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CAPÍTULO 19: "JEREMÍAS BARTOLINI. UN ÚLTIMO ADIÓS Y UN ÚNICO E IRREFUTABLE FUTURO" C.I.Al.

June 22 2009 at 11:47 PM
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En el capítulo anterior: Luego de una charla con el visitante en su casa, Frances se encuentra de frente con un hombre misterioso. Él, al verla, extrañamente decide acompañarla y pide una charla con Margoth Mc. Dowell. Allí, el hombre explica que su nombre es Hans Bartolini y que desea hablar con la tutora de Frances, pues, dice él, la reconoce como la hija de su socio y amigo Jacob Bernolano. Margoth, enfadada, cita al hombre al día siguiente. Luego, le recrimina a Frances su rebeldía y le avisa que la cita con el hombre será luego del funeral de su hermano. Y ese es sólo el comienzo de una serie de eventos inesperados...

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El día siguiente comenzó con un sol radiante. Madame y yo estuvimos listas muy temprano, incluso antes que los herederos se despertaran. Pude suponer que se trataba de su estrategia de no dejarlos saber nada de lo que pasaba conmigo.
Pero esta vez lo agradecí. No sabía cómo iba a pretender estar como si nada ante ellos sabiendo que ese día mi hermano llegaría a su tumba. Ni siquiera sabía cómo haría para seguir adelante. Aquel día, lo único que quería era ir con él. Me lo imaginaba feliz, junto a toda nuestra familia.
Imaginé que estaban en un prado hermoso, lleno de flores y carcajadas. Él se les unía, feliz, y les presentaba a su bebé, a quien llevaba en brazos antes de que mis hermanas se lo arrebataran para hacerle toda clase de mimos.
Quería estar con ellos. Quería irme pronto y compartir toda la felicidad que debían estar viviendo. Quería abrazar a papá y a mamá, hacerles saber que los amaba así como a mis demás hermanos. Justino, Alexandra, Lizzette todos sus rostros borrosos pasaban por mi mente como en un carrusel. No sabía cómo debía afrontar aquel día.
- Tome, es de María Alicia, seguro que le quedará bien- madame apareció con un vestido negro confeccionado primorosamente. Me lo entregó- No puede seguir usando el que trajo. Está arruinado.
- ¿Está segura, madame?
Me miró, despectiva.
- Claro que sí. De otro modo, no me hubiera tomado la molestia de sacarlo
Entendí el tono e hice una reverencia.
- Gracias, madame.
- No se demore. Tenemos el tiempo contado.

Salió de la habitación luego de volverse sobre sus talones y arrastrar las faldas del vestido gris que había escogido.
Yo miré el vestido que me había entregado y supuse que no había sido confeccionado para ir a un entierro.
Sin embargo, allí iría.

Una hora después, me encontraba entrando al cementerio de Vicenza en compañía de madame Margoth Mc. Dowell. Nos seguían unos hombres, quienes se habían encargado del transporte del cuerpo desde su llegada a Italia.
La soledad de aquel lugar me invadió las entrañas. Me sentía enferma, desgastada. Los rayos del sol se filtraban por entre las hojas de los árboles que habían crecido desde el fondo de la tierra. Y a pesar de su tibieza, yo los sentía de una frialdad absoluta.
El reverendo nos esperaba con un gesto de impaciencia frente al panteón de mi familia. Lo encontramos luego de una larga y silenciosa caminata desde la entrada. Ningún coche podía entrar hasta al fondo del cementerio, así que seguí a madame con la mirada perdida en el suelo. Todas aquellas piedrecillas parecían mirarme desde su cambiante morada: bastaba un puntapié para moverlas.
En cierta forma me sentía así. Un puntapié de mi tía y mi vida volvería a cambiar irremediablemente. La última de sus jugarretas había desembocado en esto: estaba en el cementerio, próxima a enterrar al último de mis hermanos.
No pensé en nada durante el transcurso de la ceremonia. Vi cómo los hombres traían un desconocido féretro y lo depositaban en el piso. Entonces vino a mi mente la imagen del ataúd de monsieur Aubrun. El cómo madame Margoth se había deshecho en lágrimas ante él y el esfuerzo que tuvieron que hacer los encargados para ponerlo en su lugar del panteón de la familia Mc. Dowell.
