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LA VAQUERA

April 14 2012 at 5:59 AM
MARIA  (no login)
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Protagonistas: Esteban Sanromán y María Fernández
Argumento:
Esteban Sanromán ya había sufrido un fracaso y no tenía intención de involucrarse sentimentalmente con nadie. Vivir bajo el mismo techo que una mujer de gran carácter ya era más que suficiente para él. Pero su hija adoraba los rodeos e idolatraba a María Fernández. Como él, aunque en su caso, secretamente.
Pero el ardiente y malhumorado hombre de Wyoming no estaba dispuesto a ceder ante la igualmente ardiente y malhumorada vaquera de Jacobsville, Texas. Y no dejaba de repetirse que no deseaba a María Fernández, por atractiva y tentadora que fuera

Capítulo Uno


Esteban Sanromán se sentó en la barandilla de hierro de la plaza donde iba a llevarse a cabo el rodeo, mirando a su alrededor por debajo del ala de su sombrero tejano. Cruzó sus poderosas piernas, embutidas en un pantalón vaquero, y observó sus botas de colores. Sólo se ponía aquella indumentaria para las ocasiones especiales, pero había olvidado lo complicadas que podían llegar a ser las cosas. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había trabajado en el rancho de su padre, y bastantes meses desde el último rodeo de Estrella.
La chica era bastante buena montando, pero no tenía confianza en sí misma. Su ex esposa no aprobaba la repentina afición de Estrella por los rodeos, pero él sí. Estrella era todo lo que le quedaba de ocho años de matrimonio, que habían finalizado seis años atrás de manera turbulenta. Había conseguido la custodia de Estrella porque Ana Rosa y su nuevo marido estaban demasiado ocupados con sus negocios como para cuidar de una niña. Estrella tenía catorce años, y estaba en una edad complicada. Esteban tenía sus propias preocupaciones, entre las que se incluía una empresa de ordenadores que ocupaba gran parte de su atención y que no le dejaba mucho tiempo libre. Sabía que debía pasar más tiempo con su hija, pero no podía dejar las riendas de la empresa en manos de sus subordinados. Era el dueño y debía asumir su responsabilidad.
Pero estaba aburrido. Ya no tenía retos. Había conseguido una pequeña fortuna y ahora estaba deseando encontrar algo que ocupara su mente rápida y analítica. Tal vez por ello se había tomado unas cuantas semanas libres aprovechando que Estrella estaba de vacaciones, lo que por otra parte podría darle una perspectiva mejor tanto de la vida como de los negocios. Pero ya se había cansado.
Odiaba sentarse allí mientras esperaba a que Estrella hiciera su aparición. Padre e hija se habían marchado a vivir recientemente a Victoria, en Texas, donde estaba situada la nueva central de la empresa. Pero en aquel momento se encontraban en Jacobsville, una pequeña y encantadora localidad que se encontraba muy cerca de Victoria. Estrella deseaba ir, porque uno de sus ídolos de los rodeos iba a recibir aquella noche algún tipo de premio. La idea de que Estrella tomara parte en la competición no había sido muy buena, porque nunca había montado delante de tanto público y era consciente de ello.
Cuando oyó que llamaban a Estrella, Esteban se enderezó y observó a su hija, que salió a la arena montada a caballo. Se había recogido el pelo en una coleta que sobresalía por debajo del sombrero. Lo miró con sus ojos grises. Estrella iba a ser una mujer bastante alta, y era una buena amazona. Pero después de dar la primera vuelta vaciló durante unos segundos y el caballo se quedó clavado en el sitio. El locutor que comentaba el rodeo la animó por megafonía, pero en el siguiente turno volvió a sucederle lo mismo.
Esteban la observó cuando salía de la plaza, en cuanto terminó su actuación. Le dolía que, a pesar de haberlo intentado, fuese a quedar como siempre en último lugar.
Qué lástima dijo con suavidad una voz femenina, a su lado. Se queda parada en las vueltas, ¿no se ha fijado? Me temo que nunca llegará a ser una buena competidora. No tiene garra.
Un hombre que estaba cerca hizo otro comentario condescendiente.
Esteban se enfureció al escuchar la petulancia y superioridad que había en la voz de aquella mujer, y esperó irritado a ver de quién se trataba. Y cuando apareció ante su vista se llevó una sorpresa.


La alta y preciosa rubia que había hecho aquellos comentarios sobre Estrella Sanromán estaba preparándose para salir a la arena. Por primera vez en muchos meses, María Fernández podía arreglárselas sin su silla de ruedas ni su bastón. Más aún, su pierna no la había molestado de nuevo. Se encontraba bien porque había estado descansando todo el día, sin forzar su espalda. Había tenido mucho cuidado de no hacerlo, para poder asistir a la ceremonia de apertura del rodeo anual de Jacobsville y esperar a que finalizara para recibir una placa en nombre de su padre. Tim no quería que montara, pero no le había hecho caso. Al fin y al cabo era digna hija de su padre, y su orgullo le habría impedido participar en el rodeo estando en malas condiciones.
Se detuvo para contemplar la competición juvenil, en la que tantos trofeos había ganado desde que estaba en el colegio. Le llamó la atención una chica en particular, e hizo un comentario crítico al respecto a uno de los jinetes que estaba junto a ella. Era una pena que la chica no pudiera entrar en los premios, pero no resultaba sorprendente.
La chica demostraba miedo en las vueltas, y dudaba de tal forma que hacía que el caballo se parase. María se lo comentó al vaquero que estaba a su lado. Aquella, joven debía ser nueva en el rodeo, porque no le sonaba su nombre. Había vivido toda su vida en el sur de Texas y conocía a casi todas las personas que participaban en el circuito de los rodeos.
Sonrió al vaquero y se adelantó, negando con la cabeza. Realmente no sabía muy bien a dónde se dirigía. Estaba intentando colocarse bien la chaqueta blanca que llevaba puesta, a juego con la camisa y con las botas, cuando apareció ante ella la pierna de un individuo que dejó paralizada a la elegante rubia.
Sorprendida, contempló aquellos ojos grises metálicos, que pertenecían a un hombre atractivo, de pelo rizado.
El vaquero que estaba sentado en la barandilla llevaba un látigo entre sus fuertes dedos, con el que no dejó de juguetear cuando empezó a hablar.
He oído lo que acababa de decir a ese vaquero acerca del modo de montar de Estrella Sanromán dijo con frialdad. ¿Quién demonios cree que es para criticar a una vaquera de la categoría de Estrella?
María arqueó las cejas. Aquel hombre tampoco pertenecía al circuito tejano, que tan bien conocían ella y su padre.
¿Cómo dice?
De todas formas, ¿a qué se dedica usted? ¿Es modelo? Tiene el aspecto de una de esas modelos rubias que salen en las revistas añadió, con tono despectivo. ¿Es la amiguita de alguno de los vaqueros o forma parte del espectáculo?
No esperaba ningún ataque verbal, y mucho menos procedente de un perfecto desconocido. Lo miró, incapaz de reaccionar a causa de la sorpresa.
¿Es que no entiende las preguntas de más de una sílaba? insistió él.
Aquélla fue la gota que colmó el vaso. Los ojos azules de María brillaron.
Interesante. Yo pensaba que era usted el que no era capaz de hacer preguntas inteligentes dijo con toda tranquilidad, mirando la pierna que le bloqueaba el camino. Quite esa pierna de ahí o tendré que rompérsela, vaquero.
¿Una niña estirada como usted?
Ahí es dónde se equivoca. No soy ninguna niña estirada.
El hombre mantenía una posición bastante precaria, puesto que estaba sentado en la barandilla, con la pierna extendida para que no pudiera pasar. María se movió con rapidez. Lo tomó de la pierna, empujó hacia atrás, y el desconocido cayó de espaldas sin poder hacer nada para evitarlo.
Después hizo ademán de limpiarse las manos y pasó, no sin antes notar la sonrisa que le dirigieron dos vaqueros que iban junto a ella.
Tim Harley, el capataz de mediana edad de su rancho, estaba esperándola en la puerta con Bracket, su caballo. Sostuvo al animal hasta que María montó, con dificultad.
No deberías intentarlo dijo él, ¡Es demasiado pronto!
Mi padre lo habría hecho espetó a su vez. Jacobsville es su ciudad, y la mía. No podía rechazar la invitación para aceptar la placa en su nombre. El rodeo de hoy es un homenaje a él.
Pero podrías haber aceptado la placa sin necesidad de montar a caballo.
Ella lo miró.
Escucha, no he estado incapacitada toda mi vida.
¡Oh, por Dios!
El sonido de la banda de música que empezó a tocar en aquel momento llamó su atención. Intentó tranquilizar a su nerviosa montura, consciente de que el hombre al que acababa de derribar se acercaba hacia ella. Afortunadamente, antes de que pudiera llegar a su altura varios jinetes se interpusieron en el camino, en la entrada a la arena de la plaza.
La competición juvenil marcaba el final de los espectáculos de la tarde. El dinero de los principales premios ya se había repartido y la orquesta empezó a tocar La rosa amarilla de Texas. La puerta se abrió. María espoleó a Bracket, que empezó a trotar con elegancia, y se mordió el labio inferior para poder soportar el dolor que le causaba el movimiento del caballo. Avanzaba con suavidad, pero aún así resultaba muy doloroso.
No sabía si iba a conseguir dar la vuelta a la plaza, pero iba a intentarlo. Con una sonrisa, hizo un esfuerzo para aparentar felicidad y se quitó su sombrero blanco para saludar a la multitud. La mayor parte de aquellas personas conocía a su padre, y muchos también a ella. María se había convertido en toda una leyenda de los rodeos antes de que tuviera que retirarse a los veinticuatro años. Su padre decía a menudo que había nacido montando a caballo. Intentó no pensar en la última vez que lo había visto. Prefería recordarlo tal y como era en el pasado.
No me digan que no es preciosa estaba comentando Bob Harris desde la sala de prensa. Aquí tienen a la señorita María Fernández, damas y caballeros, la mujer que ganó dos veces la competición y que el año pasado acabó en primer lugar en la división de mujeres. Como saben, en la actualidad está retirada de la competición, pero sigue teniendo un aspecto magnífico sobre el caballo.
María agradeció los cumplidos y se las arregló para no caerse y para no quejarse de dolor cuando llegó a la tribuna. Sólo se trataba de recoger la placa y marcharse.
Bob Harris bajó a la arena con una placa, que le dio.
No es necesario que desmonte dijo él, agarrando con una mano el micrófono.
Amigos continuó, como saben, Oren Fernández murió el año pasado en un accidente de tráfico. Fue el mejor jinete durante cuatro años en este rodeo, y ganó dos veces el campeonato nacional. Estoy seguro de que todos los presentes se unen a mí en el sentimiento de condolencia que nos ha llevado a dedicar este rodeo al padre de María, entregando a su hija una placa en honor del que fue todo un campeón como hombre y como deportista. ¡La señorita María Fernández, damas y caballeros!
Entre agradecimientos y aplausos María recogió la placa, y cuando Bob levantó el micrófono para que hablara, dio las gracias a los presentes por haberse reunido para homenajear a su padre. Temía no aguantar mucho tiempo encima del caballo, de modo que después de la breve alocución volvió a darle las gracias a Bob y salió de la plaza.
La primera sorpresa de la tarde se la llevó al ver que no podía desmontar. La segunda, al observar que el enfadado vaquero que se había enfrentado a ella se encontraba esperándola en la salida de la arena.
La miró y tomó al caballo por las riendas para que no pudiera avanzar.
Bueno, ya veo que no forma parte del espectáculo dijo él, en tono de burla. Monta como una principiante, estirada como un trozo de madera. ¿Cómo es posible que tan mala amazona consiguiera ganar tantos premios? ¿Lo consiguió gracias al nombre de su padre?
De no haberse encontrado en un estado lamentable, le habría pegado una buena patada en la boca. Pero le dolía demasiado la espalda como para reaccionar.
Al parecer, tampoco tiene carácter continuó él.
Espera un momento, María, ¡ya voy yo! exclamó una voz irritada a su espalda. Maldita loca...
Tim se plantó junto a ella. Su pelo gris y su barba crecida le daban un aspecto aún más duro de lo habitual.
No puedes bajarte de la silla, ¿verdad? preguntó. Bueno, no te preocupes, Tim está aquí. Te ayudaré, pero tómate tu tiempo añadió, tomando la placa.
¿Siempre necesita la ayuda de otra persona para desmontar? preguntó el desconocido. Pensé que las estrellas de los rodeos podían montar y desmontar solas.
Aquel hombre no tenía acento tejano. De hecho, no tenía ningún acento. María se preguntó por su procedencia.
Tim lo miró.
No durará mucho tiempo en el circuito si sigue hablando en esos términos dijo. Y mucho menos si es a María a quien dedica esas palabras.
Tim se volvió hacia María y levantó los brazos para ayudarla.
Vamos, cariño dijo con suavidad, con el mismo tono que solía utilizar cuando tenía seis años. Vamos, no pasa nada, no dejaré que te caigas.
El nuevo vaquero la estaba observando con curiosidad. De repente se había dado cuenta de que estaba pálida y de que apretaba los dientes mientras intentaba desmontar. El pequeño vaquero que la ayudaba lo estaba pasando bastante mal. No es que ella fuera demasiado grande, pero era alta y por tanto no demasiado ligera.
Dio un paso adelante y dijo:
Déjeme que lo ayude.
No deje que se caiga dijo con rapidez Tim. Las placas que le han puesto en la espalda no le servirán de mucho si se cae.
Placas...
Aquello lo explicaba todo. La tomó con suavidad por la cintura. Estaba sudando por el esfuerzo, y se le saltaban las lágrimas por el dolor.
No puedo susurró ella.
Ponga los brazos alrededor de mi cuello dijo con autoridad. Yo la tomaré. Saque un pie de los estribos. La tomaré cuando vaya a sacar el otro y la bajaré. Tranquila. Cuando esté dispuesta, dígamelo.
María sabía que no podía quedarse para siempre en el caballo, pero la idea le pareció tentadora. Hizo un esfuerzo por sonreír a Tim, que la observaba con gran preocupación.
No te preocupes, Tim susurró. He conseguido llegar hasta aquí y conseguiré salir.
Respiró profundamente y sacó un pie del estribo.
El dolor era insoportable. Pudo sentirlo en todo su cuerpo antes de que el desconocido vaquero la tomara entre los brazos con delicadeza y la dejara después en el suelo. Sin embargo, no se quejó ni una sola vez. Se quedó apoyada en su ancho pecho, estremecida.
¿Dónde quiere que la deje? preguntó a Tim.
Tim dudó, pero sabía que la chica no podía caminar, y también sabía que él no podía llevarla.
Por aquí contestó después de unos segundos.
La llevaron a una caravana que había a unos cuantos metros de la plaza.
Era una caravana bastante bonita, con un amplio salón. Había un sofá en uno de los extremos y una silla de ruedas junto a éste. Cuando el vaquero vio la silla, su rostro palideció.
Te lo dije espetó Tim. ¡Te dije que no lo hicieras! ¡Sólo espero que no te hayas dañado la espalda!
Cuando vio que el desconocido iba a dejarla sobre la silla de ruedas, María protestó.
¡No, no me deje ahí! ¡Ahí no, por favor!
¡Es el mejor sitio para ti, maldita loca! exclamó Tim.
Déjeme en el sofá, por favor murmuró.
Hizo un esfuerzo para no gemir cuando la dejó sobre los cojines.
Te traeré tus analgésicos y algo para beber dijo Tim, caminando hacia la pequeña cocina.
María aprovechó el momento para darle las gracias al alto vaquero. Pero lo hizo con poca convicción, habida cuenta de los comentarios que le había dedicado con anterioridad.
Gracias.
De nada contestó él con suavidad. Debió haberme puesto en mi sitio antes de que me avergonzara a mí mismo con el comportamiento que he demostrado. Supongo que sabe mucho más sobre los rodeos de lo que Estrella sabrá nunca. Es mi hija añadió.
Aquello lo explicaba todo.
Siento que malinterpretara la crítica que hice, pero no pienso disculparme por ello. Su hija tiene talento, pero también miedo. Alguien tiene que ayudarla, para que consiga controlar tanto al miedo como al caballo.
Yo sé montar, pero nada más. No sé nada sobre rodeos, y no puedo ayudarla explicó. Aunque en Wyoming nos gustan tanto los rodeos como a ustedes los téjanos.
¿Son de Wyoming? preguntó, con curiosidad.
Sí. Hemos venido a vivir a Texas hace tan sólo unas semanas. Así podremos estar más cerca de la madre de Estrella.
No quería explicar que estaba en Texas para aprovechar las posibilidades de un nuevo mercado para su empresa. De hecho, la cercanía de Ana Rosa no tenía nada que ver en su presencia allí. Ana Rosa no era en modo alguno una buena madre, y nunca había hecho otra cosa que criticar a su hija. Ana Rosa y su marido se habían marchado a vivir a Victoria, procedentes de Houston, más o menos en la misma época en que llegó Esteban a Texas. Pero sólo era una coincidencia.
Vive con su segundo marido en Victoria añadió.
Ella lo miró con detenimiento y preguntó:
¿No sabe montar su madre? ¿No podría ayudarla?
Su madre odia los caballos dijo, con ojos oscurecidos. No quería que Estrella participara en los rodeos, pero yo no estoy de acuerdo con ella. El rodeo es lo más importante que hay en la vida de mi hija.
En tal caso, deben dejar que participe espetó, mostrándose de acuerdo.
Pensó que era una pena que los padres de Estrella se hubieran divorciado. Sabía lo que significaba crecer sin una madre, porque la suya murió de neumonía cuando ella aún estaba en el colegio.
Miró de nuevo al hombre desconocido. Acababa de decir que era de Wyoming, lo que explicaba que no tuviera acento tejano. Se echó hacia atrás, y el dolor recorrió todo su cuerpo. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras intentaba moverse haciendo caso omiso de las terribles punzadas.
Tim regresó en aquel instante con dos cápsulas y un refresco. Tomó la medicina y bebió un poco, deseando que aquel dolor cediera de una vez.
Mucho mejor dijo ella, suspirando.
El hombre alto la miraba con el ceño fruncido.
¿Se encuentra bien?
Sí. Gracias por haberme ayudado.
No parecía estar dispuesta a entablar conversación, y no tenía derecho a esperar tal cosa, de modo que asintió y se dirigió hacia la salida de la caravana.
Tim lo siguió.
Gracias por su ayuda, forastero dijo. Nunca habría podido traerla a la caravana sin usted.
Los dos hombres estrecharon sus manos.
De nada. Por cierto, ¿qué le ha sucedido? preguntó de forma abrupta.
Su padre tuvo un accidente de coche contestó. Murió al instante, pero María estuvo atrapada entre los restos durante tres horas hasta que consiguieron sacarla de allí. Pensaron que se había roto la columna vertebral. Sin embargo, sólo fue una hernia de disco. Es algo muy doloroso, que tarda mucho en curarse, pero los médicos hacen verdaderos milagros en la actualidad.
Esteban lo miró atentamente mientras continuaba con la explicación.
Al principio no podía andar, y no estábamos seguros de que no hubiera quedado paralizada para siempre. Pero se levantó y empezó la rehabilitación, con tal fuerza de voluntad que hasta los médicos se sorprendieron. Nunca he conocido a una chica como ella bromeó. Los dolores que siente acaban con sus fuerzas, pero no se rinde. Su padre habría estado orgulloso de ella, aunque es una pena que su carrera haya acabado. Nunca podrá participar de nuevo en una competición.
¿Y qué demonios hacía montando a caballo esta mañana?
Demostrar al público que nada en el mundo podría impedir que montara contestó. Por cierto, aún no ha dicho cómo se llama, forastero.
Sanromán, Esteban Sanromán.
Yo soy Tim Harley. Encantado de conocerle.
Igualmente.
Antes de marcharse dudó durante unos segundos. Se sentía extraño. No se había sentido tan extraño en toda su vida. Tal vez se debiera a que no estaba acostumbrado a tratar con mujeres tan orgullosas. Lo había sorprendido con su obstinación y su carácter. Era valiente, a pesar de las circunstancias, y no dudaba que volvería a montar de nuevo aunque no pudiera volver a la competición. Sintió mucho haberse equivocado con ella, pero sus comentarios acerca de Estrella lo habían irritado. Ahora comprendía que sólo intentaba ayudar, y que la había malinterpretado.
Sin embargo, todo lo relativo a Estrella le importaba mucho. Su hija había recibido más críticas negativas de su madre de las que nunca habría aceptado recibir por parte de un extraño. No era extraño por tanto que hubiera reaccionado mal a las críticas de aquella mujer. Ahora tendría que vérselas con un orgullo herido. Sonrió con amargura, avergonzado. Se lo merecía. Se había comportado con crueldad con una minusválida. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había cometido un error de tal magnitud.
Caminó hasta encontrarse con su hija, que estaba charlando amigablemente con uno de los participantes del rodeo.
Papá, ¿has visto a la mujer rubia que recogió la placa? preguntó. ¡Era María Fernández en persona!
Sí, la he visto contestó.
Miró al joven vaquero, que se ruborizó y miró a Estrella antes de desaparecer.
Ojala no hicieras ese tipo de cosas se quejó Estrella con un suspiro. Papá, ya tengo catorce años.
Y yo soy un perro viejo. Lo sé dijo, pasándole un brazo por encima del hombro. Lo has hecho muy bien, socia. Estoy orgulloso de ti.
Gracias. Por cierto, ¿dónde te has metido?
He estado ayudando a tu ídolo a entrar en su caravana.
A mi ídolo... ¿A la señorita Fernández?
Exacto. Tiene mal la espalda. Ésa es la razón por la que ya no participa en rodeos. Pero a pesar de todo es una mujer muy fuerte.
Era la mejor amazona que he visto nunca. Tengo un video de sus participaciones en el campeonato del año pasado. Sólo quería venir a este rodeo para conocerla, pero ya no participa. Cuando dijeron que se había retirado sentí una profunda decepción. No sabía que tuviera mal la espalda.
Ni yo murmuró.
La atrajo hacia sí. Era lo que más quería en el mundo, aunque intentara concentrarse en el trabajo desde que su madre los abandonara.
No hemos pasado mucho tiempo juntos, ¿verdad? Te prometo que durante las vacaciones nos divertiremos.
¿Y qué hay si empezamos ahora? preguntó Estrella. Podrías presentarme a la señorita Fernández.
Esteban se aclaró la garganta. No podía decir a su hija que se había comportado como un canalla con su ídolo.
Es preciosa continuó su hija, sin esperar respues¬ta. Mamá también lo es, pero no tanto. No quería que fuera a verla la semana que viene, ¿lo sabías?
Sí.
No añadió que habían discutido al respecto. Ana Rosa no quería pasar con Estrella más tiempo del necesario. Los había abandonado para marcharse con otro hombre seis años atrás, diciendo que Estrella le daba demasiados problemas y que no podía ocuparse de ella. Aquello destrozó a la joven, y a Esteban lo obligó a compaginar su trabajo con el cuidado de su hija. Sin embargo, no le importó. Estaba orgulloso de Estrella y la había animado a que hiciera lo que más le gustase, incluyendo la participación en los rodeos. Ana Rosa no estaba de acuerdo. No lo aprobaba en absoluto, pero Esteban se mostró firme en ese punto.
¿Qué habrá visto en él? preguntó Estrella, con ojos brillantes. Es un cretino que sólo se preocupa por su aspecto. No le gustan los animales, ni los niños.
Levantó las manos en un gesto enfadado, y su coleta rubia se movió de un lado a otro.
Es brillante. Ha vendido muchos libros. Está en el número uno de la lista de ventas del New York Times desde hace semanas.
Pero tú también eres brillante. Y rico.
Sí, pero no soy de su clase. Yo me he hecho a mí mismo. No he estudiado en Harvard.
Ni él rió Estrella. De hecho no estudió en ninguna universidad. Oí que mamá lo decía, aunque él no se dio cuenta.
Esteban también rió.
Qué más da. Tu madre es feliz, que es lo que importa.
¿Ya no la amas?
No como cuando me casé con ella contestó con sinceridad. Para que un matrimonio funcione es preciso que las dos personas se comprometan a fondo para hacerse felices. Y tu madre se cansó de que yo pasara tanto tiempo trabajando.
También se cansó de mí.
A su manera te quiere. No lo dudes. Sin embargo, conforme fue pasando el tiempo descubrimos que cada vez teníamos menos cosas en común. Y llegó el día en que nos dimos cuenta que nuestro matrimonio no tenía sentido.
Necesitas que alguien te cuide dijo Estrella. Yo me casaré algún día, y cuando eso suceda, ¿qué harás?
Esteban rió.
Estaré solo.
Ya. Pero no mencionas a esas mujeres que nunca llevas a casa.
Su padre se aclaró la garganta.
Estrella...
No importa, no soy estúpida dijo, mirando a la multitud. Necesitas que alguien te cuide, además de mí. Trabajas hasta tarde y te pasas la vida en viajes de negocios. Nunca estás en casa, de modo que yo tampoco puedo ir. Quiero estudiar en un colegio de Victoria cuando empiece el curso. Odio el internado.
Nunca me lo habías dicho -dijo, sorprendido.
No quería hacerlo admitió a regañadientes. Pero últimamente ha sido horroroso. Me alegro de estar de vacaciones añadió, mirándolo con sus ojos grises, tan parecidos a los suyos. Me alegro mucho de que te hayas tomado unas vacaciones para hacer cosas conmigo. Tú y yo solos.
Estaba esperándolo desde hace mucho tiempo confesó. Quería tomarme unas cuantas semanas libres.
Mentía, pero consiguió convencerla de su sinceridad. Sin embargo, se preguntó qué pasaría ahora que no tenía nada entre las manos en lo que concentrarse.
Ella sonrió.
¡Bien! Podrás ayudarme a mejorar mi estilo montando. No creo que te hayas dado cuenta, pero he sufrido bastante para terminar mi competición.
Recordó lo que había comentado María Fernández y se preguntó si no sería buena idea que las dos mujeres pasaran cierto tiempo charlando.
¿Sabes una cosa? Creo que tengo una idea al respecto bromeó él.
¿De verdad? ¿Qué idea?
Espera y verás contestó, llevándola hacia el coche. Vamos a comer algo. Yo no sé cómo estarás tú, pero yo estoy hambriento.
Y yo. ¿Vamos a un restaurante chino?
Perfecto.
La metió en el viejo vehículo que había alquilado hasta que enviaran su Ferrari y arrancó en dirección a Jacobsville.


Comieron en un pequeño restaurante chino que estaba situado entre un montón de restaurantes de comida rápida y asadores. Cuando terminaron, regresaron al rodeo para ver las competiciones de la tarde. Estrella participó una vez más, pero su actuación no fue mejor que la de la mañana. Cuando salió de la plaza estaba llorando.
Tranquila la reconfortó. Roma no se hizo en un día.
¡Pero no hacían este tipo de competiciones en Roma! se quejó.
Puede que no, pero el sentimiento es el mismo dijo, abrazándola con delicadeza. No te preocupes. Este sólo es el primer rodeo de la competición. Ya irás mejorando poco a poco.
Es una pérdida de tiempo dijo entre lágrimas. Tal vez debería dejarlo ahora mismo.
Nadie llegaría a ninguna parte si se rindiera después de un fracaso. ¿Dónde estaría yo si hubiera abandonado al ver que mi primer programa de ordenadores no se vendía?
Desde luego, no estarías donde estás admitió la joven. Nadie hace mejores programas informáticos que tú, papá. El nuevo sistema operativo que has creado es fenomenal. Todo el mundo está loco por tenerlo en el colegio, porque dicen que simplifica mucho el trabajo.
Me alegró de que gastáramos tanto tiempo y esfuerzo en su desarrollo dijo, sonriendo. Ahora estamos trabajando en un programa de contabilidad.
¿Un programa de contabilidad? ¿Quién está interesado en algo tan aburrido?
Muchas pequeñas empresas contestó entre risas. Y da gracias a nuestra buena estrella. No te gustaría que volviéramos a ser pobres, ¿verdad?
Estrella miró a su alrededor mientras hablaban. Sus ojos se iluminaron de repente.
¡La señorita Fernández!
Pero al verla, su expresión se ensombreció.
Oh, Dios mío...
Esteban se dio la vuelta y su gesto imitó al de su hija. María iba en una silla de ruedas, vestida con pantalones vaqueros, una camiseta color crema y zapatillas deportivas. Parecía frágil y deprimida. Tim la empujaba hacia la caravana que llevaba el trailer donde estaba el caballo.
A menos que se equivocara, estaban a punto de marcharse. No podía permitir que desapareciera antes de haberle pedido que ayudara a Estrella a mejorar su estilo. De repente había pensado que podía ser una buena idea para las dos. La señorita Fernández tendría algo nuevo que hacer y Estrella conseguiría la ayuda que necesitaba.





