Esta obra está protegida por las leyes de propiedad intelectual y disposiciones de tratados internacionales, y no puede copiarse, difundirse o distribuirse sin la autorización del titular de los derechos: (LaDirectora) Los derechos y contenidos de este sitio web están registrados en SafeCreative (http://www.safecreative.org) con el código: 0802060017840 (Para más información: http://www.safecreative.org/user-workprofile-view.shtml?cid=3179&id=664#)
 

 Volver al indice  

CAPÍTULO 20: "EL COMPROMISO: CUANDO DE ALEJAR UN AMOR IMPOSIBLE SE TRATA" C.I.Al.

June 30 2009 at 1:30 AM
No score for this post
  (Acceso LaDirectora)
Forum Owner

 
En el capítulo anterior: El rumbo de la vida de Frances vuelve a cambiar debido a que Madame Margoth tomó una decisión definitiva sobre su futuro. Dada la aparición del hombre que ha reconocido a la hasta ahora mucama en Italia, nuevamente la vida de la muchacha se torna incierta. Al parecer, su futuro estará sentenciado por un enfático "hasta que la muerte los separe".

[linked image]


No podría describir exactamente la tensión de aquel momento. Monsieur James observaba la estancia con ojos de hielo mientras los demás se sonreían. Madame, triunfante, terminó con la insolencia de su nieto.
- Tiene razón, James- dijo madame- Discúlpate.
Podría decir que el heredero nos miró con repulsión. Sin embargo, caminó hasta situarse al frente mío y luego de mirarme con una expresión indefinible, mezcla de rabia y desconcierto, tomó mi mano libre y la besó en el dorso.
- Perdón, signorina. Fue muy desconsiderado de mi parte
Verlo allí, tratándome como realmente me merecía, fue impresionante. Quería humillarlo como él me había humillado antes y viéndolo así sentí que se cumplía mi deseo. Aún tenía el corazón destrozado, pero no pude evitar sentirme importante.
Luego de aquello, monsieur James se retiró y el almuerzo fue servido. Antes de sentarme, me solté de Jeremías y lo miré, agradeciéndole el que me hubiera hecho respetar. Hacía mucho que nadie hacía eso por mí. A raíz de su actitud, por primera vez en mucho tiempo, me sentí segura.
Sin embargo, sentí cómo una espinita quedaba clavada en mi corazón al observar el puesto vacío de monsieur James.

