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CAPÍTULO 3: "JOSEPH MC. DOWELL: UN SECRETO A GUARDAR" Reapertura del Caso HDLBMD

February 18 2008 at 12:08 AM
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Kathleen Alexandra  (Acceso LaDirectora)
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REPORTE 001
Para: DEPARTAMENTO DE ACCIÓN E INVESTIGACIÓN POLICIAL
De: AUTORIDADES POLICIALES FRANCESAS. DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN CRIMINALÍSTICA
Asunto: REAPERTURA DEL CASO "HORTENSUA DE LA BARRIERE MC DOWELL"

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TRAS UNA MINUCIOSA INVESTIGACIÓN DE TIPO GRAFOLÓGICO Y DATADO SOBRE EL DOCUMENTO DENOMINADO EL DIARIO HORTENSUA DE LA BARRIERE, LOS EXPERTOS HAN DICTAMINADO QUE SE TRATA DE UN TEXTO DE MEDIANO TAMAÑO ESCRITO EN TINTAS Y PAPEL DE COMPOSICIÓN EXACTA A LOS UTILIZADOS EN LA ÚLTIMA PARTE DEL SIGLO XIX EN EL CENTRO DE FRANCIA, CUYOS ANÁLISIS INDICAN HABER SIDO ESCRITO Y ARMADO EN UNA FECHA CERCANA A 1892 CON UN MARGEN DE ERROR DE ±10 AÑOS. LOS ANÁLISIS GRAFOLÓGICOS DEL MISMO, INDICAN QUE LA ESCRITURA ES DE UNA MUJER ENTRE LOS CATORCE Y DIECISIETE AÑOS, A JUZGAR POR LA COMPOSICIÓN Y UBICACIÓN DE LOS GRAFEMAS EN CADA LÍNEA DE TEXTO. A SABER, TAMBIÉN SE HA HECHO UN SEGUIMIENTO A LA MUJER, AUTORA DEL TEXTO, QUIEN, GRACIAS A LAS AUTORIDADES DE CLERMONT-FERRAND Y A SU ARCHIVO DE REGISTRO DE PERSONAS, HA SIDO IDENTIFICADA COMO FRANCESCA BERNOLANO MARQUETTE, ITALIANA, 15 AÑOS A LA FECHA. UNA DE LAS ÚLTIMAS PERSONAS EMPLEADAS EN LA CASA ANTES DEL SUCESO CUYAS CAUSAS SE VUELVEN A INVESTIGAR EN ESTAS FECHAS; MILLONARIA DE LA ÉPOCA, NO PUDO ACCEDER PRONTAMENTE A SUS DERECHOS SOBRE LOS BIENES TEXTILEROS DE SUS PROGENITORES EN ITALIA Y SU TUTORÍA SE LE ENCARGÓ A REBECCA BERNOLANO DI PINTO, SU TÍA, QUIEN LA ENTREGÓ A MADAME MARGOTH MC. DOWELL EN CALIDAD DE MUCAMA. SUS OBSERVACIONES, CLARAMENTE MÁS CERCANAS QUE NINGUNA OTRA PISTA AL CASO, SON LA PRINCIPAL PISTA A SEGUIR PARA ESCLARECER LOS HECHOS, PUES A PESAR DE RENDIR TESTIMONIO EN LA PRIMERA INVESTIGACIÓN, SU FIGURA FUE PASADA POR ALTO YA QUE SE TRATABA DE UNA MUCAMA Y NO SE LE DIO IMPORTANCIA A LA VERACIDAD DE SU ALEGATO. UNIDO A LO ANTERIOR, SE REALIZÓ UN RASTREO A LA PERSONA QUE LO ENTREGÓ Y DADOS TODOS ESTOS RESULTADOS, LA JUNTA DE SUPERIORES POLICIALES FRANCESES HAN CONSIDERADO LAS PRUEBAS COMO VERDADERAS; EVIDENCIAS CONFIABLES QUE CONTRUBUIRÁN A DILUCIDAR EL CASO, POR LO CUAL HAN AUTORIZADO LA REAPERTURA DEL MISMO. UNA VEZ ESTO RESUELTO, A CONTINUACIÓN SE IMPARTEN ÓRDENES ESPECÍFICAS PARA EL REINICIO DE LAS LABORES CON EL OBJETIVO DE ACLARAR LO QUE REALMENTE SUCEDIÓ EN LA CASA EL DÍA Y LA HORA SEÑALADOS.
DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN CRIMINALÍSTICA
Anexos: DIARIO DE FRANCESCA BERNOLANO MARQUETTE/ PLAN DE TRABAJO Y RECONSTRUCCIÓN DE LA ESCENA DEL CRIMEN.
Confidencial

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Estuve en una encrucijada. En el momento en que oí más cerca a la señora Bruce y a quien fuera a abrir la puerta del despacho, fui presa de la desesperación y me agaché rápidamente a tomar las cartas que pude y la charola. Luego me incorporé y salí corriendo con rumbo desconocido hacia el norte de la casa a través del largo corredor, el cual tenía muchos estudios y habitaciones donde seguramente podía refugiarme.
Cuando alcancé una distancia prudente, dejé la charola de plata encima de una mesa al lado de una ventana y seguí mi afanada carrera, la cual acabó en otro despacho mucho más pequeño, donde al parecer guardaban papeles y registros de cuentas, a juzgar por el archivador y la cantidad de papeles sobre el austero escritorio de madera.
Unos segundos después de entrar en la habitación, sentí los pasos ágiles cerca. Ya no me quedaba duda de que era monsieur Joseph, quien seguramente había salido corriendo del despacho principal para ir tras aquel que ahora guardaba su secreto más preciado.
Me quise morir. Agazapada tras unos cortinajes viejos y empolvados, no supe qué hacer. Las cartas seguían en mi mano y si la señora Bruce hablaba de ellas y del encargo que me hizo, monsieur Joseph no iba a dudar de que había sido yo la chismosa que escuchó toda la conversación.
Ya sentía sus pasos cerca.
Miré a todos lados y no se me ocurrió nada útil para escapar.
Él ya estaba en la puerta; miré a la ventana, pero seguro que no había posibilidades de huir a través de ella.
Él ya giraba el picaporte dorado; miré alrededor, con la esperanza de poder esconderme en alguna parte.
Ya estaba abriendo; miré el librero y entró pude ver su mano sosteniendo el picaporte desde donde estaba. Pronto vería su enfadado rostro zamarreándome y tal vez riendo de satisfacción luego de haberme asestado otro bofetón por chismosa. Solo rogué que si así iba a ser, no me doliera tanto esta vez.
- ¿Monsieur Joseph?
En mi mayor momento de pánico, la señora Bruce me salvó. Interrumpió a monsieur Joseph antes de su entrada al estudio y evitó que me descubriera. Ella le preguntó qué sucedía y si buscaba algo. Él le dijo que no, que todo estaba bien, pero ella insistió en que si necesitaba algo, de inmediato iría en busca de Adolphe, su mayordomo.
- Está bien, señora Bruce- dijo monsieur, sin soltar el picaporte y algo irritado- Lo tengo bajo control.
- Entonces tal vez querrá regresar con su madre- dijo ella- Es hora de la oración en la capilla y madame Margoth ha exigido su presencia.
Monsieur titubeó. Bajo la mirada calculadora del ama de llaves, no podía hacer nada más que obedecer sus requerimientos. Lentamente, volvió a cerrar la puerta. Yo respiré por primera vez desde que lo vi abrirla y supe que estaba a salvo. A continuación, iría a poner las cartas en el despacho y me haría la desentendida para siempre.
- Sí, claro, señora Bruce -dijo él- pero quiero pedirle algo.
- Sí, dígame, monsieur.
- Quiero que cierre esta puerta con llave- dijo él con toda naturalidad- Me parece una irresponsabilidad que una habitación como esta, donde se guardan documentos de tan extrema importancia, esté siempre abierta a la vista de cualquiera que pase por aquí.
Pude sentir el titubeo del ama de llaves. Pero tras un minuto de duda, dio un paso adelante, sacó el llavero de la casa y encontró la llave que luego introdujo en la cerradura y giró para terminar la tarea que le fue encomendada. Acto seguido, los dos se marcharon. Pude oír que la señora Bruce le decía que no era costumbre de madame Margoth cerrar esa habitación con llave.
- Pues qué irresponsabilidad - atiné a escuchar lo que dijo monsieur, alejándose por el largo corredor en compañía de la única persona que sabía que ese cuarto estaba con llave, además de él.
