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CAPÍTULO 16: "EL VERDADERO LUGAR DE UNA MUCAMA" Continuación Inv. en Portugal.

June 2 2009 at 10:24 PM
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En el capítulo anterior: Frances volvió a ver a su tía, la mujer que la dejó en la Hortensua de la Barriere. Esta vez, Rebecca Bernolano apareció en el momento en que Frances y Margoth Mc. Dowell estaban en el despacho del abogado que intentaba esclarecer la situación de Thomazzio al momento de su muerte y las diligencias que tendría que hacer Frances ante su deceso. Allí, la mucama se enteró que tanto Margoth como Rebecca la habían tratado como mercancía. Sin embargo, Margoth pareció tener un gesto de amabilidad: le quitó la custodia de Frances a Rebecca. Además, al parecer sus planes para con su 'mucama estrella' no terminan allí...

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Por supuesto, el estado de Jennifer no mejoró en las siguientes horas. Madame Annette dispuso que Celine la vigilara toda la noche. Melanie y Giselle fueron designadas para proveer a la enfermera de agua caliente, paños y sábanas limpias. Las demás debíamos seguir ocupándonos de la casa y los padres de monsieur James.
Fue en la cena cuando tuve la oportunidad de verlos. Los había conocido durante los funerales de monsieur Aubrun, pero dudaba de que ellos me recordaran.
Madame Elaine seguía con su belleza radiante. A sus 45 años, sus ojos castaños y su cabello castaño la hacían parecer más joven. A su vez, monsieur Douglas parecía su complemento perfecto: alto, con cabello oscuro y barba tupida alrededor del rostro y labios, parecía dar la imagen exacta que tendría su hijo cuando tuviera los mismos 49 años, pues ambos compartían el color de ojos y las maneras imponentes. Sin embargo, debo admitir que monsieur Douglas era mucho más humilde. Y lo demostró esa noche, cuando me vio sirviendo la mesa.
- Siento mucho lo ocurrido- dijo, cuando terminé de servir su sopa- Es usted una joven valiente. No creo que tanta gente tenga el poder de sonreír cuando ha acabado de pasar por lo que usted.
- Gracias, monsieur- dije, haciendo una venia delicada- Bon Apetit
Monsieur James me observó desde el otro lado de la mesa. Parecía molesto. Su madre, en cambio, me miró con admiración.
- Es en verdad admirable lo que ha hecho Frances en vista del terrible suceso que acaba de acontecer- dijo madame Margoth tomando un poco de su vino- Tuvo que ver esa horrible escena protagonizada por uno de sus mejores amigos de la casa y lo ha afrontado con valentía.- Hizo una nueva pausa y luego continuó- Es por eso que he decidido llevarla conmigo al viaje que haré a Italia para visitar a mis primas. Me parece que es bueno que ella vuelva a su tierra, así sea en una ocasión tan indistinta.
No pude ocultar mi sorpresa. Ni siquiera sabía que los Mc. Dowell tuvieran familiares en Italia. Al parecer era una excusa perfecta para ausentarse hacia la antigua Lombardía para efectuar el entierro de Thomazzio. Sin duda, madame Margoth era una estratega bastante inteligente.
- Por supuesto- dijo madame Eileen, la madre de monsieur James- Será muy bueno para ella.
La señora me dirigió una sonrisa y yo le dediqué una venia. Luego desvié mi mirada hacia madame Margoth.
Vi que no pudo evitar sonreír por su buena jugada.

Tres días después llegábamos a Verona. Madame esgrimía la misma sonrisa mientras un cochero nos llevaba a la casa de sus primas. No me había atrevido a preguntar si aquella historia era cierta, pero estaba muy nerviosa. Como era de esperarse, viajé en calidad de mucama y aún tendría que trabajar en las necesidades de mi patrona. No sabía cómo iban a tratarme aquellas supuestas personas, ni qué diría madame para seguir encubriendo el real motivo de nuestro viaje.
En mi equipaje había depositado un par de uniformes y mi vestido negro, además de los acostumbrados efectos personales. Llevaba en mi cuello, cubierta entre los encajes, la gargantilla que Thomazzio me había obsequiado en navidad. También había decidido conservar el reloj de bolsillo que llevaba al momento de su muerte. Quise dárselo a Jennifer, pero hasta el momento en que partimos, estuvo convaleciente, y Celine no me permitió verla. Recordé mi conversación con la enfermera en el coche, mientras divisaba los paisajes de las afueras de Verona pasar por mi ventana.
- Ya casi llegamos- dijo madame, sentada a mi lado- Esté lista