- ¿Estás segura de que quieres esto?
Más tarde, la familia se dispersó. Las signorinas fueron a sus habitaciones y los señores, incluida madame, fueron al despacho del signore Bernardo. Supuse que a hablar de lo ocurrido conmigo.
El abogado, el notario, mi suegro y mi prometido se fueron asegurando volver para oficializar el compromiso como era debido: un anillo, una petición, un contrato de matrimonio.
Yo fui a la sala de estar. Al cambiar de condición, no era más mi obligación seguir a madame, ni atender sus necesidades. Y lo agradecí, porque no sabía cómo iba a estar pendiente de ella en un momento tan impresionante.
Mi meditación fue interrumpida por monsieur Joseph, quien apareció de la nada y rodeó una las finas poltronas para alcanzarme. No había nadie más en la estancia. Las mucamas habían terminado su oficio en esa parte de la casa y monsieur parecía incómodo con la situación. Él se sentó mientras yo reflexionaba su interrogación.
- ¿Por qué lo pregunta, monsieur?
Me observó por un momento y luego echó una mirada alrededor.
- Bueno, pues porque fue una decisión tan repentina
Bajé la mirada a mis manos, aún maltrechas por lo ocurrido al intentar entrar a mi casa. Ya sin guantes, noté que los rayones se habían enrojecido y cubrían una buena parte de mis palmas.
- Sí, supongo - contesté, tratando de no hacer notar mi desazón- Pero es lo mejor para todos ¿No cree?
Me miró, enfático.
- No- el tono en que lo dijo me heló la sangre- ¿Sabes qué creo? Que es lo mejor para todos menos para ti. ¿Estás consciente de eso?
- No me espera nada en Francia. ¿Por qué rechazaría una propuesta así?
- Creí que no te importarían los títulos y las propiedades supongo que me equivoqué.
Aquello me irritó. Ahora era una interesada. Quise hacerle saber cuán equivocado estaba.
- ¿Ah, sí? ¿Cree que lo hago por las propiedades?
- ¿Por qué otra cosa?- su mirada esmeraldada fue acusadora- ¿Acaso te ofreció algo más?
Me ofendió. No tenía por qué aguantar eso.
- Monsieur- dije, levantándome de un salto- Creo que debemos dar por terminada esta conversación. Usted se ha puesto grosero y yo no estoy en obligación de responderle, así que si me disculpa
Di un paso al frente, dispuesta a irme de una vez por todas. Él, aún en el asiento, se estiró y alcanzó mi mano izquierda con fuerza murmurando una disculpa. El dolor sobrevino. Me estremecí y luego emití un quejido. Las heridas en la palma de mi mano, unos rayones rojos que la atravesaban por doquier, se me vinieron a la mente. De inmediato empezaron a arder y no pude evitar expresar el dolor.
- Dios ¿Qué es lo que te ha pasado?
Los ojos de monsieur habían pasado del reproche a la preocupación en segundos. Se levantó aún con mi mano entre las suyas y una vez incorporado la volteó, para examinar lo que había palpado antes.
Cuando encontró el motivo de mi sobresalto, me observó.
- No es nada, monsieur- dije- Ya están sanando.
- Necesitas una curación, no puedes andar así. Se te puede infectar Ven, siéntate. Aquí hay medicamentos.
Me tomó de la muñeca y me instó delicadamente a volver a sentarme. No quería, pero lo hice porque el dolor estaba alcanzando niveles intensos y estaba claro que un medicamento podría aminorarlo, no importaba quién lo aplicara.
Él caminó hacia un extremo de la habitación, donde había un armario primorosamente confeccionado. Éste tenía una gaveta que monsieur abrió diligentemente y de él extrajo un frasco de vidrio y algunas vendas. Pensé en lo inapropiado que sería usarlas al momento de recibir el anillo de compromiso, pero no lo dije temiendo revivir la discusión que habíamos sostenido antes.
- Aquí está algo de yodo y estas vendas reducirán el dolor pon tu mano donde pueda verla
Al simple contacto con el líquido, el dolor se volvió punzante. Retiré la mano de inmediato y la protegí con la que tenía libre para que no doliera más. Quise irme balbuceando que era suficiente, pero monsieur no me dejó. Se estiró, dejó el frasco y la venda en la mesa de centro y luego se incorporó para tomar mis manos entre las suyas. Su sorpresa llegó cuando se dio cuenta de que mi otra mano estaba igual o peor a la que había querido tratar.
- Esto está muy feo- dijo, instándome a estirar los brazos y dejarle ver mis manos- Tenemos que cubrirlo, o se pondrá peor