Durante el tiempo que pasó, mi mente estuvo en blanco. Maldije mil veces mi suerte y angustiada traté de hacer algo para escapar. Sin embargo, estaba tan conmocionada por lo que había oído, que simplemente mis miembros se negaban a realizar cualquier acción.
En mi mente se dibujó la figura de Jennifer Langher. Su cabello rubio, casi blanco, sus facciones clásicas y sus muecas divertidas a la hora de la cena. En ese momento recordé que Marguerite, Louise y Melanie habían estado hablando de ella en un tiempo de descanso que tuvieron antes de la llegada de los padres de los herederos y sus comitivas. Habían dicho que la detallarían en esta visita de monsieur Joseph, porque en la anterior había sido muy cariñoso con ella, y hasta en secreto le había dado un regalo que le había traído especialmente desde la ciudad donde estudiaba. Ellas creían que Jennifer podía tener algo con él y no se aguantaban las ganas de chismosear.
Pero ahora yo sabía la verdad. Yo sabía que por alguna razón, era una mucama en su propia casa. Yo sabía que tenía derecho a la herencia tanto como monsieur James y monsieur Joseph. Yo sabía que su padre planeaba una jugada financiera peligrosa con tal de independizarse del matriarcado de Margoth Mc. Dowell y así poder llevársela de regreso a su hogar, donde no tendría que servir té ni hacer oficio hasta altas horas de la noche. Tal vez por eso, la última vez que la vi, el día de la llegada de los herederos, en el cuarto de las mucamas, sollozaba por lo bajo e insistía en enjugarse unas lágrimas que parecían no querer dejar de caer.
- Dios mío, Dios mío- me decía en la mente- ¿En qué clase de jugarreta estoy metida?
Pasaron las horas lentamente. Los cortinajes eran gruesos y me protegieron del frío mientras reflexioné e intenté entretenerme pensando en la forma en que organizaría los hechos para luego escribirlos en mi diario. Ya pronto se darían cuenta de mi ausencia y no tardarían en empezar a buscarme. Sin embargo, el tiempo pasó. Se hizo de noche, llamaron a la cena, cenaron, recogieron el servicio de la mesa, pasaron a la sala a tomar un último té, charlaron un rato, rezaron por el alma de Monsieur Aubrun una vez más y finalmente empezaron a dispersarse por la casa, cada cual hacia su habitación y finalmente los criados empezaron a apagar las luces, pues llegó la hora de dormir. Todo lo pude saber por las voces y los ruidos de la familia, que me llegaban como aires desgastados por la distancia.
Me resigné a pasar la noche allí. Las cartas estaban arrugadas en el bolsillo de mi delantal y mi estómago crujía de hambre. Pensé en Melanie, y en que tal vez repararía en mi ausencia. De repente se convirtió en mi única esperanza.
Pero mi esperanza se desvaneció con el correr del tiempo. Poco a poco me quedé dormida entre mis pensamientos y en la angustia que me representaba el día siguiente; esperando que alguien me rescatara de aquella habitación cerrada con llave y me llevara a mi cama en Vicenza donde despertaría al día siguiente y vería a mi papá entrar a darme los buenos días con un tremendo desayuno que yo comería con gusto, entre sus anécdotas y sonoras carcajadas que daría con mis ocurrencias.
Como en un sueño, en medio del aletargamiento en el que estaba, distinguí la figura de Joseph Mc. Dowell entrando en el estudio. Quise moverme, hacerle saber que estaba allí, débil, hambrienta y asustada. Quise rogarle que me perdonara por mi atrevimiento, pero mi cuerpo no respondió. No me pude mover.
Lo vi irse tras volver a cerrar la puerta. Quise llorar por mi amarga suerte y al fin pude emitir un suspiro. Un largo suspiro, con el que le decía al mundo que estaba derrotada.
- ¿Frances?
De repente, como un gran milagro, monsieur Joseph volvió a entrar y fue directo hacia los cortinajes, bajo los cuales me encontró yerta y débil.
- ¡Frances!
- ¡Señor!- dije en italiano, sobresaltada porque sus manos sosteniéndome no eran una ilusión, como originalmente me lo había parecido- No sé nada, no oí nada, por favor no me golpee, se lo suplico, fue un accidente, yo no quise
Él clavó sus ojos en los míos, tal vez queriendo encontrar la verdad en ellos, pero solo encontró debilidad y frío. Podría jurar que estaba tan asustado como yo, por tener una verdad tan peligrosa en sus manos y fuera de eso tener que compartirla con una extraña.