La Emperatriz del Mar era una propiedad tan inmensa como hermosa. Cuando nos bajamos del coche, luego de varias leguas de la reja que hacía las veces de entrada, no pude sino proteger mis ojos del sol que llegaba de los techos de una mansión de seis plantas cuyas ventanas resplandecían bajo el cielo azul.
Un mayordomo alto y joven nos dio la bienvenida mientras otros cuantos recogían nuestro equipaje y lo llevaban al interior. Una vez adentro, una serie de mucamas se alinearon frente a nosotras en el recibidor, el cual era impresionantemente bello.
Se trataba de una sala cuyos altos techos eran abovedados. Los decoraban exquisitas pinturas con motivos religiosos y de su centro se desprendían lámparas de cristal que semejaban gotas de agua a punto de caer.
- Bienvenidas a La Emperatriz del Mar, es un gusto que hayan llegado bien.
De repente, una mujer mayor con rasgos similares a los de madame se abrió paso entre la servidumbre alineada juiciosamente. Aquello me hizo recordar las formaciones que teníamos que hacer cada vez que llegaba un invitado importante a la Hortensua. El cómo cada vez que los anfitriones se encontraban con los visitantes, la servidumbre pasaba a un segundo plano.
- Genevieve, querida- dijo madame una vez la mujer se acercó lo suficiente- Es tan grato volver a verte
- Lo mismo digo, Margie- respondió la mujer en un italiano fresco y delicado- Es un gusto que hayas logrado hacer campo entre tus complicadas ocupaciones para venir a vernos. Hacía mucho que pensábamos que te habías olvidado de nosotras.
- ¿Cómo se te ocurre?- respondió sobresaltada madame, también en italiano, tomando las manos de su interlocutora entre las suyas- Tendrían que suceder muchas cosas antes de olvidarme de ustedes. Lo que pasa es que mis ocupaciones son muchas en Clermont. Apenas si tengo tiempo de dormir, querida.
- Lo sé, lo sé- respondió la anfitriona dejando entrever una sonrisa- Son los deberes de La matrona de la distinguida familia Mc. Dowell- madame sonrió tímidamente, un gesto que nunca le había visto- Pero no te puedes quejar, tú lo escogiste así. De haber sido como nosotras, le habrías dejado todo el trabajo a Jacques y en este momento estarías disfrutando de un delicioso verano permanente.
- ¿Y dejar a la ambiciosa de Annette a cargo de todos los asuntos de la familia?- madame rió socarronamente al tiempo que la anfitriona. Parecían dos chiquillas compartiendo un secreto- ¡Ja! ¡Prefiero estar encadenada al escritorio día y noche!
Ambas rieron estruendosamente. Una mujer a la que distinguí como el ama de llaves disolvió la reunión de la servidumbre luego de la presentación de la honorable Margoth Mc. Dowell y su mucama personal. Luego, se dirigió a la anfitriona para indicarle que su estudio estaba listo, así como las habitaciones que habría de ocupar la visita. La mujer agradeció con un movimiento de cabeza y nos llevó a su despacho, otra estancia maravillosamente decorada con pinturas exquisitas y tapices increíbles.
Una vez acomodadas en un juego de muebles de madera alemana y el juego de té dispuesto en la mesa de centro, madame me presentó formalmente a su prima, la signora Genevieve Guemerault Ambrostini de Felippi.
- El Felippi es sólo un adorno es bien sabido que no necesito ese apellido- dijo Donna Genevieve- Aunque amo a ese condenado viejo
- Ámalo mientras lo tengas vivo- dijo madame Margoth, algo acongojada- Lo que yo daría por volver a ver a Aubrun
Su prima le sonrió afectadamente y le pidió excusas por recordarle aquel espinoso tema. Madame le sonrió nostálgicamente y la instó a no volver a excusarse. Hablaron de ello un momento y luego se ocuparon de nuestro itinerario de viaje.
- ¿Así que quieren visitar Vicenza?- dijo Donna Genevieve tomando su té- ¡Vaya! Es un recorrido bastante exclusivo ¿Puedo saber a qué se debe eso, Margie?
