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ABANDONADO

December 16 2012 at 4:58 PM
MARIA  (no login)
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Protagonistas: Esteban Sanromán y María Fernández

ARGUMENTO:

En una fría noche de invierno, Esteban Sanromán encontró un bulto en la nieve... ¡Era un bebé recién nacido! Llevó al niño corriendo al hospital y lo puso en brazos de la enfermera María Fernández... María pensaba que había aprendido a vivir con el dolor de ser estéril.
Pero cuando aquel desconocido entró en la sala de urgencias con un bebé abandonado, su lucha comenzó otra vez... Quería a aquel niño, y también Esteban. La solución parecía obvia, hasta que apareció la madre biológica...


CAPÍTULO 01

UNA ráfaga de viento helado obligó a Esteban Sanromán a subirse el cuello de la chaqueta forrada. Se había desencadenado la típica tormenta de nieve de primeros de diciembre, que contribuía a la escasa visibilidad en aquella alejada y poco poblada zona.
Era el «efecto del lago» lo que le daba a Tooele la reputación de tener inviernos duros. A cuarenta minutos de Salt Lake, el pequeño pueblo de Utah sufría un exceso de humedad debido a su proximidad con el lago Great Salt.
La tormenta era de las que congelaban al ganado y paralizaban el transporte. Al día siguiente por la mañana las condiciones climáticas serían perfectas para que el equipo de ingenieros llevara a cabo la prueba de invierno con el prototipo de tren magnético flotante sin conductor que él había diseñado. En cuanto inspeccionara una vez más la última sección de las vías para evitar cualquier imprevisto, podría dar por terminado el trabajo del día.
La tormenta no le permitía ver con claridad, por lo que sacó la linterna reflectante de la parte trasera de su furgoneta. El viento arrastraba la nieve con tanta fuerza que sus huellas desaparecían en cuanto daba un paso a lo largo de la plataforma situada paralela a las vías.
Veinte minutos más tarde terminó sus comprobaciones, concluyendo con satisfacción que el trabajo era perfecto, como diría su padre. Llegó a los últimos cien metros e iluminó con cuidado hacia abajo para asegurarse de que había cubierto cada centímetro cuadrado. El viento aumentó su fuerza y le cubrió las manos de escarcha; a ratos, el ulular era tan fuerte que semejaba los aullidos de un animal, por lo que Esteban empezó a pensar que un puma en busca de comida había bajado de las montañas y lo había olido. Al echar un último vistazo se quedó paralizado: algo del tamaño de un saco de harina estaba en medio de la vía, envuelto en un trapo cubierto de nieve.
Escuchó otro aullido, más nítido esta vez. ¿Qué demonios era aquello?
En cuestión de segundos se metió en la vía para ver de qué se trataba. Al acercarse podría haber jurado que la tela se movía. Una mueca se dibujó en su cara. ¿Algún lunático había decidido deshacerse de un gato de esta forma?
Se agachó y con cuidado apartó una esquina de la tela. Al apuntar con la linterna dejó escapar una exclamación. Ante él había un bebé recién nacido que lloriqueaba.
¡Dios santo! El bebé estaba a punto de congelarse. Lágrimas de furia inundaron los ojos de Esteban. ¿Qué hubiera sido de aquel niño si él no hubiera decidido volver a inspeccionar la parte final de la vía?
Depositó la linterna en el suelo y se quitó la chaqueta. Con cuidado arropó al bebé con la cazadora, al tiempo que rezaba para que el calor de su cuerpo lo resguardara de la hipotermia.
Sin perder ni un segundo, salió de la vía sujetando el preciado paquete y echó a correr. Las lágrimas le caían por las mejillas y se congelaban en su piel, pero no era consciente de nada excepto de aquella pequeña vida que habría muerto de frío o de algo peor.
La camioneta estaba a tres kilómetros, pero parecían cien. El bebé podía morir antes de llegar al hospital.
Los recuerdos reprimidos de su hermano gemelo ahogándose en la bahía de San Francisco hacía años lo asaltaron con sofocante claridad.
«Por favor Dios, deja que este niño viva».


Julie Becker, enfermera en la sala de urgencias del pequeño centro médico «Oquirrh Mountains» entró a la habitación donde María Fernández, la otra enfermera de guardia, estaba colocando un goteo de morfina a un paciente con migraña.
Todo está bastante tranquilo, María susurró. Pensaba salir a la calle a tomar un café. El de aquí es horroroso. ¿Quieres algo?
No, pero gracias de todos modos contestó María, también en voz baja. Vamos a agradecer que estamos en el turno de noche. Cuando cese la tormenta por la mañana, empezarán a llegar todos los accidentados.
Así es. Y las dos estaremos en nuestros apartamentos profundamente dormidas, aunque solas añadió Julie a modo de broma.
María sonrió aunque no le había hecho gracia.
Enseguida vuelvo.
Cuando Julie se marchó, María miró a su paciente.
¿Cómo se encuentra, señora Pope?
No demasiado mal por el momento.
Avíseme si empeora y se lo diré al doctor Tingey. Le daremos algo para aliviarla.
Soy alérgica a muchas cosas.
Ya lo veo en su historial. No se preocupe, estamos al tanto. Le prometo que haremos todo lo posible para que no sufra más de lo necesario.
Hacía algunos años, después de una operación para extirparle los ovarios, María se puso realmente enferma después de que le inyectaran un calmante normal en ese tipo de operaciones. Desde entonces, había aprendido a respetar los temores de sus pacientes en ese tema.
Después de cerrar las cortinas se acercó a la mesa donde el nuevo médico residente, el doctor Parker, estaba escribiendo el alta para un paciente.
Dime, María.
¿Sabe dónde está el doctor Tingey? María sabía que eso estaba mal por su parte, pero en ciertas ocasiones prefería tratar con el experimentado y sosegado jefe de la sala de urgencias.
En rayos X. ¿Por qué?
Ésta es la lista de medicamentos a los que la señora Pope es alérgica. Tiene náuseas y creo que empeorará. Pensé que deberíamos estar preparados.
El doctor Parker estudió la lista un momento.
Iré a hablar con ella.
María imaginaba que diría eso. Pertenecía a la nueva generación de médicos que siempre ponían en duda lo que decían los pacientes. Se preguntó si trataba a su mujer de la misma forma, pero se reprendió a sí misma por esa falta de profesionalidad.
El doctor Tingey era tan distinto que María estaba mal acostumbrada. No solo sentía el mayor respeto por su experiencia médica, sino que además lo estimaba por el increíble tacto que tenía con los pacientes, quienes le adoraban. En más de una ocasión le había oído decir que* lo había visto todo en los cuarenta años que llevaba ejerciendo. En ese tiempo había aprendido a escuchar y realmente se preocupaba por las personas. Para ella, esas dos cualidades lo convertían en el mejor médico de la zona. El doctor Parker haría bien en imitarlo.
Una pequeña, corriente hizo que María se volviera en dirección a la doble puerta de entrada a la sala de urgencias. Supuso que sería Julie que volvía de la calle.
En vez de eso, vio a un hombre alto y delgado, de unos treinta y cinco años, que corría hacia ella. Llevaba un sombrero de vaquero cubierto de nieve, pantalones vaqueros y una camisa de franela a cuadros, y en los brazos sujetaba un bulto, envuelto en lo que debía de ser su cazadora.
¡Deprisa, ayúdeme! Al bebé lo abandonaron en la tormenta.
El hombre parecía completamente histérico.
La palabra «bebé» hizo que ella reaccionara inmediatamente.
Venga conmigo se apresuró hacia la sala de cuidados intensivos infantiles. Aquí. Tumbe al bebé en la mesa.
Mientras él hacía tal y como le decía, ella activó el sistema de una incubadora especialmente equipada para tratar la hipotermia, y después desabrochó la cazadora que envolvía al bebé. Una cabecita con un mechón de pelo oscuro se dejó ver.
¡Era un niño recién nacido! Los ojos profesionales de María lo observaron. Había que cortar el cordón umbilical un poco más.
El desnudo y tembloroso cuerpecito estaba envuelto en una fina sábana de algodón manchada de sangre. Tenía una palidez enfermiza. Le tomó el pulso. Era alarmantemente débil, al igual que sus sollozos. Cuando presionó su brazo, notó que el riego sanguíneo era lento.
¿Quién podía hacer algo así a un ser humano? gritó su corazón enfurecido. Se tragó sus propios sollozos.
Vamos a hacerte entrar en calor, bonito susurró.
Con mucho cuidado, lo levantó de la mesa y lo colocó desnudo boca arriba dentro de la incubadora.
El temblor de la pequeña barbilla acentuaba su completa indefensión, haciendo que María se volviera a estremecer por dentro.
Voy a buscar al médico murmuró María al forastero, que se movía ansiosamente a su lado.
Lo miró disimuladamente y vio el dolor en su expresión cuando miraba al bebé.
Se sintió aliviada al ver que el doctor Tingey había vuelto de rayos X. En cuanto le informó de la situación, él la siguió a la habitación donde estaba el bebé. Saludó con la cabeza al hombre que estaba junto a la cuna y se puso a examinar al niño.
Este pilludo no tiene más de dos horas de vida. ¿Dónde lo encontró?
En la vía principal del tren respondió Esteban con voz profunda. El doctor Tingey frunció el ceño. Estaba realizando una última inspección cuando oí el llanto. En cuanto me di cuenta de que era un bebé, lo traje lo más rápidamente posible. ¿Vivirá? preguntó.
Haremos todo lo que esté en nuestro poder para que así sea le aseguró en tono calmado.
Dos años trabajando en la sala de urgencias habían enseñado a María a leer las expresiones en la cara del doctor Tingey. Cuando enarcaba una ceja más que la otra significaba que el estado de la víctima era precario.
Prepare un goteo para ponerle antibiótico y suero. Después llame al laboratorio: quiero un análisis completo. Dígale a Julie que llame a la oficina del sheriff. Tenemos un caso de un bebé abandonado.
Enseguida.
María se apresuró a hacer lo que le había dicho. Era lo que se temía. El bebé había perdido sangre durante el alumbramiento. Y a saber dónde había tenido lugar.
Al cabo de quince minutos, se estaba haciendo todo lo posible para estabilizar al bebé. María se quedó para controlar la velocidad del goteo y preparar más bolsas de suero, si fueran necesarias. El doctor Tingey terminó de cortar y esterilizar el cordón umbilical. Le había dicho al forastero que podía quedarse en la sala de espera, pero el hombre insistió en permanecer en la habitación.
A María le conmovió la preocupación que demostraba por un bebé abandonado. Desgraciadamente, había visto demasiados casos en los que el padre biológico no parecía tener instinto paternal alguno.
Oyó pasos en la entrada y un policía entró en la habitación. Saludó a todos con la cabeza hasta que su vista se topó con el forastero.
Soy el oficial Brown asignado a este caso. ¿Es usted el hombre que encontró al bebé?
Eso es.
¿Cómo se llama?
Esteban Sanromán.
¿Edad?
Treinta y cuatro años.
¿Vive usted por aquí?
Sí, en 1017 Parkway.
¿Teléfono?
Mi número es el 7349812
¿A qué se dedica?
Soy ingeniero.
Cuénteme que ha pasado.
Mi equipo y yo vamos a hacer pruebas con el nuevo tren magnético mañana por la mañana.
María pestañeó. Había oído hablar del proyecto cuando uno de los ingenieros del equipo fue a que le curaran un corte en la pierna hacía unos meses.
Estaba comprobando la última sección de la vía cuando vi que había un bulto cubierto de nieve en el medio. Pensé que era un gato hasta que lo abrí y encontré al bebé dentro, medio muerto. Estaba envuelto en un trapo señaló hacia la sábana de algodón que todavía se encontraba dentro de su cazadora.
El oficial miró las manchas de sangre.
¿Es la vía que está al oeste del pueblo, donde se ha construido un edificio grande en uno de los extremos?
Sí.
La he visto.
Envolví al bebé con mi cazadora y corrí hacia la furgoneta. Estaba aparcada a unos tres kilómetros de la vía. Después, vine aquí inmediatamente.
¿Sabe qué hora era cuando encontró al bebé?
Hace cuarenta y cinco minutos.
¿Es suyo el Chevy V8 blanco que está aparcado afuera?
Sí.
Dígame los nombres y direcciones de un par de personas de su equipo, por favor.
Rod Stigler y Martin Driscoll. Viven en los apartamentos Doxey de la calle Conover. Números 10 y 14.
De acuerdo. Gracias por su cooperación. Le tengo que pedir que se quede aquí hasta que otro policía de la comisaría venga por una muestra de sangre de usted.
El policía se volvió hacia el doctor Tingey, pero también miraba a María.
No toquen ni la sábana ni la cazadora. Mientras tanto, si se enteraran de algo que nos ayudara a encontrar a la madre o el padre biológicos llamen a la comisaría. Estaremos en contacto.
¿Es normal ser tratado como un sospechoso? preguntó en voz baja cuando el oficial se hubo marchado.
María podía sentir su furia.
Me temo que incluso el buen samaritano es sospechoso hasta que se demuestre lo contrario. En lo que a la policía respecta, esto podría ser un caso de intento de asesinato murmuró el doctor Tingey.
El problema es que en el pasado ha habido demasiadas ocasiones en las que la persona que encontraba un bebé abandonado resultaba estar relacionado con él de alguna forma. Pero normalmente es una pareja de adolescentes que no son capaces de asumir que son padres. Hacen cualquier cosa por deshacerse de él.
María se estremeció.
Sea paciente. La verdad saldrá a la luz muy pronto. Ahora me gustaría darle las gracias por haber actuado tan deprisa. El calor corporal de su cazadora le ha ayudado el doctor Tingey le dio la mano.
María, mantenga el goteo. Tengo que ir a ver a un paciente con una herida en la cabeza, luego vuelvo.
María sintió admiración por la forma con que el doctor Tingey había tranquilizado al forastero. Debía de saber lo incómodo que sería para el señor Sanromán el que su buena acción resultara sospechosa.
¿Le apetece una taza de café?
La mirada de él seguía fija en el bebé. Parecía abstraído en sus pensamientos.
Si no es demasiada molestia, se lo agradecería.
En absoluto. ¿Por qué no trae el taburete que hay en aquella esquina y se sienta junto al bebé? Yo vuelvo enseguida.
Cuando María volvió, vio que él había aceptado su sugerencia. También se había quitado el sombrero de vaquero y lo había dejado junto a su cazadora. Bajo la luz de la sala, su pelo color castaño brillaba.
A María le sorprendió el hecho de que los dos vivieran en el mismo pueblo y nunca lo hubiera visto. Las líneas que surcaban su cara bronceada por el sol aumentaban su atractivo masculino. La combinación de un metro ochenta y cinco y un físico estilizado lo convertía en una rareza entre la especie masculina. Ella no pensaba que pudiera haber un hombre así en Tooele.
Aquí tiene el café.
Gracias lo tomó de sus manos. En el breve instante en que él levantó la vista, ella pudo ver un destello azul. El hombre era más atractivo de lo que inicialmente había pensado.
Hola, María la auxiliar de laboratorio entró con su carrito.
¿Cómo estás, Angela?
No puedo quejarme. Se ha extendido el rumor por la clínica de que tenemos un caso de bebé abandonado se puso los guantes esterilizados y metió las manos por los agujeros de la incubadora. ¡Pero si eres precioso! exclamó al tiempo que le sacaba sangre de los talones Con esos mofletes pareces un angelito.
María sonrió.
Eso es exactamente lo que dije yo. Es un niño precioso.
Pero se dio cuenta de que Esteban Sanromán seguía teniendo una expresión de dolor en el rostro. Para ser alguien que no había visto al bebé hasta que lo encontró en la vía, el hombre parecía muy unido al niño.
No le extrañaba, pues desde que había descubierto al niño envuelto en la cazadora del hombre ella misma había sentido la imperiosa necesidad de adoptar el bebé que nunca podría concebir."
Cuando la auxiliar de laboratorio terminó, María tuvo que poner un goteo nuevo. El señor Sanromán se acercó a la cuna.
¿Cree que el bebé está mejor?
«Me gustaría poder decirte que sí, pero no puedo», pensó ella.
Está aguantando dijo, lo que significa que es un luchador.
En otras palabras, hay muchas posibilidades de que no lo consiga.
El tono atormentado de su voz la alarmó.
Dele tiempo. Los bebés son más fuertes de lo que piensa.
Ella comprobó el termostato de la cuna para asegurarse de que mantenía una temperatura estable, y recogió la taza de café vacía. Cuando se dirigía a la papelera para tirarla, dos policías entraron en la habitación.
¿Señor Sanromán? Venga conmigo. La mandíbula del forastero se tensó. María compartía su frustración mientras él se levantaba del taburete y seguía a uno de los policías afuera. El otro metió la sábana de algodón y la cazadora en una bolsa para llevarlas a analizar al laboratorio forense.
Poniéndose los guantes esterilizados, María volvió a la incubadora. Su corazón se estremecía por ese bebé que había sido privado de su madre y que necesitaba desesperadamente que lo tomaran en brazos. Metió las manos en los agujeros y agarró sus manitas, intentando transmitirle todo el amor que hubiera dedicado a su propio bebé. Aquel que nunca tendría...
Eres el niño más bonito que he visto en mi vida. ¡Tan valiente y tan fuerte! El hombre que te salvó también lo piensa. Él volverá. No estás solo en este mundo, preciosidad.


¿Se me permite hacer una llamada ahora? demandó Esteban con fuña reprimida, mientras se bajaba la manga de la camisa sobre el algodón que la auxiliar de laboratorio le había puesto.
El oficial asintió.
Por supuesto. Gracias por su cooperación. Le devolveremos la cazadora en las próximas veinticuatro horas.
Cuando el policía y la auxiliar salieron de la habitación, Esteban sacó su teléfono móvil. Primero llamó a Martin. Después de una breve explicación, le pidió a su asistente que informara al resto del equipo de que la prueba del día siguiente tenía que ser pospuesta un par de días. Lo volvería a llamar más tarde. Después, llamó a Dominic Giraud a su apartamento en Laramie, Wyoming. Si él no contestaba, llamaría a Alik Jarman que vivía cerca. Los dos eran sus mejores amigos y juntos estaban haciendo realidad el proyecto del tren magnético.
La prueba del día siguiente era crucial y sabía que los dos se disgustarían al saber que tenía que ser pospuesta, pero las circunstancias no lo permitían.
¿Dígame?
¿Hannah? la mujer de Dominic era un encanto.
¡Esteban! Dominic y Alik estaban hablando de ti ahora mismo.
¿Todavía están ahí?
Sí.
Pásamelos, por favor. Tengo algo importante que decirles.
Esteban oía ruidos alegres de fondo. Se imaginó a las dos parejas y sus hijos reunidos en el cuarto de estar del pequeño apartamento. En momentos como aquel, Esteban experimentaba un vacío que no le gustaba admitir, especialmente cuando su condición de soltero empedernido le había venido tan bien durante todos aquellos años.
¡Viejo amigo! ¿Está todo listo para mañana?
Hemos estado viendo la predicción del tiempo dijo Alik por la otra línea. Estáis cubiertos de nieve, justo lo que necesitábamos para la prueba de mañana.
Esteban apretó el auricular.
Me temo que tenemos que posponer la prueba. Por eso os llamo.
Después de una pequeña pausa, habló Dominic.
¿Qué ha pasado? Esteban notó la decepción en su voz.
No tiene nada que ver con el tren.
Entonces te pasa algo a ti dijo Alik con preocupación.
No os vais a creer esto, pero la vía ha sido acordonada por ser la escena de un delito.
¿Qué? dijeron los dos hombres a la vez.
Sí. Por el momento, yo soy el sospechoso principal en un caso de intento de asesinato. Ahora mismo estoy en el centro médico de Tooele, donde la policía me acaba de tomar las huellas y una muestra de sangre. Me han dicho que no abandone la ciudad, y que me devolverán la cazadora en cuanto el laboratorio forense la haya examinado.
Parece que necesitarás un abogado. Alik y yo llamaremos a Nueva York en cuanto colguemos.
Os agradezco el apoyo. Si llegara el caso, ya os avisaría. Pero no es lo que os imagináis. Escuchadme.
Esteban les contó todo lo ocurrido.
Dios mío murmuró Alik.
Aquí están haciendo todo lo que pueden por el bebé, pero nadie garantiza nada dijo mientras pensaba que ni siquiera la guapa enfermera que le había llevado café intentó darle falsas esperanzas. Eso lo decía todo.
¿Cómo demonios puede la policía pensar que tienes algo que ver con todo eso si eres la persona que entregó al bebé?
Según el médico, a menudo esa persona sabe algo del delito. Así que hasta que la policía encuentre a la madre y a cualquier otra persona involucrada, yo seguiré siendo sospechoso.
Mañana, iremos a Salt Lake, Esteban.
No es necesario que vengáis.
Vamos a ir dijo Alik.
En cuanto Esteban percibió la determinación en sus voces supo que no serviría de nada discutir con ellos. En el fondo, se alegraba de que hubieran insistido. Le vendría bien su apoyo en aquellos momentos.
Cuando estemos en el coche de camino a Tooele, te llamaremos.
Gracias, chicos. Significa más de lo que pensáis.
Ansioso por ver el estado del bebé, colgó y se dirigió a la unidad de cuidados intensivos infantiles.
Mientras el doctor Parker auscultaba el corazón del bebé, María anotaba las constantes vitales en el ordenador.
Este bebé está bastante mal.
Lo sé murmuró ella. Odiaba oír esas palabras. El doctor Tingey siempre se guardaba esos pensamientos para sí mismo. Desgraciadamente, se había ido a casa y había dejado al doctor Parker al cargo.
Se quitó el estetoscopio de los oídos y se volvió hacia María.
¿Qué piensas del hombre que lo trajo?
¿Qué quiere decir? dijo haciéndose la tonta.
Tienes que admitir que sin conocimiento previo, las posibilidades de encontrar a un bebé abandonado en ese sitio y en una noche como ésta son de una contra un millón.
No entiendo lo que quiere decir.
Su historia va demasiado lejos. Cuando se aclare todo, probablemente nos enteremos de que fue su novia la que intentó librarse del bebé y él tuvo sentimiento de culpabilidad en el último momento.
El doctor Parker nunca le había caído bien y sus palabras reforzaban aquel sentimiento. En cuanto se marchó, sintió la presencia de otra persona en la sala.
¿Es eso lo que piensa usted también?
La profunda e inolvidable voz del forastero hizo que María se volviera y se encontrara con unos increíbles ojos azules llenos de dolor.
Lo siento, señor Sanromán. ¿Podría repetir la pregunta? dijo María, horrorizada de que hubiera escuchado el comentario del doctor Parker.
El se quedó allí de pie, con las manos sobre las caderas en un gesto muy masculino.
Su diplomacia dice mucho de usted, señorita Fernández.
Ella cayó en la cuenta de que llevaba la tarjeta de identificación sujeta a su bata.
Por favor, no se moleste por lo que ha dicho el doctor. Hay veces que nadie es inmune al estrés de la sala de urgencias.
Me lo creería si esto pareciera una zona en guerra. Pero está más silencioso que una tumba.
Tenía razón,
El doctor Parker tiene tres hijos. Supongo que era la situación en la que se encontraba el bebé lo que le hizo expresar una opinión negativa sobre usted.
Parece ser que la comparte la mayoría de la gente. ¿Por qué no usted?
La pregunta la pilló por sorpresa. No podía decirle que fueron el sonido sugerente de su voz y la mirada atormentada de sus ojos cuando entró corriendo en la sala pidiendo ayuda los que la convencieron.
Siempre he considerado inocente a una persona hasta que se demuestre lo contrario.
Hubo una pequeña pausa.
Es agradable saber que tengo a alguien de mi parte.
Dos dijo ella suspirando. Se está olvidando del bebé aclaró al notar su mirada inquisitiva.
CAPÍTULO 02