Capítulo Dos


¡Señorita Fernández! exclamó Esteban.
María miró hacia la dirección de la que procedía la voz, consciente de que tanto él como la joven de la coleta se dirigían a su encuentro. La silla de ruedas la hacía sentirse vulnerable, y se mordió con fuerza el labio inferior. Estaba de mal humor porque no quería que aquel hombre, grosero y poco educado, la viera postrada.
¿Sí? preguntó entre dientes.
Le presento a mi hija, Estrella dijo, dando un empujoncito a la joven. Quería conocerla.
Hola, qué tal dijo ella, sin demasiado interés.
¿Qué te ha pasado? preguntó Estrella de repente.
El rostro de María se oscureció.
Tuvo un accidente contestó su padre. No ha sido muy educado por tu parte preguntárselo de ese modo.
Estrella se ruborizó.
Lo siento, de verdad dijo, acercándose a la silla de ruedas. He visto todos tus vídeos. Eras la mejor amazona del mundo. Yo no podía ir a los rodeos, pero hice que papá comprara los videos. Estoy teniendo problemas para montar. Papá sabe montar, pero no tiene idea de nada referente a los rodeos, ¿verdad, papá? preguntó, tocando el brazo de María con gentileza. ¿Podrás montar de nuevo?
¡Estrella! -espetó Esteban.
No pasa nada intervino María con tranquilidad.
Observó los ojos grises de la niña y se dio cuenta de que en ellos no había piedad, sino preocupación y curiosidad. Su rigidez empezó a ceder y sonrió.
No añadió con sinceridad. No creo que pueda participar de nuevo en un rodeo.
Ojala pudiera ayudarte. De mayor pienso ser cirujana. He sacado un sobresaliente en matemáticas y en ciencias, y papá me ha dicho que iré a John Hopkins cuando tenga la edad suficiente. ¡Es la mejor facultad de medicina del país!
Cirujana repitió María, sorprendida. Nunca había conocido a nadie que quisiera dedicarse a la cirugía.
Pues ahora ya conoces a una persona. Ojala no tuvieras que marcharte tan pronto continuó hablando, esperanzada. Quería preguntarte qué puedo hacer para quitarme el miedo cuando monto. Es una tontería, lo sé... ni siquiera me da miedo la sangre.
María sintió cierto vacío interior mientras hablaba con la joven. Le recordaba a ella misma a su edad. Bajó los ojos y dijo:
Lo siento, pero ha sido un largo día y la espalda me duele bastante. Además, hoy tenemos una entrevista.
¿Una entrevista?
Sí, para conseguir un contable contestó, mirando a Tim. Tim no puede ocuparse de los libros. Hace lo que puede, pero desde que mi padre murió estamos perdiendo mucho dinero porque ni él ni yo sabemos nada esas cosas.
Mi padre sería perfecto dijo Estrella con toda inocencia. Es un genio con las cuestiones económicas. Lleva la contabilidad de la empresa...
De una pequeña empresa de ordenadores para la que trabajo, en Victoria intervino su padre, interrumpiéndola.
Miró a su hija con cierta dureza, y Estrella comprendió que había hablado demasiado, de modo que no dijo nada más.
Tim dio un paso al frente.
¿Puede llevar los libros de contabilidad?
Por supuesto.
Tim miró a María.
La casa del capataz esta vacía, ahora que Meg y yo vivimos contigo en la casa comentó, mirando a María. Podían quedarse a vivir allí y así podrías ayudar a la chica a mejorar su estilo. Tendrías algo más que hacer que quedarte en casa todo el día.
¡Tim! espetó enfadada, mirando a Esteban Sanromán, que la observaba divertido. Estoy segura de que ya tiene un trabajo.
Es cierto. Llevo los libros de mi... de la empresa de ordenadores mintió. Pero no me ocupa mucho tiempo. De hecho, me apetece hacer algo distinto durante cierto tiempo. Si está interesada, por mí está hecho añadió con indiferencia fingida.
María bajó la mirada otra vez.
Me encantaría aprender a montar bien dijo Estrella en un susurro. Aunque supongo que tendré que rendirme. Soy tan mala que no quiero que mi padre despilfarre el dinero para que pueda participar en los rodeos.
María observó a la joven y después hizo lo mismo con su padre, que permanecía de pie como un vaquero de película, con sus firmes labios apretados y sus ojos grises brillando, divertidos. Riéndose de ella.
No lo contratará dijo Tim. Es demasiado orgullosa como para reconocer que esto le viene muy bien. Preferiría dejar que el rancho se hundiera mientras ella se queda sentada en el porche, compadeciéndose de sí misma todo el día.
¡Maldito seas! exclamó María.
Tim rió.
¿Ha visto sus ojos? preguntó a Esteban. Son como zafiros. Puede que parezca una modelo, pero le aseguro que es todo carácter. Una mujer que no se rinde nunca.
Esteban la observaba con evidente admiración.
¿Qué le parece un trato de dos semanas? Así veremos si nos llevamos bien o no. En tan poco tiempo no podré hacerle ningún daño, y en cambio puedo serle de gran ayuda. Tengo mano con los asuntos contables.
No podríamos estar peor de lo que estamos recordó Tim a su jefa.
María permaneció en silencio, considerando los pros y los contras. Tenía una hija, de modo que debía ser un hombre relativamente estable y educado, a juzgar por los modales de la joven. Si contrataba a otra persona, nunca estaría segura de caer en manos de un ladrón o de un asesino. Aquel hombre parecía de confianza, y su hija lo adoraba.
Podríamos intentarlo, supongo dijo al fin. Si quiere. Pero el rancho no funciona tan bien como para ofrecerle un buen sueldo. Obviamente tendrá comida y alojamiento gratuito, pero comprendería que no le pareciera suficiente.
Si puedo continuar desarrollando mi trabajo actual por las tardes, no hay problema dijo Esteban sin mirar a su hija.
No quería mirarla, porque sabía que si lo hacía no podría seguir fingiendo.
¿No le importará a su jefe? preguntó ella.
Esteban se aclaró la garganta.
Es muy comprensivo. Al fin y al cabo soy un padre soltero.
Ella asintió, convencida.
Muy bien. Si no tiene nada que hacer podrían seguirnos al rancho.
No tenemos nada que hacer dijo Estrella. Estoy hundida, desmoralizada y deprimida.
No seas tonta dijo María con suavidad, sonriendo. Montas muy bien, y eres buena con los caballos. Sólo necesitas quitarte ese miedo irracional que tienes en los obstáculos.
¿Cómo lo sabes?
Porque a mí me pasaba lo mismo al principio, hasta que dejé de preocuparme. Trabajaré contigo. Y cuando hayamos terminado, te llevarás a casa unos cuantos trofeos.
¿De verdad?
María rió.
De verdad. Vamonos, Tim.
Tim empujó la silla de ruedas hacia la caravana y abrió la puerta.
Sé que traer este trasto puede parecer extraño explicó, pero necesitamos un lugar donde María pueda descansar. Lo hemos utilizado durante años, en muchos rodeos. Necesita un empujoncito de vez en cuando, pero siempre funciona.
Como Bracket dijo María, bromeando.
Miró hacia el trailer donde se encontraba el caballo.
Como Bracket dijo Tim, mostrándose de acuerdo. Y ahora, vamos dentro, María.
Esteban se adelantó para ayudarlo.
Déjeme. Yo lo haré.
Tim sonrió, obviamente aliviado. María no pesaba demasiado, pero Tim ya no era ningún jovencito.
Esteban sacó a María de su silla de ruedas, la tomó en brazos con suavidad y la llevó a la caravana, donde la dejó sobre el sofá sin demasiados sobresaltos. Ella soltó los brazos de su cuello y sonrió.
Gracias.
Esteban encogió sus poderosos hombros y le devolvió la sonrisa.
De nada. ¿Dónde dejo la silla de ruedas, Tim?
La plegó. Tim subió a la cabina del vehículo y antes de arrancar dio todo tipo de explicaciones a Esteban para que pudiera encontrar la carretera que iba de Jacobsville al rancho. Después, se despidieron.
¡Papá! rió Estrella. ¿Vamos a hacerlo de verdad? ¿Qué dirá María cuando sepa la verdad?
Ya nos preocuparemos de ello a su debido tiempo. Lo del rancho es un reto para mí. Y tú podrías mejorar mucho tu estilo montando. Creo que puede salir muy bien.
¿Pero qué hay de tu empresa? preguntó su hija.
Tengo a personas perfectamente capaces que se ocupan de ella durante las vacaciones contestó, acariciándole el pelo. Además, así estaremos juntos más tiempo.
Me gusta esa idea dijo Estrella con solemnidad. Al fin y al cabo en los cuatro años que pasaré en la facultad no me verás más que un par de veces al año. Tendré que estudiar mucho.
Eres inteligente. Lo harás muy bien.
Es cierto le aseguró con una sonrisa. Así tendrás cuidados médicos gratuitos.
Casi no puedo esperar a que llegue ese día.
No seas irónico se quejó. Ah, y debes ser simpático con la señorita Fernández.
No creo que yo le guste mucho.
Ella tampoco te gusta a ti, ¿verdad? preguntó con curiosidad.
Esteban se metió las manos en los bolsillos y frunció el ceño.
No está mal.
Si no te gusta, ¿por qué vas a ayudarla?
No podía contestar aquella pregunta, porque no conocía la razón. Era una mujer en una silla de ruedas, con aspecto de modelo que montaba a caballo, pero tenía problemas económicos y al parecer estaba sola. Lo sentía por ella, y resultaba extraño, porque desde su divorcio no había sentido nada por ninguna mujer salvo el deseo físico, cuando tenía a alguna entre sus brazos. Pero no creía posible tales deseos con respecto a María Fernández, razón por la cual no comprendía su actitud hacia ella.
Puede que sienta pena por ella contestó al final.
Yo también, pero no debemos dejar que se dé cuenta dijo con firmeza. Es muy orgullosa, ¿no lo has notado?
Él asintió.
Orgullosa y con mal genio.
Como si fuera de la familia.
Esteban la miró con recriminación, pero ella se limitó a sonreír.


En la lujosa casa que Esteban había comprado en Victoria empezaron a hacer el equipaje para pasar fuera unos cuantos días, y después explicaron las circunstancias de su viaje a su asombrada ama de llaves, Rosa. Prometieron que regresarían pronto y se dirigieron en el coche alquilado hacia Jacobsville, en dirección al rancho de los Fernández.
No había mucho visible desde la carretera. Había una valla de madera gris en no muy buen estado que apenas resistía lo suficiente para mantener encerrado al ganado en los pastos. El granero aún se mantenía en pie, pero a duras penas. Dejaron atrás un molino. La polvorienta carretera, llena de baches con charcos por las últimas lluvias, no tenía grava y no parecía haber sido arreglada en muchos años. En cuanto al jardín delantero de la casa, estaba desnudo, excepción hecha de unos cuantos rosales y varias matas de flores junto al largo porche de la casa, blanca. Se trataba de un edificio de dos plantas, que necesitaba una capa de pintura. Uno de los escalones de la entrada estaba roto, y había una rampa al final del porche que presumiblemente habían instalado para que María pudiera entrar y salir con su silla de ruedas. La caravana y el trailer estaban cerca de una construcción que podría haber sido considerada un garaje por algún optimista. Más allá había una pequeña cabana, en mitad de un campo que necesitaba que cortaran la hierba. Esteban supuso que aquello sería la casa del capataz, y esperó que tuviera más de una habitación. Junto a ella había una estructura más grande, un edificio de un piso que estaba en mejores condiciones, y que contaba con varias mecedoras en el porche.
¡Bienvenidos! saludó Tim, saliendo a recibirlos.
Salieron del coche y Esteban le estrechó la mano.
Gracias. ¿Dónde podemos dejar nuestras cosas? preguntó, mirando la cabaña.
Oh, esa es la cabaña del viejo Hughes rió Tim. Me ayuda con el ganado. No puede hacer mucho, pero ha trabajado aquí desde niño y no podemos jubilarlo hasta que cumpla los sesenta y cinco, dentro de dos años explicó, mirando hacia la otra construcción. La casa es aquélla.
Los llevó hacia el pequeño edificio y Esteban respiró aliviado.
Necesita algunos arreglos, como todo lo demás, pero creo que estaréis cómodos. Podéis comer con nosotros en la casa. Tenemos a otras tres personas que nos ayudan a reparar las vallas, cuidar de los tanques de agua, de la maquinaria y de las cosechas. Trabajan a tiempo parcial, pero contratamos a más hombres cuando los necesitamos.
La casa no estaba mal. Tenía tres habitaciones grandes, un pequeño salón y una cocina que no parecía haber sido usada en mucho tiempo, con una cafetera, una cocina con horno y un frigorífico.
Podría aprender a cocinar dijo Estrella.
No, no podrías dijo su padre. Ya tendrás tiempo en el futuro.
Mi esposa Meg te enseñará todo lo que quieras saber intervino Tim con una sonrisa. Le gustan los jóvenes. Nunca tuvimos hijos, así que le encanta estar con los hijos de los demás. Cuando os hayáis acomodado, venid a ver la casa. Hemos preparado unos bocadillos y algo de beber.
¿Dónde está la señorita Fernández? preguntó Estrella.
Tim hizo un gesto de tristeza.
Está descansando. No se encuentra bien. He llamado al médico explicó, negando con la cabeza. Le dije que no debía montar ese caballo, pero no me escuchó. Nunca he conseguido que me obedeciera, ni siquiera cuando era una niña. Su padre sabía hacerla entrar en razón, pero ahora ya no está entre nosotros.
¿Por qué se le ocurrió montar ese caballo? preguntó Esteban.
Fue un ataque de orgullo por su parte. Un periodista escribió un artículo sobre el rodeo y comentó que la pobre María Fernández probablemente recibiría la placa en honor a su padre en una silla de ruedas a causa de su accidente.
El rostro de Esteban se endureció.
¿En qué periódico se publicó eso?
En un semanario de Jacobsville. Le hizo mucho daño. Yo intenté hacerle ver que probablemente se trataba de ese joven Sikes, que ha empezado hace poco tiempo a escribir los artículos de la sección de deportes. Acaba de salir de la facultad de periodismo y cree que va a conseguir el Pulitzer cubriendo las noticias de los rodeos. ¡Ja!
Esteban apuntó mentalmente aquel nombre, para tenerlo como referencia futura.
¿Vendrá pronto el médico?
Claro que sí. Su padre fue el padrino de María. Son muy buenos amigos. Ahora tiene una ayudante, una doctora llamada Lou. Es posible que venga ella en su lugar rió. No parece que se lleven muy bien. Me sorprende que puedan trabajar juntos.
¿No está casado?
No. María le gustaba, pero después del accidente ella ya no le permite ni siquiera que sonría. Lou empezó a trabajar con él poco tiempo después. En cuanto a María, dice que no quiere comprometerse.
No estará siempre en esa silla de ruedas murmuró Esteban mientras caminaban hacia la casa.
No, pero seguirá sintiendo dolor y no podrá volver a participar en un rodeo.
Es lo mismo que le dijo a Estrella.
Tim lo miró.
No le harás daño, ¿verdad?
Esteban sonrió.
Es muy atractiva, y me gusta su carácter, pero ya he tenido una mala experiencia con mi matrimonio y no quiero arriesgarme a otro fracaso futuro. Ya no pienso en las mujeres como posibles compromisos. Y no tengo la sangre tan fría como para jugar con María.
Tim suspiró.
Gracias, necesitaba escucharlo. Es mucho más vulnerable de lo que cree en la actualidad. No soy familiar suyo, pero en cierto sentido Meg y yo somos la única familia que tiene.
Es una mujer afortunada.
Él se encogió de hombros.
No tan afortunada, o no estaría en esa silla de ruedas. ¿No te parece?
Caminaron hacia el porche y pasaron por encima del escalón roto.
Tengo que arreglarlo, pero nunca encuentro el momento adecuado murmuró Tim. Ahora que estás aquí para llevar el negocio es posible que tenga tiempo.
Puedo ayudarte, si me necesitas dijo, prestándose voluntario. Me gusta hacer cosas así para divertirme.
¿De verdad? preguntó, con rostro súbitamente alegre. Hay una carpintería en la parte de atrás del granero. La construimos hace años para el padre de María. Él hizo todos los muebles de la casa, y a María le gustaría que volviera a funcionar otra vez.
¿Estás seguro? preguntó, dubitativo.
Siempre puedes preguntárselo.
Avanzaron hasta llegar al salón. María estaba tumbada en el sofá, intentando incorporarse a duras penas. Estaba pálida por el esfuerzo. Estrella se había sentado sobre uno de los brazos del mueble, con la cabeza apoyada en una mano, escuchando atentamente a su ídolo.
El médico llegará pronto dijo Tim, dándole un golpecito cariñoso en el hombro. Aguanta.
Ella sonrió y dejó que su mano estuviera unos segundos más sobre su hombro.
Gracias, Tim. ¿Qué haría yo sin ti?
Será mejor que no lo averigües nunca contestó con ironía.
Cuando María miró a Esteban Sanromán, su expresión preocupada la irritó.
Aún no soy un desecho humano comentó enfadada.
Esteban se arrodilló junto al sofá y le echó hacia atrás un mechón del pelo. Estaba mojado, no por el sudor, sino por las lágrimas que involuntariamente había derramado por el dolor. Tenía la extraña sensación de querer proteger a aquella mujer, aunque no comprendiese el motivo.
¿No tienes nada que puedas tomar?
Sí contestó, asombrada por su preocupación, pero las pastillas no me sirven de gran cosa.
Le pasó el mechón de pelo por detrás de su pequeña y preciosa oreja y sonrió.
¿Por qué será?
No habría intentado montar a caballo de no haber sido por ese estúpido reportero espetó irritada. ¡Dijo que estaba acabada!
Estrella y yo iremos a la ciudad y lo pondremos en su sitio para que no vuelva a molestarte.
Aquello bastó para que María sonriera.
Cúbrelo de tinta, envuélvelo en su maldito periódico y mételo después en una prensa.
Ya no usan prensas en los periódicos dijo Estrella. Todo se hace con ordenadores en la actualidad.
María abrió aún más sus ojos azules.
¡Vaya, eres toda una biblioteca ambulante!
Estrella sonrió.
Uno de mis profesores trabajaba como periodista. Ahora enseña inglés.
Lo sabe todo explicó Esteban con aire resignado. Si quieres saber algo, pregúntaselo a ella.
Bueno, no lo sé todo, papá rió la joven. No sé cómo montar bien en los rodeos.
Juraría que oigo un coche dijo entonces Tim, mirando hacia la ventana. Debe ser el médico.
Esteban frunció el ceño al notar que María bajaba la mirada. Se preguntó si no sentiría algo hacia aquel hombre, algo que pretendiera ocultar. Tal vez Tim se hubiera equivocado y verdaderamente sintiera algo por el doctor.
Se levantó en el preciso instante en que entraba un hombre alto de pelo rojo, que llevaba un maletín negro. Iba vestido con un bonito traje gris estilo tejano, con camisa blanca, cinta negra al cuello y botas. Se quitó el sombrero que llevaba y lo dejó a un lado. Sus ojos azules, pálidos, escudriñaron la habitación y se posaron sobre Esteban, que le devolvió la mirada sin sonreír.
Te presento al doctor Jebediah Coltrain dijo Tim. Cuando era más joven todo el mundo lo llamaba Copper.
Ya no lo hacen, a no ser que quieran arriesgarse a tener un buen dolor de cabeza -dijo el médico, sin sonreír tampoco.
Éste es Esteban Sanromán, y su hija Estrella continuó Tim. Esteban ha venido para hacerse cargo de las cuentas del rancho.
Coltrain no dijo mucho. Miró a Esteban y asintió con cierta cortesía, pero no le tendió la mano. Fue mucho menos reservado con Estrella, si es que aquella escueta mueca dé sus labios podía interpretarse como una sonrisa.
Bueno, ¿qué tontería has hecho esta vez? preguntó Coltrain a María. Supongo que montar a caballo de nuevo.
Ella lo miró, sintiendo un terrible dolor.
No estaba dispuesta a recoger la placa en una silla de ruedas dijo, furiosa. ¡No después de lo que ese maldito periodista escribió sobre mí!
El médico hizo un sonido que podría haber significado cualquier cosa. Se inclinó para examinarla con manos que parecían de acero, pero que al posarse sobre ella la trataron con una dulzura que consiguió que Esteban apretara los dientes.
Es un simple problema muscular -dijo Coltrain al fin. Necesitas pasar unos cuantos días en cama para descansar. ¿Compraste el banco para hacer ejercicios de recuperación que te dije que compraras?
Sí, lo hicimos, a su pesar contestó Tim entre risas.
Bueno, pues en ese caso empieza a practicar con las piernas.
La levantó en brazos como si fuera una pluma y la llevó a su dormitorio. Esteban los siguió, molesto, aunque no sabía por qué.
Coltrain miró por encima del hombro hacia el hombre que los seguía con una especie de mueca burlesca. No necesitaba un mapa de carreteras para encontrar un camino trazado, y sabía reconocer los celos cuando los veía.
Dejó a María sobre la cama doble, con toda suavidad. Habían incorporado a la cama un aparato para que pudiera desarrollar los músculos de las piernas, y para que pudiera tenerlas en alto.
¿Quieres hacer algo en el servicio antes de que te cuelgue? preguntó Coltrain, sin vergüenza alguna.
No, estoy bien contestó entre dientes. Vamos.
Ajustó el brazo para elevar su pierna derecha y presionó con suavidad sobre su cadera, que la operación de cirugía no había conseguido arreglar del todo.
Esto no hará milagros, pero te ayudará dijo Coltrain. Das demasiada importancia a los artículos de los idiotas.
Claro, eso lo dices porque no escribió sobre ti.
Coltrain arqueó una ceja.
No se habría atrevido espetó.
María sabía que era cierto, y aquello la irritaba aún más. Cerró los ojos y dijo:
Duele.
Bueno, creo que eso puedo arreglarlo -dijo, sacando una botella de suero y un catéter, que entregó a Esteban. Ábrala y póngala en su sitio.
Habló con el tono de voz de quien espera obediencia. Esteban no aceptaba órdenes nunca, pero lo hizo de todos modos, con una sonrisa. A pesar de sí mismo, le gustaba aquel hombre.
Coltrain sacó una jeringuilla e inyectó en la botella de suero un analgésico. Después tendió a Esteban otro paquete que contenía una gasa impregnada en alcohol.
Frote su brazo en ese punto dijo, indicando una vena de su brazo derecho.
Esteban lo miró.
No crea adicción explicó el médico con gentileza. Sé lo que estoy haciendo.
Esteban murmuró algo, pero obedeció. Le avergonzaba sentir preocupación por una mujer que apenas conocía. Y la mirada inteligente de Coltrain empeoraba la situación.
El médico introdujo el catéter en la vena de su paciente con destreza, causándole el mínimo de dolor posible.
Gracias, Copper dijo ella.
Él se encogió de hombros.
¿Para qué están los amigos?
Después, tomó varios botes de su maletín y se los dio a Esteban.
Déle dos cada seis horas si le duele mucho. Son más fuertes que las otras que te he dado añadió, mirando a María. Ésas puedes tomarlas cada cinco horas, pero nada más. Ah, y quédate en cama todo el tiempo. Vendré a verte mañana.
De acuerdo dijo ella.
Sus ojos ya se estaban cerrando.
Me quedaré contigo hasta que te duermas intervino Estrella.
María sonrió.
Coltrain hizo un gesto con la cabeza hacia el salón, y Tim y Esteban lo siguieron y cerraron la puerta de la habitación.
Quiero que le hagan una radiografía explicó sin más preámbulos. Creo que es un problema muscular, pero no apostaría mi vida en ello. Lo último que necesitaba era subirse a un caballo.
Intenté detenerla se defendió Tim.
Lo sé, no te culpo. Es muy cabezota dijo, mirando después a Esteban. ¿No puede impedir que se acerque a un caballo?
Esteban sonrió.
Lo impediré.
Sabía que lo haría. No está a salvo estos días; no hace otra cosa que intentar probarse a sí misma dijo mientras recogía su sombrero y caminaba hacia la puerta. Le duele demasiado como para que intente levantarse hoy. Por la mañana enviaré una ambulancia para que la lleven al hospital de Jacobsville, pero sé que no le va a gustar nada.
Irá dijo Esteban.
Por primera vez, Coltrain rió.
Me gustaría no estar en su pellejo cuando esa ambulancia llegue mañana.
El teléfono sonó en aquel instante y Tim descolgó. Hizo un gesto a Coltrain indicándole que era para él. El médico contestó.
Sí, soy yo dijo, como si supiera quién preguntaba por él. Sí. No me importa en absoluto. Es mi consulta, y las cosas se hacen a mi manera. Si no te gusta, márchate. ¡Me importa un pimiento el contrato!
Miró hacia Tim y Esteban y suavizó un poco su tono de voz.
Ya hablaremos cuando regrese. Sí, hazlo.
Colgó el teléfono haciendo un esfuerzo para no estampar el auricular y sus ojos brillaron como si fuera una serpiente.
Llamadme si me necesitáis.
Cuando se marchó, arrancó su vehículo y se alejó entre una nube de polvo. Tim silbó entre dientes.
No durará mucho.
¿A qué te refieres? preguntó Esteban.
Al médico y a Lou contestó, negando con la cabeza. Se matarán el uno al otro cualquier día. Él con sus anticuadas costumbres en cuanto a la práctica de la medicina, y ella con su nueva tecnología.
Esteban sintió un vago alivio ai saber que el médico tenía otras cosas de las que preocuparse, al margen de María. No estaba seguro de saber la razón, pero no le gustaba nada el cariño que Coltrain había mostrado por la señorita Fernández.





Capitulo Tres


María no dejó de moverse en toda la noche. Cuando Estrella se fue a la cama, Esteban se quedó con ella. Tim le había dado los libros de contabilidad poco tiempo antes, de modo que tomó el más grande de todos y empezó a estudiarlo mientras María dormía, con las gafas de leer colgadas sobre su recta nariz y un gesto de desagrado ante la ineficacia que dejaban entrever aquellas cifras.
El rancho estaba funcionando al mínimo, sin necesidad alguna. Además del ganado, María tenía cuatro caballos de pura sangre, dos de los cuales habían ganado premios en competiciones antes de la muerte de su padre. No estaba utilizándolos, con lo que perdía dinero, y el equipo que usaba era obsoleto. No habían hecho ninguna reparación reciente, de modo que habían perdido las deducciones posibles por impuestos. Desde su punto de vista se podía mejorar sustancialmente la casa, los instrumentos, los edificios del rancho y el granero. Aquel lugar tenía un potencial enorme, pero no lo estaban desarrollando de modo correcto.
Se estremeció, con la extraña sensación de que alguien lo estaba observando. Levantó la cabeza y miró hacia los curiosos ojos azules de María.
No sabía que usaras gafas dijo ella.
Soy hipermétrope dijo entre risas. Resulta irritante que la gente piense que tengo más de cuarenta años cuando llevo las gafas.
Ella observó su duro rostro con atención.
¿Cuántos años tienes?
Treinta y cinco contestó. ¿Y tú?
Veinticinco. Soy una niña, comparada contigo.
Él arqueó una ceja.
¿Te sientes mejor?
Un poco. Odio estar sin hacer nada.
No estarás siempre así. Un día no tendrás que volver a preocuparte por la rehabilitación y las pastillas. Intenta pensar que sólo es algo temporal.
Estoy segura de que nunca te has sentido impotente en toda tu vida.
Tuve neumonía una vez.
Su rostro se endureció al recordarlo. Había estado muy enfermo, porque no se había dado cuenta de lo importante que era su aparente catarro hasta que la fiebre ascendió y no pudo andar a causa del dolor y de la falta de aire. El médico permitió a regañadientes que se quedara en casa durante el tratamiento, pero sólo a cambio de que lo vigilaran de cerca. Sin embargo, Ana Rosa lo dejó para marcharse a una fiesta con su mejor amiga, sonriendo mientras salía por la puerta. Al fin y al cabo en su opinión sólo era un simple catarro, y aquella fiesta era muy importante para ella. Iba a conocer a gente importante, potenciales clientes de su negocio de diseño que no podía perder por una tontería. Antes de marcharse, comentó que la neumonía no era nada serio.
Regresa dijo María con suavidad.
Esteban movió la cabeza intentando volver a la realidad.
Lo siento.
¿Qué te ha ocurrido?
Él se encogió de hombros.
Nada importante. Tuve neumonía y mi esposa me abandonó para marcharse a una fiesta.
¿Y?
Eres tan tozuda como una muía, ¿lo sabías? preguntó irritado.
Lo soy. Y ahora, cuéntamelo.
Después de la fiesta se marchó a una sala de baile y no regresó hasta la mañana siguiente, muy tarde. Había guardado mis antibióticos y no me dijo dónde estaban, de modo que cuando volvió yo estaba delirando por la fiebre. Tuvieron que llamar a una ambulancia para que me llevaran al hospital, y estuve a punto de morir. Aquél fue el año en el que nació Estrella.
¡Qué bruja! ¿Y seguiste con ella?
Estrella ya estaba en camino contestó. Sabía que si nos divorciábamos ella interrumpiría su embarazo, y yo quería tener descendencia.
Lo dijo como si avergonzara de ello, y María sonrió.
Ya he notado que te tomas muy en serio la paternidad.
-Siempre quise tener hijos. Fui hijo único, y llevaba una vida muy solitaria en el rancho de mis padres. Quería tener más de uno, pero me alegro de haber tenido a Estrella.
¿Su madre no la quiere?
Estrella le gusta cuando tiene invitados, para poder mostrarle al mundo lo dulce y devota que es como madre. Resulta conveniente para los negocios. Es diseñadora de interiores y la mayor parte de sus clientes son personas muy ricas, típicos tejanos conservadores. Ya sabes, el tipo de personas que sólo tratan con hombres o mujeres muy asentados.
¿Lo sabe Estrella?
Resultaría muy difícil que no lo notara, y además es una chica muy lista. Ana Rosa y yo nos vemos de vez en cuando, pero no dejo que dicte su vida dijo, interceptando una mirada de curiosidad. Por ejemplo, desaprueba que participe en rodeos.
Pero Estrella sigue montando.
Él asintió.
Tengo su custodia.
Y tu hija te adora añadió ella, sonriendo medio dormida aún, por la medicación. Me siento como si estuviera volando. No sé qué me ha dado Copper, pero es muy potente.
Coltrain me ha parecido un tipo muy extraño.
Siempre lo ha sido. Me gusta mucho.
Esteban arqueó otra vez una ceja.
¿Te gusta? ¿En qué sentido?
María estaba quedándose dormida por la medicación. Acarició la sábana que la cubría con sus elegantes manos.
Al principio quería quererlo, pero no sentía nada en particular. Creo que soy fría, ya ves... No siento esas cosas... esas cosas que se supone que las mujeres deben sentir por los hombres.
Su voz dejó de sonar. Se había quedado dormida.
Esteban permaneció un rato observándola con el ceño fruncido, asombrado por su último comentario. Era preciosa. Estaba seguro de que a lo largo de toda su vida se habría sentido atraída por algún hombre, y que al menos habría tenido un amante. Tal vez incluso se tratara de Coltrain, a pesar de lo que había declarado. Y la idea le resultaba incómoda.
Después de unos minutos se obligó a continuar estudiando las cifras contables y dejar de pensar en la encantadora y atractiva mujer que descansaba en la cama. La vida sexual de María no era asunto suyo.


