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PIDEMELO

February 2 2014 at 5:45 AM
MARIA  (no login)
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CAPÍTULO 1
No era un domingo como los demás, era especial porque al día siguiente iba a comenzar una vida
nueva, con un nuevo trabajo, lo cual la emocionaba y también la asustaba. Por eso estaba tan inquieta
que no podía parar, y cuando la llamó Manuela para que repasara con ella su declaración María
accedió a ir a su casa. Así se distraería.
La mujer estaba muy asustada. Tras dos horas y cuatro cafés, seguía nerviosa.
Vamos, Manuela, sólo es una declaración, no debes temer nada.
Pero él estará allí...
Sí, pero declarará después, no tendrás que verlo; tú entrarás conmigo y con el fiscal, que ha
sido muy amable viniendo con nosotras. Me han hablado muy bien de él. Bueno, tú ya lo conoces.
También estarán su abogado y, claro, el juez. Pero tienes que estar tranquila; tú dices la verdad y todas
las pruebas te dan la razón. Tienes todos los recibos que él no pagó, el burofax que le enviamos
conminándole para que lo hiciera y del que pasó olímpicamente... No hay problema, es un caso
sencillo. Ya lo verás, todo irá bien.
De acuerdo, pero estoy muy nerviosa, no puedo evitarlo.
Es lógico. María miró el reloj de pared, cuya aguja se había puesto en las ocho. Ya es
tarde, debo irme. Nos vemos mañana en el juzgado, a las nueve. Sé puntual.
No voy a poder dormir en toda la noche.
Procura hacerlo. Mañana tienes que estar fresca y descansada.
María tomó la mano de Manuela y la apretó entre las suyas. Era cierto. La pobre temblaba como
un pollito mojado, y si eso le sucedía ahora, ¿en qué estado llegaría a la declaración? Se dieron un par
de besos a modo de despedida y María se marchó.
Bajó despacio las escaleras y salió al frío de la noche. ¡Pobre Manuela! Una viuda con cuatro
hijos que ganaba apenas el salario mínimo y que, para compensar su escaso sueldo y su aún más
escasa pensión de viudedad, tenía el dinero que le reportaba el alquiler de esa casa. Y el caradura de su
inquilino llevaba varios meses sin pagar el recibo de la luz: tres mil euros que la compañía le
reclamaba a Manuela, que era la titular del contrato. Como era un caso fácil, se lo habían asignado a
ella. ¡Su primer caso! Otros muchos la esperaban sobre la mesa del despacho, pero ése era ahora su
prioridad.
Sus pasos resonaron en la acera. La calle estaba desierta y sintió una enorme soledad. Recordó
una tarde, hacía un año justo ese mismo día, en que también se había sentido muy sola. Era noche
cerrada y llovía como ahora, pero ella no lo sabía, ni siquiera era consciente de la hora, ni de la
oscuridad ni de dónde se encontraba... Estaba perdida, pues acababa de perderlo todo. Su marido
murió justo a esa hora aquella tarde deprimente en un deprimente hospital, mientras ella lo miraba con
impotencia, sin poder hacer nada para evitar su marcha. Quería retenerlo, pero veía cómo se iba, cada
vez más lejos; se alejaba poco a poco... hasta que desapareció.
María parpadeó para evitar las lágrimas. Había pasado mucho tiempo, un año durante el cual ella
había hecho muchas cosas, al menos en el terreno profesional. En el personal ya era otra cuestión. De
pronto se sintió culpable por no haber pensado en él ese día. Era el primer aniversario de la muerte de
Daniel y ella había estado ocupada en otras cosas, en sus propios asuntos. Recordó los días felices de
su matrimonio y por un momento deseó que volvieran. Tener su apoyo, verse amparada por su
seguridad... Pero eso era imposible, lo que hacía que la sensación de soledad aumentase y la
envolviese como única e indeseada compañía.
Parpadeó y vio su coche tras la lluvia y las lágrimas que empañaban sus ojos. Abrió con el mando
a distancia y se dirigió al vehículo con paso cansino. Le quedaban unos cuantos kilómetros para llegar
a Madrid, y no le apetecía nada conducir por la autopista de noche, aunque lo hacía muy a menudo. La
gente solía hacerlo al revés, trabajaba en Madrid y vivía en las afueras. Pero ella siempre era la
excepción que rompía la norma. Daniel le decía que siempre iba a contracorriente.
Arrancó y puso la radio. Lo único que deseaba era llegar cuanto antes a casa.
Vivía en un apartamento del centro de Madrid. En realidad, cuando compraron la vivienda era
una casa de tres habitaciones, con un enorme salón, cocina y dos baños. Pero su marido y ella habían
hecho una reforma importante; lo habían transformado en un apartamento muy espacioso, con sitio de
sobra para los dos, así que para ella sola... María meneó la cabeza. Nunca abandonaría esa casa. Allí
estaban todos sus recuerdos. Bueno, no todos, se dijo, pero sí los que más le importaban.
Estaba preparándose un sándwich para cenar cuando sonó su móvil. Miró la pantallita. Era su
hermana.
¿Sí? Hola, Celia.
Hola, querida, ¿cómo estás? Te he llamado un par de veces, pero tenías el teléfono
desconectado. ¿No has visto mis llamadas perdidas?
Sí, las he visto.
Y no las has respondido. Eso significa que no tienes muchas ganas de hablar conmigo. Me da
igual, porque yo sí tengo ganas de hablar y tú eres la que está más a mano.
¿Y Luisa?, ¿por qué no le das la paliza a ella?
Porque no está en casa. Nuestra hermana ha ligado y rara es la noche que la veo. Y cuando
viene por aquí no habla más que de su novio: que si Martín esto, que si Martín lo otro... Es una plasta.
Vaya, no lo sabía.
Es normal, ni nos llamas ni vienes a vernos. Estás sumida en tu rico mundo interior. A Celia
le encantaba eso del «rico mundo interior»; lo soltaba siempre que tenía ocasión. María sonrió al oírla.
Es que he tenido unos días terribles. Y mañana empiezo a trabajar oficialmente en el bufete:
mi primer caso. Una pobre mujer a la que su inquilino le debe una pasta. Sí, me dirás que no es nada
original, pero bueno, querida, por algo hay que empezar, y como a los del bufete este caso no les
preocupa, porque está ganado de antemano, me lo han asignado a mí, la novata. Es mi bautismo de
fuego. ¿Sabes? Aún no me creo que esté ejerciendo por fin.
Pues empieza a creértelo, hermanita.
Sí. Me ha costado lo mío, y no lo habría logrado sin la ayuda de Antonio. Tengo que
agradecérselo. En fin, aquí estoy, y la verdad es que no puedo pensar en otra cosa más que en el
trabajo.
Mentía, claro, pero no quería que su hermana lo supiera. Se ponía muy pesada cuando empezaba
a darle consejos sobre una nueva vida y esas cosas. Celia ni siquiera parecía recordar que ese día era el
aniversario de la muerte de Daniel. Y si lo recordaba era evidente que había decidido no decirle nada.
Mejor así.
¡Qué bien! Ninguna referencia a Antonio, el íntimo amigo de Daniel a quien ella conocía.
Estaba claro. Su hermana había decidido no mencionar el pasado. Llámame para decirme qué tal te
ha ido, porfi. Voy a pasarme el día pensando en ti, no estaré tranquila hasta que sepa que todo ha ido
bien, que no la has pifiado... Porque eres impulsiva, María, no metas la pata...
Vale, vale. Calla de una vez. Decías que tenías ganas de hablar, pues habla, pero no de mí.
Cuéntame algo interesante, un cotilleo sustancioso, por ejemplo.
Algo mucho mejor. ¡Me han ascendido! Ahora soy directora de la sucursal. Y quiero
celebrarlo. Voy a dar una pequeña fiesta el sábado, para los amigos y mis ingratas hermanas, y espero
que vengas. No admitiré excusas.
Había pensado trabajar en casa el sábado. Ya sabes, quiero dar buena impresión, no pifiarla,
como tú dices, pero, si quieres que te diga la verdad, estoy un poco desbordada.
Entonces te vendrá bien un descanso. ¿Se va a hundir el poder judicial en España porque pases
un par de horas en mi casa y te tomes una copa? Venga, Luisa va a traer a Martín. Estoy deseando
conocerlo, así podremos cotillear sobre él... Porfi... La palabra favorita de Celia junto con la
expresión «rico mundo interior». Además, hoy es lunes; te queda una larga semana de trabajo por
delante. Créeme, el sábado estarás agotada y sólo querrás emborracharte... ¡Venga, di que sí!
Está bien. Nos veremos el sábado.
Chachi. La fiesta empieza a las siete, pero pásate antes. Vente a comer, así tendremos tiempo
para charlar a gusto. Por...
...fi. Pero ¿no decías que iban a ser sólo un par de horas? Vale... Vale... Muy bien, llegaré a eso
de las dos. ¿Te parece?
Sí. Estoy deseando verte, hermanita.
Hasta el sábado entonces. Sé buena.
María sonrió. Celia era un encanto. La mayor de las hermanas, la que las había mantenido unidas
desde la muerte de su padre. Era demasiado severa y muy inclinada a dar consejos, cosa lógica
teniendo en cuenta que, por ser la mayor, se había sentido responsable de sus dos hermanas pequeñas
al morir su madre. No había podido ir a la universidad, como ella y como Luisa, que estaba en cuarto
de periodismo. Pero era la única de las tres que tenía los pies en la tierra.
María se tomó una copa de vino y cenó su sándwich mientras miraba la tele, un drama judicial,
cómo no. Luego estudió una vez más los papeles del caso de Manuela. Sólo era una declaración, pero
era muy importante para ella. ¡Esperaba no «pifiarla», como decía Celia!
Dos horas después de acostarse se dio por vencida. No podía dormir. Y no era el trabajo lo que la
preocupaba... ¿O sí? Quizá sí, porque todo estaba relacionado. Empezaba una nueva andadura en su
vida y tendría que recorrer el camino sola, sin Daniel, lo cual resultaba excitante y a la vez
sobrecogedor. El miedo a la libertad, se dijo. Había conocido a Daniel a los dieciséis años. Él era el
catedrático de literatura de su instituto y María se enamoró nada más verlo el primer día de clase.
Naturalmente, por entonces Daniel no le hacía mucho caso; la trataba como a una alumna más. Pero
ella bebía los vientos por ese hombre maduro. Y cuando se encontraron tres años después, se lanzó
como una loca. ¡A por él! No le resultó difícil conquistarlo. A los veinte años se casó con un hombre
de cuarenta y seis al que idolatraba. Y todo fue perfecto... al menos durante los tres primeros años.
Daniel fue su padre cuando su padre murió en un accidente de automóvil. Y para sus hermanas era
como un dios salvador. Celia ya era mayor, tenía veinticuatro años cuando ocurrió la tragedia, pero
Luisa sólo tenía dieciocho. Daniel tomó las riendas de todo: fue su padre, su amigo, su benefactor...
Luego la cosa empezó a torcerse, no por él, sino por ella. La convivencia y, sobre todo, la
diferencia de edad hicieron que María se diera cuenta de que su marido no era un dios, sino un
hombre. No sabía cómo habría acabado todo si no se hubiera declarado su enfermedad. Pero enfermó,
y todas sus dudas pasaron a un segundo plano ante la urgencia de cuidarlo, que se impuso a cualquier
otra consideración. No podía abandonar a un hombre que se estaba muriendo. Y no lo hizo. Se
mantuvo a su lado hasta el final.
Por la mañana había olvidado las dudas y los pesares de la noche anterior. Era una María distinta,
fresca y animosa. Excitada por la novedad de lo que la esperaba, daba vueltas en la cama intentando
calmar las molestas mariposillas que revoloteaban en su estómago. Así que se levantó, aunque sólo
eran las cinco de la mañana. Se dio una ducha, se tomó un café, se dio ánimos a sí misma y se aprestó
para la batalla. Hoy nada de dudas, nada de inseguridades. Hoy no puedes fallar.
Necesitaba tener el aspecto que la ocasión requería y estudió sus posibilidades, muy concentrada
ante el espejo. Al final se decidió por su mejor y más serio traje de chaqueta gris. Se miró en el espejo.
Sí, tenía un aire digno y profesional. Pero estaba muy delgada y, como no era muy alta, parecía muy
poquita cosa. No imponía, se dijo. ¿Qué hacer? Los tacones. Su metro sesenta y cuatro de estatura se
convirtió en un metro setenta por arte de magia. Mejor así. Aunque faltaba algo, ¿qué era? Tenía el
pelo castaño, con un tono rojizo del que estaba muy orgullosa, porque cuando le daba el sol parecía
casi, casi pelirrojo. Pero a sus veintiséis años aún tenía cara de niña y la sencilla melenita que solía
lucir la hacía parecer aún más joven. Así que nada de melena: moño. A ver... sí, aquí hay horquillas:
manos a la obra. Genial. Volvió a mirarse, aún faltaba algo: claro... maquillaje. No mucho, porque no
le gustaban las caras pintarrajeadas, pero sí el suficiente para que su rostro no se viera tan pálido, para
que sus labios llenos adquirieran un color rosa veinticuatro horas (esperaba que ese pintalabios de
larga duración no fallara, porque no había color que se mantuviera en sus labios más de dos horas).
Para sus preciosos ojos castaños no necesitaba mucho: llamaban la atención sin ningún artificio; aun
así se dio un poco de sombra marrón y rímel.
Miró el resultado en el espejo y se sintió satisfecha. Parecía más segura, más entera. Cogió el
bolso y la cartera con los papeles y salió a comerse el mundo.
Sólo eran las siete y media cuando metió el coche en un aparcamiento cerca de los juzgados, en la
plaza de Castilla. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué había salido tan pronto de casa? Aún faltaba mucho para la
comparecencia. A pesar de la hora temprana, ya había mucha gente por allí, oleadas saliendo del
metro, camino del intercambiador de autobuses. Se sintió viva y contenta moviéndose entre toda esa
gente: por fin podía considerarse una trabajadora más, una más de esas hormiguitas industriosas que
se dirigían a sus respectivos empleos. Le gustó la sensación y sonrió feliz; ahora, para que su felicidad
fuera completa, le faltaba desayunar algo, pues estaba muerta de hambre. Entró en la primera cafetería
que vio, una que hacía esquina, justo frente a los juzgados; desayunaría y repasaría sus papeles
tranquilamente.
Ante la barra se agolpaba un montón de gente y no había un solo espacio libre, pero aún quedaban
algunas mesas desocupadas y, como tenía casi una hora y media por delante, decidió sentarse.
Tras quince minutos de espera se convenció de que nadie iba a ir a preguntarle qué quería tomar.
Al parecer a esa hora no servían en las mesas. Se levantó y se acercó a pedir a la barra, que seguía
oculta por una marea humana. Imposible acercarse, o al menos eso le pareció a ella, tan tímida que era
incapaz de decir «perdón» y dar un empujón a alguien para colocarse. Entonces oyó una voz a sus
espaldas:
¿Qué quieres tomar? Yo te lo pido.
María se volvió y vio a un hombre que la miraba con una sonrisa burlona.
No te preocupes dijo, tuteándolo también. Si ese hombre al que no había visto en su vida la
llamaba de tú, ella no iba a ser menos. Yo puedo hacerlo. Y para corroborarlo le dio a un señor un
codazo, tan leve que el hombre ni se inmutó.
Llevo unos minutos observándote y no me parece que vayas a poder. Y créeme, hoy no hay
tanta gente. Otros días está peor. Venga, dime qué vas a tomar. Sonrió. Sus ojos brillaban burlones.
¿Sus ojos brillaban? María meneó la cabeza. La debilidad la hacía ver visiones. El hambre había
provocado que las mariposillas volvieran a su estómago, pero ahora más revoltosas y en mayor
número. Necesitaba comer, y rápido, así que dijo:
Un café y una barrita con tomate.
¡Marchando! Vuelve a la mesa, que ya te lo llevo.
Vaya tipo raro, dedicarse a servir mesas como si fuera un camarero. En fin, a ella le resultaba
muy cómodo que la sirvieran, mucho mejor que andar a codazos para tomarse un café, así que volvió a
su mesa y se dedicó a observarlo. Llamaba la atención porque era el más alto de los que se agrupaban
junto a la barra. Y eso, de espaldas. Cuando se volvió, con dos cafés en precario equilibrio, uno en
cada mano, María se quedó boquiabierta. No se había fijado en lo guapo que era.
Aquí están los cafés. Ahora traigo la barrita.
Volvió a marcharse para regresar al cabo de unos minutos con un plato. Lo dejó en la mesa, se
sentó frente a María con naturalidad y se dedicó a mirarla, bastante descaradamente, en su opinión.
¡Qué frescura!, ni siquiera se le había ocurrido preguntarle si podía sentarse con ella.
María lo fulminó con la mirada por su desfachatez. Pero él, como si tal cosa, ni se inmutó y
siguió contemplándola con el mayor interés.
¿Tú no comes nada? Tenía que decir algo, la mirada entre burlona y apreciativa de ese
hombre la estaba poniendo de los nervios. Entonces él sonrió y María se sintió repentinamente
interesada en su taza de café. Bajó los ojos mientras notaba una ráfaga de calor que subía por sus
mejillas. ¡Se estaba poniendo colorada!
No suelo desayunar, pero siempre me tomo un café antes de entrar al trabajo.
¡Qué interesante! dijo en tono burlón, tras dar un largo sorbo a su café, fingiendo la mayor
de las indiferencias.
Él continuó en silencio, mirándola impasible.
¿Y sueles sentarte en la mesa de los desconocidos sin haber sido invitado? soltó de pronto,
sorprendiéndose a sí misma por sus palabras.
¿Por qué había dicho eso? Ese hombre había sido muy amable y ella ni siquiera le había dado las
gracias, ¿qué le pasaba?
Sí. Es mi deporte favorito, lo hago todas las mañanas. El desconocido se puso serio. Parecía
muy compungido. Tienes razón. Siento haberte molestado, de verdad. Que tengas un buen día.
Hizo ademán de levantarse, pero María lo detuvo.
No, por favor, no te marches. Has sido muy amable, si no es por ti me quedo sin desayunar. Es
que... Bueno, estoy algo preocupada porque hoy es mi primer día de trabajo. ¡Qué bien! Había
encontrado la excusa perfecta para justificar su salida de tono y, además, sin mentir, porque,
efectivamente, estaba como un flan.
De acuerdo.
Volvió a sentarse. Parecía un niño que después de unas lagrimitas consigue de sus padres todo lo
que quiere, y María tuvo la extraña sensación de que en realidad nunca había tenido intención de
marcharse. Ese aire compungido... ¿Lo habría fingido? Bueno, le daba igual. En unos minutos acabaría
su desayuno y se libraría de él. Sólo tenía que ser educada un poquito más.
¿Y en qué consiste ese nuevo trabajo?
Iba a decirle que precisamente ese día empezaba lo que deseaba que fuera una exitosa carrera de
abogada en un bufete de lo más importante, y de pronto se cortó. Seguro que él empezaría a hacerle
preguntas y no estaba preparada para dar respuestas. No esa mañana, con los nervios a flor de piel y
bajo esa perturbadora mirada. ¿Por qué seguía mirándola? ¿Es que no pensaba tomarse el café? Era
inquietante.
Es en una oficina. Hizo un gesto con la mano, como indicando que prefería no hablar de ello
y él no insistió.
Así que María se dedicó a su barrita con tomate y el primer mordisco le supo a gloria.
Durante unos minutos permanecieron en silencio, él bebiendo su café despacio sin dejar de
mirarla y ella comiendo a toda prisa, poniendo todo su empeño en acabar de una vez con la dichosa
barrita, que ya se le estaba atragantando.
Supongo que a partir de ahora nos veremos con frecuencia. Yo siempre me tomo un café aquí a
estas horas. Y espero que tú adquieras esa misma costumbre.
Lo dijo con un tono de ansiedad en la voz, como si temiera que ella le fuera a decir que no
pensaba volver por aquel bar. Aunque también podían ser figuraciones suyas, porque luego le preguntó
qué tal estaba el desayuno y el tono era el mismo. María empezó a frotarse las manos. No sabía cómo
comportarse con los desconocidos y ése la intimidaba un poco.
Necesitaba comer, así que el desayuno me ha parecido magnífico... Y sí, supongo que vendré
más veces a tomar café aquí, si es que logro conservar mi trabajo.
Espero que lo logres, porque me gustaría seguir viéndote. Miró el reloj. Ahora tengo que
marcharme. Por cierto, me llamo Esteban.
María.
Se dieron la mano. Al tocarlo, María sintió un pequeño escalofrío que le recorrió el brazo hasta la
nuca. Se estremeció y apartó la mano con rapidez.
Muy bien, María... ¿Te veré mañana?
No sé, mañana creo que no tendré que venir por aquí, aunque lo haré muy a menudo. Seguro.
¿No trabajas cerca?
No, pero vendré con mucha frecuencia por aquí a hacer gestiones...
Muy bien, hasta la próxima entonces.
Otra sonrisa. Sus ojos negros fijos en los de ella. El calor nuevamente en sus mejillas.
Adiós.
Lo observó mientras salía. ¿Dónde trabajaría? No se lo había preguntado, pero tenía pinta de
ejecutivo, con ese traje caro y ese aspecto de seguridad en sí mismo. Debía de ser un tiburón de las
finanzas. Se llamaba Esteban... Bonito nombre. ¿Bonito? Jamás había conocido a nadie que se llamara
así, y un nombre sólo te parece bonito cuando has conocido a alguien que lo lleva y esa persona te
gusta... Al menos, eso decía Daniel.
Al pensar en él sintió que se desvanecía toda la euforia que había acumulado desde las cinco de la
mañana.
Se levantó. La barra ya estaba mucho más despejada y se acercó a pagar.
Ya ha pagado el señor le dijo el camarero.
¿Cuándo?, se preguntó María. Bueno, la próxima vez que lo viera, si es que había próxima vez,
invitaría ella.
Cuando entró al juzgado ya había olvidado a Esteban, el café e incluso a Daniel. Su mente estaba
centrada sólo en el trabajo. La declaración era importante, pero era un mero trámite. Únicamente tenía
que procurar que nadie se diera cuenta de que estaba tan alterada. Enseñó su identificación en la puerta
y se dirigió al juzgado que le correspondía. Ya había llegado el abogado de la parte contraria, pero no
vio a Manuela por ningún lado y se sintió un poco intranquila. Esperaba que no tardara mucho, pues en
el juzgado los funcionarios ya estaban ante sus ordenadores y el fiscal, que también había llegado,
charlaba con una de las auxiliares. Era un hombre alto y de constitución fuerte, como de unos cuarenta
años. María lo miró conmovida porque le recordó a Daniel. Parpadeó y apartó esos pensamientos de su
mente. El hombre se dirigía hacia ella y la joven esbozó su mejor sonrisa.
Hola, soy Roberto Marcos, y tú debes de ser María de Fernández.
Le tendió la mano y María correspondió a su saludo. El apretón fue cálido y duró unos segundos
más de lo apropiado. Pero a María no le importó. Ese hombre le gustaba.
Efectivamente. Encantada de conocerte. Sonrió. Tenía la extraña sensación de que iba a
llevarse bien con Roberto Marcos.
La declaración será en el despacho del juez. Ya me he ocupado de todo. Han dicho que
esperemos en el pasillo.
Salieron al pasillo y, mientras esperaban, volvieron a asaltarla los nervios y la inseguridad. De
pronto se sintió fuera de lugar e incluso llegó a preguntarse qué pintaba ella allí. «Las dudas de último
momento se dijo, como los actores cada vez que tienen que salir al escenario.» Entonces llegó
Manuela, pálida como un muerto, y se le olvidaron todas las dudas ante la urgencia de consolarla y
acompañarla.
No te preocupes, todo saldrá bien le dijo a modo de saludo.
Sí, claro. Pero, mira, ahí está ese... ¿Cómo puede defender a un hombre que le roba el dinero a
una pobre viuda? No lo comprendo...
Por favor, Manuela, no te pongas melodramática, que esto no es un culebrón dijo María,
riendo por el comentario de su cliente. Venga, y no mires tanto al abogado, que se está poniendo
verde.
Vergüenza debería darle... se interrumpió porque la auxiliar del juzgado se encontraba en la
puerta, haciéndoles gestos para que pasaran.
El despacho del juez era pequeño. Un escritorio, una mesita con un ordenador donde la auxiliar
escribía las declaraciones, unas sillas frente al escritorio y un sofá al fondo.
El fiscal se sentó en una de las sillas y Manuela en la otra. El otro abogado y María se sentaron en
el sofá. Los cuatro estaban callados, y ellas dos, además, muy nerviosas. Cuando entró el juez todos se
pusieron en pie.
María volvió a sentir las mariposas en el estómago y la ráfaga de calor en las mejillas. El hombre
que acababa de entrar en el despacho y la miraba con los ojos como platos era el mismo de la
cafetería, el que la había invitado a desayunar.
Durante unos segundos, los dos se miraron, confundidos.
Por fortuna, la entrada de la auxiliar rompió la tensión del momento. Todos se sentaron menos
ella, que estaba como clavada en el suelo. Entonces el juez le hizo un leve gesto arriba y abajo con la
mano y se sentó como movida por un resorte. Él también se sentó y, con un gran esfuerzo que sólo
notó María, dejó de mirarla para dirigirse a todos los presentes.
Con voz firme y segura comenzó a hablar:
Buenos días, nos encontramos aquí...
Pero María había dejado de escuchar. ¿Es que siempre tenían que pasarle a ella esas cosas?
¡Empezaba bien su primer día de trabajo!
CAPÍTULO 2
Entró al bufete un poco cohibida, aún alterada por el desastre de la comparecencia. El juez había
estado en su sitio, muy serio y haciendo las preguntas apropiadas, pero María no había pasado por alto
la sonrisita burlona que aparecía en sus labios cada vez que la miraba. Estaba segura de que, en sus
pocas intervenciones, pues el fiscal había hecho la mayoría de las preguntas y puntualizaciones
interesantes, le había salido voz de pito. Pero el peor momento fue al final, cuando su señoría se
levantó y le tendió la mano ceremoniosamente. Los demás ya estaban saliendo y ella allí, dudando si
responder al atento saludo de su señoría porque le sudaban tanto las manos a causa de los nervios que
le daba vergüenza, y sólo le faltaba darle una mano sudorosa. Pero no podía dejarlo así, con el brazo
extendido, así que le tendió la mano, que él apretó entre las suyas sin dejar de mirarla con esa sonrisa
burlona que hacía que los colores tiñeran vergonzosamente sus mejillas.
Aunque no me hubieras dicho que era tu primer día de trabajo me habría dado cuenta.
Sonrió, y a María le entraron ganas de darle un puñetazo en esa hilera de dientes perfectos y
blanquitos.
No lo hizo, se limitó a volverse, muy digna, y a salir del despacho. El problema fue que su digna
salida se vio empañada por un tropezón que casi da con sus huesos en el suelo. Por fortuna, allí estaba
Manuela para sujetarla.
Gracias, Manuela.
Mientras se alejaba por el pasillo, arreglándose la chaqueta e intentando recuperar su dignidad, le
pareció oír las carcajadas de su señoría a sus espaldas.
El bufete de María estaba situado en un polígono de Alcobendas, muy cerca de La Moraleja,
donde vivían algunos de sus más distinguidos clientes, y como Manuela también vivía en Alcobendas,
María se ofreció a llevarla.
Durante el camino, la mujer no dejó de hablar, pero la joven apenas la escuchaba. Esperaba tener
que ir muchas veces a los juzgados. Iría siempre tempranito, para poder desayunar en esa cafetería
donde estaba segura de que cierto juez iba a esperarla todas las mañanas.
Después de dejar a Manuela frente a su casa se dirigió al bufete. No era la primera vez que iba,
claro. Ése era su primer día oficial de trabajo, pero llevaba algunas semanas acercándose por allí y
familiarizándose con los casos. Esto no impedía que estuviera muy nerviosa, por lo que entró a la
oficina bastante alterada. Por fortuna todos estaban en sus despachos y María tuvo tiempo para
tranquilizarse antes de enfrentarse a ellos.
El bufete de Tomás Gómez y Asociados era una empresa pequeña que tenía algunos casos muy
importantes y otros, la mayoría, de rutina: divorcios, pleitos por herencias, denuncias por impagos...
en fin, asuntos leves en su mayor parte, pero que, todos juntos, sumaban la mitad de los ingresos del
bufete. La otra mitad provenía de los casos importantes. Pocos, porque era un bufete pequeño. María
iba a trabajar como ayudante de Juan Ozores, uno de los cuatro abogados que componían la plantilla y
que durante una temporada supervisaría su labor. Sus casos eran, sobre todo, pleitos de poca monta,
demandas civiles, divorcios... asuntos de rutina, como el de Manuela, del que ya había empezado a
ocuparse María. El jefe era don Tomás Ordóñez, el amigo de Antonio, un hombre afable, de unos
sesenta años, y los «asociados» eran dos individuos que nunca aparecían por allí, porque, como
cobraban por transferencia bancaria, no tenían necesidad de pasarse por la oficina a por el cheque, que
eso ya quedaba muy antiguo, según le había explicado Antonio, riendo a carcajadas. En suma, que a
todos los efectos su único jefe era don Tomás, lo cual resultaba tranquilizador para María pues, si ya le
costaba responder ante un superior, imaginaba la tortura que habría sido para ella hacerlo ante tres.
Una vez en el bufete, comenzó una locura que la mantuvo aturdida el día entero: todo fueron
saludos, consejos y buenos deseos de sus compañeros, que, cuando se enteraron de que estaba allí,
salieron de sus despachos para preguntarle, todos a la vez, qué tal había ido su primera misión salvaje,
su bautismo de fuego. Aparte de los cuatro jóvenes abogados, la plantilla la componían un jefe de
personal y administrador de la empresa y una eficientísima secretaria, Rosa, que llevaba diez años en
el bufete y sabía más de leyes que muchos juristas. Al menos sabía más que ella, pensó María mientras
la oía hablar de un caso muy difícil que ocupaba la atención de todos desde hacía varias semanas, y de
los pasos que deberían dar para abordarlo.
Rosa, además de eficiente, era una mujer muy agradable, de unos cuarenta años. Enseguida se dio
cuenta del mal trago que estaba pasando María y decidió adoptarla hasta que se acostumbrara a su
nuevo trabajo. Les dijo a sus compañeros que ya estaba bien, que volviera cada uno a sus ocupaciones,
y acompañó a la joven a su despacho. Allí la dejó revisando unos expedientes, con la cabeza metida en
las carpetas y rezando para que todos se olvidaran de ella.
Pasó horas intentando concentrarse en los expedientes. Pero, en cada página, en cada documento,
en el sello y en la firma sólo veía una cara: la del juez Esteban Sanromán.
¡Hora del almuerzo! Rosa interrumpió sus meditaciones al entrar alegremente en el
despacho. ¿Ya había pasado la mañana? Qué rapidez. ¿Quieres comer conmigo?
Claro, ¿vamos a bajar a algún sitio?
Ni hablar, sale carísimo y es fatal para el colesterol. Yo me traigo la tartera de casa.
Pero yo no he traído nada...
No te preocupes, yo tengo mucho, hay para las dos. Ven, vamos a la cocina.
El lugar que los empleados llamaban «la cocina» era un cuarto grande, muy luminoso y acogedor,
con una larga encimera sobre la que había una cafetera eléctrica, un microondas y un montón de vasos,
tazas y platitos muy bien ordenados. En el extremo había un frigorífico y un lavavajillas y en el centro
una elegante mesa de cristal con varias sillas de metacrilato. Rosa era la única que comía allí, pues la
mayoría de los empleados estaban fuera a esas horas, en juicios o reuniones, y los que se encontraban
en el despacho solían bajar a los bares de la zona a picar algo.
Además de una eficiente secretaria y una mujer dulce y maternal, Rosa era una magnífica fuente
de información. En la media hora que duró el almuerzo, entre bocado y bocado, puso al día a su nueva
compañera de lo que ella consideraba lo más importante: el tejido humano, eso decía.
Pero no te fíes de las apariencias afirmó Rosa. Hoy todos han sido muy amables, y lo
seguirán siendo hasta que consideren que invades su terreno. Entonces se convertirán en tiburones. Y
don Tomás no es tan bonachón como parece; yo lo he visto con estos ojitos despedir a gente
simplemente porque le caía mal. Créeme, tienes que trabajar duro, claro, pero también «caerle en
gracia». Le lanzó una mirada cómplice, que María no supo interpretar, aunque la mujer parecía
convencida de que con eso ya lo había dicho todo. Aquí nadie dura mucho concluyó.
Tú llevas más de diez años.
Soy la secretaria, eso es diferente. En tu caso lo mejor es que te tomes este trabajo como un
trampolín, un lugar donde adquirir experiencia, soltarte para luego volar hacia otras metas. ¿No te has
fijado en lo jóvenes que son tus compañeros? Dentro de cinco años se habrán marchado, ocuparán
mejores puestos. Y tú tendrás que hacer lo mismo: aprende, que este lugar es una buena escuela. Es mi
consejo, querida. Y ahora dime: ¿qué tal tu primera comparecencia?
Bien. Era un caso fácil, mero trámite.
¿Qué juez te ha tocado?
Esteban Sanromán. María notó los labios resecos. ¡Se estaba poniendo colorada! Esperaba
que Rosa no se diera cuenta.
Vaya, tiene fama de hueso, bueno, más bien de carca, no sé si me entiendes... Y de casanova.
Según me han dicho, ha salido con la mitad de las abogadas que frecuentan los juzgados. Rosa rio.
Sí, dicen que es muy estricto. María hizo caso omiso del último comentario de su
compañera, que la había afectado más de lo que habría querido. Según creo, estudia con lupa todos
los casos. A mí eso me parece muy bien; no veo que haya que criticarlo por ello.
Claro, no te enfades... De todos modos tú no tienes que preocuparte. El de Manuela es un caso
muy claro, si no, no te lo habrían dado a ti.
Se sintió un poco ofendida por esas palabras y Rosa lo notó, de manera que, con mucho tacto,
decidió cambiar de conversación y se puso a hablar de su marido y de sus hijos. María asentía con la
cabeza y miraba a su nueva amiga fingiendo atención, aunque en realidad sus pensamientos estaban en
otro lugar, no muy lejos, en el despacho de un juez carca y mujeriego.
Y dime le preguntó Rosa: ¿cómo has entrado en este bufete? Te he visto varias veces por
aquí, pero como a otros muchos. Hasta ayer, que me pasaron tus datos de personal, no sabía que te
iban a contratar.
Soy amiga de Antonio.
¡Ah! Sí, es verdad, lo había oído comentar, no me acordaba. Rosa la miró de una forma
extraña, como evaluándola, y María se sintió incómoda. ¿Por qué la miraba así?. Antonio Solís... Sí,
es un buen hombre, uno de nuestros mejores clientes y muy amigo de don Tomás. Su empresa nos da
mucho trabajo, los asesoramos legalmente en sus negocios... ¿Y cómo lo conociste?
Rosa era simpática, pero a María le empezaba a dar la impresión de que también era un poco
cotilla.
Era amigo de mi marido.
¿Tu marido? ¿Estás casada?
Ya no. Soy viuda. Puede que conocieras a mi marido. Se llamaba Daniel Lorenzo, sé que
alguna vez acompañó a Antonio aquí y que conocía a don Tomás.
Rosa levantó la cabeza de su plato y miró a María fijamente.
Sí, lo recuerdo. Parecía un buen hombre. Sentí mucho su muerte, María.
Gracias.
Después de eso ambas se quedaron calladas y, salvo algún comentario ocasional al recoger la
mesa, no volvieron a cruzar palabra. Aunque le pareció extraño que Rosa detuviera de repente su
implacable interrogatorio, lo agradeció de todo corazón, porque la charla compulsiva de su
compañera, unida a la excitación por los acontecimientos de esa intensa mañana, estaba acabando con
sus nervios.
Después de comer, volvieron al trabajo. Durante la tarde María se olvidó de Esteban y de todo lo
que no tuviera que ver con los asuntos que le habían encomendado. Empezó a estudiar uno: el caso de
un hombre que había denunciado a su cuñado porque le había mordido una oreja. Su cliente era el que
había dado el mordisco, y la joven sonrió. Ya se veía defendiendo a Hannibal Lecter, con Esteban
Sanromán de implacable juez.
A las seis, Rosa se despidió de ella y se marchó a su casa, pero el resto ni se movió de sus
puestos. A María no le extrañó, pues sabía que en muchas empresas no estaba muy bien visto que los
empleados cumplieran estrictamente su horario y que los jefes esperaban que se quedaran a trabajar
hasta tarde, lo que acababa convirtiéndose en una práctica habitual. Deseaba marcharse, pero le daba
apuro salir antes que los demás, así que aguantó hasta las ocho, cuando algunos empezaron a
despedirse, circunstancia que ella aprovechó para marcharse también.
Hacía frío y María se quedó unos segundos en la puerta del edificio de oficinas, haciendo acopio
de fuerzas para salir y recorrer los aproximadamente diez minutos que la separaban de su coche. Miró
arriba y abajo de la desierta calle y salió con un poco de aprensión y bastante incomodidad. Esos
tacones la estaban matando. Además, algo muy molesto se le había metido en el zapato. Se detuvo y se
apoyó en una farola para agacharse y quitarse la chinita, o lo que fuera que tenía dentro del zapato.
Entonces, al bajar la cabeza, lo vio. La luz de la farola daba de lleno sobre un coche que estaba
aparcado justo frente a ella, un coche en el que jamás se habría fijado de no ser por la casualidad que
la había hecho detenerse junto a él. En el vehículo, un BMW azul, había un hombre dormido sobre el
volante, y ese hombre era Esteban Sanromán... ¡El juez estaba durmiendo en un coche!
María se olvidó de la piedrecita de su zapato, se incorporó y marchó a toda prisa, casi corriendo,
hacia su coche.
Pero qué hacía ese hombre allí, y dormido en mitad de la calle, por la noche... Vio su viejo Clio a
lo lejos y sacó las llaves. Al aproximarse, accionó el mando a distancia, pero no se encendió ninguna
luz; era como si aquel trasto no funcionase. Nada. Se aproximó y abrió con la llave. Se sentó y
arrancó... En realidad no arrancó, ningún ruido, nada... ¡Oh, no! ¿Por qué tenían que pasarle esas
cosas? Se había quedado sin batería.
Angustiada, salió del coche y miró a su alrededor. Allí no había ni un alma, sólo edificios de
oficinas y algunos vehículos aparcados en la desierta calle, pero ni un ser humano, nada. ¿Qué hacer?
Lo más sensato era volver al despacho. Aún quedaba gente y alguien podría ayudarla.
Temblando, metió la llave en la cerradura de la portezuela para cerrar el coche, pero, antes de
acabar de hacerlo, un resplandor le hizo levantar la cabeza. La cegaron las luces de un vehículo que se
dirigía hacia donde ella estaba. Y el chirriar de unas ruedas en la calzada le avisó de que el vehículo se
había detenido. Estaba aterrada, no veía el coche porque el resplandor de los faros le daba de lleno en
los ojos, pero sí vio que alguien se bajaba y se dirigía hacia ella. María se aferró a la correa de su
maletín. ¿Iban a atracarla? No se rendiría sin luchar. Los papeles y el portátil que llevaba en la cartera
pesaban lo suyo, lo suficiente como para dejar fuera de combate al delincuente que se acercaba...
Cerró el coche y se volvió, dispuesta a marcharse en sentido opuesto al que llevaba el hombre y sin
soltar la correa de su maletín: se daría la vuelta deprisa y, con fuerza, le lanzaría un golpe a la cara...
¡María! ¡María!
Esa voz... Se detuvo. No se atrevía a moverse; sentía que el delincuente estaba detrás de ella. Por
fin se volvió. Antes de verle la cara ya sabía quién era el maldito atracador.
Pero... ¿qué haces tú aquí? ¿Se puede saber qué está pasando? ¿Estás loco? ¡Me has dado un
susto de muerte!
María hablaba y movía las manos haciendo gestos desesperados a toda velocidad. Todo el miedo
y la tensión contenidos se desbordaron en un segundo.
¿Quieres matarme? ¡Vaya día que llevo! ¿Y qué haces tú aquí? ¿No queda esto un poco lejos
de tus juzgados?
Muy dentro de ella una vocecita intentó avisarle de que ésas no eran formas de hablarle a un juez.
Pero la ignoró; estaba demasiado cansada, demasiado alterada para andarse con contemplaciones.
Tenía que hacer unas gestiones por esta zona, en los juzgados de Alcobendas. Acabo de salir de
allí y me dirigía a casa cuando te he visto peleando con tu coche, me ha parecido que estabas en
apuros. María... ¿qué pasa?
¿Unas gestiones? ¿Y acabas de salir de allí? ¿Ahora?
Hace unos diez minutos, tenía que...
Hace diez minutos... Pero... ¡Oh, qué más da! ¡Vaya susto que me has dado!
No pudo seguir hablando, se lo impidieron unos fuertes hipidos que asustaron a Esteban porque
pensó que acabarían convirtiéndose en sollozos, de modo que la envolvió entre sus brazos para
reconfortarla y que se tranquilizase. María apoyó la cabeza en su pecho y se relajó. ¡Qué bien se
estaba! Se planteó la posibilidad de echar unas lagrimitas para conmoverlo, pero al final decidió que
era mejor no llorar; no quería parecer una histérica. Simplemente cerró los ojos durante unos segundos
hasta que consideró que se estaba recuperando. De mala gana, se apartó de él.
Perdona, lo siento. Sacó un clínex de su bolso y se lo pasó por el rostro. Luego se sonó
ruidosamente. Es que me has dado un susto de muerte.
Ya lo sé, y no sabes cuánto lo siento. No podía imaginar que me tomarías por un atracador.
A Esteban la imagen de María, despeinada, con la cara congestionada y los labios temblorosos, le
resultó muy cómica. Pero se cuidó mucho de reírse. Después de todo, casi le había dado un infarto a la
pobre, y por culpa suya.
Sintió una inmensa ternura al mirarla.
A este moño no le queda ni un telediario dijo, rozando con sus dedos unos mechones de pelo
que se habían soltado.
Sí, debo de estar hecha un asco.
Vamos al coche. Le rodeó los hombros de forma protectora.
Mi coche se ha quedado sin batería y... Esteban la atrajo hacia su cuerpo y le dio un pequeño
apretón solidario para reconfortarla; cualquier cosa con tal de que no llorase, se dijo.
Vale, vale, no te preocupes, quedarse sin batería no es tan grave, es uno de los pocos problemas
de esta vida que tienen remedio fácil. No pasa nada. Ven, te llevaré a casa.
Se dejó llevar, dócil. En el coche se recostó en el asiento y cerró los ojos; parecía muy relajada y
Esteban no se atrevió a hablar durante el trayecto para no molestarla. Daba la impresión de que la pobre
necesitaba descansar un año entero. Pero, al entrar en Madrid, no le quedó más remedio que llamarla.
María... dijo casi en un susurro. Perdona, no quisiera molestarte... pero no sé dónde
vives...
La joven alzó la cabeza y parpadeó como si volviera de un sueño muy pesado. En realidad no
había dormido, pero había fingido hacerlo porque quería pensar. ¿Había sido sólo una casualidad que
se encontraran? ¿Y qué hacía él por allí? Le había encantado encontrárselo, pero tenía que reconocer
que las circunstancias eran muy extrañas.
María insistió. Tengo que llevarte a casa, pero no sé dónde vives.
Sí, claro, perdona. Estoy un poco aturdida. La verdad es que nunca había tenido un día tan loco.
Te invito a cenar soltó él sin previo aviso.
Lo miró como si le hubiera propuesto atracar el Banco de España.
¿Qué?
Que te invito a cenar... Claro... dijo bajito, y por primera vez desde esa mañana María
detectó un leve tono de duda en su voz, siempre que puedas. No sé si hay alguien esperándote en
casa, marido o novio...
El brillo de sus ojos, el mismo que había creído ver esa mañana, reapareció. Pero en esta ocasión
había duda y ¿miedo? María parpadeó, sintiéndose muy importante. ¿Y si le decía que tenía novio?
No, eso era una tontería. Era mucho mejor que supiera que estaba libre.
No, vivo sola.
Oyó un leve suspirito y lo miró. Parecía... ¿aliviado? Sí, eso. Sus ojos ahora brillaban felices.
María sonrió para sus adentros. ¿Por qué pensaba que podía leer en sus ojos? Eso era absurdo, y sin
embargo... Sí, sus ojos parecían felices.
Pero no sé si me apetece salir a cenar ahora... Lo único que quiero es llegar a casa y descansar,
olvidarme de este día terrible...
Vamos, te sentará bien. Una buena cena y un buen vino en un lugar tranquilo y agradable,
créeme, es muy relajante... Además, tenemos que decidir qué haremos mañana.
¿Mañana?
Claro. ¿Cómo vas a ir mañana al trabajo? Y hay que avisar a algún taller para que vayan a
recoger tu coche. Yo conozco uno...
Todo eso es cosa mía. Ya me las arreglaré, no te preocupes.
¿Quién se creía que era? Aparecía de repente y se ponía a organizar su vida tan tranquilo, como si
tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo.
Pero sí me preocupo. Venga, ¿qué te parece? ¿Hace una cena?
Le apetecía mucho cenar en un buen restaurante, ponerle un colofón agradable al aciago día; el
problema era que apenas conocía a Esteban, y su imagen, dormido en un coche en plena calle, no se le
iba de la cabeza. Pero cuando pensó que la alternativa era permanecer sola en su enorme apartamento,
comiendo un sándwich frente al televisor, se sintió deprimida. Cenar en compañía sería más divertido.
Una vez pasado el susto del supuesto atraco lo sucedido le parecía muy gracioso, y se dijo que podrían
reírse un rato comentándolo.
De acuerdo.
Y sus viejas amigas las mariposillas burlonas bailaron en su estómago mientras lo decía.
El restaurante era acogedor. Con luces tenues y una velita en el centro de la mesa. Estaba situado
frente al parque del Retiro, en una zona que le encantaba; además, ella vivía cerca de allí, así que
estaba en su territorio.
Antes de sentarse fue al lavabo. Debía retocarse la cara y ese moño díscolo. El rímel se le había
corrido un poco a causa del llanto. Se limpió los ojos con una toallita húmeda. Luego se retocó el pelo
y se dio un poco de color en los labios. Bien, ya estaba lista para devorar una opípara cena.
Lo contempló mientras volvía a la mesa. Desde luego, era muy guapo, el tipo de hombre que a
ella le gustaba, y sería magnífico salir con alguien... ¿Salir? ¿Quién había dicho nada de salir? Él sólo
la había invitado a cenar, aunque sí parecía que ella le gustaba. Esperaba no hacer ninguna tontería,
porque había perdido la costumbre de ligar; en realidad nunca había ligado... Bueno, ya iba siendo
hora de que supliese algunas carencias de su vida, y ésa era una de ellas. «Comer y ligar, todo es
empezar», se dijo riéndose de su mal chiste, e intentó imprimir a sus caderas un movimiento
discretamente sexi y sofisticado al andar.
Esteban estaba estudiando la carta con mucha atención cuando ella se sentó a su lado. Tanto
movimiento de caderas y no le había hecho ni caso.
Me he tomado la libertad de pedir el vino. Pero si quieres otra cosa, dímelo. He pedido un rioja
que me han recomendado, uno de reserva. ¿Nos atrevemos con él? Luego, según lo que pidamos, ya
veremos qué bebemos.
¿Cómo que luego ya veremos? ¿Acaso pensaba emborracharla? María se prometió no beber más
de una copita. Bueno, como máximo dos, quizá tres, pero ni una más.
El camarero llegó con la botella de vino y sirvió un poco en la copa a Esteban. Éste lo probó y
asintió con la cabeza, de manera que el hombre llenó las copas de los dos y, tras dejar la botella en la
mesa, se marchó, no sin antes regalarles con el espectáculo de una elegante reverencia.
Nunca he entendido eso de que le den a probar el vino al hombre. ¿Y la mujer? ¿Acaso
nosotras no tenemos derecho a probar lo que vamos a beber?
Bueno, bueno, es una costumbre y, de verdad, te juro que yo no la he implantado. Venga,
pruébalo.
Estaba delicioso. Durante unos minutos se dedicaron a beber y a picar de los diferentes aperitivos
que les habían servido mientras cada uno estudiaba atentamente su carta.
¿Ya sabes qué vas a tomar? Esteban sonreía. «¡Qué guapo es! volvió a pensar María, con
esos ojos tan negros y expresivos que brillan pícaros y divertidos cuando sonríe». Suspiró.
No sabía por qué plato decidirse, así que leyó lo primero que vio en la carta.
Este salteado de rape y gambas al mojo picón tiene buena pinta. Creo que lo probaré.
No sabía si el vino que él había pedido era el apropiado para ese plato. Pero bueno, ¿qué más le
daba? Ella no entendía de protocolos, y si Esteban era tan esnob que pedía la comida para que estuviese
en consonancia con el vino, entonces le diría...
¿Por qué se enfadaba de esa forma? Él no había dicho nada, todo eran figuraciones suyas. Sólo
había una cosa que la molestaba... ¿Por qué se había quedado dormido en el coche? Tenía que
preguntárselo, pero aún no. Le daría una oportunidad para que se explicase voluntariamente.
¿Sólo vas a tomar un plato? le agradeció que interrumpiera sus pensamientos, que de nuevo
comenzaban a desbocarse.
«Céntrate se dijo. Y disfruta de la cena.»
Sí, no estoy acostumbrada a cenar mucho, ¿y tú?
Yo, como decía mi madre, tengo muy buen saque. Pero hoy también pediré sólo un plato.
Llamó al camarero. La señorita tomará un salteado de rape y gambas al mojo picón y yo un steak
tartar al Jack Daniels.
Cuando se quedaron solos María se llevó la copa a los labios. ¡Vaya! No le quedaba vino; antes de
que hubiera acabado de posar nuevamente la copa sobre la mesa, ya se la estaba llenando Esteban. La
luz de las velas, la relajación después de un día tan duro, el sopor del vino... Todo contribuía a
aumentar su bienestar. Estaba a gusto y, sin darse apenas cuenta, volvió a llevarse la copa a los labios.
Estás muy callada. Y yo estoy deseando saber cómo te ha ido hoy el día. He asistido al
principio y al final de tu jornada, que no ha sido muy brillante, me refiero a lo de tu coche. Pero no
hay mal que por bien no venga, y aquí estamos. Puede que te enfades por lo que te voy a decir, pero yo
estoy en la gloria... Hizo un gesto alzando las manos, como protegiéndose de un inminente ataque
. Me alegro de que se te rompiera el coche.
La miró con recelo, como esperando que saltara sobre él y se pusiera a arañarlo. Pero no, María
permaneció quieta, sin saber qué decir, porque también ella, en el fondo, pero muy en el fondo, se
alegraba.
Se limitó a sonreír y a llevarse la copa de vino a los labios.
Tranquilizado por su reacción, Esteban le devolvió la sonrisa.
Brindemos por las baterías agotadas y los talleres mecánicos. Parecía muy animado y feliz
cuando alzó su copa, y la joven rio con ganas. Alzó también la suya, contagiada de su buen humor.
Cuando ambas copas chocaron, tuvo la sensación de que se iban a romper, como debería
romperse su incipiente relación. Pero nada de eso pasó. Las copas resistieron el contacto y ellos
bebieron mirándose a los ojos.
A medida que el líquido bajaba por su garganta, María se sintió invadida por una tibia languidez.
Los nervios acumulados a causa de la tensión del día se habían evaporado del todo, y ahora sólo sentía
una inquietante excitación. Tenía ganas de tocarle las manos, que él apoyaba sobre la mesa, y de
rozarle los labios con las yemas de los dedos. Era maravilloso disfrutar así, dejarse llevar. ¿Cuándo se
había dejado llevar de esa forma por última vez? No lo recordaba, quizá nunca.
Dejó su copa vacía sobre la mesa y se dispuso a pasar una agradable velada.
Agradable no era exactamente la palabra adecuada. Excitante, divertida... Rieron y hablaron de
muchas cosas, como si se conocieran de toda la vida. Esteban era un hombre encantador, culto,
educado, ingenioso... Sus historias la habían hecho reír y también ponerse triste en algún momento. Le
habló de algunos juicios que estaban a la orden del día y que a ella le interesaban por sus
implicaciones jurídicas o simplemente por puro «cotilleo», como le dijo riendo, sin importarle que él
la mirara extrañado. Le habló también de casos que se habían hecho famosos por el morbo y el
escándalo que los acompañaban. Esteban era inteligente; en todo era capaz de descubrir algún detalle,
algún punto que a los demás se les escapaba. De pronto, María se encontró escuchándolo con avidez,
bebiendo sus palabras.
Y de temas políticos y de actualidad pasaron a asuntos más personales. Ella era remisa a hablar
de sí misma y Esteban lo notó. Por eso decidió allanar el camino sincerándose él primero. El resumen
que le hizo de su vida a María le pareció el guión de una película. Bien mirado, no tenía nada de
extraño y era una vida como la de tanta gente. Pero la forma en que Esteban contaba las cosas, las
anécdotas, a veces divertidas, a veces serias, hacía aumentar su interés por él.
Su madre se había quedado embarazada a los dieciocho años y nunca conoció a su padre. A pesar
de esa circunstancia, que en principio podía contener muy malos augurios, tuvo una infancia feliz. Su
familia tenía dinero, empresas que reportaban buenos beneficios, y su madre y él habían vivido con
sus abuelos, en una enorme y preciosa casa, muy protegidos, hasta que su madre se enamoró de nuevo
y se casó. Él tenía diez años entonces y su padrastro resultó ser un buen hombre, cariñoso con él y
muy enamorado de su esposa. Al principio todo había ido bien, pero su madre era una mujer volátil,
inquieta, loca por las fiestas, y el matrimonio no la aplacó, como había pensado su abuelo que
sucedería. Así que él acabó viviendo otra vez con su abuelo, porque la vida que su madre y su
padrastro llevaban no era la más adecuada para un niño. De todos modos era feliz con su abuelo y no
le supuso ningún trauma. Su madre era guapa, él era un niño y la quería. Eran felices.
Luego las cosas se torcieron hablaba con tristeza al recordar esa parte de su vida, y mi
madre y mi padrastro acabaron separándose. Andrés es mexicano y volvió a su país después del
divorcio. Mi madre se quedó. Continuó con su vida de locura y fiestas. Si pasaba una semana sin que
saliera en una revista del corazón, se mosqueaba. Sonrió. Así era, pero yo la quería. Murió un año
después de su divorcio en un accidente de tráfico, cuando yo tenía quince años.
¡Cómo lo siento! Y lo sentía de verdad. No sabía si se le da el pésame a alguien cuando ya
hace tanto tiempo de la muerte del ser amado, y se quedó callada.
No pasa nada, fue hace mucho tiempo.
Yo también perdí a mi madre cuando era muy pequeña, y sé que es terrible.
Lo siento. Debías de ser una niña encantadora, seguro que eras muy traviesa, ¿a que sí? Pero no
hablemos más de cosas tristes. Se recostó en su asiento. Ya habían terminado de cenar y estaban
tomando los postres. ¿Quieres un café? ¿Una copa?
No, con el día que he tenido, sólo me falta echarle cafeína al cuerpo por la noche, y mucho
menos más alcohol. Creo que, gracias al vino, voy a dormir bien, no quiero estropearlo.
No te creas que no me he dado cuenta. Otra vez esa sonrisa entre irónica y feliz. Me has
animado a hablar como hacía tiempo que no hablaba, prácticamente te he contado mi vida y tú no has
dicho una palabra sobre ti.
No creo que me hayas contado tu vida, seguro que guardas algunos secretitos. Como, por
ejemplo, por qué estaba durmiendo en un coche en mitad de la calle. De todos modos, tu vida es
mucho más interesante que la mía... Tengo dos hermanas, mi madre murió cuando éramos muy
pequeñas y mi padre hace cuatro años. No hay mucho más que contar. Estudié derecho y aquí estoy,
nada de particular, nada que pueda interesar a nadie...
A mí me interesa la interrumpió él. Cuéntame más cosas, háblame de tus hermanas.
Mis hermanas viven juntas. Celia es la mayor y Luisa la pequeña.
Así que tú eres la mediana...
Exacto, Sherlock, muy agudo.
Tengo grandes dotes de observación. Sonrió. Venga, sigue contándome.
Ahora no, por favor. Estoy muy cansada y sólo quiero ir a casa y dormir. Otro día, ¿vale?
De acuerdo, te llevaré a tu casa.
Salieron a la noche. Había templado y la temperatura era agradable. Eran casi las doce, pero aún
había gente por la calle, y María se dio cuenta de repente de que necesitaba hacer algo de ejercicio. Su
casa no quedaba lejos.
No hace falta que me acerques en el coche, me apetece pasear.
¿Qué? Es tardísimo y decías que estabas cansada.
¿Había dicho él eso? ¿Tardísimo? Si incluso había pensado invitarla a su casa a tomar una copa.
«¿Quieres tomar una copa en mi casa? pensaba decirle. Aún es pronto.»
¡Es tardísimo! María repitió sus palabras en son de burla. Pero si no son ni las doce.
¿Había dicho ella eso? ¿Ella, que a las once estaba todos los días en la cama?
En realidad...
Yo creo que...
Hablaron los dos a la vez. Así que también callaron al unísono. Luego se echaron a reír.
Al fin Esteban se puso serio y dijo:
La verdad es que pensaba invitarte a tomar una copa en mi casa. Vivo aquí.
¿Vivía allí? ¿En el portal que había al lado del restaurante? Por eso la había llevado a aquel lugar,
no porque fuera romántico, tranquilo y tuvieran un vino excelente, sino porque estaba al lado de su
casa y tenía planeado invitarla a subir. Rosa le había dicho que era un mujeriego, pero eso era lo más
rastrero... ¿Cómo había podido fiarse de un hombre que dormía en el coche? Si se lo hubiera dicho
desde el principio, vaya... Tenía la impresión de que la había manipulado, y eso no le gustaba nada.
No, es tardíiiisimo. Y no hace falta que me lleves, iré paseando.
No voy a dejarte sola. Si no quieres que te lleve en el coche, te acompañaré. Además, aún no sé
tu dirección, y mañana tengo que pasar a buscarte para llevarte al trabajo.
No es necesario, Esteban, ya te he dicho que puedo arreglármelas. Me parece absurdo que tengas
que ir hasta allí y luego volver otra vez, me siento mal, como si estuviera aprovechándome de ti.
Está muy cerca, no tardaré nada.
Sí, está cerca. Pero hay mucho tráfico por las mañanas...
Tonterías, yo soy el juez, yo mando. Mientras no tengas coche pienso llevarte a trabajar todas
las mañanas, señorita. Y no se hable más.
María cedió al fin y le dio su dirección; luego intercambiaron los números de teléfono por si
alguno debía avisar al otro de cualquier contratiempo. Al coger su móvil para apuntar el número de
Esteban, se dio cuenta de que lo había desconectado por la mañana y se le había olvidado conectarlo de
nuevo. Tenía un montón de llamadas perdidas. Bien, ya miraría luego, o al día siguiente... Volvió a
desconectarlo.
Vamos. Esteban la cogió del brazo.
¿Adónde?
A tu casa paseando; si eso es lo que quieres, por mí no hay inconveniente.
Entonces se detuvo. Aún la tenía cogida del brazo. Su mano subió por el hombro para rodearle el
cuello y acariciarla suavemente. Bajó la cabeza y sus labios se posaron sobre los de ella, con mucha
suavidad. María gimió y eso debió de animarlo, porque presionó más sobre su boca.
Tenía frío y, de pronto, estaba asada de calor, un calor que se extendía por todo su cuerpo. Se
estremeció y le dejó hacer. Esteban la empujó con suavidad hasta que su espalda quedó apoyada contra
la puerta de cristal de una casa. Un portal. Allí vivía él. Siguieron besándose, él le metió la lengua en
la boca y empezó a explorar todos sus rincones, y cuando María apartó la cara, siguió acariciándosela
con los labios, con besos suaves y dulces. La joven sintió que se le doblaban las piernas, porque el
contacto de los labios de Esteban sobre su cuello, sobre su boca, sobre sus ojos era como una droga que
la estaba dejando sin fuerzas.
Sube a mi casa... dijo él muy bajito. Su aliento le rozó las orejas y María se estremeció. Si
permanecía un minuto más así, subiría... Pero sólo lo conocía desde hacía unas horas y ya sabía que
era un hombre manipulador y mentiroso. Si no la hubiera llevado a un restaurante que estaba justo
debajo de su casa... Pero eso era premeditación. Y alevosía también. Seguro que el Código Penal tenía
algo que decir sobre ese comportamiento.
Abrió los ojos que había mantenido cerrados y vio que se aproximaba un taxi, con su lucecita
verde refulgiendo en la oscuridad. Se soltó dándole un empujón y corrió hacia la calle con el brazo
alzado. El taxi paró junto a ella y María se subió.
Lo miró mientras el taxi se alejaba. Era un puntito negro en la calle desierta.
CAPÍTULO 3
¿Qué le había pasado? ¿Cómo había podido comportarse de esa forma, tan infantil y estúpida? Estaba
avergonzada, tanto que creía que no sería capaz de volver a mirar a Esteban a la cara. Dios, ¡qué apuro!
Se había marchado dejándolo al pobre pasmado en el portal. Aunque, ¿qué otra cosa podría haber
hecho? No le parecía muy sensato subir a casa de un hombre al que conocía hacía apenas unas horas y
que no había dado muchas muestras de ser de fiar. Además, estaba muy cansada; necesitaba pensar en
todo lo que se le había venido encima en unas... miró el reloj... trece horas, aproximadamente.
Estaba sentada en el sofá de su casa, mirando el televisor apagado y pensando. Sonrió, soñadora.
Le gustaba mucho Esteban y esperaba que no se hubiera enfadado con ella, porque estaba deseando
verlo de nuevo. ¿Quién sabe?, se dijo. Quizá podría salir algo bueno de lo que había empezado de una
forma tan rara. Pero tenía miedo, un miedo terrible a hacer lo que no debía, a cometer un error fatal.
No estaba acostumbrada a tomar decisiones; nunca sabía qué elegir y esperaba la opinión de los demás
antes de hacerlo. Pero en este caso debía decidir sola, y eso la asustaba. No podía equivocarse. Esta
vez no.
Se quitó los zapatos y se tumbó en el sofá, con los pies en alto sobre un cojín. Se incorporó y se
los masajeó un ratito. Esos tacones eran lo mejor en métodos de tortura que había inventado el ser
humano, y sólo ahora se daba cuenta. Ni siquiera los pies doloridos habían llamado su atención
durante ese frenético día.
Conectó su iPhone y aparecieron las llamadas perdidas. ¡Qué barbaridad! Pensarían que había
muerto. De Celia había... ¡siete! Le extrañaba que su hermana no hubiera acudido a la policía; quizá lo
había hecho. Ya era muy tarde, pero Celia debía de estar muy intranquila.
Estaba dudando si llamarla a esas horas o dejarlo para el día siguiente cuando sonó su teléfono.
Era ella.
Hola, ya sé. Fue lo primero que dijo, antes de que Celia pudiera hablar. Me has llamado
muchas veces. Perdona, desconecté el teléfono y se me olvidó conectarlo. Lo siento.
¡Eres increíble! Estaba muy preocupada por ti. Antonio me ha llamado porque no podía
contactar contigo; también está muy preocupado. Pero ¿dónde tienes la cabeza?
Lo siento, de verdad, ya lo he dicho y no voy a repetirlo. No tenéis que perseguirme como si yo
fuera una niña y vosotros tuvierais que saber en todo momento dónde me encuentro y qué estoy
haciendo. ¡Ya está bien! Dureza, se dijo. Alguna vez tenía que empezar a independizarse y ése era
tan buen momento como cualquier otro. Además, el vino que había tomado empezaba a cumplir su
misión: la volvía atrevida.
Pero, María...
Vamos a dejarlo la interrumpió. He tenido un día muy duro y estoy muy cansada. No te
preocupes tanto por mí suavizó el tono de voz, un poco arrepentida de su arrebato. Estoy bien,
pero agotada, sólo quiero dormir. Te prometo que el sábado iré pronto a tu casa, comeremos y
hablaremos, de verdad. Pero si me llamas y no respondo, no avises a la policía. No puedo vivir
pensando que en cada momento os tengo que avisar de cada paso que doy. ¿Vale?
Claro. Había un tinte raro en el tono de Celia. ¿Escepticismo? ¿O era decepción? Quizá
simplemente extrañeza. Perdona, ya sabes que desde... Bueno, desde que vives sola todos nos
preocupamos por ti. Y, la verdad, parece que a ti no te importa mucho. O no te importaba, para ser
más exacta. Yo creía que incluso te gustaba.
Claro, y agradezco tu preocupación, de verdad, pero ahora estoy agotada. Hablamos el sábado,
¿sí?
Sí, perfecto, hasta el sábado entonces.
Hasta el sábado.
María dejó el teléfono sobre la mesita y volvió a tumbarse en el sofá. No era raro que su hermana
se extrañara de su actitud. Como decía Celia, ella nunca había sido así, más bien todo lo contrario.
Siempre había sido una persona dócil, que se dejaba llevar. Era la favorita de su padre, porque nunca
le daba problemas: estaba en casa a su hora, sacaba buenas notas, no salía con chicos... ¡Chicos! Nunca
había salido con jóvenes de su edad. A los dieciséis años se enamoró del hombre con el que se casó, y
ya estaba, se acabó su historia.
Se incorporó y cogió una fotografía que tenía sobre la mesita en la que Daniel, apoyado en un
puente, con el Danubio al fondo, sonreía con sus ojos serios. Era una foto de su viaje de novios a
Budapest... Ella, con sus veinte años, habría preferido jugar con él en una playa, los dos tumbados bajo
el sol, pero finalmente habían ido donde él quería, y estuvo muy bien, vio lugares espectaculares
gracias a él, y en ningún momento se arrepintió de haberle hecho caso. Sí, Daniel solía tener razón y
ella nunca lo había decepcionado, jamás había hecho algo que él no supiera o aprobara.
¿Qué habría pensado de ella si la hubiera visto, desde dondequiera que se encontrara? ¿Qué
habría pensado si la hubiera visto besar a Esteban? Peor aún, ¿qué pensaría si pudiera leer en su
interior?
Se levantó. Debía acostarse, pero antes se daría una ducha, eso la ayudaría a relajarse y descansar
mejor. Se quitó la ropa y se envolvió en la bata. Tenía que quitarse todo el maquillaje que se había
puesto por la mañana, si es que aún le quedaba algo, ¡qué aburrimiento! Eso era lo peor, quitarse el
maquillaje por las noches. Cuando más cansada estaba y sólo quería dormir, era lo que más pereza le
daba.
El agua caliente envolvió su cuerpo, reconfortándola y regalándole una suave relajación, una
languidez natural después de la tensión acumulada. Cerró los ojos mientras el agua se deslizaba por su
rostro, y otro rostro, el de una persona a la que apenas conocía, llenó su mente. Era guapo, tenía un
cuerpo perfecto y la estaba besando. ¿Por qué no había subido a su casa? Si lo hubiera hecho, ahora no
estaría desnuda y sola bajo la ducha, no señor. Estaría con él.
Se había aplicado el gel de ducha en la mano y empezó a extenderlo por todo su cuerpo. Si
estuviera con Esteban le diría: «Señor, ¿me extiende el gel por el cuerpo, por favor?». «Señora, a sus
órdenes», respondería él. Y al pensar en sus manos acariciándola el corazón comenzó a latirle con
rapidez y abrió la boca, pues, aunque el agua caía con fuerza sobre ella, la tenía seca.
La mano actuaba por su cuenta, como si de repente hubiera adquirido vida propia y se moviera
con autonomía de su cerebro... Así, sin que María pudiera evitarlo, bajó hasta la cintura y luego siguió
extendiendo el gel por los muslos, entre las piernas... El suave masaje de las manos de Esteban era cada
vez más atrevido y ella jadeó y quiso abrazarlo. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no la besaba como ella
quería? Se moría por sus besos y buscó sus labios. Mientras, él seguía acariciándola, volviéndola loca.
La mano comenzó a moverse sobre su sexo, no podía pararla y comenzó a frotarse, al principio con
suavidad, luego con frenesí. Gimió buscándolo porque necesitaba sus labios. ¿Dónde estaba? Tenía
que verlo. Abrió los ojos y lo buscó. Pero no lo vio frente a ella. Estaba sola...
Aún temblaba, frustrada, cuando cerró los grifos y se envolvió en la toalla. No podía ser... ¿Por
qué era tan idiota? ¿Por qué se conformaba haciendo sola lo que se moría por hacer con él? Esteban
tenía la culpa de todo, porque al besarla había despertado unas ansias que hasta entonces le había sido
fácil dominar, unos sentimientos que habían estado dormidos durante mucho tiempo. ¿Dormidos?
¿Desde cuándo no se sentía así? No podía recordarlo, y no porque hubiera transcurrido mucho tiempo,
se dijo, sino porque no había pasado nunca.
Pero así se sentía, y no podía evitarlo. Llamaría a Esteban. Le diría que fuera a su casa, que lo
esperaba... ¿Acudiría él a su llamada? Su mano, otra vez autónoma, se estaba dirigiendo ya al teléfono.
No. No podía llamarlo después de lo que le había hecho, y menos a esas horas. Esteban pensaría que
estaba loca.
Corrió al salón y tomó entre sus manos la foto de Daniel. Algo en su interior le decía que había
estado engañándose, y recordó el alivio que había experimentado cuando Daniel murió, un alivio
culpable por sentirse al fin libre. No se había atrevido a contárselo a nadie y nunca lo haría, porque se
sentía mal con sólo pensarlo. Pero tenía que ser sincera consigo misma.
¿Sabes una cosa? le dijo a la imagen perpetuamente inmóvil. Te echo de menos, porque tú
no me exigías tomar decisiones. Contigo estaba muy claro lo que había que hacer en cada momento.
Besó la foto, y el frío del cristal sobre sus labios acabó con los restos de excitación. Luego dejó la
foto de Daniel sobre la mesa y se fue a la cama.
Tenía que levantarse temprano. La esperaba un día muy largo.
Se despertó tarde y apenas le dio tiempo a vestirse a toda prisa. «Hoy nada de tacones se dijo
, hay que dejar descansar los martirizados pies.» Se maquilló y estaba a punto de hacerse el moño,
como el día anterior, cuando decidió que no, nada de moño, con el pelo suelto se sentía más cómoda y
además intuía que era más apropiado para lograr su propósito: contentar a Esteban si estaba enfadado
por su vergonzosa huida nocturna.
Cuando bajó, él ya llevaba un buen rato esperándola en su coche, mal aparcado frente al portal.
Esteban había pasado la mayor parte de la noche pensando en lo que él juzgaba una enorme
metedura de pata. ¿Cómo se le había ocurrido proponerle que se acostara con él cuando sólo hacía
unas horas que se conocían? Para él era normal, lo había hecho muchas veces: le gustaba una mujer, y
a por ella. Y la mayoría aceptaba, pero quizá María necesitara algo más de tiempo, un par de días por
ejemplo. Sí, se había comportado como un patán, lo cual no era disculpa para el comportamiento de
esa niña mimada: al menos podría haberse despedido. Eso de largarse a la francesa dejándolo allí
tirado sin decir siquiera «adiós» no le parecía de muy buena educación. Bueno, a ver de qué pie
cojeaba esa mañana: la mujer es cambiante, y se puso a canturrear: «La donna è mobile...» Necesitaba
verla, enterarse de cómo se lo había tomado ella, y luego ya vería qué hacer.
La donna è mobile,
qual piuma al vento...
Allí estaba, saliendo del portal. Preciosa, aunque algo más bajita, pues no se había puesto los
tacones. Llevaba zapatos bajos abotinados y pantalones negros. Y se había puesto un abrigo claro que
le quedaba perfecto. Lo mejor era que había pasado del moño y llevaba su preciosa melena suelta. La
enorme cartera con el ordenador y los documentos colgaba pesadamente de su hombro.
Te has retrasado, menos mal que a estas horas el terrible cuerpo de aguerridas multadoras aún
no está activo. Decidió empezar bromeando. Era lo mejor para romper el hielo.
María sonrió, algo más tranquila por ese recibimiento. Temía que Esteban estuviera enfadado por
haberlo dejado plantado en el portal con la boca abierta, y que la saludara con algún reproche. Pero no
lo hizo: era evidente que quería pasar página, actuar como si lo de la noche anterior no hubiera
ocurrido. Y la joven se lo agradeció en silencio, pues si le hubiera pedido explicaciones a ella le habría
resultado muy difícil dárselas.
Lo siento, me he dormido, es que... Iba a decir que se había acostado muy tarde, pero eso
podía malinterpretarse fácilmente, y prefería no dar pie a comentarios insidiosos o pensamientos
malignos. No ha sonado el despertador. Y ahora quiero volver a elevar mi más enérgica protesta por
que hayas venido a buscarme; de verdad, me parece absurdo que te tomes tantas molestias cuando
puedo ir por mis medios. De hecho, pienso volver en metro.
Él sonrió y habló sin apartar los ojos de la carretera:
Me encanta ser su chófer, señorita. Por favor, no me niegue ese placer...
Vale, pero por las tardes me voy yo sola. No sé nunca a qué hora voy a salir y me resultaría
muy molesto saber que estás esperándome. Además, tú también tendrás cosas que hacer.
Sí, la verdad es que por las tardes lo tengo más difícil. Por eso te ruego que no me prives del
placer de llevarte por las mañanas. Para mí no es molestia, todo lo contrario.
María rió.
De acuerdo, tú ganas. Lo miró divertida.
Tenía el pelo negro aún un poco mojado, y un mechoncito díscolo le caía sobre la frente. María
volvió a imaginárselo desnudo en la ducha con ella, extendiéndole el gel. Luego sus ojos se clavaron
en las manos de Esteban, que tan íntimamente la habían acariciado, aunque él no tenía ni idea.
Esteban pensó que debía de pasarle algo, porque estaba muy callada, pero no había nada en su
actitud que le diera una pista sobre qué hacer. Bien, pues actuaría con naturalidad, no diría nada de lo
que sabía que los dos tenían en la cabeza.
¿Y de qué puede hablar un hombre cuando no tiene nada que decir? De coches, naturalmente.
¿Es que ese hombre no se callaba nunca? Hablaba sin parar y María estaba empezando a ponerse
de los nervios.
... Así que no te preocupes concluyó, dando por terminada una frase que ella ni siquiera
sabía cuándo había empezado. Luego te daré el teléfono del taller, tengo una tarjeta. Llama y
pregunta por Juancho. El tipo es amigo mío, siempre le llevo mi coche. Tú dile que vas de mi parte.
Además, tiene el taller muy cerca de tu edificio de oficinas, así que supongo que la grúa te saldrá más
barata que si llamas a uno de Madrid.