¿DE Tor?
Ella parpadeó al oír el nombre.
Aborrezco llamarlo bebé abandonado explicó él.
Yo también dijo ella con voz trémula. Mi padre se llama Héctor. Me encanta. Pero no permita que nadie le oiga utilizarlo. Llegarían a una conclusión errónea.
Será nuestro secreto.
Aunque lo que dijo implicaba cierta intimidad, ella sabía que por parte de él eran simples palabras.
Oí al doctor decirle que está mal dijo el señor Sanromán, y añadió. Supongo que no se refería a la hipotermia.
Ella negó con la cabeza.
No. El bebé tiene una infección. Le daremos antibióticos hasta que los análisis de sangre sean positivos.
¿Qué más le ocurre?
Ha perdido sangre. Eso quiere decir que le faltan nutrientes esenciales. Le estamos alimentando por vía intravenosa.
¡Es tan pequeño...! ¿Cree que es prematuro?
A María aquella serie de preguntas le recordaba a un padre primerizo que necesitaba que lo tranquilizaran constantemente.
Probablemente. Pero dadas las circunstancias dos kilos y medio es un buen peso. Hasta que sus pulmones estén más desarrollados seguiremos con el oxígeno para ayudarlo a respirar se mordió el labio. Gracias a Dios que lo encontró. Discúlpeme un momento dijo María, y salió de la habitación.
Julie detuvo a María de camino a la recepción.
He echado un vistazo al adonis que trajo al bebé abandonado susurró. ¡Es un milagro viviente!
Estoy de acuerdo contestó María. «Y si no me equivoco, es aún más excepcional en su interior».
¡No es justo! se quejó la enfermera rubia. Desaparezco cinco minutos y ocurre lo único interesante en muchos meses.
Vamos a hacer una cosa. Espera aquí mientras yo traigo una silla y tú se la llevas. El taburete es muy incómodo.
¿Quieres decir que todavía no se va a ir? dijo al tiempo que se iluminaban sus ojos azules.
No estoy segura. Está muy preocupado por Jo... el bebé tartamudeó.
En cuestión de segundos, María volvió con una silla.
Yo iré a ver a la señora Pope mientras tú vigilas al bebé.
Julie sonrió con satisfacción.
Eres demasiado buena para ser verdad le dijo a María al oído antes de alejarse con la silla.
Era mejor dejar que Julie se encargara. Coquetear se le daba bien. Si resultaba que el señor Sanromán era soltero y estaba disponible, los dos se llevarían bien.
En cuanto al bebé, ya tenía un sentimiento de unión con él que iba más allá de lo normal. Siempre le habían gustado los bebés, y había soñado con tener una gran familia algún día. Pero desde que supo que nunca podría tener hijos, lo único en lo que pensaba era en su problema. Sobre todo desde que su hermano y hermana mayores se habían casado y tenían hijos.
Su ginecólogo le había sugerido que se comprara un perro al que cuidar, pero no se permitían animales en el piso que compartía con la higienista dental, Debbie Lignell. A la vista de su reacción respecto al bebé, quizá debería empezar a pensar en mudarse a un sitio donde sí permitieran tener animales.
Cuando María terminara su turno, a las cinco y media de la mañana, su compañera de piso estaría preparándose para ir a trabajar. Podía sacar el tema, pero a su amiga no le iba a gustar, pues el apartamento que compartían estaba a solo media manzana de la consulta del dentista con el que trabajaba. Lo mejor sería que se fuera a otro sitio y que Debbie buscara una nueva compañera de piso.
Tal vez fuera un buen momento para volver a Salt Lake. Había muchas ofertas de trabajo para enfermeras. Si no conseguía su antiguo puesto en el Hospital de la Emigración, había otros muchos hospitales en el valle de Salt Lake. En cuanto a pisos en los que aceptaran animales, no sería un problema. Lo que necesitaba era una razón para levantarse por las mañanas.
Desde la operación, había evitado salir con hombres. De esa forma no tenía que explicarles que nunca podría tener hijos y que estaban perdiendo el tiempo con ella.
El último por el que se había sentido atraída era un piloto que conoció en un partido de baloncesto. En cuanto se pusieron a hablar, se dio cuenta de que él compartía algunas de sus aficiones preferidas. Pero solo llevaban saliendo dos semanas cuando lo destinaron inesperadamente a Atlanta. El quería que ella fuera a verlo allí, pero para entonces María ya había empezado a tener problemas ginecológicos. Cuando supo el diagnóstico, se alegró de que él se hubiera marchado antes de que su relación se hiciera más seria. Así evitaba la angustia de tener que confesar que no podía tener hijos.
Desde entonces, ni siquiera sus hobbies de toda la vida la volvieron a interesar. Quizás un perro al que pudiera cuidar y educar desde pequeño la sacara de la depresión. Por mucho que le doliera admitirlo, eso era lo que tenía.
La verdad era que había escogido trabajar en Tooele porque estaba a solo doce kilómetros de Grantsville, donde vivía su familia. Habiendo sido siempre una persona alegre e independiente, odiaba el que su incapacidad para tener hijos la hubiera convertido en una especie de inválida emocional. Necesitaba volver a Salt Lake, que estaba lo suficientemente lejos para que no pudiera ir a casa de sus padres cada vez que se deprimía. Si tener un perro no la ayudaba, entonces tendría que buscar apoyo psicológico.
Su madre la animó a ser optimista: cuando se casara podría adoptar un niño. María sabía que su madre tenía razón, pero la mayoría de los hombres querían ser padres de sus propios hijos. Tenía que ser un hombre muy especial el que aceptara la esterilidad de una mujer. Y si había alguno, ella no lo había encontrado todavía.
Por un instante, fantaseó con la posibilidad de robar esa noche el bebé que estaba en la unidad de cuidados intensivos y quererlo para siempre. Pero el simple hecho de imaginar aquello demostraba que tenía que hacer algo cuanto antes respecto a su situación.
Media hora más tarde, el goteo de la señora Pope se había acabado.
¿Cómo va el dolor de cabeza?
Se me ha pasado. Mi marido llegará en cualquier momento para llevarme a casa.
Me alegro de que se encuentre mejor dijo María mientras le quitaba la aguja del brazo y le ponía un algodón. Se lo diré al médico. ¿Puedo hacer algo más por usted?
Nada. Pero gracias por ser tan buena conmigo; mi marido lo pasa muy mal cuando me ocurre esto.
Si la compensa de otra manera, lo perdono.
Claro que sí dijo sonriendo.
María salió de la sala y se acercó a la mesa donde estaba el doctor Parker.
Doctor Parker, la señora Pope está esperando el alta.
De acuerdo. Avise al laboratorio y después reúnase conmigo en la sala cuatro. Tenemos un paciente con herida de navaja que va a entrar en cirugía.
Los avisaré.
Entre aquel paciente y otro con un ataque al corazón, los médicos y el resto del personal estuvieron ocupados durante un par de horas. Alrededor de las cuatro, María fue a comprobar el estado del bebé.
Para su sorpresa, el señor Sanromán seguía allí, observando al bebé.
Por fin dijo en cuanto la vio entrar.
Se complicaron las cosas.
Me he dado cuenta dijo al tiempo que se levantaba.
Mientras comprobaba el goteo y los monitores, notó que la miraba con ansiedad.
¿Cómo está?
Ella sabía lo que él quería oír, pero no se lo podía decir.
No está peor.
¡Maldita sea! exclamó al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás Lo siento.
No se disculpe. Yo también he estado a punto de decir algo parecido. Es tan adorable y está tan indefenso... dijo con la voz temblorosa.
Surcos de preocupación se dibujaron en la frente del hombre.
Me da miedo marcharme por si...
Lo sé lo interrumpió antes de que pudiera terminar. ¿Le traigo una cama plegable para que se pueda tumbar a su lado?
Por su expresión, ella se dio cuenta de que la sugerencia le había sorprendido.
¿Lo haría?
Si me hubiera dado cuenta de que todavía estaba aquí, lo habría hecho antes. No hay nadie que le haga compañía al bebé. Mientras traigo la camilla, lávese las manos. Aquí tiene unos guantes esterilizados. Así podrá tocarlo mientras le habla. Seguro que también le gustaría oírle cantar.
María se acercó a la cuna.
No llevas mucho tiempo en el mundo, bonito, y te mereces todo el amor y atención que te puedan dar. Yo diría que el señor que te salvó la vida es la persona ideal para hacer eso. Os dejo para que os conozcáis mejor.
María no sabía qué se había apoderado de ella en aquel instante, pero había intuido que el señor Sanromán necesitaba un objetivo en el que volcar sus sentimientos. Dándole algo que hacer lo ayudaría a pasar las horas nías deprisa.
María Julie la llamó desde la mesa. Seguramente, iba a alardear de la cita que había conseguido con el señor Sanromán. María no quería oírlo.
Espera un momento, voy a llamar al almacén.
Tras avisar para que subieran una cama plegable, dirigió a Julie su atención.
¿Qué me ibas a decir?
Esperaba que tú me contaras algo contestó.
¿Qué quieres decir? dijo María frunciendo el ceño.
No he conseguido nada. Lo único que me preguntó, aparte de las cosas relacionadas con, el niño, fue cuándo ibas a volver tú.
A María le dio un vuelco el corazón.
Probablemente pensaba que tendría noticias del médico. No olvides que fue él quien encontró al bebé. Seguramente todavía esté en estado de shock.
Eso seguro. Vaya un antipático.
Ten en cuenta que la policía no le ha declarado inocente todavía, Julie.
Vamos, por el amor de Dios. Si no fuera inocente, no habría traído al bebé.
Sí, es absurdo.
Vaya, tenemos otro paciente.
María miró por encima de su hombro y vio a los enfermeros entrar con una camilla sobre la que estaba un vagabundo. El pobre parecía medio muerto. Seguramente no le dio tiempo a encontrar refugio antes de la tormenta. María deseaba ser inmune a escenas como ésta, pero aún no lo había conseguido.


Esteban oyó gritar a alguien.
¿Tor? ¡Aguanta! ¡Ya voy!
Los gritos se hicieron más fuertes, sacando a Esteban de una antigua pesadilla. Estaba cubierto de sudor frío y el corazón le latía muy deprisa. Tardó unos segundos en darse cuenta de dónde se encontraba.
Se frotó los ojos y se incorporó para mirar el reloj de la pared. ¡Era casi mediodía!
Lo último que recordaba era que la señorita Fernández había entrado para ver al bebé.
¡El bebé!
El corazón de Esteban se heló mientras se asomaba a la incubadora horrorizado por la posibilidad de encontrarla vacía. Pero se tranquilizó al ver al bebé tumbado en la misma posición que antes. Sin dudarlo, se puso un par de guantes nuevos y metió las manos por los agujeros. Cuando alargó un dedo para tocar la mano del niño, los dedos de este respondieron y lo agarraron de la misma forma en que lo había hecho la noche anterior. A Esteban se le hizo un nudo en la garganta.
Te dije que aguantaras, y lo has hecho.
Con la otra mano le acarició cabeza. Observó sus facciones perfectas. Las orejas, las diminutas uñas de los pies y las manos. Parecía que los ojos se habían abierto ligeramente. Seguro que eso era buena señal;
Una enfermera de mediana edad que no conocía entró en la habitación y sonrió al verlo de pie junto a la cuna.
Perdone si le ha despertado el ruido. Oí que llevaba aquí toda la noche y me imaginé que necesitaba dormir.
Debería haberme levantado antes. ¿Qué dice el médico sobre el estado del bebé?
En estos momentos, todo es provisional.
Su ánimo se derrumbó. No debería haber preguntado.
¿Sabe cuándo tiene turno otra vez la señorita Fernández?
Tiene el turno de noche. Si trabaja esta noche, entrará a las ocho. ¿Puedo hacer algo por usted?
No, gracias. Quería darle las gracias por la cama plegable.
Se fue a casa a las cinco y media esta mañana. Pero se lo diré.
Gracias.
Tocó de nuevo las manitas del bebé y sacó después los brazos de la incubadora.
Volveré luego susurró al bebé. Ponte bueno por mí.
Tiró los guantes a la basura y recogió su sombrero. Dudó antes de salir por la puerta.
Hay una cosa que puede hacer le dijo a la enfermera. Tengo teléfono móvil. Si hubiera algún cambio en el estado del bebé, ¿me podría avisar alguien inmediatamente?
Por supuesto. Escriba su número en la hoja que cuelga de la cuna.
Después de anotarlo, le fue casi imposible alejarse de nuevo del bebé. Sentía que dejaba parte de su corazón allí.
Los bebés son más fuertes de lo que parece dijo la enfermera, que leyó su mente.
Rezaré por que esté en lo cierto.
Cuando salió de urgencias, el brillo del sol casi lo cegó. Al menos treinta centímetros de nieve cubrían todo a su alrededor. La blancura lo deslumbraba.
Después de retirar la nieve que cubría el camino de entrada a su casa, entró y comprobó el contestador automático. La policía no había llamado.
Irritado, se metió en la ducha, dejando el teléfono móvil sobre el lavabo por si sonaba.
Luego, después de ponerse una camisa limpia y unos vaqueros, se hizo un sándwich con lo poco que tenía. Tendría que comprar comida antes de que llegaran sus amigos por la noche.
Pero primero tenía que hablar con su equipo y después arreglar la casa.
Tres horas más tarde, estaba en el supermercado. Mientras andaba por uno de los pasillos buscando servilletas, se sorprendió mirando la sección de pañales, algo que nunca antes había hecho. Esteban sintió que se le hacía un nudo en la garganta al pensar en Tor luchando por su vida en la incubadora. Mientras miraba los biberones, imágenes de tubos y goteos enganchados al bebé inundaron su mente, llenando sus ojos de lágrimas.
Las contuvo y se acercó a una de las cajas registradoras. En cuanto dejara la comida en casa, iría a la sala de urgencias a quedarse con Tor. Cuando llamaran sus amigos, les daría la dirección del hospital para que pudieran ver al bebé antes de ir a su casa.
Con un poco de suerte, la señorita Fernández trabajaría aquella noche y entraría mientras él todavía estaba allí. Por alguna razón, la imagen de su pelo caoba brillante y sus ojos como dos gotas de chocolate oscuro aparecía cada vez que pensaba en Tor. No era capaz de separarlos.
Había dulzura en su voz cuando se refería al bebé. Esteban era presa de su encanto.


Cuando María salió a las siete de la tarde, se dijo a sí misma que era porque tenía que quitar el hielo del parabrisas para no llegar tarde al trabajo. Tras una noche de tormenta, todo se helaba. Pero solo tardó cinco minutos, y su jeep podía ir a cualquier parte en la nieve sin problemas.
Cuando entró en la sala de urgencias a las siete y veinte, el doctor Parker se la quedó mirando. A María se le había olvidado que el horario del médico era distinto al del resto del personal. Él consultó su reloj.
Llega cuarenta minutos antes de su hora. Si está buscando al bebé abandonado, no está aquí.
¡No! gritó ella angustiada.
Tranquila, María. Quería darle buenas noticias. Todavía está enfermo, pero estable. Lo saqué de la lista de extremadamente críticos e hice que lo llevaran al nido.
¡Gracias a Dios! dijo apoyándose en el mostrador mientras se recuperaba.
Deberíamos haber puesto un cartel. Cuando el señor Sanromán descubrió que el bebé no estaba, reaccionó de la misma forma.
¿Está aquí? preguntó. La sola mención del nombre del forastero hizo que sintiera una sensación de asfixia en el pecho.
Ha estado.
Sin pensarlo, María salió corriendo por el pasillo. Abrió la puerta y subió por las escaleras al nido.
¿Dónde está el bebé abandonado? le preguntó a Shelby Clark, una de las enfermeras de aquella planta.
¿Quieres decir nuestra pequeña celebridad? Me temo que vas a tener que ponerte a la cola bromeó. Se te han adelantado tres personas. Los tres son hombres y son fantásticos, parecen estrellas de cine le confió.
María pensó que los hombres debían de ser los ingenieros que estaban ayudando a Esteban Sanromán en el proyecto, pero no dijo nada.
Solo quiero verlo antes de empezar mi turno.
Sí, claro Shelby le guiñó un ojo.
En otras circunstancias, María se hubiera reído con la inocente broma de Shelby. Pero en esos momentos no. Estaba demasiado implicada. Y el doctor Parker la había irritado.
Si se hubiera encontrado con el doctor Tingey, las primeras palabras de este habrían sido otras: «tengo buenas noticias. El bebé abandonado ha sido trasladado al nido».
Pero ese no era el estilo del doctor Parker. Al decirle que el bebé no estaba casi le había dado un ataque al corazón. Además de sus otras razones para marcharse de Tooele, la idea de no tener que trabajar con el doctor Parker también era un aliciente.
Había sido buena idea contarle a Debbie lo de marcharse a Salt Lake. Para su sorpresa, su compañera de piso le confesó que había estado preocupada por ella y pensaba que un cambio de aires le iría bien. Además, Debbie estaba pensando marcharse a Logan, Utah, donde podía quedarse con su familia e ir a la universidad allí, pero no se lo había dicho porque no quería dejarla en la estacada.
No fue solo el hablar con Debbie lo que le hizo decidirse a avisar en el hospital de que se marchaba en el plazo de dos semanas. Su primera reacción al creer que el bebé no estaba le había demostrado que sus emociones estaban demasiado involucradas, así que, por duro que fuera, decidió que sería mejor no volver a verlo. Ahora que lo habían trasladado al nido no había ninguna razón para que ella estuviera en aquella planta. Ninguna.
Era el momento preciso para recuperar la compostura. Si no, estaría en peores condiciones cuando los servicios sociales visitaran el hospital.
Ya tenían el informe de la policía. En cualquier momento, quizá a la mañana siguiente, vendría un asistente social para averiguar cuándo podría llevar al bebé a una familia adoptiva.
Tenía que cortar mientras pudiera. Ello significaba que tampoco vería al señor Sanromán. El era la otra parte de la lista prohibida.
¿Sabes, Shelby? Creo que volveré cuando no haya nadie. Hasta luego.
María se marchó, no le interesaba el cotilleo del hospital. En cuanto llegó a la sala de urgencias, colgó el abrigo y se puso a trabajar.
Durante las pausas, se puso a hacer el inventario de los suministros dé" las salas, o cualquier cosa que la mantuviera ocupada y no la dejara pensar en lo que estaba pasando en el piso de arriba.
¿Qué te pasa? le preguntó Julie cuando tuvo un momento. María había estado contando las cajas de guantes y jeringuillas. La pregunta de su compañera la hizo saltar.
Intento ser útil.
¡Pues para ya! Me estás dejando en mal lugar.
Lo siento. No me había dado cuenta.
Oye, estaba bromeando. ¿Qué ocurre? No pareces la misma. ¿Sabías que han trasladado al bebé abandonado al nido?
Sí, me he enterado. Es maravilloso.
Y menuda suerte.
¿Qué quieres decir?
La policía estuvo aquí hace unos minutos buscando al tipo tan increíble que trajo al bebé. Por lo menos ahora no pueden detenerlo por asesinato.
Al oír aquello a María se le cayó el sujetapapeles. Lo recogió y se puso de pie.
¿No habrán venido a detenerlo?
No lo sé. El doctor Parker los mandó al nido.
La adrenalina corrió por todo su cuerpo.
Julie, ahora todo está tranquilo. ¿Puedes quedarte en mi puesto? Vuelvo en diez minutos. Claro. Gracias.
Salió corriendo de la sala hacia las escaleras. Cuando llegó al piso de arriba, fue directamente al nido.
A través del cristal de una de las habitaciones podía ver a Esteban Sanromán hablando con uno de los policías que había estado en urgencias la noche anterior. Dos hombres tan altos y atractivos como Esteban estaban junto a él, con expresión seria.
¿Y si aquellos policías le estaban leyendo sus derechos?
Sin importarle las consecuencias, María entró en el nido, pasó por delante del personal y abrió la puerta de la habitación donde el señor Sanromán estaba siendo interrogado. Todas las miradas se volvieron hacia ella.
Perdonen la interrupción dijo, pero si todavía creen que este hombre sabe algo de la situación del bebé antes de encontrarlo y traerlo aquí, están totalmente equivocados, caballeros. Es el ingeniero que ha construido las vías donde se encontró al bebé. Si tuviera algo que esconder, nunca habría admitido haberlo encontrado allí.
A María le faltaba el aire.
Yo estuve aquí toda la noche, observándolo. No se marchó a casa. De hecho, tuve que llevarle una cama plegable para que se tumbara. No dejó al bebé ni un solo momento, le habló, lo tocó, le infundió voluntad para vivir, señores. No he visto a muchos padres mostrar tanto amor y devoción por sus propios hijos, y mucho menos por un bebé que alguien abandonó para que muriese.
Para entonces, María estaba temblando.
¿Por qué no salen ustedes a buscar a los padres biológicos de ese precioso bebé? Probablemente, sean un par de quinceañeros aterrorizados. Si acusan a este hombre del delito, yo lucharé contra ustedes durante todo el proceso. Lo que el doctor Tingey, el jefe de urgencias y una de las personas más poderosas de esta comunidad, tiene que decir sobre este asunto, les hará picadillo en los tribunales.
El silencio llenó la habitación.
¿Ha terminado? preguntó uno de los oficiales de forma tan afable que a María le entraron ganas de arrancarle los ojos.
Por ahora dijo, todavía furiosa.
Bien, porque hemos venido a devolverle la cazadora al señor Sanromán y hacerle saber que ya no es sospechoso. Para empezar, su sangre no es del mismo tipo que la de la sábana. Además, hemos encontrado excrementos de caballo junto a unas manchas de sangre del mismo tipo que las de la sábana al final de la vía donde el señor Sanromán rescató al bebé de una muerte segura.
Estamos buscando a alguien que llegó allí a caballo. Alguien que no podía haber llegado desde muy lejos teniendo en cuenta que el bebé nació apenas una hora antes de que lo dejaran en aquel lugar.
No se preocupe, señorita Fernández. Hemos estado investigando durante las últimas veinticuatro horas. Con un poco de suerte descubriremos a la persona que hizo esto y conoceremos la identidad de la madre en poco tiempo.
Su impresionante defensa a favor del señor Sanromán ha sido debidamente anotada y quedará en el informe dijo levantando la cabeza. Si alguna vez necesito que alguien me defienda, sé exactamente a quien acudir. Buenas tardes, señorita Fernández. Caballeros... añadió en dirección a los hombres.
Los dos oficiales salieron y la puerta se cerró tras ellos.
María no era una persona que se sonrojara fácilmente. Pero sintió que la sangre le encendía la cara.
Los dos hombres altos y de pelo oscuro que acompañaban a Esteban le sonrieron. Ella no se atrevía a mirarlo, pero podía sentir sus ojos clavados en ella, observándola intensamente.
Señorita Fernández dijo Esteban rompiendo el silencio con su voz profunda, me gustaría presentarle a mis mejores amigos, Dominic Giraud y Alik Jarman.
Ambos le estrecharon la mano.
Es un placer conocerla dijo el que tenía acento francés.
Esto no me lo hubiera perdido dijo el otro hombre bromeando. Hemos venido desde Denver para ofrecer nuestro apoyo.
¿Denver? Ella creía que aquellos hombres eran parte del equipo de Esteban.
Pero está claro que no hacía falta añadió el francés amablemente.
María intentó mirar en otra dirección, pero acabó encontrándose con la penetrante mirada de Esteban Sanromán. Él no sonreía.
Si los policías hubieran venido a detenerme empezó a decir con voz ronca, no sé si hubieran podido cumplir su objetivo después de escuchar su defensa. Se ha arriesgado a ser multada, o a algo peor, por acosar a un policía que cumplía con su deber. Mi agradecimiento por su gesto no es suficiente.
Lo hubiera hecho por cualquier persona a la que creyera inocente contestó ella, esperando que no la partiera un rayo por aquella mentira piadosa. Me alegro de que ya no esté usted bajo sospecha.
Los ojos de él se oscurecieron.
Yo también. Pero hasta que el bebé no esté completamente fuera de peligro, es un poco pronto para la celebración que tengo en mente.
El corazón de María no dejaba de martillear.
De todas formas ha mejorado. De lo contrario, el doctor Parker no lo hubiera trasladado. Podemos estar agradecidos.
Yo agradezco que usted estuviera allí cuando el bebé la necesitaba más.
La intensidad que había en su voz obligó a María a apartar su mirada.
Entonces, los dos estamos agradecidos. Porque fue usted quien lo encontró a tiempo dijo. Sintió que le faltaba el aire y se alejó. Si me disculpan, estoy de servicio en urgencias. Ha sido un placer conocerlos.
Se obligó a ser fuerte y no miró al bebé mientras salía del nido a toda prisa. A mitad de camino, Shelby la detuvo.
¡María, espera! He averiguado quiénes son los hombres que están en la habitación.
Donna pensaba que eran estrellas de cine, pero estaba equivocada.
Lo sé. Son los amigos de Denver del señor Sanromán.
¡Son mucho más que eso!
Me gustaría oírlo, pero tengo que volver a la sala de urgencias.
Te acompañaré hasta la puerta. Escucha, el doctor Silvano los reconoció por un programa de televisión. Los tres son increíblemente ri...
Shelby interrumpió María, me lo tendrás que contar más tarde, o me quedaré sin trabajo.
Por muchas razones, además de los buenos informes que quería obtener cuando se marchara de la clínica, María tenía que volver a su planta.
CAPÍTULO 03