- No me golpee, por favor- insistí, al ver la claridad de sus ojos verdes- No fue mi culpa
Él me miró, enternecido.
- Claro que no voy a golpearte ¿De dónde sacas eso? No soy como James- dijo, agazapado frente a mí, con su cristalino acento italiano- Voy a sacarte de aquí y a llevarte a tu habitación. Allí Melanie te atenderá mientras termina de amanecer. Hablaremos luego, cuando te hayas recuperado.
- ¿Y la señora Bruce? Ella va a darse cuenta todos van a darse cuenta de que no estuve allí. Van a echarme van a echarme, lo sé.
- No te preocupes- susurró él, en un tono que definitivamente me tranquilizó- Lo tengo todo arreglado. Nadie va a echarte ¿Está bien? Si te preguntan, estuviste con mi madre todo el tiempo. Arreglaste su habitación, la ayudaste a terminar de instalarse, colaboraste con su labor de costura hasta tarde, así que ella te permitió usar el sofá, donde pasaste la noche ¿bien? Le estás colaborando a ella, y hoy no te le despegues, es muy importante, porque de eso dependerá que te crean. ¿Sí?
Me impresionó su agudeza y bondad. Nunca pensé que fuera a tratarme así luego del incidente. Me sentí muy mal para con él. Sentí la necesidad de disculparme.
- Lo siento, monsieur Joseph- dije, ya totalmente despierta y con un cargo de conciencia terrible
- No, yo lo siento más- dijo él- No es justo que hayas terminado envuelta en todo esto no tenías por qué.
- Sólo iba a guardar una correspondencia mire, todavía la tengo- dije, revolviendo mi delantal y sacando a la luz las maltrechas cartas
- Lo sé- dijo él mientras sonreía- Ahora dámelas. La abuela se molestará si las ve así.
Se las di. Luego, sin decir ninguna otra palabra, me ayudó a incorporar y me sacó de allí. Caminamos por el pasillo. Eran casi las cuatro y media de la mañana, por lo que pude adivinar en uno de los relojes en el camino. Todavía estaba oscuro, así que él me guió y luego me dejó frente a la habitación de las mucamas. Una vez allí se dio la vuelta y caminó lejos. De nuevo lamenté tener que compartir su terrible secreto.
Una vez entré, Melanie me atendió en silencio para que las otras no se despertaran y me alcanzó un trozo de jamón de puerco y un pan que prácticamente devoré bajo las cobijas mientras ella reía entre las suyas.
- ¿Ya te dije que eres muy afortunada por caerle en gracia a monsieur Joseph?
No pude evitar reír, comer y al mismo tiempo divisar a Jennifer, bastante abrigada, en la cama que quedaba al frente, diagonal a la mía.
No supe si era buena fortuna o una total desgracia.
Pero no me pude quedar despierta para averiguarlo.

El funeral de Monsieur Aubrun se efectuó tal y como Madame Margoth lo planeó: perfecto.
Muy temprano en la mañana los miembros de la familia junto con el personal de servicio estuvieron formados en el patio trasero de la Hortensua. Tal y como había dicho Melanie, el panteón de la familia se encontraba en el jardín trasero, refundido entre docenas de enredaderas y musgo, el cual se fue desprendiendo lentamente de su posada cuando los mayordomos lo abrieron para poner el cuerpo de Monsieur, ante la mirada impasible del ministro quien ofició la ceremonia religiosa minutos antes y la mirada adolorida de la familia en pleno.
Tal y como me lo advirtió Monsieur Joseph, durante todo ritual estuve junto a su madre, la señora Elaine. Así, por si alguna del cuarto de las mucamas dudaba de mi estadía con ella toda la noche anterior, podía ver que era una versión totalmente creíble.
Desde allí, tapada por la sombrilla de Madame Elaine, pude ver cómo lentamente ponían el féretro de Monsieur al lado de otro que parecía mucho más antiguo, ambos en un agujero negro y profundo, como la boca de la muerte, de donde nadie salía nunca. Justo en ese momento, Madame Margoth y Monsieur Jacques se abrazaron fuertemente llorando copiosamente. Luego, ella se desprendió del abrazo y fue a tocar la última punta del féretro, sin dejar de llorar.
