llevaba puesto el pijama todavía, pero estaba comple¬tamente inmerso en su trabajo.
Cuando oyó los pasos, se dio la vuelta, sonrió a María y dijo:
— ¡Eh, Maria! ¡Mira esto! ¡Estoy haciendo una casa impresionante en un árbol! Tiene un porche, y un teatro para ver películas, y una escalera.
Los personajes de Francisco siempre vivían en luga¬res grandes, llenos de detalles. Sus casas eran verdade¬ras obras de ingeniería y de fantasía, más fascinantes incluso que las historias mismas.
María se acercó y miró su última creación.
— ¡Guau! ¡Me encantaría vivir en un sitio así!— ex¬clamó, y le acarició su pelo revuelto.
— Está bien, ¿verdad? Te construiré una algún día— le prometió Francisco—. Una de verdad. Cuando sea arquitecto.
Esa era su pasión. Siempre que se inventaba histo¬rias, las casas eran lo más increíble. El sueño de Fran¬cisco era ser arquitecto. Cuando lo había conocido, Fran¬cisco le había dicho:
—Voy a ser arquitecto.
María había temido que no pudiera ser realidad. Y le había dolido oírlo cada vez que Francisco lo repetía. Pero aquel día ya no le dolía.
— ¿Una casa como esa? Me lo has prometido, mu¬chacho. No te olvides. Tendrás que cumplirlo.
Francisco sonrió. Luego se puso serio y agregó:
— No viniste a ver los videos.
—Tuve que salir.
— ¿Adonde?
— A cenar con... un amigo— se lo explicaría otro día—. Te veré más tarde, chico. Ahora tengo que salir corriendo. ¡Tengo que estar en el centro dentro de vein¬te minutos!
Pam estaba esperando en el salón, esperanzada por primera vez desde que le habían dicho que Francisco ne¬cesitaba un trasplante. Pero aún estaba preocupada.
— ¡Deja de preocuparte!— le ordenó María. Tomó un pañuelo de papel del escritorio y se lo dio a Pam—. ¡Para ya!
— No puedo evitarlo. Sé que me has dicho que te ama, pero, ¿tú lo amas? Es como si hubieras vendido tu alma... ¡y yo fuera la culpable!
— Por supuesto que lo amo— dijo María. Y se pre¬guntó si estaría mintiendo o no—. No estoy vendiendo mi alma. Le estoy dando a Francisco una oportunidad. Esteban le está dando a Francisco una oportunidad.
— ¿Y tú estarás bien?
— Estaré bien. Viviré en un apartamento increíble y seré la señora de Esteban Sanromán. ¿Cómo podría estar mal?
— El dinero no es importante— protestó Pamela. Ambas se miraron, porque en aquel caso sabían que sí lo era.
María abrazó suavemente a su amiga.
— Lo sé. Esteban también lo sabe— dijo.
Esperaba que él lo supiera también.
Pamela agitó la cabeza. María volvió a apretarla.
—Tengo que irme a trabajar. Voy a llegar tarde. Te veré luego. Llama al médico y dile que ya tenemos el dinero.
— ¿Así que te has conseguido una esposa?— sonrió Silvia cuando vio entrar a Esteban.
— Sí, así es— contestó él mientras entraba en la zona de recepción. Tomó el correo y se dirigió a su ofi¬cina.
De reojo vio a Silvia observarlo con la boca abierta.
Esteban cerró la puerta. Pero se volvió a abrir in¬mediatamente.
— ¿Quién es?— preguntó Silvia. Era su secretaria desde hacía siete años. Lo conocía muy bien. Y no guardaba las formas con su jefe.
— No la conoces— respondió él.
— No es la insistente Fabiola, entonces. ¿Qué has hecho? ¿Has agarrado a la primera mujer que se te ha cruzado?
— No— fingió mirar el correo, con la esperanza de que Silvia se fuera.
— ¿Quién?— insistió Silvia.
— Su nombre es María —contestó Esteban cuando vio que su secretaria no se marcharía.
— ¿Y quién es María? ¿Es conocida?— Silvia miró como si hiciera memoria de la lista de mujeres de la agenda de Esteban.
— Es la hermana de mi cuñada.
— ¿La del pelo púrpura?— preguntó Silvia sorpren¬dida, tapándose la boca con la mano. Esteban la miró.
— Es estilista. Es su imagen.
— Por supuesto— contestó ella disimulando su horror.
— ¡A ti te gustaba!— dijo Esteban.
— Yo dije que era la única mujer que podría pararte los pies— Silvia asintió, como expresando su aproba¬ción una vez más.
— No es la única, evidentemente. También estás tú.
— Además de mí— dijo Silvia. Luego sonrió y agregó—: María y tú. ¿Qué me dices? Apuesto a que tu padre tenía una chica.
— Más o menos. Ella se rió.
— Me gustaría haberlo visto. Me alegro por ti— luego Silvia se puso seria y dijo—: Pero no te habrás casado solo para fastidiar a tu padre, ¿verdad?
Esteban tardó en contestar. Luego exclamó:
— ¡Por supuesto que no!
Estaba el sexo también, pero no quiso comentarlo. Silvia pareció aliviada. Asintió, sonrió y le dio un abrazo breve.
— Entonces, felicitaciones. Me alegro mucho de que te hayas enamorado por fin.
« ¿Enamorado? », pensó Esteban. Pero no se lo iba a negar abiertamente.
Sacó una de las cartas de la pila de correo y dijo:
—Tráeme el legajo de Hernández. Esto es un negocio. Tenemos trabajo.
Durante todo el día intentó concentrarse en su tra¬bajo, pero el recuerdo de los juegos de María con la corbata no lo dejaban.
— ¡Maldita sea!— exclamó.
Se levantó del escritorio. Su libido no lo dejaba en paz.
No estaba enamorado de ella, como le había dicho Silvia, eran sus hormonas.
Se preguntó si María se habría levantado. Tal vez pudiera llamarla por teléfono, pedirle que se acercase por su oficina para echar uno rápido.
¡Dios! ¿En qué estaba pensando?
Todo el tiempo que estuvo hablando con Demetrio Toledo sobre la compra de acciones de Hernández, su mente estuvo divagando con pensamientos tales como si la mujer de Demetrio habría jugado con la corbata de su mari¬do como...
— ¿No crees?
— ¿Qué?— Esteban se sobresaltó, desorientado.
— Creo que es un buen trato— le dijo a Esteban.
— ¡Oh, sí! Sí, sí.
— Entonces, ¿crees que debemos seguir adelante?—Toledo se puso de pie.
— ¿Qué? ¡Oh, sí! Creo que sí— contestó Esteban. Miró su reloj y pensó si le daría tiempo a ver a María antes de la reunión de la una y media.
— Me pondré manos a la obra, entonces— comentó Toledo.
—Sí— dijo Esteban. Y tomó el teléfono.
No estaba en casa. Supuso que podría haber ido a la casa de él, pero Lupe, su asistenta, le dijo que no había nadie allí.
Llamó a su agente.
— Claro que sé dónde está. Donde se supone que debe estar. En Rodeo.
— ¿Hasta cuándo?
— Hasta que terminen, por supuesto.
— ¿Hasta cuándo tiene trabajo?— preguntó. Luego, al oír la respuesta, agregó—: Bórrala de tu agenda.
— ¿Qué?
—Tiene otras cosas que hacer.
— ¿Qué?
— Está de luna de miel— dijo, y colgó.
Esa tarde, Esteban estaba en la sala de espera de Rodeo cuando María salió del estudio. Antonio Cortés, uno de los modelos, estaba con ella y vio a Esteban es¬piando. Antonio tenía puesto el brazo en el hombro de ella.
Esteban estaba dando golpecitos en el suelo, mi¬rando el reloj y observando, inquieto, a la directora de la oficina de Rodeo, quien estaba cus¬todiando la puerta de dentro con la ferocidad de un bulldog.
María sonrió.
— ¡Eh! ¡Hola!— exclamó.
— ¿Quién es ese?— preguntó Antonio.
— Mi espo... ¿Mi esposo?— dijo ella. No tendría que haber sido una pregunta, pero le sa¬lió así.
Antonio hizo una mueca:
— ¿Esposo? ¿Nuestra María tiene un esposo?— se echó a reír.
Esteban se acercó. Quitó el brazo de Antonio del hombro de María y puso el suyo.
— Sí. Tiene marido— dijo.
Antonio sonrió, pensando aún que era una broma.
— Se hace tarde— protestó Esteban.
— ¿Para qué?
— Para esto.
Antes de que se diera cuenta de qué estaba pasando, la besó.
Fue un beso apasionado, posesivo. Parecía decir: «Es mía».
María vio que Antonio recibió el mensaje. Al igual que Enrique, Gabriel, César, Carla y Débora los otros mode¬los; Sebastián, el reportero de la agencia, y Lisa, la maquilladora.
Se quedaron todos con la boca abierta.
María pensó que si Esteban podía proclamar que era suya, ella también podría hacerlo.
Así que cerró los ojos y lo besó con toda la pasión y el deseo que habían estado creciendo dentro de ella du¬rante todo el día. Lo rodeó con sus brazos y se apretó contra él. Y sintió que Esteban se excitaba con su con¬tacto.
El gesto posesivo se transformó en deseo. Su pasión en hambre. Y ella sintió lo mismo. Lo que había empe¬zado como una marca de fuego, se había transformado en un deseo ardiente. Y cuando por fin dejaron de be¬sarse, se miraron sorprendidos.
— ¡Guau! — exclamó Antonio.
Esteban respiró profundamente, tomó la mano de María y dijo:
— Nos vamos a casa.

