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Corazon Indomable

November 30 2007 at 8:05 AM
Adriana  (no login)
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Diana Palmer
Corazon Indomable



Lo último que María, escritora de novelas románticas, deseaba en el mundo era pasar las navidades con el exasperante hermano de su compañera de piso. Un ranchero de Wyoming como Esteban San Román se sentía tan perdido en Nueva York como ella se habría sen¬tido en mitad del campo. Lo que María no preveía era que los increíbles besos y abrazos de aquel hombre no tardarían en dejarla completa¬mente indefensa. Y aquella in¬vitación para visitar su rancho no era otra cosa que un chan¬taje de lo más sensual. En muy poco tiempo, ella había entre¬gado su corazón con la pasión de las heroínas de sus propias novelas.


Capítulo 1

NO hablarás en serio? -protestó María mi¬rando boquiabierta a su mejor amiga—. ¡En Navidad!
Vivian contrajo el rostro y apretó los dientes. -Escucha, Mary... -comenzó en un tono concilia¬dor, empleando el diminutivo que hacía años le había dado-. Nuestro piso es grandísimo. ¿Qué digo gran¬dísimo?, es enorme, y las dos estamos invitadas a un montón de fiestas... sin contar con el baile benéfico de los Thomson, así que casi ni lo veremos. Ni notaras su presencia, ya verás.
-¿Que no? —Resopló María incrédula, apartando del rostro un mechón de cabello azabache-. Es difícil ignorar la presencia de alguien de casi dos me-tros — apuntó con los ojos verdes centelleándole.
—Pero es que es la primera Navidad que pasamos sin nuestra madre -insistió Vivian-. No tiene a nadie más que a mí.
—Podrías ir tú al rancho en vez de que viniera él —dijo María sin poder reprimirse, aun sintiéndose cruel por la sugerencia.
— ¿Y dejarte aquí sola? ¿Qué clase de amiga sería si hiciera eso?
— ¡Al menos no estarías obligándome a soportar a tu horrible hermano ahora que por fin tengo unos días para relajarme! ¿Cómo voy a relajarme con Esteban aquí? Sabes que no nos llevamos bien... ¡Acabaremos a tortazo limpio! Viv, ¿acaso te he hecho algo malo?
Su amiga se aclaró la garganta. —Podrías intentar mirarlo desde otro ángulo —le propuso — . ¿No me dijiste el otro día que ibas a am¬bientar tu próxima novela en Wyoming, en un rancho? Bueno, pues... ¿quién puede saber más de ranchos y de Wyoming que Esteban? Podrías preguntarle todo lo que quisieras para documentarte.
María la miró furibunda.
—Además, estoy convencida de que en el fondo no os caéis tan mal —añadió Vivian—. Es sólo que... no queréis admitirlo.
— ¿Que no nos caemos mal? —repitió María con sorna—, Vivian, lo odio. Lo detesto. No puedo verlo ni en pintura. ¿Es que has olvidado lo que pasó la última vez que nos vimos? Vivian suspiró.
—Venga, mujer, no seas así... Sólo serán unos días. María resopló y se volvió hacia la ventana, sacu¬diendo su largo y ondulado cabello.
—No me hagas esto, Viv. Dile que ha surgido un imprevisto, que no puedes invitarlo.
— Me temo que eso ya es imposible: salió esta ma¬ñana.
— ¿Qué? —exclamó María, girándose hacia ella con los ojos como platos—. Oh, Dios... ¡Oh, Dios! —mas¬culló lanzando los brazos al aire—. Primero se pierde el cheque que me había enviado la editorial justo cuando me toca pagar la letra del coche, y ahora me va a tocar aguantar todas las navidades a un hombre al que odio...
— Es mi hermano —musitó Vivian—. No querrás que pase solo la Navidad...
— ¿Solo? ¿Estamos hablando del mismo Esteban? — inquirió María frunciendo las cejas—, porque el que yo conozco nunca está solo: va de conquista en conquis¬ta. Seguro que ya tiene plan.
Vivian meneó la cabeza.
—Ahora mismo no está saliendo con nadie.
— Vaya, ¿y eso?, ¿es que se ha arruinado? —le preguntó su amiga con sorna.
— No seas cruel, Mary. A las mujeres no sólo les seduce su dinero. Esteban tiene su atractivo...
En aquello Vivian tenía algo de razón, tenía un cuerpo in¬creíble; todo un vaquero… el sueño de cualquier mujer…
— Bueno —concedió cruzándose de brazos—, su¬pongo que a algunas mujeres les parecerá que lo tiene. Daniela solía decir que debería presentarse al concurso de Mister América.
—Es sólo un pobre solterón solitario —insistió Vivian con una sonrisa divertida, al ver que su amiga no había sido capaz de negar sus palabras — . No puede evitar que las mujeres se le tiren encima.
— ¿Esteban San Román «pobre»? ¿«Solitario»? —repi¬tió María riéndose incrédula—. La única palabra de esas tres que puede aplicársele es la de «solterón».
— Oh, vamos, era una broma. Tiene treinta y cua¬tro años... —le recordó Vivian—. Aun le queda mucha vida por delante si en algún momento llega a cambiar de opinión respecto al matrimonio
— Seguro, cuando las ranas críen pelo —replicó María con sarcasmo—. Y para mí treinta y cuatro son muchísimos años.
—Eso es porque nosotras tenemos veinticinco — se rió Vivian—, pero nueve años no es tanto.
Kati se volvió a darse la vuelta y se apoyó en el al¬féizar de la ventana, observando los rascacielos de Manhattan iluminados.
— En cualquier caso no sé cómo él ha podido aceptar tu invitación —le dijo—. Me odia tanto como yo a él, y estoy segura de que el primer día ya estaremos peleándonos como el perro y el gato. Además no es culpa mía. Siempre es él el que empieza.
—Lo sé —murmuró Vivian, yendo junto a ella—. La verdad es que no entiendo por qué la tiene tomada contigo. Normalmente se porta como un caballero con todas las mujeres.
—No tienes que jurármelo. Lo he visto en acción. Pero todo ese encanto no es más que superficial, Vivian. Tu hermano nunca deja que nadie se acerque demasia¬do por miedo de que puedan llegar a resquebrajar su coraza.
Vivian la miró divertida.
—Para detestarlo como lo detestas, lo conoces muy bien —murmuró.
María se encogió de hombros.
—No, lo que pasa es que sé qué clase de persona es. Es de los que lo quieren todo y no dan nada a cam¬bio.
— Si se trata de dar lo cierto es que ninguno de los dos dais jamás vuestro brazo a torcer —replicó Vivian con un suspiro—. Compréndelo, Mary, no podía dejar que pasase la Navidad allí solo. Es la única familia que tengo.
Su amiga suspiró también, sintiéndose mal por sus constantes negativas, y abrazó a Vivian impulsivamente.
—Lo siento. Me estoy comportando como una chi¬quilla egoísta, ¿verdad? Eres mi mejor amiga, Viv, y este piso es tan tuyo como mío. Tienes todo el dere¬cho del mundo a invitar a tu hermano por Navidad, aunque no nos podamos ni ver. Apretaré los dientes y fingiré que estoy encantada de tenerlo aquí, ¿de acuer¬do?
— Eso tendré que verlo para creerlo —contestó Vivian enarcando una ceja y frunciendo los labios.
María se puso la mano en el corazón. —Te doy mi palabra.
— Bueno, entonces, ahora que ya lo hemos habla¬do, ¿qué te parece si vamos a comprar el abeto? Toda¬vía no habrá cerrado la floristería de la esquina.
—Claro —asintió María.
Se puso el abrigo y se dirigió hacia la puerta detrás de Ada, que estaba ya esperándola en el pasillo, junto a los ascensores.
— Y si encontramos uno lo bastante grande —far¬fulló por lo bajo—, colgaremos a Esteban de una de las ramas.
Miraron docenas de abetos hasta decidirse por uno, y después de subirlo al piso, Vivian volvió a bajar para comprar unas pizzas, dejando a su amiga entretenida colocándole los adornos.
María puso un disco de villancicos en la cadena de música, y trató de no pensar en Esteban mientras ponía guirnaldas, luces, y figuritas en el árbol, pero sencilla¬mente era algo que no podía evitar. El choque que ha¬bían tenido en su último encuentro había sido terrible.
Vivian y ella se conocían desde el instituto, y aunque la hermana de Esteban había escogido estudiar Arte Dra¬mático y ella Literatura, no habían perdido el contac¬to, y tres años después de licenciarse se habían ido a vivir juntas de alquiler cuando Vivian ya había consegui¬do introducirse en una pequeña compañía de teatro y María estaba ya empezando a consolidarse como escritora de éxito de novelas rosas históricas, habiendo conseguido que le publicaran las primeras ya en su úl¬timo curso de instituto.
Y precisamente sería ése el año en que conociera a Esteban, cuando él asistió con su madre a la ceremonia de graduación de su hermana. A María no le quedaba familia alguna, ya que sus padres, que la habían tenido cuando ambos rondaban los cincuenta, habían falleci¬do hacía unos años, el uno poco antes que el otro. Por eso, la señora San Román, que tenía un corazón enorme, había insistido en que pasara con ellos las vacaciones de verano, y desde entonces las invitaciones al rancho se hicieron frecuentes. Aquello no le gustó nada a Esteban. Desde del día que se enteró de la clase de libros que escribía y hojeara un par que le había regalado a Vivian, la había mirado con desprecio y tratado con frialdad. Tenía la errónea idea de que las escritoras de novela rosa eran mujeres de escasa moralidad, que lle¬vaban una vida promiscua para poder escribir las es¬cenas de sexo de sus libros.
Sin embargo el primer encontronazo serio que ha¬bía tenido con él, se había producido tres años atrás, cuando fue con Vivian a Wyoming, al rancho SR (use ese nombre por que lo he leído en otros << perdón si les molesta>>), para celebrar con su familia y ella el Cuatro de Julio, el Día de la Independencia, y quedarse un par de se¬manas.
A la señora San Román le habían diagnosticado cáncer, y todos sabían que a pesar de la medicación no duraría más de uno o dos años, y por eso las reuniones familiares eran entonces más importantes que nunca. Aquel año incluso se unió a ellos Gerardo, el único primo de Vivian y Esteban. Vivía en otro Estado, pero esta¬ba en Wyoming por motivos de trabajo y no había querido faltar. Incluso ella, que después de su última visita le había jurado a Vivian que no volvería a poner los pies por allí, no había podido negarse cuando la in¬vitaron. Sentía verdadero afecto por la señora San Román y no sabía cuántas más veces podría volver a ver¬la.
Tal y como imaginaba, la bienvenida que le dio Esteban fue gélida, pero la simpatía de su primo Gerardo compensó con creces el grosero comportamiento del hermano de Vivian. Era de su misma edad, bien pareci-do, y tenía un carácter abierto que lo hacía encantador.
Pensando que la señora querría poder pasar un rato a solas con sus hijos, su sobrino llevó a María al Parque Nacional de las Montañas Tetón después del almuerzo. De regreso, a mitad del camino, tuvieron un pinchazo, y Gerardo, que a pesar de ser adorable era un cabeza de chorlito, no llevaba una rueda de repuesto. Aquélla era una carretera vecinal, así que no pasaban muchos vehículos por allí y menos a la hora de la noche que era, así que tuvieron que ha¬cer el resto del trayecto a pie, y no llegaron al rancho hasta las dos de la mañana.
Esteban estaba esperándolos levantado. Gerardo, que estaba tan cansado que casi no podía tenerse en pie, entró en la casa haciéndole a su primo un gesto de sa¬ludo con la mano y se fue derecho al piso de arriba. Esteban no trató siquiera de detenerlo, pero sí cortó el paso a María cuando ésta se dirigía a las escaleras.
—¿Tanto te cuesta comportarte de un modo discre¬to sólo por unos días? —le dijo con los ojos entorna¬dos—. Podrías tener al menos un poco de considera¬ción hacia mi madre. Se ha ido a dormir muy preocupada.
María, anonadada, comenzó a balbucir una respues¬ta, pero él la cortó bruscamente con un improperio.
—No empeores las cosas mintiendo —le gruñó—. Los dos sabemos lo que eres... con tu moral disoluta y tus indecentes novelas. Lo que hagas con mi primo es asunto tuyo, pero no voy a consentir que alguien como tú le arruine las vacaciones a mi hermana y a mi madre. Ya no eres bienvenida aquí. Vete inventando alguna ex¬cusa, porque mañana a primera hora te marcharás.
Y se alejó por el pasillo, dejando a la pobre María temblorosa y al borde de las lágrimas, lágrimas que sólo su orgullo le ayudó a contener.
A la mañana siguiente, habiendo dormido apenas unas horas, se levantó, se aseó, se vistió, hizo el equi¬paje, y bajó las escaleras. Vivian, Gerardo y la señora San Román estaban desayunando en el comedor, y lógi¬camente se mostraron muy sorprendidos de verla apa¬recer con la maleta. María les dijo que su editor le había dejado un mensaje en el contestador del móvil pidiéndole que se reuniera con él para revisar algunas cosas de su última novela antes de enviarla a la imprenta, y le preguntó a Vivian si podría llevarla en su coche al ae¬ropuerto.
Después de despedirse de la señora San Román y de Gerardo, estaba saliendo por la puerta con Vivian cuando apareció Esteban delante de ellas, con aspecto irritado y extrañamente ojeroso.
— Quisiera hablar contigo un momento antes de que te vayas —le dijo a María.
—Adelante —lo instó ella—, di lo que tengas que decir.
Esteban lanzó una breve mirada a su hermana, que carraspeó, farfulló que iba por el coche y se alejó, de¬jándolos a solas.
—¿Por qué no me contaste lo que ocurrió anoche en realidad? —exigió saber Esteban, cruzándose de brazos.
Gerardo debía habérselo contado.
— ¿Para qué iba a intentar siquiera explicarme cuando tú ya me habías juzgado y condenado? —con¬testó ella en un tono gélido.
—Pero es que yo no sabía que...
—Esto sí que es sorprendente —lo cortó ella sarcástica—: el omnisciente Esteban San Román confesando que ignoraba algo. ¡Y yo que creía que lo sabías todo!
Esteban parecía avergonzado, pero no se disculpó.
—Pensé que Gerardo estaba borracho, y eran las dos de la mañana —le dijo, tratando de justificarse.
—Pues como ya te habrá dicho tu primo, no estaba bebido, sino cansado, porque tuvimos que andar vein¬ticinco o treinta kilómetros a pie —le espetó con ojos relampagueantes—. Nunca me has caído demasiado bien, pero ahora verdaderamente te detesto. Y ya no tendrás que preocuparte más. Ya que mi presencia te resulta tan insufrible, a partir de ahora me mantendré alejada de aquí.
—María Victoria... —comenzó él.
—Adiós.
Lo rodeó y bajó las escaleras del porche, dirigién¬dose con paso firme y sin mirar atrás hacia el coche de Vivian, que estaba esperándola ya a unos metros de la casa.
Después de aquello no había vuelto a ver a Esteban hasta el entierro de la señora San Román, y entonces ella se limitó a darle el pésame y a estar al lado de Vivian, pero el destino quiso que coincidieran el año an¬terior en Manhattan, y ese encuentro fue mucho más visceral.
Esteban había ido a la ciudad para asistir a un congre¬so de ganaderos, y de paso le hizo una visita a su her¬mana en el piso que compartían María y ella. Aquella mañana María estaba a punto de salir, y fue quien abrió la puerta cuando llamaron al timbre. Esteban, al verla, la miró de arriba abajo. Iba a unos grandes almacenes, a firmar ejemplares de su último libro, una novela rosa histórica ambientada en la Carolina del Sur del siglo dieciocho, y su editor le había dicho que se vistiese lo más elegante posible, pero el ranchero, por supuesto, al verla con aquel vestido de terciopelo burdeos con marcado escote y espalda descubierta, zapatos de ta¬cón de aguja a juego, y sombrero de plumas, no pudo reprimirse:
—Vaya, vaya... ¿a quién tenemos aquí? Madame Pompadour... —farfulló sarcástico.
María lo miró con altivez.
—Te equivocas de siglo y de país, aunque no espe¬raba que lo supieras, claro está.
Esteban enarcó una ceja.
—El que me dedique a la ganadería no implica que sea un analfabeto.
—Perdona, encanto, no quería ofenderte —le dijo ella, pestañeando con insolencia.
Tal vez fuera su tono burlón, o quizá el «encanto» lo que sacó a Esteban de sus casillas. Sus labios se cur¬varon en una sonrisa desagradable.
—Pareces una ramera de lujo —le dijo—. Podrías ponerte en cualquier esquina y seguro que harías ne¬gocio...
María le dio una bofetada, aunque su furia era tal, que no se dio cuenta de que lo había hecho hasta que sintió que le ardían los dedos y vio la marca roja en la mejilla de Esteban.
— ¡Maldito seas! —masculló, temblando de ira. Las aletas de la nariz de Esteban se ensancharon, en¬tornó los ojos, y su mirada se volvió peligrosa.
—Vuelve a hacer eso —le advirtió en un tono gla¬cial—, y desearás no haberme conocido.
—Es exactamente lo que deseo en este preciso mo¬mento —le respondió ella con puro veneno.
— Si te vistes como una prostituta, lo único que puedes esperar es que la gente te etiquete como a tal —le dijo él, mirándola con desprecio—. No quisiera que nadie me viese en público contigo.
—Pues me alegro —masculló María, la sangre hir¬viéndole de indignación — . Tampoco yo me muero por que la gente me vea contigo.
Afortunadamente en ese momento apareció Vivian, que había estado oyéndolos desde la cocina. Empezó a reprender a su hermano, y María aprovechó para salir de allí. No habría podido aguantar un segundo más. Mientras bajaba en el ascensor las lágrimas no para¬ban de afluir a sus ojos, aunque por fortuna logró cal¬marse antes de tomar un taxi, y cuando llegó a los grandes almacenes se arregló el maquillaje en el lava¬bo.
Aquélla había sido la última vez que había visto a Esteba San Román, y no quería volver a verlo jamás. ¿Cómo podía haberlo invitado Vivian, sabiendo el grado de hostilidad que había entre ellos?
Colgó la última bola en el árbol, y estaba sacando la estrella de Belén de la caja de adornos para ponerla en la punta, cuando oyó una llave girando en la puerta de entrada. Debía ser Vivian con las pizzas. Se puso de pie, y al hacerlo golpeó sin querer el abeto, agarrando justo a tiempo una de las bolas de cristal pintado y evitando que se estrellase contra el suelo.
— ¡Qué bien que ya estés de vuelta! —exclamó, mientras se daba la vuelta con la bola en la mano—, estaba muerta de ham... —se encontró cara a cara con Esteban, y se puso tan nerviosa al verlo, que apretó la bola en su mano con tal fuerza que se hizo añicos.
— ¡Dios! —masculló él, yendo junto a ella y le obligó a abrir la mano, dejando a la vista una pequeña herida en su palma de la que manaba sangre.
Ella, todavía aturdida, lo dejó hacer, fascinada por el contraste entre su delicada y blanca mano, y las de Esteban, grandes, fuertes, y morenas.
—No te... no te esperaba —balbució nerviosa—. Me has asustado.
—Ya lo veo. ¿Tenéis alcohol o algún tipo de anti¬séptico?
—En el baño.
Esteban la llevó allí, y rebuscó en el armarito de las medicinas hasta encontrar alcohol, mercromina y una caja de tiritas.
—¿Dónde está Vivian? —inquirió mientras le arranca¬ba con cuidado los trocitos de cristal que se le habían clavado y le limpiaba la herida.
—Ha salido a comprar unas pizzas —farfulló María, contrayendo el rostro y apretando los dientes. ¡Dios, cómo picaba el alcohol!
Esteban alzó la vista. Nunca habían estado tan cerca el uno del otro, y a esa distancia sus ojos verdes resultaban aún más intimidantes, igual que el ca¬lor de su cuerpo y el olor de su colonia.
Se quedaron mirándose un buen rato, y finalmente fue María quien bajó la mirada con un ligero rubor en las mejillas y el corazón latiéndole como si se le qui¬siera salir del pecho.
—¿Nerviosa, María Victoria?
— ¿Acaso te hace falta preguntar? Tú me pones nerviosa —masculló ella.
—Dime. ¿Cuánto tiempo le llevó a Vivian conven¬certe para que no te opusieras a que pasara aquí estas navidades? —inquirió Esteban enarcando una ceja.
María inspiró. Si él supiera que su hermana no le ha¬bía dicho nada hasta hacía un par de horas... Era cierto que al final había cedido, pero aunque se hubiera que¬rido negar de nada le había servido, ya que él ya esta¬ba en camino.
—Una media hora —gruñó—. Y aún pienso que ha sido un terrible error haber cedido —alzó la vista y lo miró desafiante—. No querría estropearle las navi¬dades peleándome contigo.
Esteban levantó la barbilla y estudió en silencio el rostro de María.
—Entonces, ¿significa eso que vas a ser amable conmigo? —inquirió enarcando una ceja—. ¿Que no harás comentarios mezquinos, ni me pincharás para que salte?
— ¡Mira quién va a hablar de comentarios mezqui¬nos! —le espetó ella—. ¡Pero si eres tú siempre el que se mete conmigo!
—Tú tampoco te quedas corta a la hora de contraa¬tacar —contestó Esteban.
María volvió a inspirar profundamente.
—El ataque es la única defensa que me dejas — farfulló—. Pero estamos en Navidad y...
—Cierto, y a mí me encantan los regalos.
—¿Acaso esperas que alguien te haga alguno?
—Bueno, confío en que al menos Vivian sí.
—Pobrecilla, su cariño de hermana la tiene trastor¬nada; querer a alguien como tú... -farfulló María, mi¬rándolo de reojo.
—No es cuestión de amor fraternal. El que tú no aprecies mis cualidades no quiere decir que otras mu¬jeres no lo hagan.
—Ah, las ventajas de tener dinero... —murmuró ella con toda la intención.
—¿Crees que necesito pagar para tener compañía? —inquirió Esteban con una fría sonrisa—. Bueno, su¬pongo que es normal viniendo de una mujer que se vende.
María alzó la mano para darle un bofetón, pero él la agarró antes de que pudiera hacerlo, de modo que tuvo que ponerse de puntillas para que no le dislocara el hombro.
— ¡Suéltame! —le gritó—. ¡Me haces daño!
—Entonces deja de intentar abofetearme. Es época de paz en la Tierra, ¿recuerdas? - le dijo Esteban muy calmado.
—Si pudiera ahora mismo te despedazaría —farfu¬lló ella, mirándolo furibunda.
Los ojos de Esteban recorrieron el ondulado cabello negro como la noche, los generosos senos, la estrecha cintura, las sensuales caderas, y las largas piernas.
—¿Has puesto algún kilito, no? —inquirió—. Es¬tás más voluptuosa de lo que recordaba. En fin, no te ofendas. Supongo que a algunos Hombres les atraen las mujeres así.
—Eres un... —masculló ella, forcejeando para que la dejara libre.
Esteban la soltó en ese mismo momento y encendió un cigarrillo, observándola con aire divertido.
—¿Te decepciona que no me atraigas?
—¿De qué vas? En mi vida he conocido a nadie tan presuntuoso como tú.
Esteban chasqueó la lengua y meneó la cabeza.
—Tendrás que mostrarte más amable conmigo si quieres que tengamos una tregua estos días. Además, no soporto a las mujeres histéricas.
María cerró los ojos, rogando para sí que hubiera de¬saparecido cuando volviera a abrirlos, pero no ocurrió. Guardó en el armarito de nuevo la mercromina, el al¬cohol, y las tiritas, y, caminando con cierta rigidez, sa¬lió del cuarto de baño sin mirarlo y volvió al salón para recoger los trozos de la bola que había roto.
Esteban la siguió, y se apoltronó en el sofá con el pri¬mer cenicero que encontró, observándola mientras ba¬rría los cristales de esa manera que la ponía tan ner¬viosa, sin pestañear.
—Creía que Vivian me había dicho que habías deja¬do de fumar —comentó María cuando hubo terminado.
— Lo he dejado —respondió él — . Ahora sólo fumo cuando estoy nervioso —dio otra calada al ciga¬rrillo, y le dirigió una sonrisa burlona—. Sí, cariño, tú me pones de los nervios, ¿no lo sabías?
María no se dignó a contestar a eso. Dejó a un lado el escobón y el recogedor y se pasó una mano irritada por el cabello.
—¿Quieres que te lleve a tu habitación, como una buena anfitriona? —inquirió con aspereza.
—No, gracias, sé que me llevarías al ascensor y pulsarías el botón de la planta baja. Esperaré a que lle¬gue mi hermana y me dé una bienvenida un poco más cálida.
María se recordó que era Navidad, que Esteban había perdido a su madre, y se detestó por el arranque de compasión que la invadió. Fue hasta la ventana y miró abajo, a las bulliciosas calles de la ciudad. «¡Date pri¬sa en volver, Vivian!», quería gritar.
—Vi anunciado tu último libro en la televisión el otro día —dijo Esteban de repente.
María se dio la vuelta y se cruzó de brazos, ponién¬dose a la defensiva.
—¿De veras? ¡Qué raro!, alguien tan culto como tú, viendo la televisión...
Esteban optó por no morder el anzuelo.
—Y se ha agotado en la librería del pueblo —aña¬dió.
—Porque tú compraste todos los ejemplares, ¿no?, para evitar que tus pobres vecinos pudieran verse ex¬puestos a mis indecentes escritos.
—No, cuando yo llegué apenas les quedaban tres o cuatro —contestó él—. De hecho, compré uno de los últimos... para leerlo.
María enrojeció hasta las orejas. El sólo imaginar a Esteban San Román leyendo Cosecha de pasión hizo que sintiera deseos de correr a su cuarto y taparse la cabe¬za con una manta. Era un libro bastante picante, con unas escenas de sexo muy sensuales, y por el modo en que la estaba mirando, era obvio lo que pensaba de la novela y de ella misma.
—Tenía curiosidad por saber si seguías escribien¬do la misma clase de cosas. La verdad es que me gus¬tan las novelas históricas, aunque prefiero las que no recurren al sexo cada veinte páginas.
María se sonrojó más aún y se dio la vuelta, dema¬siado azorada como para responderle.
—Dime, ¿cómo consigues mantenerte en pie te¬niendo que hacer la investigación tan exhaustiva que es obvio que haces para escribir esos libros?
María se giró sobre los talones con ojos llameantes. Algo le decía que no estaba preguntándole por la in¬vestigación de los hechos históricos.
—¿A qué te refieres exactamente? —le espetó.
Esteban se rió suavemente, y había matiz cruel en su voz cuando respondió.
—Sabes muy bien a qué me refiero. ¿Con cuántos hombres te acuestas para escribir un libro tras otro?
En el preciso momento en que María, que ya no aguantaba más, iba a lanzarle toda una sarta de impro¬perios, se abrió la puerta de entrada del piso y apare¬ció Vivian, cuyo rostro se iluminó al ver a su hermano. Soltó las cajas de las pizzas sobre una silla, sin preo¬cuparse de la tapicería, y corrió a abrazarlo.
—Cada día estás más bonita —le dijo Esteban son¬riendo.
La expresión radiante de su rostro hizo que María se sintiera deprimida. ¿Por qué a ella nunca le sonreía así? E inmediatamente quiso abofetearse por ese pen¬samiento.
—Me alegra tanto que hayas venido —le dijo Vivian a su hermano, de todo corazón.
—Y yo me alegro de que alguien se alegre —mur¬muró él, lanzando una mirada a María, que estaba ob¬servándolo furibunda.
Vivian miró también a su amiga, y la expresión de fe¬licidad se desvaneció de su rostro.
-Oh-oh...
María se tragó su resentimiento. No podía arruinarle las navidades a Vivian, no, no podía. Esbozó una sonrisa forzada.
—Está bien, no te preocupes. Incluso me ha cura¬do la mano hace un momento cuando me la he corta¬do, ¿ves? —le dijo mostrándosela—. A partir de ahora vamos a ser amigos, ¿verdad, Esteban? —inquirió apre¬tando los dientes mientras lo miraba.
—Ya lo creo, amigos íntimos —farfulló, mirándole el pecho.
Vivian lo agarró del brazo y lo arrastró fuera del sa¬lón.
—Deja que te enseñe tu habitación, Esteban —le dijo apresuradamente.
María se llevó las pizzas a la cocina y sacó unos botellines de coca-cola de la nevera mientras contaba hasta diez... diez veces.