Aun así me va a salir carísimo, sólo tengo el seguro obligatorio... ¿Tú crees que me lo tendrá
esta tarde?
No lo sé. La verdad es que es un poco lento. Pero es muy bueno, es uno de esos apasionados de
los coches que disfrutan con su trabajo.
¡Ah! Qué bien...
Después, el silencio. Se acabaron las peroratas sobre los coches. Esteban se encerró en un
obstinado mutismo, cosa que, tras sus discursos anteriores, resultaba, como mínimo, chocante. ¿Sería
uno de esos hombres que cambian de humor de repente sin que una sepa por qué? Daniel era así: a
veces estaba muy feliz, reía y hacía planes, y de pronto se quedaba callado y ya no había quien le
sacara una palabra.
Cerró los ojos y se recostó en el reposacabezas con la intención de hacerse la dormida; si Esteban
estaba esperando que hablara de la noche anterior, iba listo. Que empezara él.
Bueno, ya estamos.
Esteban aparcó y se inclinó sobre ella para buscar algo en la guantera.
Bien, toma la tarjeta de Juancho. Llámalo y dile que vas de mi parte.
Muy bien. Y muchas gracias por todo, de verdad. Me veo en la obligación de insistir en que no
es necesario...
Calla de una vez. Mañana te espero en la puerta de tu casa, igual que hoy. Y esta tarde ten
mucho cuidadito al volver a casa. Llámame cuando llegues.
Vale, mami.
Esteban le tendió la mano y María se la dio. Durante unos segundos se quedaron mirándose a los
ojos, con las manos entrelazadas. De pronto él inclinó la cabeza y la besó en los labios con mucha
suavidad, una engañosa suavidad que desató todo un torbellino en su pecho. Recuerdos de cosas que
aún no habían sucedido. Cuando dejó de besarla, se sintió decepcionada.
Se soltaron, remisos.
No te olvides de llamarme...
Jamás. Será lo primerito que haga al volver a casa. Y gracias por todo.
Siempre a tus órdenes, princesa.
María se bajó y se quedó en la acera viendo cómo se alejaba el coche de Esteban hasta que
desapareció.
Su famoso cliente conocido con el apodo de Aníbal el Caníbal la esperaba en su despacho. Rosa
se lo dijo sin disimular la risa cuando la vio entrar. Pobre hombre, se había convertido en el
hazmerreír del bufete y, suponía María, de todo su vecindario.
Aníbal Ribagorda (sí, se llamaba Aníbal) era un tipo menudo, de grandes orejas, precisamente, y
ojillos saltones sobre los que cabalgaban unas pobladas cejas.
Se puso en pie cuando entró María. La joven le tendió la mano:
Siéntese, por favor.
Gracias por recibirme, señorita. Como ya sabe, mi cuñado me ha denunciado por agresión... Es
que..., bueno..., en una discusión me calenté demasiado y... llegamos a las manos, aunque no mucho.
María sonrió y se preguntó qué significaría «no mucho». En fin, paciencia, ya llegarían a eso. El
caso es que le mordí una oreja.
Le contó que su cuñado y él eran socios, tenían un negocio de transporte de mercancías y no les
iba mal, aunque últimamente discutían cada vez más a menudo. Aníbal quería llegar a un acuerdo,
pero su cuñado se negaba.
María se lo estaba pasando en grande charlando con ese hombre, pero, salvo decirle que intentaría
negociar con el abogado de su cuñado, de momento no podía hacer mucho más. Así que, muy a su
pesar, se despidió del hombrecillo tras prometerle que lo llamaría pronto.
Llevaba unos dos minutos sola en el despacho cuando oyó unos golpecitos en la puerta y ésta se
abrió para dar paso a Antonio. Nada más verlo, supo que estaba enfadado.
Antonio era el único de los amigos de Daniel que había continuado manteniendo relación con
ella, cosa que María le agradecía profundamente, pues su compañía había mitigado bastante su
soledad. Los demás al principio la llamaban a menudo, interesándose por cómo estaba, cómo lo
llevaba. Pero, poco a poco, las llamadas se habían hecho cada vez más escasas y hacía ya algunos
meses que no recibía ninguna. Fue bastante duro reconocer que no tenía amigos, que sus amigos en
realidad lo eran sólo de Daniel.
Salvo Antonio, que siempre había estado a su lado: en los buenos momentos sin hacerse notar y
como un valioso apoyo en los malos. No sabía qué habría hecho sin él durante la enfermedad de
Daniel. Todo habría sido mucho más duro sin su ayuda, sin su reconfortante presencia. Y después no
había desertado, como los demás; había seguido visitándola, animándola. Incluso le había conseguido
un trabajo.
Era más joven que Daniel. María no sabía su edad con exactitud, pero le calculaba unos cuarenta
y dos años, y estaba divorciado. Tenía una hija de doce años a la que no veía mucho, porque su ex
vivía en Málaga, y eso lo tenía un poco amargado. Pero era demasiado educado para dejar que sus
problemas influyeran en sus relaciones con los demás. En cuanto a su aspecto, tenía mucho éxito entre
las damas, pues era alto y rubio, y sus seductores ojos verdes llamaban la atención. Además, siempre
iba impecablemente vestido, con traje y corbata. Pero tenía una pega: era muy serio y la magnífica
impresión que su buen aspecto causaba en un primer momento quedaba anulada por su carácter
austero, casi arisco, lo que hacía que no cayera nada bien a quienes no lo conocían en profundidad.
Tras años de amistad, María achacaba esas características tan negativas a su extraordinaria timidez.
Sonrió al verlo entrar. Un vistazo a su ceño fruncido le bastó para saber que estaba enfadado. Y
conocía el motivo.
¿Dónde te metiste ayer? Me tenías muy preocupado, te llamé no sé cuántas veces... fue lo
primero que dijo.
Hola. ¿No sabes que cuando entras en un lugar tienes que saludar?
Hola dijo Antonio de mala gana.
Y en cuanto a dónde me metí ayer..., siento que te preocuparas. Simplemente desconecté el
móvil y luego se me olvidó conectarlo. No es para tanto.
¡Claro que lo es! La próxima vez ten más cuidado y no seas tan despistada. No puedes
desaparecer así, sin dar noticias de...
Ya está bien lo interrumpió. No soy una niña, Antonio, no quisiera enfadarme, pero me
parece exagerado que andéis detrás de mí de esa manera. Ayer tuve la misma conversación con Celia,
y te digo a ti lo que le dije a mi hermana: no soy una niña y me estáis hartando.
Antonio se puso muy colorado y María estuvo a punto de pedirle perdón, pero no lo hizo. Tenía
que dejarles bien claro a todos que no necesitaba su permanente custodia.
Bueno, no te pongas así. Me preocupo por una amiga, no me parece que la cosa sea tan grave.
Se acercó a ella y le acarició la cabeza. Un gesto fraternal, como tantas veces, pero en esta ocasión a
María le pareció que había algo más. Y no le gustó.
Se apartó con brusquedad y Antonio la miró desolado.
Deberías estarme agradecida. Si no fuera por mí, no tendrías este trabajo. En cuanto
pronunció estas palabras se arrepintió de haberlo hecho.
María lo miró, incrédula. Le pareció ruin que se lo recordara, por eso le respondió, muy cortante:
Y te lo agradezco, ¿quieres algo a cambio?
No... Perdona, lo siento... Meneó la cabeza, sin dejar de mirarla. Has cambiado, lo noto.
No entiendo cómo ha podido producirse ese cambio en ti, pero es muy evidente. Sólo han pasado cinco
días desde la última vez que nos vimos y pareces otra.
Soy la de siempre. Y no pienses que no te agradezco todo lo que has hecho por mí, pero no me
gusta que me controles. Seguía enfadada. Nunca habría pensado que Antonio iba a tener el mal
gusto de recordarle todo lo que la había ayudado.
No te controlo, simplemente me preocupo por ti. Antes no te importaba que lo hiciera, yo diría
que incluso te gustaba.
¡Otro igual! Y ante el gesto de extrañeza de él, añadió: Anoche Celia me dijo lo mismo.
Puede que antes lo tolerara, no sé, pero ya no me gusta.
Antonio y Celia tenían algo de razón, reconoció para sus adentros. Sí había cambiado, y en muy
poco tiempo. Pero no podía explicárselo porque ni ella misma lo entendía. No podía hablarle del
torbellino que bullía en su cabeza, porque tendría que sincerarse con él y no quería hacerlo. Más
adelante, cuando se hubiera aclarado, cuando ella misma supiera lo que quería, hablaría con Antonio.
Era su mejor amigo; lo último que deseaba en el mundo era perder su amistad.
Mira, digamos que estoy pasando una pequeña «crisis»... Llamémoslo así. He perdido tanto y
han cambiado tantas cosas en este último año... Se miraron a los ojos. Los dos sabían de qué estaba
hablando. Necesito pensar, necesito replantearme mi vida. Y aunque sería mucho más fácil
apoyarme en ti, como siempre, creo que es mejor que lo haga sola. No me agobies, por favor. Esta
tontería se me pasará pronto.
Está bien, pero me duele que prescindas de mí en momentos de crisis. Sonrió. Por favor,
vuelve a ser tú cuanto antes.
Se abrazaron y se dieron los dos amistosos besos de rigor en la mejilla.
De todos modos, llámame y mantenme informado de tus andanzas laborales... Y no porque
tenga un interés malsano. Los amigos conversan, ¿no estás de acuerdo?
Claro que sí. Te llamaré.
A partir de ese momento, el día transcurrió entre reuniones, expedientes y más reuniones. Como
el día anterior, comió con Rosa, que, sospechando que su nueva amiga olvidaría la comida, había
llevado doble ración. Un poco avergonzada, María reconoció que se había olvidado por completo de
ese detalle y prometió a la secretaria que no volvería a pasar.
A eso de las cinco recibió la llamada de Juancho. El mecánico le dijo que a su coche no sólo
había que cambiarle la batería, también tenía... Y en ese punto le soltó una lista de averías que la
sobrepasó. Ni siquiera sabía que los coches tuvieran tantas piezas, de manera que le dijo que le enviara
la información y el presupuesto por correo electrónico. Lo consultaría con Esteban, que parecía
entender de coches más que ella.
Habían quedado en que lo llamaría cuando supiera algo del coche, así que cogió el móvil.
¿Esteban? dijo antes de que él contestara.
¿Sí? Hola, María, ¿has hablado con Juancho?
Precisamente por eso te llamaba. Al parecer, mi coche está para tirarlo a la basura. Le he dicho
que mande la lista de averías por correo electrónico y...
¡Claro! Reenvíame el presupuesto cuando te lo mande, que le echaré un vistazo. Parecía que
las averías de su coche le traían sin cuidado. Tengo que dejarte, entro a un juicio. Voy a desconectar
el teléfono, pero si tienes algo que decirme déjame un mensaje, que luego te respondo. Y no se te
olvide llamarme en cuanto llegues esta tarde a casa.
Que sí, pesado.
Y colgó.
Nunca en su vida había tenido tantas ganas de que un día acabara y empezara el siguiente.
CAPÍTULO 4
Los días se sucedían con esa agradable rutina a la que María estaba tan acostumbrada y que tanto le
gustaba. Como el coche no estuvo reparado hasta el jueves, Esteban cumplió su palabra y fue a busAna Rosa
para llevarla al trabajo todas las mañanas. Durante el viaje hablaban de muchas cosas y, cuando
permanecían callados, el silencio no era incómodo, sino todo lo contrario: se establecía entre ellos esa
agradable comunicación de las personas que se entienden y no necesitan llenar ningún vacío con las
palabras. Simplemente estaban a gusto juntos. Esos instantes con él en el coche eran preciosos para
María, que llegaba al bufete más animada y dispuesta a enfrentarse a la dura jornada que la esperaba.
Pero eran pocos, pues normalmente hablaban de muchas cosas, de casi todo menos del intento fallido
por parte de Esteban de hacerla subir a su casa. En ese aspecto sellaron un tácito pacto de silencio.
Ninguno lo dijo explícitamente, pero se sobreentendía y eso bastaba.
Le gustaba mucho ese hombre. Durante esos días, había oído hablar de él a sus compañeros, que
se jactaban de conocer a todos los jueces y a todos los criticaban. Solían reírse de sus manías o sus
extravagancias, y casi ninguno los complacía por completo: unos porque eran demasiado estrictos y
otros porque eran demasiado permisivos, muy pocos recibían su aprobación. Salvo el juez Esteban
Sanromán. Todos estaban de acuerdo en que era un excelente profesional; estricto sin ser fanático,
justo y conocedor de todos los recovecos y trampas legales. Vamos, que no había quien lo engañara. Y
para las mujeres, además, tenía un valor añadido, «estaba buenísimo» y era soltero. Rosa seguía
insistiendo en que era un carca y un ligón, pero María, que empezaba a conocer a su compañera, ya no
se sentía tan afectada por sus opiniones como el primer día.
A veces tenía dudas. No era tan ingenua como para no darse cuenta de que había algunos puntos
oscuros en ese hombre, pequeños detalles que no podía explicarse, pero que la intrigaban. Y entre
todos estos detalles había uno que no se le iba de la cabeza y en el que en ocasiones pensaba con
preocupación: ¿qué hacía dormido en su coche aquella tarde? No se atrevía a preguntárselo, aunque
varias veces había estado a punto de hacerlo. Suponía que debía de haber una explicación lógica e
inofensiva, aunque no podía imaginar cuál podría ser. Sobre todo porque él le había dicho que acababa
de salir del juzgado, cosa que no era cierta.
Vas muy callada esta mañana. Esteban interrumpió sus pensamientos, y ella se dio cuenta de
que no había dicho una sola palabra desde que la recogiera en su casa, y ya estaban llegando.
Es que estoy algo cansada, ayer me quedé hasta muy tarde leyendo unos expedientes y he
dormido poco.
En ese momento sonó su móvil.
Hola, Juancho. Esteban le echó una miradita de reojo, sin apartar su atención de la carretera
. ¡Claro! Perfecto. Esta tarde, entonces. Muchas gracias.
Ya está el coche. ¿No te dije que Juancho era rápido?
¿Me estás tomando el pelo? Hace cuatro días que se llevó el coche...
Claro, era una broma. Te advertí que era muy lento.
Esteban habló con cierto pesar. Ya no había nada que hacer, si no tenía la excusa de llevarla por las
mañanas, ¿cómo iba a volver a verla? Disimuló. No quería quedar como un chavalín desencantado
delante de ella. Estaba harto de esa refinada cortesía con la que se trataban, de no poder hablar de lo
que había pasado entre los dos, aunque estaba deseándolo. Pero era mejor que nada. Si la veía todos
los días, aún quedaba la esperanza de que las cosas pudieran cambiar, pero así...
¿A qué hora irás a recogerlo?
No sé, cuando salga. Tengo mucho trabajo y pensaba quedarme un rato más. ¿Tú sabes a qué
hora cierra Juancho?
No.
No importa, lo llamaré para preguntárselo.
¿Quieres que te acompañe?
¡No! Parecía realmente alarmada. Déjalo, bastante te he molestado ya. Mañana por fin te
verás libre de mí.
No quiero verme libre de ti.
Esta vez no detuvo el coche ante el edificio de oficinas donde se encontraba el bufete de María,
sino que entró en un aparcamiento.
¿Qué haces?
Tengo que subir a una de las oficinas de este edificio. He de hacer unas gestiones, y la asesoría
que lleva mis asuntos está aquí. Qué casualidad, ¿verdad? Tu oficina está muy cerca, ¿te importa que
hoy no te lleve hasta la puerta? Es que se me hace tarde...
No, está aquí al lado. ¿Y qué negocios te traen a este edificio?
La verdad es que nunca vengo. Pero esta vez, en lugar de mandarles unos papeles que tenía que
firmar, he decidido subírselos en mano, como paso por la puerta...
¡Ah!
Permanecieron en silencio mientras Esteban hacía las maniobras para aparcar. Impecable, como
siempre. Ella era fatal aparcando y admiraba a todos los que hacían que pareciera fácil una operación
que juzgaba casi imposible. Eso sí, se sentía muy orgullosa cuando lo lograba.
¿Quedamos esta tarde?
¿Esta tarde? No sé a qué hora acabaré de trabajar, ya sabes que nunca sé cuándo voy a salir...
Para ya, María.
Parecía impaciente, y... ¿decepcionado?
Sabes a qué me refiero, ¿por qué te haces la tonta? Llevamos cuatro días yendo y viniendo
juntos en este coche y he respetado tu deseo.
¿Qué deseo?
Fingir que no pasa nada entre nosotros. Pero pasa. No podemos negarlo. A mí, al menos, me
pasa.
Se inclinó sobre ella y la besó. Primero con dulzura, pero eso duró muy poco, porque sólo con
rozarla tenía ansias de más. Al principio María no respondió, pero luego apretó su boca contra la de él,
pidiendo, casi exigiendo, una mayor dedicación. Esteban la abrazó, le molestaba el abrigo, así que
metió las manos por debajo, hasta encontrar un hueco por donde subirle el jersey y traspasar los
límites del sujetador para acariciarle el pecho. María suspiró, y era un suspiro de placer, como
reconoció Esteban complacido. Siguieron besándose cada vez con mayor intensidad mientras él le
acariciaba el pecho con movimientos circulares, excitantes. Sus dedos llegaron al pezón y lo pellizcó
suavemente, lanzando por todo su cuerpo un millón de dardos que María trató de esquivar. Pero no
podía: tenía que moverse, tenía que acercarse a él porque ésa era la única forma de calmar su desazón.
Él continuaba con la agradable tortura, acariciando un pecho, luego otro, sus pezones estaban erectos,
expectantes, y ella, incapaz de quedarse quieta, recorrió con sus manos los muslos de Esteban hasta que
rozó una dura protuberancia. Extasiada, mantuvo ahí su mano mientras él seguía acariciando sus
pechos y explorando su boca con la lengua.
El ruido de un motor los despertó del trance. Un coche estaba entrando en el aparcamiento y sus
faros les dieron de lleno. Se apartaron a la vez, alarmados, recolocándose la ropa.
¿Quieres seguir fingiendo que no pasa nada entre los dos?
Claro que pasa. Pero ¿te das cuenta de lo que hemos estado a punto de hacer? ¡En un
aparcamiento, en un lugar público! Somos mayorcitos, personas educadas, deberíamos poder
controlarnos... Movía las manos con nerviosismo, en un gesto en el que había más frustración por lo
que había sido interrumpido que irritación por lo que acababa de suceder. Era muy evidente, y Esteban
se dio cuenta.
A mí me ha gustado. La pena es que nos hemos interrumpido en un punto algo... bajó la
cabeza y miró al mismo lugar que María había acariciado doloroso.
María sonrió.
¡Eres imposible! ¡Estamos en un coche, por el amor de Dios!
En un coche se pueden hacer virguerías, créeme... Su forma de mirarla invitaba a
comprobarlo. Tendió los brazos para acariciarla de nuevo y ella se inclinó sobre él y posó la mejilla en
su pecho. Sí, cuando estaba en la facultad había oído hablar a algunas de sus amigas de las virguerías
que se podían hacer en un coche, pero ¡tenían dieciocho años!
Estás loco, ¿sabes?
Y cada día que pasa lo estoy más. Loco por ti, quiero decir.
Se separaron cuando oyeron los pasos del conductor que los había interrumpido. El hombre pasó
junto a su coche sin mirarlos y se perdió al fondo, en las escaleras. María y Esteban se echaron a reír a
la vez.
¿Qué me dices? ¿Quedamos luego?
No, voy a recoger el coche. Puedo llamarte cuando llegue a Madrid...
Perfecto. Ven a mi casa. Y esta vez no te negarás a subir..., ¿prometido?
¡Prometido!
Salieron y se dirigieron a las escaleras cogidos de la mano.
Te voy a preparar una cena que te vas a chupar los dedos...
De acuerdo, comeré poquito para llegar a tu casa con mucha hambre... ¿Llevo algo?
¡No! Todo lo contrario. Si puedes, mejor no traigas nada, salvo tu persona.
María sonrió satisfecha. ¿Estaba flirteando? Sí, eso debía de ser. Se sintió importante.
Se dieron un beso de despedida. Él se dirigió al ascensor y María salió a la calle.
Recorrió el corto camino hasta el bufete como montada en una nube. La gente pasaba a su lado
muy deprisa, todos muy atareados, algunos con los auriculares, hablando por el móvil, que parecía que
hablaban solos, grupos de oficinistas riendo, quedando para después del trabajo. Y en medio de todo
ese ajetreo, María parecía deslizarse sobre la acera sin pisar el suelo.
Llegas tarde fue el saludo de Rosa.
Sí... Voy corriendo a mi despacho, espero que no me haya llamado nadie. Pasó como una
exhalación por delante de una asombrada Rosa, que la miraba meneando la cabeza. Si empezaba así,
no iba a durar mucho en esa bendita oficina.
Ese día María afrontó el trabajo con un espíritu más positivo. La reunión matutina, que siempre
se le hacía muy cuesta arriba, se le pasó volando, e incluso se divirtió con las puntualizaciones de su
supervisor. El joven Juan era listo, se quedaba para él los casos más importantes y le daba a María los
que no tenían ninguna relevancia. El día anterior eso le había molestado mucho, pero esa mañana nada
podía destruir su buen humor. Así que cuando le asignaron dos casos más del montón, un hombre que
pedía una indemnización por atropello y una señora que había denunciado a su vecino porque decía
que había matado a su perro, se puso muy contenta. Pediría indemnizaciones millonarias para ellos.
Los haría ricos.
Estaba leyendo los expedientes en su despacho cuando sonó el teléfono. Era Antonio.
Hola, ¿qué tal tienes el día?
Ocupado, para variar. He quedado con unos clientes y luego tengo otra reunión con el..., con
don Tomás para informarle de mis pasos. No veas cómo me controla... ¿Crees que no se fían de mí?
Vamos, María, no llevas ni una semana, es muy lógico que te controlen, ¿qué esperabas? Mira,
ando por aquí cerca. ¿Te apetecería comer conmigo?
No voy a poder, tengo poco tiempo y no quisiera...
Venga, sé buena la interrumpió. No tardaremos nada. Iremos a un restaurante que está a
siete minutos justos de tu oficina en coche. Ya he reservado mesa, así que no te queda más remedio
que venir. Y te prometo que seremos rápidos, en menos de una hora estarás de nuevo en el despacho.
Tampoco ese día se había llevado comida. Desde el lunes estaba «gorroneando», como ella decía,
a la pobre Rosa. Además, sería agradable comer con Antonio.
María... ¿qué dices? ¿Quedamos?
¡Ah! Perdona, estaba mirando la agenda mintió para darse importancia. Perfecto,
quedamos allí, dame la dirección.
No, tengo que subir a hablar con Tomás. Pasaré por tu despacho a eso de las dos.
María habría preferido quedar con él en el restaurante, pues intuía que su relación con el mejor
amigo de su jefe no la favorecía ante sus compañeros. Pero no se atrevió a decírselo a Antonio.
Después de todo, sólo eran figuraciones suyas.
De acuerdo, te espero a las dos.
Hasta luego, entonces.
A las dos en punto unos toquecitos en su puerta le indicaron que Antonio ya había llegado.
Pasa.
Se levantó y cogió el abrigo, que había dejado en el respaldo de la silla.
Puntual como un reloj, no cambias le dijo a Antonio a modo de saludo cuando entró.
Por supuesto, sé que no hay que hacer esperar a las damas.
Se dieron un par de besos en la mejilla y, cogidos del brazo, salieron del despacho.
Rosa los miró extrañada cuando pasaron por delante de ella.
¿Hoy no comes conmigo?
¡Oh, perdona! Se me había olvidado avisarte. He quedado con un amigo...
¿Qué tal, señor Solís? dijo Rosa. El señor Solís es uno de los más antiguos y mejores
clientes de este despacho, trátalo bien.
María vaciló unos momentos, desconcertada. ¿Por qué le decía eso Rosa?
Era una broma, ya sé que sois amigos añadió Rosa sonriente al ver el desconcierto de María
. Pasadlo bien.
Claro... Claro...
Hasta luego dijo Rosa, lanzándole una mirada que encerraba muchos interrogantes.
El restaurante era encantador, coqueto y romántico. Y por primera vez desde que hablara con
Antonio, María sospechó de sus intenciones al invitarla. Nunca hablaban de cosas íntimas, pero algo le
decía que ella había pasado a ser para Antonio más que una amiga. El camarero les indicó la mesa con
el cartelito de reservado y se sentaron sonrientes.
¿Qué quieres beber?
Agua, tengo que volver al trabajo. Sonrió.
Pidió una ensalada, una comida ligera para poder trabajar por la tarde, aunque en aquel
restaurante todo parecía ligero y seductor.
¿Por qué me has traído a este lugar?
María... Lo primero... Quiero pedirte perdón por lo del otro día. No tenía intención de
molestarte, ni de echarte en cara el haberte ayudado a encontrar trabajo. Sé que fui grosero y ruin, por
favor, perdóname.
Parecía muy compungido. Ella sabía que nunca le habría hecho daño deliberadamente y que debía
de estar muy arrepentido.
Ya lo había olvidado, de verdad, no te preocupes. Yo también estuve muy seca... En fin, agua
pasada. Olvidémoslo.
Gracias, eres maravillosa. Pero no era eso lo único que quería decirte... Quería hablar contigo...
¡Es difícil!
¿Qué sucede? Estoy intrigada.
María... La miró muy serio. ¿Qué sientes por mí?
¿Qué? No te entiendo... Ya sabes lo que siento por ti. Te quiero, eres mi mejor amigo; el único,
a decir verdad, aparte de mis hermanas.
Llevo meses dándole vueltas a la cabeza y esta mañana me he dicho: «Ahora o nunca». Tú
sabes que no soy impulsivo, pero... Venga, allá va: estoy enamorado de ti. Supongo que lo sabes,
porque no me he esmerado mucho en ocultarlo estos últimos tiempos.
María se quedó pasmada, sin saber qué decir al ver confirmadas sus sospechas. Una cosa era
suponer que estaba enamorado de ella y otra muy distinta saber que así era. Rebuscó en su mente
alguna palabra apropiada para la ocasión, pero no se le ocurría nada. Nunca sabía qué decir en el
momento preciso. Seguro que más tarde, cuando ya no viniera a cuento, se le ocurriría alguna frase
ingeniosa que ya no le serviría de nada. ¡Qué desastre!
No, no lo sabía. Decidió mentir, le parecía más seguro. Para mí eres como un hermano y
pensé que yo para ti era lo mismo, ni se me ha pasado por la cabeza otra cosa.
Vas a pensar que estoy loco por decir algo tan importante de esta manera. Habría sido más
apropiada una cena, pero entre nosotros son absurdos los convencionalismos; y ahora he reunido el
valor suficiente, por eso sé que es el momento. Si no lo hago ahora, puede que tarde otro año en hablar
contigo. De todos modos, esto no me parece muy apropiado. ¿Quedamos a cenar para hablar con más
tranquilidad? Ya casi es tu hora de irte...
¡No! Se le escapó. Al pensar en una cena romántica le vino a la cabeza la imagen de Esteban
. Quiero decir, mejor una comida que una cena. Entre nosotros es más apropiado añadió a modo
de explicación, al ver la cara que ponía Antonio.
Sí, tienes razón. Nos conocemos, ambos somos sensatos y sabemos lo que queremos. Sé que a
Daniel no le hubiera importado que rehicieras tu vida conmigo, creo que hasta lo deseaba. Me hizo
prometer que siempre te cuidaría, y estoy seguro de que sabía lo que eso significaba.
Tenía las manos sobre la mesa y María las tomó entre las suyas y se las apretó. No sintió nada. La
descarga eléctrica que la recorría de la cabeza a los pies cuando tocaba a Esteban no se presentó.
Le habló con mucha ternura.
Antonio, nunca he pensado en ti de esa forma. Eres mi hermano, mi mejor amigo, nunca me
has fallado... Pero no necesito que me cuiden, yo puedo hacerlo. Por favor, no hablemos de esto, no
quiero perder tu amistad, y si sigues por ese camino...
Claro, es pronto.
¿Pronto para qué?
Te conozco, aún le eres fiel y lo entiendo. Me he precipitado, pero puedo esperar.
María no sabía qué decir. Antonio no podía estar más equivocado, tendría que sacarlo de su error,
debía desengañarlo, pero no quería hacerle daño. Era mejor dejar las cosas como estaban por el
momento. Que pensara lo que quisiera, ya hablaría con él cuando ella misma hubiera aclarado algo sus
ideas.
Se miraban a los ojos, con las manos entrelazadas, en una actitud que podría parecer romántica, y
María continuó así, sin romper el contacto, esperando sentir algo. Pero no sentía nada. Sólo ganas de
marcharse de allí y olvidarse de Antonio por una temporada. Hacía una semana estaba más sola que la
una, y ahora, de golpe, tenía dos novios.
De pronto notó como una puñalada. Su cuerpo, pasivo hasta ese momento, reaccionó. Otra vez
esa excitación. Había comenzado en un punto, a su espalda. Esa sensación de ahogo, esa inquietud.
Se volvió.
Esteban estaba a su espalda, taladrándola con la mirada. Lo acompañaba una mujer, una rubia que
parecía una modelo y le hablaba muy cerquita de la oreja... ¿Quién era esa rubia? Estaba a punto de
levantarse para dirigirse a su mesa cuando algo la detuvo. Esteban la miraba serio, haciéndole unos
suaves gestos con la mano para que se quedara quieta. Sí, eso era, no quería que lo interrumpiese. De
hecho, volvió la cabeza y siguió hablando con la rubia como si no la hubiera visto.
Entonces hizo algo de lo que nunca se habría creído capaz. Acercó su cara a la de Antonio y le
plantó un beso en los labios. No necesitaba que él reaccionara, cosa que no hizo porque se quedó
perplejo. Simplemente dejó fluir toda la pasión que sentía, aunque no precisamente por el hombre al
que estaba besando.
Cuando dio por terminada su demostración y volvió la cabeza, Esteban seguía charlando con la
otra, como si no hubiera visto lo que ella acababa de hacer o, de verlo, no le hubiera importado.
¿La habría poseído algún ente maligno? ¿Como esas vainas gigantes de la película La invasión de
los ultracuerpos, que se meten dentro de la gente y la transforman? Exactamente así se sentía, porque
por más que se miraba no podía reconocerse. El envoltorio era el mismo, pero en el interior... Quizá
debería ir a un psiquiatra, pues era evidente que tenía algún trastorno.
¿Cómo había podido besar así a Antonio? Aunque después le había dicho que sólo pretendía darle
ánimos, un beso inocente, de amigos, obviamente él no se lo creyó. Debido a la insistencia de María
fingió hacerlo, pero se fue más contento que unas castañuelas, pensando que ella empezaba a
enamorarse de él y necesitaba algo de tiempo para hacerse a la idea.
Mientras volvía a su casa esa tarde en su recién reparado coche, pensó en lo que podía hacer. En
cómo arreglar el lío que ella sola se había montado. Con respecto a Antonio, no había muchas
opciones. Suponía que acabaría desanimándose, aunque quizá eso significara el final de su amistad,
cosa que ella sentiría de todo corazón. Esperaba que no llegaran a ese extremo.
En cuanto a Esteban... Él era el culpable de todo lo que le pasaba. Había aparecido de repente y, en
sólo unos días, había revolucionado todo su mundo y puesto patas arriba su hasta entonces ordenada
vida.
¡El muy mentiroso! ¡Conque unos asuntos en la asesoría! ¿Qué hacía con esa rubia? Aunque,
después de todo, él sólo estaba hablando con la rubia, mientras que ella... Ella le había plantado un
beso de tornillo a Antonio. Visto desde la perspectiva de Esteban, ella no quedaba nada bien. Vale. Lo
llamaría en cuanto llegara a casa. Iban a verse esa tarde, hablarían. Después de todo no tenían ningún
compromiso, acababan de conocerse, así que era normal que cada uno tuviera su vida. Sería muy
moderna, le diría: «Mira, no me importa la vida que hayas llevado ni que salgas con otras mujeres, me
parece normal. Yo tampoco soy una santa, y no es que vayamos a hacernos novios, sólo intentamos ser
amigos, y los celos no pueden tener cabida en nuestra relación». ¿Iba a decirle eso? ¡Vamos! Seguro
que luego no se atrevía, que empezaba a balbucir y no le salían las palabras; se trabucaría...
Fuera como fuese, no tenía más remedio que llamarlo. Quedarían, hablarían y acabarían
entendiéndose. Estaba segura.
CAPÍTULO 5
Esteban estaba en la terraza de su casa, mirando las sombras del parque del Retiro que se extendían ante
él un poco intimidantes. Sólo eran las siete y media, pero a finales de noviembre la noche cae pronto y
el frío se hace notar, se dijo mientras daba una profunda calada al puro que tenía entre los dedos.
Estaba nervioso y preocupado, y cuando se encontraba así su terapia consistía en sentarse en la terraza,
fumarse un puro y contemplar la vida que bullía a sus pies. Le resultaba relajante, y esa tarde
necesitaba relajarse. Hasta la una sólo había pensado en María. Estaba emocionado como un
adolescente porque habían quedado. Era cierto que le parecía demasiado insegura. Él prefería a las
mujeres con carácter, arrolladoras, y María no daba la impresión de ser así, más bien todo lo contrario;
por eso no entendía qué lo atraía de ella. Pero así estaban las cosas. Esa muchacha con cara de niña,
menuda, tímida y titubeante, que se trabucaba al hablar y se tropezaba a cada paso le gustaba mucho y
quería conocerla mejor.
Estaba pensando en qué preparar para la cena, en qué música sería la más apropiada para ponerla
romántica, en qué botella de vino abrir... cuando recibió la llamada de Marga, un fantasma de su
pasado que regresaba para poner todo su mundo del revés. ¡Hacía tanto tiempo que no la veía! En los
últimos doce años no había pasado un solo día sin pensar en aquella noche, sin arrepentirse. No podía
cambiar el pasado, eso era lo que más lo atormentaba. Por mucho que lo deseara, no podía cambiar lo
que había hecho. Pero había aprendido a sobrellevarlo. Poco a poco había rehecho su vida y ahora era
capaz de salir adelante, incluso había conocido por fin a una chica que le gustaba y con la que, por
primera vez en su vida, se había ilusionado. Pero la felicidad no estaba hecha para él. Los viejos
errores vuelven para atormentarte cuando menos te lo esperas. Y allí estaba Marga. De nuevo.
La vida tiene su gracia en ocasiones, se dijo, porque justamente fue a quedar con Marga en el
mismo restaurante en que estaba María besando a un tipo. En otras circunstancias ahora mismo estaría
llamándola para hacerle miles de preguntas... Pero ya no le importaba. Después de oír lo que su
antigua novia tenía que decirle, todo lo demás había pasado a un segundo plano.
Estaba en un buen lío. Esperaba la visita de Marga de un momento a otro. Quizá pudiera hacerla
cambiar de opinión, aunque lo dudaba. Pero al menos debía intentarlo. No podía consentir que esa
mujer le destrozara la vida, que era justo lo que parecía que se había propuesto. Y lo peor de todo era
que podía hacerlo. Su reputación, su trabajo, su vida... estaban en sus manos. Le repugnaba la idea de
hablar con ella, pensar que iban a estar juntos en la misma habitación lo ponía enfermo. Pero no le
quedaba más remedio porque, quisiera o no, tenía que hacerla entrar en razón.
Y eso suponía que ya no podía quedar esa noche con María. Imaginaba que ella no se iba a alegrar
mucho cuando se lo dijera y que pensaría que había cambiado de opinión porque la había visto besar a
otro. En fin, que pensara lo que quisiera. Mientras no se enterase de la verdad, le daba igual todo lo
demás.
Su BlakBerry empezó a dar pequeños saltitos encima de la mesa de cristal. Quizá fuera Marga,
ojalá fuera ella, ojalá le dijera que no podía ir, eso al menos le daría una tregua.
Por desgracia, no era Marga.
Hola.
Al escuchar la voz de Esteban, María se quedó sin palabras durante unos segundos.
¿María?
Hola, Esteban, ¿qué tal? Ya estoy en casa, mi coche ahora va como la seda. Bueno... Voy para
allá... Tenemos que hablar, ¿no te parece? Tengo que explicarte...
No la cortó. Verás, no sabes cuánto lo siento, pero esta noche tengo una reunión y...
¿Una reunión? ¿Por la noche?
En realidad es una cena de trabajo, y estoy obligado a ir. He quedado a las diez y...
Ah, entonces puedo pasarme un rato antes de que te vayas...
No la interrumpió en un tono más seco del que hubiera querido usar. Imaginó a Marga y a
María, las dos juntitas, en su sofá, charlando. Dantesco. Quiero decir... añadió, intentando, aunque
sin mucho éxito, suavizar el tono de su voz. De verdad, no puedo.
No será por lo de esta tarde, porque puedo explicártelo, Antonio es sólo un buen amigo y...
Claro que no es por lo de esta tarde la cortó. Ya hablaremos de eso, pero hoy no. Me es
imposible, de verdad, no puedo aplazar esta cena. ¡Ya me gustaría a mí quedarme contigo! Te prometo
que mañana no habrá cenas ni compromisos de ningún tipo. Si lo prefieres, puedo ir yo a tu casa.
No, prefiero ir a la tuya, si no te importa.
Para nada, mañana nos vemos, entonces. ¿A las siete y media te va bien?
Sí, a las siete y media. Perfecto.
Perdóname. Mañana te compensaré, te lo prometo.
No importa, no te preocupes. Intentó aparentar indiferencia. No quería que él notara lo
decepcionada que estaba. Hasta mañana.
Parpadeó para evitar las lágrimas que acudían a sus ojos. Jamás se había llevado una desilusión
semejante. ¿Se habría arrepentido Esteban de quedar con ella? Quizá, después de estar con esa rubia tan
guapa, las había comparado y, claro, ella había salido perdiendo en la comparación. Ella, tan corriente,
bajita, poca cosa, no era rival para esa mujer. Pero estaba desbarrando. Si Esteban no quisiera salir con
ella no la habría invitado a ir a su casa al día siguiente, eso era una prueba de que aún le gustaba y de
que debía de ser verdad lo de la cita inaplazable. Esas cosas pasaban, y más con un trabajo como el de
Esteban. Mañana hablarían.
Mañana.
El viernes transcurrió como en un torbellino. Ajena a las miradas de sus compañeros y a las poco
sutiles indirectas de Rosa sobre su relación con Antonio, María se movió por el bufete como un
autómata, esperando que su trabajo no se resintiera, a pesar de su falta de concentración. No podía
pensar más que en Esteban y en su cita de esa noche. Esperaba que no se aplazara por segunda vez.
Como era viernes, llegó pronto a casa, lo cual no le sirvió de mucho, pues una hora antes de salir
aún no había decidido qué ponerse, y mucho menos la estrategia a seguir en su conversación con
Esteban. Se sirvió un güisqui y, mientras se lo bebía a sorbitos, repasó la ropa de su armario. No se
vestiría elegante, porque no quería que Esteban pensara que deseaba que la llevara a algún restaurante
finolis de esos que él solía frecuentar. La ropa del trabajo estaba descartada, claro, era demasiado
seria. Y con vaqueros y camiseta parecía una niña. Tampoco podía ir muy sexi, porque sólo le faltaba
que pensara que se había puesto las pinturas de guerra en su honor. Aunque, bien pensado, ¿por qué
no? Después de todo había decidido lanzarse a tumba abierta y, aunque estaba muerta de miedo, no
pensaba volverse atrás.
Antes de vestirse fue a la cocina para servirse otro güisqui, y luego se dirigió canturreando a su
habitación, con el vaso en la mano, bebiendo de vez en cuando para acallar las mariposillas que
revoloteaban por su estómago.
Tardó mucho en arreglarse, por lo que cuando salió de su casa ya casi eran las siete y veinte.
Había planeado ir dando un paseo para pensar y relajarse un poco, pero ya no le daba tiempo y no
quería llevar el coche, así que decidió tomar un taxi.
Diez minutos después, el taxi se detenía frente al portal de Esteban. Eran las siete y media. Justo,
puntual como una buena chica, se dijo, sonriendo al pensar que los buenos hábitos son difíciles de
erradicar y que ella siempre había odiado la impuntualidad. Bajó del taxi, miró el portal y se encaminó
hacia él con paso decidido. Un hombre alto, que parecía un general, y que debía de ser el conserje,
estaba en la entrada hablando con una mujer rubia, también alta, con un tipazo de modelo que llamaba
la atención.
María la reconoció al instante. Pensaba que no se había fijado mucho en ella, pero evidentemente
se equivocaba. Era demasiado guapa, despampanante era la palabra exacta, como para pasar
desapercibida; una de esas mujeres que te hacen pensar «al menos yo soy más lista», aunque sepas que
no es cierto. Sí. Era la mujer que estaba con Esteban en el restaurante.
El güisqui que había bebido dio unas cuantas vueltecitas en su estómago, pero decidió ignorarlo.
Lo que no pudo ignorar fue el resbalón al entrar al portal. Tropezó con un pequeño escalón que había a
la entrada y fue a dar justo contra el general.
Oh, cuánto lo siento... No he visto el escalón...
No se preocupe, señorita. ¿Podría decirme a qué piso va, por favor?
Aún conmocionada por la vergüenza, María se lo dijo, muy bajito. El hombre sonrió
bonachonamente para tranquilizarla, pero la mujer permaneció impasible, sin apartar de ella sus
preciosos ojos azules, tan fríos que María bajó la mirada. Se dirigió al ascensor, sintiendo esos ojos
clavados en su espalda. Mientras esperaba, la extraña pareja siguió conversando, sin preocuparse ya de
ella, como cuando uno aparta con la mano una mosca pesada y luego sigue con sus cosas, sin fijarse en
dónde queda la mosca, pues da igual dónde esté siempre que no moleste.
Me ha alegrado mucho verla por aquí de nuevo, hacía tanto tiempo...
Gracias, espero que de ahora en adelante nos veamos mucho más a menudo, porque...
Entonces llegó el ascensor y María ya no pudo oír más. Mientras subía tenía la sensación de que
los ojos de la mujer estaban aún clavados en ella.
Se quedó frente a la puerta de Esteban, sin llamar. Lo que acababa de ver cambiaba la situación por
completo. ¿Qué hacía? Lo llevaba todo tan bien preparado... Y ahora tendría que improvisar. Antes de
decirle nada a Esteban era primordial saber lo que pasaba.
Esteban abrió enseguida, como si estuviese detrás de la puerta, listo para saltar en cuanto ella
llamara.
Pasa. Parecía tenso, preocupado. Bajo sus ojos se dibujaban unas arruguitas en las que antes
no se había fijado y su expresión era de cansancio, como si un terrible peso lo abrumara. No lo
conocía muy bien, pero le parecía que él no era así. El Esteban que la había llevado a trabajar por las
mañanas no daba la impresión de ser un hombre abrumado por los problemas. Pero ahora... ¿Tendría
ese cambio algo que ver con la aparición de la rubia?
Esteban la condujo por un pasillo de cuyas paredes colgaban cuadros en los que no se pudo fijar
aunque pensó que merecería la pena echarles un vistazo más tarde hasta un salón que la dejó sin
habla. Era enorme: una de las paredes la constituía una gruesa cristalera que daba paso a la terraza. Ya
era de noche, pero María pensó que de día la luz debía de ser magnífica y la vista, impresionante. Otra
pared estaba cubierta por estanterías llenas de libros, y había muchos cuadros, apoyados en el suelo,
contra los libros, colgados de las paredes... Al fondo estaba la enorme y moderna cocina, separada del
salón por una encimera de caoba que hacía las veces de mesa de comedor, y en el extremo opuesto,
frente a la cristalera, una mesa ovalada de cristal templado, con un portátil abierto y un montón de
papeles desparramados desordenadamente. Y ahí se acabó su escrutinio porque él, con impaciencia, la
condujo a un sofá de cuero negro y casi la empujó para que se sentara.
¿Quieres tomar algo?
Un güisqui. El tercero en dos horas. Estuvo tentada de decir «necesito una copa», como en
las películas, pero decidió callárselo. El ambiente no estaba para bromitas.
Esteban sirvió dos güisquis y se sentó junto a ella.
Sin decir nada empezó a besarla, con besos cortos y suaves.
María se apartó.
¿No tienes nada que contarme?
¿Y tú a mí? contraatacó él.
Antonio no es más que un amigo.
¿Se llama Antonio? ¿Y besas así a todos tus amigos o sólo a él? Sonrió indulgente y le dio
un beso en la mejilla. En realidad no me importa, de verdad, ya te lo dije por teléfono. Sé que no has
nacido el mismo día que nos conocimos, y yo tampoco...
María asintió. Desde que había visto a la diosa de abajo no las tenía todas consigo. ¿Iría a decirle
que cortaban una relación que aún no había empezado?
Ya, pero quiero que lo sepas. Sólo es un amigo. Aunque no haya nada serio entre nosotros, no
estaría saliendo contigo ahora si hubiera alguien más. Lo miró interrogante, como preguntándole si
también era ése su caso.
Yo tampoco salgo con nadie ahora mismo, puedes creerme.
¿Y quién era la mujer del restaurante? ¿Alguna abogada, una fiscal?
No, no tiene nada de ver con el trabajo, simplemente es una conocida. No pienso decirte más,
no vale la pena pensar en ella ni un segundo. Olvídala.
No puedo olvidarla porque acabo de verla ahí abajo.
Esteban dejó la copa en la mesita y le quitó a María la suya de las manos. Luego se las apretó con
fuerza.
Me gustas mucho, María, pero no voy a pedirte disculpas ni a darte explicaciones... Estamos
bien juntos, ¿para qué complicarnos la vida? Ahora lo que más nos urge es acostarnos. María
pensaba igual que él, pero jamás lo habría expresado de forma tan directa. Hizo ademán de protestar,
pero Esteban la acalló con un gesto. Sí, no seas hipocritilla, no tiene nada de malo. Sólo me interesa
tu cuerpo, nena... Sonrió de una forma afectada. Y ahora en serio, antes de comenzar nuestra
relación, quiero dejar bien claros algunos puntos: no quiero ataduras, ni compromisos ni escenas de
celos; no quiero conocer a tu familia ni que me cuentes tus problemas. Yo, por mi parte, no pienso
contarte los míos. Por una vez en la vida quiero tener una relación que sólo me dé satisfacciones, y si
empezamos a involucrarnos el uno con el otro... Bueno, acabará siendo un desastre.
«No quiero contarte mis problemas...». Sí, algo pasaba. Y tenía que ver con la rubia, porque antes
él no habría hablado así, estaba casi segura. Aunque ese «casi» era la clave, porque, después de todo,
apenas lo conocía. De todos modos él tenía razón en una cosa: lo que les interesaba era acostarse, y
también ella estaba muy confusa, de manera que tampoco le convenía comprometerse. ¿Para qué
complicarse la vida metiéndose en otros terrenos? De momento el sexo era lo único que le interesaba.
Aunque...
Estoy de acuerdo contigo dijo al fin para detener de una vez el curso que estaban tomando
sus pensamientos. Tenía sus dudas, pero no pensaba exponérselas por temor a que saliera corriendo.
Claro que estás de acuerdo. Sé que tú quieres lo mismo. Si no fuera así, no estarías ahora aquí.
¿Cómo lo sabes? Nada más formular la pregunta se dio cuenta de lo absurda que era.
Vamos, María la cortó. Dime, ¿por qué te has vestido así?
¿Cómo así?
De sexi macarra.
María se puso roja. Llevaba unos pantalones ajustadísimos, negros, tacones altos y una camiseta
también muy ajustada. Se había puesto una cazadora de cuero, pero se la había quitado cuando se
sentó, y la escotada camiseta se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, resaltando su pecho, sus
curvas. Ella creía que iba sexi, pero... ¿macarra? Pensó en la miradita que le habían dedicado los dos
de abajo. Si no hubiera dicho que iba a casa de Esteban, seguramente el general la habría echado a
patadas. ¡Qué vergüenza!
En fin, la cosa ya no tenía solución.
Lo siento, no he acertado con mi elección de vestuario. ¿Por qué tenía que disculparse?.
Es una pena que a ti no te guste, pero a mí sí me gusta esta ropa y me encuentro muy cómoda con ella.
Eso último era mentira, no se sentía nada cómoda, le tiraba por todas partes y la obligaba a ir más
tiesa que un huso, pero eso él no tenía por qué saberlo.
¿Quién te ha dicho que no me gusta?
Se inclinó sobre ella y comenzó a besarla. La camiseta se le pegaba al pecho y casi no constituía
barrera alguna entre las manos de Esteban y su piel. El pezón sobresalía bajo la tela y María emitió un
suspirito cuando él comenzó a hacer masajes circulares con la yema de su dedo.
¿Qué hacía ella ahí abajo? Habían dicho sólo sexo, muy bien. Pero María no podía dejarlo y
la pregunta salió de sus labios precisamente cuando estaba haciéndose el firme propósito de no
preguntar.
Esteban se apartó y alzó los ojos al cielo, asombrado de su propia paciencia.
¡Y dale! ¿Es que no has oído nada de lo que te he dicho? ¡No quiero hablar de ella! Vamos a
dejarlo, por favor.
Sí, pero ¿qué hacía aquí?
Mira, esa mujer no es más que una antigua conocida, ni siquiera es amiga mía. Y ya no pienso
decirte nada más, tendrás que creerme.
María se sintió un poco triste. Sobre el papel era muy fácil plantearse una relación en esos
términos, pero en la práctica resultaba algo más complicado.
Echó otro traguito al güisqui y volvió a dejar el vaso sobre la mesa.
Vale.
Sabía que lo entenderías. Ahora cierra los ojos y piensa... ¿Me imaginas haciéndole el amor a
otra? Dime, si yo estuviera con otra y tú me estuvieras viendo por un agujerito..., ¿qué estarías
viendo? María no dijo nada. Se apartó de él para coger el vaso y acabarse el güisqui que quedaba de
un trago. Empezaba a notar los efectos del alcohol.
Esteban se inclinó sobre ella con ternura. Le acarició el rostro y se detuvo especialmente en los
labios, pasando la yema de sus dedos por ellos con mucha suavidad. El beso fue tierno y apremiante a
la vez. María estaba ya excitada, el sexo le latía y notaba su humedad. Ese hombre sólo tenía que
toAna Rosa, no necesitaba más para tenerla comiendo de su mano.
¿No respondes? Yo te diré lo que estarías viendo: a mí, me estarías viendo, por ejemplo,
acariciarle el pecho así. La camiseta se pegaba tanto a su piel que los pezones, ya erectos a causa de
la excitación, sobresalían provocativos. Esteban los apretó por encima de la tela y María gimió. Aunque
él le apretaba los pezones, no era precisamente ahí donde ella sentía ese palpitar que la estaba
volviendo loca. Entonces Esteban le quitó la camiseta por encima de la cabeza y luego le desabrochó el
sujetador. María se sintió satisfecha, se había puesto su mejor sujetador de encaje. Estaba deseando
que llegara a las braguitas, ésas sí que eran una obra de arte.
Eres preciosa dijo, mirándola como un hambriento al más abundante de los banquetes.
Se inclinó sobre ella y le rozó uno de los pezones con los labios.
Luego le acariciaría un pezón, así... Lo acarició con suavidad y le pasó la lengua por encima,
lamiéndolo con fruición, hasta que se endureció más, respingón. Ummm, cómo me gusta... Ahora el
otro. Y repitió la misma operación, mientras posaba la mano sobre el apretado pantalón, justo entre
sus piernas, practicando suaves masajes con la palma de la mano y volviendo loca a María, que se
preguntaba por qué no metía la mano bajo los pantalones. Quería sentirlo directamente sobre la piel,
aunque esos masajes sobre la tela resultaban eróticos, muy excitantes... Por fin, él intentó meter la
mano bajo los apretados pantalones, pero, al ver que no podía, comenzó a bajarle la cremallera...
Cuando lo logró, ella levantó el trasero del sofá para ayudarle en la tarea de quitarle los pantalones,
que se deslizaron por sus piernas hasta quedar hechos un montoncito a sus pies. Entonces puso la
mano sobre el encaje de las braguitas y reanudó su masaje.
María se estremecía y emitió un gritito de placer, pues el lento masaje de Esteban la estaba
volviendo loca. Ese hombre conocía sus necesidades, sabía dónde toAna Rosa y cómo hacerlo para que se
encendiese. Comenzó a sentir la necesidad de tenerlo dentro para calmar el latido de su sexo, pero él
quería ir más despacio, y esa lentitud resultaba a la vez erótica y desesperante. Él ya había traspasado
el encaje y su mano descansaba sobre su piel, acariciando, invadiendo. Sintió como le rozaba el
clítoris con la yema de un dedo, apenas un leve roce, suficiente para que la cabeza comenzara a darle
vueltas... Quería darle lo mismo que él le estaba dando, pero no sabía qué hacer.
Vas a necesitar un poco de paciencia conmigo, porque yo...
¿Eres virgen? Esteban alzó la cabeza de su pecho y la miró a los ojos con cara de susto.
¡No! Pero sólo he tenido un amante en mi vida. Y ya sabes que no soy una mujer con mucha
iniciativa...
Ah, eso no es problema para mí. Yo tengo iniciativa por los dos.
Y entonces, cuando sus dedos retomaban la tarea de masajearla, sintió un terrible mareo. Todo el
güisqui y los nervios acumulados se rebelaron en su organismo y saltó como un resorte del sofá,
dejando a Esteban asombrado.
¿Dónde está el baño? preguntó. Estaba temblando y Esteban, perplejo, también se levantó. La
tomó de la mano y la condujo hasta una puerta.
Aquí.
Se sintió mejor después de vomitar. Luego se sentó en el borde de la bañera y escondió la cabeza
entre las manos. Sí, su estómago estaba mejor, pero ella... Lo había estropeado. ¿Qué pensaría de ella
Esteban después de esa exhibición de estupidez?
Unos golpecitos la sacaron de su ensimismamiento.
¿María?
Sí, pasa. Esteban asomó la cabeza por la puerta entreabierta.
¿Estás bien? Me tienes preocupado, ¿qué te ocurre?
Entró y se agachó frente a ella. Estaba desnuda, salvo por las braguitas de encaje rojo que él rozó
con sus dedos, mientras la miraba preocupado.
Nada, en realidad... Antes de venir aquí ya me había tomado dos güisquis en casa y supongo
que el tercero me ha dado la puntilla. Pero ya estoy bien, de verdad. Lo siento... ¡Cuánto lo siento!
Siempre tengo que estropearlo todo, soy un caso...
Volvió a enterrar la cabeza entre las manos, hipando. Las lágrimas estaban asomando a sus ojos y
Esteban temió que se pusiera a llorar.
Vamos, no pasa nada. Tranquila, todos hemos bebido de más alguna vez. Lo importante es que
la cabeza no te dé vueltas, porque lo peor es el mareo. ¿Te da vueltas la cabeza?
No. Después de vomitar me he quedado como nueva. ¡Qué vergüenza! Estaba roja como la
grana y le dio por reír, con una de esas risillas tontas que resultan ridículas.
Mira, vamos a hacer una cosa.
Se levantó y abrió un cajoncito del que sacó un paquete.
Aquí tengo un cabezal de repuesto para mi cepillo eléctrico, está sin estrenar, como verás.
Lávate los dientes. Luego puedes dejarlo en este vasito para ti, así ya tendrás tu cepillo en mi casa.
Esa frase revelaba la intimidad que ambos esperaban mantener y María se sintió conmovida. Era
un gesto muy dulce por su parte.
Le dirigió una tierna sonrisa.
Después de lavarte bien los dientes, date una ducha, te sentirás como nueva. Y cuando salgas
retomaremos nuestra conversación recalcó la palabra «conversación» mirándola fijamente a los
ojos, en el punto donde la habíamos dejado. ¿Hace?
¡Hace! Eres genial.
Ya lo sé.
Dicho esto, salió del baño cerrando la puerta tras de sí.
María obedeció. Se lavó los dientes y se quitó la única prenda que aún llevaba. El baño era
bastante grande. Había una enorme bañera de hidromasajes y un plato de ducha en un rincón. La
bañera era tentadora pero estaba impaciente por reunirse con Esteban, así que decidió darse un rápido
remojón y entró decidida en la ducha. El agua resbaló por su cuerpo. Estaba fría pero era justo lo que
necesitaba en ese momento. Cerró los ojos y sintió cómo el agua se deslizaba por su piel, despejándole
la mente y activando su circulación. Estaba pensando en Esteban, y en otra ducha que se había dado en
su casa; entonces él no estaba con ella, pero ahora... Acabaría rápido y saldría a buscarlo.
No fue necesario: un ruidito la alertó y abrió los ojos. Tras el cristal de la mampara se dibujaba
una silueta. María cerró el grifo y abrió.
¿Necesitas ayuda?
Estaba guapísimo. Antes, con la tensión y el güisqui, no se había fijado muy bien, pero ahora lo
tenía ante sí, con el pelo revuelto, una camiseta negra arrugada y unos vaqueros viejos. La miraba con
los ojos encendidos y por primera vez María fue plenamente consciente de lo guapo que era.
Sí, en realidad sí necesito ayuda. Aquí no tengo esponja, ¿podría extenderme el gel, caballero?
Con mucho gusto, señorita, estoy a su servicio.
Cogió el bote y se echó en la mano un líquido que dejó un aroma a almendras y especias. Luego
se frotó las manos para que el líquido se extendiese por las dos, y comenzó su masaje.
Empezó por el cuello, donde se detuvo en un punto que a ella la extasiaba, un rinconcito detrás de
las orejas que la ponía a cien. Después bajó suavemente, dibujando círculos con las yemas de los
dedos. Retomó su ejercicio con los pezones, pero esta vez se detuvo más tiempo en cada uno,
succionando, lamiendo con fruición la sensible piel. María echó la cabeza hacia atrás, las piernas le
flaqueaban y pensó que iba a caerse, que no aguantaría mucho tiempo en pie, pues, de repente, todo su
cuerpo era blando, como de mantequilla. Alzó el brazo y palpó con desesperación por la pared de
azulejos buscando un punto de apoyo; al fin encontró el borde de la mampara y a ella se aferró,
mientras el punzante dolor del deseo la volvía cada vez más frágil, más vulnerable. Esteban seguía
mordiéndole los pezones y dibujando círculos sobre ellos con la lengua mientras las manos bajaban
con mucha lentitud por su cuerpo, extendiendo el gel cuyo olor impregnaba todos sus sentidos.
Cuando llegó al pubis, se detuvo allí y apartó la boca de sus pezones, cosa que decepcionó a María,
que estaba temblando...
No..., sigue...
Y ahora, si estuvieras mirando por un agujerito me verías hacerte esto...
Se arrodilló frente a ella. Las manos sustituyeron a la lengua en su pecho y la boca se dedicó
entonces a ese punto entre sus piernas que latía sin control. Cuando sintió el contacto de la lengua en
el clítoris, las piernas volvieron a flaquearle. Pero no quería que se apartara, por nada del mudo quería
dejar de sentir lo que estaba sintiendo, un placer como nunca imaginó que pudiera experimentarse.
¡Oh, Dios! ¿Dónde había estado ese hombre hasta ahora? ¿Cómo la conocía tan bien? ¿Cómo sabía
dónde tenía que toAna Rosa y de qué forma debía hacerlo?
Así... le dijo entre jadeos, justo así...
Temía que abandonara, necesitaba cada vez más, así que apoyó la mano que tenía libre sobre la
cabeza de Esteban, apretando, acercándolo a ella lo más posible, reteniéndolo. Él entendió el mensaje y
asumió la urgencia de María. Posó las manos abiertas sobre sus glúteos y apretó a su vez; su lengua ya
no se cortaba, recorría sin cortapisas los rincones más necesitados, jugando con el clítoris y
encendiendo un fuego abrasador que la llevó al borde de la locura. Se agarró con más fuerza a la
mampara con una mano, mientras con la otra apretaba la cabeza de Esteban contra sus piernas, sin dejar
de moverse adelante y atrás, hasta que el orgasmo la llenó por completo y gritó su nombre. Luego se
dobló sobre él, agotada, sus miembros como de gelatina, temblorosa y feliz.
Esteban le acarició el trasero y los muslos. Luego la tomó en sus brazos y entró a la habitación. Se
sintió como una princesa, aunque en los cuentos las princesas no van desnudas. Cuando la tumbó sobre
la cama, María se estiró gozosa y abrió los ojos. Él estaba sentado al borde de la cama, aún vestido,
contemplándola con mirada ávida.
¿Sabes una cosa? le dijo, lánguida, con los ojos aún turbios por el deseo.
¿Qué?
Me caes bien.
Espero caerte muchísimo mejor dentro de un ratito.
Entonces se levantó y empezó a quitarse los pantalones.
Espera. María se había incorporado en la cama y se levantó. Yo lo haré.
Empezó a subirle la camisa despacio, pero él parecía impaciente, y se la acabó quitando de un
tirón.
Tienes prisa... dijo María con sorna.
Muchísima.
Quería corresponder, quería darle al menos un poco de lo que él le había dado, y se arrodilló ante
él.
Espera, yo te los bajo. Cuando le hubo ayudado a quitarse los pantalones, metió la mano por
entre los calzoncillos y le tocó el trasero, quería acariciarlo suave y dulcemente, como él había hecho,
convencida de que así lo volvería tan loco como él la había vuelto a ella. Pero Esteban era de otra
opinión, tenía prisa, mucha prisa. Le tocó el pene con mano temblorosa, y recorrió con su lengua la
punta, de donde ya caían algunas gotitas que María saboreó, otra vez excitada, con todas sus
terminaciones nerviosas en pie de guerra, lista para juguetear, para saborear los placeres de la
excitación, sin darse cuenta de que él ya no estaba para jueguecitos.
Cariño, ya no puedo más... dijo, tomándola por los hombros y alzándola del suelo.
La empujó sobre la cama, con urgencia, casi con violencia. Luego abrió un cajoncito de la
mesilla. Le temblaban las manos a causa de la excitación, por eso tardó un poco más de lo que había
planeado en rasgar el paquete para ponerse el preservativo. María lo miraba extasiada, pero él no le
dio tiempo para regodearse en esa visión, porque, en cuanto se lo hubo puesto, se tendió sobre su
cuerpo y la penetró con fuerza. María le rodeó las caderas con las piernas y sintió cómo la invadía por
completo, moviéndose primero despacio, luego cada vez más deprisa, llegando sin problemas al punto
en que ella más necesitaba sentirlo. Se movieron con prisa, jadeando, y gritaron los dos a la vez
cuando el orgasmo llegó. María gritó su nombre... Esteban... Por primera vez en su vida se sintió
realmente viva.
CAPÍTULO 6
Un airecito caliente la despertó, pero estaba tan a gusto... El calor de otro cuerpo junto al de ella, el
roce de otra piel contra la suya... ¡Qué sensación tan deliciosa! Se sentía calentita y protegida. No
quería abrir los ojos, pero al final los abrió, renuente. Esteban la estaba mirando, divertido, notaba su
aliento sobre el cuello.
Se dieron un dulce beso, largo, tierno, tranquilo, de esos besos que se disfrutan con alevosía.
Buenos días dijo María, perezosa, apartando su boca de la de él.
¿Buenos días? Pero ¿qué estás diciendo? Mira el reloj: son las diez de la noche.
Nos hemos dormido.
No, tú has dormido la mona un ratito. Yo, que soy un perfecto hombrecito de su casa, he
preparado la cena mientras roncabas.
Yo no ronco.
Ya lo creo que sí, pero da igual. Posees otras virtudes que compensan con generosidad ese
defecto. Sacó la mano de entre el revoltijo de sábanas con que se cubrían y le acarició un mechón de
pelo que le caía sobre la cara. ¿Tienes hambre? He preparado unos deliciosos espaguetis.
Sí, tengo hambre, un hambre de lobos..., y creo que voy a comer.
Cenaron a las doce. Saciados y felices, se reían por cualquier cosa. Por fin María pudo contemplar
a gusto el salón y los cuadros que colgaban de las paredes. Eran de pintores modernos que ella no
conocía. Pero le dio vergüenza admitirlo, así que no le preguntó nada a Esteban, aunque se moría por
hacerlo. «Más adelante se dijo, me sentiré más segura con él», ahora... simplemente le daba
miedo que pensara que era una ignorante. Daniel la había regañado alguna vez por no estar al día en
arte o política. A veces incluso se exasperaba un poco con ella, aunque siempre a su manera
comprensiva y dulce. Pero, en ocasiones, cuando acudían a algún acto relacionado con su trabajo o a
una reunión con sus amigos intelectuales, tenía la sensación de que la dejaba algo al margen,
avergonzado de su poco sofisticada conversación. En esos momentos María se sentía culpable de no
estar a la altura de las expectativas de su marido. No quería que le sucediera lo mismo con Esteban. Por
eso, aunque no las tenía todas consigo y sabía que podrían presentarse muchos problemas, en principio
no le parecía tan mal el pequeño acuerdo al que habían llegado. Después de la experiencia que
acababan de compartir, daba la impresión de que lo de sólo sexo podía funcionar: cada uno esperaría
una cosa, y sólo una cosa, del otro: placer. ¿Por qué complicarse la vida metiéndose en problemas?
De libros entendía un poco más que de pintura, de manera que se dedicó a la biblioteca, haciendo
comentarios sobre algunos de los libros que veía. De pronto, uno llamó su atención.
Vaya, éste lo tengo, lo usábamos como libro de texto en segundo de carrera... Pero ¡claro!
¿Cómo no me he dado cuenta? Es de Esteban Sanromán... Tú eres ese Esteban Sanromán... Ya ni me
acordaba de este libro... No lo había asociado...
Así es, he escrito un par de libros sobre derecho internacional. Acabé la carrera con veinte años
y durante un tiempo me dediqué a escribir y a estudiar para las oposiciones. Ese que tienes en la mano
se lo recomendaba a sus alumnos un amigo mío que es profesor de derecho internacional, pero no es
un libro de texto.
Pues nosotros lo usábamos como si lo fuera. Mi profesor se llamaba Aurelio Díaz. ¿Es tu
amigo?
Sí, pero hace mucho que no lo veo.
¿Y qué más has hecho, aparte de escribir y dictar sentencias?
Pensar en chicas. Las que más me gustan son las pequeñas abogadas que llevan ropa interior de
encaje rojo.
No te creo. Seguro que te gustan más las rubias altas y despampanantes.
Pues no. Prefiero a las pequeñitas.
La abrazó. La cabeza de María quedaba a la altura de su pecho, un poco por debajo de sus
hombros, y se sintió conmovida. Ella le gustaba y, por lo que estaba notando contra su vientre,
también lo excitaba. ¿Qué más podía pedir?
Esteban era el amante perfecto: dulce, tierno, apasionado. Y exigía entrega total, cosa que a María
le encantaba, pues no se sentía preparada para llevar la iniciativa; extasiada, se dejaba hacer, bebiendo
a grandes sorbos el placer que le producía que él utilizara su cuerpo como zona de juegos. ¡Y cómo lo
hacía! Los preliminares eran maravillosos. Ahora mismo, por ejemplo, la abrazó y comenzó a darle
pequeños besitos por la cara, por el cuello... Luego la tomó de la mano y la llevó hasta el sofá, donde
la hizo sentarse en el borde, con las piernas abiertas, y se arrodilló frente a ella. Empezó a besarle los
pies descalzos. Los dedos uno a uno, subiendo por la pierna, su mano iba por delante de su boca,
acariciando el hueco de la rodilla, el muslo y la piel de las ingles, con movimientos circulares... Era
una gozada.
¡Qué suavidad! La piel aquí es tan suave...
Acercó la boca justo a ese lugar entre el muslo y la vagina, mientras con la mano abarcaba su
sexo, haciendo circulitos con el dedo entre el vello púbico. María estaba un poco incómoda, con la
espalda apoyada en el respaldo del sofá y el trasero en el borde del asiento, pero las manos expertas de
Esteban y su boca hicieron que toda incomodidad pasara a un segundo plano, y cuando le introdujo el
dedo para juguetear con el clítoris, contuvo la respiración, expectante, hasta que el orgasmo le llegó en
oleadas violentas; no podía parar de gritar y se incorporó para abrazarlo. Entonces los dos rodaron por
el suelo, y cuando él la inmovilizó bajo su cuerpo, creyó morir y lo abrazó con tanta fuerza que sintió
el estremecimiento de dolor que le produjo su arañazo.
Me has hecho daño, eso no está bien... Como castigo, se levantó de pronto.
¡No! No me dejes ahora...
Un segundito. María sintió mucho frío cuando él se apartó, pero volvió enseguida y el calor
de su cuerpo la reanimó.
No vuelvas a dejarme así... Tartamudeaba, estaba hecha un flan, todas sus terminaciones
nerviosas clamaban alivio.
Ha sido por una buena causa dijo, mientras se ponía el preservativo que había ido a buscar.
Entró en ella con dureza, hasta el punto de que la joven, entre la nebulosa de dolor y placer que le
había producido su ataque, sintió miedo, un miedo que pronto se disipó cuando el orgasmo, esta vez
más fuerte que el anterior, la hizo gritar para rogarle que no parara, mientras las lágrimas rodaban por
sus mejillas.
Como si él estuviera muy lejos, le oyó gritar su nombre mientras sentía el vértigo de la caída,
deslizándose por una rampa negra, hacia el vacío.
Cuando se despertó, el sol entraba a raudales por la ventana, traspasando sus párpados cerrados.
Estaba sola en la cama y se estiró con ganas, bostezando. ¿Cómo había llegado a la cama? No
recordaba haber ido hasta allí por su propio pie. ¿Y cuándo se había dormido? No lo sabía, y ahora
creía que llevaba durmiendo toda la tarde y que todo había sido un sueño, un sueño maravilloso que la
luz de la mañana daría por terminado. No quería despertar.
Remisa, abrió los ojos. No había sido un sueño, porque esa habitación no era la suya, era la de
Esteban. Allí estaba la mesilla, con el cajoncito de los preservativos a medio abrir, y el reloj que
marcaba... ¡las doce! Se incorporó, como si la hubieran impulsado con una polea. Era sábado, había
quedado en ir a comer a la casa de su hermana. Hoy era la fiesta de Celia y no podía decepcionarla.
Se levantó despacio, pues el cuerpo le dolía como consecuencia del ejercicio de la noche anterior,
y empezó a buscar su ropa por toda la habitación. No la veía. ¿Qué había hecho con la ropa? Entonces
recordó que se había desnudado en el salón. ¿Estaría aún allí su ropa? Recorrió la habitación con la
mirada y la vio. Sobre una butaca, debajo del amplio ventanal, estaban sus pantalones y su camiseta,
perfectamente doblados. Bajo ellos, se hallaba la ropa interior. La cogió y se dirigió al baño, feliz
porque tenía su propio cepillo de dientes.
Cuando entró al salón, Esteban estaba sentado en el sofá, con los mismos vaqueros del día anterior
y otra camisa vieja, esta vez blanca. Se había afeitado y aún tenía mojado el pelo. María lo contempló
con ternura y hasta le dieron ganas de echar unas lagrimitas al verlo tan guapo. Parecía distinto, otro
hombre muy diferente al que conociera hacía apenas una semana. ¿Cuándo había empezado a operarse
ese cambio en él? Volvió a preguntarse si tendría algo que ver con la aparición de la rubia.
Estaba revisando unos papeles. Al verla entrar, se incorporó y los dejó sobre la mesita. María vio
cómo buscaba a tientas un periódico y lo ponía sobre los papeles, para taparlos. Mientras realizaba
esta operación, no dejaba de mirarla, y hablaba con mucha animación, con demasiada animación,
pensó la joven.
Buenos días, dormilona, ahora iba a despertarte. Te he dejado el desayuno sobre la encimera.
Se levantó y fue hacia ella con los brazos abiertos. La abrazó y le dio un beso en la frente. Su
animación parecía impostada, cosa que confirmaba el casto beso, poco apropiado después de la
intimidad que habían compartido. Se apartó de ella y volvió al sofá, pero no hizo ademán de alzar el
periódico para seguir con los papeles. Volvió a levantarse y miró hacia la ventana.
Hace un día precioso dijo María siguiendo su mirada. El sol entraba a raudales por la enorme
cristalera y al fondo se veían las copas de los árboles del Retiro, y el cielo, con ese magnífico color
azul de los días soleados en invierno.
Sí, precioso. María... Se me olvidó decírtelo anoche, pero ahora tengo un compromiso...
Yo también. Tengo que marcharme ya lo interrumpió, repentinamente triste.
Había esperado... En realidad no sabía qué debía esperarse en esos casos, quizá que el hombre con
el que has pasado la noche, que ha hecho de tu cuerpo su base de operaciones, sin restricciones, sin
control, fuera tierno contigo. Pero no. Esteban estaba muy raro. Nervioso, preocupado. Algo pasaba. Lo
notaba en la expresión de su rostro, en la urgencia de sus movimientos.
Hoy he quedado con mi hermana prosiguió ella con voz animada, voy a comer a su casa,
luego da una fiesta y...
Perfecto, perfecto. Parecía aliviado. Pero antes tendrás que desayunar añadió, quizá
para suavizar su urgencia anterior. María se dijo que, si su intención era que no se notase que deseaba
que se marchara, lo estaba haciendo muy mal.
No, ya tomaré algo cuando llegue a casa. Tengo muchas cosas que hacer.
Claro, claro, lo entiendo. Tienes que pasar por tu casa para cambiarte, ¿verdad? Bueno, pues no
pierdas tiempo.
Casi la empujaba. María no podía dar crédito a lo que sucedía.
Sí...
Muy bien. Hoy no sé a qué hora llegaré, dame un toque antes de venir, no vaya a ser que te
presentes y no haya nadie..., y tráete algunas cosas, ya sabes, para poder quedarte sin tener que ir a tu
casa a cambiarte todos los días...
No entiendo... Da la impresión de que me estás echando, y sin embargo quieres que vuelva. ¿Se
puede saber qué te ocurre?
No pasa nada, es que tengo una cita dentro de... miró el reloj un cuarto de hora
exactamente. Se puso muy serio. El tono de su voz cambió, ahora era cálido y tierno, el tono de voz
al que ella estaba acostumbrada. Y claro que quiero que vuelvas, desde este momento sólo viviré
para verte entrar por esa puerta esta noche, créeme. Pero, de verdad, ahora necesito que te marches.
Se inclinó sobre ella y la besó con urgencia, como un soldado que se va a la guerra y teme no
volver a ver nunca más a su novia. Luego abrió la puerta.
Aturdida, María salió al descansillo y, sin más, la puerta se cerró tras ella.
El taxista no paraba de hablar: del tiempo, del partido Madrid-Barcelona que se jugaba esa tarde,
del IVA y de los ERE de Andalucía... Era una máquina que sabía de todo y le regaló sus sabios
comentarios durante el trayecto, de manera que María no pudo pensar en el extraño comportamiento
de Esteban.
