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SEDUCCION INOCENTE

January 22 2008 at 4:37 PM
MARLY  (no login)
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UNA SEDUCCIÓN INOCENTE

La doctora Maria Fernanda Fernandéz se estaba preparan¬do para el matrimonio y, como no estaba dispuesta a que ningún hombre la abandonara, estaba apren¬diendo todo lo necesario para hacer feliz incluso al más exigente. Pero cuando llegó el momento de poner en práctica todos sus conocimientos, Maria Fernanda se quedó bloqueada... hasta que se encontró a solas con el guapísimo Esteban SanRomán.
El ejecutivo Esteban SanRomán se creía capaz de enfrentarse a cualquier cosa hasta que dio con Mafe, una pelirroja con el encanto de la ingenuidad y el atractivo de la experiencia. Esteban no tenía ni idea de que el sexo podía llegar a ser tan increíble.
Pero cuando Mafe hubiera demostrado todas sus teorías, ¿buscaría otro con el que proseguir su estu¬dio?

1

-Vamos a ver si lo entiendo -dijo Vivian-. ¿Piensas pedir a un hombre que se ofrezca como objeto sexual para que puedas practicar con él?
Maria Fernanda Fernandéz mantuvo la mirada de su mejor amiga. Sabía que la sensación de pánico que co¬menzaba a dominarla desaparecería si se resistía a la tentación de bajar la vista.
-Bueno, yo no lo llamaría «objeto sexual» exacta¬mente. He realizado muchos muestreos sobre técni¬cas y he acumulado todo tipo de datos sobre las fanta¬sías sexuales de los hombres. El siguiente paso lógico es comprobar su validez en la práctica. Digamos que necesito un colaborador para mi investigación.
Vivian alzó los ojos al cielo.
-Está bien, defínelo como quieras, pero el he¬cho es que piensas practicar con él. No estamos discutiendo de semántica.
Era evidente que Vivian estaba enojada. Mafe lo había notado por su forma de dejar la copa de vino a un lado y porque estaba dando golpecitos con los dedos en el suelo de madera de la casa del árbol. Es¬taban sentadas en el exterior, sobre una estrecha plataforma, y solo una pequeña y frágil barandilla impedía que cayeran al suelo.
Al pensar en la altura a la que se encontraban, Mafe se mordió el labio y se sintió ligeramente mare¬ada. Se habría encontrado bien de no haber mirado hacia abajo cuando ascendían por la escala de cuerda, pero unas risas, procedentes de la pista de te¬nis, llamaron su atención. De hecho, en aquel preciso instante volvió a oír el mismo sonido, rico y conta¬gioso. Sin embargo, esta vez se resistió a la tentación de mirar hacia la izquierda, hacia donde estaban jugando cuatro SanRomán.
Al día siguiente era el cumpleaños de Vivian SanRomán y todo el clan familiar se había reunido para celebrarlo. La familia era muy importante para los SanRomán, detalle que Mafe siempre había admi¬rado y envidiado.
-Sé lo que estoy haciendo, Vivian.
-¿En serio?
-He trabajado mucho en la investigación y he aprendido bastante.
-¿En tu investigación? Te has limitado a entre¬vistar a prostitutas y a sus amas.
-A madame Gervais no le gustaría que te refi¬rieras a ella en esos términos. Dirige un local muy exclusivo de acompañantes femeninas y lo que hace se parece más bien a un servicio de contactos amorosos. Muchas de las chicas con las que ha tra-bajado han terminado por casarse con los hombres que conocieron, y de hecho son mujeres muy brillantes. La única diferencia que hay entre ellas y yo es que ellas saben cómo complacer a un hombre en la cama.
-¿Y han compartido todos sus secretos contigo? Mafe observó a su amiga. Además del gesto de preocupación, en sus ojos brillaba la curiosidad. Así que se inclinó sobre ella y dijo:
-Me han contado bastantes secretos. ¿Sabías que si enrollas un collar de perlas en el miembro vi¬ril de un hombre, durante una felación, puedes ob¬tener resultados asombrosos?
-¿Perlas?
-Bueno, también se puede utilizar una cinta o un pañuelo de seda, pero un collar de perlas es me¬jor. Tienes que enrollarlo varias veces a su alrede¬dor. Después, lo bajas lentamente y repites el movi¬miento una y otra vez. A los hombres les encanta.
-No lo dudo, pero no sé si me convence la idea de enrollar un collar de perlas alrededor del miem¬bro de un desconocido.
Vivian suspiró y añadió:
-Cuando me dijiste que viniéramos a la casa del árbol, debí sospechar que ibas a contarme algo terri¬ble. Todavía recuerdo la noche en la que me obligaste a subir al tejado de mi tienda, justo el día antes de que hicieras aquel experimento en tu laboratorio.
-Supongo que si soy capaz de enfrentarme a mi miedo a las alturas, puedo hacerlo también a cual¬quier otra cosa que me asuste -declaró, sin dejar de mirarla.
Vivian la apuntó con un dedo.
-¿Lo ves? Admites que temes pedirle a un hombre que sea tu objeto sexual, y es lógico -dijo su amiga, mientras le daba una copa de vino-. Anda, bebe un poco, estás pálida.
Mafe aceptó el ofrecimiento.
-¿Por qué no nos bajamos de aquí? -preguntó Vivian-. Llamaré a Esteban y te ayudaremos a bajar por la escala de cuerda.
-No, estoy bien.
-Yo no estoy tan segura de que lo estés. Ese plan que piensas llevar a cabo... no sé, no es típico de ti.
-Te equivocas, es muy típico de mí. Eso es lo mejor de todo. No soy buena con las citas ni con las relaciones, pero soy magnífica con las investiga¬ciones. Si inicio una relación de ese modo, estoy se¬gura de que podré mantenerla.
-Pero aún no tienes ninguna relación... Debe¬rías empezar por ahí.
-No, ese es el plan que sigue la mayoría de la gente, y por eso fracasan alrededor del cincuenta por ciento de las relaciones. De hecho, y según va¬rias investigaciones, el motivo más habitual de los divorcios es la infidelidad. En general surge cuando las cosas se vuelven rutinarias. Es lo que les pasó a mis padres y yo tengo intención de evitarlo.
-Haces que todo parezca muy lógico, pero no lo es. Ni el sexo ni las relaciones son algo que se puedan planear como un experimento de laborato¬rio. Son cosas que pasan, nada más. Hazme caso. Tengo experiencia al respecto.
Mafe tomó las manos de su amiga y dijo:
-Siento contarte todo esto precisamente ahora, cuando acabas de romper con Bradley.
Vivian se encogió de hombros desenvueltamente.
-Bradley Davis es historia, pero es un buen ejem¬plo de lo que estábamos hablando. En lo relativo a una relación no hay garantías. El único hombre cuyo comportamiento puedo predecir es mi hermano, que nunca se compromete emocionalmente. Dirige su vida tal y como dirige SanRomán Enterprises, y cree que también tiene derecho a dirigir mi vida.
Mafe permaneció en silencio unos segundos. Aun¬que ya había pasado más de un mes, Vivian aún es¬taba enojada porque Esteban había averiguado algo sobre Bradley Davis que había provocado la rup¬tura de su relación.
-Pero hay algo que no debes olvidar, Vivian. Esteban te adora y le importa lo que te ocurra.
-Esteban me está ahogando. Desde que empezó a dirigir la empresa ha decidido que también puede dirigir nuestras vidas. Incluso ha ordenado que me sigan. Pero espera un momento... Oh, no, no voy a permitir que cambies de conversación. Dime qué debo hacer para que renuncies a esa alo¬cada idea.
-No puedes hacer nada.
-Seguro que hay algo que pueda hacer.
-No te preocupes, Vivian. Ya he tomado todas las precauciones posibles.
-Me sentiría mucho mejor si realizaras esa in¬vestigación con alguien que conozcas. ¿Qué me di¬ces de ese ejecutivo que te ha estado rondando úl¬timamente?
Mafe hizo un gesto de asco.
-A Vince Smitlz le interesan mis investigacio¬nes, no yo. No deja de repetirme lo brillante que soy, e incluso me ha ofrecido el apoyo de su empresa si firmo un contrato en el que ceda todos los derechos de cualquier cosa que pueda descu¬brir.
Mafe tomó un poco más de vino y dejó de pensar en Vince. Volvió a repetirse que no era buena en cuestiones de citas y se dijo que el problema había comenzado en su adolescencia. Por su timidez, los chicos la trataban como si fuera una hermana. Y las dos relaciones que había mantenido en el instituto habían sido un verdadero desastre.
-Por alguna razón, los hombres no se sienten atraídos sexualmente por mí -añadió.
-Y no lo harán mientras tú no empieces a asu¬mir tu parte sexual.
-Vaya, ahora has empezado a hablar como ma¬dame Gervais. De hecho, ella cree que poner en práctica mi investigación podría servir para aumen¬tar mi autoestima.
Vivian inclinó la cabeza y miró a su amiga.
-Tal vez cambie la opinión que tenía sobre ella. ¿Fue ella quien te convenció de que te cambiaras el pelo?
-Sí, y me llevó de compras para que cambiara de estilo.
-¿Y por qué no te pones la ropa que te com¬praste?
-Porque casi todas las prendas que compré es¬tán pensadas para mi investigación y no me siento muy cómoda con ellas. Cuando me visto de ese modo, tengo la impresión de que sería capaz de ha¬cer cosas que normalmente no haría.
-¿Como el asunto del collar de perlas?
-Sí, y también otras cosas. Ten en cuenta que compramos prendas que excitaran las fantasías se¬xuales más populares de los hombres.
Vivian miró a su amiga por encima de sus ga¬fas.
-Está bien, ahora sí que has despertado mi cu¬riosidad. ¿Por qué no me cuentas algo más sobre esa investigación?
-Bueno, empecé leyendo varios libros de antro¬pología y sociología...
-Puedes saltarte esa parte de la historia. Ve di¬rectamente a lo más interesante.
Mafe sonrió.
-Siempre conviene tener una buena base teó¬rica...
-Mafe...
-Habría mucho que decir. No te puedes imaginar cuántos libros se han escrito sobre el sexo, ni la canti¬dad de textos que se pueden encontrar en Internet. Incluso hay una mujer que se dedica a vivir dando se¬minarios sobre la forma de dar placer a un pene.
Vivian estuvo a punto de atragantarse con el vino.
-¿Seminarios de veinticuatro horas? Mafe asintió.
-Estuve en uno, de hecho. Trabajamos con mo¬delos de plástico.
-¿Y tienes intención de probar eso con un des¬conocido?
-Digamos que quiero poner en práctica una fantasía en la que yo pueda encajar.
-Y esas fantasías, ¿cómo son exactamente?
-Bueno, hay una que me parece muy intere¬sante. Es, exactamente, una fantasía de cautiverio.
-¿Con esposas, cintas de seda para atar y esas cosas?
-No, con plástico.
-¿Con plástico? Déjame adivinar... ¿Consiste en recibirlo en la entrada de tu casa sin más prenda que algo de plástico?
-No. Consiste en vendar entero al hombre, como si fuera una momia, dejando solo al descu¬bierto su nariz, los dedos de sus pies y su pene.
-Ya. Para enrollarle el collar de perlas...
-Exacto. También se le pueden vendar los ojos. Al parecer, aumenta el placer.
-No me extraña. Pero dime, ¿esas fantasías tam¬bién se pueden aplicar a la mujer?
Mafe sonrió.
-Por supuesto. Eso depende de cómo marchen las cosas...
Las dos mujeres reían a carcajadas cuando sonó el teléfono móvil de Vivian. Por la expresión de su amiga, Mafe supo que debía de ser algo bueno, así que decidió apartarse un poco para darle más intimidad.
Se apretó contra la puerta de madera de la casita del árbol y se recordó que no debía mirar hacia abajo. Sin embargo, no pudo evitar echar un vistazo a la pista de tenis. A pesar de que los árboles le ta¬paban parcialmente la vista, reconoció a los dos hermanastros gemelos de Vivian. Nicholas y Nathaniel estaban en la universidad y vivían con su tía Carmela. Habían crecido en la propiedad de los SanRomán, que no obstante pertenecía al hermano de Vivian, Esteban, el mayor de los cuatro.
Alto y atlético, Esteban se comportaba con evi¬dente confianza en la pista de tenis. Según Vivian, Esteban lo hacía todo bien, desde practicar deportes hasta dirigir el negocio familiar. Había tomado la di¬rección de la empresa cuatro años antes, tras la muerte de su padre, y había salvado a SanRomán En-terprises de la quiebra.
Mafe solo había hablado una vez con él y le había parecido una especie de ángel caído, increíblemente atractivo pero muy peligroso por dentro. Sin embargo, aquella primera impresión de peligro cedió un poco cuando supo que se pasaba el día haciendo fo¬tografías en la tienda de antigüedades de Vivian.
Según su hermana, Esteban se tomaba tan en serio los asuntos de la familia como los asuntos de la em¬presa. Y en consecuencia, se había convertido en un verdadero dictador, en un ogro.
Pero al verlo allí, jugando en la pista de tenis, Mafe se dijo que no parecía un ogro en modo al¬guno. Clavó la mirada en su pelo oscuro y en su piel morena. No dudaba que bajo la ropa debía de ocultar un cuerpo de músculos duros y bien formados. De hecho, había notado su fuerza cuando le estrecho la mano. Su fuerza, y algo más: una descarga eléctrica que la hizo ser muy consciente de su pre¬sencia durante el resto de la velada.
-¿Quién está ganando? -preguntó Vivian, que se acababa de acercar.
-Parece que Esteban y tu tía.
-Vaya -murmuró su amiga-. No es que me disguste que gane mi tía, pero me encantaría que Esteban perdiera.
-No me has llegado a contar qué hizo tu her¬mano para que rompieras tu relación con Bradley.
-Dio orden de que lo siguieran, y al parecer me estaba engañando. Sacaron unas cuantas fotografías comprometedoras gracias a la sombra.
-¿La sombra?
-Sí, así es como llamo al espía que dirige la se¬guridad de SanRomán Enterprises. En cierta ocasión pude verlo, pero no le gusta que lo vean. En cual¬quier caso, investigó las finanzas de Bradley. Esteban me dio el informe para que no tuviera la menor duda de que Bradley no estaba interesado en mí, sino en mi dinero.
-Esteban te quiere, Vivian...
-Y yo también a él, pero piensa que todos los hombres con los que salgo pueden ser una ame¬naza para la empresa. Tal vez tenga razón. Por eso, he decidido que la próxima vez que salga con al¬guien no le diré que soy una SanRomán. Y que me aseguraré de que nadie, ni siquiera la sombra, sepa a quién estoy viendo.
Mafe abrazó a su amiga y durante unos segun¬dos las dos mujeres permanecieron así, sin decir nada.
Después, Vivian se apartó y dijo:
-Bueno, ya está bien de mis problemas. Ahora tenemos que encontrar alguna solución para los tu¬yos.
-No vas a conseguir que abandone mi plan.
-Lo sé. Además, cuanto más pienso en ello más veo que tu plan puede resultar muy interesante, so¬bre todo si puedes ponerlo en práctica con alguien de confianza. Tendría que ser alguien que yo co¬nozca y...
-¡Eh, vosotras dos!
El repentino grito las sobresaltó. Bajaron la mirada y observaron que Esteban avanzaba hacia ellas.
-Bajaos de ese árbol. La tía Carmela y yo hemos de¬rrotado a los gemelos y estamos deseando derrota¬ros también a vosotras.
Las miradas de Mafe y de Esteban se encontraron durante un momento y la mujer sintió la misma an¬siedad que había sentido antes. Entonces se sintió mareada y cerró los ojos.
-Ya lo tengo -susurró Vivian-. No sé cómo no lo había pensado antes. Esteban es la respuesta. Puedes llevar a cabo tu investigación con él.
Mafe negó con la cabeza, pero estaba tan mare¬ada que perdió el equilibrio. Intentó agarrarse a la barandilla, pero no lo consiguió.
Mientras caía del árbol, arrancando ramas a su paso, no pensó en nada salvo en el suelo al que se acercaba vertiginosamente. Por suerte, unos brazos se cerraron sobre ella y la apretaron contra algo cá¬lido y duro antes de estrellarse.
-¡Mafe!
Vivian oyó el grito de su amiga y reaccionó. Solo entonces se dio cuenta de que estaba tumbada sobre un hombre.
-Ya puedes abrir los ojos. Estás a salvo.
En cuanto los abrió, vio los ojos de Esteban, de un azul tan oscuro como el del océano.
-¿Te encuentras bien?
Mafe no dijo nada. No podía hablar porque Esteban la estaba abrazando con mucha fuerza, apretándola contra su cuerpo, desde sus senos a sus muslos. Una ola de calor la recorrió y despertó todos y cada uno de sus sentidos.
Por primera vez en toda su vida, las palabras y los pensamientos desaparecieron de su mente. No podía hacer nada salvo disfrutar del calor de su aliento, de la presión de los dedos del hombre en su espalda, del contacto de sus caderas, de su du¬reza bajo ella.
Un segundo después, notó su mirada de deseo y Mafe se excitó aún más.
-Llevaba toda la vida esperando este momento. Mi hermano, derribado por una mujer. Cualquiera diría que es un augurio...
Las palabras de Vivian y su propuesta de que llevara a cabo el plan con Esteban invadieron su mente. Reaccionó, se apartó del hombre y se puso en pie.
Después, Vivian se acercó a ella, la tomó del brazo y juntas caminaron hacia la pista de tenis.
-Vamos, hermano -dijo Vivian-. Prepárate a perder.

2

Esteban se recostó en su butaca y escuchó el sonido del carillón de su abuelo. Era el único sonido que rompía el silencio mientras observaba a los dos hom¬bres que estaban sentados al otro lado del escritorio.
Los dos poseían un gran aplomo y los dos eran inteligentes. No le habría gustado enfrentarse a ellos en un callejón oscuro, y le pareció interesante que a pesar de sus muchas similitudes, fueran tan diferentes entre sí.
El más joven era su mejor amigo, el hombre al que había contratado recientemente para que diri¬giera la seguridad de SanRomán Enterprises. Cono¬cía a T. J. McGuire desde su paso por el ejército, aun¬que todos lo llamaban Tracker.
Había tardado cuatro años en convencer a su amigo para que aceptara el cargo en su empresa. Ne¬cesitaba a alguien de confianza y Tracker era el hom¬bre adecuado. Bajo su aspecto de irlandés encantador, escondía la fuerza y la lealtad de un guerrero. Y en lo tocante a sus amigos y a sus empleados, Esteban valoraba tanto la lealtad como la competencia.
El mayor de los dos hombres, de pelo canoso y traje impecable, no era amigo suyo ni podía confiar en él. Hacer negocios con Servando Falcone había sido uno de los peores errores que había cometido su pa¬dre. Esteban había pasado mucho tiempo intentando conseguir el dinero y la oportunidad para comprarle su participación en SanRomán Enterprises. Sin em¬bargo, no quería a Falcone como enemigo.
Servando terminó de leer el contrato y el sonido que hizo al pasar la página rompió el silencio. Le¬vantó la cabeza y miró a Esteban de frente.
-Si firmo esto, seguiré siendo propietario de Lansing Biotech. SanRomán Enterprises renuncia a todos los derechos derivados de las patentes pasa¬das y de los resultados futuros de las investigacio¬nes en marcha. Eres muy generoso...
-Quiero que la ruptura entre nosotros sea clara pero justa. Ese acuerdo rompe las relaciones exis¬tentes entre tus distintos negocios y el mío.
-Sí, por supuesto. Y añade el hecho de que no volveré a sentarme en la dirección de SanRomán En¬terprises.
-Exacto.
El hombre sonrió.
-Has hecho un gran trabajo durante los últimos cuatro años sacándome del camino. Admiro tu téc¬nica, la verdad. E invitarme hoy a tu casa para tomar una copa y poner fin a nuestra relación... Es todo un detalle de estilo. Tu abuelo estaría orgulloso de ti.
Esteban no apartó la mirada. En realidad, no había querido invitar a Falcone a la propiedad de los SanRomán. Entre otras cosas, porque él no vivía allí. Aquella era la casa donde su padre había vivido con sus tres últimas esposas, y de no haber sido por el cumpleaños de Vivian, habría estado trabajando como todos los fines de semana y habrían solucionado el asunto del acuerdo en su despacho.
-Me habría gustado conocer a tu hermana. Me han dicho que es muy bella. Pero supongo que ten¬drá que ser en otra ocasión... ¿Me prestas un bolí¬grafo?
Esteban sacó un bolígrafo y se lo dio si decir una sola palabra.
Segundos después, Falcone se levantó y dejó el contrato firmado sobre el escritorio de su ex socio.
-Es una lástima que te sientas en la necesidad de romper nuestras relaciones.
-Tienes algunos intereses en lo que no quiero que se involucre mi empresa.
-Tu padre no opinaba lo mismo.
Esteban no hizo comentario alguno al respecto. Se levantó de su butaca y Servando Falcone añadió:
-De todas formas, la conexión de nuestras fami¬lias sigue siendo muy intensa. De modo que nues¬tros caminos se volverán a cruzar.
-No lo creo.
El hombre se dio la vuelta y dejó que Tracker lo acompañara a la salida. En cuanto la puerta se ce¬rró, Esteban volvió a sentarse. Todo había sido muy fá¬cil, tal vez demasiado.
-Buen trabajo, jefe -dijo Tracker. -Ha sido demasiado sencillo.
-La ruptura, sí. Pero los cuatro años transcurridos hasta llegar a este punto no han sido fáciles en absoluto. Además, has elegido el momento ade¬cuado para romper la relación, porque Falcone tiene problemas con sus negocios menos legales.
-No me ha gustado que mencionara el nombre de mi hermana. Ese hombre es capaz de vengarse utilizando a mi familia, y tengo la sensación de que está planeando algo.
Como Tracker no dijo nada, Esteban añadió:
-¿Crees que me excedo de desconfiado?
-No pienso caer en la trampa y contestarte a esa pregunta. Sé que estás preocupado por tu her¬mana, pero podría ser porque habéis tenido algu¬nas diferencias. Sin embargo, sé por experiencia que se debe hacer caso a los presentimientos.
-No me gustó nada que vieras a Vivian con el hijo de Falcone.
-Vamos, solo vio a Carlos una vez en George¬town y no se han vuelto a ver desde entonces.
Esteban movió la cabeza en gesto negativo.
-Ella no sabe nada sobre los Falcone y desde luego no sabe que nuestro padre hacía negocios con ellos. Pero si intento advertírselo, reaccionará mal y sería capaz de empezar a salir con él solo para llevarme la contraria: Se ha rebelado contra mí.
-Sí, y esta vez hasta podría dejarte un ojo morado.
Esteban se frotó la mandíbula, donde había impac¬tado un buen directo de Vivian.
-Es posible. Y la última vez consiguió burlarte. Tracker caminó hacia el pequeño frigorífico que había en el despacho, junto a la ventana, y sacó dos cervezas. Las abrió y le dio una a Esteban.
-Es inteligente y estaba muy enfadada por la in¬formación que encontraste sobre Bradley Davis. Creo que sospecha que la hemos estado siguiendo. El otro día, cuando salió de su tienda, intentó varias tácticas evasivas.
-¿Y lo consiguió?
-Sí, durante media hora. Pero mi hombre la des¬cubrió cuando salía de un restaurante. Ahora la es¬tán siguiendo dos personas, y otros dos siguen a Carlos Falcone.
-Me alegro, pero me sentiré mejor cuando se marche. Llamaré al avión para que venga a reco¬gerla el miércoles. Dijo que no podía marcharse an¬tes de entonces, y no quería presionarla. Pero en cuanto suba a ese avión, podrás dedicar toda tu atención a los dos Falcone.
-¿Quieres que mantenga el seguimiento de tu tía y de tus hermanastros?
-De momento, sí.
Esteban frunció el ceño y los dos amigos salieron a la terraza de la mansión. Algo más adelante, entre los arbustos, había una piscina olímpica cuya agua brillaba bajo el sol de la tarde. Sus hermanastros es¬taban jugando al polo con su tía, y Vivian estaba sentada al fondo con su amiga Maria Fernanda Fernandéz.
-Creo que deberías investigar a la doctora Fernandéz. Es la mejor amiga de tu hermana desde hace años y viven muy cerca en Georgetown, a tres man¬zanas de distancia. Falcone podría intentar utilizarla para llegar a Vivian.
-Como quieras, jefe. ¿Quieres que investigue su pasado?
Esteban consideró la pregunta de su amigo. Había estado pensando mucho en aquella mujer. Cuando cayó del árbol, recordó a la muchacha de vaqueros y camiseta que había conocido en la tienda de su hermana dos años atrás.
Aquel día, había notado algo en ella que había llamado su atención. Al principio pensó que el de¬seo que había sentido no era importante, pero cada vez que veía alguna imagen suya en las fotografías que sacaba automáticamente en la tienda, se hacía más fuerte.
Después, al estudiar las fotografías, se pregun¬taba qué era lo que lo atraía tanto en ella. No se pa¬recía nada a las mujeres con las que salía. Prefería a las mujeres altas, de largas piernas, ya fueran rubias o morenas. Mafe, en cambio, era pequeña. Pelirroja, solía llevar el pelo recogido y sus ojos eran de un color dorado casi irreal.
Aquel día se había dejado el pelo suelto. Al verla en el árbol le había dado la impresión de estar con¬templando una explosión de color. Su cuerpo reac¬cionó inmediatamente ante su presencia, y cuando cayó del árbol, olvidó todo lo demás. Si Vivian no hubiera hablado, habría sido capaz de colocarse sobre ella y haberla tomado allí mismo, bajo las ramas del olmo.
Hacía mucho tiempo que no se sentía tan tentado por una mujer. Durante el partido de tenis había in¬tentando pensar en el asunto de Falcone y olvidarse de Mafe, pero no lo había conseguido. Y para empeo¬rarlo todo, ella le había ganado en el partido de tenis.
Vivian siempre había sido una buena tenista, pero Esteban sabía que la pareja de mujeres había ga¬nado por Mafe, por su cuidadoso y metódico estilo.
-Se había comportado como si pudiera adivinar sus movimientos. Y todo ello le resultaba muy intere¬sante.
-¿Jefe?
-¿Qué? -preguntó Esteban, volviéndose hacia él.
-No me has contestado a la pregunta. ¿Quieres que investigue su pasado?
Esteban dudó. Por una parte sabía que sería mejor que se mantuviera alejado de Mafe. No solo se sen¬tía atraído por ella, sino que además era la mejor amiga de Vivian. Tenía la costumbre de separar su vida sentimental de los asuntos de la familia, y la posibilidad de mantener una relación con Maria Fernanda Fernandéz no entraba en sus planes.
Sin embargo, la experiencia le decía que la igno¬rancia raramente era una bendición. Y que, en cam¬bio, el conocimiento era poder. Así que respondió:
-Sí, quiero saberlo todo sobre ella.

-Maria Fernanda, deberías pensártelo mejor.
Mafe abrió una bolsa de zanahorias y durante un momento consideró la posibilidad de tirárselas a la cara a Gerardo Stafford. Sonrió al pensar en ello y co¬menzó a cortar una para dar de comer a su rata de laboratorio, esperando que mejorara su humor.
Gerardo era su jefe de departamento y tenía diez años más que ella, de modo que no había más opción que aguantar sus consejos.
-Si me hubieras hecho caso y hubieras firmado ese contrato con la empresa de biotecnología que me dijiste, nunca habría pasado nada.
Mafe controló el miedo que sintió al saber que alguien había entrado en el laboratorio el domingo. El intruso se había marchado, pero no antes de abrir la caja fuerte de su despacho.
-Si hubieras firmado ese contrato -continuó Gerardo-, ellos se habrían encargado de que las medi¬das de seguridad fueran más estrictas. Además, sigo sin entender por qué rechazaste el dinero. Aunque no lo quisieras para ti misma, piensa en los equipos que se podrían haber comprado.
Gerardo caminó hacia la ventana y Mafe pensó que de¬bería haberse dedicado a la política y no a la cien¬cia. No solamente hablaba sin parar, sino que era un hombre alto, atlético y fotogénico. Tenía el pelo ru¬bio, y la luz del sol hacía que brillara como el halo de un arcángel.
Al mirarlo, se dijo que su aspecto era opuesto al de Esteban, con su cabello oscuro y sus ojos de azul medianoche.
De nuevo, se maldijo por pensar en el hermano de su amiga. No había dejado de hacerlo desde que Vivian le había sugerido que pusiera en práctica su plan con él. Por mucho que lo intentara, no olvi¬daba lo que había sentido al quedarse tumbada so¬bre él, apretada contra su cuerpo, y sentir la evi-dente erección del hombre. De hecho, en aquel instante la asaltó una imagen con un collar de per¬las bien enrollado.
-¿Estás oyendo lo que digo?
Mafe dejó de cortar las zanahorias.
-Gerardo, sé que tus intenciones son buenas -se li¬mitó a decir.
Justo entonces, Vivian entró en la habitación.
-¿Interrumpo? -preguntó.
Mafe la miró con sorpresa.
-¿Cómo te has enterado?
-¿De qué?
-De que alguien entró anoche aquí.
-¿En serio? ¿Estás bien? -preguntó, preocupada.
-Sí, estoy bien.
-¿Y qué hay de Wilbur? -preguntó, mirando a la pequeña rata blanca.
Su amiga sonrió.
-Vaya, pensaba que Wilbur no te gustaba...
Gerardo carraspeó y, cuando Vivian se dio la vuelta, el hombre sonrió.
-Hola, soy Gerardo Stafford. Soy el jefe de departa¬mento y trabajo en el laboratorio contiguo.
-Te presento a mi amiga Vivian SanRomán - dijo Mafe.
-Tal vez tú puedas convencerla, Vivian. La in¬vestigación que está llevando a cabo ha llamado mucho la atención, aunque era previsible.
Vivian miró a su amiga y frunció el ceño.
-¿El intruso buscaba los datos de tu investiga¬ción?
-La policía sospecha que sí -respondió Gerardo-. Es evidente que no fue un grupo de gamberros. No tocaron nada salvo la caja fuerte.
-Pero no han causado ningún daño -dijo Mafe, mientras daba las zanahorias a la rata-. El apetito de Wilbur sigue tan bien cómo siempre. Y en cuanto a los datos de mis investigaciones, no los guardo en el laboratorio.
-En cualquier caso, eso no me gusta nada - dijo Vivian-. Podría decirle a Esteban que enviara a alguno de sus hombres. A la sombra, por ejemplo. No me gusta nada, pero hace bastante bien su tra¬bajo.
-No es necesario. La universidad va a instalar un sistema de alta seguridad e incluso me han dado unos días libres mientras lo instalan.
-Eso es maravilloso. Así podrás empezar a apli¬car tu...
Vivian miró a Gerardo y decidió no terminar la frase.
-La universidad no tiene dinero suficiente para instalar un buen sistema de seguridad -alegó Gerardo-. Y la investigación que está haciendo Maria Fernanda es demasiado valiosa. Se lo estaba inten¬tando explicar cuando has llegado...
Vivian sonrió al hombre, caminó hacia él, le puso una mano en el brazo y dijo:
-¿Te importaría dejarnos a solas un momento? Un charla entre chicas puede hacer milagros.
-No, claro que no -respondió Gerardo-. Estaré en mi laboratorio si me necesitas para algo, Maria Fernanda.
En cuanto se cerró la puerta, Vivian preguntó:
-«¿Maria Fernanda?». Nadie te llama así.
-Él sí, pero tiene buenas intenciones.
-No estarás pensando en convertirlo en tu co¬nejillo de indias, ¿verdad?
-¿A quién, a Gerardo? Por supuesto que no.
-Me alegro, porque he venido con una misión: convencerte de que Esteban es el hombre que nece¬sitas.
-Vivian, no quiero que...
-Mafe, te conozco. Sé que has estado conside¬rando los pros y los contras y que han ganado los primeros. Es el hombre perfecto para el trabajo. ¿Por qué no lo admites?
Mafe tomó otra zanahoria y comenzó a rallarla.
Porque pensaba llevar a cabo el plan con un desconocido.
Vivian se acercó, le quitó el rallador y se alejó de su amiga.
Seré brutalmente sincera contigo. A fin de cuentas, para eso están las amigas. Aunque espero que no me odies por decírtelo...
-Te prometo que no te odiaré, sea lo que sea.
-Está bien. No creo que puedas llevar a cabo tu plan con un desconocido -declaró.
-¿Crees que soy una cobarde?
-No -respondió-. Eres una de las personas más valientes que he visto, pero te conozco desde hace tiempo y... dudas mucho cuando se trata de mantener relaciones con el sexo opuesto.
-No son dudas, es resistencia.
Vivian sonrió.
-¿Lo ves? Una de las cosas que más me gustan de ti es que eres sincera contigo. La mayoría vivi¬mos mintiéndonos todo el rato.
Mafe frunció el ceño.
-¿Y por qué habría de mentirme?
-A veces ayuda. Pero volviendo al tema del que estábamos hablando, tu actitud ante los hombres significa que tendrías más posibilidades de éxito si lo intentaras con alguien que conozcas. Además, di¬ces que quieres hacerlo para aprender y poder complacer más tarde a la persona de la que te enamores algún día, una persona que tampoco será un desconocido -observó Vivian-. ¿No se supone que en un experimento es importante probar y reproducir las cosas de la forma más adecuada?
-Veo que me prestas atención cuando hablo de mi trabajo...
Vivian sonrió.
-Por supuesto que sí. Y tengo razón, ¿verdad?
Mafe pensó que la tenía. La idea de aplicar sus conocimientos con un extraño la asustaba.
-Pero Esteban no me ve de ese modo. Para él soy tu amiga...
-Mira, Esteban es el tipo de reto que deberías afrontar. Algo real y por tanto difícil. Tus contactos en la industria del sexo, por así llamarlo, no servirían para eso porque a fin de cuentas están deseando acostarse con alguien e incluso pagan por hacerlo. Además, estoy segura de que podrías seducir a mi hermano.
Mafe se dijo que Vivian tenía razón. Esteban SanRomán era todo un reto, y si no estaba dispuesta a enfrentarse a retos como él, su plan no tenía sentido.
-Mafe, hazlo por mí -continuó Vivian-. No se si soportaría que llevaras a cabo tu plan con un des¬conocido. A Esteban, en cambio, lo conozco. Y sé que pase lo que pase, será bueno contigo.
Mafe estaba a punto de decirle que la había convencido y que estaba de acuerdo, pero Vivian si¬guió hablando:
-Por otra parte, me harías un gran favor.
-¿Un favor?
-Sí, Esteban lo ha organizado todo para que me marche el miércoles a una casa que tiene en Cayo ¬Oeste, donde se reunirá conmigo. Pero me gustaría que fueras tú en mi lugar. Aunque nunca he estado allí, sospecho que una isla desierta sería el sitio perfecto para llevar a cabo tu plan -explicó-. Estaríais los dos solos, en un lugar cálido, con palmeras, playas enormes y noches tropicales. Imagínalo.
Miró a su amiga con detenimiento.
-¿Por qué no quieres ir con él?
-Porque cada vez que lo miro, pienso en lo sucedido con Bradley. Ahora mismo me siento fatal y no soportaría estar una semana con él, oyendo sus discursos sobre mi mal gusto con los hombres. Pero ha insistido mucho. Creo que se siente culpa¬ble.
-¿Y qué harás tú mientras yo me dedico a sedu¬cir a Esteban? -preguntó.
-Nada. Necesito estar sola. He encontrado un lugar precioso en Carolina del Norte y tengo intención de montar en bicicleta y meditar. Es un lugar donde solo se admiten mujeres, así que me pareció muy apropiado. Mi hermano tiene razón cuando dice que atraigo a hombres que solo se interesan por mi dinero.
-Pero no le va a gustar que yo vaya en tu lu¬gar...
Vivian le dio un golpecito en una mano.
-Si los resultados de tu investigación son tan buenos como afirmas, le encantará. Además, lo lla¬maré por teléfono desde mi retiro para que sepa que me encuentro bien. Créeme, tanto a él como a mí nos convendría pasar unos días alejados.
Mafe contuvo la respiración. Nunca había sido capaz de negarle nada a su amiga.
-Hazlo por mí, por favor -continuó Vivian.
-Está bien -Mafe claudicó finalmente.
-¡Magnífico! Entonces, quiero que me enseñes el vestuario que madame Gervais eligió para ti; luego iremos a comprar ropa adecuada para pasar una semana en Cayo Oeste. ¿Has llevado peluca al¬guna vez?
-¿Peluca? No.
-Pues es lo mejor para crear fantasías, cariño. Te lo explicaré mientras vamos de compras.