Supe que no habría ningún testigo más que nosotros. Resultaba irónico el pensar cómo hubiera sido la ceremonia si el muerto hubiera sido monsieur James. Si por los azares del destino, el proyectil hubiera golpeado al heredero y no al chofer. Entonces la historia contaría un funeral colosal, lleno de homenajes a un hombre que habría sucumbido a la avaricia de un empleado: alguien que únicamente había buscado el bien para su hermana.
Pero como el muerto fue el chofer, aquí estaba su hermana. Ella, quien se estuvo casi dos horas parada frente al féretro, sin escuchar las palabras del sacerdote. Sólo sintiendo que su vida se le acababa a cada segundo.
Cuando terminó la ceremonia, el reverendo dio lugar a la colocación del ataúd en el panteón. De nuevo tuve que ver cómo lo abrían y cómo metían a alguien de mi familia convertido en un gran cofre de madera.
Sorprendentemente quedaba sólo un lugar aparte del de Thomazzio. Supuse que estaba contemplando mi última morada. Ya no quedaba ningún Bernolano Marquette que ocupara ese lugar además de mí.
Y cuando observaba el fondo del panteón, negro como la boca de una bestia, madame se me acercó y me susurró.
- Es su oportunidad de despedirse Hágalo bien, pues no hay ninguna otra
Aquello me oprimió el corazón al máximo. Aún tratando de controlar el llanto me acerqué al ataúd y me arrodillé ante él. Nadie me veía, y no me importaba si había alguien. Lo único que quería era morirme con él. Vinieron a mi mente todas las imágenes suyas y ya no pude contener las lágrimas, que desde hacía rato escocían mis ojos.
- Te quiero - sollocé- No sabes cuánto Y no te voy a olvidar Por favor, no me olvides tú Te recordaré todos los días de mi vida.
Lloré. Me incliné junto a la madera al tiempo en que presionaba un pañuelo blanco sobre mis labios hasta que me dolieron tanto como el corazón, cuyo golpeteo no pude controlar.
El mundo se vino abajo para mí. Madame me tomó por los hombros y me reincorporó, susurrándome que era hora de partir.
Yo me quedé ahí parada, vacilante, mientras los fornidos hombres hacían lo propio. Un momento después, el ataúd desaparecía entre la negrura y sólo quedaba un trozo de la madera por fuera. Instintivamente me llevé las manos al cuello y encontré la gargantilla, lo único que me quedaba como testimonio de la existencia de mi hermano. Sentí que ya no me pertenecía. Y la desprendí cuidadosamente de mi cuello, para luego depositarla en la tumba de su verdadero dueño.
Los hombres esperaron a que yo terminara y luego pusieron la loza que cerraba el panteón.

Thomazzio Leengi
Bernolano Marquette.
1871-1893


Y todo se cerró con esa loza. La vida de mi hermano se acabó mientras la mía se tornó sin futuro.
¿Qué me esperaba luego?
Jamás volvería a ser la misma. Y mis lágrimas lo confirmaron mientras contemplaba aquel panteón gigantesco, sin esperanza alguna de volver a ser feliz.

En algún momento todos desaparecieron. Me quedé sola junto a la estructura que guardaba los restos de mi familia en pleno.
Quise poder quedarme allí y esperar que la muerte llegara también. Sin embargo, los pasos que oí acercándose fueron los de madame regresando de despedir a los hombres que habían acomodado el féretro y el reverendo. Me instó a unirme a ella en su intención de irse.
Yo eché una última mirada al panteón y sin dejar de llorar me volví sobre mis talones y fui con madame, quien me esperaba unos pasos más allá.
- Aunque no lo crea, Francesca- dijo mientras caminábamos- Respeto su dolor. Y admiro su coraje.
Yo asentí. En realidad, me tenía sin cuidado lo que ella pensara. Caminamos durante un buen rato, hasta que reuní las fuerzas suficientes para mirarla y hacer la pregunta que estaba carcomiendo mi existencia.
- ¿Qué pasará ahora, madame? ¿Qué va a ser de mí?
Margoth Mc. Dowell no pudo contestarme.
Su mirada se quedó estática en un punto en el horizonte.
Allí, cerca de la entrada, había un carruaje extraño junto al nuestro.