Acababa de cerrar la puerta de su casa cuando sonó el móvil. Era Celia.
Hola, ¿qué tal? Te llamo para recordarte que quedaste en venir a las dos, que te conozco y eres
capaz de pasar de mí.
¡No! ¿Por quién me tomas? ¿Quieres que lleve algo?
Sí, había pensado que trajeras unas cosillas que me faltan.
«Unas cosillas» para Celia era algo así como la mitad del Mercadona y las tres cuartas partes del
Hipercor, más unos cuantos detallitos del Lidl, que tiene unas galletas buenísimas. María tuvo que
coger una libreta para apuntar todos los productos que su hermana recitaba al otro lado como si tal
cosa.
Bueno, basta... No voy a poder con todo.
Tráete el coche.
No pienso llevar el coche a tu barrio, que luego no hay quien aparque. Además hoy hay fútbol;
me lo ha dicho un taxista.
La casa donde vivían sus hermanas estaba muy cerca del estadio Santiago Bernabéu y los días de
partido no había quien aparcara por allí.
Es verdad, qué faena. Soy única, para una fiesta que doy, tengo que hacerla en el peor día
posible, esto estará lleno de gente...
Sí, pero no creo que vayan todos a tu casa. Por cierto, ¿va a comer Luisa con nosotras?
Sí, me ha costado, pero al final la he convencido para que deje solito a su Martín unas horas.
De acuerdo, tú ve haciendo la comida, que yo veré qué puedo hacer con esta lista. Me pasaré
por el súper de abajo y compraré lo que pueda, y lo que no... Te aguantas. Tiene delito que hayas
estado esperando toda la semana a que yo te hiciera la compra. Además, me da vergüenza comprar
tanto alcohol.
Celia rio y colgaron.
Antes de ducharse y arreglarse para ir a casa de Celia y Luisa, decidió ponerle un correo a Esteban.
No sabía qué decirle, pero la necesidad de comunicarse con él era demasiado fuerte. El dolor de su
cuerpo era un constante recordatorio de la noche anterior. No se arrepentía, había pasado la mejor
noche de su vida, pero... Esteban era tan raro. La invitaba a su casa para luego echarla sin
contemplaciones. Estaba contento y de pronto se ponía triste, como agobiado por un gran peso. Decía
que la rubia no le interesaba, pero se veía con ella. ¿Qué se traía entre manos? En realidad no lo
conocía, por lo que sabía de él podía ser un psicópata asesino. Lo más sensato era no volver a verlo.
Decirle en ese correo que lo había pensado mejor, que salía con otro y... Cogió el iPhone: «Te veo esta
noche. Besos.»
Y antes de arrepentirse, dio a «enviar».
«Te veo esta noche. Besos.»
Esteban dejó su BlakBerry sobre la mesa. Sí, esa noche volvería a verla. Pero ¿qué haría? ¿Durante
cuánto tiempo podría mantener esa farsa de sólo sexo, nada de preguntas? Sabía que eso era una
quimera, que cuanto más se vieran, cuanto más ahondaran en su relación, más querrían saber el uno
del otro. Él al menos estaba deseando saber cosas de María, de su familia, de sus amigos, de cómo era
su vida. Le gustaba mucho esa mujer y quería saberlo todo sobre ella. Pero no podía preguntar, porque
si lo hacía abriría la veda. Ella también querría saber y empezaría a hacerle preguntas. ¿Y qué podía
decirle? ¿Quieres ser mi novia? Soy un monstruo y vivo en un infierno que nunca acabará, pero me
gustas. ¿Quieres compartirlo conmigo? ¿Te mola el plan?
Durante unos días se había hecho la ilusión de que todo había acabado. Al conocer a María se
sintió libre y albergó la esperanza de poder comenzar de nuevo al fin. Pero se engañaba, el pasado lo
atormentaría siempre; él ya estaba resignado a sobrellevar ese infierno. Pero ¿María? No podía
condenarla a compartir esa vida con él. Por tanto, lo más decente era dejarla. El problema era que no
quería perderla.
Cogió la BlakBerry y volvió a mirar el mensaje de María: «Te veo esta noche. Besos».
¿Qué hacer? Si fuera una buena persona la dejaría. O le diría la verdad. Esto último no podía
hacerlo, así que tendría que dejarla. Era mejor desilusionarla ahora, cuando aún no había nada serio
entre los dos, que esperar a que lo hubiera. Aunque, quizá si María se enamoraba de él...
Dio a «responder»: «Te espero impaciente».
CAPÍTULO 7
Hacía mucho tiempo que no se sentía tan a gusto con sus hermanas. Celia y Luisa siempre habían
vivido juntas, habían cuidado a su padre durante la enfermedad y se habían consolado mutuamente.
Como Luisa era la más pequeña, Celia había actuado con ella casi como una madre, y la ausencia de
María convirtió a su hermana mayor en el único referente de la pequeña. Sus hermanas estaban muy
compenetradas, y María se sentía un poco celosa porque entre ellas había una relación especial de la
que estaba excluida. Era mezquino, pero no lo podía remediar. Sabía que era culpa suya, pues ella
prescindió de los demás cuando creía que no necesitaba a nadie, salvo a Daniel. A los veinte años
decidió vivir para una sola persona, y durante un tiempo le fue bien. Pero cuando su castillo empezó a
tambalearse no se atrevió a decirle a nadie que el cuento de hadas se había esfumado. Era orgullosa y
consideraba una humillación reconocer ante los demás que se había equivocado. Si Daniel no hubiera
enfermado, quizá a esas alturas ya se habría separado de él. Pero cuando enfermó María supo que ya
no podía dejarlo. ¿Cómo abandonar a un hombre en esas circunstancias? No se arrepentía de haberlo
cuidado; había hecho bien, había cumplido con su deber, aunque eso la había alejado aún más de los
que la querían. Nunca había pensado mucho en ello ni le había importado... hasta ahora. Después de
conocer a Esteban, empezaba a ser consciente de todo lo que se había perdido.
La imagen de Esteban apareció en su mente y la apartó. Pero el dolor de su cuerpo volvió a
recordárselo. Volvió a apartarlo de su mente. No era el momento de pensar en él. Ya lo haría después,
cuando estuviera sola.
Ahora todo su interés debía estar centrado en sus hermanas, porque por primera vez desde hacía
años no tenía celos de ellas. Se sentía integrada, sentía que formaba parte de su círculo, como cuando
jugaban de niñas o conspiraban para ocultarle a su padre la travesura de alguna, casi siempre de Luisa.
Háblanos de tu Martín. Celia lo conoce, pero yo no. ¿Cómo es?
Muy guapo. Y cariñoso. Tiene sus defectos, como todo el mundo, y yo estoy loquita por él.
Estamos pensando en irnos a vivir juntos. Al decir esto miró a Celia, que se puso pálida.
¿Cómo? ¿Te vas a ir de casa?
No hables como si fueras mi madre, por favor. Además, sólo lo estamos pensando.
Y de momento vais a tener que seguir así. Tenéis veintiún años y los dos estáis estudiando. Los
padres de Martín le pagan el colegio mayor, pero no le van a pagar un piso para que se vaya a vivir
con una chica.
Por favor, no os peleéis terció María, conciliadora, ya hablaremos de esto con tranquilidad
en otra ocasión. Ahora hay que preparar una fiesta.
Las dos se volvieron hacia ella y la miraron con extrañeza, como diciendo: «¿Y a ti quién te ha
dado vela en este entierro?». Se sintió dolida y la alegría por la comunión que había creído establecer
con sus hermanas se rompió de repente.
Durante unos segundos se quedó desconcertada. Tenía que decir algo, pero ¿qué? Gracias a Dios
la salvó la campana en forma de llamada al móvil de Celia, que sonrió al ver en la pantallita quién
llamaba. Respondió con un «hola» muy alegre y se marchó a su habitación.
Quiere hablar a solas dijo Luisa en tono conspirador y María rio.
Ese incidente marcó un antes y un después en su agradable reunión de hermanas. Luisa parecía no
darse cuenta de nada, pero María notó que Celia había cambiado. Tras su conversación telefónica, se
mostró enfadada y de mal humor.
Primero volcó todo su enfado en Luisa, a quien no dejaba de lanzar mordaces indirectas mientras
preparaban los aperitivos en la cocina. La joven no parecía sorprendida por el cambio de humor de su
hermana mayor y soportaba sus invectivas con buen ánimo, mientras María las contemplaba
resignada. Estaba visto que le iba a resultar muy difícil, tal vez imposible, relacionarse con sus
hermanas como ellas dos lo hacían entre sí. Y el duendecillo verde de los celos volvió a ataAna Rosa.
Trabajaron durante un par de horas preparándolo todo: montaditos, sándwiches y aperitivos de
todo tipo que colocaron sobre los aparadores y mesitas del salón.
Luisa, probablemente cansada de escuchar a su hermana, dijo que se iba a su habitación a echarse
un rato. Y entonces Celia, que parecía haber estado esperando la oportunidad, la emprendió con María.
Creo que ya está todo. He comprado un montón de bolsitas de hielo, pero lo iré echando en las
cubiteras a medida que lo necesitemos, para que no se derrita dijo Celia. Bueno... Sentémonos un
poco hasta que vaya llegando la gente.
¿A cuántos esperas?
Es sólo para los del banco, que son siete. Y, claro, Martín y Antonio.
¿Antonio?
Sí, ¿no te lo había dicho? Lo invité. Hablamos muy a menudo. Somos buenos amigos.
No sabía que tuvierais tanta amistad.
Hace tiempo que tú no sabes muchas cosas, María. Vives en tu pecera, sin interesarte por los
demás.
María se sintió muy dolida por ese comentario. ¿Qué le pasaba a su hermana? ¿Por qué había
cambiado con ella tan de repente?
No es cierto. ¿Y vosotras, qué? Habéis estado hablando de «vuestras cosas» y me habéis
marginado de la conversación. Y ni siquiera me habéis preguntado cómo estoy yo, o cómo me va en
mi nuevo trabajo.
Sé cómo te va. Antonio me mantiene informada.
¡Antonio otra vez! ¿Él qué sabe?
Es amigo de los dueños del bufete, él te recomendó.
¿Y qué? ¿Es que le dan informes sobre mí a mis espaldas?
No lo sé, pero creo que te convendría bajar de tu nube e incorporarte al mundo real. Estás
acostumbrada a que todos te mimen y te cuiden, y desde que murió Daniel te has habituado también a
que todos te tengan pena. En el fondo, creo que te gusta. Y lo peor es que al final logras lo que quieres,
ser el centro de atención. Sé amable con los del bufete, a lo mejor consigues hacer algún amigo...
Ya tengo amigos. Mentía. Desde hacía un año era consciente de que sus amigos, en realidad,
eran los amigos de Daniel.
No, eran los amigos de Daniel. Celia expresó con palabras lo mismo que ella había pensado
. ¿Cuántas veces has salido con ellos después de su muerte?
Entonces sonó el timbre y la pregunta de Celia quedó sin respuesta.
A partir de ese momento todo se convirtió en un caos: música alta, conversaciones en un tono aún
más alto, risas. Los compañeros de Celia eran bullangueros y simpáticos. Llegaron todos juntos con un
enorme paquete que entregaron a la anfitriona. Celia lo abrió emocionada. Era un precioso vestido de
noche.
No me lo puedo creer... Esto es cosa tuya. Celia miró a una de sus compañeras, extasiada.
Sé que te gusta. Siempre te quedas pegada a ese escaparate como una tonta, y entre todos...
Celia abrazó a sus amigos. Se veía que la querían, que estaban contentos por el ascenso de su
compañera. Luisa hablaba y reía con ellos; también la conocían. Era agradable verlos, y sin embargo...
¿Por qué Celia no le presentaba a sus amigos? Estaba enfadada con ella. No podía imaginar el
motivo. No tenía conciencia de haberle hecho nada y le parecía absurda esa actitud. Era infantil, como
cuando, de pequeña, Luisa se agarraba una de sus famosas rabietas, que su padre nunca sabía a qué se
debían. Tendría que hablar con ella, al fin y al cabo eran hermanas, podrían solucionar cualquier
problema, fuera el que fuese. Celia era una chica de buen carácter, agradable y educada. María nunca
la había visto ser desconsiderada con nadie, y mucho menos con ella. Por eso le resultaba tan increíble
que ni siquiera se molestara en presentarle a sus amigos.
Iba a acercarse al grupito para presentarse ella misma cuando Antonio entró en el salón.
Al verlo se le iluminó la mirada y salió a su encuentro. Aliviada por encontrar una cara conocida
y amable, lo saludó con más efusividad de la que había planeado.
Nunca se había fijado en Antonio, aunque sí se daba cuenta de que era muy guapo. Pensó en
Esteban y comparó los dos rostros. Eran muy distintos: Esteban moreno y Antonio rubio; Esteban de ojos
negros y Antonio azules. Ambos eran altos (Antonio un poco más que Esteban, que medía por lo menos
un metro ochenta y cinco). Los dos eran educados y amables, claro. Pero Antonio era además cálido y
amistoso, alguien en quien se podía confiar plenamente, un hombre que no la echaría de su casa
después de pasar toda la noche haciendo el amor con ella... «No, quieta, no empieces», se dijo.
Antonio era la persona más leal que había conocido. ¿Y Esteban? Ni siquiera sabía si era buena
persona; sólo sabía que era un hombre extraño, que estaba en apuros, que era peligroso y que no podía
dejar de pensar en él, por mucho que quisiera. Sacudió la cabeza. A ver si era capaz de concentrarse en
Antonio y dejar de pensar en el otro. Merecía la pena intentarlo.
Antonio le dio dos besos, uno en cada mejilla, y alzó la cabeza para saludar a otras personas.
Intrigada, María vio que saludaba a algunos amigos de Celia a los que parecía conocer.
Luego, volvió su atención a ella y la abrazó.
¿Por qué no podía enamorarse de Antonio? ¡Sería tan fácil!
Iba a preguntarle si quería tomar una copa cuando, sin motivo, se sintió incómoda y volvió la
cabeza. Celia se había apartado un poco de sus amigos y la miraba con algo parecido al odio en sus
ojos castaños.
Asustada por la dureza de la mirada de su hermana, María se volvió y centró toda su atención en
Antonio.
¿Quieres tomar algo? le preguntó al fin.
Sí, pero antes voy a saludar a nuestra anfitriona. ¿Me preparas un cubata mientras tanto?
Claro.
Se dirigió hacia donde estaban las bebidas, pero no había hielo, así que fue a la cocina para sacar
otra bolsa de la nevera.
Estaba vaciando los hielos en la cubitera cuando apareció Celia.
Antonio está esperando su bebida.
Ya, pero no había hielo.
Por lo que veo, ya estás recuperada del pesar de tu viudez, ¿verdad?
¿De qué hablas?
Ya has elegido otra presa. Siempre los buscas mayores, con dinero, protectores... Quieres
volver a ser la reina.
Pero ¿qué dices? Si es por Antonio, sólo es un gran amigo.
Pues a mí me parece que él quiere ser otra cosa. Primero se excusó de venir a la fiesta cuando
lo invité, me dijo que tenía muchas cosas que hacer. Pero ha llamado esta tarde para saber si tú venías
y, cuando le he dicho que ya estabas aquí, se ha decidido. De repente no tenía nada que hacer, ya me
contarás qué indica eso... Y no me digas que no te has dado cuenta de cómo te ha abrazado...
Celia, no sé qué te pasa, no entiendo qué tienes de repente contra mí. Estábamos tan bien y has
cambiado de pronto... ¿Qué te he hecho?
Antonio es una buena persona y un buen amigo. No quiero que sufra, y tú te has empeñado en
hacerlo sufrir. Está enamorado de ti, María. ¿Qué vas a hacer? ¿Piensas salir con él?
¿Por qué no? ¿Y si yo también estuviera enamorada?
Igual que estabas enamorada de Daniel.
Había sido un golpe bajo, y Celia se sonrojó, abochornada por su comentario. Pero se recuperó
enseguida. Una característica de las hermanas era que ninguna daba nunca su brazo a torcer.
¿No dices nada? María continuó echando el hielo en un obstinado silencio. Muy bien. Si tú
estás convencida, yo tampoco tengo nada que decir. Llévale a Antonio su copa, que estará impaciente.
Unos segundos después oyó reír a Celia en el salón y salió con el vaso hasta arriba de hielo.
El resto de la tarde la pasó charlando con Antonio y con Luisa y Martín, que era un joven
brillante, un chaval, como decía Antonio, con futuro, muy maduro para ser tan joven. A María le gustó
porque su hermana parecía muy feliz con él. Era evidente que lo amaba y que era correspondida.
Después del incidente con Celia, para ella se acabó la diversión. A su lado, Antonio hablaba de su
trabajo, y de su hija, que iba a ir a Madrid a pasar con él las vacaciones de Navidad. Su alegría y la de
todos los que la rodeaban empezó a molestarla y a las nueve decidió que ya era hora de marcharse.
Quedó con Luisa y Martín en que los llamaría para que fueran a comer un día a su casa, y besó a Celia
con reparo, para guardar las apariencias.
Tenemos que hablar le dijo. Si su hermana tenía algo contra ella, tenía derecho a saber qué
era. ¿Por qué no vienes mañana por la tarde a casa?
De acuerdo. Te llamaré.
Antonio también se despidió y salió con María.
Desde la casa de sus hermanas no se tardaba mucho en llegar a la suya. Sólo tenía que salir a la
Castellana y enfilar paseo abajo. Hacía frío y María se subió el cuello del abrigo.
Me apetece ir dando una vuelta.
¿Quieres tomar algo antes?
No, estoy muy cansada y un poco aturdida por todo ese jaleo, un paseo me vendrá bien.
Pues vamos.
Se pusieron a caminar en silencio. Era finales de noviembre y las luces de Navidad ya estaban
puestas, aunque todavía no estaban encendidas. María pensó que ojalá las hubieran encendido ya. Le
gustaba la alegría de la iluminación. La gente parecía más feliz con tanta luz, y ella necesitaba un
poco de alegría esa noche nefasta. Pensó en Esteban. Le había dicho que no llegara antes de las diez,
pero iba a llegar mucho más tarde. ¿La echaría de menos? No la había llamado en todo el día. Se había
limitado a responder a su mensaje, y de la forma más lacónica posible, se dijo con algo de pesar.
Antonio le cogió la mano. Ella no la apartó y continuaron caminando en silencio.
Escucha, sé que aún estás triste por la muerte de Daniel, por eso no quiero atosigarte. Pero
¿pensarás en lo que te dije? ¿Me dejarás al menos intentar que pueda haber algo entre nosotros? No te
meteré prisa, pero podríamos vernos más a menudo.
No se imaginaba a Esteban hablando de esa manera. ¡Antonio era tan encantadoramente anticuado!
Sí, me gustaría verte más a menudo. Pero no quiero darte falsas esperanzas. Para mí sigues
siendo un amigo, y siempre me recuerdas a Daniel. No sé si algún día podré sentir otra cosa por ti. De
momento sólo sé que estoy muy bien en tu compañía. Me gusta estar contigo.
Eso ya es un paso.
«Estás usando a Daniel como un escudo para protegerte de Antonio; te estás volviendo
calculadora y egoísta. ¿O ya lo eras y ahora te das cuenta?», se dijo, sonriendo para sus adentros, pero
en el fondo satisfecha de conocer un método infalible para mantener a Antonio a raya.
Antonio parecía contento y María decidió hablar de cosas intrascendentes. Le preguntó por su
hija, y él le habló de sus planes para pasar juntos la Navidad. Sabía que Antonio sufría por no poder
estar con la niña tanto como quisiera y ése era un tema de conversación sobre el que podía hablar
durante horas.
Había otro tema del que María deseaba hablar, aunque no lo hizo porque pensó que no estaría
bien comentar con Antonio ese asunto antes de hacerlo con su hermana. Tenía que saber si, como
empezaba a sospechar, Celia estaba enamorada de él. Sonrió para sus adentros al pensar que, si ése era
el caso, el propio Antonio sería el último en enterarse.
El hombre siguió hablando de su hija y de sus proyectos con ella hasta que llegaron frente al
portal. Sólo entonces soltó la mano de María, que había mantenido entre la suya durante todo el
trayecto.
Me gustaría que me invitaras a subir.
No, estoy muy cansada. Lo único que me apetece ahora es tumbarme un rato en el sofá y ver la
tele mintió. Lo que deseaba era meter algo de ropa en su maletín y salir disparada a casa de Esteban.
De acuerdo. Te he prometido no atosigarte y estoy dispuesto a cumplir mi promesa.
Gracias. Sí me gustaría que vinieras un día de esta semana a comer conmigo; quisiera hablarte
del bufete.
¿Del bufete?
Sí, de mi trabajo.
¿Por qué había dicho eso? Incluso a ella misma le sonó a excusa para verlo en un lugar neutral sin
que luego él pudiera pedirle que tomaran algo o fueran a su casa. Se arrepentía, pero ya era demasiado
tarde para retractarse.
De acuerdo. Te llamaré dijo Antonio con los ojos brillantes.
Se inclinó y le dio un beso en los labios. María se lo devolvió, y le dejó hacer. Quería probar,
necesitaba saber si sentía lo mismo que cuando Esteban la besaba. No. No sintió nada y se apartó un
poco decepcionada.
Adiós.
Adiós.
Eran las once menos cuarto cuando, vestida con una falda de cuero, leggings y zapatillas
deportivas y con una bolsa de viaje colgada al hombro, llamó a la puerta de Esteban.
Tardó unos minutos en abrir, hasta tal punto que la joven iba a marcharse cuando lo hizo. Tenía el
pelo revuelto y unas enormes ojeras. A los lados de su boca, unas arruguitas que esa mañana no había
visto.
¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?
Esteban tiró de ella y la hizo pasar.
Sí, desesperado porque tardabas.
Me dijiste que no viniera antes de las diez...
Yo digo muchas cosas, no te creas ni la mitad.
Le quitó la bolsa del hombro y la tiró al suelo sin contemplaciones. Luego bajó la cara y la
abrazó. El beso, cálido al principio, se convirtió en algo salvaje. Le mordió un poco el labio y María
pensó que le había hecho sangre. Sacó la lengua para chuparla pero él la atrapó, volviendo a juguetear
con ella entre sus dientes. El conocido estremecimiento de excitación que siempre experimentaba
cuando él la tocaba volvió a surgir, pero esta vez había algo más. Él era un refugio seguro, y lo
necesitaba. Y al parecer él también la necesitaba a ella con urgencia.
Esteban comenzó a desnudarla, acariciando cada palmo de su piel mientras lo hacía.
Cayó la blusa, cayó el sujetador y sus manos se demoraron largo rato acariciando su pecho, sus
pezones que se irguieron con la simple promesa del roce de los dedos de su amante. Luego metió la
mano por entre la falda y buscó las braguitas. Se deshizo fácilmente de la barrera de los leggings,
bajándole a la vez las bragas. Metió la mano bajo la falda y la acarició. Acarició su sexo, su trasero...
María se notaba húmeda, caliente. Lo necesitaba, necesitaba que la penetrara. Y él lo hizo, con fuerza
arremetió contra ella invadiéndola. María gritó, y entonces, entre la nebulosa que la invadía, se dio
cuenta y lo apartó de un empujón. Él gritó enfurecido.
¿Qué haces?
¡No llevas preservativo!
Pues arréglalo, rápido.
Le puso las manos en la cabeza y la empujó hacia abajo. María quedó arrodillada frente a él.
Sabía lo que tenía que hacer y envolvió su pene con los labios. Luego se lo metió en la boca y empezó
a succionar, a mover la lengua contra el glande con suaves lametones mientras le acariciaba el trasero.
Se sintió poderosa, él gemía y decía su nombre, animándola, mientras ella llevaba el control. Era
como una reina que tuviera a su súbdito a su merced. Ahora paro, ahora sigo con más fuerza. Estaba
húmeda, su sexo latía al compás de las embestidas del pene de Esteban en su boca. Por fin él se corrió.
Un espeso líquido llenó su boca mientras Esteban gritaba y se deslizaba poco a poco hasta el suelo,
donde se quedó tirado sobre la alfombra, respirando con dificultad con los brazos extendidos.
María soltó con renuencia su pene. Aún no quería que terminara, seguía necesitándolo, y empezó
a lamer a Esteban con fruición. Primero el pene, que comenzó a hincharse otra vez con los lametones.
Su lengua, poco a poco, fue demorándose en el glande, los testículos, el estómago. Seguía
necesitándolo y era maravilloso tenerlo así. Notó cómo él se estremecía y lo miró. Se estaba riendo.
Me haces cosquillas dijo, riendo más fuerte al ver la cara que había puesto María.
La ayudó a deslizarse por el suelo hasta que su cara quedó a la altura de la de él y la besó.
Tu sabor ahora es el mío. Tenía los labios muy apretados contra los suyos. Gracias, ha
sido perfecto. Me has dejado hecho un guiñapo, pero aún me quedan algunas fuerzas.
Se levantó y la cogió de la mano, tirando de ella para que se levantase también.
A mí aún me quedan todas...
Entraron a la habitación y se dejaron caer sobre la cama, riendo. Esteban se quitó los pantalones y
María la falda, que era lo único que llevaba puesto. Empezaron a besarse de nuevo, hasta que ella,
cansada de tanto preliminar, se incorporó y se situó sobre él, atrapándolo entre sus piernas. Cogió el
pene y comenzó a rozarlo contra su clítoris, con suaves movimientos, arriba y abajo, adelante y atrás.
Los dos gemían bajito, el placer que María sentía estaba empezando a convertirse en una explosión.
Entonces abrió el cajón de la mesilla, sacó el paquetito y lo rasgó con torpeza. Él se dejaba hacer;
atrapado entre sus rodillas, movía la cabeza a ambos lados pronunciando su nombre bajito. Le puso el
preservativo, quería hacerlo despacito, demorándose en las caricias, pero ninguno de los dos estaba
por esperar, así que terminó enseguida y, sin más, puso el pene de Esteban bajo su vagina y empujó
hacia abajo con fuerza. Esta vez era ella la que mandaba. Le sujetaba los brazos, y lo vio menear la
cabeza a uno y otro lado. Se movieron al unísono, jadeando y gritando hasta que el orgasmo los
alcanzó al mismo tiempo. Gritaron y luego María, agotada, se desplomó sobre el cuerpo de Esteban.
La despertaron unas pataditas. Esteban se movía, inquieto. Estaba dormido, pero no parecía
descansar. María no sabía si despertarlo o esperar a ver si se calmaba. Lo abrazó y empezó a
acariciarlo con ternura. Poco a poco se fue tranquilizando, su respiración se hizo regular y dejó de dar
patadas. La abrazó y siguió durmiendo, ya con la respiración acompasada y el cuerpo relajado.
María permaneció abrazada a él, con los ojos cerrados, intentando recuperar el sueño. Pero ya
estaba completamente espabilada y el sueño no llegó. Era terrible estar así en la cama, inmóvil, sin
poder dormir y pensando. Las palabras de su hermana resonaban en su cabeza. La había acusado de
egoísta, de querer ser siempre el centro de atención. ¿Sería cierto? ¿De verdad era como Celia la había
descrito? No estaba segura de nada. Su ordenada vida se había convertido en un caos, ni siquiera
pensaba en Daniel como antes. Empezaba a alejarse de él, cada vez lo veía más pequeño y tenía que
hacer esfuerzos para recordar su rostro.
Ahora era el rostro de Esteban el que se le aparecía a cada instante. Guapo, con arruguitas de
preocupación bajo los ojos. Tenía algún problema, eso seguro. Pero ¿cuál? ¡Si supiera qué le pasaba!
Le acarició el rostro y empezó a besarlo. Besos cortos, suaves, para no despertarlo. Él, aún
dormido, respondió a sus caricias. Se movía perezoso, remolón, con la pesadez y el aturdimiento del
sueño. ¡Era tan dulce besarlo así! Después de la violencia de sus anteriores encuentros sexuales, era
relajante este besarse y acariciarse entre brumas, sin urgencia, tan calentitos. Se tapó la cabeza y
comenzó a bajar, dejando un reguero de besos por el cuerpo de Esteban, que se revolvía y gemía medio
dormido. Le besó el pecho, lamiéndole los pezones, intentando hacer lo mismo que él le hacía tantas
veces, y siguió: el estómago, el vientre..., el pene había crecido y lo sintió crecer más en su boca... Era
tan delicioso. Sacó la mano por entre las sábanas y la llevó hasta el famoso cajoncito que siempre
estaba abierto. No le costó rasgar el paquete porque en esta ocasión no le temblaba la mano, y se lo
puso poco a poco, demorándose en bajar la gomita. Él seguía gimiendo de gusto, con los ojos cerrados.
Se tumbó sobre él y se metió el pene hasta lo más profundo. Tumbados, ella sobre él, se movieron,
buscaron la postura apropiada, y gimieron al unísono. Oyó los jadeos de Esteban y, cuando el orgasmo
la alcanzó, oyó su voz. Le decía «gracias».
Cuando María abrió los ojos, la habitación estaba completamente a oscuras. Sólo refulgían en la
negrura los números del reloj. Las tres y diez. Palpó la cama buscándolo, pero Esteban no estaba.
¿Estaría en el baño? Esperó diez minutos y al ver que no volvía se levantó y salió al pasillo: una
pequeña luz refulgía al fondo, procedente del salón, y María se dirigió hacia allí. Sus pies desnudos no
hacían el menor ruido sobre la alfombra que cubría el suelo del pasillo. Asomó la cabeza por la puerta
y lo vio. Estaba al otro extremo, frente a su mesa de trabajo, escribiendo en el ordenador, muy
concentrado. La luz del flexo, que daba directamente sobre el teclado, y el azul de la pantalla
acentuaban los rasgos de su rostro, formando un claroscuro de luces y sombras. María lo contempló
unos segundos más y se retiró. Ni siquiera se le pasó por la cabeza ir hacia él para preguntarle qué
estaba haciendo. Aunque no sabía por qué, intuía que era mejor dejarlo solo.
Permaneció largo rato despierta, dando vueltas en la cama. Cuando al fin se durmió, él aún no
había vuelto.
CAPÍTULO 8
¡Qué agradables son los domingos por la mañana! Se puede remolonear en la cama, y si afuera hace
frío, se está aún mejor, arrebujadito entre las sábanas, sobre todo si pegado a ti hay un cuerpo caliente
y lleno de vida, que despierta todos tus instintos. Y ése era el caso, se dijo María, mirando a Esteban.
Llevaban un par de horas despiertos, pero se resistían a levantarse. Era divertido jugar y reír, sin nada
que hacer, disponer del tiempo para malgastarlo a placer. Y a eso se dedicaban desde las seis de la
mañana.
¿Sabes una cosa? dijo Esteban, la cabeza en la almohada, muy cerca de la de María.
Mañana hará una semana que nos conocemos. Yo creo que hay que celebrarlo.
¡Una semana! Sólo una semana y cuántas cosas han pasado. Hace una semana estaba yo muy
nerviosa porque empezaba a trabajar, y ahora... Lo miró muy seria. Creo que he perdido la ilusión
por el trabajo del bufete, no me gusta mucho...
¿Qué dices? No lo puedo creer, si no llevas más que unos días. En los trabajos nuevos, al
principio uno está como desubicado, desanimado. Pero ya te acostumbrarás.
Ojalá tengas razón, pero no lo creo. No veo que tenga allí ningún futuro. Ya sé que es pronto
para decirlo, pero a veces esas cosas se notan enseguida... En fin, esperaré a ver qué pasa, después de
todo no quiero dejar mal a... se interrumpió. Iba a decir «Antonio», pero prefirió evitarlo don
Tomás. Él fue quien convenció a sus asociados para que me contrataran. Otra mentira. Últimamente
decía muchas mentiras. Demasiadas.
Al pensar en las mentiras, recordó el incidente de la noche anterior.
Por cierto, anoche te levantaste; me desperté y no estabas en la cama.
Sí, no podía dormir y me levanté para terminar un trabajo. Así ya lo tengo hecho y hoy podré
dedicarme sólo a ti.
María sonrió. A la luz de la mañana, sobre todo de una mañana tan espléndida como ésa, los
temores de la noche se desvanecen. Lo que en la oscuridad parece misterioso y maligno por la mañana
nos hace reír; las preocupaciones pierden importancia cuando abrimos los ojos a la luz del sol.
¿Sabes? Esteban continuaba con su conversación anterior. Yo me alegro mucho de que
trabajes en ese bufete, porque, si no trabajaras allí, no te habría conocido. Aquella mañana, cuando te
vi en el bar, me dije: «Esta chica me gusta, a por ella».
No veas el susto que me pegué cuando salió el juez y eras tú...
Ambos rieron.
Sí, yo también me quedé pasmado.
Por cierto, hay algo que quería preguntarte. Claro que no sé si querrás responderme. Quizá eso
forme parte del misterio en que envuelves tu vida... Sin preguntas.
¿A qué te refieres? saltó él. Se puso pálido.
Al ver su reacción, María se arrepintió de sus palabras. Era una bocazas, lo había estropeado.
«Con lo bien que estábamos», pensó. De todos modos, no era normal que se pusiera así, ¿por qué se
alarmaba tanto por una simple pregunta?
Bueno... Esa tarde, quiero decir, el día en que nos conocimos, cuando salí del bufete por la
noche... Te vi.
¿Me viste? Claro, y pensaste que era un ladrón.
No, antes, en la calle. Estabas en tu coche, dormido, con la cabeza sobre el volante.
Ah, eso... Esteban sonrió, visiblemente aliviado, y el color volvió a sus mejillas. Parecía que
se había quitado un peso de encima. Verás, estaba esperándote.
¿Qué?
Sí. Me enteré de cuál era tu bufete y decidí acercarme hasta allí; mi plan era esperar a que
bajaras y cuando te viera pasar delante de ti con el coche como por casualidad y decirte: «Pero bueno,
qué pequeño es el mundo, volvemos a encontrarnos...» Ya sé, muy infantil, sí. Se sonrojó un poco y
María lo miró extasiada. Estaba guapísimo cuando se ponía colorado. Simplemente quería volver a
verte y no se me ocurrió otra cosa. Pero tú tardabas y tardabas, y yo allí, mirando una puerta por la que
no aparecías, cada vez más aburrido. Total, que me dormí. Cuando desperté me enfadé mucho
conmigo mismo, porque supuse que ya habrías pasado sin que yo te viera, así que me marché. Fíjate,
al final sí que nos encontramos por casualidad.
María rio. Claro, cómo no se le había ocurrido. Era tranquilizador saber que el motivo era algo
tan inocente. ¿Por qué no podían ser igual de inocentes todos los detalles de su comportamiento que le
habían llamado tanto la atención? No, al menos uno no lo era: la rubia explosiva. Estuvo a punto de
preguntarle otra vez qué pintaba ella en su vida, pero lo pensó mejor y decidió no hacerlo. No quería
que Esteban volviera a enfadarse.
Princesa, son las ocho. Nos hemos despertado muy pronto, pero hay ocasiones en que merecen
la pena estos madrugones, ¿no te parece? Le acarició el trasero y luego le dio una pequeña
palmadita. ¡Arriba! Te propongo un plan.
María se removió, no tenía ningunas ganas de levantarse. ¡Se estaba tan bien así!
Nos levantamos, nos vestimos y salimos a pasear.
¿A pasear? Son las ocho de la mañana, es domingo y hace frío. ¿Qué pintamos dando un paseo
con lo bien que se está en la camita?
¿No me digas que nunca has paseado un domingo temprano por el centro de Madrid? Las
calles, siempre abarrotadas, están vacías, y da gusto. Además, hace sol y el cielo está completamente
azul, sin una nube. ¿Nunca lo has hecho?
No, nunca he salido a pasear así como así, sin ton ni son, tan temprano. Si alguna vez he salido
ha sido porque tenía que ir a algún sitio, pero la verdad es que no lo recuerdo.
¡Qué vida tan triste! Otra palmadita. ¡Arriba!
Esteban se levantó y se metió en el cuarto de baño. María oyó enseguida el ruido del agua de la
ducha y su voz desafinada. Cantaba: «Por un beso de la flaca, yo daría lo que fuera». Sonrió. ¿Lo diría
por ella? No estaba gorda, pero flaca...
Afortunadamente había metido unos vaqueros en la bolsa y tenía sus deportivas, ideales para
pasear en una gélida mañana de finales de noviembre. También tenía su gorro de lana, que había
conocido mejores tiempos, pero abrigaba un montón. Y en la bolsa había metido un jersey, así que no
pasaría frío. De repente, salir a la calle con Esteban le pareció lo mejor que podía hacerse en este
mundo.
Pero tenía que ducharse y Esteban no salía del baño. Bueno, tendría que entrar, a ver si espabilaba.
«... aunque sólo uno fuera»... Cuando María corrió la mampara, él interrumpió su canción y
extendió los brazos. Ya estabas tardando...
La ducha se alargó algo más de lo planeado y, cuando salieron, eran ya las diez de la mañana.
Subieron por la calle Alfonso XII y luego bajaron por Alcalá, tomados de la mano.
Tengo hambre. Ni siquiera me has dado de desayunar.
Pues yo he desayunado muy bien en la ducha. Pero, como soy un caballero, voy a invitarte a
tomar un opíparo desayuno.
Desayunaron en un VIP, dedicándose a despellejar a todos los que veían. Era divertido especular
sobre quién sería aquel que tenía cara de volver de una loca fiesta, o aquel otro del chándal, que tenía
pinta de salir a correr todas las mañanas, el pobre estaba congestionado y no parecía que le sentara
muy bien el ejercicio; sin embargo aquel otro, vaya piernas, ése seguro que era un atleta profesional.
Y mira aquel padre con su hijo, seguro que está divorciado. Sí, hoy le toca el niño y viene de
recogerlo. Y qué me dices de esa señora..., vaya collares, no pegan por la mañana, ¿no te parece?
De pronto Esteban se puso serio.
He tenido mucha suerte al encontrarte. La miró a los ojos. Si no fuera por ti, ahora estaría
en casa reconcomiéndome, pensando en cosas desagradables. En cambio, estoy viviendo una de las
mejores mañanas de mi vida.
¿Una de las mejores?
La mejor.
Permanecieron en silencio unos minutos, rumiando cada uno sus propios pensamientos. Al fin
María no pudo más:
¿Qué te ocurre? Por favor, dímelo. Quizá yo pueda ayudarte.
No, María. Quedamos en que no me harías ese tipo de preguntas, ¿lo recuerdas?
Sí, pero es difícil. Quiero saber cosas de ti, y no me digas que tú no quieres saber nada de mi
vida, porque no lo creeré. Estás empezando a importarme, y cuando alguien te importa, te preocupas si
tiene algún problema...
Déjalo, María, no lo estropees. Ya te lo dije y te lo repito. Me gusta mi libertad, no quiero
comprometerme con nadie. Ni siquiera tengo amigos ni mantengo relaciones sociales de ningún tipo:
sólo me gusta mi trabajo y es a lo que me dedico. Soy sincero contigo para que no te llames a engaños
ni me reclames más de lo que he prometido darte. Quiero que te quede muy claro: lo único que
necesito en estos momentos es una mujer que me complazca sexualmente y con la que pueda pasar
buenos ratos. Esa mujer ahora eres tú. No pensemos más, dejémoslo así. Tú estuviste de acuerdo,
dijiste que querías algo parecido.
Sí, lo había dicho y había sido sincera. En ese momento era lo que creía, pero ahora...
De todos modos, él tenía razón. ¿Qué necesidad tenía ella de asumir nuevas preocupaciones? Con
las suyas le bastaba y sobraba. ¿Por qué empeñarse en cargar con las de un hombre que acababa de
conocer? Saldrían durante un tiempo y luego lo dejarían, cuando uno de los dos se cansara. El
problema era que, cuanto más tiempo saliera con él, más sufriría cuando todo acabara.
Después de esa conversación se rompió el encanto de la mañana. Siguieron paseando tomados de
la mano, haciendo comentarios sobre lo que veían, pero sin la bendita despreocupación anterior.
María pensaba que había sido culpa suya, que había cometido un grave error al sacar el tema, y
deseó poder volver atrás para enmendarlo. ¿Por qué siempre hablaba sin pensar? Si no hubiera dicho
nada, ahora seguirían como antes, riendo y muy a gusto el uno con el otro. Sabía que Esteban tenía esos
cambios de humor: podía estar muy alegre y al segundo siguiente ponerse huraño, y a pesar de todo
había removido en la herida, ¿por qué no se había quedado calladita? Se dedicaba a perder el tiempo,
cuando lo más inteligente era aprovechar al máximo los momentos que pasaba con él. ¿Para qué
desperdiciarlos discutiendo?
Como haciéndose eco de sus pensamientos, Esteban dijo:
No discutamos. No estropeemos un día que prometía ser perfecto.
Se detuvieron. Habían llegado a la Puerta del Sol, que ya estaba llena de gente, aunque todavía no
había ni la cuarta parte de la que llegaría a haber por la tarde. Los mimos se situaban en sus puestos
para empezar la jornada y una japonesa cantaba ópera, a capela, la pobre; daba pena ver los esfuerzos
que hacía para que se la oyese.
Se va a estropear la garganta dijo Esteban, señalando a la chica con la cabeza.
Siguieron caminando tomados de la mano. El aire frío casi cortaba y María pensó que la nariz se
le habría puesto roja, pues sentía como fuego en su cara, y no era precisamente por el calor.
Estás guapísima, con ese gorro de la primera guerra mundial y la naricilla roja; creo que sólo
saldremos de casa cuando haga frío, y tienes que prometerme que siempre te pondrás ese gorrito.
Está muy viejo.
Me encanta... Casi tanto como tú. Se inclinó y le dio un beso. El frío se convirtió en calor, un
calor que corría por sus venas como la lava de un volcán. Siguieron besándose, indiferentes a la gente,
que pasaba junto a ellos sin fijarse.
Al fin María se apartó, remisa, y lo miró sonriente. Estaba visto: si hablaban, acababan
discutiendo y frustrados, porque su conversación no podía dar para mucho en sus circunstancias y, en
cuanto tropezaban con algún escollo, todo se derrumbaba. Sólo se entendían de una forma, los dos
eran conscientes de ello. No querían renunciar a lo único que tenían, y si para conservarlo había que
dejar de lado todo lo demás, lo harían sin dudarlo.
Se tomaron de la mano y, sin decir nada, andando deprisa, casi corriendo, se dieron la vuelta. En
la Puerta del Sol se detuvieron para darse otro beso y luego enfilaron Alcalá arriba en dirección a la
casa de Esteban.
Estaba tumbada boca abajo en la cama mientras Esteban hacía caer todo su peso sobre ella. La
agobiaba, no podía respirar e intentaba moverse, pero en vano, pues el peso de otro cuerpo mucho más
grande que el suyo se lo impedía. Pero esa sensación de ahogo, lejos de asustarla, la excitaba. Habían
llegado a la casa como dos locos, habían empezado a quitarse la ropa nada más cerrar la puerta, y
entre besos y jadeos habían entrado dando tumbos en la habitación. Ella estaba húmeda y palpitante.
¿Quieres que juguemos un poquito?
Sí... Estaba excitada, a pesar de que se sentía atrapada y de que casi no podía respirar. Le
resultaba de lo más estimulante saber que estaba a su merced, que podía hacer con ella lo que quisiera,
que podía superar sus fantasías sexuales más atrevidas. Extrañamente, estar así atrapada bajo ese
cuerpo le proporcionaba una extraordinaria sensación de libertad. Notaba el pene por detrás,
moviéndose entre sus glúteos, duro, grande, listo para ella.
Él le puso las manos en el estómago y la movió, colocándola a gatas sobre la cama. Con la cabeza
hacia abajo, podía ver cómo se bamboleaban sus pechos y las piernas de Esteban detrás de las suyas,
mientras su miembro presionaba contra su trasero.
Esteban la contempló así unos instantes y luego comenzó a acariciarle el clítoris con suavidad, y el
roce de sus dedos la hizo jadear y subir la cabeza en busca de más aire, deseando que él satisficiera de
una vez esa inquietud y esperando también que se tomara más tiempo, que siguiera estimulándola de
aquella manera.
Pero sus deseos no se vieron satisfechos, porque de pronto él apartó la mano de su clítoris. María
intentó moverse pero Esteban la sujetó, manteniéndola en la misma posición. Puso sus manos en sus
nalgas y comenzó a acariciarlas. Luego inició un juego erótico muy suave: se tumbó bajo ella, María
podía verle el rostro debajo del suyo, y comenzó a besarla: la boca, los brazos, los pezones... La joven
notó cómo se le erizaba el vello y volvió a jadear, aquello era insoportable, pero seguía queriendo
más. Empezó a lamerle el estómago, el ombligo. La lengua sobre su vello púbico la estaba matando y
deseó que bajara, pero él no lo hizo. María estaba al límite, si no calmaba pronto su inquietud, iba a
derretirse, se desharía formando sobre la cama un charquito de líquido palpitante.
¿Quieres que te folle?
Su lengua había llegado a ese rincón de los muslos donde la piel es suave y donde cualquier roce
provoca sensaciones sin límites. María casi no podía hablar.
Sí...
¿Cómo te follo? Elige tú... Hablaba contra su piel, y su aliento, caliente, le rozaba los
muslos.
Tenía los pezones muy sensibles y cuando él alzó los brazos y los pellizcó entre sus dedos los
latidos que sentía en el clítoris aumentaron.
Como sea, pero hazlo ya, vas a matarme si sigues así...
Mi pequeña hipocritilla... Ahora no te marchas... ¿Quieres marcharte y dejarme plantado como
el otro día? Mientras decía esto, tomó sus pechos entre sus manos y comenzó a masajearlos y
apretarlos con dureza.
María no creía que pudiera excitarse más, pero cada movimiento de Esteban era una nueva
provocación que aumentaba su urgencia. Entonces él se apartó de su cómoda posición bajo ella y se
levantó. Fueron dos segundos, pero María nunca había echado tanto de menos a nadie en su vida.
Cuando volvió, notó un líquido entre sus glúteos, las manos de Esteban extendían algo viscoso sobre
ella... De pronto, la invadió sin previo aviso y gritó. Sintió dolor, pero estaba tan húmeda y excitada
que el dolor se mezcló con el placer de la excitación, provocando nuevas sensaciones. Esteban comenzó
a empujar con fuerza y ella siguió gritando, mientras recordaba que una vez había visto una imagen
del Kama Sutra que representaba a una pareja en esa postura. Lo mejor era que no sentía vergüenza.
Todo lo contrario. Entonces Esteban, sin dejar de embestirla, le frotó el clítoris, primero despacio,
luego más deprisa. El placer era intenso, y se sintió como en una montaña rusa, subir a lo más alto y
luego bajar de un golpe, en un torbellino de sensaciones. Se desplomaron los dos sobre la cama,
gritando en la vorágine del orgasmo.
Cuando abrió los ojos vio el rostro de Esteban sobre el suyo. ¿Cuánto tiempo llevaba así,
mirándola?
Me he dormido.
Sí, llevas una hora como catatónica.
¿Tú también has dormido?
No, yo llevo una hora como catatónico, mirándote.
La acarició con ternura.
¿Cómo te sientes?
De maravilla... Lo besó. Aunque un poco flojucha. Me has dejado sin fuerzas.
Me alegro, ése era mi propósito. ¿Sabes lo que necesitas? ¡Calorías! Voy a preparar algo de
comer. Se levantó de un salto. Estaba desnudo y María lo contempló: parecía un dios clásico, su
vientre plano y duro y su miembro, largo y duro de nuevo, se movía cuando él se movía. En un
impulso, María se incorporó y alzó las manos para tocarlo.
Basta por hoy, señorita. Hay que comer. Creo que estoy creando un monstruo concluyó con
una risita. Y me encanta. Pero, si seguimos juntos, tendremos que organizarnos. Porque así, con este
descontrol, no podemos estar.
Si seguimos juntos... ¿Quería eso decir que contemplaba la posibilidad de que siguieran? ¡Sexo,
nada más! La verdad, el plan no estaba tan mal, después de todo. Nunca había hecho las cosas que
hacía con Esteban, nunca había sentido esa excitación... ¿Sería una pervertida? Sonrió al pensar en esa
posibilidad. Lo cierto era que jamás había imaginado que algo así pudiera sucederle a ella. Pero estaba
pasando. Estaba enganchada a un hombre con el que sólo podía relacionarse mediante el sexo, y le
parecía bien. «Si Daniel volviera y pudiera verme por un agujerito»... Meneó la cabeza. La sola
posibilidad la horrorizaba. Pero bueno, ¿es que era tonta? No había ninguna probabilidad de que eso
sucediera.
Aun así miró a su alrededor asustada, como esperando ver el fantasma de Daniel a través de la
ventana.
Se levantó y prepararon juntos la comida. Nada original: espaguetis, porque ninguno era un
experto cocinero. Pero unos espaguetis muy ilustrados. Sacaron todo lo que encontraron en la nevera
que juzgaron que podría servir: beicon, cebolla, queso... y lo saltearon en la sartén. Luego echaron
tomate por encima y lo mezclaron con los espaguetis. Fue divertido preparar la comida mientras
tomaban vino y charlaban de tonterías, besándose a cada momento y por cualquier motivo: que ya
hervía el agua, un beso; que la cebolla se estaba poniendo negra en la sartén, otro besito más. ¿Que el
tomate saltaba poniendo toda la cocina roja? Eso merecía un abrazo. Esteban puso música, un CD de
música clásica que María no reconoció y cuyo título prefirió no preguntar para no quedar mal. «Qué
difícil es dejar atrás todos los complejos», pensó, pero el miedo a quedar como una tonta la paralizaba.
Era una antigua rémora que arrastraba de sus tiempos con Daniel y que era incapaz de vencer. Volvió
a mirar a su alrededor, mosqueada. No, Daniel no andaba por allí tapado con una sábana. Rio, se había
tomado tres vinos mientras preparaban la comida y se le debían de haber subido a la cabeza.
Comieron en silencio y María pensó que parecían una pareja estable, un viejo matrimonio que
come tranquilamente sin hablar, porque no necesita decirse nada después de tantos años. Estuvo a
punto de decirle que quitara la música y pusiera la tele, que lo tradicional es comer viendo el
telediario. Sonrió. Si le dijera algo así, Esteban se moriría del susto.
Estaban metiendo los cacharros en el lavavajillas cuando de repente se acordó.
Oh, no. Tengo que llamar a mi hermana. He quedado con ella esta tarde en mi casa.
No... Yo había pensado que esta tarde la pasáramos aquí, tranquilitos. Venga, no te vayas. Si lo
prefieres salimos, podemos ir al cine... Llama a tu hermana y dile que no puedes quedar con ella.
Pero es que ya he quedado, y últimamente no estamos en muy buenas relaciones. Tenemos que
hablar.
Pero podéis aplazar vuestra conversación. ¿O es asunto de vida o muerte que la tengáis esta
tarde? ¿No puede ser otro día?
Claro que sí. Pero tampoco es asunto de vida o muerte que nos quedemos en tu casa o que
vayamos al cine. La cuestión es que quedé con ella, tengo un compromiso.
También lo tienes conmigo. Hoy no tengo nada que hacer...
Claro, y como el señor no tiene nada que hacer necesita a su esclava para que le haga
compañía.
No es precisamente compañía lo que necesito que me hagas. La miró con los ojos brillantes.
María cerró el lavavajillas de un golpe.
Ten cuidado, que lo vas a romper. Sonrió. No seas así, tú también prefieres quedarte
conmigo. Llámala.
Sí, la llamaré. Para quedar con ella.
Pero ya no podremos vernos hasta el viernes que viene.
Podemos hacer un huequecito entre semana...
No la interrumpió. Esta semana estoy muy liado, tendré que quedarme en el juzgado hasta
tarde todos los días... Aunque... sería maravilloso volver a casa por la noche y tenerte aquí. ¿Por qué
no te quedas?
¿Qué?
Sí, como vas a quedar con tu hermana en tu casa, aprovecha para traerte más ropa, porque ayer
trajiste muy pocas cosas. Señaló con la cabeza la bolsa de deportes, que aún estaba tirada en el suelo
junto a la puerta.
Pero... ¿y el coche?
Yo te llevaría.
No. Ya sabes lo que opino de eso, es absurdo.
Pues tráete el coche también. Llamaré al garaje donde lo dejo yo. Me conocen desde hace
muchos años. Sé que hay plazas libres, no habrá ningún problema en que te alquilen una.
Tienes soluciones para todo, ¿verdad?
Desde luego, era tentador. Pasar todas las noches con él.
Y pasaríamos todas las noches juntos.
¿Le había leído el pensamiento? Para chincharlo, dijo:
Sí, ideal. Como no tenemos nada que decirnos, qué importan los días. Sólo las noches: follar y
dormir es lo único que nos interesa hacer juntos.
¿Y qué tiene de malo?
De malo, no sé... Pero de bueno tiene mucho dijo lo que sentía, sin calibrar sus palabras.
Esteban soltó una carcajada y, para que él no creyera que estaba entusiasmada con la idea, añadió:
Tendría que pensarlo.
No lo pienses, quédate. Mira, si luego ves que la cosa va mal, que te sientes incómoda...
siempre puedes marcharte a tu casa. Vives a media hora de aquí, no te estás trasladando a China,
después de todo. No es para tanto.
De acuerdo, voy a quedar con mi hermana.
Sacó el iPhone del bolso.
Vaya, tengo un mensaje... Su dedo se movía sobre el diminuto teclado del aparato. Mira,
es de Celia: «Lo siento, no puedo ir esta tarde a tu casa. Llámame por la noche» leyó. Luego lo miró
sonriente. Ya no hace falta que vaya a mi casa. Podemos pasar la tarde aquí.
¡Bien! ¿Lo ves? Tu hermana es más sensata que tú; de todos modos tienes que ir a tu casa por
más ropa. De pronto se le iluminó la cara. ¿Quieres que te acompañe? Podemos ir dando un paseo
y luego volvemos en tu coche.
No le hacía mucha gracia que él fuera a su casa. Pero no podía negarse, a Esteban le parecería raro.
Y además, ¿por qué no?
Muy bien. Venga, nos vestimos y nos vamos para allá. Eso de ir dando un paseo me apetece
mucho. Tengo ganas de estirar las piernas.
CAPÍTULO 9
Tienes una casa muy bonita. Esteban estaba parado en la entrada contemplando el enorme salón,
con tres balcones. Es muy grande.
Sí. Tenía tres dormitorios, pero nosotros preferíamos habitaciones grandes y tiramos tabiques.
No veas qué lío montamos... Hicimos una gran reforma. Ahora sólo tiene un dormitorio. María
paseó la mirada por el enorme salón. Me encanta esta casa. Pero, si he de decirte la verdad, me
siento un poco sola aquí. Tiene demasiados recuerdos para mí.
¿Vivías con alguien?
Sí, pero ahora vivo sola. Voy a la habitación a llenar una maleta...
Escapó corriendo de las preguntas incómodas. Desde su cuarto oía hablar a Esteban.
¡Cuántas fotos! ¿Este hombre es tu padre? ¿Vivías con él?
A María le dio un vuelco el corazón y salió corriendo al salón. Esteban estaba de pie junto a las
estanterías llenas de libros, con una fotografía en las manos.
¿Es tu padre? Alzó la cabeza de la fotografía al verla entrar.
No, es... Es mi marido.
Esteban abrió unos ojos como platos y se encaminó hacia donde ella estaba, blandiendo la
fotografía en la mano como si fuera un arma.
¿Tu marido? Me dijiste que no estabas casada... ¿Por qué me has mentido? Una cosa es que no
nos contemos ciertos asuntos de nuestras vidas y otra muy distinta es mentir, María.
No te he mentido. Ya no estoy casada, mi marido murió hace un año.
Ah...Vaya... Yo... Bueno, lo siento.
Fue hasta el sofá y se sentó.
Ven aquí dijo, dando una palmadita en el asiento, junto a él. María se sentó a su lado. ¿Por
qué no me habías dicho que eres viuda?
Tú no me has contado nada de tu vida. ¿Por qué razón iba yo a contarte algo de la mía?
María, yo te he contado cosas de mi vida. Sólo te he dicho que hay algunos aspectos que no
quiero compartir contigo. Pero si fuera viudo te lo habría dicho, créeme.
No ha salido la conversación. Además, no me siento bien hablando de Daniel. Desde que te
conozco, cuando pienso en él tengo la impresión de estar traicionándolo.
Era mucho mayor que tú, fíjate que lo había confundido con tu padre. Esteban miraba la
fotografía con atención, como si quisiera grabar en su mente los rasgos de ese hombre que había
conocido a María antes que él.
De pronto sintió pena por ella: en ningún momento se había preguntado cómo se sentía María con
el rumbo que había tomado su vida desde que se conocieron. Sólo sabía que la necesitaba para no
pensar en otras cosas, para no caer en la desesperación. Pero ¿y ella? Nunca se le había ocurrido
pensar en ella como en una persona, sino como en una solución a sus problemas, o como una ayuda
para superarlos. Era injusto. Ella se merecía lo mejor.
La acarició con ternura.
¿Cómo se llamaba?
Daniel.
¿Eras feliz con él?
Sí.
Alguna vez tendría que hablarle de sus dudas, nunca había comentado con nadie sus verdaderos
sentimientos por Daniel. Se los había guardado para ella sola porque temía decepcionar a los demás.
Pero Esteban no era Celia ni Antonio. A Esteban podía contárselo. ¿Por qué no? Podía iniciar un camino
de confidencias que lo obligara a él a abrirse también.
Sin embargo, el último año fue horrible, una lucha terrible contra el cáncer que acabamos
perdiendo. Noches de hospital, médicos...
¡Pobrecita! No te meteré prisa, cuéntamelo todo cuando lo consideres oportuno. No soy tan
malo, ¿sabes? Me interesa de ti algo más que tu cuerpo... Aunque, para ser sincero, he de decir que tu
cuerpo es lo que más me interesa. Dime, ¿a ti qué es lo que más te gusta de mí?
Naturalmente, tu dinero...
Y lo besó. Fue un beso dulce y tierno. Muy distinto a los besos que habían compartido en su casa
poco antes. Pero María ya sabía lo que pasaba cada vez que se tocaban y estaba segura de que la
ternura pronto se convertiría en excitación, en deseo. Le bajó la cremallera de los pantalones buscando
algo que la atormentaba desde esa mañana.
Has preferido comer antes que esto... Sus manos bajo los calzoncillos palpaban el miembro
de Esteban, que, como siempre, parecía estar listo para ella, esperándola.
Entonces sonó el timbre y, como dos niños pillados en falta, se detuvieron y se quedaron en
silencio unos instantes. El timbre volvió a sonar. María se puso en pie mientras Esteban se subía la
cremallera. La pobre estaba tan nerviosa que a él le dieron ganas de echarse a reír, pero logró
contenerse, aunque la situación era bastante cómica en su opinión.
María no parecía opinar lo mismo, porque estaba pálida.
¿Será Celia? dijo en voz muy baja y con tono conspirador.
Abre y lo averiguarás.
Es que... ¿Qué le digo?... Y lo señaló a él. Esteban no sabía si reír o enfadarse.
¿Te avergüenzas de mí?
Sabes que no, pero...
¿Quién es? dijo Esteban alzando la voz y dirigiéndose hacia la puerta a grandes zancadas.
Nada, quienquiera que estuviese fuera se había quedado mudo. ¿Quién llama? repitió.
María se había acercado a él y ahora estaba a su lado, con la oreja pegada a la puerta.
María, ¿estás ahí?
Era la voz de Antonio y María miró a sus pies, esperando que la tierra se hundiera y se la tragara,
pero no pasó nada. Cuando abrió los ojos seguía allí, firmemente asentada sobre un suelo inmóvil que
aguantaba su peso y el de Esteban, que ya estaba alargando la mano para abrir.
Sí, te abro dijo, apartando la mano de Esteban para abrir ella misma. Esteban se echó hacia
atrás. Con las manos en los bolsillos de los vaqueros y la cabeza inclinada, miró con escepticismo al
hombre que estaba en el umbral.
Antonio entró hecho una furia y cerró la puerta de un golpe. Miraba fijamente a María y la joven
pensó que no había visto a Esteban, pero se equivocaba. Sus ojos se posaron en él.
¿Quién es éste?
Esteban lo miraba tranquilo, con curiosidad, mientras la mirada de Antonio, visiblemente
descolocado, descansaba alternativamente en uno y otra. Era evidente que lo último que esperaba era
encontrarse a María con un hombre. La joven sintió pena por él, pero decidió mantenerse en su puesto.
Antonio no tenía ningún derecho a entrar en su casa de esa manera, pidiéndole explicaciones sobre con
quién estaba.
Soy su novio. María, deberías presentarnos. Esteban se sacó las manos de los bolsillos y le
tendió la derecha a Antonio, que se quedó aún más pasmado de lo que estaba.
¡Su novio! ¿Se había vuelto loco?
Claro, él es Antonio, un amigo. Antonio, Esteban... mi... novio.
Mucho gusto. Los dos hombres se dieron la mano, Esteban sonriente, afable, Antonio sin
poder ocultar su sorpresa.
Sí, mucho gusto...
¿Quieres tomar algo? María no sabía qué hacer para darle un tinte de normalidad a la escena
. Ven, pasa, siéntate.
Antonio se sentó en el sofá, en el mismo lugar donde antes había estado Esteban.
¿Quieres que te sirva una copa?
Esteban se comportaba con toda naturalidad, moviéndose por la casa como si llevara años viviendo
allí, ofreciéndole una bebida como el perfecto anfitrión. El pobre Antonio lo miraba en silencio; María
sintió pena por él y decidió acudir en su ayuda.
Había quedado esta tarde con Celia dijo, pero al final no ha podido venir... Esteban y yo
estábamos tomando una copa antes de ir al cine. Lo miró, como retándolo a que desmintiera sus
palabras.
No veo vasos sobre la mesa dijo Antonio sin mucho interés. Parecía una mera observación,
no un reproche por una mentira.
Ya hemos recogido, es que nos íbamos... Miró el reloj. Uy, qué tarde...
Sí, yo también me voy. Celia está abajo.
¿Celia está abajo?
Sí, habíamos quedado esta tarde y veníamos a ver si querías bajar a dar una vuelta con
nosotros.
¡Vaya! Así que Celia no ha venido a mi casa porque había quedado contigo... Interesante. Lo
miró con una sonrisa cómplice y cariñosa.
Sí. Se levantó con brusquedad y cara de pocos amigos. Bueno, me voy o Celia empezará a
impacientarse.
¿Queréis venir con nosotros al cine? Luego podemos tomar unos pinchos por ahí. Antonio y
María miraron a Esteban como si fuera un alienígena recién llegado de otro planeta. ¿Pero qué estaba
diciendo? ¿Estaba loco? María no podía creerlo.
No, Celia y yo ya tenemos planes. Otro día.
Otro día, entonces. Esteban le tendió la mano a Antonio, que se la dio sin mirarlo.
María lo abrazó y le dio un beso en la mejilla.
Dale un beso a Celia de mi parte. Y recuerda que esta semana comemos juntos.
Sí, te llamaré.
«¡Pobre Antonio!», se dijo María, y cuando la puerta se cerró tras él, le entraron ganas de ponerse
a llorar. Pero no lo hizo, lo que sí hizo fue volverse, furiosa, hacia Esteban.
¿En qué estabas pensando? Te has comportado como un gallito engreído, de verdad, no
esperaba eso de ti...
Pero, bueno, ¿qué he hecho? Sólo he sido educado. Creo que, si alguien le ha hecho daño a ese
pobre hombre has sido tú, no yo.
¡Por supuesto! He sido yo quien ha dicho que tú eras mi novio. ¡Mi novio! ¿De dónde te has
sacado semejante tontería?
No, tú no le has dicho que soy tu novio, pero tú le has dado besos, y no lo niegues, que lo he
visto con mis propios ojos añadió alzando la mano cuando vio que ella intentaba decir algo. Y
seguramente también le has dado esperanzas. No sé qué juego te traes con él, María, pero me da la
impresión de que el pobre hombre tenía sus planes.
Si se ha hecho ilusiones no ha sido por mi culpa. Nunca le he dado pie...
Yo vi cómo lo besabas.
Eso fue para llamar tu atención, idiota, porque estabas con una rubia que parece la modelo de
un anuncio de colonia.
Sí, ¿pero nos viste besarnos o hacer manitas?
Se pasó la mano por la cabeza. Estaba harto, él sólo quería olvidarse de Marga, al menos mientras
estaba con María, pero ella no paraba de recordársela.
Déjalo ya, por favor. Ya te he dicho que sólo es una conocida y, créeme, no me gusta. Ni
siquiera me cae bien y no quiero hablar de ella.
De acuerdo, tienes razón. Dejémoslo. Se quedó pensativa unos instantes. Bueno, da igual
dijo al fin, haciendo grandes aspavientos con las manos.
¿Qué te pasa? Parece que estás cazando moscas.
Me pasa que tú serás un tío muy discreto, pero yo necesito hablar. Llevo años callándome las
cosas, tragándome las dudas y las preocupaciones por no dar mi brazo a torcer, y ahora tengo un
problema y quiero hablar de él.
Soy todo oídos. Y como, efectivamente, soy un tío muy discreto, te prometo que ni siquiera
bajo tortura saldrá de mis labios una sola palabra de lo que me digas.
María le dio un golpe en el brazo.
¡No te rías de mí! El caso es que estoy preocupada por Celia. No sé qué le pasa conmigo, está
muy molesta y creo que tiene que ver con Antonio, con... En fin, creo que está enamorada de él.
Y la ha tomado contigo porque Antonio no le hace ni caso y ella cree que tú eres la causante.
Exacto. Estuvo muy dura conmigo ayer, y todo fue a raíz de una llamada de Antonio.
Y allí, sentados en el sofá, abrazados, María le contó lo que había sucedido la tarde anterior,
cómo su hermana había pasado a estar muy tensa con ella, y las dudas que la embargaban sobre la
relación con sus hermanas. Esteban sabía leer muy bien entre líneas y sacar sus propias conclusiones,
por lo que no le fue difícil adivinar cuál era el verdadero problema de María.
A tu familia no le hizo mucha gracia que te casaras con un hombre que podría haber sido tu
padre, ¿verdad?
No, no les hizo mucha gracia. Le tenían mucho cariño a Daniel porque era encantador, una de
esas personas que se hacen querer. Pero no estaban muy convencidos de que casarme con él fuera lo
mejor para mí.
Pero tú no les hiciste caso.
No, no les hice caso. Y luego..., cuando empecé a darme cuenta de que había cometido un
error, no quise reconocerlo ante ellos porque sabía que empezarían con el consabido «ya te lo
habíamos dicho...». Además, cuando lo vi todo claro ya era demasiado tarde, él estaba enfermo y no
podía abandonarlo.
¡Pobrecita! Esteban le acarició la cabeza con cariño. Eso te pasa por ser tan cabezota y tan
orgullosa. Habla con tu hermana, cuéntale lo que me has contado a mí. Seguro que lo entenderá.
Pero eso no cambiará nada. Yo no puedo hacer que Antonio se enamore de ella, ni siquiera creo
poder convencerla de que no quiero nada de él. Piensa que soy una manipuladora que se dedica a dar
pena para ser el centro de atención. Me di cuenta ayer y me dolió mucho, por eso quería hablar con
ella. Si pudiéramos arreglarlo... Necesito a mis hermanas, son la única familia que tengo.
Ahora me tienes a mí, recuerda, soy tu novio.
Le acariciaba el pelo con mucha ternura y María se sintió querida, protegida.
¿Y tú? dijo de pronto.
¿Yo?
Sí, tú. ¿Tienes a alguien? Familia, amigos...
No. Como te dije, soy hijo único y mi madre y mi abuelo ya han muerto. Tenía amigos, pero,
bueno..., ahora sólo tengo conocidos, relaciones de trabajo... Ya te he dicho que no mantengo ningún
tipo de relación social con nadie y no me va mal así. Es mejor no encariñarse con la gente.
No encariñarse... Y yo... ¿Tampoco te vas a encariñar conmigo?
Venga, no saques las cosas de quicio. Tenemos una relación sexual magnífica... De momento,
es lo único que necesitamos, me parece a mí. Al menos es lo único que yo necesito de ti. Mira, María...
Ella había vuelto la cabeza, abatida. Lo sabes desde el principio. Decide ahora. Ven conmigo, yo
quiero que lo hagas. Pero debes tener muy claro que nuestra relación será únicamente sexual: yo no te
exigiré más que entrega en la cama..., y lo mismo tú a mí. Ésos son mis términos. Si los aceptas, ven
conmigo. Si no, es mejor que lo dejemos ahora mismo, porque yo no pienso cambiar.
María se levantó y comenzó a pasear por el salón frotándose las manos. No podía decir que
Esteban la hubiera engañado. Desde el principio sabía lo que esperaba de ella. Sin embargo, muy en el
fondo, tenía la esperanza de que cambiara de opinión. Ahora estaba segura de que no lo haría. El
problema era saber si ella iba a ser capaz de soportar una relación semejante, en la que no tuviera
cabida nada más que el sexo. Podía intentarlo, como decía Esteban no se iba al fin del mundo. Estaría
muy cerca de su casa y podría regresar en cualquier momento, en cuanto viera que las cosas
empezaban a marchar mal. En esos momentos su relación la llenaba por completo. ¿Por qué no
tomarse las cosas como iban llegando, sin pedir más que lo que daba el presente?
De acuerdo. Se plantó delante de él y lo miró decidida. No te diré que me entusiasma la
idea, pero podré soportarlo. Simplemente tendré que procurar no encariñarme contigo, sólo...
Sonrió y volvió a sentarse junto a él. Lo abrazó. Sólo con tu cuerpo.
Ésta es mi chica.
Esteban la miró muy serio.
Hay una cosa que debes saber. Me daría la impresión de estar manipulándote si no te lo
dijera... ¿Recuerdas a... la rubia, a esa que dices que parece una modelo de anuncio?
María lo miró con los ojos como platos. ¡No iría a decirle que la rubia iba a vivir con ellos! No,
eso no podía ser, estaba delirando.
¿La recuerdas?
¡Vaya pregunta! Aún no tengo alzheimer... ¿Cómo no voy a acordarme?
Bien. No voy a contarte nada, sólo te diré que es una mujer con la que viví hace años.
Ya lo sé.
¿Cómo lo sabes? Yo no te lo he dicho...
El viernes, cuando fui a tu casa, ¿recuerdas que la vi abajo? Estaba hablando con el conserje.
No es que me pusiera a cotillear, pero los oí... Por lo que decían saqué la conclusión de que había
vivido en esa casa, al menos el hombre parecía conocerla muy bien.
Bueno. Ahora no quiero saber nada de ella, pero... De pronto se quedó callado, pensativo.
Luego meneó la cabeza antes de decir: No... Sólo quería que lo supieras.
Sigue... Ibas a decirme algo más...
No... Mira, no tienes por qué preocuparte. Hace años que no estoy interesado en ella; ya no
significa nada para mí, te lo aseguro. Y ésta es la última vez que hablamos de temas personales, la
última vez que nos referiremos al pasado. A partir de ahora, para nosotros sólo contará el presente.
¿Y el futuro?
El presente es lo único real, María, el futuro no existe.
María no replicó. Tendrían que ir fabricando el futuro y esperaba no equivocarse con Esteban,
porque tantos misterios la desbordaban. Estaba segura de que hacía sólo un momento había estado a
punto de contarle algo importante y de repente había decidido no hacerlo. ¿Le habría dado miedo?
¿Vergüenza? ¿Qué le pasaba que era tan grave como para no querer hablar de ello? Era absurdo. Si
tuviera dos dedos de frente, lo echaría de su casa y no volvería a verlo jamás. Sin embargo, algo en su
interior le decía que tenía que intentarlo, que no podía dejarlo escapar. Ese hombre le gustaba mucho,
¿por qué no seguir adelante? Sería una pena que todo terminara antes de haber comenzado.
Voy a acabar de hacer la maleta dijo al fin.
Buena chica. Sonrió, satisfecho.
Fue a su habitación y comenzó a meter ropa dentro de la maleta que tenía desplegada sobre la
cama, sin reparar siquiera en las prendas que sacaba de los cajones, pues los pensamientos giraban en
su cabeza como en un tiovivo y le impedían concentrarse en la tarea que realizaba.
Lo peor no era que Esteban quisiera que su relación fuera únicamente sexual, lo peor era lo que él
ocultaba. ¿En qué estaría metido? Era un hombre extraño, muy reservado, sin familia, sin amigos...
Todo el mundo tiene a alguien: un hermano, un amigo, un primo... alguien a quien acudir en
momentos de necesidad. Pero él no tenía a nadie, y se jactaba de ello. Le gustaba prescindir de los
demás. A veces se quedaba pensativo, como reconcentrado, y entonces María podía distinguir en sus
ojos un brillo que la asustaba, una expresión en la que se reflejaban viejos rencores y antiguos odios...
¿Y si fuera peligroso? No lo parecía, pero en realidad ella no podía saberlo, pues sólo hacía unos días
que se conocían.
Sólo unos días... Sí, pero tenía la impresión de llevar toda la vida esperándolo.
Ese descubrimiento la desestabilizó un tanto y se sentó en la cama. «Es curioso se dijo, hay
personas a las que conoces desde hace muchos años y a las que incluso puede que consideres tus
mejores amigas, y sin embargo no conectas con ellas. Falta esa chispa que da la empatía y no las
quieres como deberías, no las echas de menos cuando no están, incluso estás más relajada sin ellas.»
Eso le sucedía con Antonio. Por mucho que lo intentaba, no se sentía a gusto con él; como diría su
hermana, «no conectaban». «Sin embargo, hay otras personas con las que te sientes muy bien, aunque
acabes de conocerlas, y las buscas porque quieres estar a su lado el mayor tiempo posible...» Le
pasaba con Esteban. A pesar de su extraño comportamiento, a pesar de que en ocasiones incluso le daba
un poquito, sólo un poquito, de miedo, le gustaba estar con él. No sólo lo deseaba sexualmente,
también necesitaba su compañía, su conversación, su apoyo. Le encantaba escuchar su risa, o cuando
le gastaba bromas y al final los dos reían y se abrazaban. Esteban era dulce, tierno, comprensivo... Sí, se
dijo María meneando la cabeza, pero también era un hombre extraño y muy problemático, solitario,
reconcentrado, y vivía atormentado por algo de lo que no quería hablar... ¿Cuál de sus dos
personalidades predominaría? Estaba segura de que sería la primera, y confiaba en ello con todo su
corazón. Porque, aunque le resultaba muy duro admitirlo, se estaba enamorando de él. Empezaba a
sentir por él justo lo que le había prometido que jamás iba a sentir, y lo que quizá Esteban nunca
sentiría por ella.
Eso era lo que la impulsaba a seguir adelante. Sencillamente no se resignaba a perderlo tan
pronto.