¿HAY más costillas?
Lo siento, Dominic. Nos las hemos comido todas.
Dominic movió la cabeza.
¿Sabes, amigo mío? Tenías que haber sido chef.
Viniendo de ti, eso es un cumplido.
Es cierto, Esteban coincidió Alik Blaire es una buena cocinera, pero nadie prepara las costillas y las alubias como tú.
Ya que habéis volado a través de una tormenta para ayudarme, pensé que lo mínimo que podía hacer por vosotros era que el viaje os mereciera la pena.
Yo diría que cierta enfermera guapa te habría ayudado de todas formas dijo Dominic sonriendo. Alik también sonrió.
Y yo compadeciéndome de ti por estar aquí atrapado, en medio de la nada. ¿Cuánto tiempo llevas ocultándonoslo, viejo zorro?
Esteban sacó un pastel de frambuesas del horno y lo puso sobre la mesa junto con una jarra con nata.
Os juro que no la había visto hasta anoche.
Dominic sirvió una porción grande a cada uno.
Al parecer Juana de Arco sigue viva.
¿Os fijasteis en el fuego de sus ojos? dijo AlikEstuvo increíble. Esos policías no lo olvidarán.
Ninguno lo olvidaremos murmuró Dominic.
Esteban tomó la jarra con nata y se echó un poco por encima del pastel.
Está loca por el bebé. Estoy seguro de que hubiera defendido a cualquiera que lo hubiera encontrado.
Es un niño precioso. Me cuesta creer que nuestro hijo fue alguna vez tan pequeño dijo Alik.
Dominic masticó un trozo de pastel.
Hannah dará a luz el año que viene. Mirando a aquel bebé esta tarde me he dado cuenta de cuántas cosas pueden salir mal. Debo confesar que estoy un poco nervioso.
Esteban estudió a su amigo. Dominic tenía dos puntos débiles: su mujer y su hija adoptiva, Elizabeth.
Tu bebé nacerá en un hospital con los mejores cuidados médicos. Las situaciones no son comparables.
Esteban tiene razón, Dom intervino Alik. De todas formas, como yo no supe nada de Nicky hasta después de que naciera, no pude sentir tus temores. Y hablando de temores dijo mirando a Esteban, Dominic y yo somos conscientes de tu preocupación por el bebé. ¿Por qué no te acercas al hospital a ver cómo está mientras nosotros recogemos todo esto? Cuando vuelvas, hablaremos de la prueba del tren.
No tengo por qué ir.
Sí tienes que ir insistió Dominic. Hemos notado tu preocupación.
Lo siento. No sabía que fuera tan obvio. Alik frunció el ceño.
No te disculpes. Lo entendemos. En cuanto te asegures de que está bien, podrás pensar en otras cosas.
Ese es el problema. Estará enfermo durante algún tiempo.
Razón de más para asegurarte de que esta noche está bien.
Le entendían perfectamente.
Tenéis razón. Me voy ahora y vuelvo enseguida.
Cinco minutos más tarde, Esteban dejaba el coche en el aparcamiento del hospital. Entró y subió a la planta donde estaba el bebé.
Se acercó deprisa a la cuna de Tor.
Estoy aquí, Tor. Estoy aquí.
Se quitó la cazadora y se puso un par de guantes esterilizados. Colocó un taburete a un lado de la incubadora.
He venido en cuanto he podido le dijo al bebé. Con cuidado, metió las manos por los agujeros y tomó sus diminutos dedos. El bebé apretó con fuerza. Sus piernecitas también se movían con más fuerza. Parece que tú también me has echado de menos.
La idea de que el bebé lo reconociera lo ilusionó.
¿Te acuerdas de los hombres que has conocido hoy? Están ahora en casa recogiendo los platos para que yo pueda venir a verte. Nadie tuvo nunca amigos tan buenos. Los traeré mañana para que los tres os conozcáis mejor. ¿Quieres?
Esteban colocó la palma de su mano sobre el pecho del bebé.
Se está calentito ahí dentro, pero seguro que es aburrido.
Como si lo entendiera, el bebé bostezó, haciendo que Esteban se encariñara aún más con él.
Se le pasó una hora sin sentir. Cuando miró el reloj y vio que eran más de las once, se dio cuenta de que si no se marchaba sus amigos se irían a la cama.
Tengo que irme, Tor, pero volveré por la mañana. Sé un buen chico y ponte bueno mientras no estoy.
Después de tirar los guantes, recogió su cazadora. Saludó a la enfermera de guardia con un movimiento de la cabeza y salió de la habitación. Al salir chocó con una mujer que intentaba entrar en la habitación.
Con un movimiento reflejo, la sujetó para que no se cayera.
¡Lo siento! dijo ella. Ha sido culpa mía.
Al levantar ella la cabeza Esteban se dio cuenta de que era la señorita Fernández. Y ese encuentro lo complacía sobremanera, pues había pensado pasarse por la sala de urgencias para hablar con ella.
Miró sus ojos oscuros, fascinado por su color marrón aterciopelado.
Me alegro de verla. Creo que Tor necesita un poco de compañía.
Todavía estoy de servicio en la sala de urgencias, pero pensé en subir un momento a ver qué tal estaba. ¿Le parece que ha mejorado?
Teniendo en cuenta que ella era enfermera, la pregunta lo sorprendió. Pero ya en el momento de conocerla se había dado cuenta de que era una mujer cariñosa y bondadosa. Estaba claro que no era él el único que había caído bajo el hechizo del bebé.
Probablemente sea mi imaginación, pero me ha parecido que estaba un poco más activo.
Eso es buena señal.
¿Sí? dijo al tiempo que su corazón daba un vuelco.
Lo sabré mejor cuando lo vea.
Vamos juntos.
María bajó la vista.
Creía que se marchaba.
Esteban no sabía cómo tomarse el comentario.
De hecho, iba a bajar a hablar con usted sobre el estado del bebé.
Por acuerdo tácito, entraron juntos en la habitación. Ella se fue directamente hacia el bebé.
Hola, bonito dijo, y tocó con los nudillos en el techo transparente de la incubadora ¿Qué has hecho esta noche?
Esteban se dio cuenta de que, al oír su voz, Tor giraba la cabeza hacia ella y movía los brazos y las piernas. Cualquiera que estuviera mirando creería que era su madre.
¡Caray! Desde luego estás más animado. Eso está bien. Me gustaría poder quedarme contigo.
Esteban sabía exactamente cómo se sentía.
Sigue luchando, bonito.
Hola dijo una voz femenina detrás de ellos.
Esteban se dio la vuelta. Era una de las madres de los bebés que estaban allí, y parecía exhausta. Al parecer su marido se había marchado.
La espera se hace dura, ¿verdad?
Muchomurmuró Esteban.
Tenéis un bebé precioso. Parece perfecto. Sam y yo nos preguntábamos qué es lo que le pasa.
Nada más oírla, la señorita Fernández se separó de la cuna. Quizás fuera un efecto de la luz, pero Esteban pensó que su cara tenía más color.
No es nuestro tartamudeó ella. Desgraciadamente no tengo tiempo de explicárselo porque tengo que volver a la sala de urgencias. Pero estoy segura de que el señor Sanromán contestará a sus preguntas. Espero que su bebé se ponga bien. Buenas noches.
«Maldita sea», pensó Esteban.
Se había marchado antes de que lo que él quería.
Al llegar al aparcamiento había tomado la decisión de volver a las cinco y media de la mañana. A aquella hora, la señorita Fernández habría acabado su turno, y necesitaba saber qué iba a pasar con el niño si no encontraban a la madre y nadie lo reclamaba.


María se puso el abrigo para irse a casa. Había sido un turno agotador, pero no tenía que volver al trabajo hasta el lunes por la noche. Eso significaba que podía disfrutar de tres días de tranquilidad.
Pero serían tres días en los que no vería a Tor.
No debería haber subido al nido la noche anterior. Pero en un momento de calma en la sala de urgencias el doctor Tingey le pidió que le llevara un informe sobre el estado del bebé que necesitaban los servicios sociales. Aquellas temidas palabras habían hecho temblar a María.
Olvidándose de la promesa de mantenerse alejada del bebé, María se había apresurado a hacer lo que le había pedido el doctor Tingey y, para humillación suya, había chocado con el señor Sanromán.
Habían pasado seis horas, pero aún podía sentir sus manos sujetándola con fuerza y su cuerpo musculoso contra el suyo. El contacto había extendido una agradable sensación en todo su cuerpo.
Había habido otros hombres en su vida, pero este era diferente, lo sintió en el mismo momento en que entró corriendo en la sala de urgencias sujetando al bebé.
En el fondo de su corazón, sabía que era el hombre para ella.
Pero incluso si ocurría un milagro y se sentía atraído por ella nunca podría ser la mujer para él debido a su historial médico. No podría ser la mujer para un hombre que adoraba a los niños como él lo hacía.
No le quedaba más opción que la de mantenerse alejada de él. Si el hospital encontraba otra enfermera para sustituirla antes de su siguiente turno, entonces podría marcharse definitivamente aquel fin de semana sin mirar atrás.
Al día siguiente, llamaría al doctor Tingey a su casa. Cuando le contara las razones por las que se marchaba, él hablaría con el jefe de personal para acelerar el proceso.
Al salir de la sala de urgencias oyó que alguien la llamaba. Al reconocer la vibrante voz masculina su cuerpo se tensó.
Detrás de ella estaba Esteban Sanromán, recién afeitado. Llevaba una cazadora de cuero marrón, y unos vaqueros color tabaco moldeaban sus fuertes caderas. En su cara bronceada los ojos azules parecían tener un nuevo brillo.
Buenos días. Me alegro de haberla visto antes de que se marchara.
El corazón de María dio un vuelco.
¿Me esperaba a mí?
Sí. Me gustaría hablar con usted, pero en otro sitio. Después del turno nocturno en la sala de urgencias supongo que lo único que quiere es irse a casa a dormir, pero esto no le quitará mucho tiempo. Desayune conmigo en Ruth's Diner. Solo está a dos manzanas de aquí.
«Si te vas con él, estarás cometiendo un terrible error».
Lo siento, pero no puedo. Me están esperando. La mandíbula de él se endureció perceptiblemente.
Entonces, podemos hablar en el camino hacia su coche.
María no esperaba aquella reacción.
De acuerdo dijo con voz temblorosa. Se mordió el labio y cruzó las puertas correderas que daban al aparcamiento. A aquellas horas de la mañana, antes de que saliera el sol, el gélido aire cubría todo con una espesa capa de hielo.
Él la sujetó del hombro para ayudarla. Otra descarga eléctrica le recorrió el cuerpo.
¿Por qué había llegado justo en el preciso instante en que ella había tomado una decisión?
¿Sabe algo la policía sobre la madre de Héctor?
No.
El hielo crujía bajo sus pies mientras se acercaban al jeep de María.
Anoche, cuando llegué a casa, mis amigos me dijeron que en las noticias de las diez habían hablado de la historia del bebé.
Sabía que solo era cuestión de tiempo.
Pensé que, en este pueblo, cualquiera que supiera que la madre estaba a punto de dar a luz se preguntaría por qué no estando ya embarazada seguía sin un bebé. *
Parecía estar tan irritado como se sentía ella.
Lo sé. Quizás si continúa saliendo en las noticias unos días más, alguien hable. Un abuelo, o un hermano.
¿Y si no lo hace nadie? la pregunta quedó en el aire. Es de lo que quería hablarle.
Ella abrió el jeep y se metió dentro. Al ayudarla, la mano de Esteban rozó su cadera, lo que le hizo sentir como si sus huesos se hubieran vuelto líquidos.
Cuando arrancó el motor, bajó la ventanilla del coche.
Si no lo hace nadie, los servicios sociales se hacen cargo de la custodia del niño y le buscan una familia adoptiva temporal.
Las atractivas facciones de Esteban se ensombrecieron.
¿Cuánto cree que tardarán, si nadie lo reclama?
María cerró los ojos.
En cuanto pueda salir del hospital.
Lo que no ocurrirá durante algún tiempo.
Sabía lo que él estaba pensando, porque ella pensaba lo mismo. Pero no servía de nada intentar prolongar lo inevitable. Desde luego, no a costa del bebé.
Ya han llamado al doctor Tingey. Un asistente de la oficina del estado en Tooele vendrá al hospital el lunes para abrirle una ficha al bebé.
¿Tan rápido? exclamó Esteban.
Solo Hacienda funciona más deprisa, para recaudar su dinero. ¿No resulta irónico que una madre se deshaga sin reparos de su bebé cuando, de hecho, la prioridad número uno del estado es encontrar a la madre del niño abandonado y devolvérselo si es posible?
Estaba a punto de perder por completo el control de sí misma.
Lo siento, pero tengo que marcharme.
Dio marcha atrás y se alejó. Antes, de que pudiera subir la ventanilla las lágrimas inundaron sus ojos. Algo fallaba en un mundo en el que abandonaban a un bebé en una vía de tren para que muriera, mientras que ella había perdido los dos ovarios.


Eufórico por el éxito de la prueba llevada a cabo el domingo, después de otra intensa nevada el sábado por la noche, Esteban se alegraba de que el viaje de sus amigos a Tooele hubiera merecido la pena: el tren había alcanzado una velocidad de quinientos kilómetros por hora, la más alta hasta entonces.
Tras muchas frustraciones, problemas y, en algunos casos, dolorosos fracasos empezaban a ver la luz en un proyecto que había cautivado su imaginación hacía muchos años.
Si no fuera por el bebé que luchaba por su vida en el hospital cercano, Esteban hubiera vuelto a Laramie con Alik y Dominic. Tal y como estaban las cosas, los tres estuvieron de acuerdo en posponer la celebración hasta que él supiera que el niño estaba totalmente fuera de peligro.
Ya era lunes, y sus amigos se habían ido al aeropuerto de Salt Lake, así que él se podía quedar en el hospital con Tor tranquilamente y esperar a que la señorita Fernández llegara.
La enfermera del nido se dirigió a él en cuanto entró en la habitación.
Lo estaba esperando, señor Sanromán. Ha habido un cambio.
Esteban se quedó helado. ¿Habría aparecido algún familiar del bebé?
En vez de alegrarse, sintió una sensación de vacío en el estómago.
Mire allí.
Volvió la cabeza y vio que el bebé no estaba. Su cuerpo se cubrió de un sudor frío y miró de nuevo a la enfermera invadido por el pánico.
¿Dónde está?
La enfermera pareció sorprendida por su reacción.
Esta mañana lo quitaron de la lista de críticos y lo llevaron al nido de los bebés sanos, al final del pasillo. Pensé que le alegraría saberlo.
Lo estoy dijo cuando se recuperó del susto.
Salió corriendo hacia el nido.
¿Dónde está el bebé abandonado? preguntó a la primera enfermera que vio.
Lo tengo en brazos dijo sonriendo.
¿Qué?
Usted es el hombre que le salvó la vida, ¿no?
Él asintió.
¿Por qué no se lava las manos y se pone una bata? Así podrá hacer mi trabajo mientras yo atiendo a los demás bebés.
Dos minutos más tarde, la enfermera depositó el ligero bulto en sus brazos.
Si empieza a llorar, ya le diré cómo alimentarlo.
Con la mano temblorosa, Esteban retiró el borde de la sábana y miró maravillado al niño, vestido con un pijama blanco. Le habían quitado todos los tubos. Las mejillas se le veían más rellenitas y la piel había tomado color.
Esteban apenas podía creer que fuera el mismo bebé moribundo que él había rescatado. Sintió que le invadía la emoción.
Tor susurró con voz ronca.
Los diminutos párpados del niño se abrieron para descubrir unos ojos color avellana que lo miraban fijamente en silencio, pero Esteban sabía por Blaire, que había dado a luz al hijo de Alik hacía poco tiempo, que los recién nacidos no podían ver.
Estoy aquí pequeño, y no me voy a ninguna parte.
La boca del bebé formó una O perfecta.
«Claro que me conoces».
En aquel momento sintió un lazo tan fuerte y tangible con el bebé que se sorprendió.
Tome dijo la enfermera, y le puso una sábana sobre el hombro derecho. Colóquelo contra su pecho, con la cabeza debajo de su barbilla. A los recién nacidos les gusta sentir el latido de otro corazón. Les tranquiliza y les da seguridad.
Esteban no necesitó que se lo repitieran.
Asegúrese de que una de sus manos le sujeta la cabeza y el cuello.
El calor y la dulzura del bebé hicieron que Esteban descubriera sentimientos que ignoraba que llevara dentro. Tor se sentía a gusto en sus brazos. Y olía tan bien...
Durante una hora, tuvo al bebé en sus brazos. Cuando empezó a hacer ruidos y a mover la cabeza de un lado a otro como si buscara algo, se figuró que tenía hambre. Después de darle otro beso, se dirigió a la enfermera más cercana.
Creo que ya tiene hambre.
Eso está bien dijo. Le preparó un biberón y se lo entregó a Esteban. A ver cuánto se toma.
Esteban se colocó al niño en el brazo y tomó el biberón. Para entonces, Tor estaba llorando con fuerza. Esteban no pudo evitar reírse.
Acérquele la tetilla del biberón a la boca y él la sujetará. Cuando haya tomado un poco, hágale eructar para que expulse el aire que haya podido tragar, y después dele un poco más.
Era la primera experiencia de Esteban con un bebé. Nunca se había parado a pensar en todo lo que suponía.
Te gusta, ¿verdad, Tor?
El bebé bebía con regularidad y hacía un ruido gracioso cada vez que tragaba. Durante todo ese tiempo mantuvo los ojos fijos en la cara de Esteban. Antes de que se acordara de que tenía que ayudarlo a eructar, Tor se había bebido todo el biberón.
Nervioso por si había cometido un error, colocó al bebé sobre su hombro. Enseguida resonó un eructo lo suficientemente fuerte como para que lo oyera la enfermera.
Parece que se ha divertido dijo ésta riéndose. ¿Cuánto ha bebido?
Todo admitió Esteban con una mueca tímida.
La enfermera se acercó a acariciar la cabeza del bebé.
¿Le cuento un secreto? La enfermera del turno de mañana no consiguió darle el biberón. Pero con usted el niño actúa como si lo hubiera estado haciendo toda la vida.
Inexplicablemente emocionado por aquellas palabras, Esteban se acercó al niño aún más a la cara.
Quizás tengamos que contratarlo para que lo cuide hasta que se marche del hospital. ¿Qué va a hacer el resto de la semana?
La enfermera estaba bromeando, por supuesto, pero el corazón se le encogió al oírla.
Supongo que ya han venido los de los servicios sociales.
Sí. El asistente estuvo esta mañana. El fin de semana que viene dejará de tomar antibióticos y entonces se marchará, ¿verdad, jovencito? dijo al tiempo que le acariciaba la cabeza. Después, se alejó para atender otras obligaciones.
Esteban se quedó para darle el siguiente biberón, y le enseñaron a cambiarle el pañal. Eran casi las cinco de la tarde. En cuanto el bebé se durmió sobre su hombro, lo echó en la cuna y lo arropó con la manta.
Duerme bien, pequeño dijo al tiempo que le daba un beso en la mejilla. Te veré más tarde.
¿Ya se marcha? preguntó la enfermera. Si viene mañana por la mañana sobre las nueve, que es cuando bañamos a los bebés, le enseñaré cómo hacerlo.
Esteban se imaginó que a Tor le encantaría el baño.
Gracias por todo respondió.
Gracias a usted. Los bebés necesitan todo el cariño y la atención que les podamos dar. Cuando tenemos alguno que no recibe visitas, agradecemos que personas como usted les dediquen su atención.
Aquellas palabras de la enfermera lo inquietaron.
¿Ocurre muy a menudo?
Más de lo que quisiéramos. No me refiero a bebés abandonados. Me refiero a madres que dan a luz aquí, pero que por una razón u otra no quieren tener mucho que ver con su hijo. Algunas madres no parecen tener un fuerte sentido maternal. Y en muchos casos no hay padre.
Debe de ser duro para ustedes.
Cierto, pero nuestra recompensa es cuidar de estos pequeños.
Esteban tenía un nudo en la garganta, y solo pudo asentir con la cabeza antes de marcharse del nido.
Su siguiente destino era la sala de urgencias. Tenía que hablar con la señorita Fernández antes de que entrara de servicio. Se había pasado el fin de semana pensando en el encuentro y sintió que le faltaba el aire cuando cruzó la doble puerta de la sala.
La cara de la enfermera rubia que le dijo que le gustaría conocerlo mejor se iluminó al verlo.
¡Hola!
Hola, señorita Becker. ¿Ha llegado ya la señorita Fernández?
El rostro de la enfermera se ensombreció.
No la he visto todavía. Si quiere sentarse en la sala de espera, le diré que está aquí en cuanto llegue.
Gracias.
Pasaron cinco minutos. Y diez. La televisión de la sala estaba dando las noticias, pero Esteban no podía concentrarse. Cada vez que entraba una persona, esperaba verla. Finalmente vio a alguien conocido. Era el doctor Tingey. El médico se acercó hacia él. Esteban se puso de pie y ambos se dieron la mano.
He oído que ya no es sospechoso por el caso del bebé abandonado.
Sí, menos mal. Gracias a usted y la señorita Fernández el niño está de maravilla.
Es la mejor enfermera de urgencias con la que he trabajado. Creo que está esperándola.
Eso es.
Lo siento. Julie no sabe que María ya no está con nosotros.
Esteban parpadeó.
¿Está en otra planta?
No dijo el doctor Tingey moviendo la cabeza Ha dejado el hospital.
Esteban sintió como si le hubieran dado una patada.
No tenía ni idea. Tengo que hablar con ella inmediatamente. ¿Tiene usted su número de teléfono?
El médico apretó los labios.
Va contra las normas del hospital facilitar información personal. Lo que sí puedo hacer es decirle a ella que lo llame, si usted me da su número.
Por favor.
Esteban sacó su cartera y le dio al médico una de sus tarjetas de visita.
Este es el número de mi móvil. Puede llamarme a cualquier hora. Dígale que no me importa si me llama a medianoche. Es una emergencia.
El médico asintió y se despidieron.
Esteban confiaba en que el médico la llamaría. De quien no se fiaba era de la señorita Fernández. Si al día siguiente por la tarde no tenía noticias suyas, haría lo que fuera por ponerse en contacto con ella. Aunque fuera ilegal.
Mientras tanto iría a comer algo en el Bar-S Corral con algunos de los hombres de su equipo, pues tenían que establecer el plan de trabajo para la semana siguiente. Luego, volvería al hospital para estar con Tor el resto de la tarde. Sabiendo lo mucho que se preocupaba por el bebé, estaba seguro de que la señorita Fernández aparecería aunque hubiera renunciado a su puesto. '
Esteban pisó el acelerador de su furgoneta.
El que ella ya no trabajara para el hospital le parecía sospechoso. Su decisión de marcharse había tenido que ser muy repentina. Demasiado repentina, de lo contrario la señorita Becker lo habría sabido, pues dos enfermeras que trabajan en el mismo turno, en un sitio donde cada noche se desarrolla una drama de vida y muerte lo saben todo la una de la otra, sobre todo si tiene que ver con el trabajo. Sus manos apretaron el volante. El doctor Tingey sabía lo que estaba pasando: era la primera persona a la que María debió mencionar que se iba.
Frustrado porque su desaparición había trastocado sus planes, hasta que no metió el vehículo en un espacio Ubre no cayó en la cuenta de que acababa de pasar junto a un jeep marrón y blanco que salía del BarS Corral.
CAPÍTULO 04