Dos hombres caminaban hacia nosotras con decisión. Uno era Hans Bartolini, el otro, un hombre joven y alto no podía ser nadie más que su hijo.
Mi prometido.
- Signora Signorina
Hans Bartolini prácticamente se deshizo en la reverencia que nos hizo cuando nos acercamos. Su presencia no ayudó a que me sintiera mejor. El hombre joven debió notarlo, porque instó a su padre a ser un poco menos efusivo.
- Creí haberle dicho que al mediodía -gruñó madame
- Bueno, sí, pero estábamos atendiendo unos asuntos cerca de aquí y
- No tenía por qué desobedecer nuestro acuerdo, por más que estuviera enterrado en una de estas tumbas
Cuando se trataba de alguien que la desobedecía, madame era muy despectiva. Así debió de entenderlo el Bartolini mayor, puesto que desde ese momento fue sumiso y callado.
- Disculpe, signora- dijo el hombre, visiblemente indispuesto- Entonces tal vez nos podemos ver más tarde.
- ¿Más tarde? ¿De verdad cree que tengo el tiempo para seguir vigilando esta cuestión?- madame se veía realmente enfadada- Pues no. Si está aquí, vamos a resolverlo de una vez. ¿Es este su hijo?
Hans, bastante contrariado, dio un paso hacia atrás y señaló al hombre joven a su lado. Éste a su vez hizo una venia impecable. Su rostro, de piel aceitunada, tenía un semblante bastante serio. Su boca, rodeada por una incipiente barba castaña, se veía particularmente tensa.
- Bien -dijo madame, observándolo como me había observado a mí el día que llegué a la Hortensua: de arriba abajo, sin dejar escapar nada- Vamos a casa, allí hablaremos con más calma.
Caminé tras madame, esperando a que ella abordara el coche para hacerlo yo, cuando ella me detuvo.
- Vaya con el signore Bartolini hijo. Les irá bien una pequeña charla camino a casa. Yo llevaré al signore Bartolini padre.
Aquello me espantó. ¿Qué acaso no sabía cómo me estaba sintiendo? ¿Qué no acababa de ver por lo que tuve que pasar? La miré con la pregunta en los ojos, pero hizo caso omiso. Bartolini hijo, a quien ni siquiera la conocía el nombre, me tomó del brazo y me guió hasta su coche. Aquello me parecía indebido. Hasta donde sabía, una jovencita no debía viajar sola en el mismo coche con un desconocido. Sin embargo, madame se subió a su coche y pareció desprenderse de mí. Tuve que resignarme.
Adentro, el coche de los Bartolini tenía un ligero aroma a flores. Me sorprendió lo exquisito del decorado y mientras lo admiraba, me pregunté qué se proponía la matrona de los Mc. Dowell.
Sin embargo, no pude seguir con mis cavilaciones. El aspecto de aquel señorito italiano me intrigó. Al contrario de su padre, no se mostraba tan interesado en agradar. Es más, parecía más sobrio y moderado.
- Me apena haber llegado tan temprano- dijo él, una vez el coche arrancó. Su voz era suave y pausada, con un tinte de gravedad- Al parecer interrumpimos algo importante.
- A decir verdad, sí- contesté- Pero ya casi terminaba.
Él me miró, sus ojos profundamente renegridos.
- Lo siento, cualquiera que sea la pérdida
- Gracias- asentí. A simple vista, él parecía tan conforme como yo con todo lo que ocurría- Es muy amable de su parte, signore.
- Soy Jeremías- dijo, sonriendo- Con todo, a mi padre se le olvidó decir mi nombre.
Yo reí a mi vez. Estaba tan cansada, a pesar de ser tan temprano, que sólo quería dormir. Me volví hacia la ventana y me concentré en el paisaje que pasaba. Suspiré hondamente. Sentía que una parte de mí se había quedado en el mausoleo, y difícilmente podría recuperarla. De nuevo apareció una pregunta: ¿Qué iba a pasarme?
- Cualquier cosa que sea, va a solucionarse
Oí aquella línea como si la hubieran pronunciado muy lejos de mí. Me despabilé y al volver el rostro hacia el frente encontré a Jeremías observándome fijamente con sus ojos negros.
- ¿Qué?