3

-¿Puedo hacer algo más por usted antes de que despeguemos, señorita SanRomán?
Mafe sonrió a la joven morena, la capitán Jill Roberts, que pilotaba el avión que la llevaría a Cayo Oeste.
-No, gracias, estoy bien.
Odiaba haber mentido a la mujer, pero las ins¬trucciones de Vivian habían sido muy explícitas al respecto. La piloto no conocía a Vivian y debían mantener el engaño hasta que llegara a su lu¬gar de destino. Además, se había puesto una pe¬luca rubia y llevaba ropa de su amiga por si Esteban había pedido a alguno de sus hombres que la siguieran.¬
De ese modo, nadie sabría que había ocupado el lugar de Vivian hasta que aterrizaran.
-El vuelo durará unas dos horas. Si quiere comer beber algo, avíseme sin dudarlo; tenemos de todo.
-¿Esteban ira a recibirme al aeródromo?
Jill Roberts sonrió.
-Eso dijo. Hablé con él segundos antes de que usted embarcara y le di la hora de nuestra llegada prevista. Si necesita alguna cosa, pulse el botón que hay en su asiento.
La piloto desapareció en la cabina de mando y Mafe se relajó un poco. Desde que Vivian había, aparecido el lunes anterior en su laboratorio, se sentía como si se encontrara en mitad de un torbellino. Pero el plan estaba saliendo bien y al fin y al cabo la idea había sido de su amiga.
Los primeros pasos del plan habían salido perfectamente gracias a una repentina tormenta de verano. Vivian llegó a su tienda a las nueve de la mañana con una gabardina roja con capucha, mientras que Mafe lo hacía quince minutos más tarde can una gabardina amarilla. Una vez dentro, se cambiaron de ropa y, como toque final, Mafe se puso la peluca rubia, y su amiga una peluca pelirroja.
Las pelucas las habían comprado el lunes, y el resultado final era casi perfecto porque las dos mujeres tenían un aspecto parecido; más de una vez la, habían tomado por hermanas cuando estudiaban en la universidad, pero de todos modos Mafe se sorprendió al ver cuánto se parecía a Vivian con aquella peluca rubia. Cuando salieron de la tienda y tomaron taxis separados, estaban seguras de que nadie notaría el cambio.
Mafe esperaba que las cosas se siguieran desarrollando con la misma facilidad. La idea de llegar a la isla, enfrentarse a Esteban y confesarle lo sucedido, resultaba bastante inquietante; pero aún lo era más la perspectiva de contarle por qué se presentaba allí en lugar de Vivian.
-Estamos a punto de despegar, señorita SanRomán.
La voz de la piloto la sobresaltó.
-La avisaré cuando pueda quitarse el cinturón, pero no dude en llamarme si tiene cualquier duda. Mafe miró el botón de su asiento y pensó que solo tenía que presionarlo, contarle la verdad a la piloto y acabar con todo aquel asunto, pero no lo hizo.
El avión vibró y avanzó por la pista. Mafe se afe¬rró al asiento y se dijo que no podía traicionar ahora a su amiga. Las cosas habían ido demasiado lejos, respiró profundamente e intentó con¬trolar su nerviosismo. Su experiencia en el labora¬torio le había enseñado que el más duro de los pro¬yectos podía resultar mucho más sencillo si se tomaba paso a paso en lugar de enfrentarse a él de golpe. Así que intentó aplicar aquella técnica a la situación que le esperaba. Llegar a Cayo Oeste y ver a Esteban era el primer paso. El segundo, confesarle por qué había sustituido a su amiga.
En cuanto el avión despegó, Mafe dejó de conte¬ner la respiración e intentó imaginar el tercer paso del plan: hacer el amor con Esteban SanRomán.
Cada vez que pensaba en ello, la imagen de Esteban, desnudo, aparecía en su mente. Casi podía sen¬tir lo que sería acariciar la piel morena de sus hombros, su pecho y su cintura. Por supuesto, no era la primera vez que soñaba con un hombre, pero nunca había sentido tal anticipación. Se miró las manos y comprendió que deseaba tocar a Esteban, que deseaba cerrar los dedos sobre su dureza y probar su energía.
Aún recordaba los duros músculos de su pecho bajo el polo de algodón que llevaba cuando la recogió al pie del árbol. Todo su cuerpo era duro, in¬cluso sus manos, y si se concentraba lo suficiente hasta podía recordar la presión de sus dedos en la espalda.
Intentó encontrar una palabra para definir lo que sentía por aquel hombre. La palabra “hambre” le pareció demasiado suave en comparación con esa necesidad que amenazaba con devorarla.
-¿Señorita SanRomán?
Una vez más, la voz de la piloto sonó por el sis¬tema de comunicación.
-¿Sí?
-Ya hemos llegado a altitud de crucero. Puede desabrocharse el cinturón, pasear por el avión o usar su teléfono móvil si lo desea. Siéntase como en su casa.
-Gracias.
Mafe abrió su bolso y sacó el móvil. Estaba a punto de llamar a su amiga cuando notó que aquel no era su teléfono. Solo entonces cayó en la cuenta de que se habían cambiado los bolsos sin querer, porque eran del mismo color.
Decidió llamar de todas formas a Vivian para informarla de lo sucedido.
-¿Mafe? ¿Dónde estás?
-Ya he despegado.
-Me alegro mucho. Yo aún estoy en el aero¬puerto, aunque supongo que embarcaremos en cualquier momento. Espero que todo haya salido bien.
-Sí, pero hay un problema: nos hemos cambiado los bolsos.
-Sí, me he dado cuenta al contestar tu llamada, pero no creo que eso sea un problema. Puedes usar mis tarjetas de crédito tranquilamente. Yo dudo que tenga ocasión de usar las tuyas en mi retiro.
-Úsalas si lo necesitas.
-Tendremos suerte si eso es lo único que sale mal. No puedo creer que hayamos hecho algo así.
-Todavía existe la posibilidad de que Esteban me devuelva a casa cuando descubra lo sucedido y se presente en tu hotel.
-No admiten hombres. Además, estará demasiado ocupado disfrutando de las fantasías eróticas que le has preparado.
Mafe no dijo nada. Por primera vez comenzó a considerar la posibilidad de que Esteban no quisiera acostarse con ella.
-¿Te arrepientes? -preguntó Vivian.
-No, bueno... tal vez un poco.
-Eh, no dejes que mi hermano te intimide. Solo es un hombre, y a pesar de sus defectos, resulta bas¬tante agradable. En cuanto note que nos hemos cambiado, me llamará por teléfono para decirme lo que piensa y le diré que todo ha sido idea mía. Des¬pués, le sugeriré que envíe a uno de sus hombres al local donde voy a alojarme para que se sienta más tranquilo-dijo Vivian-. En fin, ahora tengo que dejarte. Tenemos que embarcar. Dile a mi hermano que estoy bien y se tranquilizará. El resto es cosa tuya
Cuando terminó de hablar con su amiga, Mafe estuvo varios minutos mirando hacia delante, pensando en la última frase que había pronunciado su amiga. El resto era cosa suya.
Se dijo que podía enfrentarse a la situación e intentó tranquilizarse. Además, tenía que hacer algo durante el vuelo para no aburrirse, así que tuvo una idea. Pulsó el botón para llamar a la piloto, que respondió de inmediato.
-¿Qué puedo hacer por usted, señorita SanRomán?
-En primer lugar, tutearme y llamarme Vivian
-Solo si tú me llamas Jill.
-Trato hecho. ¿Has volado alguna vez con copiloto?
Jill rió.
-Sí, muy a menudo. De hecho, cuando vuelo con el señor SanRomán, yo suelo ser la copiloto. A él ¬le gusta pilotar.
-¿Te importa que vaya contigo? Me encantaría aprender a volar...
-Claro. Me vendrá bien un poco de compañía.

-¿Dónde está Vivian?
Esteban miró a su piloto y a Maria Fernanda Fernandéz. Había conseguido mantener la calma, pero era evidente que la situación no le agradaba en absoluto
Cuando la vio bajar por la escalerilla del avión tardó unos segundos en comprender que lo habían engañado. Y de inmediato, tuvo miedo.
-Vivian está bien -dijo Mafe-. Está en un hotel de Carolina del Norte. Nos hemos limitado a cambiarnos de lugar.
Esteban clavó los ojos en Jill Roberts y preguntó:
-¿Tienes algo que ver con todo esto?
Mafe se adelantó.
-Ella no tiene nada que ver. Le he dicho la verdad justo antes de aterrizar. Antes me había puesto una peluca rubia y me tomó por Vivian. Por favor, no la culpes a ella.
Esteban se metió las manos en los bolsillos del pan¬talón y entrecerró los ojos. Pensó que engañar a Jill no le habría resultado difícil porque llevaba poco tiempo trabajando para él y raramente utilizaba su avión privado para transportar a su familia. Además, tampoco podía culpar a Mafe porque suponía que el cerebro del plan había sido su hermana Vivian.
-Quiero hablar con Vivian.
-Por supuesto...
Mafe marcó el número de teléfono de su amiga y le pasó el móvil. Después, Esteban se alejó de las dos mujeres para poder hablar con su hermana con cierta intimidad.
-¿Vivian?
-¿Sí?
-¿Dónde diablos estás?
-¿No te lo ha dicho Mafe? Estoy en Serenity Spa, en un hotel de Carolina del Norte.
-¿Y dónde está eso?
-A una hora de Charlotte, más o menos. Es un lugar solo para mujeres, así que no te preocupes, no hay posibilidad alguna de que caiga en manos de un cazafortunas. Te daré el número de teléfono de mi habitación y el sitio web del hotel. Además, puedes enviara uno de tus hombres para que compruebe la seguridad.
-Lo haré. Así podrán recogerte y traerte aquí.
-Eso no es una buena idea, hermano. Ya te lo he dicho antes: no me gusta que dirijas mi vida. Me prometiste que permanecerías al margen.
-Ya, y tú me prometiste que pasarías unos días conmigo en Cayo Oeste.
-Pero no cumpliste tu parte del trato. Hiciste que me siguieran.
Esteban suspiró.
-Vivian, hay algo que no te he contado. Precisamente por eso quería que vinieras a la isla. Tenemos que hablar.
-Hablar es lo último que necesito en este momento. Lo siento. Sé que te prometí que pasaría unos días contigo, pero ahora no puedo.
Mafe no dijo nada.
-Te quiero, Esteban, y sé que haces lo que crees mejor para la familia. Pero estar contigo ahora solo me serviría para recordar el mal criterio que tengo con los hombres. Necesito estar a solas.
Esteban se estremeció al notar el tono de voz de su hermana. Recordó cómo había reaccionado cuando le enseñó lo que Tracker había averiguado sobre Bradley Davis. Le había dicho cosas terribles que tardaría en olvidar y que le habían dolido. Le había dicho que no tenía sangre en las venas, sino hielo, y que era un verdadero dictador.
Pero Esteban no podía actuar de otro modo. Debía proteger a su familia y su empresa. Además, Vivian parecía haber heredado la facilidad de su padre para toparse con cazafortunas. El quinto y último divorcio de su padre había estado a punto de arruinarlos.
Por supuesto, sabía que todo habría sido peor sin o hubiera dicho nada y Vivian se hubiera casado con Bradley Davis. Pero aquello no lo ayudó a sentirse mejor cuando su hermana comenzó a llorar en su despacho.
-Déjame hacer las cosas a mi modo, hermano. El hotel tiene una seguridad excelente. Si quieres puedes llamar todos los días a recepción para com¬probar que estoy bien y por supuesto, puedes mandar a uno de tus hombres siempre y cuando acampe en los bosques. En el hotel solo admiten mujeres.
Esteban tardó un momento en reaccionar. Cierta¬mente podía enviar a uno de sus hombres. Por otra parte, aquel hotel estaba lejos de casa y por tanto lejos de Servando Falcone.
-Está bien, si es verdad lo que has contado sobre ese hotel, me parece bien.
-Puedes comprobarlo si quieres. Ahora estoy en el aeropuerto de Charlotte y pasarán a recogerme en cualquier momento. Pero no culpes a Mafe de lo sucedido. Ha sido cosa mía. Puedo ser muy persuasiva cuando quiero. Esteban sonrió.
-Ya lo sé. Y no te preocupes, tu amiga estará de vuelta en Washington a media tarde.
-Oh, no hagas eso. Tiene un pequeño problema con el que tal vez podrías ayudarla. Le he asegurado que eres el hombre perfecto para ese trabajo.
Esteban miró a Mafe y a Jill, que todavía se encon¬traban junto al avión, y preguntó:
-¿De qué se trata?
Será mejor que te lo cuente Mafe, pero puede que le cueste un poco. Espero que no hayas sido maleducado con ella al ver que llegaba en mi lugar...
Esteban pensó que no había sido maleducado pero tampoco muy agradable. Su reacción se debía en parte al engaño y en parte a que llevaba días pensando en aquella mujer.
Vestida con una blusa y pantalones de vestir, parecía intocable e inocente. Hasta entonces, aquellas cualidades no lo habían atraído nunca en una mujer, y se dijo que seguramente las habría aprendido trabajando en su laboratorio. Pero en cualquier caso, admiraba la determinación que le había mostrado aquel día en la cancha de tenis.
-Espero que seas justo con ella y que no la responsabilices por algo de lo que es inocente -continuó Vivian-. Además, Mafe no tiene a nadie a quien pedir consejo. Sus padres hablan mucho pero no la escuchan.
-Mmm.
Esteban sabía que el último comentario de su hermana estaba en realidad dirigido a él, porque lo había acusado en varias ocasiones de hacer lo mismo.
-Esteban, te estoy pidiendo un favor. Al menos, llévala a la isla y escucha lo que tiene que decir.
-Está bien, como quieras. Pero dame una pista sobre lo que sucede. ¿De qué tipo de problema se trata?
-Es algo personal. Necesita la ayuda de hombre. Es todo lo que te puedo decir.
-Bueno, haré lo que pueda. Mientras tanto, me encargaré de que vigilen ese hotel.
-No estaré localizable por teléfono. Pero si envías a uno de tus hombres y acampa cerca, podrá asegurarse de que no me ocurre nada malo.
Esteban volvió a suspirar.
-Te quiero mucho, Vivian.
-Yo también a ti. Que te diviertas...
En cuanto dejó de hablar con Vivian, Esteban marcó el número de Tracker.
-¿Qué sucede, jefe?
-Vivian te ha engañado.
-No puede ser. La seguí hasta que subió a tu avión... Oh, no. Ahora lo entiendo. Seguro que se cambiaron las gabardinas. Cuando entraron en la tienda, las dos llevaban las capuchas subidas. Y cuando salieron, seguí a la rubia. Pero su amiga debió ponerse una peluca. Maldita sea...
-No te preocupes, sé dónde está Vivian. Se encuentra en Serenity Spa, un hotel de Carolina del Norte. Acabo de hablar con ella y me ha dicho que está ¬en el aeropuerto de Charlotte. Dice que quiere estar unos días a solas, pero quiero que la vigiles. Solo hay un problema: no admiten hombres en el ho-tel así que tendrás que acampar en la zona.
-Está bien, tomaré el primer vuelo que salga. En cuanto a Maria Fernanda, supongo que está contigo, ¿verdad?
-Vivian dice que tiene un problema, así que tal tenga otro trabajo para ti.
-Muy bien, llámame cuando lo sepas.
Cuando Vivian terminó de hablar con su hermano cruzó los dedos con la esperanza de que Esteban creyera la historia. Sabía que su hermano comprobaría todos los detalles, porque era un hom¬bre muy calculador.
Pero ella también lo era. Miró su reloj y pensó que lo primero que haría sería comprobar si efecti¬vamente había tomado aquel vuelo a Charlotte. Na¬turalmente, Esteban descubriría que era cierto, pero no sabría que en realidad ella no había sido la per¬sona que había tomado el avión. Su lugar lo había ocupado una tal Hanna Parker, una actriz a la que había contratado para que pasara esos días en el hotel. Y en cuanto Esteban comprobara que se había registrado en el establecimiento, Vivian estaría a salvo.
Mientras tanto, ella se haría pasar por Maria Fernanda Fernandéz. El plan se le había ocurrido cuando habló con Mafe en la casita del árbol, pero por supuesto no le había contado toda la verdad a su amiga. La conocía demasiado bien y sabía que no sería capaz de mentir a Esteban durante toda una semana, así que había tenido que cambiarle el bolso sin que se diera cuenta para quedarse con su documentación.
Eran casi las dos de la tarde y estaba sentada en uno de los bares del aeropuerto. Entonces, tuvo la extraña impresión de que la estaban vigilando, pero se dijo que era simple paranoia y nerviosismo por el engaño que había llevado a cabo.
Intentó relajarse y echó un trago de agua mine¬ral. A pesar de que su plan era perfecto, había espe¬rado a cambiar de identidad con Hanna Parker hasta segundos antes de que la actriz tomó el vuelo a Charlotte. No se le ocurría ninguna razón para que su hermano hubiera ordenado que siguieran a Maria Fernanda, pero siempre cabía esa posibilidad.
Echó otro vistazo a su alrededor y en aquel pre¬ciso instante sonó su teléfono móvil.
-¿Dígame?
-Hola, soy Hanna. Solo quería que supieras que acabo de llegar al hotel. Deberías ver la habita¬ción...
-¿Todo ha ido bien?
-Sí, maravillosamente. La recepcionista me ha dicho que tu hermano ha llamado y que lo llamará dentro de unos minutos para decirle que he lle¬gado bien.
-Magnífico. Que te diviertas...
Vivian cortó la comunicación, levantó la botella de agua a modo de brindis y dijo:
-Por fin soy libre.

Mafe se aferró al parabrisas del Aventura mientras Esteban aceleraba la motora sobre las aguas del océ¬ano. En cuanto subió a la embarcación, el nombre de la lancha bastó para que la mujer se sintiera más excitada. Juntos, se dirigían a lo desconocido.
Con el viento en la cara, se concentró en disfru¬tar del brillante sol de la tarde y de las salpicaduras ocasionales del agua en sus mejillas. Pero lo habría disfrutado aún más de no haber sido por el hombre que se encontraba junto a ella.
Aunque no la estuviera mirando, no podía dejar de notar su presencia. Tenía algo que iba mucho más allá de su atractivo. Algo que la hechizaba. Mientras desatracaba el barco, no había podido qui¬tarle los ojos de encima; pero después se había li-mitado a observarlo con sigilo. Tal vez, porque se sentía tan incómoda como una quinceañera. Y tal vez, porque adivinaba que aquel hombre era tan peligroso como fascinante.
Echó un vistazo a su alrededor. Se alejaban del puerto a toda velocidad y a lo lejos se veía una avioneta. Era Jill, que había despegado y regresaba a Washington.
Cuando miró de nuevo a Esteban, supo que seguía enojado. Solo habían intercambiado un par de palabras desde la conversación que había mantenido con su hermana, y su tono había sido tan frío que Mafe se estremeció a pesar del calor que hacía en Florida.
Esteban dirigía la embarcación con total naturalidad. Tenía las manos sobre el timón, con las piernas ligeramente abiertas, controlando el motor que rugía tras ellos. En aquel momento no distinguió ninguna señal del depredador que ocultaba, pero sabía, que estaba ahí.
-¿Estás nerviosa? -preguntó Esteban de repente.
-Un poco. Es la primera vez que viajo en motora.
-¿Bromeas?
-No.
-¿Cuántos años tienes?
-Veintiséis.
-Pues no puedo creerlo... ¿qué hace tu familia durante las vacaciones?
-De todo, pero no suelen llevarme con ellos. Además, siempre estoy muy ocupada y no había tenido ocasión de probar nunca. ¿Es fácil de llevar?
-Para mí, sí. Llevo haciéndolo toda la vida.
Justo entonces, la lancha saltó sobre una gran ola y Mafe sintió que su estómago se le subía a la garganta. Pero enseguida volvieron al ritmo normal y la mujer rió, encantada.
-Creo que podrías ser una buena marinera - dijo él-. ¿Quieres probar?
-Claro.
Esteban se apartó un momento para que ella se pusiera en su lugar. Y en cuanto Mafe puso las manos en el timón, el hombre las cubrió con sus manos.
-Separa las piernas un poco y agárralo bien. Esteban siguió hablando y explicándole lo que debía hacer, pero Mafe estaba demasiado concentrada en su cercanía, en su contacto y en el efecto de su voz. Además, su aroma le resultaba irresistible, casi tanto como el contacto de su duro pecho contra la espalda. Durante un momento, cerró los ojos e in¬tentó imaginar qué se sentiría al ser acariciada por aquel hombre.
Entonces pasaron sobre una ola de buen tamaño y él apretó sus manos con más fuerza. De inme¬diato, Mafe sintió un intenso calor.
-Será mejor que me encargue yo de pilotar...
-Sí, sí, será mejor.
-¿Te encuentras bien?
-Sí -acertó a decir.
-Pareces algo mareada. ¿Por qué no te sientas y descansas un poco? Puedes ver la isla allí, a tu dere¬cha...
Mafe se acomodó en uno de los asientos y recobró parcialmente las fuerzas en cuanto Esteban dejó de tocarla. Estaba realmente encantada con lo suce¬dido. Era evidente que el hermano de Vivian era perfectamente capaz de derretirla mental y físicamente.
Sin embargo, aquello podía complicar su investigación. A fin de cuentas, cómo podría aplicar su plan sobre fantasías sexuales masculinas si la volvía loca con un simple roce.
Entrecerró los ojos y se dijo que tenía un buen problema y que debía encontrar la forma de solucionarlo.

4

Cuando bajaron al muelle, Mafe se fijó en la ina¬cabable playa de arenas blancas que se extendía a ambos lados. Unos metros más adelante pudo ver una cabaña entre las palmeras, con un porche cu¬bierto. O más bien, casi cubierto: había una escalera apoyada en él y era evidente que aún no lo habían terminado.
Esteban tomó la maleta de Mafe y la sacó de la em¬barcación.
-Espero que no imaginaras nada especialmente elegante. Cuando vengo a la isla intento arreglar la cabaña y mejorarla poco a poco, pero todavía es un poco rústica.
-Me parece encantadora. Además, nunca había visto una playa que no estuviera completamente llena de gente. Estoy segura de que te encanta este sitio...
Esteban la miró y sonrió antes de contestarle:
-Sí, lo adoro. Pero el resto de mi familia, no. Lla¬man a esta isla «la locura de Esteban».
Mafe lo siguió a la cabaña y pensó que aquel hombre no parecía capaz de hacer ninguna locura. Clavó la vista en sus anchos hombros y recordó que algunas investigaciones afirmaban que las mu¬jeres que se fijaban en los hombros estaban bus¬cando una relación firme.
Sin embargo, se recordó que eso era lo último que deseaba Esteban SanRomán. Y cabía añadir que ella tampoco lo deseaba; solo quería utilizarlo como conejillo de indias.
Cuando bajó la mirada un poco más, se quedó asombrada. Tenía un trasero precioso, perfecto bajo sus vaqueros ajustados. Deseó tocarlo y averiguar si era tan firme como parecía y si estaba tan caliente como su propia piel en aquel momento.
La necesidad de tocarlo fue tan intensa que se detuvo en seco. De no haberlo hecho, estaba se¬gura de que lo habría tocado.
Aquello la desconcertó todavía más. Era la pri¬mera vez que encontraba tan apasionante el tra¬sero de un hombre. Según madame Gervais, las mujeres que se sentían particularmente atraídas por aquella parte de la anatomía masculina eran mujeres aventureras que deseaban hombres aven¬tureros.
Estaba tan concentrada en él, que cuando Esteban abrió la puerta de la cabaña ella todavía seguía mi¬rando su trasero.
-¿Te encuentras bien? -preguntó él.
-Oh, sí.
Al entrar en la cabaña, Mafe tuvo la impresión de que hacía más calor que en el exterior, pero po¬día ser que estuviera excitada.
Intentó reaccionar y echó un vistazo a su alrede¬dor. La sala tenía pocos muebles; un sofá, una me¬sita de café, un escritorio y una silla. Al fondo, había una barra con dos taburetes y una pequeña cocina. De no haber sido por el ordenador portátil que estaba sobre el escritorio y por un maletín de cuero, cualquiera habría pensado que nadie vivía allí.
Solo entonces notó que una de las paredes es¬taba llena de fotografías. Sintió curiosidad y se acercó a mirarlas. La mayoría eran instantáneas de Vivian y de sus hermanastros gemelos, Nicholas y Nathaniel, en distintos momentos de sus vidas. Había fotografías del colegio y de la universidad, de la inauguración de la tienda de su amiga y de situacio¬nes más informales. En una de ellas aparecían junto a un árbol de Navidad, y en otra se veía a una joven¬císima Vivian junto a un descapotable rojo. Pero Esteban no estaba en ninguna.
La última de las imágenes le deparó una buena sorpresa. La reconoció de inmediato: eran Vivian y ella, justo después de haber ganado el partido de tenis. Al pensarlo, se estremeció. Esteban SanRomán adoraba a su familia y la había incluido entre ellos.
-Jugaste muy bien. Si quieres puedo darte una copia de la fotografía...
-Sí, gracias.
Esteban le dio entonces una botella de agua.
-Bebe un poco. Con este calor es fácil deshi¬dratarse.
Mafe echó un buen trago y Esteban hizo lo mismo con su propia botella. Mientras bebía, unas gotas de agua resbalaron por su cuello y la mujer imaginó que las secaba con las yemas de sus dedos.
-Vivian me ha dicho que tienes un problema con el que te podría ayudar...
Mafe estuvo a punto de atragantarse con el agua.
-¿Tan malo es? -preguntó él.
Antes de que la mujer pudiera responder, Esteban la tomó del brazo y la llevó al porche.
-¿Por qué no te sientas un rato? Mientras tanto, yo prepararé unos emparedados. Ya hablaremos du¬rante la comida.
Esteban se volvió para entrar de nuevo en la casa, pero se detuvo en la puerta y añadió:
-Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras. Vivian estaba segura de que yo puedo ayu¬darte con tu problema. Y desde luego, te prometo que haré todo lo que pueda.
Mientras preparaba los emparedados, Esteban pensó que se estaba volviendo loco. La cercanía de Mafe en la motora lo había excitado hasta extremos inimaginables. Pero aquello no tenía sentido, así que respiró a fondo para tranquilizarse mientras metía lonchas de queso y jamón entre las rebana¬das de pan.
Maria Fernanda Fernandéz era la mejor amiga de Vivian y no podía mantener una relación con ella. Además, hacía tiempo que se había prometido que no man¬tendría relaciones con personas cercanas a su fami¬lia. Nunca salía con gente de su mismo círculo so¬cial y nunca llevaba mujeres a su casa. De ese modo, dejaba bien claro que no tenía la menor intención ni de casarse ni de establecer relaciones duraderas. Sin embargo, acababa de invitar a Maria Fernanda a estar en la isla todo el tiempo que quisiera. Se preguntó en qué habría estado pensando al hacerlo y abrió el frigorífico. En realidad, no había pensado en nada. No podía pensar en nada cuando estaba con ella. En cuanto entraron en la cabaña, se dejó llevar por su imaginación y deseó hacerle el amor. Sentía verdadera necesidad por saber qué lle¬vaba bajo aquella ropa. Tal vez, prendas blancas de algodón, como de colegiala. La idea lo fascinó, pero intentó reaccionar y sacó un par de cervezas del frigorífico. No recordaba haberse dejado llevar por tantas fantasías sexuales con ninguna otra mujer.
Ni siquiera sabía qué lo fascinaba tanto de Vivian, pero ya había descubierto que no era tan seria como parecía. Sus ojos habían brillado de un modo muy especial cuando la motora saltó sobre la ola y rió. Había sido una risa encantadora, directa, muy atractiva.
Puso los emparedados en un plato, tomó las dos cervezas con la otra mano y salió al porche.
Pero Mafe no estaba allí.
-¡Mafe!
-Estoy aquí...
Esteban se sorprendió mucho al ver dónde se en¬contraba. Se había subido al tejado del porche.
-¿Qué haces ahí? ¿No tienes miedo de las altu¬ras?
-Sí, esta es mi manera de enfrentarme al miedo y de encontrar el valor necesario para contarte por qué estoy aquí. Pero me temo que tendrás que co¬mer sin mí, porque no sé si seré capaz de bajar.
-Entonces, comeremos ahí arriba. No quiero que te hagas daño si decides saltar otra vez...
Mafe sonrió.
Esteban subió por la escalera, se sentó a su lado y le dio las cervezas y el plato con los emparedados.
-¿Te sientes mejor subiéndote a sitios altos?
-No mucho, pero ver el mar me relaja...
-Echa un trago de cerveza.
-Si bebo cerveza, me entrará sueño y querré dormir una siesta.
-No me parece mal plan. De hecho es lo mejor que se puede hacer en las horas más cálidas del día. Esteban tuvo que hacer un esfuerzo para no imagi¬narse tumbado junto a ella. Sin embargo, se excitó de todos modos.
-Tengo un plan -dijo ella-. Sí, de eso es pre¬cisamente de lo que quiero hablarte.
-Vivian me ha dicho que tienes un problema.
-No es exactamente un problema. Pero ella lo define de ese modo porque no le gusta mi plan.
-Sin embargo, quiere que me lo cuentes.
-En efecto. Por dónde empiezo... Verás, quiero te¬ner una familia algún día. Y para mí, eso significa ca¬sarse y tener hijos. Pero no quiero que mi matrimonio sea un fracaso como el de mis padres y me gustaría es¬tar preparada. Tener un buen plan es siempre impor¬tante, así que he decidido enfrentarme a ese problema como si fuera un trabajo de laboratorio.
-Lo comprendo. Pero no sé adonde quieres lle¬gar...
Mafe echó un buen trago de cerveza.
-¿Qué piensas del divorcio?
Esteban entrecerró los ojos, en un gesto elocuente.
-Que es algo que tengo intención de evitar a toda costa. Por eso, no me casaré nunca.
Ella asintió y echó otro trago.
-Yo también quiero evitarlo. Pero en mi caso, quiero casarme. Y mi investigación es importante para conseguir que mi relación no acabe mal.
Esteban empezó a desconfiar de ella. Obviamente era de las que no podían pensar en nada que no fuera una boda, así que decidió insistir y dejar cla¬ras las cosas.
-Yo no tengo intención de casarme. Nunca.
-Lo comprendo. Tú tienes familia, pero yo solo la tuve hasta los cinco años, cuando mi padre em¬pezó a mirar a otras con demasiado interés... Por cierto, tenías razón con la cerveza. Después de echar unos tragos, me siento más relajada.
-Tal vez demasiado relajada -murmuró él-. ¿Has comido algo hoy?
-No, nunca como antes de volar. Y hacía mucho tiempo que no tomaba alcohol. No sabía que me gustara la cerveza, pero me gusta.
-Me estabas hablando de que tu padre co¬menzó a mirar a otras...
Esteban pensó que él sí estaba mirando. No podía apartar la vista de los sensuales labios de Maria Fernanda Fernandéz.
-Empezó únicamente mirando y terminó con todo el cuerpo. ¿Sabías que la infidelidad es la pri¬mera causa de divorcio? ¿Y que la principal causa de la infidelidad es la monotonía? Espero que mi plan evite eso…
-¿Cómo?
-Me aseguraré de que mi esposo no se aburra nunca en la cama -respondió, mientras se frotaba la botella contra una mejilla-. Empieza a hacer ca¬lor aquí...
-Sigue, no te detengas...
-He hecho una investigación sobre cómo com¬placer a los hombres en la cama y he recabado gran cantidad de datos sobre las fantasías sexuales mas¬culinas. ¿Sabías que la fantasía más recurrente en los hombres es hacer el amor con dos mujeres?
-Sí, creo que lo he leído en alguna parte.
-¿También es tu fantasía preferida?
-No, en este momento no.
-Todavía no he averiguado cómo podría emu¬lar esa fantasía en concreto, pero tengo otras mu¬chas que me gustaría probar. ¿No te vas a terminar tu cerveza?
Antes de que Esteban pudiera responder, Mafe le quitó la cerveza y apuró lo que quedaba en el vaso.
-Tal vez deberías explicarme de qué manera puedo ayudarte yo -dijo el hombre.
Mientras se volvía para mirarlo, Mafe se deslizó li¬geramente hacia el borde del tejado y Esteban tuvo que agarrarla del brazo.
-En toda investigación hay un momento en el que la teoría se debe llevar a la práctica y yo me encuentro en ese momento. Estoy llena de datos, y tengo la sensación de que estallaré si no los pongo en práctica. ¿Nunca has tenido esa sensación?
-Sí.
-También la siento en el laboratorio, y es muy emocionante. Por esa razón necesito un hombre ahora mismo. Tengo que encontrar a alguien para practicar, y Vivian me sugirió que te lo pidiera a ti. Esteban se quedó boquiabierto.
-No puedes estar hablado en serio...
-Hablo completamente en serio. Intenté expli¬cárselo a Vivian. Este es el procedimiento exacto que sigo en el laboratorio. Las teorías hay que pro¬barlas... pero no te sientas presionado, estoy segura de que podría encontrar a otra persona. Tengo una amiga en París que me ha buscado varios volunta¬rios, pero Vivian insistió en que te lo pidiera a ti antes.
Esteban la miró y pensó que había tomado dema¬siada cerveza, así que le quitó la botella.
-Veamos. ¿Me estás pidiendo que me convierta en tu amante para que puedas concluir una investi¬gación?
-Exacto, pero no será nada más que eso, lo pro¬meto. No voy a intentar atraparte en una relación sentimental. Esto sería algo estrictamente amistoso. En cuanto a los métodos anticonceptivos, tomo la píldora y no habría ningún problema por ese lado.
Esteban la miró sin poder creer lo que estaba oyendo.
-¿Hay algo en tu historial sexual que deba co¬nocer? -preguntó ella.
-No. Soy un hombre muy cuidadoso.
Mafe asintió.
-Por supuesto, puedes utilizar preservativo si quieres asegurarte...
-Oh, claro, por supuesto -dijo con ironía¬- ¿Y qué pasa si acepto tu propuesta?
-Bueno, como te he dicho, quiero probar algu¬nas fantasías masculinas. Claro está, si te parece bien.
Mafe se bebió el resto de la cerveza de un solo trago.
Esteban la observó. Una gota de líquido resbaló por su cuello e intentó imaginar el sabor que ten¬dría al mezclarse con el sudor de su piel, pero sabía que si cedía a la tentación no podría detenerse. Lo deseaba tanto que, sin darse cuenta, se inclinó ha¬cia ella.
Mafe lo tomó del brazo.
-Cuidado, te estás resbalando...
Esteban comprendió de repente que se estaban resbalando los dos y la abrazó para impedir que se hiciera daño. De haber estado solo, habría caído de otra forma, rodando, y no se habría hecho nada. Pero por intentar protegerla, se dio un buen golpe.
-¿Te encuentras bien? -preguntó él.
-Sí. ¿Y tú?
Esteban permaneció en silencio durante unos se¬gundos. No podía hacer otra cosa que contemplar el brillo de sus ojos y de su cabello bajo el sol. La de¬seaba tanto que olvidó el dolor y hasta su pregunta. -Me estabas hablando de tu plan...
-Ah, sí. ¿Estás dispuesto, entonces? Eso sería magnífico. Si quieres, podemos empezar ahora mismo... Iré a buscar el cuestionario.
-¿El cuestionario?
-Claro, así sabré cuáles son tus fantasías prefe¬ridas.
Esteban no entendía nada. Estaba deseando lle¬varla a la playa y hacerle el amor apasionadamente y ella pensaba en papeleo.
-No tardaremos mucho. En cuanto conozca bien tus fantasías, las incluiré en el programa infor¬mático que he creado. Lo tengo en mi ordenador portátil.
-Espera un momento...
Mafe intentó levantarse del suelo, pero él la tomó por una muñeca y la obligó a sentarse a su lado. Por el ritmo acelerado de su pulso, supo que no estaba en modo alguno tan tranquila como parecía.
-Dejé de vivir de las fantasías a los doce años -dijo él-.Ahora prefiero la realidad.
-¿Estás diciendo que no quieres hacerlo? Vaya...Ya le dije a Vivian que yo no te atraigo.
-Claro que me atraes.
Mafe se humedeció los labios.
-Oh... En ese caso, ¿lo harás?
Esteban se dijo que necesitaba tiempo para pen¬sar. Y no podía hacerlo sentado allí, a su lado, a es¬casos centímetros de su boca.
-Nunca tomo decisiones apresuradas en cues¬tiones de negocios. Estoy seguro de que tú tam¬poco lo haces.
-No, claro que no.
-Entonces, sugiero que nos tomemos veinti¬cuatro horas para pensarlo bien antes de dar nin¬gún paso. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
Esteban notó un brillo en los ojos de la joven, pero no supo si era alivio o decepción. Pero en ese mo¬mento, y para su absoluto asombro, bostezó.
-Ahora que te he contado por qué estoy aquí, me siento mucho mejor...
El hombre, en cambio, no se sentía mejor en ab¬soluto. Se sentía dominado por el deseo, aunque esa era una sensación que podía controlar. El problema era otro: había algo más, algo sólido y puro, una emoción más intensa de lo normal.
Sin poder evitarlo, la abrazó. Durante un buen rato permanecieron así, abrazados, sin hacer nada, en silencio. Solo se oían las olas rompiendo en la playa y los graznidos de alguna gaviota.
Se preguntó quién era en realidad Maria Fernanda Fernandéz, si la fría científica o la sensual mujer que le había propuesto que se acostara con ella. Por no sa¬ber, ni siquiera sabía cuál de las dos era la que lo atraía tanto.
Al mirarla, se llevó una nueva sorpresa: se había quedado dormida. Aquello era asombroso. Primero se ofrecía a practicar todas las fantasías sexuales masculinas con él, y acto seguido se quedaba dor¬mida tan tranquilamente. Deseó besarla y despertar en ella lo mismo que estaba sintiendo él. Hasta se preguntó si el príncipe del cuento habría sentido lo mismo antes de besar a la Bella Durmiente.
Siempre había pensado que el príncipe en cues¬tión se había buscado demasiados problemas solo por un beso, pero él era bastante más cauto y nunca daba un paso sin considerarlo detenida¬mente.
Veinticuatro horas. Se repitió la frase, mental¬mente, mientras llevaba a Maria Fernanda al interior de la cabaña. Pero cuando la dejó en la cama y salió de nuevo al exterior, para dirigirse a la playa, no supo si se estaba repitiendo aquella frase como forma de precaución o como promesa.