Mientras María hacía la maleta, Esteban se movía por el salón, curioseándolo todo. La casa estaba
bien, aunque parecía un poco tristona, con tan poca luz. La suya era muy luminosa y le iba mucho
mejor a María, que era toda luz y alegría. Al menos cuando lograba dominar su carácter receloso.
Había un montón de discos de vinilo en una especie de caja de colores, en el suelo, junto al
aparato de música. Esteban empezó a revisarlos uno a uno sin dejar de pensar en María. «Soy injusto
se dijo. Si es recelosa, sus motivos tiene. Es lógico que manifieste ciertas reservas cuando el
hombre con el que se acuesta y a cuya casa se va a trasladar se niega a hablar de ciertos aspectos de su
pasado... Pensará que algo así debió de decirle Jack el Destripador a su novia cuando le propuso
matrimonio, y eso no es muy tranquilizador. En fin, si se lo cuento se marchará. Sé que acabará
enterándose, que al final tendré que decírselo. Pero, cuanto más tarde en llegar ese momento, más
tiempo la tendré para mí, y para ella será más difícil dejarme. El tiempo juega a mi favor». Sabía que
no era una decisión muy firme y que se lo iba a replantear cada dos por tres. Pero tenía la esperanza de
ser fuerte y mantener su postura. Al menos el tiempo suficiente para que a ella le fuera difícil dejarlo.
No se engañaba, era egoísta y manipulador. Le había tomado muy bien las medidas a María; sabía
cómo conmoverla haciéndole cariñitos y poniéndole caritas tiernas. Pero en esos momentos no le
importaba. Eso no era tan malo. Simplemente era humano.
De los vinilos pasó a los CD. También había muchos, más incluso, y Esteban pensó que la persona
a la que pertenecían tenía muy buen gusto musical. De pronto se topó con uno... Vaya, esa canción la
había oído a veces en la radio y le gustaba mucho. Además, le iba que ni al pelo a la ocasión. María se
derretiría al oírla; seguro que no fallaría.
Si me das a elegir
entre tú y la riqueza
con esa grandeza
que lleva consigo, ay, amor,
me quedo contigo.
María dejó suspendida en el aire la mano en la que llevaba el jersey de lana que iba a meter en la
maleta. ¿Había puesto música? ¿Y por qué esa canción?
Entonces notó una presencia tras ella y se volvió. Era Esteban.
¿Me concede este baile?
La canción seguía sonando.
Si me das a elegir
entre tú y la gloria
pa que hable la historia de mí
por los siglos, ay, amor,
me quedo contigo.
María le sonrió con mucha ternura.
Por supuesto.
Abrazados, comenzaron a dar vueltas por la habitación. Antes del estribillo, llegaron los besos.
CAPÍTULO 10
Esteban soltó la pesada maleta en el pasillo nada más entrar en la casa:
Vaya con la liberación de la mujer, la igualdad y todo eso... Mucho rollo es lo que hay, porque
cuando llega la hora de la verdad la maleta la cargo yo.
Cállate, cavernícola. Le dio un beso. No podía quitarse la sonrisa de la cara. El disco de Los
Chunguitos se lo había metido en el bolsillo.
¿Cavernícola? ¡Todo lo contrario! Anda, libérate un poco y lleva la maleta hasta la habitación.
Dicho esto, Esteban cogió la maleta y avanzó por el pasillo, haciendo como que se tambaleaba por
el peso. María lo seguía, riendo.
Bueno, voy a guardar las cosas. ¿Tengo algún cajón libre?
Todos éstos son suyos, señorita.
Y señaló una cómoda.
Yo tengo muy pocas cosas y el armario es bastante grande. Descorrió las puertas del enorme
armario empotrado. Tenía mucha capacidad, ciertamente; una parte estaba ocupada por la ropa de
Esteban, pero en la otra sólo había un par de abrigos y unas chaquetas.
Sí, aquí cabrá lo que te has traído. Cuando traigas más ya nos organizaremos; en la otra
habitación los armarios están vacíos.
Perfecto. Ahora necesito una ducha, luego colocaré todo esto.
Muy bien. Mientras, prepararé algo de cena.
Se besaron y cada uno se dedicó a sus tareas.
María entró a la ducha un poco nerviosa, quería darle una sorpresa y se le había ocurrido algo un
poco arriesgado. Probaría. Si a él le gustaba, quizá pensara en más sorpresas. Únicamente el sexo lo
unía a ella, así que tendría que volverse innovadora si quería conservarlo.
Esteban la oía canturrear en la ducha desde la cocina. Era una sensación nueva y agradable tener a
alguien con él, no estar solo, dándole vueltas en la cabeza a algo que no podía solucionar. Decidió
ignorar las dudas. No se aprovechaba de ella, no la estaba utilizando. Se encontraba tan bien a su lado
que no quería ni pensar en la posibilidad de volver atrás. El presente, sólo eso importaba. Ya llegaría
el momento de enfrentarse a la realidad; ahora le tocaba vivir una ilusión.
La oyó entrar al dormitorio después de la ducha. Seguía canturreando. Esteban sonrió y se puso a
preparar algo de cena mientras ella guardaba la ropa y organizaba los armarios. Ni siquiera le
importaba que toqueteara su ropa y la cambiara de sitio. No pensaba enfadarse, aunque luego no
encontrara nada. Sonrió, exultante, mientras se preguntaba si echar laurel o no a la salsa de los
espaguetis. ¡Había tantas cosas que no sabía de ella! Por ejemplo:
¿Te gusta el sabor del laurel? dijo dando un grito para que María lo oyera.
¿Qué?
Que si quieres que eche laurel a la salsa de los espaguetis.
Sí, me encanta. También échale mucha cebolla.
Perfecto, otra cosa que tenían en común.
Esto marcha dijo en voz baja, mientras cogía un enorme cuchillo para cortar la cebolla.
En la habitación, María procuraba darse toda la prisa posible. Quería doblar bien su ropa, pero
como estaba tan ansiosa por salir a su encuentro lo hacía de cualquier manera.
Luego tenemos que hacer una lista de la compra para Carmen, la señora que viene a apañarme
el pisito de soltero le oyó decir otra vez, a gritos. Parecía de muy buen humor y cantaba mientras
trasteaba en la cocina. María oía el ruido de cacharros. Yo nunca le hago lista ni nada, pero como
ahora somos dos supongo que habrá que hacer más compra. Además, habrá cosas que te gusten y que
quieras incluir...
De acuerdo, luego lo hacemos. Pero yo pago la mitad.
Ni hablar.
Esa frase fue pronunciada en voz baja, directamente sobre su oreja. Esteban había abandonado su
trabajo de cocinero y ahora estaba detrás de ella, abrazándola y dándole pequeños besitos en el cuello.
Entonces haré huelga de hambre.
Se volvió en sus brazos y se besaron. ¡Qué bien se estaba así! Cuando estaban juntos, María se
sentía eufórica, viva. ¿Por qué privarse de eso por una absurda paranoia? Vivir el presente, como decía
él; luego ya se vería.
En realidad sólo estaremos en casa por la noche, porque el día lo pasaremos en el trabajo
añadió con aire de suficiencia. Además, yo pienso pasar muy a menudo por mi casa... No voy a
abandonarla.
Acaba de guardar eso y vamos a cenar. Tienes que estar muy fuerte para soportar lo que estoy
planeando para los dos. Y le dio una palmadita en el trasero para enfatizar sus palabras.
Cenaron entre risas y bromas. Cuando no se interponía entre ellos la sombra de las sospechas de
María, todo era perfecto. La joven se repitió que no merecía la pena hacerse mala sangre, que lo mejor
era aprovechar lo que tenía, dejarse embargar por el bienestar que los envolvía cuando estaban juntos.
Esto está riquísimo, pero... voy a tener que enseñarte a cocinar otra cosa... ¿Es que sólo sabes
hacer espaguetis?
Me has pillado. Aunque... mejor que enseñarme a cocinar otra cosa, ¿por qué no cocinas tú, que
tanto sabes?
Alguna vez lo haré, pero no puedo prometerte hacerlo siempre; te acostumbrarías y yo no he
venido para ser tu cocinera...
¡Qué pena! Ya me había hecho la ilusión de tener cocinera gratis. Bueeeno. Esteban se levantó
y la tomó de la mano. Y ahora, a la cama. Hasta el momento hemos sido muy formalitos, pero hoy
tenemos muchas cosas que celebrar... Y pienso hacértelo pasar muy pero que muy bien. No vas a
arrepentirte nunca de vivir las noches conmigo.
Pero hay que recoger todo esto...
Mañana lo hará Carmen, no te preocupes.
Tiró de ella y se dirigieron al cuarto. Se quedaron en el centro de la habitación, de pie; Esteban le
acariciaba el pelo, los párpados, la boca, y María se dejaba hacer, disfrutando de esa placentera
languidez que se apoderaba de todos sus sentidos cuando estaban abrazados.
Ahora te voy a desnudar muy, muy lentamente... Primero la camiseta.
Creo que voy a tener que ayudarte dijo ella con una risilla nerviosa y alzó los brazos sobre la
cabeza para facilitarle la labor.
Y ya está...
María no llevaba nada debajo de la camiseta vieja que se había puesto, junto con unos vaqueros,
para, como ella decía, estar cómoda y sentirse como en su casa.
Ummm... Así me gusta, fuera barreras.
Esteban comenzó a trazar círculos sobre su pecho con las yemas de los dedos. Como siempre, la
sensación era exquisita y María echó la cabeza hacia atrás, gimiendo.
¿Sabes una cosa? Esta vez voy a hacerte el amor de pie...
Se dio la vuelta y abrió el armario, donde, pulcramente ordenadas en un colgador, había un
montón de corbatas.
Pero no quiero que te caigas, querida. Tu seguridad ante todo.
Cogió una corbata y, con mucha dulzura, la anudó a la muñeca de María. La corbata era de seda y
el roce de la suave tela sobre la piel le produjo escalofríos. Luego Esteban quitó un enorme cuadro de la
pared, de esos modernos que María no se atrevía a preguntar quién los había pintado, y ató el extremo
de la corbata a la escarpia. Cogió otra corbata y repitió la misma operación con el otro brazo, de
manera que María quedó pegada a la pared, con los brazos abiertos bien sujetos.
Ahora ya no te caerás.
La sensación era excitante. María tembló. Estaba a su merced, desnuda de cintura para arriba y
atada. Esteban comenzó a acariciarla: el cuello, el pecho, el estómago, el vientre... Sus labios seguían el
rastro que marcaban sus manos y su lengua lamía sólo algunos puntos concretos, donde sabía que
María era más sensible. Ya la conocía, ya sabía dónde y cómo la excitaba más.
Oh, Dios, sabes cómo excitarme. Hablaba entre jadeos, poniendo en palabras lo que él
únicamente se había atrevido a intuir.
Sí... Aunque sé que no llegaré a conocerte nunca, que siempre habrá algo de ti que me
sorprenda.
Su mano se introdujo por la cinturilla del pantalón...
¡Vaya! dijo, parecía muy complacido. No llevas bragas...
No... Balbuceaba. Las palabras le salían entrecortadas y torpes. Ya te he dicho que me iba
a poner cómoda... Y me refería a ponerme cómoda para ti...
Eso me complace... muchísimo.
Esteban metió el dedo y acarició su sexo, que ya estaba húmedo.
Oh... ¡María! ¿Qué has hecho? ¿Ves como siempre me sorprendes? Ummm... me gusta, cómo
me gusta... tan suave... dijo de pronto al tocar los labios de su vagina. Sí, me encanta...
María gemía y meneaba las caderas; no poder mover los brazos, y no poder tocarlo ni abrazarlo
era frustrante, pero también una de las sensaciones más excitantes que había conocido. Sus nervios
estaban en pie de guerra, y su poca capacidad de movimiento hacía que el ansia fuera mayor.
Quiero tocarte... gimió. Por favor... Desátame.
No, señorita, hoy sólo toco yo...
Le bajó la cremallera con mucho cuidado.
¿Por qué te has depilado?
Pensé que te gustaría... Quería darte una sorpresa. La pregunta de él la había descolocado y
había vacilación en su voz. De pronto no estaba segura de haber hecho bien cediendo al impulso que la
había llevado a depilarse en la ducha.
Bueno, me gustaba mucho como estaba antes, pero no te negaré que la novedad me encanta.
Pasó la lengua por los labios de la vagina, tersos y suaves. Luego, mientras le daba besos y
mordisquitos que a María la estaban volviendo loca, terminó de bajarle los pantalones, que tiró,
impaciente, al otro extremo de la habitación.
Esto es... Maravilloso. Me encanta que tengas iniciativa...
María se retorcía bajo sus caricias. Sus caderas, que era casi lo único que podía mover, llevaban
un ritmo seductor que estaba volviendo loco a Esteban. Siguió besándola, en la ingle, le abrió las
piernas y miró...
María, veo tu excitante botón, está hinchado, húmedo, precioso, listo para mí...
Metió la lengua y trazó círculos en su interior, mientras las manos bajaban por sus piernas. María
quería decirle que ya no podía más, que la follara de una vez porque la estaba matando. Pero era
incapaz de hablar, sólo podía sentir... Y verlo allí, completamente vestido, teniéndola a ella desnuda y
a su merced, era la sensación más excitante que había conocido.
Por favor... No puedo más... logró decir entre jadeos con la voz entrecortada.
Pero él no le hizo caso, siguió estimulándola con los dedos, haciéndola moverse justo como
quería que lo hiciera; sabía qué era lo que más la excitaba y ponía en marcha todos los recursos para
hacerla vibrar con sus caricias. Se excitaba oyéndola gemir, haciéndola bailar al son que él tocaba.
Obtenía placer al verla perder el control... Él era el que mandaba, y esa certeza, lejos de incomodar a
María, la excitaba todavía más... De pronto, cuando ella estaba a punto de alcanzar el orgasmo, Esteban
detuvo sus caricias.
María lo miró con odio.
¿Qué pasa? Sigue, por favor...
Voy a hacerte esperar un poquito más...
Siguió lamiéndole el clítoris, pero no con la fuerza que ella esperaba, sino suave, dulce, un leve
contacto, mostrándole el placer sin dárselo. María estaba loca de excitación, se agitaba, exigiendo más
con el movimiento de sus caderas. Pero él no se lo daba. Sus caricias dulces ya no le bastaban.
Necesitaba más y él lo sabía.
Por favor...
Entonces él se bajó la cremallera de los pantalones y María lo miró. Nunca había visto nada igual,
el pene de Esteban era enorme, hinchado, y la joven se preguntó cómo habría podido aguantar tanto.
Abrió aún más las piernas instintivamente.
Date prisa, te necesito ya, ahora.
Él ya se había puesto el preservativo y María gimió al sentir que la penetraba y gritó al notar sus
embestidas.
Eres mía, María, sólo para mí.
Lo recibió ansiosa, dolorosamente excitada. Nunca había sentido nada igual y gritó... No podía
aferrarse a él con los brazos, por lo que le rodeó las caderas con las piernas mientras él le abrazaba los
muslos, con las palmas de las manos sobre sus nalgas, sujetándola con fuerza, atrayéndola hacia sí
para llenarla por completo. La pared le impedía a María echar la cabeza para atrás, así que la movía a
los lados, gimiendo, gritando.
Los dos sudaban, y cuando alcanzaron el clímax y María pronunció el nombre de Esteban, el
sonido de su voz le pareció extraño. No se reconocía, no podían ser suyos esos gritos salvajes.
¡María! gritó Esteban, moviéndose dentro de ella con violencia, clavándole los dedos en las
nalgas, que mantenía sujetas contra su cuerpo mientras continuaba embistiendo ferozmente,
salvajemente.
Alcanzaron el clímax a la vez, gritando cada uno el nombre del otro, embistiéndose con fuerza
hasta que los envolvió la nube de un orgasmo violento. Luego se quedaron quietos, sin poder moverse,
de pie, él dentro de ella, con las piernas de la chica alrededor de sus caderas.
Al cabo de unos segundos María fue capaz de volver a respirar.
¿Me desatas, por favor?
No señora, la tengo prisionera.
Las manos de Esteban estaban ahora sobre su cuello, acariciándola mientras le llenaba el rostro de
besos breves, maravillosos.
Eres la mejor.
Seguía prodigándole besos breves y María estaba a punto de gritar, ya no aguantaba más en esa
posición.
Si no me sueltas me va a dar algo, tengo que abrazarte...
La soltó al fin y María le echó los brazos al cuello; riendo y trastabillando llegaron hasta la cama,
donde se lanzaron de golpe, sin soltarse de su abrazo. Era maravilloso... María sintió que las lágrimas
enturbiaban su visión, cerró los ojos y se quedó dormida.
CAPÍTULO 11
Cuando sonó el despertador continuaban abrazados. En algún momento de la noche se habían tapado,
pero María no era consciente de haberlo hecho. Quizá la había tapado Esteban, se dijo, y ese
pensamiento la complació.
Se removió, perezosa.
Buenos días, ¿qué tal estás?
De maravilla. ¿Qué hora es?
Las siete.
Vaya, qué tarde.
María le dio un pequeño empujoncito para apartarlo e intentó levantarse, pero él la retuvo.
No te levantes, hay tiempo para uno rápido. La carita de desolación de Esteban la hizo reír.
Venga, sátiro, al trabajo.
No te soltaré. Ahora eres mía, estás a mi merced.
No, ya no estoy atada dijo ella mostrándole orgullosa sus brazos, que sacó de entre las
sábanas para volver a meterlos rápidamente. Jo, qué frío.
¿Lo ves? Cuando acabemos estarás ardiendo.
Y tenía razón.
Esa mañana María llegó tarde al trabajo por segunda vez en una semana; pasó deprisa ante el
mostrador de la recepción donde una asombrada Rosa le reprochó su conducta:
Llegas tarde otra vez.
Lo sé, había mucho tráfico. ¿Ha empezado ya la reunión?
Sí, date prisa.
María entró corriendo en la sala de reuniones. Repitió la misma excusa que le había dado a Rosa,
pero parecía que a nadie le importaba si llegaba tarde o pronto, a juzgar por el caso que le hicieron.
Así que se sentó e intentó pasar lo más desapercibida posible.
Pero no lo consiguió, porque Juan, su «supervisor», estaba empeñado en sacar a relucir todos sus
fallos, reales o imaginarios. Con mucho tacto, para no quedar muy mal, eso al menos pensaba ella, le
reprochó ante todos haber olvidado incluir un papel fundamental en el expediente de Aníbal y, sobre
todo, ser incapaz de llegar a un acuerdo con el abogado de la parte contraria. María se defendió; lo
había intentado, pero el demandante no quería acuerdos. El caso de Manuela tampoco iba muy bien,
siempre según Juan. Por fortuna don Tomás estaba de su parte y limó asperezas, incluso echó un
pequeño rapapolvo a Juan por no ser tolerante con alguien que llevaba unos pocos días ejerciendo y
que necesitaba ayuda, como todos al principio. En lugar de mejorar las cosas, con su actitud y sus
palabras don Tomás sólo consiguió que Juan se enfadara aún más con ella.
Cuando acabó la reunión, María se acercó a él con la intención de reprocharle su actitud, pero
Juan ni siquiera la dejó comenzar a hablar.
Tienes el apoyo de uno de nuestros mejores clientes. Mira, voy a ser sincero contigo. A
ninguno se nos escapa que te acuestas con él y que por eso estás aquí, y eso nos da igual, allá tú con tu
vida... Pero se necesita algo más que camelar a un buen cliente para mantenerse, querida. Si no
cumples con tu trabajo, don Tomás acabará dándose cuenta y terminarás en la calle, por muchos
padrinos que tengas.
María estaba indignada. Lo que pensara Juan no le importaba, pero sí valoraba la opinión de sus
demás compañeros. ¿De verdad creían todos que ella se acostaba con Antonio?
Estás diciendo tonterías, Juan. Nada de eso es cierto. No sé por qué la tienes tomada conmigo.
Yo no pretendo quitarle el puesto a nadie, lo único que quiero es hacer bien mi trabajo.
Juan dio media vuelta y se marchó sin contestar. María se quedó muy abatida. Tendría que
preguntarle a Rosa. Ella estaba al tanto de todo lo que sucedía en ese bufete y podría aclararle si era
cierto lo que Juan decía: que todos pensaban que se acostaba con Antonio, o si sólo era la mente
calenturienta de ese individuo inseguro y malevolente.
Rosa, ¿tomamos un café?
Vale, vamos a la cocina. Pero sólo un minuto porque hoy tengo una mañana muy movida.
Después de servirse el café, María inició la conversación. Le resultaba un poco violento, pero
tenía que saberlo.
Rosa... Bueno, me resulta muy difícil hacer esta pregunta, así que iré directamente al grano: ¿la
gente de este bufete cree que me han contratado porque me acuesto con Antonio?
Rosa se ruborizó y bajó la cabeza. «Mala señal», pensó María.
Sí, eso creo, al menos se rumorea...
Pero eso es absurdo, ¿de dónde han sacado esa idea?
Ya sabes cómo son estas cosas... Alguien dice algo, la bola se va haciendo cada vez más grande
a medida que el rumor corre... Al final, aunque nadie sabe por qué, todos acaban convencidos de que el
rumor es cierto. De todos modos, desde que trabajas en el bufete Antonio viene mucho más a menudo
por aquí. Todo el mundo se ha dado cuenta...
Eso es porque somos buenos amigos, nada más... Ni siquiera hemos salido juntos, jamás.
No sé, María, no da esa impresión, de verdad. ¿Acaso no te has dado cuenta de cómo te mira?
Aquí todo el mundo se ha fijado. Es evidente que le gustas mucho, salta a la vista, y él no lo oculta.
¿De qué hablas? No te negaré que está interesado en mí. Pero yo no lo sabía cuando me
propuso este trabajo, me he enterado después. Y no le he dado alas, todo lo contrario. Además, tengo
novio y él lo sabe.
¿Tienes novio? Vaya, vaya; eso no me lo habías dicho...
Es que somos novios desde ayer...
No quería, pero se puso algo colorada al decirlo, sólo un poquito, lo suficiente como para que la
perspicaz Rosa sacara sus conclusiones. ¡Había vuelto a hacerlo! Al día siguiente todos sabrían que
tenía novio y aumentarían las especulaciones sobre su vida privada... Quería pasar desapercibida y
estaba consiguiendo todo lo contrario.
¡Qué barbaridad, hija mía, qué vida tan intensa! María se sintió dolida, no le gustó nada el
tonillo sarcástico de Rosa. Por lo que veo, eres de las que no pierden el tiempo... ¿Y puedo saber
quién es? ¿Lo conozco?
No dijo María rápidamente, y sonrió al pensar en la cara que pondría Rosa si le dijera que
era el juez Sanromán. No lo conoces, pero te lo presentaré algún día... Bueno... Había sido un error
hablar con Rosa y debía cortar esa conversación cuanto antes. Tengo que volver al trabajo.
Sí, yo también. No puedo abandonar mi puesto tanto tiempo. María... Tomó las manos de la
joven entre las suyas y les dio un apretoncito. No tengas tantos recelos conmigo, yo estoy de tu
parte.
No, ¿qué dices...?
Después hablamos, está sonando el teléfono...
Rosa salió a toda prisa y María se quedó mirándola unos momentos. Luego se dirigió a su
despacho con la jarra de café en la mano.
A media mañana recibió una llamada de Celia.
Hola. Sabía que tenía que hablar con su hermana, pero en ese momento no le apetecía nada.
Tenía que meditar muy bien lo que le diría y cómo lo haría, y aún no había tenido tiempo de pensar en
ello.
Tenemos que hablar dijo Celia. Creo que tienes importantes novedades que contarme.
¿Cómo no me habías dicho que tienes novio?
Ahora no puedo, estoy trabajando. ¿Te importa que hablemos luego?
Muy bien. ¿Vienes a casa esta tarde o quedamos en algún sitio?
María lo pensó. En su casa, su hermana se sentiría con más libertad de gritar o de decir cualquier
cosa y podían acabar discutiendo. Era mejor quedar en un lugar público, donde Celia no se atreviera a
levantar la voz.
Mejor quedamos.
Vale. Hoy trabajaré hasta las siete dijo Celia. Tengo que ponerme al día en mis nuevas
ocupaciones concluyó, con un tono de orgullo en su voz.
De acuerdo, te espero a las siete en la cafetería que hay enfrente de tu banco, donde nos hemos
visto otras veces. ¿Te parece?
Claro. Quizá tengas que esperarme unos minutos...
No importa. Un beso, hermana. Nos vemos luego.
Hasta luego.
Colgó preocupada. ¿Qué podía hacer? ¿Contarle a Celia la verdad o continuar con la mentira,
decir que Esteban era su novio y que todo iba bien y era normal? Quería hablarle con total sinceridad,
compartir sus dudas. Conocer la opinión de alguien ajeno a toda la historia podría darle otra
perspectiva, podría hacer que viera todo aquel asunto de otra manera. En realidad necesitaba que
alguien le dijera que estaba haciendo bien y que las dudas que la asaltaban cuando no estaba con
Esteban no tenían fundamento.
Oyó un pitidito en el ordenador, le había entrado un correo. Era de Esteban.
«¿Cómo va la mañana? Pienso en ti. Ahora entro a un juicio, ya te llamaré luego. Espero
impaciente que llegue esta noche».
Frases cortas, escueto. Desde luego, tenía que reconocer que Esteban no era muy romántico. Salvo
cuando hacían el amor. Entonces era maravilloso, se dijo, y sonrió al pensarlo. Después de todo,
prácticamente se verían sólo para hacer el amor; en eso habían quedado. Volvió a sonreír al recordar
algo que él había dicho la noche anterior: «Me encanta que tengas iniciativa». Podía tenerla, claro que
sí, ella era una persona muy imaginativa. El problema era que no tenía ninguna experiencia en ese
campo y no se le ocurría nada. Bueno, sí, lo convencional, lo de toda la vida... que en realidad, y en su
opinión, era lo más satisfactorio, aunque «¡cómo me gustaría conocer otras formas de excitarlo, de
tenerlo a mi merced, como él me tuvo a mí cuando me ató, una forma de conseguir que haga lo que yo
le diga y que disfrute haciéndolo». ¡Pero era tan pardilla!
Quizá su hermana pudiera ayudarla. Celia había salido con muchos hombres. María recordaba
épocas en que incluso había salido con dos a la vez, y a ella le resultaba muy divertido ver cómo daba
esquinazo a uno para encontrarse con el otro, que la esperaba en el portal. Luisa era muy pequeña
entonces, pero se reía con las idas y venidas de su hermana mayor. Las dos pequeñas se dedicaban a
espiar a la mayor y luego reían al comentarlo. ¡Y cuando Celia llegaba tarde y entraba muy despacito
para que su padre no se despertara! La sonrisa se transformó en una carcajada al recordarlo. Ésa era su
Celia, la hermana que ella conocía y quería. Divertida y ligona, pero en modo alguno irresponsable.
Tenía los pies firmemente asentados sobre la tierra y nunca les había fallado ni a ella ni a Luisa.
¿Cuándo había empezado a cambiar? Lo tenía muy claro: fue cuando se casó con Daniel. Celia no
estaba de acuerdo con esa boda y, aunque supo disimularlo bastante bien, empezó a distanciarse de
ella muy poco a poco, de forma imperceptible, tan discretamente que María no se dio cuenta. Hasta
ahora.
Se lo contaría. Necesitaba contarlo y sólo podía decírselo a Celia, dado que no tenía a nadie más.
Pero no era ésa la única razón; tenía la esperanza de recuperar su confianza, ese compañerismo que
existía entre sus dos hermanas, que ella tanto envidiaba y que alguna vez conoció, aunque hacía
tiempo que lo había perdido.
Cuando llegó a la cafetería a las siete menos cinco, Celia ya estaba allí.
Has salido antes de lo que pensabas.
Se besaron en las mejillas.
Sí, soy rápida trabajando.
Se miraron algo incómodas. Fue Celia quien inició la conversación.
Conque tienes novio... ¿Cómo no me lo habías dicho?
No es mi novio, él se lo dijo a Antonio para que nos dejara en paz...
Antonio... Nunca te perdonaré lo que le has hecho, aceptar salir con él para luego dejarlo
tirado. Es cruel, María...
¡Un momento! ¿Qué estás diciendo? Yo nunca he aceptado salir con Antonio. Se calló y
meditó unos momentos. Puede que lo hubiera hecho antes, pero ya no.
¿Antes de qué?
De conocer a «mi novio». Si no lo hubiera conocido, probablemente habría acabado con
Antonio. Pero ahora eso es imposible. Además, Antonio es de los que se casan, y yo no volveré a
casarme con un hombre del que no esté enamorada.
Celia la miró con los ojos como platos.
¿Qué has dicho? No te entiendo. ¿Por qué dices que no volverás a casarte si no estás
enamorada? Tú te casaste enamorada. Bebías los vientos por Daniel, a pesar de que podía ser tu
padre... Otra vez el gesto de reproche. María temió que empezara de nuevo con sus peroratas y
decidió cortarla.
Lo creía, de verdad que lo creía, pero no... Meneó la cabeza a ambos lados con una triste
sonrisa. Tú tenías razón, y yo, por orgullo estúpido, no me sinceré contigo cuando me di cuenta del
error que había cometido. Lo quería, no me malinterpretes, pero era tan joven... Y él era tan serio y tan
mayor... Enseguida supe que aquello no funcionaría. Pero no quería aceptarlo porque entonces habría
tenido que reconocer que yo me había equivocado y que vosotros llevabais razón. Y me lo tragué todo.
Siempre tan cabezota.
¡Siempre! Pero no quería oír el consabido «ya te lo dije»...
Pues mejor eso que pasar toda la vida con un hombre al que no quieres.
Estaba pensando muy seriamente en el divorcio cuando enfermó. Comprenderás que no podía
abandonarlo en esas circunstancias.
Claro, fue una putada. Pobre Daniel. Celia hizo un gesto con la cabeza. A pesar de que
aparentaba tristeza, María se dio cuenta de que estaba complacida, aunque el consabido «ya te lo decía
yo» no salió de sus labios. Pero dejemos esta conversación que no nos lleva a ningún sitio. Háblame
de él. Celia apoyó los codos en la mesa y la cara en las manos y miró a su hermana con interés. La
expresión de suficiencia de su rostro había sido sustituida por una de curiosidad.
María no esperaba otra cosa y las palabras de Celia fueron para ella como el «¡cero!» de una
cuenta atrás. Le contó cómo se habían conocido, la atracción que desde el primer momento existía
entre ellos, que ya no podían parar de hacer el amor... y que él sólo quería una relación sexual, sin
mayores implicaciones, sin compromiso, y lo dijo contenta para convencer a su hermana de que eso a
ella le parecía muy bien. No le habló de la rubia ni de los detalles que tanto la inquietaban, como la
preocupación que mostraba él en muchas ocasiones o la certeza de que le ocurría algo grave que no le
quería contar. Volvió a caer en los mismos errores que poco antes se había reprochado, desvelando
únicamente lo que le parecía bien y ocultando lo que sabía que podía poner en guardia a su hermana,
aunque en esos momentos no era muy consciente de ello. Sólo quería agradar. Necesitaba volver a
sentir su amistad y sabía que si le contaba sus dudas Celia se mostraría menos abierta con ella. Volvía
a caer en los mismos errores y, aunque en el fondo lo sabía, no podía evitarlo.
Así, con ese relato sesgado, Celia estaba encantada.
¡Cómo me alegro por ti! Y también por mí dijo en voz muy baja. El sábado hasta llegué a
odiarte, porque pensé que estabas saliendo con Antonio.
Estás enamorada de él, ¿verdad?
Sí. Celia la miró con los ojos brillantes. ¿Sabes una cosa? Podríamos intercambiar
consejos. Por lo que me has contado, tu Esteban es un hombre puramente sexual. El sexo es lo que le
interesa, querida, y debes conquistarlo por ese camino. Hay hombres a los que les gustan las mujeres
hogareñas, y una hace como que es de lo más casera para conquistarlos. A otros les gustan las
intelectuales, a otros las inseguras... Bueno, al tuyo le gustan las sexis excitantes y yo en eso te puedo
ayudar. Créeme, tengo experiencia.
Se calló, y luego añadió con tristeza.
Y mírame, me he ido a enamorar de un hombre que es todo lo contrario y no sé qué hacer con
él...
A Antonio le gustan las mujeres calladitas, dóciles, que se sienten inseguras para que él las
pueda cuidar y proteger. Le gusta ser el caballero de blanca armadura que saca de apuros a las
doncellas.
Pues estoy buena. Has descrito a una mujer opuesta a mi manera de ser.
Precisamente... Celia, no quiero que pienses que estoy celosa o algo por el estilo, porque no es
verdad, pero no sé si Antonio será el hombre indicado para ti. Como tú has dicho, sois muy distintos.
Ya, pero no hay nada de malo en probar... Estoy obsesionada, sólo pienso en tirármelo. ¿Sabes?
Tengo la impresión de que, si echamos un polvo, averiguaré enseguida si es o no mi tipo y se me
quitará esta maldita obsesión.
Eso está bien; si consigues que él abandone por un momento ese aire artificial que lo rodea, te
pago una cena... Pero es que está tieso, como encorsetado... María se echó a reír. ¡Qué barbaridad!
Hace unos días ni se me habrían pasado por la cabeza todas estas cosas...
Sí, hermanita, me estás dejando con la boca abierta. Has hecho muy mal en no mostrarte como
eras hasta ahora. Me gustas mucho más así.
María se inclinó sobre la mesa. Las dos cabezas se juntaron y María dijo, en voz muy baja:
Es que creo que me estoy volviendo ninfómana. Su hermana abrió unos ojos como platos y
se echó a reír con ganas. Sí, no te rías. Sólo pienso en el sexo. Cuando estoy con él, no puedo dejar
de hacerlo, y cuando él no está, siempre pienso en ello. Ya me dirás. Me paso la vida pensando en
cómo sorprenderlo en la cama, en cómo atraparlo para que no se me escape... Quiere sexo, pues le daré
sexo, pero del bueno. El problema es que se me están agotando los recursos. Necesito ideas.
Muy bien, pues ponte a ello.
¿Qué? Si ni siquiera sé cómo empezar... He pensado ver alguna peli porno, a ver si se me
ocurre algo. María rio.
Eso no estaría mal, puedo dejarte alguna. María miró a su hermana con asombro. Celia
parecía una caja de sorpresas. Verás, yo una vez tuve un novio al que le iban las prácticas sexuales
un poco arriesgadas, no sé si me entiendes... Le gustaba pegarme.
¡Eso, ni de coña! dijo María, tajante. ¿Y tú lo has hecho?
Por supuesto, me gusta mucho, y por lo que me has contado de él, es posible que a Esteban
también le guste.
Pero a mí no. Dame más opciones. María estaba roja de vergüenza, y miró a su alrededor,
temerosa de que alguien las estuviera escuchando. Pero no, la gente estaba en sus mesas, concentrada
en sus propios asuntos, sin fijarse en los demás. Por otra parte, había mucho ruido y ellas hablaban en
voz muy baja.
Eso la tranquilizó y volvió a concentrar su atención en Celia.
No puedo creer que tú hayas hecho esas cosas.
Se imaginó a Antonio vestido de cuero, dándole caña a Celia con un látigo, y se echó a reír. Las
lágrimas asomaban a sus ojos sin que ella pudiera evitarlas. Al fin pudo sobreponerse.
Me parece que no tienes nada que hacer con Antonio dijo cuando pudo hablar, mientras se
limpiaba las lágrimas de los ojos.
¿Por qué no? Los más serios son los peores. Además, casi todo el mundo lo hace... Ya sabes, en
el amor y en la guerra...
Oh, cállate, eres imposible la interrumpió María intentando apartar de su mente la imagen de
Antonio porque no quería seguir riendo. Su hermana empezaba a mosquearse.
Bueno, ¿quieres sorprender a tu Romeo o no? decía Celia.
Sí, pero no quiero que piense cosas raras de mí. Después de todo, lo conozco muy poco y no sé
cómo reaccionaría. Creo que es mejor que los acontecimientos sigan su curso, y ya veremos. Se
empezaba a arrepentir de haberle pedido consejo a Celia. Ignoraba que su hermana fuera tan entusiasta
en esos asuntos y no sabía cómo tomárselo. Si lo único que podía decirle era lo del látigo, mejor sería
dejarlo.
Ven a casa. Tengo un corsé que te va a encantar. Ni siquiera lo he usado, porque mi novio y yo
rompimos antes y luego... Bueno, luego me dio por Antonio. Hace más de seis meses que no tengo
relaciones sexuales. Sólo pienso en echar un polvo con él... ¡Qué tonta! Pero, al menos, mi corsé no se
perderá. Ven a casa, te lo regalo.
No sé qué decirte...
Ven. Si le gusta, un día te llevaré al sex-shop que yo frecuentaba para comprarte algo más
escandaloso aún.
No sé... repitió María, indecisa. ¿Y si se enfada? Ya te he dicho que lo conozco muy poco.
Vamos, ningún hombre se enfadaría por eso, créeme, ni siquiera Antonio. Es una de las
primeras tretas que pienso usar cuando me lo camele.
¿Cuando te lo cameles? ¿Pero qué forma de hablar es ésa? dijo María, reprendiéndola en
tono de broma. Y no soy yo la que habla, es lo que te diría el propio Antonio.
Yo siempre hablo así, pero como antes eras tan pazguata no me atrevía a ser como soy delante
de ti, y disimulaba. Eras un rollo: la perfecta esposa, la desconsolada viuda... Qué coñazo, vaya
aburrimiento. En fin, como ya te he dicho, me gustas más ahora.
Recuerdo muy bien aquella época en que salías con dos chicos a la vez y entrabas a casa sin los
zapatos para que papá no se despertase.
Las dos rieron.
Sí, qué tiempos dijo Celia con ojos soñadores. Pero, a lo que íbamos. Ahora que tú estás
fuera de la competición, no tardaré en ligarme a Antonio... Al menos eso espero.
María no estaba tan segura. Ojalá se equivocara, pero conocía bien a Antonio y no creía que Celia
fuera su tipo, por mucho que ella se empeñara.
Celia dejó el dinero en el platito con la cuenta que había sobre la mesa y se levantó. Tiró de su
hermana sin contemplaciones y salieron a la calle.
¿Dónde tienes el coche?
Aquí, un poco más abajo.
Pues vamos allá.
No llegaron a abrir la puerta, porque, en el momento en que iban a entrar, Luisa salía de la casa,
muy arreglada, demasiado maquillada para el gusto de María, que la miró con desaprobación.
Pareces un cuadro.
Eso pretendo. Adiós, chicas.
Y se fue. María y Celia se miraron y Celia gritó:
Sé buena...
Lo seré... se oyó la voz de Luisa mientras subía al ascensor. Luego las puertas se cerraron y
ya no oyeron nada más.
Ven dijo Celia cuando entraron. Vamos a mi habitación.
Siempre que entraba a la habitación de Celia recordaba su niñez, los juegos infantiles, cómo se
disfrazaban... De princesas; nunca con nada parecido a lo que Celia estaba sacando de un cajón.
¿Te gusta?
Lo extendió sobre la cama. Era un corsé de cuero brillante. El cuerpo era negro y se abría por
delante con unos enormes corchetes plateados. Unas brillantes tiras rojas que se ataban a la espalda
sujetaban los pechos, dejando al descubierto el pezón. El corsé se apretaba hasta la cintura y luego
había una pequeña faldita, de pocos centímetros, de donde salían los ligueros.
¿Qué te parece? ¿A que es sexi?
¡Ah! Sí, pero debe de ser muy incómodo.
¡Qué va! Tienes que ponerte unas medias negras de seda y prenderlas al liguero, pero nada de
bragas. ¿Tienes zapatos rojos de tacón alto?
No... tengo unos, pero son negros.
Bueno, no importa, te dejaré los míos. Tenemos el mismo número. ¿Recuerdas que cuando
vivías aquí siempre me quitabas los zapatos?
Sí, pero..., Celia, me da vergüenza, imagínate que me ve así y le entra la risa, me moriría de
vergüenza. ¿Y si se enfada? No lo conozco tanto como...
Pero ¿cómo se va a enfadar? Vamos, si esto es de lo más inocente, ideal para empezar. No
tiene nada de malo que te pongas una ropa interior sexi... Anda, se me olvidaba...
Abrió un cajón y sacó una banda de encaje negro.
Es una máscara, tápate los ojos con ella y ya verás... Mejor dicho rectificó entre carcajadas
, no verás, y eso es lo bueno...
La sintonía del móvil de María interrumpió la frase de Celia. María miró la pantallita.
Es Esteban dijo, mirando a su hermana.
Celia la oyó hablar, sólo frases y palabras entrecortadas... Vale, de acuerdo... Muy bien... Te
espero.
Y colgó.
¿Qué pasa?
Tiene un compromiso y no llegará antes de las doce. María miró a su hermana con desilusión
. Me dormiré antes de que aparezca.
Tú llévatelo. Una vez en casa, ya juzgarás cuándo es el mejor momento para usarlo. Tenéis que
estar despiertos y receptivos. Si lo pillas muerto de sueño puede ser un desastre, a mí me pasó una vez
y...
Pero María ya no escuchaba a su hermana. ¡Tenía tanta ilusión por verlo! Sabía que quizá llegara
tarde, pero a las doce... No sabía si podría aguantar despierta.
Esteban colgó después de hablar con María. Le había dicho que, aunque no le contara la verdad,
jamás le mentiría. Pero no era cierto. Mentía. Se estaba volviendo un redomado mentiroso. Y todo
porque quería tener un cuerpo cálido y confiado esperando cuando llegara a casa, pues sabía que si se
encontraba solo podía hacer cualquier cosa. Con María allí no se atrevería a hacer ninguna tontería.
Cuando estaba con ella olvidaba todas sus preocupaciones, por eso la necesitaba y no podía prescindir
de su compañía. Era un egoísta, sí, pero ella también disfrutaba. Después de todo, no era tan malo. Y
se repitió lo que siempre se decía y que ya se había convertido en un mantra: sólo era humano.
Se puso la chaqueta y salió del despacho. Había quedado con Marga y no le convenía hacerla
esperar.
María se quedó a cenar con Celia y llegó tarde a casa, con un paquetito bajo el brazo que guardó
nada más entrar en uno de sus cajones. No sabía si alguna vez se presentaría la ocasión de usar esas
prendas con Esteban. Desde luego esa noche no. Se daría una ducha y se acostaría, porque estaba
agotada.
Comenzó a pasear por la casa, curioseando. La tal Carmen era un genio. A pesar del lío que
habían dejado esa mañana, ahora todo estaba impecable, limpio y recogido. Abrió la nevera para
tomar un vaso de leche y vio que estaba llena, aunque ellos la habían vaciado durante ese fin de
semana. Estaba bien eso de no tener que preocuparse por las cuestiones domésticas, aunque a ella le
gustaba hacer la compra y recoger; en su casa se lo pasaba de miedo limpiando y cambiando los
muebles de sitio, le encantaba. Recorrió el salón con la mirada, quizá Esteban le dejara cambiar los
muebles: no había muchos, pero siempre podía colgar los cuadros que había tirados por ahí... Y en
aquel rincón iría bien un buró. Ya lo pensaría y se lo comentaría a él. Estaba segura de que no habría
ningún problema.
Mientras mentalmente redecoraba el salón de Esteban, fue a la habitación a ponerse el camisón
que se había llevado que, vaya casualidad, era el mejor y el más sexi que tenía. Carmen también había
cambiado las sábanas. Ahora la habitación lucía inmaculada y olía a limpio. Otra ventaja de tener
quien haga las cosas por ti.
Después de ducharse y ponerse el camisón y la bata de Esteban encima, fue al salón y encendió la
tele con la intención de esperarlo despierta. Dudaba entre callar, como si no pasara nada, o decirle
cuando llegara lo que en realidad pensaba de él: que era un egoísta desconsiderado. ¿Cómo se había
atrevido a hacerle eso? Era la primera noche de su vida oficial juntos y la había dejado sola, en lugar
de ofrecerle una cena romántica para celebrarlo... ¡Vaya decepción! María sintió ganas de llorar.
Cuando él estaba se encontraba a gusto, la casa le parecía acogedora y cálida. Pero así, sola, se sentía
una extraña, una intrusa en una casa que no era la suya.
Se levantó y comenzó a pasear por el salón, cada vez más indignada. Se encendía poco a poco,
mientras mantenía consigo misma una conversación cada vez más subida de tono. Ella no tenía por
qué soportar ese trato, ya no era la niña dócil y estúpida que se conformaba con todo... Lo había sido
una vez, con Daniel. Pero Esteban no era Daniel y no volvería a caer en el mismo error.
A las doce y media de la noche lo vio muy claro: tenía que marcharse. Que llegara y se
encontrara con una casa vacía, eso le demostraría que ella tenía carácter, que no podía manejarla a su
antojo. No quería abandonarlo sino darle una lección para que la respetara, porque nunca lo haría si
desde el primer día empezaba a consentírselo todo.
Fue a la habitación y comenzó a vestirse. Se había quitado el camisón y estaba a punto de ponerse
el sujetador cuando sintió unos pasos detrás de ella. No se movió. Se quedó quieta mientras él se le
acercaba por la espalda y le ponía las manos en los pechos. Hundió la cabeza en su cuello.
¡Qué bien hueles! ¡Y qué magnífica bienvenida!
Es una despedida.
¿Qué dices?
Que me marcho. ¿Cómo has podido dejarme sola en nuestra primera noche? No tienes ninguna
sensibilidad, eres un bruto, un estúpido arrogante que piensa que todo el mundo está obligado a
obedecerlo... Pues yo no estoy dispuesta, ¿sabes?
No quería parecer una histérica que monta numeritos, y se esforzó por mantener la voz
controlada. Todos sus esfuerzos fueron en vano, pues al final acabó gritando y removiéndose para
soltarse de su abrazo. Pero Esteban era más fuerte que ella y se lo impedía.
Estate quieta. Esteban le dio la vuelta en los brazos para mirarla a la cara. Sonreía, y eso la
enfureció aún más, tanto que comenzó a darle golpes en el pecho con los puños, hasta que él le sujetó
las muñecas con fuerza y se las puso a la espalda.
Me haces daño.
Tranquilízate y te soltaré.
Cuando la acercó más a él su pecho desnudo rozó el tejido de su chaqueta y María sintió un
exquisito placer; su enfado comenzó a desvanecerse y su decisión a flaquear. Pero no podía consentir
que él lo supiera, tenía que estar enfadada si quería que Esteban le tuviera algún respeto y fuera
consciente de que no podía hacer de ella lo que le viniera en gana.
Quiero que me respetes le dijo con voz firme.
Pero yo no puedo respetarte...
¿Qué estás diciendo? Se removió en sus brazos, pero él la agarró con más fuerza.
¿Cómo voy a respetarte si me esperas desnuda? No me creo eso de que te vestías para
marcharte. Creo que me esperabas impaciente, muy excitada, y como yo no me encontraba aquí para
calmarte, te has enfadado... ¿No sabes que cuando uno está excitado puede aliviarse solo? ¿Nunca lo
has hecho? Bueno, pues hoy vas a empezar.
¿Qué dices?
Que voy a enseñarte lo que tienes que hacer cuando yo no esté presente para calmar tu furor
sexual... No puedo estar aquí durante todo el día. Me encanta calmar tu sed, pero, compréndelo, tengo
muchas cosas que hacer.
María intentó soltarse de nuevo.
Eres un engreído y un... capullo. Déjame, voy a vestirme.
Ni hablar, querida. Si después quieres marcharte, hazlo. Pero sabes muy bien por qué estás
aquí, por la misma razón que yo quiero que estés, porque te encanta follar conmigo... El problema,
como te he dicho, es que yo no puedo estar en todo momento, y cuando quieras follar y no me tengas a
mano...
La llevó hasta la cama con suaves empujoncitos y la tumbó.
Ábrete de piernas. Se sentó en el borde de la cama, contemplándola con atención.
Estar así, desnuda, bajo la mirada de Esteban, que ni siquiera se había quitado la chaqueta, la
excitó. Comenzó a sentirse húmeda y se le olvidó su intención de marcharse. Ahora quería quedarse y
complacerlo... Se pasó la lengua por los labios resecos esperando una caricia, un beso de Esteban. Pero
él no se movió.
María le tendió los brazos.
Ven conmigo, te deseo.
Primera lección: lo que tienes que hacer cuando me desees y yo no esté.
María lo miró. Él estaba enfadado, su rostro reflejaba un furor que la asustaba. Pero de pronto se
fijó en sus ojos, en los que había un leve brillo de humor. Se hacía el enfadado pero en el fondo se lo
estaba pasando de miedo. Decidió seguirle el juego.
De acuerdo, profesor. ¿Qué debo hacer cuando no estés para calmar mis ardores?
Hazlo como si estuvieras sola. Yo miraré. Me encanta mirar... En realidad soy un mirón, ¿no te
lo había dicho?
María sonrió, a esas alturas ya estaba muy excitada, su sexo húmedo exigía satisfacción. Pero
prefería que fuera Esteban quien se la diera y llevó las manos a la bragueta de su pantalón.
No dijo él con voz ronca. Tú sola. Estoy enseñándote, haz el favor de seguir las
indicaciones del profesor.
Vale, quiero sacar buena nota.
María posó las manos sobre su sexo y comenzó a frotárselo perezosamente. Ya sabía cómo lo
hacía él y pensó en hacer lo mismo, pero antes de empezar extendió las manos y las llevó a la boca de
Esteban.
Ayúdame un poquito...
Le metió los dedos en la boca y él se los chupó uno a uno. Era el paraíso y María comenzó a notar
que su excitación aumentaba a medida que los suspiros de Esteban se hacían más impacientes. Se llevó
la mano al sexo y lo miró una última vez antes de cerrar los ojos; ahora no podía verlo, sólo oír sus
jadeos, y comenzó a masturbarse perezosamente. Oía su respiración agitada y decidió castigarlo un
poco imprimiendo a sus movimientos toda la lentitud de que era capaz, que en ese momento ya no era
mucha.
Me estás volviendo loco...
La voz de Esteban fue para ella como un afrodisíaco y aumentó los movimientos de su mano hasta
que sintió el orgasmo y estalló, balbuceando su nombre; entonces sintió los labios de Esteban sobre los
suyos, mientras posaba su mano sobre la de María para ayudarla a completar la tarea.
¿Lo ves?, puedes hacerlo muy bien sin mí, no me necesitas. Oyó la voz de Esteban y abrió los
ojos.
Al final me has ayudado un poquito.
Casi nada, es que no podía estarme quieto viéndote así. Pero lo has hecho todo tú solita.
¿Qué nota he sacado?
Sobresaliente, aunque hay que reconocer que has tenido un poco de enchufe...
María tendió los brazos hacia él y esta vez su invitación fue aceptada.
Nunca vuelvas a pensar en marcharte. Si alguna vez tengo la menor sospecha de que pretendes
hacerlo, te ataré y te dejaré aquí de por vida, a mi servicio. Serás mi esclava sexual.
¡Qué dulce perspectiva!
María comenzó a besarlo, y Esteban, olvidado ya de su papel de mirón pasivo, decidió hacerse
partícipe y protagonista del espectáculo.
CAPÍTULO 12
María abrió los ojos y miró el despertador. Eran las seis, ¡qué bien! Aún le quedaba una hora en la
camita. Iba a cerrar otra vez los ojos para seguir durmiendo cuando se dio cuenta de que Esteban no
estaba. La escena le recordó la de la noche pasada y, sin apenas darse cuenta de lo que hacía, se
levantó y salió al pasillo. Esta vez no se veía ninguna luz desde el salón. Siguió avanzando. Aún no
había amanecido, pero la noche era clara y los amplios ventanales del salón, sin cortinas y con la
persiana subida, dejaban entrar alguna luz de la calle, de modo que los ojos de María se acostumbraron
muy pronto a esa clara negrura. Su mirada se dirigió hacia la mesita del ordenador, donde,
inconscientemente, esperaba encontrarlo. Pero no estaba allí. María avanzó unos pasos, hasta que lo
vio.
Estaba sentado en el sofá, con unos papeles en el regazo. Era evidente que se había quedado
dormido mientras leía. María sintió una enorme curiosidad por saber qué contenían esos papeles, pero
no se atrevió a acercarse más, pues en ese momento Esteban comenzó a moverse inquieto, murmurando
por lo bajo algo que no pudo entender.
El corazón se le encogió en el pecho y se vio asaltada por un sentimiento que había
experimentado muy pocas veces, al menos hasta que conoció a Esteban: el temor. ¿Qué pasaría si él se
despertaba y la veía allí, espiándolo?
Se dio la vuelta muy despacio y, de puntillas, con mucho cuidado para no hacer ruido, volvió a la
habitación.
Oía el ruido que hacía Esteban en la cocina. Seguramente preparaba el desayuno, pensó María
mientras remoloneaba en la cama sin ganas de levantarse. Debía de hacer unos quince minutos que
había vuelto a dormirse y, teniendo en cuenta lo tarde que se habían acostado, estaba agotada y muerta
de sueño. ¿Cómo estaría Esteban? También debía de estar agotado, pues casi no había dormido en toda
la noche. Se estremeció al recordarlo dormido en el sofá, con esos papeles. ¿Por qué siempre revisaba
los papeles cuando ella no podía verlo? Era evidente que quería ocultárselos, pero María no entendía el
porqué.
Vamos, dormilona, arriba.
Esteban entró en el cuarto con un pantalón de pijama y una camiseta vieja, fresco y descansado,
como si hubiera dormido un profundo sueño reparador, y, además, de muy buen humor. Se agachó y le
dio un beso.
¿Sabías que las legañas te sientan muy bien? Estás preciosa por la mañana.
Yo no tengo legañas protestó ella, abriendo y cerrando los ojos para demostrárselo.
Claro que sí, y además roncas.
María le tiró una almohada mientras él se dirigía a la ventana para abrir las cortinas. Afuera aún
estaba oscuro, y la vista de negras sombras y luces mortecinas a María le pareció fantasmagórica.
¡Qué frío hace por la mañana en esta casa! se quejó, volviendo a meter debajo del edredón el
brazo que había sacado para tirarle la almohada.
Es que estamos en el ático, y la casa es antigua. Pero enseguida estará caldeada. Venga, que he
preparado un nutritivo desayuno. Tómate un café mientras me ducho. Por cierto, has llenado mi cuarto
de baño de un montón de cosas raras. Esteban entró en el baño y al segundo siguiente apareció con
sus tenacillas del pelo en una mano y su maquinilla para depilarse en la otra. ¿Se puede saber qué
son estos artilugios tan raros?
¡Deja esas cosas donde estaban! Son mis tenacillas y mi maquinilla para depilarme las piernas,
bobo. María se levantó de un salto y se puso la bata de Esteban, que le quedaba enorme. Lo siguió al
baño. ¡No toques mis cosas!
¡Y todas estas cremas...! Anda, ¿y esto qué es? Tenía su gorro de la ducha en la mano y le
daba vueltas sobre su cabeza.
María se sintió un poco avergonzada. Lo cierto era que el baño parecía un bazar. Esteban tenía toda
la razón. Había llevado un montón de cosas y las había dejado todas desparramadas. La noche anterior
no estaba como para ponerse a ordenarlas precisamente.
Tienes razón. Lo siento, procuraré ordenarlo todo y lo guardaré...
No seas tonta la interrumpió. Me encanta tener todos estos aparatos infernales por aquí,
alegran el ambiente. De pronto se puso serio. Esta casa estaba demasiado vacía, un poco muerta.
Tú le has dado vida. Le dio un beso. Y ahora sal de aquí o llegaremos tarde al trabajo. Le dio
un azote y María sonrió.
Se ató el cinturón de la bata y, descalza, se dirigió al salón para tomarse un café, aún con la
sonrisa en la cara. Al entrar sus ojos se dirigieron instintivamente al sofá donde lo había visto dormido
hacía tan sólo una hora y la sonrisa se borró de su rostro cuando la escena se dibujó en su mente. Sobre
la mesita estaban los papeles que tenía en el regazo. Se acercó. No le parecía bien espiar sus cosas,
pero la curiosidad era más fuerte que su sentido de lo correcto y, tras mirar a ambos lados, como si
esperara descubrir a alguien espiándola, los cogió.
Era una denuncia, el denunciante acusaba al director general de la constructora Salcedo y Roms
Enterprises de estafa por valor de doce millones de euros... La denuncia era contra el presidente, no
contra la empresa. Al parecer había sido una operación particular, se dijo María. Luego había unos
cuantos papeles más y algunos documentos aportados por el denunciante... Nada inusual. María miró
los papeles por encima, pues no le parecía ético leerlos, pero no hacía falta. Era una simple denuncia.
Papeles de trabajo.
Los dejó sobre la mesa y dio un saltito de alegría, respirando aliviada. ¡Trabajo!, claro, tenía que
revisar esos expedientes, y como había llegado tarde y luego se «entretuvo» con ella, no había tenido
tiempo. ¡Por supuesto! ¿Cómo podía ser tan estúpida? Veía al pobre Esteban leyendo unos papeles y
sospechaba de todo, cuando la explicación era tan sencilla. Como cuando lo vio durmiendo en el coche
y pensó cosas rarísimas. Pero ¿qué le pasaba? Se estaba volviendo paranoica y el pobre hombre sufría
las consecuencias de su locura. «La explicación acertada es casi siempre la más sencilla, como queda
demostrado. A partir de ahora, nada de absurdas sospechas. Sé que tiene preocupaciones, y es evidente
que oculta algo. Pero ¿por qué tiene que ser algo perverso? Es muy reservado, y aún no me conoce lo
bastante como para hablarme de cosas que considera íntimas... Eso debe de ser. ¿Por qué tengo que
espiarlo por las noches y recelar de todo lo que hace? Si se enterara se enfadaría mucho conmigo, y
con razón».
Estaba tan contenta y aliviada que se habría puesto a cantar. No lo hizo, pero sí fue bailando hasta
la cocina, donde se sirvió un café, que se tomó viendo por los amplios ventanales cómo empezaba a
amanecer. La oscuridad de la noche se disipaba y las sombras ya no le parecieron fantasmagóricas,
sino atisbos de luz y claridad. Luego puso la tele para oír las noticias de la mañana mientras
desayunaba y, cuando Esteban entró, se lanzó feliz a sus brazos. Él llevaba un albornoz de ducha y
María dejó que la bata se deslizase por sus hombros hasta caer al suelo en un montoncito. Luego abrió
el albornoz de Esteban y se metió, abrazándose a él con fuerza. Esteban cerró el albornoz y los dos
quedaron tapados por esa única prenda.
Buenos días...
Buenos días otra vez. Si me estás dando coba para que no me deshaga de tus cosas, has de
saber que no tengo ninguna intención de tirarlas...
«El ministro de Economía...».
La figura reflejada en la pantalla seguía hablando, aunque ellos, atentos sólo el uno al otro, no
oían nada. ¿Cómo había podido tener dudas? Era maravilloso vivir con Esteban, despertarse con él
todas las mañanas, desayunar juntos...
Era maravilloso... Los dos cuerpos unidos, frotándose, dándose calor. María se pegó aún más a él,
y sintió cómo el miembro de Esteban le rozaba el estómago, crecido, listo para ella. Bajó las manos y lo
acarició, haciendo especial hincapié en el glande, de donde ya caían algunas gotitas delatoras. «Eso
está bien», pensó, mientras lo acariciaba, excitada por el contacto y por los gemidos de Esteban.
Tú quieres matarme a base de polvos le oyó decir.
Se puso de puntillas y, muy bajito, en la oreja, le dijo:
Hay tiempo para uno rápido.
Luego se deslizó sin dejar de rozar su piel, sintiendo cómo los pezones, puntiagudos, excitados,
rozaban cada parte del cuerpo de Esteban mientras él se movía, con convulsiones producto de la
excitación.
Sí, sí... María... sigue.... Hazlo...
María se metió al fin su pene en la boca hasta lo más profundo de la garganta, mientras él se
convulsionaba, gimiendo, y cuando gritó su nombre ella volvió a sentirse fuerte, porque tenía el
control. Cayeron al suelo, pero siguieron igual, el pene de Esteban en su garganta, llenándola con un
líquido que a ella le supo a néctar e hizo que se sintiera como una diosa; entonces, mientras ella seguía
succionando, haciendo que el orgasmo de Esteban durase para que el placer fuera más intenso, él le
metió un dedo y comenzó a acariciar el clítoris con la misma cadencia con que ella succionaba el
pene. Ambos se movían a la vez, ella con la boca, bebiendo la esencia de Esteban, él con sus manos,
haciendo maravillas en su clítoris. Cuando Esteban llegó al clímax y gritó su nombre, María sintió que
se derretía por dentro, convulsionándose con la fuerza del orgasmo.
«Nubes y claros en toda la Península...» El presentador continuaba ofreciendo su retahíla de
información y María repitió esta última frase para sus adentros. «Nubes y claros.» En la Península
podía haber lo que Dios quisiera y la naturaleza decretase, pero en su vida se habían acabado las
nubes.
Esteban cerró la puerta de su despacho para que nadie lo molestara y sacó de su cartera el
expediente de Lucas Salcedo, presidente de Salcedo y Roms Enterprises. Tenía que abrir diligencias y
no lo había hecho. Aún era pronto, podía esperar. Pero era muy consciente de que alguna vez iba a
tener que enfrentarse a ello y eso le producía esa angustia que últimamente casi no lo dejaba respirar.
Por fortuna, la denuncia era una cuestión personal, que no afectaba ni a los empleados ni a los
inversores de Salcedo y Roms, y el denunciante deseaba que todo se llevara con el máximo secreto.
Esto resultaba un tanto sospechoso, y en otras circunstancias habría cuestionado los motivos, pero a él
lo favorecía, ya que le proporcionaba el respiro que necesitaba para meditar. Si se hubiera hecho
público, ya estaría presente en todos los medios y no habría podido tratarlo con tanta discreción. Así
que al menos algo había jugado a su favor en todo aquel endiablado asunto. De todos modos, el tiempo
pasaba, y sabía que no podía hacer dormir ese expediente en el limbo de los justos por toda la
eternidad.
Se pasó la mano por la cabeza y se revolvió el pelo. Por más vueltas que le daba, siempre llegaba
a la misma conclusión: sólo se le ocurría una solución para salir de ese espantoso lío. Tratar de
convencer a Marga no era una opción, pues lo había intentado muchas veces y siempre se topaba con
un muro de obstinación; esa mujer sabía lo que quería y estaba dispuesta a lograrlo, sin importarle el
daño que pudiera causar por el camino. Si lo afectara únicamente a él, casi sería una liberación, un
alivio, que por fin se supiera la verdad. Pero no estaba solo, ya no podía pensar sólo en él.
Ahora estaba María. Por un momento imaginó a la joven como una molesta carga que le impedía
moverse con comodidad, aunque enseguida desechó esa idea, por injusta y mezquina. Él la había
metido en su vida sabiendo lo que lo esperaba, y quería conservarla. Si no fuera así, nada le impediría
mandarlo todo al cuerno, que se supiera, no le importaba. Pero con María... No podía seguir así, tenía
que decírselo. Sin embargo, no quería que se enterase, porque si lo dejaba... Entonces sí que iba a estar
jodido. No. Tenía que esperar, aún no, aún era demasiado pronto.
Ya no se engañaba. Sabía que la estaba utilizando, que se comportaba de forma estúpida,
irracional y, sobre todo, egoísta, porque no pensaba más que en él. María era su tabla de salvación, y
se aferraba a ella con la desesperación de quien lucha por salvar su vida.
¡Qué casualidad! El asunto de Marga y la aparición de María habían coincidido, apenas hacía
unos pocos días, aunque él tenía la impresión de que llevaba años en esa situación. El bien y el mal,
las dos caras de la moneda, la salsa de la que está hecha la vida, como decía su abuelo, lo que le da
sabor e intensidad a nuestro tránsito por este mundo... Pues él habría preferido un poco menos de
sabor; tanta intensidad lo abrumaba. ¿Por qué los dos acontecimientos más importantes de su vida,
junto con aquello en lo que no se había atrevido a pensar en tantos años, tenían que presentarse a la
vez? Estaba hecho un lío, sólo tenía clara una cosa: si María se marchaba lo mandaría todo al cuerno:
que se hiciera público, que se supiera. Pero mientras ella estuviera con él no podía permitirlo. Sólo
había una solución, sólo veía una salida, una única posibilidad de que Marga lo dejara en paz. Pero se
resistía a ponerla en práctica, aunque sabía que, más temprano que tarde, acabaría haciéndolo.
Volvió a sentarse y a mirar el expediente que ya se sabía de memoria. Seguía deshojando la
margarita... Sí... No... Decírselo... No decírselo... Decírselo... Sí. Debía hacerlo. Ella tenía derecho a
saber dónde se había metido y a decidir por sí misma. Si lo abandonaba tendría que aguantarse y
pechar con las consecuencias de sus actos.
El problema era cuándo y, sobre todo, cómo decírselo, aunque... ¿Y si ella lo descubría por sus
propios medios? Podía esperar. Aún tenía tiempo, aún era pronto. Esperaría unos días más y luego ya
vería...
Se moría por hablar con ella. Le puso un correo: «Esta noche llegaré pronto. Por favor, no
empieces sola».
Sintió un agradable cosquilleo en el estómago al pensar en cómo sonreiría María cuando lo
leyera.
Esa mañana María trabajó como nunca. Decidió comportarse como si la desagradable reunión del
día anterior no hubiera tenido lugar y fue capaz de aparecer ante todos cargada de seguridad en sí
misma. A Juan no le hizo ni caso, como si no existiera. La pena fue el tropezón delante de don Tomás
y dos de sus clientes, pero ellos se comportaron con mucha caballerosidad, sujetándola para que no
cayera al suelo. Los tres se lanzaron sobre ella a un tiempo y la agarraron tan fuerte que aún le dolían
los brazos. Ese incidente hizo que, por fin, María tomase una decisión que llevaba largo tiempo
meditando: no volvería a usar tacones. Pero ni esa desagradable escena pudo empañar su alegría...
Esteban leía papeles de trabajo. No estaba metido en ningún rollo mafioso ni era traficante de drogas.
La vida era bella.
Esa mañana ni siquiera Rosa logró saAna Rosa de sus casillas, como en otras ocasiones, con su ristra
de preguntas indiscretas y sus cotilleos acerca de todo lo que se movía sobre la faz de la tierra.
La llamada de Antonio tampoco consiguió desestabilizarla, aunque empezaba a resultarle un poco
antipática su insistencia.
Quería pasar a recogerla para ir a comer juntos. ¡Lo que faltaba! Que sus compañeros la vieran
otra vez con él.
Hoy no puedo, tengo mucho trabajo. Le respondió, intentando imprimir firmeza a su voz,
pero falló. Antonio era como un hermano con el que no podía ser estricta durante mucho tiempo.
Sabes que no tardaremos nada, y fuiste tú quien me dijo que me pasara a comer contigo,
¿recuerdas? Tu novio es testigo.
María sonrió al notar el tono con que pronunció la última frase.
Está bien, pásate a eso de las dos.
Tenía que acabar de una vez por todas con esa pesadilla. Cuanto antes, porque ya no lo soportaba;
y aunque sabía que ése no era el día más apropiado para tener una charla con Antonio, pues en su
mente sólo existía Esteban, decidió no demorarlo más. Estaba haciendo planes para esa noche que
incluían cierto corsé que su hermana le había prestado y se regodeaba en las imágenes que flotaban en
su cabeza. Desde luego, era el peor momento. «Pero, en fin se dijo, en la vida hay cosas que
tenemos que hacer aunque no nos agrade.» Y hablar con Antonio era una de ellas.
Un ruidito en su ordenador le indicó que había recibido un nuevo correo. Era de Esteban.
«Esta noche llegaré pronto. Por favor, no empieces sola.»
María sonrió y volvieron a su mente esas imágenes que los incluían a los dos. Sobre todo a ella,
vestida con un corsé negro y rojo y medias de seda sujetas a unos ligueros.
¡Qué largo iba a hacerse el día!
A la segunda campanada de las dos, puntual como siempre, Antonio llamó al despacho de María y
entró antes de recibir respuesta. Llevaba una enorme caja de Pizza Hut en los brazos, de los cuales
colgaba una bolsa blanca de plástico.
He pensado que podemos comernos una pizza en tu despacho. Así no tendremos que salir y no
perderás tiempo, dado que tienes tanto trabajo... ¿Por qué últimamente Antonio siempre tenía ese
molesto tonillo?
Me parece una idea excelente, de vez en cuando el cuerpo me pide comida basura. ¿Has traído
Coca-Cola?
No podía faltar dijo, alzando los brazos, lo que hizo que la caja de pizza se tambalease
peligrosamente.
María rió.
Parece que vas esposado, no sé cómo has podido abrir la puerta.
Sin problemas.
Avanzó, dispuesto a soltar su carga sobre la mesa de María.
¡Espera! La joven apartó de un manotazo los papeles que cubrían su escritorio y los echó a
un lado. No quedaría muy bien si me presentara en el juzgado con unos papeles manchados de
grasa, ¿no crees? Vale, ahora ya puedes.
Antonio soltó por fin su carga.
Y ahora, procedamos.
Sacó de la bolsa un montón de servilletas y dos latas de Coca-Cola, mientras María abría la caja
de la pizza.
¡Qué buena pinta!
Y se pusieron a comer. María temía que Antonio sacara el tema que lo había llevado hasta allí, y
él la hacía sufrir empeñado en hablar de cosas intrascendentes, como el tiempo y la proximidad de las
Navidades.
¿Sabes que al final no viene mi hija? dijo, súbitamente triste.
¿Por qué?
Su madre no hace más que poner problemas. Podría arreglarlo acudiendo al juez, pues el
régimen de visitas quedó muy claro y las Navidades son mías... Pero no quiero que la niña pase otra
vez por eso. Así que he decidido que, si Mahoma no va a la montaña, será la montaña la que se mueva.
Me iré a Málaga, esta Nochebuena ceno con mi hija como que me llamo Antonio.
¡Bien dicho! Aunque me hubiera gustado conocerla. Cuando Daniel y yo nos casamos, hace
seis años, ya estabas separado y nunca la he visto.
Es una preciosa niña de doce años, alta para su edad, y muy guapa, aunque esté mal que lo diga
yo, que soy su padre. Y, a pesar de la lagarta que tiene por madre, es una niña feliz.
Rieron. Parecía que, después de todo, Antonio no tenía ganas de hablar de la última y desastrosa
visita a su casa. Bien, si él no sacaba el tema, lo haría ella. Tenía que acabar con esa historia de una
vez por todas.
Antonio, sobre lo del otro día en mi casa...
He hablado con Celia la interrumpió. No te preocupes, no volveré a ponerme pesado.
Los dos sonrieron. Celia me ha dicho que estás muy enamorada y me alegro por ti. Claro que siento
no ser yo el afortunado. Pero así son las cosas, y ya me estoy haciendo a la idea. Aunque quiero que
sepas...
Hasta entonces había hablado con un tono despreocupado, pero de pronto se puso muy serio. Dejó
su trozo de pizza sobre la caja y tomó las manos de María entre las suyas. Su mirada era clara y
sincera, y la joven sintió una infinita ternura. Si Esteban no hubiera aparecido en su vida podría haberse
enamorado de Antonio: era guapo, inteligente, comprensivo... Pero ya no tenía sentido pensar en eso.
Quiero que sepas... repitió. Parecía que le costaba trabajo pronunciar la frase que,
evidentemente, llevaba preparada para soltarla en el momento oportuno que yo siempre estaré a tu
lado. No te juzgaré nunca, por nada. Tu vida es tuya y ahora sé que eres capaz de dar mucho más de lo
que Daniel creía, y... Bajó la cabeza, un poco avergonzado. Yo también me equivoqué contigo.
Volvió a alzar la cabeza y la miró a los ojos. Había en su mirada una dureza que quedó desmentida por
sus palabras. Te querré siempre, María. Mientras no me necesites, puedes olvidarte de mí. Pero, si
alguna vez me necesitas, llámame; estaré a tu lado. Me tendrás siempre dispuesto a ayudarte, en todo
momento.
María estaba conmovida. Nunca conocería otra amistad como la de Antonio, se dijo, parpadeando
para apartar unas indiscretas lagrimitas que estaban acudiendo a sus ojos sin que nadie las llamara.
Nunca me olvidaré de ti. Seguiremos viéndonos, porque no se puede acabar así como así con
una amistad de tantos años, y yo te considero un buen amigo. Esteban es estupendo y, cuando pase un
tiempo y todo esto se enfríe, estoy segura de que vosotros dos también llegaréis a ser muy buenos
amigos.
Eso lo dudo mucho. Creo que ese hombre jamás llegará a gustarme y desde luego no tengo
ningún interés en conocerlo. María se sintió dolida; le molestó que hablara así de Esteban en su
presencia. Aunque hay una cosa que debo reconocer: te quiere. Es una suerte que lo quieran a uno.
Esto último lo dijo en voz muy baja, como para sí mismo.
María se puso roja. En eso Antonio se equivocaba, como en otras muchas cosas. Pero no podía
sacarlo de su error. Si le dijera que su acuerdo era meramente sexual, que el amor no entraba para
nada, podía darle algo. Era mejor mantenerlo en la ignorancia.
Tendría que llamar a Celia para que no le hablara de los corsés, pues su hermana era muy capaz
de hacerlo.
¿Sabes? le dijo sonriente. Tú también tienes esa suerte. Hay alguien por ahí que te
quiere...
No sigas por ese camino la cortó con rudeza. Sé de quién hablas. Celia no se molesta en
ocultar lo que siente por mí. Me llama cada dos por tres, se me insinúa... Me resulta muy penoso,
porque yo no siento nada por ella y no quiero hacerle daño; pero la próxima vez que me llame le
dejaré las cosas muy claras. Es la única solución.
María se sintió como si le hubieran echado en la cabeza un jarro de agua fría. El Antonio que
acababa de hablar era un desconocido para ella. Toda la ternura que había sentido por él se desvaneció.
No le hagas daño a mi hermana...
¿Qué quieres decir con eso de «no le hagas daño»? ¿Que la engañe? ¿Que la deje concebir
esperanzas para luego dejarla tirada? ¿No es eso peor? ¿No es más leal dejar las cosas claras desde el
principio? No, tú eso no lo entiendes, claro.
Sí lo entendía. Sabía que hablaba de ellos, que le reprochaba que no lo hubiera sacado de su error
y le hubiera dejado creer que podían llegar juntos a alguna parte. Pero después de sus palabras
anteriores, de su ternura y su comprensión, María no entendía el brusco cambio experimentado por
Antonio sólo porque ella había hablado de Celia. Si ni siquiera la había nombrado, por el amor de
Dios; había sido él quien había saltado como un loco.
No te metas en esto, María. No le vayas con chismes a tu hermana. Déjanos, tanto Celia como
yo nos merecemos hablar sin que tú te entrometas. Por favor, yo lo arreglaré.