- Que no te preocupes; lo que sea, va a solucionarse.
- ¿Usted cree?- dije- La mitad de mí se quedó en ese cementerio, y ahora hay un desconocido mostrando un trato que hizo con mi padre para casarme con su hijo otro total desconocido. ¿Cree que eso tenga solución?
Estaba enfadada. ¿Por qué nadie podía tomarse la molestia de preguntarme lo que pensaba? ¿Por qué simplemente no podía escoger qué rumbo tendría mi vida? No lo dije, sólo me volví hacia la ventana de nuevo y cerré los ojos. Quería ser como el viento: tener la libertad de ir hacia donde la fuerza de la naturaleza me llevara. Lejos, muy lejos.
- Es un planteamiento interesante- volvió a decir Jeremías- Es enredado, pero creo que sí tiene solución.
No le hice caso.
Unas cuantas lágrimas escaparon de mis ojos y traté de espantarlas antes de que mi prometido se diera cuenta. Él se quedó donde estaba. Parecía observar el paisaje, al igual que yo. Unas calles antes de llegar a la Casa del Sole, me volví hacia él.
- ¿Cuál es la solución?
Me miró por un instante, como si no supiera de qué le hablaba. Luego reaccionó.
- Hacer lo que se debe, como se debe y por lo que se debe

Para cuando llegamos a la casa, un carruaje acababa de dejar a sus ocupantes en la puerta. Se trataba de las signorinas Di Santo y los herederos Mc. Dowell, quienes seguramente llegaban de su paseo, justo a tiempo para tomar el almuerzo.
Y pensar que yo habría podido estar en ese paseo. Podría haber llegado tan rebosante de vida como ellos en vez de estar encerrada en un coche con un hombre enigmático que me hacía sentir insegura.
Madame Margoth descendió al tiempo en que los herederos iban a buscarla, después de Hans Bartolini, quien le tendió la mano. Le preguntaron en dónde habíamos estado y ella se limitó a mover las manos en señal de que necesitaba que se calmaran.
- Tengo que resolver un asunto- dijo madame- Que no sirvan el almuerzo aún- ella hizo un gesto para presentar a quien iba con ella en el carruaje- Este es el signore Bartolini padre. Signore- se volvió hacia el invitado- Estos son mis nietos, James Sebastián Ricardo y Joseph Andrzej Piotr Mc. Dowell.
Hans Bartolini hizo una venia mientras los herederos lo miraban con curiosidad, así como a su abuela.
- ¿Y - dijo monsieur James- a qué debemos el honor de esta visita?
- Es un asunto privado, queridos míos- dijo madame- Pero se enterarán luego. Por ahora, voy a estar en el despacho atendiendo a este caballero y a su hijo. Como siempre, Frances va a acompañarme.
Yo llegué hasta ellos en el momento en que madame hacía su salida. El joven Bartolini me seguía. No había entendido del todo su última respuesta en el coche. Supuse que tendría que preguntarle antes de que se marchara con su trato elegantemente desecho por madame.
Por supuesto, no pude evitar las miradas curiosas de los herederos sobre mí. Traté de evitarlas y creía haberlo hecho bien. Pero cuando íbamos entrando al tiempo que las Di Santo, y las mucamas nos recibían como era usual, monsieur James se me acercó.
- ¿Qué pasa?- susurró- ¿Por qué lloras? ¿Quiénes son esos hombres?
Lo miré suplicándole que se fuera. Quería gritarle la verdad, pero no me atreví. Recordé mis propias palabras: ni yo soy una relegada que no puede defenderse, ni usted es mi salvador y me aparté. Seguí al corrillo al despacho y lo miré cuando ya estaba demasiado lejos. Por su mirada, entendí que no le gustaba lo que estaba presenciando.


- Bueno, aquí estamos, signore Bartolini. Muéstreme sus cartas
Madame se sentó en el sillón al tiempo que los invitados. Yo terminé de cerrar la puerta, dudando aún de si no debía salir, lanzarme a los brazos de monsieur James y rogarle a gritos que me protegiera. Caí en cuenta de que debía ser inteligente, y caminé hasta donde estaba madame, para quedarme de pie cerca de ella y escuchar lo que aquel hombre tenía que decir.
