...En el capítulo anterior: La recuperación de Frances del resfriado fue inminente. Su reincorporación al servicio de la Hortensua de la Barriere fue exitoso; sin embargo, en su primera misión (salir a buscar el grano para el almuerzo) se encontró con un James Mc. Dowell de ensueño: atento, delicado y tierno que le presenta excusas por todo lo que ha sucedido. Sin embargo, un carraspeo interrumpe el cuadro. Thomazzio Bernolano se encuentra observando cuidadosamente mientras Monsieur besa la mano de su hermana...
- ¿Te gusta ese tipo, cierto?
- ¡Claro que no! ¿Qué cosas dices? Es mi patrón, Thomazzio.
- Eso no es impedimento para que te guste.
La despedida de los herederos fue todo un acontecimiento. Todo el personal de servicio fue reunido en la entrada, justo como cuando habían llegado, pero afuera de la puerta principal. Dos carruajes los esperaban para llevarlos a la estación de trenes, donde se encaminarían hacia París. Sin embargo, monsieur James apareció en la entrada montando su mejor caballo, aquel cuyas bridas había estado sosteniendo al momento de nuestra conversación: un ejemplar color negro azabache de magnífica figura al que llamaba ‘Monsieur Le Grand’.
No pude ocultar la admiración que sentí al verlo. Thomazzio, quien había estado a mi lado todo el tiempo desde su llegada, ambos un poco alejados del grueso del personal, me codeó con fuerza. Yo no le hice caso. Luego hablaría con él, en cambio, era la última vez que veía esa escena en mucho tiempo. Él, gracias al cielo, se quedó callado.
Por su parte, madame Margoth le preguntó a monsieur James qué sucedía, y él, con una desfachatez pícara le dijo que quería montar hasta la estación de trenes. Todos rieron de su ocurrencia y madame accedió no sin antes hacerlo bajar para darle un abrazo, un beso en la frente y una bendición. Hizo lo mismo con monsieur Joseph, quien viendo a su primo en ropas de montar sólo atinó a negar con la cabeza.
- ¿Qué?- rezongó monsieur James subiendo de un salto al lomo de ‘Monsieur Le Grand’- Es un viaje de los mil demonios… tengo que estirar las piernas antes de meterme a esa caja insufrible por tanto tiempo. No puedo estarme encogido como tú.
Monsieur Joseph no le hizo caso, se despidió de su abuela y su tía abuela y antes de subir al carruaje nos dijo adiós con un amplio ademán de su brazo derecho.
- ¡Adiós a todos! ¡Volveremos pronto! ¡Felices fiestas!
Todos le correspondimos en un gran murmullo. Monsieur James hizo algo parecido y la reacción fue la misma. Luego, cuando acabó el ruido, se dirigió a mí a todo grito.
- Mejórate pronto, preciosa. No trates de huir de nuevo. Recuerda que eres mi favorita, así como yo soy tu señor favorito…
No supe cómo reaccionar ante aquello. Una última mirada y una última fantástica sonrisa fue todo. A continuación, espoleó dos veces el caballo y éste arrancó a correr casi enloquecido. Al mismo tiempo, el cochero estrelló el látigo contra la piel de los dos caballos del coche que ocupaba monsieur Joseph y éste también arrancó.
Los herederos se fueron. No pude evitar recordar el día en que llegaron, cuando ni siquiera sabía de su existencia. Ahora la vida me había cambiado. Deseé con todo el corazón que pasara rápido el tiempo.
Después, naturalmente la sensación de vacío impregnó la casa. Madame Margoth, madame Annette y monsieur Jacques, los únicos habitantes, se reunieron en el despacho a tomar el té. Antoinette atendió y fue mi oportunidad para hablar con Thomazzio.
Por supuesto, volvió a preguntarme sobre la relación que tenía con monsieur James.
En la mañana, luego de su inesperada entrada y la de Melanie al patio, monsieur James me había sonreído y dejado libre mi mano con el trozo de tela azul. Thomazzio lo había mirado escrutadoramente y luego Melanie había hablado. Lo presentó como ‘el chico del cual habíamos hablado antes’, quien quería conocerme porque era italiano como yo. Monsieur había sonreído como diciendo “Qué conveniente” y luego había tomado las bridas de su caballo para irse de la escena.
En su momento, Melanie no dijo nada, pero sé que pensó mal. Supuse que tendría que hablarlo luego para no tener problemas con chismes. Y con todo, ella nunca mencionó la razón de la visita del chico italiano, así que traté de guiar la conversación hacia allá. Pero mi hermano siempre había sido un testarudo.
- Te gusta- dijo Thomazzio
- No es cierto- repliqué, abrigada aún con el manto blanco, sentada en los escalones que comunicaban la puerta de la cocina con el patio. Mi hermano a mi lado.
- Pues más te vale, porque es un desgraciado.
Yo lo miré, incrédula. Le pedí que se explicara en medio de una tos momentánea.