5

Cuando despertó a la mañana siguiente, Mafe se sorprendió por el calor que hacía. Estaba ardiendo, y cuando se sentó en la cama, una gota de sudor resbaló por su cuello.
Una simple mirada a su alrededor bastó para que recordara que se encontraba en la cabaña de Esteban. Entonces, recordó lo que había estado soñando. Ha¬bía soñado que hacía el amor con Esteban, o más exactamente, que Esteban le hacía el amor a ella, tocándola y tocándola con aquellas manos duras e in¬teligentes. No había dejado un solo centímetro de su cuerpo sin explorar, y en el sueño ella apenas era capaz de respirar. Incluso ahora, al pensar en ello, se estremeció de los pies a la cabeza.
No podía creer que acabara de tener una fanta¬sía erótica. Durante su investigación, había pensado que en comparación con otras personas llevaba una vida bastante pobre en cuanto a fantasías, pero era evidente que eso estaba cambiando. Madame Gervais había insistido en que, por su naturaleza, te-nía un lado sensual. Al parecer, Esteban SanRomán la estaba ayudando a descubrirlo.
Se levantó y avanzó hacia la ventana, pero in¬cluso la brisa le dio calor. No era extraño. El sol ya estaba alto en el horizonte y una rápida mirada a su reloj le dijo que eran las once de la mañana. Sólo faltaban cuatro horas para que Esteban la informara sobre la decisión que había tomado.
No tenía la menor idea de lo que iba a decir. Nada, en su manera de comportarse el día ante¬rior, le había dado la menor pista sobre sus inten¬ciones. Cuando se despertó de su siesta, Esteban se comportó de forma educada y atenta, e incluso la animó a pasear por la playa mientras él pescaba algo para cenar.
Después de cenar, la llevó a dar un paseo por la isla. Y como en la cabaña solo había una cama, se la dejó a ella y decidió dormir él en el barco.
En suma, se estaba comportando como un per¬fecto anfitrión. Sin embargo, no había hecho el menor comentario sobre lo sucedido salvo la corta admisión de que efectivamente se sentía atraído por ella.
Se miró en el espejo del tocador y pensó que se¬ría mejor que se desengañara: no era una mujer por la que los hombres se volvieran locos. Incluso con su nuevo corte de pelo y con toda la experiencia de su investigación, no tenía mucho que ofrecer a un hombre como Esteban SanRomán.
Estaba pensando en ello cuando sonó el telé¬fono. Era su móvil, así que abrió el bolso y lo sacó.
-¿Dígame? -preguntó con la voz aún ausente.
-Hola, soy Vivian. Si Esteban está cerca de ti, compórtate como si yo fuera otra persona.
-No está aquí.
En realidad, Mafe no sabía dónde podía estar, así que se asomó a la puerta de la cabaña y lo vio en el muelle, limpiando el barco.
-Me alegro, pero no le digas que he llamado. Él cree que solo puede localizarme en el teléfono de la recepción del hotel, y si supiera que llevo móvil, me llamaría todos los días.
-¿Te estás divirtiendo en el hotel?
-Oh, sí, es maravilloso. Es la primera vez en mu¬chos meses que me siento absolutamente libre. Ojalá pudieras contemplar la vista desde mi balcón; ahora mismo hay tres globos aerostáticos en el aire... Oh, ¿puedes esperar un momento? He pedido algo de comer y están llamando a la puerta. Será la camarera.
Mafe oyó que su amiga reía y oyó una segunda voz, mucho más grave. Mientras esperaba, contem¬pló a Esteban. Estaba limpiando las superficies de me¬tal del barco y la sorprendió que le gustara trabajar con sus manos. De inmediato, recordó su sueño y se estremeció.
-¿Sigues ahí? -preguntó Vivian.
-Sí.
-Dime que tu plan va bien...
-Bueno, ya se lo he preguntado.
-¿Y qué te ha dicho? Venga, cuéntame...
Mafe le contó lo sucedido y añadió:
-Me temo que no hice una exposición muy persuasiva.
-Desde luego. Pero, aun así, él no te rechazó.
-No exactamente. Dijo que sería mejor que nos tomáramos veinticuatro horas para pensarlo. Vivian suspiró.
-Eso es típico de Esteban. Seguro que le ha pe¬dido a uno de sus hombres que investigue tu pa¬sado para ver si puedes suponer alguna amenaza para SanRomán Enterprises. Te aconsejo que no es¬peres.
-¿Qué quieres decir?
-Que lo seduzcas. Tu investigación no servirá de nada si no tienes el valor necesario para con¬cluirla.
-No sé si...
-El que duda está perdido, Mafe. Además, imagí¬nate cinco años después de haber conocido al hombre de tu vida. Imagina que estás en la cocina, alimentando a dos niños que no dejan de gritar, e imagina que temes que tu marido o tu compañero comience a mirar a otras con malas intenciones. ¿Esperarías a que él diera el primer paso?
-No, pero seguro que sería más entusiasta con¬migo de lo que tu crees.
Vivian rió.
-Mafe, el entusiasmo es contagioso. Pedir a Esteban que rellenara un cuestionario para empezar no fue una buena idea. Es una forma desastrosa de in¬tentar seducir a alguien.
-No lo había pensado desde ese punto de vista...
-Ya te advertí que no puedes llevar a cabo ese plan como si fuera uno de tus experimentos. No es un trabajo y además debería ser divertido. La gente no es como tus animales de laboratorio. A veces, hay que animarlos un poco para que hagan lo que quieres.
En ese momento, Esteban miró a Mafe, que sintió el impacto de sus ojos. Y se dijo que si él no se sentía suficientemente atraído por ella, si solo quería ser amable porque era la mejor amiga de su hermana, eso no quería decir que ella no pudiera provocar su pasión.
-Recuérdalo -continuó Vivian-.A veces, hay que presionarlos.
Mafe sonrió lentamente.
-Gracias, Vivian, voy a aceptar tu consejo.
-Pues adelante... ¡Y diviértete!
Vivian colgó el teléfono, con una sonrisa de sa¬tisfacción, y volvió a asomarse al balcón. La vista era preciosa: una loma cubierta de viñas que des¬cendía hacia un valle, tras el que se alzaban varias colinas.
Se encontraba en el valle de Napa, en California, muy lejos de Washington, de Carolina del Norte y de los cayos de Florida; además, era la primera vez que visitaba aquella zona y a su hermano no se le ocurriría que había cruzado todo el país. Aunque de todas formas, estaba segura de que no pensaría en ella en toda la semana. Mafe se encargaría de mante¬nerlo ocupado.
Durante la semana siguiente, nadie sabría que era Vivian SanRomán, y mucho menos el hombre con el que iba a comer aquel día. Lo había cono¬cido en un café, tres semanas antes, y se había pre¬sentado a él como Valeska Souza. Las iniciales de nombre y apellido eran las mismas que sus iniciales reales, pero ahí terminaba cualquier parecido con Vivian SanRomán.
Fue justo después de aquella cita cuando supo que un hombre de su hermano la estaba siguiendo. Y al pensar en ello, se puso furiosa.
Esta vez, se había asegurado de que nadie la se¬guía. De hecho, no había tenido la sensación de que la estaban mirando desde que había aterrizado en San Francisco. Nadie sabía dónde se encontraba realmente, ni siquiera Mafe, y ahora podría disfrutar varios días con un hombre que ni siquiera conocía su verdadero nombre. Alguien que no la quería por ser una SanRomán.
Se apoyó en la barandilla del balcón y contem¬pló uno de los globos, que en aquel momento to¬maba tierra suavemente. Después, sonrió. Aunque su hermano descubriera que no estaba en el hotel de Carolina del Norte, tendría muchos problemas para encontrar su paradero. Gracias al cambio de identidad con Mafe, había podido hacer todas las compras y reservas a nombre de su amiga.
Se sirvió el café que le acababan de llevar, alzó la taza y brindó:
-Por la verdadera libertad, al fin.


Esteban frunció el ceño al ver a Mafe, que acababa de asomarse a la puerta de la cabaña. Había deci¬dido limpiar el barco porque el ejercicio físico lo ayudaba a pensar y a poner las cosas en perspec¬tiva. Pero seguía sin saber qué decisión tomar.
Se preguntó si aquella mujer podía ser tan sin¬cera y poco ingenua como parecía, y se dijo que probablemente sí. Pero sabía por experiencia que las mujeres tenían la mala costumbre de llevar una agenda financiera oculta.
Esa era una de las lecciones que había apren¬dido con los cinco matrimonios de su padre. Cuando abandonó a su madre, Esteban tenía diez años y había tenido que ayudar a Vivian a superar el trauma emocional de la separación. Hasta el ter¬cer o cuarto matrimonio de su padre, Esteban no cayó en la cuenta de que estaba poniendo en peli¬gro la empresa. Y cuando su quinta esposa se divor¬ció de él, SanRomán Enterprises ya se encontraba en números rojos. Ni siquiera su hermana sabía lo cerca que habían estado de perderlo todo.
Cuando empezó a dirigir la empresa, se dijo que nunca cometería el mismo error que había come¬tido su padre. No se casaría, porque ya tenía una fa¬milia: Vivian y sus hermanastros.
Maria Fernanda Fernandéz parecía haberlo comprendido y aceptado, pero cabía la posibilidad de que lo hu¬biera hecho por el efecto de la cerveza. En cual¬quier caso, no tenía más remedio que enfrentarse a una oferta que resultaba muy difícil de rechazar. La idea de que ella investigara las fantasías sexuales masculinas para ponerlas en práctica con él era casi irresistible.
Entonces, sonó su teléfono móvil.
-¿Dígame?
-Hola, jefe. Por lo que sé, Vivian se encuentra en algún lugar de este maldito hotel.
-¿Que quieres decir con eso?
-Ahora estoy a unos metros de la entrada del hotel. El guarda me ha dicho que Vivian SanRomán se registró ayer, hacia las tres de la tarde, pero este lugar está gestionado por una especie de amazonas que odian a los hombres y no me de¬jan entrar. Me sentiría más seguro si pudiera ha¬cerlo y comprobar la presencia de tu hermana personalmente.
-No seas paranoico...
-No soy paranoico, soy metódico. Tu hermana ya me ha engañado una vez y no quiero que lo haga de nuevo.
-Veo que ha herido tu orgullo.
-Tal vez tengas razón y sea eso, o tal vez no. Aún no lo sé.
Esteban sonrió.
-Ya te dije que tu política de no contratar mu¬jeres nos traería complicaciones.
-En absoluto, jefe. Solo contrato a personas en las que puedo confiar, y en las mujeres no se puede confiar.
La sonrisa de Esteban desapareció.
-¿Quieres decir que tengo motivos para preo¬cuparme por mi hermana?
-Aún no. Si pensara que está en peligro, entra¬ría en ese hotel de todas formas y la sacaría. Y si es¬tás pensando en Falcone, sé que se encuentra en California. Le pedí a uno de nuestros hombres que lo siguiera y, si surge algún problema, podría estar en el aeropuerto en menos de una hora. A menos que quieras que vaya allí ahora mismo...
-No. Si ya están siguiendo a Falcone, puedes seguir disfrutando mientras encuentras una forma de entrar en ese maldito hotel solo para mujeres.
-¿Y que hay de tu doctorcita? ¿Ya te ha dicho cuál era su problema?
-Sí.
-¿Puedo hacer algo al respecto?
-No -respondió él, con una brusquedad que lo sorprendió.
-Es obvio que no quieres hablar de ello.
-Sí... No. Bueno, digamos que no sé qué pensar. -Se trata de algo personal, entonces...
-Es algo confidencial y bastante complicado.
-Adelante, cuéntamelo si quieres.
-Está bien, te contaré la historia resumida. Al parecer, ha llevado a cabo una investigación sobre las formas de dar placer a un hombre en la cama. Y ahora, quiere ponerla en práctica.
-¿Contigo?
-Conmigo o cualquier otro voluntario.
-¿Y cuál es el problema?
-Que suena demasiado bueno para ser verdad.
Tracker rió.
-Eso es cierto. Pero te aseguro que lo que te acaba de pasar será a partir de ahora mi principal fantasía erótica. Así que si piensas rechazarla, men¬ciona mi nombre...
-No.
Tracker suspiró.
-Está bien, ya me he dado por aludido.
-No es eso...
Por alguna razón, a Esteban no le agradaba nada la idea de que Mafe le hiciera aquella propuesta a otro hombre. Sobre todo, si era un hombre a quien co¬nocía, como Tracker.
-Si temes que pueda estar interesada por tu dinero, tranquilízate. La he investigado y sé que sus padres le han dejado dos millones de dólares en un fondo, aunque vive con el dinero que gana como profesora de la universidad -explicó su em¬pleado y amigo-. Además, es posible que gane bastante dinero dentro de poco. Varias empresas se han interesado por una investigación suya, muy prometedora, y una le ha hecho una oferta ele¬vada. Esa mujer no encaja en el perfil de una caza¬fortunas.
-No, ya veo que no.
-Ah, hay una cosa más... El domingo pasado, cuando estaba en tu casa, alguien forzó su laborato¬rio. Según los encargados de seguridad de la univer¬sidad, los intrusos no causaron daños. Buscaban algo que debía estar en la caja fuerte, pero Maria Fernanda dijo a la policía que no le habían robado nada. Fuera lo que fuese que estuvieran buscando, lo guarda en otro sitio.
-¿Y quién podría estar interesado en robarle?
-Imaginé que querrías saberlo, así que uno de nuestros hombres lo está investigando. De hecho, pensé que tal vez ese fuera el problema que quería consultarte, pero ahora... ¿Me aceptas un consejo?
-Tracker...
-Nadie ha trabajado más duro por su familia que tú. Tal vez ha llegado el momento de que te re¬lajes y disfrutes un poco. Acepta su oferta.
La risa de Tracker fue lo último que oyó cuando cortó la comunicación. Pero él ya había llegado a la misma conclusión; si Mafe estaba dispuesta a practi¬car con él, por qué desaprovechar la oportunidad. Además, podría llevar a cabo algunas de sus propias fantasías, y cuando llegara el momento de despe¬dirse, lo haría sin ningún problema. No en vano, sa-bía cómo decir adiós.
Mafe miró los dos bañadores que había metido en el equipaje. El primero, que había dejado so¬bre su maleta, era un biquini negro; y el segundo, que llevaba puesto, un fino bañador de látex de color verde esmeralda que la cubría como si fuera una segunda piel y que producía el efecto que ya le había dicho madame Gervais: en lugar de ocultar, lo enseñaba prácticamente todo y su¬gería aún más.
Pero había algo aún más importante: era per¬fecto para la fantasía que tenía en mente.
Sacó un pañuelo de seda y se lo enrolló en la cintura. Después, se miró en el espejo y asintió complacida.
Tenía intención de hacer el número de jovencita isleña con ganas de sexo sin complicaciones; se su¬ponía que era una fantasía que gustaba mucho a los hombres y se dijo que todo iría bien si conseguía meter a Esteban en el mar.
Se acercó un poco más al espejo, se pasó las ma¬nos por el pelo y se observó con detenimiento. Ma¬dame Gervais había comentado en una ocasión que el aspecto lo era todo, y empezaba a creer que tenía razón. El bañador hacía que se sintiera dis¬tinta, con más confianza.
Cuando saliera de la cabaña, estaba decidida a comportarse como una joven nacida en aquella isla, llamada Lania. Esteban sería un desconocido que había sido empujado a la costa por una tormenta. Un oscuro y atractivo desconocido por el que se sentía terriblemente atraída y al que ansiaba. Un hombre que la abandonaría pronto si no lo conven¬cía de lo contrario.
Tomó el collar de perlas que había sacado de su bolso y se lo enrolló en el cuello. Iba perfecta¬mente con la fantasía.
Después, se giró y salió de la cabaña. Precisa¬mente Esteban se dirigía en aquel instante a la casa, y lo imaginó corriendo por la playa y abrazándola para tumbarla acto seguido en la arena y hacerle el amor.
Pero lo que ocurrió fue muy distinto. Mafe ha¬bía dejado su botella de agua en el escalón supe¬rior de la escalera y tropezó con ella. Se agarró a uno de los postes para mantener el equilibrio, pero varias de las tejas del inacabado tejado del porche cayeron al suelo y una golpeó a Esteban en un hombro.
-¿Te encuentras bien? -preguntó él, a pesar del golpe recibido.
-¿Y tú?
-Más o menos. Pero me gustaría que dejaran de caerme cosas encima.
Mafe rió de buena gana.
Cuando por fin se tranquilizó, la mujer notó que la estaba observando. Sus ojos azules brillaban con más intensidad de lo normal y el cuerpo de Mafe reaccionó al instante.
Clavó los ojos en los labios de Esteban. No eran ni demasiado grandes ni demasiado pequeños y no podía imaginar qué se sentiría al besarlos. Sin¬tió la súbita necesidad de descubrirlo y se acercó a él.
Esteban la tomó por la cintura y dijo:
-He venido a decirte que no necesito veinti¬cuatro horas. Ya he tomado una decisión.
Mafe tuvo miedo. En aquel instante estuvo segura de que la respuesta iba a ser negativa.
-Yo también he tomado una decisión -dijo ella.
-Entonces, habla tu primero.
-Pues... iba... precisamente iba a la playa para...
-¿Sí?
-Quería probar... Me preguntaba si... -dijo Mafe, tan nerviosa que no encontraba las palabras-. Se me ha ocurrido una fantasía.
-¿Y bien?
Mafe se vio asaltada por una fantasía. Imaginó que la besaba, la tomaba entre sus brazos y la lle¬vaba al interior de la cabaña. Pero aquello no en¬cajaba con sus planes. Se suponía que era ella quien debía practicar fantasías masculinas con él, no él quien debía hacer reales las fantasías de ella.
-Me llamo Lania. Has acabado en esta isla después de una tormenta y he venido todos los días a la cabaña para cuidarte y darte de comer. No hay una sola parte de tu cuerpo que no haya visto -declaró, mientras sentía los duros múscu¬los de Esteban contra ella-.Tú no lo sabes, pero te he estado mirando mientras limpiabas tu barco. Sé que te marcharás pronto y antes de que lo ha¬gas, quiero...
Mafe no estaba segura de lo que quería. Mientras hablaba, solo era consciente de su propia excita¬ción y de la necesidad de besarlo.
-Quiero besarte -dijo al fin-. Llevo mucho tiempo soñándolo.
La mujer se acercó y lo besó con suavidad después, añadió:
-Perfectos.
-¿El qué?
-Tus labios. Ni muy duros, ni muy suaves. Son perfectos. Me estaba preguntando cómo serían... Mafe volvió a besarlo de nuevo, pero esta vez la¬mió sus labios y se sintió como si estuviera en el paraíso. Su sabor no era dulce y en realidad no re¬cordaba haber probado nunca nada parecido, pero le recordó a su sabor favorito de la infancia: el de las tartas de chocolate que su padre siempre le en¬viaba el día de su cumpleaños y que su madre es¬condía para que no se las tomara.
Sin embargo, el sabor de Esteban era mucho más potente. Parecía extenderse por ella y hechizarla. Durante un momento olvidó la fantasía que quería poner en práctica.
Mordió sus labios y de nuevo comenzó a jugue¬tear con su lengua. Su sabor cambió, se hizo más masculino y duro. Ella se apretó contra él, se puso de puntillas para poder besarlo mejor y todas las sensaciones se intensificaron de un modo asom¬broso.
Quería más, mucho más. Quería que la tocara, que la besara a su vez. Pero él, sin embargo, se es¬taba limitando a permanecer allí, dejando que ac¬tuara.
Súbitamente asustada, se apartó y preguntó:
-¿Qué sucede?
-¿Por qué te has detenido? -preguntó él.
-Porque no me estás besando. Debí insistir en que rellenaras el cuestionario. Entonces habría te¬nido alguna idea de cómo...
-Olvídate del cuestionario y bésame otra vez.
Esteban esperó a que lo besara de nuevo. Había notado la confusión en sus ojos y quería tranquili¬zarla y demostrarle su deseo. Pero sobre todo que¬ría tocarla, pasar las manos por todo su cuerpo y acariciarla hasta que ella se sintiera tan excitada como él.
No sabía cómo explicarle lo que sentía. No ha¬bía tomado el control del beso ni la había tocado, porque no podía. Se sentía tan dominado por el de¬seo que se había quedado paralizado. Por alguna razón, aquella mujer lo debilitaba. Pero nunca ha-bía permitido que ninguna mujer hiciera algo así con él y no estaba dispuesto a permitirlo enton¬ces. Esta vez, tomaría el control de la situación.
Sin embargo, bastó que probara sus labios para que sus buenas intenciones desaparecieran. En ese preciso instante sintió una ola de placer que lo re¬corrió de los pies a la cabeza.
Nunca había sido tan consciente de ninguna mujer, tan consciente de su aliento cuando le mor¬dió el labio inferior, de su gemido casi inaudible, de su piel caliente, de su suavidad mientras descendía hacia sus senos para acariciarlos.
Aunque estaban a varios metros de la orilla del mar, se sentía como si estuviera dentro, sintiendo olas que lo movían de un lado a otro mientras el agua arrastraba la arena bajo sus pies. La abrazó con más fuerza, apretando los senos de la mujer contra su pecho, pero no era suficiente.
Desesperado, comenzó a acariciarla apasionada¬mente. Sabía que lo estaba haciendo de forma de¬masiado alocada y se dijo que debía tranquilizarse un poco, ir más despacio, ser paciente. Pero sus ma¬nos parecían tener voluntad propia.
Cansado del contacto de su bañador, se lo bajó hasta la cintura y acarició uno de sus senos. Era suave como el agua de lluvia. Quería probarlo, lamerlo, pero ella se arqueó contra él y pronunció su nombre. Necesitaba más. Mucho más.
-Sube. Cierra tus piernas alrededor de mi cin¬tura -ordenó él.
Mafe obedeció tras un murmullo de aprobación. Después, volvió a arquearse contra él y comenzó a moverse, frotándose contra su duro sexo. Las sensa¬ciones que lo habían recorrido hasta entonces fue¬ron poca cosa en comparación con las que experimentaba ahora. Conocía el deseo, pero no se había enfrentado a nada como aquello. Algo en su interior estalló y sencillamente dejó de pensar.
Se las arregló para bajarse los pantalones y los calzoncillos y para apartar la leve tela del bañador de la mujer. Acto seguido, la penetró. Pero no fue suficiente y entró aún más en ella, sintiendo su cá¬lido y húmedo interior.
Comenzó a moverse más y más deprisa, dirigién¬dolos a los dos hacia el clímax hasta que el mundo se oscureció a su alrededor.
Cuando recobró la cordura, descubrió que estaban tumbados en el suelo del porche, aunque no sabía cómo habían terminado en aquella posición. No podía moverse y apenas podía pensar.
Estaba temblando y se sintió avergonzado. Nunca había tomado a ninguna mujer de aquel modo, con tan poco cuidado, y desde luego no es¬taba seguro de que Mafe hubiera alcanzado el or¬gasmo. Había sido algo demasiado rápido, algo que lo había consumido por completo.
Hasta se preguntó si le habría hecho daño. Estaba filena de control e incluso se había comportado de un modo cercano a la violencia. Pero cuando la miró, vio que ella lo observaba con intensidad. Abrió la boca para decir algo, pero ella se adelantó:
-No ha salido exactamente como había pla¬neado. Lo siento...
Esteban frunció el ceño.
-No tienes nada que sentir...
-Sí, sí lo tengo. He perdido el control y se supo¬nía que no debía terminar tan deprisa.
-No ha sido así, ha sido culpa mía.
-No, se suponía que debíamos llegar a la playa. Quería llevarte al agua y besarte bajo la superficie. Al parecer es muy erótico...
Esteban se preguntó con quién había hecho Mafe el amor, si con él o con el marinero de su fantasía.
-La forma en la que he reaccionado a tus besos es algo que no esperaba -continuó ella-. Tendré que reajustar mi plan... Si es que quieres que conti¬nuemos con la investigación, claro.
Esteban no sabía qué pensar. La deseaba más que antes, pero la actitud de Mafe lo confundía.
-Bueno... Vas a destrozar mi ego, doctora.
-No pretendía hacerlo. La próxima vez inten¬taré concentrarme más en la fantasía.
-Hazlo. Es posible que yo también haga unos cuantos ajustes en mis fantasías.
Por alguna razón, Esteban encontraba enorme¬mente atractiva la idea de romper las barreras inte¬lectuales de aquella mujer. Tal vez fuera precisa¬mente eso lo que lo atraía tanto de ella. Además, no sabía si estaba con Maria Fernanda o con su personaje, Lania, y quería averiguarlo.
-Antes de que sigamos con este experimento, creo que deberíamos cambiar de escenario -dijo él.
Esteban la ayudó a levantarse.
-¿Adónde vamos?
-Digamos que SanRomán Enterprises tiene su propio hotel en Cayo Oeste. Nos proporcionará una atmósfera más romántica...
-No necesito romanticismo. Esteban rió.
-Pero yo sí, así que tendrás que perdonarme - dijo, mientras la abrazaba-. Y será mejor que em¬pieces a pensar en lo que vas a hacer cuando te bese de nuevo, porque pienso hacerlo muy pronto.

6

Tracker maldijo su suerte mientras miraba con sus prismáticos. Las montañas de Carolina del Norte tenían demasiados árboles y ya se había su¬bido a varios para intentar ver lo que sucedía en aquel hotel.
El mayor de los problemas era la extensión del lugar, de varios kilómetros. El edificio del hotel se encontraba en el centro de la propiedad, sobre una colina, y tenía pistas de tenis, una piscina olímpica y pistas de voleibol, bádminton y croquet. Un ca¬mino de arena conectaba el lugar con la carretera principal, situada a unos dos kilómetros de distancia, pero en las cuatro horas que llevaba vigilando el lugar solo había visto dos vehículos.
Volvió a alzar los prismáticos y se fijó en el grupo de mujeres que estaban en una de las pis¬tas. Intentaba localizar a la hermana de Esteban, pero no resultaba nada fácil porque todas llevaban lo que parecía ser una especie de uniforme del hotel.
En aquel momento sonó un trueno. El cielo es¬taba completamente encapotado y las mujeres co¬menzaron a dispersarse en sus habitaciones y caba¬ñas individuales. Se suponía que el lugar estaba pensado para proporcionar intimidad a sus dien¬tas, y que ofrecía un medio libre de la intrusión de los hombres.
Tracker sonrió porque tenía intención de rom¬per las normas del establecimiento. Aún no había encontrado la forma de hacerlo y sabía que Vivian se pondría furiosa. La perspectiva le gustó. Cuando se enfadaba, parecía una diosa guerrera dispuesta a vengarse de los mortales.
Se había enfadado mucho al leer el informe sobre Bradley Davis, pero a pesar de todo se sorprendió cuando le soltó aquel directo a su hermano. El re¬cuerdo bastó para que sonriera de nuevo. Admiraba a aquella mujer. Tenía carácter y era fuerte. Parecía frá¬gil, pero cuando se acercó para agarrarla y tranquili¬zarla, tuvo que esforzarse para controlar su genio.
Además, era inteligente. Hasta entonces nadie había conseguido engañarlo y ciertamente aque¬llo había herido su orgullo. Había cometido el error de subestimarla.
En aquel momento un pájaro se posó en una rama cercana. Tracker lo miró y dijo:
-Buena idea.
Después, comenzó a descender del árbol. Había empezado a llover y ya no podía distinguir a las mu¬jeres del hotel.
Cuando llegó al suelo, se dirigió hacia la carre¬tera principal. Había llegado el momento de poner en práctica el plan B.

Mientras Esteban abría una botella de champán, Mafe aprovechó la ocasión para salir al balcón. Ne¬cesitaba pensar y no había podido hacerlo durante el corto trayecto en barco a Cayo Oeste. Su amante no se lo había permitido: parecía decidido a distraerla de cualquier forma.
No solo la había besado de nuevo sino que había aprovechado cualquier oportunidad para tocarla. Una mano en su espalda mientras avanzaban por el muelle, los dedos cerrados sobre sus dedos mien¬tras la ayudaba a embarcar y desembarcar de la mo¬tora, el roce de sus cuerpos al pasar al mismo tiempo por la puerta del hotel.
Cada vez que sentía su contacto, el corazón de Mafe se aceleraba y todas y cada una de sus termina¬ciones nerviosas despertaban de repente. Mientras el botones del hotel les enseñaba la suite, no dejó de imaginar todo tipo de situaciones con Esteban. Y cada vez que comentaba algo sobre detalles del lu¬gar, como el gran piano y la bañera, imaginaba que hacía el amor con él en ellos.
Al parecer, su capacidad de inventar fantasías iba en aumento; y todas estaban centradas en Esteban SanRomán. Ningún hombre le había hecho el amor con tanta intensidad, y deseaba que lo hiciera de nuevo. De hecho, tenía intención de hacerlo en cuanto apareciera en el balcón.
Ceder al hechizo era una idea muy tentadora. Sa¬bía que en cuanto sirviera las dos copas de champán, se derrumbaría por completo a sus pies. Pero pensaba que si no resistía al deseo, no podría con¬cluir su investigación.
Se dijo que debía concentrarse en las fantasías de su plan y miró hacia abajo. A escasa distancia ha¬bía una piscina con una pequeña catarata, tras la cual había una cueva. En cuanto la vio, pensó que tenía grandes posibilidades. Podía servir para resca¬tar la fantasía de la isleña y por otra parte era una ocasión perfecta de hacer el amor en un sitio semi¬público.
Pero tanto mirar hacia abajo le dio vértigo, así que tuvo que alzar la mirada y concentrarse en el horizonte para intentar tranquilizarse un poco. En aquel momento, llegó Esteban.
-¿Qué ocurre?
Mafe se sobresaltó al oírlo. En cuanto vio de nuevo a su amante, supo que concentrarse en su plan original no iba a ser nada sencillo.
-Nada. Toda es perfecto.
-¿Tan perfecto que has salido al balcón para respirar un poco?
-No, en serio, no pasa nada malo. Nadie había hecho nada parecido por mí. Vivian me dijo que serías amable, pero no esperaba que fueras tan amable.
-¿Amable?
Ella sonrió.
-Sí, pero será nuestro secreto. No se lo diré a nadie.
-No me engañes, Maria Fernanda. Dime qué su¬cede.
-Nada. Solo he salido un rato para pensar. Ya sa¬bes que las alturas me ayudan a relajarme aunque me dan miedo...
Esteban la tomó de la mano y besó una de sus mu¬ñecas. Mafe no fue capaz de hacer otra cosa que de¬jarse llevar por la sensación de calor que recorrió su cuerpo.
-Estás intentando seducirme -añadió.
-En efecto, doctora. Quiero resarcirte por lo que sucedió en la cabaña...
-¿A qué te refieres? Fue placentero para los dos y me gustó mucho, en serio. Solo lamento haber perdido el control.
-Yo también perdí el control y quiero corregir mi error.
-Espera un momento -dijo ella, apartándose-. No es necesario que corrijas nada. Creo que no te he explicado correctamente mi plan. Se supone que seducirte es mi trabajo aquí. No podré crear las fantasías si no dejas de distraerme...
Esteban volvió a tomarla de la mano.
-¿Y qué pasaría si te dijera que no tengo nin¬guna fantasía? Prefiero la realidad. Y lo que real¬mente me apetece hacer es entrar en la suite y ha¬certe el amor durante tres días seguidos.
La declaración de Esteban la estremeció. Y por si fuera poco, él comenzó a acariciarla de nuevo.
-Vivian estaba en lo cierto cuando me habló de tu capacidad negociadora -dijo ella-. Estás inten¬tando hacerme una oferta que no pueda rechazar.
Esteban rió.
-Nunca sé qué vas a decir. Eres imprevisible y tal vez por eso me fascinas tanto...
A Mafe la sorprendieron las palabras del hombre.
Nunca había fascinado a nadie en toda su vida y se dijo que seguramente él actuaba de ese modo por la propuesta que le había hecho o porque le gus¬taba la fantasía de la isleña.
-Tengo más fantasías en mente que tal vez te fascinen aún más.
-Preferiría pasar más tiempo contigo, no con tus personajes. He estado deseando tocarte desde que descendiste del avión. Y no sé cuánto tiempo más podré esperar. ¿Por qué no entras en la suite y permite que te lo demuestre?
-Detente, Esteban. ¿Eres consciente de lo que es¬tamos diciendo?
-Soy consciente de que quiero que dejes de ha¬blar.
-He dicho que tengo más fantasías para ti, y tú has dicho que quieres tocarme... ¿sabes lo que eso significa?
-Significa que nos deseamos.
-Y significa que los dos queremos controlarlo. Ambos somos fanáticos del control. Admítelo. ¿No te gusta controlar las cosas cuando estás en un asunto de negocios?
-Sí.
-Yo también lo controlo todo en el laboratorio. Tengo que hacerlo.
-¿Qué pretendes decir exactamente?
-Que tenemos un problema y que solo hay una solución Tendremos que turnarnos.
-¿Turnarnos?
-Sí. La siguiente vez que hagamos el amor, yo crearé una fantasía y controlaré la situación. Des¬pués, tú estarás a cargo y podrás hacer lo que deseas.
-Y dime una cosa, ¿por qué tienes que ser tú la primera?
-Porque toda esta idea fue mía. Volé a tu isla para hacerte una propuesta y acabo de plantearte una solución de compromiso. Creo que tengo dere¬cho a empezar.
-¿Y qué tal si lo echamos a cara o cruz?
Esteban sacó una moneda y la lanzó al aire. Antes de que, tocara el suelo, Mafe dijo:
-Cara.
La moneda cayó con la cara hacia arriba y Mafe sonrió, triunfante.
-Voy a refrescarme un poco. Nos encontrare¬mos en el salón del hotel dentro de media hora.
-¿El salón del hotel? ¿Por qué, si aquí tenemos una suite perfecta?
-Ya lo verás. La fantasía que quiero llevar a cabo requiere de un escenario algo distinto.

