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MAS QUE TRABAJO

January 9 2010 at 8:28 AM
MARIA  (no login)
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Algo más que trabajo


Género: Comtemporáneo
Protagonistas: Esteban Sanromán y María Fernández
Argumento:
El millonario del mes era un hombre preocupado por perder a su ayudante
Su eficiente secretaria y ayudante había hecho algo impensable que había dejado a Esteban Sanromán sin habla: se iba a trabajar con la competencia.
Esteban se sintió furioso, traicionado y, sorprendentemente, también algo celoso. ¿Cómo había llegado a sentir aquello por ella? El deseo inesperado que María le estaba provocando hizo que tomara una decisión. Iba a recuperarla fuera como fuera.

Capítulo 1
Cuando María Fernández vio a su jefe lanzar su teléfono móvil por la ventana, se dijo que quizá aquél no fuera un buen día para presentarle su dimisión otra vez. Pero iba a hacerlo otra vez. Y esa vez no iba a volverse atrás.
Resultaba muy apropiado que una de sus últimas tareas como secretaria de Esteban Sanromán fuese a ser encargarle un móvil nue¬vo. Un buen número de ellos yacía en el fondo de la fuente frente a la cara norte del edificio de Sanromán Limited, donde estaba el despacho de su jefe. Era un empresario bri¬llante, pero ya había demostrado que esos «chismes», como los llamaba, y él, eran to¬talmente incompatibles.
María se subió las gafas, tomó el bolí¬grafo que llevaba siempre atravesado en el moño y se sacó del bolsillo del pantalón una libreta, donde anotó: Pedir un móvil nuevo antes de volver a guardarla.
Señorita Fernández, apunte comenzó a decirle Esteban mientras cerraba la ven¬tana.
Ya lo he apuntado, señor lo interrum¬pió ella. Esta vez le encargaré un Nokia; es¬toy segura de que le dará mejor resultado.
Gracias contestó él.
Se sentó de nuevo tras su escritorio y tomó las cartas que ella le había llevado para que firmara.
María inspiró profundamente, tratan¬do de reunir el valor suficiente para decirle lo que quería decirle. Siempre la había inti¬midado, desde el día en que había entrado en la compañía a trabajar para él cinco años atrás. Por entonces ella acababa de licen¬ciarse en la universidad, y la había maravilla¬do que un hombre tan joven estuviese ya al frente de su propia empresa. Esteban había cumplido los treinta y dos años hacía poco y sólo tenía cinco más que ella, pero estaba a años luz.
Al entrar a trabajar para él María se ha¬bía propuesto observarlo con atención para descubrir el secreto de su fulgurante ascen¬so, pero había tardado poco en decidir que no quería emularlo. Esteban era un auténti¬co adicto al trabajo. La empresa lo era todo para él.
Ella, que además de su titulación universitaria tenía un master en Gestión de empre¬sas, había sido consciente desde un primer momento de que podía aspirar a un puesto mejor que el de secretaria de dirección, pero había pensado que le vendría bien para ad¬quirir experiencia y que el nadar entre los «tiburones» la prepararía para ese mundo al que tendría que enfrentarse más adelante.
Sin embargo, lo que en un principio había pensado que fuesen sólo un par de años se habían convertido en cinco, y estaba más que curtida para comerse crudos a esos tiburo¬nes. Iba siendo hora de que dejara aquel tra¬bajo.
Bien. ¿Por dónde íbamos? le preguntó Esteban.
Eh acababa usted de concluir su con¬versación telefónica con Servando Donovan, de The Springhurst Corporation, y yo inspi¬ró de nuevo y le dijo de corrido: Yo estaba a punto de presentarle mi dimisión con dos semanas de preaviso.
Y esa vez no iba a lograr hacerla cambiar de opinión.
Esteban levantó la cabeza al oírle decir eso y entornó los ojos.
Señorita Fernández creía que ya ha¬bíamos hablado de eso.
Y lo hemos hecho, señor; varias veces asintió ella. Y precisamente por ese moti¬vo me parece que no debería sorprenderle. Ahora que su boda con la señorita Conover ha sido cancelada, ya no
El que hayamos cancelado nuestros pla¬nes no significa que ya no la necesite.
María tuvo que contenerse para no po¬ner los ojos en blanco.
Técnicamente la boda no había sido can¬celada. Simplemente se había cambiado la fecha, el lugar donde se celebraría el ban¬quete y también el novio, ya que Fabiola Conover, la ex prometida de su jefe, iba a casarse ahora con el hermano gemelo de éste, Bruno.
Esteban no había entrado en detalles res¬pecto a la ruptura del compromiso, pero a María la noticia no la había sorprendido. Esteban le había propuesto matrimonio a Fabiola sólo porque perseguía la fusión de Sanromán Limited con la empresa de su padre, y Fabiola había aceptado porque La verdad era que María no sabía por qué había acep¬tado. Sólo había hablado en un par de oca¬siones con Fabiola, pero no le había dado la impresión de que estuviese enamorada de Esteban, y probablemente no lo estuviese. De lo contrario no se habría enamorado a renglón seguido de su hermano gemelo.
Por lo que contaban, ya que ella no cono¬cía a Bruno Sanromán, los hermanos no podían tener una personalidad más distinta a pesar de ser gemelos.
No veo en qué podría hacerle falta res¬pondió. Ésta es la época con menos activi¬dad del año, y en las últimas semanas he es¬tado adelantando el trabajo de un mes le recordó. Ahora que hemos aplazado ese viaje que tenía a Stuttgart ya no tiene nin¬gún compromiso en el extranjero ni ningu¬na conferencia hasta septiembre. No hay nada tan urgente como para que la persona que me reemplace no pueda ponerse al día. De hecho, tendrá tiempo de sobra para ha¬cerlo. Y de todas formas va a pasar el mes de julio entero en la cabaña de su amigo, así que me parece que es el momento perfecto para que yo
No puede irse, señorita Fernández; ne¬cesito que se quede aquí mientras yo no esté la interrumpió Esteban Aun con todos los preparativos que he hecho
«Querrá decir que yo he hecho», pensó ella malhumorada. No era un asunto de trabajo, pero como de costumbre se lo había cargado a ella.
es mucho tiempo; no puedo dejar esto desatendido durante un mes entero.
De modo que ésa era la excusa que iba a utilizar aquella vez, pensó María. No sabía exactamente qué iba a hacer un mes entero en una cabaña a orillas del lago Tahoe. Lo único que sabía era que en enero había, reci¬bido una carta del abogado de un amigo que había tenido en la universidad. Éste ha¬bía fallecido, y su último deseo antes de mo¬rir había sido que los mejores amigos que había tenido en la universidad, seis en total, entre los que estaba también Bruno, pasasen cada uno un mes en aquella cabaña.
Esteban la había vuelto loca para que reor¬ganizara su agenda y pudiera pasar allí el mes de abril, que era el que le había tocado, pero cuando no había podido atrasar la fecha de un viaje a Alemania, le había pedido que vol¬viera a reorganizarlo todo para que pudiera cambiar de mes con su hermano Bruno, a quien le había tocado julio.
María habría preferido que hubiese ido en abril, y no sólo porque le habría ahorra¬do todo ese hacer y deshacer. El lago Tahoe era donde ella iba a hacer un cursillo de for¬mación para su nuevo trabajo en la primera semana de julio, y no quería ni imaginarse que coincidieran allí.
No puedo, señor le reiteró. Me han ofrecido un buen puesto en otra empresa y he aceptado. Además, me han dicho que ten¬dré que hacer un seminario formativo de una semana. Empieza el uno de julio, dentro de dos semanas, y luego me incorporaré a mi nuevo puesto.
Esteban no dijo nada durante un buen rato. Simplemente se echó hacia atrás en su sillón y se cruzó de brazos. El modo en que estaba mirándola hizo que María se sintie¬ra aún más nerviosa.
¿Ya ha aceptado?
María asintió. Tenía que mostrarse fir¬me y segura de sí misma.
Eh ¿sí?
Estupendo. En vez de como una afirma¬ción había sonado como una pregunta. Eso demostraba que tenía una gran confianza en sí misma.
¿Le importaría decirme en qué empre¬sa?
María se preparó mentalmente para la reacción de su jefe, pues sabía que no le iba a gustar nada su respuesta.
Bueno eh ¿en OmniTech Solutions? respondió, y de nuevo sonó como si se lo hu¬biese preguntado en vez de afirmarlo. «Por el amor de Dios, María, tienes veintisiete años; no cinco», se reprendió irritada. Voy a ser la nueva subdirectora y voy a estar a cargo del Departamento de Relaciones Públicas de la empresa.
Esteban frunció el entrecejo.
¿OmniTech? repitió. ¿Quién diablos le ha ofrecido un puesto en OmniTech?
María se preguntó cómo habría adivi¬nado que no había sido ella quien les había mandado su curriculum.
Gerardo DeGallo contestó.
Esteban volvió a fruncir el ceño.
¿El presidente de la compañía le ha ofre¬cido el puesto de subdirectora? repitió con palpable incredulidad.
María no veía qué había de increíble en ello. Estaba más que capacitada para ese tra¬bajo.
Sí, señor respondió reprimiendo su irri¬tación a duras penas.
Esteban la miró con los ojos entornados.
Gerardo DeGallo nunca coloca a perso¬nas ajenas a la empresa en puestos impor¬tantes; no se fía de los extraños. OmniTech funciona con una política de ascensos.
Bueno, Gerardo dijo
¿Gerardo? repitió él resoplando. ¿Ya lo llama por su nombre de pila?
Insistió en que lo hiciera, señor contestó María. «Al contrario que él», añadió para sus adentros, que no le había permitido tomarse confianza alguna con él a pesar de que llevaba cinco años siendo su secretaria. Me dijo que mi curriculum era impresionante. Por si lo ha olvidado, me licencié con la cali¬ficación Cum Laude en la Universidad de Stanford, y allí realicé también un master en Gestión de empresas.
Esteban esbozó una sonrisa burlona.
Oh, sí, estoy seguro de que DeGallo debe de estar muy impresionado con su curricu¬lum respondió echándose hacia atrás en su asiento. ¿No se da cuenta de que la única razón por la que le ha ofrecido ese puesto es porque OmniTech está disputándose con nosotros la contrata Perkins? Es evidente que espera que le diga todo lo que hemos hecho hasta ahora para conseguir que sea nuestra.
Aquel dardo envenenado tuvo en María el efecto que su jefe había buscado, pero cuando le respondió lo hizo con cal¬ma.
Eso demostraría una falta absoluta de ética profesional por su parte, señor. Incluso podría incurrir en lo penal. No sólo creo im¬posible que espere que yo le proporcione ese tipo de información, sino que además debe saber que yo jamás lo traicionaría a us¬ted de ese modo.
¿Ah, no? inquirió él, mirándola larga¬mente.
María se quedó boquiabierta.
Por supuesto que no. ¿Cómo puede si¬quiera preguntarme eso?
Esteban se irguió en el asiento.
Señorita Fernández ¿Es que no ha aprendido nada en los años que lleva traba¬jando para mí? En el mundo de los negocios no existen los buenos samaritanos. Nadie va por ahí haciendo favores, y Gerardo DeGallo menos que nadie le dijo. Ya que se ha pasado a la competencia, comprenderá que no puedo correr el riesgo de tenerla ni un minuto más en estas oficinas. Las dos sema¬nas de preaviso ya no serán necesarias; está despedida. Recoja sus cosas inmediatamen¬te. Haré que Sarah llame a seguridad y que la acompañen a la salida. Tiene diez minu¬tos.
Tras decir eso tomó las cartas que María le había llevado y se puso a firmarlas sin volver a alzar la vista hacia ella.
María jamás habría esperado que reac¬cionase así. Había creído que, como siem¬pre, intentaría convencerla de que se queda¬ra con las excusas más inverosímiles.
Nunca habría imaginado que la despedi¬ría, aunque fuese a trabajar para la competencia. Sanromán Limited tenía muchos com¬petidores. De hecho, le habría sido bastante difícil encontrar una sola empresa en el sec¬tor que no compitiese con Sanromán Limited.
Pero, sobre todo, había supuesto que se tomaría aquello como lo que era, un asunto de negocios, no de un modo personal.
¿Personal? No, eso era imposible. Esteban Sanromán jamás se tomaba nada de forma per¬sonal. Si había reaccionado así era simple¬mente porque temía perder aquella contrata. Eso era lo único que le importaba.
Sí, señor respondió con aspereza.
Giró sobre sus talones y salió del despa¬cho sin mirar atrás.

En cuanto María se dio la vuelta, Esteban alzó la vista, pero fue sólo para maldecir en si¬lencio cuando ésta cerró la puerta tras ella, ta¬pándole la vista.
Tampoco era que hubiese nada que ver. María Fernández no era ninguna belle-za. Llevaba gafas de bibliotecaria, moño de institutriz y dudaba que bajo esa ropa mas¬culina que llevaba hubiese siquiera curvas.
Claro que esa falta de atractivo era preci¬samente uno de los motivos por los que la había contratado, cinco años atrás, porque lo último que quería era una secretaria con la que sintiese deseos de intimar.
Una mujer bella era algo a lo que le re¬sultaba muy difícil resistirse.
Creía haber encontrado la solución a ese problema al comprometerse con Fabiola Conover, pero las cosas habían acabado torcién¬dose. No sólo le había parecido que Fabiola era la mujer adecuada para un hombre de su posición, sino que además ese matrimonio ha¬bría supuesto la fusión de su empresa con la del padre de ella.
Fabiola era hermosa, inteligente y chic y, aunque no había saltado la chispa de la pa¬sión entre ellos, podrían haber vivido en una bonita casa, haber tenido crios pero su hermano Bruno había tenido que meterse por medio y estropearlo todo.
Sin embargo, Bruno no era quien había es¬tropeado las cosas con María que era todo lo que esperaba de una secretaria: prag¬mática, profesional y eficiente. En los cinco años que llevaba trabajando para él había sido su calendario, su asesora, su concien¬cia y su espía.
Aquella última palabra hizo a Esteban contraer el rostro. No había sido justo al acusarla de que fuese a darle información a Gerardo DeGallo. Claro que no le cabía la menor duda de que el motivo de DeGallo para contratarla era precisamente ése; in¬tentar sonsacarle cuanto pudiese. En reali¬dad, no creía a María capaz de traicionarlo, pero lo había irritado tanto que hubiese aceptado un trabajo sin decirle antes nada, y que encima se tratase de un puesto en OmniTech
Las veces anteriores, cuando le había di¬cho que quería dejar su trabajo, siempre ha¬bía conseguido disuadirla. Sabía lo que valía María, sabía que podía aspirar a mucho más que a ser secretaria de dirección, pero podría haber escogido otra empresa.
Esteban resopló y sacudió la cabeza. En fin, tendría que arreglárselas sin ella. Con¬trataría a otra secretaria y problema resuel¬to. No podía ser tan difícil encontrar a otra secretaria pragmática, profesional y eficien¬te; a otra secretaria que se convirtiese en su calendario, su asesora y su conciencia. Le di¬ría a María que se encargase de ello.
Justo cuando iba a apretar el botón del intercomunicador se dio cuenta de lo que ha¬bía estado a punto de hacer. Había estado a punto de pedirle a María, la mujer a la que acababa de despedir y a la que acababa de in¬sultar, que buscase a alguien para reempla¬zarla.