- ¿Que me explique? ¡Pero si no necesito explicación y lo sabes! El tipo se atrevió a pegarte y a amenazarte… Me lo contó el ama de llaves. Nadie te hace eso sin que pague.
- Oh, por favor… -dije, cansada del tema- Ya se disculpó. Estaba haciéndolo justo cuando llegaste.
- Eso no vale. Puede volver a hacerlo. Las canalladas siempre se pueden volver a cometer… y tiene toda la pinta de reincidente.
Yo le sonreí negando con la cabeza. Sabía que monsieur era un incorregible, pero sus disculpas me habían parecido tan sinceras que no lo creí capaz de reincidir. Tranquilicé a mi hermano diciéndole que los herederos volverían el siguiente año, y que para entonces yo ya no pensaba estar allí porque iba a irme con él. Su rostro se ensombreció de inmediato. Le pregunté si no eran esos sus planes y él miró a la lejanía, como dudándolo.
- ¿Qué sucede?- pregunté
Él me miró y parpadeó un par de veces. Dijo que estaba allí porque tenía una cita con madame Margoth, precisamente para hablar de eso.
- Al parecer la vieja Rebecca se dio la gran vida cuando vino a Francia- dijo Thomazzio- Y no fue precisamente con su dinero.
- ¿Qué?- pregunté- ¿Y entonces?
- Le pidió dinero prestado a Margoth… - Yo negué con la cabeza mientras pensaba en lo descarada que era aquella mujer. Iba a decirlo, cuando Thomazzio dijo algo que me dejó pasmada- Y la garantía de devolución eres tú.
El mundo pareció detener su marcha. Creo que por un momento dejé de respirar.
- ¿Qué?- pregunté, casi colérica
- Te dejó aquí como comprobante de que volvería a pagarle su dinero. En este momento, eres muy valiosa para Margoth. Por supuesto, ella no te va a dejar ir conmigo. Tendrías que devolverle su dinero primero.
Aquello me pareció de lo más ruin. Con razón madame Margoth insistía en cuidarme tanto. Recordé sus palabras de esa mañana en su despacho: “La necesito en sus cinco sentidos, así que por ahora no se esfuerce” y las de la noche en que monsieur James me pegó: “no te vuelvas a acercar a Frances ni le pidas nada. Allí hay otras mucamas que podrán atenderte sin reparos, pero a ella no vuelvas a dirigirte”.
- Para ella vales tu peso en oro- dijo Thomazzio, sacándome de la reflexión.
- Rebecca nunca dijo que iba a volver… -repliqué, con dolor
- Supongo que Margoth sabe que a pesar de todo eres su sobrina, y el apellido de nuestra familia aún es influyente- me miró con sus grandes ojos- Eres una muy buena garantía de pago. Rebecca no dejaría que se hablara mal de ella, así tenga que ampararte de nuevo.
Todo tuvo sentido a partir de ahí. Cada conversación con madame, cada cosa que hacía: siempre había sido por dinero, no porque realmente me apreciara. Me sentí tan decepcionada que hasta llegué a pensar que ella misma les había dado la orden a todos de que fueran cordiales conmigo, sólo para que no fuera a sentirme incómoda y tratara de irme. La rabia me invadió.
- ¿Ya ves por qué te digo que el tipo es un desgraciado? Si su abuela lo es, no veo por qué él no hubiera podido aprender… Sólo una desgraciada acepta un trato como ese.
Pensé en el cambio de actitud de monsieur James y le hallé la razón a Thomazzio, aunque no quería. Me sentía usada y sin escapatoria.
- ¿Y qué es lo que tienes que hablar con madame Margoth?- le pregunté, luego de un rato
Él miró a la lejanía de nuevo y luego clavó sus ojos en los míos.
- Por supuesto, no voy a dejar que pase el tiempo para sacarte de aquí. No voy a dejarlos salirse con la suya.
- ¿De qué hablas?- le pregunté, sollozando de rabia.
- Lo pensé mucho, y supongo que está bien. Tú no podrías pagarle con tu trabajo, aunque lo intentaras… pero si fuéramos dos los que trabajáramos…
- ¡Oh, no, no, no!- exclamé- ¡Ni lo pienses! ¡No!
- Se lo propuse, y ella dijo que me daría una respuesta hoy. Es tan… prepotente. Pero sé que va a aceptarlo. Mejor para ella si su dinero vuelve más rápido.
Yo quise llorar. No había esperado tanto a mi hermano para verlo convertido en un trabajador de la Hortensua, casi esclavizado en los oficios de una casa. Atrapado en una nueva cárcel, así como yo lo estaba.
- ¿En qué trabajarías? Ella misma dijo que tenía suficientes empleados… - sollocé
- No lo sé, pequeña- dijo él, tranquilo- Trabajaría en lo que fuera por tu libertad. Ya lo veremos…
Y efectivamente. Madame lo llamó a su despacho quince minutos luego de nuestra charla, cuando terminó de tomar el té. Me parecía injusto que me hicieran acreedora de una deuda que no era mía y que él tuviera que ayudarme para que me pudiera ir. En ese momento maldije a aquellos bandidos que me habían detenido en mi huida. También maldije a monsieur James por haberme rescatado y devuelto a la casa. Ahora, conociendo a madame Margoth, no se me hacía raro que le hubiera revelado el trato para que fuera a buscarme. Con razón había cambiado tanto y hasta había dicho aquello de que yo era su favorita. En su momento se me hizo tan raro que ni ella ni madame Annette hubieran rechistado. Ahora sabía el por qué.