Maria Fernanda lo estaba volviendo loco y sospechaba que lo hacía a propósito. Miró su reloj y observó que la media hora se había convertido ya en cuarenta y cinco minutos. O más exactamente, cuarenta y seis.
Echó un vistazo a su alrededor. En una de las pa¬redes había tres televisiones, justo encima de la ba¬rra del bar, y cada una de ellas ofrecía una cadena distinta de deportes aunque habían quitado el so¬nido. Por lo demás, el lugar estaba decorado con plantas tropicales e incluso había una piscina que daba al exterior y en la que se veía una catarata y lo que parecía ser una cueva.
Había pedido una cerveza mientras esperaba y echó un trago. Mafe no aparecía por ninguna parte, pero pensó que nunca había deseado tanto a nin¬guna mujer. Y por supuesto, nunca le había hecho el amor a ninguna con tal falta de tacto.
Quería seducir a Mafe. Poseía tal aire de inocen¬cia que quería seducirla lentamente, con champán y música suave. Mientras el botones les enseñaba la suite, él no dejó de imaginar cómo le haría el amor en la enorme cama y en el jacuzzi. Pero ella había decidido que era un obseso del control y quería controlar la situación a su vez. Era algo extraño. Sin embargo, aquella mujer no se parecía a ninguna de las que había conocido.
Pensó que tal vez había sido un error marcharse de la cabaña. De haber permanecido en ella, ahora no se encontraría solo, tomando una cerveza.
Cerró los ojos e imaginó que Mafe cerraba sus piernas alrededor de su cuerpo, atrapándolo. Ima¬ginó que se encontraba en su interior, entrando cada vez más a fondo, sintiendo su suave y sedoso calor.
-¿Estás esperando a alguien?
Esteban volvió a abrir los ojos. Era la voz de Mafe, aunque algo más ronca que de costumbre. Se aca¬baba de sentar en su mesa y por un momento pensó que no era ella. Llevaba una falda de color rojo brillante, muy corta, que dejaba ver perfecta¬mente sus piernas.
-¿Te gusta mi aspecto?
-Mafe...
Esteban apartó la mirada de sus piernas y la clavó en su top, bajo el que se notaban perfectamente sus pezones. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para concentrarse en su rostro. Su pelo estaba re¬vuelto, como si se hubiera pasado las manos por él varias veces, y sus ojos brillaban.
-Mafe, ¿qué estás haciendo?
-Shh. No soy Mafe, soy Sally. Y tú eres... John.
-¿John?
-Sí. No nos conocemos de nada. Nunca nos ha¬bíamos visto antes. Me viste cuando atracabas tu barco y me invitaste a tomar algo en tu hotel. Yo nunca había estado en un lugar como este.
-Mafe...
-Soy Sally. Y la fantasía será mucho más diver¬tida si te rindes a ella. Ya que no has rellenado el cuestionario, he elegido una de las fantasías más co¬munes: acostarse con una perfecta desconocida.
La mujer se inclinó sobre él y frotó sus senos contra uno de sus brazos.
-Pasé por la tienda de regalos y te he com¬prado algo. Échale un vistazo y dime lo que te pa¬rece.
Esteban no podía pensar. No recordaba cuándo ha¬bía sido la última vez que le habían hecho un re¬galo sorpresa, pero en aquellas circunstancias no podía pensar en nada. Y para empeorar las cosas, Mafe se inclinó sobre él, acarició su pecho con un dedo y descendió hacia sus pantalones con toda la intención de desabrochárselos.
-Basta -dijo él, agarrándola por la muñeca.
-No quieres que me detenga, no mientas - dijo, tocándole una pierna con su mano libre.
-Estamos en un lugar público. Vámonos de aquí.
-¿Sientes vergüenza? Qué encantador...
-¿Encantador? -preguntó, asombrado-. Oh, ya veo que te estás divirtiendo de lo lindo con todo esto...
-Claro, soy Sally. Vestirme de este modo me ha ayudado bastante a creerme el personaje, y creo que tú también te divertirías si te dejaras llevar por la fantasía. El cincuenta y tres por ciento de los hombres sueñan con acostarse con una mujer que acaben de conocer en un bar. Y el treinta y cinco por ciento de ellos desea que sea una prostituta. ¿Nunca has tenido una de esas fantasías?
-No, ya te he dicho que no tengo fantasías.
-¿Nunca has pagado por acostarte con alguien?
-No.
-Bueno, John, siempre hay una primera vez - declaró, mientras le acariciaba una pierna.
-Mafe...
-¿Señor SanRomán?
La repentina voz de un desconocido los sobre¬saltó. Esteban se volvió y se encontró frente a un hombre trajeado que llevaba una placa identifica¬tiva del hotel.
-¿Está mujer lo está molestando? -preguntó el hombre.
-No. Es mi esposa -mintió.
El hombre los miró, confundido, y acertó a de¬cir:
-Oh, lo siento, señor. Pensé que...
-Se ha equivocado -lo interrumpió.
-Le ruego que acepte mis disculpas. Siento ha¬berlos molestado. Si necesitan algo, háganmelo sa¬ber, por favor...
Entonces, el hombre asintió y se alejó. Y en cuanto se encontró lo suficientemente lejos, Mafe rompió a reír.
-¿Tu esposa? ¿Cómo has podido decir algo así con una cara tan extraordinariamente seria? Seguro que no te ha creído.
-No, claro que no. Pero solo intentaba hacer su trabajo.
-Iba a echarme del local y me has salvado. Ha sido como en Pretty Woman, cuando Richard Gere lleva a Julia Roberts a una hotel de Beverly Hills y no solo impide que la echen sino que además la contrata por toda una semana. Ahora que lo pienso, esa sí que es una buena fantasía... ¿Quieres contratarme por una semana?
Esteban cerró los dedos sobre la mano que acari¬ciaba su pierna. La mujer había hecho un gran tra¬bajo con su aspecto e incluso se había pintado los labios de rojo. Estaba deseando besarlos.
-Lo que quiero hacer no se puede hacer aquí. A menos que pretendas que nos arresten a los dos. Volvamos a la suite.
Ella sonrió.
-Aún no he terminado contigo.
Antes de que él pudiera evitarlo, Mafe le puso una mano sobre su erección.
-¿Nunca has soñado con hacer el amor en un lugar público?
-Mafe...
-Ahora soy Sally, ¿recuerdas?
Esteban volvió a agarrarla por la muñeca y apartó su mano, suavemente.
-La fantasía ha terminado. Nos vamos de aquí.
-No hasta que me beses. Estoy deseándolo tan ardientemente que no puedo pensar en otra cosa. Esteban la miró a los ojos y supo que ya no se tra¬taba de un juego. Brillaban con deseo y necesidad. Una vez más, no supo si aquel deseo era de Mafe o de su nuevo personaje, Sally y tampoco supo cuál de las dos lo estaba desquiciando. Pero cuando por fin la besó, dejó de importarle.

7

-Bésame -Mafe pronunció la palabra antes de darse cuenta de lo que hacía. No tenía intención de hacerlo, pero al sentir la fuerza de su deseo no pudo hacer otra cosa.
Ni siquiera tuvo tiempo de parpadear antes de que la boca de Esteban se cerrara sobre la suya. Y en cuanto sintió su calor, deseó más.
Las sensaciones que la dominaban eran tan in¬tensas y excitantes como la primera vez que había conseguido probar algo en su laboratorio. Sentía placer y una euforia muy parecidas.
Quería pedirle que la tocara y lo hizo. Sus manos eran duras. Una de ellas se cerró sobre la parte pos¬terior de su cuello y la otra le acarició un muslo. Después, cuando le mordió los labios, se estreme¬ció. Podía sentirlo todo al mismo tiempo, incluso el cuero de la silla, los latidos de su propio corazón y el cuerpo de su amante apretándose contra ella.
Y mientras tanto, algo en su interior comenzaba a hervir.
Quería más. Se arqueó contra él y de repente sin¬tió que Esteban la acariciaba entre las piernas.
-Discúlpenme...
La voz que había sonado era la de una camarera. Esteban tardó unos segundos en reaccionar, pero se apartó de Mafe y dijo, con evidente enfado:
-¿Qué sucede?
-Siento interrumpirlos, pero tiene una llamada, señor SanRomán. Parece que es importante.
-Está bien. Tráiganos la cuenta, por favor.
La camarera le dio la cuenta, Esteban la firmó y acto seguido se volvió hacia su amante y dijo:
-Eres una fuente interminable de problemas.
Mafe pensó que podría haber dicho lo mismo de él. En cuanto comenzaron a besarse, sus intencio¬nes de llevar a cabo la fantasía de Sally desaparecie¬ron por completo. No era Sally, sino ella, quien be¬saba y deseaba a Esteban. Y no quería detenerse.
-Vayámonos de aquí antes de que nos arresten.
-Menos mal que estoy con el dueño del hotel -dijo, mientras recogía el regalo que había dejado sobre la mesa.
-Y que lo digas. Menos mal que soy el dueño del hotel.
Cuando salieron del salón, los dos reían.
El vestíbulo estaba lleno de gente. Algunos charla¬ban en grupos, otros caminaban hacia los ascensores y otros subían y bajaban por las escaleras. El sol en¬traba por una enorme cristalera, iluminándolo todo.
En cualquier otro momento, Esteban se habría fi¬jado en la eficacia de los trabajadores del hotel, pero en aquel momento solo podía pensar en la mujer que iba a su lado y en la llamada telefónica que lo estaba esperando. Nadie sabía que se encontraba allí, y no creyó que pudiera ser Tracker porque su¬puso que lo habría llamado al teléfono móvil.
Cuando llegaron a recepción, se presentó:
-Soy Esteban SanRomán. Me han dicho que tengo una llamada.
-Sí, señor, espere un momento.
Mientras esperaba, Esteban miró a Mafe. Notó que llevaba zapatos de tacón alto y pensó que era ex¬traño que hasta entonces no se hubiera sentido atraído por las mujeres que vestían de forma agre¬siva. Siempre había preferido que vistieran de forma elegante y conservadora.
Sin embargo, todo había cambiado con ella. Y no era el único que se sentía muy atraído por su as¬pecto. Los hombres que pasaban no dejaban de mi¬rarla, e incluso uno tropezó y estuvo a punto de caer. Curiosamente, Mafe no parecía ser consciente del efecto que causaba a su alrededor.
En aquel momento, la mujer estaba mirando uno de los folletos del hotel. Se acababa de quitar los za¬patos y se estaba frotando un pie en la pierna con¬traria. Era obvio que no estaba acostumbrada a lle¬var calzado como aquel.
-Señor SanRomán...Ya tiene su llamada -dijo la mujer de recepción.
Esteban levantó el auricular del teléfono y dijo:
-¿Dígame?
-¿Te estás divirtiendo?
Esteban reconoció inmediatamente la voz de Servando Falcone.
-Mucho. ¿Y tú? ¿Te estás divirtiendo en Califor¬nia?
Falcone rió.
-Ya veo que has ordenado que me sigan.
Esteban pensó que era más que evidente que Fal¬cone también había ordenado que lo siguieran a él, y la idea no le gustó nada. Pero no hizo el menor comentario. Había aprendido que el silencio podía ser bastante más eficaz que cualquier palabra.
-Eres más difícil de localizar que yo -dijo Fal¬cone-. Oí que te habías marchado a los cayos y pensé que te encontraría en tu hotel, pero no ima¬giné que te encontraría tan fácilmente.
Esteban se dijo que estaba mintiendo.
-¿Qué quieres, Falcone? Creo recordar que nuestras relaciones se han terminado.
-Precisamente llamo por eso. Tengo algo que puede cambiar la situación.
-Tendrás que ser más específico.
El hombre suspiró.
-Me temo que no puedo hacerlo ahora. Pero di¬gamos que la fortuna ha puesto algo en mis manos una carta que no esperaba. Una que puede que llame tu atención.
Esteban deseó colgar el teléfono, pero no lo hizo. Falcone era capaz de cualquier cosa, de lo peor. Precisamente por eso quería que Vivian estuviera con él y no en aquel maldito hotel.
-¿Quieres que nos veamos? -apretó los dientes. -Pensé que no me lo ibas a pedir nunca. Nos veremos el sábado en mi viñedo del valle de Napa.
-No. El sábado en mi despacho de Washing¬ton.
Falcone volvió a reír.
-Querido Esteban, esta vez soy yo quien pone las condiciones. Te espero a las tres el sábado que viene. Si sientes curiosidad, vendrás a verme. Y si no es así, cometerías un grave error.
Cuando dejaron de hablar, Esteban pensó que aquel hombre no podía hacer nada para conseguir que volviera a hacer negocios con él. Era un delincuente y había pasado cuatro años intentando encontrar la forma de romper su relación sin violar ninguno de los contratos que había firmado su padre.
Se las arregló para que todas las empresas que SanRomán Enterprises compartía con Falcone co¬menzaran a tener pérdidas. Y cuando el hombre mostró su interés por invertir en Lansing, una compañía de biotecnología, Esteban supo que había encontrado lo que necesitaba y le dio Lansing para sacarlo de una vez de la empresa de su fami¬lia.
Pensó en la conversación que acababa de man¬tener y se dijo que no debía subestimar a Falcone. Habían pasado veinticuatro horas desde la última vez que había hablado con Tracker y de repente necesitaba saber si su hermana se encontraba bien.
Marcó el número de su empleado y miró a Mafe. Se había sentado en el borde de una de las mesas del vestíbulo, con las piernas cruzadas, y estaba charlando con tres jóvenes que se habían acercado a ella.
Tracker no respondió la llamada, de modo que Esteban desconectó y volvió a marcar, sin quitar los ojos de su amante.
-Escribió la mayoría de sus libros en esta zona, como Adiós a las armas -decía Mafe en aquel ins¬tante-. ¿Saben cómo llegar a su casa?
Era obvio que estaba hablando sobre el escritor Ernest Hemingway. Esteban no pudo evitar sonreír.
-Claro. Yo leí El viejo y el mar -dijo el más alto de los jóvenes.
-Yo vi la película una vez -dijo otro.
El aspecto de Mafe era tan atractivo que los tres chicos, que probablemente seguían en el instituto, se habían puesto a competir entre ellos para de¬mostrar quién conocía mejor a Hemingway.
-Mi bisabuelo boxeaba con él en el jardín de su casa -dijo otro.
-¿Bromeas?
-No, hay fotografías de él en el museo. Puedes verlas si vas.
Ser descendiente de alguien que había estado en contacto con el escritor era evidentemente más inte¬resante que haber leído sus libros, y Esteban pensó que debía contarle que su abuelo había pescado con él.
Volvió a cortar la llamada. Solo había una razón por la que Tracker no respondiera a las llamadas: cuando no podía hacerlo de ninguna forma. Pensó que tal vez había conseguido entrar en el hotel de mujeres, pero un segundo más tarde sonó el teléfono. Era él.
-Hola, Tracker...
Sin embargo, en aquel preciso momento apare¬ció un empleado del hotel, que lo interrumpió.
-¿Señor SanRomán?
-¿Sí?
-¿No cree que la señora SanRomán estaría más cómoda sentada en una silla? He pedido que le trai¬gan una.
-Muchas gracias. Estoy seguro de que la señora SanRomán se lo agradecerá. Parece que le duelen los pies.
En cuanto el empleado se marchó, Esteban conti¬nuó hablando con Tracker.
-¿Señora SanRomán? -preguntó Tracker, que había oído la conversación.
-Es una larga historia.
-Tengo tiempo. Aún tardaré una hora en entrar en el hotel. Lo haré en la furgoneta de reparto, es¬condido entre el agua embotellada y los productos orgánicos. Precisamente estaba hablando con la conductora para llegar a un acuerdo.
-¿Todo ha salido bien?
Tracker rió.
-Sí, no hay problema. Ya veo que no estás en la cabaña...
-No, estoy en el hotel, en SanRomán Casa Ma¬rina.
-En ese caso, supongo que la señora SanRomán es Mafe y que estáis mintiendo por alguna razón. Así que si quieres contármelo, insisto en que aún tengo una hora por delante.
-Tracker, acabo de recibir una llamada de Servando Falcone.
-¿Cómo ha conseguido el número de tu móvil?
-No lo ha conseguido. Me ha llamado al hotel.
-Ni siquiera sabía que estabas allí. ¿Cómo es posible que...?
-Piénsalo. No podría saberlo a menos...A menos que haya ordenado que te sigan - concluyó Tracker.
-Sí, y es posible que también haya ordenado que sigan a Vivian.
-No lo creo. No he visto a nadie y he estado vi¬gilando. Tal vez crea que está contigo.
Esteban suspiró y miró a Mafe. El empleado que se había dirigido a él ya le había llevado la silla y ahora estaba charlando con una camarera que acababa de servirle una bebida.
-Si eso es cierto y nos vigilan, no tardará mu¬cho en saber que mi hermana no está conmigo. Mafe no se parece nada a Vivian. En todo caso, Fal¬cone quiere que nos veamos el sábado en Napa, a las tres de la tarde. Dijo que la fortuna le ha dado una buena carta que llamará mi atención.
-Comprendo. Cuando localice a Vivian, ¿quie¬res que la saque de aquí?
Esteban tardó unos segundos en responder.
-No, y no quiero que causes ningún problema en el hotel. Solo quiero que te asegures de que no puedan llegar a ella.
-Muy bien. Mañana por la mañana ya habré comprobado si está aquí aunque tenga que entrar en todas y cada una de las habitaciones y cabañas del lugar. Y también echaré un vistazo a su sistema de seguridad.
-Que te diviertas...
Tracker rió.
-Tú también, jefe.
En cuanto dejó de hablar con Tracker, Esteban se dirigió al lugar donde se encontraba Mafe. Ya era hora de que salvara su reputación y la reputación del hotel llevándose de una vez por todas a Sally a la suite.
-¿Nos vamos, Sally?
-Ya no soy Sally -dijo, mientras se levantaba.
-Vaya, empezaba a gustarme esa fantasía -de¬claró, mientras caminaban hacia los ascensores-. Me gustaba especialmente cómo iba a terminar.
-Descuida, mi turno no ha terminado todavía.
-Yo creo que sí.
Ella negó con la cabeza.
-Aún no hemos hecho el amor y un trato es un trato. Además, tengo una fantasía mejor en mente.
-¿De qué se trata?
Mafe dio un golpecito al regalo que llevaba en una de las manos.
-Ahora lo verás, está aquí. Te va a encantar.

8

-¿Vas a hacerme esperar hasta el sábado por la tarde para verte de nuevo?
Vivian miró al hombre que conducía el desca¬potable y sonrió. Carlos Falcone se había quedado encantado cuando lo llamó para invitarlo a comer.
-Me temo que no podré verte antes. Tengo mu¬cho trabajo.
Cuando lo conoció en Washington, Vivian hizo algo más que mentir y decirle que se llamaba Valeska Souza; también le dijo que tenía que hacer un viaje de negocios a California, que casualmente coincidía con una reunión de la familia Falcone en su viñedo de Napa. Carlos la invitó a ir y ella aceptó, pero más tarde decidió que no le apetecía pasar esos días con su familia y él la llevó a un encantador hotel en las montañas. Después, comieron en un pequeño res¬taurante y ahora la llevaba de vuelta.
En todo momento se había comportado de forma encantadora, aunque no prestaba demasiada atención a las mentiras que le había contado sobre Valeska Souza y su supuesto trabajo. Era un hombre muy atractivo, con uno de esos cuerpos que hacían las delicias de los escultores a lo largo de los siglos, y tal vez por eso también resultaba muy egocén¬trico.
-Ha sido una suerte que tu avión llegara pronto -dijo él.
-Sí.
Carlos tomó una de las manos de la mujer y la besó. Vivian esperó a sentir alguna respuesta, pero una vez más, descubrió que aquel hombre no la es¬tremecía en absoluto.
-He pasado un rato maravilloso -dijo Carlos, mientras se detenían frente al hotel de la mujer-. ¿No vas a invitarme a tomar una copa en tu habita¬ción?
-No puedo. En cuanto me refresque un poco, tengo que salir a ver a un cliente y después debo preparar mi presentación de mañana. Pero me en¬cantará verte el sábado y relajarme un poco. Para entonces ya habré terminado el trabajo.
Carlos se inclinó sobre ella y le acarició el cabe¬llo.
-Está bien, nos relajaremos juntos. Habrá mu¬cha gente en la casa de mi familia, pero te trataré de forma especial. Recordé que habías dicho que te gustaban los globos aerostáticos, así que he com¬prado uno para nosotros.
-Estoy deseando que llegue el sábado... Vivian salió del coche y se despidió de él. En cuanto llegó al vestíbulo del hotel, suspiró de alivio.

Al parecer no era el único que lo pensaba, por¬que en aquel momento, Yancey lo miró y le levantó un pulgar a modo de aprobación.
-Parece que le has gustado -dijo Mafe-.Y sos¬pecho que de un modo muy sexual.
-Esa es la historia de mi vida últimamente. Esteban deseó tomarla y llevarla al interior del ves¬tuario para hacerle el amor. Lo deseaba con tanta fuerza que susurró:
-Ven aquí.
Ella dio un paso adelante.
-Quieres hacer el amor conmigo en el vestua¬rio...
-¿Cómo lo has adivinado?
-Porque el cincuenta y cinco por ciento de los hombres sueña con hacer el amor en un lugar donde puedan sorprenderlos. ¿También es una de tus fantasías preferidas?
Esteban nunca se habría incluido en aquel cin¬cuenta y cinco por ciento de los hombres. Ni si¬quiera recordaba haber sentido la necesidad del riesgo en ese sentido. Pero ya no le extrañaba nada porque había estado a punto de hacer el amor con ella en el salón del hotel y conseguir que los detuvieran a los dos por escándalo público.
-Yo no quiero que nos sorprendan. Quiero ha¬certe el amor en algún lugar donde no puedan inte¬rrumpirnos. Quiero tomarme mi tiempo y tocar todo tu cuerpo. Quiero probarte, pero el vestuario está demasiado oscuro y me gustaría ver tus ojos cuando entre en tu cuerpo. Y quiero estar dentro tanto tiempo como sea posible.
-Estás distrayéndome otra vez... -jadeó ella.
-No, estoy intentando seducirte.
Incapaz de resistirse, le acarició el cabello y se apretó contra ella. Solo la delgada capa de los ba¬ñadores separaba sus pieles. Pudo sentir el suave contacto de los senos de Mafe contra su pecho y ella pudo notar, perfectamente, la erección de Esteban.
Durante un momento, se quedaron allí, quietos, sin moverse.
-Todavía estamos en mi turno -dijo ella.
-Vuelve a la suite conmigo, Mafe.
-Ya no soy Mafe, ahora soy Fiona.
Esteban suspiró.
-¿No sientes curiosidad por saber lo que he pensado? -preguntó ella.
En parte, Esteban estaba deseando acabar con aquella tontería y llevársela a la suite. Pero otra parte de él sentía verdadera curiosidad.
-No tardaré mucho en contártelo -dijo ella.
-Mafe...
-Además, no haremos el amor delante de todo el mundo.
-Eres una gran negociadora, muy insistente. Si alguna vez te cansas de tu trabajo en el laboratorio, creo que podríamos aprovechar tu talento en SanRomán Enterprises.
-¿En serio? -preguntó, sorprendida.
-Completamente en serio.
-Oh, eres...
Esteban le tapó los labios con un dedo y dijo:
-Si vuelves a decir que soy amable y dulce, te tiraré a la piscina.
-Eres amable y dulce -ella sonrió con malicia.
Antes de que Esteban pudiera cumplir su ame¬naza, se dio la vuelta y se lanzó ella misma de ca¬beza a la piscina.
Aquella mujer lo estaba volviendo completa¬mente loco, y se dijo que tenía que encontrar la forma de recobrar la cordura. Pero de todos modos, la siguió al agua.
Mafe y Esteban salieron a la superficie en el mismo momento. El agua estaba fría y la mujer lo agrade¬ció porque ya no soportaba por más tiempo el de¬seo ni la mirada intensa y llena de hambre de su acompañante. Hasta entonces ni siquiera se había planteado que pudiera despertar tal necesidad en un hombre.
Se giró hacia él y lo miró.
-Ese bañador es indecente. ¿No te das cuenta de que cualquier persona que mire puede ver tu...?
-¿Eso crees? No creí que tuviera el valor de po¬nérmelo. Y la verdad es que no lo tuve.
-Pero si lo llevas puesto...
-No, no soy yo quien lo lleva, sino Sally. En cuanto decidí ser ella, encontré el coraje que no te¬nía.
Esteban la miró con asombro.
-Empiezo a no saber quién eres de verdad. La mujer se acercó a él y dijo:
-Ahora soy Fiona, una sirena, y tengo intención de seducirte en el agua.
-¿Una sirena?
Esteban no parecía ni convencido ni demasiado in-teresado. Pero a pesar de ello, Mafe entrelazó sus piernas con las del hombre, bajo el agua.
-Alrededor del cuarenta por ciento de los hom¬bres dice que sueña con sirenas. Me pareció muy curioso, ¿no crees?
-No particularmente -respondió.
-Bueno, pues he estado pensando en ello desde un punto de vista científico.
-Y supongo que quieres compartir tus conclu¬siones, ¿no es cierto?
-Claro. Las sirenas son algo exótico, distinto, y el mito procede de tiempos inmemoriales. Ima¬gino que la atracción se debe en parte a eso, y en parte a que los seres humanos salimos del mar y deseamos volver a los orígenes.
-Demasiada ciencia, Mafe. Mi realidad es bas¬tante mejor que tus fantasías.
Esteban liberó sus piernas y la tomó de una mano para llevarla hacia la orilla.
-Espera -dijo ella-. Esa no es la verdadera ra¬zón por la que pienso que los hombres se sienten atraídos por el concepto de sirena.
-Mafe, yo nunca he soñado en hacer el amor con una sirena.
-Pues piénsalo ahora. ¿Cómo te gustaría hacer el amor con ella?
-¿Qué quieres decir?
-Que cómo te gustaría. Tal vez no puedas ha¬cerlo de un modo... normal. Ten en cuenta que la parte inferior de su cuerpo es de un pez -declaró, mientras le plantaba una mano encima de su sexo-. Sin embargo, podría darte placer de otras formas.
-Ya -fingió no estar convencido del todo.
-¿Por qué no me permites que te lo demuestre? Esteban no dijo nada, pero sintió que apretaba la mano sobre su sexo y de inmediato la miró con un deseo incontenible. Al notar el brillo de sus ojos, Mafe supo que si decidía sacarla de la piscina en aquel instante, no podría resistirse. Iría con él a la suite y olvidaría toda la investigación.
-Aquí no -dijo él, al fin.
-No, he pensado en un lugar más íntimo.
Mafe le hizo un gesto para que lo siguiera. La ca¬tarata y la cueva se encontraban a cierta distancia, puesto que la piscina rodeaba gran parte del hotel. Pero le pareció perfecto porque así tendría tiempo para pensar en el plan mientras nadaban.
Sin embargo, no dudaba que Esteban haría honor al brillo de deseo en sus ojos en cuanto llegaran. Y estaba deseando que lo hiciera; quería arder por dentro con aquel hombre.
A pesar de todo, tenía miedo. Se había intentado convencer de que estaba haciendo todo aquello para poner en práctica las conclusiones de su in¬vestigación, e incluso se había repetido que su pro¬pia naturalidad se debía a que estaba actuando, a que solo era un personaje. Pero cabía la posibilidad de que no fuera cierto. Cabía la posibilidad de que se sintiera de aquel modo porque estaba con Esteban, por él.
Hasta entonces no había tenido ocasión de apre¬ciar exactamente lo bien que le quedaba el baña¬dor que le había regalado. Mientras nadaban hacia la cueva, no podía dejar de mirarlo cada vez que metía la cabeza en el agua. Lo deseaba locamente. Como bióloga, se dijo que era una reacción física.
Como mujer, sin embargo, sospechaba que era algo muy personal.
Aunque había conseguido hacerse pasar por el personaje imaginario de Sally Esteban había seguido siendo él. La miraba como nadie la había mirado nunca. Ya conocía muchos de sus secretos y no se había asustado de ella.
Definitivamente, aquello empezaba a ser peli¬groso.
Decidió que sería mejor que se concentrara en el personaje de Fiona y comenzó a nadar más de¬prisa. En cuanto llegó a la siguiente curva de la pis¬cina, que se extendía como una gran serpiente por el jardín, supo que ya estaban muy cerca de la cueva y de la catarata.
Ahora solo tenía que hacer las cosas paso a paso. Primero, tendría que crear la fantasía de la si¬rena. Estaban en una simple piscina, pero la sombra de las palmeras y el color verde del agua daban al lugar un ambiente muy exótico.
Miró de nuevo a Esteban y pensó que imaginar que era un hombre al que acababa de rescatar del mar no le resultaba nada difícil. Era un hombre fas¬cinante. No se parecía a ninguno de los que había conocido hasta entonces.
Mientras nadaba, no dejaba de mirarlo una y otra vez. Y a medida que lo hacía, su deseo iba cre¬ciendo. Deseaba tocarlo, pasar sus manos por su morena piel y hacerle el amor. Era una necesidad tan intensa que casi era dolorosa. Sin duda alguna, imaginarse sirena e imaginar que se entregaba a él resultaba de lo más sencillo.
Lo tocó levemente en un hombro y se dirigió hacia la izquierda, por delante del hombre, hacia la ca¬tarata y hacia la pequeña cueva.
Durante unos segundos, Esteban pensó que se en¬contraba en otro mundo. Acababa de pasar por de¬bajo de la catarata y se encontraba en la pequeña cueva, iluminada por la escasa luz que atravesaba la cortina de agua. Mafe se había sentado en una de las cornisas de la piscina, de tal manera que la mitad inferior de su cuerpo seguía sumergida. Parecía realmente una criatura del mar, una diosa a quien habría seguido a cualquier sitio.
Y estaba preciosa. De hecho, lo sorprendió no haberlo notado antes. La deseaba tanto que durante unos segundos no pudo moverse ni respirar.
-Te deseo.
Esteban ni siquiera supo quién había pronunciado aquellas palabras. Pero supo que eran reales, que todo aquello lo era. No estaba con una sirena ni él era un marinero a quien acabara de hechizar con su canto. Las fantasías nunca eran reales.
Había llegado el momento de poner fin al juego. Mientras avanzaba hacia ella, se volvió un mo¬mento y comprobó que la catarata les daba bas¬tante intimidad. No se veía casi nada a través del agua, y además, la boca de la cueva miraba hacia el mar, no hacia el hotel. Pero a pesar de todo seguían estando en un lugar público y alguien podía apare¬cer en cualquier instante.
-Ven conmigo -dijo él.
-Quédate conmigo -dijo ella, y Esteban la besó.
-Aquí no tenemos que ser quienes realmente somos. Aquí no tenemos ni pasado ni futuro -de¬claró la mujer.
Esteban lamió el labio inferior de Mafe y acto se¬guido hizo lo propio con sus comisuras. Cada una de sus palabras aumentaba el deseo que sentía por ella y lo quemaba por dentro.
-Sin arrepentimiento, sin repercusiones...
El hombre se dijo que aquella era la peor de las fantasías posibles. A pesar de lo que decía Mafe, sa¬bía de sobra que todo tenía un precio, que siempre se pagaba de una u otra forma por los actos. Inca¬paz de resistirse por más tiempo, la besó apasionadamente. Después, le bajó el bañador y acarició uno de sus senos. Mafe se arqueó contra él y gimió.
Esteban conocía el deseo, pero nunca había sen¬tido una necesidad tan desesperada. Impaciente, descendió sobre ella y comenzó a lamer y besar su cintura, subiendo hacia sus senos. Eran tan suaves como el satén y tan dulces como una fruta prohi¬bida. Quería seducirla lentamente, torturarla tal y como ella lo estaba torturando a él.
Cerró la boca sobre uno de sus pezones. Ella se arqueó, ofreciéndose aún más.
Acto seguido, Esteban empujó hacia abajo su baña¬dor para desnudarla por completo y llevó una mano a su sexo. Cuando introdujo un dedo en ella, Mafe gi¬mió y él sintió que lo deseaba tanto como él a ella.
Ya no podía pensar. Había perdido el control y solo deseaba hacerle el amor, sentir su calidez.
-Te deseo ahora -acertó a decir ella, con voz ronca.
-Me tienes.
Lentamente, extrajo el dedo, la agarró por las caderas y la colocó de nuevo sobre la cornisa sumer¬gida. Apartó los muslos de la mujer y se quitó su propio bañador.
-Cierra las piernas a mi alrededor -ordenó él. Al sentir el exterior del sexo de Mafe en su miem¬bro viril, Esteban se supo perdido. Todo su cuerpo es¬taba en tensión, y a pesar de la temperatura del agua, pudo sentir que una gota de sudor descendía por su frente. Necesitaba tomarla en aquel mismo instante.
-Abre los ojos y dime tu nombre -dijo Esteban.
-Fiona -dijo ella, apretando las piernas.
-No, dime tu verdadero nombre.
-Mafe.
-Y ahora, pronuncia el mío.
-Esteban.
Entonces, entró en ella. Durante un momento pensó que su corazón se había detenido. Sabía lo que iba a sentir, pero Mafe era mucho mejor de lo que ha¬bía imaginado. Y no pudo detenerse. Comenzó a mo¬verse hacia delante y hacia atrás, una y otra vez.
Los ojos de Mafe se oscurecieron a medida que pa¬saron los segundos. Esteban deseaba tomárselo con calma, prolongar aquel momento tanto como fuera posible. Pero entonces sintió las convulsiones de la mujer y no pudo controlarse. Ya no podía hacer otra cosa que continuar hasta alcanzar el orgasmo, y cuando sintió la descarga de placer, se sintió totalmente liberado. Después, la abrazó con fuerza.