Capítulo 2
OmniTech le pagaba a María el viaje a Tahoe, y disfrutó del breve vuelo en primera clase. Incluso le habían alquilado un coche, un pequeño descapotable, que recogió al llegar al aeropuerto.
Aquello sí que era vida, se dijo mientras se ponía cómoda en el asiento de cuero y apretaba un botón para bajar la capota. Lue¬go se abrochó el cinturón de seguridad, se puso las gafas de sol y sintonizó una emisora de jazz antes de salir del aparcamiento del aeropuerto.
Era el comienzo de una nueva y fantástica vida para ella y hacía un día realmente es¬pléndido, un día que nada podría estropear. Nada excepto el hecho de que, de pronto y sin saber por qué, se puso a pensar en Esteban.
En las dos últimas semanas no había deja¬do de acordarse de él, de revivir una y otra vez su último día en Sanromán Limited. Cuan¬do salió a la autopista trató de pensar en otra cosa, en cualquier cosa para apartar aquello de su mente.
Todavía no podía creerse que la hubiera despedido. Después de cinco años trabajan¬do para él, cinco largos años en los que Esteban no había tenido ni una sola queja de ella
Le había visto darle la patada a unos cuan¬tos empleados durante ese tiempo, pero siempre habían sido personas que se lo me¬recían, ya fuera por su incompetencia o por¬que le hubiesen mentido o engañado. Y aho¬ra ella, que no había faltado ni un solo día al trabajo, y cuya ética profesional había sido siempre intachable, había recibido el mismo tratamiento.
Sin embargo, no era eso lo que más le mo¬lestaba. Lo que le molestaba realmente era el modo en que había reaccionado al ser des¬pedida. Debería estar furiosa e indignada en vez de dolida.
Y lo primero que tenía que hacer era de¬jar de pensar en ello, se dijo. Ahora tenía que concentrarse en encontrar el hotel don¬de iba a alojarse; el Timber Lake Inn.
Para ser un lugar donde se celebraban reuniones de empresa y cosas así, era un nombre un poco raro. Parecía más bien el nombre de un hotelito rural. En fin, tal vez la idea fuese hacer que se sintiese más rela¬jada.
Estaba entrando ya en la calle principal de Tahoe y comenzó a mirar los números de las tiendas y las casas para orientarse. Calcu¬ló que debía de estar a unas siete u ocho manzanas del hotel.
No había estado, en Tahoe desde sus años de universidad, pero apenas había cambia¬do, se dijo sonriendo. En el invierno las tien¬das para turistas vendían esquíes y ropa para la nieve, pero ahora era verano y lo que se veían eran pistolas de agua, sombrillas, som¬breros de paja para el sol, cañas de pescar Algunas personas paseaban, parándose a cu¬riosear en las tiendas, ataviadas con gafas de sol y ropa de verano, ligera y de brillantes colores, mientras que otras tomaban algo en una de las terracitas que había a lo largo de la calle.
Hacía un tiempo perfecto. El cielo estaba despejado a excepción de unas pocas nubes blancas, y soplaba una ligera brisa proceden¬te del lago.
Una sonrisa acudió a los labios de María. Iba a pasar una semana entera en uno de los lugares más hermosos del mundo, y se abría ante ella un futuro prometedor en OmniTech. Si se esforzaba, tal vez algún día llegase a presidenta de la compañía. Gerardo DeGallo rondaba ya los cincuenta, era soltero y no tenía familia. Además, era conocido por lo generoso que era con sus empleados; no como Esteban, que
Diablos, ya estaba pensando otra vez en él. Volvió a apartarlo de su mente y miró el número que había en la fachada del edificio que estaba pasando. Sólo un par de bloques más.
Cuando paró en un semáforo, miró su re¬loj de pulsera. Eran casi las tres de la tarde, justo la hora a la que había previsto que lle¬garía. Le habían dicho que a esa hora estaría lista su habitación. Se suponía que tenía que reunirse a las seis con Gerardo y las otras per¬sonas que iban a participar en el seminario para una cena informal.
Era un alivio que después del viaje no tu¬viese que vestirse de etiqueta. Naturalmen¬te, había metido en la maleta un par de tra¬jes de chaqueta y pantalón, pero también vaqueros, pantalones cortos, camisetas y san¬dalias, para poder ponerse cómoda.
Sabía disfrutar de su tiempo libre; no era una adicta al trabajo como Esteban, que No podía ser, ya estaba pensando otra vez en él.
El semáforo se puso en verde en ese momento, y María apartó de nuevo a su ex jefe de su mente y pisó con suavidad el ace¬lerador. Seguía sin ver ningún edificio que pareciese un hotel. Estaba llegando al últi¬mo bloque cuando vio una señal que indica¬ba que girando a la derecha se llegaba al aparcamiento del Timber Lake Inn. Entró por allí con el coche, pero lo que se encon¬tró fue un pequeño Bed & Breakfast. Si no fuera por el cartel sobre la entrada, que po¬nía Timber Lake Inri, habría pensado que se había equivocado de dirección. Qué raro. Parecía uno de esos hotelitos a los que iban las parejas de recién casados. En fin, tal vez Gerardo DeGallo quisiese que sus emplea¬dos se sintiesen cómodos, al contrario que Esteban, que
Oh, por el amor de Dios. Ya estaba otra vez. María sacudió la cabeza y se bajó del coche.
Un hombre salió a recibirla. Debía de ser el botones, pero en vez de un uniforme lle¬vaba unos pantalones cortos de color caqui y un polo con el logotipo del establecimiento. Entre ese atuendo y su bronceado, parecía más un surfista que un botones.
Hola, bienvenida a Timber Lake Inn la saludó con una sonrisa. Soy Sean. Déjeme sus maletas; las llevaré dentro.
Yo soy María Fernández contestó ella, devolviéndole la sonrisa mientras abría el maletero. Vengo al seminario de orienta¬ción de OmniTech.
Sean asintió.
Ya. Bueno, sea donde sea el sitio en el que se celebra, seguro que podrá llegar a pie desde aquí. Esto es bastante céntrico.
Pero si se celebra aquí replicó ella, se¬ñalando el edificio.
El joven frunció el entrecejo.
Pues es la primera noticia que tengo. Cla¬ro que estaba de vacaciones y he vuelto hoy. Lo único que sé es que tenemos aquí aloja¬dos a los invitados de una boda y a los miem¬bros de un club de remo que siempre cele¬bran aquí su reunión anual.
Qué extraño, pensó María. OmniTech era una empresa que sólo en San Francisco tenía cientos de empleados, así que había pensado que a aquel seminario acudirían to¬dos.
Sean tomó su maleta y ella lo siguió al in¬terior. El hotel era muy acogedor, con te¬chos y suelos de madera, alfombras indias, cuadros de paisajes
Subieron por unas escaleras a la derecha del área de recepción, y ya en el piso de arri¬ba María no vio ninguna sala de reuniones; sólo habitación tras habitación. La puer¬ta de una se abrió y de ella salieron un hom¬bre y una mujer que, por cómo iban agarra¬dos el uno al otro y por el modo en que se miraban y se sonreían, debían de ser recién casados.
Cuando llegaron a su habitación y el bo¬tones abrió la puerta María descubrió que la decoración era similar a la del resto del hotel. Había un balcón desde el que podía admirarse una vista magnífica del lago, un moderno televisor, un minibar y hasta jacuzzi.
Sobre la mesa de la sala de estar había un cesto con fruta y vino y, junto a éste, un enor¬me ramo de flores. María se acercó y vio que en las flores había un pequeño sobre con su nombre escrito en él; su nombre de pila.
¿Todavía crees que DeGallo te ha con¬tratado por tu curriculum y tus aptitudes?
María se giró al oír esa voz tan familiar y vio a Esteban apoyado en el marco de la puerta. Se quedó boquiabierta, aunque no tanto por la sorpresa de verlo allí como por el hecho de que estaba distinto. Y no era porque estuviese vestido de un modo infor¬mal.
La ropa que llevaba estaba arrugada, te¬nía ojeras y parecía que hubiese perdido peso, como si no estuviese durmiendo ni co¬miendo bien y hubiese estado trabajando demasiado.
Bueno, ¿y qué si era así?, se dijo. No era asunto suyo si no se cuidaba, y no era pro¬blema suyo que la persona a la que hubiese contratado para reemplazarla no fuese com¬petente. Ella no era su madre, ni él era ya su jefe.
¿Qué estás haciendo aquí? le preguntó, felicitándose por la indiferencia que había inyectado en su voz. Nunca antes se habían tuteado, pero él acababa de hacerlo, así que ella no iba a ser menos. En mi hotel, quie¬ro decir; ya sé porque estás aquí, en Tahoe.
Esteban encogió un hombro y entró en la habitación. Sean, el botones, le entregó la llave a María y se retiró, cerrando tras de sí.
He hecho el trayecto desde San Francis¬co en menos tiempo del que tenía previsto, y hasta dentro de una hora no tengo que reunirme con la persona que está al cargo de la cabaña, así que me dije que pasaría por aquí para verte.
«Ya, seguro», pensó ella. Esteban Sanromán no era de la clase de personas que hacían vi¬sitas de cortesía.
¿Qué quieres?
Esteban se metió las manos en los bolsi¬llos y se preguntó qué respuesta podría dar¬le. Quería muchas cosas. Quería hacerse con la contrata Perkins, quería que las accio¬nes de Sanromán Limited se disparasen y de acuerdo, sí, también quería una secretaria eficiente, como lo había sido ella. Todas las candidatas a las que había entrevistado has¬ta ese momento o bien no estaban suficien¬temente cualificadas para el trabajo, o bien tenían el cerebro del tamaño de un mosqui¬to.
Pero, sobre todo, lo que quería era que María abriese los ojos y se diese cuenta de algo que a él le parecía más que obvio: que DeGallo estaba tramando algo para sacarle información.
¿Qué había sido de la María avispada y pragmática a la que él conocía? De hecho, mi¬rando a la mujer que tenía frente a sí, Esteban apenas podía reconocer en ella a María.
No llevaba el cabello recogido en un rígi¬do moño, como siempre, sino que se lo ha¬bía dejado suelto, y le caía sobre los hombros en una masa sedosa. Nunca había imaginado que lo tuviese tan largo. Bueno, la verdad era que nunca se había parado a pensar dema¬siado en el pelo de María. También había prescindido de las gafas, y le sorprendió ver lo grandes que parecían sus ojos sin ellas, y el descubrir que eran de un verde grisáceo.
¿A qué has venido? insistió ella, devol¬viéndolo al momento presente.
Era una buena pregunta, se dijo Esteban, que aún no estaba muy seguro de cuál era el motivo por el que había ido allí. Le pillaba de camino, sí, pero aunque hubiese tenido que desviarse habría ido allí de todas mane¬ras.
Había indagado un poco Bueno, había tenido que indagar bastante para averiguar en qué hotel iba a alojarse. El topo que tenía infiltrado en OmniTech sí, tenía un topo, pero estaba seguro de que DeGallo tenía uno también en Sanromán Limited pues bien, su topo en OmniTech no había podido averi¬guar mucho acerca de ese supuesto semina¬rio de orientación por el que María iba a pasar una semana allí en Tahoe, y resultaba más que sospechoso.
Su topo le había dicho que DeGallo no ha¬bía contratado a nadie más para un puesto de relevancia recientemente, y además lo normal habría sido que ese supuesto semina¬rio de orientación se hiciese en las oficinas de OmniTech y no en un romántico y acogedor hotelito a orillas del lago Tahoe.
He venido a ofrecerte tu antiguo puesto le dijo, sorprendiéndola tanto a ella como a sí mismo.
No, aquél no era en absoluto el motivo por el que había ido allí, pero tenía sentido que lo hiciera. De las candidatas a las que había entrevistado, ninguna estaba ni la mi¬tad de preparada de lo que lo estaba ella. Además, estaba seguro de que, si le ofrecía un aumento de sueldo lo bastante tentador, conseguiría convencerla para que volviera. Al fin y al cabo, todo el mundo tenía un pre¬cio.
La razón por la que María había dejado Sanromán Limited era que no se sentía valora¬da. Y tenía razón; él nunca le había dicho lo importante que era para la compañía.
No sabía cómo no se le había ocurrido antes aquello. Bueno, era probable que in¬conscientemente lo hubiese estado conside¬rando y que eso fuera lo que lo había lleva¬do allí. Sí, tenía que ser eso. ¿Por qué si no iba a haber ido allí?
María, sin embargo, no parecía muy abierta a la posibilidad de volver a trabajar para él. De hecho, estaba mirándolo llena de indignación.
Ya tengo un trabajo le contestó con as¬pereza, y estoy muy ilusionada con él.
En vez de responder a eso, Esteban se dirigió hasta las puertas cristaleras que daban al balcón y se quedó admirando el hermoso paisaje en silencio. Aquel lugar era otro mundo comparado con San Francisco y sus rascacielos, los coches, el ruido, la polu¬ción En un lugar como aquél en lo último en lo que uno querría pensar sería en el tra¬bajo, y eso era lo que hacía que fuese tan sospechoso que DeGallo lo hubiese escogi¬do para aquel «seminario».
Sintió a María acercarse por detrás y, cuando se detuvo junto a él, una extraña sen¬sación de paz lo invadió. Había estado en tensión desde el momento en que había sali¬do de San Francisco. Los viajes lo impacien¬taban; le parecían una pérdida enorme de tiempo. Siempre estaba deseando llegar a su destino cuanto antes para poder ponerse a trabajar.
Pero esa tensión no se había disipado al llegar a Tahoe; ni siquiera al entrar en aque¬lla habitación. Había sido justo en ese mo¬mento, al tener a María a su lado. No había sentido esa calma, esa paz, desde Bueno, al menos desde hacía dos semanas, las dos se¬manas que hacía que la había despedido.
Ella no dijo nada; simplemente se quedó mirando a través del cristal, igual que él, pero Esteban sabía que ella también debía de estar preguntándose si Gerardo DeGallo no tendría algún motivo oculto para llevarla allí. Tenía que sospechar como sospechaba él. María era una mujer inteligente, con buen instinto.
Fíjate qué vista comentó Esteban. No se disfruta de vistas así en la ciudad que es donde normalmente tienen lugar los semi¬narios de orientación añadió con retintín.
María no respondió; simplemente ex¬haló un suspiro cansado.
Y fíjate en esta habitación añadió él, dán¬dose la vuelta y señalando en derredor con un ademán. ¿A quién lo alojan en un sitio así para un seminario de orientación?
María suspiró de nuevo y se giró hacia él.
Voy a ser la nueva subdirectora de la com¬pañía. Gerardo sólo quiere causarme una buena impresión; eso es todo.
Esteban asintió levemente y fue hasta la mesa, donde había un enorme ramo de flo¬res. Ningún hombre iba por ahí regalando flores así, ni para declararle su amor a una mujer, ni tampoco para pedirle que lo per¬donara. Tomó el sobre que había en el ramo con el nombre de María y se disponía a abrirlo cuando
Esteban, no
Esteban se detuvo y alzó la cabeza, pero no porque ella estuviera pidiéndole que no abriera el sobre, sino porque lo había sor¬prendido que lo hubiese llamado por su nom¬bre de pila.
Nunca, ni una sola vez en los cinco años que había estado trabajando para él, lo ha¬bía llamado por su nombre de pila. Y no lo había hecho porque él nunca le había dado permiso para hacerlo.
Le resultaba chocante que de pronto hu¬biera cruzado esa línea, pero no estaba mo¬lesto. De hecho, le había gustado cómo ha¬bía sonado su nombre en labios de María.
Es más, le gustaba el modo en que sus la¬bios se habían quedado entreabiertos, pro¬bablemente porque se sentía algo avergonzada de haberlo llamado por su nombre, o quizá porque lo había hecho sin querer.
No lo hagas le dijo en un tono más fir¬me.
Alargó la mano hacia el sobre y, sin saber muy bien por qué, él apartó la suya, poniendo el sobre fuera de su alcance. María dio un paso adelante, pero vaciló, y finalmente dejó caer la mano.
Aquella victoria dejó extrañamente vacío a Esteban, pero aun así abrió el sobre y sacó la tarjeta. No estaba seguro de que la hubiera escrito DeGallo de su puño y letra, pero sin duda había sido él quien había escogido las palabras. Sacudió la cabeza y la leyó en voz alta:
«María, estoy impaciente por que te conviertas en un miembro más de la tripula¬ción de OmniTech. ¡Bienvenida a bordo!» luego miró a María. ¿Un miembro más de la tripulación? repitió con desdén. ¿No se le podía haber ocurrido nada más cursi?
María lo miró irritada.
Es una forma de hablar. Además, ¿qué le dirías tú a una nueva empleada?
Le diría «A trabajar» contestó él. Y se lo diría en persona; no le escribiría una nota ñoña ni le mandaría un ramo de flores para hacerle creer que es más importante de lo que en realidad es.
Los ojos de María relampaguearon y sus mejillas se tiñeron de rubor.
No, claro que no. Porque nadie es im¬portante para ti. Crees que el éxito de tu em¬presa se debe a ti y nada más que a ti. No aprecias la labor de todas las personas que trabajan para ti. Además, no te preocupas ni lo más mínimo por tus empleados, y cuando te descuides
De pronto se quedó callada y con los ojos muy abiertos, como si se hubiera dado cuenta de que acababa de cruzar otra línea. Nun¬ca lo había desafiado de aquel modo.
¿De verdad es eso lo que piensas de mí? inquirió Esteban.
Ella sólo vaciló unos segundos antes de asentir.
Sí, Esteban, eso es lo que pienso.
Una sensación cálida lo invadió cuando pronunció su nombre de nuevo. Debería irri¬tarle que se tomase con él esas confianzas cuando no le había dado permiso, pero con aquella nueva María mirándolo, aquella María de sedoso cabello y fascinantes ojos verdes, lo único que acertó a decir fue:
¿Ah, sí?
Durante un breve instante los dos perma¬necieron callados y no se movieron; ni siquie¬ra respiraron. Luego los labios de María se arquearon de un modo casi imperceptible en una sonrisa. Puso los brazos en jarras, en un gesto a la vez relajado y desafiante, y le pre¬guntó de nuevo:
¿Vas a decirme a qué has venido? ¿Que¬rías algo?
Esteban no sabía qué contestarle. Por pri¬mera vez en su vida no sabía qué era lo que quería. Estaba demasiado aturdido por aquella desconocida, pero no quería parecer un tonto, así que metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó de él una agenda elec¬trónica que se había comprado el día que María se había marchado de la empresa. Se la tendió y le dijo:
Sí. ¿No sabrás cómo funciona este chis¬me? No hago más que recibir correo basura y no sé qué he tocado, pero me salta cada dos por tres no sé qué aviso del calendario.
Alzó la vista hacia María, que estaba mi¬rándolo como si no pudiese dar crédito a lo que estaba oyendo.
¿Qué? ¿Qué pasa? inquirió él.
María fue hasta la puerta en unas cuan¬tas zancadas, la abrió y señaló el pasillo con un dedo.
Fuera. Ahora.
Esteban la miró boquiabierto.
¿Cómo? ¿Estás diciendo que no vas a ayu¬darme?
Ya no soy tu secretaria, Esteban.
Pero
Fuera. Ahora mismo repitió ella.
Esteban sacudió la cabeza con increduli¬dad, pero obedeció, y en cuanto hubo salido ella cerró dando un portazo.
Se dio la vuelta y pensó en llamar con los nudillos, pero se detuvo antes de hacerlo. Había mejores maneras de solucionar aque¬llo, se dijo. Sólo tenía que averiguar cuáles, porque María estaba cometiendo un error creyendo que OmniTech era el lugar donde debía estar. Él la necesitaba, o más bien su empresa la necesitaba, se apresuró a corre¬girse. Sólo tenía que encontrar el modo de hacer que ella se diera cuenta también.


Capítulo 3
Sin poder creerse todavía todo lo que ha¬bía pasado hacía unos minutos, María apo¬yó la espalda contra la puerta por la que Esteban acababa de salir.
¡Lo había echado! Dos semanas atrás no se habría imaginado capaz de algo así, pero cuando se había sacado aquella agenda elec¬trónica del bolsillo le había hervido la san¬gre. Por primera vez en cinco años habían estado teniendo una conversación de igual a igual, y de repente él había vuelto a tratarla como si aún fuese su secretaria.
Pero lo más sorprendente no era que se hubiese atrevido a plantarle cara, sino que cuando le había pedido, o más bien ordena¬do que se marchase, él había obedecido sin rechistar.
Y luego luego había habido unos cuan¬tos momentos muy extraños, en los que él la había mirado como si no la reconociese. Ella también se había sentido rara, sobre todo por lo agitada que se había encontrado en su presencia. No era la primera vez que le había ocurrido, pero durante los cinco años que había trabajado para él no se había permiti¬do explorar esos sentimientos.
El día en el que Esteban le había anun¬ciado su compromiso con Fabiola Conover, a María le había sorprendido la reacción que había tenido. Ese día se había dado cuenta de que tal vez lo que sentía por su jefe fuese un poco más allá de lo estricta¬mente profesional. Nunca se había preocu¬pado por las mujeres que entraban y salían constantemente de su vida, pero la idea de que fuese a casarse la había hecho sentirse rara.
En un principio se había dicho que lo úni¬co que le pasaba era que estaba decepciona¬da de que un hombre tan inteligente como él fuese a hacer algo tan estúpido como casarse por conveniencia con una mujer a la que no amaba.
Después había llegado a la conclusión de que lo que ocurría era que la irritaba pro¬fundamente que le hubiese encargado ocu¬parse de mil y un detalles de la organización de la boda cuando aquello no tenía nada que ver con su trabajo.
Finalmente se había visto obligada a admi¬tir que tal vez, después de todo, sí que sintiese algo por él, y aquello la había hecho con¬vencerse aún más de que tenía que dejar su trabajo en Sanromán Limited. Ni siquiera des¬pués de que se hubiese cancelado la boda había cambiado de opinión. Se había dicho que no podía arriesgarse a quedarse y acabar enamorándose locamente de Esteban, por¬que sabía que él jamás sentiría lo mismo por ella. A Esteban lo único que le importaba era su empresa. Sí, había hecho lo correcto. Sólo esperaba que tampoco se hubiese equivocado al aceptar la oferta de Gerardo DeGallo.

Llamar «cabaña» a aquello era una obsce¬nidad, se dijo Esteban cuando estaba ya acer¬cándose a la enorme casa donde iba a pasar un mes entero. Si no hubiera sido porque ya había estado allí durante el mes que había terminado cambiando con su hermano Bruno, habría pensado que se había equivoca¬do de sitio.
Paró el coche, apagó el motor y se bajó. Luego sacó del asiento trasero su bolsa de viaje y se dirigió al porche, donde estaba es¬perándolo la mujer que estaba a cargo de la cabaña.
Era joven, rubia y de figura esbelta. Llevaba unas gafas de sol que le impedían verle los ojos, pero parecía bonita, y Esteban se en¬contró comparándola con María y desean¬do, sin saber muy bien por qué, que hubiese sido ésta quien hubiese estado esperándolo para recibirlo.
Imagino que usted debe de ser Daniela le dijo a modo de saludo. Perdón por el retra¬so.
La joven asintió. Parecía decepcionada. Como él también llevaba gafas de sol, quizá lo hubiese tomado por otra persona.
Bienvenido; soy la guardesa contestó tendiéndole un manojo de llaves. Ésta es la de la puerta de entrada, ésta la de la puerta trasera y ésta, la del garaje le explicó seña¬lándoselas una por una. Déjelas sobre la mesa de la cocina cuando acabe el mes. Le he llenado la nevera y las alacenas, pero si necesita algo más siempre puede ir al super¬mercado del pueblo, Héctor's Landing. Imagino que habrá visto el cartel al pasar el desvío de camino aquí. Si la cocina no es lo suyo puede ir a uno de los restaurantes del pueblo. En Lakeside Diner y Clearwater se come muy bien.
Tenía una voz agradable, pero el tono que estaba empleando era monótono, como si se hubiera aprendido todo aquello de memoria y estuviese recitándoselo sin el menor entu¬siasmo.
¿Quiere que entremos para que le ense¬ñe la casa y le explique el funcionamiento de los electrodomésticos y los demás apara¬tos?
¿Aparatos? ¿Qué aparatos?
Hay un jacuzzi, sauna, un televisor de plasma
Esteban levantó una mano para interrum¬pirla. No le interesaban esa clase de cosas. Además no había ido allí para descansar; te¬nía un montón de trabajo por hacer.
No será necesario, pero gracias de todos modos.
En la puerta de la nevera le he puesto unos cuantos números de teléfono, incluido el mío, por si tuviese alguna emergencia, aunque espero que no tenga que recurrir a ellos.
Se quedó callada, escrutando su rostro, y luego simplemente le dijo adiós y se dirigió a su coche, un pequeño utilitario aparcado a unos metros de allí. Esteban tuvo una sen¬sación extraña de repente, como si la cono¬ciese de antes. Era algo en su forma de ha¬blar, o de caminar, pero no sabía qué era. Le recordaba a alguien.
Daniela se metió en su coche y se alejó rápidamente. Esteban apartó aquellos confusos pensamientos de su mente, entró en la vivien¬da y cerró la puerta tras de sí. Entró al salón y dejó con descuido su bolsa de viaje sobre un mueble. Le daba igual si dejaba caer alguno de los adornos; todavía estaba molesto con Héctor por hacer que todos hubieran tenido que reorganizar sus agendas para pasar un mes allí sin saber con qué objeto. Y también estaba molesto con él porque se hubiese muerto.
Sin embargo, poniéndose la mano en el corazón, con quien realmente estaba molesto era consigo mismo. No había querido perder el contacto con él y los otros «samuráis», el nombre que Héctor les había puesto en sus años de universidad. Simplemente había ocu¬rrido. Había pasado el tiempo, los había se¬parado la distancia, el trabajo La vida era así; la gente crecía y cambiaba.
Habían prometido que serían siempre ami¬gos, pero él ni siquiera había sido capaz de mantener el contacto con su propio hermano. Claro que era comprensible cuando tu propio hermano te acusaba de hacer trampas en los negocios y te robaba a tu prometida.
La verdad era que había sido muy injusto con Bruno, y que la relación entre ellos nun¬ca había sido fácil. Desde muy niños su padre había alentado el espíritu competitivo en ambos de un modo nada sano. En cada ocasión Samuel Sullivan Sanromán había halla¬do la manera de enfrentarlos: quién conse¬guía más medallas en los boy scouts, quién vendía más papeletas en la rifa benéfica del colegio, quién marcaba más tantos en los partidos de baloncesto Más que hermanos habían sido rivales.
A la muerte de su padre las cosas habían empeorado por las condiciones que había impuesto en el testamento: aquél de los dos que consiguiera ganar antes un millón de dólares con su trabajo, sería quien hereda¬ría la propiedad. Esteban había ganado, pero había sido una victoria amarga porque Bruno lo había acusado injustamente de ha¬ber hecho trampas, y durante años le había retirado la palabra.
No había sido hasta hacía poco cuando habían vuelto a verse, a raíz de que él se comprometiera con Fabiola. En esa ocasión Bruno se había tomado la revancha, arreba¬tándole a su prometida, de la que se había enamorado.
Esteban había acabado aceptándolo, pero la relación con su hermano gemelo seguía sin ser una balsa de aceite.
Suspiró, se metió las manos en los bolsillos y paseó la mirada por el salón. En la uni¬versidad todos habían hablado de construir una cabaña, pero esa palabra evocaba para él una imagen rústica, sin apenas comodida¬des.
Claro que aquella casa iba muy acorde con el carácter de Héctor; para él aquél de¬bía de haber sido el ideal de un lugar de re¬tiro: espacios amplios pero acogedores, bien amueblados, todo tipo de comodidades, paz y tranquilidad A pesar de todo, Esteban tenía la sensación de que faltaba algo, pero no acertaba a averiguar qué era.
Tomó de nuevo su bolsa de viaje y se diri¬gió hacia donde suponía que estarían los dormitorios. Sus pisadas resonaban en el silencio a cada paso que daba, recordándole que durante un mes iba a estar allí solo.
No estaba acostumbrado a viajar solo. No acostumbraba a tomarse vacaciones ni a via¬jar por placer, y cada vez que había hecho un viaje de negocios en los últimos cinco años, María lo había acompañado. Por su¬puesto, aquél no era un viaje de negocios, pero si María aún fuese su secretaria la ha¬bría llevado con él porque tenía intención de trabajar mientras estuviese allí para apro¬vechar el tiempo.
Cinco años, pensó mientras subía las escaleras que conducían al piso de arriba. En el marco de la vida de una persona cinco años no eran tanto tiempo, pero para María él había sido su primer jefe; su único jefe. Había sido él quien la había guiado en sus primeros pasos en el mundo de los ne¬gocios, quien le había enseñado cómo sacar¬le el mayor partido a sus conocimientos, y ahora otro hombre la había seducido con bonitas palabras y la había apartado de él.
¿Seducido? ¿Apartado? Por el amor de Dios, parecía que fuese su ex amante en vez de su ex secretaria.
Por alguna razón aquel pensamiento no le hizo reírse de sí mismo, sino que se sintió extrañamente cansado, y se dijo que debería mandar el trabajo al cuerno y ponerse a ha¬cer algo más
Se paró en seco en el escalón en el que es¬taba. ¿Cuándo en toda su vida había manda¬do al cuerno el trabajo? ¿Y algo más qué? ¿Qué había que fuese más satisfactorio que el trabajo? El trabajo lo era todo.
Hablando de trabajo Se había dejado el maletín con su ordenador portátil en el ma¬letero del coche. Y eso le recordó algo más: le recordó un problema que tenía con el programa de hojas de cálculo. No sabía qué había hecho, pero se le había descolocado todo el trabajo que había estado haciendo. Dichosa tecnología Si María estuviese allí sabría cómo arreglarlo. Pero María no es¬taba allí y ya no trabajaba para él. Tendría que llamar a una empresa de trabajo tempo¬ral para que le enviasen a alguien.
Lástima que María no estuviese allí, pen¬só de nuevo. María habría encontrado a la persona adecuada y ¿Se podía ser más paté¬tico? No necesitaba a María para todo. Po¬día arreglárselas sin ella. Lo único que tenía que hacer era encontrar las páginas amarillas y buscar una empresa de trabajo temporal en la zona. Bien, ¿dónde solía guardar la gente la guía de las páginas amarillas?