Sopló suavemente la superficie donde había puesto el líquido antes. Luego tomó las vendas e hizo una ligadura bastante firme. No había olvidado su ofensa, pero a medida que lo vi trabajar en mis heridas, sus palabras de antes se me antojaron lejanas.
- Gracias, monsieur- susurré, cuando terminó el vendaje de mi otra mano- Es muy bondadoso de su parte.
Me miró con algo de picardía mientras aseguraba la tela. Luego sonrió de medio lado con disimulo.
- Siempre quise ser médico- dijo- Solía curar los animalitos que llegaban heridos a mi casa en Polonia Veo que me sirvió bastante.
Lo observé mientras se incorporaba y ponía las cosas en su sitio. Caí en cuenta de que no le había preguntado nunca sobre cómo era la vida en su casa polaca, donde vivían sus padres.
- Espera un momento antes de caminar. Debes dejar que el líquido actúe, o si no será absorbido por la tela.
Lo miré, algo apenada por mi comportamiento de hacía un rato.
- Gracias de nuevo, monsieur- dije, susurrante.
Él sonrió.
- Ya no tienes que decirme monsieur- dijo- Llámame Joseph, o Joe; como prefieras. Acuérdate que ahora eres una signorina y debes comportarte como tal. Nada de andar rindiendo pleitesía a gente que no la merece
Me sobresalté.
- No es pleitesía, es respeto- dije- creo que usted lo merece, monsieur- una mirada suya, algo divertida, me hizo entender que en verdad ya no era necesario el protocolo- quiero decir, Joseph.
- Así está mejor- dijo él- ¿Ves que fácil resulta?
Como mucama, nunca me habría atrevido a llamar a mis amos por su nombre; era una osadía que merecía castigo. Sin embargo, ahora todo había cambiado. Y parecía que monsieur lo entendía así.
- Sí - dije, notando cómo el dolor en mis manos se calmaba- Es todo un cambio
- Es el primero de todos los que asumiste al aceptar casarte - dijo él recargándose en el espaldar de la poltrona donde se sentó luego de ir a guardar el medicamento y las vendas- Se avecinan unos mucho más grandes
- En realidad, no sé qué vaya a pasarme
Nuestros ojos se encontraron en ese momento. Ya le había respondido la pregunta inicial: no, no estaba segura de lo que iba a hacer.
- Esto es tan absurdo - dijo- ¿Por qué tienes que casarte? Debe haber otras maneras de solucionar los problemas
- La verdad es que no tengo opción- dije- Quiero volver a mi tierra, dejar de ser una mucama, tener una familia Usted sabe que eso me llevaría años, y quizá no lo consiga nunca
Me observó, meditabundo.
- ¿Qué hay del amor?
La pregunta me pareció particularmente ridícula, viniendo de un hombre. Sí, él siempre había demostrado tener una sensibilidad cautivadora, pero seguía siendo un hombre. A ellos nunca les importaba el amor. Sus matrimonios eran acuerdos comerciales. Recordé las palabras de madame: sólo los tontos se casan por amor
Mi silencio pareció responderle a monsieur. Se acomodó de nuevo en la poltrona y me lanzó otra pregunta, que me golpeó como un dardo.
- ¿Lo amas?
Lo miré por un instante y luego aparté la mirada. No tenía por qué responderle. Aunque quería decirle la verdad, supe que no era conveniente.
- Ya veo- dijo, sus ojos cristalizados por alguna razón- Entonces no te molestaré más. Tal vez es mejor así
Se levantó rápidamente e hizo el ademán de irse. No entendí su reacción y no quise que se fuera así. Esta vez fui yo quien lo detuvo.
- De todas maneras volveré a la Hortensua- dije- Me disculparé con Jennifer por todo lo que ocurrió.
Él se volvió rápidamente. En realidad parecía tener mucha prisa. Esquivó mi mirada cuantas veces intenté atraparla.
- No te preocupes, no tienes por qué disculparte. Nada fue tu culpa... dijo- De todas formas, ella no va a durar mucho allí. En cuanto papá termine los trámites de independencia de la familia, y te aseguro que será pronto, la llevaré conmigo a nuestra casa.
- ¿En serio?- dije, con cierta nostalgia- ¿Van a irse?
- Claro que sí- dijo- Y a partir de eso, va a volver a vivir como quien realmente es: mi hermana, una Mc. Dowell legítima como James, como los demás herederos y como yo. Además, ya es hora. Sabes que odio verla como la mucama que no es
Esa fue su despedida. Me quedé allí sentada pensando en lo parecidas que resultaban la vida de Jennifer y la mía. Justo cuando yo recuperaba mi lugar, ella también.
Supuse que iba a ser un evento feliz.
Me entristeció el no poder estar allí para verlo.

