Escena: Llega a los oídos de Silverio el chisme de que su madre y don Paulino son amantes
Autor: Mari
Cantina de San Gabriel
Silverio se había juntado con sus dos mejores amigos, Manuel e Ignacio, en una mesa, y estaban tomando unas cervezas.
-Puras broncas tenemos en mi casa, fíjense- Silverio les contó. -Ahora resulta que Margarita se agarró a golpes con Alba Zavala y las metieron al bote.
-Qué mala onda- dijo Manuel, un chavo bastante alto, corpulento, y tosco.
Ignacio, un moreno delgado, sacó una cajetilla de cigarros de su chamarra. De la cajetilla, sacó dos cigarros y uno se lo ofreció a Silverio.
-¿Quieres un cigarro?
-Oye, ¿pero qué te pasa?- Manuel le reprendió. -Silverio no fuma.
-Pos ahora sí, fíjate- afirmó Silverio, aceptando el cigarro.
Ignacio se lo encendió. Silverio puso el cigarro en su boca, pero se ahogó en el humo, y tosió. Nunca había fumado antes, y no sabía como hacerlo, pero fingió que lo estaba disfrutando, para que nadie pensara que era un cobarde.
El cantinero se acercó a la mesa de los muchachos.
-Tráiganos tres chelas más- Ignacio le pidió.
-¿Corona o Victoria?- preguntó el cantinero.
-Victoria, igual que éstas.
-Enseguida se las traigo- dijo el cantinero.
-El pueblo no deja de hablar de lo que pasó hoy con Margarita y Alba- comentó Ignacio.
El cantinero les trajo las cervezas, y los muchachos empezaron a tomarlas.
-Híjole, mano... tu familia no ha dejado de estar en la boca de todos- comentó Ignacio. -Primero, lo de tu mamá y don Paulino, y luego...
La expresión de Silverio endureció, y miró a su amigo con un gesto enfurecido.
-Mi mamá, y don Paulino, ¿qué?- exigió él.
-Cállate, Ignacio- dijo Manuel, serio.
-¿Qué pasa?- preguntó Silverio, alterado.
-Me sorprende que nada de esto ha llegado a tus oídos- Ignacio le dijo.
-Mi mamá le fue a preguntar a don Paulino si quería comprar la fábrica, eso es todo- confirmó Silverio.
-Pero eso no es lo que dicen en el pueblo- continuó Ignacio.
-Por favor, Ignacio, déjalo en paz- Manuel le suplicó.
-No, ¡quiero saber lo que están diciendo ahora mismo!- insistió Silverio.
-Dicen... que tu mamá y don Paulino... son amantes- Ignacio le confesó.
El atractivo ojiverde golpeó la mesa con su mano empuñado, tomó su cerveza en una sola toma, y después se levantó y aventó todo lo que estaba encima de la mesa, delante de él.
-¡NO!- gritó a toda volumen. --¡Son mentiras!
Todos volteaban a verlo.
-¡Quiero otra chela!- le pidió al cantinero, quien se lo abrió y se lo entregó.
-Cálmate, Silverio...- dijo Manuel, comprensivo.
-¡Déjame!- Silverio se apartó de él.
Tomó su segunda cerveza muy rápidamente.
-¡Todos ustedes son unos mentirosos!- les gritó a los que estaban en la cantina.
Terminó su cerveza, y aventó el envase al suelo.
-¡Te suplico que te comportas!- el cantinero le gritó.
-¡Tú cállate, cara de rata!- le rezongó.
-No cabe duda... eres igual a toda tu familia- le dijo el cantinero. -Todos ustedes son una basura, y están contaminando a San Gabriel. Más de uno estaría muy feliz si se fueran del pueblo.
Silverio se lanzó sobre el cantinero para descargar su furia sobre él, pero Manuel lo detuvo.