- ¿Recibirás entonces a la muchacha? Es buena, educada y responsable; aprenderá lo que quieras enseñarle.
- No estoy muy segura. No necesito más cargas… tendrás que llevarla a un albergue.
- ¡Oh, Margoth, querida, me ofendes! No te pido que la recibas y la mantengas por caridad… si quiere sostenerse en la vida, tendrá que trabajar, eso lo sabe. No te pido un refugio, te pido un trabajo. Trabajará para ti y te pagará lo que gaste. Sería una buena mucama, sin duda.
- ¿Una mucama? ¿Una muchacha de su alcurnia trabajando como una mucama?... No, eso no me cabe en la cabeza, Rebecca. Tiene todo el dinero que alguien pudiera desear, es prácticamente la realeza italiana y…
- Sí, pero no tiene la edad para administrarlo. Me encargaré de sus negocios, pero no la puedo tener conmigo… ella y yo simplemente no podemos vivir en el mismo espacio juntas…
1892. Mi nombre es Frances. Bueno, Francesca, pero mi madre siempre insistió en acortar mi nombre y el de mis cuatro hermanos; y esta fue la conversación en la cual se decidió mi futuro sin ni siquiera preguntarme.
Recién cumplía quince años y aún no acababa de preguntarme cómo mi familia, mis padres y mis cuatro hermanos, habían decidido quitarse la vida dejándome sola en el mundo con apenas diez años. Había quedado a merced de mi tía Rebecca, pero ella me odiaba profundamente por ser yo la única heredera de una fortuna cuantiosa que había sido destinada para mí por mi propio padre en escritura pública, para que dispusiera de ella cuando cumpliera la mayoría de edad. Era lo único que le había quedado luego de la ruina de todos sus negocios.
Pero ya habían pasado cinco años, y aún no me acercaba a la edad legal para reclamar lo que me pertenecía. Por todo ese tiempo había aguantado los insultos de mi tía, quien a diario me recordaba que me mantenía, me vestía y me alimentaba a cambio de nada y que yo era una desagradecida. Cada mañana, desde hacía cinco años me obligaba a ir a la iglesia a confesar pecados que nunca tuve, me llamaba ‘la bastardilla’ y siempre que podía me recordaba que era objeto de su odio y rencor, porque su propio hermano, al que cuidó de pequeño y ayudó, decidió dejar su dinero a una de sus insípidas hijas y no a ella.
Me culpaba de todas las desgracias de su vida y fue así como en su desesperación, rabia y odio acabó prácticamente vendiéndome a una mujer mayor en Francia, dueña de una mansión y cabeza de una familia que en otros tiempos había sido importante y que ahora simplemente se mantenía en las riquezas y los negocios que los hijos proporcionaban desde donde vivían.
Dios sabe que ese 'negocio', hecho en el momento en un idioma que yo apenas conseguía entender, se convirtió en mi única salvación.
A pesar de tener que dejar mi Vicenza de nacimiento e Italia, mi tierra, para mudarme a Francia, a ese ciudad en crecimiento llamado Clermont-Ferrand y a esa mansión inmensa llamada “La Hortensua de la Barriere Mc. Dowell”, estuve muy contenta por dejar a esa mujer en su vida miserable y pretenciosa. Por dejar de aguantar sus insultos y por primera vez tener la oportunidad de rehacer mi vida, así fuera trabajando. Yo estaba segura de que aprendería los quehaceres de la casa y luego, con los salarios, y una vez cumplida mi mayoría de edad, me marcharía de nuevo a Italia y viviría allí, feliz y cómoda, como lo dispuso mi padre en su última voluntad.
Sí, en el momento en que la mujer mayor se puso frente a mí, me examinó cuidadosamente, como a un caballo en el mercado, y luego, con su expresión adusta e idioma gutural me comunicó que dejaría de vivir con mi tía y tendría que mudarme allí para trabajar como una mucama y pagar los gastos que diera en la casa, solamente pensé en ese futuro brillante, en esa vida feliz que tendría en unos años, cuando fuera lo bastante mayor para defenderme sola y encargarme de mis negocios.