Haz lo que tengas que hacer. Pero, te lo suplico, sé bueno con ella. Procura hacerle el menor
daño posible.
¿Cómo puedes hacerle el menor daño posible a una persona que te quiere cuando le dices que
pasas de ella? Dime, ¿cómo se hace eso? Claro, no puedes decírmelo porque tú no lo sabes. Antonio
se levantó. Con lo bien que me había quedado el discursito que había preparado, al final lo he
fastidiado todo. Pero era sincero, María. Siempre que me necesites, allí estaré.
María se quedó mirándolo mientras salía por la puerta. Luego bajó los ojos a su mesa, llena de
restos de pizza y servilletas arrugadas, y se puso a recoger.
Últimamente iba de sorpresa en sorpresa. Nadie era como creía: Celia, Antonio... Dos de las
personas más cercanas a ella, a las que mejor creía conocer, le habían mostrado en poco tiempo
personalidades que no respondían para nada a la idea que tenía de ellos. Bastaba una sola chispa para
que se incendiara el bosque, y eso era lo que había sucedido: su relación con Esteban había sido la
chispa que lo había revolucionado todo, y le había revelado las facetas ocultas de las personalidades
de dos seres a los que quería muchísimo y a los que, por lo visto, apenas conocía. Claro que ellos
debían pensar lo mismo, se dijo meneando la cabeza, porque ella también había cambiado, y mucho. A
Antonio y a su hermana les había dicho en dos días cosas que llevaba años ocultándoles casi sin
pretenderlo, sin pensarlo siquiera, por inercia, como siempre en su vida: dejándose llevar.
Hasta que saltó la chispa. Hasta que conoció a Esteban y le fue imposible continuar con esa farsa
de viuda y mujer perfecta.
En su círculo de tres, Antonio, Celia y ella, todos habían sufrido una decepción, aunque a Celia
aún le faltaba un último trago. María dudó. ¿Qué hacer? Podía llamarla para prevenirla o podía dejarlo
correr, no meterse en un asunto que, como decía Antonio, no era cosa suya.
Decidió hacer esto último. Esperaría a que Celia la llamara para contarle su entrevista con
Antonio, era lo mejor. Si le decía algo ahora, su hermana podría enfadarse con ella. Era más sensato
esperar para consolarla.
Además, ahora tenía muchas cosas en la cabeza, muchos planes... Y estaba deseando que llegara
la noche para ponerlos en práctica.
CAPÍTULO 13
Y la noche al fin llegó. Cuando María entró en casa, eran las siete de la tarde. Esteban aún no había
regresado; la casa vacía se le hacía extraña. Se dio una vuelta por las habitaciones, deteniéndose un
rato en cada una de ellas, contemplando y tocando los objetos que contenían para ir haciéndolos suyos.
Seguía eufórica, ni siquiera la actitud de Antonio había podido alterarla, y la preocupación por su
hermana, aunque seguía presente, no constituía un obstáculo para su exultante alegría: el único
problema que tenía Esteban era la reaparición de su antigua novia, y ese asunto a María ya no le parecía
tan grave. Esteban prefería estar con ella, como lo demostraba el hecho de que fuera con ella con quien
estaba viviendo, no con la rubia. Y eso tenía que significar algo.
Después de recorrer el salón y la cocina, María entró al cuarto que estaba al fondo del pasillo, que
tan bien conocía, y donde pensaba esperarlo esa noche con un atuendo muy especial. El baño también
era un viejo conocido. El único lugar que había visto de pasada, pero donde no había entrado, era la
pequeña habitación de invitados cuya puerta estaba en el pasillo, junto al baño. Abrió y entró. Había
una cama de matrimonio con dos mesillas, una a cada lado, y un armario casi tan grande como el de la
habitación principal. La habitación era muy austera. No había adornos, ni siquiera cuadros en las
paredes, salvo un espejo antiguo sobre una preciosa cómoda de caoba, cuyos cajones abrió María.
Estaban vacíos y la joven se sintió un poco decepcionada: había algo que echaba en falta en esa casa
donde todo era perfecto. Sí, algo faltaba, aunque no se le ocurría qué podía ser. Dejó la cómoda y se
dirigió al enorme armario, también vacío, y sonrió pensando que allí podría meter el resto de su ropa
si al final se trasladaba definitivamente, cosa que estaba considerando con mucha seriedad. Se le
iluminó la cara al pensar que ése era el único lugar de la casa donde no habían hecho el amor.
Eso hay que arreglarlo dijo en voz alta, canturreando y contemplando la enorme cama, muy
adecuada para sus planes.
Salió del cuarto y se dirigió al salón. Encendió la tele y se preparó un té sin dejar de canturrear
por lo bajo, admirando aquel enorme espacio, con la cocina americana y diversos ambientes. Era muy
grande. Estaba claro que se habían hecho reformas y tirado tabiques para variar la disposición
original. Todo estaba dispuesto con exquisito buen gusto, aunque los cuadros por el suelo y los
montoncitos de libros sin colocar, tirados donde cayesen, a la buena de Dios, por sofás y sillones,
revelaban a las claras que ése era un pisito de soltero. Bien, si ella se quedaba, ordenaría a su manera.
A pesar del aparente caos, todo estaba muy limpio, lo que hablaba del buen trabajo de Carmen.
Se sentó en el sofá delante de la tele para hacer tiempo antes de arreglarse, y volvió a pensar en
Celia. Se moría por contarle lo que le había dicho Antonio, pero pensaba que era mejor mantener la
decisión que había tomado y no inmiscuirse. De todos modos, le apetecía hablar con su hermana, así
que sacó su móvil del bolso y la llamó.
Hola, María. Celia parecía muy animada. Al menos su voz era clara y decidida, como cuando
estaba contenta.
¿Qué tal vas?
Perfectamente. Esta noche voy a cenar con Antonio... Me ha llamado él, lo cual es un buen
augurio, porque casi siempre soy yo la que lo llama. ¿Habéis hablado?
Sí, ya le he dicho que salgo con Esteban y... Bueno, creo que lo ha entendido.
¡Celia estaba tan contenta! ¿Se lo decía? No. Antonio tenía razón, ése era un asunto que debían
resolver entre los dos, sin intromisiones. Aun así, decidió prevenirla.
Pero estuvo muy raro, Celia. Hoy he visto a un Antonio que no conocía, duro, irritable... No me
ha gustado nada. Cariño, ten mucho cuidado.
¡Pero qué dices! Es él quien tiene que cuidarse de mí, hermanita. ¡Esta noche voy a por todas!
Bueno, ahora no puedo hablar, estoy arreglándome. Hablamos mañana.
Y colgó. María se quedó con el teléfono en la mano unos instantes. Luego, aunque sabía que ya no
había nadie al otro lado, dijo: «Sí, llámame mañana».
Iba a dejar el teléfono sobre la mesita, cuando entró un mensaje. Era de Esteban: «Llegaré a las
nueve. No me esperes vestida. Y recuerda, no empieces sola».
Llegaría a las nueve y ya eran... ¡las ocho! ¡Qué barbaridad! ¿Había estado una hora tonteando
por la casa?
¡Cómo pasa el tiempo! dijo en voz alta y se levantó del sofá. Tenía muchas cosas que hacer.
Primero se dio una ducha con un gel especial que había comprado esa tarde. Era un set con varias
cremas que le había costado un ojo de la cara, pero no le importaba el gasto. Esa noche iba a ser
diferente, y el gel lubricante tenía un olor muy especial, sexi... Pero eso se lo daría al final, poco antes
de vestirse. Ahora tenía que disponer la habitación: velas aromáticas sobre la cómoda, sobre las
mesillas, sobre la estantería donde estaban esas pequeñas esculturas de hierro. Apartó las esculturas y
puso una vela grande allí. Era una vela muy especial, porque, según le había dicho la vendedora,
desprendía un olor erótico, muy excitante, mientras ardía, y luego, una vez consumida, dejaba un
aceite que, si lo extendías por el cuerpo de tu pareja, podías volverla loca. María pensaba extendérselo
a Esteban muy, muy despacito.
Se maquilló con cuidado. No mucho, pero sí lo suficiente para que sus ojos parecieran más
rasgados gracias al perfilador de color verde. Se dejó la melena suelta, un poco alborotada para tener
un aspecto salvaje y provocativo.
Se estaba excitando sólo de pensar en la noche que les esperaba, y cuando se estaba poniendo el
corsé, ya se notaba preparada. Se estaba subiendo a los altos zapatos cuando oyó la llave y, corriendo,
fue a situarse bajo la vela, para que su resplandor la alcanzara. Se puso las manos en las caderas, pero
luego las bajó. No sabía qué postura adoptar. Oía la voz de Esteban, llamándola, cada vez más cerca.
María, María..., ¿dónde estás?
Entonces se abrió la puerta y vio a Esteban. La luz del salón le daba en la espalda y su silueta
inmóvil se recortaba en el vano. María contuvo la respiración mientras él continuaba allí parado,
inmóvil. Al cabo de unos instantes se movió y se acercó a ella a grandes zancadas.
¿Se puede saber qué estás haciendo?
Se quedó descolocada, había pensado en cómo reaccionaría Esteban y se le habían ocurrido
diversas maneras, pero jamás ésa.
¡Contesta! La tomó por los hombros y la sacudió. ¿Por qué te has vestido como una puta
barata?, ¿por qué coño me montas este numerito? Si lo que quieres es que nuestras relaciones vayan
por ese camino, ya puedes ir largándote de aquí...
¿Por ese camino? ¿Qué camino? Ella sólo se había puesto un corsé sexi.
Yo... no entiendo lo que dices... Quería darte una sorpresa... Creía que... te gustaba que tuviera
iniciativa, dijiste que te encantaba que te sorprendiera... ¡No entiendo por qué te has puesto así!
Tartamudeaba y le temblaba la voz, estaba tan avergonzada que estuvo a punto de echarse a llorar,
pero logró contenerse con mucho trabajo, porque no quería darle la satisfacción de que viera lo mucho
que le había dolido su rechazo.
Esteban sabía que, en su ofuscación, había sido demasiado brusco. Se arrepintió, pero la cosa ya no
tenía remedio: le había estropeado su sorpresa a María y, a pesar de la oscuridad, podía leer la
desilusión en sus ojos.
Lo siento, perdona. He reaccionado muy mal... Tenía que arreglarlo de algún modo, así que
ahora habló con voz calmada, sin esa furia que tanto la había asustado. Pero, por favor, quítate eso...
Y apaga esta vela. Estiró los brazos y apagó la vela que brillaba sobre la cabeza de María, cerrando
los dedos sobre la llama. Las demás no parecían molestarle. Perdona... Le acarició la cara con
suavidad y ternura. No llores, por favor. María había perdido su batalla por no llorar y las
lágrimas se deslizaban silenciosamente por sus mejillas. Siento haberme enfadado... Pero quítate
eso.
Parecía que no podía pensar en otra cosa más que en que se quitara el corsé.
María no se movía, paralizada por el asombro y la decepción.
Está bien, tendré que quitártelo yo.
Esteban comenzó a desabrochar los corchetes y ella le dio un manotazo.
Espera, ¿no ves que las medias van enganchadas a los ligueros del corsé? Espera a que me las
quite. Y sal de la habitación.
No, me quedo aquí. La verdad es que estás muy sexi... y las putillas tenéis vuestro morbo...
acabó de desabrochar el corsé y metió la mano por debajo para acariciarle los pechos. Pero quítate
eso de una vez.
María se quitó las medias y descendió de los zapatos, lo que obligó a Esteban a bajar más la cabeza
para mirarla. «Se acabó el aspecto sexi», se dijo. «Ya no soy una mujer fatal, vuelvo a ser la misma
pardilla de siempre.» Al verla libre de las medias, Esteban le quitó el corsé y María sintió un gran
alivio, porque lo cierto era que la maldita prenda apretaba.
Ahora sí. Le puso las manos en los hombros, comiéndosela con la mirada. Ahora estás
como a mí me gusta.
Pero no como me gusta a mí. ¿Por qué siempre acabamos haciendo lo que te gusta a ti? Y yo,
¿no cuento?
Me parece que hasta ahora no hemos hecho nada que no te gustara.
Bueno, sí... Pero había puesto mucha ilusión en preparar todo esto y me lo has chafado... ¡Estoy
muy enfadada! Y lo peor es que no entiendo qué te pasa, ¿por qué te molesta tanto un maldito corsé?
Esteban se acercó a ella y la besó, mientras con sus manos trazaba pequeños círculos sobre sus
pechos. María ya estaba muy excitada, la escena y encontrarse desnuda mientras él estaba
completamente vestido siempre la ponía fuera de sí. Pero no quería reconocerlo, no quería que Esteban
volviera a salirse con la suya, como siempre. Le demostraría lo enfadada que estaba.
Soy un hombre muy tradicional continuaba él, dándole breves y excitantes masajes en el
pecho con las yemas de los dedos, y creo que se puede disfrutar mucho a la manera clásica...
Pues yo no. Lo apartó con fuerza. Me gustan los juegos y esta noche quería enseñarte unos
cuantos, porque me aburren las relaciones a la manera tradicional...
¿Ah, sí? Esteban arqueó las cejas, y asintió con la cabeza. Vaya, vaya... Cruzó los brazos
sobre el pecho y la miró desafiante. ¿Y qué juegos son ésos? Vale, venga, enséñame alguno.
«¿Y ahora qué?», se dijo María. «Vaya chasco».
Necesito que tú también estés desnudo dijo para ir ganando tiempo.
Muy bien.
Esteban comenzó a desnudarse sin apartar los ojos de ella. Su mirada la estaba poniendo nerviosa y
esa media sonrisa que le decía muy a las claras que no se creía ni una sola de sus palabras estaba
acabando con su paciencia. Tendría que haber ido al sex-shop con Celia, al menos ahora podría sacar
algún artilugio que lo dejara con la boca abierta, pero así, de repente, improvisando... No se le ocurría
nada. Bueno, sí, se le ocurrían muchas cosas, pero todas entraban dentro del terreno de lo clásico,
como él decía. Y esa noche ella quería innovar. Necesitaba innovar para demostrarle a Esteban que era
una mujer experta, que sabía de lo que hablaba.
Esteban, ya desnudo, se sentó en la cama sin dejar de mirarla.
Creo que será mejor que espere sentado, porque veo que vas a tardar algún tiempo, aunque...
Señaló con la mano el pene, que ya estaba enorme e hinchado por la excitación. Te ruego que no te
demores mucho.
Cruzó las piernas y los brazos sobre el pecho y, con la cabeza ladeada, continuó mirándola
impasible.
Estoy esperando...
María seguía inmóvil, pensando. Estaba muy excitada y lo que más deseaba era lanzarse sobre él,
abrazarlo y hacerle el amor como fuera. Pero por otra parte quería castigarlo, demostrarle que no iban
a hacer siempre lo que a él le viniera en gana y cuando a él le conviniera. Su orgullo frente a sus
necesidades más apremiantes, ¿qué hacer?
Ven aquí...
Esteban abrió los brazos y ella se lanzó con tanta fuerza que los dos cayeron sobre la cama. Ahora
ya lo sabía. No tenía orgullo.
María, me gustas mucho. Nunca, y créeme, soy sincero al decirlo, nunca había estado tan bien
con nadie. Y tú, ¿estás bien conmigo?
Mi presencia en tu casa es la respuesta.
Perdóname, he sido innecesariamente brusco, por favor, perdóname. Venga, di que me
perdonas.
Le acariciaba la cara, dándole breves besitos mientras hablaba. Y estaba desnudo en sus brazos.
¿Cómo no perdonarlo?
Está bien, sí, te perdono.
María, no puedo más...
Muy bien, pero seré yo quien lleve la batuta...
No, querida, la batuta siempre la llevo yo... Tú serás quien dirija la orquesta.
¡Mira que eres tonto! dijo María restregando el cuerpo contra el de Esteban. ¿No sabes que
el que lleva la batuta y el que dirige la orquesta son la misma persona?
Claro que lo sé. Por eso precisamente lo digo.
¡Qué cosas tan bonitas dices a veces!
¿Sólo a veces?
Sólo.
María extendió el brazo y cogió de la mesilla el tubo de crema que había comprado esa tarde.
Me ha costado carísima, me parecería un delito desperdiciarla.
No tengo nada contra las cremas. Al contrario, me encanta que una bella sirena me embadurne
todo el cuerpo con ese líquido pringoso...
¡Cállate!
María se echó crema en la palma de la mano y comenzó a dar suaves masajes a Esteban: el
estómago, el pene, los testículos... Él se movía bajo ella jadeando...
Si sigues así me voy a correr...
Vale, pero antes voy a darme yo un poquito.
Estaba sobre él sujetándole las caderas con las piernas y se echó un poco hacia atrás para poder
extender por el interior de su sexo la crema que llevaba en la punta de los dedos. Esteban la miraba con
ojos muy abiertos, haciendo evidentes esfuerzos por controlarse.
Por Dios, María...
Él tendió la mano y María puso unas gotitas en la punta de sus dedos, que rápidamente Esteban
metió en ella hasta rozar el clítoris, extendiendo la crema con un torturador masaje.
Ábrete más, quiero llegar a todos los rincones.
María se echó hacia atrás y se abrió. ¡Era tan excitante!
Me vuelves loco, mi amor...
María ya no podía más y cogió el preservativo que había dejado sobre la mesilla al preparar su
espectáculo fallido. Había pensado ponérselo despacio, pero eso ya no le parecía tan buena idea, así
que se lo puso tan deprisa como pudo y, con ansias, se metió el pene de Esteban y empujó hacia abajo
para que la llenara por completo. Se movió sobre él, con la espalda erguida, mientras ambos se
convulsionaban y gritaban en la locura del orgasmo.
«Los métodos tradicionales no están tan mal, después de todo», se dijo antes de que el mundo se
tambaleara a su alrededor por la fuerza del orgasmo, mientras Esteban gritaba su nombre.
¿Sabes una cosa? dijo más tarde Esteban, muy bajito, en su oído, mientras le daba leves
mordisquitos en el lóbulo de la oreja. Ninguna mujer me ha hecho tan feliz.
María estaba tan débil que no podía hablar, así que se limitó a quedarse dormida con una sonrisa
en los labios.
CAPÍTULO 14
Lo primero que pensó María al despertar fue que era miércoles y ésa era la tercera mañana de su vida
juntos. Lo segundo, que nunca había sido tan feliz. Pero lo que dijo fue: «Hoy salgo más tarde. Tengo
que estar en el juzgado a las once y no me merece la pena pasar antes por la oficina».
Se levantó y se puso a dar vueltas por la habitación mientras Esteban acababa de vestirse. Como
estaba tan inquieta y no podía parar, decidió prepararle un magnífico desayuno, el mejor. Él le había
dicho que ninguna mujer lo había hecho tan feliz y eso merecía una celebración, aunque no le diría
que era eso lo que celebraban. No quería recordárselo por si, con la luz de la mañana, se arrepentía de
unas palabras pronunciadas al calor de la excitación. Aun así, lo había dicho, y eso era lo que contaba.
Preparó el desayuno muy contenta, canturreando por lo bajo: tostadas, mantequilla, mermelada y
varios panecillos con tomate en recuerdo de su primer encuentro. ¿Se daría cuenta él de ese detalle?
Seguro que sí, porque sólo estudiaba los papeles de una denuncia y porque ninguna mujer lo había
hecho tan feliz.
¿A qué juzgado vas? le oyó decir desde la habitación.
No pienso decírtelo. Es por ese caso del que te hablé, el del tipo que le mordió la oreja a su
cuñado... Y ya no te daré más información.
¿Qué más da? Ese asunto no lo lleva mi juzgado, podemos comentarlo.
Ni hablar, yo también necesito tener mis secretos. Venga, ven a desayunar ya.
Puso el último plato con panecillos sobre la mesa y se apartó un poco para admirar su obra. Ella
le preparaba un delicioso desayuno y él sólo estudiaba una de tantas denuncias que pasaban por su
juzgado. Eran felices.
Esto marcha...
¿Qué es lo que marcha? dijo Esteban dándole un beso. Dejó su maletín sobre la encimera y,
antes de que ella se viera en la incómoda coyuntura de tener que contestarle, añadió: ¡Vaya, menudo
desayuno!
Lo he hecho para ti, para celebrar nuestro tercer día de vida en común.
Ummm, qué apetitoso dijo Esteban con muy poco entusiasmo.
Iba a decirle que él sólo tomaba café por las mañanas, que el día anterior había hecho el desayuno
para ella. Él ni lo había probado. Pero la vio tan feliz que no quiso desilusionarla. Bueno, tendría que
desayunar, qué remedio.
Y mira... Señaló los panecillos con tomate.
Esteban celebró con todos los elogios que acudieron a su mente la maravillosa ocurrencia de María
para conmemorar su primer encuentro, alabó el opíparo desayuno, del que dio buena cuenta, y salió
para el trabajo con el estómago revuelto y con mareos, pero feliz porque ella estaba encantada.
Se despidieron con un beso.
¿Sabes una cosa? Pienso prepararte el desayuno todas las mañanas.
Mientras bajaba en el ascensor Esteban se dijo que ya había un asunto más que tendría que
explicarle a María.
La joven entró en la casa como flotando en una nube y fue a la habitación para vestirse; luego
recogería la mesa del desayuno.
Estaba en el baño maquillándose cuando oyó la puerta. ¿Quién sería? Oyó ruidos y sintió que el
corazón se le subía a la garganta. ¿Qué pasaba ahora?, ¿quién había entrado en la casa?
No se atrevía a salir y estaba pensando qué hacer cuando oyó una voz femenina.
¿Esteban? ¿Estás ahí?
Una mujer. ¿Marga? Los viejos temores volvieron a asaltarla, pero se recompuso con rapidez.
Ella era ahora la señora de la casa, no se dejaría intimidar por nadie. Saldría y le pondría a esa mujer
los puntos sobre las íes.
Pero la mujer que se encontró cuando salió al salón preparada para la batalla no era una rubia
explosiva, sino una morena teñida, de unos sesenta años y bastante entradita en carnes. La desconocida
dio un respingo, aunque enseguida comprendió lo que pasaba y se tranquilizó.
Usted debe de ser la joven que ahora vive aquí. Avanzó unos pasos y le tendió la mano.
Yo soy Carmen. Y como María siguiera mirándola sin comprender, añadió: La asistenta.
Claro... María sonrió. Esteban me ha hablado de usted, pero no recordaba que venía hoy...
Vaya susto.
Lo siento, no sabía que estaba usted en la casa.
No se preocupe. Entonces vio la mesa, con los restos del desayuno. Iba a recogerlo ahora...
Tranquila, ya lo hago yo.
¿Lleva mucho tiempo trabajando en esta casa?
Sí, señorita, mucho tiempo. Desde que Esteban se vino a vivir aquí, a los dieciocho años; su
abuelo me encargó que lo cuidase, y yo lo hago de mil amores... Era demasiado joven para vivir solo y
nunca se había ocupado de nada. Pero ya se sabe, a esa edad los jóvenes quieren ser libres...
Esteban la adora, siempre habla de usted con mucho cariño.
Es que también fui su niñera, lo conozco desde que no levantaba dos palmos del suelo. La
mujer sonrió, soñadora, como recordando mejores tiempos.
Entonces María tuvo una idea: esa mujer debía de saberlo casi todo sobre Esteban, seguro que tenía
respuestas para muchas de las preguntas que ella se hacía. No sabía cómo empezar, pero tenía que
intentarlo:
Qué pensará usted al verme aquí, viviendo con Esteban... Bajó los ojos, avergonzada, pero no
por estar viviendo con Esteban, como Carmen parecía creer, sino por estar utilizando todas sus malas
artes para sonsacar a la pobre mujer. Pero claro, ya estará acostumbrada, seguro que está harta de
ver chicas por esta casa. Seguro que Esteban ha tenido infinidad de novias...
¡Qué va! Carmen la miró con ironía. La buena mujer estaba de vuelta de casi todo, y no era
tan tonta como María parecía creer. Usted quiere saber si ha habido más mujeres... No, señorita,
desde hace años, desde su enfermedad, no hay ninguna mujer en su vida.
¿Enfermedad? María había abandonado su pose de frívola cotilla y miraba a la mujer con
interés y preocupación. ¿Qué enfermedad?
¡Oh, nada grave! No se preocupe, de eso hace muchos años. Era muy joven, y ahora está
perfectamente. De todas maneras, no me parece bien que estemos usted y yo aquí, hablando de él a sus
espaldas. Si quiere saber algo, ¿por qué no se lo pregunta?
María bajó la cabeza, avergonzada porque Carmen la había puesto en su sitio. Y se lo merecía,
pero no podía decirle que le había preguntado muchas veces y que él no quería responder.
Tiene usted mucha razón... Lo siento, es que...
No se preocupe, es lógico que quiera saber muchas cosas de él, pero yo no soy la persona
indicada para contárselas. No estaría bien.
Claro... Perdone... María no sabía qué más decir y no pensaba seguir disculpándose, así que
adoptó de nuevo la personalidad de la joven y despreocupada señorita de la casa. Bueno, yo me
tengo que ir al trabajo. Le hemos dejado la lista de la compra sobre la encimera. Pero si no puede
hacerla, yo la haré esta tarde.
No se preocupe, siempre la hago. Después de limpiar.
María echó un vistazo al salón, como calibrando cuánto tardaría Carmen en limpiarlo. Entonces
se dio cuenta de una cosa, de algo que el día anterior la había inquietado, aunque no sabía qué era...
Algo faltaba, algo que todo el mundo tiene y de lo que allí no había ni rastro.
Fotos. No había una sola fotografía en toda la casa.
«Todo el mundo tiene fotografías. ¿Por qué Esteban no tiene ni una? De su madre, de su abuelo, de
cuando era pequeño... La verdad es que es muy raro. Tendré que preguntárselo. María hablaba en
voz alta mientras conducía camino del juzgado. Le diré: ¿por qué en tu casa no hay ni una foto?».
Sí, se lo preguntaría. No pensaba hacer más cábalas ni comerse el coco con todas las cosas de
Esteban que le parecían raras y que luego resultaban ser de lo más inocentes, como los malditos papeles
o que estuviera dormido en el coche... No más especulaciones.
¿Y qué enfermedad sería ésa de la que le había hablado Carmen? «No. María, para». Sobre eso no
podía preguntarle, pues, de hacerlo, tendría que admitir que había estado hablando de él con Carmen, y
sabía que, si Esteban se enteraba de que había estado sonsacando a la mujer, se iba a enfadar mucho.
Muchísimo.
Cuando entró en el juzgado, su cliente ya estaba esperándola. El pobre hombre parecía muy
nervioso y no lo tranquilizaba nada el hecho de que el abogado de su hermano estuviera hablando con
un señor que tenía cara de pocos amigos.
Mire, señorita dijo Aníbal cuando la vio entrar. Aquél es el abogado de mi hermano, pero
no sé con quién está hablando.
María los miró, era el fiscal Roberto Marcos. Los dos hombres hablaban acaloradamente, como si
hubiera algún desacuerdo entre ellos.
Tranquilícese, Aníbal. Creo que el fiscal está intentando convencer al abogado de su hermano
para que lleguen a un acuerdo.
Pues no le va muy bien. Aníbal tenía razón. La conversación no parecía muy amistosa.
María quería saludar a Roberto, que en poco tiempo se había convertido en un buen amigo, pero
no se atrevió a interrumpirlos porque parecían muy concentrados en su discusión, de manera que
decidió esperar a que acabaran. Quizá Roberto lograra el acuerdo que ella no había podido conseguir.
Estaban en la planta donde se encontraba el juzgado de Esteban; podía ver su puerta desde allí. A
lo mejor luego se pasaba a saludarlo, pensó. Preguntaría por él, y si le decían que estaba ocupado se
marcharía, pero si no... Sintió un leve cosquilleo en el estómago. La sola posibilidad de verlo la ponía
nerviosa, como si fuera una colegiala.
Tenía la vista puesta en la puerta de su juzgado, cuando de pronto ésta se abrió. María esperaba
ver a Esteban y avanzó unos pasos para salirle al encuentro, pero no fue Esteban quien salió, sino una
rubia alta, con un llamativo abrigo de piel y zapatos de una altura imposible. Tenía una mueca de
disgusto en la cara y andaba todo lo deprisa que le permitían sus altos tacones.
María se echó hacia atrás y la mujer pasó junto a ella mirando al frente, sin verla.
¿Qué hacía Marga saliendo del despacho de Esteban?
La mujer seguía avanzando por el pasillo. María corrió hacia donde estaban discutiendo Roberto
Marcos y el abogado del hermano de Aníbal. Cogió a Roberto del brazo y tiró de él sin ningún
miramiento para apartarlo del asombrado abogado, que los miraba con la boca abierta.
Cuando pensó que el abogado ya no los oiría, le dijo a Roberto, señalando a la rubia:
¿Quién es? ¿Quién es?
El pobre fiscal la miraba sin comprender, bastante perplejo por la actitud de su amiga.
Pero, María... ¿Qué te pasa?
La rubia, la del abrigo de pieles dijo impaciente, dando una patadita en el suelo.
La mujer se alejaba con su sexi contoneo, pero sobresalía entre el resto de los mortales que
pululaban a su alrededor como una diosa que hubiera decidido darse una vuelta por la tierra a ver
cómo se encontraban sus esclavos. Roberto enseguida supo a quién se refería María.
¿Sabes quién es? insistió ella, cada vez más nerviosa, dándole golpecitos en el brazo.
Sí, como para no saberlo... Ha provocado toda una revolución por aquí. Está como un tren,
¿verdad?, y... La furiosa mirada de María obligó al pobre Roberto a centrarse en lo que le había
preguntado. Es Marga Salcedo, la hermana de Lucas Salcedo, el empresario.
María soltó el brazo de Roberto y fue a sentarse en uno de los bancos que había contra la pared.
¡Lucas Salcedo! Ése era el nombre que figuraba en el expediente que leía Esteban. ¿Marga estaba
relacionada con ese asunto?
María, ¿te pasa algo? Estás pálida. Roberto la siguió, preocupado.
¿Y qué hace aquí?
No lo sé. Habrá venido a declarar por el asunto de su hermano, supongo. Alguien lo ha
denunciado. Pero no sé más, aún no se han abierto las diligencias, creo... He oído que su caso lo lleva
el juez Sanromán, pero ya te lo he dicho, no sé más.
¿Podrías enterarte?
¿Cómo dices? María, estás muy rara.
Por favor, ¿me harías el favor de entrar y preguntarle a una de esas auxiliares que son tan
amigas tuyas a qué ha venido al juzgado?
Pero...
En ese momento les avisaron que podían pasar al despacho del juez. María se puso en pie y miró
a su alrededor. Suspiró hondo y fue hacia Aníbal, que la llamaba haciendo grandes aspavientos con las
manos. El hombre era su cliente y debía prestarle un poco más de atención, se dijo. Después de todo
estaba trabajando y si se enteraban en el bufete de que descuidaba así sus tareas iba a tener problemas.
Roberto se acercó a ella mientras se dirigía a la puerta del despacho del juez y le dijo al oído:
Veré qué puedo hacer. Luego te llamo.
Gracias.
Y entró, dejando a Roberto con la boca abierta y una expresión de extrañeza en la mirada. Cuando
la puerta se cerró, Roberto dio media vuelta y se dirigió al despacho de Esteban Sanromán.
Hola, Roberto. ¿Qué has averiguado?
Acababa de entrar en la casa de Esteban cuando sonó su móvil. Eran las siete de la tarde y él aún
no había llegado. María se sentó en el sofá y puso los pies sobre la mesa.
Nada, lo que te dije. El juez Sanromán lleva el caso de Lucas Salcedo. Pero aún no ha
empezado y nadie sabe nada en el juzgado, ni siquiera sabían que Marga Salcedo había ido a visitarlo,
y eso me parece muy irregular, la verdad. En fin, yo no tengo nada que ver en ese caso y no pienso
intervenir. El juez Sanromán me cae bien, es uno de los mejores. Pero, francamente, si esto se sabe...
Lo que no entiendo es tu actitud, no hemos podido hablar. Pero ¿por qué te has puesto así cuando la
has visto?
La conozco. Déjalo, no tiene nada que ver con este caso, por favor, olvídalo, es una cuestión
personal.
Si la conoces ¿por qué preguntabas quién era con tanto interés? Creo que me estás ocultando
algo, y no me gusta que me utilicen, sobre todo cuando está en juego nuestra profesionalidad.
Tienes razón, lo siento mucho, de verdad. Por favor, prométeme que esto quedará entre
nosotros, es importante.
No puedo prometerte nada. Si lo que ha pasado hoy no tiene ninguna trascendencia, por
supuesto que quedará entre nosotros. Pero si hay algo más...
No lo hay interrumpió María. De verdad, créeme. Conocí a esa mujer en unas
circunstancias un poco extrañas, pero no sabía cómo se llamaba. Por favor, Roberto, déjalo así.
El fiscal le prometió a regañadientes que por el momento lo olvidaría y María colgó. Se sentía
fatal. Había sido una estúpida y su estupidez podía perjudicar a Esteban. Porque ahora estaba segura de
que esa denuncia no era tan inocente como ella había pensado y de que Esteban estaba metido en
problemas. Lo único que podía hacer era no comentarlo con nadie, y menos con un fiscal. ¿En qué
estaba pensando? En nada, se dijo. No pensaba en nada. Como siempre.
Era miércoles. Habían pasado cinco días desde el viernes, cuando se había instalado en casa de
Esteban, y sólo hacía diez que lo conocía. En sólo diez días todo había cambiado en su vida. Era
irónico, una persona tan conservadora como ella, tan pusilánime... No se reconocía. Lo peor era que no
sabía qué hacer: podía decirle la verdad a Esteban, que había visto a Marga, y pedirle explicaciones;
pero él le había dejado muy claro que no pensaba dárselas, que lo que tuviera con Marga a ella no le
importaba. Así que sólo tenía dos opciones: marcharse, dejándolo para siempre, o quedarse, en cuyo
caso tendría que aguantar la situación tal y como estaba.
¡Y otra vez las dudas! Con lo contenta que estaba esa mañana... El caso era que las dudas sobre él
aparecían cuando no estaban juntos. Si estaba con Esteban se encontraba de buen humor y las sospechas
se disipaban. Reían, gastaban bromas y hacían el amor de una forma que ella nunca había creído
posible, salvo en el cine o en las novelas, claro. Cuando veía alguna película de esas en que los
amantes van de éxtasis en éxtasis se reía, pues pensaba que era mentira, que la cosa no funcionaba así
y que los actores, el director, el guionista..., un montón de gente..., todos se estaban quedando con el
público, que, crédulo y ávido de buenas noticias, se lo tragaba porque deseaba que fuera así en
realidad, aunque a ellos jamás les hubiera sucedido. Eso pensaba hasta que conoció a Esteban y
comprobó en sus propias carnes que podía suceder, si uno encontraba a la persona adecuada.
Pero cuando estaba sola, cuando no estaba con Esteban, no sabía si él era la persona adecuada.
El ruidito del móvil la sacó de sus pensamientos. Era el tono de los mensajes. Leyó: «Llegaré
tarde. No me esperes levantada».
Sólo eran las siete de la tarde. Pensó que se moriría si se quedaba allí sola, hora tras hora,
dándole vueltas a la cabeza. Entonces recordó a Celia. ¿Cómo podía haberse olvidado de su hermana?
Ya debía de haber hablado con Antonio, pero no la había llamado. Bien, llamaría ella.
Cogió el móvil y marcó su número.
Hola, María.
Celia... ¿Qué tal va todo? No he podido llamarte antes. Lo siento, he estado todo el día en los
juzgados. Dime, ¿qué tal ayer con Antonio?
No tengo ganas de hablar de ello. Creo que con eso está dicho todo, ¿no te parece?
¿Estás en casa?
Sí.
Pues voy para allá, no tardo nada. Y colgó antes de que Celia pudiera poner alguna objeción.
Era insano estar todo el día dándole vueltas a su situación con Esteban. Insano y egoísta. Había
otras personas con problemas sobre la faz de la tierra y su hermana era una de ellas. Y la necesitaba.
Tú lo sabías y no me lo dijiste.
Fueron las primeras palabras de Celia al encontrarse cara a cara con su hermana. María entró y
cerró la puerta.
¿Qué?
Sí. Antonio me contó vuestra conversación, me dijo que tú sabías que no quiere salir conmigo.
Pero no me lo dijiste.
¿Cómo iba a decirte una cosa así, y además por teléfono? Eso era algo que tenía que decirte el
propio Antonio. Si te lo hubiera dicho te habrías enfadado, seguro. No lo niegues, porque sabes que
tengo razón.
Sí, la tienes. Me habría enfadado, pero al menos habría sabido a qué atenerme y no habría
quedado como una idiota delante de Antonio.
Las dos hermanas se abrazaron.
Vamos a sentarnos en el sofá.
Celia estaba muy decaída y María decidió olvidar sus problemas para centrarse en su hermana. Y
funcionó. Hablaron de muchas cosas, sobre todo de los hombres. Celia había decidido olvidar su
obsesión por Antonio. Era absurdo sufrir por alguien que ni siquiera pensaba en ti, era mucho mejor
hacer lo que ella había hecho hasta hacía poco: salir con muchos, disfrutar del sexo... Nada de
compromisos. María, a su vez, le repitió lo que ya le había dicho la última vez que se habían visto, que
su relación con Esteban era de ese estilo y Celia, a quien ya nada de su hermana la sorprendía, le dijo
que la envidiaba, que ésa era la relación ideal. María no estaba muy de acuerdo con ella, y estuvo a
punto de hablarle de Marga, de sus sospechas, pero decidió que era mejor no involucrar a su hermana
en esa historia. No era que desconfiara de ella, pero algo en su interior le decía que cualquier
confidencia que le hiciera podría ir a parar a oídos de Antonio, y ese pensamiento la contuvo.
Por cierto, ¿qué tal te fue con mi corsé? le preguntó Celia con una sugerente sonrisa.
Fue un desastre. No le gustó nada, incluso se enfadó.
¿Qué? ¿Por qué?
No sé, pero tuve que quitármelo.
Bueno... para eso está.
Había estado muy a gusto con su hermana, pensaba María de camino a casa en el taxi. Se
preguntaba si debería haberse sincerado con ella. Compartir las dudas con otra persona es beneficioso,
se dijo, porque cuando uno da vueltas y vueltas en la cabeza a un problema acaba pareciendo enorme;
pero si ese mismo problema lo cuentas, hablas de él en voz alta con alguien que te entiende, lo ves
desde otra perspectiva, te convences de que no es para tanto, de que has exagerado su importancia. Sí,
debería de haber hablado con Celia, y quizá lo hiciera, quizá la llamara más tarde para pedirle consejo.
Esteban aún no había llegado cuando entró al apartamento, y María encendió todas las luces. La
leve llovizna que había empezado a caer cuando iba en el taxi se había convertido en un auténtico
aguacero. Se acercó a los enormes ventanales. Las sombras de la noche y el ruido de la lluvia en los
cristales y en el suelo de la terraza le resultaban inquietantes. No es que tuviera miedo, pero pensó que
se encontraría mucho mejor si Esteban estuviera a su lado.
Eran las diez y media; esperaba que no tardase en llegar. «Haré la cena pensó. Así estaré
distraída.»
Primero fue a la habitación para quitarse la ropa y ponerse su cómodo pantalón corto y una
camiseta vieja, y luego se dirigió a la cocina.
Carmen era magnífica, la nevera estaba a rebosar. María decidió preparar una ensalada de
salmón. Durante un rato estuvo ocupada con la cena y cuando terminó lo echó todo en una ensaladera
que encontró en un armario. Guardó la ensalada en la nevera, puso la mesa y se sirvió una copa de
vino. Estaba más tranquila. Gracias a la conversación con su hermana se habían disipado algunos de
sus fantasmas. No todos, se dijo. Porque una vocecita impertinente en su interior le repetía una y otra
vez que no debía bajar la guardia.
Eran las once y media y Esteban aún no había llegado. María comenzaba a impacientarse. A
medida que pasaban los minutos aumentaba su nerviosismo. Cogió el móvil y escribió un mensaje.
«Si tardas mucho, empezaré sola».
Esperaba que esa amenaza lo hiciera regresar a casa cuanto antes.
Un pitido le anunció que había una respuesta y miró la pantallita, sonriente.
«Ve empezando sin mí, aún tardaré un rato. Besos».
María tiró el móvil contra el sofá, y por un momento estuvo a punto de vestirse y marcharse de
allí para siempre. ¿Cuántas veces lo había pensado? ¿Por qué no lo hacía de una vez por todas?
Se sentó en el sofá con la cabeza entre las manos. Cenaría y se acostaría, que le dieran.
Iba a levantarse cuando su mirada se posó en el ordenador. ¿Y si investigaba un poco? Se sentó y
abrió Google.
Tecleó el nombre de Lucas Salcedo y aparecieron un montón de opciones.
En una ponía «Salcedo y Roms Enterprises». María la pinchó. Leyó en voz alta: «Empresa
fundada en 1953 por René Salcedo y Henry Roms... Bla bla bla... En la actualidad su presidente es
Lucas Salcedo, nieto de uno de los fundadores, que ejerce todas las funciones en solitario, pues su
socio y dueño de la mitad de la empresa, Henry Roms, un hombre muy mayor, ha delegado en él,
etcétera, etcétera».
Nada importante. Sólo había una pequeña nota sobre la denuncia a Lucas Salcedo al final. Sí... Un
cliente lo había denunciado por estafa. Lo acusaba de haber desviado de su cuenta varios millones de
euros, aunque no estaba claro si lo había hecho amparado por la empresa, en cuyo caso habría más
implicados... Nada más.
«No parece que haya nada raro aquí, simplemente que ese caso le ha caído a Esteban por reparto.
¿Casualidad? No creo se dijo. No habría nada raro si no estuviera Marga de por medio, pero así...
Estoy segura de que la vuelta de Marga a la vida de Esteban tiene que ver con este caso. Lucas Salcedo
es su hermano y querrá aprovechar su antigua amistad con Esteban para beneficiarlo. Pero supongo que
él no puede hacer nada, salvo inhibirse, al fin y al cabo conoce a los acusados. Está jugando con
fuego».
La tormenta se había hecho más fuerte y ahora los relámpagos seguidos de los truenos
amenizaban su extraña velada. María sintió un escalofrío. Le daban miedo las tormentas desde muy
pequeña. Recordó que su padre, para animarla, le decía que si se echaban las cortinas nada malo podía
pasar. Así que se levantó y cerró las cortinas, más en recuerdo de su padre que porque pensara que así
estaba a salvo; luego volvió a su puesto ante el ordenador.
«Vaya tormenta», se dijo, mientras cerraba Google y volvía al escritorio. Al ver el fondo azul,
María pensó que Esteban debía de ser la única persona del mundo sin un salvapantallas con una
fotografía o un cuadro. Ella tenía una foto de sus hermanas. Iba a apagar el ordenador, pero, sin
pensarlo, en lugar de hacerlo abrió el Word y buscó entre las carpetas. Había muchas, la mayoría con
documentos de trabajo, antiguas notas, ensayos de libros jurídicos... Pero una llamó su atención. Ponía
«relato». María la abrió: «Escueto relato de los hechos».
Ése era el título. ¿Estaría Esteban escribiendo una novela? Se sintió como una espía barata. No
debía leer a escondidas un documento personal, eso no estaba bien... Pero la curiosidad pudo más que
su sentido de lo correcto.
Ésta es mi declaración. Pretendo relatar escuetamente, sin literatura, los hechos, porque quizá alguna vez necesite repetirlos
ante un juez. Y porque siento la necesidad de hacerlo para que tú lo leas.
Antes, debo contarte cómo fue mi infancia, el ambiente en que me eduqué, pues sin ese dato quizá no entiendas lo que pasó.
Mi abuelo siempre me decía: «Has tenido mucha suerte, chaval, nunca lo olvides. Eres un privilegiado y debes estar muy
agradecido a la vida por ello».
Sí, eso me decía y, a fuerza de oírlo tanto, llegué a creerlo. Y era la pura verdad. Yo había tenido mucha suerte en la vida.
Nací entre algodones. Mi madre era cariñosa y muy guapa, un poco veleta, pero todo el mundo tiene algún defecto, digo yo, y
el de mi madre no era para tanto, porque la hacía ser como era: la mujer más encantadora del mundo, la que más brillaba en las
fiestas de sociedad, la más guapa de las revistas del corazón. Cuando se ponía habladora me contaba anécdotas divertidas sobre
gente famosa, actores, empresarios, políticos... Estaba al tanto de muchos escándalos, y ella misma protagonizó alguno. Eso a mi
abuelo no le gustaba nada. Cuando sucedía, se enfadaba, y los dos peleaban y estaban varios días sin hablarse. Luego las aguas
volvían a su cauce. Mi madre le hacía unas carantoñas y él la perdonaba. Todo el mundo la perdonaba cuando hacía sus
carantoñas.
No era una novela. Más bien parecía su biografía, aunque se dirigía a una persona en concreto. ¿A
quién? ¿A ella? María notó que el corazón le latía muy deprisa en el pecho. Intuía que estaba a punto
de descubrir algo importante, y con un morboso sentimiento de anticipación, siguió leyendo:
No conocí a mi padre, pero ¿quién necesita un padre cuando tiene un abuelo como el mío? Era un genio de las finanzas, sus
empresas siempre obtenían beneficios y nosotros nadábamos en la abundancia. Éramos ricos, guapos, famosos y elegantes, ¿qué
más se puede pedir? Yo, además de todas estas ventajas, era muy listo. Un superdotado, decían, y también debía de ser verdad.
Sacaba los cursos de dos en dos. A los diez años ya hablaba, además del castellano, claro, alemán, inglés y francés, y acabé la
carrera de derecho con veinte. Y eso porque durante un curso me dediqué a recorrer Europa para adquirir experiencia por cuenta
del dinero de mi abuelo; si no habría acabado antes. ¿Entiendes ahora por qué decía mi abuelo que yo era un privilegiado?
Cuando cumplí los diez años mi madre se casó, pero yo seguí viviendo con mi abuelo, porque mi madre y mi padrastro
viajaban mucho y llevaban una vida demasiado movida para un niño. En fin, mi vida era buena, muy buena. Y cuando acabé la
carrera, a los veinte años, estaba convencido de que era el amo. Como decía un compañero de la facultad: el puto amo. Ése era
yo.
Un enorme trueno le hizo apartar la cabeza de la pantalla, y también la salvó, pues pudo oír otro
ruidito en el que no se habría fijado si sus sentidos no hubieran estado alerta. La llave en la cerradura.
Esteban entraba en casa. Rápidamente cerró el documento y, como no le daba tiempo a cerrar el
ordenador antes de que entrara Esteban, dio a «Juegos» para fingir que jugaba un solitario. Justo a
tiempo.
¿Qué haces?
Como me aburría, me he puesto a echar un solitario...
El corazón le latía con fuerza en el pecho, pero sabía que debía comportarse de forma natural o
Esteban sospecharía algo, así que se levantó y salió a su encuentro con una sonrisa. Se abrazaron.
¿Por qué llegas tan tarde?
La curiosidad mató al gato.
Esteban dejó la cartera en el suelo y la cogió en brazos. Agarrada a su cuello, con las piernas
alrededor de su cintura, María se sintió como una niña. Estaba segura de que, como siempre cuando
estaba con él, se disiparían sus dudas. Pero no fue así, y no pudo evitar preguntarse quién sería ese
hombre, cuál sería ese secreto de su pasado que había estado a punto de conocer. Hacía apenas unos
minutos deseaba que llegara, ahora habría preferido que no hubiera vuelto en toda la noche, o al
menos hasta que hubiera terminado de leer.
Esteban se dirigió con su carga al sofá y la dejó caer con mucha suavidad, luego se agachó y
comenzó a acariciarle el estómago, que asomaba entre la camiseta y los pantaloncitos.
Pareces una niña...
¿Por qué no hay ninguna foto en esta casa?
La pregunta le salió sola, sin pensarla, y ella misma fue la primera sorprendida por sus palabras.
¿Qué? Esteban la miró sin comprender. ¿Qué dices? ¿Fotos?
Sí. Ya sé que no es el momento oportuno para hacer esta pregunta, pero... Me ha salido así, lo
siento. Y es verdad, no tienes ni una fotografía. Todo el mundo tiene alguna fotografía en su casa...
No soy nostálgico. Odio a esas personas que lloran ante las fotos reviviendo un pasado que ya
no existe, por eso no tengo ninguna enmarcada, como suele ser costumbre. Lo reconozco: soy un bicho
raro. Pero sí tengo en una caja algunas fotos de cuando era pequeño, con mi madre y mi abuelo, y de
los viajes que hice con ellos... Te las enseñaré e incluso te permitiré que enmarques alguna, aunque
preferiría que pusieras fotos tuyas. Sí, trae todas las fotos que tengas... Me encantaría tenerte por toda
la casa, verte en cada habitación...
Acabarías aburriéndote de mí.
Eso jamás.
¡Otra vez igual! Cuando expresaba sus dudas en voz alta todo era natural, todo tenía una
explicación de lo más lógica y razonable y ella se sentía como una tonta paranoica... Había decidido
no hablarle de Marga. Pero ¿por qué no hacerlo? Seguro que también había una explicación lógica
para eso.
Esteban había vuelto a su tarea. Ahora sus manos habían abandonado el estómago y se encontraban
en los pechos, moldeándolos con suavidad.
Ya sé que no puedo hablar de ella, que es un tema tabú, pero esta mañana he visto a Marga
saliendo de tu juzgado.
Esteban abandonó su masaje y la miró. Esta vez con mucha tristeza y con... ¿miedo? Sí, María notó
cierto temor en su mirada.
Te dije que la olvidaras. ¿Es que no puedes dejarlo?
No cuando me la encuentro a cada paso que doy. María se irguió y se bajó la camiseta.
Estoy muerta de hambre, ¿cenamos? A este paso acabaremos desayunando ensalada de salmón.
Cogió su copa de vino, ya vacía, que estaba sobre la mesita del ordenador.
¿Quieres un vino?
Sí, por favor.
María llenó las dos copas y sacó la ensalada de la nevera.
Esteban se sentó ante su plato.
¡Vaya! Esto tiene una pinta excelente.
Durante unos minutos comieron y bebieron vino en silencio. Esteban miraba a María, que parecía
algo decepcionada aunque hacía grandes esfuerzos por evitar que se notase. En realidad, ella tenía
razón. Además, los medios ya estaban al acecho, porque Lucas era un empresario conocido y muy
pronto su caso saldría a la luz. No quería que viera un día en la tele o en Internet a Marga y se enterase
de que era la hermana de un importante acusado que él tenía que investigar. Debía decírselo, que se
enterase por él y que supiera sólo lo que él quisiera contarle. Aún no podía revelárselo todo, pero sí la
parte que ella no tardaría en conocer porque pronto se haría pública.
Está bien dijo al fin. Ya sabes que salí con Marga e incluso viví con ella hace años,
cuando yo era muy joven. Fíjate que lo dejamos el año en que cumplí veinte... Ya me dirás, era un
niño estúpido que no sabía lo que quería.
Me han dicho en el juzgado que es la hermana de Lucas Salcedo y que llevas una denuncia
sobre él.
Entonces ya lo sabes todo, ¿por qué me preguntas?
Porque quiero saber qué hacía la hermana de un acusado visitándote en tu despacho.
No sabía que iba a ir, se presentó sin avisar... Por eso la eché, le dije que se largara antes de
que tuviera tiempo de abrir la boca. Y se fue muy enfadada.
Supo que lo que le estaba diciendo era verdad, pues recordaba que Marga iba hecha una furia;
claro, debía de estar muy enfadada porque él la había echado del despacho con cajas destempladas.
Pero, Esteban, tienes que inhibirte. No puedes investigar a personas que conoces...
No soy familiar suyo, hace doce años que no los veo, por lo que no tengo ningún interés en
ellos... Ya te he dicho lo que querías saber, por favor, no insistas más.
Pero...
No puedo hablar más de esto. Dejémoslo así.
María no estaba muy convencida, pero sí más tranquila. Por lo menos ahora estaba segura de que
ya no existía ninguna relación personal entre Esteban y Marga, y eso era un alivio.
Recogieron la mesa y metieron los platos en el lavavajillas.
Voy a darme una ducha y a acostarme. Estoy muerto.
María entendió la frase. Significaba: «Hoy te quedas sin sexo, muñeca». De acuerdo. Ella también
estaba cansada.
Yo también tengo sueño. Me voy a la cama.
Se acostó. Le daba vueltas en su cabeza a los acontecimientos del día, que habían sido muchos y
variados. Su fallido intento de sonsacar a Carmen, encontrarse a Marga en el juzgado, la conversación
con su hermana, la explicación que le había dado Esteban sobre el asunto de Marga que, aunque no
era muy satisfactoria, al menos era aceptable y ese documento que había descubierto en su
ordenador, esa especie de biografía que él llamaba... ¿cómo? ¿Declaración? No estaba bien que leyera
un escrito íntimo de él sin su conocimiento. Pero le daba igual, pensaba leerlo. Era la única manera de
descubrir el secreto que Esteban le ocultaba.
Estaba aún despierta cuando él entró en el dormitorio, pero cerró los ojos y se hizo la dormida.
No quería que pensara que lo esperaba, aunque fuera cierto. Sintió hundirse el colchón bajo su peso y
luego sus manos por debajo del pantaloncito, acariciándole el trasero. Si seguía así, iba a resultarle
muy difícil continuar haciéndose la dormida. Se removió y él habló en su oído. Su aliento cálido le
acarició la oreja y la sensación la excitó más que las caricias.
¿Estás dormida?
Ya no. Se dio la vuelta y se abrazó a él.
Esteban tiró de los pantaloncitos y se los quitó.
Fuera barreras. ¿Estás cansada?
No tanto, aún aguantaría uno rápido. Sonrió, soltando la frase que ya se había convertido en
su broma habitual.
María comenzó a acariciarle la espalda, mientras él le acariciaba la nuca y el cuello, sin dejar de
besarla, de juguetear con la lengua en su boca. Era maravilloso sentirlo así, dulce y suavemente, tan
relajados. Esteban le dio la vuelta y se puso sobre ella, besándole el cuello, la clavícula, el pecho. María
alzó los brazos y él le quitó la camiseta, que apartó a un lado mientras su boca jugueteaba con los
pezones y su dedo buscaba y encontraba el clítoris. María se removió inquieta. Deseaba más, alzó las
caderas en una clara invitación. Esteban aún jugueteó un poco más con ella removiendo el dedo en su
interior, y cuando María volvió a agitarse, alzando las caderas impaciente, la penetró de una
embestida, regodeándose con el sonido de sus gemidos, tan excitantes. Ella le rodeó la cintura con las
piernas para facilitarle el acceso, para que la poseyera por completo, y Esteban aumentó el ritmo de sus
movimientos mientras ambos se contorsionaban en una danza frenética hasta que el orgasmo los hizo
gritar.
Permanecieron abrazados, dando tiempo a sus respiraciones para que se tranquilizaran y
volvieran a ser normales.
Sin dejar de abrazarla, Esteban se dio la vuelta y ambos quedaron de lado. María se recostó en su
pecho y se quedó dormida. Pero Esteban permaneció aún mucho tiempo despierto, con ella dormida en
sus brazos. Nadie se había entregado tanto a él como María, nadie le había dado tanto.
Y él, a cambio, no podía ofrecerle nada.
CAPÍTULO 15
María no pensaba más que en salir del trabajo temprano para llegar a casa cuanto antes y acabar de
leer el relato que había descubierto la noche anterior, pues intuía que allí iba a encontrar respuesta a
muchas de sus preguntas, si no a todas. No pararía hasta descubrir lo que le ocultaba, fuera como
fuese, quisiera Esteban o no. Estaba decidida: como él no soltaba prenda, lo averiguaría por su cuenta.
Ya ni siquiera le importaba que se enfadase o que la descubriera espiando en su ordenador; lo único
que deseaba era conocer los motivos de su comportamiento. Sabía que era un hombre alegre, listo,
cariñoso y bueno; así era como se le había revelado la mayor parte de las veces. Ese aspecto suyo tan
negro, tan inquietante, que afloraba en ocasiones, sobre todo cuando le preguntaba por Marga, no era
natural en él. Y María se impuso la tarea de descubrir la causa.
Con todas esas preocupaciones dando vueltas en su cabeza no podía centrarse mucho en el
trabajo. Ni siquiera se dio cuenta de la forma en que la miraba don Tomás esa mañana en la reunión ni
del tono de su voz cuando se dirigía a ella, pues apenas escuchaba lo que allí se decía y menos aún se
fijaba en los presentes. Por eso le resultó extraño que a media mañana la llamara a su despacho.
María entró después de dar unos tímidos toques en la puerta. No estaba preocupada; suponía que
quería comentarle algún asunto de trabajo. Don Tomás estaba sentado ante su escritorio. Leía el
periódico, que apartó a un lado cuando la vio.
Ah, pasa, querida, siéntate.
María obedeció y esperó a que él comenzara a hablar.
Mañana hará dos semanas que trabajas para nosotros. ¿Cómo lo llevas? Sé que los primeros
días en un trabajo son duros, sobre todo si, además, es tu primer empleo, como es tu caso.
El tono de su voz la puso en guardia, pues desmentía la aparente amabilidad de sus palabras.
Sí, es mi primer empleo. Aunque ya he trabajado, durante las prácticas...
Sí, las hiciste en un buen bufete. Lo que quiero saber es si te llevas bien con tus compañeros, si
te gusta el trabajo... Aquí su tono cambió, como diciendo: ahora voy al grano. Sé que te has
quejado en alguna ocasión de que te dábamos pocas responsabilidades, cosa que me parece un
despropósito...
Antonio, se dijo María. Sólo él podía haberle contado eso a don Tomás. Se puso roja, tanto de
vergüenza como de indignación por la deslealtad del que aún consideraba su amigo.
Entiende proseguía su jefe que, al ser nueva tanto en este puesto como en la profesión, no
podemos hacer otra cosa. La idea era que tus responsabilidades aumentaran paulatinamente. Siempre,
claro, que demostraras merecerlo. Y por eso te he llamado: no me da la impresión de que te lo
merezcas; no te centras en el trabajo. Disculpa que te lo diga de forma tan brusca, pero así es. En esta
casa exigimos a nuestros empleados plena dedicación, y tú actúas a medio gas. Te vas a la hora exacta,
cumples con tus deberes sin más, sin poner el entusiasmo y la entrega que son naturales en alguien que
empieza y quiere labrarse un camino en nuestra profesión.
Si me quedara fuera de horario, fingiendo trabajar aunque no hiciera nada, usted estaría
satisfecho. ¿No es cierto? No midió la implicación de sus palabras, pero don Tomás la pilló al
vuelo.
¿Quieres decir que eso es lo que hacen tus compañeros? Un detalle muy feo por tu parte, María.
Muy feo. Defenderse atacando a los demás puede que sea una buena táctica en otras circunstancias; en
este caso no. Había oído hablar muy bien de ti, pero debo decir que me has decepcionado. Los
informes de Juan no son muy halagüeños.
¡Acabáramos! Juan Ozores había intensificado su campaña contra ella y había conseguido
convencer a don Tomás.
Siento haber dicho eso, porque usted lo ha malinterpretado. Ignoró la referencia a Juan.
Lo que quería decir es que, a pesar de salir a mi hora, cumplo con mi trabajo. Los casos que llevo
avanzan dentro de los plazos y no he tenido ninguna distracción, todo lo que he hecho ha sido correcto.
No entiendo por qué me dice que no cumplo, sí que he cumplido.
No estoy de acuerdo. Me han llegado informes de ti, María, que... Bueno, siento mucho decirte
esto, en realidad pensaba esperar a que se cumpliera tu período de prueba. Pero ahora, al ver tu actitud,
creo que debemos terminar con esto cuanto antes. No vamos a renovarte el contrato de prueba, así que
te recomiendo que vayas buscándote otra cosa porque...
¡La estaba echando! Dado el poco tiempo que llevaba en el bufete, no podía ser porque no le
gustara su trabajo, eso era absurdo. Se puso furiosa. La antigua María habría acatado la decisión de
don Tomás, pero la nueva no se resignaba. Era una injusticia.
No hace falta que espere usted quince días para dejar de verme. Me marcho ahora mismo.
María se levantó y salió dejando a don Tomás con la boca abierta.
Una compungida Rosa la ayudó a recoger los pocos objetos personales que tenía en su mesa.
Después se sentaron en la cocina, a tomar su último café juntas en aquel lugar.
Lo siento mucho, María, me encantaba tenerte. ¿Qué vas a hacer ahora? Perdona que te haga
esta pregunta tan personal, pero... ¿Andas bien de dinero? Si necesitas algo, yo...
Gracias la interrumpió María, conmovida. No tengo problemas económicos. Cuento con la
pensión de Daniel y con algunas inversiones que hizo y que me reportan beneficios anuales. Pero me
gusta mi profesión y quiero ejercerla. No sé, quizá prepare oposiciones a la fiscalía...
Lo que no entiendo es por qué te han despedido tan pronto... Es absurdo dijo Rosa, que ya no
escuchaba a María. Le encantaban los chismes de oficina y ése era jugoso. A no ser...
Sí la interrumpió María. Está claro que Juan ha conseguido lo que quería: que yo me
marchara; desde el primer día ha estado decidido a echarme.
No, no es eso lo que estaba pensando. Juan no tiene tanta influencia sobre don Tomás, ha sido
otra persona.
Ha sido Juan insistía María. Nunca le gusté, está convencido de que yo quería quitarle el
puesto.
No creo que haya sido Juan. Quiero decir... Rosa puso una mano sobre el brazo de María y
acercó la cabeza a la de su amiga, bajando el tono de la voz. Don Tomás conoce bien a Juan; sabe
que recela de todos los nuevos y, como te he dicho, no tiene tanta influencia como para hacer que
despidan a alguien. No. Meneó la cabeza. Ha sido Antonio, estoy segura.
¿Qué dices? Precisamente lo primero que voy a hacer es llamarlo para decírselo...
Creo que ya lo sabe. Vino ayer por la tarde, después de que tú te fueras. En realidad justo
después, como si hubiera estado esperando a que salieras para entrar, y se metió en el despacho de don
Tomás. Cuando me fui aún seguían. Lo que no entiendo es por qué lo ha hecho, tú le gustas...
¡Tienes razón! María lo comprendió todo de repente. Le gusto, me propuso que saliéramos
juntos y yo le di calabazas. Sonrió. Ésta es su forma de vengarse. Nunca lo habría pensado. ¡Vaya
desilusión! Crees conocer a alguien y luego...
María guardó silencio. No quería hablar de más delante de Rosa y prefería reservarse su opinión.
Si sus sospechas se confirmaban, si Antonio había sido el artífice de su despido, cosa que le parecía
muy probable, iba a decirle cuatro palabritas. Pero más adelante, cuando estuviera más tranquila.
Charlaron durante un rato y prometieron llamarse y verse alguna vez, aunque ambas sabían que
sólo se llamarían en Navidad y en algunas fechas señaladas y que, por supuesto, lo más probable era
que no volvieran a verse. María sintió algo de pena. Le gustaba Rosa, había sido una buena compañera,
y el detalle de ofrecerle dinero era conmovedor. Se abrazaron con cariño y María salió del bufete,
probablemente para no volver a entrar jamás en él.
Mientras se dirigía a su coche, le puso un SMS a Esteban, pues deseaba contarle las novedades y
no se atrevía a llamarlo, por si estaba en un juicio o en algún acto importante. Tecleó: «Me han
despedido. Esta noche te lo cuento. Besos».
Cuando llegó a la casa de Esteban, María estaba conmocionada. Después de sopesar muy
seriamente los pros y los contras de llamar a Antonio se había reafirmado en su primera opinión;
mejor no hacerlo. ¿Qué iba a lograr con ello? Estaba segura de que la habían despedido por él y,
aunque sabía que algún día tendría que pedirle explicaciones, no le parecía que ése fuera el momento;
no tenía ningunas ganas de oír su voz, y mucho menos de verlo. Dejaría pasar unos días y luego ya
vería.
Aún no había podido decírselo a Esteban, pues no había recibido respuesta a su SMS, lo cual
significaba que él no lo había leído, y tampoco a las llamadas que le había hecho, pues tenía el
teléfono desconectado. Bien, tendría que esperar a que llegara a casa para contárselo, y casi lo
prefería, porque no era una noticia como para darla por teléfono y ahora pensaba que se había
precipitado al mandarle el mensaje.
Con tantas emociones, se había olvidado del relato. Al menos tenía tiempo para leer, dado que
Esteban aún tardaría muchas horas en llegar.
Soltó sobre el sofá su cartera con el ordenador y varios papeles, y una bolsa en la que llevaba las
pocas pertenencias que tenía en su despacho, y corrió a conectar el ordenador. Ya sabía dónde buscar,
así que fue directamente al archivo y comenzó a leer donde se había quedado:
Y en unos días todo ese mundo se vino abajo. Cuando caes siempre te haces daño, y si caes desde lo más alto, como me
sucedió a mí, el golpe puede ser mortal. Sé que no es una frase muy original, pero sí muy descriptiva, porque fue eso
precisamente lo que me sucedió.
Mi abuelo tenía un amigo, René Salcedo, que era socio de algunos de sus negocios menores. Quizá por eso, porque no había
muchos intereses económicos entre ellos, se llevaban bien y se guardaban cierta lealtad. René Salcedo era muy conocido en el
mundo de las finanzas. Su empresa, Salcedo y Roms Enterprises, que su socio y él habían levantado de la nada, daba muy
buenos dividendos y era una de las más importantes del sector de las finanzas en España. El socio de Salcedo era Henry Roms,
cuya nacionalidad nadie conocía, aunque todos sospechábamos que era húngaro.
Estos tres hombres son, en cierto modo, los responsables de la situación en que me encuentro.
Como ya te he dicho, a los veinte años yo era el amo. Mis mejores amigos, Marga y Lucas Salcedo, nietos de René Salcedo,
así lo creían, y me animaban para que yo también lo creyera. No les costaba mucho trabajo, dada mi disposición natural a pensar
siempre lo mejor de mí mismo. Marga era algo mayor que yo, tenía veintiocho años, pero parecía una niña. Era preciosa, y yo le
gustaba mucho, por lo que no es de extrañar que tuviera mis escarceos con ella. Yo vivía en una casa que me había regalado mi
abuelo al cumplir dieciocho años, la misma en la que vivo aún hoy. En la época de que hablo, a mis veinte años, cuando acabé
derecho, ella pasaba en mi casa mucho tiempo; puede decirse que vivíamos juntos. Nuestros abuelos veían esa relación con muy
buenos ojos, porque pensaban que acabaríamos casándonos. Yo no los desengañaba, aunque sabía que eso no iba a pasar
nunca, pues Marga, a pesar de su belleza, no era mi tipo; era fabulosa como amante y me gustaba mucho, pero sabía que lo
nuestro no iba a durar. Porque de quien yo estaba realmente enamorado era de Ana Rosa, la nieta de Henry Roms.
¿Ana Rosa? ¿Quién era esa Ana Rosa? Nunca había oído hablar de ella. ¿Andaría también por ahí,
comiendo con él en restaurantes íntimos y llamándolo por teléfono?
María sintió ganas de coger el ordenador y tirarlo al suelo; para evitar la tentación, se levantó y
comenzó a pasear por el salón. Sentía una gran inquietud que no lograba identificar. ¡Estaba celosa!
¡Muy celosa! ¿Hasta qué punto la tenía dominada ese hombre? ¿Por qué estaba tan enganchada? ¿Por
qué no podía dejarlo, a pesar de que cada cosa que descubría sobre él era peor que la anterior?
De pronto, corrió al sofá, donde había dejado caer su cartera, y empezó a buscar frenéticamente
en su interior. Estaba tan alterada que era incapaz de encontrar lo que buscaba, por lo que acabó
volcando el contenido de la cartera sobre el sofá. Entre los objetos había un pendrive. ¿Cómo no se le
había ocurrido antes? Copiaría el archivo y lo leería en su ordenador. Así Esteban no sospecharía nada.
Lo copió y cerró el ordenador de Esteban.
Iba a coger el suyo para volcar el archivo y continuar leyendo, cuando oyó la puerta. Esteban había
regresado, y sólo eran las tres de la tarde.
Dejó su ordenador sobre la mesita y empezó a guardar las cosas en su cartera. En ésas estaba
cuando Esteban entró en el salón y ella abandonó lo que estaba haciendo para correr a abrazarlo.
Y desaparecieron todas sus dudas. Era increíble: en su ausencia todo eran sospechas y preguntas,
pero cuando estaba a su lado las dudas y las sospechas desaparecían y todo volvía a ser normal.
¿Por qué has vuelto tan pronto?
¿Por qué te han despedido?
Los dos hablaron a la vez y rieron.
He venido tan pronto para estar contigo dijo Esteban. Dime, ¿ha pasado algo? ¿Por qué te
han despedido, si no llevas ni dos semanas en tu puesto?
María dudó si contarle sus sospechas sobre Antonio. Al fin decidió hacerlo. No quería tener
secretos, al menos si no era estrictamente necesario, se dijo al pensar en el relato que estaba leyendo a
sus espaldas.
Yo creo que ha sido Antonio... Ha debido de hablar con don Tomás... Quizá sea su manera de
vengarse porque le di calabazas.
¡Menudo cabronazo! ¿Estás segura?
Prácticamente. En fin, da igual. Después de todo, fue él quien me consiguió el trabajo, así que
ya no le debo ningún favor. Puedo pasar de Antonio y pienso hacerlo. Pero dime, y tú, ¿cómo has
podido salir hoy tan pronto?
Verás, yo...
¿Qué?
Nada, nada. He cancelado algunos compromisos porque estaba preocupado por ti y no quería
que estuvieras sola esta tarde.
Era muy tierno, y muy considerado, y habría sido maravilloso de ser verdad. Pero María no se lo
creía: intuía que algo había pasado. Algo que, para variar, él no quería contarle.
No te creo. Dime la verdad: Marga sigue fastidiándote, no me engañes, por favor...
Te lo he dicho mil veces: aunque no te cuente toda la verdad, eso no significa que te esté
engañando. Ya sabes que sí, que hay algo que no te cuento porque no quiero que lo sepas.
Te gusta hacerte el hombre misterioso, ¿verdad? Pues, para que te enteres, no te va. Se soltó
de sus brazos. ¿No tienes confianza en mí? Con todo este misterio, lo único que consigues es que
piense lo peor, y no quiero hacerlo... Mira, no es un interés morboso lo que me mueve. Honradamente
pienso que puedo ayudarte; me da la impresión de que llevas tú solo una enorme carga, y creo que, si
la compartes conmigo, será más ligera. Quizá yo pueda ver algo que tú no hayas visto. No sé, tú eres
parte interesada en lo que sea que te pasa y estoy segura de que una mirada nueva podría ayudarte... Si
me dijeras lo que te preocupa...
María la interrumpió. Calla, por favor. Sabes que estoy loco por ti y que me encanta vivir
contigo, pero también conoces los términos de nuestra relación desde el principio. Fui muy claro, y tú
estuviste de acuerdo, me diste tu palabra, me prometiste que no ibas a insistir. ¡Pero, maldita sea,
sigues insistiendo!
Sí, había estado de acuerdo y le había dado su palabra. Pero no pensaba cumplirla, porque tenía
un as en la manga. Aunque no quisiera contárselo, se iba a enterar muy pronto, en cuanto pudiera estar
a solas y acabara de leer el relato. Decidió no insistir y seguir con su plan.
¿Tienes que salir luego?
Por primera vez desde que lo conocía deseaba que se fuera.
No, hoy tengo todo el día para ti... Le dio un beso cálido, seductor. Pero, también por
primera vez desde que lo conocía, su beso no surtió efecto, porque un nombre, enorme, como
iluminado con bombillas de colores, bailaba en su mente: Ana Rosa. ¿Quién sería? A Marga podía ponerle
cara. Ya sabía, además, que no era un peligro para ella, pues había leído que para Esteban sólo era una
mujer con la que se había acostado en una época y que ya ni siquiera le gustaba.
Pero, Ana Rosa... ¡De ella estaba enamorado!
De camino hacia aquí he estado pensando...
Mientras hablaba contra su boca, la empujó hacia el sillón. María se apartó de él para quitar su
cartera, que dejó caer al suelo sin ningún miramiento, y ambos se sentaron.
Y se me ha ocurrido que, como te has quedado en paro, puedo pedir una excedencia y... ¿Qué te
parecería si hiciéramos un viaje? ¿Te molaría pasar unos meses recorriendo Europa? Podemos ir
primero a París, y luego desde allí a otro sitio, y después a otro... Nos merecemos un homenaje, ¿qué
te parece?
¿Una excedencia? ¿Pero de qué estaba hablando?
Yo no tengo tanto dinero como para pasarme varios meses viajando por Europa.
Pero yo sí. Invita la casa.
Esteban parecía realmente ilusionado, como un niño con zapatos nuevos, pensó María con ternura.
Y desde luego era una propuesta muy tentadora; sería maravilloso viajar con él, sin preocupaciones,
sólo los dos.
Me encantaría. Pero ¿no crees que sería huir? No sé cuáles son tus problemas, tú te has
ocupado muy bien de que no lo sepa, pero me da la impresión de que quieres huir de ellos.
Exacto, lo has pillado. María lo miró extrañada. Eso es lo que quiero hacer, no me importa
decirlo... Por cierto, tengo una sorpresa para ti.
¿Una sorpresa? ¿Para mí?
María sonreía. Era increíble, pero ya había olvidado a Ana Rosa, sus celos, los problemas... Él parecía
contento, ¿por qué no estar contenta también? Además, no podía estar mucho tiempo enfadada con
Esteban. En realidad no podía enfadarse con él. Así de simple.
Sí. De camino a casa, no sólo he pensado en nuestro viaje. Ven.
Se levantó y le tendió la mano. María lo siguió.
Vamos a la habitación.
La condujo de la mano hasta el cuarto y la situó frente al espejo de cuerpo entero que colgaba de
la pared, junto al armario.
Mírate.
María llevaba aún la ropa que se había puesto para ir a trabajar: un traje con la falda muy estrecha
y la chaqueta corta, sin cuello. Le gustaba ese traje y pensaba que le quedaba muy bien. Era sexi y a la
vez formal: una combinación que le encantaba y creía que a Esteban también le gustaba.
¿No te gusta?
Me encanta, pero me gustas más sin ropa. Desnúdate... No, espera un momento.
Aún estaban puestas las velas que María colocara el día de su fracasada seducción a base de un
corsé de cuero, y Esteban las encendió una a una. Luego bajó la persiana y echó las cortinas, para que la
luz del exterior no entrara en la habitación. Hecho esto, volvió a situarse detrás de María, frente al
espejo.
Ahora sí, desnúdate.