Madame me miró de reojo. Luego se dirigió a su prima.
- Bueno, tengo algunos asuntos que resolver. Pero no demoraré.
- Por supuesto, sabrás que Bernardo y su casa están a tu entera disposición- dijo la anfitriona con una media sonrisa- Le hicimos saber que vendrías en cuanto nos avisaste ¿Verdad que no hicimos mal?
- No, claro que no- declaró la matrona Mc. Dowell- Será de gran ayuda contar con él y con su casa y hace mucho que no le veo a él ni a su familia
- ¡Entonces será una espléndida oportunidad para que la familia se reúna!- la Donna dio un respingo y se levantó rápidamente. Corrió hacia la puerta- Espérame aquí, Margie. Llamaré a Geraldine.
Entonces nos quedamos solas madame y yo. No sabía muy bien qué decirle. Tenía muchas preguntas, pero creía que me trataría de descortés si llegaba a preguntarle algo. Me quedé con la cabeza gacha mientras mis pensamientos volaban lejos.
- Debemos hacerles creer a todos que hemos venido en un plan vacacional- dijo madame Margoth, de repente- Esta casa será el inicio y fin de nuestro viaje por Italia. Mañana partiremos a la casa de Bernardo, el hijo de mi prima Geraldine.
- ¿Y en dónde queda esa casa, madame?- pregunté, temerosa
- En Vicenza- dijo madame sin ningún matiz especial en la voz- Si no estoy mal, queda muy cerca de donde me dijeron que era su casa
Para cuando llegamos a Vicenza, dos días después, había conocido a Donna Geraldine Guemerault Ambrostini de Di Santo y a Donna Michaella Guemerault Ambrostini, las otras primas de madame. La primera, considerada un modelo de mujer, madre y esposa. Tenía unos años menos que mi patrona y se le notaban: su cabello largo, lacio y rubio aún la hacían ver joven. Estaba casada con un exitoso comerciante de minerales y tenía tres hijos, todos ya adultos y con familias propias. Entre ellos, Bernardo, en cuya casa nos íbamos a hospedar madame y yo en Vicenza.
Por su parte, Donna Michaella era otra historia: era la menor de las tres hermanas y nunca gustó del matrimonio. Según Donna Genevieve, tenía amores con un hombre que le había gustado desde joven, pero nunca había aceptado casarse. A pesar de eso, era también una mujer hermosa. Su cabello era castaño y sus ojos del color de la miel. Las tres fueron amables conmigo, aunque nunca entré lo suficiente en sus conversaciones con madame.
Así, luego de coloquios y reencuentros de familia, en los días siguientes me encontré en Vicenza al atardecer.
Jamás podría describir con exactitud lo que fue encontrarme de nuevo en mi tierra. Tan solo saberme cerca de casa hizo que quisiera huir a ella. Lo único que me detuvo fue la promesa que hice a madame y la memoria de Thomazzio, cuyo cuerpo ya debía estar llegando también.
Según madame, ella se encargó de la repatriación con el doctor Cassou y eso incluyó el transporte del cuerpo hasta el panteón de mi familia. Esa tarde, mientras repetíamos el protocolo de llegada en una nueva casa, rogué para que todo hubiera salido bien y el cuerpo de mi hermano se encontrara ya en la que sería su última morada.
Esa noche, cuando estuvimos solas en la habitación, madame me advirtió que el entierro tardaría dos días en efectuarse, ya que su sobrino Bernardo había planeado llevarla a algunos sitios de interés de la ciudad. Parecía estar buscando mi aprobación indirectamente.
Yo no podía hacer nada, pero quise fastidiarla un tanto.
- Eso es asunto suyo, madame- dije- Pero que conste que fue usted quien dijo que no podría demorarse más de tres días en esto
Ella me lanzó una mirada amarga. Supe que no la estaba pasando del todo bien y sin embargo me sentí a gusto. No podía evitar seguir pensando que ella había sido inflexible con mi hermano cuando él estuvo en una situación difícil.