A la mañana siguiente, los Mc. Dowell partirían a Francia. Madame me lo dijo esa noche después de la cena. Luego de comer, nos reunimos al lado de una ventana mientras la familia reposaba y me preguntó que haría. ¿Me quedaría en Italia, o recogería mis pasos en Francia? Siempre había optado por lo segundo, y así se lo dije. Ella asintió lentamente y luego me miró a los ojos.
- Tendremos que ver qué opina su futuro esposo de eso. Tal vez no le guste tal vez sí. Prepárese para cualquier cosa.
Aquello me pareció insultante. ¿Tenía que pedirle permiso a mi futuro esposo para ir a recoger mis cosas y despedirme de mis amigos? Que yo supiera, hasta que el ministro no nos casara, él no tenía ningún poder sobre mí y hasta después de eso tendría que aprender que yo no era el nuevo mueble de su casa, por lo tanto, haría lo que considerara adecuado.
Sin embargo, no tuve que esperar demasiado para aclarárselo. Jeremías, Hans, el notario y el abogado aparecieron a la mañana siguiente en la Casa del Sole.
Estaban allí para redactar el contrato nupcial y para hacer oficial el compromiso con la postura del anillo.
A pesar de que los Mc. Dowell estaban atareados con los preparativos del viaje, no dejaron de asistir a tal proceso. Los Di Santo también nos acompañaron en la ceremonia, la cual se realizó en la sala, la misma donde monsieur Joseph curó mis heridas la tarde anterior.
- Estamos de nuevo reunidos, con motivo de la oficialización del compromiso entre Francesca y Jeremías- dijo madame, en medio de todos los demás, quienes observaban la escena con impavidez- El último paso de esta romántica historia- se dirigió a Jeremías, quien se veía bastante pálido- Adelante, querido. No seas tímido
Aquel día, Jeremías iba vestido con un traje claro. Éste resaltaba sus enormes ojos negros y sus facciones delicadas. Noté que era un hombre guapo, a pesar de la seriedad con la que se manejaba. Mientras caminaba hacia mí, caí en cuenta de que nunca le había preguntado qué pensaba de todo lo que estaba sucediendo.
- Gracias, signora- dijo Jeremías con su acento impecable. Cuando se puso delante de mí, vi que sus ojos estaban aclarados. Su boca era un hilillo tensado, y sin embargo, cuando habló, esbozó una sonrisa- Francesca, quiero que sepas cuán feliz me haces al aceptar este compromiso. Esta joya que ves aquí- sacó de una cajita primorosa un anillo brillante, que sostuvo frente a mis ojos- Es el signo de mi lealtad, respeto, fidelidad y apoyo. Con ella, te ofrezco todo lo que soy, incluidos mis defectos y virtudes, para que juntos podamos construir una vida satisfactoria ¿Quieres? ¿Me aceptas como esposo y compañero para el resto de nuestras vidas?
No supe si había dejado de respirar. Me parecieron las palabras más hermosas que alguien podía dedicar. Estaban lejos de la fría proposición que esperaba de parte de alguien que se casaba por convenio. No supe cómo reaccionar. Las palabras aún hacían eco en mi mente.
Sonreí al joven delante de mí y por un segundo observé alrededor. Allí estaba monsieur James, de ahora en adelante, simplemente James. ¡Cuánta alegría hubiera sentido si esas palabras hubieran salido de sus labios! Imaginé que las decía y me sentí morir de felicidad. Viéndolo allí, parado al lado de su primo, supe que jamás podría saber lo que se sentía ser una Mc. Dowell. Al tiempo con la proposición, mis sueños de ser amada por monsieur James se diluyeron.
- Es -titubeé- tan halagador Jamás me imaginé algo así Gracias por esas palabras tan bellas y sí, te acepto. Te acepto como mi esposo
La tensión que pudo tener ese momento desapareció tras la maravillosa sonrisa que me dedicó Jeremías. Acto seguido, tomó el anillo y lo ubicó en mi mano derecha lentamente. Pude ver cómo la delicada piedra brillaba con la luz del sol mientras la mayoría de los presentes aplaudían. Miré a mi prometido y a pesar de su sonrisa, noté una sombra en sus ojos. Yo le sonreí a mi vez y lo abracé. Olía a menta fresca y a tabaco. Supe que tendría que acostumbrarme a ello. No quise pensar en nada. El corazón me estaba pidiendo que detuviera aquello, pero no pude hacerle caso.