Cap. 9

El piso de Esteban era muy distinto de como ella se lo había imaginado. Estaba en un elegante edi¬ficio de un barrio muy lujoso. Los recibió un portero, que le dijo:
_ Buenas noches, señor San Román_ y sus ojos se abrieron al ver el pelo color púrpura de Maria.
Atravesaron una espaciosa entrada con suelos de mármol y arañas de cristal. Subieron en un ascensor re¬cubierto de madera y salieron de él a un vestíbulo enmoquetado. Había cuatro puertas. Esteban abrió una de ellas y la dejó pasar.
_ ¡Vives en una casa en un árbol!
_ Sí, más o menos_ contestó él, entre tímido y pi¬caro, mientras la observaba.
El piso tenia ventanales por todos lados, que daban a un gran parque. Las paredes del salón no eran blancas, sino azul cielo. Los cuadros mostraban representacio¬nes primitivas. El más grande tenía una cabaña al lado de una playa que a Maria le recordó la casa de Esteban en Acapulco, donde había estado con Marta.
_ ¡Esta es tu casa!_ señaló el cuadro de la cabaña_. ¿Cómo conseguiste que un fuera allí pintor a pintarla?
_ Mi madre pintó todos los cuadros, cuando yo era niño. No era realmente pintora_ dijo, entre orgulloso y a la defensiva.
_ Sí, lo era. Son todos maravillosos. No conozco los otros, por supuesto. Pero realmente captó el espíritu de la casa.
De hecho, del cuadro emanaba el amor que la fami¬lia le tenía a aquella casa, algo que había intuido la úni¬ca vez que había estado allí. Le había parecido extraño que aquellos sentimientos estuvieran conectados, de al¬gún modo, con el poderoso Esteban.
Había sido una de las cosas que le habían hecho pensar que debía haber algo más en Esteban. Recorda¬ba que había vuelto de aquella casa más intrigada que nunca por él.
_ ¿Dónde pintó los otros?_ preguntó.
_ En la casa familiar de Veracruz.
_ ¡Qué bonito! Me encanta Veracruz. He esta¬do allí en sesiones de fotos. Debes de ir con frecuencia a la costa.
_ Ya, no_ dijo él. Se dio la vuelta como si un muro se hubiera alzado entre ellos.
Más tarde, Maria recordó que Marta le había dicho que una vez él había estado a punto de casarse en Veracruz y que habían surgido problemas. Ella no le había prestado atención entonces. Se había dicho que no quería saber nada de Esteban San Román. Ahora hubiera deseado conocer con detalles aquella historia. Evi¬dentemente, debía de ser un tema espinoso.
_ Bueno, es una suerte tener este cuadro, porque es el trabajo de tu madre_ dijo ella después de un mo¬mento_. Y debe gustarte recordarlo.
_ Sí, supongo_ dijo él con una débil sonrisa, des¬pués de dejar de mirar por la ventana.
_ Bueno, ahora muéstrame el resto.
Le mostró la cocina, con un comedor de diario más cómodo que grandioso. Luego la llevó a una parte, de¬trás de la cocina, que debía de haber sido alguna vez el área de servicio.
Una de las habitaciones estaba transformada en es¬tudio; tenía un cómodo sofá, un equipo de música, una televisión, y una mesa de billar.
La otra habitación era lo que él llamó «la habitación de deportes». Tenía toda clase de raquetas de tenis, ba¬tes de béisbol, de hockey.
Ella recordó que en Acapulco también había todo tipo de equipos deportivos. Pero había supuesto que eran cosas de su infancia, o de Raul y Noe; jamás habría imaginado que Esteban se tomaba tiempo para los deportes.
_ Puedes poner tus cosas aquí, si quieres. O puedes dejarlas arriba_ dijo él.
_ ¿Arriba?_ repitió Maria mientras él apagaba la luz y la llevaba nuevamente al salón.
_ Sí... La he reorganizado_ recogió la caja con el equipo de Maria y subió por la escalera de caracol.
Al ver aquella escalera, Maria recordó a Francisco. Seguramente le habría encantado. Parecía diseñado por un niño de nueve años.
_ No sabía dónde querrías poner las cosas_ dijo Esteban_. Así que les he dicho que lo dejaran allí, por ahora.
Esteban fue a una habitación al otro lado de la es¬calera. Cuando encendió la luz, Maria se quedó estupe¬facta.
Era como si hubieran recreado allí su apartamento. Había un colchon a rayas como el suyo, una pecera con Buster y Gomer, sus peces...
_ Hola, chicos_ dijo a los imperturbables peces de colores.
Sus estanterías, pintadas a mano, sus libros favori¬tos, estaban al lado de la pecera. Su minúscula televi¬sión, su equipo de música portátil... Estaba todo allí.
Esteban puso la caja de estilista encima de una mesa vieja de roble, que estaba en la casa de los abue¬los de Maria cuando era pequeña. Él no la había tirado.
_ ¿Está bien aquí?_ preguntó.
Maria seguía tocando todo y haciéndose preguntas.
_ ¿Se olvidaron de algo?_ preguntó_. Me dijeron que habían dejado un frigorífico y un horno allí, pero que tu vecina había dicho que venían con el piso,
_ Sí.
De pronto Maria se dio cuenta de lo que había dicho.
_ ¿Se lo preguntaron a Pam?
_ Se la preguntaron a una vecina que fue a ver qué pasaba.
Pam confirmó Maria_. ¿Cuándo han hecho todo esto?
_ Esta tarde.
¿Cómo habían podido hacerlo tan rápido? Como si le hubiera leído el pensamiento, Esteban dijo:
_ No ha llevado mucho tiempo. No había muchas cosas. Puedes echarle un vistazo y decidir lo que quie¬res conservar. Yo les dije que trajeran todo.
Y ellos lo habían colocado del mismo modo en que estaba en su apartamento.
Maria sonrió:
_ ¿Así podemos venir aquí y recrear nuestra noche de bodas siempre que queramos?
Esteban se puso colorado, y el ardor que le había despertado el beso en Rodeo, que lo había estado consumiendo desde entonces, se volvió a encender.
Esteban le tomó la mano y la llevó hasta la puerta.
_ Jamás, cariño. Yo tengo una cama mucho más grande aquí.
Su dormitorio era enorme. Sencillo, casi austero, pero no del todo. A diferencia de las otras habitaciones, tenía una gruesa moqueta. Sus botas se hundían al pisar¬la. Maria se quedó mirando la cama. Era aproximadamente el doble que el apartamento de ella. Tenía un edredón verde oscuro, que le daba aspecto de campo de juego, más que de una cama, pensó. Y se puso colorada.
La cama estaba apoyada en la pared del fondo, en¬cima de una plataforma negra, de laca.
_ ¿Te apetece probarla?_ le preguntó Esteban.
_ ¡No!_ exclamó ella, poniéndose colorada nue¬vamente.
_ Siempre he pensado que era estrafalaria... Pero puede estar bien en algunas ocasiones..._ él se inte¬rrumpió, como si especulara.
Se miraron, y parecieron encenderse más con aque¬lla mirada.
_ En algunas ocasiones..._ repitió ella, carraspean¬do antes.
Esteban abrió los ojos grandes, dudó un momento, y luego tomó las manos de Maria. Tiró de ella y la es¬trechó en sus brazos.
_ Podemos arreglarnos con menos...
Sabía que no debía estar tan ansioso. Ni siquiera ha¬bían cenado aún...
Ella estaba en su casa. En la casa de ambos.
Tendrían mucho tiempo para ser racionales... y ce¬nar...
Esteban le acarició la espalda. Luego metió las ma¬nos debajo de su camiseta y se la quitó. Sus pechos desnudos rozaron su masculino pecho.
Tragó saliva. Luego se inclinó y besó primero un pecho, luego el otro.
Maria se estremeció al contacto de su lengua; se rio suavemente y entrelazó sus dedos en el pelo negro de Esteban.
_ Pareces excitado...
_ Mmm... Realmente lo estoy..._ contestó él, y su voz vibró contra el pecho de ella. Maria le rascó el cuero cabelludo.
_ ¡Qué arriesgado!_ exclamó.
_ Sí..._ él hundió su nariz en la cara de ella. Lue¬go intentó quitarle el vaquero. Era más difícil que qui¬tar sus faldas. Sus dedos se movían torpemente...
Maria sonrió y dijo:
_ Pensé que te gustaría un poco de desafío. Él la llevó hasta la cama y la tumbó.
_ Me encantan los desafíos_ dijo.
Se sentó a horcajadas encima de ella, concentrado en la tarea de desabrochar el botón y bajar la cremalle¬ra. Quitarle los pantalones era otro desafío. Se le pega¬ban a la pierna como una segunda piel.
Ella se quedó desnuda delante de él, excepto por un mínimo trozo de encaje. Se pasó la lengua por los la¬bios.
Aquella visión hizo subir las hormonas de Esteban. Sintió que la ropa le apretaba demasiado en determina¬da zona. Quiso quitarse la corbata.
_ ¡No!_ Maria se incorporó_. ¡Es mía!_ dijo. Se inclinó hacia adelante, se arrodilló en la cama, desli¬zó las manos por la pechera de la camisa y le desanudó la corbata. Luego, uno a uno, abrió los botones de la camisa y se la quitó lentamente. Ella estaba tan cerca que él podía sentir su respiración en el vello del pecho. Se estremeció. Maria sonrió y tiró la camisa a un lado.
Muy guapo dijo ronroneando.
Le acarició el vello, la suave piel de los hombros, los brazos.
Entrelazaron los dedos. Luego unieron sus labios.
El beso en el estudio había sido un primer plato. Un aperitivo. Embriagador y apasionado, caliente y burbu¬jeante, pero insustancial. Este, lo derrotó.
Ella sabía tan bien... Era como una fruta madura, ti¬bia, como si no fuera solo su boca la que lo besaba, sino todo su ser, en cuerpo y alma. Lo besó como nin¬guna otra mujer, como si hacer aquello fuera lo más importante del mundo.
Sus besos eran largos y calientes, luego cortos y rá¬pidos. Mordiscos breves, juegos, como si estuviera pro¬bando su gusto. Lo besó en la boca, en la mejilla, en el cuello, en el pecho.
Llevó las manos a su cabellera. Y él la besó de arri¬ba abajo, la barbilla y el cuello. Le dio besos en los pe¬chos. Luego acarició su cuerpo con la lengua.
_ ¡San Román!
_ ¿Qué?
Ella lo abrazó y rodaron juntos por la cama. Sus cuerpos se entrelazaron. Maria le desabrochó el cinturón con bastante rapidez.
Él la dejó porque quería que lo tocase. Le quitó los pantis. Luego se quedó quieto para que ella le bajara la cremallera, sabiendo que pronto estarían piel con piel, donde más la necesitaba.
Pero aún no. Esteban respiró profundamente y ex¬haló lentamente. «Lentamente», se dijo, «lentamente».
Luego Maria le acarició la cintura y metió los de¬dos. Con un tirón le quitó los pantalones y los calzonci¬llos hasta la rodilla.
_ ¡Oh, mira lo que he encontrado!_ dijo Maria sua¬vemente. Sus dedos lo habían encontrado y lo habían en¬vuelto.
Él se estremeció al sentirla. Era exquisito. Lo volvía loco. Tensó los pies, los dedos, todos los músculos. Se mantuvo rígido y rogó mantener el control.
_ ¡Si... Mari...ah!_ sonó su nombre a través de los dientes apretados de Esteban.
_ ¿Sí, San Román?_ lo acarició con los dedos. Él tragó saliva. Tembló.
_ ¡No! Para…
Su respiración se hizo más rápida, eran casi gemi¬dos. Y aunque Esteban quería que todo fuese lento, para volverla tan loca como ella lo volvía a él, sabía que aquella vez eso no iba a suceder.
Pero más tarde lo haría, lo juraba. ¡Más tarde!
_ ¡Dios!
_ ¿Que no siga?_ sonrió ella, contra el pecho de Esteban—. ¿Paro? ¿O no?
Maria lo estaba acariciando, desintegrándolo, y transformándolo en una gota de sudor.
Luego ella lo acarició con los dedos y la lengua, y Esteban casi no aguantó más. Desesperado, le separó las piernas, buscó el corazón caliente de su feminidad y lo acarició.
¡Dios! Ella estaba tan lista como él.
_ ¡Ahssss, San Román!_ susurró ella cuando lo tuvo den¬tro.
Esteban cerró los ojos, se entregó a la sensación e intentó no perder totalmente el control. No se movió. No podía. Todavía, no.
No, si quería que ella disfrutase también. Si quería derretirla.
Respiró profundamente y contuvo la respiración. Maria se quedó quieta también. Callada. Su cuerpo ser¬penteó. Él se mordió el labio. Esperó.
Ella le tocó la espalda y preguntó:
_ ¿San Román?
_ ¿Qué?
_ Estás vivo todavía. ¡Pensé que estabas muerto!_ ella soltó una risa contenida.
_ ¡Casi muero!_ él se movió hacia arriba.
Maria lo abrazó rápidamente. Se rio, se movió zig¬zagueando. Lo atrajo hacia ella enganchándolo con los pies, colocándolo más adentro.
Eso solo bastó.
Ese pequeño movimiento, esa leve fricción... Y se fue. Esteban se agitó contra ella, una vez, dos veces... estremeciéndose. Llegó a una convulsión que lo dejó débil, sintiéndose como un torpe adolescente en lugar de un hombre de treinta y seis años.
Lo siento musitó_. Lo siento.
Esteban intentó quitarse. Pero Maria no lo dejó. Le besó los hombros sudorosos. Le acarició la piel húme¬da de la espalda. El trasero. Esteban volvió a estreme¬cerse y ella pareció vibrar con él.
¿Maria había...?
Maria apretó su trasero. Agarró con los pies la parte trasera de las piernas de Esteban.
¿Había llegado ella?
¡Dios! ¿Qué clase de hombre era él que no podía decirlo con seguridad?
_ ¡Ahhhh!_ exclamó ella_. ¡Sííí... ¡_ uego sus¬piró profundamente, y sus dedos se relajaron. Restregó su pie contra la pierna de él; después mordisqueó su cuello. Su cuerpo pareció serenarse y ablandarse deba¬jo de él. Luego se dio cuenta de que el peso de su cuerpo estaba descansando sobre de ella, y rodó rápi¬damente.
Aquella vez lo dejó quitarse, pero no irse muy lejos. Todavía podía acariciarlo con la boca. Le rozó los pe¬zones con los labios, y la mano de Esteban se alzó y le acarició involuntariamente el pelo.
_ ¿Esteban?
Aquello lo sorprendió, puesto que ella no lo llama¬ba Esteban habitualmente. Él dejó de mover la mano.
_ ¿Qué?
Ella tenía los ojos cerrados aún, pero él sentía la sonrisa de Maria contra su pecho.
_ Ha sido muy bonito.
¿Bonito? ¿Como amante era «bonito»?, pensó él.
_ Mejorará_ murmuró.
_ ¿No?_ ella agitó la cabeza_. No podría ser mejor_ lo besó.
Finalmente, Maria se durmió.
Esteban no durmió.
Se quedó despierto, mirando el techo, tratando de ordenar las ideas.
Se suponía que debía estar viendo qué iban a cenar y revisando unos papeles que debía tener listos antes de la mañana. Pero Maria estaba en sus brazos y no quería molestarla.
Por eso no se movía. No tenía nada que ver con el placer que sentía al tenerla abrazada. Ni con lo mucho que la deseaba aún. No le gustaba desearla. Una cosa era el sexo, y otra estar allí echado con ella, abrazándola... Aquello era como comprometerse.
Él no iba a comprometerse. Sería fiel. Era lógico serlo. Justo. No miraría a ninguna otra mujer. No tenía ganas de andar por ahí con otras. Y aunque sintiera de¬seo, no lo haría. Porque había hecho una promesa.
Y creía en las promesas. En lo que no creía era en abrir su corazón. No dejaría a Maria entrar allí.
No estaba acostumbrado a las emociones.
Después del desastre con Carina se había defendido alzando un muro entre las mujeres y él. Jugaba con ellas, pero no les permitía que tuvieran importancia. Nunca se había enamorado. Y aún no se había enamo¬rado, se aseguró.
Maria era su esposa, sí. Compartían un sexo estu¬pendo. Pero ella no era mujer para él: era salvaje, alo¬cada...
Se oyeron las sirenas en la calle, y Maria se arrebujó instintivamente contra él. Esteban la abra¬zó más fuertemente. Luego disminuyó la presión deliberadamente.
Se quedó quieto.
Cuando ya no se oyeron las sirenas, se oyó el suave murmullo de la respiración de ella, que le soplaba im¬perceptiblemente en los vellos del pecho. Su pelo le ro¬zaba la barbilla. Siguió inmóvil. Reprimió el impulso de besarle la cabeza.
Jugó con un pelo púrpura. Había sido maravilloso el sexo con ella. Y ni siquiera había tenido que tomar un taxi y volver a casa luego. Era práctico.
Se sintió satisfecho con aquella noción. Era práctico haberse casado con Maria. Eso era lo que era.
Maria se despertó lentamente, dejando escapar el fi¬nal de un sueño maravilloso y acurrucándose en el fino algodón de las sábanas. Se estiró, soñolienta. Abrió los ojos y se dio cuenta de dónde estaba.
Buscó inmediatamente a Esteban. No estaba. Frun¬ció el ceño. Luego miró hacia el cuarto de baño, espe¬rando ver la puerta abierta y oír el agua de la ducha co¬rriendo.
Pero la puerta estaba abierta. Y el cuarto de baño, vacío. El sol entraba por la ventana.
Maria se giró y miró el reloj. ¡Las ocho menos cuar¬to!
Saltó de la cama. ¿Por qué no la había despertado? ¿Se había olvidado ella de poner el despertador?
Miró y vio que, al parecer, se había olvidado.
Esteban le hacía olvidar todo...
Abrió la ducha y esperó que se calentase el agua. Luego se dio cuenta de que allí no hacía falta esperar. Algún día se daría una larga ducha.
Cuando se pasó el jabón, se imaginó bañando a Esteban, haciéndolo estremecer y gemir... Tenía buena imaginación. Muy buena. Así que decidió darse una ducha fría.
Salió de la ducha. Se secó, se envolvió en un albor¬noz de Esteban y fue a prepararse el desayuno. No ha¬bía cenado la noche anterior, y tenía mucho apetito. En otras circunstancias, se lo habría saltado, pero estaba muerta de hambre.
Habían estado demasiado inmersos en la pasión como para ir a la cocina. Así que se prepararía beicon, cereales, café y tostadas. El café estaba aún caliente en la cafetera; se lo agradeció a Esteban y tomó una taza. Tenía que estar en el estudio de Bruno un poco antes de las nueve, y ahora que vivía algo más le¬jos, tendría que contar con un poco más de tiempo.
No tenía tiempo de hacer nada con su pelo.
Fue a la habitación donde tenía sus cosas.
¡Su ropa no estaba allí!
Abrió un cajón. ¡Al menos tenía ropa interior! Lue¬go volvió a mirar en el ropero vacío.
¿Se la habría tirado Esteban? Sabía que pensaba que alguna ropa suya era un poco estrafalaria, pero, ¿se había casado con ella y se la había tirado toda?
Rabiosa, entró nuevamente en la habitación de Esteban. Abrió impetuosamente la puerta del cuarto rope¬ro y se encontró con que allí estaba toda su ropa.
Al lado de los trajes conservadores de Esteban es¬taban sus minifaldas
Se rio. Y se sintió mucho más ligera.
Al menos, no solo estaban compartiendo sexo. Esta¬ban compartiendo también un ropero.
Eligió una de sus camisetas. Luego cambió de opi¬nión y se puso una camisa de Esteban. Le arremangó las mangas hasta los codos. Era ancha en los hombros, pero abrochada era más larga que sus faldas. Además, olía a él cuando giraba la cabeza y tocaba su tela con la nariz.
Compartiría su camisa también. La hacía sentir bien.
Se puso un par de leotardos y unas botas. Y un cinturón rojo en la cintura. Se miró en el espejo de cuerpo entero de la puerta del ropero.
Sonrió al verse. Se sentía maravillosamente. Puso los dedos pulgares para arriba en un gesto de aproba¬ción, volvió a sonreír y se marchó.
_ ¿Qué quieres decir con que tienes a otra persona?_ preguntó Maria a Bruno.
Eran las nueve menos diez. No había llegado tarde. Pero Valdes había parecido sorprendida al verla.
_ ¿Por qué has puesto a otra persona?
_ Porque llamó Salvador, y dijo que estabas fuera de servicio.
_ ¿Qué? ¿Por qué iba a decir algo así?_ preguntó Maria. Dejó su caja de materiales y agregó_: Dame el teléfono.
Furiosa, marcó el número de su agente.
_ ¡Salvador! ¡Soy Maria! ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué le has dicho a Bruno que no iba a trabajar?
_ Porque has pedido una baja, cariño.
_ ¡Yo no he hecho eso!
_ Bueno, tú no personalmente_ dijo Salvador_. Pero tu marido...
_ ¿Qué? ¿Te ha llamado Esteban?
_ Sí, cariño, lo has adivinado. Me ha dicho que es¬tabas de luna de miel.
Maria se quedó sin habla. Finalmente, dijo:
_ ¿Luna de miel?
¿Por qué no se lo había dicho a ella, entonces?
_ ¿Qué ha dicho mi esposo, exactamente?
_ Eso. Llamó ayer por la mañana y preguntó por ti. Parecía creer que tú ya habías pedido la baja. Pero le dije que estabas trabajando, y me preguntó hasta cuán¬do tenías compromisos laborales; luego me dijo que te diera la baja. ¿No quieres que lo haga?
En parte, quería matar a Salvador y, en parte, a Esteban.
¿Cómo se había atrevido a cancelar sus compromi¬sos de trabajo?
Pero otra parte, su lado romántico, se alegraba. Por¬que Esteban la llevaba de luna de miel...
A hacer el amor, por supuesto.
Pero para más que eso. Para que se conocieran me¬jor. Para que aprendieran a amarse.
_ ¡Oh!_ exclamó_. No. Está bien. Has hecho bien. Gracias.
_ Entonces, ¿estás de baja?_ preguntó Salvador, como si quisiera confirmarlo.
_ Sí.
_ ¿Hasta cuándo?
_ Ya te avisaré_ le prometió, con una sonrisa. Sintió una felicidad inmensa. En cuanto lo hablase con Esteban, se lo diría a Bruno.