- Trabajarás con las demás mucamas, muchacha. Tendrás tu espacio en el cuarto del servicio. Si tienes preguntas, dirígete cortésmente a la señora Bruce, el ama de llaves. Ella te dirá lo que hay que hacer.
Asentí silenciosamente a sus palabras y a la traducción tosca que hizo mi tía de ellas. Pude ver su sonrisa irónica al pronunciarlas. Lo había conseguido: me había humillado hasta el punto de venderme a una casa desconocida, en tierra desconocida y con gente desconocida que sabía Dios cómo iba a tratarme, pues una jovencita sola, en 1892, no tenía mucho futuro sin protectores, o sin un hombre que respondiera por ella. Pero algo en la mirada de la mujer mayor, llamada Margoth Mc Dowell, me dijo que iba a estar bien, que por lo menos iba a conseguir la paz que me había sido esquiva desde hacía cinco años.
Sólo me restaba esperar en aquella casa a hacerme mayor y así poder ir a Italia y administrar lo poco que mi padre me había dejado.
A continuación, Margoth se dirigió a una mucama joven y de color que había estado presente en toda la conversación, pendiente de que el té de las señoras no fuera a enfriarse y cuya mirada siempre había sido de lástima e impresión, tal vez de que me dejara controlar la vida así.
- Ve por la Señora Bruce. Dile que tenemos una nueva mucama, que la necesito para que la instale.
La muchacha asintió y rápidamente acometió la orden. Luego Margoth se sentó a tomar su humeante té y se dirigió a mi tía.
- Bueno, Rebecca, creo que está hecho. Aunque veo venir problemas, porque no nos hacen falta mucamas y esta chica no sabe palabra de francés. No sé qué podría hacer con ella.
- Te he dicho que puedes enseñarle lo que quieras- dijo mi tía, también en francés como toda la conversación que yo conseguí entender con nociones muy básicas y mucha imaginación- Aprenderá rápido.
- Sí, lo entiendo…
Margoth me miró con algo de pesar. Se dirigió a mi tía mientras dejaba la taza en el plato.
- Es la última vez que tienes la oportunidad de verla en Dios sabe cuánto tiempo… ¿Tal vez quieras decirle algo a la muchacha?
Mi tía se volvió hacia mí y me miró con desprecio. Pude leer en sus ojos cuán satisfecha estaba por deshacerse de mí y humillarme de aquel modo. Me sonrió con sorna y luego se volvió hacia Margoth y se acercó a la mesa del té para tomar el suyo.
- Ella ya sabe lo que pienso- dijo- No necesita que se lo recuerde, ahora está a tu merced.
Luego se sentó a tomar el té y mientras lo hizo me miró con burla y triunfo: Había ganado. No había nada que yo pudiera hacer para impedir que me vendiera; todos creían que era una mujer modelo y que por lo tanto su sobrina estaba segura con ella, que la trataba bien y que su misericordia, al cuidar de ella, era infinita.
La mucama volvió minutos después con otra mujer mayor, de cabello cano vestida con un traje azul oscuro y unos anteojos muy pequeños, con los cuales miró alrededor y me encontró allí parada sin esperanzas en la vida, frente a los dos mujeres que tomaban el té: Era la señora Bruce, el ama de llaves.
- Bien- dijo la recién llegada con un tono de voz que descubrí amable y maternal, en italiano impecable- ¿Así que eres la nueva mucama? ¿Cuál es tu nombre, pequeña?
- Frances, señora- dije mientras hacía la venia de cortesía. Asombrada de oír mi idioma en tierra desconocida y ante la burla de mi tía. Siempre me había llamado Francesca e insistía en que mi nombre acortado era una tontería más de mi loca e insulsa madre.
- Bien, Frances- dijo la señora Bruce luego de la interrupción de mi tía- Me acompañarás afuera, voy a tomar tus medidas para el uniforme y te mostraré tu lugar y lo que tienes que hacer. ¿Traes equipaje?