9

Cuando pudo pensar y respirar de nuevo, Mafe se descubrió sentada en el regazo de Esteban, con la ca¬beza apoyada en su pecho mientras él la abrazaba con fuerza. Podía notar los latidos de su corazón y no quería moverse ni volver a la realidad.
Aquello no era bueno. De haberse encontrado en su laboratorio, habría sentido el júbilo que siem¬pre sentía cuando un experimento tenía éxito. Ha¬bría comenzado a pensar en lo sucedido y a evaluar cómo había funcionado y qué se podía hacer para mejorar las cosas.
Sin embargo, ahora no quería analizar nada. Solo quería aferrarse al momento y creer que Esteban la deseaba a ella, no a Fiona.
Aquello no solamente no era bueno; también era peligroso. Era una fantasía imposible y se dijo que no debía cometer el error que había cometido tan¬tas veces: el de desear lo que no podía poseer. Tenía que reaccionar y recordar que aquello solo era una investigación.
-¿Qué piensas? -preguntó él. Ella no dijo nada.-¿Tan malo ha sido?
Mafe levantó la cabeza y lo miró. Esteban la obser¬vaba con intensidad.
-Ha ido muy bien -acertó a decir ella-. Pero me gustaría probarlo otra vez.
-¿Es que sucede algo malo? ¿Te he hecho daño?
-No, en absoluto. Pero... Bueno, me gustaría ha¬cerlo de nuevo -respondió, intentando sonreír como lo haría Fiona.
-Eso se puede arreglar, pero no aquí. Hasta ahora hemos tenido suerte y no ha aparecido na¬die, pero...
Antes de que terminara la frase, una cabeza se asomó por debajo de la catarata. Esteban reaccionó de inmediato y los llevó a los dos al agua, de tal manera que se encontraban sumergidos hasta el cuello.
-Hola, no pretendía interrumpir. Harold me ha dicho que sería divertido...
Era una mujer de poco más de cincuenta años. El tal Harold apareció entonces en el interior de la cueva. Esteban se colocó delante de Mafe para cubrir su desnudez, mientras ella palpaba el fondo de la pis¬cina con la esperanza de encontrar su bañador.
-Nelly, me parece que estos amigos han tenido la misma idea que yo -comentó el hombre.
-Tonterías -dijo la mujer, sonriendo-. No le hagáis caso, es un viejo verde.
-Eso es maravilloso, creo yo -dijo Mafe.
Justo entonces, la joven encontró su bañador y se lo puso tan rápidamente como le fue posible.
-Es lo mismo que yo le digo todo el tiempo - comentó Harold.
-Vámonos, Harold. Es obvio que los hemos in¬terrumpido...
-Oh, no, no os preocupéis. Estábamos a punto de marcharnos. ¿Verdad, Mafe?
Antes de que Mafe pudiera responder, Esteban la llevó hacia la catarata y la sacó de la cueva. Mien¬tras pasaba por delante de Harold, comentó:
-Mi esposa ha pensado que este sería un lugar excelente para que una sirena sedujera a un marino perdido...
-Comprendo, comprendo -dijo el hombre, guiñándole un ojo.
Cuando se alejaron, ella preguntó:
-¿Por qué has dicho eso? Prácticamente le has dicho lo que estábamos haciendo.
-Pensé que podría ser útil para tu investiga¬ción. Es obvio que Harold se encuentra entre el porcentaje de hombres a quienes les gusta la fanta¬sía de la sirena.
-Espero que a Nelly también le guste.
Esteban rió, y lo hizo de un modo tan contagioso que ella también comenzó a reír.
-No tiene gracia. Se me ha roto la tira superior del bañador y ahora tengo un buen problema.
-Una sirena de verdad no se preocuparía por eso.
-Pero una sirena de verdad no tendría que en¬trar en un hotel lleno de gente para volver a su suite.
-Pues espero que aprendas la lección. Ahora ya sabes que las fantasías pueden ser peligrosas.
Mafe pensó que tenía razón, pero también po¬dían ser muy divertidas. Y le gustaba tanto el as¬pecto bromista de Esteban como el que ya conocía de amante.
-Mientras intento cerrarme la parte superior del bañador, será mejor que empieces a pensar en la forma de que lleguemos a la suite sin que acabe¬mos en la cárcel.
Mafe no conseguía cerrarse el bañador, y además, Esteban comenzó a acariciarla de nuevo y la mujer ol¬vidó de repente su pequeño problema. Cuando por fin puso las manos sobre sus senos, los dos se hun¬dieron en la piscina.
Podrían haber regresado a la superficie de inme¬diato, pero Esteban la agarraba por la cintura, anclán¬dola al fondo. Allí, bajo el agua, parecía un dios. Y de repente lo deseó tanto como en la cueva.
Fue lo último que supo antes de que ascendieran para respirar. Después, él la besó apasionadamente y Mafe se sintió atrapada en el mar de sensaciones que dominaban su cuerpo, entre la temperatura del agua y su calor, entre el tacto de sus manos y la increíble suavidad de sus labios y de su lengua. El placer la re¬corrió, ola tras ola.
Se estaba hundiendo, pero no precisamente en el agua. Y cuando por fin salieron a la superficie, lo miró y dijo:
-Te deseo.
Esteban no se había sentido nunca de aquel modo. La palabra «deseo» no definía bien la arrebatadora emoción que había experimentado en el fondo de la piscina. Había sido tan intensa que por un mo¬mento dudó que pudieran volver a la superficie. Mafe estaba preciosa y él solo sabía una cosa al respecto: que quería hacerle el amor. Y había es¬tado a punto de hacerlo en el fondo, pero no estaba ante una sirena, sino ante una mujer que en aquel momento lo miraba con anticipación y necesidad.
-Te deseo.
La empujó contra el lateral de la piscina y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no había nadie cerca. Pero tenía tanta hambre de ella que ya no le importaba demasiado que los vieran.
Esteban puso las piernas de la mujer alrededor de su cuerpo y acto seguido entró en ella.
-Dime que me deseas -dijo-. ¿O prefieres que me detenga?
-No -susurró.
-¿No quieres que me detenga?
-No, por favor...
-Está bien, pero no hagas ruido. Alguien podría oír y no queremos que sepan lo que estamos ha¬ciendo...
Esteban salió de ella durante un momento y volvió a entrar, torturándola.
-El agua no nos ayuda mucho -dijo él-. Me parece que esto va a durar mucho tiempo...
-Esteban, por favor...
-Shh, no digas nada.
Tal y como había sucedido antes, Esteban dejó de pensar mientras entraba y salía de ella, una y otra vez. Quería acelerar el ritmo, pero había dicho la verdad. Por culpa del agua y de la posición que te¬nían, no podía imprimir un ritmo más rápido. Pero siguieron así hasta que alcanzaron juntos el or¬gasmo.
Después permanecieron juntos, sin separarse, un buen rato. Pero unos minutos más tarde oyeron ruido de pasos. Esteban salió del cuerpo de Mafe, se ajustó el bañador y miró a su alrededor. Fuera quien fuese todavía no se le podía ver.
-¿Te encuentras bien? -preguntó a Mafe, que se estaba ajustando el bañador.
-Mucho mejor que bien. Ha sido incluso mejor que en la cueva...
Entonces apareció Yancey, el joven al que habían dejado con la bolsa de Mafe.
-¡Señor SanRomán!
-¿Sí?
-Su teléfono móvil no dejaba de sonar y final¬mente pensé que sería mejor que contestara. El se¬ñor Tracker ha estado intentando localizarlo y me ha pedido que le traiga el teléfono para que lo pueda llamar.
Yancey le dio el teléfono, y justo entonces co¬menzó a sonar.
-¿Dígame?
-¿Te encuentras bien? -preguntó Tracker.
-Sí, por supuesto.
-Lo pregunto porque es la primera vez que otra persona responde en tu móvil. De todas for¬mas, solo quería decirte que ya estoy dentro.
-¿Dentro del hotel?
-Sí. Espero no haber interrumpido nada al lla¬marte.
-No, solo estaba nadando con la doctora. Cuén¬tame con todo detalle qué es lo que ha pasado.
-Me temo que voy a tardar un poco en averi¬guar si Vivian está realmente aquí. No quiero en¬trar en su habitación hasta que se haya dormido.
-¿Sabes en cuál se aloja?
-Todavía no, pero lo averiguaré. Ah, y he actua¬lizado un poco los informes sobre los Falcone. Mientras Esteban escuchaba las palabras de Trac¬ker sobre los movimientos de los Falcone.
Yancey se acercó con dos toallas y dijo:
-Las he traído para vosotros, por si queríais vol¬ver al hotel por la entrada que da al mar.
-Eres un encanto -dijo Mafe, mientras le daba unos billetes-. Le diré a la dirección del hotel que te aumenten el sueldo.
Yancey se guardó la propina por los servicios prestados y se alejó después de despedirse.
-¿Sigues ahí, jefe?
-Sí, sigo aquí. En cuanto sepas algo de mi her¬mana, llámame.
Mafe se acababa de poner una de las toallas alre¬dedor del cuerpo y Esteban pensó que quitársela y hacer el amor con ella sería muy fácil. Incluso po¬dían probar el jacuzzi de la suite, y esta vez, sin in¬terrupciones.
-Sospecho que la doctora te está distrayendo mucho -dijo Tracker.
-No... Sí -acertó a decir-. Pero llámame tan pronto como sepas algo.

10

Cuando Esteban salió al balcón de la suite, ya había pasado una hora. Le había dicho a Mafe que usara el cuarto de baño principal mientras él se duchaba en el pequeño, pero en realidad solo era una prueba: quería ver si podía estar sin ella y había descu¬bierto que no podía.
Aún no salía de su asombro por haber hecho el amor con Mafe en la cueva y en la piscina. Si Yancey se hubiera presentado unos minutos antes los ha¬bría descubierto, y no quería ni imaginar lo que po¬dría haber sucedido. Nunca había sentido un deseo tan arrebatador e incontrolable; al menos, desde su adolescencia.
Por otra parte, era la primera vez que una mujer lo volvía completamente loco. Había estado con muchas y desde muy joven sabía que era un hom¬bre que resultaba atractivo. Pero pensaba que parte de su atracción se debía a su apellido y a la fortuna de la familia, y no quería cometer los mismos errores que había cometido su padre.
En cambio, Maria Fernanda Fernandéz parecía ser distinta a todas las demás. Cada vez que hacía el amor con ella, tenía la impresión de haber perdido parte de sí mismo, tal vez para siempre.
Se apoyó en la barandilla y sintió miedo. Hasta entonces, nunca había sentido miedo de ninguna mujer.
No sabía cómo había podido llegar a tener tanto poder sobre él. Tal vez pensara que aquello era un juego de fantasías, pero la realidad era muy dife¬rente. A pesar de todos sus personajes, él le estaba haciendo el amor a Maria Fernanda Fernandéz, a una mujer de carne y hueso.
Pensó en la tímida joven que había conocido en la fiesta de Vivian. Toda su timidez desapareció cuando bajó del avión y le confesó que había susti¬tuido a su hermana. Incluso había tenido el valor de defender a Jill Roberts cuando él le preguntó si tenía algo que ver en aquel engaño. Al parecer, Mafe tenía multitud de facetas. Y todas estaban, de uno u otro modo, en las mujeres que había inventado para él, desde la tímida Lania hasta la exuberante Sally y la decidida Fiona.
Se preguntó cuántas mujeres más llevaría en su interior. Quería descubrirlo, y por encima de todo, quería conocerlas mejor.
Se dio la vuelta y miró las puertas de cristal que daban al balcón. Solo tenía que abrirlas y volvería a hacer el amor con ella. Imaginaba que probable¬mente ya habría salido de la ducha y sintió un in¬tenso deseo. En aquel momento tal vez estuviera cerrándose una toalla alrededor de su cuerpo desnudo, y él solo tendría que quitarle la prenda y to¬marla sin esperar más, sin fingir que eran otras per¬sonas, sin más fantasías.
Esta vez no tendrían prisas ni miedo a que los descubrieran. Esta vez lo harían lentamente, tomán¬dose su tiempo, disfrutando de cada segundo.
Extendió un brazo con intención de abrir la puerta y volver a suite, pero no lo hizo. Había salido precisamente para calmarse un poco, porque todo aquello lo superaba y no sabía cómo reaccionar.
Entonces, tuvo una idea. Le pediría una cita a Mafe y la llevaría a algún sitio que le gustara, a algún lugar donde pudiera mantener ocupada la inquieta mente de la mujer y evitar que empezara a pensar en nuevas fantasías.
Así que permaneció allí, mirando el mar, mien¬tras consideraba las distintas posibilidades.
Mafe se enrolló una toalla alrededor del cuerpo y se miró en el espejo del cuarto de baño. A primera vista parecía la vieja Maria Fernanda Fernandéz, pero algo ha¬bía cambiado en ella. Se sentía poderosa y al mismo tiempo asustada.
Había conseguido practicar tres fantasías con Esteban y su respuesta había sido mucho más intensa de la que había imaginado. Pero no se sentía satisfe¬cha. No se sentía colmada como cuando tenía éxito con alguno de sus experimentos en el laboratorio.
Además, sabía perfectamente a qué se debía su temor todas sus defensas se habían derrumbado en la cueva y después en la piscina. Ya no era un juego, aunque no dejaba de repetirse que tanto su reac¬ción como la de Esteban había sido normal, que todo formaba parte de su plan y que las cosas no esta¬ban fuera de control. Sin embargo, Esteban había es¬tado en lo cierto al afirmar que las fantasías podían ser muy peligrosas.
Cuando oyó el sonido del teléfono en el dormi¬torio, abrió la puerta del cuarto de baño. Esteban no estaba allí. Entonces comprendió que el teléfono que sonaba no era el del hotel, sino su móvil.
-¿Dígame?
-Espero no haber interrumpido ninguna fanta¬sía erótica.
-Hola, Vivian...
-¿Esteban está contigo? Preferiría no tener que hablar con él.
-No, no está aquí.
-¿Y por qué no está contigo? ¿Es que todavía no has puesto en práctica ninguna de las fantasías?
-Claro que lo he hecho.
-¿Y qué tal ha ido todo?
Mafe sonrió.
-Perfectamente -respondió-. He conseguido que un hombre que detesta las fantasías se convierta en adicto a ellas.
-No pareces muy entusiasmada... Mira, Mafe, tal vez seas una gran científica, pero eres una menti¬rosa terrible. ¿Por qué no me cuentas lo que sucede realmente?
-¿De verdad te interesa? No me digas que te aburres en tu retiro...
Vivian suspiró.
-Vaya, veo que te aburres -continuó Mafe.
-Digamos que las cosas no están saliendo como me imaginaba. Tal vez podrías prestarme una de tus fantasías.
-No sé si serían adecuadas para un hotel solo de mujeres.
Vivian rió.
-Tranquila, si tuviera intención de practicar una de tus fantasías, lo haría con alguien del sexo opuesto. Pero por si acaso, será mejor que me en¬tretengas un poco y me cuentes qué te ha pasado con mi hermano.
Mafe intentó encontrar las palabras para expli¬cárselo, pero no resultaba nada fácil.
-Bueno, ya que no me dices nada, déjame que lo adivine... A Esteban le encantan tus fantasías pero preferirías que se sintiera más atraído por ti.
-No, no es eso.
-Mafe, negar la realidad no sirve de nada.
-No es eso, en serio. Es que...
Su amiga volvió a reír.
-Para ser científica no te expresas de forma precisamente elocuente.
Mafe se sentó en la cama del dormitorio y dijo:
-Esteban no está interesado en mí.
-¿Cómo estás tan segura?
-Porque las isleñas, las prostitutas y las sirenas son mucho más interesantes. Esteban le hace el amor a ellas, no a mí.
-¿Sirenas? Eso de hacer de isleña y de prostituta no debe de ser muy difícil, pero ¿cómo has conse¬guido hacer de sirena? Tienes que contármelo uno de estos días. Mientras tanto, hay algo que puedes hacer para saber si Esteban está interesado en ti: sedúcelo.
-Pero es posible que no espere...
-No importa lo que él espere. Sorpréndelo. Se¬guro que madame Gervais te dio unos cuantos con¬sejos al respecto.
-Sí, bueno, pero...
-El problema es que no tienes confianza en ti misma -la interrumpió-.Y la única forma de crear confianza es practicar. Además, ¿qué puedes perder? Hazlo, pero por una vez en tu vida, no pla¬nees nada. Aunque en esa isla, ni tú podrías planear muchas cosas...
-Ya no estamos en la isla. Ahora estamos en un hotel.
-¿Y eso?
-Fue idea de Esteban.
-¿Y cómo te las has arreglado para hacer de prostituta, isleña y sirena en un lugar público? - preguntó Vivian, entre risas-. Vaya, esto me inte¬resa cada vez más.
Mafe sonrió.
-Es una larga historia.
-Veo que no necesitas mis consejos... Lo estás haciendo bien, Mafe. En fin, te dejo. Dile a Esteban que he llamado y que me lo estoy pasando maravillosa¬mente.
Cuando dejaron de hablar, Mafe siguió mirando el teléfono un buen rato. Tenía la sensación de que Vivian le había mentido y de que no se estaba di¬virtiendo en absoluto. De hecho, estaba a punto de llamarla cuando sonó una voz a su espalda.
-¿Mafe? ¿Estás visible?
-Sí, claro.
Esteban entró entonces en la habitación. Más tarde, Mafe se preguntó si Lania, Sally y Fiona se ha¬bían convertido en partes integrantes de su perso¬nalidad. Pero fuera como fuera, la toalla que llevaba alrededor de su cuerpo cayó suavemente al suelo.

Tracker maldijo su suerte en silencio. Había tar¬dado tres horas en conseguir entrar en el hotel y llevaba más de cinco disfrazado de mujer, pero to¬davía no había localizado a Vivian.
Había comprado unos vaqueros desgastados, una camiseta de color rosa y una chaqueta vaquera para disfrazarse, y acto seguido había entrado en la propiedad gracias a su informante, Millie Jean, que lo dejó ir en la furgoneta de reparto. Se había ma¬quillado y se había pintado los labios, y el efecto ge¬neral no debía de ser tan malo cuando los dos guar-das de la entrada no habían sospechado de él.
Centró su atención en el edificio principal, que albergaba las cocinas, comedores y la admi¬nistración. No dejaban de entrar y salir pequeños grupos de mujeres, pero hasta entonces no había distinguido el confiado caminar que distinguía a Vivian. Sin embargo, eso no significaba nada. Du¬rante la última hora había observado que también llevaban comida a los alojamientos de las clien¬tas, de modo que pensó que si la hermana de Esteban se encontraba allí, podía estar en una de las cabañas.
Tracker frunció el ceño. No tenía razón alguna para pensar que Vivian no estuviera allí, pero su instinto le decía que algo andaba mal. El problema era otro: ya no se fiaba de su instinto en lo relativo a aquella mujer. Durante la escena con su hermano, cuando supo lo de Bradley Davis, se puso a llorar desconsoladamente y lo emocionó. Sabía lo que se sentía al ser traicionado por un ser querido y tal vez por eso había bajado la guardia en relación con ella.
Una vez más, miró su reloj. Solo habían pasado tres minutos desde la última vez que lo había con¬sultado. Ya no llovía, pero se había levantado niebla y no podía saber cuánto tiempo faltaba para el ano¬checer.
Estaba, literalmente, contando los segundos. En cuanto oscureciera, entraría en la administración del hotel y averiguaría dónde se alojaba Vivian. Después, verificaría que efectivamente se encon¬traba allí y acto seguido, con un poco suerte, podría echarse una siesta antes de que Millie Jean lo sacara del recinto. Pero esta vez se las arreglaría para que Vivian no llegara a saber que la había estado vigilando.


Cuando Esteban vio que la toalla caía al suelo, es¬tuvo seguro de que la sangre nunca se le había ba¬jado de la cabeza tan deprisa.
Bajo la suave luz de la lámpara de la mesita de noche, su piel parecía de porcelana. Sabía con exac¬titud lo que sentiría al acariciarla con sus manos y hasta podía oler el jabón que había utilizado para ducharse.
No se movió y no sabía si podría hacerlo. Recor¬daba vagamente que había entrado en el dormito¬rio por alguna razón, pero no podía hacer otra cosa que mirarla. Se encontraba allí, desnuda, en su dor¬mitorio, y era consciente de que sería suya si se acercaba a ella.
-Esteban...
Deseó tumbarse sobre ella en la cama, en aquel mismo instante, y aquel deseo bastó para liberarlo de la parálisis temporal. Dio tres pasos hacia ella, pero se detuvo.
Aquello no estaba saliendo como lo había pla¬neado. Se suponía que quería salir con Mafe, aunque ya no recordaba adónde.
-Esteban...
Mafe se pasó la lengua por los labios, se acercó a él y le puso una mano en el pecho.
-Había pensado que...
Esteban notó un cambio en ella. El tono de timidez de su voz no encajaba ni en Lania ni en Sally ni en Fiona. Pensó que si aquello era alguna otra fantasía, era la gota que colmaba el vaso.
-Se te ha caído algo -dijo él.
Esteban se inclinó y le devolvió la toalla. Mafe reac¬cionó con sorpresa y sus ojos brillaron con algo que el hombre no supo distinguir, aunque le pare¬ció que su comentario la había avergonzado o do¬lido. Pero ahora ya sabía que la persona que estaba frente a él no era un personaje de sus fantasías eró-ticas, sino la verdadera Mafe.
Quiso tomarla entre sus brazos y animarla, por¬que sospechaba que la había herido. Pero no se fiaba de sí mismo.
-Mafe, mírame. Por si lo has dudado, ardo en de¬seos de hacer el amor contigo.
-Entonces, ¿por qué me has devuelto la toalla?
-Porque he sido brusco contigo en la piscina y me gustaría que descansáramos un poco de tu in¬vestigación. Y, además, puesto que ahora es mi turno...
-No es tu turno.
Esteban frunció el ceño.
-Te equivocas. Dijiste que era tu turno hasta que hiciéramos el amor. Y ya lo hemos hecho.
-Pero lo hemos hecho dos veces. La segunda vez era tu turno, no el mío.
-Mira, podemos discutir sobre ello o llegar a un acuerdo. Yo iba a sugerir que saliéramos juntos. Te iba a pedir una cita.
-¿Una cita?
Mafe pronunció la frase como si nunca la hubiera oído y Esteban comenzó a encontrar divertida la si¬tuación. Por primera vez desde que había descen¬dido del avión, empezaba a sentir que tenía cierta ventaja sobre ella.
-¿No aprendiste nada de citas en tu investiga¬ción? Ya sabes, se trata de salir a cenar y tal vez a bailar. Es una forma algo anticuada de llegar a cono¬cerse.
-Sé de sobra lo que significa.
-Entonces, ¿qué te parece si lo hacemos?
-Pero ya nos conocemos...
-En el sentido bíblico, sí. Pero hay montones de cosas que no sabemos el uno del otro. Por ejemplo, ¿cuál es tu helado preferido?
-El de ron.
-¿Y cuál es la peor de tus pesadillas?
-Caerme desde una gran altura.
-Bueno, eso encaja con tu vértigo. Pero lo del helado de ron no lo sabía. Pensaba que te gustaba de fresa.
La mujer frunció el ceño y lo miró como si estu¬viera considerando seriamente su propuesta.
-Si acepto salir contigo, ¿no contará como si fuera el turno de uno de los dos?
-No. Solo es una cita, no estoy pidiendo tu mano. Quiero salir contigo y pasar una noche en Cayo Oeste, solos tú y yo, Mafe y Esteban. Dejamos a Lania, Sally y Fiona aquí, junto con John y con los marinos rescatados del mar.
Mafe no dijo nada y a Esteban le extrañó. No recor¬daba que ninguna mujer hubiera vacilado a la hora de aceptar una cita con él.
-Eres dura de roer, Mafe. Está bien, hagamos una cosa: si sales conmigo, rellenaré algunas de las pre¬guntas de tu cuestionario.
Mafe lo observó y dijo:
-De acuerdo, pero cuando volvamos a la suite, será mi turno.
-Tienes mi palabra. Pero con una condición: tendré que dar el visto bueno a la ropa que elijas para salir.
-No tientes tu suerte, Esteban...

11

En cuanto entraron en el local, Mafe se sintió como si acabara de entrar en una película de los años cuarenta. La iluminación era muy tenue y no lo habría sorprendido ver a Humphrey Bogart en la barra del bar. Olía a perfume, a tabaco, a licores y a comida, y al fondo se oía el sonido de un saxo.
Estaba muy nerviosa. Además, no sabía cómo iba a poder seducir a Esteban en un local lleno de gente. Sally habría sabido, pero ahora era Mafe y no estaba acostumbrada a esas cosas.
Un hombre alto, de pantalones oscuros, camisa blanca y tirantes rojos salió de la barra del bar y ca¬minó hacia ellos. Mafe supuso que debía de tener al¬rededor de setenta años.
-Esteban... Cuánto tiempo hacía que no nos veía¬mos -dijo, mientras estrechaba su mano-. Te he reservado la mesa favorita de tu abuelo.
Avanzaron hacia la mesa mientras Esteban le presentaba al hombre, que resultó ser Joe Johnson, el dueño del local. Cuando se sentaron, Joe les deseó una feliz velada y se marchó.
-Nunca había estado en un sitio así -dijo ella.
-Me alegro. Me gustaría poder decirte que Er¬nest Hemingway escribió «Tener o no tener» en esta mesa.
-Pero no puedes decírmelo...
-No con absoluta seguridad, aunque algunos de los muebles del local son de aquella época. Sin embargo, sí puedo asegurarte que aquí escribió parte de esa novela y dé otras muchas.
Mafe lo miró con sorpresa.
-Pero no estamos en Sloppy Joe's. Y he leído que fue allí donde las escribió.
-Fue allí, es cierto, pero este fue el local donde se encontraba originalmente el Sloppy Joe's. Mi abuelo me solía traer aquí y me contaba historias sobre Hemingway, con el que salía a beber y a pes¬car. Incluso hay una sala donde jugaban al billar - declaró-.Y cada vez que me traía, me contaba que aquí había escrito tal o cual historia.
-¿Dónde? ¿En esta mesa?
Esteban sonrió.
-No, nos sentábamos en mesas distintas vez que veníamos.
-Pero el camarero ha dicho que esta era la favo¬rita de tu abuelo. No podría haber sido en esta, ¿en¬tonces?
-Sí, podría haber sido. Oí la conversación que mantenías en el vestíbulo del hotel y pensé que te interesaría.
-Gracias, Esteban. Has sido muy amable... Yo...
-No soy amable, Mafe. ¿No te lo ha dicho mi hermana?
-Vivian te quiere mucho, Esteban. Y dejará de es¬tar enfadada contigo en cuanto consiga olvidar a ese cretino de Bradley -dijo, mientras lo tomaba de la mano.
-¿Cuándo decidiste que es un cretino?
-La primera vez que lo vi.
-¿Y Vivian sabía lo que pensabas de él?
-No, aunque a veces tuve que morderme la len¬gua. Sospechaba que no caería bien, pero por su¬puesto nunca le habría dicho que no saliera con él. ¿No has notado que tiende a hacer lo que le dicen que no haga?
Esteban rió.
-Sí, claro que lo he notado.
-Cuando quieras que Vivian haga una cosa, dile lo contrario. Es el síndrome de la fruta prohi¬bida. Siempre funciona.
Esteban sabía que estaba en lo cierto. Su propia decisión de no tocarla y de resistirse al deseo es¬taba condenada al fracaso. Quería acariciarla y el hecho de que lo hubiera tomado de la mano no lo ayudaba en absoluto. Era una mujer muy tentadora, pero se había prometido que iban a tener una cita y eso era exactamente lo que iban a tener.
-Lo recordaré. El síndrome de la fruta prohibida -dijo, intentando no fijar la mirada en su boca-. Dime, Mafe, ¿por qué tienes tanto miedo a las alturas?
-¿Por qué preguntas eso?
-Porque quiero saberlo. Seguro que lo has pen¬sado antes.
Mafe no dijo nada. Hacía tiempo que no pensaba en ello y no estaba seguro de si quería hacerlo.
-Vamos, esta es nuestra primera cita. Tenemos que hacernos preguntas para saber más cosas el uno del otro. Puedes confiar en mí, Mafe.
-Está bien... Cuando tenía cinco años, mi padre construyó una especie de trapecio en el jardín y se sintió muy decepcionado conmigo porque no po¬día subirme. Nunca fui muy atlética.
-¿Y qué pasó?
-Él siempre había querido tener un hijo, así que una noche decidí complacerlo y darle una ale¬gría cuando regresara del trabajo. Me subí al trape¬cio como si estuviera en el circo y comencé a im¬pulsarme con más y más fuerza, pero me caí y me rompí un brazo. Mi madre culpó a mi padre de lo sucedido y se enfadaron mucho. Al día siguiente, él tomó sus cosas y se marchó. Desde entonces, tengo miedo de las alturas.
-Y te culpas a ti misma por la marcha de tu pa¬dre.
-En su momento, es cierto que me culpé. Pero después supe que sencillamente había conocido a una mujer a la que amaba más que a mi madre, a una mujer que pudo darle el hijo que quería. Y al cabo de cierto tiempo, mi madre también encontró a otro hombre. Ahora son muy felices.
-Pero tú sigues sufriendo vértigo.
-Los miedos son irracionales.
-Es verdad, pero se puede luchar contra ellos. Esteban la tomó de una mano y la besó. Mafe se es¬tremeció. Nunca había sentido nada parecido con nadie, entre otras cosas porque nunca se lo había permitido. Pero con él era diferente y estaba decidida a averiguar si le había hecho el amor a ella en la piscina o a alguno de sus personajes.
Entonces recordó el consejo de Vivian: que in¬tentara seducirlo por sí misma, sin trucos. En aquel momento apareció la camarera y preguntó:
-¿Qué queréis tomar?
-¿Qué marcas de cervezas tenéis? -preguntó Esteban.
Mafe comenzó a pensar en lo que pasaría si Esteban se estaba limitando a cumplir con el trato y a disfrutar de los personajes de las fantasías. Cabía la posibilidad de que el resto del tiempo solo estu¬viera intentando ser amable porque, a fin de cuen¬tas, era la mejor amiga de su hermana.
Lo observó mientras él hablaba con la camarera, y se dijo que debía intentarlo. En cuanto la cama¬rera se marchó, Mafe dijo:
-Antes de tomar cerveza, quiero hacerte unas preguntas.
-Qué lástima que no me haya traído una cá¬mara. Me gustaría hacerte unas fotografías.
-¿Por qué?
-Porque cambias de actitud a una velocidad pasmosa. Antes eras una mujer entusiasmada por la idea de que Hemingway estuviera aquí y ahora te comportas como la doctora que eres.
-Yo...
-No lo niegues. No parece ser algo tan traumá¬tico como lo del doctor Jekyll y Hyde, pero me en¬cantaría fotografiarte para que vieras cómo cam¬bian tus expresiones.
-Desde luego, estás empezando a conseguir que me sienta como si tuviera doble personalidad.
¬-Puede que la tengas en cierto modo. Mi teoría es que te conviertes en la doctora cuando quieres huir de algo. Pero no sé por qué. Definitivamente, no eres cobarde.
-Ser la doctora Fernandéz es más fácil, eso es todo. Se comporta de forma racional y no la hieren fácil¬mente.
La camarera apareció de nuevo y dejó dos cerve¬zas sobre la mesa. Cuando se marchó, Esteban dijo:
-Está bien, puedes volver a ser la doctora si quieres hacerme preguntas. Pero después, me gus¬taría volver a estar con Mafe.
Sus palabras la emocionaron. Había dicho que quería estar con ella.
Parpadeó un par de veces, sacó el cuestionario que llevaba en su bolso y comenzó con el interro¬gatorio.
-¿Te han tapado los ojos alguna vez para hacer el amor?
-¿Cómo?
-Sí, ya sabes, para que no puedas ver ni saber lo que va a hacer tu amante. El placer aumenta increí¬blemente con ese tipo de trucos.
-Si tú lo dices...
-No has contestado a la pregunta.
-No, no me han tapado nunca los ojos.
Ella asintió.
-¿Por qué? ¿Porque siempre quieres controlar las situaciones?
-Tal vez. ¿Cuál es la siguiente pregunta?
-¿Cuál es tu posición preferida?
-¿Mi posición preferida?
-Sí, mientras haces el amor.
-Dime una cosa, Mafe, ¿de dónde te has sacado esas preguntas?
-Las he desarrollado yo misma.
-¿Y a quién más le has hecho el cuestionario?
-A nadie. Lo reservaba especialmente para el hombre con el que concluyera la investigación.
-¿Y ese soy yo?
-En efecto. Pero sigues sin contestar a mi pre¬gunta. ¿Cuál es tu posición sexual preferida?
-Me gustan todas.
-Eso no es una respuesta muy explícita.
-Pues hazme otra e intentaré ser más explícito.
-Está bien, veamos...Tengo una lista de juguetes sexuales. Yo los leeré y tú les darás una puntuación de uno a cinco. El voto más bajo es para los que no hayas usado nunca, y el máximo, para los que te gus¬ten más. ¿De acuerdo?
Mafe levantó la mirada y vio que Esteban la obser¬vaba con una intensidad increíble. De inmediato sintió seca la garganta.
-Te lo pondré fácil. Ponle un uno a todos. Ya te he dicho que no me gusta la fantasía sino la reali¬dad.
Mafe se humedeció los labios. Se sentía como si fuera una presa a punto de ser alcanzada por un de¬predador. Pero se obligó a concentrarse en el cues¬tionario y dijo:
-Está bien, nada de juguetes. ¿Te gusta ver cómo se masturban tus amantes?
Esteban no contestó, pero Mafe no lo miró esta vez. No quería enfrentarse otra vez a sus ojos.
-Sé que me gusta verte a ti, eso es todo -de¬claró el hombre al cabo de unos segundos-.Y también me gustaría que me dijeras lo que te gusta y cómo te gusta.
Entonces, Esteban le acarició una pierna y Mafe se estremeció. No podía controlarse cuando estaba con él. De hecho, acababa de separar los muslos para que tuviera mejor acceso.
-¿Te gusta que te acaricie así? -preguntó él-. ¿O quieres que me detenga?
-No quiero que te detengas. Pero alguien po¬dría vernos.
Esteban se inclinó sobre ella y la besó en los la¬bios.
-Háblame sobre tu trabajo. Así, si pasa alguien por delante, no sospechará nada extraño.
-¿Mi trabajo?
-Sí, Vivian me ha dicho que has tenido un gran éxito.
-Bueno, estoy trabajando en algo que segura¬mente no te interesará demasiado...
Mientras hablaba, Esteban comenzó a acariciarla entre las piernas.
-¿Has hecho algún progreso? -preguntó él.
-Mmm....
-Me refiero a tu trabajo.
-Yo...
Mafe no podía pensar en nada. Apenas podía ha¬cer otra cosa que dejarse llevar por las caricias de Esteban, cada vez más eróticas, más intensas.
Entonces, él se inclinó sobre ella y dijo, en voz baja:
-Es una pena que aquí no pueda hacer lo que podemos hacer en el hotel. Te habría llevado al cuarto de baño y habríamos hecho el amor allí, para que pudieras ver en un espejo cómo entro en tu cuerpo. Eso era lo que quería hacer cuando se te cayó la toalla. Quiero que los dos lo veamos. Quiero que ambos sepamos que solo estamos tú y yo, que esto no es un juego ni una fantasía. Ven conmigo a la suite, Mafe.
Mafe pensó que no debía hacerlo. Si cedía a la tentación, sabía que acabaría perdiendo su turno y caería una vez más en su hechizo. Y antes tenía que saber si era capaz de seducirlo.
-Primero quiero hacerte una pregunta.
-Si no es de ese maldito cuestionario...
-No, es una pregunta normal. ¿Quieres jugar al billar conmigo?
Esteban la miró, asombrado.
-¿Nunca dejarás de sorprenderme?
-Responde a la primera pregunta.
-Sí, por supuesto que jugaré contigo. Pero solo si eres Mafe.
-Trato hecho -dijo Mafe.