Cap. 10

VOLVÍÓ al apartamento y llamó a Pam._ Francisco y tú tenéis que venir a visitarme.
_ ¿Maria?_ preguntó Pam_. ¡Oh! Me alegro mucho de tener noticias tuyas. Estaba muy preocupada cuando vi esos camiones de mudanzas. Fue todo muy rápido. Claro que debí de imaginarme que te mudarías, solo que no pensé...
Yo tampoco dijo Maria, contenta_. Pero Esteban es así. ¡No te imaginas cómo es este sitio! Tienes que verlo, y Francisco también. Toma un taxi y ven_ le dio la dirección.
_ ¡Oh! ¡No queremos molestaros!
_ No molestáis. Compartes la experiencia conmigo. Además, ¿no habrás creído que porque me haya muda¬do a otro barrio voy a desaparecer de tu vida, verdad? Venga. Toma un taxi y ven. Yo te lo pagaré. Haremos un picnic...
_ Francisco no puede...
Dentro le aclaró Maria_. A Francisco le encan¬tará. Créeme.
_ Pero...
_ Pamela..._ dijo Maria_. No me abandones..._ No era justo convencer a Pam por aquellos medios. Pero funcionó, se dio por vencida.
_ Tomaremos el autobús_ dijo.
Maria se lo hubiera discutido. Pero sabía que su amiga ya se sentía demasiado en deuda con ella por medio millón de dólares. Pam estaba decidida a no aumentar su deuda con una carrera de taxi.
_ Te veré dentro de una hora_ le dijo Maria.
La cocina de Esteban estaba equipada como un restaurante. Pero a Francisco le preparó unos sandwiches de crema de cacahuete y de mermelada, cortó naranjas en dos mitades, buscó unas galletas tipo caseras, y lo puso todo en una manta frente a la ventana del salón.
_ ¡Guau!_ exclamó Francisco cuando llegaron_. ¡Vamos a hacer un picnic! ¿Has visto, mamá? ¡Esto es fantástico! ¡Es como mi casa del árbol!
_ ¡Es increíble!_ dijo Pam, mirando alrededor.
_ ¿No es cierto?_ dijo Maria_. Venga. Coma¬mos.
Después de que terminaran, Maria les mostró el res¬to del apartamento. A Francisco le encantó la escalera. La examinó cuidadosamente, como si quisiera grabarla en la memoria para reproducirla en sus diseños. Le gustó la vista que tenía del parque, pero sobre todo le encantó la habitación del equipo deportivo, y el estudio que había junto a él.
_ El año que viene voy a jugar al béisbol_ dijo a su madre y a Maria.
_ Sí_ contestó Pam.
_ Y voy a patinar sobre hielo este invierno.
_ Bueno...
_ Sí_ replicó Francisco_. Cuando tenga mi nuevo riñon... Voy a tener uno. Lo ha dicho el médico.
_ ¿Sí?_ preguntó Maria.
Francisco asintió solemnemente.
_ Ha dicho que quedaré como nuevo entonces, ¿no es verdad?_ miró a su madre para que lo confirmase. Pam asintió.
_ Sí. Eso es lo que ha dicho.
Maria quería saber más cosas sobre lo que les había dicho el médico, pero pensaba que era mejor no hablar de ello delante de Francisco, así que les mostró la colec¬ción de vídeos que tenía Esteban.
_ ¿Quieres ver alguna película en la pantalla gran¬de?_ preguntó mientras se dirigía hacia la televisión.
_ ¿Puedo, mami?
_ No sé si podemos quedarnos tanto tiempo_ dijo Pam.
_ Deja que empiece a ver alguna. Si no la termina hoy, puede venir otro día.
Dejaron a Francisco sentado mirando a Indiana Jones. Y Maria sirvió dos tazas de té.
_ Cuéntame lo que te ha dicho el médico.
_ Dice que quedará como nuevo_ sonrió Pam_. De verdad, Maria. Han dicho que si consiguen un riñon compatible con el de él, será un buen candidato. Y, gra¬cias a ti, está en la lista. Van a hacerle muestras de teji¬do para saber cuándo hay un riñon compatible. Están haciendo pruebas conmigo, por supuesto, y con mi her¬mana. Y probarán con el padre de Francisco, si lo encon¬tramos. Aunque no creo que lo encontremos, ni creo que Daniel esté dispuesto a donar uno si se entera.
_ Por supuesto que sí_ dijo Maria_. ¡Francisco es su hijo!
_ ¡Como si eso le hubiera importado alguna vez!_ Pam se estremeció. Luego agregó_: No importa. Lo que importa es que habrá un riñon para él. Estoy segu¬ra. Y Francisco estará bien nuevamente_ juntó las ma¬nos y exclamó_: ¡Por favor, Dios mío!_ luego miró a Maria con un gesto de preocupación_. ¿Estás realmente bien aquí? Quiero decir, todo esto es muy boni¬to, incluso es acogedor. Pero eso puede ser algo que te atrape, simplemente. ¿Él... es bueno contigo? No po¬dría aguantar que no lo fuera.
Maria tomó las manos de Pam, le sonrió y le dijo:
_ Deja de preocuparte. Esteban es bueno conmigo.
_ Pero, ¿funciona la relación? ¿De verdad? Sé que probablemente tienes..._ se puso colorada_. Quiero decir... que compartís un buen sexo... Pero, ¿qué tal lo demás? Daniel y yo teníamos una relación sexual estu¬penda... Pero...no era más que eso.
_ Empezó así. Y es una locu¬ra, puesto que los dos somos muy diferentes. Pero... va¬mos a irnos de luna de miel.
La mirada de Pam se encendió. Apretó las manos de Maria y preguntó:
_ ¿Sí? ¿Cuándo? ¿Dónde?
_ No lo sé todavía. No me lo ha dicho. Pero... pidió que me dieran la baja. Por eso no he trabajado hoy.
_ ¿Llamó a Bruno y ni siquiera te lo dijo?_ pre¬guntó Pam, sorprendida. Maria agitó la cabeza.
_ Él es así. Hace cosas espontáneamente. En ese sentido, creo que nos parecemos_ sonrió_. Me lo dirá esta noche. Tendrá que decírmelo, porque no lo ha hecho esta mañana. Después de todo, he ido a trabajar y me he enterado allí de que me habían reemplazado.
_ ¡Guau! ¿De verdad?_ Pam pareció preocupada.
No te alarmes dijo Maria al ver que Pam ima¬ginaba algo malo_. No conoces a San Román. Él es así. De¬cidido, impetuoso, engreído.
No se parece nada a ti sonrió Pam. Maria se rio.
_ Seguramente por eso saltaron chispas cuando nos conocimos. Me lo dirá esta noche.
Pam sonrió y dijo:
_ Me alegro. Te mereces ser muy feliz, Maria. Na¬die se lo merece más que tú.
Esteban pensó que el día anterior había sido malo, pero ese era peor. Si bien el día anterior no había podido ir a buscar a Maria al trabajo y arrastrarla a la cama, hoy ella no estaba trabajando, estaría todo el día en casa.
Debería habérselo dicho por la noche, pero había es¬tado muy ocupado con su presencia para pensar en el día siguiente. Pero aquella mañana, cuando se despertó, se había sentido tentado de despertarla y hacerle el amor una vez más. No lo había hecho porque sabía que hacer el amor con ella no habría sido nada rápido. Una vez que empezaran, se alargaría eternamente.
Ella no habría tenido problema, porque habría podi¬do quedarse en casa y descansar, pero él tenía a las ocho una reunión importante por el asunto de Hernandez.
Cuando había vuelto de la ducha, Maria seguía dor¬mida. No habían dormido apenas en toda la noche, y tenía derecho a estar cansada. Le había parecido tan dulce y pacífica que le dio pena despertarla para decirle que podía volver a dormirse, porque no iba a trabajar.
Había apagado el despertador. No tenía sentido des¬pertarla y que se marchase al trabajo, cuando no tenía que ir.
Le habría molestado enterarse de que estaba de baja de aquel modo, pero Esteban confiaba en que lo com¬prendería cuando se lo explicase.
Deseaba estar con ella. Eran las seis y diez y segu¬ramente ya podría marcharse. Silvia se había ido hacía veinte minutos.
_ No vas a dejar esperando a la recién casada, ¿ver¬dad?_ le había dicho Silvia cuando había metido la cabeza en su oficina para despedirse.
No mucho tiempo le había contestado Esteban_. Pero tengo que terminar unas cosas antes de marcharme.
No quería romper su ritmo habitual, que Maria ocu¬pase su vida entera.
Generalmente, era muy meticuloso en sus negocios y calculaba todas las variables. Pero aquel día no podía concentrarse...
¿Tendría Maria ganas de que él volviera a casa? ¿Qué habría hecho todo el día?
« ¡Maldita sea! », se dijo.
Tenía que quitársela de la cabeza y concentrarse en los papeles de Hernandez.
Finalmente, a las siete menos cuarto, decidió que había ejercitado suficientemente su fuerza de voluntad. Metió los papeles en una carpeta y la guardó en su es¬critorio. Volvió a mirar el correo electrónico, y ordenó sus pensamientos por si Marcos, su ayudante, miraba su correo aquella noche. Y luego, satisfecho por haber re¬cuperado el control de su vida, y de su libido, cerró la oficina y se marchó a casa.
Maria no preparó sandwiches de crema de cacahue¬tes y de mermelada para Esteban.
No era una cocinera excepcional, pero en aquellas circunstancias quería hacer lo mejor. Así que llamó a su hermana Marta y le pidió ayuda.
_ ¿Qué clase de ayuda?_ le preguntó Marta.
Maria sabía que su hermana la quería mucho, pero no siempre se encontraban en la misma onda. Y tenien¬do en cuenta lo que no le había contado, iba a ser un poco complicado.
Necesito una o dos recetas le dijo.
_ ¿Recetas? ¿Qué clase de recetas? Creía que tú te arreglabas con comida comprada. ¿No era esa tu idea del mejor libro de cocina? ¿Pedir la comida a domicilio?
_ En general, sí_ admitió Maria_. Pero esta no¬che quiero hacer algo especial.
_ ¿Quién es él?
Aunque Marta era una periodista que se pasaba la vida haciendo perfiles de personas, no habría sido ca¬paz de adivinar quién era capaz de hacer latir el cora¬zón de su hermana. Maria se había encargado de disi¬mular sus sentimientos por Esteban...
Esteban contestó.
_ ¿Esteban qué?_ preguntó Marta.
_ ¡Esteban! ¡Tu cuñado!
_ ¿Qué? ¡Estás de broma! Maria, eso es una tontería. ¿Tú y Esteban? Dios, Raul se troncharía de risa. De verdad, ¿quién es él? Quiero decir, me alegro de que fi¬nalmente hayas encontrado a alguien que te interese por más de una semana y media, pero..._ dejó de hablar cuando vio que Maria no decía nada.
Y el silencio aumentó.
_ No estás bromeando..._ dijo Marta. Suspiró y exclamó_: ¡Oh, por el amor de Dios, Maria! Es muy atractivo e inteligente, y más brillante que Einstein. Pero está hecho de granito. Es puro hombre de nego¬cios... Probablemente duerme con traje y corbata.
_ No es así.
_ Nunca pensé... ¿Qué has dicho?
_ He dicho que no duerme con traje y corbata. La corbata es..._ Maria se rio_... opcional.
_ ¡Oh, Dios mío!_ hubo un largo silencio_. ¿Puedo darte un consejo?_ dijo Marta_. Es mejor que te alejes ahora que todavía no va en serio. Porque, créeme, cariño, Esteban no va a tomárselo seriamente. No va a comprometerse en la relación. Es un solterón cien por cien.
_ El martes se casó conmigo. Sabía que no debía haberlo dicho tan directamen¬te... Pero eran las cuatro, y Esteban volvería a casa en menos de dos horas. Y quería prepararle la cena, una deliciosa cena, para celebrar su boda y la sorpresa de la luna de miel.
Y no tenía tiempo.
_ Lo siento. Debo de haber oído mal. Me ha pareci¬do que has dicho que te has casado con él, ¿puede ser?
_ Has escuchado bien. Nos casamos el martes por la tarde.
_ El martes por la tarde, así de fácil... ¡Pero si ni si¬quiera os conocéis! ¡Si ni siquiera os gustáis! Si lo amenazaste con quitarle su corbata cuando... ¿Empezó todo ese día?
_ No. Realmente nos mantuvimos a distancia des¬pués de eso. Quiero decir, él creyó que yo iba a robar las joyas de la familia aquel día. No fue exactamente simpático. Pero fue...
_ ¿Sintió curiosidad?
_ Algo así. Y yo también. Nos encontramos varias veces luego. En el hospital, cuando nacieron Samuel y Lucia. Nos sentimos atraídos... Pero no pasó nada... Hasta la noche de tu boda. Bebimos mucho champán... Y estuvimos solos después del banquete. Teníamos que volver a Kansas para tomar el vuelo de la mañana y...
_ Puedo imaginármelo... ¿Por qué no me has dicho nada? Si has estado saliendo con él...
_ No he estado saliendo con él. Fue como... No nos vimos desde aquella noche. Quisimos olvidarnos el uno del otro, pero no pudimos.
Hasta el martes dijo Marta.
Hasta el martes asintió Maria_. Vino al estu¬dio de Bruno y me pidió que me casara con él.
_ ¿Cómo...? ¡Lo siento! Lo siento. No he querido de¬cir... Pero... espera.... ¿Tres meses? Maria... ¿Estás...?
_ ¡No! ¡No estoy embarazada! Eres tú quien estaba embarazada, Marta, no yo.
_ Bien, bien_ suspiró_. ¿Lo amas...?
_ Sí_ dijo Maria, después de respirar profunda¬mente.
Marta no dijo nada. Evidentemente, estaba inten¬tando recordar todo lo que sabía de su cuñado conser¬vador y de su impulsiva hermana de pelo púrpura.
_ ¿Te ama?_ preguntó finalmente.
No admitió Maria_. Se casó conmigo porque somos dinamita en la cama. Y porque... Porque Diego no dejaba de presentarle mujeres para que se casara.
_ ¡Oh, no!_ protestó Marta.
_ Sí. Muy a menudo le llevaba candidatas maravi¬llosas, nada parecidas a mí.
_ Pero ese no puede ser el motivo por el que se ha casado contigo. No puede ser tan necio.
_ ¡Gracias!
_ No quiero decir que tú no seas adecuada, sino que no puede haberse casado solo para que Diego lo deje tranquilo.
_ Sí. Lo ha hecho.
_ Pero...
_ Y ahora tenemos que hacer algo con esto. Algo que funcione. Que dure. Yo quiero que dure, Marta_ le dijo Maria.
_ ¿Qué quiere Esteban?
_ Creo que él también quiere que dure. Hoy ha pe¬dido que me den la baja. Fui al estudio de Bruno y me habían reemplazado.
_ ¿Qué?
Primero estaba furiosa dijo Maria_. Pero lue¬go hablé con Bruno. Esteban llamó ayer, ¡y pidió que me dieran la baja para ir de luna de miel!
Su hermana se quedó callada, pensando.
¬_ O sea, que creo que quiere que funcione, ¿no te pa¬rece a ti lo mismo?_ insistió Maria.
Deseaba con toda su alma que Marta estuviera de acuerdo con ella._ ¿No te parece?_ repitió.
_ Algo es algo. Por algo se empieza..._ contestó su hermana. Le dio un par de recetas familiares fáciles y dijo_: Prepara lasaña. A Raul le encanta. A Esteban también le gustará. Y una ensalada. Haz pan de ajo. Es fácil.
Luego le deseó suerte.
_ Gracias.
_ Si necesitas algo... Dímelo_ dijo Marta, decidi¬da a proteger a su hermana_. Si se porta mal, Raul puede darle un puñetazo de tu parte...
_ Nos irá bien. Espero..._ dijo Maria.
_ Eso espero yo también, criatura. Buena suerte.
Maria fue a comprar las cosas que necesitaba para hacer la cena. Volvió a casa y el portero la ayudó con las bolsas hasta el ascensor. Al parecer, había aceptado su presencia allí.
_ ¿Sabe? Puede pedir que se las envíen.
_ ¿Sí?_ ella no tenía ni idea de las cosas que se podían hacer_. Gracias.
Preparó la comida y puso la mesa en el salón con vistas al parque.
Estaba todo perfecto. Sería un romance en una casa en un árbol...
Y se aseguraría de que comieran antes de ir al dor¬mitorio...
¿Adonde irían de luna de miel? ¿A Jamaica? ¿A Cancún? ¿A Grecia? ¿A Italia?
Quizá Esteban pensara en un sitio aún mejor.
Le habría gustado que se lo hubiera dicho, pero no lo culpaba por no haberlo hecho. Era suficiente con sa¬ber que quería pasar una luna de miel con ella.
Las seis y cuarto. Esperó. Y esperó.
Miró la lasaña. Miró el pan. Probó el vino.
Finalmente, Esteban apareció casi a las siete y me¬dia.
Maria estaba ansiosa, nerviosa... ¡Hacía años que no se ponía nerviosa! Respiró profundamente y fue a reci¬bir a su esposo.
Había un delicioso olor a comida. Cuando Esteban entró en el apartamento, su estómago hizo ruido.
Había pensado que Maria estaría enfadada con él. Había imaginado que tendría que calmar su irritación. Y de qué modo lo haría... Sabía que perdería la corba¬ta... ¡Se moría por sentir sus dedos en sus costillas!
Se imaginaba a sí mismo tomándole las manos y besándola apasionadamente.
Y entonces, se olvidaría de todo y lo perdonaría.
Pero si primero tenía que comer una comida casera, lo haría.
En realidad, estaba sorprendido de que no estuviera enfadada.
_ Mar...
_ ¡Hola!
No había quejas, ni discusión... Pero, ¿qué importaba?
Hola contestó.
Maria tenía varios botones desabrochados y, debajo de la camisa, no parecía llevar sujetador...
_ No me dijiste que habías llamado a Bruno..._ dijo Maria, sin acusarlo.
_ Bueno, en realidad, puedo mantenerte...
_ Lo sé. Pero no lo esperaba. ¡Estoy tan contenta! Se besaron, hambrientos el uno del otro. Aquel beso los habría llevado a la cama directa¬mente. Pero Maria no lo quiso.
_ Primero vamos a comer. Comida_ sonrió_. He conseguido la receta de mi madre para hacer lasaña. Me la ha dado Marta…
Dominio, hizo un gran esfuerzo por reprimir su de¬seo.
_ Bien. Comida.
_ Espero que tengas hambre...
_ Sí, también de comida... Ella se rio.
_ Bien. Ve a lavarte y vuelve a sentarte. La cena está lista.
Él estuvo a punto de sugerir que hicieran primero una rápida incursión al dormitorio. Pero no lo hizo. Evidentemente, Maria se había esmerado en hacer la cena. Lo menos que podía hacer era disfrutarla. Lo que pasaba era que había estado todo el día deseando hacer el amor con ella… Cuando volvió del aseo vio la mesa. Estaba todo perfecto. Ella había encendido velas. El salón tenía un aspecto acogedor, íntimo. Un nido de amor.
Esteban se puso nervioso, inquieto. ¿De qué tenía miedo? ¿De sentirse atrapado en el matrimonio? Era absurdo. Ya estaba casado con ella.
_ Siéntate_ dijo Maria.
Esteban recordó el último día que habían bebido juntos, en la cena con su padre. Recordó los brindis.
Por ti dijo, después de un momento, y chocó su copa con la de ella.
Por nosotros le contestó Maria con una sonri¬sa. Luego bebió.
Esteban bebió también. Después empezó a comer lasaña, ensalada y pan.
Estaba todo excelente. Era sencillo, pero delicioso.
Realmente bueno dijo limpiándose con una servilleta.
Ella no había comido tanto como él. Parecía estar observándolo, esperando.
Bien dijo_. Me alegro. No soy muy buena co¬cinera. Pero tengo ganas de aprender.
No tienes que cocinar todas las noches dijo Esteban.
_ Eso es un alivio. Pero quiero hacer todo lo que pueda, si tú estás de acuerdo. Me preguntaba qué comi¬das te gustarían.
_ Casi todo. No soy muy delicado.
_ ¿Te gusta la comida italiana? Te gusta la lasaña... ¿Has estado en Italia? Siempre he pensado que Italia debe de ser un hermoso sitio para visitar. Nunca llegué hasta allí, ni siquiera cuando estuve en Francia. ¿Pue¬des creerlo?
Maria hablaba rápidamente, más rápido incluso de lo habitual.
_ ¿No has estado nunca en Italia?_ preguntó él, sorprendido.
Ella negó con la cabeza.
_ Hay montones de lugares que no conozco. Jamai¬ca, Cancún, las cataratas del Niágara...
Esteban pestañeó, tratando de pensar qué tenían en común esos lugares.
Tal vez fueran los únicos lugares que Maria no co¬nociera.
_ ¿Y en Alaska? ¿Has estado allí?
_ ¿En Alaska? No, jamás. Debe de ser... ¡Fantástico!
_ Es hermoso. Raul y yo hemos ido a pescar allí varias veces.
_ ¡Oh!_ Maria pareció un poco confusa, pero lue¬go sonrió y dijo_: Alaska debe de ser fantástica.
Esteban frunció el ceño. ¿Querría ir Maria con Raul y con él la próxima vez que fueran a pescar allí?
Nunca había llevado a ninguna mujer a pescar...
Tal vez podamos ir en verano dijo.
_ ¡En el verano! ¡Oh, sí! Debe de estar muy bonito entonces.
Maria se inclinó levemente y él pudo ver el naci¬miento de sus blancos pechos.
_ ¿Quieres más?_ alzó la botella de vino.
_ No, ahora, no_ dijo Esteban.
_ Sírvete cuando quieras, entonces_ se humedeció los labios.
_ ¿Quieres terminar esta comida o no?_ preguntó Esteban. Ella se rio.
_ Me estoy llenando. Creo que estoy lista para el siguiente plato.
Él pensó que no se debía referir a la comida.
_ Es hora ya..._ Esteban se puso de pie. Maria se puso de pie también. Él vio felicidad y de¬seo en sus ojos.
_ Pensé que estarías enfadada_ dijo.
_ ¿Enfadada? ¿Por qué?
_ Me olvidé de decirte anoche que había llamado a tu agente y que le había dicho que cancelara tus com¬promisos laborales.
_ Bueno, reconozco que no has tenido tacto, pero, en estas circunstancias, te perdono.
Maria rodeó la mesa, alzó las manos y le rodeó el cuello. Le besó la barbilla. Luego, los labios.
Y él la besó también. Tenía gusto a tomate y a vino. Y a ella... Aquello le hizo arder la sangre.
_ ¿En estas circunstancias?
En nuestra luna de miel dijo Maria, mirándolo a los ojos_. ¿Adonde iremos? Evidentemente, a Alaska no. Así que, ¿adonde?
Esteban se separó unos centímetros y la miró:
_ ¿De qué luna de miel hablas?_ preguntó.