Mi mirada fue hasta dos valijas que había traído conmigo desde Italia y que contenían todas mis pertenencias: unos cuantos vestidos, zapatos, accesorios y muchos, pero muchos recuerdos. Mi tía también las miró y se burló de nuevo cuando me aproximé a recogerlas para irme al fin de ese cuarto.
- ¿Ya han terminado con ella, señoras?- dijo la señora Bruce en francés cuando me le uní con una valija en cada una de mis manos- ¿Podemos retirarnos?
- Sí, señora Bruce- dijo Margoth (a la que pronto tendría que llamar "madame") aún bebiendo el té- Ya se la puede llevar.
- ¡Adiós, Francy!- dijo burlonamente mi tía en italiano- Cuídate, cariño. Sé buena y educada. Trabaja duro.
La señora Bruce frunció el ceño mientras yo miraba a mi tía, desafiante. Supe que no debía dejar que me dominara la rabia y por eso levanté el mentón y la miré de reojo para volverme y marchar lejos.
- Adiós, tía Rebecca, cuida tu urticaria…
No supe cuál fue su reacción a mi comentario, pues caminé hasta la puerta acompañada de la señora Bruce y la mucama de color que se llevó la bandeja del té y me marché de su triste de vida, aunque sabía que no iba a ser la última vez que la viera… oh, no, claro que no.
Afuera, dos mucamas jóvenes esperaban con algo de curiosidad, y apenas me vieron fingieron estar limpiando unos jarrones.
- Jennifer, Marguerite- dijo la señora Bruce con un tono de voz menos formal que el que había utilizado allá adentro, algo más maternal y en francés, como se suponía debía hablar con todos en la casa- Convoquen a todo el personal, anuncien que hay una nueva empleada- las muchachas hicieron una venia y se fueron corriendo. Luego, el ama de llaves se dirigió a la mucama de color con la charola del té- Melanie, querida, lleva eso a la cocina y vuelve a llenar la tetera. Trae unas galletas para las señoras.
- Sí, señora- asintió la mucama mientras me dirigía una sonrisa, luego me habló sin saber si yo le entendería- Créeme que vas a estar mucho mejor aquí que con esa endemoniada bruja de tu tía, Frances.
Yo la miré y me pareció extraña la amabilidad con que dijo aquella línea y la sonrisa que luego me dedicó.
- Oh, niña- dijo la señora Bruce- Ve a hacer lo que te dije, hablaremos luego todos… mientras tanto, recuerda que es de mala educación poner epítetos a las damas.
- Señora Bruce, usted sabe que esa no es una dama.
- Lo sé, Melanie, pero hay que hacerle creer que lo es- dijo el ama de llaves- Ahora ve a tu trabajo, hablaremos luego, cuando presente a Frances a todo el personal.
Melanie me sonrió y se fue con paso ligero cargando la charola. Me quedé con la señora Bruce, quien me puso una mano en la espalda y me guió a través del corredor, de piso de pino, muy brillante y limpio mientras me hablaba en su italiano impecable y pausado.
- Oh, Melanie…- dijo la señora- Seguro va a convertirse en una de tus grandes consejeras, Frances. Es una buena muchacha. Así como me imagino que debes de ser tú. No te preocupes, sé que todo esto parece extraño, pero vas a ver lo fácil que te vas a adaptar a la casa. Trabajarás desde las seis de la mañana hasta la hora de la cena. Tienes derecho a una hora de descanso y por supuesto a tus respectivas comidas. Cuando termines, te dirigirás aquí- la señora abrió una puerta que colindaba con una ventana, por donde pude ver el sol brillante, luego entramos- La habitación del servicio de las mujeres.
Una habitación muy grande donde fácilmente había doce camas acomodadas en dos filas de a seis enfrentadas, todas con sábanas blancas y perfectamente tendidas. Al final había otra ventana, ésta más grande, que estaba cubierta con un velo y a los lados, recogidas, unas cortinas de lo que pude ver, era terciopelo rojo. Al lado de cada cama estaban las mesas de noche y las pertenencias de las demás mucamas. Cada dos camas había un armario, donde, según la señora Bruce, de a dos personas se acomodaban los efectos personales.