La ambulancia llegó a las diez en punto de la mañana siguiente, y los ojos de María brillaron con furia cuando Esteban le explicó que Coltrain la había enviado para que la hicieran unas radiografías.
¡No pienso ir! exclamó. ¿Me has oído? ¡No pienso ir al hospital!
Sólo quiere que te hagan unas radiografías para asegurarse de que no te has roto nada dijo Esteban.
Estaba a solas con ella en su habitación. Tim había desaparecido prudentemente, alejándose varios kilómetros de la casa con la excusa de que debía hacer algo; y Meg se había llevado a Estrella de compras. Hasta entonces, Esteban no se había imaginado la razón.
¡No me he roto nada!
Ya había bajado las piernas de aquel aparato, para poder ir al servicio. Ahora estaba sentada en un lado de la cama, vestida con un pijama de color azul pálido, y el pelo rubio revuelto hasta los hombros mientras miraba a los hombres que habían subido la camilla.
¡No pienso ir!
Los enfermeros se miraron, dubitativos.
María hizo un gesto con la mano.
¡Llévense eso de aquí!
Quédate donde estás dijo Esteban con toda tranquilidad, avanzando hacia María. Coltrain dijo que debías ir, de modo que irás.
María lo miró, furiosa al observar que pretendía obligarla.
Ya te he dicho que no pienso ir.
Esteban hizo caso omiso de sus palabras. Se limitó a tomarla en brazos, apretarla contra su musculoso pecho y dirigirse hacia los enfermeros. María notó que sus senos se apretaban contra él y un escalofrío sorprendente la recorrió. Al sentir aquel duro cuerpo y su contacto, tan poco familiar, soltó un pequeño gemido. Hasta entonces el único hombre que la había tocado de aquel modo había sido Coltrain, pero como el profesional que era. Y de repente se encontraba en brazos de un hombre que conseguía que se estremeciera y que temblara con una extraña sensación de deseo.
Esteban la dejó en la camilla, demasiado pronto para su gusto, y los enfermeros la cubrieron con una sábana blanca. Se movieron con rapidez y profesionalidad y la llevaron hacia la ambulancia, que estaba esperando frente al porche.
Os seguiré en el coche dijo Esteban.
El modo en que lo miraba lo incomodó. No había podido evitar sentir la reacción que había tenido ante su contacto. Y lo miraba con sorpresa y vulnerabilidad.
¿Ya no hay más palabras salidas de tono? ¿No más furia? preguntó, esperando que aquellos ojos recobraran su brillo habitual.
María apretó los dientes, tanto por la incomodidad física como por su mal genio.
¡Estás despedido!
Oh, no puedes despedirme.
¿Por qué no?
Porque perderás el rancho si lo haces contestó, mirándola fijamente. Y yo puedo salvarlo.
¿Cómo?
Ya hablaremos de ello más tarde, cuando te hayan hecho las radiografías añadió.
Se echó hacia atrás y un enfermero cerró las puertas de la ambulancia, dejando a María en el interior, con expresión confusa.


¡Te dije que estaba bien!
María no pudo contener su furia cuando Coltrain vio las radiografías y observó que no se había roto nada.
Yo no he dicho que estés bien.
Llevaba las manos en los bolsillos de su bata blanca, y tenía un estetoscopio colgado del cuello que le daba un aire muy profesional.
Sólo he dicho que no te has roto nada añadió irritado. Has tenido mucha suerte. Por Dios, ¿quieres partirte la espalda? ¿Quieres pasarte el resto de tu vida tumbada en una cama, sin poder moverte?
Ella se mordió el labio inferior, con fuerza.
No contestó.
Pues deja de intentar demostrar nada a los demás. La única opinión que importa es la tuya. Al diablo con ese periodista. Es demasiado idiota como para escribir la verdad, y acabará cavando su tumba algún día, si es que no lo ha hecho ya.
¿Qué quieres decir?
Que la asociación local que organiza los rodeos lo ha expulsado.
María abrió los ojos, asombrada.
¡Pero si el rodeo es el mayor acontecimiento deportivo en esta época del año!
Lo sé sonrió. Pero ten en cuenta que ocupo un cargo en la dirección.
Lo has hecho tú.
No fue solamente cosa mía. Fue una decisión unánime. Me habría gustado que hubieras podido ver el rostro de Craig Fox cuando le dijeron que no podía enviar a su nuevo reportero a cubrir los rodeos dijo, aflojándose la corbata. De hecho, la ferretería y el concesionario de automóviles han estado a punto de retirar su subvención esta semana. Y los dueños tienen hijos que compiten en el rodeo.
Ella silbó entre dientes.
Vaya, vaya.
Creo que el periodista va a disculparse públicamente, y por escrito, en la edición de esta semana. Ah, por cierto, deberías echar un vistazo al editorial cuando tengas el semanario dijo, dándole un golpecito en el hombro. Te gustará.
Ella rió. Su mal genio había desaparecido.
¡Eres el mismo diablo!
Ten en cuenta que eres amiga mía dijo.
Entonces, sonrió. Algo muy extraño de contemplar en aquel rostro taciturno.
Y tú eres amigo mío dijo, estrechando su mano. Gracias, Copper.
El asintió.
Esteban Sanromán entró en aquel instante, acompañado por la doctora Lou Rlakely. Se detuvo y contempló la escena. La encantadora rubia que lo acompañaba no varió de expresión, pero sus párpados bajaron y subieron varias veces.
Cuando haya terminado aquí me gustaría hablar con usted, doctor Coltrain dijo Lou con toda tranquilidad. Ordené que hicieran unas pruebas a Ned Rogers, pero me temo que los resultados no serán buenos. He dejado que se marche a casa, con la condición de que regrese en cuanto sepamos a qué atenernos.
Coltrain soltó la mano de María, a regañadientes en opinión de Esteban, y se volvió hacia su compañera de trabajo.
¿Era algo tan urgente que no pudieras decirme más tarde? preguntó. ¿Quién se ha quedado en el despacho?
Lou se ruborizó.
Acabo de terminar la ronda explicó, furiosa. Y por si fuera poco ya es mediodía. Estoy en mi hora de comida. Betty ya ha vuelto de comer, y se ha quedado a recibir las llamadas.
¿Es mediodía? preguntó, mirando su reloj. Es cierto.
Entonces se volvió hacia María con la intención de decir algo.
Yo llevaré a María a casa, si ya ha terminado aquí intervino Esteban, uniéndose a ellos. Tengo unas cuantas preguntas que hacerle sobre los libros de contabilidad, y no puedo hacer nada hasta que no las conteste.
Lou observó al recién llegado con curiosidad, sonriendo.
Soy la doctora Louise Blakely dijo, tendiéndole una mano, la socia del doctor Coltrain.
Mi ayudante corrigió Coltrain.
No había interés ni curiosidad en sus ojos. Sólo cierta hostilidad.
Yo soy Esteban Sanromán se presentó, sonriendo. Encantado de conocerla, doctora Blakely.
Lou miró a Coltrain.
El contrato que firmé dice que somos socios, doctor Coltrain insistió. Durante todo un año.
Copper no contestó. Observó a María y sonrió.
Estaré por aquí, si me necesitas. Tómatelo con calma, ¿de acuerdo?
Le dio un golpecito cariñoso en el hombro y caminó hacia la puerta.
De acuerdo dijo a Lou, antes de marcharse. Vamos a ver los resultados de las pruebas del señor Rogers.
Esteban los observó antes de ayudar a María a subir a la silla de ruedas que había llevado una enfermera. En cuanto la dejó en su sitio, la llevó hacia su vehículo. Iban de camino hacia el rancho cuando empezó a hablar.
¿Tienes celos de Lou? preguntó de repente.
Había observado la manera en que había estado mirando a Coltrain y a Lou Blakely.
¿A causa de Copper? No contestó con sinceridad. Me estaba preguntando qué pasa con Lou. Parece muy frágil cuando está junto a él, y es extraño, porque es una mujer fuerte e independiente.
Puede que esté enamorada de él sugirió.
Por Dios, espero que no. Copper es un solitario. Su trabajo es toda su vida, y no le gusta mantener relaciones serias con nadie.
Esteban sonrió y María lo miró con ojos brillantes.
Ya veo que comprendes su forma de vivir. Tú también eres así, ¿verdad?
Gato escaldado del agua fría huye contestó.
Cuando el semáforo se abrió torció en la esquina para tomar la carretera que llevaba al rancho.
María miró el paisaje veraniego cuando salieron de Jacobsville, sonriendo ante la visión de las flores que había en el campo.
Puedo comprender esos sentimientos dijo ella, con gesto ausente.
Me alegro, porque me preocupé por lo que creí ver en tus ojos cuando te tomé en brazos esta mañana.
María arqueó las cejas.
Vaya...
He descubierto que es mejor hablar directamente dijo, apretando las manos sobre el volante. No resulta muy difícil leer tu pensamiento, y creo que resultará divertido trabajar contigo. Pero no quiero mantener ninguna relación. Estoy aquí por el reto que supone salvar tu rancho, no con la intención de seducirte.
María no reaccionó de modo alguno ante sus palabras, al menos de forma visible. Se cruzó de brazos y apoyó la cabeza en el asiento. Pero en su interior sentía vacío, y un intenso frío.
Ya veo.
Imagino que te habrás ofendido continuó hablando él, con cierto tono cortante, y que estarás de mal humor el resto del día.
María rió.
Me sorprende que me conozcas tan bien en tan poco tiempo. ¡Tu falta de modestia es refrescante!
Esteban no esperaba una respuesta tan irónica.
¿Cómo?
Has creído que me sentía tan atraída por ti que necesitaba que me advirtieras. Nunca me había dado cuenta de que fuera tan peligrosa, sobre todo estando en una silla de ruedas dijo, mirándolo divertida. Teniendo en cuenta lo terriblemente atractivo que eres, ¿no tienes miedo de estar solo en el coche conmigo? ¡Podría violarte!
Estaba desconcertado. La miró y murmuró algo antes de seguir prestando atención a la carretera.
María empezaba a divertirse. No parecía ser un tipo de hombre que se rindiera con facilidad. Le había tomado el pelo y deseaba hacerlo otra vez. Su juego podían jugarlo dos personas.
Haces que parezca un idiota -dijo él.
¿De verdad? Pues tú pareces creer que ninguna mujer puede resistirse a tus encantos.
Él suspiró, enfadado.
Malinterpretas mis palabras.
Te encuentro atractivo. Eres todo lo que espero de un hombre, y por si fuera poco eres atractivo e inteligente. ¿Hacemos el amor ahora o esperamos a que detengas el coche?
El coche dio otro bandazo, y Esteban tuvo que concentrarse para no salirse de la carretera.
¡Señorita Fernández!
María se estaba divirtiendo muchísimo. Por primera vez desde su accidente, tenía ganas de reír. Tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse.
Oh, lo siento. De verdad dijo divertida.
En aquel instante entraron en la camino que llevaba al rancho. Esteban apretó los dientes. Había conseguido dejarlo como un idiota, y no le gustaba la sensación. No estaba acostumbrado a que las mujeres fueran tan buenas contendientes verbales. Ana Rosa era sarcástica y viperina en ocasiones, pero nunca condescendiente. María Fernández, sin embargo, era otra cosa bien distinta. Tuvo que recordarse a sí mismo que por fuerte que fuera su carácter, su cuerpo era débil.
No me había reído tanto en muchos meses explicó ella cuando aparcó frente al porche, más tranquila. Te pido disculpas, pero me he divertido mucho.
Esteban cerró el contacto y la miró con ojos brillantes, como en su primer encuentro. Estaba intentando controlar emociones que no había sentido en mucho tiempo.
No me gusta ser el blanco de las bromas de nadie dijo. Nos llevaremos bastante bien si lo recuerdas.
Nos llevaríamos muy bien si recordaras que a mí no me gustan los hombres que me tratan como si fuera una adolescente idiota delante de un héroe de película.
Esteban apretó los dientes.
María, no soy ningún niño. Sé muy bien cuáles son las reacciones de una mujer cuando...
No lo dudo, teniendo en cuenta tu amplia experiencia dijo, cortándolo. He estado sola mucho tiempo y no estoy acostumbrada a que me toquen. De modo que antes de que llegues a conclusiones apresuradas deberías haber pensado que tal vez cualquier hombre habría conseguido una reacción similar en mí.
Aquello no le gustó nada. Su expresión cambió de la sorpresa a la fría cortesía.
Te llevaré al interior de la casa.
No, no la harás dijo ella, mirándolo con irritación. Dile a Tim que se encargue él de la silla de ruedas. Lo prefiero mil veces, antes que a ti.
El insulto le hizo daño. Sabía lo mucho que le disgustaba aquella silla de ruedas, pero no reaccionó. Era consciente de que habría sido mejor cerrar la boca.
Yo lo haré insistió.
La dejó en el coche y se dirigió hacia la casa a toda velocidad. Tim salió de la cocina, donde había estado charlando con Meg.
¿Qué tal está? preguntó.
De mal humor, pero físicamente bien contestó Esteban. Creo que la he sacado de quicio.
Has dado un paso en la dirección correcta dijo el anciano, sonriendo. Necesita que alguien la ponga en su sitio de vez en cuando. Es una pena que Copper no le guste. Sería perfecto para ella.
¿Por ser médico? preguntó impaciente.
No, porque crecieron juntos y porque sabe de ranchos. Nunca habría dejado que las cosas empeoraron tanto dijo, mirando a Esteban con ojos entrecerrados. ¿Crees que podrás sacarnos del lío financiero que tenemos?
Esteban sacó la silla de ruedas del coche.
Eso creo. No estáis tan mal. En general, sólo es una cuestión de utilizar mejor los recursos, pero llevará su tiempo añadió, empujando la silla hacia el porche. No esperes resultados inmediatos.
No los espero le aseguró. Por cierto, ¿por qué no la has llevado tú solo a la casa?
Olvídalo contestó Esteban, mordiéndose la lengua.
Tim parpadeó. Siguió al joven hacia el coche y observó a Esteban mientras ponía a María en la silla de ruedas.
Ella estaba haciendo un esfuerzo para no hablar, y él intentando controlar su genio. Tim la miró con atención y le gustó lo que vio. Ya no se auto complacía en su desgracia; en todo caso, estaba furiosa.
¿Podrías llamar a Estrella para decirle que la comida está en la mesa, Esteban? preguntó Meg desde la cocina.
-Claro.
Aparcó el coche junto al garaje y fue a buscar a su hija, que estaba montando a caballo en el cercado, practicando con lentitud.
Hola, papá dijo al verlo, saludándolo con una mano.
¿Qué tal va eso?
¡Bien! Estoy practicando lentamente, tal y como me dijo María. ¿Qué tal está?
Bien. Meg ya ha preparado la comida. Baja del caballo y vamos a comer.
¡De acuerdo, papá!
Esteban se metió las manos en los bolsillos del pantalón y regresó a la casa. Meg había hecho café y preparado bocadillos que había colocado en una bandeja sobre la mesa del salón, donde se encontraban sentados María y Tim. Se lavó las manos y esperaron a Estrella, que apareció pocos minutos más tarde.
Necesitarás comer algo antes de empezar otra vez con esos libros rió Tim, al ver que sólo tomaba un bocadillo antes de pasar la bandeja a su hija.
Estrella se sirvió mientras hablaba animadamente con Meg y con Tim.
Me encanta ver a un hombre de gran apetito murmuró María, para molestar.
Estaba sentada a su lado, comiendo con delicadeza un bocadillo.
Esteban la miró. María terminó de comer y se inclinó hacia él.
Hmmm murmuró en voz baja para que sólo pudiera oírlo él. ¿Qué colonia usas? Es muy sensual.
Esteban no contestó. Tomó su taza de café con una expresión tan dura como el acero.
-María, Esteban ha dicho que puede sacarnos del apuro comentó entonces Tim.
¿De verdad? preguntó, sonriendo. ¿Y podemos permitírnoslo?
Esteban bebió un poco de su café y tomó otro bocadillo.
Voy a necesitar toda la ayuda del mundo, si es a eso a lo que te refieres dijo, negándose a picar el anzuelo. Y tú vas a tener que pedir prestado el suficiente dinero como para hacer ciertas reformas.
María dejó escapar un suspiro.
Temía que dijeras algo así. No creo que pueda pedir más dinero.
Sí que puedes.
No quiso decirle la razón por la que estaba tan seguro de ello. La mención de su nombre era suficiente para que cualquier banquero le prestara lo que quisiera si él la avalaba. Y estaba dispuesto a hacerlo. Estaba acostumbrado a manejar cifras que habrían sorprendido a María. Y la suma que necesitaba era una minucia en comparación con el presupuesto anual de su empresa. Su apoyo serviría para que el rancho pudiera comenzar de nuevo, y se trataba de una inversión que generaría muchos dividendos en el futuro, aunque él no esperaba capitalizarlos. Era una especie de ángel de la guarda, más que un socio.
María se mordió el labio inferior. Su buen humor había desaparecido.
¿Qué tendremos que hacer?
Esteban pasó lista a todas las cosas que debían hacer. Debían arreglar los edificios del rancho, hacer que los caballos resultaran rentables, levantar una construcción para los equinos, utilizar la tierra que permanecía improductiva y conseguir fondos estatales de desarrollo.
María contuvo la respiración ante la perspectiva que Esteban estaba dibujando. Se convertiría en un rancho de caballos, en lugar de uno de ganado. Había sido el sueño de su padre durante toda su vida, y María lo había intentado, pero no sabía nada de negocios. Sólo sabía de caballos.
Además de todos esos cambios continuó Esteban, dispones de un buen nombre a nivel comercial. Es una pena que no lo estés aprovechando. ¿Has considerado la posibilidad de fabricar prendas de vestir estilo tejano? Otras estrellas del rodeo lo han hecho. ¿Por qué no lo haces tú?
No podría contestó, dubitativa.
¿Por qué?
¡No pienso dejar que me fotografíen en una silla de ruedas!
No tendrás que hacerlo. Sólo estás postrada temporalmente. ¿No te lo ha dicho el médico?
María se frotó las sienes. Empezaba a tener un buen dolor de cabeza. Y pensó que Esteban Sanromán era la causa principal.
No creo que nadie esté interesado en comprar ropa anunciada por una inválida.
No eres una inválida dijo Estrella con toda tranquilidad. Eres toda una leyenda. Por Dios, en la escuela de equitación en la que estuve tenían carteles tuyos en todas las paredes.
Sabía a qué carteles se refería, pero no había pensado hasta entonces que nadie hubiera pagado para tener uno. Miró a Estrella sin expresión alguna.
¿Te has olvidado ya, verdad? preguntó Tim. Te dije que habían tenido que sacar una edición extra de carteles porque se habían agotado. Aunque recuerdo que fue después del accidente, e imagino que no me escuchaste.
No contestó, mirando a Esteban. Estaba demasiado impresionada por lo sucedido. Si existe una mínima oportunidad de poder salvar el rancho, haré lo que sea. Y si no lo conseguimos, qué se le va a hacer. Pero no pienso rendirme sin luchar. Haz lo que tengas que hacer con la financiación y dime qué se necesita. Haré lo que me digas.
De acuerdo sentenció Esteban. Lucharemos.




Capítulo Cuatro


Esteban insistió en ir solo al banco de Jacobsville cuando llegó el momento de pedir el préstamo. No quería que María descubriese cómo iba a conseguir el apoyo financiero para su programa de desarrollo y mejoras.
El director de la sucursal se comprometió a guardar silencio y no decir que había concedido el préstamo bajo el aval por escrito de Esteban. Unas cuantas llamadas telefónicas bastaron para conseguirlo. Consiguió que transfirieran el dinero a la cuenta de María y después lo organizó todo para reemplazar el viejo equipo y contratar constructores para mejorar los edificios ya existentes en el rancho.
Cuando María vio la primera factura estuvo a punto de pedir un buen trago de whisky.
No puedo permitirme esto protestó.
Sí puedes le aseguró, sentado al otro lado del escritorio que había en el despacho. Lo que no puedes permitirte es dejar que las cosas sigan como antes. A largo plazo el mantenimiento sale mucho mas barato que tener que reemplazar todos los materiales.
Pero, ¡una verja electrificada!
Es menos caro que cambiar la valla de madera. También me he puesto en contacto con la agencia de conservación del suelo para que nos asesoren en la construcción de un depósito de agua.
Un tanque. Los llamamos tanques en Texas.
Esteban arqueó una ceja, pero no hizo ningún comentario al respecto.
Otra cosa. Lo be preparado todo para que arreglen el tejado de la casa. Tienes goteras por todas partes. Si no lo arreglas ahora, tendrás que cambiarlo. La madera se pudrirá.
¿Y cómo lo pagaré?
Me alegra que lo preguntes -contestó con una sonrisa.
Estaba echado hacia atrás, con una pierna apoyada en una silla que estaba junto a él. La pose resultaba de lo más masculina. María tuvo que hacer un esfuerzo para no suspirar y para no dejarse llevar por la atracción que sentía.
¿Y bien?
Voy a vender dos de los purasangres. Son campeones muy conocidos que te proporcionarán una buena suma. Además, intentaré cruzar a uno o dos machos para conseguir más campeones. Añadiremos los potros a los caballos que ya tienes, y venderemos el resto.
Necesitaremos una caballeriza más grande.
Vamos a construir una nueva dijo. Ya he contratado al constructor.
Me dejas sin habla espetó, echándose hacia atrás. Pero todo esto llevará tiempo, y el rancho está al borde de la quiebra.
Ahí es donde entras tú dijo con toda tranquilidad. He llegado a un acuerdo con un fabricante de ropa de Houston. Está interesado en que promociones su línea de ropa tejana. Fabrica fundamentalmente vaqueros.
¿Sabe que...?
Él asintió.
No te preocupes, no te fotografiarán en una silla de ruedas.
Cuando le contó la cifra que ofrecían, María se ruborizó.
¡Estás bromeando!
Él negó con la cabeza.
En absoluto. Pero supongo que querrás ver lo que fabrica. No esperaba que te mostraras de acuerdo sin haberlo visto personalmente antes.
La perspectiva de que su nombre apareciera en ropa la excitaba, pero no quería mostrarse demasiado entusiasta. Hasta que no firmara el contrato no había nada seguro, y tal vez hubiera alguna razón que la impidiera firmarlo.
No pienso anunciar ropa de mala calidad.
Se trata de un fabricante de buena reputación, y de una empresa que lleva mucho tiempo en el negocio. Pero ya lo veremos. Les gustaría poder hablar contigo el viernes que viene.
Ella sonrió.
De acuerdo.
Esteban la observó con interés. Su rostro denotaba más animación, y sus ojos brillaban. Parecía una mujer diferente. Llevaba el pelo recogido en una coleta, como siempre, pero varios mechones se habían soltado y no dejaba de echárselos hacia atrás. Admiró la silueta de sus senos, que se adivinaba bajo la camisa azul que se había puesto.
Deja de hacer eso dijo ella, levantando la barbilla. Si no puedo admirarte, tú tampoco puedes hacerlo.
Esteban arqueó las cejas.
No recuerdo haber dicho que no puedas mirarme.
Sí que lo has hecho, y con mucho énfasis. Dijiste que mantenemos una estricta relación de negocios, de modo que dejémoslo así.
Esteban rió con suavidad y se humedeció los labios.
¿Estás segura de que es lo que quieres? preguntó con suavidad.
Aquel hombre la atraía terriblemente, pero no estaba dispuesta a aceptarlo ante él, de modo que se limitó a sonreír.
Sí, estoy segura. Y ahora, ¿a qué hora quieren verme el viernes próximo?