Una vez separados, madame Margoth aplaudió, complacida, y a continuación se dirigió al notario y al abogado.
- Vengan, redactemos el contrato
En el documento legal quedó estipulado que nos casaríamos en Clermont- Ferrand. Madame nos sorprendió con la noticia de que su regalo sería la organización de la ceremonia en la catedral y una magnífica fiesta en la Hortensua de la Barriere. Luego, Jeremías y yo ocuparíamos Villa Veneto y viviríamos de los negocios de textiles heredados de su padre. Pasaríamos las vacaciones en sus espectaculares propiedades en Dresde, Alemania y me correspondería el título de Signora Bartolini, además del derecho de administrar una mensualidad y unas propiedades en Vicenza. Tendría a mi servicio una dama de compañía y un séquito de criados. Mi esposo heredaría la fortuna de su padre y la administraría como tal.
- Entonces, los invito para que se unan a nosotros en el viaje a Francia. Los preparativos de la boda se empezarán a hacer cuanto antes- dijo madame, una vez estaban redactando el contrato a un ausente Jeremías- Además, Francesca quiere despedirse de su antigua vida. Cabe decir que mi casa, la Hortensua de la Barriere, está a su entera disposición
- No es necesario, estimada signora- dijo Jeremías- Tenemos una casa de campo cerca a Clermont. Espero que no le moleste si nos alojamos allí. No quisiéramos molestarla
Madame abrió los ojos en expresión de sorpresa.
- Oh, vaya no lo sabía- dijo- Entonces permítanme únicamente invitarlos a unírsenos en el viaje
Mi prometido inclinó la cabeza en señal de respeto y le confirmó que se haría como ella pedía.
Margoth Mc. Dowell se sonrió e instó a continuar con la firma de todos los documentos. Yo me quedé allí, simplemente allí.
Podría decir que me quedé sombreada en gris mientras el mundo se llenaba de color. Desde donde estaba podía ver a monsieur James; podía ver cómo cada minuto que pasaba dejaba de ser mío y se convertía en un desconocido, alguien en quien no debía pensar sino como un extraño.
Agaché la cabeza para evitar las lágrimas. Me dije que tenía que ser fuerte, que aquel hombre sólo me había causado desgracias y que el destino que había elegido me ahorraría el tener que ser quien no era, además de muchas otras ventajas de las que disfrutaría en cuanto diera el sí a mi amoroso prometido.
Pero no funcionó.
Me sentí peor.
- ¿Te sientes bien, Frances?
Para cuando me di cuenta, Jeremías me había tomado de la mano e insistía en encontrar mis ojos. Yo levanté el rostro y vi que todas las miradas se habían concentrado en mí, incluso las de los herederos Mc. Dowell.
- Eh- balbuceé, mirando cariñosamente a Jeremías- No... No me siento bien Creo que ha sido demasiada emoción por un día
Lo último lo dije esbozando una sonrisa. Sólo quería irme de aquel lugar. Sentía que enfermaba a cada instante.
- Podemos dejar esto para otro día -dijo él
- Oh, no- dije, tomando sus manos entre las mías- Continúen yo iré a descansar un rato- me incorporé- Si me disculpan les pido un permiso.
La mayoría de cabezas asintieron. Yo sonreí y dispuse mis faldas para poder caminar. El movimiento de documentos continuó entre los interesados y pude considerarme como fuera de la escena. Tomé el picaporte y lo giré. Segundos después me encontraba cerrando la puerta, y como si una maldición se ciñera sobre mí, pude ver que aquellos ojos azules se estrellaban en los míos.
Pero no eran los mismos de siempre.
Ahora me miraban con frialdad, como si nunca antes me hubieran conocido.
Y eso me hirió. Me lastimó como no creí que podría pasar.
Cerré la puerta con desazón y corrí hacia la habitación que compartía con madame. Creí que me ahogaría antes de poder llegar a mi refugio.
Sin embargo, una vez allí, las lágrimas llegaron.
Y esta vez no pude detenerlas: era como tratar de detener el curso de un río.
Llorando concilié el sueño, pero eso no me tranquilizó.
Para cuando despertara, iba a seguir comprometida.
Y mi amor ya no me querría.