- Tengo aquí el documento que el signore Antonelli Bernolano y yo firmamos en 1881, hace exactamente doce años
- No se preocupe, signore. Sé cuánto es eso. Aunque le parezca extraño, sé sumar y restar
Se trataba de un papel muy bien conservado que madame observó minuciosamente. Estaba amarillento, pero las letras se distinguían perfectamente.
- Dígame, Frances- dijo madame luego de un rato de observación- ¿Es esta la firma de su padre?
Yo contuve la respiración. No estaba segura de recordarla. Sin embargo, cuando vi los trazos en el papel, pareció como si un flechazo me recorriera. Asentí, silenciosa.
- Sí, madame. Esta es.
Ella volvió a sostener el documento, esta vez mirando a Bartolini padre.
- Bueno, tendremos que comprobar esto a fondo- dijo madame- Signore, me he tomado la libertad de llamar a mi abogado y a un notario que conoce este documento. Comprenderá que tengo que tomar todas las medidas necesarias.
Aquello me impresionó. ¿A qué horas se había desarrollado todo eso? Muy seguramente la reunión del día anterior se había tratado de eso. ¿Cómo podía madame hacer averiguaciones sin informarme? Después de todo, se trataba de mí.
- Frances- dijo madame- Dígale a una de las mucamas allá afuera que vaya al despacho de Bernardo y le diga que estamos listos.
Obedecí. Al transcurrir de un rato, dos hombres llegaron al despacho. No identifiqué a ninguno.
- Me permito presentarles al signore Luini, abogado de mi sobrino Bernardo, y al signore De Marco, notario que está enterado de la existencia de este documento. Signores- dijo madame dirigiéndose a los recién llegados- están aquí para ayudarnos a establecer la legitimidad de este documento, y para orientarnos sobre lo que debemos hacer
Los hombres observaron el papel e intercambiaron opiniones en susurros. De vez en cuando hicieron una pregunta cuya respuesta yo sabía y sacaban papeles que llevaban en gruesos libros. El tiempo pasó y comencé a sentir que me mataban. Mi corazón no dejaba de golpetear ¿Qué estaba pasando?
De pronto, el notario levantó la cabeza y se dirigió a nosotros.
- Bien- dijo- De acuerdo con la ley, los estándares notariales de Vicenza y los registros que tenemos a mano, este documento es totalmente legal. Por supuesto, sería bueno tener la versión y testimonio de alguien de la familia Bernolano, quien en este caso oficiaría como representante de Francesca Bernolano y como aval de esta firma. Sin embargo, la tutoría de Francesca está a cargo de Margoth Mc. Dowell y está en su poder decidir si el trato se cumple o no. El documento en sí, es un testimonio legal y es totalmente susceptible de cumplirse. Está en norma.
Tanto los Bartolini como yo nos quedamos en silencio. Me sentí indispuesta al escuchar al notario. No podía ser que de nuevo estuviera en manos de otro el curso de mi vida. Miré a madame, quien a su vez me observaba.
- Bien, caballeros- dijo madame sin apartar su mirada de mí- Yo tengo que hablar con Francesca sobre esto. Les pido un permiso
Madame me llamó a su lado con un gesto. Nos reunimos en un cuarto adjunto, cuya ventana dejaba ver el cielo azul de Vicenza. Ella me miró instándome a dar una opinión.
- ¿Qué quiere que diga, madame?- dije
- Lo que piensa- dijo. Se me antojaba imponente y adusta.
- ¿Para qué? Si usted ya tomó una decisión no crea que no lo sé. Me lo dejó saber ayer...
Ella miró a lo lejos y luego volvió a fijar su mirada en mí.
- ¿Qué quiere que haga? El documento es legal, y es una oportunidad única, Frances. Tal vez la mejor que se le presente en toda la vida Dejará de ser una mucama, tendrá un futuro, estabilidad, una familia, y podrá vivir en su casa, en su tierra
- ¿Y qué hay del amor?- dije, resentida- Yo no amo a ese hombre, ni siquiera lo conozco
- Ah- dijo, con gesto despreocupado- Aprenderá a amarlo con el tiempo. Usted es muy joven y no se alcanza a imaginar
- ¡Sí! ¡Sí lo imagino!- exclamé- Me está pidiendo que lo ame a cambio de lo que puede darme en un futuro eso es miserable. Me tomó tiempo entender, pero ahora sé que cuando me case, quiero hacerlo porque en realidad quiero compartir mi vida con esa persona, no por lo que vaya a darme
- Sólo los tontos se casan por amor, Frances- dijo madame, secamente- Y esa es una lección que tiene que aprender.