El jueves por la mañana ya lo habían arreglado todo para asistir a la reunión con los fabricantes de ropa y con su departamento de relaciones públicas. Ya habían empezado a arreglar la casa, y los golpes y el ruido se habían transformado en algo familiar.
María salió al patio con Estrella después del desayuno, huyendo de los carpinteros. Esteban estaba en el despacho hablando por teléfono y la puerta estaba cerrada. Se preguntó cómo sería capaz de entender nada en medio de aquel caos.
Ruido, ruido, ruido dijo, llevándose las manos a la cabeza. ¡Voy a matar a esos tipos si no dejan de pegar martillazos!
Creo que será mejor que hagan lo posible para acabar con las goteras dijo Estrella con una sonrisa.
¡Ja!
Estrella terminó de ensillar la yegua que le había comprado su padre.
Voy a llamarla Feather. ¿No es bonita?
Lo es, y salta con los ojos cerrados. Pero tienes que aprender a confiar en ella, Estrella. Debes agarrar las riendas más relajada, sin tirar tanto. Si lo consigues, correrá a toda velocidad.
Estrella se asustó un poco.
No puedo hacerlo. Lo intento de verdad, María, pero cuando llego a los obstáculos...
Se sentó en una bala de heno mientras María agarraba las riendas de la yegua.
Tienes miedo de caerte dijo.
Bueno, eso también aceptó, tomando una pajita de heno con la que empezó a juguetear. Pero es el caballo lo que realmente provoca mi miedo. La primera vez que participé en un rodeo un jinete cayó y su montura se rompió una pata. Querían matarla, pero a mí me horrorizaba que lo hicieran. Mi padre la compró y ahora vive con uno de nuestros parientes en Wyoming. Está muy bien, pero desde entonces tengo miedo.
Esteban no le había contado aquella anécdota. Le pasó un brazo por encima del hombro, afectuosamente, y la apretó con cariño.
Lo que me cuentas es muy extraño. La gente que participa en los rodeos ama sus caballos, y nunca los montan de tal modo que los pongan en peligro. No si quieren permanecer en el circuito. Estrella, he montado durante veinte años, desde que tenía cinco, y nunca he visto que un caballo caiga en uno de esos obstáculos. Nunca. Prefiero tirarme antes. En una ocasión me rompí una costilla, pero jamás le ha ocurrido nada a uno de mis animales.
¿De verdad?
De verdad. Montar consiste fundamentalmente en tener un buen caballo, bien entrenado, y en no intentar exigirle demasiado, ¿no has visto a los jinetes marchando al trote?
Claro. Es una escena muy bonita. Un buen jinete se limita a dejar que el caballo haga el resto.
Cierto. El caballo conoce bien su trabajo y lo hace. El problema comienza cuando el jinete cree que sabe más que el caballo e intenta tomar el control.
Estrella abrió los ojos de golpe, asombrada ante lo que oía.
Oh.
María sonrió.
Te has hecho una idea básica, ¿verdad?
¡Sí!
Pues ahora vamos a ponerla en práctica mientras montas al trote a Feather sugirió. Y no te apresures. Ve despacio y tranquila.
Despacio y tranquila repitió la joven.
¿Qué es esto, una conferencia? preguntó Esteban desde la puerta.
Cosas de vaqueras bromeó su hija. ¡Hola, papá! ¿Quieres venir a ver cómo lo hago?
Claro, dentro de un minuto. Pero primero tengo que hablar con la jefa.
Su hija pasó a su lado, y en tono bajo murmuró para que María no pudiera oírlos:
Siempre pensé que tú eras el jefe.
Esteban rió.
Y yo.
¡Hasta luego, María! se despidió Estrella.
Parece muy contenta.
Esteban tenía un aspecto muy tejano con sus vaqueros, sus botas, su camisa azul y su sombrero. Tenía cuerpo de jinete de rodeo, con hombros anchos, estrechas caderas y piernas poderosas. María tuvo que hacer un esfuerzo para no fijarse en él. Le vino bastante bien que en el interior del granero todo estuviera a oscuras.
Estábamos hablando de la competición. Me contó lo del caballo herido que compraste para ella en Wyoming. Fue muy amable por tu parte.
Amable... No tuve la oportunidad de hacer otra cosa. No soporto que llore.
Lo recordaré.
Esteban arqueó una ceja.
Me refería a Estrella. Las lágrimas de los demás me dan igual.
Ella chasqueó los dedos.
¿Apuestas algo?
Sus pálidos ojos grises contemplaron su hermosa figura. No se había acercado a aquel lugar con la silla de ruedas, sino ayudándose de las muletas.
Las muletas son un poco peligrosas -dijo. Podrías caerte maniobrando.
Si no se apuesta, no se gana. Puedo arreglármelas, de otro modo no lo intentaría. No me divierte pasarme semanas en cama.
Esteban decidió no hacer caso de su último comentario.
He estado hablando con la madre de Estrella. Quiere que pase este fin de semana con ella. Quiere llevársela de compras, así que la llevaré a su lado mañana por la mañana. Con un poco de suerte estaré de vuelta antes de que lleguen los representantes de la firma de ropa. Pero sea como fuere, debes hacer que tu abogado lea el contrato antes de que lo firmes.
Lo sé.
Bien.
Se levantó de la bala de heno en la que estaba y se apoyó en sus muletas. Andar con ellas no le resultaba fácil, pero mejoraba día tras día.
¿Se llevan bien Estrella y su madre? preguntó cuando salieron del granero.
Se dirigieron hacia el cercado donde estaba practicando Estrella.
Casi todo el tiempo. A Estrella no le gusta su padrastro.
Lo imagino. Muchos hijos de padres divorciados viven con la idea de que sus padres reales vuelvan a unirse de nuevo, según he oído.
Estrella es más lista que todo eso. Odiaba la situación que teníamos antes del divorcio. Demasiadas discusiones pueden hacer que una casa se convierta en un verdadero infierno para una niña.
Supongo que tienes razón.
¿Discutían tus padres alguna vez? preguntó él.
No lo sé. Mi madre murió cuando yo estaba empezando a estudiar en el colegio y mi padre me crió. Bueno, me criaron Tim, Meg y él corrigió.
Debió resultarte muy dura su pérdida.
Ella asintió.
Al menos me quedan Tim y Meg. Eso facilita las cosas. De un modo extraño mis heridas me ayudaron. Son como un reto, que me permite continuar. Si hubiera tenido tiempo para sentarme a pensar tal vez me habría vuelto loca. Lo echo mucho de menos.
Su voz se quebró por la emoción. Esteban la miró con emociones contrapuestas.
Yo perdí a mi madre hace nueve años confesó. Mi padre murió dos años más tarde, y recuerdo cómo me sentí. Eramos una familia muy unida.
Lo siento.
Esteban se encogió de hombros.
La gente se muere. Es algo natural.
Sí, pero eso no sirve para hacerlo más llevadero.
No.
Se detuvieron en la valla del cercado. Estrella estaba agarrada al cuello de su yegua, hablando delicadamente con ella. Miró a Esteban y a María, sonrió y de repente salió al galope.
Mientras observaban, la joven se inclinó sobre el caballo sin tirar demasiado de las riendas, dejando que el animal siguiera su curso. Feather saltó el primer obstáculo con total naturalidad, dirigiéndose después hacia el otro extremo del cercado al mismo paso y saltándolo con idéntica facilidad. La escena continuó hasta que Estrella tiró de las riendas deteniendo al animal en el lugar donde se encontraban los encantados adultos.
¿Lo habéis visto? preguntó Estrella, enrojecida y riendo tan fuerte que se le saltaban las lágrimas. ¿Lo habéis visto? ¡Lo he conseguido!
Lo he visto contestó María sonriendo. ¡Estrella, eres genial!
Tú sí que eres genial dijo la niña con timidez. A fin de cuentas fuiste tú quien me dijo cómo debía hacerlo. Ya no tendré miedo nunca más. Feather sabe lo que tiene que hacer. Sólo tengo que dejarla hacer a ella.
En efecto. Despacio y tranquila. Ahora lo estás haciendo muy bien.
Es verdad, ¿no es cierto? preguntó.
Eres una campeona, y estoy orgulloso de ti intervino su padre, con ojos brillantes.
¡Gracias, papá! exclamó entre risas de nuevo.
Entonces salió disparada en su montura.
¡No la fuerces! gritó Esteban.
¡En absoluto! contestó la joven.
Vaya, parece que aprende deprisa comentó María en un murmullo, observándola.
Esteban había apoyado una pierna en uno de los listones de la valla. Miró a María con intensidad, sin sonreír. María parecía frágil, pero su delgado cuerpo poseía unas curvas preciosas, y sus senos eran firmes y duros bajo su camisa de cuello abierto. Llevaba el pelo suelto, a la altura de los hombros para variar, ondulado y muy bonito. Como toda ella.
Despacio y tranquila murmuró él, pensando en otro tipo de deporte.
Su corazón empezó a latir mucho más deprisa.
María notó la sugerente cadencia de su voz y levantó la mirada. Sus ojos quedaron atrapados por la intensidad de los ojos grises de Esteban, que empezó a acariciarle la mejilla y continuó después trazando la línea de su labio superior.
María no podía respirar. Abrió los labios sin saber qué hacer, intentando encontrar algo que decir que rompiera la tensión.
Esteban también abrió la boca mientras la observaba. No dejó de acariciar sus labios, bajando con el pulgar hasta tocar sus blancos dientes. Era una boca tan suave como un pétalo, cálida e intensa.
De repente María sintió que estaba más cerca de él. Podía notar su pulso en las venas del cuello, sentir el calor de su cuerpo. La colonia que se había puesto invadía sus sentidos.
Sin embargo, Esteban no se había movido. Estaban lo suficientemente juntos como para encontrarse en una situación íntima. María podía sentir la dura presión de sus piernas contra las suyas, y los latidos de su corazón. Miró su boca, entreabierta, y durante unos segundos deseó que la besara.
Su respiración era cálida y acelerada. Podía notar el olor a café y sentir su aliento mientras exploraba sus labios con el pulgar. Lo sentía plenamente, y con él sentía que en su interior renacía un deseo extraño que había permanecido dormido hasta entonces.
Se acercó más a él como si fuera víctima de un encantamiento, pegándose a su cuerpo hasta que sintió sus largas piernas, su pecho, su estómago plano y sus caderas, apenas tocándose, frotándose, intimando en una caricia leve.
María gimió y súbitamente se arrojó a él.
Tim silbó a lo lejos, Feather relinchó, y se escuchó el sonido del motor de un coche. La tensión del momento desapareció de forma instantánea y María se apartó de Esteban con tanta rapidez que se golpeó con la valla. Esteban tuvo que impedir que cayera poniendo el brazo y enderezándola después, sin mirarla directamente a los ojos. Él estaba tan sorprendido y enfadado como ella por lo que había estado a punto de suceder.
Maldita seas dijo, furioso.
Ella lo golpeó en el pecho.
¡Has empezado tú! ¡Maldito seas entonces!
¡Esteban! ¡El constructor se acerca por la carretera! exclamó Tim acercándose para recibir al visitante.
Te lo dije continuó Esteban, sin hacerle caso. ¡No quiero mantener una relación con nadie!
Yo tampoco. ¡No es como si me hubiera ofrecido a ti!
¿No? ¡Pues yo no he empezado!
¡Esteban! exclamó Tim de nuevo.
Miró a María un segundo más y después hizo lo propio con Tim.
¡Ya voy!
Tim levantó dos dedos en gesto de victoria y saludó al recién llegado.
Esteban volvió a mirar a María, que estaba pálida aunque no había dado su brazo a torcer. Lo miraba con profunda irritación.
Sabes de sobra lo que puedes hacer a un hombre con esos ojos que tienes dijo él, acusándola. Probablemente has tenido más amantes que yo.
¡Y no tenía que pagarles a cambio!
La respiración de Esteban se aceleró. Parecía que hubiera crecido de repente, convirtiéndose en una figura amenazadora.
¡Tú...!
María intentó estirarse lo suficiente como para parecer también más alta, apoyándose a duras penas en las muletas.
Aquel patético movimiento devolvió a Esteban a la realidad. María no estaba en condiciones físicas, pero era toda carácter. No estaba dispuesta a rendirse, por formidable que fuera su oponente. Él estaba furioso, pero a pesar de su rabia sentía una profunda admiración por ella.
Cuando puedas caminar bien seguiremos hablando dijo.
¿Qué te ocurre, hombretón, tienes miedo de pelear con una mujer con muletas? preguntó, intentando retarlo.
Él rió a pesar de su mal humor.
No, si tenemos en cuenta que esa mujer tiene lengua de serpiente. ¡Gata sarnosa!
¡Cerdo!
Esteban arqueó las cejas.
¿Quién, yo?
¡Oink, Oink!
Esteban observó su rostro enrojecido, su pelo revuelto y sus grandes ojos azules, muy abiertos, arrepentido. No estaba dispuesto a dejarse llevar a otra relación amorosa. Pero sentía una profunda tentación. Aquella mujer no se parecía a ninguna otra que hubiera conocido.
Y no vuelvas a intentarlo conmigo espetó ella.
Optimista.
María hizo un sonido de desagrado y se dio la vuelta.
Quiero estar presente cuando hables con el constructor. Van a trabajar en mi rancho.
Esa era mi intención le aseguró. Precisamente ha venido para que lo conozcas.
Podrías habérmelo dicho antes comentó enfadada.
Vine al granero a decírtelo. Aunque después las cosas degeneraran.
Ha sido culpa tuya acusó. Empezaste tú.
Con tu ayuda insistió él, mirándola. ¿Cuántos hombres se han rendido ante tu mirada de deseo?
Ella apartó la vista y se alejó. No contestó su pregunta. Empezó a caminar tan deprisa como pudo, apoyándose en sus muletas.
Si pudiera mantenerme andando a la pata coja te arrojaría una de las muletas a la cabeza dijo con frialdad.
Siempre puedes contar con los puños del médico. Parece que está enamorado de ti.
Es un buen hombre. Y me conoce bien.
No lo dudo.
María se ruborizó. Le resultó difícil caminar con las muletas, y se apartó un mechón de pelo de la cara.
El constructor estaba apoyado en su vehículo, un Mercedes de color verde, esperándolos. Era un hombre alto y elegante, bronceado, con los ojos negros y el pelo largo y oscuro, recogido en una coleta.
Te presento a Sloan Hayes dijo Esteban.
El constructor, indio americano, estrechó la mano de María y después hizo lo mismo con Tim.
No nos habíamos visto antes, pero he oído hablar de ti dijo María con una sonrisa educada. El trabajo no es muy importante.
Todo el mundo sabía quién era, pero María se extrañó que Esteban y él ya se hubieran conocido.
Nos alegra mucho poder hacerlo dijo Hayes con suavidad. Tu... director ha hablado de todo conmigo, pero quería que supieras lo que vamos a hacer antes de terminar el trabajo. He traído los planos para que puedas inspeccionarlos.
Encantador por tu parte dijo María con una sonrisa.
Hayes arqueó una ceja y sonrió.
No creo haber comentado que he sido seguidor de los rodeos toda mi vida. Y te he visto montar muchas veces dijo, haciendo un gesto negativo con la cabeza. Siento mucho lo de tu accidente.
Aquello la sorprendió, pero su sinceridad no daba pie a ofensa alguna.
Yo también lo siento, pero la vida es así. No queda otro remedio que adaptarse.
¿Tienes alguna idea de lo que vas a hacer ahora?
Ella sonrió.
¿Qué te parece criar caballos campeones?
Hayes rió.
Me parece muy bien. Es una de mis aficiones dijo, entrecerrando los ojos mientras la admiraba.
Esteban se puso serio.
¿Dónde están esos planos?
Sloan lo miró.
Iré a buscarlos.
Podemos verlos en el despacho sugirió María. Tim, ¿podrías pedir a Meg que traiga café y pasteles cuando pueda?
¡Por supuesto!
María sonrió a Esteban mientras esperaban a que Hayes regresara con los planos.
Es muy simpático dijo ella con deliberada dulzura. Creo que este proyecto va a resultar divertido.
No intentes nada con el constructor. Tampoco quiere mantener relaciones con nadie, pero le gustan mucho las mujeres.
¿Por eso lo has contratado? ¡Gracias!
Cuando Hayes se unió a ellos en el porche, María sonrió abiertamente.
Déjame que te ayude con las muletas se ofreció al entrar.
Eres muy amable dijo ella, con entusiasmo.
Esteban los siguió al interior, apretando los dientes. Cada vez estaban más complicadas las cosas. Primero aquel médico pelirrojo y ahora el constructor. Sin embargo, no quería mantener ninguna relación con aquella mujer. Intentó convencerse de ello y concentrarse en el asunto que tenían entre manos.
Estuvieron estudiando los planos. María hizo unas cuantas preguntas, pero en cualquier caso los planes le parecieron satisfactorios.
¿Necesitamos tanto espacio en la caballeriza? preguntó al fin, cuando estaban tomando el café y el maravilloso pastel de limón de Meg.
Si quieres convertir realmente este rancho en un lugar donde se críen caballos en serio, lo necesitas contestó Sloan con tranquilidad. Debes disponer de suficiente espacio. Los clientes aprecian esas cosas. Además, necesitarás estrechar lazos desde un punto de vista social, y renovar la casa para que encaje en el conjunto estético del rancho.
María se mordió el labio inferior y miró a Esteban con preocupación.
Puedes hacerlo se limitó a decir. Tienes dinero y todo está preparado.
No lo había pensado.
Tienes que nacerlo insistió Sloan. Este rancho va a ser mucho mejor que cualquier otro.
María no sabía qué decir. No estaba segura de querer que las cosas cambiaran tanto.
Hablaremos sobre ello más tarde dijo Esteban. Mientras tanto, consúltalo con la almohada. De todas formas Sloan tiene otros trabajos que terminar antes de empezar aquí.
Cierto dijo el constructor sonriendo. No tienes que tomar decisiones aceleradas. Valora primero las consecuencias y después decide qué es lo que quieres hacer.
Lo haré. Gracias por tu paciencia dijo con gentileza.
Sloan sonrió.
Oh, mi paciencia es bien conocida por todos. Pregúntaselo a Esteban.
Esteban arqueó una ceja.
No pienso mentir por ti.
Yo lo haría por ti dijo el otro hombre con segundas intenciones. Y es más, ya lo he hecho varias veces.
Era cierto. Sloan ya había trabajado para la empresa de ordenadores de Esteban, y ahora estaba mintiendo acerca de su verdadera ocupación.
Tómate el café y cierra la boca murmuró Esteban con una sonrisa.
Muy bien, ya lo he entendido dijo, dirigiéndose después a María. Y ahora, en relación con esos edificios, sugiero que...
Cuando se marchó, María ya tenía una idea bastante aproximada de cómo quedaría el rancho con los cambios previstos. El coste era enorme, pero los beneficios también podían llegar a serlo.
Ahora todo dependía de su habilidad para vender su nombre a la empresa textil para poder permitirse los arreglos. Pero no pensaba dar una respuesta positiva hasta que estuviera convencida de lo que quería hacer. Y no lo estaría hasta que no conociera personalmente al fabricante de ropa. Se reservaría su opinión hasta el día siguiente.








Capítulo Cinco


María apenas durmió aquella noche. Estaba demasiado nerviosa por la reunión que tenía con el fabricante de prendas de vestir y con el departamento de relaciones públicas. Esteban se marchaba a la mañana siguiente para llevar a Estrella a Victoria, y eso no la tranquilizaba.
Estaré de vuelta antes de que lleguen le aseguró. No te preocupes.
Tengo que hacerlo. Es una decisión difícil. Sólo espero que no pretendan poner mi nombre en una línea de diseño que no me guste dijo, abrazando a Estrella con cariño, puesto que en poco tiempo habían llegado a quererse mucho. Que lo pases bien con tu madre, y diviértete cuando vayas de compras.
Claro. Cuídate. No te pongas a bailar bromeó, haciendo un gesto hacia las muletas.
De acuerdo rió con suavidad.
Te veré el lunes.
María asintió y se despidieron. Esteban pareció alegrarse de ello. Tal vez necesitara un poco de espacio, como ella. Se preguntó si pensaría pasar el fin de semana en el rancho o si por el contrario se marcharía. Probablemente tenía muchas mujeres que esperaban una mínima oportunidad para saltarle encima. Era un hombre muy atractivo, y no dudaba que debía tener mucho éxito entre el sexo opuesto. De hecho, se alegraba de que no quisiera hacer nada con ella. Aquel breve instante en la valla del cercado había bastado para que le temblaran las piernas No era el tipo de hombre que jugaba con mujeres inexpertas. Aunque él no sabía que ella carecía de experiencia. Y María no tenía intención alguna de decírselo.
Entró en el interior de la casa, contenta de no tener que preocuparse por la cercanía de Esteban. Empezó a examinar los libros de contabilidad y se asombró al ver el trabajo que había hecho Esteban en tan poco tiempo. Realmente era un genio en cuestiones económicas. Se preguntó cómo era posible que un hombre de su talento desaprovechara su vida trabajando para otros. Podría haber ganado una fortuna utilizando su talento en favor de sus propios intereses. Pero tal vez no tuviera ambiciones.
Habría cambiado de opinión si lo hubiera visto aquella misma mañana, sentado en su despacho de presidente de la empresa Sanromán Hathaway. Había pasado mucho tiempo desde que comprara la participación de Hathaway, el antiguo dueño de la compañía, pero había mantenido el nombre porque era muy conocido en Texas, a diferencia de Sanromán, y aquello era bueno para el negocio.
Hizo unas cuantas llamadas telefónicas, dictó varias cartas y lo arregló todo para que le enviaran informes al fax que había instalado en el rancho. Dio instrucciones precisas a su secretaria acerca de lo que debía hacer cuando le enviara documentos, aunque María nunca estaba en el despacho cuando él estaba trabajando. No le gustaba mentir en todo aquello, pero al fin y al cabo no era una mentira. Le había dicho que mientras trabajara para ella seguiría con su ocupación habitual, y era cierto.
No tenía sentido que supiera aún la verdad sobre su vida. María sólo era una mujer discapacitada temporalmente a la que quería ayudar. Era una diversión, un reto. La vida le había parecido últimamente algo aburrida, con un negocio que prosperaba sin que tuviera que utilizar en nada su mente analítica. Todo el trabajo creativo lo hacían sus empleados. Magníficos profesionales que se encargaban del desarrollo de los nuevos programas, del crecimiento de la empresa y de la contabilidad. Él se limitaba a hacer de relaciones públicas, conseguir nuevos contratos, dirigir las reuniones importantes, firmar los acuerdos y hablar con banqueros y clientes. Lo único divertido en la empresa había sido el riesgo inicial, pero ya no cabía riesgo alguno, puesto que su fortuna estaba entre las quinientas más importantes del país. Era el presidente y director ejecutivo de Sanromán Hathaway.
Era una simple figura decorativa.
Pero las cosas no eran así en el rancho Fernández. Allí resultaba necesario. Era lo único que impedía que las propiedades de María acabaran en la bancarrota, y se sentía mucho mejor sabiendo que suponía tal diferencia en su vida. Necesitaba aquel reto y de paso ayudaba a Estrella, que se había hecho amiga íntima de María. Su hija no se había divertido mucho hasta entonces, pero le encantaban los rodeos y María era la persona perfecta para ayudarla a desarrollar sus habilidades. Aunque en realidad era ella la que ayudaba a María. Estaba más decidida que nunca a dejar aquellas muletas y recuperarse. En cualquier caso, ayudar a María había sido una de las decisiones mejor tomadas en toda la vida de Esteban.
Pero mientras firmaba cartas en el escritorio de madera noble se preguntó como era posible que a pesar de todo se encontrara de tan mal humor. María y él deberían ser amigos, pero no lo eran. María peleaba con él en cuanto podía, y el día anterior había estado a punto de precipitar una situación algo complicada. Ella era vulnerable en aquel momento, y debía haberse comportado con un poco más de responsabilidad.
Enfadado, pensó que era encantadora. En otras circunstancias lo habría intentado, pero aunque era lo suficientemente mayor como para tener amantes no pudo evitar preguntarse por aquel aspecto de su vida. El médico parecía interesado en ella, pero en realidad no parecía que hubiese intimidad alguna entre ambos. De haber sido viejos amantes se habría notado. Eran cosas que nadie podía disimular.
Señor Sanromán, tiene que firmar también este contrato le recordó su secretaria, señalándole los dos lugares donde debía estampar la firma.
Lo siento dijo, firmando en las tres copias. ¿Alguna otra cosa?
No, señor. No hasta la semana que viene.
Esteban se levantó.
No creo que pase por aquí durante los próximos días, pero aquí tiene un número de teléfono donde puede localizarme en caso de emergencia dijo, mirándola con ojos grises acerados. Sólo en caso de emergencia.
Sí, señor. ¿Algún problema, señor?
La señorita Emory tenía cincuenta años y un aplomo insuperable.
Esteban rió.
En cierto modo podría decirse que sí. De modo que tenga cuidado.
Lo tendré, señor.
Me pondré en contacto con usted de forma periódica. Si algo urgente necesita mi atención, envíemelo por fax. No necesita explicarme nada, limítese a pedir que la llame. Ponga su nombre en el fax, pero no su apellido. De ese modo si alguien lo intercepta pensará que se trata de una simple amiga. O de una novia.
Su secretaria también rió.
Sí, señor.
Dejó todo el papeleo pendiente sobre el escritorio para que la señorita Emory se hiciera cargo de él. Tenía la impresión de que durante las próximas semanas iba a ganar bastante más dinero de lo que ganaba habitualmente. Sólo esperaba que no se arrepintiera de la decisión que lo había llevado a Jacobsville.


La subdirectora, una joven llamada Micki Lañe, tenía una sonrisa preciosa y apretaba con fuerza la mano. A María le cayó bien de inmediato, pero su acompañante era muy distinto. Rick Wardell era un promotor que destilaba energía y determinación. Su capacidad verbal arrinconó en poco tiempo a Micki, mientras explicaba lo que la empresa esperaba de María si finalmente llegaban a un acuerdo.
Micki quiso protestar, pero no era contendiente para aquel hombre. Sin embargo, María lo era.
Levantó una mano cuando el hombre estaba en plena exposición.
Espere un instante. Aún no he dicho que quiera firmar el contrato. De hecho, no firmaré nada sin haberlo visto antes.
Sin embargo, nuestra empresa es bien conocida insistió Rick, con absoluta confianza.
Es cierto dijo María, pero ya no la conozco. He estado toda mi vida participando en rodeos y desciendo de una familia que ha dedicado toda su vida a los caballos. Eso significa que si firmo el contrato muchos de mis seguidores comprarán sus productos, y quiero asegurarme de que mi nombre se usa en algo atractivo, duradero y de buena calidad.
El rostro de Rick se endureció.
Escuche, querida, no parece entender que estoy haciéndole un favor.
Nadie me llama querida a no ser que se lo permita interrumpió. No soy ninguna modelito.
Sus ojos azules brillaron con rabia, y el hombre cerró la boca dándose cuenta de que había cometido un error y de que la situación estaba deteriorándose con rapidez.
Antes de que María pudiera decir nada más, el coche alquilado de Esteban se detuvo junto al reluciente deportivo de Rick. Esteban salió de su vehículo y se unió a ellos de inmediato. Una simple mirada le bastó para comprender la situación en la que se encontraban.
¡Sanromán! Me alegro de que estés aquí. No creo que la señorita Fernández comprenda el favor que le estamos haciendo al poner su nombre en nuestra nueva línea de productos comenzó a decir Rick, sonriendo como si pensara que el otro hombre estaría de acuerdo con él. Tal vez tú puedas hacerla entrar en razón.
¿No te parece que ambos os hacéis un favor? preguntó Esteban con suavidad. ¿O es que tu jefe de ventas no te ha dicho que varias boutiques ya han pedido los posibles productos que salgan con el nombre de María Fernández?
Rick rió con nerviosismo.
Es cierto, pero... ¿Empezamos otra vez?
Micki estaba junto a María, y parecía irritada.
La señorita Lane, ¿no es cierto? preguntó Esteban, acercándose para estrechar su mano. Perdóneme, pero pensé que iba a ser usted la encargada de negociar con la señorita Fernández.
Miró en dirección de Rick Wardell mientras hablaba.
Correcto. El señor Wardell es el encargado de ventas y promociones.
María sonrió a Rick con ironía. No le había gustado su tono condescendiente.
Para promocionar algo tendría que firmar un contrato declaró. Y francamente, no creo que vaya a hacerlo. Pero les agradezco mucho que se hayan acercado a mi casa. Señor Wardelll, señorita Lane...
Micki se puso delante de Rick.
Sin embargo, me gustaría enseñarle nuestros nuevos vaqueros, así como las camisetas que vamos a fabricar, imitando el estilo vaquero. Se pueden lavar a máquina y están garantizadas. No destiñen. Creo que le gustarán.
María quedó impresionada. Sonrió y dijo:
Bueno...
Micki miró con frialdad hacia Rick, que había adoptado una posición defensiva.
El señor Wardell quería venir para conocerla. Y ahora que ya la conoce estoy segura de que no le importará dejar las negociaciones en mis manos. ¿No es así, señor Wardell?
Nick sonrió con incertidumbre antes de aclararse la garganta.
Puede que sea lo mejor. Me alegro de haberla conocido, señorita Fernández, y espero que sigamos haciendo negocios, Sanromán.
Asintió, sonriendo, y se marchó caminando hacia su deportivo.
Si firmo algo tendrá que haber una cláusula en la que quede claro que ese hombre no tendrá nada que ver con ello dijo María, mirándolo. ¡No me gusta que me hablen en ese tono!
Rick tiene mal genio, pero podría vender hielo a un esquimal. Estamos intentando poco a poco que adopte comportamientos más dignos del siglo veinte explicó Micki con una sonrisa. Hablaré con su jefe de división cuando regresemos. Mientras tanto, ¿le parece bien que le enseñe la ropa, ya que estoy aquí?
Bueno, supongo que sí.
Micki sonrió y recogió la maleta que tenía en el coche.
Parece que he llegado justo a tiempo dijo Esteban en voz baja.
María levantó la mirada, aún con gesto defensivo.
A tiempo de salvar la vida de ese hombre. Ese condescendiente hijo de...
Es un magnífico jefe de ventas. Un genio convenciendo a la gente.
¡No me importa en absoluto! ¡Y dudo mucho que consiga vender nada si trata a la gente como me ha tratado a mí!
Esteban rió. Le encantaba cuando estaba de mal humor.
Tú también tienes mal genio.
Bromeas.
Tranquilízate sugirió. No voy a obligarte a que firmes con ellos, pero te vendría muy bien. El dinero de las reformas tiene que salir de alguna parte. Y lo que conseguirás con este contrato casi será suficiente para cubrir los gastos. Si la ropa es tan buena como dice Micki, no tendrás razón alguna para negarte.
Puedo darte una buena razón. Ese tipo que se ha marchado en el deportivo.
Ni siquiera tendrás que hablar de nuevo con él, te lo prometo.
Bueno, si lo prometes...
María se tranquilizó un poco.
Muy bien, eso está mejor.
Micki regresó. El sol se reflejaba en su cabello negro. Era una mujer atractiva, delgada y elegante, de ojos oscuros y piel morena. Sonrió y sus ojos brillaron.
¿Podemos sentarnos? preguntó. He estado de pie todo el día y estoy cansada.
María pensó que probablemente lo había propuesto al ver que ella se apoyaba con dificultad sobre las muletas. El sentido de los negocios y la diplomacia eran una buena mezcla, y María supo incluso antes de ver la ropa que iba a firmar aquel contrato.


Dio el contrato a su abogado para que lo estudiara, pero cuando Micki se marchó lo hizo con la seguridad de que lo firmaría. La ejecutiva se sintió aliviada cuando estrecharon las manos antes de marcharse. Esteban la observó desde la puerta, con los labios apretados en ademán pensativo.
No está casada dijo María, consciente de que empezaba a sentir celos. Y es muy atractiva.
Esteban se dio la vuelta, con las manos en los bolsillos de sus pantalones. Podía ver los poderosos músculos de sus brazos, enfatizados por el color de su camisa amarilla.
Es cierto, pero está fuera de alcance.
¿Por qué?
No seduzco a los contactos de negocios contestó con sinceridad. Perjudica mi imagen.
Ella arqueó las cejas.
No sabía que los simples contables tuvieran que preocuparse por eso.
Los contables no se preocupaban por ello, pero los presidentes de las empresas sí. Sin embargo, no podía decírselo. Había cometido un pequeño error, de modo que rió.
Puede que trabaje para ella algún día, y es mejor no comprometerse con jefes potenciales.
¿Y con los que ya tienes? ¡Gracias a Dios!
No es necesario que estés tan aliviada.
Lo siento, no quería decir eso se disculpó, echándose hacia atrás en el sofá y haciendo un esfuerzo para no bostezar. Ha sido un largo día y estoy cansada.
¿Por qué no te tumbas y descansas un rato? Tengo que estudiar ciertos asuntos, y Meg y Tim se han ido de compras. No tienes nada que hacer, ¿verdad?
Ahora no. En fin, supongo que no soy tan fuerte como suponía. Las muletas son difíciles de usar, pero odio la silla de ruedas dijo sonriendo, mientras se colocaba un cojín bajo la cabeza.
Se tumbó sobre el sofá. Le dolía todo el cuerpo después de haber pasado dos días andando con muletas. Finalmente, cerró los ojos.
Duerme dijo él.
Se quedó unos segundos observando su rostro pálido, rodeado por aquel cabello rubio, sedoso. Parecía una modelo, desde su precioso rostro hasta su hermosa silueta y sus largas y elegantes piernas. Le gustaba mucho, pero no podía permitirse el lujo de prestarle atención. Aquél era un trabajo temporal, y en poco tiempo estaría de vuelta en su negocio. Tenía que comportarse con frialdad.
Se volvió y caminó hacia el despacho. Al llegar cerró la puerta con suavidad. Tenía mucho trabajo que hacer, relativo a su propia empresa, además de solucionar los asuntos de María. Era una pena que las cosas se hubieran complicado en su compañía precisamente entonces, pero estaba seguro de poder enfrentarse a todo1 ello. El reto resultaba refrescante. No podía recordar cuándo se había divertido tanto.
En las semanas que transcurrieron con posterioridad, la amistad que había entre María y Estrella fue creciendo aún más. Eran inseparables, especialmente en el cercado donde la joven practicaba su técnica a caballo. Iba mejorando poco a poco. Tenía confianza en sí misma y ya no dudaba en los obstáculos. Dejaba que la yegua hiciera su trabajo, con cierta incredulidad ante los resultados que conseguían.
María estaba orgullosa de su, pupila y eso la ayudaba. Ya no se quejaba tanto por su lenta evolución. En poco tiempo había empezado a rehabilitarse mucho más deprisa.
Esteban, por otra parte, encontraba cada día más difícil su trabajo. El papeleo y la construcción de los edificios eran asunto fácil, pero tener a María cerca le resultaba insoportable. Un simple contacto accidental bastaba para que su corazón se acelerara y para que se estremeciera de los pies a la cabeza. Se descubrió a sí mismo observándola de vez en cuando sin razón alguna, por el puro placer de admirarla. Y su vulnerabilidad lo ponía de mal humor. Había pasado mucho tiempo con Micki Lane, estudiando los contratos con los abogados antes de que María los firmara. Era muy atractiva, estaba interesada por él y él necesitaba divertirse. De modo que sin detenerse a pensar en las consecuencias la llamó por teléfono y la invitó a bailar.


El baile del Centro Cívico de Jacobsville era uno de los acontecimientos mensuales más importantes en la vida de la localidad. María asistía a él con frecuencia antes del accidente, acompañada casi siempre por Copper Coltrain. Pero había renunciado a ir a causa de su estado. Cuando Estrella mencionó de forma casual que su padre iba a asistir con aquella atractiva ejecutiva, María se sorprendió a sí misma sintiendo celos. Le caía muy bien Micki, pero no conseguía imaginársela con Esteban. Al menos, pensó que tendría a Estrella para que la acompañara.
Pero las cosas no salieron como pensaba. Estrella aceptó una invitación de última hora para pasar el fin de semana con su madre y tomó el autobús a Victoria. Después, Tim y Meg anunciaron que también se marchaba y María se sintió muy mal por ello, pero hizo todo lo posible para que no se notara. Al parecer todo el mundo estaba dispuesto a abandonarla.