Empezó a quitarse la ropa, sin dejar de mirarse al espejo. Detrás de ella, Esteban la miraba con
interés, sin toAna Rosa, y María comenzó a animarse, pues iba sintiéndose más sexi con cada prenda de la
que se deshacía. Y es que era excitante, se dijo, mientras lanzaba la chaqueta al aire dándole unas
vueltas sobre su cabeza para que cayera justamente sobre la cama. El mismo camino siguieron la blusa
y el sujetador de encaje, pues desde que salía con Esteban se había vuelto muy exigente con su ropa
interior. María movía las prendas sobre su cabeza y las lanzaba al aire con una sonrisa, meneando las
caderas, sin dejar de mirarse al espejo, excitándose con su sola visión y, sobre todo, con la seguridad
de estar excitándolo a él, que seguía sin toAna Rosa. Cuando se quitó la falda, pudo adivinar el brillo en los
ojos de Esteban. Ese día se había puesto un liguero y medias de seda, y cuando iba a quitárselo él la
tocó por primera vez para detener su mano.
No. No te lo quites. Quítate sólo las braguitas, y quédate con el liguero y los tacones.
María obedeció.
¡Qué preciosidad! dijo Esteban, llevando las manos a su cabeza y alborotándole el pelo. Así
está mejor...
Dirigió su mano al vientre, que asomaba por entre la faldita del liguero, y le tocó el sexo depilado
con la yema de los dedos, lo que hizo que María se estremeciera. Ya se notaba húmeda y excitada, y él
ni siquiera se había quitado la ropa y apenas la había tocado. Luego apartó la mano y dio media vuelta.
Ahora el regalo. Cierra los ojos.
María volvió a obedecer y al cabo de unos segundos notó algo frío en su cuello.
Puedes abrirlos.
Lo que vio la dejó boquiabierta. En su cuello descansaba una gargantilla en la que relucían un
montón de piedrecitas.
¡Qué maravilla! ¿No ves el aspecto que tienes? Con liguero, medias de seda, tacones y una
gargantilla de diamantes en tu precioso y largo cuello...
¡De diamantes!
Esteban... dijo con voz temblorosa. No puedo aceptar esto, debe de haber costado una
fortuna... ¿Son auténticos? añadió, con la esperanza de que le dijera que eran falsos.
Naturalmente, lo mejor para mi favorita... Mientras hablaba le acariciaba el pecho,
apretando los pezones de una manera que a María empezaba a volverla loca. Pero no podía dejarse
llevar, tenía que aclarar algo con Esteban. Ella no era una putilla, no podía hacer de ella lo que
quisiera... Pero era tan dulce su contacto, tan excitante el dedo apretando su pezón, tan cálido su
aliento en su oreja...
María apeló a su propia dignidad. No podía dejarse llevar de esa forma.
No puedo aceptarlos insistió. Me parece terrible que te hayas gastado ese dineral; es una
auténtica locura.
No me he gastado nada. Era de mi madre. Tengo sus joyas en una caja de seguridad, en el
banco, y antes de venir a casa me he pasado por allí para recoger la gargantilla. Quiero regalártela. De
repente me entraron unas ganas terribles de verte desnuda, vestida sólo con la gargantilla; pero ese
liguero me está matando... De todos modos, tendrás que quitártelo.
¡De su madre! ¡Y quería regalársela! Eso era un buen augurio y María se sintió en las nubes,
sobre todo porque en ese momento Esteban metía el dedo hasta lo más profundo de su sexo, haciéndola
gritar.
Oh, por favor... sigue...
Vio sus imágenes en el espejo. Él, vestido; se había quitado la chaqueta y, con la camisa blanca,
la corbata negra, tan delgado, le parecía el hombre más guapo y más sexi del mundo. Detrás de ella, la
acariciaba como nadie lo había hecho, proporcionándole más placer del que jamás le habían
provocado. Ella, desnuda, con una gargantilla de brillantes en su cuello, indolente, apoyando la cabeza
en el pecho de Esteban mientras él recorría su cuerpo.
Era excitante estar así, pero necesitaba tocarlo o se iba a volver loca.
Se removió entre sus brazos y se dio la vuelta para mirarlo de frente.
Estoy en desventaja, yo desnuda y tú vestido. Eso no vale, desnúdate tú también.
Tendrás que desnudarme tú.
Comenzó a acariciarle el trasero mientras succionaba su pezón, dándole lametones. María lo
empujó con suavidad y fueron hasta la cama, donde se dejaron caer sobre el amasijo que formaba su
ropa, que ella había tirado descuidadamente en su improvisado striptease. María la apartó y la ropa
acabó en el suelo.
Lo haré.
Él quedó bajo ella, y María, de rodillas en la cama, sujetando entre sus muslos el cuerpo de
Esteban. Comenzó a desnudarlo.
Primero la camisa. ¡Malditos botones! ¡Cuántos había! Luego los pantalones, que María le bajó
por las piernas, regodeándose en la visión de la protuberancia que estiraba la tela de los calzoncillos,
que fueron los últimos en caer. Cuando estuvo desnudo, María comenzó a acariciarlo.
Te falta algo.
Esteban reía.
¿Qué me falta?
Los calcetines, no querrás que te haga el amor con calcetines...
No, señor, fuera calcetines.
Se deslizó por la cama hasta quedar de rodillas en el suelo, con los pies de Esteban frente a sus
ojos. Le quitó los calcetines y comenzó a acariciarle los dedos, uno a uno. Luego subió la mano por
sus piernas.
Ven aquí dijo él, con los brazos extendidos y María subió nuevamente a la cama. Así.
La tendió en la cama y se dio la vuelta. Ahora era Esteban quien estaba sobre ella. Y como tú me has
quitado los calcetines, yo te quitaré las medias.
El roce de la seda y de las manos de Esteban sobre sus piernas era como un afrodisíaco; no, mejor
aún. María se retorcía de placer, cerró los ojos y suspiró con deleite cuando sintió la boca de Esteban
entre sus piernas: le estaba haciendo el amor con la lengua y ella alzó las caderas para que pudiera
llegar mejor a todos los rincones. Pero cuando estaba a punto de llegar al orgasmo, gimiendo y
moviendo a los lados la cabeza con frenesí, él se retiró...
¡No! gritó, frustrada. ¿Qué haces?
Esto...
Entonces la penetró y María gritó y se pegó a él todo lo que pudo; ambos se movieron con un
ritmo frenético hasta que llegó el clímax. María se estremeció y jadeó en las convulsiones del
orgasmo, y continuó sintiendo placer mucho rato después de que todo hubiera terminado, mientras
seguían abrazados.
CAPÍTULO 16
Eran casi las siete de la tarde cuando María se levantó, relajada y satisfecha, pensando en Esteban.
Nunca lo había visto tan feliz... y tan guapo, pues las líneas de preocupación que surcaban su rostro
habían desaparecido y sus ojos brillaban como el día que lo conoció. ¿A qué se debería esa
transformación? ¿Le pasaría a él lo mismo que a ella? ¿También se olvidaba de todos sus problemas
cuando estaba a su lado?
Entonces se dio cuenta de que él no estaba a su lado y lo llamó mientras se levantaba de la cama.
Se puso la bata y salió al pasillo, llamándolo sin obtener contestación. Alarmada, recorrió la casa,
incluso miró en esa especie de habitación de invitados que nunca se abría. Nada. Esteban no estaba.
Notaba los labios resecos y se dirigió a la cocina para tomar un vaso de agua, preguntándose qué
habría pasado para que él se marchara sin decirle nada. Entonces vio la nota. Estaba sobre la encimera
y era muy escueta. Decía: «No he querido despertarte. Vuelvo en un minuto. Besos».
Nada más. ¿Dónde habría ido? María se pasó las manos por la cabeza... Eso era demasiado. Si su
relación sólo podía funcionar cuando hacían el amor, no era una relación sana. Quería ser para él algo
más que «el reposo del guerrero», un cuerpo que Esteban usaba para satisfacer sus necesidades.
Entonces notó algo frío en el cuello. Todavía llevaba la gargantilla. Se la quitó. Se quedó unos
instantes parada con la gargantilla en la mano sin saber dónde guardarla, pues era un objeto muy
valioso y no podía dejarlo tirado por cualquier parte, así que fue a la habitación y abrió el cajón de la
mesilla para guardarla allí. Fue entonces cuando vio la caja de preservativos y recordó que las dos
últimas veces que habían hecho el amor no los habían usado.
Se sentó en la cama, anonadada por su estupidez. ¿Cómo se le había pasado algo tan importante?
No era probable que se quedara embarazada, pues en los años en que estuvo casada con Daniel no
usaron ningún tipo de anticonceptivos y no tuvieron hijos. Aun así, era un descuido estúpido, propio
de una adolescente y no de una mujer hecha y derecha como ella. Al día siguiente iría al ginecólogo,
porque si seguía con Esteban tendría que usar algún tipo de anticonceptivo, pues quedaba demostrado
que no podía fiarse de que recordaran usar el preservativo.
Se puso sus vaqueros viejos, un jersey negro y las deportivas, y fue al baño. Después de lavarse
los dientes y recogerse el pelo en una cola de caballo, salió al salón. Él no había llegado aún. Mejor,
así tendría tiempo para seguir leyendo.
Se preparó un té y se sentó en el sofá con el ordenador sobre las rodillas. Tras volcar el
documento que había copiado en el pendrive, se dispuso a empezar. Su único pensamiento era acabar
con esa condenada historia. Entonces, cuando las letras aparecieron ante sus ojos, oyó que la puerta de
la calle se abría y luego se cerraba de un golpe. Esteban había regresado y no tardó en entrar en el salón,
con los brazos llenos de paquetes. Parecía de muy buen humor.
¿Dónde has estado?
María intentó sonreír. Se había puesto muy nerviosa por la interrupción y no quería que él lo
notara, así que respiró varias veces para tranquilizarse y cerró el ordenador antes de que él llegara a su
lado. ¿Por qué tenía que interrumpirla a cada momento? Así no iba a acabar nunca.
Esteban dejó los paquetes sobre la encimera y fue hacia ella. Se sentó en el sofá a su lado y la
abrazó.
He ido de compras. He traído cosas muy ricas para que nos hagamos esta noche una cena
especial. Le dio un beso en la oreja y luego comenzó a chuparle el lóbulo, ahí donde sabía que a
María más le gustaba. Pero si prefieres salir, salimos. Tú mandas.
María se relajó y suspiró complacida. Se moría por seguir leyendo, pero también le daba miedo
descubrir algo que hubiera debido dejar reposar para siempre en el olvido, y agradeció la tregua que le
ofrecía la nueva interrupción. De todos modos, ahora no podía continuar con su tarea, así que decidió
hacer de la necesidad virtud: cuando estaba con Esteban sus dudas se disipaban. ¿Por qué no disfrutar
entonces? ¿Por qué no estar con él, cuanto más tiempo mejor? Pero prefería salir de aquella casa, allí
no podría dejar de mirar hacia el ordenador y eso le chafaría la diversión. Sí, mejor salir.
¿Lo que has comprado se echará a perder o podemos guardarlo en el frigorífico y dejarlo para
mañana?
Podemos guardarlo. Además, la mayor parte son latas, no hay problema.
Entonces preferiría salir. Me apetece ponerme un vestido que me compré poco antes de venir a
tu casa y que aún no he estrenado. Lo traje por si salíamos y... estoy muy guapa con él, ya lo verás.
¿Salimos? Le hizo un pucherito y Esteban alzó las manos indicando su completa rendición.
Ya he dicho que mandas tú. ¿Adónde quieres que vayamos?
Elige tú un sitio. Que sea un lugar muy íntimo, donde se coma muy bien, porque tengo un
hambre de lobo. Mientras llamas para reservar, prepararé unas copas. ¿Qué tomas?
Ponme una cerveza.
A sus órdenes.
Y tú ten cuidado con lo que te sirves..., que te pones muy sexi cuando bebes y luego tienes que
ducharte.
María se ruborizó al recordar su primer encuentro.
Soy una patosa, mira.
Hizo como que tropezaba y fue a caer sobre Esteban que, sonriente, ya la estaba esperando con los
brazos abiertos.
Rieron y se besaron. María estaba contenta porque lo veía algo más relajado, aunque la intrigaba
la causa de esta transformación.
Venga, ve a vestirte mientras llamo para hacer la reserva. Le dio una palmadita en el trasero
y María se dirigió a la habitación, canturreando.
Iba a entrar al baño para darse una ducha antes de vestirse cuando oyó que sonaba el móvil de
Esteban. Sin pensarlo, avanzó por el pasillo hasta la puerta del salón, donde se quedó pegada a la pared,
escuchando.
Ahora no puedo.
La voz de Esteban sonaba alterada, parecía furioso. Durante unos segundos María no oyó nada, por
lo que supuso que la persona que llamaba estaría hablando. Al fin oyó la voz de Esteban, seca.
Está bien, voy para allá.
Colgó. María corrió por el pasillo y se metió en el baño. Unos segundos después Esteban dio unos
golpecitos en la puerta:
María. No contestó. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos y si contestaba le temblaría la voz
y él se daría cuenta de que estaba llorando. ¡María!
Nada. Silencio.
¡María! ¿Me estás oyendo?
Tenía que decir algo, así que respiró hondo varias veces y dijo:
Sí... ¿Qué pasa?
Tengo que salir un momento, ve vistiéndote que enseguida vuelvo.
Vale.
Esteban se quedó parado ante la puerta, muy extrañado por la actitud de la joven. Esperaba que se
pusiera a protestar y a preguntarle adónde iba. Pero ese silencio era desconcertante.
¿Te sucede algo? ¿No me preguntas adónde voy?
No.
A María le costó un triunfo que su voz sonara firme y segura a través de la puerta, pero lo
consiguió y Esteban decidió no insistir.
«Debe de tener mucha prisa», pensó la joven.
Está bien. Luego hablamos, sé que te debo una explicación.
Tenía la oreja pegada a la puerta. Cuando oyó que él daba media vuelta, abrió una rendija;
mientras lo hacía, oyó el portazo. Esteban se había ido.
Entonces salió del baño como un rayo, se puso el abrigo y cogió el bolso. Esa vez no iba a
quedarse esperando como una niña buena; esa vez iba a seguirlo. Estaba segura de que había quedado
con Marga y la tentación era demasiado fuerte: tenía que ver si la besaba, tenía que ver cómo la
miraba...
Puso el ojo en la mirilla de la puerta y, en el mismo instante en que Esteban entró al ascensor, salió
de la casa, cerrando tras de sí con suavidad. Bajó los siete pisos corriendo y se quedó en el entresuelo,
esperando unos segundos para darle tiempo a salir y alejarse. Si iba al garaje y cogía el coche, ella
tomaría un taxi y le diría al taxista que lo siguiera, como en las películas, se dijo, sonriendo
nerviosamente. El corazón le latía desbocado a causa del miedo y de la incertidumbre. Era consciente
de que estaba haciendo una estupidez, y sabía que si Esteban la veía iba a ponerse hecho una furia. Pero
no podía evitarlo, tenía que saber adónde iba y por qué salía corriendo de la casa, o de donde estuviera,
siempre que esa mujer lo llamaba.
Cuando calculó que él ya estaba lo suficientemente lejos como para no descubrirla, salió a la
calle, justo a tiempo de verlo andando deprisa en dirección a Alcalá. No iba al garaje. Mejor, se dijo,
aunque si tomaba un taxi o cogía el autobús lo perdería. Lo siguió despacio, hasta que lo vio doblar la
esquina y bajar por Alcalá; entonces corrió.
Esteban andaba deprisa y con decisión calle Alcalá abajo y María, despacio otra vez, moviendo la
cabeza a todos lados y dando saltitos para verlo entre las personas que la precedían, lo siguió. Lo vio
cruzar en Cibeles, pero tuvo que esperar a que los semáforos se abrieran de nuevo para continuar su
persecución. «Voy a perderlo», se dijo, y corrió cuando al fin pudo cruzar. Pero era de noche y había
demasiada gente, así que se quedó en la esquina del Banco de España, moviendo la cabeza a todos
lados, buscando... No lo veía... Lo había perdido. De todos modos, decidió seguir subiendo un poco por
Alcalá por si volvía a encontrárselo... Sí, allí estaba; entraba al Círculo de Bellas Artes.
Esperó un poco en la esquina y luego cruzó y entró.
Supuso que habría ido a la cafetería del Círculo, así que pagó su entrada y se dirigió hacia allí.
Miró desde la puerta, sin entrar, y lo vio enseguida. Estaba frente a una mesa donde una mujer
esperaba sentada: Marga. Esteban estaba de pie y hablaba enfadado. Al menos no parecía muy contento
de estar con ella, se dijo María un poco aliviada, con la respiración entrecortada a causa de la carrera y
de la inquietud. Se pegó a la pared y trató de calmarse.
¿Señorita?
Un camarero con una bandeja se dirigió a ella con curiosidad.
¿Quiere pasar? Hay mesas libres.
No. Estoy esperando, aunque... Miró. En el extremo opuesto a donde estaban Marga y Esteban
había una mesa. Estaba en un rincón, y con todas las mesas ocupadas que había delante, si se sentaba
allí no la verían. Esperaré dentro, sí, mejor dentro. Se deslizó deprisa ante el perplejo camarero y,
casi corriendo, ocupó la mesa que había elegido.
Desde allí podía verlos muy bien. Esteban ya se había sentado y hablaba muy decidido, negando
con la cabeza, y Marga sonreía mientras lo escuchaba. Era una mujer imponente, de las que no pasan
desapercibidas. Su pelo parecía rubio natural, aunque desde esa distancia María no podía estar segura.
Llevaba el mismo abrigo de pieles con que la había visto en el juzgado. En ese momento se lo quitó y
dejó al descubierto una figura perfecta. Su generoso pecho se dibujaba tras la blusa de seda negra, un
diseño exclusivo, pensó María, caro y elegante. Por lo que había leído en el relato, Marga debía de
tener cuarenta años, pero no aparentaba más de treinta. Era preciosa, y todos los que pasaban por allí,
ya fueran hombres o mujeres, volvían la cabeza para mirarla.
«¿Y ahora qué? se dijo de pronto, deprimida. He llegado hasta aquí, ¿y qué hago? No puedo
oír lo que hablan, y si Esteban me ve estoy perdida. ¿Qué he conseguido con todo esto, aparte de
presentar mi candidatura para un infarto?».
Tenía que marcharse. ¿Qué pintaba ella allí? Además, si Esteban se levantaba en ese momento y se
marchaba, ¿qué haría ella? No podría adelantarlo sin ser descubierta y llegaría a casa después que él.
¿Qué razón le daría entonces para explicar su estúpida salida? Habría hecho mejor quedándose en casa
para acabar el maldito relato. Así sí que se habría enterado de algo... Pero ¿seguirlo? ¿En qué
demonios estaba pensando? ¿Por qué siempre tenía que actuar bajo el impulso del momento? ¿Por qué
no era más sensata? Ella quería serlo, se esforzaba, pero no lo conseguía. Por eso acababa
fastidiándolo todo, por su maldita manía de no pensar las cosas antes de hacerlas...
¿Qué desea tomar, señorita?
María se pegó tal susto que se puso de pie con brusquedad. El camarero se sobresaltó y dio un
manotazo a la bandeja, que fue a parar a la mesa de unos señores con un enorme ruido, mientras las
tazas y los vasos saltaban por los aires, caían al suelo y se hacían añicos. María se quedó petrificada
bajo el escandalizado escrutinio de un montón de pares de ojos, miles, millones le parecieron, que
rápidamente se volvieron a mirarla. Entre ellos, los de un asombrado Esteban que la contemplaba sin
poder creer lo que veía.
Se puso toda colorada y notó cómo las lágrimas acudían a sus ojos.
Lo siento... ¡Cuánto lo siento! Se agachó para ayudar al camarero, que había empezado a
recoger cristales rotos del suelo.
No se preocupe, señorita la consoló el hombre, conmovido al verla tan alterada. Estas
cosas pasan. Usted siéntese, no vaya a cortarse. Mire, ahí viene mi compañero con la escoba, él me
ayudará a recoger. Siéntese, por favor.
El ruido de las conversaciones había subido de tono, la gente había dejado de mirarla y todos
comentaban excitados el suceso, pero ya nadie parecía hacerle caso, lo cual era un alivio.
Nadie salvo Esteban, que estaba de pie frente a ella con cara de pocos amigos.
¿Se puede saber qué haces aquí?
Te he seguido dijo María en un susurro, bajando la cabeza para que él no notara lo alterada
que estaba. El rojo de su piel había desaparecido y ahora estaba tremendamente pálida.
Eso es obvio. Ven. Le tendió la mano. Ya que tenías tantas ganas de conocerla, te
presentaré a Marga.
No, por favor. Estoy muy avergonzada, me moriría si me la presentaras ahora.
El enfado de Esteban se esfumó de repente. Se había puesto furioso al descubrir que ella estaba
allí. Pero ahora, al verla tan desvalida, tan triste, sintió una inmensa ternura. Sólo quería abrazarla,
consolarla, decirle que no pasaba nada, que no estaba enfadado, que todo era culpa suya, que era un
mamón insensible...
Pero no tuvo oportunidad de hacerlo, porque en ese momento llegó Marga.
¿Es amiga tuya? ¿Me la presentas?
Era alta; con los taconazos que llevaba, casi tanto como Esteban, y María se juró que no se
levantaría de esa silla aunque le fuera la vida en ello. Jamás se pondría al lado de esa harpía para que
él pudiera compararlas.
Soy María. Alzó la cabeza, sonriente y tranquila, como si no hubiera roto un plato en su vida,
cuando acababa de romper tres, además de sus correspondientes tazas, dos vasos y una botella de
Coca-Cola.
Y yo Marga, mucho gusto.
El gusto es mío.
Se dieron la mano, pues ni aunque la hubieran apuntado con una pistola se habría levantado para
darle dos besos.
Esteban se dirigió a María.
Vámonos.
Dudaba, no quería levantarse mientras Marga siguiera allí de pie, tan elegante, tan sofisticada.
¿Cómo iba a ponerse a su lado con sus vaqueros viejos y sus deportivas desgastadas?
Ya he pedido un té mintió. Luego miró a Esteban. Siéntate conmigo.
Esteban la miró con cara de pocos amigos, pero se sentó. Entonces María le dirigió una sonrisa a
Marga y muy dulcemente le dijo:
Adiós, he tenido mucho gusto en conocerte.
Ha sido un placer. No olvides lo que hemos hablado añadió, dirigiéndose a Esteban. Chao.
Se puso el abrigo y salió con su contoneo habitual, bajo la atenta mirada de todos los presentes.
Cuando Marga desapareció, Esteban se volvió hacia María.
Ahora, pequeñaja puso su mejor voz autoritaria, la que reservaba para los juicios difíciles,
vas a tener que explicarte. ¿Por qué me has seguido?
Porque quería saber adónde ibas y sobre todo con quién. Ya estoy harta de que me tomes por el
pito del sereno. Me mientes, me ocultas cosas... Y pretendes que yo me lo trague todo sin rechistar...
Pues se ha acabado, ya no me sirven los términos de nuestro acuerdo. O me dices lo que pasa o me
marcho. Te dejaré, Esteban, o eres sincero conmigo o me vuelvo a mi casa esta noche.
Vamos, no te pongas melodramática. Tenemos que hablar, lo aclararemos todo... Ahora estoy
atravesando una situación muy delicada. Por favor, dame sólo unos días más.
¡Siempre igual! Nunca lograría nada de ese hombre y no estaba dispuesta a seguir haciendo de
detective, era demasiado para ella.
Vamos a casa.
¿Y el té?
Era mentira. Aún no había pedido nada.
Eres increíble, de verdad. Me sigues, me espías... y encima eres tú la que se cabrea.
María se levantó y se dirigió a la salida sin hacer caso a su último comentario. Esteban meneó la
cabeza con exasperación y la siguió.
Ya sé de un sitio donde no podemos volver, al menos hasta que se jubilen los camareros le
dijo al oído mientras bajaban las escaleras, con la intención de romper el hielo, de quitarle hierro a la
situación. Pero a María no debió de hacerle ninguna gracia, porque sólo emitió un bufido como
respuesta y se empeñó en mantener un obstinado silencio durante todo el camino.
La vuelta fue muy distinta a la de hacía tan sólo unos días, cuando casi corrían por esa misma
calle tomados de la mano, deseando llegar a casa para hacer el amor. Ahora iban cabizbajos, rumiando
cada uno sus propios pensamientos, y tampoco iban tomados de la mano, sino que María caminaba
delante y Esteban la seguía despacio. Estaba al límite de sus fuerzas, agotado, se sentía tan cansado que
habría podido derrumbarse allí mismo, en mitad de la calle. Ella había dicho que iba a marcharse, y
esta vez parecía que hablaba en serio; lo que tanto temía iba a producirse, y mucho antes de lo que
había calculado. María descubriría la verdad, pero no por él, no, la descubriría ella sola. Era mejor así.
Que lo meditase, que pensara en ello con tranquilidad, lejos de él, y luego que obrara como mejor le
pareciera... Dejándolo, seguramente.
Cuando entraron a la casa María se fue directamente a la habitación. No quería pensar, porque si
lo hacía quizá se arrepintiera de la decisión que había tomado, y esta vez no debía hacerlo. Así que lo
mejor era mantenerse alejada de él, se dijo, evitar a toda costa que se le acercara, que la tocara, que le
dijera la única palabra que quería oír, la única que podía hacer que cambiara de opinión: quédate.
Abrió la maleta sobre la cama y empezó a guardar sus cosas sin orden ni concierto: la ropa
arrugada, los zapatos entre los vestidos... Iba y venía del baño al dormitorio y tiraba sobre la maleta
sus frasquitos, sus artilugios, esos que tanta gracia le hacían a él. Tenía los ojos empañados por las
lágrimas... Y Esteban seguía sin decir nada, sin pedirle que se quedara, sin acercarse a ella para
abrazarla. ¡Mejor! Si la abrazara, si ahora le hiciera el amor, flaquearía. ¡Tan débil era su voluntad!
Esteban no entró en el cuarto, no le habló, no dijo nada. Era como si se lo hubiera tragado la tierra,
aunque estaba allí, sentado en el sofá del salón, pensando. Quizá aún pudiera convencerla; si iba al
cuarto, si la abrazaba, si hacían el amor, ella se quedaría. Pero persistiría el problema. Era mucho
mejor así. Necesitaban estar unos días separados, necesitaban tiempo para pensar, sobre todo María,
que estaba cada vez más obsesionada y ya había empezado a hacer tonterías, como seguirlo. Sí, María
necesitaba tiempo para pensar y él se lo iba a dar.
Pero cuando la vio aparecer por la puerta cargando con la pesada maleta, olvidó todos sus buenos
propósitos.
María dejó caer la maleta en el suelo.
Me marcho, Esteban. No puedo más, no soporto más esta maldita situación: dudo de todo lo que
haces, sospecho de ti a todas horas, cualquier cosa que se salga un poco de lo normal me alarma... Si
sigo aquí acabaremos mal, seguro. Dame unos días para meditar. Esto no es una despedida definitiva.
Pero, entiéndelo, tengo que alejarme de ti, de tu casa, porque sé que no podré pensar con claridad si
estoy contigo. Necesito estar sola, ¿lo entiendes?
Sí, lo entiendo. Pero sé lo que vas a hacer. Pronto descubrirás lo que he intentado ocultarte, y
cuando lo sepas no querrás volver a verme. En fin... Le rozó los labios con las yemas de los dedos
. Pase lo que pase, quiero que sepas que te estoy muy agradecido, gracias a ti he podido gozar de los
mejores días de mi vida. Ha merecido la pena. Sólo espero que tú no te arrepientas y que, aunque
decidas no volver, me recuerdes con cariño.
¿Cariño? ¿Tú crees que la palabra cariño resulta adecuada en nuestra relación? No expresa ni
la milésima parte de lo que siento por ti... Tengo cariño a muchas personas, pero mis sentimientos por
ti son exclusivos, son sólo para ti... Calló de repente y se puso a mirar al suelo. Las lágrimas se
deslizaban ya por sus mejillas y no quería que la voz le temblara al hablar.
Esteban le puso el pulgar bajo la mejilla y le hizo alzar la cabeza. Entonces la besó. Fue un beso
tierno y a la vez desesperado. Sabía que estaba a punto de perderla, que no volvería a verla nunca más.
He intentado decírtelo muchas veces, pero no puedo. Sufro un bloqueo mental cuando voy a
hablar de ello. Me quedo paralizado y las palabras no salen de mi boca. Simplemente no puedo. Por
eso lo escribí.
María lo miró extrañada.
¿Lo escribiste?
Sí, lo escribí para ti. Una noche. Habíamos hecho el amor y yo estaba confuso, enfadado
conmigo mismo por estar engañándote... Bueno, no engañándote, pero sí ocultándote la verdad...
Esteban, verás, la otra tarde...
Sí, ya lo sé la interrumpió. Cuando te pillé en mi ordenador no estabas jugando a los
solitarios como me dijiste, saltaba a la vista que estabas nerviosa y enseguida me di cuenta de que
habías estado hurgando entre mis archivos. ¿Lo encontraste, verdad?
María asintió con la cabeza.
Sí, pero aún no he podido leerlo. Sólo el principio.
Bueno, es mejor así. Pronto lo sabrás todo, y cuando lo sepas, lo único que querrás será
olvidarte de mí.
Se dirigió al sofá y cogió su portátil, que estaba sobre la mesita.
Toma, guárdatelo en la cartera. Te enviaré el documento por correo electrónico.
No hace falta. Ya lo tengo, lo copié en un pendrive.
Ésa es mi chica, con recursos para todo. Se puso muy serio. Anda, vete ya.
María guardó el ordenador en su cartera y se la colgó del hombro. Luego cogió la pesada maleta y
dio media vuelta.
Espera. Esa maleta pesa mucho, te la llevaré hasta el coche.
¡No! Si seguía viéndolo jamás podría marcharse. Yo puedo llevarla, soy una mujer fuerte
y joven. No necesito que me ayuden, ni que me protejan ni que me oculten las noticias sólo porque
piensen que no van a gustarme... ¡Estoy harta! Daniel también creía que era una niña estúpida a la que
había que cuidar, y pensé que contigo podría ser distinto... Yo quiero una relación de igual a igual, no
una relación a base de mentiras y medias verdades... Y tú me has decepcionado. ¡Me has
decepcionado!
Fue a grandes pasos hacia la puerta, cargando la pesada maleta como si llevara una pluma. Abrió
y salió, dando un portazo.
Esteban se quedó de pie en medio del salón, reprochándose su torpeza. Había llevado ese asunto de
la peor manera posible, y ahora no había vuelta atrás.
Había ocurrido lo que él quería evitar. María se había marchado demasiado pronto, lo cual
significaba que no iba a volver.
Otra vez estaba solo. Pero ahora, después de haber conocido la felicidad, ya no sería como antes.
Esta vez no creía que pudiera volver a resignarse.
CAPÍTULO 17
Condujo como flotando en una nube. Las lágrimas empañaban su visión y estaba tan conmocionada
que no prestaba atención al tráfico: oía pitidos y algunas imprecaciones de otros conductores sin saber
que iban dirigidos a ella. Pisaba el acelerador, deseando llegar a su casa, deseando alejarse lo más
posible de Esteban y de sus mentiras. Había aguantado demasiado, en sus circunstancias nadie habría
soportado tanto como ella.
Y entró en la fase de la autocompasión. Lo sabía, pero no podía ni quería evitarlo.
Ahora comprendía que nunca había estado enamorada de Daniel. Pero en su momento creyó
estarlo, y la desilusión que sintió al descubrir que estaba atada por los lazos de la lealtad a un hombre
al que no amaba, con ser tremenda, no era nada parecido a lo que sentía ahora. Amaba a Esteban. Por
primera vez en su vida se había enamorado... ¿Por qué siempre tenía que buscarse a los hombres más
raros, los más conflictivos?
Cuando entró en su casa soltó la pesada maleta de golpe y comenzó a dar vueltas por el salón.
Sólo había estado unos días con Esteban, pero bastaban para que ahora se sintiera como una extraña en
su propia casa. Miró los muebles sin reconocerlos como suyos, experimentando la absurda necesidad
de volver con él, a su verdadero hogar.
Vale dijo en voz alta para escuchar algún sonido en aquel silencio. Volverás a ser feliz
aquí. Te encanta tu casa, volverás a acostumbrarte. Pero ahora... a lo que hay que hacer.
Se secó las lágrimas que rodaban lentas y silenciosas por sus mejillas y se irguió para darse
ánimos. Luego se dirigió a la cocina para prepararse un té; necesitaba algo caliente, se dijo, y trasteó
un rato. Intentaba retrasar el momento, porque, aunque se moría de curiosidad, le daba miedo acabar
la lectura y la aplazaba inconscientemente, poniéndose absurdas excusas y buscando tontas
obligaciones, como llenar de azúcar el pequeño azucarero o guardar unas tazas en los armarios...
Basta ya. Lo que tienes que hacer es acabar de leer ese maldito relato de una vez.
Fue al salón con la humeante taza de té en la mano y se sentó en el sofá. Sin permitirse más
distracciones, se puso el ordenador sobre las rodillas y buscó la frase donde se había quedado.
... la nieta de Henry Roms.
Era el cambio de milenio: esas Navidades pasaríamos del siglo XX al XXI. El acontecimiento merecía una celebración, y Ana Rosa
Roms decidió festejarlo por todo lo alto en su casa de Peñíscola, un enorme y elegante chalé frente al mar que su abuelo le
dejaba usar en ocasiones especiales. Marga, su hermano Lucas y yo éramos los invitados estrella.
Y los únicos, como pude comprobar cuando llegué al chalé en mi descapotable con Marga y su hermano. Ana Rosa nos esperaba
y nos hizo pasar a un lugar que incluso a mí, acostumbrado a los mayores lujos, me pareció espectacular. Era un salón con
paredes de cristal desde donde se podía contemplar cómo el mar rompía contra las rocas más abajo, formando cintas blancas de
espuma rizada.
Ana Rosa estaba preciosa, como siempre. Era de la misma edad que Marga, veintiocho años, y tenía un rostro de facciones finas y
perfectas, con enormes ojos verdes, rasgados, herencia seguramente de sus antepasados centroeuropeos, y un pelo rojo natural
que le llegaba a la cintura. Ese día lo llevaba suelto y le caía sobre la espalda como una catarata.
Comimos, hablamos de las celebraciones de la noche y, sobre todo, bebimos y esnifamos algo de coca.
Luego Ana Rosa dijo que teníamos que estar frescos y descansados para la fiesta de la noche y nos mandó a nuestras habitaciones.
«Es una orden dijo. Estáis en mi casa y aquí mando yo.» Así que no tuvimos más remedio que obedecer.
Mientras, Ana Rosa preparaba su fiesta sorpresa. Por eso se había deshecho de nosotros, porque quería darnos una sorpresa.
Marga y yo nos acostamos, no para dormir, claro, pues estuvimos toda la tarde haciendo el amor y fumando marihuana. Lo
bueno de Marga era que no tenía inhibiciones. Me llevaba ocho años y, aunque todos decían que yo era muy maduro para mi
edad, ella me ganaba de calle, sobre todo en el aspecto sexual.
«Esta noche vas a aprender muchas cosas me dijo. Ana Rosa y yo hemos planeado juntas la sorpresa... Ya verás, estoy
deseando ver la cara que pones.» Hice el amor con Marga, pero pensaba en Ana Rosa todo el tiempo. Si cerraba los ojos, como eran
del mismo peso y estatura, podía imaginarme que estaba con la otra y me corría antes.
María alzó la cabeza, desconcertada por la forma de escribir de Esteban. No parecía él, la persona
que hablaba en ese relato era un niñato mimado e inmoral. ¿Había cambiado o seguía siendo así? El
Esteban que a ella la había conquistado no era así, pero ya no podía estar segura de conocerlo, pues sólo
sabía de él lo que él había querido contarle, que no era mucho. Su entendimiento se basaba en el sexo.
Fuera de eso, Esteban era un completo desconocido para ella, y ahora lo estaba comprobando.
Volvió a sentir la tentación de aplazar la lectura. ¿Y si lo dejaba para más tarde? Se le estaban
quitando las ganas de seguir leyendo, no quería descubrir que Esteban era una especie de indeseable,
que era lo que daban a entender esas páginas, más que por el contenido, por el tono en que estaban
escritas.
Pero la curiosidad se impuso y continuó:
Cuando bajamos ya había algunos invitados, toda gente guapa y de buena familia. Algunos ya estaban colocados y otros se
dedicaban a ello con ahínco: el alcohol y la coca eran los reyes de la fiesta, a la que yo me uní con un entusiasmo digno de
mejor causa. Pero así era yo, quería probarlo todo, experimentarlo todo, y me sentía feliz de tener unos amigos tan sofisticados.
La coca y los cubatas obran milagros, y yo ya iba bastante colocado, así que en poco tiempo estaba que no sabía si
entrábamos en el siglo XXI o en el año 1000. Marga no se separaba de mí. Pero yo no le hacía ni caso, porque quien me
interesaba era Ana Rosa, y no la veía por ningún lado, de modo que me dediqué a busAna Rosa, ignorando a Marga, que continuaba
siguiéndome. Estaba eufórico, necesitaba descargar adrenalina y Marga, de quien a esas alturas ya pasaba sin miramientos, me
aburría sobremanera. Una o dos veces la vi mirarme con rencor. No me extrañó, porque no la estaba tratando nada bien esa
noche, incluso le dije que hiciera el favor de dejarme en paz. En fin, no le hacía ni puto caso, y cuando me hablaba, yo fingía
que no la oía porque la música estaba muy alta.
No podía más. Dejó el ordenador sobre el sofá y se levantó para ponerse a dar vueltas como un
animal enjaulado mientras se frotaba las manos. En ese momento sonó su móvil y la joven corrió a
mirar quién era, porque, si se trataba de Esteban, no pensaba responder. Pero no era él, sino Celia. ¡Qué
inoportuna! Se sentía incapaz de hablar con nadie, y menos con ella, así que dejó que el teléfono
sonara. Luego lo desconectó, para no sufrir más interrupciones, y continuó.
De pronto Marga desapareció. Me quedé muy aliviado, porque así podría buscar a Ana Rosa con más tranquilidad, aunque sin
olvidarme de las bellezas que por allí pululaban, la mayoría muy colocadas, con las que era fácil juguetear. En una de éstas,
cuando estaba a punto de echar un polvo con una morena gordita cuyas carnes eran pura concupiscencia, me llamó Lucas. Yo
me cabreé, porque me había cortado el rollo con mi Venus entradita en carnes, pero él insistió en que lo siguiera. Ana Rosa y Marga
me tenían preparada una sorpresa, decía. Lo seguí por un pasillo que me pareció un poco siniestro, al fondo del cual había una
puerta. Lucas la abrió. Cuando entré, cerró la puerta tras de mí, y me quedé allí solo, parpadeando para acostumbrar mis ojos a
la extraña luz de esa habitación.
Los muros eran de piedra y no tenía ventanas. Había antorchas en soportes metálicos sujetos a la pared y diversos artilugios
de tortura, como un potro medieval y una especie de plancha con anillas que supuse que serían para atar al pobre desgraciado
que allí se tendiera. Al fondo estaban Marga y Ana Rosa, cada una en una esquina. Iban vestidas con corsés de cuero de los que
colgaban unos ligueros a los que se sujetaban las medias de seda. Los corsés apenas les cubrían el pecho, salvo por unas
pequeñas tiras rojas que dejaban al descubierto mucho más de lo que ocultaban, y no llevaban bragas, por lo que se veía asomar
su vello púbico por el borde inferior del corsé. La roja melena de Ana Rosa brillaba bajo la luz de la antorcha que había sobre su
cabeza. Llevaba un látigo en la mano y lo hizo restallar contra el suelo. Yo sabía que debía ir hacia Marga, porque ella era mi
pareja y porque me miraba con expectación y deseo. Pero no pude, Ana Rosa me llamaba con su pelo rojo y su generoso pecho
asomando por entre las tiras rojas, como las sirenas a los marineros de Ulises. Y acudí a ella.
Y allí comenzó la noche más extraña, más loca y terrorífica de mi vida.
Se tapó la boca con las manos, realmente impresionada. Los corsés que llevaban Marga y Ana Rosa
eran iguales al que le prestó Celia, aquel que Esteban no había querido ni ver. Y la escena era muy
similar: ella estaba situada bajo una vela, y se había puesto así justo para que la luz le diera sobre el
pelo, resaltando su tono rojizo. Al verla, Esteban debió de evocar aquella escena que, según la última
frase que había leído, no debió de dejar en él muy buenos recuerdos. ¡Qué estúpida había sido! ¡Otra
vez lo había estropeado todo! Sin quererlo, le había hecho revivir un recuerdo que quería olvidar.
«De todos modos, vaya coincidencia», dijo en voz alta y le pareció oír la voz de Celia: «Esas
cosas sólo te pasan a ti, siempre te vas a lo más raro». Pero en esta ocasión su hermana no tenía razón,
porque algo así jamás le había pasado.
Volvió a fijar los ojos en la pantalla. Ese escrito le estaba revelando a un Esteban que ella no
conocía, porque, sencillamente, ya no existía. Se aferró a esa idea con todas sus fuerzas... Ése no era
su Esteban. Al menos eso esperaba de todo corazón.
Su Esteban no podía ser así, no era así.
Respiró hondo y siguió leyendo:
Al principio Marga se quedó y participó en algunos juegos con nosotros. Pero luego, al ver que yo no me cortaba y que todas
mis atenciones eran para Ana Rosa, se marchó, sospecho que muy enfadada, aunque eso no me atrevería a afirmarlo con rotundidad
pues toda mi concentración estaba puesta en la mujer que se me ofrecía, que me pedía que la azotara, que la penetrara una y otra
vez con artilugios que yo no había visto nunca, de perverso diseño, fabricados con el único propósito de hacer daño y, al
parecer, causar placer, al menos a Ana Rosa, que gozaba sufriendo.
A todo esto seguíamos bebiendo y a veces nos deteníamos para esnifar una rayita. Yo sabía que la mezcla de alcohol y
cocaína empezaba a pasarme factura, pero no quería cagarla ahora que tenía a Ana Rosa a mi merced. Si ella aguantaba, también
podía hacerlo yo. Iba a quedar como un idiota si le decía que paráramos porque estaba empezando a sentirme mal.
En cuanto a Marga, quizá no estuviera tan enfadada como yo creía, porque en un momento de la noche, no sabría decir
cuándo, allí no teníamos relojes y ni siquiera oímos las doce campanadas que daban paso al siglo XXI... Bueno, Marga, digo,
entró con una botella de champán y dos copas y nos dio de beber. Bebí, porque tenía mucha sed, pero creo que el champán me
dio la puntilla. Empecé a verlo todo borroso y dejé de ser consciente de lo que hacía. Me movía como entre sombras,
obedeciendo a Ana Rosa sin pensar, como un acto reflejo; cada vez me encontraba peor y varias veces estuve a punto de
desmayarme, aunque me recuperaba y seguía dándole a Ana Rosa placer de esa forma extraña que a ella le gustaba.
Yo nunca le había pegado a nadie y nunca he vuelto a hacerlo después. Pero esa noche, la noche que el mundo cambió de
siglo, fui un torturador, un sádico. Chupaba las heridas que le hacía a Ana Rosa y, si en ese momento ya me había recuperado de mi
eyaculación anterior, la penetraba de nuevo. Si no, le metía cualquiera de los objetos que ella había reunido en la habitación para
ese fin, sobre todo una especie de porra enorme y áspera que parecía ser lo que más le gustaba.
Ella se convulsionaba, gemía y gritaba horriblemente, pidiendo más. Y en uno de esos juegos, se quedó quieta, mientras yo,
mareado, con la vista borrosa y sin fuerzas, la penetraba con uno de esos artilugios tirando a la vez de su preciosa melena, que
para entonces ya estaba sucia y pringosa por el sudor. Me detuve, tambaleante. No podía tenerme en pie, todo me daba vueltas y
creo que vomité. Luego, cuando me sentí un poco recuperado, la toqué. Pero no se movía; la sacudí, y siguió sin moverse.
Entonces hice un enorme esfuerzo por prestar más atención, porque la cabeza me daba vueltas y ya ni veía. Todo sucedía ante
mí como si yo fuera un mero espectador, como si contemplara los fotogramas de una película, ajeno a las escenas que se
desarrollaban ante mis ojos, distante, como si no fuera yo el protagonista...
Intenté concentrarme, pero no pude. Sólo recuerdo que esa persona que debía de ser yo, pero que estaba fuera de sí, logró al
fin fijar la atención en el rostro de ese cuerpo inmóvil. Tenía los ojos turbios abiertos, como si acabara de ver algo aterrador, y la
cara contorsionada en una extraña mueca.
Estaba muerta.
Grité. Recuerdo vagamente que Marga entró en la habitación y que yo le dije: «La he matado.» Después de aquello, no
recuerdo nada más, sólo la negrura que cayó sobre mí cuando, supongo, me desmayé.
Tiró el ordenador sobre el sofá y cerró los ojos. No podía creerlo... Esteban había matado a esa
mujer, la había torturado hasta la muerte. Ahora entendía por qué se resistía a contárselo.
Las lágrimas asomaron a sus ojos y se echó a llorar, negándose a creer lo que acababa de leer. Era
imposible. No podía ser verdad, ese hombre horrible no era él, no era Esteban, su Esteban, considerado,
tierno y cariñoso...
Pero sí lo era. O al menos lo había sido.
El llanto le hizo bien. Se fue calmando poco a poco y, cuando pensó que ya estaba lo
suficientemente tranquila, volvió a sentarse y a poner el ordenador sobre sus rodillas.
Aún le quedaban unas líneas.
Nuestros abuelos eran muy influyentes y no tuvieron mucha dificultad para tapar los hechos. Oficialmente, Ana Rosa murió de un
ataque al corazón. Sus restos fueron incinerados. Mi abuelo no volvió a ser el mismo conmigo desde entonces. Nunca me habló
de aquella noche ni de la muerte de Ana Rosa. Supongo que para él era incluso más doloroso que para mí; sólo me dijo, la mañana
que desperté en aquella casa, que Marga había llamado a Roms muy preocupada y se habían puesto en marcha enseguida, que
habían hecho el viaje de un tirón, que habían parado una vez cinco minutos para echar gasolina, que habían llegado a eso de las
tres de la madrugada y que desde entonces no se había separado de mí; me cuidó hasta que estuve restablecido y pudimos
marcharnos de allí, el día 2 de enero. No volví a ver a Marga ni a Lucas, y mi vida cambió de forma radical. Pasé varios meses
sin salir, muy deprimido, y creo que pude sobrevivir gracias a los cuidados de Carmen, que volvió a transformarse en mi niñera.
Luego a mi abuelo le detectaron un cáncer y murió a los pocos meses, aunque para mí era como si ya hubiese muerto, pues
desde esa noche me trató como a un extraño las pocas veces que lo vi. Un año más tarde murió René Salcedo. Ahora las únicas
personas que saben la verdad, aparte de ti y de mí, son Lucas, Marga y Henry Roms, el abuelo de Ana Rosa, que aún vive. El pobre
hombre se encerró en su mansión y no volvió a salir de ella. Yo creo que aún no se ha recuperado, pero no lo sé con seguridad
porque jamás lo he vuelto a ver.
Como te he dicho, pasé casi un año encerrado en casa, enfermo y sin ganas de vivir, con un enorme sentimiento de
culpabilidad que aún hoy me persigue y que me perseguirá hasta el final de mis días. Me dio por escribir, me relajaba, y así
escribí un par de libros sobre derecho. Creo que mi pasión por el derecho fue lo segundo que me salvó, después de Carmen. Me
enfrascaba horas en mis estudios. Luego comencé a acudir a actos y conferencias y fue así como empecé a retomar, si es que
puede llamarse así, la vida. No mi vida, porque eso lo dejé atrás por completo. Por último, como un desafío al pasado, como una
forma de demostrarme que era un hombre nuevo, preparé las oposiciones a la judicatura. Las aprobé sin problemas. Pero lo
cierto es que nunca me he sentido juez, nunca me he sentido lo suficientemente limpio como para juzgar a los demás.
En estos años no he mantenido ningún tipo de relación social, no he tenido amigos, fuera de los compañeros de trabajo, ni he
salido con ninguna mujer, a pesar de que en el juzgado tengo fama de ligón, no sé por qué. Sólo he satisfecho mis necesidades
con mujeres anónimas, ligues de un día, que sabía que no volvería a ver. Lo intenté contigo: el día que nos conocimos quería
echar un polvo y luego pasar de ti, como hago siempre. Pero no me salió bien. Tú te marchaste, me dejaste tirado en la calle y
eso hizo que te deseara aún más. Luego, después de nuestro fin de semana, ya no pude deshacerme de ti como había pensado.
¿Qué mal había en retenerte algún tiempo junto a mí? Ya sabes cómo ha salido todo. Sabía que si te enterabas me dejarías y por
otra parte pensaba que tenías derecho a saberlo.
En cuanto a Marga, a estas alturas ya habrás adivinado que me está chantajeando; su amenaza pende sobre mí como una
espada. Si no hago lo que me pide, si no amaño el asunto de su hermano para que salga libre, lo contará todo, todo saldrá a la
luz.
Naturalmente, no pienso ceder a su chantaje. Me he reunido varias veces con ella para hablar, para intentar convencerla de
que abandone. Pero es imposible, no lo hará. Así que he decidido dimitir. Será el fin de mi carrera como juez, cosa que no me
importa mucho. En realidad nunca debí presentarme a esas oposiciones, siempre lo he sabido. Cuando dimita, ya no tendrá
sentido que cuente nada y quizá eso la obligue a callar. Pero no lo sé, quizá lo cuente de todos modos para fastidiarme. Saldré de
dudas cuando lo haga, que será muy pronto.
Sólo espero, María, que sepas que ya no soy aquel chaval estúpido que se creía el puto amo. Llevo muchos años dándole
vueltas a lo que pasó y pensando en por qué pasó. Sólo hay una conclusión evidente; yo maté a esa chica y eso no lo puedo
ignorar. No fue intencionado, no estaba en mis cabales. Pero fueron mis actos los que acabaron con ella. Pude haberme negado
a seguirle el juego y no lo hice. No tenía por qué ser tan duro, pero fui lo más duro que pude, por el alcohol, por la coca, por lo
que fuera. Ella me lo pedía, cierto. Pero yo debí negarme, quizá así le hubiera salvado la vida. No lo hice y siempre me
arrepentiré.
Y ya lo sabes. Pienso dimitir, pero puede que eso no detenga a Marga y que, para vengarse, lo cuente de todos modos...
En ese punto se interrumpía el relato. Posiblemente Esteban pretendía continuarlo. Pero no había
tenido oportunidad, porque ella lo había interceptado antes de que concluyera.
Apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y cerró los ojos, esforzándose por entender cuáles eran
sus sentimientos, pues de pronto estaba vacía, incapaz de pensar, de sentir y, mucho menos, de decidir
qué hacer. Tenía claro que se encontraba bajo la influencia de una tremenda impresión, que la había
conmocionado hasta el punto de que su cerebro era incapaz de procesar la información recibida. Era
consciente de que necesitaba tiempo para calmarse, para asimilar la terrible verdad que tanto había
deseado conocer y que ahora hubiera preferido ignorar. Esteban tenía razón: habría sido mejor no
saberlo, pero ella se había empeñado en abrir la caja de los truenos y ahora no sabía qué hacer.
Quería llorar, pero las lágrimas no acudían a sus ojos. Quería pensar, pero no se le ocurría nada.
Así que permaneció allí sentada, inmóvil, con los ojos cerrados, intentando aquietar los acelerados
latidos de su corazón. Y así, sin darse cuenta, se quedó dormida.
CAPÍTULO 18
No sabía qué hora era, ni dónde estaba ni qué hacía en ese lugar irreconocible. Se levantó y recorrió el
cuarto dominada por una tremenda agitación, con la sobrecogedora incertidumbre que asalta a
cualquier mortal al despertar en un lugar desconocido al que ni siquiera sabe cómo ha llegado.
Poco a poco se fue tranquilizando: estaba en su casa, ése era su salón... Y los recuerdos acudieron
en tropel a su mente, cayendo sobre ella como un jarro de agua fría: había discutido con Esteban, lo
había abandonado, lo había dejado, había leído esa especie de terrorífica confesión y luego se había
quedado dormida... Sí, había dejado a Esteban y ahora estaba sola, en su casa. Pero nada de lo que veía
le parecía suyo. No tenía nada que ver con ese lugar, con esos libros, con todos esos cachivaches que
ella misma había comprado y que tanto le gustaban hasta hacía unos pocos días. No, ya no formaba
parte de aquello; lo sabía porque todo le resultaba ajeno, lejano...
Se sentía vacía. De pronto no sabía qué hacer ni cómo comportarse, porque... ¿qué puedes hacer
cuando tu novio te dice que ha matado a una persona? Ella era abogada, ella debería saberlo mejor que
nadie. Pero no lo sabía.
¿Y Esteban? Meneó la cabeza, buscándolo. ¿Dónde estaba Esteban?
No estaba allí. Estaría en su casa, lamiendo sus heridas.
María se dio cuenta de que desbarraba, de que sus pensamientos no tenían ninguna conexión, y
respiró profundamente varias veces para tranquilizarse.
Cerró los ojos y siguió respirando: uno, dos... suspiros largos, lentos; inspirar, espirar... Abrió los
ojos, abandonó sus ejercicios de relajación y se levantó del sofá. Tenía que pensar, pero su cabeza era
un caos y todo acudía a ella de forma inconexa y deslavazada. De pronto una pregunta dominó sobre
todas las demás: ¿cómo se sentiría Esteban al pensar que ella ya conocía su secreto?
Sintió una tremenda compasión por él y las lágrimas acudieron a sus ojos.
Pobre Esteban. Llevaba doce años reviviendo aquella horrible escena a cada momento, rumiando
su culpa sin compartir sus sentimientos con nadie, sin ayuda de ningún tipo, enfrentándose él solo, día
tras día, al hecho terrible e irreparable de haber matado a una persona. En cierto modo fue un
accidente. Pero él, a pesar de los años transcurridos, aún continuaba traumatizado, lo cual resultaba
lógico teniendo en cuenta que nunca había recibido la ayuda que en un caso así se necesita. No había
acudido a terapia, nadie le había dado ninguna explicación, no había vuelto a hablar de ese asunto con
ningún ser humano... Ella se habría vuelto loca en sus circunstancias, y le parecía admirable que
Esteban hubiera sido capaz de seguir adelante y de labrarse un futuro. ¡Ahora entendía tantas cosas de
él que antes le parecían inexplicables! Su misantropía; el hecho de que no tuviera amigos y no se
relacionara con nadie, salvo con la gente del trabajo; la enfermedad de la que había hablado Carmen,
un estado depresivo que le duró casi un año... Y el hecho de que no tuviera ninguna fotografía en su
casa. Porque ¿a quién querría recordar con cariño? Su madre lo quería, pero era una cabeza loca e
inestable, que lo abandonó cuando se casó, y su abuelo, la figura paterna, el hombre que, por lo que
parecía, lo había educado, no fue capaz de prestarle la ayuda que necesitaba en los momentos más
duros de su vida. Sí. María sentía compasión por Esteban. Una gran compasión.
Continuó dando vueltas por la habitación, frotándose las manos y expresando sus pensamientos
en voz alta. En el fondo, se dijo, Esteban deseaba contarlo y había estado a punto de decírselo a ella en
más de una ocasión. Pero, llegado el momento, nunca se atrevía y había escrito esa confesión para que
la leyera. Él quería liberarse de ese peso diciéndoselo a alguien.
«A alguien no dijo en voz alta, hablando a las paredes. A mí.»
Se sentó en el sofá y se volvió a levantar a los pocos segundos.
«Piensa, María. ¿Qué vas a hacer?».
Pensó en la situación actual de Esteban, en la amenaza que pendía sobre su cabeza como una
espada de Damocles. Aunque esa amenaza había sido el detonante, la chispa que había provocado el
incendio, no era lo más importante. Incluso en el caso de que Esteban no hiciera lo que Marga le pedía,
aunque metiera a su hermano en la cárcel para toda la vida, esa mujer no podía jugar su baza, porque
el escándalo también la salpicaría a ella. No. Después de leer el relato de lo sucedido aquella noche
María estaba segura de que Marga tenía que seguir callada. No podía hablar, porque ella misma estaba
involucrada y no querría que salieran a la luz todos sus trapos sucios, que debían de ser muchos. Pero
Esteban no lo veía, porque vivía traumatizado, arrastrando un sentimiento de culpa que estaba acabando
con su cordura. Por eso no era capaz de juzgar su situación con claridad. Se creía amenazado porque
siempre se había visto amenazado, porque pensaba que se merecía cualquier cosa que le pasara y, en el
fondo, deseaba recibir el justo castigo.
María esperaba que habérselo confesado a ella lo hubiera calmado un poco. Pero sabía que no era
suficiente. No hacía falta haber estudiado psicología para saber que cualquier persona en las
circunstancias de Esteban necesita ayuda, y más tras tantos años de silencio culpable.
Su problema no se limitaba a las amenazas de Marga. Era mucho más profundo. Esteban
necesitaba ayuda.
«Lo sabe volvió a decirles a las paredes. Él sabe que necesita ayuda, pero no quiere
admitirlo. En realidad, me ha pedido ayuda a mí a través de ese escrito. Sí, esta confesión es como un
SOS, es su forma de decirme: Ayúdame. Pero ¿qué puedo hacer yo?».
Aquí María se quedó bloqueada. Sí, ¿qué podía hacer? Nada, no podía hacer nada. Y eso era lo
más importante: si volvía, ¿cómo podía ayudarlo? No lo sabía, quizá de ningún modo. Porque, aunque
tuvieran épocas buenas, habría muchas más insoportables, y su vida acabaría convirtiéndose en un
infierno. Además estaba claro que él seguía enamorado de Ana Rosa, ¿y cómo iba ella a competir con un
recuerdo? No podía. Lo más sensato era ignorarlo, no volver a verlo, huir de una relación problemática
con un hombre problemático. Sí, eso era lo más sabio y lo que haría cualquier persona con dos dedos
de frente.
«Tengo que dejarlo, es lo mejor. Una relación así me sumiría en la más absoluta de las miserias...
Vive traumatizado, atormentado, su sentimiento de culpa lo incapacita para relacionarse con otras
personas, y por si fuera poco me ha dejado bien claro que sus relaciones con mujeres son sólo
sexuales, y que eso es lo que quiere de mí. No puedo mantener una relación así, no puedo enamorarme
de un hombre que sólo quiere sexo, que me abandonará cuando el sexo conmigo ya no le satisfaga...
En sus circunstancias, él no es capaz de enamorarse. Es incapaz de amar, e incluso podría resultar
peligroso... ¿Quién sabe de qué forma pueden acabar aflorando todos sus traumas, su sentimiento de
culpabilidad?»
Pero estaba enamorada y, aunque hacía muy poco tiempo que conocía a Esteban, creía saber cómo
era y no le parecía que pudiera convertirse en un peligro para ella.
Y otra vez la misma duda: ¿qué hacer?
Las preguntas se mezclaban en su cabeza y la volvían loca. No tenía respuestas, pero sí preguntas,
cada vez más. Se sujetó la cabeza entre las manos y miró el reloj. Eran las cuatro de la mañana, muy
tarde. O muy temprano, pensó.
«Tengo que tranquilizarme», se dijo, mientras se preparaba una tila que se bebió a sorbitos
sentada en el sofá, pensando.
Sí, tenía que tranquilizarse, tenía que relajarse y reflexionar, para lo cual necesitaba estar
descansada; no podía hacerlo en su estado, agotada y confusa. Así pues, lo primero era descansar,
dormir. Luego intentaría encontrar respuestas a todas sus preguntas. Pensaría después.
Más tranquila una vez tomada esta decisión, se dirigió a su habitación para acostarse. Pero, una
vez allí, se sintió rara. Ésa no le parecía su habitación. Se sentó en la cama y posó la mano sobre el
edredón: era suave al tacto y calentito... Se tumbó sin desvestirse. Estaba tan agotada que podría
dormir durante años, se dijo, y cerró los ojos. El reloj luminoso de la mesilla marcaba las cuatro y
media.
Despertó a las seis, más agotada aún de lo que estaba cuando se acostó, pero, como sabía que no
podría seguir durmiendo, se levantó de la cama. Lo primero era darse una ducha para despejarse y
luego tomar un buen café y comer algo; después retomaría sus actividades habituales. Tenía una vida
antes de conocer a Esteban y volvería a tenerla, sólo debía hacerse a la idea de que ya no la compartiría
con él.
«Vaya pensó en voz alta, hablando a las paredes, cosa que empezaba a ser una costumbre,
ayer a estas horas tenía chico y trabajo, y ahora me he quedado sin chico y en el paro... Bueno,
retomaré mi vida en el punto en que la dejé, no es para tanto». Se dijo esas últimas palabras para
animarse, aunque no creía que pudiera continuar como si nada hubiera pasado.
Era viernes, así que primero iría a comprar para llenar la nevera, que estaba vacía, y luego
intentaría ver qué hacía con su vida profesional. Había pensado en oposiciones, y tendría que ver qué
opciones tenía. Hablaría con Roberto, él podría aconsejarla.
Pero no hacía nada a derechas. En la compra se olvidó de lo fundamental y se dedicó a llenar el
carro de chucherías. No llamó a Roberto porque le daba pereza hablar con él. No buscó información
sobre oposiciones en Internet, otra cosa que quería hacer «sin falta», porque no tenía fuerzas y porque
sólo le importaba mirar a cada segundo su correo electrónico para ver si Esteban le enviaba algún
mensaje. Pero nunca lo había. Tenía a mano el iPhone, por si llamaba, pero el maldito aparato seguía
sin sonar. No dejaba de darle vueltas a todo lo que había pensado la noche anterior, sin llegar a una
solución. La imagen de Esteban con una mujer a la que no podía ponerle cara, muerta en sus brazos, no
se le iba de la cabeza. Y seguía sin saber qué hacer.
A las cuatro de la tarde, después de un absurdo día que se le hizo eterno, pensó en llamar a su
hermana. Pero no lo hizo, y no porque no quisiera hablar con ella, sino, sencillamente, porque no se
podía mover.
¿Por qué no la llamaba Esteban? Cogió el teléfono para llamarlo ella, pero lo tiró con fuerza sobre
el sofá... No. Que llamara él.
La tarde fue avanzando y María seguía sentada en el sofá, con el ordenador abierto sobre las
rodillas y el teléfono a mano, por si él escribía o llamaba, mientras la casa se quedaba a oscuras poco a
poco, sin que ella se diera cuenta.
El sonido del teléfono la hizo reaccionar y rápidamente lo cogió. Miró la pantallita encendida
mientras el corazón le latía tan deprisa que creía que se le saldría del pecho... Al ver quién llamaba, lo
desconectó y lo tiró con indignación sobre el sofá, mientras sollozaba. La pobre Rosa no se merecía
que la cortaran así, pero en ese momento no podría soportar hablar con ella.
¿Por qué no la llamaba Esteban?
Ese incidente la hizo reaccionar y encendió varias luces, de manera que la habitación, antes
oscura, quedó más iluminada que un árbol de Navidad. Debía moverse, debía hacer algo, no podía
dejarse llevar por el abatimiento, porque sería nefasto para ella. Tenía que seguir adelante y tenía que
hacerlo sin contar con Esteban.
El resto de la tarde no le fue tan mal; se hizo algo de cena y vio un poco la tele antes de acostarse.
Cuando se metió en la cama, con el móvil estratégicamente colocado sobre la mesilla para oírlo si
sonaba, se sentía más optimista. Al día siguiente le iría mejor.
A las cinco se dio por vencida. No podía dormir, el agotamiento de dos noches en vela y la
incertidumbre se lo impedían; y lo peor era que continuaba teniendo la sensación de no estar en el
lugar adecuado, igual que la noche anterior. Se encontraba mal. Recordó una ocasión en que su padre
las llevó de viaje y ella no pudo dormir en toda la noche porque el hotel le parecía un lugar frío y
desconocido, y echaba de menos su casa, su almohada... Su padre la regañó, le dijo que uno debe
adaptarse a las circunstancias y disfrutar lo que se tiene en cada momento, que era absurdo vivir
añorando lo perdido y que, después de todo, al día siguiente volverían a casa... Y ella lloró toda la
noche, deseando que llegara el día siguiente para volver a casa.
Era la misma sensación que había tenido durante todo el día: echaba tanto de menos a Esteban que
le dolía el corazón de sólo pensar en él. ¿Qué estaría haciendo? Entonces la asaltaron todo tipo de
siniestros augurios. Él no estaba bien, llevaba tanto tiempo solo, atormentándose... ¿Qué haría si
también lo abandonaba ella? Era capaz de cualquier cosa, de cometer un acto irrevocable... ¿Y si le
había pasado algo?... Claro, debía de haberle pasado algo, por eso no había tenido noticias de él en
todo el día, por eso no la había llamado.
Estaba agotada, llevaba horas dándole vueltas a la cabeza y se encontraba en ese momento de la
noche en que todo se ve de la peor manera posible, negro y sin solución. No se le ocurrió pensar que a
la mañana siguiente lo vería todo con más claridad. De pronto, sólo una idea la dominaba: Esteban le
había pedido ayuda... ¿Iba a ser tan insensible como para negársela?
Imaginó lo que estaría sufriendo, pensó en todo lo que ya había sufrido y olvidó el razonamiento
que la había llevado a decidir abandonarlo. Aún no tenía claro qué hacer, y sabía que tendría que
meditar largamente sobre su decisión cuando estuviera tranquila y descansada. Pero no podía
descansar así, dando vueltas en la cama, echando de menos a Esteban, preguntándose cómo estaría y
temiendo que hiciera cualquier barbaridad porque ella se había negado a apoyarlo. Podría perderlo
para siempre, y todo por no haber acudido en su ayuda cuando más la necesitaba.
Volvería con él. Intentaría hacerlo entrar en razón, convencerlo de que necesitaba ayuda
especializada. Eso haría, porque no podía abandonarlo ahora... Entonces recordó otra ocasión en que
también se había visto obligada a permanecer junto a un hombre porque la necesitaba. No, se dijo, esta
vez era muy diferente, porque ella no amaba a Daniel y sólo permaneció a su lado por lástima y por su
sentido del deber. A Esteban, en cambio, lo amaba y quería luchar por él. No había contraído con él
ninguna obligación; si volvía a su lado era porque quería hacerlo.
No lo pensó más. Impulsada por la necesidad de volver a verlo, se levantó decidida, se vistió, se
puso los zapatos y el abrigo y cogió su bolso. Se acordó de mirar dentro para asegurarse de que llevaba
las llaves del piso de Esteban. Las llevaba.
«Tengo que ir con él dijo en voz alta. Probaré a ver cómo nos van las cosas y ya pensaré
después qué hacer».
Tras pronunciar estas palabras, se sintió más animada. Al menos, había sido capaz de tomar una
decisión, aunque no estuviera muy convencida de que fuera la acertada. Pero era mejor que quedarse
sentada dándole vueltas a la cabeza y sin saber qué hacer.
No se llevó nada, ni siquiera se acordó de coger las llaves de su piso. Cerró la puerta y salió al
frío de la madrugada.
CAPÍTULO 19
Cuando María se marchó Esteban tuvo la certeza de que no volvería a verla. Siempre le había ocurrido
lo mismo y ahora no iba a ser diferente, aunque, por una vez, él lo deseara con todas sus fuerzas.
Primero lo había abandonado su padre, al que ni siquiera llegó a conocer; luego su madre, que, a pesar
de que lo quería muchísimo, lo dejó con su abuelo después de casarse con su padrastro. Después su
abuelo, que prácticamente renegó de él y murió antes de tener tiempo de reconciliarse.
Y Marga. También ella lo había abandonado hacía doce años, después de aquella noche terrible.
Tampoco sus amigos habían vuelto a ponerse en contacto con él: todos desaparecieron de repente y
nunca volvió a verlos.
Había logrado sobreponerse, con mucho esfuerzo había salido adelante y, cuando conoció a
María, incluso se hizo la ilusión de que podría llegar a ser feliz.
Ahora todo había acabado. Esteban tenía la absoluta seguridad de que, como los demás, ella
tampoco volvería. Ni siquiera la iba a llamar, ¿para qué? Con el tiempo acabaría saliendo con
Antonio, aunque ese idiota no se la mereciera. Pero sabría consolarla y la haría más feliz que él, un
tipo mentiroso y atormentado cuyo pasado siempre iba a amenazar con volver a jugarles una mala
pasada.
Se había jurado no llamarla, pero al día siguiente, en el trabajo, estuvo tentado de hacerlo miles
de veces y escribió varios correos que luego borró sin enviarlos. Se moría por hablar con ella, por
explicarse. Pero no tenía derecho a presionarla. Ella debía decidir por sí misma, sin interferencias, sin
influencias que la llevaran a tomar una decisión de la que luego pudiera arrepentirse.
Lo peor fue regresar a una casa vacía. Bueno, se dijo, como siempre. Después de todo, nada ha
cambiado.
Se sentó en el sofá y dejó pasar las horas mientras la oscuridad llenaba el salón. Ni siquiera se
levantó a encender la luz, ¿para qué? Pensaba mejor a oscuras, y eso hizo, pensar mientras las horas
pasaban, hasta que se quedó dormido.
Cuando despertó no sabía qué hora era; se encontraba muy incómodo, pero no tenía fuerzas para
moverse, estaba como clavado al sofá, sin ganas de cambiarse, y sólo pensar en comer algo le
producía náuseas... De todos modos hizo un esfuerzo y se levantó. Necesitaba descansar porque estaba
agotado, así que se dirigió a la habitación, se quitó la ropa y se metió en la cama. Dos minutos después
ya estaba dormido.
María abrió la puerta de la casa de Esteban a las seis de la mañana. Aún no había amanecido, de
modo que en el salón, que fue el primer sitio al que se dirigió, reinaba la oscuridad. Encendió una luz.
Allí no estaba, claro, estaría durmiendo, se dijo, y, de puntillas, fue hasta el dormitorio y se asomó.
Estaba oscuro, pero entraba la suficiente claridad procedente de una farola como para ver el bulto del
cuerpo de Esteban en la cama. Respiraba pesadamente, parecía profundamente dormido. María sintió
unas ganas terribles de meterse con él en la cama y dormir durante una semana, pero no quería
despertarlo, así que cerró la puerta del cuarto muy despacio para no hacer ruido y volvió al salón,
dispuesta a esperar allí hasta que él se levantase.
De repente se sentía relajada, la tensión y el ahogo del pecho habían desaparecido y todo el
cansancio acumulado recayó sobre ella como una losa, aplastándola, dejándola sin fuerzas. Cerró los
ojos y se tumbó en el sofá.
El sol entraba a raudales por las cristaleras de la terraza. Lo primero que vio fue el rostro de
Esteban sobre el suyo, mirándola.
Buenos días le dijo, aún dormida.
¿Qué haces aquí?
Esteban la miraba sin comprender. Llevaba sólo los calzoncillos y una de esas camisetas viejas que
solía ponerse para dormir; tenía el pelo alborotado y sus ojos, muy abiertos por el asombro, aún
conservaban la nebulosa del sueño.
¿Qué hora es? María tosió; tenía la garganta seca y su voz sonó como un graznido.
Las nueve... ¿Has vuelto? dijo Esteban recalcando lo evidente.
¿Tú qué crees? Estoy aquí. Se incorporó e intentó apartarlo para levantarse del sofá. Voy a
beber agua.
Deja, no te muevas, te traeré un vaso.
Se dirigió a la cocina, para regresar a los pocos segundos con un vaso de agua que María se bebió
de un trago, con ansias.
Más despacio, que te vas a atragantar...
Es que tengo mucha sed. ¿Me traes otro, por favor? Le tendió el vaso y Esteban lo cogió, pero
no se movió de donde estaba.
Has vuelto... dijo. No era una pregunta, sino una afirmación.
Sí. Y a decir verdad hubiera preferido un poco más de entusiasmo por tu parte. Pero bueno, qué
se le va a hacer.
¿Vas a quedarte?
Sí, si tú quieres que me quede.
Claro que quiero. Se quedó pensativo unos instantes, mirando el vaso que tenía en la mano.
Al fin dijo lo que más le preocupaba en esos momentos. ¿Lo has leído?
María asintió con la cabeza.
Y a pesar de todo, has vuelto... La miraba sin comprender. No lo entiendo, creí que no
volverías. Estoy avergonzado... Habría preferido que no lo supieras nunca...
Yo también pensé eso cuando lo leí. Pensé que tenías razón, que habría sido mejor no saberlo.
Esteban sonrió con tristeza.
Ahora vuelvo, voy a por más agua.
Esta vez María bebió poco a poco, a sorbitos. Cuando terminó se levantó y fue a dejar el vaso
sobre la encimera; se sentía entumecida, sus huesos acusaban la incomodidad de haber dormido en un
sofá.
Voy a darme una ducha, estoy hecha polvo. Se estiró para desentumecer los músculos.
Sí, mientras haré un café. Cuando salgas, hablaremos.
Vale.
María se dirigió al baño cabizbaja, un poco triste. Era evidente que ambos se sentían incómodos.
La familiaridad y la confianza parecían haber desaparecido y cada uno se dirigía al otro con recelo, sin
la espontaneidad que siempre había caracterizado su relación.
Después de ducharse se dirigió al cuarto para vestirse, y fue entonces cuando cayó en la cuenta de
que no tenía ropa allí, pues se lo había llevado todo a su casa. Dobló la ropa que llevaba puesta y la
dejó sobre la butaca para usarla más tarde. Salió vestida con el albornoz de Esteban, pensando que
tendría que volver a su casa a por la maleta... O quizá no... Quizá después de esa conversación tuviera
que marcharse para siempre.
Esteban la esperaba tomando un café, con un apetitoso desayuno para ella sobre un mantelito. El
olor a pan tostado hizo que María recordase el hambre que tenía, de modo que se lanzó con ansias
sobre el plato. Durante unos minutos cada uno se dedicó a su tarea: ella a comer y él a beber café tras
café.
Entonces ahora me das la razón dijo de pronto Esteban. María levantó la mirada de su taza de
café y clavó los ojos en él.
¿Cómo?
Sí, antes has dicho que preferirías no haberlo sabido.
¡Ah! No, bueno... Sí lo pensé..., pero enseguida me di cuenta de que no, de que es mejor que lo
sepa. Así podré ayudarte.
¿Qué dices? ¿Cómo piensas ayudarme? No puedes hacerlo, es imposible borrar lo que pasó.
Ahora estoy muy confusa, Esteban. Necesito pensar, meditar sobre ello... ¿Por qué no dejamos
esta conversación para más tarde? Tenemos que hablar, claro, porque tú necesitas hablarlo con
alguien... Me refiero a un especialista. Sufriste un terrible trauma y has callado durante mucho tiempo.