Capítulo 2

¿CÓMO va todo por el rancho? —le preguntó Vivian a su hermano cuando los tres estuvieron sentados cenando en el comedor.
—Bien, bien —respondió él—. ¿Y tú?, ¿cómo lle¬vas el mes?
—He procurado estar lo más ocupada posible — contestó su hermana—. Me ayuda a no pensar todo el tiempo en mamá.
—Ha descansado, Vivian, era lo mejor —le recordó Esteban quedamente.
—Lo sé —murmuró ella, pero no pudo evitar que sus ojos se humedecieran—. ¿Alguien quiere repetir? Quedan tres porciones.
—Yo no, gracias —respondió María—. No quiero ponerme más «voluptuosa» de lo que estoy —añadió con una mirada significativa a Esteban.
— ¡Qué bobada, pero si tienes una figura estupen¬da! —replicó Vivian—. Anda, toma otro trozo...
—Adelante —la picó Esteban.
—¿Y por qué no te la comes tú? —lo desafió María.
—¿Para que me acuses de engullir como un cerdo? —inquirió él con aire inocente.
—Yo no sería tan desconsiderada como para lla¬marte cerdo —le respondió ella sonriendo dulcemen¬te.
—Disculpenme —los interrumpió Vivian—, pero es Navidad, ¿recuerdan? ¿Los villancicos, Santa Claus, los besos bajo el muérdago...?
—¿Muérdago? —repitió Esteban mirando a María—. Antes preferiría tomar veneno a tener que besarla a ella debajo del muérdago.
María lo miró furibunda.
— ¡Lo mismo digo!
—¿Les apetece ver un rato la televisión? —sugi¬rió Vivian frenética.
Arrastró a su hermano hasta el salón, sentándolo en un sillón, después a María, haciéndola sentarse en otro, y encendió el televisor.
—Yo recogeré la mesa —le dijo a su amiga—, tú hazle compañía a Esteban.
—Gallina —la picó su hermano—: te da miedo quedarte en medio de la línea de fuego.
Pero Vivian se limitó a sonreír y salió del salón.
Esteban se recostó en el asiento y fijó su mirada en la pantalla. Se había quitado la chaqueta y el chaleco, se había enrollado las mangas de la camisa blanca que llevaba, y tenía los primeros botones desabrochados. No llevaba camiseta, y a través de la fina tela se tras¬lucían sus músculos bronceados y una densa mata de vello. Aquella visión turbaba a María de tal modo que le pareció que la temperatura en la habitación había subido varios grados, así que rápidamente giró la cabeza hacia el televisor, mientras la voz del hombre del tiempo iba desgranando las previsiones para el día si¬guiente.
—¿Cómo van tus escritos? —le preguntó de pron¬to Esteban, en un tono extrañamente familiar.
—No me va mal, gracias —contestó ella sucinta¬mente.
—¿De qué trata la próxima novela que vas a publi¬car?
María tragó saliva. Era más que obvio que Vivian le había contado algo.
—Pues... va a ser otra novela histórica.
—¿Sobre...?
María se aclaró la garganta.
—Wyoming —farfulló en un tono casi inaudible.
—¿Perdón?
María apretó los labios irritada.
—Sobre Wyoming —dijo un poco más alto.
—Hmm... Una novela histórica sobre Wyoming. Bien, bien... ¿Y ya has empezado a recopilar informa¬ción?
María lo miró recelosa.
—¿A qué te refieres?
—Pues a información sobre datos históricos de Wyoming, claro está —aclaró él inocentemente—. Porque imagino que tendrás que mencionar aspectos de la cría de ganado, por ejemplo.
—Sí —contestó ella a regañadientes.
—¿Y qué sabe una chica de ciudad de eso? —le preguntó Esteban burlón.
Ella le lanzó una mirada furiosa.
—He estado en un rancho.
—Cierto, en el mío —murmuró Esteban, observándo¬la con ese aire de superioridad que ella detestaba—.Bueno, al menos tienes algo por donde empezar; en Charleston desde luego no hay muchos ranchos. Por¬que creo recordar que pasaste tu infancia allí, ¿no?
—Puede que no tengamos ranchos en Charleston, pero sí buena gente —replicó ella—. Gente educada y...
Esteban enarcó las cejas.
—No tienes por qué ponerte a la defensiva —le dijo cortándola—. Me gusta Charleston, y mi abuela materna era de allí.
María lo miró fijamente.
—¿Ah, sí? —inquirió en un tono frío.
—Sí, y tenia el cabello azabache como tú —añadió Esteban, espe¬rando que saltara.
—Mi cabello no es azabache —replicó María, como él había anticipado.
—No, no lo es —asintió él estudiándolo—, es como la noche oscura
María se sonrojó. Aquello había sonado extraña¬mente poético, y no le gustó nada el cosquilleo que la recorrió por dentro al oírlo. Miró su reloj de pulse-ra.
—Discúlpame —le dijo a Esteban, poniéndose de pie—. Esta charla es muy interesante, pero tengo que cambiarme.
El ranchero le dedicó una larga mirada.
—¿Vas a algún sitio?
—Pues sí —respondió ella, negándose a decirle dónde ni con quién.
Y se fue derecha a la cocina, en busca de Vivian.
—Luciano quedó en venir a recogerme a las nueve — le recordó a su amiga—. Voy a vestirme.
—De acuerdo. Acabaré con estos platos y me iré a hacerle compañía a Esteban —respondió Vivian—. ¡Cómo te envidio! —suspiró—. Echo tanto de menos a Héctor cuando está embarcado...
—Venga, anímate —le dijo María dándole un abra¬zo—. Los días pasarán volando, y antes de que te des cuenta estará de regreso, ya lo verás.
—Es verdad, soy una quejica —se rió Vivian—. No me hagas caso; vete y diviértete.
María fue a su dormitorio y, tras mucho dudar, se puso un vestido de fiesta negro conjuntado con acce¬sorios rojos. Se miró al espejo, y arrugó la nariz, críti¬ca como siempre con su reflejo. Se hizo un recogido informal y lo fijó con un pasador de nácar. Se miró otra vez en el espejo y sonrió. Sí, mejor así, ese toque le gustaría a Luciano.
Luciano Cisneros era un reportero del New York Times especializado en política inteligente y divertido. Hacía meses que se conocían, y salían con bastante frecuen¬cia, aunque lo que había entre ellos era más bien pla¬tónico porque ella era demasiado independiente y no se sentía preparada para iniciar una relación seria, y él había perdido a su mujer y aún la añoraba.
El timbre de la puerta sonó cuando se estaba dando un poco de brillo en los labios, pero María no se preo¬cupó. Ya abriría Vivian. Sólo al cabo de un rato recordó que Esteban estaba allí también, así que terminó de ma¬quillarse a toda prisa y regresó al salón. A saber lo que ese hombre insufrible sería capaz de decirle a Luciano...
Luciano estaba de pie en el vestíbulo, hablando con Vivian, mientras Esteban, despatarrado en el sillón como si fuera el señor de la casa, lo observaba fijamente. Cuando María fue junto a su amiga y Luciano, éste le diri¬gió una mirada con la que parecía decirle lo aliviado que estaba de que hubiera aparecido al fin.
—Hola, preciosa —le dijo con una sonrisa algo forzada.
Luciano era moreno, de ojos castaños, y Esteban lo gana¬ba en altura y musculatura. De hecho, comparándolos, de pronto a María, Luciano se le antojó pálido y poco mas¬culino. Sin embargo, le sonrió, y también a Vivian, como si no pasara nada.
—Bueno, yo estoy lista para que nos vayamos, así que... cuando tú quieras. Buenas noches, Viv. Buenas noches, Esteban —se despidió también del ranchero, ha¬ciéndole un gesto con la cabeza.
Pero Esteban no le contestó. Seguía con la vista fija en el pobre Luciano, los ojos peligrosamente entornados y brillando como plata bruñida mientras fumaba un ci¬garrillo. Su hermana le hizo un gesto frenético, pero la ignoró también.
—Em... Buenas noches, Vivian —se despidió Luciano incómodo.
Y le pasó el brazo por la cintura a María para condu¬cirla fuera.
— ¡Cielos! —exclamó Luciano cuando entraron en al ascensor—, por un momento me he sentido como un insecto clavado en una plancha de corcho... ¿Siempre es así, tan poco... comunicativo?
—Oh, es peor, normalmente es «demasiado» co¬municativo. Y es horrible, Luciano: Vivian lo ha invitado a pasar las navidades con nosotras. Bueno, entiendo que le diera pena que estuviese solo en su rancho de Wyoming, sobre todo porque su madre falleció reciente¬mente, pero...
—No te cae bien, ¿eh?
—¿Que si no me cae bien? No lo aguanto... no lo soporto... ¡lo detesto!
Luciano se rió.
—Pobre, lo compadezco. Ser odiado por la temible María Victoria Fernández Acuña...
—Es de mí de quien deberías compadecerte: va a vivir una semana en nuestro piso —gimió.
—Bueno, siempre puedes venirte a mi apartamento.
María se rió, sabiendo que aquella oferta era una broma, como siempre lo había sido entre ellos. No te¬nían esa clase de relación.
—Pues mira, sí, podría —respondió siguiéndole el juego—. Pero, no sé, ¿qué diría tu madre? ¿No se es¬candalizaría?
—¿Qué dices?, mi madre te adora —se rió él—. Seguro que se pondría como loca.
— Sólo porque vive a un par de manzanas de tu bloque y podría sonsacarme el argumento de mi próxi¬ma novela —replicó ella sonriendo.
Fueron al estreno de una esperada obra de teatro para la que Luciano había conseguido entradas, y después a tomar una copa en un local donde tocaban música tranquila, donde María consiguió convencerlo de que la sacara a bailar.
Eran ya altas horas de la madrugada cuando Luciano la llevó a casa.
—Lo he pasado muy bien —le dijo María cuando llegaron a la puerta del piso.
—Bueno, ésa era la idea —respondió él con una sonrisa.
—¿Me llamarás pronto?
—En cuanto pueda —prometió él—. Aunque no sé cuándo será eso, porque puede que tenga que volar a Washington para cubrir el escándalo en torno a ese congresista.
—Bueno, pues llámame cuando estés de vuelta, ¿de acuerdo?
—A sus órdenes —respondió él haciendo un salu¬do militar, y dirigiéndose de espaldas hacia el ascen¬sor—. Buenas noches, Mary. Que descanses.
Le guiñó un ojo, entró en el ascensor, y se despi¬dieron con la mano antes de que se cerraran las puer¬tas. Luciano siempre era así. Nunca intentaba besarla ni aprovecharse de ella de ninguna manera. De hecho, lo que había entre ellos no era en el fondo más que una excelente amistad, en la que disfrutaban de la compa¬ñía del otro. Además, Luciano no era todavía capaz de de¬jar que nadie ocupase el hueco que su esposa había dejado en su corazón, y por eso se sentía cómodo con María, porque no lo presionaba ni le exigía ninguna cla¬se de compromiso.
Tarareando una de las cancioncillas que habían bai¬lado, María sacó su llave del bolso y abrió la puerta. Las luces estaban apagadas, así que cerró despacio, e iba a darse la vuelta cuando una voz profunda a sus espaldas hizo que el corazón se le subiera a la garganta:
—¿Siempre sales hasta tan tarde?
María se giró en redondo, oyó como alguien apreta¬ba el interruptor de la lámpara de pie del rincón, y vio a Esteban sentado en el sillón, junto a la ventana, con un vaso de lo que parecía whisky en su mano.
—Tengo veinticinco años —le recordó, tratando aún de calmar los fuertes latidos de su corazón—; sal¬go hasta la hora que quiero.
Esteban se puso de pie y avanzó despacio hacia ella, con unos andares casi felinos, sosteniéndole la mirada.
—¿Te acuestas con él?
María lo miró boquiabierta.
—Escucha, lo que haga o deje de hacer con él o con cualquier otro hombre es asunto mío.
Esteban apuró el líquido que quedaba en el vaso y lo dejó sobre una mesita alta, junto al teléfono, acortan¬do la poca distancia que había entre ellos hasta que María sintió deseos de retroceder.
—¿Qué tal es en la cama? —le preguntó tomándo¬la por los hombros y sosteniéndole la mirada.
María entreabrió los labios.
—Esteban...
Las aletas de la nariz del ranchero se ensancharon, y los dedos sobre sus hombros se tensaron.
—Seguro que está blanco como la leche... —farfu¬lló burlón—, como todos los hombres de ciudad.
—Aquí se trabaja en bloques de oficinas; no en las praderas, bajo el sol.
—No, desde luego que no. Aquí faltan árboles, y espacio, y sobra gente. No puedes dar dos pasos sin chocarte con alguien —se quejó Esteban—. Yo no podría sobrevivir aquí. Y ahora contéstame: ¿te acuestas con él?
—Eso no es asunto tuyo.
—Es cierto, pero tengo curiosidad por saber... ¿Te hace todas esas cosas que describes en tus libros? — inquirió escrutando su rostro—. ¿Te «desnuda lenta¬mente» para que puedas «sentir cada roce de sus de¬dos» y...?
— ¡Basta! —exclamó ella azorada, tapándole la boca con la mano.
Esteban pareció sorprendido por ese inesperado con¬tacto, y tomó sus dedos, apartándolos unos centíme¬tros, y observándolos unos segundos como si no su¬piera qué hacer con ellos.
—¿Es ese Luciano la clase de hombre que te gusta, María Victoria? —inquirió mirándola a los ojos.
—Me... me gustan los periodistas —balbució ella.
—¿Ah, sí? —murmuró Esteban, llevándose la mano de María a los labios y besándole la palma suave y len¬tamente, para luego morderle con delicadeza el índice.
—Esteban... —jadeó ella nerviosa.
El ranchero introdujo en su boca el extremo del dedo, y lo lamió.
—¿Asustada? —inquirió en un susurro—. Dicen que las mujeres sólo se muestran inquietas con los hombres que creen que pueden llegar a conquistar¬las...
María se apartó de él, soltando su mano de un tirón.
— ¡Eso quisieras! —le espetó en una voz agitada que no parecía la suya.
Esteban se metió las manos en los bolsillos, y se que¬dó mirándola.
—Creo que eres tú quien lo querrías —replicó—. En fin, nunca se sabe. Quizá un día de éstos te com¬plazca. La verdad es que las vírgenes no me atraen de¬masiado. En cambio una mujer experimentada me re¬sulta tan... excitante.
María sintió que las mejillas le ardían, y se giró so¬bre los talones, yendo hacia el pasillo. Si se quedaba allí un segundo más le daría un puñetazo. Se fue dere¬cha al baño, echó el pestillo, se desnudó y se metió bajo la ducha, abriendo el grifo del agua fría sin preo¬cuparse de que pudiera despertar a Vivian. Necesitaba calmarse.
María apenas pudo dormir aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos sentía la presión de los dedos de Esteban en sus hombros, el contacto de sus labios contra su mano... ¡Cómo lo odiaba!
A las ocho, incapaz de seguir en la cama, se arras¬tró hasta la cocina, con su camisón beige de seda bajo el cual se insinuaban las suaves curvas de su cuerpo, y el cabello revuelto cayéndole sobre los hombros.
Llenó la cafetera de agua con un enorme bostezo, colocó el filtro, le echó tres cucharadas de café y la encendió. Mientras se hacía, puso una sartén en el fue¬go, le echó un chorrito de aceite de oliva, encendió el quemador, echó las tiras de beicon, y fue a la nevera a sacar la leche y los huevos. Se volvió y empujó la puerta del frigorífico con la espalda para cerrarla, y así, apoyada en ella, con un cartón de huevos en una mano y una botella de leche en la otra, la encontró Esteban, que entraba en ese momento por la puerta, ves¬tido únicamente con unos pantalones de pijama.
Se paró en seco al verla, y se quedó mirándola fija¬mente. Bueno, en realidad ella tampoco pudo evitar echarle una buena mirada. Era justo como se lo había imaginado sin camisa: endiabladamente sexy. Los músculos de su bronceado tórax se ondularon cuando cerró la puerta de la cocina, y los ojos de María siguie¬ron la mata descendente de vello rizado que lo cubría hasta el cinturón, tras el que desaparecía. Sus brazos parecían los de una estatua, y sus hombros eran increí¬blemente anchos.
—Me he despertado hace un buen rato y he inten¬tado volver a dormirme —le dijo Esteban—, pero no ha¬bía manera, así que al final he pensado que lo mejor sería bajar a tomar una taza de café para despejarme del todo.
—Acabo... acabo de poner la cafetera —balbució ella, despegando con esfuerzo la mirada de su cuerpo de atleta, y dejando sobre la encimera los huevos y la botella de leche—. ¿Por qué no te sientas? Ya casi está.
Esteban entornó los ojos.
—¿No irás a echármelo por encima, verdad?
—No me tientes —contestó ella.
Mientras abría la alacena para sacar otra taza y otro platillo, Esteban tomó asiento, y cuando María se vol¬vió para poner las tazas con café en la mesa, se lo en¬contró mirándola de nuevo, y se puso tan nerviosa que un poco del contenido de una de las tazas se derramó por el platillo.
—¿Y tu? ¿Cómo es que te has levantado tan pron¬to? —inquirió Esteban—. ¿No podías dormir?
—No, es que estoy acostumbrada a levantarme temprano y no consigo deshacerme de ese hábito ni en vacaciones —contestó ella—. Además, por la mañana es cuando mejor estoy.
Una sonrisa maliciosa se dibujó lentamente en los finos labios del ranchero y la miró de arriba abajo.
—Ya se ve.
María se sonrojó hasta las raíces del cabello, y Esteban se echó a reír.
— ¡Me refería a que es cuando me encuentro en mejor forma! —le espetó ella irritada—. Si has acaba¬do de burlarte de mí, ¿por qué no te llevas el café a tu cuarto y te lo tomas allí?
—¿Pretendes que desayune sólo una taza de café? Dime, ¿no es beicon eso que huelo?
— ¡El beicon! —exclamó maría dando un respingo y volviendo se hacia la sartén.
Se había olvidado por completo de que se estaba friendo y decir que se había puesto crujiente era decir poco.
— ¿No vas a revolver también unos huevos? — preguntó Esteban con insolencia.
—Pensaba hacerlo, pero creo que a ti te serviré los tuyos crudos —masculló María.
Esteban se limitó a reírse, tomando un sorbo de café.
—Me gusta el sushi, y hasta las ostras, pero... ¿huevos crudos? —dijo contrayendo el rostro con asco—. ¿Quieres que prepare algo que hará que te chupes los dedos?
María enarcó una ceja.
—¿Sabes cocinar?
—No me insultes, por favor —respondió él levan¬tándose y yendo junto a ella—. Dame una sartén, una bolsa de pan de molde, una tarrina de mantequilla, y el azúcar. Ah, y también canela.
— ¿Sueles ir por ahí dándole órdenes a todo el mundo? —farfulló ella lanzándole una mirada irritada antes de ir por lo que le había pedido.
—Soy el dueño de un rancho —contestó Esteban mi¬rándola de reojo mientras ponía en la sartén que le tendió María un par de cucharadas de mantequilla—: estoy acostumbrado a que me obedezcan. Además, me gustaba más como eran las cosas antiguamente, cuan¬do los hombres cazaban y las mujeres cuidaban de la casa y tenían hijos —añadió, poniendo tres rebanadas de pan en la sartén, y espolvoreándolas con canela y azúcar.
— Sabía que eras arrogante, pero no que además tenías una mentalidad prehistórica. Eso era esclavitud. Las amas de casa no eran más que mano de obra gra¬tuita. Al menos hoy día las que lo son, suelen serlo por propia elección.
—Di lo que quieras, pero antes las mujeres eran delicadas y femeninas, y en cambio ahora la mayoría sois cargantes, vais por ahí avasallando, y no hay quien trate con vosotras; sois como caballos salvajes —concluyó dándole la vuelta a las tostadas y echán¬doles azúcar y canela por el otro lado.
—Mira quien fue a hablar... credulidad.
—Sí, pero yo soy un hombre... —respondió Esteban mirándola por encima del hombro.
Los ojos de María descendieron involuntariamente a su tórax desnudo.
—¿Te has quedado sin palabras para otra réplica?—inquirió burlón.
Pero María se negó a picar el anzuelo.
—Se te van a quemar las tostadas —le dijo dándo¬se la vuelta y empezando a cascar huevos en un bol.
Esteban pasó las tostadas a un plato, doradas y con un olor delicioso, y dejó la sartén encendida para María.
—Me gustan bastante hechos —le dijo mientras ponía el plato con las tostadas en la mesa y se apoyaba en la encimera para verla trabajar.
—Pues a Vivian y a mí no —replicó María. ¿Quién se creía que era?—. Cuando haya acabado puedes batir tú los tuyos y quemarlos si quieres.
Esteban se rió, y María, que esperaba una puya, alzó el rostro sorprendida y giró la cabeza.
—Como una caja de fuegos de artificio... —mur¬muró él entornando los ojos y observándola fijamen¬te—. ¿Eres igual de explosiva en la cama?
María apartó la vista, concentrándose en los huevos revueltos.
—¿No quieres... ir a vestirte antes de desayunar?—balbució.
Fue un error hacerle esa sugerencia, un terrible error, porque con ello estaba admitiendo que la turba¬ba verlo desnudo de cintura para arriba. Y por la son¬risa que vio esbozar a aquella bestia arrogante con el rabillo del ojo, estaba claro que él lo había sabido des¬de el principio. Se alejó de la encimera con pasos lánguidos, y se colocó justo detrás de ella, tan cerca, que María podía sentir su calor, y la invadió un angustioso deseo de volverse y acariciar la extensión de su ancho tórax.
Las manos de Esteban rodearon su cintura, haciéndole dar un respingo, y la atrajeron hacia él de modo que su espalda quedó pegada contra los duros músculos de su pecho y su estómago. El camisón que llevaba puesto era tan fino que era como estar desnuda en sus brazos.
De pronto sintió que los dedos del ranchero des¬cendían hacia sus caderas, acariciándolas, y le tembló la mano con la que estaba revolviendo los huevos.
—Esteban, no... —susurró en un hilo de voz.
Notó el aliento de él en su pelo, y los largos dedos se contrajeron sobre sus caderas, para luego moverse hasta su estómago, provocándole un espasmo nervio¬so, y haciendo que le flaquearan las rodillas.
— Suelta esa condenada espátula y date la vuelta —le ordenó Esteban en un tono que no reconoció.
María estaba temblando como una hoja, y sólo Dios sabe lo que habría pasado si en ese momento no se hu¬bieran oído pasos acercándose a la cocina y un enor¬me bostezo. Esteban se apartó de ella al instante, y al abrirse la puerta apareció Vivian.