De nada sirvieron mis lágrimas y mis rezos. Todo continuó según los planes estipulados por madame y pronto nos encontramos en camino a Clermont- Ferrand.
Tan pronto como los contratos estuvieron listos, el viaje se realizó.
Para mi sorpresa, los Di Santo decidieron acompañarnos. Su argumento fue querer asistir a mi boda. Creían que toda mi increíble historia de amor se había gestado en medio de sus dominios y por lo tanto debían asistir a su legitimación.
Aquello fue otro ingrediente para sentirme incómoda. Luego de visitar por segunda vez el cementerio y encomendarme a mi familia, aparte de pedirles su intercesión en mi ineludible destino, tuve que resignarme a compartir todo el viaje con mis ex patrones y las delicadas signorinas Di Santo.
Por supuesto, al principio las conversaciones no fueron muy entretenidas; yo me encontré sola en medio de ellos porque Jeremías tuvo que viajar aparte con su padre y madame, seguramente arreglando otros asuntos legales que, por supuesto, no me concernían.
Los Mc. Dowell charlaban entretenidamente con ellas mientras yo veía pasar el tiempo en medio de mis angustias. Desde el día de mi compromiso no había habido ningún contacto entre James y yo. Extrañamente, Joseph también había estado muy alejado.
Y cuando pensaba en él, noté que la conversación se desarrollaba en torno a su persona.
- Me gustaría que invitaras a Maya, Joe. Sería una oportunidad única para oficializar tu compromiso con ella
La naturalidad con la que Giselle Di Santo dijo aquello pareció sobresaltar al de los ojos verdes. Por un momento se quedó callado mirando al horizonte. Luego, titubeó.
- No estoy seguro si eso es una buena idea
- ¿Por qué?- saltó Giselle de nuevo- ¿No está lista aún?
De nuevo, Joseph enmudeció. Parecía reflexionar.
- No lo sé Tengo la misma información que tú.
- Pero Joe, eso es absurdo- dijo María Alicia- Eres su prometido, deberías saber cómo se encuentra.
- Ya ves -dijo Joseph- Es bastante complicado que salgan noticias del claustro. Pero en cuanto sepa algo, les informaré.
Aquello me sobresaltó. ¿Claustro? ¿Acaso Joseph planeaba casarse con una monja?
No aguanté las ganas de preguntar.
- ¿Monja?- quien me respondió fue James. Se me hacía muy extraño hablarle a la cara cuando había pasado tanto tiempo llorando y tratando de olvidarle- ¡Qué cosas se te ocurren!- miró a Joe y le dio una palmada en el hombro- No, mi primo no es tan espiritual se trata de una educación especial.
- ¿Educación especial?- pregunté de nuevo- ¿De qué se trata?
- Maya no es no era lo que se esperaría de alguien que habría de casarse con un heredero de una familia como la mía. Sus antecesores son muy prestantes, pero ella no había recibido la educación correspondiente entre otras cosas porque creció en un lado de la familia donde no abundaba el dinero- narró Joseph, sin mirar a ningún punto específico.
- Era una campesina- concluyó James- Muy virtuosa, pero campesina al fin
Hizo especial énfasis en su apreciación. Yo la rechacé de inmediato, igual que su primo.
- Campesina, princesa ¿qué más da? Las personas no se miden por sus títulos, James y lo sabes
- Sí, pero si va a casarse con un Mc. Dowell, no puede ser cualquier aparecida, y lo sabes Por eso permitiste que la llevaran al claustro para educarla en su verdadera naturaleza y cuando terminen vas a casarte con ella a la luz de toda esta sociedad que nos rige.
- Ojala no tuviera que hacerlo- dijo Joseph, con resignación, inclinando la cabeza hacia atrás.
Su comentario quedó resonando en mis oídos, igual que el resto de aquella extraña conversación.
Así que Joseph iba a casarse también. Era obvio, si su primo era quien era, él no se quedaba atrás: también era un heredero y también gozaba de popularidad.