12

-Mi abuelo me enseñó a jugar al billar en esta sala -declaró Esteban-. Me encantaba.
En realidad, Esteban no estaba interesado en modo alguno en jugar al billar. Deseaba llevarla al hotel en aquel mismo instante, pero prefirió no pensarlo porque precisamente le había pedido que salieran de allí pensando que estaría a salvo de ella.
-¿Preparado? -preguntó la mujer.
Esteban miró la mesa de billar. El bar se estaba lle¬nando de gente y desde la barra podían ver perfec¬tamente lo que sucedía en la sala donde se encon¬traban, así que no tendría oportunidad alguna de acercarse a ella con intenciones seductoras.
Tomó un taco para jugar y entonces ella pre¬guntó:
-Querías mucho a tu abuelo, ¿verdad?
-Sí, era un hombre extremadamente notable. Tra¬bajó muy duro para levantar SanRomán Enterprises.
-Tuviste suerte de poder pasar cierto tiempo con él. He oído que los abuelos tienden a juzgar menos que los padres.
-¿Tus padres te exigían mucho?
-Mi madre sobre todo. Creo que yo le recor¬daba constantemente el fracaso de su primer matri¬monio.
-La mía solía dejarme con niñeras, y cuando eso no funcionaba, me dejaba con mi abuelo.
-¿Que quieres decir con eso de que no funcio¬naba?
-Oh, nada, digamos que las pobres niñeras te¬nían graves problemas en mi casa. Cuando no se encontraban una rana en la sopa, aparecía una cu¬caracha en el té. Pero solo lo hacía para llamar la atención de mi abuelo. ¿Y tú? ¿Qué es lo peor que hiciste a tus niñeras? -preguntó, mientras gol¬peaba la primera bola.
-Fugarme y desaparecer todo el día.
-No puedo imaginar a la doctora Fernandéz ha¬ciendo algo así, de modo que seguramente fue Mafe -dijo él-. ¿Y qué hacías cuando te escapabas?
-Aprender a jugar al billar.
-¿En serio?
-Eso tendrás que descubrirlo por ti mismo.
-Cuando mi abuelo y yo jugábamos, siempre hacíamos alguna apuesta amistosa para aumentar el interés de la partida.
-¿Has jugado alguna vez al billar desnudo?
-Es parecido al strip póquer. Cuando se gana una mano, se pide al otro jugador que se quite una prenda.
-En efecto, y como no podemos hacerlo en público, lo imaginaremos. Diremos lo que nos vaya¬mos quitando y el otro lo imaginará. A fin de cuen¬tas tienes mucha imaginación, ¿no es cierto?
-Sí, no lo dudes.
Esteban pensó que su imaginación era excelente y muy fértil. De hecho no podía quitarse de la cabeza la imagen que había contemplado aquella misma tarde, cuando entró en el dormitorio y la vio des¬nuda.
Mafe se inclinó sobre la mesa de billar para jugar. Al hacerlo, la falda que llevaba puesta se subió un poco. Entonces, sintió un intenso deseo y ansió to¬carla. Ya había dado un paso hacia ella cuando Mafe se volvió y sonrió.
-No puedo creerlo -dijo.
-¿Qué es lo que no puedes creer?
-Que me estoy comportando como soy, como Mafe, y sin embargo he conseguido captar tu aten¬ción. Lo he notado en tu rostro y en tus ojos.
-Eres asombrosa, Mafe -dijo él-. Pero ahora, ¿por qué no te apartas un momento y me dejas que te enseñe cómo se juega al billar?
-Dudo que puedas enseñarme -dijo ella, son¬riendo.
Siguieron jugando la partida y cuando le tocaba el turno a Mafe, él aprovechaba la ocasión para obser¬varla. Tenía unas manos largas, delicadas, pero recor¬daba perfectamente lo apasionadas que podían ser.
En el exterior cada vez había más gente y consi¬deró la posibilidad de cerrar la puerta y apalancarla con una silla para tomar a Mafe allí mismo, sobre la mesa. Pero regresó a la realidad segundos después con el ruido que provocó la última jugada de Mafe.
Acababa de introducir tres bolas en los agujeros de una sola tacada.
-¿No vas a felicitarme? -preguntó ella.
-Te felicito.
-No ha sonado muy sincero. Ni siquiera creo que estuvieras prestando atención. Fíjate, te ense¬ñaré cómo se hace...
Para asombro de Esteban, Mafe volvió a jugar y vol¬vió a meter varias bolas.
-Hazlo de nuevo -dijo él.
-Como quieras.
Mafe lo hizo de nuevo y consiguió una nueva ca¬rambola con efectos similares.
-Me has engañado -observó Esteban.
-En absoluto. Has cometido un error al pensar que no sabía jugar, así que ahora tendrás que cum¬plir con tu apuesta.
-¿Estabas diciendo la verdad? ¿Te escapabas de pequeña para aprender a jugar al billar?
-Aprendí en el instituto, a los catorce años. Me enseñaban los amigos a cambio de que les diera clases sobre biología o matemáticas.
Esteban intentó imaginarla con catorce años y pensó en la mujer que había conocido en la fiesta de Vivian, una mujer tímida y decidida a pasar de¬sapercibida.
-¿Y les ganabas al billar?
-No era difícil -respondió, encogiéndose de hombros-. En cambio, enseñarles matemáticas re¬sultaba bastante más complicado.
-No lo dudo.
Esteban deseó abrazarla, pero se contuvo. Además, si conseguía controlar su deseo podría aprender más cosas sobre ella y averiguar qué había real¬mente bajo la fachada de la doctora Fernandéz. Cuando se inclinaba para jugar, Esteban aprove¬chaba para mirarla. De hecho, más de una vez tuvo la impresión de que se colocaba ante él precisa¬mente para que la mirara. Y cuando terminó de me¬ter todas las bolas en los agujeros, el hombre ya te¬nía un conocimiento bastante profundo sobre ciertas partes de la anatomía de la mujer. Entonces, se acercó a él y le puso una mano en un brazo.
-Bueno, ahora tienes que pagar. Imagina que te quito los pantalones ahora mismo. Por supuesto no puedo hacerlo realmente porque nos verían, pero imagínalo de todos modos e imagina que te quedas en calzoncillos.
-No llevo calzoncillos -susurró él-. Imagina tú eso.
Entonces, Esteban cerró la puerta, tomó una silla y la utilizó para apalancarla. Después, la subió a la mesa de billar y comenzó a bajarle las medias.
-Se suponía que debías desnudarte tú antes - dijo ella.
-Como quieras.
Esteban se desabrochó los pantalones y los dejó caer al suelo.
-Parece que estás decidido a salirte con la tuya...
-Definitivamente -dijo él-. Pero no te preo¬cupes. El siguiente turno será tuyo.

Vivian se giró en el taburete de la barra del bar y miró a la multitud. La sala tenía una luz tenue y la música era buena. Se encontraba en su elemento y en otras circunstancias lo habría encontrado divertido. No dejaba de repetirse que la extraña sensación de sentirse observada se debía a que se encontraba en un lugar público. Además, se había puesto un vestido verde bastante provocativo para llamar la atención y era lógico que la llamara.
Aquella noche había decidido ponerse la peluca pelirroja, y al pasar por delante del espejo del vestí¬bulo del hotel, pensó que se parecía mucho a Mafe. Así que intentó convencerse de que era Maria Fernanda Fernandéz y no Vivian y echó un trago de su bebida mientras se decía que se divertiría a toda costa.
El recepcionista del hotel había acertado con la recomendación. El Side Street Grill estaba lleno de gente; casi todos eran solteros y se comportaban como si lo fueran. Había una pista de baile, rodeada de mesas, y un segundo piso con más lugares para sentarse. Una de las paredes era una enorme crista¬lera que daba a un patio interior, iluminado con fa¬rolillos chinos.
Sin embargo, se estaba aburriendo. Hasta echó de menos la posibilidad de charlar de Mafe, e in¬cluso comenzó a echar de menos a la sombra, al hombre que trabajaba para su hermano. A pesar del asunto de Bradley, no olvidaba cómo la había abra¬zado cuando se puso a llorar.
Mientras pensaba en ello, empezó a pasar un dedo por el borde de su copa de vino. Por alguna razón deseaba torturar a aquel hombre, pero desde luego, existían muchas formas de tortura. Entonces, introdujo un dedo en el vino y se lo chupó.
-Nunca había visto a nadie que pudiera hacer tantas cosas con una copa de vino sin beber ni una sola gota.
Vivian se quedó helada al oír aquella voz. La re¬conoció de inmediato: era Carlos Falcone.
-¿Por qué no me permites que te invite a otra copa? Incluso te puedo recomendar un vino de un viñedo local.
Vivian comprendió entonces que Falcone no la había reconocido en la oscuridad, con la peluca y con su nueva indumentaria. Pero cabía la posibili¬dad de que lo hiciera en cualquier momento.
-No gracias. Nunca tomo más de una copa y esta noche ya he tomado dos.
-¿Sabes una cosa? Tengo la impresión de que ya nos conocemos. Me recuerdas a alguien...
-No lo sé, pero si eres de California dudo que nos hayamos visto. Es la primera vez que vengo.
-Probablemente es por culpa de la escasa luz. Además, si te hubiera visto antes, no habría olvi¬dado tu cara... ¿Quieres que bailemos?
-Me encantaría, pero antes tengo que ir al cuarto de baño.
Falcone todavía no la había reconocido, y Vivian tenía intención de marcharse de allí antes de que la reconociera.
-Te estaré esperando.
Vivian se perdió entre la multitud en dirección al cuarto de baño, pero en lugar de entrar, cambió de dirección y caminó hacia una de las salidas de emergencia. En cuanto salió, corrió hacia el aparca¬miento.
Miró la hora y pensó que todavía estaba a tiempo de tomar el último avión a Washington. Ya había to¬mado la decisión de regresar y se sentía libre, aun¬que lamentaba no poder montar en globo.
Sin embargo, también podía hacerlo en Mary¬land o Virginia. Y hasta podía invitar a la sombra a que la acompañara. Aún estaba pensando en ello, casi entre risas, cuando llegó a su coche.
Entonces, los acontecimientos se desataron con mucha rapidez. Alguien la agarró por detrás y se¬gundos después notó un pinchazo en un brazo. Luego, la oscuridad cayó sobre ella.

13

La luz de la luna entraba por la ventana e ilumi¬naba a Mafe. Esteban se apoyó en un codo y la ob¬servó. Se había quedado dormida en el taxi, cuando regresaban del bar, y lo último que le había dicho era que si le gustaban las perlas, también le gustaría que lo envolviera en plástico.
-¿En plástico? -le había preguntado él.
-Sí, parece que a algunos hombres les gusta. Consiste en vendarte como si fueras una momia. Tú no te podrás mover, pero yo sí y podré hacer todo lo que quiera. Seguro que te encantaría.
-No me gustaría que me torturaras hasta la muerte...
-No lo haría. Además, dejaría destapadas tu boca, tu nariz y cierta parte de tu anatomía. Hasta es posible que volviera a usar las perlas contigo.
-Empiezo a imaginármelo...
-En cuanto me dijiste que no llevabas calzonci¬llos, supe que debía probar la fantasía de las perlas. Y podemos practicar la momificación cuando llegue¬mos al hotel. Tengo todo un rollo de plástico.
Sin embargo, no habían practicado nada. Maria Fernanda Fernandéz se había quedado completamente dormida, como un tronco, y él no había tenido co¬razón para despertarla. Era evidente que estaba agotada y no le extrañaba en absoluto después de lo que habían hecho sobre la mesa de billar.
Al menos, había tenido ocasión de conocer a la verdadera Mafe, una mujer que lo volvía completa¬mente loco.
Comenzó a acariciarla y pensó que tal vez no fuera mala idea lo de envolverse en plástico. Pero pensó que sería mucho más interesante que él la envolviera a ella. Por supuesto, dejando varias par¬tes sin tapar.
Empezó a imaginar lo que haría con ella, pero reaccionó y borró todas las imágenes de su mente. Si seguía pensando en esos términos, terminaría por despertarla. Además, se dijo que tenían mucho tiempo por delante.
Entonces, cayó en la cuenta de que más tarde o más temprano tendrían que regresar a Washington. Sin embargo, quería seguir viéndola, quería pasar más tiempo con ella aunque todavía no supiera hasta qué punto deseaba mantener una relación.
Se levantó de la cama, tan silenciosamente como pudo, y se puso los calzoncillos.
La luz de la luna también iluminaba el salón de la suite, y era tan intensa que no tuvo que encender ninguna lámpara para poder servirse una copa de coñac. Tenía que pensar, trazar un plan. Pero, claro, tumbado junto a Mafe no podía pensar en nada. Se llevó la copa a los labios y echó un trago largo. Acto seguido, abrió el balón y salió al exte¬rior. Ante él se extendía el océano, totalmente ne¬gro, con algún destello plateado aquí y allá. Su abuelo solía decir que el mar era un lugar lleno de vida, que a veces resultaba peligroso, a veces sor¬prendente y siempre mágico.
Se preguntó qué diría Mafe cuando supiera que quería seguir viéndola en Washington. Por alguna razón, pensaba que no se sentiría menos preocu¬pada que él.
Seguramente intentaría huir, pero él la seguiría. O tal vez no, tal vez lo aceptara sin miedo. Ya había des¬cubierto que Mafe era una mujer realmente valiente.
Terminó de tomarse el coñac y miró el reloj. Eran las tres de la madrugada y consideró la posibi¬lidad de despertarla y poner en práctica el juegue¬cito del plástico. Pero estaba cansado y pensó que sería mejor que lo dejaran para la mañana si-guiente.
Bostezó, entró en la suite y se dirigió al dormito¬rio.

A las tres en punto de la madrugada, Tracker miró su reloj. Se había escondido en el interior de un armario y le dolía terriblemente la espalda. Ha¬bía conseguido entrar en el despacho del hotel a las once de la noche, pero poco después alguien entró y no tuvo más remedio que esconderse en el armario.
Por fin, la rubia que estaba trabajando en un or¬denador lo apagó. Por supuesto, podría haber he¬cho algo para poner fin a aquella ridícula situa¬ción, pero Esteban le había pedido que no formara ningún escándalo y que nadie se enterara de su presencia.
Cuando la mujer salió del despacho, esperó dos minutos más antes de abrir el armario y en cinco minutos encontró la información que buscaba. Mal¬dijo su mala suerte. De no haberse visto obligado a esconderse, ya habría comprobado si Vivian se en¬contraba en el lugar.
Según la ficha de la recepción del hotel, la her¬mana de su jefe se alojaba en la cabaña número cin¬cuenta y ocho, que se encontraba bastante cerca. Salió del edificio y avanzó hacia ella entre los árbo¬les. En una de las ventanas había luz y se preguntó si en aquel lugar nadie se acostaba pronto.
Avanzó a hurtadillas, pegado a la pared de la ca¬baña, y cuando llegó a la ventana se asomó. Entonces pudo ver a una mujer, acostada en la cama, que estaba leyendo. Las buenas noticias eran que no lo había visto. Las malas, que no era Vivian.
Caminó hacia la entrada de la cabaña para com¬probar que no se había equivocado. Lamentable¬mente, no lo había hecho. Era la cabaña número cincuenta y ocho y por otra parte resultaba evi¬dente que la rubia que se alojaba en ella se había cambiado el corte de pelo para parecerse más a Vivian.
Tracker se dijo que a veces odiaba su instinto. Odiaba tener razón en situaciones tan complicadas como aquella, pero no tenía más remedio que averiguar lo que sucedía. Había llegado el momento de obtener algunas respuestas, así que entró en la ca¬baña.

Cuando Mafe despertó a primera hora de la ma¬ñana, descubrió que Esteban la estaba abrazando. Sen¬tía su aliento en una oreja y su cuerpo apretado contra su espalda. Uno de sus pies estaba atrapado entre las piernas del hombre, que además le había pasado un brazo por encima de la cintura. Parecía como si no quisiera que se marchara.
Y no quería marcharse a ningún sitio.
Pensó en el sueño que acababa de tener. En él, habían estado haciendo el amor, pero de un modo increíblemente dulce. Había soñado que se amaban en mitad de la noche, que él la acariciaba una y otra vez y entraba en ella y le susurraba que siguiera durmiendo, que solo quería demostrarle lo mucho que la deseaba.
En realidad no estaba segura de que hubiera sido un sueño. Lo creía porque Esteban no le había hecho el amor hasta entonces de aquel modo. Pero fuera como fuera, en su sueño resultaba evidente que Esteban la deseaba a ella, no a uno de sus perso¬najes. Había sido maravilloso y no quería desper¬tar.
En aquel momento supo que se había enamo¬rado de Esteban SanRomán. Lo sabía con la misma cer¬tidumbre que sentía en ocasiones en el laboratorio, cuando realizaba un experimento y estaba conven¬cida, antes de su conclusión, de que saldría bien. Además, como científica sabía que mezclar la admiración con la atracción física era una combinación segura para conseguir una combustión emocional; y la mezcla de cariño y confianza era la fórmula perfecta del amor.
Cerró los ojos de nuevo e intentó aferrarse a su sueño. Así, la doctora Fernandéz tardaría más tiempo en despertar y en ponerse a buscar razones por las que aquella relación era imposible. Sabía que suce¬dería pronto, pero quería disfrutar del momento
Cuando sonó el teléfono, frunció el ceño y abrió un ojo. Supuso que Vivian no se atrevería a llamar a esas horas y enseguida recordó que su amiga nunca se levantaba tan temprano.
El teléfono siguió sonando con insistencia y Esteban se movió en la cama.
-Están llamando. Tendré que contestar -dijo ella.
-¿Por qué? -preguntó medio dormido.
-Porque podría ser Viv... Quiero decir que tal vez sea algo importante. Tal vez haya surgido algún problema en el laboratorio.
Mafe se levantó de la cama y abrió el bolso para sacar su teléfono móvil.
-¿Sueles tener problemas en el laboratorio?
-Hasta ahora solo he tenido uno. La semana pa¬sada forzaron la puerta y entraron.
Mafe no tardó en comprender que el teléfono que sonaba no era el suyo.
-Es el mío -dijo Esteban.
Hasta ese momento, Mafe no se había dado cuenta de que estaba completamente desnuda. Por alguna razón, no recordaba haberse desnudado, pero su ropa estaba sobre una silla, perfectamente doblada. De hecho, estaba segura de haberse quedado dormida en el taxi.
Por otra parte, nunca dormía desnuda. Pero su desnudez era tan innegable que empezó a pensar que el sueño erótico con Esteban tal vez no había sido un sueño.
En aquel preciso instante, su amante extendió un brazo y contestó la llamada.
-¿Dígame? Ah, hola...
Esteban apartó un momento el teléfono y dijo a Mafe:
-Es mi encargado de seguridad. ¿Por qué no preparas un café mientras hablo con él? Creo recor¬dar que ayer vi una cafetera en el mueble bar.
-De acuerdo.
-Eh, pero que conste que quiero tomar un café con Mafe, no con la doctora Fernandéz.
Mafe estaba a punto de ponerse algo encima, pero al oír que quería desayunar con ella, olvidó el asunto y salió del dormitorio.
Esteban sonrió al verla salir de la habitación. Hacer el amor con ella durante la noche solo había ser¬vido para aumentar su apetito. Quería más, y esta vez esperaba estar bien despierto cuando se encon¬trara en su interior.
-¿Te importa que hablemos más tarde? -pre¬guntó a Tracker.
-Vivian no está en el hotel -dijo su amigo.
-¿Qué?
-He pasado las dos últimas horas intentando confirmarlo. Cuando descubrí a una impostora en su cabaña, entré para averiguar lo que había suce¬dido. Incluso he conseguido convencer a la gerente del hotel para que me permitiera ver a todas las clientas y asegurarme.
Esteban se levantó de la cama y comenzó a cami¬nar de un lado a otro, nervioso, mientras su em¬pleado le explicaba lo sucedido. Estaba muerto de miedo.
-Entonces, ¿dices que se cambiaron en el aero¬puerto de Charlotte?
-Según la actriz que Vivian contrató para que se hiciera pasar por ella, entraron en el cuarto de baño de mujeres y se cambiaron de ropa y de pelu¬cas. Después, salieron por separado.
-Seguro que fue poco antes de que Vivian me llamara para decirme dónde se encontraba supues¬tamente...
-Tal vez, pero la actriz jura que no sabe dónde puede estar. Creo que dice la verdad. Seguro que Vivian lo planeó todo con mucho cuidado para que no pudiéramos descubrirla. He enviado a va¬rios hombres al aeropuerto de Charlotte para que investiguen todos los nombres de las personas que volaron ese día, pero aún no sabemos nada.
-Sospecho que Falcone sabe dónde está.
-No estamos seguros de eso.
-Yo sí estoy seguro. Por eso llamó por teléfono. Me dijo que tenía algo que me haría cambiar de idea. Y es obvio que se refería a Vivian.
-En ese caso no le hará daño. No se atrevería.
El hecho de que Tracker no le llevara la contraria era un mal síntoma: quería decir que él también creía que Vivian había acabado en manos de Falcone. Se repitió una y otra vez que era cierto, que aquel individuo no haría daño a su hermana, y se dijo que debía trazar un plan.
Caminó hacia el tocador y su mirada se clavó en el teléfono móvil de Mafe. Era del mismo color que el de su hermana. En el interior del bolso había una pe¬queña cartera, maquillaje y algunas monedas.
-Mis hombres están comprobando los vuelos de Charlotte. Pero hasta ahora no han encontrado a ninguna Vivian SanRomán.
-Puede que utilizara otro nombre.
-Eso es más fácil de decir que de hacer, porque necesitaría otro documento de identidad y ya he comprobado que voló a Charlotte con su propio nombre.
-Es posible que el billete a su nombre lo utili¬zara la actriz.
En aquel momento, Esteban cayó en la cuenta de lo que había sucedido. Regresó al tocador y volvió a mirar el bolso. La doctora Fernandéz era una mujer muy sistemática y no habría llevado monedas sueltas en el interior. Además, tampoco se compraría un telé¬fono móvil de color crema; seguro que el suyo era negro, más práctico y sobrio.
Antes de abrir la cartera, supo lo que iba a en¬contrar. Efectivamente, allí estaba el carné de con¬ducir de su hermana Vivian.
-Ya lo tengo, Tracker. Vivian se ha hecho pasar por la doctora Fernandéz y tiene su documentación.
-Maldita sea... Debí imaginarlo. Las dos debieron cambiar sus documentos antes de salir de la tienda.
-Sí, yo también debí imaginarlo.
Mientras escuchaba a su amigo, Esteban no dejaba de pensar en lo que había sucedido en las últimas horas. Evidentemente, habían encontrado un plan perfecto para mantenerlo distraído y conseguir que no pensara en nada.
Su principal duda, ahora, consistía en saber si Mafe se había prestado a todo ello voluntariamente o si su hermana también la había engañado a ella. Entonces, recordó lo que había dicho cuando sonó el teléfono: «Podría ser Viv...».
-¿Sabe la doctora dónde está tu hermana? - preguntó Tracker.
-No estoy seguro, pero lo voy a averiguar ahora mismo.


14

Esteban la descubrió en el balcón, disfrutando de la vista, y sintió un intenso dolor al verla. La de¬seaba con locura, pero empezaba a pensar que lo había engañado y que todo en ella era mentira.
-¿Dónde está Vivian? -preguntó de súbito.
-En un hotel de Carolina del Norte -respon¬dió.
-No, no es cierto. No llegó nunca a ese hotel.
Mafe lo miró con sorpresa primero y después confusión y preocupación. Esteban pensó que era una excelente actriz.
-No lo comprendo. Me dijo que se iba a ese ho¬tel...
-He visto que tienes su documentación. ¿Ella tiene la tuya?
-Sí, nos confundimos en la tienda y se quedó con mi bolso.
-Os confundisteis. Ya veo. ¿Y también fue una confusión que contratara a una actriz para que ocu¬para su habitación en ese hotel?
-¿Una actriz? ¿De qué estás hablando?
-Déjame que te cuente una historia. Mi her¬mana estaba muy enfadada conmigo, así que deci¬dió darme una pequeña lección. Estoy seguro de que te lo contó todo. Contrató a una actriz para que se hiciera pasar por ella en el hotel y te envió en avión para que me distrajeras -declaró Esteban-. Me dijiste que estaba en Carolina del Norte y ella llamó poco después para confirmarlo. Todo era per¬fecto, pero a pesar de eso lo habría comprobado de no ser porque me dijo que tenías un problema en el que te podía ayudar. Entre las dos conseguisteis en¬gañarme. Debo reconocer que fue brillante.
-Sé que parece que fue así, pero te aseguro que...
-¿Cuántas veces te ha llamado desde que ba¬jaste del avión? -la interrumpió.
-Dos... No, tres veces.
-¿Y no te ha dicho dónde se encuentra real¬mente?
-Me dijo que estaba en ese hotel. Al principio parecía muy contenta, pero la última vez que habló parecía estar aburrida.
-¿Y esperas que me crea eso? No eres muy buena mintiendo, doctora Fernandéz.
Mafe palideció, pero Esteban aún sentía deseos de vengarse de ella e insistió:
-Has estado jugando conmigo. Las dos os ha¬béis reído a mi costa. ¿Se puede saber durante cuánto tiempo pensabais mantener esta charada? ¿Y a quién de las dos se le ocurrió lo de las fantasías?
Mafe permaneció en silencio todo el tiempo; sen¬tía cada una de sus palabras como si fueran una bo¬fetada. Entonces, Esteban se alejó y dijo:
-Mira, te ruego que me digas dónde está. Que¬ría que viniera a Cayo Oeste conmigo por una buena razón. La semana pasada me busqué un buen enemigo y Vivian podría estar en peligro.
-Te lo diría si lo supiera, pero te aseguro que creía que estaba en ese hotel.
-En ese caso, ¿por qué os cambiasteis los docu¬mentos?
-Ya te he dicho que fue un accidente. A mí no me dijo nada de cambiar nuestra documentación. Nos equivocamos cuando nos poníamos las pelu¬cas en la tienda.
-¿Y para qué eran las pelucas?
-Para las fantasías eróticas, por supuesto.
-Ah, claro. Hay otra cosa que quiero saber, Mafe: ¿hay algo en ti que sea real?
Mafe no contestó a la pregunta, pero sus ojos se llenaron de lágrimas y Esteban tuvo que hacer un ver¬dadero esfuerzo para insistir.
-Por última vez, Mafe. Si sabes dónde está mi hermana, dímelo.
Mafe negó con la cabeza.
-Felicidades, Mafe. Ahora ya me lo has aclarado todo.
Esteban volvió a entrar en la suite y se dijo que nunca más volvería a confiar en nadie.
Mafe sacó la ropa del armario y la metió en su maleta. Tenía que marcharse de allí cuanto antes.
Solo entonces podría dejar de pensar en Esteban y sentirse mejor.
Entró en el cuarto de baño y comenzó a recoger sus cosas. Una botella de champú cayó al suelo, re¬botó y la golpeó en un pie. Cuando se agachó para recogerla, se le escurrió entre los dedos, volvió a re¬botar en una pared y la golpeó en una pierna.
No podía creer que se estuviera comportando de aquel modo. En general era una mujer meticu¬losa. Se miró en el espejo y notó que tenía ojeras. Las ojeras no la sorprendieron nada teniendo en cuenta lo que habían estado haciendo, pero las lágrimas, sí. No recordaba cuándo había sido la úl¬tima vez que había llorado. Maria Fernanda Fernandéz no llo¬raba nunca.
Ya ni siquiera sabía quién era. Antes de conocer a Esteban, lo sabía perfectamente. Era una mujer a quien le gustaba su trabajo y que solo echaba de menos una familia.
Se sentó sobre la tapa del retrete y apoyó la ca¬beza entre sus manos. Necesitaba regresar a Washing¬ton y volver a trabajar. Podía marcharse a su laborato¬rio y encerrarse en él. Con el tiempo, conseguiría olvidar a Esteban SanRomán.
Sabía que Esteban tenía todo el derecho del mundo a estar enfadado. Lo había engañado y era cons¬ciente de que nunca se perdonaría si había puesto a Vivian en peligro. La idea de que volara a Cayo Oeste había sido de Vivian, pero a pesar de eso ella la había aceptado rápidamente porque le encantó la idea de probar sus fantasías con él.
Hasta consideró la posibilidad de que ya enton¬ces estuviera enamorada de Esteban, pero no quiso pensar en ello. Ahora solo quería hacer el equipaje y marcharse.
Entonces, alguien llamó a la puerta. Supuso que era Esteban y abrió, pero era un empleado del hotel.
-No debería abrir la puerta sin asegurarse de quién llama, señora SanRomán.
-Pensé que era Esteban...
-Precisamente he venido por eso. El señor SanRomán ha hablado conmigo antes de marcharse. Me ha pedido que le dijera que permanezca aquí todo el tiempo que desee. ¿Hay algo que pueda ha¬cer por usted?
-Sí, me gustaría hacer una reserva para volar a Washington.
-Por supuesto. Preferiríamos que se quedara, pero lo haremos enseguida. ¿Podría darme la inicial de su nombre? Es todo lo que se necesita para re¬servar el billete.
-Es «V», de Vivian.
-Me encargaré de que hagan la reserva ahora mismo.
Cuando el hombre se marchó, Mafe se apoyó en la puerta e intentó pensar en lo sucedido. Comen¬zaba a creer que Vivian había cambiado los bolsos a propósito. Incluso recordó que había comentado que la próxima vez que conociera a hombre se ase¬guraría de que no supiera que era una SanRomán.
En realidad, todo había sido idea suya; incluso la compra de las pelucas y de los bolsos a juego. Pero tal vez lo había hecho por razones propias, porque quería marcharse a otro sitio y hacerse pasar por otra mujer. Por ejemplo, por Maria Fernanda Fernandéz.
Mafe tomó su bolso y salió de la suite. Cuanto antes llegara a Washington, antes sabría lo que había pasado con Vivian.

Servando Falcone hizo un gesto a su hijo para que se sentara al otro lado del escritorio. En sus manos tenía una copa de vino de la cosecha de 1998 de Bodegas Falcone, un cabernet. Era la mejor cosecha que habían obtenido hasta el momento y esperaba que mejorara aún más con el tiempo.
-¿Y bien? Cuéntame.
-Un grupo de trabajadores llegará aquí el sá¬bado a las tres para inflar los globos, y cualquiera de nuestros invitados podrá subir a ellos hasta el anochecer.
Servando alzó la copa de vino y comprobó su co¬lor. Su hijo había comprado cuatro globos la se¬mana anterior, con el argumento de que atraerían gente a la bodega y servirían para vender más vino.
-¿Y qué hay de nuestros otros negocios?
-Todo ha salido tal y como pensábamos.
-¿Has firmado el contrato?
-Lo firmaré el sábado.
-Eso dijiste la semana pasada...
-Lo sé, pero surgió un pequeño retraso.
-En negocios, los retrasos pueden ser fatales.
-Uno de mis hombres me ha asegurado que el contrato estará firmado el sábado sin falta.
Servando no dijo nada y Carlos se movió en su asiento, incómodo.
-Soy perfectamente capaz de dirigir Lansing. Sé que no confías en mí, pero lo tengo todo bajo control.
Servando pensó que su hijo estaba mintiendo.
Pero había algo peor que mentir: además, era un loco. Echó un trago de vino y pensó que en su fa¬milia siempre había habido locos. Era algo gené¬tico, como la debilidad que mostraban algunos SanRomán como el padre de Esteban. Y por desgra¬cia para él, Esteban se parecía bastante más a su abuelo.
Pero al final aquello no tendría la menor im¬portancia. Servando Falcone no estaba dispuesto a permitir que se rompiera su relación con SanRomán Enterprises. Por eso se las había arreglado para que Vivian conociera a Carlos en George¬town.
Y por eso, también había permitido la compra de los globos. Era una buena forma de impresionar a la hermana de Esteban. Casi podía imaginarla en uno de ellos, con Carlos, descendiendo a tierra en el preciso instante en que apareciera Esteban.
-¿Por qué no traes a Vivian a cenar esta noche? -preguntó a su hijo.
-Está muy ocupada. Tiene una presentación mañana.
-¿Una presentación? Pensé que había venido a California para verte.
Carlos frunció el ceño.
-En efecto, pero... aún no ha admitido que es Vivian SanRomán y sigue haciéndose pasar por una tal Valeska Souza. Tengo intención de decirle hoy que estoy al corriente de ello.
-No, será mejor que esperes a que ella te lo cuente.
Servando pensó que el hecho de que no se lo hu¬biera contado no era buena señal. Precisamente había confiado aquella tarea a su hijo porque se le da¬ban bien las mujeres.
-En fin, espero que cierres pronto ese con¬trato.
Cuando Carlos salió del despacho, Servando sus¬piró. Por fin tenía un plan para poner a Esteban SanRomán en su sitio.

Cuando se bajó del taxi y subió la escalera que llevaba a su dúplex, Mafe se alegró de estar en casa. Ahora ya sabía dónde estaba Vivian y que se en¬contraba a salvo. Tenía intención de llamar a Esteban y contárselo en cuanto entrara. Averiguarlo no le había costado demasiado; solo había tenido que lla¬mar al número de información de su tarjeta de cré¬dito y había averiguado que había realizado dos grandes gastos en los últimos días: un billete a San Francisco y de otro al Cháteau Mirabeau del valle de Napa.
Dejó el bolso en el suelo y comenzó a buscar las llaves. Pero hasta entonces no se le había ocurrido pensar que no podían estar allí porque ese ni si¬quiera era su bolso. Llamó a la puerta del vecino, pero sin demasiadas esperanzas; era un corretor de bolsa que estaría trabajando a esas horas y natural¬mente tardaría mucho en regresar.
Entonces, decidió que podía entrar por alguna de las ventanas de la parte de atrás. Caminó hacia la parte posterior del edificio y recogió una piedra del suelo para lanzarla y romper el cristal.
-¿Señorita?
Al oír la voz, Mafe se sobresaltó y se dio la vuelta.
-¿Quién es usted?
-El detective Ramsey del departamento de po¬licía del distrito de Columbia. Y ahora, dígame quién es usted y qué está haciendo aquí.
-Soy Maria Fernanda Fernandéz y vivo en esta casa.
-¿Y por qué lleva una piedra en la mano?
-Porque no tengo la llave y el vecino no está en casa para darme su copia.
-¿Lleva encima alguna identificación?
-No, me temo que una amiga y yo nos confun¬dimos de bolsos y se ha quedado con el mío. Su nombre es Vivian SanRomán -dijo, mientras abría el bolso-.Aquí tiene su identificación. ¿Es ahora cuando va a decir que tengo derecho a un abogado?
El policía sacó una fotografía de un bolsillo y la miró.
-No, no será necesario. Ya veo que es usted la doctora Fernandéz. Hemos intentado localizarla varias veces. ¿Nunca responde a su teléfono móvil?
-Sí, pero mi amiga también se quedó con mi te¬léfono.
-Pues tampoco lo contesta. ¿Dónde ha estado estos días, doctora Fernandéz?
-En los cayos de Florida.
-Pues me temo que tengo malas noticias para usted. El miércoles pasado, alguien entró en su apartamento. En la universidad estaban preocupa¬dos por cierta investigación suya e intentaron loca¬lizarla, pero no lo consiguieron. Creen que lo suce¬dido en su casa y lo que pasó en el laboratorio puede estar relacionado y se preocuparon mucho al ver que no aparecía.
-¿Creyeron que me habían raptado?
-Denunciaron su desaparición, aunque oficial¬mente no comenzamos las investigaciones en esos casos hasta que transcurren cuarenta y ocho horas. Mientras tanto, el departamento me ordenó que vi¬gilara su casa. Si no le importa, me gustaría entrar con usted para que me diga si falta algo en la vi¬vienda.
-Por supuesto.
Mafe no se podía negar, aunque todo aquello co¬menzaba a preocuparla seriamente.
Cuando entró en la casa, vio que todo estaba revuelto. Habían tirado los muebles y arrojado al suelo todo lo que había en el interior de los ar¬marios de la cocina, incluida la vajilla. El suelo es¬taba lleno de cristales y de fragmentos de platos rotos.
-¿Hay alguna forma de saber si encontraron los documentos de su investigación?
Mafe negó con la cabeza.
-No están aquí. Pero ¿por qué querrían ha¬cerme algo así?
-Porque, sea quien sea, está enfadado con us¬ted. Probablemente, por no haber podido encon¬trar lo que buscaban.
-Pero en el laboratorio se limitaron a abrir la caja fuerte...
-Hay gente de la universidad que piensa que tal vez estaban buscando algo más que sus fórmu¬las.
-No lo comprendo.
-Usted tiene la costumbre de trabajar los do¬mingos en la universidad, pero el día que asaltaron su laboratorio, no estaba allí. Después forzaron su casa el miércoles, cuando al parecer suele estar en ella.
-¿Qué insinúa, detective?
-Que tal vez pretendieran sorprenderla. Y al ver que no estaba en casa, lo destrozaron todo.
Mafe no quería creer lo que estaba oyendo.
Pero entonces pensó algo peor. Vivian se estaba haciendo pasar por ella y había desaparecido. Si el detective Ramsey tenía razón, podía encontrarse en graves aprietos.
-Detective, si existe la posibilidad de que inten¬taran secuestrarme, tengo que hablar con alguien inmediatamente.