Capítulo 3

AH!, pero si estáis los dos levantados... —mur¬muró con una sonrisa—. Llegaba hasta mi cuarto el olor a comida y no he podido resistir¬me a pesar de la pereza que me daba levantarme.
María seguía revolviendo los huevos, a pesar de que ya estaban más que hechos.
—Pues vete sentando —le dijo María, rogando por¬que su voz no le sonara a Vivian tan temblorosa como le parecía a ella. ¡Maldito Esteban...! —, esto estará listo en un periquete.
—Será mejor que me vista —murmuró el ranche¬ro, guiñando un ojo a su hermana al pasar junto a ella—; creo que así pongo nerviosa a «alguien...»
Y salió de la cocina mientras María soltaba un im¬properio entre dientes.
—Ya estáis otra vez por lo que veo... —suspiró Vivian con hastío.
—Ha sido él quien ha empezado —masculló su amiga—. Yo no le he pedido que entrara aquí medio desnudo.
—¿Qué? —inquirió Vivian parpadeando.
María miró a su amiga y contrajo el rostro.
—Dios, es que tiene un cuerpo tan increíble... — farfulló sin poder reprimirse.
Vivian se rió divertida.
—Muchas mujeres me han hecho esa confesión, pero nunca la hubiera esperado de ti.
—Se me han debido cruzar los cables; olvídalo — dijo María sirviendo los huevos revueltos en una fuen¬te—. Creo que será mejor que yo vaya a vestirme tam¬bién.
—Bueno, pero no tardes o se enfriará todo.
—No, vuelvo enseguida.
María corrió a su habitación y justo cerraba la puerta de su dormitorio cuando Esteban salía del suyo. ¡Por poco! Aquélla iba a ser una larga semana. Nunca hu¬biera imaginado que el hermano de Vivian pudiera llegar a tener un efecto semejante en ella. En todos esos años jamás había intentado siquiera coquetear con ella, y de repente, en sólo dos días estaba logrando minar sus defensas, cosa que nadie había logrado en sus veinti¬cinco años de vida.
Cuando regresó a la cocina, Esteban y Vivian ya estaban sentados a la mesa desayunando.
—Te he dejado leche caliente —le dijo Esteban cuan¬do tomó asiento junto a su hermana—. Iba a tomarme una segunda taza de café, pero no quiero aprovechar¬me sólo por estar de visita.
—Qué amable por tu parte... —masculló ella con una sonrisa forzada, sirviéndose.
—¿A qué se dedica tu novio? —le preguntó Esteban de improviso, observándola fijamente.
—Luciano no es mi novio, simplemente salimos jun¬tos —le aclaró ella—. Y ya que quieres saberlo, es columnista político en el New York Times.
Esteban se recostó en su asiento, y Vivian se mordió el labio inferior, mirándolo de un modo aprensivo.
—¿No me digas? —murmuró su hermano—. Pues no parece que haga mucho ejercicio. Porque está un poco enclenque, ¿no?
—No está enclenque —replicó María mirándolo ai¬rada—, es que trabaja mucho y no tiene tiempo para hacer deporte.
Esteban soltó una carcajada despectiva.
—Si yo lo llevara al rancho aprendería el verdade¬ro significado de trabajar duro. No aguantaría ni una semana.
—En eso tienes razón; nadie podría aguantarte más de una semana —respondió María con una sonrisa sarcástica—. En cualquier caso, ¿puede saberse qué te importa a ti con quién salga?
—Ésa es una buena pregunta —contestó él. Entor¬nó los ojos, y se dibujó en sus labios una media sonri¬sa cuyo significado María no pudo adivinar—. A lo me¬jor es que me da pena el pobre. Porque sabe a qué te dedicas, ¿verdad? Debe ser un verdadero infierno para él que todo lo que hace en la cama contigo aparezca publicado en tus libros...
— ¡Esteban...! —gimió su hermana disgustada, tapán¬dose el rostro con las manos.
—Eres... eres un... —masculló María, temblando de ira—, ¡eres un miserable, un ruin, y un despreciable! —explotó poniéndose de pie y arrojando la servilleta sobre la mesa.
—Vaya, alguien se ha levantado con el pie izquier¬do esta mañana... —comentó Esteban burlón—. ¿Dónde están tus modales, María Victoria? Estoy aquí como invita¬do y...
— ¡No porque yo lo haya querido! —le espetó ella furiosa—. ¡Antes invitaría a una cobra a desayunar!
—Deberías haberlo hecho —murmuró él—. Segu¬ro que a una cobra no le habrían parecido mal tu beicon quemado, tus huevos medio crudos, y tu café aguado.
María lo miró boquiabierta de indignación. ¿Cómo se atrevía? Intentó decir algo, pero estaba tan enfada¬da que no le salían las palabras, así que se dio media vuelta, salió de la cocina como un huracán, y abando¬nó el piso antes de que Vivian pudiera ir tras ella. Nece¬sitaba aire fresco. Sin embargo, no se había puesto chaqueta y hacía algo de frío a esas horas de la maña¬na, así que tras dar unas cuantas vueltas tiritando fi¬nalmente decidió que tendría que tragarse el orgullo y regresar. No iba a pasar todo el día deambulando por las calles. «Es por Vivian», se repitió antes de entrar en el bloque de pisos, «si hago esto es sólo por Vivian».
Sin embargo, cuando entró, Esteban no estaba allí, y su amiga parecía cansada y avergonzada.
—No lo entiendo, Mary, te juro que no entiendo por qué se comporta así —trató de disculparse por su her¬mano—. Si hubiera sabido que iba a tratarte de esta manera tan odiosa no lo habría invitado.
María tuvo la prudencia de no decirle que ella ya le había advertido que aquello no resultaría.
—No importa, sólo serán unos días más. Lo sopor¬taré —le dijo dejándose caer en el sofá con un pesado suspiro—. ¿Dónde está, a todo esto?
—Me ha dicho que iba a pasar el día con una ami¬ga —respondió Vivian—, y que tal vez regrese tarde.
¿Por qué estúpida razón oír el pensar que estuviera con otra mujer hacía que la invadieran pensamientos homicidas?, se preguntó María, profundamente irritada consigo misma.
Para quitarle un poco el mal humor, Vivian le propuso que se fueran juntas de compras, y así lo hicieron, e in¬cluso almorzaron fuera, en un pequeño restaurante grie¬go en el centro de la ciudad. No volvieron hasta pasa¬das las seis, y estaban tan reventadas que tras dejar las bolsas en sus dormitorios se quitaron los zapatos, se prepararon unos sandwiches y vieron la televisión hasta que decidieron que era hora de irse a dormir porque a ambas se les estaban cerrando los ojos.
Esteban no regresó hasta la mañana siguiente. Eran casi las diez y media, y María estaba sentada en el suelo del salón, rodeada de papeles, páginas y más páginas de su última novela, cuyas correcciones estaba revi¬sando para enviársela al editor. Vivian había salido, por¬que esa mañana tenía unas pruebas para una obra de teatro que iba a empezar a ensayarse en enero, y aun¬que le había dicho que esperaba volver para el almuer¬zo, María estaba casi segura de que no sería así, porque se presentaba mucha gente, y las pruebas siempre se alargaban, y estaba temiendo el regreso de Esteban.
Una hora más tarde llamaron a la puerta, y cuando fue a abrir se encontró con Esteban, con la misma ropa que el día anterior, y una expresión divertida en el ros¬tro, como si algo le hiciera mucha gracia.
—¿Has perdido la llave que te dio Vivian? —le pre¬guntó María.
—No, pero pensé que sería mejor no usarla... no fueras a tener compañía —contestó él.
María le habría soltado algo, pero optó por ignorar¬lo, y tras dejarlo entrar y cerrar de un portazo volvió al suelo con sus papeles.
—Queda café si quieres —le dijo a Esteban fríamente sin mirarlo—. Y no me molestes, estoy muy ocupada.
—Oh, no pensaba hacerlo. He venido a darme una ducha y a cambiarme. He quedado para comer.
¿Por qué?, ¿por qué sentía deseos de romper pla¬tos?, se preguntó María apretando los dientes mientras trataba de concentrarse en lo que estaba haciendo.
Esteban se fue por el pasillo y regresó minuto des¬pués ataviado con un traje gris perla, corbata a juego, impecables zapatos, y una camisa de seda blanca. Es¬taba elegante, sexy, increíblemente guapo para ser un hombre tan despreciable. Si se había vestido así para ir a un al¬muerzo, pensó María frunciendo el ceño, debía ir por lo menos al hotel Waldorf, y seguramente con una mujer despampanante de ésas con las que solía salir.
—Vivian no se habrá ido preocupada esta mañana, ¿verdad? —le preguntó Esteban consultando su reloj de pulsera.
—Oh, no, está acostumbrada: yo paso la noche fuera un montón de veces —mintió ella deliberada¬mente, alzando la vista.
Habría jurado que los ojos grises del ranchero re¬lampaguearon un instante, pero se dijo que debían ha¬ber sido imaginaciones suyas.
Esteban la recorrió con la mirada, y María bajó la vista nerviosa a sus papeles. El ranchero se acercó a ella, y se inclinó, tomando una hoja al azar y a medida que sus ojos fueron descendiendo de una línea a otra, una sonrisa malévola se dibujó lentamente en sus labios.
—No te cortas nada a la hora de escribir estas es¬cenas de cama —murmuró.
María alargó el brazo y le arrancó la hoja de las ma¬nos, sonrojándose profusamente mientras la metía de¬bajo de la que estaba repasando. ¿Por qué había tenido que ser precisamente esa página la que hubiera leído?, gimió para sus adentros.
—¿Es ahí donde te gusta hacerlo? —continuó pi¬cándola Esteban, metiéndose las manos en los bolsillos y mirándola fijamente—. La verdad es que nunca he probado a hacerlo en una bañera, pero supongo que...
—¿Te importaría marcharte a donde tengas que ir y dejarme tranquila? —lo cortó ella bajando más la cabeza—. Me importa un rábano dónde lo hayas he-cho o con quién, así que por favor, vete a tu almuerzo y déjame con mis «sórdidas» ocupaciones.
—Me temo que sí tendré que dejarte, porque a los corredores de Bolsa desde luego no les gusta que los hagan esperar.
María alzó el rostro cuando él se estaba poniendo la chaqueta y dándose la vuelta para dirigirse hacia la puerta.
—¿Corredores de Bolsa? —repitió perpleja.
Esteban se giró hacia ella con una expresión extraña.
—Soy un hombre de negocios —le recordó—. Un rancho no es productivo todo el año, y necesito hacer fuertes inversiones para mantenerlo a flote.
—Lo sé —se apresuró a contestar ella—. Es sólo que pensé...
—Que porque he pasado la noche fuera... ¿había quedado con una mujer para una comida de placer? — terminó él su frase, en un tono amenazador.
María volvió a lo que estaba haciendo, tratando de ignorarlo, pero no era fácil cuando estaba mirándola fijamente desde sus casi dos metros de altura.
—Te sorprendería saber las razones por las que he pasado la noche fuera, María Victoria... —murmuró Esteban—. Quizá tengan algo que ver contigo.
Esas últimas palabras hicieron que María alzara el rostro hacia él. Sus ojos se encontraron, y sintió como si una corriente eléctrica la recorriera por dentro.
—No esperaba que al tocarte fueras a empezar a temblar —le dijo Esteban con voz ronca—. No después de todos estos años siendo enemigos...
—Aún lo somos —le aclaró ella por si acaso, en lo que esperaba fuera un tono convincente de enfado, porque la humillación era demasiado grande.
—Cierto —respondió él fríamente—, y eso es lo que vamos a seguir siendo. No quiero complicaciones.
—Lo mismo digo —masculló ella con aspereza—. Y no te hagas ilusiones —añadió—, si reaccioné así fue sólo porque no me lo esperaba y estaba medio dormida.
En el silencio que siguió los ojos del ranchero es¬crutaron los suyos.
—¿Tratando de salvar tu orgullo?
Ella lo miró irritada.
—Me gusta mi vida tal y como es, y lo que inten¬taste ayer por la mañana fue...
—¿Lo que intenté? —se burló él, soltando una car¬cajada—. ¿Quién está haciéndose ilusiones ahora? ¡Por favor, me gustan las mujeres con una cierta expe¬riencia, pero no las promiscuas!
María se puso de pie como un resorte, y estaba a punto de levantar la mano para darle una bofetada cuando la furibunda expresión en el rostro de él la dejó paralizada, como si le hubiera echado un sortile¬gio.
—Te aconsejo que ni lo intentes —le advirtió Esteban—. Una vez me diste una bofetada y no hice nada, pero si vuelves a hacerlo, acabaremos en la cama.
María se estremeció de arriba abajo.
—No me acostaría contigo ni por todo el oro del mundo —masculló.
El ranchero sacudió la cabeza.
—¿No te das cuenta de que reaccionamos como un compuesto químico explosivo? Bastaría con un solo beso. Con un único beso saltaría la chispa, y ardería¬mos en llamas. Es algo que he sabido desde el princi¬pio, desde el día que te conocí.
María estaba roja como una amapola, y contuvo con dificultad un gemido mientras le daba la espalda y se ro¬deaba la cintura con los brazos en actitud de protección.
—No te preocupes, chica de ciudad, estás a salvo de mis apetitos —le dijo Esteban en un tono burlón—. No estoy tan desesperado, pero no me provoques.
María no podía dar crédito a lo que estaba sugirien¬do. Para ella él siempre había sido el enemigo, y las cosas iban a seguir igual aunque tuviese que morderse la lengua hasta hacerse sangre. Fue hasta la ventana y se quedó allí, dándole la espalda y observando la calle con la mirada perdida.
—¿Y se puede saber a qué viene ahora ese numerito de chica inocente herida en su pudor? —la pin¬chó él sarcástico—. Creía que era mi hermana quien había estudiado Arte Dramático y no tú.
No tenía que interpretar el papel de chica inocente, porque verdaderamente lo era, pero aunque se lo dije¬ra, él jamás la creería. Además, la había dejado aturdi¬da, amenazándola con llevársela a la cama por provo¬carlo, cuando ni siquiera era consciente de haberlo hecho. ¿Lo había hecho, lo había provocado sin darse cuenta? El que la respuesta pudiera ser «sí» y las razo¬nes por las que lo habría hecho la aterraron. Dios, aquello no podía estar ocurriendo... ¡No podía sentirse atraída de verdad por Esteban San Román!
—Mary... —la llamó él en un tono quedo.
Ella se puso rígida.
—Vas a llegar tarde a tu cita —farfulló ásperamen¬te sin darse la vuelta.
Esteban frunció el ceño.
—¿Se puede saber qué diablos he dicho que te ha molestado tanto?
—¿Que qué has dicho? — explotó María, apretando las manos como garras en el marco de la ventana—. ¿Me amenazas con llevarme a la cama y me preguntas qué me ha molestado?
Esteban parpadeó perplejo.
—No era una amenaza.
María lo ignoró por completo, y dándose la vuelta se dirigió derecha hacia el pasillo.
— ¿Quieres dejar de hacerte la ofendida y mirar¬me? —gruñó él siguiéndola.
Pero María había llegado a su dormitorio, cerró y echó el pestillo. Fuera pudo oír una ristra de imprope¬rios irrepetibles, antes de que los pasos de Esteban se alejaran, se cerrara violentamente la puerta de entrada, y el piso se quedara en silencio.
¡Bestia arrogante! ¡Acusarla de ser tan vulnerable a sus encantos que caería rendida en sus brazos y de¬jaría que la llevara a su cama sólo con que la besara! Gimió furiosa apretando los dientes al recordar cómo había reaccionado ante el contacto de sus manos en su cintura y sus caderas, y sintió deseos de golpear algo. No podía aguantarle un día más, no podía... Si no se iba él se iría ella.
María tenía la mitad de la ropa metida en la maleta cuando Vivian regresó de las pruebas. Todavía no sabía a qué hotel iba a ir, pero había tomado la decisión y no iba a dar marcha atrás. Sería incapaz de aguantar a Esteban un solo día más.
— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó Vivian vaci¬lante, deteniéndose en el umbral de la puerta de su dormitorio.
—Sacando algunas cosas de los cajones —contes¬tó María sin saber cómo decirle lo que tenía que decirle.
— ¿Vas a tirarlas?
María sacudió la cabeza y se frotó la nuca.
— ¿Y dónde te las llevas?
—Um... a un hotel.
Vivian se apoyó en el marco de la puerta con un sus¬piro.
—Has vuelto a tener un encontronazo con Esteban, ¿no es eso? —murmuró.
— ¿Cómo lo has adivinado? —contestó María, es¬bozando una media sonrisa mientras cerraba la male¬ta.
—Mary, yo... Sois adultos —le dijo su amiga—, se¬guro que no es imposible que os llevéis bien unos días. Además, estamos en Navidad, ya sabes, paz en la Tierra y todo eso.
—Es imposible que haya paz entre tu hermano y yo —replicó María con vehemencia, apartando un me¬chón de cabello de su rostro—. De hecho, cuanto más lo pienso, más increíble me parece que tenga a gente trabajando para él en el rancho.
Vivian volvió a suspirar.
—Pues aunque te parezca mentira, algunos de los peones llevan años con nosotros. Y con las mujeres no se podía llevar mejor. Todas lo encuentran educado, cortés, atento...
— ¿Seguro que estamos hablando del mismo hombre? —inquirió María sarcástica—. ¿Ese tipo grande y feo que lleva aquí dos días y una noche?
Vivian meneó la cabeza riéndose.
—Oh, Mary, Mary... Está bien, tú ganas. Me iré con¬tigo. Dejaremos a Esteban solo en el piso y yo vendré a verlo. Aunque espero que al menos no te negarás a ce¬nar con nosotros el día veinticinco.
—Pero, Viv —replicó María contrariada—, no pue¬do permitir que hagas eso. Es Navidad, y Esteba es tu hermano, y este piso es tan tuyo como mío, y la idea de que viniera aquí...
— ...no era arruinarte las vacaciones, te lo aseguro —la interrumpió Vivian suavemente—. María, eres como una hermana para mí. ¿Cómo voy a dejar que te mar¬ches así? Me sentiría fatal.
María se mordió el labio inferior, y bajó la vista ha¬cia la maleta. No podía hacerle algo así a su mejor amiga, y, sin embargo...
—Tal vez si hicieses como si no estuviera aquí... —sugirió Vivian contrayendo el rostro.
María la miró.
—Resulta algo difícil cuando no hace más que me¬terse conmigo, lanzándome esas puyas tan crueles. Si supieras las cosas que... —no pudo terminar la frase, y estaba tan azorada que apartó el rostro para rehuir la curiosa mirada de su amiga—. Tiene una idea un tan¬to... extraña respecto a de dónde saco el material para las escenas de cama de mis libros.
Vivian frunció los labios.
—Supon que intento hablar con él —propuso.
Pero María sacudió la cabeza con vehemencia.
—Eso sólo empeoraría las cosas —dijo bajando la maleta de la cama y sentándose en ella —se quedó un rato callada y exhaló un pesado suspiro— Me quedaré —murmuró—. No quiero amargarte las na¬vidades.
—Eres un encanto, Mary —le dijo su amiga, esbo¬zando una sonrisa y llevándose las manos al corazón en señal de agradecimiento.
María se encogió de hombros y volvió a suspirar.
—No, soy una idiota, pero supongo que es incura¬ble —farfulló—. Si tan sólo me dejara tranquila...
—¿Y si probaras a tratarlo como si fuera un com¬pleto extraño? —propuso Vivian—. A lo mejor funcio¬na. Siempre he creído que el problema es que empezasteis con mal pie.
—Bueno, es una idea —admitió María, suspirando por tercera vez.
—Pues claro, y no te cuesta nada probar.


Capítulo 4

ERA ya tarde cuando Esteban regresó, con cara de pocos amigos, y nada más entrar lanzó una mi¬rada furibunda a María, como si ella fuera la cul¬pable de todos los males del mundo.
—Em... te hemos guardado algo de cena, Esteban — le dijo Vivian.
—No tengo hambre —contestó él malhumorado, sentándose.
—Te traeré un poco de café —dijo María con una sonrisa educada, poniéndose de pie.
Esteban la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillito que iba a la cocina.
—¿Se ha dado un golpe en la cabeza? —le pregun¬tó a su hermana.
Vivian se limitó a reírse, y esbozó una sonrisa miste¬riosa.
Al cabo de un rato regresó María con una bandeja en la que había colocado tres tazas, platos de postre, tenedores, servilletas, un plato con bizcocho marmolado, la cafetera, una jarrita con leche, y el azucare¬ro.
—He dicho que no tenía hambre —masculló Esteban al ver el bizcocho.
—Oh, no lo he traído por ti —le dijo María en un tono empalagoso—. Es para Vivian y para mí.
Aquello pareció irritarlo aún más. Se irguió en el asiento y tomó la taza de café solo que María le tendió, y dio un sorbo.
—Este café está aguado —le dijo, como si estuvie¬ra feliz de haber encontrado una razón para meterse con ella.
María, sin embargo, no picó el anzuelo.
—¿De veras? —murmuró probando el suyo—. Sí —mintió—, sí que lo está. Iré a hacer más.
—Déjalo, da igual —replicó él con brusquedad.
María reprimió una sonrisilla, y fijó la vista en la pantalla del televisor. Estaban viendo una serie de misterio.
—¿Verdad que el protagonista es guapísimo? — suspiró Vivian.
—Ya lo creo —suspiró María a su vez, con comici¬dad—. ¿No te lo parece a ti también, Esteban? —le pre¬guntó burlona al ranchero, enarcando una ceja.
Esteban respondió con un gruñido y tomó otro sorbo de café.
—¿Conseguiste solucionar ese asunto con nuestro agente de Bolsa? —le preguntó Vivian cuando hicieron un corte para poner anuncios.
—Sí —contestó él escuetamente. Terminó su café y se puso de pie—. Me voy a la cama, estoy cansado. Buenas noches.
Y se marchó sin mirar siquiera a María.
—Qué raro, pero si apenas pasan de las nueve... — murmuró Vivian mirando su reloj de pulsera—. Esteban nunca se va a dormir tan pronto.
—Será que le remuerde la conciencia por el modo en que me ha tratado —dijo María.
— ¿Esteban?, ¿arrepintiéndose de algo? —contestó Vivian—. ¡Eso no ocurrirá hasta que las ranas críen pelo!
En ese momento sonó el teléfono, y Vivian alargó el brazo para alcanzar el aparato inalámbrico.
—¿Diga? —al oír la voz del interlocutor su rostro se iluminó—. ¡Es Héctor! —le siseó a su amiga.
María se sonrió. El novio de Ada llevaba varias se¬manas fuera, y en sus ojos podía leerse la felicidad que sentía en ese momento sólo con escucharlo. Se fue con el teléfono al pasillo para que María no tuviera que quitar la televisión, pero al cabo de un rato volvió a entrar en el salón con la mano tapando el teléfono.
—Está en la ciudad, y quiere que salgamos maña¬na a cenar en el Rainbow Grill. ¿Crees que Luciano podrá venir? —le preguntó.
—Imposible, sigue en Washington y no regresa hasta el jueves —contestó María—. ¿no podría ser el viernes?
—Espera, le preguntaré a Héctor si le iría bien.
—¿Si le iría bien qué? —inquirió Esteban, aparecien¬do en ese momento descalzo, con la corbata en la mano y la camisa medio desabrochada.
—Salir a cenar el viernes por la noche —explicó Vivian—. ¿Quieres venir tú también? Tengo una amiga soltera que...
—No me hace falta que me busques citas, Vivian — la cortó él con un gesto de irritación—. ¿Has dicho el viernes, no? Le preguntaré a Ana Rosa. ¿A qué hora?

A María se le cayó el alma a los pies, y debió refle¬jarse en su rostro, porque Esteban esbozó una sonrisa maliciosa.
—¿Qué pasa?, ¿te molesta que vaya? —le pregun¬tó.
María se recordó una vez más que estaba intentando interpretar el papel de anfitriona educada, y que eso implicaba nada de choques, nada de hostilidades, así que apretó los dientes y contestó:
—Por supuesto que no. ¿Por qué habría de moles¬tarme? Cuantos más seamos, mejor lo pasaremos —le dijo con una sonrisa forzada.
Esteban enarcó las cejas.
—Dios, creo que tiene fiebre —le dijo a Vivian—. Deberías llamar a un médico.
María aguantó como pudo la sonrisa.
—Bueno, yo también me voy a la cama. La verdad es que me duele un poco la cabeza.
— ¡Pero si es muy temprano! —farfulló Vivian—. ¿Vais a iros los dos y me vais a dejar aquí sola?
—¿No querías un poco de paz y tranquilidad? —le dijo Esteban.
Vivian lo miró, y después miró a María.
—Pues entonces me iré a dormir yo también — suspiró encogiéndose de hombros y yendo a apagar el televisor—. En fin, dicen que si duermes un poco más amaneces con mejor cara.
—A algunos no les vendrá mal desde luego — masculló María, lanzando una mirada a Esteban.
El ranchero se rió entre dientes.
—¿Te parezco feo?
María se sonrojó, e involuntariamente sus ojos reco¬rrieron los hoscos rasgos de Esteban. No, no era excesivamente atractivo desde luego, pero por alguna razón no podía apartar la vista de su rostro. Sus ojos se encontraron con los de él, y se quedaron mirándose largo rato en un silencio cada vez más tenso.
—Disculpadme —murmuró Vivian, reprimiendo a duras penas una sonrisa maliciosa mientras pasaba en¬tre ellos para dirigirse a su dormitorio—. Que durmáis bien.
Esteban resopló, y le preguntó a María, mirándola aún fijamente:
-¿Y bien?
María, que se notaba la garganta terriblemente seca, tragó saliva. Sus labios se entreabrieron, y Esteban los miró ávidamente. Y entonces, de pronto, María com¬prendió que cuando le había dicho que acabarían acostándose si lo provocaba, no había estado amena¬zándola... ¡la deseaba!
—Yo... estoy cansada —susurró, dando un paso atrás—. Me voy a dormir.
Se dirigió a su habitación, pero antes de que pudie¬ra alcanzar la puerta, Esteban le cortó el paso poniéndose delante, extendiendo el brazo, y apoyando la palma contra la pared.
—Esta tarde no estaba amenazándote —le dijo ás¬peramente—. Estaba diciéndote lo que ocurriría si volvías a provocarme, cómo sería... Porque no puedes estar tan ciega como para no ver la atracción que hay entre nosotros —añadió con voz ronca—. Y con ese Luciano jamás llegarás a sentir nada parecido.
María se apartó de su brazo.
— Soy feliz con Luciano —replicó nerviosa—. Me lle¬vo muy bien con él.
Esteban se acercó un poco a ella, lo suficiente como para que pudiera notar el calor de su cuerpo, y su aliento sobre sus cabellos negros.
—Eso no es suficiente —murmuró, la vista fija en los labios de ella.
—¿No... no lo es? —balbució María, sin saber lo que estaba diciendo.
Los dedos de Esteban acariciaron el cuello de la jo¬ven como un suspiro, deleitándose en su suavidad.
—Hueles a rosas —murmuró.
María intentó apartar la mano de Esteban, pero éste agarró la suya, y la llevó hasta su pecho, haciendo que la introdujera bajo la tela de la camisa, y colocándole la palma abierta contra su cálida piel. Sus músculos tenían la solidez de un muro de piedra, la mata de ve¬llo le hacía cosquillas, y la colonia que llevaba estaba mareándola ligeramente.
—¿Has olvidado lo que tienes que hacer, María? — inquirió Esteban en un tono burlón—. ¿Quieres que te refresque la memoria?
Como si un imán los atrajese, los ojos de María su¬bieron hasta encontrarse con los suyos, y ya no pudo apartar la mirada.
— «Ella le arrancó la camisa —murmuró el ranche¬ro—, y pasó los dedos temblorosos por el torso mas¬culino y...»
— ¡No! —lo cortó María, reconociendo aquellas pa¬labras como un pasaje de uno de sus libros, y ponién¬dose roja como la grana.
Tiró de su mano con fuerza, soltándose, y se apartó de él.
Esteban se rió, pero había algo extraño en su risa, y sus ojos parecían estar en llamas cuando María, sin atreverse a darle la espalda, tanteó detrás de sí, tratan¬do de encontrar el picaporte de la puerta de su dormi¬torio.
—¿No te pide tu amigo el periodista que le hagas eso? —le preguntó en un susurro—, ¿o es que prefiere lo que va después?
María abrió la puerta y entró en su dormitorio, pero cuando iba a cerrarla él se lo impidió.
—Te odio —masculló María, temerosa de que Vivian pudiera oírlos.
—Eso dices —contestó él con una sonrisa arrogan¬te—, pero salta a la vista que me deseas tanto como yo a ti...
— ¡No soy la clase de mujer que crees que soy! — le espetó María furiosa, consiguiendo a duras penas no alzar la voz.
—¿No me digas? —murmuró él en un tono inso¬lente.
— ¡Vete al infierno, vaquero feo y pretencioso! Esteban escrutó divertido su encendido rostro. —Antes de conocerte siempre pensé que serías una tímida florecilla, porque mi hermana no hacía más que hablarme de su dulce y tranquila amiga. Fue un verdadero shock.
—Tú tampoco me pareciste precisamente el her¬mano encantador y comprensivo que Vivian me descri¬bió —replicó ella.
Esteban se rió suavemente.
—Ninguna mujer ha conseguido engañarme jamás —le dijo—, y aunque no hubiera leído tus libros ha¬bría sabido igualmente lo que eres. No apruebo ese comportamiento indulgente, pero como ya te he dicho —añadió entornando los ojos y mirándola de arriba debajo de un modo muy sensual—, la verdad es que me excitan las mujeres con experiencia.
—En ese caso vete a buscar a esa amiguita con la que estuviste anoche —masculló María acalorada¬mente.
Esteban enarcó las cejas y sonrió mostrando los dien¬tes.
—Hummm... ¿Es que te molestó?
Aquella arrogancia suprema acabó con la pacien¬cia de María, que le clavó el tacón en el empeine, y mientras él saltaba agarrándose el pie y maldiciendo entre dientes, aprovechó para darle con las puerta en las narices y echar el pestillo.
— ¡María Victoria! —rugió él furioso, olvidándose por completo de que su hermana ya se había acostado.
— ¡Adelante!, ¡echa la puerta abajo si te atreves! —lo desafió María desde dentro—. ¡Abriré la ventana y gritaré hasta que venga la policía!
Oyó otra ristra de improperios, una puerta abrién¬dose al fondo del pasillo, la voz de Vivian exaltada, re¬prendiendo a su hermano, y la de Esteban, irritado pero conciliador, y minutos después dos puertas se cerra¬ban casi al mismo tiempo. Resoplando, María se desvis¬tió, entró en el cuarto de baño, se metió en la ducha y abrió el grifo. Estaba tan enfadada que ni siquiera le importó que el agua estuviera helada.
Por suerte, a la mañana siguiente, cuando María se levantó, cerca de las diez, Esteban había salido. Luciano la llamó para decirle que ya estaba de vuelta, e invitarla a cenar, y ella aceptó encantada. Cuanto menos tiem¬po tuviera que ver a Esteban, mejor.
—¿Tú crees que soy escandalosa? —le preguntó a Luciano de repente cuando estaban tomando el postre.
Él la miró anonadado.
—¿Escandalosa?, ¿tú?
—Quiero decir por la clase de libros que escribo —murmuró ella incómoda—. Necesito saberlo.
—Por supuesto que no, qué tontería —repuso él con sinceridad, esbozando una sonrisa—. Eso sería como decir que los escritores de novela negra son ase¬sinos.
—Y tampoco pensarías que por escribir esos libros llevo una vida disoluta, ¿verdad?
Luciano se rió.
—Pues claro que no. ¿Qué ocurre?, ¿has estado re¬cibiendo cartas desagradables otra vez? Deberías con¬tratar a un agente que se encargase de leer el correo de tus fans.
—Oh, no, no es eso —replicó ella. Dejó escapar un suspiro y apoyó la barbilla en su mano—. Se trata de Esteban.
Luciano contrajo el rostro.
—Por favor, no estropees esta noche perfecta — dijo removiéndose en el asiento—. La sola mención de ese hombre haría que a cualquiera se le indigesta¬se la comida. Tiene una mirada capaz de parar un re¬loj.
—Dímelo a mí —masculló María—. Es que no hace más que meterse conmigo por lo que escribo.
—¿Acaso no diferencia entre la realidad y la fic¬ción?
—Más bien creo que no quiere —contestó ella sol¬tando una áspera carcajada.
Luciano se quedó mirándola un instante y le tomó la mano, dándole unas palmaditas.
—Bueno, piensa que se irá dentro de unos días — le dijo para animarla.
—Sí, es el pensamiento al que me aferró —mur¬muró ella, suspirando y tomando un sorbo de agua—. Estoy deseando que llegue Año Nuevo.
Cuando salieron del restaurante fueron a bailar, y María logró olvidarse de sus problemas. Con el vestido negro que se había puesto, atraía las miradas de mu¬chos de los hombres que había en la pista. Tenía el cuello de barco, dejando los hombros al descubierto, y una falda con vuelo; y se complementaba con un chal de tul blanco, pero lo había dejado en el asiento para poder moverse mejor.
Cuando regresó al piso, se sentía como si pudiera volar, pero la sonrisa se borró de sus labios cuando entró por la puerta y se encontró a Esteban esperándola en el vestíbulo.
— ¿Dónde has dejado a Romeo? —le preguntó burlón—. ¿No lo has invitado a que pasara para tomar una última copa?
Llevaba una camisa de vestir, con las mangas en¬rolladas y los primeros botones desabrochados, y unos pantalones negros. Era obvio que también había sali¬do, y quizá hubiera vuelto poco antes que ella.
—Mañana tiene que trabajar —contestó ella, pre¬guntándose por qué tenía que darle explicaciones.
Esteban levantó la barbilla de un modo arrogante, y fijó sus ojos verdes entornados en sus hombros desnu¬dos.
Azorada, María se tapó con el chal de tul.
—¿A qué viene esa repentina timidez? —inquirió él, dando un paso adelante.
María sintió deseos de salir corriendo.
—¿Dónde... dónde está Vivian? —inquirió.
—En su habitación, hablando con Héctor por te¬léfono —contestó Esteban, sin quitarle los ojos de enci¬ma—. ¿Por qué? Ya eres mayorcita. ¿No necesitarás que te proteja?
Esteban se acercó más a ella y extendió las manos, colocándolas sobre sus hombros. María dio un respingo al sentir el contacto de sus dedos, y se quedó paraliza¬da cuando vio que estaba deslizando la tela hacia aba¬jo-
—Esteban... —comenzó.
Pero él no le hizo ningún caso. Sus labios cubrie¬ron de besos su hombro izquierdo, dejando a su paso una estela ardiente, y sus dedos la sujetaron por los brazos, hundiéndose en la carne mientras mordisquea¬ba suavemente su piel de seda.
—Esteban, por favor, para... —gimió María. Y, a pesar de la protesta, cerró los ojos y arqueó la garganta, como si estuviera invitándole, rogándole que hiciera con ella lo que quisiera.
—¿Por qué quieres que pare? Tú me deseas —le susurró con voz ronca—. Y yo también a ti... Nunca había experimentado nada semejante... ¡Me vuelves loco!
María sintió la lengua de Esteban lamiendo su garganta, y el borde de sus dientes, dándole pequeños mordiscos, para ir descendiendo poco a poco hacia su escote, en el silencio sólo roto por la agitada respiración de am¬bos.
—Sabes como el más dulce de los caramelos —ja¬deó Esteban.
Sus dedos le estaban apretando demasiado fuerte los brazos, pero María estaba demasiado perdida en las sensaciones que la invadían como para quejarse.
—Oh, Dios... —farfulló Esteban.
Sus labios, cada vez más insistentes, habían empe¬zado a subir de nuevo por el cuello de María, y en ese momento alcanzaron la mandíbula. Subió las manos, enredando los dedos en sus cabellos, y haciendo que echara la cabeza hacia atrás al tiempo que él se incli¬naba hacia ella.
—Te deseo tanto, María...
Su boca estaba ya sólo a unos centímetros de la de ella, y María le habría dado lo que quisiese, pero antes de que el beso se produjera, el ruido de una puerta abriéndose al fondo del pasillo irrumpió en el tenso si¬lencio.
—Diablos... —masculló Esteban.
Sus dedos apretaron la nuca de María, y había lla¬maradas en sus ojos antes de que se apartase de ella, dejándola temblando por el deseo insatisfecho.
—No estoy segura de poder aguantar un solo día más sin ver a Héctor —dijo Vivian, entrando en el salón con el teléfono inalámbrico en la mano — . ¿Por qué tendría que buscarme un novio en la mari¬na? Ah, hola, Mary —saludó a su amiga al verla—. No sabía que habías llegado ya. ¿Lo has pasado bien?
—Oh, sí, muy bien —contestó María, esbozando una sonrisa con dificultad. Alzó la vista, y al encon¬trarse sus ojos con los de Esteban se puso roja como una amapola. El ranchero bajó la mirada a los labios de la joven, volvió a subirla a sus ojos verdes, maldijo en¬tre dientes y se alejó por el pasillo, entrando en su ha¬bitación y cerrando de un portazo.
—¿Qué es lo que le pasa ahora? —inquirió Vivian frunciendo el ceño.
—Ni idea —respondió María, rehuyendo su mira¬da— . Dios, estoy molida. Me voy a dormir. Luciano y yo hemos ido a bailar y los pies me están matando...
—Pues tienes que estar en forma para el viernes por la noche —le dijo su amiga riéndose—. Que des¬canses. Mary.
—Tú también —murmuró María, dirigiéndose hacia el pasillo de espaldas, y manteniendo a duras penas la sonrisa hasta que por fin se dio la vuelta y entró en su cuarto.
Se dejó caer en la cama porque las piernas ya no la sostenían. Ni siquiera la había besado, y estaba tem¬blando como una hoja. Sólo el cielo sabía lo que po¬dría pasar si volvía a intentarlo y llegaba más lejos. No quería ni pensarlo.