Esteban pensó que María estaba demasiado pálida, cuando estaba a punto de marcharse para recoger a Micki aquella noche. Se detuvo, jugueteando con las llaves del coche que llevaba en el bolsillo.
¿No te importa quedarte sola? preguntó.
Estaba muy atractivo con sus pantalones oscuros, sus botas color crema, su camisa vaquera y su corbata negra.
Claro que no contestó orgullosa. Me quedaba sola muy a menudo cuando Tim y Meg se marchaban para visitar a su hija. Suelen ir al menos un sábado al mes, y no regresan hasta bastante tarde.
Esteban parecía preocupado. No le gustaba dejarla sola en el rancho, tan lejos del vecino más cercano.
Ésta no es una ciudad grande insistió, exasperada. Por Dios, nadie va a venir a matarme. Pero por si acaso, tengo una escopeta detrás de la puerta, y te aseguro que sé cómo usarla.
Si es que tienes tiempo de cargarla murmuró. ¿Sabes dónde están los cartuchos?
Puedo encontrarlos si los necesito.
Esteban levantó las manos.
Vaya, ¡qué tranquilizador! Espero que los intrusos potenciales sean lo suficientemente educados como para esperar hasta que los encuentres.
¡Casi tengo veintiséis años! exclamó furiosa. Puedo cuidar de mí misma sin ayuda de ninguna niñera alta y rubia. Márchate y métete en tus asuntos. ¡Estoy deseando pasar una velada tranquila con un buen libro!
Seguro que te vendrá muy bien. Un magnífico libro sobre la batalla de El Álamo. Te tranquilizará dijo con ironía, tomando el libro que estaba en el sofá.
María estaba tumbada en él, con vaqueros y una camisa verde y grande.
Me gusta la historia.
Creo que una simple novela amorosa te vendría mejor. Un pequeño placer sería mejor que nada.
Sus ojos azules brillaron.
¡Si quisiera amor, sabría dónde encontrarlo!
Vaya, vas a conseguir que me ruborice bromeó.
¡Nunca lo haría contigo! Aunque te lo agradezco. Sin embargo, no me resultas nada atractivo.
¿De verdad?
Se inclinó sobre ella y María volvió la cara, pero él puso una de sus manos tras su oreja y la obligó a mirarlo. Apenas tuvo tiempo de mirar aquellos ojos azules antes de sentir que la estaba besando.
Reaccionó de forma instintiva, empujándolo para que la dejase, pero en cuestión de segundos se dejó llevar por el deseo. Esteban olía a menta y a colonia. Y el seductor aroma la sedujo tanto como sus movimientos de su boca.
Apretó las manos sobre su camisa a modo de protesta, pero él comenzó a acariciarle el cuello con suavidad. María sintió que su respiración se aceleraba y que su contacto despertaba en ella un deseo profundo y dormido. Era como una primavera que al fin hubiera llegado. Gimió y entreabrió los labios dejándose llevar por el beso.
Esteban tomó sus manos y se las llevó al pecho, para moverlas después con sensualidad sobre sus duros y cálidos músculos. Su respiración también se había acelerado, y la atrajo hacia sí con fuerza.
Su gemido lo había excitado aún más. Ni siquiera se dio cuenta de que poco a poco se había tumbado literalmente con ella sobre el sofá.
María notó los cojines en su espalda y su fuerte cuerpo encima. Podía sentir sus brazos, sus piernas y su boca, que la seducía en silencio de tal modo que podía escuchar los latidos de su corazón.
Entonces Esteban metió las manos por debajo de su camisa, explorando su espalda como si le perteneciera. Una de sus piernas se había abierto camino entre las piernas de María, y se movía de forma seductora.
Finalmente, consiguió apartarse de él unos milímetros, e hizo un esfuerzo para recobrar el sentido.
No susurró.
Esteban le acarició el pelo con una mano mientras con la otra se quitaba la camisa. No llevaba nada debajo. Con suavidad, empujó la cara de María contra su piel suave y cálida, animándola a que lo besara en el cuello.
María nunca había experimentado algo tan íntimo. Intentó resistirse, pensando que precisamente en aquel instante se iba a marchar con otra mujer. Pero continuó besándolo bajo su experta guía.
Sentía curiosidad y se sentía muy atraída por él, de modo que hizo lo que él quería que hiciera. No estaba preparada para enfrentarse a aquel cuerpo musculoso, ni para el gemido torturado del hombre que estaba con ella.
Dudó, pero su mano se cerró sobre su cabello y Esteban gimió una vez más. Así que continuó acariciándolo, tocándolo en todo el cuerpo y descubriendo un sinfín de nuevas sensaciones.
Esteban había puesto ambas manos sobre su cabello, y guiaba su boca a través del fascinante territorio de su pecho. Mientras lo besaba, gemía y reía encantado.
Se cambió de posición y se tumbó de espaldas, con ojos brillantes por la emoción y el pecho desnudo. Entonces, ella lo miró y él sonrió enfebrecido.
María tocó su pecho, acariciando el vello negro que lo cubría y observándolo mientras lo exploraba. Cuando llegó a la altura del corazón, él la agarró.
Ni siquiera sabes qué hacer dijo casi enfadado. ¿Necesitas tener un manual a mano?
María parpadeó y recobró el buen juicio de repente. Apartó las manos de él y se sentó, haciendo un gesto de dolor al sentir la punzada en la espalda. Se preguntó qué aspecto tendría. Su rostro estaba enrojecido, su pelo revuelto y sus labios brillantes. En cuanto a sus ojos, brillaban como dagas.
Esteban la miró como si no la reconociera. De hecho, no se parecía mucho a la pálida y tranquila mujer que era habitualmente. Recordó que se había inclinado sobre ella y que la había besado, y que después la situación se le había escapado de las manos. No podía entender cómo había permitido que las cosas llegaran a tal punto.
Se levantó y tomó su camisa, intentando respirar con normalidad. Acababa de cometer una estupidez terrible.
María sentía emociones semejantes. Con la diferencia de que después del comentario sarcástico que había hecho dudaba que volviera a hablar con él en toda su vida. Tomó su libro y lo abrió, sin mirar a Esteban. Se sentía avergonzada y nerviosa, porque se había mostrado vulnerable.
Esteban terminó de ponerse la camisa y se la metió por debajo de los pantalones. Las manos le temblaban, lo que lo enfureció aún más. Había conseguido sacarlo de sus casillas sin intentarlo siquiera. Al parecer no podía controlarse cuando la tocaba. Aquello nunca le había sucedido con Ana Rosa, ni siquiera cuando estaba enamorado de ella. Y después de lo sucedido, María permanecía sentada allí, con una terrible frialdad, como si no le hubiera afectado en absoluto. Su enfado aumentaba por segundos.
¿No vas a decir nada? preguntó él, mirándola con dureza. ¿Piensas decir de nuevo que no me encuentras atractivo?
Ella no levantó la mirada. Su rostro se enrojeció ün poco más, pero su expresión no cambió. No dijo nada en absoluto.
Esteban caminó hacia la puerta.
Yo cerraré.
Ella asintió, pero él no la miró.
Salió sin hacer ningún comentario. Su corazón latía a toda velocidad y no estaba seguro de que sus piernas pudieran llevarlo hasta el coche. Fuera lo que fuese lo que sentía por aquella mujer, lo odiaba. Sólo deseaba poder dominarse. No podía darle nada y no era justo que se aprovechara de ella, aunque María se había mostrado más que receptiva hasta el final, cuando pareció asustada y enfadada. Pero no había dicho una sola palabra. Ni una sola. Se preguntó qué estaría pensando.
Entró en el vehículo, arrancó y salió disparado de aquel lugar. En cualquier caso carecía de importancia lo que pensase, porque aquello no volvería a suceder nunca más. Pasaría un buen rato con Micki y se olvidaría de la existencia de María.




Capítulo Seis


Sin embargo, las cosas no salieron como pensaba. Micki era sin duda una acompañante magnífica, pero cuando la tomó entre sus brazos al salir a bailar no sintió nada en absoluto. La excitación salvaje que le provocaba María con sólo mirarlo con sus grandes ojos azules había desaparecido.
Ha sido encantador que me invitaras dijo Micki sonriendo. Pero, ¿no le importará a María?
-María es mi jefa contestó.
Oh, lo siento. Por el modo en que te miraba...
¿El modo en que me miraba? preguntó, intentando no parecer interesado.
Ella rió, disculpándose.
Pensaba que estaba enamorada de ti explicó.
Esteban se ruborizó y dejó de bailar.
Eso es absurdo.
No lo es. Obviamente has sido muy amable con ella, y por si fuera poco ha tenido un accidente muy grave. Supongo que es inevitable que una mujer sienta algo por el hombre que la ayuda cuando tiene problemas. El señor Kemble, su abogado, dice que la has salvado literalmente de la bancarrota en unas pocas semanas y que la estás ayudando a sacar el rancho a flote.
Puede. El rancho tiene un gran potencial, sólo necesita unas cuantas modificaciones.
Modificaciones de las que te encargas tú. María es encantadora, ¿no te parece? Nuestro departamento de publicidad está deseando sacar una campaña en televisión aprovechando que es tan fotogénica.
Es atractiva dijo, como si no fuese importante.
Y sorprendentemente modesta sobre ello. He sabido de ella desde hace años, desde mi niñez en Jacobsville. Oí que el doctor Coltrain se rindió más o menos en la época en la que llegaste a su rancho. Ha estado intentando casarse con ella durante muchos años. Y no es un hombre particularmente romántico. Se trata de un hombre de gran carácter, pero al parecer no le gusta a María. Todo el mundo pensaba que harían una gran pareja.
¿De verdad? preguntó con cierta irritación. Sólo va de vez en cuando a visitarla al rancho, y únicamente para examinarla.
Micki hizo un esfuerzo para no sonreír.
Oh, ya veo.
Estoy seguro de que ya se habrían casado si ella quisiera.
No lo sé. Muchos hombres piensan que una mujer tan encantadora como ella debe tener muchos admiradores, y muchas mujeres guapas se quedan solas porque nadie se atreve a proponerles nada. De hecho, no recuerdo que María haya salido con nadie en serio. Exceptuando al doctor Coltrain, claro está.
Empezaba a estar cansado de oír cosas sobre el médico.
A su edad, puede perfectamente dedicarse a amores menos serios.
¿Eso crees? preguntó. Si ha mantenido alguna relación, lo ha hecho con suma discreción, porque su reputación es impecable.
Esteban siguió bailando con ella.
¿Qué te parece la orquesta? preguntó con una sonrisa encantadora.
Ella rió.
Muy bien, ¿no te parece? Siempre me ha gustado bailar una buena pieza.


Esteban estaba de un humor extraño cuando llevó a Micki a su casa. La dejó en la puerta con un simple beso antes de marcharse al rancho. Había sido una velada encantadora, pero no había sido capaz de quitarse los besos de María de la cabeza. Y por si fuera poco, tampoco había olvidado el comentario que Micki había hecho, sugiriendo que María estaba enamorada de él. Le preocupó tanto que se despidió de Micki mucho antes de lo que lo habría hecho en otras circunstancias.
Cuando se marchó de allí apenas eran las once de la noche, y no tenía intención de regresar tan pronto, de modo que se detuvo en un pequeño bar y tomó un par de cervezas antes de continuar el camino. Para entonces ya casi era la una, una hora más que respetable para un hombre que se suponía que estaba divirtiéndose.
Planeaba ir directamente a la casita donde vivía con Estrella, pero las luces del rancho aún estaban encendidas y no vio que el coche de Tim se encontrara en el garaje.
Frunció el ceño, preocupado, y caminó hacia la puerta delantera. Estaba abierta. Más preocupado que nunca, entró y cerró con suavidad. Después, empezó a comprobar todo la casa, desde el vacío salón hasta el despacho pasando por los dormitorios.
Había luz tras una de las puertas. La abrió y María lo miró, sorprendida. Estaba sentada en la cama, leyendo, con un camisón de satén. Llevaba el pelo suelto, de tal forma que le llegaba a los hombros, y en su posición se podía ver la parte superior de sus senos.
Pensó que la luz de la lamparita de noche la mejoraba aún más. Era la mujer más bella que había conocido nunca y todo su cuerpo se puso en tensión al pensar en lo que había bajo aquella fina tela.
¿Por qué has dejado abierta la puerta principal? preguntó.
No la he dejado abierta. La cerré y encendí las luces por si Meg necesitaba entrar.
Pues no estaba cerrada. Yo entré. Y ellos no han regresado. ¿Has comprobado el contestador automático?
No. Me tomé un par de aspirinas porque me dolía la espalda y después vine a la cama.
Iré a ver si han dejado algún mensaje dijo, apartando la vista de su cuerpo.
Se marchó, agradecido por tener algo en lo que ocupar su mente. Caminó hacia el aparato, que estaba en el salón, y presionó el botón del contestador. Suponía que Tim habría telefoneado para decir que tanto él como Meg iban a quedarse en casa de su hija a pasar la noche para poder aprovechar la mañana siguiente en su compañía. Un familiar lejano iba a visitarlos y querían estar con él.
Escuchó los mensajes. Su corazón latía a toda velocidad. Dos cervezas no eran suficiente para afectarlo, pero no había comido nada en mucho tiempo, y entre la visión de María y lo que Micki había comentado estaba confuso. Se preguntó qué pasaría si entrara en la habitación y le quitara aquel camisón. Se preguntó si lo deseaba, y si por tanto harían el amor.
Se pasó una mano por el pelo, enfadado. Debía salir de aquella casa de inmediato, antes de que ocurriera algo realmente estúpido.
Pero sólo pudo llegar a la puerta. No pudo traspasarla. Después de un pequeño conflicto interior, cedió a la tentación que estremecía todo su cuerpo. Se dijo que en todo caso ella siempre podría negarse. Pero sabía que no lo haría. No podía hacerlo. Cerró con llave, apagó la luz exterior y después hizo lo mismo con las del salón y las del despacho.
María dejó a un lado el libro. Cuando entró en su dormitorio estaba sentada en el mismo sitio, con aspecto más vulnerable que nunca.
- ¿Han llamado? preguntó, con voz rota.
Igual que él, recordaba la pasión que había sentido aquella misma tarde. Y a tenor de su aspecto, sabía que Esteban estaba pensando lo mismo. Lo deseaba tanto que su sentido de supervivencia había desaparecido durante las horas que había pasado fuera. Ya no tenía orgullo. La soledad y el amor se lo habían comido.
No volverán hasta mañana.
María lo miró con ojos muy abiertos, algo asustada y excitada. Esteban supo entonces todo lo que sentía.
Con una sonrisa a mitad de camino de la confianza y la necesidad se acercó a ella lentamente después de cerrar la puerta. Mantuvo su mirada y apagó la luz.
La habitación quedó a oscuras. Ella se quedó sentada, respirando con dificultad, esperando. Vio su silueta, grande y amenazadora, avanzando hacia la cama hasta que finalmente se sentó a su lado. Y pudo sentir sus grandes y cálidas manos en los brazos, mientras le bajaba el camisón hasta la cintura.
Sintió un escalofrío y contuvo la respiración. Notó que el aire se escapaba de sus pulmones y que él era de repente lo más importante en su vida. Se arqueó con un gemido implorante.
Deberían pegarme un tiro dijo él.
Entonces besó sus senos desnudos, acariciándola.
Nunca había estado con un hombre, pero su respuesta fue tan apasionada que Esteban ni siquiera lo notó al principio. Su manera de aceptar los besos y las caricias, cada vez más íntimas, lo excitaron demasiado como para notar que había colocado las manos sobre su pecho.
Olía a flores y su cuerpo estaba terriblemente caliente bajo su boca. La besó de los pies a la cabeza, en un silencio lleno de sensualidad.
Cuando estaba a punto de perder su escasa paciencia se quitó la ropa y la atrajo hacia sí. Ella contuvo la respiración de nuevo e intentó apartarse, pero su boca la detuvo.
¿Tomas algún anticonceptivo? preguntó él. ¿Tomas la píldora?
No.
Esteban gimió y buscó un preservativo en su cartera. Afortunadamente tenía uno, porque la deseaba apasionadamente.
Su pregunta casi había sido suficiente para que María recobrara el sentido común y se diera cuenta de lo que estaba haciendo, pero la besó de nuevo con tanta suavidad que todos sus miedos desaparecieron. Y sus apasionados besos y caricias la rindieron hasta el punto de que sólo deseaba llenar el deseo que sentía.
Tendré cuidado susurró él.
La atrajo hacia sí con mucha precaución, para no dañar su espalda, y la colocó de manera que pudiera acariciarla sin problemas.
Tranquila.
María clavó las uñas en los hombros de Esteban. Lo deseaba con toda su alma. Hundió la cabeza entre sus hombros, pero no se resistió.
Esteban no había llegado tan lejos aún como para no darse cuenta de lo que sucedía. Se enderezó, respirando con rapidez, con las manos sobre sus caderas.
¿María? preguntó, asombrado.
Ella gimió, casi sin ser capaz de respirar.
Su poderoso cuerpo se estremeció con el esfuerzo de echarse hacia atrás, aunque fuera durante unos segundos.
Dios mío, no imaginaba que... ¡Tenía que haberme dado cuenta! Perdóname, porque no puedo detenerme ahora. No puedo.
Entonces entró en ella, llevado por un deseo tan antiguo como imposible de detener.
El dolor que María sintió fue terrible. Gritó. Esteban escuchó su grito y se odió a sí mismo por lo que estaba sucediendo, pero estaba completamente a merced del deseo. Sin embargo, el tormento dio paso al placer segundos después, placer que alcanzó cimas que no había sentido en toda su vida. Pero más tarde regresó a la fría realidad y volvió a sentir culpabilidad y angustia.
Besó sus lágrimas, acariciándola con tanta suavidad como deseo había demostrado unos minutos antes.
Perdóname. Lo siento. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde.
Ella apoyó la mejilla en su pecho húmedo y cerró los ojos. Había sido algo doloroso e incómodo, y ahora le dolía otra vez la espalda.
Tienes veinticinco años gimió, acariciando su pelo. ¿Qué estabas haciendo, guardando tu virginidad para el matrimonio?
Eso no tiene gracia.
Supongo que es exactamente lo que estabas haciendo. Eres tan tradicional...
María se mordió el labio.
¿Quieres dejarlo de una vez?
Él besó sus ojos.
No, no hasta que te haya dado lo que yo he sentido.
¡No dejaré que vuelvas a hacerlo! ¡Duele!
La besó con suavidad.
La primera vez duele en ocasiones, según lo que me han dicho dijo con suavidad. Pero ahora verás hasta qué punto es distinto.
¡No quiero!
La besó con lentitud y gentileza. La besó hasta que ella se dejó llevar, y después empezó a acariciar todo su cuerpo, excitándola. María no supo muy bien cómo ocurrió. Le había hecho daño, pero estaba dejándose caer otra vez en la pasión. Cerró los brazos a su alrededor y notó que sus senos se excitaban bajo sus manos. En su interior empezó a crecer una tensión que causó que sus piernas comenzaran a temblar.
Era muy cariñoso. Estaba tumbado de espaldas, acariciándola mientras la colocaba sobre él. Entró en ella entre susurros de amor y cuando ella sintió su miembro en el interior de su cuerpo se arqueó.
Empezó a sollozar impotente.
Oh, no...
Entonces, sintió que sus sentidos alcanzaban una cota de placer que jamás habría creído posible.
No luches contra ello susurró él.
Su voz era suave, pero su respiración era rápida mientras se agarraba con fuerza a sus caderas. Cuando fue aproximándose al éxtasis, María se estremeció sobre él.
Asísusurró. ¡Así! Vamos, María, deja que suceda.
Oyó su voz mientras incrementaba el ritmo. Y entonces llegó a un punto que no esperaba, a un reino de placer que tomó el control sobre todo su cuerpo e hizo que lo olvidara todo, todo salvo el hombre que estaba con ella.
Empujó con fuerza y se concentró en lo que sentía, ciega de alegría entre los brazos de Esteban. Sólo cuando quedó completamente satisfecha, él se permitió el exquisito placer de dejarse llevar.
Acarició el pelo húmedo de María y permaneció tumbado, pensando en el precioso momento que acababan de compartir, hasta que ella también se tumbó sobre él.
Sus senos eran terriblemente suaves. Los acarició levemente antes de bajar hacia sus caderas y la atrajo hacia sí.
Ella carraspeó. El contacto de su cuerpo le resultaba increíblemente placentero, incluso entonces.
Esteban malinterpretó su gemido.
No te preocupes. He usado preservativos las dos veces. Nunca me arriesgo.
Estaba tan avergonzada que no supo qué decir. Se apretó contra él sintiendo su calidez, sin saber qué hacer.
Él la abrazó y rió.
Aunque he estado a punto de cometer un error, tengo que admitirlo. ¿Te duele la espalda?
Ella se mordió el labio.
Sí.
La dejó a un lado. Ella notó que volvía a la realidad, y la sensación no le gustó nada.
Esteban salió de la cama para tomar su camisón y sus braguitas. Después se los dio y la besó.
Póntelo, o tendrás frío.
Ella obedeció mientras él se vestía junto a la cama. Dejó escapar unas lágrimas y se odió a sí misma por haberse dejado llevar. Ni siquiera había sido capaz de pensar en los preservativos, aunque por fortuna él si lo había hecho. No sabía cómo iba a ser capaz de volver a mirarlo a la cara otra vez, después de lo sucedido. Sabía lo que sentía por él, pero no tenía idea de qué sentía él a su vez. No le había dicho una sola palabra de amor, salvo unas cuantas frases cariñosas que en modo alguno podían considerarse una declaración.
Mientras andaba perdida en sus preocupaciones él le acarició el pelo y se lo apartó de la cara.
Duerme bien dijo, intentando no mostrar lo que sentía.
Sus mejillas estaban húmedas. Se preguntó si lo odiaría o si sentiría lo que acababan de hacer. Había intentado resistirse al principio, pero no había conseguido acallar el deseo. No estaba seguro de que le hubiera gustado la primera vez, de modo que había hecho lo único que podía hacer, darle lo mismo que él había recibido. Pero no sabía si sería suficiente.
María apartó la cara con un susurro y Esteban la dejó. Ya tendrían tiempo para hablar por la mañana. Para disculparse y para explicarse.


María estaba entumecida cuando se despertó. Abrió los ojos y parpadeó para defenderse de la luz del día, y entonces recordó lo sucedido. Se sentó en la cama, y al recordarlo se ruborizó y se excitó de nuevo.
Apartó la sábana y observó que había manchado la cama. Se levantó con rapidez y tomó la sábana inferior y su ropa interior y la tiró al suelo. Después caminó hacia el cuarto de baño y se duchó antes de ponerse los vaqueros, una camiseta amarilla y unas zapatillas deportivas. Después metió la ropa sucia en la lavadora y la puso en marcha antes de que se presentara Meg.
Eh, ése es mi trabajo se quejó Meg cuando la descubrió.
No tenía nada que hacer explicó con cara de inocencia y una sonrisa. Todo el mundo estuvo fuera el fin de semana menos Esteban, y anoche llegó muy tarde. Creo que llevó a Micki Lañe a bailar.
Es muy bonita dijo, frunciendo el ceño. Pensé que Esteban te gustaría.
Ella se encogió de hombros.
Es encantador. Un gran contable.
Meg suspiró mentalmente, pensando que sus sueños de verlos juntos no tenían base real, y salió de la cocina para preparar la mesa.
Puso los platos, pero Esteban seguía sin aparecer. María había estado muy nerviosa toda la mañana, pensando en qué iba a hacer cuando lo viera de nuevo. Se sentía avergonzada por lo sucedido y tenía miedo de haberse comportado como una persona sin experiencia.
¿Dónde está Esteban? preguntó Meg cuando puso la ensalada y el pan sobre la mesa.
No lo sé. No lo he visto en todo el día.
No es propio de él perderse una comida dijo, mirando por la ventana. Su coche no está.
Puede que tenga una cita con Micki dijo María, sin levantar la mirada.
Supongo que en tal caso habría dicho algo.
María sonrió.
No tiene por qué darnos explicaciones.
Supongo que no. Bueno, iré a decirle a Tim que vamos a comer.
Fue una comida breve y placentera. Meg estuvo hablando sobre su hija y sobre el primo lejano que los había visitado. María se mostró extrañamente silenciosa, pero nadie pareció notarlo.


Justo antes del anochecer, Esteban apareció con su hija. Evidentemente se había acercado a Victoria para recogerla, a pesar de que Estrella había dicho que regresaría en el autobús. Cabía la posibilidad de que se sintiera tan incómodo como ella, que quisiera olvidar lo ocurrido y que necesitara poner tierra de por medio entre ambos.
María estaba sentada en el sofá viendo las noticias cuando entraron.
¿Qué tal tu fin de semana? preguntó a la joven.
No muy bien contestó sonriendo, sin dar más explicaciones. Estás pálida. ¿Te encuentras bien?
María tuvo que hacer un esfuerzo para no mirar a Esteban.
Sí, estoy bien. He estado todo el día sin hacer nada.
Necesito echar un vistazo a los libros, de modo que me los llevaré a la casa, si no te importa intervino Esteban, mirándola por primera vez.
Su tono era formal y remoto.
Por supuesto dijo sonriendo. ¿Habéis cenado?
Hemos tomado algo por el camino contestó Esteban. Ahora, dale las buenas noches y despídete, Estrella.
Quería escapar de allí cuanto antes.
Buenas noches dijo la joven, obediente.
Era consciente de la extraña tensión que había entre los dos adultos, pero tenía suficiente sensibilidad como para no mencionar nada en absoluto. Su padre se había comportado de manera extraña, de modo que pensó que con toda seguridad habrían discutido de nuevo. Le entristecía pensar que su nueva amiga y su padre no se llevaban bien.
María se despidió de ella y siguió viendo la televisión. No miró directamente a Esteban, ni él hizo lo propio con ella. Se preguntó si las cosas podrían volver a la normalidad algún día.


Los albañiles trabajaban con diligencia y las reparaciones se estaban llevando a cabo siguiendo el plan previsto. Al inspeccionar la nueva caballeriza, María quedó impresionada por el progreso. Era un buen trabajo.
El siguiente paso consistía en comprar caballos. María y Estrella acompañaron a Esteban a un conocido rancho de caballos que había en las afueras de Corpus Christi. Esteban y María observaron el catálogo sin mirarse entre sí mientras Estrella iba inspeccionando uno a uno a los animales.
María tenía un ojo excelente con los caballos. Antes de que su padre muriera había dejado que fuera ella quien se encargara de las compras. Esteban se dio cuenta enseguida de su habilidad, y ella siguió el ejemplo de su padre. Compraron tres yeguas buenas y un caballo de excelente línea dinástica. Esteban hizo los arreglos necesarios para que los llevaran al rancho y después se unió a las dos mujeres.
Podríamos detenernos a tomar un helado por el camino dijo Estrella, limpiándose el sudor. ¡Hace mucho calor!
Muy bien, siempre y cuando María no esté demasíado cansada.
Estoy bien dijo, pasando un brazo por los hombros de la joven.
Caminaba sin muletas, aunque aún no lo hacía con demasiada confianza o rapidez. Dos o tres veces había estado a punto de ceder al impulso de montarse a un caballo. Tal vez no fuera un sueño irrealizable, pero por el momento no podía conseguirlo.
En ese caso, nos detendremos dijo Esteban.
Había una pequeña heladería junto a la carretera principal. Estaba un poco aislada, pero había muchos coches aparcados y la zona destinada a meriendas estaba llena.
Podemos sentarnos bajo los árboles dijo Estrella. María y yo buscaremos un sitio mientras tu vas a buscar los helados, papá. Yo quiero uno de chocolate.
Esteban miró a María.
¿Qué quieres tú? preguntó con cortesía.
Lo mismo, gracias contestó, sin mirarlo.
Giró en redondo y se alejó con la adolescente.
Esteban la observó lleno de deseo. Había manejado muy mal aquella situación y no sabía qué hacer. Su conciencia lo había estado torturando durante varios días, y por la noche no podía dormir. No la había obligado a hacer algo que no quisiera hacer, pero había pretendido que se detuviera y él no lo había hecho. Tal vez lo amara en el pasado, pero seguramente ahora lo odiaría. No volvería a mirarlo nunca. Cuando entraba en una habitación en la que se encontraba ella, buscaba alguna excusa para marcharse. Siempre se comportaba con absoluta frialdad, excepto cuando Estrella estaba cerca, y todo era culpa suya. No debía haberla tocado.
El dependiente volvió a preguntar qué deseaba y Esteban regresó a la realidad. Después tomó los helados y pagó.
Minutos más tarde, los tres estaban sentados bajo un árbol. La brisa jugaba con el pelo de María mientras saboreaban los refrescantes helados.
¿No te gusta el chocolate? preguntó Estrella con entusiasmo.
María sonrió.
Sí. El problema es del chocolate. No le gusto yo. A veces me da dolores de cabeza.
¿Y por qué no lo has dicho? preguntó Esteban.
Ella lo miró, sobresaltada por su tono.
Porque me encanta.
Sin embargo, ésa no es razón para que te lo comas, si va a dolerte la cabeza.
María lo miró de nuevo.
Me como lo que me gusta. ¡No eres mi niñera!
Hmm... ¿Qué opinas del caballo? preguntó Estrella, cambiando de conversación con rapidez.
¿Cómo?
Estaba mirando los furiosos ojos de Esteban. Pero el enfado fue desapareciendo, y en su lugar quedó algo igualmente violento, pero mucho más cálido y profundo.
Estrella hizo un esfuerzo para no sonreír.
Creo que iré a buscar más servilletas dijo.
Ninguno de los dos pareció notar que la joven se había marchado. El rostro de María adoptó un color rojizo y los ojos de Esteban se entrecerraron hasta que apenas formaron un par de rendijas grises, llenas de deseo y posesión.
Entonces tomó sus manos apasionadamente.
¿Dejamos de actuar como si no hubiera ocurrido nada? preguntó en voz baja.










Capítulo Siete


María sintió que sus dedos se entrelazaban con los de Esteban. No podía respirar con normalidad, y sus ojos dejaban ver con toda claridad lo que estaba pensando.
Hemos estado comportándonos como idiotas durante muchos días dijo él con voz suave, mirándola. Sigo deseándote. Más que nunca.
Ella apartó la mirada y observó sus manos, juntas.
No debió haber ocurrido.
Lo sé dijo, sorprendiéndola, pero ocurrió. Nunca había sentido tanto placer, María. Creo que podríamos mantener una relación muy satisfactoria.
Ella levantó la mirada, pero no vio amor en sus ojos, sino un deseo vacío.
Quieres decir que podríamos tener una aventura.
Él asintió, destrozando todas sus esperanzas.
Ya he intentado el matrimonio dijo con amargura. Y no creo en él a estas alturas, pero no puedes negar que cuando estamos juntos llegamos a unos extremos increíbles. No tendrá ninguna consecuencia, ninguna repercusión.
¿Y qué hay de Estrella? preguntó.
Tiene catorce años contestó. Sabe de sobra que no soy ningún monje, y no espera que la vida sea como un cuento de hadas.
Sus tristes ojos lo miraron.
¿De verdad? Me temo que a mí sí que me importa dijo apartando las manos.
Esteban arqueó las cejas.
No hablas en serio, ¿verdad? No esperarás casarte con un hombre y quedarte con él toda la vida preguntó con una risa amarga.
Sí, lo espero, a pesar de lo que ocurrió la otra noche contestó con orgullo. Soy sincera en ese aspecto, pero creo que dos personas pueden vivir juntas si tienen intereses en común y trabajan para mantener una relación.
Él se enderezó y apretó los labios.
¿Crees que Ana Rosa y yo no lo intentamos suficientemente? preguntó enfadado.
Para mantener una relación se necesita el esfuerzo de las dos personas.
Más que el esfuerzo, el compromiso dijo él, riendo con amargura. Casarse puede llegar a ser una verdadera locura en muchos casos.
María sabía que todas sus esperanzas estaban desapareciendo de súbito, de modo que sonrió con tristeza.
Yo no tengo un matrimonio roto a mis espaldas, y sigo creyendo en los cuentos de hadas. No quiero tener una aventura contigo, Esteban.
Sus ojos se entrecerraron.
Pero te gustó mucho lo que hicimos.
Ella se encogió de hombros haciendo uso de las pocas energías que tenía y sonrió.
Es cierto. Fue maravilloso, gracias.
Esteban parecía estar muy enfadado. Sus duros rasgos destilaban rabia, y abrió la boca para decir algo, pero en aquel instante regresó Estrella con las servilletas.
Aquí están dijo ella, recogiéndolas. Se está muy bien a la sombra, ¿verdad?
Esteban cerró la boca, sin decir nada. Terminó de tomarse el helado y se levantó.
Será mejor que regresemos -dijo con frialdad. Tengo mucho trabajo.
Pero papá protestó Estrella, asustada al ver la mirada que le dirigía. ¡De acuerdo, de acuerdo, lo siento!
Terminó su helado, sonrió a María y los tres regresaron al vehículo.