Cap. 11

Maria lo miró y dijo:
_ ¿Qué quieres decir con «de qué luna de miel hablas»? ¡Le has dicho a Bruno que nos íbamos de luna de miel!
Esteban pareció incómodo por un momento. Luego agitó la cabeza.
_ Debe de haber sido un malentendido de parte de Bruno.
_ Bruno no entiende mal cosas como esa. Le pagan para apuntar esos detalles. Es su trabajo. ¿Le has dicho o no que nos íbamos de luna de miel?
_ ¡Le he dicho que estabas de luna de miel!_ ex¬clamó Esteban.
_ ¿Solo yo? ¿Tú no?
_ ¿Cuándo he tenido tiempo yo para una luna de miel? ¡Tengo que trabajar! Exigencias. Reuniones. Fu¬siones. ¡Tengo un trabajo!
_ Yo también tengo un trabajo.
_ Tú no lo necesitas ahora.
_ Pero quiero hacerlo.
Él pareció sorprendido. Luego sonrió y se rio sua¬vemente.
_ ¿Quieres estar de pie todo el día, arreglándole el pelo a la gente? ¿Quieres escuchar que unos estúpidos te griten y te digan lo que tienes que hacer y que en cinco minutos cambien de opinión?
_ Sí.
Esteban no podía creerlo.
_ Estás bromeando...
No dijo ella, cruzándose de brazos.
_ ¡Te has puesto contentísima de no estar allí hoy!
_ ¡Porque pensé que nos íbamos de luna de miel!
Él suspiró.
_ Sabes que no puedo marcharme.
_ No lo sabía.
_ Bueno, pues no puedo.
_ No quieres.
Maria pensó que para él, ella era solo un entreteni¬miento, alguien con quien pasárselo bien y disfrutar en la cama, pero no para tener una relación.
Él se quedó en silencio.
_ Veo que no lo niegas.
_ Me encantaría irme de luna de miel contigo, Maria, pero...
_ ¡Y yo quisiera que te fueras al diablo, Esteban!
Temiendo echarse a llorar, Maria se dio la vuelta y recogió los platos. Se marchó a la cocina.
Esteban la siguió. Se los quitó de las manos, los dejó en la encimera, y le dio la vuelta. Luego la abrazó.
_ ¡No!_ exclamó Esteban.
_ ¿No? ¿Que no me vuelva loca? ¿Que no me im¬porte dejar el trabajo por nada?
_ He intentado hacer tu vida más fácil. Darte un respiro. Hacerte feliz.
_ Sí, claro_ ella se quitó los brazos de Esteban_. ¿Quieres hacerme feliz? Vayamos a algún sitio. Averigüemos qué nos hace vibrar. Veamos qué más tenemos en común, además de sexo.
Maria sintió que él no la quería como ella deseaba. Solo quería algo físico.
Esteban parecía tenso, pero no contestó. Al ver que no lo hacía, ella siguió hablando.
_ ¿No? ¿No vamos a marcharnos? Me lo imagina¬ba. Bien. Nos quedaremos aquí. Pero yo volveré a tra¬bajar. Mañana. Y trabajaré todos los días que quiera; tú no me lo vas a impedir.
_ Maria, no es necesario…
_ ¡Yo decido lo que es necesario!_ tomó la fuente de lasaña y la puso en el frigorífico. Metió los platos en el fregadero y los empezó a lavar.
Hay un lavaplatos dijo Esteban.
_ Ahora tienes dos.
No hace falta que laves los platos Esteban le rodeó la cintura por detrás. Ella hizo un gran esfuerzo por no derretirse al sentir su contacto.
_ No, tú me necesitas en la cama.
_ Me gusta que estés en mi cama_ la corrigió.
_ Bueno, eso no es bueno, porque ¡ya no me tendrás en tu cama!
_ ¡Oh, por el amor de Dios, Maria! ¡Deja de ser melodramática! ¡No puedes decirme que no te gusta la cama conmigo!
Maria dejó la cazuela y se dio la vuelta.
_ Por supuesto que me gusta estar allí. Y hasta hace poco, era suficiente. Pero ahora estamos casados. ¡El matrimonio es algo más!
_ Yo no puedo dar más que eso.
Inmediatamente después de decir aquellas palabras, pareció arrepentido.
_ ¿Por qué?_ preguntó ella, serenamente.
_ No voy a dar más_ se corrigió.
_ ¡Oh, gracias!
_ ¡Dios, Maria! No es que no me gustes. Me gus¬tas. Solo que... Que no quiero involucrarme en una re¬lación.
Ella lo miró con la boca abierta.
_ ¿No quieres involucrarte en una relación? Entonces, ¿por qué diablos te has casado conmigo?
Él no contestó. Esa respuesta fue suficiente para ella.
Por el sexo dijo amargamente.
Se secó las ma¬nos en la camisa que llevaba. Le había parecido buena idea ponérsela, como si de ese modo sintiera que lo te¬nía más cerca... Como si ella fuera parte de él...
Y ahora Esteban le decía que no quería eso.
No puedo hacerlo Maria se cruzó de brazos. Esteban pareció furioso y confuso.
_ ¿Qué quieres decir con que no puedes hacerlo? ¡Lo hemos hecho!
_ No es suficiente. Ahora, no. Ya no.
_ Entonces, ¿qué quieres hacer, echarte atrás? ¿De¬volverme el medio millón?
« ¡Maldita sea! », pensó ella.
_ No puedo devolvértelo_ murmuró Maria.
_ ¿Te lo has gastado?_ él se sorprendió. Ella miró por la ventana.
_ Lo he dado.
_ ¿Qué?
Lo he regalado repitió ella, mirándolo. Esteban no podía creerlo.
_ ¿A los pobres de la parroquia de san Miguel?
_ A una amiga cuyo hijo necesita un trasplante de riñon.
Esteban pestañeó. Luego agitó la cabeza.
_ ¿Qué? ¿Qué amiga? ¿Quién es?
_ Mi amiga Pamela, que vive en el mismo edificio que yo. Su hijo, Francisco, necesita un riñon. Y no tiene seguro médico. Necesita un cuarto de millón para que lo pongan en la lista para trasplantes. Puedo darte la mitad ahora. Ya pensaré algún modo de...
_ ¡Ni loca lo harás! ¡Quédate con el maldito dine¬ro! ¡No tiene importancia!
_ ¡Para ti...!
_ ¡Para mí!_ gritó él. Luego la miró y agregó_: ¿Quieres el divorcio?
_ ¿Y tú?_ preguntó Maria serenamente. Esteban se quedó petrificado.
_ No lo sé_ contestó.
_ Cuando lo sepas, te agradecería que me lo dijeras.
_ Serás la primera en saberlo.
Gracias dijo ella fríamente, aunque su corazón estaba herido.
_ Si quieres..._ Esteban se calló.
_ No me iré hasta que pague mis deudas.
_ Te he dicho que...
_ No. Cuando hago un trato, lo cumplo. Voy a cumplirlo. Me casé contigo. Para lo bueno y para lo malo_ agregó Maria amargamente_. Pero no dormi¬rás conmigo.
Se miraron. Esteban la desafió con la mirada.
_ En este momento, no creo que sea aconsejable _ agregó Maria.
¡No le parecía que fuera recomendable!, pensó Esteban. Dio un puñetazo, juró contra el colchón y miró el techo de su habitación. La cama estaba vacia sin ella.
«Bueno, ya me dirás cuándo es aconsejable», le había dicho él sarcásticamente en la cocina. Luego se había marchado. Había recogido su maletín y se había metido en el estudio, a tratar de terminar el trabajo que se había llevado a casa para no obsesionarse con Maria.
No había podido hacer nada. Su mente no paraba de pensar en lo que había sucedido.
Mientras intentaba concentrarse la había oído gol¬pear cajones y platos. ¡Como si tuviera derecho a sen¬tirse enfadada!
Si quería un matrimonio tradicional, ¿por qué se ha¬bía casado con un hombre con el que solo había pasado una noche?, pensó.
No tenía sentido.
¡Tampoco tenía sentido que durmiese al otro lado del pasillo y que él durmiera solo!
Cuando había pasado por la habitación donde esta¬ba ella, había visto que estaba cerrada. Lo sabía porque había intentado abrirla sigilosamente, para que ella no se diera cuenta.
Eres una inmadura le había dicho.
Ella no había contestado.
« ¡Maldita sea! », pensó él.
Esteban dio vueltas en la cama. Vueltas y vueltas.
Su cuerpo la recordaba. Y no se sentía contento.
Se quitó las mantas, se puso una camiseta y salió al pasillo. No había ningún ruido en la habitación de Maria.
¿Estaría dormida? Esperaba que no, que estuviera sufriendo igual que él. ¡Así vería lo «aconsejable» que era dormir sola!
_ Bueno, ha sido la luna de miel más corta que he conocido_ dijo Bruno cuando ella lo llamó para ir a trabajar al día siguiente.
_ Pensamos que sería mejor esperar_ mintió Maria.
_ Les diré a Fernando y a Valdes que vas a trabajar nueva¬mente. Estoy seguro de que Valdes querrá que vengas ma¬ñana. Anoche estaba protestando cuando le dije que ibas a marcharte. Así que, cuenta con él. Estaremos en con¬tacto. Y te pondré nuevamente en la agenda de mañana.
Quedaba un día duro por delante. Le costaba sonre¬ír. Evidentemente, Esteban no quería una relación con ella. Solo quería una compañera de cama.
¿Y qué esperaba?
¿Amor? Era tan estúpida que esperaba eso. Así de simple. Tan optimista, que había esperado que él se ena¬morase de ella, como ella se estaba enamorando de él.
Al menos, había esperado que lo hubiera intentado.
Esteban no había salido de su estudio y, cuando lo hizo, había pasado por la habitación de ella y había in¬tentado abrir la puerta.
¡Y encima había tenido el descaro de llamarla in¬madura!
Lo había escuchado moverse en su habitación, ha¬cer ruido para demostrarle que estaba molesto.
¡Le daba igual!
Apenas había dormido. Y cuando consiguió echar una cabezada, había soñado con que hacía el amor con él.
Luego, sobre las cinco y media, había oído la du¬cha.
« ¿Tienes que empezar temprano, hoy? », pensó con acritud.
Furiosa, se tapó con las mantas hasta la cabeza y se puso la almohada encima para no oír más sus movi¬mientos.
Luego se duchó y se vistió.
«No tiene nada de romántico ponerse una camisa de Esteban», pensó. En realidad, más bien tenía ganas de quemárselas todas.
Lamentó haberle confesado sus sentimientos a Marta. Ahora su hermana se preocuparía.
Decidió ir a verla antes de que se le ocurriese me¬diar al enterarse de lo ocurrido.
Compró unos sandwiches y se acercó a almorzar con ella.
_ No tendrás náuseas, ¿verdad?_ le preguntó a su hermana.
Hacía un año, aproximadamente, Marta había abierto la puerta y, cuando olió los sandwiches, tuvo que salir corriendo al cuarto de baño.
_ Afortunadamente, no. Aún, no. Menos mal. Samuel y Lucia no tienen ni seis meses; sería un engorro tener náuseas. Pasa. ¿Qué tal fue la cena?
De eso quiero hablarte dijo Maria. Entró y ce¬rró la puerta.
Marta se puso furiosa, por supuesto.
_ ¡Es un desgraciado!_ exclamó cuando Maria le hizo un resumen de lo ocurrido_. ¿Dijo directamente que no quería tener una relación contigo?_ preguntó. Se paseó de un lado a otro de la sala con Samuel en brazos.
_ Sí_ Maria puso los sandwiches en la mesa. Marta alzó a su hijo y le dijo:
_ Tu tío es idiota. ¡Ojalá no seas como él!
_ Por supuesto que no lo será_ dijo Maria_. Será como Raul.
_ ¡Oh, eso sí que es un consuelo!
Ha recapacitado le recordó Maria.
Raul no había querido saber nada al principio, cuando se enteró de que Marta estaba embarazada de los gemelos. Sin embargo, después había recapacitado, y en aquel momento, era un esposo y padre ejemplar.
Entonces hay esperanza dijo Marta. Se sentó cruzada de piernas en el piso y puso a Samuel al lado de ella.
_ Comamos rápido, antes de que se despierte Lucia_ tomó un sandwich.
Maria se sentó frente a ella y tomó otro.
_ Recapacitará, igual que Raul_ prometió Marta.
_ Eso lo dices ahora. No parecías tan confiada hace seis meses_ le recordó Maria.
_ Bueno, no lo estaba. Pero Raul tenía motivos para no querer involucrarse en una relación.
_ Supuestamente, Esteban también los tiene.
No ha muerto su esposa dijo Marta_. Y tam¬poco ha perdido un hijo no nacido.
Raul sí los había perdido, recordó Maria.
_ Lo dejaron plantado en el altar. Eso debe doler.
En silencio, ambas pensaron en lo horrible que de¬bía haber sido, sobre todo para un hombre tan orgullo¬so como Esteban. Y en aquel momento Maria se dio cuenta de por qué él no quería involucrarse en una rela¬ción.
Pero no era un consuelo para ella.
Samuel movió los bracitos adelante y atrás, tratando de alcanzar el sandwich de su madre, hasta que se puso a llorar. Marta lo alzó y dejó de hacerlo. Cuando se calmó, su madre lo volvió a dejar en el suelo.
_ Tienes que hacer eso con Esteban.
_ ¿Qué? ¿Alzarlo en brazos, tranquilizarlo y asegu¬rarle que estará bien?_ dijo Maria, burlonamente.
_ Tienes que estar allí cuando te necesite_ insistió Marta.
_ Como hiciste tú con Raul, ¿quieres decir?
_ Sí.
_ ¿Y crees que Esteban, como Raul, verá la luz?_ preguntó Maria.
_ Bueno, él y Raul son diferentes. Esteban es un poco más duro. Más hombre de negocios. Pero no creo que se sienta peor que Raul por la muerte de su esposa, ¡por el amor de Dios!
_ Tal vez no. Pero eso no quiere decir que se vaya a enamorar de mí. Raul era amigo tuyo...
_ Las relaciones tienen que empezar de alguna ma¬nera_ la interrumpió Marta.
_ Bueno, Esteban y yo empezamos en la cama, y no creo que eso sea mejor que ser amigos.
_ Pero seguramente no será imposible. ¿Dónde está tu optimismo? ¿Y tu confianza en ti misma?
_ Creo que los perdí anoche.
_ ¡No te des por vencida!_ exclamó Marta_. ¡No puedes!
_ Hace poco me decías que Esteban era un caso perdido.
No lo es dijo Marta.
_ ¿Cómo lo sabes?
_ Porque se ha casado contigo. No se habría casado contigo si no hubiera sentido algo.
_ ¡Es posible que se haya casado conmigo porque no sentía nada, y prefería que fuese así!
_ ¿Realmente crees eso?
Maria se quedó pensando y luego contestó:
_ No. Pero...
_ Entonces, dale una oportunidad_ dijo Marta.
_ ¿Lo levanto en brazos y lo consuelo?
_ Será suficiente con estar ahí.
Proximidad. Maria quería creerlo. Quería tener esperanza, pero tenía miedo.
_ ¿Y si... y si no funciona?_ preguntó, con un nudo en la garganta.
_ ¿Qué vas a perder?_ preguntó Marta amable¬mente.
«Visto así...», pensó Maria.
_ Tienes razón_ contestó al fin.
Cuando Esteban abrió la puerta, le llegó un olor delicioso. Como la noche anterior.
¡Dios! No quería una repetición de aquella noche.
Claro que no se repetiría, probablemente, Maria ha¬bría cocinado para ella sola, y habría comido ya.
Había tenido una reunión con Silvia y dos hombres más hasta las seis y media. Luego se había tomado tiempo para repasar lo que habían hablado y las notas que había tomado. Lo hizo tan concienzudamente como antes de estar con Maria, cuando su mente no es¬taba nublada por el deseo.
Se había dicho que aquella noche no estaba nubla¬da. Pero no era cierto.
No dejaba de pensar en ella...
El deseo de saber si Maria estaba en casa, al menos, lo había hecho regresar al piso. Y había sentido un gran alivio cuando puso la llave en la cerradura y le llegó aquel olor, y la música del equipo.
Dejó su maletín y luego lo recogió, decidido a ir di¬rectamente al estudio. Pero Maria salió de la cocina en ese momento. No llevaba su camisa, pero le extrañó que tuviera una ropa normal, a excepción de su pelo.
_ He preparado carne con salsa. ¿Te apetece co¬merla?
_ Eh... Está bien. Iré a dejar el maletín_ dijo, algo confuso.
_ Sí. Vamos a comer en la cocina_ Maria desapa¬reció otra vez.
Se quedó mirándola un rato antes de ir al estudio, se lavó y fue a la cocina.
Ella había servido la comida y estaba sentada a la mesa de la cocina.
Alzó la mirada cuando entró él, y volvió a mirar su plato.
Esteban se sentó enfrente.
_ Tiene buen aspecto. ¿Es otra de las recetas de tu madre?
No estaba acostumbrado a hablar de cosas insignifi¬cantes con ella. Se sentía un poco estúpido.
Maria asintió y dijo:
_ Marta me la ha dado. Antes no me interesaba la cocina.
« ¿Antes de qué? », le habría preguntado el.
_ Está muy bueno_ dijo cuando lo probó. Maria sonrió sinceramente.
_ Hay mucho. Probablemente nos dure toda la se¬mana_ dijo.
Él notó que había dicho «nosotros», y «semana». No parecía que fuera a abandonarlo.
La comida le supo mejor después de aquello.
Comió dos platos, bebió vino, y ninguno de los dos mencionó la noche anterior.
La miró detenidamente por encima de la copa. Siempre que miraba a Maria estaba calculando cuándo se la llevaría a la cama, y qué sucedería allí.
Pero sabía que aquella noche no sucedería.
No obstante, no podía dejar de mirarla. Sus mejillas suaves, la piel blanca de su cuello...
Ella no miraba más que la comida; no le prestaba atención, así que Esteban empezó a hablar, a contarle algo que había sucedido en la oficina. Luego se calló. Y también se concentró en la comida.
Cuando terminaron de comer, Maria se puso de pie.
_ Yo recogeré los platos. Estoy segura de que tie¬nes trabajo que hacer_ dijo bruscamente. Era cierto, tenía trabajo, pero algo lo retuvo.
_ Te ayudaré con los platos_ dijo.
Él mismo se sorprendió de su reacción.
« ¿Para qué lo hago, si no voy a conseguir nada esta noche? », se preguntó Esteban. ¿De puro masoquista?
Ayudó a recoger la mesa y, cuando ella enjuagó los platos, llenó el lavavajillas.
Cuando estaban terminando y él puso la última fuente, Maria se secó las manos con un trapo de cocina.
_ Mañana voy a trabajar con Bruno nuevamente_ habló con determinación. Luego hizo una pausa como si esperase que él se opusiera. Al ver que Esteban no decía nada, agregó_: He pensado que sería mejor de¬círtelo antes.
Esteban no sabía cómo interpretarlo, si como una forma de demostrarle cómo se debían hacer las cosas, a modo de reproche de su actuación, o como un gesto conciliador.
Haz lo que te parezca dijo.
_ Eso intento.
Se miraron un momento. Luego ambos desviaron la mirada.
_ Buenas noches, entonces_ dijo Maria. Se dio la vuelta y se marchó hacia las escaleras.
Esteban la miró marcharse. Observó su forma de balancear las caderas con aquellos vaqueros ajustados, y sintió una punzada de deseo.
_ Maria..._ dijo, antes de poder evitarlo. Ella se detuvo.
_ ¿Qué?
Hubo un momento de silencio. Luego Esteban agi¬tó la cabeza y contestó:
_ Nada. Buenas noches.

Cap. 12.