Capítulo 5

AQUELLA noche María tardó muchísimo en dor¬mirse, y a la mañana siguiente se despertó con un dolor de cabeza espantoso, y tuvo que to¬marse dos aspirinas.
Esteban, por su parte, estuvo el día entero malhumo¬rado, mientras Vivian y ella hacían un poco de limpieza. Se había ofrecido a ayudarlas, pero su hermana se ha¬bía apresurado a decirle que no era necesario, recor¬dándole que era su invitado, aunque luego le dijo aparte a su amiga que le había dicho que no porque era un manazas que rompía lo que tocaba.
Y, así, Esteban se pasó todo el día hojeando periódi¬cos, sentado frente al televisor cambiando todo el tiempo de canal, y caminando arriba y abajo como un león enjaulado. Incluso a María estaba empezando a darle algo de lástima.
—Vas a acabar desgastando la alfombra —le dijo después del almuerzo, mientras Vivian fregaba los platos.
Esteban se volvió hacia ella con las manos en los bol¬sillos y se quedó mirándola.
—Si te la gasto te compraré otra.
—No lo decía por eso —farfulló ella, conteniéndo¬se—. Verdaderamente detestas estar encerrado, ¿eh?
—No te haces una idea. Si tuviera que vivir en la ciudad, me volvería loco.
—Nueva York tiene un montón de cosas que ver —le dijo María—: Central Park, la estatua de la Liber¬tad, el Empire State...
—Ya los he visto una vez —contestó Esteban—, y me he recorrido todo el centro. Además, lo que quiero no está ahí fuera.
María alzó la vista, y se miraron a los ojos un instan¬te antes de que Esteban se acercara a ella.
—De hecho, lo que quiero está ahora mismo en esta habitación —murmuró con voz ronca—. Te de¬seo, María, y no tengo intención alguna de ocultártelo.
—Pues yo no... yo no te deseo —replicó ella sin aliento—. Ya tengo a un hombre que...
—A un hombre que ni siquiera puede competir conmigo —la interrumpió él—. ¿De qué tienes mie¬do? No soy un bruto en la cama. Jamás te haría daño.
María se sonrojó profusamente, y tuvo que contener¬se para no darle una bofetada.
—Prefería cuando me odiabas —le dijo lanzándole una mirada enfadada.
Los ojos de Esteban escrutaron los suyos.
—¿Crees que te odiaba? —murmuró.
María abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera hacerlo, Vivian, que había terminado de fre¬gar, entró el salón, y se pegó a ella como una lapa has¬ta que Esteban se fue a recoger a la tal Ana Rosa para la cena de aquella noche.

Luciano y Héctor, por su parte, llegaron el unos pocos minutos después que el otro.
—Estás preciosa —le dijo Luciano a María, que se ha¬bía puesto un vestido azul ceñido de terciopelo—. Y me encanta como llevas el cabello.
—Gracias, tú también te has puesto muy elegante. ¿Te acuerdas de Héctor, el prometido de Vivian? —le preguntó señalando con la palma abierta al hombre alto y moreno junto a su amiga.
—Sí, claro —dijo Luciano tendiéndole la mano—. Me alegra volver a verte, Héctor. ¿Cómo te trata la Mari¬na?
—Bien, bien —contestó el novio de Vivian, estrechán¬dole la mano—, no me puedo quejar. Me encanta el mar, aunque a veces echas muchísimo de menos lo que dejas en tierra —añadió, tomando a Vivian por el hombro, y atrayéndola hacia sí con una sonrisa en los labios.
—Lo imagino —se rió Luciano.
—Bueno —intervino María tomándolo del brazo y abriendo la puerta—, pongámonos en marcha o llega¬remos tarde.
—¿No esperamos a tu hermano, Vivian? Creía que iba a venir con nosotros —preguntó Luciano con evidente reticencia.
—Hemos quedado con él y su cita en el restauran¬te —contestó ella.
—Ah, bien —contestó Luciano—. Entonces acabemos con ello cuanto antes —le siseó a María con complici¬dad mientras salían al pasillo—. Los malos tragos es mejor pasarlos pronto.
—No te preocupes —le dijo María—, si monta un numerito le echaré la botella de vino por la cabeza.
—Pero, no crees que vaya a hacerlo, ¿verdad? — inquirió Luciano espantado.
María sonrió y le dio unas palmaditas en el brazo para tranquilizarlo. Luciano lo pasaba fatal cuando al¬guien daba un espectáculo, pero ella desde luego es-taría encantada de poder poner a Esteban perdido de vino.
—Por supuesto que no, no te preocupes, todo irá bien, ya verás. Lo ignoraremos.
Sin embargo, a María le resultó bastante difícil igno¬rarlo cuando apareció con una despampanante rubia del brazo que iba vestida con un exclusivo y provoca¬dor traje de diseño, y cuya primera mirada a Vivian y a ella fue como una declaración de guerra.
—Tú debes ser Vivian —le dijo dirigiéndose hacia ella con una sonrisa empalagosa.
—Te equivocas de mujer —replicó María—. Ella es Vivian.
La rubia balbució un «oh», pero inmediatamente volvió a esbozar su falsa sonrisa cuando se giró hacia Vivian para saludarla.
—No sabes cuánto me alegro de conocerte. Soy Ana Rosa. Esteban me ha hablado tanto de ti. Nos conoce¬mos desde hace años, y siempre que viene a Nueva York salimos... si yo no tengo algún desfile o una se¬sión fotográfica, claro. Es que soy modelo —aclaró
«Se moría por decirlo», pensó María cuando se sen¬tó a la mesa que habían reservado con Luciano a su dere¬cha.
—¿No os parece que este sitio es increíble? —dijo Ana Rosa entusiasmada, sentándose a la izquierda de María, pero dejando una silla de por medio—. Me en¬canta el ambiente tan chic que hay. ¿Y verdad que la orquesta es fantástica?
María no habría sabido decirle. Estaba demasiado irritada observándola como para prestar atención a la música o a la cantante. Para colmo de males, Esteban se sentó en el hueco que la rubia había dejado.
—Permitid que os presente, María —le dijo—. Ésta es Ana Rosa Cáceres (no se su apellido en la novela ). Ana Rosa, ellos son María Fernández Acuña y su... acompañante.
María le lanzó una mirada furibunda.
—Se llama Luciano Cisneros —le recordó.
—Es un placer —murmuró Ana Rosa—. ¿A qué se dedica, señor Cisneros? —le preguntó pestañeando con coquetería.
Luciano se irguió rápidamente en la silla, el muy cha¬quetero...
—Soy columnista político, en el New York Times —respondió.
Ana Rosa sonrió.
—¿En serio? Siempre he pensado que no hay nada más sexy que un hombre inteligente.
María tuvo que llevarse la servilleta a los labios para ahogar una risita.
—¿Por qué no compartes el chiste con nosotros, María Victoria? —inquirió Esteban en un tono gélido.
María carraspeó.
—Me estaba atragantado —replicó—, y me he ta¬pado la boca con la servilleta porque no es de buena educación toser en la mesa.
—¿Y con qué te estabas atragantando?, ¿con el aire? Ni siquiera hemos pedido las bebidas.
—Esteban, cariño, no te sulfures —intervino Ana Rosa, lanzando una mirada de desprecio a María—. Después iremos a mi apartamento y te daré uno de esos masa¬jes que tanto te gustan.
María sintió deseos de tirarle de los pelos, pero por suerte en ese momento apareció el camarero para to¬mar nota de lo que querían tomar.
—Yo quiero tomar costillas de primera —dijo Ana Rosa, en su tono de reina de los mares—. Poco he¬chas.
—Me encantan las mujeres que no tienen remilgos en el comer; no como ésas que sólo toman cuatro ho¬jas de lechuga y agua mineral —comentó Esteban, diri¬giéndole una sonrisa—. Tomaré lo mismo —le dijo al camarero.
María estaba segura de que Ana Rosa era de ésas que acababa de mencionar Esteban, porque, ¿cómo iba a mantener esa figura sino?, pero seguramente se salta¬ba su estricta dieta de modelo cuando salía con él, sólo para complacerlo.
Pidieron los demás y ella, y minutos después el ca¬marero les traía los entrantes. La cena por fortuna se desarrolló sin incidentes, y mantuvieron una charla distendida hasta que, cuando estaban ya tomando los postres, el ranchero se inclinó hacia delante y le dijo a Luciano:
—Leí su columna sobre el escándalo de Washing¬ton.
—¿De veras? —respondió Luciano en un tono cortés.
Esteban asintió.
—Me pareció interesante lo que decías del «pája¬ro» de ese organismo estatal que ha estado asignando fondos del presupuesto sobre el papel que luego no llegaban a sus destinatarios —comentó—. Cada vez me sorprende más la desvergüenza de los políticos... y la indiferencia de la gente.
Luciano se irguió en el asiento.
—Sí, bueno, lo que yo no alcanzo a imaginar es cómo esperaba que esto no acabase descubriéndose — dijo, olvidándose de su entrecot a las finas hierbas mientras proseguía con el tema.
Esteban estaba tan al tanto como él en el asunto, y to¬dos, excepto Ana Rosa, que parecía más aburrida que una ostra, acabaron escuchando atentamente la interesante conversación entre ambos hombres.
—Está usted muy puesto en política para ser un ranchero, señor San Román —le dijo Luciano riéndose.
—Me licencié en Ciencias Políticas en la universi¬dad —respondió Esteban—. En realidad la ganadería me eligió a mí y no yo a ella. Cuando murió nuestro padre tuve que hacerme cargo del rancho —le explicó enco¬giéndose de hombros—, pero puedo decirle que no me arrepiento. Además, las vacas se parecen mucho a los políticos, señor Cisneros —añadió con una sonrisa—: son impredecibles, difíciles de manejar, y a veces en¬diabladamente irritantes.
Luciano se echó a reír.
—Lo imagino.
—¿Podríais dejar de hablar de cosas tan aburridas, por favor? —saltó Ana Rosa exasperada—. Además, Esteban y yo tenemos entradas para un musical de Broadway y llegaremos tarde si os pasáis toda la noche de chachara —farfulló con un mohín.
Esteban le lanzó una mirada que habría detenido el tráfico, y ella cerró la boca al instante.
— Claro que tampoco pasa nada si llegamos un poco tarde, cariño —le dijo a Esteban en un tono conci¬liador— ; siempre podemos entrar en el segundo acto.
María alzó la barbilla con cierta animosidad. Si hu¬biera sido ella a quien la hubiese mirado así, lo habría mandado al infierno, en vez de dorarle la píldora para que no se molestase, y Esteban debía estar pensando lo mismo, porque la miró, y al ver el brillo beligerante en sus ojos, una chispa salvaje relumbró en los suyos, y esbozó una sonrisa.
María se estremeció, y se llevó la copa de vino a los labios por disimular un poco.
—Ana Rosa tiene razón, sería una pena desperdiciar esas entradas —dijo Esteban, llamando al camarero para pedirle la cuenta—. Invito yo —les dijo, dándole su tarjeta de crédito al camarero—. Lo he pasado muy bien, y me he divertido mucho con nuestra charla —le dijo estrechándole la mano a Luciano.
—Yo también —le dijo éste.
Y antes de que ninguno pudiera darle las gracias por pagar la cena, el ranchero salía del restaurante con Ana Rosa colgada de su brazo.
—Vaya, y yo que creía que me odiaba... —farfulló Luciano asombrado—. Tu hermano tiene una mente por¬tentosa, Vivian. Está desaprovechado en ese rancho de Wyoming.
Vivian sonrió encantada con el cumplido a Esteban.
—Llegaron a ofrecerle una embajada, ¿sabéis?, y conoce a un montón de gente importante en Washing¬ton, pero renunció a todo por cuidar de mi madre y de mí.
—No a todo si las mujeres con las que sale son como esa Ana Rosa —murmuró su prometido.
— ¡Venga ya, Héctor —exclamó María — . Por muy guapa que sea, es totalmente superficial y se de¬bía haber echado tanto perfume que yo casi no podía respirar.
Vivian esbozó una sonrisilla maliciosa, y María se puso roja. Sabía muy bien lo que estaba pensando: que estaba celosa. Pero eso era imposible. ¿Por qué tendría que ponerse celosa de que Esteban saliese con otra?
Cuando llegaron al piso él aún no había regresado. Seguro que estaba con ella. No debería importarle, pero por alguna razón el sólo pensamiento hizo que sintiera deseos de asesinar a alguien. Se dio una du¬cha, se lavó los dientes, y se puso el camisón, pero, en vez de meterse en la cama, se puso a caminar arriba y abajo por su dormitorio, maldiciendo mentalmente aquella irracional atracción que sentía hacia Esteban.
Minutos después Vivian llamaba a la puerta de su ha¬bitación, y entraba con el cabello revuelto y sin poder abrir los ojos.
— ¿Te preocupa algo? —le preguntó—. Me he acostado hace rato, pero no hago más que oírte dando vueltas de un lado a otro y no puedo dormirme.
—Lo siento —dijo María—. La verdad es que no sé qué me pasa —farfulló encogiéndose de hombros y subiendo a su sitio el tirante del camisón, que no hacía más que caerse.
Aquel camisón siempre le había quedado grande, pero precisamente eso lo hacía más cómodo, y le en¬cantaba dormir con él.
—Vamos, Mary —le preguntó Vivian, frunciendo los labios y ladeando la cabeza—, a mí puedes contármelo, soy tu amiga. Además, esto es casi un secreto a voces.
María se sonrojó hasta las orejas y le dio la es¬palda.
—Perdona, comprendo que te resulte incómodo hablar de ello —le dijo su amiga—, pero es que es im¬posible no darse cuenta de cómo lo miras, y de cómo él te mira a ti. No es normal que dos personas adultas se peleen todo el tiempo. Algo tan explosivo tiene que... bueno, tiene que haber un sentimiento muy fuerte de fondo que lo provoque, ¿no lo ves?
—Claro que lo veo, odio a Esteban. ¿No te parece ese un sentimiento lo bastante fuerte? —replicó María, irri¬tada porque ella misma había pensado eso.
—Oh, vamos, ¡pero si es obvio que te gusta...!
María cerró los ojos y sacudió la cabeza.
—Mañana es Nochebuena, y dentro de dos días él volverá a Wyoming, yo a mis «sórdidas» novelas, y los dos estaremos mejor. Tu hermano no quiere atadu¬ras, Vivian, y tú lo sabes —le dijo volviéndose con el rostro rígido por las emociones contenidas—. No es el príncipe azul de esos cuentos que acaban en «fueron felices por siempre jamás».
Vivian se frotó la nuca.
—Bueno, al principio ningún hombre se quiere ca¬sar... hasta que encuentran a la mujer adecuada.
María se rió con amargura.
—Y Esteban ya la ha encontrado. ¿No te parece que Ana Rosa es la mujer perfecta para él?
Su amiga meneó la cabeza.
—No, es la clase de mujer que busca un hombre para olvidarse de los problemas, eso es todo. Esteban es un solitario.
María puso los ojos en blanco.
—¿Qué? ¿Ahora vas a decirme que le hicieron daño en el pasado y no quiere volver a arriesgar su co¬razón porque teme que vuelvan a herirlo?
—No, si te digo la verdad no creo que haya nadie capaz de hacer daño a mi hermano —murmuró Vivian—. Sencillamente es imposible, porque no le da las sufi¬cientes confianzas a nadie como para que pueda ocu¬rrir. Pero contigo... no sé, me da la impresión de que tú resquebrajas su escudo de hielo.
—Lo dudo. Si sintiera algo por mí no me trataría como me trata —masculló María.
—Pero, ¿no te das cuenta? —le dijo Vivian—, si te pincha todo el tiempo es precisamente porque le gustas.
—Lo hace porque me desea y eso lo irrita porque me odia —replicó su amiga—, y piensa que soy una especie de ninfómana o algo así. Y no son impresio¬nes mías, es lo que él mismo me ha dado a entender.
Vivian la miró horrorizada.
—¿Y tú no le has dicho que está completamente equivocado?
—Lo he intentado varias veces, pero él no me es¬cucha, y no sé ni por qué lo he hecho, porque no le debo ninguna explicación. Me da igual lo que piense de mí. Además, pasado mañana se habrá ido. Si he po¬dido aguantar estos días, bien puedo aguantar un día más —concluyó.
—Pero, Mary...
—Vete a la cama y deja de preocuparte por mí, Viv —le dijo María, dándole un abrazo—. Te dije que no te aguaría las navidades, y no lo haré. Que descan¬ses.
Vivian se dio por vencida. Sonrió, y se dirigió hacia la puerta.
—Tú también —murmuró antes de cerrar tras de sí.
Sin embargo, María no se durmió hasta bien entrada la madrugada. No hacía más que pensar en Esteban, que aún no había regresado. Estaría con la rubia, besándo¬la con esos labios tan finos que la habían atormentado tan dulcemente...
No sabía qué hora era, ni qué la despertó, pero pudo sentir la luz del día a través de los párpados, y el aire fresco de la mañana en su piel. Abrió los ojos len¬tamente, y vio a Esteban de pie, junto a la cama, vestido únicamente con un pantalón, el ancho y masculino tó¬rax desnudo, y una taza de café en su mano. Y estaba mirándola... mirándola de una manera que la puso alerta al instante, y frunció las cejas al darse cuenta de que sus ojos no estaban fijos en su rostro, sino en... Bajó la vista, y descubrió azorada que el camisón se le había bajado de un lado durante la noche, dejando al descubierto uno de sus senos.
Sacó la mano de debajo de las sábanas para poner el tirante en su lugar, pero...
—No lo hagas —murmuró Esteban con voz ronca, subiendo la vista a sus ojos, abiertos como platos—. No, deja que ocurra.
María estaba como hipnotizada por su mirada, y él se acercó, dejando la taza en la mesilla y sentándose a su lado.
María se odió por su repentina debilidad, y por el deseo que se despertó en ella al mirarlo. Tenía el cabe¬llo revuelto, y la luz que entraba por la ventana hacía brillar la piel bronceada de sus fuertes brazos y su tó¬rax.
Esteban también estaba admirándola: la melena des¬parramada sobre la almohada, y las mejillas sonrosadas por la turbación. Colocó las manos a ambos lados de su cabeza, y se in¬clinó hacia delante, de modo que su tórax descansara sobre el pecho semidesnudo de ella. María aspiró hacia dentro ante la sensación de estar piel contra piel con él, nueva para ella, y abrió los ojos como platos.
—Voy a besarte hasta que te sientas mareada — murmuró él, inclinándose más—. ¡Dios, deseo tanto tu boca...!
Y la tomó de un modo tan apasionado que la asus¬tó. Levantó las manos para empujarlo por los hombros y apartarlo, pero cuando sintió el tacto de su piel, y los tensos músculos debajo de ella, no pudo resistir la ten¬tación de pasarlas por sus brazos y otra vez hacia arri¬ba, hasta los omóplatos.
Entretanto, el beso se tornó más sensual, y al cabo de unos segundos Esteban despegó sus labios de los de ella y levantó un poco la cabeza para mirarla a los ojos.
— ¿Te gusta más así verdad? —le preguntó con voz ronca—. Yo prefiero los besos más salvajes, más ardientes, pero supongo que podría hacer un esfuer¬zo...
Y volvió a inclinarse sobre ella, posando otra vez la boca en la suya. María estaba tensa bajo el peso de su cuerpo, sintiendo cada leve roce cuando él se movía como si la estuviese marcando a fuego. Abrió los la¬bios para permitir que la lengua de Esteban se adentrara en su boca, y sintió que le faltaba el aliento y que los latidos de su corazón se aceleraban. Nunca había ima¬ginado que una mujer pudiera sentirse así, a pesar de que era exactamente lo que describía en sus novelas. Claro que ella había sacado esos detalles de otros li¬bros, de las películas, de lo que le habían contado sus amigas... Sin embargo, lo que estaba experimentando con Esteban era mucho más. La estaba haciendo arder por dentro, y la azoraba las reacciones involuntarias que estaba provocando en su cuerpo, respondiendo ansiosa a cada estímulo.
—Eso es, cariño... —murmuró Esteban, despegando otra vez sus labios de los de ella y levantando la cabe¬za—. Sí, eso es... —introdujo las manos por detrás de la espalda de María, y le susurró—: si quieres mi boca, ven por ella.
María, cegada por el deseo, se arqueó y tomó sus la¬bios con los suyos, besándolo con un ansia que com¬pensaba su falta de experiencia. Sintió que la lengua de Esteban volvía a invadir su boca, y de su garganta es¬capó un profundo gemido de placer.
El ranchero se apartó un poco, como si aquel soni¬do lo hubiera sobresaltado, como si no lo hubiera es¬perado, y sacó una mano de detrás de la espalda de María para bajar lentamente el otro tirante del camisón, mientras sus ojos lo seguían en ese descenso, admi¬rando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto.
—¿Me deseas tanto como yo a ti, María? —le pre¬guntó quedamente—. ¿Quieres que vaya a echar el pestillo de la puerta?