Capítulo 4
Esa tarde, cuando María entró en el co¬medor del hotel, se encontró con que la de¬coración estaba en consonancia con la del resto del establecimiento, y la suave ilumina¬ción hacía que el ambiente fuese incluso íntimo.
Esteban tenía razón; aquél no era el tipo de hotel en el que solían organizarse semi¬narios de empresa. Claro que estaba segura de que Gerardo DeGallo debía de tener sus motivos para haber elegido ese lugar, se apresuró a pensar, expulsando a su ex jefe de sus pensamientos. El hecho de que aquel lugar fuera tan romántico era una pura ca¬sualidad.
Se tiró un poco de los puños de la blusa, como hacía siempre que estaba nerviosa. Gerardo le había dicho que sería una cena informal y ella había escogido para la oca¬sión una blusa de color crema y unos panta¬lones marrones. De acuerdo, no difería mu¬cho de como había ido vestida a la oficina durante el tiempo que había trabajado con Esteban, pero aun así no era demasiado for¬mal.
Y si se había recogido el cabello en su ha¬bitual moño no era para compensar el am¬biente tan poco profesional que había en aquel lugar, sino porque se sentía más có¬moda sin tener que estar echándose el pelo hacia atrás todo el tiempo.
Respecto a las gafas Bueno, podía ha¬berse puesto las lentes de contacto, pero le había dado pereza.
Paseó la vista por las mesas, buscando una mesa con personas jóvenes que tuviesen aspecto de empleados que estuviesen allí por el seminario, pero sólo había alguna que otra pareja y un matrimonio con dos hi¬jos adolescentes.
Miró su reloj de pulsera. Era temprano; tal vez los demás aún no hubiesen llegado, se dijo. Fue entonces cuando un hombre senta¬do en el ángulo más alejado del comedor y también el que estaba más en penumbra, se puso de pie y le hizo señas con la mano. Era Gerardo.
María levantó una mano también para responderle, algo vacilante, y se dirigió ha¬cia allí.
Me alegra verte de nuevo, María la saludo él en un tono cálido. ¿Te ha ido bien el viaje?
Oh, sí, sin problemas contestó ella ten¬diéndole la mano. Gracias por darme esta oportunidad.
Para su sorpresa, Gerardo no le estrechó la mano, como ella había esperado, sino que la tomó suavemente entre las suyas. María se dijo que aquello era un poco raro, pero de in¬mediato desechó ese pensamiento. Gerardo simplemente estaba comportándose de un modo amistoso con ella, nada más. Lo que pasaba era que Esteban le había contagiado su paranoia de que, si le había ofrecido ese puesto, había sido sólo para sacarle informa¬ción.
Era lo que ocurría cuando te pasabas cin¬co años trabajando para un adicto al traba¬jo; acababas olvidándote de que la gente también podía ser amable, aun en el ámbito de lo laboral.
De hecho, la sonrisa que en ese momento estaba dirigiéndole Gerardo la hizo relajarse un poco. No era un hombre guapo, pero te¬nía cierto atractivo. Estaba en forma, y si¬guiendo sus propias normas se había vestido de un modo informal: un polo blanco y unos vaqueros. Sus ojos azules brillaban con inteligencia y buen humor, y a pesar de que el cabello rubio ya mostraba bastantes ca¬nas, el peinado que llevaba le daba un as¬pecto más joven de la edad que tenía en rea¬lidad.
Además, lo que le faltaba de guapo lo compensaba con su carisma. Era una de esas personas que sabía hacer que la gente se sin¬tiese a gusto.
Después de que Gerardo DeGallo le ofre¬ciese el puesto, María había estado indagan¬do un poco sobre él en Internet. Al contrario que Esteban, para quien todo giraba siempre en torno al trabajo, Gerardo DeGallo era un hombre que sabía disfrutar al máximo de su tiempo libre y que tenía otros intereses aparte de los puramente corporativos. Por ejemplo, participaba frecuentemente en campeonatos de vela y había fundado una asociación bené¬fica hacía diez años que proporcionaba becas de estudios a jóvenes brillantes pero sin recur¬sos.
El hecho de que no sólo fuera bueno en los negocios sino que además fuese una buena persona que se preocupase por los demás era algo digno de admiración.
Tomó asiento en la silla que él estaba sos¬teniéndole caballerosamente y entrelazó las manos sobre la mesa. Cuando él se hubo sentado también, esbozó una sonrisa profesional y, aunque era evidente que así era, le preguntó:
¿Soy la primera en llegar?
Bueno, en realidad ahora mismo eres la única que está aquí contestó él.
Tal vez sólo hubiese sido producto de su imaginación, pero a María le había dado la impresión de que Gerardo parecía un poco incómodo. No, debía de ser que verda¬deramente estaba paranoica por lo que le había dicho Esteban, aunque resultaba ex¬traño que nadie más hubiese llegado toda¬vía.
Verás, es que los demás no vendrán has¬ta el miércoles.
¿El miércoles? Pero para el miércoles to¬davía faltaban dos días, pensó María, con¬fusa.
Oh.
Los otros ocuparán puestos de menor importancia, así que pensé que sería mejor que tuviéramos un par de días a solas para poder hablar de los procedimientos y proto¬colos que sólo atañen a tu cargo le explicó él.
Bueno, visto de esa manera, tenía senti¬do, pensó María.
Pero antes, tomemos algo dijo Gerardo, haciéndole señas a un camarero para que se acercase. ¿Qué te apetece tomar? Creo que aquí tienen un Pinot Noir que es excelente.
Te agradezco la sugerencia, pero me pa¬rece que sólo tomaré agua mineral con gas respondió.
Él se fingió ofendido.
Vamos, María; se supone que vamos a celebrar tu incorporación a OmniTech.
Bueno, lo que he pedido tiene burbujas apuntó ella con una sonrisa.
Gerardo no insistió más y sonrió gentil¬mente.
En ese caso, yo tomaré lo mismo le dijo al camarero. Bueno, María continuó cuando el hombre se hubo alejado, ¿qué te parece si empiezas por hablarme un poco de?
¡Gerardo DeGallo!
María dio un respingo al oír la voz de Esteban, pero logró contener su irritación.
A Gerardo no pareció agradarle más que a ella que los hubiesen interrumpido, pero siendo como era un verdadero caballero, se puso de pie elegantemente para saludarlo y sonrió.
María, por su parte, se giró hacia él en su asiento pero no se levantó, confiando en que esa pequeña descortesía le diese a entender que la molestaba que estuviese interfiriendo en su vida profesional como lo estaba hacien¬do.
Esteban Sanromán lo saludó Gerardo mientras se estrechaban la mano. Cuánto tiempo. ¿Qué te cuentas?
Bueno, aparte de que vamos a ser noso¬tros y no OmniTech quienes consigamos la contrata Perkins, la verdad es que no dema¬siado respondió Esteban. Luego se volvió hacia María y, fingiéndose muy sorprendi¬do de verla allí, exclamó: ¡Vaya, pero si es María Fernández! No te veía desde hizo como que estaba esforzándose por re¬cordar. Desde luego, como actor no tendría mucho futuro, se dijo ella. Bueno, desde que me presentaste tu dimisión con dos se¬manas de preaviso para irte a trabajar en otra empresa.
María suspiró hastiada.
Sí, si no contamos con que hace unas horas te presentaste aquí y me ofreciste re¬cuperar mi puesto.
Entonces fue Gerardo quien se mostró sorprendido, con la diferencia de que su sor¬presa no era fingida.
¿De veras? inquirió, sonriendo diverti¬do a Esteban.
Éste carraspeó incómodo.
Bueno, fue únicamente un formalismo contestó. Siempre le ofrezco a mis ex em¬pleados la posibilidad de volver una vez han tenido tiempo de reflexionar y darse cuenta del error que han cometido al abandonar Sanromán Limited.
María resopló. Ya, seguro. Cuando un empleado abandonaba la empresa, en cues¬tión de una hora ya había ordenado al de¬partamento de personal que destruyesen su expediente, y desde luego nunca se había oído que hubiese ido a buscar a ninguno de esos empleados para ofrecerles la posibili¬dad de volver.
De hecho, en su caso la única razón por la que había ido donde ella estaba había sido para pedirle que le ayudara con la nue¬va agenda electrónica que se había compra¬do. Era evidente que la oferta que le había hecho para que volviera a ser su secretaria había sido algo que se le había ocurrido so¬bre la marcha, por si picaba.
Bueno, Sanromán, yo diría que si apreciases de verdad las posibilidades de María como yo lo hago no la habrías dejado marchar apuntó Gerardo.
María iba a sonreír, pero en vez de eso frunció ligeramente el entrecejo. Aquello de sus «posibilidades» no había sonado muy pro¬fesional. Además, ¿qué había querido decir con eso? ¿Por qué no había dicho «aptitu¬des», o «talento», o «experiencia»? «Posibili¬dades» sonaba como si la considerase una hoja en blanco, o alguien a quien podría mol¬dear a su antojo.
Te aseguro, DeGallo, que María era una de las posesiones más preciadas de Sanromán Limited. Espero que seas consciente de que va a ser un importante activo para tu empresa respondió Esteban.
María lo miró boquiabierta. Aquello era el colmo. ¿Una de las posesiones más precia¬das de Sanromán Limited? ¿Un importante acti¬vo?
¿Estás hablando de una persona o de un robot? le espetó irritada.
Esteban bajó la vista hacia ella y pareció darse cuenta, por la expresión de su rostro, de que con ese comentario había metido la pata hasta el fondo.
Eh
Porque si es así continuó ella sin dejarle decir nada, tal vez deberías revisar bien mis instrucciones de uso. No querría que Gerardo pensara que ha adquirido un robot defectuo¬so.
Esteban tuvo la decencia de mostrarse casi avergonzado. Casi.
María, eso no es lo que yo
Esa vez fue la risa de Gerardo lo que lo in¬terrumpió.
A mí me parece que funciona perfecta¬mente, Sanromán. De hecho, creo que este mo¬delo va a resultar mucho mejor de lo que ha¬bía pensado en un principio.
Esteban apretó los labios.
Sí, es única en su género masculló mi¬rando a DeGallo con rabia.
Y ahora trabajo para otra persona aña¬dió ella con una sonrisa burlona.
Esteban abrió la boca para responder, pero en ese momento regresó el camarero con dos copas y una botella de agua mineral con gas. Miró a Esteban y le preguntó ama¬blemente:
¿Va a unirse a los señores?
Ni siquiera alguien como Esteban podía ser tan insensible como para hacer algo así sólo por fastidiar, pensó María. Y no lo hizo. En vez de eso le dijo al camarero que no, que se sentaría solo porque no quería entrometerse en una cena privada, pero, aunque había al menos doce mesas libres en el comedor, tuvo que ir a sentarse justo en la que estaba al lado de la suya.
Increíble, se dijo María. Parecía que des¬pués de todo sí estaba dispuesto a fastidiarle la noche. Era evidente que con él al lado Gerardo no iba a ponerse hablar de asuntos referentes a OmniTech, así que se pasaron la cena hablando de temas tan triviales como el tiempo, libros, películas y cine entre los co¬mentarios que Esteban hacía cuando le pa¬recía, aunque nadie le hubiera dado vela en aquel entierro. Parecía que iba a ser una se¬mana muy larga.


Capítulo 5
A la mañana del día siguiente a su llegada, el timbre de la puerta despertó a Esteban. Debía de ser la persona que había pedido que le mandaran de la empresa de trabajo temporal, pensó maldiciendo, incapaz de abrir los ojos. Haciendo un esfuerzo, miró el reloj despertador que había sobre la mesilla. Las ocho.
Debía de haber hecho algo mal al poner el despertador por la noche antes de acos¬tarse, porque lo había programado para que lo despertase a las siete, la hora a la que solía levantarse. Medio dormido, miró de nuevo el reloj y se dio cuenta de que no era que hubiese hecho nada mal; el condenado re¬loj se había parado. Seguramente se habrían acabado las pilas. Tomó su reloj de pulsera, que estaba al lado, y vio que eran las nueve. Diablos. Nunca dormía hasta tan tarde. Ade¬más, le fastidiaba que lo pillaran despreveni¬do.
Apartó las sábanas, se incorporó y se frotó el rostro con ambas manos para acabar de despertarse.
Sacó una camiseta blanca de la bolsa de viaje, pues todavía no había deshecho el equipaje, y se la puso mientras bajaba las es¬caleras.
Bueno, por lo menos no desentonaba con los pantalones de chándal grises con los que había dormido, se dijo.
Estaba ya alargando la mano hacia el pi¬caporte cuando se dio cuenta de que estaba descalzo. «En fin, ¿qué le vamos a hacer?», se dijo con filosofía antes de abrir la puerta. El joven que estaba de pie en el porche lo miró con extrañeza, pero no hizo ningún comentario sobre su atuendo, su pelo re¬vuelto, sus pies descalzos, ni el hecho de que estuviera sin afeitar.
Tendría unos veintidós o veintitrés años e iba vestido impecablemente con un traje gris.
¿Es usted el señor Sanromán?
Esteban se peinó ligeramente el cabello con una mano.
El mismo.
Greco Dentón, de DayTimers se presentó el joven tendiéndole la mano su nue¬vo secretario.
Eh, eh, eh lo cortó Esteban levantando una mano. No he dicho que estés con¬tratado.
El joven Greco lo miró muy contraria¬do.
Pero me dijeron que iba a pasar un mes aquí, en Héctor's Landing, y que necesitaba un secretario.
Y así es respondió Esteban, pero no voy a dar por bueno al primero que me manden. Antes tengo que asegurarme de que tiene la preparación académica necesa¬ria y
Oh, por eso no tiene que preocuparse lo interrumpió el joven con una sonrisa. Me apunté a la empresa de trabajo temporal para trabajar ahora en verano y sacarme un dinero y adquirir experiencia, pero me li¬cencié en Ciencias Empresariales por la Universidad de Berkeley en el mes de mayo, y en otoño volveré para hacer un master en gestión de empresas. Estoy más que prepara¬do.
Esteban miró largamente al presuntuoso joven.
¿Ah, sí? inquirió en un tono frío.
La confianza del joven Dentón pareció tambalearse un poco.
Eh sí respondió a pesar de todo, se¬ñor.
Esteban asintió y puso los brazos en ja¬rras. Eso ya se vería. Sin invitarlo siquiera a pasar, le preguntó abruptamente:
¿Cuáles son los principales desafíos que presenta el comercio electrónico en térmi¬nos de organización y administración?
Greco parpadeó, como si los faros de un coche lo hubieran deslumbrado.
¿Perdón?
Esteban sacudió la cabeza y suspiró.
Muy bien, si esa pregunta le parece de¬masiado difícil, probemos con otra. En el modelo Ricardiano, el comercio entre dos economías similares no suele generar gran¬des beneficios. ¿Verdadero o falso?
Greco abrió y cerró la boca como un pez, pero no contestó.
Dios, pensó Esteban. Aquel chico no lle¬garía a ningún sitio si no sabía responder si¬quiera a las preguntas más simples.
De acuerdo, aquí va una sencilla: El coe¬ficiente de liquidez y el coeficiente de dispo¬nibilidad son el indicador por el cual se mi¬den A) la liquidez de una compañía; B) su eficiencia en el mercado; C) su rentabilidad; D) su tasa de crecimiento.
Greco frunció el entrecejo y volvió a abrir la boca, pero su cerebro no parecía dis¬puesto a cooperar.
Esteban sacudió la cabeza decepciona¬do.
Lo lamento, señor Dentón, pero me temo que no tiene los conocimientos necesarios para
¡Espere! lo interrumpió el joven. ¡Ésa la sé!
Lo siento, pero se le ha acabado el tiem¬po le dijo Esteban. Dígale a la gente de DayTimers que ya me pondré en contacto con ellos.
Y dicho eso cerró la puerta y se dio media vuelta.
¡Es la A, liquidez!, ¿no? ¿No es así? gri¬tó el joven Greco desde fuera.
Sí, era la A, pero había tardado mucho en contestar, pensó Esteban. La persona a la que contratara durante un mes tendría que ser más ágil de mente, no tener miedo a dar su opinión y también tendría que ser sagaz. Como María. Aquel tal Greco Dentón no le llegaba ni a la suela de los zapatos.
En fin, otro candidato que no tenía ni si¬quiera los conocimientos más rudimenta¬rios. Tendría que seguir buscando.
Fue hasta la cocina, puso la cafetera y fue al salón a por la guía de las páginas amari¬llas, que había encontrado el día anterior después de mucho buscar. Se sentó en el sofá y buscó la sección de empresas de tra¬bajo temporal. Se saltó el anuncio de DayTimers. Si después de lo mucho que había re¬calcado que necesitaba a alguien preparado le habían mandado a aquel chico, era evi¬dente que no tenían nada mejor que ofre¬cer.
Tomó el teléfono, marcó el número de otra empresa de trabajo temporal y, después de pedir que le enviasen a una persona para que la entrevistase por la tarde, volvió a la cocina para servirse una generosa taza de café.
Pero la cafetera seguía vacía; ni una gota de café. Además, la jarra de cristal estaba fría. Estaba seguro de que le había puesto agua y café la noche anterior. Lo comprobó por si acaso. Sí; tenía las dos cosas. Compro¬bó también que el cable estuviese enchufa¬do a la corriente. Volvió a pulsar el botón. Nada.
Diablos. No era que fuese uno de esos personajes patéticos que no podían ponerse en marcha sin tomarse una taza de café bien cargado al empezar el día, de esos a los que les daban unos cambios de humor terribles cuando se veían privados de su dosis diaria de cafeína. No, claro que no.
Pero como a cualquier otra persona, le gustaba tomarse una o dos tazas a lo largo de la mañana; quizá tres si tenía tiempo. De acuerdo, a veces eran cuatro o cinco cuando tenía reuniones.
Volvió a pulsar el botón de la cafetera y se quedó mirándola fijamente mientras tambo¬rileaba impaciente con los dedos en la encimera, ordenándole mentalmente que se pu¬siera en marcha.
Nada. Qué manera tan estupenda de em¬pezar el día.
Sus ojos se posaron en unos papeles que había dejado sobre la mesa de la cocina la noche anterior. Era la última tarea que ha¬bía hecho María antes de comunicarle ofi¬cialmente su dimisión; un contrato entre Sanromán Limited y una empresa consultora que había pasado a ordenador y había im¬preso.
Esteban sonrió, volvió al salón y tomó el teléfono para marcar un número de móvil que se sabía de memoria.
María dijo cuando ésta contestó. Soy Esteban. Hay un problema con el con¬trato Donovan, el que hiciste justo antes de marcharte. ¿Podrías tomarte un par de ho¬ras libres esta mañana para venir a revisarlo? le preguntó. Cuando ella comenzó a poner objeciones, añadió: Lo comprendo, pero esto es responsabilidad tuya. Y es urgente. ¿A qué hora podrías estar aquí? sonrió al oír la respuesta de ella. Bien. Te prometo que no te retendré más de lo estrictamente necesario. Oh, y María añadió antes de que pudiera colgar: ¿te importaría pararte de camino en alguna cafetería y traerme un poco de café?