Los días siguientes estuvieron llenos de acontecimientos. María observó el trabajo de Estrella con Feather y estuvo charlando con Micki Lañe acerca de la campaña publicitaria prevista.
Necesitamos hacer unas cuantas fotografías dijo Micki. ¿Cuándo podrías venir a Victoria?
María decidió tomarse un día libre y Micki se ofreció a pasar a recogerla.
No, gracias dijo María. Haré que alguien me lleve.
No podía soportar verla con Esteban.
Oh, muy bien entonces dijo con tristeza. ¿Dónde está Esteban? Hace tiempo que no sé nada de él.
Está bien, trabajando duro, por supuesto contestó como si fuera un hecho. Acaban de finalizar las nuevas caballerizas y está trabajando codo a codo con el constructor.
Ya veo dijo, algo más feliz. Supongo que eso le ocupa buena parte del tiempo, ¿verdad?
Sí.
De repente pensó que pasaba mucho tiempo en las caballerizas, mucho más de lo que pasaba con el resto de los proyectos. Probablemente sólo lo hacía por mantenerse alejado de ella. Hasta Estrella se había quejado por el fervor que demostraba por las reparaciones y cambios de las caballerizas.
En tal caso te veré el viernes espetó Micki.
De acuerdo, el viernes a las nueve.
No mencionó nada sobre el viaje ni a Esteban ni a la joven. Pensó que podía pedir a Tim que la llevara a la ciudad. Supuso que no se negaría.
Mientras tanto, tenía que ir a ver al doctor Coltrain para que la examinara. El médico comprobó sus reflejos, el estado de su corazón y de sus pulmones, midió su tensión y le hizo una docena de preguntas antes de dar su opinión, que fue positiva.
Excepto por esas ojeras añadió, mirando sus ojos azules de forma inquisitiva. ¿Sanromán te preocupa?
Ella lo miró.
Esteban Sanromán no es asunto tuyo.
Él sonrió.
No estoy ciego, aunque tú lo estés.
¿Qué quieres decir?
Ya lo descubrirás algún día contestó, echándose hacia atrás en su silla y girando. No empieces demasiado deprisa, pero creo que deberías intentar andar un poco más.
¿Puedo montar?
Él dudó.
Lentamente contestó, y durante breves periodos. Y no se te ocurra hacerlo en ninguno de los caballos de competición. Limítate a alguno que sea tranquilo, y no te excedas.
Bracket es muy suave le aseguró. Nunca me ha hecho nada.
Cualquier caballo puede resultar peligroso si se dan ciertas circunstancias, y lo sabes muy bien.
Se había olvidado de que Coltrain había crecido prácticamente a lomos de un caballo. Montaba muy bien, casi mejor que ella. Había participado en varios rodeos para ganar algo de dinero mientras estudiaba medicina.
Tendré cuidado le aseguró.
¿Qué es eso que he oído de que vas a anunciar ropa? preguntó de repente.
María sonrió.
Meg te lo ha contado, según veo. Supuse que lo haría. Voy a patrocinar una línea de ropa tejana. Es de buena calidad, y apareceré en televisión y en revistas promocionándola. El viernes voy a ir a Victoria para que me hagan unas cuantas fotografías para las revistas.
¿Cómo piensas ir?
Pensé en pedir a Tim que me llevara.
Pídemelo a mí dijo con una sonrisa. Tengo que ir para tratar un caso de leucemia que tienen en el hospital. Es uno de mis pacientes, que actualmente vive allí. Puedes ir conmigo si quieres.
Puede que pase allí todo el día advirtió.
Él se encogió de hombros.
Encontraré algo que hacer para divertirme.
Ella sonrió abiertamente.
Muy bien, en tal caso acepto. Gracias.
Iré a recogerte al rancho a eso de las ocho y media. Podemos pararnos por el camino para tomar un café.
De acuerdo.
¿Cómo has llegado aquí, por cierto?
Meg me ha traído, porque tenía que ir al supermercado. Está esperando en el aparcamiento. Sólo tenía que comprar unas cuantas cosas.
¿Por qué no te ha traído Sanromán?
Ella se ruborizó.
Porque no se lo he pedido.
Ya veo dijo, apretando los labios.
María se levantó.
No, no ves nada, pero gracias por todo. Te veré mañana por la mañana.
María...
María se detuvo en el umbral de la puerta y se dio la vuelta para mirarlo.
¿Quieres preguntarme algo?
Ella se ruborizó, porque no sabía exactamente lo que quería decir.
No contestó en un susurro. ¡No!
De acuerdo, no es necesario que te ruborices dijo con suavidad, sonriendo con afecto. Pero estaré aquí si me necesitas, y te aseguro que no te juzgaré.
Ella respiró profundamente.
Oh, Copper, lo sé dijo. Me gustaría que...
No, no te gustaría bromeó, sonriendo. Estuve enamorado hace años de ti, pero ya ha pasado. Hasta un ciego podría ver lo que sientes por Sanromán. Pero ten cuidado, ¿quieres? Eres tan transparente como el cristal, y ese hombre sabe de mujeres.
Tendré cuidado aseguró. Es maravilloso tener un amigo como tú.
Lo mismo opino yo de ti.
Entonces sonó un golpe en la puerta y Lou Blakely entró en la habitación.
Perdonadme dijo mirando a María. El señor Harris no quiere hablar conmigo sobre sus hemorroides. ¿Podrías...?
Estaré contigo en unos segundos contestó.
Lou cerró la puerta al salir.
Eres un poco grosero con ella, ¿no te parece? preguntó con toda tranquilidad. Es una mujer encantadora, y tu comportamiento le hace daño. ¿No te has dado cuenta?
Sí contestó, con un aspecto bien distinto al del hombre que conocía. Ya he me dado cuenta.
María no dijo nada más. Se despidió de él y sólo se detuvo para pagar a la recepcionista ante de salir en busca de Meg. Copper siempre había sido encantador con ella de jóvenes, aunque era cinco años mayor que ella, pero se comportaba de modo muy distinto con Lou, como si no la pudiera soportar. Resultaba extraño que hubiera aceptado que trabajaran juntos si la encontraba tan irritante.
Meg llevó a María de vuelta al rancho. Estrella estaba esperándolas en el porche.
¡Lo he conseguido! exclamó al verla. ¡He batido mi récord! ¡Y no tenía miedo! Oh, María, lo he conseguido. He vencido al miedo. Estoy deseando que llegue el próximo rodeo.
Me alegro mucho por ti dijo con suave afecto.Eres una gran amazona y sé que llegarás muy lejos.
Me contentaría con ser la mitad de buena que tú dijo con ojos brillantes.
María rió.
Te aseguro que no te resultará nada difícil.
No seas tonta. Tú siempre serás María Fernández. Has dejado huella en la historia de los rodeos. ¡Eres famosa! Y serás aún más famosa cuando aparezcas en esos anuncios.
Bueno, ya veremos. No pienso contar los huevos antes de tener la gallina.
La sesión fotográfica fue tema de conversación durante toda la cena.
Te llevaré a Victoria por la mañana dijo Tim, prestándose voluntario. Aunque es posible que pueda hacerlo Esteban, si encuentra tiempo libre con lo de las caballerizas.
Intentaba tomar el pelo al joven, que comía taciturno su plato de pollo con puré de patatas y judías.
Esteban levantó la mirada y observó a María sin emoción alguna.
Si quieres que te lleve, lo haré.
Gracias, pero ya he conseguido que me lleve alguien explicó, sonriendo. Copper tiene que ir al hospital, de modo que iré con él.
Esteban no dijo nada, pero su mano se apretó sobre el tenedor.
El buen doctor aparece de nuevo, ¿verdad?
En efecto. Es muy conocido en todas partes. Se graduó entre los primeros de su facultad, y es muy inteligente contestó ella.
Esteban nunca había tenido las ventajas de una carrera universitaria, y aquel tipo de cosas le molestaban. Había conseguido millones de dólares y era un hombre muy conocido en el mundo de los negocios, pero en ocasiones se sentía incómodo cuando tenía que tratar con otras personas con más estudios.
Papá también es muy inteligente dijo Estrella, notando la incomodidad de su padre. Aunque no sea médico, ha conseguido muchos...
Estrella... dijo su padre, cortando su frase.
Ha hecho muchos amigos corrigió la joven, sonriendo a su padre. Y es muy atractivo.
María no sospechó nada en absoluto. Terminó de comerse su pollo y después tomó su vaso de leche.
El pollo estaba magnífico, Meg comentó.
Me alegra ver que alguien vuelve a tener apetito murmuró Meg. Estaba cansada de cocinar para mí, para Tim y para Estrella.
Supongo que el dolor te quita el apetito de vez en cuando, ¿verdad, María? preguntó la joven con inocencia.
A veces contestó, sin mirar a Esteban.
Él levantó su taza de café y la vació.
Será mejor que vuelva con esos libros de cuentas.
Han llegado un par de faxes para ti esta mañana dijo Meg. Uno es de una mujer que se llama Julia añadió, con un extraño brillo en los ojos.
¿Quién es Julia? preguntó Estrella, arqueando las cejas. ¡Ah, Julia!
La mirada de su padre la acalló.
Supongo que te echa de menos, ¿no te parece? continuó su hija, sonriendo en secreto.
No lo dudo.
Esteban pensó en los terribles dolores de cabeza que habría tenido Julia Emory resolviendo todos los problemas mientras él se encontraba en Jacobsville trabajando para María. Dejó la servilleta sobre la mesa.
Será mejor que me ponga en contacto con ella. No quiero que mi trabajo aquí le cree ningún problema dijo a María.
María asintió, pensando que estaba con otras mujeres. No se sorprendió. Era un hombre atractivo y sabía bien que cualquier mujer lo encontraría irresistible en la cama. Se ruborizó al recordar los momentos que habían pasado juntos e intentó disimular concentrándose en su vaso de leche.
Cuando Esteban se marchó, la conversación se hizo más espontánea y relajada, pero la habitación parecía vacía.
¿Has pensado alguna vez en casarte con el doctor Coltrain? preguntó Estrella, cuando todos se hubieron marchado.
Sí, lo pensé en cierta ocasión confesó. Es muy atractivo y tenemos muchas cosas en común, pero no sentí nunca la clase de atracción que resulta necesaria para casarse con un hombre.
En otras palabras, que no lo deseabas dijo con toda naturalidad.
¡Estrella!
No vivo en una botella de cristal dijo la joven. He oído muchas cosas en el colegio, y papá me deja ver muchas cosas en la televisión, pero no quiero apresurarme con esas cosas a mi edad añadió, pareciendo muy madura. Es peligroso, ya sabes. Además, tengo la romántica idea de que sería maravilloso esperar hasta el matrimonio. ¿Sabes que algunos chicos opinan lo mismo? Por ejemplo, Mark. Va al instituto conmigo, y es muy conservador con esas cosas. Dice que prefiere esperar y que sólo lo hará con la mujer con la que se case. De ese modo no tendrá problemas con las ETS.
¿Las que?
Las enfermedades de transmisión sexual contestó. María, ¿no ves nunca la televisión?
María se aclaró la garganta.
Bueno, parece que no veo los programas adecuados.
Tendré que darte unas cuantas lecciones dijo la chica con firmeza. ¿No te dijeron nada tus padres?
Sí, pero nunca me ha gustado un hombre lo suficiente como para...
Entonces dudó y pensó en lo que había hecho con Esteban. Se ruborizó de inmediato.
Oh, ya veo. ¿Ni siquiera el doctor Coltrain?
María negó con la cabeza.
Qué triste.
Uno de estos días encontraré a la persona adecuada le aseguró.
Al levantar la mirada, observó que Esteban había entrado en la habitación. Estaba observándolas con interés, en silencio.
¡Hola, papá! Estaba explicándole las cosas del sexo a María dijo, levantándose. ¡Y pensaba que yo sabía poco! En fin, te veré más tarde, María. Voy a ensillar a Feather.
Cerró la puerta dejando a Esteban a solas con María. Meg se encontraba en la cocina limpiando los cacharros y cargando el lavaplatos.
¿Necesitas que una chica de catorce años te explique esas cosas? preguntó con tranquilidad. Pensé que habías aprendido todo lo necesario de mí.
Ella se mordió el labio inferior.
No sigas.
Esteban se acercó a ella con unos cuantos documentos en la mano, y se detuvo junto a su silla.
¿Por qué nos niegas el placer que hemos compartido? Me deseas y yo te deseo. ¿Qué hay de malo en ello?
Ella lo miró.
Que quiero algo más que una relación física contestó.
¿Estás segura? preguntó, acariciándole la mejilla con suavidad.
Ella intentó apartar la mirada, pero él la tomó de la mejilla y la obligó a mirarlo.
Eres tan bella murmuró, y tan inocente. Quieres la luna, María, y no puedo dártela. Pero puedo darte un placer tan profundo que querrás gritar y morderme.
Ella le tapó la boca con los dedos.
¡Calla! susurró desesperadamente, mirando hacia la cocina.
Esteban la tomó por la muñeca y tiró de ella para que se levantara. Después la atrajo hacia sí y empezó a frotarse contra ella.
No creo que Meg se asustara sí nos viera besándonos. Nadie se asustaría, excepto tú.
Su mano se apretó sobre ella, atrayéndola aún más con dedos de acero. Algo cambió en su expresión mientras la miraba. Su boca descendió lo justo para acariciar sus labios.
Puedes negar que te gusta, pero cuando te abrazo te dejas llevar. Si te ofreciera mi boca, la aceptarías. Eres una especie de marioneta, cariño susurró seductor.
Dejó que sus suaves palabras hicieran el resto, seduciéndola.
María quiso protestar. Quería hacerlo, pero su boca estaba demasiado cerca. Podía sentir su aliento cálido, notar la humedad de sus labios abiertos. Deseaba negar todo lo que estuviera diciendo, pero no lo había escuchado.
Esteban la atrajo hacía sí un centímetro más.
No pasa nada murmuró, acariciándola con los labios. Toma lo que desees.
María estaba segura de una cosa. Odiaba a aquel hombre tan arrogante.
Pero deseaba besarlo y era una tontería desperdiciar la oportunidad. Era fácil dejarse llevar, besarlo y sentir aquel placer lento y maravilloso. Era fácil sentir la suavidad de su cuerpo y perderse en aquel mar de seducción.
Ni siquiera la tenía sujeta. Con la mano que tenía libre le acariciaba el pelo mientras ella lo besaba apasionadamente. Sabía a café y olía a colonia especiada. Su cuerpo estaba duro y cálido, y la sensación del contacto la excitaba. Notó que sus piernas comenzaban a templar y se preguntó si podrían sostenerla mucho más tiempo.
Sin embargo, su cercanía era tan apremiante para él como para ella. Segundos más tarde, dejó los documentos sobre la mesa y la abrazó con fuerza. Su boca se abrió y su lengua empezó a juguetear con ella lentamente, en una lenta y seductora parodia de lo que habían estado haciendo cierta noche que pasaron juntos.
Ella gimió al sentir el placer, temblando en sus brazos.
Las manos de Esteban empezaron a acariciar sus costados y poco a poco fueron ascendiendo hacia sus senos. Esteban recordó el sabor de aquellos pechos y el cálido abrazo de su cuerpo desnudo en la oscuridad. La tomó por la cadera y la atrajo hacia sí con fuerza. Ella gimió al sentir dolor en la espalda.
El sonido lo asustó. Estaba lleno de deseo por ella, pero a pesar de todo la miró con atención.
¿Te duele la espalda? preguntó.
Un poco.
Lo siento dijo, apartándole el pelo de la cara. Lo siento, cariño. No te haría daño por nada del mundo, ¿lo sabías?
Sin embargo, lo hiciste.
Sus ojos se ensombrecieron.
Sí, es cierto. No me di cuenta hasta que... Pensé que moriría de placer y de vergüenza, porque me pediste que parara y no pude detenerme dijo, cerrando los ojos y estremeciéndose con el recuerdo. ¿No sabes lo que es desear a alguien por encima de los principios, por encima incluso del honor? Yo te quiero de ese modo. Podría matar por estar contigo, y en aquel momento no fui capaz de recobrar la cordura. Lo siento, María. Pero estaba demasiado excitado para alejarme. Lo siento.
Ella cerró los ojos, aspirando su maravilloso olor y dejándose llevar por lo que sentía.
No pasa nada. Al fin y al cabo creo que te comprendo declaró, dudando.
Su cuerpo tembló al recordarlo.
Esteban la besó en los ojos, en las mejillas y en la barbilla.
Pensé que nunca ibas a dejar de temblar susurró. Recuerdo haberme reído de alegría, sabiendo que había conseguido darte placer.
¿De modo que por eso lo hiciste?
Sí contestó, tomando su cara entre las manos y mirándola con dulzura. Ven conmigo esta noche. Te daré mucho más placer, mil veces. Te haré el amor hasta que te quedes dormida en mis brazos.
María quería hacerlo. Sus ojos le dijeron que lo deseaba, pero a pesar del placer que tan bien recordaba, recordaba igualmente cómo la había abandonado después, dejándola sola en cuanto termino, sin dulzura, sin explicaciones, sin disculpas. La deseaba desesperadamente, pero cuando estuviera satisfecho sería como en el pasado, porque no sentía nada por ella salvo deseo físico. No la amaba. Le ofrecía un corazón vacío.
María cerró los ojos intentando resistirse a la terrible tentación que le ofrecía. En su opinión era un camino autodestructivo, por placentero que pudiera ser temporalmente.
No dijo al fin. No, Esteban. Ya es suficiente.
Él se echó hacia atrás. María estaba temblando en sus brazos. Deseaba besarlo y seguía abrazándolo con fuerza.
No lo dices en serio acusó con suavidad.
Ella abrió los ojos y lo miró intensamente.
Sí, lo digo en serio espetó con toda tranquilidad, apartándose de él con lentitud. Eres muy atractivo y me encanta besarte, pero esto no nos llevará a ninguna parte.
Quieres que te haga promesas que no puedo cumplir.
Oh, no corrigió-. Las promesas son sólo palabras. Quiero años de vida en común, y niños. Muchos niños.
Su rostro se suavizó al pensar en una chica como Estrella, o tal vez en un chico.
El rostro de Esteban se endureció.
Yo ya tengo una hija.
Sí, lo sé, y es maravillosa. Pero yo quiero tener una hija mía, y un marido que esté con nosotras.
Esteban vacilaba entre la pasión y el enfado.
¿No te parecería maravilloso que pudiéramos tener exactamente lo que deseamos?
Desde luego.
María se apartó de él, concentrándose en respirar con normalidad. Se apoyó en la silla y dijo:
Pero es posible que nunca lo consiga. Sin embargo, mis sueños son muy dulces. Mucho más dulces que unas cuantas semanas de placer físico, antes de que te marches definitivamente de mi vida.
Su rostro se endureció aún más.
¿Placer?
Sin amor, el sexo no es nada profundo.
Eres una pequeña hipócrita la acusó, acercándose a ella.
Entonces la besó ardientemente. Pero la puerta se abrió de golpe y una sorprendida Estrella se detuvo, helada, en el umbral.














Capítulo Ocho


Esteban levantó la cabeza y se quedó helado mientras María se apartaba de él, ruborizada.
Lo siento murmuró Estrella, sonriendo. Estaba buscando a Meg. No dejéis que os interrumpa. Continuad.
Miró hacia la cocina y cerró la puerta de inmediato.
Lo siento dijo Esteban con frialdad, apartándose el pelo de la frente. Ha sido algo bastante estúpido.
María no sabía qué quería decir con aquel calificativo, pero no comentó nada. Se apartó de él y se sentó. Le dolía la espalda por el esfuerzo. Esteban dudó unos segundos, pero no pudo pensar en nada que pudiera justificar su comportamiento.
Perdóname -dijo, tomando los documentos de la mesa. Tengo que seguir trabajando.
La dejó sentada allí, sin mirar atrás. Estrella apareció pocos minutos más tarde, y al ver que María estaba sola hizo un gesto de extrañeza.
No quería interrumpiros dijo la joven. No esperaba... Nunca había visto que mi padre besara a nadie de ese modo. ¡Ni siquiera a mi madre cuando era pequeña!
María se ruborizó.
Ha sido un error.
Un error, vaya rió, con el rostro iluminado. ¿Te gusta?
No empieces a soñar pensando que tu padre y yo vamos a mantener una relación dijo en tono sombrío. No tenemos ningún futuro. No quiere casarse, y yo no quiero nada más.
Oh.
El rostro de Estrella se ensombreció.
Aún sigues siendo mi amiga, Estrella le aseguró con una sonrisa. ¿De acuerdo?
Estrella sonrió tras unos segundos de confusión.
De acuerdo.

María fue a Victoria con Copper y pasó la mayor parte del día posando para varios artículos de Slim Togs. El fotógrafo era encantador, amable y muy considerado con el problema de su espalda, que le dolía más que de costumbre a causa del ardor que Esteban había demostrado la noche anterior. Pero obviamente no se lo mencionó a nadie. De todas formas, carecía de importancia.
Creo que ya basta dijo Micki unos minutos más tarde, después de haber hablado con el fotógrafo. Jack dice que ya ha conseguido lo que quería, de modo que haremos una selección y nos pondremos en contacto contigo. Habrá que hacer un par de apariciones promocionales, en el rodeo y tal vez en la apertura de alguna de nuestras tiendas. Ya te avisaremos.
Ha sido muy divertido admitió. Y me encanta la ropa.
Tú también nos gustas mucho dijo Micki con una sonrisa abierta Eres muy buena posando. Por cierto, Esteban no ha venido contigo, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza.
Está demasiado ocupado con los proyectos del rancho. Mis hombres trabajan con él, no conmigo. Va a resultarme difícil recobrar el control de las cosas cuando se marche.
¿Se marcha?
Aún no, o al menos no lo creo contestó.
Odiaba tener que contestar a sus preguntas, pero no podía negarse, por temor a revelar lo que sentía.
Es muy atractivo dijo Micki, sonriendo con cierta tristeza. Estoy segura de que tendrá muchas novias.
No lo dudo. Hasta le envían faxes.
Micki rió.
Bueno, eso me deja fuera de juego, supongo. Tú tampoco intentas nada con él, ¿verdad? preguntó con curiosidad.
No. Además, no creo que pudiera.
Qué suerte tenemos, ¿no es cierto? Un hombre magnífico como él no aparece todos los días, pero siempre hay una mujer de por medio declaró, haciendo un gesto negativo con la cabeza. Creo que estoy destinada a ser una solterona.
El matrimonio no lo es todo. Siempre podrías llegar a jefa de tu empresa.
Todo es posible. Pero en el fondo sueño con estar con un hombre arrebatador al que pueda planchar las camisas y con el que pueda tener niños. Una pena, ¿no te parece? Pero no se lo digas a nadie.
Vaya, así que estamos ante una verdadera ama de casa.
Micki rió.
Me encanta lo que hago, y gano mucho dinero. No me quejo. Pero no me gusta vivir sola.
¿A quién le gusta? preguntó. Sin embargo, en ocasiones no se puede elegir.
Eso dicen. En fin, nos pondremos en contacto pronto. Que tengas un buen viaje de vuelta.
Gracias.
María bajó las escalaras y telefoneó al hospital. Copper apareció en poco tiempo a recogerla, pero en lugar de dirigirse de vuelta al rancho la llevó al mejor restaurante de la ciudad para invitarla a cenar.
No estoy vestida apropiadamente se quejó ella.
Hizo un gesto hacia la camisa que llevaba, a juego con su falda.
Ni yo. Que nos miren si quieren, ¿no te parece?
Coltrain llevaba una chaqueta deportiva y una camiseta con pantalones vaqueros.
Ella rió.
De acuerdo. Me encantará cenar contigo, si no te importa nuestra ropa.
Nunca me ha importado.
La llevó al interior del impresionante restaurante donde pidieron la cena, consistente en nécoras, filetes y ensalada, además de un postre de helado con chocolate que tomaron al final.
He soñado con este postre durante años murmuró ella mientras regresaban a casa.
Y yo.
María lo miró. Cuando conducía nunca apartaba la mirada de la carretera, y probablemente se comportaba del mismo modo cuando operaba. Estaba especializado en pulmón, y era un cirujano de cierta fama. De forma ocasional lo llamaban para que interviniera en una operación en los hospitales de las grandes ciudades, pero durante los últimos años había preferido quedarse cerca de casa. En muchos aspectos era un hombre misterioso. Un enigma.
¿Quieres tener niños? preguntó de repente.
Coltrain rió.
Claro. ¿Te estás ofreciendo?
No seas tonto contestó, ruborizándose.
La miró durante unos segundos y dijo:
Dilo. Estoy dispuesto a hacerlo si tú también lo estás. Me gustan los niños y no tengo nada en contra del matrimonio. Tenemos muchas más cosas en común que buena parte de la gente.
Es cierto, pero nos falta algo.
Él sonrió.
Creo saber a qué te refieres.
Bueno, tenemos dos de las tres cosas que hacen falta. No está mal.
No, pero no podría vivir con una mujer que no me desea, María. Sería imposible.
Lo sé dijo, colocando una cariñosa mano sobre la mano que tenía en la palanca de cambios. Lo siento. Me habría gustado ser capaz de sentir lo que debería sentir.
Sus dedos se contrajeron.
Sientes lo que deberías sentir, pero por Sanromán, no por mí.
No lo negó. Apoyó la cabeza en el respaldo.
Quiere tener una aventura conmigo y regresar después a Victoria.
¿Y qué es lo que quieres tú?
Casarme, tener hijos. Y vivir juntos para siempre.
Puede que si accedes a tener una aventura después quiera quedarse contigo.
Sí, y puede que se canse de mí.
En la vida no hay garantías de nada dijo con suavidad, mirando su rostro triste. Por ejemplo, tú tienes un largo historial de migrañas. Te recomendaría que usaras la píldora, pero creo que existen métodos mucho más sanos.
¡Copper!
Él levantó una mano, defendiéndose.
Crece de una vez. No siempre conseguimos todo lo que queremos, pero eso no quiere decir que no podamos divertirnos un poco. Al menos tendrás unos cuantos recuerdos dulces.
Me sorprendes.
No, no te sorprendo dijo, mirándola. Y yo no me sorprendería ni me sentiría decepcionado por el simple hecho de que te comportases como cualquier ser humano. El sexo es algo natural, una hermosa parte de la vida. Es bastante extraño que dos personas se amen tanto como para disfrutar plenamente de lo que ofrece. Puede que Sanromán no quiera casarse contigo, cariño, pero te quiere.
¿Cómo?
Creo que tú también lo sabes en el fondo. A los ojos de otro hombre, resulta fácil adivinar lo que siente. Tuvo celos de mí en cuanto me vio.
Podrían ser celos sexuales.
Podrían ser, pero no lo eran. Se comporta de manera demasiado protectora contigo declaró, dándole un golpecito sobre la mano. Está divorciado, ¿no es así? Probablemente tiene miedo de cometer otro error, pero si le importas lo suficiente al final dará su brazo a torcer. ¿No te parece que merece la pena luchar por ello?
Luchar por ello repitió. No puedo. No puedo. Lucharía si estuviéramos casados.
Mira, desde mi punto de vista el matrimonio no es importante. O en todo caso, es una cuestión de tiempo. Te ama y tú lo amas a él. En mi opinión, es un hombre bastante convencional. Y hasta tiene una hija en la que pensar.
Dice que no volverá a casarse nunca.
Ya, y el presidente dice que no subirá los impuestos.
María lo miró y no pudo evitar soltar una carcajada.
No es necesario que pongas en peligro tus principios continuó él, pero puedes mantener su interés sin tener que despojarte de tu ropa ante él.
Supongo que sí.
Bueno, y ahora cuéntame algo sobre esa promoción que vas a hacer.
María lo hizo, contenta de poder dejar la complicada conversación sobre Esteban Sanromán.
Cuando llegaron al rancho ya había anochecido, y Esteban se encontraba en la casa con Meg, paseando.
En cuanto subió las escaleras del porche, después de dar las gracias a Copper y de despedirse de él, Esteban caminó a su encuentro.
¿Dónde has estado? preguntó.
Ella arqueó ambas cejas.
Comiendo patatas y un buen filete.
¿Y luego? preguntó enfadado.
Luego nos quedamos en el asiento trasero del coche e hicimos el amor tan violentamente que las cuatro ruedas se pincharon bromeó en un susurro.
Esteban la miró durante unos segundos y rió de repente.
¡Maldita seas!
María se acercó un poco a él y colocó ambas manos sobre su pecho.
No podría hacer el amor con nadie que no fueras tú dijo, dispuesta a decirle la verdad en lo sucesivo. Te amo.
Su corazón empezó a latir más deprisa. Era la pura imagen de la feminidad, y la visión de su largo pelo hizo que sintiera una punzada en el pecho, tal y como había sentido la noche que compartieron juntos. Levantó una mano y acarició su mejilla.
Yo también te amo dijo de forma inesperada.
Suspiró y ella se quedó quieta, sorprendida.
Te amo desde la noche que hicimos el amor continuó, mientras besaba sus ojos cerrados. Las personas no pueden llegar a determinadas cumbres a no ser que se amen profundamente, ¿no lo sabías?
No murmuró.
Aquella revelación la había dejado atónita.
Su boca acarició sus suaves labios.
¿No cambiarás de opinión? preguntó con voz seductora.
Ella apretó los puños sobre su camisa.
Copper no quiere que tome la píldora a causa de mi historial de jaquecas.
Esteban se quedó helado.
¿Has hablado con ese vaquero sobre la píldora?
No, fue él quien habló conmigo. Sabe que te amo.
Esteban no supo cómo tomárselo. Durante un instante sintió que su irritación iba creciendo, pero enseguida desapareció, dando paso a una comprensión mucho menos furiosa.
Dio un paso atrás y preguntó:
¿No vas a tomar la píldora?
Exacto. De modo siempre tendremos el riesgo de que me quede embarazada si no utilizamos otros métodos. Y te aseguro que si me quedara embarazada no sería capaz de abortar, aunque no tengo nada en contra del aborto añadió con firmeza. De modo que prefiero no arriesgarme contigo. Por suerte, la última vez no ocurrió nada.
Tomé mis precauciones.
Lo sé, pero en ocasiones ocurren accidentes.
Esteban se metió las manos en los bolsillos, silencioso y pensativo. Tener un hijo con María podría ser un desastre, porque no podía marcharse de allí dejándola embarazada. Imaginó una pequeña niña de pelo rubio, grandes ojos azules y un precioso vestido. Podría hacer fiestas de cumpleaños para ella, como hacía con Estrella cuando era pequeña. O tal vez tuvieran un niño, al que tanto él como María enseñarían a montar. Un hijo.
Estás muy callado comentó ella.
Sí.
Lo siento dijo, mirándolo, pero es mejor no empezar algo que no sabemos cómo va a terminar. Yo soy la última persona del mundo que quiere verte atrapado.
Esteban mantuvo su mirada y acarició su labio inferior con dulzura.
Ana Rosa no quería tener hijos conmigo. Se quedó embarazada una noche en que los dos estábamos borrachos. Tomaba la píldora, pero se olvidaba de ella de vez en cuando. De otro modo, Estrella no habría nacido.
¿Cómo es posible?
¿Por qué te extrañas? No quería tener hijos. Hay muchas personas que no quieren tenerlos.
Lo sé, pero ahora quiere a Estrella.
Claro que sí, y yo. Con todo mi corazón. El día que nació la tomé en brazos y lloré como un niño. No podía creer que tuviera una hija.
La emoción fue perfectamente perceptible en sus ojos durante unos segundos, antes de que se desvaneciera. Entonces se acercó a ella y la tomó por la cintura.
Aunque quisiera tener más hijos, que no quiero, tú no podrías tenerlos durante cierto tiempo al menos. Como tú misma has dicho siempre habría un riesgo si no adoptamos medidas. Y sin embargo, la otra noche no te importaron los riesgos le recordó.
Sí, pero no pasó nada. ¡No pasó nada!
Su tono lo sobresaltó. Parecía estar decepcionada.
Esteban estuvo en silencio un buen rato, escudriñándola.
María, ¿querías quedarte embarazada?
Ella se mordió el labio inferior y se apartó de él.
Eso no es asunto de nadie salvo de mí misma, y me alegro de que no te veas obligado a hacer algo que no quieres hacer.
Puede que sí, pero...
Ella rió.
No te pongas tan serio. No pasa nada. Puedes volver a tu trabajo en Victoria y yo haré una fortuna vendiendo ropa con mi nombre. A los dos nos irá bien.
¿Te casarás con Coltrain?
No lo amo contestó. Si lo amase, me casaría con él de inmediato.
Hay muchos matrimonios que han funcionado con mucho menos.
Y también los hay que fracasan con mucho más.
No podía discutir tal argumento. La besó con suavidad y dijo:
No puedo dejar de desearte. Si cambias de opinión, sólo tienes que decirlo.
No puedo, no puedo, Esteban.
Se alejó de él dejándolo solo. La deseaba y resultaba evidente, pero la odiaría si ocurría un accidente. Sabía que en tal caso se casaría con ella, pero sería una relación basada en un engaño y no estaba dispuesta a tenerlo de aquel modo.