Capítulo 6

María se quedó mirándolo aturdida. Estaba tan embriagada de él que le habría dicho que sí sin pensarlo, pero sabía que lo que Esteban le estaba ofreciendo era únicamente una satisfacción física de su deseo que la haría avergonzarse de sí misma cuan¬do recobrase la cordura.
Como si advirtiera su indecisión, Esteban ladeó la ca¬beza y le dijo con voz seductora:
—Vamos, María, ¿no irás a tener dudas ahora?
—No... no podemos... no debemos... —musitó ella.
Esteban escudriñó sus ojos verdes largo rato.
—Comprendo —murmuró, mirando hacia la puer¬ta con una sonrisa lobuna—. No estamos solos.
María frunció el entrecejo. ¡Pensaba que la presen¬cia de Vivian era la razón por la que no quería hacer el amor con él!
Esteban se movió ligeramente, y la fricción de la mata de vello de su tórax con el pecho desnudo de ella, hizo que María cerrara los ojos un instante y se mordiera el labio inferior para reprimir un gemido.
—Te gusta, ¿no es así? —le susurró él, sonriendo con arrogancia, al tiempo que subía la mano para aca¬riciar uno de los blancos senos, logrando que a María se le cortara la respiración.
—Esteban, por favor... para... —le suplicó ella, en una voz que le decía todo lo contrario.
—¿Seguro que quieres que pare? —murmuró él. Se inclinó y rozó sus labios con los de ella, mientras sus de¬dos hacían magia sobre la piel del sedoso montículo, di¬bujando círculos concéntricos que se acercaban cada vez más al pezón endurecido, que le diría gráficamente hasta qué punto la estaban afectando sus caricias.
—Esteban... —jadeó María desesperada.
Sus dedos se enredaron en el cabello del ranchero, y de pronto sintió que su cuerpo ya no le pertenecía, que era de él, y que cada centímetro de piel estaba diciéndole «tómame, tómame».
Esteban frotó su nariz con la de ella, mientras sus de¬dos seguían provocándole sensaciones tan deliciosas que estaban logrando desmoronar sus principios, y su sentido común.
—María... —le susurró sensualmente, tirándole del labio inferior con los suyos—, toma mi mano y ponla donde quieras.
Aquello era lo más erótico que María había oído, so¬ñado, o pensado jamás, y, como hipnotizada, alcanzó la fuerte mano de Esteban, colocó la palma abierta sobre el tirante pezón, y la apretó contra él.
— ¡Oh, Dios...! —murmuró hundiendo su rostro en el hueco del cuello de él, temblando de arriba abajo por el deseo que la sacudía.
—Seda... —susurró él con una voz agitada y ron¬ca—, tu piel parece de seda... es tan suave...
Sus labios encontraron los de ella, y la besó con una ternura infinita, haciendo que los ojos de María se llenaran de lágrimas, mientras masajeaba su seno y con el pulgar le acariciaba el pezón.
María estaba perdiéndose en un mar de placer, aban¬donándose, cuando de repente Esteban volvió a ponerle bien el camisón, la tapó con las sábanas, y se puso de pie.
—Viene Vivian —le siseó, dándole la taza de café con manos temblorosas.
Las manos de la propia María temblaban, y tuvo que apoyar la taza en su regazo para disimularlo. Segun¬dos después Vivian abría la puerta de su dormitorio sin llamar, y entraba bostezando.
—Buenos días —murmuró sonriéndoles—. Ya está listo el desayuno. Gracias por subirle el café a María, Esteban.
—De nada —murmuró él, saliendo de la habita¬ción sin mirar atrás.
—¿Otra vez está de mal humor? —farfulló Vivian contrayendo el rostro—. Pensé que tal vez haríais las paces si te traía el café... pero parece que me equivo¬qué. En fin, date prisa en vestirte y bajar. He prepara¬do algo especial —le dijo con una sonrisa, mientras salía y cerraba tras de sí.
María se quedó allí sentada, y de pronto empezaron a rodar por sus mejillas lágrimas de frustración por el deseo insatisfecho. Sentía deseos de gritar.
Vivian había hecho cruasanes, y una vecina le había regalado una mermelada casera buenísima para untársela, pero María no tenía apetito. Se sentía como si tuviera fiebre, y cada vez que sus ojos se encontra¬ban con los de Esteban se sonrojaba como una colegia¬la.
—Anoche debiste estar fuera hasta muy tarde —le dijo Vivian a su hermano—. No te oí llegar.
—Ana Rosa me arrastró a una fiesta en casa de unos amigos suyos después del musical —comentó él—. Eran una panda bastante rarita, las «pastillas» circula¬ban como si fuesen caramelos...
—Y te marchaste — concluyó Vivian con certeza.
Esteban asintió.
—Sí, y saqué a Ana Rosa de allí conmigo. Protestó y me chilló todo el trayecto de regreso a su apartamento —añadió riéndose—, pero no podía dejarla allí. Ni si¬quiera sé cómo se le pudo ocurrir llevarme a esa fies¬ta. Sabe perfectamente lo que opino de esa clase de di¬versiones.
—Las cosas son distintas en la ciudad, Esteban —le dijo su hermana con tristeza—, muy diferentes.
—La geografía no cambia lo que está bien y lo que está mal —replicó él con aspereza.
—Lo sé —asintió Vivian—, y a mí esas cosas me gustan tan poco como a ti, pero no me siento con de¬recho a imponer mi forma de vivir al resto del mundo. María y yo nos limitamos a guardar las distancias con la gente que no es de nuestro estilo.
Esteban giró la cabeza hacia María.
—¿Así que en ese sentido eres una chica tradicio¬nal? —le preguntó él, con un sarcasmo con el que no pretendía herirla sino pincharla—. ¿No bebes, ni to¬mas «pastillas», ni fumas «hierba»?
—Bebo cuando tengo sed —contestó ella pagán¬dole con la misma moneda—, y tomo pastillas cuando me las receta el médico, pero nunca se me ha ocurrido meter un manojo de césped en una pipa y fumármelo.
Esteban se echó a reír, y la risa cambió por completo sus facciones, suavizando las duras líneas de su rostro. Por un momento pareció incluso atractivo.
—Vaya, vaya, sí que estamos agudos esta mañana —le dijo.
María sonrió.
—Es que comer me agudiza el ingenio.
—Pues yo sé de algo mejor —murmuró él.
Justo en ese instante María se estaba llevando la taza de café a los labios, y las palabras de Esteban hicieron que se aturdiera y se echara el café encima.
—Espera, no te muevas —le dijo Vivian poniéndose de pie—. Iré por un paño.
Se fue a la cocina, y Esteban se sentó al lado de María, secándole el café con su servilleta.
—Lo siento. Escogí un mal momento para hacer ese comentario. Si el café hubiera estado más caliente podrías haberte quemado.
María lo miró a los ojos, y fue un error, porque ya no pudo apartar la vista. La mano de Esteban con la ser¬villeta se detuvo sobre su rodilla.
—¿Te he dicho ya lo preciosa que eres? —le pre¬guntó en un susurro—. ¿O lo mucho que me excitas?
María entreabrió los labios sin poder evitarlo.
—Esteban... yo... sobre lo de antes...
—Quiero que lo hagamos otra vez —murmuró él, inclinándose de modo que sus labios quedaron a unos centímetros de los de ella—. Quiero apretarte contra mi cuerpo, tenerte tan cerca de mí que pueda sentir los latidos de tu corazón.
—Pero, Esteban, ¿no comprendes que...? —comenzó ella en una débil protesta.
—Me deseas —la interrumpió él—; eso es lo úni¬co que necesito comprender.
Era cierto, pero las cosas no eran tan sencillas, y, antes de que pudiera explicarle lo complicadas que eran en realidad, Vivian volvió a entrar en el comedor.
María acabó de secarse el pantalón con el paño que le tendió su amiga, y fue a cambiarse antes de ir a ayudar a Vivian en la cocina como un autómata. Habían invitado a Héctor y a Luciano a cenar el día siguiente ya que ninguno de los dos iba a pasar las navidades con su familia, y querían dejarlo todo medio preparado para no tener que pasarse toda la mañana del veinti¬cinco cocinando, y Héctor le había dicho a Vivian que, si le daban permiso, esa noche se pasaría también para estar un rato juntos.
Esteban se dedicó a ver la televisión y entrar a cada rato en la cocina a darles la lata porque estaba aburri¬do, hasta que se cansó de estar encerrado y salió a dar¬se un paseo.
María suspiró aliviada cuando se hubo marchado. Cada vez que lo miraba después de lo ocurrido aquella mañana era un auténtico tormento.
Regresó justo cuando estaban empezando los espe¬ciales de Nochebuena en la televisión.
—Vaya, cultura... —farfulló cuando entró, y se en¬contró a María viendo un concierto de Navidad retrans¬mitido desde Viena.
—Adelante, búrlate si quieres —lo desafió María, sintiéndose joven y llena de vida, porque su corazón saltaba sólo con verlo.
Esteban le dirigió una sonrisa sin malicia alguna.
—Me gusta la música clásica —replicó.
—¿Pretendes tomarme el pelo?
—No, es en serio. No soy un entendido, pero me gusta. Además, me es de mucha utilidad como ranche¬ro.
María lo miró de hito en hito.
—Me estás tomando el pelo.
—Que no, mujer... —replicó él, dejándose caer en el sillón orejero del que se había apropiado desde el primer día—. Hace tiempo leí un reportaje en el que se hablaba de un experimento que se había hecho y con el que se había descubierto que las vacas dan más leche si escuchan música clásica porque están más re¬lajadas. Yo lo he puesto en práctica, y es verdad que funciona.
María se rió con incredulidad.
—Pues no debe salirte barato.
-¿El qué?
—Tener que llevar a una orquesta entera hasta el rancho —respondió María con sorna entre nuevas risas.
Esteban se contagió de su risa.
—Pequeño diablo... —le dijo divertido, revolvién¬dole el cabello.
Vivian, que salía de la cocina en ese momento, se ha¬bía quedado observando la escena con una sonrisa en los labios.
—¿Qué ocurre? —inquirió Esteban al darse cuenta.
—Nada, nada —se apresuró a responder Vivian en¬cogiéndose de hombros y borrando la sonrisilla mali¬ciosa de sus labios.
—¿No iba a venir Héctor? —le preguntó María.
—Me llamó a mediodía diciéndome que aún no sa¬bía si le iban a dar permiso, pero, si al final se lo han dado, aparecerá de un momento a otro.
—¿Y Luciano?, ¿va a venir? —le preguntó Esteban a María, con cierta tirantez.
Ella meneó la cabeza.
—Esta noche iba a ver a unos tíos suyos, pero ma¬ñana sí que vendrá a cenar.
Esteban no dijo nada, pero se recostó en el sillón y esbozó una extraña sonrisa de satisfacción.
Héctor llegó minutos después. Tomaron una cena ligera, y pasaron una velada muy amena, tomando ponche, bromeando, y cantando villancicos con Vivian al piano. ¡Incluso Esteban cantó! María no se había senti¬do tan feliz en toda su vida.
A medianoche, Vivian condujo a Héctor bajo las ramitas de muérdago que había colgado del techo cerca del abeto, y lo besó amorosamente, y le guiñó un ojo a María antes de ir con él hasta la puerta.
— ¡Voy a acompañar a Héctor al ascensor! —les dijo—. ¡No me esperéis levantados!
— ¡Tened cuidado no os vayáis a caer por el hueco del ascensor! —le respondió María entre risas, mientras su amiga y el prometido de ésta desaparecían tras la puerta.
De pronto Esteban y ella se habían quedado solos y en silencio. María alzó la vista nerviosa hacia él, y el ranchero se levantó y le tendió la mano. Vacilante, ella le dio la suya, y permitió que la condujera bajo el muérdago. Las fuertes manos de Esteban la tomaron por la cintura, y la atrajeron suavemente hacia sí.
—Llevo todo el día esperando este momento — murmuró, inclinándose hacia ella.
María se puso rígida, pero Esteban llevó las manos has¬ta sus caderas, y rozó sus labios con los suyos de un modo tan delicado, que no pudo resistirse y comenzó a responder. Al cabo de unos segundos, Esteban abrió la boca, y ella lo imitó, permitiendo que el beso se hicie¬ra más íntimo, y se dejó envolver por las sensaciones mágicas que despertaba en ella.
—Te deseo tanto... —susurró el ranchero con voz temblorosa cuando despegó sus labios de los de María.
Ella se echó un poco hacia atrás, tratando de reco¬brar el aliento. Esteban apoyó la frente en la suya, y ce¬rró los ojos, respirando también jadeante. María advirtió en ese momento contra sus caderas la prueba de lo que acababa de decirle, y enrojeció hasta las orejas, apartándose de él un poco, como le exigía su recato.
—¿Por qué insiste en interpretar el papel de donce¬lla inocente, María Victoria? —inquirió Esteban algo irrita¬do—. No tienes por qué fingir conmigo, apartándote como si fueras una virgen asustada...
—Esteban, tienes que escucharme... —balbució ella, alzando el rostro hacia él.
—Tengo un apartamento cerca de aquí... —la inte¬rrumpió él—, un apartamento que ni siquiera Vivian sabe que tengo. Podríamos estar allí en quince minu¬tos, y jamás se enteraría.
María no fue capaz de articular palabra. Le tembla¬ban las piernas, y era como si se hubiera quedado afó¬nica de repente.
—Ven conmigo, María —le dijo de nuevo el ranche¬ro—. ¿Por qué seguir atormentándonos cuando ambos lo deseamos? Tengo que tenerte...
—Pero es que no puedo... —protestó ella desespe¬rada. Bajó la vista al pecho de Esteban, y puso las manos sobre su camisa.
Los dedos de él le apretaron la cintura, bajaron a las caderas, y la atrajo hacia sí en un movimiento im¬paciente.
—Estás matándome, María Victoria —le susurró—. ¿Es que no notas lo excitado que me tienes?
María cerró los ojos. No era estúpida. Imaginaba que para un hombre el deseo sería diez veces más insoportable que para una mujer, pero no le iba el «aquí te pillo, aquí te mato», le parecía que aquello sería traicionarse a sí misma, y traicionar los principios que le habían inculcado sus padres.
—Lo siento —murmuró—. Lo siento muchísimo, Esteban, pero no puedo...
El ranchero resopló irritado, y María se puso tensa, esperando que explotara. La verdad era que no podía culparlo: jamás debería haber permitido que la tocara, ni que la besara; pero, extrañamente, Esteban no dijo nada. Aflojó la presión de sus manos sobre sus cade¬ras, dándole la opción de apartarse, y cuando no lo hizo, la estrechó tiernamente entre sus brazos, apoyó la mejilla en su cabeza, y se quedó así, abrazado a ella mientras la respiración de ambos se normalizaba.
María le pasó las manos por la espalda, trazando los poderosos músculos bajo la tela y adorando la sensa¬ción de protección que la invadía en su abrazo.
Cerró los ojos, y se permitió por un instante el lujo de abandonarse completamente a sus fantasías de cuento de hadas, imaginando que la amaba.
—Podría obligarte —le susurró Esteban al oído—, podría arrancar la elección de tus manos.
—Lo sé —asintió ella quedamente, frotando la mejilla contra el pecho de él.
—Esta clase de pasión es un don —le dijo Esteban—. Podría darte más placer que el que hayas experimenta¬do con cualquier otro hombre. Y no porque sea un se¬mental en la cama, sino porque tú y yo reaccionamos como dos elementos químicos que causan una explo¬sión cada vez que nos tocamos.
—No puedo, Esteban —le reiteró ella débilmente—. Querría... pero no puedo.
El ranchero le acarició amorosamente el cabello.
—¿Es por Luciano?
María inspiró despacio. Iba a tener que decírselo, antes o después, y no iba a resultar sencillo.
Por fortuna para ella, en ese momento la puerta se abrió, y entró Vivian, que se quedó patidifusa al verlos abrazados.
—¿Estáis haciendo un combate de lucha libre? — aventuró—. ¿Quién va ganando?
— Son los efectos del muérdago —murmuró su hermano, señalando encima de ellos con la cabeza—. No me extraña que los druidas lo utilizaran en sus po-ciones: es una sustancia muy potente... Por su culpa María me tiene de rodillas...
—El día que eso ocurra será que tienes fiebre —se rió Vivian.
María se apartó de él, y Esteban no hizo ademán de querer detenerla.
—Justamente, y no digas ahora que he tratado de manipularte dándote un bebedizo —le dijo María, si¬guiéndole la broma.
—Ahora que lo dices, no estoy tan seguro —mur¬muró él, en un tono extraño.
—No vayáis a empezar a pelearos —les rogó Vivian—. Ya pasan de las doce: es Navidad.
—Cierto —asintió Esteban—. ¿Dónde está mi rega¬lo?
—A-a... no te lo daré hasta por la mañana —le contestó su hermana con una sonrisa juguetona.
—Aún faltan varias horas —protestó él frunciendo los labios—. ¿Qué me has comprado tú? —preguntó a María, girándose hacia ella.
—Tendrás que esperar hasta por la mañana para saberlo —respondió ésta, haciéndose eco de su amiga.
Esteban enarcó una ceja.
—Odio esperar —farfulló. Y sólo María supo a qué se refería en realidad.
—Ah, pero las cosas buenas se hacen esperar —re¬plicó Vivian, preguntándose por qué Esteban se rió y María se puso roja como un tomate.
Se fueron todos a la cama, pero María no conseguía conciliar el sueño. Deseaba a Esteban, pero era más que eso. Estaba empezando a sentir algo que nunca hubie¬ra esperado que podía llegar a sentir. Empezó a pensar en el día veintiséis, el día en que Esteban regresaría a Wyoming, y de pronto le pareció que el mundo se vol¬vería gris cuando él no estuviese, no podía imaginar pasar un día entero sin verlo.
Se incorporó, quedándose sentada en la cama, y miró aturdida hacia el frente en la penumbra. Aquello era sólo una mera atracción física, se dijo tratando de calmarse. No había duda de que lo deseaba hasta la lo¬cura, y a pesar de que se conocían desde hacía años, apenas sabía nada de él, así que, ¿cómo iba a estar enamorada de él?
—Enamorada... —murmuró en voz alta en el silen¬cio de su dormitorio. Se humedeció los labios incrédu¬la—. Estoy... enamorada... de Esteban... —el sólo decirlo hizo que un cosquilleo la recorriera de arriba abajo.
Cerró los ojos, y recordó el tacto de sus labios cuando la había besado, y el cosquilleo volvió a pro¬ducirse, como si mil pequeñas plumas la acariciaran, dejándola sin aliento.
¡No!, se dijo volviendo a abrir los ojos, ¡tenía que parar aquello! Esteban sólo quería saciar su apetito, y una vez lo hubiera hecho, la tiraría como un zapato usado, y se iría en busca de nuevas conquistas, como Ana Rosa. Un destello de furia brilló en sus ojos casta¬ños. ¡Cómo odiaba a esa mujer!
Se tumbó de nuevo y cerró los ojos. Al fin y al cabo ésa era la clase de mujer que le gustaba a Esteban. No le quedaba otro remedio que apretar los dientes y aguantar hasta que se marchase. Luego trataría de re¬componer las piezas de su corazón todo, y de olvidar¬lo. Como si fuera tan sencillo..., suspiró, dándose la vuelta sobre el colchón. Tardó más de una hora en dormirse.


Capítulo 7

CADA vez que se acordaba del apartamento que le había mencionado Esteban, María sentía de¬seos de romper algo. Había dicho que Vivian no sabía nada de él, y eso sólo podía significar que lo te¬nía para llevar allí a sus conquistas, como le había propuesto a ella. No quería ni pensar cuántas habrían sido, y le dolía que para él fuera sólo una más.
A la mañana siguiente, cuando se despertó, se ale¬gró de haberse mantenido firme y haber rechazado su proposición. Esteban únicamente quería su cuerpo, pero tal vez algún día encontraría a un hombre que la amara. Sin embargo, aunque ella se había propuesto com¬portarse con calma y sosiego, parecía que Esteban no. Cuando se les unió en el comedor para desayunar, los ojos grises del ranchero recorrieron con una larga mi¬rada apreciativa el chaleco y la falda roja que se había puesto, la blusa blanca de manga larga, y los zapatos rojos de tacón.
—Estás muy navideña —le dijo con una sonrisa.
María esbozó una sonrisa lo más neutra posible.
—Gracias.
Permitió que le retirara la silla para sentarse, espe¬rando que Ada ocupase la que estaba a su lado, como solía hacer, pero fue Esteban quien ocupó su lugar. De hecho, arrimó tanto su silla a la de María, que sus mus¬los se rozaban cuando él se movía.
María no se había sentido tan nerviosa en toda su vida, y maldijo para sus adentros la proximidad de Esteban, el calor de su cuerpo, y el olor a bosque de su colonia. Él también estaba ya vestido, con un traje azul oscuro de raya diplomática que le daba un aspec¬to distinguido y sofisticado.
Además, mientras comía, no hacía más que mirar¬la. Parecía un militar que hubiese iniciado una campa¬ña cuyo objetivo fuera ella.
Vivian advirtió su tensión y sonrió, haciendo que María se sonrojara porque sabía muy bien lo que estaba pensando.
Y, para colmo, Vivian acabó antes que su hermano y que María, y les anunció que iba a darse una ducha rá¬pida antes de vestirse.
—¿Te da miedo quedarte a solas conmigo? —la picó Esteban con una sonrisa cuando su hermana hubo salido del comedor.
—La verdad es que sí —admitió ella, alzando la vista hacia él sin poder evitarlo.
Contrariamente a lo que esperaba, María observó que los ojos del ranchero la miraban con dulzura, y que la sonrisa en sus labios se había tornado amable.
—¿Por qué? —le preguntó—. ¿Por lo de anoche?
María bajó la vista a los finos labios de Esteban, recor¬dando su tacto con sorprendente claridad.
—Dejemos de jugar al escondite, María Victoria —mur¬muró él, tomándola por la barbilla para hacer que lo mirara a los ojos—. Puedo esperar... hasta que rompas con Cisneros,
¡De modo que pensaba que ése era el problema! Por eso estaba mostrándose tan paciente, porque esta¬ba convencido de que estaba acostándose con Luciano y se sentiría incómoda si le era infiel...
Se quedó boquiabierta de indignación, y tardó un buen rato en recobrar el habla.
—Esteban, yo no...
—Vamos, María... ¿no irás a decirme que no puedes hacerlo? —la interrumpió él riéndose—. Sólo tienes que decirle cómo están las cosas. Lo compren¬derá, seguro. Parece un hombre bastante razonable. De hecho, me he fijado en que apenas te toca en pú¬blico. Casi no te toma de la mano, ni te rodea la cintu¬ra... Un hombre enamorado suele mostrar un poco más de osadía.
—Es que... no me gustan las demostraciones públi¬cas de afecto —balbució María.
—Ni a mí —masculló Esteban—, pero es algo que no se puede evitar cuando dos personas están muy ena¬moradas: una mirada, una caricia, una mano que no puede soltar otra... Son pequeños signos que se ven, y no veo nada de eso entre Cisneros y tú.
—Porque Luciano es... es muy reservado —insistió ella, cada vez más nerviosa.
—Y tú también lo eres —murmuró él—. Incluso cuando estás a solas conmigo... —se inclinó hacia ella y rozó sus labios con los suyos—. Vivian volverá antes de que nos demos cuenta, y a la noche estarán también Cisneros y Héctor, y entonces no podré hacer esto...
Puso una mano en la nuca de María, y enredó los dedos en sus cabellos, y la atrajo hacia sí, tomando sus labios en un beso que poco a poco fue tornándose más apasionado. Cuando despegó su boca de la de ella, un gemido involuntario abandonó la garganta de María, y se dio cuenta de que sus manos estaban aferrando la cabeza de Esteban.
—No podemos continuar, cariño —le susurró él con voz ronca—: no estamos solos, y ya me costó bas¬tante trabajo dormirme anoche con lo excitado que es¬taba... Necesitamos un poco de intimidad. Vente con¬migo a Wyoming, María.
La joven alzó la vista hacia él, abriendo los ojos como platos.
-¿Qué?
—Bueno, dijiste que te hacía falta recopilar infor¬mación para esa novela histórica ambientada en Wyo¬ming que vas a escribir, ¿no? —le respondió Esteban, la¬deando la cabeza—. Bien, pues yo podría ayudarte. Vente conmigo. Tomaremos un vuelo mañana por la mañana y te enseñaré todo lo que te haga falta saber sobre cómo se dirige un rancho.
María escrutó su rostro. Era más que obvio que esta¬ba refiriéndose únicamente a los planes que tenía para ellos durante el día, porque sus ojos le decían que te¬nía otros muy distintos para la noche.
— ¿Sigues teniéndome miedo? —le preguntó Esteban—. ¿Por qué? ¿Acaso crees que te haré daño en la cama?, ¿o es que temes que me vayan las perversio¬nes sexuales, o algo así?
María sintió que le ardían las mejillas, y tuvo que bajar la vista, porque no podía seguir mirándolo a los ojos.
—No —musitó—, nunca había pensado en ti como amante.
—A otro perro con ese hueso —le dijo Esteban esbo¬zando una media sonrisa—. Estoy seguro de que has estado pensado cada segundo desde ayer por la maña¬na en cómo sería si hiciéramos el amor, igual que yo —inclinó la cabeza de nuevo y la besó lánguidamen¬te—. Si sólo con tocarnos saltan chispas, imagina cómo será los dos desnudos en la cama, piel contra piel... Si fui un poco brusco fue porque te deseo hasta la locura, pero te prometo que no volverá a ser así, Mary. Seré el amante más tierno del mundo.
—Tú... tú nunca me has parecido tierno —balbu¬ció ella—. Más bien al contrario. Siempre te has mos¬trado bastante brusco conmigo.
Esteban apartó un mechón de cabello de su rostro y la miró a los ojos.
—Es por el modo en que escribes —farfulló irrita¬do—, tan... abiertamente.
—Esteban, no tengo por costumbre hacer el amor en la bañera con desconocidos, si es lo que piensas —le dijo María—. No soy como las protagonistas de mis no¬velas.
Él se encogió de hombros.
—Puede que no, pero a ningún hombre le hace gracia pensar que está siendo utilizado en la cama como material para una historia de ficción.
María enarcó las cejas y abrió los ojos como platos.
—¿Me estás diciendo que crees que yo...? ¿Que utilizo a los hombres para mis propósitos? —María sin¬tió que la sangre le ardía en las venas de pura indigna¬ción—. ¿Cómo te atreves?
Se levantó de la mesa y dio un paso atrás, mirán¬dolo fijamente mientras hacía un esfuerzo sobrehuma¬no por contener las lágrimas de ira que estaban agol¬pándose en sus ojos castaños.
—¿Qué te crees que soy, maldita sea, una vampire¬sa? ¡Lo que escribo sale de la nada! ¡Los personajes están sólo en el papel, y las escenas de amor son in¬ventadas! ¡No se basan en mis experiencias personales con una multitud de amantes!
—Escucha, María Victoria... —comenzó él, levantándo¬se, aturdido por su arranque de ira.
—Sigue pensando lo que quieras —continuó ella sin hacerle caso—. No me importa. ¡No me importa nada!
Y se giró sobre los talones, y corrió a su habita¬ción, chocándose con Vivian en el pasillo.
— ¡María! ¿Qué es lo que pasa? —le preguntó su amiga al ver las lágrimas rodando por sus mejillas, y que estaba temblando como una hoja.
— ¡Pregúntaselo al monstruo que tienes por herma¬no! —le espetó María con voz entrecortada, lanzando una mirada acusadora a Esteban, que la había seguido, antes de entrar en su dormitorio y cerrar de un porta¬zo.
¡Bonita manera de comenzar el día!, se dijo secán¬dose rabiosa las lágrimas con el dorso de la mano mientras se dejaba caer en un silloncito que tenía jun¬to a la ventana.
Minutos después, cuando salió de su encierro, Esteban se había esfumado, pero no el dolor que le ha¬bían provocado sus palabras. ¿Podía estar más equi¬vocado sobre ella? Se quedaría muy sorprendido si supiera hasta qué punto era limitada su experiencia con los hombres.
De hecho, las escenas de cama de sus libros eran bastante inocentes comparadas con las de otras nove¬las rosa. Eran sensuales, sí, pero no podía decirse que fueran muy explícitas. Precisamente por eso podía escribirlas, porque no tenía que entrar demasiado en de¬talles. ¿Cómo iba a hacerlo cuando lo poco que sabía lo sabía de oídas o por lo que había leído en otros li¬bros?
—Pero, ¿volverá? —le preguntó a Vivian cuando ésta le dijo que había salido sin decirle dónde iba.
La hermana del ranchero se encogió de hombros.
—No lo sé. ¿Qué es lo que ha ocurrido, Mary?, ¿qué te ha hecho?
—Sugirió que hago «trabajo de campo» para escri¬bir las escenas de sexo en mis novelas —masculló María—, que me acuesto con varios hombres para po-der trasladar luego esas experiencias al papel —aña¬dió hundiendo el rostro en sus manos—. ¡No puedes imaginarte lo que me duele que tenga esa opinión de mí!
—¿Y por qué no le dices la verdad?
—Porque... —masculló María, apretando los puños y golpeando el aire con ellos—... porque el único mo¬tivo por el que se siente atraído por mí es mi «expe¬riencia» —le explicó en un tono quedo, bajando la vista.
Vivian la miró boquiabierta.
—Estás enamorada de él... —murmuró, compren¬diendo de pronto muchas cosas.
María esbozó una sonrisa triste.
—He tratado de luchar contra ello, pero no me ha servido de nada —contestó sacudiendo la cabeza.
— ¡Y pensar que todo este tiempo me has hecho creer que lo odiabas...!
—Y lo odiaba... porque él me odiaba a mí —repli¬có María—, y era mejor, porque ahora no hace más que insinuárseme, y temo que esto acabe descontrolándo¬se, pero no sé qué podría hacer para detenerlo.