Capítulo 6
Tras llamar al timbre, María resopló im¬paciente mientras esperaba a que Esteban le abriera y se pasaba el vaso de plástico con el café de una mano a otra. Le quemaba los dedos. Había resultado bastante embarazo¬so, por llamarlo de algún modo, tener que explicarle a Gerardo por qué en el primer día del seminario iba a tener que tomarse la mañana libre. Y aunque él no se había mos¬trado muy contento, le había dicho que hi¬ciese lo que tenía que hacer y que ya se verían después del almuerzo.
Él almuerzo pensó María. Con quien debería almorzar sería con él, su nuevo jefe, no con su ex jefe.
Cuando por fin Esteban le abrió, la son¬risa de alivio que se dibujó en su rostro al verla hizo que se ablandara un poco. En cierto modo la halagaba que aún la necesita¬ra.
Esteban alargó las manos para tomar el vaso de plástico, levantó la tapa y se lo acercó a la nariz para inspirar profundamente. Luego tomó un sorbo y cerró los ojos mien¬tras saboreaba el café. Cuando los abrió de nuevo bajó la vista al vaso y sonrió.
Ah, sí, esto es lo que necesitaba.
Fue entonces cuando María se dio cuen¬ta de que aquella expresión de alivio había sido por el café, y no por ella. Sintió deseos de pegarle en la cabeza, pero apretó los dientes y se contuvo.
¿Por qué había accedido siquiera a ir allí a revisar aquel contrato? Ya no trabajaba para él, y no creía que fuese a demandarla por haber cometido un error en un estúpi¬do contrato.
Si había ido allí no había sido por hacerle un favor, ni para complacerlo, se dijo. Había ido allí porque era una profesional; porque era concienzuda y responsable en su traba¬jo.
De hecho, le costaba creer que hubiese al¬gún error en aquel contrato. Recordaba ha¬berlo revisado un par de veces antes de en¬tregárselo a Esteban. Además, ¿cómo era que todavía estaba pendiente ese contrato? Se suponía que tenía que habérselo enviado a Servando Donovan hacía dos semanas.
¿Y por qué estaba tan desaliñado? De acuer¬do, estaba de vacaciones, pero eran más de las diez de la mañana y parecía que acabase de le¬vantarse de la cama.
Los pantalones de chándal que llevaba puestos estaban muy arrugados, la camiseta tenía marcas de haber estado doblada, y además no se había peinado ni se había afei¬tado.
A pesar de que desaprobaba la dejadez en un hombre, María sintió un cosquilleo en el estómago. ¿Cómo podía estar tan sexy con ese aspecto desaliñado?
De pronto se encontró imaginándolo en la cama una mañana de domingo, así, con el oscuro cabello revuelto, los ojos pegados aún por el sueño Se lo imaginó despere¬zándose sensualmente para luego sonreír a la mujer que yacía a su lado que curiosa¬mente se parecía mucho a ella.
Luego le acariciaba el hombro desnudo con un dedo y se inclinaba para besarla. La hacía rodar sobre la espalda, comenzaba a acariciar cada centímetro de su cuerpo por debajo de las sábanas y
Reprimió un gemido y apartó esos pensa¬mientos de su mente, pero cuando Esteban volvió a tomar otro sorbo de café y se pasó luego la lengua por los labios, no pudo evi¬tar ponerse a fantasear con esos labios y esa lengua.
«El contrato», se recordó, «has venido por el contrato».
Bueno, y ¿cuál es? Eh ¿qué proble¬ma hay con el contrato Donovan? consi¬guió decir al fin.
Esteban se quedó mirándola un instante, como si no supiera de qué estaba hablándole.
Oh, sí, el contrato murmuró. Pasa le dijo haciéndose a un lado.
María entró y se esforzó por ignorar el agradable aroma del café mezclado con el aroma característico de Esteban. Era un aroma fresco, como una mezcla de olor a bosque y especias. Probablemente era el gel de baño que usaba, o su champú. Había echado de menos ese olor durante esas dos semanas.
María suspiró en silencio. ¿Qué era lo que le pasaba esa mañana? Estaba compor¬tándose como si Esteban fuese un ex novio con el que hubiese cortado sin estar prepa¬rada.
Se giró en el momento en que Esteban estaba cerrando la puerta.
¿Y bien? volvió a preguntarle.
En vez de responder, él señaló las escale¬ras con un movimiento de la cabeza.
Por aquí.
Mientras lo seguía, María paseó la mira¬da por el salón. Quien hubiese decorado la casa tenía buen gusto y había logrado darle un toque acogedor sin que resultase dema¬siado femenino.
Al llegar al rellano inferior de la escalera sus ojos se posaron en una fotografía enmar¬cada que colgaba de la pared. Incapaz de contener su curiosidad, María se detuvo para mirarla más de cerca. En ella estaban retratados siete jóvenes, uno de los cuales era obviamente Esteban. Claro que otro era su hermano gemelo, por lo que en un pri¬mer momento no habría podido decir con seguridad cuál era cuál.
Luego, sin embargo, al fijarse en la sonri¬sa de ambos, observó que la comisura iz¬quierda de los labios de uno estaba más ar¬queada que la derecha, y supo sin lugar a dudas que era Esteban.
Curiosamente, de los dos era el que tenía el cabello más largo y también el que estaba vestido de un modo más desastrado. Tenía su gracia, porque Esteban siempre había hablado de su hermano como si fuese la oveja negra de la familia, el rebelde, al que le gustaba ir contracorriente, pero, al me¬nos en la fotografía, era él quien se ajustaba a esa descripción.
Tengo el contrato en el estudio le oyó decir.
Al alzar la vista se dio cuenta de que él ha¬bía continuado escaleras arriba, como si no se hubiese dado cuenta de que se había pa¬rado.
¡Oye! lo llamó, sorprendiéndose a sí misma.
Nunca antes le había dicho «¡oye!» a su ex jefe; sonaba demasiado coloquial, dema¬siado informal. Siempre había dicho algo parecido a «Disculpe, señor Sanromán». Era sólo que bueno, estaban en aquella cabaña tan acogedora, él iba vestido con un pan¬talón de chándal y una camiseta, y estaba mirando esa vieja fotografía suya en la que tenía pinta de delincuente juvenil, y no ha¬bía podido evitar que le saliese aquella ex¬clamación.
Cuando Esteban se volvió parecía tan sorprendido como ella de esa repentina fa¬miliaridad. Luego él vio lo que estaba mi¬rando y
Habría esperado que sonriese como ella había estado sonriendo hacía un momento, pero en vez de eso parecía molesto. Proba¬blemente no quería que una empleada o, en su caso, una ex empleada, lo viese como otra cosa que el hombre de negocios que era.
Pues lo sentía, pero la culpa era de él, se dijo. Si eso era lo que quería, no haberle pe¬dido que fuese allí, y que no se hubiera ves¬tido así.
Esteban bajó las escaleras y puso los bra¬zos en jarras.
¿Qué? le preguntó.
Curiosamente no miró la fotografía, aun¬que era evidente que sabía que ése era el motivo por el que lo había llamado.
¿Quiénes son éstos con los que sales aquí? inquirió ella señalándola.
Esteban se volvió hacia la fotografía de mala gana y la miró sólo un instante antes de girarse de nuevo hacia María.
Amigos de la universidad. Nos llamába¬mos entre nosotros «los siete samuráis».
¿Erais fans de Akira Kurosawa o algo así? inquirió ella, recordando que había una película del director japonés con ese título.
De hecho, creo que Héctor era el único de nosotros que había visto esa película. Fue él quien nos puso ese nombre; sólo Dios sabe por qué.
¿Cuál de todos es Héctor? le preguntó María.
Aún con más desgana que antes, Esteban levantó la mano y señaló al joven que estaba en el centro de la fotografía.
¿Y dónde está ahora?
Esteban vaciló un momento antes de con¬testar.
Ha muerto.
Oh. De modo que ése era el amigo que había muerto, ése que había pedido en su testamento que Esteban y los demás pasa¬sen cada uno un mes en aquella cabaña.
¿De qué murió? inquirió.
Cáncer contestó Esteban. Esta cabaña era suya, aunque no vivió lo suficiente como para verla terminada.
Lo siento muchísimo, Esteban le dijo ella en un tono quedo. Dejándose llevar por un impulso, extendió la mano y le apretó suavemente el brazo. Perdona, no era mi intención hacerte rememorar algo tan dolo¬roso.
Esteban sacudió la cabeza.
En realidad, desde que estoy aquí me han venido a la mente buenos recuerdos le con¬fesó, cosas que había olvidado añadió esbo¬zando una sonrisa.
Era una sonrisa triste, pero infinitamente mejor que la expresión desolada que había ensombrecido su rostro hacía sólo unos ins¬tantes.
María permaneció callada, creyendo que iba a continuar hablando, pero al ver que no decía nada más no quiso insistir, por mucha curiosidad que sintiera.
¿Y qué va a pasar ahora con esta casa? ¿La compartiréis los demás? inquirió.
No, pasará a ser propiedad del pueblo, Héctor's Landing.
María sonrió. No se le había ocurrido hasta ese momento que el difunto amigo de Esteban y el pueblo compartían el mismo nombre.
¿Héctor era de aquí? ¿O es que le pusie¬ron ese nombre por este sitio?
Esteban volvió a sacudir la cabeza.
No, creo que simplemente pasó por aquí un día y le hizo gracia la coincidencia. Le pa¬reció que sería el lugar perfecto para cons¬truir una cabaña contestó. Hablábamos de hacer algo así cuando estábamos en la universidad, construir una cabaña y pasar temporadas en ella todos juntos, pero des¬pués de graduarnos nunca llegamos a hacer¬lo. Estábamos todos demasiado ocupados la palabra sonó como si le hubiese dejado un regusto amargo en la boca. Aquello era cuanto menos chocante, porque él era un hombre que veía el trabajo casi como un camino para llegar al Nirvana. Estábamos de¬masiado ocupados como para hacer algo inútil, como perseguir nuestros sueños de juventud concluyó en un murmullo, mi¬rando de nuevo la fotografía.
Cuando se volvió otra vez hacia ella, María vio algo en sus ojos que no había visto jamás: melancolía.
¿Y sigues viendo a los otros «samuráis»? le preguntó. Aparte de a tu hermano, quie¬ro decir.
Sabía que a su hermano en concreto no lo había vuelto a ver hasta hacía un par de meses, después de que hubiesen pasado va¬rios años sin hablarse.
Y aun entonces había sido sólo porque Esteban necesitaba cambiar con su herma¬no el mes que le había tocado pasar en la cabaña para poder hacer aquel viaje a Stuttgart.
Después de que Fabiola se enamorase de Bruno y Esteban y ella rompiesen su compro¬miso las aguas se habían calmado un poco, pero María sabía que la relación entre los hermanos era aún algo tensa.
Esteban volvió a mirar la fotografía.
Hace años desde la última vez que los vi, pero en septiembre estarán todos aquí le explicó. Cuando cada uno de nosotros haya pasado un mes aquí, la cabaña pasará, como te decía, a ser propiedad del pueblo. Me pa¬rece que la idea de Héctor era convertirla en un centro de salud o algo así. En fin, el caso es que en septiembre habrá una ceremonia con el alcalde y los miembros del Ayunta¬miento, y todos nosotros asistiremos tam¬bién.
María sonrió.
Héctor debía de ser un gran tipo.
Lo era asintió Esteban; era el mejor de nosotros y esa vez, cuando sonrió, fue con calidez. Luego, sin embargo, la sonrisa se desvaneció de sus labios y contrajo ligera¬mente el rostro, como si se sintiera culpa¬ble. Perdona, estoy quitándote tiempo.
Bueno, en realidad no era culpa de él; era ella la que se había puesto a hacerle pre¬guntas. Tendría que ser ella quien estuviese preocupándose por estar perdiendo el tiem¬po, pero curiosamente hacía ya un rato que había dejado de pensar en Gerardo.
Oye lo llamó de nuevo cuando Esteban ya estaba dándose la vuelta.
Esteban se giró hacia ella.
¿Qué?
Te quedaba bien el pelo largo le dijo María con una sonrisa, señalándolo en la fotografía.
Los ojos de Esteban se fijaron un momen¬to en la instantánea antes de mirarla con cu¬riosidad.
¿Cómo estás tan segura de que ése soy yo? Podría ser mi hermano Bruno dijo mi¬rándola fijamente.
María negó con la cabeza.
No, sé que eres tú.
Esteban se cruzó de brazos.
¿Por qué?
No podía decirle que lo había reconoci¬do por esa forma ligeramente arrogante que tenía de sonreír a veces.
Por el brillo en tus ojos. Cuando sonríes y cuando te ríes brillan de un modo travieso, como los de un niño.
«Oh, estupendo, María», se felicitó a sí misma. Eso había sido mucho más inteligen¬te que decirle que lo había reconocido por su sonrisa.
Esteban enarcó una ceja y esbozó una sonrisa divertida, y en ese momento María vio que sus ojos brillaban precisamente de esa manera.
¿En serio? inquirió muy interesado.
Eh bueno, lo que quiero decir co¬menzó María azorada.
Esteban, sin embargo, no le dejó dar marcha atrás.
¿De verdad te parece que mis ojos bri¬llan de un modo especial? ¿Y cuándo te per¬cataste de ese detalle?
Ni en sueños iba a confesarle que había sido cinco años atrás, el día en que la había en¬trevistado.
No lo sé contestó. Tampoco es que sea algo tan especial.
Aquella sonrisita impertinente no se bo¬rraba de sus labios.
Pues debe de serlo cuando has sido ca¬paz de distinguirme de mi hermano Bruno en esa foto.
Era evidente que estaba disfrutando con aquello, que estaba disfrutando haciéndola sentirse incómoda, se dijo María.
En realidad me lo acabo de inventar; no ha sido por eso.
Esteban volvió a enarcar una ceja.
¿Y si no ha sido por el brillo en mis ojos entonces, por qué ha sido?
María suspiró exasperada.
Está bien, ha sido por tu sonrisa. He sa¬bido que eras tú por tu sonrisa.
Una sonrisa iluminó el rostro de Esteban, una sonrisa que hizo que el corazón de María palpitara con fuerza. Deberían inventar una vacuna para proteger a las mujeres del efecto de esa sonrisa.
¿En serio? ¿Qué tiene de especial mi son¬risa?
Oh, por favor, ¿puedes ser un poco más vanidoso? le reprochó ella. Sólo quieres que te regale los oídos.
Bueno, no todos los días una mujer her¬mosa le dice a uno algo agradable de su son¬risa.
Ya, como si a él no se lo hubiesen dicho cientos de Fue entonces cuando cayó en la cuenta de lo que había dicho.
¿Crees que soy hermosa?
Esteban frunció ligeramente el entrecejo.
¿He dicho yo eso?
María asintió con vehemencia.
Lo has dicho.
Esteban cambió el peso de un pie a otro, como incómodo.
¿Estás segura?
Muy segura.
Bueno, yo comenzó él. Quiero decir que En, yo sólo
¿Qué? lo instó María.
Esteban señaló detrás de sí con el pulgar y dijo:
El contrato; no quiero hacerte perder más tiempo.
María abrió la boca para protestar, pero Esteban ya se había dado la vuelta y estaba subiendo de nuevo, así que lo siguió.
Momentos después entraban en el estu¬dio. Tras el escritorio había un enorme corcho con fotografías de Esteban y los otros seis «samuráis» fijadas a él con chinchetas. También había una cuartilla escrita a mano. Nota para Teb, rezaba en la parte superior. ¿Teb?, se repitió María. Nunca había oído a nadie llamarlo así. Se le hacía raro.

Teb, buena suerte, amigo, nos consejos. Estas a punto de empezar tu mes en «la guarida del amor». ¿Te acuerdas de las conclu¬siones sobre las mujeres a las que llegamos en la Nochevieja de nuestro último año en la universidad? ¿Que te atan y no te dejan hacer nada peligroso? Olvídate de todo eso. Esto es lo que debes saber real¬mente de la mujer de tu vida: te hará libre y amar¬la será lo más peligroso que harás jamás.

¿Qué sería eso de «la guarida del amor»?, se preguntó María.
Aquí está dijo Esteban sacándola de sus pensamientos.
Cuando lo miró, vio que estaba sacando de una carpeta los papeles del contrato.
He encontrado al menos tres errores añadió mientras ella se acercaba para po¬nerse junto a él. El primero está aquí, en la segunda página continuó señalándole un párrafo. Te has saltado una coma.
¿Cómo? inquirió ella alzando la vista hacia él. Debía de haber oído mal.
Que aquí tenías que haber puesto una coma repitió él. Y luego, en la página si¬guiente continuó pasando la hoja este punto y coma debería ser una coma. Y en la última página añadió yendo hasta el final del contrato. ¿Lo ves?, aquí la línea que has puesto para la firma es demasiado corta. De¬berías haberla hecho unos cuantos milíme¬tros más larga para que quepa bien la firma de Donovan.
María no podía dar crédito a lo que es¬taba oyendo. ¿Ésos eran los errores que ha¬bía cometido? ¿Una coma que faltaba? ¿Un punto y coma que debería ser una coma? ¿Una línea que no era lo bastante larga, se¬gún él?
¿Por aquellas insignificancias la había he¬cho ir allí? ¿Para aquello se había arriesgado a enfadar a su nuevo jefe? ¿Para aquello ha¬bía hecho un trayecto de media hora hasta allí y le había pagado de su bolsillo el café?
Pero lo que más le irritaba era que lo que él llamaba errores no lo eran en absoluto. No hacía falta ninguna coma en la frase en la que él decía que se la había saltado. El punto y coma también estaba correcto, y res¬pecto a aquella ridiculez de la línea donde tenía que firmar Donovan había espacio más que de sobra.
¿Me has hecho venir hasta aquí por una coma, un punto y coma y una línea? inqui¬rió mirando a Esteban con los ojos entorna¬dos.
A él por lo visto le parecía que no había nada de malo en ello.
Son esos pequeños detalles en los que se fija la gente, María.
No a menos que de verdad sean errores, y en este caso no lo son le recalcó ella.
Esteban la miró sorprendido.
¿No lo son?
No, no lo son.
¿Estás segura?
María apretó los dientes.
Completamente segura.
Oh. Bueno, en ese caso me temo que te he hecho venir para nada.
María sintió que le hervía la sangre en las venas. Si las miradas matasen, lo habría fulminado en ese momento.
Pero ya que estás aquí, ¿por qué no te quedas a comer?
Ella quería gritarle, agarrarlo por los hom¬bros y sacudirlo, pero en vez de eso se contu¬vo. Apretando los dientes de nuevo y mirán¬dolo furibunda, le respondió:
No, gracias.
Esteban sonrió, tan contento.
Deberías considerar lo que te dije de vol¬ver a trabajar para mí. Así no tendrías que preocuparte por que DeGallo esté esperán¬dote, porque ya estarías donde tienes que es¬tar.
María decidió que ya había aguantado bastante.
No, gracias repitió. Y ahora, si me dis¬culpas, tengo que ir donde debería estar y, desde luego, no es aquí.
Dicho eso, se dio media vuelta y salió del estudio sin despedirse y sin mirar atrás.

Capítulo 7
Esteban observó a María a través de la ventana mientras ésta se dirigía hacia su co¬che.
Era cierto lo que le había dicho sobre que lo habían asaltado los buenos recuerdos desde que había llegado a la cabaña, pero también se había sentido atormentado. No se trataba sólo de la muerte de Héctor, sino también de cómo se habían ido distanciado los siete, y de cómo había dejado que se rompieran los lazos entre su hermano Bruno y él.
En sus años de universidad Héctor había logrado que dejaran a un lado esa competitividad que siempre había habido entre ellos, pero a su muerte parecía como si lo que los había unido en el pasado hubiese muerto con él.
En aquella época él había sido Teb, un chico normal al que le gustaba ir al cine con los amigos, jugar al rugby
No había empezado a usar su nombre completo hasta después de acabar sus estu¬dios universitarios. «Esteban» sonaba más estudiado que «Teb», más serio, más madu¬ro.
Luego había fallecido su padre, y su testa¬mento había hecho que Bruno y él se viesen abocados a competir de nuevo el uno contra el otro por aquella ridícula condición de que quien ganase antes un millón de dóla¬res con su trabajo sería quien heredase la propiedad. El otro se quedaría sin nada.
Al principio sólo había sido un juego, y habían bromeado con hacer que el otro mordiera el polvo. Los dos habían iniciado su propio negocio y se habían esforzado por igual, pero cuando finalmente había sido él quien se había adjudicado la victoria, Bruno lo había acusado de haber hecho trampas.
Aquella acusación había provocado una fuerte discusión entre ellos, y durante años no se habían hablado hasta que Esteban había descubierto que Bruno había estado en lo cierto.
No era que él no hubiese jugado limpio, pero dentro de su empresa un empleado ha¬bía estado llevando a cabo un doble juego a la par que una serie de maniobras turbias y luego se había esfumado con el dinero que se había agenciado.
Al darse cuenta de que aquel canalla se había aprovechado de ambos habían hecho borrón y cuenta nueva, pero todavía había una cierta tensión entre ellos.
Nunca volverían a ser aquellos jóvenes despreocupados de su época universitaria, pero podían volver a ser de verdad herma¬nos el uno para el otro. Y lo serían, se pro¬puso Esteban. Empezaría por llamar a Bruno con regularidad y se aseguraría de que se viesen también más a menudo. Después de todo los dos vivían en San Francisco; no era como si estuviesen a miles de kilómetros.
María se había metido ya en el coche y estaba encendiendo el motor. Por algún mo¬tivo alzó la vista hacia la casa y en ese mo¬mento sus miradas se encontraron, pero ella se había puesto unas gafas de sol y Esteban no pudo ver la expresión en sus ojos.
Esteban alzó una mano y la agitó sin mu¬cho entusiasmo a modo de despedida. Al cabo de un instante ella levantó su mano tam¬bién, pero no la agitó, ni sonrió. Luego la dejó caer, dio marcha atrás hasta llegar a la carretera y Esteban siguió el coche con la mi¬rada mientras se alejaba.
Aun después de que el vehículo se hubie¬ra perdido de vista permaneció allí de pie, frente a la ventana. Se recordó que debería ponerse a trabajar, se recordó que dentro de unas horas tenía una entrevista con la perso¬na que iba a enviarle aquella otra empresa de trabajo temporal a la que había llama¬do Se recordó un montón de cosas, pero no podía dejar de pensar en cómo se había sentido cuando María le había apretado el brazo suavemente para reconfortarlo.
Se había marchado donde creía que debía estar, pero estaba equivocada. Había cometi¬do un error al aceptar la oferta de Gerardo DeGallo. Aquel hombre la utilizaría para in¬tentar sonsacarle todo lo que pudiera, y lue¬go se inventaría una excusa para deshacerse de ella.
A DeGallo no le gustaba tener en puestos importantes a personas ajenas a la empresa. Su concepto de un empleado era como el de un perro al que tenía que adiestrar per¬sonalmente partiendo de cero para que le obedeciera. Esteban lo conocía bien, y esta¬ba seguro de que veía a María como si fue¬ra algo de segunda mano, algo usado que sólo tenía valor por la información que po¬día proporcionarle.
DeGallo no la valoraba como él. Y no te¬nía nada que ver con la sensación cálida que lo había invadido cuando le había apretado el brazo con los dedos, ni con el modo en que lo había estado mirando mientras le ha¬blaba de sus amigos, como si quisiese que le contase más sobre ellos y sobre él; ni por supuesto tenía nada que ver con el hecho de que la cabaña hubiese parecido cobrar vida con su presencia y que se hubiese tornado de nuevo fría y silenciosa al irse ella. Qué ri¬diculez; las casas no tenían vida propia, ni tampoco sentimientos.
Claro que eso era lo que mucha gente de¬cía de él.
Esteban exhaló un pesado suspiro y se pasó una mano por el cabello. No tenía tiem¬po para pensar en tonterías, se dijo. Tenía trabajo por hacer y una entrevista dentro de unas horas.

Hacia el final de la semana Esteban ha¬bía llamado a todas las empresas de trabajo temporal de la zona, y aun así no había lo¬grado encontrar a nadie lo suficientemente preparado como para ocupar el puesto de María; ni siquiera sólo durante ese mes.
La candidata que acababa de llegar era su última esperanza, y desde el momento en que abrió la puerta y la vio, supo que aque¬llo no iba a funcionar.
Para empezar, iba hecha un adefesio, como si se hubiese puesto lo primero que hubiese encontrado al abrir el armario. ¿A quién se le ocurría ir con esa pinta a una entrevista?
La hizo pasar al salón, le pidió que toma¬ra asiento en el sofá y él se sentó en un sillón orejero que había cerca de la chimenea. Cuanto antes acabasen con aquello, mejor.
Bien, señorita bajó la vista al curricu¬lum que le había enviado la empresa de tra¬bajo temporal Carrigan. Veo que es usted licenciada por la Facultad de Ciencias Em¬presariales de la Universidad de Stanford.
La joven le dirigió una sonrisa forzada que casi hizo que Esteban contrajera el ros¬tro.
Así es. Me licencié el pasado mayo.
¿Y cuáles son sus aspiraciones con res¬pecto a este empleo?
La señorita Carrigan se irguió en el asien¬to, cruzó los tobillos, entrelazó las manos y ladeó la cabeza, como pensativa.
¿Puedo serle franca, señor Sanromán?
Claro asintió él, temiéndose la clase de respuesta que iba a obtener.
Verá, no es que quiera ser una secretaria toda mi vida, pero creo que este empleo se¬ría para mí una forma de abrirme camino. Me daría la oportunidad de aprender en fin, de aprender de usted, que es un ejemplo para todos los jóvenes emprendedores de este país respondió ella con otra sonrisa dulzona.
Perfecto, ahora estaba haciéndole la pe¬lota.
Además, aunque carezco de experiencia puedo asegurarle que no se arrepentirá si me da una oportunidad. Soy muy meticulo¬sa y organizada continuó ella. Modestia aparte, siempre era la primera de la clase en entregar los trabajos que nos pedían, y los profesores me felicitaban por lo bien estruc¬turados que estaban.
Y encima se creía que era la reina de Saba.
Entiendo. Bien, pues le agradezco que haya venido dijo poniéndose de pie y ten¬diéndole la mano. Como tengo su curricu¬lum y el número de la empresa temporal, ya me pondré en contacto con ellos para co¬municarles mi decisión.
La joven parpadeó, sorprendida sin duda por la rapidez con que iba a despacharla, pero se puso de pie y le estrechó la mano.
Sí, debía de haber sido la entrevista más corta de la historia, pero Esteban no quería perder más tiempo con alguien que obvia¬mente no daba la talla.
¿Qué les enseñaban en la universidad en esos días?, se preguntó mientras la veía marcharse. Entre las personas a las que había entrevistado en San Francisco y allí en Tahoe debían de ir ya dos docenas, y cada can¬didato que se había presentado para el pues¬to había sido peor que el anterior.
Bueno, no le quedaba otro remedio, se dijo. No podía sentarse a esperar a que María entrara en razón. Haría o diría lo que fuera necesario para recuperarla, ya fuese doblarle el sueldo, o lo que fuera.