El viernes siguiente Esteban llevó a Estrella a Victoria para pasar otro fin de semana con su madre. Él se quedó en la ciudad para resolver unos cuantos asuntos de su trabajo y para dejar de pensar en María aunque sólo fuera durante unas horas. El deseo que sentía por ella se estaba convirtiendo en un verdadero problema.
Estrella se despidió de él desde el elegante porche de su madre. La casa que Ana Rosa compartía con William era una preciosa mansión victoriana de color blanco, con una bonita balaustrada y un impresionante jardín delantero. Tenía un hermoso aire clásico, pero pertenecía a una mujer que estaba intentando labrarse un porvenir como diseñadora de interiores en el sur de Texas.
Tu padre está un poco extraño comentó Ana Rosa cuando entró su hija.
Creo que es por María comentó la chica con una sonrisa. Los pillé mientras se besaban, y cuando digo que se estaban besando digo exactamente eso.
La joven hizo un gesto con la mano que dejaba clara la intensidad de aquel beso.
Esteban ha dicho muchas veces que no quiere casarse otra vez.
Nunca digas de este agua no beberé murmuró Estrella con una sonrisa. María ha estado ayudándome a mejorar mi estilo. Dice que soy la viva imagen de la elegancia a caballo. Ojala fuera como ella. Es preciosa, y todo el mundo la conoce porque ha sido una estrella del rodeo. Va a promocionar ropa tejana y la sacarán en televisión y en las revistas. ¡Es tan excitante!
Ana Rosa ya no sentía celos por las otras relaciones de Esteban. Su matrimonio era agua pasada, pero ahora estaba celosa por su hija, que parecía estar volcando su lealtad sobre una estrella del rodeo incapacitada y famosa. Y no le gustaba nada en absoluto.
Pensé que podíamos ir de compras mañana dijo.
Estrella quiso decir algo, pero suspiró.
De acuerdo.
A tu edad estoy segura de que te gustará la ropa dijo Ana Rosa.
Estaba deseando encontrar un punto en común de su hija, de modo que aprovechó que ambas compartían el amor por la ropa.
Y me gusta. Sobre todo la ropa de rodeo. Pero me gustaría comprar algún libro sobre caballos y medicina.
¡Libros! ¡Qué pérdida de tiempo!
Estrella arqueó una ceja.
Mamá, quiero ser cirujana.
Su madre le dio un golpecito en el hombro.
Querida, eres muy joven. Cambiarás de opinión.
Eso no es lo que dice María, cuando se lo cuento.
Ana Rosa la miró.
Típico de esa mujer dijo con ironía. Pero María no es tu madre, sino yo, de modo que no me lleves la contraria.
Estrella prefirió dejarlo.
Sí, mamá.
Vamos a tomar un té. He tenido una mañana bastante dura.
Ana Rosa recobró su actitud habitual. Estrella pensó que probablemente su mañana había consistido en arreglar las flores, pero sonrió y no dijo nada al respecto. Comparada con María, una mujer activa que siempre estaba haciendo algo o leyendo algo, su madre era tan pasiva como una muñeca. En su vida no había más intereses que asistir a reuniones sociales o comprarse ropa.
Su padre, al igual que María, era un hombre de mente activa que se alimentaba continuamente con todo tipo de lecturas. Estrella recordó que sus padres raramente estaban juntos durante su infancia. A Ana Rosa no le gustaban ni los libros ni los caballos ni los ordenadores. Estrella y Esteban compartían todos aquellos intereses, razón por la cual desarrollaron una fuerte complicidad en poco tiempo. Y ahora María también los compartía. Se preguntó si su padre se habría dado cuenta. Parecía muy atraído por María desde un punto de vista físico, pero no muy dispuesto a llegar más lejos. Debía hacer algo para conseguir que María y él hablaran en serio.
Recordó el gesto de placer en el rostro de María cuando dijo que iba a Victoria con el doctor Coltrain. El médico podía convertirse en un temible enemigo para su padre, de modo que tendría que encontrar algún modo para ayudarlo. Cuanto más pensaba en la posibilidad de que María se convirtiera en su madrastra, más contenta estaba.


Ana Rosa y William tenían una cita el sábado por la noche, de modo que decidió llevar a Estrella al rancho aquella misma tarde. Llamó por teléfono a Esteban al despacho para decirle lo que pensaba hacer, pero estaba en una reunión, de modo que su secretaria tomó el recado y prometió dárselo.
Cuando entraron en su Mercedes plateado, sonrió. Estaba dispuesta a hacer algo para impedir que María siguiera teniendo tanto ascendente sobre su hija. Y creía haber encontrado la forma de hacerlo.
-María no sabe que tu padre es rico, ¿verdad?
No, claro que no contestó la joven, defendiendo a su ídolo. Ni siquiera sabe que es el dueño de una empresa de ordenadores. Papá sólo le ha dicho que trabaja para una empresa de Victoria.
Ya veo. ¿Y por qué tantos subterfugios?
Porque siente pena por ella contestó sin pensar.
No se dio cuenta de que podía estar traicionando a su padre.
Se dañó la espalda en un accidente de circulación y apenas puede andar. El rancho tenía problemas y no encontraba a nadie que pudiera ayudarla a conseguir el dinero que necesitaba, de modo que papá se ofreció. No podrías creer todo lo que ha hecho por ella. Ha mejorado sustancialmente la propiedad, ha comprado caballos, ha conseguido un contrato para una empresa textil, y todo en unas cuantas semanas. Le oí decir que el rancho empezará a dar beneficios cuantiosos en cualquier momento.
¿Y de dónde ha sacado el dinero para hacer todos esos cambios? ¿Tiene dinero? preguntó, refiriéndose a María.
Oh, no, estaba arruinada. Papá fue al banco y avaló el crédito. Eso es todo, pero ella no lo sabe.
Aquello era una munición perfecta.
Habíame un poco más de María.
No le costó nada convencer a su hija para que hablara sobre la mujer que tanto admiraba. Durante el camino a Jacobsville contó a su madre todo lo que sabía. Ana Rosa ya tenía suficientes cosas como para hundir a la estrella de los rodeos y recuperar la lealtad de su hija.
Me gustaría que consideraras la posibilidad de pasar el resto del verano conmigo dijo Ana Rosa en cuanto aparcaron frente a la casa. Podríamos ir a Nassau, a Jamaica o incluso a la Martinica.
Me gustaría mucho, pero tengo que practicar para participar en el rodeo de agosto explicó. Tengo que mejorar mucho más.
¡Caballos! Qué pasatiempo más sucio.
Son muy limpios, de hecho. Mira, ahí está María.
Ana Rosa salió del coche y observó a la mujer que se aproximaba a ellos. Llevaba vaqueros y una camiseta rosa, con el pelo rubio recogido en una coleta y sin maquillaje alguno. Sin embargo, era muy hermosa. Delgada y elegante, caminaba con mucha gracia a pesar del accidente. Era dos veces más atractiva que Ana Rosa, que siendo diez años mayor que ella no encontró difícil entender el motivo por el que tanto la apreciaban Esteban y su hija. La odió de inmediato.
María, te presento a mi madre. Mamá, esta es María dijo Estrella.
He oído hablar mucho de usted dijo Ana Rosa con simpatía. Me alegro mucho de poder conocerla al fin.
Tutéame, por favor dijo con suavidad.
Estrella pasó un brazo por detrás del cuerpo de María. Ana Rosa se quedó helada, porque nunca hacía lo mismo con ella.
Te he echado de menos continuó María.
Yo también a ti.
¿Te gustaría tomar un té, Ana Rosa?
Oh, me encantaría contestó con cierta formalidad.
María sonrió.
Bueno, me refería a un té helado, por supuesto.
Magnífico.
Entonces, entremos en la casa.
María las llevó hacia el espacioso salón. Ana Rosa pensó de inmediato en cien formas posibles de mejorar la decoración interior, pero no dijo nada. Quería ganarse la confianza de María, y criticar su gusto en decoración no serviría a sus propósitos.
¿Puedes pedir a Meg que traiga té helado y galletas en una bandeja? preguntó a Estrella.
¡Por supuesto! Vuelvo enseguida.
Estrella se marchó y Ana Rosa aceptó el ofrecimiento de sentarse en un cómodo y desvencijado sofá.
Bueno, no eres en modo alguno como esperaba comentó Ana Rosa con una sonrisa. Cuando mi marido... perdón, mi ex marido, cuando mi ex marido me dijo que iba a aceptar un pequeño trabajo en Jacobsville para ayudar a una pobre mujer discapacitada pensé que se refería a una ancianita.








Capitulo Nueve


Al principio María pensó que la había oído mal, pero cuando se inclinó hacia delante y miró a la madre de Estrella comprendió que había oído perfectamente bien.
No estoy discapacitada dijo con orgullo. Temporalmente inmovilizada, pero no es algo permanente en modo alguno.
Oh, lo siento, debo haber comprendido mal. Pero no importa. Sea cual sea tu problema, Esteban siente pena por ti. Siempre ha sido un sentimental con esas cosas. Sorprendente, ¿no te parece? añadió, observándola como si fuera una simple marioneta. Es curioso que un multimillonario, el presidente de una compañía multinacional, sacrifique sus vacaciones para salvar a un pequeño rancho de la quiebra.
María no se movió, no respiró, no parpadeó. Se quedó mirando a Ana Rosa sin saber qué decir.
¿Cómo?
Ana Rosa arqueó sus finas cejas.
¿No lo sabías? rió encantada. ¡Increíble! No sé en cuántas portadas de revistas de negocios ha salido. Aunque supongo que no leerás ese tipo de publicaciones, ¿verdad?
Posó la vista sobre el último número de una revista de caballos, que estaba sobre la mesa.
No, no leo revistas de negocios admitió, llevándose la mano a la garganta como si no pudiera respirar.
Esteban ha debido divertirse mucho haciéndose pasar por un simple contable dijo Ana Rosa, echándose hacia atrás en el sofá con elegancia. ¡Qué interesante en él! Vivir así y hasta viajar en ese destartalado coche que ha alquilado. Me imagino que obligará al chofer a sacar el Ferrari y el Rolls del garaje una vez a la semana para que no se estropeen.
Rolls. Ferrari. Multimillonario. María oía aquellas palabras con una profunda sensación de irrealidad.
Pero si lleva mis libros de cuentas dijo, intentando desesperadamente aferrarse a lo que le habían dicho.
Es un genio en cuestiones económicas, es cierto espetó Ana Rosa. Un verdadero genio de las matemáticas, y todo sin haber estudiado en la universidad. Hay quien dice que es un don que tiene.
Pero, ¿por qué? preguntó asombrada. ¿Por qué no me ha dicho la verdad?
Supongo que tuvo miedo de que te enamoraras de su cuenta bancaria dijo con una mirada calculada. Muchas mujeres lo hacen, y tú no tenías mucho dinero. No sólo no lo tenías sino que además habías sufrido un accidente. En su opinión, cabía la posibilidad de que te fijaras en él sólo por el dinero.
El rostro de María palideció. Se levantó lentamente.
Puedo encargarme de todo yo sola dijo con frialdad. No necesito que nadie me ayude, ni necesito la piedad de nadie.
Bueno, claro que no dijo Ana Rosa. Estoy segura de que Esteban te habría contado la verdad más tarde o más temprano.
María apretó los puños.
El sonido de unos pasos llamó la atención de Ana Rosa.
Meg dice que enseguida traerá el... ¡María! ¿Qué te ocurre? preguntó Estrella al entrar en la habitación, preocupada. ¡Parece que hayas visto un fantasma!
Sí, estás muy pálida dijo Ana Rosa, mirando con preocupación a su hija.
No había calculado las consecuencias de su acción. Estrella la miraba con frialdad creciente.
¿Qué has hecho, madre?
Ana Rosa se levantó y unió ambas manos ante ella.
Decirle la verdad contestó a la defensiva. En cualquier caso, lo habría averiguado.
¿La verdad sobre papá? preguntó.
Al ver que Ana Rosa asentía, la joven miró a María, cuyo dolor era más que palpable.
Ana Rosa cada vez se sentía menos segura. Los ojos de Estrella eran tan hostiles como los de María.
Supongo que será mejor que me marche.
Creo que sería una buena idea, madre dijo Estrella con voz helada. Desaparece antes de que regrese papá.
Aquélla era otra complicación que Ana Rosa no había considerado. Se humedeció el labio inferior.
No pretendía...
Márchate dijo María.
Y cuanto antes mejor añadió la joven.
¡No me hables así! ¡Soy tu madre!
Me avergüenzo de ello. ¡Nunca me había sentido tan avergonzada en toda mi vida!
Ana Rosa gimió sin querer, y sus pálidos ojos se llenaron de lágrimas.
Yo sólo quería...
Estrella le dio la espalda y Ana Rosa dudó durante unos segundos antes de recoger su bolso y caminar hacia la salida. Cuando llegó a su Mercedes lloraba desconsoladamente.
En el interior de la casa, María intentaba controlar su rabia. Se sentó de nuevo, consciente de la mirada preocupada de Estrella.
¿Es cierto lo que ha dicho? ¿Es cierto que tu padre es el dueño de una empresa de ordenadores, que tiene un Ferrari y un Rolls y que está pasando sus vacaciones en el rancho porque le doy pena? preguntó.
Estrella gimió.
En parte es cierto, pero no tal y como lo has dicho tú. Mi madre tiene celos porque hablo mucho contigo y supongo que la he herido cuando se ha dado cuenta de lo poco que tenemos en común. Es culpa mía. Oh, María...
María respiró profundamente y se cruzó de brazos.
Siempre me pregunté por qué trabajaría para otra persona con el talento que tiene. ¡He sido una idiota! ¡Ha jugado conmigo como si fuera una muñeca!
No quería hacerte daño. María, sólo pretendía ayudar. Pero después, cuando llevaba cierto tiempo aquí, ya no supo cómo decírtelo. Estoy segura de que ésa es la razón por la que ha callado. Le importas demasiado.
María recordó que le había declarado su amor, pero por otra parte no se ocultaban secretos a las personas amadas. Había mentido por omisión. Había permitido que se enamorara de él aunque sabía que no tenían futuro. Con un simple contable tal vez habría tenido una oportunidad, pero un multimillonario y poderoso hombre de negocios nunca querría estar con una chica de campo del sur de Texas sin estudios ni habilidades sociales. No sabría qué hacer en una fiesta de altura. Ni siquiera sabía qué cubiertos debía utilizar. Era una ranchera. Cerró los ojos, y al hacerlo la realidad se cerró sobre ella.
Dime algo rogó la joven.
María no podía hacerlo. Estiró las piernas con fuerza. Esteban se presentaría en cualquier momento y tendría que vérselas con él, pero no sabía cómo iba a ser capaz de hacerlo después de haber descubierto la verdad.
Entonces se le ocurrió la solución. Copper. Podía invitar a Copper a cenar y jugar un poco con él advirtiéndole antes cuáles eran sus intenciones. Conseguiría convencer a Esteban de que todo había sido un error y de que en realidad no lo amaba.
No quiero que tu padre sepa que tu madre me ha dicho la verdad dijo después de unos segundos, mirándola con sus ojos azules. Hablaré con él más tarde.
Mi madre no lo ha hecho con tan mala intención, de verdad dijo Estrella en su defensa. Sólo estaba celosa. Es curioso, porque en realidad ni siquiera sabe cómo hablar conmigo. No es como tú. Por favor, no me odies por esto, María.
¡Estrella! dijo María, sinceramente afectada. ¿Cómo crees que podría odiarte?
El joven rostro se suavizó y sonrió.
¿Seguimos siendo amigas?
Por su puesto. Nada de lo que suceda cambiará eso.
Oh, gracias a Dios.
De todas formas no importa continuó María sin mirarla directamente, porque había decidido que las cosas no pueden funcionar entre tu padre y yo. En realidad no es el tipo de una ranchera.
Estrella frunció el ceño.
Pero si procede de un rancho de Wyoming. Creció entre caballos y ganado.
Pues no pasa mucho tiempo con ellos ahora. Si es el presidente de una empresa, tiene que moverse a cierta altura. No, no puedo.
Estrella observaba que sus sueños iban desapareciendo uno a uno.
Deberías conocerlo un poco mejor antes de decidir una cosa así.
María sonrió e hizo un movimiento negativo con la cabeza.
No. El doctor Coltrain y yo estuvimos hablando el otro día. Copper es como yo, es de Jacobsville y su familia ha vivido aquí desde hace tanto tiempo como la mía. Encajamos bien. De hecho, lo he invitado a cenar esta noche.
No me habías dicho nada.
No pensaba que fueras a estar aquí dijo, de modo tan razonable que Estrella lo creyó. Por lo que sabía, tu padre iba a buscarte a Victoria mañana.
Sí, es cierto admitió.
Pero puedes quedarte a cenar con nosotros ofreció.
Esperaba que Estrella se negara, y cuando lo hizo intentó no parecer demasiado aliviada. También esperaba que Copper pudiera asistir cuando lo llamara, porque si no iba a verse obligada a decir otra mentira para salvar la cara.
Supongo que cuando papá regrese iremos a comer algo a algún sitio, como hacemos muchas noches dijo la joven con incomodidad.
Muy bien.
-María, ¿no lo quieres nada en absoluto? preguntó.
Me gusta. Es un magnífico hombre y le debo mucho.
Estrella se sintió enferma. Hizo un esfuerzo para sonreír y se excusó. Después se marchó a la pequeña casa donde vivía con su padre.
Cuando desapareció, María empezó a llorar. Había estado intentando controlarse durante todo aquel tiempo, y estaba sollozando cuando Meg apareció con la bandeja de pasteles, tarta y té, sonriente.
En cuanto vio a María, su rostro se ensombreció.
¿Se ha marchado ya? ¿Qué demonios ha ocurrido?
María intentó secarse las lágrimas.
¡Todo! ¡Ese maldito pirata! ¡Esa serpiente rubia de sangre fría!
¿Esteban? ¿Por qué estás enfadada con tu contable?
No es contable contestó. ¡Es el dueño de una empresa de ordenadores, un multimillonario!
Meg se sobresaltó, pero enseguida comenzó a reír.
¡Oh, venga, no intentes tomarme el pelo!
¡Es cierto! ¡Tiene un Rolls en su casa!
Meg dejó la bandeja a un lado.
Eso no es posible. Esteban no es multimillonario.
Lo es insistió. Estrella no quería decirme que lo que su madre confesó era cierto, pero al final lo hizo. Su madre podía haberme mentido, pero sé que Estrella no lo haría.
Meg frunció el ceño, convencida.
Si es millonario, ¿por qué te está ayudando con el rancho?
Porque soy una pobre inválida contestó con frialdad y siente pena de mí. Está gastando sus vacaciones para sacarme del lío. Ahora no me extraña que el banco me concediera un crédito. Estoy segura de que lo avaló él. ¡Le debo todo, hasta mi alma!
Meg se frotó las manos con nerviosismo.
María, no deberías enfadarte así. Espera hasta que regrese y puedas hablar con él.
¿Y qué puedo decirle?
Que no sabías que...
¿Y qué hago ahora? ¿Decirle que sé que es rico y que nunca podrá estar seguro de que no lo aprecio sólo por su dinero? Puede que piense que lo he sabido todo el tiempo. Su mujer dice que ha aparecido en las portadas de muchas revistas de negocios. Yo no las leo, pero él no tiene por qué saberlo.
Ya veo.
María se levantó del sofá.
Bueno, voy a hacer algo para arreglarlo, con un poco de ayuda.
¿De quién?
De Copper, por supuesto. Esteban ha dicho en alguna ocasión que él y yo parecemos formar un buen equipo. ¿Por qué no habría de hacerlo? Copper dijo que se casaría conmigo en cuanto yo quisiera.
¡Ésa no es razón para casarse! ¡Es vergonzoso que pretendas jugar con él! ¡Copper se merece algo mejor!
Por supuesto que sí dijo, mirando a su ama de llaves. Será sólo una farsa. Voy a pedir a un viejo amigo que me haga un favor, eso es todo.
Meg se tranquilizó.
Mientras no le hagas daño...
No se lo haré.
No añadió que ella ya estaba bastante dolida. Pero no estaba dispuesta a dejar que Esteban se diera cuenta de ello. Iba a plantarle cara y a salvar su orgullo. Era lo único que podía hacer para protegerse a aquellas alturas.


Tal y como había adivinado, Copper no puso reparo alguno a asistir a aquella cena. Sin embargo esperaba una llamada importante, así que acudió a la cita con su busca. Se sentaron a la mesa temprano, para dar cuenta de una comida a base de pollo y verduras. María se había puesto un vestido blanco y llevaba el pelo inmaculadamente peinado hacia atrás y asegurado con peinetas del mismo color que el vestido. Su aspecto era muy atractivo y elegante, excepto por la triste expresión de sus ojos.
¿Tanto te importa que sea rico? preguntó Copper cuando empezó a tomarse el café.
Le importa a él, si piensa que me siento atraída por el dinero.
Estoy seguro de que no habrá pensado nunca tal cosa.
¿Cómo puedes estar tan seguro?
Porque te ama, idiota contestó con sequedad. Estará furioso, pero no contigo. No dudo que tendrá una conversación muy seria con su ex esposa.
Puede que le dé las gracias comentó. Al fin y al cabo estaba metido en un buen lío, y no sabía cómo salir de él.
En cualquier caso, creo que le importas mucho.
¿Y cómo podría saber que no he sabido su secreto todo el tiempo?
Copper asintió. Era una pregunta lógica, pero cuando dejó su servilleta sobre la mesa sonreía.
Porque Estrella le habría contado lo sorprendida que estabas.
Puede que sea una buena actriz. La madre de Estrella dijo que muchas mujeres lo deseaban sólo por su cuenta bancaria.
¿Y no crees que sabe muy bien la diferencia que existe entre una mujer que desea dinero y otra que ama?
No lo sé contestó con sinceridad.
Escucha...
La puerta delantera se abrió en aquel instante y Esteban entró en el salón sin llamar. Llevaba un traje gris de ejecutivo con camisa blanca y corbata negra, además de unas botas de cuero hechas a mano y un reloj de oro con la esfera rodeada por un aro de diamantes que habría cegado a un caballo. Por primera vez María lo vio como lo que era, una figura cargada de poder y de dinero.
Cuando la miró no sonrió, ni vaciló un instante.
Cuando mi secretaria me dio el mensaje cancelé la reunión en la que me encontraba. Estaba esperando a que me llamara Ana Rosa cuando regresó a su casa. Ya he escuchado su versión, pero ahora me gustaría escuchar la tuya.
Copper se aclaró la garganta, para que Esteban supiera que estaba allí.
Esteban lo miró con sus fríos ojos grises.
Ya he reparado en el montaje de la cena dijo al médico. Pero sé muy bien a cuento de qué viene todo esto. ¿Lo sabes tú?
Oh, tengo una idea bastante aproximada contestó. ¿No habría sido más fácil que dijeras la verdad desde el principio? ¿O es que pretendías divertirte a expensas de María?
Esteban rió y se metió las manos en los bolsillos, mirando a María con elegancia y superioridad.
¿Divertirme? He cancelado negociaciones urgentes, he congelado contratos internacionales que había que cerrar cuanto antes, he evitado a los clientes que llamaban todos los días... no, no me he divertido. He puesto en peligro mi vida por levantar un rancho de caballos y salvarlo de la bancarrota para que al menos María tuviera un techo sobre la cabeza. Lo hice porque deseaba hacerlo, pero cuando empezó la farsa ya no pude encontrar un modo de decir la verdad.
Debiste habérmelo dicho dijo ella.
¿Qué querías que te dijera? ¿Que lo sentía por ti, porque habías sufrido un accidente y a pesar de ello te resistías a rendirte? preguntó. ¿Qué no podía soportar que estuvieras a punto de perderlo todo por la ineptitud de tu anterior responsable? No podía marcharme sin hacer nada.
Bueno, muchas gracias por todo dijo ella, enfadada. Pero ahora que ya lo has arreglado, quiero seguir yo sola.
Puedes hacerlo. Tienes un contrato y un montón de caballos. Lo conseguirás. Lo habrías conseguido de todas formas si Tim hubiera sido un poco más listo con las matemáticas. Éste es un rancho de primera clase. Yo me he limitado a facilitar las cosas. Has nacido ranchera, y tienes todo lo que hay que tener para triunfar, con la ayuda de Tim y de Meg.
Aquello la animó en cierta forma. Al menos no pensaba que fuera una idiota, pero la distancia que existía entre ambos parecía haber crecido después de conocer la verdad.
¿Y tú?
Yo tengo mi propio negocio contestó. Estrella volverá al colegio dentro de poco tiempo y tendremos que marcharnos de todas formas, aunque habíamos pensado hacerlo un poco más tarde. Te debe mucho por lo que le has enseñado. Ahora tendrá una oportunidad en los rodeos.
Estrella es mi amiga. Y espero que siempre lo sea.
Estrella. Pero yo no, ¿verdad?
María lo miró.
Te agradezco lo que has hecho, pero supongo que ya habrás notado que pertenecemos a mundos diferentes suspiró. Yo no tengo nada que ver con el tuyo, ni tú con el mío. En cierto modo es mejor que las cosas hayan salido así.
Ni siquiera quieres intentarlo.
No voy a hacerlo. Me gusta mi vida, tal y como es. Pero te agradezco mucho lo que has hecho por mí. Te lo pagaré con creces.
Su rostro se endureció.
Nunca lo he dudado. Además, sólo te avalé. No he puesto dinero en tu rancho.
Gracias.
Esteban respiró profundamente y miró a Copper, porque no podía decir nada de lo que quería decir teniendo espectadores delante.
¿Me marcho? preguntó.
No lo hagas contestó ella.
¿Tienes miedo de mí? preguntó Esteban con una sonrisa.
No tenemos nada más que decirnos. Excepto despedirnos.
Vas a hacer mucho daño a Estrella.
Lo sé, y lo siento. No quiero hacerle daño, pero creo que no me queda otro remedio.
Puede que veamos las cosas de maneras diferentes. En todo caso, si dices a Tim que me llame el lunes por la mañana, le explicaré todo lo que he estado haciendo. Necesitas alguien que te lleve el rancho, a menos que quieras acabar en el mismo lío en el que estabas cuando vine aquí.
Lo sé, y me ocuparé de ello.
En tal caso, buenas noches.
Te doy las gracias por todo añadió ella.
Esteban la miró durante varios segundos.
¿Por todo? preguntó en tono sensual.
Ella se ruborizó. Parecía que era la reacción que él esperaba, porque rió con frialdad, hizo un gesto a Coltrain para despedirse y salió cerrando la puerta tras de sí.
Copper la miró.
Eres idiota. ¿Es que lo único que te importa es el orgullo?
De momento sí contestó con voz helada, haciendo un esfuerzo para no llorar. Es odioso, pedante, y...
No deberías haber forzado esta conversación con él. Deberías habértelo pensado un par de días dijo con suavidad. A veces uno se arrepiente de actuar con precipitación.
¿Es una opinión profesional? preguntó enfadada.
Profesional, personal... no hay mucha diferencia. Y vas a arrepentirse por no haberle dado la oportunidad de explicarse.
Lo he hecho dijo con mirada inocente. Y se ha explicado.
Se ha defendido, que es distinto. No ha tenido tiempo de hacer otra cosa. Conmigo delante, no ha tenido la oportunidad de discutir con claridad.
Mejor para todos.
Si quieres pasar el resto de tu vida sola puede que sí. Pero el dinero no lo es todo.
Cuando no se tiene, sí.
Escúchame, porque es posible que ésta sea la última oportunidad que tengas. Él también es orgulloso y no volverá. Yo tampoco lo haría de estar en su lugar. No es de ese tipo de hombres.
Ella también lo sabía. Dejó la servilleta en la mesa y se levantó,
Gracias por haber venido esta noche. No creo que hubiera tenido la sangre fría suficiente para enfrentarme a él de haber estado sola.
¿Para qué están los amigos? preguntó, levantándose y tomándola cariñosamente por los hombros. Aún tienes tiempo. Puedes ir a su casa y arreglarlo todo.
Ya hemos terminado.
No, no es cierto. Te has quedado ahí sentada como una anfitriona educada, pero no le has dado ninguna oportunidad.
Puedo ocuparme yo sola de mi vida, gracias.
Si eso es cierto, ¿qué hago yo aquí?
Ella lo miró.
Apoyarme moralmente.
Ya.
En fin, te agradezco mucho que vinieras en cuanto te lo pedí.
No tienes por qué agradecerlo. Espero que hagas lo mismo por mí si alguna vez me encuentro en una situación parecida. Pero espero que sepas que lo único que has conseguido ha sido posponer el problema. No has resuelto nada.
He salvado mi orgullo. Ahora se marchará a Victoria, seguirá llevando su empresa y yo me quedaré aquí criando caballos, ganando dinero y anunciando ropa.
Estarás sola.
Ella lo miró durante unos segundos.
No es nada nuevo. Estaba sola cuando vino, pero la gente aprende a vivir en soledad. Tengo un techo sobre mi cabeza, libros en buen estado, un cuerpo que se recupera poco a poco y un rancho que levantar. Todo lo que mi padre hubiera deseado.
Tu padre habría deseado verte feliz.
Sí, pero era realista sonrió. Esteban no se casaría conmigo y lo sabes. No soy la típica rica con la que se casan los hombres como él. Mis modales son rústicos, no me pongo los vestidos apropiados y ni siquiera sé qué cubiertos usar.
Esas cosas se aprenden. Eres preciosa, elegante y tienes talento y encanto. Ninguna mujer de buena familia lo haría mejor.
Eres un príncipe sonrió.
Coltrain suspiró y miró su reloj.
Basta ya de charla, tengo que volver al hospital. Llámame si me necesitas, aunque espero que reconsideres tu posición. No eres perfecta, de modo que, ¿por qué esperas que los demás lo sean?
Yo nunca le he mentido contestó. De hecho, no creo que haya mentido en toda mi vida.
Le has dejado pensar que tú y yo estamos enamorados. Eso es mentir.
Sólo es una simple deducción que él habrá hecho. Nada serio.
Ya veo, lo recordaré. En fin, estaremos en contacto dijo, besándola en la mejilla con suavidad. Intenta no preocuparte demasiado.
Lo intentaré.
María lo observó mientras se marchaba. La casa quedó más vacía que nunca, y cuando pocos minutos después escuchó que la puerta de un coche se cerraba, el mundo pareció cerrarse sobre ella. Corrió las cortinas justo a tiempo para ver que Esteban y Estrella volvían a su casa, desapareciendo en el recodo del camino por última vez. La casita que habían ocupado ahora estaba silenciosa y oscura, como el frío espacio de su propio corazón.




