_ ¡UNA luna de miel muy corta!_ dijo Valdes cuando Maria fue a trabajar a la mañana siguiente_. ¿Va todo bien?
Por supuesto ella sonrió_. Solo pasa que a Esteban le surgió una cosa. Ya sabes cómo son los ne¬gocios. Decidimos postergarla,
_ Bueno, id a algún sitio romantico_ le aconsejó Bruno_. Mi mujer, las niñas y yo fuimos a Bora Bora.
_ ¿A Bora Bora? ¿Cómo se te ocurrió...?
_ Todo empezó como una broma_ sonrió él_. ¿Te acuerdas cuando mi hermana me dejó a Tansy y a Pansy, sus dos caniches? Lo hizo para que poder irse a Bora Bora con un chico. Paula y yo nos quedamos con las perritas mientras ella se lo pasaba bien por ahí. Nosotros también lo pa¬samos bien_ volvió a sonreír al recordarlo_. Luego, cuando Paula y yo decidimos casarnos, yo propuse ir a Bora Bora de luna de miel y llevar a las niñas_ se en¬cogió de hombros_. Y me lo hizo cumplir.
Paula seguramente lo habría hecho. Era una mujer con fuerza.
_ No hay nada como un poco de mar, arena y sol para empezar un matrimonio con buen pie_ siguió Bruno, con la mirada de nostalgia puesta en la distancia.
A Maria todo aquello le pareció maravilloso.
Es una buena idea dijo. No aclaró que Esteban no tenía ninguna intención de empezar un matrimonio con buen pie.
Aquella noche llegó tarde del trabajo porque el re¬presentante de la agencia de publicidad había cambiado varias veces de opinión; eran casi las siete.
Esteban estaba de pie en la entrada de la cocina. Su pelo, normalmente bien arreglado, estaba despeinado, como si se hubiera estado pasando la mano por él. Su corbata estaba floja y tenía abierto un botón de la camisa.
_ ¿Dónde estab...?_ empezó a preguntar Esteban. Luego se interrumpió cuando la vio dejar la caja de su instrumental en el suelo. Respiró profundamente y dijo_: ¿Has trabajado hasta tarde?
¿Habría estado preocupado? Maria no lo creía. Ella tenía todas las cosas en la habitación de arriba.
_ Sí. Por culpa de Valdes, como siempre. Nunca se decide_ asintió.
Esteban sonrió débilmente.
_ Yo también he tenido directores como él. Por poco tiempo.
_ Bueno, me gustaría que Valdes trabajase para ti. Podrías despedirlo...
He comprado comida china dijo Esteban_. Supongo que hoy me tocaba a mí la comida, pero he venido demasiado tarde a casa para pensar qué podía hacer.
Maria se sorprendió. ¿Iban a cocinar juntos?
_ Espero que te guste la carne de Mongolia y el chop suey de pollo. También he comprado rollitos de primavera y sopa de codorniz_ dijo, como esperando una respuesta.
Maria asintió.
_ Suena... Fantástico. Yo lavaré.
La cocina estaba llena de envases de comida. Esteban le hizo señas de que se sentase; luego, se sentó frente a ella.
Maria no había comido en todo el día; tenía hambre y estaba agotada. Al probar el primer bocado, se sor¬prendió.
_ ¿Pasa algo malo?_ quiso saber él.
_ No. ¡Está tan bueno...! Gracias_ ella sonrió.
Esteban sonrió también. Y por unos segundos, Maria sintió una cercanía más profunda que la que habían compartido con el sexo. Luego Esteban se inclinó y empezó a comer.
Cuando saciaron el hambre, Maria empezó a hablar. Podría haberse callado por una noche, pero no era su estilo no hablar durante las comidas. Le contó la histo¬ria de Valdes.
Esteban sonrió y rio también.
Cuando terminaron, dijo Maria:
_ Tengo ganas de tomar una taza de café. ¿Tú quie¬res?
De acuerdo contestó él.
Recogieron la cocina mientras se hacía el café. Maria se lo llevó al salón para tomarlo mientras miraba por el ventanal.
Nunca había podido ver las estrellas en el cielo de la capital. La ciudad estaba tan llena de luces artifi¬ciales que no se podían ver. Pero ella, nunca había deja¬do de añorarlas, como en el cielo de Veracruz.
Deseó ver las estrellas y que su relación con Esteban funcionase.
Esteban se acercó a ella y se quedó de pie a su lado.
Antes de la discusión, él le habría quitado la taza de las manos y la habría estrechado entre sus brazos. La habría besado y habría acariciado esos pezones tan sen¬sibles. Y ella habría reaccionado del mismo modo. Le habría desabrochado eficientemente los botones y le habría quitado la corbata. Habría jugado con la seda y con él.
Maria se quedó quieta. Esperaba que él no la tocase, porque lo deseaba tanto como siempre, pero quería algo más que sexo, y él no estaba dispuesto a dárselo.
_ El café estaba muy bueno, gracias_ dijo Esteban_. Gracias.
_ Gracias... por la cena.
Se quedaron quietos y en silencio en la habitación en penumbra, sin mirarse.
Tengo que trabajar dijo luego Esteban.
Por supuesto contestó ella. Esa noche en la cama, Maria intentó ser positiva en sus pensamientos.
Esteban intentó no pensar en ella, pero no pudo.
Se decía que no debía importarle que ella estuviera en su cama o no. Con su matrimonio, había logrado que su padre lo dejara en paz... Porque ahora tenía una esposa. Que estaba al otro lado del pasillo.
Apretó los puños. Se moría de deseo por ella. Pero no quería presionarla, porque tenía miedo de que ella se marchase.
También se decía que eso tampoco le importaba. Y durante veinticuatro horas había logrado convencerse, pero cuando había vuelto a casa y no la había encontra¬do, se había sentido desolado.
Como había salido temprano de la oficina, había pa¬rado a comprar comida china, aunque pensaba que ella no querría comer con él. Maria había vuelto a trabajar con Bruno ese día, y él había querido llegar a casa tem¬prano para decirle que no se molestase en preparar comida. Pero se había encontrado con que ella no había regresado. La había esperado durante una hora y no había vuelto. Se había puesto nervioso, preocupado... ¿Le ha¬bría pasado algo?
¿Lo habría abandonado?
Había subido corriendo a la habitación donde Maria tenía sus cosas. Allí lo asaltaron imágenes de su fallida boda con Carina... Suspiró aliviado al ver que todo se¬guía allí.
«Por ahora», se dijo a sí mismo. Tal vez estuviera organizando su mudanza, simplemente.
Había ido de un lado a otro de la casa durante me¬dia hora más, preguntándose si debía salir a buscarla. Se había reprochado su propia estupidez, y luego había oído la llave en la puerta.
Cuando la vio, abatida y agotada con aquella caja de materiales, sintió un alivio inmenso.
Después se había enfadado consigo mismo. ¡Como si no pudiera sobrevivir sin ella!, pensó, irritado.
No obstante, a medida que transcurrían los días, se alegraba de que ella estuviera allí.
Le sorprendía, ahora que no compartía la cama con ella, ver que admiraba otras cosas en Maria.
Sabía por experiencia lo que quería a su hermana. Pero ahora veía lo mucho que quería a sus amigos. Por ejemplo, el increíble regalo que le había hecho a aque¬lla amiga con su cheque. Había sido por una buena causa. Siempre estaba ocupada haciendo algo para otros.
Un día le había regalado un patito al hijo de su vecino Cristobal Mendoza.
_ ¿Es su cumpleaños?_ le había preguntado. Maria había agitado la cabeza.
_ A Benjamin le gustan los patos. Y ayer vi este y no me pude resistir.
Un día había comprado galletas de la Fortuna para él.
_ ¿Para qué son?
A ti te gustan le había contestado_. Siempre las estas comiendo.
Era cierto. Le gustaban. Y nadie se había dado cuen¬ta antes.
_ Bueno, gracias_ le había dicho.
_ ¿Y cuál es tu fortuna?
No es la fortuna lo que me gusta hablaba con la boca llena.
_ Bueno, aun así...
Esteban había abierto el minúsculo papel y le había dicho:
_ No espíes.
Esa era otra cosa que le gustaba de ella. Miraba de frente. Y hacía lo posible por disfrutar de la vida, y para que otros la disfrutasen.
Una mañana, le había dicho que llegaría tarde por la noche. Que no estaría para cenar.
_ ¿Tienes una cita?_ e había preguntado, sin po¬der reprimirse.
_ Le he dicho a Marta que me quedaría con los mellizos para que pudiera salir a cenar con Raul. Les hace falta un tiempo para ellos solos.
_ ¡Oh!_ había exclamado él.
Se sintió estúpido. Jamás se había figurado la exi¬gencia que podía llegar a ser tener mellizos.
Ese día había intentado no pensar en ello ni en Maria. Había pensado que le haría bien estar un día sin ella. Si se había arreglado sin ella durante años, ¿por qué no lo iba a hacer ese día?
Luego, se preguntó si ella lo necesitaría.
Así que llamó a casa de su hermano y le preguntó a Maria si le gustaría que él llevase allí la cena.
_ ¿Tienes tiempo?_ preguntó ella, sorprendida.
_ Tengo que comer. Me da igual hacerlo contigo.
_ Bueno, ya que eres tan amable, no puedo negar¬me.
No había querido ser sarcástica. Solo había emplea¬do un tono jocoso, pero a él lo había hecho sentir aver¬gonzado por su rudeza.
Cuando había llegado a casa de Marta y Raul, se había encontrado con que Maria había puesto la mesa en el jardín.
Es agradable este lugar dijo ella_. Como estar en el campo.
Después de cenar, se había estirado en el sillón del jardín y había columpiado a Lucia en su regazo, jugan¬do y riendo con ella.
Maria parecía joven, feliz, y muy maternal cuando jugaba con Lucia. La vio reír, y frotarle la nariz y darle besitos a su sobrina en la tierna barriga.
Tenía un don para los niños. Le hizo preguntarse si ella querría tener hijos.
Nunca habían hablado de eso. En realidad, no habían hablado mucho de nada.
Había tirado una pelota a Samuel, que estaba senta¬do en el patio, jugando con una cuchara. El pequeño la golpeó con la cuchara.
_ ¡Guau! ¡Mira que golpe! ¡Va a ser jugador de béisbol!_ había dicho Maria, con una sonrisa. Él no pudo evitar sonreír también.
_ Por supuesto que será un jugador de béisbol. To¬dos los varones de la familia San Román juegan al béisbol.
_ ¿Tú también?
_ Por supuesto. Formé parte del equipo de semifi¬nales en el instituto. Ganamos una vez_ le había con¬tado él, contento de ver que ella se sentía impresiona¬da.
_ ¿Jugaste en la universidad?
_ No. No tuve tiempo. Empecé a trabajar para la empresa entonces, y encima estaba estudiando Comunicaciones y Económicas. El béisbol era solo un juego. Y mi padre pensó que era hora de que creciera.
_ Tu padre no debería meterse tanto en tu vida_ había murmurado Maria.
Esteban lo había pensado muchas veces. Pero nun¬ca se había atrevido a decirlo en voz alta.
_ La empresa es importante. La creó mi padre con el sudor de su frente. Puso mucho trabajo y empeño en ella. Y es nuestro sustento. Yo tenía que aprender desde abajo.
_ No digo que no lo sea. Solo digo que no está bien que no hayas jugado a la pelota si querías hacerlo.
Uno no consigue siempre lo que quiere había respondido.
No siempre Maria columpió a Lucia una vez más_. Hay que pensar si merece la pena luchar por algo.
Aquellas palabras quedaron en la mente de Esteban todo el día, y durante los días siguientes.
Realmente, le habría venido bien saber lo que que¬ría.
Antes había creído que lo sabía: sus negocios, libe¬rarse de la tiranía de su padre y una esposa que supiera cuál era su lugar: la cama.
Pero cuanto más tiempo pasaba con Maria, menos lo sabía. A pesar de su resolución de no involucrarse en una relación con ella, pasaban bastante tiempo juntos, y la verdad era que le gustaba, tanto en la cama como fuera de ella.
Le había encantado cuidar a los niños de Marta y Raul con ella.
Después de cenar podría haberse marchado, pero había seguido allí. Había estado viendo un partido por la televisión. Y ella había calentado los biberones y luego se había acercado a él, con Samuel en brazos, y le había dicho:
_ Dale tú el biberón.
_ ¿Qué? ¿Yo?_ Esteban había sentido pánico y había intentado devolverle el bebé.
Pero Maria se había negado y le había dicho:
_ Necesita un poco de afecto de un hombre. Ade¬más, yo solo tengo dos brazos, y voy a darle de comer a Lucia. Relájate. Eres su tío. El niño te quiere.
Esteban no tenía demasiada experiencia en cariño. No estaba seguro de creer en él, después de lo de Carina. No había podido arriesgarse a abrir su corazón al amor.
Sin embargo, era mezquino no ocuparse de un niño indefenso.
Acarició la mejilla de Samuel. Luego alzó la mira¬da y vio que Maria lo estaba mirando.
Ella le había sonreído. Fue una sonrisa cálida, ínti¬ma. La misma mirada satisfecha que tenía después de hacer el amor con él. Como si solo ellos dos estuvieran compartiendo algo especial.
Esteban intentó endurecer su corazón. No quería aquello. ¡No!
Entonces, ¿qué diablos estaba haciendo allí?
No lo sabía realmente.
Antes, Maria había pensado que estaba enamorada de él. Pero no había sido nada comparado con lo que sentía ahora. Cada día que pasaba con Esteban su amor crecía. Cada vez encontraba más cosas que le gustaban de él. Y por supuesto, lo seguía deseando.
Ella había pensado que Esteban era un hombre arrogante que, por trabajar en el piso cincuenta y tres, miraba al resto del mundo desde arriba. Y había decidi¬do bajarlo de su trono.
Él se había sentido intrigado por esa actitud de ella.
Una vez le había preguntado:
_ ¿Se inclinan todos cuando te ven?
_ Los hombres se inclinan. Las mujeres hacen una reverencia_ había contestado él.
Ella no se había dado cuenta de que era una broma. Más tarde había descubierto que con aquella respuesta él se había querido reír de sus prejuicios.
Definitivamente, había encontrado su pareja.
Amaba la decisión y la fiereza de Esteban, su dedi¬cación al trabajo. Su seco sentido del humor, su inge¬nio. Amaba cómo se comportaba con Samuel y Lucia, cariñoso, tierno...
Lo amaba.
Y le molestaba que él no quisiera amarla. Que no la quisiera más que para la cama.
Pero estaba decidida a enseñarle a amar. Y pensaba que tal vez estaba aprendiendo.
La había ayudado a cuidar a los niños, había ayuda¬do a recoger la mesa...
_ Mi madre decía que los varones tenían que ayu¬dar también.
_ ¡La felicito! Me hubiera gustado conocerla.
Esteban le había hablado de su madre y de su pa¬dre. De sus tres hermanos...
Esteban era el mayor, el responsable, y había car¬gado con ello. Y después de la muerte de su madre, su padre le dejó su lugar en la empresa.
Un día, ella le había explicado por qué le gustaba su trabajo.
_ Me gusta que la gente se vea bien. Que se sientan bien consigo mismos. Me gusta complacerlos, y traba¬jar con el pelo. Y me gusta la gente con la que trabajo. Hasta el loco de Valdes.
_ Perdona que lo dude..._ había respondido él.
_ Bueno, casi todos me caen bien.
A sus compañeros de trabajo los veía a menudo. Pero a Pam y Francisco no. Hablaba con ellos por teléfono, y el niño insistía en que fuera a ver películas con ellos.
_ ¿Por qué no los invitas a que los vean aquí?_ le había dicho Esteban_. A mí no me molestarán. Yo estaré trabajando en el estudio. Además, seguro que a Francisco le gustará verlo en el televisor grande.
Francisco se sintió fascinado cuando llegó.
Le habían hecho todas las pruebas. Todo estaba muy bien. Excepto que su madre no era compatible como donante. Y su tía tampoco.
_ Así que tendremos que esperar hasta que encon¬tremos uno compatible.
_ Aparecerá, no te preocupes_ le aseguró Maria.
Eso espero dijo Pam.
_ Mira, mamá. Es como estar en la casa de un ár¬bol..._ no paraba de decir Francisco.
_ Shhhhh... Vas a molestar al marido de Maria. Está trabajando arriba.
Se había marchado a su estudio inmediatamente después de la cena. A Maria le habría gustado invitarlo a quedarse, pero al ver que tenía tanta prisa por mar¬charse, no había querido detenerlo.
En una pausa de la película, Esteban apareció y les preguntó:
_ He pensado hacer palomitas. ¿Queréis? Francisco saltó y contestó:
_ ¡Sí!
Hicieron palomitas de maíz y luego se sentaron los dos en el sofá.
Maria y Pam se miraron y agitaron las cabezas.
Cuando terminó la película, Francisco y Esteban ha¬blaron de los diseños del niño, de cuánto se parecía la casa de Esteban a su casa en el árbol.
Luego, Esteban había ido a buscar dibujos de casas de cuando era pequeño, y habían intercambiado opinio¬nes.
Y el pequeño se había quedado fascinado.
_ Creía que Esteban era un desgraciado..._ le dijo Pam cuando fueron a la cocina a preparar un cacao mientras «los hombres» hablaban de sus planos.
_ Oculta muy bien sus virtudes.
Me gusta Esteban había añadido Pam.
_ A mí también.
Cada vez se sentía más enamorada.
Una noche, Esteban llegó temprano.
_ ¿No tenías una reunión?
_ La he cancelado.
_ ¿Por qué?
_ La hija de Silvia tenía una función de baile.
Maria se quedó perpleja. ¿Había cancelado una reu¬nión de trabajo para que su secretaria pudiera ir a una función de baile de su hija?
_ Podemos reunimos mañana por la mañana tem¬prano. El trabajo se hará de todos modos.
Por supuesto dijo Maria.
Se acercó a darle un beso, y luego se detuvo. No podía hacer eso, salvo que estuviera dispuesta a la inti¬midad con él.
Lo que quería era que la amase, pero él no estaba preparado para que se lo dijera.
Era difícil mantenerse a distancia de él.
El día anterior la había llamado para decirle que lle¬garía tarde. Se había tomado la costumbre de avisarlo cuando no iba a ir a cenar.
Tengo que pasar por el hospital le había dicho. Maria sintió pánico.
_ ¿Por qué? ¿Qué sucede?
_ Nada importante. Mi secretaria, Silvia, ha tenido un bebé esta mañana, nada más. Le he dicho que pasa¬ría a verlos. ¿Te parece que lleve al bebé una gorra de mi equipo de béisbol?
_ Me parece que es un poco pronto, pero si quie¬res... Dale la enhorabuena a tu secretaria y a su marido de mi parte. ¿Cómo le han puesto al bebé?
_ Elena. Es una niña.
Probablemente sería la única niña que volviera a casa con una gorra de su equipo, había pensado Maria tras colgar el teléfono, sin poder reprimir una sonrisa.
Pensó en un niño con los ojos azules de Esteban, y su pelo negro... Un niño que usara el tamaño más pe¬queño de gorra...
Solo era cuestión de irse a la cama con Esteban...
Él también la deseaba. La miraba con el mismo de¬seo. No hacía falta que se lo dijera. Lo veía en sus ojos.
Ese día, cuando Esteban volvió del hospital y le contó que era él bebé más feo que había conocido en su vida, y que había sido una suerte que le hubiera llevado la go¬rra porque de ese modo había distraído la atención de la gente, ella se había reído como nunca... Y se habían mirado, y las llamas del deseo se habían alzado entre los dos.
Pero ella no había cedido a su deseo. Porque no solo quería un hijo suyo, sino que quería su amor.
_ Tu padre por la línea uno_ le dijo Silvia la ma¬ñana siguiente.
Esteban lo atendió relajadamente ese día. Diego no lo había agobiado desde que se había casado, pero sabía que no duraría mucho tiempo.
_ ¡Papá! ¿Qué ocurre? ¡Hace tiempo que no sé nada de ti!
_ He estado ocupado. Tenía que arreglar un ban¬quete.
_ ¿Se casa alguien?
_ Tú te has casado_ contestó Diego_. Así que he pensado que debería regalarte un banquete de boda.
_ ¿Qué? No hace falta...
_ Por supuesto que sí. Tenemos que presentar a tu esposa a nuestros amigos. ¿No crees?
No es necesario empezó a decir otra vez Esteban.
_ Por supuesto que sí. A no ser que te avergüences de ella.
_ ¡No me avergüenzo de Maria!
_ Pero, ¿estás casado con ella?_ preguntó Diego con un cierto toque de desesperación.
_ ¡Por supuesto que estoy casado con ella! ¿Qué diablos te crees? ¿Que la llevé allí para hacer una re¬presentación?
_ Te has casado con ella para molestarme, ¿ver¬dad?_ preguntó Diego serenamente. Esteban se pasó la mano por el pelo.
_ La razón por la que nos hemos casado es asunto mío y de ella.
_ ¡Maldito idiota!_ le respondió su padre.
_ Más tonto habria sido permitiendo que me dijeras con quién me tenía que casar, ¡y como organizar mi vida!
_ ¡ Así que preferiste casarte con alguien totalmente inapropiado para no dejarme interferir!
_ ¿Quién dice que ella es inapropiada?_ preguntó Esteban furioso, algo que a él mismo le sorprendió.
_ Tú crees que ella encajará bien, ¿no? ¿Que no la mirará nadie cuando se siente en la junta directiva de la Fundación de Caridad? ¿Que nadie mirará de reojo a la mujer de pelo púrpura que forma el consejo de admi¬nistración del hospital?
_ ¿Y por qué les tiene que importar el color de su pelo si nuestro dinero es verde como el de los demás?
No es a ellos a quienes les va a importar dijo Diego_. ¡Es a la junta directiva del hospital!
_ ¡Peor para ellos!
_ « ¡Peor para ellos! »_ repitió Diego burlándose de él_. ¡Por el amor de Dios, Esteban!
Esteban estaba furioso. Maria valía diez veces más que cualquier mujer de esas.
_ Tienen que aprender a ver lo que hay debajo de las apariencias. Tienen que despertar y darse cuenta de que no todo el mundo se viste como ellos.
_ ¿Y te casaste con ella para enseñárselo?
_ Por supuesto que no, pero...
_ No. Te casaste con ella para irritarme. Y yo me pregunto... ¿te has parado a pensar lo que puede afec¬tarle a Maria todo esto?
¿Ahora quería poner a Maria como a una víctima?, se preguntó Esteban.
_ ¡No tenía obligación de aceptar!_ exclamó.
_ ¿Y por qué lo hizo?
Fue como si le hubiera dado un puñetazo en el vien¬tre.
Vete al infierno dijo Esteban entre dientes.
Lo siento respondió rápidamente su padre_. No he querido decir..._ carraspeó, pero se calló_. Voy a hacer un banquete para ti, Esteban. Para Maria y para ti.
_ ¿Para qué? ¿Para hacerla sentir mal?
_ Si crees eso, no eres mi hijo.
_ Entonces, ¿por qué?
_ Para mostrar un poco de solidaridad familiar. Es tu esposa. Es mi nuera. Ahora es parte de la familia San Román.
_ ¡Qué suerte tiene!_ murmuró irónicamente Esteban_. Está bien. Celebra un banquete e invita a toda la maldita ciudad, si quieres.