Vivian suspiró.
—Me temo que lo tienes difícil —murmuró—. Cuando mi hermano quiere algo, no para hasta conse¬guirlo.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —dijo María con ironía—. Me ha pedido que vaya al rancho con él.
El rostro de Vivian se iluminó.
—¿En serio?
—No seas tonta, ¡no puedo ir! Si fuera con él se daría cuenta de mi «pequeño secreto», ¿y cómo crees que le caería? Me echaría de allí a patadas.
—O tal vez no.
—No pienso arriesgarme, Viv. Tengo demasiado que perder. No, no voy a ir. Con un poco de suerte, quizá cuando se haya marchado descubra que no esta¬ba realmente enamorada de él, y pueda olvidarme de él.
—Pues no querría ser yo quien te quite esa espe¬ranza —le dijo su amiga contrayendo el rostro—, pero viendo lo mal que lo estás pasando, me temo que eso no ocurrirá. Convéncete, Mary, lo que sientes por Esteban es algo más que una mera atracción.
—¿Y qué se supone que debo hacer? —gimió María desesperada—. Vivian, no soy de esas mujeres que tie¬nen romances de una noche; soy demasiado inhibida.
—No cuando escribes —le recordó su amiga con una mirada elocuente.
— ¡Eso es distinto! —replicó Vivian—. Cuando es¬cribo soy sólo alguien que cuenta una historia. Ade¬más, soy muy distinta de las heroínas de mis novelas: ellas están dispuestas a amar sin reservas, y yo en cambio tengo miedo, me asusta empezar una relación y acabar con el corazón destrozado. Y Esteban no quiere ataduras, así que...
—Pues yo empiezo a pensar si no lo dirá sólo de boquilla —repuso Vivian—. Esta mañana, durante el de¬sayuno, no te quitaba los ojos de encima.
—Y tú sabes por qué.
—Oh, vamos, Mary. Los hombres y las mujeres son diferentes. Un hombre primero se interesa por una mujer porque se siente atraído por ella, y luego deja que sus sentimientos entren en juego.
Pero María no se convencía. Esteban le había dejado muy claro lo que pensaba de ella, y era imposible que alguien con una opinión así pudiese sentir algo por ella.
—No sé, Vivian —murmuró encogiéndose de hom¬bros y meneando la cabeza—. Lo único que sé es que después de prometerte que no te aguaría las Navida¬des es precisamente lo que estoy haciendo.
Su amiga fue junto a ella y le dio un abrazo.
—No seas tonta. Esteban volverá cuando se haya cal¬mado. Estoy segura de que es consigo mismo con quien está enfadado, no contigo —añadió sonriendo—. Vamos, anímate; las cosas se arreglarán, ya lo verás.
—No haces más que decirme eso —respondió María con una risa triste—. Supongo que debería intentar creérmelo.
Lo tenían ya todo listo cuando llegaron Héctor y Luciano, pero antes de cenar se sentaron a charlar y a to¬mar unas copas.
—¿No vamos a esperar a Esteban? —inquirió Héctor cuando Vivian se levantó y les dijo que pasaran al comedor.
—Bueno —respondió ella—, la verdad es que no sé a qué hora llegará.
Y, justo cuando estaba diciéndolo, se oyó una llave girando en la puerta del piso y al rato entró en el salón el susodicho.
—Vaya, ¿estabais esperándome? —le dio quitán¬dose el sombrero vaquero y dejándolo sobre la mesita del salón—. Disculpad. Me he entretenido en el apar¬tamento de Ana Rosa —añadió con toda la intención, mi¬rando a María.
Adiós al optimismo de Vivian, pensó ella, pero no dijo nada. Ni siquiera lo miró. De hecho, durante toda la velada logró mantenerse tan calmada, que se dijo que se merecía un Óscar por su interpretación. Esteban, por el contrario, casi no comió, apenas apartaba la vis¬ta de ella, y de sus ojos verdes parecían saltar chispas.
—Bueno, odio tener que marcharme ya —dijo Luciano después de que terminaran el postre, mirando su reloj, y poniéndose de pie—, pero quiero acercarme a ver a mi primo y su familia antes de que se haga más tarde. Ya vamos quedando tan pocos...
—Sé a qué te refieres —murmuró Vivian, y se traslu¬ció en su rostro la pena que María había intuido debía sentir esas primeras navidades sin su madre.
—Perdona, Vivian, no quería ponerte triste —se dis¬culpó Luciano, frotándose la nuca.
Ella sonrió y sacudió la cabeza.
—No seas tonto. Feliz Navidad, Luciano. Me alegra que pudieras venir.
—Yo también —intervino María, evitando los ojos de Esteban mientras se levantaba y lo acompañaba a la puerta.
En el vestíbulo, María lo ayudó a ponerse la chaque¬ta, y le dio un beso en la mejilla.
—Espero que nos veamos pronto —le dijo abrien¬do la puerta.
—Y yo —contestó Luciano. Pero en vez de salir se quedó mirándola muy serio—. María, ¿te das cuenta de lo que ese gigante ranchero siente por ti? —le pregun¬tó de repente.
María palideció.
-¿Qué?
—Durante toda la cena ha estado mirándote como si estuvieran cortándole una pierna, y en un momento dado, cuando te sonreí, pensé que iba a saltar por en¬cima de la mesa para matarme —le explicó riéndo¬se—. Creo que no estaría de más que le dijeras que no hay nada serio entre nosotros. Soy demasiado joven para morir.
María se rió también.
—Lo haré. ¿Vendrás a pasar la Nochevieja con no¬sotras?
—Bueno, por el momento no tengo planes, pero a lo mejor a ti te surge alguno —añadió haciéndole un guiño—, así que creo que será mejor esperar a ver. ¿Te parece?
—De acuerdo. Feliz Navidad, Luciano.
—Feliz Navidad, María —respondió él, inclinándo¬se para besarla en la mejilla.
Justo cuando estaba levantando la cabeza apareció Esteban, con un brillo peligroso en la mirada.
—Estáis tardando mucho tiempo en despediros — farfulló.
—Estábamos... hablando del tiempo —improvisó Luciano rápidamente—. Hace un frío de mil demonios ahí fuera. Bueno, pues me voy. ¡Adiós, María! Hasta otra, Esteban.
Y salió al pasillo, desapareciendo tras la puerta del ascensor con una sonrisa.
Esteban tomó a María de la mano y cerró la puerta.
—Ya no aguanto más —masculló, agarrándola por los brazos, como si temiera que fueran a salirle alas y huyera de él, volando como un pájaro—. Me estás volviendo loco, María Victoria.
—Fuiste tú quien empezó esto —le espetó ella, tratando de no hablar muy alto.
—Pero no era mi intención —replicó Esteban en un siseo furioso.
Sin embargo, su expresión se suavizó de repente, y sus manos se destensaron, acariciándole los brazos a través de las mangas de la camisa, y quemándola como si estuviese tocando su piel desnuda.
—María, yo... sé que no hago más que arremeter contra ti por cualquier razón, pero esta mañana no pretendía herirte...
El labio inferior de María tembló cuando alzó la vis¬ta hacia él.
—Y en vez de pedirme disculpas te fuiste con ella —balbució.
Esteban se quedó mirándola aturdido, como si le hu¬biera echado un cubo de agua a la cara, pero sus ojos verdes brillaban como dos discos de plata que refleja¬ran el sol.
—No la he tocado —murmuró con voz ronca—. ¿Cómo habría podido? ¡Es a ti a quien deseo!
María abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera hacerlo Esteban se había inclinado hacia ella y estaba rozando sus labios suavemente con los de ella. El beso fue volviéndose más sensual, y la respiración de ambos se tornó entrecortada.
Con un ritmo acompasado, la lengua de Esteban se adentraba en las profundidades de la boca de ella, se retiraba y volvía a avanzar, una y otra vez, hasta que logró arrancarle un gemido extasiado. María sintió que el ranchero se estremecía, y oyó cómo escapaba de su garganta un gruñido apasionado, como si estuviese conteniéndose a duras penas. Despegó sus labios de los de ella, suspirando su nombre, y sus brazos la ro¬dearon como fuertes cadenas, apretándola contra sí de tal manera que casi le hacía daño, pero a María no le importaba. Quería estar aún más pegada a él, sin nada entre ellos...
—¿Esteban? —llamó Vivian de pronto desde el salón—. ¿María?
Con la visión ligeramente nublada por el deseo, María vio cómo Esteban levantaba la cabeza e inspiraba.
—Estamos hablando, ¿de acuerdo? —le dijo en un tono casi normal.
— ¡Oh, perdón! —Balbució su hermana—. No era nada, tranquilos.
Esteban bajó de nuevo el rostro para mirar a María.
—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro, al ver sus ojos húmedos.
María asintió con la cabeza.
—Sí, sólo... sólo algo... temblorosa —contestó.
Esteban tomó sus manos y las puso abiertas sobre su pecho.
—Yo también —le dijo—. Desde la cabeza hasta los pies. ¡Dios, me haces perder la razón!
—No es verdad —farfulló ella apartando el ros¬tro—. Eres un hombre apasionado. Supongo que la mayoría de las mujeres te hacen perderla.
—No soy promiscuo, María, soy selectivo. Y sólo alguien muy especial puede hacer que sienta esto que estoy sintiendo ahora mismo.
Si las circunstancias hubieran sido otras, María se habría sentido halagada, pero la había herido pro¬fundamente.
—¿Has olvidado que soy una mujer impúdica? — le dijo con una risa amarga—¿que seduzco a hom¬bres para conseguir material para las escenas de cama de mis...?
Esteban le impuso silencio poniendo las puntas de los dedos sobre sus labios.
—Estaba equivocado —le dijo—. Yo tampoco soy un santo, así que no tengo derecho a juzgarte.
—Esteban, si me escucharas... —insistió ella.
—No tienes que explicarme nada —la cortó él—, eso pertenece al pasado; empezaremos de cero. ¿Ven¬drás conmigo a Wyoming, María Fernández?
Allí estaba de nuevo la pregunta que temía como un miura. Lo miró a los ojos, y de pronto supo que su corazón ya había decidido por ella. Notaba como su voluntad iba flaqueando poco a poco, igual que una tela se deshace cuando se empieza a tirar de un hilo. Aquello era una locura.
—¿No... no esperarás demasiado? —inquirió vaci¬lante.
—Por lo que a mí respecta —le susurró acariciándo¬le la mejilla con el dorso de la mano—, sólo vendrías conmigo para recabar información sobre Wyoming y el modo de vida en un rancho para un libro. No espero que me lo pagues... de ninguna manera —añadió, ha¬ciendo hincapié en esas palabras—. No te pediré más de lo que estés dispuesta a dar, sin compromiso alguno.
Ella se quedó callada un momento, pero finalmen¬te comprendió que no tenía ningún sentido que siguie¬ra luchando contra sus deseos.
—De acuerdo —murmuró—, iré contigo.
Esteban resopló, como si hubiera estado conteniendo el aliento, y la miró largo rato a los ojos antes de besar suavemente sus labios.
—Tengo una piel de oso delante de la chimenea de mi estudio —susurró seductoramente contra sus la¬bios—, y siempre me he preguntado cómo será sentir su tacto bajo la piel desnuda...
María tragó saliva, pero antes de que pudiera decirle nada, Esteban la tomó por la cintura, levantándola del suelo, y la besó tan apasionadamente que de repente fue como si todo lo que hubiera a su alrededor se des¬vaneciera y estuvieran sólo ellos dos.
— ¡Ejem! —se oyó a sus espaldas, desde el umbral de la puerta del salón.
Esteban la dejó en el suelo con evidente reticencia, y se apartó de ella justo en el momento en que apareció Vivian.
—Héctor y yo estábamos preguntándonos si os apetecería veniros a dar un paseo. Con la ilumina¬ción navideña las calles del centro están preciosas — les dijo, tratando de no parecer tan contenta como es¬taba.
— Me parece una idea estupenda —respondió Esteban, sonriendo a María—. ¿Y a ti?
—A mí también —murmuró ella como si estuviera soñando.
—Estupendo —dijo Vivian—. Voy por mi abrigo.
—Oh... Vivian... —la llamó Esteban, justo cuando se daba la vuelta—. Espero que no te importe quedarte sola en el piso un par de semanas. Me llevo a María a Wyoming conmigo.
—¿En serio? —exclamó su hermana sin poder ocultar su alegría.
—Para ayudarla con su nuevo libro —le aclaró Esteban frunciendo el ceño.
—Oh, sí, sí, por supuesto —respondió ella, contro¬lando su entusiasmo—. ¿Para qué otra cosa iba a ser?
María fue a su dormitorio por su chaqueta, su bufan¬da y sus guantes, y al salir y cerrar la puerta, se quedó con la mano y la mirada en el pomo. Decididamente había perdido el juicio, pero la perspectiva de pasar dos semanas con él era demasiado tentadora como para rechazarla. Le contaría la verdad cuando estuvie¬ran en el rancho, se prometió... y cruzaría los dedos.


Capítulo 8

Leonel, uno de los peones más jóvenes del ran¬cho, fue a recogerlos al aeropuerto. — ¡Eh, jefe!, ¡aquí! —llamó a Esteban, agitando el brazo para que lo viera cuando salieron por la puerta de la terminal cuatro.
María y Esteban fueron junto a él, y el ranchero hizo una presentación rápida:
—María, te acuerdas de Leonel, ¿verdad? Leonel, la señorita Fernández Acuña va a ser nuestra invitada durante unos días. Necesita recopilar información sobre la forma de vida en un rancho.
—No podía haber escogido mejor lugar —le dijo Leonel a María con una sonrisa, tomando su maleta—. Me alegra volver a verla.
Bajaron los tres al aparcamiento, donde Leonel ha¬bía dejado su cuatro por cuatro, y minutos después es¬taban ya en la carretera. El paraje nevado por el que estaban atravesando le cortaba a uno la respiración, y después de recorrer unos cuarenta kilómetros se des¬viaron por el camino vecinal de tierra que conducía al rancho San Román.
—¿No traerá por casualidad un chinook en el bol¬sillo, ¿verdad, señorita? —le preguntó Leonel al vo¬lante, girando un poco la cabeza.
—¿Un qué? —inquirió ella desde el asiento de atrás, frunciendo el entrecejo.
—Un chinook —repitió Esteban, que iba en el asiento del copiloto—. Es un viento cálido que sopla aquí en el invierno. Derrite la nieve —se volvió hacia Leonel—. ¿Cómo andamos de forraje?
— Bien —respondió el joven—. Rafael dice que aguantaremos.
—Creo que nunca te he presentado a Rafael las veces que has venido, ¿no? —dijo Esteban—. Es nuestro capa¬taz.
—Casi podría decirse que venía con el rancho —le comentó Leonel a María riéndose—. Nadie sabe cuán¬tos años tiene, y nadie se atreve a preguntárselo.
—La respuesta podría asustarnos —intervino Esteban riéndose también—. Diablos, la nieve está mucho más espesa que cuando me fui —comentó al ver la dificul¬tad con que avanzaba el vehículo por el camino de tie¬rra, a pesar incluso de que iban por los surcos que Leonel había dejado en la ida. Además, estaba empezando a nevar.
—Iríamos más rápido si fuésemos a pie —dijo Leonel.
— O a caballo —asintió Esteban, girándose en el asiento y echando una mirada a María de arriba aba¬jo—. No te has vestido muy apropiada —farfulló—. Tenía que haber hecho que te cambiaras antes de ir al aeropuerto.
Aunque tenía razón en que el vestido y los zapatos de tacón que se había puesto no eran lo más indicado para ir al campo, a María le molestó la forma en que se lo dijo, y estaba a punto de recriminárselo cuando de¬cidió que era demasiado pronto para empezar una dis¬cusión.
—¿No vas a decir nada? —la pinchó Esteban, enar¬cando una ceja—. ¿No vas a quejarte de mi tiránico carácter?
—¿Por qué iba a hacerlo? —replicó ella, resuelta a no picar el anzuelo por mucho que la molestase—. Por si no te has dado cuenta, soy el tacto personifica¬do.
—Oh, sí, sobre todo cuando me dices que me vaya al infierno —contestó Esteban divertido.
María se sonrojó al advertir la mirada patidifusa que les lanzaba Leonel con el rabillo del ojo.
—Esteban y yo tenemos... um... nuestras pequeñas diferencias —dijo, tratando de explicarse.
—Lo recuerdo, señorita —murmuró Leonel, rién¬dose suavemente.
Y María recordó que el hombre no había andado muy lejos cierto día que habían discutido cerca de los establos la última vez que había ido a pasar unos días allí con Vivian.
Minutos después entraban en el rancho, y Leonel los llevó hasta la casa. María vio salir al porche a la an¬ciana empleada del hogar, Carmela, para recibirlos.
Leonel se bajó del vehículo y sacó el equipaje de ambos del maletero, llevándolo dentro, mientras Esteban se apeaba también y abría la puerta de María, alzándola en volandas.
—Puedo caminar —protestó ella, que no había es¬perado que hiciera aquello.
—¿Con esos zapatos de tacón piensas caminar por la nieve? —le espetó Esteban mientras la llevaba hacia la casa—. Espero que metieras en la maleta ropa más apropiada.
—He traído botas, vaqueros y jerséis de lana. ¿Te parece bien?
— Sí, eso está mejor.
En cuanto la dejó en el suelo de madera del porche Carmela corrió a abrazarla.
—Si no lo veo no lo creo —gritó mirándola prime¬ro a ella y luego a Esteban—. Y ninguno de los dos tiene un solo arañazo.
— No nos peleamos todo el tiempo —protestó Esteban—. María ha venido a recabar información para una novela sobre Wyoming en la época de las colonias —añadió, cambiando de tema, y desafiándola con la mirada a interpretar esa visita de cualquier otro modo.
Carmela, que lo conocía bien, se dio por enterada.
—¿Una novela sobre los tiempos del viejo Oeste, eh? —murmuró conduciendo a María dentro—. Pues no dejes de ir a hablar con Rafel. Sabe más que cualquier libro. Su padre luchó en Johnson County.
María le preguntó cuál había sido el motivo de ese enfrentamiento, y recibió una lección de historia de Wyoming de casi quince minutos, con referencias in¬cluidas a las escaramuzas entre los criadores de vacas y los criadores de ovejas, y a los duros inviernos de Wyoming.
Más tarde, cuando María ya había subido su maleta a la habitación de invitados y se había cambiado, vol¬vió a bajar, y como Esteban había ido a los establos para hablar con Rafael, fue con Carmela a la cocina por si podía ayudarla en algo. La mujer le dijo que ni hablar, que acababa de llegar, y le sirvió una taza de café que María se tomó sentada en un taburete mientras veía trabajar a la mujer, preparando un asado al horno.
—¿Cómo es que de pronto Esteban ya no está tratan¬do de ponerte la zancadilla constantemente? —inqui¬rió Carmela curiosa.
—Es que está tratando de llevarme al huerto —res¬pondió María sin rodeos, sonriendo maliciosa cuando la mujer se sonrojó.
—Me merecía esa respuesta —protestó la mujer, echándose a reír—. Vaya una pregunta tonta... Pero en fin, ya que la he hecho, te haré otra: ¿vas a permitírse¬lo?
María meneó la cabeza.
—No es así como me educaron —respondió—. Supongo que estoy algo anticuada, pero... —concluyó encogiéndose de hombros.
—Haces bien —dijo Carmela con vehemencia—. La verdad, no sé en qué piensan las chicas hoy en día. Cuando yo era joven, no dejabas que un chico te to¬mase de la mano antes de la tercera o cuarta cita, y ahora en cambio en la primera ya están metiéndose en la cama con ellos. No me extraña que ya no haya rela¬ciones duraderas. Si tomas bombones todos los días acababas cansándote de ellos. Al menos así es como yo lo veo.
—Deberíamos unirnos a alguna congregación reli¬giosa de clausura —le dijo María entre risas—. No per¬tenecemos al mundo moderno.
—Y yo ni siquiera estoy en él —dijo Carmela con una sonrisa—. No creo que haya nada más primitivo que la vida en el campo, a pesar de todos los chismes eléctricos que Esteban me compra para cocinar y con los que no me apaño.
—¿Es verdad que en un principio Esteban no quería ser ranchero? —inquirió María, tomando otro sorbo de café.
—Bueno... pienso que más bien no sabía exacta¬mente lo que quería —contestó Carmela—. La política lo fascinaba, pero también los negocios, y en el fondo eso es lo que es un rancho hoy día, un negocio.
—¿Y es feliz? —le preguntó María.
—No, no lo creo —respondió la anciana con un suspiro—. De hecho, me da la impresión de que se siente solo. Sobre todo desde que murió la señora. Ya no tiene a nadie excepto a la señorita Vivian.
María sintió una punzada de lástima en el pecho.
—No tan solo —murmuró, queriendo convencer¬se—. No es... guapo, pero tiene algo que atrae a las mujeres —añadió recordando a Ana Rosa.
—No a la clase de mujeres adecuadas —replicó Carmela—, ninguna que haya podido traer al rancho... hasta ahora.
María se sonrojó hasta las orejas.
—Bueno, ya estoy aquí —dijo Esteban, entrando por la puerta de la cocina en ese momento—. ¿Hablando de mí a mis espaldas? —murmuró al ver el rubor en las mejillas de María y la expresión de sorpresa en el rostro de Carmela.
—¿Acaso hay alguien más de quien hablar? —le espetó la anciana exasperada, lanzando los brazos al aire y poniéndolos en jarras—. Están Rafael, Leonel y los muchachos, por supuesto, pero no hay nada intere¬sante en su vida sobre lo que chismorrear.
Esteban sacudió la cabeza y resopló.
—Supongo que no. Tú y tus argumentos lógicos... —se quitó el abrigo y el sombrero—. ¿Qué hay para cenar?, me muero de hambre.
—Tú siempre estás muerto de hambre —replicó Carmela—. El asado aún no está listo, pero queda un poco de pavo trinchado en la nevera..., las sobras de mi solitaria cena de Navidad de ayer —añadió en un tono trágico.
—Estupendo —respondió Esteban, ignorando su que¬ja—. ¿Lo pasaste bien? —preguntó para pincharla.
— ¡Te he dicho que cené sola! —rugió la mujer. —¿Entonces no tuviste compañía? —siguió pin¬chándola Esteban, con una sonrisa.
— Sigue tomándome el pelo... —le advirtió Carmela—, y tendrás que hacerte tú la cena.
Esteban se rió y le guiñó un ojo a María, que estaba mirándolo como si fuera la primera vez que lo viese. Y es que, de pronto estaba viendo una cara de él que jamás había imaginado que pudiera existir: un Esteban bromista, y que parecía estar en su ambiente, allí en las montañas.
—¿Sabes?, de repente te veo distinto —comentó abstraída, observándolo.
Esteban enarcó una ceja y sacó la bandeja de pavo, el bote de mayonesa, y un cogollo de lechuga del frigorí¬fico.
—¿En qué sentido? —inquirió.
—No será en el físico —intervino Carmela con la insolencia que le permitía su familiaridad con él—. Sigue teniendo la misma cara de ogro que siempre.
—Céntrate en tus asuntos, Carmela —le dijo Esteban con una sonrisa forzada.
—Oh, usted perdone, «bwana» —contestó la mu¬jer burlona, haciendo una reverencia—. Voy a la des¬pensa por unas manzanas. Estaba pensando que podría hacerte pastel de manzana, ya que es tu favorito, aun¬que no sé si te lo mereces —farfulló desapareciendo tras la puerta de la cocina.
Esteban se rió.
—Si me das el pan te haré un bocadillo a ti tam¬bién —le dijo a María
—¿Dónde lo guardáis?
—Allí, en la panera que hay en el rincón.
María se levantó y fue hasta el rincón, pero antes de que pudiera volverse Esteban estaba detrás de ella.
—Has caído en la trampa —murmuró, haciéndola girarse y apoyó las manos en la pared, impidiéndole huir, y apretó su cuerpo contra el de ella.
Aunque María abrió la boca para decir algo, no pudo hacerlo, ya que los labios de Esteban tomaron los suyos an¬tes de que tuviera tiempo de articular una sola palabra. La boca de Esteban estaba fría porque había, estado fuera, pero en cuestión de segundos el ardiente beso logró ca-lentarla, y de su garganta escapó un intenso gemido.
María notó cómo su lengua se abría paso entre sus labios, y abrió los ojos, encontrándose con los de él cerrados, y el ceño fruncido como si estuviera concen¬trándose en el placer que estaba experimentando. Sin embargo, él debió notar que lo estaba mirando, porque sus párpados se levantaron despacio, y sus ojos se en¬contraron.
—Eso sí que puede resultar excitante —murmuró despegando sus labios de los de ella lo justo para po¬der hablar—. Nunca he mirado a una mujer mientras la beso...
Y, al momento de decirlo, volvía a tomar su boca sin cerrar los ojos. Poco a poco el deseo fue haciendo mella en María, y de pronto, sin saber cómo, descubrió que sus dedos estaban jugueteando con un botón de la camisa de Esteban.
Jamás hasta entonces había sentido ganas de tocar la piel de un hombre, pero en ese momento el solo pensamiento estaba consumiéndola. Siguió acarician¬do el botón mientras lo besaba, debatiéndose sobre qué hacer, considerando los riesgos. Esteban ya parecía bastante excitado como para empujarlo más allá, y no estaba segura de poder detenerlo si él perdía el control sobre sí mismo.
Esteban levantó la cabeza y bajó la vista a los dedos de María.
—¿Siempre te muestras así de insegura con un hombre, o es sólo conmigo? —le preguntó en un susu¬rro—. Tócame si es lo que quieres, María. No voy a perder la cabeza y a hacerte el amor sobre la mesa de la cocina.
No había un ápice de romanticismo en aquello, y María no pudo evitar sentirse dolida, por mucho que su¬piera que lo único que podía esperar de él era algo fí¬sico. Se apartó de él con el rostro pálido.
Esteban maldijo entre dientes, observando cómo María sacaba el pan de la panera y unos platos de la alacena, para luego dirigirse a la mesa y empezar a cortar el pan de pie.
—¿Qué es lo que quieres de mí, maldita sea? — masculló irritado.
María inspiró, tratando de mantener la calma.
—Me bastaría con un poco de respeto. No es pedir demasiado, creo yo —le dijo untando mayonesa en un pan mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos verdes—. No soy una furcia, Esteban San Román.
El ranchero vio cómo una lágrima rodaba por la mejilla de María. Se colocó detrás de ella en silencio, y le puso las manos en la cintura, atrayéndola hacia sí.
—No llores, Maria Victoria...
— ¡Suéltame! —casi le gritó ella, revolviéndose y apartándolo de ella.
Se secó las lágrimas irritada, untó mayonesa en el otro pan que había cortado, y fue al fregadero a enjua¬gar el cuchillo. Cuando se dio la vuelta, Esteban se había sentado a la mesa y había acabado de hacer los boca¬dillos. Tomó asiento frente a él y comieron en silen¬cio. «¡Estúpida!», se increpó, sintiendo deseos de abo¬fetearse, «¿por qué? ¿Por qué tuviste que venir con él?»
En ese momento regresó Carmela, que puso los ojos en blanco al verlos.
—Os dejo solos cinco minutos y empezáis una guerra.
Esteban dejó a medias el bocadillo, se levantó, y fue a ponerse de nuevo el sombrero y la chaqueta.
—Tengo trabajo que hacer.
Salió de la cocina, y al cabo de unos segundos se oyó un portazo en el vestíbulo.
María secó nuevas lágrimas que se empeñaban en aflorar incesantes de sus ojos verdes, y Carmela farfu¬lló algo ininteligible entre dientes, sentándose a su lado con un suspiro y empezando a pelar manzanas. Un rato después se levantó sin decir nada, sacó otro bol y otro cuchillo y tendió ambos a María.
—Anda, chiquilla, pela conmigo —le dijo con una leve sonrisa, retomando su asiento—. Mantenerte ocu¬pada te ayuda a no darle vueltas a la cabeza.
—La mía no debe funcionar bien —contestó María tomando una manzana y empezando a pelarla con el ánimo en los pies—. Si no, no habría salido de Nueva York.