Mientras esperaba acostada en mi cama, Melanie fue a hablarme. Me dijo que al parecer me había entendido a la perfección con el chico, pues había hablado mucho con él, siempre en italiano. Yo le sonreí y le dije que sí, que era muy simpático y que me hacía mucho bien volver a escuchar mi idioma de nacimiento.
Ella asintió mientras se sentaba a mi lado. Luego me preguntó por monsieur James.
Melanie tenía un año más que yo. Era una chica de color bastante graciosa, a quien le gustaba dejar suelto su cabello renegrido, fibroso y ensortijado. Su historia era la de miles de chicas pobres, con hermanos y padres hambrientos cuya situación la había obligado a trabajar en muchas mansiones como aquella desde los once años. Madame Margoth la había acogido hacía dos años, cuando la vio en la mansión más cercana, ‘L’ Flour de Risieux’. Le ofreció una estancia agradable y trabajo estable. Ella no lo dudó.
Ahora le enviaba el dinero a su familia, la cual poco a poco había ido resurgiendo. Por lo menos sus hermanos menores no tenían la necesidad de trabajar para sustentarse. Y por supuesto, también se había convertido en casi mi hermana.
Así que no dudé en decirle lo que pensaba en ese momento.
- Es un desgraciado… un maldito mentiroso y maleducado.
Ella me miró extrañada.
- ¿Ah, sí?- dijo- Pues no me pareció que pensaras eso allá afuera.
- Las apariencias engañan, Mel- dije, con un dolor muy grande en el corazón, siempre pensando en monsieur James y en cómo me había ilusionado en tan poco tiempo- Nunca lo olvides.
Ella me sonrió y se recostó a mi lado, ambas quedamos viendo el techo. Melanie empezó a parlotear, como siempre que tenía oportunidad y me hizo reír muchísimo. Bromeó sobre todos los personajes de la casa, especialmente monsieur James. Me dijo que se sentía aliviada de que lo de la mañana no hubiera sido nada, pues sabía que él no era de fiar y que los gestos corteses que tenía casi siempre eran en busca de algo para sí mismo. Yo asentí y ella siguió hablando en susurros para no ser oída y yo seguí riendo por lo bajo. Por un momento, me olvidé de todo.
Luego, los pasos de la señora Bruce nos sobresaltaron. Ella se asomó y sin regañarnos dijo que necesitaba vernos en la cocina. Obedecimos luego de una mirada recíproca.
Llegamos en el mismo momento en que la señora Bruce tomaba la palabra.
- Personal- decía el ama de llaves – Les presento a Thomazzio Morellatto, el nuevo chofer de la casa….
Yo paré en seco. Allí, al lado de la señora, estaba mi hermano Thomazzio. Su mirada era sombría y sus facciones revelaban una impavidez que no reconocí como suya.
- Ha venido desde Italia buscando poder sostenerse, así que espero lo acojan de la misma atenta manera que a Frances, quien se convertirá en su traductora mientras yo le enseño francés. Jack, le enseñarás la mecánica de los carruajes y te pondrás de acuerdo con él para manejarlos. Los demás, por favor démosle una calurosa bienvenida. Thomazzio- se dirigió a él en italiano- Te presento al personal…- entonces los nombró a todos, justo como había hecho el día en que me había presentado, sólo que ahora yo estaba incluida en la lista.
Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no llorar. Ver a mi hermano, mi única familia, encerrado en aquella jaula de oro como un simple chofer, en lugar de estar administrando los bienes de mi padre, era algo que no iba a poder soportar.
Nunca fui vengativa, pero en ese momento deseé serlo, para tener idea de cómo cobrarles a Rebecca y a Margoth Mc. Dowell aquella situación.
Tomi, como yo lo llamaba cariñosamente, pensaba lo mismo. En cuanto tuvo oportunidad, se acercó a mí y me susurró que la venganza sería el camino para salvar el honor de nuestra familia. Yo le apreté las manos sin que nadie me viera, pero él no se quedó tranquilo con eso.
Aún vistiendo el uniforme de chofer de los Mc. Dowell, era un orgulloso Bernolano Marquette.
Tenía mucho resentimiento hacia Margoth y James Mc. Dowell.
Y no se iba a quedar quieto...
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UNA INMINENTE DESPEDIDA.
UN NUEVO AMOR.

La Directora está de cumpleaños y no puede evitar que Frances conozca de cerca a Cupido...
A continuación, otro interesante capítulo.
Sólo aquí:
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Porque en el cumpleaños de LaDirectora, son los lectores quienes reciben los regalos...