María llevaba quince minutos esperan¬do a Gerardo en el comedor del hotel. Cuan¬do levantó la vista de su reloj de pulsera y vol¬vió a mirar en dirección a la puerta, para su sorpresa, fue a Esteban a quien vio allí.
Nuevamente iba vestido de un modo in¬formal, esa vez con unos pantalones cortos de color azul y un polo gris bajo el cual se adivinaban las líneas esculpidas de su pe¬cho.
María se dijo que debería sentirse irrita¬da de verlo allí, pero la verdad era que no era así. En lo que llevaba de semana el seminario de orientación no estaba siendo en absoluto lo que ella había imaginado. Hasta el mo¬mento prácticamente había consistido única¬mente en encuentros a solas entre Gerardo y ella, y casi siempre en cafeterías o restauran¬tes. Pero lo peor era que siempre parecían desviarse de lo que se suponía que había ido a aprender allí, la política de empresa de OmniTech y lo que se esperaría de ella como la nueva subdirectora, y Gerardo empezaba a hacerle preguntas sobre su trabajo en Sanromán Limited.
No quería creer lo que Esteban había su¬gerido acerca de que Gerardo DeGallo le había ofrecido aquel puesto sólo para sacar¬le información, pero estaba empezando a pensar que tal vez tuviese razón.
Mientras se acercaba a la mesa donde es¬taba sentada, un cosquilleo eléctrico reco¬rrió a María de arriba abajo. Dios, aquello era una locura. Hasta hacía un par de sema¬nas Esteban había sido para ella el «señor Sanromán», su jefe, y aunque había admitido para sus adentros que se sentía atraída hacia él, había creído que al dejar la empresa lo olvidaría.
Con lo que no había contado era con que fuese a buscarla cuando estuviese allí en Tahoe, y tampoco con que, ahora que ya no era su secretaria ni él su jefe, una vocecita traviesa empezase a susurrarle que ya no ha¬bía impedimento alguno para dejarse llevar por esa atracción.
Aquello era una locura, se dijo de nuevo, una absoluta locura. Enamorarse de un hombre casado no conducía más que a pro¬blemas, pero enamorarse de uno casado con su negocio podía ser aún peor.
Esteban, que había llegado junto a su mesa, apoyó las manos en el respaldo de la silla que María tenía enfrente y esbozó una sonrisa.
Hola la saludó.
María se preguntó dónde diablos esta¬ría Gerardo. No era propio de él retrasarse. ¿Y por qué de repente estaba alisándose la camisa y tocándose el pelo para asegurarse de que no estaba despeinada? Lo único que tenía claro era que si el que estuviera frente a ella fuese Gerardo y no Esteban ni siquie¬ra se habría preocupado, y tampoco se qui¬taría las gafas, como estaba haciendo en ese momento.
Hola respondió mientras se las metía en el bolsillo de la camisa.
¿Estás esperando a DeGallo?
Ni muerta le diría María que su nuevo jefe no se había presentado, porque enton¬ces le preguntaría por qué, y ella tendría que decirle que no lo sabía, a menos que fuera porque Gerardo hubiese llegado a la conclu¬sión de que después de todo no quería tenerla como parte de la «tripulación» de OmniTech, y eso sería muy humillante.
¿Y qué estás haciendo tú aquí otra vez? inquirió en vez de responderle.
Había dicho aquello de «otra vez» con un cierto retintín, pero Esteban o bien no lo ad¬virtió, o bien optó por hacer como que no lo había advertido, porque se limitó a sonreír y a contestar:
La verdad es que había venido a pregun¬tarte si querías cenar conmigo. He subido a tu habitación, y al ver que no contestabas he pensado que tal vez estuvieras aquí.
María asintió brevemente pero no dijo nada, y Esteban se quedó mirándola expec¬tante, sin decir tampoco nada.
Fue entonces cuando se le ocurrió a María que tal vez estuviese esperando a que lo invitase a sentarse.
No podía hacer eso. ¿Y si de pronto apa¬reciese Gerardo, con una excusa perfecta¬mente válida para haberse retrasado tanto y la encontrase allí sentada con Esteban?
Si estás esperando a DeGallo, creo que deberías saber que lo he visto marcharse en su coche con una rubia despampanante cuan¬do llegaba le dijo Esteban de pronto, sacán¬dola de sus pensamientos.
María lo miró boquiabierta.
No puede ser; habíamos quedado para cenar
Siento decirlo, María, pero me parece que tu nuevo jefe te ha dado plantón mur¬muró Esteban. Pero no deberías dejar que te afecte. Si no se da cuenta de la suerte que tie¬ne de tenerte en su equipo es que es un idiota.
La satisfacción que le proporcionó el cum¬plido de Esteban fue sólo momentánea, por¬que rápidamente fue reemplazada por un sentimiento de profunda rabia y frustración. No, Esteban tenía que estar equivocado; Gerardo no podía haberla dejado plantada.
Hacía apenas tres horas que le había di¬cho que quedarían en el comedor a las seis y media. Miró su reloj de pulsera y vio que pa¬saban de las siete menos diez. ¿Por qué esta¬ba tratando de engañarse a sí misma? Era imposible que alojándose en el mismo hotel estuviese retrasándose tanto.
Estaba esperando a que Esteban le dijese «te lo advertí», pero en vez de eso le pre¬guntó:
¿Qué te parece si te invito a cenar?
María estaba pensando que debería rehusar su invitación, que de lo único que tenía ganas era de subir a su habitación, pe¬dir que le subieran algo y darse un baño para relajarse. Sin embargo, la verdad era que estaba cansada de hacer eso cada noche, cansada de irse a la cama preguntándo¬se cuáles podían haber sido los motivos por los que Gerardo la había contratado y si ha¬bía hecho lo correcto aceptando aquel tra¬bajo.
Trabajo Ja! No se sentía como si fuese a trabajar para él. En vez de eso había mo¬mentos en que se sentía como si estuviese intentando ganársela con lisonjas y otros en los que le parecía que estuviese tratando de sonsacarle información, como había dicho Esteban.
Sí, había cometido un error, admitió con un suspiro para sus adentros, pero no por ha¬ber dejado su trabajo, sino por haber acepta¬do la oferta de Gerardo DeGallo. Mañana ha¬blaría con él; le preguntaría sin rodeos si le había ofrecido aquel puesto porque esperaba que le proporcionase información sobre el funcionamiento interno de Sanromán Limited. Si era así, le presentaría inmediatamente su dimisión. Y si no
Esperaría a que tuviesen esa conversación antes de decidir nada más, se dijo. Entretan¬to, tenía que tomar otra decisión, y esa vez más le valía que fuera la correcta.
Sin embargo, en lugar de responder a la invitación de Esteban con un «no», como su cabeza estaba diciéndole que debería ha¬cer, optó por escuchar a su corazón. Sí, nor¬malmente dejarse llevar por los sentimien¬tos y las emociones hacía que luego uno se arrepintiese, pero la razón no había sido una buena consejera en esas últimas sema¬nas.
Bueno, ¿por qué no? contestó finalmen¬te.
Esteban sonrió.
Estupendo, pero mejor vayamos a otro sitio le dijo. Y luego, inclinándose, añadió en voz baja: El bistec que tomé aquí la otra noche dejaba mucho que desear.
María se rió suavemente. Era verdad que la comida del hotel no era gran cosa.
Conozco el sitio perfecto le dijo él. Ten¬dremos que ir en coche porque está un poco lejos, pero te va a encantar. El ambiente es muy agradable, la comida excelente y el servi¬cio, inmejorable.
En un gesto de caballerosidad se acercó por detrás y le retiró la silla cuando ella fue a levantarse para luego tenderle la mano. María la tomó sin pensar siquiera en lo que estaba haciendo y, cuando los dedos de él se cerraron suavemente sobre los suyos, sintió que una ola de calor la invadía.
Quizá después de todo estuviese cometiendo otro error, se dijo mientras salían del comedor. ¿No estaría haciéndose ilusiones? Si algo había aprendido en los cinco años que había estado trabajando para Esteban era que no era la clase de hombre que bus¬case una relación seria, ni que tuviese si¬quiera interés en tener una relación. Su úni¬co amor era su negocio.
En fin, siempre y cuando tuviese eso bien presente, su corazón no tenía por qué co¬rrer ningún peligro

Capítulo 8
Cambiarás de opinión respecto a este lu¬gar en cuanto pruebes el vino, María, ya lo verás.
Cuando abrió la puerta de la cabaña y se volvió galantemente, haciéndose a un lado para dejarla entrar a ella primero, Esteban observó con sorpresa que María no sólo no parecía nada molesta de que la hubiese llevado allí, sino que además estaba sonrien¬do ampliamente.
No pasa nada le dijo. Me gusta esta casa. Te hace sentirte a gusto nada más en¬trar.
De modo que a ella le pasaba lo mismo Hmmm interesante.
Y además es viernes por la noche; cual¬quier sitio al que hubiéramos ido habría es¬tado lleno añadió.
Creo que pasar un mes aquí te hará mu¬cho bien le dijo María mientras pasaba al interior de la vivienda.
Esteban entró también y cerró detrás de él.
Cuando oscurezca recuérdame que sal¬gamos al porche. Hay un telescopio ahí fue¬ra, y es increíble. No te imaginas la cantidad de estrellas que se ven aquí en el campo. Te gustaría mucho.
María sonrió.
¿Has estado mirando las estrellas? pre¬guntó.
Lo dices como si te sorprendiera que hi¬ciera algo así.
Bueno, es que me sorprende contestó ella. En los cinco años que he estado traba¬jando para ti no te he visto tomarte un solo día libre.
No es cierto; claro que me he tomado días libres replicó él, poniéndose a la de¬fensiva.
María, con la sonrisa aún en los labios, se cruzó de brazos.
¿Me lo dices o me lo cuentas? dijo sin apartar la mirada de él.
Al mirarla, Esteban no pudo evitar fijarse en que el sujetador de María se adivinaba vagamente a través de la ligera blusa blanca que llevaba.
Era una prenda de encaje. Nunca hubie¬ra imaginado que María fuese de la clase de mujeres que llevaban ropa interior de en¬caje. Siempre había pensado, por su forma de ser, que debía de ser más bien del tipo re¬catado.
La idea de que debajo de aquella seria blusa había un sujetador de encaje le pare¬ció de pronto excitante.
Sin poder evitarlo, se preguntó si llevaría unas braguitas a juego. O mejor aún, si lle¬varía un tanga.
Dime dos hobbies que tengas lo retó María.
Esteban se encontró con que, por más que se estrujaba el cerebro, no se le ocurría ninguno.
Bueno, juego al tenis y al squash res¬pondió finalmente, y alguna vez hasta jue¬go al golf.
Eso no cuenta. No lo haces porque te apetezca, sino para socializar con otros em¬presarios y cerrar negocios con ellos apun¬tó María.
De acuerdo, sí, tenía razón, pero le fasti¬diaba que tuviese razón, que estuviese pin¬tándolo como a un hombre que no era ca¬paz de disfrutar con nada que no estuviese relacionado con el trabajo.
El ocio está sobrevalorado dijo. ¿Para qué sirve? Además, me gusta trabajar; me siento bien cuando estoy trabajando; no ne¬cesito nada más.
La sonrisa se borró de los labios de María, y Esteban se dio cuenta de que había hablado con más vehemencia de la que ha¬bía pretendido.
En realidad ni siquiera pensaba eso; era sólo que María había metido el dedo en la llaga. ¿Por qué todo el mundo criticaba a la gente que se volcaba en su trabajo? ¿Y qué si lo que lo definía a él como persona era el in¬creíble éxito que había logrado con su tra¬bajo? El trabajo era algo que ennoblecía al hombre.
María dejó caer los brazos y durante un largo rato, que se hizo bastante incómodo, se quedaron los dos callados, como si ningu¬no supiese qué decir.
Bueno, ¿te parece que cenemos? inqui¬rió él finalmente.
Por un momento se temió que María fuese a decirle que había cambiado de opi¬nión y que quería que la llevase de vuelta al hotel, pero cuando asintió Esteban sonrió y señaló en dirección a la cocina con un movi¬miento de cabeza.
Vamos le dijo en un tono menos serio. Tendré la comida en la mesa en diez minu¬tos.
En realidad no le llevó ni cinco, ya que todo lo que tuvo que hacer fue sacar la comida ya preparada de los recipientes y ser¬virla en dos platos. Luego descorchó una bo¬tella de Shiraz y la llevó a la mesa con dos co¬pas.
María estaba mirando con suspicacia la comida: un filete ruso con judías verdes y patatas al horno que Esteban había com¬prado en un establecimiento de comidas ca¬seras el día anterior.
Esto está frío.
No, es que se come así replicó él, sir¬viéndole vino antes de sentarse también. Para demostrarle que era comestible, tomó el tenedor y el cuchillo, cortó un trozo de fi¬lete y se lo metió en la boca. Está delicioso; pruébalo.
Esteban Esto está cocinado, pero está frío insistió María. ¿Por qué no lo metes en el microondas un par de minutos?
Esteban exhaló un pesado suspiro.
Porque el microondas está estropeado admitió. Y la vitrocerámica y el horno tam¬bién añadió antes de que ella pudiera men¬cionarlos.
María miró por encima del hombro un aparato y luego el otro.
Pero si parecen nuevos dijo volviéndo¬se hacia él.
No sé si son nuevos o no, pero ninguno de los aparatos de esta casa funciona. Pero te aseguro que esto está bueno frío.
María sonrió con malicia.
En otras palabras: todos estos días has estado comiéndotelo todo frío porque no has logrado averiguar cómo funcionan el microondas ni la vitrocerámica.
Esteban la miró ofendido.
No, he estado comiéndomelo todo frío porque no funcionan recalcó.
María sacudió la cabeza, se puso de pie y tomó su plato y el de él. Fue hasta donde estaba el microondas, dejó uno de los platos sobre la encimera y abrió el microondas para meter el otro. Luego le echó un rápido vistazo al panel de los botones, que para Esteban resultaba del todo incomprensible, y después de pulsar eficazmente unos cuan¬tos, el microondas se puso en marcha de re¬pente.
Esteban se levantó también y fue junto a ella.
¿Cómo has hecho eso? exigió saber. Este trasto no ha funcionado desde el día en que llegué aquí.
Bueno, pues como ves ahora funciona perfectamente respondió ella con una son¬risa divertida. ¿Con qué más has tenido problemas?
¿Por qué das por sentado que he tenido problemas con algo más?
Antes has dicho que ninguno de los apa¬ratos de esta casa funciona.
Esteban carraspeó incómodo, pero seña¬ló detrás de sí con el pulgar, en dirección a su mayor objeto de preocupación.
La cafetera contestó a regañadientes.
María frunció los labios.
Aja Debería haberlo imaginado cuan¬do te inventaste lo de los problemas con el contrato para que te trajera café.
Yo no
María sencillamente lo ignoró y le dedi¬có una sonrisa compasiva.
Pobre Esteban Tener que pasarte sin café cada mañana. Me sorprende que no es¬tés subiéndote por las paredes.
¿Subiéndome por las paredes? Eso nun¬ca me ha pasado; ni por no poder tomar café ni por ninguna otra cosa.
Oh, claro que no.
Esteban la miró con los ojos entornados, pero no dijo nada. No era un adicto a la ca¬feína, diablos. Podía pasarse sin tomar café el tiempo que quisiese. Los adictos a la cafeí¬na eran gente débil, y él era un hombre fuer¬te.
Pues no.
Ya. Bueno, en ese caso creo que no te in¬teresará saber que la cafetera que tengo en casa es el mismo modelo que ésa dijo María. De hecho, dudo que esté estropeada como dices.
Esteban resopló.
Sí que lo está, te lo aseguro insistió. Ya lo he probado todo y no hay manera de que haga nada; igual que el despertador. Es im¬posible.
María reprimió una sonrisilla y le dio una ligeras palmaditas en el hombro antes de acercarse hasta la cafetera. De nuevo vol¬vió a presionar unos cuantos botones del so¬fisticado aparato y finalmente accionó un in¬terruptor grande y rojo que Esteban no se había atrevido a tocar. Se encendió una lucecita verde, pero la cafetera no hizo nada. Ningún ruido; nada.
¿Lo ves?, no funciona.
Lo que he hecho ha sido poner el temporizador le explicó ella. Si por la noche le dejas puesto agua y café, se pondrá en marcha sola a las seis y media cada mañana para que tengas el café listo cuando te le¬vantes.
Esteban la miró boquiabierto.
¿Cómo has hecho eso?
Le he puesto la hora que quería y después he pulsado este botón que pone «timer». Luego la propia cafetera te va guiando paso por paso.
Esteban puso los brazos en jarras, pero no dijo nada. Simplemente se quedó mirán¬dola maravillado, preguntándose cómo iba a sobrevivir durante el resto de su vida con ella trabajando para otra persona. No podía seguir engañándose; necesitaba a María. De hecho, estaba empezando a asustarlo el hecho de que no era sólo en la oficina don¬de la necesitaba.
La sonrisa maliciosa asomó de nuevo a los labios de María, que extendió una mano y le dijo:
Está bien; déjamela, anda.
Esteban frunció el entrecejo contraria¬do.
¿De qué hablas?
De esa agenda electrónica nueva que te has comprado, la que me enseñaste en el hotel. La programaré para que te sea más fá¬cil usarla y te diré cómo funciona.
Diablos, pensó Esteban. ¿Por qué tenía que haberle preguntado por eso?
Eh no es necesario.
María enarcó las cejas.
¿Has aprendido a usarla tú solo?
No exactamente.
Bueno, pues déjamela y te explico cómo funciona insistió ella.
Esteban suspiró exasperado.
No puedo.
¿Por qué no?
Porque está en el fondo del lago Tahoe; me estaba volviendo loco.
María se quedó mirándolo con incre¬dulidad y se echó a reír. Esteban se dijo de pronto que le encantaba el sonido de su risa, y se preguntó cuándo había sido la últi¬ma vez que la había oído reír. Sólo entonces cayó en la cuenta de que aquélla era de he¬cho la primera vez, que nunca antes la había oído reírse.
Siempre se mostraba tan seria y tan profe¬sional en el trabajo La verdad era que siempre le había parecido que estaba un poco encorsetada y que no tenía sentido del humor. Nunca habría imaginado que tras la fachada de secretaria eficiente y perfecta hubiera una mujer de carne y hueso.
La siguió con la mirada mientras iba has¬ta el microondas para sacar el plato y poner el otro. Iba vestida como solía vestirse para ir al trabajo: unos pantalones y una blusa, y también llevaba el pelo recogido, pero pare¬cía más relajada de lo que la había visto nun¬ca en la oficina.
Aquella nueva María sonreía más a me¬nudo. Y se reía. Y hablaba con él de tú a tú. Y lo llamaba Esteban. Ahora que ya no traba¬jaba para él era distinta. Más cálida; más cercana.
Bueno, ahora sí anunció María po¬niendo los platos de nuevo en la mesa. La comida está servida.
Esteban sonrió y fue con ella. Le gustaba aquella nueva María.


Capítulo 9
María sacudió la cabeza con increduli¬dad mientras observaba a Esteban ajustar el ángulo del telescopio. ¿Qué le había, ocurri¬do que de pronto se había vuelto tan tan humano?
Aquella tarde había estado sencillamen¬te Una sonrisa se dibujó en sus labios por la palabra que se le pasó por la cabeza para acabar aquella frase. Sin embargo, era la pa¬labra exacta; había estado sencillamente adorable.
Nunca antes habría usado esa palabra para describirlo. Durante el tiempo que ha¬bía estado trabajando para Esteban había pensado de él que era un hombre seco, se¬rio, centrado en su trabajo pero jamás ha¬bría dicho que era «adorable».
La única ocasión que había pensado que tenía un lado humano había sido hacía dos meses, cuando había vuelto a San Francisco después de haber ido a esa misma cabaña a hablar con su hermano Bruno. Aquélla había sido la primera vez en años que los herma¬nos habían hablado. Durante unos días, des¬pués de aquello, se había mostrado distraído y más amable. María no sabía qué había ocurrido exactamente en el encuentro entre los gemelos, pero Esteban, además de más amable, había vuelto con un ojo morado. Pa¬recía que habían tenido unas palabras, y que habían llegado a las manos, pero finalmente debían de haber alcanzado un entendimien¬to.
Sin embargo, a pesar del cambio que se había producido en él en aquella ocasión, aunque sólo le hubiese durado unos días, había seguido sin parecerle un ser humano normal.
Esa noche, sin embargo, en vez de recor¬darle a un fuerte y cortante viento del nor¬te, se le antojaba más parecido a la suave brisa que soplaba en ese momento. Se apar¬tó del rostro un mechón que se había salido del recogido que se había hecho y volvió a sonreír.
No le importaba que su peinado no estu¬viese perfecto. Tal vez fuese aquel nuevo Esteban, o lo relajada que se sentía en ese momento, pero en ese instante no quería preocuparse por esas pequeñeces.
La temperatura había bajado varios grados después de que el sol se hubiese oculta¬do, y María deseó haberse puesto una cha¬queta antes de salir del hotel. Claro que tampoco había tenido planes de salir del ho¬tel hasta que Esteban se había presentado en el comedor.
La verdad era que no tenía ganas de vol¬ver. Se sentía a gusto con Esteban ahora que estaban tratándose de igual a igual. De hecho, ni siquiera habían hablado de traba¬jo. Durante la cena habían charlado sobre Tahoe, sobre la cabaña, sobre la pequeña localidad donde María había crecido, so¬bre el perro que Esteban había tenido de niño
Era la clase de cosas de las que hablaba la gente cuando estaba conociéndose a un ni¬vel personal, no profesional. Era agradable.
Muy bien, vamos allá dijo Esteban ha¬ciéndola volver al presente. He encontrado Venus. Ven a mirar.
María apuró su copa y la dejó sobre la mesa de mimbre, junto a la de él, antes de acercarse.
Dios, es increíble murmuró cuando miró a través del telescopio.
¿Verdad que sí? dijo él con una sonri¬sa. Pues si enfocas la luna añadió cuando ella se incorporó, se ven hasta los cráteres.
Da la impresión de que pudieras alargar la mano y rozarla con las yemas de los dedos.
María nunca lo había oído hablar así; ha¬bía sonado hasta poético. El propio Esteban debía de haberse dado cuenta también, por¬que de pronto parecía incómodo. Apartó la mirada y sus ojos se movieron de un lado a otro del porche, fijándose en cualquier cosa que no fuera ella. Finalmente se posaron en las copas vacías sobre la mesa.
Se aclaró la garganta y dijo, aún sin mi¬rarla:
Nos hemos quedado sin vino; iré a abrir otra botella. Disfruta de la vista añadió se¬ñalándole el telescopio con un ademán. Volveré enseguida.
María hizo lo que le había dicho, sólo que en vez de volver a mirar por el telesco¬pio lo miró a él mientras se alejaba, o más concretamente su trasero.
En la oficina siempre lo había visto con chaqueta, y ésta se lo tapaba, así que la ver¬dad era que nunca se había fijado en su tra¬sero. O quizá nunca se había permitido fi¬jarse en él.
De pronto, como si hubiese estado escu¬chando los pensamientos que estaban cru¬zando por su cerebro, Esteban se volvió y la pilló mirándolo.
María sintió que los colores se le subían a la cara, y los labios de él se arquearon en una sonrisa casi imperceptible antes de que entrara en la casa.
Aun entonces a María no se le pasó el calor. Había bebido demasiado, se dijo. Si es que dos copas de vino podía considerarse beber demasiado.
Se volvió hacia la barandilla del porche y alzó la vista hacia el cielo estrellado con un suspiro. Estaba perdida en sus pensamientos cuando sintió algo cálido y pesado envolver¬le la espalda, y al volverse vio que Esteban estaba poniéndole una chaqueta suya sobre los hombros.
Sonrió al ver que la había pillado despre¬venida, y le dijo:
Ya empieza a hacer frío; no querría que te resfriaras por mi culpa.
María le devolvió la sonrisa y murmuró un «gracias», tanto por el gesto como por la copa que le tendió.
Bueno le dijo Esteban mientras ella to¬maba un sorbo, cuéntame, ¿cómo va ese se¬minario de orientación de OmniTech? ¿Es¬tás contenta?
A María le sorprendió que preguntara, pero no vio mala intención en la pregunta. Además, sabía que no estaba preguntándole sólo por cortesía, y que esperaba una res¬puesta sincera.
La verdad es que no está siendo exac¬tamente lo que había imaginado que sería.
¿En qué sentido? inquirió él.
María se encogió de hombros.
Pues para empezar, Gerardo no hace más que hacerme preguntas sobre mi anti¬guo puesto en Sanromán Limited, y evitar con¬testarme cada vez que yo le pregunto sobre las labores que se supone que voy a desarro¬llar en OmniTech.
Estaba esperando que Esteban le respon¬diera con un «te lo dije», pero en lugar de eso simplemente murmuró un «entiendo».
A pesar de que no insistió en el tema, ella continuó hablando.
Pasado mañana se acaba el seminario y sigo sin saber nada de OmniTech, a excep¬ción de la historia de la compañía y de en qué países tiene oficinas y la verdad es que todo eso lo averigüé yo misma buscándolo en Internet.
Esteban tomó un sorbo de vino pero no dijo nada, sino que se quedó callado espe¬rando a que ella continuase, si es que quería decir algo más.
María se preguntó qué estaría pensan¬do, y no sobre su situación laboral, sino sobre ella. ¿La consideraría una ingenua por no haber creído lo que él le había dicho so¬bre las intenciones de Gerardo DeGallo des¬de un principio, o una tonta por no haber escuchado sus advertencias?
Quizá incluso estuviese pensando que es¬taba siendo ridícula al aferrarse a la idea de que había tomado la decisión correcta al aceptar aquel empleo.
Lo que Esteban no sabía era que ya no creía que hubiese sido la decisión correcta. Ahora que Gerardo se había dado cuenta de que no iba a cooperar, que no estaba dis¬puesta a traicionar a Esteban, parecía que ya no estaba interesado en ella. Era más que evidente, después de que le hubiese dado plantón esa tarde.
No le sorprendería que cuando el supues¬to seminario de orientación terminase, se in¬ventase una excusa para decirle que había decidido que después de todo el puesto no estaba hecho para ella.
Alzó la vista hacia Esteban.
Tenías razón le dijo, obligándose a re¬conocer por fin la verdad. Creo que la úni¬ca razón por la que me ofreció este empleo es porque estaba seguro de que conseguiría sonsacarme información sobre Sanromán Limi¬ted.
¿Te ha preguntado algo sobre la contra¬ta Perkins? inquirió él.
María negó con la cabeza.
No ha sido tan específico o al menos aún no. Pero sí me ha estado haciendo un montón de preguntas sobre ti y sobre la compañía. No me sorprendería que los de¬talles de la contrata Perkins fuesen lo si¬guiente en su lista.
¿Y qué le has dicho de Sanromán Limited? le preguntó Esteban.
Le hablé de la historia de la compañía, y de en qué países tiene oficinas contestó María con una sonrisa traviesa. Ya sabes, nada que no pueda uno averiguar buscán¬dolo en Internet.
Esteban se rió.
Ésa es mi chica.
Algo en el tono de voz suave que había empleado hizo que un cosquilleo eléctrico recorriera la espalda de ella. La brisa esco¬gió ese momento para soplar sobre ellos, y otro mechón se escapó del recogido de María. Levantó una mano para apartarlo de su rostro, pero Esteban fue más rápido y, antes de que ella pudiera evitarlo, le quitó el clip con el que lo tenía sujeto, haciendo que la suave melena rubia se desparramara sobre sus hombros.
Es mejor que te lo sueltes; de todas ma¬neras, el viento va a seguir haciendo de las suyas murmuró mientras le peinaba el ca¬bello con los dedos, como deleitándose en su tacto y su textura.
María, que estaba empezando a sentir¬se algo incómoda, subió la mano y le agarró la muñeca para que parara. Esteban se de¬tuvo de inmediato y sus ojos se encontraron.
Durante un buen rato ninguno de los dos habló, ninguno de los dos se movió; ninguno de los dos respiró. Esteban bajó la vista a la boca de María y luego volvió a mirarla a los ojos. Los labios de ella se en¬treabrieron, y se quedaron de nuevo quietos y en silencio.
Por un instante a María le pareció que Esteban estaba inclinando la cabeza, como si pretendiera
¿Como si pretendiera qué? ¿Besarla? No, imposible.
Sin embargo, el corazón estaba latiéndo¬le como un loco en el pecho, tenía maripo¬sas en el estómago y Y entonces Esteban dejó caer su mano, se apartó y la electrici¬dad que parecía haber inundado el ambien¬te se desvaneció.
Bajó la vista a la copa en su mano derecha y se la llevó a los labios para tomar otro sorbo. María estaba aún demasiado aturdida como para decir nada.
Cuando Esteban volvió a mirarla, la ex¬presión de su rostro no dejaba entrever qué estaba pensando. De hecho, era una expre¬sión desprovista de toda emoción, como si no hubiese pasado nada.
Bueno, ¿y qué piensas hacer? Respecto a DeGallo, quiero decir inquirió, como si quisiese que olvidasen que aquel momento tan extraño había tenido lugar.
A María le habría gustado tener una respuesta para esa pregunta. En esos momentos su futuro parecía tan incierto No era la clase de persona que encontraba fasci¬nante lo desconocido; más bien al contra¬rio. Le gustaba contar siempre con un plan bien definido.
No lo sé admitió finalmente. Con la sensación que tengo de que me ofreció el puesto sólo para conseguir información so¬bre Sanromán Limited en fin, si es así no quie¬ro trabajar en OmniTech. Quiero que se va¬loren mis conocimientos, mi experiencia y mi potencial, no que me utilicen.
Podrías presentarle tu dimisión propu¬so Esteban.
María escrutó su rostro en silencio, pre¬guntándose qué le habría hecho decir aquello. ¿Estaba pensando en lo que era mejor para ella o sólo querría que lo hiciese para fastidiar a Gerardo DeGallo?
Hacía un par de semanas habría dado por sentado que lo que lo había movido a decir eso había sido más bien lo segundo, pero después de todo lo que había pasado, se dijo que quizá de verdad quisiera ayudar¬la a decidir lo que era mejor para ella.
Supongo que no hará falta si como ima¬gino lo que va a hacer es darme con la puer¬ta en las narices ahora que ha visto que no voy a servir a sus propósitos respondió en¬cogiendo un hombro.
Esteban volvió a bajar la vista a su copa.
Bueno, si decides dimitir, o si DeGallo es tan estúpido como para dejarte ir, hay una vacante por cubrir en Sanromán Limited dijo alzando de nuevo la mirada hacia ella. Si te interesa no tienes más que decírmelo; serías la persona perfecta para ese puesto.
El que le estuviera ofreciendo de nuevo su antiguo trabajo no hizo que María se sintiera molesta como la primera vez. Quizá porque esa vez no estaba comportándose como un tirano arrogante.
Sin embargo, María no tenía interés en volver a la situación en la que había estado los últimos cinco años. Quería no, necesitaba ser algo más que una secretaria. Quería hacer algo más con su vida.
Esteban, no quiero volver a ser tu secre¬taria le dijo. Ya hemos hablado de esto. Necesito algo distinto, algo que suponga un reto para mí.
No te estoy ofreciendo que vuelvas a ser mi secretaria replicó él; se trata de otro puesto.
¿Qué puesto? inquirió María con cau¬tela.
Esteban se volvió hacia la barandilla y alzó el rostro, fijando su vista en la luna lle¬na.
Estoy ultimando los detalles de la com¬pra de una compañía dedicada al mercado tecnológico. No está en una situación muy boyante por culpa de la mala gestión de sus dueños, pero creo que tiene posibilidades, y necesitaré a alguien a mi lado, trabajando codo con codo conmigo para ponerla en forma.
María no quería hacerse ilusiones. De hecho, el que estuviese mirando a la luna mientras hablaba le hacía pensar si no esta¬ría ofreciéndole precisamente eso, la luna, algo que no existía.
Cuéntame algo más de esa compañía le pidió.
Esteban le habló de los dueños, de la tra¬yectoria de la empresa, de las dificultades que habían tenido y, cuando terminó de ha¬blar, María le preguntó:
¿Y qué salario y qué prestaciones obten¬dría?
Respecto al salario, ganarías cuatro ve¬ces lo que ganabas siendo mi secretaria res¬pondió Esteban.
María enarcó las cejas. Eso era el doble de lo que OmniTech iba a pagarle como subdirectora de la compañía.
Y sobre las prestaciones tendrías segu¬ro médico y dental, contribución a un plan de pensiones, y si quieres hablaremos tam¬bién de la participación de acciones de la compañía.
Sí, quiero dijo ella de inmediato.
Esteban, que en ese momento estaba lle¬vándose de nuevo la copa a los labios, se detu¬vo, sorprendido por la rapidez con que María había asentido, y parte del vino se derramó sobre su mano. Se pasó la copa a la otra y miró en derredor, buscando algo con que limpiarse.
María, preparada como siempre, se sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se lo tendió.
Esteban le dio las gracias, se limpió la mano y luego, probablemente sin darse cuen¬ta, pensó ella, se guardó el pañuelo en su bol¬sillo.
Cuando volvió a mirarla parecía agita¬do por algún motivo, pero se limitó a decir:
Está bien; pues hablemos.
María asintió.
Soy toda oídos.