Capítulo Diez


Sin Esteban ni Estrella la vida se hizo aburrida y tediosa, pero el rancho prosperaba. María era una organizadora nata. Descubrió talentos que jamás habría soñado que tuviera, porque su padre siempre se había hecho cargo de los asuntos del rancho. Ahora llamaba a los proveedores, establecía contactos, ponía anuncios en revistas y periódicos, enviaba faxes y contrataba los servicios de agencias de publicidad para encargarles que hicieran sus catálogos. Empezaba a ser algo muy natural en ella, y hasta Tim estaba sorprendido.
La licencia de la ropa también funcionaba bien. En cuanto salió el primer anuncio en la televisión las ventas aumentaron de forma espectacular. Los anuncios ayudaron mucho a que su nombre fuera en poco tiempo conocido por la opinión pública, y con el dinero obtenido con los anuncios pudo financiar el desarrollo del rancho. De repente, su mundo era muy distinto. A pesar de que no le gustaba verse en los medios de comunicación, debía admitir que empezaba a gustarle el mundo de los negocios.
Pero era una vida muy solitaria. No podía montar. Lo había intentado una vez y acabó en cama varios días con un tremendo dolor de espalda. Leía los libros de contabilidad que había llevado Esteban y los estudiaba intentando averiguar cómo había llegado a ciertas conclusiones. No tenía su talento, pero era rápida y comprendía pronto lo esencial. Era una buena vida, aunque solitaria. Se preguntó si Esteban se habría alegrado de desaparecer de su vida.


De hecho, alguno de los trabajadores de Esteban habría deseado que no volviera a la empresa. Desde su regreso a Victoria, no estaba contento con nada. Los escritorios de la sección de administración estaban desordenados; los nuevos productos desarrollados no le gustaban; se quejaba de que la gente dejaba los disquetes en cualquier parte, incluso junto a una taza de café; decía que el departamento de ventas no trabajaba suficientemente en los nuevos programas. Y hasta su secretaria, la altamente estimada señorita Emory, sufrió una buena reprimenda porque no pudo encontrar un archivo en su ordenador.
En casa, las cosas no funcionaban mejor. Estrella no dejaba de soportar críticas por la ropa que quería llevar al comienzo del nuevo curso escolar, por su falta de interés académico, y porque decía que iba a acabar en la cárcel sólo por ver los episodios de una popular serie de dibujos animados algo sarcástica. De hecho, la primera vez que Esteban vio uno de los episodios llamó al canal de televisión por cable para eliminar su suscripción.
Estrella podía soportar las diferencias, porque al fin y al cabo entendía que pertenecían a generaciones muy distintas. Pero cuando canceló la suscripción de la revista de caballos que leía, sólo porque había publicado un artículo sobre María, supo que había llegado demasiado lejos.
Papá dijo, la misma semana en que debía asistir al rodeo de Victoria. ¿No crees que te estás comportando de forma extraña últimamente?
Esteban levantó la mirada del ejemplar del Wall Street Journal que estaba leyendo.
¿Extraña?
Sí, reaccionas mal con todo. Ya sabes dijo, aclarándose la garganta. Sinceramente, papá, la señorita Emory soltó cierto taco que estoy segura que no había dicho en toda su vida cuando la recriminaste por la carta que había escrito esta misma semana. Y eso no es nada comparado con lo que Chris dijo cuando le dijiste que el nuevo programa no sirve para nada.
Esteban bajó el periódico.
¿Es culpa mía que todo el mundo se haya vuelto incompetente? Tengo derecho a esperar que mis empleados trabajen bien. Y en cuanto a que cancelara la suscripción a la revista y a la cadena de televisión...
María salía en esa revista, en un artículo con fotografías y en otra página que le dedicaban íntegramente. ¿No te gustó?
Ni siquiera me di cuenta.
¿De verdad? preguntó. Entonces, ¿por qué descubrí la revista en tu escritorio, abierta por esa página?
¿No tienes deberes que hacer? preguntó, pasando las páginas de forma ruidosa.
Papá, el colegio aún no ha empezado.
¿No?
Ella se levantó de la silla.
Podrías llamarla.
¡Llamarla! exclamó, dejando el periódico a un lado, con ojos brillantes por la rabia. ¡Llamarla! ¡Ni siquiera me escucharía! Me dio un discurso absolutamente idiota sobre nuestros dos mundos y... ¿pero de qué te ríes?
De tu manera de hablar contestó la joven, riendo de buena gana.
De todas formas, no cambies ahora de conversación espetó su padre.
Podrías haber intentado que cambiara de opinión.
¿Para qué? murmuró. Quiere casarse, o quería hasta que descubrió quién soy.
Estrella sonrió.
Eso me parecería bien. La ropa buena le sienta muy bien, y estoy segura de que sería una excelente madrastra.
Ya tienes una madre.
Pero no nos hablamos. ¿No lo has notado? preguntó con frialdad. Hizo daño a María.
Esteban evitó su mirada.
Sí, y no creas que pretendo defenderla por lo que hizo, pero según creo está embarazada, y cuando te llevó al rancho no se encontraba muy bien.
Puede que otro hijo la haga feliz.
¡Ja!
Bueno, mantendrá ocupada su mente continuó. Pero ¿qué hay de María?
Va a casarse con el médico para tener pequeños doctorcitos pelirrojos, según tengo entendido murmuró.
No lo creo. Está loca por ti. Y tú estás loca por ella, aunque no quieras admitirlo. Prefieres quedarte aquí y molestar a todos los que trabajan contigo para que no tengan más remedio que soltar tacos o emborracharse los fines de semana.
¡No es cierto!
Chris lo hizo después de que le criticaras el programa le comunicó. Y dijo que se marchaba a vivir a California para desarrollar un nuevo programa de realidad virtual para empleados que sirviera para hacer la vida imposible a sus jefes, arrojándoles piedras.
Vaya. Supongo que tendré que aumentarle el sueldo. Conseguiría hacer avanzar veinte años la realidad virtual.
Ella rió.
Pero, ¿qué hay de María?
¡Deja de preguntar lo mismo!
Apuesto que se pasa todas las noches llorando, pensando que no es suficientemente buena para ti.
¿Cómo? preguntó muy serio.
Bueno, eso es lo que piensa. Cuando mamá le dijo que eras el dueño de una compañía y que tenías mucho dinero, palideció. La hizo sentirse mal por ser una simple ranchera, por no leer revistas intelectuales y por no ser de buena familia.
¡Cómo se atrevió! exclamó con frialdad. María es de bastante mejor familia que tu madre.
Pero nadie se lo ha dicho a ella. Su autoestima está muy baja.
Deja de hablar como un psicólogo.
Merry va a estudiar psicología. Y dice que mi autoestima es muy buena.
Me alegro por ella.
De todas formas, María sólo tiene el bachiller superior.
Y yo.
Pero no se siente cómoda estando con gente de la alta sociedad...
Sabes de sobra que odio esas fiestas murmuró.
Dice que probablemente no quieres que alguien como ella entre en tu vida por esa razón.
¡Cuántas ideas subnormales, idiotas y tontas! Es preciosa, ¿es que no se ha dado cuenta? Preciosa, amable, cálida y encantadora dijo, con voz cada vez más suave por los recuerdos que le traía. Es todo lo que una mujer debería ser.
Estoy segura de que el doctor lo sabe dijo Estrella con una mirada calculadora. De hecho, no me sorprendería que se casara con él sólo como venganza. Él le ofrecería la luna. Está loco por ella.
Sus ojos se entrecerraron.
Pero ella no lo ama.
Muchas personas se casan sin amarse. Es un buen médico. Puede darle todo lo que desee, y siempre han sido buenos amigos. Seguro que harían una buena pareja.
¡Estrella!
Bueno, papá, no deberían molestarte espetó. Al fin y al cabo no quieres casarte con ella.
¿Cómo que no?
Estrella arqueó las cejas.
¿Te quieres casar con ella?
Esteban dudó, empezó a negar su impulsivo arrebato y después se dejó caer en el sillón, con un suspiro.
Claro que sí. Pero es demasiado tarde. Al principio no fui sincero con ella. He cometido tantos errores que dudo que esté dispuesta a volver a dirigirme la palabra.
Si te ama, lo hará.
Seguro. En cuanto la llame por teléfono, me colgará. Si se entera de que voy a su rancho, se marchará ella. El tiempo que he pasado en su compañía me ha hecho aprender cómo son sus reacciones,
Estrella meditó sobre aquello. Su padre tenía razón. María se comportaba como un animal herido, y hacía todo lo posible por evitar que le dieran más golpes. Entonces tuvo una idea.
El rodeo dijo. Voy a competir en el rodeo, y María lo sabe. ¿De verdad crees que podrá resistirse a ver qué tal lo hago después de todo el tiempo que ha invertido en enseñarme?
Esteban apretó los labios.
No. Pero se disfrazará.
Probablemente.
Y se sentará tan escondida como pueda.
Sin duda Estrella sonrió. Puedes pedir a Chris que se siente entre el público, en la última fila de gradas, y que la busque.
Me mandaría al cuerno.
No si le concedes ese aumento de sueldo.
Lo que no haga por ti...
Y seremos felices y comeremos perdices. Después de que te arrastres ante María y la convenzas de que quieres estar con ella.
No voy a arrastrarme.
Llámalo como quieras.
¿Qué te has creído?
Estrella lo dejó protestando y se fue a casa de Merry para ver la televisión.


El día del rodeo de Victoria, María comió con Tim y Meg. Como de costumbre, mientras estuvo sentada a la mesa se dedicó a juguetear con su comida, y no habló más de lo necesario.
¿Vas a ir a Victoria para ver competir a Estrella? preguntó Tim.
No. Él estará allí.
Por supuesto. Es su padre.
María mordisqueó un trozo de zanahoria antes de responder.
Me gustaría ver a Estrella. Pero no quiero encontrarme con Esteban.
Podrías ponerte un sombrero y unas gafas oscuras aconsejó Meg. Y un vestido. Nunca te pones vestidos. No te reconocerá, sobre todo si te sientas en una de las últimas filas. Él estará delante, para ver a Estrella de cerca.
María pensó en ello. Meg tenía razón. Esteban estaría delante. Se metió el trozo de zanahoria en la boca y lo masticó.
Supongo que podría hacerlo. Habrá mucha gente. De todas formas, dudo que vuelva la cabeza para intentar localizarme.
Por supuesto que... empezó a decir Tim.
Meg le dio una patada por debajo de la mesa para hacerlo callar.
Por supuesto que no dijo Tim.
María lo miró, y después miró a Meg.
¿Se puede saber qué tramáis?
Absolutamente nada contestó Meg. Pero nos gustaría averiguar qué tal queda Estrella en la competición. La hemos visto entrenar día tras día.
Aquello podía explicar su interés.
Supongo que podría ir al rodeo juvenil, si Tim me lleva.
Claro que te llevaré. Meg puede venir también.
Me encantaría dijo Meg.
María no llegó a ver el alivio en el rostro de su ama de llaves.
Entonces, será mejor que salgamos ya dijo María, mirando el reloj. El camino no es muy corto, y es posible que haya atasco.


Se puso un sencillo vestido de verano verde y blanco, y una chaqueta de lana blanca. Recogió su cabello rubio en un moño y se cubrió la cabeza con un pañuelo. Después ocultó sus ojos con unas gafas oscuras.
Meg pasó junto a la puerta y la miró.
¿Qué te parece? preguntó María, volviéndose ha¬cia ella.
Perfecto le aseguró Meg.
María contempló su reflejo, y llegó a la conclusión de que nadie sería capaz de reconocerla.
Tal vez no hubiera confiado tanto si hubiera oído a Meg hablar por teléfono desde su habitación, describiendo a Estrella con todo detalle la indumentaria de María, tal y como habían acordado.
Me siento culpable dijo Meg.
No te preocupes dijo Estrella. Nuestra causa es buena. Piensa en lo mal que lo van a seguir pasando María y mi padre si no hacemos algo por evitarlo.
María ha adelgazado bastante.
Mi padre también ha adelgazado, y además ha perdido empleados murmuró Estrella con sequedad. Si sigue así, la gente de su departamento de desarrollo lo va a meter en un ordenador y lo va a facturar con un cargamento. Esto tiene que funcionar. Nos veremos esta tarde.
Mucha suerte, cariño dijo Meg con afecto.
Gracias. La necesitaré. Pero con saber que vais a estar viéndome me sentiré mejor.
Estaremos los tres. No te preocupes.
Meg colgó y fue al recibidor, al encuentro de María.
Qué distinta estás comentó.
Me siento distinta. Ahora, lo único que tengo que hacer es sentarme bastante lejos de la arena, para que nadie pueda reconocerme.
Ni tu propio padre, que en paz descanse, sería capaz de reconocerte dijo Meg con sequedad.
Espero que Esteban no me vea dijo María, ajustándose el pañuelo. No me apetece volver a discutir con él. Pero no puedo perderme la actuación de Estrella. Espero que gane.
Nosotros también convino Tim.
Fueron a Victoria en la camioneta. A María le resultaba mucho más cómodo viajar, ya que cada vez tenía mejor la espalda. Ahora le dolía sólo cuando hacía tonterías, como intentar galopar a lomos de un caballo.
Había resultado muy duro para ella darse cuenta de que no podría volver a participar en un rodeo, pero empezaba a aceptarlo. Lo que no le resultaba tan fácil era sobreponerse al dolor que había supuesto para ella la pérdida de Esteban. No transcurría un día sin que lo echara de menos.
Pero estaba segura de que él no sentiría lo mismo. Un hombre de tal riqueza y estatus social no querría estar con una simple ranchera de Texas, cuando podía casarse con una actriz famosa, con una modelo o con una alta ejecutiva. Después de haber visto a Ana Rosa, tan capaz de llevar su propio negocio, tenía una idea aproximada del tipo de mujer que le gustaba. Y ella no cuadraba.
Sabía que su ex mujer le había dicho la verdad. Había aceptado el trabajo en el rancho porque sentía pena por ella. Y se lo agradecía, pero no necesitaba la piedad de nadie. Lo mejor que podía hacer era apartarse de su camino y no estropear la gran noche de Estrella.
Sabía que su hija sería la primera en sufrir si tenían otra disputa, y pensó que ya había sufrido bastante.
Sin embargo la joven le había enviado una carta, y ella contestó. Seguían siendo amigas, pero Esteban complicaba aquella relación. María estaba casi segura de que no aprobaba la relación que mantenía con su hija, y desde luego no le cabían dudas en lo relativo a la opinión de Ana Rosa.
Cuando llegaron al rodeo el aparcamiento estaba casi lleno. Las luces brillaban contra el cielo oscuro y la ceremonia de apertura ya había comenzado.
Compraron sus entradas y María avanzó hacia la parte superior de las gradas, dejando a Tim y a Meg abajo. Se sentó alejada del resto de la gente, pero notó que un joven la estaba mirando. Pensó que si se atrevía a decirle algo lo tiraría por la grada, de modo que sería mejor que no lo hiciera.
Se sentó. La chaqueta que había tomado le vino bien, porque la noche era algo fresca. Suspiró e intentó pensar en las personas que se habían reunido, pero en realidad no podía quitarse al hombre que amaba de la cabeza. Su corazón se aceleró pensando que se encontraba allí mismo, en algún lugar. Estaba muy cerca de él aunque no lo supiera, y la sensación le gustaba.
Poco a poco fueron pasando los participantes, prueba tras prueba, hasta que al fin el ultimo de los hombres terminó su actuación y se entregaron los premios. Por fin, llegaba la competición en la que iba a participar su pupila.
Estrella era la cuarta participante. María se acomodó en su asiento, con cierta tristeza porque nunca podría volver a competir. Pero su corazón se aceleró de todas formas en cuando vio a la joven salir a la arena, y observó su recorrido. Estrella recibió una gran cantidad de aplausos, y María sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas en la certeza de que aquella noche nadie iba a superar a la hija de Esteban. El duro trabajo y la paciencia habían surtido efecto, y casi se sentía como si estuviera en la silla con su protegida. Era una sensación maravillosa. Estaba muy orgullosa de ella, casi como si fuera su propia madre.
No le sorprendió que la declararan ganadora. La observó en la distancia cuando recogió el premio acompañada por su orgulloso padre, que la abrazó.
María lo miró con un profundo dolor en el corazón. Ella también había estado entre sus brazos y sabía bien lo que se sentía, algo muy diferente al amor filial que compartían Estrella y él. Notaba un enorme vacío en su interior, como si fuera una extraña mirando a una familia a la que nunca pertenecería.
Era hora de marcharse. Se levantó y caminó con cuidado hacia los asientos donde se encontraban Tim y Meg, pero no los encontró. Pensó que tal vez habían ido a felicitar a la joven, algo que le habría encantado hacer a ella misma. Pero no podía estando él tan cerca.
Con un suspiro de tristeza se dirigió hacia el lugar donde había aparcado la camioneta, pero debió haber olvidado la posición exacta porque tampoco la encontró.
Mientras se encontraba mirando a su alrededor entre los vehículos, buscando, escuchó un sonido y de repente se vio envuelta en un abrazo demasiado familiar.
Sus ojos encontraron los ojos grises del hombre que amaba, mientras la llevaba hacia un Ferrari.
Quítate esas malditas gafas dijo él.
Ella obedeció, asombrada, dejando ver sus preciosos ojos azules.
Pero, ¿cómo...?
Estrella ha montado una pequeña conspiración con Tim y Meg explicó.
¿Dónde están?
En casa, esperándonos contestó. Pero tendrán que esperar mucho tiempo, porque ya hemos perdido demasiado.
Eh, espera un momento.
Ya he estado esperando de sobra dijo, besándola.
Ella se resistió, dispuesta a salvar su orgullo.
Ríndete dijo él. Bésame.
No puedo, no podemos, no deberíamos...
Sí, podemos y debemos. Funcionará dijo entre risas. Nos casaremos y tendremos más amazonas y tal vez incluso un pequeño vaquero o dos.
Tú no quieres casarte con alguien como yo.
Sí que quiero. Quiero casarme con alguien exactamente igual que tú, con una mujer de tan bello corazón como rostro y cuerpo, con una mujer que nos quiera a mi hija y a mí. Te deseo, María. Siempre te amaré.
No podía creer lo que estaba sucediendo. Lo miró y creyó ver en sus ojos un mar de estrellas.
Veo muchos sueños en tus ojos dijo él con suavidad. Cásate conmigo y te prometo que se harán realidad.
No estoy educada...
Ni yo dijo, besándola de forma apasionada antes de abrir la puerta.
No soy sofisticada.
Ni yo espetó, dejando que entrara en el asiento del acompañante y colocándole el cinturón.
No puedo soportar las fiestas de la alta sociedad.
Ni yo.
Esteban...
Arrancó el motor del poderoso vehículo, dio la marcha atrás y salió del aparcamiento en dirección a campo abierto. Cuando metió la marcha apartó la mano un momento y apretó las suyas con fuerza.
He estado muy solo. ¿Y tú?
Más que nunca contestó.
Quería llamarte por teléfono o verte, pero sabía que no querrías escucharme. Eres tan orgullosa como yo.
Es triste, pero es cierto.
Sin embargo nos las arreglaremos para llevarnos bien la mayor parte del tiempo. Cuando discutamos, lo arreglaremos después.
Ella sonrió y apoyó la cabeza en su hombro.
Sí.
Y Estrella será la chica más feliz de su clase cuando comience el colegio en Jacobsville.
¿Vamos a quedarnos aquí? preguntó sobresaltada.
Claro que sí. Aún no hemos terminado con el rancho dijo con ironía.
Oh, ya veo, así que se trataba de eso. Quieres mi rancho, maldito villano bromeó entre risas.
Sí, lo quiero, porque si no me tuvieras acabarías otra vez en bancarrota. Te olvidarías de llamar a los proveedores, llevarías mal la contabilidad y hasta te olvidarías de pagar los impuestos.
De hecho, ya me han pasado todas esas cosas.
Oh, Dios mío.
Estoy segura de que lo arreglarás todo en poco tiempo -dijo, tomando nota de que debía mirar los libros antes de que lo hiciera él. Al fin y al cabo has levantado una compañía de ordenadores tú solo.
Fue más fácil que salvar un rancho, considerándolo con calma. En mi negocio, la gente hace lo que le digo que haga.
Yo también lo haré. A veces.
Precisamente eso era lo que temía.
Ella cerró los ojos.
Te gustará.
Esteban rió y la atrajo hacia sí.
Por supuesto que sí.
A medio camino de casa, tomaron un polvoriento camino y aparcaron el coche bajo los árboles. Apagó el motor y miró a María, a la que abrazó de inmediato.
Unos cuantos minutos más tardes levantó la cabeza. Los ojos de María brillaban bajo la tenue luz con gran emoción, como zafiros azules. Estaba abrazada a él, temblando mientras le acariciaba los senos.
Tenemos que ir a casa susurró él a regañadientes.
¿Seguro? preguntó, besándolo con deseo.
Él gimió, pero se apartó un milímetro de ella.
En realidad no, pero no creo que esto sea demasiado inteligente.
¿Por qué no?
Miró por el retrovisor con ironía y le arregló un poco la ropa.
Porque no creo que los policías tengan mucho espíritu romántico.
¿Cómo...?
Las luces que iluminaron el vehículo hicieron que María se sobresaltara. Un hombre alto se aproximó a la ventanilla del conductor.
Esteban bajó la ventanilla con resignación y sonrió al hombre uniformado.
Lo sé, es un lugar poco adecuado para lo que estamos haciendo. Pero nuestra hija y unos cuantos amigos nos están esperando en el salón de casa, y no conseguimos tener intimidad en ningún sitio.
El policía los miró, divertido.
Sé bien lo que quiere decir. Mi esposa y yo tenemos cuatro chicos y siempre están en casa. Estar con quinceañeros puede ser horrible de vez en cuando. No dejan nunca los videojuegos y se pasan la vida comiendo pizza.
Exacto.
Pero de todas formas este no es el lugar más...
El lugar más adecuado, ya lo sé dijo con ironía. De acuerdo, nos iremos a casa.
Alquilen una película sugirió el policía. Suele funcionar. Se quedarán pegados al televisor y no les molestarán.
Es una buena idea. Gracias.
Mi esposa y yo llevamos veintiséis años casados sonrió. No podría creer la cantidad de cosas que hemos inventado para tener a los muchachos ocupados en algo. Que tengan una buena noche.
Entonces saludó llevándose la mano al ala del sombrero y regresó al coche patrulla.
Le has hecho pensar que estamos casados dijo ella.
¿Por qué no? Lo estaremos el fin de semana dijo con suavidad. Aunque no puedo esperar.
Ni yo.
Entonces, deslizó su mano sobre la de Esteban y él arrancó el coche

Pocos días más tarde se casaron con Tim y Meg como testigos, y con Estrella como dama de honor. Fue una ceremonia tranquila en Jacobsville, a la que no asistió nadie más. Después fueron a comer al mejor restaurante de la localidad y Esteban y María se marcharon a Jamaica para pasar una breve luna de miel antes de que comenzara la escuela.
A pesar de lo contentos que estaban, mantuvieron una actitud muy seria durante la ceremonia. Pero en cuanto se instalaron en la lujosa suite del hotel Montego Bay, con vistas a la bahía, Esteban la tomó en brazos y la dejó sobre la cama, uniéndose a ella antes de que tuviera tiempo de respirar.
Oh, pero deberíamos ir a ver... el mar bromeó ella.
Esteban la besó de forma sensual.
Deberíamos.
Sus caricias empezaron a despertar en ella un profundo deseo, hasta que se estremeció al notar su mano bajo el elástico de sus braguitas.
¿Quieres que vayamos ahora? preguntó él, en un susurro, mientras la besaba.
María gimió y él rió con suavidad, moviendo los labios sobre sus senos.
Eso era lo que pensaba.
En poco tiempo ambos estuvieron desnudos, abrazados el uno al otro llevados por el deseo. La urgencia la empujó a buscar el momento crucial demasiado pronto, pero incluso entonces Esteban se comportó con absoluta ternura, llenándola de placer entre gemidos tan excitados como los suyos.
La besó mientras su mano la instaba a seguir el ritmo de su poderoso cuerpo.
Levantó la cabeza para observar las reacciones de María de vez en cuando, y a pesar del brillo de sus ojos y de su acelerada respiración parecía controlar la situación por completo. María se estremecía, aferrándose desesperadamente a él mientras cientos de emociones aún nuevas para ella recorrían su cuerpo elevándolo hasta cimas impensables de placer.
Se arqueó violentamente y su mano se contrajo.
Tranquila susurró. Tenemos que tener cuidado con tu espalda.
¿Tranquila? Oh, Esteban, ¡estoy muriéndome!
Empujó de nuevo contra su cuerpo y siguió el ritmo del placer que había sentido segundos antes.
Vamos.
Esteban la guió, observándola hasta que estuvo seguro de su respuesta. Entonces sonrió y le dio el éxtasis que tanto deseaba. María abrió los ojos de golpe y el estremecimiento hizo que se moviera de forma convulsiva.
Notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Había llegado a un punto que nunca había creído que existiera. Y justo entonces, cuando empezaba a tranquilizarse, observó que él reía y que gemía deshaciéndose en ella y haciendo posible su propia satisfacción.
Se tumbó sobre ella, con el corazón latiendo a toda velocidad, y se puso de lado sin dejar de abrazarla con los brazos y con una pierna que la atraía hacia sí.
Cada vez es mejor susurró ella. Creo que puede matarme.
Él rió.
Matarnos a los dos.
Te estás riendo de mí acusó.
Él levantó su húmeda cabeza y la miró, sonriendo.
Oh, sí dijo, acariciando su boca. Moriré por el placer y la gloria de amar y ser amado mientras hago el amor. Nunca me había sentido tan completo hasta ahora.
Ella sonrió con timidez.
Ni yo. Aunque la primera vez ya me pareció magnífico.
Esteban la besó con suavidad.
Tendremos años y años de sexo, y niños, y retos que nos mantengan vivos. Y te amaré hasta el día que me muera añadió con fervor.
Ella se apretó un poco más a él.
¡Yo también te amaré hasta entonces! dijo, cerrando los ojos. Te amaré para toda la eternidad.
Esteban se inclinó sobre ella y la besó en la boca. La delicadeza pronto se convirtió en deseo y una vez más ella se abrazó a él, igualmente excitada.
Más tarde, mientras descansaba entre sus brazos y el sol de la mañana iluminaba la cama, pensó que nunca había sido más feliz en toda su vida.
¿Ya estás cansada? preguntó él cuando se estiró entre sus brazos. ¡Tendré que alimentarte con más ostras!
Yo te echaré de comida a las ostras como no me dejes dormir le amenazó, acercándose más. Sé que habíamos llegado al acuerdo de intentar tener una familia cuanto antes, pero me moriré de fatiga antes de que tengamos el primer hijo a este paso.
Esteban rió y la besó en la frente con suavidad
En ese caso dormiremos un poco más. ¿Estás más contenta ahora? murmuró.
Más de lo que nunca había soñado.
¿Y qué tal está tu espalda?
Bien. De hecho, yo diría que el sexo es terapéutico.
Razón de más para practicarlo al menos dos veces al día.
Ella lo besó en uno de sus hombros desnudos.
Más tarde. No he dormido nada en dos días. No dejaba de pensar que tu ex mujer encontraría una forma de sabotear la ceremonia.
No lo habría creído posible dijo con una amplia sonrisa. Estrella la ha puesto en su sitio. Creo que será una cirujana formidable cuando salga de la facultad. Cualquier persona que sea capaz de hacer entrar en razón a Ana Rosa encontraría fácil trabajar en un hospital.
María sonrió.
Al menos ahora su madre y ella se llevan mejor.
Oh, Ana Rosa ha aprendido una lección, y de forma muy dura. Sabe que si no es simpática contigo perderá una hija. Ésa fue la razón por la que te pidió disculpas, y se está comportando muy bien comentó, estirándose. Hasta se ha ofrecido para redecorar la casa del rancho cuando haya tenido el niño.
Pensaré en ello.
Tenía la impresión de que ibas a decir precisamente eso. Ana Rosa lo dice en serio.
Lo sé. Te amo.
Él sonrió.
Te amo.
La atrajo hacia sí y tiró de la sábana para que los cubriera. En la distancia, el sonido de las olas era como una serenata acuática. María cerró los ojos y apoyó la cabeza en el pecho de Esteban. Y sus sueños fueron muy dulces.

Fin

 
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