Cap.13
_ ¿Un banquete?_ preguntó Maria. Estaban caminando por el parque un domingo por la mañana. Había sol. La gente paseaba con los perros y los niños.
_ ¡Qué considerado!_ comentó.
Esteban no pensaba lo mismo. Conocía a la gente que iría; la mayoría no serían de la familia, y muchos criticarían a Maria por su pelo y su ropa.
A él no le importaba, pero sabía que podrían inco¬modarla con su desprecio.
El problema era que no sabía cómo evitarlo, a no ser que le pidiera que se tiñera el pelo de otro color y que usara ropa de diseño... Y si le decía eso, Maria pensaría que él se sentía incómodo con ella.
Y no era eso. Solo que le molestaba que los mira¬sen. Como esa misma mañana, en que ella iba pasean¬do a su lado con una blusa rosa fluorescente, pantalo¬nes de piel y un sombrero de ala ancha, y él, vestido con ropa clásica.
Seguían durmiendo en habitaciones separadas. Maria hablaba con él, reía con él, cocinaba con él, veía la televisión con él. Pero no lo tocaba desde la noche de la pelea. Y de eso hacía dos semanas.
_ ¿Cuándo es el banquete?_ preguntó Maria_. ¿Y dónde?
Diego había llamado esa misma mañana para de¬cirle que lo celebrarían el viernes siguiente en Nueva york. Había al¬quilado un yate. Harían una cena en un crucero por la isla de Manhattan y el East River, y bajarían en la Esta¬tua de la Libertad.
_ ¡Fantástico!_ exclamó ella_. ¡Qué romántico, con el atardecer y el horizonte como paisaje de fondo!
_ Y trescientos accionistas de mi padre.
_ ¡Guau! ¡Son un montón! Pero Marta y Raul irán, ¿verdad? Esteban asintió.
_ Y también Noel, mi otro hermano. Mi padre me ha dicho que se lo ha propuesto y que, aparente¬mente, vendrá.
Noel, el segundo de los tres hermanos, era fotó¬grafo y nunca había estado demasiado interesado ni en el negocio familiar ni en la familia.
_ Tengo ganas de conocerlo. ¿Es como tú?
_ Más bien como tú_ le contestó Esteban_. No lleva traje.
_ ¡Dios mío!_ se rio Maria_. No obstante, será divertido, ¿no crees?
Esteban se esforzó por sonreír.
_ Seguro. Será fantástico_ contestó.
Era viernes a las seis de la tarde, la hora señalada. Para Maria, ese era un momento de pánico. Habían subido al yate hacía media hora.
_ ¿Un yate? Parece un trasatlántico_ había dicho Maria al ver el barco.
Esteban también estaba nervioso.
Irian sus amigos, sus compañeros de trabajo y, so¬bre todo, los invitados de su padre. Claro que también estarían algunos amigos de ella, su hermana, su familia y, para sorpresa de Maria, también sus padres.
Por supuesto que los he invitado dijo Diego_. Es lo propio.
Normalmente, ella se manejaba como quería, hacía lo que le parecía que estaba bien, y no había problemas.
Pero esa noche era distinta. Lo que para ella estaba bien, no era necesariamente lo que estaba bien para la familia de Esteban y su mundo.
Y no quería incomodarlo.
Lo amaba, al margen de lo que él sintiera por ella, y no quería que se arrepintiese de haberse casado con ella.
Así que intentaría comportarse como una dama du¬rante las siguientes seis horas.
Se preguntó si tendría que haberse teñido el pelo. Podría haberlo hecho para el evento. Había estado ru¬bia, después de todo, en la boda de Marta, para no im¬presionar a todo Mexico.
Pero eso había sido en la boda de Marta, donde no quería llamar la atención. Aquel día, el centro tenía que ser Marta. Era lo justo permanecer en un segundo pla¬no.
De alguna manera, aunque hubiera sido más fácil para ella, no había aceptado hacerlo en aquella ocasión, como si sintiera que no era ella misma si lo hacía.
Así que el pelo estaba púrpura...
Como estarían al aire libre la mayor parte del tiem¬po, se había puesto un sombrero de ala ancha color rosa. El vestido era de seda rosa y púrpura, corto y des¬lumbrante, sin mangas, con un gran escote. Muy senci¬llo. No tan llamativo como mucha de su ropa, pero dentro de su estilo.
_ Los invitados están subiendo a bordo_ dijo Raul.
_ Así que pronto conocerán a la novia_ dijo Diego animadamente_. No les llevará mucho tiempo. Después podéis dar una vuelta, hacer una ronda y char¬lar con la gente. Luego vendrá la cena y el baile. Estás estupenda, querida_ le dijo Diego, con una sonrisa de aliento. Y pareció ser sincero.
Maria sonrió también y tomó la mano de Esteban, vestido con un esmoquin negro.
_ ¿Estás bien?_ le preguntó Esteban. Parecía pre¬ocupado.
Estoy bien contestó. Respiró hondo y caminó con él.
Nadie le puso mala cara; eran demasiado remilga¬dos para eso. Esteban sabía que no harían algo tan descortés como decirle directamente lo que pensaban, ni mirarla y darle la espalda.
Pero a veces, Esteban veía miradas furtivas, sobre todo de las mujeres.
Él apretó los dientes, sonrió amablemente a todos y dijo todas las cosas que tenía que decir en aquellas cir¬cunstancias.
Maria estaba simpática, cálida, amistosa, y seducto¬ra, como siempre. Brillaba en público como una joya.
«Bisutería» pensaría mucha de aquella gente, se dijo Esteban.
Pero no era verdad. Maria estaba tan radiante como el diamante más auténtico. Su belleza salía de dentro, no de lo que llevaba puesto.
_ ¿En qué estaría pensando?_ Esteban oyó el su¬surro detrás de él. Se dio la vuelta y vio a Sonia Pozo Martinez, una vieja amiga de su madre del club de bridge, que estaba echando un vistazo a la recién casa¬da a través de sus gafas oscuras.
_ No lo sé_ contestó Margarita, la mujer que le ha¬bía pedido una alianza a cambio de sus favores_. ¡Por lo menos, no con la cabeza!
Maria estaba hablando con Teresa Palacios, la viu¬da de uno de los amigos más antiguos de su padre. Teresa le estaba palmeando la mano, sonriendo, y ella respondía del mismo modo.
En ningún momento pareció flaquear, pero Esteban estaba seguro de que había oído los comentarios a su alrededor.
Entonces apareció su padre e invitó a las dos muje¬res a admirar el atardecer desde la cubierta, y estas cambiaron de conversación.
Maria siguió hablando con Teresa, ajena a todo ello.
Al principio, había sido horrible. Como el primer día de jardín de infancia en que no se conoce a nadie.
Luego, a medida que Esteban le iba presentando a los invitados, Maria se había ido relajando. Y si al prin¬cipio parecían tener sus reservas, la mayoría de ellos respondieron con una sonrisa después de conversar con ella.
Por supuesto, había habido alguno poco simpáti¬cos, pero habían sido los menos.
A ella no le importó. Pero odiaba que criticasen a Esteban por su culpa.
Se había encontrado con Tatiana Torres, una brillan¬te octogenaria que había sido clienta suya cuando ella había trabajado en Nueva York. Tatiana era clienta del salón donde Maria había trabajado por primera vez.
Desde que Maria le había cortado el pelo por prime¬ra vez, no había querido que lo hiciera nadie más.
Maria no había olvidado su amabilidad.
Tatiana también se sorprendió al verla.
_ ¡No me hubiera imaginado que ninguno de los hijos de Diego fuera tan sensato!
Esteban es brillante respondió ella, mirando a su marido por el rabillo del ojo.
Lo había visto ponerse rígido al oír lo que estaban hablando dos mujeres. Ella había oído sus comentarios malintencionados, pero había fingido no haberlo hecho.
Esa gente no le importaba. Solo le importaba la gente como Tatiana, la gente amable, afectiva.
Y Esteban.
_ Silvia, mi secretaria _ e presentó Esteban.
_ Me alegro mucho de conocerla. ¿Le ha gustado la gorra a Elena?
Silvia se rio. Las dos mujeres se pusieron a charlar so¬bre Esteban, que se puso colorado al oírlas hablar de él.
Luego apareció Marta y dijo:
_ Creo que es hora de que nos sentemos y comamos.
_ ¿Estás bien?_ le preguntó Esteban. Maria asintió. Sí, estaba bien.
Habían cenado, habían comido la tarta y habían sonreído felices; luego, ella le había dicho que tenía que ir al aseo a lavarse las manos y había desaparecido.
_ Tienes que bailar. Se supone que la novia y el no¬vio tienen que bailar_ le dijo Raul al oído. ¡Pero Maria no estaba por ningún sitio!
_ Baila tú con Marta_ dijo Esteban.
_ No somos el novio y la novia.
_ Bueno, fingid que lo sois_. ¡Maria no está aquí!
_ ¿Qué quieres decir con que no está aquí? Esto es un barco, ¡por el amor de Dios! ¿Dónde va a estar?
_ ¿Cómo quieres que lo sepa? Fue hacia la parte de delante del barco y no ha vuelto.
_ Tal vez esté allí todavía.
_ ¡Ha pasado media hora!
_ ¿Has mirado en el aseo?
_ Por supuesto que no. ¡No suelo andar metiéndo¬me en los aseos de señoras!
_ ¿Has preguntado?
_ ¡Tampoco se suele ir por ahí diciendo que has perdido a tu novia! —protestó Esteban.
_ No es muy habitual. Yo nunca lo he hecho. Pero no perdí nunca a la mía.
Porque te casaste con ella le señaló Esteban. No iba a permitir que su hermano se hiciera el gra¬cioso con él.
_ De acuerdo, porque me casé_ dijo Raul_. ¿Quieres que pregunte?
_ Si quieres... ¡pero no les digas que te he mandado yo!
Esteban lo empujó hacia las escaleras. Lo siguió a una discreta distancia y miró hacia otro lado cuando este fue a golpear la puerta del aseo de damas.
Pero antes de que lo hiciera, salieron tres mujeres: Silvia, Tatiana, Teresa, Margarita y Maria.
Esteban se quedó con la boca abierta. Raul se echó atrás y las dejó pasar.
_ No sé cómo agradecértelo_ dijo Margarita a Maria, ruborizada.
No hay problema contestó Maria amablemen¬te_. A mí me pasó lo mismo en la boda de mi amiga Carmen. Pero peor. El clip se me cayó en la sopa.
Las dos mujeres abrieron los ojos, sorprendidas y se echaron a reír.
Luego, Silvia palmeó la mano de Maria y dijo:
_ Pensaré eso que me has dicho de los reflejos. Nunca se me ha ocurrido estar rubia_ parecía deleita¬da_. Puede resultar interesante_ sonrió alegremente a Esteban, pasó por su lado y agregó_: Es una chica encantadora tu Maria, Esteban. Una suerte que la ha¬yas encontrado.
La mirada de Esteban se cruzó con la de Margarita un momento.
_ Me gusta Maria, Esteban_ dijo, mientras seguía a Silvia.
A él también le gustaba_ contesto Raul.
Pero se sentía un poco confuso. No sabía cómo ha¬bía hecho Maria para convertir al enemigo.
Fue una noche hermosa. Mágica.
Y por primera vez después de semanas, Maria estu¬vo en brazos de Esteban. Tenía que hacerlo, por su¬puesto. Tenían que bailar y él la apretó contra sí.
Ella pudo sentir el roce de su mejilla otra vez...
Pero la pieza terminó y Diego, los hermanos de Esteban y muchos otros hombres reclamaron un baile con ella.
Hasta Noel, que se había puesto un traje prestado de Esteban, había querido bailar con ella. Era increí¬blemente parecido a él.
Pero no era el. ¡Y ella deseaba tanto a Esteban!
Él, por su parte, también había bailado con innume¬rables mujeres.
Maria no dejaba de mirarlo. Se acordaba de la boda de Marta, cuando había decidido bailar con otros, pero no había podido quitarle la vista de encima. Esta¬ba locamente enamorada de él, y no sabía cómo iba a resistir después de aquella noche...
Esteban se acercó a ella. Le rozó el hombro, y entre¬lazó sus dedos a los suyos.
_ Te desafío..._ le dijo al oído. Ella se estremeció. Habían sido las palabras que ha¬bía pronunciado en la boda de Marta.
_ ¿A qué me desafías?
Baila conmigo le dijo.
Esteban tomó su mano, pero no la llevó a la pista de baile. La llevó a la cubierta del último piso. Estaban al aire libre. No había nadie. Esteban cerró la puerta.
_ ¿Bailas?_ él extendió los brazos. Maria pestañeó y contestó:
_ ¡Oh, sí! Por favor_ y se entregó a ellos.
Maria sintió la mano de Esteban en la espalda. Él la estrechó en sus brazos. Su sombrero se ladeó y él rio.
Fue una risa llena de deseo.
Ella se quitó el sombrero y lo tiró al agua. Esteban la rodeó con sus brazos y se quedaron mirando cómo flotaba.
Después, él le dio la vuelta y bailaron. Solos.
Luego dijo:
_ Tal vez debiéramos ir de luna de miel...
El corazón de Maria dio un vuelco. Alzó la mirada hacia él, pero había demasiadas sombras para ver su expresión. Aunque la noche era oscura, ella sintió rena¬cer la esperanza en su corazón.