Capítulo 10
Gerardo le había dicho que esa mañana, a pesar de que era sábado, tendrían una «reunión de trabajo» en una cafetería cerca¬na al hotel, y había puesto especial énfasis en recalcarle que tenían que ponerse al día, ya que iban un poco retrasados. María casi se había reído al oír aquello. Quizá fueran retrasados porque él no hacía más que pre¬guntarle sobre su antiguo trabajo y sobre Sanromán Limited, y porque luego se iba por ahí con rubias despampanantes, dejándola plantada.
Aunque era temprano y sábado, había bastante gente por la calle, observó mien¬tras esperaba a la puerta de la cafetería. Al contrario que ella, que se había puesto su ropa de trabajo, unos pantalones y una ca¬misa, todo el mundo iba de sport, con cami¬setas, pantalones cortos, amplios vestidos de algodón y zapatillas de deporte o sanda¬lias.
Claro que toda esa gente tenía el día libre, porque era sábado, por si no lo había mencionado.
Un día ella llevaría las riendas de su pro¬pia empresa y jamás se trabajaría en fin de semana. Y decretaría que al menos un día a la semana los empleados pudieran ir vesti¬dos como quisieran.
Era consciente de que en los negocios ha¬bía que dar una buena impresión, y en esos cinco años había tratado de dar una imagen profesional porque le parecía que era lo que se esperaba de ella, pero siempre había pen¬sado que si ella estuviera al frente de una compañía, preferiría tener una plantilla de empleados felices y productivos que fuesen a trabajar vestidos de un modo informal, an¬tes que un puñado de androides uniforma¬dos que siempre estaban deseando que lle¬gase la hora de irse y que no rendían.
Esteban no le había dicho cuál sería el trabajo que realizaría exactamente en aque¬lla empresa que iba a comprar, pero eso no le preocupaba. Esteban era bastante abier¬to de mente y tenía visión de futuro; estaba convencida de que le daría libertad suficien¬te para operar, para hacer las cosas a su ma¬nera, y estaba deseando empezar.
Justo en ese momento apareció Gerardo. Iba vestido con unos pantalones vaqueros, una camisa hawaiana y sandalias, observó María con irritación y cierta envidia.
Entraron en la cafetería, se sentaron en una mesa cerca del ventanal que daba a la calle y pidieron dos cafés.
No tenías que vestirte de trabajo le dijo momentos más tarde, cuando el camarero se retiró tras servirles los cafés.
Bueno, como se supone que vamos a tra¬bajar, me he vestido de trabajo contestó ella con aspereza.
Ya, pero hoy es sábado replicó él con una sonrisa. Deberías tratar de ser un poco menos seria y disfrutar más de la vida.
«Sí, como hiciste tú anoche, ¿no?», le es¬petó ella mentalmente, mordiéndose la len¬gua.
¿Qué te pasó anoche? le preguntó con fingida educación.
Gerardo frunció el entrecejo.
¿Anoche?
María asintió.
Se suponía que habíamos quedado para cenar en el hotel, para hablar sobre a qué mutua de seguros me convendría más aco¬germe.
Gerardo sacudió la cabeza.
No, eso es de lo que vamos a hablar esta tarde.
Perdona que insista, pero me aseguraste que de eso era de lo que íbamos a hablar anoche, durante la cena. De hecho, recuer¬do perfectamente que cuando nos separa¬mos unas horas antes me dijiste «quedamos en el comedor a las seis y media». Te estuve esperando veinte minutos, Gerardo, pero no apareciste.
Gerardo parecía sorprendido por el tono que estaba empleando con él. Normalmen¬te no se dirigiría así a su jefe, pero Gerardo DeGallo había estado utilizándola, y por ahí María no estaba dispuesta a pasar.
Los ojos de Gerardo relampaguearon, pero luego esbozó una sonrisa forzada y le dijo:
Quería decir a las seis y media de esta tarde.
No, me dijiste a las seis y media de ayer, viernes replicó ella con seguridad. Yo no cometo errores de ese tipo.
Tampoco yo.
Pues me temo que ayer sí insistió ella con retintín. O quizá es que estabas dema¬siado ocupado con una manera mejor de pasar el tiempo. ¿Podía ser rubia tal vez?
La sonrisa se borró al instante de los la¬bios de Gerardo, que apretó la mandíbula y la miró con los ojos entornados.
Lo que yo haga o deje de hacer no es asunto tuyo, María.
Lo es si afecta a mi trabajo.
DeGallo resopló con desdén.
Pues ya no lo tienes; quedas despedida.
No era que a María le importara, ya que le ahorraría el tener que presentarle su di¬misión, pero se sintió obligada a preguntar:
¿Por qué motivo?
Quería saberlo; más que nada para no de¬jar ningún cabo suelto. De acuerdo, y tam¬bién por fastidiarlo un poco.
¿Que por qué motivo? repitió él con in¬credulidad. Para empezar, ¿qué te parece por insubordinación? Por no mencionar que no das la talla para ocupar el puesto que te había ofrecido.
Ridículo, pensó María. Estaba perfecta¬mente capacitada para el puesto.
También porque no has mostrado inten¬ción alguna de cooperar, y porque no sabes jugar en equipo.
María asintió. Sí, bueno, de acuerdo con su definición de esos términos no podía negar que en eso tenía razón.
En otras palabras, que estás despidién¬dome porque mi sentido de la ética me im¬pide desvelarte los secretos de la empresa para la que trabajaba ante.
Gerardo apretó los labios, pero no dijo nada.
¿Por eso me ofreciste el puesto, Gerardo? ¿Porque creías que iba a contarte las manías y los hábitos de Esteban Sanromán, junto con los detalles de las operaciones que llevó a cabo durante el tiempo que estuve trabajando para él?
Gerardo soltó una risita desagradable.
¡Como si Sanromán fuese a ser tan estúpido como para permitir que una simple secreta¬ria estuviese al tanto de cualquiera de sus negocios! exclamó con desdén. No sé ni por qué pensé que una doña nadie como tú podría proporcionarme información de al¬gún valor sobre nuestro rival.
María le dirigió una sonrisa burlona.
Pues para empezar, Gerardo, deberías sa¬ber que las secretarias son la columna verte¬bral de cualquier empresa; no unas doñas na¬die. Y en segundo lugar, te equivocas, sé más de Sanromán Limited que el propio Esteban Sanromán. De hecho, si hablaras con él, te diría que no puede prescindir de mí. Tanto es así, que me ha ofrecido otro puesto, un puesto de ejecutiva le espetó. No puedes despedir¬me, Gerardo le dijo poniéndose de pie, porque dimito se colgó el bolso del hombro y le dijo: Gracias por el café. Y por esta lección tan valiosa; te aseguro que me ha servi¬do de mucho.
Y dicho eso salió de la cafetería sin mirar atrás. Qué a gusto se había quedado, pensó con una amplia sonrisa mientras regresaba al hotel. La María insegura de un par de semanas atrás diría que se había mostrado demasiado brusca y agresiva, pero no era verdad, o al menos no era algo malo. Ahora iba a ser una ejecutiva, y en el mundo de los negocios, por el modo en que había lidiado con Gerardo, se diría que era una mujer di¬recta y segura de sí misma. Pues sí.
Estaba siendo un día de lo más completo: había aceptado un nuevo empleo que pro¬metía ser una gran oportunidad para su ca¬rrera, había dimitido de otro que había re¬sultado ser un engaño, había descubierto que era una mujer directa y segura de sí mis¬ma, y ahora iba camino del hotel para
Se paró en seco, y esa seguridad en sí mis¬ma que había tenido hacía sólo un momen¬to se desvaneció por completo.
Gerardo DeGallo no iba a seguir pagán¬dole el hotel ahora que ya no era su emplea¬da. Y probablemente cancelaría el billete de regreso a San Francisco, y le quitaría el co¬che de alquiler.
Dios, ¿qué iba a hacer? Estaban en temporada alta y con tanto turista sería bastante difícil que consiguiese una habitación en otro hotel, ni otro coche de alquiler, ni otro billete de avión.

Esteban estaba leyendo una novela poli¬cíaca que había encontrado en una de las es¬tanterías del salón cuando sonó el timbre de la puerta. Dejó el libro abierto boca abajo sobre el sofá y fue a abrir.
Se preguntó quién podría ser. Tal vez Daniela, la guardesa, que hubiese decidido pa¬sar por allí para ver si necesitaba algo y si es¬taba todo en orden. No la había vuelto a ver desde el día en que había llegado.
Para su sorpresa, sin embargo, no se tra¬taba de ella, sino de María. También lo sorprendió ver una maleta a sus pies, pero sin duda lo que más lo sorprendió fue su atuendo.
No porque fuese nada fuera de lo nor¬mal, sino porque nunca la había visto vesti¬da con ropa informal: unos vaqueros tan gastados que tenían algún que otro roto, y una camiseta de color lila lo bastante corta como para dejar al descubierto una franja de blanca piel entre el dobladillo y la cintu¬rilla de los pantalones.
¿Puedo pedirte un favor? inquirió en un tono quejumbroso.
Esteban despegó con dificultad los ojos de aquella franja de piel desnuda tan tenta¬dora.
Eh claro.
¿Podría quedarme aquí un par de días? preguntó.
A Esteban no lo habría sorprendido más si le hubiese pedido que sacase el edificio del Empire State de una chistera.
¿Problemas en el hotel? inquirió frun¬ciendo el entrecejo.
María negó con la cabeza.
Problemas con OmniTech.
Vaya, eso sonaba prometedor.
¿Qué clase de problemas?
Digamos que he dimitido; hace unas ho¬ras.
No, aquello no era prometedor; era per¬fecto.
Antes de que pudiera decir nada, María añadió:
Lo que pasa es que no me paré a pensar que, al dimitir, Gerardo dejaría de pagarme el hotel. Apenas me han dado tiempo para recoger mi equipaje, porque cuando llegué Gerardo ya había llamado para decir que mi habitación iba a quedarse libre le explicó, gesticulando exageradamente por lo agita¬da que estaba.
Esteban dio gracias a Dios en silencio por la mezquindad de DeGallo.
Los aspavientos de María habían hecho que la camiseta se le subiese un poco, y ha¬bía quedado a la vista su ombligo, un ombli¬go precioso. De pronto Esteban se encon¬tró imaginándose a sí mismo imprimiendo sensuales besos por ese liso abdomen antes de introducir la lengua en aquel delicioso ombligo y
Por el amor de Dios, ¿en qué estaba pen¬sando? ¡Estaba fantaseando con el ombligo de María! Ese ombligo y el resto de su cuer¬po le estaban absolutamente vetados por¬que porque
Bueno, porque se trataba de María, dia¬blos, concluyó irritado. Ésa era razón más que suficiente. No quería complicar las co¬sas teniendo un romance con ella.
María era su empleada, una empleada valiosa, una empleada en la que confiaba una empleada de cabello rubio y sedoso. Se lo había dejado suelto, cayéndole sobre los hombros, y Esteban se moría por volver a tocarlo.
No, María era una empleada eficiente, una empleada con un inquebrantable sentido de la ética profesional, era una empleada con unos ojos verdes grandes y bellísimos que
Y, en fin, si todavía sigue en pie lo de ese puesto que me ofreciste ayer, estoy dispuesta a volver a trabajar para ti dijo María.
La palabra «trabajar» debería haber de¬vuelto a Esteban a la realidad, pero fue otra palabra, «dispuesta», la culpable de que em¬pezase a fantasear de nuevo, imaginándose a María en la cama con él, húmeda y dis¬puesta
¿Esteban?
El tono de extrañeza y preocupación de María lo ayudó por fin a apartar aquellos pensamientos tan inapropiados de su men¬te.
Perdona, es que estaba acordándome de algo que tengo que anotar para que no se me olvide se inventó él sobre la marcha.
Ya. Bueno, entonces ¿te importaría que me quedara un par de días? inquirió ella de nuevo. He tenido que comprar otro billete de avión, y el vuelo en el que me han encon¬trado sitio no sale hasta el lunes. También he estado buscando habitación en otros hoteles, pero están todos completos por la época del año en la que estamos y
María, María la interrumpió él. No tienes que darme más explicaciones; por supuesto que puedes quedarte. Esta casa es enorme.
Gracias contestó ella con una expre¬sión inconfundible de alivio.
Se agachó para recoger la maleta, pero Esteban se adelantó.
Deja, ya la llevo yo le dijo.
María pareció sorprendida por el gesto. O quizá simplemente fuera que estaba acos¬tumbrada a ser ella la que hiciese cosas por él y no al contrario.
Bueno, hasta entonces ése había sido su trabajo, y él le había pagado por ello, pero ¿cuándo había hecho Esteban algo por ella?
Cada año le había regalado bombones por su cumpleaños, sí, y cestas de Navidad, pero aquello habían sido sólo los típicos re¬galos que un jefe les hacía a sus empleados.
Claro que María nunca había dado mues¬tras de que esperase nada de él. No, aquello no era excusa para su falta de atención hacia ella.
María lo siguió al piso de arriba, donde había varios cuartos de invitados donde elegir. Sin preguntarse siquiera por qué, Esteban se dirigió directamente al que estaba al lado del dormitorio principal, donde dormía él.
Aquella habitación estaba decorada en tonos verdes y dorados, y la cama estaba cu¬bierta con una bonita colcha de patchwork. Esteban la había bautizado como «la habita¬ción rústica». Era muy acogedora y agrada¬ble.
Las amplias ventanas se asomaban a una extensión salpicada de altos pinos, y en la distancia podía verse el lago.
Por la noche podría hacer como él, tum¬barse en la cama con la ventana abierta y es¬cuchar el viento meciendo las copas de los árboles y el ulular de un búho solitario que rondaba por aquella zona.
¿Qué? Tampoco era que hubiese mucho con lo que entretenerse por las noches en una casa en medio del campo. Bueno, al menos hasta ese día no lo había habido.
Si quieres puedes quedarte unos días más le dijo, dejándose llevar por un impul¬so mientras depositaba la maleta en el suelo, junto a la cama.
Cuando se giró, vio que María se había quedado en el umbral de la puerta, como si no se atreviese a entrar.
Quiero decir que en fin, tú has dimiti¬do de tu puesto en OmniTech y yo no vuelvo a San Francisco hasta dentro de unas cuan¬tas semanas. Además, ¿cuándo fue la última vez que te tomaste unas vacaciones?
Bueno no hace tanto. Tuve dos sema¬nas de vacaciones forzosas cuando dejé Sanromán Limited le recordó ella.
Oh. Es verdad. ¿Y qué hiciste en esas dos semanas? inquirió él. Me apuesto algo a que no saliste de la ciudad, ¿a que no?
No admitió ella. Estuve organizando unas cuantas cosas en mi apartamento, co¬sas que había ido posponiendo.
¿Lo ves? Necesitas unas vacaciones de verdad.
María se rodeó la cintura con los bra¬zos.
Y supongo que te habrás traído un mon¬tón de trabajo y no te iría mal que te echara una mano, ¿no?
Por supuesto que no se trata de eso re¬plicó él acaloradamente. Bueno, sí que me he traído trabajo, pero hasta ahora me las he estado apañando muy bien solo.
Más o menos, añadió reacio para sus aden¬tros. El Excel seguía dándole problemas, y no sabía por qué, últimamente cada vez que in¬tentaba mandar un correo electrónico le sa¬lía una ventanita con un montón de símbolos raros.
María le sonrió como si supiera que no estaba siendo sincero, y luego lo sorprendió diciendo:
De acuerdo, me quedaré unos días más. La verdad es que éste es un sitio precioso y que no me vendría mal tomarme un descan¬so.
Esteban no supo cómo interpretar la honda sensación de satisfacción que lo inva¬dió por que hubiera aceptado su invitación.
De hecho, se dijo que no era el momento para ponerse a analizar su reacción cuando María acababa de poner los brazos en ja¬rras con una amplia sonrisa, y la camiseta había vuelto a subírsele un poco, dejando a la vista de nuevo aquel delicioso ombligo.
La sensación de satisfacción se tornó en¬tonces en una ola de calor, y de pronto tuvo el convencimiento de que nunca se sentiría tan afortunado como en ese momento, con María y su ombligo en la misma habita¬ción que él, y sabiendo que iba a quedarse varios días allí.
Se equivocaba, porque lo siguiente que dijo María hizo que sintiera deseos de abrazarla.
Necesito ir al pueblo a comprar unas co¬sas comenzó. Podrías venirte conmigo y comprarte una agenda electrónica nueva. Yo le ajustaría las opciones a tu gusto, para que te sea más fácil usarla.
Fue entonces cuando Esteban supo sin lugar a dudas que María Fernández era la única mujer del mundo que podría hacerlo feliz.
Además, necesito que me lleves. Yo me he quedado sin coche. Me ha traído una mu¬jer que trabaja en el hotel y venía de camino añadió ella. Y de paso compraremos unas verduras, y carne, y también pescado. No se si tú estás cansado o no de esa comida prepa¬rada que tienes en la nevera, pero yo estoy harta de la comida de restaurante. Esta no¬che vamos a cocinar.