- ¿Qué pasará con la deuda de mi tía?- pregunté, con la esperanza de dar marcha atrás- ¿Va a saldarla con mi matrimonio?
- En realidad, su suegro ha prometido saldar todas sus deudas con tal de dejarla libre de problemas para que esté en capacidad de cumplir el trato. En otras palabras, si lo que la ata a Francia es la deuda que tiene conmigo, no se preocupe, que su suegro la pagará
Vendida. De nuevo me sentí como mercancía ofrecida al mejor postor. Supe que por más que intentara convencer a madame de lo contrario, ella no desistiría de hacer cumplir aquel trato. ¿Qué más le daba? Le iban a pagar el dinero y en ese mismo negocio iba a deshacerse de una mucama que nunca necesitó.
- Es lo mejor, Frances- dijo, para terminar la discusión- Piense que su padre lo quiso así, y que tendrá un futuro. Temía que el trato fuera ilegal y que se tratara de una mentira, pero ya ve que no es así ¿Qué es mejor? ¿Construir una familia o vivir como una mucama? Con esto tendrá la vida de una señora de sociedad, la que le pertenece con una familia digna y lejos de los círculos de la pobreza. Créame, lo hago por su bien, aunque usted ahora lo vea como un mal
Madame me puso una mano en el hombro y luego se hizo espacio para salir. Yo miré el cielo por un momento y me pareció que tenía el mismo color de los ojos de monsieur James. ¡Oh, monsieur James! ¿Cómo iba a hacer para sacármelo del corazón? ¿Cómo iba a reemplazar su encanto con un marido impuesto cuya personalidad no conocía? ¿Cómo es que iba a explicarle aquello?
No, jamás podría explicarle
Se quedaría con una imagen equivocada de mí y no podría hacer nada.
Justo como en la escena que sucedía en el despacho cuando volví a entrar.
- Ah, Francesca- exclamó madame- Justamente les estaba diciendo a todos que le concedo su mano a Jeremías Bartolini en sagrado matrimonio

Dolor. Eso fue lo que sentí al ver el rostro de monsieur James. Madame insistió en presentar mi nueva condición en pleno almuerzo y todos quienes estábamos en el despacho tuvimos que ir hasta el comedor. Allí, la familia Di Santo y los herederos Mc. Dowell ya ocupaban sus puestos para cuando nos hicimos presentes.
Los ojos de Monsieur James destellaban como cristales. Observaba a todos los hombres con recelo, y de vez en cuando intentó posar sus ojos en los míos, pero no se lo permití. Ya no estaba soltera; el permitirme mirarlo y soñar con él insultaba a mi nuevo prometido y al trato que mi padre había hecho con su familia.
- Todos se preguntarán qué es lo que ha estado sucediendo- dijo madame, luego de hacer tintinear su copa con una cuchara- La verdad, es que se trata algo bastante complejo, que por supuesto trataré de explicarles a continuación.
No sabía qué se proponía madame. No tenía ni idea de lo que diría. Quería deshacerme del corrillo de abogado, notario, suegro y prometido cuanto antes y correr lejos. Tal vez, con el tiempo pudiera volver y decirle a monsieur James toda la verdad, incluida la que guardaba en el corazón.
- En medio de una de las diligencias que me trajeron a Italia, encontré por casualidad al signore Hans Bartolini, aquí presente. Él me asesoró en algunos asuntos, y por supuesto, conoció a mi mucama- madame hablaba con tanta seguridad, que difícilmente reconocí que aquella era otra de sus mentiras: la última y más grande- Así como su hijo, el también aquí presente Jeremías Bartolini Santuoz
Madame señaló a cada uno de los personajes de su historia mientras el público se impacientaba. Así lo demostró monsieur James, quien la interrumpió.
- Abuela ¿Por qué no puntualizas?
Ella lo miró como si no pudiera soportar su mala educación. Luego sonrió con algo de sorna.