- Te amo, Aubrun No lo olvides, amour. Me reuniré contigo, lo prometo
Dicho eso, cayó de rodillas en el prado y siguió llorando entre sollozos sucesivos. Murmuraba cosas inaudibles y se mordía los labios con dolor; como si quisiera destruírselos. La familia en pleno vio la escena. Yo, parada al lado de Madame Elaine, podía verla a ella y a todos los demás, inclusive a monsieur Joseph, quien había amanecido con unas marcadas ojeras y a monsieur James, quien se escondía tras sus manos y volviéndose constantemente hacia la pared.
Finalmente, luego de unas palabras de bendición del ministro hacia el féretro y otras de consuelo hacia la viuda, uno de los mayordomos se ofreció para ayudarla a levantar mientras los otros dos, con gran trabajo, volvieron a acomodar la piedra que cubría el panteón, dejando el cuerpo de Monsieur entre las sombras para siempre, pues el sol se asomaba tímido entre nubes gruesas y pesadas y jamás alcanzaría a pasar por entre aquellas piedras gruesas.
Todos lloraron mientras el ministro lanzaba una última bendición al panteón y otra a la familia. Pasados veinte minutos de contemplación y oraciones, las señoras empezaron a irse hacia la casa seguidas de los caballeros, quienes fueron los últimos en partir. Finalmente, al personal de servicio se le permitió retirarse, no sin antes orar ante el panteón para pedir al Señor que abriera las puertas de su Reino a monsieur, un hombre totalmente bueno y misericordioso, quien en vida hizo todas las obras de caridad que estuvo en condiciones de hacer.
Una vez terminada la ceremonia, la familia se retiró a meditar a sus respectivas habitaciones. Las mucamas nos quedamos en la cocina mientras los mayordomos atendían a los señores que necesitaban de su ayuda.
Y justo cuando estábamos todas reunidas alrededor de Rose, quien nos iba a contar alguna historia referente a Monsieur Aubrun mientras cocinaba, llegó la señora Bruce y me ordenó ir a sacudir las poltronas de la habitación donde pasé encerrada toda la noche.
- ¿Es necesario, señora Bruce?- pregunté
- Sí, Frances, es muy necesario- dijo ella, sin ningún matiz especial en la voz- Madame Annette quiere revisar unas cuentas en compañía de Madame Margoth. Luego, las señoras tomarán el té, así que necesito que sacudas. ¿Está claro?
Asentí a desgana y me despedí de la reunión. Como era una habitación pequeña, seguramente no pensaban que podía requerir de algo de ayuda de las otras cinco mucamas que quedaban. No, era yo sola.
Maldije mi suerte mientras iba a buscar el sacudidor y una vez lo obtuve del cuarto de las herramientas, me encaminé hacia allá. No hace falta mencionar que estaba aterrorizada ante el solo pensamiento de que podía volver a quedarme allí encerrada, pero luego me tranquilicé ante la idea de que solo se podía cerrar con llave, y la señora Bruce nunca me haría eso.
Bueno, a menos que se lo ordenara alguien más.
Sacudí la cabeza y pronto llegué. Todo estaba como yo lo dejé a las cuatro y media de la mañana. Sonreí cansinamente y me dispuse a limpiar. Arreglé la mesa, sacudí los tapices y cortinajes y abrí la ventana para que entrara aire. Luego me dispuse a sacudir el archivador y una que otra porcelana dispuesta sin cuidado por el espacio. Cuando me volví hacia la puerta, monsieur Joseph estaba en la puerta y me miraba cuidadosamente.
No supe descifrar lo que decían sus oscurecidos ojos verdes...
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UNA REVELACIÓN INESPERADA
+
UN PATRÓN INCLEMENTE
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DOS COSAS QUE SUMADAS PUEDEN TERMINAR EN UNA TRAGEDIA A LARGO PLAZO

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Próximo capítulo, el evento que le dará un giro definitivo a esta historia.
No te pierdas el siguiente capítulo: "Peligro: los recuerdos de una vida pasada"
Sólo aquí:
http://www.network54.com/Forum/598171/

Porque usualmente la vida no es del color de las rosas...






    
This message has been edited by LaDirectora on May 25, 2009 1:43 PM


 
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