No. Llevo años intentando olvidarlo, no me hagas hablar de ello ahora, y menos con extraños.
No quería hablarlo con extraños, pero a ella se lo había contado. Luego no la consideraba una
extraña. Eso la animó.
Amabas a Ana Rosa... Y creo que aún continúas amándola. Lo dijo sin pensar, porque le dolía
que él aún siguiera amando a esa mujer a la que ella nunca conocería, pero enseguida se arrepintió de
sus palabras.
Ana Rosa murió, por el amor de Dios... Y yo la maté. Eso es lo más importante. ¿Y a ti sólo se te
ocurre ponerte celosa?
María se sintió muy dolida. Había vuelto, le estaba diciendo que quería ayudarlo y Esteban la
trataba como si le molestara verla. Unas lagrimitas acudieron a sus ojos, pero logró controlarlas.
Parece que no te sientes muy cómodo conmigo ahora... Me marcharé, creo que es lo mejor de
momento.
Se levantó y Esteban fue hacia ella.
¡No! Por favor, no te vayas. Perdona... Claro que quiero que te quedes, es que... bueno, estoy...
Nunca le había hablado a nadie de aquello y ahora me avergüenza que tú lo sepas, tengo miedo de lo
que puedas pensar de mí...
He vuelto porque quiero ayudarte. Estás convencido de que mataste a Ana Rosa, pero fue un
accidente, un terrible accidente, y tú no tuviste la culpa...
¿Cómo que no? la interrumpió. Me encantaría decir que tienes razón, pero no voy a
hacerlo, porque sé que no es verdad... Calló al ver la mirada de escepticismo de María. Da igual,
dejemos eso ahora. Lo importante es que quiero que te quedes. Por favor, no te marches. Dime que
todo volverá a ser como antes entre nosotros.
María pensó que eso era muy difícil, y también iba a ser muy difícil ayudarlo, porque él no quería
dejarse ayudar. Pero había algo más, algo que a ella ni siquiera se le había ocurrido que podría pasar:
se sentían incómodos juntos, ya nada volvería a ser como antes. Al mirarlo veía a un hombre distinto
al que había conocido y del que se había enamorado, un hombre capaz de hacer cosas horribles. Dicen
que nadie puede hacer bajo hipnosis algo que no sea capaz de hacer despierto... ¿Pasaría lo mismo con
las drogas? Si no hubiera estado drogado, ¿habría sido Esteban capaz de hacer lo que hizo? No quería
que sus pensamientos siguieran ese rumbo, pero no lo podía evitar. ¿Por qué había vuelto? ¿Por qué el
día anterior le había parecido cuestión de vida o muerte regresar con él? Su carácter impulsivo le
había jugado otra mala pasada al hacerla tomar la decisión equivocada. Pero estaba allí, y lo peor era
que quería continuar allí, a su lado.
Ahora no quiero hablar le dijo, deteniendo el peligroso camino que tomaban sus
pensamientos. Por favor, podría decir cosas que no siento, que en realidad no pienso aunque crea
que sí, y luego me arrepentiría. Prefiero esperar, meditar... Y después hablaremos. Tenemos que
hacerlo...
Acabarás marchándote, María. Al final te irás.
Sí, tarde o temprano se iría. ¿Qué mujer sería capaz de vivir con un hombre obsesionado por algo
que no puede remediar? Además, había visto algo nuevo en ella, algo que jamás se le había ocurrido
que podría formar parte de su relación: miedo. María lo miraba con recelo, y se apartaba cuando él
intentaba toAna Rosa.
Bueno... No puedo asegurar al cien por cien lo que sucederá en el futuro, nadie puede hacerlo...
Sí, pensó Esteban con tristeza. María no era la misma. Y se sintió dolido. Dolido y enfadado.
Por cierto dijo de pronto María, alarmada, vas a llegar tarde al trabajo, tendrás que llamar
al juzgado y dar alguna excusa...
¡Hoy es sábado! Tenemos todo el día para nosotros solos.
Se sintió agobiada al pensar que tendría que pasar el día entero junto a él. ¿Qué harían?
¿Comportarse como dos seres civilizados, cada uno con miedo de decir algo que pudiera herir al otro?
Vaya, qué tonta, es verdad. Ni siquiera sé en qué día vivo...
¿Qué te pasa, María?
Nada. ¿Por qué crees que me pasa algo? Sólo que... Bueno... Esperaba que te pusieras muy
contento al ver que había vuelto, pero parece que te molesta, ni siquiera me has dado un beso...
Eso tiene fácil arreglo.
Bajó la cabeza y la besó. Mientras lo hacía, le abrió el albornoz y comenzó a acariciarla. Tenía un
plan: si le hacía el amor quizá todo volviera a ser como antes, el sexo los había unido desde el
principio, había sido la base de su relación, sin él acabarían rompiendo, así que...
¿Quieres que siga? Le habló al oído. Su aliento le rozaba la mejilla y María se estremeció.
Sí, quería que siguiese. Sabía lo que él estaba haciendo y le gustó, porque eso significaba que
deseaba continuar a su lado. Cuando hacían el amor era lo mejor del mundo, se acababan las dudas y
los recelos. Quizá, incluso, como él decía, volvieran a ser los de antes.
Si te paras, me cabrearé mucho, mucho...
Se notó húmeda de repente y Esteban a esas alturas estaba tan excitado que tomó la mano de la
joven y se la llevó hasta el pene.
Mira lo que me haces... Esto sí que no ha cambiado.
Te digo lo mismo... Mira lo que me haces tú a mí...
María llevó la mano de Esteban a su sexo, húmedo por la excitación, y se removió, sensual, contra
la palma. Ninguno de los dos fue consciente de lo que estaba pasando, ni María ni Esteban supieron
nunca cómo habían llegado allí, pero de pronto se encontraron en la habitación, dando vueltas en la
cama, besándose y acariciándose con frenesí. Esteban le sujetó los brazos por encima de la cabeza y
comenzó a besarle el cuerpo: el cuello, los pezones... Luego le soltó el brazo y tomó entre sus manos
uno de sus pechos, masajeándolo, removiendo el pezón con el dedo índice y el pulgar, pellizcándola,
haciendo que se removiera, que lo buscara... Le besó el lóbulo de la oreja y María gimió, complacida;
la naricilla, que lo volvía loco; las cejas; los ojos cerrados; los labios...
No vuelvas a marcharte, María. Su tono de voz era implacable. Quiero que te quedes. El
beso que siguió a esa declaración fue duro, posesivo, como si Esteban quisiera marAna Rosa para que nunca
olvidara dónde estaba su lugar; pero María, acostumbrada a recibir sólo ternura por parte de él, se
asustó y lo apartó de un manotazo.
Me haces daño.
Perdona, lo siento... perdona. Se apartó de ella. Me tienes miedo, María, esto no va a
funcionar...
¿Qué tonterías dices? Sí que va a funcionar, y no te atrevas a dejarme ahora...
Él iba a decir algo, pero María acalló sus protestas tapándole la boca con la suya y comenzó a
estimularlo con sus caricias hasta que volvió a besarla con el mismo ardor de antes.
No he sabido expresarte mis sentimientos dijo entre gemidos, pero claro que me he
alegrado de verte... Es que... estaba convencido de que no volverías y ha sido toda una sorpresa...
Mientras hablaba no dejaba de besarla, de acariciarla, y María aceptaba sus caricias, ahora pasiva,
dejándose hacer, dejándose querer.
Las sorpresas pueden ser buenas o malas... dijo.
Ésta ha sido magnífica.
María le acariciaba la espalda, disfrutando con el tacto de cada centímetro de su piel. Él estaba
sobre ella, dedicado a la tarea de besarle el pecho, el estómago, el vientre, de trazar círculos con la
lengua sobre su ombligo... Ella se retorcía a causa del deseo. Siguió bajando las manos por su espalda
hasta llegar al trasero, que acarició con movimientos sensuales. Cuando Esteban le abrió las piernas y
comenzó a acariciar con la lengua, con suavidad, los lugares donde sabía que más podía excitarla,
María dejó de acariciar y le arañó la espalda mientras meneaba las caderas, alzándolas, animándolo a
penetrarla. Y Esteban lo hizo, primero poco a poco, lo que a María le pareció frustrante, por lo que
envolvió sus piernas contra sus caderas, apretando fuerte, mientras con las manos le acariciaba los
testículos, animándolo a penetrarla por completo.
Así, mi amor, así...
Esteban gritó y aumentó el ritmo, penetrándola con más fuerza. Le había puesto las manos en el
trasero para empujarla contra él, y María gemía y empujaba a su vez, respirando agitadamente.
Sí, por favor...
Esteban logró alargar el momento, se contenía, luego se volvía a soltar y después se contenía otra
vez. El placer de oírla gritar de esa forma, de verla tan excitada, lo volvía loco. Ella arremetía contra
él cada vez con más ímpetu, gimiendo desesperada, hasta que por fin Esteban perdió el control y
empujó con todas sus fuerzas, gritando su nombre. María también gritó y los dos se movieron con
frenesí, poseyéndose por completo.
Tardaron unos minutos en volver a la realidad. Estaban agotados y sudorosos, y permanecieron
abrazados en silencio.
María cerró los ojos y, cuando él la acarició, se removió para apartarlo. No estaba dormida, pero
quería que él lo pensara. Como siempre, habían ignorado los problemas haciendo el amor. Sus
dificultades acababan en la cama, pero luego regresaban con más intensidad. No creía que pudieran
soportar durante mucho tiempo una situación tan artificial, tan poco sincera.
Permanecieron tumbados mucho tiempo, silenciosos, inmerso cada uno en sus propios
pensamientos.
Llegará un momento en que no podremos solucionar todos nuestros problemas echando un
polvo dijo al fin María.
¿Por qué? Esteban sonrió. Además, éste ha sido glorioso. ¿Echamos otro?
Ya la estaba acariciando de nuevo, y lo peor era que ella ya empezaba a estremecerse y a temblar.
¿Por qué era tan seductor, tan encantador? María le sonrió. Ese hombre la tenía pillada. Si no
fuera tan guapo, si no fuera tan tierno y a la vez tan complicado... Si no fuera Esteban, quizá no estaría
tan coladita por él.
Ahora no...
No, claro, tú sólo quieres hablar... Las mujeres creéis que todo se soluciona hablando,
desnudando los sentimientos...
Alguna vez tendremos que hacerlo. Es mucho peor callar, créeme. Aunque en este momento
llevas razón. Necesitamos tiempo para pensar...
Me siento como un bicho raro al que te dispones a analizar en el laboratorio. No es una
sensación agradable, María, me gustaría que lo entendieras.
María calló. Debía ser más cuidadosa en su presencia. Había cosas que no debía decirle, no quería
que se sintiera incómodo con ella, porque sí pensaba analizarlo como a un bichito en un laboratorio.
Ya no se conformaba con seguir como hasta ahora, quería algo más: estaba enamorada de él y debía
averiguar si podía tener un futuro con Esteban.
Después de hacer el amor, algo de su antigua confianza había vuelto. Pero no toda. Estaba casi
segura de que, si seguían así unos días, todo iba a volver a ser como antes, pero eso ya se le quedaba
muy corto. Hacer el amor y hablar únicamente de libros y de películas pasando de puntillas sobre los
temas incómodos no era una solución.
Al menos no era lo que ella quería.
«Todo o nada», se dijo. No había término medio.
Por cierto, esta noche tengo un compromiso, un cóctel al que no puedo faltar dijo Esteban en
tono de fastidio, interrumpiendo sus pensamientos.
Perfecto, es bueno que salgas.
María sintió un gran alivio al saber que él saldría esa noche y podría quedarse sola para pensar.
Había otra cosa que la preocupaba, una idea que no había tomado aún forma, pero que no dejaba de
rondarle por la cabeza: algo que no entendía en el relato, y le molestaba no saber exactamente qué era.
Quería volver a leerlo; era doloroso pero necesario. Intuía que las palabras de Esteban encerraban una
verdad que ni siquiera él conocía.
Creo que no lo has entendido. Estás muy distraída... Lo que te estoy diciendo es que... En fin,
quiero que vengas conmigo.
¿Qué?
Ya sabes que no soy un hombre muy sociable, pero hay un colega con el que me une lo más
parecido a una amistad que conozco... No es que seamos íntimos, pero es la única persona que
soporto...
¡No me digas! lo interrumpió María poniendo cara de indignación. ¡La única persona que
soportas...! ¿Y yo qué? ¿A mí no me soportas?
Ya sabes a lo que me refiero...
Te estaba tomando el pelo... ¿Qué me decías?
Que el juez del que hablo se jubila y entre unos cuantos han organizado un cóctel en su honor,
ya sabes, discursitos y esas cosas... Bueno, el caso es que me mandaron una invitación y tenía que
confirmar si iría solo o seríamos dos. El jueves por la mañana confirmé que seríamos dos... Con todo
este jaleo se me olvidó decírtelo.
Pero yo no conozco a nadie...
Claro que sí, seguro que estará ese fiscal amigo tuyo y también algunos jueces y abogados que
conozcas. Venga, acompáñame. Yo no puedo faltar, ese hombre se portó muy bien conmigo al
principio y sería un desagradecido si no participara en su homenaje. Pero la verdad es que no tengo
ningunas ganas de ir... Es un coñazo. Si vinieras conmigo, sería más llevadero.
María no contestó. Se levantó de la cama y se puso una camiseta que había tirada en el suelo.
Esta habitación es una leonera. De pronto fue consciente del desorden, de la desorganización
que presidía sus vidas, y se sintió muy molesta. Si iban a seguir juntos, tendrían que cambiar muchas
cosas. Lo miró muy seria. Esteban, tenemos que organizarnos, tenemos que ordenar nuestra vida. He
vuelto y me quedaré contigo, pero necesito unas pautas. Yo no puedo vivir en un continuo caos,
confundiendo el día y la noche, comiendo a deshoras o, lo que es peor, no comiendo. Si organizamos
nuestro día a día también organizaremos nuestras mentes, que es lo que necesitamos. No podemos
seguir así.
¿De qué hablas? Algo parecido te dije yo hace unos días, ¿recuerdas? Pero no hablaba muy en
serio.
Pues yo sí.
De acuerdo, me parece bien. Si quieres organización, la tendrás, por mí que no quede... Bueno,
y volviendo a mi pregunta: ¿vendrás conmigo esta noche? Esteban sonrió. Sabía que sus esfuerzos
por parecer animado no estaban teniendo mucho éxito.
No sé...
Quería quedarse sola esa noche, pero también tenía mucha curiosidad por ver a sus «conocidos»,
como él decía, al círculo en que ahora se movía Esteban. Por otro lado, si quería normalizar su relación,
que ambos tuvieran cada vez más cosas en común, ésa era una buena manera de empezar a hacerlo.
¿Qué hay más normal en una pareja que ir juntos a una fiesta?
De acuerdo, me parece bien, me apetece conocer a tus amigos.
Gracias. ¿Sabes una cosa? En estos años he asistido a muy pocos acontecimientos sociales,
pero las veces que lo he hecho siempre he ido solo... Podría haber llamado a alguna de mis «mujeres
de una noche», claro, pero nunca lo hice porque eran eso, de una noche, y no quería entablar una
relación más duradera con ninguna.
Ni siquiera conmigo.
Al principio no... No sabes cuánto le agradezco al cielo que se te rompiera el coche. De no ser
por esa casualidad no habríamos vuelto a vernos, porque, aunque te esperé en la puerta de tu oficina...
Y te quedaste frito...
Los dos rieron al recordar aquel episodio. Poco a poco la tensión se iba desvaneciendo entre ellos.
Sí. Me quedé dormido y tú pasaste por mi lado sin que yo te viera, y puede que no hubiéramos
vuelto a vernos si no se hubiera agotado la batería de tu coche...
María se sentó en la cama.
Hay que ver cómo juega el destino con nosotros, ¿verdad? Si la mañana que nos vimos por
primera vez yo no hubiera llegado tan pronto al juzgado, no habría entrado en esa cafetería y no te
habría conocido.
Sí que me habrías conocido, recuerda, en la comparecencia...
Ya, pero no te habrías fijado en mí ni yo en ti si no nos hubiéramos visto antes en la cafetería.
Creo que te equivocas, yo sí que me habría fijado en ti, y te habría seguido igual, y habría
intentado atracarte en el aparcamiento...
María rio.
¡Cuántas cosas en tan poco tiempo! Yo he cambiado mucho desde que te conocí dijo María,
acariciándole la mejilla.
Y yo... La mirada de Esteban se oscureció. Y justo cuando todo podría haber empezado a ir
bien para mí, tuvo que aparecer esa...
María se asustó al ver la dureza y el odio que se reflejaban en sus ojos.
No creo que ella sea la culpable de todo...
¿Qué estás diciendo? La miraba con incredulidad, como si de repente se hubiera vuelto loca.
Que ella sólo removió tus recuerdos, pero el problema está en ti, y tienes que solucionarlo...
No te entiendo, María, no te entiendo... Meneaba la cabeza con pesadumbre. Parecía
cansado, agotado. No. Yo creo que este embrollo no tiene solución.
Sí la tiene. Ya te lo he dicho, necesitas ayuda profesional, has soportado más de lo que
cualquier persona corriente habría aguantado. Y lo has hecho tú solo.
Esteban le acarició el pelo.
Lo cierto es que, aunque no lo creas porque yo no he sido capaz de demostrártelo, desde que tú
lo sabes me encuentro mejor. Tenía un miedo terrible de que te enteraras, es cierto, pero ahora me
alegro.
Y te sentirás aún mejor cuando lo compartas con alguien que pueda proporcionarte la ayuda
que necesitas.
La insistencia de María en este punto empezaba a resultarle muy molesta.
Tú eres la única que puede ayudarme. No quiero a nadie más. Cuando dimita, quizá Marga me
deje por fin en paz. Entonces podremos empezar tú y yo, desde cero.
Pero María no estaba tan segura de que pudieran empezar de nuevo con una carga semejante
sobre sus espaldas. Era demasiado pesada, aunque ahora fueran dos para repartirla.
CAPÍTULO 20
Cuando salió del cuarto la asaltaron un montón de ricos olores. Esteban estaba cocinando y el agradable
aroma de un guiso especiado impregnaba todos los rincones de la casa.
Te quedaste dormida y me dio pena despertarte, así que estoy haciendo la comida.
¡Qué bien huele!
Ya verás, te vas a chupar los dedos. Destapó la cazuela y cogió un poquito de salsa con una
cuchara de madera. Prueba, seguro que en tu vida has comido un estofado mejor.
¡Delicioso!
Y mira. La tomó de la mano y la llevó a la habitación. He recogido.
¿Cuándo?
Mientras dormías. Estabas como un tronco, ni te has enterado, claro que he sido muy
silencioso, lo he hecho con mucho cuidadito. Ahora haré la cama.
Se dirigió a la ventana y la abrió.
Primero hay que ventilar la habitación.
María sonrió para sus adentros. Él creía que había recogido, pero lo único que había hecho en
realidad era quitar de en medio la ropa que estaba tirada de cualquier manera sobre las sillas y el
sillón, aunque ella había dejado la suya doblada.
¿Y mi ropa?
He metido la ropa que andaba tirada por ahí en el cesto de la colada. ¿Satisfecha?
Sonrió. Tenía el pelo revuelto y aún no se había afeitado, por lo que asomaba a su rostro una
tímida barba que le daba un aspecto descuidado y seductor. María lo acarició.
Estás muy guapo...
Vaya, muchas gracias, me encanta ser tu hombre objeto. Ya lo verás, voy a cambiar.
La fingida alegría de Esteban la entristeció. Era evidente que se estaba esforzando por ocultar su
verdadero estado de ánimo para complacerla, pero que no se encontraba de tan buen humor como
quería hacerle creer.
El caso es que yo no quiero que cambies. Me gustas tal y como eres.
No es cierto, no puedo gustarte tal y como soy, un misántropo obsesionado. Lo de esta noche es
un importante primer paso. Saldremos, veremos gente... Me lo has pedido muchas veces y yo no te he
hecho caso hasta ahora. ¿Sabes una cosa? El otro día, cuando tuve que confirmar mi asistencia y dije
que llevaría acompañante, me sentí feliz. Por primera vez desde que te conozco pensé que estaba
haciendo algo que tú querías que hiciera, que estaba haciendo algo por ti...
María le sonrió, pero no dijo nada. Le disgustaba que él se sintiera obligado a aparentar alegría
para complacerla, y se apartó cuando alargó el brazo para acariciarla. Fue un gesto instintivo, no
premeditado, pero Esteban la miró dolido y salió de la habitación.
María se sentó en el sillón con la cabeza entre las manos. ¿Era ella la culpable de lo que pasaba?
¿Se estaba comportando como una estúpida melindrosa? Dudaba que su relación volviera a ser la de
antes por mucho que se esforzaran. Si continuaban juntos, tendrían épocas buenas, claro. Pero,
mientras el problema persistiera, iría reconcomiéndolos hasta que no pudieran soportarlo.
Entonces tocó el sillón donde estaba sentada.
¡Esteban!
¿Qué pasa? Esteban asomó la cabeza por la puerta, dudando si entrar o no.
¿Y mis pantalones? No los veo...
Los he echado a lavar, junto con tu ropa interior y tu camiseta. Andaban tirados por el suelo.
No me mires así, has sido tú la que ha dicho que debíamos ser más organizados...
Yo los dejé aquí bien dobladitos.
Pues debieron de caerse, porque estaban tirados en el suelo.
Vale, pero... Es que me llevé mis cosas cuando me marche, ¿lo recuerdas? No tengo nada de
ropa aquí... Ni mis cremas, ni el ordenador, nada... Y luego salí tan deprisa de mi casa, sin pensar, que
me lo dejé todo... ¿Qué hago?
No te preocupes, yo iré a recoger tus cosas. Hazme una lista de todo lo que quieres que guarde
en la maleta y te lo traeré.
No, no la deshice lo interrumpió con una sonrisa. Al menos algo había salido bien, pues no
se imaginaba a Esteban hurgando entre sus cosas y decidiendo qué llevarle. Está en el salón. También
tienes que coger mi portátil... Ah, y un vestido para esta noche... ¿Es formal?
Bueno, es un cóctel.
¡Qué bien! Tengo un vestido de cóctel muy bonito. Me lo compré hace unos meses, estaba
deprimida... María se ruborizó, fue un dispendio que no podía permitirse, pero le alegró el día. Ni
siquiera lo he estrenado, lo reconocerás fácilmente en cuanto abras el armario: el que notes que jamás
me pondría para ir a la compra.
La verdad era que había sido una extravagancia que aún no entendía. Pero estaba deprimida,
triste, se encontraba muy sola y ese vestido la animó. Cuando se lo puso en el probador de la exclusiva
tienda fue como si le inyectaran una dosis de adrenalina. Era rojo, con tirantes, y la falda de seda le
caía con suavidad hasta media pierna, remarcando su silueta. Se había sentido guapa, seductora... y se
lo compró, aunque le costó una barbaridad y sabía que quizá nunca tendría la oportunidad de
ponérselo. Era elegante y sensual, pero su sencillo diseño lo hacía especialmente apto para
acontecimientos como el de esa noche. Durante unos días estuvo a punto de devolverlo varias veces;
pero, cuando lo cogía, le resultaba imposible desprenderse de él y volvía a guardarlo. Y ahora se
alegraba de haberlo comprado, por fin tenía ocasión para lucirlo.
Perfecto, me ducho, me cambio en un santiamén, y voy a tu casa. Tú mientras vigila el
estofado.
Esteban se dirigió al baño. No le había dicho nada a María, pero pensaba comprarle ropa, quería
regalarle las cosas más bonitas que pudiera encontrar: perfumes, adornos, todas esas fruslerías que
tanto les gustan a las mujeres, o eso pensaba él. Todo le parecía poco. No es que planeara volver a los
círculos de la alta sociedad que había frecuentado hasta los veinte años, eso nunca. Pero había
decidido salir de su aislamiento, viajar, e incluso asistir a alguna que otra fiesta; él recibía muchas
invitaciones y siempre las rechazaba todas. Bueno, ahora aceptaría alguna..., una o dos al año, se dijo,
pues tampoco había que pasarse. Lo haría por ella, porque entendía que no podían estar siempre solos
y encerrados; él lo prefería, pero María era diferente, ella era alegre, sociable, no podía condenarla a
una vida de soledad. Además, tenía tanto miedo de que lo dejara que estaba dispuesto a hacer lo que
fuera para retenerla, hasta salir de vez en cuando a alguna fiesta.
Mientras se afeitaba pensó que María llevaba razón en una cosa, tenían que hablar. Hablaría con
ella, pero con nadie más, en eso no pensaba ceder. Nada de terapeutas ni chorradas por el estilo, él no
necesitaba eso. En su opinión, lo más importante era resolver su problema con Marga, y se le había
metido en la cabeza que sólo su dimisión podría arreglarlo. Tampoco pensaba ceder en eso, dijera lo
que dijese María. En los demás aspectos se amoldaría a ella de todo corazón, pero en esos dos puntos
iba a ser inflexible.
Cuando salió de la ducha, listo para ir a buscar la maleta, María estaba sacudiendo su bolso como
una posesa y dando saltitos de frustración.
¿Qué pasa ahora?
Que no tengo las llaves de mi casa. Anoche salí tan deprisa que me las dejé...
¿Y qué hacemos?
La única solución es llamar a Celia, ella tiene unas. La llamaré y le diré que vaya a recoger las
cosas y me las traiga aquí.
¿Aquí? Esteban puso cara de espanto. ¿No puedo quedar con ella en tu casa y que me las
dé?
Le parecería muy raro. ¿Qué tiene de malo que venga? Sabe que vivimos juntos.
Ya, pero... Nunca traigo gente aquí, ya lo sabes. Durante muchos años, aparte de Carmen, tú
eres la única mujer que ha entrado en esta casa.
¿No traías aquí a tus ligues de una noche?
No. No quería que supieran dónde vivía, ya sabes, para que no pudieran localizarme si por
casualidad les daba por ponerse pesadas.
Pues a mí me invitaste a subir aquella primera noche... ¿No tenías miedo de que yo también me
pusiera pesada?
Contigo todo fue diferente desde el principio...Tú eres especial. La verdad es que yo mismo me
sorprendí bastante cuando te invité a subir...
María hizo un gesto de frustración.
Me parece absurdo que no quieras que venga mi hermana, no lo entiendo.
Vale, tienes razón... Que venga, después de todo es tu hermana.
Y te la presentaré. Es un encanto.
María le sonrió satisfecha. Esteban había empezado a abrirse por fin, lo notaba. Era un buen
comienzo.
Celia se quedó estupefacta cuando María le dijo que tenía que ir a su casa a recoger la maleta,
además de un montón de cosas que había ido añadiendo a la lista.
No entiendo nada. ¿Te fuiste a tu casa con la maleta y ahora no tienes ropa? ¿Por qué?
Ahora no puedo hablar dijo, casi en un susurro para que Esteban no la oyera.
Discutisteis y lo abandonaste, es la única explicación... Venga, cuéntamelo.
Luego te lo cuento. Le dio la dirección de Esteban y Celia quedó en llamarla cuando llegara
para que él bajase a ayudarla a subir todo lo que le había pedido que le llevase.
Te espero entonces a eso de las cinco. Un beso, hermana. Te quiero.
Un beso. Y no te creas que te vas a ir de rositas de este embrollo... Me lo vas a contar todo,
quieras o no. Empiezo a pensar que te traes demasiados líos.
¿De qué hablas? Y no te retrases, que necesito el vestido esta noche.
Durante la comida, ambos se esforzaron por hablar de cosas triviales para no tocar el tema que
ocupaba sus pensamientos. Cuando Esteban se ponía a hablar de derecho, no había quien lo parase y
María lo animó, haciéndole preguntas, consultándole sobre algunos casos que habría podido llevar de
seguir en el bufete y que le interesaban por su complejidad jurídica... En ese tema se sentía seguro y
sus consejos y apreciaciones eran brillantes y acertados. También hablaron de cine, como siempre, y
de literatura... De todo menos de lo único que los obsesionaba.
Recogieron en silencio. María estaba muy pensativa, tenía esa arruguita en el entrecejo que
Esteban había aprendido a identificar como un signo de concentración y procuraba mantenerse alejada
de él. Sus esfuerzos por no tocarlo le parecían ofensivos, le dolía pensar que no se sentía segura en su
presencia.
Pero en esa ocasión Esteban se equivocaba. No lo rehuía, sólo estaba muy concentrada dándole
vueltas a esa idea que no podía sacarse de la cabeza.
Esteban... No sé... Verás, no sabía si decírtelo, pero hay algo extraño en tu relato...
¿Qué? ¿Piensas que te he mentido?
La miró consternado y María se apresuró a sacarlo de su error.
¡No! Claro que no. Pero creo que quizá se te escape algo, que haya algún detalle que
desconozcas... Te desmayaste, y cuando despertaste todo había pasado... estabas solo... Y luego nadie
fue a verte, nadie te dio explicaciones. Reconoce que es raro que Marga no volviera a visitarte, que ni
siquiera se interesara por cómo estabas.
Sé lo que tengo que saber. Yo la maté, la vi. Estaba muerta. Y fue mejor para mí que Marga y
su hermano desaparecieran... Créeme, fue mejor para mí no volver a saber nada de todo aquel asunto.
Pero Marga... insistió. ¿No te ha contado nada? ¿No te ha dicho por qué no fue a verte
después de...? Se interrumpió.
Sólo me ha dicho que después de lo que pasó se le quitaron las ganas de verme otra vez. No
quería saber nada de mí, y es comprensible. Yo la entiendo. Yo tampoco quería saber nada de ella.
El sentimiento de culpa era tan grande que Esteban se creía merecedor de todos los castigos. En
ese punto no razonaba con claridad, y María pensó que ella, por mucho que lo intentara, no iba a poder
cambiarlo. Aun así, continuó:
Marga participó en todo aquello, no es tan inocente como dice. Y si todo sale a la luz, también
se verá perjudicada... Eso es lo que me hace pensar que quizá sólo sea un farol. Sinceramente, Esteban,
no creo que esté en disposición de cumplir su amenaza; ella misma tiene mucho que perder. Sospecho
que te ha amenazado con contarlo porque, si caes en la trampa, ella y su hermano saldrán
beneficiados; ha probado a ver qué pasaba... Pero si tú no caes, si te inhibes del caso y pasas de ella,
no tiene nada que hacer... ¿No te das cuenta?
¡Oh, María! La que no se da cuenta eres tú... No me importa Marga, no me importan Lucas
Salcedo ni sus negocios ilegales... Lo importante es que yo maté a Ana Rosa, ¿no lo entiendes? Había
aprendido a vivir sobrellevándolo y las cosas empezaban a irme bien... Pero Marga me lo ha
recordado, y es casi como empezar de nuevo.
No es como empezar de nuevo. Ahora me tienes a mí.
En ese momento sonó el timbre del telefonillo y Esteban fue a contestar.
De acuerdo, ahora bajo. Colgó. Es tu hermana, bajo a ayudarla.
María asintió con la cabeza y lo vio marchar.
A los pocos minutos oyó voces y una risa femenina que conocía muy bien.
Cómo pesa esa condenada maleta dijo Celia como saludo al entrar en el salón. Llevaba su
cartera con el ordenador y se la tendió a María. Menos mal que tu chico es muy fuerte, y si no lo es,
que se aguante, porque le ha tocado subirlo todo.
Se oían los ruidos que hacía Esteban, primero metiendo paquetes y luego arrastrando la maleta por
el pasillo.
María salió al pasillo y miró. Aparte de la maleta, había un maletín y cuatro enormes bolsas.
Pero ¿qué es esto? Yo no te he pedido que trajeras todas estas cosas.
No, pero he mirado la maleta y no había casi nada. He cogido las cosas más básicas, para que
no tengas que ir a tu casa todos los días.
Pienso seguir yendo a mi casa casi todos los días, aún es mi casa.
Bueno, no te enfades... Oye. Celia acercó la cabeza a la de su hermana y le habló al oído.
¡Está buenísimo!
María rió e iba a decirle algo a su hermana cuando entró Esteban.
Creo que ya está todo. He extendido tu vestido de cóctel sobre la cama para que no se arrugue.
Celia había llevado el vestido en su percha, cubierto con la bolsa de ropa con que María lo tenía
en el armario.
Es verdad, el vestido. Es precioso. Cuando tenga alguna fiesta te lo pediré. ¿Me lo prestarás,
no?
Claro, teniendo en cuenta que esta noche tú me vas a prestar los tacones. Necesito los rojos,
que van que ni pintados con el vestido.
Aún los tienes, es verdad, no me los devolviste.
Ni pienso hacerlo.
Chica, qué bonito es esto. Celia parecía impresionada. ¡Vaya casa!
Se sentaron y se pusieron a charlar: de Luisa, del trabajo de Celia... Esteban las escuchaba
sonriente, mientras preparaba café. Era agradable tener a dos mujeres hablando, más bien cotorreando,
se corrigió, en su casa. Le gustaba el sonido de sus voces, su intimidad, y envidiaba un poco la
relación que mantenían. Él nunca había conocido una amistad así.
Cuando el café estuvo listo lo puso todo en una bandeja y lo llevó a la mesita.
¿Os apetece un café?
Claro, nos viene de perlas. Celia miró a su hermana con un gesto de picardía.
Esteban se sentó con ellas y las miró sonriente. No hablaba, pero se encontraba a gusto oyéndolas.
Ayer salí con Antonio.
Se hizo un silencio. María y Esteban se miraron. Celia miró de reojo a Esteban y bajó la cabeza. Era
evidente que se encontraba incómoda hablando de Antonio con él presente.
Hay algo de Antonio que no te he contado. Aún no había tenido ocasión de decirle a Celia
que la habían despedido y que sospechaba que Antonio era el responsable de su despido.
Al ver el cariz que tomaba la conversación Esteban pensó que hablarían con más libertad si él no
estaba presente.
Si no os importa, os dejo. Tengo que revisar unos papeles del juzgado.
Salió. Las hermanas ni lo miraron, pensó que ni siquiera lo habían oído. Bueno, mejor así se
dijo. Hay momentos en los que es preferible pasar desapercibido, y me parece que éste es uno de
ellos. Sí, se avecinaba una tormenta.
¿Qué es eso que no me has dicho? le preguntó Celia cuando Esteban hubo salido.
Me han despedido del trabajo.
¿Qué? Pero ¿cómo? ¿Cuándo?
El jueves. Y lo peor es que creo saber por qué.
¿Por qué?
Celia la miraba con recelo, como intuyendo que la respuesta de su hermana no le iba a gustar
nada.
Sospecho que por imposición de Antonio. Él tiene mucha influencia sobre don Tomás, quizá
porque es uno de los clientes que más dinero proporcionan al bufete, no lo sé...
No puedo creerlo la interrumpió Celia. Dices que son sospechas, así que puedes estar
equivocada. Ayer fue muy amable, muy dulce conmigo. Se disculpó por lo que me había dicho el otro
día, y..., en fin... Creo que sus sentimientos hacia mí están cambiando. Se ruborizó. Nuestra
relación ha empezado a tomar un cariz más especial, ya sabes.
María sintió sonar miles de alarmas. ¿Sería cierto? ¿Estaría Antonio enamorándose de Celia? ¿O
tramaba algo y la estaba utilizando?
¿Estás segura?
Sí, conozco a los hombres y sé cuándo me están tirando los tejos. Hablamos mucho, de mí, de
ti... También me hizo algunas preguntas sobre Esteban. Me dijo que, si estás enamorada, él no pensaba
interponerse y que sólo quería asegurarse de que tu novio era un..., ¿qué expresión utilizó? Ah, sí..., un
tío legal... Celia sonrió. El caso es que se preocupa por ti como un hermano mayor. No es un
interés de tipo sexual, María, eso ya pasó.
¿Te hizo preguntas sobre Esteban? De todo el parlamento de Celia, María sólo se quedó con
esa parte. ¿Qué tipo de preguntas?
Bueno, cómo era, a qué se dedicaba... esas cosas. Yo no pude decirle mucho, porque sólo sé de
Esteban lo que tú me has contado, que es muy poco. Pero estoy segura de que su interés era sano.
¿Qué estás diciendo?
No podía creerlo. Si Esteban se enterase de que Celia había estado hablando de él con Antonio...
Prefería no pensarlo.
Bueno, no es para tanto, no te pongas así. Antonio sólo quiere tu bienestar, por eso no puedo
creer que le dijera a don Tomás que te despidiese. Simplemente no puedo creerlo.
María pensó que su hermana estaba equivocada. Pero de momento no tenía forma de
demostrárselo. Le dolió que prefiriera creer a Antonio antes que a ella, pero en ese aspecto no podía
hacer nada, salvo advertirla.
Vale, dejémoslo. Sólo te pido que tengas cuidado. El Antonio que se me ha revelado estos días
no es el que yo creía. No sé si será mala persona, supongo que en el fondo no lo es, pero no es trigo
limpio. Es hipócrita, Celia, y la hipocresía es uno de los más terribles defectos. Te pido que seas
precavida y no intimes mucho con él.
No. Intimaré con él lo que me dé la gana si él me lo permite. ¿Qué pasa? Eres como el perro
del hortelano. No quieres a Antonio, pero te molesta que lo tenga yo.
«Otra vez igual», se dijo María, muy cansada de las absurdas acusaciones de su hermana.
Está bien, haz lo que quieras. Pero prométeme que no le hablarás de Esteban ni de mí. No quiero
que sepa nada de él, ni dónde vivimos... nada.
Eso me parece absurdo. ¿Temes que venga por la noche a esta casa y asesine a tu Esteban?
Vamos, sé seria...
Prométemelo.
No. Ya está bien de melodramas, hermanita. Déjate de tonterías. Desde que sales con este tío te
has vuelto una paranoica.
María no contestó. En cierto modo Celia tenía razón. Desde que conocía a Esteban se había vuelto
una paranoica.
Me gustaría que vinieras mucho a esta casa, que nos viéramos a menudo, que conocieras a
Esteban a fondo... Pero si no me prometes que no le irás con chismes a Antonio no será posible. Estoy
paranoica, vale, lo que tú quieras. Pero prométemelo... Si te pregunta le dirás que no sabes nada, que
no nos vemos. Es lo único que te pido.
De acuerdo accedió Celia de mala gana. Me parece una tontería. Pero, si es tan importante
para ti, lo haré. Te lo prometo.
María le dio las gracias con una sonrisa.
Se ha hecho tardísimo y tengo que arreglarme para la fiesta, ¿te quedas a ayudarme?
No, he quedado con unos amigos y debo pasar antes por casa a cambiarme.
María estuvo segura de que «unos amigos» era Antonio, pero no dijo nada. Esperaba que Celia
cumpliera su palabra y no hablara a «unos amigos» de ellos. Era una tontería, pero se iba a sentir más
tranquila si lograba mantenerlo completamente al margen de su vida.
Se sintió orgullosa de Esteban cuando se despidieron de Celia. ¡Era tan sincero! No había nada de
fingido ni impostado en él, y cuando lograba mantener controlada su obsesión y se mostraba tal y
como era nadie podía resistirse a su encanto. Ni siquiera Celia, que aceptó con orgullo los dos besos
que Esteban le plantó en las mejillas, sus amables palabras y su invitación a que considerase esa casa
como la suya.
Me gusta tu hermana dijo Esteban cuando cerraron la puerta.
Y a mí me gustas tú.
Qué novedad. Empezaba a pensar que me rehúyes...
María lo abrazó y comenzaron a besarse. La tentación de decirle que no salieran, que se quedaran
allí toda la noche haciendo el amor era demasiado fuerte y la consideró con seriedad. Pero se le
adelantó Esteban que, en el fondo, odiaba la idea de tener que asistir a esa fiesta.
Y si nos quedamos aquí y...
No.
Por mucho que a los dos les agradara la idea de quedarse en casa, protegidos, sería perjudicial
que lo hicieran. Debían dejar de mantener su relación al margen de los demás, y sobre todo a Esteban le
convenía salir de su aislamiento social. Era admirable cómo, solo, sin ninguna ayuda, había logrado
encarrilar su vida y mantener controlada su obsesión; poco a poco había avanzado hasta lograr llevar
una vida normal. Pero aún tenía muchas carencias, aún debía vencer varios obstáculos, y uno de ellos
era su miedo a las relaciones sociales.
Es que... Parecía desvalido. María olvidó sus recelos y sintió una gran ternura por él.
Llevo tanto tiempo sin asistir a reuniones sociales que temo quedarme callado sin saber qué decir o
comportarme como un patán... No quiero ir.
Miedo escénico le dijo sonriendo. Lo superaremos, yo estaré contigo.
Muy bien, de acuerdo. Pero que conste que lo hago por ti, María. Prometí hacerte caso y voy a
cumplir mi promesa.
CAPÍTULO 21
El cóctel se celebraba en un lujoso hotel situado en una tranquila calle de Madrid, en el barrio de
Chamberí. Cuando María y Esteban entraron ya había bastante gente. La joven se sintió un poco
cohibida, pues le pareció que las mujeres iban demasiado vestidas, mucho más que ella, cuyo traje era
bastante sencillo. No llevaba joyas, sólo unas perlas en las orejas, que su hermana había tenido la
previsión de meter en su maleta, en una cajita.
Estás preciosa le dijo Esteban cuando entregaron los abrigos a la entrada. Ese vestido te
sienta genial.
Gracias. Le agradeció el cumplido, aunque no las tenía todas consigo.
De todas formas, su mayor preocupación no era su aspecto, sino Esteban, que parecía un poco
perdido entre la multitud. Iban de la mano, contemplando en silencio lo que los rodeaba, cuando se les
acercó un hombre mayor que saludó a Esteban con afecto. Era el juez objeto del homenaje. Esteban le
presentó a María y a partir de ese momento ya no estuvieron solos ni un segundo, charlando con unos
y otros. Para su asombro, Esteban se transformó entonces como por ensalmo; se movía entre la gente
con soltura y elegancia. María se dijo que él había nacido en ese ambiente y, por mucho que lo
rehuyera, estaba en su elemento. No tenía que preocuparse. Entonces vio a un conocido que se
acercaba a ella abriéndose paso entre la multitud; era Roberto. La joven se alegró de poder charlar con
alguien a quien la unían, al menos, ciertos vínculos de amistad y confianza.
Vuelvo enseguida, voy a saludar a alguien le dijo a Esteban, que en ese momento charlaba con
otro juez al que María no conocía y cuyo nombre ya ni siquiera recordaba, pues le habían presentado a
tanta gente en tan poco tiempo que estaba un poco aturdida.
De acuerdo, pero no te pierdas por ahí...
No te preocupes. María se dirigió al juez cuyo nombre no recordaba: Mucho gusto...
Después de las formalidades de rigor, corrió a encontrarse con Roberto.
Menos mal que te encuentro le dijo a modo de saludo. Empiezo a marearme; creo que si
me presentan a una persona más me caeré redonda.
Estás guapísima, María.
Gracias.
¿Tomamos algo?
Sí, claro. Ya se había tomado dos vinos, poco, se dijo, para aguantar la velada que la
esperaba.
¿Cómo es que estás aquí? ¿A quién conoces para que te hayan invitado?
Vaya, ¿es que soy tan miserable que si no me trae alguien yo no puedo venir? ¿Tan raro es que
me hayan invitado?
No me refiero a eso, lo sabes.
Ya sé, era una broma. He venido con Esteban... se corrigió. Con el juez Sanromán.
Vaya, vaya... Ya sabía yo que había algo entre vosotros. Tu reacción el otro día al ver a aquella
señora imponente...
Déjalo, por favor. Te pedí que no volviéramos a hablar de ello. Metí la pata pero bien.
No creo. Desde entonces he estado alerta y he oído algunas cosas sobre tu juez que...
¿Qué cosas? ¿De qué me hablas?
María intentaba parecer indiferente, pero estaba muy alarmada. ¿Corrían rumores sobre Esteban
por los juzgados?
Esa mujer, la del otro día... Él la conoce y está mareando el caso de su hermano. Es cierto que
su juzgado, como todos, por otra parte, está colapsado y hasta arriba de papeles. Pero le está dando
muchas largas a ese asunto. Además es un hombre muy raro, no se relaciona con nadie y es muy seco.
Hasta el momento esas características nos habían hecho creer a todos que sencillamente era serio y
riguroso, pero ahora... Bueno, la gente murmura. Máxime cuando todo el mundo sabe ya que hace años
salió con esa tal Marga Salcedo... Tu juez está jugando con fuego, María.
¿Cómo saben que salió con ella? ¿Quién se ha dedicado a investigar sobre su vida? No lo
entiendo, eso fue hace mucho tiempo...
Hasta ahora yo creía que habías sido tú.
¿Yo? Pero qué dices, ¿por qué piensas eso?
Porque los rumores han salido de tu bufete, y como el otro día te pusiste así, pensé que tú
andabas difundiéndolos... La verdad es que yo me enteré después, pero los chismes ya llevaban varios
días corriendo por todos los juzgados...
¿De mi bufete? ¿Cómo lo sabes?
Vamos, querida. Todo se sabe en nuestro pequeño mundo. Roberto la miró muy serio. Se
veía que no fingía, su desconcierto era real. Me preocupas, María. No sé qué líos se traerá tu juez.
Puede ser que ninguno, puede que todo sea un bulo sin fundamento. Pero es muy grave que se vaya
diciendo por ahí que un juez está tratando un caso digamos «con favoritismo» porque fue novio de una
de las implicadas.
¡Es que no es cierto! Y me sorprende mucho que tú te creas todas esas mentiras. Pensaba que
eras más serio, no imaginaba que fueras un chismoso...
Puede que tengas razón y que todo sean chismes malintencionados la interrumpió, pero
Sanromán debería andarse con más cuidado. Si no se inhibe, tendrá muchos problemas.
Él sabe muy bien lo que hace, y hasta ahora no ha hecho nada de lo que tenga que
avergonzarse.
Permanecieron un rato en silencio, bebiendo. Roberto porque no quería echar más leña al fuego y
María porque no sabía qué decir y qué callar para no perjudicar a Esteban. Pero sentía curiosidad por
algo que había dicho su amigo.
¿Y dices que los rumores parten de mi bufete?
Eso tengo entendido, sí. Pero no sé decirte, sólo sé lo que me han contado personas a las que, a
su vez, les han contado... Ya sabes cómo son estas cosas.
Sí que lo sé, pero... Bueno, lo cierto es que ése ya no es mi bufete. Me han despedido.
¿Qué? No lo sabía.
Sí, me han echado con cajas destempladas y, creo yo, sin motivo.
Roberto la miró asombrado.
Cuánto lo siento... ¿Puedo preguntarte por qué? Llevabas muy poco tiempo.
No sé por qué. Me despidieron... y ya está. Don Tomás me llamó el jueves a su despacho, me
dijo que no estaba contento y que adiós. Fin de la historia.
María no quería seguir hablando de su despido; cuando pensaba en cómo la habían tratado, en lo
injusto que había sido que la echaran de esa manera, se indignaba. Y esa noche quería estar tranquila.
La verdad es que es muy curioso, una coincidencia asombrosa. Tú sales con el juez
Sanromán, los rumores sobre él proceden de tu bufete y a ti te despiden... ¿Sabes cómo interpretar
tanta casualidad?
No, no lo sabía. Pero empezaba a hacerse una pequeña idea de por dónde empezar.
Estaba tan distraída pensando en las novedades que acababa de contarle Roberto que no se fijó en
que Esteban le hacía señas desde el otro extremo para que se acercase. Por fin se dio cuenta.
Perdona, Roberto, Esteban me llama. Tenemos que hablar más de todo esto, me has dejado de
piedra.
¿Se lo vas a contar? Hizo un gesto con la cabeza en dirección a Esteban.
Lo cierto es que no sé qué hacer. Todo esto no tiene ningún sentido y no quiero que se
preocupe. Bastante tiene ya, pero por otra parte...
María se interrumpió. Roberto no conocía el alcance real del asunto y no quería que sus palabras
le dieran una pista para suponer que había algo más que mala intención en esos chismes. Era mejor
callar. El lunes Esteban iba a zanjar ese asunto de la forma más expeditiva y las habladurías cesarían.
Tendió la mano a su amigo:
Muchas gracias por todo, espero que volvamos a vernos... Supongo que pronto encontraré otro
trabajo. La verdad es que tengo muchas ganas de volver a los juzgados. Me gusta mi profesión y voy a
echar de menos la actividad.
Tómatelo como unas vacaciones. No creo que tardes en encontrar otra cosa.
Se despidieron y María se dirigió hacia donde estaba Esteban, que la miraba expectante. Se hallaba
rodeado por un corrillo, todos hablaban animadamente y parecían dirigirse a él. Cuando llegó se
acercó a Esteban y éste le rodeó los hombros con los brazos.
Disculpen un momento, señores, por favor, ahora vuelvo.
Se alejó con María presuroso, apremiándola como si tuvieran algo muy urgente que hacer.
¿Qué pasa? preguntó ella, bastante alarmada.
Que toda esa gente me está agobiando. No sé cómo ha podido pasar, pero muchos parecen
conocer detalles relativos al caso Salcedo. Nadie lo dice con claridad, pero todos me preguntan...
¿Estoy paranoico, María?
¿Quiénes son esas señoras?
María movió la cabeza en dirección a dos mujeres que hablaban animadamente y en ese momento
los estaban mirando sin ningún disimulo.
No lo sé. ¿Lo ves? La verdad es que me da la impresión de que todo el mundo me mira y lo
sabe.
Quizá esas dos sólo se interesen por ti porque estás guapísimo con ese traje negro. ¿Alguna te
ha tirado los tejos?
No me tomes el pelo, no estoy para bromas. Toda esa gente sabe algo, seguro.
Creo que sí estás un poco paranoico después de todo.
María sabía que Esteban no estaba muy desencaminado en sus suposiciones. Pero no quería
alarmarlo, al menos allí, delante de toda esa gente. Intentaría razonar con él más tarde, cuando
estuvieran en casa.
No tendría que haber dejado pasar tanto tiempo; debería haberme inhibido hace dos semanas,
cuando me llamó Marga, y apencar con las consecuencias. Ya no aguanto más. Vámonos.
No podemos irnos ahora. Tenemos que quedarnos a escuchar los discursitos y marcharnos
discretamente cuando acaben. Si no, todos pensarían que las habladurías son ciertas...
¿Qué habladurías?
Luego te lo cuento.
No. Dímelo ahora.
De mala gana, María le resumió la conversación que había tenido con Roberto, aunque le ocultó
que los rumores habían salido de su bufete y sus sospechas sobre quién los había difundido.
Después de todo son ciertas.
¿Qué?
Las habladurías, María. Son ciertas.
María ya no se separó de Esteban durante el resto de la velada y él le agradeció su silencioso
apoyo, aunque todo el mundo era amable y a ella le parecía que se comportaban de forma natural con
ellos. Pero Esteban no era de la misma opinión: por todas partes veía conspiraciones contra él, era como
si todos supieran lo que había ocurrido con Ana Rosa y lo mirasen acusadoramente. María, que era
consciente de lo que sentía, estaba admirada de su comportamiento. Sólo ella sabía lo que estaba
pasando, porque mantenía la compostura como nadie lo hubiera hecho en sus circunstancias. Una vez
más pensó que su educación tenía mucho que ver en su forma de ser: estaba educado para ocultar sus
sentimientos y era capaz de mantenerse erguido ante la mayor adversidad. Ella no habría sido capaz de
hacerlo.
Cuando al fin salieron al frío de la noche, María suspiró aliviada. La dura prueba había pasado.
De camino a casa no hablaron ni una palabra.
Creo que todo se ha desmadrado. No sé por qué. Pero lo más curioso es que no me importa...
Fue una estupidez querer formar parte de todo este tinglado; mi vanidad me pudo. Yo sabía que podía
sacar esas oposiciones con facilidad, y lo hice. Necesitaba demostrarme que era capaz. Bien, pues ya
me lo he demostrado.
María lo escuchaba sin responder. Estaban en el salón, tomando una copa antes de acostarse.
Recordó el güisqui que se había tomado la primera vez que había estado allí y se estremeció,
anticipando lo que los esperaba. Pero Esteban aún seguía dándole vueltas al dichoso cóctel.
Déjalo ya dijo al fin María. Yo creo que le das más importancia de la que tiene. Es cierto
que corren rumores, pero no sólo sobre ti. Sabes bien que el cuchicheo está a la orden del día y que
también se habla de otros jueces y abogados; olvida tus paranoias, cariño. Yo no he oído a nadie
decirte una sola palabra ofensiva, todo lo contrario. Y el juez Robles te ha nombrado en su discurso.
No son paranoias. En cuanto a Robles, es un buen hombre, tiene una fe ciega en mí, el pobre...
Déjate de tonterías. Mira, si crees que lo mejor que puedes hacer es dimitir, hazlo. A mí me
parece una equivocación, pero hazlo si es la única salida que le ves a todo este embrollo... Lo que no
voy a consentir es que vuelvas a encerrarte aquí en plan misántropo lamiendo tus heridas, ni hablar.
Creía que lo había superado, pero la aparición de Marga me ha hecho revivirlo todo y ahora
estoy casi como al principio. Si no fuera por ti, no sé qué haría. Hablarlo contigo me tranquiliza, me
relaja. De todas formas, no sé. Dudo que puedas seguir confiando en mí ahora que sabes lo que soy
capaz de hacer.
Sé muy bien de lo que eres capaz: eres capaz de ser tierno, dulce, cariñoso...
No te esfuerces. Me he dado cuenta de que desde que volviste no eres la misma conmigo,
recelas de mí y te apartas a veces cuando te toco... y en cierto modo es lógico, aunque eso no significa
que no me duela tu actitud.
María no supo qué decirle, porque tenía parte de razón, aunque no toda, y decidió que debía
dejarlo claro.
Verás, vine sin saber muy bien qué esperar de ti, y me recibiste tan... No sé, como si no te
alegrase verme.
Sabes que me alegré muchísimo de verte, pero estabas tan rara, recelosa... Hubo momentos en
que me dio la impresión de que incluso me tenías miedo...
He estado muy confusa, es cierto. No voy a negarlo. Cuando uno no sabe qué pensar tampoco
sabe qué actitud tomar en determinadas circunstancias. Pero ahora tengo las ideas mucho más claras.
Era cierto. Y le demostraría hasta qué punto se habían aclarado sus ideas.
Espera aquí.
Sólo podía hacer una cosa para convencerlo, y dicho y hecho. Se levantó de un salto y fue
corriendo al dormitorio para encender las velas que aún tenían repartidas por la habitación. Luego fue
hasta el cajón donde había guardado la venda para los ojos que le había dado su hermana, la sacó y la
dejó sobre la cama. Cuando lo hubo dispuesto todo, volvió al salón.
Ven. Voy a enseñarte una cosa.
Esteban la siguió sonriente. Volvía a ser su María y empezó a excitarse sólo de pensar en lo que
ella le tendría preparado.
Mira. Señaló la cama. La tengo desde hace días no le dijo desde cuándo para no
recordarle la escena del corsé, y quiero usarla esta noche. Confío plenamente en ti, te confiaría mi
vida... Dijiste que harías lo que te pidiera, pues esto es lo que te pido.
¿Y esto? Esteban tomó la venda entre sus dedos y la contempló divertido.
Hoy no quiero verte. Hizo un gesto melodramático, poniendo los brazos frente a su cara,
como un escudo, para protegerse de él. Sólo sentirte...
Le quitó la cinta negra de las manos y se la puso sobre los ojos.
No veía nada, sólo podía oír la respiración agitada de Esteban. Luego notó su mano en la espalda,
el simple roce la hizo estremecerse y alzó los brazos para que él pudiera quitarle el vestido. Sintió la
tela sobre su cuerpo y luego el frío, que pronto se convirtió en calor con las caricias de Esteban, que le
dio un leve empujoncito para tumbarla sobre la cama y comenzó a quitarle las medias,
desprendiéndolas del liguero. Primero una, bajando la suave seda por su piel con movimientos lentos,
acariciando con pericia. Luego la otra, y después metió la mano bajo las braguitas de María y acarició
su sexo depilado. María gimió, y cuando él comenzó a bajárselas por las piernas se removió
impaciente para que acabara antes.
Entonces dejó de sentir el roce de sus manos y pudo oír su respiración agitada y el ruidillo que
hacía el tejido de la ropa a medida que Esteban iba desprendiéndose de ella. Aguardó expectante,
excitada, hasta que volvió a sentir sus manos sobre su cuerpo. Estaba tumbada y no veía, por lo que las
sensaciones resultaban mucho más intensas. No sabía cuál iba a ser el próximo movimiento de Esteban
y lo anticipaba anhelante. Por eso cuando notó sus dedos en los pezones, retorciéndolos,
pellizcándolos hasta hacerla gritar de placer, se sorprendió y alzó la cabeza, esperando que él sí la
viera y supiera lo que quería. Lo supo al instante, porque posó sus labios sobre los de ella. Mientras la
besaba, Esteban no dejaba de acariciar sus pechos, pero ahora sus manos bajaban por el estómago.
María supo lo que vendría enseguida y gimió anticipando el placer que la esperaba.
Pero se equivocó, porque de pronto él se apartó y María se quedó sola, excitada, su sexo
clamando por esas manos que creía que iban a acariciarla y no llegaban nunca. Entonces sintió que
algo rozaba su boca, y acarició con las manos y luego con la lengua el pene de Esteban, duro, listo para
ella. Pero María seguía deseando que la tocase, iba a volverse loca si no lo hacía.
Por favor, tócame... le dijo en un susurro, entre jadeos. No veía, pero conocía muy bien a
Esteban y adivinó que en ese momento estaba sonriendo. Cuando podía verlo, incluso sus gestos la
excitaban. Pero en las condiciones en que estaba, sin ver, necesitaba sus caricias. Necesito sentir tus
caricias.
Esteban no dijo nada y empujó un poco más el pene contra su boca para que María lo tomara entre
sus labios. Lo hizo, y comenzó a chuparlo suave y lentamente mientras le acariciaba los testículos con
las manos. Oyó sus jadeos y sintió un inmenso placer al imaginar su rostro, y el placer fue mayor aún
cuando él comenzó a acariciarla de nuevo. Se retiró de su boca y María sintió su cuerpo sobre ella,
tocando cada rincón, cada palmo de su piel, sus muslos, que abrió con urgencia para rozar con su
lengua las ingles, su sexo, pero sólo rozar, con mucha suavidad, de manera que ella se derretía
esperando que fuera más allá, apremiándolo con sus movimientos de caderas.
Por favor...
No, vamos a alargarlo un poquito más... ¡Qué suerte he tenido contigo, mi amor!
Susurró esas palabras en su oído. Su cálido aliento la hizo estremecerse de placer. En realidad
cualquier parte de su cuerpo que él tocara se convertía en una llama y María empezaba a pensar que
acabaría abrasándose. La lengua de Esteban comenzó a juguetear con su clítoris, suave, fuerte, luego
suave otra vez, dejándola al borde del orgasmo, deseosa de más, implorando que la penetrase de una
vez.
Entonces la abrazó y ambos rodaron por la cama sin soltarse, hasta que ella quedó tumbada sobre
él. Esteban puso las manos sobre sus nalgas y comenzó a acariciarlas, jugueteando con sus dedos
mientras ella lo besaba, enredándose en una danza que los hizo gemir.
Volvieron a rodar sobre la cama sin dejar de besarse hasta que Esteban quedó nuevamente encima
y complació el mayor deseo de María cuando la penetró al fin y comenzó a moverse sobre ella. María
sólo vivía para satisfacer la excitación que la dominaba y también se movió, buscándolo, arqueando el
cuerpo, ayudándolo con sus movimientos a invadirla por completo. Al principio los movimientos
fueron lentos, pero crecieron poco a poco en intensidad en respuesta a la urgencia que ambos sentían
de liberarse.
Quedaron exhaustos después del clímax y, abrazados, se durmieron casi al mismo tiempo.
La habitación estaba inundada de luz cuando María abrió los ojos. Algunas velas se habían
consumido y otras lucían sin impulso, apagado su brillo por la luz del sol. Era una mañana luminosa,
una de esas mañanas de domingo que ella tanto disfrutaba.
Esteban aún dormía a su lado. Lo besó. Él abrió los ojos y con la voz ronca por el sueño dijo:
Te quiero.
¿Qué dices? Lo miró con los ojos como platos.
Lo que ya sabes, aunque no te lo haya dicho hasta ahora. Te quiero.
Yo también a ti.
Era la primera vez que se declaraban su amor y María se apretó contra él, pensando en la forma
tan extraña en que lo habían hecho. Pero todo en su relación era atípico, insólito. Desde que se habían
conocido nada había discurrido por los cauces normales en que suelen desarrollarse las relaciones.
Todo había sido como un torbellino en el que se había visto envuelta casi sin ser consciente de ello,
una espiral que la había llevado hasta un punto sin retorno. Porque, ahora lo sabía, ya no había vuelta
atrás. Había regresado con Esteban y no pensaba abandonarlo. Seguiría con él mientras él quisiera
tenerla a su lado.
Se besaron. Pero María se dio cuenta de que él estaba muy triste, podía palpar su tristeza. Iba a
peor, eso estaba claro, y ella se veía impotente, incapaz de hacer algo que pudiera cambiar esa
situación. Intentó parecer alegre.
Hace una mañana luminosa. ¿Por qué no damos un paseo y desayunamos por ahí como en los
viejos tiempos?
De acuerdo, me parece bien. Voy a darme una ducha.
Voy contigo.
Sonrieron y se besaron otra vez. Luego se dirigieron a la ducha. María sólo conocía una manera
de mantenerlo cerca de ella. Pues bien, mientras no cambiaran las cosas, no tendría ningún problema
en centrar todas sus artes en ese único fin.
CAPÍTULO 22
Ambos estuvieron de acuerdo en que la ducha había resultado reconfortante, y muy larga. Cuando
salieron María se puso a hacer un café y Esteban fue al ordenador a mirar su correo.
Tengo un montón de mensajes. Mira: uno del juez Robles.
¿Qué dice? gritó María desde la cocina.
Me invita a comer. Esteban leyó en voz baja, luego se levantó y fue donde estaba ella. Dice
que vaya a su casa a eso de la una, quiere comer conmigo y charlar. ¿Ves como yo tenía razón? Tú
crees que estoy paranoico, pero no es así, todos lo saben... Qué barbaridad, soy la comidilla de los
juzgados. Este asunto ha llegado demasiado lejos, lo manejé mal desde el principio y ahora se me ha
ido de las manos... La miró. Ya habían hablado muchas veces de eso y María sabía que no iban a
llegar a ningún lado si seguían en esa dirección.
Ya no puedes arreglarlo. Tuviste miedo, es comprensible. Pensaste que podrías convencerla de
que abandonara, lo cual también es comprensible. De todos modos no creo que lo haya contado,
apuesto a que nadie sabe nada. Quizá alguien sospeche que piensas prevaricar en el caso de Lucas
Salcedo, porque se han enterado de que su hermana fue novia tuya. Es lo único, y ni siquiera de eso
pueden estar seguros. Dile a Robles que mañana te vas a inhibir y punto, todo solucionado.
No me voy a inhibir, voy a dimitir.
Seguía en sus trece y María decidió dejarlo estar; esa mañana Esteban estaba empeñado en verlo
todo negro.
¿Y Marga? ¿Ha vuelto a llamarte? le preguntó fingiendo indiferencia.
No, desde la famosa cita en el Círculo de Bellas Artes no he vuelto a verla.
Aún no me has dicho qué quería, aunque me lo imagino.
Lo de siempre, ¿qué va a ser? Sólo desea que le dé la seguridad de que haré lo que me pide; no
para de llamarme y quiere quedar conmigo sólo para eso, y como yo nunca le digo nada concreto,
insiste. Siempre le digo que lo pensaré... Intento alargarlo lo más posible. Pero mañana acabará por fin
esta pesadilla, al menos en lo que se refiere a su chantaje. Si luego habla, mira, ya no me importa...
No lo hará. Ya te lo he dicho, no sacaría ningún beneficio de ello.
Esteban meneó la cabeza con incredulidad, tenía sus dudas.
Y las veces que os habéis visto... ¿Nunca le has preguntado por aquella noche?
María se sintió mal interrogándolo de esa manera, pero a él no parecía molestarle, o al menos no
daba señales de ello, aunque tampoco le seguía el juego y se limitaba a responder a sus preguntas de la
manera más escueta posible.
¡No! ¿Qué hay que saber de aquella noche? Lo único que me interesa ya lo sé, lo vi con mis
propios ojos.
Nunca me has contado qué pasó aquella vez que nos vimos en el restaurante, cuando yo iba con
Antonio.
Fue la primera vez que la vi después de aquello. Esa mañana yo estaba feliz pensando en ti, en
que íbamos a pasar el fin de semana juntos; planeaba qué hacer... cuando sonó el teléfono. La reconocí
nada más oír su voz, aunque no podía creerlo, ¿qué querría después de tanto tiempo después de haber
desaparecido sin darme ninguna explicación y dejarme tirado en el peor momento de mi vida? En fin,
quedamos... y, bueno, ahí empezó todo, precisamente en ese restaurante. Se había enterado de que el
caso de su hermano había caído en mi juzgado, y ya conoces el resto, para qué seguir.
No debiste decirle que lo pensarías. Debiste decirle desde el principio que no ibas a permitir
que te chantajeara.
Sí, pero no lo hice porque de pronto ese episodio de mi vida que creía tener bajo control volvió
a asediarme y... Sí, tienes razón, el sentimiento de culpa me impidió razonar. Ése fue uno de los
motivos, pero había algo más...
¿Qué?
Tú.
¿Yo? Tendrás que explicarte mejor, porque no te entiendo.
Quería conocerte, tenía tantos deseos de salir contigo, de estar contigo, que pensé que, si hacía
lo que me ordenaba la razón, que era inhibirme del caso en ese mismo instante, ella lo contaría y yo
estaría perdido. Tú y yo habríamos terminado antes de empezar siquiera... Te manipulé, María. Sabía
que cuanto más tiempo pasáramos juntos más difícil te sería dejarme. Pensaba que si te enamorabas
de mí ya no me abandonarías. Por eso le daba largas a Marga, para que tú tuvieras tiempo. La verdad
es que me porté como un canalla.
Sí, en eso estoy de acuerdo contigo, eres un canalla.
Se abrazaron y durante unos minutos sólo se oyó el ritmo de sus respiraciones mientras se
besaban. Al fin, reacia, María lo apartó. Empezaban a sincerarse de verdad; esta vez no iba a permitir
la distracción en la que ambos estaban pensando en ese momento. Tenían que hablar.
¿Y qué vas a decirle hoy al juez Robles?
Que mañana voy a presentar mi dimisión.
¡No lo hagas! Dile que es cierto, que Marga fue tu novia y que por esa razón vas a inhibirte en
el caso de su hermano. Eso es verdad, no le mentirías si se lo dijeras.
No, ya no puedo seguir así. Tengo que cortar con todo esto.
No dijo más y María decidió callar. Tenía sus propios planes, pero de momento no pensaba
comentarle nada a Esteban, porque no sabía si al final se atrevería a llevarlos a cabo.
Se fastidió nuestro domingo... ¿Te importa?
Claro que no, tenemos muchos domingos por delante. Todos los domingos de nuestra vida.
Al menos todos los domingos que aguantes conmigo, que no sé cuántos serán. Le dio un
beso en la frente. Voy a vestirme, ya es muy tarde y no quiero hacer esperar al juez Robles.
María se quedó pensando en sus últimas palabras. Sí, la situación no mejoraba, como ella había
pensado que sucedería. Por el contrario, iba a peor.
No le quedaba más remedio, tenía que intentarlo. Se le había ocurrido un plan bastante arriesgado
del que no quería hablar a Esteban, pues él estaría en completo desacuerdo y le impediría llevarlo a
cabo. Lo haría sin decirle nada. Si todo salía mal, Esteban nunca se iba a enterar de lo que había hecho,
pero si salía bien... No quería hacerse ilusiones. Seguro que todo acabaría siendo un desastre.
Media hora después se despedían con un beso en la puerta.
¿Qué vas a hacer? ¿Vas a quedarte en casa todo el día?
Llamaré a Celia. Si no piensa salir, iré a verla.
María se quedó un rato apoyada en la puerta después de que se cerrara tras él. Por fin se había
decidido. Sabía lo que debía hacer, pero no las tenía todas consigo. Bueno, lo iba a intentar de todos
modos. Lo primero era volver a leer el relato de Esteban, porque había algo que no encajaba, un detalle
fuera de lugar. Lo leería, pero ahora sin apasionamiento, analizando las palabras.
Acababa de sentarse y estaba conectando el ordenador, cuando sonó el timbre.
Se sobresaltó. No hacía ni cinco minutos que Esteban había salido, ¿sería él? Debía de haber
olvidado algo, seguro que se había dejado las llaves del coche.
Vaya despis...
Las palabras murieron en sus labios al ver quién era la persona que estaba al otro lado de la
puerta.
¡Antonio! Pero... ¿qué haces aquí? ¿Cómo sabes...?
¿Me dejas pasar? la interrumpió.
María estaba tan asombrada que no supo qué hacer y se apartó para franquearle el paso.
Cuando lo vio dentro de la casa sintió miedo. Pero ya era demasiado tarde, la puerta se había
cerrado tras él.
No entiendo cómo sabes dónde vivo...
Sé dónde vives, y no es aquí.
Entonces cómo...
He visto salir a tu novio, sabía que estarías sola.
¿Nos estás vigilando? María no podía creerlo.
Más o menos... María, he venido a advertirte. Ese tipo es un delincuente, no es bueno. Vas a
meterte en muchos problemas si sigues con él, no sabes las cosas que he averiguado...
María sintió que el corazón daba un vuelco en su pecho. ¿Qué había averiguado Antonio? Estaba
aterrada, ¿lo sabría?
¿Qué dices? ¿Qué es lo que has averiguado?
Antonio equivocó la razón de su interés y se sintió optimista. Al ver la reacción de María se dijo
que quizá no le fuera a resultar tan difícil desenmascarar a Esteban como había pensado.
Mientras tú estás aquí, en casita, él se va a ver a otra. Dentro de poco estará con ella y, créeme,
es toda una mujer, yo la he visto.
¿Cómo sabes todas esas cosas?
He hecho algunas investigaciones...
Investigaciones... lo interrumpió. ¡Qué fuerte! dijo con sorna. ¿Y qué más?
¿Cómo que qué más?
Sí, ¿qué más has averiguado?
Que te engaña, ¿te parece poco? Y no sólo a ti. Engaña a todo el mundo, porque su otra novia
es la hermana de un acusado, y él lleva su caso, ¿qué te parece? ¿Es eso ético?
María respiró aliviada. Por un momento había temido que Antonio estuviera enterado de lo
sucedido hacía doce años.
Fuiste tú, ¿verdad?
¿De qué me hablas?
Tú le dijiste a don Tomás que me despidiera.
Antonio vaciló.
Bueno... Yo...
De pronto pareció más seguro. La miró a los ojos con decisión.
Sí, fui yo. Pensé que si te veías sola, desamparada, acudirías a mí. Y ahora no te queda más
remedio que hacerlo. Estás sola, desamparada, tu novio te miente, no tienes trabajo... Como verás,
necesitas ayuda. Y yo estoy aquí para lo que necesites, sabes que siempre estaré a tu lado.
Tú difundiste los rumores sobre Esteban. Contaste en el bufete lo que habías averiguado sobre
él, sabiendo que alguno caería en la trampa y no dudaría en poner en marcha la máquina de las
murmuraciones. ¿Contrataste a un detective privado para que averiguara sus trapos sucios?
Más o menos...
¡Eres increíble!
Antonio la miró muy seguro de sí mismo. Estaba convencido de que la información que tenía
para ella la dejaría conmocionada y la haría huir de aquella casa y de Esteban para siempre.
Comencé a investigarlo el día que lo vi en tu casa prosiguió sin hacer caso de su interrupción
, cuando me dijo que era tu novio... No me pareció trigo limpio y estaba en lo cierto. Tienes que
dejarlo, María. No es bueno. Yo te cuidaré. Daniel me hizo prometerle...
¡Calla! Estás loco. Si Daniel hubiera sabido cómo eres en realidad, jamás te habría hecho
prometerle nada. Tú no tienes que cuidarme, ni espiarme ni conspirar para que me echen del trabajo y
hundir a mi novio. Lo miró muy seria. Escucha con atención, Antonio: no quiero que te metas
más en mi vida. ¡Déjame en paz! ¿Lo pillas?
Antonio la miraba perplejo.
Ahora entiendo por qué te dejó tu mujer, por qué se fue a vivir tan lejos de ti y por qué no
quiere que veas a tu hija. Ella debe conocerte mejor que nadie.
No sigas por ese camino...
Te denunciaré lo interrumpió María. Si sigues espiándome, te denunciaré por acoso. Soy
abogada, sé lo que tengo que hacer en un caso como éste. Así que déjame en paz, no vuelvas a
llamarme, y por supuesto no vuelvas a espiarnos, ni a mí ni a Esteban... ¡Ah! Y deja también en paz a
Celia. Ella no sabe cómo eres pero ya me encargaré yo de que te conozca. No vuelvas a llamarla para
sonsacarle información. Déjanos en paz a todos, desaparece de nuestras vidas.
No sabes lo que estás diciendo. Cuando ese hombre te deje tirada, volverás a mí.
No volvería a ti aunque me fuera la vida en ello. Y ahora vete, lárgate, no vuelvas a aparecer
por aquí, porque la próxima vez que te vea siguiéndome llamaré a la policía.
Antonio le lanzó una mirada de odio tal que María sintió miedo. Por primera vez en el transcurso
de esa entrevista temió que la atacara y estuvo a punto de retroceder unos pasos. Pero no lo hizo,
permaneció erguida frente a él sosteniéndole la mirada.
Márchate repitió.
Antonio la miró unos segundos más y luego abrió la puerta. Cerró con un portazo que hizo
temblar toda la casa.
Cuando él se marchó, la abandonó toda su entereza y se desinfló como un globo. Las piernas le
temblaban y el corazón latía desbocado en su pecho mientras se dirigía, tambaleante, a sentarse en el
sofá. Apoyó la cabeza en el respaldo y empezó a respirar hondo, como siempre hacía para
tranquilizarse. Poco a poco se fue calmando y al cabo de diez minutos ya era capaz de pensar con
cierta claridad.
Esteban no estaba tan paranoico después de todo. Antonio había visto a Marga, podía ponerse en
contacto con ella, podían hablar, podían lanzar el rumor, y lo sucedido doce años antes se haría
público, correría de boca en boca pero exagerado. La bola iría creciendo... ¿Quién sabía cómo acabaría
todo? Y lo malo era que Esteban no se iba a defender. Se sentía tan culpable que lo admitiría todo. Y
aunque legalmente el asunto no podía tener consecuencias, sería fatal para él.