15

Vivian comenzó a recuperar la consciencia poco a poco. Le dolía la cabeza y cuando abrió los ojos notó que estaba tumbada sobre algo duro. Quiso moverse para cambiar de posición, pero no pudo.
Tuvo miedo y pensó que estaba soñando y que por eso se sentía paralizada. Pero entonces empezó a recordar. Recordó que había viajado a California para ver a Carlos y para dar una lección a su her¬mano Esteban y a su jefe de seguridad. Sintió cierta satisfacción, pero le duró poco.
No era una pesadilla. Ni siquiera podía mover las caderas. Echó un vistazo a su alrededor, pero solo vio dos paredes. No sabía dónde se encontraba; era una habitación pequeña, una especie de celda.
Intentó esforzarse en recordar lo sucedido du¬rante las últimas horas. Recordó haberse encon¬trado con Carlos en el local nocturno y haber salido a la calle. Incluso recordó el pinchazo en uno de sus brazos.
Alguien la había drogado.
-Le pusiste una dosis demasiado alta. Te lo dije. La voz sonó muy cercana y Vivian se apresuró a retomar la posición anterior para que no supieran que se había despertado.
-Querías que se hiciera rápidamente y de forma limpia y eso es lo que se ha hecho.
-El jefe quiere hablar con ella.
-No hables tan alto. Es posible que despierte en cualquier instante.
-Sigue dormida. No se ha movido desde que la dejé.
-Vamos a verlo...
Vivian se quedó muy quieta, con los ojos com¬pletamente cerrados, y no se movió cuando sintió que la pellizcaban en una mejilla.
-¿Lo ves? La dosis era demasiado alta.
-Si no te callas de una vez, te daré una dosis a ti.
-No es de mí de quien debes preocuparte. Él no va a tolerar más errores.
-¿Quieres tranquilizarte un poco? Su pulso es normal. Se encuentra bien. Además, él no vendrá hasta mañana.
-No me gusta esto...
Vivian apenas respiró hasta que se marcharon los dos hombres. Seguía sin saber dónde se encon¬traba, pero no había oído ninguna puerta y eso le llevó a pensar que tal vez estuviera en un camión o algo parecido.
Pensó en la posibilidad de que Carlos estuviera detrás de todo aquello. Pero no tenía sentido. No la había reconocido en el bar y no tenía razón alguna para secuestrarla. Salvo el dinero. Pero ni siquiera sabía que era Vivian SanRomán.
Entonces, hizo un esfuerzo para intentar tocar el material que habían utilizado para atarla. Enseguida comprobó que era cinta aislante y hasta descubrió que no estaba atada a ningún objeto; se habían limi¬tado a inmovilizarla con la cinta.
Consiguió incorporarse lo suficiente como para quedarse sentada y se dijo que lo primero que te¬nía que hacer era encontrar algo para cortar sus ataduras.


Esteban paseaba con nerviosismo por su despacho mientras Tracker lo informaba sobre la situación. Habían estado en contacto directo todo el día.
-¿Me estás diciendo que ya sabes dónde se alo¬jaba Vivian pero que ha desaparecido?
-Estoy diciendo que no se encuentra allí en este momento. Se registró el miércoles pasado como Maria Fernanda Fernandéz en el Cháteau Mirabeau del valle de Napa. El recepcionista del hotel me ha dicho que salió anoche para tomar algo y que na-die la ha visto esta mañana. Según una de las muje¬res de la limpieza, no ha dormido en su habitación.
-¿Se lo has notificado a la policía?
-No, no creo que sea oportuno de momento. Pensarían que estamos exagerando.
-¿Mi hermana ha desaparecido y tú crees que exageramos por llamar a la policía? -preguntó.
-Escúchame. El hombre que sigue a Carlos Fal¬cone me dijo que cenó el jueves con una rubia que encaja con la descripción de Vivian.
-¿Insinúas que viajó a San Francisco para estar con él y que podría encontrarse con él ahora?
-No me gusta la idea, pero podría ser. Tú mismo me dijiste que no sabía nada de lo sucedido entre Servando Falcone y tú. Además, Carlos tiene reputa¬ción de mujeriego.
Esteban se detuvo junto a la ventana de su despa¬cho. Por primera vez en su vida pensó que mante¬ner alejada a su familia del destino de la empresa tal vez no fuera tan buena idea. Hasta cabía la posi¬bilidad de que Tracker tuviera razón y estuviera exagerando.
-¿Sigues ahí, jefe?
-Sí. A mí tampoco me gusta lo que dices, pero tal vez tengas razón.
-Quiero comprobarlo de todas formas. Le he pedido a uno de los hombres que averigüe si pasó la noche con Falcone. Será difícil, pero sabré algo pronto. Mientras tanto, comprobaré personalmente los sitios que el recepcionista le recomendó a Vivian anoche. ¿Has sabido algo más de Servando Fal¬cone?
-No.
-No creo que él tenga nada que ver con la de¬saparición de tu hermana. Sé que no confías en él, pero piénsalo un momento. Si desea seguir ha¬ciendo negocios contigo, sería absurdo que la se¬cuestrara.
-Pero podría utilizarla para chantajearme.
-No, tú mismo has dicho que es un hombre de negocios inteligente. Sabe que si hiciera eso, te ven¬garías de él.
Lo que Tracker decía tenía sentido. Por mucho que lo disgustara aquel hombre, tampoco creía que hubiera ordenado a su hijo que secuestrara a Vivian.
-Si Falcone sabe que Carlos está saliendo con Vivian, es posible que te llamara por teléfono solo por eso. Te recomiendo que hables con la doctora Fernandéz. Conoce a tu hermana y tal vez pueda darnos más información.
-No está aquí. No la he traído conmigo.
Tracker no dijo nada.
-¿No vas a preguntarme por qué la dejé en Flo¬rida?
-No es asunto mío.
-Me mintió, Tracker.
-Bueno, eso es típico de las mujeres. Sin em¬bargo, no te ofendas si te digo que tu hermana se lleva la palma en eso de mentir.
-Sí, es cierto. ¿Tienes a alguien en Cayo Oeste que pueda hablar con la doctora y comprobar si se encuentra bien?
-Sí, por supuesto. Me encargaré de eso. Acababa de colgar el teléfono cuando sonó su intercomunicador.
-¿Sí?
-Hay alguien aquí que quiere verte... Señorita, no puede entrar así...
La puerta del despacho se abrió entonces y Esteban se encontró cara a cara con Mafe. Además, no es¬taba sola. La acompañaba un hombre.
-¿Quién es usted? -preguntó Esteban.
-Soy el detective Ramsey, del departamento de policía. Solo quería asegurarme de dejar a la doc¬tora en buenas manos. Su casa no está en condicio¬nes y tendrá que pasar la noche en otro sitio.
Esteban no entendía nada, pero miró a Mafe y pre¬guntó:
-¿Qué haces aquí?
Por un momento, pensó que Mafe se daría la vuelta y se marcharía. Pero no lo hizo.
-Creo que sé dónde está Vivian. O al menos, dónde estaba. Y es posible que se encuentre en pe¬ligro.

16

Mafe echó un trago del vaso de agua que le había ofrecido Esteban mientras escuchaban al detective Ramsey, que estaba haciendo un resumen de lo su¬cedido. Sentía verdadero pánico. Vivian podía estar en peligro por su culpa.
-¿Está diciendo que hay alguien tan interesado en el trabajo de la doctora como para intentar se¬cuestrarla? -preguntó Esteban.
-En efecto. Al parecer hay varias empresas de biotecnología que están muy interesadas en sus des¬cubrimientos, y hasta mis jefes se han molestado mucho en que investiguemos este caso. De lo con¬trario no estaría aquí. Generalmente me dedico a in¬vestigar delitos que ya se han producido, no a la pre-vención -declaró el policía-. Además, la doctora cree que su hermana podría encontrarse en grave peligro. ¿Cuánto tiempo hace que desapareció?
-Menos de veinticuatro horas. Mi personal de seguridad averiguó su paradero del mismo modo que la doctora Fernandéz. Vivian salió anoche y no re¬gresó a su hotel. Creemos que pudo encontrarse con algún hombre allí y que tal vez siga con él.
-No lo creo -dijo Mafe.
Los dos hombres la miraron.
-Estaba con alguien, pero sé que ahora no es¬tará con él porque había descubierto que no le gus¬taba.
-En ese caso, tal vez haya tomado un avión de regreso -comentó el policía.
-Le diré a mi personal de seguridad que com¬pruebe los vuelos de San Francisco.
-Manténgame informado. Aquí mi tiene mi tar¬jeta. Si me necesita, llámeme. Ahora tengo que re¬gresar a comisaría...
-De acuerdo, detective.
Esteban acompañó al policía a la salida y Mafe in¬tentó encontrar fuerzas para enfrentarse a su amante a solas. Pero tenía tanto miedo que deseó huir y ya estaba a punto de marcharse cuando Esteban volvió a entrar en el despacho y cerró la puerta.
Lo miró a los ojos, pero no notó expresión al¬guna en ellos. La observaban con frialdad, como si fuera una perfecta desconocida.
-Todo es culpa mía -dijo ella.
-Ahora no tiene sentido pensar en esas cosas.
-Tienes razón. ¿Qué puedo hacer para ayu¬dar?
-¿Hacer?
Esteban dio dos pasos hacia ella, pero se detuvo y se quedó en silencio. Mafe estaba tan tensa que hasta podía oír los acelerados latidos de su corazón.
Entonces, sonó el intercomunicador.
-¿Qué sucede?
-El señor Falcone quiere hablar contigo. Está la en la línea dos.
-Gracias. Pásamelo.
-Espero que hayas tenido un vuelo agradable, Esteban.
-Sí, yo diría que ha sido incluso aburrido.
Esteban se las arregló para parecer calmado aun¬que no lo estaba en absoluto. No solo se trataba del asunto de su hermana; además, la presencia de Mafe lo había alterado aún más.
-No debiste dejar a tu amante en el hotel. Su compañía te habría evitado el aburrimiento.
-Yo llegué a la misma conclusión. Precisa¬mente por eso la tengo a mi lado ahora -dijo, mientras se sentaba en el borde del escritorio.
-Ah. Es muy distinta a las mujeres con las que salías hasta ahora. Pero me han contado que es muy interesante...
-Lo es, pero estoy seguro de que no me has lla¬mado para hablar sobre mi vida sentimental, ¿ver¬dad?
El hombre rió.
-No, claro que no. He llamado para recordarte la fiesta de mañana en mi viñedo. Tráete a tu amiga si quieres. Me gustaría verte, aunque solo sea por los viejos tiempos.
-Sí, por los viejos tiempos.
-Incluso podría persuadirte para iniciar tiem¬pos nuevos. Tu hermana ha aceptado la invitación.
-¿Vivian? -preguntó, totalmente sorprendido. Esteban no esperaba que mencionara a su hermana.
-Sí, parece que ella y Carlos se han hecho muy amigos en las últimas semanas y la ha invitado.
-Entonces, estoy seguro de que la tratarás de forma muy especial. Hazlo por los viejos tiempos, Servando.
Falcone permaneció en silencio unos segundos.
-Hay otro asunto por el que quiero que vengas. Tenemos que hablar de negocios.
-No lo creo.
-Escúchame un momento. Lansing está a punto de conseguir una investigación muy prometedora que podría dar mucho dinero. Es posible que te in¬terese, pero si no es así, presentaré el proyecto di¬rectamente a tu junta directiva.
Esteban cayó en la cuenta entonces. Lansing era una empresa de biotecnología, que naturalmente podía tener muy buenas razones para estar intere¬sada en las investigaciones de Mafe. Cabía la posibi¬lidad, entonces, de que Falcone hubiera intentado secuestrar a Maria Fernanda Fernandéz.
-Te veré mañana a las tres -continuó Servando-. Sacaré una de mis mejores botellas de vino para compartirla contigo.
Cuando colgó el teléfono, Mafe preguntó:
-¿Vivian se encuentra bien?
-No lo sé. Por lo que sé, Servando piensa que os tiene a las dos. Dice que Vivian estará en la fiesta mañana y que su empresa está a punto de adquirir ciertas fórmulas que podrían ser tu investigación. ¿Cuántas empresas te han hecho ofertas por ella?
-Tres desde que publiqué aquel artículo el mes pasado. Los resultados son simplemente prelimina¬res, como ya te dije, pero las enzimas que he pro¬bado han tenido efectos muy prometedores en las ratas.
-¿Y qué les dijiste a las empresas?
-Que no estaba interesada. Prefiero trabajar con la universidad porque me dan mucha más li¬bertad que una empresa privada.
-Pero ganarás menos dinero...
Mafe se encogió de hombros.
-El dinero no lo es todo.
-¿Te presionó alguien cuando te negaste a ven¬der tu descubrimiento?
-Uno de ellos fue particularmente pesado, pero la culpa fue mía porque vi varias veces a su re¬presentante. Creí que estaba interesado en mí y solo quería que le firmara un contrato de exclusivi¬dad. De hecho se enfadó mucho cuando me negué a firmarlo.
-¿Cómo se llamaba la empresa?
-Lansing.
-Bingo -dijo Esteban-. ¿Cuánto tiempo ha pa¬sado desde que te negaste a firmar ese acuerdo?
-Muy poco. Fue unos días antes del cumpleaños de Vivian.
-Eso explicaría que pasaran al plan B... Entra¬ron en tu laboratorio el domingo, lo que significa que estaban desesperados por conseguir tu investi¬gación.
-Pero eso no tiene sentido. Si me hubieran rap¬tado para que firmara el contrato, yo habría acu¬dido después a la policía...
-Sí, pero conozco a Falcone y habría limpiado bien su rastro. Contaría una historia bien diferente y tendría tu firma en el contrato. Podrías llevar la cuestión a los tribunales, pero pasaría mucho tiempo. Además, es posible que el contrato no le hi¬ciera falta para nada. Le bastaría con tener acceso a la información de tu investigación.
-Pues no lo conseguirá. Mis notas están bien guardadas. Pero Vivian se encuentra en peligro... ¿Qué pasará cuando descubran que no soy yo? Te¬nemos que encontrarla antes de que se den cuenta.
-Mafe, yo...
Esteban la tomó de las manos, pero el teléfono sonó en aquel instante y tuvo que contestar la lla¬mada. Era Tracker.
-Estoy en el Side Street Grill, uno de los locales que el recepcionista recomendó a tu hermana. Al parecer, Carlos Falcone estuvo anoche aquí. El ca¬marero no recuerda haber visto a nadie con la des¬cripción de tu hermana, pero vio a una pelirroja en la barra que estaba hablando con Carlos. La mujer se marchó y él siguió allí gran parte de la noche.
-Mafe está aquí y me ha dicho que Vivian se ha¬bía aburrido de Carlos y que pretendía regresar. Acto seguido, Esteban le contó todo lo sucedido con Mafe...
-Menudo desastre...
-¿Puedes vigilar la propiedad de Falcone?
-Claro. Pensaba dirigirme allí ahora mismo - respondió Tracker.
-Perfecto. Yo tomaré un avión y estaré ahí en cinco horas.
-¿Y qué hay de la doctora Fernandéz?
-Ella se quedará aquí.
En cuanto colgó el teléfono, Mafe se acercó a Esteban y dijo:
-Me voy contigo.
-No es seguro.
-Tú sabes quién ha secuestrado a Vivian, ¿ver¬dad?
-Sospecho que ha podido ser un viejo enemigo mío, Servando Falcone. Así que te voy a dejar con al¬guien que cuide de ti.
-Escúchame, Esteban. Si voy contigo, sabrán que han secuestrado a la persona equivocada y tendrán que soltarla.
-No es tan sencillo. Servando Falcone quiere ha¬cerme daño y además no confío en él. Si descubre que han secuestrado a la persona equivocada, po¬drían intentar utilizar a Vivian.
-De todas formas me necesitas. La soltará si firmo ese contrato con su empresa. Le daré mi in¬vestigación.
-No puedes hacer eso... Mafe se acercó a él.
-Tal vez puedas decirle a Vivian lo que debe hacer, pero a mí no. Yo puedo seguir investigando, pero Vivian es irremplazable. Si no me llevas con¬tigo, iré por mi cuenta.
Esteban la observó con atención. Parecía una espe¬cie de Juana de Arco dispuesta a afrontar cualquier peligro.
Y no dudó, ni por un momento, que era capaz de seguirlo.
-Si dejo que vengas conmigo, tendrás que cum¬plir ciertas normas.
-Estoy acostumbrada a las normas. Son habituales en la vida de un científico. Pero ¿por qué no ha¬blamos de ello por el camino?
Mafe se sentó en el asiento que estaba frente al de Esteban. Estaba muy cansada y se quedó dormida. A Esteban no le extrañó en absoluto. En realidad, nin¬guno de los dos había dormido demasiado en los últimos días.
La miró y tuvo la impresión de que la conocía desde siempre. Miró por la ventanilla y contempló el paisaje. Habían despegado poco antes del ama¬necer y la luz era muy intensa. Tracker llamó poco antes y le comentó que tenía un plan para entrar en la propiedad de Falcone, pero Esteban conocía a su enemigo y consideraba muy improbable que no hubiera tomado todas las precauciones necesa¬rias.
Cerró los ojos, desesperado ante la posibilidad de no volver a ver a su hermana, y cuando los abrió de nuevo clavó la mirada en Mafe. Solo unas horas antes estaba con ella en la cama, observando cómo dormía.
Desde entonces habían cambiado muchas cosas, pero ella no. Parecía tan frágil e indefensa como siempre.
Se sirvió un poco de vino en una copa y echó un trago. Se había llegado a convencer de que Mafe era un fraude y de que lo había engañado en todo, pero ya no estaba tan seguro en absoluto. Además, estaba dispuesta a arriesgar su vida y su trabajo por Vivian.
En cualquiera de los casos, no tenía intención de dejarla sola hasta que arreglara sus problemas con Falcone. Cuando su antiguo socio le dijo que sabía que había estado con ella en Florida, tuvo miedo. Si Falcone hubiera sabido que su acompañante era Mafe, probablemente habría intentado algo contra ella. Y él no se lo habría perdonado nunca.
Sin embargo, sabía que no había aceptado que lo acompañara solo para protegerla mejor. Sencilla¬mente, deseaba a Maria Fernanda Fernandéz.
Estar allí sentado, contemplándola, era una ver¬dadera tortura para él. Quería tocarla, descubrir lo que le gustaba, provocar su placer y saberlo todo sobre ella. Hasta pensó que si hacían el amor una vez más, tal vez consiguiera sacarla de su mente.
Pero si no lo conseguía, tendría que enfrentarse a la realidad.
Entonces, se levantó, la tomó en brazos y la llevó al pequeño dormitorio del avión.
Mafe soñó que hacía el amor con Esteban. Podía sentir cómo la agarraba por las muñecas, como la besaba de forma insaciable y posesiva, moviéndose sobre ella, extrayendo todo de su interior.
Extendió un brazo para tocarlo y en su sueño pensó que él era todo suyo.
-Mafe, despierta...
La voz sonaba suave y seductora, pero la joven se resistió a despertar.
-Mafe, estamos en el avión, despierta. Solo entonces, abrió los ojos.
-¿Qué? ¿Dónde estamos?
-En mi avión privado, ¿recuerdas? Supongo que ahora nos encontramos a unos cuarenta mil pies de altura, sobrevolando Kansas.
-Esteban...
-Shh...no digas nada. No queremos que mi pi¬loto se entere de lo que estamos haciendo.
Mafe se ruborizó.
-Te has ruborizado, Mafe. ¿Te he dicho alguna vez lo mucho que me excita que te ruborices? No creo que ni Sally ni Fiona fueran capaces de rubori¬zarse. Aunque tú eres la experta en esas cosas, claro está...
-No sigas. Si esa es tu forma de castigarme...
-Vaya, la doctora ya ha regresado. Supongo que ella tampoco se ruboriza. Siempre está ocupada planeando o analizando cosas -declaró, mientras la besaba en el cuello.
Esteban la dejó sobre la cama del avión y comenzó a desabrocharle los pantalones.
-¿Quieres que me detenga? -preguntó él.
-No, sigue. Sigue...
El hombre introdujo un dedo entre sus muslos.
-Puedo parar en cuanto quieras...
-Por favor, no te detengas.
-¿Por qué no me dices exactamente lo que quieres que hagamos?
-Pero vamos a romper unas cuantas normas...
Él sonrió.
-Yo me estoy limitando a aplicar tus normas. Y ahora es mi turno, mi fantasía. Aunque no recuerdo que llegara a confesarte cuál era mi fantasía de ver¬dad.
-No...
-Mi fantasía somos tú y yo, completamente a solas, sin más preocupación que darnos placer. Esteban comenzó a masturbarla con los dedos y ella se dejó llevar.
-Relájate -dijo él-, y mírame. Dime que me deseas.
-Te deseo- dijo ella.
-Mírame, Mafe. Pronuncia mi nombre.
-Esteban.
Esteban se inclinó y la besó en la boca. La mujer estaba temblando cuando por fin se colocó sobre ella y entró en su cuerpo.
Fue tal y como lo había imaginado, aunque no había supuesto que su rendición pudiera ser tan dulce. En cuanto comenzó a moverse, ella se movió con él, al unísono, como si fueran la misma per¬sona. Esteban intentó imprimir un ritmo lento por-que quería que durara todo lo posible y quería em¬paparse de su expresión de deseo y de sus mejillas ruborizadas.
Pero cada vez que se hundía en ella, perdía un poco de sí. Sin darse cuenta, aceleró el ritmo y cuando Mafe le acarició la espalda, supo que ya no podría detenerse.
Segundo después sintió el orgasmo de la mujer y oyó que pronunciaba su nombre mientras se unía a ella en el clímax.
Durante un buen rato, Mafe no hizo otra cosa que absorber las sensaciones que todavía la recorrían. Pensó que podía oír los latidos del corazón de Esteban, pero acto seguido se dijo que tal vez fueran los suyos. Nunca se había sentido tan completa con nadie.
Nunca había imaginado nada parecido. Pero en aquel momento no quería pensar ni analizar nada. Solo quería aferrarse al presente.
Justo entonces, el avión pegó un fuerte salto y Mafe se dio un golpe en la cabeza.
-¿Qué ha sido eso? -preguntó ella.
-¿Te has hecho daño?
-No -respondió entre risas.
Enseguida, sonó la voz de Jill en el sistema de co¬municación del avión.
-Siento los sobresaltos. Estamos pasando por una zona de turbulencias. Espero que llevéis los cinturones puestos.
Esteban pulsó el botón del intercomunicador.
-Estamos bien, no te preocupes.
-De acuerdo, pero no os quitéis los cinturones.
-Gracias, Jill...
En cuanto se cortó la comunicación, Mafe volvió reír.
-Nunca lo había hecho en un avión. Es una de las fantasías más recurrentes de los hombres. Hasta han formado un club para esas cosas. Seguro que has oído hablar de él.
-Sí, he oído hablar de él.
-No entiendo por qué hacen una cosa así. Sale muy caro y no hay gran diferencia...
-Supongo que lo hacen por el riesgo. En los avio¬nes comerciales te pueden descubrir muy fácilmente.
-Sí, tal vez tengas razón, pero las posibilidades de que se produzca un coitus interrumptus son muy superiores...
Esteban rió y la acarició de nuevo.
-Cariño, ¿estás preparada para otra sesión?
-No deberíamos -murmuró ella.
-Pensaba que los científicos siempre estáis dis¬puestos a experimentar cosas nuevas -dijo. Entonces, Mafe se colocó sobre él y volvieron a hacer el amor.

17

Tracker se reunió con ellos en un local desde el que se podía ver el Golden Gate.
-La doctora Fernandéz, imagino -dijo, antes de es¬trechar su mano.
-Y supongo que tú eres la sombra...
-¿La qué?
-Así es como te llama Vivian, porque al pare¬cer siempre te las arreglas para ocultarte en las sombras. La tienes muy frustrada.
-El sentimiento es mutuo.
-Pero te admira...
-Eso también es mutuo.
Esteban se sentó a su lado y Tracker preguntó:
-¿Os han seguido?
-No lo creo. Hemos realizado el último tra¬yecto a pie y hemos tomado precauciones. ¿Ya has averiguado dónde se encuentra Vivian?
-Hablé con los empleados del local donde es¬tuvo anoche y uno de ellos dijo que vio salir a una mujer y dirigirse al aparcamiento. Pensó que estaba borracha porque dos hombres la introdujeron en un vehículo, una furgoneta plateada -declaró Trac¬ker-. El camarero ha resultado ser de gran ayuda, porque no solo pudo darme la descripción, sino también la matrícula. Y adivina a quién pertenece.
-A Falcone.
-A Carlos Falcone.
-Pero se quedó en el bar después de que ella se marchara...
Tracker asintió.
-Claro, para tener una coartada. Habría sido un buen plan si no hubiera utilizado una furgoneta de su familia para realizar el secuestro.
-Nadie ha dicho que fuera Einstein...
-¿Podemos ir a buscarla? -preguntó Mafe.
-Lo haremos. Pero me preguntó a quién cree Carlos que ha secuestrado. Anoche llevaba peluca y estaba utilizando la tarjeta de crédito de Mafe.
-Puede que Vivian no le haya dicho su verda¬dero nombre -intervino la mujer-. La semana pa¬sada me comentó que la próxima vez que conociera a un hombre le daría un nombre falso para asegu¬rarse de que no estaba interesado en su dinero.
-Tal vez le dijera que eras tú...
-No, no creo que Vivian hiciera eso.
-Nada de esto tiene el menor sentido –dijo Trac¬ker-. Pero sabemos que alguien la raptó anoche.
-¿Llamamos a la policía? -preguntó Mafe.
-Carlos solo tendría que decir que le han ro¬bado su furgoneta y se libraría de la denuncia.
-Y mientras tanto, algo malo le podría suceder a mi hermana -dijo Esteban-. ¿Crees que la tienen aquí?
En aquel momento, se acercó una camarera y les sirvió tres cafés. Tracker sacó un mapa y comenzó a hablar.
-Esta mañana di una vuelta por la propiedad de los Falcone, aprovechando una visita turística. Natu¬ralmente aproveché la ocasión para perderme y lo¬calicé la furgoneta entre otros vehículos -dijo, se¬ñalando una zona del mapa-. Está aquí, junto al edificio principal.
-¿Crees que la habrán llevado a la casa?
Tracker se encogió de hombros.
-Sería estúpido teniendo en cuenta que este fin de semana tienen invitados. Cualquiera podría des¬cubrirla. En cuanto a las bodegas, sería demasiado arriesgado porque las visita mucha gente -dijo-. Este fin de semana van a instalar tiendas para los in¬vitados en el jardín, pero la casa permanecerá ce¬rrada excepto para algunos invitados especiales.
-Como nosotros.
Los dos hombres dejaron de hablar cuando la camarera se acercó de nuevo para servirles una montaña de huevos, panceta y patatas fritas. Esteban y Tracker quisieron alcanzar la sal al mismo tiempo y sus manos chocaron, así que Esteban se en¬cargó de la pimienta. Después, los dos quisieron alcanzar la salsa de tomate.
-Veo que habéis trabajado juntos muchas ve¬ces -dijo ella.
-¿Por qué lo dices?
-Porque es evidente que estáis acostumbrados a comer juntos y porque os compenetráis de tal forma que hasta os adelantáis a lo que va a decir el otro.
-Una mujer muy perceptiva -dijo Esteban, mi¬rando a Tracker.
-Me alegro que estés con nosotros, Mafe. Nos vendrá bien toda la ayuda que podamos conseguir.
Mafe pensó que incluso se parecían, aunque Trac¬ker tenía un aspecto más duro y menos refinado que Esteban. Pero a pesar de eso, Esteban no encajaba en modo alguno en el tipo de hombre del que creía que se enamoraría. De hecho, era un hombre que asustaba.
-Estoy seguro de que Vivian se encuentra en algún lugar de la propiedad.
-Me gustaría saber si son conscientes de a quién raptaron ayer -comentó Esteban.
-Y a mí.
-La policía cree que han podido intentar raptar a Mafe dos veces, así que es posible que piensen que esta vez lo han logrado.
-Sí, es lo más lógico. Además, Vivian se registró como Mafe y llevaba su documentación y su tarjeta de crédito.
-Pero si Carlos ya la había visto, tuvo que reco¬nocerla ayer en el bar aunque llevara peluca - intervino Mafe.
-Tal vez.
-En cualquier caso, lo único que sabemos es que la han raptado. El resto es solo teoría -dijo la mujer-. Será mejor que asistamos a esa fiesta. Si es necesario, firmaré el contrato para que la liberen.
-Pero tú no quieres firmar ese contrato -dijo Esteban.
-Vivian no se encontraría en esta situación si no fuera por mí. Tenías razón cuando me acusaste en Florida de mentirte. Te engañé, no te dije toda la verdad. Si lo hubiera hecho, no habría pasado nada de esto.
-Mafe...
-Es mi mejor amiga y la quiero mucho.
-Bueno, lo que dices tiene lógica -observó Tracker.
-Gracias -dijo ella, con una sonrisa.
-¿No vas a terminarte tus patatas fritas? -pre¬guntó Tracker.
-No.
-Pero si no has comido casi nada -dijo Esteban.
-Bueno, dejalo ya. Tenemos que actuar rápida¬mente -dijo Tracker, con la boca llena de patatas.
-Se producirá una gran confusión cuando me vean llegar -comentó Mafe.
-No -respondieron los dos hombres al uní¬sono.
-No puedes aparecer allí como Maria Fernanda Fernandéz. Te pondrías en peligro y pondrías en peligro a Vivian -aclaró Esteban.
-Entonces, iré como Sally.
-¿Sally?
-Sí, Sally dejó una gran impresión en el hotel de Florida. Esteban la presentó como su esposa -explicó la mujer-. Seguro que Falcone no se sorprendería al verte aparecer con ella. Y sería de gran ayuda.
-Está bien -dijo Esteban, después de dudar un momento-. Pero tendremos que establecer unas cuantas normas.

18

Casi había amanecido cuando Esteban se levantó de la cama. Se dirigió al salón de la suite del hotel Saint Francis y miró por la ventana; desde allí se po¬día ver el Golden Gate.
Aún faltaban cuatro horas para que llegara Trac¬ker y se dijo que lo mejor que podía hacer era dor¬mir, pero la posibilidad de dormir al lado de Mafe era bastante remota. En cuanto se tumbó en la cama con ella, su cuerpo reaccionó y no pudo evi¬tar comenzar a tocarla. Se tomó su tiempo e hicie¬ron el amor lentamente, hasta llevarla al clímax.
Se dirigió al sofá porque sabía que si volvía a la cama harían el amor de nuevo. Y si se quedaba allí, al menos uno de los dos podría dormir.
Se tumbó y pensó en el plan que había trazado Tracker la noche anterior, en el restaurante en el que Mafe apenas había probado bocado. De todas formas, no le extrañaba que no hubiera comido. No se podía decir que los huevos, la panceta y las pata¬tas fritas que habían pedido fueran la mejor aproxi-mación a la gastronomía de California.
Sin embargo, se dijo que ya tendría ocasión de llevarla a lugares más elegantes, porque tenía inten¬ción de seguir viéndola en Washington. No en vano, estaba casi seguro de que se había enamo¬rado de ella y de todas las mujeres que albergaba en su interior. Se removió en el sofá, incómodo, y pensó que dormir allí iba a ser bastante más difícil que rescatar a su hermana.


Vivian abrió los ojos al oír voces.
-Tiene que haberse despertado ya. Han pasado veinticuatro horas...
Intentó aclarar sus ideas. No sabía cuánto tiempo llevaba dormida, pero hacía menos calor que la úl¬tima vez que se había despertado. Para entonces, había llegado a la conclusión de que se encontraba en algún lugar aislado, porque solo podía oír el canto de los pájaros.
-Definitivamente, la droga que le dimos era más potente de lo que pensábamos.
Un hombre se aproximó a ella, la tomó de los hombros y la obligó a sentarse.
-Está fingiendo.
El hombre le dio una bofetada y Vivian no pudo evitar estremecerse.
-Despierta, deja de fingir.
-Necesito que firme esos papeles.
Vivian pensó que la voz que había sonado le re¬sultaba familiar. No era la voz de ninguno de sus cap¬tores, pero tenía la impresión de haberla oído antes. El hombre que se había acercado la zarandeó con tanta fuerza que su peluca cayó al suelo.
-Idiotas...
En aquel momento supo que efectivamente ha¬bía oído aquella voz en alguna otra parte.
-Os habéis equivocado de mujer.


-Es muy bonito -dijo Mafe, mientras la limu¬sina que había alquilado Esteban avanzaba por el ca¬mino rodeado de flores.
La mujer pensó que el comentario no había sido muy afortunado teniendo en cuenta las circunstan¬cias. Segundos después, se detuvieron ante una verja de hierro forjado, vigilada por dos guardas que verificaron su identidad antes de dejarlos entrar en la propiedad.
Los edificios eran tal y como Tracker los había descrito, estilizados y de estructura moderna, pero con grandes y altas ventanas. En cuanto a la casa, era un edificio de tres pisos de cristal y madera, tan grande que parecía un hotel.
-Veo que Falcone tiene negocios muy lucrati¬vos -dijo Esteban.
Mafe parpadeó. Era la primera vez que le dirigía la palabra desde la cena de la noche anterior. Ni si¬quiera habían hablado por la noche, cuando hicie¬ron el amor, y al despertarse había descubierto que no estaba durmiendo con ella.
-¿Sabes lo que tienes que hacer? -preguntó Tracker en aquel momento.
-Sí, perfectamente -respondió Mafe con firmeza.
La mujer tenía que hacerse pasar por Sally, pero su indumentaria no era en modo alguno tan atre¬vida como la que había llevado en el hotel de Flo¬rida. De hecho, no tenía que hacer nada para llamar la atención más de lo necesario.
-En algún momento, Falcone querrá hablar conmigo a solas -dijo Esteban.
-Y entonces, yo me mezclaré con la gente y me presentaré a algunos invitados masculinos -dijo Mafe.
-Exacto. Mientras tú te encargas de mantener ocupada a la gente, yo aprovecharé para subir a los pisos superiores y echar un vistazo -dijo Trac¬ker-. En cuanto localice a Vivian, la sacaré de la propiedad y llamaré a Esteban para avisaros.
-No me gusta la idea de dejarte sola -dijo Esteban-. En cuanto termine de hablar con Falcone iré a buscarte. Tú quédate con los invitados, porque cabe la posibilidad de que Falcone te reconozca. Es un hombre inteligente.
-No veo por qué no puedo ir a buscar a Vivian. Tengo tantas posibilidades de encontrarla como vosotros.
-Ya hemos hablado de eso. Seguro que Falcone ordena a sus hombres que nos vigile. Pero Tracker tendrá más posibilidades.
Cuando el conductor abrió la puerta de la limu¬sina, los tres salieron del vehículo. Esteban se inclinó entonces sobre Mafe y la besó.
-Sigue el plan tal y como lo hemos trazado - ordenó en voz baja.
Servando Falcone se acercó a ellos y los saludó.
-Querido Esteban, bienvenido a mi casa. Ahora comprendo que hayas traído contigo a la señorita Maxwell. Yo tampoco la habría dejado en ese hotel.
-Sabía que lo comprenderías. Y puesto que men¬cionaste la posibilidad de que me acompañara...
Mafe pensó entonces que Esteban la había besado en público a propósito, para que Servando no dudara del personaje que representaba la mujer.
-Cualquier persona que venga contigo es bien¬venida en mi casa -dijo Servando-. Ahora, tal vez sería adecuado que presente a la señorita a algunos de mis invitados. Y después, me temo que Esteban y yo tendremos que discutir algunos asuntos en pri¬vado. Pero estoy seguro de que tu hermano podrá acompañarte mientras tanto...
Mafe sonrió con su mejor sonrisa de Sally. Cuanto antes se marcharan a hablar, antes podrían buscar a Vivian.
-Por supuesto.
-Esteban es un hombre muy afortunado -dijo Servando, mientras caminaban hacia la casa.
Esteban alzó la copa de vino en el despacho de Fal¬cone para comprobar su color. Desde la ventana podía ver el jardín donde se encontraban los invita¬dos y las bodegas de la propiedad.
-¿Y bien? ¿Qué te parece?
-Es un vino excelente, pero estoy seguro de que no me has hecho venir para hablarme de él.
Servando suspiró.
-¿Nunca descansas de los negocios?
Esteban arqueó una ceja.
-Pensaba que me habías invitado para hablar de negocios, y me gustaría zanjarlo cuanto antes.
-Ah, claro, comprendo que quieras volver con Sally. Es encantadora. Quizá esto te anime un poco... -Servando caminó hacia una de las paredes y pulsó un botón. El cuadro de Renoir que decoraba esa parte del despacho comenzó a moverse y dejó al descubierto una ventana de cristal desde la que se podía ver el salón principal de la casa.
Tracker estaba charlando en aquel momento con una rubia, y Mafe le sonreía a un anciano caballero que le estaba contando algo. En aquel momento, el hombre se inclinó para contarle algo al oído y la mujer rió. Esteban sintió una punzada de celos.
-No se parece a las mujeres con las que sueles salir.
-Tal vez no, pero eso no tiene nada que ver con los negocios...
-A tu abuelo le habría gustado.
-Servando, tampoco he venido aquí para hablar sobre mi abuelo -dijo, intentando controlarse.
A Esteban no le había gustado nada ver a Mafe char¬lando con aquel hombre. Tenía la impresión de que estaba coqueteando con él.
-En eso te equivocas. Nuestros negocios em¬piezan y acaban con él.
Servando pulsó entonces otro botón y un se¬gundo cuadro se movió y dejó ver una caja fuerte. La abrió, sacó un documento y se lo dio.
-Léelo y luego hablamos.