Capítulo 11
En un pueblo tan pequeño como Héctor's Landing no pudieron encontrar una agenda electrónica para Esteban, pero compartieron un banana split en la helade¬ría, entraron en un salón de máquinas de arcade y probaron varios juegos, compraron verduras, fruta, huevos y otras cosas en el mercado y acabaron tomándose una cerveza en un pub a última hora de la tarde.
Curiosamente Esteban se había olvidado por completo de la agenda electrónica, y cuando María se lo mencionó en el pub, al principio se quedó mirándola con el en¬trecejo fruncido, sin saber de qué le estaba hablando.
Oh, sí, recordó entonces, ésa era una de las razones por las que habían ido al pueblo. Claro que estaba pasándolo tan bien con María que en ese momento ni se acordaba de para qué quería una agenda electrónica.
Tampoco podía acordarse de cuándo ha¬bía sido la última vez que había entrado en un salón de juegos. Probablemente habría sido con Bruno, de chiquillos, y seguramente habrían jugado el uno contra el otro como si fuese una batalla a vida o muerte.
Con María ni se había preocupado de quién iba ganando o perdiendo.
Y tampoco se acordaba de cuándo había sido la última vez que se había tomado un banana split. Incluso el tomarse una cerveza tranquilamente en un pub era algo inusual para él. Estaba siendo un día muy agrada¬ble, y algo le decía que hubiera sido igual de agradable aun sin todas esas cosas, sólo por¬que María estaba siendo parte de él.
¿Cómo podía ser que nunca se hubiese dado cuenta de lo mucho que le gustaba es¬tar con ella?, se preguntó durante el trayec¬to de regreso a la cabaña, mientras charla¬ban animadamente.
María llevaba cinco años trabajando para él cinco años, y ni una sola vez se le había ocurrido que el motivo por el cual estaba sa¬tisfecho con su vida era porque María había entrado a formar parte de ella.
Durante todo ese tiempo había creído que la valoraba por su eficiencia, y única¬mente cuando le había presentado su dimi¬sión se había dado cuenta de que era mu¬cho más para él que una secretaria.
Le gustaba María; le gustaba muchísi¬mo. Y no sólo como empleada, sino también como persona, como amiga. Había una ca¬maradería entre ellos que no había adverti¬do hasta entonces.
En ese mismo momento, el simple hecho de estar charlando con ella y sentirse tan a gusto Bueno, aquello era algo que no le ocurría con todo el mundo. Ni siquiera era capaz de mantener una conversación tan distendida con algunas personas a las que conocía casi desde hacía el doble de tiempo que la conocía a ella.
Y la noche anterior la noche anterior había sido una de las veladas más agradables de toda su vida.
Incluso más tarde, mientras guardaban los alimentos que habían comprado en el pueblo, hablaban e iban de un lado al otro de la cocina, perfectamente compenetrados, como si aquello fuese algo que hicie¬sen juntos a diario, se sintió estupendamen¬te.
La preparación de la cena fue otra sinfo¬nía de armonización perfecta, igual que des¬pués, cuando recogieron la mesa y fregaron los platos.
Mientras Esteban abría una segunda bo¬tella de vino, María sacó un par de copas limpias del aparador y luego fueron a sen¬tarse en el salón.
El sol estaba poniéndose ya sobre las montañas, y Esteban vio a María ir a en-cender una lámpara y vacilar antes de en¬cenderla.
Esteban entendía por qué. La luz del atardecer era demasiado hermosa como para no disfrutar de ella.
Cuando fue hasta el ventanal él se acercó también. Sin embargo, el lago y las monta¬ñas no le parecieron comparables a la expre¬sión de serenidad en el rostro de María. Así era como él se sentía en ese momento: en paz.
Este lugar es tan hermoso murmuró María.
Esteban asintió distraído, aún con la vista fija en ella.
Sí que lo es.
Es una lástima que tu amigo hiciera cons¬truir esta cabaña y no haya podido disfrutar de ella.
Él suspiró y se volvió hacia el cristal.
Bueno, yo creo que ahora mismo, donde quiera que esté, debe de estar disfrutando viendo el efecto que este sitio está teniendo en cada uno de nosotros respondió. Creo que hace años, cuando empezó a construir esta casa, de algún modo sabía la clase de hombres en que se convertirían los otros seis «samuráis».
¿Y en qué clase de hombres os habéis convertido? inquirió ella sin comprender.
Esteban inspiró profundamente y exhaló un pesado suspiro.
En hombres demasiado ocupados en construir sus imperios como para recordar quiénes fueron una vez; hombres tan ocupa¬dos que se han olvidado de cómo vivir.
Sin embargo, cuando estaba pronuncian¬do esas palabras se dio cuenta de que ese día había sido un hombre distinto. Ese día se había olvidado por completo del trabajo, de su imperio. Ese día, más que nunca, sentía que había vivido, que había disfrutado más de lo que había disfrutado nunca con su tra¬bajo.
Por el rabillo del ojo vio a María girarse hacia él, pero permaneció con la vista fija en el paisaje, buscando algo, aunque no sabía muy bien qué.
Lo echas de menos, ¿no? inquirió ella con voz suave.
Esteban asintió.
Todo pasó demasiado deprisa. Cuando le detectaron el cáncer ya era demasiado tar¬de para salvarlo.
Debió de ser muy duro para tus amigos y para ti.
«Duro» no era la palabra, pensó Esteban. Aquello los había destrozado; había sido un mazazo tremendo.
Tras su muerte el grupo se rompió. Héctor había sido como el cemento que nos había mantenido unidos hasta enton¬ces. Creo que ése era su don. Tenía una gran facilidad para comprender a las perso¬nas, para entender por qué eran como eran, por qué se comportaban como lo hacían. No hay más que ver lo que consiguió con mi hermano Bruno y conmigo.
¿Qué quieres decir? inquirió ella curio¬sa. Pensaba que no os llevabais bien.
Y no nos llevamos bien respondió él. Bueno, no nos llevábamos bien se corrigió de inmediato, ahora hemos llegado a un cierto entendimiento. No, lo que quiero de¬cir es que en nuestros años de universidad sí conseguimos llevarnos bien. Héctor logró hacernos ver más allá de la rivalidad que ha¬bía entre nosotros, una rivalidad que fomen¬taba nuestro padre. Bruno y yo fuimos ami¬gos, amigos de verdad, durante esos años, pero después de la muerte de Héctor
No terminó la frase. Lo que había ocurri¬do entre Bruno y él era complicado, y esa noche no le apetecía nada hablar de cosas com¬plicadas.
El caso es que nos distanciamos después de la universidad y perdimos todo contacto los unos con los otros hasta ahora conclu¬yó volviéndose finalmente hacia María con una sonrisa. ¿Recuerdas que te dije que vamos a reunimos todos aquí en sep¬tiembre cuando Jack, que es el último, ter¬mine su mes? Estaba preguntándome si te gustaría venir conmigo.
No sabía qué le había hecho decir eso, pero sí, la verdad es que le gustaría muchísi¬mo que María fuese con él.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos, ob¬viamente sorprendida, pero luego sonrió y asintió con la cabeza.
Me encantaría contestó. Sería estu¬pendo poder conocer a tus viejos amigos, y también a tu hermano.
Esteban tampoco supo qué le movió a hacer lo que hizo luego. Quizá fuese la ma¬gia del momento, de la cabaña, o la magia que parecía tejer aquella mujer que estaba a su lado, el caso es que se inclinó y posó sus labios sobre los de María.
Al principio fue un beso vacilante, por¬que una parte de él temía que ella se aparta¬ra, pero no lo hizo, sino que ladeó un poco la cabeza y respondió al beso suave y dulce¬mente, como si hubiese estado esperándolo, como si hubiese estado preguntándose por qué había tardado tanto.

María no estaba segura de cuándo ha¬bía desaparecido la línea que los había sepa¬rado hasta entonces a Esteban y a ella. No sabría decir si acababa de desaparecer en ese momento, o si había sido cuando esta¬ban en la heladería, compartiendo el bana¬na split, o si habría sido antes, cuando le ha¬bía presentado su dimisión, o si quizá habría sido hacia años, y ella ni siquiera se había dado cuenta.
Sin embargo, con él besándola como es¬taba besándola en ese momento, sí supo que esa barrera intangible no volvería a in¬terponerse entre ellos. Luego sencillamente dejó de pensar y se concentró en las delicio¬sas sensaciones que estaban invadiéndola.
Sin dejar de besarla, Esteban le quitó la copa de la mano, y los labios de María fue¬ron detrás de los suyos cuando se inclinó ha¬cia el lado para dejar primero una copa y luego la otra sobre una mesita alta que ha¬bía cerca.
Después él la atrajo hacia sí e hizo el beso más profundo. María sintió cómo los de¬dos de él subían por su espalda para luego masajearle suavemente la nuca y enredarse en su cabello.
Ella, por su parte, alzó las manos para to¬mar el rostro de Esteban y luego dejó que resbalaran por su cuello hasta posarse en sus anchos hombros.
El corazón de Esteban latía con fuerza contra su pecho, igual que el de ella, y la res¬piración de ambos estaba tornándose entre¬cortada al tiempo que el beso se volvía más y más apasionado.
Una de las manos de Esteban permane¬ció en su cabello, pero la otra descendió has¬ta la cadera, y se deslizó después hacia atrás para cerrarse en torno a su nalga y atraerla más hacia él.
María respondió por instinto, frotando su pelvis contra la de él de un modo sinuoso y sensual, y le encantó el gemido de satisfac¬ción que escapó de la garganta de Esteban.
La mano de él subió para introducirse por debajo de la camiseta de algodón que llevaba, y cuando se dio cuenta de que no te¬nía puesto sujetador gimió de nuevo, y se deleitó subiendo y bajando la mano por su espalda desnuda al tiempo que hacía el beso aún más profundo.
María decidió que ahora le tocaba a ella, y metió también una mano por debajo de la camiseta de él. Sus dedos lo exploraron como él estaba explorándola a ella, y luego se desli¬zaron hacia el pecho para enredarse en el ri¬zado vello que lo cubría.
Esteban tampoco estaba perdiendo el tiempo. En ese momento estaba desabrochándole el botón de los vaqueros y después le bajó la cremallera antes de que su mano regresara a la espalda de María.
No permaneció allí más que unos segun¬dos, ya que pronto se deslizó dentro de los vaqueros de ella, y dentro de sus braguitas, y comenzó a acariciarle las nalgas con frui¬ción.
María sintió que un calor húmedo aflo¬raba entre sus muslos, y casi explotó cuando Esteban introdujo un dedo entre ellos.
Oh jadeó contra sus labios. Esteban
Sin embargo, antes de que pudiera decir nada más, él volvió a cubrir sus labios con los suyos. Tampoco era que María supiese exactamente qué habría dicho si le hubiese dejado seguir hablando. En ese momento sólo quería que continuara con lo que esta¬ba haciendo.
Ansiosa por tocarlo ella a él también, in¬trodujo una mano entre ambos y apretó la palma de la mano contra su miembro erecto a través del pantalón.
Esteban gimió excitado y empujó las ca¬deras contra su mano, instándola a que hi¬ciera más. María le desabrochó los vaque¬ros y le bajó la cremallera como había hecho él, y metió la mano en sus boxers para tocar¬lo de un modo más íntimo; así, piel contra piel Su miembro era tan grande y tan sua¬ve, y estaba tan duro
Durante un buen rato siguieron besándo¬se y tocándose el uno al otro, y cuando por fin empezaron a apartarse de la ventana María no habría sabido decir de quién ha¬bía sido la iniciativa.
En medio de los ardientes besos y cari¬cias, que no cesaban, atravesaron el salón y subieron las escaleras.
En el pasillo se detuvieron y Esteban se apartó un poco de ella, como si quisiese dar¬le la posibilidad de elegir si quería seguir adelante o echarse atrás ahora que aún esta¬ban a tiempo.
Aquella vacilación por su parte sorpren¬dió a María. Por lo general Esteban era un hombre que, cuando quería algo, hacía lo que tuviese que hacer para conseguirlo y no se paraba a considerar nada más ni se de¬tenía ante nada.
De hecho, no la habría sorprendido que la hubiese alzado en volandas y la hubiese llevado al dormitorio para hacerla suya. So¬bre todo cuando ella le había dejado muy claro que era eso lo que quería que hiciese.
Cuando vio que ella no objetaba, la tomó de la mano, entrelazando sus dedos, y la condujo al dormitorio principal.
Una vez allí, se colocó detrás de ella, le rodeó la cintura con un brazo, y le apartó el cabello a un lado para depositar un casto beso en su nuca que, irónicamente, la excitó más que todos los otros besos que le había dado antes.
La atrajo hacia sí, y María sintió clara¬mente su erección contra la parte baja de la espalda, y cuando Esteban comenzó a mor¬disquearle el cuello, ladeó la cabeza para darle más espacio para maniobrar, y levantó los brazos para enredar los dedos en su cor¬to cabello.
Esteban aprovechó entonces para cubrir¬le los senos con las manos, y los masajeó a través de la camiseta mientras seguía besán¬dole el cuello. María jadeó, y Esteban dejó caer las manos para agarrar el dobladillo de la prenda y sacársela por la cabeza.
Apenas la hubo arrojado al suelo sus ma¬nos tomaron de nuevo posesión de los senos de María, y empezó otra vez a apretarlos y masajearlos suavemente.
Frotó la yema del pulgar contra un pezón al tiempo que su otra mano descendía por el torso de María. El dedo corazón se in¬trodujo en el ombligo al pasar sobre él, y luego Esteban metió la mano dentro de sus braguitas y con sus dedos separó los húme¬dos e hinchados pliegues.
Todo su cuerpo se puso tenso como la cuerda de un arco mientras él le masajeaba un seno con una mano y con la otra explo¬raba la parte más íntima de su ser.
El dedo que se había adentrado en ella estaba moviéndose ahora más deprisa, lle¬vándola a nuevas alturas, y pronto María se vio sacudida por un orgasmo que la dejó sin aliento.
Por un instante fue como si el tiempo se hubiese detenido, y permaneció apoyada contra Esteban, jadeante y sudorosa.
Cuando por fin recobró el aliento se vol¬vió hacia él y empezaron a besarse y a desves¬tirse el uno al otro, dejando las prendas allí donde caían. De camino a la cama Esteban se detuvo un instante para encender tres ve¬las que había sobre la repisa de la chimenea, y su tenue y suave luz inundó la habitación.
Al llegar junto a la cama Esteban se sentó en el borde del colchón y atrajo a María para que se colocara a horcajadas sobre él. Luego le rodeó la cintura con un brazo y la besó de un modo ardiente.
María cerró los dedos en torno a su miembro y empezó a frotarlo de arriba aba-jo mientras seguían besándose. Esteban le agarró las nalgas con ambas manos y, con la lengua dentro de su boca, simuló la primiti¬va danza que después ejecutarían juntos.
Asiéndola por la cintura la hizo tumbarse con él, de modo que quedaron tendidos ella sobre la espalda, y él sobre el costado con una pierna atravesada sobre las de ella y un brazo sobre sus senos.
La besó en la mandíbula, en la mejilla, en la sien, en la frente y luego descendió hacia su cuello y después hacia un pecho. Al llegar a éste se tomó su tiempo, lamiendo el pezón antes de succionarlo, en tanto que cubría el otro pecho con la mano y lo pellizcaba sua¬vemente.
María, que quería más, abrió las pier¬nas y se frotó jadeante contra su muslo.
Esteban pareció comprender lo que ne¬cesitaba, porque después de unos cuantos lametones más a su pezón, que casi le hicie¬ron perder la cordura, continuó viaje hacia el sur.
Se detuvo un momento en el ombligo, in¬troduciendo la punta de la lengua en él, como había fantaseado con hacer desde la primera vez que lo había visto, y luego si¬guió bajando.
Le abrió las piernas a María y agachó la cabeza para deslizar la lengua sobre los hú¬medos pliegues. Continuó lamiéndola a pla¬cer de esa manera, con toda la lengua, y lue¬go dibujó círculos con la punto de la lengua antes de meter las manos por debajo de sus nalgas para levantarle un poco las caderas.
Entonces separó sus pliegues con los de¬dos, y la penetró con la lengua una y otra vez y después con el dedo más despacio, con más sensualidad.
María sintió que las oleadas de placer se hacían más intensas, y su cuerpo comenzó a temblar con el inicio de un segundo orgasmo.
Esteban, que pareció advertirlo, se incor¬poró para ponerse de rodillas frente a ella. Le abrió las piernas y, asiéndola de un talón con cada mano, tiró de ella hacia sí hun¬diéndose en su interior.
Después enganchó las piernas de María sobre sus hombros, se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el colchón, a ambos lados de ella, y empujó las caderas, llegando aún más dentro de ella.
Luego comenzó a moverse, primero des¬pacio, después más deprisa, y María se afe¬rró a sus bíceps hasta que finalmente llega¬ron juntos al orgasmo y cada uno gritó el nombre del otro.
Durante un largo rato permanecieron abrazados, temblorosos todavía por los ecos del clímax. Después Esteban se quitó de en¬cima de ella y se tumbó a su lado, rodeándo¬le la cintura con un brazo.
Fue entonces cuando María empezó a tener dudas respecto a si permitir que ocu¬rriera aquello había sido una buena idea. Sólo entonces fue consciente de que no es¬taba encaprichada con su jefe, que aquello era más, mucho más, y no estaba segura de que Esteban sintiera, o pudiera llegar a sen¬tir jamás lo que ella sentía por él.


Capítulo 12
Cuando María se despertó, no estaba segura de dónde estaba. El sol todavía no había salido, pero había un brillo dorado di¬fuso bailando a los pies de la cama. Tampo¬co estaba segura de qué podía ser aquel bri¬llo. Apenas podía abrir los ojos, pero se sentía maravillosamente feliz por alguna ra¬zón, y muy a gusto. Se acurrucó y se arrebu¬jó bajo las sábanas.
Iba a exhalar un suspiro cuando su cere¬bro comenzó a funcionar, aunque no dema¬siado deprisa. Estaba desnuda ¿Por qué es¬taba desnuda? Y un momento ese brillo a los pies de su cama no podía ser otra cosa más que fuego. ¡Oh, Dios había fuego en su habitación!
Se incorporó como un resorte, preparada para salir corriendo, y al hacerlo empujó a un lado a la persona que estaba junto a ella, que rodó y cayó al suelo con un golpe seco.
¿Por qué había alguien en su cama? Aque¬lla persona emitió un gruñido, que le resultó muy familiar, y María recordó entonces que aquélla no era su cama, que aquél no era su apartamento y también se dio cuenta de que lo que había creído que era fuego no lo era, sino simplemente unas velas. Y la razón por la que se sentía tan bien era porque Esteban y ella habían estado haciendo
Esteban lanzó un brazo sobre el colchón con un nuevo gruñido, se levantó del suelo, y volvió a subir a la cama.
¿Qué pasa? ¿Hay algún problema? in¬quirió en un tono preocupado.
¿Que si había algún problema? Para em¬pezar no debería haberse acostado con él, se dijo María. Esteban volvía a ser su jefe, y tener un romance con el jefe no era algo muy inteligente.
Sin embargo, el despertarse a su lado ha¬bía sido tan maravilloso Habría sido una idiota si se hubiese negado a hacer el amor con él la noche anterior, sobre todo sintien¬do lo que sentía por él.
Sí, ya no podía seguir engañándose. Se había enamorado de su jefe. Dios, se había enamorado de su jefe. ¿Cómo podía haber hecho algo tan estúpido?
Además, estaba segura de que Esteban no sentía lo mismo por ella. No iba a ser tan ingenua como para pensar que el que hubiesen hecho el amor varias veces signifi¬caba que sintiese algo por ella.
No, claro que no mintió, confiando en que él no advirtiera la agitación en su voz. No hay ningún problema. Todo es maravillo¬so, fantástico, fabuloso. Las cosas no podían ir mejor. De hecho, va todo tan bien que quiero marcharme ahora mismo, antes de que ocurra algo que lo estropee. Llámame cuando estés de regreso en San Francisco. Adiós.
Iba a bajarse de la cama cuando él la aga¬rró por la muñeca, tiró de ella, haciendo que volviera a tumbarse, y la besó hasta de¬jarla sin aliento.
¿Vas a algún sitio? inquirió con voz aca¬riciadora.
Eh no fue todo lo que acertó a decir ella, aturdida aún por el beso.
Bien, porque no hemos acabado; ni de lejos.
«Oh, cielos», pensó María.
Claro que primero deberíamos desayu¬nar dijo él riéndose suavemente.
Bueno, sí, por supuesto, primero tendrían que desayunar, se dijo ella.
Y lo que me apetece para desayunar es algo dulce, una joven de cabello rubio y ojos verdes añadió él con una sonrisa lobuna.
Ya ella le apetecía algo picante y sensual, como aquel hombre moreno de ojos negros que estaba a su lado. ¡No! ¿En qué estaba pensando? ¿Es que se le habían fundido las neuronas o algo así?
Esteban, tenemos que hablar le dijo en un tono de suave reproche.
Él levantó una mano para acariciarle el pecho.
No, yo creo que éste no es un buen mo¬mento para hablar cuando podemos hacer cosas mucho más interesantes.
Estaba inclinándose para besarla cuando María le puso una mano en el pecho para mantener las distancias entre ellos.
Tenemos que hablar le repitió con más firmeza.
Esteban exhaló un suspiro.
¿De qué tenemos que hablar? inquirió, como irritado.
Sí, debía de estar irritado porque no que¬ría darse otro revolcón con él y en vez de eso quería que hiciesen algo tan propio de las mujeres como hablar de sus sentimientos. Pero es que ella necesitaba saber qué sentía Esteban hacia ella.
Inspiró profundamente, y le preguntó:
¿Qué hemos hecho, Esteban? ¿Qué ocu¬rrió anoche?
Él vaciló un instante antes de contestar, como si estuviese tratando de escoger cuida¬dosamente las palabras.
Bueno, estábamos en el salón, mirando por la ventana, y tú me besaste y
No, fuiste tú quien me besaste.
y seguimos besándonos continuó el, ignorando su puntualización. Y subimos aquí, al dormitorio, y bueno, hubo sexo. Después nos entró hambre y decidimos ba¬jar a comer algo, pero nos detuvimos en el pasillo y allí nos regalamos con un peque¬ño «aperitivo». Y luego lo hicimos otra vez en las escaleras, y en la alfombra del salón y por fin paramos un poco para ir a la cocina a tomar algo antes de volver aquí y hacerlo otra vez. Después nos quedamos dormidos, y ahora nos hemos despertado y estamos ha¬blando.
Así que ¿eso es todo? ¿Todo se reduce a eso, a sexo? inquirió ella.
Esteban vaciló de nuevo y María escru¬tó su rostro en la penumbra, deseando que hubiese más luz para poder verlo mejor. No sabría lo que pensaba de verdad, ni si estaría diciéndole la verdad si no podía verle bien la cara y mirarlo a los ojos.
¿Qué quieres decir con que se reduce a eso? Dicho así suena como si hubiese sido algo de lo más prosaico, y lo de anoche fue espectacular. ¿No lo fue también para ti?
Oh, para ella había sido más que especta¬cular; había sido especial, pero tenía la im¬presión de que para Esteban había sido dis¬tinto.
Estuvo bien contestó.
¿Que estuvo bien? repitió él incrédu¬lo. Que te toque un premio en una rifa está bien; que te den un regalo que no esperabas está bien Pero lo de anoche estuvo mejor que bien; fue espectacular.
María no pudo evitar sonreír a pesar de todo.
De acuerdo, sí, estuvo mejor que bien.
Fue espectacular insistió él.
De acuerdo, de acuerdo: espectacular claudicó ella finalmente para contentarlo.
Sin embargo, seguía sin saber si sentía algo hacia ella, y estaba segura de que si se¬guía por ese camino no conseguiría nada, así que tomó una ruta distinta. Necesitaba adentrarse en un terreno donde él se sintie¬ra cómodo, un terreno que lo hiciese soltar¬se y hablar.
Esteban ¿puedes decirme algo más so¬bre mi nuevo puesto en Sanromán Limited?
Esteban frunció el entrecejo ante aquel radical cambio de tema.
¿Por qué me preguntas eso ahora?
Porque aún no me has dicho nada con¬creto.
Él carraspeó.
Bueno, la verdad es que no puedo darte muchos detalles.
Ella asintió lentamente.
Pero podrás decirme por lo menos en qué consistirá exactamente; cuáles serán las tareas que desempeñaré.
Pues va a ser algo que supondrá un gran reto para ti comenzó él. Tendrás muchas responsabilidades.
¿Como por ejemplo?
Eh bien, pues para empezar cada mañana te encargarás de realizar tareas de aprovisionamiento.
A María se le cayó el alma a los pies.
En otras palabras, que quieres que te lle¬ve el café.
No sólo el café contestó él, como ofen¬dido, cuando debería ser ella la que se sin¬tiese ofendida.
Oh, no claro, un bollo suizo también, o unas tostadas con mantequilla y mermelada dijo ella con sarcasmo. Es una gran res¬ponsabilidad, desde luego; continúa.
No era que no se estuviese imaginando qué otras responsabilidades tenía en mente Esteban; sólo quería cerciorarse antes de ha¬cer la maleta y volver a San Francisco, aun¬que tuviese que hacer autostop.
Bueno, también te ocuparías de la ad¬quisición de nuevas tecnologías.
Ya. De comprar nuevo software para tu portátil, quieres decir.
Estás simplificándolo demasiado.
Perdona, es verdad; tienes razón. Tam¬bién tendría que hacer los trámites de la ga¬rantía de cada programa; eso también con¬lleva una gran responsabilidad.
Esteban la ignoró y prosiguió.
También serías responsable de asegurar¬te de que nuestra empresa contribuye al de¬sarrollo sostenible.
En otras palabras, enviar a reciclar el pa¬pel, los cartuchos de tinta de tu impresora y cosas así tradujo ella.
María, eso no es lo que
Mira, Esteban, no sigas; estás describien¬do punto por punto el trabajo que hacía an¬tes de presentarte mi dimisión.
Está bien, sí, quiero que vuelvas a ser mi secretaria, pero te pagaré cuatro veces más de lo que te pagaba le dijo él.
¿Por hacer el mismo trabajo?
Sí.
¿Por qué?
Esteban no contestó de inmediato, sino que se quedó mirándola de un modo que María no supo interpretar.
Porque eres la mejor secretaria que he tenido; por eso respondió finalmente.
María cerró los ojos y suspiró hastiada.
No quiero ser tu secretaria, Esteban le dijo abriendo los ojos de nuevo. Quiero ser una ejecutiva, quiero hacer cosas importan¬tes, cosas que me hagan sentirme realizada.
Pero es que soy incapaz de arreglárme¬las sin ti.
Por supuesto que puedes arreglártelas sin
No la cortó él con vehemencia. Mira, sé cómo hacer mi trabajo, pero me fastidian todas las cosas mundanas, como tener que leerme los manuales de instrucciones de los aparatos que se supone que deberían hacer¬me la vida más fácil, o tener que aprender cómo funciona un nuevo programa que ten¬go que instalar en el ordenador.
¿Y crees que a mí me encanta hacer esas cosas? le espetó ella. ¿Que eso es lo único para lo que valgo?
No me refería a eso.
María sacudió la cabeza exasperada.
Admítelo, Esteban, lo que pasa es que te crees más importante que yo y crees que tu trabajo tiene más valor que el mío. Pues te diré una cosa: todo el mundo es impor¬tante de una manera u otra, el trabajo de to¬das las personas tiene un gran valor hizo una pausa para tomar aliento. Yo soy una persona con capacidad para más cosas que llevarte el café y ajustar las opciones de tu agenda electrónica. Puedo llegar tan alto como tú y voy a hacerlo.