¿Qué podía hacer?
Cerró los ojos. Todo el mundo la había manipulado: Daniel, Antonio, incluso Esteban, esperando a
que se enamorara de él antes de contarle lo que tenía derecho a saber. Pero Antonio... Lo de Antonio
era lo peor, porque llevaba años siendo su gran amigo. Se sintió ligera de pronto al pensar que por fin
se veía libre de él. Sí, era una maravillosa liberación no tener que darle explicaciones, no tener que
soportar sus incesantes recordatorios sobre Daniel. ¡Era tan joven cuando se casó! Se había dejado
manipular por todos... Bien, pues se acabó, a partir de ahora nadie la manipularía, ni siquiera Esteban.
Sonrió con ternura al pensar en Esteban. Él no quería manipularla, él simplemente estaba
enamorado de ella. Y tenía que ayudarlo, pensó, volviendo a la tarea que había empezado antes de la
interrupción de Antonio. Puso el portátil sobre la encimera de la cocina y se sentó en una de las
banquetas.
En una primera lectura no vio nada, así que volvió a empezar desde el principio otra vez. De
pronto, un párrafo llamó su atención... Sí... allí estaba: «Mi abuelo no volvió a ser el mismo conmigo
desde entonces, aunque nunca me habló de aquella noche ni de la muerte de Ana Rosa. Supongo que para
él era incluso más doloroso que para mí; sólo me dijo que habían hecho el viaje de un tirón, que
habían parado una vez cinco minutos para echar gasolina y que habían llegado a eso de las tres de la
madrugada...».
¡A eso de las tres de la madrugada! Pero Esteban decía que Ana Rosa y él no oyeron las campanadas de
medianoche, que el nuevo año entró mientras ellos estaban en esa habitación. Buscó la parte en que lo
decía: «... allí no teníamos relojes y ni siquiera oímos las doce campanadas que daban paso al siglo
XXI...» La verdad es que no era muy concreto y María se quedó pensativa unos instantes; era muy
probable que Esteban estuviese equivocado y pensara que era más tarde de lo que era en realidad.
También podía ser que su abuelo se confundiera al decirle a qué hora había llegado... Aun así... si
Esteban estaba en lo cierto, y a las doce Ana Rosa y él estaban inmersos en sus... María no quería ni pensar
en ello, pero si la hora era la que Esteban decía era imposible que sus abuelos llegaran a las tres de la
madrugada. No se puede llegar desde Madrid a Peñíscola en menos de tres horas, a no ser que fueran
volando... Lo cual no era tan descabellado, se dijo, porque los tres eran muy ricos y alguno podía tener
un avión privado... Pero no, qué tonta, habían parado para echar gasolina. Luego iban en coche; y
suponiendo que Marga hubiera llamado a su abuelo a las doce... ¿Cómo estaban allí a las tres?
Era muy poco, un detalle nimio, una simple discrepancia de horario para la que habría una
sencilla explicación. Pero era lo único que tenía y se aferró a ello. Debía hablar con alguien que
supiera exactamente qué pasó aquella noche. Esteban no lo sabía, porque pudieron pasar muchas cosas
desde que se desmayó hasta que despertó el 2 de enero, y tampoco se fiaba mucho de su interpretación
de los hechos: con tanta droga en el cuerpo tendría delirios. Quizá había exagerado las cosas y no
había sido todo tan horrible como él pretendía... En ese punto detuvo sus pensamientos, consciente de
que su cerebro le estaba jugando una mala pasada intentando hacerle creer lo que quería creer. No, en
ese punto todo estaba claro. El relato de Esteban era el de un hombre que sabe lo que dice, no eran
delirios. No debía apartarse de su línea de razonamiento. ¿Quién conocía lo sucedido en ese lapso en
que Esteban estuvo dormido? Marga, Lucas y Henry Roms, el abuelo de Ana Rosa. Marga y Lucas estaban
descartados, a ellos no podía preguntarles, jamás le dirían la verdad, si es que había alguna verdad
distinta a la que ya conocía.
Sólo le quedaba Henry Roms.
Pero ¿cómo ponerse en contacto con ese hombre? Hacía mucho tiempo que estaba fuera de
circulación, lo sabía porque había leído la información que sobre él pudo encontrar en Internet. Hacía
años que la corporación había pasado a manos de Lucas Salcedo, y Roms debía de vivir recluido en
algún lugar, quizá fuera de España, pues por su nombre no parecía que fuera español. A Esteban no le
sería difícil localizarlo, pero no querría, se pondría hecho una furia si le decía algo. No. No podía
pedirle ayuda. Tenía que actuar por su cuenta.
A veces la solución más sencilla es la acertada, eso era lo que siempre se decía cuando estaba en
un dilema. Así que ¿por qué no probar? Buscó las páginas blancas en Google y apuntó el nombre
Henry Roms en la casilla correspondiente. No podía haber mucha gente que se llamara así. Si había
alguno, sería el hombre que ella buscaba.
¡Bingo! gritó, asombrada de su suerte. El nombre de Henry Roms aparecía junto con un
número de teléfono.
¿Y qué hacía ahora? María dudó un momento con el móvil en la mano. Tenía que pensar qué iba a
decirle, porque el hombre no querría hablar con una desconocida así por las buenas.
Los dedos le temblaban cuando marcó los números. Esperó.
Al fin oyó una voz al otro lado.
Querría hablar con el señor Henry Roms, por favor.
¿Quién lo llama? El tono del hombre era de extrañeza, como si fuera de lo más raro que
alguien llamara a esa casa alguna vez.
Mi nombre es María de Fernández, el señor Roms no me conoce, pero...
El señor no concede entrevistas a la prensa, señorita.
No quiero hacerle una entrevista, no soy periodista, en realidad... «O todo o nada», se dijo
María. Había llegado el momento de poner en marcha la maquinaria de las mentiras. Verá, tengo
información importante para él. Yo fui muy amiga de su nieta, de Ana Rosa... Bueno, tengo que decirle
algo muy importante sobre ella... Sé que él querrá saberlo... Le interesa.
Ya estaba. Trabucándose y todo, pero lo había hecho.
El hombre que se hallaba al otro lado permaneció unos segundos en silencio y María temió que
colgara. No lo hizo, y finalmente habló.
Tenga la bondad de dejarme su número. Se lo comunicaré al señor Roms y si él quiere hablar
con usted la llamará. Le dio su número y el hombre colgó sin más.
María cruzó los dedos. ¿La llamaría? ¿O pensaría que era la treta de algún periodista para
introducirse en su casa y pasaría de ella?
Estaba tan impaciente que no podía parar quieta. Se levantaba, se volvía a sentar, iba a la cocina,
removía cualquier cacharro y luego de vuelta al sofá, sin soltar el teléfono, que apretaba en su mano
como si tuviera miedo de que desapareciera si lo dejaba en algún sitio.
Por fin sonó. Era un móvil, no el número al que ella había llamado. Desconocido.
El señor Roms la recibirá mañana a las cuatro de la tarde dijo la voz que ya conocía.
¡Gracias! Respiró, aliviada. ¿Podría darme la dirección? Fue con el teléfono en la oreja
hasta el escritorio de Esteban, donde había una jarra con un montón de lápices y bolígrafos, y apuntó la
dirección. Estaré allí a las cuatro en punto.
El hombre colgó sin decir nada y María rasgó la hoja donde había apuntado la dirección y se la
guardó en el bolsillo de los vaqueros.
Miró el reloj. Eran las tres de la tarde. ¡Aún quedaban más de veinticuatro horas!
Se le iba a hacer eterno. Pero lo peor no era el tiempo que aún quedaba para su reunión con Roms.
Lo peor era que iba a actuar a espaldas de Esteban.
Cuando regresó Esteban, a las seis de la tarde, María estaba en el sofá, con un libro abierto,
simulando estar enfrascada en la lectura, aunque en realidad maquinaba una mentira creíble para
soltarle a Roms cuando Esteban la interrumpió.
Hola, mi amor. Tiró el abrigo de cualquier manera sobre un sillón y se sentó con ella. La
abrazó y le dio un beso. ¿Qué tal el día?
Aquí, leyendo mintió. Había decidido no hablarle de la visita de Antonio. Otra mentira más.
Últimamente tenía demasiados secretos y empezaba a comprender a Esteban. A veces era mejor callar
para no perjudicar a la persona que quieres proteger, y eso era lo que ella estaba haciendo. Al menos
era lo que le gustaba pensar que hacía. De todos modos tenía la intención de contárselo. Más tarde...
¿No has salido con tu hermana?
No, ya tenía una cita. Nueva mentira. Hemos quedado para comer mañana. Como ella sale
de trabajar a las tres, iré a su casa y tomaremos algo allí. Otra. Tenía que llamar a Celia para que no
la descubriera. ¿Y tú? ¿Cómo te ha ido con Robles?
Esteban se pasó las manos por el pelo y la miró con preocupación. Estaba pálido y tenía ojeras, y
María sintió una inmensa ternura al mirarlo. No se merecía lo que le pasaba; aunque él creyera que sí,
no se lo merecía.
Bien. Está preocupado por esos rumores que corren sobre mí. Yo sólo le he dicho que Marga
fue novia mía hace doce años y que mañana voy a presentar la dimisión.
¿Y qué te ha dicho? Esperaba que el juez Robles hubiera metido un poco de sensatez en la
testaruda cabeza de Esteban.
Lo mismo que tú, que basta con que me inhiba... Meneó la cabeza a un lado y a otro,
negando. No. Claro, a él no puedo explicarle mis razones, pero tú sabes que no es sólo por el
chantaje de Marga. Ahora estoy convencido de que ése nunca ha sido el verdadero problema. Lo cierto
es que jamás he superado lo sucedido. Creía que sí, pero me engañaba... María: un hombre como yo,
que vive obsesionado, traumatizado, como tú dices, aunque a mí no me gusta esa palabreja... un
hombre así no puede desempeñar un cargo de tanta responsabilidad.
No es cierto, tú eres un buen juez. Tienes fama de ser uno de los mejores y todos te respetan...
Sí la interrumpió. Me respetan tanto que a la primera de cambio se ponen a cuchichear
sobre mí a mis espaldas. Y lo más gracioso de todo es que tienen razón.
No la tienen, tú nunca tuviste intención de ceder al chantaje de Marga. Si ahora dimites creerán
que sí...
Llevo varios días dándole vueltas a este asunto y he preparado un escrito en el que creo que
dejo muy clara mi postura. Espero que eso los convenza de que, en efecto, la idea de tratar con
favoritismo ese caso jamás pasó por mi imaginación. La miró a los ojos, muy serio. No insistas
más. Estoy decidido.
María no dijo nada. Opinaba que se precipitaba, que todos iban a pensar lo peor de él. Pero no
había nada que hacer. Cuando se metía algo en esa dura cabezota no había quien pudiera hacerlo
cambiar de opinión.
¿Salimos a dar una vuelta y a tomar algo? Llevas todo el día aquí metida...
Es verdad, necesito estirar las piernas y tomar un poco el aire. Me visto en un santiamén.
María salió en dirección a la habitación. No porque tuviera prisa por vestirse, sino porque tenía los
ojos llenos de lágrimas y no quería que la viese llorar.
Abrígate, hace mucho frío le oyó decir mientras abría el armario. Y esa frase tan corriente,
tan simple, que tanta gente había dicho tantas veces, le pareció el colmo de la ternura y se echó a
llorar como una tonta.
«Son los nervios por lo de mañana se dijo. Estoy muy sensible, eso es lo que pasa. María,
tranquilízate y respira hondo. ¿No querrás que de aquí a mañana te dé un infarto?».
Estaba muy alterada. No esperaba mucho de su cita del día siguiente. Seguramente no iba a
ocurrir nada. Pero quizá pudiera aclarar algo... aunque en esos momentos ni siquiera supiera qué. Lo
único que tenía claro era que, si no se despejaban sus dudas, su vida con Esteban iba a estar llena de
sospechas y recelos, y tarde o temprano acabarían separándose.
Y eso era lo último que quería que pasara.
Respiró hondo unas cuantas veces y luego se puso a buscar entre su ropa el jersey más gordo, la
bufanda más grande y ese gorro de lana tan viejo y que tanto abrigaba.
CAPÍTULO 23
Esa mañana se movían silenciosos por la casa. María estaba muy preocupada, pero no quería que él se
diera cuenta de hasta qué punto, y fingía un ánimo que estaba muy lejos de sentir. Hasta el día anterior
había estado segura de que Marga jamás diría nada de lo sucedido la noche en que murió Ana Rosa, porque
también ella saldría malparada. Pero después de su entrevista con Antonio se había dado cuenta de que
no hacía falta publicar una noticia en los periódicos para darla a conocer, que era mucho más eficaz
lanzar el rumor en el lugar adecuado y esperar escondido a ver qué pasaba.
Esteban se tomó de pie su taza de café. Por fin le había dicho a María que no le sentaba muy bien
comer por las mañanas y la joven ya no lo agasajaba con sus fabulosos desayunos, una desilusión para
ella y un alivio para él. Pero ahora ésa era la menor de sus preocupaciones.
Esteban... Hay un problema que... Bueno, no hago más que darle vueltas y...
Dudaba.
Déjate de rodeos, María, y habla de una vez.
Está bien... Ya has visto cómo corrió el rumor sobre el caso de Lucas y Marga...
Sí, ¿y qué?
Pues... que Marga puede difundir... Vaya, que no tiene que llamar a las televisiones ni
publicarlo en los periódicos... Con dejar caer la historia de la muerte de Ana Rosa... Ella no se vería
involucrada, porque, como es lógico, lo contaría a su manera... La bola iría creciendo... Nadie
conocería el origen del chisme, pero... No digo que vaya a hacerlo, sólo digo que cabe esa posibilidad.
Lo he pensado y no me importa, ya te lo he dicho. Me enfrentaré a las consecuencias de mis
actos, sean las que sean. Estoy harto de ocultarme como... Iba a decir «un criminal», pero calló.
Fue un accidente...
Déjalo, María.
Le dio un beso y se marchó cerrando suavemente la puerta tras él.
María miró el reloj cuando lo vio marcharse. Eran las ocho. Faltaban ocho horas para las cuatro
de la tarde. ¿Qué iba a hacer durante ese tiempo?
Tenía que llamar a Celia. Estaba segura de que Esteban nunca llamaría a su hermana para
preguntarle por ella, pero podía pasar cualquier cosa, cualquier estupidez que la delatara. Era mejor no
dejar ni un cabo suelto.
Pienso en todo se dijo con una risita histérica, orgullosa de su previsión, mientras marcaba
el número de su hermana.
Contestó a la segunda llamada.
Hola, María. Qué raro que me llames a estas horas. ¿Qué tal?
¿Ya estás en el trabajo?
Sí, acabo de llegar. ¿Pasa algo?
El retintín que ella tanto conocía, y temía, la alertó. Celia había hablado con Antonio... ¿Y si ella
también los vigilaba? Ay, qué horror. Se estaba volviendo loca. Por muy enamorada que estuviera de
Antonio, nunca haría nada que pudiera perjudiAna Rosa. ¡Era su hermana, por el amor de Dios! De todos
modos...
Nada, sólo quiero saludarte.
¿Seguro que no quieres hablar conmigo de... nada? Por lo que me ha contado Antonio, creo que
tenemos muchas cosas de que hablar.
Ahora no, Celia. No estoy para monsergas. Antonio está desequilibrado. Podría contarte
muchas cosas sobre él. De hecho, pienso hacerlo, pero estoy muy cansada, y harta de Antonio.
Necesito olvidarlo durante un tiempo. Quería saludarte, hablar con mi hermana, que cada vez, no sé
por qué, se encuentra más lejos de mí.
Ya estaba otra vez. Si seguía así iba a echarse a llorar de nuevo. «Sensible se dijo. Estoy
muy sensible. Son los nervios».
¿No sabes por qué? María, de verdad, no te entiendo. Primero nos engañas a todos haciéndonos
creer que tienes un matrimonio ideal; luego pasas a ser la desconsolada viuda perfecta para tenernos a
todos pendientes de ti, y después te enrollas con un sujeto que... Bueno, me he enterado de cosas
horribles sobre ese tipo... Y quieres hacernos pensar que es el noviazgo perfecto, aunque creo que te
has metido en un buen lío con ese tal Esteban y ahora no sabes cómo salir de él...
No hables así de Esteban. Tú lo conoces, te lo presenté el sábado y parecías encantada.
Sí, pero el sábado no sabía lo que sé ahora de él.
Lo que te ha contado Antonio, querrás decir.
Yo creo en lo que dice Antonio. Lo conocemos desde hace muchos años y nunca nos ha fallado.
¿Cuánto hace que conoces a este tipo? ¡Sólo unos días! Vamos, María, déjame en paz. Ya estoy harta
de ti, te metes en líos de los que luego no sabes salir y...
Si de verdad crees que estoy metida en un lío, ¿por qué no me preguntas cómo puedes
ayudarme a salir de él? Yo lo haría. Si tú estuvieras metida en un lío, te ofrecería mi ayuda... ¿Y sabes
una cosa? Lo estás, Celia. Porque si sigues con Antonio tendrás problemas. ¿Prefieres creer a Antonio
antes que a mí? El silencio de su hermana fue la más elocuente de las respuestas. Vale, lo
entiendo, no necesitas hablar. Al menos acepta un consejo: ten cuidado, por favor. No me creas si no
quieres, pero ten cuidado.
María colgó. Ya estaba. Por fin había roto con la única persona de su pasado con la que aún la
unían lazos de amor y amistad. Si tan sólo un mes antes le hubieran dicho que acabaría así con
Antonio y Celia, sus dos mejores amigos, no se lo habría creído. Aún le quedaba Luisa, pero su
hermana pequeña era demasiado joven y estaba muy unida a Celia, que siempre había sido, más que
una hermana mayor, una madre para ella. Las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos y parpadeó. No
podía ir a contarle su verdad a Luisa porque sería como intentar enemistarla con Celia, y eso no estaría
bien.
Esperaba que Celia recapacitara. Si no, la haría recapacitar ella. Pero ahora le parecía que llevaba
el peso del mundo sobre sus hombros, y ya no podía con un gramo más. Lo único que sabía era que, al
menos de momento, había perdido la confianza y el apoyo de Celia.
«Y mi coartada», se dijo.
El caso era que no podía contar con el apoyo de su familia.
¡Se sentía tan sola! Su mundo se había desmoronado en pocos días. No tenía a nadie, salvo a
Esteban. Y no sabía durante cuánto tiempo iba a poder conservarlo.
De pronto oyó la puerta, pero no se asustó como la primera vez, porque en esta ocasión sabía que
era Carmen. Se secó rápidamente las lágrimas que corrían por sus mejillas y parpadeó para evitar el
llanto, de modo que cuando la mujer entró estaba ya algo más calmada, aunque no tanto como para
que Carmen no se diera cuenta de que algo la preocupaba.
Se pegó a la asombrada mujer como una lapa; quería ayudarla a limpiar, cosa que Carmen no se
tomó muy bien, acostumbrada a ser dueña y señora de la casa por las mañanas durante tantos años.
Pero lo soportó, intrigada por el comportamiento de la joven. Y le dio palique, que era lo que María
más necesitaba. Luego quiso ir a la compra. A Carmen le pareció poco menos que un pecado tal
sugerencia, pero aceptó, porque parecía que la señorita no se encontraba muy bien. Una joven extraña,
sí, muy rara, pensó cuando una entusiasta María salió dispuesta a arrasar el supermercado.
No compre mucho. Hay bastantes cosas en el congelador y la nevera está casi llena...
María no la oyó porque ya se había marchado. Sabía que la mujer iba a pensar que estaba loca.
Pero no podía evitarlo. Tenía que estar ocupada hasta las tres, hora en que había decidido salir para
llegar puntual a su entrevista con Henry Roms.
El conserje la saludó con una sonrisa. Siempre la miraba así, con un brillo de sarcasmo en los
ojos, seguramente porque recordaba la primera vez que la había visto, cuando estaba hablando con
Marga y María casi se había caído en el portal. Parecía que habían pasado siglos desde aquel día.
Cuando volvió de la compra, ya estaba más tranquila y Carmen se sintió aliviada al ver el cambio
que había experimentado. No era cómodo estar acompañada por un ciclón cuando una ya tiene sus
costumbres, invariadas durante años.
Perdóneme, hoy estoy un poco nerviosa.
No se preocupe, es agradable tener con quien hablar. La señora sonrió.
Usted conoció a Marga, la novia que tuvo Esteban hace años... Lo dejó caer como si tal cosa,
aunque le costó mucho formular la pregunta.
Sí, la vi algunas veces. Era una señorita muy guapa, pero dejó de venir por aquí cuando Esteban
enfermó.
¿Ni siquiera para preguntar cómo estaba?
No, aunque una vez, unos días después de que se declarara la enfermedad de Esteban, la vi
hablando con el conserje. Supongo que vendría a preguntar por él, pero aquí no subió. Durante casi un
año puede decirse que prácticamente viví aquí. Y nunca la vi..., salvo ese día que le digo. Pero no es de
extrañar, porque creo que se marchó al extranjero con su hermano. Miró a María con suspicacia,
como si de pronto hubiera comprendido el interés de la joven. ¿Ha vuelto?
Sí.
No se preocupe, señorita, usted vale mil veces más que ella, se lo digo yo.
La pobre mujer había confundido el motivo de su preocupación y pensaba que estaba celosa.
María sonrió, conmovida por su amabilidad. Y como estaba tan sensible, casi echa unas lagrimitas.
Casi, porque, afortunadamente, se contuvo a tiempo.
Las horas transcurrían con irritante lentitud. Carmen se marchó. María se duchó y se cambió de
ropa. ¿Cómo vestirse para esa entrevista? Formal, se dijo, no le convenía aparecer como una jovencita
asustada, sino como una mujer seria, segura de sí misma, de manera que se puso su traje pantalón gris,
con tacones para parecer más alta, y se recogió el pelo. Su inquietud por la entrevista de esa tarde
había hecho que olvidara a Esteban y ahora miró el teléfono con preocupación. No la había llamado.
¿Sería buena o mala señal? No lo sabía, pero resistió la tentación de llamarlo ella. Ya se enteraría de
cómo le había ido cuando hablaran más tarde.
Le costó bastante encontrar la dirección, porque el señor Roms vivía en un barrio de las afueras,
en la zona norte de Madrid, difícil de localizar, al menos para ella que no tenía lo que se dice un fino
sentido de la orientación. Así que se perdió y dio varias vueltas sin sentido durante veinte minutos
antes de aparcar frente a la casa a las cuatro menos siete minutos de la tarde. Menos mal que había
salido con tiempo, pensó mientras admiraba la imponente mansión, cuya parte superior aparecía sobre
una enorme valla de ladrillo que rodeaba el perímetro de la casa. La puerta era negra, de hierro, y
María se sintió vigilada al acercarse. Seguro que había cámaras, aunque ella no vio ninguna. Pulsó el
timbre del telefonillo y esperó.
Pasados unos segundos, una voz metálica salió del aparato.
¿Sí?
Soy María de Fernández, el señor Roms me espera.
Oyó un clic cuando se abrió la puerta y entró a un enorme jardín, con un sendero de baldosas que
conducía hasta unas escaleras que daban paso a la vivienda. María estaba temblando y tuvo que
respirar hondo varias veces antes de ponerse en marcha. Mientras avanzaba, la casa iba acercándose a
ella, aunque, pensó María, debía de ser ella quien se aproximaba a la casa. Pero estaba tan alterada que
no sabía exactamente cuál de las dos era la que se movía. Por fin, cuando llegó al pie de las escaleras,
se abrió la puerta, y un hombre con uniforme de mayordomo la saludó desde arriba.
Por favor... dijo, abriendo del todo para franquearle el paso.
María subió las escaleras y entró a un imponente vestíbulo.
«Tengo que controlarme», se dijo. «Esta casa es como para poner de los nervios a cualquiera, y
yo no necesito mucho estímulo para eso.» Sonrió al hombre. Era la primera vez que estaba en una casa
con mayordomo y se sintió rara, como si al atravesar esa puerta hubiera entrado en el túnel del tiempo
para aparecer en otro siglo.
Sígame. El hombre era bastante mayor, y no parecía conservar ni un atisbo de la energía de
la juventud. Sus pasos eran torpes y lentos, y María llegó a temer que de repente se desplomara frente
a ella.
La condujo a una salita, con muebles estilo art déco, antiguos y probablemente muy valiosos,
pero a María le parecieron fuera de lugar. Lo que allí pegaba, a juzgar por el individuo que la había
recibido, eran unas cuantas telarañas y fantasmas arrastrando cadenas.
En el momento en que el reloj de pared movía su péndulo al dar las cuatro, la puerta se abrió de
nuevo, esta vez para dar paso a un hombre de unos sesenta años, pulcramente vestido con un traje de
corte impecable. Se acercó a ella y le tendió la mano.
Soy Ramón Sanz, el secretario del señor Roms.
Mucho gusto.
Es necesario que le haga algunas advertencias antes de conducirla a su habitación. El señor
Roms está muy enfermo, se encuentra postrado en la cama, conectado a una bombona de oxígeno, y
debido a una reciente operación de garganta apenas puede hablar. Una enfermera lo cuida día y noche,
es de toda confianza y me gustaría que estuviera presente en la entrevista por si el señor Roms
necesita sus cuidados. ¿Tiene algún inconveniente?
María pensó que no era necesario que la enfermera permaneciera en la habitación, bastaba con
que se situara fuera, al otro lado de la puerta. Pero se dijo que era mejor no poner trabas, y ese detalle
no le parecía tan grave.
Ninguno...
Por supuesto, yo también estaré presente.
Por supuesto.
Bien, sígame.
Salieron nuevamente al vestíbulo y entraron por unas puertas dobles a un enorme salón. María
seguía a su cicerone como un autómata, sin fijarse esta vez en la decoración ni en nada que no fuera la
espalda de su guía, tras el que andaba con cierta congoja. Atravesaron otras puertas dobles y entraron a
una gran sala rectangular al fondo de la cual había una enorme cama. Según se acercaban, María pudo
ver que sobre la cama había una menuda figurilla. Era un hombre escuálido. Sus bracitos asomaban
por entre las sábanas y sostenía un pequeño ordenador cuyas teclas dejó de pulsar cuando los vio. Unas
gomas lo conectaban a una bombona que había en el suelo y María pensó que era el oxígeno del que le
había hablado su acompañante. Sus cuatro pelos blancos aparecían peinados con esmero sobre su
pequeña cabeza y su rostro apergaminado era pálido y apagado. Sólo los cansados movimientos de sus
brazos al teclear y sus ojos, que brillaban con extraordinaria agudeza, daban fe de que aún estaba vivo.
En una silla junto a uno de los grandes ventanales había una mujer vestida con una bata blanca
haciendo punto. Miró a María con curiosidad y dejó las agujas sobre su regazo, dispuesta a no perderse
una sola palabra de la conversación, que anticipaba interesante.
María saludó con una inclinación de cabeza a la enfermera y se detuvo junto a la cama, sin decir
nada, mientras el hombrecillo la miraba de arriba abajo. Tras unos segundos de intenso escrutinio que
a la joven le parecieron horas, escribió algo en el ordenador. Una voz de mujer salió de la máquina y
María se sobresaltó.
Usted no pudo ser amiga de Ana Rosa. Es muy joven.
Ahora venía lo peor. Había entrado en esa casa con una mentira y tenía que explicarse. De cómo
lo hiciera dependía el éxito o el fracaso de su empresa.
Es cierto, yo no llegué a conocer a Ana Rosa, pero sé muchas cosas de ella. Un buen amigo mío la
conoció muy bien y... bueno, puede decirse que vengo en su nombre. Se llamaba Juan Cobos.
Lo miró con expectación. Había decidido que no debía nombrar a Esteban, así que se inventó a
alguien. Roms no podía conocer a todos los amigos de su nieta, y el nombre de Juan Cobos le pareció
tan bueno como cualquier otro.
¿Lo conoció usted? insistió María.
El anciano esta vez no pulsó ninguna tecla de su ordenador. Sólo negó con la cabeza y le hizo un
ademán con la mano para que continuara.
Sé que es muy doloroso para usted recordar ese episodio de su vida...
El hombre la contemplaba expectante, sus ojillos brillaban por la curiosidad y las manos le
temblaban. Cerró los puños y miró a su secretario.
Quiere que continúe usted. Por favor, no se interrumpa y procure hablar sin titubeos, con voz
clara para que él la entienda.
María se puso roja tras esta recomendación, que asumió como una pequeña reprimenda, y
continuó, esforzándose por hablar con claridad y sin titubeos.
La noche en que murió su nieta Juan estaba en la fiesta. Sólo sabe que les dijeron a todos los
invitados que se marcharan. Dos días después leyó en el periódico que Ana Rosa había muerto y había sido
incinerada. Pero nadie habló con él, nadie le dio ninguna explicación y sus numerosas preguntas no
obtuvieron ninguna respuesta. Intentó descubrir qué había pasado y llamó a todos sus amigos. Pero
nada, nadie sabía nada... Y como era tan joven y sana...
«Ahora o nunca», se dijo. Tenía que echarse el farol, iría a por todas y a ver qué pasaba. De todas
formas, las cosas no podían estar peor de lo que estaban..
Perdone... Lo siento dijo, refiriéndose a su titubeo y mirando con reparos al secretario.
Volvió a posar su mirada en el señor Roms. Juan no cree que haya muerto. Sospecha que sucedió
algo de lo que él no está enterado; duda que Ana Rosa muriera. Estaba enamorado de ella y piensa que
usted la obligó a marcharse por alguna razón; dice que tenía medios e influencias suficientes para
hacerlo y que Ana Rosa debe de andar por ahí, escondida en algún sitio... Está obsesionado y temo que
acabe volviéndose loco. Aquí María puso freno a su imaginación. No le convenía exagerar, no fuera
a ser que se dieran cuenta. Incluso ha contratado a un detective privado para que la busque, ya que
las pesquisas que ha hecho por su cuenta no han dado resultado... En fin. No dejará de busAna Rosa y yo
quiero impedir a toda costa que siga, porque vamos a casarnos y no quisiera vivir con un hombre
obsesionado por otra mujer. Por eso necesito que alguien que sepa lo que ocurrió me lo cuente, para
que él se convenza. Si le digo que he hablado con usted y que usted mismo me ha confirmado que
Ana Rosa murió de un infarto aquella noche, estoy segura de que se quedará tranquilo y dejará de busAna Rosa.
A usted le creerá. Si lo prefiere, puedo venir con él. Estoy segura de que al verlo lo recordará, porque
era muy amigo de su nieta...
Ese farol sí que era peligroso. Como el hombre dijera que sí, estaba perdida. Pero necesitaba
proporcionar a su sarta de mentiras el aspecto de la más respetable de las verdades.
Lo miró atenta, rezando para que su historia hubiera colado, y esperó.
El anciano permaneció en silencio, contemplándola consternado. Luego apoyó la cabeza sobre la
almohada y cerró los ojos.
Todo esto es muy doloroso para él, señorita. Será mejor que se marche. El secretario le puso
la mano en la espalda y la empujó suavemente hacia la puerta. Entonces una voz femenina e
impersonal dijo:
No.
Ambos se quedaron inmóviles a mitad de camino y se volvieron. El señor Roms escribía con gran
energía para sus pocas fuerzas y María esperó con la respiración entrecortada durante lo que le pareció
una eternidad, y lo fue, porque el hombre se tiró escribiendo sus buenos cinco minutos.
Al fin la voz metálica empezó a sonar de nuevo.
No recuerdo a ese hombre del que me habla. No me interesa lo que haya sido de él, y me da
igual cómo sea su vida. Usted me mintió, dijo que tenía algo que contarme sobre Ana Rosa.
Dejó de escribir y esperó a que María hablara.
Yo... En realidad no la conocí, lo dije porque quería hablar con usted y... María se
interrumpió pues estaba tan asustada que no podía pensar en nada.
Estaba pálida. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que los demás podrían oírlo y era
incapaz de dejar de temblar. Aun en la enfermedad, a las puertas de la muerte, ese hombre era terrible.
Mientras permanecía en silencio, aterrada sin saber qué decir, el hombre seguía escribiendo. Los
minutos parecían horas.
Usted ha venido a mi casa con engaños dijo al fin la femenina voz impersonal y se merece
que la echen a patadas de aquí. Márchese. Ramón, eche a esta mujer de mi casa. Y con el mismo
tono impersonal la voz metálica añadió: Fuera de aquí.
Entonces el anciano se incorporó y la miró con ojos furiosos. No era la mirada de un moribundo,
por unos segundos apareció el hombre que debió de haber sido, duro e implacable, y María sintió
verdadero terror. Se alegraba de no haber tenido jamás nada que ver con él. Hay personas a las que es
mejor no haber conocido y el señor Roms era una de ellas.
La voz del secretario la sacó de su ensimismamiento.
Sígame, por favor.
María se sintió abatida, con unas tremendas ganas de llorar. No había servido de nada, jamás
sabría si había algo más en toda aquella historia.
Siguió al secretario sin darse cuenta de por dónde iban hasta que pensó que no se dirigían a la
salida.
Venga conmigo, señorita. Y no llore. El hombre se detuvo y puso sus manos sobre los
hombros de la chica. Gruesos lagrimones en los que ella no había reparado corrían por sus mejillas.
¿Está decepcionada, verdad? No se preocupe, sígame.
Un rayito de esperanza brilló en el corazón de María, que lo siguió sin rechistar.
Entraron en un despacho. Una habitación pequeña en comparación con el resto de la casa. A
María le pareció más acogedora y se sintió algo más tranquila.
Siéntese y tómese su tiempo para tranquilizarse, está usted muy alterada. Relájese.
María le dirigió una sonrisa para agradecérselo en silencio. En ese momento aún no podía hablar
sin echarse a llorar.
El secretario se sentó en una silla frente a ella, mirándola con interés, y cuando le pareció que
estaba más calmada, comenzó a hablar.
Verá, el señor Roms ha escrito sus memorias... Bueno, las escribí yo, pero él me las dictó hace
unos años, por eso conozco muy bien su contenido. Desenmascara a mucha gente: políticos,
empresarios, incluso actores... gente que usted jamás habría pensado que fuera capaz de hacer lo que
él cuenta. Pero así es, y en muchos casos incluso aporta pruebas. La cuestión es que esas memorias no
pueden publicarse hasta su muerte; es una de las condiciones que puso para firmar el contrato con la
editorial. Como verá, está en las últimas. Sin embargo yo no me fío, es capaz de vivir aún mucho
tiempo, pues recibe muy buenos cuidados y tiene un enorme coraje que lo ayuda a resistir, como ha
podido comprobar usted misma. ¿Usted no puede esperar, verdad?
María indicó que no con la cabeza.
Me ha caído usted bien y estoy dispuesto a hacerle un favor...
Gracias... balbuceó María con una voz muy finita. Se lo agradezco.
Mire, vamos a hacer una cosa: usted me promete que sólo se las enseñará a su novio y yo le
doy las páginas en que habla de la muerte de la señorita Ana Rosa. Vea lo que arriesgo: si se entera de que
lo he desobedecido, me despedirá y me borrará de su testamento, y sé que me deja un buen pellizco.
Sonrió, como dando a entender que, si no fuera por esa esperanza, haría ya mucho tiempo que no
estaría allí. No creo estar haciendo nada malo. Distinto sería que le diera todo el manuscrito; sería
muy grave que la información se filtrara a la prensa antes de que el libro saliera. Pero sólo le daré lo
que le interesa a usted, y sólo si me promete solemnemente que nadie, salvo su novio y usted misma,
leerá esas páginas.
Se lo prometo. Nadie las leerá salvo él y yo. Esté seguro de ello, no podría decepcionarlo
después de lo que está haciendo por mí.
Bien, la creo. Yo soy muy bueno juzgando a las personas, y usted me cae bien. Y no piense que
soy desleal. Si lo fuera ya habría vendido el documento; sé que algunos medios me pagarían muy bien.
Pero no. Firmé un contrato de confidencialidad con el señor Roms y pienso respetarlo, salvo en este
punto. Espero que sea consciente de lo que hago por usted.
Lo soy, y se lo agradezco de todo corazón.
María estaba a punto de sufrir un ataque de nervios. Ese hombre le estaba haciendo un gran favor
y se sentía muy culpable por haberle mentido. «Pero en la guerra todo vale», se dijo para animarse.
Ramón Sanz se acercó al ordenador y estuvo toqueteando teclas durante unos minutos.
Tendré que tachar algunos nombres y quitar algunas referencias, así que espere un momento.
María lo contemplaba con angustia, preguntándose cómo acabaría todo aquello, y se sobresaltó
cuando, de repente, la impresora se puso en marcha con un ruidillo. El secretario cogió las tres páginas
impresas y se las dio.
Se lo agradezco tanto...
Nada, nada la interrumpió él. Déjese de agradecimientos. Lo único que le pido es que
cumpla su promesa. Nadie debe saber que el señor Roms ha escrito sus memorias. Esa información
debe quedar entre su novio, usted y yo.
Por supuesto, así será. Pero... Bueno, me sentiría mal si no le dijera que mi novio no es... quien
yo he dicho que era. Aunque básicamente la historia es cierta se apresuró a añadir, arrepentida de su
impulsivo ataque de sinceridad.
Ya sé que se ha permitido usted ciertas... «licencias», por llamarlo de algún modo. Miente
usted muy mal, señorita, pero me gusta. Y la creo cuando dice que sólo enseñará estos papeles a su
novio.
De eso puede estar usted completamente seguro.
Ramón Sanz la acompañó hasta la salida y se despidieron con un apretón de manos.
María atravesó casi corriendo el caminito hasta la puerta de hierro y, cuando la cerró tras de sí,
libre al fin de la opresiva atmósfera de esa casa, respiró varias veces para que el aire fresco
reemplazara en sus pulmones al enrarecido aire de la mansión. Corrió hasta su coche. No podía
esperar para leer las páginas, que crujían en sus manos temblorosas. Pero no se atrevía a leerlas allí,
porque, aunque sabía que era imposible, le parecía que el terrible y maligno viejo la observaba. Así
que arrancó y se alejó varias calles, hasta que pensó que estaba a salvo.
Aparcó y se puso a leer con avidez.
CAPÍTULO 24
Cuando Esteban entró en casa no había nadie. Al principio se alarmó, pero enseguida recordó que María
le había dicho que iría a comer con su hermana. Se sirvió una cerveza y, a pesar del frío, salió a la
terraza y encendió un puro. Le dolía un poco que María no lo hubiera apoyado más en un día tan
importante para él. Sabía que ella no estaba de acuerdo con que dimitiera, pero irse a comer con su
hermana como si nada la preocupara... Ni siquiera lo había llamado para ver como le iban las cosas.
En fin, de todos modos no tenía derecho a quejarse: aún seguía con él, que ya era bastante en sus
circunstancias. Pero la veía triste, inquieta, y esa mañana había tenido la sensación de que le ocultaba
algo. Sabía que pensaba abandonarlo y no se lo reprochaba. Esperaba que, si lo iba a hacer, se
decidiera cuanto antes, pues esa incertidumbre estaba acabando con él.
Aún no había anochecido, pero era la hora en que está a punto de oscurecer y las sombras se
confunden, creando sobre los objetos una nebulosa de misterio que propicia la melancolía. Esteban
contempló las copas de los árboles del Retiro confundiéndolas con sombras tenebrosas. Mientras
fumaba, se sentía tranquilo, relajado y, sí, un poco melancólico. Había hecho lo que tenía que hacer y
no se arrepentía. Pero resultaba duro renunciar a algo que había deseado durante tanto tiempo. Lo
había hecho movido por sus remordimientos, aunque no sólo por eso, se dijo, también por su sentido
del honor. No podía soportar ser presa de las murmuraciones, que su nombre estuviera en boca de
todos y que lo juzgaran de la peor forma posible. Después de todo, los rumores tenían una base cierta,
y aunque él jamás había pensado siquiera ceder al chantaje de Marga, no podía defenderse, máxime
cuando había tardado tanto tiempo en decidirse.
Había tenido un día muy ajetreado. No sólo se había dedicado al papeleo y los trámites
burocráticos, también había hablado con algunas personas, y todos le habían expresado su perplejidad.
Incluso había hablado con ese fiscal amigo de María, un hombre amable, muy listo, que veía más allá
de lo que uno explicaba, lo cual resultaba inquietante. Según él, los rumores habían partido del bufete
de María. Esteban supo que Antonio tenía algo que ver en el asunto. No podía explicarse cómo había
llegado a esa conclusión, pero lo tenía muy claro. María lo sabía. Y no le había dicho nada. ¿Cuándo
dejarían de mentirse el uno al otro? ¿Cuándo se sentirían tan libres como para ser sinceros de una vez
por todas?
María no podía creerlo. Esteban tenía que saber todo aquello cuanto antes. Pero ¿cómo decírselo?
Cuando entró en la casa, él no salió a recibirla, lo cual significaba que aún no había llegado. Tenía
tiempo para pensar en cómo darle la noticia. Entonces vio su abrigo en el perchero. Pues sí, Esteban
estaba en casa, pero ¿dónde? «Claro», se dijo al fijarse en que las cortinas de la terraza estaban
abiertas, y corrió hacia allí. No podía esperar ni un minuto más.
Oyó un ruido y se volvió. María daba golpecitos sobre el cristal de la puerta. Al fin abrió una
rendija y asomó la cabeza.
Pasa, aquí hace mucho frío.
Sí, pero ya sabes que me gusta pensar mientras me fumo un puro y me congelo. Es otra de mis
extravagantes manías.
Esteban se levantó y entró en la casa con la lata de cerveza en una mano y el puro en la otra. María
se apresuró a cerrar la puerta de la terraza.
Deja eso ahí. Le quitó la lata, que depositó sobre la mesa, y el puro, que apagó en un
cenicero. Y abrázame.
Ese puro es muy caro dijo él al ver que se había roto al apagarlo.
Pues te compraré una caja.
Te tomo la palabra. La abrazó.
¿Qué tal te ha ido todo? le preguntó ella.
Ya está hecho, y me siento muy bien, así que no me sermonees.
No pienso hacerlo.
Le extrañó que no hiciera ningún comentario ni lo asediara con una ráfaga de preguntas. Pero
estaba tan cariñosa, abrazada a él, con la cabeza apoyada en su pecho, que decidió perdonarla, aunque
le dolía su aparente desinterés.
Y tú, ¿qué tal con tu hermana? le preguntó.
No he estado con mi hermana. Creo que hemos roto, aunque espero que podamos arreglarlo
alguna vez. De momento está demasiado colada por Antonio.
Estoy harto de ese tío, por todas partes aparece su nombre...
Déjalo, no pienses ahora en Antonio.
María se apartó de él y lo miró muy seria.
Si no has comido en casa de tu hermana, ¿dónde has estado? insistió.
Ven. Lo tomó de la mano y lo llevó hasta el sofá. Siéntate.
Se sentó. María estaba muy rara esa tarde y Esteban se temió lo peor: se marchaba, iba a decírselo,
por eso le pedía que se sentara.
¿Qué te pasa? No me has llamado en todo el día. No es que te lo reproche, no lo pienses, pero
me hubiera gustado que te mostraras un poco más interesada por cómo me ha ido hoy. ¿No quieres que
te lo cuente?
Luego me lo cuentas, ahora toma. Le tendió unos folios que Esteban miró con extrañeza.
¿Te encuentras bien?
Estoy perfectamente. Toma, cógelos. Blandió los folios frente a su cara. Y lee. Como
viera que Esteban estaba a punto de decir algo, lo cortó antes de que empezara. No me hagas
preguntas ahora, por favor. Cuando lo hayas leído te lo explicaré todo.
Por fin Esteban cogió los folios. Estaban muy manoseados, porque ella los había leído unas veinte
veces, luego los había doblado para meterlos en el bolso y después los había sacado y desdoblado para
leerlos otra vez antes de doblarlos de nuevo para guardarlos. Aun así se leían con mucha claridad.
¿Qué es esto?
Tú lee.
Se sentó a su lado.
Estás temblando. ¿De verdad estás bien?
Sí. Muy bien.
Entonces deja de morderte el labio, que te vas a hacer daño.
No puedo evitarlo, estoy histérica. Lee.
Esteban la miró una vez más muy intrigado y luego posó sus ojos sobre el escrito.
No entendía nada. ¿Qué significaba todo aquello? De todos modos, se puso a leer para contentar a
María y porque a esas alturas ya estaba muy intrigado.
He desenmascarado a muchas personas en estas memorias. Espero que, si no a la ley, porque los delitos que cometieron ya han
prescrito, tengan que enfrentarse al juicio de la opinión pública. La gente sabrá quiénes y cómo son esos distinguidos próceres
que se presentan ante ella inmaculados. A nadie le gusta morirse. Pero cuando sabes que tras tu muerte muchos recibirán su
merecido, que aunque no comporte cárcel sí comportará el deshonor, te marchas más tranquilo.
¿Qué es esto? No entiendo nada, ¿quién lo ha escrito?
Son unas memorias. Sólo tenemos estas tres páginas. Pero no te preocupes, lo que pasa antes
no nos interesa. Tú sigue leyendo. Lo importante es lo que viene ahora.
Esteban obedeció, aunque no entendía adónde pretendía llegar María.
Y ahora voy a hablar de la peor época de mi vida, aque-
llos días en que Lucas Salcedo y su hermana Marga, los
nietos de mi buen amigo y socio René Salcedo, me hi-
cieron objeto del más ruin de los chantajes, al que no
me quedó más remedio que ceder. Cómo perdí el con-
trol de mis empresas es algo que desvelaré en el siguien-
te capítulo. Pero antes debo relatar los hechos que pro-
piciaron las condiciones que me pusieron enteramente
en sus manos. Ellos conocían un secreto mío y no duda-
ron en utilizarlo en mi contra.
Esteban alzó la cabeza del papel y miró a María, parecía consternado.
¿De dónde has sacado esto? Temblaba.
Me lo ha dado el secretario de Henry Roms. Son tres páginas de sus memorias.
Pero... ¿cómo...?
Sigue leyendo. Luego te lo explicaré todo. Por favor, acaba de leer. María juntó las palmas
de las manos en señal de súplica.
Esteban meneó la cabeza, negando, pero estaba intrigado y siguió leyendo con avidez.
Por aquella época yo vivía centrado en mis negocios, que iban viento en popa desde la exitosa operación de 1988.
Llevábamos unos buenos diez años de crecientes beneficios y el negocio estaba totalmente consolidado. Mi socio René Salcedo
y yo manteníamos una excelente relación y estábamos de acuerdo en la forma de llevar nuestras empresas. Sólo había un detalle
en el que disentíamos. René quería dar cada vez más cabida a sus nietos en la empresa y estaba decidido a nombrar presidente a
Lucas. Yo no estaba de acuerdo, porque no me parecía que el muchacho tuviera capacidad para semejante puesto. En realidad
ninguno de nuestros nietos, Lucas, Marga y Ana Rosa, era un portento de las finanzas. Me parecía bien que siguieran cobrando
beneficios y vivieran a cuerpo de rey, pero no creía sensato que alguno de ellos se hiciera cargo del negocio, y menos aún
Lucas, que era un muchacho torpe y alocado. Pero esas discusiones no eran muy frecuentes y en todos los demás aspectos
nuestras relaciones seguían siendo inmejorables. Por otra parte, hacía unos años que había empezado a coquetear con la política
y esperaba que mis esfuerzos dieran fruto muy pronto.
Y entonces, a finales de diciembre de 1999, sucedió la desgracia.
No he vuelto a hablar de mi nieta Ana Rosa desde que relaté cómo vino a vivir conmigo tras la muerte de sus padres y lo que
supuso para mí tenerla, cómo alegró mi enorme mansión con sus juegos y sus caprichos.
Esteban levantó los ojos del escrito y la miró alarmado:
Pero, bueno... ¿Qué es esto? ¿Cómo lo has conseguido? repitió. Parecía que no sabía decir
otra cosa, pensó María, que estaba a punto de perder la paciencia.
Sigue leyendo, por el amor de Dios, te lo explicaré todo con pelos y señales cuando acabes...
Pero ¡ahora lee y termina de una vez porque me va a dar algo! Y no vuelvas a interrumpirte hasta el
final.
El papel le temblaba tanto en las manos que Esteban tenía dificultades para leer.
Respira hondo le dijo María, que aplicaba ese remedio para todo.
Esteban respiró hondo y prosiguió.
La llevé a los mejores colegios, y con el tiempo se convirtió en una guapa mujer, culta, educada. Para mí era perfecta, era la
niña de mis ojos. Por eso sufrí un terrible mazazo cuando se declaró su enfermedad. Le hicieron muchas pruebas y por fin mi
médico de toda la vida, el doctor López, me recomendó que acudiera a un eminente neurocirujano. Me aseguró que era el mejor
y que, si alguien podía hacer algo por mi nieta, era él. Así lo hicimos mi nieta y yo, que nos pusimos enteramente en sus manos.
Tras otras muchas pruebas, la conclusión del doctor fue desoladora: el tumor era muy grande y el cáncer estaba muy extendido,
de manera que había que operar cuanto antes. Estábamos a finales de diciembre y la operación se programó para enero del año
2000. El cirujano no era optimista y, aunque como todos los médicos era parco en explicaciones, sus palabras me dieron a
entender que, a pesar de que mi nieta estaba en las mejores manos, no había muchas esperanzas de curación. «De todos modos,
ya se verá decía siempre. A ver con qué nos encontramos cuando la operemos.»
Yo traté de ocultarle a Ana Rosa el pesimismo de los médicos, pero ella era una mujer inteligente y no le fue difícil adivinar que
estaba mucho más grave de lo que todos pretendíamos darle a entender, con lo que se sumió en una tremenda depresión. No
quería salir, y siempre andaba triste vagando por la casa como alma en pena. Yo estaba desolado e incluso llegué a descuidar
mis negocios a causa de mi preocupación por ella. Era una chica orgullosa y no soportaba que los demás la miraran con lástima,
que sus amigos sintieran pena por ella le resultaba casi tan terrible como su enfermedad. Así que, para no alterarla, le prometí
que no se lo diría a nadie; mi nieta tampoco se lo contó a nadie, salvo a su mejor amiga, Marga Salcedo, que supo guardar el
secreto. Yo no sabía qué hacer. Faltaban unos pocos días para la operación, pero estaban resultando angustiosos, sobre todo
porque yo veía cómo desaparecían la alegría y la juventud de mi pequeña sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Por eso me
alegré tanto cuando me pidió que le dejara nuestra casa de Peñíscola para dar una fiesta de fin de año. Dijo que necesitaba
animarse, ¿y qué mejor que divertirse con sus amigos para olvidarse, aunque sólo fuera por una noche, de sus problemas?
Naturalmente, le di permiso y los días anteriores a la fiesta la vi muy contenta, haciendo los preparativos, cursando las
invitaciones... El día 30 de diciembre mi chófer la llevó a la mansión, pues quería dormir allí y pasar todo el día 31 ocupándose
de los detalles, disponiéndolo todo para que su fiesta fuera perfecta. No quiso llevarse a ninguno de nuestros empleados. Prefería
preparar ella sola la sorpresa para sus amigos. Me pareció extraño, porque mi nieta estaba acostumbrada a contar siempre con la
ayuda de los criados y no sabía qué hacer sin ellos, pero lo acepté sin replicar: cualquier cosa con tal de que mi niña fuera feliz.
La noche del 31 de diciembre cenaban en mi casa mi socio Salcedo y mis grandes amigos Sanromán y el doctor López.
Nada especial, sólo una cena de cuatro hombres tranquilos y mayores. No necesitaba a todo el servicio y esa tarde le había dicho
a la doncella que podía marcharse y pasar la Nochevieja con su hija. Estábamos los cuatro tomando una copa antes de pasar a
cenar cuando entró la doncella, ya preparada para marcharse. Me dijo que quería hablar conmigo un momento a solas y salimos
del salón. Entonces me contó que el día anterior había recibido un encargo de mi nieta. Recuerdo sus palabras, no podré
olvidarlas nunca.
«La señorita Ana Rosa me dijo que se lo diera el día 1, es decir, mañana. Extendió la mano en la que llevaba un sobre rosa, de
los que usaba Ana Rosa. Pero como mañana tengo el día libre he pensado que será mejor que se lo entregue ahora, no vaya a ser
algo urgente.»
Un terrible presentimiento me asaltó al recoger el sobre. Las manos me temblaban mientras lo abría y tuve que sentarme para
leer la nota que contenía.
Querido abuelo:
Espero que me perdones por lo que he hecho, pero ni siquiera me atrevo a pensar en lo que será mi vida si salgo de la
operación. Si muriera, no sería tan grave. Pero no puedo estar segura de que eso pase y sé que, si sobrevivo, mi existencia será
un calvario que sólo terminará, de todas formas, con la muerte. Por eso prefiero irme a mi manera: mi última noche sobre la
tierra la pasaré a mi modo, en una fiesta con mis amigos, porque quiero que todos me recuerden como soy y morir feliz.
Perdóname, pero entiéndelo. Tú siempre me has dicho que hay que ser valiente y saber decidir qué es lo que más nos conviene
en cada momento de la vida. En este momento yo lo sé.
Te quiero mucho.
Ana Rosa
Mi niña iba a acabar con su vida. Era horrible, pero yo estaba acostumbrado a enfrentarme a situaciones difíciles. Aunque no
perdí la calma, como es lógico me alteré bastante y mis tres amigos se alarmaron mucho cuando me vieron entrar nuevamente
en el salón, pálido y descompuesto, y me preguntaron si había recibido malas noticias. Les dije que teníamos que ir a buscar a
los chicos, pues había recibido una llamada muy rara de Marga, que se había cortado y que temía que algo pasara. Fue lo
primero que se me ocurrió, porque no quería hablarles de la nota que me había dejado mi niña y Marga era la responsable del
grupo, por así decirlo, la que siempre nos consultaba y nos tenía al tanto de las idas y venidas de nuestros nietos. Aún tenía
esperanzas de salvar a Ana Rosa, puesto que la carta me había sido entregada mucho antes de lo que ella había calculado. Si
salíamos enseguida podríamos llegar entre las tres y las cuatro de la mañana, esperaba que antes de que ella tuviera tiempo de
llevar a cabo sus planes. Me tranquilizó que mi buen amigo el doctor me acompañara, ¿quién sabía con lo que me iba a
encontrar?
Llamé a Ana Rosa al móvil, pero no respondió. Salcedo y Sanromán llamaron a sus nietos, pero tampoco éstos contestaron las
llamadas, que repetimos con intervalos de pocos minutos sin ningún resultado. Pensamos que, con el ruido de la fiesta, no nos
oían y decidí salir para Peñíscola cuanto antes. Mis amigos, alarmados por mi preocupación, estuvieron de acuerdo. Salcedo y
Sanromán se ofrecieron a acompañarme. El primero sugirió que cogiéramos la avioneta de la empresa, pero lo descartamos
porque habría que movilizar a demasiada gente para ponerla en marcha y al final íbamos a tardar casi lo mismo. Decidimos,
pues, ir en mi coche.
Me pasé todo el viaje llamando a Ana Rosa, pero seguía sin contestar y no pude comunicarme con ella. Así que, cuando sonó mi
móvil y vi que no era mi nieta quien llamaba, sino Marga, la inquietud que sentía se multiplicó por cien. Me dijo que Ana Rosa
estaba muy mal y que no sabía qué hacer. Yo le respondí que iba en camino y el doctor me acompañaba. Le extrañó, pero no
preguntó nada y yo tampoco estaba en condiciones de dar ninguna explicación, pues la preocupación no me dejaba razonar.
Cuando llegamos, la fiesta estaba en todo su apogeo. La música estaba muy alta y un montón de jovencitos despreocupados
bailaban y se divertían de una manera que no me atrevo a calificar. Nos recibió Marga, que nos dijo que Esteban y Ana Rosa estaban
muy mal. Sanromán, pálido, le preguntó dónde estaba su nieto y Marga lo condujo a su habitación. Yo corrí hasta el cuarto de
Ana Rosa, donde mi niña estaba tendida en su cama, vestida con una bata que su amiga le había puesto para que se encontrara más
cómoda, porque el vestido de fiesta le apretaba bastante. El doctor la examinó y dijo que estaba muy bebida, pero que no era
necesario llevarla a un hospital. Le puso una inyección, un relajante, para que durmiera, porque estaba despierta. Sí, mi niña
hablaba, aunque no articulaba bien las palabras y no entendíamos lo que decía. La inyección hizo su efecto enseguida y Ana Rosa se
calmó; el doctor aseguró que dormiría y que cuando despertara estaría mejor. Al día siguiente la llevaríamos a Madrid, a la
clínica, donde la dejaríamos ingresada hasta su operación, que quizá iba a tener que aplazarse uno o dos días, dependiendo de
su estado. El doctor salió para ver a Esteban y Marga, y yo salí al pasillo, donde Lucas Salcedo le explicaba a su abuelo lo que
había sucedido. Al parecer, Ana Rosa y Esteban habían consumido más droga y bebido más alcohol que el resto, y su organismo se
había rebelado. ¿Qué podía haberlos inducido a adoptar semejante comportamiento? Mi nieta estaba desesperada. Después de
leer la nota que me había dejado, yo tenía claro que sufría algún tipo de perturbación mental. Estaba metida en una espiral de
autodestrucción, lo que explicaba su comportamiento. Pero ¿Esteban? Era un muchacho con mucho talento. Yo lo conocía y
admiraba, incluso envidiaba a su abuelo porque la inteligencia de ese joven le auguraba un brillante futuro. Nunca llegamos a
conocer de verdad a las personas que más cerca tenemos, me dije.
Permanecimos charlando unos pocos minutos y luego volví a la habitación para ver a Ana Rosa. Seguía durmiendo. La contemplé
con tristeza, ¿habría atentado contra su vida como anunciaba en su carta o, como decía el nieto de Salcedo, el colapso se debía
al abuso de las drogas y el alcohol? Entonces me fijé en que había cambiado de postura; sus brazos estaban extendidos. Seguí
con la vista la dirección que señalaba su mano abierta y vi un frasquito en el suelo; cuando me agaché para cogerlo, leí una
marca en la etiqueta. Eran barbitúricos. El cajón de la mesilla estaba abierto y supe que Ana Rosa aún había tenido fuerzas después
de la inyección para sacarlo y tomarse todas las pastillas. ¡Si no la hubiera dejado sola! Grité con todas mis fuerzas llamando al
doctor. Salcedo, Lucas y Marga entraron enseguida. López, unos segundos después.
El doctor sólo tuvo que mirarla para decirnos lo que todos sabíamos ya. Mi nieta había logrado su propósito; se había
suicidado delante de nosotros sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo.
Yo quería entrañablemente a mi nieta y me quedé conmocionado, incapaz de hilvanar un solo pensamiento coherente; me
parecía que todo era un mal sueño, que Ana Rosa despertaría para estar a mi lado, tan joven, tan guapa... Por fortuna, había otras
personas que pensaban por mí, como mi socio y amigo Salcedo, quien, pasadas unas horas, cuando ya me encontraba algo más
tranquilo, me habló de la necesidad de ocultar el suicidio. Ana Rosa había muerto, ya no se podía hacer nada por ella, pero sí se
podía evitar el escándalo. Solía aparecer en las revistas del corazón y sabíamos que su vida sería diseccionada en esos panfletos
y en programas de televisión. Salcedo y López ya lo habían hablado y el doctor estaba de acuerdo en firmar que se había tratado
de una muerte natural por paro cardíaco y en llevar a cabo todo el papeleo; yo no estaba en condiciones de razonar, pero me
mostré de acuerdo con ellos porque quería evitar el deshonor a toda costa. Además, ¿qué habríamos ganado contando la
verdad? Nada. Los invitados ni siquiera se habían enterado; estaban borrachos en otra parte. Tampoco se lo dijimos a
Sanromán, que no se había movido en todo ese tiempo de la habitación de su nieto. Para qué preocuparlo, bastante tenía con
un nieto toxicómano. Agradecí a mis buenos amigos lo que estaban dispuestos a hacer por mí y les di carta blanca. Así, a partir
de ese momento, incluso entre nosotros, nos comportamos como si la muerte de Ana Rosa hubiera sobrevenido por causas naturales.
El doctor López se hizo cargo de todo...
Aquí terminaba la tercera página y ya no había más.
Cuando acabó de leer, Esteban miró a María con gesto de incredulidad. No podía hablar. Quería
formularle muchas preguntas, pero los sonidos no salían de su garganta. La joven lo contemplaba
expectante, atenta al más mínimo de sus gestos, esperando que fuera él quien dijera la primera
palabra.
Por fin Esteban dijo:
¿Es cierto lo que dice este papel?
Blandía el último folio que había leído como un arma, moviéndolo delante de los ojos de María.
Sí respondió ella. Es cierto.
Pero ¿cómo...? No entiendo nada... ¿Ana Rosa se suicidó?
Sí.
Entonces María le contó todo: que le había llamado la atención la discrepancia en los horarios;
también que él hubiera permanecido dormido más de un día, tiempo durante el cual habían podido
ocurrir muchas cosas de las que no se habría enterado. De nuevo sintió un escalofrío cuando le habló
de su visita a la casa del señor Roms y de ese hombre extraño, que esperaba su muerte casi con ilusión
porque sabía que ella traería el deshonor para muchas personas. Su voz se volvió más amable cuando
habló del secretario, sin cuya indiscreción ahora no conocerían la verdad.
Esteban la escuchaba con atención y con bastante asombro. Miles de ideas pasaban por su cabeza
mientras la oía. Tantos años de remordimientos, viviendo con un sentimiento de culpabilidad que en
ocasiones había llegado a ser insoportable... Sufriendo por algo que no había sucedido.
Él no había matado a Ana Rosa. Y ahora que al fin conocía la verdad no sabía cómo asimilarlo.
Ya ves, en tu relato estaba la clave. Pensé que si Roms, Salcedo y tu abuelo habían llegado a
Peñíscola a las tres de la mañana tenían que haber salido antes de que los llamara Marga, pues Ana Rosa y
tú aún estabais... tosió... eso... cuando dieron las doce campanadas. Si estabas en lo cierto con
respecto al horario, Marga debió de llamarlos pasadas las doce. Seguramente sería mucho más tarde,
pero pongamos las doce...
Ya la interrumpió Esteban, no se puede viajar en coche de Madrid a Peñíscola en tres horas.
Y según me contó mi abuelo ellos habían ido en coche.
Exacto, porque tu abuelo, al hablar de la llamada de Marga, se refería a la primera, a la que
Roms se había inventado y que nunca se hizo. La llamada de Marga se produjo mucho más tarde. No
sabemos a qué hora, pero después de las doce, cuando vio el estado en que Ana Rosa y tú os encontrabais.
Y luego está el hecho de que te desmayaras. Podían haber sucedido muchas cosas sin que tú te
enteraras desde que te quedaste fuera de combate hasta que despertaste en una casa vacía con la sola
compañía de tu abuelo. No tenía muchas esperanzas, pero debía intentarlo; estaba segura de que tú
sólo conocías una parte de lo sucedido, de que había algo más, algo que no sabías... Y precisamente
eso era lo que quería averiguar... Aunque, para serte sincera, jamás pensé que fuera algo así.
Según esto, yo no maté a Ana Rosa... Parecía que empezaba a entenderlo por fin, porque había un
brillo de esperanza e ilusión en sus ojos que conmovió a María. Pero se apagó enseguida, sustituido
por un velo de sospechas. ¿Cómo podemos estar seguros de que esto es auténtico? ¿No pueden
haberte gastado una broma? ¿No puede habérselo inventado ese secretario?
No.
Y María volvió a hablarle de las memorias que pronto verían la luz.
Cuando el viejo muera, se harán públicas sus memorias. La editorial ya las tiene listas. Qué
macabro, ¿no?
Esteban asintió, estaba como ido. ¿Por qué no se ponía a dar saltos de alegría? María no entendía
nada.
¡Y Marga lo sabía! Tengo que llamarla, tengo que decirle...
El secretario de Roms me hizo prometerle que sólo lo leeríamos tú y yo.
No digo que le vayamos a dar estos papeles para que los lea. Pero tengo que decirle que lo sé...
Joder, María, no me niegues esa satisfacción. ¡Ella lo sabía todo desde el principio!
Espera un poco, ya se lo dirás. De momento ya sabemos lo que queríamos saber, lo único que
importa: que tú no mataste a Ana Rosa.
¿Por qué lo haría?
Supongo que Marga estaba muy dolida por el trato que le diste esa última noche y ésa fue su
forma de vengarse: dejar que creyeras lo peor de ti.
Lo tomó de los hombros y lo sacudió mientras lo miraba a los ojos.
¿No lo entiendes? ¡Tú no mataste a Ana Rosa! ¿Por qué no te pones a dar saltos de alegría?
Y yo que estaba seguro de que ibas a dejarme... Estabas tan rara... Sabía que planeabas algo,
pero esto... ¿Por qué no me lo contaste?
Porque no sabía con qué me iba a encontrar. Y sobre todo porque estaba segura de que tú no me
permitirías hacerlo si te lo decía.
En eso tienes razón, no te lo habría permitido.
Se quedó callado unos instantes. Parecía que, poco a poco, iba asimilando la noticia, se dijo
María, que lo examinaba conteniendo la respiración.
Al principio yo estaba convencido de que Marga me rehuía porque se sentía aterrorizada
después de lo que había hecho, y creí que a mi abuelo le pasaba algo parecido... Él me dijo que Ana Rosa
había muerto de un paro cardíaco, y eso fue lo que leí en los periódicos, así que me monté mi propia
historia: que Roms, Salcedo y mi abuelo habían conseguido tapar los hechos para que el escándalo no
saliera a la luz. Estaba seguro de que Roms debía de odiarme, y ahora resulta que ni siquiera ha
pensado en mí en todos estos años. Los viejos no sabían lo que había ocurrido entre Ana Rosa y yo... ¿Por
qué no me lo dijo Marga? No lo entiendo. ¡Es increíble! He vivido un infierno por nada. ¿Y todavía
quieres que no hable con ella?
No, esa mujer te ha amargado la vida, y te mereces una satisfacción. Sólo te pido que no le
digas cómo lo sabes... Lo prometí.
¿Por qué lo haría? En fin... Miró a María, muy serio. Al menos nos daremos el gusto de
verla en la cárcel, a ella y a Lucas.
¿Los vas a denunciar?
No, eso no puedo hacerlo. Pero irán a la cárcel. He revisado muy bien la denuncia contra Lucas
y es una bomba. En cuanto empiecen a tirar del hilo, van a salir cosas muy graves, y Marga está
metida hasta el cuello.
¡Vaya dos elementos! Cuando se enteraron de que la denuncia de Lucas había caído en tu
juzgado vieron el cielo abierto. Sólo ella y su hermano sabían que tú creías que habías matado a Ana Rosa,
así que pensaron que no sería difícil manipularte, como hicieron con Roms... Por cierto, ¿a qué se
referirá Roms cuando dice que Marga y Lucas le hicieron chantaje? Estoy intrigada, pero supongo que
tendré que esperar a que salgan las memorias para saberlo.
No hace falta. Eso sí lo sé. Bueno, al menos me lo puedo imaginar sin ninguna dificultad. Mi
abuelo solía hablar mucho de ello, y siempre me decía que Roms consideraba a Lucas un inútil. Lo has
visto tú misma, el propio Roms lo cuenta.
María asintió. Recordaba la frase en que Roms decía que ése era el único punto de discrepancia
entre él y su socio.
Cuando Salcedo murió, recuerdo que me extrañó que su nieto pasara a ser el presidente de la
compañía. Pero no le di mayor importancia, pensé que el pobre Roms estaba acabado y ya le daba todo
igual. Ahora, después de leer esto, sospecho que no fue exactamente así. Lucas y Marga debieron
amenazarlo con contar la verdad sobre la muerte de Ana Rosa si no cedía. Que Ana Rosa se había suicidado y
que él y el doctor López habían falsificado el certificado de defunción... Ya sabes que ése es un delito
grave, y Roms tenía dos buenas razones para claudicar: no quería que trascendiera el suicidio de Ana Rosa
y tampoco deseaba perjudicar al doctor, que había falsificado el certificado para hacerle un favor.
Luego, cuando les salió bien el chantaje, debieron pensar que era muy conveniente para ellos tener ese
as en la manga por si alguna vez podían usarlo conmigo. De todos modos, no entiendo cómo ese
secretario tuyo se ha dejado ese párrafo.
Yo creo que lo ha hecho a propósito. Esos dos no deben de caerle muy simpáticos... No sé lo
que pasaría por su cabeza; el caso es que nos ha hecho un gran favor. De todos modos, le prometí que
no haría pública esa información y él me creyó. No puedo faltar a mi palabra.
Le diré a Marga que lo sé, pero no cómo he obtenido la información. Al menos así me dejará
en paz.
¡Vaya par de chantajistas! Pero tú no caíste en su trampa. Estoy orgullosa de ti.
¿Estás orgullosa de mí? ¿Cómo puedes decir eso? Lo que tú has descubierto en unos días a mí
ni siquiera se me pasó por la imaginación durante todos estos años... ¡Estaba tan seguro de que la
había matado! ¡Yo la vi muerta!
Eso creíste.
Si mi abuelo me hubiera hablado... Pero ya estaba muy enfermo, pobre hombre... Lo
decepcioné, aunque no por las razones que yo creía. ¿Cómo he podido ser tan estúpido?
No has sido estúpido. Estabas traumatizado, no pensabas con claridad. Además, estabas seguro
de saber lo que había pasado... Y nunca hablaste de ello con nadie. Ése fue tu error. Estabas muy
implicado y no contaste con la opinión de alguien que viera las cosas desde fuera, con perspectiva, con
racionalidad. Tú no podías ser racional.
Me parece imposible que ese peso con el que he vivido todos estos años haya desaparecido por
fin. Y te lo debo a ti.
Se quedaron callados, atenta María a las reacciones de Esteban, que estaba inmóvil, aparentemente
sereno. ¿Qué estaría pensando? Aún les quedaba mucho camino por recorrer, pero lo peor ya había
pasado. Ahora podían empezar de nuevo. Libres.
Te quiero...
María apoyó la cabeza en su hombro y le apretó la mano.
Pues no lo entiendo. ¿Cómo puedes querer a alguien como yo? Ahora mismo soy un paria
social: he dimitido, así que no tengo trabajo; corren por ahí siniestros rumores sobre mí, que no van a
parar aunque le calle la boca a Marga, ya sabes que cuando la bola empieza sigue creciendo sin
control... Sigamos... Ah, sí, no tengo amigos, soy un misántropo, un ser huraño que odia las relaciones
sociales... Iba haciendo recuento con los dedos mientras hablaba.
Y yo lo interrumpió estoy en el paro, y no porque haya dimitido, sino porque me han
despedido, que es aún peor; no tengo amigos y mi propia hermana me ha dado la espalda y está
dispuesta a creer a otros en lugar de a mí.
Yo he perdido doce años de mi vida obsesionado por algo que luego ha resultado no ser cierto,
sin relaciones, llevando una vida solitaria y vacía, mintiendo a todo el mundo, con un terrible secreto
en mi conciencia...
Yo he perdido diez, desde el día en que conocí a Daniel hasta cierto lunes en que decidí entrar
a desayunar a una cafetería que hay enfrente de los juzgados. No tardé mucho tiempo en darme cuenta
de que no quería al hombre con el que me había casado, pero no se lo dije a nadie, lo mantuve en
secreto, fingiendo ser la perfecta y enamorada esposa y después la desconsolada viuda. Tampoco yo
tengo amigos y, como ya te he dicho, incluso mi hermana está dispuesta a creer lo peor de mí sin
concederme siquiera el beneficio de la duda. ¿Y sabes por qué? Lo miró fijamente a los ojos. Por
no confiarme a nadie, por vivir mi mentira, por no ser sincera. Más o menos lo mismo que tú. Como
verás, estamos hechos el uno para el otro, somos iguales.
Sí y no.
¿Cómo?
Sí estamos hechos el uno para el otro, pero no somos iguales, en absoluto. ¿Nunca has oído
hablar de la «diferencia»? Sale en muchos libros y películas; hablan de ella en la tele y en los
periódicos... Todo el mundo la conoce.
¡Ah, sí, esa famosa diferencia! He oído hablar de ella, pero no sé si existe... Necesitaría una
demostración empírica.
Pues existe, créeme.
No basta con creerlo. Tendrá usted que demostrármelo, señor mío.
Pienso pasarme toda la vida haciéndolo.
EPÍLOGO
Un mes más tarde...
Esteban estaba ante el ordenador, escribiendo muy concentrado. Quería acabar cuanto antes su libro,
que auguraba trabajoso, porque requería una ardua labor de investigación. María tenía sus propios
planes, aunque, por supuesto, aún no se lo había dicho a Esteban, pues lo de abrir un bufete entre los dos
resultaba más complicado de lo que había pensado en un principio, y quería estudiar las opciones y
tenerlo todo controlado cuando se lo propusiera.
Tampoco le había dado aún una noticia muy importante, con la que ella estaba encantada, aunque
no sabía cómo se la iba a tomar él. Sonrió, acariciándose el vientre y mirando con ternura a Esteban,
que, en su bendita ignorancia, sólo pensaba en el libro que escribía, sin saber que su original familia
de dos pronto contaría con tres miembros. Esa noche pensaba decírselo porque, por muy despistado
que fuera, si tardaba más acabaría dándose cuenta.
Y allí estaba, en el sofá, organizando el viaje a París que planeaban para el verano, con un
montón de folletos frente a ella y maquinando cómo comunicarle la noticia, sin hacer caso a la
televisión, donde una señora hablaba sin parar.
De pronto un nombre llamó su atención y miró la pantalla.
«... Roms. La muerte del magnate...».
¡Esteban, ven, corre! ¡Date prisa!
«... ayer a las catorce treinta».
¿Qué pasa? Esteban se sentó a su lado en el sofá.
¡Escucha!
«... Ramón Sanz, secretario del señor Roms, ha anunciado que en breve saldrán a la venta las
memorias del magnate, que ha calificado como un bombazo. Al parecer, el señor Sanz posee
documentos que probarán muchas de las acusaciones que Roms vierte en sus memorias contra
importantes personalidades del mundo de los negocios y la política, pero no ha querido precisar más.
Según hemos sabido, el señor Sanz ha vendido la exclusiva a una importante cadena privada...».
María y Esteban ya no escuchaban. Se miraban con los ojos muy abiertos y, a la vez, se echaron a
reír.
FIN

 
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AuthorReply

diana
(Login dianayvictoria)
79.155.209.165

Re: PIDEMELO

February 7 2014, 9:53 AM 

0 me encanto la historia >.
me pregnto si tendra una segunda parte O.O digo pa saber q paso cn Antonio, la hermana d Maria y la reaccion de Esteban cuando se entere q va ha ser papi *.* aajajajaja okxa

Gxs x traerla :D :*

 
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