NO SÉ si te has fijado, pero creo que nos sigue una furgoneta.
Desde que salieron del restaurante María no había sido consciente de nada, excepto de su propia confusión. La observación de Debbie hizo que mirara por el retrovisor: una furgoneta les estaba dando alcance, pero debido a la oscuridad no podía ver la marca.
En el siguiente semáforo, se colocó detrás de ellas y tocó el claxon.
No conozco a nadie que tenga una furgoneta blanca. ¿Y tú?
No, pero desde luego quiere que paremos.
Pues no lo voy a hacer.
María pisó el acelerador y giró bruscamente por la siguiente calle a la derecha, pero tuvo que frenar detrás de una grúa que estaba sacando un coche atascado en la nieve por la última tormenta.
Estamos atrapadas murmuró Debbie. Un tipo alto con un sombrero vaquero acaba de bajar de la furgoneta.
De repente, María recordó al policía preguntando al señor Sanromán si era suya una furgoneta blanca Chevy V8.
Su corazón se aceleró.
¡Ay, Dios! Creo que sé quién es.
Con la descripción que me hiciste, yo también lo sé. Es el hombre que encontró al bebé en la vía, ¿no?
Sí.
Con la mano temblorosa, María bajó el cristal de la ventanilla.
Ya junto al coche, él inclinó la cabeza para mirarla, pero permaneció en silencio. Su mirada penetrante lo decía todo.
Lo siento dijo ella avergonzada. Si hubiera sabido que era usted, habría parado.
Supongo que esto le sucede a menudo se burló él secamente.
No.
Tengo ojos en la cara. Dos mujeres atractivas conduciendo por Tooele son un blanco fácil, sobre todo de noche. Por cierto, soy Esteban Sanromán dijo dirigiéndose a la acompañante de María antes de que ésta fuera capaz de contestar o de recordar las normas de educación.
Y yo Debbie Lignell, compañera de piso de María. Me contó su rescate del bebé.
Esteban volvió a mirar a María.
Precisamente él es la razón de que la siguiera.
¿Ha empeorado? preguntó María asustada.
Hubo una pequeña pausa antes de que él contestara.
No. De hecho ha ocurrido justamente lo contrario. Por eso tenemos que hablar. ¿Tiene tiempo ahora?
Volvíamos al apartamento. ¿Por qué no nos sigue? ofreció Debbie antes de que María pudiera impedírselo.
En aquel momento, María deseó no haberle contado nada a Debbie, pero le había resultado imposible ocultar a su amiga sus sentimientos en relación con Esteban Sanromán. Si no se hubiera confiado a ella, Debbie no habría comprendido sus razones para querer marcharse de Tooele cuanto antes.
Él se quedó mirándola.
Si lo prefiere sugirió, Debbie puede conducir el jeep y nosotros vamos detrás en mi furgoneta, así podremos hablar.
Es una buena idea, María. Tengo que hacer algunos recados antes de que cierren las tiendas.
María había hecho todo lo posible por no verlo otra vez. Ahora que las había alcanzado, no había escapatoria. Estaba tan cerca de ella, que podía sentir su calor a través de la ventanilla abierta, lo que le hacía difícil pensar y respirar.
De acuerdo intentó que su voz no delatara el nerviosismo que sentía, pero no lo consiguió.
Los ojos de Esteban brillaron con satisfacción antes de abrirle la puerta para que bajara del coche. A continuación, con aquella delicadeza masculina que ella admiraba, se dirigió hacia la otra puerta para ayudar a Debbie. Al tiempo que la ayudaba a subir al asiento del conductor, ella le dio las gracias y envió a María un mensaje con la mirada que no necesitaba traducción.
«Esteban Sanromán es una especie en extinción».
María ya lo sabía.
Hasta luego, Debbie.
En cuestión de segundos, llevó a María a la furgoneta y arrancó. Debbie los siguió en el jeep y la despidieron con la mano. Después, él se volvió hacia María.
¿Cómo se va a su casa?
La quinta calle a la izquierda y luego seis manzanas más. Verá un bloque pequeño de apartamentos a la izquierda.
En el interior de la furgoneta sus cuerpos no estaban tan juntos como antes, por lo que se sintió más dueña de sí misma cuando él empezó a hablar.
El doctor Tingey me dijo que se había marchado. Quiero saber por qué. Y, por favor, no insulte a mi inteligencia diciéndome que sintió una repentina aversión a su entorno de trabajo porque no la creeré. Sobre todo después de oír sus elogios al doctor Tingey ante mis amigos y la policía. Por cierto, el doctor va a llamarla. Le dije que necesitaba hablar con usted urgentemente y le di el número de mi teléfono móvil.
María tenía la boca seca. Le costó humedecerse los labios.
Vuelvo a Salt Lake. Antes trabajaba allí.
Él la miró inquisitivamente.
Eso explica sus planes de futuro replicó, pero no explica por qué se va sin avisar con dos semanas de antelación. El marcharse tan repentinamente indica que tiene algún problema.
¿Le dijo eso el doctor Tingey? preguntó inquieta.
No hizo falta. Su compañera Julie no tenía ni idea de que se había marchado, y ese detalle me lo dijo todo.
Ella apartó la mirada.
No quisiera parecer grosera, señor Sanromán, pero lo que haga con mi vida y por qué no es de su incumbencia.
Cuando oiga mi proposición, entenderá por qué no estoy de acuerdo con eso.
¿Una proposición?
María no tenía ni idea de a dónde quería llegar él.
La esperé a que entrara de servicio para poder hablar con usted, pero no fue. Afortunadamente, el doctor Tingey me vio y sintió lástima de mí.
Ante ellos, apareció el bloque de apartamentos.
¿Ahora hacia dónde?
Puede aparcar en la curva que hay al final del edificio.
Esteban aparcó, pero dejó el motor en marcha para mantener la calefacción. Se volvió hacia ella.
He pasado la mayor parte del día con Héctor. La enfermera me enseñó a darle el biberón y a cambiarle los pañales. Ese hombrecito y yo nos llevamos de maravilla.
Las imágenes que evocaban aquellas palabras le llegaron a María al corazón. Miró por su ventanilla intentando contener las lágrimas sin que él se diera cuenta.
El problema es que está reaccionando tan bien a los antibióticos, que la enfermera me dijo que le darían el alta el fin de semana. Hasta ahora nadie lo ha reclamado, y si la situación sigue así...
Le mandarán con una familia de acogida le interrumpió antes de que pudiera terminar. Habrá una vista en los tribunales en el plazo de setenta y dos horas, tras la cual el juez entregará la custodia a la familia adoptiva. Sí, estoy al tanto de los hechos su voz tembló.
Hubo un largo silencio cargado de tensión.
He estado investigando dijo él al fin. Tal y como yo lo entiendo, si inicio el proceso para ser el padre adoptivo, el estado me permitirá cuidar de Tor. Si no aparece ningún familiar, y estoy empezando a pensar que eso no ocurrirá, tengo intención de adoptarlo.
No puede estar hablando en serio.
¿Por qué no?
Perdóneme, no he querido ofenderlo, señor Sanromán. Pero usted es un hombre soltero, con un trabajo exigente y con responsa...
Exactamente. No puedo estar en casa veinticuatro horas al día. Hay ocasiones en las que tengo que viajar, a veces al extranjero. Dentro de uno o dos meses, mi trabajo aquí habrá terminado y me iré a Laramie. Necesito a alguien que se quede conmigo temporalmente para ayudarme a crear un hogar para Tor. Usted es la única persona a la que considero adecuada para el trabajo.
María se irguió en el asiento.
El estopor se había apoderado de ella desde que dijo que pensaba adoptar a Tor. Y, por si eso fuera poco, quería que ella...
Según el doctor Tingey, usted es la mejor enfermera de urgencias con la que ha trabajado. Pero por lo que a mí respecta su mayor cualificación es que quiere a Tor tanto como yo.
María no podía creer lo que estaba oyendo.
En lo que se refiere al dinero, no hay ningún problema. Hoy precisamente pensaba pedirle que considerara la posibilidad de dejar el hospital y trabajar para mí, pero su dimisión ha resuelto ese problema. Si se marcha porque el sueldo es bajo, yo le pagaré más de lo que le ofrezcan en Salt Lake. También he pensado que quizás el dinero no sea la causa, que a lo mejor se marcha de Tooele por un asunto amoroso que no ha salido bien. Si es así, le aseguro que nos iríamos a Wyoming en poco tiempo, lo que supondría para usted un cambio de entorno y una oportunidad para recuperarse. Por supuesto, existe la posibilidad de que haya decidido casarse, y que sea por eso por lo que se marcha a Salt Lake. En ese caso, quizás usted y su esposo acepten vivir en Tooele durante un tiempo para que cuide de Tor. Mucha gente de aquí va a trabajar a Salt Lake, y el sueldo que le pagaría compensaría a su marido por tener que desplazarse de un lado a otro.
Cielo santo. ¿Todo aquello con tal de que ella lo ayudase? Si necesitaba una prueba definitiva de que aquel hombre realmente quería al bebé al que había salvado en la vía, se la acababa de dar.
¿Se va a casar pronto? preguntó con suavidad.
Ella negó con la cabeza, sin mirarlo.
Mi marcha de Tooele a Salt Lake no tiene nada que ver con un hombre dijo con voz temblorosa. Pero, a pesar de su generosa oferta, mi respuesta es no.
¿Tiene problemas familiares? prosiguió impertérrito. Si se trata de cuidar a algún familiar enfermo, no tengo inconveniente en que venga a casa.
No contestó ella impaciente, no es nada de eso.
Sé que adora a Tor.
¡Sí! confesó antes de que él pudiera decir algo que la hundiera aún más . ¡Pero ese no es el problema! mintió.
¿Entonces, cuál es? incluso en la semioscuridad del interior de la furgoneta brillaba con fuerza el azul de sus ojos.
«El problema es usted, señor Sanromán. Creo que me he enamorado de usted, pero solo me ve como una niñera».
Que cuando, pasado algún un tiempo cuidando a Tor, mi trabajo* terminara y yo me marchara, sería muy doloroso para él. Sería cruel. Se merece a alguien que vaya a quedarse siempre, no un mes o dos.
Estoy de acuerdo, y tengo una solución. De hecho, la habría sugerido desde el principio, pero primero tenía que saber si había un hombre en su vida.
No le entiendo.
Cásese conmigo.
¡Eso es absurdo!
Nunca he sentido la necesidad de casarme continuó él, como si no la hubiera oído, pero si usted viviera conmigo por el bien de Tor, un anillo de matrimonio haría que para la sociedad todo pareciera respetable, mientras que de puertas adentro seguiríamos siendo jefe y empleada, y cada uno viviría su vida independientemente.
En otras palabras, no solo no la deseaba, sino que no tenía intención de renunciar a otras mujeres.
Naturalmente, no espero que haga ese sacrificio sin una compensación. Si acepta, le extenderé un cheque que le asegurará no tener que volver a trabajar en su vida. Si más adelante conociera a alguien y quisiera casarse por amor, nos divorciaríamos sin problemas y usted seguiría visitando a Tor. La compensación económica no se vería afectada en absoluto por su matrimonio.
Un matrimonio de conveniencia no es un matrimonio, señor Sanromán. ¡Es una burla! exclamó ella. La cara le ardía debido a la mezcla de confusión, dolor y la furia que sentía.
Estoy de acuerdo con usted. Solo he hablado de matrimonio para salvar sus escrúpulos, no los míos.
¿Cómo podía ser tan fría y cínica respecto a la relación de un hombre y una mujer una persona que quería adoptar un niño? Esa actitud podría explicar por qué estaba soltero todavía, pero ella no la entendía.
¿Por qué está dispuesto a llegar tan lejos por un bebé que no es de su sangre?
Hubo un momento de silencio.
Cuando tenía nueve años, mi hermano gemelo, Héctor, se ahogó en la Bahía de San Francisco, dejándome como hijo único. Habíamos estado jugando con unas balsas de goma no muy lejos de la orilla. De repente, la suya se desinfló. Intenté salvarlo, pero no pudo mantenerse a flote el tiempo suficiente para que yo pudiera llegar y sujetarlo. Vi cómo desaparecía bajo el agua azul oscura. Desde entonces, cada noche oigo sus gritos en mis sueños.
Su voz se quebró.
Mi padre intentó ayudarme llevándome a los mejores psiquiatras del país y de Europa, pero el trauma era demasiado fuerte y nunca me abandonó. Cuando encontré al bebé medio muerto en la vía, volví a sentir el indescriptible terror de entonces. Fue como un déjà vu. El niño se convirtió en mi hermano Tor, y yo tenía que salvarlo.
María comprendió entonces el dolor que reflejaban sus ojos cuando entró corriendo en urgencias con el bebé.
Hoy, mientras daba el biberón a Tor, supe que se pondrá bien. La forma en que me aceptaba, lo bien que se sentía en mis brazos, hicieron que me diese cuenta de que no podía dejarlo. Quiero ser su padre. Quiero que sea mi hijo.
María ya no dudaba de su amor por Tor. Era todo lo demás lo que* no podía soportar.
El casarme con usted no daría resultado. El niño sabría que soy su niñera y crecería sin respeto por el matrimonio. Esa no es forma de criar a un hijo.
María abrió la puerta y se bajó de la furgoneta antes de que él pudiera reaccionar. Un instante después, mientras subía por las escaleras a su apartamento, Esteban la alcanzó y la sujetó por los hombros. Cuando la hizo volverse hacia él, sus alientos se mezclaron en el gélido aire nocturno.
Vamos a aclarar una cosa murmuró él con voz ronca. Si acepta ser la señora de Esteban Sanromán, será la madre de Tor en todos los sentidos.
Algo en la desnuda intensidad de su mirada la obligó a creerle. Su oferta de matrimonio era honesta.
María bajó la vista. Sería madre, pero no esposa...
¿Vamos al hospital a verlo? Quizás eso la ayude a decidirse.
«¡No! Sería un error».
Entiendo por qué no me responde. Porque si vuelve a verlo no podrá separarse de él, igual que yo. ¿Acaso no fue el saber que sería entregado en adopción la verdadera razón de que decidiera trabajar en otro hospital, para no tener que ver cómo ocurría?
El hombre, cuyas manos la sujetaban con fuerza, sabía mucho sobre la vida, sobre ella. Su increíble intuición la asustaba. Si no tenía cuidado, acabaría sabiendo la otra razón por la que quería marcharse de Tooele cuanto antes.
¡Creo que va demasiado deprisa! gritó, apartándose de él para que la soltara Los padres biológicos de Tor están en alguna parte, y tienen familia. Alguien dirá algo antes de que acabe la semana. La historia aparece en los periódicos y en las noticias todos los días.
Eso es, y según parece, ha habido ya miles de llamadas de personas de todo el país que quieren adoptar al niño en cuanto el estado obtenga su custodia.
¡Era cierto! María lo había oído en las noticias e inmediatamente había apagado el televisor para no sufrir.
Si termina la semana sin que nadie lo reclame y yo empiezo mañana el cursillo para padres adoptivos, tengo una buena oportunidad de que me lo entreguen. Además, mi deseo de adoptarlo juega a mi favor. En cuanto a los otros requisitos, no habría problemas: comprobación de mis antecedentes penales e inspección de la casa para asegurarse de que el entorno es el adecuado. Con su ayuda podríamos convertir uno de los dormitorios de invitados en la habitación de Tor. El hecho de que sea enfermera causaría una buena impresión en el asistente social, máxime si está casada conmigo. Pero la decisión es suya. Si me dice que no, buscaré una niñera, porque estoy decidido a llevarme a Tor a casa. Llámeme más tarde, cuando se haya decidido. Aquí tiene mi número.
La tensión entre los dos era palpable.
Si la respuesta es no, ¿conoce a alguna mujer a la que pueda interesarle el trabajo? El único requisito que debe cumplir es que quiera a Tor como una madre. Perdone, ¿cuál es su apartamento? Siento haberla retenido tanto tiempo él cambió de tema mientras María seguía dando vueltas a la extraña propuesta de matrimonio.
Por las escaleras de la izquierda.
Llámeme en cualquier momento. Si para las seis y media de la mañana no he tenido noticias suyas, sabré que estaba equivocado sobre sus sentimientos hacia Tor y haré otros planes. Buenas noches, María.
Nunca la había llamado por su nombre de pila.
Buenas noches susurró ella antes de apartarse rápidamente de él.


Esteban fue al hospital a darle a Tor el biberón de las diez, y después volvió a su casa.
Tenía tres habitaciones, la más pequeña de las cuales había estado usando como almacén. Todo lo que había en ella lo llevó al garaje situado en la parte trasera, el cual no utilizaba nunca. A las dos de la mañana, la habitación estaba vacía.
Después de limpiar las ventanas y las paredes, pasó la aspiradora. Luego, hizo limpieza general en la habitación que utilizaban Dominic y Alik cuando iban a Tooele.
Alrededor de las cinco se preparó unos huevos y un zumo de naranja, a la espera de que sonara el maldito teléfono. Cuando dieron las seis, empezó a ponerse nervioso. Se dio una ducha, pero no logró relajarse.
Había corrido muchos riesgos en su vida, uno de ellos era el proyecto del tren, en el que había invertido todo lo que tenía, pero siempre había confiado en que el resultado sería positivo. Sin embargo ahora...
Eran las seis y media. Al parecer se había equivocado con María Fernández. ¿Qué más podía ofrecerle?
Furioso y frustrado, sacó una botella de Jack Daniel's. Era algo que solo hacía cuando celebraba algo. Nunca bebía solo.
Se bebió el vaso de un trago. Luego, se puso la cazadora y el sombrero y salió de la casa.
En cuanto aclarara unas cuantas cosas con su equipo, volvería al hospital a bañar a Tor.
Le sorprendió lo disgustado que estaba porque no iba a ser ella quien fuese a instalarse en la habitación de invitados para cuidar de Tor, porque no sería su voz la que él oiría hablando al niño. Tenía que localizar un servicio de niñeras para que alguien lo ayudase con el bebé a partir del fin de semana y hasta que él encontrase una niñera permanente.
Además, tenía que enviar la solicitud para ser dado de alta como posible padre adoptivo e inscribirse en el cursillo.
Aunque existía la posibilidad de que Tor acabara viviendo con un familiar, Esteban tenía la sensación de que eso no ocurriría. Cerró la puerta de un portazo.
¡Al diablo con María Fernández!
Empezó a bajar las escaleras, pero se detuvo al oír una voz femenina que lo llamaba. Todavía era de noche, pero reconoció de inmediato su estilizada figura y sus largas piernas. Se le aceleró el pulso.
¡María! ¿Qué hace ahí? ¿Por qué no ha llamado?
Porque todavía no he tomado una decisión. Quisiera ver el sitió donde cuidaría de Tor. Para ser sincera, quería pillarlo por sorpresa. Prácticamente no nos conocemos, y se puede saber mucho de las personas por la forma en que viven.
Esteban sonrió, y se alegró de haber limpiado toda la casa aquella noche.
Entre y mire todo lo que quiera. Es pequeño, pero hasta que me mude a Wyoming cubre mis necesidades.
Esa es otra cosa sobre la que quería hablar.
¿Por qué no desayunamos mientras hablamos? dijo él abriendo la puerta e invitándola a entrar.
No gracias, no tengo hambre.
Deme su abrigo.
María medía al menos un metro setenta, y estaba fantástica con vaqueros. Esteban admiró la melena color castaño brillante que le caía sobre los hombros, y no pudo evitar fijarse en las curvas bajo el jersey negro de cuello vuelto. Hasta entonces siempre la había visto tapada por el abrigo o la bata del hospital.
La llevó a la cocina. Ella vio la botella de whisky y el vaso vacío.
Dijo que quería pillarme dijo él arrastrando las palabras. Pero si yo le dijera que es la primera vez en muchos años que bebo a estas horas, ¿me creería?
Los cálidos ojos castaños de María estudiaron sus facciones antes de encontrarse con su mirada.
Sí. Noté que había bebido cuando salió por la puerta. Supongo que estaba esperando mi llamada y desesperado por saber mi respuesta.
Esteban empezaba a descubrir nuevas cualidades en aquella mujer.
Tiene razón.
Sí. ¿Puedo ver dónde pensaba instalar a Tor?
Al final de este pasillo. Hay un cuarto de baño entre su habitación y la de invitados en la que estaría usted. Mi habitación tiene baño y es la más cercana a la cocina.
Esteban le mostró todo el apartamento.
Tiene la casa más limpia y ordenada que yo admitió María cuando volvieron al salón, y Esteban se sintió aliviado.
Tengo que confesarle que me he pasado toda la noche recogiendo y limpiando. Siéntese, por favor. Por cierto, ¿no cree que podríamos tutearnos?
Ella se sentó cruzando sus preciosas piernas. Le sorprendió lo femenina que era en todo lo que hacía y decía.
Desde luego. Tienes una casa muy acogedora.
Me alegro de que pienses eso. Adelante, hazme todas las preguntas que quieras.
¿Tu trabajo te hace desplazarte muy a menudo?
No, he estado aquí en Tooele todo el tiempo en que he trabajado en el diseño del tren. Dentro de un mes, mi parte del proyecto habrá terminado, me iré a Laramie y me quedaré allí permanentemente. Alquilaré una casa hasta que la que me voy a construir esté terminada. La casa nueva estará en los mismos terrenos en los que Alik y Dominic se están construyendo las suyas. Somos socios, y seguiremos supervisando el proyecto del tren durante muchos años. Por razones obvias, es mejor que vivamos cerca unos de otros.
Y más si son tus mejores amigos añadió ella.
Él asintió.
Cuando Tor sea un poco mayor, tendrá allí amigos de su edad. La mujer de Dominic, Hannah, dará a luz dentro de cinco meses, y tienen una hija adoptiva de un año que se llama Elizabeth. Alik y Blaire tienen un niño, Nicky, de unos cuatro meses.
Ahora que Esteban empezaba a conocerla un poco mejor, se daba cuenta perfectamente de que María no iba a consentir ser una niñera interna trabajando para un hombre soltero. Tendría que ser el matrimonio o nada.
Si dejar Tooele es tu principal problema, estaría dispuesto a retrasar la mudanza a Laramie durante unos años. Quisiera que estuvieras a gusto. ¿Tus padres viven aquí?
En Grantsville. Mi padre trabaja de ingeniero en el cuartel del Ejército en Toole. Cuando se jubile, regresaran al rancho familiar de Dakota, pero todavía falta para eso.
¿Tienes hermanos o hermanas?
Un hermano y una hermana. Están casados y con hijos. Kathie vive en California y Brett en Nebraska.
Así que Tor tendría primos.
Sí, tres. Dos chicas y un chico. Todos tienen menos de cuatro años.
¿Eres la más pequeña de los hermanos?
Sí. Pero no dejaría que mis lazos emocionales interfirieran con algo tan importante como tu traslado a Laramie. Tienes que estar cerca de quienes están desarrollando el proyecto contigo.
De repente, María se levantó.
Justo cuando él pensaba que estaban llegando a un acuerdo, ella se alejaba.
¿Cuál es tu respuesta? preguntó al tiempo que se ponía de pie.
Todos estos planes son prematuros, pues alguien puede reclamar a Tor antes del viernes dijo mientras se ponía el abrigo sin que a él le diera tiempo a ayudarla. ¿Por qué no hablamos más adelante, cuando sepamos algo más?
Él apretó los dientes.
No. Por una serie de razones necesito tu respuesta ahora.
A pesar de la distancia que los separaba, se dio cuenta de que ella estaba temblando.
¿Y qué pasaría si lleváramos casados unos días y tuviésemos que renunciar a Tor porque apareciese un familiar?
Anularíamos el matrimonio por no haberse consumado.
CAPÍTULO 05

PARA la boda María se puso un traje azul marino y una blusa blanca. Esteban le había dicho que la boda podía ser como ella quisiera. Incluso había sugerido casarse por la iglesia si así lo prefería, pero ella se negó: su matrimonio no iba a ser de verdad.
Aún no entendía cómo había aceptado el plan de Esteban. Este la había llamado el viernes para que se preparara, porque tomaban el avión del mediodía a Reno para casarse. Nadie había reclamado al bebé, y el asistente social acababa de firmar la autorización para que Esteban se llevase a Tor a casa en cuanto el médico le diera el alta.
La ceremonia se celebró ante un funcionario en el registro civil, con extraños como testigos. Solo duró tres minutos, y terminó con un beso desenfadado de Esteban en su mejilla y un anillo de oro y diamantes en su dedo anular.
En el camino de vuelta desde el aeropuerto de Salt Lake pararon en el centro comercial para comprar una cuna y los utensilios básicos para el cuidado del bebé. El vestidor lo comprarían por la mañana en la tienda de muebles de Tooele.
A las diez de la noche, tras la última visita del pediatra y con las felicitaciones de las enfermeras, se llevaron a Héctor Fernández Sanromán a casa con ellos.
Todo ocurría como en un sueño. Esteban insistió en que le diera el biberón a Tor mientras él colocaba las compras y montaba la cuna. Hasta que no empezó a acunar bebé, que se había dormido una vez terminado el biberón, no se dio cuenta del alcance de lo que había hecho.
Incluso en el caso de que aquello fuese a durar solo un tiempo, Tor era su bebé. Suyo y de Esteban. Todo había sido legal y, cuando llegaran las navidades, Esteban sería un padre adoptivo con todos los requisitos exigidos por la ley.
Y aquellas navidades ella las pasaría con su hijo y su marido, una bendición que desde su operación había considerado fuera de su alcance.
Tor, bonito. Llenas el vacío de mis brazos y de mi corazón.
Incapaz de contener la alegría, las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas.
Ya he terminado dijo Esteban acercándose a ella. ¿Estás bien?
Sí sollozó y se limpió las lágrimas con la mano libre. Toma, acuéstalo. Sé que has estado esperando este momento. Mientras tanto yo prepararé los biberones y los meteré en la nevera.
Él se inclinó para tomar al bebé, pero no se alejó.
Soy consciente de que ésta es una extraña experiencia para ti, María. También lo es para mí, pero te juro que haré todo lo posible para que salga bien.
Aunque normalmente era bastante intuitivo, sin embargo esa vez Esteban había malinterpretado las lágrimas de María y estaba haciendo todo lo posible por tranquilizarla.
Ella sabía que era sincero. Si no lo hubiese percibido desde el principio, no habría aceptado aquel acuerdo.
Yo también haré todo lo que esté en mi mano le aseguró. Tor se merece un hogar feliz.
En cuanto él salió de la habitación María se fue a la cocina. Como había estado allí el lunes y se había imaginado a sí misma viviendo en aquel lugar, ya le parecía que era su casa. Solo tardaría unos pocos días en aprenderse dónde guardaba todo Esteban.
Acababa de colocar los biberones en la nevera cuando sonó el teléfono.
María levantó el auricular para que no despertara al bebé.
Diga.
¿Es la casa de Esteban Sanromán? era una voz masculina.
Sí.
¿Está él?
Sí, pero en estos momentos se encuentra ocupado. Si me deja el recado, le diré que lo llame.
Desde luego. ¿No será usted la enfermera que se enfrentó con los policías en el hospital?
María se sonrojó.
Sí, y usted debe de ser Alik.
¿Cómo lo ha sabido?
Porque usted es el que no tiene acento francés. María oyó su risa al otro lado de la línea. Estoy deseando decírselo a Dominic. Él cree que ya no tiene acento.
María sonrió.
Creo que la llamada es para mí murmuró Esteban a su oído. María casi dejó caer el auricular.
¿Alik? Esteban acaba de entrar. Te lo paso.
Evitando su mirada, le dio el teléfono y se fue a ver cómo estaba el bebé a fin de que pudiese hablar a solas con su amigo. Antes de llegar al pasillo, oyó lo que Esteban estaba diciendo.
Acabamos de traer a Tor a casa. Por cierto, María y yo nos casamos en Reno esta mañana. Estabas hablando con mi mujer.
Se detuvo en la puerta de la cocina, esperando a ver qué mas decía. Cuando Esteban volvió a hablar, lo hizo en voz baja, y eso la alivió. Significaba que Alik ya sabía que el matrimonio era de conveniencia, y se alegró de que Esteban no hubiera mentido a su amigo. Pronto, también lo sabría Dominic, y ella no tendría por qué sentirse incómoda con los amigos de su marido.