Sí, yo estaba acostumbrada a la opulencia y los gastos desmedidos de mi tía, y a pesar de la sencillez de este cuarto, me gustó. Era acogedor, lo más parecido a una casa de familia que había visto desde que había abandonado la mía.
- ¿Te gusta?- dijo la señora Bruce caminando por entre la mitad de las camas hasta llegar a la ventana y descorrer el velo, para que yo pudiera apreciar toda la habitación.
Una vez el sol entró allí, definitivamente decidí que me gustaba, y que quería pertenecer allí.
- Sí, señora… me gusta mucho.
- Me alegra, querida- dijo la señora- Ahora ven aquí. Esta es tu cama- dijo señalando la última, la contigua a la ventana- aquí puedes poner tus cosas. La siguiente es de Melanie, así que tendrás que hablarle para ver cómo partirán el armario.
Ella caminó hasta una gran cómoda que había al otro lado mientras yo dejé mis valijas al lado de mi nueva cama y me senté a probarla para descubrir que no era tan mala. Por lo menos no heriría mi columna.
- Ah, veo que empieza a gustarte- dijo la señora, quien volvió con un traje rosa muy sencillo con unas aplicaciones de color blanco. Deduje que era el uniforme- Ten, este es el uniforme de diario. Póntelo mientras traigo un metro y algunas agujas.
- Gracias, señora
Y entonces me dejó sola con el uniforme, el cual parecía algo grande para mí. Sin embargo, como en un acto de cambio de vida y de piel, dejé a un lado el vestido azul que llevaba y empecé a probarme el uniforme. Para cuando la señora Bruce llegó, ya había terminado de ponérmelo y ella me admiró.
- Ah, siempre dije que el rosa sienta muy bien en las muchachas- dijo mientras, metro en mano, tomaba mis medidas y las anotaba cuidadosamente en un papel- Tendremos que disminuir un poco esto… esto también. Algo de dobladillo… - iba poniendo hábilmente alfileres a las partes que había que arreglar, y luego anotaba. Cuando terminó, me dijo que tendría que quedarme con ese hasta la mañana siguiente, cuando la costurera de la casa confeccionara los míos con las anotaciones que había tomado, pues allí las mucamas tenían varios uniformes y tenían que ser a la medida.
Debo decir entonces, que aquel día que comenzó como el infierno usual que era vivir con mi tía y en el cual me sentía atrapada en una inmensa red de la que pensé nunca podría salir, se arregló sorpresivamente con mi llegada a la Hortensua de la Barriere. Ahora que vestía el uniforme, sentí que tenía un hogar, mi espíritu se tranquilizó. Ya no tendría que aguantar los insultos de mi tía ni atender sus borracheras con vino. Ya no, nunca más. Ahora me sentía libre, cómoda y con un propósito en la vida.
Luego de acomodarme, la señora Bruce iba a salir, diciéndome que la acompañara pero yo la detuve.
- Usted es la única persona en esta casa que habla el italiano. ¿Cómo voy a hacer para hablar con los demás? No sé francés… lo poco que alguna vez estudié no va a ser suficiente…
Ella se volvió hacia mí, maternal y tomó mi mano mientras sonreía.
- No te preocupes- dijo- Yo voy a enseñarte. Alguna vez fui maestra y no se me ha olvidado el oficio.
- ¿También fue vendida a esta casa?
Rió. Luego me miró con ternura.
- No, yo sí vine voluntariamente. Fui la maestra de los señores durante un tiempo y luego, cuando no fue necesaria más enseñanza, asumí la dirección del personal de la casa. Hablo el italiano porque tengo un hermano allí y solía ir a visitarlo. Tal vez puedas contarme cómo es allá mientras vamos a la cocina a presentarte ¿Qué te parece?