Capítulo 9

DESPUÉS de aquel episodio, Esteban se tornó distante. Se comportaba como el perfecto anfitrión, correcto y educado, pero todo el tiempo se mostraba tan frío como la nieve que caía fuera.
María se dijo que si eso era lo que quería, le pagaría con la misma moneda, así que hizo como él, compor¬tarse educadamente, y mantener las distancias.
En los días que siguieron no se produjeron nuevos encontronazos entre ellos, pero María echaba de menos al hombre con sentido del humor que apenas había empezado a descubrir. Por lo menos estaba consi¬guiendo mucha información para su libro, se dijo, tra¬tando de consolarse. Las historias de los hombres del rancho eran muy interesantes, y pasaba bastante tiem¬po conversando con ellos, yendo de aquí para allá con su cuaderno de notas, pero cuidándose siempre mu¬cho de no interferir en su trabajo, como Esteban le había pedido.
Las cosas habrían seguido bien, si Leonel no la hu¬biera invitado una tarde a un baile en el pueblo más cercano. Esteban estaba a unos pasos cuando le preguntó si querría acompañarlo, y antes de que ella pudiera abrir la boca para responder, Esteban se acercó y le dijo a Leonel: «no, gracias», como un animal en celo echan¬do a otro macho de su territorio.
—Si has acabado de molestar a los hombres —le dijo a María en un tono áspero—, necesitan descansar.
María se sonrojó.
—Yo... no sabía que estuviera siendo una moles¬tia... —balbució.
— ¡Vamos, jefe! —protestó Leonel—, la señorita no nos molesta en absoluto...
Los demás hombres del barracón lo secundaron ruidosamente.
—Buenas noches —les dijo Esteban, en un tono géli¬do.
Abrió la puerta y la sostuvo para que María saliera. Ella, comprendiendo que era inútil intentar hacerlo entrar en razón, miró a Leonel, se encogió de hom¬bros, se despidió de los muchachos deseándoles bue¬nas noches con una sonrisa, y salió del barracón a la fría nieve.
Iba a dirigirse a la camioneta que ella misma había conducido para llegar hasta allí, pero Esteban la agarró del brazo.
—Por aquí —le dijo, llevándola al lugar donde te¬nía aparcado su cuatro por cuatro.
Cuando estuvieron dentro del vehículo, María deci¬dió volver a intentarlo:
—No estaba molestando a los hombres —se de¬fendió—. Me dijiste que podía hacerles preguntas si no interfería en su trabajo...
—Sí, pero no dije que pudieras acostarte con ellos —gruñó él.
— ¡Eres un...! ¿Cómo te atreves? —explotó María, queriendo arañarlo, y con los labios temblándole por la ira—. ¿Cómo te atreves a acusarme de algo así?
—Leonel te estaba pidiendo una cita —masculló él, poniendo el vehículo en marcha.
—Sí, y pensaba decirle que no —replicó ella irrita¬da—. Es un buen chico, pero...
—Pero no lo suficientemente experimentado para satisfacer a una mujer como tú, ¿verdad? —inquirió él, sonriendo con insolencia.
María resopló furiosa. Estaba empezando a estar más que harta.
—¿A qué te refieres exactamente cuando dices «una mujer como yo»? —le preguntó con toda la in¬tención.
—¿Qué crees tú que quiero decir? —replicó él enarcando las cejas con ironía.
María apretó el bolígrafo y el cuaderno en sus ma¬nos y miró hacia delante, fijando la vista en la oscuri¬dad fuera del vehículo.
—¿No vas a responder nada?
—No tengo por qué seguir aguantándote. Mañana mismo me vuelvo a Nueva York.
—Ya lo creo que no.
—¿Y qué es lo que vas a hacer?, dime, ¿atarme de pies y manos encerrarme en uno de los refugios del rancho y abandonarme allí hasta que cambie de opi¬nión?
Esteban frunció el entrecejo.
—¿Quién te ha hablado de los refugios?
Era algo que no todo el mundo sabía. En los gran¬des ranchos se construían pequeñas cabanas o refugios para que los peones a los que les sorprendiera una tor¬menta pudieran refugiarse en la más próxima, y en las que se almacenaban víveres y leña para varios días, por si se quedaban aislados por la nieve.
—Rafael —respondió María.
—Rafael apenas cruza dos palabras con nadie —re¬plicó él—, ni siquiera conmigo,
—Pues conmigo sí —le espetó ella, alzando la bar¬billa—, ¡pero supongo que ahora también irás a acu¬sarme de haberme acostado con él para sacarle infor¬mación!
Esteban se quedó mirándola fijamente, muy serio, y de pronto las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa.
—No creo que te gustara: sólo se ducha una vez al mes.
La sonrisa de Esteban era contagiosa. Estaba enfada¬da, se recordó María, muy enfadada..., pero finalmente no pudo evitar acabar estallando en risas, y él se unió a ella.
Cuando se hubieron calmado, Esteban se giró hacia María, y le dijo después de mirarla largo rato en silen¬cio:
—Si dejo de meter la pata y cierro esta bocaza que tengo cuando deba... —le propuso—, ¿crees que po¬dríamos llevarnos bien el resto del tiempo que estés aquí?
María suspiró.
—La verdad es que no creo que sea posible, Esteban —murmuró—. Ni siquiera me concedes el beneficio de la duda.
—He leído tus libros —le recordó él.
—¿Y qué tiene que ver eso? ¿Cómo crees que Ed¬gar Rice Burroughs escribió TarZán de los monos? le espetó ella incrédula—, ¿crees que se fue a la selva, a saltar de un árbol a otro en liana? ¡Ni siquiera había estado en África!
Esteban detuvo el cuatro por cuatro frente a la casa y apagó el motor.
—¿Pretendes decirme que una mujer puede escri¬bir la clase de libros que tú escribes sin haber hecho jamás el amor? —le dijo riéndose con sarcasmo—. A otro perro con ese hueso. No soy idiota, María Victoria.
—Eso depende de cuál sea tu definición de idiota —contestó ella irritada—. Porque, según la mía, te comportas como tal-.
—Sólo cuando me besas de esa manera tan sen¬sual... —murmuró Esteban, sonriendo malicioso—, y cuando intentas quitarme la camisa...
María lo miró furibunda antes de darle la espalda, girándose hacia la ventanilla.
—Está bien, está bien... Siento lo que te dije en la cocina. ¿Enterramos ahora el hacha de guerra?
—Quiero que te quede algo muy claro —le dijo ella volviéndose en el asiento, y levantando el índice en señal de advertencia—. Por lo que a mí respecta, sólo estoy aquí para obtener información para mi no¬vela, no para que se aprovechen de mí.
—Eso díselo a Leonel; era él quien quería llevarte al huerto —le dijo Esteban, soltando una carcajada.
—¿Y acaso tú no? —lo acusó ella.
—No, yo quería llevarte a la cama. No es lo mis¬mo.
—¡Vete al infierno! —masculló María. Alargó la mano hacia la manilla de la puerta para bajar del coche, pero Esteban la retuvo.
—María... ¡espera! Ella se quedó quieta en el asiento pero no lo miró.
—Te deseo, no he intentado ocultártelo —le dijo Esteban—, y sé que tú también me deseas a mí... Tendre¬mos que darnos un poco más de tiempo, eso es todo. Estoy dispuesto a esperar.
—Pues espera sentado. No voy a acostarme conti¬go-
—Ya lo creo que sí.
—¿Estás amenazándome? —le preguntó María, mi¬rándolo a los ojos y cruzándose de brazos.
—No, estoy constatando un hecho —contestó él sonriendo—. Acabarás suplicándome que te haga el amor.
— ¡Sigue soñando! —le espetó ella furiosa.
Esteban se bajó del vehículo, y antes de que los pies de María tocaran el suelo, había rodeado el cuatro por cuatro y estaba tomándola en brazos.
— ¡Suéltame! —chilló ella, pataleando y golpeán¬dolo en el pecho—. ¡Bájame!
Pero Esteban no la soltó.
—Deja ya de revolverte —le dijo muy calmado mientras caminaba hacia la casa con ella en volan¬das—. Llevamos días evitándonos. Sólo quiero besar¬te y estrecharte entre mis brazos.
Aquellas palabras la enternecieron, porque eso era precisamente lo que ella quería, y dejó de luchar, ro¬deándole el cuello, mientras permitía que la llevara dentro. Para cuando Esteban empezó a subir las escaleras con ella en brazos, había apoyado la cabeza en su pe¬cho, escuchando el ritmo acompasado de los latidos de su corazón.
—No hemos hecho esto desde que salimos de Nueva York... —murmuró Esteban, llevándola dentro del estudio y cerrando con pestillo.
María se notó la boca seca cuando él la depositó en el suelo, y observó como hipnotizada cómo se quitaba el sombrero y la chaqueta y los arrojaba sobre el sofá, para hacer lo mismo con los guantes, el abrigo y la bufanda de ella.
—No más juegos, María —le dijo quedamen¬te—. No voy a hacerte daño, pero no te asustes si me dejo llevar un poco por la pasión. Llevo demasiados días soñando con este momento.
No podría haber habido mejor momento para de¬cirle la verdad, pero antes de que María pudiera siquiera articular palabra, Esteban la sorprendió tomando uno de sus senos en su boca abierta. Sin poder reprimirse gi¬mió, tanto por la oleada de placer que la invadió, como por lo íntimo y turbador que resultaba aquello incluso a través de la ropa.
Esteban succionó suavemente, y María cerró los ojos, conteniendo el aliento y enredando los dedos en sus cabellos. Cuando creía que iba a volverse loca, él le¬vantó la cabeza, y la hizo agacharse con él, recostán¬dola sobre la que parecía la más mullida de las alfom¬bras.
Esteban se tumbó sobre ella, cubriéndola como una cálida manta. La fricción de sus cuerpos pareció en¬cender un fuego en su interior, y cuando él tomó sus labios en un beso apasionado y posesivo, María estaba tan abstraída en las sensaciones deliciosas que la inun¬daban, que no se dio cuenta de lo que estaban hacien¬do las manos de Esteban hasta que notó el calor del fue¬go de la chimenea en su piel desnuda. Le había quitado la rebeca, la blusa y el sostén.
—Esteban... —protestó temblorosa.
—Dios mío, eres preciosa —jadeó él, observando con ojos oscurecidos por el deseo la piel que había quedado al descubierto.
Se llevó las manos a los botones de la camisa, y los desabrochó despacio, metódicamente, para sacár¬sela después de la cinturilla de los vaqueros y quitár¬sela, revelando una piel bronceada de la que arrancaba suaves brillos la luz del fuego.
María fijó la mirada en él llena de deseo, adorando las angulosas líneas de su cuerpo, y ansiando sentir esos duros músculos contra sus blandas curvas.
Mientras se miraban, el único ruido que se escu¬chaba era el crepitar del fuego, con su suave brillo ro¬jizo iluminando débilmente la habitación. María sabía lo que Esteban iba a hacer, pero no tenía la voluntad ne¬cesaria para detenerlo. Lo amaba tanto... ¡Dios, cómo lo amaba!
El ranchero se inclinó despacio, sosteniéndose con los brazos, para apoyar su pecho ligeramente sobre el de María, y la miró a los ojos todo el tiempo mientras se frotaba contra sus senos, deleitándose en cómo ella se estremeció de arriba abajo y se arqueó hacia él para que estuvieran aún más cerca.
—No te contengas, María —le susurró—. No te contengas y te haré gritar de placer.
Bajó la cabeza al tiempo que volvía a restregarse contra ella, y cuando tomó los labios de María ella le¬vantó las manos, enredando los dedos en su cabello mientras él la besaba, robándole el aliento.
Esteban se estremeció de pronto, y María supo enton¬ces el poder que tenía sobre él. Sin pensar en las con¬secuencias, le asió la cabeza con ambas manos, y la empujó hacia abajo, hasta su pecho.
— ¡María...! —gimió él, como si lo hubiera sorpren¬dido, hundiendo los dedos en su espalda.
Abrió la boca, y María experimentó las caricias de sus labios, su lengua, y sus dientes, en aquella parte de su cuerpo que jamás había sido contemplada por los ojos de un hombre.
El ranchero se aventuró más allá, recorriendo cada centímetro de piel de María hasta la cintura, mientras el cuerpo de ella se retorcía debajo de él, en un delirante oleaje de pasión. Y entonces, de repente Esteban rodó de costado, llevándola consigo, de modo que quedó tum¬bada encima de él, y María sintió sus manos introducir¬se bajo la cinturilla de sus pantalones, acariciándola.
—Mírame —le dijo con voz ronca.
María levantó la cabeza, y leyó el deseo en sus ojos. Las fuertes manos de Esteban se contrajeron so¬bre sus caderas, y le mordisqueó el lóbulo de la oreja mientras le susurraba cosas que resultaban a la vez turbadoras y excitantes.
—Esteban... —protestó débilmente.
—Relájate —murmuró él, atrayendo las caderas de ella hacia las suyas y rotándolas lenta y suavemente—. Deja que te muestre hasta qué punto te deseo...
Esteban empujó sus caderas hacia las de ella, y María emitió un intenso gemido cuando Esteban la tomó por la barbilla con una mano para besarla de nuevo, introdu¬ciéndole la lengua en una cadencia que resultaba más que elocuente.
—Vamos a mi habitación —le susurró—. Ahora.
Volvió a rodar sobre el costado y le tendió la blusa y la rebeca.
—Será mejor que te las pongas... por si acaso Carmela está todavía levantada.
María tomó ambas prendas, apretándolas contra su cuerpo, y mirándolo como si estuviera saliendo de un estado de trance.
Esteban, que se había puesto de pie y estaba volviendo a abrocharse la camisa, alzó la vista y frunció el ceño.
—María... ¿Qué ocurre?, ¿a qué esperas? —la ur¬gió—. Por Dios, acabo de enseñarte lo que me haces. ¡Te necesito, maldita sea!
María tragó saliva, tratando de hallar las palabras adecuadas.
— Yo también te necesito, Esteban —comenzó con voz temblorosa—, pero hay algo que... hay algo que deberías saber antes...
—¿Qué?, ¿que no estás tomando la píldora? —la cortó él impaciente—. No tienes que preocuparte por eso. Ya me encargo yo. No te dejaré embarazada.
María se sonrojó, y sus ojos descendieron al pecho de Esteban, que subía y bajaba por su respiración agita¬da. Sus dedos aferraron la blusa y la rebeca.
—Soy virgen.
—Ésa sí que es buena... —dijo él riéndose con frialdad—. Déjate de bromas.
—No es una broma —farfulló María con el poco or¬gullo que le quedaba—. Te estoy diciendo la verdad.
—¿No me digas? De acuerdo, yo también soy vir¬gen. ¿Contenta? ¿Podemos ir a la cama ahora?
—Vete —le dijo ella con puro veneno en la voz—, ¡pero sin mí! ¿No has oído lo que acabo de decirte, maldita sea? ¡Soy virgen!
— ¿Virgen a los veinticinco? —le espetó él con crueldad—, ¿y escribiendo los libros que escribes?
—Te he repetido hasta la saciedad que esas esce¬nas me las invento. ¿Cómo se supone que tengo que decírtelo para que me creas? ¡La mayoría no son más que juegos preliminares con una insinuación de la unión carnal al final! —se sonrojó profusamente y apartó el rostro—. Además, esos fragmentos son obli¬gatorios. La editorial nos los exige porque al público le gustan. Y respecto a los hombres... —añadió mirándolo a la cara—, la mayoría de los hombres con los que he salido pensaban como tú, que la mujer hoy día tiene que ser, una mujer liberada que les proporcione el placer que buscan, que no les exija ningún compro¬miso, y que se esfume en cuanto empiezan a surgir sentimentalismos. Yo no puedo vivir de esa manera, así que simplemente me niego a ser un objeto sexual.
Esteban estaba observándola con una expresión va¬cía, como si lo hubiese abofeteado. Su mirada bajó de los ojos verdes a las manos que tapaban su desnudez con la blusa y la rebeca.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —masculló—. ¡Por Dios, las cosas que te he dicho... lo que podría haber hecho...! —protestó meneando la cabeza—. Sal de aquí.
María vaciló, no sabiendo si salir corriendo o vestir¬se primero.
— ¡Ponte la blusa, por amor de Dios! —le espetó Esteban dándose la vuelta y yendo a sacar un cigarrillo del bolsillo de su chaqueta, que encendió con torpeza.
María se agachó para recoger el sostén del suelo, se metió las mangas de la blusa y se colocó encima la re¬beca sin abrocharse un solo botón. Ni siquiera fue ca¬paz de mirarlo cuando se dirigió hacia la puerta. Giró el pestillo con manos temblorosas, abrió la puerta, y salió sin decir una palabra. Una vez en el pasillo, ce¬rró suavemente y corrió escaleras arriba. Sólo cuando estuvo a solas en su dormitorio se dejó caer sobre la cama y se echó a llorar amargamente.


Capítulo 10

María no recordaba haber pasado una noche peor en toda su vida. Había estado más que dispuesta a entregarse a él, y si se había arriesgado a de-cirle la verdad, había sido porque tenía miedo de que le hiciera daño en su primera vez. Sin embargo, le ha¬bía salido el tiro por la culata. En vez de reconfortarla, de decirle que no pasaba nada, la había echado con ca¬jas destempladas. En fin, al menos ya no seguiría en¬gañándose, se dijo desolada. Si antes había tenido sus dudas, ahora le había quedado muy claro que no sen¬tía absolutamente nada por ella.
Se levantó antes del amanecer. Hizo la maleta y se vistió, pero decidió que antes bajaría con la excusa de desayunar para asegurarse de que Esteban no estaba ya en la casa antes de llamar para pedir un taxi. Eran las ocho de la mañana, y a esa hora ya solía haber salido para dedicarse a las tareas del rancho. No sabía qué haría si al llegar al piso de abajo se topase con él después de la noche anterior, de lo que habían estado ha¬ciendo...
Aminoró el paso a medida que se acercaba a la co¬cina, y abrió un poco la puerta. Sólo vio a Carmela fren¬te al fuego, preparando algo, y con un suspiro de ali¬vio abrió del todo... para encontrarse cara a cara con Esteban, que estaba recogiendo su sombrero de la encimera.
María dio un respingo, apartándose de él, y Esteban la miró con una expresión que ella no supo interpretar, aunque sus ojos parecían más fríos que nunca.
—Quisiera hablar contigo un instante —le dijo con aspereza.
No le dio la oportunidad de negarse. La tomó del brazo, la arrastró hasta el salón, cerrando la puerta tras ellos, y se quedó mirándola fijamente, cruzado de bra¬zos.
—Antes de que digas nada —dijo ella en un tono penosamente apagado—, sé que lo que ocurrió anoche es culpa mía, y te pido disculpas.
—No vamos a hablar de lo de anoche —farfulló Esteban—. Quédate hasta que acabe la semana, y termi¬na de recopilar la información que necesites. Si huyes ahora sólo conseguirás disgustar a Carmela y a mi her¬mana.
—¿Qué quieres decir con eso de «huir»? —inqui¬rió ella, poniéndose a la defensiva. ¿Cómo podía sa¬ber...?
—¿Acaso vas a negar que ya tienes hecha la male¬ta? —le preguntó Esteban levantando la barbilla de un modo arrogante.
María maldijo su perspicacia, y apartó la vista.
— Sí —admitió a regañadientes.
—Pues deshazla. Está claro que viniste aquí por una razón muy distinta de la que yo te traje —dijo él en aquel tono burlón que María no le había oído desde hacía días—. Ya que tu trabajo es tan importante para ti, pregunta a los hombres todo lo que quieras... pero no te quedes cerca del barracón cuando caiga la tarde. Tenemos a un par de peones nuevos a los que aún no conozco bien.
—Los únicos con los que necesito hablar son Rafael y Leonel —repuso ella sin mirarlo—. ¿Te importaría que les pidiera que viniesen aquí en vez de tener que ir yo a los barracones?
—Por supuesto que puedes, no seas ridícula —le espetó él irritado—. No voy de amo y señor sólo por ser el dueño del rancho. Los hombres siempre son bienvenidos en la casa.
—No lo decía por eso —musitó María, rodeándose la cintura con los brazos, y alzando la vista hacia él—. No me odies, Esteban, por favor...
El ranchero inspiró profundamente y soltó el aire, lanzándole una mirada acusadora.
—No me creo que no supieras por qué te había in¬vitado a venir aquí —le dijo con frialdad—. No te he ocultado en ningún momento que te deseaba, y pensé que tú querías lo mismo que yo.
María bajó la vista a la pechera de su camisa.
—Yo... creí que podría llegar hasta el final —le confesó, tragando saliva—, pero tenía miedo de que me hicieras daño si no sabías la verdad.
Esteban le dio la espalda, mirando el reloj que había sobre la mesita, y cuyo tictac parecía sonar más alto de lo normal en el silencio que se produjo antes de que volviera a hablar.
—Te dije que me gustan las mujeres experimenta¬das. Y lo decía en serio. No me interesan las vírgenes —farfulló girándose hacia ella—. No tienes por qué preocuparte —le dijo al ver que daba un respingo—. No volvería a tocarte aunque fuera para salvar el ran¬cho.
María habría preferido morir antes que dejarle entre¬ver cuánto le había dolido lo que acababa de decirle. Por eso, alzó el rostro con el poco orgullo que le que¬daba, le dijo:
—Si no tienes nada más que decirme, me gustaría tomar una taza de café.
—Adelante.
Y así, con el corazón hecho añicos, María salió del salón diciéndose que habría sido más soportable si si¬guiera odiándolo, si jamás hubiera conocido su ardor y su pasión. Se rió para sus adentros con amargura. Al menos no había adivinado que estaba enamorada de él. Tenía una idea tan equivocada de ella, que no al¬canzaba a comprender que no habría podido entregar¬se a un hombre sin ser correspondida. Terminaría de recopilar la información que necesitaba y volvería a Nueva York. Y una vez hubiera salido del rancho, es-peraba no tener que volver a ver a Esteban en lo que le quedara de vida, porque sería demasiado doloroso.
Durante el resto del día María estuvo haciendo las cosas con apatía, y Carmela lo notó, pero tuvo el tacto suficiente para no decir nada. Finalmente, entre perder el juicio u ocuparse en algo para no pensar, escogió lo segundo. Subió a su dormitorio, sacó el ordenador portátil de su maletín, lo encendió, y empezó a escri¬bir, a volcar en una carta a Esteban toda su frustración y su irritación, diciéndole todo lo que pensaba de él. La releyó, seleccionó todo el texto, y lo borró. Se sentía muchísimo mejor después de haberse desahogado.
Había ido apuntando en su cuaderno unas cuantas ideas para su nueva novela, y decidió que era un mo¬mento tan bueno como otro cualquiera para empezarla.
De algún modo, el escribir sacó de su alma todo el veneno que se había alojado en ella, y casi de un modo mágico fueron surgiendo los personajes, y cre¬ándose la trama. Cuando miró el reloj se dio cuenta de que llevaba horas frente a la pantalla, y se dijo que ha¬bía llegado el momento de descansar. Imprimió lo que había escrito además de guardarlo en un diskette y en el disco duro, fue a darse una ducha, y bajó para ver si Carmela necesitaba ayuda con la cena.
—No es necesario. Ya lo tengo todo listo: crema de calabacín, huevos rellenos, y pudding de vainilla. Espero que tengas hambre.
—Mmmm... La verdad es que sí. He estado traba¬jando en mi nueva novela y escribir siempre me abre el apetito.
—Bien, pues ve al comedor a sentarte. Yo lo lleva¬ré todo. Hace rato que dejé puesta la mesa.
Cuando María pasó al comedor, observó que única¬mente había dos servicios.
—¿Sólo vamos a comer nosotras dos? —le pre¬guntó a Carmela cuando apareció con la cazuela, en un tono lo más desinteresado posible.
—Esteban está en los establos —le explicó la ancia¬na—. Tenemos unas cuantas vacas parturientas.
—¿Sigue derritiéndose la nieve?
—No, por desgracia parece que el tiempo va a em¬peorar — gruñó Carmela sirviendo a ambas y sentándo¬se frente a ella—. Han dicho en las noticias que esta noche empezaría a nevar otra vez.
—¿Más aún? En mi vida había visto tanta nieve.
Carmela asintió con la cabeza.
—Pues lo que has visto no es nada. Algunos años la nieve ha llegado a sobrepasar la altura de la puerta.
— ¡Cielos! —exclamó María espantada, llevándose una mano al pecho.
—Esto es Wyoming —le recordó la mujer riéndo¬se—. No te preocupes, querida. Aunque nos quedára¬mos atrapados por la nieve los hombres vendrían y ca¬varían un túnel.
Como Carmela había dicho, al poco de que acabaran de cenar comenzó a nevar, y cuando ya era noche ce¬rrada Esteban seguía sin regresar. No sería hasta la ma¬ñana siguiente cuando María lo viera. Estaba bajando las escaleras cuando lo vio pasar como un torbellino, quitándose la chaqueta mientras caminaba y dirigién¬dose a su estudio.
— ¡Maldito toro! —iba mascullando—. ¡Carmela! —llamó a la empleada del hogar—. Debería haber he¬cho que lo descornaran... ¡Carmela! —la llamó de nue¬vo a gritos.
La mujer salió corriendo de la cocina, con el de¬lantal puesto, mientras María observaba la escena desde el rellano de la escalera.
—Ya voy, ya voy... —gritó la anciana—. ¿Qué es lo que pasa? ¿A qué vienen esas voces?
—Ese toro que compré hace dos meses le ha dado una cornada a Bruno —gruñó Egan—. Ve por vendas y antiséptico. Te llevaré a los barracones para que te ocupes de él hasta que llegue el médico. He mandado a Leonel a buscarlo —levantó el auricular del teléfo¬no—. ¡María!
La joven se acercó vacilante a la puerta del estudio y lo vio marcando un número.
—¿En qué puedo ayudar? —preguntó.
—Quiero que vayas con la esposa de Bruno y la mantengas tranquila —le dijo alzando una mano para que no le hablara en ese momento—. ¿Demetrio? ¿Han dado ya los chicos con la pista del lobo? Bien, llama a Rufino «Dos Dedos» y dile que se reúna conmigo fren¬te a la casa dentro de veinte minutos. Sí, y dile que le pagaré mil dólares si atrapa a ese condenado bicho. De acuerdo, adiós —y colgó—. La mujer de Bruno, Fabiola, está embarazada y no quiero que lo vea tal y como está —le dijo a María—. Se pone histérica cuan¬do ve sangre, y ya ha perdido dos bebés. ¿Te quedarás con ella?
— Claro —contestó María sin dudarlo — . ¿Cómo está Bruno? ¿Es grave?
—Le ha clavado el cuerno de lleno en el estóma¬go; un mal sitio para una cornada —murmuró Esteban meneando la cabeza—. Es culpa mía, debería haber hecho que lo descornaran... —farfulló más para sí que para ella—. Ve por un abrigo.
María subió corriendo a su dormitorio, se puso su abrigo, un gorro de lana, los guantes y una bufanda. Cuando bajó, Carmela y Esteban la estaban esperando ya ataviados también con gruesas ropas.
—Bien, vamos —dijo el ranchero, conduciéndolas fuera, al lugar donde tenía aparcado el cuatro por cua¬tro.
Avanzaban muy despacio. El camino apenas se veía en medio de los copos de nieve que caían sin cesar, y pareció que les llevó una eternidad llegar a los barracones. Esteban hizo que María se quedara en el vehículo mientras entraba con Carmela en los barraco¬nes, y regresaba minutos después.
—Ha dejado de sangrar —le dijo a María cuando subió de nuevo al cuatro por cuatro—, al menos por fuera, pero está muy pálido y le duele bastante — añadió mientras se ponían otra vez en marcha—. Tendre¬mos que llevarlo al hospital, casi seguro. Le he dicho a los chicos que preparen una de las camionetas para llevarlo a la ciudad, y le he dicho a Carlos que llame a Leonel por la radio para decirle que vaya al hospital en vez de a casa del médico y que alerte al pabellón de urgencias.
—El día no ha empezado muy bien, ¿eh? —mur¬muró María.
—Ha empezado peor —dijo él encendiendo un ci¬garrillo—. Un lobo ha matado a dos de nuestras vacas.
-¿Un lobo?
Esteban asintió con la cabeza.
—Es muy astuto y escurridizo. Por su culpa hemos perdido varias vacas y terneros en los últimos meses, y ya se me está acabando la paciencia. Voy a ir a ca¬zarlo con un rastreador arapaho —le dijo girando el volante para tomar una curva del camino. Unos me¬tros más allá se vislumbraba una casita de madera.
—¿Los lobos... atacan a la gente? —inquirió María intranquila.
—¿Preocupada por mí? —le preguntó Esteban en un tono burlón.
María apartó el rostro.
—A lo mejor lo que me preocupa es el lobo — contestó.
Esteban se apeó del vehículo y la ayudó a bajar a ella también.
—Trata de mantenerla tranquila —le dijo Esteban an¬tes de golpear la puerta—. Le diré a Leonel que llame en cuanto el doctor haya examinado a Bruno.
—De acuerdo.
La puerta se abrió, y apareció una joven, quizá algo mayor que María, de cabello y ojos castaños.
— ¡Esteban! —exclamó con una sonrisa al ver al jefe de su esposo—. ¿Qué te trae por aquí?
Los ojos del ranchero descendieron a su vientre hinchado, y contrajo el rostro. Se quitó el sombrero.
—Fabiola, el toro que compramos hace poco le ha dado una cornada a Bruno —le dijo quedamente—. Está bien, pero le he dicho a los chicos que lo lleven a que lo vea un médico.
La joven palideció, y María dio un paso adelante, para sostenerla y llevarla dentro, sentándola en el sofá. Esteban entró también y cerró la puerta tras de sí, reuniéndose con ellas en el salón.
—Soy María, y voy a quedarme contigo hasta que se sepa algo, ¿de acuerdo? —le estaba diciendo María a Fabiola—. No te preocupes, todo irá bien, ya lo verás. Esteban ha dicho que todo irá bien.
El ranchero esbozó una pequeña sonrisa, sorpren¬dido por esa confianza.
—Si Bruno no está de regreso antes del anochecer pa¬sarás la noche con nosotros en la casa, ¿de acuerdo, Fabiola?
—Sí, Esteban —murmuró la joven esposa aún aturdi¬da por la noticia.
María la dejó un momento para acompañar a Esteban al porche.
—Si necesitas ayuda, llama a Carmela —le dijo éste.
—Lo haré —prometió ella, alzando la vista a su cara y recorriendo sus facciones, como si quisiera gra¬barlas en su mente—. Ese lobo... ¿no irás a correr riesgos innecesarios, verdad? —le preguntó.
Esteban se acercó a ella, tomando su rostro entre sus manos, y la miró largo rato a los ojos.
— Nunca corro riesgos innecesarios... bueno, al menos hasta hace dos días —le dijo.
—No te comprendo —murmuró María confundida.
—¿Cómo llamarías tú a intentar seducir a una vir¬gen sobre una piel de oso? —le espetó él enarcando una ceja.
María se sonrojó, y él se echó a reír.
—Perdí la cabeza esa noche —le confesó Esteban—. Y me enfadé tanto por que me hubieras ocultado algo así que sentí deseos de estrangularte.
—Lo imagino —respondió ella mohína—. Supon¬go que habría sido mejor que no te hubiese dicho nada.
—Me habría pegado un tiro si no lo hubieses he¬cho —replicó él—. María, no estaba en estado de hacer una ceremonia de iniciación. Me tenías tan excitado que no sabía ni cómo me llamaba. Por eso me costó tanto reponerme, por eso estaba furioso.
— Oh —murmuró ella, escrutando su rostro. De pronto ya no le parecía tan temible. De hecho, en ese momento tenía una expresión... extraña.
—No puedo permitirme acercarme demasiado a ti, ¿no te das cuenta, María Victoria? No te deseo menos ahora que la primera vez que te besé —susurró inclinando la cabeza—. Podría seducirte ahora mismo sin intentarlo siquiera.
Sus labios se posaron sobre los de ella en un beso lánguido primero, que fue volviéndose más intenso poco a poco, hasta que su mano enguantada la agarró por la nuca para atraer su rostro aún más hacia el suyo, y de su garganta escapó un gemido ahogado.
—Tenemos que parar esto —masculló Esteban, desli¬zando sus labios hasta la mejilla de María, y rodeándola con sus fuertes brazos—. Es sólo cuestión de tiempo. Podría acabar perdiendo el control si no lo hacemos. ¡Te deseo tanto...!
—Lo sé —respondió María con pesar—. A mí me ocurre lo mismo.
—Tengo que irme —murmuró Esteban, acunándola en su abrazo con el viento aullando a su alrededor y la nieve volando en todas direcciones.
—Ten cuidado, Esteban, por favor, ten mucho cuida¬do — le rogó ella.
Lo apretó con fuerza contra sí y volvió dentro an¬tes de que Esteban pudiera ver las lágrimas de preocupa¬ción que brillaban en sus ojos.
Cuando volvió a entrar en el salón, se había secado los ojos y se esforzó por mostrarse animosa por el bien de Fabiola.
—¿Qué tal un poco de café? —le preguntó—. Si me dices dónde lo guardas lo prepararé yo misma.
Fabiola esbozó una débil sonrisa y asintió con la cabeza.
—Gracias por hacerme compañía.
—No hay de qué. Me alegra poder ser útil —res¬pondió María mientras iban las dos a la cocina—. Ven¬ga, no te preocupes. Tu marido se pondrá bien, ya lo verás. Debes tener fe y ser fuerte.
—Lo intento —murmuró Fabiola con un suspi¬ro—. ¿Eres... bueno, la novia de Esteban?
María se sonrojó.
—No —balbució—, soy la mejor amiga de su her¬mana. Esteban me está ayudando a recopilar información para un libro que estoy escribiendo.
—¿Escribes libros?
—Novelas rosa históricas —aclaró María.
—Vaya, debe ser divertido —murmuró Fabiola sa¬cando dos tazas de la alacena—. Yo quería ser azafata, pero conocí a Bruno y acabé casándome con él. Llevamos dos años de matrimonio, y lo quiero muchísimo. Dios, espero que esté bien. Los dos deseamos tanto este bebé...
—¿Qué quieres que sea?, ¿niño, o niña?.
—Oh, espero que sea niño, llevo meses tricotando ropita de color azul... Tengo la corazonada de que será un chico.
Se sentaron en el salón con sus respectivas tazas de café y siguieron charlando hasta que de pronto sonó el teléfono. María, que era quien estaba más cerca, contestó.
—¿Fabiola? —preguntó la voz de Leonel al otro lado de la línea.
—No, Leonel, soy María. Estoy aquí con Fabiola. ¿Cómo está Bruno?
—Furioso como un gallo de pelea —contestó Leonel soltando una risilla—. Quiere hacer filetes de ese toro.
— ¡Está bien! —le dijo María a Fabiola riéndose, y ésta se recostó en el asiento con un suspiro de alivio.
—Escuche Señorita María. Van a tener ingresado a Bruno un par de días, y el médico le ha dado permiso para que Fabiola venga a quedarse con él. Van a ponerle una cama en la habitación. ¿Podría ayudarle a hacer una maleta con lo que necesite?
—Claro. ¿Vendrás tú por ella?
— Sí, supongo que tendré que hacerlo yo mismo, porque he hablado con uno de los chicos y me ha di¬cho que el jefe todavía no ha regresado.
Aquello dejó a María algo preocupada.
— ¿Crees que les llevará mucho dar con el lobo? —preguntó vacilante.
—Con esos animales tan listos nunca se sabe, se¬ñorita. Hasta ahora.
— Hasta ahora, Leonel.
Colgó el auricular y ayudó a Fabiola a guardar las cuatro cosas que iba a necesitar en una bolsa de viaje, pero no podía dejar de pensar en Esteban.
Leonel llegó una hora después, y dejó a María en la casa antes de llevar a Fabiola al hospital.
—¿No ha vuelto Esteban todavía? —le preguntó a Carmela mientras se quitaba el abrigo.
La anciana meneó la cabeza.
—No debes preocuparte, María, es un ranchero. No es la primera vez que hace esto, y dudo que sea la últi¬ma. Está acostumbrado.
Almorzaron, y María se pasó la tarde escribiendo para no pensar. Pero llegó la hora de la cena, y Esteban seguía sin aparecer.
—¿No te importa que me vaya a dormir? —le pre¬guntó Carmela cuando hubieron recogido la mesa. Esta¬ba quedándose dormida frente al televisor.
—No, no te preocupes. Yo me quedaré sólo un rato más.
—Bien; hasta mañana.
—Hasta mañana, Carmela.
Los minutos pasaban, y las horas también, y Esteban seguía sin volver. María iba del sofá a la ventana y de la ventana al sofá, aguzando el oído, creyendo escuchar a cada rato el ruido del motor de un vehículo, pero siempre eran imaginaciones suyas. Pensó irse a la cama, pero sabía que no se dormiría, así que se hizo un ovillo en el sofá y se puso a ver un programa de entrevistas, y se quedó dormida en medio de la entu¬siasta charla de una joven actriz sobre su ropa de fir¬ma preferida.
Tuvo un sueño maravilloso, de alguien que llegaba y la abrazaba. Sentía su aliento en el oído mientras le susurraba algo que no podía entender, y esbozó una sonrisa de felicidad, rodeando con sus manos un grue¬so cuello.
—María... ¿me oyes?
El sonido de la voz de esa voz familiar la despertó. Abrió los ojos, y se encontró con el rostro de Esteban.
— ¿Qué hora es? —inquirió soñolienta. —Las seis de la mañana —respondió él.
Estaba de pie y la tenía en volandas. María miró al¬rededor, y se dio cuenta de que estaban en la habita¬ción de invitados. Debía haberla subido desde el salón y ni se había despertado.
—¿Atrapasteis al lobo? —le preguntó.
— Sí, lo atrapamos —contestó Esteban, inclinándose para depositarla en la cama—. ¿Estabas esperándome, María Victoria? —inquirió cuando se incorporó, mirándola a los ojos.
—No, estaba... estaba viendo la televisión —pro¬testó ella al instante.
Esteban se sentó a su lado y puso un dedo en sus labios.
—¿Estabas esperándome? —repitió suavemente.
—Bueno, supongo que quizá estaba algo... preocu¬pada.
—Hacía tanto que nadie me esperaba levantado... o se preocupaba por mí —murmuró Esteban con voz ronca—. María, sería mejor que no dejaras que te besa¬ra ahora...
Pero ella lo ansiaba más que ninguna otra cosa, se moría por volver a sentir los labios de Esteban sobre los suyos, y sus ojos se lo dijeron, ya que no podía hacer¬lo con palabras. El ranchero contuvo el aliento al leer el deseo en ellos.
—No debemos... acabaré haciéndote daño... —su¬surró, luchando consigo mismo.
— No me importa... —le dijo María rodeándole el cuello con los brazos, atrayéndolo hacia sí y apretando sus labios contra los de él.
Esteban la deseaba demasiado como para refrenar su pasión y tratarla con dulzura. Su boca torturó la de ella en un auténtico frenesí, como si nunca fuese a sa¬ciarse, y sus dedos bucearon entre los cabellos bus¬cando la nuca para hacerla arquear la cabeza.
Finalmente despegaron sus labios para poder respi¬rar, pero Esteban apenas sí le dio un minuto para reco¬brar el aliento antes de bajar las manos a su cintura y volver a tomar su boca.
— Oh, María... —jadeó levantándola del suelo, mientras el beso se tornaba cada vez más embriaga¬dor—. ¡Dios, eres tan dulce...!
María se aferró a su cuello, respondiéndole con fer¬vor hasta que Esteban gimió, liberó sus labios y apoyó su mejilla en la de ella sin dejar de abrazarla, y con la respiración entrecortada.
—Tienes que dejar de permitirme hacer esto... — masculló, apretándola aún más entre sus brazos — . Sólo empeora las cosas...
—Es verdad —susurró ella con voz queda.
Cerró los ojos, experimentando un ansia abrasado¬ra que jamás había experimentado, y de pronto com¬prendió por lo que debía estar pasando Esteban. Se que¬dó quieta en su abrazo, hasta que la respiración del ranchero se normalizó, hasta que se desvaneció el li¬gero temblor de su cuerpo, y le susurró:
—Lo siento.
—Lo sé, pero el que lo sientas no me ayuda dema¬siado —farfulló él.
— ¡Sí, eso, ahora échame a mí toda la culpa! —le espetó ella indignada, levantando la cabeza y tratando de apartarlo.
—No estoy echándote la culpa —replicó él sin sol¬tarla—. Y deja de revolverte como un gato furioso, ¿quieres?
— ¡Pues deja de hacer esos horribles comentarios sarcásticos!
Esteban se echó a reír y frotó su mejilla contra la de ella. No había tenido tiempo de afeitarse aún y tenía un tacto áspero, pero a María no le importó. Alzó la vista hacia él, y vio también la risa en sus ojos... y algo más que no supo interpretar. Tenía una sonrisa tan ufana en los labios que María sintió deseos de darle un capón.
—Eres increíble —murmuró Esteban.
Por alguna razón, las palabras que él le había susu¬rrado aquella noche junto al fuego volvieron a su mente en ese momento, y María se puso roja como la grana. Esteban enarcó una ceja.
—Hmm... ¿Rememorando la otra noche? —adivi¬nó con una sonrisa maliciosa, bajando la vista a su blusa—. Yo tampoco puedo quitármela de la cabeza —le dijo mirándola.
María apartó los ojos del rostro, turbada.
—Esteban, esa noche yo no pretendía...
—No, no digas nada —la interrumpió él, atrayén¬dola hacia sí—. Aquella noche hicimos magia juntos, y yo tenía una opinión equivocada de ti. Te... te mentí cuando te dije que había leído tus libros: sólo había le¬ído algunos pasajes al azar, y con eso me bastó para crearme esa opinión negativa —le confesó meneando la cabeza—. Anteanoche estuve leyendo uno... leyén¬dolo de verdad, y noté que había lagunas bastante sig¬nificativas en esas escenas de amor —añadió mirán¬dola a los ojos—, aunque se compensaba con la fuerza de la narración. Estaban llenas de sentimiento, y me parecieron muy hermosas.
Lágrimas de dicha afloraron a los ojos castaños de María.
—Gracias —musitó.
Esteban le acarició la mejilla.
—Me gustaría hacerte el amor como en ese libro que estuve leyendo, María Fernández —le susurró—: tumbarte en una playa desierta, a la luz de la luna, y ver tu cuer¬po moverse debajo del mío...
—Esteban, no, por favor... —le rogó ella sonrojándo¬se y ocultando el rostro en el frontal de su camisa.
—Me encanta cuando te pones tímida —le dijo él riéndose suavemente—. Si hubiera sabido que era tu primera vez antes de empezar a besarte, me habría controlado un poco. Dios, sólo de pensar en que nadie había hecho aquello contigo antes me excito como un adolescente.
Los dedos de María dibujaban arabescos en la tela dé su camisa mientras hablaba, deleitándose en el so¬nido de su voz y en el calor de su cuerpo. Sin embar¬go, permanecía seria. En el fondo no estaba admitien¬do nada excepto que la deseaba. Y ella quería mucho, mucho más. ¿Era pedir demasiado?
—Deberíamos bajar a desayunar —le dijo Esteban con un suspiro—. Y yo necesito darme una ducha... y un buen afeitado —añadió acariciando la mejilla leve¬mente enrojecida de María.