El domingo siguiente, hizo un día de invierno precioso, así que se llevó a Tor en el jeep. Sus padres no sabían nada aún, y tenía que contarles lo que había hecho antes de que pasara más tiempo.
Los encontró en el cuarto de estar, leyendo el periódico.
¡Mary! gritaron los dos al unísono.
No me digas que este es el bebé abandonado dijo su madre.
Su padre parecía preocupado.
No sabía que el hospital te permitiera sacarlo de allí.
No te preocupes papá. No lo he robado se burló ella.
María retiró la mantita que cubría al niño y lo alzó. Estaba precioso con el traje azul para la nieve que Esteban le había comprado el día anterior.
Le bajó la cremallera y le quitó la capucha para que sus padres lo vieran mejor.
Su padre sonrió, y su madre empezó a lanzar exclamaciones de alegría y cariño cuando María puso al bebé en sus brazos.
María se había pasado toda la noche sopesando la mejor forma de decirles a sus padres lo que había hecho. Se lo dijera como se lo dijera, iba a ser duro para ellos. Quizás no llegaran a entenderlo nunca, pero si veían primero al niño las cosas serían menos difíciles. Hasta el momento todo iba bien: Tor había derretido sus corazones.
Mamá, papá empezó a decir casi sin aliento. Este es vuestro nuevo nieto, Héctor Fernández Sanromán. Pesa tres kilos y mide cincuenta centímetros. Tor, estas maravillosas personas son tu abuelo y tu abuela. Los querrás tanto como yo.
Absortos con el bebé, tardaron un poco en asimilar lo que María acababa de decir.
Mientras os recuperáis, dejadme que os explique.
Les explicó todo. Nunca había habido secretos en la familia Fernández, y no iba a empezar a haberlos ahora.
Su padre la observó.
Tu deseo de ser madre tiene que haber sido muy fuerte para aceptar su propuesta.
Es más que eso, papá. Estoy enamorada de Esteban.
Cariño dijo su madre moviendo la cabeza, apenas hace una semana que lo conoces.
Lo sé. Pero teníamos que actuar deprisa antes de que a Tor lo mandaran con otra familia adoptiva. Si hubierais visto a Esteban con el bebé, comprenderíais lo mucho que lo quiere. Ya os he contado lo que ocurrió con su hermano gemelo, cómo lo perdió.
Pero este hombre no te quiere murmuró su padre. Te ha contratado para que seas la niñera del bebé las veinticuatro horas del día.
La verdad dolía, sobre todo viniendo de su padre.
Lo sé dijo con la voz temblorosa. Pero tú no eres una mujer que no puede tener hijos, papá. No hay muchos hombres que se casarían con una mujer sabiendo que no podrían tener hijos. Hasta que llegó Tor, Esteban nunca había pensado en casarse. Quizás el perder a su hermano le hizo eludir los compromisos. Pero conmigo no hay emociones involucradas. ¿No te das cuenta?
Pero por tu parte sí, cariño susurró su madre al borde de las lágrimas. Mary, ¿no te das cuenta de lo que has hecho? Al convertirte en la esposa de ese hombre te has condenado a un matrimonio sin amor.
Pero tengo a Tor. Es todo lo que necesito.
Eso lo dices ahora porque Tor ha llenado el terrible vacío que te dejó la operación. Pero acuérdate de mis palabras: algún día querrás algo más.
No, mamá. Si conocieras a Esteban, entenderías por qué jamás me atraerá ningún otro hombre.
No está enamorado de ti, cariño. Con el tiempo, eso te hará daño.
¿Te ha dicho que piensa relacionarse con otras mujeres? inquirió irritado su padre.
No, papá. Hay algo que no entiendes. Antes de proponerme matrimonio, me pidió que fuera la niñera.
Sus padres parecían aturdidos.
¿Y por qué no aceptaste eso? exclamó su madre.
María apartó la vista.
Porque no estaría bien visto.
Su padre suspiró.
Tienes razón, Mary. No lo entiendo. ¿Quieres decir que prefieres un matrimonio sin amor a que la gente especule sobre tu relación con tu jefe?
Héctor dijo su madre, está enamorada de él. Se cometen muchos errores de juicio en nombre del amor.
Esto no es un error, mamá. Dejó bien claro cómo serían las cosas: aunque la gente vaya a vernos como una pareja casada, cada uno de nosotros seguirá haciendo su propia vida. Yo he interpretado eso como que él saldrá con otras mujeres de vez en cuando, pero con discreción. Me dijo que si yo conocía a alguien con quien me quisiera casar, se divorciaría sin problemas. Por supuesto, eso no ocurrirá.
Su padre se puso de pie bruscamente.
No me gusta.
Su madre siguió acunando al bebé. Era la vez que María la había visto más triste.
Hay millones de parejas casadas en las que uno de ellos ya no está enamorado, papá. Yo al menos sé cuál es mi sitio. El caso es que los dos queremos a Tor y haríamos cualquier cosa por él.
Tú ya has hecho cualquier cosa por él murmuró su padre.
¿Y no te puedes alegrar ni un poco por mí? dijo llorando. No tienes ni idea de lo feliz que Esteban me ha hecho al dejarme ser la madre del bebé. Es el hombre más generoso y maravilloso que conozco dijo con la voz temblorosa. Deberías verlo con Tor. Ningún niño podría tener mejor padre.
No te sentirás así cuando descubras que ha dormido en la cama de otra mujer.
No digo que no me dolerá, pero aprenderé a soportarlo.
Antes de que esto vaya más lejos, podrías conseguir la anulación.
María sabía que su padre decía todo aquello por su bien.
Lo sé. Pero no quiero. No quiero perder a Esteban.
Ay, cariño. Ven aquí con tu padre dijo extendiendo los brazos, y ella fue corriendo hacia él. Tráelo algún día para que podamos conocerlo.
¿Cuál es su comida favorita? Así se la podré preparar preguntó su madre.
María se secó los ojos.
No lo sé, pero lo averiguaré. Gracias a los dos por aceptar esto. ¡Os quiero tanto! Tor os va a querer mucho también. Ahora creo que debemos marcharnos. Aunque dejé una nota, Esteban se sentirá fatal cuando no lo vea al despertarse. Está loco por él.
Su padre iba a decir algo, pero lo pensó mejor.
María podía leer su mente: quería que Esteban estuviera loco, pero por ella.


Querido Esteban, he llevado a Tor a conocer a sus abuelos. Volveremos pronto. Si tienes hambre, tu desayuno está en el horno. María.

Esteban leyó la nota un par de veces. Después de arrugarla en la mano, la tiró a la basura y abrió el horno. La salchicha no estaba demasiado hecha y los huevos revueltos no tenían jugo, justo como a él le gustaba.
Al parecer también había conseguido una buena cocinera.
Hasta el momento no había hecho nada mal. Y desde luego sabía perfectamente cómo cuidar de Tor.
Entonces, ¿por qué estaba enfadado?
María tenía derecho a ver a sus padres. De hecho, probablemente había escogido ir mientras él dormía para no molestarlo.
Estaba acabando el desayuno cuando sonó su móvil. Fue corriendo a la habitación para contestar pensando que sería María, que no se acordaba del número de teléfono de la casa.
¿Cómo está el hombre casado hoy?
Sujetó el teléfono con fuerza. Era Dominic el que ponía el dedo en la llaga. Efectivamente, estaba casado, pero no se sentía como tal.
Bien. ¿Cómo van las cosas por allí?
Dominic pareció adivinar.
¿Qué ocurre, mon ami?
¿Cómo te las apañas? gruñó Esteban. Presientes las cosas cuando nadie más se da cuenta.
Me parece que no es un buen momento para invitaros a ti y a tu familia a Laramie. Hannah y Blaire han planeado una fiesta para celebrar vuestra boda, y estábamos pensando hacerlo el martes o el miércoles en nuestra casa.
Somos tres familias. Vamos a estar un poco apretados.
Eso es lo que lo hará divertido.
Di a las chicas que estoy emocionado. Déjame consultarlo con María y te llamaré.
No irás a pensártelo...
¡Demonios, no!
De acuerdo. Quería oír al verdadero Esteban, aunque fuera solo un momento.
¡Esteban! Hemos llegado.
Dominic, perdona que te interrumpa, pero tengo que dejarte. Hablaremos más tarde. Gracias por llamar.
Cuando vio a los dos en el pasillo, pensó que estaban para comérselos. Tomó a Tor en sus brazos sin apartar la vista de María.
¿Qué tal con tus padres? ¿Está tu padre decidido a que se anule nuestro matrimonio?
Desde luego se han sorprendido, pero quieren lo que yo quiero, y ya se han enamorado de Tor. Por supuesto quieren conocerte. Nos han invitado a cenar.
Entonces tenemos dos invitaciones.
¿Qué quieres decir? preguntó María mientras lo seguía a la habitación del niño.
Me ha llamado Dominic. Mis amigos han organizado una fiesta en Laramie para la semana que viene. Somos los invitados de honor. María parecía nerviosa.
Es muy amable por su parte, pero creo que es un poco pronto para que Tor esté entre tanta gente.
Esteban frunció el ceño.
¿Le ocurre algo que no me hayas contado?
¡No! Por supuesto que no contestó. Es que me acuerdo de lo que me dijo el doctor Tingey sobre los recién nacidos: que es mejor que no salgan durante las tres primeras semanas, más o menos. En circunstancias normales, les habría dicho a mis padres que vinieran a ver a Tor, pero debido a nuestra situación...
No digas más la interrumpió. Lo entiendo. El consejo del doctor Tingey tiene sentido. Quizás sea mejor que no salgamos hasta las navidades. Así no faltaré a ninguna de las clases para la adopción.
Ella asintió.
No te olvides de la vista judicial. No podremos llevar a Tor a ninguna parte hasta que el juez tome una decisión.
Tienes razón.
Por primera vez en su vida, Esteban no pensaba con claridad. Y era a causa de la mujer que compartía techo con él. Era ahora cuando empezaba a darse cuenta de que tenía que contar con otra persona a la hora de tomar decisiones.
Esteban, ¿qué tal si invitamos a tus amigos a que pasen las navidades con nosotros? Podemos hacer la fiesta en Nochebuena y pasar juntos el día de Navidad.
Sería mucho trabajo. ¿Estarías dispuesta, teniendo un bebé?
Claro. Quiero conocer mejor a tus amigos antes de mudarnos a Laramie. Sus hijos van a ser los compañeros de juegos de Tor.
María besó al bebé mientras él le cambiaba el pañal. Cuando terminó, abrazó al niño contra su pecho, disfrutando del olor del talco y del suave perfume de María impregnado en la piel del niño.
Mis amigos y yo nunca hemos pasado unas vacaciones juntos. Creo que no habría nada que nos gustase más. Los llamaré esta noche para invitarlos.
Me alegra que la idea te guste. Y ahora, como veo que no te voy a poder separar de Tor, ¿te importa si voy a mi apartamento? Hay algunas cosas que me gustaría traer aquí.
De acuerdo. Pero deja las cajas allí y yo las recogeré más tarde con la furgoneta.
No hace falta. He sido contratada como niñera. Puedo cuidar de mí misma.
El se puso tenso.
Estamos casados, María. La palabra «niñera» está olvidada. Eres mi mujer y la madre de Tor. De ahora en adelante, seremos un equipo. Eso significa que tenemos que ayudarnos el uno al otro constantemente. Tú me hiciste el desayuno esta mañana. Yo recogeré tus cajas esta tarde. Si no piensas así respecto a nuestra relación, creo que no va a funcionar.
Tienes razón admitió asintiendo con la cabeza Supongo que he reaccionado así porque nunca he estado casada. Normalmente hago todo yo sola.
Su explicación lo tranquilizó un poco.
Ser soltero tampoco me ha preparado a mí para tener en cuenta a nadie, pero la presencia de este niño lo cambia todo.
Tenemos suerte de que sea nuestro.
Cada vez que miraba al bebé los ojos de María se llenaban de ternura. A Esteban le impresionaba el vínculo tan fuerte que tenía ella con el niño.
Podía entender el amor de Blaire por Nicky, pues lo había traído al mundo. Y Hannah, la mujer de Dominic, tenía tazones de peso para querer a Elizabeth como si fuera hija suya, porque la niña era su sobrina. La había criado desde que nació.
Pero el que María se hubiera encariñado con un bebé abandonado desde el primer momento era algo totalmente distinto. Esteban pensó que era una reacción poco común incluso en una mujer que sentía un cariño natural por los niños.
Si la muerte de su hermano no hubiera hecho que Esteban perdiera la fe años atrás, probablemente ahora pensaría que la situación con María y el bebé era cosa del destino.
¡Esteban! la voz de María le devolvió al presente. Voy a poner carne a asar para que se haga mientras estoy fuera. Cuando vuelva, cenaremos.
Perfecto. Tor y yo nos sentaremos aquí a ver el partido.
Pues puedo adelantarte quién va a ganar dijo ella con mirada burlona.
Esteban, que se había quedado con la boca abierta, se levantó con el niño en brazos y la siguió a la cocina.
¡ Te gusta el fútbol!
Ella sonrió mientras metía la carne en el horno.
Te diré que es imposible que hoy pierda mi equipo.


Debbie estaba pasando fuera el fin de semana, así que María pudo subir el volumen de la tele sin temor a molestar a su amiga, a la que no le gustaban los deportes.
Cuando terminó de limpiar y empaquetar echó un último vistazo al apartamento. Había cambiado de apartamento muchas veces, pero ahora era muy distinto. Su último compañero de piso era un hombre con el que se había casado para poder ser la madre de Tor, y no se atrevía ni a imaginar lo que sentiría si tuviese que mudarse de aquella casa y separarse de los dos.
Volvió a casa con una caja que dejó en el suelo junto a la puerta trasera. La televisión en la sala de estar todavía estaba encendida. Cuando entró, se encontró a Esteban y Tor totalmente dormidos. El bebé en su silla, y el padre tumbado en el sofá.
Cuando María empezaba a preparar el puré de patatas, Esteban entró en la cocina.
Deberías haberme despertado cuando volviste. Al menos habría puesto la mesa.
¿Por qué? El domingo es el día ideal para las siestas.
Una sonrisa se dibujó en la boca de Esteban, pero desapareció en cuanto vio la caja junto a la puerta.
Creía que habíamos quedado en que yo traería las cajas del apartamento.
Sí. Pero necesitaba esa. Después de cenar, quiero terminar un proyecto en el que he estado trabajando dijo mientras terminaba de preparar el asado.
Esteban cortó un trozo del asado.
Mmm. Delicioso exclamó, y rápidamente cortó otro de la misma forma en que lo hacía el padre de María, ¿Puedo ver lo que hay en la caja, o es privado?
Adelante. Puedes verlo.
María lo miró de reojo mientras él se agachaba. Un instante después, estaba vaciando la caja como si acabara de encontrar un tesoro escondido, olvidado del mundo a su alrededor. En pocos segundos, el suelo quedó cubierto con el contenido de la caja.
No sabía que te gustaran los minerales murmuró.
Confecciono joyas en mi tiempo libre.
¿Dónde encontraste esto? dijo mostrándole una preciosa geoda con la concha de sílice roja.
En Greasewood, al sur del río Green.
Esteban la examinó durante un buen rato.
Es fantástica.
A mí también me lo parece.
Alik es un renombrado geólogo, pero seguro que esto es mejor que toda su colección. ¡Ya verás cuando lo vea!
Me dijeron que es especial. Nunca había visto una geoda con tal cantidad de amatista. Hay tanta, que pueden hacerse con ella un montón de diseños.
Esteban no hizo ningún comentario porque estaba desenvolviendo un hermoso granate de color rojo oscuro y forma trapezoidal. Se puso de pie y lo levantó hacia la luz.
Este es magnífico. ¿Lo encontraste en el mismo sitio?
No. Fue hace cinco años en Topaz. Lo he tenido guardado porque todavía no soy una experta cortando gemas. Si practico lo suficiente con otras, quizás algún día me sienta lo suficientemente seguía como para hacer algo con esa.
¿En qué estás trabajando ahora? preguntó.
La miró con verdadero interés.
María llevó el asado a la mesa.
En la bolsa verde encontrarás topacio. Le estoy haciendo una gargantilla a mi hermana para su cumpleaños.
Esteban vació el contenido de la bolsa,
María estaba orgullosa de aquellas veinte gemas de color rosa oscuro. Había tardado mucho en prepararlas.
Están listas para engarzarlas en la cadena de oro que he comprado.
Tras examinarlas un poco más, Esteban guardó todo de nuevo, se volvió hacia ella y la miró fijamente.
Tengo ganas de verte trabajar. Estoy abrumado por tus muchas habilidades, sobre todo la de cocinar. Sería un delito dejar que esta comida se enfriara. ¿Comemos? No sé tú, pero yo estoy muerto de hambre.
El timbre de su vibrante voz masculina hacía que las piernas de María temblaran. Si no tenía cuidado, él se daría cuenta de que estaba completamente enamorada de él.
¿Por qué no sirves la comida? Voy por el bebé. Estará a punto de despertarse y se preguntará dónde estamos.
«Por favor, Tor, despierta. Necesito que me mantengas distraída para no pensar en tu papá y en lo que me hace sentir».
CAPÍTULO 06

CONCEDIDO. Se levanta la sesión declaró el juez después de oír la declaración del asistente social a favor de Esteban y María. Habían conseguido la custodia temporal del bebé.
Gracias a Dios murmuró Esteban antes de besar a María en la mejilla. Por supuesto, era la alegría lo que lo había impulsado a hacer aquello, pero no tenía ni idea de por qué una manifestación de cariño la había afectado tanto.
Para esconder sus sentimientos, María hundió la cara en el cuello de Tor, dando gracias por haberlo tenido en sus brazos mientras el juez estudiaba su decisión.
Vamos a celebrarlo comprando un árbol de Navidad. ¿Qué te parece?
Nos encanta, ¿verdad Tor? dijo sin mirar a Esteban por si sus ojos revelaban lo que había en su corazón.
El problema es que no tengo adornos ni luces.
Yo tampoco confesó ella. Siempre he pasado las navidades con mis padres.
Entonces colocaremos el árbol e iremos a Salt Lake a por lo que necesitamos. ¿Le importará a tu madre hacerse cargo del bebé mientras hacemos las compras?
Es lo que te iba a sugerir, pero, ¿puedes abandonar tanto tiempo el trabajo?
Le dije a mi gente que hoy no me verían.
Nada podía haber hecho a María más feliz.
Enseguida llamaré a mi madre para ver si puede venir. Pero primero quiero darle las gracias al asistente social por ayudarnos a conseguir la custodia del niño.
De acuerdo.
María no había empleado la expresión «custodia temporal» a propósito. No había nada de temporal en lo que ellos sentían por Tor.
El resto del día fue un aluvión de actividades. Cuando María terminó de darle a Tor el biberón de las diez, la casa parecía una tarjeta de Navidad.
La alegró que a Esteban le gustaran tanto como a ella los adornos de madera pintada de Alemania. Además de la preciosa decoración del árbol, habían instalado un increíble nacimiento tallado en madera.
Bajo el árbol de Navidad, figuras mecánicas que representaban a los duendes de Papá Noel cantaban villancicos.
El próximo año, Tor se sentiría fascinado con todo aquello. Pero en aquel momento quien iba a disfrutar con los duendes era Elizabeth, la hija de los Giraud, porque los amigos de Esteban estaban entusiasmados con la invitación y deseando ir con sus familias.
María pensaba en el acontecimiento con una mezcla de emoción y aprensión. Tener tantos invitados en la casa les iba a obligar a ella y a Esteban a dormir juntos durante tres o cuatro noches. Teniendo en cuenta lo que sentía por él, sería difícil, si no imposible, que no la afectara el dormir en la misma habitación que el hombre con el que se había casado por conveniencia.
Durante la excursión a Salt Lake, la mano de Esteban agarró incontables veces su brazo, ya fuera cuando entraban en alguna tienda o para ayudarla a subir a la furgoneta. Aquel continuo contacto físico la estaba afectando. Su cuerpo todavía palpitaba por el placentero estímulo provocado por las caderas de él al rozar las suyas y la intensidad de su mirada al buscar en los ojos de ella respuestas a las preguntas más sencillas amenazaba con provocar el caos en sus emociones.
Haber salido juntos sin Tor había sido un error. En el futuro se aseguraría de pasar el menor tiempo posible a solas con él. Era la única forma de que aquel matrimonio de conveniencia funcionara.
¡Y tenía que funcionar!
En el plazo de un año, Esteban estaría viviendo en su nueva casa en Laramie, y ella deseaba estar allí con él y con Tor más que nada en el mundo. Para que eso fuera posible tenía que tener mucho cuidado a partir de aquel momento.
En vez de esperar a la luz del árbol de Navidad a que Esteban volviera, decidió que lo mejor era que el bebé y ella se acostaran. Al día siguiente por la mañana, cuando él se hubiese marchado a trabajar, iba a estar muy atareada preparando los regalos de Navidad, que, puesto que venían los amigos de Esteban, iban a ser muchos.
Pero pensar en el regalo perfecto para él la mantuvo despierta toda la noche. Desvelada como estaba, le habría venido bien levantarse a darle el biberón de las tres a Tor, pero Esteban se levantó antes de que ella se pudiera poner la bata.
Estuvo en un estado de duermevela hasta las siete de la mañana. A esa hora, se levantó y se vistió para desayunar. Después de meter el desayuno en el horno para que se mantuviera caliente, llenó la bañera de plástico y llevó a Tor a la cocina para bañarle.
El bebé la miró sin parpadear. Incapaz de resistirse, María le besó la cabecita y las mejillas.
Te estás haciendo un chico muy grande le dijo mientras le lavaba el pelo y el cuello con un jabón de glicerina.
Cada vez que le daba la vuelta para lavarle la espalda la barbilla le temblaba de una forma que a ella le encantaba. Y en cuanto volvía a meterlo en el agua él movía los brazos y las piernas lleno de vida y alegría.
Me parece que esto te gusta tanto como a mí, ¿verdad, bonito?
¿Y a quién no le volvería loco tanta atención? la profunda voz masculina de Esteban caló hasta sus huesos.
Había entrado en la cocina y se había colocado junto a ella sin que se diera cuenta. Cuando él alargó la mano para que el bebé se agarrara a su dedo, María percibió el aroma del jabón con el que se había duchado. Sentía que se ahogaba en sensaciones.
Tu desayuno está listo.
Me estás malcriando.
Era lo menos que podía hacer por ti.
Incapaz de soportar su cercanía más tiempo, sacó al bebé de la bañera y lo envolvió en una toalla.
Es precioso murmuró Esteban echándole polvos de talco antes de que ella le pusiera el pañal.
Es perfecto fue todo lo que pudo decir porque su corazón estaba rebosante, y acabó de vestirlo con rapidez Ya está. Tu papá está deseando tomarte en sus brazos.
Levantó al bebé y se lo entregó a Esteban. Luego, fue al otro lado de la mesa para prepararle el desayuno y servir el café.
Tu madre es una cocinera estupenda, muchachito. Es una pena que todavía no puedas probar su comida.
Se sentó con el bebé apoyado sobre su pecho y empezó a comerse los huevos y el beicon.
María sintió cómo la recorría con la mirada mientras ella ponía un biberón a calentar.
¿Cuándo podrá tomar algo más que los biberones?
Tardará un tiempo todavía contestó María. Depende de lo rápidamente que gane peso y de lo que tarde en aburrirse de los biberones. Se lo preguntaré al médico. Tor tiene cita el martes que viene.
Iré contigo.
El pulso de María se aceleró.
Quizás deberíais ir vosotros dos solos.
¿Hay alguna razón por la que no podamos ir los tres juntos?
María se dio la vuelta, sorprendida por la tensión negativa que emanaba de él.
No, claro que no. Simplemente pensé que sería divertido: los chicos solo.
Esteban besó a Tor en la sien.
Tendremos tiempo de sobra para eso cuando sea mayor. Ahora creo que es importante que sepa que los dos estamos con él en todo momento.
Con un ágil movimiento, se levantó y le entregó el bebé.
Llegaré alrededor de las cinco. Te llamaré en caso de que me vaya a retrasar. Tor, sé un bueno chico con mamá.
Le dio otro beso. Al levantar la cabeza su cara rozó el pelo de María, lo que provocó en ella un delicioso estremecimiento. En unos segundos, se había puesto la cazadora y se había marchado.
Aquella rapidez era un aviso de que ella le había hecho enfadar. La furia enmascara el miedo, pero el miedo ¿a qué?
Quizás a que ella no estuviera tan entregada a Tor como había supuesto. Quizás su sugerencia respecto a la visita al médico le había hecho pensar que empezaba a sentirse agobiada por el acuerdo.
Si supiera la verdad...
Se llevó al bebé al salón y le dio el biberón en el sofá, desde donde podían ver el árbol de Navidad.
Quiero a tu padre tanto que me duele, Tor. ¿Cómo puedo guardar ese secreto y mantener las distancias sin disgustarle?
Tor era un consuelo, y María lo tuvo con ella durante dos horas, sin dar con la solución al interrogante. Finalmente, acostó al niño para poder fregar los platos. Cuando iba a empezar, llamó Debbie.
Aunque hablaba de su fin de semana fuera, lo que realmente quería saber era cómo iba el matrimonio. Cuando finalmente sacó el tema, María intentó ocultar su confusión. Por supuesto no lo consiguió, y acabó abriéndole su corazón.
Cuando pudo controlar las lágrimas, su amiga intentó aconsejarla.
¿Por qué no le dices la verdad? Que te enamoraste de él y de Héctor al mismo tiempo.
María fue a buscar un pañuelo.
Era un soltero convencido antes de que yo lo conociese, y no ha cambiado. Si le desnudo mi alma, se librará de mí de inmediato. No puedo arriesgarme a perder a Tor ahora.
O a Esteban suspiró Debbie. Supongo que tendrás que aprender a ignorar tus sentimientos, quizás tratándolo como si fuese tu hermano.
Acabas de darme una idea.
Creo que la primera opción sigue siendo preferible. La verdad siempre es mejor.
María negó con la cabeza.
En mi caso no. Gracias por tu apoyo, Debbie. No olvides que cenas con nosotros el viernes por la noche.
¡Claro que no! Estoy deseando ver al bebé.
Cuando colgó, María llevó a su habitación las cajas que Esteban había dejado en la cocina y en el cuarto de estar. Todas menos una contenían útiles relacionados con los minerales además de muestras. La otra caja contenía libros de enfermería y manuales de buceo. El equipo lo guardaba en casa de sus padres.
Cuando terminó, volvió a la cocina. Esteban, tan considerado como siempre, le había dejado una lista con los números de los teléfonos móviles de sus amigos.
Antes de elegir los regalos de Navidad, necesitaba información, así que decidió llamar a Dominic Giraud. Este contestó creyendo que hablaba con Esteban.
¡Esteban! Debemos habernos leído la mente. Estaba a punto de llamarte. ¿Cómo va el matrimonio hoy? Quiero toda la verdad, ¿entiendes?
María tragó saliva, sin saber qué hacer. Si colgaba, Dominic volvería a llamar.
¿Dominic? Soy María. Esteban no está aquí.
Hubo una pausa.
Te pido disculpas, María. Esto me enseñará a no hacer suposiciones. Pero ya que sé con quien hablo te haré la misma pregunta. ¿Qué se siente al ser esposa y madre?
Esteban le había dicho a María que Dominic era un maestro manejando situaciones difíciles con delicadeza. Lo creía. Pero, pillado por sorpresa, ni siquiera él había podido ocultar completamente lo unidos que estaban los dos hombres.
Recordando la tensión en la cocina antes de que Esteban se marchara a trabajar, María decidió que lo mejor sería decirle a Dominic algo que diera seguridad a Esteban.
¡Es maravilloso! Tor es increíble.
Me encanta oírte hablar así. Supongo que Esteban te ha dicho que hemos aceptado vuestra invitación. Me ha alegrado las vacaciones.
Su sinceridad era palpable, y María sonrió.
Me alegro. A nosotros también nos apetece mucho. Ésa es la razón por la que te llamo. Necesito saber algo, pero tienes que prometer no decírselo ni a tu mujer ni a Blaire. Él se rió.
Tienes mi palabra.
¿De qué color son sus ojos? Necesito una descripción exacta.
Los de Blaire son de color gris con mocitas plateadas. Los de mi mujer son de color verde brillante. Como la hierba de primavera.
María adivinó tanto amor en aquellas palabras que se le empañaron los ojos.
¿Y los de tu hija?
También son verdes.
Gracias, Dominic. Ya te enterarás de por qué te he molestado.
Una llamada tuya siempre será un placer, no lo olvides.
Gracias de nuevo. Nos veremos pronto.
Media hora más tarde, sabía exactamente lo que iba a regalar a las personas de la lista. A todas menos a Esteban. Su regalo tenía que ser algo único.
Hurgó en la última caja de muestras, y entonces lo encontró. Un tesoro que había encontrado hacía años. Al mirarlo a la luz María recordó el sitio exacto de dónde venía, y comprendió la razón por la que lo había estado guardando todos aquellos años.