-Me llamo Tiny Morelli, ¿y tú?
-Sally Maxwell -contestó Mafe, y sonrió.
-¿Habías estado antes en el valle de Napa? - preguntó el hombre, mucho más alto que ella.
-No.
Tiny era el tercer hombre que se acercaba a ella desde que Esteban se había marchado con Falcone. Definitivamente, Sally atraía a los hombres.
-¿Quieres bailar conmigo?
-Oh, no puedo marcharme ahora. Le dije a mi prometido que me quedaría aquí.
-Entonces bailaremos aquí mismo.
Mafe parpadeó, sorprendida.
-¿Quieres que bailemos esta música? Es un cuarteto de Mozart...
-Improvisaremos -dijo Tiny-. Tengo algunos pasos que te gustarán.
Mafe notó que Tracker había conseguido alejarse en dirección al arco que daba al pasillo. Estaba a punto de poder marcharse de la sala, así que pensó que debía encontrar la forma de llamar la atención y facilitar su escape.
-No debería...A mi prometido no le gustaría.
-¿A quién le importa? -preguntó el hombre. En ese momento, el individuo rozó uno de sus senos a propósito. Ella se apartó, golpeó a una ca¬marera que pasaba con una bandeja y una de las copas cayó al suelo. En mitad de la confusión, Mafe se las arregló para derramar todo el contenido de su vaso en la camisa del hombre.
-Oh, lo siento...
-Maldita sea... Lo has hecho a propósito.
-No es muy elegante acusar a una dama de algo así.
-Sally, querida, ¿acaso hay algún problema?
Mafe se volvió y vio que Tracker se dirigía hacia ella.
-No, solo he derramado mi bebida.
-Maldita sea... Esta camisa me ha costado un di¬neral -protestó el hombre.
Tracker sacó un pañuelo y comenzó a limpiarle la camisa.
-Oh, Dios mío, es una camisa de seda... Y ade¬más el chardonnay siempre deja marca.
-¿Quieres dejarme en paz de una vez?
-Para asegurarte, deberías ir al cuarto de baño y limpiarte con agua. Yo te llevaré.
-No importa, ya lo encontraré yo.
Tracker tomó del brazo a Mafe y la alejó de la multitud.
-No tenías que hacer una escena -le susurró al oído.
-Ya lo sé, pero no me gusta que se excedan conmigo en público.
-Venga, vamos afuera para que te dé el aire.
-Siento lo que ha sucedido...
-El jefe te lo está haciendo pasar mal, ¿verdad?
-Sí, pero debería ser capaz de olvidarlo, al me¬nos hasta que resolvamos este asunto -confesó-. Cuando estoy en el laboratorio, nunca me descon¬centro tanto.
-Él también está algo alterado, por si te sirve sa¬berlo. Pero en cuanto a mi pequeño paseo por la casa, creo que ya he encontrado una forma muy sencilla de visitar los pisos superiores. Sígueme.
-Se suponía que debía quedarme abajo y lla¬mar un poco la atención.
-Ya la has llamado, incluso demasiado, y es hora de poner en práctica el plan B. Además, estarás más segura conmigo que con ese Tiny.
-Pero cualquiera podría vernos...
-Si alguien pregunta, le diremos que solo quere¬mos ver la propiedad. Actuar de forma llamativa puede ser una de las mejores estrategias para espiar. Además, Falcone ha dicho que quiere que nos sinta¬mos como si estuviéramos en nuestra propia casa.
Comenzaron a subir por la escalera y Tracker alzó el tono de voz a propósito para que los demás los oyeran.
-La vista desde arriba es mucho más bonita. In¬cluso hay un telescopio por el que podremos mirar. Cuando llegaron al primer piso, añadió en voz baja:
-Quédate en el pasillo y avísame si alguien se acerca. Voy a comprobar las habitaciones.
-De acuerdo.
Desde donde estaba, podía ver gran parte de los viñedos que se extendían alrededor de la casa. Se acercó a un balcón y se apoyó en la barandilla. A lo lejos había varios globos aerostáticos en tierra.
Entonces, tuvo la impresión de haber notado un extraño brillo de color en la distancia, como si al¬guien estuviera moviendo la tela de uno de los glo¬bos para llamar la atención. Pero un segundo des¬pués la sobresaltó una voz.
-¿Y ahora qué diablos voy a hacer?
La voz procedía del piso inferior y le resultó muy familiar.
-Le prometí que conseguiría los derechos ex¬clusivos de Maria Fernanda Fernandéz...
-Y estoy seguro de que lo lograremos. Pero ya sabes lo extraordinariamente difícil que es tratar con esa mujer.
Mafe no podía creer lo que estaba oyendo. La se¬gunda voz no solamente le resultaba familiar sino que la reconoció de inmediato. Era el profesor Gerardo Salgado, el jefe de departamento de la universidad. Y la persona con la que estaba hablando era Servando Smith, el representante de Lansing con el que había estado saliendo pensando que estaba intere¬sado en ella.
-Me aseguraste que podrías conseguirlo.
-Y lo habría conseguido, pero se marchó de la ciudad. En cuanto vuelva, me encargaré de que firme los papeles. Te lo garantizo.
-Ya te has equivocado antes con esa mujer. Di¬jiste que solo tenía que conseguir que se enamo¬rara de mí y que firmaría cualquier cosa, pero desde luego no fue así. Y yo le prometí a mi padre que tendría el contrato hoy para que pudiera hacerlo público.
-Tranquilízate, Carlos...
Mafe se sorprendió por segunda vez. El hombre que se había presentado a ella como Servando Smith no era otro que Carlos Falcone en persona.
-Admito que juzgué mal a la doctora. Cuando rechazó el dinero que le ofrecías, pensé que po¬drías seducirla. Pero en cualquier caso, todo el mundo tiene un precio. Tengo algo que ella desea, algo por lo que haría cualquier cosa. Créeme.
-¿Y por qué no está aquí firmando los docu¬mentos?
-Ya te he dicho que lo conseguiré. Ahora, lo más importante es que tu padre no sepa que ha surgido un problema -dijo Gerardo-. No tiene sentido que se preocupe sin razón.
-Si tan seguro estás de que puedes conse¬guirlo...
-Cuando te llame a su despacho, dile que los documentos estarán enseguida. La doctora los va a enviar por mensajero.
Mafe pensó que Gerardo decía que tenía algo que ella deseaba y por lo que firmaría cualquier docu¬mento, y que ese algo no podía ser otra cosa que Vivian.
Entonces volvió a notar el brillo de color en la distancia y se acercó al telescopio que había en el balcón para poder mirar con más claridad. Enton¬ces, creyó ver una cabellera rubia. Automática¬mente pensó que era Vivian.
Se dirigió a toda prisa hacia la escalera, pero cuando empezó a bajar los escalones, sintió vér¬tigo. Cerró los ojos y se aferró a la barandilla. Le ha¬bía dicho a Tracker que se quedaría allí vigilando, pero si realmente había visto a Vivian, debía actuar cuanto antes.
Cerró los ojos e intentó sobreponerse al miedo. Aquel no era el momento más adecuado para sentir vértigo. Solo tenía que bajar los escalones despacio, uno a uno. Así que sacó fuerzas de flaqueza y co¬menzó a descender.

19

Esteban pudo oír el tictac del reloj que Servando Fal¬cone tenía en el escritorio mientras leía la nota por segunda vez. Decía así:

Querido nieto:
Si estás leyendo esta nota, es porque mi viejo amigo Servando te ha pedido que le devuelvas un viejo favor. Y dado que le debo la vida, espero que hagas lo posible por ayudarlo.
Con todo mi amor, Green Eggs

No podía creerlo. No había la menor duda de que aquella carta la había escrito su abuelo. Falcone era un hombre poderoso y podría haber encargado una falsificación, pero no había forma alguna de que co¬nociera el mote de su abuelo, Green Eggs.
Alzó los ojos y miró a Servando. Era evidente que debía de estar disfrutando de aquel instante, pero por alguna razón, a Esteban le pareció más anciano y débil que nunca. Su aspecto le recordó al que tenía su propio abuelo poco antes de morir.
-¿Mi abuelo te debía la vida?
Falcone rió con suavidad.
-Te pareces mucho a él. Aceptas los hechos tal y como son y vas directamente al grano. Tu padre se habría puesto a discutir y habría negado la au¬tenticidad de la carta.
Esteban se encogió de hombros.
-Para qué discutir. Sé que la escribió mi abuelo.
-De todas formas, si hubieras negado su auten¬ticidad, podría haberla demostrado con facilidad. La letra y la firma son suyas, y además es posible que tenga hasta sus huellas dactilares. Nadie, salvo él y yo, la hemos tocado. Y yo siempre me pongo guan¬tes cuando la toco.
Esteban no dijo nada.
-En cuanto a tu pregunta, es verdad que le salvé la vida. Luchamos en la misma unidad, en Francia. Éramos muy jóvenes, apenas teníamos die¬ciocho años.
-¿Y qué pasó?
-Estábamos solos en un búnker. El resto de la unidad había muerto o había huido. La artillería ale¬mana estaba machacando la zona y las explosiones se acercaban cada vez más. Yo quise marcharme, pero tu abuelo prefería quedarse allí. Nos peleamos y por suerte conseguí dejarlo sin sentido y me lo llevé. Diez minutos más tarde, el búnker quedó he¬cho pedazos.
Esteban asintió. Su abuelo le había contado la historia más de una vez, pero no sabía que el hombre que lo había salvado era Servando Falcone.
-¿Mi padre también recibió cartas como esta?
-No, esta es la única y me la envió poco antes de morir.
-¿Y se puede saber qué quieres?
Falcone sonrió.
-Definitivamente, eres igual que tu abuelo.
-Entonces sabrás que no voy a permitir que vuelvas a entrar en SanRomán Enterprises. Mi abuelo no me habría pedido que hiciera eso.
-No, no te lo habría pedido.
-¿Entonces?
-Quiero pedirte un favor -dijo el hombre, ob¬servándolo-. Los médicos me han dicho que me queda menos de un año de vida.
Esteban lo miró con asombro. No esperaba oír nada parecido y no sabía a qué estaba jugando Falcone.
-He estado realizando algunos preparativos. Uno de ellos consiste en vender mis propiedades menos... legales.
Esteban no dijo nada.
-Tu abuelo y yo nunca nos asociamos pública¬mente después de la guerra, pero nos mantuvimos en contacto. De vez en cuando nos íbamos de vaca¬ciones a su isla y me decía lo decepcionado que se sentía con su hijo. Decía que el futuro de la em¬presa eras tú y yo mismo me di cuenta más tarde de que las empresas de los Falcone también depende¬rían de mi nieto.
-¿Acaso que Carlos va a tener un hijo?
-No, y en cualquier caso no viviría para cono¬cerlo. Pensé que tal vez tendría suerte con tu her¬mana y que se casarían, pero no ha tenido más suerte con ella que con Lansing. Al parecer ha con¬tratado a un científico como ayudante. Es ese indi¬viduo rubio que está ahora con él. Dicen que están a punto de conseguir los derechos exclusivos de una investigación muy importante.
-¿Qué tipo de investigación?
-Algo que tiene que ver con el proceso de en¬vejecimiento. Lo he comprobado y parece que es cierto que sé trata de una investigación impor¬tante. Se supone que Carlos debe tener el contrato hoy mismo para que pueda hacerlo público.
-Pero no lo ha conseguido...
-No estaríamos manteniendo esta conversa¬ción si lo hubiera conseguido.
-¿Y qué quieres que haga yo?
-Quiero que te conviertas en el tutor de Carlos y que te encargues de que los negocios que me quedan prosperen hasta que alguno de mis nietos se pueda hacer cargo de ellos. Carlos me ha jurado que él es perfectamente capaz de dirigirlos, pero yo sé que no es así. Le di dinero para que me de¬mostrara que podía aumentar los beneficios de las bodegas. Pero él compró globos aerostáticos.
-¿Globos?
-En efecto. Podría habérselo gastado en investi¬gación o en importar vinos de Europa, pero com¬pró globos para que los turistas pudieran ver el valle desde el aire. Pero eso no es lo peor del asunto. Sospecho que ha raptado a la doctora responsable de la investigación, la que estaba en tu fiesta aquel fin de semana, y necesito tu ayuda.
Esteban observó al hombre mientras intentaba tomar una decisión. Servando Falcone era un actor consumado, pero tuvo la impresión de que estaba hablando en serio.
-¿Sabes dónde se encuentra ahora?
-No. Ordené a algunos de mis hombres que la vigilaran, pero perdieron su pista ayer por la noche. Se encontró con mi hijo en un local, el Side Street Grill. Estaba hablando con él, se marchó al cuarto de baño y desapareció de repente.
-¿Y crees que Carlos está involucrado?
-Me dijo que conseguiría tener ese contrato hoy. También me dijo que traería a tu hermana a la fiesta. Pero no ha conseguido ninguna de las dos cosas. Míralo bien. Por su expresión, es evidente que no tiene buenas noticias.
Esteban lo miró a través del cristal y comprobó que efectivamente no parecía muy contento.
-Está bien. Cuéntame todo lo que sepas.


Mientras se aproximaba al final de los viñedos, Mafe se detuvo un momento para respirar. Los glo¬bos se encontraban bastante más lejos de lo que había pensado al principio y sus zapatos no esta¬ban pensados para caminar tanto.
Para entonces, los cuatro globos se encontraban ya en el aire. De cada de uno de ellos colgaba una cuerda que llegaba al suelo.
Fijó su mirada en el globo de color rojo y verde. Ahora no podía saber si la persona que había distin¬guido desde la casa estaba en su interior.
-¿Pero en qué diablos estabas pensando?
Al oír la voz, Mafe se escondió detrás de las viñas.
-Dijeron que Carlos Falcone había ordenado que hincharan los globos. Eran dos y yo solo uno, ¿qué querías que hiciera?
-Nada. No tenías por qué ayudarlos.
-Al menos conseguí que no vieran a la chica. Y los convencí para que se fueran a tomar unas cer¬vezas a la casa.
-Pero descubrirán a la chica en cuanto inviten a la gente a subir a los globos...
-Yo me voy de aquí.
-No puedes hacer eso. Lo único que tenemos que hacer es bajarla de ahí y llevarla a otro lugar.
-¿Quieres arriesgarte a que nos vean? Tú verás, pero tengo la impresión de que todo este asunto va a salir mal. Primero nos hacen raptar a la persona equivocada. Y luego nos dicen que la mantengamos aquí, en una de las cestas de los globos, hasta que llegue el momento. Será mejor que me marche.
-Eh, espera un momento...
Mafe esperó hasta que los dos hombres se aleja¬ron. Entonces, se puso en pie y caminó hacia el globo rojo y verde.
-¡Vivian! -gritó.
No hubo ninguna respuesta.
-Vivian -insistió de nuevo.
Pero al igual que la vez anterior, nadie respon¬dió.

20

-Se suponía que no debía salir de aquí -dijo Esteban-. Solo tenía que mezclarse con la gente, no llamar la atención y mucho menos arrojarle una copa a uno de los invitados de Falcone.
-No ha sido culpa mía... Pero le dije que espe¬rara en el pasillo hasta que yo volviera.
-Nunca obedece. Ella es así.
-No te preocupes, seguro que está bien.
A Esteban le habría gustado creerlo, pero no tarda¬ron mucho en localizarla. Tracker utilizó el telescopio para observar los alrededores de la casa y la vio bajo uno de los globos, intentando subir por una cuerda.
-Creo que ha encontrado a tu hermana.
Salieron a toda prisa de la casa. Servando Falcone les prestó un todoterreno y les indicó cómo llegar, pero tardaban tanto tiempo en llegar que Esteban preguntó:
-¿Falta mucho? -estaba realmente nervioso.
-No te preocupes, me ha parecido que estaba sola -dijo Tracker-. No había nadie más en el claro.
-Si nosotros la hemos visto, alguien más tam¬bién ha podido verla.
-Carlos está en su estudio, con su padre.
Carlos había intentado negarlo todo, pero al final admitió que había cenado con Vivian y con Mafe, e incluso admitió que había tomado unas copas con una pelirroja en el Side Street Grill. Sin embargo, afirmó que no era Maria Fernanda Fernandéz y fue total¬mente categórico en aquel punto.
-¿Crees que Carlos está detrás de todo esto? - preguntó Esteban.
-Ese chico es tonto -se limitó a decir Trac¬ker-. Es posible que tenga un socio del que no haya querido hablar delante de su padre.
-Es lo que mismo que yo pienso. Aparca aquí mismo. Seguiremos a pie.

Mafe cerró los ojos y siguió ascendiendo por la cuerda. El corazón le latía tan deprisa que podía oírlo claramente. No sabía cuánto había subido ya y tampoco sabía si podría seguir subiendo.
Podría haber regresado a la casa para pedir ayuda, pero pensó que cabía la posibilidad de que Vivian estuviera herida y decidió actuar. Su instinto le decía que su amiga se encontraba allí, en la ca¬nasta de aquel globo.
-Será mejor que no sigas subiendo.
Reconoció la voz de inmediato. Era Gerardo Salgado. Mafe miró hacia abajo y vio que la estaba apun¬tando con una pistola.
-Maria Fernanda, querida, te estaba esperando.
-Gerardo... ¿Qué haces aquí?
-Lo sabes de sobra. Te vi en la casa y no te re¬conocí por tu disfraz. Pero entonces noté que duda¬bas al bajar la escalera y me di cuenta. Sé que te asustan las alturas.
Mafe contempló aterrorizada que Gerardo estaba de¬satando la cuerda que anclaba el globo al suelo.
-¿Qué vas a hacer?
-Vas a tener un bonito viaje.
-Tienes que liberar a Vivian. Ella no tiene nada que ver en esto.
-Se hizo pasar por ti y lo estropeó todo. Mafe se aferró a la cuerda, muerta de miedo.
-¿Por qué haces esto?
-Porque tu investigación te hará rica algún día y yo merezco una parte. La universidad me prome¬tió dinero hace tiempo por mi trabajo, pero luego te contrataron a ti y desviaron los fondos a tu pro¬yecto. Hasta te instalaron un laboratorio que me ha¬bían prometido a mí.
-Si me lo hubieras dicho, habría hecho algo.
-¿El qué? ¿Me habrías pedido perdón? ¿O ha¬brías dejado tu trabajo para marcharte a otro sitio? -preguntó, con verdadero odio.
-Lansing iba a pagarme medio millón de dóla¬res por tu trabajo, pero no quisiste firmar.
-Si dejas libre a Vivian, firmaré lo que quieras.
-No, tengo un plan mucho mejor. Esteban SanRomán pagará mucho por su hermana, ¿no te parece?
-No, no lo haré. Y ahora, baja esa pistola.
Esteban. Gerardo se giró con la cuerda del globo en una mano y la pistola en la otra.
-Será mejor que bajes tú la tuya o soltaré el globo y tu hermana y Maria Fernanda iniciarán un viaje a solas.
-Está bien, dejaré la pistola en el suelo -dijo Esteban-. Pero hablemos. No vas a conseguir nada si sueltas ese globo.
Gerardo se aferró a la cuerda como si tuviera intención de subir por ella y alejarse.
-No hagas eso.
El hombre disparó y dijo:
-La próxima vez, no fallaré.
Entonces, Mafe decidió actuar. Se soltó de la cuerda y cayó directamente encima de Gerardo. Des¬pués, perdió el conocimiento.

Vivian estaba sentada en la cocina de Mafe, mientras la doctora cortaba zanahorias para dárse¬las a su rata de laboratorio, Wilbur.
-Me alegra que las cosas hayan vuelto a la nor¬malidad.
-Sí, ahora todo está bien.
-Desde luego -comentó Vivian-.Wilbur está contento, tienes más espacio libre en el laboratorio y hasta has vuelto a vestirte con tu ropa vieja. Ade¬más, entrarás en el libro Guiness por cortar un par de kilos de zanahorias en solo diez minutos.
-Habíamos acordado que no hablaríamos de tu hermano -dijo Mafe, que sabía adónde quería llegar.
-¿He mencionado su nombre, acaso?
-Has dicho que he vuelto a ponerme mi ropa vieja. Es decir, ya no llevo la que me puse para sedu¬cirlo.
Mafe estaba desesperada. No lo había visto de nuevo desde lo sucedido en la casa de Falcone. Cuando recobró el conocimiento, se encontró en una habitación de la mansión y no pudo verlo. Más tarde, Tracker la visitó y le contó que Gerardo y los dos hombres que había contratado habían sido arrestados por el secuestro de Vivian. En cuanto a Servando Falcone y su hijo, fueron a verla para pedirle discul¬pas y prometerle que Lansing no volvería a presio¬narla.
Pero Esteban no había ido a verla.
-Está bien, no hablaré de tu ropa. ¿Hay alguna otra cosa sobre la que no quieras que hable?
-No seas ridícula. Oh, ojalá no hubiera ido nunca a esa isla. Ha arruinado mi vida.
-El hombre al que fuiste a ver tiene ese de¬fecto. Pero por cierto, sigo sin comprender muy bien lo que ha pasado aquí. ¿Por qué no han arres¬tado a Carlos?
-Porque no tenía nada que ver con el secues¬tro. Fue cosa de Gerardo. Él solo quería que yo le firmara ese contrato.
-Aún no sé qué podía ganar Gerardo Salgado se¬cuestrándome a mí, es decir, a ti. Tu firma no habría valido nada si lo hubieras denunciado después por secuestro.
-Supongo que pensó que dado que los Falcone tenían relaciones con ciertas personas del crimen organizado, se encargarían de que mantuviera la boca cerrada.
-Comprendo.
-Al principio, Gerardo convenció a Carlos para que me presionara e intentara conseguir la firma. Pero cuando el plan falló, se desesperó y contrató a los dos hombres que entraron en el laboratorio. Él creía que las fórmulas estaban en la caja fuerte, pero no estaban allí.
-¿Por qué?
-Porque es el primer sitio donde buscaría un ladrón, así que las guardo en la jaula de Wilbur. Na¬die buscaría ahí.
-Pero también entraron en tu casa.
-Sí, y se desesperaron al no encontrar nada.
-Parece que estás bien informada sobre todo este asunto, como si hubieras hablado con mi her¬mano.
-No, hablé con Tracker.
-¿Tracker McGuire? ¿Quieres decir que has es¬tado en contacto con la sombra?
-Varias veces. Creo que tu hermano le ha dicho que me vigile. Pasa por el laboratorio casi todos los días.
-¡Bien! ¿Y crees que pasará por aquí esta no¬che?
-Le dije que no era necesario que viniera tanto, que no estoy en peligro. Pero tu hermano es muy amable al querer asegurarse de que me encuentro bien.
-¡Mafe!
Mafe bajó la mirada y comprobó que acababa de cortarse con el cuchillo. Estaba sangrando.
-Anda, déjame que te ayude...
Vivian la llevó al fregadero y puso su dedo bajo el agua. Cuando le limpió la herida, se la desinfectó y se la vendó.
-¿Te he dicho ya cuánto odio a la gente que se comporta de forma estúpida? -pregunto Vivian.
-Me lo has dicho muchas veces.
-Pues te diré una cosa más: mi hermano es muy estúpido. Pero te diré que llega esta noche a Washington y que quiere verme en su despacho mañana.
-Tu hermano te adora, Vivian.
-Lo sé, y sé que quiere verme para decirme cuatro cosas sobre lo sucedido. Sin embargo, tiene razón. Me metí en un lío y no sé lo que ha¬bría pasado si Gerardo Stafford hubiera soltado esa cuerda. Por cierto, me gustaría darte un pequeño consejo.
-Vivian...
-No me mires así. Solo iba a decir que ya que pusiste en práctica tu investigación en Florida, de¬berías concluirla.
-¿Qué quieres decir?
-¿No se suponía que hacías todo eso para llevar una vida sexual inmejorable con tu futuro marido?
-En efecto.
-Y el primer paso era poner práctica las fantasías...
-Sí.
-Luego el segundo paso debería un marido -continuó Vivian.
-Vivian, yo...
-Ven conmigo, Mafe. Además, has cortado tantas zanahorias que Wilbur tendrá comida para toda una semana. Ya es hora de que vuelvas a ponerte la ropa que te recomendó madame Gervaise.
-Vivian...
-No aceptaré un «no» por respuesta. La mejor forma de olvidar a un hombre es buscarse a otro. Las dos hemos pasado una mala época y necesitamos divertirnos.
-Está bien
-Magnifico. Volveré dentro de una hora.

21

-Esto no es el despacho -dijo Esteban.
-No -observó Tracker.
-¿Y se puede saber por qué estamos aquí?
Esteban había estado tan concentrado en sus pensa¬mientos que no se había dado cuenta de adónde lo es¬taba llevando Tracker. Pero cuando aparcó el vehículo, reconoció las calles enseguida. Era Georgetown.
-Porque ella está aquí. Has insistido tanto y tan¬tas veces en que la vigilara, que al final decidí que sería mejor que la vieras tú mismo.
-Tracker, yo no quiero...
-¿Qué es lo que no quieres? ¿Me vas a decir que no estás enamorado de ella?
-Mira, yo...
-¿Lo ves? Ni siquiera eres capaz de terminar una frase. Y me temo que ella se encuentra en una situación parecida a la tuya.
-Pero si has dicho que se encontraba bien...
-Se encuentra bien, pero tampoco deja de pre¬guntar por ti. Estáis locos el uno por el otro.
-Yo solo estoy cansado.
Esteban mintió. Por primera vez en toda su vida es¬taba verdaderamente asustado. Tenía miedo de per¬derla.
-Di lo que quieras, pero creo que tu vida se¬guirá siendo un desastre hasta que hables al menos con ella. Incluso pondrás en peligro los negocios. Ese pacto que hiciste con Servando Falcone, consis¬tente en ser el tutor de su hijo, no es precisamente una buena idea. No sacarás dinero con ello.
-Es una vieja deuda. Una deuda personal.
-Está bien, lo comprendo. Pero en cualquier caso, no conseguirás concentrarte en el trabajo si no solucionas tu problema con Mafe. Actúas como si estuvieras borracho.
-¿Recuerdas cuándo fue la última vez que nos emborrachamos?
-Sí, en Trinidad.
-No, en Estambul. Tuve que llevarte al hotel.
-Fue en Trinidad y te llevé yo al hotel. Estabas realmente borracho.
-Al contrario. Eras tú quien lo estaba.
Los dos hombres permanecieron en silencio unos segundos. Entonces, Esteban dijo:
-Es verdad, estoy enamorado de ella.
-¿Tienes algún plan?
-No. No sé qué puedo hacer.

Mafe salió de la ducha y se envolvió con una toa¬lla. Solo faltaban diez minutos para que Vivian regresara, pero todavía no había decidido qué ropa ponerse. Cada vez que veía las prendas de madame Gervaise, pensaba en Esteban.
Tenía que encontrar una solución. Estaba ena¬morada de él, pero también estaba convencida de que no la correspondía. Frunció el ceño, se miró en un espejo y le pareció increíble que Esteban no la de¬seara. Incluso se dijo que se parecía a su padre, que también la había abandonado.
Ya se había decidido por una falda roja de cuerpo cuando sonó el timbre de la puerta. Pensó que era Vivian, se cerró la toalla alrededor del cuerpo y corrió a abrir.
Pero no era ella. Era Esteban.
-¿Sé puede saber qué haces? No sabías quien llamaba a la puerta y sin embargo has abierto sin mirar y prácticamente desnuda.
Mafe se sorprendió mucho al verlo. No fue capaz de hacer otra cosa que invitarlo a entrar y pregun¬tar:
-¿Quieres tomar algo? ¿Un café? ¿Una cerveza? Tengo una buena botella de coñac que Vivian me regaló el día de mi cumpleaños...
-Una copa de coñac estará bien. He venido a aclarar varias cosas entre nosotros.
Mafe sintió una punzada en el estómago. Estaba tan nerviosa que dejó caer la botella al suelo, que se rompió.
-No te muevas -dijo él-. ¿Dónde tienes la fregona y el recogedor?
La mujer no fue capaz de decir nada, así que Esteban localizó la fregona y el recogedor. Después de limpiar el suelo y barrer todos los cristales dijo:
-Sigue ahí, sin moverte.
Esteban la tomó por la cintura y la colocó sobre la encimera. Ella cerró las piernas alrededor de su cuerpo.
-Quiero hacerlo ahora -dijo Mafe.
Esteban solo tardó unos segundos en liberarse de su ropa y entrar en ella. Durante un momento, pensó que su corazón se había detenido. Era como volver a casa.
-¿Sabes cuánto tiempo llevaba esperando este momento?
-Siete días y tres horas -respondió ella-.Y si me permitieras moverme, comprobaría mi reloj para decirte también los minutos. Yo también he es¬tado esperando.
Esteban sonrió.
-Pero yo no hablo de sexo -continuó ella-, sino de vida. Llevo toda la vida esperándote.
-Y yo a ti. Al principio no me di cuenta, ni si¬quiera sabía lo vacía que estaba mi existencia hasta que te conocí. Te amo, Mafe.
-Oh, Esteban...
-No, deja que termine de hablar. Sé que es pronto y que nos prometimos que no habría atadu¬ras en nuestra relación. Pero pensaba llamarte ma¬ñana para pedirte que salieras conmigo, llevarte a cenar, regalarte flores y esas cosas. Y supongo que te lo habría propuesto al cabo de un mes.
-¿Qué quieres proponerme?
Esteban no contestó, pero Mafe lo supo enseguida.
-Esteban, apenas me conoces. Incluso yo estoy empezando a conocerme.
-Pues nos iremos conociendo poco a poco.
-Además, no aceptaré una negativa por respuesta.
-En tal caso, acepto. Pero con una condición. Esteban entrecerró los ojos.
-¿Cuál?
-Que pueda empezar a moverme ya, ahora mismo.
Esteban rió.
-Está bien.
Empezaron a moverse de forma rápida y dura, sin contemplaciones. Esteban pudo notar el mo¬mento en el que alcanzó el clímax y fue más que suficiente para provocarle el orgasmo también a él. Después, se quedaron abrazados, jadeando.
-Te amo, Maria Fernanda Fernandéz.
-Yo también te amo.
-Tengo un secreto que contarte...
-Espero que no me digas ahora que estás ca¬sado.
-No, no es eso. Es algo que puedes añadir a tu investigación. Acabo de descubrir cuál es mi fanta¬sía preferida.
-¿Y cuál es?
-Volver a casa después del trabajo y ver a una mujer desnuda en la cocina.
-Eso no es un problema, pero tendré que cam¬biar tu fantasía.
-¿Por qué?
-Porque sé que te encantaría que te envolviera en plástico.
Los dos estaban riendo cuando segundo des¬pués se dirigieron al dormitorio.

Epílogo

Esteban entró en la casa y notó el aroma a canela y manzanas. Supuso que Mafe estaría cocinando. Él es¬taba acostumbrado a comer casi siempre fuera o a pedir comida, pero desde que se habían casado, tres meses, atrás, ella había insistido en cocinar al menos tres veces a la semana.
Al pensar en ello, sonrió. Mafe había resultado ser una cocinera excelente; cocinaba con la misma preci¬sión y concentración que aplicaba en todo lo demás.
Cada vez que pensaba en que se habían casado, sentía una alegría irrefrenable. Hasta tuvo la impre¬sión de que tal vez aquel día se encontrara por fin ante su fantasía erótica preferida, pero cuando en¬tró en la cocina no la encontró desnuda. De hecho, no estaba allí.
Pero entonces, vio que había dejado varios pla¬tos de comida y un largo collar de perlas sobre la encimera. Justo entonces, sonó la campanilla del microondas y lo abrió. En su interior había una taza con sidra y un poco de canela en rama dentro. Segundos después, Mafe entró en la cocina.
-No estás desnuda...
Mafe llevaba puesta una de sus camisas, pero era evidente que no llevaba nada debajo. Se había de¬jado el pelo suelto. En cuanto la vio, la deseó terri¬blemente.
-Pensé que esta noche podíamos vestirnos para cenar.
-¿Son nuevas las perlas? -preguntó, mirando el collar.
-¿Te gustan?
-Desde luego, aunque no creo que me las pueda comer.
Ella sonrió.
-¿Y qué te gustaría comer?
-¿Puedo elegir?
-Puedes elegir ahora, pero después será mi turno.
Esteban quiso reír, pero notó un extraño brillo en sus ojos. Entonces, se volvió a fijar en la comida que había dejado en la encimera.
-Es un verdadero festín. ¿Por qué no te acercas y me ayudas a elegir? Yo optaría por la crema o por sirope de chocolate.
-Buena elección. Si lo mezclamos con la sidra con canela, tendremos un plato de lo más equili¬brado... Frutas y proteínas.
-Me encanta tener una científica que me ayude a llevar una buena dieta.
-¿Quieres saber lo que he pensado para la sidra?
-Siempre quiero saber lo que tienes en mente -respondió él-. Pero antes de que me lo digas, ¿a qué viene este festín? ¿Acaso celebramos algo en particular?
-Sí. Hoy he hecho un pequeño experimento. Lo he repetido cinco veces para estar segura. Esteban sonrió.
-No me lo digas, déjame adivinar... Wilbur va a vivir cien años.
-No exactamente. Además, no hice el experi¬mento en el laboratorio, sino aquí.
-¿Aquí?
-Sí, y las cinco veces dio positivo. La farmacéu¬tica me ha dicho que el índice de aciertos es bas¬tante elevado, así que ya puedo decirte que estoy embarazada -declaró.
-¿Embarazada? -preguntó, asombrado.
-Sí. Por eso quiero volver a poner en práctica mi investigación. No me gustaría que te aburrieras de mí.
-Embarazada, estás embarazada... -repitió él, intentando asumirlo.
Entonces, la tomó en brazos y le dio vueltas y vueltas hasta dejarla sentada en la encimera.
-Ahora que lo pienso, no debería hacer eso. ¿Te encuentras bien?
-Sí, estoy bien. ¿Te alegras?
-Claro -dijo él, sonriendo.
-No quiero aburrirte. No quiero perderte nunca.
Esteban la besó con suavidad.
-No vas a perderme nunca. Hay tantas cosas en ti que amo y tantas cosas que aún me quedan por descubrir... Estoy deseando conocer a Mafe la madre. Mafe lo abrazó entonces y suspiró profundamente.
-Empecemos a cenar. Tú te encargas de la crema con sirope de chocolate y yo de todo lo de¬más.
-Pero empecemos por los entrantes...
-¿Por los entrantes? -preguntó ella.
-Sí, es que tengo mucha hambre.
-¿En serio?
-Oh, sí... Y una buena comida debe empezar con un buen entrante. Estoy seguro de que querrás hacer las cosas paso a paso.
-Por supuesto -dijo Mafe.
Los dos rieron y segundos después comenzaron a moverse juntos en un ritmo continuado y muy fa¬miliar.
-Nos lo tomaremos con calma.
Esteban intentó tomárselo con calma, pero al sen¬tir que Mafe se aproximaba al orgasmo, volvió a per¬der el control como de costumbre y añadió:
-Y cuando llegues a lo más alto, estaré allí con¬tigo. Siempre.
Y Esteban cumplió su promesa.

Fin

 
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AuthorReply
Eli
(no login)
190.67.41.131

Re: SEDUCCION INOCENTE

January 23 2008, 12:10 AM 

Te felicito que imaginacion tan barbara, me gusto la historia.

Gracias.

 
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