Me llevó a la cocina. Era un lugar inmenso en el que bullían muchas ollas con el almuerzo. Allí estaba la mayoría del personal de servicio, y sin embargo, cuando llegamos, ella mandó a otra mucama por los demás. En total, esa mañana se reunieron cinco mucamas jóvenes, dos de mediana edad y una mujer madura, además de un hombre joven, uno de mediana edad y dos de avanzada edad para conocerme.
- Personal- anunció la señora Bruce con un tono de voz formal – Les presento a Frances, la nueva empleada de la casa. Ha venido desde muy lejos y se quedará con nosotros para repartirse los trabajos de la casa. Espero que la traten bien y le enseñen lo que debe hacer, pues es una niña todavía y necesita guía. Frances- se dirigió a mí en italiano- Te presento a:- entonces los nombró en el orden en que estaban allí
Las cinco mucamas jóvenes: Melanie, Jennifer, Marguerite, Giselle y Louise; todas me saludaron, parecían aliviadas de repartir el trabajo; las dos de mediana edad: Celine y Antoinette, se veían satisfechas con mi presencia; la mujer madura: Rose, la cocinera, quien me indicó que mi tarea iba a ser ayudarle allí en la cocina. Asentí obediente a la traducción de la señora Bruce y la primera me dedicó una sonrisa. Dijo que iba a tratar de hablar claro, pero si yo me comprometía a aprender francés, yo asentí de nuevo a la traducción y la señora rió; Los hombres: El joven, Jack, me sonrió al instante, parecía muy buen muchacho; Los otros tres, los mayordomos: Adolph (el de mediana edad), Emanuelle y Émile, bastante serios, solo asintieron cuando oyeron sus nombres. Parecieron de piedra.
- Bien- dijo Celine apartándose de donde estaba y luego llevando con ella una bandeja con bocadillos- Vamos a compartir esto y a brindar, con té, por la buena salud de esta muchacha y porque se logre adaptar muy bien….
Todos comimos, todos brindamos… todos reímos, hasta los mayordomos…
Parecía que al fin tenía un lugar seguro donde permanecer. Y un prospecto de familia.
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HASTA AQUÍ LLEGA LA TRANSCRIPCIÓN DE UN MANUSCRITO ENCONTRADO HACE POCOS DÍAS EN FRANCIA. POR SU CONTENIDO, SE PRESUME PERTENECE A UNA PERSONA INVOLUCRADA DIRECTAMENTE EN EL CASO “HORTENSUA DE LA BARRIERE MC. DOWELL”, EL CUAL, GRACIAS AL HALLAZGO DE ESTA NUEVA EVIDENCIA, SE ENCUENTRA ACTUALMENTE EN PROCESO DE REAPERTURA POR ORDEN DE LA JUNTA DE SUPERIORES POLICIALES FRANCESES, AL COMPROBARSE NEGLIGENCIA EN SU MANEJO INICIAL POR LOS OFICIALES DE LA ÉPOCA. EL TEXTO QUE SE TRANSCRIBE SE ANEXA AHORA A UN CONJUNTO DE PRUEBAS QUE SE RECOGIÓ EN OCASIÓN DE LA PRIMERA INVESTIGACIÓN, EN EL AÑO DE 1897 Y QUE AHORA SE ENCUENTRA EN MANOS DE LA POLICÍA DE FRANCIA.
SE PLANEA UN RASTREO HACIA LA FIGURA DE LA MUJER AUTORA DEL TEXTO Y LA VERIFICACIÓN DE LA AUTENTICIDAD DEL MISMO, ACOMPAÑADO DE UN SEGUIMIENTO A LOS ANTECEDENTES DE LA PERSONA QUE LO FACILITÓ.
NOTA: EL DIARIO APARECE INCOMPLETO EN ALGUNAS PÁGINAS. SE HACE LO POSIBLE PARA RECUPERAR ESAS PARTES. QUIEN LO PROVEYÓ, UN HOMBRE JOVEN, PIDE MANTENER SU NOMBRE EN RESERVA.
PETICIÓN ACEPTADA.
REAPERTURA CASO “HORTENSUA DE LA BARRIERE MC. DOWELL”
COMISIÓN DE INVESTIGACIONES, POLICÍA FRANCESA.