A la mañana siguiente, el signore Bernardo nos llevó a pasear en su carruaje desde muy temprano. Como era de esperarse, madame me llevó con ella. A pesar de que le había jurado no escapar, parecía querer asegurarse de que no lo haría, así que tuve que aguantar toda una mañana de aburrido itinerario turístico. No me atrevería a llamarlo aburrido de no haberme tenido que quedar en el coche durante todo el camino. Ellos salían, hacían compras, hablaban con gente y yo siempre tuve que quedarme adentro del vehículo con el chofer como única compañía, y eso, porque él estaba afuera y difícilmente habríamos podido entablar una conversación.
Así las cosas, cuando nos dirigimos de nuevo a la casa, a eso de las once de la mañana, no pude sino respirar tranquila. Meser Bernardo era un hombre muy amable y de conversación amena. Nos entretuvo a madame y a mí durante todo el trayecto de vuelta a su casa, la cual él consideraba sencillamente maravillosa.
Y era verdad: una propiedad estratégicamente ubicada en la ciudad que llevaba por nombre Casa del Sole. Tenía amplios jardines circundándola y al fondo, en un kiosco espléndidamente construido, se encontraba la colección personal de aves exóticas de Meser Bernardo.
En cuanto a él, se trataba un hombre alto, de castaña barba tupida y ojos verdes, como los de su mamá, Donna Geraldine. Se dedicaba a la administración de una empresa de productos químicos y con lo que ganaba mantenía a dos hijas y a una esposa, Eleonora María Piaccomo Estroncello, toda una dama de sociedad que se pasaba la vida en reuniones sociales por toda la ciudad.
A pesar de la evidente fortuna que se gastaba en una familia que no parecía muy interesado en él, Maese Bernardo lucía radiante y satisfecho con su vida. Nos advirtió que su esposa y sus hijas ya estarían en casa para cuando llegáramos.
Yo asocié aquello con el repetitivo protocolo al que nos habíamos estado sometiendo durante todo el viaje, así que no me preocupé. Siempre me iban a tratar como la simple mucama de madame y me iban a dejar atrás. Afortunadamente, no tenía ningún interés en sobresalir. Algunas veces es pertinente pasar desapercibido si se quiere estar tranquilo.
Para cuando el carruaje arribó a la Casa del Sole, me dispuse tras madame, lista para pasar por otra tediosa ceremonia de presentación a miembros de la familia que no parecían más contentos que ella misma con el viaje.
Y habría sido de lo más corriente, de no haber sido porque en la sala de la casa no sólo se encontraban las desconocidas familiares de Meser.
Allí, en medio de la espléndida poltrona de madera alemana, se encontraba alguien que yo conocía muy bien a y quien pude reconocer por la manera fuerte y cristalina en que pronunciaba el italiano.
James Sebastián Ricardo Mc. Dowell Bergoldt estaba de visita esa mañana en la Casa del Sole. Y bajo su abrazo, sentada apretadamente junto a él estaba la encantadora donna Giselle Di Santo Piaccomo, la hija mayor de Meser.
Alguien que jamás podría compararse con una simple mucama.
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UNA RIVAL PODEROSA.
UN ENCUENTRO INESPERADO.
TODO, EN UN VIAJE AL PASADO QUE TENDRÁ REPERCUSIONES EN EL FUTURO.

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En 2009, la historia continúa.
Próximos capítulos: el inicio de una etapa que te dejará sin aliento.

·.·´¯`·.·Ahora, triplemente encantadora·.·´¯`·.·
Continúa la emoción en:
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Revive los mejores momentos:
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·.·´¯`·.·Una historia inolvidable·.·´¯`·.·


 
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Respuestas

  • Hola de nuevo... - Kathleen Alexandra on Jun 2, 2009, 10:44 PM
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  • WOOOOOW - Encarnita22 on Jun 3, 2009, 6:42 AM
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