Era el veintidós de diciembre. Esteban tenía un montón de cosas que celebrar.
Cuando dentro de dos días llegaran sus amigos, les podría dar la noticia de que en la última prueba el tren había alcanzado los seiscientos kilómetros por hora. Además, había terminado su cursillo de adopción y había hecho todas las compras de Navidad.
El pediatra había dicho que Tor tenía una salud excelente y que estaba ganando peso. En cuanto a María, mantenía la casa inmaculada y era una cocinera y una madre perfecta. Esteban nunca había conocido a una persona tan encantadora y considerada, que además mostraba verdadero interés en el proyecto del tren. Era una mujer motivada, con sus propios proyectos. No le encontraba ningún defecto.
Absorto en sus pensamientos, no reparó en el BMW negro que estaba en la entrada de la casa hasta que aparcó la furgoneta. No pertenecía a nadie que él conociera. ¿Quién podía ser el visitante?
Al entrar por la puerta trasera con los paquetes oyó risas en el cuarto de estar. La clase de risa que delata conocimiento y confianza entre un hombre y una mujer.
¿Qué demonios estaba pasando?
Soltó todos los paquetes y entró en la habitación. Se le revolvieron las entrañas al ver a un hombre de unos treinta y cinco años, bien vestido, sentado en el sofá con María y con un brazo rodeando sus hombros.
El hombre levantó la vista del bebé que estaba sobre las piernas de María y sonrió.
Hola. Así que tú eres el que encontró al bebé abandonado. Enhorabuena por el final feliz. Soy Jonah Ryder.
Esteban se vio obligado a darle la mano.
Yo soy Esteban Sanromán dijo antes de que María pudiera hacer las presentaciones. Disculpa, pero no recuerdo que mi mujer me haya hablado de ti murmuró al tiempo que la miraba.
María se comportó como si fuera lo más normal estar allí sentada con otro hombre que, además, se tomaba con ella unas libertades impensables.
Jonah es abogado en Salt Lake. Nos conocimos en unas clases de buceo hace tres años y desde entonces somos amigos.
Aquello era demasiado.
¿Sabes bucear?
Sí.
¡Y es muy buena! añadió Jonah. Voy a ir a las Islas Caimán en Año Nuevo y quería que ella viniera conmigo. Claro que no sabía que se hubiera casado y tuviera un hijo.
Esteban no tenía ni idea de cuánto le habría contado María sobre su matrimonio, aunque, naturalmente, ella tenía todo el derecho del mundo a contarle a aquel imbécil todo lo que le diera la gana.
¿Seguro que no te puedo convencer de que vengas a bucear?
Lo siento, Jonah dijo tomando al bebé en brazos y dirigiéndose a la puerta, pero gracias por tu generosa oferta. ¿Por qué no llamas a Buceadores Neptuno? Creo que Randy todavía trabaja allí, y mataría por hacer un viaje así.
No, gracias. Corre demasiados riesgos.
Seguro que encuentras a alguien. Buena suerte y feliz Año Nuevo. Si finalmente vas a las Caimán, mándame una postal para darme envidia.
Claro.
Se besaron en la mejilla y Jonah se dirigió a Esteban, que no se había movido del centro de la habitación.
Encantado de conocerte.
Esteban solo asintió con la cabeza.
Después de despedir a Jonah, María se acercó a Esteban. Llevaba un jersey de color verde jade que él nunca le había visto. Con su pelo y sus ojos oscuros y un poco de colorete en las mejillas, estaba estupenda. Él se preguntó desde cuándo existía aquella relación.
Tor y yo nos alegramos de que estés en casa dijo ella con la voz llena de ternura. Como siempre. Él ha estado esperando a que llegara su favorito. Si te ocupas de él, yo preparo la comida.
Tomó al bebé, que olía al champú de su madre. María se acababa de lavar el pelo. Los espesos mechones castaños brillaban con reflejos naturales rojos y dorados, y a Esteban le daban ganas de sentir en sus manos aquel manto sedoso. El visitante debía haberlo disfrutado, y seguramente mucho más. Tomó aire.
Yo no tengo hambre, pero nuestro hijo sí.
Estoy calentando su biberón. ¿Quieres café y tarta? La hice para Jonah, pero ha sobrado mucha.
No, gracias.
¿Hiciste todas tos compras?
Sí dijo mientras la seguía a la cocina. ¿Cómo es que no me habías dicho que sabes bucear?
Ella se acercó a la pila donde estaba el biberón.
Porque hasta ahora no había salido el tema.
Si quieres ir, me tomaré unos días en el trabajo para quedarme con el bebé.
Te lo agradezco, pero Tor es para mí lo principal.
María le entregó el biberón. Esteban se dio cuenta de que ella evitaba que sus dedos se rozaran, lo que lo enfureció aún más.
¿Todavía te interesa? preguntó él bruscamente Me gustaría saber la verdad.
¿Jonah? Cielos, no. No como tú crees. El instructor nos emparejó. Jonah es muy cuidadoso y confío en él porque bajo el agua no se deja dominar por el pánico, y a él le pasa lo mismo conmigo. Cuando acabamos las clases, continuamos buceando juntos. Más tarde, se divorció, pero durante la época en que fuimos por primera vez a las Caimán seguía viendo a su ex mujer. No me sorprendería que volvieran a juntarse algún día.
Esteban intentaba leer entre líneas. Si estaba mintiendo, lo hacía muy bien.
¿Necesitas algo antes de que me acueste?
Como si fuese una letanía, cada noche María le hacía aquella pregunta, y a continuación se iba a su habitación y desaparecía hasta el día siguiente. Siempre educada, amable y considerada. Pero aquella noche todo eso le fastidió.
Dejó el biberón en la mesa. El bebé tenía que echar el aire.
¿Dónde sueles bucear?
Los ojos de María lo miraron con sorpresa.
¿Por qué quieres saberlo?
¿Por qué me da la sensación de que intentas evitar hablar de ello?
Ella se humedeció los labios con un gesto nervioso. Aquel gesto hizo que él se fijara en su boca.
Porque no quiero herirte.
Esteban frunció el ceño.
¿Qué quieres decir?
Desde que me contaste el accidente de tu hermano, no he querido hablar de nada que te lo recordara.
Aquello era lo último que se le habría ocurrido pensar. La verdad le dio una lección de humildad tal, que tardó en contestar.
¿Te da miedo el agua? preguntó ella con delicadeza. Creo que yo lo tendría si me hubiera ocurrido lo mismo.
Él negó con la cabeza.
No, todo lo contrario. Mi padre lo evitó llevándome a terapia.
Me alegro. Cuando Héctor tenga edad para aprender a nadar, querrá que tú le enseñes.
A mí también me apetece enseñarle, pero queda mucho para eso. ¿Qué tal si aprendo yo a bucear?
Hubo un instante de silencio.
¿De verdad quieres aprender?
Había incredulidad en su voz. Esteban estudió su reacción y le pareció ver desaparecer el color de su cara. Sintió que algo pasaba, y aquella sensación le hizo sacar sus instintos agresivos.
Siempre quise aprender. ¿Dónde se bucea por aquí?
En Blue Lake, cerca de Wendover.
Esteban asintió.
Alik lo mencionó. ¿No hay termas de agua caliente en el fondo?
Sí. Es divertido bucear allí en invierno cuando el cielo está azul. El agua está a veinticinco grados y se puede ver quince metros hacia abajo. Pero no te va a dar tiempo a tomar clases si nos vamos a Laramie el mes que viene.
Tenía prisa por cambiar de tema.
Seguro que allí hay alguna escuela de buceo dijo él perversamente. Iremos a verla.
¿Bucean tus amigos? preguntó María mientras envolvía el pastel.
No.
A lo mejor quieren aprender contigo.
«Para que no tengas que estar cerca de mí».
Lo dudo. Cada uno tiene su vida.
Entiendo. Lo he dicho porque hay familias que bucean juntas y se lo pasan bien. Como estáis tan unidos, pensé que sería una buena idea.
¿Crees que Hannah y Blaire también podrían bucear?
Claro.
Esteban necesitaba controlar sus emociones, que habían sufrido un vuelco en los últimos segundos. Dejó el biberón vacío sobre la mesa.
Podemos hablar sobre ello cuando estén todos aquí.
Por cierto, ¿crees que les gustaría recibir una visita de Santa Claus en Nochebuena? Mis padres siempre se han disfrazado para los niños del barrio, y aunque Elizabeth es aún demasiado pequeña para darse cuenta...
Aquellas palabras revelaron a Esteban la vida tan feliz que había rodeado a María. Ella haría lo mismo por Héctor.
En lo que a mí respecta, la visita de tus padres hará que estas navidades sean completas.
Los había conocido el día que fueron de compras a Salt Lake. Era evidente que adoraban a Tor. En cuanto a él, a Esteban le alegró que lo trataran con tanta amabilidad. Sobre todo cuando estaban en su pleno derecho de mostrar desconfianza hacia él.
¿De verdad? preguntó María con una sonrisa que le quitó el aliento.
Todos llevamos un niño en el corazón, incluso los que lo hemos olvidado.
Una neblina cubrió los oscuros ojos de María.
Las navidades deben de ser dolorosas para ti.
Este año no.
Perdóname si me entrometo, Esteban, pero, ¿y tus padres? Te echarán mucho de menos. ¿Cómo van a pasar las vacaciones?
Mamá nunca se recuperó de la muerte de Tor. Mi padre siempre se la lleva fuera en Navidad. Este año están en México.
Los ojos de María buscaron los de él.
¿Saben que te has casado y que piensas adoptar a Héctor?
No.
¿Cuándo piensas decírselo?
No lo voy a hacer.
Si la hubiera golpeado, no habría parecido más horrorizada.
¿Por qué? susurró.
Me culpan de la muerte de Tor. Por supuesto, nunca lo dijeron. No hacía falta. Mamá se convirtió en una inválida porque así lo quiso, y mi padre simulaba no creerme culpable.
¡Fue un accidente! gritó María.
Sí, pero fue idea mía salir con las balsas aquel día, en contra de lo que nos habían dicho mis padres. De hecho, todas las trastadas que Tor y yo hacíamos juntos eran idea mía. Para mis padres, no merezco la felicidad después de habérsela robado a ellos.
¡Eso es monstruoso!
Es agua pasada. Ahora que lo sabes no tendremos que volver a hablar de ello.
Ella le tocó con suavidad la barbilla. Era la primera vez que lo tocaba voluntariamente.
Héctor es el niño con más suerte del mundo por tenerte como padre. Buenas noches, Esteban.
Esteban se quedó en la cocina, paralizado por aquella caricia. Lo había tocado para consolarlo, pero aquello le hizo darse cuenta de que quería más de ella.
Mucho más.
CAPÍTULO 07

¡Esteban estaba despierto!
María había intentado no hacer ruido mientras 'colgaba los calcetines navideños en la chimenea.
Aunque había preparado todo con tiempo, tuvo que dejar un par de cosas hasta que todo el mundo se hubiera acostado.
Son las tres de la mañana, María. Mañana estarás demasiado cansada para disfrutar del día.
La voz de Esteban era más grave de lo habitual porque se acababa de despertar. Sus profundos tonos masculillos provocaron una inexplicable excitación en ella.
Ya casi he terminado susurró sin atreverse a mirarlo. A la luz del fuego parecía Adonis, tal y como dijera Julie en el hospital. Había sido un error tocarlo la noche anterior, pero su fuerte mentón fue una tentación demasiado fuerte.
La habría gustado tomar su cara entre las manos y besarlo, y que él la besara como si su vida dependiera de ello. El imaginar que estaba en sus brazos le provocaba vértigo.
Esto parece la tierra de las hadas. Estoy en mi propia casa y no la reconozco.
Aquellas palabras la emocionaron.
Es que es eso lo que tiene que parecer.
¿Te das cuenta de que esto está lleno de regalos? Nadie podrá entrar aquí mañana.
No era una crítica. Lo había dicho sintiéndose feliz. Verdaderamente feliz.
Para María, después de lo que él le había contado la noche anterior sobre su familia, todo lo que pudiera hacer para desterrar la tristeza de su vida era poco. Quería que aquellas navidades le resultaran inolvidables.
Ya que Esteban estaba despierto, era el momento perfecto para darle su regalo. No quería esperar ni un segundo más.
Solo hay una cosa más que quiero hacer, después prometo acostarme.
Esteban estaba recostado en el sofá, observándola. Cuando ella se acercó, se incorporó sobre un brazo.
Esto me ha estado quemando el bolsillo toda la noche le dijo sacando de la bata una cajita envuelta en papel y dándosela. Feliz Navidad.
Esteban retiró la manta y se sentó en el sofá. Al ver su magnífico cuerpo bajo la camiseta y el pantalón de chándal, María se quedó sin aliento. Rápidamente, se fue al otro sofá y se tapó con la manta.
Para su sorpresa, Esteban se puso de pie y se dirigió a la cocina. Llevaba en la mano la nota que acompañaba al regalo.

Querido Esteban:
Hace años, montando a caballo, encontré dos minerales que los expertos me dijeron que eran muy raros, no solo por su tamaño, sino también por el color. No sabía aún que acababa de descubrir una nueva y fascinante afición.
En aquel momento no comprendí el significado de mi descubrimiento, pero, por increíble que parezca, la vía en la que encontraste a Héctor pasa por aquel lugar. Tantas coincidencias me han llevado a pensar que es terreno sagrado.
Me parece justo que tú y tus amigos, que habéis planeado el recorrido del tren por esa ruta, disfrutéis de aquel hallazgo.
Se trata de una variedad de berilio rojo brillante. He podido hacer cuatro anillos con ellas. Los de Alik y Dominic están engarzados en plata de Utah. El tuyo y el de Héctor en oro de Utah.
Tor es muy pequeño para llevar el suyo, pero será bonito dárselo cuando sea mayor y contarle la historia de cómo su padre lo encontró en aquel camino.
Eres increíble. Te he visto pasar de soltero empedernido a padre cariñoso en cuestión de minutos. Lo realmente fascinante es que lo has hecho al mismo tiempo que ponías a punto un tren magnético que supera todo lo que el mundo ha visto hasta ahora.
Tu hijo podrá estar orgulloso de seguir tus pasos.
Feliz Navidad. María.

Esteban no tenía palabras para expresar sus sentimientos.
Tomando aire, abrió la caja de terciopelo. Dentro había dos abultados anillos de oro para hombre, cada uno con una piedra de color rojo fuego en el centro.
Con la mano temblorosa tomó uno y lo dirigió a la luz, maravillado por la intensidad del color. En el interior había una inscripción: «Tooele».
Tomó el otro anillo. Su inscripción decía: «San Francisco». Cerró los ojos.
¡María! susurró con voz entrecortada, apretando ambos anillos con fuerza.
¿Estás bien, amigo?
Esteban se dio la vuelta. No se había dado cuenta de que Dominic entraba en la cocina. Llevaba en brazos a su hija Elizabeth, que estaba llorando y se agarraba a él como si le fuera la vida en ello.
Se ha despertado y ha extrañado el lugar. También ha despertado a Tor. María está con él ahora. Menos mal que Alik y Blaire decidieron que Nicky se quedara con ellos, si no...
Si no estaríamos ahora todos aquí Alik también había llegado, a tiempo de acabar la frase. ¿Por qué tanto alboroto?
Eso me gustaría saber a mí murmuró Dominic mirando fijamente a Esteban.
Mirad dijo entregándoles la tarjeta de Navidad.
Cuando terminaron de leerla, Esteban les dio los anillos para que los vieran. El silencio lo dijo todo.
¡Vaya! dijo María sorprendida al entrar en la cocina. Llevaba a Tor, que estaba llorando porque tenía hambre. Evitando la mirada de Esteban, se fue hacia la nevera a por un biberón.
Pero él la arrinconó junto al fregadero y, sin preocuparse por su reacción, la besó en el cuello.
Espera a que estemos solos y comprobarás lo mucho que me ha gustado el regalo murmuró.
María, colorada como un tomate, empezó a calentar el biberón mientras Esteban se ponía el anillo, que le quedaba perfecto. Entonces, Alik se volvió hacia ella.
Yo también quiero mi anillo dijo.
No nos apetece esperar hasta que salga el sol añadió Dominic.
María se rió y abrazó al bebé con más fuerza.
Sois incorregibles. Vale, id por ellos. Están en los calcetines colgados en la chimenea.
Sacaron los anillos y se los pasaron de uno a otro mirándolos detenidamente. Esteban dijo que los que estaban engarzados en plata eran tan impresionantes como los de oro. También éstos tenían inscripción en su parte interior: «Laramie» y «Nueva York». . Los tres hombres se pusieron sus anillos.
Esto se merece un brindis dijo Dominic, que descorchó una botella de champán francés y sirvió las copas. Por la belle María, salud.
Todos bebieron, y Alik propuso otro brindis por María.
De un aficionado a la mineralogía a otro, permíteme felicitarte por haber encontrado un berilio tan extraordinario y por tu delicadísimo trabajo de artesanía. Pero, por fabuloso que sea este tesoro, mi enhorabuena a Esteban, que encontró otro tesoro en este aislado lugar y nos lo trajo a la familia.
Esteban se dio cuenta de que María pasaba vergüenza con aquellos brindis. Pero estaba decidido a no dejarla escapar y la rodeó por la cintura. No recordaba un momento tan feliz en su vida.
Mientras ella le daba el biberón al niño, Esteban levantó su copa.
Por mi mujer, que ha hecho posible que yo sea el padre de nuestro hijo hizo una pausa para aclararse la garganta, y que ha traído la felicidad de la Navidad a nuestra casa.
¿Qué ocurre?
María agradeció aquella interrupción. La aparición de Blaire y Hannah en la cocina, aturdidas, hizo que la atención se desviara de ella.
Mientras sus maridos las colmaban de besos y champán, Esteban acercó aún más hacia sí a ella y al bebé. Aquello no podía continuar.
Se comportaba como un marido enamorado.
Si no supiera que Esteban hacía todo aquello por la presencia de sus amigos, su comentario sobre darle las gracias en privado le habría parecido absolutamente sincero. El motivo de haberles regalado anillos a los tres era demostrar que apoyaba su proyecto sin que el regalo de Esteban pareciera demasiado personal.
Decidieron pasar directamente al salón para terminar de abrir todos los regalos.
Esteban tomó a Tor en sus brazos y le dio a María su regalo. Nerviosa, María lo desenvolvió y se encontró con una videocámara. ¿Cómo lo había sabido?
Gracias, Esteban. Es lo que deseaba. Ahora podremos tener recuerdos grabados para cuando Tor sea mayor.
De eso se trata. Está cargada, te voy a enseñar a usarla.
María grabó las primeras imágenes de Esteban con el bebé. Lo grabó todo, incluyendo a Nicky durmiendo en su cuna, pero con frecuencia su objetivo era Esteban cuando él no se daba cuenta.
Al final descubrió a Dominic grabándola a ella al mismo tiempo. El amigo insistió en que se sentara con Esteban y con Tor para perpetuar aquel momento.
Bien, Dominic. Ahora queremos que filmes un beso para la posteridad.
Y antes de que ella pudiera reaccionar, la boca de Esteban se juntó con la suya. No se esperaba un beso cargado de tanta pasión.
Había soñado con aquel momento tanto tiempo que su cuerpo experimentó una explosión de necesidad. No pudo evitar abrir su boca en respuesta a la creciente presión de la de Esteban. El mundo dejó de existir. Había besado a otros hombres, pero ninguno había obtenido de ella aquella respuesta pasional que la hizo olvidar quién era y dónde estaba. Solo cuando los ruidos que hacía Elizabeth la devolvieron a la realidad recordó que había más gente en la habitación.
Se arrancó de los labios de Esteban, horrorizada al descubrir que todos los miraban.
¡Gracias por vuestra cooperación!dijo Dominic.
María se puso de pie rápidamente.
Como mi marido ha querido actuar ante la cámara, pensé que yo debía hacer lo mismo. Ahora, si haces el favor de acostar a nuestro hijo, yo prepararé el pavo dijo sonriendo lo mejor que pudo. Y pidió con el corazón que aquellas palabras disiparan cualquier sospecha que Esteban pudiera albergar de que se había enamorado de él.
Blaire se levantó al mismo tiempo.
Nicky empieza a despertarse. En cuanto le dé comer voy a ayudarte.
Yo me tengo que vestir. Después, me uniré a vosotras añadió Hannah al tiempo que recogía a Elizabeth del suelo.
Dominic y yo recogeremos todo esto.
Con la cara ardiendo, María se apresuró hacia la cocina. Necesitaba estar un momento sola para recuperarse. Pero el poder de su beso seguía actuando sobre ella. Se sentía tan débil que tuvo que apoyarse en la puerta del horno.
Unas fuertes manos masculinas la agarraron inesperadamente por la cintura, haciéndola dar una exclamación.
No me voy a disculpar por lo que pasó ahí afuera susurró Esteban en su oído. Es algo que los dos hemos estado deseando durante mucho tiempo.
Su sinceridad la dejó sin aliento.
Pero un beso no va a satisfacemos. Te quiero en mis brazos, en mi cama, todas las noches. Nunca fue así con mis dos prometidas.
No tenía ni idea de que hubieras estado prometido.
Ellas presionaron, pero las dejé antes de que el daño fuera mayor.
«Pero ahora que tienes a Tor no te vas a marchar a ninguna parte, y yo soy una buena solución para tus necesidades, ¿verdad?» pensó María con angustia.
Esteban enterró la cara en su pelo, y sus manos acariciaron sus caderas.
Aunque quiero a mis amigos tengo ganas de estar a solas contigo. Cuando te lleve a la cama por primera vez, quiero que nuestra intimidad sea completa.
Lo siento, volveré más tarde.
No te preocupes, Blaire dijo Esteban en tono tranquilo. Tenemos toda la vida por delante. Si necesitáis algo, estaremos en el cobertizo cortando leña. La temperatura va a ser de cinco grados bajo cero esta noche.
María tembló, pero no por la temperatura que él había mencionado. Recordó la conversación con sus padres, cuando le dijeron que algún día querría más.
Ahora quería más: quería el amor de Esteban. Después de lo ocurrido en el sofá hacía un momento, él ya sabía que lo deseaba, no le podía negar nada. Si no se acostaba con él, querría conocer la razón, y eso la colocaría a ella al mismo nivel que sus prometidas porque le exigiría una declaración de amor que él no podía darle aunque ya le hubiera dado su apellido y un hijo.
Perdona si he interrumpido algo importante.
María forzó una sonrisa.
No lo has hecho.
Blaire la miró con aire compasivo.
Estando aún en vuestra luna de miel, os habéis comprometido demasiado invitándonos. Todos nos hemos dado cuenta de que Esteban querría tenerte solo para él.
Lo que decía Blaire significaba que Esteban no les había dicho la verdad a sus amigos, y que ellos creían que se había casado por amor. Negó con la cabeza.
Como él ha dicho, tenemos toda la vida por delante. No me hubiera perdido estas navidades por nada en el mundo. Discúlpame un momento, voy a ducharme y a vestirme.
Tengo una idea mejor. Duerme un rato. Sé que no has dormido nada. Hannah y yo terminaremos de preparar la comida.