Capítulo 11

DESPUÉS del desayuno, Esteban salió de la casa para atender los asuntos del rancho, y no fue a almorzar, pero después de la cena se sentó con María frente al fuego de la chimenea del salón, y por primera vez estuvieron charlando con verdadera cordialidad, como si nunca hubieran tenido una discusión. Él le habló de sus planes para el rancho, y ella de por qué había empezado a escribir, de lo mu¬cho que aprendía recopilando información para cada libro, y de lo feliz que se sentía cuando sus lectoras le escribían para decirle cuánto les gustaban sus no¬velas.
—Dios, una virgen escribiendo cosas así... —mur¬muró Esteban con una sonrisa maliciosa.
—Bueno, que yo sepa las novelas de ciencia-fic¬ción no las escriben científicos —replicó ella—, y las novelas policíacas no las escriben...
En ese momento los interrumpió el teléfono, y Esteban, que estaba esperando noticias sobre la evolu¬ción de Bruno, se levantó para contestarlo.
—¿Sí? —dijo. Y de pronto la expresión de su ros¬tro cambió—. ¡Ah, hola, Ana Rosa!, ¿cómo estás?
María notó cómo todo su cuerpo se tensaba. Ana Rosa... Si lo llamaba al rancho debía ser que después de todo sí había algo entre ellos.
—Sí, lo sé —murmuró Esteban enredando sus dedos en el cable del teléfono—. Sí, ya lo creo —añadió con una sonrisa—. ¿Aquí? No, no creo que sea una buena idea, cariño. Tenemos casi medio metro de nieve. Sí, medio metro. ... No, hemos cerrado la pista de aterri¬zaje, tendrías que volar a Jackson y venir desde allí. ... No sé, quizá. Escucha, pospongámoslo para la prima¬vera, ¿te parece? ... Sí, ya sé que tú no quieres esperar hasta entonces, pero no puede ser de otra manera. Ana Rosa, creí que estábamos de acuerdo en que no esperá¬bamos nada del otro. Te dije desde el primer momento que así era como serían las cosas si salíamos juntos. ... Claro, por supuesto, te llamaré la próxima vez que vaya a la ciudad. ... Hasta luego.
Colgó el teléfono y se volvió, observando la expre¬sión en el rostro de María.
— Tiene que ir a California y como le pilla de paso, quiere parar aquí antes y estar aquí unos días — le explicó—. ...Y le he dicho que no. ¿Algo más que quieras saber?
—Es muy... bonita —murmuró María.
—Sí que lo es, y es una mujer experimentada — añadió deliberadamente—, pero quiere ataduras y yo no.
—Eso es un problema para ti, ¿no es verdad? —in¬quirió María dejando escapar una risa que no sonó nada alegre—. Bueno, no me mires como si yo tuviera una cuerda en la mano...
— Yo tampoco quiero ataduras — mintió, apartando el rostro para que sus ojos no la de¬lataran.
—Creía que todas las mujeres soñaban con el ma¬trimonio —murmuró él contrariado.
—Pues yo no —respondió ella en un tono lo más despreocupado posible—. Mi trabajo me absorbe de¬masiado.
—¿Y qué vas a hacer?, ¿ser virgen de por vida? — le espetó él cortante—. ¿Vas a renunciar a formar un hogar y a tener hijos sólo para poder seguir escribien¬do esos condenados libros?
María alzó la vista y esbozó una sonrisa forzada.
—Resulta que disfruto escribiendo «esos condena¬dos libros».
Esteban la miró fijamente.
—Ya me he dado cuenta. No te entretendré más, entonces. Supongo que mañana querrás levantarte temprano. Debe quedarte mucha información por re¬copilar y te vas a finales de esta semana —masculló.
Y, con esas palabras, se dio media vuelta y salió del salón.
María se había quedado con el ceño fruncido y bo¬quiabierta de rabia e indignación. ¿Qué había espera¬do que le hubiera dicho? ¿Que lo amaba? ¿Que renun¬ciaría a todo sólo por ser su amante? ¡Estaba muy equivocado!
Si era capaz de mandar a paseo a Ana Rosa con tanta facilidad, ¿qué posibilidades tenía ella? Probablemente estaría contando las horas hasta que lograse arrastrarla a la cama con él, porque sabía que antes o después conseguiría minar sus defensas y hacerla rendirse. Y, una vez que eso hubiera ocurrido, haría con ella lo mismo que había hecho con Ana Rosa y se iría en busca de otra mujer. Sentía deseos de llorar. ¿Cómo podía ha¬ber acabado tan mal un día que había empezado tan bien?
No le costó demasiado evitar a Esteban después de aquello... porque casi nunca paraba en la casa. Traba¬jaba desde el alba hasta el anochecer, y sólo lo veía en las comidas. La trataba con cortesía, pero se mantenía alejado de ella, y así, cuando llegó el viernes, con el corazón encogido, María hizo la maleta nada más le¬vantarse. Ojalá las cosas no hubieran tenido que aca¬bar así.
—Te echaré mucho de menos, chiquilla —le dijo Carmela mientras desayunaban—. Ha sido agradable te¬ner a otra mujer por aquí para poder hablar.
—Yo también te voy a extrañar —le dijo María con sinceridad, apurando su café—. Pero no me voy con las manos vacías. He aprendido muchas cosas estas dos semanas.
—Y Rafael ha hablado más en estas dos semanas que en todo el tiempo que lleva trabajando aquí —dijo Esteban en un tono sarcástico. Se recostó en la silla es¬crutando el rostro de María mientras daba una larga ca¬lada a su cigarrillo. Últimamente fumaba a todas ho¬ras—. Y dígame, «señorita escritora»: ¿ha satisfecho entonces su curiosidad acerca de la vida en un rancho?
— Sí —contestó María sucintamente, negándose a dejarse irritar por él—. Gracias por invitarme.
—No hay de qué —farfulló él, apurando también su café y poniéndose de pie—. Leonel te llevará al ae¬ropuerto.
—¿Leonel? —saltó Carmela de repente—. Pero si dijiste que ibas a llevarla tú...
—Tengo cosas que hacer —replicó él—. Leonel la llevará.
Carmela resopló y meneó la cabeza.
María pensó que Esteban iba a salir por la puerta, pero se quedó allí plantado, mirándola irritado.
—Voy a fregar estas cosas —murmuró la anciana poniéndose de pie, apilando los platos y llevándoselos a la cocina.
—Que tengas un buen viaje —le dijo Esteban a María cuando se hubieron quedado a solas—. Y dale un beso a Vivian de mi parte.
—Lo haré —respondió ella con aspereza.
Esteban se dirigió hacia la puerta, pero cuando pasó por su lado se detuvo, y de repente la levantó de las sillas agarrándola por los brazos y atrayéndola hacia sí.
—Maldita sea —masculló, con un brillo peligroso en sus ojos plateados—. ¿Acaso crees que tus libros te darán consuelo cuando estés decaída? ¿Pueden darte lo que yo te di en el estudio la otra noche?
María querría haberlo apartarlo, pero estaba dema¬siado aturdida por su mirada y el calor de su cuerpo.
—¿Qué es lo que estás ofreciéndome? —le espe¬tó—. ¿Unas cuantas noches en tu cama?
Las manos de Esteban se contrajeron en torno a sus brazos, haciéndole daño.
—No quiero que te marches —masculló—. Algo se nos ocurrirá...
—¿El qué? —insistió ella—. Esteban, no soy como Ana Rosa, no quiero un romance.
—¿Y qué es lo que quieres entonces? —le pregun¬tó él entre dientes, mirándola fijamente—. ¿Que te pida que te cases conmigo?
María escrutó sus ojos abatida.
— Acabarías odiándome si te casaras conmigo — contestó quedamente.
—Yo no... no lo sé —replicó él resoplando, como si estuviera luchando consigo mismo—. Podríamos intentarlo. Darnos una oportunidad.
María alargó una mano y le acarició la mejilla con las puntas de los dedos.
—No podría conformarme con lo que estarías dis¬puesto a dar, Esteban. No soy de esas mujeres que se conforman con las migajas con tal de tener a un hom¬bre a su lado.
—Escucha, María, soy un hombre rico —insistió él—. Podría darte todo lo que quisieras, y en la cama te satisfaría como ningún otro podrá hacerlo jamás.
—Lo sé —asintió ella. Sus dedos trazaron el con¬torno de los finos labios de Esteban—, pero ni así sería suficiente.
—¿Por qué no, por amor de Dios? —casi rugió él, agarrando sus dedos y apartándolos de su rostro.
Hubo un tenso silencio.
—Porque estoy enamorada de ti, Esteban —le res¬pondió ella alzando la barbilla, y observando cómo la sorpresa se dibujaba en las facciones del ranchero—, y no puedes igualar eso con sexo ni con dinero. Me marchitaría como una planta que no recibe la luz del sol ni la lluvia. No, prefiero seguir sola a suplicarte un poco de amor.
Esteban entreabrió los labios, pero no parecía encon¬trar las palabras adecuadas, y en su rostro podía leerse el más absoluto aturdimiento por lo que acababa de confesarle.
— ¿Estás... enamorada de mí? —preguntó, tocán¬dole el cabello vacilante, y frunciendo el ceño como si la idea le pareciese incomprensible.
—No te preocupes, no es culpa tuya —murmuró María, esforzándose por no llorar—. Tú me advertiste que no querías ataduras. Lo superaré. Adiós, Esteban.
La mano de Esteban se aferró a sus cabellos.
—No, no puedes irte... —balbució—. No tienes por qué irte todavía...
—Sí, debo irme —dijo ella al borde de las lágri¬mas—, antes de que me quede sin un ápice de orgu¬llo...
Su voz se quebró, y trató de apartarse de él, pero los brazos de Esteban la rodearon, aprisionándola.
— ¡Esteban! —llamó Carmela de repente desde la coci¬na—. ¡Te llaman por teléfono del hospital! ¡Creo que es algo sobre Bruno! ¿Puedes venir?
Esteban maldijo entre dientes, y bajó la vista al rostro lloroso de María con una mirada que la asustó.
—Ni se te ocurra moverte de aquí, ¿me has oído?
María asintió con la cabeza, pero en el momento en que hubo desaparecido por la puerta corrió escaleras arriba, se puso el abrigo, la bufanda y los guantes a toda prisa, agarró la maleta y volvió a bajar a todo co¬rrer, saliendo de la casa. No quería su compasión.
Leonel estaba bajándose de su camioneta en ese momento, a unos metros de ella. María corrió hacia él.
—Leonel, ¿puedes llevarme al aeropuerto de Jackson? —le preguntó sin aliento—. ¡Es una emergencia, tengo que marcharme ahora mismo!
—¿Una emergencia? Claro, señorita Fernández, suba —respondió el joven rodeando el vehículo y volvien¬do a ponerse frente al asiento.
Aunque no había un trayecto demasiado largo hasta Jackson, a María se le hizo eterno, y fue todo el tiempo con el corazón en la garganta, mirando constantemente por el retrovisor, temiendo que Esteban los hubiese seguido. El primer vuelo que salía iba a Cheyenne, y sólo faltaban quince minutos para el despegue. Rogó y su¬plicó a la chica que había tras el mostrador hasta con¬vencerla de que le vendiese un billete y la dejase subir al avión, y tras facturar su maleta se despidió de Leonel dándole las gracias por todo y corrió por el pasillo hacia la zona de embarque.
Dentro del aparato una azafata la condujo a su asiento, y María se dejó caer en él jadeando, y con el corazón latiéndole de tal manera que parecía que fue¬se a salírsele del pecho. Apretó el bolso entre sus ma¬nos. Los motores del avión se habían puesto en mar¬cha. Ya debía faltar poco para le despegue. Estaba a punto de abrocharse el cinturón cuando escuchó un al-boroto en la parte posterior del aparato. Se giró para ver qué ocurría, y de pronto se encontró con una cha¬queta forrada con piel de carnero por dentro que le re¬sultaba muy familiar. Levantó la cabeza lentamente, y allí estaba el rostro de Esteban, mirándola furibundo.
Antes de que pudiera decir nada, Esteban se agachó y la alzó en volandas.
— ¡Esteban! ¡Suéltame!, ¡no puedes hacer esto! —le gritó, consciente de las miradas, francamente curiosas y divertidas de los demás pasajeros.
—Ya lo creo que puedo —le espetó él, llevándola fuera del avión.
— ¡Oh, Esteban, déjame marchar...! —le suplicó mientras atravesaban la terminal, ocultando su rostro en el hueco de su cuello.
Esteban la depositó en el suelo, y la rodeó con sus fuertes brazos.
— No puedo —le susurró con voz ronca—. No puedo dejarte marchar.
Las lágrimas rodaban incesantes por las mejillas de María, pero dejó que la llevara hasta el aparcamien¬to, donde había dejado el cuatro por cuatro, y que la ayudara a subir al asiento del copiloto.
—Mi maleta... —comenzó María, acordándose de que se había quedado en el avión.
—Espero que tenga un buen viaje —farfulló él, mirándola irritado mientras ponía el vehículo en mar¬cha—. Te dije que no te movieras —le espetó cuando hubieron salido del recinto del aeropuerto.
—No podía quedarme —sollozó ella desolada, la ca¬beza gacha—. No podía quedarme después de haberte abierto mi corazón. Me sentía demasiado avergonzada.
—Vaya una escritora de novela rosa que estás he¬cha... —resopló él, lanzándole una mirada airada y volviendo a fijar la vista en la carretera—: escribes las escenas más eróticas que puedan imaginarse y cuando le dices a un hombre que lo amas sales corriendo... igual que una adolescente...
— ¡Es que nunca lo había hecho! —le espetó ella ofendida.
Esteban giró la cabeza un instante hacia ella, y algo relumbró en su mirada.
—Estás haciendo un montón de cosas por primera vez conmigo, ¿eh? Pues espera un poco, porque la mejor de todas está aún por venir...
— No voy a acostarme contigo, Esteban —le dijo María enfadada.
— ¿Ah, no? —murmuró él, con una sonrisa tan arrogante que ella sintió deseos de golpearlo.
— ¡Quiero irme a casa!
—Ya estás en casa, cariño —contestó Esteban—, por¬que eso es lo que va a ser el rancho para ti a partir de ahora.
—Esteban, por favor, sé razonable... —le suplicó ella, volviéndose hacia él en el asiento—. ¡Estás pidiéndo¬me que renuncie a todo aquello en lo que creo!
—Ahí es donde te equivocas —replicó él—. No te lo estoy pidiendo.
María apretó los dientes. ¿Podía haber alguien más pretencioso?
— ¡No puedes retenerme contra mi voluntad! —le espetó—. ¡Gritaré!
—Oh, sí, ya lo creo que lo harás —murmuró él, con una sonrisa lobuna.
—Te odio —masculló María.
— Cálmate. En cuanto lleguemos al rancho te lo explicaré todo, ¿de acuerdo?
María se cruzó de brazos desesperada, y volvió a sentarse bien, girando el rostro hacia la ventanilla. ¿Cómo podía estar quitándole la elección de las ma¬nos? ¿Es que no se daba cuenta de a lo que estaba obligándola? Cuando se hubiera cansado de ella, tal vez él pudiera seguir con su vida como si tal cosa, pero ella estaba segura de que no podría soportarlo, porque su recuerdo quedaría grabado en su mente como una marca a fuego. ¿Cómo podía ser tan cruel?
Extrañamente el camino de regreso al rancho se le hizo mucho más corto que el de ida al aeropuerto. Esteban aparcó frente a la casa y apagó el motor.
—No pienso entrar —lo informó María.
— Ya imaginaba que no ibas a mostrarte dócil como un corderito —le dijo Esteban dejando escapar un suspiro. Salió del vehículo, lo rodeó, abrió su puerta, y la alzó en volandas, llevándola dentro de la casa.
—Carmela, descuelga el teléfono —le dijo a la em¬pleada del hogar, que los miró divertida cuando los vio aparecer—. Tengo muchas cosas que decirle a esta señorita, y no quiero que nos interrumpan.
Esteban la llevó al estudio, cerró la puerta tras de sí, y la puso en el suelo para poder echar el pestillo.
María retrocedió hasta la pared, y miró con ojos aprensivos la piel de oso frente a la chimenea. Esteban lo advirtió, y esbozó una sonrisa divertida mientras se quitaba el sombrero y la chaqueta.
—¿No estuvo mal, verdad? —le preguntó señalan¬do la piel con un movimiento de la cabeza.
—¿No... no tienes trabajo que hacer? —le pregun¬tó María, poniéndose detrás del escritorio.
—¿Tienes miedo de mí, María? —le preguntó Esteban suavemente, avanzando hacia ella como un enorme felino.
María tragó saliva.
—Esteban, por favor, déjame volver a Nueva York... —le rogó, retrocediendo hasta que la otra pared la de¬tuvo.
El ranchero se paró justo frente a ella y colocó am¬bas manos a los costados de ella, acorralándola, y María se estremeció.
—Y ahora, vamos a hablar —le dijo, mirándola a los ojos—. Antes has dicho que me amabas... ¿De qué manera? Quiero decir, ¿es sólo algo físico... o hay algo más?
María entreabrió los labios para dejar escapar el aliento que había estado conteniendo.
—Respóndeme —le dijo Esteban en un susurro—, y haré lo que quieras que haga.
María volvió a tragar saliva.
—Te... te amo en todos los sentidos en que se puede amar a otra persona —le dijo—, en todos los sentidos.
—Pero tengo muy mal carácter —le recordó él quedamente —, y me gusta que las cosas se hagan a mi manera. He vivido solo durante mucho tiempo... no será fácil. Y habrá veces en que desearás que no te hu¬biera bajado de ese avión...
María tenía la impresión de que su cuerpo se estaba tornando en gelatina.
—No me importa —murmuró—. Te amo...
Esteban se acercó más, apretándose contra ella para que pudiera sentir cómo lo afectaban sus palabras, y sonrió al ver el sonrojo de María.
—Y querré un hijo —añadió—, o quizá tres o cua¬tro.
Una suave sonrisa se dibujó lentamente en los la¬bios de María.
—A mí también me gustaría tener hijos, Esteban... — murmuró.
—La boda será más bien sencilla —dijo el ranche¬ro, frotando su cuerpo sensualmente contra el de ella—: nosotros, el párroco, Vivian, Carmela, y algunos de los hombres.
—Sí —susurró ella, levantando el rostro para al¬canzar sus labios.
—Y nada de inspirarte en lo que hagamos en la cama para tus libros... —le dijo él en un tono entre hu¬morístico y amenazador, colocando su boca a unos centímetros de la de ella.
—Yo nunca haría eso —protestó ella, antes de que él la callara con un beso.
—Te quiero, María —le susurró Esteban—, estoy ena¬morado de ti desde el primer día en que te vi, pero no quería verlo, y todo este tiempo he estado luchando contra ello con todas mis fuerzas.
María abrió la boca, pero fue incapaz de pronunciar palabra. De pronto era como si todos sus sueños se hubieran convertido en realidad, y le parecía que el corazón fuese a estallarle de dicha.
—Estaba tan equivocado respecto a ti... Supongo que en el fondo pensaba lo que pensaba de ti porque necesitaba una razón para seguir negando que te ama¬ba. Y, Dios, cuando me dijiste que no querías ataduras me di cuenta de que yo sí, aunque me he pasado toda la vida diciéndole a la gente que no. Traté de imaginar el futuro sin ti, y no podía... la sola idea era insoporta¬ble. Pero tú estabas dispuesta a marcharte, y yo no po¬día encontrar las palabras adecuadas —exhaló un pro¬fundo suspiro y la tomó de las manos — . Estaba intentando decírtelo cuando sonó ese condenado telé¬fono y tú huiste.
—Creía que te habrías quedado horrorizado —le dijo María quedamente—. Allí estaba yo, declarándote mi amor cuando me habías dicho cien veces que no querías compromisos.
—No, me sentí como si me hubieras dado la luna —replicó él—. La luna, el sol, y las estrellas...
— Oh, Esteban... —murmuró María, abrazándose a él—. Lo siento tanto. Yo no quería irme, pero creí... tenía miedo de que sólo sintieras compasión por mí.
—Era de mí de quien sentía lástima por ser tan es¬túpido —le dijo Esteban—, por dejarte escapar. Y puedo asegurarte que no volverá a ocurrir. Mañana mismo iré a solicitar la licencia de matrimonio y nos casare¬mos lo antes posible.
— ¡Pero si ni siquiera tengo un vestido de novia!
—Pues cásate conmigo en vaqueros, no me impor¬ta —replicó él, apartándose un poco para mirarla a los ojos —. Lo único que quiero es pasar contigo el resto de mi vida.
Los ojos de María se llenaron de lágrimas ante la ola de felicidad que la estaba invadiendo, ante la dicha de amar y ser correspondida.
—¿Crees que podrás vivir aquí en el rancho sin echar de menos la gran ciudad? —inquirió Esteban.
—¿Para qué crees que nos sirve la imaginación a los escritores? —respondió ella con una sonrisa—. Además, hay una oficina de correos en Jackson para enviarle mis novelas al editor... y te tengo a ti. ¿Qué más puedo querer?
Esteban esbozó una sonrisa lobuna.
—¿Qué tal unos cuantos saltos de cama de esos tan sexys? — sugirió.
—Mmm... no sé... en el último libro que escribí la heroína llevaba un camisón blanco muy recatado...
— ...que él le arrancaba en la página cincuenta y seis —concluyó Esteban riéndose—. Lo recuerdo, pero a mí me gusta más la escena de la bañera. Podríamos probarla. La verdad es que tus novelas me están dando un montón de buenas ideas.
Mría le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí, besándolo amorosamente mientras la nieve empezaba a caer de nuevo fuera.
-
fin.

 
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