Cap.14

_ ¿De luna de miel?_ Diego dejó de revolver la oficina de Esteban. Pareció sorprendido_. ¿Dónde?_ miró a su hijo con curiosidad.
_ No sé dónde_ contestó Esteban, irritado.
Solo sabía que era buena idea. Si Maria y él querían que aquello fuese un matrimonio, tendrían que pasar un tiempo juntos, solos.
Ahora se daba cuenta de que ella tenía razón.
_ ¿Realmente quieres olvidarte del pasado y seguir adelante?_ le preguntó Noel, que estaba en la ofici¬na, esperando a su padre.
Ambos iban a ir a pescar a la casa familiar de Acapulco, y habían pasado por casa de Esteban para invi¬tarlos a ir con ellos. Maria les había dicho que Esteban estaba en la oficina.
_ ¡Idiota!_ le había dicho su padre al encontrar¬lo_. ¿Qué haces aquí el sábado por la tarde, dejando a tu esposa en casa después del banquete de boda? ¡Vas a perder a esa chica, Esteban!
_ ¡Estoy intentando no perderla, maldita sea!_ había contestado Esteban_. Estoy intentando arreglar las cosas para poder irme con ella.
_ Deberías ir a nuestra casa de Bahamas_ dijo Noel.
Esteban miró a su padre.
_ ¡Es lo más estúpido que he oído en mi vida!
_ ¿Has vuelto alguna vez?_ le preguntó Noel.
_ ¡No, maldita sea! ¿Y por qué tenía que volver?
Para superarlo contestó su hermano. Esteban golpeó su escritorio con el puño.
_ ¡Lo he superado!
_ Sí, ya veo_ murmuró Noel. Se puso de pie y dejó la revista que estaba leyendo mientras esperaba a su padre_. Venga, papá. Esteban no va a venir con nosotros. Quiero ir a pescar. Solo estaré aquí una sema¬na antes de irme a la Antártida.
De acuerdo dijo Diego. Se levantó de la silla y mirando a Esteban, dijo_: La luna de miel me pare¬ce buena idea_ se dirigió a la puerta_. Las Bahamas pueden ser un lugar ideal para eso... Para que funcione un matrimonio, se necesita empezar bien.
Ella solo había estado en las Bahamas dos veces.
_ ¿Acapulco?_ preguntó ansiosa.
Esteban había agitado la cabeza y había dicho:
_ Tenemos una casa en una de las playas. Hay un pueblo pequeño, un puerto de pescadores, y unas cuan¬tas casas esparcidas a lo largo de la playa. Tres kilóme¬tros de arena rosa y desierta.
_ ¡Suena estupendo!
Y ahora comprobaba que era así.
Habían volado al aeropuerto más cercano del pueblo. Luego habían tomado un taxi acuático. El lugar se lla¬maba cayo pelicano y parecía sacado de una postal.
Uno de los pescadores fue a recibirlos con un Jeep. El hombre se llamaba Mauricio. Saludó a Maria con una in¬clinación de cabeza, tomó su maleta y la ayudó a subir.
Mi coche hace juego con su pelo le dijo a Maria.
Ella sonrió.
Esteban estaba callado. Parecía nervioso. Maria lo observó sentarse al lado del conductor. Le tocó el hom¬bro y le dijo:
_ Es muy bonito. Gracias por traerme aquí. Esteban tocó su mano, y entrelazó sus dedos a los de ella.
Ha sido un placer contestó.
_ Será un placer volver a tenerlo con nosotros, se¬ñor Sanromán_ le dijo Mauricio mientras atravesaban es¬trechas calles_. Lo echábamos de menos.
Gracias respondió Esteban. Mauricio sonrió y dijo:
_ Pero ahora que está aquí, será como si nunca se hubiera ido. Solo habrá cosas buenas... ¡Que las disfru¬te!_ miró a Esteban de reojo_. Esta es su luna de miel, ¿verdad?
Esteban dudó un momento. Luego asintió y dijo:
_ Sí.
Mauricio se rio.
_ Entonces, ¡sin duda disfrutará! Mi Estela... Le dejará mucha intimidad...
Estela es la cocinera y ama de llaves e dijo a Maria_. Yo le diré a todo el mun¬do que necesita mucha intimidad_ se rio otra vez.
Y a Maria le encantó ver a Esteban sonrojarse.
_ Llevamos un tiempo casados. No somos del todo recién casados_ dijo Esteban.
_ Sí. Pero disfrutaremos de esa intimidad. ¡Puede estar seguro!_ comentó Maria.
Maria y Mauricio se rieron juntos. Esteban se ocul¬tó detrás de sus gafas oscuras. Ella se preguntó si ha¬bría cometido un error tomándole el pelo.
Sin embargo, sabía que tenía que tratarlo como siempre. Era su luna de miel. Se estaban conociendo. Tenían que ser ellos mismos para que aquello sirviera.
¿Por qué diablos le habría hecho caso a Noel? ¡Qué sabría él lo que era estar casado! ¡Ni lo que había que hacer para que funcionase un matrimonio! Su hermano era libre como un pájaro; jamás se había enamorado ni mirado siquiera dos veces a la misma mujer.
En cuanto habían visto el pueblo, lo habían asaltado los recuerdos, ¡todo el desastre!
¡Y encima, Mauricio! ¡El mismo Mauricio que había ido a darle la noticia de que Carina no estaba allí! ¡Y que lo había compadecido!
¿Cómo se le había ocurrido volver? ¡No veía la hora de escaparse de allí! Pero era demasiado tarde. A Maria le encantaba, se le notaba en la mirada. Estaba feliz.
Era inquietante sentir sus brazos alrededor, sentir su respiración cerca de su cuello, la música de su voz... Era Maria, no Carina. Estaban en el presente, no en el pasado. Ya estaban casados. Solo tenían que hacer fun¬cionar aquella relación.
Poco a poco, Esteban fue asaltado por la risa de Maria, por su entusiasmo. Era una tontería regodearse en el pasado, cuando el presente era tan placentero...
Nunca se le había ocurrido que podría pasárselo bien en Cayo Pelicano. Había pensado en aquel lugar como algo serio, terrible. Pero trataría de borrar el pa¬sado, de hacer un esfuerzo por conocer a aquella mujer increíble con la que se había casado.
En cuanto entraron en la casa, Maria le dijo:
_ ¿Por qué no vamos a nadar?
_ ¿Ahora?_ él se sorprendió, pero luego se entu¬siasmó_. ¿A nadar? Sí, ¿por qué no?
Maria se puso un traje de baño púrpura; se pasó protector solar y una crema en el pelo.
_ Es para no teñir de púrpura el mar_ le explicó. Luego se rio y dijo_: Es una broma. Es para proteger el pelo.
_ ¡Oh, bien!_ sonrió él_. Sigue con eso. Yo iré a ponerme el bañador.
Ella estaba esperando en el embarcadero cuando él salió; miraba la playa a la distancia.
_ Es un paraíso... Y está desierto... Debe de ser el secreto del mundo mejor guardado.
_ Nosotros sabemos que está aquí_ contestó él.
_ Entonces, guardémoslo para nosotros.
Cuando llegaron a la playa, ella corrió hacia el agua, y él corrió con ella de la mano, recordando que la última vez que se había zambullido en una ola era un adolescente.
Fue una sensación liberadora.
Luego, ella le soltó la mano y se zambulló en una ola.
_ ¡Es como un baño tibio! ¡Es maravilloso!
Nadaron y jugaron en el agua.
Después, salieron y se echaron agotados sobre la arena color coral. Respiraron agitadamente. Se mira¬ron. Maria sonrió, y él le devolvió la sonrisa.
Permanecieron echados un rato. Maria tenía los ojos cerrados y Esteban pensó que se habría quedado dormida. Entonces se puso de pie y le echó una toalla encima para protegerla del sol, aunque era bastante tar¬de y la intensidad de sus rayos era menor. Ella sonrió débilmente, pero no abrió los ojos.
Esteban se sentó y, simplemente, la observó. Trazó mentalmente las líneas de sus rasgos; intentó memorizarlos. Se maravilló de lo joven e inocente que ella pa¬recía. Con aquel cabello púrpura, le recordaba a alguna criatura mitológica marina, una sirena, quizá. Un perso¬naje encantado. Desde el primer momento lo había en¬cantado. Lo había embrujado. Había traspasado sus de¬fensas. Y ya no podía imaginarse la vida sin ella.
Deseó que volviera a decirle que lo amaba. No ha¬bía vuelto a decirlo desde la noche de la pelea.
Tal vez fuera él quien debiera hacerlo, pero no po¬día. Hacía años que no decía esas palabras. Y se le ha¬cía un nudo en la garganta.
Maria todavía estaba durmiendo cuando el sol se escondió. En el trópico, anochecía temprano. Y cuando se escondió el sol, se levantó una suave brisa.
Maria abrió los ojos lentamente y sonrió.
_ ¡Hola!_ exclamó.
El modo en que lo miró lo hizo derretir.
La deseaba en aquel momento con una profundidad que jamás habría podido imaginarse cuando se casó con ella. Era mucho más intenso que nada de lo que hubiera podido vivir.
_ ¿Estás preparada para probar la cena que nos ha dejado Estela?
_ Sí_ ella se incorporó_. Me muero de hambre. Debo de haberme quedado dormida. Te habrás aburrido... Podrías haberte marchado. Y trabajar un poco. O...
_ No.
_ ¿No?_ preguntó ella, sorprendida. Esteban agitó la cabeza lentamente.
_ No. Esta es nuestra luna de miel. No te olvides. Es solo para nosotros dos.
Ella sonrió y se le iluminó la cara.
Gracias dijo.
Es un placer contestó Esteban.
Y aquella vez fue sincero.
Por la noche, cuando apagó las luces para irse a dor¬mir, se dio cuenta de que no se había acordado ni una sola vez de Carina, ni de la última vez que había estado allí.
Desde que Esteban había propuesto que tuvieran una luna de miel, no había dejado de desearlo.
Era el momento de irse a la cama con él. De hacerle el amor por primera vez. Porque aunque había habido amor anteriormente, Maria pensaba que aquello era di¬ferente, que no lo habían hecho con el deseo, con la profundidad de aquel compromiso.
Se sintió torpe cuando se preparó para irse a la cama. Le faltó la espontaneidad de otras veces, el desa¬forado deseo...
Esteban no estaba en la habitación. Había ido a apagar las luces del salón, mientras ella se ponía un ca¬misón blanco que Marta le había regalado el día ante¬rior. Era muy sencillo, casi virginal. Ella también se sentía prácticamente así.
Se echó en la cama, y se quedó esperando, con la esperanza de que Esteban se sintiera tan comprometi¬do como ella...
Lo vio aparecer en la entrada. Esteban se quedó mirándola. Llevaba solo un par de calzoncillos. Estaba levemente bronceado, y su pelo, habitualmente pulcro y arreglado, estaba algo revuelto y áspero por la arena. Estaba muy atractivo...
Maria sonrió.
_ ¿No hay corbata?_ bromeó. Él sonrió.
_ No he traído ninguna. ¡Maldita sea!_ exclamó. Ella extendió los brazos hacia él.
_ No te preocupes. Creo que podremos improvisar.
Y así fue.
Se besaron, se acariciaron y se tocaron... Recorrie¬ron sus cuerpos con sus lenguas...
Aunque Esteban se había duchado, sabía levemen¬te a sal.
Ella se estremeció cuando recorrió sus hombros con su boca y con su lengua.
Esteban le dio suaves mordiscos; luego besó su cuello y sus mejillas, antes de besarla en la boca.
Ella tiró de él y acarició su espalda. Su piel estaba tibia y suave. Deslizó sus dedos por la columna verte¬bral, y luego tocó los músculos que la rodeaban.
Esteban se levantó y se colocó arrodillado entre las piernas de Maria, y separó su piel suave. Ella se estre¬meció con deseo. Extendió la mano y le dijo:
_ Ahora, Esteban. Por favor.
Aquella noche no hubo juego. Solo deseo y pasión, y la necesidad de transformarse en un solo cuerpo lo antes posible.
Esteban asintió y se deslizó dentro de ella, llenán¬dola, completándola. Fue como si hubiera encontrado una parte de sí mismo que le hubiera faltado. Aquella sensación le hizo contener la respiración.
_ ¿Esteban?_ susurró_ ¿Estás bien?
_ ¿Que si estaba bien? Nunca he estado mejor_ contestó estremecido.
Entonces, ella se empezó a mover. Lentamente. Pe¬rezosamente... Al principio... porque luego hubo un cambio sutil, un aumento del ritmo, una tensión en el cuerpo de Esteban. Ella lo sintió, al mismo tiempo que notó el cambio en su propio cuerpo; entonces lo agarró con las piernas y se balanceó para sentirlo.
Él empujó una vez más, y luego se detuvo de pron¬to. Tembló violentamente, y se derrumbó en sus brazos.
Y Maria deseó que la amase, al mismo tiempo que se convulsionaba y se encontraba con él.
A la mañana siguiente, cantaron bajo la lluvia, lite¬ralmente. Ella lo arrastró a la playa en medio del agua¬cero.
_ Nadaremos de todos modos. ¿Qué importa que nos mojemos?_ dijo, y bailó en la arena.
Él no bailó. Era su corazón el que bailaba. Y su alma, y todo su cuerpo.
_ ¡Eres un buen bailarín!_ protestó Maria, al ver que Esteban no bailaba_. ¡En el yate bailaste!
_ Pero entonces había música.
_ Hay música ahora, en mi corazón_ ella lo agarró y colocó su cara contra sus pechos_. ¿No oyes mi co¬razón?
Él besó la punta de su pecho y luego la alzó en bra¬zos y corrió con ella hacia el mar.
Chapotearon y rieron. Y luego jugaron y bromearon.
Cuando paró de llover, salieron del agua y se echa¬ron en la arena húmeda.
_ Te haría el amor aquí mismo_ le dijo él.
_ Si no tuviéramos público_ Maria le hizo señas con la cabeza hacia dos niñas pequeñas, a unos qui¬nientos metros de allí_. Volvamos a la casa a hacerlo. No quiero compartirte, ni siquiera con un voyeur.
Volvieron a la casa e hicieron el amor en la ducha, y luego en la cama; apenas pudieron vestirse y adecentar¬se cuando Estela llegó a limpiar.
_ Sois unos dormilones..._ comentó la mujer ama¬blemente.
_ ¡Oh! Esteban lleva levantado varias horas_ Maria se rio.
Esteban la estrechó en sus brazos.
_ Me llevaré a esta desvergonzada_ le prometió a Estela_. Venga. Volveremos a la playa.
No nadaron aquella vez. Construyeron túneles y castillos de arena, como cuando él era pequeño.
_ Podemos hacer castillos con nuestros niños..._ dijo él.
Ella alzó la mirada y dijo:
_ ¿Niños?
_ Quieres tener hijos, ¿no? Me imaginé que sí. Tie¬nes madera para los niños. Lo noté con Francisco, y con Samuel y Lucia.
_ ¡Me encantaría! No estaba segura de que tú...
_ Quiero tener hijos. Querría tenerlos fuese como fuese. No comprendo cómo Raul pudo darle la espalda a Marta cuando ella quedó embarazada.
_ Recuerdo que tú no guardaste muy celosamente el secreto de su escondite_ dijo Maria con una sonrisa maliciosa.
Esteban recordó el día en que aquella mujer de pelo púrpura había irrumpido en su oficina y había amenazado su hombría si no le daba la dirección de su hermano.
_ Si no hubiera pensado que tenías razón, no te ha¬bría dado su dirección, a pesar de que me atraías. Un hombre tiene responsabilidad para con sus hijos. Y también para con la madre de sus hijos.
Se miraron por encima del castillo. Luego se arrodi¬llaron en medio de él. Se besaron con desesperación. Y de no ser porque Maria lo apartó, habrían dado un es¬pectáculo público.
Esteban se quejó.
_ ¿Habrá terminado Estela con las tareas de la casa?_ preguntó Maria. Él la puso de pie.
_ Ha terminado, tanto si lo ha hecho como si no_ dijo Esteban.
Por la tarde, dieron un paseo por el pueblo.
Maria quiso comprar comida. Le diría a Estela que esa noche ellos harían la cena.
_ Me gustaría comprar también algún souvenir_ dijo Maria.
Es posible que ya tengas un regalo dijo él son¬riendo.
El calor de su sonrisa se extendió por todo su ser. La idea de que él también quisiera un niño la hacía es¬tremecer.
Si pudiera decirle que la amaba... pensó ella.
Le tomó la mano y se puso de puntillas para besarlo. Y él la besó con tanto fervor que ella se preguntó cómo podía haberlo dudado...
Nunca se lo habría dicho si ella no se lo hubiera preguntado.
Esa tarde habían ido a pescar con el hermano de Mauricio, Víctor.
Por la noche, cuando estaban en la cama, con las lu¬ces apagadas y el deseo saciado, abrazados y soñolien¬tos, Maria le preguntó:
_ ¿Vas a hablarme de ello? Él sabía que ella no iba a insistir si no quería hablar. No fue tanto una pregunta como una invitación.
_ Fue después de que muriese mi madre... Mi padre la echaba de menos y yo también. Raul tenía a Sara, y Noel su fotografía... Pero mi padre y yo... nos sentía¬mos perdidos en cierto modo. Y él me dijo «Tienes que casarte». Como te cuento. Y yo accedí...
Así fue como Esteban le contó cómo había conoci¬do a Carina, y cómo habían empezado a salir.
Carina era la hija de un hombre con quien Diego ha¬cía negocios. Había sido idea de su padre presentársela.
_ Y cuando mi padre me dijo: « ¿Sabes? Me recuer¬da a tu madre », no necesité más_ siguió contando Esteban.
De repente, se calló. Tragó saliva, y se preguntó una vez más por qué habría sucedido así. Recordó los ner¬vios de aquel día, los pequeños contratiempos. Su preci¬pitado viaje a Acapulco, con el tiempo justo para la boda. Como siempre, había tenido que estar solucionan¬do cosas en su oficina para poder marcharse tranquilo. La repentina ausencia de Noel, que iba a ser el padrino y había recibido una llamada de una agencia, y había tenido que marcharse urgentemente... Las suposiciones acerca de lo que le habría pasado a Carina...
_ Se había ido_ dijo Esteban a Maria_. Había hecho las maletas y se había marchado_ apretó las sá¬banas mientras lo decía.
_ ¡Oh, Esteban!_ exclamó Maria, queriendo con¬solarlo_. ¡Oh, Dios bendito!
Y en aquel momento, Maria se puso encima de él, como si quisiera protegerlo del dolor con su cuerpo, de los recuerdos, de la humillación que había sentido al en¬frentarse a los invitados y decirles que no habría boda.
Y curiosamente, aquello le sirvió a Esteban. El ca¬lor del cuerpo de Maria pareció sanar antiguas heridas. Sus caricias aliviaron doce años de dolor.
Perder a Carina no había sido lo que más le había importado, sino el hecho de no sentirse querido.
Pero Maria le borró aquellos sentimientos. Ella lo amaba. Lo había dicho. Y lo confirmaba con sus actos.
Esteban apoyó su barbilla en la cabeza de ella. En¬trelazó sus piernas a las suyas y la abrazó con fuerza.
_ ¡Oh, amor mío!_ exclamó Maria. A Esteban se le hizo un nudo en la garganta por el amor que sentía por ella, y solo pudo exclamar:
_ ¡Oh, sí!