Cuando acabaron de cenar y los bebés estuvieron acostados se reunieron alrededor de la mesa de la cocina. Dominic y Alik habían llevado los planos de su futura casa y Esteban quería que María viera dónde iban a vivir y conocer su opinión.
Aquí, en la parte norte, están la estación y la vía del tren. Nuestras casas estarán mirando al río. ¿Ves las tres parcelas que están marcadas? Nuestro terreno es el que está al oeste.
El establo y el museo están al sur.
Vamos a vallar todo el terreno y habrá una verja en la entrada explicó Hannah. Lo vamos a llamar Sandhill Ranch.
Dominic colocó otro plano sobre la mesa.
¿Qué te parece?
Esteban observaba a María estudiando los planos de las espaciosas casas de Dominic y Alik, diferentes una de otra, pero ambas de estilo rancho, totalmente integradas en el paisaje de Wyoming pero con toques modernos.
Son perfectas murmuró pensativamente.
Esteban le acarició la oreja y sintió cómo ella se estremecía.
Cuando nos mudemos, trabajaremos con el arquitecto para conseguir la casa que queremos.
Tengo que admitir que estoy emocionada. Yo me crié en un rancho en Dakota del sur, y tuve mi propio caballo. Estuve allí hasta los dieciséis años, y siempre lo he echado de menos.
Esteban deslizó el brazo por el respaldo de la silla de María.
Entonces, lo primero que tendremos que hacer cuando nos mudemos a Laramie es conseguirte un caballo.
No me imagino nada más maravilloso.
Sonó el teléfono de la cocina. Aunque le molestó la interrupción, Esteban se levantó para contestar. Supuso que sería alguien del equipo de trabajo que llamaba para dar las gracias a María por el dulce de frutas y nueces que les había preparado.
Mientras los demás seguían hablando sobre los planos, descolgó el auricular y dijo «Feliz Navidad».
¿El señor Sanromán?
Era una voz femenina que no reconocía.
Sí, soy yo.
Soy la señora Eisner, de los servicios sociales.
A Esteban le habían dicho que harían visitas de seguimiento, pero no que una de ellas fuera a ser en el día de Navidad.
¿En qué puedo ayudarla?
Lo siento. No suelo llamar a esta hora, sobre todo en un día de fiesta, pero ha habido un cambio del que tienen que estar informados cuanto antes. En casos como el suyo, la ley exige que nos movamos con rapidez.
Sintió como si alguien le acabara de lanzar una piedra al vientre. Se dio la vuelta para no estar frente a María.
¿Qué cambio?
Una adolescente que dice ser la madre del niño abandonado se presentó en la comisaría de policía de Tooele con sus padres la semana pasada. Jura que su novio robó el bebé y quiere que se lo devuelvan.
A Esteban le costaba respirar.
Su abogado solicitó una prueba de ADN y la comparó con los análisis hechos al bebé. Nuestra oficina recibió los resultados por fax ayer, justo antes de cerrar. Demuestran sin lugar a dudas que es la madre del niño.
¡Dios misericordioso!
Ante estas circunstancias, el abogado ha solicitado una vista ante el juez pasado mañana a las diez.
Esteban apretó el auricular con fuerza. ¡Solo faltaban treinta y seis horas!
Usted y su mujer deberán acudir con el bebé. Conociendo sus planes para adoptar al niño, nos hacemos cargo de su dolor en caso de que el juez decida devolver el niño a la madre. Como va a ser una situación emocional difícil, les sugerimos que busquen a un abogado que les represente. También les sugeriría que lleven una muda extra, pañales y biberones por si el juez concede inmediatamente la custodia temporal a la madre.
¿Puede hacer eso?
Sí. Ha ocurrido otras veces. Si no considera suficientes las pruebas, les permitirá seguir prestando al niño cuidados temporales hasta que la madre vuelva a solicitar la custodia permanente.
Esteban rezaba para despertarse de aquella pesadilla, pero seguía oyendo la voz al otro lado de la línea.
Siento darle tan malas noticias en un día como este, señor Sanromán. Por consideración hacia usted y su esposa he esperado para hacerlo a que el día casi hubiera terminado.
Gracias, señora Eisner colgó el auricular aterrado por lo que tenía que hacer.
La habitación estaba en silencio.
¿Esteban? ¿Eran tus padres? preguntó María con voz trémula.
Cuando se volvió para mirar a su adorable esposa, sintió como si tuviese mil años. La ansiedad que se reflejaba en sus ojos casi le hundió. ¿Cómo se lo iba a decir?
Si nos disculpáis un momento, necesito hablar con María en el cuarto de estar.
CAPÍTULO 08

SE trata de Héctor, ¿verdad?
Lo siguió al pasillo. Él se apoyó en la pared y extendió los brazos para tomar sus manos.
¿Ha encontrado la policía a la madre biológica? ¡No me digas que quiere a Tor! su pregunta reverberó en el pasillo.
Me temo que sí susurró él.
¡No! María negaba con la cabeza. Le apretaba las manos con tanta fuerza que le estaba clavando las uñas, pero no se daba cuenta. ¡No, Esteban, ahora no! ¡No nos puede hacer esto ahora! Su dolor le rompió el corazón. Cuando empezó a llorar, él la abrazó, intentando aliviar su dolor. Pero cuanto más la abrazaba, más se negaba ella a ser consolada.
Es nuestro pequeño. Nos quiere. Se asustaría con cualquier otra persona. ¡Tor...! gritó su nombre.
Se separó de Esteban y corrió por el pasillo hacia la habitación del niño. Cuando él llegó, María ya tenía al bebé en sus brazos.
Su preciosa cara estaba cubierta de lágrimas.
No lo quería. Lo abandonó para que muriera. ¿Qué clase de madre haría eso? ¡No vamos a renunciar a él!
La salvaje mirada en sus ojos indicaba qué la noticia la había dejado en estado de shock. En la situación en la que se encontraba Esteban no se atrevía a decirle que, al parecer, el bebé había sido robado.
María se fue al cuarto de estar con el bebé dormido, estrechándolo contra su corazón.
Esteban hizo un gesto a Blair y a Hannah, que acababan de salir de la cocina.
¿Os quedáis con María un rato mientras yo llamo al hospital?
Claro.
Esteban les dio las gracias y telefoneó inmediatamente a la sala de urgencias. Estaba de guardia el doctor Parker, que en cuanto supo lo que le había pasado a María dijo que llamaría a la farmacia del hospital para pedir un calmante. Eso la ayudaría a dormir.
Era lo que necesitaba en aquellos momentos.
Yo voy a recogerlo se ofreció Alik cuando Esteban colgó.
Gracias, amigo.
Dominic le pasó el brazo por el hombro.
Cuéntamelo todo.
Fue un alivio poder desahogarse. Cuando terminó, Dominic sacó su teléfono móvil. La conversación duró pocos minutos. Tras la misma, Dominic se volvió hacia Esteban.
Acabo de hablar con Len Wiseman, mi abogado y viejo amigo de Nueva York. Vendrá mañana en el avión de la empresa. Dice que te llamará por la mañana de camino al aeropuerto para que le des los detalles. Mientras tanto, quiere que estudiemos la defensa que pueda resultar más convincente para el juez. Lo haremos cuando María se duerma.
Esteban asintió.
Gracias a Dios que estáis aquí. Me advirtieron de que esto podía pasar, pero nunca lo creí. Ninguno de los dos lo creímos.
Si Len no puede poner al juez de vuestra parte, nadie puede. Mañana, María estará más calmada. Len tiene una capacidad increíble para tranquilizar a sus cuentes.
No sé, Dominic. Si perdemos a Tor...
Si eso ocurre le interrumpió, y creo que es demasiado pronto para considerarlo, lo mejor es que se quede embarazada cuanto antes. Nosotros nos marcharemos mañana para que continuéis con la luna de miel.
Dominic leía los pensamientos de Esteban, pero no conocía todos los hechos. Se le quedó mirando un momento.
Querrás decir para que empiece.
Los inteligentes ojos de su amigo se oscurecieron, comprendiendo.
Pero aquel beso en...
Nuestro primer beso murmuró Esteban.
Dominic movió la cabeza con incredulidad.
Razón de más para que nosotros volvamos mañana a casa.
La entrada de Alik les interrumpió.
Aquí tienes dijo entregándole a Esteban las pastillas Me crucé con el doctor Tingey al salir de la farmacia. Cuando le dije lo de María, me dio un par de consejos. Al parecer, María odia los medicamentos, así que vas a tener que obligarla a tomarlas. También ha dicho que con una pastilla no sería suficiente. Necesitará dos esta noche, y una cada cuatro horas a partir de mañana por la mañana. Quiere que las tome durante tres días como mínimo. Esteban asintió.
¿Qué habría hecho sin vosotros? Alik le dio unas palmadas en el hombro. Nos vamos a acostar para que puedas estar a solas con María. Buena suerte. Gracias.
Cuando salieron, él fue a la cocina a por una botella de ginger ale, la bebida preferida de María. Con tres pastillas en la otra mano se dirigió a continuación al cuarto de estar, donde todos se estaban dando las buenas noches.
María estaba sentada, con la cara pálida, acunando al bebé. Esteban se dio cuenta de que hacía un gigantesco esfuerzo por ser cordial con sus amigos, pero su corazón se estaba rompiendo. Se quedó detrás de los demás y esperó a que salieran.
Tengo buenas noticias, María.
Sus ojos se llenaron de esperanza.
¿De qué se trata?
Dominic ha llamado a su abogado para que nos ayude. Se llama Len Wiseman. Llegará mañana y quiere vernos en cuanto llegue.
Es muy amable por parte de Dominic, pero pensaba que me ibas a decir otra cosa.
Ese hombre va a hacer todo lo posible para convencer al juez de que Tor debe quedarse con nosotros. Cuando llegue, planearemos una estrategia. Por eso quiero que te tomes estas pastillas. Alik fue al hospital a buscarlas.
¿Qué es?
Un calmante. El doctor Tingey dice que te ayudará a sobrellevar todo durante los próximos dos días.
No quiero pastillas. Solo quiero a Tor dijo, y sus ojos volvieron a inundarse de lágrimas.
Yo también, María. Pero si nos derrumbamos ahora y no descansamos, no estaremos en condiciones de hablar mañana con el señor Wiseman, y menos aún de presentarnos ante el juez como dos padres emocionalmente estables.
¿Te las ha recetado también a ti?
Sí mintió. Me la tomaré yo primero.
Se metió una en la boca y bebió sin tragarse la pastilla. María necesitaba que alguien la vigilara aquella noche.
Te toca.
Creyó que iba a rechazarlas de nuevo, pero tras un momento de indecisión, se metió las dos pastillas en la boca y bebió ginger ale.
Venga. Échate aquí con Tor.
Esteban le quitó los zapatos y los tapó a los dos. Después, apagó la luz, quedando solo la tenue iluminación del árbol de navidad.
No nos dejes, Esteban.
No tenía intención de ir a ningún sitio murmuró él Me voy a tumbar aquí, junto a nuestro hijo. Cuando se despierte, yo le daré el biberón.
Gracias susurró ella, con la voz alterada por el llanto.
Poco después, Esteban notó que María se había dormido.
Por miedo a que cualquiera de ellos se echara sobre él mientras dormían, Esteban llevó a Tor a su cuna.
Una hora más tarde, después de darle el biberón, Esteban volvió al sofá con María. Sus brazos querían abrazarla y estrecharla contra su cuerpo, pero se dio la vuelta para intentar dormir.


En el juzgado, Esteban ayudó a María a ponerse en pie. Ella tenía al bebé en sus brazos; no lo había soltado desde que se levantó del sofá. El dolor había sustituido a la histeria de la noche anterior.
No había querido tomar más pastillas, pero Esteban había llegado a la conclusión de que ninguna pastilla podría aliviar el dolor de María. Tampoco el suyo.
Pueden sentarse.
Había un grupo de personas detrás de la mesa del fiscal, entre ellas una chica, no muy alta y algo rellenita. Tenía una cara bonita y el pelo recogido en una coleta. Esteban supuso que era la madre del niño.
Ahí está susurró María agónica.
Ya la he visto dijo Esteban al tiempo que la estrechaba contra él.
Desde la llamada telefónica de la señora Eisner, María había acudido a él constantemente, como una esposa acude a su marido. Solo faltaba ya una cosa para que su matrimonio fuera real.
Recuerda lo que Wiseman nos ha dicho. Que lo tomemos a él como referencia y no reaccionemos ante nada de lo que pueda decir el otro abogado.
No lo haré.
En el aeropuerto, Dominic había advertido al abogado que María no conocía las declaraciones de la madre en el sentido de que el bebé había sido robado, así que cuando llegó a la casa lo primero que hizo Wiseman fue decir a María que, en aquellos casos, era normal que la madre inventara y mintiera para proteger al padre, a ella misma, a otro miembro de la familia o a todos ellos.
Cualquiera que fuese la historia que contaran en el juzgado, María tenía que mantener la compostura, pues si Wiseman hacía bien su trabajo, la decisión del juez podía ser que el niño permaneciese con sus padres adoptivos. *
Aliviado por las explicaciones del abogado, aquella noche, mientras María daba de comer a Tor, Esteban había llamado a Dominic para agradecerle su ayuda.
El juez pidió al abogado de la madre biológica que hiciese su alegación.
Señoría, estoy aquí en representación de mi cliente, Cindy Walton, de dieciséis años de edad. Cindy conoció al padre de su hijo en un concierto de música rock en Saltair, y empezó a salir con él sin el conocimiento de sus padres. Cuando le contó que estaba embarazada, él exigió que se deshiciera del bebé o de lo contrario no querría volver a saber nada de ella. Aquello fue dolorosísimo para mi cliente, porque estaba enamorada de él y quería tener a su hijo.
»En cuanto sus padres se enteraron de que estaba embarazada le prohibieron ver al hombre que la había dejado embarazada y buscaron asesoramiento en los servicios sociales. Se decidió que Cindy daría el bebé en adopción. Al final del embarazo mi cliente, que seguía enamorada, utilizó sin permiso uno de los coches de sus padres y fue a ver a su novio, Shane Dibble, de diecisiete años, al rancho que los padres de este tienen a las afueras de Tooele. Esperaba que él hubiera cambiado de opinión sobre el bebé, y que se casaran.
»Una vez juntos se fueron detrás del establo, donde nadie los podía ver, pero en aquel momento sobrevino el parto y dio a luz allí mismo. En vez de llevarla al hospital, su novio la metió de nuevo en el coche y se llevó al bebé. Antes de marcharse le advirtió que si decía a alguien lo que había pasado la mataría.
«Traumatizada, volvió a su casa, pero por miedo no contó lo sucedido a su familia. Cuando su madre descubrió que estaba sangrando, la llevó al médico. Fue entonces cuando mi cliente les contó a sus padres la verdad. Llamaron a la policía y esta lanzó una orden de búsqueda contra el señor Dibble, pero él ya se había marchado de la ciudad.
»Cuando los padres de mi cliente descubrieron lo mucho que quería al bebé, le dijeron que, si el niño aparecía, la ayudarían a criarlo hasta que ella tuviera edad suficiente para trabajar y mantenerlo. Así pues, es deseo de mi cliente, y de sus padres, que le ofrecen apoyo económico, emocional, físico y espiritual, que el bebé abandonado sea resumido a su madre, que nunca dejó de quererlo y que ha sentido una indescriptible angustia desde que se lo robaron en el momento de nacer.
Los argumentos del abogado habían impresionado a María. Esteban esperaba que recordara los consejos de Wiseman.
Esto es solo el principio le susurró. Ella asintió, pero notó su cuerpo tenso por el miedo.
Gracias, señor Farr. Puede retirarse. El tribunal llama al señor Wiseman, abogado de la defensa.
Señoría, la historia de la madre biológica nos ha llegado al corazón a todos. Pero me gustaría que la historia se contara completa. Después de recibir asesoramiento, la señorita Walton decidió dar al bebé en adopción. Si estaba totalmente decidida a hacerlo, ¿por qué fue a Tooele a ver al señor Dibble, si él le había dicho que habían terminado? Todos sabemos por qué: esperaba que hubiera cambiado de opinión.
»El problema está en que, sin el padre, no creemos que ella quiera realmente asumir la responsabilidad de cuidar de este niño durante el resto de su vida. Es una decisión muy difícil para cualquiera, y más aún para una menor. En interés del niño, solicito que el tribunal ordene un examen psiquiátrico de la señorita Walton para determinar las verdaderas razones de que quiera recuperar ahora al bebé. También solicito que toda la familia Walton reciba asesoramiento psicológico antes de asumir el cuidado de otro miembro en la familia. Criar a un niño en su hogar requerirá un esfuerzo del grupo que no será fácil.
«Entretanto, solicito que se permita a los señores Sanromán continuar cuidando del bebé, quien no ha conocido más que amor y seguridad desde el momento en que el señor Sanromán lo encontró y lo llevó a urgencias.
El juez dispuso que, hasta la siguiente vista, Esteban y María siguieran haciéndose cargo del bebé.
Eufórico, Esteban besó a su mujer en la pálida mejilla.
Hemos ganado, señora Sanromán.
No, Esteban su voz tembló antes de que los ojos se le inundaran de lágrimas, todo sigue siendo temporal.
Mírame le dijo con suavidad. Ella levantó la vista ¿No lo entiendes? Los padres de la chica venían dispuestos a llevarse a Tor, pero gracias al señor Wiseman, hemos conseguido cuatro semanas más con nuestro hijo.
Tienes razón. Estoy siendo terriblemente injusta, cuando debería arrodillarme ante ese hombre. Discúlpame. Sí, estoy muy agradecida de que podamos llevarnos a nuestro hijo a casa.
Va a seguir siendo nuestro hijo murmuró sobre sus labios antes de que ella pudiera esconder la cara en el cuello de Tor.
Pero la muerte de su hermano le había enseñado a no dar nada por seguro. A partir de aquella misma noche, intentaría que María se quedara embarazada.
Vamos a dar las gracias a Wiseman y a llevarlo al aeropuerto. Después, podemos llamar a tus padres para que vengan a comer con nosotros.
Les encantará dijo ella. Parecía un poco más animada.


En cuanto despidieron a los padres de María, ella se metió en el cuarto de baño. La creciente vergüenza por su comportamiento de los últimos días hacía que se escondiera de él ahora que estaban solos.
Él pensaba que se había casado con una mujer fuerte, estable y capaz. Pero en vez de eso, se había convertido en un manojo de nervios.
María se sentía mal, dándose cuenta de que desde la llamada de la señora Eisner se había comportado como si no existiera en el mundo nadie aparte del bebé. Había reaccionado como una de esas locas sobre las que se escribían libros.
Consternada, sentía que no podía dejar pasar más tiempo sin pedir disculpas. Eso no haría desaparecer el daño hecho, pero su conciencia no le permitía seguir en silencio.
Tor estaba dormido en la cuna.
Había pasado tanto tiempo en el cuarto de baño, que Esteban ya debía de haberse acostado. Los acontecimientos de los últimos días también debían de haberlo agotado.
Oyó un ruido en el cuarto de estar. Tal vez estuviese viendo las noticias en la televisión.
¿Esteban? Disculpa que te interrumpa, pero hay algo que tengo que decirte antes de acostarme.
Él se recostó en la silla, y ella se fijó en su físico musculoso y en las fuertes piernas extendidas. Las ascuas de la chimenea y las luces del árbol sacaban reflejos dorados de su pelo.
Adelante.
Era imposible concentrarse estando tan cerca de él. Tragando saliva, se acercó al sofá y se sentó. Entonces él se levantó de la silla, se acercó al sofá y se sentó junto a ella. Extendió el brazo por el respaldo, rozando su pelo. El contacto la inundó de deseo.
¿De qué querías hablar?
María agachó la cabeza.
No sé por dónde empezar. Lo principal es que no quiero que pienses que algo va mal.
Con él en el sofá, no podía seguir. María se puso de pie, tomando un biberón vacío que había sobre la mesita. Lo sujetó como si fuera un salvavidas y se volvió hacia Esteban.
Te debo una disculpa tartamudeó.
¿Por qué?
Por comportarme como una loca.
¿De qué estás hablando?
No tienes que disimular. Sé lo mal que me he portado y estoy avergonzada.
¿Por qué? parecía perplejo. ¿Qué crees que has hecho?
Sé lo que he hecho. Desde que llamó la señora Eisner, me he comportado como una lunática. La forma en que he actuado, la forma en que te he mantenido alejado y me he agarrado al bebé como si fuera solo mío... Mi comportamiento no tiene excusa.
Sintió cómo las lágrimas acudían de nuevo a sus ojos, pero no era capaz de detenerlas.
Todo lo que ha pasado desde que supimos que iba a haber un juicio ha hecho que me derrumbe. Por eso tuviste que darme pastillas para calmarme. Nuestros amigos han tenido que marcharse, pero lo peor de todo es que mantuve al bebé para mí sola, como si tú no tuvieras nada que ver con él. Lo siento, Esteban. ¿Podrás perdonarme?
No hay nada que perdonar dijo él, abrazándola. Has actuado como una madre que quiere a su hijo murmuró. Si tos sentimientos por Tor no hubieran sido tan fuertes desde el principio, nunca habrías aceptado ser mi mujer.
Pero eres el padre de Tor. No pensé en ti cuando lo acaparé para mí sola.
Esteban se rió.
Tonterías
No, no lo son. Pero te prometo que nunca volveré a actuar así, pase lo que pase dijo, y apoyó la cabeza en su hombro.
Las manos de él acariciaron su cuello, estrechándola contra su pecho.
No lo vamos a perder.
Espero que no respondió emocionada. Pero si el juez decide a favor de la madre biológica, te juro que no me derrumbaré hasta que esté sola y nadie pueda verme.
No vamos a pensar en eso. Lo que importa ahora es que empecemos a pensar en un hermano o una hermana para Tor.
No estaba segura de haber oído bien.
¿Realmente quieres otro bebé? dijo medio gritando.
Más que nada en el mundo.
El tono de su voz le dijo que hablaba en serio.
¡Iban a tener dos bebés a los que amar! Debía de estar soñando.
¿Cuándo podríamos empezar el proceso de adopción?
A través de la bata, el calor de sus manos acariciando su cuerpo la inundaba de deseo.
Una burlona sonrisa apareció en su boca.
No estaba pensando en la adopción dijo él en tono bajo y profundo. Hay otra forma, en la cual, obviamente, no has pensado. Una que no necesita abogados ni agencias, ni terceras personas. Solo nosotros dos.
CAPÍTULO 09

María nunca tuvo intención de mentir a Esteban. Los dos se habían casado sabiendo que era por conveniencia. Ahora él parecía dispuesto a cambiar las reglas. Por si no podían quedarse con Tor, quería un bebé que fuera de ellos.
Su corazón sufría por Esteban. Por la pérdida de su hermano. Por la posible pérdida de Tor en el plazo de un mes.
Más que nada en el mundo, quería darle a Esteban un hijo de su propia sangre a quien amar. Pero no era posible...
¿Por qué no dices nada? murmuró sobre sus labios. Sabes lo que te estoy pidiendo. Es en lo único en lo que he podido pensar durante semanas. Casi me he vuelto loco viviendo tan cerca de ti, deseándote. Déjame amarte, María.
Antes de que pudiera pararle, su boca se cerró sobre la de María con fuerza. En cuanto ella sintió su necesidad, no quiso que parara.
Desde el beso de la otra noche, el cuerpo de María ansiaba ser suyo. Sin invitados en casa y con el bebé dormido, finalmente podía ceder a los deseos de su cuerpo.
La forma en que la tocaba y la acariciaba la llenaba de éxtasis. No había forma de diferenciar dónde acababa un beso y empezaba otro. No podía pensar mientras sus cuerpos se entrelazaban, deseosos de convertirse en uno.
Casi no era consciente de que la llevaba a la habitación; todo lo que sabía era que había encendido su fuego y quería más de él.
Ayúdame dijo él con voz temblorosa mientras intentaba desatarle la bata, te deseo tanto que estoy temblando.
La bata cayó al suelo y ella se echó en la cama. Los brazos y las piernas de los dos se enredaron mientras se devoraban el uno al otro.
Eres preciosa, María. No tienes ni idea de las ganas que tenía de hacer un bebé contigo. Ahora que tenemos a Tor, ¿qué tal si vamos a por una niña, con ojos de color castaño aterciopelado que derritan el corazón de un hombre, igual que lo hicieron los tuyos aquella noche en la sala de urgencias?
Ella le sujetó las muñecas antes de que pudiera retirar las manos de su cara.
Tú también eres maravilloso, Esteban. Eres el hombre más atractivo que he conocido en mi vida. Mentiría si te dijera que no te deseo con todo mi cuerpo. Y dicho esto, hay algo que tienes que saber antes de que vayamos más lejos.
Esteban no se movió, pero los surcos de preocupación que se dibujaron en su frente ensombrecieron su atractiva cara, haciéndole parecer mayor de lo que era.
Hay alguien en tu corazón dijo con voz entrecortada.
No. Nunca te mentí. Pero te oculté algo que no pensé que fuera relevante, y que ahora sí lo es susurró.
Al oír la respuesta, retiró las manos y se apoyó sobre un codo. María aprovechó el momento para bajarse de la cama. Aunque el camisón la cubría, se puso la bata.
Nada de lo que digas va a cambiar el hecho de que te quiero de vuelta en mi cama en cuanto te desahogues.
Ahí es donde te equivocas, Esteban respondió ella.
Algo en el tono de su voz le dijo que el asunto era serio.
¿De qué se trata?
Toda mi vida he querido ser madre. Más que nada en el mundo. Pero hace unos años tuve que someterme a una operación. Como resultado de la misma, no puedo quedarme embarazada. Cuando me pediste que me casara contigo lo vi como una oportunidad de ser la madre de Héctor. Sabiendo que no esperabas nada de mí, pensé que no había ninguna razón para contarte que era estéril.
»Como me puse histérica después de la llamada de la señora Eisner, se te ocurrió la idea de dejarme embarazada por si perdíamos a Tor. Créeme, si pudiera darte un hijo, lo haría.
Su voz tembló.
Ahora que lo sabes todo, los dos nos alegraremos de no haber consumado nuestro matrimonio. Si el juez falla a favor de Cindy Walton, no habrá motivos para seguir casados. Con un divorcio rápido podrás ser libre para buscar una mujer que te pueda dar un hijo. Si alguien está destinado a ser padre, ese eres tú, Esteban. Ahora mismo te podría presentar a diez mujeres inteligentes, guapas, solteras y capaces de tener hijos. Por eso sería mejor que evitáramos mayor contacto físico.
Las facciones de Esteban parecían esculpidas en piedra.
Hablas como si el juez ya hubiera tomado la decisión de entregar a Tor a su madre biológica.
Espero que eso no ocurra, pero los dos sabemos que no hay que dar nada por supuesto. De forma que hasta la próxima vista voy a seguir tu consejo y no voy a pensar de forma negativa.
Buenas noches, Esteban.
María se pasó el resto de la noche esperando a que él fuera a su habitación a decirle que la quería, que pasara lo que pasara en el futuro le harían frente juntos porque no podía soportar perderla.
Cuando llegó la hora del biberón de Tor, María rompió a llorar porque Esteban no había aparecido. Su dolor se acrecentó cuando descubrió que se había ido a trabajar sin despedirse.
Aquello sentó un precedente para las siguientes tres semanas. Se comportaron como jefe y empleada. Ella preparaba sus comidas, le lavaba la ropa y limpiaba la casa. Se turnaron para cuidar de Tor, pero aparte de eso no hubo más comunicación.
Cuando sonó el teléfono, tres semanas más tarde, María no esperaba oír la voz de la señora Eisner.
¿Señora Sanromán? Iré directa al grano. El juez ha ordenado que se le permita pasar al bebé una noche con los Walton. Lo recogerán hoy a las tres de la tarde y lo traerán de vuelta mañana a la misma hora.
María sintió una punzada de dolor en el corazón.
Por lo tanto, tienen que traer al niño a la oficina a las dos con todas las cosas que necesite para pasar la noche. Ellos tienen silla para el coche y cuna. Mañana, cuando lo devuelvan, la llamaré para que pueda venir a recogerlo enseguida. ¿Sabe nuestra dirección?
Sí.
Muy bien. La veré a las dos.
Sobrecogida por el dolor, María colgó el auricular.
La pesadilla había comenzado.