- Jeremías me ha pedido la mano de Francesca. dijo ella, seca y directamente. El tiempo pareció detenerse alrededor de la mesa- Y yo se la he concedido. ¿Quién soy para impedir su amor?
Apreté los puños con toda la fuerza que me cabía. Quería gritar que nada de eso era cierto; que a quien realmente amaba era a Monsieur James; que todo había sido un juego creado por madame y que en realidad yo era hija de una de las familias más prestigiosas de Italia, por lo que podía liberarme de la condición a la que me tenían sometida madame y las circunstancias. Sin embargo, no hice tal. Tuve que quedarme allí, viendo cómo mi vida tomaba un nuevo rumbo lejos de mi amor, quien me miraba con sus ojos azules totalmente inquietos, llenos de duda y turbación.
- Por supuesto, Francesca dejará de ser una mucama- terminó de decir madame- Y no es para menos, ha tenido la buena fortuna de encantar a este galante y próspero joven, a quien no le ha importado su condición. Para él, ha valido más su bondad, corazón y belleza. ¿Qué no es como el desenlace de esas novelas románticas que tanto nos gustan?
Observé toda la estancia. Los Di Santo sonreían, complacidos tal vez, por la suerte de la silenciosa y joven mucama. El notario, el abogado y el signore Bartolini padre sonreían tímidamente. En cambio, a Monsieur Joseph se lo veía impávido, al igual que a Jeremías. Miraba con una expresión indefinible que nunca le había visto. A su vez, monsieur James clavó su mirada en mí. Cuando la rechacé, con todo el dolor de mi corazón, desvió sus ojos hacia mi prometido y mi suegro.
- Abuela, ¿Qué no es este el hombre que nos encontramos en la casa donde trabajó Frances de niña?
Madame lo miró con algo de suspicacia. Echó una mirada alrededor y luego asintió.
- Sí, es el mismo.
- ¿O sea que tú lo enviaste aquel día?- ante su tono agresivo y el supuestamente repentino interés en el tema, los Di Santo lo observaron con recelo- Perdonen, pero es que se me hace imposible que un amor así haya nacido en apenas dos días ¿Es que acaso se conocían de antes? ¿Es eso?- se levantó de su silla y se dirigió a mi prometido, apenas más alto que él- ¿Eras el signorino de aquella casa, te enamoraste de ella cuando era niña y cuando tu padre te avisó que había vuelto, corriste a pedir su mano temiendo que otro te arrebatara su corazón?
El heredero de los ojos azules, visiblemente turbado, encaró a mi prometido. Jeremías, a su vez, lo miró desafiante.
- Tal vez- dijo Bartolini hijo, pausada y altivamente- Pero usted no es quien para juzgar. No tengo por qué darle detalles.
- Ah, claro- dijo monsieur James, algo perturbado por la respuesta. Luego miró alrededor- Y tampoco tienen importancia- clavó su mirada acusadora en mí- Después de todo, sólo se trata de una mucama - volvió a dirigirse a Jeremías- Habría que estar loco para querer casarse con una: lo único que hacen es defraudar
Aquello me dolió. Quedé completamente deshecha. Sentí que el corazón se me caía a pedazos del pecho, y sin embargo, no pude demostrarlo. Sólo pude tensar los labios, y quedarme quieta. Amarrarme mentalmente al piso para no tratar de huir. ¿Cómo podía monsieur herirme de esa manera?
El heredero volvió sobre sus talones y pidió permiso para salir. La concurrencia en pleno quedó muda: monsieur nuevamente había hecho gala de su carácter impulsivo e ingobernable. No obstante, todo no terminó allí.
Jeremías me ofreció su brazo con gesto gentil. Cuando le respondí, desalentada, él puso su otra mano sobre la mía y habló.
- Respeto, signore- dijo el italiano- Puede que en el pasado se haya dirigido a esta mujer como a una mucama, pero ahora es una dama y me encargaré de que usted y todos los demás lo entiendan como tal. Así que desde este momento, les presento a la signorina Francesca Bernolano, futura signora Bartolini y ama de Villa Veneto
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SUENAN CAMPANAS DE BODA
Y EL PALPITAR DE UN CORAZÓN QUE SE DESHACE LENTAMENTE.
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Próximo capítulo: el sello de un trato eterno.

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Una historia inolvidable...



 
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