Cap 15

El teléfono los despertó. El sol se filtraba por la ventana. La única conexión con el mundo exterior era el teléfono móvil de Esteban, que Diego había insisti¬do en que llevase.
_ Ahora eres el director general de la empresa. Tie¬nes responsabilidades. Pero no llamaré, excepto que sea una emergencia_ había dicho su padre.
Esteban atendió el teléfono con voz de dormido.
Un minuto más tarde estaba incorporado, pasándose la mano por el pelo y diciendo:
_ ¿Estás seguro? Pero eso es imposible. No, tienes razón que no es imposible. ¡Oh, maldita sea! De acuer¬do. Espera que hable con Maria y te llamaré.
Esteban colgó y miró a Maria.
_ Creí que había dejado todo arreglado, de verdad. Pero Sorensen, de Dinamarca, ha salido a la venta de pronto y llevamos años intentando comprar la empresa. Mi padre piensa que preferirán vendérnosla a nosotros antes que a otra gente. Pero quieren hablar con el jefe.
Contigo dijo ella. Esteban asintió, reacio.
_ Entonces, habla con ellos_ Maria se apoyó en la almohada_. No hace falta que me prestes atención todo el tiempo.
_ Quiero prestarte atención todo el tiempo. Quiero volver a la cama y...
_ Pero no puedes. Si quieres conseguir a Sorensen. Dinamarca tiene seis horas más que nosotros. El día casi ha terminado.
_ ¿No te importa?
_ Ve. No importa. Puedo ir a caminar por la playa o ir al pueblo y comprar un recuerdo... por si acaso no tengo otro ya_ agregó con una sonrisa_. Te amo.
Él le sonrió y le dio un beso breve. Luego marcó un número en su teléfono móvil.
Maria se duchó con calma, comió un yogur y un plátano. Luego tomó una taza de té. Oía a Esteban ha¬blando en la habitación de al lado. Le sirvió una taza de café y se la llevó. Él le sonrió y le dio un beso en los dedos antes de tomar un lápiz para escribir unos núme¬ros.
Me voy a dar un paseo dijo Maria_. Volveré en un rato.
Esteban asintió.
_ ¿Vamos a nadar luego?_ preguntó.
_ ¿Y des¬pués a la cama?
Ella sonrió y asintió.
Maria lo dejó y se fue a dar una vuelta.
Cayo Pelicano era el paraíso. Era el lugar ideal para una luna de miel. Habían profundizado su relación allí. Y la luna de miel había resultado lo que ella había es¬perado.
Habían conversado y reído. Esteban incluso había sugerido la posibilidad de invitar a Pam y a Francisco allí...
Enviaría una postal a Francisco y sacaría algunas fo¬tos. Y compraría alguna cosa para el apartamento que le recordase aquellos días maravillosos cada vez que la viera.
Volvería a la hora de almorzar. Si Esteban había terminado con sus llamadas telefónicas, podrían pasar la tarde juntos en la playa... o en la cama. Daba igual, mientras estuvieran juntos.
En la playa, se encontró con tres niños que la mira¬ban asombrados.
_ ¡Parece una sirena!_ dijeron, mirándole el pelo.
No lo soy del todo sonrió ella_. Solo la cabe¬za. Mirad..._ dio un saltito_. No tengo cola. Todos se rieron.
_ Oíd, estoy de luna de miel con mi marido aquí, y me gustaría comprar algún souvenir. ¿Podéis sugerirme algo?
Una camiseta dijo uno de los niños.
_ Todo el mundo compra camisetas, Marcos_ dijo otro.
_ ¿Tienes una idea mejor?
_ Puedes comprar un pez de adorno.
_ Creo que prefiero algo distinto..._ dijo ella.
Puedes comprar uno de los cuadros de mi madre dijo la niña que estaba con los otros dos. Era morena, y ten¬dría unos once años.
_ ¿Tu madre pinta paisajes de la isla?_ preguntó Maria a la niña.
_ Cuadros muy bonitos. ¿Quieres verlos? Tiene una tienda en el pueblo.
_ ¿Por qué no?_ dijo Maria.
No volvería andando con un cuadro, pero tal vez pudiera encargarlo y recogerlo más tarde.
La niña le contó que había nacido allí, pero que su madre conocía la capital. Maria le dijo que ella solía peinar a gente importante que la invitaba a la inauguración de exposiciones... Y le preguntó si su madre no había expuesto sus cuadros en algun sitio. La cara de la niña le resultaba familiar. Tal vez hubiera conocido a su madre en algún evento de esos. Se acordó de una mujer... ¿cómo se llamaba? Habría sido increíble en¬contrarse con alguien conocido allí. La niña agitó la cabeza, pero agregó:
_ Todavía no. Pero un día será muy famosa y hará una exposición.
La llevó hasta una cabaña pintada de azul, con con¬traventanas blancas. Tenía un porche pequeño con cua¬dros de paisajes de la isla. Sus colores eran vivos y a la vez primitivos. La arena era un poco más rosa, el cielo más azul, las casas un poco más brillantes. Pero sí, era Cayo Pelicano.
Cuando llegaron a la tienda, la niña la animó a en¬trar.
_ Pasa... ¡Mami! ¡Te he traído un cliente!
La parte de dentro de la tienda era tan acogedora como la de fuera. Tenía paredes de madera natural y es¬taba llena de cuadros de paisajes de Cayo Pelicano. En el techo había un ventilador.
Maria se sintió cautivada por los cuadros. Y al pare¬cer, la madre de la pequeña había sentido lo mismo por aquella isla. Había logrado plasmar en sus cuadros toda la belleza de aquel lugar. Maria decidió que uno de esos cuadros sería el souvenir ideal.
Una mujer abrió la cortina de bambú que separaba la tienda de la trastienda, y sonrió.
_ Laura, ¿cuándo vas a aprender a tener más tacto?
La madre de Laura era más rubia que su hija. Debía de tener unos treinta y tantos años. Tenía los pómulos salientes, una nariz estrecha y el pelo color miel. Un color que a Maria le habría encantado conseguir en sus tinturas.
Hola dijo la mujer, y extendió su mano manchada de pintura_. La pintura está seca. Se lo prome¬to. Solo que no se quita. Encantada de conocerla. Soy Carina Caballero.
Lo malo del Paraíso era que no duraba mucho tiem¬po. Siete días.
Si Adán y Eva habían tenido una semana, ¿qué de¬recho tenía ella a tener más?
No había comprado el cuadro, a pesar de que le ha¬bría encantado y de que Carina le había dicho amable¬mente:
_ No se sienta obligada solo porque Laura la haya presionado. Es una vendedora nata, pero no por ello tiene que regresar a comprarme un cuadro.
Maria no había podido contestar. Solo pudo sonreír débilmente, y salir de la tienda.
El problema no solo había sido encontrarse con la mujer que había dejado plantado a Esteban en el altar, sino descubrir por qué Laura le había resultado tan fa¬miliar.
Tenía el perfil de los San Román. Y el color de su pelo era exactamente igual al de Esteban.
Él tenía una hija, y ni siquiera lo sabía.
Abatida, se quedó apoyada en la barandilla del por¬che de una frutería. El dueño pareció preocupado.
_ ¿Le ocurre algo, señorita?
_ Estoy bien, gracias_ contestó Maria.
Recordaba que Esteban le había dicho que quería tener hijos, y pensó que querría recuperar a Laura y a Carina.
También recordó la pena en su voz cuando le había contado la historia de su primer amor.
Siempre quedaba la posibilidad de que se hubiera equivocado...
Pensó que, cuando Esteban se enterase, se pondría furioso con Carina por haberle ocultado a su hija, pero después...
Respiró profundamente y se encaminó a la casa. Y en el camino intentó reunir el valor para hacer lo que debía.
Esteban aún estaba hablando por teléfono cuando ella llegó. Pero cuando la vio, le sonrió, dijo algo a la persona con la que estaba hablando y colgó.
Ella respiró profundamente y dijo:
_ Creo que debemos divorciarnos.
Él había estado deseando que ella volviera. Había estado harto de toda la historia de Sorensen, pero había tratado de solucionarlo con voluntad, aunque con el ojo puesto en la entrada de la casa.
Y en cuanto la había visto, había dicho a su interlo¬cutor:
_ Te llamaré cuando vuelva a la capital.
Y había colgado.
Ahora, ella le decía que quería divorciarse.
En la historia de Carina había sufrido por la humilla¬ción de su ego. Pero esto era otra cosa.
Amaba a Maria más que a nada en el mundo, y aho¬ra ella le decía aquello.
_ ¿Por qué?_ se oyó decir, desesperado.
_ Porque... Porque hay cosas que no sabes.
_ ¿Qué cosas? ¿De qué estás hablando? ¿Por qué estás llorando?
Ella se pasó la mano por la mejilla y contestó:
_ No estoy llorando. ¡Tengo los ojos rojos del sol!
_ ¿Qué cosas no sé?_ insistió él.
_ Cosas que tienes que arreglar. Algo que va a cambiar las cosas_ ella se soltó de sus manos. Esteban la miró y dijo:
_ Sueles decir cosas coherentes siempre...
Ella agitó la cabeza y agregó:
_ Ve al pueblo. Hay una casa pequeña. Una tienda donde venden cuadros. Es azul con contraventanas blancas.
_ ¿Has sufrido un golpe de calor?_ Esteban le tocó la frente, pero ella lo apartó.
_ ¡Maldita sea, no! ¡No tengo nada! ¡Vete!_ al ver que Esteban no se movía ella le gritó_: ¡Hazlo, mal¬dita sea! ¡Ve!
Él agitó la cabeza, obstinadamente.
_ Tú también vendrás.
_ ¡No! ¡No puedo! Tengo que..._ se calló y se in¬ternó en la casa.
Y él se dio cuenta de lo que quería hacer. Esteban la alcanzó. Le agarró el brazo y le dijo:
_ Iré. Pero tú te quedarás. Tienes que prometérme¬lo. No puedes marcharte. ¡No se te ocurra marcharte antes de que regrese!
Ella lo miró. Comprendió que él no la dejaría mar¬char hasta que se lo prometiera.
_ Estaré aquí. Pero, vete.
Y entonces Esteban se marchó.
Maria esperó. La espera fue horrible. Caminaba de un lado a otro de la habitación, arriba y abajo una y otra vez, tratando de hacer que el tiempo pasara. Se mordía las uñas, angustiada.
Finalmente, decidió llamar a Pam para dejar de pen¬sar y saber algo del mundo exterior. Tomó el móvil de Esteban y llamó:
_ Soy Maria.
Se extrañó, de que Pam contestase tan rápido.
_ ¿Cómo lo has sabido?
_ ¿El qué?
_ Han encontrado a Daniel. Se hizo las pruebas y es compatible. Está aquí. Estamos todos en el hospital. ¡Van a operarlo dentro de una hora!
Maria se sentó abruptamente. De no haberlo hecho, se podría haber caído.
_ ¿Encontraron a Daniel?_ preguntó, sin salir de su asombro.
_ Es una larga historia. No puedo creerlo. Pero es verdad. Volvió en cuanto se enteró. Ha cambiado, Maria. Ha crecido. No creo en cuentos de hadas, ya sa¬bes... pero al menos Francisco sabe que le importa a su padre. Y eso es importante, ¿no crees?
Por supuesto que lo es dijo. Se sentía un poco débil_. Es... maravilloso_ se le hizo un nudo en la garganta.
_ ¿Cómo te enteraste?_ preguntó Pam nuevamen¬te_. ¿Lo averiguó Esteban? El es tan bueno para todo...
_ Él no lo averiguó_ dijo Maria_. Ha tenido... otras cosas en la cabeza.
_ ¿Va todo bien?_ preguntó Pam_. ¿Te lo estás pasando bien? ¿Estáis teniendo una bonita luna de miel?
_ Sí. ¡Claro que sí! Dale cariños a Francisco de mi parte_ dijo un poco desesperada_. Dile... Dile... que lo veré pronto.
_ Se lo diré_ le prometió Pam. Y luego le dijo_: Te quiero mucho, Maria. Y gracias. Sin ti, esto no ha¬bría sido posible. Sin ti y sin Esteban.
Por lo menos, había salido algo bueno de toda esa historia.
Francisco iba a recibir un trasplante. Quizá iba a tener un padre. Y Esteban iba a recuperar a Carina.
Todo gracias a ella.
Pero se sentía la persona más infeliz del planeta.
De pronto, oyó los pasos de Esteban en el camino de la entrada de la casa.
Estaba sonriendo, riendo. ¡Se rio cuando la vio!
Maria cerró los ojos. Sabía que debía alegrarse por él, pero...
_ ¡Maria! ¿Maria?_ dijo él, impaciente. Ella estaba de pie, en el embarcadero. Sintió la mano de él en el brazo. Se quedó quieta.
Gracias dijo Esteban seriamente.
De nada contestó ella.
Se quedaron en silencio. Luego él dijo en un tono un poco tenso:
_ Pero no comprendo por qué quieres que nos di¬vorciemos...
_ ¿No lo comprendes? ¿Cómo es que no lo com¬prendes? ¡Esa es Carina! ¡Tu Carina! La mujer a la que has amado, ¡y a la que tal vez sigues amando! ¡Y está Laura! Laura es...
_ La hija de mi hermano.
_ ¿Qué?
Él asintió y se lo repitió.
_ Es la hija de Noel.
Maria se volvió a sentar. Lo miró. Agitó la cabeza, sin poder creerlo.
_ No comprendo.
_ Yo, sí_ dijo Esteban_. Ahora.
Esteban se sentó a su lado. La abrazó.
_ Cuéntame_ le ordenó.
_ Ahora comprendo. No sé por qué no me di cuen¬ta hace años. Ya te conté que nuestros padres arregla¬ron nuestro encuentro, ¿verdad? El mío simplemente lo propuso. Pero, al parecer, el suyo hizo bastante más. Le dijo a Carina que había encontrado al hombre con el que se iba a casar. Y ella, como abnegada hija, además de joven e inexperta, aceptó.
_ ¿No te amaba?_ preguntó Maria.
_ Yo le gustaba. Y ella me gustaba, supongo. Yo pensé que la amaba. Entonces no sabía lo que era el amor_ Esteban le apretó suavemente la mano_. Y ella tampoco... Hasta que vino a pasar tres semanas a la playa, antes de la boda, para arreglar los prepa¬rativos. Noel ya estaba aquí. Había estado trabajando en Venezuela y había venido antes de la boda para des¬cansar un poco aquí. Él no sabía que Carina iba a venir. ¡No la conocía! Pero lo que les pasó fue... Bueno, algo parecido a lo que nos pasó a nosotros.
_ ¿Un revuelo de hormonas?
_ Atracción inmediata. Y resistencia inmediata. Ella, después de todo, iba a casarse conmigo. Me ha contado que Noel intentó mantenerse a distancia, pero que la noche antes de que llegasen Raul y mi pa¬dre, hubo una tormenta, y terminaron acercándose, y que una cosa llevó a la otra y que llegó a...
A algo parecido a lo de la boda de mi hermana dijo Maria sua¬vemente.
_ Algo así_ contestó Esteban_. Luego, en cuan¬to pasó la tormenta, Noel se marchó. Había hecho algo imperdonable, había hecho el amor con mi prome¬tida. Así que quiso desaparecer, llamó a Raul y le dijo que hiciera de padrino. No tenía idea de lo que iba a hacer Carina. No creo que ella lo supiera hasta después de que se marchase Noel. Lo amaba. Yo solo le gustaba_ dijo Esteban, esta vez sin dolor en el tono de voz. Al contrario, parecía aliviado.
Maria le tocó la mejilla.
_ ¿Por qué no te lo dijo simplemente? ¿Por qué huyó?
_ Porque no había tiempo. Porque era muy joven y estaba asustada, y su padre esperaba que se casara con¬migo por la mañana. Todo el mundo lo esperaba. Y sa¬bía que si decía que no lo haría, la presionarían para que lo hiciera.
_ ¡Podría habértelo dicho a ti!
_ No le di oportunidad. Cuando quiso charlar con¬migo, le dije que fuera a descansar un poco...que no podría dormir mucho en su noche de bodas_ agitó la cabeza_. ¡Fui un desgraciado!
_ ¡No!_ Maria agitó la cabeza_. ¿Adonde fue ella? Esteban achicó los ojos y contestó:
_ Se quedó con Estela y Mauricio.
_ ¿Estela la escondió?
_ La dejó esperar un poco... Mi padre y el suyo estuvieron buscando en ferries, en hidroavio¬nes, en barcos y en todo tipo de transporte que se les ocurrió, pero nadie la había visto marcharse. ¡No era extraño! Y... se quedó aquí desde entonces. Consiguió esa bonita tienda y vivió de su profesión. Y ninguno de nosotros lo sabíamos... Hasta ahora.
Se sentaron en silencio, tratando de digerir la reali¬dad.
_ Creí que Laura era hija tuya_ admitió Maria_. Cuando conocí a Carina, pensé...
_ Nunca hice el amor con Carina. Ni estuve enamo¬rado. He amado a una sola mujer, además de a mi ma¬dre_ dijo Esteban con una sonrisa. Le tocó la barbilla con un dedo y la obligó a mirarlo a los ojos_: Esa mu¬jer eres tú.
Esteban la amaba.
Había dicho que la amaba.
Y ella lo veía en sus ojos.
Daba miedo que la amasen de aquel modo. Ser tan importante para él. Era más fácil amar que ser amada, pensó.
_ ¿He tardado mucho tiempo?_ preguntó él, ner¬vioso.
_ ¿Mucho tiempo?
_ Una vez dijiste..._ Esteban tragó saliva_ que me... amabas..._ se calló y miró a lo lejos.
Maria notó su miedo, y comprendió.
_ Te amo, Esteban_ le aseguró_. Te quiero, Esteban. ¡Te amo!
Maria lo amaba. Esteban no lo dudaba.
Cuando llegó a la playa, esta vez de Veracruz, encontró a su esposa jugando en el agua con Francisco y sus padres.
Tres meses después de la operación, el futuro de Francisco era esperanzador. Y no solo porque tuviera un nuevo riñon, sino porque además tenía un padre.
No creo en cuentos de hadas había dicho Pam, cuando le había hablado a Maria un mes antes de la po¬sibilidad de casarse con Daniel.
_ Pero tú crees en el amor, ¿no es verdad?_ le ha¬bía contestado Maria_. Bueno, no hace falta más.
Esteban, por su parte, no pasaba un día sin pensar en lo dichoso y afortunado que era por haber encontra¬do a Maria. Los meses que llevaba casado con ella ha¬bían sido los mejores de su vida. Esperaba que Carina pudiera tener ese efecto en Noel, si este podía supe¬rar algún día su sentimiento de culpa.
Me hiciste un favor había dicho Esteban a su hermano cuando habían vuelto de su luna de miel y fue a buscarlo a Veracruz.
Noel estaba a punto de marcharse otra vez, y lo había dejado, en estado de shock, cuando Esteban le había dado la noticia de que Carina estaba viviendo en Cayo Pelicano, y que ahora comprendía por qué lo había dejado plantado.
No hay problema le había dicho a su herma¬no_. No nos amábamos. Éramos amigos, eso es todo.
_ Te traicioné_ había respondido Noel, con pe¬sar.
_ Bueno, no sucedió de la mejor forma... Pero se trata del pasado. Ya pasó. Ahora no importa.
_ Supongo que ahora puedes ignorar lo que te he dicho, pasarte la vida en la otra punta del planeta y per¬derte lo mejor de ella.
Noel había seguido haciendo las maletas.
_ Carina ha conseguido una vida satisfactoria. Pro¬bablemente no le importe no volver a verte_ siguió Esteban_. Pero para Laura no es lo mismo.
Noel se quedó petrificado. Miró a Esteban con desconfianza y preguntó:
_ ¿Quién es Laura?
Esteban sonrió enigmáticamente.
_ Eso, chico, es algo que tendrás que averiguar.
Noel se había marchado al día siguiente. Viajaba a Tahití. Después, tenía un compromiso laboral en España.
Huye todo lo que te haga falta le había dicho Esteban cuando lo llevó al aeropuerto_. Pero no hu¬yas tanto que te pierdas lo mejor de la vida.
Como casi le había pasado a él.
Seguía sin poder estar en casa todo el tiempo que hubiera querido. Había tenido que ir a una reunión im¬prevista esa mañana, estropeando así los planes que te¬nía con Maria de llevar a Francisco y a sus padres a pasar el fin de semana a la casa de Veracruz.
_ Tú sigue con los planes. Yo iré en cuanto me deso¬cupe_ le había dicho.
_ ¿De verdad?_ preguntó ella.
Esteban sabía que Maria habría suspendido la ex¬cursión sin problema, pero que no querría decepcionar a Francisco.
_ Sí, ve con ellos...
Hizo su trabajo, se ocupó de sus negocios y se reu¬nió con ellos.
Cuando llegó, Maria estaba jugando en el agua con Francisco, riendo y chapoteando.
El pequeño se había sumergido en una ola. Daniel había soltado a Pam y había dicho que le enseñaría a su hijo a saltar olas.
_ ¿Quieres venir?_ le preguntó Francisco a Maria. Esteban se sorprendió al ver que su esposa recha¬zaba la invitación.
Voy a dormir un poco dijo, se acercó a él y se sacudió para mojarlo.
_ ¿Buscas problemas, muchacha?_ le dijo. Ella se rio.
Se sentó a su lado en la arena, encima de una toalla. Esteban la rodeó con sus brazos.
_ ¡ Ahhh! ¡ Quá agradable!
_ Húmeda_ respondió él. Ella sonrió.
_ ¿Qué tal fue la fusión?_ preguntó.
_ La conseguimos.
_ Ha sido productivo, ¿no es verdad?_ Maria jugó con su corbata, y lo excitó.
Muy productivo dijo después de carraspear. Tomó sus manos y le dijo_: Compórtate.
_ ¿Yo?_ Maria sonrió inocentemente.
_ Estamos en una playa pública_ le recordó, aun¬que su cuerpo necesitaba recordarlo más que ella.
_ Sí. Tengo noticias sobre otra fructífera fusión. Esteban se quedó inmóvil con el impacto de aque¬llas palabras.
_ ¿Maria?_ Esteban respiraba con dificultad_. ¿Estás...? Ella sonrió.
_ Al parecer, vamos a recibir un pequeño dividen¬do dentro de seis meses.
Esteban se puso pálido. Se alegró de estar sentado en la arena, porque se sintió mareado, feliz, aterroriza¬do y abrumado a un tiempo.
_ Respira profundamente. Eso te ayudará_ le dijo Maria, leyendo sus pensamientos.
_ ¿Sí?
_ ¡Oh, sí!_ ella lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra su pecho_. Todo irá bien. Tú y yo juntos pode¬mos con cualquier cosa, ¿no?_ lo miró con los ojos llenos de amor.
Esteban asintió. La amaba con todo su corazón.
_ Apuesto a que sí.


FIN

 
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AuthorReply
Emily
(no login)
187.24.220.224

Re: Novia Perfecta (Arecia y Vity)

October 1 2011, 5:29 PM 

Que Lindoooooooooooooooo!!!
Gracias chicas!

 
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