¿Esteban? Te llaman por teléfono.
¿Quién es?
Si era María, algo pasaba, porque de no ser así no llamaría.
Cuando le confesó que no podía tener hijos, las piezas del rompecabezas encajaron. No era amor lo que sentía por él, sino la imperiosa necesidad de ser la madre de Tor. Si la hubiera presionado, podría haberle hecho el amor en cualquier momento en las últimas tres semanas. Una inexplicable sensación de miedo se apoderó de él cuando salió de la sala de control para contestar el teléfono.
¿María? ¿Le ocurre algo a Tor? preguntó sin más preámbulos.
No, pero ha llamado la señora Eisner. El niño tiene que pasar la noche con los Walton. Le tenemos que llevar a los servicios sociales hoy a las dos. ¿Puedes venir por favor?
En cuanto percibió el temblor en su voz, se le encogió el estómago.
Estaré ahí en cinco minutos.
Condujo a toda velocidad hacia su casa, ajeno a todo lo que lo rodeaba. Se imaginaba a María en un terrible estado, pero no fue eso lo que se encontró cuando llegó y la vio con Tor, vestidos y listos para marcharse.
María había puesto al niño el traje y el gorro para la nieve que Alik y Blaire le habían regalado por Navidad. Nunca le había parecido tan adorable. Esteban no pudo evitar darle un largo abrazo.
Hace tan buen tiempo hoy que pensé que podíamos ir al centro y dar un paseo con Tor. Tengo que comprar algunas cosas más para que se las lleve. Después podríamos comer antes de ir a los servicios sociales.
No hubo ni una sola lágrima. María se había puesto el jersey de cachemira y los pantalones de algodón que él le había regalado por Navidad. Las preciosas curvas de su femenina figura hacían que le resultara difícil quitarle los ojos de encima.
De mutuo acuerdo, no hablaron de lo que iba a pasar, disfrutando de la comida al aire libre.
De camino a los servicios sociales, Esteban creía que su mujer se derrumbaría. Pero parecía tener más control sobre sus emociones que él.
Cuando entregaron el bebé a la señora Eisner, empezó a llorar.
Tor nunca se ha separado de nosotros explicó María con sorprendente firmeza. Será mejor que nos vayamos sin que nos vea ni nos oiga.
La señora Eisner asintió.
Siendo enfermera habrá pasado por esto muy a menudo.
El comentario lo dejó helado.
«No, señora Eisner. Está hablando con la madre de Tor. Nunca había pasado por esto. Y yo tampoco. Nos está matando a los dos».
Los llamaré mañana para que vengan a recogerlo les dijo la mujer. Calculen que será entre las tres y las cuatro.
No cruzaron ninguna palabra de vuelta a la furgoneta. Aunque María mantenía la compostura, su cara tenía una palidez que no era normal.
Esteban dijo en cuanto se montaron en la furgoneta, espero que no te importe, pero en cuanto lleguemos a casa me iré con mis padres a pasar la noche.
No debía haberle sorprendido.
Creo que es una buena idea mintió al tiempo que arrancaba la furgoneta.
Él quería que ella hiciera una escena para poder consolaría. Pero para sorpresa suya, María se mantuvo impasible. Esteban no sabía cómo enfrentarse a aquel dolor.
Hay comida de sobra en la nevera para la cena. Solo tienes que calentarla.
Estaré bien.
En cuestión de segundos, María se metió en su jeep y se marchó.
Él entró en la casa y llamó al aeropuerto para reservar un billete a Laramie. De ninguna manera se iba a quedar solo en aquella tamba, rodeado de recuerdos que lo estaban destrozando.


Cuando María llegó a casa de sus padres, no había nadie. Como no sabían que iba, podían estar en cualquier lado.
Necesitaba distraerse con algo para no explotar de dolor.
Dio vueltas por la casa. Intentó tocar un poco el piano, encendió la televisión, pero nada lograba distraerla.
Hasta entonces, el ir a casa de sus padres la había confortado. Había sido su refugio, y hacía que el mundo tuviera un poco de luz, por oscuras que parecieran las cosas.
Eso era lo que hacía un hogar. Eso era lo que significaba «hogar».
Pero mientras estaba de pie en el cuarto de estar, se dio cuenta que aquel ya no era su hogar.
Tenía su propia casa con Esteban en el número 1017 de Parkway. Con bebé o sin él, aquella era la única casa que quería y Esteban el único hombre al que amaba.
Había batallas que no se podían ganar. Nunca podría quedarse embarazada, pero podía luchar por el amor de Esteban. Qué idiota había sido al no acostarse con él cuando tuvo la oportunidad.
Lo primero que tenía que hacer era volver a casa y decirle lo mucho que lo quería.
Si perdían a Tor, pasarían por el trance juntos e iniciarían el proceso para adoptar otro niño. Si Esteban quería un hijo de su propia sangre, María estaba dispuesta a buscar una madre de alquiler. Todo era posible si se amaba lo suficiente.
Cuando llegó a Tooele, temblaba de miedo y excitación. Pero su ánimo se vino abajo cuando vio que no estaba la furgoneta.
Habría vuelto al trabajo.
Incapaz de contener sus emociones, se dirigió a su oficina. Decepcionada, vio que la furgoneta tampoco estaba allí.
Solo le quedaba volver a casa y esperar.
Cuando dio la una sin que Esteban hubiera vuelto pensó que se habría quedado a pasar la noche con alguien de su equipo.
Durante el resto de la noche, estuvo tumbada en el sofá, viendo una y otra vez los vídeos de Navidad. Mirando al hombre y al bebé a los que adoraba.


Cuando Alik y Esteban llegaron al aeropuerto de Laramie, se levantó viento.
El piloto está haciendo señas para que despeguemos. Perdóname por no haberte avisado de que venía y gracias por haberme dejado pasar la noche en tu caravana. Y dale las gracias de nuevo a Blaire por hacerme sentir bienvenido.
Lo haré. Pero no olvides que te debía una por presentarme a Blaire el otoño pasado.
Olvídalo. No ha sido justo tenerte despierto toda la noche contándote mis problemas.
Da igual. Mientras el futuro de Tor esté sin decidir, tu vida es un infierno, y a ello hay que añadir la situación con María. Pero eso lo vas a arreglar cuando llegues a casa, ¿verdad?
Esteban observó a su amigo antes de contestarle.
No puedo seguir así.
Si Dominic estuviera aquí, te diría que hicieras todo lo necesario para solucionarlo. Lo sé.
Alik lo agarró del hombro.
Mantenme informado. Lo haré.
No había tenido noticias de Esteban y pronto serían las tres de la tarde. La señora Eisner ya había llamado para que fueran a recoger al bebé.
María estuvo llamando al trabajo de Esteban toda la mañana, pero nadie lo había visto. Finalmente, pensó en la posibilidad de que estuviera en Laramie.
Empezó a ponerse nerviosa cuando no pudo localizar ni Blaire ni a Hannah. Solo pudo dejar mensajes y rezar para que Alik o Dominic la llamaran y le diesen alguna noticia.
A las cuatro menos veinte, cuando estaba a punto de salir por la puerta, sonó el teléfono. Levantó el auricular inmediatamente.
¿Sí?
María...
Era Esteban.
¡Gracias a Dios que eres tú! Estaba enferma de la preocupación.
Perdóname por marcharme de la ciudad sin avisarte.
¿Dónde estás?
La conexión era bastante mala.
En Evanston. Está empezando una tormenta, así que el piloto ha decidido aterrizar aquí por seguridad. He alquilado un coche y estaré en casa dentro de unas dos horas.
María se estremeció, aliviada de tal forma que casi se le cayó el auricular.
Para cuando llegues, Tor estará de vuelta.
Siento que tengas que ir por él sin mí. Me daré prisa.
Por favor, conduce con cuidado.
No te preocupes. Dale a Tor un abrazo y un beso de mi parte.
Lo haré.
Se apresuró a llegar a los servicios sociales. Se sentía eufórica al pensar que Esteban estaría pronto de vuelta.
María reconocería el llanto de Tor en cualquier sitio. Cuando lo oyó al final del pasillo, empezó a correr.
Mamá está aquí, cariño gritó desde la puerta. Estoy aquí, Tor.
La señora Eisner pareció aliviada cuando María entró corriendo y tomó el bebé de sus brazos.
Tor dijo medio llorando al tiempo que lo abrazaba contra su pecho. Te quiero tanto, mi querido niño. No te imaginas lo que te he echado de menos.
El bebé dejó de llorar enseguida. Metió la cabeza debajo de su barbilla y el silencio reinó en la oficina.
Vaya se rió la señora Eisner, desde luego sabe quién es su madre. Me alegro de que haya llegado a tiempo. Si no, hubiera venido todo el mundo para ver qué estaba pasando.
A María le habría gustado hacer miles de preguntas, pero sabía que la señora Eisner no podía contestarlas.
Vamos, cariño. Nos vamos a casa. Me puedes ayudar a calentar la cena para papá.
La acompañaré al coche con sus cosas.
Gracias, señora Eisner.
A los diez minutos, estaban en casa. Pasó la siguiente media hora dándole el biberón y haciéndole mimos. Después, lo puso en su sillita en la cocina para que la pudiera ver mientras trabajaba.
De repente, oyó un ruido en la parte trasera de la casa. El sonido de la puerta abriéndose fue como música para sus oídos. Se dio la vuelta y vio que Esteban entraba en la cocina.
Tuvo que contenerse para no lanzarse y rodearle el cuello con los brazos.
¡Estoy tan contenta de que hayas venido...!
Yo también dijo él mientras la devoraba con la mirada.
Tor te ha estado esperando.
¿Es eso cierto, bonito? Pues papá ya está aquí dijo, y con un ágil movimiento se agachó y tomó al niño en sus brazos Vamos a sentarnos a charlar. Tu mamá y yo queremos que nos cuentes todo sobre tu noche fuera.
María se dio la vuelta para que él no viera las lágrimas que sus palabras habían provocado.
¡Mmm, qué bien huele! Parece que vamos a probar otro de los maravillosos platos de tu madre. Vamos a comer, estoy hambriento.
No hizo falta que lo repitiera. María colocó todo sobre la mesa. Con el bebé todavía recostado sobre su hombro, empezaron a comer.
¿Cómo está todo en Laramie?
De maravilla. Dominio estaba en Nueva York en viaje de negocios, así que Alik y Blaire invitaron a Hannah a la caravana para cenar. Nicky y Elizabeth me tuvieron entretenido toda la noche.
Los ojos de Esteban se fijaron en los de ella.
¿Qué tal con tus padres?
Era la hora de la verdad.
Estuve allí un rato y después volví.
Esteban parpadeó.
¿Has pasado la noche aquí?
A María le sorprendió que pareciera disgustado.
Si lo hubiera sabido, no me habría marchado.
No sabía lo que hacía. Hasta que no llegué allí no me di cuenta de que quería estar en casa.
Esteban frotó la espalda del bebé.
¿Qué hiciste?
Preparé la cena y vi los vídeos.
María... susurró, lo siento. No tenía ni idea.
No te disculpes. Una vez más, fui una egoísta, y no me paré a pensar en ti. Era normal que te fueras con tus amigos. Son casi como una familia.
Lo son. Soy un hombre afortunado.
Esteban, ¿podemos hablar con franqueza?
Pensaba que ya lo hacíamos.
Lo que quiero decir es que tengo algo importante que decirte, pero estoy muy nerviosa.
Ya lo veo. ¿Acaso soy tan terrible que me tienes miedo?
¡No! Claro que no dijo mordiéndose el labio. ¿Por qué no acuestas al bebé mientras yo friego los platos? Así podremos hablar tranquilamente.
Debes de haberme leído la mente, porque yo también quería decirte algo.
El inesperado comentario la puso nerviosa. Lo dejaría hablar primero y, dependiendo de lo que él dijera, ella podría cambiar lo que tenía pensado decirle.
Veinte minutos más tarde, había recogido la cocina y puso ropa a lavar. Cuando volvía del porche trasero, sonó el teléfono. Esteban estaba acostando al niño, así que contestó ella.
¿Sí?
¿Señora Sanromán?
Era una voz masculina que le resultaba familiar.
Soy Len Wiseman.
Un quejido se le escapó de la garganta. El abogado no llamaría a no ser que tuviera malas noticias.
Hola, señor Wiseman. ¿Cómo está?
Bien. Discúlpeme por llamar tan tarde, pero ha habido novedades en el caso. Es algo que tienen que saber inmediatamente. ¿Está su marido?
María apenas podía respirar.
Sí. Un momento y lo conecto por la otra línea.
Esperaré.
Dejó el auricular sobre la mesa y rápidamente fue a la habitación de Tor. Cuando Esteban la vio haciéndole señas desde la puerta, salió de puntillas.
Rápido, Esteban. Es el señor Wiseman. Ponte al teléfono.
¿Son malas noticias?
No lo sé. Estaba demasiado asustada para preguntar.
Corrió de vuelta a la cocina y tomó el auricular.
Ya estamos los dos, señor Wiseman.
Bien. Esta tarde he recibido una llamada del abogado de los Walton, en Salt Lake. Parece ser que la visita otorgada por el juez tuvo un fuerte impacto en la familia, sobre todo en Cindy. Después de pasar doce horas con el bebé, confesó a sus padres que lo que quería no era ser madre, sino estar con su novio. Los padres no tienen ningún deseo de criar al niño si su hija no se responsabiliza, así que retiran la demanda. Mañana, la familia firmará los documentos en los que renuncian a todos los derechos sobre el niño. No hará falta que yo los acompañe a ustedes al tribunal. Mandaré los papeles a la señora Eisner y ella los entregará al juez. Enhorabuena. Son ustedes los padres de un niño muy afortunado. En cuanto el juez levante la sesión, el bebé será suyo para el resto de sus vidas.
CAPÍTULO 10

LAS palabras del abogado llevaron una inmensa alegría al corazón de María. Mientras ella intentaba controlar los sollozos, Esteban dio las gracias a Wiseman.
Estamos en deuda con usted. Mañana por la mañana le enviaré un cheque.
No hace falta. A lo largo de los años Dominic me ha proporcionado muchos clientes. Me gusta poder devolverle el favor de vez en cuando, sobre todo en un caso tan merecedor de apoyo como el suyo.
Insistimos. Nos ha dado usted la vida dijo Esteban. Su voz traicionaba la emoción que le embargaba.
¡Es cierto! exclamó María. Gracias desde el fondo de nuestros corazones, señor Wiseman.
De nada. Adiós.
En cuanto María colgó el auricular salió corriendo de la cocina para encontrarse con Esteban en el pasillo. En su preciosa cara había una sonrisa de felicidad que le hacía parecer mucho más joven. Lo quería tanto...
¡Esteban...! se le quebró la voz.
¡Sí, María, es nuestro!
Impulsados por una fuerza incontrolable, se echaron el uno en brazos del otro. Esteban la levantó del suelo y le dio vueltas, riendo de una forma que ella no había oído antes. Sus fuertes brazos la mantuvieron en el aire.
Ahora que la tengo donde yo quería, señora Sanromán, quiero oír las palabras.
¿Cuáles, cariño?
Ese es un buen comienzo. No pares.
¿Quieres decir «te quiero»? le tembló la voz. ¿No sabes que me enamoré de ti la noche en que llegaste a urgencias con Héctor? Como si fuese una revelación, supe que eras el hombre de mi vida murmuró casi sin aliento, porque él la estaba besando como si le fuera la vida en ello. Me avergüenza admitirlo, pero habría hecho cualquier cosa por ser tu mujer.
Continúa exigió él mientras la llevaba a su cama.
Cuando se echó junto a ella, María le tomó la cara con sus manos.
Cuando me desperté de la operación, le dije al médico que quería morirme. Él me dijo que algún día daría gracias a Dios por estar viva. Le estoy dando gracias ahora, Esteban dijo mientras lo cubría de besos ¿Conoces el dicho sobre cerrar una puerta y abrir una ventana?
Él asintió, mirando en lo más profundo del alma de María.
Sí, pero la frase no es correcta, pues es un universo entero el que se abre. Mi universo se abrió cuando entraste en mi vida. Te quiero tanto que me asusta. ¿Quieres saber lo que estuve a punto de hacer cuando vi a Jonah Ryder en el sofá con sus manos sobre ti?
Ella lo siguió besando.
Ya te lo dije. No tuvimos esa clase de relación.
Lo que yo vi habría engañado a cualquiera. Aquella noche comprendí lo que son los celos, y me di cuenta de que nunca había estado enamorado.
No lo entiendo. Estuviste comprometido dos veces.
Querida, el compromiso es precisamente para averiguar si de verdad te quieres casar. En las dos ocasiones, descubrí que faltaba el ingrediente principal. Entonces, te conocí la besó con fuerza. Lo que sentí por ti fue tan poderoso que habría hecho cualquier cosa por tenerte.
El amor tiene que ser así de fuerte si dos personas van a pasar toda la vida juntas. Pero incluso así, yo no puedo darte un hijo. Otra mujer sí po...
No lo digas susurró él. Quizás no sea el padre biológico de Tor, pero mis sentimientos no serían distintos hacia un niño de mi propia sangre.
¡Tengo tanta suerte por haberte encontrado! dijo María emocionada.
Yo pensé lo mismo la noche en que una mujer bella y sin miedo salió en mi defensa delante de amigos y enemigos. En aquel momento, supe que tenías que ser mía o mi vida no volvería a ser la misma.
María hundió la cara en su cuello.
Me delaté aquella noche.
Digamos que tu intervención fortaleció mi decisión de lograr que te casaras conmigo sin importar cómo.
¿No te diste cuenta de que dejé todo para ir contigo a Reno?
Nunca olvidaré aquel día.
No lo besó con pasión. Pero lo hicimos tan deprisa que dejamos al margen a muchas personas a las que queremos. He estado pensando en tas padres.
Esteban suspiró.
¿Y bien?
Blaire y Hannah me confesaron que antes de que los invitáramos a pasar las navidades habían estado preocupadas porque no sabían cómo ayudar a sus maridos a pasar las navidades sin que sufrieran demasiado. Parece ser que Alik y Dominic no se hablan con sus padres.
¿Te dijeron eso?
Sí. A las mujeres nos gusta que los hombres a los que amamos sean felices, y yo no creo que seas del todo feliz, Esteban. No puedes serlo cuando tu familia no sabe nada de mí ni de Tor. Me dolió por ti que no llamaran en Navidad, pero luego empecé a pensar que quizás estén esperando a que seas tú quien vaya a ellos. Es posible que estén arrepentidos de haberte mantenido alejado todos estos años pero que el orgullo les impida ahora actuar en consecuencia.
Esteban se quedó callado durante un rato, y María pensó que había cometido un error al abordar el tema. Pero puesto que había empezado, tenía que terminar.
Cariño, ¿por qué no los invitamos al bautizo de Héctor?
Las manos de él acariciaron el sedoso pelo de María.
No vendrán.
Quizás no, pero déjame invitarlos.
La semana que viene, cuando el juez declare a Tor legalmente nuestro, hablaremos.
El corazón de María se aceleró. No había dicho que no.
Mientras tanto, dejemos de hablar murmuró él empezando a quitarle la bata. No sabes mi agonía cada noche viéndote desaparecer en tu habitación, sabiendo que solo nos separaba una pared. Nada nos volverá a separar nunca. Te adoro, María. ¿No te das cuenta de que te he esperado toda la vida? Ven aquí conmigo. Déjame amarte susurró.


Héctor no lloró pidiendo su biberón de las cinco, y María se preguntó si su hijito sabía que aquella noche había sido distinta a las demás.
Aunque el médico le había dicho que podría tener relaciones sexuales como una mujer normal, siempre temió defraudar algún día a su marido. Pero las horas de pasión con Esteban habían borrado cualquier preocupación. Juntos experimentaron un indescriptible éxtasis dándose placer mutuamente.
Cansada tras una noche de amor, María se rebeló ante la idea de tener que abandonar su cama por cualquier razón que no fuese su bebé, el único que tenía el poder de separarla de aquel hombre tan maravilloso que, finalmente, se había quedado dormido. Todavía no podía creerse que fuera su marido, el hombre a quien tenía el derecho de hacer el amor cada vez que lo deseara.
Con cuidado, apartó el fuerte brazo que la sujetaba por la cadera de forma posesiva. La habitación era un desastre. Mientras tropezaba en la oscuridad buscando su bata, el llanto del bebé aumentó de intensidad.
Calentó el biberón en el microondas y se apresuró hacia la habitación de Tor.
Aquí está mamá, cariño.
Le cambió el pañal y a continuación, envolviéndolo en una manta, se dirigió al cuarto de estar para darle el biberón.
¿Dónde vas?
María dejó escapar un suspiro al sentir las manos de Esteban en sus hombros, estrechándola contra él.
Cariño, creía que seguías dormido.
¿Ah, sí? murmuró él besándola en el cuello y el hombro de una forma que la encendía.
Vuelve a la cama, amor mío. No me gusta estar allí sin ti.
Sus palabras provocaron en ella una punzada de deseo, pero no podía hacer nada mientras el bebé necesitara su atención.
Cuando Tor empezó a tomar el biberón, Esteban se inclinó para besarla en la boca con pasión.
Tengo aquí todo lo que le pido a la vida. Tenemos que agradecer que nuestro hijo nos uniera. ¿Sabes que es más inteligente que la mayoría de los bebés?
María sonrió.
Por supuesto, pero, ¿cómo lo has sabido?
Porque es consciente de que su padre necesita estar a solas con su madre y ha terminado el biberón en la mitad de tiempo. Vamos, chicarrón, a la cuna dijo tomándolo de los brazos de María.
Unos minutos más tarde, regresó al dormitorio y se metió en la cama. María se abrazó a él con tanto deseo que, pasado el tiempo, ella seguía enrojeciendo cada vez que se acordaba de aquel instante.
A las diez, el teléfono los despertó. No tenía ni idea del tiempo que estuvo sonando hasta que Esteban por fin contestó. Habían vuelto a hacer el amor a primeras horas de la mañana, y, saciados, se habían dormido.
Por la alegría de su marido al explicar que habían conseguido la custodia de Tor María se dio cuenta enseguida de que eran Dominic o Alik.
Era Dominic. Se alegra por nosotros y se lo dirá a los demás.
Creo que ha sido la conversación más corta que habéis tenido nunca.
Sabía que estaba ocupado.
María se abrazó al hombre al que una tormenta había llevado hasta ella llevando el destino de ambos en sus brazos.
EPÍLOGO

ANNAH, ¿qué te parece?
María montaba en el corral su nuevo caballo, Bailarín.
Es una preciosidad.
Noto que Hannah, que estaba a dos días de salir de cuentas, se apretaba la espalda con la mano.
¿Cuánto tiempo lleva doliéndote?
El dolor ha ido y ha venido durante toda la noche, pero ahora lo siento mucho más fuerte, desde atrás hacia delante.
¿Se lo has dicho a Dominic?
¡No! Y, por favor, no lo hagas tú. Es muy nervioso. Últimamente, cada vez que me mira palidece y se queda silencioso. ¡Ay, Dios! ¡Me duele otra vez!
Hannah se agarró a la cerca del corral mientras María, que había bajado del caballo, la examinaba.
Ha sido una contracción bastante fuerte. Yo diría que debes llevar de parto unas diez horas. Tengo que controlar el tiempo entre las contracciones. Aguanta, voy a llevar a Bailarín al establo. Avísame en cuanto notes que empieza la siguiente.
Cuando la llamó, habían pasado menos de cinco minutos desde la anterior contracción. Estaba muy cerca de la dilatación completa. Un instante después, María estaba a su lado.
¡Creo que he roto aguas!
Así es. Ven que te ayude a subir al coche. Nos vamos al hospital.
¡Por favor, no avises a Dominic hasta que no lleguemos y sepamos cómo va todo!
De acuerdo. Llamaré a Esteban para que vaya a cuidar de Tor y de Elizabeth. Así Dominic podrá reunirse con nosotras en el hospital.
Para su sorpresa, al llegar a urgencias Alik las estaba esperando con una silla de ruedas.
Nos telefoneó Esteban y yo vine para ayudar mientras él trae a Dominic. Blaire se ha quedado a cargo de los niños.
Diez minutos después, Dominic, pálido como un cadáver, entró en urgencias acompañado de Esteban.
Tu mujer está perfectamente le dijo María. Vamos, está arriba.
Esteban la abrazó y le dio un beso.
Acompáñalo, Esteban. Yo voy a telefonear a Blaire para ver cómo están los niños.
Tras hablar con Blaire, María se dirigió a las escaleras, pero antes de subir dejó vagar su mirada por la sala de urgencias. La conocía bien, pero se alegraba de estar solo de paso. Cuando se reunió con su marido en el piso de arriba, ya habían avisado a Dominic para que entrase en el paritorio.
María sonrió a su esposo.
Ya no tardará mucho.
Diez minutos después, se abrió la puerta y salió el pediatra llevando en los brazos a un recién nacido. Tras él, salieron una enfermera y Dominic. Se dirigían a otra sala donde iban a examinar al niño.
¡Hannah está muy bien! gritó Dominic cuando los vio. Es una niña y ha pesado tres kilos. La vamos a llamar Gabrielle.
Los tres amigos se abrazaron llenos de alegría. Alik sacó su teléfono móvil.
Voy a llamar a Blaire para darle la noticia.

FIN

 
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