Durante el siguiente tramo del viaje estuvo pensativo. Ya habíamos visitado la Emperatriz del Mar y nos esperaba un largo camino. Tenía un libro abierto entre sus manos y pretendía leerlo, pero yo sabía que no lo estaba haciendo. Al contrario, su mirada iba y venía entre las líneas sin fijarse en ningún punto. Todo, hasta que se cruzó con mis ojos.
- ¿Está todo bien?- me preguntó, de repente.
La pregunta era al contrario. ¿Estaba todo bien con él? Hacía tiempo que no lográbamos tener una conversación completa y ahora este asunto de su compromiso parecía haberlo abstraído más de la cuenta. Me sentía completamente sola.
- Sí Sí, todo está bien
- Deben de ser los nervios- dijo Giselle, de repente metida en el pequeño espacio que Joseph y yo habíamos construido con nuestras miradas- Dicen que los días previos a la boda son tan complicados
Joseph se distrajo de nuevo. Aquellas conversaciones sobre bodas y nerviosismos no le concernían. Quise halar su manga y rogarle para que no se distrajera, pero hubiera sido algo muy mal visto. Además, estaba a una distancia difícil de mi asiento y a una más grande aún de mi mente lo sentía tan lejano, a él, la única persona que me había entendido un poco en la vida.
Con desazón pedí permiso para levantarme.
No creía que pudiera seguir aguantando aquello. Todos a quienes había conocido alguna vez desde mi posición humilde habían cambiado. Me preguntaba hasta cuándo debía seguir fingiendo que nada sucedía.
Una vez fuera de la cabina caminé hasta el final del vagón. Allí el aire iba y venía, golpeado por la velocidad. Observando el camino, me di cuenta de lo hermoso que era ser como el viento. Nadie le decía al viento qué hacer, qué creer, a quién amar con quién casarse. ¿Con quién se casaba el viento? Día a día se enamoraba de algo diferente y no había nadie que le dijera que estaba prohibido, o que sólo los tontos se casan por amor
Lentamente, las lágrimas comenzaron a caer de mis ojos. Estaba sola, triste y deprimida. ¿Hasta cuándo iba a durar aquella farsa? ¿Cuándo iba a poder hacer lo que en verdad quería? La vida se me planteaba como un camino ya recorrido. A pesar de lo bueno que resultara Jeremías, nunca iba a tener la libertad que tanto ansiaba. Nunca iba a poder ser tan libre como ese viento que se mezclaba con mis cabellos, ahora sostenidos con bellas cintas que indicaban mi alta alcurnia. De corazón, deseé poder ser como el viento y volar lejos de aquel tren y aquel destino horrible que me esperaba. Quise volar
- Espero que no estés pensando en lanzarte ¿O sí?
La voz, acompañada por un leve sostén en mi cintura me alejó de todo lo que estaba pensando. Cuando retorné a la realidad encontré a James, con algo de afán, sonriéndome desde su altura.
______________________________________________________________________________________
LLORA UN CORAZÓN.
APARECE UNA TENTACIÓN.
LA DIFERENCIA ENTRE UNA MUJER FELIZ Y UNA MUJER DESLEAL PUEDE DESVANECERSE EN LA TIBIEZA DE LOS LABIOS VERDADERAMENTE AMADOS.
[linked image]
Próximo capítulo: la lucha entre el amor y el deber.

Sigue el emocionante curso de los capítulos originales sólo en:
http://www.network54.com/Forum/598171

Revive cada detalle de los hechos pasados en:
http://grandeswebnovelas.foroactivo.net/la-princesa-de-un-corazon-f46/
http://webnovelasursu.creatuforo.com/la-princesa-de-un-corazon-por-la-directora-foro90.html

Porque la vida usualmente no es del color de las rosas...
...también puede ser del color del cielo. ^-^


 
Scoring_Disabled_MsgRespond to this message   
Respuestas

Find more forums on Literature & StoriesCreate your own forum at Network54
 Copyright © 1999-2009 Network54. All rights reserved.   Terms of Use   Privacy Statement  
Hecho totalmente en Colombia Estadisticas Recomienda esta página a un amigo

Princesa De Un CorazónPrincesa De Un CorazónCreate Your Badge