Capítulo 13
Esteban sintió que una sensación de pá¬nico se apoderaba de él cuándo se dio cuen¬ta de que María iba a marcharse, y aquella vez de verdad. ¿Cómo podía pensar que su trabajo no era importante? Su trabajo era esencial. ¿Y cómo podía pensar que no la va¬loraba? Por supuesto que la valoraba. Para él significaba más que cualquier otra cosa en el mundo.
Más que cualquier otra cosa en el mun¬do Fue entonces cuando comprendió. No necesitaba a María porque fuese la mejor secretaria que había tenido; no la necesitaba porque hiciese su vida más fácil. La necesita¬ba porque lo hacía feliz, porque lo era todo para él.
María, espera la llamó cuando la vio apartar las sábanas a un lado y bajarse de la cama.
Ella lo ignoró y dio un fuerte tirón a la sá¬bana para arrancarla del colchón y envolver¬se en ella.
María, tú no lo entiendes le dijo le¬vantándose de la cama también.
Tomó su batín azul de seda y se lo puso mientras la seguía al pasillo.
Ya lo creo que lo entiendo; lo entiendo perfectamente le espetó ella antes de en¬trar en el cuarto de invitados donde había dejado la maleta el día anterior.
Ni siquiera la había deshecho, lo cual sig¬nificaba que no tendría más que vestirse y salir por la puerta, pensó Esteban frenético. No le quedaban más que unos minutos an¬tes de que se marchara.
No, no lo entiendes insistió. No pue¬des entenderlo porque yo no lo he compren¬dido hasta ahora mismo.
María se giró sobre los talones y lo miró furibunda. Todo su cuerpo temblaba por la ira.
¿Qué es lo que no entiendo? exigió sa¬ber.
Esteban abrió la boca para intentar ex¬plicarse, para intentar decirle todo lo que quería decirle: cuánto significaba para él, y no como empleada, sino como mujer, como persona; que no podía vivir sin ella, y no porque supiese ajustar las opciones de los te¬léfonos móviles y las agendas electrónicas que se compraba, sino porque llenaba el vacío que había en su interior. Sin embargo, todo lo que acertó a decir fue:
Te quiero.
María parpadeó y la expresión de su rostro se suavizó.
¿Qué? inquirió en un hilo de voz.
Te quiero repitió él.
Ella volvió a ponerse tensa.
No te atrevas a decir algo así sólo por¬que quieras que vuelva a trabajar para ti, Esteban; no
Lo digo en serio, María la interrum¬pió él. Ya sé, ya sé que todo el mundo pien¬sa que no tengo corazón, pero nunca le di¬ría algo así a una mujer si no lo sintiese de verdad.
Dio un par de pasos vacilantes, adentrán¬dose en la habitación, y le infundió valor el hecho de que ella no retrocediera. Sin em¬bargo, tampoco avanzó hacia él ni pronun¬ció palabra.
Hasta hace un momento creía que lo que quería era que volvieses a ser mi secretaria le dijo. Tú me conoces, María; sabes que siempre he estado casado con mi trabajo. Nunca se me había ocurrido que pudiese ha¬ber nada más que me hiciese feliz. Soy un idiota admitió, pero no soy tan estúpido como para no aprender de mis errores. Sólo ahora me doy cuenta de que no importa qué trabajo hagas: ya sea volver a ser mi secreta¬ria o convertirte en la nueva directora del departamento comercial de Sanromán Limited.
María lo miró con los ojos entornados.
¿De qué estás hablando? El departamen¬to comercial de Sanromán Limited ya tiene una directora: Michelle Valentine.
Cierto, pero vino a verme hace una se¬mana para decirme que está embarazada y que quiere dejar su puesto para criar a su hijo. Ha sido tan repentino que no he teni¬do tiempo siquiera de pensar en cómo voy a encontrar a alguien para un puesto así, pero creo que ya tengo a la candidata perfecta. Me gustaría que tú fueses la nueva directora del departamento comercial.
María se quedó callada y Esteban no supo si eso era una buena señal o una mala señal, así que decidió dar un salto de fe ju¬gando su última carta.
Sólo hay un problema añadió.
Ella lo miró recelosa.
¿Cuál?
El reglamento interno de Sanromán Limi¬ted impide que dos empleados de la compa¬ñía se casen y sigan trabajando en ella.
María lo miró con los ojos muy abier¬tos.
Claro que los reglamentos pueden modificarse, y además yo soy el presidente de la compañía y puedo hacer lo que me plazca, qué demonios. En el caso, claro está, de que accedieras a casarte conmigo.
Fue entonces cuando se le ocurrió que María nunca le había dicho que estuviese enamorada de él, ni de que sintiese nada por él.
¿Estás pidiéndome que me case contigo? inquirió ella.
Esteban asintió.
¿Quieres decir que de verdad me quie¬res?
Él volvió a asentir.
Más que a nada en este mundo.
Esa vez María asintió también, lentamen¬te, como si no estuviese asintiendo realmente, sino considerándolo. Por fin, después de lo que a Esteban le pareció una eternidad, le dijo:
Entonces creo que deberíamos hablar de las condiciones.

Como la mujer de negocios que era, María insistió en que se vistieran para conti¬nuar aquella conversación. Esteban accedió, y propuso que antes desayunaran también, así que cuando se hubieron vestido y hubie¬ron desayunado, salieron al porche y se sen¬taron en el sofá de mimbre, el uno al lado del otro.
Bueno, ¿por dónde quieres que empe¬cemos? le preguntó Esteban a María.
Ella miró hacia delante con un suspiro y fijó la vista en el lago.
Pues estaba pensando que no es la pri¬mera vez que consideras esta posibilidad, y que antes de aceptar quiero asegurarme de que, aunque no soy la primera mujer a la que le has hecho esta oferta, esta vez no se trata sólo de negocios.
Esteban frunció el entrecejo.
Me parece que no te sigo.
María volvió a suspirar y se volvió hacia él.
Fabiola Conover; ¿te dice algo ese nom¬bre?
Esteban esbozó una media sonrisa.
Ah, ya veo por dónde vas. En fin, supon¬go que quieres que te hable de aquello.
María asintió.
Estaba intentando decírtelo de un modo sutil, pero parece que el gen de la sutileza los hombres lo tenéis defectuoso.
Esteban se rió y se quedó mirándola un momento. El sol arrancaba destellos dorados del cabello rubio de María, y el fresco aire de la mañana había teñido sus mejillas de un suave rubor. Toda ella parecía res¬plandecer. ¿Cómo no se había dado cuenta en aquellos cinco años de lo hermosa que era? ¿Cómo podía haber pensado, con ella a su lado todos esos años, que el trabajo era lo más importante?
¿Esteban? lo llamó ella con voz suave.
¿Hmm? inquirió él distraído.
Ibas a hablarme de tu compromiso con Fabiola le recordó ella.
Oh. Sí. Perdona murmuró él. En rea¬lidad fue idea del padre de Fabiola comen¬zó. Una noche habíamos quedado para ce¬nar, y estábamos hablando de la posibilidad de una fusión entre nuestras compañías. En¬tonces mencionó que su hija acababa de vol¬ver de París después de haber cancelado por tercera vez su boda. No con la misma perso¬na; quiero decir que estuvo tres veces a pun¬to de casarse, con tres hombres distintos, y las tres veces, en el último momento, acabó cancelando la boda.
¿Había estado comprometida tres veces antes de comprometerse contigo?
Esteban asintió.
De hecho, ésa fue la razón por la que se dejó convencer por su padre para comprometerse conmigo. Había llegado a dudar de su propio criterio en lo que se refería a los hombres, así que se dejó convencer cuando su padre le dijo que un matrimonio concer¬tado sería lo mejor.
¿Y cómo te convenció él a ti? quiso sa¬ber María. Nunca me has parecido la cla¬se de hombre que dude de su propio crite¬rio.
Cierto concedió él, aunque a ese res¬pecto también había estado equivocado. En los asuntos del corazón su criterio, hasta ese momento, había resultado ser pésimo. El caso es que Conover es un hombre muy per¬suasivo e hizo hincapié en lo ventajoso que sería unir a ambas familias además de nues¬tros negocios. Y dado que yo nunca había planeado casarme, casarme con Fabiola te¬nía sentido.
Alto, alto, alto lo interrumpió María. A mí me parece que eso que acabas de decir no tiene ningún sentido.
Eso es porque eres una mujer la picó Esteban sonriendo. El gen de la lógica in¬versa es un gen defectuoso en las mujeres, te lo aseguro.
Ya.
Verás, la lógica inversa funciona de esta manera: yo nunca había planeado casarme porque nunca creí posible llegar a enamo¬rarme, así que no tenía sentido que me casa¬se por amor. Casarme por negocios, en cam¬bio
Ah, ya comprendo. Para ti, que eres un hombre de negocios, te pareció que casarte por negocios sí tenía sentido.
Justamente. O al menos eso era lo que pensaba hasta ahora, antes de darme cuenta de lo que verdaderamente era importante. Su¬pongo que nunca pensé que el matrimonio fuera algo tan maravilloso como quieren ha¬certe creer en las películas. De hecho, cuando uno se para a pensar en todos los divorcios que hay hoy en día En fin, la cosa siempre se fastidia porque hay sentimientos de por me¬dio, así que en cierto modo llegué a la conclu¬sión de que un matrimonio de conveniencia en el que no había amor de por medio podría funcionar.
¿Y Fabiola qué pensaba?
Bueno, en ese momento estaba de acuer¬do conmigo. Como te he dicho, había estado comprometida tres veces, y las tres veces ha¬bía estado segura de que estaba enamorada y no le había salido bien. Sin embargo, un día recobró el sentido y se dio cuenta de que es¬tábamos a punto de cometer un error monu¬mental.
¿El día en que conoció a tu hermano Bruno?
Esteban creyó que sentiría una punzada de celos, aunque nunca había estado ena¬morado de Fabiola, o que se sentiría furioso de nuevo por cómo su hermano se había he¬cho pasar por él y la había seducido, pero lo único que sentía era alivio de que Fabiola hubiese parado aquello a tiempo y no se hu¬biesen casado.
Sí. Se conocieron, se enamoraron y aho¬ra van a casarse.
¿Y tú cómo te sientes respecto a eso, res¬pecto a que tu hermano vaya a casarse con la mujer con la que tú estabas planeando ca¬sarte?
Bueno, Fabiola es una mujer realmente maravillosa, y me alegro mucho de que haya encontrado por fin a alguien que de verdad la ame.
¿Y también te alegras por Bruno?
Esteban recordó la última vez que había visto a su hermano, lo angustiado y aterrado que Bruno había, estado, creyendo que había perdido a Fabiola. Le había ayudado a recu¬perarla, y aquélla debía de haber sido la pri¬mera vez en muchos que habían colaborado para conseguir algo. De hecho, se corrigió con una sonrisa, de hecho quizá hubiera sido la primera vez en sus vidas que habían hecho algo semejante.
Sí, me alegro por Bruno respondió final¬mente. Un día de éstos tengo que hacerle una llamada. Me gustaría empezar a tender puentes con él, algo que debería haber he¬cho hace años. Y también quiero preguntar¬le si no le importaría ser el padrino en la boda. En la mía, quiero decir, no en la suya luego contuvo el aliento antes de añadir: En el caso de que esa boda llegue a cele¬brarse.
María lo miró a los ojos durante un lar¬go rato. Esteban no sabía qué estaba bus-cando en ellos, pero cuando la vio sonreír se dijo que fuera lo que fuera debía de haberlo encontrado. No era una sonrisa muy amplia, pero era una sonrisa al fin y al cabo, y dio a Esteban esperanza.
¿Cómo que tu boda? le espetó diverti¬da. Digo yo que a tu lado en el altar tendrá que haber alguien más, ¿no?
Esteban se rió.
Eso espero; si no, no será una boda.
¿Y estás seguro de que quieres casarte? ¿No te entrará el pánico luego, como a esos hombres que piensan que el matrimonio es como si le echaran a uno una soga al cuello?
Esteban volvió a reírse.
Yo aquí, con el corazón en la mano, y tú no haces más que picarme.
María tomó su mano, la abrió y escudri¬ñó la palma, como buscando algo.
Yo no lo veo por ninguna parte le dijo alzando el rostro con una sonrisa traviesa en los labios.
Esteban la agarró por debajo de los bra¬zos y la levantó para sentarla en su regazo.
Te quiero, María le dijo mirándola a los ojos.
Y yo a ti murmuró ella con una sonrisa.
¿Lo bastante como para casarte conmi¬go?
Mientras no sea un matrimonio de con¬veniencia
Esteban la besó una, dos, tres veces y luego apoyó su frente contra la de ella.
No. En este matrimonio sólo habrá cabi¬da para el amor, la comprensión y el respeto le dijo. Te quiero, María Fernández.
Y yo a ti, Esteban Sanromán.
¿Te casarás conmigo?
María asintió.
Pero tienes que prometerme que no de¬jarás que nadie excepto yo ajuste las opcio¬nes de tu agenda electrónica.
Esteban se rió y la besó de nuevo en los labios.
Hecho.
Aquel trato que acababa de hacer era el primero que enriquecería su vida personal en vez de su vida profesional. A partir de ese día ya no sería un hombre casado con su ne¬gocio; iba a casarse por amor.
La vida era maravillosa, se dijo mientras inclinaba la cabeza para besar a María de nuevo; y a partir de ese día, lo sería aún más.

Epílogo
Háblame más de esta fotografía le pi¬dió María a Esteban.
Estaban los dos en el rellano de la escale¬ra, frente a la fotografía de «los siete samuráis». Era su último día en la cabaña y acaba¬ban de hacer su última ronda por la casa para asegurarse de que no se dejarían nada atrás.
Bueno, dejarían atrás un montón de bue¬nos recuerdos, pero se los llevarían a San Francisco con ellos en su corazón, se dijo María.
Los dos estaban vestidos con vaqueros y camisetas, todo un contraste con los trajes que llevarían el lunes, cuando volviesen al trabajo.
Se le iba a hacer raro estar en un despacho en una planta distinta a la planta en la que es¬taba el despacho de Esteban pero al menos estarían en el mismo edificio y podrían verse a la hora de la comida.
¿Qué quieres saber?
Quiero que me hables de los otros «samuráis». Me has hablado de Héctor, pero no de los demás. ¿Cuál de todos es Ryan?
Esteban enarcó una ceja.
¿Cómo sabes el nombre de Ryan?
Por la nota que hay en el corcho del es¬tudio.
Esteban sonrió.
Estaba sobre el escritorio el día que lle¬gué le explicó. Sin duda Ryan sabía que el estudio sería el primer sitio donde iría una vez me hubiese acomodado. La puse en el corcho, entre las fotografías, porque me pa¬reció que no me vendría mal verla de vez en cuando mientras estuviera aquí para reírme un poco. Aquello que puso sobre lo de en¬contrar a la mujer de tu vida murmuró con una risita tonta.
Oye, oye, ¿qué tiene eso de malo para que te dé la risa?
Esteban sonrió.
Bueno, tienes que admitir que la mujer de mi vida no se mostró muy dispuesta a coo¬perar en un principio.
María lo miró boquiabierta.
¿Qué? le espetó él para picarla. ¿Qué dirías tú de una mujer que te abandona a tu suerte cuando no puedes arreglártelas sin ella?
¡Pero si me despediste!
Tú acababas de presentarme tu dimi¬sión.
Sí, pero no tenía intención de dejarte a tu suerte; te di dos semanas de preaviso. Pero tú preferiste despedirme en el acto le recordó ella. Lo habría dejado todo atado y bien atado si no me hubieses echado con ca¬jas destempladas.
Esteban ignoró sus protestas y continuó, con una sonrisa cada vez más amplia.
¿Y qué dirías tú de una mujer que se nie¬ga a volver a trabajar para ti cuando se lo pi¬des no una, ni dos, sino hasta tres veces, y pagándole cuatro veces más de lo que le pa¬gabas?
Era un trabajo que no quería replicó ella; ¿por qué iba a querer volver?
¿Y qué dirías tú de una mujer que te hace sentir cosas que jamás habrías creído que pu¬dieses sentir, que te hace cuestionarte todo lo que hasta ese momento habías creído cierto, lo que pensabas que eran verdades universa¬les?
María se rió.
Esas verdades universales a las que habíais llegado con respecto a las mujeres cuando es¬tabais en la universidad le dijo recordando lo que Ryan había escrito en su nota. Siento decírtelo, pero estoy segura de que a esa edad no entendíais nada de mujeres.
Seguimos sin entenderlas le confesó él riéndose.
María sacudió la cabeza.
Bueno, ¿vas a hablarme de los otros «samuráis», o no? insistió.
Esteban suspiró y se volvió hacia la foto¬grafía, pero esa vez no había tristeza en sus ojos.
Éste es Ryan dijo señalando al joven que estaba en el extremo derecho del gru¬po. Estuvo aquí el mes pasado y conoció a una mujer llamada Kelly Hartley, que según tengo entendido es quien decoró esta casa. Están comprometidos y van a casarse.
María sonrió al oír eso.
Este otro continuó Esteban señalan¬do al joven que estaba al lado de Ryan en la foto es Nathan Barrister. Fue el que pasó el primer mes en la cabaña. Se ha casado con la alcaldesa de Héctor's Landing.
¡Madre mía! exclamó María riéndo¬se. Debió de ser un flechazo.
Bueno, Nathan siempre ha sido de esas personas que tienen muy claro lo que quie¬ren y hacen lo que sea para conseguirlo le explicó él. Y éste es Devlin Campbell conti¬nuó señalando al siguiente joven. Devlin siempre fue el más responsable del grupo y lo sigue siendo. Acaba de casarse con una mujer a la que dejó embarazada pero no es que vayan a casarse por eso se apresuró a añadir. Ryan tenía razón con eso de «la gua¬rida del amor». Dev conoció a Nicole, la que ahora es su esposa, porque ella trabajaba en un casino cerca de aquí.
Hmmm Y Bruno conoció a Fabiola por¬que ella vino aquí buscándote a ti, ¿no es cierto?
Esteban asintió.
Así es.
Pues sí que va a ser verdad que es «la guarida del amor» dijo ella riéndose. ¿Y quién es éste? inquirió señalando al único joven de la fotografía que faltaba por nom¬brar.
Ése es Jack Howington. Es un tipo inte¬resante. Estuvo en las Fuerzas Especiales, pero ahora trabaja en una consultoría. Ayu¬da con sus conocimientos a la gente que tie¬ne negocios en lugares peligrosos del mun¬do.
Vaya, sí que parece interesante.
Estará aquí durante el mes siguiente.
María estudió a aquel hombre en la foto¬grafía. Era, al igual que el resto de los miem¬bros del grupo, muy atractivo, pero mientras que los demás estaban sonriendo, él parecía un poco más reservado; incluso algo miste¬rioso.
Me pregunto cómo será su experiencia aquí dijo.
También yo murmuró Esteban. Y eso me recuerda que tengo que dejarle una nota como hizo Ryan conmigo.
María lo siguió al estudio. Una vez allí, Esteban se sentó tras el escritorio, sacó una libreta de un cajón, tomó un bolígrafo y co¬menzó a escribir con María de pie a su lado, curiosa por saber qué iba a poner.

Querido Jack:
Cuando leí que Ryan llamaba a este lugar en su nota «la guarida del amor», mi primera reac¬ción fue reírme. Pero ahora que lo pienso, empiezo a creer que el nombre es bastante apropiado. Oh, y tenía razón cuando escribió que estábamos equivo¬cados en las conclusiones a las que llegamos sobre las mujeres cuando estábamos en la universidad. ¿Te acuerdas? Pues ya puedes ir tachándolas. No sabíamos nada de las mujeres.

María sonrió y continuó leyendo.

En cuanto a mí, esto es lo que he aprendido du¬rante mi mes en esta cabaña: el trabajo no es lo más importante, como yo siempre había creído. Hay cosas muchos más importantes. Si tienes la suerte de encontrar a la mujer adecuada, de en¬contrar el amor, no lo dejes escapar. Llena muchí¬simo más de lo que el trabajo te podrá llenar ja¬más.
Que pases un buen mes, chaval.

María lo vio vacilar un instante antes de firmar «Teb» y levantarse para colgar la nota en el corcho.
«Teb» repitió ella en voz alta. Cuan¬do vi ese diminutivo en la nota de Ryan no podía imaginarme a nadie llamándote así, pero la verdad es que sí te pega.
Nadie excepto mi familia y mis amigos más íntimos me ha llamado nunca así le dijo él. Luego, tras vacilar de nuevo, le preguntó ¿Te gustaría llamarme así tú tam¬bién?
María no vaciló en absoluto.
Sí que me gustaría Teb.
Se puso de puntillas para besarlo, y luego bajaron juntos. Las maletas estaban en el co¬che, la cabaña estaba vacía. Habían dejado las llaves en la cocina, como le había pedido la guardesa a Esteban que hiciera.
Mientras cerraban la puerta detrás de ellos al salir, María se dijo que no debería sentir se triste, que dentro de un par de meses vol¬verían y conocería a los amigos de Esteban no, de Teb, se corrigió mentalmente.
Ahora él era parte de su vida, y ella de la de él. No, a partir de ahora serían uno solo, y así era como debía ser.


Fin

 

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